Introducción y criterios de esta edición
Acompañamiento editorial
«Poco ha publicamos un libro "Sobre el bien del matrimonio"…»: Agustín empieza este tratado remitiendo al anterior, y en sus Retractaciones cuenta que, escrito aquel, «se esperaba que escribiera sobre la santa virginidad; y no tardé en hacerlo». Las dos obras son, pues, de hacia 401 y responden a la misma polémica, la que había levantado Joviniano al igualar el mérito de vírgenes, viudas y casadas. Pero el acento cambia: si el primer libro defendía el matrimonio, este exalta la virginidad consagrada a Dios —un bien mayor y propio del reino de los cielos, no solo de esta vida— y dedica más de la mitad de sus páginas a lo que, a juicio de Agustín, la pone en peligro: la soberbia. Esta edición es la traducción castellana directa de la versión inglesa de C. L. Cornish, impresa en el volumen 3 de la primera serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (1887).
El tratado tiene dos movimientos. En el primero (§ 1–30) Agustín defiende contra Joviniano y sus seguidores que la continencia perpetua merece más en el reino de los cielos que la castidad conyugal, y lo prueba con el ejemplo de María, con la lectura de Pablo (1 Cor 7) y con los «eunucos por el reino de los cielos» del Evangelio. En el segundo (§ 31–57), que él mismo reconoce que podría parecer otro tema —«esto ya no es escribir sobre la virginidad, sino sobre la humildad» (§ 52)—, advierte a las vírgenes que su don viene de Dios y que no deben anteponerse a nadie. De aquí salen páginas muy citadas: la Iglesia, virgen y madre; el voto de virginidad de María; las vírgenes que «siguen al Cordero por dondequiera que va».
| Autor | Agustín de Hipona (354–430), obispo de Hipona desde 395 |
| Título | Sobre la santa virginidad (en latín, De sancta virginitate; en inglés, Of Holy Virginity) |
| Fecha | Poco después de Sobre el bien del matrimonio (hacia 401, según Wikipedia), como dice el propio Agustín en las Retractaciones (II, 23) |
| Ocasión | La misma polémica de Joviniano a la que respondía el tratado anterior (noticia de la edición benedictina, al frente de aquel) |
| Destinatarios | Las vírgenes y los continentes consagrados de la Iglesia, a quienes se dirige directamente desde § 27 |
| Género | Tratado moral y exhortación, sin división en capítulos |
| Extensión | 57 secciones, unas 18 000 palabras en esta edición |
| Traducción | Castellana y directa, de la versión inglesa del reverendo C. L. Cornish; no del latín |
| Fuente | Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 3 (1887), ed. Philip Schaff; libro 14 de la Delphi Collected Works of Saint Augustine |
Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que el reverendo C. L. Cornish hizo de De sancta virginitate para el volumen 3 de la primera serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church, editado por Philip Schaff (Buffalo, 1887, según New Advent; la copia de CCEL sigue una reimpresión de Nueva York de 1890). Según el prefacio de Schaff, los tratados morales de ese volumen se tradujeron primero para la Library of the Fathers de Oxford (1847). El texto inglés llegó al castellano a través de la Delphi Collected Works of Saint Augustine (Delphi Classics, 2016). Es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla con el latín antes de citarla en un trabajo académico.
La edición pone al frente el pasaje en que Agustín, al revisar sus obras, presenta esta:
Retr. ii. 23. "Después de haber escrito "Sobre el Bien del Matrimonio", se esperaba que escribiera sobre la Santa Virginidad; y no tardé en hacerlo: y que es don de Dios, y cuán grande don, y con cuánta humildad ha de guardarse, hasta donde me fue posible lo expuse en un solo volumen. Así comienza este libro", etc.
Lo que viene de la edición. El tratado no tiene capítulos ni títulos: los dos encabezados que lo dividen —primera parte, § 1–30, y segunda, § 31–57— son del editor de Eusebeia, que sigue el giro que el propio Agustín anuncia en § 31 y comenta en § 52. Los números de sección (§ 1 a § 57) son los del NPNF, que reproduce New Advent; el epub de Delphi no los imprime, y aquí se dan solo en el localizador. El epub atribuye la traducción a «C. I. Cornish»: el índice del volumen en CCEL y New Advent dicen C. L. Cornish, el mismo traductor de Sobre el bien del matrimonio. Las citas bíblicas llegan sin referencia, tal como las vertió el traductor inglés desde la Biblia latina de Agustín, y pueden no coincidir con la versión del lector. Las notas del NPNF (palabras latinas, referencias, observaciones de la edición benedictina) no pasaron al epub; algunas se recogen en los comentarios.
Joviniano, según lo que de él cuenta Jerónimo, decía a las vírgenes que habían elegido la castidad «a causa de la presente necesidad» y que no debían enorgullecerse, porque ellas y sus hermanas casadas son miembros de la misma Iglesia (Wikipedia). Agustín toma en serio las dos mitades de ese reproche. Contra la primera, dedica la parte central del tratado a mostrar que la «presente necesidad» de Pablo no reduce la virginidad a una ventaja para esta vida. La segunda la hace suya: el orgullo es el riesgo de la virginidad, y a él dedica la segunda mitad.
La tabla siguiente es una lectura del editor, no de Agustín ni del NPNF, hecha sobre el comienzo de cada sección.
| Secciones | De qué trata |
|---|---|
| § 1–2 | Propósito: alabar la virginidad para que sea amada y amonestarla para que no se infle; la Iglesia, virgen y madre |
| § 3–7 | María, madre y virgen; su respuesta al ángel leída como voto; las vírgenes, madres de Cristo según el espíritu |
| § 8–12 | La virginidad vale por estar consagrada; ninguna fecundidad carnal se le compara; el bien propio del matrimonio |
| § 13–21 | Contra quienes reducen la virginidad a la «presente necesidad» de esta vida; la «tribulación de la carne» de 1 Cor 7; Susana |
| § 22–30 | Los testimonios de la Escritura: los eunucos por el reino de los cielos, el lugar «mejor que de hijos e hijas», el denario y las moradas; exhortación a seguir al Cordero |
| § 31–51 | La humildad: Cristo maestro de humildad; el temor de caer; la continencia es don de Dios; la virgen y la casada; el ciento por uno y los mártires; nadie está sin pecado |
| § 52–57 | Por qué un libro sobre la virginidad trata de la humildad; el Esposo «hermoso sobre los hijos de los hombres»; los tres jóvenes en el horno |
§ 1
Poco ha publicamos un libro "Sobre el Bien del Matrimonio", en el cual también advertíamos y advertimos a las vírgenes de Cristo que, por causa de aquel mayor don que han recibido, no desprecien, en comparación de sí mismas, a los padres y madres del Pueblo de Dios; y que no piensen que aquellos varones —a quienes el Apóstol presenta como el olivo, para que el olivo silvestre injertado no se ensoberbezca—, que sirvieron a Cristo que había de venir en el futuro, aun mediante la procreación de hijos, son de menor merecimiento por ello, puesto que por derecho divino se prefiere la continencia a la vida conyugal, y la piadosa virginidad al matrimonio. Porque en ellos se preparaban y producían las cosas futuras que ahora vemos cumplidas de manera maravillosa y eficaz, y cuya vida matrimonial era también profética: de donde, no según la costumbre ordinaria de los deseos y gozos humanos, sino por el designio profundísimo de Dios, en algunos de ellos la fecundidad alcanzó ser honrada, y en otros la esterilidad fue hecha fecunda. Mas en este tiempo, para aquellos a quienes se dice: "si no se contienen, cásense", hemos de emplear no consolación, sino exhortación. Pero a aquellos a quienes se dice: "Quien pueda comprender, que comprenda", hemos de exhortarlos para que no se atemoricen; y atemorizarlos para que no se ensoberbezcan. Por lo cual, la virginidad no solo ha de ser expuesta para que sea amada, sino también ha de ser amonestada para que no se infle.
§ 2
Esto hemos emprendido en este discurso: ayúdenos Cristo, Hijo de una virgen y Esposo de vírgenes, nacido según la carne de vientre virginal, y desposado según el Espíritu en matrimonio virginal. Así, pues, siendo la Iglesia entera misma una virgen desposada con un solo Esposo, Cristo, como dice el Apóstol, ¿de cuánto honor son dignos sus miembros que guardan esto aun en la carne misma, lo que la Iglesia toda guarda en la fe?; la cual imita a la madre de su esposo, y a su Señor. Porque la Iglesia también es madre y virgen. Pues ¿por la pureza virginal de quién nos preocupamos, si ella no es virgen?, o ¿a los hijos de quién nos dirigimos, si ella no es madre? María dio a luz a la Cabeza de este Cuerpo según la carne, la Iglesia da a luz a los miembros de ese Cuerpo según el Espíritu. En ambas la virginidad no estorba la fecundidad; en ambas la fecundidad no quita la virginidad. Por lo cual, siendo la Iglesia toda santa tanto en cuerpo como en espíritu, y sin embargo no toda es virgen en cuerpo sino en espíritu, ¿cuánto más santa es en aquellos miembros en quienes es virgen tanto en cuerpo como en espíritu?
§ 3
Está escrito en el Evangelio, acerca de la madre y los hermanos de Cristo, es decir, sus parientes según la carne, que cuando se lo avisaron y ellos estaban fuera porque no podían acercarse a Él a causa del gentío, respondió: "¿Quién es mi madre? ¿Y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano sobre sus discípulos, dice: He aquí mis hermanos; y cualquiera que hiciere la voluntad de mi Padre, ése es para mí hermano, y madre, y hermana". ¿Qué otra cosa nos enseña, sino a preferir a la parentela según la carne nuestra descendencia según el Espíritu; y que los hombres no son bienaventurados por estar unidos por cercanía de carne a varones justos y santos, sino que, obedeciendo y siguiendo, se adhieren a su doctrina y conducta? Por tanto, más bienaventurada es María en recibir la fe de Cristo, que en concebir la carne de Cristo. Pues a cierto que dijo: "Bienaventurado el vientre que te llevó", Él mismo respondió: "Antes bien, bienaventurados los que oyen la Palabra de Dios y la guardan". En fin, a sus hermanos, esto es, a sus parientes según la carne, que no creían en Él, ¿de qué les aprovechó aquel parentesco? Así también, de nada le hubiera aprovechado a María su cercanía como Madre, si no hubiese llevado a Cristo en su corazón de una manera más bienaventurada que en su carne.
Comentario editorial · Los «hermanos» de Jesús
Agustín da por sentado que los «hermanos» del Evangelio son «sus parientes según la carne». En su tiempo la cuestión estaba viva. Hacia 380 Helvidio había sostenido que eran hijos de María y José nacidos después de Jesús; Jerónimo le respondió hacia 383 que eran primos, mientras otros, como Epifanio, los tenían por hijos de un matrimonio anterior de José. Wikipedia, siguiendo a Lightfoot, llama a esas tres posturas helvidiana, epifaniana y jeronimiana; la Iglesia católica siguió la de Jerónimo y la ortodoxa la de Epifanio.
Para ampliar: Brothers of Jesus (Wikipedia (en)); Helvidius (Wikipedia (en)).
§ 4
Su misma virginidad fue también por esto más grata y acepta, en que no fue que Cristo, concebido en ella, la rescatara de antemano de un esposo que la violaría, para conservarla Él mismo, sino que, antes de ser concebido, la eligió, ya consagrada a Dios, como aquello de donde nacer. Así lo muestran las palabras que María respondió al ángel que le anunciaba su concepción: "¿Cómo será esto —dice—, pues no conozco varón?" Lo cual ciertamente no habría dicho si no se hubiera antes consagrado a Dios como virgen. Mas, porque las costumbres de los israelitas aún se resistían a esto, fue desposada con un varón justo, que no le quitaría por violencia, sino que más bien la guardaría contra violentos, aquello que ya había prometido. Aunque, aun si ella hubiese dicho solamente esto: "¿Cómo sucederá esto?", y no hubiese añadido: "pues no conozco varón", ciertamente no habría preguntado cómo, siendo mujer, daría a luz a su Hijo prometido, si se hubiera casado con intención de unión sexual. También podría habérsele mandado que permaneciera virgen, para que en ella, por un milagro adecuado, el Hijo de Dios recibiera la forma de siervo, mas, habiendo de ser modelo para las santas vírgenes, a fin de que no se pensara que solo ella necesitaba ser virgen, que había alcanzado concebir un hijo aun sin cópula sexual, consagró su virginidad a Dios cuando aún no sabía lo que concebiría, para que la imitación de una vida celestial en un cuerpo terreno y mortal se realizase por voto, no por mandato; por amor de elegir, no por necesidad de hacer servicio. Así Cristo, al nacer de una virgen que, antes de saber quién había de nacer de ella, había determinado permanecer virgen, quiso más bien aprobar que mandar la santa virginidad. Y así, aun en la mujer misma en quien tomó la forma de siervo, quiso que la virginidad fuera libre.
Comentario editorial · El «voto» de María
Agustín lee la pregunta de María al ángel —«¿cómo será esto, pues no conozco varón?» ()— como prueba de que ya se había consagrado a Dios como virgen. Según Wikipedia, esa lectura la comparten en el siglo IV Gregorio de Nisa y Agustín; su origen está en el Protoevangelio de Santiago, tiene hoy poco apoyo entre los estudiosos y, aun así, Juan Pablo II la recogió en 1996 entre los argumentos de la fe católica en la virginidad perpetua de María. El tema tocaba de cerca a Joviniano: según Agustín, negaba que la virginidad de María se conservara en el parto.
Para ampliar: Perpetual virginity of Mary (Wikipedia (en)).
§ 5
No hay, por tanto, razón para que las vírgenes de Dios se entristezcan porque ellas tampoco pueden, guardando su virginidad, ser madres de la carne. Pues solo a Él podía la virginidad dar a luz con adecuada propiedad, Aquel que en su Nacimiento no pudo tener par. Sin embargo, aquel Nacimiento de la Santa Virgen es el ornamento de todas las santas vírgenes; y ellas mismas juntamente con María son madres de Cristo, si cumplen la voluntad de su Padre. Pues también María es, por esto, Madre de Cristo de una manera más llena de alabanza y bendición, según la sentencia suya mencionada arriba: "Cualquiera que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es para mí hermano, y hermana, y madre". Todos estos grados de cercanía de parentesco consigo mismo, Él los muestra de manera espiritual en el Pueblo que ha redimido: como hermanos y hermanas tiene a varones santos y a mujeres santas, por cuanto todos son coherederos en la herencia celestial. Su madre es la Iglesia entera, porque ella misma ciertamente da a luz a sus miembros, esto es, a sus fieles. También su madre es toda alma piadosa, que cumple la voluntad de su Padre con caridad fecundísima, en aquellos de quienes está de parto, hasta que Cristo sea formado en ellos. María, por tanto, haciendo la voluntad de Dios, según la carne es solamente madre de Cristo, mas según el Espíritu es a la vez su hermana y madre.
§ 6
Y por esta razón, aquella mujer, no solo en el Espíritu, sino también en la carne, es a la vez madre y virgen. Y madre ciertamente en el Espíritu, no de nuestra Cabeza, que es el Salvador mismo, de Quien más bien ella nació según el Espíritu, por cuanto todos los que han creído en Él, entre los cuales está también ella misma, son llamados rectamente "hijos del Esposo"; sino claramente madre de sus miembros, que somos nosotros: en que ella cooperó por la caridad para que nacieran fieles en la Iglesia, que son miembros de aquella Cabeza; mas en la carne, es madre de la Cabeza misma. Porque convenía que nuestra Cabeza, por razón de un notable milagro, naciera según la carne de una virgen, para que así significase que sus miembros nacerían según el Espíritu, de la Iglesia virgen. Por tanto, solo María, tanto en espíritu como en carne, es madre y virgen: madre de Cristo y virgen de Cristo; mas la Iglesia, en los santos que poseerán el reino de Dios, en espíritu ciertamente es toda entera madre de Cristo, toda entera virgen de Cristo; pero en la carne no toda entera, sino en algunos virgen de Cristo, en otros madre, mas no de Cristo. Porque tanto las mujeres fieles casadas como las vírgenes consagradas a Dios, por las costumbres santas y la caridad nacida de un corazón puro, y de buena conciencia, y de fe no fingida, porque cumplen la voluntad del Padre, son en sentido espiritual madres de Cristo. Mas aquellas que en la vida conyugal dan a luz hijos según la carne, no dan a luz a Cristo, sino a Adán, y por ello se apresuran a que sus hijos, habiendo sido teñidos en sus Sacramentos, lleguen a ser miembros de Cristo, por cuanto saben lo que han dado a luz.
§ 7
He dicho esto, no sea que acaso la fecundidad conyugal ose competir con la castidad virginal, y quiera presentar a la misma María y decir a las vírgenes de Dios: Ella tuvo en su carne dos cosas dignas de honor, virginidad y fecundidad, por cuanto a la vez permaneció virgen y dio a luz; esta dicha, puesto que nosotras no pudimos tenerla entera, la hemos dividido: que vosotras seáis vírgenes, nosotras seamos madres; pues lo que a vosotras os falta de hijos, consuéleos vuestra virginidad conservada; a nosotras, la ganancia de los hijos compense la virginidad perdida. Este discurso de las mujeres fieles casadas a las santas vírgenes, de alguna manera sería de soportar, si ellas dieran a luz cristianos en la carne; en modo que, solamente en esto, fuera de la virginidad, la fecundidad de María en la carne fuese más excelente, en que ella dio a luz a la Cabeza misma de estos miembros, mas ellas a los miembros de aquella Cabeza; mas ahora, aunque en este discurso compitan aquellas que por este único motivo se casan y tienen trato conyugal, para tener hijos, y no piensan otra cosa de sus hijos sino ganarlos para Cristo, y hacen esto tan pronto como pueden; sin embargo, no nacen cristianos de su carne, sino que son hechos después; la Iglesia los da a luz, por esto: porque de modo espiritual ella es madre de los miembros de Cristo, de Quien también de modo espiritual ella es virgen. Y para este santo nacimiento, también las madres que no han dado a luz cristianos en la carne cooperan, para que lleguen a ser lo que saben que no pudieron dar a luz en la carne; mas cooperan por aquello mismo en que ellas mismas también son vírgenes y madres de Cristo, es decir, en la "fe que obra por la caridad".
§ 8
Por tanto, ninguna fecundidad de la carne puede compararse a la santa virginidad, aun de la carne. Porque tampoco ella es honrada por ser virginidad, sino por haber sido consagrada a Dios, y, aunque se guarde en la carne, se guarda por religión y devoción del Espíritu. Y por este medio, aun la virginidad del cuerpo es espiritual, que la continencia de la piedad promete y guarda. Pues, así como nadie hace un uso inmodesto del cuerpo, si antes no se ha concebido el pecado en el espíritu, así nadie guarda modestia en el cuerpo, si antes no se ha implantado la castidad en el espíritu. Mas aun más: si la modestia de la vida conyugal, aunque se guarde en la carne, se atribuye al alma, no a la carne, bajo cuyo gobierno y dirección la carne misma no tiene trato con ninguna fuera de su propio estado de matrimonio, ¿cuánto más y con cuánto mayor honor hemos de contar entre los bienes del alma aquella continencia, por la cual la pureza virginal de la carne es prometida, consagrada y guardada, para el Creador mismo del alma y de la carne?
§ 9
Por tanto, tampoco hemos de creer que la fecundidad carnal de aquellos que en este tiempo no buscan en el matrimonio otra cosa sino hijos para entregarlos a Cristo, pueda oponerse a la pérdida de la virginidad. Porque en los tiempos antiguos, para Cristo que había de venir según la carne, el linaje mismo de la carne era necesario en una cierta nación grande y profética; mas ahora, cuando de toda raza de hombres y de todas las naciones pueden recogerse miembros de Cristo para el Pueblo de Dios y la Ciudad del reino de los cielos, quien pueda recibir la santa virginidad, recíbala; y solo aquella que no se contiene, cásese. Pues ¿qué, si alguna mujer rica gastase mucho dinero en esta buena obra, y comprase esclavos de diversas naciones para hacerlos cristianos, no proveería al nacimiento de miembros de Cristo de manera más rica y más numerosa que por cualquier fecundidad del vientre, por grande que fuese? Y sin embargo no osaría por ello comparar su dinero a la ofrenda de la santa virginidad. Mas si, por hacer que los que nazcan sean cristianos, la fecundidad de la carne ha de oponerse con justa razón a la pérdida de la castidad, este asunto será más fecundo si la virginidad se pierde a un gran precio de dinero, con el cual se puedan comprar muchos más niños para hacerlos cristianos, que los que podrían nacer del vientre, por fecundo que sea, de una sola persona. Pero si es extrema necedad decir esto, posean las mujeres fieles casadas su propio bien, del cual hemos tratado, hasta donde pareció conveniente, en otro volumen; y honren más altamente, aun como con toda razón suelen hacerlo, en las sagradas vírgenes, su bien mejor, del cual tratamos en este discurso.
§ 10
Pues ni siquiera en esto deben las casadas compararse con los merecimientos de los continentes, en que de ellas nacen vírgenes: porque esto no es un bien del matrimonio, sino de la naturaleza; la cual fue ordenada por Dios de tal modo que de toda unión sexual cualquiera de los dos sexos humanos, ya sea ordenada y honesta, ya torpe e ilícita, no nace hembra alguna sino virgen, mas ninguna nace virgen sagrada: así se hace que una virgen nazca aun de fornicación, pero una virgen sagrada no nace ni aun del matrimonio.
§ 11
Ni nosotros ensalzamos esto en las vírgenes, que sean vírgenes, sino que son vírgenes consagradas a Dios por piadosa continencia. Pues no es a la ventura que yo diga: una mujer casada me parece más feliz que una virgen a punto de casarse, porque la una tiene lo que la otra todavía desea, especialmente si aún no está prometida a nadie. La una se afana por agradar a uno a quien ha sido entregada; la otra a muchos, en duda de a quién será entregada: por esto solo guarda la modestia del pensamiento frente a la multitud, que busca, no un adúltero, sino un esposo, entre la multitud. Por tanto, aquella virgen es con razón antepuesta a la mujer casada, que ni se propone al amor de la multitud, buscando de entre la multitud el amor de uno, ni, habiéndolo ya encontrado, se ordena para uno, teniendo pensamiento de las cosas del mundo, de "cómo agradar a su esposo"; sino que ha amado de tal modo a "Aquel hermoso de hermosura sobre los hijos de los hombres", que, ya que no pudo, como María, concebirlo en su carne, ha guardado también su carne virgen para Él, concebido en su corazón. Esta clase de vírgenes no ha sido engendrada por fecundidad corporal alguna; no es prole de carne y sangre. Si de estas se busca la madre, es la Iglesia. Nadie da a luz vírgenes sagradas sino una virgen sagrada, aquella que ha sido desposada para ser presentada casta a un solo Esposo, Cristo. De ella, no toda entera virgen en cuerpo, pero sí toda entera virgen en espíritu, nacen las santas vírgenes, tanto en cuerpo como en espíritu.
§ 12
Tengan los matrimonios su propio bien: no que engendren hijos, sino que honestamente, legítimamente, modestamente, con espíritu de compañerismo los engendren, y los eduquen, una vez engendrados, con cooperación, con enseñanza saludable y propósito ferviente; en que guardan la fe del lecho el uno con el otro; en que no violan el sacramento del matrimonio. Mas todas estas cosas son oficios del deber humano; pero la castidad virginal y la libertad, por piadosa continencia, de toda unión sexual es porción de los Ángeles, y práctica, en carne corruptible, de perpetua incorrupción. A esto ceda toda fecundidad de la carne, toda castidad de la vida conyugal; la una no está en poder del hombre, la otra no está en la eternidad; el libre albedrío no tiene fecundidad de la carne, el cielo no tiene castidad de la vida conyugal. Ciertamente tendrán algo grande sobre los demás en aquella inmortalidad común quienes tienen algo ya no de la carne en la carne.
§ 13
Por lo cual están maravillosamente vacíos de sabiduría quienes piensan que el bien de esta continencia no es necesario por causa del reino de los cielos, sino por causa del mundo presente; en que, según ellos, las personas casadas están tironeadas por cuidados terrenales cada vez más estrechados, de cuyas molestias están libres las vírgenes y los continentes; como si únicamente por esto fuese mejor no casarse, para escapar a las estrecheces del tiempo presente, no porque aproveche algo para la vida futura. Y, para que no parezca que han lanzado esta vana opinión desde la vanidad de su propio corazón, toman por testigo al Apóstol, donde dice: "Mas acerca de las vírgenes no tengo mandamiento del Señor, sino que doy consejo, como quien ha alcanzado misericordia del Señor para ser fiel. Pienso, pues, que esto es bueno a causa de la presente necesidad, porque bueno es al hombre estarse así". He aquí, dicen, dónde el Apóstol muestra "que esto es bueno a causa de la presente necesidad", no a causa de la eternidad futura. Como si el Apóstol tuviera en cuenta la presente necesidad de otro modo que como quien provee y consulta para el futuro; cuando toda su actuación no llama sino a la vida eterna.
§ 14
Es, por tanto, la presente necesidad la que debemos evitar, pero una tal que es impedimento para algo de los bienes venideros; por cuya necesidad la vida conyugal es forzada a tener pensamiento de las cosas del mundo, cómo agradar el marido a la mujer o la mujer al marido. No es que estas cosas separen del reino de Dios, como hay pecados que son contenidos por mandato, no por consejo, por esto: porque es cosa de condenación no obedecer al Señor cuando manda; sino que aquello que, dentro del mismo reino de Dios, podría ser poseído más ampliamente si hubiera pensamientos más extensos de cómo agradar a Dios, ciertamente será menos, cuando esto mismo se piensa menos por necesidad del matrimonio. Por eso dice: "Acerca de las vírgenes no tengo mandamiento del Señor". Pues quien no obedece un mandamiento, es culpable y está sujeto a castigo. Por lo cual, porque no es pecado casar mujer o ser casada (pero si fuese pecado, estaría prohibido por un "Mandamiento"), por esta razón no hay "Mandamiento" del Señor acerca de las vírgenes. Mas ya que, después de haber evitado o alcanzado perdón de los pecados, debemos acercarnos a la vida eterna, en la cual hay una cierta gloria más excelente, que no ha de ser asignada a todos los que vivirán para siempre, sino a algunos allí; para obtener la cual no basta haber sido librados de los pecados, a menos que se prometa a Aquel que nos libra algo, cuyo no haber prometido no es falta, mas el haberlo prometido y cumplido es materia de alabanza, dice: "Doy consejo, como quien ha alcanzado misericordia de Dios para ser fiel". Pues no debo escatimar el consejo fiel yo, que no por mis propios méritos, sino por la misericordia de Dios, soy fiel. "Pienso, por tanto, que esto es bueno, a causa de la presente necesidad". Esto, dice, sobre lo cual no tengo mandamiento del Señor, sino que doy consejo, esto es, acerca de las vírgenes, pienso que es bueno a causa de la presente necesidad. Porque sé lo que la necesidad del tiempo presente, a la que sirven los matrimonios, obliga: que se piensen menos las cosas de Dios de lo que basta para obtener aquella gloria, que no será de todos, aunque permanezcan en la vida eterna y la salvación: "Porque una estrella difiere de otra estrella en resplandor; así también la resurrección de los muertos. Bueno es", por tanto, "al hombre estarse así".
§ 15
Después de esto añade el mismo Apóstol y dice: "¿Estás ligado a mujer? No busques soltura. ¿Estás suelto de mujer? No busques mujer". De estas dos cosas, aquella que puso primero pertenece a mandamiento, contra el cual no es lícito obrar. Pues no es lícito repudiar a la mujer, sino por causa de fornicación, como el Señor mismo dice en el Evangelio. Mas aquello que añadió: "¿Estás suelto de mujer? No busques mujer", es sentencia de consejo, no de mandamiento; por tanto es lícito hacerlo, pero es mejor no hacerlo. En fin, añadió acto seguido: "Y si tomares mujer, no pecas; y si una virgen se casare, no peca". Pero después de aquella primera sentencia suya: "Estás ligado a mujer, no busques soltura", ¿acaso añadió: "Y si la soltares, no pecas"? Porque ya había dicho antes: "Pero a los que están en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor, que la mujer no se aparte de su marido; pero si se apartare, que se quede sin casar, o se reconcilie con su marido"; porque puede ocurrir que ella se aparte, no por culpa suya, sino de su marido. Luego dice: "Y el marido no repudie a su mujer", lo cual, no obstante, lo puso como mandamiento del Señor; y entonces no añadió: Y si la repudiare, no peca. Porque esto es mandamiento, no obedecer al cual es pecado; no consejo, que si no quieres usar de él, alcanzarás menos bien, no harás mal alguno. Por eso, después de haber dicho: "Estás suelto de mujer, no busques mujer", porque no daba mandamiento, a fin de que no se hiciera el mal, sino que daba consejo, para que se haga lo que es mejor, añadió enseguida: "Y si tomares mujer, no pecas; y si una virgen se casare, no peca".
§ 16
Sin embargo añadió: "Pero tales tendrán tribulación de la carne, mas yo os ahorro"; de esta manera exhortando a la virginidad y a la continencia perpetua, hasta el punto de atemorizar también un poco respecto del matrimonio, con toda modestia, no como de cosa mala e ilícita, sino como de cosa gravosa y trabajosa. Porque una cosa es incurrir en deshonor de la carne, y otra tener tribulación de la carne: lo uno es materia de crimen al hacerlo, lo otro es trabajo que sufrir, el cual las más de las veces los hombres no rehúsan aun en los más honrosos deberes. Pero respecto de tener matrimonio, ahora en este tiempo, en que no se presta servicio a Cristo que ha de venir mediante descendencia carnal por la procreación de la familia misma, echarse uno a cuestas aquella tribulación de la carne, que el Apóstol predice a los que se casarán, sería en extremo necio, si no temiesen los incontinentes que, por la tentación de Satanás, caigan en pecados condenables. Mas cuando dice que él los ahorra, a los que dice que tendrán tribulación de la carne, se me ocurre por ahora ninguna interpretación más sana que ésta: que no quiso abrir y desplegar con palabras esta misma tribulación de la carne, que anunció de antemano a los que eligen el matrimonio, en sospechas de celos de la vida conyugal, en engendrar y criar hijos, en temores y tristezas de la falta de hijos. Pues ¿cuán pocos, después de haberse atado con los vínculos del matrimonio, no son arrastrados y zarandeados por estos sentimientos? Y esto no debemos exagerarlo, no sea que no ahorremos a las mismas personas a quienes el Apóstol pensó que debía ahorrar.
§ 17
Solo con esto que he expuesto brevemente, el lector debe ser prevenido contra aquellos que en esto que está escrito: "pero tales tendrán tribulación de la carne, mas yo os ahorro", acusan falsamente al matrimonio, como si indirectamente fuera condenado por esta sentencia, como si el Apóstol no quisiera pronunciar la condenación misma al decir: "Mas yo os ahorro"; de modo que, cuando los ahorra, no ahorró su propia alma, diciendo falsamente: "Y si tomares mujer, no pecas; y si una virgen se casare, no peca". Y esto, quienes lo creen o querrían creer acerca de la Santa Escritura, como que preparan para sí un camino para la libertad de mentir, o para la defensa de su propia perversa opinión en cualquier caso en que sostengan otros sentimientos distintos de los que la sana doctrina exige. Pues si se alega cualquier afirmación clara de los libros divinos con que refutar sus errores, esto tienen a mano como escudo, con que defendiéndose como contra la verdad, se desnudan para ser heridos por el diablo: decir que el autor del libro no dijo verdad en este caso, unas veces para ahorrar a los débiles, otras para atemorizar a los despreciadores, según venga al caso en que defender su propia perversa opinión; y así, mientras quieren más defender que enmendar sus opiniones, intentan quebrantar la autoridad de la Santa Escritura, con la cual sola son quebrantados todos los cuellos soberbios y duros.
§ 18
Por lo cual amonesto tanto a varones como a mujeres que siguen la continencia perpetua y la santa virginidad, que de tal modo antepongan su propio bien al matrimonio, que no juzguen el matrimonio un mal; y que entiendan que de ninguna manera fue por engaño, sino por manifiesta verdad, que el Apóstol dijo: "El que da en matrimonio hace bien; y el que no da en matrimonio, hace mejor; y si tomares mujer, no pecas; y si una virgen se casare, no peca"; y un poco después: "Pero más bienaventurada será si así permaneciere, según mi juicio". Y para que no se pensara que el juicio era humano, añade: "Y pienso que también yo tengo el Espíritu de Dios". Ésta es la doctrina del Señor, ésta de los Apóstoles, ésta verdadera, ésta sana: escoger los dones mayores de tal manera que los menores no sean condenados. La verdad de Dios, en la Escritura de Dios, es mejor que la virginidad del hombre en la mente o en la carne de cualquiera. Amese lo que es casto de modo que no se niegue lo que es verdadero. Pues ¿qué mal pensamiento no pueden tener aun acerca de su propia carne aquellos que creen que la lengua del Apóstol, en aquel mismo lugar en que recomendaba la virginidad del cuerpo, no fue virgen de la corrupción de la mentira? En primer lugar, pues, y principalmente, tengan por muy firme quienes eligen el bien de la virginidad, que las santas Escrituras en nada han dicho mentiras; y así que también es verdad aquello que se dijo: "Y si tomares mujer, no pecas; y si una virgen se casare, no peca". Y no piensen que el tan gran bien de la castidad virginal se hace menor si el matrimonio no es un mal. Antes bien, siéntase de esto confiada, más bien, en que está preparada para ella la palma de una gloria mayor, quien no temió ser condenada en caso de que se casara, sino que deseó recibir una corona más honorable en cuanto no se casó. Quien, por tanto, quiera permanecer sin matrimonio, no huya del matrimonio como de un lazo de pecado, sino supérelo como una colina del bien menor, para que pueda reposar en la montaña del mayor, la continencia. Está, por cierto, en la condición de esta colina, que no se la deje cuando uno quiera. Porque "la mujer está ligada mientras viva su marido". Sin embargo, a la continencia de las viudas se asciende desde ella como desde un escalón; mas por causa de la continencia virginal, es preciso o apartarse de ella no consintiendo a pretendientes, o saltarla anticipándose a los pretendientes.
§ 19
Mas para que nadie piense que de dos obras, la buena y la mejor, las recompensas serán iguales, fue necesario tratar contra aquellos que han interpretado de tal modo aquella sentencia del Apóstol: "Pero pienso que esto es bueno a causa de la presente necesidad", que digan que la virginidad es útil no para el reino de los cielos, sino para este tiempo presente; como si en aquella vida eterna los que hubieren escogido esta mejor parte no hubieran de tener nada más que los demás hombres. Y en esta discusión, cuando llegamos a aquella sentencia del mismo Apóstol: "Pero tales tendrán tribulación de la carne, mas yo os ahorro", topamos con otros disputantes que, lejos de igualar el matrimonio a la virginidad perpetua, lo condenaban del todo. Pues como ambos son errores, o igualar el matrimonio a la santa virginidad, o condenarlo, huyendo uno de otro con exceso, estos dos errores chocan abiertamente, en que no han querido guardar el medio de la verdad: por el cual, tanto por razón segura como por la autoridad de las santas Escrituras, a la vez descubrimos que el matrimonio no es pecado, y sin embargo no lo igualamos al bien ni de la castidad virginal ni aun de la viudal. Algunos, ciertamente, apuntando a la virginidad, han pensado que el matrimonio es odioso aun como el adulterio; mas otros, defendiendo el matrimonio, querrían que la excelencia de la continencia perpetua no mereciera nada más que la castidad conyugal; como si el bien de Susana fuera la rebaja de María, o el bien mayor de María debiera ser la condenación de Susana.
Comentario editorial · Contra quién discute: la «presente necesidad»
Pablo aconseja no casarse «a causa de la presente necesidad» (). Los adversarios a los que responde Agustín de § 13 a § 21 leían la frase como una ventaja solo temporal: la virgen se ahorra los cuidados del matrimonio, pero en el reino no tendrá más que la casada. Es la postura que Jerónimo atribuye a Joviniano en un pasaje que Wikipedia transcribe: «has elegido una vida de castidad a causa de la presente necesidad… no te enorgullezcas: tú y tus hermanas casadas sois miembros de la misma Iglesia».
Para ampliar: Jovinian (Wikipedia (en)).
§ 20
Lejos esté, por tanto, que el Apóstol dijera a los casados o a los que van a casarse: "Mas yo os ahorro", como si no quisiera decir qué castigo es debido a los casados en la otra vida. ¡Lejos esté que aquella a quien Daniel libró del juicio temporal sea arrojada por Pablo al infierno! ¡Lejos esté que el lecho de su marido sea para ella castigo ante el tribunal de Cristo, la que guardó la fidelidad a la cual escogió, bajo falsa acusación de adulterio, afrontar o el peligro o la muerte! ¿A qué efecto aquella frase: "Mejor me es caer en vuestras manos que pecar delante de Dios", si Dios no hubiera de librarla porque guardó la castidad conyugal, sino condenarla porque se había casado? Y así, cuantas veces la castidad conyugal es justificada por la verdad de la Santa Escritura contra los que levantan calumnias y acusaciones contra el matrimonio, tantas veces Susana es defendida por el Espíritu Santo contra falsos testigos, tantas veces es librada de una falsa acusación, y con mucho mayor empeño. Porque entonces contra una mujer casada, ahora contra todas; entonces de oculto y falso adulterio, ahora del verdadero y abierto matrimonio, se presenta una acusación. Entonces una sola mujer, sobre lo que los injustos ancianos dijeron, ahora todos los maridos y mujeres, sobre lo que el Apóstol no quiso decir, son acusados. Vuestra condenación era, por cierto, dicen, lo que él calló cuando dijo: "Mas yo os ahorro". ¿Quién dice esto? Ciertamente aquel que había dicho antes: "Y si tomares mujer, no pecas; y si una virgen se casare, no peca". ¿Por qué, pues, allí donde calló por modestia, sospecháis una acusación contra el matrimonio; y donde habló abiertamente, no reconocéis una defensa del matrimonio? ¿Qué? ¿Condena con su silencio a aquellos a quienes absolvió con sus palabras? ¿No es ahora más leve acusación acusar a Susana, no de matrimonio, sino del adulterio mismo, que acusar de falsedad a la doctrina del Apóstol? ¿Qué podríamos hacer en tan gran peligro, si no fuese tan cierto y claro que el casto matrimonio no debe ser condenado, como es cierto y claro que la Santa Escritura no puede mentir?
Comentario editorial · Susana, la casada defendida por Daniel
Agustín opone a María, la virgen, Susana, modelo de castidad conyugal. Su historia —una mujer casada a la que dos ancianos acusan falsamente de adulterio y a la que el joven Daniel salva interrogándolos por separado— es uno de los añadidos griegos al libro de Daniel (cap. 13 en las biblias católicas). Según Wikipedia, no está en la Biblia hebrea, formaba parte de la Septuaginta y los protestantes la cuentan entre los apócrifos; la Biblia latina de Agustín la incluía.
Para ampliar: Susanna (Book of Daniel) (Wikipedia (en)).
§ 21
Aquí dirá alguno: ¿Qué tiene esto que ver con la santa virginidad, o la continencia perpetua, cuya exposición fue emprendida en este discurso? A lo cual respondo, en primer lugar, lo que mencioné antes: que la gloria de aquel mayor bien es mayor por el hecho de que, para obtenerlo, se supera el bien de la vida conyugal, no se evita el pecado del matrimonio. De otro modo, para la continencia perpetua bastaría no ser especialmente alabada, sino solo no ser vituperada, si se mantuviera por eso: porque era un crimen casarse. En segundo lugar, porque no es por juicio humano, sino por autoridad de la Divina Escritura que los hombres deben ser exhortados a don tan excelente, debemos defender no de manera común, o solo de paso, que la divina Escritura misma no parezca a nadie haber mentido en cosa alguna. Porque desalientan más que exhortan a las santas vírgenes aquellos que las obligan a perseverar condenando el matrimonio. Pues ¿de dónde pueden estar seguras de que es verdad lo que está escrito: "Y el que no la da en matrimonio hace mejor", si piensan que es falso aquello que está escrito poco antes: "A la vez, el que da a su virgen hace bien"? Mas si creyeren sin duda alguna a la Escritura que habla del bien del matrimonio, confirmada por la misma autoridad certísima del oráculo divino, se apresurarán más allá hacia su propia mejor parte con ardor ansioso y confiado. Por lo cual ya hemos hablado bastante para la obra que hemos emprendido, y, hasta donde pudimos, hemos mostrado que ni aquella sentencia del Apóstol: "Pero pienso que esto es bueno a causa de la presente necesidad", ha de entenderse como si en esta vida las santas vírgenes fueran mejores que las fieles casadas, pero fueran iguales en el reino de los cielos y en la vida futura; ni aquella otra donde dice de los que se casan: "Pero tales tendrán tribulación de la carne, mas yo os ahorro", ha de entenderse como si prefiriera callar que hablar del pecado y condenación del matrimonio. Dos errores, por cierto, contrarios el uno al otro, han tomado, por no entenderlas, cada una de estas dos sentencias. Porque aquella acerca de la presente necesidad la interpretan en su favor los que pretenden igualar a los casados con los no casados; mas ésta, donde se dice: "Mas yo os ahorro", los que presumen condenar a los casados. Pero nosotros, según la fe y la sana doctrina de las santas Escrituras, a la vez decimos que el matrimonio no es pecado y, sin embargo, ponemos su bien no solo por debajo de la continencia virginal, sino también de la viudal; y decimos que la presente necesidad de las personas casadas es un estorbo para su merecimiento, no ciertamente para la vida eterna, sino para una excelente gloria y honor, que está reservada para la continencia perpetua; y que en este tiempo el matrimonio no es conveniente sino para los que no se contienen; y que acerca de la tribulación de la carne, que proviene del afecto de la carne, sin la cual no pueden darse los matrimonios de los incontinentes, el Apóstol ni quiso callar, como avisando de antemano lo que era verdad, ni desenvolverlo más plenamente, como ahorrando la flaqueza humana.
§ 22
Y ahora, con testimonios clarísimos de las divinas Escrituras, tales como según la pequeña medida de nuestra memoria podamos recordar, aparezca más claramente que no por causa de la vida presente de este mundo, sino por causa de aquella vida futura que está prometida en el reino de los cielos, hemos de escoger la continencia perpetua. Pero ¿quién no ha de observar esto en lo que el mismo Apóstol dice un poco después: "Quien está sin mujer tiene pensamiento de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor; mas quien está unido en matrimonio tiene pensamiento de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer. Y la mujer no casada y la virgen están divididas; la no casada se cuida de las cosas del Señor, para ser santa tanto en cuerpo como en espíritu; pero la casada se cuida de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido"? Ciertamente no dice: tiene pensamiento de las cosas de un estado sin cuidado en este mundo, para pasar su tiempo sin molestias más pesadas; ni dice que la mujer no casada y la virgen está dividida, esto es, distinguida y separada de la casada, a fin de que la no casada esté sin cuidado en esta vida, para evitar los trabajos temporales de que la casada no está libre; sino: "Tiene pensamiento —dice— de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor; y se cuida de las cosas del Señor, para ser santa tanto en cuerpo como en espíritu". A no ser que acaso cada uno sea tan neciamente contencioso que intente afirmar que no es por causa del reino de los cielos, sino por causa de este mundo presente, que deseamos "agradar al Señor", o que es por causa de esta vida presente, no por causa de la vida eterna, que son "santos tanto en cuerpo como en espíritu". Creer esto, ¿qué otra cosa es sino ser más miserables que todos los hombres? Pues así dice el Apóstol: "Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más miserables de todos los hombres". ¿Qué? ¿Es necio quien parte su pan al hambriento, si lo hace solo por causa de esta vida; y será prudente quien castiga su propio cuerpo hasta la continencia, por la cual no tiene unión ni aun en el matrimonio, si no le aprovechare nada en el reino de los cielos?
§ 23
Por último, oigamos al Señor mismo dictar sentencia clarísima sobre esta materia. Pues, habiendo Él hablado de modo divino y temible acerca de que el marido y la mujer no se separen, sino por causa de fornicación, sus discípulos le dijeron: "Si tal es la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse". A quienes Él dice: "No todos reciben esta palabra. Porque hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre; y hay eunucos que fueron hechos por los hombres; y hay eunucos que se hicieron a sí mismos eunucos por causa del reino de los cielos. Quien pueda comprender, que comprenda". ¿Qué cosa podría decirse más verdadera, qué más clara? Cristo dice, la Verdad dice, el Poder y la Sabiduría de Dios dice, que aquellos que con piadoso propósito se han abstenido de casar mujer, se hacen eunucos por causa del reino de los cielos; y contra esto, la vanidad humana con impía temeridad sostiene que aquellos que así lo hacen, evitan solamente la presente necesidad de las molestias de la vida conyugal, pero en el reino de los cielos no tienen más que los demás.
§ 24
Pero ¿de qué eunucos habla Dios por el profeta Isaías, a quienes dice que dará en su casa y en su muro lugar nombrado, mucho mejor que de hijos e hijas, sino de aquellos que se hacen eunucos por causa del reino de los cielos? Porque para aquellos cuyo órgano corporal carece de fuerza, de modo que no pueden engendrar (como son los eunucos de los ricos y de los reyes), ciertamente es bastante, cuando se hacen cristianos y guardan los mandamientos de Dios, mas tienen este propósito, que si pudieran, tendrían mujeres, que se les iguale con los demás fieles en la casa de Dios, que son casados, que crían en el temor de Dios una familia legítima y castamente procreada, enseñando a sus hijos a poner su esperanza en Dios; pero no que reciban un lugar mejor que el de hijos e hijas. Porque no es por virtud del alma, sino por necesidad de la carne, que no se casan. Afirme quien quiera que el Profeta predijo esto de aquellos eunucos que han sufrido mutilación de cuerpo; aun eso ayuda a la causa que hemos emprendido. Porque Dios no ha preferido a estos eunucos a quienes no tienen lugar en su casa, sino ciertamente a aquellos que mantienen el merecimiento de la vida conyugal en la procreación de hijos. Pues cuando dice: "Les daré un lugar mucho mejor", muestra que otro es dado también a los casados, pero mucho inferior. Por tanto, conceder que en la casa de Dios habrá los eunucos según la carne antes mencionados, que no estaban en el Pueblo de Israel, porque vemos que también éstos, si bien no se hacen judíos, se hacen sin embargo cristianos; y que el Profeta no habló de aquellos que por propósito de continencia, no buscando matrimonio, se hacen eunucos por causa del reino de los cielos: ¿hay alguien tan locamente opuesto a la verdad que crea que los eunucos hechos así en la carne tienen un lugar mejor que los casados en la casa de Dios, y sostenga que las personas de piadoso propósito continente, que castigan el cuerpo aun hasta el menosprecio del matrimonio, haciéndose eunucos no en el cuerpo, sino en la raíz misma de la concupiscencia, practicando una vida celestial y angélica en un estado mortal terreno, están al nivel de los merecimientos de los casados; y, siendo cristiano, contradiga a Cristo cuando alaba a los que se hicieron eunucos, no por causa de este mundo, sino por causa del reino de los cielos, afirmando que esto es útil para la vida presente, no para la futura? ¿Qué otra cosa les queda a éstos sino afirmar que el reino de los cielos mismo pertenece a esta vida temporal en que ahora estamos? Pues ¿por qué no ha de avanzar la ciega presunción aun hasta esta locura? ¿Y qué cosa más llena de frenesí que esta afirmación? Porque, aunque a veces la Iglesia, aun la que existe en este tiempo, sea llamada reino de los cielos, ciertamente se llama así por esto: porque está siendo congregada para una vida futura y eterna. Aunque, por tanto, tenga la promesa de la vida presente y de la futura, en todas sus buenas obras no mira "a las cosas que se ven, sino a las que no se ven. Porque las que se ven son temporales; mas las que no se ven, eternas".
§ 25
Ni, en verdad, ha dejado el Espíritu Santo de hablar lo que fuera de abierta e inconmovible eficacia contra estos hombres, desvergonzada y locamente obstinados, y repeliera su asalto, como de fieras, de su redil, con defensas que no pueden ser asaltadas. Pues, después de haber dicho acerca de los eunucos: "Les daré en mi casa y en mi muro lugar nombrado, mucho mejor que de hijos e hijas", para que nadie, demasiado carnal, pensase que había algo temporal que esperar en estas palabras, añadió enseguida: "Nombre eterno les daré, que nunca perecerá"; como si dijera: ¿Por qué retrocedes, impía ceguedad? ¿Por qué retrocedes? ¿Por qué derramas las nubes de tu perversidad sobre el claro cielo de la verdad? ¿Por qué, en tan grande luz de las Escrituras, buscas tinieblas de donde tender lazos? ¿Por qué prometes ventaja temporal solamente a las personas santas que practican la continencia? "Nombre eterno les daré". ¿Por qué, allí donde personas se abstienen de toda unión sexual, y en el hecho mismo de que se abstienen de esto han pensado en las cosas del Señor, cómo agradar al Señor, intentas tú referirlas a ventaja terrena? "Nombre eterno les daré". ¿Por qué pretendes que el reino de los cielos, por causa del cual los santos eunucos se hicieron eunucos, ha de entenderse solo en esta vida? "Nombre eterno les daré". Y si acaso en este lugar te esfuerzas en tomar la palabra "eterno" en el sentido de que dura por largo tiempo, añado, acumulo, insisto: "y nunca perecerá". ¿Qué más buscas? ¿Qué más dices? Este nombre eterno, sea cual fuere, para los eunucos de Dios, que ciertamente significa una gloria peculiar y excelente, no será en común con muchos, aunque estén puestos en el mismo reino y en la misma casa. Pues también por esto, quizá, se le llama nombre, porque distingue a aquellos a quienes es dado, del resto.
§ 26
¿Qué significa entonces, dicen, aquel denario que se da en paga a todos por igual cuando se termina la obra de la viña, tanto a los que han trabajado desde la primera hora como a los que han trabajado una hora? ¿Qué otra cosa ciertamente significa sino algo que todos tendrán en común, como es la vida eterna misma, el reino de los cielos mismo, donde estarán todos los que Dios ha predestinado, llamado, justificado, glorificado? "Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad". Éste es aquel denario, salario para todos. Pero "una estrella difiere de otra estrella en gloria; así también la resurrección de los muertos". Estos son los diferentes merecimientos de los Santos. Pues si por aquel denario se significara el cielo, ¿no tienen todas las estrellas en común estar en el cielo? Y sin embargo: "Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna, otra la de las estrellas". Si aquel denario se tomara por la salud del cuerpo, ¿no tienen todos los miembros, cuando estamos sanos, salud en común; y, si esta salud durara aun hasta la muerte, no está en todos por igual y de la misma manera? Y sin embargo: "Dios ha puesto los miembros, cada uno de ellos, en el cuerpo, como Él quiso"; de modo que ni todo sea ojo, ni todo oído, ni todo olfato; y cualquier otra cosa que haya, tiene su propia propiedad, aunque tenga salud en común con todos. Así, porque la vida eterna misma será igual para todos, se asignó a todos un denario igual; mas porque en aquella vida eterna misma las luces de los méritos brillarán con distinción, hay "muchas moradas" en la casa del Padre; y por este medio, en el denario no desemejante, uno no vive más tiempo que otro; pero en las muchas moradas, uno es honrado con mayor resplandor que otro.
§ 27
Por tanto, adelante, Santos de Dios, niños y niñas, varones y hembras, no casados y no casadas; adelante y perseverad hasta el fin. Alabad más dulcemente al Señor, en Quien pensáis más ricamente; esperad más felizmente en Aquel a Quien servís más constantemente; amad más ardientemente a Aquel a Quien agradáis más atentamente. Con los lomos ceñidos y las lámparas encendidas, esperad al Señor cuando venga de las bodas. Llevaréis a las bodas del Cordero un cántico nuevo, que cantaréis con vuestras cítaras. No ciertamente como el que canta toda la tierra, a la cual se dice: "Cantad al Señor un cántico nuevo; cantad al Señor, toda la tierra", sino como aquel que nadie podrá proferir sino vosotras. Pues así os vio en el Apocalipsis un cierto amado sobre los demás por el Cordero, que solía recostarse en su pecho, y que solía beber y prorrumpir la Palabra de Dios sobre las maravillas del cielo. Os vio doce veces doce mil de santos tañedores de cítara, de inmaculada virginidad en el cuerpo, de inviolada verdad en el corazón; y escribió de vosotros, que seguís al Cordero por dondequiera que Él hubiere de ir. ¿Adónde pensamos que va este Cordero, adonde nadie o se atreve o es capaz de seguir sino vosotros? ¿Adónde pensamos que va? ¿A qué praderías y prados? Donde, pienso, las hierbas son gozos; no vanos gozos de este mundo, locuras mentirosas; ni gozos tales como los que habrá en el reino de Dios mismo para los demás que no son vírgenes; sino distintos de la porción de gozos de todos los demás. Gozo de las vírgenes de Cristo, de Cristo, en Cristo, con Cristo, tras Cristo, por Cristo, para Cristo. Los gozos propios de las vírgenes de Cristo no son los mismos que los de aquellos que no son vírgenes, aunque sean de Cristo. Pues hay para diversas personas diversos gozos, mas para ninguno tales. Id (entrad) en ellos, seguid al Cordero, porque la Carne del Cordero también es ciertamente virgen. Pues esto retuvo Él en sí mismo cuando creció, lo cual no quitó a su Madre por su concepción y nacimiento. Seguidle, como merecéis, en virginidad de corazón y carne, por dondequiera que Él hubiere de ir. Porque ¿qué es seguir sino imitar? Porque "Cristo padeció por nosotros", dejándonos ejemplo, como dice el Apóstol Pedro, "para que sigáis sus pisadas". Cada uno sigue a Él en aquello en que le imita: no en cuanto Él es el unigénito Hijo de Dios, por Quien todas las cosas fueron hechas; sino en cuanto, Hijo del hombre, Él puso en sí mismo lo que convenía que nosotros imitáramos. Y muchas cosas en Él están puestas para que todos las imiten; mas la virginidad de la carne no para todos, pues no tienen qué hacer para ser vírgenes aquellos en quienes ya se ha realizado el no ser vírgenes.
§ 28
Por tanto, los demás fieles que han perdido la virginidad, sigan al Cordero, no por dondequiera que Él hubiere de ir, sino hasta donde siempre hubieren podido. Pero pueden en todas partes, salvo cuando Él camina en la gracia de la virginidad. "Bienaventurados los pobres en espíritu"; imitad a Aquel que, "siendo rico, por vosotros se hizo pobre". "Bienaventurados los mansos"; imitad a Aquel que dijo: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón". "Bienaventurados los que lloran"; imitad a Aquel que "lloró sobre" Jerusalén. "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia"; imitad a Aquel que dijo: "Mi comida es hacer la voluntad del que me envió". "Bienaventurados los misericordiosos"; imitad a Aquel que socorrió al que fue herido por ladrones y yacía medio muerto y desesperado en el camino. "Bienaventurados los de puro corazón"; imitad a Aquel "que no hizo pecado, ni fue hallado engaño en su boca". "Bienaventurados los pacificadores"; imitad a Aquel que dijo por sus perseguidores: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". "Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia"; imitad a Aquel que "padeció por vosotros, dejándoos ejemplo, para que sigáis sus pisadas". Quienes estas cosas imitan, en ellas siguen al Cordero. Mas ciertamente aun los casados pueden ir por esas pisadas, aunque no pongan el pie perfectamente en la misma huella, mas andando por los mismos caminos.
§ 29
Mas he aquí que Aquel Cordero va por un camino virginal, ¿cómo irán en pos de Él quienes han perdido lo que no tienen manera de recobrar? Haced vosotras, pues, vosotras id en pos de Él, sus vírgenes; id vosotras también allá en pos de Él, en que por esta sola razón, por dondequiera que Él hubiere de ir, le seguiréis: pues para cualquier otro don de santidad, mediante el cual seguirle, podemos exhortar a los casados, salvo éste que perdieron sin poder recobrarlo. Vosotras, pues, seguidle, reteniendo con perseverancia lo que con ardor prometisteis. Id cuando podáis, para que el bien de la virginidad no perezca para vosotras, al cual nada podéis hacer para que vuelva. El resto de la multitud de los fieles os verá, que no puede en esto seguir al Cordero; os verá, no os envidiará; y alegrándose juntamente con vosotras, lo que no tiene en sí lo tendrá en vosotras. Pues aquel cántico nuevo también, que es vuestro propio, no podrá él proferirlo; mas no podrá dejar de oírlo y deleitarse con vuestro tan excelente bien; pero vosotras, que a la vez proferiréis y oiréis, en que lo que diréis, esto oiréis de vosotras mismas, exultaréis con mayor felicidad y reinaréis con mayor gozo. Mas ellos no tendrán tristeza por vuestro mayor gozo, a quienes esto les faltará. Pues Aquel Cordero a Quien seguiréis por dondequiera que Él hubiere de ir, no abandonará a los que no pueden seguirle donde vosotras podéis. Todopoderoso es el Cordero de Quien hablamos. Él a la vez irá delante de vosotras y no se apartará de ellos, cuando Dios sea todo en todos. Y aquellos que tuvieren menos, no se apartarán con disgusto de vosotras: pues donde no hay envidia, la diferencia existe con concordia. Tomad, pues, tened confianza, sed fuertes, perseverad, vosotras que prometéis y pagáis al Señor vuestro Dios votos de perpetua continencia, no por causa de este mundo presente, sino por causa del reino de los Cielos.
§ 30
También vosotras que aún no habéis hecho este voto, que sois capaces de recibirlo, recibidlo. Corred con perseverancia, para que lo alcancéis. Tomad cada una sus sacrificios, y entrad en los atrios del Señor, no por necesidad, teniendo poder sobre vuestra propia voluntad. Pues no como: "No cometerás adulterio, No matarás", puede así decirse: No te casarás. Lo primero es exigido, lo segundo ofrecido. Si esto último se hace, es alabado; si lo primero no se hace, es condenado. En lo primero el Señor nos manda lo que es debido; mas en lo segundo, si hubiereis gastado algo más, a su regreso Él os lo recompensará. Pensad en (sea lo que fuere) dentro de su muro "un lugar nombrado, mucho mejor que de hijos e hijas". Pensad en "un nombre eterno" allí. ¿Quién despliega de qué clase será ese nombre? Mas, sea cual fuere, será eterno. Creyendo y esperando y amando esto, habéis podido, no rehuir el matrimonio como prohibido, sino pasar volando más allá de él, como permitido.
§ 31
Por lo cual, la grandeza de este servicio, a cuyo empeño hemos exhortado según nuestras fuerzas, cuanto más excelente y divino es, tanto más previene nuestra solicitud para decir algo no solo acerca de la gloriosísima castidad, sino también acerca de la más segura humildad. Cuando, pues, aquellos que profesan la castidad perpetua, comparándose con los casados, hubieren descubierto que, según las Escrituras, los otros están por debajo tanto en obra como en salario, tanto en voto como en recompensa, acuda inmediatamente a su mente lo que está escrito: "Por mucho que seas grande, tanto te humilles en todas las cosas, y hallarás gracia delante de Dios". La medida de la humildad para cada uno ha sido dada por la medida de su misma grandeza; para la cual la soberbia está llena de peligro, la cual tiende mayores asechanzas a las personas cuanto mayores son. A ésta sigue la envidia, como hija en su séquito; por cierto la soberbia la da a luz enseguida, y nunca está ella sin tal hija y compañera. Por estos dos males, esto es, la soberbia y la envidia, el diablo es diablo. Por tanto, contra la soberbia, madre de la envidia, es contra la que toda la disciplina cristiana principalmente guerrea. Porque ésta enseña la humildad, con la cual se gana y se guarda la caridad; de la cual, después de haberse dicho: "La caridad no tiene envidia", como si preguntáramos la razón de cómo ocurre que no envidia, enseguida añadió: "no se infla"; como si dijera: por esto no tiene envidia, en que tampoco tiene soberbia. Por tanto, el Maestro de humildad, Cristo, primero "se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres, y hallado en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz". Mas su enseñanza misma, cuán cuidadosamente inculca la humildad y cuán vehemente e instante es en mandarla, ¿quién puede desplegarla fácilmente y reunir todos los testimonios para probar este asunto? Esto intente hacerlo, o hágalo, quienquiera que desee escribir un tratado separado sobre la humildad; mas de esta obra presente el fin propuesto es diferente, y ha sido emprendida sobre un asunto tan grande, que ha de guardarse principalmente contra la soberbia.
§ 32
Por lo cual, unos pocos testimonios, que el Señor se digna sugerir a mi mente, paso a mencionar, sacados de la enseñanza de Cristo acerca de la humildad, tales como quizá basten para mi propósito. Su discurso, el primero que dirigió a sus discípulos con mayor extensión, comenzó por esto: "Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos". Y a éstos, sin controversia alguna, los tomamos por humildes. La fe de aquel Centurión la alabó Él principalmente por esto, y dijo que no había hallado en Israel tan grande fe, porque creyó con tan grande humildad que dijo: "No soy digno de que entres bajo mi techo". De donde también Mateo por ninguna otra razón dijo que él "vino" a Jesús (mientras que Lucas clarísimamente significa que él no vino a Él por sí mismo, sino que envió a sus amigos), sino porque por su fidelísima humildad él mismo vino a Él más que aquellos a quienes envió. De donde también es aquello del Profeta: "El Señor es muy alto, y mira a las cosas humildes; mas las muy altas las conoce de lejos"; ciertamente como no viniendo a Él. De donde también dice a aquella mujer de Canaán: "Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres"; a quien antes había llamado perra, y había respondido que el pan de los hijos no había de echarse a ella. Y ella tomando esto con humildad había dicho: "Así es, Señor; mas también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos". Y así, lo que con continuo clamar no obtuvo, con humilde confesión lo mereció. De aquí también se presentan aquellos dos orando en el Templo, el uno Fariseo y el otro Publicano, por causa de aquellos que se tienen por justos y desprecian a los demás hombres, y la confesión de los pecados es antepuesta al recuento de los méritos. Y ciertamente el Fariseo daba gracias a Dios por aquellas cosas en las que él mismo se complacía grandemente. "Te doy gracias —dice—, porque no soy como los demás hombres, injustos, exaccionadores, adúlteros, ni aun como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy diezmos de todo lo que poseo. Pero el Publicano estaba de pie lejos, no atreviéndose a alzar los ojos al Cielo, sino golpeándose el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador". Mas sigue el juicio divino: "En verdad os digo que el Publicano descendió del Templo justificado más que aquel Fariseo". Luego se muestra la causa de por qué esto es justo: "Por cuanto cualquiera que se ensalza será humillado, y quien se humilla será ensalzado". Por tanto, puede ocurrir que cada uno a la vez evite males reales y considere bienes reales en sí mismo, y dé gracias por éstos al "Padre de las luces, de Quien desciende toda buena dádiva y todo don perfecto", y sin embargo sea rechazado a causa del pecado de altivez, si por soberbia, aun solo en el pensamiento, que está ante Dios, insulta a otros pecadores, y especialmente cuando ellos confiesan sus pecados en oración, a quienes no se debe reproche con arrogancia, sino piedad sin desesperación. ¿Qué es aquello de que, cuando sus discípulos discutían entre sí quién de ellos sería mayor, puso un niñito delante de sus ojos, diciendo: "Si no os volviereis y fuereis como este niño, no entraréis en el Reino de los Cielos"? ¿No recomendó Él principalmente la humildad y puso en ella el mérito de la grandeza? O cuando a los hijos de Zebedeo, que deseaban estar a su lado en asientos encumbrados, les respondió de tal modo que más bien pensaran en tener que beber el Cáliz de su Pasión, en que Él se humilló hasta la muerte, y muerte de cruz, que en exigir con soberbio deseo ser antepuestos a los demás; ¿qué mostró, sino que Él sería dador de exaltación a aquellos que antes le siguieran como maestro de humildad? Y ahora, en aquello de que, cuando estaba a punto de salir hacia su Pasión, lavó los pies de sus discípulos, y abiertísimamente les enseñó a hacer por sus compañeros discípulos y consiervos esto mismo que Él, su Señor y Maestro, había hecho por ellos; ¿cuánto recomendó la humildad? Y para recomendar esto escogió también aquel tiempo en que ellos le contemplaban, como a punto de morir inmediatamente, con gran anhelo; ciertamente a punto de retener en su memoria esto de modo especial, lo que su Maestro, a Quien habían de imitar, les había señalado como lo último. Mas esto lo hizo en aquel tiempo, lo que ciertamente pudo haber hecho también en otros días anteriores, en que había estado conversando con ellos; en cuyo tiempo, si se hiciera, esto mismo ciertamente sería entregado, mas ciertamente no sería de tal modo recibido.
§ 33
Así, pues, como todos los cristianos han de guardar la humildad, por cuanto de Cristo se llaman cristianos, cuyo Evangelio nadie considera con cuidado sin descubrir que Él es Maestro de humildad; de manera especial conviene que sean seguidores y guardadores de esta virtud aquellos que sobresalen a los demás hombres en cualquier gran bien, para que tengan gran cuidado de aquello que puse al principio: "Por mucho que seas grande, tanto te humilles en todas las cosas, y hallarás gracia delante de Dios". Por lo cual, porque la continencia perpetua, y especialmente la virginidad, es un gran bien en los Santos de Dios, deben con toda vigilancia guardarse de que no se corrompa con soberbia.
§ 34
El Apóstol Pablo censura a las malas mujeres no casadas, curiosas y parleras, y dice que esta falta proviene de la ociosidad. "Pero al mismo tiempo —dice—, estando ociosas, aprenden a andar de casa en casa; y no solo ociosas, sino también curiosas y parleras, hablando lo que no conviene". De éstas había dicho antes: "Pero las viudas más jóvenes evítalas; porque cuando se han enervado contra Cristo, quieren casarse; teniendo condenación, por haber anulado su primera fe"; esto es, no han perseverado en aquello que prometieron al principio. Y sin embargo no dice: se casan, sino "quieren casarse". Porque a muchas las retrae de casarse, no el amor de un noble propósito, sino el temor de la vergüenza pública, lo cual también proviene de la soberbia, por la cual las personas temen desagradar a los hombres más que a Dios. Estas, por tanto, que quieren casarse y no se casan por esto, porque no pueden con impunidad, que mejor harían en casarse que abrasarse, esto es, que ser devastadas en su misma conciencia por la llama oculta de la concupiscencia, que se arrepienten de su profesión y sienten su confesión como gravosa; a menos que corrijan y enderecen su corazón y por el temor de Dios venzan de nuevo su concupiscencia, han de ser contadas entre los muertos; ya sea que pasen su tiempo en deleites, de donde dice el Apóstol: "Pero la que pasa su tiempo en deleites, viviendo, está muerta"; ya sea en trabajos y ayunos, que son inútiles donde no hay corrección del corazón, y sirven más para ostentación que para enmienda. Yo, por mi parte, no impongo a tales un gran cuidado de la humildad, en quienes la soberbia misma está confundida y ensangrentada por la herida de la conciencia. Ni a los que son ebrios, o avaros, o que yacen en cualquier otra clase de enfermedad condenable, al mismo tiempo que tienen profesión de continencia corporal y por las perversas costumbres están en desacuerdo con su propio nombre, les impongo esta gran ansiedad acerca de la piadosa humildad; a no ser que acaso en estos males se atrevan aun a hacer ostentación de sí mismos, a quienes no basta que los castigos de éstos se difieran. Ni estoy tratando de aquellos en quienes hay una cierta mira de agradar, ya sea por vestido más elegante que lo que exige la necesidad de tan gran profesión, ya por modo notable de ceñir la cabeza, bien por abultamientos de cabello que se abultan, bien por coberturas tan flojas que la fina redecilla de abajo aparezca: a éstos hemos de dar preceptos, no aún acerca de la humildad, sino acerca de la castidad misma, o de la modestia virginal. Dame uno que profese la continencia perpetua y que esté libre de éstos y de todas tales faltas y manchas de conducta; por éste temo la soberbia, por este tan grande bien estoy alarmado por la hinchazón de la arrogancia. Cuanto más hay en alguien de donde complacerse a sí mismo, tanto más temo que, complaciéndose a sí mismo, no complazca a Aquel que "resiste a los soberbios, mas a los humildes da gracia".
§ 35
Ciertamente hemos de contemplar en Cristo mismo la principal enseñanza y modelo de la pureza virginal. ¿Qué precepto, pues, acerca de la humildad daré a los continentes, sino el que Él dice a todos: "Aprended de mí, porque soy manso y humilde de corazón"? Habiendo hecho mención antes de su grandeza, y queriendo mostrar esto mismo, cuán grande era y cuán pequeño se había hecho por nosotros, dice: "Te confieso, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeños. Así, Padre, porque así ha sido agradable delante de ti. Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quisiere revelarlo. Venid a mí todos los que trabajáis y estáis cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, porque soy manso y humilde de corazón." Él, Él, a quien el Padre entregó todas las cosas, y a quien nadie conoce sino el Padre, y que solo Él, y aquel a quien Él quisiere revelarlo, conoce al Padre, no dice: "Aprended de mí" a hacer el mundo, o a resucitar a los muertos, sino: "porque soy manso y humilde de corazón." ¡Oh enseñanza salvadora! ¡Oh Maestro y Señor de los mortales, a quienes la muerte fue prometida y transmitida en la copa de la soberbia! No quiso enseñar lo que Él mismo no era, no mandó lo que Él mismo no hacía. Te veo, oh buen Jesús, con los ojos de la fe, que tú has abierto para mí, como en una asamblea del género humano, clamando y diciendo: "Venid a mí, y aprended de mí." ¿Qué, te ruego, oh Hijo de Dios, por quien todas las cosas fueron hechas, y el mismo que fue hecho entre todas las cosas, oh Hijo del hombre: a aprender qué de ti venimos a ti? "Porque soy manso", dice, "y humilde de corazón." ¿Acaso a esto se reducen todos los tesoros de sabiduría y conocimiento escondidos en ti, a que aprendamos de ti como cosa grande que eres "manso y humilde de corazón"? ¿Es cosa tan grande ser pequeño, que no podría aprenderse en absoluto si no fuera realizada por ti, que eres tan grande? Así es ciertamente. Pues de ningún otro modo se halla descanso para el alma, sino cuando se ha deshecho la hinchazón inquieta por la cual era grande para sí misma, cuando no estaba sana para ti.
§ 36
Que te oigan y vengan a ti, y aprendan de ti a ser mansos y humildes, los que buscan tu misericordia y tu verdad, viviendo para ti, para ti, no para sí mismos. Que oiga esto el que trabaja y está cargado, agobiado por su carga, que no se atreve a levantar los ojos al cielo, aquel pecador que se golpea el pecho y se acerca desde lejos. Que oiga el centurión, no digno de que tú entres bajo su techo. Que oiga Zaqueo, jefe de publicanos, que restituye cuatro veces las ganancias de pecados condenables. Que oiga aquella mujer pecadora en la ciudad, tanto más llena de lágrimas a tus pies cuanto más ajena había sido a tus pasos. Que oigan las rameras y los publicanos, que entran en el reino de los cielos antes que los escribas y fariseos. Que oigan todos los de esta clase, cuyos banquetes contigo te fueron echados en cara como un cargo, como si fueran personas sanas que no buscaban médico, cuando tú no viniste a llamar a los justos, sino a los pecadores a penitencia. Todos estos, cuando se convierten a ti, fácilmente se vuelven mansos y se humillan delante de ti, acordándose de su vida tan injusta y de tu misericordia tan indulgente, porque "donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia."
§ 37
Pero mira las tropas de vírgenes, santos muchachos y muchachas: esta clase ha sido criada en tu Iglesia: allí ha brotado para ti desde los pechos de su madre; para tu Nombre ha soltado la lengua para hablar, tu Nombre, que como por la leche de su infancia se le ha infundido y ha mamado. Ninguno de este número puede decir: "Yo, que antes fui blasfemo, perseguidor e injuriador, pero alcancé misericordia, porque lo hice ignorante, en incredulidad." Más aún, aquello que no mandaste, sino que solo propusiste para que lo tomaran los que quisieran, diciendo: "Quien pueda recibir, reciba", ellos lo tomaron, lo prometieron con voto y, por causa del reino de los cielos, no porque tú amenazabas, sino porque exhortabas, se hicieron eunucos. A estos clama, que estos te oigan, porque eres "manso y humilde de corazón." Que estos, por mucho que sean grandes, tanto se humillen en todas las cosas, para hallar gracia delante de ti. Son justos; pero ¿acaso son como tú, que justificas al impío? Son castos; pero sus madres los criaron en pecados en sus vientres. Son santos, pero tú eres además Santo de los Santos. Son vírgenes, pero no nacieron también de vírgenes. Son enteramente castos en espíritu y en carne; pero no son el Verbo hecho carne. Y, sin embargo, que aprendan, no de aquellos a quienes perdonas los pecados, sino de ti mismo, Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, porque eres "manso y humilde de corazón."
§ 38
No te envío, alma religiosamente casta, que no has dado rienda al apetito carnal ni siquiera hasta el matrimonio permitido, que no has consentido a tu cuerpo, a punto de partir, ni siquiera para engendrar a quien te suceda, que has sostenido en alto tus miembros terrenos, a flote para acostumbrarlos al cielo; no te envío, para que aprendas humildad, a los publicanos y pecadores, que sin embargo entran en el reino de los cielos antes que los soberbios; no te envío a estos: porque ellos, que han sido librados del abismo de la impureza, son indignos de que la virginidad sin mancha sea enviada a ellos para tomar ejemplo. Te envío al Rey del cielo, a Aquel por quien los hombres fueron creados y que fue creado entre los hombres por causa de los hombres; a Aquel que es hermoso de hermosura sobre los hijos de los hombres, y despreciado por los hijos de los hombres en favor de los hijos de los hombres; a Aquel que, gobernando a los ángeles inmortales, no desdeñó servir a los mortales. A Él, en todo caso, no lo hizo humilde la injusticia, sino la caridad; "la caridad, que no tiene envidia, no se hincha, no busca lo suyo"; porque "Cristo tampoco se agradó a sí mismo, sino que, como está escrito de Él: Los oprobios de los que te oprobiaban cayeron sobre mí." Ve, pues, ven a Él, y aprende que Él es "manso y humilde de corazón." No irás a aquel que, por el peso de su injusticia, no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino a Aquel que por el peso de la caridad descendió del cielo. No irás a aquella que regó con lágrimas los pies de su Señor, buscando el perdón de graves pecados; sino que irás a Aquel que, concediendo el perdón de todos los pecados, lavó los pies de sus propios discípulos. Conozco la dignidad de tu virginidad; no te propongo imitar al publicano que humildemente acusa sus propias faltas; pero temo por el fariseo que se jacta con soberbia de sus propios méritos. No digo: Sé como aquella de quien se dijo: "Le son perdonados muchos pecados, porque amó mucho"; sino que temo que, pensando que poco se te ha perdonado, ames poco.
§ 39
Temo, digo, mucho por ti, no sea que, cuando te jactes de que seguirás al Cordero por dondequiera que hubiere de ir, no puedas, a causa de la hinchazón de la soberbia, seguirlo por los caminos estrechos. Bueno es para ti, oh alma virgen, que así, como eres virgen, guardando así enteramente en tu corazón que has nacido de nuevo, guardando en tu carne que has nacido, concibas sin embargo el temor del Señor y des a luz el espíritu de salvación. "En la caridad no hay temor, sino que la caridad perfecta", como está escrito, "echa fuera el temor": pero el temor de los hombres, no de Dios; el temor de los males temporales, no del juicio divino al fin. "No seas altivo, sino teme." Ama la bondad de Dios; teme su severidad: ninguna de las dos te deja ser soberbio. Porque amando temes, no sea que ofendas gravemente a Aquel que es amado y ama. Pues ¿qué ofensa más grave que desagradar por soberbia a Aquel que por ti ha desagradado a los soberbios? ¿Y dónde debe haber más aquel "temor casto que permanece para siempre jamás" que en ti, que no piensas en las cosas de este mundo, cómo agradar a un cónyuge, sino en las cosas del Señor, cómo agradar al Señor? Aquel otro temor no está en la caridad, pero este temor casto no abandona la caridad. Si no amas, teme perecer; si amas, teme desagradar. Aquel temor lo echa fuera la caridad; con este corre dentro. También dice el apóstol Pablo: "Pues no habéis recibido el espíritu de servidumbre otra vez para temor; sino que habéis recibido el espíritu de adopción de hijos, en el cual clamamos: Abba, Padre." Creo que habla de aquel temor que había sido dado en el Antiguo Testamento, no sea que se pierdan los bienes temporales que Dios había prometido a quienes todavía no eran hijos bajo la gracia, sino aún esclavos bajo la ley. Hay también el temor del fuego eterno, para evitar el cual servir a Dios ciertamente no es todavía de la caridad perfecta. Porque una cosa es el deseo del premio, otra el temor del castigo. Son distintas sentencias: "¿A dónde iré lejos de tu Espíritu, y de tu rostro a dónde huiré?", y "Una cosa he pedido al Señor, esta buscaré: morar en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y ser protegido en su templo", y "No apartes de mí tu rostro", y "Mi alma anhela y desfallece por los atrios del Señor." Aquellas sentencias téngalas aquel que no se atrevía a levantar los ojos al cielo, y aquella que regaba con lágrimas sus pies para obtener el perdón de sus graves pecados; pero estas tenlas tú, que te cuidas de las cosas del Señor, para ser santa en cuerpo y espíritu. Con aquellas sentencias va compañero el temor que tiene tormento, el cual echa fuera la caridad perfecta; pero con estas sentencias va compañero el temor casto del Señor, que permanece para siempre jamás. Y a ambos géneros hay que decir: "No seas altivo, sino teme", para que el hombre no se ensalce ni por defensa de sus pecados ni por presunción de justicia. Pues también el mismo Pablo, que dice: "Pues no habéis recibido el espíritu de servidumbre otra vez para temor", sin embargo, siendo el temor compañero de la caridad, dice: "Con temor y mucho temblor estuve entre vosotros"; y aquella sentencia que he mencionado, para que el olivo silvestre injertado no se ensoberbezca contra las ramas quebradas del olivo, él mismo la usó, diciendo: "No seas altivo, sino teme"; él mismo, amonestando en general a todos los miembros de Cristo, dice: "Con temor y temblor obrad vuestra propia salvación; porque es Dios quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, según su beneplácito"; para que no parezca pertenecer al Antiguo Testamento lo que está escrito: "Servid al Señor con temor, y regocijaos ante Él con temblor."
§ 40
¿Y qué miembros del cuerpo santo, que es la Iglesia, deben cuidar más de que el Espíritu Santo repose sobre ellos, que los que profesan la santidad virginal? Pero ¿cómo reposa Él donde no halla su propio lugar? ¿Qué otra cosa sino un corazón humillado, para llenarlo, no para saltar de él; para levantarlo, no para abrumarlo? Pues se ha dicho con toda claridad: "¿Sobre quién reposará mi Espíritu? Sobre el humilde y quieto, y que tiembla ante mis palabras." Ya vives rectamente, ya vives piadosamente, vives castamente, santamente, con pureza virginal; sin embargo, todavía vives aquí, ¿y no te humillas al oír: "¿Acaso no es prueba la vida humana sobre la tierra?"? ¿No te aparta de la arrogancia demasiado confiada: "¡Ay del mundo por los escándalos!"? ¿No tiemblas, no sea que seas contado entre los muchos cuyo "amor se enfría, porque abunda la iniquidad"? ¿No te golpeas el pecho cuando oyes: "Por tanto, el que piensa que está firme, mire que no caiga"? En medio de estas advertencias divinas y de los peligros humanos, ¿todavía nos resulta tan difícil persuadir a las santas vírgenes a la humildad?
§ 41
¿O hemos de creer que por otra razón permite Dios que se mezclen con el número de vuestra profesión muchos, hombres y mujeres, a punto de caer, sino para que por la caída de estos aumente vuestro temor, con el cual se reprima la soberbia; la cual Dios odia tanto, que contra esta sola cosa el Altísimo se humilló? A no ser que, en verdad, por eso temas menos y te hinches más, de modo que ames poco a Aquel que te amó tanto, que se entregó por ti, porque te ha perdonado poco, viviendo, en efecto, desde la infancia religiosa, piadosamente, con piadosa castidad, con virginidad inviolada. Como si en verdad no debieras amar con mucho mayor ardor de afecto a Aquel que, cuanto ha perdonado a los pecadores al convertirse a Él, no permitió que cayeras en ello. ¿O acaso aquel fariseo, que por eso amó poco, porque pensó que poco se le había perdonado, fue cegado por este error por otra razón, sino porque, ignorando la justicia de Dios y buscando establecer la suya propia, no se había sujetado a la justicia de Dios? Pero vosotros, linaje elegido, y entre los elegidos más elegidos, coros de vírgenes que seguís al Cordero, aun vosotros "por gracia habéis sido salvados mediante la fe; y esto no de vosotros, sino que es don de Dios: no por obras, para que nadie se engría. Porque somos hechura suya, creados en Jesucristo para buenas obras, las cuales Dios preparó para que anduviésemos en ellas." ¿Pues qué, cuanto más adornados estáis por sus dones, tanto menos lo amaréis? ¡Que Él mismo aparte tan espantosa locura! Por lo cual, puesto que la Verdad ha dicho la verdad, que aquel a quien poco se le perdona, poco ama; vosotros, para que améis con pleno ardor de afecto a Aquel a quien sois libres de amar, estando sueltos de los lazos del matrimonio, tened por enteramente perdonado todo el mal que, por su gobierno, no habéis cometido. Porque "vuestros ojos estén siempre hacia el Señor, pues Él sacará de la red vuestros pies", y "Si el Señor no guardare la ciudad, en vano vela el que la guarda." Y hablando de la misma continencia dice el Apóstol: "Quisiera que todos los hombres fuesen como yo; pero cada uno tiene de Dios su propio don: uno de una manera, y otro de otra." ¿Quién, pues, otorga estos dones? ¿Quién distribuye sus propios dones a cada uno como quiere? Ciertamente Dios, en quien no hay injusticia; y de este modo, con qué equidad hace a unos de una manera y a otros de otra, para el hombre es imposible o del todo difícil saberlo; pero que con equidad lo hace, no es lícito dudarlo. "¿Qué tienes, pues, que no hayas recibido?" ¿Y por qué perversidad amas menos a Aquel de quien has recibido más?
§ 42
Por tanto, sea este el primer pensamiento para vestirse de humildad: que la virgen de Dios no piense que es tal por sí misma, y no más bien que este óptimo "don desciende de lo alto, del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni sombra de movimiento." Pues así no pensará que poco se le ha perdonado, de modo que ame poco, e ignorando la justicia de Dios y queriendo establecer la suya propia, no se sujete a la justicia de Dios. En esta falta estaba aquel Simón, que fue superado por la mujer a quien muchos pecados fueron perdonados, porque amó mucho. Pero ella tendrá pensamientos más cautos y verdaderos: que hemos de tener todos los pecados como perdonados, de los cuales Dios nos guarda para que no los cometamos. Testigos son aquellas expresiones de piadosas oraciones en las santas Escrituras, con las cuales se muestra que aquello mismo que Dios manda no se hace sino por don y ayuda de Aquel que lo manda. Porque hay falsedad en pedirlo, si pudiéramos hacerlo sin la ayuda de su gracia. ¿Qué hay tan general y principalmente mandado como la obediencia con que se guardan los mandamientos de Dios? Y sin embargo hallamos que esto se desea. "Tú", dice, "mandaste que tus mandamientos se guarden mucho." Luego sigue: "¡Ojalá mis caminos se enderezasen para guardar tus justicias! Entonces no seré confundido, al mirar todos tus mandamientos." Aquello que arriba había dicho que Dios mandó, deseaba que se cumpliese por sí mismo. Esto se hace ciertamente para que no haya pecado; pero, si ha habido pecado, se manda que uno se arrepienta; no sea que por defensa y excusa del pecado perezca por soberbia quien lo hizo, mientras no quiere que lo que hizo perezca por el arrepentimiento. Esto también se pide a Dios, para que se entienda que no se hace sino por concesión de Aquel a quien se pide. "Pon", dice, "Señor, guarda a mi boca, y puerta de continencia alrededor de mis labios: no dejes que mi corazón se incline a palabras malas, para excusar pecados, con los hombres que obran iniquidad." Si, por tanto, tanto la obediencia, con que guardamos sus mandamientos, como el arrepentimiento, con que no excusamos nuestros pecados, se desean y se piden, es claro que, cuando se hace, por don suyo se posee, por ayuda suya se cumple; y aún más abiertamente se dice a causa de la obediencia: "Por el Señor son dirigidos los pasos del hombre, y Él ordenará su camino"; y del arrepentimiento dice el Apóstol: "por si acaso Dios les conceda el arrepentimiento."
§ 43
Acerca de la misma continencia, ¿no se ha dicho con toda claridad: "Y cuando supe que nadie puede ser continente si Dios no lo da, esto mismo era también parte de la sabiduría: saber de quién era este don"? Pero quizá la continencia es don de Dios, mas la sabiduría se la da el hombre a sí mismo, para entender que ese don no es suyo, sino de Dios. Sí: "El Señor hace sabios a los ciegos"; y "El testimonio del Señor es fiel, da sabiduría a los pequeños"; y "Si alguno tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, que da a todos liberalmente y no reprocha, y se le dará." Pero conviene que las vírgenes sean sabias, para que no se apaguen sus lámparas. ¿Cómo "sabias", sino "no teniendo altos pensamientos, sino consintiendo con los humildes"? Pues la Sabiduría misma ha dicho al hombre: "He aquí, la piedad es sabiduría." Si, por tanto, nada tienes que no hayas recibido, "no seas altivo, sino teme." Y no ames poco, como si poco te hubiera sido perdonado por Aquel; sino, más bien, ámalo mucho, por quien mucho te ha sido dado. Pues si ama aquel a quien se le ha dado no pagar, ¿cuánto más debe amar aquel a quien se le ha dado poseer? Porque tanto el que persevera casto desde el principio es gobernado por Él, como el que de deshonesto es hecho casto es corregido por Él, y el que es deshonesto hasta el fin es abandonado por Él. Pero esto puede hacerlo por secreto consejo; por injusticia no puede. Y quizá por eso está oculto, para que haya más temor y menos soberbia.
§ 44
Luego, no caiga el hombre, ahora que sabe que por la gracia de Dios es lo que es, en otro lazo de soberbia, de modo que, ensalzándose por la misma gracia de Dios, desprecie a los demás. Por esta falta aquel otro fariseo daba gracias a Dios por los bienes que tenía, y sin embargo se jactaba sobre el publicano que confesaba sus pecados. ¿Qué debe, pues, hacer una virgen, qué debe pensar, para no jactarse sobre aquellos, hombres o mujeres, que no tienen este don tan grande? Porque no debe fingir humildad, sino mostrarla: pues el fingimiento de humildad es mayor soberbia. Por lo cual la Escritura, queriendo mostrar que la humildad debe ser verdadera, después de haber dicho: "Por mucho que seas grande, tanto te humilles en todas las cosas", añadió poco después, "Y hallarás gracia delante de Dios": ciertamente donde uno no podría humillarse con engaño.
§ 45
Pues ¿qué diremos? ¿Hay algún pensamiento que una virgen de Dios pueda tener verdaderamente, por el cual no se atreva a anteponerse a una mujer fiel, no solo viuda, sino incluso casada? No hablo de una virgen réproba; pues ¿quién no sabe que una mujer obediente ha de ser antepuesta a una virgen desobediente? Pero cuando ambas son obedientes a los mandamientos de Dios, ¿temblará ella de anteponer la santa virginidad incluso al casto matrimonio, y la continencia a la vida conyugal, el fruto de ciento por uno al de treinta por uno? No, no dude en anteponer esto a aquello; pero no se atreva esta o aquella virgen, que obedece y teme a Dios, a anteponerse a esta o aquella mujer, que obedece y teme a Dios; de lo contrario no será humilde, y "Dios resiste a los soberbios." ¿Qué, pues, tendrá en sus pensamientos? Ciertamente los dones ocultos de Dios, que nada sino la prueba de la tentación da a conocer a cada uno, aun en sí mismo. Pues, para pasar por alto lo demás, ¿de dónde sabe una virgen, aunque se cuide de las cosas del Señor, cómo agradar al Señor, que acaso, por alguna debilidad de ánimo desconocida para ella misma, no esté todavía madura para el martirio, mientras que aquella mujer, sobre la cual se gozaba de anteponerse, puede ya beber el cáliz de la humillación del Señor, que Él puso delante de sus discípulos para beberlo primero, cuando estaban enamorados de un puesto elevado? ¿De dónde, digo, sabe ella que no es todavía Tecla, y que aquella otra es ya Crispina? Ciertamente, si no hay prueba presente, no se hace demostración de este don.
Comentario editorial · Tecla y Crispina
Para disuadir a la virgen de anteponerse a una casada, Agustín la invita a pensar que quizá ella «no es todavía Tecla» y la otra «es ya Crispina». Tecla es la virgen discípula de Pablo de los Hechos de Pablo y Tecla, muy venerada en la Antigüedad. Crispina, en cambio, era según Wikipedia una matrona rica, con hijos, de Tagora, en Numidia, decapitada en Teveste el 5 de diciembre de 304 durante la persecución de Diocleciano; sus actas se escribieron poco después, y Agustín la menciona a menudo en sus sermones junto a Inés y Tecla. La nota benedictina que recoge el NPNF cita un sermón suyo en el mismo sentido: en la persecución no solo fue coronada Inés, la virgen, sino también Crispina, la esposa.
Para ampliar: Crispina of Numidia (Wikipedia (en)); Thecla (Wikipedia (en)).
§ 46
Pero esto es tan grande, que algunos entienden que es el fruto de ciento por uno. Pues la autoridad de la Iglesia da un testimonio muy visible, en el cual saben los fieles en qué lugar los mártires, en qué lugar las santas monjas difuntas, son recordados en los sacramentos del altar. Pero cuál sea el significado de aquella diferencia de frutos, véanlo quienes entienden estas cosas mejor que nosotros: si la vida virginal está en el fruto de ciento por uno, en el de sesenta por uno la viuda, en el de treinta por uno la casada; o si la fecundidad de ciento por uno se atribuye al martirio, la de sesenta por uno a la continencia, la de treinta por uno al matrimonio; o si la virginidad, con la adición del martirio, llena el ciento por uno, pero sola está en el sesenta por uno, y los casados que llevan treinta por uno llegan al sesenta por uno, si fueren mártires; o si, lo que me parece más probable, como los dones de la gracia divina son muchos, y uno es mayor y mejor que otro, por lo cual dice el Apóstol: "Emulad los dones mejores", hemos de entender que son más en número de lo que permiten distribuirse bajo aquellas diferentes clases. En primer lugar, que no pongamos la continencia de las viudas como si no llevara fruto, ni la pongamos al nivel del mérito de la caridad conyugal, ni la igualemos a la gloria virginal; ni pensemos que la corona del martirio, ya establecida en el hábito del ánimo, aunque falte la prueba de la tentación, ya en la prueba real del sufrimiento, se añade a una u otra de estas castidades sin ningún aumento de fruto. Luego, cuando establecemos que muchos hombres y mujeres guardan de tal modo la castidad virginal, que sin embargo no hacen lo que el Señor dice: "Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme"; y no se atreven a unirse a los que viven en común, entre los cuales nadie dice que algo sea suyo, sino que todas las cosas son comunes; ¿pensamos que no hay aumento de fruto para las vírgenes de Dios, cuando hacen esto? ¿O que las vírgenes de Dios están sin fruto alguno, aunque no hagan esto? Por tanto, hay muchos dones, y unos más brillantes y más altos que otros, cada uno respecto de cada uno. Y a veces uno es fecundo en menos dones, pero mejores; otro en dones inferiores, pero más numerosos. Y de qué manera sean igualados unos a otros, o distinguidos unos de otros, al recibir los honores eternos, ¿quién de los hombres se atrevería a pronunciarlo? Aunque es claro que aquellas diferencias son muchas, y que los mejores aprovechan no para el tiempo presente, sino para la eternidad. Pero juzgo que el Señor quiso hacer mención de tres diferencias de fruto; las demás las dejó a los que entienden. Pues también otro evangelista hizo mención solo del ciento por uno: ¿hemos de pensar, por tanto, que rechazó o no conoció los otros dos, y no más bien que los dejó para que se entendieran?
Comentario editorial · El ciento por uno y los mártires en el altar
La parábola del sembrador habla de fruto al ciento, al sesenta y al treinta por uno (). Jerónimo, en su Contra Joviniano (I, 3), aplicaba el treinta a las casadas, el sesenta a las viudas y el ciento a la virginidad; Agustín enumera esa y otras lecturas —el ciento por uno para el martirio, o para la virginidad unida al martirio— y prefiere pensar que los dones de Dios son más de tres. Lo que sí afirma es que nadie se atreverá a anteponer la virginidad al martirio (§ 47), y da como prueba la liturgia: según una nota de la edición benedictina que recoge el NPNF, Agustín dice en un sermón que a los mártires se los nombra en el altar de modo que no se ora por ellos, mientras que por los demás difuntos nombrados sí se ora.
§ 47
Pero, como había comenzado a decir, ya sea el fruto de ciento por uno la virginidad dedicada a Dios, ya hayamos de entender aquel intervalo de fruto de otra manera, sea de las que hemos mencionado, sea de las que no hemos mencionado; sin embargo, nadie, según pienso, se habrá atrevido a anteponer la virginidad al martirio, y nadie habrá dudado que este último don está oculto, si falta la prueba para examinarlo. Tiene, pues, la virgen un motivo de reflexión, tal como puede aprovecharle para guardar la humildad, para no violar aquella caridad que está sobre todos los dones, sin la cual ciertamente, cualesquiera otros dones que haya tenido, pocos o muchos, grandes o pequeños, nada es. Tiene, digo, un motivo de reflexión, para no hincharse, para no tener envidia; a saber, que de tal modo profese que el bien virginal es mucho mayor y mejor que el bien conyugal, que sin embargo sepa que no sabe si esta o aquella mujer casada no es ya capaz de sufrir por Cristo, y ella misma todavía no, y que en esto es perdonada, porque su debilidad no es puesta a prueba por la tentación. "Pues Dios", dice el Apóstol, "es fiel, y no permitirá que seáis tentados más de lo que podéis; sino que con la tentación dará también la salida, para que podáis soportarla." Quizá, por tanto, aquellos hombres o mujeres que guardan un modo de vida conyugal laudable en su género, son ya capaces, contra un enemigo que fuerza a la injusticia, de luchar incluso con el desgarramiento de las entrañas y el derramamiento de sangre; pero estos hombres o mujeres, continentes desde la infancia y que se hacen eunucos por causa del reino de los cielos, todavía no son capaces de soportar tales cosas, ni por la justicia, ni por la castidad misma. Porque una cosa es, por la verdad y un propósito santo, no consentir a quien persuade y halaga, y otra no ceder incluso a quien tortura y golpea. Estas cosas están ocultas en las potencias y fuerzas de las almas; por la prueba se despliegan, por el ensayo real salen a luz. Para que, por tanto, cada uno no se hinche por aquello que ve claramente que puede hacer, considere humildemente que no sabe si acaso hay algo más excelente que no puede hacer, y que algunos, que ni tienen ni profesan aquello de lo que él legítimamente es consciente, son capaces de hacer esto que él mismo no puede hacer. Así se guardará, no por fingida sino por verdadera humildad, "anticipándoos unos a otros en la honra", y "estimando cada uno a los demás como superiores a sí mismo."
§ 48
¿Qué diré ahora acerca de la misma diligencia y vigilancia contra el pecado? "¿Quién se jactará de tener un corazón casto? ¿O quién se jactará de estar limpio de pecado?" La santa virginidad es ciertamente inviolada desde el seno materno; pero "nadie", dice, "es limpio en tu presencia, ni siquiera el niño cuya vida es de un día sobre la tierra." Se guarda también en la fe inviolada una cierta castidad virginal, por la cual la Iglesia es unida como virgen casta a un solo Esposo; pero aquel único Esposo enseñó, no solo a los fieles que son vírgenes en mente y cuerpo, sino a todos los cristianos en absoluto, desde los espirituales hasta los carnales, desde los Apóstoles hasta los últimos penitentes, como desde la altura del cielo hasta sus confines, a orar, y en la oración misma les amonestó a decir: "Y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores"; donde, por esto que pedimos, muestra también qué debemos recordar que somos. Pues no nos mandó orar por aquellas deudas que confiamos que nos han sido perdonadas en el Bautismo por su paz, al decir: "Y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores"; de otro modo esta sería una oración que más bien deberían rezar los catecúmenos hasta el tiempo del Bautismo; pero como es lo que rezan los bautizados, gobernantes y pueblo, pastores y rebaños, queda suficientemente mostrado que en esta vida, toda la cual es prueba, nadie debe jactarse como si estuviera libre de todos los pecados.
§ 49
Por lo cual también las vírgenes de Dios, sin mancha ciertamente, "siguen al Cordero por dondequiera que hubiere de ir", perfeccionándose la purificación de los pecados y guardándose la virginidad, la cual, si se perdiera, no podría volver; pero, porque aquel mismo Apocalipsis, en el cual tales cosas fueron reveladas a tales personas, las alaba también en esto: que "en su boca no se halló mentira", recuerden también en esto ser veraces, que no se atreven a decir que no tienen pecado. Ciertamente el mismo Juan, que vio aquello, ha dicho esto: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros; pero si confesamos nuestras faltas, Él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda iniquidad. Pero si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso, y su palabra no está en nosotros." Esto ciertamente no se dice a estos o a aquellos, sino a todos los cristianos, en lo cual también las vírgenes deben reconocerse. Pues así estarán sin mentira, tales como aparecieron en el Apocalipsis. Y de este modo, mientras no hay todavía perfección en la altura celestial, la confesión en la humildad las hace sin mancha.
§ 50
Pero, a su vez, no sea que por ocasión de esta sentencia alguien peque con mortal seguridad, y se deje arrastrar, como si sus pecados hubieran de ser borrados pronto por una confesión fácil, añadió enseguida: "Hijitos míos, estas cosas os he escrito para que no pequéis; y, si alguno hubiere pecado, tenemos un Abogado ante el Padre, Jesucristo el justo, y Él mismo es propiciación por nuestros pecados." Nadie, por tanto, se aparte del pecado como si hubiera de volver a él, ni se ate como por pacto de alianza de este género con la injusticia, de modo que se deleite más en confesarlo que en evitarlo. Pero, como incluso a los que están ocupados y en vela para no pecar, se les deslizan a escondidas, en cierto modo, por la debilidad humana, pecados, aunque pequeños, aunque pocos, pero no ningunos; estos mismos se hacen grandes y graves, si la soberbia les añade aumento y peso; pero por el Sacerdote, a quien tenemos en los cielos, si por piadosa humildad son destruidos, son limpiados con toda facilidad.
§ 51
Pero no discuto con quienes afirman que un hombre puede en esta vida vivir sin pecado alguno: no discuto, no contradigo. Pues quizá medimos a los grandes desde nuestra propia miseria y, comparándonos con nosotros mismos, no entendemos. Una cosa sé: que aquellos grandes tales como nosotros no somos, tales como todavía no hemos probado, por mucho que sean grandes, tanto se humillan en todas las cosas, para hallar gracia delante de Dios. Pues, por grandes que quieran ser, "no hay siervo mayor que su señor, ni discípulo mayor que su maestro." Y ciertamente Él es el Señor, que dice: "Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre"; y Él es el Maestro, que dice: "Venid a mí todos los que trabajáis, y aprended de mí"; y sin embargo, ¿qué aprendemos? "Porque soy manso", dice, "y humilde de corazón."
Comentario editorial · Antes de la controversia pelagiana
Hacia 401 Agustín todavía «no discute» con quienes creen que se puede vivir en esta vida sin pecado alguno. Pocos años después esa tesis estaría en el centro de la controversia con Pelagio, que, según Wikipedia, enseñaba que todos los cristianos debían vivir sin pecado. Celestio, discípulo de Pelagio, fue condenado en Cartago en 411, y el pelagianismo en el concilio de Cartago de 418, con Agustín como principal adversario. Este pasaje muestra el punto de partida: la convicción, que aquí apoya en la primera carta de Juan, de que nadie está limpio de pecado.
Para ampliar: Pelagianism (Wikipedia (en)).
§ 52
Aquí dirá alguno: Esto ya no es escribir sobre la virginidad, sino sobre la humildad. Como si verdaderamente se tratara de cualquier virginidad, y no de aquella que es según Dios, la que nos habíamos propuesto exponer. Y este bien, por cuanto veo que es grande, tanto temo por él, no sea que se pierda por el ladrón, la soberbia. Por tanto, no hay quien guarde el bien virginal, sino Dios mismo que lo dio: y Dios es Caridad. El guardián, pues, de la virginidad es la Caridad; pero el lugar de este guardián es la humildad. Allí ciertamente habita Aquel que dijo que sobre el humilde y quieto, y que tiembla ante sus palabras, reposa su Espíritu. ¿Qué, pues, he hecho ajeno a mi propósito, si, deseando que el bien que he alabado sea guardado más seguramente, he cuidado también de preparar un lugar para el Guardián? Pues hablo con confianza, y no temo que se enojen conmigo aquellos a quienes amonesto con cuidado a temer por sí mismos juntamente conmigo. Más fácilmente siguen al Cordero, aunque no por dondequiera que hubiere de ir, pero hasta donde hayan podido, los casados humildes, que las vírgenes soberbias. Pues ¿cómo sigue a Aquel a quien no quiere acercarse? ¿O cómo se acerca a Aquel a quien no viene a aprender "porque soy manso y humilde de corazón"? Por lo cual, el Cordero lleva siguiéndolo por dondequiera que hubiere de ir a aquellos en quienes primero Él mismo haya hallado dónde reclinar su Cabeza. Pues también cierto hombre soberbio y astuto le había dicho: "Señor, te seguiré por dondequiera que fueres"; a quien respondió: "Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su Cabeza." Con el término de zorras reprendió la astucia taimada, y con el nombre de aves la arrogancia hinchada, en la cual no halló piadosa humildad para reposar. Y por esto de ningún modo siguió al Señor quien había prometido que lo seguiría, no hasta cierto punto de progreso, sino enteramente por dondequiera que Él hubiera de ir.
§ 53
Por tanto, haced esto, vírgenes de Dios, haced esto: seguid al Cordero por dondequiera que hubiere de ir. Pero primero venid a Aquel a quien habéis de seguir, y aprended que Él es manso y humilde de corazón. Venid de manera humilde al Humilde, si amáis; y no os apartéis de Él, no sea que caigáis. Pues quien teme apartarse de Él pide y dice: "No venga a mí pie de soberbia." Avanzad por el camino de la alteza con pie de humildad; Él mismo levanta a los que siguen humildemente, Él, que no tuvo por molestia descender hasta los que yacían abajo. Encomendadle sus dones para que los guarde, "guardad vuestra fuerza para Él." Todo el mal que por su guarda no cometéis, tenedlo como perdonado por Él; no sea que, pensando que poco se os ha perdonado, améis poco, y con ruinosa jactancia despreciéis a los publicanos que se golpean el pecho. En cuanto a aquella fuerza vuestra que ha sido probada, cuidad de no hincharos, porque habéis podido soportar algo; pero en cuanto a aquella que no ha sido probada, orad, para que no seáis tentados más de lo que podéis soportar. Pensad que algunos os son superiores en secreto, a quienes vosotros sois abiertamente mejores. Cuando los bienes de otros, acaso desconocidos para vosotros, son creídos por vosotros con bondad, los vuestros, que os son conocidos, no se disminuyen por la comparación, sino que se fortalecen por el amor; y lo que acaso todavía falta, tanto más fácilmente se da, cuanto más humildemente se desea. Que aquellos de vuestro número que perseveran os den ejemplo; pero que los que caen aumenten vuestro temor. Amad a los unos para imitarlos; llorad a los otros, para no hincharos. No establezcáis vuestra propia justicia; someteos a Dios, que os justifica. Perdonad los pecados de los demás, orad por los vuestros: los pecados futuros evitadlos con la vigilancia, los pasados borradlos con la confesión.
§ 54
He aquí que ya sois tales, que también en el resto de vuestra conducta correspondéis a la virginidad que habéis profesado y guardado. He aquí que ya no solo os abstenéis de homicidios, sacrificios diabólicos y abominaciones, hurtos, rapiñas, fraudes, perjurios, embriagueces, y de toda lujuria y avaricia, odios, emulaciones, impiedades, crueldades; sino que incluso aquellas cosas que son, o se piensa que son, más leves, no se hallan ni surgen entre vosotras: no rostro descarado, no ojos vagabundos, no lengua desenfrenada, no risa petulante, no chanza grosera, no porte indecoroso, no andar hinchado o suelto; ya no devolvéis mal por mal, ni maldición por maldición; ya, por último, cumplís aquella medida de amor, de dar vuestra vida por vuestros hermanos. He aquí, que ya sois tales, porque también debéis ser tales. Estas cosas, añadidas a la virginidad, presentan a los hombres una vida angélica, y los caminos del cielo a la tierra. Pero, por mucho que seáis grandes, quienesquiera de vosotras que seáis tan grandes, "tanto os humillad en todas las cosas, para que halléis gracia delante de Dios", para que Él no os resista como soberbias, para que no os humille como a quienes se ensalzan, para que no os lleve por estrechuras como a quienes se hinchan; aunque no es necesaria la ansiedad, porque, donde arde la Caridad, no falta la humildad.
§ 55
Si, por tanto, despreciáis los matrimonios de los hijos de los hombres, de los cuales engendrar hijos de los hombres, amad con todo vuestro corazón a Aquel que es hermoso de hermosura sobre los hijos de los hombres; tenéis ocio; vuestro corazón está libre de los lazos del matrimonio. Contemplad la hermosura de vuestro Amado: pensad en Él igual al Padre, hecho súbdito también de su Madre: reinando incluso en los cielos, y sirviendo en la tierra: creando todas las cosas, creado entre todas las cosas. Aquello mismo de lo que en Él se burlan los soberbios, contemplad cuán hermoso es: con ojos interiores contemplad las heridas de Él colgado, las cicatrices de Él resucitado, la sangre de Él muriendo, el precio del que cree, la ganancia del que redime. Considerad de cuánto valor son estas cosas, pesadlas en las balanzas de la Caridad; y todo el amor que habíais de gastar en vuestros matrimonios, devolvédselo a Él.
§ 56
Bien está que Él busque vuestra hermosura interior, donde os ha dado poder de llegar a ser hijas de Dios: no busca de vosotras una carne hermosa, sino una conducta hermosa, con la cual refrenar también la carne. No es Él uno a quien alguien pueda mentir acerca de vosotras, y hacerlo enfurecerse por celos. Ved con cuánta seguridad amáis a Aquel, a quien no teméis ofender con falsas sospechas. El marido y la mujer se aman, en cuanto se ven; y lo que no ven, eso temen entre sí; ni tienen deleite seguro en lo visible, mientras en lo oculto suelen sospechar lo que no es. Vosotras, en Aquel a quien no veis con los ojos, y contempláis por la fe, ni tenéis algo real que reprochar, ni teméis que acaso lo ofendáis con algo falso. Si, por tanto, debierais gran amor a los maridos, a Aquel por cuya causa no querríais tener maridos, ¿cuánto no debéis amar? Esté Él fijo en todo vuestro corazón, Él, que por vosotras fue fijado en la cruz; posea Él en vuestra alma todo aquello, sea lo que sea, que no querríais que estuviera ocupado por el matrimonio. No os es lícito amar poco a Aquel, por cuya causa no habéis amado ni siquiera lo que era lícito. Amando así a Aquel que es manso y humilde de corazón, no temo por vosotras la soberbia.
§ 57
Así, según nuestra pequeña medida, hemos hablado bastante tanto de la santidad, por la cual sois propiamente llamadas "sanctimoniales", como de la humildad, por la cual se guarda cualquier gran nombre que llevéis. Pero más dignamente os amonesten acerca de esta nuestra pequeña obra aquellos tres jóvenes, a quienes Aquel, a quien amaban con pleno ardor de corazón, concedió refrigerio en el fuego, mucho más brevemente en número de palabras, pero mucho más grandemente en peso de autoridad, en el himno en que Dios es honrado por ellos. Pues uniendo la humildad a la santidad en los que alaban a Dios, enseñaron con toda claridad que cada uno, por cuanto hace una profesión más santa, tanto más se guarde de no ser engañado por la soberbia. Por lo cual alabad también vosotras a Aquel que os concede que, en medio de las llamas de este mundo, aunque no estéis unidas en matrimonio, no seáis quemadas; y orando también por nosotros: "Bendecid al Señor, santos y humildes de corazón; cantad un himno, y exaltadlo sobre todo para siempre."
Comentario editorial · Las vírgenes consagradas
Agustín llama a sus destinatarias sanctimoniales, mujeres consagradas a Dios. Según Wikipedia, la consagración de vírgenes con un rito formal se documenta desde el siglo IV —el primer caso conocido es el de Marcelina, hermana de Ambrosio, en 353, contado por este en su De virginibus—, y el velo que el obispo entregaba a la virgen expresaba su desposorio con Cristo, la imagen nupcial que recorre todo el tratado («Esposo de vírgenes», § 2; el Esposo «hermoso», § 55). Los «tres jóvenes» del final son los compañeros de Daniel arrojados al horno ().
Para ampliar: Consecrated virgin (Wikipedia (en)).
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
Sobre la santa virginidad cierra el díptico que abrió Sobre el bien del matrimonio, y más de diez años después Agustín le dio un tercer panel con la carta Sobre el bien de la viudez, que remite a los dos. En los tres la jerarquía es la misma —virginidad, viudez continente, matrimonio—, y en los tres se repite la cautela de que el bien mayor no convierte en malo al menor.
Lo más personal de este libro es su segunda mitad. Agustín no escribe una regla para vírgenes, sino una advertencia contra el orgullo de los que se saben mejores, y la funda en algo que años después sostendría contra Pelagio: que la continencia es don de Dios (§ 42–43) y que nadie vive sin pecado (§ 48–51). Wikipedia recuerda que la lectura de Lucas 1:34 como voto de María, que aquí aparece, siguió citándose hasta el siglo XX. El tratado deja ver, además, cuántos eran ya los consagrados en la Iglesia de Agustín: habla de «tropas de vírgenes, santos muchachos y muchachas», criados en ella desde la infancia (§ 37).