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  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 min1 Juan 1:1-2:11
  5. Sesión 5 · Parte 2 · ≈ 12 minHomilía 2
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 11 min1 Juan 2:12-17
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 min1 Juan 2:12-17
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 13 minHomilía 3
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 min1 Juan 2:18-27
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 4 min1 Juan 2:18-27
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 10 minHomilía 4
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 12 min1 Juan 2:27-3:8
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 9 minHomilía 5
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 14 min1 Juan 3:9-18
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 min1 Juan 3:9-18
  16. Sesión 16 · Parte 4 · ≈ 10 minHomilía 6
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 10 min1 Juan 3:19-4:3
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 10 min1 Juan 3:19-4:3
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 6 min1 Juan 3:19-4:3
  20. Sesión 20 · Parte 5 · ≈ 11 minHomilía 7
  21. Sesión 21 · Parte 5 · ≈ 12 min1 Juan 4:4-12
  22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 11 minHomilía 8
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 10 min1 Juan 4:12-16
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 11 min1 Juan 4:12-16
  25. Sesión 25 · Parte 6 · ≈ 10 minHomilía 9
  26. Sesión 26 · Parte 6 · ≈ 9 min1 Juan 4:17-21
  27. Sesión 27 · Parte 6 · ≈ 10 min1 Juan 4:17-21
  28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 5 min1 Juan 4:17-21
  29. Sesión 29 · Parte 7 · ≈ 11 minHomilía 10
  30. Sesión 30 · Parte 7 · ≈ 9 min1 Juan 5:1-3
  31. Sesión 31 · Parte 7 · ≈ 9 min1 Juan 5:1-3
  32. Sesión 32 · Parte 7 · ≈ 3 minLo que dejó el libro

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Agustín de Hipona

    Homilías sobre la Primera Epístola de Juan

    Texto base: versión inglesa de H. Browne (Oxford, Library of the Fathers), revisada y anotada por Joseph H. Myers, en St. Augustin: Homilies on the Gospel of John, Homilies on the First Epistle of John, Soliloquies, Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 7, ed. Philip Schaff (Buffalo, 1888) · diez homilías y 125 secciones numeradas

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 291 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Agustín dedicó estas diez homilías a un solo asunto, el que él mismo ve en toda la Primera Epístola de Juan: la caridad. En el prólogo que conserva la edición inglesa explica que comentaba el Evangelio de Juan por orden, que las lecturas de los días de fiesta interrumpieron la serie y que entonces tomó la epístola para no apartarse de Juan. Lo que sigue es la versión castellana, hecha del inglés de H. Browne —revisado y anotado por Joseph H. Myers para el volumen 7 de la primera serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (1888)—, de esa exposición, que llega hasta 1 Juan 5:3: según Myers, la de los dieciocho versículos finales no se conserva.

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona, obispo de Hipona
    TítuloHomilías sobre la Primera Epístola de Juan. Posidio, según el NPNF, las cataloga como In Epistolam Joannis ad Parthos Tractatus decem; algunos manuscritos añaden en el título De Caritate
    FechaDiscutida. 407 según la Stanford Encyclopedia of Philosophy (Tornau) y la tabla de obras de Wikipedia; Schaff las sitúa hacia la misma época que las homilías sobre el Evangelio de Juan, que él fecha «hacia 416 o más tarde», o poco después
    OcasiónSegún el prólogo, la semana de fiestas de Pascua, cuando las lecturas del tiempo interrumpían el comentario al Evangelio de Juan; un manuscrito antiguo asigna la segunda homilía al lunes de Pascua (nota de los benedictinos, en el NPNF)
    GéneroHomilías (tractatus). De las homilías de Agustín en general dice Schaff que se predicaron sin texto escrito, las tomaron notarios y Agustín las revisó apenas
    ExtensiónDiez homilías y 125 secciones numeradas; unas 55 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 7, versión de Browne revisada por Myers, tal como la recoge New Advent

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de H. Browne, impresa en el volumen 7 de la primera serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church (NPNF), editada por Philip Schaff, que reúne las homilías sobre el Evangelio de Juan, estas diez sobre la primera epístola y los Soliloquios. La portada de la obra, según CCEL, nombra a Browne como canónigo de Waltham y director del Chichester Diocesan College, y a Joseph H. Myers, doctor en teología, de Washington, como autor de la revisión y de las notas adicionales. New Advent da la edición de Buffalo (Christian Literature Publishing Co., 1888); CCEL registra Nueva York, 1886, aunque el prefacio de Schaff está fechado el 23 de marzo de 1888.
    Según Schaff, la versión de Browne está tomada de la Library of the Fathers de Oxford y la edición de Clark, la de Edimburgo, no tiene esta obra; Myers la revisó «ligeramente». En su introducción dice que, al cotejarla palabra por palabra con el texto latino de la edición benedictina (el de Migne), halló al menos doce omisiones, que suplió en esta edición; que Agustín comenta sobre la antigua Itala, y que señala las variantes importantes frente al mejor texto griego; y que conservó la forma de las frases latinas que Browne había copiado «con demasiada fidelidad». El texto latino está, según Schaff, en el tomo 3 de la edición benedictina (Migne, t. III, parte II, 1977–2062).
    El inglés del que parte esta edición es el de New Advent, que revisó Kevin Knight sobre el del NPNF. De él salió el castellano, a través de un epub de solo texto: no trae el prólogo de la obra, la introducción de Myers ni las notas de ninguno de los dos, ni los seis extractos de otras obras de Agustín con que el NPNF suple la parte que falta (véase la nota tras la última homilía). Algunas de esas notas pasan, resumidas y con su fuente, a los comentarios de este libro. La traducción castellana la hizo un programa (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro); no se atribuye a ningún traductor humano, y es la traducción de una traducción: conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico.
    Lo que viene de la edición. La división en diez homilías es de Agustín; el tramo de la epístola que encabeza cada una, la numeración de las secciones y las referencias bíblicas entre corchetes son de la edición inglesa, igual que las aclaraciones entre corchetes que no son referencias («[El amor es Dios]», «[el espíritu]»). El texto que se leyó ese día, sin número, va en un pasaje aparte antes de cada comentario. Defecto de la traducción castellana: la homilía 9 perdió las secciones 1 y 3 y tradujo dos veces la 2 y la 5 (los pasajes repetidos se rotulan «repetido»; una nota visible lo avisa donde faltan los otros). Otras secciones llegan sin número, o con uno que difiere del inglés, y los localizadores de este libro siguen el número del castellano cuando lo hay y el del inglés si no. Las referencias bíblicas se envuelven en <Verse> donde se reconocen; «1 Samuel xix», «Éxodo viii», «2 Macabeos vii» y «1 Juan ii.13» se dan en números romanos y quedan como texto, igual que «1 Juan 3:27-28» en la homilía 4: ese pasaje no existe (el capítulo 3 tiene 24 versículos) y lo citado corresponde a 1 Juan 2:27-28; el NPNF lo da como «iii. 27, 28». El texto de la traducción no se toca.

    Homilía 1

    1 Juan 1:1-2:11

    Homilía 1, texto leído

    «Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida — y la vida se manifestó, y nosotros la vimos, y damos testimonio, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre y se nos manifestó —; lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Y estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido. Y este es el mensaje que hemos oído de él y os anunciamos: que Dios es luz, y en él no hay tinieblas algunas. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda iniquidad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su Palabra no está en nosotros. Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis. Y si alguno peca, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo; y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo. Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; en esto conocemos que estamos en él. El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo. Amados, no os escribo mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que teníais desde el principio; el mandamiento antiguo es la palabra que habéis oído desde el principio. Otra vez os escribo un mandamiento nuevo, que es verdadero en él y en vosotros; porque las tinieblas van pasando, y la luz verdadera ya alumbra. El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas. El que ama a su hermano, permanece en la luz, y no hay en él tropiezo. Pero el que aborrece a su hermano está en tinieblas, y anda en tinieblas, y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos.»
    Comentario editorial · Una serie para la semana de Pascua
    Este epub empieza en la homilía 1, pero el NPNF antepone un «Prólogo» que aquí falta. En él Agustín dice que solía comentar por orden el Evangelio de Juan y que las lecturas de los días de fiesta, que cada año son las mismas, obligaban a interrumpirlo; para no alejarse de Juan toma su epístola, en la que, según él, la caridad se recomienda sobre todo. Una nota de los benedictinos, recogida en el NPNF, dice que tras el domingo de Pascua se leía durante siete u ocho días la resurrección en los cuatro evangelistas, y que un manuscrito antiguo asigna la segunda homilía al lunes de Pascua. El título «a los partos» no lo explica Agustín; los editores del NPNF recuerdan la conjetura de que viene de «a las vírgenes» (πρὸς παρθένους).

    Homilía 1, § 1–3

    1. «Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida.» ¿Quién es el que con las manos toca el Verbo, sino porque «el Verbo se hizo carne, y habitó en nosotros»? Pues este Verbo que se hizo carne para poder ser tocado, comenzó a ser carne de la Virgen María; pero no entonces comenzó el Verbo, porque dice el Apóstol: «Lo que era desde el principio.» Ved si su epístola no da testimonio de su evangelio, donde hace poco oísteis: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios.» [] Acaso, tocante al Verbo de vida, pueda alguien tomarlo como una expresión referida a Cristo, no precisamente al cuerpo mismo de Cristo que fue tocado con manos. Ved lo que sigue: «Y la Vida se manifestó.» Luego Cristo es «el Verbo de vida.» ¿Y cómo se manifestó? Porque era «desde el principio», solo que no manifestado a los hombres; mas fue manifestado a los ángeles, que lo vieron y se alimentaron de él como de su pan. Pero ¿qué dice la Escritura? «Pan de ángeles comió el hombre.» Así, pues, «la Vida se manifestó» en la carne; porque se presentó en manifestación, para que lo que solo puede verse con el corazón, se viera también con los ojos, a fin de sanar los corazones. Pues solo con el corazón se ve el Verbo; pero la carne se ve también con los ojos del cuerpo. Teníamos con qué ver la carne, pero no teníamos con qué ver el Verbo: «el Verbo se hizo carne», la cual pudiéramos ver, para que así se sanara en nosotros aquello con que pudiéramos ver el Verbo.
    2. «Y nosotros hemos visto y somos testigos.» [] Quizá algunos de los hermanos que no conocen el griego no sepan qué significa en griego la palabra «testigos»; y sin embargo es un término muy usado por todos y tenido en religiosa veneración; pues lo que en nuestra lengua llamamos «testigos», en griego son «mártires». Ahora bien, ¿dónde está el hombre que no haya oído hablar de mártires, o dónde el cristiano en cuya boca no more cada día el nombre de mártires, y ojalá morara también en el corazón, para que imitáramos los padecimientos de los mártires y no los persiguiéramos con nuestras copas! Así, pues, «Hemos visto y somos testigos» es como si dijera: Hemos visto y somos mártires. Porque por dar testimonio de lo que habían visto, y dar testimonio de lo que habían oído de quienes vieron, mientras su testimonio mismo desagradaba a los hombres contra quienes se daba, los mártires sufrieron todo lo que sufrieron. Los mártires son testigos de Dios. Plugo a Dios tener a los hombres por sus testigos, para que los hombres también tengan a Dios por testigo suyo. «Hemos visto», dice, «y somos testigos». ¿Dónde han visto? En la manifestación. ¿Qué significa, en la manifestación? En el sol, es decir, en esta luz del día. ¿Y cómo había de ser visto en el sol quien hizo el sol, sino porque «en el sol puso su tabernáculo; y él, como esposo que sale de su tálamo, se regocijó cual gigante para correr su carrera?» Él, anterior al sol, que hizo el sol; él, anterior al lucero del alba, anterior a todas las estrellas, anterior a todos los ángeles, el verdadero Creador («porque todas las cosas fueron hechas por él, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho»), para poder ser visto por los ojos de carne que ven el sol, puso su mismo tabernáculo en el sol, es decir, mostró su carne en la manifestación de esta luz del día; y la cámara de aquel Esposo fue el vientre de la Virgen, porque en aquel vientre virginal se unieron los dos, el Esposo y la esposa, el Esposo el Verbo y la esposa la carne; porque está escrito: «Y los dos serán una sola carne»; [] y dice el Señor en el Evangelio: Por tanto, ya no son dos, sino una sola carne. [] E Isaías recuerda muy bien que son dos: pues hablando en persona de Cristo dice: «Me puso una mitra como a esposo, y me adornó con un adorno como a esposa». Uno parece hablar, y sin embargo se hace a la vez Esposo y Esposa; porque «no dos, sino una sola carne»; porque «el Verbo se hizo carne, y habitó en nosotros». A esa carne se une la Iglesia, y así se forma el Cristo total, Cabeza y cuerpo.
    3. «Y nosotros somos testigos, y os anunciamos aquella vida eterna, la cual estaba con el Padre y se nos manifestó:» es decir, manifestada entre nosotros: lo cual podría expresarse más claramente: manifestada a nosotros. «Las cosas», por tanto, «que hemos visto y oído, os las anunciamos». [] Aquéllos vieron al Señor mismo presente en la carne, y oyeron palabras de la boca del Señor, y nos las contaron. Por consiguiente, nosotros también hemos oído, pero no hemos visto. ¿Somos, pues, menos dichosos que los que vieron y oyeron? ¿Y cómo añade: «Para que también vosotros tengáis comunión con nosotros»? Aquéllos vieron; nosotros no hemos visto, y sin embargo somos compañeros; porque tenemos la fe en común. Pues hubo uno que no creyó ni aun viendo, y quiso palpar y así creer, y dijo: «No creeré si no meto mis dedos en el lugar de los clavos, y toco sus cicatrices». [] Y él se dejó palpar por un tiempo por las manos de los hombres, quien siempre se da a ver por la vista de los ángeles; y aquel discípulo lo palpó, y exclamó: «¡Señor mío, y Dios mío!» Porque tocó al Hombre, confesó al Dios. Y el Señor, para consolarnos a nosotros que, ahora que está sentado en el cielo, no podemos tocarlo con la mano, sino sólo alcanzarlo con la fe, le dijo: «Porque has visto, has creído; bienaventurados los que no vieron, y creyeron». Aquí se nos describe, se nos designa. Que se cumpla, pues, en nosotros la bienaventuranza que el Señor predijo que se cumpliría; mantengamos firmemente lo que no vemos; porque nos lo cuentan los que han visto. «Para que también vosotros», dice, «tengáis comunión con nosotros». ¿Y qué gran cosa es tener comunión con los hombres? No lo desprecies; mira lo que añade: «y nuestra comunión sea con Dios Padre, y con su Hijo Jesucristo. Y estas cosas», dice, «os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido». [] Gozo cumplido quiere decir en aquella comunión, en aquella caridad, en aquella unidad.

    Homilía 1, § 4–5

    4. «Y este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos.» [] ¿Qué es esto? Aquéllos mismos han visto, han palpado con sus manos, al Verbo de vida: Él «era desde el principio», y por un tiempo se hizo visible y palpable, el Hijo unigénito de Dios. ¿Para qué vino, o qué cosa nueva nos dijo? ¿Qué quiso enseñar? ¿Para qué hizo lo que hizo, que el Verbo se hiciera carne, que «Dios sobre todas las cosas» sufriera ultrajes de los hombres, que soportara ser abofeteado por las manos que él mismo había hecho? ¿Qué querría enseñar? ¿Qué mostrar? ¿Qué declarar? Oigamos: porque sin el fruto del precepto, el oír la historia de cómo nació Cristo y cómo padeció Cristo es mero pasatiempo del espíritu, no fortalecimiento suyo. ¿Qué gran cosa oyes? Con qué fruto oyes, mira eso. ¿Qué querría enseñar? ¿Qué declarar? Oye. Que «Dios es luz», dice, «y en él no hay tinieblas algunas». Hasta aquí ha nombrado ciertamente la luz, pero las palabras son oscuras: bueno es para nosotros que la luz misma que ha nombrado ilumine nuestros corazones, para que veamos lo que ha dicho. Esto es lo que declaramos, que «Dios es luz, y en él no hay tinieblas algunas». ¿Quién se atrevería a decir que en Dios hay tinieblas? ¿O qué es la luz? ¿O qué tinieblas? No sea que hable de cosas que pertenecen a estos ojos nuestros. «Dios es luz». Dice alguno: «El sol también es luz, y la luna también es luz, y una vela es luz». Debe ser algo mucho mayor que éstas, mucho más excelente, y mucho más sobrepasante. Cuánto dista Dios de la criatura, cuánto el Hacedor de lo hecho, cuánto la Sabiduría de aquello que ha sido hecho por la Sabiduría, muy por encima de todas las cosas ha de ser esta luz. Y acaso estaremos cerca de ella, si llegamos a conocer qué es esta luz, y nos allegamos a ella, para que por ella seamos iluminados; porque en nosotros mismos somos tinieblas, y sólo cuando somos iluminados por ella podemos llegar a ser luz, y no ser confundidos por ella, habiendo sido confundidos por nosotros mismos. ¿Quién es el que es confundido por sí mismo? El que se conoce pecador. ¿Quién es el que por ella no es confundido? El que por ella es iluminado. ¿Qué es ser iluminado por ella? El que ahora ve que está oscurecido por los pecados, y desea ser iluminado por ella, se acerca a ella; de donde dice el Salmo: «Acercaos a él, y seréis iluminados; y vuestros rostros no serán avergonzados». Mas no serás avergonzado por ella, si, cuando ella te muestre a ti mismo que eres feo, tu propia fealdad te desagrade, para que percibas su hermosura. Esto es lo que él querría enseñar.
    5. Y ¿puede ser que digamos esto con demasiada precipitación? Que el propio apóstol lo aclare en lo que sigue. Recordad lo que se dijo al principio de nuestro discurso, que la presente epístola recomienda la caridad: «Dios es luz», dice, «y en él no hay tinieblas algunas». ¿Y qué dijo antes? «Para que tengáis comunión con nosotros, y nuestra comunión sea con Dios Padre, y con su Hijo Jesucristo». Mas además, si «Dios es luz, y en él no hay tinieblas algunas, y nosotros debemos tener comunión con él», entonces también de nosotros han de ser ahuyentadas las tinieblas, para que se cree en nosotros luz, porque las tinieblas no pueden tener comunión con la luz. Para esto, ved lo que sigue: «Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos». [] Tenéis también al apóstol Pablo que dice: «¿O qué comunión tiene la luz con las tinieblas?» [] Dices que tienes comunión con Dios, y andas en tinieblas; «y Dios es luz, y en él no hay tinieblas algunas»: entonces, ¿cómo habría comunión entre la luz y las tinieblas? En este punto, pues, puede un hombre decirse a sí mismo: ¿Qué haré? ¿Cómo seré luz? Vivo en pecados e iniquidades. Le sobreviene, por así decirlo, una desesperación y tristeza. No hay salvación sino en la comunión de Dios. «Dios es luz, y en él no hay tinieblas algunas». Pero los pecados son tinieblas, como dice el Apóstol del diablo y sus ángeles, que son «gobernadores de estas tinieblas». [] No los llamaría de tinieblas sino como gobernadores de los pecados, teniendo señorío sobre los malvados. Entonces, ¿qué hemos de hacer, hermanos míos? Hay que tener comunión con Dios, otra esperanza de vida eterna no hay; ahora «Dios es Luz, y en él no hay tinieblas algunas»; ahora las iniquidades son tinieblas; por las iniquidades somos oprimidos, de modo que no podemos tener comunión con Dios: ¿qué esperanza tenemos, pues? ¿No prometí decir algo durante estos días que cause alegría? Si no lo cumplo, esto es tristeza. «Dios es Luz, y en él no hay tinieblas algunas»; los pecados son tinieblas: ¿qué será de nosotros? Oigamos si acaso él consolará, levantará, dará esperanza, para que no desfallezcamos en el camino. Porque estamos corriendo, y corriendo hacia nuestra propia patria; y si desesperamos de alcanzarla, por esa misma desesperación fracasamos. Pero aquel cuya voluntad es que alcancemos, para guardarnos seguros en nuestra propia tierra, nos alimenta en el camino. Oigamos, pues: «Si decimos que tenemos comunión con él y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad». No digamos que tenemos comunión con él, si andamos en tinieblas. «Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros». [] Andemos en luz, como él está en luz, para que podamos tener comunión con él. ¿Y qué haremos con nuestros pecados? Oye lo que sigue: «Y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpiará de todo pecado». ¡Gran seguridad nos ha dado Dios! Bien podemos celebrar la Pascua, en la cual fue derramada la sangre del Señor, por la cual somos limpiados «de todo pecado». Estemos seguros: la «cédula que nos era contraria» [], la obligación de nuestra esclavitud, la tenía el diablo, mas por la sangre de Cristo ha sido borrada. «La sangre», dice, «de su Hijo nos limpiará de todo pecado». ¿Qué significa «de todo pecado»? Atención: he aquí que ahora mismo, en el nombre de Cristo, a quien estos que están aquí han confesado, los que son llamados infantes, han sido limpiados todos sus pecados. Entraron viejos, salieron nuevos. ¿Cómo, entraron viejos, salieron nuevos? Viejos entraron, infantes salieron. Porque la vida vieja es vejez con toda su chochez, pero la vida nueva es la infancia de la regeneración. ¿Y qué hemos de hacer nosotros? Los pecados pasados están perdonados, no sólo a éstos sino también a nosotros; y después del perdón y abolición de todos los pecados, viviendo en este mundo en medio de tentaciones, acaso algunos se han contraído. Por tanto, lo que pueda, haga el hombre; confiése lo que es, para ser curado por Aquel que siempre es lo que es: porque Él siempre era y es; nosotros no éramos y somos.

    Homilía 1, § 6–7

    6. Pues mirad lo que dice: «Si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.» [] Por consiguiente, si te has confesado pecador, la verdad está en ti: porque la Verdad misma es luz. Tu vida aún no ha resplandecido con perfecto brillo, porque hay pecados en ti; pero ya has comenzado a ser iluminado, porque hay en ti la confesión de los pecados. Pues mira lo que sigue: «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda iniquidad.» [] No sólo los pasados, sino acaso también los que hayamos contraído de esta vida; porque el hombre, mientras lleva la carne, no puede menos de tener algunos pecados, al menos leves. Pero estos que llamamos leves, no los tengáis en poco. Si los tenéis en poco al pesarlos, temed al contarlos. Muchos leves hacen un pecado enorme: muchas gotas llenan el río; muchos granos hacen la masa. ¿Y qué esperanza hay? Ante todo, la confesión: no sea que alguno se tenga por justo, y delante de los ojos de Dios, que ve lo que es, el hombre, que no era y es, levante la cerviz. Ante todo, pues, la confesión; luego el amor: pues ¿qué se dice de la caridad? «La caridad cubre multitud de pecados.» [] Veamos ahora si encomienda la caridad respecto de los pecados que después nos sobrevienen: porque la caridad sola apaga los pecados. La soberbia apaga la caridad; por tanto, la humildad fortalece la caridad; la caridad apaga los pecados. La humildad acompaña a la confesión, la humildad por la cual nos confesamos pecadores: ésta es la humildad, no decirlo con la lengua, como sólo para evitar la arrogancia, no sea que desagrademos a los hombres si dijéramos que somos justos. Esto hacen los impíos y los insensatos: «Yo sé ciertamente que soy justo, pero ¿qué diré delante de los hombres? Si me llamare justo, ¿quién lo soportará, quién lo tolerará? Sea mi justicia conocida de Dios; yo, sin embargo, diré que soy pecador, pero sólo para no ser hallado odioso por arrogancia.» Di a los hombres lo que eres, di a Dios lo que eres. Porque si no dices a Dios lo que eres, Dios condena lo que hallará en ti. ¿No quieres que Él te condene? Condénate tú. ¿Quieres que Él perdone? Reconoce, para que puedas decir a Dios: «Aparta tu rostro de mis pecados.» Dile también aquellas palabras del mismo Salmo: «Porque yo reconozco mi iniquidad.» «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda iniquidad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos mentiroso, y su palabra no está en nosotros.» [] Si dijeres: No he pecado, le haces mentiroso, mientras quieres hacerte a ti verdadero. ¿Cómo es posible que Dios sea mentiroso, y el hombre verdadero, cuando la Escritura dice lo contrario: «Todo hombre es mentiroso, Dios sólo verdadero»? [] Por consiguiente, Dios es verdadero por sí mismo, tú verdadero por Dios; porque por ti mismo, mentiroso.
    7. Y no sea que acaso pareciera haber dado impunidad a los pecados, al decir: «Él es fiel y justo para limpiarnos de toda iniquidad;» y los hombres en adelante se dijeran: Pequemos, hagamos con toda seguridad lo que queramos, Cristo nos limpia, es fiel y justo, nos limpia de toda iniquidad: Él te quita una seguridad mala, y te infunde un temor útil. Para tu propio daño querrías estar seguro; debes estar solícito. Pues «Él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados,» con tal que siempre te desagrades a ti mismo, y vayas cambiando hasta ser perfeccionado. Por tanto, ¿qué sigue? «Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis.» [] Pero acaso el pecado nos sorprende por esta vida mortal: ¿qué se hará entonces? ¿Qué? ¿Habrá ahora desesperación? Oye: «Y si alguno peca, tenemos un abogado para con el Padre, a Jesucristo el justo; y Él es la propiciación por nuestros pecados.» [] Él, pues, es el abogado; esfuérzate por no pecar: si por la flaqueza de esta vida el pecado te sorprendiere, atiéndelo al instante, al instante desagrádate, al instante condénalo; y cuando lo hayas condenado, vendrás seguro al Juez. Allí tienes al abogado: no temas perder tu causa en tu confesión. Pues si muchas veces en esta vida un hombre confía su causa a una lengua elocuente, y no se pierde; tú te confías al Verbo, ¿y te perderás? Clama: «Tenemos un abogado para con el Padre.»

    Homilía 1, § 8–9

    8. Mira al mismo Juan guardando la humildad. Ciertamente era un hombre justo y grande, el que del seno del Señor bebió los secretos de sus misterios; él, el hombre que bebiendo del seno del Señor dictó acerca de su Divinidad, «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios:» él, siendo tal hombre, no dice: Tenéis un abogado para con el Padre; sino: «Si alguno peca, un abogado,» dice, «tenemos.» No dice: tenéis; ni dice: me tenéis a mí; ni dice: tenéis al mismo Cristo: sino que pone a Cristo, no a sí mismo, y dice también: «Tenemos,» no, tenéis. Escogió más bien ponerse a sí mismo en el número de los pecadores para tener a Cristo por abogado, que ponerse en lugar de Cristo como abogado, y ser hallado entre los soberbios que serán condenados. Hermanos, a Jesucristo el justo, a Él tenemos por abogado para con el Padre; «Él,» aun Él, «es la propiciación por nuestros pecados.» Quien esto ha mantenido firmemente, no ha hecho herejía; quien esto ha mantenido firmemente, no ha hecho cisma. Pues ¿de dónde vinieron los cismas? Cuando los hombres dicen: «nosotros» somos justos, cuando los hombres dicen: «nosotros» santificamos a los impuros, «nosotros» justificamos a los impíos; «nosotros» pedimos, «nosotros» alcanzamos. Pero ¿qué dice Juan? «Y si alguno peca, tenemos un abogado para con el Padre, a Jesucristo el justo.» Pero alguno dirá: ¿entonces los santos no piden por nosotros? ¿Entonces los obispos y los gobernantes no piden por el pueblo? Sí, pero observa las Escrituras, y mira que los gobernantes también se encomiendan a las oraciones del pueblo. Así dice el apóstol a la congregación: «Orando también por nosotros.» [] El apóstol ora por el pueblo, el pueblo ora por el apóstol. Oramos por vosotros, hermanos; pero orad también vosotros por nosotros. Oren todos los miembros unos por otros; interceda la Cabeza por todos. Por tanto no es maravilla que él aquí prosiga y cierre la boca de los que dividen la Iglesia de Dios. Pues el que ha dicho: «Tenemos a Jesucristo el justo, y Él es la propiciación por nuestros pecados:» teniendo en vista a los que querrían dividirse, y dirían: «He aquí Cristo está aquí, he allí;» [] y mostrarían en una parte al que compró el todo y posee el todo, él inmediatamente prosigue diciendo: «No sólo nuestros pecados, sino también los pecados de todo el mundo.» ¿Qué es esto, hermanos? Ciertamente «lo hemos hallado en los campos de los bosques,» hemos hallado la Iglesia en todas las naciones. He aquí, Cristo «es la propiciación por nuestros pecados; no sólo los nuestros, sino también los pecados de todo el mundo.» He aquí, tienes la Iglesia por todo el mundo; no sigas a los falsos justificadores que en verdad son cortadores. Está en aquel monte que ha llenado toda la tierra: porque «Cristo es la propiciación por nuestros pecados; no sólo los nuestros, sino también los pecados de todo el mundo,» que Él ha comprado con su sangre.
    9. «Y en esto,» dice, «sabemos que le conocemos, si guardamos sus mandamientos.» [] ¿Qué mandamientos? «El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, es mentiroso, y la verdad no está en él.» Pero aún preguntas: ¿Qué mandamientos? «Mas el que,» dice, «guarda su palabra, en ése verdaderamente la caridad de Dios es perfecta.» [] Veamos si este mismo mandamiento no se llama amor. Pues preguntábamos qué mandamientos, y dice: «Mas el que guarda su palabra, en ése verdaderamente la caridad de Dios es perfecta.» Observa el Evangelio, si éste no es el mandamiento: «Un mandamiento nuevo,» dice el Señor, «os doy: que os améis unos a otros. [] — En esto conocemos que estamos en Él, si en Él somos perfeccionados.» Perfectos en caridad los llama: ¿qué es la perfección de la caridad? Amar incluso a los enemigos, y amarlos con este fin: que sean hermanos. Pues no debe ser carnal nuestro amor. Desear a un hombre un bien temporal es bueno; pero aunque eso falte, esté a salvo el alma. ¿Deseas la vida a alguno que es tu amigo? Haces bien. ¿Te alegras de la muerte de tu enemigo? Haces mal. Pero acaso la vida que deseas a tu amigo no es para su bien, y la muerte de tu enemigo de la que te alegras ha sido para su bien. Es incierto si esta vida presente es provechosa o no para un hombre; pero la vida que está con Dios sin duda es provechosa. Ama, pues, a tus enemigos deseando que se hagan tus hermanos; ama a tus enemigos de modo que sean llamados a tu comunión. Pues así amó Aquel que, colgado en la cruz, dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» [] Pues no dijo: Padre, que vivan mucho tiempo; a mí ciertamente me matan, pero que vivan ellos. Él estaba arrojando de ellos la muerte eterna por los siglos de los siglos, con su oración misericordiosísima y con su poder sobrepujante. Muchos de ellos creyeron, y el derramamiento de la sangre de Cristo les fue perdonado. Al principio la derramaron mientras se enfurecían; ahora la beben mientras creen. «En esto conocemos que estamos en Él, si en Él somos hechos perfectos.» Acerca de la misma perfección del amor a los enemigos, el Señor, amonestando, dice: «Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto. [] Él,» pues, «que dice que permanece en Él, debe también él andar así como Él anduvo.» [] ¿Cómo, hermanos? ¿Qué nos aconseja? «El que dice que permanece en Él,» es decir, en Cristo, «debe también él andar así como Él anduvo.» ¿Acaso el consejo es éste, que andemos sobre el mar? ¡Lejos esté eso de nosotros! Es, pues, esto: que andemos en el camino de la justicia. ¿En qué camino? Ya lo he mencionado. Él estaba fijo en la cruz, y sin embargo andaba en este mismo camino: este camino es el camino de la caridad, «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» Si, pues, has aprendido a orar por tu enemigo, andas en el camino del Señor.

    Homilía 1, § 10–11

    10. «Amadísimos, no os escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que teníais desde el principio.» [] ¿Qué mandamiento llama él «antiguo? El que teníais,» dice, «desde el principio. Antiguo,» pues, en este sentido, porque ya lo habéis oído; de otro modo contradirá al Señor, donde dice: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros.» [] Pero ¿por qué «antiguo» mandamiento? No por pertenecer al hombre viejo. ¿Sino por qué? «El que teníais desde el principio. El mandamiento antiguo es la palabra que habéis oído.» Antiguo, pues, en este sentido, porque ya lo habéis oído. Y este mismo lo muestra como nuevo, diciendo: «Otra vez, os escribo un mandamiento nuevo.» [] No otro, sino el mismo que ha llamado antiguo, el mismo es también nuevo. ¿Por qué? «Lo cual es verdadero en Él y en vosotros.» ¿Por qué antiguo? Ya lo habéis oído: es decir, porque ya lo conocíais. Pero ¿por qué nuevo? «Porque las tinieblas han pasado, y la luz verdadera ahora resplandece.» He aquí de dónde es nuevo: porque las tinieblas pertenecen al hombre viejo, pero la luz al hombre nuevo. ¿Qué dice el apóstol Pablo? «Despojaos del hombre viejo, y vestíos del nuevo.» [] Y otra vez, ¿qué dice? «En otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor.» []
    11. «El que dice que está en la luz» —ahora está aclarando todo lo que ha venido diciendo— «el que dice que está en la luz, y odia a su hermano, está en tinieblas aún hasta ahora.» [] ¡Qué! Hermanos míos, ¿hasta cuándo os diremos: «Amad a vuestros enemigos»? [] Mirad si, lo que es peor, no odiáis a vuestros hermanos. Si amarais sólo a vuestros hermanos, aún no seríais perfectos; pero si odiáis a vuestros hermanos, ¿qué sois, dónde estáis? Cada uno mire su propio corazón: no guarde odio contra su hermano por ninguna palabra dura; por causa de contienda terrenal no se haga tierra. Pues quien odia a su hermano, no diga que anda en la luz. «El que dice que está en la luz, y odia a su hermano, está en tinieblas aún hasta ahora.» Así, un hombre que era pagano se ha hecho cristiano; observa bien: he aquí que estaba en tinieblas mientras era pagano; ahora en adelante es hecho cristiano; gracias a Dios, dicen todos gozosamente; se lee al apóstol, donde dice gozosamente: «Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor.» [] Antes adoraba ídolos, ahora adora a Dios; antes adoraba las cosas que hizo, ahora adora a Aquel que lo hizo. Ha cambiado: gracias a Dios, dicen todos los cristianos con gozoso saludo. ¿Por qué? Porque en adelante es uno que adora al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo; uno que detesta a los demonios y a los ídolos. Sin embargo, Juan está solícito por nuestro converso: mientras muchos lo saludan con alegría, él lo mira todavía con aprensión. Hermanos, acojamos de buen grado la solicitud de una madre. No sin causa está solícita la madre por nosotros cuando otros se alegran: por la madre quiero decir la caridad; pues ella habitaba en el corazón de Juan, cuando habló estas palabras. ¿Por qué, sino porque hay algo que teme en nosotros, aun cuando los hombres nos aclaman con alegría? ¿Qué es lo que teme? «El que dice que está en la luz» —¿Qué es esto? El que dice ahora que es cristiano— «y odia a su hermano, está en tinieblas aún hasta ahora.» Lo cual no hay necesidad de explicar; sino alegrarse de ello, si no es así, o lamentarlo, si lo es.

    Homilía 1, § 12

    12. «El que ama a su hermano permanece ( manet ) en la luz, y no hay en él ocasión de tropiezo.» [] —Os ruego por Cristo: Dios nos está alimentando, estamos a punto de refrescar nuestros cuerpos en el nombre de Cristo; ambos están en buena medida refrescados, y han de ser refrescados: que se alimente la mente. No digo esto porque vaya a hablar por mucho tiempo; pues he aquí, la lección ya está llegando a su fin; sino para que acaso por el cansancio no oigamos menos atentamente de lo que debemos aquello que es sumamente necesario.— «El que ama a su hermano permanece en la luz, y no hay escándalo,» o «ninguna ocasión de tropiezo, en él.» ¿Quiénes son los que se escandalizan o causan escándalo? Los que se ofenden en Cristo, y en la Iglesia. Los que se ofenden en Cristo son como quemados por el sol, los de la Iglesia como por la luna. Pero dice el Salmo: El sol no te quemará de día, ni la luna de noche: es decir, si mantienes firme la caridad, ni en Cristo tendrás ocasión de caída, ni en la Iglesia; ni a Cristo abandonarás, ni a la Iglesia. Pues el que abandona la Iglesia, ¿cómo está en Cristo quien no está en los miembros de Cristo? ¿Cómo está en Cristo quien no está en el cuerpo de Cristo? Aquellos, pues, se escandalizan, o tienen ocasión de caída, que abandonan a Cristo o a la Iglesia. ¿De dónde entendemos que el Salmo, al decir: «De día no te quemará el sol, ni la luna de noche,» lo dice de esto, que la quemadura significa escándalo, u ocasión de tropiezo? En primer lugar observa la semejanza misma. Así como la persona a quien algo está quemando dice: No puedo soportarlo, no puedo aguantarlo, y se retira; así aquellas personas que no pueden soportar algunas cosas en la Iglesia, y se retiran sea del nombre de Cristo sea de la Iglesia, se escandalizan. Pues mira cómo se escandalizaron como por el sol aquellos carnales a quienes Cristo predicó acerca de su carne, diciendo: «El que no come la carne del Hijo del Hombre y bebe su sangre, no tendrá vida en él.» [] Unas setenta personas dijeron: «Dura es esta palabra,» y se volvieron atrás de Él, y quedaron los doce. A todos aquellos el sol los quemó, y se volvieron atrás, no pudiendo soportar la fuerza del Verbo. Quedaron, pues, los doce. Y no sea que acaso los hombres imaginaran que confieren un beneficio a Cristo creyendo en Cristo, y no que el beneficio es conferido por Él a ellos; cuando quedaron los doce, el Señor les dijo: «¿Queréis acaso iros también vosotros?» Para que sepáis que yo soy necesario para vosotros, no vosotros para mí. Pero aquellos a quienes el sol no había quemado respondieron por la voz de Pedro: «Señor, tú tienes palabras de vida eterna; ¿a quién iremos?» Pero ¿quiénes son los que la Iglesia, como la luna, quema de noche? Los que han hecho cismas. Oye la mismísima palabra usada en el apóstol: «¿Quién se escandaliza, y yo no me quemo?» [] ¿En qué sentido, pues, es que no hay escándalo u ocasión de tropiezo en el que ama a su hermano? Porque el que ama a su hermano, todo lo soporta por causa de la unidad; porque es en la unidad de la caridad donde existe el amor fraterno. Alguien, no sé quién, te ofende: sea un hombre malo, o como supones un hombre malo, o como finges un hombre malo: ¿y abandonas a tantos hombres buenos? ¿Qué clase de amor fraterno es ese que ha aparecido en estas personas? ¡Mientras acusan a los africanos, han abandonado todo el mundo! ¿Qué, no había santos en todo el mundo? ¿O era posible que fueran condenados por vosotros sin ser oídos? Pero ¡oh! Si amarais a vuestros hermanos, no habría en vosotros ninguna ocasión de tropiezo. Oye el Salmo, lo que dice: «Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos ocasión de tropiezo.» Dice que hay mucha paz para los que aman la ley de Dios, y por eso no hay para ellos ocasión de tropiezo. Aquellos, pues, que se escandalizan, o tienen ocasión de tropiezo, destruyen la paz. ¿Y de quiénes dice que no toman ni causan ocasión de tropiezo? Los que aman la ley de Dios. Por consiguiente están en caridad. Pero alguno dirá: «Lo dijo de los que aman la ley de Dios, no de los hermanos.» Oye lo que dice el Señor: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros.» [] ¿Qué es la Ley sino mandamiento? Además, ¿cómo es que no toman ocasión de tropiezo, sino porque se soportan unos a otros? Como dice Pablo: «Soportándoos unos a otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.» [] Y para mostrar que ésta es la ley de Cristo, oye al mismo apóstol encomendando esta misma ley. «Sobrellevad los unos las cargas de los otros,» dice, «y cumpliréis así la ley de Cristo.» []

    Homilía 1, § 13

    13. «Porque el que aborrece a su hermano está en tinieblas, y anda en tinieblas, y no sabe adónde va.» [] Cosa grande, hermanos míos: notadlo, os lo rogamos. «El que aborrece a su hermano anda en tinieblas, y no sabe adónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos.» ¿Qué hay tan ciego como los que aborrecen a sus hermanos? Pues para que sepáis que son ciegos, han tropezado en un Monte. Digo estas mismas cosas muchas veces, para que no se os escapen de la memoria. La Piedra que fue «cortada del Monte sin manos,» ¿no es Cristo, que vino del reino de los judíos, sin obra de hombre? ¿Acaso no ha desmenuzado esa Piedra todos los reinos de la tierra, es decir, todas las dominaciones de los ídolos y de los demonios? ¿Acaso no ha crecido esa Piedra, y se ha hecho un gran monte, y ha llenado toda la tierra? ¿Señalamos con el dedo este Monte como se señala a los hombres la luna en su tercer día? Por ejemplo, cuando quieren que se vea la luna nueva, dicen: ¡Mira, la luna! ¡Mira allí, dónde está! Y si hay allí algunos que no tienen vista aguda, y dicen: ¿Dónde?, entonces se extiende el dedo para que la vean. A veces, avergonzados de ser tenidos por ciegos, dicen que han visto lo que no han visto. ¿Así señalamos la Iglesia, hermanos míos? ¿No está patente? ¿No es manifiesta? ¿No ha poseído a todas las naciones? ¿No se ha cumplido lo que tantos años antes fue prometido a Abraham, que en su simiente serían benditas todas las naciones? [] Fue prometido a un solo creyente, y el mundo está lleno de millares de creyentes. ¡He aquí el monte que llena toda la faz de la tierra! He aquí la ciudad de la cual se dice: «Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.» [] Pero aquéllos tropiezan en el monte, y cuando se les dice: Subid; «No hay monte,» dicen, y se estrellan la cabeza contra él antes que buscar allí morada. Ayer se leyó a Isaías; quien de vosotros estuvo despierto no sólo con los ojos, sino con el oído, y no con el oído del cuerpo sino con el oído del corazón, notó esto: «En los últimos días será manifiesto el monte de la casa del Señor, preparado sobre la cumbre de los montes.» [] ¿Qué hay tan manifiesto como un monte? Pero hay incluso montes desconocidos, porque están situados en una parte de la tierra. ¿Quién de vosotros conoce el monte Olimpo? Del mismo modo que los que habitan allí no conocen nuestro Giddaba. Estos montes están en diferentes partes de la tierra. Pero no es así aquel Monte, pues ha llenado toda la faz de la tierra, y de él se dice: «Preparado sobre la cumbre de los montes.» Es un Monte por encima de las cumbres de todos los montes. «Y,» dice, «a él serán reunidas todas las naciones.» ¿Quién puede dejar de conocer este Monte? ¿Quién se rompe la cabeza tropezando contra él? ¿Quién ignora la ciudad asentada sobre un monte? Pero no os maravilléis de que la desconozcan los que aborrecen a los hermanos, porque andan en tinieblas y no saben adónde van, porque las tinieblas les han cegado los ojos. No ven el Monte: no quiero que os maravilléis; no tienen ojos. ¿Cómo es que no tienen ojos? Porque las tinieblas los han cegado. ¿Cómo probamos esto? Porque aborrecen a los hermanos, en que, mientras se escandalizan de los africanos, se separan de toda la tierra: en que no toleran por la paz de Cristo a aquellos a quienes difaman, y toleran por causa de Donato a aquellos a quienes condenan.
    Comentario editorial · Donato, en el horizonte
    Agustín predica en una Iglesia africana dividida. El donatismo fue un cisma rigorista del norte de África que nació de la persecución de Diocleciano: en 311 Ceciliano fue consagrado obispo de Cartago por un supuesto traditor (quien había entregado las Escrituras), sus rivales elevaron a Mayorino y a este lo sucedió Donato Magno (313–355); los donatistas tenían por inválidos los sacramentos administrados por traditores (Wikipedia). Agustín, siempre según Wikipedia, sostuvo que la validez de un sacramento viene de Dios y no del carácter del ministro. En estas homilías el argumento es otro: la caridad. Aquí reprocha a los separados que no toleren, por la paz de Cristo, a quienes difaman, y toleren por Donato a quienes condenan.

    Homilía 2

    1 Juan 2:12-17

    Homilía 2, texto leído

    Os escribo a vosotros, hijitos, porque vuestros pecados os son perdonados por su nombre. Os escribo a vosotros, padres, porque habéis conocido al que es desde el principio. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno. Os escribo a vosotros, hijos, porque habéis conocido al Padre. Os escribo a vosotros, padres, porque habéis conocido al que es desde el principio. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno. No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida, no es del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y su concupiscencia; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (así como Dios también permanece para siempre).

    Homilía 2, § 1

    1. Todas las cosas que se leen de las Santas Escrituras para nuestra instrucción y salvación, conviene que las oigamos con atención solícita. Pero sobre todo han de encomendarse a nuestra memoria aquellas que tienen más fuerza contra los herejes; cuyas asechanzas insidiosas no cesan de rodear a todos los más débiles y negligentes. Recordad que nuestro Señor y Salvador Jesucristo murió por nosotros y resucitó; murió, a saber, por nuestros delitos, y resucitó para nuestra justificación. [] Así como acabáis de oír acerca de los dos discípulos a quienes encontró en el camino, cómo «sus ojos estaban retenidos para que no le conociesen;» [] y los halló desesperando de la redención que hay en Cristo, y juzgando que ya había padecido y estaba muerto como hombre, sin considerar que como Hijo de Dios vive siempre; y juzgando también que estaba tan muerto en la carne que no había de volver a la vida, sino solamente como uno de los profetas: como los que de vosotros estuvisteis atentos acabáis de oír sus propias palabras. Entonces «les abrió las Escrituras, comenzando por Moisés,» y recorriendo todos los profetas, mostrándoles que todo lo que había padecido había sido anunciado de antemano, para que no se escandalizaran más si el Señor resucitaba, y tanto menos dejaran de creerle, si estas cosas no hubieran sido dichas antes acerca de él. Porque la firmeza de la fe está en esto: en que todas las cosas que acontecieron en Cristo fueron anunciadas de antemano. Los discípulos, pues, no le conocieron, sino «en la fracción del pan.» Y en verdad, el que come y bebe no para su propio juicio en la fracción del pan, conoce a Cristo. [] Después también aquellos once «pensaron que veían un espíritu.» Él se dejó palpar por ellos, el que también se dejó crucificar; crucificar por enemigos, palpar por amigos: sin embargo, Médico de todos, tanto de la impiedad de aquéllos como de la incredulidad de éstos. Porque oísteis, cuando se leyeron los Hechos de los Apóstoles, cuántos millares de los que mataron a Cristo creyeron. [] Si creyeron después los que le habían matado, ¿no deberían creer los que por un poco de tiempo dudaron? Y sin embargo, aun respecto de ellos, (cosa que debéis especialmente observar y encomendar a vuestra memoria, porque aquello que nos ha de hacer fuertes contra los errores insidiosos, Dios se ha dignado ponerlo en las Escrituras, contra las cuales nadie se atreve a hablar, si de algún modo desea parecer cristiano), cuando se hubo dejado palpar por ellos, no le bastó, sino que quiso además confirmar por medio de las Escrituras el corazón de los que creen: porque miró hacia nosotros, que habíamos de venir después; puesto que en Él no tenemos nada que podamos palpar, sino que tenemos aquello que podemos leer. Porque si aquéllos creyeron sólo porque le sostuvieron y palparon, ¿qué haremos nosotros? Ahora, Cristo ha subido al cielo; no ha de venir sino al fin, a juzgar a vivos y muertos. ¿Por qué medio creeremos, sino por aquel por el cual quiso que aun los que le palparon fueran confirmados? Porque les abrió las Escrituras y les mostró que convenía que Cristo padeciera, y que se cumpliesen todas las cosas que de Él estaban escritas en la Ley de Moisés, y en los Profetas, y en los Salmos. Abarcó en su discurso todo el texto antiguo de las Escrituras. Todo lo que hay de aquellas Escrituras anteriores habla de Cristo; pero sólo si halla oídos. Él también «les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras.» Por lo cual también nosotros hemos de pedir esto: que Él nos abra el entendimiento.

    Homilía 2, § 2

    2. Pero ¿qué mostró el Señor que estaba escrito de Él en la Ley de Moisés, y en los Profetas, y en los Salmos? ¿Qué mostró? Que lo diga Él mismo. El evangelista lo ha puesto brevemente, para que sepamos qué debemos creer y entender en todo aquel gran conjunto de las Escrituras. Ciertamente hay muchas páginas y muchos libros; el contenido de todos ellos es esto que el Señor dijo brevemente a sus discípulos. ¿Qué es esto? Que «convenía que Cristo padeciera, y que resucitara al tercer día.» Ya lo tenéis ahora acerca del Esposo: que «convenía que Cristo padeciera, y que resucitara:» el Esposo nos ha sido presentado. Acerca de la Esposa, veamos qué dice; para que vosotros, cuando conozcáis al Esposo y a la Esposa, no vengáis sin razón a las bodas. Porque toda celebración es celebración de bodas: se celebran las nupcias de la Iglesia. El Hijo del Rey está a punto de casarse con una esposa, y ese Hijo del Rey es Él mismo Rey: y los invitados que frecuentan las bodas son ellos mismos la Esposa. No, como en un matrimonio carnal, unos son invitados, y otra es la que se casa; en la Iglesia los que vienen como invitados, si vienen con buen propósito, se convierten en la Esposa. Porque toda la Iglesia es la Esposa de Cristo, de la cual el principio y las primicias es la carne de Cristo: allí la Esposa fue unida al Esposo en la carne. Con razón, cuando quiso significar esa misma carne, partió el pan, y con razón «en la fracción del pan,» los ojos «de los discípulos fueron abiertos, y le conocieron.» Pues bien, ¿qué dijo el Señor que estaba escrito de Él en la Ley, los Profetas y los Salmos? Que «convenía que Cristo padeciera.» Si no hubiera añadido, «y que resucitara,» bien podrían llorar aquellos cuyos ojos estaban retenidos; pero «que resucitara» también está anunciado. ¿Y por qué esto? ¿Por qué convenía que Cristo padeciera y resucitara? A causa de aquel Salmo que especialmente encomendamos a vuestra atención el cuarto día, en la primera estación de la semana pasada. ¿Por qué convenía que Cristo padeciera y resucitara? Por esta razón: «Todos los confines de la tierra se acordarán y se convertirán al Señor, y todas las familias de las naciones adorarán delante de Él.» Para que sepáis que convenía que Cristo padeciera y resucitara; en este lugar también, ¿qué añadió Él, para que después de presentar al Esposo, pudiera presentar también a la Esposa? «Y que se predicase,» dice, «en su nombre, el arrepentimiento y la remisión de los pecados por todas las naciones, comenzando por Jerusalén.» Habéis oído, hermanos; retenedlo firmemente. Ninguno dude acerca de la Iglesia, que está «por todas las naciones:» ninguno dude que comenzó en Jerusalén y ha llenado todas las naciones. Conocemos el campo donde está plantada la Viña: pero cuando ha crecido no lo conocemos, porque ha ocupado todo. ¿De dónde comenzó? «En Jerusalén.» ¿Adónde ha llegado? A «todas las naciones.» Quedan pocas: poseerá todas. Entretanto, mientras va tomando posesión de todas, ha parecido bien al Viñador cortar algunas ramas inútiles, y ellas han hecho herejías y cismas. No dejéis que las ramas cortadas os induzcan a ser cortados: más bien exhortad a los cortados a que sean injertados de nuevo. Es manifiesto que Cristo ha padecido, ha resucitado y ha subido al cielo: también se ha hecho manifiesta la Iglesia, porque «se predica en su nombre el arrepentimiento y la remisión de los pecados por todas las naciones.» ¿De dónde comenzó? «Comenzando por Jerusalén.» El hombre oye esto; necio y vano, y (¿cómo lo diré?) ¡peor que ciego! tan grande monte, y no lo ve; una vela puesta sobre un candelero, ¡y cierra los ojos contra ella!

    Homilía 2, § 3–4

    3. Cuando les decimos: Si sois cristianos católicos, comunicad con aquella Iglesia desde la cual el Evangelio se ha difundido por toda la tierra: comunicad con aquella Jerusalén: cuando les decimos esto, nos responden: Nosotros no comunicamos con aquella ciudad donde nuestro Rey fue muerto, donde nuestro Señor fue muerto: como si odiaran la ciudad donde nuestro Señor fue muerto. Los judíos mataron a Aquel a quien hallaron en la tierra; ¡éstos desprecian a Aquel que está sentado en el cielo! ¿Quiénes son peores: los que le despreciaron porque le tenían por hombre, o los que desprecian los sacramentos de Aquel a quien ahora confiesan que es Dios? Pero odian, en verdad, la ciudad en que su Señor fue muerto. ¡Hombres piadosos y misericordiosos! ¡Se duelen mucho de que Cristo fue muerto, y en los hombres matan a Cristo! Pero Él amó aquella ciudad y se compadeció de ella: desde ella mandó que comenzara su predicación, «comenzando por Jerusalén.» Allí hizo el comienzo de la predicación de su nombre: ¡y vosotros retrocedéis con horror de tener comunión con aquella ciudad! No es maravilla que, cortados, aborrezcáis la raíz. ¿Qué dijo Él a sus discípulos? «Permaneced sentados en la ciudad, porque envío sobre vosotros mi promesa.» ¡He aquí qué ciudad es la que odian! Quizá la amarían, si los asesinos de Cristo habitaran en ella. Porque es manifiesto que todos los asesinos de Cristo, es decir, los judíos, han sido expulsados de aquella ciudad. Lo que tenía en sí a los que eran feroces contra Cristo, tiene ahora a los que adoran a Cristo. Por eso estos hombres la odian, porque los cristianos están en ella. Allí fue su voluntad que sus discípulos se detuvieran, y allí que les enviara el Espíritu Santo. ¿Dónde tuvo comienzo la Iglesia, sino allí donde el Espíritu Santo vino del cielo y llenó a los ciento veinte que estaban sentados en un mismo lugar? Aquel número doce se hizo diez veces mayor. Estaban sentadas ciento veinte personas, y vino el Espíritu Santo, «y llenó toda la casa, y vino un estruendo, como de un viento recio que soplaba, y aparecieron lenguas repartidas, como de fuego.» Habéis oído los Hechos de los Apóstoles: ésta fue la lección leída hoy: «Comenzaron a hablar en lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.» Y todos los que estaban allí presentes, judíos venidos de diversas naciones, reconocieron cada uno su propia lengua, y se maravillaron de que aquellos hombres indoctos e ignorantes hubiesen aprendido de repente no una o dos lenguas, sino las lenguas de todas las naciones. Allí, pues, donde sonaron todas las lenguas, allí se significó que todas las lenguas habían de creer. Pero estos hombres, que aman mucho a Cristo y por eso rehúsan comunicar con la ciudad que mató a Cristo, honran a Cristo de tal modo que afirman que ha quedado reducido a dos lenguas: el latín y el púnico, es decir, africano. ¡Cristo posee sólo dos lenguas! Porque no hay más que estas dos lenguas del lado de Donato; más no tienen. Despertemos, hermanos míos; veamos más bien el don del Espíritu de Dios, y creamos las cosas dichas antes acerca de Él, y veamos cumplidas las cosas dichas antes en el Salmo: «No hay discursos ni palabras, pero sus voces son oídas entre ellos.» Y no sea acaso que las lenguas mismas hayan venido a un solo lugar, y no más bien que el don de Cristo haya venido a todas las lenguas; oíd lo que sigue: «Por toda la tierra ha salido su sonido, y hasta los confines del mundo sus palabras.» ¿Por qué esto? Porque «en el sol ha puesto su tabernáculo,» es decir, en la luz abierta. Su tabernáculo, su carne: su tabernáculo, su Iglesia: «en el sol» está puesto; no en la noche, sino en el día. Pero ¿por qué aquéllos no lo reconocen? Volved a la lección en el lugar donde terminó ayer, y ved por qué no lo reconocen: «El que aborrece a su hermano, anda en tinieblas, y no sabe adónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos.» Nosotros, pues, veamos lo que sigue, y no estemos en tinieblas. ¿Cómo no estaremos en tinieblas? Si amamos a los hermanos. ¿Cómo se prueba que amamos la fraternidad? Por esto: porque no rompemos la unidad, porque retenemos firmemente la caridad.
    4. «Os escribo a vosotros, hijitos, porque vuestros pecados os son perdonados por su nombre.» [] Por tanto, «hijitos,» porque en el perdón de los pecados tenéis vuestro nacimiento. Pero ¿por nombre de quién son perdonados los pecados? ¿Por el de Agustín? No; por tanto, tampoco por el nombre de Donato. Procurad ver quién es Agustín, o quién Donato: no, ni por el nombre de Pablo, ni por el nombre de Pedro. Porque a los que se repartieron la Iglesia para sí y, saliendo de la unidad, intentaron formar partidos, la madre caridad en el apóstol, sufriendo dolores de parto por sus hijitos, expone sus propias entrañas, con palabras como si rasgara sus pechos, llora a sus hijos a quienes ve sacados muertos; llama de nuevo al único Nombre a los que querían hacerse muchos nombres; los aparta del amor de ella para que Cristo sea amado, y dice: «¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?» [] ¿Qué dice? «No querría que fueseis míos, para que así estéis conmigo: estad conmigo; todos nosotros somos de Aquel que murió por nosotros, que fue crucificado por nosotros»: de donde también aquí se dice: «Vuestros pecados os son perdonados por su nombre,» no por el nombre de hombre alguno.

    Homilía 2, § 5–8

    5. «Os escribo a vosotros, padres.» [] ¿Por qué primero hijos? «Porque vuestros pecados os son perdonados por su nombre,» y sois regenerados a una vida nueva; por eso, hijos. ¿Por qué padres? «Porque habéis conocido al que es desde el principio:» pues el principio tiene relación con la paternidad. Cristo, nuevo en la carne, pero antiguo en la divinidad. ¿Cuán antiguo pensamos? ¿De cuántos años? ¿Pensamos que de mayor edad que su madre? Ciertamente, de mayor edad que su madre, porque «todas las cosas fueron hechas por Él.» [] Si todas las cosas, entonces el Antiguo hizo a la misma madre de la cual el Nuevo había de nacer. ¿Era, pensamos, antes que su madre solamente? Sí, y antes que los antepasados de su madre se extiende su antigüedad. El antepasado de su madre era Abraham; y el Señor dice: «Antes que Abraham fuese, Yo Soy.» [] ¿Antes de Abraham, decimos? El cielo y la tierra, antes que existiera el hombre, fueron hechos. Antes de éstos era el Señor, y aún más bien, es. Porque muy bien dice, no: Antes que Abraham fuese, yo era, sino: «Antes que Abraham fuese, Yo Soy.» Porque aquello de lo cual uno dice «era,» ya no es; y aquello de lo cual uno dice «será,» todavía no es: Él no conoce otra cosa sino el ser. Como Dios, conoce «ser:» «era» y «será» no los conoce. Es un solo día allí, pero un día que es por los siglos de los siglos. En aquel día, el ayer y el mañana no se interponen en medio: porque cuando el 'ayer' termina, comienza el 'hoy', para ser terminado por el 'mañana' que viene. Aquel único día es un día sin tinieblas, sin noche, sin espacios, sin medida, sin horas. Llamadlo como queráis: si queréis, es un día; si queréis, un año; si queréis, años. Porque de este mismo se dice: «Y tus años no se acabarán.» Pero ¿cuándo se le llama día? Cuando se dice al Señor: «Hoy te he engendrado.» Del Padre eterno engendrado, desde la eternidad engendrado, en la eternidad engendrado: sin principio, sin límite, sin espacio de anchura; porque Él es lo que es, porque Él mismo es «el Que Es.» Este nombre suyo lo dijo a Moisés: «Dirás a ellos: El Que Es me ha enviado a vosotros.» [] ¿Por qué hablar, pues, de «antes de Abraham»? ¿Por qué, antes de Noé? ¿Por qué, antes de Adán? Oíd la Escritura: «Antes del lucero te he engendrado.» En fin, antes del cielo y de la tierra. ¿Por qué? Porque «todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho.» [] Por esto conocéis a los «padres:» porque llegan a ser padres reconociendo «Aquello que es desde el principio.»
    6. «Os escribo a vosotros, jóvenes.» Hay hijos, hay padres, hay jóvenes: hijos, porque han sido engendrados; padres, porque reconocen el Principio; ¿por qué jóvenes? «Porque habéis vencido al maligno.» En los hijos, el nacimiento; en los padres, la antigüedad; en los jóvenes, la fortaleza. Si el maligno es «vencido» por los jóvenes, combate contra nosotros. Combate, pero no vence. ¿Por qué? Porque somos fuertes, o porque es fuerte en nosotros Aquel que en manos de los perseguidores fue hallado débil. Nos ha hecho fuertes Aquel que no resistió a sus perseguidores. «Porque fue crucificado en debilidad, pero vive por el poder de Dios.» []
    7. «Os escribo a vosotros, hijitos.» [1 Juan ii.13] ¿Por qué hijitos? «Porque habéis conocido al Padre. Os escribo a vosotros, padres:» él insiste en esto y repite: «Porque habéis conocido al Que es desde el principio.» Recordad que sois padres: si olvidáis «al Que es desde el principio,» habéis perdido la paternidad. «Os escribo a vosotros, jóvenes.» Considerad una y otra vez que sois jóvenes: combatid para vencer; venced para ser coronados; sed humildes para no caer en el combate. «Os escribo a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno.»
    8. Todas estas cosas, hermanos míos, —«porque hemos conocido al Que es desde el principio, porque somos fuertes, porque hemos conocido al Padre,»— ¿no elogian, en cierto modo, el conocimiento, no la caridad? Si hemos conocido, amemos: pues el conocimiento sin caridad no salva. «El conocimiento hincha, la caridad edifica.» [] Si tienes ánimo de confesar y no amar, empiezas a ser como los demonios. Los demonios confesaron al Hijo de Dios y dijeron: «¿Qué tenemos nosotros contigo?» [] y fueron rechazados. Confiesa y abraza. Pues aquéllos temieron por sus iniquidades; amad vosotros a Aquel que perdona vuestras iniquidades. Pero ¿cómo podemos amar a Dios, si amamos al mundo? Él nos prepara, pues, para ser habitados por la caridad. Hay dos amores: el del mundo y el de Dios. Si el amor del mundo habita, no hay entrada para el amor de Dios: deje paso el amor del mundo y habite el amor de Dios; ocupe su lugar el mejor. Amasteis el mundo: no améis al mundo; cuando hayáis vaciado vuestro corazón del amor terreno, beberéis el amor divino, y desde entonces comenzará la caridad a habitar en vosotros, de la cual ningún mal puede proceder. Oíd, pues, sus palabras, cómo procede al modo de quien despeja un terreno. Llega a los corazones de los hombres como a un campo que quiere ocupar; pero ¿en qué estado lo encuentra? Si halla un bosque, lo arranca de raíz; si halla el campo despejado, lo planta. Quiere plantar allí un árbol, la caridad. ¿Y cuál es el bosque que quiere arrancar? El amor del mundo. ¡Oídle, al que arranca el bosque! «No améis al mundo,» (porque esto viene a continuación,) «ni las cosas que están en el mundo; si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.» []

    Homilía 2, § 9–11

    9. Habéis oído que «si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.» Que nadie diga en su corazón que esto es falso, hermanos: Dios lo dice; el Espíritu Santo lo ha hablado por el Apóstol; nada más verdadero: «Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.» ¿Queréis tener el amor del Padre, para ser coherederos con el Hijo? No améis al mundo. Excluid el mal amor del mundo, para que seáis llenos del amor de Dios. Sois un vaso, pero aún estáis llenos. Derramad lo que tenéis, para recibir lo que no tenéis. Ciertamente, nuestros hermanos ahora han nacido de nuevo del agua y del Espíritu; también nosotros hace algunos años nacimos de nuevo del agua y del Espíritu. Bueno es para nosotros que no amemos al mundo, no sea que los sacramentos permanezcan en nosotros para condenación, no como medios de fortalecimiento para salvación. Lo que fortalece para salvación es tener la raíz de la caridad, tener el «poder de la piedad,» no sólo «la forma.» [] Buena es la forma, santa la forma; pero ¿de qué aprovecha la forma, si no tiene la raíz? La rama cortada, ¿no es echada al fuego? Tened la forma, pero en la raíz. Mas ¿de qué modo estáis arraigados para no ser desarraigados? Manteniendo la caridad, como dice el apóstol Pablo, «arraigados y cimentados en la caridad.» [] ¿Cómo se arraigará allí la caridad, en medio de la maleza crecida del amor del mundo? Haced una buena limpieza de los bosques. Una semilla poderosa estáis a punto de sembrar: que no haya en el campo algo que ahogue la semilla. Éstas son las palabras de desarraigo que ha dicho: «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.» []
    10. «Porque todo lo que hay en el mundo es la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida,» [] tres cosas ha dicho que no son del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y su concupiscencia; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre, así como Él permanece para siempre. ¿Por qué no he de amar lo que Dios hizo? ¿Qué queréis? ¿Queréis amar las cosas del tiempo y pasar con el tiempo, o no amar al mundo y vivir para la eternidad con Dios? El río de las cosas temporales arrastra; pero como un árbol nacido junto al río es nuestro Señor Jesucristo. Asumió carne, murió, resucitó, subió al cielo. Fue su voluntad plantarse, por así decir, junto al río de las cosas del tiempo. ¿Vas precipitándote por la corriente hacia el abismo profundo? Aférrate al árbol. ¿Te arrastra el amor del mundo? Aférrate a Cristo. Por ti se hizo temporal, para que tú te hicieras eterno; porque Él se hizo temporal de tal modo que permaneció eterno. Algo se le añadió del tiempo; nada se le quitó de su eternidad. Mas tú naciste temporal, y por el pecado fuiste hecho temporal: tú fuiste hecho temporal por el pecado; Él fue hecho temporal por misericordia al perdonar los pecados. ¡Cuán grande es la diferencia, cuando dos están en una prisión, entre el criminal y quien lo visita! Pues una vez una persona va a su amigo y entra a visitarlo, y ambos parecen estar en prisión; pero se distinguen por una gran diferencia. A uno lo abruma su causa; al otro lo ha llevado allí la humanidad. Así en este nuestro estado mortal, nosotros estábamos retenidos por nuestra culpa; Él descendió por misericordia: entró hasta el cautivo, Redentor, no opresor. El Señor derramó por nosotros su sangre, nos redimió, cambió nuestra esperanza. Aún llevamos la mortalidad de la carne, y recibimos la futura inmortalidad en prenda; y en el mar somos sacudidos por las olas, pero ya tenemos fija en la tierra el ancla de la esperanza.
    11. Pero no amemos al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Porque las cosas que están en el mundo son la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. «Las cosas que están en el mundo, Dios las hizo: es decir el cielo y la tierra, el mar; el sol, la luna, las estrellas, todo el ornato de los cielos. ¿Cuál es el ornato del mar? Todos los seres que se arrastran. ¿Cuál el de la tierra? Los animales, los árboles, las aves. Éstas están 'en el mundo'; Dios las hizo. ¿Por qué, pues, no he de amar lo que Dios ha hecho?» Que el Espíritu de Dios esté en vosotros, para que veáis que todas estas cosas son buenas; pero ¡ay de vosotros si amáis las cosas hechas y abandonáis al Hacedor de ellas! Hermosas son para vosotros; pero ¡cuánto más hermoso Aquel que las formó! Prestad atención, amados. Pues por semejanzas podéis ser instruidos: no sea que Satanás os sorprenda diciendo lo que suele decir: Goza de la criatura de Dios; ¿para qué hizo Él esas cosas sino para tu gozo? Y los hombres se emborrachan, y perecen, y olvidan a su propio Creador; mientras usan no con templanza sino con concupiscencia las cosas creadas, el Creador es despreciado. De tales dice el Apóstol: «Adoraron y sirvieron a la criatura antes que al Creador, el cual es bendito por siempre.» [] Dios no os prohíbe amar estas cosas, sin embargo, no debéis poner en ellas vuestro afecto para la bienaventuranza, sino aprobarlas y alabarlas con este fin: que améis a vuestro Creador. De la misma manera, hermanos míos, como si un esposo hiciera un anillo para su esposa, y ella, habiendo recibido el anillo, lo amara más de lo que ama al esposo que hizo el anillo para ella: ¿no sería hallada su alma culpable de adulterio en el mismo don del esposo, aunque no amara sino lo que el esposo le dio? De ningún modo deje de amar lo que el esposo le dio; pero si dijera: «Este anillo me basta, ya no deseo ver su rostro:» ¿qué clase de mujer sería? ¿Quién no detestaría tal insensatez? ¿Quién no la declararía culpable de mente adúltera? Amas el oro en lugar del hombre, amas un anillo en lugar del esposo: si esto hay en ti, que amas un anillo en lugar de tu esposo, y no deseas ver a tu esposo; el haberte dado la arras no sirve para desposarte con él, sino para apartar de él tu corazón. Por esto da el esposo la arras, para que en la arras sea él mismo amado. Pues bien, Dios os dio todas estas cosas: amad a Aquel que las hizo. Hay más que Él desearía daros: su mismo Ser, que hizo estas cosas. Pero si amáis éstas —aunque Dios las hizo— y descuidáis al Creador y amáis al mundo, ¿no será vuestro amor tenido por adúltero?

    Homilía 2, § 12–13

    12. Porque «el mundo» es el nombre dado no sólo a esta fábrica que Dios hizo: cielo y tierra, el mar, las cosas visibles e invisibles; sino que los habitantes del mundo son llamados mundo, así como llamamos «casa» tanto a las paredes como a los que habitan en ella. Y a veces alabamos una casa y criticamos a sus habitantes. Pues decimos: Buena casa, porque está revestida de mármol y hermosamente artesonada; y en otro sentido decimos: Buena casa: allí nadie sufre agravio, no se cometen actos de rapiña ni actos de opresión. Ahora no alabamos el edificio, sino a los que moran dentro del edificio; sin embargo llamamos «casa,» a una y otra cosa. Pues todos los amadores del mundo, porque por el amor habitan el mundo, así como habitan el cielo aquellos cuyo corazón está en lo alto mientras en la carne caminan sobre la tierra: digo, pues, que todos los amadores del mundo son llamados mundo. Éstos tienen sólo estas tres cosas: «concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, vanagloria de la vida.» Porque desean comer, beber, cohabitar: usar de estos placeres. No ciertamente que no haya medida permitida en estas cosas, o que cuando se dice: No améis estas cosas, signifique que no habéis de comer, ni de beber, ni de engendrar hijos. No es eso lo que se dice. Sólo que haya medida, a causa del Creador, para que estas cosas no os aten por vuestro amor a ellas; no sea que améis para el gozo lo que debéis tener para el uso. Pero no sois puestos a prueba sino cuando se os proponen dos cosas, esto o aquello: ¿Queréis justicia o ganancias? No tengo con qué vivir, no tengo con qué comer, no tengo con qué beber. Pero ¿y si no podéis tener estas cosas sino por la iniquidad? ¿No es mejor amar lo que no perdéis, que perderos a vosotros mismos por la iniquidad? Veis la ganancia del oro, la pérdida de la fe no la veis. Esto, pues, dice él, es «la concupiscencia de la carne,» es decir el deseo de aquellas cosas que pertenecen a la carne, como el alimento, la cohabitación carnal y todas las demás semejantes.
    13. «Y la concupiscencia de los ojos:» por «la concupiscencia de los ojos,» entiende él toda curiosidad. ¡Cuán vasto es el alcance de la curiosidad! Ésta es la que actúa en los espectáculos, en los teatros, en los sacramentos del diablo, en las artes mágicas, en los tratos con las tinieblas: ninguna otra cosa sino la curiosidad. A veces tienta incluso a los siervos de Dios, de modo que desean, por así decir, hacer un milagro, tentar a Dios para ver si escuchará sus oraciones en la realización de milagros; es curiosidad: esto es «la concupiscencia de los ojos;» «no es del Padre.» Si Dios ha dado el poder, haz el milagro, pues Él lo ha puesto en tu camino para hacerlo; porque no penséis que los que no han hecho milagros no pertenecerán al reino de Dios. Cuando los apóstoles se alegraban de que los demonios se les sujetaban, ¿qué les dijo el Señor? «No os alegréis de esto, sino alegraos de que vuestros nombres están escritos en el cielo.» [] En aquello querría Él que se alegraran los apóstoles, en lo cual también vosotros os alegráis. ¡Ay de ti en verdad si tu nombre no está escrito en el cielo! ¿Es acaso mal para ti si no resucitas a los muertos? ¿Es mal para ti si no caminas sobre el mar? ¿Es mal para ti si no expulsas demonios? Si has recibido poder para hacerlo, úsalo humildemente, no con soberbia. Pues aun de ciertos falsos profetas ha dicho el Señor que «harán señales y prodigios.» [] Por tanto, que no haya «ambición del mundo:» Ambitio sæculi es la soberbia. El hombre desea engrandecerse en sus honores: se cree grande, ya sea por las riquezas, ya por algún poder.

    Homilía 2, § 14

    14. Estas tres hay, y no podéis hallar nada por lo cual la codicia humana pueda ser tentada, sino por la concupiscencia de la carne, o la concupiscencia de los ojos, o la soberbia de la vida. Por estas tres fue tentado el Señor por el diablo. [] Por la concupiscencia de la carne fue tentado cuando se le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en pan,» cuando tuvo hambre después de su ayuno. Pero ¿de qué modo rechazó al tentador, y enseñó a su soldado a combatir? Mirad lo que le dijo: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios.» Fue tentado también por la concupiscencia de los ojos respecto de un milagro, cuando le dijo: «Arrójate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, y en sus manos te llevarán, para que no tropieces con tu pie en piedra alguna.» Resistió al tentador, pues hacer el milagro sólo habría sido parecer que o cedía o lo hacía por curiosidad; porque Él obraba cuando quería, como Dios, aunque sanando a los débiles. Pues si lo hubiera hecho entonces, habría podido pensarse que sólo quería hacer un milagro. Mas para que los hombres no pensaran esto, mirad lo que respondió; y cuando os sobrevenga una tentación semejante, decid también lo mismo: «Apártate de mí, Satanás; porque escrito está: No tentarás al Señor tu Dios:» es decir, si hago esto, tentaré a Dios. Él dijo lo que quiere que digáis. Cuando el enemigo os sugiera: «¿Qué clase de hombre, qué clase de cristiano eres? ¿Acaso has hecho ya un milagro, o por tus oraciones han resucitado los muertos, o has sanado a los febriles? Si fueras de alguna importancia, harías algún milagro:» responded y decid: «Escrito está: No tentarás al Señor tu Dios:» por tanto no tentaré a Dios, como si hubiera de pertenecer a Dios si hago un milagro, y no pertenecer si no hago ninguno. ¿Y qué es entonces de sus palabras: «Alegraos, porque vuestros nombres están escritos en el cielo»? Por «la soberbia de la vida,» ¿cómo fue tentado el Señor? Cuando lo llevó a un lugar alto y le dijo: «Todo esto te daré, si postrándote me adoras.» Por la alteza de un reino terrenal quiso tentar al Rey de todos los siglos: pero el Señor que hizo el cielo y la tierra pisoteó al diablo. ¿Qué gran cosa es que el diablo fuera vencido por el Señor? Pues ¿qué hizo Él en la respuesta que dio al diablo, sino enseñarte la respuesta que quiere que des? «Escrito está: Adorarás al Señor tu Dios, y a Él solo servirás.» Afirmándoos en estas cosas, no tendréis la concupiscencia del mundo; y no teniendo la concupiscencia del mundo, ni la concupiscencia de la carne, ni la concupiscencia de los ojos, ni la soberbia de la vida os subyugarán, y haréis lugar a la Caridad cuando venga, para que podáis amar a Dios. Porque si el amor del mundo está allí, el amor de Dios no estará allí. Aférrate más bien al amor de Dios, para que, así como Dios es por siempre jamás, así también tú permanezcas por siempre jamás: porque cada uno es tal como es su amor. Ama la tierra, y serás tierra. Ama a Dios, ¿qué diré? ¿Serás un dios? No me atrevo a decirlo de mí mismo; oigamos a las Escrituras: «Yo dije: Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo.» Si, pues, queréis ser dioses e hijos del Altísimo, «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, es la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida, que no es del Padre, sino del mundo:» [] es decir de los hombres, amadores del mundo. «Y el mundo pasa, y sus concupiscencias; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre, así como Dios también permanece para siempre.»

    Homilía 3

    1 Juan 2:18-27

    Homilía 3, texto leído

    «Hijitos, es la última hora; y como habéis oído que el anticristo ha de venir, así ahora hay ya muchos anticristos; por lo cual conocemos que es la última hora. Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros, sin duda habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestara que no todos son de nosotros. Mas vosotros tenéis una unción del Santo, y conocéis todas las cosas. Os escribo, no porque no conozcáis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira es de la verdad. ¿Quién es mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? [Éste es anticristo: el que niega al Padre y al Hijo.] Todo el que niega al Hijo, ése no tiene ni al Padre ni al Hijo; y el que reconoce al Hijo tiene también al Padre y al Hijo. Permanezca, pues, en vosotros lo que habéis oído desde el principio. Si lo que habéis oído desde el principio permanece en vosotros, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre. Y ésta es la promesa que Él nos ha prometido: la vida eterna. Estas cosas os he escrito acerca de los que os seducen; para que sepáis que tenéis una unción, y que la unción que de Él habéis recibido permanezca en vosotros. Y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; porque su unción os enseña todas las cosas.»

    Homilía 3, § 1–4

    1. «Hijitos, es la última hora.» En esta lección se dirige a los hijitos para que se apresuren a crecer, porque «es la última hora.» La edad o la estatura del cuerpo no está en la propia voluntad. El hombre no crece en lo que toca a la carne cuando quiere, como tampoco nace cuando quiere; mas, allí donde el nacer depende de la voluntad, el crecer también depende de la voluntad. Nadie es «nacido del agua y del Espíritu,» [] sino queriéndolo. Por consiguiente, si quiere, crece y se adelanta; si quiere, mengua. ¿Qué es crecer? Avanzar aprovechando. ¿Qué es menguar? Retroceder decayendo. Quien sabe que ha nacido, oiga que es un infante; aférrese con ansia a los pechos de su madre, y crecerá de prisa. Su madre es la Iglesia; y sus pechos son los dos Testamentos de las divinas Escrituras. De allí mame la leche de todas las cosas que, como signos de las verdades espirituales, se hicieron en el tiempo para nuestra salvación eterna, a fin de que, nutrido y fortalecido, llegue a comer el alimento sólido, que es: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.» [] Nuestra leche es Cristo en su humildad; nuestro alimento sólido, el mismo Cristo igual al Padre. Con leche os nutre, para luego alimentaros con pan: porque tocar espiritualmente a Cristo con el corazón es conocer que Él es igual al Padre.
    2. Por eso fue por lo que prohibió a María que le tocase, y le dijo: «No me toques, porque aún no he subido al Padre.» ¿Qué es esto? Se dejó tocar por los discípulos, ¿y rehuyó el contacto de María? ¿No es el mismo que dijo al discípulo que dudaba: «Acerca aquí tus dedos, y palpa las cicatrices»? ¿Había subido ya entonces al Padre? Entonces, ¿por qué prohíbe a María, y dice: «No me toques, porque aún no he subido al Padre?» ¿O diremos que no temía ser tocado por los hombres, y temía ser tocado por las mujeres? Su tacto limpia toda carne. ¿De aquellos a quienes quiso manifestarse primero temió ser tocado? ¿No fue su resurrección anunciada a los hombres por mujeres, para que la serpiente fuese vencida por una especie de contraardid? Pues, como él primero anunció la muerte al hombre por la mujer, así también la vida fue anunciada a los hombres por una mujer. Entonces, ¿por qué no quiso ser tocado, sino porque quería que se entendiese aquel toque espiritual? El toque espiritual se realiza desde un corazón puro. Aquel toca a Cristo con corazón puro que le comprende igual al Padre. Mas quien no comprende todavía la divinidad de Cristo, ése llega sólo hasta la carne, no llega a la divinidad. Ahora bien, ¿qué gran cosa es llegar sólo a aquello a que llegaron los perseguidores que le crucificaron? Lo grande es entender al Verbo Dios con Dios, en el principio, por quien todas las cosas fueron hechas: tal como quiso darse a conocer cuando dijo a Felipe: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ve a mí, ve también al Padre.» []
    3. Pero para que nadie sea perezoso en avanzar, oiga: «Hijitos, es la última hora.» Avanzad, corred, creced; «es la última hora.» Esta misma última hora es larga; sin embargo, es la última. Pues ha puesto «hora» por «el tiempo último;» porque es en los últimos tiempos cuando ha de venir nuestro Señor Jesucristo. Pero algunos dirán: ¿Cómo los últimos tiempos? ¿Cómo la última hora? Ciertamente primero vendrá el anticristo, y después vendrá el día del juicio. Juan percibió estos pensamientos: para que no se sintiesen seguros y pensaran que no era la última hora porque había de venir el anticristo, les dijo: «Y como habéis oído que el anticristo ha de venir, ahora han venido ya muchos anticristos.» ¿Podría haber muchos anticristos si no fuera «la última hora»?
    4. ¿A quiénes ha llamado anticristos? Continúa y lo explica. «En esto conocemos que es la última hora.» ¿Por qué? Porque «han venido muchos anticristos. Salieron de nosotros;» ¡ved a los anticristos! «Salieron de nosotros:» por eso lloramos la pérdida. Oíd el consuelo. «Pero no eran de nosotros.» Todos los herejes, todos los cismáticos salieron de nosotros, es decir, salen de la Iglesia; pero no saldrían si fueran de nosotros. Por tanto, antes de salir no eran de nosotros. Si antes de salir no eran de nosotros, muchos están dentro, no han salido, y sin embargo son anticristos. Nos atrevemos a decir esto; y ¿por qué, sino para que cada uno, mientras esté dentro, no sea anticristo? Pues va a describir y señalar a los anticristos, y ahora los veremos. Y cada uno debe examinar su propia conciencia, si es anticristo. Pues anticristo en nuestra lengua significa contrario a Cristo. No, como algunos lo entienden, que se haya de llamar anticristo porque ha de venir ante Christum, antes de Cristo, i.e., que Cristo haya de venir después de él: no significa esto, ni así está escrito, sino Antichristus, i.e. contrario a Cristo. Ahora bien, quién es contrario a Cristo ya lo percibís por la propia exposición del apóstol, y entendéis que nadie puede salir sino los anticristos; mientras que los que no son contrarios a Cristo de ningún modo pueden salir. Pues el que no es contrario a Cristo permanece firme en su cuerpo, y con él es contado como miembro. Los miembros nunca son contrarios unos a otros. El cuerpo entero consta de todos los miembros. ¿Y qué dice el apóstol acerca de la concordia de los miembros? «Si un miembro padece, todos los miembros padecen con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se gozan con él.» [] Si, pues, en la honra de un miembro los demás miembros se gozan con él, y en su padecimiento todos los miembros padecen, la concordia de los miembros no tiene anticristo. Y hay quienes dentro están de tal modo en el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo —dado que su cuerpo está aún bajo cura, y la salud no será perfecta sino en la resurrección de los muertos— están de tal manera en el cuerpo de Cristo como los malos humores. Cuando éstos son vomitados, el cuerpo se alivia; así también, cuando los malos salen, la Iglesia se alivia. Y dice uno, cuando el cuerpo vomita y los arroja fuera: Estos humores salieron de mí, pero no eran de mí. ¿Cómo no eran de mí? No fueron cortados de mi carne, sino que oprimían mi pecho mientras estaban en mí.

    Homilía 3, § 5–7

    5. «Salieron de nosotros; pero» no os entristezcáis, «no eran de nosotros.» ¿Cómo lo probáis? Si hubieran sido de nosotros, sin duda habrían permanecido con nosotros. De aquí, pues, podéis ver que muchos que no son de nosotros reciben con nosotros los Sacramentos, reciben con nosotros el bautismo, reciben con nosotros lo que los fieles saben que reciben: la bendición, la Eucaristía y cuanto hay en los Santos Sacramentos; la comunión del mismo altar reciben con nosotros, y no son de nosotros. La tentación prueba que no son de nosotros. Cuando les viene la tentación, como llevados por el viento se van volando; porque no eran grano. Pero todos volarán, como a menudo debemos deciros, cuando comience el aventado de la era del Señor en el día del juicio. «Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; si hubieran sido de nosotros, sin duda habrían permanecido con nosotros.» Pues ¿queréis saber, amadísimos, cuán cierta es esta sentencia: que los que acaso han salido y vuelven no son anticristos, no son contrarios a Cristo? Los que no son anticristos no pueden permanecer fuera. Cada uno es por su propia voluntad o anticristo o en Cristo. O estamos entre los miembros, o entre los malos humores. El que se cambia para mejor está en el cuerpo, como miembro; pero el que persiste en su maldad es un mal humor; y cuando salga, se aliviarán los que estaban oprimidos. «Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros, sin duda habrían permanecido con nosotros; pero (salieron), para que se manifestara que no todos son de nosotros.» Lo que ha añadido, «para que se manifestara,» es porque aun dentro no son de nosotros; sin embargo, no son manifiestos, sino que al salir se hacen manifiestos. «Y vosotros tenéis una unción del Santo, para que os manifestéis a vosotros mismos.» La unción espiritual es el mismo Espíritu Santo, del cual el Sacramento está en la unción visible. De esta unción de Cristo dice que todos los que la tienen conocen lo malo y lo bueno; y no necesitan que se les enseñe, porque la unción misma les enseña.
    6. «Os escribo, no porque no conozcáis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira es de la verdad.» [] He aquí, se nos amonesta cómo podemos conocer al anticristo. ¿Qué es Cristo? La Verdad. Él mismo ha dicho «Yo soy la Verdad.» [] Pero «ninguna mentira es de la verdad.» Por consiguiente, todos los que mienten no son aún de Cristo. No ha dicho que alguna mentira sea de la verdad y alguna mentira no sea de la verdad. Atended a la sentencia: no os acariciéis, no os halaguéis, no os engañéis, no os defraudéis: «Ninguna mentira es de la verdad.» Veamos, pues, cómo mienten los anticristos, porque hay más de una clase de mentira. «¿Quién es mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo?» Una cosa significa la palabra «Jesús,» otra la palabra «Cristo:» aunque sea uno solo Jesucristo nuestro Salvador, «Jesús» es su nombre propio. Así como Moisés fue llamado por su nombre propio, como Elías, como Abraham: así, como nombre propio, nuestro Señor tiene el nombre de «Jesús;» pero «Cristo» es el nombre de su sagrado carácter. Como cuando decimos Profeta, como cuando decimos Sacerdote; así por el nombre de Cristo se nos da a entender el Ungido, en quien debía estar la redención de todo el pueblo. La venida de este Cristo era esperada por el pueblo de los judíos; y porque vino en humildad, no fue reconocido; porque la piedra era pequeña, tropezaron en ella y se quebrantaron. Pero «la piedra creció y se hizo un gran monte;» [] ¿y qué dice la Escritura? «Todo el que tropezare en esta piedra se quebrantará; y sobre quien esta piedra cayere, lo desmenuzará.» Debemos notar la diferencia de las palabras: dice que el que tropieza se quebrantará; pero aquel sobre quien cayere, será desmenuzado. Al principio, porque vino humilde, los hombres tropezaron en Él; porque ha de venir excelso al juicio, a quienquiera que venga lo desmenuzará. Pero no desmenuzará en su futura venida a aquel a quien no quebrantó cuando vino. El que no tropezó en el humilde, no temerá al excelso. Brevemente lo habéis oído, hermanos: el que no tropezó en el humilde, no temerá al excelso. Pues para todos los malos es Cristo piedra de tropiezo; cuanto Cristo dice les es amargo.
    7. Oíd y ved. Ciertamente todos los que salen de la Iglesia y quedan separados de la unidad de la Iglesia son anticristos; nadie lo dude: porque el apóstol mismo los ha señalado, «Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros, sin duda habrían permanecido con nosotros.» Por tanto, todos los que no permanecen con nosotros, sino que salen de nosotros, es manifiesto que son anticristos. ¿Y cómo se prueba que son anticristos? Por la mentira. «¿Y quién es mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo?» [] Preguntemos a los herejes: ¿dónde halláis un hereje que niegue que Jesús es el Cristo? Ved ahora, amadísimos, un gran misterio. Atended a lo que el Señor Dios haya podido inspirarnos, y a lo que quisiera grabar en vuestras mentes. He aquí que salieron de nosotros y se hicieron donatistas: les preguntamos si Jesús es el Cristo; al instante confiesan que Jesús es el Cristo. Si, pues, es anticristo el que niega que Jesús es el Cristo, ni ellos pueden llamarnos anticristos, ni nosotros a ellos; por tanto, ni ellos salieron de nosotros, ni nosotros de ellos. Si entonces no hemos salido unos de otros, estamos en unidad; si estamos en unidad, ¿qué significa que haya en esta ciudad dos altares? ¿Qué, que haya casas divididas, matrimonios divididos? ¿Que haya un lecho común y un Cristo dividido? Él nos amonesta, quiere que confesemos lo que es la verdad: o ellos salieron de nosotros, o nosotros de ellos. Pero no se imagine que nosotros hemos salido de ellos. Nosotros tenemos el testamento de la herencia del Señor; lo recitamos, y allí encontramos: «Te daré las naciones por herencia tuya, y por posesión tuya los confines de la tierra.» Nosotros retenemos la herencia de Cristo; ellos no la retienen, porque no comunican con toda la tierra, no comunican con el cuerpo universal redimido por la sangre del Señor. Tenemos al Señor mismo resucitado de entre los muertos, que se presentó para ser palpado por las manos de los discípulos que dudaban; y mientras aún dudaban, les dijo: «Era necesario que Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y la remisión de los pecados» [] — ¿Dónde? ¿Por qué camino? ¿A qué gentes?— «a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén.» ¡Nuestras mentes quedan tranquilas acerca de la unidad de la herencia! Quien no comunica con esta herencia, ha salido.

    Homilía 3, § 8–10

    8. Pero no nos entristezcamos: «Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros, sin duda habrían permanecido con nosotros.» [] Si, pues, salieron de nosotros, son anticristos; si son anticristos, son mentirosos; si son mentirosos, niegan que Jesús es el Cristo. Otra vez volvemos a la dificultad de la cuestión. Preguntadlos uno a uno; confiesan que Jesús es el Cristo. La dificultad que nos estorba proviene de que tomamos lo que se dice en la Epístola en un sentido demasiado estrecho. Al menos veis la cuestión; esta cuestión nos detiene a nosotros y a ellos, si no se entiende. O nosotros somos anticristos, o ellos son anticristos; ellos nos llaman anticristos y dicen que salimos de ellos; nosotros decimos otro tanto de ellos. Pero esta epístola ha señalado a los anticristos por esta marca: «Todo el que niega que Jesús es el Cristo», ése mismo «es anticristo.» Ahora, pues, investiguemos quién niega; y atendamos no a la lengua, sino a las obras. Pues si a todos se les pregunta, todos a una boca confiesan que Jesús es el Cristo. Calle la lengua un momento; preguntad a la vida. Si encontramos esto, si la Escritura misma nos dice que la negación se hace no sólo con la lengua, sino también con las obras, entonces ciertamente hallamos muchos anticristos que confiesan a Cristo con la boca y en sus costumbres disienten de Cristo. ¿Dónde hallamos esto en la Escritura? Oíd al apóstol Pablo; hablando de tales, dice: «Confiesan que conocen a Dios, pero con las obras le niegan.» [] A éstos también los hallamos anticristos: todo el que con sus obras niega a Cristo, es anticristo. No escucho lo que dice, sino que miro qué vida lleva. Las obras hablan, ¿y necesitamos palabras? ¿Dónde está el malo que no quiera hablar bien? Pero ¿qué dice el Señor a tales? «Hipócritas, ¿cómo podéis hablar cosas buenas, siendo malos?» [] Traéis vuestras voces a mis oídos: yo miro vuestros pensamientos. Veo allí una mala voluntad, y hacéis ostentación de frutos falsos. Yo sé qué debo recoger, y de dónde; no «recojo higos de los abrojos», no recojo «uvas de los espinos»; porque «todo árbol es conocido por su fruto.» [] Más mentiroso anticristo es el que con la boca confiesa que Jesús es el Cristo, y con las obras le niega. Mentiroso en esto: en que dice una cosa y hace otra.
    9. Ahora bien, hermanos, si las obras han de ser examinadas, no sólo encontramos muchos anticristos que han salido; sino muchos aún no manifestados, que no han salido en absoluto. Pues cuantos tiene dentro la Iglesia que son perjuros, defraudadores, entregados a las artes negras, consultores de adivinos, adúlteros, borrachos, usureros, ladrones de niños, y todos los demás vicios que no somos capaces de enumerar; estas cosas son contrarias a la doctrina de Cristo, son contrarias a la palabra de Dios. Ahora bien, el Verbo de Dios es Cristo: todo lo que es contrario al Verbo de Dios está en el Anticristo. Porque Anticristo significa, «contrario a Cristo.» ¿Y queréis saber cuán abiertamente resisten éstos a Cristo? A veces sucede que hacen algún mal, y uno comienza a reprenderlos; porque no se atreven a blasfemar contra Cristo, blasfeman contra sus ministros por los cuales son reprendidos: pero si les mostráis que habláis palabras de Cristo, no vuestras, se esfuerzan todo lo que pueden por convenceros de que habláis vuestras propias palabras, no las de Cristo: si sin embargo es manifiesto que habláis palabras de Cristo, van incluso contra Cristo, comienzan a encontrar faltas en Cristo: «¿Cómo,» dicen, «y por qué nos hizo Él tales como somos?» ¿No dicen esto las personas todos los días, cuando son convencidas de sus obras? Pervertidos por una voluntad depravada, acusan a su Hacedor. Su Hacedor les clama desde el cielo (pues el mismo que nos creó, nos re-creó): ¿Qué os hice yo? Hice al hombre, no la avaricia; hice al hombre, no el robo; hice al hombre, no el adulterio. Habéis oído que mis obras me alaban. De la boca de los Tres Niños, fue el himno mismo lo que los guardó de los fuegos. Las obras del Señor alaban al Señor, el cielo, la tierra, el mar le alaban; le alaban todas las cosas que están en el cielo, le alaban los ángeles, le alaban las estrellas, le alaban las lumbreras, le alaba cuanto nada, cuanto vuela, cuanto camina, cuanto se arrastra; todos estos alaban al Señor. ¿Habéis oído allí que la avaricia alabe al Señor? ¿Habéis oído que la borrachera alabe al Señor? ¿Que la lujuria alabe, que la frivolidad le alabe? Lo que no oís en aquel himno dar alabanza al Señor, aquello no lo hizo el Señor. Corregid lo que habéis hecho, para que lo que Dios hizo en vosotros sea salvo. Pero si no queréis, y amáis y abrazáis vuestros pecados, sois contrarios a Cristo. Estéis dentro, estéis fuera, sois un anticristo; estéis dentro, estéis fuera, sois paja. Pero ¿por qué no estáis fuera? Porque no os ha caído encima un viento para llevaros.
    10. Estas cosas son ahora manifiestas, hermanos míos. Que nadie diga: No adoro a Cristo, sino que adoro a Dios su Padre. «Todo el que niega al Hijo, no tiene ni al Hijo ni al Padre; y el que confiesa al Hijo, tiene tanto al Hijo como al Padre.» Os habla a vosotros, los que sois grano: y los que eran paja, que oigan y se hagan grano. Cada uno, mirando bien su propia conciencia, si es amador del mundo, cámbiese; hágase amador de Cristo, para que no sea un anticristo. Si alguien le dijera que es un anticristo, se enoja, piensa que se le ha hecho una injusticia; acaso, si se lo dice aquel que lucha con él que es un anticristo, amenaza con una acción legal. Cristo le dice: Sé paciente; si se ha hablado falsamente de ti, regocíjate conmigo, porque yo también soy falsamente hablado por los anticristos: pero si se habla verdaderamente de ti, ponte de acuerdo con tu propia conciencia; y si temes ser llamado esto, teme más serlo.

    Homilía 3, § 11–12

    11. «Permanezca, pues, en vosotros lo que habéis oído desde el principio. Si lo que habéis oído desde el principio permanece en vosotros, vosotros también permaneceréis en el Hijo y en el Padre. Y ésta es la promesa que Él nos ha prometido.» [] Pues acaso preguntaríais por la paga, y diríais: He aquí, lo que he oído desde el principio lo guardo seguro en mí, me conformo a ello; peligros, trabajos, tentaciones, por causa de esta perseverancia, los soporto todos: ¿con qué fruto? ¿Qué paga? ¿Qué me dará Él en adelante, ya que en este mundo veo que trabajo entre tentaciones? No veo aquí que haya ningún descanso: la mera mortalidad agobia el alma, y el cuerpo corruptible la oprime hacia las cosas bajas: pero soporto todas las cosas, para que «lo que he oído desde el principio» [] «permanezca» en mí; y para poder decir a mi Dios: «Por causa de las palabras de tus labios he guardado caminos duros.» ¿Con qué paga entonces? Oíd, y no desmayéis. Si desmayarais en los trabajos, fortaleceos con la paga prometida. ¿Dónde está el hombre que trabajará en una viña y dejará escapar de su corazón el salario que ha de recibir? Suponed que lo ha olvidado: sus manos desfallecen. El recuerdo de la paga prometida le hace perseverar en el trabajo: y sin embargo, el que la prometió es un hombre que puede decepcionar tu expectativa. ¡Cuánto más fuerte debes tú ser en el campo de Dios, cuando el que prometió es la Verdad, que no puede tener sucesor, ni morir, ni engañar a aquel a quien se hizo la promesa! ¿Y cuál es la promesa? Veamos lo que Él ha prometido. ¿Es oro, que los hombres aquí aman mucho, o plata? ¿O posesiones, por las cuales los hombres derrochan oro, por mucho que amen el oro? ¿O tierras agradables, casas espaciosas, muchos esclavos, numerosos animales? No son éstas las pagas, por así decir, por las que él nos exhorta a soportar el trabajo. ¿Cómo se llaman estas pagas? «vida eterna.» Habéis oído, y en vuestro gozo habéis gritado: amad lo que habéis oído, y seréis librados de vuestros trabajos al descanso de la vida eterna. He aquí, esto es lo que Dios promete; «vida eterna.» [] He aquí, esto es lo que Dios amenaza; fuego eterno. ¿Qué a los puestos a la derecha? «Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino preparado para vosotros desde el principio del mundo.» [] ¿A los de la izquierda, qué? «Id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles.» Aún no amas aquello: al menos teme esto.
    12. Recordad, pues, hermanos míos, que Cristo nos ha prometido la vida eterna: «Ésta,» dice, «es la promesa que Él nos ha prometido, la vida eterna. Estas cosas os he escrito acerca de los que os seducen.» [] Que nadie os seduzca hasta la muerte: desead la promesa de la vida eterna. ¿Qué puede prometer el mundo? Prometa lo que quiera, hace la promesa acaso a uno que mañana morirá. ¿Y con qué cara irás de aquí a Aquel que permanece para siempre? «Pero un hombre poderoso me amenaza, de modo que debo hacer algún mal.» ¿Qué amenaza? Prisiones, cadenas, fuegos, tormentos, bestias salvajes: sí, ¿pero no fuego eterno? Teme lo que amenaza el Todopoderoso; ama lo que el Todopoderoso promete; y todo el mundo se vuelve vil a nuestros ojos, ya prometa o aterrorice. «Estas cosas os he escrito acerca de los que os seducen; para que sepáis que tenéis una unción, y que la unción que hemos recibido de Él permanezca en vosotros.» En la unción tenemos el signo sacramental [de una cosa invisible], la virtud misma es invisible; la unción invisible es el Espíritu Santo; la unción invisible es aquella caridad, que, en quienquiera que esté, le será como raíz: por ardiente que sea el sol, no podrá secarse. Todo lo que está enraizado es nutrido por el calor del sol, no secado.

    Homilía 3, § 13

    13. «Y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe, porque su unción os enseña acerca de todas las cosas.» [] Entonces, ¿a qué propósito es que «nosotros,» hermanos míos, os enseñamos? Si «su unción os enseña acerca de todas las cosas,» parece que trabajamos en vano. ¿Y qué pretendemos nosotros, gritando como lo hacemos? Dejemos vosotros a su unción, y que su unción os enseñe. Pero esto es poner la cuestión sólo a mí mismo: se la pongo también a aquel mismo apóstol: que se digne escuchar a un niño que le pregunta: a Juan mismo le digo, ¿tenían la unción aquellos a quienes hablabas? Has dicho, «Su unción os enseña acerca de todas las cosas.» ¿A qué propósito has escrito una Epístola como ésta? ¿Qué enseñanza les «diste tú?» ¿Qué instrucción? ¿Qué edificación? Mirad aquí ahora, hermanos, ved un gran misterio. El sonido de nuestras palabras golpea los oídos, el Maestro está dentro. No supongáis que ningún hombre aprende algo de un hombre. Podemos amonestar con el sonido de nuestra voz; si no hay Uno dentro que enseñe, vano es el ruido que hacemos. Sí, hermanos, ¿tenéis ganas de saberlo? ¿No habéis oído todos este discurso presente? Y sin embargo, ¡cuántos se irán de este lugar sin haber sido enseñados! Yo, por mi parte, he hablado a todos; pero aquellos a quienes esa Unción interior no habla, aquellos a quienes el Espíritu Santo interior no enseña, esos se van sin haber sido enseñados. Las enseñanzas del maestro exterior son una especie de ayudas y amonestaciones. El que enseña los corazones tiene su cátedra en el cielo. Por eso dice Él mismo en el Evangelio: «No llaméis a ningún hombre vuestro maestro en la tierra; Uno es vuestro Maestro, Cristo.» [] Que Él mismo, pues, os hable dentro, cuando no hay nadie de la humanidad allí: pues aunque haya alguien a vuestro lado, no hay nadie en vuestro corazón. Mas que no haya nadie en vuestro corazón: que Cristo esté en vuestro corazón: que su unción esté en el corazón, no sea que sea un corazón sediento en el desierto, y sin fuentes con las que ser regado. Hay entonces, digo, un Maestro interior que enseña: Cristo enseña; su inspiración enseña. Donde su inspiración y su unción no están, en vano las palabras hacen ruido desde fuera. Así son las palabras, hermanos, que hablamos desde fuera, como es el labrador para el árbol: desde fuera trabaja, aplica agua y diligencia de cultivo; aplique desde fuera lo que quiera, ¿forma las manzanas? ¿Viste la desnudez del leño con una cubierta sombreada de hojas? ¿Hace algo así desde dentro? Pero ¿de quién es esta obra? Oíd al labrador, al apóstol: ved lo que somos, y oíd al Maestro interior: «Yo planté, Apolos regó; pero Dios dio el crecimiento: ni el que planta es algo, ni el que riega, sino el que da el crecimiento, Dios.» [] Esto, pues, os decimos: ya plantemos, ya reguemos, hablando no somos nada; sino el que da el crecimiento, Dios: es decir, «su unción que os enseña acerca de todas las cosas.»
    Comentario editorial · La unción que enseña por dentro
    Sobre «su unción os enseña» (), Agustín sostiene en III, 5 que la unción espiritual es el Espíritu Santo, y que su sacramento está en la unción visible. Una nota del NPNF, a propósito de «la unción es sacramento; su virtud es invisible», recuerda cómo define él «sacramento»: algo en que una cosa se ve y otra se entiende. Aquí concluye que él ha hablado a todos, pero que se van sin haber aprendido aquellos a quienes la unción interior no habla. La Stanford Encyclopedia of Philosophy (Tornau) cita este pasaje (3, 13) como ejemplo de la imagen del «maestro interior»: Agustín la introduce hacia 390 en De magistro y la repite sobre todo en sus sermones; Cristo, presente en el alma, garantiza la verdad de lo que entendemos.

    Homilía 4

    1 Juan 2:27-3:8

    Homilía 4, texto leído

    «Y es verdadera, y no miente. Así como os ha enseñado, permaneced en ello. Y ahora, hijitos, permaneced en Él; para que, cuando Él aparezca, tengamos confianza, y no seamos avergonzados por Él en su venida. Si sabéis que Él es justo, sabed que todo el que hace justicia es nacido de Él. Mirad qué amor tan grande nos ha dado el Padre, que seamos llamados y seamos hijos de Dios: por eso el mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él, a nosotros tampoco el mundo nos conoce. Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado qué seremos. Sabemos que, cuando Él aparezca, seremos semejantes a Él; porque le veremos tal como Él es. Y todo hombre que tiene esta esperanza en Él se purifica a sí mismo, así como Él es puro. Quien comete pecado comete también iniquidad. El pecado es iniquidad. Y sabéis que Él fue manifestado para quitar el pecado; y en Él no hay pecado. Quien permanece en Él no peca: quien peca no le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, que nadie os seduzca. El que hace justicia es justo, así como Él es justo. El que comete pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto el Hijo de Dios fue manifestado; para que destruyera las obras del diablo.»

    Homilía 4, § 1–2

    1. Recordáis, hermanos, que la lección de ayer se cerró en este punto, que «no tenéis necesidad de que nadie os enseñe, sino que la unción misma os enseña acerca de todas las cosas.» Ahora bien esto, como estoy seguro de que recordáis, os lo expusimos de tal manera, que nosotros que desde fuera hablamos a vuestros oídos, somos como obreros que aplican cultivo desde fuera a un árbol, pero no podemos dar el crecimiento ni formar los frutos: sino sólo Aquel que os creó y redimió y llamó, Él, morando en vosotros por la fe y el Espíritu, debe hablaros dentro, de lo contrario vano es todo nuestro ruido de palabras. ¿De dónde aparece esto? De esto: que mientras muchos oyen, no todos son persuadidos de lo que se dice, sino sólo aquellos a quienes Dios habla dentro. Ahora bien, aquellos a quienes Él habla dentro son los que le dan lugar: y dan lugar a Dios los que «no dan lugar al diablo.» [] Porque el diablo desea habitar los corazones de los hombres, y hablar allí las cosas que son capaces de seducir. Pero ¿qué dice el Señor Jesús? «El príncipe de este mundo está echado fuera.» [] ¿De dónde echado? ¿Fuera del cielo y de la tierra? ¿Fuera de la fábrica del mundo? No, sino fuera de los corazones de los creyentes. Una vez echado fuera el invasor, que more dentro el Redentor: porque el mismo que redimió, creó. Y el diablo ahora asalta desde fuera, no vence a Aquel que tiene posesión dentro. Y asalta desde fuera, lanzando varias tentaciones: pero no consiente a ellas aquella persona a quien Dios habla dentro, y la unción de la que habéis oído.
    2. «Y es verdadera,» a saber, esta misma unción; es decir, el Espíritu mismo del Señor que enseña a los hombres, no puede mentir: «y no es falsa. Así como os ha enseñado, permaneced en lo mismo. Y ahora, hijitos, permaneced en Él, para que cuando Él sea manifestado, tengamos confianza en su presencia, que no seamos avergonzados por Él en su venida.» [1 Juan 3:27-28] Ya veis, hermanos: creemos en Jesús a quien no hemos visto: le anunciaron los que le vieron, los que le palparon, los que oyeron la palabra de su propia boca; y para poder persuadir a toda la humanidad de la verdad de ello, fueron enviados por Él, no se atrevieron a ir por sí mismos. ¿Y a dónde fueron enviados? Oísteis mientras se leía el Evangelio: «Id, predicad el Evangelio a toda criatura que está bajo el cielo.» En consecuencia, los discípulos fueron enviados «a todas partes:» con señales y prodigios para atestiguar que lo que hablaban, lo habían visto. Y nosotros creemos en Aquel a quien no hemos visto, y esperamos que Él venga. Los que le esperan por fe, se regocijarán cuando Él venga: los que no tienen fe, cuando haya llegado lo que ahora no ven, serán avergonzados. Y aquella confusión de rostro no será por un solo día y así pasará, de la manera como suelen quedar confundidos los que son descubiertos en alguna falta, y son burlados por sus semejantes. Aquella confusión llevará a los confundidos a la mano izquierda, para que se les diga: «Id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles.» [] Permanezcamos, pues, en sus palabras, para que no seamos confundidos cuando Él venga. Pues Él mismo dice en el Evangelio a los que habían creído en Él: «Si permanecéis en mi palabra, entonces sois verdaderamente mis discípulos.» [] Y, como si hubieran preguntado, ¿con qué fruto? «Y,» dice Él, «conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.» Pues por ahora nuestra salvación está en esperanza, no en obra: porque aún no poseemos aquello que está prometido, sino que esperamos que venga. Y «fiel es el que prometió;» [] Él no te engaña: sólo no desmayes, sino espera la promesa. Pues Él, la Verdad, no puede engañar. No seas mentiroso, profesando una cosa y haciendo otra; guarda la fe, y Él guarda su promesa. Pero si no guardas la fe, tu propio ser, no el que prometió, te ha defraudado.

    Homilía 4, § 3–4

    3. «Si sabéis que Él es justo, sabed que todo el que hace justicia es nacido de Él.» [] La justicia que por ahora es nuestra es por fe. La justicia perfecta no está, salvo sólo en los ángeles: y apenas en los ángeles, si se comparan con Dios: sin embargo, si hay alguna justicia perfecta de almas y espíritus que Dios ha creado, está en los ángeles, santos, justos, buenos, no apartados por caída alguna, no cayendo por soberbia alguna, sino permaneciendo siempre en la contemplación del Verbo de Dios, y no teniendo nada más dulce para ellos salvo Aquel por quien fueron creados; en ellos está la justicia perfecta: pero en nosotros ha comenzado a ser, por fe, por el Espíritu. Oísteis cuando se leyó el Salmo: «Entonad al Señor en confesión.» «Entonad,» dice; el principio de nuestra justicia es la confesión de los pecados. Habéis comenzado a no defender vuestro pecado; ahora habéis hecho un comienzo de justicia: pero se perfeccionará en vosotros cuando no os deleite hacer nada más, cuando «la muerte sea sorbida en victoria,» [] cuando no haya comezón de concupiscencia, cuando no haya lucha con carne y sangre, cuando esté la palma de la victoria, el triunfo sobre el enemigo; entonces habrá justicia perfecta. Por ahora todavía estamos luchando: si luchamos estamos en la liza; golpeamos y somos golpeados; pero quién vencerá, está por verse. Y vence aquel hombre que, aun cuando golpea, no presume de su propia fuerza, sino que confía en Dios que le anima. El diablo está solo cuando lucha contra nosotros. Si estamos con Dios, vencemos al diablo: porque si luchas solo con el diablo, serás vencido. Es un enemigo hábil: ¡cuántas palmas ha ganado! ¡Considerad a qué nos ha derribado! Que nacemos mortales, viene de esto, que él en primer lugar derribó del Paraíso a nuestro origen mismo. ¿Qué hay que hacer entonces, viendo que es tan experto? Que se invoque al Todopoderoso en vuestra ayuda contra las artimañas del diablo. Que more en vosotros Aquel que no puede ser vencido, y venceréis con seguridad a aquel que suele vencer. ¿Pero a quiénes vencer? A aquellos en quienes Dios no mora. Pues, para que lo sepáis, hermanos; Adán estando en el Paraíso despreció el mandamiento de Dios, y alzó el cuello, como si deseara ser su propio amo, y no quisiera estar sujeto a la voluntad de Dios: así cayó de aquella inmortalidad, de aquella bienaventuranza. Pero hubo cierto hombre, un hombre ya bien ejercitado, aunque nacido mortal, que aun sentado en el muladar, pudriéndose con gusanos, venció al diablo: sí, Adán mismo venció entonces: él mismo, en Job; porque Job era de su raza. Así pues, Adán, vencido en el Paraíso, venció en el muladar. Estando en el Paraíso, prestó oído a la persuasión de la mujer que el diablo había puesto en ella: pero estando en el muladar dijo a Eva: «Has hablado como una de las mujeres necias.» [] Allí prestó oído, aquí dio respuesta: cuando estaba contento, escuchó; cuando fue azotado, venció. Por tanto, ved lo que sigue, hermanos míos, en la Epístola: porque esto es lo que quiere que tomemos a pecho, que venzamos al diablo en verdad, pero no por nosotros mismos. «Si sabéis que Él es justo,» dice, «sabed que todo el que hace justicia es nacido de Él:» de Dios, de Cristo. Y en que ha dicho, «Es nacido de Él,» nos anima. Ya, por tanto, en que somos nacidos de Él, somos perfectos.
    4. Oíd. «Mirad qué amor tan grande nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios, y seamos [] (tales).» Pues quienes son llamados hijos, y no son hijos, ¿qué les aprovecha el nombre donde la cosa no está? ¡Cuántos son llamados médicos, que no saben curar! ¡Cuántos son llamados vigilantes, que duermen toda la noche! Así, muchos son llamados cristianos, y sin embargo en las obras no se hallan tales; porque no son esto que son llamados, es decir, en la vida, en las costumbres, en la fe, en la esperanza, en la caridad. Pero ¿qué habéis oído aquí, hermanos? «Mirad, qué amor tan grande nos ha dado el Padre, que seamos llamados, y seamos, hijos de Dios: por eso el mundo no nos conoce, porque no le ha conocido, a nosotros tampoco el mundo nos conoce.» Hay un mundo entero cristiano, y un mundo entero impío; porque por todo el mundo hay impíos, y por todo el mundo hay piadosos: aquellos no conocen a éstos. ¿En qué sentido, pensamos, no los conocen? Se burlan de los que viven buenas vidas. Mirad bien y ved: pues acaso hay tales también entre vosotros. Cada uno de vosotros que ahora vive piadosamente, que desprecia las cosas mundanas, que no elige ir a los espectáculos, que no elige emborracharse como por costumbre solemne, sí, lo que es peor, so pretexto de días santos hacerse inmundo: el hombre que no elige hacer estas cosas, ¡cómo es burlado por los que las hacen! ¿Sería escarnecido si fuera conocido? Pero ¿por qué no es conocido? «El mundo no le conoce.» ¿Quién es «el mundo»? Aquellos moradores del mundo. Así como decimos, «una casa;» queriendo decir, sus habitantes. Estas cosas se os han dicho una y otra vez, y nos abstenemos de repetirlas para vuestro disgusto. A estas alturas, cuando oís la palabra «mundo,» en mala significación, sabéis que debéis entender que significa sólo los amadores del mundo, porque por amor habitan, y por habitar han llegado a tener derecho al nombre. Por tanto el mundo no nos ha conocido, porque no le ha conocido a Él. Él anduvo aquí mismo, el Señor Jesucristo en la carne; era Dios, estaba latente en la debilidad. ¿Y por qué no fue conocido? Porque reprendía todos los pecados en los hombres. Ellos, amando las delicias de los pecados, no reconocieron al Dios: amando lo que la fiebre sugería, hicieron mal al Médico.

    Homilía 4, § 5–6

    5. Para nosotros, pues, ¿qué somos? Ya somos engendrados de Él; pero porque somos tales en esperanza, dice: «Amados, ahora somos hijos de Dios.» ¿Ahora ya? Entonces, ¿qué es lo que esperamos, si ya somos hijos de Dios? «Y aún no,» dice, «se ha manifestado qué seremos.» Pero ¿qué otra cosa seremos sino hijos de Dios? Oíd lo que sigue: «Sabemos que, cuando Él aparezca, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es.» Entended, amados míos. Es una gran cosa: «Sabemos que, cuando Él aparezca, seremos semejantes a Él; porque le veremos tal como Él es.» En primer lugar notad, lo que se llama «Es.» Sabéis lo que es aquello que se llama así. Lo que se llama «Es,» y no sólo se llama sino que es así, es inmutable: permanece siempre, no puede cambiar, no es en parte alguna corruptible: no tiene progreso, pues es perfecto; ni tiene deficiencia, pues es eterno. ¿Y qué es esto? «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.» [] ¿Y qué es esto? «El que, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a Dios.» [] Ver a Cristo de esta manera, a Cristo en forma de Dios, Verbo de Dios, Unigénito del Padre, igual al Padre, a los malos es imposible. Pero en cuanto que el Verbo se hizo carne, los malos también tendrán poder para verle: porque en el día del juicio los malos también le verán; pues Él vendrá a juzgar como vino a ser juzgado. En la misma forma, un hombre, pero sin embargo Dios: porque «maldito es todo aquel que pone su confianza en el hombre.» [] Un hombre, vino a ser juzgado; un hombre, vendrá a juzgar. Y si no ha de ser visto, ¿qué es esto que está escrito, «Mirarán a aquel a quien traspasaron?» [] Pues de los impíos se dice, que verán y serán confundidos. ¿Cómo no verán los impíos, cuando Él pondrá a unos a la derecha, a otros a la izquierda? A los de la derecha dirá: «Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino:» [] a los de la izquierda dirá: «Id al fuego eterno.» Verán sólo la forma de siervo, la forma de Dios no verán. ¿Por qué? Porque eran impíos; y el Señor mismo dice: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.» [] Por tanto, hemos de ver una cierta visión, hermanos míos, «que ni el ojo ha visto, ni el oído ha oído, ni ha entrado en el corazón del hombre:» [] una cierta visión, una visión que sobrepasa toda hermosura terrenal, de oro, de plata, de bosques y campos; la hermosura del mar y del aire, la hermosura del sol y de la luna, la hermosura de las estrellas, la hermosura de los ángeles: sobrepasando todas las cosas: porque de ella son bellas todas las cosas.
    6. ¿Qué seremos entonces «nosotros», cuando veamos esto? ¿Qué se nos promete? «Seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es.» La lengua ha hecho lo que ha podido, ha pronunciado las palabras: que lo demás lo piense el corazón. Porque ¿qué ha dicho incluso Juan mismo en comparación de Aquello que Es, o qué puede ser dicho por nosotros los hombres, que estamos tan lejos de ser iguales a sus méritos? Volvamos, pues, a aquella unción de Él, volvamos a aquella unción que interiormente enseña aquello que no podemos hablar: y porque por ahora no podéis ver, que vuestra parte y deber esté en el deseo. Toda la vida de un buen cristiano es un santo deseo. Ahora bien, lo que anheláis, aún no lo veis: sin embargo, por el anhelo, sois hechos capaces, de modo que cuando haya llegado aquello que podáis ver, seréis llenados. Pues así como, si quisierais llenar un saco, y sabéis cuán grande es la cosa que se os dará, estiráis la abertura del saco o el odre, o cualquier otra cosa que sea; sabéis cuánto querríais poner dentro, y veis que el saco es estrecho; estirándolo lo hacéis capaz de contener más: así Dios, difiriendo nuestra esperanza, estira nuestro deseo; por el desear, estira la mente; por el estirar, la hace más capaz. Deseemos, pues, hermanos míos, porque seremos llenados. Ved a Pablo ensanchando, por así decir, su seno, para que pueda recibir aquello que ha de venir. Dice, a saber: «No que ya lo haya recibido, o que ya sea perfecto: hermanos, no considero haberlo alcanzado.» [] Entonces, ¿qué haces tú en esta vida, si aún no lo has alcanzado? «Pero una cosa [hago]; olvidando las cosas que quedan atrás, extendiéndome hacia las cosas que están delante, en tensión sigo hacia el premio de la alta vocación.» Dice que se extiende, o se estira a sí mismo, y dice que sigue «en tensión.» Se sentía demasiado pequeño para abarcar aquello «que el ojo no ha visto, ni el oído ha oído, ni ha entrado en el corazón del hombre.» [] Esta es nuestra vida, que por el anhelo seamos ejercitados. Mas el santo anhelo nos ejercita tanto cuanto podamos podar nuestros anhelos del amor del mundo. Ya hemos dicho, «Vaciad aquello que se ha de llenar.» Con lo bueno habéis de ser llenados: derramad lo malo. Suponed que Dios quisiera llenaros de miel: si estáis llenos de vinagre, ¿dónde pondréis la miel? Lo que la vasija contenía debe ser derramado: la vasija misma debe ser limpiada; debe ser limpiada, aunque sea con trabajo, aunque sea con duro frotamiento, para que llegue a ser apta para aquella cosa, sea lo que fuere. Digamos miel, digamos oro, digamos vino; cualquier cosa que digamos que es, siendo aquello que no puede ser dicho, cualquier cosa que quisiéramos decir, se llama— Dios. Y cuando decimos «Dios,» ¿qué hemos dicho? ¿Es aquella una sílaba todo aquello que esperamos? Así pues, cualquier cosa que hayamos tenido poder de decir está por debajo de Él: extendámonos hacia Él, para que cuando Él venga, nos llene. Pues «seremos semejantes a Él; porque le veremos tal como Él es.»

    Homilía 4, § 7–10

    7. «Y todo aquel que tiene esta esperanza en Él.» Veis cómo nos ha puesto nuestro lugar, en «esperanza.» Veis cómo el apóstol Pablo concuerda con su co-apóstol, «Por la esperanza somos salvos. Pero la esperanza que se ve, no es esperanza: porque lo que uno ve, ¿por qué lo espera? Porque si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos.» [] Esta misma paciencia ejercita el deseo. Continúa, porque Él continúa: y persevera en caminar, para que alcances la meta: porque aquello a lo que tiendes no se apartará. Mirad: «Y todo aquel que tiene esta esperanza en Él, se purifica a sí mismo, así como Él es puro.» Ved cómo no ha quitado el libre albedrío, al decir, «se purifica a sí mismo.» ¿Quién nos purifica sino Dios? Sí, pero Dios no te purifica si tú no quieres. Por tanto, en cuanto unes tu voluntad a Dios, en eso te purificas a ti mismo. Te purificas a ti mismo, no por ti mismo, sino por Aquel que viene a habitar en ti. Sin embargo, porque haces algo en ello por tu voluntad, por eso algo se te atribuye a ti. Pero se te atribuye a ti sólo para que digas, como en el Salmo, «Sé mi ayudador, no me abandones.» Si dices, «Sé mi ayudador,» algo haces: porque si no haces nada, ¿cómo podría decirse que Él te «ayuda»?
    8. «Todo aquel que peca, hace también iniquidad.» Que nadie diga: Una cosa es el pecado, otra la iniquidad: que nadie diga: Soy pecador, pero no hacedor de iniquidad. Porque, «Todo aquel que peca, hace también iniquidad. El pecado es iniquidad.» Pues bien, ¿qué hemos de hacer con los pecados e iniquidades? Oíd lo que dice: «Y sabéis que Él fue manifestado para quitar el pecado; y en Él no hay pecado.» [] Aquel en quien no hay pecado, Él mismo ha venido a quitar el pecado. Porque si hubiera pecado en Él, debería ser quitado de Él, no que Él lo quitara por sí mismo. «Todo aquel que permanece en Él, no peca.» [] En cuanto permanece en Él, en tanto no peca. «Todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido.» Gran cuestión ésta: «Todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido.» No es maravilla. Nosotros no le hemos visto, pero hemos de verle; no le hemos conocido, pero hemos de conocerle: creemos en Uno a quien no hemos conocido. ¿O acaso, por la fe le hemos conocido, y por visión directa aún no le hemos conocido? Pero entonces en la fe hemos visto y conocido ambas cosas. Porque si la fe aún no ve, ¿por qué se dice que hemos sido iluminados? Hay una iluminación por la fe, y una iluminación por la vista. Actualmente, mientras estamos en peregrinación, «caminamos por fe, no por vista,» [] es decir, por visión directa. Por tanto, también nuestra justicia es «por fe, no por vista.» Nuestra justicia será perfecta, cuando veamos por visión directa. Sólo que, mientras tanto, no dejemos aquella justicia que es de fe, ya que «el justo vive por fe,» [] como dice el apóstol. «Todo aquel que permanece en Él, no peca.» Porque, «todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido.» Aquel hombre que peca, no cree: pero si un hombre cree, en cuanto atañe a su fe, no peca.
    9. «Hijitos, que nadie os seduzca. El que hace justicia es justo, como Él es justo.» [] ¿Qué, al oír que somos «justos como Él es justo,» hemos de pensar que somos iguales a Dios? Debéis saber qué significa ese «como:» así dijo hace un momento, «Se purifica a sí mismo así como Él es puro.» ¿Acaso nuestra pureza es semejante e igual a la pureza de Dios, y nuestra justicia a la justicia de Dios? ¿Quién puede decir esto? Pero la palabra «como,» no siempre suele usarse en el sentido de igualdad. Como, por ejemplo, si, habiendo visto esta gran iglesia, alguien quisiera construir una iglesia menor, pero con las mismas proporciones relativas: como, por ejemplo, si ésta tiene una medida de ancho y dos medidas de largo, él también construiría su iglesia de una medida de ancho y dos medidas de largo: en ese caso se ve que la ha construido «como» está construida ésta. Pero esta iglesia tiene, digamos, cien codos de largo, la otra treinta: es a la vez «como» ésta, y sin embargo desigual. Veis que este «como» no siempre se refiere a paridad e igualdad. Por ejemplo, ved qué diferencia hay entre el rostro de un hombre y su imagen en un espejo: hay un rostro en la imagen, un rostro en el cuerpo: la imagen existe en imitación, el cuerpo en realidad. ¿Y qué decimos? Pues, «como» hay ojos aquí, así también allí; «como» orejas aquí, así orejas también allí. La cosa es diferente, pero el «como» se dice de la semejanza. Pues bien, también nosotros tenemos en nosotros la imagen de Dios; pero no aquella que el Hijo, igual al Padre, tiene: sin embargo, salvo que también nosotros, según nuestra medida, fuéramos «como» Él, en ningún respecto se diría que somos semejantes a Él. «Él nos purifica,» entonces, «así como Él es puro:» pero Él es puro desde la eternidad, nosotros puros por la fe. Somos «justos así como Él es justo;» pero Él lo es en su inmutable perpetuidad, nosotros justos por creer en Uno a quien no vemos, para que así podamos un día verle. Incluso cuando nuestra justicia sea perfecta, cuando seamos iguales a los ángeles, ni siquiera entonces será igualada con Él. ¡Cuán lejos está entonces de Él ahora, cuando ni siquiera entonces será igual!
    10. «El que peca, es del diablo, porque el diablo peca desde el principio.» [] «Es del diablo:» sabéis lo que quiere decir: por imitar al diablo. Porque el diablo no hizo a nadie, no engendró a nadie, no creó a nadie: pero quien imita al diablo, esa persona, como engendrada de él, se hace hijo del diablo; por imitarle, no literalmente por ser engendrado de él. ¿En qué sentido eres hijo de Abraham, no porque Abraham te engendró? En el mismo sentido en que los judíos, los hijos de Abraham, no imitando la fe de Abraham, se han hecho hijos del diablo: de la carne de Abraham fueron engendrados, y la fe de Abraham no han imitado. Si entonces aquellos que de allí fueron engendrados fueron excluidos de la herencia, porque no imitaron, tú, que no eres engendrado de él, eres hecho hijo, y en este modo serás hijo de él por imitarle. Y si imitas al diablo, de tal manera que él se hizo soberbio e impío contra Dios, serás hijo del diablo: por imitar, no porque él te creó o te engendró.

    Homilía 4, § 11–12

    11. «Para este fin fue manifestado el Hijo de Dios.» Ahora, hermanos, ¡atended! Todos los pecadores son engendrados del diablo, como pecadores. Adán fue hecho por Dios: pero cuando consintió al diablo, fue engendrado del diablo; y engendró a todos los hombres tales como él mismo era. Con la concupiscencia misma nacimos; incluso antes de añadir nuestros pecados, de aquella condenación tenemos nuestro nacimiento. Porque si nacemos sin pecado alguno, ¿por qué esta carrera con los infantes al bautismo para que sean liberados? Entonces atended bien, hermanos, los dos linajes, Adán y Cristo: dos hombres son; pero uno de ellos, un hombre que es hombre; el otro, un Hombre que es Dios. Por el hombre que es hombre somos pecadores; por el Hombre que es Dios somos justificados. Aquel nacimiento nos ha derribado a la muerte; este nacimiento nos ha levantado a la vida: aquel nacimiento trae consigo el pecado; este nacimiento nos libera del pecado. Porque para este fin vino Cristo como Hombre, para deshacer los pecados de los hombres. «Para este fin fue manifestado el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.»
    12. Lo demás lo encomiendo a vuestros pensamientos, amadísimos, para no cargaros. Porque la cuestión que nos esforzamos en resolver es ésta: que nos llamamos pecadores: porque si alguno dijera que está sin pecado, es mentiroso. Y en la Epístola de este mismo Juan hemos encontrado escrito, «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos.» [] Porque debéis recordar lo que iba antes: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.» Y sin embargo, por otro lado, en lo que sigue se os dice, «El que es engendrado de Dios no peca: el que peca no le ha visto, ni le ha conocido. — Todo aquel que peca es del diablo:» el pecado no es de Dios: esto nos aterra de nuevo. ¿En qué sentido somos engendrados de Dios, y en qué sentido confesamos que somos pecadores? ¿Diremos que no somos engendrados de Dios? ¿Y qué hacen estos Sacramentos respecto de los infantes? ¿Qué ha dicho Juan? «El que es engendrado de Dios, no peca.» Y sin embargo, el mismo Juan ha dicho, «¡Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros!» Gran cuestión es, y embarazosa; y ojalá os haya hecho atentos a su resolución, amadísimos. Mañana, en el nombre del Señor, lo que Él conceda, disertaremos sobre ello.

    Homilía 5

    1 Juan 3:9-18

    Homilía 5, texto leído

    «Todo aquel que es nacido de Dios no comete pecado; porque su simiente permanece en él: y no puede pecar, porque es nacido de Dios. En esto se manifiestan los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo aquel que no es justo no es de Dios, ni el que no ama a su hermano. Porque éste es el mensaje que oísteis desde el principio, que nos amemos unos a otros. No como Caín, que era del maligno, y mató a su hermano. ¿Y por qué le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas. No os maravilléis, hermanos míos, si el mundo nos aborrece. Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en muerte. Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida: y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permaneciendo en él. En esto conocemos el amor, en que Él puso su vida por nosotros: y nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene los bienes de este mundo, y ve a su hermano tener necesidad, y le cierra sus entrañas de misericordia, ¿cómo puede morar el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos sólo de palabra y de lengua; sino de obra y en verdad.»

    Homilía 5, § 1–2

    1. Oíd atentamente, os lo ruego, porque no es cosa pequeña aquello con lo que tenemos que lidiar: y no dudo, porque ayer estuvisteis atentos, que hoy habéis venido con propósito aún mayor de atención. Porque no es cuestión leve, cómo dice en esta Epístola, «Todo aquel que es nacido de Dios, no peca,» [] y cómo en la misma Epístola ha dicho arriba, «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.» [] ¿Qué hará el hombre que se ve apremiado por ambas afirmaciones de la misma Epístola? Si se confiesa pecador, teme que se le diga: Entonces no eres nacido de Dios; porque está escrito, «Todo aquel que es nacido de Dios, no peca.» Pero si dijera que es justo y que no tiene pecado, recibe por otro lado un golpe de la misma Epístola, «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.» Puesto así en medio, no puede hallar qué decir ni qué confesar, ni qué profesar. Profesarse sin pecado, es lleno de peligro; y no sólo de peligro, sino también de error: «Nos engañamos,» dice, «a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros, si decimos que no tenemos pecado.» ¡Pero ojalá no tuvieras ninguno, y dijeras esto! Porque entonces dirías verdad, y al proferir la verdad no tendrías ni el menor vestigio de mal que temer. Pero, que haces mal si lo dices, es porque es mentira lo que dices, «La verdad,» dice, «no está en nosotros, si decimos que no tenemos pecado.» No dice, «No hemos tenido;» no sea que parezca que se habla de la vida pasada. Porque el hombre aquí ha tenido pecados: pero desde el momento en que fue nacido de Dios, ha comenzado a no tener pecados. Si fuera así, no habría cuestión que nos embarazara. Porque diríamos: Hemos sido pecadores, pero ahora estamos justificados: hemos tenido pecado, pero ahora no tenemos ninguno. No dice esto: ¿pero qué dice? «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.» Y luego, después de un momento, dice por otro lado, «Todo aquel que es nacido de Dios no peca.» ¿Acaso Juan mismo no era nacido de Dios? Si Juan no era nacido de Dios, Juan, de quien habéis oído que estuvo recostado en el seno del Señor; ¿se atreve acaso un hombre a asegurar de sí mismo que en él ha tenido lugar aquella regeneración que no fue concedida a aquel hombre, a quien fue concedido recostar en el seno del Señor? El hombre a quien el Señor amó más que a los demás, [] ¿a él solo no le habría engendrado por el Espíritu?
    2. Atended ahora estas palabras. Todavía os lo insisto, en qué aprietos nos pone, para que, poniendo vuestras mentes en tensión, es decir, orando por nosotros y por vosotros mismos, Dios pueda hacer ensanche y darnos salida: no sea que algún hombre halle en Su palabra ocasión de su propia perdición, esa palabra que fue predicada y puesta por escrito sólo para sanidad y salvación. «Todo hombre,» dice, «que peca, hace también iniquidad.» No sea que hagáis una distinción, «El pecado es iniquidad.» No sea que digáis: Soy pecador, pero no hacedor de iniquidad, «El pecado es iniquidad. Y sabéis que para este fin fue manifestado, para quitar el pecado; y no hay pecado en Él.» ¿Y qué nos aprovecha que Él viniera sin pecado? «Todo aquel que no peca, permanece en Él: y todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, que nadie os seduzca. El que hace justicia es justo, así como Él es justo.» Esto ya lo hemos dicho, que la palabra «como» suele usarse de cierta semejanza, no de igualdad. «El que peca es del diablo, porque el diablo peca desde el principio.» Esto también ya lo hemos dicho, que el diablo no creó a nadie, ni engendró a ninguno, pero sus imitadores son, por así decir, nacidos de él. «Para este fin fue manifestado el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.» Por consiguiente, para deshacer (o soltar) los pecados, Él que no tiene pecado. Y luego sigue: «Todo aquel que es nacido de Dios no comete pecado; porque su simiente permanece en él: y no puede pecar, porque es nacido de Dios:» [] ¡ha tensado la cuerda!— Quizás, es respecto de algún pecado particular que ha dicho, «No peca,» no respecto de todo pecado: para que en esto que dice, «Todo aquel que es nacido de Dios, no peca,» entendáis algún pecado particular, que aquel hombre que es nacido de Dios no puede cometer: y tal es ese pecado que, si uno lo comete, confirma los demás. ¿Cuál es este pecado? Hacer lo contrario al mandamiento. ¿Cuál es el mandamiento? «Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros.» [] ¡Atended bien! Este mandamiento de Cristo es llamado, «amor.» Por este amor los pecados son sueltos. Si este amor no se guarda, el no tenerlo es a la vez un pecado grave, y la raíz de todos los pecados.
    Comentario editorial · El pecado que el nacido de Dios no puede cometer
    «Todo aquel que es nacido de Dios no comete pecado […] y no puede pecar» () choca con . Agustín lo resuelve con un solo pecado: el que va contra el mandamiento del amor, y por eso cita . El revisor del NPNF, Myers, anota que esta lectura expresa una gran verdad pero no responde a todo el vigor de la frase del apóstol, y prefiere admitir la contradicción aparente. Recoge también otras soluciones: que se hable del carácter entero o del hábito dominante, como entienden, según Myers, Jonathan Edwards, Ezek. Hopkins y otros, con quienes coincide Westcott; o que el apóstol solo subraye el contraste entre nacido de Dios y pecador, como piensa Meyer. Son lecturas de comentaristas posteriores que Myers cita, no de Agustín.

    Homilía 5, § 3–4

    3. Atended bien, hermanos; hemos propuesto algo en lo que, para los que tienen buen entendimiento, la cuestión queda resuelta. ¿Pero acaso caminamos por el camino sólo con los que corren más velozmente? Los que caminan más despacio no deben ser dejados atrás. Volvamos el asunto de todos los modos, con las palabras que podamos, para que pueda ponerse al alcance de todos. Porque supongo, hermanos, que todo hombre está preocupado por su propia alma, que no viene a la Iglesia sin causa, que no busca cosas temporales en la Iglesia, que no viene aquí para tramitar negocios seculares; sino que viene aquí para apoderarse de alguna cosa eterna, prometida a él, a la cual pueda alcanzar: necesariamente ha de considerar cómo caminará por el camino, no sea que se quede atrás, no sea que retroceda, no sea que se extravíe, no sea que por detenerse no alcance. Quienquiera pues que esté de veras, sea lento, sea veloz, que no deje el camino. Esto entonces he dicho, que al decir, «Todo aquel que es nacido de Dios no peca,» es probable que lo dijo de algún pecado particular: porque de lo contrario será contrario a aquel lugar: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.» De este modo pues puede resolverse la cuestión. Hay un cierto pecado, que el que es nacido de Dios no puede cometer; un pecado que, no siendo cometido, los demás pecados son sueltos, y siendo cometido, los demás pecados son confirmados. ¿Cuál es este pecado? Hacer lo contrario al mandamiento de Cristo, contrario al Nuevo Testamento. ¿Cuál es el mandamiento nuevo? «Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros.» [] Quien hace lo contrario a la caridad y contrario al amor fraterno, no se atreva a gloriarse y decir que es nacido de Dios: pero quien está en el amor fraterno, hay ciertos pecados que no puede cometer, y esto sobre todo, que aborrezca a su hermano. ¿Y cómo le va con sus demás pecados, de los que se dice, «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros?» Oiga aquello que pondrá su mente en reposo de otro lugar de la Escritura; «La caridad cubre multitud de pecados.» []
    4. La caridad, pues, encomiamos; la caridad encomia esta Epístola. El Señor, después de Su resurrección, ¿qué pregunta hizo a Pedro, sino, «¿Me amas?» [] Y no bastó preguntarlo una vez; una segunda vez tampoco hizo otra pregunta, una tercera vez tampoco otra. Aunque cuando llegó a la tercera vez, Pedro, como quien no sabía cuál era el sentido de esto, se entristeció porque parecía como si el Señor no le creyera; sin embargo, tanto una primera vez como una segunda, y una tercera vez hizo esta pregunta. Tres veces el temor negó, tres veces el amor confesó. He aquí que Pedro ama al Señor. ¿Qué ha de hacer por el Señor? Porque no penséis que él en el Salmo no se sintió perplejo sobre qué hacer: «¿Qué pagaré al Señor por todos los beneficios que me ha hecho?» El que dijo esto en el Salmo, notó cuán grandes cosas habían sido hechas por Dios para él; y buscó qué debería pagar a Dios, y no pudo hallar nada. Porque cualquier cosa que pagarías, de Él la recibiste para pagar. ¿Y qué halló para ofrecer en retorno? Aquello que, como dijimos, hermanos míos, había recibido de Él, eso sólo halló para ofrecer en retorno. «Recibiré la copa de la salvación, e invocaré el nombre del Señor.» Porque ¿quién le había dado la copa de la salvación, sino Aquel a quien deseaba ofrecer en retorno? Ahora bien, recibir la copa de la salvación, e invocar el nombre del Señor, es ser lleno de caridad; y tan lleno, que no sólo no aborrecerás a tu hermano, sino que estarás dispuesto a morir por tu hermano. Ésta es la caridad perfecta, que estés dispuesto a morir por tu hermano. Esto lo exhibió el Señor en Sí mismo, que murió por todos, orando por aquellos por quienes fue crucificado, y diciendo, «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» [] Pero si Él solo ha hecho esto, no fue Maestro, si no tuvo discípulos. Discípulos que vinieron después de Él han hecho esto. Los hombres apedreaban a Esteban, y él se arrodilló y dijo, «Señor, no les imputes este pecado.» [] Amó a los que le mataban; puesto que por ellos también moría. Oíd también al apóstol Pablo: «Y yo mismo,» dice, «me gastaré por vuestras almas.» [] Porque él estaba entre aquellos por quienes Esteban, cuando por sus manos moría, suplicaba perdón. Ésta es pues la caridad perfecta. Si algún hombre tuviere tan gran caridad que esté dispuesto incluso a morir por sus hermanos, en aquel hombre hay caridad perfecta. Pero tan pronto como nace, ¿es ya del todo perfecta? Para que sea hecha perfecta, nace; cuando nace, es alimentada; cuando es alimentada, es fortalecida; cuando es fortalecida, es perfeccionada; cuando ha llegado a la perfección, ¿qué dice? «Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Deseaba ser disuelto, y estar con Cristo; lo cual es mucho mejor: sin embargo, permanecer en la carne es necesario para vosotros.» [] Por ellos estaba dispuesto a vivir, por quienes estaba dispuesto a morir.

    Homilía 5, § 5–6

    5. Y para que sepáis que es esta caridad perfecta la que aquel hombre no viola, y contra la cual aquel hombre no peca, que es nacido de Dios; esto es lo que el Señor dice a Pedro; «Pedro, ¿me amas?» Y él responde, «Amo.» No dice, Si me amas, muéstrame bondad a mí. Porque cuando el Señor estaba en carne mortal, Él tenía hambre, tenía sed: en aquel tiempo cuando Él tenía hambre y sed, era recibido como huésped; los que tenían medios, le servían de su sustancia, como leemos en el Evangelio. Zaqueo le hospedó como huésped: fue salvado de su enfermedad por hospedar al Médico. ¿De qué enfermedad? La enfermedad de la avaricia. Porque era muy rico, y el jefe de los publicanos. Mirad al hombre sanado de la enfermedad de la avaricia: «La mitad de mis bienes doy a los pobres; y si he defraudado en algo a alguno, se lo devolveré cuadruplicado.» [] Que se quedara con la otra mitad, no era para disfrutarla, sino para pagar sus deudas. Bien, en aquel tiempo hospedó al Médico como huésped, porque había enfermedad de la carne en el Señor, a la que los hombres podían mostrar esta bondad; y esto, porque era Su voluntad conceder esta misma cosa a los que le hacían servicio bondadoso; porque el beneficio era para los que hacían el servicio, no para Él. Porque, ¿podía Aquel a quien los ángeles servían requerir la bondad de estos hombres? Ni siquiera Su siervo Elías, a quien Él envió pan y carne por los cuervos en cierta ocasión [] tenía necesidad de esto; y sin embargo, para que una viuda religiosa fuera bendecida, el siervo de Dios es enviado, y el que Dios en secreto alimentaba, es alimentado por la viuda. Pero sin embargo, aunque por medio de estos siervos de Dios, aquellos que consideran su necesidad se hacen bien a sí mismos, respecto de aquella recompensa tan manifiestamente expuesta por el Señor en el Evangelio: «El que recibe a un justo en nombre de justo, recibirá recompensa de justo: y el que recibe a un profeta en nombre de profeta, recibirá recompensa de profeta: y cualquiera que diere de beber a uno de estos pequeñitos sólo un vaso de agua fría en nombre de discípulo, de cierto os digo, de ningún modo perderá su recompensa:» [] aunque, entonces, los que hacen esto, lo hacen para su propio bien: sin embargo, ni siquiera este servicio bondadoso podía hacérsele a Él cuando estaba por ascender al Cielo. ¿Qué podía Pedro, que le amaba, pagarle? Oíd qué. «Apacienta mis ovejas:» es decir. haz por los hermanos lo que yo he hecho por vosotros. Yo redimí a todos con mi sangre: no dudéis en morir por la confesión de la verdad, para que los demás os imiten.
    6. Pero esto, como hemos dicho, hermanos, es la caridad perfecta. El que es nacido de Dios la tiene. Atended, amadísimos, ved lo que digo. He aquí, un hombre ha recibido el Sacramento de aquel nacimiento, siendo bautizado; tiene el Sacramento, y un gran Sacramento, divino, santo, inefable. ¡Considerad qué Sacramento! ¡Hacerle un hombre nuevo por remisión de todos los pecados! Sin embargo, mire bien al corazón, si aquello está completamente hecho allí, lo que se hace en el cuerpo; vea si tiene caridad, y entonces diga, Soy nacido de Dios. Si sin embargo no la tiene, tiene en verdad la marca del soldado sobre sí, pero vaga como desertor. Que tenga caridad; de lo contrario que no diga que es nacido de Dios. Pero dice, Tengo el Sacramento. Oíd al Apóstol: «Si conozco todos los misterios, y tengo toda la fe, de modo que pueda trasladar montañas, y no tengo caridad, nada soy.» []

    Homilía 5, § 7–9

    7. Esto, si lo recordáis, os dimos a entender al comenzar a leer esta Epístola, que nada en ella es tan encomiado como la caridad. Incluso si parece hablar de varias otras cosas, a esto hace volver, y cualquier cosa que diga, querrá que todo recaiga sobre la caridad. Veamos si lo hace aquí. Atended: «Todo aquel que es nacido de Dios no comete pecado.» Preguntamos, ¿qué pecado? Porque si entendéis todo pecado, será contrario a aquel lugar, «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.» Entonces que diga qué pecado; que nos enseñe; no sea que yo haya dicho temerariamente que el pecado aquí es la violación de la caridad, porque dijo arriba, «El que aborrece a su hermano está en tinieblas, y anda en tinieblas, y no sabe adónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos.» [] Pero quizás ha dicho algo en lo que viene después, ¿y ha mencionado la caridad por su nombre? Ved que este circuito de palabras tiene este fin, tiene este desenlace. «Todo aquel que es nacido de Dios, no peca, porque su simiente permanece en él.» [] La «simiente» de Dios, es decir. la palabra de Dios: de donde el apóstol dice, «Os he engendrado por el Evangelio. Y no puede pecar, porque es nacido de Dios.» [] Que nos diga esto, veamos en qué no podemos pecar. «En esto se manifiestan los hijos de Dios y los hijos del diablo. Todo aquel que no es justo no es de Dios, ni el que no ama a su hermano.» [] Sí, ahora en verdad es manifiesto de qué habla: «Ni el que no ama a su hermano.» Por tanto, el amor solo pone la diferencia entre los hijos de Dios y los hijos del diablo. Que todos se signen con la señal de la cruz de Cristo; que todos respondan, Amén; que todos canten Aleluya; que todos sean bautizados, que todos vengan a la iglesia, que todos edifiquen los muros de las iglesias: no hay discernimiento de los hijos de Dios de los hijos del diablo, sino sólo por la caridad. Los que tienen caridad son nacidos de Dios: los que no la tienen, no son nacidos de Dios. ¡Poderosa señal, poderosa distinción! Ten lo que quieras; si esto solo no tienes, nada te aprovecha: otras cosas si no tienes, ten esto, y has cumplido la ley. «Porque el que ama a otro ha cumplido la ley,» dice el apóstol: y, «La caridad es el cumplimiento de la ley.» [] Tomo esto por la perla que el mercader en el Evangelio se describe que buscaba, que «halló una perla, y vendió todo lo que tenía, y la compró.» [] Ésta es la perla de gran precio, la Caridad, sin la cual cualquier cosa que tengas, nada te aprovecha: la cual si solo tienes, te basta. Ahora, con fe la ves, entonces con visión directa la verás. Porque si amamos cuando no vemos, ¡cómo la abrazaremos cuando veamos! ¿Pero en qué debemos ejercitarnos? En el amor fraterno. Puedes decirme: No he visto a Dios: ¿puedes decirme: No he visto al hombre? Ama a tu hermano. Porque si amas a tu hermano a quien ves, al mismo tiempo verás también a Dios; porque verás la Caridad misma, y dentro mora Dios.
    8. «Todo el que no es justo no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano.» [] «Porque este es el mensaje:» mirad cómo lo confirma: «Porque este es el mensaje que hemos oído desde el principio: que nos amemos unos a otros.» Él nos ha manifestado que de esto habla; todo el que obra contra este mandamiento está en aquel pecado maldito en el que caen los que no han nacido de Dios. «No como Caín, que era de aquel maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué lo mató? Porque sus propias obras eran malas, y las de su hermano justas.» [] Por tanto, donde hay envidia, no puede haber amor fraterno. Fijaos, amados míos. El que envidia, no ama. El pecado del diablo está en aquel hombre; porque el diablo por envidia derribó al hombre. Pues él cayó, y envidió al que estaba firme. No quiso derribar al hombre para poder él mantenerse firme, sino sólo para no caer solo. Retened en vuestro ánimo, por esto que ha añadido, que la envidia no puede existir en la caridad. Lo tenéis claramente, cuando se alaba la caridad: «La caridad no tiene envidia.» [] No había caridad en Caín; y si no la hubiera habido en Abel, Dios no habría aceptado su sacrificio. Pues cuando ambos ofrecieron, el uno de los frutos de la tierra, el otro de las crías del rebaño; ¿qué pensáis, hermanos, que Dios despreció los frutos de la tierra y amó las crías del rebaño? Dios no miró las manos, sino que vio el corazón: y a aquel a quien veía ofrecer con caridad, a su sacrificio atendía; a aquel a quien veía ofrecer con envidia, de su sacrificio apartaba los ojos. Con las buenas obras, pues, de Abel, se refiere sólo a la caridad; con las malas obras de Caín se refiere sólo al odio a su hermano. No le bastó odiar a su hermano y envidiar sus buenas obras; porque no quiso imitar, quiso matar. Y por esto se mostró que era hijo del diablo, y por esto también que el otro era el justo de Dios. Por aquí, pues, se discierne a los hombres, hermanos míos. Nadie atienda a la lengua, sino a las obras y al corazón. Si alguno no hace el bien a sus hermanos, muestra lo que tiene dentro de sí. Por las tentaciones son probados los hombres.
    9. «No os maravilléis, hermanos, si el mundo os aborrece.» ¿Hay que estar repitiéndoos a menudo lo que significa «el mundo»? No el cielo, no la tierra, ni estas obras visibles que Dios hizo; sino los amadores del mundo. Al decir a menudo estas cosas, a algunos soy pesado: pero tan lejos estoy de decirlo sin causa, que algunos podrían ser preguntados si lo he dicho, y no pueden responder. Que de tanto inculcárselo, se les quede algo clavado en el corazón a los que oyen. ¿Qué es «el mundo»? El mundo, cuando se toma en mal sentido, son los amadores del mundo: el mundo, cuando la palabra se usa en alabanza, es el cielo y la tierra, y las obras de Dios que en ellos hay; de donde se dice: «Y el mundo fue hecho por él.» [] También el mundo es la plenitud de la tierra, como dice el mismo Juan: «No sólo por nuestros pecados es él la propiciación, sino (por los pecados) de todo el mundo» []; quiere decir, «del mundo», de todos los fieles esparcidos por toda la tierra. Pero el mundo en mal sentido son los amadores del mundo. Los que aman al mundo no pueden amar a su hermano.

    Homilía 5, § 10–13

    10. «Si el mundo os aborrece: sabemos» — ¿Qué sabemos?— «que hemos pasado de muerte a vida» — ¿Cómo lo sabemos?— «Porque amamos a los hermanos.» [] Que nadie pregunte al hombre: vuélvase cada uno a su propio corazón: si halla allí amor fraterno, quédese tranquilo, porque ha «pasado de muerte a vida.» Ya está a la derecha: no mire que por ahora su gloria está escondida: cuando venga el Señor, entonces aparecerá en gloria. Porque tiene vida en sí, pero todavía en invierno; la raíz está viva, pero las ramas, por decirlo así, están secas: dentro está la sustancia que tiene la vida, dentro están las hojas de los árboles, dentro están los frutos: pero esperan el verano. Pues bien, «sabemos que hemos pasado de muerte a vida, porque amamos a los hermanos. El que no ama, permanece en muerte.» Para que no penséis, hermanos, que es cosa leve odiar, o no amar, oíd lo que sigue: «Todo el que aborrece a su hermano, es homicida.» [] Y ahora, si alguno tenía en poco el odiar a su hermano, ¿también tendrá en poco el homicidio en su corazón? No mueve las manos para matar a un hombre; sin embargo, ya es tenido por Dios por homicida; el otro vive, y sin embargo éste ya es juzgado como su matador. «Todo el que aborrece a su hermano es homicida: y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él.»
    11. «En esto conocemos el amor:» [] se refiere a la perfección del amor, aquella perfección que os hemos mandado guardar en el corazón: «En esto conocemos el amor, en que él puso su vida por nosotros: y nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos.» He aquí de dónde vino aquello: «Pedro, ¿me amas? Apacienta mis ovejas.» [] Pues, para que sepáis que él quería que sus ovejas fuesen apacentadas por él de tal modo, que él pusiera su vida por las ovejas, al punto le dijo esto: «Cuando eras joven, te ceñías, e ibas adonde querías, mas cuando seas viejo, extenderás tus manos, y otro te ceñirá, y te llevará adonde no quieras. Esto dijo», dice el evangelista, «significando con qué muerte había de glorificar a Dios;» de modo que a quien había dicho: Apacienta mis ovejas, al mismo le enseñara a poner su vida por sus ovejas.
    12. ¿De dónde comienza la caridad, hermanos? Atended un poco: a qué perfección llega, lo habéis oído; el fin mismo de ella y la medida misma de ella es lo que el Señor nos ha puesto delante en el Evangelio: «Nadie tiene mayor amor», dice él, «que el que uno ponga su vida por sus amigos.» [] Su perfección, pues, nos la ha puesto delante en el Evangelio, y también aquí se nos pone delante su perfección: pero os preguntáis y os decís: ¿Cuándo nos será posible tener «esta» caridad? No desesperéis demasiado pronto de vosotros. Acaso ha nacido y aún no es perfecta; alimentadla, para que no se ahogue. Pero me diréis: ¿Y en qué he de conocerla? Pues a qué perfección llega, lo hemos oído; de dónde comienza, oigámoslo. Continúa diciendo: «Pero el que tiene bienes de este mundo, y ve a su hermano padecer hambre, y le cierra sus entrañas de misericordia, ¿cómo puede morar el amor de Dios en él?» [] ¡He aquí de dónde comienza la caridad! Si aún no sois capaces de morir por vuestro hermano, sed ya capaces de dar de vuestros bienes a vuestro hermano. Ya ahora hiérase la caridad vuestras entrañas, para que no lo hagáis por vanagloria, sino de la médula más íntima de la misericordia; para que consideréis a aquel que ahora está en necesidad. Pues si no podéis dar vuestras cosas superfluas a vuestro hermano, ¿podéis poner vuestra vida por vuestro hermano? Ahí está vuestro dinero en vuestro seno, que los ladrones pueden quitaros; y aunque no os lo quiten los ladrones, al morir lo dejaréis, aunque no os deje él a vosotros mientras vivís: ¿qué haréis con él? Vuestro hermano tiene hambre, está en necesidad: acaso está angustiado, acosado por su acreedor: es vuestro hermano, juntamente habéis sido comprados, uno es el precio pagado por vosotros, ambos habéis sido redimidos por la sangre de Cristo: ved si tenéis misericordia, si tenéis bienes de este mundo. Acaso decís: «¿Qué me importa a mí? ¿He de dar mi dinero para que él no sufra tribulación?» Si ésta es la respuesta que os da vuestro corazón, el amor del Padre no mora en vosotros. Si el amor del Padre no mora en vosotros, no habéis nacido de Dios. ¿Cómo os jactáis de ser cristianos? Tenéis el nombre, y no tenéis las obras. Pero si la obra siguiera al nombre, aunque cualquiera os llame pagano, mostrad por las obras que sois cristianos. Pues si por las obras no os mostráis cristianos, todos os pueden llamar cristianos; ¿de qué os sirve el nombre donde no está la cosa? «Pero el que tiene bienes de este mundo, y ve a su hermano tener necesidad, y le cierra sus entrañas de misericordia, ¿cómo puede morar el amor de Dios en él?» Y luego continúa: «Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad.» []
    13. Supongo que la cosa se os ha hecho manifiesta, hermanos míos: este grande y gravísimo secreto y misterio. Cuál es la fuerza de la caridad, toda la Escritura lo declara; pero no sé si en alguna parte se declara más ampliamente que en esta Epístola. Os rogamos y os suplicamos en el Señor, que guardéis en la memoria lo que habéis oído, y que a lo que aún queda por decir, hasta que se acabe la epístola, vengáis con fervor, y con fervor lo oigáis. Mas abrid vuestro corazón a la buena semilla: arrancad las espinas, para que lo que sembramos en vosotros no se ahogue, sino que crezca la mies, y el Labrador se regocije y prepare el granero para vosotros como para el trigo, no el fuego como para la paja.

    Homilía 6

    1 Juan 3:19-4:3

    Homilía 6, texto leído

    «Y en esto conocemos que somos de la verdad, y aseguramos nuestros corazones delante de él. Pues si nuestro corazón nos reprende, mayor es Dios que nuestro corazón, y conoce todas las cosas. Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios; y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él. Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros, como nos dio mandamiento. Y el que guarda sus mandamientos, permanece en él, y él en aquél. Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado. Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad si los espíritus son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el anticristo, del cual habéis oído que ha de venir; y ya ahora está en el mundo.»

    Homilía 6, § 1–2

    1. Si recordáis, hermanos, ayer cerramos nuestro sermón en esta sentencia, [] la cual sin duda convenía y conviene que permanezca en vuestro corazón, ya que fue lo último que oísteis. «Hijitos míos, no amemos sólo de palabra y de lengua, sino de obra y de verdad.» Luego continúa: «Y en esto conocemos que somos de la verdad, y aseguramos nuestros corazones delante de él.» «Pues si nuestro corazón nos reprende, mayor es Dios que nuestro corazón, y conoce todas las cosas.» Había dicho: «No amemos sólo de palabra y de lengua, sino de obra y de verdad:» se nos pregunta, ¿En qué obra, o en qué verdad, se conoce al que ama a Dios, o ama a su hermano? Arriba había dicho hasta qué punto se perfecciona la caridad: lo que dice el Señor en el Evangelio, «Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos» [], esto mismo había dicho también el apóstol: «Como él puso su vida por nosotros, también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos.» [] Ésta es la perfección de la caridad, y mayor no se puede hallar en modo alguno. Pero porque no es perfecta en todos, y no debe desesperar aquel en quien no es perfecta, si ya ha nacido lo que puede perfeccionarse; y por supuesto, si ha nacido, hay que alimentarlo, y con ciertos alimentos propios ha de ser llevado a su propia perfección; por eso hemos preguntado acerca del comienzo de la caridad, dónde comienza, y allí al punto hemos hallado: «Pero el que tiene bienes de este mundo, y ve a su hermano tener necesidad, y le cierra sus entrañas de misericordia, ¿cómo mora el amor del Padre en él?» [] Aquí, pues, tiene esta caridad, hermanos míos, su comienzo: dar de lo superfluo a aquel que tiene necesidad, a aquel que está en alguna tribulación; de la abundancia temporal propia, librar al hermano de la tribulación temporal. Éste es el primer brote de la caridad. Este, comenzado así, si lo alimentáis con la palabra de Dios y la esperanza de la vida venidera, llegaréis al fin a aquella perfección, que estaréis dispuestos a poner vuestra vida por vuestros hermanos.
    2. Pero, porque muchas de tales cosas son hechas por hombres que buscan otros objetos, y que no aman a los hermanos, volvamos al testimonio de la conciencia. ¿Cómo probamos que muchas de tales cosas son hechas por hombres que no aman a los hermanos? ¡Cuántos en las herejías y cismas se llaman mártires! Les parece que ponen sus vidas por sus hermanos. Si pusieran sus vidas por los hermanos, no se separarían de toda la fraternidad. Además, ¡cuántos hay que por causa de la vanagloria dan mucho, reparten mucho, y en ello no buscan sino la alabanza de los hombres y la gloria popular, que está llena de viento y no posee estabilidad alguna! Viendo, pues, que hay tales, ¿dónde estará la prueba del amor fraterno? Ya que él quiso que fuese probado, y ha dicho a modo de amonestación: «Hijitos míos, no amemos sólo de palabra y de lengua, sino de obra y de verdad;» preguntamos, ¿en qué obra, en qué verdad? ¿Puede haber obra más manifiesta que dar a los pobres? Muchos hacen esto por vanagloria, no por amor. ¿Puede haber obra mayor que morir por los hermanos? También ésta, muchos querrían que se pensara que la hacen, quienes la hacen por vanagloria para ganarse un nombre, no por entrañas de amor. Queda, pues, que ama a su hermano aquel que delante de Dios, donde sólo Dios ve, asegura su propio corazón, y pregunta a su corazón si hace esto verdaderamente por amor de los hermanos; y su testigo es aquel ojo que penetra el corazón, donde el hombre no puede mirar. Por eso el apóstol Pablo, porque estaba dispuesto a morir por los hermanos, y dijo: «Yo gastaré de buen grado y seré gastado por vuestras almas» [], sin embargo, porque sólo Dios veía esto en su corazón, no los hombres mortales a quienes hablaba, les dice: «Pero en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano.» [] Y el mismo apóstol muestra también en cierto lugar, que estas cosas a menudo se hacen por vanagloria vacía, no sobre el fundamento sólido del amor: pues hablando de las alabanzas de la caridad dice: «Si distribuyese todos mis bienes entre los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo caridad, de nada me aprovecha.» [] ¿Es posible que un hombre haga esto sin caridad? Lo es. Porque los que han dividido la unidad, son personas que no tienen caridad. Buscad allí, y veréis a muchos dar mucho a los pobres; veréis a otros dispuestos a recibir la muerte, hasta el punto de que, donde no hay perseguidor, se arrojan de cabeza: éstos, sin duda, hacen esto sin caridad. Volvamos, pues, a la conciencia, de la cual dice el apóstol: «Porque ésta es nuestra gloria: el testimonio de nuestra conciencia.» [] Volvamos a la conciencia, de la cual dice el mismo: «Pero cada uno pruebe su propia obra, y entonces tendrá gloria en sí mismo, y no en otro.» [] Por tanto, cada uno de nosotros «pruebe su propia obra», si brota de la vena de la caridad, si es de la caridad como de la raíz de donde sus buenas obras brotan como ramas. «Pero cada uno pruebe su propia obra, y entonces tendrá gloria en sí mismo, y no en otro,» no cuando la lengua de otro le da testimonio, sino cuando su propia conciencia lo da.

    Homilía 6, § 3–4

    3. Esto es, pues, lo que él urge aquí. «En esto conocemos que somos de la verdad, cuando en obra y en verdad» amamos, «no sólo de palabra y de lengua; y aseguramos nuestro corazón delante de él.» [] ¿Qué significa «delante de él?» Donde él ve. De donde el Señor mismo dice en el Evangelio: «Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos: de otra manera no tenéis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.» ¿Y qué significa «No sepa tu izquierda lo que hace tu derecha», sino que la derecha significa una conciencia pura, y la izquierda la concupiscencia del mundo? Muchos por la concupiscencia del mundo hacen muchas cosas maravillosas: la izquierda trabaja, no la derecha. La derecha debe trabajar, y sin conocimiento de la izquierda, de modo que la concupiscencia del mundo ni siquiera se mezcle con ello cuando por amor hacemos algo bueno. ¿Y de dónde sacamos el conocer esto? Estás delante de Dios: pregunta a tu corazón, mira lo que has hecho, y cuál fue en ello tu intención; tu salvación, o la alabanza ventosa de los hombres. Mira dentro, porque el hombre no puede juzgar a quien no puede ver. Si «aseguramos nuestro corazón», sea «delante de él.» Porque «si nuestro corazón nos reprende», es decir, nos acusa dentro, porque no hacemos la cosa con aquella intención con que debe hacerse, «mayor es Dios que nuestro corazón, y conoce todas las cosas.» Tú escondes tu corazón del hombre: escóndelo de Dios, si puedes. ¿Cómo lo esconderás de aquel a quien un pecador, temiendo y confesando, dice: «¿A dónde iré de tu Espíritu? ¿Y de tu rostro a dónde huiré?» Buscó un camino para huir, para escapar del juicio de Dios, y no halló ninguno. Pues ¿dónde no está Dios? «Si subiere», dice, «al cielo, allí estás tú; si descendiere al infierno, allí estás.» ¿A dónde irás? ¿A dónde huirás? ¿Quieres oír un consejo? Si quieres huir de él, huye a él. Huye a él confesando, no de él escondiéndote: esconderte no puedes, pero confesar sí puedes. Dile: «Tú eres mi lugar de refugio;» y aliméntese en ti el amor, el cual solo conduce a la vida. Que tu conciencia te dé testimonio de que tu amor es de Dios. Si es de Dios, no quieras mostrarlo delante de los hombres; porque ni las alabanzas de los hombres te levantan hasta el cielo, ni sus censuras te derriban de allí. Que lo vea aquel que te corona: sea él tu testigo, por quien como juez eres coronado. «Mayor es Dios que nuestro corazón, y conoce todas las cosas.»
    4. «Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos delante de Dios;» [] — ¿Qué significa «si nuestro corazón no nos reprende»? Si nos responde con verdad, que amamos y que hay en nosotros amor genuino: no fingido, sino sincero; que busca la salvación del hermano, sin esperar ningún provecho del hermano, sino sólo su salvación— «confianza tenemos delante de Dios: y cualquiera cosa que pidamos, la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos.» [] — Por tanto, no a la vista de los hombres, sino donde Dios mismo ve, en el corazón— «confianza tenemos», pues, «delante de Dios: y cualquiera cosa que pidamos, la recibiremos de él:» sin embargo, porque guardamos sus mandamientos. ¿Cuáles son «sus mandamientos»? ¿Hemos de estar siempre repitiendo? «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros.» [] De la caridad misma habla, de esto es lo que urge. Quien, pues, tenga amor fraterno, y lo tenga delante de Dios, donde Dios ve, y su corazón, interrogado bajo justo examen, no le responda otra cosa sino que la raíz genuina de la caridad está allí para que de ella vengan buenos frutos; ese hombre tiene confianza con Dios, y cualquier cosa que pida, la recibirá de él, porque guarda sus mandamientos.

    Homilía 6, § 5–6

    5. Aquí nos sale al paso una cuestión: porque no es tal o cual hombre, ni tú o yo, lo que entra en cuestión—pues si yo pido algo a Dios y no lo recibo, cualquiera puede fácilmente decir de mí: «No tiene caridad:» y de cualquier hombre de este tiempo presente, esto puede decirse fácilmente; y piense cada uno lo que quiera, un hombre de hombre:— no nosotros, sino aquellos que entran más en cuestión, aquellos hombres de quienes se sabe por todas partes que fueron santos cuando escribieron, y que ahora están con Dios. ¿Dónde está el hombre que tiene caridad, si Pablo no la tenía, el cual dijo: «Nuestra boca está abierta para vosotros, oh corintios, nuestro corazón se ha ensanchado; no estáis estrechos en nosotros:» el cual dijo: «Yo mismo me gastaré por vuestras almas:» y había en él gracia tan grande, que se manifestaba que tenía caridad. Y sin embargo hallamos que pidió y no recibió. ¿Qué decimos, hermanos? Es una cuestión: mirad atentamente a Dios: también ésta es una gran cuestión. Así como, donde se dijo del pecado, «El que ha nacido de Dios no peca:» hallamos que este pecado es la violación de la caridad, y que esto era lo estrictamente querido en aquel lugar: así también preguntamos ahora qué es lo que él quiere decir. Pues si miráis sólo a las palabras, parece claro; si tomáis en cuenta los ejemplos, es oscuro. Nada hay más claro que las palabras aquí. «Y cualquiera cosa que pidamos, la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él.» «Cualquiera cosa que pidamos», dice, «la recibiremos de él.» Nos ha puesto en gran aprieto. En el otro lugar también nos pondría en aprieto, si quisiera decir todo pecado: pero entonces hallamos lugar para exponerlo en esto, que se refería a cierto pecado, no a todo pecado; aunque a un pecado que «todo el que ha nacido de Dios no comete:» y hallamos que este mismo pecado no es otro que la violación de la caridad. Tenemos también un ejemplo manifiesto del Evangelio, cuando el Señor dice: «Si yo no hubiera venido, no tendrían pecado.» [] ¿Cómo? ¿Eran inocentes los judíos cuando él vino a ellos, porque así habla? Entonces, si él no hubiera venido, ¿no tendrían pecado? Entonces, ¿la presencia del Médico enfermó, y no quitó la fiebre? ¿Qué loco diría siquiera esto? Él no vino sino a curar y sanar a los enfermos. Por tanto, cuando dijo «Si yo no hubiera venido, no tendrían pecado,» ¿qué quiso que se entendiera, sino un pecado en particular? Pues había un pecado que los judíos no habrían tenido. ¿Qué pecado? Que no creyeron en él, que cuando vino lo despreciaron. Así como allí dijo «pecado», y no se sigue que hayamos de entender todo pecado, sino un pecado determinado: así también aquí no todo pecado, no sea que contradiga a aquel lugar donde dice: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros:» [] sino un pecado en particular, a saber, la violación de la caridad. Pero en este lugar nos ha atado más estrechamente: «Si pidiéremos», dice, «si nuestro corazón no nos acusa, y nos responde, a la vista de Dios, que el verdadero amor está en nosotros;» «cualquiera cosa que pidamos, la recibiremos de él.»
    6. Pues bien: ya os lo he dicho, amados hermanos míos, que nadie se vuelva hacia nosotros. Porque ¿qué somos nosotros? ¿O qué sois vosotros? ¿Qué, sino la Iglesia de Dios, que es conocida de todos? Y, si a él le place, en esa Iglesia estamos; y los que de nosotros por amor permanecemos en ella, perseveremos allí, si queremos mostrar el amor que tenemos. Pero entonces, el apóstol Pablo, ¿qué mal hemos de pensar de él? ¡No amar a los hermanos! ¡No tener dentro de sí el testimonio de su conciencia a la vista de Dios! ¡No tener Pablo dentro de sí aquella raíz de la caridad de donde procedían todos los buenos frutos! ¿Qué loco diría esto? Pues bien: ¿dónde hallamos que el apóstol pidió y no recibió? Él mismo dice: «Para que no me enalteciera desmedidamente por la abundancia de las revelaciones, me fue dado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás que me abofeteara. Por esto rogué al Señor tres veces, que lo quitara de mí. Y me dijo: Mi gracia te basta; porque la fuerza se perfecciona en la debilidad.» [] He aquí que no fue oído en su oración para que el «ángel de Satanás» fuera quitado de él. Pero ¿por qué? Porque no era bueno para él. Fue oído, pues, para salvación, cuando no fue oído según su deseo. Sabed, amados míos, un gran misterio: el cual urgimos a vuestra consideración a propósito para que no se os escape en vuestras tentaciones. Los santos son oídos en todas las cosas para salvación: siempre son oídos en aquello que respecta a su salvación eterna; es esto lo que desean: porque en cuanto a esto, sus oraciones siempre son oídas.

    Homilía 6, § 7–8

    7. Pero distingamos los diferentes modos que Dios tiene de oír la oración. Pues hallamos a algunos no oídos según su deseo, pero oídos para salvación; y a otros los hallamos oídos según su deseo, pero no oídos para salvación. Notad esta diferencia, retened este ejemplo de un hombre no oído según su deseo, sino oído para salvación. Oíd al apóstol Pablo; porque lo que es el ser oído en la oración para salvación, Dios mismo se lo mostró: «Bástate», dice, «mi gracia; porque la fuerza se perfecciona en la debilidad.» Has rogado, has clamado, has clamado tres veces: el clamor que levantaste de una vez para siempre lo oí, no aparté de ti mis oídos; yo sé lo que debo hacer: tú querrías que se quitara aquello saludable que te quema; yo conozco la debilidad que te agobia. Pues bien: he aquí un hombre que fue oído para salvación, mientras que en cuanto a su voluntad no fue oído. ¿Dónde hallamos personas oídas según su voluntad, y no oídas para salvación? ¿Hallamos acaso, pensáis, a algún hombre malvado, algún impío, oído de Dios según su voluntad, y no oído para salvación? Si os pongo el ejemplo de algún hombre, acaso me diréis: «Tú lo llamas malvado, pero era justo; si no hubiera sido justo, su oración no habría sido oída por Dios.» El ejemplo que voy a alegar es de uno, de cuya iniquidad e impiedad nadie puede dudar. El diablo mismo: pidió a Job, y lo recibió. [] ¿No habéis oído aquí también acerca del diablo, que «el que comete pecado es del diablo»? No que el diablo haya creado, sino que el pecador imita. ¿No se dice de él: «No permaneció en la verdad»? [] ¿No es él, incluso, «aquella serpiente antigua», que por medio de la mujer dio a beber al primer hombre el trago del veneno? [] ¿Quién, incluso en el caso de Job, le guardó la mujer, para que por ella el marido no fuera consolado, sino tentado? El diablo pidió a un hombre santo, para tentarlo; y lo recibió: el apóstol pidió que le fuera quitado el aguijón en la carne, y no lo recibió. Pero el apóstol fue más oído que el diablo. Pues el apóstol fue oído para salvación, aunque no según su deseo: el diablo fue oído según su deseo, pero para condenación. Porque el que Job le fuera entregado para ser tentado, fue para que, con su firmeza en la prueba, el diablo fuera atormentado. Pero esto, hermanos míos, lo hallamos no sólo en los libros del Antiguo Testamento, sino también en el Evangelio. Los demonios rogaron al Señor, cuando los expulsaba del hombre, que se les permitiera entrar en los cerdos. ¿Acaso el Señor no tenía poder para decirles que ni siquiera se acercaran a aquellas criaturas? Pues, si no hubiera sido su voluntad permitirlo, no iban a rebelarse contra el Rey del cielo y de la tierra. Pero en vista de cierto misterio, con cierto sentido ulterior, dejó que los demonios entraran en los cerdos: para mostrar que el diablo tiene dominio en los que llevan vida de cerdos. Luego los demonios fueron oídos en su petición; ¿no fue oído el apóstol? O más bien (lo que es más verdadero) diremos: El apóstol fue oído, ¿los demonios no fueron oídos? Se realizó la voluntad de aquéllos; se perfeccionó el bien de éste.
    8. De acuerdo con esto, debemos entender que Dios, aunque no dé según nuestra voluntad, da para nuestra salvación. Pues supón que lo que has pedido es para tu daño, y el Médico sabe que es para tu daño; ¿entonces qué? No ha de decirse que el médico no te escucha, cuando, acaso, pides agua fría, y si te conviene, te la da al momento, si no te conviene, no te la da. ¿No tuvo oídos para tu ruego, o más bien, escuchó para tu bien, aun cuando contradijo tu voluntad? Haya, pues, en vosotros caridad, hermanos míos; haya en vosotros, y luego tened tranquilo el ánimo: aun cuando no se os conceda lo que pedís, vuestra oración es atendida, sólo que no lo sabéis. A muchos se les ha entregado a sus propias manos, para su propio daño: de ellos dice el Apóstol: «Dios los entregó a las concupiscencias de sus corazones.» [] Un hombre ha pedido una gran suma de dinero; la ha recibido, para su daño. Cuando no la tenía, poco tenía que temer; apenas llegó a tenerla, se convirtió en presa de los más poderosos. ¿No fue atendida la petición de aquel hombre para su propio daño, que quería a toda costa aquello por lo cual sería buscado por el ladrón, mientras que, siendo pobre, nadie lo buscaba? Aprende a rogar a Dios de modo que encomiendes al Médico hacer lo que Él sabe que es mejor. Confiesa la enfermedad; deja que Él aplique los remedios de la curación. Solo mantén firme la caridad. Porque Él querrá cortar, querrá quemar; ¿qué importa que grites, y no seas perdonado por tus gritos bajo el corte, bajo la quemadura y la tribulación, si Él sabe hasta dónde llega la podredumbre? Tú querrías que ya ahora retirara sus manos, y Él considera solamente la hondura de la llaga; Él sabe hasta dónde ha de llegar. No te atiende según tu voluntad, pero te atiende para tu curación. Estad, pues, seguros, hermanos míos, de que es verdad lo que dice el Apóstol: «Pues no sabemos qué hemos de pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles; porque intercede por los santos.» [] ¿Cómo se dice, «El Espíritu mismo intercede por los santos,» sino entendiendo la caridad que el Espíritu obra en vosotros? Pues por eso dice el mismo Apóstol: «La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.» [] Es la caridad la que gime, es la caridad la que ora: contra ella no puede cerrar sus oídos Aquel que la dio. Tened tranquilo el ánimo: pida la caridad, y los oídos de Dios están allí. No se hace lo que tú deseas, sino lo que es provechoso. Por eso, «cualquier cosa que pidamos,» dice, «la recibiremos de Él,» ya lo he dicho: si lo entiendes en el sentido de «para salvación,» no hay cuestión alguna; si no es para salvación, hay cuestión, y grande, una cuestión que te hace acusador del apóstol Pablo. «Cualquier cosa que pidamos, la recibimos de Él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que es agradable ante sus ojos:» por dentro, donde Él ve.

    Homilía 6, § 9–10

    9. ¿Y cuáles son esos mandamientos? «Este», dice, «es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros.» [] Veis que este es el mandamiento: veis que cualquiera que hace algo contra este mandamiento comete el pecado del que está libre «todo el que ha nacido de Dios». «Como Él nos ha dado mandamiento:» que nos amemos unos a otros. «Y el que guarda su mandamiento» [] —veis que no se nos manda otra cosa sino que nos amemos unos a otros— «Y el que guarda su mandamiento permanece en Él, y Él en él.» Y en esto conocemos que Él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado. ¿No es manifiesto que esto es lo que el Espíritu Santo obra en el hombre, que haya en él amor y caridad? ¿No es manifiesto, como dice el apóstol Pablo, que «la caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado»? [] Porque [nuestro apóstol] hablaba de la caridad, y decía que debemos interrogar a nuestro propio corazón ante los ojos de Dios. «Pero si nuestro corazón no nos reprende:» esto es si confiesa que del amor al hermano se hace en nosotros cuanto se hace en toda obra buena. Y luego, además, al hablar del mandamiento, dice esto: «Este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros, como Él nos ha dado mandamiento.» «Y el que hace su mandamiento permanece en Él, y Él en él. En esto conocemos que Él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado.» Si de verdad hallas que tienes caridad, tienes el Espíritu de Dios para entender: porque es cosa muy necesaria.
    10. En los primeros tiempos, «el Espíritu Santo descendió sobre los que creían, y hablaron en lenguas» que no habían aprendido, «según el Espíritu les daba que hablasen.» [] Eran señales acomodadas al tiempo. Porque debía existir aquel testimonio del Espíritu Santo en todas las lenguas, para mostrar que el Evangelio de Dios había de correr por todas las lenguas sobre toda la tierra. Aquello se hizo como señal, y pasó. Ahora, en la imposición de manos para que las personas reciban el Espíritu Santo, ¿acaso esperamos que hablen en lenguas? O cuando impusimos la mano a estos infantes, ¿acaso cada uno de vosotros miró para ver si hablarían en lenguas, y, al ver que no hablaban en lenguas, fue alguno de vosotros tan mal dispuesto como para decir: Estos no han recibido el Espíritu Santo; porque, si lo hubieran recibido, hablarían en lenguas como sucedía en aquellos tiempos? Si, pues, el testimonio de la presencia del Espíritu Santo no se da ahora por medio de estos milagros, ¿por cuál se da, por cuál llega uno a saber que ha recibido el Espíritu Santo? Que interrogue su propio corazón. Si ama a su hermano, el Espíritu de Dios mora en él. Que vea, que se pruebe ante los ojos de Dios, que vea si hay en él amor a la paz y a la unidad, amor a la Iglesia extendida por toda la tierra. Que no se quede solo en amar al hermano que tiene delante de los ojos, pues tenemos muchos hermanos a quienes no vemos, y en la unidad del Espíritu estamos unidos a ellos. ¿Qué maravilla que no estén con nosotros? Estamos en un solo cuerpo, tenemos una sola Cabeza, en el cielo. Hermanos, nuestros dos ojos no se ven el uno al otro; como quien dice, no se conocen. Pero ¿no se conocen en la caridad del cuerpo? Pues, para mostraros que en la caridad que los une se conocen: cuando ambos ojos están abiertos, el derecho no puede posarse sobre un objeto en el que el izquierdo no se pose a la vez. Dirige la mirada del ojo derecho sin el otro, si puedes. Juntos se encuentran en un solo objeto, juntos son dirigidos a un solo objeto: su mira es una, sus lugares diversos. Si, pues, todos los que aman a Dios contigo tienen una misma mira contigo, no te fijes en que en el cuerpo estéis separados de lugar; la vista del corazón la tenéis por igual fija en la luz de la verdad. Si, pues, quieres saber que has recibido el Espíritu, interroga a tu corazón: no sea que tengas el sacramento y no tengas la virtud del sacramento. Interroga a tu corazón. Si en él hay amor a tus hermanos, ten tranquilo el ánimo. No puede haber amor sin el Espíritu de Dios, pues Pablo clama: «La caridad de Dios ha sido derramada en vuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.» []

    Homilía 6, § 11–12

    11. «Amadísimos, no creáis a todo espíritu.» [] Porque había dicho: «En esto conocemos que Él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado.» Pero cómo se conoce este mismo Espíritu, atiende a esto: «Amadísimos, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios.» Y ¿quién es el que prueba los espíritus? ¡Cosa difícil nos ha puesto, hermanos míos! Bien está que él mismo nos diga cómo hemos de discernirlos. Va a decírnoslo: no temáis; pero primero ved; atended: ved que de este modo se expresa justamente aquello de que nos hacen burla los vanos herejes. Atended, ved lo que dice: «Amadísimos, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios.» El Espíritu Santo es llamado en el Evangelio con el nombre de agua; donde el Señor «clamó y dijo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, de su interior correrán ríos de agua viva.» [] Pero el evangelista ha explicado de qué dijo esto: pues prosigue: «Mas esto dijo del Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él.» ¿Por qué, pues, no bautizaba el Señor a muchos? Y ¿qué dice? «Porque el Espíritu Santo no había sido dado aún, porque Jesús todavía no había sido glorificado.» Así, viendo que aquellos tenían el bautismo y aún no habían recibido el Espíritu Santo, a quienes el Señor envió desde el cielo el día de Pentecostés, se esperó primero la glorificación del Señor, para que el Espíritu pudiera darse. Aun antes de ser glorificado, y antes de enviar al Espíritu, invitaba a los hombres a prepararse para recibir el agua de la que dijo: «Quien tiene sed, venga y beba;» y: «El que cree en mí, de su interior correrán ríos de agua viva.» ¿Qué significa «ríos de agua viva»? ¿Qué agua es esa? Que nadie me pregunte a mí; pregunta al Evangelio. «Pero esto», dice, «lo dijo del Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él.» Por consiguiente, una cosa es el agua del sacramento; otra, el agua que significa el Espíritu de Dios. El agua del sacramento es visible; el agua del Espíritu, invisible. Aquella lava el cuerpo y significa lo que se hace en el alma. Por este Espíritu el alma misma es limpiada y alimentada. Este es el Espíritu de Dios, que no pueden tener los herejes ni todos los que se separan de la Iglesia. Y cuantos no se separan abiertamente, sino que son separados por la iniquidad, y estando dentro, dan vueltas como la paja y no son grano; éstos no tienen este Espíritu. Este Espíritu es designado por el Señor bajo el nombre de agua; y hemos oído de esta epístola: «no creáis a todo espíritu;» y dan testimonio aquellas palabras de Salomón: «De agua extraña mantente lejos.» ¿Qué significa «agua»? Espíritu. ¿Acaso el agua siempre significa espíritu? No siempre: pero en algunos lugares significa el Espíritu, en algunos el bautismo, en algunos los pueblos [], en algunos el consejo: así lo hallas dicho en cierto lugar: «El consejo es fuente de vida para los que lo poseen.» [] Así, pues, en diversos lugares de las Escrituras, el término «agua» significa cosas diversas. Pero ahora, por el término agua habéis oído hablar del Espíritu Santo, no por interpretación nuestra sino por testimonio del Evangelio, que dice: «Mas esto dijo del Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él.» Si, pues, con el nombre de agua se significa el Espíritu Santo, y esta epístola nos dice: «No creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus, si son de Dios;» entendamos que de esto se dice: «De agua extraña mantente lejos, y de fuente extraña no bebas.» ¿Qué significa «De fuente extraña no bebas»? No creas a un espíritu extraño.
    12. Queda, pues, la prueba por la que se ha de probar que es el Espíritu de Dios. Ha puesto en verdad una señal, y ésta, acaso, difícil: veamos, sin embargo. Hemos de recurrir a aquella caridad; es ella la que nos enseña, porque es la unción. Pero ¿qué dice aquí? «Probad los espíritus, si son de Dios: porque muchos falsos profetas han salido por este mundo.» Ahora bien, todos los herejes y todos los cismáticos están ahí. ¿Cómo, pues, he de probar el espíritu? Prosigue: «En esto se conoce el Espíritu de Dios.» Despertad los oídos de vuestro corazón. Estábamos perplejos; decíamos: ¿Quién sabe? ¿Quién discierne? He aquí que va a decir la señal. «En esto se conoce el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne no es de Dios; y éste es el anticristo, de quien habéis oído que ha de venir; y ya ahora está en este mundo.» [] Nuestros oídos, por así decir, están atentos para discernir los espíritus; y se nos ha dicho algo tal que con ello no discernimos ni un ápice más. Pues ¿qué dice? «Todo espíritu que confiesa que Jesucristo vino en carne, es de Dios.» Entonces, ¿el espíritu que está entre los herejes es de Dios, puesto que ellos «confiesan que Jesucristo vino en carne»? Sí, aquí acaso se levantan contra nosotros y dicen: Vosotros no tenéis el Espíritu de Dios; pero nosotros confesamos «que Jesucristo vino en carne:» mas el apóstol ha dicho aquí que no tienen el Espíritu de Dios quienes no confiesan «que Jesucristo vino en carne.» Pregunta a los arrianos: confiesan «que Jesucristo vino en carne:» pregunta a los eunomianos; confiesan «que Jesucristo vino en carne:» pregunta a los macedonianos; confiesan «que Jesucristo vino en carne:» plantea la cuestión a los catafrigios; confiesan «que Jesucristo vino en carne:» plantéala a los novacianos; confiesan «que Jesucristo vino en carne.» Entonces, ¿tienen todas estas herejías el Espíritu de Dios? ¿No son, pues, falsos profetas? ¿No hay allí engaño, no hay seducción? Ciertamente son anticristos; porque «salieron de nosotros, pero no eran de nosotros.»

    Homilía 6, § 13–14

    13. ¿Qué hemos de hacer, pues? ¿Por qué discernirlos? Estad muy atentos; entremos juntos en el corazón, y llamemos. La caridad misma vela; pues no es otra que ella la que ha de llamar, ella también la que ha de abrir: en seguida entenderéis en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Ya habéis oído que arriba se dijo: «Quien niega que Jesucristo ha venido en carne, ése es anticristo.» Allí también preguntamos: ¿Quién niega? Porque ni nosotros negamos, ni aquéllos niegan. Y hallamos que algunos niegan con sus obras; y aducimos el testimonio del Apóstol, que dice: «Porque confiesan que conocen a Dios, pero con sus obras lo niegan.» [] Así, pues, hagamos ahora también la indagación en las obras, no en la lengua. ¿Cuál es el espíritu que no es de Dios? Aquel «que niega que Jesucristo ha venido en carne.» ¿Y cuál es el espíritu que es de Dios? Aquel «que confiesa que Jesucristo ha venido en carne.» ¿Quién es el que confiesa que Jesucristo ha venido en carne? Ahora, hermanos, ¡al grano! miremos a las obras, no nos detengamos en el ruido de la lengua. Preguntemos por qué vino Cristo en carne, para dar con las personas que niegan que Él ha venido en carne. Si te detienes en las lenguas, oirás a muchas herejías confesar que Cristo ha venido en carne: pero la verdad convence a esos hombres. ¿Por qué vino Cristo en carne? ¿No era Dios? ¿No está escrito de Él: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios?» [] ¿No era Él el que alimentaba a los ángeles, no es Él el que alimenta a los ángeles? ¿No vino acá de tal modo, que no se apartó de allí? ¿No ascendió de tal modo, que no nos abandonó? ¿Por qué, pues, vino en carne? Porque convenía que se nos mostrara la esperanza de la resurrección. Dios era, y vino en carne; porque Dios no podía morir, la carne podía morir; vino, pues, en la carne, para morir por nosotros. ¿Y cómo murió por nosotros? «Nadie tiene mayor caridad que ésta, que uno dé su vida por sus amigos.» [] La caridad, pues, lo trajo a la carne. Por tanto, quien no tiene caridad niega que Cristo ha venido en carne. He aquí, pues, que ahora preguntas a todos los herejes: ¿Vino Cristo en carne? «Vino; esto creo, esto confieso.» No: esto lo niegas. «¿Cómo niego? ¡Oyes que lo digo!» No, te convenzo de negarlo. Dices con la voz, niegas con el corazón; dices con palabras, niegas con obras. «¿Cómo», dices, «niego con obras?» Porque el fin por el cual Cristo vino en carne fue para morir por nosotros. Murió por nosotros, porque en ello enseñó mucha caridad. «Nadie tiene mayor caridad que ésta, que uno dé su vida por sus amigos.» Tú no tienes caridad, pues por tu propio honor divides la unidad. Por tanto, por esto entended el espíritu que es de Dios. Dad un golpe a las vasijas de barro, ponedlas a prueba, no sea que estén rajadas y den un sonido sordo: ved si suenan llenas y claras, ved si hay caridad allí. Tú te apartas de la unidad de toda la tierra, divides la Iglesia con cismas, desgarras el Cuerpo de Cristo. Él vino en carne para congregar en uno; tú gritas para dispersar. Este es, pues, el Espíritu de Dios, que dice que Jesús ha venido en carne; que dice no con la lengua sino con las obras; que dice no haciendo ruido sino amando. Y aquel espíritu no es de Dios, que niega que Jesucristo ha venido en carne; niega, también aquí, no con la lengua sino con la vida; no con palabras sino con obras. Es manifiesto, pues, por qué podemos conocer a los hermanos. Muchos que están dentro están en cierto modo dentro; pero ninguno está fuera sino aquel que en verdad está fuera.
    14. Más aún, y para que sepáis que ha referido el asunto a las obras, dice: «Y todo espíritu, qui solvit Christum, que deshace a Cristo, que Él vino en carne, no es de Dios.» Se refiere a un deshacer en las obras. ¿Qué os ha mostrado? «Que niega:» en que dice «deshace» (o, «desune»). Él vino a reunir en uno, vosotros venís a deshacer. Querrías arrancar los miembros de Cristo. ¿Cómo puede decirse que no niegas que Cristo ha venido en carne, tú que desgarras la Iglesia de Dios que Él ha reunido? Por tanto, vas contra Cristo; eres un anticristo. Estés dentro, o estés fuera, eres un anticristo: sólo que, cuando estás dentro, estás escondido; cuando estás fuera, eres manifestado. Deshaces a Jesús y niegas que Él haya venido en carne; no eres de Dios. Por eso dice Él en el Evangelio: «Cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos más pequeños, y así enseñe, será llamado el más pequeño en el reino de los cielos.» [] ¿Qué es este quebrantar? ¿Qué es este enseñar? Un quebrantar en las obras y un enseñar como de palabra. «Tú que predicas que los hombres no roben, ¿robas?» [] Por tanto, el que roba quebranta o deshace el mandamiento en su obra, y como que enseña así: «será llamado el más pequeño en el reino de los cielos,» es decir, en la Iglesia de este tiempo presente. De él se dice: «Lo que dicen hacedlo; pero lo que hacen, eso no lo hagáis. [] Pero el que hiciere, y así enseñare, será llamado grande en el reino de los cielos.» De esto, que aquí ha dicho fecerit, «hará,» mientras que en oposición a esto ha dicho allí solverit, es decir, non fecerit, «no hará, y así enseñará» — quebrantar, pues, es no hacer —, ¿qué nos enseña, sino que interroguemos las obras de los hombres, no que tomemos sus palabras por confianza? La oscuridad de las cosas nos obliga a hablar mucho y largo, sobre todo para que aquello que el Señor se digna revelar pueda ponerse al alcance incluso de los hermanos de entendimiento más lento, porque todos fueron comprados por la sangre de Cristo. Y temo que la epístola misma no se termine durante estos días como prometí: pero como el Señor quiera, es mejor reservar el resto, que sobrecargar vuestros corazones con demasiado alimento.

    Homilía 7

    1 Juan 4:4-12

    Homilía 7, texto leído

    «Ahora sois de Dios, hijitos, y lo habéis vencido: porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo. Ellos son del mundo: por eso hablan del mundo, y el mundo los oye. Nosotros somos de Dios: el que conoce a Dios nos oye; el que no es de Dios no nos oye. De esto conocemos el espíritu de verdad, y [el espíritu] de error. Amadísimos, amémonos unos a otros: porque el amor es de Dios; y todo el que ama es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios; porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor de Dios en nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito a este mundo, para que vivamos por Él. En esto está el amor, no en que nosotros amamos, sino en que Él nos amó, y envió a su Hijo como Expiador por nuestros pecados. Amadísimos, si Dios así nos amó, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie le ha visto jamás.»

    Homilía 7, § 1–3

    1. Así es este mundo para todos los fieles que buscan su propia patria, como era el desierto para el pueblo de Israel. Andaban ciertamente todavía errantes, y buscaban su propia patria: pero teniendo a Dios por guía no podían errar. Su camino era el mandato de Dios. Pues por donde anduvieron durante cuarenta años, el viaje mismo consta de muy pocas estaciones, y es conocido de todos. Fueron retardados porque estaban en entrenamiento, no porque fueran abandonados. Aquello, pues, que Dios nos promete es dulzura inefable y un bien, [] como dice la Escritura, y como a menudo habéis oído repetirnos, que «ojo no vio, ni oído oyó, ni ha entrado en el corazón del hombre.» [] Pero por trabajos temporales somos ejercitados, y por tentaciones de esta vida presente somos entrenados. Con todo, si no queréis morir de sed en este desierto, bebed la caridad. Es la fuente que Dios se ha dignado poner aquí para que no desfallezcamos en el camino: y beberemos de ella más abundantemente, cuando hayamos llegado a nuestra propia tierra. Acaba de leerse el Evangelio; ahora, al hablar de las mismas palabras con que terminó la lección, ¿qué otra cosa oísteis sino acerca de la caridad? Porque hemos hecho un acuerdo con nuestro Dios en la oración, que si queremos que Él nos perdone nuestros pecados, también nosotros perdonemos los pecados que hayan sido cometidos contra nosotros. [] Ahora bien, lo que perdona no es otra cosa que la caridad. Quita la caridad del corazón; el odio lo posee, no sabe perdonar. Esté allí la caridad, y ella perdona sin temor, sin apretarse. Y toda esta epístola que hemos emprendido exponeros, ved si encomienda otra cosa que esta única cosa, la caridad. Ni temamos que de mucho hablar de ella llegue a ser odiosa. Pues ¿qué hay que amar, si la caridad llega a ser odiosa? Es por la caridad que otras cosas llegan a ser rectamente amadas; ¡entonces cómo debe ser amada ella misma! No se aparte, pues, de la lengua aquello que nunca debe apartarse del corazón.
    2. «Ahora,» dice, «sois de Dios, hijitos, y lo habéis vencido:» [] ¿a quién sino al anticristo? Pues arriba había dicho: «Cualquiera que deshace a Jesucristo y niega que Él ha venido en carne no es de Dios.» Y expusimos, si recordáis, que todos los que violan la caridad niegan que Jesucristo ha venido en carne. Pues Jesús no tenía necesidad de venir sino por causa de la caridad: como en efecto la caridad que encomendamos es la que el Señor mismo encomienda en el Evangelio: «Nadie tiene mayor amor que éste, que uno dé su vida por sus amigos.» [] ¿Cómo era posible que el Hijo de Dios diera su vida por nosotros sin revestirse de carne en que pudiera morir? Cualquiera, pues, que viola la caridad, diga lo que quiera con su lengua, su vida niega que Cristo ha venido en carne; y éste es un anticristo, dondequiera que esté, dondequiera que haya entrado. Pero ¿qué dice el apóstol a los que son ciudadanos de aquella patria por la cual suspiramos? «Lo habéis vencido.» ¿Y por qué lo han vencido? «Porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo.» Para que no atribuyan la victoria a sus propias fuerzas, y por la arrogancia de la soberbia sean vencidos, (pues a quienquiera el diablo hace soberbio, lo vence,) queriendo que guarden la humildad, ¿qué dice? «Lo habéis vencido.» Todo hombre, al oír esta palabra, «Habéis vencido,» levanta la cabeza, levanta el cuello, desea ser alabado. No te ensalces; mira quién es el que en ti ha vencido. ¿Por qué has vencido? «Porque mayor es el que está en ti, que el que está en el mundo.» Sé humilde, lleva a tu Señor; sé la bestia para que Él se siente sobre ti. Bueno es para ti que Él gobierne, y Él guíe. Pues si no tienes a Él sentado sobre ti, puedes levantar el cuello, puedes soltar los talones: pero ¡ay de ti sin gobernante, porque esta libertad te envía entre las fieras para ser devorado!
    3. «Éstos son del mundo.» [] ¿Quiénes? Los anticristos. Ya habéis oído quiénes son. Y si no sois tales, los conocéis, pero quienquiera que es tal, no conoce. «Éstos son del mundo: por eso hablan del mundo, y el mundo los oye.» ¿Quiénes son los que «hablan del mundo»? Mirad quiénes están contra la caridad. He aquí, habéis oído al Señor decir: «Si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial os perdonará también a vosotros vuestras ofensas. Pero si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas.» [] Es la sentencia de la Verdad: o si no es la Verdad la que habla, contradicedla. Si eres cristiano y crees en Cristo, Él ha dicho: «Yo soy la verdad.» Esta sentencia es verdadera, es firme. Oíd ahora a los hombres que «hablan del mundo». «¿Y no te vengarás? ¿Y dejarás que diga que te ha hecho esto? No: que sienta que tiene que vérselas con un hombre.» Todos los días se dicen tales cosas. Los que dicen tales cosas, «del mundo hablan, y el mundo los oye.» Nadie dice tales cosas sino los que aman el mundo, y por nadie son oídas tales cosas sino por los que aman el mundo. Y habéis oído que amar al mundo y descuidar la caridad es negar que Jesús vino en carne. ¿O di si el Señor mismo en la carne hizo eso? Si, siendo abofeteado, ¿quiso ser vengado? Si, colgado en la cruz, ¿no dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»? [] Pero si no amenazó, quien tenía poder; ¿por qué amenazas tú, por qué estás inflado de ira, tú que estás bajo el poder de otro? Él murió porque era su voluntad morir, y sin embargo no amenazó; tú no sabes cuándo morirás, ¿y amenazas?

    Homilía 7, § 4–6

    4. «Nosotros somos de Dios.» [] Veamos por qué; veamos si es por otra cosa que por la caridad. «Nosotros somos de Dios: el que conoce a Dios nos oye; el que no es de Dios no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad, y de error:» es decir, por esto: que el que nos oye tiene el espíritu de verdad; el que no nos oye, tiene el espíritu de error. Veamos qué aconseja, y elijamos más bien oírlo aconsejando en espíritu de verdad, y no a los anticristos, no a los amadores del mundo, no al mundo. Si somos nacidos de Dios, «amadísimos,» [] continúa — ved de qué viene lo de arriba: «Nosotros somos de Dios: el que conoce a Dios nos oye; el que no es de Dios no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad, y de error:» sí, ahora nos hace atentos con avidez: para que se nos diga que el que conoce a Dios, oye; pero el que no conoce, no oye; y que éste es el discernimiento entre el espíritu de verdad y el espíritu de error: bien, pues, veamos qué está por aconsejar; en qué debemos oírlo — «Amadísimos, amémonos unos a otros.» [] ¿Por qué? ¿Porque un hombre lo aconseja? «Porque el amor es de Dios.» Mucho ha encomiado el amor, al decir que «es de Dios»: pero va a decir más; oigamos con avidez. Por ahora ha dicho, «El amor es de Dios; y todo el que ama es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios.» [] ¿Por qué? «Porque Dios es amor» [El amor es Dios]. ¿Qué más podría decirse, hermanos? Si nada se dijera en alabanza del amor a lo largo de las páginas de esta epístola, si nada en absoluto a lo largo de las otras páginas de las Escrituras, y esta única cosa fuera todo lo que se nos dijera por la voz del Espíritu de Dios, «Porque el amor es Dios;» nada más deberíamos pedir.
    5. Ved ahora que obrar contra el amor es obrar contra Dios. Nadie diga: «Peco contra el hombre cuando no amo a mi hermano, (¡fijaos!) y el pecado contra el hombre es cosa que se toma a la ligera; sólo que no peque yo contra Dios.» ¿Cómo no pecas contra Dios, cuando pecas contra el amor? «El amor es Dios.» ¿Lo decimos «nosotros»? Si dijéramos: «El amor es Dios,» acaso alguno de vosotros podría ofenderse y decir: ¿Qué ha dicho? ¿Qué quiso decir con que «el amor es Dios»? Dios «dio» el amor, como un don Dios otorgó el amor. «El amor es de Dios: el amor ES Dios.» Mirad, aquí tenéis, hermanos, las Escrituras de Dios: esta epístola es canónica; por todas las naciones es recitada, es sostenida por la autoridad de toda la tierra, ha edificado a toda la tierra. Aquí se os dice por el Espíritu de Dios: «El amor es Dios.» Ahora, si te atreves, ve contra Dios, y rehúsa amar a tu hermano.
    6. ¿En qué sentido, pues, se dijo hace un momento: «El amor es de Dios»; y ahora: «El amor ES Dios?» Porque Dios es Padre e Hijo y Espíritu Santo: el Hijo, Dios de Dios; el Espíritu Santo, Dios de Dios; y estos tres, un solo Dios, no tres dioses. Si el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios, y aquella persona ama en quien habita el Espíritu Santo: por tanto, «el amor es Dios»; pero «ES Dios,» porque «es de Dios.» Pues tenéis ambas cosas en la epístola; ambas, «El amor es de Dios,» y, «El amor es Dios.» Del Padre solo la Escritura no ha de decir que Él es «de Dios»: pero cuando oís esa expresión, «De Dios,» o el Hijo es significado, o el Espíritu Santo. Porque mientras el apóstol dice: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado:» [] entendamos que Aquel que subsiste en el amor es el Espíritu Santo. Pues es incluso este Espíritu Santo, a quien los malos no pueden recibir, Él es aquella Fuente de la cual dice la Escritura: «Sea tuya sola la fuente de tu agua, y ningún extraño participe contigo.» [] Pues todos los que no aman a Dios, son extraños, son anticristos. Y aunque vengan a las iglesias, no pueden ser contados entre los hijos de Dios; no les pertenece aquella Fuente de vida. Tener el bautismo es posible incluso para un malvado; tener profecía es posible incluso para un malvado. Encontramos que el rey Saúl tuvo profecía: perseguía al santo David, y sin embargo fue lleno del espíritu de profecía, y comenzó a profetizar. [1 Samuel xix] Recibir el sacramento del cuerpo y de la sangre del Señor es posible incluso para un malvado: pues de tales se dice: «El que come y bebe indignamente, come y bebe juicio para sí.» [] Tener el nombre de Cristo es posible incluso para un malvado; es decir, incluso un malvado puede ser llamado cristiano: como aquellos de quienes se dice: «Contaminaron el nombre de su Dios.» [] Digo, tener todos estos sacramentos es posible incluso para un malvado; pero tener caridad, y ser malvado, no es posible. Éste, pues, es el don peculiar, ésta la «Fuente» que es singularmente «propia». A beber de ésta te exhorta el Espíritu de Dios, a beber de Él mismo te exhorta el Espíritu de Dios.
    Comentario editorial · «Dios es amor»: una lectura que el editor discute
    Para , Agustín expone aquí «el amor es Dios» (VII, 6; VIII, 14), y el epub lo deja marcado con el corchete «[El amor es Dios]». Una nota del NPNF advierte que en De Trinitate XV, 27 lo toma, en cambio, en el sentido habitual de «Dios es amor». Myers, en su introducción, ve aquí un error: en griego (ὁ θεὸς ἀγάπη ἐστίν) el sujeto lleva artículo y el predicado no, de modo que la frase no se puede invertir. Añade que algunos cánones exegéticos de ese tipo no se conocían en su tiempo y que estas homilías, dice, no pretendían ser modelos de exégesis, sino charlas familiares y vivas.

    Homilía 7, § 7–9

    7. «En esto se manifestó el amor de Dios en nosotros.» [] He aquí, para que podamos amar a Dios, tenemos exhortación. ¿Podríamos amarlo, si Él no nos hubiera amado primero? Si éramos lentos para amar, no seamos lentos para amar en correspondencia. Él nos amó primero; ni aun así amamos. Amó a los injustos, pero deshizo la injusticia: amó a los injustos, pero no los reunió para la injusticia: amó a los enfermos, pero los visitó para sanarlos. «El amor,» pues, «es Dios.» «En esto se manifestó el amor de Dios en nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por Él.» Como el Señor mismo dice: «Nadie tiene mayor amor que éste, que uno dé su vida por sus amigos:» [] y allí se probó el amor de Cristo hacia nosotros, en que murió por nosotros: ¿cómo se prueba el amor del Padre hacia nosotros? En que «envió a su único Hijo» a morir por nosotros: así también dice el apóstol Pablo: «El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con Él gratuitamente todas las cosas?» [] He aquí, el Padre entregó a Cristo; Judas lo entregó; ¿no parece como si lo hecho fuera de la misma índole? Judas es «traditor,» uno que entregó, [o, un traidor]: ¿es Dios Padre eso? ¡Dios no lo permita! Tú dices: Yo no lo digo, pero el apóstol dice: El que no perdonó a su propio Hijo, sino que «tradidit Eum» lo entregó por todos nosotros. Ambos, el Padre lo entregó, y Él se entregó a sí mismo. El mismo apóstol dice: «El que me amó, y se entregó a sí mismo por mí.» [] Si el Padre entregó al Hijo; y el Hijo se entregó a sí mismo, ¿qué hizo Judas? Hubo una «traditio» (entrega) por el Padre; hubo una «traditio» por el Hijo; hubo una «traditio» por Judas: lo hecho es lo mismo, pero ¿qué es lo que distingue al Padre entregando al Hijo, al Hijo entregándose a sí mismo, y a Judas el discípulo entregando a su Maestro? Esto: que el Padre y el Hijo lo hicieron con amor, pero Judas lo hizo con traición traicionera. Veis que no es lo hecho por el hombre lo que hay que considerar; sino con qué mente y voluntad lo hace. Encontramos a Dios Padre en la misma acción en que encontramos a Judas; al Padre lo bendecimos, a Judas lo detestamos. ¿Por qué bendecimos al Padre, y detestamos a Judas? Bendecimos la caridad, detestamos la iniquidad. ¡Cuán grande bien fue conferido al género humano por la entrega de Cristo! ¿Tenía Judas esto en su pensamiento, que por eso lo entregaba? Dios tenía en su pensamiento nuestra salvación por la cual fuimos redimidos; Judas tenía en su pensamiento el precio por el cual vendió al Señor. El Hijo mismo tenía en su pensamiento el precio que pagó por nosotros; Judas, el precio que recibió para venderlo. La diversa intención, pues, hace diversas las cosas hechas. Aunque la cosa sea una, sin embargo, si la medimos por las diversas intenciones, encontramos la una cosa digna de amor, la otra de condenación; la una encontramos cosa para ser glorificada, la otra para ser detestada. Tal es la fuerza de la caridad. Ved que ella sola discrimina, ella sola distingue las acciones de los hombres.
    8. Esto lo hemos dicho en el caso en que las cosas hechas son semejantes. En el caso en que son diversas, encontramos a un hombre hecho feroz por la caridad; y por la iniquidad hecho seductoramente amable. Un padre golpea a un muchacho, y un secuestrador de niños lo acaricia. Si nombras las dos cosas, golpes y caricias, ¿quién no elegiría las caricias, y declinaría los golpes? Si miras a las personas, es la caridad la que golpea, la iniquidad la que acaricia. Ved lo que insistimos: que las obras de los hombres sólo se disciernen por la raíz de la caridad. Pues muchas cosas pueden hacerse que tienen buena apariencia, y sin embargo no proceden de la raíz de la caridad. Pues también las espinas tienen flores: algunas acciones parecen verdaderamente ásperas, parecen salvajes; sin embargo, se hacen para disciplina a mandato de la caridad. Una vez por todas, pues, se os da un precepto breve: Ama, y haz lo que quieras: si callas, por amor calla; si gritas, por amor grita; si corriges, por amor corrige; si perdonas, por amor perdona: esté la raíz del amor dentro, de esta raíz nada puede brotar sino lo que es bueno.
    9. «En esto está el amor — en esto se manifestó el amor de Dios hacia nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito a este mundo, para que vivamos por Él. — En esto está el amor, no en que nosotros amamos a Dios, sino en que Él nos amó:» [] no lo amamos primero: pues a este fin nos amó, para que lo amemos: Y envió a su Hijo como Expiador por nuestros pecados: «litatorem,» es decir, uno que sacrifica. Sacrificó por nuestros pecados. ¿Dónde encontró el sacrificio? ¿Dónde encontró la víctima que ofrecería pura? Otra no encontró; se ofreció a sí mismo. «Amadísimos, si Dios así nos amó, también nosotros debemos amarnos unos a otros. [] Pedro,» dice Él, «¿me amas?» Y él dijo: «Amo.» «Apacienta mis ovejas.»
    Comentario editorial · «Ama, y haz lo que quieras»
    La frase cierra un argumento: las acciones de los hombres solo se distinguen por la raíz de la caridad, porque lo que parece bueno puede no brotar de ella y lo que parece áspero (el padre que castiga, frente al secuestrador de niños que acaricia) puede ser disciplina. «Ama» no es, pues, una licencia: la regla incluye callar y gritar, corregir y perdonar, siempre por amor. Según la Stanford Encyclopedia of Philosophy (Tornau), la caridad o la concupiscencia pasan a ser en Agustín el criterio predominante, incluso el único, de la valoración moral, y en esta misma homilía (VII, 11) sostiene que amar obliga a corregir el pecado ajeno y no a tolerarlo pasivamente.

    Homilía 7, § 10–11

    10. «A Dios nadie le ha visto jamás:» [] Él es una cosa invisible; no con el ojo sino con el corazón debe ser buscado. Pero así como si quisiéramos ver el sol, purgaríamos el ojo del cuerpo; queriendo ver a Dios, purguemos el ojo por el cual Dios puede ser visto. ¿Dónde está este ojo? Oye el Evangelio: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.» [] Pero nadie se imagine a Dios según la concupiscencia de sus ojos. Pues así se hace para sí o una forma enorme, o una cierta magnitud incalculable que, como la luz que ve con los ojos corporales, hace extender por todas las direcciones; campo tras campo de espacio le da toda la grandeza que puede; o se representa como un anciano de forma venerable. Ninguna de estas cosas imagines. Hay algo que puedes imaginar, si quieres ver a Dios; «Dios es amor.» ¿Qué clase de rostro tiene el amor? ¿Qué forma tiene? ¿Qué estatura? ¿Qué pies? ¿Qué manos tiene? Nadie puede decirlo. Y sin embargo tiene pies, pues éstos llevan a los hombres a la iglesia; tiene manos, pues éstas se extienden a los pobres; tiene ojos, pues por ellos consideramos al necesitado: «Bienaventurado el hombre,» se dice, «que considera al necesitado y al pobre.» Tiene oídos, de los cuales dice el Señor: «El que tiene oídos para oír, oiga.» [] Éstos no son miembros distintos por el lugar, sino que con el entendimiento el que tiene caridad ve el todo a la vez. Habita, y serás habitado; mora, y serás morado. Pues ¿cómo decís, hermanos míos? ¿Quién ama lo que no ve? Ahora bien, ¿por qué, cuando la caridad es alabada, levantáis las manos, aclamáis, alabáis? ¿Qué os he mostrado? ¿Lo que he presentado, fue un destello de colores? ¿Lo que he propuesto, fue oro y plata? ¿He sacado joyas de tesoros escondidos? ¿Qué cosa de este género he mostrado a vuestros ojos? ¿Ha cambiado mi rostro mientras hablo? Estoy en la carne; estoy en la misma forma con que salí a vosotros; vosotros estáis en la misma forma con que vinisteis aquí: la caridad es alabada, y gritáis aplauso. Ciertamente nada veis. Pero así como os agrada cuando alabáis, así os agrade que podáis guardarla en vuestro corazón. Pues notad bien lo que digo, hermanos; os exhorto a todos, como Dios me da fuerzas, a un gran tesoro. Si se os mostrara un hermoso vasito, repujado, incrustado de oro, curiosamente labrado, y encantara vuestros ojos, y atrajera hacia sí el deseo ansioso de vuestro corazón, y os agradara la mano del artífice, el peso de la plata y el esplendor del metal; ¿no diría cada uno de vosotros: «¡Oh, si yo tuviera aquel vaso!»? Y en vano lo diríais, pues no os quedaría el tenerlo. O si uno quisiera tenerlo, podría pensar en robarlo de casa ajena. La caridad os es alabada; si os agrada, tenedla, poseedla: no hay necesidad de robar a ningún hombre, no hay necesidad de pensar en comprarla; se obtiene gratuitamente, sin costo. Tomadla, abrazadla; no hay nada más dulce. Si tal es cuando apenas se habla de ella, ¿qué será cuando uno la tiene?
    11. Si alguno de vosotros acaso desea guardar la caridad, hermanos, sobre todas las cosas no la imaginéis como cosa abyecta y perezosa; ni que la caridad se conserve por una suerte de gentileza, más aún, no gentileza sino mansedumbre y languidez. No es así como se conserva. No imagines que amas a tu siervo cuando no lo azotas, o que amas a tu hijo cuando no le das disciplina, o que amas a tu prójimo cuando no lo reprendes: esto no es caridad, sino mera debilidad. Sea la caridad ferviente para corregir, para enmendar: pero si hay buenas costumbres, deléitente; si malas, sean enmendadas, sean corregidas. No ames en el hombre su error, sino al hombre: pues al hombre lo hizo Dios, el error lo hizo el hombre mismo. Ama lo que Dios hizo, no ames lo que el hombre mismo hizo. Cuando amas aquello, quitas esto: cuando estimas aquello, enmiendas esto. Pero aun si eres severo en algún momento, sea por amor, para corrección. Por esta causa fue la caridad figurada por la Paloma que descendió sobre el Señor. Aquella semejanza de paloma, la semejanza en que vino el Espíritu Santo, por quien la caridad debía ser derramada en nosotros: ¿por qué fue esto? La paloma no tiene hiel; sin embargo, con pico y alas lucha por sus crías; suya es una ferocidad sin amargura. Y así hace también un padre; cuando castiga a su hijo, para disciplina lo castiga. Como dije, el secuestrador, para poder vender, engaña al niño con amargos halagos; un padre, para poder corregir, castiga sin hiel. Sed así con todos los hombres. Mirad aquí, hermanos, una gran lección, una gran regla: cada uno de vosotros tiene hijos, o desea tenerlos; o si ha decidido del todo no tener hijos según la carne, al menos espiritualmente desea tener hijos — ¿qué padre no corrige a su hijo? ¿A qué hijo no disciplina su padre? Y sin embargo parece feroz con él. Es la ferocidad del amor, la ferocidad de la caridad: una suerte de ferocidad sin hiel a la manera de la paloma, no del cuervo. De aquí me vino a la mente, hermanos míos, deciros que aquellos violadores de la caridad son los que han hecho el cisma: como odian la caridad misma, así odian también la paloma. Pero la paloma los convence: sale del cielo, los cielos se abren, y ella permanece sobre la cabeza del Señor. ¿Por qué esto? Para que Juan oiga: «Éste es el que bautiza.» [] ¡Fuera, ladrones; fuera, invasores de la posesión de Cristo! Sobre vuestras propias posesiones, donde queréis ser señores, os habéis atrevido a fijar los títulos del gran Dueño. Él reconoce sus propios títulos; Él vindica para sí su propia posesión. No cancela los títulos, sino que entra y toma posesión. Así, en uno que viene a la Iglesia Católica, su bautismo no es cancelado, para que el título del comandante no sea cancelado: pero ¿qué se hace en la Iglesia Católica? El título es reconocido; el Dueño entra bajo sus propios títulos, donde el ladrón entraba bajo títulos que no eran suyos.

    Homilía 8

    1 Juan 4:12-16

    Homilía 8, texto leído

    «Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se perfecciona en nosotros. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, porque nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió al Hijo para ser el Salvador del mundo. Todo el que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios nos tiene. Dios es amor; y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él.»

    Homilía 8, § 1–2

    1. El amor es palabra dulce, pero más dulce es la obra. Estar siempre hablando de él no está en nuestro poder: porque tenemos muchas cosas que hacer, y diversos negocios nos arrastran por distintos caminos, de modo que nuestra lengua no tiene ocio para estar siempre hablando del amor: aunque, en verdad, nada mejor podría hacer nuestra lengua. Pero aunque no siempre podamos hablar de él, siempre podemos guardarlo. Así como con el Aleluya que cantamos en este tiempo presente, ¿acaso estamos siempre haciéndolo? Ni una hora, no digo durante todo el espacio de ella, cantamos el Aleluya, sino apenas unos momentos de una hora, y luego nos entregamos a otra cosa. Ahora bien, Aleluya, como ya sabéis, significa: Alabad al Señor. El que alaba a Dios con su lengua no puede estar siempre haciéndolo; el que con su vida y su conducta alaba a Dios, puede hacerlo siempre. Las obras de misericordia, los afectos de la caridad, la santidad de la piedad, la incorrupción de la castidad, la modestia de la sobriedad, estas cosas han de practicarse siempre: ya estemos en público o en casa; ya delante de los hombres o en nuestra habitación; ya hablando o callando; ya ocupados en algo o libres de ocupación: estas cosas han de guardarse siempre, porque todas estas virtudes que he nombrado están dentro. Pero ¿quién es capaz de nombrarlas todas? Hay, por así decirlo, el ejército de un emperador asentado dentro de vuestra mente. Porque así como un emperador hace por medio de su ejército lo que quiere, así el Señor Jesucristo, una vez que comienza a habitar en nuestro hombre interior, ( es decir, en la mente mediante la fe), usa estas virtudes como sus ministros. Y por estas virtudes que no pueden verse con los ojos, y sin embargo cuando se nombran son alabadas —y no serían alabadas sino fueran amadas, ni amadas sino fueran vistas; y si no son amadas sino vistas, se ven con otro ojo, es decir, con la mirada interior del corazón—, por estas virtudes invisibles, los miembros se ponen visiblemente en movimiento: los pies para andar, pero ¿hacia dónde? Hacia donde los mueve la buena voluntad que, como un soldado, sirve al buen emperador: las manos para trabajar; pero ¿en qué? En lo que manda la caridad, inspirada dentro por el Espíritu Santo. Los miembros, pues, se ven cuando se ponen en movimiento; Aquel que los ordena dentro no se ve; y quién es el que los ordena dentro es conocido casi únicamente por Aquel que ordena y por aquel que dentro es ordenado.
    2. Pues, hermanos, oísteis hace un momento, cuando se leyó el Evangelio, al menos si para ello tuvisteis no sólo el oído del cuerpo, sino también el del corazón. ¿Qué decía? «Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos.» [] ¿Quiso decir con esto que, cuantas cosas buenas hacemos, debemos esconderlas de los ojos de los hombres y temer ser vistos? Si temes a los espectadores, no tendrás imitadores: debes, por tanto, ser visto. Pero no debes hacerlo con el fin de ser visto. No debe estar ahí el fin de tu gozo, no ahí la meta de tu alegría, que te consideres haber obtenido todo el fruto de tu buena obra cuando eres visto y alabado. Esto no es nada. Despréciate a ti mismo cuando eres alabado; sea alabado en ti Aquel que obra por ti. Por tanto, no hagas el bien por tu propia alabanza, sino para alabanza de Aquel de quien tienes el poder de hacer el bien. De ti mismo tienes el mal obrar; de Dios tienes el bien obrar. Por otro lado, mira a los hombres perversos, cuán prepósteros son. Lo que hacen bien, quieren atribuírselo a sí mismos; si hacen mal, quieren acusar a Dios. Invierte este proceder distorsionado y prepóstero, que pone la cosa, como quien dice, cabeza abajo, que hace que esté abajo lo que está arriba, y arriba lo que está abajo. ¿Quieres poner a Dios abajo y a ti arriba? Te precipitas, no te elevas; porque Él está siempre arriba. ¿Entonces qué? ¿Tú bien, y Dios mal? Mejor di esto, si quieres hablar con más verdad: Yo mal, Él bien; y lo que de Él hago bien es el bien obrar: porque de mí mismo todo lo que hago es malo. Esta confesión fortalece el corazón y hace un fundamento firme de amor. Porque si debemos esconder nuestras buenas obras para que no sean vistas de los hombres, ¿qué pasa con aquella sentencia del Señor en el sermón que pronunció en el monte? Donde dijo esto, allí dijo también un poco antes, «Que vuestras buenas obras brillen delante de los hombres.» [] Y no se detuvo allí, no terminó allí, sino que añadió, «y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.» ¿Y qué dice el apóstol? «Y era desconocido de rostro a las Iglesias de Judea que estaban en Cristo; pero sólo oían decir: Aquel que en otro tiempo nos perseguía, ahora predica la fe que antes destruía. Y en mí glorificaban a Dios.» [] Mira cómo él también, en cuanto llegó a ser tan ampliamente conocido, no puso el bien en su propia alabanza, sino en la alabanza de Dios. Y en cuanto a él, en su propia persona, el que era un devastador de la Iglesia, perseguidor, envidioso, maligno, es él mismo quien lo confiesa, no nosotros que se lo reprochamos. Pablo ama que sus pecados sean dichos por nosotros, para que sea glorificado Aquel que sanó semejante enfermedad. Porque fue la mano del Médico la que cortó y sanó la grandeza de la llaga. Aquella voz del cielo derribó al perseguidor, y levantó al predicador; mató a Saulo, y vivificó a Pablo. Porque Saulo era perseguidor de un hombre santo; de ahí tuvo este hombre su nombre, cuando perseguía a los cristianos: [1 Samuel xix] después de Saulo llegó a ser Pablo. ¿Qué significa el nombre Paulus? Pequeño. Por tanto, cuando era Saulo, era soberbio, enaltecido; cuando fue Pablo, era humilde, pequeño. Así decimos: Te veré «paulo post,» es decir, después de un poco. Oíd que fue hecho pequeño: «Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles; y: A mí, el más pequeño de todos los santos,» dice en otro lugar. Así fue él entre los apóstoles como el borde del vestido; pero la Iglesia de los gentiles lo tocó, como hizo la mujer que padecía flujo de sangre, y quedó sana. []

    Homilía 8, § 3–5

    3. Pues bien, hermanos, esto quisiera decir, esto digo, esto, si pudiera, no dejaría sin decir: Haya en vosotros ahora estas obras, ahora aquellas, según el tiempo, según las horas, según los días. ¿Habéis de estar siempre hablando? ¿Siempre callando? ¿Siempre refrescando el cuerpo? ¿Siempre ayunando? ¿Siempre dando pan a los necesitados? ¿Siempre vistiendo al desnudo? ¿Siempre visitando a los enfermos? ¿Siempre poniendo de acuerdo a los que están en desacuerdo? ¿Siempre enterrando a los muertos? No: sino ahora esto, ahora aquello. Estas cosas se emprenden y cesan; pero aquello que, como emperador, manda a todas las fuerzas de dentro, ni tiene comienzo ni debe cesar. Que la caridad interior no tenga intermisión; que los oficios de la caridad se ejerzan según el tiempo. Que «el amor fraterno» entonces, como está escrito, que «el amor fraterno permanezca.» []
    4. Pero acaso a algunos de vosotros os habrá llamado la atención, mientras os hemos estado exponiendo esta epístola del bienaventurado Juan, por qué es sólo el amor «fraterno» el que tan enfáticamente recomienda. «El que ama a su hermano,» dice; y: «un mandamiento se nos ha dado de que nos amemos unos a otros.» Una y otra vez es del amor fraterno del que habla; pero el amor de Dios, es decir, el amor con que debemos amar a Dios, no lo ha nombrado tan constantemente; sin embargo, no lo ha dejado del todo sin decir. Pero en cuanto al amor al enemigo, casi en toda la epístola no ha dicho nada. Aunque con vehemencia predica y nos recomienda la caridad, no nos dice que amemos a nuestros enemigos, sino que nos dice que amemos a nuestros hermanos. Pero hace un momento, cuando se leyó el Evangelio, oímos: «Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen esto también los publicanos?» [] ¿Cómo es, pues, que el apóstol Juan, como cosa de gran importancia para nosotros en orden a cierta perfección, recomienda el amor fraterno, mientras que el Señor dice que no basta que amemos a nuestros hermanos, sino que debemos extender ese amor de modo que alcance incluso a los enemigos? El que alcanza incluso a los enemigos no salta por encima de los hermanos. Es necesario que, como el fuego, se apodere primero de lo que está más cerca, y así se extienda a lo que está más lejos. Un hermano está más cerca de ti que cualquier persona casual. Además, tiene más poder sobre ti una persona a la que no conoces, que sin embargo no está contra ti, que un enemigo que además está contra ti. Extiende tu amor a los que están más cerca, pero no llames a esto extenderlo: porque es casi amarte a ti mismo, amar a los que están cerca de ti. Extiéndelo a los desconocidos, que no te han hecho ningún mal. Pasa incluso de ellos: llega a amar a tus enemigos. Esto al menos manda el Señor. ¿Por qué el apóstol aquí no ha dicho nada acerca de amar al enemigo?
    5. Todo amor, ya sea el que se llama carnal, que suele llamarse no «dilectio» sino «amor»: (pues la palabra «dilectio» suele usarse para objetos mejores, y entenderse de objetos mejores:) con todo, todo amor, amadísimos hermanos, tiene en sí un querer bien a los que son amados. Porque no debemos amar así, ni podemos amar así, (ya sea «diligere» o «amare»: porque de esta última palabra usó el Señor cuando dijo: «Petra, amas me?» «Pedro, ¿me amas?») no debemos amar así a los hombres, como oímos decir a los glotones: "Amo los tordos." Preguntas por qué los ama: para matarlos, para consumirlos. Dice que los ama, y para este fin los ama: para que dejen de existir; para este fin los ama: para acabar con ellos. Y todo lo que amamos como alimento, para este fin lo amamos: para que sea consumido y nosotros repuestos. ¿Han de ser amados así los hombres, para ser consumidos? Pero hay una cierta amistad de buena voluntad, por la cual deseamos en algún momento hacer bien a aquellos a quienes amamos. ¿Y si no hay ningún bien que podamos hacer? La benevolencia, el querer bien, por sí misma basta al que ama. Porque no debemos desear que los hombres sean desdichados para poder practicar obras de misericordia. Das pan al hambriento; pero mejor sería que nadie tuviera hambre, y no tuvieras a quién darlo. Vistes al desnudo: ¡ojalá todos estuvieran vestidos, y no existiera esta necesidad! Entierras a los muertos: ¡ojalá hubiera llegado al fin aquella vida donde nadie morirá! Reconcilias a los que riñen: ¡ojalá estuviera ya aquí aquella paz eterna de Jerusalén, donde nadie estará en desacuerdo! Porque todas estas son obras hechas a las necesidades. Quita a los desdichados; se acabarán las obras de misericordia. Las obras de misericordia se acabarán: ¿se apagará el ardor de la caridad? Con un toque más verdadero de amor amas al hombre feliz, a quien no puedes hacer ningún buen oficio; más puro será ese amor, y mucho más sin aleación. Porque si has hecho un favor al desdichado, acaso deseas elevarte por encima de él, y quieres que te esté sujeto, tú que le has hecho el favor. Él estaba en necesidad, tú le diste; te pareces a ti mismo más grande porque diste, que aquel a quien se le dio. Desea que sea tu igual, para que ambos estéis bajo el único Señor, a quien nada se le puede dar.

    Homilía 8, § 6–7

    6. Porque en esto el alma soberbia ha traspasado los límites y, en cierto modo, se ha vuelto avara. Porque, «La raíz de todos los males es la avaricia;» [] y de nuevo se dice: «El principio de todo pecado es la soberbia.» [] Y preguntamos, acaso, cómo concuerdan estas dos sentencias: «La raíz de todos los males es la avaricia;» y: «El principio de todo pecado es la soberbia.» Si la soberbia es el principio de todo pecado, entonces la soberbia es la raíz de todos los males. Ahora bien, ciertamente, «la raíz de todos los males es la avaricia.» Encontramos que en la soberbia hay también avaricia (o afán de tener), pues el hombre ha traspasado los límites; y ¿qué es ser avaro sino ir más allá de lo que basta? Adán cayó por soberbia: «el principio de todo pecado es la soberbia,» dice; ¿cayó por afán de tener? ¿Qué mayor afán de tener que aquel a quien Dios no le bastaba? En efecto, hermanos míos, leemos cómo el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios; ¿y qué dijo Dios de él? «Y tenga poder sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todos los animales que se mueven sobre la tierra.» [] ¿Dijo acaso: Ten poder sobre los hombres? «Ten poder,» dice: le ha dado poder natural: «ten poder» ¿sobre qué? «sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los seres que se mueven sobre la tierra.» ¿Por qué este poder sobre estas cosas es un poder natural? Porque el hombre tiene el poder de esto: que fue hecho a imagen de Dios. ¿Y en qué fue hecho a imagen de Dios? En el entendimiento, en la mente, en el hombre interior; en que entiende la verdad, distingue entre el bien y el mal, sabe por quién fue hecho, es capaz de entender a su Creador, de alabar a su Creador: tiene esta inteligencia quien tiene prudencia. Por tanto, cuando muchos, por malos deseos, gastaron en sí mismos la imagen de Dios, y por la perversidad de sus costumbres apagaron la llama, por así decir, de la inteligencia, la Escritura clamó a ellos: «No seáis como el caballo y el mulo, que no tienen entendimiento.» Es decir: os he puesto por encima del caballo y del mulo; a vosotros os hice a mi imagen, os he dado poder sobre estos. ¿Por qué? Porque ellos no tienen mente racional; pero vosotros, por la mente racional, sois capaces de la verdad, entendéis lo que está por encima de vosotros: estad sujetos a Aquel que está por encima de vosotros, y debajo de vosotros estarán aquellas cosas sobre las que fuisteis puestos. Pero, porque por el pecado el hombre desertó de Aquel a quien debía estar sujeto, quedó sujeto a las cosas que debía tener por encima.
    7. Atended a lo que digo: Dios, el hombre, las bestias: a saber, por encima de ti, Dios; por debajo de ti, las bestias. Reconoce a Aquel que está por encima de ti, para que las que están por debajo de ti te reconozcan. [] Así, porque Daniel reconoció a Dios por encima de él, los leones lo reconocieron por encima de ellos. Pero si no reconoces a Aquel que está por encima de ti, desprecias a tu superior, te haces súbdito de tu inferior. Por consiguiente, ¿cómo fue doblegada la soberbia de los egipcios? Por medio de ranas y moscas. [Éxodo viii] Dios podría haber enviado leones; pero un gran hombre puede ser asustado por un león. Cuanto más soberbios eran, tanto más por medio de cosas despreciables y débiles fue quebrada su malvada cerviz. Pero a Daniel los leones lo reconocen, porque estaba sujeto a Dios. ¿Y los mártires que fueron arrojados a las fieras para luchar con ellas, y fueron desgarrados por los dientes de criaturas salvajes, no estaban bajo Dios? ¿O eran siervos de Dios aquellos tres hombres, y los Macabeos no eran siervos de Dios? El fuego reconoció como siervos de Dios a los tres hombres, a quienes no quemó, ni dañó sus vestidos; [] ¿y no reconoció a los Macabeos? [2 Macabeos vii] Reconoció a los Macabeos; sí, hermanos míos, también a ellos los reconoció. Pero era necesario un azote, con permiso del Señor: Él ha dicho en la Escritura: «Azota a todo hijo que recibe.» [] Pues pensad, hermanos míos, ¿habría penetrado el hierro en las entrañas del Señor si Él no lo hubiera permitido, o habría quedado colgado del madero, si no hubiera sido su voluntad? ¿No lo reconoció su propia criatura? ¿O puso Él un ejemplo de paciencia a sus fieles? Veis, pues, que Dios libró a algunos visiblemente, a otros no los libró visiblemente; pero a todos los libró espiritualmente, a ninguno abandonó espiritualmente. Visiblemente pareció haber abandonado a algunos, a otros pareció haberlos rescatado. Por tanto, rescató a algunos, para que no penséis que no tenía poder para rescatar. Ha dado prueba de que tiene el poder, a fin de que donde no lo hace, entendáis una voluntad más secreta, no sospechéis dificultad de hacerlo. Pero ¿qué, hermanos? Cuando hayamos salido de todos estos lazos de la mortalidad, cuando los tiempos de la tentación hayan pasado, cuando el río de este mundo haya pasado, y hayamos recibido de nuevo aquella «primera túnica,» aquella inmortalidad que por el pecado perdimos, «cuando esto corruptible se haya revestido de incorrupción,» es decir, esta carne se haya revestido de incorrupción, «y esto mortal se haya revestido de inmortalidad;» [] entonces los ya perfectos hijos de Dios, en quienes ya no hay necesidad de ser tentados ni de ser azotados, serán reconocidos por todas las criaturas: sujetas a nosotros estarán todas las cosas, si aquí estamos sujetos a Dios.

    Homilía 8, § 8–9

    8. Así, pues, debe ser el cristiano: que no se gloríe sobre los demás «hombres.» Porque Dios te ha dado estar sobre las bestias, es decir, ser mejor que las bestias. Esto lo tienes por naturaleza; siempre serás mejor que una bestia. Si deseas ser mejor que otro hombre, le tendrás envidia cuando lo veas igual a ti. Debes desear que todos los hombres sean tus iguales; y si en sabiduría aventajas a alguno, debes desear que también él sea sabio. Mientras él es lento, aprende de ti; mientras es ignorante, te necesita; y se ve que tú eres el maestro, él el discípulo; por tanto pareces superior, porque eres el maestro; él inferior, porque es el discípulo. A menos que desees que sea tu igual, deseas tenerlo siempre como discípulo. Pero si deseas tenerlo siempre como discípulo, serás un maestro envidioso. Si eres maestro envidioso, ¿cómo serás maestro? Te ruego que no le enseñes tu envidia. Oye al apóstol hablar de las entrañas de la caridad: «Quisiera que todos fuesen como yo.» [] ¿En qué sentido deseaba que todos fuesen sus iguales? En esto era superior a todos: en que por caridad deseaba que todos fuesen sus iguales. Digo, pues, que el hombre ha traspasado los límites; ha querido ser codicioso de más de lo que le corresponde, estar por encima de los hombres, él que fue hecho superior a las bestias: y esto es soberbia.
    9. Y mirad qué grandes obras hace la soberbia. Grabad en vuestros corazones cuán semejantes, cuán casi iguales, son las obras que hace ella y las obras de la caridad. La caridad da de comer al hambriento, y también la soberbia: la caridad, para que Dios sea alabado; la soberbia, para ser ella alabada. La caridad viste al desnudo, también la soberbia; la caridad ayuna, también la soberbia; la caridad entierra a los muertos, también la soberbia. Todas las buenas obras que la caridad desea hacer y hace; la soberbia, por su parte, va a lo mismo y, por así decir, aguijonea sus caballos hacia la meta. Pero la caridad se interpone entre ella y eso, y no deja lugar a una soberbia mal guiada; no que mal guía, sino que es mal guiada. ¡Ay del hombre cuyo auriga es la soberbia, porque necesariamente se despeñará! Pero que, en el bien que se hace, no sea la soberbia quien nos mueve, ¿quién lo sabe? ¿Quién lo ve? ¿Dónde está? Las obras las vemos: la misericordia da de comer, también la soberbia da de comer; la misericordia acoge al forastero, también la soberbia acoge al forastero; la misericordia intercede por el pobre, también la soberbia intercede. ¿Cómo es esto? En las obras no vemos diferencia. Me atrevo a decir algo, pero no yo; Pablo lo ha dicho: la caridad muere, es decir, un hombre que tiene caridad confiesa el nombre de Cristo, sufre martirio; también la soberbia confiesa, también sufre martirio. El uno tiene caridad, el otro no tiene caridad. Pero oiga el que no tiene caridad al apóstol: «Si repartiere todos mis bienes a los pobres, y si entregare mi cuerpo para ser quemado, y no tengo caridad, de nada me aprovecha.» [] Así, pues, la divina Escritura nos aparta de la apariencia exterior del rostro a lo que está dentro; de esa superficie que se jacta ante los hombres nos aparta a lo que está dentro. Vuelve a tu propia conciencia, interrógala. No mires lo que florece por fuera, sino qué raíz hay en la tierra. ¿Hay allí arraigada la concupiscencia? Podrá haber apariencia de buenas acciones; obras verdaderamente buenas no puede haberlas. ¿Está allí arraigada la caridad? No temas: nada malo puede salir de ella. El soberbio acaricia, el amor es severo. El uno viste, el otro golpea. Porque el uno viste para agradar a los hombres, el otro golpea para corregir con disciplina. Más aceptado es el golpe de la caridad que la limosna de la soberbia. Entrad, pues, dentro, hermanos; y en todas las cosas, todo lo que hagáis, mirad a Dios como vuestro testigo. Mirad, si Él ve, con qué intención lo hacéis. Si tu corazón no te acusa de hacerlo por ostentación, bien está: no temáis. Pero cuando hagáis el bien, no temáis que otro os vea. Temed hacerlo con el fin de ser alabados; que el otro lo vea, para que Dios sea alabado. Porque si lo ocultas a los ojos de los hombres, lo ocultas a la imitación de los hombres, privas a Dios de su alabanza. Dos son aquellos a quienes haces limosna: dos tienen hambre; uno de pan, el otro de justicia. Entre estas dos almas hambrientas — como está escrito: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados» [] — entre estas dos personas hambrientas estás tú, el que hace la buena obra; si la caridad hace la obra con ocasión del uno, en ello se compadece de ambos, quiere socorrer a ambos. Porque el uno ansía qué comer, el otro ansía qué imitar. Alimentas al uno, date como modelo al otro; así has dado limosna a ambos: al uno lo has movido a darte gracias por saciar su hambre, al otro lo has hecho imitarte dándole ejemplo.

    Homilía 8, § 10–11

    10. Mostrad, pues, misericordia como hombres de corazones misericordiosos; porque amando también a los enemigos, amáis a los hermanos. No penséis que Juan no ha dado precepto alguno acerca del amor al enemigo porque no ha cesado de hablar del amor fraterno. Amáis a los hermanos. «¿Cómo,» decís, «amamos a los hermanos?» Pregunto por qué amas a un enemigo. ¿Por qué lo amas? ¿Para que sea sano en esta vida? ¿Y si no le conviene? ¿Para que sea rico? ¿Y si con esas mismas riquezas se ciega? ¿Para que se case? ¿Y si con ello tiene una vida amarga? ¿Para que tenga hijos? ¿Y si ellos son malos? Inciertas son, por tanto, estas cosas que pareces desear para tu enemigo al amarlo; son inciertas. Desea para él que tenga contigo la vida eterna; desea para él que sea tu hermano: cuando lo amas, amas a un hermano. Porque no amas en él lo que es, sino lo que deseas que llegue a ser. Ya os dije una vez, amadísimos, si no me engaño: hay un madero a la vista; un buen artesano ha visto el madero, aún no desbastado, tal como fue cortado del bosque, y le ha tomado gusto; quiere hacer algo de él. Pues en verdad no lo amó para que permaneciera siempre así. En su arte ha visto lo que será, no en su gusto lo que es; y su gusto es por la cosa que hará de él, no por la cosa que es. Así amó Dios a los pecadores. Decimos que Dios amó a los pecadores; pues Él dice: «Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.» [] ¿Nos amó a los pecadores para que siguiésemos siendo pecadores? Como madera del bosque nos vio nuestro Carpintero, y tenía en su pensamiento el edificio que de nosotros haría, no la madera sin labrar que éramos. Así también ves a tu enemigo luchar contra ti, enfurecerse, morderte con palabras, exasperarte con ultrajes, acosarte con odio: atiende en él a esto: que es hombre. Ves todas esas cosas contra ti, que fueron hechas por un hombre; y ves en él que fue hecho por Dios. Que sea hombre, es obra de Dios; pero que te odie, es obra suya; que te tenga mala voluntad, es obra suya. ¿Y qué dices en tu mente? Señor, ten misericordia de él, perdónale sus pecados, infúndele temor, cámbialo. No amas en él lo que es, sino lo que deseas que sea. Por consiguiente, cuando amas a un enemigo, amas a un hermano. Por lo cual, el amor perfecto es amar al enemigo; y este amor perfecto está en el amor fraterno. Y nadie diga que el apóstol Juan nos ha amonestado algo menos, y el Señor Cristo algo más. Juan nos ha amonestado a amar a los hermanos; Cristo nos ha amonestado a amar incluso a los enemigos. Mirad con qué fin Cristo os ha mandado amar a vuestros enemigos. ¿Para que sigan siendo siempre enemigos? Si lo mandó para eso, para que sigan siendo enemigos, odias, no amas. Mirad cómo amó Él mismo, es decir, porque no quiso que siguieran siendo los perseguidores que eran, dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» [] A los que quiso perdonar, quiso cambiarlos; a los que quiso cambiar, de enemigos se dignó hacerlos hermanos, y en verdad los hizo tales. Fue muerto, sepultado, resucitó, subió al cielo: envió el Espíritu Santo a sus discípulos; ellos comenzaron con valentía a predicar su nombre, hicieron milagros en el nombre de Aquel que fue crucificado y muerto; los que mataron al Señor los vieron; y quienes con furor habían derramado su sangre, creyendo la bebieron.
    11. Estas cosas os he dicho, hermanos, y con alguna extensión; pero como la caridad debía seros recomendada más encarecidamente, amadísimos, de este modo había que recomendarla. Porque si no hay caridad en vosotros, nada hemos dicho. Pero si está en vosotros, hemos como echado aceite a las llamas. Y en quien no estaba, quizá por las palabras se ha encendido. En uno, lo que había ha crecido; en otro, ha comenzado a ser lo que no era. Para esto, pues, hemos dicho estas cosas: para que no seáis perezosos en amar a vuestros enemigos. ¿Algún hombre se enfurece contra ti? Él se enfurece, tú ora; él odia, tú compadécete. Es la fiebre de su alma la que te odia: él sanará y te dará gracias. ¿Cómo aman los médicos a los enfermos? ¿Es a los enfermos a quienes aman? Si los amaran en cuanto enfermos, desearían que estuvieran siempre enfermos. Para esto aman a los enfermos: no para que sigan enfermos, sino para que de enfermos sean sanados. ¡Y cuánto tienen que sufrir muy a menudo de los frenéticos! ¡Qué lenguaje injurioso! Muy a menudo son hasta golpeados por ellos. Ataca la fiebre, perdona al hombre. Y ¿qué diré, hermanos? ¿Ama a su enemigo? No: odia a su enemigo, la enfermedad; pues odia a ésta y ama al hombre por quien es golpeado: odia la fiebre. Pues ¿por quién o por qué es golpeado? Por la enfermedad, por la dolencia, por la fiebre. Quita lo que lucha contra él, para que quede aquello de lo cual recibirá gracias. Haz tú lo mismo. Si tu enemigo te odia, y te odia injustamente, sabe que la concupiscencia del mundo reina en él; por eso te odia. Si tú también lo odias, por tu parte devuelves mal por mal. ¿Qué consigue devolver mal por mal? Lloré por un enfermo que te odiaba; ahora me lamento por ti, si tú también odias. Pero ataca tus bienes; te quita no sé qué cosas que tienes en la tierra: por eso lo odias, porque te pone en aprietos en la tierra. No te estreches; trasládate al cielo arriba; allí tendrás tu corazón donde hay espacio ancho, para que no estés estrechado en la esperanza de la vida eterna. Considera qué son las cosas que te quita: ni siquiera ésas te las quitaría sino con permiso de Aquel que «azota a todo hijo que recibe.» [] Él, ese mismo enemigo tuyo, es en cierto modo el instrumento en manos de Dios, por el cual puedes ser sanado. Si Dios sabe que es bueno para ti que él te despoje, lo permite; si sabe que es bueno para ti que recibas golpes, permite que te golpee: por medio de él cuida de ti: desea que él sea sanado.

    Homilía 8, § 12–14

    12. «A Dios nadie le vio jamás.» Mirad, amadísimos: «Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se perfecciona en nosotros.» [] Comenzad a amar; seréis perfeccionados. ¿Has comenzado a amar? Dios ha comenzado a morar en ti: ama a Aquel que ha comenzado a morar en ti, para que con una inhabitación más perfecta te haga perfecto. «En esto conocemos que permanecemos en Él y Él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu.» [] Bien está: ¡gracias a Dios! Llegamos a conocer que Él mora en nosotros. ¿Y de dónde llegamos a conocer esto mismo, a saber, que conocemos que Él mora en nosotros? Porque el mismo Juan ha dicho esto: «Porque nos ha dado de su Espíritu.» ¿De dónde conocemos que nos ha dado de su Espíritu? Esto mismo, que te ha dado de su Espíritu, ¿de dónde lo conoces? Pregunta a tus propias entrañas: si están llenas de caridad, tienes el Espíritu de Dios. ¿De dónde conocemos que por esto conoces que el Espíritu de Dios mora en ti? «Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.» []
    13. «Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que Dios ha enviado a su Hijo para ser Salvador del mundo.» [] Tranquilizaos, vosotros los enfermos: ha venido un Médico tal, ¿y desesperáis? Grandes eran las enfermedades, incurables las heridas, desesperada la dolencia. ¿Adviertes la grandeza de tu mal y no adviertes la omnipotencia del Médico? Tú desesperas, pero Él es omnipotente; sus testigos son estos que primero fueron sanados y que anuncian al Médico; aunque también ellos han sido sanados más en esperanza que en realidad. Pues así dice el apóstol: «Porque en esperanza somos salvos.» En esperanza, no en realidad. Pero el que se goza en esperanza alcanzará también la realidad; pero el que no tiene la esperanza no podrá llegar a la realidad.
    14. «Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.» Ahora podemos decir en pocas palabras; «Todo aquel que confiese;» no de palabra sino de obra, no con la lengua sino con la vida. Pues muchos confiesan de palabra, pero de hecho niegan: «Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene en nosotros.» [] Y de nuevo, ¿por qué has llegado a conocer esto? «El amor es Dios.» Ya lo ha dicho arriba; he aquí lo dice de nuevo. No se os podría recomendar el amor más encarecidamente que llamándolo Dios. Tal vez estabas dispuesto a despreciar un don de Dios. ¿Y desprecias a Dios? «El amor es Dios; y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él.» Cada uno habita mutuamente en el otro; el que sostiene y el que es sostenido. Tú moras en Dios, pero para ser sostenido; Dios habita en ti, pero para sostenerte, para que no caigas. No sea que imagines que llegas a ser casa de Dios del modo como tu casa sostiene tu carne: si la casa en que estás se aparta de debajo de ti, caes; pero si tú te apartas, Dios no cae. Cuando lo abandonas, Él no es menos; cuando vuelves a Él, no es más. Tú eres sanado; nada le añadirás a Él; eres limpiado, eres renovado, eres enderezado: Él es medicina para el enfermo, regla para el torcido, luz para el que está en tinieblas, morada para el desamparado. Todo, pues, se te confiere a ti: mira no imagines que algo se confiere a Dios con que tú vayas a Él; no, ni siquiera como un esclavo. ¿Acaso no tendrá Dios siervos si tú no quieres, si todos no quieren? Dios no necesita de los siervos, sino que los siervos necesitan de Dios; por eso dice el Salmo: «Dije al Señor: Tú eres mi Dios.» Él es el verdadero Señor. ¿Y qué dice? «Porque de mis bienes no tienes necesidad.» Tú necesitas el bien que tienes por tu siervo. Tu siervo necesita el bien que tiene por ti, para que lo alimentes; tú también necesitas el bien que tienes por tu siervo, para que él te ayude. No puedes sacar agua por ti mismo, no puedes cocinar por ti mismo, no puedes correr delante de tu caballo, no puedes cuidar tu bestia. Ves que necesitas el bien que tienes por tu siervo, necesitas su servicio. Por tanto no eres verdadero señor mientras necesitas de un inferior. Él es el verdadero Señor, que nada busca de nosotros; y ¡ay de nosotros si no lo buscamos a Él! Nada busca de nosotros; sin embargo, Él nos buscó cuando nosotros no lo buscábamos. Una oveja se había descarriado; Él la encontró, la trajo sobre sus hombros gozoso. [] ¿Acaso la oveja era necesaria para el Pastor, y no más bien el Pastor necesario para la oveja?— Cuanto más me deleito en hablar de la caridad, menos quisiera que terminara esta epístola. Nada hay más ardiente en recomendar la caridad. Nada más dulce se os predica, nada más saludable bebéis; pero sólo así, si con una vida piadosa confirmáis en vosotros el don de Dios. No seáis ingratos a tan gran gracia de Aquel que, teniendo un Hijo único, no quiso que fuese Hijo solo; sino que, para tener hermanos, adoptó para sí a los que con Él poseerían la vida eterna.

    Homilía 9

    1 Juan 4:17-21

    Homilía 9, texto leído

    «En esto se ha perfeccionado la caridad en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio: porque como Él es, así somos nosotros en este mundo. En la caridad no hay temor; mas la caridad perfecta echa fuera el temor: porque el temor tiene tormento. El que teme no es perfecto en la caridad. Amémosle a Él, porque Él nos amó primero. Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso: pues el que no ama a su hermano a quien ve, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ve? Y este mandamiento tenemos de Él: Que el que ama a Dios ame también a su hermano.»

    Homilía 9, § 2

    2. «En esto se perfecciona nuestra caridad en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio: porque como Él es, así somos nosotros en este mundo.» [] Dice cómo puede cada uno probarse a sí mismo, qué provecho ha hecho en él la caridad, o más bien, qué provecho ha hecho él en la caridad. Porque si la caridad es Dios, Dios no es capaz ni de aprovechamiento ni de disminución: decir que la caridad va aprovechando en ti significa solamente que tú aprovechas en ella. Pregunta, pues, qué provecho has hecho en la caridad, y qué te responderá tu corazón, para que conozcas la medida de tu aprovechamiento. Porque ha prometido mostrarnos en qué podemos conocerle, y ha dicho: «En esto se perfecciona la caridad en nosotros.» Pregunta, ¿en qué? «En que tengamos confianza en el día del juicio.» Quienquiera que tenga confianza en el día del juicio, en ese hombre está perfeccionada la caridad. ¿Qué es tener confianza en el día del juicio? No temer que venga el día del juicio. Hay hombres que no creen en el día del juicio; éstos no pueden tener confianza en un día que no creen que vendrá. Dejemos a éstos: que Dios los despierte, para que vivan; ¿por qué hablamos de los muertos? No creen que habrá día del juicio; ni temen ni desean lo que no creen. Algún hombre ha comenzado a creer en el día del juicio: si ha comenzado a creer, también ha comenzado a temer. Pero porque teme todavía, porque aún no tiene confianza en el día del juicio, todavía no está perfeccionada la caridad en ese hombre. Pero, con todo, ¿ha de desesperar alguien? En quien ves el comienzo, ¿por qué desesperas del fin? ¿Qué comienzo veo? (dices). Ese mismo temor. Oye la Escritura: «El temor del Señor es el principio de la sabiduría.» Pues bien, ha comenzado a temer el día del juicio: temiendo, corríjase, vigile contra sus enemigos, es decir, sus pecados; comience a reavivarse interiormente y a mortificar sus miembros que están sobre la tierra, como dice el apóstol: «Mortificad vuestros miembros que están sobre la tierra.» [] Por los miembros sobre la tierra entiende la maldad espiritual: pues continúa explicándolo, «la avaricia, la impureza,» [] y lo demás que allí prosigue. Ahora bien, en la medida en que este hombre que ha comenzado a temer el día del juicio mortifica sus miembros que están sobre la tierra, en esa medida se levantan y se fortalecen los miembros celestiales. Pero los miembros celestiales son todas las buenas obras. A medida que se levantan los miembros celestiales, comienza a desear aquello que antes temía. Antes temía que viniera Cristo y hallara en él al impío a quien debe condenar; ahora anhela que venga, porque hallará al hombre piadoso a quien puede coronar. Habiendo comenzado ya a desear la venida de Cristo, el alma casta que desea el abrazo del Esposo renuncia al adúltero, se hace virgen por dentro mediante la fe, la esperanza y la caridad. Ya tiene el hombre confianza en el día del juicio: no lucha contra sí mismo cuando ora: «Venga tu reino.» [] Porque el que teme que venga el reino de Dios, teme que su oración sea oída. ¿Cómo se puede decir que ora el que teme que su oración sea oída? Pero el que ora con la confianza de la caridad, desea ya que Él venga. De este mismo deseo dijo uno en el Salmo: «Y tú, Señor, ¿hasta cuándo? Vuélvete, Señor, y libra mi alma.» Gemía por verse tan postergado. Porque hay hombres que con paciencia se someten a morir; pero hay algunos perfectos que con paciencia soportan vivir. ¿Qué quiero decir? Cuando una persona todavía desea esta vida, esa persona, cuando llega el día de la muerte, soporta pacientemente la muerte: lucha contra sí misma para seguir la voluntad de Dios, y en su mente desea lo que Dios elige, no lo que elige la voluntad del hombre: del deseo de la vida presente le viene una repugnancia contra la muerte, pero con todo toma para sí paciencia y fortaleza, para poder afrontar la muerte con ánimo sereno; muere pacientemente. Pero cuando un hombre desea, como dice el apóstol, «ser desatado y estar con Cristo,» [] esa persona no muere pacientemente, sino que vive pacientemente, muere deleitosamente. Mira al apóstol viviendo pacientemente, es decir, cómo con paciencia aquí no ama la vida, sino que la soporta. «Ser desatado,» dice, «y estar con Cristo es mucho mejor: pero permanecer en la carne es necesario por causa de vosotros.» Por tanto, hermanos, esforzaos, proponed interiormente que esta sea vuestra preocupación: que deseéis el día del juicio. De ningún otro modo se prueba que la caridad es perfecta, sino sólo cuando uno ha comenzado a desear aquel día. Pero lo desea aquel que tiene confianza en él, cuya conciencia no siente sobresalto en la caridad perfecta y sincera.

    Homilía 9, § 2 (repetido)

    2. «En esto se perfecciona la caridad en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio: porque como Él es, así somos nosotros en este mundo.» [] Dice cómo puede cada uno probarse a sí mismo, cuánto progreso ha hecho la caridad en él o, más bien, cuánto progreso ha hecho él en la caridad. Porque si la caridad es Dios, Dios no es capaz ni de progreso ni de mengua: que se diga que la caridad progresa en ti, significa solamente que tú progresas en ella. Pregunta, pues, qué progreso has hecho en la caridad, y lo que tu corazón te responderá, para que conozcas la medida de tu aprovechamiento. Porque ha prometido mostrarnos en qué podemos conocerlo, y ha dicho, «En esto se perfecciona la caridad en nosotros.» Preguntad, ¿en qué? «En que tengamos confianza en el día del juicio.» Quien tiene confianza en el día del juicio, en ese hombre está perfeccionada la caridad. ¿Qué es tener confianza en el día del juicio? No temer que llegue el día del juicio. Hay hombres que no creen en el día del juicio; estos no pueden tener confianza en un día que no creen que ha de venir. Dejemos a estos: que Dios los despierte, para que vivan; ¿por qué hablamos de los muertos? No creen que habrá un día del juicio; ni temen ni desean lo que no creen. Algún hombre ha comenzado a creer en el día del juicio: si ha comenzado a creer, también ha comenzado a temer. Pero como teme todavía, como aún no tiene confianza en el día del juicio, todavía no está en ese hombre perfeccionada la caridad. Pero, con todo, ¿ha de desesperar alguien? En quien ves el comienzo, ¿por qué desesperas del fin? ¿Qué comienzo veo? (dices). Ese mismo temor. Oye la Escritura: «El temor del Señor es el principio de la sabiduría.» Pues bien, ha comenzado a temer el día del juicio: temiendo, corríjase, vigile contra sus enemigos, es decir, sus pecados; comience a revivir interiormente, y a mortificar sus miembros que están sobre la tierra, como dice el apóstol, «Mortificad vuestros miembros que están sobre la tierra.» [] Por los miembros sobre la tierra entiende la maldad espiritual: pues prosigue explicándolo, «La avaricia, la impureza,» [] y lo demás que allí desarrolla. Ahora bien, en la medida en que este hombre que ha comenzado a temer el día del juicio mortifica sus miembros que están sobre la tierra, en esa medida se levantan y se fortalecen los miembros celestiales. Pero los miembros celestiales son todas las buenas obras. Al levantarse los miembros celestiales, comienza a desear aquello que antes temía. Antes temía que Cristo viniera y hallara en él al impío a quien debe condenar; ahora anhela que venga, porque hallará al piadoso a quien puede coronar. Habiendo comenzado ya a desear la venida de Cristo, el alma casta que desea el abrazo del Esposo renuncia al adúltero, se hace virgen interiormente por la fe, la esperanza y la caridad. Ya tiene el hombre confianza en el día del juicio: no lucha contra sí mismo cuando ora, «Venga tu reino.» [] Porque el que teme que venga el reino de Dios, teme que su oración sea escuchada. ¿Cómo puede decirse que ora, quien teme que su oración sea escuchada? Pero el que ora con la confianza de la caridad, desea ya que Él venga. De este mismo deseo dijo uno en el Salmo, «Y tú, Señor, ¿hasta cuándo? Vuélvete, Señor, y libra mi alma.» Gemía por verse así diferido. Porque hay hombres que con paciencia soportan morir; pero hay algunos perfectos que con paciencia soportan vivir. ¿Qué quiero decir? Cuando una persona todavía desea esta vida, esa persona, cuando llega el día de la muerte, soporta con paciencia la muerte: lucha contra sí misma para seguir la voluntad de Dios, y en su mente desea lo que Dios elige, no lo que la voluntad del hombre elige: del deseo de la vida presente le viene una resistencia contra la muerte, pero aun así toma para sí paciencia y fortaleza, para afrontar la muerte con ánimo sereno; muere con paciencia. Pero cuando un hombre desea, como dice el apóstol, «ser desatado y estar con Cristo,» [] esa persona no muere con paciencia, sino que vive con paciencia, muere con deleite. Ved al apóstol viviendo con paciencia, es decir, cómo con paciencia aquí no ama la vida, sino que la soporta. «Ser desatado,» dice, «y estar con Cristo, es muchísimo mejor: pero permanecer en la carne es necesario por causa de vosotros.» Por tanto, hermanos, esforzaos, resolved interiormente con vosotros mismos hacer de esto vuestra preocupación: que deseéis el día del juicio. De ningún otro modo se prueba que la caridad es perfecta, sino cuando uno ha comenzado a desear ese día. Pero lo desea aquel que tiene confianza en él, cuya conciencia no siente alarma alguna en la caridad perfecta y sincera.

    Homilía 9, § 4–5

    4. Ahora, pues, con respecto a esta misma confianza, veamos lo que dice. ¿De dónde entendemos que la caridad es perfecta? «No hay temor en la caridad.» [] Pues ¿qué decimos de aquel que ha comenzado a temer el día del juicio? Si la caridad fuera perfecta en él, no temería. Porque la caridad perfecta haría perfecta justicia, y nada tendría que temer: más bien tendría algo que desear: que pase la iniquidad y venga el reino de Dios. Así pues, «no hay temor en la caridad.» Pero ¿en qué caridad? No en la caridad comenzada: ¿entonces en qué? «Mas la caridad perfecta,» dice, «echa fuera el temor.» Entonces que el temor haga el comienzo, porque «el temor del Señor es el principio de la sabiduría.» El temor, por así decirlo, prepara un lugar para la caridad. Pero una vez que la caridad ha comenzado a habitar, el temor que preparó el lugar para ella es echado fuera. Pues en la medida en que ésta aumenta, aquél disminuye: y cuanto más ésta llega a estar dentro, tanto más es echado fuera el temor. Mayor caridad, menor temor; menor caridad, mayor temor. Pero si no hay temor, no hay manera de que la caridad entre. Como vemos en la costura: el hilo se introduce por medio de la cerda; la cerda entra primero, pero si no sale, el hilo no entra en su lugar: así el temor ocupa primero la mente, pero el temor no permanece allí, porque entra sólo para introducir la caridad. Una vez que hay la sensación de seguridad en la mente, ¡qué gozo tenemos tanto en este mundo como en el venidero! Incluso en este mundo, ¿quién nos dañará, estando llenos de caridad? Mira cómo el apóstol se goza en esta misma caridad: «¿Quién nos separará de la caridad de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada?» [] Y Pedro dice: «¿Y quién es aquel que os hará daño, si sois seguidores de lo que es bueno? — No hay temor en la caridad; mas la caridad perfecta echa fuera el temor: porque el temor tiene tormento.» [] La conciencia de los pecados atormenta el corazón: todavía no ha tenido lugar la justificación. Hay en ello algo que pica, que punza. Por consiguiente, ¿qué dice en el Salmo acerca de esta misma perfección de justicia? «Has convertido mi lamento en gozo; me quitaste el cilicio y me ceñiste de alegría, para que mi gloria te cante, y no sea yo punzado.» ¿Qué es esto, «Que no sea yo punzado?» Que no haya aquello que aguijonee mi conciencia. El temor aguijonea: pero no temas: entra la caridad, y ella cura la herida que el temor inflige. El temor de Dios hiere como lo hace el bisturí del cirujano; quita la podredumbre, y parece hacer mayor la herida. He aquí que, cuando la podredumbre estaba en el cuerpo, la herida era menor, pero peligrosa; entonces viene el bisturí; la herida escocía menos de lo que escuece ahora mientras el cirujano la está cortando. Escuece más mientras él está operando sobre ella que si no fuera operada; escuece más bajo la operación curativa, pero sólo para que nunca escuezca cuando la curación esté efectuada. Entonces que el temor ocupe tu corazón, para que introduzca la caridad; que la cicatriz suceda al bisturí del cirujano. Él es tal Médico, que ni siquiera aparecen las cicatrices: sólo ponte bajo su mano. Pues si estás sin temor, no puedes ser justificado. Es una sentencia pronunciada por las Escrituras: «Pues el que no tiene temor no puede ser justificado.» [] Es necesario, pues, que entre primero el temor, para que por él venga la caridad. El temor es la operación curativa: la caridad, la condición sana. «Pero el que teme no está perfeccionado en la caridad.» ¿Por qué? «Porque el temor tiene tormento;» así como tiene tormento el corte del bisturí del cirujano.
    5. Pero hay otra sentencia, que parece contraria a ésta si no hay quien la entienda. A saber, se dice en cierto lugar de los Salmos: «El temor del Señor es casto, permanece para siempre.» Nos muestra un temor eterno, pero casto. Pero si allí nos muestra un temor eterno, ¿acaso esta epístola le contradice, cuando dice: «No hay temor en la caridad, sino que la caridad perfecta echa fuera el temor?» Interroguemos ambas palabras de Dios. Uno es el Espíritu, aunque los libros son dos, aunque las bocas son dos, aunque las lenguas son dos. Pues esto se dice por boca de Juan, aquello por boca de David; pero no penséis que el Espíritu es más que uno. Si un solo soplo llena dos tubos [de la flauta doble], ¿no puede un solo Espíritu llenar dos corazones, mover dos lenguas? Y si dos tubos llenos por un solo soplo suenan al unísono, ¿pueden dos lenguas llenas del Espíritu o Soplo de Dios hacer una disonancia? Hay, pues, allí un unísono, hay una armonía; sólo requiere quien sepa oír. He aquí, este Espíritu de Dios ha soplado y llenado dos corazones, ha movido dos lenguas; y hemos oído de una lengua: «No hay temor en la caridad; mas la caridad perfecta echa fuera el temor;» hemos oído de la otra: «El temor del Señor es casto, permanece para siempre.» ¿Cómo es esto? Las notas parecen discordar. No es así: despertad vuestros oídos; atended a la melodía. No es sin causa que en un lugar se añade la palabra casto, en el otro no se añade; sino porque hay un temor que se llama casto, y otro temor que no se llama casto. Notemos la diferencia entre estos dos temores, y así entenderemos la armonía de las flautas. ¿Cómo hemos de entender, o cómo distinguir? Atended, amados míos. Hay hombres que temen a Dios, no sea que sean arrojados al infierno, no sea que acaso ardan con el diablo en el fuego eterno. Éste es el temor que introduce la caridad; pero viene para marcharse. Pues si todavía temes a Dios por los castigos, todavía no le amas a quien así temes. No deseas los bienes, sino que temes los males. Sin embargo, porque temes los males, te corriges y comienzas a desear los bienes. Una vez que has comenzado a desear el bien, habrá en ti el temor casto. ¿Qué es el temor casto? El temor de perder los bienes mismos. ¡Atiende! Una cosa es temer a Dios no sea que te arroje al infierno con el diablo, y otra cosa es temer a Dios no sea que te abandone. El temor por el cual temes no sea que seas arrojado al infierno con el diablo, no es todavía casto; pues no proviene del amor de Dios, sino del temor del castigo. Pero cuando temes a Dios no sea que su presencia te abandone, le abrazas, anhelas gozar de Dios mismo.

    Homilía 9, § 5 (repetido)

    5. Mas hay otra sentencia que parece contraria a ésta, si no tiene quien la entienda. Pues está dicho en cierto lugar de los Salmos, «El temor del Señor es casto, y permanece para siempre.» Nos muestra un temor eterno, pero casto. Y si allí nos muestra un temor eterno, ¿acaso esta epístola lo contradice cuando dice, «No hay temor en el amor, sino que la caridad perfecta echa fuera el temor?» Interroguemos a ambas sentencias de Dios. Uno es el Espíritu, aunque los libros sean dos, las bocas dos, las lenguas dos. Pues esta sentencia está dicha por boca de Juan, y aquella por boca de David; pero no penséis que el Espíritu sea más que uno. Si un solo soplo llena dos flautas [de la flauta doble], ¿no puede un solo Espíritu llenar dos corazones y mover dos lenguas? Pero si dos flautas llenas por un solo soplo suenan al unísono, ¿pueden dos lenguas llenas del Espíritu o Soplo de Dios producir disonancia? Hay, pues, allí un unísono, hay armonía; sólo que requiere quien sepa oír. He aquí que este Espíritu de Dios ha soplado en dos corazones y los ha llenado, ha movido dos lenguas; y hemos oído de una lengua, «No hay temor en el amor; sino que la caridad perfecta echa fuera el temor;» y de la otra hemos oído, «El temor del Señor es casto, y permanece para siempre.» ¿Cómo es esto? Las notas parecen desacordar. No es así: despertad vuestros oídos, atended a la melodía. No sin causa en un lugar se añade la palabra casto, y en el otro no se añade; sino porque hay un temor que se llama casto, y otro temor que no se llama casto. Atendamos a la diferencia entre estos dos temores, y así entendamos la armonía de las flautas. ¿Cómo hemos de entenderlo, o cómo distinguirlo? Atended, amados míos. Hay hombres que temen a Dios por miedo a ser arrojados al infierno, por miedo a arder acaso con el diablo en el fuego eterno. Éste es el temor que introduce la caridad; pero viene para marcharse. Porque si todavía temes a Dios por causa de los castigos, todavía no amas a Aquel a quien de esa manera temes. No deseas los bienes, sino que temes los males. Pero precisamente porque temes los males, te corriges y empiezas a desear los bienes. Una vez que has comenzado a desear el bien, habrá en ti el temor casto. ¿Qué es el temor casto? El temor de perder los bienes mismos. ¡Atiende! Una cosa es temer a Dios no sea que te arroje al infierno con el diablo, y otra cosa es temer a Dios no sea que te abandone. El temor con que temes ser arrojado al infierno con el diablo todavía no es casto, porque no nace del amor de Dios, sino del temor del castigo; pero cuando temes a Dios no sea que su presencia te abandone, lo abrazas y anhelas gozar de Dios mismo.

    Homilía 9, § 6–8

    No se puede explicar mejor la diferencia entre estos dos temores, aquel que la caridad echa fuera y el otro casto que permanece para siempre, que proponiendo el caso de dos mujeres casadas, una de las cuales, podéis suponer, está dispuesta a cometer adulterio, se deleita en la maldad, y sólo teme ser condenada por su marido. Ella teme a su marido; pero porque todavía ama la maldad, es por eso que teme a su marido. Para esta mujer, la presencia de su marido no es grata sino gravosa; y si acaso vive malvadamente, teme a su marido, no sea que venga. Tales son los que temen la venida del día del juicio. Supongamos que la otra ama a su marido, que siente que le debe castos abrazos, que no se mancha con ninguna inmundicia de adulterio; ella desea la presencia de su marido. ¿Y cómo se distinguen estos dos temores? La una teme, la otra también teme. Preguntadles: parecen dar una misma respuesta; preguntad a la una: ¿Temes a tu marido? Ella responde: Sí. Preguntad a la otra si teme a su marido; responde: Le temo. La voz es una, la mente diversa. Ahora pues, que se les pregunte: ¿Por qué? La una dice: Temo a mi marido, no sea que venga; la otra dice: Temo a mi marido, no sea que se aparte de mí. La una dice: Temo ser condenada; la otra: Temo ser abandonada. Que lo semejante tenga lugar en la mente de los cristianos, y hallaréis un temor que el amor echa fuera, y otro temor, casto, que permanece para siempre.
    7. Hablemos primero a estos que temen a Dios, de la misma manera que aquella mujer que se deleita en la maldad; es decir, ella teme a su marido no sea que la condene; a tales hablemos primero. Oh alma, que temes a Dios no sea que te condene, así como la mujer teme, que se deleita en la maldad: teme a su marido, no sea que sea condenada por su marido: como te desagrada esta mujer, así desagrádate a ti mismo. Si acaso tienes esposa, ¿querrías que tu esposa te temiera así, que no sea condenada por ti? ¿Que deleitándose en la maldad, sea reprimida sólo por el peso del temor de ti, no por la condenación de su iniquidad? La querrías casta, para que te ame, no para que te tema. Muéstrate tal para con Dios, como querrías que tu esposa fuera para contigo. Y si aún no tienes esposa, y deseas tenerla, la querrías tal. Y sin embargo, ¿qué estamos diciendo, hermanos? Aquella mujer, cuyo temor a su marido es ser condenada por su marido, quizá no comete adulterio, no sea que por algún medio u otro llegue a conocimiento de su marido, y él la prive de esta luz temporal de la vida: ahora el marido puede ser engañado y mantenido en ignorancia; pues no es más que humano, como ella que puede engañarlo. Ella teme a aquel de cuyos ojos puede ocultarse: ¿y tú no temes el rostro siempre sobre ti de tu Esposo? «El rostro del Señor está contra los que hacen mal.» Ella se aprovecha de la ausencia de su marido, y acaso es incitada por el deleite del adulterio; y sin embargo se dice a sí misma: No lo haré: él en verdad está ausente, pero es difícil evitar que de algún modo llegue a su conocimiento. Se refrena, no sea que llegue al conocimiento de un hombre mortal, uno que, también es posible, nunca lo sepa, que, también es posible, sea engañado, de modo que estime a una mujer mala por buena, estime casta a una adúltera: ¿y tú no temes los ojos de Aquel a quien ningún hombre puede engañar? ¿no temes la presencia de Aquel que no puede ser apartado de ti? Ruega a Dios que te mire, y aparte Su rostro de tus pecados; «Aparta tu rostro de mis pecados.» Pero ¿por qué mereces que Él aparte Su rostro de tus pecados, si no apartas tu propio rostro de tus pecados? Pues la misma voz dice en el Salmo: «Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí.» Reconoce, y Él perdona.
    8. Nos hemos dirigido a aquella alma que tiene aún el temor que no permanece para siempre, sino que el amor excluye y echa fuera: dirijámonos también a aquella que tiene ya el temor casto, que permanece para siempre. ¿Encontraremos a esa alma, pensáis, para poder dirigirnos a ella? ¿Pensáis que está aquí en esta congregación? ¿Pensáis que está aquí en este presbiterio? ¿pensáis que está aquí en la tierra? No puede sino ser, sólo que está escondida. Ahora es invierno: dentro está el verdor en la raíz. Acaso podamos llegar a los oídos de esa alma. Pero dondequiera que esté esa alma, ¡oh si pudiera encontrarla, y en lugar de que ella me preste oído, yo mismo le prestara oído a ella! ¡Ella me enseñaría algo, antes que aprender de mí! Un alma santa, un alma de fuego, y anhelante del reino de Dios: a esa alma, no yo me dirijo, sino Dios mismo se dirige, y así consuela mientras ella soporta con paciencia vivir aquí en la tierra: «Querrías que yo viniera ya, y sé que deseas que yo viniera ya: sé lo que eres, tal que sin temor puedas esperar mi advenimiento; sé que eso es una molestia para ti: pero espera aún más, soporta; yo vengo, y vengo pronto.» Pero para el alma amante el tiempo pasa lentamente. Óyela cantar, como lirio que es en medio de las espinas; óyela suspirar y decir: «Entenderé en el camino de la perfección cuando vengas a mí.» Pero en el camino de la perfección bien puede no temer; porque «la caridad perfecta echa fuera el temor.» Y cuando Él ha venido a su abrazo, todavía teme, pero de la manera de quien se siente seguro. ¿Qué teme? Se guardará y tendrá cuidado de sí misma contra su propia iniquidad, para no pecar de nuevo: no sea que sea arrojada al fuego, sino no sea que sea abandonada por Él. Y habrá en ella— ¿qué? El «temor casto, que permanece para siempre.» Hemos oído las dos flautas sonando al unísono. Aquélla habla de temor, y ésta habla de temor: pero aquélla, del temor con que el alma teme ser condenada; ésta, del temor con que el alma teme ser abandonada. Aquél es el temor que la caridad echa fuera: éste, el temor que permanece para siempre.

    Homilía 9, § 9

    9. «Amémonos unos a otros, porque Él nos amó primero.» [] Pues ¿cómo amaríamos, si Él no nos hubiera amado primero? Amando nos hicimos amigos: pero Él nos amó como enemigos, para que fuéramos hechos amigos. Él nos amó primero, y nos dio el don de amarlo. Aún no lo amábamos: amando somos hechos hermosos. Si un hombre deforme y de mal aspecto ama a una mujer hermosa, ¿qué hará? O ¿qué hará una mujer, si, siendo deforme y de mal aspecto y de tez negra, ama a un hombre hermoso? ¿Amando puede volverse hermosa? ¿Puede él, amando, volverse apuesto? Él ama a una mujer hermosa, y cuando se mira en un espejo, se avergüenza de levantar el rostro hacia ella, su amada de quien está enamorado. ¿Qué hará para ser hermoso? ¿Espera que le vengan buenos rasgos? No; más bien, esperando se le añade vejez, y lo hace más feo. No hay nada que hacer entonces, no hay manera de aconsejarle, sino sólo que se contenga, y no presuma amar desigualmente: o si acaso la ama, y desea tomarla por esposa, en ella ame la castidad, no el rostro de la carne. Pero nuestra alma, hermanos míos, es desagradable por causa de la iniquidad: amando a Dios se vuelve agradable. ¡Qué amor debe ser aquel que hace hermoso al amante! Pero Dios es siempre hermoso, nunca desagradable, nunca mudable. Quien es siempre hermoso nos amó primero; ¿y qué éramos nosotros cuando Él nos amó sino sucios y desagradables? Pero no para dejarnos sucios; no, sino para cambiarnos, y de desagradables hacernos agradables. ¿Cómo nos volveremos agradables? Amando a Aquel que es siempre hermoso. A medida que el amor crece en ti, así crece la hermosura: porque el amor es en sí mismo la belleza del alma. «Amémonos unos a otros, porque Él nos amó primero.» Oíd al apóstol Pablo: «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros:» [] el justo por los injustos, el hermoso por los sucios. ¿Cómo hallamos a Jesús hermoso? «Eres hermoso, más que los hijos de los hombres; la gracia se derramó en tus labios.» ¿Por qué así? Mira de nuevo por qué es que Él es hermoso; «Hermoso, más que los hijos de los hombres:» porque «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.» [] Pero en cuanto tomó carne, tomó sobre sí, por así decirlo, tu suciedad, es decir, tu mortalidad, para adaptarse a ti, y hacerse adecuado a ti, y excitarte al amor de la hermosura interior. ¿Dónde, pues, en la Escritura encontramos a Jesús desagradable y deforme, como lo hemos encontrado hermoso y «hermoso, más que los hijos de los hombres?» ¿dónde lo encontramos también deforme? Pregunta a Isaías: «Y lo vimos, y no tenía forma ni hermosura.» [] Ahí hay dos flautas que parecen emitir sonidos discordantes: sin embargo, un solo Espíritu sopla en ambas. Por ésta se dice, «Hermoso, más que los hijos de los hombres:» por aquélla se dice en Isaías, «Lo vimos, y no tenía forma ni hermosura.» Por un solo Espíritu son llenadas ambas flautas, no hacen disonancia. No apartéis vuestros oídos, aplicad el entendimiento. Preguntemos al apóstol Pablo, y que nos exponga la unión de las dos flautas. Que nos haga sonar la nota, «Hermoso, más que los hijos de los hombres.— El cual, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a Dios.» [] Que nos haga sonar también la nota, «Lo vimos, y no tenía forma ni hermosura.— Se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres, y hallado en la condición como hombre. No tenía forma ni hermosura,» para darte a ti forma y hermosura. ¿Qué forma? ¿Qué hermosura? El amor que está en la caridad: para que amando, corras; [] corriendo, ames. Eres hermoso ahora: pero no detengas tu mirada en ti mismo, no sea que pierdas lo que has recibido; que tu mirada termine en Aquel por quien fuiste hecho hermoso. Sé hermoso sólo para que Él te ame. Pero dirige todo tu afán a Él, corre hacia Él, busca sus abrazos, teme apartarte de Él; para que haya en ti el temor casto, que permanece para siempre. «Amémonos unos a otros, porque Él nos amó primero.»

    Homilía 9, § 10–11

    10. «Si alguno dice: Yo amo a Dios.» [] ¿Qué Dios? ¿por qué amamos? «Porque Él nos amó primero,» y nos dio a amar. Amó a los impíos, para hacernos piadosos; amó a los injustos, para hacernos justos; amó a los enfermos, para hacernos sanos. Pregunta a cada hombre; que te diga si ama a Dios. Clama, confiesa: Yo amo, Dios lo sabe. Hay otra pregunta que hacer. «Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso.» ¿Por qué pruebas que es mentiroso? Oye. «Porque el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» ¿Entonces qué? ¿El que ama a un hermano, ama también a Dios? Necesariamente debe amar a Dios, necesariamente debe amar a Aquel que es el Amor mismo. ¿Puede uno amar a su hermano, y no amar al Amor? Necesariamente debe amar al Amor. ¿Entonces qué? Porque ama al Amor, ¿se sigue que ama a Dios? Ciertamente se sigue. Amando al Amor, ama a Dios. ¿O has olvidado lo que dijiste hace poco, «El Amor es Dios»? [] Si «el Amor es Dios,» cualquiera que ama al Amor, ama a Dios. Ama pues a tu hermano, y siéntete seguro. No puedes decir, «Amo a mi hermano, pero no amo a Dios.» Así como mientes, si dices, «Amo a Dios,» cuando no amas a tu hermano, así te engañas cuando dices: Amo a mi hermano, si piensas que no amas a Dios. Necesariamente tú que amas a tu hermano, amas al Amor mismo: pero «el Amor es Dios:» por tanto, necesariamente debe amar a Dios, cualquiera que ama a su hermano. Pero si no amas al hermano a quien ves, ¿cómo puedes amar a Dios a quien no ves? ¿Por qué no ve a Dios? Porque no tiene al Amor mismo. Que no ve a Dios, es porque no tiene amor: que no tiene amor, es porque no ama a su hermano. La razón entonces por la que no ve a Dios, es que no tiene Amor. Porque si tiene Amor, ve a Dios, porque «el Amor es Dios:» y ese ojo se va purgando más y más por el amor, para ver aquella Substancia Inmutable, en cuya presencia se regocijará siempre, la cual disfrutará eternamente, cuando sea unido con los ángeles. Sólo, que corra ahora, para que al fin tenga gozo en su propia patria. Que no ame su peregrinación, que no ame el camino: que todo sea amargo salvo Aquel que nos llama, hasta que lo retengamos firmemente, y digamos lo que se dice en el Salmo: «Tú destruirás a todos los que se apartan de ti» — ¿y quiénes son los que se apartan? Los que se van y aman al mundo: pero ¿qué harás tú? Continúa y dice:— «pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien.» Todo mi bien es, aferrarme a Dios, gratuitamente. Porque si le preguntas y dices: ¿Para qué te aferras a Él? Y él dijera: Para que me dé— ¿Darte qué? Es Él que hizo el cielo, Él que hizo la tierra: ¿qué te dará? Ya te estás aferrando a Él: encuentra algo mejor, y Él te lo dará.
    11. «Porque el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de Él: que el que ama a Dios, ame también a su hermano.» [] ¡Maravillosa y fina plática fue que dijiste, «Amo a Dios,» y aborreces a tu hermano! ¡Oh homicida! ¿cómo amas a Dios? ¿No has oído más arriba en esta misma epístola, «El que aborrece a su hermano es homicida»? [] Sí, pero yo verdaderamente amo a Dios, sin embargo aborrezco a mi hermano. Tú verdaderamente no amas a Dios, si aborreces a tu hermano. Y ahora lo pruebo con otra prueba. Este mismo apóstol ha dicho, «Él nos dio mandamiento de que nos amemos unos a otros.» ¿Cómo se puede decir que amas a Aquel cuyo mandamiento odias? ¿Quién dirá: Amo al emperador, pero odio sus leyes? En esto el emperador entiende si lo amas: que sus leyes sean observadas en todas las provincias. La ley de nuestro Emperador, ¿cuál es? «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros.» [] Dices pues, que amas a Cristo: guarda su mandamiento, y ama a tu hermano. Pero si no amas a tu hermano, ¿cómo se puede decir que amas a Aquel cuyo mandamiento desprecias? Hermanos, nunca me sacio de hablar de la caridad en el nombre del Señor. En la proporción en que tenéis un deseo insaciable de esta cosa, en esa proporción esperamos que la cosa misma está creciendo en vosotros, y echando fuera el temor, para que así quede aquel temor casto que es para siempre permanente. Soportemos al mundo, soportemos las tribulaciones, soportemos los escándalos de las tentaciones. No nos apartemos del camino; mantengamos la unidad de la Iglesia, mantengamos a Cristo, mantengamos la caridad. No seamos arrancados de los miembros de su Esposa, no seamos arrancados de la fe, para que nos gloriemos en su venida: y habitaremos seguros en Él, ahora por fe, luego por vista, de quien tenemos tan gran arras, a saber, el don del Espíritu Santo.

    Homilía 10

    1 Juan 5:1-3

    Homilía 10, texto leído

    «Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos. Pues este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos.»

    Homilía 10, § 1–2

    1. [Supongo] que recordáis, los que estuvisteis presentes ayer, hasta qué lugar en el curso de esta epístola ha llegado nuestra exposición: a saber, «El que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de Él: que el que ama a Dios, ame también a su hermano.» [] Hasta aquí hemos disertado. Veamos pues qué sigue en orden. «Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios.» [] ¿Quién es el que no cree que Jesús es el Cristo? Aquel que no vive como Cristo mandó. Porque muchos dicen: «Yo creo:» pero la fe sin obras no salva. Ahora bien, la obra de la fe es el Amor, como dice el apóstol Pablo, «Y la fe que obra por el amor.» [] Tus obras pasadas, en verdad, antes de creer, eran o ninguna, o si parecían buenas, no valían nada. Pues si eran ninguna, eras como un hombre sin pies, o con pies llagados incapaz de caminar: pero si parecían buenas, antes de creer, corrías en verdad, pero corriendo fuera del camino te extraviaste en lugar de llegar a la meta. A nosotros nos toca, pues, tanto correr, como correr en el camino. El que corre fuera del camino, corre en vano, o más bien corre sólo para fatigarse. Se extravía más, cuanto más corre fuera del camino. ¿Cuál es el camino por el cual corremos? Cristo nos ha dicho: «Yo soy el Camino.» [] ¿Cuál es la patria a la cual corremos? «Yo soy la Verdad.» Por Él corres, a Él corres, en Él descansas. Pero, para que corriéramos por Él, Él llegó hasta nosotros: porque estábamos lejos, extranjeros en tierra lejana. No bastaba que estuviéramos en tierra lejana, también éramos débiles, de modo que no podíamos movernos. Un Médico, vino a los enfermos: un Camino, se extendió a sí mismo hacia los que estaban en tierra lejana. Seamos salvados por Él, caminemos en Él. Esto es «creer que Jesús es el Cristo,» como creen los cristianos, que no son cristianos sólo de nombre, sino en obras y en vida, no como creen los demonios. Porque «los demonios también creen y tiemblan,» [] como nos dice la Escritura. ¿Qué más podían creer los demonios, que decir: «Sabemos quién eres, el Hijo de Dios?» Lo que dijeron los demonios, lo mismo dijo también Pedro. Cuando el Señor les preguntó quién era Él, y quién decían los hombres que era Él, los discípulos le respondieron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o uno de los profetas. Él les dice: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Y respondiendo Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.» [] Y esto oyó del Señor: «Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás; porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.» Mira qué alabanzas siguen a esta fe. «Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia.» ¿Qué significa, «Sobre esta roca edificaré mi Iglesia»? Sobre esta fe; sobre esto que se ha dicho, «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Sobre esta roca,» dice Él, «edificaré mi Iglesia.» ¡Gran alabanza! Entonces pues, Pedro dice: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente:» los demonios también dicen: «Sabemos quién eres, el Hijo de Dios, el Santo de Dios.» Esto dijo Pedro, esto también los demonios: las palabras las mismas, la mente no la misma. ¿Y cómo está claro que Pedro dijo esto con amor? Porque la fe de un cristiano es con amor, pero la de un demonio sin amor. ¿Cómo sin amor? Pedro dijo esto, para abrazar a Cristo; los demonios lo dijeron, para que Cristo se apartara de ellos. Pues antes de decir: «Sabemos quién eres, el Hijo de Dios,» dijeron: «¿Qué tenemos contigo? ¿Por qué has venido a destruirnos antes de tiempo?» Una cosa es, pues, confesar a Cristo para retenerlo, otra cosa confesar a Cristo para alejarlo de ti. Así pues, veis que, en el sentido en que aquí dice, «Todo aquel que cree,» es una fe propia, no como la que uno tiene en común con muchos. Por tanto, hermanos, que ninguno de los herejes os diga: «Nosotros también creemos.» Pues para esto os he dado un ejemplo del caso de los demonios, para que no os regocijéis en las palabras de creer, sino que examinéis bien las obras de la vida.
    2. Veamos pues qué es creer en Cristo; qué es creer que Jesús, Él es el Cristo. Continúa: «Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios.» Pero ¿qué es creer eso? «Y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él.» A la fe ha unido inmediatamente el amor, porque la fe sin amor no vale nada. Con amor, la fe de un cristiano; sin amor, la fe de un demonio: pero los que no creen, son peores que los demonios, más estúpidos que los demonios. Algún hombre no creerá en Cristo: hasta ahí, ni siquiera está a la par de los demonios. Una persona ahora cree en Cristo, pero odia a Cristo: tiene la confesión de fe por temor al castigo, no por amor de la corona: así los demonios también temían ser castigados. Añade a esta fe amor, para que se convierta en una fe tal como la que el apóstol Pablo menciona, una «fe que obra por el amor:» [] has encontrado a un cristiano, encontrado a un ciudadano de Jerusalén, encontrado a un conciudadano de los ángeles, encontrado a un peregrino que suspira en el camino: únete a él, es tu compañero de viaje, corre con él, si en verdad tú también eres esto. «Todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él.» ¿Quién «engendró»? El Padre. ¿Quién «es engendrado»? El Hijo. ¿Qué dice entonces? «Todo aquel que ama al Padre, ama al Hijo.»

    Homilía 10, § 3–4

    3. «En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios.» [] ¿Qué es esto, hermanos? Hace un momento estaba hablando del Hijo de Dios, no de hijos de Dios: he aquí, un Cristo se nos puso delante para contemplar, y se nos dijo, «Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo es nacido de Dios: y todo aquel que ama al que engendró,» es decir, al Padre, «ama también al que ha sido engendrado por él,» es decir, al Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Y continúa: «En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios;» como si hubiera estado a punto de decir, «En esto conocemos que amamos al Hijo de Dios.» Ha dicho, «los hijos de Dios,» mientras que justo antes hablaba del Hijo de Dios— porque los hijos de Dios son el Cuerpo del Unigénito Hijo de Dios, y cuando Él es la Cabeza, nosotros los miembros, es un solo Hijo de Dios. Por tanto, el que ama a los hijos de Dios, ama al Hijo de Dios, y el que ama al Hijo de Dios, ama al Padre; ni puede nadie amar al Padre excepto si ama al Hijo, y el que ama a los hijos, ama también al Hijo de Dios. ¿Qué hijos de Dios? Los miembros del Hijo de Dios. Y amando se convierte él mismo en miembro, y llega por el amor a estar en el armazón del cuerpo de Cristo, de modo que habrá un solo Cristo, amándose a sí mismo. Porque cuando los miembros se aman unos a otros, el cuerpo se ama a sí mismo. «Y si un miembro padece, todos los miembros se conduelen con él; o si un miembro es honrado, todos los miembros se gozan con él.» [] Y luego continúa diciendo, «Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y miembros.» Juan estaba hablando justo antes del amor fraterno, y dijo, «El que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» [] Pero si amas a tu hermano, ¿acaso amas a tu hermano y no amas a Cristo? ¿Cómo puede ser eso, cuando amas a los miembros de Cristo? Cuando por tanto amas a los miembros de Cristo, amas a Cristo; cuando amas a Cristo, amas al Hijo de Dios; cuando amas al Hijo de Dios, amas también al Padre. Por tanto el amor no puede dividirse en partes. Elige lo que quieras amar; el resto te sigue. Supón que dices: Amo a Dios solo, a Dios Padre. Estás mintiendo: si amas, no lo amas a Él solo; sino que si amas al Padre, amas también al Hijo. He aquí, dices: Amo al Padre, y amo al Hijo: pero sólo esto, al Padre Dios y al Hijo Dios, nuestro Señor Jesucristo, que ascendió al cielo, y está sentado a la diestra del Padre, aquel Verbo por el cual todas las cosas fueron hechas, y «el Verbo se hizo carne, y habitó en nosotros:» sólo esto amo. Estás mintiendo; porque si amas la Cabeza, amas también los miembros; pero si no amas los miembros, tampoco amas la Cabeza. ¿No tiemblas ante la voz pronunciada por la Cabeza desde el Cielo en favor de sus miembros, «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» [] Al perseguidor de sus miembros lo llamó su perseguidor: a su amante, amante de sus miembros. Ahora bien, ¿qué son sus miembros, hermanos, sabéis? Nada menos que la Iglesia de Dios. «En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, en que amamos a Dios.» ¿Y cómo? ¿No son los hijos de Dios una cosa, Dios mismo otra? Pero el que ama a Dios, ama sus preceptos. ¿Y cuáles son los preceptos de Dios? «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros.» [] Que nadie se excuse con otro amor, por otro amor; así y sólo así es con este amor: como el amor mismo está compactado en uno, así a todos los que de él penden los hace uno, y como fuego los funde en uno. Es oro: la masa se funde y se convierte en una sola cosa. Pero a menos que se aplique el fervor de la caridad, de muchos no puede haber fusión en uno. «Que amamos a Dios,» por esto «conocemos que amamos a los hijos de Dios.»
    4. ¿Y por qué conocemos que amamos a los hijos de Dios? Por esto, «que amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos.» Suspiramos aquí, a causa de la dureza de guardar los mandamientos de Dios. Oye lo que sigue. Oh hombre, ¿en qué te afanas amando? En amar la avaricia. Con afán se ama lo que tú amas: no hay afán en amar a Dios. La avaricia te impondrá trabajos, peligros, duras penalidades y tribulaciones; y tú harás lo que ella manda. ¿Con qué fin? Para tener aquello con que llenarás tu cofre, y perderás tu paz mental. Te sentías acaso más seguro antes de tenerlo, que desde que comenzaste a tenerlo. Mira lo que la avaricia te ha impuesto. Has llenado tu casa, y estás con temor de los ladrones; has conseguido oro, has perdido el sueño. Mira lo que la avaricia te ha impuesto. Haz, y lo hiciste. ¿Qué te manda Dios? Ámame. Amas el oro, buscarás oro, y acaso no lo hallarás: quien me busca a mí, yo estoy con él. Amarás el honor, y acaso no lo alcanzarás: ¿quién me amó a mí, y no me alcanzó? Dios te dice: querrías hacerte un patrón, o un amigo poderoso: buscas un camino a su favor por medio de otro inferior. Ámame, te dice Dios: el favor conmigo no se obtiene intercediendo ante otro: tu amor mismo me hace presente a ti. ¿Qué más dulce que este amor, hermanos? No sin razón oísteis hace poco en el Salmo, «Los impíos me contaron deleites, mas no como tu ley, oh Señor.» ¿Qué es la Ley de Dios? El mandamiento de Dios. ¿Qué es el mandamiento de Dios? Aquel «mandamiento nuevo,» que se llama nuevo porque hace nuevos: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros.» [] Oye porque esta es la ley de Dios. El apóstol dice, «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.» [] Esto, precisamente esto, es la consumación de todas nuestras obras; el Amor. En él está el fin: para esto corremos: hacia él corremos; cuando hayamos llegado a él, descansaremos.

    Homilía 10, § 5

    5. Habéis oído en el Salmo, «He visto el fin de toda perfección.» Ha dicho: He visto el fin de toda perfección: ¿qué había visto? ¿Pensamos que había ascendido a la cima de alguna montaña muy alta y puntiaguda, y desde allí había mirado y visto la extensión de la tierra, y los círculos del mundo redondo, y por eso dijo, «He visto el fin de toda perfección»? Si esto es algo digno de alabanza, pidamos al Señor ojos de carne tan agudos, que sólo necesitemos alguna montaña extremadamente alta en la tierra, para que desde su cumbre podamos ver el fin de toda perfección. No vayas lejos: he aquí, te digo, está aquí; sube a la montaña, y ve el fin. Cristo es la Montaña; ven a Cristo: ves desde allí el fin de toda perfección. ¿Qué es este fin? Pregunta a Pablo: «Pero el fin del mandamiento es la caridad, de corazón puro, y de buena conciencia, y de fe no fingida:» [] y en otro lugar, «La caridad es la plenitud,» o cumplimiento, «de la ley.» ¿Qué tan acabado y terminado como «plenitud»? Porque, hermanos, el apóstol aquí usa fin en sentido de alabanza. No pienses en consumación, sino en consumación. Pues una cosa es decir: He acabado mi pan, otra: He acabado mi abrigo. He acabado el pan, comiéndolo: el abrigo, haciéndolo. En ambos lugares la palabra es «fin,» «acabar:» pero el pan se acaba por ser consumido, el abrigo se acaba por ser hecho: el pan, de modo que no exista más; el abrigo, de modo que esté completo. Por tanto, en este sentido tomad también vosotros esta palabra, fin, cuando se lea el Salmo y oigáis decir, «Para el fin, Salmo de David.» Estáis oyendo continuamente esto en los Salmos, y debéis saber lo que oís. ¿Qué significa, «Para el fin»?— «Porque Cristo es el fin de la ley para todo aquel que cree.» [] ¿Y qué significa, «Cristo es el fin»? Porque Cristo es Dios, y «el fin del mandamiento es la caridad,» y «la Caridad es Dios:» porque Padre e Hijo y Espíritu Santo son Uno. Allí está Él como Fin para ti; en otra parte Él es el Camino. No te quedes atascado en el camino, y así nunca llegues al fin. Cualquier otra cosa a la que llegues, pásala de largo, hasta que llegues al fin. ¿Cuál es el fin? Bueno es para mí «aferrarme a Dios.» ¿Te has aferrado firmemente a Dios? Has acabado el camino: habitarás en tu propia patria. ¡Marca bien! Algún hombre busca dinero: que no sea para ti el fin: pásalo, como viajero en tierra extraña. Pero si lo amas, estás enredado por la avaricia; la avaricia serán grillos para tus pies: no puedes progresar más. Pasa por tanto también esto: busca el fin. Buscas salud del cuerpo: aún así no te detengas allí. Porque ¿qué es esto, esta salud del cuerpo, a la que la muerte pone fin, que la enfermedad debilita, una cosa débil, mortal, fugaz? Búscala, en efecto, no sea que acaso la mala salud estorbe tus buenas obras: pero por esa misma razón, el fin no está allí, porque se busca para otra cosa. Todo lo que se busca para otra cosa, el fin no está allí: todo lo que se ama por sí mismo, y gratuitamente, el fin está allí. Buscas honores; acaso los buscas para hacer algo, para que puedas realizar algo, y así agradar a Dios: no ames el honor en sí, no sea que te detengas allí. ¿Buscas alabanza? Si buscas la de Dios, haces bien; si buscas la tuya, haces mal; te detienes en el camino. Pero he aquí, eres amado, eres alabado: no lo consideres gozo cuando en ti mismo eres alabado; sé alabado en el Señor, para que cantes, «En el Señor será alabada mi alma.» Pronuncias un buen discurso, y tu discurso es alabado. Que no sea alabado como tuyo, el fin no está allí. Si pones el fin allí, hay un fin de ti: pero un fin, no para que seas perfeccionado, sino para que seas consumido. Entonces que tu discurso no sea alabado como proveniente de ti, como siendo tuyo. Pero ¿cómo alabado? Como dice el Salmo, «En Dios alabaré el discurso, en Dios alabaré la palabra.» Por esto se cumplirá en ti lo que allí sigue: «En Dios he esperado, no temeré lo que el hombre pueda hacerme.» Porque cuando todas las cosas tuyas son alabadas en Dios, no hay temor de que tu alabanza se pierda, ya que Dios no falla. Pasa por tanto también esto.

    Homilía 10, § 6–7

    6. Mirad, hermanos, cuántas cosas atravesamos en las cuales no está el fin. Las usamos como de paso; tomamos, por así decir, nuestro refrigerio en las posadas del camino, y seguimos adelante. ¿Dónde está, pues, el fin? «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser;» [] aquí se dice esto, en esta epístola. Aún, pues, estamos en camino; aún, adondequiera que lleguemos, hemos de pasar adelante, hasta alcanzar algún fin. Sabemos que cuando él aparezca, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como es. Ese es el fin; allí alabanza perpetua, allí Aleluya siempre sin falta. Este es, pues, el fin del que habló en el Salmo: «He visto el fin de toda perfección:» y como si se le dijera: ¿Cuál es el fin que has visto? «Tu mandamiento es sumamente ancho.» Este es el fin: la anchura del mandamiento. La anchura del mandamiento es la caridad, porque donde hay caridad, no hay estrecheces. En esta anchura, en esta sala espaciosa, estaba el apóstol cuando decía: «Nuestra boca está abierta para vosotros, oh corintios; nuestro corazón se ha ensanchado; no estáis estrechos en nosotros.» [] En esto, pues, está «Tu mandamiento sumamente ancho.» ¿Cuál es el mandamiento ancho? «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros.» La caridad, pues, no está estrecha. ¿No quieres estar estrecho aquí en la tierra? Habita en la sala espaciosa. Porque todo lo que el hombre pueda hacerte, no te estrechará; porque amas lo que el hombre no puede dañar: amas a Dios, amas la fraternidad, amas la ley de Dios, amas la Iglesia de Dios: será para siempre. Trabajas aquí en la tierra, pero llegarás al goce prometido. ¿Quién puede quitarte lo que amas? Si nadie puede quitarte lo que amas, seguro duermes, o mejor, seguro velas, no sea que durmiendo pierdas lo que amas. Pues no sin razón se dice: «Alumbra mis ojos, para que no duerma jamás en la muerte.» Los que cierran los ojos contra la caridad, se duermen en las concupiscencias de los deleites carnales. Vela, pues. Porque entonces están los deleites: comer, beber, entregarse al lujo, jugar, cazar; a estas vanas pompas siguen todos los males. ¿Acaso ignoramos que son deleites? ¿Quién puede negar que deleitan? Pero más amada es la ley de Dios. Clama contra tales persuasores: «Los inicuos me han hablado de deleites: mas no como tu ley, oh Señor.» Este deleite permanece. No sólo permanece como meta a la que puedes llegar, sino que también te llama de vuelta cuando huyes.
    7. «Pues este es el amor de Dios: que guardemos sus mandamientos.» [] Ya habéis oído: «De estos dos mandamientos pende toda la ley y los profetas.» Mirad cómo no quiere que os disperséis por una multitud de páginas: «De estos dos mandamientos pende toda la ley y los profetas.» ¿De qué dos mandamientos? «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Y amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la ley y los profetas.» [] Mirad aquí de qué mandamientos trata toda esta epístola. Por tanto, retened el amor, y sosegad vuestro ánimo. ¿Por qué temes hacer mal a algún hombre? ¿Quién hace mal al hombre a quien ama? Ama: es imposible hacer esto sin hacer el bien. Pero puede ser que reprendas. La bondad lo hace, no la fiereza. Pero puede ser que golpees. Por disciplina lo haces; porque tu bondad de amor no te deja dejarlo sin disciplina. Y ciertamente se producen de algún modo estos resultados distintos y contrarios: que a veces el odio usa modos zalameros, y la caridad se muestra fiera. Uno odia a su enemigo y finge amistad con él: lo ve haciendo algo malo, lo alaba: desea que se precipite de cabeza, desea que quede ciego por el precipicio de sus concupiscencias, acaso para no volver jamás; lo alaba, «Porque el pecador es alabado en los deseos de su alma;» le aplica la unción de la adulación; he aquí que odia, y alaba. Otro ve a su amigo haciendo algo semejante; lo llama de vuelta; si no escucha, usa palabras incluso de castigo, lo riñe, riñe: ¡hay veces en que se llega a esto, que uno incluso debe reñir! He aquí que el odio se muestra zalameramente amable, ¡y la caridad riñe! No fijes tu mirada en las palabras de aparente bondad, o en la aparente crueldad de la reprensión; mira la vena de la que proceden; busca la raíz de donde brotan. El uno es suave y blando para engañar, el otro riñe para corregir. Pues bien, no nos toca a nosotros, hermanos, ensanchar vuestro corazón: alcanzad de Dios el don de amaros unos a otros. Amad a todos los hombres, incluso a vuestros enemigos, no porque sean vuestros hermanos, sino para que sean vuestros hermanos; para que estéis en todo momento ardiendo de amor fraternal, ya sea hacia el que se ha hecho vuestro hermano, ya hacia vuestro enemigo, de modo que, siendo amado, llegue a ser vuestro hermano. Dondequiera que améis a un hermano, amáis a un amigo. Ahora está con vosotros, ahora está unido a vosotros en la unidad, sí, en la unidad católica. Si vivís rectamente, amáis a un hermano hecho de un enemigo. Pero amáis a algún hombre que aún no ha creído en Cristo, o, si ha creído, cree como creen los demonios: reprendéis su vanidad. Amad, y esto con amor fraternal: todavía no es hermano, pero amáis para que llegue a ser hermano. Pues bien, todo nuestro amor es amor fraternal, hacia los cristianos, hacia todos sus miembros. La disciplina de la caridad, hermanos míos, su fuerza, flores, fruto, belleza, amenidad, comida, bebida, carne, abrazo, no tiene en sí saciedad. Si tanto nos deleita en tierra extraña, ¡en nuestra propia patria cómo nos gozaremos!

    Homilía 10, § 8–9

    8. Corramos, pues, hermanos míos, corramos, y amemos a Cristo. ¿Qué Cristo? Jesucristo. ¿Quién es él? El Verbo de Dios. ¿Y cómo vino a los enfermos? «El Verbo se hizo carne, y habitó en nosotros.» [] Está, pues, cumplido lo que la Escritura predijo: «Era necesario que Cristo padeciese y resucitase al tercer día de entre los muertos.» [] Su cuerpo, ¿dónde está? Sus miembros, ¿dónde se afanan? ¿Dónde debes estar tú, para estar bajo tu Cabeza? «Y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y la remisión de los pecados por todas las naciones, comenzando desde Jerusalén.» [] Extiéndase allí vuestra caridad. Dice Cristo, y el Salmo, es decir el Espíritu de Dios, «Tu mandamiento es sumamente ancho:» ¡y en verdad algunos querrán que la caridad esté confinada a África! Extiende tu caridad por toda la tierra si quieres amar a Cristo, porque los miembros de Cristo están por toda la tierra. Si amas sólo una parte, estás dividido; si estás dividido, no estás en el cuerpo; si no estás en el cuerpo, no estás bajo la Cabeza. ¿De qué te sirve creer y blasfemar? Adoras a la Cabeza, blasfemas al Cuerpo. Él ama a su Cuerpo. Si tú te has cortado de su Cuerpo, la Cabeza no se ha cortado de su Cuerpo. En vano me honras, te grita tu Cabeza desde lo alto, en vano me honras. Es como si un hombre besara tu cabeza y pisara tus pies: acaso con botas claveteadas aplastaría tus pies, mientras abraza tu cabeza y la besa: ¿no gritarías en medio de las palabras con que te honra, y dirías: ¿Qué haces, hombre? Me pisas. No querrías decir: Pisas mi cabeza; porque él honraba la cabeza; pero más gritaría la cabeza por los miembros pisoteados, que por sí misma porque era honrada. ¿No grita la propia cabeza: No quiero tu honor; no me pises? Ahora di, si puedes: ¿Cómo te he pisado? Di eso a la cabeza: quería besarte, quería abrazarte. Pero ¿no ves, oh necio, que aquello que quieres abrazar, en virtud de una cierta unidad que une todo el armazón, llega hasta lo que pisas? Arriba me honras, abajo me pisas. Aquello que pisas duele más que lo que honras se goza. ¿De qué modo grita la lengua? «Me duele.» No dice: «Me duele el pie,» sino: «Me duele,» dice. Oh lengua, ¿quién te ha tocado? ¿Quién te ha golpeado? ¿Quién te ha aguijoneado? ¿Quién te ha pinchado? Nadie, pero estoy unida a las partes que son pisoteadas. ¿Cómo quieres que no sienta dolor, si no estoy separada?
    9. Nuestro Señor Jesucristo, pues, subiendo al cielo al cuadragésimo día, por esta razón nos encomendó su Cuerpo allí donde habría de quedar tendido, porque vio que muchos lo honrarían porque subió al cielo; y vio que honrarlo les es inútil si pisotean sus miembros aquí en la tierra. Y para que nadie yerre, y mientras adora a la Cabeza en el cielo pisotee los pies en la tierra, nos dijo dónde estarían sus miembros. Porque estando a punto de subir, dijo sus últimas palabras en la tierra; después de aquellas palabras ya no habló más en la tierra. La Cabeza a punto de subir al cielo nos encomendó sus miembros en la tierra y partió. De ahí en adelante ya no encuentras a Cristo hablando en la tierra; lo encuentras hablando, pero desde el cielo. Y aun desde el cielo, ¿por qué? Porque sus miembros en la tierra eran pisoteados. Pues al perseguidor Saulo le dijo desde lo alto: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» [] He subido al cielo, pero todavía yazgo en la tierra: aquí estoy sentado a la diestra del Padre, pero allí todavía tengo hambre, sed, y soy peregrino. ¿De qué manera, pues, nos encomendó su Cuerpo, cuando estaba a punto de subir al cielo? Cuando los discípulos le preguntaron, diciendo: «Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?» [] Él respondió, estando ya a punto de partir: «No os toca a vosotros saber los tiempos que el Padre puso en su sola potestad; mas recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y me seréis testigos.» Mirad dónde está extendido su Cuerpo, mirad dónde no quiere ser pisoteado: «Me seréis testigos en Jerusalén, y en Judea, y hasta lo último de la tierra.» He aquí dónde yazgo yo, que estoy subiendo. Porque subo, porque soy la Cabeza: mi Cuerpo yace aún abajo. ¿Dónde yace? Por toda la tierra. Guardaos de golpear, guardaos de herir, guardaos de pisotear: estas son las últimas palabras de Cristo a punto de ir al cielo. Mirad a un enfermo que languidece en su lecho, tendido en su casa, consumido por la enfermedad, a las puertas de la muerte, su alma como si ya estuviera entre sus dientes: el cual, acongojado, acaso, por algo que le es querido, que ama mucho, y se le viene al pensamiento, llama a sus herederos y les dice: Os ruego, haced esto. Él, por así decir, detiene su alma con un esfuerzo violento, para que no parta antes de que aquellas palabras queden aseguradas. Cuando ha dictado aquellas últimas palabras, exhala su alma, es llevado cadáver al sepulcro. Sus herederos, ¿cómo recuerdan las últimas palabras del moribundo? ¿Cómo, si uno se levantara y les dijera: No lo hagáis, qué responderían? «¿Qué? ¿No haré lo que mi padre, en el acto de exhalar su alma, me mandó con su último aliento, la última palabra suya que sonó en mis oídos cuando mi padre partía de esta vida? Cualesquiera otras palabras suyas que yo no guarde, las últimas tienen sobre mí mayor fuerza: desde entonces nunca más lo vi, nunca más oí hablarle.» Hermanos, pensad con corazones cristianos; si para los herederos de un hombre, sus palabras dichas cuando estaba a punto de ir al sepulcro son tan dulces, tan gratas, tan graves, ¿qué hemos de pensar de las últimas palabras de Cristo, dichas no cuando iba a volver al sepulcro, sino a subir al cielo? En cuanto al hombre que vivió y está muerto, su alma es arrebatada a otros lugares, su cuerpo es puesto en la tierra, y que se cumplan o no esas palabras suyas, para él no importa: ya tiene otra cosa que hacer, u otra cosa que sufrir: o en el seno de Abraham se goza, o en el fuego eterno anhela una gota de agua, mientras su cadáver yace allí insensible en el sepulcro; y sin embargo se guardan las últimas palabras del moribundo. ¿Qué han de esperar los que no guardan las últimas palabras de Aquel que está sentado en el cielo, que ve desde lo alto si son despreciadas o no? Las palabras de Aquel que dijo: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» ¿Que lleva cuenta, hasta el juicio, de todo lo que ve sufrir a sus miembros?

    Homilía 10, § 10

    10. ¿Y qué hemos hecho, dicen? Nosotros somos los perseguidos, no los perseguidores. Vosotros sois los perseguidores, oh hombres miserables. En primer lugar, en cuanto habéis dividido la Iglesia. Más poderosa es la espada de la lengua que la espada de acero. Agar, sierva de Sara, era orgullosa, y fue afligida por su señora a causa de su orgullo. Aquello era disciplina, no castigo. Por eso, cuando se hubo ido de su señora, ¿qué le dijo el ángel? «Vuelve a tu señora.» [] Entonces, oh alma carnal, como esclava orgullosa, supón que has sufrido alguna molestia por causa de la disciplina, ¿por qué deliras? «Vuelve a tu señora,» mantén firme la paz de la Iglesia. He aquí, se presentan los evangelios, leemos dónde está extendida la Iglesia: hombres disputan contra nosotros, y nos dicen: «¡Traidores!» ¿Traidores de qué? Cristo nos encomienda su Iglesia, y no creéis: ¿he de creeros a vosotros, cuando ultrajáis a mis padres? ¿Querríais que os creyera acerca de los «traidores»? Primero cree a Cristo. ¿Qué es digno de ser creído? Cristo es Dios, tú eres hombre: ¿a quién se debe creer primero? Cristo ha extendido su Iglesia por toda la tierra: yo lo digo —despreciadme—; el evangelio habla —guardáos—. ¿Qué dice el evangelio? «Era necesario que Cristo padeciese, y resucitase de entre los muertos al tercer día, y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y la remisión de los pecados.» [] Donde hay remisión de los pecados, allí está la Iglesia. ¿Cómo la Iglesia? Pues a ella se le dijo: «A ti te daré las llaves del reino de los cielos, y todo lo que desatares en la tierra será desatado en el cielo, y todo lo que atares en la tierra será atado en el cielo.» [] ¿Dónde está extendida esta remisión de los pecados? «Por todas las naciones, comenzando desde Jerusalén.» He aquí, ¡cree a Cristo! Pero, porque bien sabes que si creyeres a Cristo, no tendrás nada que decir acerca de los «traidores,» quieres que yo te crea a ti cuando hablas mal contra mis padres, antes que creer tú lo que Cristo predijo.
    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Nota final · Homilía 10, nota de los editores
    El resto de la Homilía falta en todos los manuscritos. Parece también que San Agustín se vio impedido de completar la exposición de toda la epístola, como se había propuesto hacerlo: al menos Posidio especifica esta obra bajo el título, «In Epist. Joannis ad Parthos Tractatus decem,» y apenas es probable que todo el capítulo quinto fuera expuesto en esta décima Homilía.— De los «Sermones,» no hay ninguno sobre la parte restante de esta epístola: los siguientes extractos de otras obras de San Agustín suplirán lo que más se echará de menos: a saber, su exposición del texto sobre «los Tres Testigos,» sobre «el pecado de muerte,» y sobre el versículo veinte.
    Comentario editorial · Lo que falta de la epístola
    Según Myers, la exposición de Agustín de los últimos dieciocho versículos (1 Juan 5:4–21) no se conserva. Para suplirla, el NPNF añade seis extractos de otras obras suyas; los que llevan versículo en su título tratan de , y . Son: Contra Maximino II, 22, 3 y II, 14, 2–3; el Sermón del monte I, 22, 73; Sobre la corrección y la gracia § 35; la Conferencia con Maximino § 14; y Sobre la Trinidad I, 6, 9. Este epub no los trae. Una nota del NPNF al primero de ellos dice que la cláusula de los «tres testigos celestiales» () parece del todo desconocida para Agustín.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el libro

    La epístola gira, para Agustín, en torno a una sola palabra, y lo dice y lo hace. Myers, el revisor de la versión inglesa, lo resume así: sin anunciar un plan, Agustín afirma con frecuencia que la caridad es el tema del apóstol y ordena sus argumentos y ejemplos en torno a ese centro, de modo que la epístola se lee como la exposición del amor en su esencia y en su alcance. Para la Stanford Encyclopedia of Philosophy (Tornau), estas homilías son la discusión más sostenida de Agustín sobre el amor cristiano. La misma enciclopedia cuenta que, después del año 400, al leer «Dios es amor» (, ) junto con su reflexión sobre la Trinidad, Agustín concluye que el amor es por naturaleza reflexivo: quien ama al prójimo ama necesariamente el amor que se lo permite, que no es sino Dios, y así el amor a Dios y el amor al prójimo son coextensivos y, en último término, idénticos (IX, 10; Sobre la Trinidad VIII, 12).
    Dentro de ese marco, las homilías hacen otras cosas a la vez. Responden a una Iglesia dividida: los herejes y cismáticos, dice Agustín, salieron de la Iglesia y por eso no eran de ella (III, 1 a 4); los cismas nacen, según él, de quienes dicen «nosotros somos los justos, nosotros santificamos» (I, 9), y los separados aborrecen a los hermanos (I, 13). Distinguen lo que se recibe, el bautismo, la profecía, el sacramento, de la raíz que lo hace salvador (II, 9 a 11; VII, 4 a 6). Y enseñan a leer: lo que importa de una acción es la raíz de la que brota (VII, 8). Myers, que anota la versión, ve en Agustín más polemista que Juan, pero también un amante de los hermanos, y declara que su alegorismo es poco, comparado con el de otros exegetas de fama; su lectura es la de un revisor de 1888 y no la única posible.
    Límites. La fecha depende de a quién se lea: 407 (Stanford Encyclopedia, Wikipedia) o hacia 416 o poco después (Schaff). Las identificaciones, las fechas y las explicaciones de las notas proceden de las fuentes que se citan y no del texto; cuando difieren, se dice cuál afirma qué, y la lectura del editor se marca como tal. La traducción castellana es automática y nadie la ha revisado frase a frase: la homilía 9 perdió dos secciones y repite otras dos, como se avisa en su lugar, y no se corrige aquí. Falta además lo que el NPNF añade (prólogo, introducción, notas y extractos): se resume en las notas, no se traduce.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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