Sesiones de lectura

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — ALEJANDRO DE LICÓPOLIS

    Índice de la obra

    Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Alejandro de Licópolis

    Contra la doctrina de Manes

    Texto base: versión inglesa de James B. H. Hawkins, Ante-Nicene Fathers, vol. 6 (Buffalo, 1886), «Of the Manichæans» · veintiséis capítulos

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del ANF; no del griego, y sin traductor humano

    Consultar la fuente de esta edición ↗

    Lectura continua · ≈ 65 min · Comentarios editoriales opcionales

    Comenzar la obra
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Cómo se refuta una doctrina que no se apoya en argumentos sino en la autoridad de una revelación? Eso es lo que, según confiesa el autor en el Cap. 5, hace laboriosa su tarea: los maniqueos no ofrecen premisas que se puedan examinar. Alejandro de Licópolis, un filósofo que escribió en Egipto entre el final del siglo III y el comienzo del IV, no les responde con anatemas sino con la geometría, la física y la lógica de las escuelas griegas: si hay dos principios, hay cuatro; si la materia es «movimiento desordenado», necesita algo que se mueva; si Dios envía una «virtud» a la materia, ¿por qué no basta una sola?

    Ficha de la obra

    AutorAlejandro de Licópolis (de Licópolis, hoy Asyut, en el Alto Egipto). La tradición, desde Fotio, lo hizo obispo de esa ciudad; la crítica actual, según Wikipedia, lo tiene por un filósofo platónico pagano que no fue ni maniqueo ni cristiano. La Enciclopedia Católica (1907) recoge las dos posturas. El texto no dice quién es su autor
    TítuloContra la doctrina de Manes (el epub); el encabezado del texto dice «De los maniqueos», y el ANF y New Advent, Of the Manichæans / Of the Manicheans. Wikipedia da el griego como Pros tas Manichaíou dóxas y la edición de Brinkmann, contra Manichaei opiniones disputatio
    FechaLa edición no la fija: encabeza el tratado con «a. d. 301» (la fecha general de su episcopado) y la «Elucidation» del ANF recoge la opinión de Murdock (hacia el 350) y la de Lardner (a mediados de ese siglo). Wikipedia lo sitúa entre 277 y 297, y la Enciclopedia Católica, a comienzos del siglo IV
    GéneroTratado polémico y filosófico contra una doctrina, dirigido a lectores formados en la filosofía griega
    ExtensiónVeintiséis capítulos breves, unas 11 000 palabras
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del griego
    FuenteAnte-Nicene Fathers, vol. 6, tal como la recoge New Advent
    El recorrido es el de la obra. El Cap. 1 sitúa a los cristianos y sus escuelas; los Cap. 2 a 4 exponen el mito de Mani —el choque de Dios y la materia, la mezcla del «alma» con ella, el Demiurgo, el sol y la luna que devuelven la luz a Dios—; el Cap. 5 explica la dificultad de contestar a una doctrina sin demostración; y los Cap. 6 a 26 la refutan, primero la idea de «materia» y de «virtud divina» y después la figura del hombre, de Cristo, la abstinencia y el fuego exterior.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que se imprimió en el volumen 6 de las Ante-Nicene Fathers (ANF), la edición estadounidense de la Ante-Nicene Christian Library de Edimburgo: Fathers of the Third Century: Gregory Thaumaturgus, Dionysius the Great, Julius Africanus, Anatolius, and Minor Writers, Methodius, Arnobius, editado por Alexander Roberts, James Donaldson y A. Cleveland Coxe y publicado en Buffalo (Christian Literature Publishing Co.) en 1886. El tratado aparece entre los «escritores menores» del volumen, bajo el título «Of the Manichæans». CCEL lo da como «Translated by the Rev. James B. H. Hawkins, M.A., Oxon.» y precisa que la edición de Edimburgo lo llama «cura de Ilminster, Somerset»; New Advent confirma a Hawkins como traductor. Según CCEL, el texto griego de partida es el de la Bibliotheca veterum Patrum de Gallandi, que a su vez reproduce la primera edición, la de Combefis; Wikipedia, que da la misma cadena de ediciones, califica esa versión inglesa de poco fiable, recuerda que la edición de Combefis estaba llena de omisiones y corrupciones y señala como edición crítica la de August Brinkmann (1895).
    La autoría del tratado y su fecha son materia discutida, y esta edición tampoco las resuelve: sigue al ANF en el texto y se limita a decir, donde hace falta, qué sostiene cada fuente (nota del Cap. 1 y último apartado).
    Lo que viene de la edición. La numeración en veintiséis capítulos y los sumarios en cursiva bajo cada título proceden del ANF; no son de Alejandro. El epub omite la noticia introductoria del ANF, sus notas y su «Elucidation», que traen datos sobre el autor y referencias a Platón y a Aristóteles; algunos pasan, resumidos y con su fuente, a las notas de este libro. Junto al tratado, el epub arrastraba dos artículos sobre san Ambrosio que no son de Alejandro; no se reproducen. Los corchetes del texto que no son una referencia bíblica (las letras griegas de la demostración del Cap. 7 y un corchete sin cierre en el Cap. 8, ante «rodeado por este universo») se conservan como están en el epub. Lo que hace esta edición es separar el texto en capítulos, partir cada encabezado en título y sumario, devolver los espacios que faltaban junto a algunas comillas y marcar como referencia bíblica la única que el texto trae entre corchetes (Gén 6:2, en el Cap. 25); no cambia ninguna palabra de la traducción.

    Capítulo 1. La excelencia de la filosofía cristiana

    El origen de las herejías entre los cristianos

    Cap. 1

    La filosofía de los cristianos es llamada simple. Pero presta grandísima atención a la formación de las costumbres, insinuando enigmáticamente palabras de verdad más cierta acerca de Dios; lo principal de las cuales, en lo que atañe a cualquier propósito serio y decidido en estas materias, todos lo habrán recibido cuando admiten una causa eficiente, nobilísima y antiquísima, como originadora de todas las cosas que tienen existencia. Porque los cristianos, dejando a los que estudian la ética las materias más laboriosas y difíciles, como, por ejemplo, qué sea la virtud, moral e intelectual; y a los que emplean su tiempo en formar hipótesis acerca de las costumbres, las pasiones y los afectos, sin señalar elemento alguno por el cual haya de alcanzarse cada virtud, y amontonando, por así decirlo, al azar preceptos menos sutiles— el pueblo llano, al oírlas —así lo aprendemos por experiencia—, avanza notablemente en modestia, y un carácter de piedad se imprime en sus costumbres, que vivifica la disposición moral forjada por tales prácticas y los conduce, poco a poco, al deseo de lo honesto y de lo bueno.
    Pero al dividirse esto en muchas cuestiones por el número de los que vienen después, surgen muchas, tal como sucede con los que se dedican a la dialéctica, unos más hábiles que otros y, por así decirlo, más sagaces en tratar cuestiones sutiles y delicadas; de modo que ahora se presentan como padres y originadores de sectas y herejías. Y por éstos se impide y se oscurece la formación de las costumbres; pues no alcanzan la verdad cierta del discurso los que quieren llegar a ser cabezas de las sectas, y el pueblo llano es excitado en mayor grado a la disputa y a la contienda. Y no habiendo regla ni ley por la cual pueda obtenerse solución de las cosas que se ponen en cuestión, sino que, como en otras materias, esta rivalidad ambiciosa desbordándose en exceso, no hay nada a lo que no cause daño y perjuicio.
    Comentario editorial · Un pagano que habla de «la filosofía de los cristianos»
    Quien llama «simple» a la filosofía de los cristianos y la elogia por lo que hace con el pueblo llano escribe, según la crítica actual, desde fuera de la Iglesia. Fotio lo tuvo por obispo de Licópolis, y la noticia introductoria del ANF sigue esa línea: primero pagano, luego maniqueo, y por fin devuelto a la Iglesia. Wikipedia resume lo contrario: la investigación moderna concluye que no fue ni maniqueo ni cristiano, sino un filósofo platónico pagano, y recuerda que Tillemont lo había visto así a fines del siglo XVII (da 1696 en un lugar y 1697 en otro). La Enciclopedia Católica (1907) recoge la duda y la opinión de Bardenhewer, que lo cree pagano y platónico. Esta edición no zanja la cuestión.

    Capítulo 2. La época de Maniqueo, o Manes

    Sus primeros discípulos; Los dos principios; La materia maniquea

    Cap. 2

    Así también en estas materias, mientras en la novedad de opinión cada uno se esfuerza por mostrarse primero y superior, redujeron casi a la nada esta filosofía, que es simple. Tal fue aquel a quien llaman Maniqueo, persa de raza, en cuya doctrina fue mi instructor uno llamado Papo, y después de él Tomás, y algunos otros los siguieron. Dicen que este hombre vivió cuando Valeriano era emperador, y que sirvió a las órdenes de Sapor, rey de los persas, y que habiéndolo ofendido de alguna manera, fue condenado a muerte. Algo así acerca de su carácter y reputación me ha llegado de quienes lo conocieron íntimamente. Estableció dos principios, Dios y la Materia. A Dios lo llamó bueno, y afirmó que la materia era mala. Pero Dios sobresalía más en el bien que la materia en el mal. Pero no llama materia a lo que Platón llama así, que llega a ser todas las cosas cuando ha recibido cualidad y figura, por lo cual la denomina abrazadora de todo —madre y nodriza de todas las cosas—; ni a lo que Aristóteles llama elemento, con el que tienen que ver la forma y la privación, sino a algo distinto de éstos. Pues al movimiento que en las cosas individuales es incomplejo, a éste lo llama materia. Del lado de Dios están ordenadas potencias, como siervas, todas buenas; e igualmente, del lado de la materia están ordenadas otras potencias, todas malas. Además, lo brillante, la luz y lo superior: todo esto está con Dios; mientras que lo oscuro, las tinieblas y lo inferior están con la materia. También Dios tiene deseos, pero todos son buenos; y la materia, asimismo, los tiene todos malos.
    Comentario editorial · Mani según Alejandro y según otras fuentes
    Alejandro dice que Mani vivió «cuando Valeriano era emperador», que sirvió a Sapor y que fue condenado a muerte por haberlo ofendido, y que su propio instructor en la doctrina fue Papo y después Tomás. Wikipedia, en cambio, da a Mani entre c. 216 y 274 o 277, favorecido por Sapor I y muerto en prisión, a donde lo llevó Bahram I; sobre Papo y Tomás, cuenta que eran misioneros maniqueos. Según el mismo artículo, las Actas de Arquelao (en versión latina) dicen que el rey persa lo hizo desollar y que Tomás fue enviado a Egipto. El tratado no coincide con ninguna de las dos versiones; el editor no las concilia.
    Comentario editorial · Una «materia» que no es la de Platón ni la de Aristóteles
    Alejandro dice que Mani no usa la palabra como Platón (lo que se hace todas las cosas al recibir cualidad y figura, «madre y nodriza») ni como Aristóteles (el elemento al que se refieren la forma y la privación). Las notas del ANF remiten a Platón, Timeo 51, y a Aristóteles, Metafísica Λ 4 (1070b). Para Mani, dice el texto, «materia» es el movimiento que en las cosas individuales es «incomplejo». Wikipedia precisa que los maniqueos la definían como «movimiento desordenado» (átaktos kínēsis), y es la definición que Alejandro discute en los Cap. 6, 7 y 18.

    Capítulo 3. Las fantasías de Maniqueo acerca de la materia

    Cap. 3

    Sucedió en cierta ocasión que la materia concibió el deseo de alcanzar la región superior; y cuando hubo llegado allí, admiró el resplandor y la luz que estaban con Dios. Y, en verdad, quiso apoderarse para sí del lugar de preeminencia y apartar a Dios de su posición. Dios, además, deliberó cómo vengarse de la materia, pero carecía del mal necesario para ello, pues el mal no existe en la casa y morada de Dios. Envió, por tanto, a la materia la potencia que llamamos alma, para que la penetrara por completo. Porque será la muerte de la materia, cuando al fin, en adelante, esa potencia sea separada de ella. Así, pues, por la providencia de Dios, el alma fue mezclada con la materia, lo desemejante con lo desemejante. Ahora bien, por esta mezcla el alma ha contraído el mal y padece la misma enfermedad que la materia. Pues, así como en un vaso corrompido el contenido queda a menudo viciado en su cualidad, así también el alma que está en la materia sufre un cambio semejante y se deteriora de su propia naturaleza, de modo que participa del mal de la materia. Pero Dios tuvo compasión del alma y envió otra potencia, que llamamos Demiurgo, es decir, el Creador de todas las cosas; y cuando esta potencia hubo llegado y emprendido la creación del mundo, separó de la materia tanta potencia cuanta no había contraído vicio ni mancha en la mezcla, y por eso se formaron primero el sol y la luna; pero la que había contraído alguna mancha leve y moderada, ésta se convirtió en las estrellas y la extensión del cielo. De la materia de la cual fueron separados el sol y la luna, una parte fue arrojada enteramente fuera del mundo, y es aquel fuego en el que, en verdad, hay poder de quemar, aunque en sí mismo es oscuro y vacío de luz, muy semejante a la noche. Pero en los restantes elementos, tanto animales como vegetales, la potencia divina está mezclada de manera desigual. Y por tanto fue hecho el mundo, y en él el sol y la luna, que presiden el nacimiento y la muerte de las cosas, separando la virtud divina de la materia y transmitiéndola a Dios.

    Capítulo 4. El crecimiento y la mengua de la luna

    La frivolidad maniquea al respecto; Sus sueños acerca del hombre y de Cristo; Su necio sistema de abstinencia

    Cap. 4

    Esto lo ordenó, sin duda, para suministrar al Demiurgo, o Creador, otra potencia que pudiera atraer hacia el esplendor del sol; y la cosa es manifiesta, como podría decirse, aun a un ciego. Pues la luna, en su crecimiento, recibe la virtud que es separada de la materia, y durante el tiempo de su aumento sale llena de ella. Pero cuando está llena, en sus menguas, la remite al sol, y el sol la devuelve a Dios. Y cuando ha hecho esto, espera de nuevo recibir de otra luna llena una migración del alma hacia sí, y recibiéndola del mismo modo, la deja pasar a Dios. Y ésta es su obra continuamente, y en toda edad. Y en el sol se ve alguna imagen semejante a la forma del hombre. Y la materia se esforzó ambiciosamente por hacer al hombre de sí misma, mezclando juntamente toda su virtud, para tener así alguna porción de alma. Pero su forma contribuyó mucho a que el hombre obtuviera una parte mayor, superior a la de todos los demás animales, de la virtud divina. Pues él es la imagen de la virtud divina, pero Cristo es la inteligencia. El cual, cuando al fin hubo venido de la región superior, despidió a Dios una parte muy grande de esta virtud. Y al fin, siendo crucificado, de este modo proporcionó conocimiento y dispuso que la virtud divina fuera crucificada en la materia. Por tanto, porque es voluntad y decreto divino que la materia perezca, se abstienen de las cosas que tienen vida, y se alimentan de vegetales y de todo lo que carece de sentido. Se abstienen también del matrimonio y de los ritos de Venus y de la procreación de hijos, para que la virtud no arraigue más hondo en la materia por la sucesión de la raza; ni salen al exterior, buscando purificarse de la mancha que la virtud ha contraído por su mezcla con la materia.
    Comentario editorial · El circuito de la «virtud divina»
    Entre los Cap. 3 y 4 Alejandro cuenta de una vez el mito: Dios envía el alma a la materia y después una segunda potencia, el Demiurgo, que hace el mundo y separa de la materia lo que no contrajo mancha (el sol y la luna) y lo levemente manchado (las estrellas y el cielo); lo vivo conserva la virtud mezclada en medida desigual. La luna la recibe, la remite al sol cuando mengua, y el sol la devuelve a Dios. Fuera del mundo queda un fuego que quema y no alumbra. El esquema recoge solo lo que dice el texto; Wikipedia advierte que el retrato de Alejandro difiere en puntos importantes de la doctrina auténtica de Mani.
    Esquema vertical: abajo, el mundo con la virtud divina mezclada; una flecha sube a la luna, otra al sol y otra a Dios. Debajo, dos recuadros: lo que Dios envía (el alma y el Demiurgo) y el fuego fuera del mundo
    El curso de la «virtud divina» según la exposición de Alejandro (Cap. 3–4 y 26) · Elaboración propia para Eusebeia · solo con datos del propio texto

    Capítulo 5. La adoración del sol y de la luna bajo Dios

    El apoyo buscado para los maniqueos en las fábulas griegas; La autoridad de las Escrituras y de la fe despreciada por los maniqueos

    Cap. 5

    Estas cosas son lo principal de lo que dicen y piensan. Y honran muy especialmente al sol y a la luna, no como dioses, sino como el camino por el cual es posible alcanzar a Dios. Pero cuando la virtud divina haya sido enteramente separada, dicen que el fuego exterior caerá y quemará tanto a sí mismo como a todo lo demás que quede de la materia. Los de ellos mejor instruidos, y no desconocedores de la literatura griega, nos instruyen de sus propios recursos. De las ceremonias y misterios, por ejemplo: por Baco, que fue sacado del vientre, se significa que la virtud divina es dividida en la materia por los Titanes, como dicen; de la fábula del poeta sobre la batalla con los Gigantes, se indica que ni siquiera ellos ignoraban la rebelión de la materia contra Dios. Yo, en verdad, no negaré que no son suficientes para apartar las mentes de quienes reciben las palabras sin examinarlas, puesto que el engaño causado por discursos de esta clase ha arrastrado hacia sí a algunos de los que han seguido conmigo el estudio de la filosofía; pero de qué manera habría de abordar el asunto para examinarlo, ciertamente no lo sé. Pues sus hipótesis no proceden por ningún método legítimo, de modo que uno pudiera instituir un examen conforme a ellas; ni hay principios de demostración, para que veamos lo que de ellas se sigue; sino que lo suyo es el raro descubrimiento de quienes, simplemente, se dice que filosofan. Estos hombres, tomando para sí las Escrituras antiguas y nuevas, aunque establecen que son divinamente inspiradas, sacan de ellas sus propias opiniones; y luego sólo piensan que quedan refutados cuando sucede que algo dicho o hecho por ellos no está de acuerdo con ellas. Y lo que para quienes filosofan a la manera de los griegos, en cuanto a los principios de demostración, son las proposiciones intermedias, eso es para ellos la voz de los profetas. Pero aquí, eliminadas todas estas cosas, y puesto que aquellas materias que antes mencioné son presentadas sin demostración alguna, y puesto que es necesario responder de manera racional y no presentar otras cosas más plausibles y que pudieran resultar más seductoras, mi intento es bastante laborioso y por eso tanto más arduo, porque es necesario aducir argumentos de naturaleza variada. Pues los argumentos más exactos escaparán a la observación de quienes han sido convencidos de antemano por estos hombres sin pruebas, si, cuando se llega a la persuasión, caen en las mismas manos. Pues imaginan que proceden de fuentes semejantes. Hay necesidad, por tanto, de mucha y gran diligencia, y verdaderamente de Dios, para que sea guía de nuestro argumento.

    Capítulo 6. Los dos principios de los maniqueos

    Controvertidos ellos mismos; La opinión pitagórica acerca de los primeros principios; El bien y el mal contrarios; La victoria del lado del bien

    Cap. 6

    Establecen dos principios, Dios y la Materia. Si él (Manes) separa lo que llega a ser de lo que realmente existe, la suposición no es tan defectuosa en esto: que ni la materia se crea a sí misma, ni admite dos cualidades contrarias, siendo a la vez activa y pasiva; ni, tampoco, se proponen otras teorías semejantes acerca de la causa creadora que no sea lícito mencionar. Y, sin embargo, Dios no necesita de la materia para hacer las cosas, puesto que en su mente existen sustancialmente todas las cosas, en cuanto atañe a la posibilidad de que lleguen a ser. Pero si, como más bien parece querer decir, el movimiento desordenado de las cosas realmente existentes bajo Él es la materia, entonces, en primer lugar, inconscientemente establece otra causa creadora (y además mala), y no percibe lo que de esto se sigue, a saber: que si es necesario suponer a Dios y a la materia, ha de suponerse alguna otra materia para Dios; de modo que para cada una de las causas creadoras haya una materia sujeta. Por tanto, en lugar de dos, se mostrará que nos da cuatro primeros principios. Admirable, también, es la distinción. Porque si piensa que esto es Dios, que es bueno, y quiere concebir algo opuesto a Él, ¿por qué no, como algunos de los pitagóricos, pone el mal frente a Él? Es más tolerable, en verdad, que se hablen dos principios, el bien y el mal, y que éstos estén en continua lucha, pero que el bien prevalezca. Porque si el mal prevaleciera, todas las cosas perecerían. Por lo cual la materia, por sí misma, no es cuerpo, ni es exactamente incorpórea, ni simplemente una cosa particular; sino algo indefinido que, por la adición de forma, llega a ser definido; como, por ejemplo, el fuego es una pirámide, el aire un octaedro, el agua un icosaedro y la tierra un cubo; ¿cómo, entonces, es la materia el movimiento desordenado de los elementos? Por sí misma, en verdad, no subsiste, pues si es movimiento, está en lo que es movido; pero la materia no parece ser de tal naturaleza, sino más bien el primer sujeto, y no organizado, del que proceden las otras cosas. Puesto que, por tanto, la materia es movimiento desordenado, ¿estuvo siempre unida a lo que es movido, o estuvo alguna vez separada de ello? Pues si alguna vez estuvo por sí misma, no existiría; porque no hay movimiento sin algo movido. Pero si estuvo siempre en lo que es movido, entonces, de nuevo, habrá dos principios: lo que mueve y lo que es movido. ¿A cuál de estos dos, entonces, se le concederá que subsista como causa primaria junto con Dios?
    Comentario editorial · Pirámide, octaedro, icosaedro y cubo
    Para decir que la materia es «algo indefinido» que la forma vuelve definido, Alejandro recurre a una imagen geométrica: el fuego es una pirámide, el aire un octaedro, el agua un icosaedro y la tierra un cubo. Es el reparto del Timeo de Platón; según Wikipedia, Platón asocia la tierra con el cubo, el aire con el octaedro, el agua con el icosaedro y el fuego con el tetraedro. La «pirámide» del texto es, pues, el tetraedro. El texto no nombra a Platón en este pasaje.

    Capítulo 7. El movimiento vindicado de la acusación de irregularidad

    Circular; Recto; De la generación y de la corrupción; De la alteración y de la cualidad que afecta a los sentidos

    Cap. 7

    Se añade al discurso un apéndice completamente ajeno a él. Pues razonablemente puedes hablar de que el movimiento no existe. Y, además, ¿cuál es la materia del movimiento? ¿Es recta o circular? ¿O tiene lugar por un proceso de cambio, o por un proceso de generación y corrupción? El movimiento circular, en verdad, es tan ordenado y compuesto, que se atribuye al orden de todas las cosas creadas; ni éste, en el sistema maniqueo, parece digno de ser impugnado, en el cual se mueven el sol y la luna, a los cuales solos, de entre los dioses, dicen que veneran. Pero en cuanto al que es recto: también éste tiene un límite cuando alcanza su propio lugar. Pues lo terrenal cesa por completo de moverse tan pronto como ha tocado la tierra. Y todo animal y vegetal pone fin a su crecimiento cuando ha llegado a su límite. Por tanto, la detención de estas cosas sería más propiamente la muerte de la materia que aquella muerte sin fin que, por así decirlo, le es tejida por ellos. Pero el movimiento que surge por un proceso de generación y corrupción es imposible considerarlo en armonía con esta hipótesis, pues, según ellos, la materia es ingénita. Pero si le atribuyen el movimiento de alteración, como lo llaman, y aquel por el cual sufrimos cambio por una cualidad que afecta a los sentidos, vale la pena considerar cómo llegan a decir esto. Pues esto parece ser lo principal que afirman, ya que por la materia sucede, como dicen, que las costumbres cambian y que el vicio surge en el alma. Porque al alterarse, comenzará siempre desde el principio; y, avanzando, llegará al medio, y así alcanzará el fin. Pero cuando ha llegado al fin, no se detendrá, al menos si la alteración es su esencia. Sino que de nuevo, por la misma ruta, volverá al principio, y de allí del mismo modo al fin; y jamás cesará de hacerlo. Como, por ejemplo, si [α] y [γ] sufren alteración, y el medio es [β], [α], al ser cambiada, llegará a [β], y de allí pasará a [γ]. De nuevo, volviendo desde el extremo [γ] a [β], en algún momento u otro llegará a [α]; y esto continúa sin cesar. Como en el cambio desde el negro, el medio es pardo, y el extremo, blanco. De nuevo, en la dirección contraria, del blanco al pardo, y del mismo modo al negro; y de nuevo desde el blanco comienza el cambio, y recorre el mismo círculo.

    Capítulo 8. ¿Es mala la materia? De Dios y la Materia

    Cap. 8

    ¿Es la materia, respecto de la alteración, una causa mala? Queda probado que no es más mala que buena. Pues sea el principio del cambio desde lo malo. Así el cambio va de esto a lo bueno a través de lo indiferente. Pero sea la alteración desde lo bueno. De nuevo el principio avanza a través de lo indiferente. Ya sea el movimiento hacia un extremo o hacia el otro, el método es el mismo, y esto se expone abundantemente. Todo movimiento tiene que ver con la cantidad; pero la cualidad es la guía en la virtud y en el vicio. Sabemos que estos dos se distinguen genéricamente. Pero ¿son Dios y la materia los únicos principios, o queda acaso algo intermedio entre estos dos? Pues si nada hay, estas cosas permanecen sin mezclarse una con otra. Y bien se dice que si los extremos se mezclan, hay necesidad de algo intermedio que los conecte. Pero si existe otra cosa, es necesario que esa cosa sea o cuerpo o incorpórea, y así aparece un tercer principio adventicio. Primero, pues, si suponemos que Dios y la materia son ambos totalmente incorpóreos, de modo que ninguno está en el otro, excepto como la ciencia de la gramática está en el alma, entender esto de Dios y de la materia es absurdo. Pero si, como en un vacío, según algunos, el vacío es [rodeado por este universo; el otro, de nuevo, carece de sustancia, pues la sustancia del vacío es nada. Mas si como accidentes, primero, en verdad, esto es imposible; porque la cosa que carece de sustancia no puede estar en lugar alguno; pues la sustancia es, por así decirlo, el vehículo que subyace al accidente. Pero si ambos son cuerpos, es necesario que ambos sean o pesados o ligeros o intermedios; o uno pesado, otro ligero, o intermedio. Si, pues, ambos son pesados, es claramente necesario que sean lo mismo, tanto entre las cosas ligeras como entre las de la clase media; o si alternan, uno estará totalmente separado del otro. Porque lo pesado tiene un lugar, lo mediano otro, y lo ligero otro. A uno pertenece lo superior, a otro lo inferior, y al tercero lo medio. Ahora bien, en toda figura esférica la parte inferior es el centro; pues desde él hasta todas las partes superiores, incluso hasta la superficie más alta, la distancia es igual por todas partes, y además todos los cuerpos pesados son llevados desde todos los lados hacia él. Por lo cual también me ocurre reír cuando oigo que la materia, moviéndose sin orden —pues esto le es propio por naturaleza—, llegó a la región de Dios, o a la luz y al resplandor, y cosas por el estilo. Pero si uno es cuerpo y el otro incorpóreo, primero, en verdad, el que es cuerpo es el único capaz de movimiento. Y luego, si no se mezclan, cada uno está separado del otro según su propia naturaleza. Pero si uno se mezcla con el otro, serán o mente, o alma, o accidente; porque solo así sucede que las cosas incorpóreas se mezclen con los cuerpos.

    Capítulo 9. Las ridículas fantasías de los maniqueos sobre el movimiento de la materia hacia Dios

    Dios, autor de la rebelión de la materia en el sentido maniqueo; el anhelo de la materia por la luz y el resplandor es bueno; el bien divino no es menor por ser comunicado

    Cap. 9

    Pero ¿de qué manera y por qué causa fue llevada la materia a la región de Dios? Pues a ella pertenecen por naturaleza el lugar inferior y las tinieblas, como dicen; y la región superior y la luz son contrarias a su naturaleza. Por lo cual se le atribuye entonces un movimiento sobrenatural; y le sucede algo semejante a lo que ocurre si un hombre arroja hacia arriba una piedra o un terrón de tierra; de este modo, el objeto, elevado un poco por la fuerza del que lo arroja, cuando ha alcanzado las regiones superiores, cae de nuevo al mismo lugar. ¿Quién, pues, ha elevado la materia a la región superior? Por sí misma, en verdad, y desde sí misma, no se movería con aquel movimiento que le pertenece. Es necesario, entonces, que se le aplique alguna fuerza para que sea llevada a lo alto, como con la piedra y el terrón. Pero no le dejan otro que Dios. Es manifiesto, pues, lo que se sigue de su argumento: que Dios, según ellos, por fuerza y necesidad, elevó la materia hacia Sí. Pero si la materia es mala, sus deseos son enteramente malos. Ahora bien, el deseo del mal es malo, pero el deseo del bien es enteramente bueno. Puesto que la materia ha deseado el resplandor y la luz, su deseo no es malo; así como no es malo para un hombre que vive en el vicio llegar después a desear la virtud. Por el contrario, no está libre de culpa el que, siendo bueno, llega a desear lo que es malo. Como si alguno dijera que Dios desea los males que se adhieren a la materia. Porque los bienes de Dios no han de estimarse como grandes riquezas y extensas propiedades y una gran cantidad de oro, de la cual quede una porción menor con el dueño si uno hace transferencia de ellos a otro. Pero si ha de formarse en la mente una imagen de estas cosas, creo que se aducirían como ejemplos la sabiduría y las ciencias. Así como, por tanto, ni la sabiduría sufre disminución ni la ciencia, y el que está dotado de ellas no experimenta pérdida si otro se hace partícipe de ellas; del mismo modo, es contrario a la razón pensar que Dios envidia a la materia el deseo de lo bueno, si en verdad, con ellos, concedemos que lo desea.

    Capítulo 10. La mitología acerca de los dioses

    Los dogmas de los maniqueos se asemejan a esta: la alegoría homérica de la batalla de los dioses; la envidia y la emulación existen en Dios según la opinión maniquea; estos vicios no se hallan en ningún hombre bueno y deben considerarse vergonzosos

    Cap. 10

    Además, superan con mucho a los mitólogos en fábulas; a saber, a los que hacen sufrir mutilación a Celo, o cuentan ociosamente las asechanzas tendidas a Saturno por su hijo, para que ese hijo alcanzara la soberanía; o también a los que hacen que Saturno devore a sus hijos y haya sido engañado en su propósito por la imagen de una piedra que le fue presentada. Pues ¿en qué se diferencian de aquellas las cosas que ellos proponen? Cuando hablan abiertamente de la guerra entre Dios y la materia, y no dicen estas cosas tampoco en sentido mitológico, como Homero en la Ilíada; cuando hace que Júpiter se regocije en la contienda y guerra de los dioses entre sí, significando oscuramente que el mundo está formado de elementos desiguales, ajustados unos a otros, y que vencen o se someten al vencedor. Y esto lo he adelantado porque sé que personas de esta clase, cuando carecen de demostración, reúnen de todas partes pasajes de poemas y buscan en ellos un apoyo para sus propias opiniones. Lo cual no les sucedería si hubieran leído con alguna reflexión lo que encontraron. Pero, cuando todo mal es desterrado de la compañía de los dioses, ciertamente la emulación y la envidia deberían haberse eliminado especialmente. Sin embargo, estos dejan estas cosas en Dios, cuando dicen que Dios formó designios contra la materia porque ella sintió deseo del bien. Pero ¿con cuál de las cosas que Dios poseía podría haber deseado vengarse de la materia? En verdad, creo que es doctrina más exacta decir que Dios es de naturaleza simple, que lo que ellos proponen. Ni tampoco, como en las otras cosas, es fácil la enunciación de esta fantasía. Pues no es posible demostrarla simplemente y con meras palabras, sino con mucha instrucción y trabajo. Pero todos sabemos esto: que la ira y la rabia, y el deseo de venganza contra la materia, son pasiones en quien así se agita. Y de tal índole, ciertamente, que jamás podría suceder que un hombre bueno sea acosado por ellas; mucho menos, pues, puede ser que estén unidas al Bien Absoluto.
    Comentario editorial · Celo, Saturno y su hijo
    Alejandro alude a dos mitos para decir que los maniqueos superan en fábulas a los mitólogos: la mutilación de Celo y las asechanzas a Saturno de parte de su hijo. Celo es el Caelus latino, el Urano de los romanos; Saturno es el Cronos griego y su hijo, Júpiter o Zeus (Wikipedia, «Uranus»). Según la Teogonía, Cronos castró a Urano, y devoró a sus hijos para evitar una profecía hasta que nació Zeus (Wikipedia, «Uranus» y «Cronus»). Alejandro los cita para mostrar que la guerra entre Dios y la materia no es más creíble que esos relatos.

    Capítulo 11. La virtud transmitida de los maniqueos

    Las virtudes de la materia mezcladas con igual o menor cantidad de mal

    Cap. 11

    A otras cosas, por tanto, ha vuelto de nuevo nuestro discurso. Pues, porque dicen que Dios envió la virtud a la materia, vale la pena que consideremos si esta virtud, en cuanto pertenece al bien, respecto de Dios es menor, o si está en igualdad de condiciones con Él. Porque si es menor, ¿cuál es la causa? Pues las cosas que están con Dios no admiten comunión alguna con la materia. Pero el bien solo es la característica de Dios, y el mal solo de la materia. Mas si está en igualdad de condiciones con Él, ¿cuál es la razón de que Él, como rey, emita sus mandatos, y ella emprenda involuntariamente este trabajo? Además, respecto de la materia, se indagará si, con respecto al mal, las virtudes son iguales o menores. Porque si son menores, son totalmente de menor mal. Por la comunión, por tanto, con el bien es como llegan a serlo. Pues habiendo dos males, el menor ha logrado claramente por su comunión con el bien ser lo que es. Pero no dejan nada bueno alrededor de la materia. De nuevo, por tanto, surge otra cuestión. Porque si alguna otra virtud, respecto del mal, supera a la materia que prevalece, se convierte ella misma en el principio rector. Pues lo que es más malo ejercerá el dominio en su propio territorio.

    Capítulo 12. Se rechaza la destrucción del mal por la inmisión de la virtud

    Porque de ella no surge ninguna disminución del mal; se descarta la opinión de Zenón de que el mundo será consumido por el fuego del sol

    Cap. 12

    Pero que Dios envió la virtud a la materia se afirma sin prueba alguna, y carece totalmente de probabilidad. Sin embargo, es justo que esto tenga su propia explicación. La razón de esto, ciertamente, afirman que es para que no haya más mal, sino que todas las cosas lleguen a ser buenas. Era necesario que la virtud se entremezclara con el mal, a la manera de los atletas que, trabados en un firme abrazo, vencen a sus adversarios, para que, venciendo al mal, pudiera hacer que dejara de existir. Pero yo creo que es mucho más digno y propio de la excelencia de Dios, en la primera concepción de las cosas existentes, haber abolido la materia. Pero creo que no pudieron permitir esto, porque se encuentra que existe algo malo, que llaman materia. Pero no es más posible que las cosas dejen de ser lo que son, para que uno admita que algunas cosas se cambian en lo que es peor. Y es necesario que haya alguna percepción de esto, porque estas cosas presentes han sufrido de alguna manera disminución, para que pudiéramos tener mejores esperanzas para el futuro. Pues bien se ha respondido a la opinión de Zenón de Citio, que así argumentaba que el mundo sería destruido por el fuego: «Todo lo que tiene algo que quemar no cesará de arder hasta que haya consumido el todo; y el sol es fuego, ¿y no quemará lo que tiene?» De donde deducía, según se imaginaba, que el universo sería destruido por el fuego. Pero se cuenta que un hombre burlón le respondió: "Yo, en verdad, ayer, el año pasado y desde hace mucho, he visto —y ahora veo igualmente— que el sol no ha sufrido daño alguno; y es razonable que esto ocurra con el tiempo y por grados, para que podamos creer que alguna vez el todo será consumido por el fuego". Y a la doctrina de Maniqueo, aunque no descansa en prueba alguna, creo que la misma respuesta es adecuada, a saber, que no ha habido disminución en la condición presente de las cosas, sino que lo que había antes en el tiempo del primer hombre, cuando el hermano mató al hermano, continúa incluso ahora; las mismas guerras y deseos más diversos. Ahora bien, sería razonable que estas cosas, si no cesaran del todo, al menos disminuyeran, si hemos de imaginar que en algún momento cesarán. Pero mientras las mismas cosas provienen de ellos, ¿cuál es nuestra expectativa de ellas para el futuro?

    Capítulo 13. De ningún modo se halla el mal en las estrellas y constelaciones

    Todos los males de la vida son vanos en la opinión maniquea, que traen la extinción de la vida; habiéndose explicado arriba su fantasía acerca del transporte de las almas desde la luna hasta el sol

    Cap. 13

    Pero ¿qué cosas llama él malas? En cuanto al sol y la luna, ciertamente, nada falta; pero respecto de los cielos y las estrellas, si dice que hay algo semejante, y qué es, es justo que examinemos a continuación en orden. Pero la irregularidad es, según ellos, mal, y el movimiento desordenado, pero estas cosas son siempre las mismas y del mismo modo; ni nadie tendrá que culpar a ninguno de los planetas por atreverse a demorar en algún momento en el zodíaco más allá del período fijado; ni tampoco a ninguna de las estrellas fijas, como si no permaneciera en el mismo asiento y posición, y no girara, por circunnutación, igualmente alrededor del mundo, moviéndose como un paso atrás en cien años. Pero en la tierra, si acusa la aspereza de algunos lugares, o si los pilotos se ofenden por las tormentas en el mar; primero, ciertamente, como piensan, estas cosas tienen una parte de bien en ellas. Porque si nada germinara sobre la tierra, todos los animales deberían perecer al instante. Pero este resultado enviará a Dios mucha de la virtud que está entremezclada con la materia, y habrá necesidad de muchas lunas, para dar cabida a la gran multitud que se acerca de repente. Y el mismo lenguaje sostienen respecto del mar. Pues es un golpe de suerte inesperado perecer, para que las cosas que perecen puedan seguir el camino que conduce más rápidamente a Dios. Y las guerras que hay sobre la tierra, y las hambrunas, y todo lo que tiende a la destrucción de la vida, son tenidas en gran honor por ellos. Porque todo lo que es causa del bien ha de tenerse en honor. Pero estas cosas son causa del bien, a causa de la destrucción que las acompaña, si transmiten a Dios la virtud que se separa de los que perecen.

    Capítulo 14. Animales dañinos adorados por los egipcios

    El hombre, por sus artes, un hacedor de mal; la lujuria y la injusticia corregidas por las leyes y la disciplina; cosas contingentes y necesarias en las que no hay mancha

    Cap. 14

    Y, según parece, hemos ignorado que los egipcios adoran justamente al cocodrilo y al león y al lobo, porque estos animales, siendo más fuertes que los demás, devoran su presa y la destruyen enteramente; también el águila y el halcón, porque matan a los animales más débiles tanto en el aire como sobre la tierra. Pero quizá también, según ellos, el hombre es tenido por esta razón en especial honor, porque más que todos, por sus sutiles invenciones y artes, suele someter a la mayoría de los animales. Y para que él mismo no quede sin parte en este bien, se convierte en alimento de otros. De nuevo, por tanto, son absurdas, en su opinión, aquellas generaciones que de una semilla pequeña y común producen lo grande; y es mucho más decoroso, según piensan, que estas sean destruidas por Dios, para que la virtud divina pueda ser liberada rápidamente de los trabajos incidentes a la vida en este mundo. Pero ¿qué diremos respecto de la lujuria y la injusticia y cosas de este tipo? —preguntará Maniqueo—. Ciertamente contra estas cosas acuden al rescate la disciplina y la ley. La disciplina, en verdad, usando cuidadosa previsión para que nada de esto tenga lugar entre los hombres; pero la ley infligiendo castigo a cualquiera que haya sido sorprendido cometiendo algo injusto. Pero, entonces, ¿por qué habría de imputarse a la tierra como falta, si el labrador ha descuidado someterla? ¿Porque la soberanía de Dios, que es según derecho, sufre disminución cuando algunas partes de ella producen frutos y otras no; o cuando sucede que, al soplar los vientos según otra causa, algunos obtienen beneficio de ellos, mientras que otros, contra su voluntad, han de soportar perjuicios? Ciertamente deben ser por necesidad ignorantes del carácter de las cosas contingentes y de las necesarias. Pues de otro modo no considerarían tales cosas como prodigios.

    Capítulo 15. La lujuria y el deseo de las cosas sensibles

    Los demonios; los animales sensibles; también el sol, la luna y las estrellas; la doctrina platónica, no la cristiana

    Cap. 15

    De dónde, pues, vienen el placer y el deseo? Pues estos son los males principales de los que hablan y que odian. Ni tampoco parece la materia ser otra cosa. Que estas cosas, en verdad, solo pertenecen a los animales que están dotados de sentido, y que nada más que lo que tiene sentido percibe el deseo y el placer, es manifiesto. Pues ¿qué percepción de placer y de dolor hay en una planta? ¿Y qué en la tierra, el agua o el aire? Y los demonios, si en verdad son seres vivos dotados de sentido, por esta razón, quizás, se deleitan con lo que ha sido instituido en relación con los sacrificios, y lo toman a mal cuando estos les faltan; pero nada de este tipo puede imaginarse con respecto a Dios. Por lo tanto, aquellos que dicen: «¿Por qué los animales son afectados por el placer y el dolor?» deberían primero presentar la queja: «¿Por qué estos animales están dotados de sentido, o por qué tienen necesidad de alimento?» Pues si los animales fueran inmortales, habrían sido liberados de la corrupción y del crecimiento; tales como el sol, la luna y las estrellas, aunque están dotados de sentido. Sin embargo, están más allá del poder de estos, y de tal queja. Pero el hombre, pudiendo percibir y juzgar, y siendo potencialmente sabio —pues tiene el poder de llegar a serlo—, cuando ha recibido lo que le es propio, lo pisotea.

    Capítulo 16. Porque algunos son sabios, nada impide que otros lo sean

    La virtud ha de adquirirse por la diligencia y el estudio; por una filosofía más sana los hombres han de ser conducidos al bien; el estudio común de la virtud ha sido abierto a todos por Cristo

    Cap. 16

    En general, vale la pena preguntar a estos hombres: ¿Es posible que ningún hombre llegue a ser bueno, o está en el poder de cualquiera? Pues si ningún hombre es sabio, ¿qué decir del propio Maniqueo? Paso por alto el hecho de que no solo llama buenos a otros, sino que también dice que son capaces de hacer tales a otros. Pero si un solo individuo es enteramente bueno, ¿qué impide que todos lleguen a ser buenos? Pues lo que es posible para uno es posible también para todos. Y por los medios por los cuales uno se ha hecho virtuoso, por los mismos todos pueden llegar a serlo, a menos que afirmen que la mayor parte de esta virtud es interceptada por tales. De nuevo, por lo tanto, primero: ¿Qué necesidad hay de trabajo al someterse a la disciplina (pues incluso mientras dormimos podríamos llegar a ser virtuosos), o qué causa hay para que estos hombres despierten en sus oyentes esperanzas de bien? Pues aun revolcándose en el lodo con rameras, pueden obtener su propio bien. Pero si la disciplina, la mejor instrucción y la diligencia en adquirir virtud hacen que un hombre llegue a ser virtuoso, que todos lo sean, y aquella frase suya tantas veces repetida, el movimiento desordenado de la materia, queda anulada. Pero sería mucho mejor para ellos decir que la sabiduría es un instrumento dado por Dios al hombre, para que, conduciendo por grados al bien aquello que les surge, por el hecho de estar dotados de sentido, del deseo o del placer, pudiera apartar de ellos los absurdos que de ellos fluyen. Pues así ellos mismos, que profesan ser maestros de virtud, serían objeto de emulación por su propósito y por su modo de vida, y habría grandes esperanzas de que un día cesen los males, cuando todos los hombres se hayan hecho sabios. Y esto me parece que Jesús tomó en consideración; y para que los labradores, carpinteros, constructores y otros artesanos no fueran apartados del bien, convocó un consejo común de todos ellos, y con conversaciones simples y fáciles los elevó a un sentido de Dios y los condujo a desear lo que es bueno.

    Capítulo 17. La idea maniquea de la virtud en la materia, desdeñada

    Si una virtud ha sido creada inmaterial, las demás también son inmateriales; la virtud material, una noción rechazada

    Cap. 17

    Además, ¿cómo dicen que Dios envió la virtud divina a la materia? Pues si siempre existió, y ni Dios ha de entenderse como existiendo antes de ella, ni tampoco la materia, entonces, de nuevo, según Maniqueo, hay tres primeros principios. Quizás también, un poco más adelante, aparecerán muchos más. Pero si es adventicia, y algo que ha venido a la existencia después, ¿cómo está desprovista de materia? Y si la hacen ser parte de Dios, primero, en verdad, por esta concepción, afirman que Dios es compuesto y corpóreo. Pero esto es absurdo e imposible. Y si Él la formó, y está sin materia, me sorprende que no hayan considerado, ni el hombre mismo ni sus discípulos, que si (como dicen los ortodoxos, las cosas que siguen en orden subsisten mientras Dios permanece) Dios creó esta virtud por su propia voluntad, ¿cómo es que no es el autor de todas las demás cosas que son hechas sin la necesidad de materia preexistente alguna? Las consecuencias, en verdad, de esta opinión son evidentemente absurdas; pero lo que sigue se expone a continuación. ¿Era, pues, la naturaleza de esta virtud difundirse en la materia? Si era contrario a su naturaleza, ¿de qué manera está entremezclada con ella? Pero si esto estaba de acuerdo con su naturaleza, estaba, con toda seguridad, siempre con la materia. Pero si esto es así, ¿cómo es que llaman mala a la materia, que desde el principio estuvo entremezclada con la virtud divina? ¿De qué manera, también, será destruida la virtud divina que se mezcló con ella al separarse hacia sí misma en algún momento u otro? Pues que conserva con seguridad lo que es bueno, y que es probable que produzca algún otro bien a aquellos a quienes está presente, es más razonable que el que traiga destrucción o algún otro mal sobre ellos.

    Capítulo 18. La disolución y la inherencia según los maniqueos

    Esto está bien dicho, ad hominem, con respecto a Manes, que está él mismo en la materia

    Cap. 18

    Esta es, pues, la sabia afirmación que hacen ellos — a saber, que así como vemos que el cuerpo perece cuando el alma se separa de él, así también, cuando la virtud ha dejado la materia, lo que queda, que es la materia, se disolverá y perecerá. Primero, en verdad, no perciben que nada existente puede ser destruido hasta la no-existencia. Pues lo que no existe no existe. Pero cuando los cuerpos se desintegran y experimentan un cambio, tiene lugar una disolución de ellos; de modo que una parte de ellos va a la tierra, una parte al aire y una parte a algo más. Además, no recuerdan que su doctrina es que la materia es movimiento desordenado. Pero aquello que se mueve por sí mismo, y del cual el movimiento es la esencia, y no algo que le pertenece accidentalmente — ¿cómo es razonable decir que cuando la virtud parte, aquello que era, aun antes de que la virtud descendiera a ello, debería dejar de ser? Ni tampoco ven la diferencia: que todo cuerpo que está desprovisto de alma es inmóvil. Pues las plantas también tienen un alma vegetativa. Pero el movimiento, afirman, existe por sí mismo, y sin embargo el movimiento desordenado, dicen, es la esencia de la materia. Pero sería mejor que, así como en una lira que suena desafinada, mediante la adición de la armonía, todo es llevado a la concordia; así la virtud divina, cuando se entremezcla con ese movimiento desordenado que, según ellos, es la materia, debería añadir cierto orden en lugar de su desorden innato, y debería siempre añadirlo convenientemente al tiempo divino. Pues pregunto: ¿cómo fue que el propio Maniqueo llegó a estar capacitado para tratar de estas materias, y cuándo por fin las enunció? Pues ellos admiten que él mismo era una mezcla de materia y de la virtud recibida en ella. Por lo tanto, ya sea que, siendo así, dijo estas cosas en movimiento desordenado — ciertamente la opinión es defectuosa —; o ya sea que las dijo por medio de la virtud divina, el dogma es dudoso e incierto; pues por un lado, el de la virtud divina, participa de la verdad; mientras que por el lado del movimiento desordenado, es partícipe de la otra parte, y cambia a la falsedad.

    Capítulo 19. La segunda virtud de los maniqueos, acosada por las mismas y por nuevas absurdidades

    La virtud, activa y pasiva, formadora de la materia y concreta con ella; los cuerpos divididos por Maniqueo en tres partes

    Cap. 19

    Pero si se hubiera dicho que la virtud divina tanto ha adornado como adorna la materia, se habría dicho con mucha más sabiduría y de una manera más conducente a conciliar la fe en la doctrina y los discursos de Maniqueo. Pero Dios ha enviado otra virtud. Lo que ya se ha dicho con respecto a la virtud anterior, puede decirse igualmente con respecto a esta, y todas las absurdidades que se siguen de la enseñanza sobre su primera virtud pueden presentarse en este caso. Pero otra, ¿quién la tolerará? Pues ¿por qué no envió Dios una sola virtud que pudiera efectuarlo todo? Si la mente humana es tan variada hacia todas las cosas, de modo que el mismo hombre está dotado de conocimiento de la geometría, de la astronomía, del arte del carpintero y cosas semejantes, ¿es entonces imposible para Dios encontrar una virtud tal que sea suficiente para él en todos los aspectos, de modo que no necesite de una primera y una segunda? ¿Y por qué una virtud tiene más bien la fuerza de un creador, y otra la del paciente y receptor, de modo que esté bien adaptada para la mezcla con la materia? Pues no veo de nuevo aquí la causa del buen orden y de aquel exceso que le es contrario. Si era malo, no estaba en la casa de Dios. Pues ya que Dios es el único bien, y la materia el único mal, debemos decir necesariamente que las demás cosas son de una naturaleza media, y colocadas, por así decirlo, en el medio. ¿Pero se encuentra que es diferente el formador de aquellas cosas que son de naturaleza media, cuando dicen que una causa es creativa y otra mezclada con la materia? Quizás, por lo tanto, es aquella causa antecedente primaria de la que hablan escritores más recientes en el libro περιmateria; aquello que, aun en la mezcla, permaneció en su propia virtud, y de esto el sol y la luna tuvieron su comienzo. Pero aquello que en grado moderado y leve había contraído vicio y mal, esto formó el cielo y las constelaciones. Por último vinieron las demás cosas contenidas dentro de estas, según aconteciera, que son mezclas de la virtud divina y de la materia.

    Capítulo 20. La virtud divina, según la visión del mismo Maniqueo, corpórea y divisible

    La virtud divina misma materia que llega a ser todo; esto no es adecuado

    Cap. 20

    Yo, en verdad, además de todas estas cosas, me asombro de que no perciban que están haciendo a la virtud divina corpórea y dividiéndola, por así decirlo, en partes. Pues ¿por qué, como en el caso de la materia, no es también la virtud divina pasible y divisible por entero, y de una de sus partes no se hace el sol, y de otra la luna? Pues claramente esto es lo que afirman que pertenece a la virtud divina; y esto es lo que dijimos que era propiedad de la materia, que por sí misma no es nada, pero cuando ha recibido forma y cualidades, se hace todo lo que está dividido y distinto. Si, por lo tanto, como de un solo sujeto, la virtud divina, solo el sol y la luna tienen su comienzo, y estas cosas son diferentes, ¿por qué se hizo algo más? Pero si se hacen todas las cosas, lo que sigue es manifiesto: que la virtud divina es materia, y eso también, tal como es hecha en formas. Pero si nada más que el sol y la luna son lo que fue creado por la virtud divina, entonces lo que está entremezclado con todas las cosas es el sol y la luna; y cada una de las estrellas es el sol y la luna, y cada animal individual de los que viven en la tierra, de las aves y de las criaturas anfibias. Pero esto, ni siquiera aquellos que exhiben juegos de prestidigitación lo admitirían, como, creo, es evidente para todos.

    Capítulo 21. Algunas porciones de la virtud tienen bien en sí, otras más bien

    En el sol y la luna es incorrupta, en otras cosas depravada; una opinión improbable

    Cap. 21

    Pero si alguno aplicara su mente a lo que sigue, el camino no parecería ser llano y directo, sino más arduo aún que el que ya se ha recorrido. Pues dicen que el sol y la luna no han contraído mancha alguna de su mezcla con la materia. Y ahora no pueden decir cómo otras cosas se han deteriorado en contra de su propia naturaleza. Pues si, cuando era absoluta y por sí misma, la virtud divina estaba constituida de tal manera que una porción de ella era buena, y otra tenía una mayor cantidad de bondad, según la antigua fábula de los centauros, que en cuanto al pecho eran hombres, y en la parte inferior caballos, los cuales son ambos animales buenos, pero el hombre es el mejor de los dos; así también, en la virtud divina, ha de entenderse que la una porción de ella es la mejor y la más excelente, y la otra ocupará el segundo e inferior lugar. Y de la misma manera, con respecto a la materia, la una porción posee, por así decirlo, un exceso de mal; mientras que otras, a su vez, son diferentes, y acerca de aquella otra el lenguaje será diferente. Pues es posible concebir que desde el principio el sol y la luna, por un juicio más hábil y prudente, escogieron para sí las partes de la materia que eran menos malas para los propósitos de la mezcla, a fin de permanecer en su propia perfección y virtud; pero con el paso del tiempo, cuando los males perdieron su fuerza y envejecieron, extrajeron tanto del exceso en el bien, mientras que las demás partes de ello cayeron, no, ciertamente, sin previsión, y sin embargo no con la misma previsión, cada objeto compartió según su cantidad en el mal que había en la materia. Pero puesto que, con respecto a esta virtud, nada de un tipo diferente es afirmado por ellos, sino que ha de entenderse en todo como semejante y de la misma naturaleza, su argumento es improbable; porque en la mezcla una parte permanece pura e incorrupta, mientras que la otra ha contraído alguna porción de mal.

    Capítulo 22. La luz de la luna proviene del sol

    El inconveniente de la opinión de que las almas son recibidas en ella; los dos diluvios de los griegos

    Cap. 22

    Ahora bien, dicen que el sol y la luna, habiendo separado por grados la virtud divina de la materia, la transmiten a Dios. Pero si solo en un grado leve hubieran frecuentado las escuelas de los astrónomos, no les habría sucedido caer en estas fantasías, ni habrían ignorado que la luna, que según la opinión de algunos carece de luz propia, recibe su luz del sol, y que sus configuraciones son exactamente proporcionales a su distancia del sol, y que es plenilunio cuando está distante del sol ciento ochenta grados. Está en conjunción cuando está en el mismo grado que el sol. Entonces, ¿no es admirable cómo sucede que haya tantas almas, y de criaturas tan diversas? Pues está el alma del mundo mismo, y la de los animales, de las plantas, de las ninfas y de los demonios, y entre estas se distinguen por su apariencia las de las aves, de los animales terrestres y de los animales anfibios; pero en la luna siempre vemos un cuerpo semejante. ¿Y qué hay de la continuidad de este cuerpo? Cuando la luna está media llena, aparece un semicírculo, y cuando está en su cuarto menguante, lo mismo de nuevo. ¿Cómo, pues, y con qué figura, son asumidas en la luna? Pues si son ligeras como el fuego, es probable que no solo ascenderían hasta la luna, sino aun más alto, continuamente; pero si son pesadas, no les sería posible en absoluto alcanzar la luna. ¿Y cuál es la razón de que aquello que primero llega a la luna no sea transmitido inmediatamente al sol, sino que espera al plenilunio hasta que lleguen las demás almas? Cuando, pues, la luna, después de haber estado llena, decrece, ¿dónde permanece la virtud durante ese tiempo? Hasta que la luna, que ha sido vaciada de las almas anteriores, como una ciudad desolada, reciba de nuevo una colonia fresca. Pues tendría que haberse señalado un almacén en alguna parte de la tierra, o de las nubes, o en algún otro lugar, donde las almas congregadas pudieran estar listas para la emigración a la luna. Pero, de nuevo, surge una segunda cuestión. ¿Cuál es, pues, la causa de que no esté llena inmediatamente? ¿O por qué espera de nuevo quince días? Ni es esto menos admirable que lo que se ha dicho: que nunca, en la memoria del hombre, la luna se ha llenado después de quince días. Ni siquiera — en el diluvio de Deucalión, ni en el de Foroneo, cuando todas las cosas, por así decirlo, que estaban sobre la faz de la tierra perecieron, y sucedió que una gran cantidad de virtud fue separada de la materia. Y, además de estas cosas, uno debe considerar la productividad de las generaciones, y su esterilidad, y también la destrucción de las mismas; y puesto que estas cosas no suceden en orden, tampoco el orden del plenilunio, ni las mareas de la luna menguante, deberían observarse con tanto cuidado.

    Capítulo 23. La imagen de la Materia en el sol, según la cual el hombre es formado

    Fantasías triviales; Es también una mera fantasía que el hombre sea formado de la materia; El hombre es un ser compuesto, o un alma, o mente y entendimiento

    Cap. 23

    Ni siquiera esto debe considerarse con ligera atención. Porque si la virtud divina que está en la materia es infinita, no pueden disminuirla aquellas cosas que el sol y la luna modelan. Pues lo que queda de aquella cosa finita que ha sido asumida es infinito. Pero si es finita, sería percibida por los sentidos en intervalos proporcionales a la cantidad de virtud que se hubiera sustraído del mundo. Pero todas las cosas permanecen como estaban. Ahora, ¿qué entendimiento no trascienden estas cosas en su incredibilidad, cuando afirman que el hombre fue creado y formado según la imagen de la materia que se ve en el sol? Pues las imágenes son las formas de sus arquetipos. Pero si incluyen la imagen del hombre en el sol, ¿dónde está el ejemplar según el cual se forma su imagen? Porque, en verdad, no van a decir que el hombre sea realmente hombre, o virtud divina; pues ésta, en verdad, la mezclan con la materia; y dicen que la imagen se ve en el sol, la cual, según piensan, fue formada después a partir de la secreción de la materia. Ni pueden aducir la causa creadora de todas las cosas, pues dicen que ésta fue enviada para preservar a salvo la virtud divina: de modo que, en su opinión, esto debe atribuirse por completo al sol; por esta razón, sin duda, porque por su llegada y presencia sucede que el sol y la luna se separan de la materia.
    Además, afirman que la imagen se ve en la estrella; pero dicen que la materia modeló al hombre. ¿De qué manera, y por qué medios? Pues no es posible que ésta lo modelara. Porque además de que, según ellos, el hombre es la forma vacía de una forma vacía, y no tiene existencia real, no ha sido posible todavía concebir cómo el hombre puede ser producto de la materia. Pues el uso de la razón y del sentido no pertenece a aquella materia que suponen. Ahora, ¿qué es, según ellos, el hombre? ¿Es una mezcla de alma y cuerpo? ¿O es otra cosa, o lo que es superior al alma entera, la mente? Pero si es mente, ¿cómo puede lo más perfecto y lo mejor ser producto de lo que es peor; o si es alma (pues ésta, dicen, es virtud divina), cómo pueden, habiendo quitado a Dios la virtud divina, someterla a la actividad creadora de la materia? Pero si le dejan sólo el cuerpo, recuerden de nuevo que éste por sí mismo es inmóvil, y que dicen que la esencia de la materia es el movimiento. Ni piensan que algo de sí mismo, y por su propio genio, sea atraído a la materia. Ni es razonable establecer que lo que está compuesto de estas cosas sea producto de ésta. Pensar, ciertamente, que lo modelado por alguien es inferior a su modelador parece estar fuera de controversia. Pues así el mundo es inferior a su Creador o Modelador, y las obras de arte inferiores al artífice. Si, pues, el hombre es producto de la materia, ciertamente debe ser inferior a ella. Ahora bien, los hombres no dejan nada inferior a la materia; y no es razonable que la virtud divina se mezcle con la materia, y con lo que es inferior a ella. Pero las cosas que afirman por indulgencia, por así decirlo, y a modo de dispensación, no parecen entenderlas. Porque, ¿cuál es la razón de pensar que la materia ha atado la imagen de Dios a la sustancia del hombre? O, ¿por qué no es suficiente la imagen, como en un espejo, para que el hombre aparezca? O, así como el sol mismo es suficiente para la generación y destrucción de todas las cosas que son hechas, ¿ha imitado una imagen en la obra de su creación? ¿Con cuáles de las cosas que poseía? ¿Fue con la virtud divina que estaba mezclada con él, de modo que la virtud divina tuviera el oficio de instrumento respecto de la materia? ¿Es por movimiento desordenado que dará así una forma a la materia? Pero todas las cosas semejantes, en orden exquisito y exacto, imitando, alcanzan su fin. Pues no suponen que una casa, o una nave, o cualquier otro producto del arte, se efectúe por desorden; ni una estatua que el arte ha modelado para imitar al hombre.

    Capítulo 24. Cristo es Mente, según los maniqueos

    ¿Qué es Él en la visión de la Iglesia? Incongruencia en su idea de Cristo; Que Él sufrió sólo en apariencia, un sueño de los maniqueos; Nada se atribuye al Verbo por modo de ficción

    Cap. 24

    Tampoco reconocen a Cristo; sin embargo, hablan de Cristo, pero toman algún otro elemento, y dando al Verbo, designando su sagrada persona, alguna otra significación que aquella en la que rectamente se recibe, dicen que Él es mente. Pero si, cuando hablan de Él como lo que es conocido, y lo que conoce, y la sabiduría como teniendo el mismo significado, se halla que concuerdan con aquellas cosas que los doctores de la Iglesia dicen de Él, ¿cómo es entonces que rechazan todo lo que se llama historia antigua? Pero veamos si le hacen ser algo adventicio y nuevo, y que ha venido de fuera, y por accidente, como es la opinión de algunos. Pues los que sostienen esta opinión dicen, como parece muy plausible, que en el séptimo año, cuando las potencias de percepción se hicieron distintas, Él hizo su entrada en el cuerpo. Pero si Cristo es mente, como imaginan, entonces será a la vez Cristo y no Cristo. Porque antes de que la mente y el sentido entraran, Él no era. Pero si Cristo, como ellos quieren, es mente, entonces en Él ya existente hace su entrada la mente, y así, de nuevo, según su opinión, será mente. Cristo, por tanto, es y no es al mismo tiempo. Pero si, según la secta más aprobada de ellos, la mente es todas las cosas que son, ya que suponen que la materia no es producida, y coetánea, por así decirlo, con Dios, sostienen que esta primera mente y materia es Cristo; si, en verdad, Cristo es la mente, que es todas las cosas, y la materia es una de aquellas cosas que son, y ella misma no es producida.
    Dicen que fue por modo de apariencia, y de esta manera, que la virtud divina en la materia fue clavada en la cruz; y que Él mismo no sufrió este castigo, puesto que era imposible que Él lo sufriera; doctrina que el propio Maniqueo se ha encargado de enseñar en un libro escrito sobre el asunto, que la virtud divina fue encerrada en la materia, y de nuevo sale de ella. El modo de esto lo inventan. Que se diga, ciertamente, en la doctrina de la Iglesia, que Él se entregó a sí mismo para la remisión de los pecados, obtiene crédito entre el vulgo, y aparece igualmente en las historias griegas, que dicen que algunos «se entregaron a la muerte para asegurar la salvación de sus compatriotas.» Y de esta doctrina la historia judía tiene un ejemplo, que prepara al hijo de Abraham como sacrificio a Dios. Pero someter a Cristo a su pasión meramente por ostentación, delata gran ignorancia, pues el Verbo es el representante de Dios, para enseñarnos e informarnos de las verdades actuales.

    Capítulo 25. La abstinencia maniquea de seres vivos es ridícula

    Su locura al aborrecer el matrimonio; La mitología de los Gigantes; Una exposición demasiado alegórica

    Cap. 25

    También se abstienen de los seres vivos. Si, ciertamente, la razón de su abstinencia fuera otra que la que es, no debería investigarse con demasiada curiosidad. Pero si lo hacen por esta razón, que la virtud divina está más o menos ausente o presente para ellos, este su significado es ridículo. Porque si las plantas son más materiales, ¿cómo es conforme a razón usar lo que es inferior para alimento y sustento? O, si hay más de la virtud divina en ellas, ¿cómo son útiles como alimento cosas de este tipo, cuando la facultad del alma de nutrir y hacer crecer es más corpórea? Ahora, en cuanto a que se abstienen del matrimonio y de los ritos de Venus, temiendo que por la sucesión de la raza la virtud divina more más en la materia, me pregunto cómo al pensar así se permiten a sí mismos. Porque si ni la providencia de Dios basta, tanto por las generaciones como por aquellas cosas que existen siempre y de la misma manera, para separar la virtud divina de la materia, ¿qué pueden efectuar para ese propósito la astucia y sutileza de Maniqueo? Porque ciertamente por ninguna cooperación de gigante viene ayuda a Dios, para que mediante la supresión de las generaciones se haga rápida y veloz la retirada de la virtud divina de la materia. Pero lo que los poetas dicen sobre los gigantes es manifiestamente una fábula. Pues los que lo establecen sobre éstos, aducen tales asuntos en alegorías, ocultando por una especie de fábula la majestad de su discurso; como, por ejemplo, cuando la historia judía relata que ángeles descendieron para tener [] relación con las hijas de los hombres; pues este dicho significa que las potencias nutritivas del alma descendieron del cielo a la tierra. Pero los poetas que dicen que ellos, cuando habían emergido en plena armadura de la tierra, perecieron inmediatamente después de incitar rebelión contra los dioses, para insinuar la constitución frágil y rápidamente perecedera del cuerpo, adornan de este modo su poesía para refrescar el alma por la extrañeza del suceso. Pero éstos, no entendiendo nada de todo esto, dondequiera que pueden apoderarse de un paralogismo, de cualquier parte que venga, lo agarran con avidez como una bendición divina, y se esfuerzan con todas sus artes para trastornar la verdad por cualquier medio.

    Capítulo 26. El tan discutido fuego de los maniqueos

    Que ese fuego es la materia misma

    Cap. 26

    Ese fuego, dotado ciertamente del poder de quemar, pero carente de luz, que está fuera del mundo, ¿en qué región tiene su lugar? Porque si está en el mundo, ¿por qué el mundo continúa hasta ahora a salvo? Porque si en algún tiempo u otro ha de destruirlo, acercándose a él, ahora también está unido a él. Pero si está aparte de él, como en lo alto en su propia región, ¿qué sucederá después para hacerlo descender sobre el mundo? ¿O de qué manera abandonará su propio lugar, y por qué necesidad y violencia? ¿Y qué sustancia de fuego puede concebirse sin combustible, y cómo puede lo húmedo servirle de combustible, a menos que lo que se dice más bien fisiológicamente sobre esto no caiga dentro del ámbito de nuestra presente disquisición? Pero esto es bastante manifiesto por lo dicho. Porque el fuego que existe fuera del mundo es justamente aquello que llaman materia, puesto que el sol y la luna, siendo lo más puro de lo puro, por su virtud divina, están separados y son distintos de ese fuego, no quedando parte alguna de ellos en él. Este fuego es la materia misma, absolutamente y per se, enteramente alejada de toda mezcla con la virtud divina. Por lo cual, cuando el mundo haya sido vaciado de toda la virtud divina que se le opone, y de nuevo quede restante un fuego de este tipo, ¿cómo entonces podrá el fuego destruir algo, o ser consumido por él? Pues, de aquello que es semejante, no veo de qué modo ha de tener lugar la corrupción. Porque lo que la materia llegará a ser cuando la virtud divina haya sido separada de ella, eso era antes de que la virtud divina fuera mezclada con ella. Si ciertamente la materia ha de perecer cuando es privada de la virtud divina, ¿por qué no pereció antes de entrar en contacto con la virtud divina, o con alguna energía creadora? ¿Fue para que la materia pereciera sucesivamente, y haga esto ad infinitum? ¿Y cuál es la utilidad de esto? Pues lo que no tuvo lugar desde la primera volición, ¿cómo tendrá lugar desde una subsiguiente? ¿O qué razón hay para que Dios aplace cosas que, ni siquiera en el caso de un hombre, parece estar bien? Pues en cuanto a los que deliberan sobre lo imposible, se dice que les sucede esto: que no desean lo que es posible. Pero si nada más, hablan de Dios transcendiendo la sustancia, y lo presentan como algún nuevo material, y no tal como los hombres inteligentes piensan siempre que está unido a Él, sino aquello que la investigación descubre que o no existe en absoluto, o es el extremo de todas las cosas, y que difícilmente puede ser concebido por la mente humana. Porque este fuego, carente de luz, ¿es de más fuerza que la materia, que ha de quedar desolada por la virtud divina, o es de menos? Y si es de menos, ¿cómo vencerá a aquello que es de más? Pero si es de más, podrá traerlo de vuelta a sí mismo, siendo de la misma naturaleza; sin embargo, no lo destruirá, como tampoco el Nilo engulle las corrientes que se dividen de él.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el tratado

    Alejandro no discute que haya mal, sino de dónde viene. Su respuesta, a lo largo de los Cap. 6 a 26, es que la hipótesis de Mani no se sostiene ni con sus propios términos: dos principios exigen dos materias, y en vez de dos hay cuatro (Cap. 6); si la materia es movimiento desordenado, necesita algo movido (Cap. 6 y 7); entre Dios y la materia haría falta un tercer término (Cap. 8); si la materia desea la luz, su deseo no es malo (Cap. 9); y si Dios envió una virtud para acabar con el mal, el mundo no muestra que el mal disminuya (Cap. 12). Los últimos capítulos aplican lo mismo al hombre (Cap. 23), a Cristo (Cap. 24), a la abstinencia (Cap. 25) y al fuego exterior (Cap. 26). El texto acaba en la comparación con el Nilo, sin un párrafo de cierre.
    Del tratado solo se conserva lo que guardó Bizancio. Según Wikipedia, en el siglo IX Fotio y otros eruditos bizantinos lo leyeron a propósito de los paulicianos, a quienes se tenía por herederos del maniqueísmo; se reunió para el emperador Basilio I un dosier de textos contra los maniqueos, y de él procede el único códice (de finales del IX o principios del X) del que descienden todos los manuscritos, hoy en Florencia. Fotio le atribuyó un episcopado que la crítica actual no sostiene, y el error duró hasta el siglo XIX: el volumen 18 de la Patrología griega de Migne (1857) todavía lo imprimía como obra de un Padre de la Iglesia. Hoy se lo aprecia como fuente temprana sobre el maniqueísmo, que, según Wikipedia, confirman en parte los textos maniqueos hallados después, y por un tono que no recurre a la invectiva frecuente en la polémica cristiana. El mismo artículo advierte que su retrato difiere en puntos de la enseñanza de Mani, sobre todo en la salvación, donde Alejandro atribuye a los maniqueos un fatalismo de aire estoico.
    Límites. La edición de base no resuelve quién fue Alejandro ni cuándo escribió; cuando las fuentes difieren, se dice cuál afirma qué. La versión inglesa de Hawkins se tiene por poco fiable (Wikipedia) y la traducción castellana es automática: ninguna persona la ha revisado frase a frase. Defectos vistos y conservados: el título griego roto del Cap. 19, que ya llegó así del epub inglés; la pregunta con que empieza el Cap. 15, sin su signo de apertura («De dónde, pues, vienen el placer y el deseo?»); y varias frases largas que calcan el orden del inglés del ANF.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la obra