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    TEXTOS — AMBROSIO DE MILÁN

    Índice de la obra

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    Ambrosio de Milán

    Sobre la muerte de su hermano Sátiro

    Texto base: versión inglesa de H. de Romestin, con la ayuda de E. de Romestin y H. T. F. Duckworth, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 10 (Buffalo, 1896), «On the Decease of His Brother Satyrus» · dos libros, 80 y 135 secciones

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 164 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Qué se le dice a una iglesia, y a uno mismo, ante el cuerpo de un hermano? Ambrosio, obispo de Milán, despide a Sátiro con dos discursos. En el primero habla al muerto, recuerda sus virtudes y rechaza que el llanto sea falta de fe (libro I, § 1–80). En el segundo pasa del duelo a la doctrina: la muerte no es un mal y la resurrección del cuerpo se puede creer por razón, por analogía con la naturaleza y por lo que ya ha ocurrido (libro II, § 1–135).

    Ficha de la obra

    AutorAmbrosio de Milán (Ambrosius), obispo de Milán desde 374 hasta su muerte en 397 (Wikipedia)
    TítuloSobre la muerte de su hermano Sátiro (en latín De excessu fratris Satyri; New Advent: «On the Death of Satyrus»; CCEL: «On the Decease of His Brother Satyrus»)
    Lengua originalLatín. Edición crítica moderna: Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum 73, ed. O. Faller (Wikipedia)
    FechaEl texto no la da. Según el NPNF, 379, el año de la muerte de Sátiro; Wikipedia da su muerte en 378 y la obra en 375–378
    GéneroOración fúnebre y consolación; el libro II, discurso doctrinal sobre la resurrección. Según la introducción del NPNF, el segundo discurso se pronunció una semana después del funeral
    DestinatariosEl pueblo de Milán reunido en el funeral (libro I) y, en el libro II, creyentes y paganos a quienes discute
    ExtensiónDos libros: el primero con 80 secciones y el segundo con 135 (el NPNF repite el 108 y el 124); unas 30 000 palabras
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 10, tal como la recogen New Advent y CCEL
    El recorrido de la obra:
    SecciónTema
    I, 1–39Duelo ante el pueblo: el sacrificio, el llanto, la vida compartida con Sátiro
    I, 40–64Las virtudes de Sátiro: prudencia, valentía, castidad, justicia y piedad familiar
    I, 65–80Consuelo con la Escritura y despedida
    II, 1–49Moderar el dolor; la muerte como refugio y ganancia; ejemplos bíblicos
    II, 50–104Tres fundamentos de la resurrección: razón, analogía y hechos (semillas, fénix, Ezequiel, Lázaro)
    II, 105–126Las trompetas, la Iglesia y la vida futura
    II, 127–135Contra la transmigración de las almas y conclusión
    Otros textos de Ambrosio sobre la vida de la Iglesia en Sobre la penitencia y, sobre el mismo asunto de la muerte y la resurrección, Sobre el alma y la resurrección (Gregorio de Nisa) y Sobre la resurrección de la carne (Tertuliano).

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que el volumen 10 de la segunda serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (NPNF) imprime con el título «The Two Books of St. Ambrose, Bishop of Milan, on the Decease of His Brother Satyrus». El volumen es Ambrose: Select Works and Letters, editado por Philip Schaff y Henry Wace; su portada dice que las obras de Ambrosio fueron traducidas por el reverendo H. de Romestin, «of St. John's College, and Rector of Tiptree, Essex», con la ayuda de E. de Romestin, de New College (Oxford), y de H. T. F. Duckworth. New Advent da como fuente Buffalo (Christian Literature Publishing Co., 1896).
    Los Prolegómenos del NPNF listan los dos libros entre las obras de Ambrosio traducidas en el volumen y colocan en 379 la muerte de Sátiro y la composición de ambos. La introducción de la edición añade que Ambrosio revisó después los dos discursos.
    Lo que viene de la edición. La introducción (con el epitafio) y el título del libro II, «Sobre la creencia en la resurrección», son de la edición inglesa, no de Ambrosio. La división en secciones numeradas también. El epub de partida no trae las notas explicativas del NPNF (207, casi todas referencias bíblicas); algunas, con su fuente, pasan a los comentarios de este libro.
    Numeración. La traducción castellana perdió el número inicial de las secciones I, § 62–80, II, § 1–21 y II, § 133–135; se conservan sin número visible, con su localizador, tomado del inglés. El NPNF imprime dos veces el 108 y el 124 del libro II (se localizan como «108 bis» y «124 bis»).
    Referencias bíblicas. Las que van entre corchetes son las de la edición; las que el lector resuelve salen con su versículo emergente. Entre II, § 96 y § 111 la traducción dejó 27 referencias en inglés y una con numeración romana: se conservan como texto, con una nota visible en el lugar.

    Sobre la muerte de su hermano Sátiro

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la muerte de su hermano Sátiro · Introducción
    Además de su hermana mayor Marcelina, que recibió el velo de manos del papa Liberio, en Navidad [quizá en 353 d.C.], San Ambrosio tuvo también un hermano llamado Sátiro, al que en el epitafio sobre él atribuido al obispo se añade Uranio. Esto, sin embargo, probablemente se refiere tan solo a su traslado de la tierra al cielo.
    Sátiro había ejercido en sus años primeros, al igual que San Ambrosio, como abogado, y desempeñado un cargo. Pero cuando su hermano fue nombrado obispo de Milán, Sátiro renunció de inmediato a su cargo y dedicó su vida a administrar los asuntos seculares de San Ambrosio, para que nada lo distrajera de sus deberes episcopales. Sin embargo, tras unos pocos años de entrega a esta tarea, sucumbió a una grave enfermedad el 17 de octubre de 379 d.C.
    El dolor de San Ambrosio por la pérdida de su hermano, absolutamente afín a él, fue intenso, y a él debemos el exquisito discurso pronunciado en el funeral de Sátiro, y el segundo, sobre la resurrección, pronunciado una semana después.
    San Ambrosio revisó posteriormente estos dos discursos, y han llegado hasta nosotros como los «dos libros de San Ambrosio sobre el fallecimiento de Sátiro,» algunos manuscritos añaden, «y la resurrección de los muertos.»
    El epitafio sobre Sátiro, que se dice es de San Ambrosio, es el siguiente:
    Uranio Satyro supremum frater honorem
    Martyris ad lævam detulit Ambrosius.
    Hæc meriti merces, ut sacri sanguinis humor
    Finitimas penetrans adluat exuvias.
    Comentario editorial · ¿Cuándo murió Sátiro y cuándo se escribió la obra?
    El texto no da fecha. La introducción de la edición pone la muerte de Sátiro el 17 de octubre de 379 y los Prolegómenos del NPNF colocan los dos tratados en ese año; según la introducción, el segundo discurso, sobre la resurrección, se pronunció «una semana después» y Ambrosio revisó ambos antes de que llegaran a nosotros como dos libros. Wikipedia no coincide: el artículo sobre Sátiro lo da por muerto en 378 y la tabla de obras de Ambrosio fecha el De excessu fratris en 375–378. Aquí se sigue la fecha del NPNF por ser la edición de partida, pero conviene leer el año como discutido. Sobre el epitafio, el NPNF solo anota que «Martyris» es san Víctor; el epub castellano no trae la nota.

    Libro I

    I, § 1

    1. Hemos traído aquí, hermanos carísimos, mi sacrificio, un sacrificio sin mancha, un sacrificio agradable a Dios, mi señor y hermano Sátiro. No olvidé que era mortal, ni mis sentimientos me engañaron, sino que la gracia sobreabundó mucho más. Y así no tengo de qué quejarme, sino motivo de agradecimiento a Dios, porque siempre deseé que, si algunas tribulaciones amenazaban a la Iglesia o a mí, recayeran más bien sobre mí y sobre mi casa. Gracias, por tanto, sean dadas a Dios, porque en este tiempo de temor común, cuando todo se teme de los movimientos de los bárbaros, puse fin a la inquietud de todos con mi dolor personal, y temí por todos lo que recayó sobre mí. Y ojalá esto se cumpla plenamente, de modo que mi dolor sea rescate por el dolor de todos.

    I, § 2

    2. Nada entre las cosas de la tierra, hermanos carísimos, me era más precioso, nada más digno de amor, nada más querido que un hermano así; pero los asuntos públicos van antes que los privados. Y si alguien pregunta cuál era su sentir, preferiría ser muerto por otros antes que vivir para sí mismo, porque Cristo murió según la carne por todos, para que aprendiéramos a no vivir para nosotros solos.

    I, § 3

    3. A esto hay que añadir que no puedo ser ingrato con Dios; pues debo más bien alegrarme de haber tenido un hermano así que dolerme de haber perdido un hermano, porque lo primero es un don, lo segundo una deuda que pagar. Y así, mientras pude, disfruté del préstamo que se me confió; ahora Aquel que depositó la prenda la ha retirado. No hay diferencia entre negar que se ha depositado una prenda y dolerse de que se devuelva. En ambos casos hay infidelidad, y en ambos se arriesga la vida [eterna]. Es culpa si rehúsas el pago, y piedad si rehúsas un sacrificio. Puesto que, además, al prestamista de dinero se le puede engañar, pero al Autor de la naturaleza, al Prestador de todo lo que necesitamos, no se le puede defraudar. Y así, cuanto mayor es la cantidad del préstamo, tanta más gratitud se debe por el uso del capital.

    I, § 4

    4. Por lo cual, no puedo ser ingrato en lo que respecta a mi hermano, pues ha devuelto lo que era común a la naturaleza y ha ganado lo que es propio solo de la gracia. Pues ¿quién rehusaría la suerte común? ¿Quién se dolería de que se le retire una prenda que le fue especialmente confiada, cuando el Padre entregó por nosotros a la muerte a su Hijo único? ¿Quién pensaría que debe ser exceptuado de la suerte de morir, quien no ha sido exceptuado de la suerte de nacer? Es un gran misterio del amor divino que ni siquiera en Cristo se hiciera excepción de la muerte del cuerpo; y aunque era Señor de la naturaleza, no rehusó la ley de la carne que había asumido. Para mí es necesario morir; para Él no lo era. ¿Acaso Aquel que dijo de su siervo, «Si yo quiero que él quede así hasta que yo venga, ¿a ti qué?» [] no habría podido permanecer como estaba, si así lo hubiera querido? Pero con la prolongación de la vida de mi hermano aquí, habría destruido su recompensa y mi sacrificio. ¿Qué mayor consuelo para nosotros que el hecho de que Cristo también murió según la carne? O ¿por qué habría de llorar yo con demasiada violencia por mi hermano, sabiendo como sé que aquel amor divino no podía morir.

    I, § 5

    5. ¿Por qué habría de llorar yo solo más que los demás por aquel por quien todos lloráis? He fundido mi dolor personal en el dolor de todos, sobre todo porque mis lágrimas no sirven de nada, mientras las vuestras fortalecen la fe y traen consuelo. Vosotros, los ricos, lloráis, y llorando demostráis que las riquezas acumuladas de nada valen para la seguridad, pues la muerte no puede aplazarse con un pago de dinero, y el último día arrebata por igual a ricos y pobres. Vosotros, los ancianos, lloráis, porque en él teméis ver la suerte de vuestros propios hijos; y por eso, ya que no podéis prolongar la vida del cuerpo, educad a vuestros hijos no para el placer corporal, sino para los deberes virtuosos. Y vosotros, los jóvenes, lloráis también, porque el fin de la vida no es la madurez de la vejez. También los pobres lloraron y, lo que vale mucho más y es mucho más fructífero, lavaron sus transgresiones con sus lágrimas. Esas son lágrimas redentoras, esos son gemidos que ocultan el dolor de la muerte, aquel dolor que, por la abundancia del gozo eterno, cubre el sentimiento del dolor anterior. Y así, aunque el funeral sea el de una persona privada, el duelo es público; y por eso no puede durar mucho el llanto que está santificado por el afecto de todos.

    I, § 6

    6. Pues ¿por qué habría de llorar por ti, hermano mío amantísimo, que fuiste arrancado de mí de tal modo que pudieras ser hermano de todos? Porque no he perdido, sino cambiado mi trato contigo; antes éramos inseparables en el cuerpo, ahora estamos indivisos en el afecto; pues tú permaneces conmigo, y siempre permanecerás. Y, en verdad, mientras vivías conmigo, nuestra patria nunca te arrancó de mí, ni tú mismo preferiste jamás la patria a mí; y ahora te has convertido en garante de aquella otra patria, pues empiezo a no ser extranjero allí donde ya está la mejor parte de mí. Nunca estuve del todo absorto en mí mismo, sino que la mayor parte de cada uno de nosotros estaba en el otro; sin embargo, cada uno de nosotros estaba en Cristo, en quien está la suma total de todo y la porción de cada uno por separado. Esta tumba me es más agradable que tu suelo natal, en la cual está el fruto no de la naturaleza, sino de la gracia, pues en ese cuerpo que ahora yace sin vida yace la obra mejor de mi vida, ya que en este cuerpo que yo llevo está la porción más rica de ti mismo.

    I, § 7

    7. Y ojalá que, así como la memoria y la gratitud están consagradas a ti, también todo el tiempo que aún me queda de respirar este aire pudiera yo exhalarlo en tu vida, y que la mitad de mi tiempo me fuera quitada y añadida a la tuya. Pues habría sido justo que, para aquellos cuyo uso de la propiedad hereditaria fue siempre indiviso, el período de la vida no se hubiera dividido, o al menos que nosotros, que siempre compartimos todo en común sin distinción durante la vida, no tuviéramos una diferencia en nuestras muertes.

    I, § 8

    8. Pero ahora, hermano, ¿adónde avanzaré, o adónde me volveré? El buey busca a su compañero y se siente incompleto, y con frecuentes mugidos manifiesta su tierna añoranza, si acaso falta aquel con quien solía tirar del arado. ¿Y yo, hermano mío, no he de echarte de menos? ¿O podré olvidarte jamás, con quien tiré siempre del arado de esta vida? En el trabajo fui inferior, pero en el amor más estrechamente unido; no tanto idóneo por mis fuerzas, cuanto soportable por tu paciencia, tú que con el cuidado de un afecto ansioso protegiste siempre mi costado con el tuyo, como hermano en tu amor, como padre en tu solicitud, como mayor en vigilancia, como menor en respeto. Así, en un solo grado de parentesco, derramaste sobre mí los deberes de muchos, de modo que no echo de menos a uno solo, sino a muchos perdidos en ti, en quien únicamente no se conoció la adulación y se retrató la piedad. Pues no tenías nada a lo que añadir con fingimiento, porque todo estaba comprendido en tu piedad, de modo que ni recibía añadidura ni esperaba cambio.

    I, § 9

    9. Pero ¿adónde voy, en mi dolor inmoderado, olvidado de mi deber, tan solo acordado de los beneficios recibidos? Me llama atrás el Apóstol y pone, por así decirlo, un freno a mi tristeza, diciendo, como acabáis de oír: «No queremos que ignoréis, hermanos, acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los demás que no tienen esperanza.» [] Perdonadme, hermanos carísimos. Pues no todos podemos decir: «Sed imitadores de mí, como yo también lo soy de Cristo.» [] Pero si buscáis a quién imitar, tenéis a Uno a quien podéis imitar. No todos son aptos para enseñar; ojalá todos fueran aptos para aprender.

    I, § 10

    10. Pero no hemos incurrido en ningún pecado grave con nuestras lágrimas. No todo llanto procede de la incredulidad o de la debilidad. Una cosa es el dolor natural, otra la tristeza desconfiada, y hay una grandísima diferencia entre anhelar lo que has perdido y lamentar que lo has perdido. No solo el dolor tiene lágrimas; también el gozo tiene las suyas propias. La piedad excita el llanto, y la oración riega el lecho, y la súplica, según la palabra del profeta, lava la cama. Los amigos de los patriarcas hicieron gran duelo cuando fueron sepultados. Las lágrimas, pues, son señales de piedad, no productoras de tristeza. Confieso, pues, que yo también lloré; pero también lloró el Señor. Él lloró por uno que no era su pariente; yo por mi hermano. Él lloró por todos al llorar por uno; yo lloraré por ti en todos, hermano mío.

    I, § 11

    11. Lloró por lo que nos afectaba a nosotros, no a Él mismo; pues la Divinidad no derrama lágrimas; sino que lloró en aquella naturaleza en la que estaba triste; lloró en aquella en la que fue crucificado, en aquella en la que murió, en aquella en la que fue sepultado. Lloró en aquella de la que el profeta nos trajo hoy el recuerdo: «La madre Sión dirá: Un hombre, sí, un hombre fue hecho en ella, y el propio Altísimo la estableció.» Lloró en aquella naturaleza en la que llamó a Sión Madre, nacido en Judea, concebido por la Virgen. Pero según su naturaleza divina no podía tener madre, pues es el Creador de su madre. En cuanto fue hecho, no fue por generación divina, sino humana, porque fue hecho hombre, Dios nació.

    I, § 12

    12. Pero leéis en otro lugar: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado.» [] En la palabra Niño hay una indicación de la edad; en la de Hijo, la plenitud de la Divinidad. Hecho de su madre, nacido del Padre, y sin embargo la misma Persona fue a la vez nacida y dada; no debéis pensar en dos, sino en uno. Porque uno es el Hijo de Dios, nacido del Padre y surgido de la Virgen, distinto en el orden, pero coincidente en el nombre en uno, como también enseña la lección que acabáis de oír: «un hombre fue hecho en ella y el propio Altísimo la estableció;» hombre ciertamente en el cuerpo, el Altísimo en el poder. Y aunque sea Dios y hombre en diversidad de naturaleza, es al mismo tiempo uno en cada naturaleza. Una propiedad, pues, es propia de su naturaleza, otra la tiene en común con nosotros, pero en ambas es uno, y en ambas es perfecto.

    I, § 13

    13. Por tanto, no es de extrañar que Dios lo haya hecho a la vez Señor y Cristo. Lo hizo Jesús, es decir, a Aquel que recibió el nombre en su naturaleza corporal; lo hizo Aquel de quien también escribe el patriarca David: «La madre Sión dirá: Un hombre, sí, un hombre es hecho en ella.» Pero, hecho hombre, es distinto del Padre, no en la Divinidad, sino en su cuerpo; no separado del Padre, sino distinto en el oficio, permaneciendo unido en el poder, pero separado en el misterio de la Pasión.

    I, § 14

    14. El tratamiento de este tema exige más argumentos, con los cuales demostrar la autoridad del Padre, la propiedad peculiar del Hijo y la unidad de la Trinidad entera; pero hoy he emprendido el oficio de la consolación, no de la discusión, aunque sea costumbre en la consolación apartar la mente de su dolor aplicándola a la discusión. Pero preferiría moderar el dolor antes que alterar el afecto, para que la añoranza sea más bien aliviada que adormecida. Pues no deseo apartarme demasiado de mi hermano ni dejarme llevar por otros pensamientos, viendo que este discurso se ha emprendido, por así decirlo, para acompañarlo, para que yo pudiera seguir en el afecto al que parte y abrazar en la mente al que veo con mis ojos. Pues me complace fijar toda la mirada de mis ojos en él, rodearlo de tiernas caricias; mientras mi mente está estupefacta, siento como si no se hubiera perdido aquel a quien todavía puedo ver presente; y pienso que no está muerto aquel cuyos servicios aún no percibo que me falten, servicios a los que había consagrado toda mi vida y cada aliento.

    I, § 15

    15. ¿Qué, pues, puedo devolverte a cambio de tanta bondad y de tantos desvelos? Yo te había hecho, hermano mío, mi heredero; tú me has dejado a mí como heredero; yo esperaba dejarte a ti como superviviente, y tú me has dejado a mí. Yo, en pago de tus bondades, para retribuir tus beneficios, te ofrecía deseos; ahora he perdido mis deseos, pero no tus beneficios. ¿Qué haré yo, que sucedo a mi propio heredero? ¿Qué haré yo, que sobrevivo a mi propia vida? ¿Qué haré, sin compartir ya esta luz que aún me alumbra? ¿Qué gracias, qué buenos oficios, puedo devolverte? No tienes de mí sino lágrimas. Y acaso, seguro de tu recompensa, no deseas esas lágrimas que son todo lo que me queda. Pues aun cuando todavía vivías, me prohibías llorar y mostrabas que nuestro dolor te dolía más que tu propia muerte. Se ordena a las lágrimas que ya no fluyan, y se reprime el llanto. Y la gratitud hacia ti también las prohíbe, no sea que, mientras lloramos por nuestra pérdida, parezca que desesperamos de tus méritos.

    I, § 16

    16. Pero, al menos para mí, tú aminoras la amargura de ese dolor; nada tengo que temer yo, que solía temer por ti. Nada tengo que el mundo pueda arrebatarme ya. Aunque nuestra santa hermana aún sobrevive, venerable por su vida intachable, igual a ti en carácter y no inferior en los oficios de bondad; sin embargo, ambos solíamos temer más por ti, sentíamos que toda la dulzura de esta vida estaba guardada en ti. Vivir por ti era un deleite, morir por ti no era causa de tristeza, pues ambos solíamos rogar que tú sobrevivieras; no nos complacía sobrevivirte. ¿Cuándo no se estremeció nuestra alma cuando un temor de este tipo nos tocaba? ¡Cómo se turbaron nuestras mentes con las noticias de tu enfermedad!

    I, § 17

    17. ¡Ay de nuestras desdichadas esperanzas! Pensábamos que nos había sido devuelto aquel a quien vemos arrebatado, y ahora reconocemos que tu partida de aquí fue obtenida por tus votos al santo mártir Lorenzo. Y ciertamente querría que hubieras obtenido no solo un paso seguro de aquí, sino también un tiempo más largo de vida. Habrías podido obtener muchos años de vida, ya que pudiste obtener tu partida de aquí. Y ciertamente te doy gracias, Dios todopoderoso y eterno, por no habernos negado al menos este último consuelo, por habernos concedido el anhelado regreso de nuestro muy amado hermano desde las regiones de Sicilia y África; pues fue arrebatado tan pronto después de su regreso, como si su muerte se hubiera retrasado solo para esto, para que volviera a sus hermanos.

    I, § 18

    18. Ahora tengo claramente mi prenda, que ningún cambio podrá ya arrancarme; tengo las reliquias que puedo abrazar, tengo el sepulcro que puedo cubrir con mi cuerpo, tengo la tumba sobre la que puedo yacer, y creeré que soy más acepto a Dios, porque descansaré sobre los huesos de aquel santo cuerpo. ¡Ojalá hubiera podido de igual modo poner mi cuerpo en el camino de tu muerte! Si hubieras sido atacado por la espada, habría preferido ofrecerme a ser atravesado por ti; si hubiera podido hacer volver tu vida cuando se desvanecía, habría ofrecido más bien la mía propia.

    I, § 19

    19. De nada me sirvió recibir tu último aliento, ni haber soplado en la boca de ti, que morías, pues pensaba que o bien yo mismo recibiría tu muerte, o bien transferiría mi vida a ti. ¡Oh triste, pero dulce prenda del último beso! ¡Oh miseria de aquel abrazo, en el que el cuerpo sin vida comenzó a endurecerse y se desvaneció el último aliento! Apreté mis brazos, ciertamente, pero ya había perdido a aquel a quien sostenía; aspiré con mi boca tu último aliento, para compartir tu muerte. Pero de algún modo aquel aliento se hizo vivificante para mí, e incluso en la muerte difundió un aroma de amor más grande. Y si no pude alargar tu vida con mi aliento, ojalá al menos la fuerza de tu último aliento se hubiera transfundido en mi mente, y nuestro afecto me hubiera inspirado aquella pureza e inocencia tuya. Me habrías dejado, hermano carísimo, esta herencia, que no golpearía los afectos con lágrimas de dolor, sino que recomendaría a tu heredero por una gracia notable.

    I, § 20

    20. ¿Qué haré, pues, ahora, ya que toda la dulzura, todo el consuelo, en fin, todos los encantos de aquella vida se me han perdido? Porque tú eras mi único consuelo en casa, mi atractivo fuera; tú, digo, mi consejero en el consejo, el compañero en mis cuidados, el que apartaba la ansiedad, el que ahuyentaba la tristeza; tú eras el protector de mis actos y el defensor de mis pensamientos; tú, en fin, el único sobre quien descansaba el cuidado de la casa y de los asuntos públicos. Pongo por testigo a tu santa alma de que, en la construcción de la iglesia, temí a menudo no desagradarte. Finalmente, cuando volviste, reprendiste tu tardanza. Así eras tú, en casa y fuera, instructor y maestro del sacerdote, de modo que no le dejabas pensar en asuntos domésticos, y te ocupabas de cuidar los asuntos públicos. Pero no debo temer parecer que hablo con jactancia, pues esta es tu recompensa de alabanza: que tú, sin desagradar a nadie, gobernaste la casa de tu hermano y recomendaste su sacerdocio.

    I, § 21

    21. Siento, en verdad, que mi mente se conmueve con la repetición de tus servicios y la enumeración de tus virtudes; y, no obstante, al ser así afectado, hallo mi descanso; y aunque estos recuerdos renuevan mi dolor, me traen, sin embargo, placer. ¿Puedo acaso no pensar en ti, o pensar alguna vez en ti sin lágrimas? ¿Y podré jamás o no acordarme de tal hermano, o acordarme de él sin agradecimiento lloroso? Pues ¿qué ha habido jamás agradable para mí que no haya tenido en ti su origen? ¿Qué, digo, ha sido alguna vez un placer para mí sin ti, o para ti sin mí? ¿No teníamos acaso todas las costumbres en común, casi hasta nuestra propia vista y nuestro sueño? ¿Estuvieron alguna vez en desacuerdo nuestras voluntades? ¿Y qué paso no dimos en común? De modo que casi parecía que, al levantar los pies, movíamos el cuerpo del otro.

    I, § 22

    22. Pero si alguna vez uno de los dos había de salir sin el otro, se hubiera pensado que su costado estaba desprotegido, se podía ver turbado su semblante, se supondría que su alma estaba triste; la gracia acostumbrada, el vigor habitual no resplandecían; la soledad era para todos motivo de temor y les hacía recelar alguna enfermedad. Tan extraño parecía a todos que estuviéramos separados. Yo, ciertamente, impaciente por la ausencia de mi hermano y teniéndola constantemente en la mente, no dejaba de volver la cabeza buscándolo, como si estuviera presente, y me parecía entonces verlo y hablarle. Pero si me veía defraudado en mi esperanza, me parecía, por así decirlo, arrastrar un yugo sobre mi cuello doblegado, avanzar con dificultad, encontrar a los otros con timidez y volver a casa apresuradamente, pues no me daba placer ir más lejos sin ti.

    I, § 23

    23. Pero cuando ambos teníamos que salir, no había más pasos en el camino que palabras, ni era nuestro andar más rápido que nuestra conversación; y se caminaba menos por andar que por el placer de conversar, pues cada uno pendía de los labios del otro. No pensábamos en mirar atentamente el paisaje mientras pasábamos, sino que escuchábamos la ansiosa conversación del otro, bebíamos la bondadosa expresión de los ojos e inhalábamos el deleite del semblante del hermano. ¡Cómo solía yo admirar en silencio, dentro de mí, tus virtudes; cómo me congratulaba de que Dios me hubiera dado un hermano tan modesto, tan capaz, tan inocente, tan sencillo, de modo que, al pensar en tu inocencia, empezaba a dudar de tu capacidad; y al ver tu capacidad, apenas podía imaginar tu inocencia! Pero tú unías ambas cosas con admirable perfección.

    I, § 24

    24. En fin, lo que ambos no habíamos podido lograr, tú lo conseguiste solo. Prospero, según oigo, se felicitaba porque pensaba que, a causa de mi sacerdocio, no tendría que devolver lo que había hurtado; pero halló que tu solo poder era mayor que el de ambos juntos. Y así pagó todo, y no fue ingrato por tu moderación, ni se burló de tu modestia. Pero ¿para quién, hermano, buscabas ganar eso? Deseábamos que el premio de tus trabajos fuera lo que era la prueba de ellos. Todo lo llevaste a cabo, y cuando, hechas todas las cosas, volviste, tú solo, que has de ser preferido a todos, eres arrancado de nosotros; como si hubieras diferido la muerte para este fin: para cumplir el oficio del afecto y luego llevarte la palma de la capacidad.

    I, § 25

    25. ¡Cuán poco, hermano carísimo, nos deleitaban los honores de este mundo, porque nos separaban el uno del otro! Y los aceptábamos, no porque su adquisición fuera de desear, sino para que no hubiera apariencia de mezquino disimulo. O quizá nos fueron concedidos, precisamente para que, puesto que con tu temprana muerte ibas a quebrantar nuestro placer, aprendiéramos a vivir el uno sin el otro.

    I, § 26

    26. Y en verdad reconozco el temor presagioso de mi mente, cuando a menudo repaso de nuevo lo que he escrito. Me esforcé por disuadirte, hermano, de ir tú mismo a África, y deseaba que enviaras más bien a alguien. Temía dejarte hacer aquel viaje, confiarte a las olas; y un temor mayor que de costumbre invadió mi mente. Pero tú organizaste el viaje, dispusiste los negocios y, según oigo, te confiaste de nuevo a las olas en una nave vieja y con goteras. Pues, como buscabas la rapidez, dejaste a un lado la cautela; ansioso de hacerme un favor, no hiciste caso de tu peligro.

    I, § 27

    27. ¡Oh alegría engañosa! ¡Oh curso incierto de los asuntos terrenales! Pensábamos que aquel que había vuelto de África, restituido del mar, preservado tras el naufragio, no podía ya ser arrebatado de nosotros; pero, aunque en tierra, sufrimos un naufragio más grave, pues la muerte de aquel a quien el naufragio en el mar, gracias a su fuerte nadar, no pudo matar, es un naufragio para nosotros. Pues ¿qué disfrute nos queda, a quienes se nos ha quitado tan dulce ornamento, se nos ha extinguido tan brillante luz en las tinieblas de este mundo? Porque en él ha perecido un ornamento no solo de nuestra familia, sino de toda la patria.

    I, § 28

    28. Siento, en verdad, la más profunda gratitud hacia vosotros, hermanos carísimos, pueblo santo, porque estimáis mi dolor como no otro que el vuestro, porque sentís este duelo como si os hubiera ocurrido a vosotros, porque me ofrecéis las lágrimas de toda la ciudad, de toda edad, y los buenos deseos de toda condición, con afecto inusitado. Pues este no es el dolor de una compasión privada, sino, por así decirlo, un servicio y una ofrenda de la benevolencia pública. Y si alguna compasión por mí, a causa de la pérdida de tal hermano, os toca, tengo de ella abundante fruto, tengo la prenda de vuestro afecto. Preferiría que mi hermano estuviera vivo; pero, con todo, la bondad pública es muy agradable en la prosperidad y muy grata en la adversidad.

    I, § 29

    29. Y, en verdad, tan gran bondad me parece merecer una gratitud no ordinaria. Pues no sin propósito se describe en los Hechos de los Apóstoles a las viudas llorando cuando Tabita estaba muerta [], ni a la multitud en el Evangelio, movida por las lágrimas de la viuda y acompañando el funeral del joven que había de ser resucitado []. No hay, pues, duda de que por vuestras lágrimas se obtiene la protección de los apóstoles; no hay duda, digo, de que Cristo se mueve a misericordia viéndoos llorar. Aunque no ha tocado ahora el féretro, ha recibido, sin embargo, el espíritu que se le encomendó; y si no ha llamado al muerto con voz corporal, ha librado, no obstante, por la autoridad de su divino poder, el alma de mi hermano de las penas de la muerte y de los ataques de los espíritus malignos. Y aunque el que estaba muerto no se ha sentado en el féretro, ha hallado, sin embargo, descanso en Cristo; y si no nos ha hablado, ve, no obstante, las cosas que están por encima de nosotros, y se alegra de ver ahora cosas más altas que las nuestras. Pues por las cosas que leemos en los Evangelios entendemos lo que será, y lo que vemos en el presente es signo de lo que ha de ser.

    I, § 30

    30. No tenía necesidad de ser resucitado por un tiempo aquel para quien espera la resurrección para la eternidad. Pues ¿por qué habría de recaer en este estado miserable y desdichado de corrupción, y volver a esta vida luctuosa, aquel de cuyo rescate de males tan inminentes y peligros amenazadores deberíamos más bien alegrarnos? Pues si nadie llora por Enoc, que fue trasladado [] cuando el mundo estaba en paz y no rugían las guerras, sino que el pueblo más bien lo felicitaba, como dice de él la Escritura: «Fue arrebatado, para que la maldad no alterara su entendimiento,» [] ¿con cuánta mayor justicia debe decirse esto ahora, cuando a los peligros del mundo se añade la incertidumbre de la vida? Fue arrebatado para no caer en manos de los bárbaros; fue arrebatado para no ver la ruina de toda la tierra, el fin del mundo, el entierro de sus parientes, la muerte de los conciudadanos; para no ver, en fin, lo que es más amargo que cualquier muerte, la profanación de las santas vírgenes y de las viudas.

    I, § 31

    31. Así pues, hermano, te tengo por feliz tanto por la hermosura de tu vida como por la oportunidad de tu muerte. Porque fuiste arrebatado no de nosotros, sino de los peligros; no perdiste la vida, sino que escapaste al temor de los males amenazadores. Pues con la compasión de tu santa mente hacia los que te eran queridos, si supieras que Italia estaba ahora oprimida por la cercanía del enemigo, ¡cómo gemirías, cómo te dolerías de que nuestra seguridad dependiera por entero de la barrera de los Alpes, y de que la protección de la pureza consistiera en barricadas de árboles! ¡Con qué dolor llorarías que tus amigos estuvieran separados del enemigo por tan pequeña división, y además por un enemigo impuro y cruel, que no perdona ni la castidad ni la vida!

    I, § 32

    32. ¿Cómo, digo, podías soportar estas cosas que nosotros nos vemos obligados a padecer, y acaso (lo que es más grave) a contemplar vírgenes violadas, niños pequeños arrancados del abrazo de sus padres y arrojados sobre las lanzas, los cuerpos consagrados a Dios profanados, e incluso a las viudas ancianas mancilladas? ¿Cómo, digo, podías soportar estas cosas, tú que aun con tu último aliento, olvidado de ti mismo, y no sin pensamiento por nosotros, nos advertiste acerca de la invasión de los bárbaros, diciendo que no en vano habías dicho que debíamos huir? Acaso fue porque veías que quedábamos desamparados por tu muerte, y lo hiciste no por debilidad de espíritu, sino por afecto; y fuiste débil respecto de nosotros, pero fuerte respecto de ti mismo. Pues cuando fuiste llamado a casa por el noble Símaco, tu pariente, porque se decía que Italia ardía en guerra, porque ibas hacia el peligro, porque era probable que cayeras entre los enemigos, respondiste que esta era la causa de tu venida: no faltarnos en el peligro, mostrarte partícipe del riesgo de tu hermano.

    I, § 33

    33. Feliz, pues, fue él en una muerte tan oportuna, porque no ha sido preservado para este dolor. Ciertamente eres más feliz que tu santa hermana, privada de tu consuelo, angustiada por su propio pudor, hace poco bendecida con dos hermanos, ahora desdichada por causa de ambos, sin poder ni seguir al uno ni dejar al otro; para quien tu sepulcro es posada, y el lugar de sepultura de tu cuerpo, hogar. ¡Y ojalá que al menos este lugar de reposo estuviera a salvo! Nuestra comida se mezcla con llanto y nuestra bebida con lágrimas, pues nos has dado el pan de lágrimas como alimento y lágrimas para beber en gran medida, es más, aun sin medida.

    I, § 34

    34. ¿Qué diré ahora de mí mismo, que no puedo morir para no dejar a mi hermana, y no deseo vivir para no verme separado de ti? Pues ¿qué podrá jamás ser agradable para mí sin ti, en quien estuvo siempre todo mi placer? ¿O qué satisfacción es permanecer por más tiempo en esta vida y demorarme en la tierra donde vivimos con placer mientras vivimos juntos? Si hubiera algo que pudiera deleitarnos aquí, no podría deleitar sin ti; y si alguna vez habíamos deseado ardientemente prolongar nuestra vida, ahora, en todo caso, no querríamos existir sin ti.

    I, § 35

    35. Esto es, en verdad, insoportable. Pues ¿qué puede soportarse sin ti, compañero tal de mi vida, partícipe tal de mi trabajo y copartícipe de mis deberes? Y ni siquiera pude hacer más soportable su pérdida pensando en ella de antemano; ¡tanto temía mi mente pensar en cosa semejante acerca de él! No es que yo ignorara su condición, sino que cierta especie de oraciones y votos había nublado de tal modo el sentido de la común fragilidad, que no sabía pensar sobre él nada que no fuera una entera prosperidad.

    I, § 36

    36. Y hace poco, cuando me veía oprimido por un grave ataque (¡ojalá hubiera sido mortal!), me dolía únicamente que tú no estuvieras sentado junto a mi lecho y, compartiendo la amorosa tarea con mi santa hermana, no pudieras cerrar con tus dedos mis ojos al morir. ¿Qué había yo deseado? ¿Qué estoy ahora ponderando? ¿Qué votos faltan? ¿Qué servicios han de seguir? Una cosa preparaba yo; me veo obligado a exponer otra; no siendo el objeto de los ritos fúnebres, sino su ministro. ¡Oh duros ojos, que pudisteis contemplar a mi hermano moribundo! ¡Oh crueles e inhumanas manos, que cerrasteis aquellos ojos en los que yo solía ver tanto! ¡Oh cuello aún más duro, que pudiste soportar tan triste carga, aunque fuera en un servicio lleno de consuelo!

    I, § 37

    37. Tú, hermano mío, con más razón habrías hecho estas cosas por mí. Yo solía esperar estos servicios de tus manos, los anhelaba. Pero ahora, habiendo sobrevivido a mi propia vida, ¿qué consuelo puedo hallar sin ti, que solo tú solías consolarme en el luto, excitar mi felicidad y ahuyentar mi tristeza? ¿Cómo te veo ahora, hermano mío, que ya no me diriges palabra alguna, que no me ofreces beso alguno? Aunque, en verdad, nuestro mutuo amor estaba tan profundamente arraigado en cada uno de nosotros, que era alimentado más bien por el afecto interior que manifestado por caricias públicas; pues nosotros, que profesábamos tal mutua confianza y amor, no buscábamos el testimonio de los demás. El fuerte espíritu de nuestra fraternidad se había infundido de tal modo en cada uno de nosotros, que no había necesidad de probar nuestro amor con caricias; antes bien, estando nuestras mentes conscientes de nuestro afecto, nosotros, satisfechos con nuestro amor interior, no parecíamos requerir la muestra de las caricias, pues la sola apariencia del uno al otro nos formaba para el mutuo amor; porque parecíamos, no sé por qué sello espiritual o semejanza corporal, ser el uno en el otro.

    I, § 38

    38. ¿Quién te veía y no pensaba que me había visto a mí? ¡Cuántas veces he saludado a quienes, porque antes te habían saludado a ti, decían que ya habían sido saludados por mí! ¡Cuántos te decían algo a ti y contaban que me lo habían dicho a mí! ¿Qué placer, qué diversión me causaba a menudo esto, al ver que se equivocaban con nosotros! ¡Qué agradable equivocación, qué grato desliz, qué inocente engaño, qué dulce truco! Pues nada había que temer para mí en tus palabras o actos, y me alegraba cuando se me atribuían a mí.

    I, § 39

    39. Pero si insistían con demasiada vehemencia en que me habían dado alguna noticia, yo solía sonreír y responder con deleite: Mirad que no fuera mi hermano a quien se la contasteis. Pues, aunque teníamos todo en común, un solo espíritu y una sola disposición, los secretos de los amigos, con todo, no eran propiedad común; no porque temiéramos peligro en la comunicación, sino para guardar la fidelidad reteniéndolos. Y si teníamos algún asunto que consultar, nuestro consejo era siempre común, aunque el secreto no siempre se hacía común. Porque, aunque nuestros amigos hablaban a cualquiera de los dos, de modo que lo que decían pudiera llegar al otro, sé, con todo, que los secretos eran guardados en su mayor parte con tal fidelidad que ni siquiera se comunicaban al otro hermano. Pues esta es la prueba convincente de que no fue traicionado aquello que no había sido comunicado al hermano.

    I, § 40

    40. Confieso, pues, que, elevado por tan grandes y excelentes beneficios a una especie de éxtasis mental, había dejado de temer ser el sobreviviente, porque lo juzgaba más digno de vivir, y por eso recibí el golpe que no puedo soportar, pues las heridas de semejante dolor se toleran más fácilmente cuando se las medita de antemano que cuando llegan inesperadas. ¿Quién me consolará ahora a mí, lleno de dolores? ¿Quién levantará al abatido? ¿Con quién compartiré mis inquietudes? ¿Quién me librará de los negocios de este mundo? Pues tú eras el administrador de nuestros asuntos, el censor de los siervos, el árbitro entre hermano y hermana, árbitro no en cuestiones de disputa, sino de afecto.

    I, § 41

    41. Pues si alguna vez había entre mí y mi santa hermana una discusión sobre cualquier asunto, acerca de cuál era la opinión preferible, solíamos tomarte a ti por juez, que a nadie herías y, ansioso de satisfacer a cada uno, te atenías a tu afecto amoroso y a la justa medida al decidir, de modo que dejabas a cada uno partir satisfecho y ganabas para ti la gratitud de cada uno. O si tú mismo traías algo a discusión, ¡con qué agrado argumentabas! Y tu misma indignación, ¡cuán libre de amargura era! ¡Cómo tu disciplina no resultaba desagradable ni a los propios siervos!, pues te esforzabas más por culparte a ti mismo ante tus hermanos que por castigar movido por la excitación. Pues nuestra profesión reprimía en nosotros el celo de corregir, y ciertamente tú, hermano mío, apartabas de nosotros toda inclinación a corregir, cuando prometías castigar y deseabas aliviar.

    I, § 42

    42. Eso es, pues, prueba de una prudencia no común, virtud que los sabios definen así. El primero de los bienes es conocer a Dios y, con mente piadosa, reverenciarlo como verdadero y divino, y deleitarse en aquella amable y deseable hermosura de la Verdad eterna con todo el afecto de la mente. Y el segundo consiste en derivar de aquella fuente divina y celestial de la naturaleza el amor hacia el prójimo, puesto que incluso los sabios de este mundo han tomado prestado de nuestras leyes. Pues jamás habrían podido obtener esos preceptos para la disciplina de los hombres, sino de aquella fuente celestial de la ley divina.

    I, § 43

    43. ¿Qué diré, pues, de su reverencia en lo tocante al culto de Dios? Él, antes de ser iniciado en los misterios más perfectos, hallándose en peligro de naufragio cuando la nave que lo llevaba, estrellada contra bajíos rocosos, era despedazada por las olas que la sacudían de un lado a otro, no temiendo la muerte sino salir de esta vida sin el Misterio, pidió a aquellos que sabía iniciados el divino Sacramento de los fieles; no para mirar con ojos curiosos las cosas secretas, sino para obtener auxilio para su fe. Pues hizo que lo ataran en un paño, y el paño alrededor de su cuello, y así se arrojó al mar, no buscando una tabla desprendida del armazón de la nave, flotando sobre la cual pudiera salvarse, pues buscaba únicamente los medios de la fe. Y creyendo así que estaba suficientemente protegido y defendido por esto, no buscó otro auxilio.

    I, § 44

    44. Puede considerarse al mismo tiempo su valentía, pues él, cuando la nave se deshacía, no como un náufrago se apoderó de una tabla, sino que como hombre valiente halló en sí mismo el apoyo de su valor, y ni su esperanza falló ni su expectativa lo engañó. Y después, preservado de las olas y llevado sano y salvo al puerto, reconoció primero a su Guía, a Quien se había encomendado, y enseguida, ya fuera rescatando él mismo a los siervos o viendo que eran rescatados, sin hacer caso de sus bienes y sin anhelar lo perdido, buscó la Iglesia de Dios, para dar gracias por su liberación y reconocer los misterios eternos, declarando que no había deber mayor que la acción de gracias. Pero si el no ser agradecido con el hombre ha sido juzgado semejante al homicidio, ¡cuán enorme crimen es no ser agradecido con Dios!

    I, § 45

    45. Ahora bien, es propio del hombre prudente conocerse a sí mismo y, como lo han definido los sabios, vivir conforme a la naturaleza. ¿Qué hay, pues, tan conforme a la naturaleza como ser agradecido al Creador? Mirad este cielo: ¿no da gracias a su Creador cuando se le contempla? Pues «los cielos proclaman la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.» El mismo mar, cuando está tranquilo y en calma, ofrece una representación de la Quietud Divina; cuando se agita, muestra que la ira de lo alto es terrible. ¿No admiramos todos justamente la gracia de Dios, al observar que la naturaleza insensible refrena sus olas como con sentido y razón, y que las olas conocen su propio límite? ¿Y qué diré de la tierra, que en obediencia al mandato divino suministra libremente alimento a todos los vivientes, y los campos devuelven lo que recibieron multiplicado, como por interés que se acumula, y amontonado?

    I, § 46

    46. Así, aquel que por la guía de la naturaleza había captado los métodos de la obra divina en el ardiente vigor de su mente, sabía que debía darse gracias ante todo al Conservador de todas las cosas; pero en cuanto no podía pagar, al menos podía sentirse agradecido. Pues la esencia de esta gratitud es que, cuando se ofrece, se siente, y al sentirse se ofrece. Así que ofreció gracias y se llevó consigo la fe. Pues quien había sentido tanta protección de parte del Misterio celestial envuelto en un paño, ¿cuánto esperaba si lo recibía con la boca y lo llevaba hasta lo más hondo de su pecho? ¿Cuánto más debía esperar de aquello, al recibirlo en su seno, que tanto le había aprovechado cubierto con un paño?

    I, § 47

    47. Pero no era tan impetuoso como para dejar a un lado la cautela. Llamó al obispo y, considerando que no puede haber verdadera gratitud si no brota de verdadera fe, preguntó si concordaba con los obispos católicos, es decir, con la Iglesia romana. Y quizás en aquel lugar la Iglesia de la región estaba en cisma. Pues en aquel tiempo Lucifer se había apartado de nuestra comunión, y aunque había sido desterrado por la fe y había dejado herederos de su propia fe, mi hermano no pensaba que pudiera haber verdadera fe en el cisma. Pues aunque los cismáticos guardaban la fe hacia Dios, no la guardaban hacia la Iglesia de Dios, de la cual sufrían que ciertos miembros fueran como divididos y sus miembros desgarrados. Pues, puesto que Cristo padeció por la Iglesia, y la Iglesia es el cuerpo de Cristo, no parece que demuestren fe en Cristo aquellos por quienes su Pasión es anulada y su cuerpo dividido.
    Comentario editorial · Lucifer de Cagliari y el cisma
    El § 47 cuenta que Sátiro preguntó al obispo si estaba en comunión con los obispos católicos, «es decir, con la Iglesia romana», pues «en aquel tiempo Lucifer se había apartado de nuestra comunión». Una nota del NPNF dice que Lucifer era obispo de Cagliari, en Cerdeña; que resistió en Arlés (353) la condena de Atanasio y en Milán (355) defendió la fe de Nicea, por lo que Constancio lo desterró a Siria; y que se apartó de la comunión católica cuando el sínodo de Alejandría (362) decidió readmitir a ciertos arrianos arrepentidos. Wikipedia concuerda en lo esencial, pero precisa el destierro (Germanicia, Palestina y la Tebaida) y fecha su muerte el 20 de mayo de 370 o 371; sus seguidores son los luciferianos. El texto de Ambrosio no nombra el lugar de la anécdota.

    I, § 48

    48. Y así, aunque conservaba el depósito de la fe y temía navegar como deudor de una suma tan grande, prefirió sin embargo pasar a un lugar donde pudiera hacer su pago con seguridad, pues estaba convencido de que el pago de la gratitud a Dios consiste en disposiciones y fe, pago que, tan pronto como tuvo libre acceso a la Iglesia, no demoró en hacer. Y recibió la gracia de Dios que anhelaba, y la conservó una vez recibida. Nada, pues, puede ser más sabio que aquella prudencia que distingue entre las cosas divinas y las humanas.
    Comentario editorial · Un catecúmeno en un naufragio
    En los § 43–48 Ambrosio cuenta que Sátiro, «antes de ser iniciado en los misterios más perfectos», estuvo en peligro de naufragio, pidió a unos iniciados el «divino Sacramento de los fieles» y se arrojó al mar con él atado en un paño. Una nota del NPNF, que el epub no trae, entiende que Sátiro era entonces solo catecúmeno, es decir, no bautizado; que se creyó salvado por la eucaristía y decidió bautizarse en cuanto hallara un obispo católico; y que muchos hombres piadosos aplazaban el bautismo por temor a perder la gracia con un pecado posterior, aunque los Padres condenan sobre todo aplazarlo para seguir pecando. Es la lectura del editor inglés; el texto dice que Sátiro buscó la Iglesia «para dar gracias» y que «recibió la gracia de Dios que anhelaba» (§ 44, 48).

    I, § 49

    49. ¿A qué hablar de su bien conocida elocuencia en sus deberes forenses? ¡Qué increíble admiración despertaba en la sala de justicia de la alta prefectura! Pero prefiero hablar de aquellas cosas que él estimaba, por consideración de los misterios de Dios, como preferibles a las humanas.

    I, § 50

    50. Y si alguien quiere considerar más plenamente su fortaleza, que piense cuántas veces, después de su naufragio, con invencible desprecio de esta vida, cruzó el mar y recorrió en sus viajes regiones extensísimas, y por último que en este mismo tiempo no se apartó del peligro, sino que le salió al encuentro. Paciente ante la injusticia, sin importarle el frío, ¡ojalá hubiera sido igualmente cuidadoso en tomar precauciones! Pero precisamente en esto fue bienaventurado: en que, mientras su fuerza corporal se lo permitió, pasó la vida cumpliendo la obra de la juventud, llevando a cabo sin interrupción lo que deseaba hacer, y no prestó atención a su debilidad.

    I, § 51

    51. ¿Pero con qué palabras expondré su sencillez? Por ella entiendo cierta moderación de carácter y sobriedad de mente. Perdonadme, os lo ruego, y atribuidlo a mi dolor, si me permito hablar algo extensamente de aquel con quien ya no se me concede conversar. Y ciertamente es una ventaja para vosotros ver que habéis realizado este piadoso oficio no llevados por sentimientos débiles, sino por un juicio recto; no impulsados por la compasión ante su muerte, sino movidos por el deseo de honrar sus virtudes; porque toda alma sencilla es bienaventurada. Y tan grande era su sencillez que, convertido como en un niño, se distinguía por la sencillez propia de aquella edad sin malicia, por la semejanza de la virtud perfecta y por reflejar como en un espejo la inocencia de carácter. Por eso entró en el reino de los cielos, porque creyó la palabra de Dios, porque, como un niño, rechazó los artificios de la adulación, y prefirió aceptar con mansedumbre el dolor de la injusticia antes que vengarse con aspereza; estaba más pronto a escuchar quejas que engaños, pronto a la conciliación, inaccesible a la ambición, santo en la modestia, de modo que en él más bien se hablaría de exceso de timidez que de tener que buscar la que es necesaria.

    I, § 52

    52. Pero los fundamentos de la virtud nunca pecan por exceso, pues la modestia no estorba, sino que más bien recomienda el cumplimiento del deber. Y así su rostro se cubría de cierto pudor virginal, mostrando en su semblante su sentimiento interior; si acaso, al llegar de improviso, encontraba a alguna pariente, quedaba como inclinado y hundido hacia la tierra, y aunque no era distinto en compañía de hombres, rara vez levantaba el rostro, alzaba los ojos o hablaba; cuando hacía alguna de estas cosas, era con una especie de tímida modestia de corazón, con la que concordaba también la castidad de su cuerpo. Pues conservó inviolados los dones del santo bautismo, siendo puro de cuerpo y aún más puro de corazón; no temiendo menos la vergüenza de la impureza en la conversación que en el cuerpo; y pensando que no debía prestarse menos atención a la modestia en la pureza de las palabras que en la castidad del cuerpo.

    I, § 53

    53. En fin, amó de tal modo la castidad que nunca buscó esposa, aunque en él no era solo el deseo de castidad, sino también la gracia de su amor hacia nosotros. Pero de un modo admirable ocultaba su sentimiento acerca del matrimonio y evitaba toda jactancia; y tan cuidadosamente ocultaba su sentir, que incluso cuando nosotros lo instábamos a ello, más parecía posponer las nupcias que evitarlas. Así que este era el único punto en el que no confiaba en su hermano y su hermana, no por vacilación dudosa, sino simplemente por virtuosa modestia.

    I, § 54

    54. ¿Quién, pues, podría dejar de admirarse de que un hombre, en edad entre un hermano y una hermana, aquella virgen, este sacerdote, y sin embargo no inferior a ninguno en grandeza de alma, sobresaliera tanto en dos grandes dones que reflejara la castidad de una vocación y la santidad de la otra, no estando atado por la profesión, sino por el ejercicio de la virtud? Si, pues, la lujuria y la ira engendran otros vicios, con razón puedo llamar a la castidad y a la mansedumbre como los padres de las virtudes; aunque, siendo el origen de todos los bienes, así también la piedad es el semillero de las demás virtudes.

    I, § 55

    55. ¿Qué diré, pues, de su economía, una especie de continencia respecto de las posesiones? Pues quien cuida de lo suyo no busca los bienes ajenos, ni se hincha con la abundancia quien está contento con lo propio. Pues no deseaba recuperar nada sino lo suyo, y eso más bien para no ser defraudado que para ser más rico. Pues con razón llamaba a los que buscan los bienes ajenos aves de rapiña del dinero. Pero si la avaricia es la raíz de todos los males, [] quien no busca dinero ciertamente se ha despojado de los vicios.

    I, § 56

    56. Tampoco se deleitó jamás en banquetes preparados con más esmero o en muchos platos, excepto cuando invitaba a sus amigos, deseando lo suficiente para la naturaleza, no la superabundancia por causa del placer. Y, en verdad, no era pobre en bienes, pero lo era en espíritu. [] Ciertamente no debemos dudar en modo alguno de su felicidad, pues ni como hombre rico se deleitaba en las riquezas, ni como pobre pensaba que lo que tenía era escaso.

    I, § 57

    57. Resta que, para llegar al fin de las virtudes cardinales, observemos en él los elementos de la justicia. Pues aunque las virtudes están relacionadas entre sí y conectadas, se requiere, por así decirlo, un bosquejo más distinto de cada una, y especialmente de la justicia. Pues siendo esta algo mezquina consigo misma, se consagra por entero a lo de fuera, y cuanto tiene, por cierta rigurosidad hacia sí, llevada por el amor a todos, lo derrama sobre el prójimo.

    I, § 58

    58. Pero hay muchas especies de esta virtud. Una hacia los amigos, otra hacia todos los hombres, otra con respecto al culto de Dios o al alivio de los pobres. Así pues, lo que era para con todos lo muestra el afecto del pueblo de la provincia sobre la cual estaba puesto; solían decir que era más bien su padre que un juez, un árbitro bondadoso para con sus cariñosos clientes, un firme dispensador de justa ley.

    I, § 59

    59. Pero lo que era con su hermano y su hermana, aunque todos los hombres estaban comprendidos en su buena voluntad, lo testifica nuestro patrimonio indiviso, y la herencia ni repartida ni disminuida, sino conservada. Pues decía que el amor no era razón para hacer testamento. Esto también lo significó con sus últimas palabras, cuando encomendaba a aquellos a quienes había amado, diciendo que era su elección no casarse jamás, para no ser separado de su hermano y su hermana, y que no haría testamento, para que nuestros afectos no fueran heridos en ningún punto. Por último, aunque se lo rogamos y suplicamos, pensó que nada debía ser determinado por él mismo, no olvidando, sin embargo, a los pobres, sino pidiendo solo que se les diera tanto cuanto nos pareciera justo.

    I, § 60

    60. Con solo esto dio una prueba suficiente de su temor de Dios y ofreció un ejemplo de sentimiento religioso para con los hombres. Pues lo que daba a los pobres lo ofrecía a Dios, puesto que «quien reparte a los pobres, a Dios presta;» [] y al exigir lo que es justo, no les dejaba poco, sino todo. Pues esta es la suma total de la justicia: vender lo que uno tiene y darlo a los pobres. Porque aquel que «ha repartido y ha dado a los pobres, su justicia permanece para siempre.» Así nos dejó como administradores, no como herederos; pues la herencia es para los herederos cuestión litigiosa; la administración es un deber para con los pobres.

    I, § 61

    61. De modo que con razón puede decirse que el Espíritu Santo nos ha hablado hoy por la voz del niño lector: «El que es inocente en sus manos y limpio de corazón, el que no ha levantado su alma a la vanidad ni usado engaño contra su prójimo, esta es la generación de los que buscan al Señor.» Él, pues, subirá al monte del Señor y habitará en el tabernáculo de Dios; porque «ha caminado sin mancha, ha obrado justicia, ha hablado verdad, no ha engañado a su prójimo;» ni prestó su dinero a usura, él que siempre deseó [no más que] conservar lo que había heredado.

    I, § 62

    ¿Por qué he de relatar que en su piedad fue más allá de la mera justicia, cuando, habiendo pensado que, en consideración a mi cargo, algo debía darse al poseedor ilegítimo de nuestra propiedad, declaró que yo era el autor de la liberalidad, pero entregó las ganancias de su propia parte al fondo común?

    I, § 63

    Estas y otras cosas, que entonces eran para mí un placer, agudizan ahora el recuerdo de mi dolor. Sin embargo, permanecen y permanecerán siempre, y nunca pasan como sombra; porque la gracia de la virtud no muere con el cuerpo, ni la vida natural y los méritos terminan al mismo tiempo, aunque el uso de la vida natural no perece para siempre, sino que reposa en una especie de exención por un tiempo.

    I, § 64

    Por uno, pues, que ha realizado tan buenas obras y ha sido rescatado de los peligros, lloraré más por añoranza que por la pérdida. Pues la misma oportunidad de su muerte nos exhorta a tener presente que debemos seguirlo más bien con veneración agradecida que llorarlo, porque está escrito que el duelo privado debe cesar en el dolor público. Esto se dice en lenguaje profético, no solo a aquella única mujer que allí es figurada, sino a cada una, puesto que parece decirse a la Iglesia.

    I, § 65

    A mí, pues, llega este mensaje, y dice la Sagrada Escritura: «¿Enseñas esto? ¿Es así como instruyes al pueblo de Dios? ¿No sabes que tu ejemplo es un peligro para otros? Salvo que acaso te quejas de que tu oración no es escuchada. Ante todo, esto es arrogancia desvergonzada: desear obtener para ti lo que sabes que ha sido negado a muchos, incluso a santos, sabiendo que Dios no hace acepción de personas.» [] Pues aunque Dios es misericordioso, si siempre escuchara a todos, parecería obrar ya no por su libre voluntad, sino por una especie de necesidad. Entonces, puesto que todos piden, si escuchara a todos, nadie moriría. Pues ¿cuánto pides diariamente? ¿Ha de quedar, pues, anulada la disposición de Dios por consideración a ti? ¿Por qué, pues, te lamentas de que a veces no se obtiene lo que sabes que no siempre puede obtenerse?

    I, § 66

    66. «Necio,» dice, «más que todas las mujeres, ¿no ves nuestro luto y lo que nos ha sucedido, cómo Sión, nuestra madre, está entristecida con toda tristeza y humillada con humillación? Llora ahora también muy amargamente, pues todos lloramos; y entristécete, pues todos estamos tristes, y tú estás afligida por un hermano. Pregunta a la tierra, y ella te dirá que es ella la que debe llorar, sobreviviendo a tantos que crecen sobre ella. Y de ella,» dice, «nacieron todos en el principio, y de ella saldrán otros, y, he aquí, casi todos caminan a la destrucción, y una multitud de ellos es arrancada de raíz por completo. ¿Quién, pues, debe hacer más duelo que ella, que ha perdido tan gran multitud, y no tú, que estás triste solo por uno?»
    Comentario editorial · Una cita de 2 [4] Esdras
    La cita del § 66 («Necio, dice, más que todas las mujeres…», con Sión como madre en duelo) es de 2 [4] Esdras 10; el NPNF anota 2 [4] Esdr. x. 6–11, 15–16 y 20–24. Es el libro que Wikipedia llama Latin Esdras (4 Ezra en los capítulos 3–14) y que las Biblias inglesas suelen titular 2 Esdras. El NPNF dice que Ambrosio, Agustín y el tercer concilio de Cartago lo citan como canónico; Wikipedia dice que el concilio de Cartago (397) y el sínodo de Hipona (393) solo admitieron «dos libros de Esdras» y excluyeron 2 Esdras. Las fuentes difieren, y esta edición no lo resuelve. Wikipedia añade que Ambrosio numeraba los libros de otra manera.

    I, § 67

    Que el luto común, pues, absorba el nuestro y corte la amargura de nuestro dolor privado. Pues no debemos afligirnos por aquellos a quienes vemos ser liberados, y tenemos presente que tantas almas santas no son sin propósito liberadas en este tiempo de las cadenas del cuerpo. Pues vemos, como por decreto de Dios, morir tan de cerca, a un mismo tiempo, a viudas tan venerables, que parece una especie de partida de viaje, no un hundimiento en la muerte, para que su castidad, con la que han servido a Dios todo su tiempo, no quede expuesta al peligro. ¡Qué gemidos, qué luto, despierta en mí un recuerdo tan amargo! Y aunque no tuviera tiempo para el duelo, sin embargo, en mi propio dolor personal, en la pérdida de la flor misma de tanto mérito, me consoló la suerte común de la naturaleza; y mi dolor por uno solo veló la amargura del funeral público con la apariencia de piedad en casa.

    I, § 68

    Busco de nuevo, pues, oh sagrada Escritura, tus consuelos, pues me deleita detenerme en tus preceptos y en tus sentencias. ¡Cuánto más fácil es que pasen el cielo y la tierra, que caiga una tilde de la ley! Pero escuchemos ahora lo que está escrito: «Ahora,» dice, «guarda tu tristeza para ti, y soporta con buen ánimo las cosas que te han sucedido. Porque si reconoces que la determinación de Dios es justa, recibirás a tu hijo a su tiempo y serás alabada entre las mujeres.» Si esto se dice a una mujer, ¡cuánto más a un sacerdote! Si tales palabras se dicen de un hijo, ciertamente no es inadecuado que se pronuncien también acerca de la pérdida de un hermano; aunque si hubiera sido hijo mío, nunca habría podido amarlo más. Pues como en la muerte de los hijos, el trabajo perdido y el dolor soportado en vano parecen aumentar la tristeza; así también, en el caso de los hermanos, los hábitos del trato y las ocupaciones comunes inflaman la amargura del dolor.

    I, § 69

    Pero he aquí que oigo decir a la Escritura: «No continúes este discurso, sino déjate persuadir. ¡Pues cuán grandes son las desgracias de Sión! Consuélate respecto del dolor de Jerusalén. Porque ves que nuestros lugares santos están contaminados y el nombre que fue invocado sobre nosotros está casi profanado; los nuestros han sufrido vergüenza, nuestros sacerdotes son quemados, nuestros levitas llevados al cautiverio, nuestras esposas son contaminadas, nuestras vírgenes sufren violencia, nuestros justos son llevados, nuestros pequeñuelos entregados, nuestros jóvenes reducidos a servidumbre, y nuestros fuertes se han debilitado. Y, lo que es mayor de todo, el sello de Sión ha perdido su gloria, pues ahora ha sido entregada en manos de los que nos odian. Haz tú, pues, sacudir tu gran pesadumbre y aparta de ti la multitud de dolores, para que el Poderoso sea de nuevo misericordioso contigo, y el Altísimo te dé descanso aliviando tus trabajos.»

    I, § 70

    Así, pues, cesarán mis lágrimas, porque hay que ceder a los remedios saludables, ya que debe haber alguna diferencia entre creyentes e incrédulos. Lloren, pues, aquellos que no pueden tener la esperanza de la resurrección, de la cual no los priva la sentencia de Dios sino la dureza de la fe. Haya esta diferencia entre los siervos de Cristo y los adoradores de ídolos: que estos lloren por sus amigos, a quienes creen perecidos para siempre; que nunca cesen de llorar y no obtengan descanso de su tristeza, quienes piensan que los muertos no tienen descanso. Pero a nosotros, para quienes la muerte es el fin no de nuestra naturaleza sino solo de esta vida, puesto que nuestra naturaleza misma es restaurada a un estado mejor, que la llegada de la muerte enjugue toda lágrima.

    I, § 71

    Y ciertamente, si alguna vez hallaron consuelo los que pensaron que la muerte es el fin de la sensación y el desfallecimiento de nuestra naturaleza, ¡cuánto más debemos hallarlo nosotros, a quienes la conciencia del bien hecho trae la promesa de mejores recompensas! Los paganos tienen su consuelo, porque piensan que la muerte es una cesación de todos los males, y, así como están sin el fruto de la vida, así también piensan que han escapado de todo el sentimiento y dolor de aquellos sufrimientos graves y constantes que hemos de soportar en esta vida. Nosotros, sin embargo, como somos mejor sostenidos por nuestras recompensas, así también debemos ser más pacientes por nuestro consuelo, pues no parecen perdidos sino enviados por delante aquellos a quienes la muerte no va a tragar, sino que la eternidad va a recibir.

    I, § 72

    Cesarán, pues, mis lágrimas; o si no pueden cesar, lloraré por ti, hermano mío, en el dolor común, y esconderé mi gemido privado en el duelo público. Pues ¿cómo pueden cesar del todo mis lágrimas, si brotan a cada pronunciación de tu nombre, o cuando mis mismas acciones habituales despiertan tu recuerdo, o cuando mi afecto representa tu imagen, o cuando el recuerdo renueva mi dolor? Pues ¿cómo puedes estar ausente, tú que de nuevo te haces presente en tantas ocupaciones? Estás presente, digo, y siempre eres traído ante mí, y con toda mi mente y mi alma te abrazo, te contemplo, te hablo, te beso; te estrecho ya sea en la noche sombría o en la luz clara, cuando te dignas volver a visitarme y consolarme en mi tristeza. Y ahora las mismas noches que solían parecer fastidiosas en tu vida, porque nos negaban el poder de mirarnos el uno al otro; y el sueño mismo, hasta hace poco odioso interrumpidor de nuestra conversación, han comenzado a ser dulces, porque te devuelven a mí. No son, pues, desdichados sino bienaventurados aquellos cuya presencia mutua no falta, cuyo cuidado el uno por el otro no disminuye, cuya estima mutua aumenta. Porque el sueño es una semejanza e imagen de la muerte.

    I, § 73

    Pero si, en la quietud de la noche, nuestras almas, aún adheridas a las cadenas del cuerpo y como atadas dentro de los barrotes de la prisión de los miembros, pueden ver, sin embargo, cosas más altas y separadas, ¡cuánto más las ven, cuando en sus sentidos puros y celestiales no padecen ningún estorbo de la debilidad corporal! Y así, cuando al acercarse cierta tarde me quejaba de que no volvías a visitarme en el descanso, tú estabas totalmente presente siempre. De modo que, mientras yacía con mis miembros bañados en sueño, estando [en mi mente] despierto para ti, tú estabas vivo para mí, y podía decir: «¿Qué es la muerte, hermano mío?» Pues ciertamente no estuviste separado de mí un solo momento, porque estabas tan presente conmigo en todas partes, que el goce el uno del otro, que no podíamos tener en el trato de esta vida, está ahora siempre y en todas partes con nosotros. Pues en aquel tiempo ciertamente no todas las cosas podían estar presentes, porque ni nuestra constitución física lo permitía, ni podía gozarse de la vista del otro, ni de la dulzura de nuestros abrazos corporales en todo tiempo y lugar. Pero las imágenes en nuestras almas estaban siempre presentes con nosotros, incluso cuando no estábamos juntos, y no han llegado a su fin, sino que vuelven constantemente a nosotros, y cuanto mayor es la añoranza, mayor abundancia tenemos de ellas.

    I, § 74

    Así, pues, te tengo, hermano mío, y ni la muerte ni el tiempo te arrancarán de mí. Las lágrimas mismas son dulces, y el llanto mismo un placer, pues por ellos se calma el ardor del alma, y el afecto, aliviado, se aquieta. Pues ni puedo estar sin ti, ni olvidarte jamás, ni pensar en ti sin lágrimas. ¡Oh días amargos, que muestran que nuestra unión está rota! ¡Oh noches dignas de lágrimas, que han perdido para mí tan buen partícipe de mi descanso, tan inseparable compañero! ¡Qué sufrimientos me causarías, si no se me ofreciera la semejanza de él presente, si las visiones de mi alma no me representaran a aquel a quien mi vista corporal ya no me muestra!

    I, § 75

    Ahora, ahora, oh hermano, carísimo a mi alma, aunque te has ido con una muerte demasiado temprana, dichoso eres al menos tú, que no soportas estos dolores y no te ves obligado a llorar la pérdida de un hermano, separación que no pudiste soportar por mucho tiempo, sino que regresaste pronto para visitarlo de nuevo. Pero si entonces te apresuraste a desterrar el fastidio de mi soledad, a aligerar la tristeza del ánimo de tu hermano, ¡cuánto más a menudo debes ahora volver a visitar mi alma afligida y aligerar tú mismo la tristeza que tiene su origen en ti!

    I, § 76

    Pero el ejercicio de mi cargo me manda ahora descansar un poco, y la atención a mis deberes sacerdotales aparta mi mente; pero ¿qué será de mi santa hermana, que aunque modera su afecto por el temor de Dios, sin embargo enciende de nuevo el dolor mismo del afecto con el celo de su devoción? Postrada en tierra, abrazando la tumba de su hermano, agotada por el penoso caminar, triste en su espíritu, renueva día y noche su dolor. Pues aunque a menudo interrumpe su llanto con la palabra, lo renueva en la oración; y aunque en el conocimiento de las Escrituras supera a los que traen consuelo, compensa su deseo de llorar con la constancia de sus oraciones, renovando la abundancia de sus lágrimas sobre todo cuando nadie puede interrumpirla. Así que tienes en ella algo que compadecer, no algo que reprender, pues llorar en la oración es señal de virtud. Y aunque eso es común en las vírgenes, cuyo sexo más blando y afecto más tierno abunda en lágrimas a la vista de la debilidad común, aun sin el sentimiento del dolor familiar, sin embargo, cuando hay una causa mayor de tristeza, no se pone límite a ese dolor.

    I, § 77

    Faltan, pues, los medios de consolación, puesto que abundan las excusas. Porque no puedes prohibir lo que enseñas, especialmente cuando ella atribuye sus lágrimas a la devoción, no al dolor, y oculta el curso del dolor común por temor a la vergüenza. Consuélala, pues, tú que puedes acercarte a su alma y penetrar su mente. Que perciba que estás presente, que sienta que no te has ido, para que, habiendo gozado del consuelo de aquel cuyo mérito tiene asegurado, aprenda a no afligirse gravemente por él, que le advirtió que no debía ser llorado.

    I, § 78

    Pero ¿por qué he de detenerte, hermano? ¿Por qué he de esperar a que mi discurso muera y, por así decirlo, sea sepultado contigo? Aunque la vista y la forma de tu cuerpo sin vida, y su gracia y figura que aquí permanecen, consuelan los ojos, no me demoro más; vayamos a la tumba. Pero antes, ante el pueblo, pronuncio el último adiós, te declaro la paz y te doy el último beso. Ve delante de nosotros a aquella morada común y que a todos espera, y ciertamente anhelada ahora por mí más que por otros. Prepara una morada común para aquel con quien has habitado, y, como aquí hemos tenido todas las cosas en común, así también allí no conozcamos derechos divididos.

    I, § 79

    No difieras, te lo ruego, por mucho tiempo al que te desea; espera al que se apresura tras ti, ayuda al que corre, y si te parezco demorar demasiado, llámame. Pues nunca hemos estado separados mucho tiempo el uno del otro, sino que tú siempre solías volver. Y ya que no puedes volver otra vez, yo iré a ti; es justo que pague la bondad y ocupe mi turno. Nunca hubo mucha diferencia en la condición de nuestra vida; ya fuera salud o enfermedad, era común a ambos, de modo que si uno enfermaba, el otro caía enfermo, y cuando uno comenzaba a recuperarse, el otro también convalecía. ¿Cómo hemos perdido nuestros derechos? También esta vez tuvimos nuestra enfermedad en común; ¿cómo es que la muerte no fue nuestra en común?

    I, § 80

    Y ahora a Ti, Dios todopoderoso, encomiendo esta alma sin malicia; a Ti ofrezco mi sacrificio; acepta favorable y misericordiosamente el don de un hermano, la ofrenda de un sacerdote. Te ofrezco de antemano estas primeras libaciones de mí mismo. Vengo a Ti con esta prenda, prenda no de dinero sino de vida; no hagas que permanezca demasiado tiempo deudor de tal cantidad. No es el rédito ordinario del amor de un hermano, ni el curso común de la naturaleza, lo que se aumenta con tal cantidad de virtud. Puedo soportarlo, si pronto he de verme obligado a pagarlo.

    Libro II

    Sobre la creencia en la resurrección

    II, § 1

    En el libro anterior di rienda suelta en cierta medida a mi añoranza, para que remedios demasiado agudos aplicados a una herida ardiente no aumentaran el dolor en vez de calmarlo. Y como al mismo tiempo me dirigía a menudo a mi hermano y lo tenía ante mis ojos, no estaba fuera de lugar dejar que los sentimientos naturales tuvieran un poco de juego, pues se satisfacen en parte con lágrimas, se calman con el llanto y se adormecen con la conmoción. Pues la expresión exterior del afecto es de naturaleza suave y tierna, no ama nada extravagante, nada severo, nada duro; y la paciencia se prueba soportando más bien que resistiendo.

    II, § 2

    Así, pues, como el día de la muerte bien podía, hace poco, apartar por el triste espectáculo el ánimo de un hermano, porque lo ocupaba por entero, ahora, en cuanto que en el séptimo día, símbolo del descanso futuro, volvemos a la tumba, es provechoso apartar un tanto nuestros pensamientos de mi hermano hacia una exhortación general dirigida a todos, y prestar atención a esto; de modo que ni nos aferremos a mi hermano con toda nuestra mente, no sea que los sentimientos nos venzan, ni, olvidando tanta devoción y mérito, nos apartemos por completo de él; y en verdad no haríamos sino aumentar el sufrimiento de nuestro intenso dolor si su muerte fuera de nuevo el tema del discurso de hoy.

    II, § 3

    Por lo cual, hermanos carísimos, nos proponemos consolarnos con el curso común de la naturaleza, y no pensar que es duro nada de lo que a todos espera. Y por eso juzgamos que la muerte no debe ser llorada; en primer lugar, porque es común y debida a todos; después, porque nos libra de las miserias de esta vida; y, por último, porque cuando a semejanza del sueño descansamos de los trabajos de este mundo, se derrama sobre nosotros un vigor más vivo. ¿Qué dolor hay que no consuele la gracia de la resurrección? ¿Qué tristeza no queda excluida por la creencia de que nada perece en la muerte? Más aún, ciertamente, por el apresurarse de la muerte sucede que mucho se preserva de perecer. Así sucederá, hermanos carísimos, que en nuestra exhortación general volvamos nuestros afectos hacia mi hermano, y no parezcamos habernos alejado demasiado de él, si por la esperanza de la resurrección y la dulzura de la gloria futura, aun en nuestro discurso, él volviera a vivir para nosotros.

    II, § 4

    Comencemos, pues, en este punto, demostrando que la partida de nuestros seres queridos no debe ser llorada por nosotros. Pues ¿qué hay más absurdo que deplorar, como si fuera una desgracia especial, lo que uno sabe que está fijado para todos? Eso sería levantar la mente por encima de la condición de los hombres, no aceptar la ley común, rechazar la comunidad de la naturaleza, envanecerse en una mentalidad carnal y no reconocer la medida de la carne misma. ¿Qué hay más absurdo que no reconocer lo que uno es, pretender ser lo que no es? ¿O qué puede ser señal de menor previsión que no poder soportar, cuando ha sucedido, lo que uno sabía que iba a suceder? La naturaleza misma nos llama de vuelta y nos aparta de un dolor de este tipo con una especie de consuelo propio. Pues ¿qué duelo tan profundo hay, o qué dolor tan amargo, en el que el ánimo no se alivie a veces? Porque la naturaleza humana tiene esta peculiaridad: que aunque los hombres estén en circunstancias tristes, con tal de que sean hombres, a veces apartan un poco su pensamiento de la tristeza.

    II, § 5

    Se dice, en efecto, que hubo ciertos pueblos que lloraban en el nacimiento de los seres humanos y celebraban fiesta en su muerte; y no sin razón, pues pensaban que los que habían entrado en este océano de la vida debían ser llorados, pero que los que habían escapado de las olas y tempestades de este mundo debían ser acompañados con regocijo, no sin buena razón. También nosotros olvidamos los días de nacimiento de los difuntos, y conmemoramos con solemnidad festiva el día en que murieron.

    II, § 6

    Por tanto, conforme a la naturaleza, no hay que ceder a un dolor excesivo, no sea que parezcamos o reclamar para nosotros una superioridad excepcional de naturaleza, o rechazar la suerte común. Pues la muerte es igual para todos, sin diferencia para el pobre, sin excepción para el rico. Y así, aunque por el pecado de uno solo, pasó sin embargo a todos; [] para que no rehusemos reconocer que es también el Autor de la muerte Aquel a quien no rehusamos reconocer como Autor de nuestro linaje; y que, como por uno la muerte es nuestra, así también lo sea la resurrección; y que no rehusemos la miseria, para alcanzar el don. Pues, como leemos, Cristo «ha venido a salvar lo que estaba perdido,» [] y «a ser Señor tanto de los muertos como de los vivos.» [] En Adán caí, en Adán fui expulsado del Paraíso, en Adán morí; ¿cómo me llamará de vuelta el Señor, si no me halla en Adán; culpable como era en él, así ahora justificado en Cristo? Si, pues, la muerte es deuda de todos, debemos poder soportar el pago. Pero este tema ha de reservarse para un tratamiento posterior.

    II, § 7

    Nuestro propósito es ahora demostrar que la muerte no debe causar un dolor demasiado grave, porque la naturaleza misma lo rechaza. Y así dicen que hubo una ley entre los licios que mandaba que los hombres que se entregaban al dolor fueran vestidos con ropas femeninas, por cuanto juzgaban que el luto era blando y afeminado en un hombre. Y es incongruente que aquellos que deben ofrecer su pecho a la muerte por la fe, por la religión, por la patria, por el juicio justo y por el esfuerzo tras la virtud, se aflijan con demasiada amargura por aquello en los demás que, si una causa adecuada lo requiriera, buscarían para sí mismos. Pues ¿cómo puede uno dejar de rehuir en sí eso que llora con tan poca paciencia cuando les sucede a otros? Aparta tu dolor, si puedes; si no puedes, guárdalo para ti.

    II, § 8

    ¿Ha de guardarse, pues, todo el dolor dentro o reprimirse? ¿Por qué no ha de aligerar la tristeza la razón más bien que el tiempo? ¿No apaciguará mejor la sabiduría aquello que el paso del tiempo borrará? Además, me parece que es una falta de piedad respecto de la memoria de aquellos cuya pérdida lloramos, el que prefiramos olvidarlos antes que que nuestro dolor sea aliviado por el consuelo; y rehuir el recuerdo de ellos, antes que recordarlos con gratitud; que temamos la evocación de aquellos cuya imagen en nuestros corazones debería ser una delicia; que seamos más desconfiados que esperanzados en cuanto a la acogida de los difuntos, y pensemos en los que amamos más bien como expuestos al castigo que como herederos de la inmortalidad.

    II, § 9

    Pero puedes decir: Hemos perdido a aquellos a quienes solíamos amar. ¿No es esta la suerte común de nosotros y de la tierra y de los elementos, que no podemos conservar para siempre lo que se nos ha confiado por un tiempo? La tierra gime bajo el arado, es azotada por las lluvias, golpeada por las tempestades, atada por el frío, quemada por el sol, para producir sus frutos anuales; y cuando se ha vestido con variedad de flores, es despojada y privada de su propio adorno. ¡Cuántos saqueadores tiene! Y no se queja de la pérdida de sus frutos, a los que dio a luz para perderlos, ni después rehúsa producir lo que recuerda que le será quitado.

    II, § 10

    Los cielos mismos no siempre brillan con los globos de estrellas titilantes, con los cuales, como con coronas, están adornados. No siempre se encienden con el resplandor del alba, ni están rojos con los rayos del sol; sino que en continua sucesión aquella apariencia tan agradable del mundo se oscurece con el frío húmedo de la noche. ¿Qué hay más grato que la luz? ¿Qué más agradable que el sol? Cada uno de los cuales llega diariamente a su fin; sin embargo, no nos disgusta que hayan pasado de nosotros, porque esperamos que vuelvan. En estas cosas se te enseña qué paciencia debes mostrar respecto de los que te pertenecen. Si las cosas de arriba pasan de ti y no causan dolor, ¿por qué ha de llorarse el pasar del hombre?

    II, § 11

    Sea, pues, paciente el dolor; haya en la adversidad la misma moderación que se requiere en la prosperidad. Si no es decoroso alegrarse inmoderadamente, ¿es decoroso así llorar? Pues la falta de moderación en el dolor o el miedo a la muerte no es un mal pequeño. ¡A cuántos ha arrastrado al lazo, en cuántas manos ha puesto la espada, para que por ese mismo medio demuestren su locura, no soportando la muerte y, sin embargo, buscándola; adoptando como remedio aquello de lo que huyen como de un mal! Y porque no pudieron soportar y padecer lo que está de acuerdo con su naturaleza, caen en aquello que es contrario a su deseo, separados para siempre de aquellos a quienes deseaban seguir. Pero esto no es común, puesto que la naturaleza misma refrena aunque la locura empuja a los hombres.

    II, § 12

    Pero es común en las mujeres hacer lamentaciones públicas, como si temieran que su miseria no fuera conocida. Afectan vestidos sucios, como si el sentimiento del dolor consistiera en eso; humedecen con suciedad sus cabellos desaliñados; y, por último, lo que se hace habitualmente en muchos lugares, con sus vestiduras rasgadas y su ropa partida en dos, prostituyen su pudor en la desnudez, como si estuvieran dispuestas a sacrificar ese pudor porque han perdido lo que era su recompensa. Y así se excitan miradas lascivas y se desea lujuriosamente esos miembros desnudos, que, si no se descubrieran, no se desearían. ¡Ojalá aquellos vestidos sucios cubrieran la mente más bien que la forma corporal! La lascivia de la mente se oculta a menudo bajo un vestido triste, y la grosería desaliñada del atuendo se usa como cobertura para ocultar los secretos de espíritus lascivos.

    II, § 13

    Llora por su marido con suficiente devoción la que conserva su pudor y no abandona su constancia. Los mejores deberes que cumplir para con los difuntos son que vivan en nuestra memoria y continúen en nuestro afecto. No ha perdido a su marido la que manifiesta su castidad, ni queda viuda en cuanto a su unión la que no ha cambiado el nombre de su marido. Ni has perdido al heredero cuando ayudas al coheredero, sino que, a cambio de un sucesor en bienes perecederos, tienes un partícipe en los bienes eternos. Tienes a uno que represente a tu heredero; paga a los pobres lo que se debía al heredero, para que quede alguien que sobreviva, no solo a la vejez del padre o de la madre, sino a tu propia vida. Dejas a tu sucesor tanto más cuanto que su parte no contribuya al lujo en las cosas presentes, sino a la compra de las cosas venideras.

    II, § 14

    Pero anhelamos a aquellos que hemos perdido. Pues dos cosas nos duelen especialmente: o la añoranza de los que hemos perdido, que experimento en mi propio caso; o el pensar que fueron privados de la dulzura de la vida y arrebatados de los frutos de su trabajo. Pues hay un tierno movimiento de amor que enciende de repente el afecto, de modo que tiene el efecto más bien de calmar que de impedir el dolor; en cuanto que parece un deber el anhelar lo que uno ha perdido, y así, bajo apariencia de virtud, la debilidad aumenta.

    II, § 15

    Pero ¿por qué piensas que la que ha enviado a su amado a tierras extranjeras, ya por el servicio militar, ya por asumir algún cargo, o ha descubierto que por causa del comercio ha cruzado el mar, debe ser más paciente que tú, que has quedado, no por alguna decisión casual o deseo de dinero, sino por la ley de la naturaleza? Pero, dices, la esperanza de recobrarlo está excluida. ¡Como si el regreso de alguien fuera cierto! Y a menudo la duda cansa más el ánimo donde es fuerte el miedo al peligro; y es más gravoso temer que suceda algo que soportar lo que uno ya sabe que ha sucedido. Porque lo uno aumenta la cantidad del miedo, lo otro mira hacia el fin de su dolor.

    II, § 16

    Pero los amos tienen derecho a trasladar a sus esclavos dondequiera que determinen. ¿No tiene Dios este derecho? No se nos concede esperar su regreso, pero se nos concede seguir a los que se han ido delante. Y ciertamente, la brevedad habitual de la vida no parece ni haber privado de mucho a los que se han ido antes, ni retrasar mucho tiempo al que queda.

    II, § 17

    Y si uno no puede mitigar su dolor, ¿no parece indecoroso desear que, a causa de nuestra añoranza, se trastorne todo el curso de las cosas? Los anhelos de los amantes son ciertamente más intensos y, sin embargo, se templan con la consideración de lo necesario; y aunque sufren al ser abandonados, no suelen llorar; más bien, al ser abandonados, se avergüenzan de haber amado con demasiada prisa. Y así, la paciencia en el pesar se manifiesta tanto más.

    II, § 18

    Pero ¿qué diré de los que piensan que los difuntos son privados de la dulzura de la vida? No puede haber verdadera dulzura en medio de las amarguras y dolores de esta vida, causados ya por la debilidad del cuerpo mismo, ya por la incomodidad de las cosas que suceden de fuera. Pues siempre estamos ansiosos y en suspenso en cuanto a nuestros deseos de circunstancias más felices; vacilamos en la incertidumbre, presentándonos la esperanza cosas dudosas como ciertas, inconvenientes como satisfactorias, lo que fallará como firme; y no tenemos ni fuerza en nuestra voluntad ni certeza en nuestros deseos. Y si algo sucede contra nuestro deseo, pensamos que estamos perdidos, y nos abate el dolor en la adversidad más que nos alegra el disfrute de la prosperidad. ¿De qué bien, pues, son privados quienes más bien son liberados de las tribulaciones?

    II, § 19

    No dudo que la buena salud nos es más beneficiosa que lo perjudicial de la mala salud. Las riquezas traen más deleites que molestias la pobreza, la satisfacción en el amor de los hijos es mayor que el dolor por su pérdida, y la juventud es más agradable que triste la vejez. ¡Cuán a menudo la obtención de los deseos de uno es un cansancio, y aquello que uno anhelaba, un pesar; de modo que uno se aflige de haber obtenido lo que no temía obtener! Pero ¿qué patria, qué placeres, pueden compensar el destierro y la amargura de otros castigos? Pues aun cuando tenemos estos, el placer se debilita ya por la desgana en usarlos, ya por el temor de perderlos.

    II, § 20

    Pero supongamos que alguien permanece indemne, libre de dolor, en disfrute ininterrumpido de los placeres de todo el curso de la vida humana, ¿qué consuelo puede alcanzar el alma, encerrada en los lazos de un cuerpo de tal índole y contenida por los estrechos límites de los miembros? Si nuestra carne rehúye la prisión, si aborrece todo lo que le niega el poder de vagar; cuando parece, en efecto, salir siempre, con sus pequeñas facultades de oír o ver lo que está más allá de sí, ¡cuánto más desea nuestra alma escapar de aquella prisión del cuerpo, la cual, libre como el aire en su movimiento, va adonde no sabemos y viene de donde no sabemos!

    II, § 21

    Sabemos, sin embargo, que sobrevive al cuerpo y que, liberada de las barras del cuerpo, ve con mirada clara aquellas cosas que antes, morando en el cuerpo, no podía ver. Y podemos juzgar de esto por el ejemplo de los que en sueños tienen visiones de cosas ausentes e incluso celestiales (cuyas mentes, cuando el cuerpo está como sepultado en el sueño, se elevan a cosas más altas y las refieren al cuerpo). Así, pues, si la muerte nos libra de las miserias de este mundo, ciertamente no es un mal, en cuanto que restaura la libertad y excluye el sufrimiento.

    II, § 22

    22. En este punto se presenta el lugar oportuno para argumentar que la muerte no es un mal, porque es el refugio de todas las miserias y de todos los males, un puerto seguro de seguridad y un abrigo de descanso. Pues, ¿qué adversidad hay que no experimentemos en esta vida? ¿Qué tormentas y tempestades no sufrimos? ¿Por qué incomodidades no somos acosados? ¿A los méritos de quién se perdona?

    II, § 23

    23. El santo patriarca Israel huyó de su país, fue desterrado de su padre, de sus parientes y de su hogar, [] lloró la deshonra de su hija [] y la muerte de su hijo, soportó hambre, y muerto perdió su propia tumba, pues suplicó que sus huesos fueran trasladados, [] para que ni siquiera en la muerte hallara descanso.

    II, § 24

    24. El santo José experimentó el odio de sus hermanos, la astucia de quienes lo envidiaban, la servidumbre de la esclavitud, el dominio de los mercaderes, la lascivia de su señora, la ignorancia del marido de esta y la miseria de la prisión.

    II, § 25

    25. El santo David perdió dos hijos; el uno incestuoso, [] el otro parricida. [] Haberlos tenido fue una deshonra; haberlos perdido, un dolor. Y perdió a un tercero, el niño a quien amaba. Por él lloró mientras aún vivía, pero no lo añoró una vez muerto. Pues así leemos que, mientras el niño estaba enfermo, David suplicaba al Señor por él, ayunaba y yacía en saco, y cuando los ancianos se acercaban para levantarlo del suelo, él no quería ni levantarse ni comer. Pero cuando oyó que el niño había muerto, cambió sus vestidos, adoró a Dios y tomó alimento. Cuando esto pareció extraño a sus siervos, respondió que con razón había ayunado y llorado mientras el niño vivía, porque pensaba justamente que Dios podría tener misericordia, y no podía dudarse de que Aquel que podía dar vida a los difuntos pudiera conservar la vida de uno que vivía; pero ahora, cuando la muerte había tenido lugar, ¿por qué habría de ayunar? Pues ya no podía hacer volver al que estaba muerto ni llamar de nuevo al que estaba sin vida. «Yo,» dijo, «iré a él, pero él no volverá a mí.»

    II, § 26

    26. ¡Oh, el mayor consuelo para el que llora! ¡Oh, verdadero juicio de un sabio! ¡Oh, admirable sabiduría de un esclavo! Que nadie lleve a mal que le haya sucedido algo adverso, ni se queje de ser afligido contra sus merecimientos. Porque, ¿quién eres tú que de antemano proclamas tus méritos? ¿Por qué deseas anticiparte a Aquel que tiene conocimiento de todo? ¿Por qué arrebatas el veredicto a Aquel que ha de juzgar? Esto no está permitido ni siquiera a los santos, ni jamás lo han hecho los santos impunemente. David confiesa que fue azotado por esto en su salmo: «He aquí, estos son los impíos, que prosperan en el mundo, han obtenido riquezas. Por tanto, en vano he limpiado mi corazón y lavado mis manos entre los inocentes; y fui azotado todo el día, y mi acusación venía cada mañana.»

    II, § 27

    27. También Pedro, aunque lleno de fe y devoción, sin embargo, como aún no era consciente de nuestra debilidad común, había dicho presuntuosamente al Señor: «Daré mi vida por ti,» [] cayó en la prueba de su presunción antes de que el gallo cantara tres veces. [] Aunque, ciertamente, aquella prueba fue una lección para nuestra salvación, para que aprendiéramos a no tener en poco la debilidad de la carne, no sea que por tenerla en poco fuéramos tentados. Si Pedro fue tentado, ¿quién puede presumir? ¿Quién puede sostener que no puede ser tentado? Y sin duda por nosotros fue tentado Pedro, de modo que la prueba de la tentación no tuvo lugar en uno más fuerte que él, sino que en él aprendiéramos cómo, resistiendo en las tentaciones, aunque probados incluso por el cuidado de nuestras vidas, pudiéramos vencer el aguijón de la tentación con lágrimas de paciencia.

    II, § 28

    28. Pero aquel mismo David, para que la diferencia de sus acciones no perturbe quizá a quienes se aferran a las palabras de la Escritura; aquel mismo David, digo, que no había llorado al niño inocente, lloró al parricida cuando estaba muerto. Pues al final, cuando se lamentaba y gemía, dijo: «¡Oh hijo mío Absalón, hijo mío Absalón! ¡Quién me concediera morir por ti!» Pero no solo se llora al parricida Absalón, se llora a Amnón; no solo se llora al incestuoso, sino que incluso se le venga; al uno por el desprecio del reino, al otro por el destierro de sus hermanos. Al malvado se le llora, no al inocente. ¿Cuál es la causa? ¿Cuál la razón? No hay poca deliberación entre los prudentes ni confirmación de resultados entre los sabios; pues hay gran coherencia de prudencia en tan grande diferencia de acciones, pero la creencia es una sola. Lloró a los que estaban muertos, pero no pensó que debía llorar al niño muerto, porque pensaba que aquellos estaban perdidos para él, pero esperaba que este último resucitaría.

    II, § 29

    29. Pero acerca de la resurrección se dirá más adelante; volvamos ahora a nuestro asunto inmediato. Hemos expuesto que incluso los varones santos, sin consideración alguna por sus méritos, han sufrido en este mundo muchas y graves cosas, junto con trabajo y miseria. Así David, entrando en sí mismo, dice: «Acuérdate, Señor, de que somos polvo; en cuanto al hombre, sus días son como la hierba;» y en otro lugar: «El hombre es semejante a la vanidad, sus días pasan como una sombra.» Pues ¿qué hay más miserable que nosotros, que somos enviados a esta vida como despojados y desnudos, con cuerpos frágiles, corazones engañosos, mentes débiles, ansiosos por los cuidados, perezosos para el trabajo, inclinados a los placeres?

    II, § 30

    30. No nacer es, con mucho, lo mejor, según la sentencia de Salomón. Pues también quienes han parecido sobresalir más en filosofía lo han seguido. Porque él, anterior en el tiempo a estos filósofos, pero posterior a muchos de nuestros escritores, habló así en el Eclesiastés: «Y alabé a todos los difuntos, que ya están muertos, más que a los vivos, que aún están vivos. Y mejor que ambos es aquel que aún no ha nacido, y que no ha visto esta obra mala que se hace bajo el sol. Y vi todo trabajo, y todo el bien de esta labor, que por esto el hombre es envidiado de su prójimo. Y, ciertamente, esto es vanidad y aflicción de espíritu.»

    II, § 31

    31. ¿Y quién dijo esto sino aquel que pidió y obtuvo sabiduría, para saber cómo fue hecho el mundo, y el poder de los elementos, el curso del año, y las disposiciones de los astros, para conocer las naturalezas de los seres vivos, los furores de las fieras y la violencia de los vientos, y para entender los pensamientos del hombre? ¿Cómo, pues, habrían de ocultársele las cosas mortales a aquel a quien no se le ocultaban las celestiales? Aquel que penetró los pensamientos de la mujer que reclamaba al hijo de otra, que por inspiración de la gracia divina conocía las naturalezas de los seres vivos que no compartía; ¿podía errar o decir algo falso respecto a las circunstancias de aquella naturaleza que hallaba en su propia experiencia personal?

    II, § 32

    32. Pero Salomón no fue la única persona que sintió esto, aunque fue el único que lo expresó. Había leído las palabras del santo Job: «Perezca el día en que nací.» [] Job había reconocido que nacer es el principio de todos los males, y por eso deseaba que pereciera el día en que nació, para que se quitara el origen de todos los problemas, y deseaba que pereciera el día de su nacimiento para recibir el día de la resurrección. Pues Salomón había oído la sentencia de su padre: «Señor, hazme saber mi fin y el número de mis días, para que sepa lo que me falta.» Porque David sabía que lo perfecto no puede alcanzarse aquí, y por eso se apresuraba hacia las cosas que han de venir. Pues ahora conocemos en parte y entendemos en parte, pero entonces será posible alcanzar lo perfecto, cuando no la sombra sino la realidad de la Majestad divina y de la eternidad comience a brillar para ser contemplada por nosotros con rostro descubierto. []

    II, § 33

    33. Pero nadie se apresuraría al fin si no huyera del malestar de esta vida. Y por eso también David explicó por qué se apresuraba al fin, cuando dijo: «He aquí que has envejecido mis días, y mi ser es como nada ante ti; ciertamente todo es vanidad, incluso todo hombre que vive.» ¿Por qué, pues, vacilamos en huir de la vanidad? ¿O por qué nos agrada ser turbados en vano en este mundo, acumular tesoros y no saber para qué heredero los reunimos? Oremos para que se aparten de nosotros las tribulaciones, para que seamos sacados de este mundo necio, para que seamos libres de nuestra peregrinación diaria y volvamos a aquella patria y a nuestro hogar natural. Pues en esta tierra somos forasteros y extranjeros; tenemos que volver allí de donde hemos descendido, debemos esforzarnos y orar no de manera superficial sino ferviente para ser librados del engaño y de la maldad de hombres llenos de palabras. Y el que conocía el remedio gemía porque su peregrinación se prolongaba y porque debía habitar con los injustos y pecadores. ¿Qué haré yo, que soy pecador y no conozco el remedio?

    II, § 34

    34. También Jeremías se lamenta de su nacimiento con estas palabras: «¡Ay de mí, madre mía! ¿Por qué me has dado a luz como hombre de contienda en toda la tierra? No he beneficiado a otros, ni nadie me ha beneficiado a mí; mi fuerza ha desfallecido.» Si, pues, los santos varones rehúyen la vida cuya vida, aunque provechosa para nosotros, es considerada inútil para ellos mismos, ¿qué debemos hacer nosotros, que no somos capaces de aprovechar a otros y que sentimos que la nuestra, como dinero tomado a interés, se hace cada día más pesada con una masa creciente de pecados?

    II, § 35

    35. «Muero cada día,» [] dice el Apóstol. Ciertamente es mejor este dicho que el de aquellos que dijeron que la meditación sobre la muerte era la verdadera filosofía, pues ellos alababan el estudio, él ejercitaba la práctica de la muerte. Y ellos actuaban solo para sí mismos, pero Pablo, perfecto él mismo, no murió por su propia debilidad sino por la nuestra. Pero ¿qué es la meditación sobre la muerte sino una especie de separación del cuerpo y del alma, pues la muerte misma no se define sino como la separación del cuerpo y del alma? Pero esto es según la opinión común.

    II, § 36

    36. Pero según las Escrituras se nos ha enseñado que la muerte es triple. Una muerte es cuando morimos al pecado, pero vivimos para Dios. Bienaventurada es, pues, aquella muerte que, escapando del pecado y consagrada a Dios, nos separa de lo mortal y nos consagra a Aquel que es inmortal. Otra muerte es la salida de esta vida, como murió el patriarca Abraham y el patriarca David, y fueron sepultados con sus padres; cuando el alma es liberada de las ataduras del cuerpo. La tercera muerte es aquella de la que se dice: «Dejad que los muertos entierren a sus muertos.» [] En esa muerte no solo muere la carne sino también el alma, pues «el alma que peca, esa morirá.» [] Porque muere para el Señor, por la debilidad no de la naturaleza sino de la culpa. Pero esta muerte no es la salida de esta vida, sino una caída por el error.

    II, § 37

    37. Una cosa es, pues, la muerte espiritual, otra la muerte natural, y una tercera la muerte de castigo. Pero la que es natural no es también penal, pues el Señor no infligió la muerte como pena, sino como remedio. Y a Adán, cuando pecó, se le designó una cosa como pena y otra como remedio, cuando se le dijo: «Por cuanto has escuchado la voz de tu mujer, y has comido del árbol del cual te había mandado que de él solo no comieras, maldita será la tierra en tu trabajo; con dolor comerás de su fruto todos los días de tu vida. Espinos y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra de la que fuiste tomado.»

    II, § 38

    38. Aquí tienes los días de descanso de las penas, pues contienen el castigo decretado contra los espinos de esta vida, los cuidados del mundo y los placeres de las riquezas que excluyen la Palabra. La muerte se da como remedio, porque es el fin de los males. Pues Dios no dijo: «Por cuanto has escuchado la voz de la mujer volverás a la tierra,» pues esto habría sido una sentencia penal, como lo es esta otra: «La tierra bajo maldición te producirá espinos y abrojos;» sino que dijo: «Con sudor comerás tu pan hasta que vuelvas a la tierra.» Ves que la muerte es más bien la meta de nuestras penas, por la que se pone fin al curso de esta vida.

    II, § 39

    39. Así, pues, la muerte no solo no es un mal, sino que incluso es un bien. De modo que se busca como un bien, como está escrito: «Los hombres buscarán la muerte y no la hallarán.» [] La buscarán aquellos que digan a los montes: «Caed sobre nosotros, y a los collados: Cubridnos.» [] También la buscará aquella alma que ha pecado. La buscará aquel rico que yace en el infierno, que desea que su lengua sea refrescada con el dedo de Lázaro. []

    II, § 40

    40. Vemos, pues, que esta muerte es ganancia y la vida una pena, de modo que Pablo dice: «Para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia.» [] ¿Qué es Cristo sino muerte del cuerpo, aliento de vida? Y así, muramos con Él para que vivamos con Él. Haya, pues, en nosotros como una práctica e inclinación diaria a morir, para que, por esta separación de los deseos corporales, de la que hemos hablado, nuestra alma aprenda a retirarse y, como puesta en alto, cuando las concupiscencias terrenales no puedan acercarse ni adherírsela, asuma la semejanza de la muerte, para no incurrir en la pena de la muerte. Porque la ley de la carne lucha contra la ley de la mente, y la entrega a la ley del error, como el Apóstol nos ha dado a conocer, diciendo: «Pues veo una ley de la carne en mis miembros que lucha contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado.» [] Todos estamos atados, todos sentimos esto; pero no todos somos liberados. Y así, miserable hombre soy yo, si no busco el remedio.

    II, § 41

    41. Pero ¿qué remedio? «¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? Gracias a Dios por Jesucristo Señor nuestro.» [] Tenemos un médico, usemos el remedio. Nuestro remedio es la gracia de Cristo, y el cuerpo de muerte es nuestro cuerpo. Seamos, pues, como extraños a nuestro cuerpo, para no ser extraños a Cristo. Aunque estemos en el cuerpo, no sigamos las cosas que son del cuerpo, no rechacemos las justas exigencias de la naturaleza, sino deseemos ante todo los dones de la gracia: «Porque ser disuelto y estar con Cristo es muchísimo mejor; pero permanecer en la carne es más necesario por causa de vosotros.» []

    II, § 42

    42. Pero esta necesidad no es el caso de todos, Señor Jesús; no es así conmigo, que a nadie soy de provecho; pues para mí la muerte es ganancia, para no pecar más. Morir es ganancia para mí, que, en el mismo tratado en que consuelo a otros, soy incitado como por un intenso impulso al anhelo de mi hermano perdido, pues no me permite olvidarlo. Ahora lo amo más y lo anhelo con más intensidad. Lo anhelo cuando hablo, lo anhelo cuando vuelvo a leer lo que he escrito, y pienso que me siento más impulsado a escribir esto para no estar nunca sin el recuerdo de él. Y en esto no actúo contra la Escritura, sino que soy del mismo pensar que la Escritura, para llorar con más paciencia y anhelar con mayor intensidad.

    II, § 43

    43. Tú has hecho, hermano mío, que no tema la muerte, ¡y ojalá mi vida pudiera morir con la tuya! Esto deseó Balaam para sí como el mayor bien cuando, inspirado por el espíritu de profecía, dijo: «Muera mi alma con la muerte de los justos, y sea mi descendencia como la descendencia de ellos.» Y en verdad lo deseó según el espíritu de profecía, pues así como veía el nacimiento de Cristo, así también veía su triunfo; veía su muerte, pero veía también en Él la resurrección eterna de los hombres, y por eso no temía morir, ya que había de resucitar. No muera, pues, mi alma en el pecado, ni admita el pecado en sí misma, sino muera en el alma del justo, para recibir su justicia. Y entonces también el que muere en Cristo es hecho partícipe de su gracia en la Fuente.

    II, § 44

    44. No es, pues, la muerte cosa que deba temerse, ni amarga para los necesitados, ni demasiado amarga para los ricos, ni cruel para los ancianos, ni señal de cobardía para los valientes, ni eterna para los fieles, ni inesperada para los sabios. ¡Cuántos han consagrado su vida solo por la gloria de su muerte, cuántos se han avergonzado de vivir y han hallado ganancia en la muerte! Hemos leído cuán a menudo, por la muerte de uno solo, grandes naciones han sido liberadas; los ejércitos enemigos han sido puestos en fuga por la muerte del general que no había podido vencerlos mientras vivía.

    II, § 45

    45. Por la muerte de los mártires la religión ha sido defendida, la fe acrecentada, la Iglesia fortalecida; los muertos han vencido, los perseguidores han sido vencidos. Y así celebramos la muerte de aquellos cuyas vidas desconocemos. Así también David se regocijó en profecía por la partida de su propia alma, diciendo: «Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de sus santos.» Estimó la muerte mejor que la vida. La muerte misma de los mártires es el premio de su vida. Y además, por la muerte de los que están en discordia se pone fin al odio.

    II, § 46

    46. ¿Para qué decir más? Por la muerte de Uno solo el mundo fue redimido. Pues Cristo, si hubiera querido, no habría tenido necesidad de morir, pero ni pensó que la muerte debía rehuirse como si hubiera en ella cobardía alguna, ni pudo salvarnos mejor que muriendo. Y así su muerte es la vida de todos. Somos sellados con el signo de su muerte, mostramos su muerte cuando oramos; cuando ofrecemos el Sacrificio declaramos su muerte, pues su muerte es victoria, su muerte es nuestro misterio, su muerte es la solemnidad anual del mundo. ¿Qué diremos ahora de su muerte, puesto que por este divino ejemplo probamos que la muerte sola halló la inmortalidad, y que la muerte misma se redimió a sí misma? No hay, pues, que llorar por la muerte, pues es causa de salvación para todos; no hay que rehuir la muerte, pues el Hijo de Dios no la consideró indigna de Él, y no la rehuyó. No hay que romper el orden de la naturaleza, pues lo que es común a todos no admite excepción en los individuos.

    II, § 47

    47. Y, en verdad, la muerte no era parte de la naturaleza del hombre, sino que se hizo natural; pues Dios no instituyó la muerte en un principio, sino que la dio como remedio. Cuidemos, pues, de que no parezca lo contrario. Porque si la muerte es un bien, ¿por qué está escrito que «Dios no hizo la muerte, sino que por la malicia de los hombres la muerte entró en el mundo»? Pues en verdad la muerte no era parte necesaria de la obra divina, ya que para los que estaban colocados en el paraíso fluía una sucesión continua de todos los bienes; pero a causa de la transgresión, la vida del hombre, condenada a un trabajo prolongado, comenzó a ser miserable con intolerables gemidos; de modo que era conveniente que se pusiera fin a los males, y que la muerte restituyera lo que la vida había perdido. Pues la inmortalidad, si la gracia no la animara, sería más bien una carga que una ventaja.

    II, § 48

    48. Y si se considera con exactitud, no es la muerte de nuestro ser, sino del mal, pues el ser continúa; es el mal lo que perece. Lo que ha sido resucita; ¡ojalá que, así como ahora está libre de pecar, así estuviera sin culpa anterior! Pero esto mismo es prueba de que no es la muerte del ser: que seremos las mismas personas que fuimos. Y así o pagaremos la pena de nuestros pecados, o alcanzaremos el premio de nuestras buenas obras. Pues el mismo ser resucitará, ahora más honroso por haber pagado el tributo de la muerte. Y entonces «los muertos que están en Cristo resucitarán primero; luego, también nosotros los que vivimos,» se dice, «seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes al aire para recibir al Señor, y así estaremos siempre con el Señor.» [] Ellos primero, los que viven después. Ellos con Jesús, los que viven por Jesús. Para ellos la vida será más dulce después del descanso, y aunque los vivos tendrán una ganancia deleitable, carecerán de la experiencia del remedio.

    II, § 49

    49. Nada hay, pues, que temer en la muerte, nada que lamentar, ya sea que la vida que se recibió de la naturaleza se devuelva a ella, ya sea que se sacrifique a algún deber que la reclame, y esto será o un acto de religión o el ejercicio de alguna virtud. Y nadie ha querido jamás permanecer como está ahora. Se ha supuesto que esto fue prometido a Juan, pero no es la verdad. Nos atenemos a las palabras, y de ellas deducimos el sentido. Él mismo en su propio escrito [] niega que hubiera una promesa de que no moriría, para que nadie, a partir de aquel caso, se entregara a una vana esperanza. Pero si desear esto sería una esperanza desmedida, ¡cuánto más desmedido sería afligirse sin regla por lo que ha sucedido según regla!

    II, § 50

    50. Los paganos se consuelan en su mayoría con el pensamiento, ya sea de la miseria común, ya de la ley de la naturaleza, ya de la inmortalidad del alma. ¡Y ojalá sus palabras fueran coherentes, y no transmitieran el alma miserable a una multitud de monstruosidades y figuras ridículas! Pero ¿qué debemos hacer nosotros, cuyo premio es la resurrección, aunque muchos, no pudiendo negar la grandeza de este don, se niegan a creer en él? Y por esta razón lo defenderemos, no con un solo argumento casual, sino con todos los que podamos.

    II, § 51

    51. Todas las cosas, en verdad, se creen que son, o por experiencia, o por razones, o por ejemplos semejantes, o porque es conveniente que sean, y cada una de estas cosas apoya nuestra creencia. La experiencia nos enseña que nos movemos; la razón, que aquello que nos mueve debe considerarse propiedad de otro poder; los ejemplos semejantes muestran que el campo ha dado cosechas, y por eso esperamos que continúe dándolas. La conveniencia, porque aun donde no pensamos que habrá resultados, creemos sin embargo que de ningún modo conviene abandonar las obras de la virtud.

    II, § 52

    52. Cada una, pues, se apoya en la otra. Pero la creencia en la resurrección se infiere con la mayor claridad por tres fundamentos, en los que todo está incluido. Estos son la razón, la analogía del ejemplo universal y la evidencia de lo que ha sucedido, puesto que muchos han resucitado. La razón es clara. Pues, como todo el curso de nuestra vida consiste en la unión del cuerpo y del alma, y la resurrección trae consigo o el premio de las buenas obras o el castigo de las malas, es necesario que el cuerpo, cuyas acciones se pesan, resucite. Pues ¿cómo será llamada el alma a juicio sin el cuerpo, cuando ha de rendirse cuenta de la compañía de sí misma y del cuerpo?

    II, § 53

    53. El resucitar es suerte de todos, pero hay dificultad en creerlo, porque no se debe a nuestros méritos, sino que es don de Dios. El primer argumento de la resurrección es el curso del mundo y la condición de todas las cosas, la serie de las generaciones, los cambios en la sucesión, la puesta y salida de las constelaciones, el fin del día y de la noche y su sucesión diaria que como de nuevo vuelve a la vida. Y no puede existir otra razón para el temperamento fecundo de esta tierra, sino que el orden divino restituye con los rocíos de la noche tanta humedad de aquella con que se producen todas las cosas terrenas, cuanta seca de día el calor del sol. ¿Para qué hablar de los frutos de la tierra? ¿No parecen morir cuando caen, resucitar cuando reverdecen? Lo que se siembra resucita, lo que está muerto resucita, y se forman de nuevo en las mismas clases y especies que antes. La tierra primero devolvió estos frutos; en estos halló primero nuestra naturaleza el modelo de la resurrección.

    II, § 54

    54. ¿Por qué dudar de que el cuerpo resucite del cuerpo? El grano se siembra, el grano brota de nuevo: el fruto se siembra, el fruto brota de nuevo; pero el grano se reviste de flor y de cáscara. «Y es necesario que esto mortal se revista de inmortalidad, y esto corruptible se revista de incorrupción.» [] La flor de la resurrección es la inmortalidad, la flor de la resurrección es la incorrupción. Pues ¿qué hay más fecundo que el descanso perpetuo? ¿Qué está provisto de más ricos bienes que la seguridad eterna? He aquí aquel fruto abundante, por cuyo aumento la naturaleza del hombre brota más abundantemente después de la muerte.

    II, § 55

    55. Pero te maravillas de cómo lo que ha cedido a la putrefacción puede volver a hacerse sólido, cómo las partículas dispersas pueden reunirse, cómo lo consumido puede restaurarse: no te maravillas de cómo las semillas quebradas bajo la presión húmeda de la tierra reverdecen. Pues ciertamente ellas también, pudriéndose al contacto con la tierra, se quiebran, y entonces la humedad fecundante del suelo da vida a las semillas muertas y ocultas, y, por el calor vital, exhala, por así decirlo, una especie de alma de la hierba verde. Entonces, poco a poco, la naturaleza levanta del suelo el tierno tallo de la espiga que crece, y, como una madre solícita, lo envuelve en ciertas vainas, para que el hielo penetrante no lo dañe mientras crece, y para protegerlo del excesivo calor del sol; y para que después la lluvia no quiebre el fruto mismo que escapa, por así decirlo, de su primera cuna y apenas ha crecido, o para que el viento no lo disperse, o los pajarillos lo destruyan, suele cercarlo con una cerca de ásperas aristas.

    II, § 56

    56. ¿Por qué, pues, sorprenderse de que la tierra devuelva aquellos cuerpos de hombres que ha recibido, viendo que da vida, levanta, viste, protege y defiende todos los cuerpos de semillas que ha recibido? Deja, pues, de dudar de que la tierra fiel, que restituye multiplicadas, como por usura, las semillas que se le encomiendan, restituirá también el depósito confiado de la raza de los hombres. ¿Y por qué hablar de las especies de árboles, que brotan de la semilla sembrada, y con fecundidad revivificada dan de nuevo sus frutos que se abren, y repiten la antigua forma y semejanza, y ciertos árboles que se renuevan continúan por muchas generaciones, y en su resistencia sobrepasan los siglos mismos? Vemos pudrirse la uva, y la vid brota de nuevo: se inserta un injerto y el árbol renace. ¿Hay esta providencia divina para restaurar los árboles, y no hay cuidado para los hombres? Y Aquel que no ha permitido que perezca lo que dio para el uso del hombre, ¿permitirá que perezca el hombre, a quien hizo a su propia imagen?

    II, § 57

    57. ¿Os parece increíble que los muertos resuciten? «¡Necio!, lo que tú mismo siembras, ¿no muere primero para que recobre la vida?» [] Siembra cualquier semilla seca que quieras, resucita. Pero respondes: tiene en sí el jugo de vida. Y nuestro cuerpo tiene su sangre, tiene su propia humedad. Este es el jugo de vida de nuestro cuerpo. De modo que pienso que queda refutada la objeción que algunos alegan de que una rama seca no revive, y luego intentan argumentar de esto en perjuicio de la carne. Pues la carne no es seca, ya que toda carne es de barro, el barro proviene de la humedad, la humedad de la tierra. Además, muchas plantas que crecen, aunque siempre lozanas, brotan de suelo seco y arenoso, pues la tierra misma se provee de suficiente humedad. ¿Acaso la tierra, que continuamente restaura todas las cosas, ha de fallar con respecto al hombre? Por lo dicho queda claro que no debemos dudar de que es más conforme que contrario a la naturaleza; pues es natural que todas las cosas vivientes resuciten, pero contrario a la naturaleza que perezcan.

    II, § 58

    58. Llegamos ahora a un punto que mucho inquieta a los paganos: cómo puede ser que la tierra restituya a aquellos a quienes el mar ha tragado, las fieras han despedazado o han devorado. Así, pues, llegamos por fin necesariamente a la conclusión de que la duda no es acerca de la creencia en la resurrección en general, sino acerca de una parte. Pues, concedido que los cuerpos de los despedazados no resuciten, los demás sí resucitan, y la resurrección no queda refutada, sino que cierta clase es una excepción. Sin embargo, me pregunto por qué piensan que hay alguna duda incluso acerca de estos, como si no todas las cosas que son de la tierra volvieran a la tierra y se deshicieran de nuevo en tierra. Y el mar mismo, en su mayor parte, arroja a las costas vecinas los cuerpos humanos que ha tragado. Y si esto no fuera así, supongo que hemos de creer que no sería difícil para Dios reunir lo disperso, unir lo esparcido; Dios, a quien el universo obedece, a quien los elementos mudos se someten y la naturaleza sirve; como si no fuera mayor maravilla dar vida al barro que unirlo.

    II, § 59

    59. Aquel ave del país de Arabia, que se llama el Fénix, restaurado por los jugos renovadores de su carne, después de muerto vuelve a la vida: ¿hemos de creer que solo los hombres no resucitan? Pero sabemos esto por el rumor común y la autoridad de los escritos, a saber, que el ave referida tiene un período fijo de vida de quinientos años, y cuando por alguna advertencia de la naturaleza sabe que el fin de su vida está cerca, se prepara un cofre de incienso y mirra y otros perfumes, y terminados a la vez su obra y el tiempo, entra en el cofre y muere. Entonces de sus jugos sale un gusano, y crece gradualmente hasta la forma del mismo ave, y sus antiguas costumbres se restauran, y, llevado por el remo de sus alas, comienza una vez más el curso de su vida renovada, y paga una deuda de gratitud. Pues transporta aquel cofre, ya sea tumba de su cuerpo o cuna de su resurrección, en el que dejando la vida murió, y muriendo resucitó, desde Etiopía hasta Licaonia; y así, por la resurrección de esta ave, los pueblos de aquellas regiones comprenden que se ha cumplido un período de quinientos años. Así, para aquella ave el quingentésimo es el año de la resurrección, pero para nosotros el milésimo: ella tiene su resurrección en este mundo, nosotros tenemos la nuestra al fin del mundo. Muchos piensan también que esta ave enciende su propia pira funeraria, y vuelve a la vida de sus propias cenizas.
    Comentario editorial · El fénix: una analogía, no una prueba
    En el § 59 Ambrosio cita el fénix como ejemplo de resurrección en la naturaleza y apela al «rumor común y la autoridad de los escritos». Una nota del NPNF advierte que «los escritos» no son aquí la Escritura sino autores como Heródoto, Tácito y Plinio, y que Tertuliano, Cirilo de Jerusalén y Basilio también recurren al fénix. Wikipedia recoge el pasaje de Heródoto (viene de Arabia cada quinientos años, y no le parece creíble lo que cuentan) y cuenta a Clemente de Roma entre quienes transmitieron el motivo; véase 1 Clemente. Para Ambrosio no es prueba, sino correspondencia: el ave tiene su resurrección en este mundo; nosotros, «al fin del mundo».

    II, § 60

    60. Pero quizá la naturaleza, si se investiga más profundamente, parecerá dar una razón más honda para nuestra creencia: volvamos nuestros pensamientos al origen y comienzo de la creación del hombre. Sois hombres y mujeres, no ignoráis las cosas que pertenecen a la naturaleza humana, y si alguno de vosotros no tiene este conocimiento, sabéis que nacemos de nada. ¡Pero cuán pequeño es el origen de un ser tan grande como nosotros! Y si no hablo más claramente, entendéis lo que quiero decir, o más bien lo que no quiero decir. ¿De dónde, pues, esta cabeza, y aquel rostro admirable, cuyo hacedor no vemos? Vemos la obra; está formada para diversos fines y usos. ¿De dónde esta figura erguida, esta estatura elevada, este poder de acción, esta rapidez de percepción, esta capacidad de caminar erguido? Sin duda los órganos de la naturaleza no nos son conocidos, pero lo que ellos efectúan sí lo es. Tú también fuiste una vez semilla, y tu cuerpo es la semilla de aquello que ha de resucitar. Escucha a Pablo y aprende que tú eres esta semilla: «Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción; se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder; se siembra cuerpo natural, resucitará cuerpo espiritual.» Tú también, pues, eres sembrado como las demás cosas; ¿por qué te maravillas si resucitarás como las demás? Pero crees respecto de ellas, porque las ves; no crees esto, porque no lo ves: «Bienaventurados los que no vieron, y creyeron.» []

    II, § 61

    61. Pero antes de que llegue la estación, tampoco se cree en aquellas cosas, pues no toda estación es apta para la siembra de las semillas. El trigo se siembra en un tiempo y brota en otro; en un tiempo se planta la vid, en otro los tiernos sarmientos comienzan a brotar, el follaje crece lozano y se forma la uva; en un tiempo se planta el olivo, en otro, como grávido y cargado de su prole de bayas, se dobla por la abundancia de su fruto. Pero antes de que a cada uno le llegue su propio período, el producto se contiene, y lo que da fruto no tiene en su propio poder la edad de producirlo. Puede verse a la madre de todas las cosas a veces desfigurada por el moho, a veces despojada de productos, a veces verde y llena de flores, a veces seca. Cualquier lugar que quisiera estar siempre vestido y no despojarse jamás del dorado ropaje de sus semillas, o del verde ropaje de los prados, sería estéril en sí mismo y carecería de la ganancia de su propio producto, que habría transferido a otros.

    II, § 62

    62. Así pues, aunque no quieras creer en nuestra resurrección ni por la fe ni por el ejemplo, creerás por la experiencia. Pues para muchos productos, como la vid, el olivo y diversos frutos, el fin del año es el tiempo apto para madurar; y para nosotros también la consumación del mundo, como el fin del año, ha fijado el tiempo apto para resucitar. Y oportunamente es la resurrección de los muertos en la consumación del mundo, para que después de la resurrección no tengamos que recaer en este siglo malvado. Por esta causa padeció Cristo, para librarnos de este mundo malvado; no sea que las tentaciones de este mundo nos derriben de nuevo, y nos sea un perjuicio volver a la vida, si volviéramos a la vida para el pecado.

    II, § 63

    63. Tenemos, pues, una razón y un tiempo para la resurrección: una razón, porque la naturaleza en todos sus productos permanece consecuente consigo misma y no falla solamente en la generación de los hombres; un tiempo, porque todas las cosas se producen al fin del año. Pues las estaciones del mundo consisten en un solo año. ¿Qué extrañeza hay en que el año sea uno, puesto que el día es uno? Pues en un solo día el Señor contrató a los obreros para trabajar en la viña, cuando dijo: «¿Por qué estáis aquí todo el día ociosos?» []

    II, § 64

    64. Las causas de los comienzos de todas las cosas son las semillas. Y el Apóstol de los gentiles ha dicho que el cuerpo humano es una semilla. [] Y así, en sucesión después de la siembra, está la sustancia necesaria para la resurrección. Pero aunque no hubiera sustancia ni causa, ¿quién podría pensar que es difícil para Dios crear de nuevo al hombre de donde quiera y como quiera? ¿Quién mandó que el mundo surgiera de ninguna materia y de ninguna sustancia? Mira el cielo, contempla la tierra. ¿De dónde proceden los fuegos de las estrellas? ¿De dónde el orbe y los rayos del sol? ¿De dónde el globo de la luna? ¿De dónde las alturas de los montes, las duras rocas, los bosques frondosos? ¿De dónde se difunde el aire alrededor, y las aguas, ya encerradas, ya derramadas? Pero si Dios hizo todas estas cosas de la nada (pues «Él habló y fueron hechas, Él mandó y fueron creadas» ), ¿por qué habríamos de asombrarnos de que lo que ha sido sea devuelto a la vida, puesto que vemos que se produce lo que no había sido?

    II, § 65

    65. Es motivo de asombro que, aunque no creen en la resurrección, sin embargo en su bondadoso cuidado proveen que el género humano no perezca, y así dicen que las almas pasan y emigran a otros cuerpos para que el mundo no desaparezca. Pero que digan ellos qué es lo más difícil: que las almas emigren, o que regresen; que vuelvan a lo que es suyo, o que busquen nuevas moradas.

    II, § 66

    66. Pero duden aquellos que no han sido instruidos. Para nosotros, que hemos leído la Ley, los Profetas, los Apóstoles y el Evangelio, no es lícito dudar. Pues ¿quién puede dudar cuando lee: «Y en aquel tiempo será salvo todo tu pueblo, el que está escrito en el libro; y muchos de los que duermen en los sepulcros de la tierra se levantarán con una sola abertura, estos para vida eterna, y aquellos para vergüenza y confusión eterna. Y los que tienen entendimiento resplandecerán como el resplandor del firmamento, y de los justos muchos serán como las estrellas para siempre.» Bien, pues, habló del descanso de los que duermen, para que se entienda que la muerte no dura para siempre, la cual, como el sueño, se padece por un tiempo y se quita a su tiempo; y muestra que el progreso de aquella vida que será después de la muerte es mejor que el que se pasa en dolor y pena antes de la muerte, en cuanto que la primera se compara a las estrellas, la segunda se asigna a la aflicción.

    II, § 67

    67. ¿Y para qué reunir lo que está escrito en otra parte: «Tú me levantarás y te alabaré.» O aquel otro pasaje en el que el santo Job, después de experimentar las miserias de esta vida y de vencer toda adversidad por su virtuosa paciencia, se prometió a sí mismo una recompensa por los males presentes en la resurrección, diciendo: «Tú levantarás este cuerpo mío que ha sufrido muchos males.» También Isaías, proclamando la resurrección al pueblo, dice que es el anunciador del mensaje del Señor, pues leemos así: «Porque la boca del Señor ha hablado, y dirán en aquel día.» [] Y lo que la boca del Señor declaró que el pueblo diría se expone más adelante, donde está escrito: «Por tu temor, oh Señor, hemos concebido y hemos dado a luz el Espíritu de tu Salvación, que has derramado sobre la tierra. Los que habitan la tierra caerán, se levantarán los que están en los sepulcros. Porque el rocío que viene de ti es salud para ellos, pero la tierra de los impíos perecerá. Anda, pueblo mío, y entra en tus aposentos; escóndete un poco hasta que pase la ira del Señor.»

    II, § 68

    68. ¡Qué bien señaló con los aposentos los sepulcros de los muertos, en los que por un breve espacio estamos escondidos, para que podamos pasar mejor al juicio de Dios, que nos probará con la indignación debida a nuestras maldades! Vive, pues, el que está escondido y en reposo, como retirándose de en medio de nosotros y apartándose, no sea que la miseria de este mundo lo enrede con lazos más estrechos, para quien los oráculos celestiales afirman por las voces de los profetas que está reservado el gozo de la resurrección, y la salud de sus cuerpos liberados, obtenida por la obra divina. Y bien se usa el rocío como signo, puesto que por él todas las semillas vitales de la tierra son levantadas para crecer. ¿Qué extrañeza hay, pues, si el polvo y la ceniza también de nuestro cuerpo que desfallece reverdecen por la riqueza del rocío celestial, y por la recepción de esta humedad vital las formas de nuestros miembros son reconfiguradas y unidas de nuevo entre sí?

    II, § 69

    69. Y el santo profeta Ezequiel enseña y describe con plena exposición cómo se restaura el vigor a los huesos secos, vuelven los sentidos, se añade el movimiento, y al volver los nervios, las articulaciones del cuerpo humano se fortalecen; cómo los huesos que estaban muy secos se revisten de carne restaurada, y el curso de las venas y el flujo de la sangre se cubre con el velo de la piel extendida sobre ellos. Según leemos, la multitud de cuerpos humanos que revive parece surgir ante las mismas palabras del profeta, y puede verse en la extensa llanura brotar la nueva semilla.

    II, § 70

    70. Pero si los sabios de la antigüedad creyeron que una cosecha de hombres armados brotó en la región de Tebas de la siembra de los dientes de la hidra, mientras que ciertamente está establecido que semillas de una clase no pueden cambiarse en otra clase de planta, ni producir frutos distintos de sus propias semillas, de modo que los hombres brotaran de serpientes y la carne de dientes; cuánto más, en verdad, ha de creerse que todo lo que ha sido sembrado resucita en su propia naturaleza, y que las cosechas no difieren de su semilla, que las cosas blandas no brotan de las duras, ni las duras de las blandas, ni el veneno se cambia en sangre; sino que la carne se restaura de la carne, el hueso del hueso, la sangre de la sangre, los humores del cuerpo de los humores. ¿Podéis, pues, vosotros, paganos, que sois capaces de afirmar un cambio, negar una restauración de la naturaleza? ¿Podéis negaros a creer los oráculos de Dios, el Evangelio y los profetas, vosotros que creéis fábulas vacías?

    II, § 71

    71. Pero oigamos ahora al profeta mismo, que habla así: «La mano del Señor fue sobre mí, y el Señor me sacó en el Espíritu, y me colocó en medio de la llanura, y estaba llena de huesos de hombres; y me condujo a través de ellos en derredor, y he aquí que había muchísimos huesos sobre la faz de la llanura, y estaban muy secos. Y me dijo: Hijo de hombre, ¿podrán vivir estos huesos? Y dije: Señor, tú lo sabes; y me dijo: Profetiza sobre estos huesos, y les dirás: Huesos secos, oíd la palabra del Señor. Así dice el Señor a estos huesos: He aquí que yo traigo sobre vosotros el Espíritu de vida, y pondré nervios sobre vosotros, y haré subir carne sobre vosotros, y extenderé piel sobre vosotros, y pondré mi Espíritu en vosotros, y viviréis, y sabréis que yo soy el Señor. Y profeticé como me mandó. Y aconteció que mientras yo profetizaba todas estas cosas, he aquí que hubo un gran terremoto.» []

    II, § 72

    72. Observa cómo el profeta muestra que había oído y movimiento en los huesos antes de que el Espíritu de vida fuera derramado sobre ellos. Pues, arriba, a los huesos secos se les manda oír, como si tuvieran el sentido del oído, y que sobre esto cada uno de ellos llegó a su propia articulación lo señalan las palabras del profeta, pues leemos lo siguiente: «Y los huesos se juntaron, cada uno a su articulación. Y miré, y he aquí que se formaban sobre ellos nervios y carne, y la piel subió sobre ellos desde arriba, y no había Espíritu en ellos.» []

    II, § 73

    73. Grande es la misericordia del Señor, que el profeta sea tomado como testigo de la futura resurrección, para que nosotros también pudiéramos verla con sus ojos. Pues no todos podían ser tomados como testigos, pero en aquel uno todos somos testigos, pues ni la mentira cae sobre un hombre santo, ni el error sobre tan gran profeta.

    II, § 74

    74. Ni debe parecer en absoluto improbable que al mandato de Dios los huesos se ajustaran de nuevo a sus articulaciones, puesto que tenemos innumerables ejemplos en que la naturaleza ha obedecido los mandatos del cielo; como se mandó a la tierra que produjera la hierba verde, [] y la produjo; como la roca al toque de la vara dio agua para el pueblo sediento; y la dura piedra derramó torrentes por la misericordia de Dios para los abrasados por el calor. ¿Qué otra cosa significó la vara convertida en serpiente [] sino que por la voluntad de Dios pueden producirse cosas vivas de las que no tienen vida? ¿Crees más increíble que los huesos se junten cuando se les manda, que el que los torrentes se vuelvan atrás o el mar huya? Pues así testifica el profeta: «El mar lo vio y huyó, el Jordán fue rechazado.» Ni puede haber duda alguna sobre este hecho, que fue probado por la liberación de un pueblo y la destrucción del otro, que las olas del mar se detuvieron contenidas, y al mismo tiempo rodearon a un pueblo, y se derramaron de nuevo sobre el otro para su muerte, para abrumar al uno, pero preservar al otro. ¿Y qué encontramos en el Evangelio mismo? ¿No probó el Señor mismo allí que el mar se calmaba a una palabra, las nubes eran ahuyentadas, las ráfagas de los vientos cedían, y que en las orillas aquietadas los mudos elementos obedecían a Dios?

    II, § 75

    75. Pero prosigamos con los otros puntos, para que observemos cómo por el Espíritu de vida los muertos son vivificados, los que yacen en los sepulcros se levantan, y los sepulcros se abren: «Y me dijo: Profetiza, hijo de hombre, y di al Espíritu: Ven de los cuatro vientos del cielo, oh Espíritu, y sopla sobre estos muertos, para que vivan. Y profeticé como me mandó, y el Espíritu de vida entró en ellos, y vivieron, y se pusieron de pie, una multitud sobremanera grande. Y el Señor me habló, diciendo: Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. Pues dicen: Nuestros huesos se han secado, nuestra esperanza se ha perdido, pereceremos. Por tanto, profetiza y di: Así dice el Señor: He aquí que yo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de vuestros sepulcros a la tierra de Israel, y sabréis que yo soy el Señor, cuando abra vuestros sepulcros, y saque a mi pueblo de los sepulcros, y ponga mi Espíritu en vosotros, y os coloque en vuestra propia tierra, y sabréis que yo soy el Señor; he hablado, y lo cumpliré, dice el Señor.» []

    II, § 76

    76. Notamos aquí cómo se reanudan de nuevo las operaciones del Espíritu de vida; sabemos de qué manera los muertos son levantados de los sepulcros abiertos. ¿Y es en verdad cosa de asombro que los sepulcros de los muertos se abran a la orden del Señor, cuando toda la tierra desde sus confines más lejanos es sacudida por un solo trueno, el mar desborda sus límites, y de nuevo refrena el curso de sus olas? Y finalmente, el que ha creído que los muertos resucitarán «en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la última trompeta (pues sonará la trompeta),» [] «será arrebatado entre los primeros en las nubes para recibir a Cristo en el aire;» [] el que no ha creído será dejado, y se someterá a la sentencia por su propia incredulidad.

    II, § 77

    77. El Señor también nos muestra en el Evangelio, para llegar ahora a los ejemplos, de qué manera resucitaremos. «Pues no resucitó solo a Lázaro, sino la fe de todos; y si crees, como lees, tu espíritu también, que estaba muerto, revive con Lázaro.» Pues ¿qué significa que el Señor fue al sepulcro y gritó con gran voz, «Lázaro, sal fuera,» [] sino que quería darnos una prueba visible, presentar un ejemplo de la futura resurrección? ¿Por qué gritó con gran voz, como si no acostumbrara obrar en el Espíritu, mandar en silencio, sino solo para mostrar lo que está escrito: «En un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la última trompeta los muertos resucitarán incorruptibles»? [] Pues el levantar la voz corresponde al estruendo de las trompetas. Y gritó, «Lázaro, sal fuera.» ¿Por qué se añade el nombre, sino acaso para que no pareciera que uno era resucitado en lugar de otro, o que la resurrección fuera más bien accidental que mandada?

    II, § 78

    78. Así, pues, el muerto oyó, y salió del sepulcro, atado de pies y manos con vendas funerarias, y su rostro estaba atado con un sudario. Imagina, si puedes, cómo se abre camino con los ojos cerrados, dirige sus pasos con los pies atados, y se mueve como si estuviera libre con los miembros sujetos. Las vendas permanecían sobre él pero no lo retenían, sus ojos estaban cubiertos y sin embargo veían. Así, pues, veía el que resucitaba, el que caminaba, el que dejaba el sepulcro. Pues cuando el poder del mandato divino estaba obrando, la naturaleza no requería sus propias funciones, y, puesta como en extremo, no obedecía ya su propio curso, sino la voluntad divina. Las ataduras de la muerte se rompieron antes que las del sepulcro. El poder de moverse se ejerció antes de que se suministraran los medios de moverse.

    II, § 79

    79. Si os maravilláis de esto, considerad Quién dio la orden, para que dejéis de admiraros; Jesucristo, la Potencia de Dios, la Vida, la Luz, la Resurrección de los muertos. La Potencia levantó al que yacía postrado, la Vida produjo sus pasos, la Luz expulsó las tinieblas y le devolvió la vista, la Resurrección renovó el don de la vida.

    II, § 80

    80. Acaso os inquiete que los judíos quitaran la piedra y desataran los lienzos funerarios, y tal vez os preocupe quién moverá la piedra de vuestro sepulcro. ¡Como si Aquel que pudo devolver el espíritu no pudiera quitar la piedra; o Aquel que hizo andar al paralítico no pudiera romper las ataduras; o Aquel que había iluminado los ojos cubiertos no pudiera descubrir el rostro; o Aquel que pudo renovar el curso de la naturaleza no pudiera partir la piedra! Pero, para que crean con sus ojos quienes no quieren creer con el corazón, quitan la piedra, ven el cadáver, huelen el hedor, desatan los lienzos. No pueden negar que está muerto aquel a quien ven resucitar; ven las señales de la muerte y las pruebas de la vida. ¿Y si, mientras están ocupados, se convierten por el mismo trabajo? ¿Y si, mientras oyen, creen a sus propios oídos? ¿Y si, mientras ven, son instruidos por sus propios ojos? ¿Y si, mientras desatan las ataduras, liberan sus propias mentes? ¿Y si, mientras Lázaro es desatado, el pueblo queda libre; mientras dejan ir a Lázaro, ellos mismos vuelven al Señor? Porque, finalmente, muchos de los que habían venido a María, viendo lo sucedido, creyeron.

    II, § 81

    81. Y no fue este el único ejemplo que nuestro Señor Jesucristo presentó, sino que resucitó también a otros, para que al menos creyéramos por ejemplos más numerosos. Resucitó al joven, conmovido por las lágrimas de su madre viuda, cuando llegó y tocó el féretro, y dijo: «Joven, a ti te digo, levántate; y el que estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar.» [] En cuanto oyó, al instante se incorporó, al instante habló. Una cosa es, pues, la obra del poder, y otra el orden de la naturaleza.

    II, § 82

    82. ¿Y qué diré de la hija del jefe de la sinagoga, a cuya muerte lloraban multitudes y tocaban los flautistas? Pues se realizaban los ritos fúnebres por la convicción de la muerte. ¡Con qué prontitud, a la palabra del Señor, vuelve el espíritu, se levanta el cuerpo reanimado y toma alimento, para que se crea la evidencia de la vida! []

    II, § 83

    83. ¿Y por qué habríamos de admirarnos de que el alma sea restituida a la palabra de Dios, de que la carne vuelva a los huesos, cuando recordamos a los muertos resucitados por el contacto del cuerpo del profeta? Elías oró y resucitó al niño muerto. Pedro, en el nombre de Cristo, mandó a Tabita que se levantara y anduviera, [] y los pobres, regocijándose, creyeron por el alimento que ella les servía; ¿y no creeremos nosotros por nuestra salvación? Ellos compraron la resurrección de otro con sus lágrimas; ¿no creeremos nosotros en la compra de la nuestra por la Pasión de Cristo? Quien, al entregar el espíritu, para mostrar que murió por nuestra resurrección, realizó el curso de la resurrección; pues tan pronto como «clamó de nuevo con gran voz y entregó el espíritu, la tierra tembló, las rocas se partieron, los sepulcros se abrieron, y muchos cuerpos de los santos que dormían resucitaron, y saliendo de los sepulcros después de su resurrección, vinieron a la santa ciudad y se aparecieron a muchos.» []

    II, § 84

    84. Si estas cosas sucedieron cuando entregó el espíritu, ¿por qué habríamos de considerarlas increíbles cuando vuelva para el juicio? Especialmente porque esta resurrección anterior es prenda de aquella resurrección futura, y figura de aquella realidad que ha de venir; más aún, es más bien la verdad misma que una figura. ¿Quién, pues, en la resurrección del Señor abrió los sepulcros, tendió la mano a los que resucitaban, les mostró el camino para encontrar la santa ciudad? Si no hubo nadie, fue ciertamente el Poder Divino el que obraba en los cuerpos de los muertos. ¿Buscará alguien la ayuda del hombre donde ve la obra de Dios?

    II, § 85

    85. La acción divina no necesita ayuda humana. Dios mandó que los cielos existieran, y fue hecho; determinó que la tierra fuera creada, y fue creada. ¿Quién llevó juntas las piedras sobre sus hombros? ¿Quién suministró los gastos? ¿Quién prestó ayuda a Dios en su trabajo? Estas cosas fueron hechas en un instante. ¿Queréis saber con qué rapidez? «Él habló y fueron hechos.» Si los elementos surgen a una palabra, ¿por qué los muertos no han de resucitar a una palabra? Pues aunque estén muertos, una vez vivieron, una vez tuvieron aliento de vida para sentir y fuerza para obrar; y hay una gran diferencia entre no haber sido capaz de vida y haber permanecido sin vida. El diablo dijo: «Manda a esta piedra que se convierta en pan.» [] Confiesa que a la orden de Dios la naturaleza puede transformarse; ¿no crees tú que a la orden de Dios la naturaleza puede rehacerse?

    II, § 86

    86. Los filósofos disputan sobre el curso del sol y el sistema de los cielos, y hay quienes piensan que se les debe creer cuando ignoran de qué hablan. Pues ni han subido a los cielos, ni han medido el cielo, ni han examinado el universo con sus ojos; porque ninguno de ellos estuvo con Dios en el principio, ninguno de ellos ha dicho de Dios: «Cuando preparaba los cielos, yo estaba con Él; yo estaba con Él como maestro artífice; yo era aquel en quien Él se deleitaba.» Si, pues, se les cree a ellos, ¿no se cree a Dios, que dice: «Como los cielos nuevos y la tierra nueva que yo hago permanecer ante mí, dice el Señor; así permanecerá vuestro nombre y vuestra descendencia; y mes tras mes, y sábado tras sábado, y toda carne vendrá a mi presencia para adorar en Jerusalén, dice el Señor Dios; y saldrán y verán los miembros de los hombres que han transgredido contra mí. Porque su gusano no morirá y su fuego no se apagará, y serán un espectáculo para toda carne.» []

    II, § 87

    87. Si la tierra y el cielo se renuevan, ¿por qué dudar de que el hombre, por causa del cual fueron hechos el cielo y la tierra, puede ser renovado? Si el transgresor es reservado para el castigo, ¿por qué el justo no ha de ser guardado para la gloria? Si el gusano de los pecados no muere, ¿cómo perecerá la carne del justo? Pues la resurrección, como muestra la forma misma de la palabra, es esto: que lo que ha caído se levante de nuevo, que lo que ha muerto vuelva a la vida.

    II, § 88

    88. Y este es el curso y fundamento de la justicia: puesto que la acción del cuerpo y del alma es común a ambos (porque lo que el alma ha concebido, el cuerpo lo ha realizado), cada uno debe venir a juicio, y cada uno debe ser o entregado al castigo o reservado para la gloria. Pues parecería casi incoherente que, ya que la ley de la mente lucha contra la ley de la carne, y la mente a menudo, cuando el pecado que habita en el hombre actúa, hace lo que aborrece; la mente, culpable de una falta compartida por otro, sea sometida a pena, y la carne, autora del mal, goce de descanso; y que sufra sola la que no pecó sola, o alcance sola la gloria, no habiendo luchado sola con la ayuda de la gracia.

    II, § 89

    89. La razón, si no me equivoco, es completa y justa, pero no exijo una razón de Cristo. Si me convenzo por la razón, rechazo la fe. Abraham creyó a Dios, [] creamos también nosotros a Él, para que los que somos herederos de su raza seamos también herederos de su fe. David creyó igualmente, y por eso habló; creamos también nosotros para poder hablar, sabiendo que «El que resucitó al Señor Jesús, nos resucitará también a nosotros con Jesús.» [] Pues Dios, que nunca miente, prometió esto; la Verdad lo prometió en su Evangelio, cuando dijo: «Esta es la voluntad del que me envió: que de todo lo que me ha dado no pierda nada, sino que lo resucite en el último día.» [] Y no consideró suficiente haberlo dicho una vez, sino que lo marcó con repetición expresa, pues sigue: «Porque esta es la voluntad de mi Padre, que me envió: que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna, y yo le resucitaré en el último día.»

    II, § 90

    90. ¿Quién fue el que dijo esto? Aquel en verdad que, estando muerto, resucitó muchos cuerpos de los difuntos. Si no creemos a Dios, ¿no creeremos a la evidencia? ¿No creemos lo que prometió, puesto que hizo incluso lo que no prometió? ¿Y qué razón habría tenido para morir, si no hubiera tenido también razón para resucitar? Pues, viendo que Dios no podía morir, la Sabiduría no podía morir; y en tanto que no podía resucitar lo que no había muerto, se asume la carne, que puede morir, para que, mientras muere aquello cuya naturaleza es morir, resucite lo que había muerto. Porque la resurrección no podía efectuarse sino por el hombre; puesto que, «como por el hombre vino la muerte, así también por el hombre vino la resurrección de los muertos.» []

    II, § 91

    91. Así, pues, el hombre resucitó porque el hombre murió; el hombre fue resucitado, pero Dios lo resucitó. Entonces fue hombre según la carne, ahora Dios es todo en todos. [] Pues ahora no conocemos a Cristo según la carne, [] sino que poseemos la gracia de aquella carne, para que le conozcamos como primicias de los que duermen, [] el primogénito de los muertos. [] Ahora bien, las primicias son sin duda de la misma naturaleza y especie que los frutos restantes, los primeros de los cuales se ofrecen a Dios como petición de un aumento más rico, como santa acción de gracias por todos los dones, y como una especie de libación de aquella naturaleza que ha sido restaurada. Cristo, pues, es las primicias de los que duermen. Pero, ¿es esto de los suyos que están en reposo, que, como liberados de la muerte, son tenidos por una especie de dulce sueño, o de todos los muertos? «Como en Cristo todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados.» [] Así, pues, como las primicias de la muerte estuvieron en Adán, así también las primicias de la resurrección están en Cristo.

    II, § 92

    92. Todos los hombres resucitan, pero que nadie desmaye, y que el justo no se entristezca por la suerte común de resucitar, pues aguarda el fruto principal de su virtud. Todos ciertamente resucitarán, [] pero, como dice el Apóstol, «cada uno en su propio orden.» El fruto de la Misericordia Divina es común a todos, pero el orden del mérito difiere. El día da luz a todos, el sol calienta a todos, la lluvia fecunda las posesiones de todos con agradables lluvias.

    II, § 93

    93. Todos nacemos y todos resucitaremos, pero en cada estado, ya sea de vivir o de volver a vivir, la gracia difiere y la condición difiere. Pues, «en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la última trompeta, los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados.» [] Además, en la muerte misma algunos descansan y algunos viven. El descanso es bueno, pero la vida es mejor. Y así el Apóstol despierta al que descansa a la vida, diciendo: «Levántate, tú que duermes, y resucita de entre los muertos, y Cristo te iluminará.» [] Por tanto, es despertado para que viva, para que sea semejante a Pablo, para que pueda decir: «Pues nosotros, los que vivimos, no precederemos a los que duermen.» [] No habla aquí de la manera común de vida, y del aliento que todos igualmente disfrutamos, sino del mérito de la resurrección. Pues, habiendo dicho, «Y los muertos en Cristo resucitarán primero,» añade además; «Y nosotros, los que vivimos, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes, para recibir a Cristo en el aire.» []

    II, § 94

    94. Pablo ciertamente está muerto, y por su honrosa pasión cambió la vida del cuerpo por la gloria eterna; ¿se engañó entonces a sí mismo cuando escribió que sería arrebatado vivo en las nubes para recibir a Cristo? Leemos lo mismo también de Enoc [] y de Elías, y tú también serás arrebatado en el Espíritu. He aquí el carro de Elías, he aquí el fuego, aunque no se ven, están preparados, para que los justos asciendan, los inocentes sean llevados, y tu vida no conozca la muerte. Pues en verdad los apóstoles no conocieron la muerte, según aquello que fue dicho: «En verdad, en verdad os digo, muchos de los que están aquí no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su reino.» [] Pues vive quien nada tiene en sí que pueda morir, quien no tiene de Egipto zapato ni atadura, sino que lo ha dejado antes de deponer el servicio de este cuerpo. Y así no solo Enoc está vivo, pues no solo él fue arrebatado; también Pablo fue arrebatado para recibir a Cristo.

    II, § 95

    95. Los patriarcas también viven, porque Dios no podría ser llamado el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, a menos que los muertos vivieran; pues Él no es Dios de muertos, sino de vivos. [] Y nosotros también viviremos si queremos imitar las obras y costumbres de nuestros predecesores. Nos asombramos de las recompensas de los patriarcas, imitemos su fidelidad; hablamos de su gracia, sigamos su obediencia; no caigamos, seducidos por el apetito, en las trampas del mundo. Aprovechemos la oportunidad, el mandamiento de la Ley, la misericordia de nuestra vocación, el deseo de sufrir. Los patriarcas salieron de su propia tierra, salgamos nosotros en propósito del poder del cuerpo; salgamos en propósito como ellos en el destierro; pero ellos consideraron que no era destierro aquello que causaba el temor de Dios, no lo imponía la necesidad. Cambiaron su tierra por otro suelo, cambiemos nosotros la tierra por el cielo; ellos cambiaron de habitación terrenal, cambiemos nosotros en espíritu. A ellos la Sabiduría les mostró el cielo iluminado con estrellas, [] ilumine ella los ojos de nuestro corazón. Así concuerda el tipo con la verdad, y la verdad con el tipo.

    II, § 96

    96. Abraham, dispuesto a recibir a los extranjeros, fiel a Dios, devoto en el servicio, rápido en su ministerio, vio la Trinidad en un tipo; [] añadió el deber religioso a la hospitalidad, cuando viendo a Tres adoró a Uno, y preservando la distinción de las Personas, sin embargo se dirigió a un solo Señor, ofreció a Tres el honor de su don, reconociendo un solo Poder. No fue el aprendizaje sino la gracia lo que habló en él, y creyó mejor lo que no había aprendido que nosotros que hemos aprendido. Nadie había falseado la representación de la verdad, y así ve Tres, pero adora la Unidad. Presenta tres medidas de flor de harina y mata una sola víctima, considerando que un solo sacrificio es suficiente, pero un don triple; una víctima, una ofrenda de tres. Y en los cuatro reyes, [Génesis xiv] ¿quién no entiende que sometió a sí mismo los elementos de la creación material, y todas las cosas terrenales en una señal por la cual fue prefigurada la Pasión del Señor? Fiel en la guerra, moderado en su triunfo, en cuanto que prefirió no hacerse más rico por los dones de los hombres, sino por los de Dios.

    II, § 97

    97. Creyó que él, siendo anciano, podía engendrar un hijo, [] y juzgó que, siendo padre, podía sacrificar a su hijo; ni tembló su afecto paterno cuando el deber ayudó a la diestra del anciano, [] porque sabía que su hijo sería más acepto a Dios sacrificado que entero. Por tanto, lleva a su amado hijo para ser sacrificado, y ofreció prontamente al que había recibido tarde; ni se deja contener por ser llamado con el nombre de padre, cuando su hijo le llamó «Padre,» y él respondió, «Hijo mío.» Queridos prendas de amor son estos nombres, pero los mandatos de Dios se aman todavía más. Y así, aunque sus corazones se sentían el uno por el otro, su propósito permaneció firme. La mano del padre extendió el cuchillo sobre su hijo, y el corazón del padre descargó el golpe para que no dejara de cumplirse la sentencia; temía que el golpe fallara, que su diestra desfalleciera. Sintió los movimientos del afecto paterno, pero no retrocedió ante la obra de sumisión, y apresuró su obediencia, incluso cuando oyó la voz del cielo. Pongamos, pues, a Dios por delante de todos aquellos a quienes amamos, padre, hermano, madre, para que Él nos conserve a los que amamos, como en el caso de Abraham contemplamos más bien al Remunerador liberal que al siervo.

    II, § 98

    98. El padre ofreció en verdad a su hijo, pero Dios no se aplaca con sangre, sino con obediencia piadosa. Mostró el carnero en la espesura [] en lugar del muchacho, para devolver el hijo al padre y que, no obstante, no faltara la víctima al sacerdote. Así, Abraham no se manchó con la sangre de su hijo, ni Dios fue privado del sacrificio. El profeta habló, y ni cedió a la jactancia ni se mantuvo obstinado, sino que tomó el carnero a cambio del muchacho. Y con esto se muestra tanto más cuán piadosamente lo ofreció, a quien ahora recibía de nuevo con tanta alegría. Y tú, si ofreces tu don a Dios, no lo pierdes. Pero nosotros somos tenaces con lo nuestro; Dios entregó a su Hijo único por nosotros, [Romans 8:32] y nosotros rehusamos los nuestros. Abraham vio esto y reconoció el misterio: que la salvación nos vendría del Árbol, y no le pasó desapercibido que en un solo y mismo sacrificio uno parecía ser ofrecido, y otro era el que podía ser inmolado.

    II, § 99

    99. Imitemos, pues, la devoción de Abraham, imitemos la bondad de Isaac, imitemos su pureza. Aquel varón era claramente bueno y casto, lleno de devoción para con Dios, casto para con su esposa. No devolvió mal por mal, cedió ante quienes querían echarlo, los recibió de nuevo al arrepentirse, sin mostrarse violento ante la insolencia ni obstinado ante la bondad. Huía de las contiendas cuando se apartaba de otros, dispuesto a perdonar cuando los recibía de nuevo, y todavía más generoso en bondad cuando los perdonaba. Se buscaba la compañía de su trato, y él añadía además un banquete de gozo.

    II, § 100

    100. También en Jacob imitemos el tipo de Cristo; haya en nosotros alguna semejanza de sus acciones. Tendremos parte con él si lo imitamos. Fue obediente a su madre, cedió ante su hermano, sirvió a su suegro, buscó su salario en el aumento, no en el reparto de los rebaños. No hubo reparto codicioso donde su porción traía tal ganancia. Ni aquel signo carecía de propósito: la escala de la tierra al cielo, [] en la cual se veía la futura comunión entre los hombres y los ángeles por la cruz de Cristo, cuyo muslo quedó paralizado, [] para que en su muslo reconociera al Heredero de su cuerpo y, con la parálisis de su muslo, anunciara la Pasión de su Heredero.

    II, § 101

    101. Vemos, pues, que el cielo está abierto a la virtud, y que este privilegio no es solo de pocos: «Porque muchos vendrán del oriente y del occidente, del norte y del sur, y se sentarán en el reino de Dios,» [Matthew 8:11] expresando así el goce del descanso perpetuo, una vez acallados los movimientos de sus almas. Sigamos a Abraham en nuestras costumbres, para que nos reciba en su seno y nos estreche con amoroso abrazo, como a Lázaro, heredero de su humildad, rodeado de sus propias virtudes. Los seguidores del santo patriarca, aprobados por Dios, no nos acogen en un seno corporal, sino, por así decirlo, en un vestido de buenas obras. «No os engañéis,» dice el Apóstol, «Dios no puede ser burlado.» [Galatians 6:7]

    II, § 102

    102. Hemos visto, pues, cuán grave ofensa es no creer en la resurrección; porque si no resucitamos, entonces Cristo murió en vano, entonces Cristo no resucitó. [1 Corinthians 15:13] Pues si no resucitó por nosotros, ciertamente no resucitó en absoluto, porque no tenía necesidad de resucitar por sí mismo. El universo resucitó en Él, el cielo resucitó en Él, la tierra resucitó en Él, pues habrá un cielo nuevo y una tierra nueva. [Revelation 21:1] Pero ¿qué necesidad había de resurrección para Aquel a quien no retenían las ataduras de la muerte? Pues, aunque murió como hombre, era libre aun en el infierno mismo.

    II, § 103

    103. ¿Queréis saber cuán libre era? «Me he vuelto como un hombre sin ayuda, libre entre los muertos.» Y bien se le llama libre, a Aquel que tenía poder para resucitarse a sí mismo, según lo que está escrito: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.» [John 2:19] Y bien se le llama libre, a Aquel que había descendido para rescatar a otros. Pues fue hecho como hombre, no ciertamente solo en apariencia, sino formado así en verdad, porque es hombre, ¿y quién lo conocerá? Porque, «hecho semejante a los hombres, y hallado en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte,» [Philippians 2:7-8] para que por aquella obediencia viéramos su gloria, «la gloria como del Unigénito del Padre,» [John 1:14] según san Juan. Pues así se conserva la afirmación de la Escritura: si en Cristo se conservan tanto la gloria del Unigénito como la naturaleza de hombre perfecto.

    II, § 104

    104. Y así no necesitó ayuda alguna. Pues de nadie necesitó cuando hizo el mundo, de modo que de nadie necesitaría cuando lo redimiera. Ni legado, ni mensajero, sino el Señor mismo lo restauró. «Él habló y fue hecho.» El Señor mismo lo restauró, Él mismo en todas sus partes, porque todas las cosas fueron hechas por Él. Pues ¿quién podría ayudar a Aquel en quien todas las cosas fueron creadas y por quien todas subsisten? [Colossians 1:17] ¿Quién podría ayudar a Aquel que hace todas las cosas en un instante y resucita a los muertos a la última trompeta? [1 Corinthians 15:52] La «última,» no como si no pudiera resucitarlos a la primera, o a la segunda, o a la tercera, sino que se observa un orden, no para que al fin se venza una dificultad, sino para que se cumpla el número prescrito.

    II, § 105

    105. Pero ya es hora, creo, de hablar de las trompetas, puesto que mi discurso se acerca a su fin, para que la trompeta sea también la señal del término de mi alocución. Leemos en el Apocalipsis de Juan que había siete trompetas, las cuales recibieron siete ángeles. [Revelation 8:2] Y allí leéis que cuando el séptimo ángel tocó su trompeta, hubo una gran voz del cielo que decía: «El reino de este mundo ha venido a ser el reino de nuestro Dios y de su Cristo, y reinará por los siglos de los siglos.» [Revelation 11:15] La palabra trompeta se usa también para designar una voz, como leéis: «He aquí una puerta abierta en el cielo, y la primera voz que oí, como de trompeta que hablaba conmigo y decía: Sube acá, y te mostraré las cosas que han de suceder.» [Revelation 4:1] Leemos también: «Tocad la trompeta al comienzo del mes [la luna nueva]»; y de nuevo en otro lugar: «Alabadlo con sonido de trompeta.»

    II, § 106

    106. Por tanto, debemos con todas nuestras fuerzas atender a cuál es el significado de las trompetas, no sea que, aceptándolas, como viejas, como parte del relato, corramos peligro si pensáramos cosas indignas de la enseñanza espiritual o no convenientes a la dignidad de las Escrituras. Pues cuando leemos que nuestra lucha no es contra carne y sangre, sino contra las huestes espirituales de maldad que están en las alturas, [Ephesians 6:12] no debemos pensar en armas de la carne, sino en las que son poderosas ante Dios. [2 Corinthians 10:4] No basta ver la trompeta u oír su sonido, si uno no entiende el significado del sonido. Pues si la trompeta da un sonido incierto, ¿cómo se preparará uno para la guerra? [1 Corinthians 14:8] Por lo cual es importante que entendamos el sentido de la voz de la trompeta, no sea que parezcamos bárbaros cuando oímos o proferimos sonidos de trompeta de esta clase. Y por eso, cuando hablamos, roguemos que el Espíritu Santo nos los interprete.

    II, § 107

    107. Investiguemos, pues, lo que leemos en el Antiguo Testamento acerca de las clases de trompetas, considerando que aquellas fiestas que la Ley imponía a los judíos son la sombra de los gozos de arriba y de las fiestas celestiales. Pues aquí está la sombra, allí la verdad. Esforcémonos por alcanzar la verdad por medio de la sombra. De esta verdad la figura se expresa de este modo, donde leemos que el Señor dijo a Moisés: «Habla a los hijos de Israel, diciendo: En el mes séptimo, el primer día del mes, tendréis descanso, un memorial al son de trompetas; os será llamado santo. No haréis ningún trabajo servil, y ofreceréis un holocausto al Señor.» [Leviticus 23:24-25] Y en el libro de los Números: «Habló el Señor a Moisés, diciendo: Hazte dos trompetas de metal batido; de plata las harás, y te servirán para convocar la asamblea y para mover el campamento. Y tocarás con ellas, y toda la congregación se reunirá a la puerta del tabernáculo del testimonio. Pero si tocas con una sola trompeta, vendrán a ti todos los príncipes y jefes de Israel; y tocarás señal con la trompeta la primera vez, y moverán el campamento y lo colocarán al oriente. Y tocarás señal con la trompeta la segunda vez, y moverán el campamento y lo colocarán hacia el Líbano. Y tocarás señal con la trompeta la tercera vez, y moverán el campamento, que se colocará hacia el norte [Boream]. Y tocarás señal con la trompeta la cuarta vez, y moverán el campamento, que se colocará hacia el norte [Aquilonem]. Tocarán señal con la trompeta cuando se pongan en marcha. Y cuando hayáis de reunir la asamblea, tocaréis con la trompeta, pero no la señal. Y los hijos de Aarón, los sacerdotes, tocarán las trompetas, y esto os será por estatuto perpetuo por vuestras generaciones. Pero si salís a la guerra en vuestra propia tierra contra los enemigos que os resisten, tocaréis señal con las trompetas, y seréis recordados ante el Señor, y tendréis liberación de vuestros muertos. También en los días de vuestra alegría, y en vuestras fiestas, y en vuestras lunas nuevas, tocaréis las trompetas, y en vuestros holocaustos y en vuestros sacrificios de paz, y os será por memorial ante el Señor, dice el Señor.» [Numbers 10:1-10]

    II, § 108

    108. ¿Qué, pues? ¿Hemos de juzgar los días de fiesta por el comer y el beber? Pero que nadie nos juzgue respecto de la comida; «pues sabemos que la Ley es espiritual.» [Romans 7:14] «Por tanto, que nadie os juzgue en comidas o en bebida, o respecto de día de fiesta, o de luna nueva, o de sábado, los cuales son sombra de lo por venir; pero el cuerpo es de Cristo.» [Colossians 2:16] Busquemos, pues, el cuerpo de Cristo, que la voz del Padre, desde el cielo, como última trompeta, os ha mostrado en el momento en que los judíos decían que había tronado; [John 12:29] el cuerpo de Cristo, que de nuevo revelará la última trompeta; porque «el Señor mismo descenderá del cielo con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán;» [1 Thessalonians 4:16] porque «donde esté el cuerpo, allí también estarán las águilas,» [Luke 17:37] donde está el cuerpo de Cristo, allí está la verdad.

    II, § 108 bis

    108. La séptima trompeta, pues, parece significar el sábado de la semana, que se cuenta no solo en días, años y períodos (por cuya razón el número del jubileo es sagrado), sino que incluye también el año septuagésimo, cuando el pueblo, que había permanecido setenta años en cautiverio, volvió a Jerusalén. Tampoco en las centenas y en los millares se omite en modo alguno la observancia del número sagrado, pues no sin significado dijo el Señor: «Me he reservado siete mil hombres, que no han doblado la rodilla ante Baal.» Por tanto, la sombra del futuro descanso se representa en el tiempo, en los días, meses y años de este mundo, y por eso Moisés manda a los hijos de Israel que en el mes séptimo, el primer día del mes, se establezca para todos un descanso en el «memorial de las trompetas;» y que no se haga ningún trabajo servil, sino que se ofrezca un sacrificio a Dios, porque al fin de la semana, como en el sábado del mundo, se exige de nosotros un trabajo espiritual y no corporal. Pues lo corporal es servil, porque el cuerpo sirve al alma; pero la inocencia hace libres, la culpa reduce a esclavitud.

    II, § 109

    109. Era necesario, pues, que lo espiritual se diera a conocer como en un espejo y en un enigma; «Pues ahora vemos por medio de un espejo, pero entonces cara a cara.» [1 Corinthians 13:12] Ahora combatimos según la carne; entonces, en el Espíritu, veremos los divinos misterios. Que el carácter de la verdadera ley se exprese, pues, en nuestra manera de vivir, nosotros que andamos en la imagen de Dios, porque la sombra de la Ley ya ha pasado. Los judíos carnales tenían la sombra; la semejanza es nuestra, la realidad es de aquellos que resucitarán. Pues sabemos que según la Ley hay estas tres cosas: la sombra, la imagen o semejanza, y la realidad; la sombra en la Ley, la imagen en el Evangelio, la verdad en el juicio. Pero todo es de Cristo, y todo está en Cristo, a quien ahora no podemos ver según la realidad, sino que lo vemos, por así decirlo, en una especie de semejanza de las cosas futuras, de las cuales hemos visto la sombra en la Ley. Así, pues, Cristo no es la sombra sino la semejanza de Dios, no una semejanza vacía sino la realidad. Y así, la Ley fue dada por Moisés, porque la sombra vino por medio del hombre, la semejanza por medio de la Ley, la realidad por medio de Jesús. Pues la realidad no puede proceder de otra fuente que de la realidad.

    II, § 110

    110. Si, pues, alguien desea ver esta Imagen de Dios, debe amar a Dios para ser amado por Dios; y no ser ya siervo, sino amigo, porque ha guardado los mandamientos de Dios, para entrar en la nube donde está Dios. [Exodus 24:15] Hágase dos trompetas razonables de metal batido, de plata probada, es decir, compuestas de palabras preciosas y adornadas, de las cuales no se emita un sonido áspero y estridente con voz que infunda espanto, sino que se derramen altas gracias a Dios con continua exultación. Pues por la voz de tales trompetas los muertos son resucitados, no ciertamente por el sonido del metal, sino despertados por la palabra de verdad. Y acaso sean estas las dos trompetas por las cuales Pablo, mediante el Espíritu divino, habló cuando dijo: «Oraré con el Espíritu, y oraré con el entendimiento; cantaré con el Espíritu, y cantaré con el entendimiento;» [1 Corinthians 14:15] pues lo uno sin lo otro no parece tener de ninguna manera expresión perfecta.

    II, § 111

    111. Sin embargo, no es asunto de cualquiera tocar cada trompeta, ni es asunto de cualquiera convocar a toda la asamblea, sino que esa prerrogativa se concede solo a los sacerdotes, [Numbers 10:8] y a los ministros de Dios que tocan las trompetas, para que todo el que oiga y siga allí donde está la gloria del Señor, y se acerque con pronta determinación al tabernáculo del testimonio, pueda también ver las obras divinas y merecer aquella morada señalada y eterna para toda la sucesión de su posteridad. Pues entonces se acaba la guerra y el enemigo es puesto en fuga, cuando la gracia del Espíritu y la energía del alma actúan juntamente.

    II, § 112

    112. Y estas son también trompetas saludables, si uno cree con el corazón y confiesa con la boca; «Pues con el corazón se cree para justicia, y con la boca se hace confesión para salvación.» Porque con esta doble trompeta llega el hombre a aquella tierra santa, es decir, a la gracia de la resurrección. Que suenen, pues, siempre para vosotros, para que oigáis siempre la voz de Dios; que las palabras de los Ángeles y de los Profetas os inciten y muevan siempre, para que os apresuréis hacia las cosas de arriba.

    II, § 113

    113. David pensaba en este propósito en su pecho cuando dijo: «Porque pasaré al lugar del tabernáculo maravilloso, hasta la casa de Dios, con voz de exultación y acción de gracias, con sonido de quien festeja.» Pues no solo los enemigos son vencidos por el sonido de estas trompetas, sino que sin ellas no podría haber regocijos ni fiestas ni lunas nuevas. Pues nadie, a menos que haya recibido las promesas de la Palabra divina y crea el mensaje que de ellas se deriva, puede celebrar fiestas o lunas nuevas, en las que desea llenarse, libre del placer corporal y de la ocupación secular, de la luz de Cristo. Y los mismos sacrificios no pueden ser agradables a Cristo a menos que los acompañe la confesión de la boca, que según la costumbre mueve al pueblo a implorar la gracia de Dios en la oblación sacerdotal.

    II, § 114

    114. Seamos, pues, pregoneros del Señor, y alabémosle al son de la trompeta, no pensando poco o livianamente de su poder, sino en cosas tales que puedan llenar el oído de la mente y penetrar en lo profundo de nuestra conciencia más íntima, de modo que no pensemos que lo que conviene al cuerpo ha de aplicarse a la Divinidad, ni midamos la grandeza del poder divino por la fuerza humana, preguntando cómo puede alguien resucitar, o con qué clase de cuerpo vendrá, o cómo lo que se ha disuelto puede unirse de nuevo y lo perdido ser restaurado, pues todas estas cosas se realizan tan pronto como son determinadas por la voluntad divina. Y no se espera un sonido de trompeta perceptible por los sentidos corporales, sino que opera el poder invisible de la Majestad del cielo; pues para Dios querer es hacer; y no necesitamos indagar la fuerza requerida para la resurrección, sino buscar su fruto para nosotros. Lo cual se realizará tanto más fácilmente si, libres de faltas, alcanzamos la plenitud del misterio espiritual, y la carne renovada recibe la gracia del Espíritu, y el alma obtiene de Cristo el resplandor de la luz eterna.

    II, § 115

    115. Pero aquellos misterios no conciernen solo a los individuos, sino a todo el género humano. Pues observa el orden de la gracia según el tipo de la Ley. Cuando suena la primera trompeta, reúne a los que están hacia el oriente, como principales y elegidos; cuando suena la segunda, a los casi iguales en mérito, que, situados hacia el Líbano, han abandonado las locuras de las naciones; cuando la tercera, a los que, como arrojados al mar de este mundo, han sido empujados de aquí para allá por las olas de esta vida; cuando la cuarta, a los que de ninguna manera han podido ablandar suficientemente la dureza de sus corazones con los mandamientos de la palabra espiritual, y por eso se dice que están hacia el norte— pues, según Salomón, el norte es un viento duro.

    II, § 116

    116. Y así, aunque todos resucitan en un momento, todos resucitan en el orden de sus méritos. Y por eso resucitan primero los que, entregándose temprano a los impulsos de la devoción, y como saliendo antes del alba naciente de la fe, recibieron los rayos del Sol eterno. Esto puede decirse con razón o bien de los patriarcas en el curso del Antiguo Testamento, o bien de los apóstoles bajo el Evangelio. Y los segundos son los que, abandonando los ritos de los gentiles, pasaron del error impío bajo la disciplina de la Iglesia. Así, pues, aquellos primeros eran de los padres, aquellos segundos de los gentiles, pues la luz de la fe tuvo su comienzo en aquellos, y entre estos permanecerá hasta el fin del mundo. En tercer lugar y en cuarto son resucitados los que están en el sur y en el norte. La tierra se divide en estos cuatro, de estos cuatro se compone el año, en estos cuatro se completa la tierra, y de estos cuatro se recoge la Iglesia. Pues todos los que se consideran unidos a la santa Iglesia, por ser llamados con el Nombre divino, obtendrán el privilegio de la resurrección y la gracia de la bienaventuranza eterna, pues «vendrán del oriente y del occidente, y del norte y del sur, y se sentarán en el reino de Dios.» []

    II, § 117

    117. Pues no es pequeña la luz con que Cristo envuelve a su mundo: ya que «Su salida es desde la altura del cielo, y su recorrido hasta la altura del mismo, ni hay quien pueda ocultarse de su calor.» Pues con su Bondad ilumina a todos, y no quiere rechazar sino enmendar a los necios, y no desea excluir de la Iglesia a los de corazón duro, sino ablandarlos. Y así la Iglesia en el Cantar de los Cantares y Cristo en el Evangelio los invitan, diciendo: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os aliviaré; tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.» []

    II, § 118

    118. Y puedes reconocer también la voz de la invitación de la Iglesia, pues dice: «Despierta, viento del norte, y ven, tú, sur, sopla sobre mi jardín, y que fluyan mis ungüentos. Que mi hermano descienda a su jardín y coma el fruto de sus árboles preciosos.» [] Pues sabiendo ya entonces, oh santa Iglesia, que también de aquellos habría para ti obras fructíferas, prometiste a tu Cristo fruto de los tales, tú que primero dijiste que habías sido introducida en la cámara del Rey, amando su pecho más que el vino, pues amaste a Aquel que te amó, buscaste a Aquel que te alimentó, y despreciaste los peligros por causa de la religión.

    II, § 119

    119. Y entonces, oh Esposa, eres llamada a venir del Líbano, siendo en el juicio del Señor toda hermosa y sin mancha. Pues así está escrito: «Toda hermosa eres, amada mía, y no hay mancha en ti. Ven del Líbano, esposa mía, ven del Líbano.» []

    II, § 120

    120. Después, tú, sin temer las aguas impetuosas ni los torrentes que descienden del Líbano, llamas a los vientos del norte y del sur, deseando que soplen sobre tu jardín, para que tu ungüento fluya sobre otros, y para que ofrezcas a Cristo en otros los múltiples frutos de tu fecundidad.

    II, § 121

    121. Y por eso «bienaventurado el que guarda las palabras de esta profecía,» [] que nos ha revelado la resurrección con testimonio más claro, diciendo: «Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante el trono, y se abrieron los libros; y otro libro fue abierto, que es el libro de la vida; y los muertos fueron juzgados por las cosas escritas en los libros, según sus obras. Y el mar entregó los muertos que había en él, y el infierno entregó los muertos que había en él.» [] No debemos, pues, preguntar cómo resucitarán los que el infierno entrega y el mar devuelve.

    II, § 122

    122. Oye también cuándo se promete la gracia futura de los justos: «Y oí,» dice, «una gran voz desde el trono que decía: He aquí, el tabernáculo de Dios está con los hombres, y Él habitará con ellos, y ellos serán su pueblo, y Dios mismo será su Dios con ellos: y Él enjugará toda lágrima de sus ojos; y ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, nunca más.» []

    II, § 123

    123. Compara ahora, si quieres, y contrasta esta vida con aquella; y elige, si puedes entonces, la existencia corporal sin fin en el trabajo, y en la miseria miserable de los cambios que soportamos, en la saciedad cuando tenemos lo que deseamos, en el hastío que acompaña a nuestros placeres. Si Dios quisiera dejar que estas cosas duraran para siempre, ¿las elegirías? Pues si por sí misma la vida ha de evitarse para que haya huida de los males y descanso de las miserias, ¿cuánto más ha de buscarse aquel descanso, al que seguirá el placer eterno de la resurrección venidera, donde no hay sucesión de faltas, ni incitación al pecado?

    II, § 124

    124. ¿Quién es tan paciente en el sufrimiento como para no pedir la muerte? ¿Quién tiene tal resistencia en la debilidad como para no desear más bien morir que vivir en la debilidad? ¿Quién es tan valiente en el dolor como para no desear escapar de él incluso por la muerte? Pero si nosotros mismos estamos insatisfechos mientras dura la vida, aunque sabemos que le está fijado un límite, ¿cuánto más cansados nos volveríamos de esta vida si viéramos que los males del cuerpo estarían con nosotros sin fin? Pues ¿quién hay que quisiera ser exceptuado de la muerte? ¿O qué sería más insoportable que una inmortalidad miserable? «Si en esta vida solamente,» dice, «esperamos en Cristo, somos los más miserables de todos los hombres;» [] no porque esperar en Cristo sea miserable, sino porque Cristo ha preparado otra vida para los que esperan en Él. Pues esta vida está sujeta al pecado, aquella vida está reservada para la recompensa.

    II, § 124 bis

    124. ¡Y cuánto cansancio hallamos que nos traen las breves etapas de nuestras vidas! El niño anhela ser joven; el joven cuenta los años que conducen a la edad madura; el hombre joven, desagradecido por la ventaja de su tiempo de vigor, desea el honor de la vejez. Y así a todos les viene naturalmente el deseo de cambio, porque estamos insatisfechos con lo que ahora somos. Y por último, incluso las cosas que hemos deseado nos resultan fatigantes; y lo que hemos deseado obtener, cuando lo hemos obtenido, nos desagrada.

    II, § 125

    125. Por lo cual los santos varones no sin razón han lamentado a menudo su larga morada aquí: David lo lamentó, Jeremías [] lo lamentó, y Elías [] lo lamentó. Si creemos a los sabios, y a aquellos en quienes habitó el Espíritu divino, se apresuraban hacia cosas mejores; y si indagamos el juicio de otros, para comprobar que todos están de acuerdo en una sola opinión, ¡qué grandes hombres prefirieron la muerte al dolor, qué grandes hombres la prefirieron al miedo! considerando ciertamente que el temor a la muerte era peor que la muerte misma. Así la muerte no se teme por los males que le pertenecen, sino que es preferida a las miserias de la vida, pues se desea la partida de los que mueren y se evita el temor de los que viven.

    II, § 126

    126. Así sea, pues. Concedido que la Resurrección es preferible a esta vida. ¡Qué! ¿Acaso los mismos filósofos han hallado algo con lo que tuviéramos mayor deleite en continuar que en resucitar? Incluso aquellos que dicen que las almas son inmortales no me satisfacen, ya que solo me conceden una redención parcial. ¿Qué gracia puede ser aquella por la que no soy enteramente beneficiado? ¿Qué vida es aquella si la obra de Dios se extingue en mí? ¿Qué justicia es aquella que, si la muerte es el fin de la existencia natural, es común al pecador y al justo? ¿Qué verdad es aquella, que el alma sea considerada inmortal porque se mueve a sí misma y está siempre en movimiento? En cuanto a aquello que en el cuerpo es común a nosotros con las bestias, es quizá incierto lo que sucede antes de que el cuerpo exista, y la verdad no se ha de extraer de estas diferencias sino destruir.

    II, § 127

    127. Pero, ¿es preferible la opinión de aquellos que dicen que nuestras almas, cuando han salido de estos cuerpos, emigran a los cuerpos de bestias o de otros diversos seres vivientes? Los filósofos mismos, ciertamente, suelen argumentar que estas son ficciones ridículas de poetas, como las que podrían producirse bebiendo las drogas de Circe; y dicen que no tanto los que se representa que sufrieron tales cosas, cuanto los sentidos de los que inventaron tales relatos, son transformados en formas de diversas bestias como por la copa de Circe. Pues ¿qué hay tan semejante a un prodigio como creer que los hombres pudieron ser convertidos en formas de bestias? Sin embargo, ¿cuánto mayor prodigio sería que el alma que rige al hombre tomara sobre sí la naturaleza de una bestia tan opuesta a la del hombre, y, siendo capaz de razón, pudiera pasar a un animal irracional, antes que la forma del cuerpo hubiera sido cambiada? Vosotros mismos, que enseñáis estas cosas, destruís lo que enseñáis. Pues habéis renunciado a la producción de estas portentosas conversiones por medio de encantamientos mágicos.

    II, § 128

    128. Los poetas dicen estas cosas en broma, y los filósofos las censuran y al mismo tiempo imaginan que son verdaderas respecto de los muertos aquellas mismas cosas que consideran ficticias respecto de los vivos. Pues los que inventaron tales relatos no pretendían afirmar la verdad de su propia fábula, sino burlarse de los errores de los filósofos, que piensan que aquella misma alma que acostumbraba vencer la ira con propósito suave y humilde, puede ahora, inflamada por los impulsos furiosos de un león, impaciente de ira y con rabia desenfrenada, tener sed de sangre y buscar la matanza. O también, que aquella alma que, como por consejo real, solía moderar las diversas tormentas del pueblo y calmarlas con la voz de la razón, puede ahora soportar aullar en lugares intransitables y desiertos a la manera de un lobo; o que aquella alma que, gimiendo bajo un pesado yugo, solía mugir en triste queja sobre los trabajos del arado, ahora, cambiada en la forma de un hombre, busca cuernos en su frente lisa; o que otra, que solía antaño ser llevada en alto con rápida ala a las alturas del cielo, piensa ahora que el vuelo ya no está en su poder, y se lamenta de volverse perezosa en el peso de un cuerpo humano.

    II, § 129

    129. Quizá destruiste a Ícaro por medio de alguna enseñanza semejante, porque el joven, llevado por tu persuasión, imaginó, acaso, que había sido un pájaro. Por tales medios también muchos ancianos han sido engañados hasta someterse a dolor grave, habiendo creído desdichadamente las fábulas sobre los cisnes, y pensado que ellos, mientras aliviaban su dolor con tonadas lastimeras, podrían transmutar sus canas en plumas suaves.

    II, § 130

    130. ¡Cuán increíbles son estas cosas! ¡Cuán odiosas! ¡Cuánto más apropiado es creer según la naturaleza, según lo que tiene lugar en toda clase de fruto; creer según el modelo de lo que ha sucedido, según las palabras de los profetas y la promesa celestial de Cristo! Pues ¿qué es mejor que estar seguro de que la obra de Dios no perece, y que los que están hechos a imagen y semejanza de Dios no pueden ser transformados en formas de bestias; pues en verdad no es la forma del cuerpo sino la del espíritu la que está hecha a semejanza de Dios? Pues ¿de qué manera podría el hombre, a quien están sometidas las demás clases de seres vivientes, emigrar con la parte mejor de sí mismo a un animal sometido a él? La naturaleza no sufre esto, y si la naturaleza lo sufriera, la gracia no lo permitiría.

    II, § 131

    131. Pero he visto lo que vosotros, gentiles, pensáis unos de otros, y ciertamente no debería parecer extraño que vosotros, que adoráis a las bestias, creáis que podéis ser convertidos en bestias. Pero preferiría que juzgarais mejor sobre lo que se os debe, para que creáis que estaréis no en compañía de fieras, sino en compañía de ángeles.

    II, § 132

    132. El alma ha de partir de las circunstancias de esta vida y de las impurezas del cuerpo terrenal, y apresurarse hacia aquellas compañías celestiales, aunque solo a los santos les corresponde alcanzarlas, y cantar alabanza a Dios (como en las palabras del profeta oímos de los que tañen la cítara [] y dicen: «Porque grandes son tus obras maravillosas, oh Señor Dios Todopoderoso, justos y verdaderos son tus caminos, tú, Rey de las naciones; ¿quién no temerá y magnificará tu Nombre, pues solo tú eres santo, y todas las naciones vendrán y adorarán ante ti?» ), [] y ver tu fiesta de bodas, oh Señor Jesús, en la que la Esposa es llevada de las cosas terrenales a las celestiales, mientras todos se regocijan en armonía, pues «a ti vendrá toda carne,» ya no sujeta a las cosas transitorias, sino unida al Espíritu, para ver las cámaras adornadas de lino, rosas, lirios y guirnaldas. ¿De quién otro es la boda así adornada? Pues está adornada con las franjas púrpuras de los confesores, la sangre de los mártires, los lirios de las vírgenes y las coronas de los sacerdotes.

    II, § 133

    El santo David deseó sobre todas las cosas para sí poder contemplar y mirar esto, pues dice: «Una cosa he pedido al Señor, esa buscaré; que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, y vea la hermosura del Señor.»

    II, § 134

    Es un placer creer esto, un gozo esperarlo; y ciertamente, no haberlo creído es un dolor, haber vivido en esta esperanza una gracia. Pero si me equivoco en esto, en que prefiero estar asociado después de la muerte con los ángeles antes que con las bestias, me equivoco gustosamente, y mientras viva nunca permitiré que se me prive de esta esperanza.

    II, § 135

    Pues ¿qué consuelo me queda sino la esperanza de llegar pronto a ti, hermano mío, y de que tu partida no cause una larga separación entre nosotros, y de que se me conceda, por tus intercesiones, que me llames pronto a mí, que te anhelo? Pues ¿quién hay que no deba desear para sí sobre todas las cosas que «esto corruptible se revista de incorrupción, y esto mortal se revista de inmortalidad»? [] para que nosotros, que sucumbimos a la muerte por la fragilidad del cuerpo, elevados sobre la naturaleza, ya no tengamos que temer la muerte.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el tratado

    El primer libro no argumenta: llora, agradece y elogia. El segundo ordena el consuelo en tres pasos: el dolor ha de ser moderado (§ 1–21), la muerte no es un mal sino refugio y ganancia (§ 22–49) y la resurrección se cree por tres fundamentos, la razón, la analogía con lo que sucede en la naturaleza y los hechos de quienes ya resucitaron (§ 52). Las semillas (§ 54, 64), el fénix (§ 59), los huesos de Ezequiel (§ 69), Lázaro (§ 78) y las trompetas del Antiguo Testamento y del Apocalipsis (§ 105–115) son las pruebas que Ambrosio va acumulando. Cierra contra la transmigración de las almas, que los filósofos defienden (§ 127–131), y vuelve al hermano: lo que le queda de consuelo es la esperanza de llegar pronto a él (§ 135).
    Quedan sin resolver dos cuestiones que esta edición no examina: la fecha, que el NPNF y Wikipedia dan distinta, y el estatuto de 2 [4] Esdras, que Ambrosio cita (véanse las notas). Quien quiera comparar con otras defensas antiguas de la resurrección encontrará la de Tertuliano en Sobre la resurrección de la carne.
    Límites. Esta edición no examina el latín: toma la fecha, la autoría y las notas del NPNF y de Wikipedia, y cuando difieren lo dice. La traducción es automática y pasa por el inglés, y se conserva tal como salió, sin retocar ninguna palabra. Una expresión suena a calco: «Aquel ave» (II, § 59). Las referencias bíblicas en inglés de II, § 96–111 y los números repetidos 108 y 124 tienen nota visible en su lugar.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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