Sesiones de lectura

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

    Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Agustín de Hipona

    Sobre el bien del matrimonio

    Texto base: C. L. Cornish (trad.), Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 3, ed. Philip Schaff (1887) · Delphi Collected Works of Saint Augustine, libro 13

    Traducción: Castellana y directa, del inglés de Cornish; no del latín · 35 secciones

    Consultar la fuente de esta edición ↗

    Lectura continua · ≈ 82 min · Comentarios editoriales opcionales

    Comenzar la obra
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    «Por cuanto cada hombre es una parte del género humano, y la naturaleza humana es algo social…»: así empieza Agustín el que Wikipedia llama el primer tratado sistemático sobre el matrimonio. Lo escribió hacia 401, ya obispo de Hipona, contra «algo que aún quedaba» —dice la edición benedictina— de la herejía de Joviniano, un monje romano que había enseñado que la virgen, la viuda y la casada tienen el mismo mérito ante Dios. Agustín quería sostener lo contrario —que la virginidad consagrada es un bien mayor— sin decir, como se le reprochaba a Jerónimo, que el matrimonio es casi un mal; por eso, antes de escribir sobre la virginidad, escribió sobre el bien del matrimonio. Esta edición es la traducción castellana directa de la versión inglesa de C. L. Cornish, impresa en el volumen 3 de la primera serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (1887).
    El tratado no es un manual para casados. Es una defensa en dos frentes: frente a Joviniano, que igualaba los estados de vida, y frente a los maniqueos —la secta en que Agustín militó de joven—, que tenían la procreación por obra del mal y acusaban de lujuria a los patriarcas de Israel. De esa doble defensa sale la fórmula que Agustín retoma enseguida en su comentario al Génesis y que, a través de Isidoro de Sevilla, pasó a la Edad Media (Wikipedia): el matrimonio es bueno por la prole, por la fidelidad y por el sacramento (§ 32). Junto a ella están las páginas que más extrañan al lector de hoy: pedir la unión conyugal sin buscar hijos es «culpa venial» (§ 6); la poligamia de los patriarcas fue un deber y no una concupiscencia (§ 17); los cristianos de ahora harían mejor en no casarse, si pudieran contenerse (§ 17). Son tesis de su tiempo, y conviene leerlas con la advertencia que puso al frente la edición inglesa.

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona (354–430), obispo de Hipona desde 395
    TítuloSobre el bien del matrimonio (en latín, De bono coniugali; en inglés, On the Good of Marriage)
    FechaHacia 401 (Wikipedia). La noticia de la edición benedictina lo deduce del orden de las Retractaciones y de una cita en el comentario Sobre el Génesis a la letra, comenzado ese año
    OcasiónLo que quedaba de la polémica de Joviniano, condenado en Roma y en Milán (en 392 o 393 según Wikipedia; «hacia 390» según la noticia benedictina)
    GéneroTratado moral breve, sin división en capítulos, que precede a Sobre la santa virginidad
    Agustín lo revisa enRetractaciones II, 22 (citadas así en las notas del NPNF)
    Extensión35 secciones, unas 13 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana y directa, de la versión inglesa del reverendo C. L. Cornish; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 3 (1887), ed. Philip Schaff; libro 13 de la Delphi Collected Works of Saint Augustine

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que el reverendo C. L. Cornish hizo de De bono coniugali, tal como la imprimió Philip Schaff en el volumen 3 de la primera serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church. New Advent da la edición de Buffalo (Christian Literature Publishing Co., 1887); la copia de CCEL se basa en una reimpresión de Nueva York de 1890. En su prefacio, firmado en Nueva York en marzo de 1887, Schaff dice que los tratados morales del volumen —entre ellos este y los dos que lo acompañan, Sobre la santa virginidad y Sobre el bien de la viudez— «se tradujeron por primera vez para la Oxford Library of the Fathers (1847)», la colección que Pusey, Keble y Newman impulsaron entre 1838 y 1881 (Wikipedia). El texto inglés llegó al castellano a través de la Delphi Collected Works of Saint Augustine (Delphi Classics, 2016), que reproduce las versiones del NPNF.
    Es, por tanto, la traducción de una traducción: para un trabajo académico conviene cotejarla con el latín. Schaff advierte que el original de los tratados morales está en el sexto volumen de la edición benedictina de las obras de Agustín.
    La edición inglesa pone al frente del tratado dos textos que no son de Agustín y que se conservan aquí, fuera del texto de la obra. El primero es una noticia tomada de la edición benedictina:
    Texto de la fuenteLos editores benedictinos · Noticia sobre «Sobre el bien del matrimonio» · Al frente del tratado
    Este tratado y el siguiente fueron escritos contra algo que aún quedaba de la herejía de Joviniano. San Agustín menciona este error en el libro II, cap. 23, De nuptiis et concupiscentia. "Joviniano —dice—, que hace pocos años intentó fundar una nueva herejía, afirmó que los católicos favorecían a los maniqueos, porque, en oposición a él, preferían la santa virginidad al matrimonio." Y en su libro Sobre las herejías, cap. 82: "Esta herejía surgió de un tal Joviniano, monje, en nuestro propio tiempo, cuando aún éramos jóvenes." Y añade que pronto fue vencida y extinguida, hacia el año 390, habiendo sido condenada primero en Roma, luego en Milán. Hay cartas del papa Siricio sobre este asunto a la Iglesia de Milán, y la respuesta que le envió el Sínodo de Milán, en el que presidió san Ambrosio. Jerónimo había refutado a Joviniano, pero se decía que había intentado defender la excelencia del estado virginal a costa de condenar el matrimonio. Para que Agustín no estuviera expuesto a ninguna queja o calumnia semejante, antes de hablar de la superioridad de la virginidad, le pareció bien escribir sobre el bien del matrimonio.
    Sabemos que esta obra fue terminada hacia el año 401, no solo por el orden de sus Retractaciones, sino también por sus libros sobre el Génesis a la letra, comenzados por ese año. Pues en el libro IX sobre el Génesis, cap. 7, donde alaba el bien del matrimonio, dice: "Ahora bien, este bien es triple: fidelidad, prole y el sacramento. Por la fidelidad se observa que no haya unión con otro hombre o mujer fuera del vínculo conyugal; por la prole, que los hijos sean recibidos con amor, criados con bondad y educados religiosamente; por el sacramento, que el matrimonio no se disuelva y que el hombre o la mujer divorciados no se unan a otro ni siquiera por causa de la prole. Esta es, por así decirlo, la regla del matrimonio, por la cual la fecundidad se hace decorosa o la perversidad de la incontinencia se pone en orden. Sobre lo cual, habiendo ya discurrido suficientemente en aquel libro que recientemente publicamos sobre el bien del matrimonio, donde también hemos distinguido la continencia de la viuda y la excelencia de la virgen según la dignidad de sus grados, no hemos de ocupar ahora más la pluma." Esta misma obra se cita en el libro I sobre el merecimiento y la remisión de los pecados, cap. 29. — Ed. benedictina.
    El segundo es la advertencia que pusieron los editores de la Library of the Fathers de Oxford, pensada para lectores del siglo XIX:
    Texto de la fuenteLos editores de la Library of the Fathers (Oxford) · Advertencia al lector · Al frente del tratado
    Los editores son, desde luego, conscientes del peligro que hay en leer un tratado como el siguiente con espíritu de curiosidad ociosa, y ruegan a cualquier lector que no se haya asegurado bien de que su intención es recta y santa que se abstenga de leerlo. Al mismo tiempo no debe olvidarse que se necesita algo muy distinto del mero encogerse ante temas ofensivos para la delicadeza moderna, a fin de purificar los pensamientos respecto al santo estado del matrimonio. La mente que atienda seriamente a ello bajo esa luz se verá ciertamente fortalecida contra las malas sugestiones al ver en todo el asunto un campo del deber cristiano.
    Pareció, además, necesario presentar una obra calculada para quitar la imputación tan falsamente lanzada contra los santos Padres, de que consideraban el matrimonio como algo impío y casi coincidían con la visión maniquea de él, como una contaminación y degradación para el cristiano. Es cierto que preferían la virginidad al matrimonio, pero, como afirma expresamente san Agustín, como el "mejor de dos bienes", no como si uno fuera bueno y el otro malo.
    Al estimar la obra y al autor, ha de tenerse presente la época en que fue escrita, y lo que aquella época requería no debe imputarse como falta a él ni a su religión. Y acaso lo escrito para otra época pueda servir más seguramente para nuestra mejora y guía precisamente porque el estilo y la manera de la antigüedad se han convertido en una especie de velo que quita algo de la fuerza y viveza de las primeras impresiones y deja a la mente más libertad para usar lo que se le presenta como quiera, de lo que probablemente haría un modo de hablar más moderno. Úsese esa libertad recta y concienzudamente, y el efecto de la lectura será bueno. — Eds. de la Biblioteca de Oxford.
    Lo que viene de la edición. El tratado no tiene capítulos ni títulos: es un texto continuo. Los números de sección (§ 1 a § 35) son los de la edición del NPNF, que reproduce New Advent; el epub de Delphi no los imprime, y aquí se dan solo en el localizador de cada pasaje. Coinciden con los números de párrafo de las ediciones latinas, que además agrupan las secciones en capítulos: la encíclica Casti connubii cita como «cap. 24, n. 32» el pasaje que aquí es § 32. El título del encabezado, con el latín entre paréntesis, es el del epub. Las citas bíblicas llegan sin referencia, en la forma que les dio el traductor inglés a partir de la Biblia latina que leía Agustín; pueden no coincidir con la versión del lector. Las palabras latinas que el NPNF anota al pie (nuptiae, connubium, veniale…) no pasaron al epub.

    El tratado y su plan

    Joviniano había sido monje y seguía considerándose tal, pero escribió contra el ascetismo que se imponía en Roma: vírgenes, viudas y casadas —también las viudas vueltas a casar— tienen el mismo mérito, y el bautizado no gana nada ante Dios por abstenerse (así lo resume Wikipedia a partir de Jerónimo, que es casi la única fuente). Sus escritos fueron condenados en un sínodo romano bajo el papa Siricio y en otro de Milán presidido por Ambrosio. Jerónimo le respondió en 393 o 394 con los dos libros Contra Joviniano, tan duros con la vida conyugal que sorprendieron a sus propios amigos de Roma. Wikipedia lee Sobre el bien del matrimonio como una posición intermedia entre ambos, y como réplica a la vez a los maniqueos, que Agustín conocía desde dentro.
    La tabla siguiente es una lectura del editor, no de Agustín ni del NPNF, hecha sobre el comienzo de cada sección.
    SeccionesDe qué trata
    § 1–2El matrimonio, primer vínculo de la sociedad humana; la pregunta, que deja abierta, de cómo habrían tenido hijos los primeros hombres sin el pecado
    § 3–8Los bienes del matrimonio: la prole, la fidelidad del débito, la unión que no se disuelve; lo que el Apóstol concede «por venia»; el adulterio y el nuevo casamiento
    § 9–15Bienes buscados por sí y bienes necesarios para otra cosa; «¿y si todos se abstuvieran?»; lo que Pablo dice de la casada y la no casada
    § 16–23El concubinato; el «sacramento»; los patriarcas y la poligamia, Catón, el clérigo «marido de una sola mujer», Abraham
    § 24–31La continencia, virtud del alma que puede tenerse sin ejercerse; comparar cosas y comparar personas; la obediencia, más que la continencia
    § 32–35Los tres bienes; respuesta a los maniqueos; consejos a los casados y a los que consagran a Dios su virginidad

    Sobre el bien del matrimonio (De bono coniugali)

    § 1

    Por cuanto cada hombre es una parte del género humano, y la naturaleza humana es algo social y tiene por un grande y natural bien también la facultad de la amistad, por eso Dios quiso crear a todos los hombres de uno solo, para que estuvieran unidos en su sociedad no solo por la semejanza de especie, sino también por el vínculo del parentesco. Así, el primer vínculo natural de la sociedad humana es el hombre y la mujer. Y no los creó Dios a cada uno por sí mismo y los juntó como extraños por nacimiento, sino que creó a la una de la otra, poniendo también una señal del poder de la unión en el costado de donde ella fue sacada y formada. Porque se juntan el uno al otro costado con costado los que caminan juntos y juntos miran hacia dónde caminan. Luego sigue la unión de compañerismo en los hijos, que es el solo fruto digno, no de la unión del varón y la hembra, sino del consorcio carnal. Porque pudiera existir en uno y otro sexo, aun sin ese consorcio, una cierta unión amistosa y verdadera de uno que rige y otro que obedece.

    § 2

    Ni es ahora necesario que indaguemos y expongamos una opinión definitiva sobre aquella cuestión: ¿de dónde podría haber existido la prole de los primeros hombres, a quienes Dios había bendecido, diciendo: "Creced y multiplicaos y llenad la tierra", si no hubieran pecado, dado que sus cuerpos por el pecado merecieron la condición de la muerte y no puede haber unión carnal sino de cuerpos mortales? Pues han existido varias y diferentes opiniones sobre este asunto; y si hemos de examinar cuál de ellas es más conforme a la verdad de las divinas Escrituras, hay materia para una larga discusión. Así, pues, o bien sin unión carnal, de algún otro modo, si no hubieran pecado, habrían tenido hijos, por don del Creador omnipotente, que fue capaz de crearlos a ellos mismos sin padres, que fue capaz de formar la carne de Cristo en un seno virginal, y (para hablar aun a los mismos incrédulos) que fue capaz de conceder a las abejas prole sin unión carnal; o bien muchas cosas se dijeron por modo de misterio y figura, y hemos de entender en otro sentido lo escrito: "Llenad la tierra y sojuzgadla", esto es, que llegase a cumplirse por la plenitud y perfección de vida y poder, de modo que el mismo aumento y multiplicación, con que se dice: "Creced y multiplicaos", se entienda por el progreso de la mente y la abundancia de virtud, como se dice en el salmo: "Me multiplicarás en mi alma con virtud"; y que la sucesión de prole no fue dada al hombre, sino después de que, a causa del pecado, hubiese de haber luego partida en la muerte; o bien si el cuerpo no fue hecho espiritual en aquellos hombres, sino al principio animal, para que por el mérito de la obediencia llegase después a ser espiritual, para alcanzar la inmortalidad, no después de la muerte, que por la malicia del diablo entró en el mundo y fue hecha castigo del pecado, sino después de aquel cambio que el Apóstol significa cuando dice: "Luego nosotros, los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes, al encuentro de Cristo, al aire", para que entendamos que aquellos cuerpos de la primera pareja eran mortales, en la primera formación, y sin embargo no habrían muerto si no hubieran pecado, como Dios había amenazado: tal como si Él amenazase una herida, porque el cuerpo era capaz de heridas; lo que no habría sucedido, sin embargo, a no ser que se hiciese lo que Él había prohibido. Así, pues, aun por la unión carnal podrían tener lugar generaciones de tales cuerpos, que hasta cierto punto tuvieran aumento, y sin embargo no pasaran a la vejez; o aun a la vejez, y sin embargo no a la muerte; hasta que la tierra estuviese llena con aquella multiplicación de la bendición. Porque si a los vestidos de los israelitas concedió Dios su estado propio sin desgaste alguno durante cuarenta años, cuánto más concedería a los cuerpos de los que obedeciesen su mandato un cierto temperamento felicísimo de estado seguro, hasta que fueran cambiados para mejor, no por muerte del hombre, por la cual el cuerpo es abandonado por el alma, sino por un cambio bienaventurado de la mortalidad a la inmortalidad, de cualidad animal a espiritual. De estas opiniones cuál sea verdadera, o si aún alguna otra u otras pueden formarse de estas palabras, sería cosa larga de inquirir y discutir.
    Comentario editorial · Una pregunta que Agustín deja aquí abierta
    En 401 Agustín no se decide: los primeros hombres, sin el pecado, quizá habrían tenido hijos sin unión carnal, o quizá el «creced y multiplicaos» deba leerse en sentido figurado. Años después sí tomó partido. Según Wikipedia, sostuvo que antes de la caída la unión sexual habría existido, pero sin pasión desordenada, obedeciendo los miembros a la voluntad como obedecen las manos; las notas del NPNF remiten para ello al libro XIV de La ciudad de Dios. Este tratado conserva, pues, una etapa anterior de su pensamiento.

    § 3

    Decimos ahora esto: que, según esta condición de nacer y morir que conocemos y en la que hemos sido creados, el matrimonio del varón y la hembra es algún bien; cuyo pacto tanto encomia la divina Escritura, que ni se permite a la despedida por su marido casarse mientras viva su marido, ni se permite al despedido por su mujer casarse con otra, a no ser que haya muerto la que se separó de él. Por tanto, acerca del bien del matrimonio, que el Señor también confirmó en el Evangelio, no solo al prohibir despedir a la mujer, salvo por causa de fornicación, sino también al acudir invitado a unas bodas, hay buen fundamento para inquirir por qué razón es un bien. Y esto no me parece que sea solamente a causa de la procreación de los hijos, sino también a causa de la misma sociedad natural en la diferencia de sexo. De otro modo no se llamaría ya matrimonio en el caso de los ancianos, especialmente si o bien habían perdido los hijos o no habían dado a luz ninguno. Pero ahora en un matrimonio bueno, aunque envejecido, si bien se ha marchitado el calor de la edad plena entre varón y hembra, sin embargo vive en pleno vigor el orden de la caridad entre el marido y la mujer: porque, cuanto mejores son, tanto antes han comenzado por mutuo consentimiento a abstenerse de la unión carnal entre sí; no de modo que después sea cosa de necesidad no tener poder para hacer lo que querrían, sino que sea cosa de alabanza el no haber querido al principio hacer lo que tenían poder para hacer. Si, por tanto, se guarda la buena fe del honor y de los servicios mutuamente debidos de uno y otro sexo, aunque los miembros de ambos estén lánguidos y casi cadavéricos, sin embargo, en las almas debidamente unidas, la castidad permanece tanto más pura cuanto más probada, tanto más segura cuanto más sosegada. Tienen también los matrimonios este bien: que la incontinencia carnal o juvenil, aunque sea defectuosa, se reduce a un uso honesto en la procreación de los hijos, para que del mal de la concupiscencia la unión matrimonial produzca algún bien. Además, en que la concupiscencia de la carne se reprime y se enfurece de manera más modesta, templada por el afecto de los padres. Pues se interpone una cierta gravedad de placer ardiente, cuando en aquello en que el marido y la mujer se unen, tienen presente que son padre y madre.

    § 4

    Hay también esto: que en aquel mismo débito que los casados se pagan el uno al otro, aun si lo exigen con intemperancia y incontinencia algo excesivas, sin embargo se deben mutuamente fidelidad. A la cual fidelidad el Apóstol concede tan gran derecho, que la llama "potestad", diciendo: "La mujer no tiene potestad de su propio cuerpo, sino el marido; y asimismo el marido no tiene potestad de su propio cuerpo, sino la mujer". Pero la violación de esta fidelidad se llama adulterio, cuando por instigación de la propia concupiscencia, o por consentimiento de la concupiscencia ajena, hay unión carnal de una u otra parte con otro contra el pacto del matrimonio; y así se quebranta la fidelidad, la cual, aun en cosas que son del cuerpo y de poca monta, es un gran bien del alma: y por tanto es cierto que debe ser preferida aun a la salud del cuerpo, en la que aun esta nuestra vida es contenida. Pues, aunque un poco de paja en comparación de mucho oro es casi nada, con todo la fidelidad, cuando se guarda pura en materia de paja, como en el oro, no por eso es menor porque se guarda en una materia menor. Pero cuando la fidelidad se emplea para cometer pecado, sería extraño que la hubiéramos de llamar fidelidad; sin embargo, de cualquier clase que sea, si también la acción se hace contra ella, es peor hecha; salvo cuando por esto se abandona, para que haya retorno a la fidelidad verdadera y legítima, es decir, para que el pecado sea enmendado por la corrección de la perversidad de la voluntad. Como si alguno, no pudiendo solo robar a un hombre, encontrase un compañero en su iniquidad e hiciera con él pacto de hacerlo juntos y de repartir el botín; y, después de cometido el crimen, se llevara todo él para sí solo. Aquel otro se duele y se queja de que no se le ha guardado fidelidad; pero en su misma queja debe considerar que él mismo más bien debió guardar fidelidad con la sociedad humana en una vida buena, no haciendo despojo injusto de un hombre, si siente con cuánta injusticia ha dejado de guardársele a él en una compañía de pecado. Ciertamente el primero, siendo infiel en ambos casos, debe ser juzgado el más malvado. Pero si él hubiera estado disgustado de lo que habían hecho mal, y por esto no hubiera querido dividir el botín con su compañero de crimen, para que se restituyera al hombre a quien se había quitado, ni aun un hombre infiel lo llamaría infiel. Así una mujer, si, habiendo quebrantado la fidelidad matrimonial, guarda fidelidad con su adúltero, es ciertamente mala; pero si ni aun con su adúltero, peor. Además, si se arrepiente de su pecado y, volviendo a la castidad conyugal, renuncia a todos los pactos y propósitos adúlteros, tengo por extraño que aun el mismo adúltero la considere quebrantadora de fidelidad.

    § 5

    Suele también preguntarse si, cuando un varón y una mujer, sin ser él marido ni ella mujer de ningún otro, se juntan, no para la procreación de hijos, sino, por razón de incontinencia, para la mera unión carnal, mediando entre ellos esta fidelidad: que ni él lo haga con otra mujer, ni ella con otro varón, ¿ha de llamarse matrimonio? Y acaso esto pueda, no sin razón, llamarse matrimonio, si la resolución de ambas partes durase hasta la muerte de uno, y si la procreación de hijos, aunque no se juntaran para esa causa, no la rehuyeran, de modo que o no quisieran que les nacieran hijos, o aun por alguna obra mala usaran medios para que no nacieran. Pero si faltara una de estas cosas, o ambas, no hallo cómo podamos llamarlo matrimonio. Porque si un hombre tomara a alguna por un tiempo, hasta encontrar otra digna de sus honores o de sus medios, para casarse con ella como compeer; en su alma misma es un adúltero, y no con aquella a quien desea encontrar, sino con aquella con quien así se acuesta, sin tener con ella la asociación de marido. De donde también ella misma, sabiéndolo y queriéndolo, ciertamente obra impúdicamente al tener unión con aquel con quien no tiene el pacto de esposa. Sin embargo, si ella le guarda fidelidad de lecho, y después que él se haya casado, no tiene ella misma pensamiento de casarse, y se prepara a abstenerse enteramente de toda obra semejante, acaso no me atrevería a la ligera a llamarla adúltera; pero ¿quién dirá que no peca, cuando se sabe que tiene unión con un varón que no es su marido? Mas si de aquella unión, en cuanto a ella toca, no desea sino hijos, y sufre sin querer todo lo que sufre fuera de la causa de procreación, hay muchas matronas a las que ha de ser preferida; las cuales, aunque no son adúlteras, sin embargo fuerzan a sus maridos, que aun queriendo ejercer continencia, a pagar el débito de la carne, no por deseo de hijos, sino por ardor de concupiscencia que usa intemperantemente de su propio derecho; en cuyos matrimonios, con todo, esto mismo, el estar casados, es un bien. Pues para esto se casan: para que la concupiscencia, puesta bajo un vínculo legítimo, no ande sin freno y sin forma; teniendo de suyo debilidad de la carne que no puede ser refrenada, pero del matrimonio asociación de fidelidad que no puede ser disuelta; de suyo intrusión de unión inmoderada, del matrimonio un modo de procrear castamente. Porque, aunque sea vergonzoso querer usar un marido para los fines de la concupiscencia, con todo es honorable no querer tener unión sino con un marido, y no dar a luz hijos sino de un marido. Hay también hombres incontinentes hasta tal grado, que no perdonan a sus esposas aun estando encintas. Por tanto, todo lo que hay de inmodesto, desvergonzado y torpe que los casados hacen uno con otro, es pecado de las personas, no culpa del matrimonio.
    Comentario editorial · Un caso que Agustín conocía de cerca
    El supuesto de esta sección —un hombre que toma a una mujer «por un tiempo» hasta encontrar otra digna de su posición, y una mujer que le es fiel y no se casa después— se parece mucho a lo que Agustín cuenta de sí mismo. Según las Confesiones (VI, 25), en Milán le arrancaron de su lado, como estorbo para un matrimonio conveniente, a la mujer con quien vivía, que volvió a África con el voto de no conocer a otro hombre; Wikipedia precisa que la relación había durado más de quince años y que de ella nació su hijo Adeodato (372–388). La relación entre los dos textos es lectura del editor: Agustín no la hace aquí.

    § 6

    Además, en el caso mismo de la exigencia más inmoderada del débito de la carne, que el Apóstol no les impone por vía de mandato, sino que les permite por vía de venia, de que tengan unión también fuera de la causa de procrear hijos, aunque los malos hábitos los impelan a tal unión, sin embargo el matrimonio los guarda del adulterio o de la fornicación. Porque ni aquello se comete por causa del matrimonio, sino que se perdona por causa del matrimonio. Por tanto, los casados se deben el uno al otro no solo la fidelidad de su mismo consorcio carnal para la procreación de hijos, que es la primera asociación del género humano en este estado mortal, sino también, en cierto modo, un servicio mutuo de sobrellevar la flaqueza del otro, para evitar la unión ilícita: de modo que, aunque la continencia perpetua agrade a uno de ellos, no pueda éste abstenerse, salvo con consentimiento del otro. Porque hasta este punto también "la mujer no tiene potestad de su propio cuerpo, sino el marido; asimismo el marido no tiene potestad de su propio cuerpo, sino la mujer". Que aun aquello que, no para la procreación de hijos, sino por flaqueza e incontinencia, o él busca del matrimonio, o ella de su marido, no lo nieguen el uno al otro; no sea que por esto caigan en seducciones condenables, por tentación de Satanás, a causa de la incontinencia de ambos o de cualquiera de ellos. Porque la unión del matrimonio por causa de procrear no tiene culpa; mas para la satisfacción de la concupiscencia, pero con marido o mujer, por razón de la fidelidad del lecho, tiene culpa venial; pero el adulterio o la fornicación tiene culpa mortal, y, por esto, la continencia de toda unión es ciertamente mejor que aun la misma unión del matrimonio que se hace por causa de procrear. Mas porque aquella continencia es de mayor mérito, pero pagar el débito del matrimonio no es crimen, sino exigirlo más allá de la necesidad de procrear es culpa venial, mas cometer fornicación o adulterio es crimen que ha de ser castigado; la caridad de los casados debe guardarse, no sea que, mientras busca para sí ocasión de mayor honor, haga para su consorte lo que causa condenación. "Porque cualquiera que despide a su mujer, fuera de la causa de fornicación, la hace cometer adulterio." En tal grado se inicia el pacto matrimonial como cosa de un cierto sacramento, que no se anula ni aun por la separación misma, ya que, mientras vive su marido, aun por quien fue dejada, comete adulterio, en caso de casarse con otro; y el que la dejó es la causa de este mal.

    § 7

    Mas me maravillo si, así como es lícito despedir a la mujer adúltera, así es lícito, habiéndola despedido, casarse con otra. Porque la santa Escritura causa un nudo difícil en esta materia, en cuanto que el Apóstol dice: "Por mandamiento del Señor, la mujer no se aparte del marido; mas, en caso de haberse apartado, quédese sin casar, o reconcíliese con su marido"; mientras que ciertamente no debe apartarse y quedarse sin casar, sino de un marido que es adúltero, no sea que, apartándose del que no es adúltero, lo haga cometer adulterio. Mas acaso pueda ella justamente reconciliarse con su marido, o porque ha de ser soportado, si ella no puede abstenerse, o una vez corregido. Pero no veo cómo el varón pueda tener permiso para casarse con otra, en caso de haber dejado a una adúltera, cuando a la mujer no le es lícito casarse con otro, en caso de haber dejado a un adúltero. Y, siendo así el caso, tan fuerte es aquel vínculo de asociación en los casados que, aunque se ate por causa de procrear hijos, ni aun por causa de procrear hijos se suelta. Pues está en poder del hombre despedir a la mujer estéril y casarse con una de quien tener hijos. Y sin embargo no es lícito; y ahora ciertamente, en nuestros tiempos y según el uso de Roma, tampoco casarse además, de modo que se tenga más de una mujer viva; y ciertamente, en caso de adúltera o adúltero dejado, sería posible que nacieran más hombres, si o la mujer se casara con otro, o el varón se casara con otra. Y sin embargo, si esto no es lícito, como la regla divina parece prescribirlo, ¿quién hay que no deba volverse atento a aprender cuál sea el significado de esta tan gran fuerza del vínculo matrimonial? El cual de ningún modo pienso que pudiera haber sido de tan gran valor, si no fuera que se tomó un cierto sacramento de una realidad más grande de este débil estado mortal de los hombres, de modo que, abandonándolo los hombres y buscando disolverlo, permaneciera inconmovible para su castigo. Visto que el pacto matrimonial no se deshace por el divorcio sobreviniente; de modo que continúan siendo personas casadas la una para la otra, aun después de la separación; y cometen adulterio con aquellos a quienes se junten, aun después de su propio divorcio, ora la mujer con un varón, ora el varón con una mujer. Y sin embargo, salvo en la Ciudad de nuestro Dios, en su Monte Santo, no es así el caso con la mujer. Mas que las leyes de los gentiles son de otro modo, ¿quién hay que no lo sepa? donde, por la interposición del divorcio, sin ofensa alguna de la que el hombre tome conocimiento, tanto la mujer se casa con quien quiere, como el varón se casa con quien quiere. Y algo semejante a esta costumbre, a causa de la dureza de los israelitas, parece que Moisés permitió acerca de la carta de divorcio. En lo cual aparece más bien una reprensión que una aprobación del divorcio.
    Comentario editorial · ¿Puede volver a casarse quien despide a la adúltera?
    Agustín reconoce aquí un «nudo difícil»: Jesús permite despedir a la mujer por adulterio (), pero Pablo manda a la que se separa quedarse sin casar o reconciliarse (). Su inclinación, que el tratado repite en § 32, es que el vínculo dura mientras viven ambos cónyuges, aun separados. Wikipedia subraya que en esto se apartaba de la práctica romana, que admitía el divorcio y el nuevo matrimonio.

    § 8

    "Honroso", pues, "es el matrimonio en todos, y el lecho inmaculado". Y esto no lo llamamos así un bien, como que sea un bien en comparación de la fornicación: de otro modo habría dos males, de los cuales el segundo es peor; o la fornicación será también un bien, porque el adulterio es peor: pues es peor violar el matrimonio ajeno que allegarse a una ramera; y el adulterio será un bien, porque el incesto es peor; pues es peor acostarse con la madre que con la mujer ajena; y, hasta que lleguemos a aquellas cosas que, como dice el Apóstol, "es vergüenza aun hablar", todas serán bienes en comparación de lo peor. Mas ¿quién puede dudar que esto es falso? Así pues, el matrimonio y la fornicación no son dos males, de los cuales el segundo es peor; sino que el matrimonio y la continencia son dos bienes, de los cuales el segundo es mejor, así como esta salud temporal y la enfermedad no son dos males, de los cuales el segundo es peor; sino que la salud y la inmortalidad son dos bienes, de los cuales el segundo es mejor. También el conocimiento y la vanidad no son dos males, donde la vanidad es lo peor; sino que el conocimiento y la caridad son dos bienes, donde la caridad es lo mejor. Pues "el conocimiento será destruido", dice el Apóstol; y sin embargo es necesario para este tiempo; pero "la caridad nunca falla". Así también esta generación mortal, por causa de la cual se contrae matrimonio, será destruida; mas la exención de toda unión carnal es ejercicio angélico aquí, y continúa para siempre. Mas así como los ágapes de los justos son mejores que los ayunos de los sacrílegos, así el matrimonio de los fieles ha de anteponerse a la virginidad de los impíos. Sin embargo, ni en aquel caso se prefiere el ágape al ayuno, sino la justicia al sacrilegio; ni en éste, el matrimonio a la virginidad, sino la fe a la impiedad. Pues por este fin los justos, cuando es menester, toman su ágape, para que, como buenos señores, den a sus siervos, es decir, a sus cuerpos, lo justo y equitativo; mas por este fin ayunan los sacrílegos, para servir a los demonios. Así por este fin los fieles se casan, para juntarse castamente con los maridos; mas por este fin los impíos son vírgenes, para cometer fornicación lejos del verdadero Dios. Como, pues, era bueno lo que Marta hacía, ocupada en el ministerio de los santos, pero mejor lo que María, su hermana, sentada a los pies del Señor, oyendo su palabra; así alabamos el bien de Susana en la castidad conyugal, mas sin embargo anteponemos el bien de la viuda Ana, y, mucho más, el de la Virgen María. Era bueno lo que hacían los que de sus bienes suministraban lo necesario a Cristo y a sus discípulos; mas mejor, los que dejaron todos sus bienes, para ser más libres para seguir al mismo Señor. Mas en ambos casos de bien, ya sea lo que hacían éstos, ya lo que hacían Marta y María, lo mejor no podía hacerse, a no ser que se hubiera pasado por alto o dejado lo otro. De donde hemos de entender que no debemos, por esto, pensar que el matrimonio es un mal, porque, a no ser que haya abstinencia de él, no puede tenerse la castidad viudal o la pureza virginal. Pues ni por esto era malo lo que Marta hacía, porque, si su hermana no se hubiera abstenido de ello, ella no habría podido hacer lo que era mejor; ni por esto es malo recibir a un justo o a un profeta en casa, porque aquel que quiere seguir a Cristo hasta la perfección no debe ni aun tener casa, para hacer lo que es mejor.

    § 9

    En verdad hemos de considerar que Dios nos da algunos bienes, que han de ser buscados por sí mismos, como la sabiduría, la salud, la amistad; mas otros, que son necesarios por causa de algo, como el saber, el alimento, la bebida, el sueño, el matrimonio, la unión carnal. Pues de éstos, unos son necesarios por causa de la sabiduría, como el saber; otros por causa de la salud, como el alimento, la bebida y el sueño; otros por causa de la amistad, como el matrimonio o la unión carnal: pues de aquí subsiste la propagación del género humano, en la cual la compañía amistosa es un gran bien. Estos bienes, pues, que son necesarios por causa de otra cosa, quien los usa no para este propósito para el cual fueron instituidos, peca; en unos casos venialmente, en otros condenablemente. Mas quien los usa para este propósito para el cual fueron dados, obra bien. Por tanto, a quien no le son necesarios, si no los usa, obra mejor. Por lo cual, estos bienes, cuando tenemos necesidad, bien hacemos en desearlos; mas mejor hacemos en no desearlos que en desearlos: porque nosotros mismos estamos en mejor estado, cuando no los tenemos por necesarios. Y por esto es bueno casarse, porque es bueno procrear hijos, ser madre de familia; mas es mejor no casarse, porque es mejor no estar necesitado de esta obra, para la misma compañía humana. Pues tal es el estado del género humano ahora, que (otros, que no se contienen, no solo se dedican al matrimonio, sino que muchos también se enloquecen con concubinatos ilícitos, obrando el buen Creador algo bueno de sus males) no falta numerosa prole y abundante sucesión, de la cual procurar santas amistades. De donde colegimos que en los primeros tiempos del género humano, principalmente para la propagación del Pueblo de Dios, por medio del cual el Príncipe y Salvador de todos los pueblos había de ser profetizado y nacer, fue deber de los santos usar de este bien del matrimonio, no como algo que debiera buscarse por sí mismo, sino necesario por causa de otra cosa; mas ahora, cuando, para entrar en santa y pura compañía, hay por todas partes de entre todas las naciones una sobreabundante plenitud de parentesco espiritual, aun los que quieren contraer matrimonio sólo por causa de los hijos han de ser amonestados a que usen más bien el mayor bien de la continencia.

    § 10

    Mas sé de algunos que murmuran: ¿Qué, dicen, si todos los hombres se abstuvieran de toda unión carnal, de dónde existiría el género humano? Ojalá todos quisieran esto, sólo que en "caridad de corazón puro, y de buena conciencia, y de fe no fingida"; mucho más pronto se llenaría la Ciudad de Dios y se aceleraría el fin del mundo. Pues ¿a qué otra cosa, como es manifiesto, exhorta el Apóstol cuando dice, hablando sobre este punto: "Querría que todos fueseis como yo"; o en aquel pasaje: "Mas esto digo, hermanos: el tiempo es breve; resta que los que tienen mujeres sean como si no las tuviesen; y los que lloran, como si no llorasen; y los que se alegran, como si no se alegrasen; y los que compran, como si no poseyesen; y los que usan de este mundo, como si no lo usasen. Porque la apariencia de este mundo pasa. Querría que estuvieseis sin cuidado". Luego añade: "El que no tiene mujer, piensa en las cosas del Señor, en cómo agradar al Señor; mas el que está unido en matrimonio, piensa en las cosas del mundo, en cómo agradar a su mujer; y la mujer no casada y la virgen son diferentes: la que no está casada se afana por las cosas del Señor, para ser santa tanto en cuerpo como en espíritu; mas la casada se afana por las cosas del mundo, en cómo agradar a su marido". De donde me parece que en este tiempo sólo aquellos que no se contienen deben casarse, según aquella sentencia del mismo Apóstol: "Mas si no se contienen, cásense; pues mejor es casarse que abrasarse".

    § 11

    Y sin embargo, ni para estos mismos es pecado el matrimonio; el cual, si fuera elegido en comparación de la fornicación, sería un pecado menor que la fornicación, y sin embargo sería pecado. Mas ahora ¿qué diremos contra el muy claro dicho del Apóstol, que dice: "Haga lo que quiera; no peca, si se casa"; y: "Si hubieres tomado mujer, no has pecado; y si una virgen se hubiera casado, no peca"? De aquí ciertamente no es lícito ya dudar de que el matrimonio no es pecado. Así que el Apóstol no permite el matrimonio como cosa "de indulgencia"; pues ¿quién puede dudar que es sumamente absurdo decir que no han pecado aquellos a quienes se concede "indulgencia"? Mas concede, como cosa "de indulgencia", aquella unión carnal que tiene lugar por incontinencia, no sola y exclusivamente para la procreación de hijos, y, a veces, nada para la procreación de hijos; y no es que el matrimonio fuerce a que esto ocurra, sino que procura indulgencia para ello; con tal, sin embargo, que no sea tan en exceso que impida lo que debe reservarse como tiempo de oración, ni se cambie en aquel uso que es contra naturaleza, sobre el cual el Apóstol no pudo callar, cuando hablaba de las excesivas corrupciones de hombres impuros e impíos. Porque la unión carnal necesaria para la procreación está libre de culpa, y ella sola es digna del matrimonio. Mas la que va más allá de esta necesidad, ya no sigue a la razón, sino a la concupiscencia. Y sin embargo corresponde al carácter del matrimonio no exigir esto, sino cederlo al consorte, no sea que por fornicación el otro peque condenablemente. Mas si ambos están bajo tal concupiscencia, hacen lo que manifiestamente no es propio del matrimonio. Pero si en su unión aman lo honesto más que lo deshonesto, es decir, lo que es propio del matrimonio más que lo que no es propio del matrimonio, esto les es permitido por la autoridad del Apóstol como cosa de indulgencia; y por esta culpa tienen en su matrimonio no lo que los incita a cometerla, sino lo que intercede indulgencia por ella, si no apartan de sí la misericordia de Dios, ya sea no absteniéndose en ciertos días para estar libres para la oración, y por esta abstinencia, como por el ayuno, encomendar sus oraciones; ya sea cambiando el uso natural en aquel que es contra naturaleza, lo cual es más condenable cuando se hace en el caso de marido o mujer.

    § 12

    Porque, mientras que aquel uso natural, cuando traspasa el pacto del matrimonio, esto es, más allá de la necesidad de procrear, es perdonable en el caso de la esposa, y condenable en el caso de una ramera; aquel que es contra naturaleza es execrable cuando se hace en el caso de una ramera, pero más execrable en el caso de la esposa. De tan gran poder es la ordenanza del Creador y el orden de la creación que, en las cosas que nos es permitido usar, aun cuando se excede la medida debida, es mucho más tolerable que en las que no son permitidas, ya sea un solo exceso, o uno raro. Y por tanto, en la cosa permitida, la falta de moderación, en un marido o mujer, ha de ser sobrellevada, a fin de que la concupiscencia no irrumpa en una cosa no permitida. De aquí es también que peca mucho menos el que está siempre tan incesantemente en los acercamientos a su esposa, que el que se acerca por muy rara vez a cometer fornicación. Mas cuando el varón quiera usar el miembro de la esposa no permitido para este propósito, la mujer es más vergonzosa si permite que ocurra en su propio caso, que si en el caso de otra mujer. Por tanto, el ornamento del matrimonio es la castidad de procrear y la fidelidad de pagar el débito de la carne: ésta es la obra del matrimonio, esto el Apóstol defiende de toda acusación, al decir: "Tanto si hubieres tomado mujer, no has pecado; y si una virgen se hubiera casado, no peca"; y: "Haga lo que quiera: no peca si se casa". Mas un avance más allá de la moderación en la exigencia del débito de uno u otro sexo, por las razones que he expuesto arriba, es permitido a los casados como cosa de indulgencia.

    § 13

    Por tanto, lo que dice: "La que no está casada piensa en las cosas del Señor, para ser santa tanto en cuerpo como en espíritu"; no lo hemos de tomar en tal sentido que pensemos que una casta esposa cristiana no es santa en el cuerpo. Ciertamente a todos los fieles se dijo: "¿No sabéis que vuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, el cual tenéis de Dios?" Así pues, los cuerpos también de los casados son santos, mientras guarden fidelidad mutua y a Dios. Y que esta santidad de cualquiera de ellos no la impide ni aun un cónyuge incrédulo, sino antes la santidad de la esposa aprovecha al marido incrédulo, y la santidad del marido aprovecha a la esposa incrédula, el mismo Apóstol es testigo, diciendo: "Porque el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula es santificada en el hermano". Por lo cual aquello se dijo según la mayor santidad de los no casados que de los casados, a la cual se debe también mayor recompensa, según que, siendo el uno un bien, el otro es un bien mayor: tanto cuanto que también ésta tiene sólo este pensamiento, cómo agradar al Señor. Pues no es que una mujer que cree, guardando castidad conyugal, no piense cómo agradar al Señor; sino ciertamente menos, en cuanto piensa en las cosas del mundo, cómo agradar a su marido. Porque esto es lo que él querría decir de ellas, que se hallan, en cierto modo, obligadas por el matrimonio a pensar en las cosas del mundo, cómo agradar a sus maridos.

    § 14

    Y no sin justa causa se suscita la duda de si dijo esto de todas las mujeres casadas, o de aquellas tales como muchas son, que casi todas pueden pensarse que son así. Porque ni tampoco lo que dice de las no casadas: "La que no está casada piensa en las cosas del Señor, para ser santa en cuerpo y espíritu", pertenece a todas las no casadas; habiendo ciertas viudas que están muertas, que viven en deleites. Sin embargo, en cuanto se refiere a una cierta distinción y, como, carácter propio de las no casadas y de las casadas; así como por un exceso merece odio la que absteniéndose del matrimonio, esto es, de una cosa permitida, no se abstiene de ofensas, ya de lujo, ya de soberbia, ya de curiosidad y parlería; así la mujer casada rara vez se encuentra que, en la misma obediencia de la vida matrimonial, no tenga otro pensamiento sino cómo agradar a Dios, adornándose, no con cabellos trenzados, o con oro y perlas y vestidos costosos, sino como conviene a mujeres que hacen profesión de piedad, por medio de una buena conversación. Tales matrimonios, ciertamente, el apóstol Pedro también los describe al dar mandamiento. "Asimismo —dice—, las mujeres obedeciendo a sus propios maridos; para que, aun si algunos no obedecen a la palabra, sean ganados sin discurso por medio de la conversación de las mujeres, al ver vuestra reverencia y casta conversación; que no sean ellas las que se adornan por fuera con rizos del cabello, o vestidas de oro o con hermosos vestidos; sino el oculto hombre del corazón, en la incorrupción de un espíritu quieto y modesto, lo cual es de grande estima delante del Señor. Pues así también en otro tiempo las santas mujeres, que esperaban en el Señor, se adornaban, obedeciendo a sus propios maridos; como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, haciendo bien, y no temiendo con ningún vano temor. Los maridos igualmente viviendo en paz y en castidad con vuestras mujeres, dad honor como a vaso más frágil y sujeto, como a coherederas de la gracia, y mirad que vuestras oraciones no sean impedidas". ¿Acaso es que tales matrimonios no tienen pensamiento de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor? Mas son muy raros: ¿quién lo niega? Y, siendo, como son, raros, casi todas las personas que son así, no se juntaron para ser así, sino que, ya juntos, llegaron a ser así.

    § 15

    Porque ¿qué varones cristianos de nuestro tiempo, libres del vínculo matrimonial, teniendo poder para abstenerse de toda unión carnal, viendo que es ahora "tiempo", como está escrito, "no de abrazar, sino de abstenerse del abrazo", no elegirían más bien guardar la continencia virginal o viudal, que (ahora que no hay obligación de deber para con la sociedad humana) sufrir la tribulación de la carne, sin la cual no pueden darse los matrimonios (para pasar en silencio otras cosas de las que el Apóstol se dispensa)? Mas cuando por el deseo reinante se hayan juntado, si después lo vencen, porque no es lícito desatar, del modo que fue lícito no atar, el vínculo matrimonial, llegan a ser tales como la forma del matrimonio profesa, de modo que, o por mutuo consentimiento ascienden a un grado más alto de santidad, o, si ambos no son tales, el que lo sea no será uno que exija, sino que pague el débito, observando en todo una casta y religiosa concordia. Mas en aquellos tiempos, en los que aún el misterio de nuestra salvación estaba velado en sacramentos proféticos, aun los que eran tales antes del matrimonio, contraían sin embargo matrimonio por el deber de procrear hijos, no vencidos por la concupiscencia, sino guiados por la piedad, a quienes si se les hubiera dado tal elección como en la revelación del Nuevo Testamento se ha dado, diciendo el Señor "El que pueda recibir, reciba"; nadie duda que habrían estado dispuestos a recibirlo aun con gozo, quien lea con cuidadosa atención qué uso hacían de sus mujeres, en un tiempo en que también era lícito a un solo varón tener varias, a las cuales tenía con más castidad que ahora cualquiera tiene a su única mujer, de aquellos, a los cuales vemos lo que el Apóstol concede por vía de venia. Pues las tenían en la obra de procrear hijos, no "en la enfermedad del deseo, como las naciones que no conocen a Dios". Y esto es cosa tan grande, que muchos en este día más fácilmente se abstienen de toda unión carnal durante toda su vida, que, si están unidos en matrimonio, guardan la medida de no juntarse sino por causa de los hijos. Ciertamente tenemos muchos hermanos y partícipes de la herencia celestial de uno y otro sexo que son continentes, ya sean de los que han hecho prueba del matrimonio, ya de los que están enteramente libres de toda tal unión: sin duda son sin número; sin embargo, en nuestras familiares pláticas con ellos, ¿a quién hemos oído, ya de los que están, ya de los que han estado casados, declararnos que él nunca ha tenido unión carnal con su mujer, sino con la esperanza de concebir? Así pues, lo que los Apóstoles mandan a los casados, esto es propio del matrimonio; mas lo que permiten por vía de venia, o lo que impide las oraciones, esto el matrimonio no lo obliga, sino que lo tolera.

    § 16

    Por tanto, si acaso (cosa que no sé si puede tener lugar, y más bien pienso que no puede tener lugar; mas con todo, si acaso), habiendo tomado para sí una concubina por un tiempo, un varón hubiera buscado hijos solamente de esta misma unión; ni aun así aquella unión ha de ser preferida al matrimonio aun de aquellas mujeres que hacen esto, que es cosa de venia. Pues debemos considerar lo que pertenece al matrimonio, no lo que pertenece a aquellas mujeres que se casan y usan del matrimonio con menos moderación de la que deben. Porque ni si cada cual usa de tierras ingresadas injusta e inicuamente, de modo que de sus frutos dé largas limosnas, por eso justifica la rapiña: ni si otro incuba, por avaricia, una finca a la que ha sucedido, o que ha ganado justamente, por esto hemos de culpar la orden del derecho civil, por la cual es hecho legítimo dueño. Ni la ilicitud de una rebelión tiránica merecerá alabanza, si el tirano trata a sus súbditos con real clemencia; ni la orden del poder real merecerá vituperio, si un rey se enfurece con cruel tiranía. Porque una cosa es querer usar bien de una potestad injusta, y otra cosa es usar injustamente de una potestad justa. Así ni las concubinas tomadas por un tiempo, aunque sean tales para tener hijos, hacen lícito su concubinato; ni las mujeres casadas, si viven lujuriosamente con sus maridos, cargan acusación alguna a la orden del matrimonio.

    § 17

    Que el matrimonio puede tener lugar de personas primeramente mal unidas, sobreviniendo un decreto honesto, es manifiesto. Mas un matrimonio de una vez por todas entrado en la Ciudad de nuestro Dios, donde, aun desde la primera unión de los dos, el varón y la mujer, lleva consigo un cierto carácter sacramental, de ningún modo puede ser disuelto sino por la muerte de uno de ellos. Porque el vínculo del matrimonio permanece, aunque no siga prole, por causa de la cual se entró en él, por manifiesta esterilidad; de modo que, cuando ya los casados sepan que no habrán de tener hijos, sin embargo no les es lícito separarse ni aun por causa de los hijos, y unirse a otros. Y si así lo hicieren, cometen adulterio con aquellos a quienes se unen, mas ellos mismos permanecen maridos y mujeres. Claro está que con la buena voluntad de la esposa de tomar a otra mujer, para que de ella nazcan hijos comunes a ambos, por la unión carnal y la simiente del uno, mas por el derecho y la potestad de la otra, era lícito entre los antiguos padres; si sea lícito también ahora, no me apresuraría a pronunciarlo. Pues no hay ahora necesidad de procrear hijos, como la había entonces, cuando, aun cuando las esposas parían hijos, era lícito, para tener una más numerosa posteridad, casarse con otras mujeres además, lo cual ahora ciertamente no es lícito. Porque la diferencia que separa los tiempos hace que la época debida tenga tan gran fuerza para la justicia y el hacer o no hacer algo, que ahora un hombre obra mejor, si no se casa ni aun con una sola mujer, a no ser que no pueda contenerse. Mas entonces se casaban aun con varias sin culpa alguna, aun aquellos que mucho más fácilmente podían contenerse, si no fuera que la piedad en aquel tiempo tenía otra exigencia sobre ellos. Pues, así como el varón sabio y justo, que ahora desea ser disuelto y estar con Cristo, y se deleita más en esto, lo mejor, ya no por deseo de vivir aquí, sino por el deber de ser útil, toma alimento para permanecer en la carne, lo cual es necesario por causa de los otros; así entonces el tener unión con hembras a derecho de matrimonio era para los santos varones materia de deber, no de concupiscencia.
    Comentario editorial · Qué quiere decir aquí «sacramento»
    Cuando Agustín dice que el matrimonio de los cristianos tiene un carácter «sacramental», piensa en un signo sagrado y en un vínculo que no se rompe mientras viven los esposos, aunque se separen o no tengan hijos. No usa la palabra en el sentido técnico posterior. Según Wikipedia, fue Agustín quien más contribuyó a elaborar la sacramentalidad del matrimonio cristiano, pero la primera declaración oficial de que el matrimonio es un sacramento llegó en el sínodo de Verona de 1184, contra los cátaros; el segundo concilio de Lyon (1274) lo incluyó en la lista de los siete, y el de Florencia (1439) volvió a reconocerlo.

    § 18

    Pues lo que el alimento es para la conservación del hombre, esto es la unión carnal para la conservación de la raza; y ambas no carecen de deleite carnal; el cual, sin embargo, siendo modificado, y por la moderación de la templanza reducido al uso conforme a naturaleza, no puede ser concupiscencia. Mas lo que el alimento ilícito es en el sustento de la vida, esto es la unión carnal de la fornicación o del adulterio en la búsqueda de familia. Y lo que el alimento ilícito es en el lujo del vientre y de la garganta, esto es la unión ilícita en la concupiscencia que no busca familia. Y lo que el apetito excesivo de algunos es en el alimento lícito, esto es aquella unión que es materia de venia en el marido y la mujer. Como, pues, es mejor morir de hambre que comer cosas ofrecidas a los ídolos, así es mejor morir sin hijos que buscar familia de unión ilícita. Mas de dondequiera que nazcan los hombres, si no siguen los vicios de sus padres, y adoran a Dios rectamente, serán honestos y salvos. Porque la semilla del hombre, de cualquier clase de hombre que sea, es criatura de Dios, y mal les irá a quienes la usan mal, mas ella misma en ningún tiempo será mala. Mas así como los buenos hijos de los adúlteros no son defensa de los adulterios, así los malos hijos de los casados no son acusación contra el matrimonio. Por lo cual, así como los Padres del tiempo del Nuevo Testamento tomando el alimento por el deber de conservación, aunque lo tomaban con el deleite natural de la carne, no eran, sin embargo, de ningún modo comparables al deleite de aquellos que se alimentaban de lo que había sido ofrecido en sacrificio, o de aquellos que, aunque el alimento era lícito, sin embargo lo tomaban en exceso; así los Padres del tiempo del Antiguo Testamento por el deber de conservación usaban de la unión carnal; y, sin embargo, aquel su deleite natural, de ningún modo relajado hasta la concupiscencia irrazonable e ilícita, no ha de ser comparado ni con la vileza de las fornicaciones, ni con la intemperancia de los casados. Ciertamente por la misma vena de la caridad, ahora según el espíritu, entonces según la carne, era un deber engendrar hijos por causa de aquella madre Jerusalén; mas nada sino la diferencia de los tiempos hacía diferentes las obras de los padres. Y así fue necesario que aun los Profetas, no viviendo según la carne, se uniesen según la carne; así como fue necesario que también los Apóstoles, no viviendo según la carne, comiesen alimento según la carne.
    Comentario editorial · Una frase que Agustín precisó en las «Retractaciones»
    Al revisar sus obras, Agustín volvió sobre la afirmación de que el deleite carnal moderado y reducido al uso natural «no puede ser concupiscencia». Según la nota del NPNF a este lugar (Retractaciones II, 22, 2), aclaró que lo que quiso decir es que el buen y recto uso de la concupiscencia no es concupiscencia: así como es mala voluntad usar mal de las cosas buenas, es buena voluntad usar bien de las malas.

    § 19

    Por tanto, cuantas mujeres hay ahora, a las que se dice: "Si no se contienen, cásense", no han de ser comparadas con las santas mujeres de entonces, aun cuando se casaban. El matrimonio mismo ciertamente en todas las naciones es por la misma causa de procrear hijos, y sean cuales fueren éstos después, sin embargo el matrimonio fue instituido para este propósito: que nazcan en orden debido y honesto. Mas los varones que no se contienen, como que ascienden al matrimonio por un escalón de honestidad; pero aquellos que sin duda se contendrían, si el propósito de aquel tiempo lo hubiera permitido, en cierta medida descendieron al matrimonio por un escalón de piedad. Y, por esto, aunque los matrimonios de ambos, en cuanto son matrimonios, en cuanto son por causa de procrear, son igualmente buenos, sin embargo estos varones cuando están casados no han de ser comparados con aquellos varones en cuanto casados. Pues éstos tienen lo que les es permitido por vía de venia, en razón de la honestidad del matrimonio, aunque no pertenezca al matrimonio; esto es, el avance que va más allá de la necesidad de procrear, que aquéllos no tenían. Mas ni éstos, si acaso se halla ahora alguno que ni busque ni desee en el matrimonio otra cosa sino aquello para lo cual el matrimonio fue instituido, pueden ser igualados a aquellos varones. Pues en éstos el mismo deseo de hijos es carnal, pero en aquéllos era espiritual, en cuanto que se ajustaba al sacramento de aquel tiempo. Ciertamente ahora ninguno que sea perfecto en la piedad busca tener hijos, sino en sentido espiritual; mas entonces era obra de la misma piedad engendrar hijos aun en sentido carnal: porque la procreación de aquel pueblo estaba llena de anuncios de cosas venideras, y pertenecía a la dispensación profética.

    § 20

    Y por esto, no así como fue lícito a un varón tener aun varias mujeres, fue lícito a una mujer tener varios maridos, ni aun por causa de familia, en caso de que sucediera que la mujer pudiera parir, y el varón no pudiera engendrar. Pues por una ley secreta de la naturaleza las cosas que están en primer lugar aman ser singulares; mas las que son sujetas se ponen debajo, no solo una debajo de uno, sino, si el sistema de la naturaleza o la sociedad lo permite, aun varias debajo de uno, no sin conveniente hermosura. Pues ni un solo siervo tiene así varios señores, del modo que varios siervos tienen un solo señor. Así no leemos que ninguna de las santas mujeres sirviera a dos o más maridos vivos: mas leemos que muchas mujeres sirvieron a un solo marido, cuando el estado social de aquella nación lo permitía, y el propósito del tiempo lo persuadía; pues ni es contrario a la naturaleza del matrimonio. Porque varias mujeres pueden concebir de un solo varón; mas una sola mujer no puede de varios (tal es la fuerza de las cosas principales), así como muchas almas son rectamente sujetadas a un solo Dios. Y por esta causa no hay verdadero Dios de las almas, sino Uno solo: mas una sola alma por medio de muchos falsos dioses puede cometer fornicación, mas no hacerse fecunda.

    § 21

    Mas por cuanto de muchas almas ha de haber en adelante una Ciudad de aquellos que tienen un alma y un corazón hacia Dios; perfección de nuestra unidad que será en adelante, después de esta peregrinación en tierra extraña, en la cual los pensamientos de todos no estarán ocultos unos de otros, ni serán contrarios unos a otros en materia alguna; por esta causa el sacramento del matrimonio de nuestro tiempo ha sido reducido de tal manera a un solo varón y una sola mujer, que no es lícito ordenar como mayordomo de la Iglesia, sino al marido de una sola mujer. Y esto lo han entendido más agudamente los que han sido de opinión que ni aun aquel ha de ser ordenado, que como catecúmeno o como pagano tuvo una segunda mujer. Pues es cosa de sacramento, no de pecado. Porque en el bautismo todos los pecados son lavados. Mas quien dijo: "Si hubieres tomado mujer, no has pecado; y si una virgen se hubiera casado, no peca"; y: "Haga lo que quiera, no peca si se casa", ha hecho bastante claro que el matrimonio no es pecado. Mas en razón de la santidad del sacramento, así como una mujer, aunque haya padecido violencia siendo catecúmena, no puede después del bautismo ser consagrada entre las vírgenes de Dios; así no hubo absurdo en suponer de aquel que había excedido el número de una sola mujer, no que hubiera cometido pecado alguno, sino que había perdido una cierta regla prescrita de un sacramento necesario no para el mérito de la buena vida, sino para el sello de la ordenación eclesiástica; y así, como las varias mujeres de los antiguos Padres significaban nuestras futuras Iglesias, de todas las naciones sujetas a un solo marido, Cristo; así nuestro sumo sacerdote, el marido de una sola mujer, significa la unidad de todas las naciones, hechas sujetas a un solo marido, Cristo: la cual será entonces perfeccionada, cuando Él haya revelado los ocultos secretos de las tinieblas y haya manifestado los pensamientos de los corazones, para que entonces cada uno tenga alabanza de Dios. Mas ahora hay manifiestas, hay ocultas, disensiones, aun donde está a salvo la caridad entre aquellos que serán en adelante uno, y en uno; lo cual entonces ciertamente no existirá. Así, pues, como el sacramento del matrimonio con varias de aquel tiempo significaba la multitud que habría de ser hecha sujeta a Dios en todas las naciones de la tierra, así el sacramento del matrimonio con una sola de nuestros tiempos significa la unidad de todos nosotros hechos sujetos a Dios, que será en adelante en una sola Ciudad celestial. Por tanto, así como servir a dos o más, así pasar del marido vivo a casarse con otro, ni fue lícito entonces, ni es lícito ahora, ni lo será jamás. Ciertamente apostatar del único Dios, e ir a la superstición adúltera de otro, es siempre un mal. Por tanto, ni aun en gracia de una familia más numerosa hicieron nuestros santos lo que se dice que hizo Catón el Romano: dar su mujer, durante su propia vida, para llenar aun la casa de otro de hijos. Ciertamente en el matrimonio de una sola mujer, la santidad del sacramento es de más valor que la fecundidad del seno.
    Comentario editorial · Catón, Marcia y Hortensio
    Agustín alude a un episodio famoso de la historia romana. Según Wikipedia, que sigue a Plutarco, en el año 56 a. C. el orador Quinto Hortensio, viudo y deseoso de emparentar con Catón el Joven, le pidió primero a su hija y, al no obtenerla, a su mujer, Marcia, que ya le había dado hijos; Catón se divorció de ella con el consentimiento del padre de Marcia, y Hortensio se casó con ella y tuvo un hijo. Tras la muerte de Hortensio, en el 50 a. C., Marcia volvió con Catón. La nota del NPNF identifica al personaje como «Cato minor» y remite a la vida de Catón de Plutarco.
    Comentario editorial · El clérigo «marido de una sola mujer»
    Las cartas a Timoteo y a Tito piden que el obispo sea «marido de una sola mujer» (; ). Agustín se inclina por la lectura más estricta: no debe ordenarse ni siquiera a quien se casó dos veces y la primera siendo aún pagano o catecúmeno, porque se trata de un signo («sacramento»), no de un pecado. Jerónimo pensaba lo contrario: en su Carta 69, a Océano (397 según el NPNF), defiende a un obispo hispano, Carterio, casado una vez antes del bautismo y otra después, con el argumento de que el bautismo borra todo lo anterior.

    § 22

    Si, por tanto, aun aquellos que se unen en matrimonio sólo para el fin de procrear, para cuyo fin fue instituido el matrimonio, no son comparados con los Padres, que buscaban sus mismos hijos de un modo muy distinto de como lo hacen éstos; puesto que Abraham, habiéndosele mandado matar a su hijo, impávido y devoto, no perdonó a su único hijo, al que de entre gran desesperanza había recibido, salvo que depuso su mano cuando lo prohibió Aquel a cuya orden la había levantado; queda que consideremos si al menos las personas continentes entre nosotros han de ser comparadas a aquellos Padres que estaban casados; a no ser que acaso ahora estos han de ser preferidos a aquéllos, a quienes aún no hemos hallado personas con quienes comparar. Pues había un bien mayor en su matrimonio, que es el bien propio del matrimonio: al cual sin duda el bien de la continencia ha de ser preferido; porque ellos no buscaban hijos del matrimonio por el mismo deber que guía a éstos, por un cierto sentido de la naturaleza mortal que requiere sucesión contra el fenecimiento. Y quien niegue que esto es bueno no conoce a Dios, Creador de todos los bienes, desde las cosas celestiales hasta las terrenales, desde las inmortales hasta las mortales. Mas ni las bestias carecen enteramente de este sentido de procrear, y principalmente las aves, cuyo cuidado de construir nidos nos sale al encuentro de inmediato, y una cierta semejanza con los matrimonios, para procrear y criar juntos. Mas aquellos varones, con mente mucho más santa, sobrepujaban este afecto de la naturaleza mortal, cuya castidad en su propio género, añadiéndosele el culto de Dios, como algunos han entendido, se presenta como la que da el treinta por uno; que buscaban hijos de su matrimonio por causa de Cristo; para distinguir su linaje según la carne de todas las naciones: así como Dios se complugo en ordenar que esto, por encima de las demás cosas, valiera para profetizar de Él, en cuanto que fue predicho de qué raza y de qué nación había Él de venir en la carne en adelante. Así pues, era un bien mucho mayor que los castos matrimonios de los creyentes entre nosotros, lo que el padre Abraham conocía en su propio muslo, debajo del cual mandó a su siervo que pusiera la mano, para que le jurase acerca de la mujer con quien su hijo se había de casar. Porque poniendo la mano debajo del muslo de un varón, y jurando por el Dios del cielo, ¿qué otra cosa significaba sino que en aquella carne, que traía su origen de aquel muslo, vendría el Dios del cielo? Por tanto, el matrimonio es un bien, en el cual los casados son tanto mejores, cuanto con mayor castidad y fidelidad temen a Dios, especialmente si los hijos que desean según la carne, también los crían según el espíritu.

    § 23

    Ni, en que la Ley ordene que un varón se purifique aun después de la unión con la esposa, muestra que sea pecado: a no ser que sea aquello que se permite por vía de venia, lo cual también, siendo en exceso, impide las oraciones. Mas, así como la Ley establece muchas cosas en sacramentos y sombras de cosas venideras; un cierto como estado material informe de la semilla, la cual, habiendo recibido forma, producirá en adelante el cuerpo del hombre, se establece para significar una vida informe e indocta: del cual estado informe, por cuanto conviene que el hombre sea limpiado por la forma y enseñanza del saber; como signo de esto, aquella purificación fue ordenada después de la emisión de la semilla. Pues ni en el sueño tampoco ocurre por pecado. Y sin embargo también allí se mandaba una purificación. O, si alguno piensa que esto también es pecado, pensando que no ocurre sino por alguna concupiscencia de este género, lo cual sin duda es falso; ¿qué? acaso ¿las menstruaciones ordinarias de las mujeres son también pecados? Y sin embargo de éstas la misma antigua Ley mandaba que fueran limpiadas por expiación; por ninguna otra causa, sino el mismo estado material informe, en aquello que, cuando ha tenido lugar la concepción, se añade como para edificar el cuerpo, y por esta razón, cuando fluye sin forma, la Ley quiso significar por ella un alma sin forma de disciplina, que fluye y anda suelta de manera indecorosa. Y que ésta debe recibir forma, lo significa cuando manda que tal flujo del cuerpo sea purificado. Finalmente, ¿qué? ¿morir, es también eso pecado? o, ¿enterrar a un muerto, no es también una buena obra de humanidad? y sin embargo se mandaba una purificación aun con ocasión de esto también; porque también un cuerpo muerto, al abandonarlo la vida, no es pecado, sino que significa el pecado de un alma abandonada por la justicia.

    § 24

    El matrimonio, digo, es un bien, y puede, por sana razón, defenderse contra todas las calumnias. Mas con el matrimonio de los santos padres, no pregunto qué matrimonio, sino qué continencia, está a su nivel: o más bien no matrimonio con matrimonio; pues es un don igual en todos los casos dado a la naturaleza mortal de los hombres; sino hombres que usan del matrimonio, por cuanto no hallo, para comparar con otros hombres que usaron del matrimonio con un espíritu muy otro, hemos de inquirir qué personas continentes admiten ser comparadas con aquellos casados. ¡A no ser que, acaso, Abraham no pudiera abstenerse del matrimonio por causa del reino de los cielos, aquel que, por causa del reino de los cielos, pudo sin temor sacrificar a la única prenda de su descendencia, por cuya causa el matrimonio le era querido!

    § 25

    Ciertamente la continencia es una virtud, no del cuerpo, sino del alma. Mas las virtudes del alma a veces se muestran en obra, a veces yacen ocultas en hábito, como la virtud del martirio resplandeció y apareció soportando sufrimientos; mas ¡cuántos hay de la misma virtud de la mente, a quienes falta la prueba, mediante la cual lo que está dentro, a la vista de Dios, pueda salir también a la vista de los hombres, y no comenzar a existir para los hombres, sino sólo llegar a ser conocido! Pues ya había en Job paciencia, que Dios conocía, y a la cual daba testimonio; mas se hizo conocida de los hombres por la prueba del ensayo: y lo que yacía oculto dentro no fue producido, sino mostrado, por las cosas que le sobrevinieron de fuera. Timoteo también ciertamente tenía la virtud de abstenerse del vino, la cual Pablo no le quitó, al aconsejarle que usase una moderada porción de vino, "por causa de su estómago y de sus frecuentes enfermedades", de otro modo le enseñaba una lección mortífera, que por causa de la salud del cuerpo hubiese pérdida de virtud en el alma; mas porque lo que aconsejaba podía tener lugar con seguridad para aquella virtud, el provecho de beber fue dejado libre al cuerpo, de manera que el hábito de la continencia continuase en el alma. Pues es el hábito mismo, por el cual algo se hace, cuando hay necesidad; mas cuando no se hace, puede hacerse, sólo que no hay necesidad. Este hábito, en la materia de aquella continencia que es de la unión carnal, no lo tienen aquellos a quienes se dice: "Si no se contienen, cásense". Mas lo tienen aquellos a quienes se dice: "El que pueda recibir, reciba". Así las almas perfectas han usado los bienes terrenales, que son necesarios para otra cosa, por medio de este hábito de la continencia, de modo que, por él, no estén atadas por ellos, y de modo que por él tengan poder también para no usarlos, en caso de que no hubiese necesidad. Ni nadie los usa bien, sino quien tiene poder también para no usarlos. Muchos ciertamente con más facilidad practican la abstinencia, de modo que no usan, que practican la templanza, de modo que usan bien. Pero nadie puede usarlos sabiamente, sino quien puede también continentalmente no usarlos. De este hábito decía también Pablo: "Sé tener abundancia, y sé padecer necesidad". Ciertamente padecer necesidad es propio de cualesquiera hombres; mas saber padecer necesidad es propio de grandes varones. Así, también, tener abundancia, ¿quién no puede? Mas saber también tener abundancia, no lo es, sino de aquellos a quienes la abundancia no corrompe.

    § 26

    Mas, para que pueda entenderse más claramente cómo puede haber virtud en hábito, aunque no esté en obra, hablo de un ejemplo, acerca del cual ningún cristiano católico puede dudar. Pues que nuestro Señor Jesucristo en verdad de carne tuvo hambre y sed, comió y bebió, nadie duda de los que por el Evangelio son creyentes. ¿Qué, pues, no había en Él la virtud de la continencia de comida y bebida, tan grande como en Juan Bautista? "Porque vino Juan no comiendo ni bebiendo; y dijeron: Endemoniado tiene. Vino el Hijo del Hombre comiendo y bebiendo; y dijeron: He aquí un glotón y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores". ¿Qué, no se dicen tales cosas también contra los de su casa, nuestros padres, por otro género de uso de las cosas terrenas, en lo que atañe a la unión carnal; "¡He allí hombres lujuriosos e inmundos, amadores de mujeres y de liviandades!"? Y sin embargo así como en Él no era verdadero aquello, aunque sí era verdadero que Él no se abstenía, como Juan, de comer y beber, pues Él mismo dice muy clara y verdaderamente: "Vino Juan, no comiendo, ni bebiendo; vino el Hijo del Hombre comiendo y bebiendo"; así tampoco es verdadero esto en estos Padres; aunque haya venido ahora el Apóstol de Cristo, no casado, ni procreando, de modo que los paganos digan de él: "Era un mago"; mas vino entonces el Profeta de Cristo, casándose y procreando hijos, de modo que los maniqueos digan de él: "Era un hombre aficionado a mujeres"; "Y la sabiduría —dice— ha sido justificada por sus hijos". Lo que el Señor allí añadió, después de haber hablado así de Juan y de sí mismo: "Mas la sabiduría —dice— ha sido justificada por sus hijos". Los cuales ven que la virtud de la continencia debe existir aun en el hábito del alma, mas ser mostrada en obra, según la oportunidad de las cosas y los tiempos; así como la virtud de la paciencia de los santos mártires apareció en obra; mas la de los demás igualmente santos estaba en hábito. Por lo cual, así como no hay desigual mérito de paciencia en Pedro, que padeció, y en Juan, que no padeció; así no hay desigual mérito de continencia en Juan, que no hizo prueba del matrimonio, y en Abraham, que engendró hijos. Pues tanto el celibato del uno como el estado matrimonial del otro, militaron para Cristo, según fueron asignados los tiempos; mas Juan tuvo continencia también en obra, mas Abraham sólo en hábito.

    § 27

    Por tanto en aquel tiempo, cuando también la Ley, siguiendo a los días de los Patriarcas, declaraba maldito al que no levantase simiente en Israel, aun el que podía, no la ponía por obra, mas sin embargo la poseía. Mas desde el período en que ha venido la plenitud del tiempo, para que se dijese: "El que pueda recibir, reciba", desde aquel período hasta este presente, y de aquí en adelante hasta el fin, el que la tiene, la obra: el que no quiera obrarla, no diga falsamente que la tiene. Y por este medio, aquellos que corrompen las buenas costumbres con malas conversaciones, con vacía y vana astucia dicen a un cristiano que ejercita la continencia y rehúsa el matrimonio: ¿Qué, pues, eres tú mejor que Abraham? Mas no se turbe éste, al oír esto; ni se atreva a decir: "Mejor", ni decaiga de su propósito: pues lo uno no lo dice con verdad, lo otro no lo hace rectamente. Sino diga: Yo ciertamente no soy mejor que Abraham, mas la castidad de los no casados es mejor que la castidad del matrimonio; de la cual Abraham tenía una en uso, mas ambas en hábito. Pues vivió castamente en el estado del matrimonio; mas estaba en su poder ser casto sin matrimonio, mas en aquel tiempo no convenía. Mas yo con más facilidad no uso del matrimonio, que Abraham usó, que de usar del matrimonio como Abraham lo usó: y por tanto soy mejor que aquellos que, por incontinencia de la mente, no pueden hacer lo que yo hago; no que aquellos que, por razón de la diferencia de los tiempos, no hicieron lo que yo hago. Pues lo que yo ahora hago, ellos lo habrían hecho mejor, si hubiera de hacerse en aquel tiempo; mas lo que ellos hicieron, yo no lo haría así, aunque ahora hubiera de hacerse. O, si él siente y se conoce a sí mismo tal que (conservada y continuada la virtud de la continencia en el hábito de su mente, en caso de que hubiera descendido al uso del matrimonio por algún deber de religión), sería tal marido, y tal padre, como fue Abraham; atrévase a dar clara respuesta a aquel preguntón capcioso, y a decir: Yo ciertamente no soy mejor que Abraham, sólo en este género de continencia, de la cual él no estaba vacío, aunque no aparecía: mas soy tal, no teniendo otra cosa que él, sino haciendo otra cosa. Diga esto claramente: porque, aun si quisiere gloriarse, no será insensato, pues dice verdad. Mas si se reporta, no sea que alguno piense de él más de lo que ve, u oye algo de él; quite de su propia persona el nudo de la cuestión, y responda, no acerca del hombre, sino acerca de la cosa misma, y diga: El que tiene tan gran poder es tal como Abraham. Mas puede suceder que la virtud de la continencia sea menor en su mente, de aquel que no usa del matrimonio, que la que Abraham usó: mas sin embargo es mayor que en la mente de aquel que por esto tuvo la castidad del matrimonio, porque no pudo tener una mayor. Así también la mujer no casada, cuyos pensamientos son en las cosas del Señor, para ser santa en cuerpo y espíritu, cuando haya oído a aquel desvergonzado preguntón decir: ¿Qué, pues, eres tú mejor que Sara? responda: Soy mejor, mas que aquellos que están vacíos de la virtud de la continencia, lo cual no creo de Sara: ella, pues, juntamente con esta virtud hizo lo que era conveniente a aquel tiempo, del cual yo estoy libre, para que en mi cuerpo también aparezca lo que ella guardó en su mente.

    § 28

    Así, pues, si comparamos las cosas mismas, de ningún modo podemos dudar que la castidad de la continencia es mejor que la castidad del matrimonio, siendo, empero, ambas buenas; mas cuando comparamos las personas, es mejor el que tiene un bien mayor que otro. Además, el que tiene un mayor de la misma especie, tiene también el que es menor; mas el que sólo tiene lo que es menor, ciertamente no tiene lo que es mayor. Pues en sesenta, treinta también están contenidos, no sesenta también en treinta. Mas no el obrar de lo que tiene, está en la repartición de los deberes, no en la falta de las virtudes: tanto más cuanto que ni aun está sin el bien de la misericordia aquel que no halla personas desdichadas a las que pueda misericordiosamente asistir.

    § 29

    Y hay esto además: que los hombres no se comparan rectamente con los hombres respecto de algún solo bien. Pues puede suceder que uno no tenga lo que otro tiene, mas tenga otra cosa, que ha de ser estimada de más valor. El bien de la obediencia es mejor que el de la continencia. Pues el matrimonio en ningún lugar es condenado por la autoridad de nuestras Escrituras, mas la desobediencia en ningún lugar es absuelta. Si, por tanto, se nos pone delante una virgen que va a continuar siéndolo, mas desobediente, y una mujer casada que no pudo continuar virgen, mas obediente, ¿a cuál llamaremos mejor? ¿acaso (la una) menos loable, que si fuera virgen, o (la otra) digna de reprensión, aun siendo virgen? Así, si comparas una virgen ebria con una mujer casada sobria, ¿quién puede dudar en pronunciar la misma sentencia? Ciertamente el matrimonio y la virginidad son dos bienes, de los cuales uno es mayor; mas la sobriedad y la embriaguez, así como la obediencia y la contumacia, son, el uno bien, y el otro mal. Mas es mejor tener todos los bienes aun en menor grado, que un gran bien con un gran mal: tanto más que también en los bienes del cuerpo es mejor tener la estatura de Zaqueo con sana salud, que la de Goliat con fiebre.

    § 30

    La recta cuestión claramente no es si una virgen enteramente desobediente ha de ser comparada con una mujer casada obediente, sino una menos obediente con una más obediente: tanto más cuanto que también la del matrimonio es castidad, y por tanto un bien, pero menor que el virginal. Así, pues, si la una, en tanto menor en el bien de la obediencia, cuanto es mayor en el bien de la castidad, se compara con la otra, cuál de ellas ha de ser preferida lo juzga aquella persona que primeramente, comparando la castidad misma y la obediencia, ve que la obediencia es en cierto modo la madre de todas las virtudes. Y por tanto, por esta razón, puede haber obediencia sin virginidad, porque la virginidad es de consejo, no de precepto. Mas llamo obediencia a aquella por la cual se cumplen los preceptos. Y por tanto, puede haber obediencia a los preceptos sin virginidad, mas no sin castidad. Pues pertenece a la castidad no cometer fornicación, no cometer adulterio, no ser mancillado por ninguna unión ilícita; y quienes no guardan esto, obran contra los preceptos de Dios, y por esto son desterrados de la virtud de la obediencia. Mas puede haber virginidad sin obediencia, por esto, porque es posible que una mujer, habiendo recibido el consejo de virginidad, y habiendo guardado la virginidad, menosprecie los preceptos: así como hemos conocido a muchas sagradas vírgenes, parleras, curiosas, ebrias, litigiosas, avaras, soberbias: todo lo cual es contrario a los preceptos, y matan a una, así como a la misma Eva, por el crimen de desobediencia. Por lo cual no solo la obediente ha de ser preferida a la desobediente, sino una mujer casada más obediente a una virgen menos obediente.

    § 31

    De esta obediencia aquel Padre, que no estaba sin mujer, estuvo preparado para estar sin un hijo único, y éste muerto por él mismo. Pues no sin debida causa lo llamaré hijo único, acerca de quien oyó al Señor decir: "En Isaac te será llamada descendencia". Por tanto, ¡cuánto más pronto oiría que debía estar aun sin mujer, si esto se le mandase! Por lo cual, no sin razón consideramos a menudo que algunos de uno y otro sexo, absteniéndose de toda unión carnal, son negligentes en obedecer los preceptos, después de haberse asido con tan grande ardor al no hacer uso de las cosas permitidas. De donde, ¿quién duda que no comparamos rectamente con la excelencia de aquellos santos padres y madres que procreaban hijos, a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, aunque libres de toda unión, pero inferiores en la virtud de la obediencia; aun si hubiera faltado a aquellos varones en hábito de la mente también, lo que es manifiesto en la obra de los segundos? Así, pues, sigan éstos al Cordero, muchachos que cantan el cántico nuevo, como está escrito en el Apocalipsis, "que no se han contaminado con mujeres": por ninguna otra razón sino porque han permanecido vírgenes. Ni por esto se piensen mejores que los primeros santos padres, que usaron del matrimonio, por decirlo así, según la costumbre del matrimonio. Ciertamente el uso de él es tal que, si en él ha tenido lugar por la unión carnal algo que excede la necesidad de procrear, aunque de un modo que merece venia, hay contaminación. Pues ¿qué expía la venia, si aquel avance no causara contaminación alguna? De la cual contaminación sería extraño que los muchachos que siguen al Cordero estuviesen libres, a no ser que permanecieran vírgenes.

    § 32

    Así, pues, el bien del matrimonio en todas las naciones y entre todos los hombres está en la ocasión de procrear y en la fidelidad de la castidad; mas, en cuanto pertenece al Pueblo de Dios, también en la santidad del sacramento, por razón de la cual no es lícito a la que deja a su marido, aun cuando ha sido despedida, casarse con otro, mientras viva su marido, no, ni aun por causa de tener hijos; y, puesto que ésta es la sola causa, por la cual el matrimonio se contrae, ni aun cuando aquello mismo por lo cual se contrae no sigue, se desata el vínculo matrimonial, sino por la muerte del marido o de la mujer. De igual manera que si se hace una ordenación del clero para formar una congregación de pueblo, aunque la congregación del pueblo no siga, sin embargo queda en las personas ordenadas el sacramento de la ordenación; y si por alguna falta, alguno es removido de su oficio, no estará sin el sacramento del Señor puesto sobre él de una vez para siempre, aunque continuando para condenación. Así, pues, que el matrimonio se contrae por causa de procrear hijos, el Apóstol es testigo así: "Quiero —dice— que las mujeres más jóvenes se casen". Y, como si se le dijese: ¿Para qué fin? al punto añadió: "para tener hijos, para ser madres de familias". Mas a la fidelidad de la castidad pertenece aquello: "La mujer no tiene potestad de su propio cuerpo, sino el marido; asimismo el marido no tiene potestad de su propio cuerpo, sino la mujer". Mas a la santidad del sacramento aquello: "La mujer no se aparte de su marido, mas, en caso de haberse apartado, quédese sin casar, o reconcíliese con su marido; y el marido no despida a su mujer". Todos éstos son bienes, por causa de los cuales el matrimonio es un bien; prole, fidelidad, sacramento. Mas ahora, en este tiempo, no buscar prole según la carne, y por este medio mantener una cierta perpetua libertad de toda obra semejante, y ser hecho sujeto de una manera espiritual a un solo marido, Cristo, es ciertamente mejor y más santo; con tal, empero, que los hombres usen de aquella libertad, como está escrito, de modo que pongan sus pensamientos en las cosas del Señor, en cómo agradar al Señor; esto es, que la continencia en todo tiempo tenga cuidado de que la obediencia no desfallezca en cosa alguna; y esta virtud, como la virtud raíz, y (como suele llamarse) la matriz, y claramente universal, los santos padres de antaño la ejercitaron en obra; mas aquella continencia la poseían en hábito de la mente. Los cuales ciertamente, por aquella obediencia, por la cual eran justos y santos, y siempre preparados para toda obra buena, aun si se les mandara abstenerse de toda unión carnal, lo cumplirían. Pues ¡cuánto más fácilmente podrían ellos, al mandato o exhortación de Dios, no usar de la unión carnal, quienes, como acto de obediencia, pudieron matar al hijo, para cuya procreación únicamente usaron el ministerio de la unión carnal!

    § 33

    Y, siendo así el caso, bastante y más que bastante respuesta se ha dado a los herejes, ya sean maniqueos, o cualesquiera otros que levantan falsas acusaciones contra los Padres del Antiguo Testamento, sobre el asunto de que tuvieran varias mujeres, pensando esto como una prueba para convencerlos de incontinencia: con tal, es decir, de que perciban que aquello no es pecado lo que no se comete ni contra naturaleza, en cuanto que usaban de aquellas mujeres no por lascivia, sino para la procreación de hijos; ni contra costumbre, por cuanto tales cosas se hacían usualmente en aquellos tiempos; ni contra mandato, por cuanto no estaban prohibidas por ley ninguna. Mas a los que usaban de las mujeres ilícitamente, o la divina sentencia en aquellas Escrituras los convence, o la lectura nos los presenta para que los condenemos y evitemos, no para que los aprobemos o imitemos.
    Comentario editorial · Los maniqueos y los patriarcas
    Los maniqueos, secta a la que Agustín perteneció unos diez años desde 374 según Wikipedia, enseñaban un dualismo de bien y mal que alcanzaba al cuerpo: la procreación era obra del mal, y los patriarcas del Antiguo Testamento, con sus varias mujeres, ejemplos de inmoderación. Agustín responde aquí a esa acusación, que conocía de primera mano: el obispo maniqueo Fausto de Milevi, al que trató en Cartago hacia 383, fue después el destinatario de su gran refutación, el Contra Fausto.

    § 34

    Mas a aquellos de los nuestros que tienen mujeres aconsejamos, con todo nuestro poder, que no se atrevan a juzgar de aquellos santos padres conforme a su propia flaqueza, comparándose, como dice el Apóstol, a sí mismos consigo mismos; y por tanto, no entendiendo cuán gran fuerza tenga el alma que sirve a la justicia contra las concupiscencias, que no asiente a los movimientos carnales de esta suerte, ni sufra que se deslicen o avancen hasta la unión carnal más allá de la necesidad de procrear hijos, en cuanto el orden de la naturaleza, en cuanto el uso de la costumbre, en cuanto los decretos de las leyes prescriben. Ciertamente es por esto que los hombres tienen esa sospecha acerca de aquellos padres, porque ellos mismos o han elegido el matrimonio por incontinencia, o usan de sus mujeres con intemperancia. Mas empero los que son continentes, ya varones que, a la muerte de sus mujeres, o mujeres que, a la muerte de sus maridos, o ambos que, con mutuo consentimiento, han hecho voto de continencia a Dios, sepan que a ellos ciertamente se les debe una mayor recompensa de la que la castidad matrimonial demanda; mas (en cuanto a) los matrimonios de los santos Padres, que se unían a la manera de profecía, que ni en la unión carnal buscaban otra cosa sino hijos, ni en los hijos mismos otra cosa sino lo que hubiera de adelantar a Cristo que había de venir en la carne en adelante, no sólo no los desprecien en comparación de su propio propósito, sino que sin vacilación alguna los prefieran aun a su propio propósito.

    § 35

    También a los muchachos y a las vírgenes que dedican a Dios la castidad actual, ante todas las cosas los amonestamos para que se percaten de que han de guardar su vida mientras tanto en la tierra con tan gran humildad, cuanto más celestial sea lo que han prometido. Ciertamente está escrito: "Cuanto mayor seas, humíllate en todo". Así, pues, a nosotros toca decir algo de su grandeza, a ellos toca tener pensamiento de grande humildad. Por tanto, exceptuados ciertos, aquellos santos padres y madres que estaban casados, que éstos aunque no estén casados no son mejores, por esta razón, que, si estuvieran casados, no serían iguales, no duden ellos que sobrepujan a todos los demás de este tiempo, o casados, o después de hecha la prueba del matrimonio ejercitando la continencia; no tanto como Ana sobrepuja a Susana; pero tanto como María sobrepuja a ambas. Hablo de lo que atañe a la santa castidad misma de la carne; pues ¿quién no sabe qué otros méritos tiene María? Así, pues, añadan a tan alto propósito una conducta adecuada, para que tengan una segura certeza de la recompensa sobrepujante; sabiendo en verdad que para ellos mismos y para todos los fieles, amados y escogidos miembros de Cristo, viniendo muchos del oriente y del occidente, aunque resplandezcan con luz de gloria que difiere uno de otro, según sus méritos, es este gran don otorgado en común: sentarse en el reino de Dios con Abraham, Isaac y Jacob, quienes no por causa de este mundo, sino por causa de Cristo fueron maridos, por causa de Cristo fueron padres.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el tratado

    Agustín cumplió enseguida lo que la noticia benedictina anuncia: «no tardé en hacerlo», dice en las Retractaciones (II, 23, según el NPNF), y escribió Sobre la santa virginidad; más de diez años después completó el cuadro con la carta Sobre el bien de la viudez. Los tres escritos se leen juntos: el matrimonio es un bien, la viudez continente un bien mayor, la virginidad consagrada el mayor, y ninguno de ellos condena a los otros.
    La fórmula de los tres bienes —prole, fidelidad, sacramento— fue lo que más perduró. Wikipedia atribuye a Agustín el papel principal en la elaboración de una teología sacramental del matrimonio en Occidente y señala a Isidoro de Sevilla (c. 560–636) como uno de los eslabones por los que pasó a la Edad Media; en 1930 la encíclica Casti connubii de Pío XI todavía citaba la frase de § 32 («cap. 24, n. 32» en su numeración latina) como resumen de toda la doctrina cristiana del matrimonio. La misma página recuerda la otra cara de esa herencia: el nombre de Agustín pudo invocarse durante siglos para exaltar la virginidad a costa del matrimonio y para estrechar el lugar de la sexualidad dentro de él. Ambas lecturas parten de las mismas páginas, y la advertencia de los editores de Oxford, que pide leerlas sabiendo en qué época se escribieron, sigue siendo un buen consejo.
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la obra