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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minPrimera parte (cap. 1–4): los prejuicios paganos y herejes
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 3. Algunas verdades sostenidas incluso por los paganos
  4. Sesión 4 · Parte 2 · ≈ 8 minSegunda parte (cap. 5–17): la dignidad de la carne, el poder de Dios y el juicio
  5. Sesión 5 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7. El material terroso del que la carne es creada fue maravillosamente mejorado por la manipulación de Dios
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 8. El cristianismo, por su providencia para la carne, le ha conferido el mayor honor
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 11. El poder de Dios, plenamente competente para efectuar la resurrección de la carne
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 13. A partir de la interpretación que hace nuestro autor de un versículo del Salmo noventa y dos, el fénix se convierte en símbolo de la resurrección de nuestros cuerpos
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 15. Así como la carne participa con el alma en toda conducta humana, así participará también en la recompensa de la eternidad
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 17. La carne estará asociada con el alma en soportar las sentencias penales del juicio final
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 8 minTercera parte (cap. 18–39): lo que dice la Escritura
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 20. Los sentidos figurados tienen su fundamento en el hecho literal
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 22. Las Escrituras nos prohíben suponer que la resurrección ya ha pasado, o que tiene lugar inmediatamente en la muerte
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 24. Otros pasajes citados de San Pablo, que afirman categóricamente la resurrección de la carne en el juicio final
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 26. Incluso las descripciones metafóricas de este tema en las Escrituras apuntan a la resurrección corporal, el único sentido que asegura su coherencia y dignidad
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 28. Las cosas y acciones proféticas, así como las palabras, atestiguan esta gran doctrina
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 1 minCapítulo 30. Esta visión interpretada por Tertuliano de la resurrección de los cuerpos de los muertos
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Otros pasajes de los profetas aplicados a la resurrección de la carne
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 33. Hasta aquí lo referente a las Escrituras proféticas
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 35. Explicación de lo que se entiende por el cuerpo que ha de resucitar. No la corporeidad del alma
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 37. La afirmación de Cristo sobre la inutilidad de la carne, explicada en conformidad con nuestra doctrina
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 39. Evidencia adicional que se nos ofrece en los Hechos de los Apóstoles
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 7 minCuarta parte (cap. 40–56): los textos de Pablo mal entendidos
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 42. La muerte cambia, sin destruirlos, nuestros cuerpos mortales. Restos de los gigantes
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 44. Diversos otros pasajes de San Pablo explicados en una sentencia que confirma nuestra doctrina
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 46. Lo que San Pablo condena siempre son las obras de la carne, no la sustancia de la carne
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 48. Diversos pasajes del gran capítulo de la resurrección de los muertos explicados en defensa de nuestra doctrina
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 50. En qué sentido la carne y la sangre quedan excluidas del reino de Dios
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 52. De la analogía de la semilla en San Pablo aprendemos que el cuerpo que murió resucitará, adornado con los instrumentos de la vida eterna
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 53. No el alma, sino el cuerpo natural que murió, es lo que ha de resucitar
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 54. La muerte absorbida por la vida. Significado de esta frase en relación con la resurrección del cuerpo
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 56. El procedimiento del juicio final, y sus recompensas, solo es posible con la identidad del cuerpo resucitado y nuestra carne presente
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 8 minQuinta parte (cap. 57–63): las últimas objeciones y la conclusión
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 59. Nuestra carne en la resurrección es capaz, sin perder su identidad esencial, de soportar las condiciones cambiadas de la vida eterna, o de la muerte eterna
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 61. Los detalles de nuestro sexo corporal y de las funciones de nuestros diversos miembros
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 2 minLo que dejó el tratado

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    TEXTOS — TERTULIANO

    Índice de la obra

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    Tertuliano

    Sobre la resurrección de la carne

    Texto base: versión inglesa de Peter Holmes, Ante-Nicene Fathers, vol. 3 (Buffalo, 1885), «On the Resurrection of the Flesh» · 63 capítulos numerados

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del ANF; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 224 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    «La resurrección de los muertos es la confianza del cristiano. Por ella somos creyentes»: así empieza Tertuliano este tratado de 63 capítulos. Lo escribe contra quienes aceptaban que el alma sobrevive, pero negaban que la carne volviera a vivir, porque la creían obra de un dios inferior, indigna de salvación. Su respuesta recorre tres frentes: la dignidad de la carne, que Dios modeló con sus manos; el poder de Dios, que puede rehacer lo que se ha dispersado; y el juicio, que exige que comparezca entero el mismo hombre que obró. Después examina, texto por texto, lo que dicen los profetas, los Evangelios y Pablo (Evans).
    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Peter Holmes, impresa en 1885 en el volumen 3 de las Ante-Nicene Fathers (Latin Christianity: Its Founder, Tertullian, editado por Alexander Roberts, James Donaldson y A. Cleveland Coxe; Buffalo, Christian Literature Publishing Co.). New Advent la recoge como «Translated by Peter Holmes… Revised and edited for New Advent by Kevin Knight»; CCEL la rotula «Translated by Dr. Holmes». La versión castellana es automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), no ha sido revisada por un traductor humano y se publica tal como salió, con sus límites declarados más abajo.

    Ficha de la obra

    AutorTertuliano de Cartago. Su vida y su cronología están en su perfil
    TítuloSobre la resurrección de la carne (latín De resurrectione carnis; Evans da también De carnis resurrectione y De resurrectione mortuorum como títulos con que se conservó)
    Fecha«Circa a.d. 208», según el ANF. Evans no da año en su introducción: dice que Tertuliano expone aquí «diez o doce años después» lo que había resumido en el Apologético
    GéneroTratado doctrinal y exegético. Según Evans, Tertuliano pensó primero esta obra y Sobre la carne de Cristo como las dos acciones de un proceso, pero el resultado se dirige a lectores y no a oyentes
    Estructura63 capítulos numerados en el ANF; esta edición los agrupa en cinco partes (véase «La obra por dentro»)
    ExtensiónUnas 42 000 palabras en castellano
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de Holmes; no del latín
    FuenteAnte-Nicene Fathers, vol. 3 (1885), tal como lo recoge New Advent; el ANF completo, con las notas de Holmes y de Coxe, está en CCEL

    La obra por dentro

    Evans, en su introducción, divide el argumento en cinco etapas, que esta edición usa como partes de lectura; los títulos son del editor, no de Tertuliano.
    ParteCapítulosQué se defiende (según Evans)
    Primera1–4Los herejes toman de los paganos sus prejuicios contra la carne; la creencia de la multitud y la de los filósofos no concuerdan entre sí
    Segunda5–17Principios generales: la dignidad de la carne, el poder de Dios para rehacerla y la exigencia del juicio de que comparezca entera
    Tercera18–39Lo que las Escrituras dicen a favor: el sentido figurado, los profetas (Ezequiel, cap. 29–31), los Evangelios y los Hechos
    Cuarta40–56Los textos de Pablo que los adversarios usan en contra (2 Corintios 4–5, el hombre viejo y el nuevo, 1 Corintios 15) y su verdadero sentido
    Quinta57–63Las últimas objeciones (los cuerpos mutilados, los miembros que ya no se usarán) y la conclusión, con el elogio de la nueva profecía

    La fuente y su traducción

    El volumen 3 de las Ante-Nicene Fathers reúne las obras de Tertuliano en las versiones de Sydney Thelwall, Peter Holmes y Alexander Roberts, con notas de los editores (Roberts, Donaldson y Coxe). Esta pieza es de Holmes. El epub del que parte la versión castellana trae el texto de New Advent, es decir, sin las notas de Holmes ni de Coxe, que CCEL sí imprime. Una de ellas, al comienzo del tratado, remite a la obra de Bp. Kaye sobre Tertuliano y a Neander, y fecha el escrito «circa a.d. 208»; otra, en el cap. 11, observa una «decisiva explosión de fanatismo montanista».
    El latín. Qué edición latina usó Holmes no lo dice el epub; las notas del ANF citan en algún lugar a Oehler (al explicar devoratum por interceptum, cap. 11). Evans edita y traduce el latín siguiendo la edición de Borleffs en el Corpus Christianorum (1953), y resume la tradición del texto: el Codex Trecensis (Troyes 523, descubierto por Dom Wilmart en 1916, único representante de una colección de cinco tratados del siglo V), el grupo de manuscritos derivados de Cluny, y una familia de Corbey que se perdió. El tratado no está en el códice Agobardino. Esta lista es de Evans, no del epub.
    Lo que viene de la edición. La división en 63 capítulos, los sumarios de cada capítulo (en cursiva bajo el encabezado) y el párrafo previo al capítulo 1 son del ANF, no de Tertuliano. Los localizadores son «Cap. N»: el ANF no numera secciones dentro de los capítulos. Los títulos de las cinco partes y las intervenciones del editor van marcados como tales. Las referencias bíblicas entre corchetes van con la referencia solamente; el texto lo pone el lector.
    Defectos de la traducción castellana. El cotejo con el epub inglés da los mismos encabezados y párrafos, y un largo total de 1,015 veces el del inglés; ningún párrafo quedó sin traducir ni en inglés. Es, aun así, traducción automática, y el latín de Tertuliano es difícil de verter: las frases largas pueden perder matices. Donde la versión de Holmes difiere de la de Evans en un punto que importa, la nota lo dice.

    Sobre la resurrección de la carne

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · argumento
    [Los herejes contra quienes se dirige esta obra eran los mismos que sostenían que el demiurgo, o el dios que creó este mundo y dio la dispensación mosaica, se oponía al Dios supremo. De ahí que atribuyeran una idea de corrupción e indignidad inherentes a todas sus obras —entre ellas, a la carne o cuerpo del hombre—; afirmando que no podía resucitar y que solo el alma era capaz de heredar la inmortalidad.]

    Primera parte (cap. 1–4): los prejuicios paganos y herejes

    Capítulo 1. La doctrina de la resurrección del cuerpo sacada a la luz por el Evangelio

    Los más tenues destellos de algo semejante se encuentran ocasionalmente en el paganismo. Inconsistencias de la enseñanza pagana

    Cap. 1

    La resurrección de los muertos es la confianza del cristiano. Por ella somos creyentes. A creer este (artículo de la fe) nos obliga la verdad —esa verdad que Dios revela, pero que la multitud ridiculiza, suponiendo que nada sobrevivirá después de la muerte. Y, sin embargo, honran a sus muertos, y eso también del modo más costoso conforme a sus legados, y con los banquetes más delicados que las estaciones pueden producir, dando por supuesto que aquellos a quienes declaran incapaces de toda percepción conservan aún apetito. Pero (que la multitud se burle): yo, por mi parte, debo burlarme de ella aún más, especialmente cuando quema a sus muertos con la más dura inhumanidad, sólo para mimarlos inmediatamente después con glotona saciedad, sirviéndose de los mismos fuegos para honrarlos e insultarlos. ¿Qué piedad es esa que se burla de sus víctimas con crueldad? ¿Es sacrificio o insulto (lo que ofrece la multitud), cuando quema ofrendas a aquellos a quienes ya ha quemado? Pero también los sabios se unen a veces a la opinión de la multitud vulgar. No hay nada después de la muerte, según la escuela de Epicuro. Después de la muerte todas las cosas llegan a su fin, incluso la muerte misma, dice Séneca en sentido semejante. Es satisfactorio, sin embargo, que la no menos importante filosofía de Pitágoras y Empédocles, y los platónicos, adopten la opinión contraria y declaren inmortal al alma; afirmando, además, de un modo que se aproxima mucho (a nuestra propia doctrina), que el alma vuelve realmente a los cuerpos, aunque no a los mismos cuerpos, y ni siquiera siempre a los de seres humanos: así se supone que Euforbo pasó a Pitágoras, y Homero a un pavo real. Proclamaron firmemente que la renovación del alma se daba en un cuerpo, (juzgando) más tolerable cambiar la cualidad (del estado corpóreo) que negarla por completo: al menos llamaron a la puerta de la verdad, aunque no entraron. Así, el mundo, con todos sus errores, no ignora la resurrección de los muertos.

    Capítulo 2. Los saduceos judíos, vínculo entre los filósofos paganos y los herejes en esta doctrina

    Se afirma su importancia fundamental. El alma sale mejor parada que el cuerpo, según la estimación herética, en cuanto a su estado futuro. Su extinción, sin embargo, fue sostenida por un tal Lucano

    Cap. 2

    Puesto que incluso dentro de los confines de la Iglesia de Dios hay una secta más estrechamente emparentada con los epicúreos que con los profetas, se nos ofrece la oportunidad de conocer qué estima se forma Cristo de la (dicha secta, a saber, los) saduceos. Porque a Cristo estaba reservado poner al descubierto todo lo que antes estaba oculto: dar certeza a los puntos dudosos; realizar aquello de lo que los hombres sólo habían tenido un anticipo; dar realidad presente a los objetos de la profecía; y proporcionar, no sólo por sí mismo, sino realmente en sí mismo, pruebas ciertas de la resurrección de los muertos. Sin embargo, es contra otros saduceos contra quienes tenemos que prepararnos ahora, aunque participan de su doctrina. Por ejemplo, conceden una mitad de la resurrección; es decir, simplemente la del alma, despreciando la carne, así como también desprecian al Señor de la carne misma. En efecto, no hay otras personas que se nieguen a conceder a la sustancia del cuerpo su recuperación de la muerte, excepto los inventores heréticos de una segunda deidad. Impulsados, pues, como están, a dar a Cristo una dispensación diferente, para que no se le considere como perteneciente al Creador, han cometido su primer error en el artículo de su misma carne; sosteniendo con Marción y Basílides que no poseía realidad alguna; o bien manteniendo, según los principios heréticos de Valentín, y conforme a Apeles, que tenía cualidades propias y peculiares. Y así se sigue que excluyen de toda recuperación de la muerte a esa sustancia de la que dicen que Cristo no participó, dando confiadamente por sentado que esto ofrece la más fuerte presunción contra la resurrección, puesto que la carne ya ha resucitado en Cristo. De aquí que nosotros mismos hayamos publicado antes nuestro volumen Sobre la carne de Cristo; en el cual aportamos pruebas de su realidad, en oposición a la idea de que sea un vano fantasma; y reivindicamos para ella una naturaleza humana sin peculiaridad alguna de condición: una naturaleza tal como la que ha señalado a Cristo como hombre y como Hijo del hombre. Pues cuando probamos que Él está revestido de la carne y en condición corporal, al mismo tiempo refutamos la herejía, estableciendo la regla de que ningún otro ser que el Creador debe ser creído Dios, ya que mostramos que Cristo, en quien Dios se discierne claramente, es precisamente de tal naturaleza como el Creador prometió que sería. Siendo así refutados en cuanto a Dios como Creador, y a Cristo como Redentor de la carne, serán derrotados de inmediato también en lo tocante a la resurrección de la carne. Ningún procedimiento, en verdad, puede ser más razonable. Y afirmamos que la controversia con los herejes debe llevarse en la mayoría de los casos de este modo. Porque el método debido exige que las conclusiones se extraigan siempre de las premisas más importantes, a fin de que haya un acuerdo previo sobre el punto esencial, por medio del cual pueda decirse que la cuestión particular examinada ha quedado determinada. De aquí que los herejes, por su consciente debilidad, nunca conduzcan la discusión de manera ordenada. Saben bien cuán difícil es su tarea al insinuar la existencia de un segundo dios, en menoscabo del Creador del mundo, quien es conocido por todos los hombres naturalmente por el testimonio de sus obras, quien está antes que todos en los misterios de su ser, y se manifiesta especialmente en los profetas; entonces, con el pretexto de considerar una cuestión más urgente, a saber, la salvación misma del hombre —cuestión que supera a todas las demás en importancia—, comienzan con dudas acerca de la resurrección; pues hay mayor dificultad en creer la resurrección de la carne que la unicidad de la Deidad. De este modo, después de haber privado a la discusión de las ventajas de su orden lógico, y de haberla embarazado con insinuaciones dudosas en menoscabo de la carne, llevan gradualmente su argumento a la aceptación de un segundo dios, después de destruir y cambiar el fundamento mismo de nuestras esperanzas. Porque una vez que un hombre ha caído o ha sido apartado de la esperanza segura que había puesto en el Creador, es fácilmente arrastrado al objeto de una esperanza diferente, al que, sin embargo, por su propio impulso difícilmente puede dejar de sospechar. Ahora bien, es por una discrepancia en las promesas como se insinúa una diferencia de dioses. ¡Cuántos vemos así atrapados en la red, vencidos en cuanto a la resurrección de la carne, antes de poder hacer valer su punto sobre la unicidad de la Deidad! Por lo que respecta, pues, a los herejes, hemos mostrado con qué armas debemos hacerles frente. Y, en efecto, ya nos hemos enfrentado a ellos en tratados dirigidos por separado contra ellos: sobre el único Dios y su Cristo, en nuestra obra contra Marción; sobre la carne del Señor, en nuestro libro contra las cuatro herejías, con el propósito especial de abrir camino a la presente investigación: de modo que ahora sólo nos queda discutir la resurrección de la carne, (tratándola) como si fuera incierta también respecto a nosotros, es decir, en el sistema del Creador. Porque muchas personas son incultas; aún más son de fe vacilante, y varias son de mente débil: éstas tendrán que ser instruidas, dirigidas, fortalecidas, en tanto que la unicidad misma de la Divinidad será defendida junto con el mantenimiento de nuestra doctrina. Pues si se niega la resurrección de la carne, ese artículo capital de la fe queda conmovido; si se afirma, queda establecido. No hay necesidad, supongo, de tratar de la salvación del alma; pues casi todos los herejes, cualquiera que sea el modo en que la conciban, ciertamente se abstienen de negar eso. Podemos pasar por alto a cierto Lucano, que no perdona ni siquiera esta parte de nuestra naturaleza, a la que sigue a Aristóteles en reducir a disolución, y sustituye alguna otra cosa en su lugar. Esa tercera naturaleza es la que, según él, ha de resucitar, ni alma ni carne; en otras palabras, no el hombre, sino quizá un oso —por ejemplo, el propio Lucano—. Incluso él ha recibido de nosotros una amplia noticia en nuestro libro sobre la condición entera del alma, cuya inmortalidad especial mantenemos allí, al mismo tiempo que reconocemos la disolución de la carne sola y afirmamos enfáticamente su restitución. En el cuerpo de esa obra se recogieron todos los puntos que en otros lugares habíamos tenido que reservar por la presión de causas incidentales. Pues como es mi costumbre tocar algunas cuestiones sólo ligeramente en su primera aparición, así me veo obligado también a posponer su consideración, hasta que el bosquejo pueda rellenarse con detalle completo y los puntos diferidos sean tratados por sus propios méritos.
    Comentario editorial · Los herejes y el andamio
    En este capítulo Tertuliano nombra a sus adversarios: quienes niegan la resurrección de la carne son los mismos que niegan la realidad de la carne de Cristo, como Marción y Basílides, o le atribuyen una carne de cualidades propias, como Valentín y Apeles. Y remite a su libro anterior, Sobre la carne de Cristo. Evans anota que Tertuliano dice varias veces que aquel libro es la praestructio, el «andamio» de este, y que su intención primera parece haber sido dar a los dos la forma de las dos acciones de un mismo proceso judicial. La cadena que Evans resume es esta: si solo el alma resucita, Cristo no necesitó cuerpo verdadero, sino la apariencia de uno.

    Capítulo 3. Algunas verdades sostenidas incluso por los paganos

    Sin embargo, erraron más a menudo tanto en las opiniones religiosas como en la práctica moral. No se ha de seguir a los paganos en su ignorancia del misterio cristiano. Los herejes, perversamente inclinados a seguirlos

    Cap. 3

    Sin duda se puede ser sabio en las cosas de Dios, incluso a partir de las propias capacidades naturales, pero sólo como testimonio de la verdad, no en defensa del error; (sólo) cuando se actúa de acuerdo con la dispensación divina, no en oposición a ella. Pues algunas cosas se conocen incluso por naturaleza: la inmortalidad del alma, por ejemplo, es sostenida por muchos; el conocimiento de nuestro Dios lo poseen todos. Puedo usar, por tanto, la opinión de un Platón, cuando declara: «Toda alma es inmortal.» Puedo usar también la conciencia de una nación, cuando atestigua al Dios de los dioses. Puedo, de igual modo, usar todas las demás inteligencias de nuestra naturaleza común, cuando proclaman que Dios es juez. «Dios ve,» (dicen); y, «Te encomiendo a Dios.» Pero cuando dicen: «Lo que ha sufrido la muerte está muerto,» y, «Goza de la vida mientras vives,» y, «Después de la muerte todas las cosas llegan a su fin, incluso la muerte misma;» entonces debo recordar tanto que «el corazón del hombre es ceniza,» [] según la estimación de Dios, como que la misma «sabiduría del mundo es necedad,» (como la palabra inspirada) la declara. Entonces, si incluso el hereje busca refugio en los pensamientos depravados del vulgo, o en las imaginaciones del mundo, debo decirle: ¡Sepárate de los paganos, oh hereje! Pues aunque todos estáis de acuerdo en imaginar a un Dios, sin embargo, mientras lo hacéis en el nombre de Cristo, en tanto te consideres cristiano, eres un hombre diferente del pagano: devuélvele sus propias opiniones sobre las cosas, ya que él no aprende de las tuyas. ¿Por qué apoyarte en un guía ciego, si tienes ojos propios? ¿Por qué ser vestido por uno que está desnudo, si te has revestido de Cristo? ¿Por qué usar el escudo de otro, cuando el apóstol te da una armadura propia? Mejor sería para él aprender de ti a reconocer la resurrección de la carne, que para ti aprender de él a negarla; porque si los cristianos han de negarla necesariamente, bastaría con que lo hicieran desde su propio conocimiento, sin instrucción alguna de la multitud ignorante. Por tanto, no será cristiano quien niegue esta doctrina que es confesada por los cristianos; negándola, además, por motivos adoptados por un hombre que no es cristiano. Quitad, en efecto, a los herejes la sabiduría que comparten con los paganos, y dejad que apoyen sus investigaciones sólo en las Escrituras: entonces serán incapaces de mantenerse en pie. Pues lo que recomienda el sentido común de los hombres es su misma simplicidad, su participación en los mismos sentimientos y su comunidad de opiniones; y se le considera tanto más digno de confianza cuanto que sus afirmaciones definitivas están desnudas y abiertas, y son conocidas por todos. La razón divina, por el contrario, se halla en la médula misma de las cosas, no en la superficie, y muy a menudo está en desacuerdo con las apariencias.

    Capítulo 4. Paganos y herejes por igual en su vilipendio de la carne y de sus funciones, las objeciones ordinarias contra la restitución final de una sustancia tan débil e innoble

    Cap. 4

    De aquí que los herejes partan de inmediato de este punto, desde el cual bosquejan el primer esbozo de sus dogmas, y después añaden los detalles, sabiendo bien con qué facilidad las mentes de los hombres son atrapadas por su influencia, (y movidas) por esa comunidad de sentimiento humano tan favorable a sus designios. ¿Hay algo más que puedas oír del hereje, como también del pagano, anterior en el tiempo o mayor en extensión? ¿No es (su carga) desde el principio y en todas partes una invectiva contra la carne —contra su origen, contra su sustancia, contra los accidentes y el fin invariable que la aguardan—; inmunda desde su primera formación a partir de las heces de la tierra, más inmunda después por el fango de su propia transmisión seminal; inútil, débil, cubierta de culpa, cargada de miseria, llena de trabajos; y después de todo este historial de su degradación, cayendo en su tierra original y en el apelativo de cadáver, y destinada a desvanecerse incluso de este nombre repugnante hasta no quedar en adelante ninguno en absoluto—, ¿hasta la muerte misma de toda designación? Ahora bien, tú eres un hombre sagaz, sin duda: ¿te persuadirás entonces a ti mismo de que, después de que esta carne haya sido retirada de la vista, del tacto y de la memoria, no podrá ser rehabilitada jamás de la corrupción a la integridad, de un estado destrozado a uno sólido, de una condición vacía a una plena, de la nada absoluta a algo—, devolviéndolo todo de nuevo los fuegos devoradores, y las aguas del mar, y las fauces de las bestias, y las cosechas de las aves y los estómagos de los peces, y el propio gran vientre del tiempo mismo, como es natural? ¿Se esperará que la misma carne que ha caído en la decadencia se recupere de tal modo que los cojos, los tuertos, los ciegos, los leprosos y los paralíticos hayan de volver de nuevo, aunque no pueda haber placer en volver a su antigua condición? ¿O serán sanos, y tendrán entonces que temer la exposición a tales sufrimientos? ¿Qué diríamos, en ese caso, de las consecuencias de reanudar la carne? ¿Estará de nuevo sujeta a todas sus necesidades presentes, especialmente a las comidas y bebidas? ¿Tendremos que flotar con nuestros pulmones (en aire o agua), y sufrir dolor en nuestros intestinos, y con órganos de vergüenza no sentir vergüenza, y con todos nuestros miembros afanarnos y trabajar? ¿Tiene que haber de nuevo úlceras, y heridas, y fiebre, y gota, y una vez más el deseo de morir? Por supuesto, éstos serán los anhelos propios de la recuperación de la carne, sólo la repetición de los deseos de escapar de ella. Ahora bien, hemos (expuesto) todo esto con frases muy sobrias y delicadas, como corresponde al carácter de nuestro estilo; pero (si queréis saber) cuán grande licencia de lenguaje indecoroso usan realmente estos hombres, debéis ponerlos a prueba en sus conferencias, ya sean paganos o herejes.

    Segunda parte (cap. 5–17): la dignidad de la carne, el poder de Dios y el juicio

    Capítulo 5. Algunas consideraciones en respuesta elogiosa de la carne

    Fue creada por Dios. El cuerpo del hombre fue, en realidad, anterior a su alma

    Cap. 5

    Puesto que todos los hombres incultos, por tanto, forman todavía sus opiniones según estas opiniones del sentido común, y puesto que los vacilantes y los débiles de mente ven renovadas sus perplejidades por esas mismas opiniones; y puesto que el primer ariete que se dirige contra nosotros es el que destroza la condición de la carne, debemos por nuestra parte disponer necesariamente nuestras defensas de tal modo que guardemos, ante todo, la condición de la carne, rechazando su menosprecio con nuestra propia alabanza. Los herejes, por tanto, nos desafiaron a usar nuestra retórica no menos que nuestra filosofía. Respecto, pues, de este cuerpo frágil, pobre y sin valor, al que no dudan en llamar malo, aun si hubiera sido obra de ángeles, como Menandro y Marco se complacen en pensar, o la formación de algún ser ígneo, un ángel, como enseña Apeles, sería bastante para asegurar el respeto al cuerpo el hecho de que tuviera el apoyo y la protección de una deidad incluso secundaria. Los ángeles, lo sabemos, están en el rango siguiente a Dios. Ahora bien, cualquiera que sea el Dios supremo de cada hereje, no derivaría injustamente la dignidad de la carne igualmente de Aquel a quien estuvo presente la voluntad de producirla. Pues, por supuesto, si Él no hubiera querido su producción, la habría prohibido cuando supo que estaba en marcha. Se sigue, entonces, que incluso según su principio la carne es igualmente obra de Dios. No hay obra que no pertenezca a Aquel que ha permitido que exista. Es ciertamente una circunstancia feliz que la mayoría de sus doctrinas, incluso las más duras, atribuyan a nuestro Dios la entera formación del hombre. Cuán poderoso es Él, lo sabéis muy bien vosotros que creéis que Él es el único Dios. Que la carne, pues, empiece a daros placer, ya que su Creador es tan grande. Pero, diréis, también el mundo es obra de Dios, y sin embargo «la apariencia de este mundo pasa» [], como el mismo apóstol testifica; ni debe predeterminarse que el mundo será restaurado simplemente porque es obra de Dios. Y ciertamente, si el universo, después de su ruina, no ha de ser formado de nuevo, ¿por qué habría de serlo una porción de él? Tenéis razón, si una porción está en igualdad con el todo. Pero sostenemos que hay una diferencia. En primer lugar, porque todas las cosas fueron hechas por la Palabra de Dios, y sin Él nada fue hecho []. Ahora bien, también la carne tuvo su existencia por la Palabra de Dios, a causa del principio de que nada debería existir sin esa Palabra. «Hagamos al hombre» [], dijo Él, antes de crearlo, y añadió, «con nuestra mano», por causa de su preeminencia, para que así no fuera comparado con el resto de la creación. Y «Dios», dice (la Escritura), «formó al hombre» []. Hay sin duda una gran diferencia en el procedimiento, brotando por supuesto de la naturaleza del caso. Pues las criaturas que fueron hechas eran inferiores a aquel para quien fueron hechas; y fueron hechas para el hombre, a quien después fueron sometidas por Dios. Con razón, por tanto, las criaturas destinadas así a la sujeción habían venido a la existencia por la orden, el mandato y el solo poder de la voz divina; mientras que el hombre, por el contrario, destinado a ser su señor, fue formado por Dios mismo, con la intención de que pudiera ejercer su dominio, habiendo sido creado por el Maestro, el Señor mismo. Recordad, además, que el hombre es propiamente llamado carne, la cual tuvo una ocupación previa en la designación del hombre: «Y formó Dios al hombre del barro de la tierra». Ahora vino a ser hombre quien hasta entonces era barro. «Y sopló en su rostro el aliento de vida, y el hombre (es decir, el barro) vino a ser alma viviente; y puso Dios al hombre que había formado en el huerto» []. De modo que el hombre fue barro al principio, y solo después hombre entero. Deseo impresionar esto en vuestra atención, con vistas a que sepáis que cuanto Dios se ha propuesto o prometido al hombre, se debe no al alma simplemente, sino también a la carne; si no por causa de una comunidad de origen, al menos en todo caso por el privilegio que esta última posee en su nombre.

    Capítulo 6. No la bajeza del material, sino la dignidad y la destreza del Hacedor, deben recordarse al juzgar la excelencia de la carne

    Cristo participó de nuestra carne

    Cap. 6

    Permitidme, pues, proseguir el tema que tengo ante mí, si es que logro vindicar para la carne tanto cuanto le fue conferido por Aquel que la hizo, gloriándose ya entonces, porque aquel pobre e insignificante material, el barro, llegó a las manos de Dios, cualesquiera que éstas fueran, feliz con solo ser tocado por ellas. Pero ¿por qué esta gloria? ¿Fue acaso que, sin ningún trabajo ulterior, el barro asumió al instante su forma al toque de Dios? La verdad es que una gran obra estaba en marcha, a partir de la cual la criatura en cuestión estaba siendo modelada. Así pues, tantas veces recibe honor cuantas veces experimenta las manos de Dios, cuando es tocado por ellas, y estirado, y sacado, y moldeado en forma. Imaginad a Dios totalmente empleado y absorto en ello— en su mano, su ojo, su trabajo, su propósito, su sabiduría, su providencia y, sobre todo, en su amor, que dictaba los lineamientos (de esta criatura). Pues, cualquiera que fuera la forma y expresión que entonces se dio al barro (por el Creador), Cristo estaba en sus pensamientos como aquel que un día habría de hacerse hombre, porque la Palabra, también, debía ser a la vez barro y carne, como lo era entonces la tierra. Pues así dijo antes el Padre al Hijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» []. Y Dios hizo al hombre, es decir, la criatura que Él moldeó y formó; a imagen de Dios (en otras palabras, de Cristo) lo hizo. Y la Palabra era también Dios, la cual, siendo en la imagen de Dios, «no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse» []. Así, aquel barro que ya entonces se revestía de la imagen de Cristo, que había de venir en la carne, no era solo la obra, sino también la prenda y la garantía, de Dios. ¿A qué viene andar aireando el nombre tierra, como el de un elemento sórdido y rastrero, con miras a empañar el origen de la carne, cuando, aun si otro material hubiera estado disponible para formar al hombre, sería necesario tomar en consideración la dignidad del Hacedor, quien incluso por la elección de su material lo estimó digno, y por su manejo lo hizo digno? La mano de Fidias forma el Júpiter olímpico de marfil; se da adoración a la estatua, y ya no se la considera un dios formado de un animal de lo más necio, sino como la suprema Deidad del mundo— no por la corpulencia del elefante, sino por la fama de Fidias. ¿No pudo, por tanto, el Dios vivo, el Dios verdadero, purgar con su propia operación toda vileza que hubiera podido adherirse a su material, y sanarlo de toda enfermedad? ¿O debe esto permanecer para mostrar cuánto más noblemente pudo el hombre fabricar un dios, que Dios formar un hombre? Ahora bien, aunque el barro es ofensivo (por su pobreza), ahora es otra cosa. Lo que poseo es carne, no tierra, aunque de la carne se diga: «Polvo eres, y al polvo volverás». En estas palabras se menciona el origen, no un retorno de la sustancia. Se ha concedido el privilegio a la carne de ser más noble que su origen, y de tener una felicidad engrandecida por el cambio obrado en ella. Ahora bien, incluso el oro es tierra, a causa de la tierra; pero deja de ser tierra una vez que se convierte en oro, y es una sustancia muy diferente, más espléndida y más noble, aunque procede de una fuente comparativamente desvaída y oscura. De igual modo, le fue del todo lícito a Dios purificar el oro de nuestra carne de todas las manchas, como vosotros las consideráis, de su barro nativo, purgando la sustancia original de su escoria.

    Capítulo 7. El material terroso del que la carne es creada fue maravillosamente mejorado por la manipulación de Dios

    Por la adición del alma en la constitución del hombre vino a ser la obra principal de la creación

    Cap. 7

    Pero quizá la dignidad de la carne pueda parecer disminuida, porque no ha sido manipulada realmente por la mano de Dios, como lo fue el barro al principio. Ahora bien, cuando Dios manejó el barro con el propósito expreso de que después creciera de él la carne, fue por la carne por quien se tomó todo ese trabajo. Pero quiero, además, que sepáis en qué momento y de qué manera la carne floreció en belleza a partir de su barro. Pues no puede ser, como algunos pretenden, que aquellas «túnicas de pieles» [] que Adán y Eva se pusieron cuando fueron despojados del paraíso fueran realmente ellas mismas la formación de la carne a partir del barro, porque mucho antes Adán ya había reconocido la carne que estaba en la mujer como la propagación de su propia sustancia («Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne» []), y la misma toma de la mujer del hombre fue completada con carne; pero debería, supongo, haberse completado con barro, si Adán todavía era barro. El barro, por tanto, fue borrado y absorbido en carne. ¿Cuándo sucedió esto? En el tiempo en que el hombre llegó a ser alma viviente por el soplo de Dios— por el aliento ciertamente que era capaz de endurecer el barro en otra sustancia, como en alguna vasija de barro, y así ahora en carne. Del mismo modo, también el alfarero tiene en su poder, templando el soplo de su fuego, modificar su material arcilloso en uno más rígido, y moldear una forma tras otra más hermosa que la sustancia original, poseyendo ya un género y un nombre propios. Pues aunque la Escritura dice: «¿Dirá el barro al alfarero?» [] es decir, ¿Acaso el hombre contenderá con Dios? Aunque el apóstol habla de «vasos de barro» [], se refiere al hombre, que originalmente era barro. Y el vaso es la carne, porque ésta fue hecha de barro por el aliento del soplo divino; y después fue vestida con «las túnicas de pieles», es decir, con la cubierta cutánea que se puso sobre ella. Tan cierto es esto, que si retiráis la piel, dejáis desnuda la carne. Así, aquello que se convierte en despojo al ser arrancado, era un vestido mientras permaneció puesto encima. Por eso el apóstol, cuando llama a la circuncisión «un despojarse (o despojo) de la carne» [], afirmó que la piel era una túnica o vestidura. Siendo esto así, tenéis por una parte el barro hecho glorioso por la mano de Dios, y por otra la carne todavía más gloriosa por su soplo sobre ella, en virtud del cual la carne no solo dejó de lado sus rudimentos de barro, sino que tomó sobre sí los ornamentos del alma. Seguramente no sois vosotros más cuidadosos que Dios, de modo que vosotros ciertamente os negaréis a engastar las gemas de Escitia e India y las perlas del Mar Rojo en plomo, o bronce, o hierro, o incluso en plata, sino que las engastaréis en el oro más precioso y más labrado; o, además, que proveeréis para vuestros mejores vinos y ungüentos más costosos los vasos más adecuados; o, por el mismo principio, hallaréis para vuestras espadas de temple acabado vainas de igual valor; mientras que Dios debe entregar a alguna vaina vilísima la sombra de su propia alma, el aliento de su propio Espíritu, la operación de su propia boca, y con una entrega tan ignominiosa asegurar, por supuesto, su condenación. Pues bien, ¿la ha colocado, o más bien insertado y mezclado, con la carne? Sí; y tan íntima es la unión, que puede considerarse incierto si la carne lleva consigo al alma, o el alma a la carne; o si la carne actúa como ministro del alma, o el alma de la carne. Es, sin embargo, más creíble que al alma se le rinde servicio, y tiene el dominio, por ser de carácter más próximo a Dios []. Esta circunstancia redunda incluso en gloria de la carne, en cuanto que contiene una esencia la más cercana a la de Dios, y se hace partícipe de la soberanía real (del alma). Pues ¿qué disfrute de la naturaleza hay, qué producto del mundo, qué sabor de los elementos, que no sea impartido al alma por medio del cuerpo? ¿Cómo podría ser de otro modo? ¿No es por su medio que el alma es sustentada por todo el aparato de los sentidos— la vista, el oído, el gusto, el olfato, el tacto? ¿No es por su medio que tiene una aspersión del poder divino, no habiendo nada que no efectúe por su facultad de hablar, aun cuando solo se indique tácitamente? Y el habla es el resultado de un órgano carnal. Las artes vienen por la carne; por la carne también se da efecto a los empeños y potencias de la mente; todo trabajo, asimismo, y negocio y oficios de la vida, se realizan por la carne; y tan completamente son los actos vitales del alma obra de la carne, que para el alma dejar de hacer actos vitales no sería otra cosa que separarse de la carne. Así también el acto mismo de morir es una función de la carne, como lo es el proceso de la vida. Ahora bien, si todas las cosas están sujetas al alma por medio de la carne, su sujeción se debe igualmente a la carne. Aquello que es el medio y agente de vuestro disfrute, debe ser también el partícipe y copartícipe de vuestro disfrute. De modo que la carne, que es tenida por ministra y sierva del alma, resulta ser también su asociada y coheredera. Y si todo esto en las cosas temporales, ¿por qué no también en las eternas?

    Capítulo 8. El cristianismo, por su providencia para la carne, le ha conferido el mayor honor

    Los privilegios de nuestra religión en íntima conexión con nuestra carne. La cual también participa ampliamente en los deberes y sacrificios de la religión

    Cap. 8

    Tales observaciones he querido adelantar en defensa de la carne, desde una consideración general de la condición de nuestra naturaleza humana. Consideremos ahora su relación especial con el cristianismo, y veamos cuán vasto privilegio ante Dios ha sido conferido a esta sustancia pobre y sin valor. Bastaría decir, en efecto, que no hay alma alguna que pueda en modo alguno obtener la salvación, a menos que crea mientras está en la carne; tan cierto es que la carne es la condición misma de la que depende la salvación. Y puesto que el alma, a consecuencia de su salvación, es elegida para el servicio de Dios, es la carne la que realmente la hace capaz de tal servicio. La carne, en efecto, es lavada para que el alma sea limpiada; la carne es ungida para que el alma sea consagrada; la carne es signada (con la cruz) para que también el alma sea fortalecida; la carne es cubierta con la imposición de manos, para que también el alma sea iluminada por el Espíritu; la carne se alimenta del cuerpo y de la sangre de Cristo, para que el alma igualmente se sacie de su Dios. No pueden, pues, ser separadas en su recompensa, cuando están unidas en su servicio. Además, aquellos sacrificios que son agradables a Dios— quiero decir los combates del alma, los ayunos y las abstinencias, y las humillaciones anejas a tal deber— es la carne la que los realiza una y otra vez para su propio sufrimiento especial. Asimismo la virginidad, la viudez y el recato secreto en el lecho conyugal, y la única adopción de él, son ofrendas fragantes a Dios pagadas con los buenos servicios de la carne. Vamos, decidme cuál es vuestra opinión de la carne, cuando ha de contender por el nombre de Cristo, arrastrada a la vista pública y expuesta al odio de todos los hombres; cuando languidece en las cárceles bajo la más cruel privación de luz, en destierro del mundo, entre suciedad, inmundicia y comida repugnante, sin libertad ni siquiera en el sueño, pues está atada sobre su propio jergón y magullada en su lecho de paja; cuando por fin ante la vista pública es atormentada con todo género de tortura que pueda idearse, y cuando finalmente se agota bajo sus agonías, esforzándose por rendir su último turno por Cristo muriendo por Él— en su propia cruz muchas veces, por no decir con artificios de tormento aún más atroces. Muy dichosa, verdaderamente, y muy gloriosa, debe ser la carne que puede pagar a su Maestro Cristo una deuda tan vasta, y tan completamente, que la única obligación que le queda debida a Él es que cese por la muerte de deberle más— tanto más obligada incluso entonces en gratitud, porque (para siempre) queda libre.

    Capítulo 9. El amor de Dios por la carne del hombre, manifestado en la gracia de Cristo hacia ella

    La carne, el mejor medio para mostrar la generosidad y el poder de Dios

    Cap. 9

    Para recapitular, entonces: ¿Acaso aquella misma carne, que el divino Creador formó con sus propias manos a imagen de Dios; que animó con su propio soplo, a semejanza de su propia energía vital; que puso sobre todas las obras de sus manos, para que habitara entre ellas, las disfrutara y las gobernara; que vistió con sus sacramentos y sus instrucciones; cuya pureza ama, cuyas mortificaciones aprueba; cuyos padecimientos por Él mismo considera preciosos—, (esa carne, digo), tan a menudo acercada a Dios, no ha de resucitar? ¡Dios no lo quiera, Dios no lo quiera! (repito), que Él abandone a la destrucción eterna la obra de sus propias manos, el cuidado de sus propios pensamientos, el receptáculo de su propio Espíritu, la reina de su creación, la heredera de su propia liberalidad, la sacerdotisa de su religión, la campeona de su testimonio, la hermana de su Cristo. Sabemos por experiencia la bondad de Dios; de su Cristo aprendemos que Él es el único Dios y el sumo bien. Ahora bien, así como Él exige de nosotros amor al prójimo después del amor a sí mismo [], así hará Él mismo lo que ha mandado. Amará a la carne que es, tan estrechamente y de tantas maneras, su prójimo— (la amará), aunque enferma, pues su poder se perfecciona en la debilidad []; aunque desordenada, pues «los sanos no necesitan médico, sino los que están enfermos» []; aunque no honrosa, pues «otorgamos más abundante honor a los miembros menos honrosos» []; aunque arruinada, pues Él dice: «He venido a salvar lo que se había perdido» []; aunque pecadora, pues Él dice: «Prefiero la salvación del pecador más que su muerte» []; aunque condenada, pues dice Él: «Yo hiero, y también sano» []. ¿Por qué reprochar a la carne esas condiciones que aguardan a Dios, que esperan en Dios, que reciben honor de Dios, a las que Él socorre? Me atrevo a declarar que, si tales infortunios como éstos nunca hubieran sobrevenido a la carne, la liberalidad, la gracia, la misericordia (y, en verdad) todo el poder benéfico de Dios, no habrían tenido ocasión de obrar.

    Capítulo 10. La Sagrada Escritura enaltece la carne, tanto en su naturaleza como en sus perspectivas

    Cap. 10

    Tú te atienes a las Escrituras en las que se menosprecia la carne; recibe también aquellas en las que se la ennoblece. Lees cualquier pasaje que la humilla; dirige también tus ojos al que la exalta. «Toda carne es hierba» []. Bien, pero Isaías no se contentó con decir sólo esto; sino que también declaró: «Toda carne verá la salvación de Dios» []. Observan a Dios cuando dice en Génesis: «Mi Espíritu no permanecerá entre estos hombres, porque son carne»; pero luego también se le oye decir por medio de Joel: «Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne» []. Ni siquiera el apóstol debe ser conocido por una sola declaración en la que suele reprochar a la carne. Pues aunque dice que «en su carne no mora nada bueno» []; aunque afirma que «los que viven según la carne no pueden agradar a Dios» [], porque «la carne codicia contra el Espíritu» []; sin embargo, en éstas y semejantes afirmaciones que hace, no se censura la sustancia de la carne, sino sus acciones. Además, en otro lugar tendremos ocasión de señalar que no se puede lanzar reproche alguno contra la carne sin que tienda también al castigo del alma, que obliga a la carne a cumplir sus órdenes. Sin embargo, permíteme añadir por ahora que en el mismo pasaje Pablo «lleva en su cuerpo las marcas del Señor Jesús» []; también prohíbe que nuestro cuerpo sea profanado, por ser «templo de Dios» []; hace de nuestros cuerpos «miembros de Cristo» []; y nos exhorta a exaltar y «glorificar a Dios en nuestro cuerpo». Si, por tanto, las humillaciones de la carne descartan su resurrección, ¿por qué no habrán de valer más bien sus altas prerrogativas para procurarla?—, ya que cuadra mejor con el carácter de Dios devolver a la salvación lo que durante un tiempo rechazó, antes que entregar a la perdición lo que una vez aprobó.

    Capítulo 11. El poder de Dios, plenamente competente para efectuar la resurrección de la carne

    Cap. 11

    Hasta aquí mi elogio de la carne, en oposición a sus enemigos, que son, no obstante, también sus mayores amigos; pues no hay nadie que viva tan conforme a la carne como quienes niegan la resurrección de la carne, en la medida en que desprecian toda su disciplina, mientras no creen en su castigo. Es una sentencia aguda la que el Paráclito pronuncia acerca de estas personas por boca de la profetisa Prisca: «Son carnales y, sin embargo, odian la carne.» Puesto que, entonces, la carne tiene la mejor garantía que podría darse para asegurarle la recompensa de la salvación, ¿no debemos también considerar bien el poder, la fuerza y la competencia de Dios mismo, para saber si es tan grande como para poder reedificar y restaurar el edificio de la carne, que se había vuelto ruinoso y obstruido, y dislocado de todas las maneras posibles?— ¿si ha promulgado en los dominios públicos de la naturaleza algunas analogías que nos convenzan de su poder a este respecto, para que nadie siga sediento del conocimiento de Dios, cuando la fe en Él no debe descansar en otra base que en la creencia de que Él puede hacer todas las cosas? Tienes, sin duda, entre tus filósofos hombres que sostienen que este mundo no tiene principio ni hacedor. Sin embargo, es mucho más cierto que casi todas las herejías le conceden un origen y un hacedor, y atribuyen su creación a nuestro Dios. Cree, pues, firmemente que Él lo produjo todo de la nada, y entonces habrás encontrado el conocimiento de Dios, creyendo que posee tan inmenso poder. Pero algunas personas son demasiado débiles para creer todo esto al principio, a causa de sus opiniones sobre la Materia. Prefieren sostener, siguiendo a los filósofos, que el universo fue hecho en el principio por Dios a partir de una materia subyacente. Ahora bien, aun si esta opinión pudiera sostenerse con verdad, puesto que debe reconocerse que en su reforma de la materia Él produjo sustancias muy diferentes y formas muy diferentes de las que la Materia misma poseía, yo sostendría, con no menos persistencia, que Él produjo estas cosas de la nada, ya que absolutamente no tenían existencia alguna antes de que Él las produjera. Ahora bien, ¿dónde está la diferencia entre que una cosa sea producida de la nada o de algo, si lo que no existía llega a ser, cuando incluso no haber tenido existencia equivale a haber sido nada? Lo contrario es igualmente cierto; pues haber existido una vez equivale a haber sido algo. Si, sin embargo, hay una diferencia, ambas alternativas apoyan mi posición. Pues si Dios produjo todas las cosas de la nada, podrá sacar de la nada incluso la carne que había caído en la nada; o si modeló otras cosas a partir de la materia, podrá hacer surgir también la carne de algún otro lugar, a cualquier abismo que haya sido engullida. Y ciertamente, el que creó es el más competente para volver a crear, puesto que es obra mucho mayor haber producido que haber reproducido, haber dado un comienzo que haber mantenido una continuidad. Sobre este principio, puedes estar bien seguro de que la restauración de la carne es más fácil que su primera formación.
    Comentario editorial · Prisca y la carne
    Tertuliano cita aquí una sentencia que, dice, el Paráclito pronuncia «por boca de la profetisa Prisca»: es una huella de la nueva profecía. Holmes la traduce «Son carnales y, sin embargo, odian la carne»; Evans, «Lumps of flesh they are, and the flesh they hate» («pedazos de carne»), y una nota del ANF anota que el latín dice carnes. El ANF señala en este capítulo «una decisiva explosión de fanatismo montanista». Sobre el movimiento, Eusebio (Historia eclesiástica V, 16), que cita a un adversario, cuenta que surgió en una aldea de Misia, junto a Frigia, cuando era procónsul de Asia Grato, con un converso reciente llamado Montano. Es un relato hostil, no una descripción neutral.

    Capítulo 12. Algunas analogías de la naturaleza que corroboran la resurrección de la carne

    Cap. 12

    Considera ahora esas mismas analogías del poder divino (a las que acabamos de aludir). El día muere en la noche y es sepultado en todas partes en las tinieblas. La gloria del mundo queda oscurecida bajo la sombra de la muerte; toda su sustancia se empaña de negrura; todo se vuelve sórdido, silencioso, entorpecido; en todas partes cesan los negocios y descansan las ocupaciones. Y así, por la pérdida de la luz, hay duelo. Pero, no obstante, revive de nuevo, con su propia belleza, su propia dote, su propio sol, el mismo de siempre, entero y completo sobre todo el mundo, matando a su propia muerte, la noche— abriendo su propio sepulcro, las tinieblas—, saliendo como heredero de sí mismo, hasta que también la noche revive— acompañada igualmente de su propio séquito. Pues se reencienden los rayos estelares que se habían apagado en el resplandor matutino; los grupos lejanos de las constelaciones vuelven a aparecer, los cuales el intervalo temporal del día había apartado de la vista. También se embellecen de nuevo los espejos de la luna, que su curso mensual había desgastado. Los inviernos y los veranos vuelven, igual que la primavera y el otoño, con sus recursos, sus rutinas, sus frutos. Por cuanto la tierra recibe su instrucción del cielo para vestir los árboles que habían sido despojados, para colorear de nuevo las flores, para extender otra vez la hierba, para reproducir la semilla que había sido consumida, y no para reproducirla sino hasta que es consumida. ¡Método admirable! De defraudador pasa a preservador: para restaurar, quita; para guardar, destruye; para sanar, hiere; y para engrandecer, primero disminuye. En verdad, (este proceso) nos devuelve bienes más ricos y plenos que aquellos de los que nos privó— por una destrucción que es ganancia, por una injuria que es ventaja, y por una pérdida que es beneficio. En una palabra, diría, toda la creación está instintivamente llena de renovación. Todo aquello con lo que te tropiezas ya ha existido; todo lo que has perdido vuelve sin falta. Todas las cosas vuelven a su estado anterior después de haber desaparecido de la vista; todas comienzan después de haber terminado; llegan a su fin precisamente para volver a existir. Nada perece sino con miras a la salvación. Por tanto, todo este orden giratorio de las cosas da testimonio de la resurrección de los muertos. En sus obras lo escribió Dios, antes de escribirlo en las Escrituras; lo proclamó en sus poderosas obras antes que en sus palabras inspiradas. Primero te envió la Naturaleza como maestra, con intención de enviar también la Profecía como instructora suplementaria, para que, siendo discípulo de la Naturaleza, puedas creer más fácilmente en la Profecía y aceptar sin vacilación (su testimonio) cuando llegues a oír lo que ya has visto por todas partes; y no dudes de que Dios, a quien has descubierto como restaurador de todas las cosas, es asimismo el que devuelve la vida a la carne. Y ciertamente, así como todas las cosas resucitan para el hombre, para cuyo uso han sido provistas— pero no para el hombre sino también para su carne—, ¿cómo sucede que (la carne) misma pueda perecer del todo, cuando por causa de ella y para su servicio nada se reduce a la nada?

    Capítulo 13. A partir de la interpretación que hace nuestro autor de un versículo del Salmo noventa y dos, el fénix se convierte en símbolo de la resurrección de nuestros cuerpos

    Cap. 13

    Si, sin embargo, toda la naturaleza sólo figura débilmente nuestra resurrección; si la creación no ofrece ningún signo precisamente semejante a ella, en la medida en que difícilmente puede decirse de sus diversos fenómenos que mueran tanto como que lleguen a su fin, ni tampoco que sean reanimados, sino sólo reformados; entonces toma un símbolo completísimo e inexpugnable de nuestra esperanza, pues será un ser animado y sujeto por igual a la vida y a la muerte. Me refiero al ave que es propia de Oriente, famosa por su singularidad, maravillosa por su vida póstuma, que renueva su vida en una muerte voluntaria; su día de muerte es su día de nacimiento, pues en él parte y regresa; una vez más fénix donde justo antes no había ninguno; una vez más él mismo, pero justo antes fuera de la existencia; otro y, sin embargo, el mismo. ¿Qué puede haber más expreso y más significativo para nuestro asunto; o a qué otra cosa puede dar testimonio semejante fenómeno? Dios, incluso en su propia Escritura, dice: «El justo florecerá como el fénix;» es decir, florecerá o revivirá, de la muerte, de la tumba— para enseñarte a creer que una sustancia corporal puede ser recuperada incluso del fuego. Nuestro Señor ha declarado que somos «más valiosos que muchos gorriones:» []; bueno, si no mejores que muchos fénix también, no sería gran cosa. Pero ¿han de morir los hombres de una vez para siempre, mientras que las aves de Arabia tienen asegurada una resurrección?
    Comentario editorial · El fénix como prueba
    Tertuliano propone como «símbolo completísimo e inexpugnable» de la resurrección al ave «propia de Oriente», singular, que «renueva su vida en una muerte voluntaria», y cita para apoyarla «el justo florecerá como el fénix» (Sal 92:12, según la nota de Evans). El ejemplo no es suyo: 1 Clemente 25 cuenta ya el prodigio de Arabia: un ave que vive quinientos años, se construye un nido de incienso y mirra, muere en él y lleva los huesos de su padre a Heliópolis. Wikipedia cuenta a Clemente I entre quienes transmitieron el motivo. Que Tertuliano dependa de Clemente no se afirma aquí: el ANF solo documenta el uso común de la imagen.

    Capítulo 14. Una causa suficiente para la resurrección de la carne se encuentra en el juicio futuro del hombre

    Este tomará conocimiento de las obras del cuerpo no menos que de las del alma

    Cap. 14

    Tales son, pues, los lineamientos de las energías divinas que Dios ha mostrado tanto en las parábolas de la naturaleza como en su palabra hablada; acerquémonos ahora a sus propios edictos y decretos, ya que ésta es la división que adoptamos principalmente en nuestro asunto. Comenzamos con la dignidad de la carne, si era de tal naturaleza que, una vez destruida, fuera capaz de ser restaurada. Luego proseguimos una investigación sobre el poder de Dios, si era suficientemente grande como para poder conferir habitualmente esta restauración a una cosa que había sido destruida. Ahora, si hemos probado estos dos puntos, quisiera que indagues en la ( cuestión de ) causa, si es de suficiente peso para reclamar la resurrección de la carne como necesaria y conforme en todo a la razón; porque subyace esta objeción: la carne puede ser muy capaz de ser restaurada, y la Deidad perfectamente capaz de efectuar la restauración, pero es preciso que preexista una causa para tal recuperación. Admite, pues, una suficiente, tú que aprendes de un Dios que es a la vez sumamente bueno y justo— sumamente bueno por su propia (condición), justo a consecuencia de la nuestra. Pues si el hombre nunca hubiera pecado, habría conocido simple y únicamente a Dios en su bondad superlativa, por el atributo de su naturaleza. Pero ahora experimenta que Él es también un Dios justo, por la necesidad de una causa; conservando, sin embargo, en esta misma circunstancia su excelente bondad, al mismo tiempo que es también justo. Pues, al socorrer a los buenos y castigar a los malos, muestra su justicia y al mismo tiempo hace que ambos procesos contribuyan a probar su bondad, mientras por una parte ejecuta venganza y por la otra dispensa recompensa. Pero con Marción tendrás la oportunidad de aprender más plenamente si éste es todo el carácter de Dios. Entretanto, tan perfecto es nuestro (Dios), que con razón es Juez, porque es el Señor; con razón el Señor, porque es el Creador; con razón el Creador, porque es Dios. De donde resulta que aquel hereje, cuyo nombre desconozco, sostiene que propiamente no es Juez, puesto que no es Señor; propiamente no Señor, puesto que no es el Creador. Y así me quedo perplejo en cuanto a cómo es Dios quien no es ni el Creador, que es lo que Dios es, ni el Señor, que es lo que el Creador es. Por tanto, como es tan adecuado para el gran Ser que es Dios, Señor y Creador convocar al hombre a un juicio sobre esta misma cuestión, a saber, si se ha cuidado o no de reconocer y honrar a su Señor y Creador, éste es justamente el juicio que la resurrección realizará. La causa entera, pues, o más bien la necesidad de la resurrección, será ésta, a saber, el ordenamiento del juicio final que será más adecuado a Dios. Ahora bien, al efectuar este ordenamiento, debes considerar si la censura divina preside un examen judicial de las dos naturalezas del hombre— tanto su alma como su carne. Pues lo que es objeto idóneo de ser juzgado es también competente para ser resucitado. Nuestra posición es que el juicio de Dios debe creerse ante todo plenario y luego absoluto, de modo que sea final y, por tanto, irrevocable; también debe ser justo, sin pesar menos sobre ninguna parte en particular; y además digno de Dios, completo y definido, en consonancia con su gran paciencia. Así se sigue que la plenitud y perfección del juicio consiste sencillamente en representar los intereses del ser humano entero. Ahora bien, puesto que el hombre entero consiste en la unión de las dos naturalezas, debe, por tanto, aparecer en ambas, como es justo que sea juzgado en su totalidad; ni, por supuesto, pasó por la vida sino en su estado entero. Por tanto, así como vivió, así también debe ser juzgado, porque ha de ser juzgado en cuanto a la manera en que vivió. Pues la vida es la causa del juicio, y debe ser investigada en tantas naturalezas como poseyó cuando desempeñó sus funciones vitales.

    Capítulo 15. Así como la carne participa con el alma en toda conducta humana, así participará también en la recompensa de la eternidad

    Cap. 15

    Vamos, pues, que nuestros adversarios rompan la unión de la carne con el alma en los asuntos de la vida, para que así se atrevan también a separarla en la recompensa de la vida. Que nieguen su asociación en los actos, para que puedan con justicia negar también su participación en las recompensas. La carne no debería tener parte alguna en la sentencia, si no la tuvo en la causa de ella. Que se haga volver al alma sola, si sola se marchó. Pero (nada de eso ha sucedido jamás); porque el alma sola no se apartó de la vida más de lo que recorrió sola el curso del que se apartó— me refiero a esta vida presente. En efecto, el alma sola está tan lejos de conducir (los asuntos de) la vida, que no retiramos de la comunidad con la carne ni siquiera nuestros pensamientos, por aislados que estén, por no precipitados que estén en acto por medio de la carne; puesto que todo lo que se hace en el corazón del hombre lo hace el alma en la carne, con la carne y por medio de la carne. El Señor mismo, en fin, al reprender nuestros pensamientos, incluye en sus censuras este aspecto de la carne, (el corazón del hombre), la ciudadela del alma: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?» [] y de nuevo: «Todo el que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.» [] De modo que incluso el pensamiento, sin operación y sin efecto, es un acto de la carne. Pero si concedéis que la facultad que gobierna los sentidos, y que llaman Hegemonikon, tiene su santuario en el cerebro, o en el entrecejo, o dondequiera que los filósofos se complazcan en situarlo, la carne seguirá siendo el lugar pensante del alma. El alma nunca está sin la carne, mientras está en la carne. No hay nada que la carne no tramite en compañía del alma, cuando sin ella no existe. Considerad con cuidado, además, si los pensamientos no son administrados por la carne, ya que es a través de la carne como se distinguen y se conocen exteriormente. Que el alma sólo medite algún designio, el rostro da la indicación— siendo el rostro el espejo de todas nuestras intenciones. Podrán negar toda combinación en los actos, pero no pueden contradecir su cooperación en los pensamientos. Aun así enumeran los pecados de la carne; entonces, ciertamente, por su conducta pecaminosa debe ser consignada al castigo. Pero nosotros, además, alegamos contra ellos las virtudes de la carne; ciertamente también por su conducta virtuosa merece una recompensa futura. De nuevo, así como es el alma la que actúa y nos impulsa en todo lo que hacemos, así es función de la carne prestar obediencia. Ahora bien, no se nos permite suponer que Dios sea injusto u ocioso. Injusto, (sin embargo lo sería,) si excluyera de la recompensa la carne que está asociada en las buenas obras; y ocioso, si la eximiera del castigo, cuando ha sido cómplice en las malas acciones: mientras que el juicio humano se considera tanto más perfecto cuanto descubre a los agentes en cada acción, y ni perdona a los culpables ni escatima a los virtuosos su plena parte de castigo o alabanza con los principales que emplearon sus servicios.

    Capítulo 16. Los herejes llamaron a la carne «el vaso del alma,» para destruir la responsabilidad del cuerpo

    Su cavilación se vuelve contra ellos mismos y muestra que la carne es partícipe en las acciones humanas

    Cap. 16

    Cuando, sin embargo, atribuimos al alma la autoridad y a la carne la sumisión, debemos cuidar de que (nuestros adversarios) no vuelvan nuestra posición con otro argumento, insistiendo en colocar la carne al servicio del alma de tal modo que no sea (considerada como) su sierva, no sea que se vean obligados, si así se la considerara, a admitir su compañía (con el alma). Porque argumentarían que los siervos y los compañeros poseen una discreción en el desempeño de las funciones de su respectivo oficio, y un poder sobre su voluntad en ambas relaciones: en suma, (pretenderían ser) hombres ellos mismos, y por tanto (esperarían) compartir el mérito con sus principales, a quienes voluntariamente prestaron su ayuda; mientras que la carne no tenía discreción ni sentimiento en sí misma, sino que, al no poseer poder propio de querer o rehusar, de hecho parece estar respecto al alma en lugar de un vaso, como instrumento más bien que como sierva. El alma sola, por tanto, habrá de ser juzgada (en el último día) de manera preeminente en cuanto a cómo ha empleado el vaso de la carne; el vaso mismo, por supuesto, no siendo susceptible de un fallo judicial: porque ¿quién condena la copa si alguien ha mezclado veneno en ella? ¿O quién sentencia la espada a las bestias, si un hombre ha perpetrado con ella las atrocidades de un bandolero? Pues bien, concederemos que la carne es inocente, en la medida en que no se le imputarán las malas acciones: ¿qué hay, entonces, que impida que sea salva a causa de su inocencia? Porque aunque está libre de toda imputación de buenas obras, como lo está de las malas, sin embargo es más conforme con la bondad divina liberar a los inocentes. Un hombre benéfico, en efecto, está obligado a hacerlo: conviene, pues, al carácter del Más Generoso otorgar incluso gratuitamente tal favor. Y sin embargo, en cuanto a la copa, no tomaré la envenenada, en la que se inyecta una muerte cierta, sino una que ha sido infectada por el aliento de una mujer lasciva, o del sacerdote de Cibeles, o de un gladiador, o de un verdugo: entonces quiero saber si pronunciaríais una condena más suave sobre ella que sobre los besos de tales personas. Una, en efecto, que está manchada con nuestra propia inmundicia, o una que no está mezclada a nuestra propia mente, solemos hacerla añicos, y luego aumentar nuestra ira con nuestro siervo. En cuanto a la espada, que está ebria de la sangre de las víctimas del bandolero, ¿quién no la desterraría por completo de su casa, mucho más de su dormitorio o de su almohada, por la presunción de que seguramente no soñaría más que con las apariciones de las almas que lo perseguían e inquietaban por acostarse con la hoja que derramó su propia sangre? Tomad, sin embargo, la copa que no tiene reproche alguno y que merece el crédito de una fiel administración: será adornada por su maestro de beber con guirnaldas, o será honrada con un puñado de flores. También la espada que ha recibido manchas honrosas en la guerra, y que se ha ocupado así en una mejor matanza, asegurará su propia alabanza mediante la consagración. Es muy posible, pues, dictar sentencias decisivas incluso sobre vasos e instrumentos, para que así también ellos participen de los méritos de sus propietarios y empleadores. Esto digo por el deseo de responder incluso a este argumento, aunque hay una falla en el ejemplo, debido a la diversidad en la naturaleza de los objetos. Pues todo vaso o todo instrumento se vuelve útil desde fuera, consistiendo como consiste en materia perfectamente extraña a la sustancia del dueño o empleador humano; mientras que la carne, siendo concebida, formada y engendrada junto con el alma desde su existencia más temprana en el seno materno, está mezclada con ella también en todas sus operaciones. Porque aunque es llamada «un vaso» por el apóstol, tal como él ordena que sea tratado «con honor,» [] es designada sin embargo por el mismo apóstol como «el hombre exterior,» [] — aquella arcilla, por supuesto, que al principio fue inscrita con el título de hombre, no de copa ni de espada, ni de ningún vaso insignificante. Ahora bien, es llamada «vaso» en consideración a su capacidad, por la cual recibe y contiene el alma; pero «hombre,» por su comunidad de naturaleza, que la hace en todas las operaciones sierva y no instrumento. En consecuencia, en el juicio se la tendrá por sierva (aunque no tenga discreción independiente propia), por ser una porción integral de aquello que posee tal discreción, y no un mero enser. Y aunque el apóstol sabe bien que la carne no hace nada por sí misma que no sea también imputado al alma, sin embargo considera que la carne es «pecaminosa;» [] no sea que se suponga que está libre de toda responsabilidad por el mero hecho de parecer impulsada por el alma. Así, de nuevo, cuando atribuye ciertas acciones dignas de alabanza a la carne, dice: «Por tanto, glorificad y exaltad a Dios en vuestro cuerpo,» [] — estando seguro de que tales esfuerzos son impulsados por el alma; pero aun así los atribuye a la carne, porque es a ella a quien también promete la recompensa. Además, ni la reprensión, (por un lado), le habría sido adecuada, si estuviera libre de culpa; ni, (por el otro), la exhortación, si fuera incapaz de gloria. En efecto, tanto la reprensión como la exhortación serían igualmente ociosas hacia la carne, si fuera un objeto impropio para aquella recompensa que ciertamente se recibe en la resurrección.

    Capítulo 17. La carne estará asociada con el alma en soportar las sentencias penales del juicio final

    Cap. 17

    Toda persona ignorante que esté de acuerdo con nuestra opinión se inclinará a suponer que la carne tendrá que estar presente en el juicio final incluso por esta razón: porque de lo contrario el alma sería incapaz de sufrir dolor o placer, por ser incorpórea; pues ésta es la opinión común. Nosotros, por nuestra parte, sin embargo, sostenemos aquí, y probamos en un tratado especial sobre el tema, que el alma es corpórea, poseyendo una peculiar especie de solidez en su naturaleza, tal como le permite tanto percibir como sufrir. Que las almas son ya ahora susceptibles de tormento y de bendición en el Hades, aunque están desencarnadas, y a pesar de su destierro de la carne, lo prueba el caso de Lázaro. Sin duda he dado a mi adversario ocasión para decir: Puesto que, entonces, el alma tiene una sustancia corporal propia, estará suficientemente dotada de la facultad de sufrir y de sentir, de modo que no requiera la presencia de la carne. No, no, (es mi respuesta): seguirá necesitando la carne; no porque sea incapaz de sentir algo sin la ayuda de la carne, sino porque es necesario que posea tal facultad junto con la carne. Porque en cuanto tiene una suficiencia propia para la acción, en tanto tiene asimismo una capacidad para el sufrimiento. Pero la verdad es que, respecto de la acción, padece cierta dosis de incapacidad; pues en su propia naturaleza tiene simplemente la capacidad de pensar, de querer, de desear, de disponer: para llevar plenamente a cabo el propósito, busca la ayuda de la carne. De igual manera, requiere también la conjunción de la carne para soportar el sufrimiento, a fin de que con su ayuda pueda sufrir tan plenamente como sin su asistencia no pudo actuar plenamente. En cuanto, ciertamente, a aquellos pecados, como la concupiscencia, el pensamiento y el deseo, que tiene competencia propia para cometer, paga de inmediato la pena de ellos. Ahora bien, sin duda, si éstos fueran por sí solos suficientes para constituir un mérito absoluto sin requerir la adición de actos, el alma bastaría por sí misma para afrontar la plena responsabilidad del juicio, habiendo de ser juzgada por aquellas cosas en cuya realización ella sola había poseído una suficiencia. Sin embargo, puesto que también los actos están indisolublemente unidos a los méritos; y puesto que además los actos son efectuados ministerialmente por la carne, ya no basta que el alma aparte de la carne sea retribuida con placer o dolor por lo que son realmente obras de la carne, aunque tiene un cuerpo (propio), aunque tiene miembros (propios), que de igual manera son insuficientes para su plena percepción, así como también lo son para su acción perfecta. Por tanto, así como ha actuado en cada caso particular, así sufre proporcionalmente en el Hades, siendo la primera en gustar el juicio, como fue la primera en inducir a la comisión del pecado; pero aún espera a la carne para poder, por medio de la carne, compensar también sus obras, en la medida en que impuso a la carne la ejecución de sus propios pensamientos. Éste, en suma, será el proceso de aquel juicio que se difiere hasta el último gran día, a fin de que, mediante la exhibición de la carne, se cumpla todo el curso de la venganza divina. Además, (es obvio observarlo) no habría demora hasta el fin de aquella condena que las almas ya están gustando en el Hades, si estuviera destinada sólo a las almas.
    Comentario editorial · Un alma que siente
    Tertuliano responde aquí a los «ignorantes» que piensan que la carne ha de estar en el juicio porque, sin ella, el alma, incorpórea, no podría sufrir ni gozar. Él sostiene, y dice haberlo probado en un tratado especial (Sobre el alma), que el alma es corpórea y puede sentir por sí. Evans señala que no siempre pensó así: unos doce años antes, en el Apologético 48, había escrito que el alma sin la carne no es capaz de sensación, y seguía opinando lo mismo en Sobre el testimonio del alma 4; en este capítulo se ve que cambió de opinión. Aun así, para pagar su deuda entera el alma necesita también la resurrección de la carne.

    Tercera parte (cap. 18–39): lo que dice la Escritura

    Capítulo 18. Frases y pasajes de la Escritura afirman claramente «La resurrección de los muertos.» La fuerza de esta misma frase se explica como indicativa del lugar prominente de la carne en la resurrección general

    Cap. 18

    Hasta aquí ha sido mi propósito, mediante observaciones preliminares, poner un fundamento para la defensa de todas las Escrituras que prometen una resurrección de la carne. Ahora bien, en la medida en que esta verdad está apoyada por tantas consideraciones justas y razonables— me refiero a la dignidad de la carne misma, el poder y la fuerza de Dios, los casos análogos en que éstos se despliegan, así como las buenas razones para el juicio y la necesidad del mismo — será, por supuesto, correcto y propio que las Escrituras se entiendan en el sentido sugerido por tales consideraciones autorizadas, y no según las fantasías de los herejes, que surgen únicamente de la infidelidad, porque se considera increíble que la carne sea recobrada de la muerte y restaurada a la vida; no porque (tal restauración) sea inalcanzable por la carne misma, o imposible de efectuar para Dios, o inadecuada para el juicio final. Increíble, sin duda, podría ser, si no hubiera sido revelada en la palabra de Dios; excepto que, aunque no hubiera sido anunciada primero así por Dios, se habría podido suponer con bastante fundamento que la revelación de ella había sido retenida, simplemente porque ya se habían proporcionado tantas y tan fuertes presunciones a su favor. Sin embargo, puesto que (el gran hecho) está proclamado en tantos pasajes inspirados, eso es tanto más disuasivo contra entenderlo en un sentido diferente del que está atestiguado por argumentos tales que nos persuaden a su recepción, incluso independientemente de los testimonios de la revelación. Veamos, pues, primero, bajo qué título se presenta a nuestra vista esta esperanza nuestra. Hay, imagino, un edicto divino que está expuesto a la mirada de todos los hombres: es «La Resurrección de los Muertos.» Estas palabras son prontas, decisivas, claras. Me propongo tomar estos mismos términos, discutirlos y descubrir a qué sustancia se aplican. En cuanto a la palabra resurrectio, siempre que oigo que se cierne sobre un ser humano, me veo obligado a preguntar qué parte de él ha sido destinada a caer, pues nada puede esperarse que se levante de nuevo, a menos que primero haya sido postrado. Sólo el hombre que ignora el hecho de que la carne cae por la muerte puede dejar de descubrir que se mantiene erguida por medio de la vida. La naturaleza pronuncia la sentencia de Dios: «Polvo eres, y al polvo volverás.» [] Incluso el hombre que no ha oído la sentencia ve el hecho. No hay muerte que no sea la ruina de nuestros miembros. Este destino del cuerpo lo describió también el Señor cuando, revestido como estaba de su misma sustancia, dijo: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré de nuevo.» [] Pues mostró a qué pertenecen (los incidentes de) ser destruido, derribado y mantenido abajo— incluso a aquello a lo que también corresponde ser levantado y alzado de nuevo; aunque al mismo tiempo llevaba consigo «un alma que temblaba hasta la muerte,» [] pero que no cayó por la muerte, porque incluso la Escritura nos informa de que «hablaba de su cuerpo.» [] De modo que es la carne la que cae por la muerte; y en consecuencia deriva su nombre, cadaver, de cadendo. El alma, sin embargo, no tiene rastro de una caída en su designación, como ciertamente no hay mortalidad en su condición. Antes bien, es el alma la que comunica su ruina al cuerpo cuando es exhalada de él, así como también está destinada a levantarlo de nuevo de la tierra cuando vuelva a entrar en él. No puede caer lo que con su entrada levanta; ni puede decaer lo que con su partida causa ruina. Iré más lejos y diré que el alma ni siquiera cae en el sueño junto con el cuerpo, ni con su compañero se acuesta siquiera en reposo. Pues se agita en sueños y se perturba: podría, sin embargo, descansar, si se acostara; y ciertamente se acostaría, si cayera. Así, lo que no cae ni siquiera en la semejanza de la muerte, no sucumbe a la realidad de ella. Pasando ahora a la otra palabra mortuorum, deseo que miréis con cuidado y veáis a qué sustancia es aplicable. Si permitiéramos, bajo este encabezado, como a veces sostienen los herejes, que el alma es mortal, de modo que siendo mortal alcanzará una resurrección; esto ofrecería una presunción de que la carne también, no siendo menos mortal, participaría en la misma resurrección. Pero nuestro punto actual es derivar de la significación propia de esta palabra una idea del destino que indica. Ahora bien, así como el término resurrección se predica de lo que cae— es decir, la carne— así habrá la misma aplicación de la palabra muertos, porque lo que se llama «la resurrección de los muertos» indica el levantamiento de nuevo de aquello que está caído. Aprendemos esto del caso de Abrahán, padre de los fieles, hombre que gozaba de estrecha comunión con Dios. Pues cuando pidió a los hijos de Het un lugar para sepultar a Sara, les dijo: «Dadme posesión de una sepultura con vosotros, para que pueda sepultar a mi muerta,» [] — queriendo decir, por supuesto, su carne; porque no podría haber deseado un lugar para sepultar su alma, aun si se considerara que el alma es mortal, y aun si pudiera soportar ser descrita con la palabra «muerta.» Puesto que, entonces, esta palabra indica el cuerpo, se sigue que cuando se habla de «la resurrección de los muertos», se entiende el levantamiento de nuevo de los cuerpos de los hombres.

    Capítulo 19. El sentido sofístico que los herejes atribuyen a la frase «Resurrección de los muertos,» como si significara el cambio moral de una vida nueva

    Cap. 19

    Ahora bien, esta consideración de la frase en cuestión y de su significación —además de mantener, por supuesto, el verdadero sentido de las palabras importantes— debe contribuir necesariamente a este resultado ulterior: que, sea cual sea la oscuridad que nuestros adversarios arrojen sobre el asunto so pretexto de lenguaje figurado y alegórico, la verdad se destacará con luz más clara, y de las incertidumbres se prescribirán reglas ciertas y definidas. Pues algunos, cuando han tropezado con una forma muy usual de declaración profética, expresada generalmente en figura y alegoría, aunque no siempre, distorsionan hasta darle un sentido imaginario incluso a la doctrina más claramente descrita de la resurrección de los muertos, alegando que aun la muerte misma debe entenderse en sentido espiritual. Dicen que lo que comúnmente se supone que es la muerte no lo es realmente —a saber, la separación del cuerpo y del alma—: es más bien la ignorancia de Dios, por la cual el hombre está muerto para Dios, y no está menos sepultado en el error de lo que estaría en la tumba. Por lo cual también debe tenerse por resurrección aquello cuando un hombre es reanimado por el acceso a la verdad, y habiendo dispersado la muerte de la ignorancia, y siendo dotado de nueva vida por Dios, ha irrumpido del sepulcro del hombre viejo, así como el Señor comparó a los escribas y fariseos con «sepulcros blanqueados.» [] De donde se sigue que quienes han alcanzado la resurrección por la fe, están con el Señor después de haberse revestido de Él en el bautismo. Con tal sutileza, pues, aun en la conversación han tenido con frecuencia la costumbre de engañar a nuestros hermanos, como si sostuvieran una resurrección de los muertos tanto como nosotros. ¡Ay, dicen, de aquel que no ha resucitado en el cuerpo presente!; pues temen alarmar a sus oyentes si negaran de inmediato la resurrección. Secretamente, sin embargo, en sus mentes piensan esto: ¡Ay del simple que durante su vida presente no descubre los misterios de la herejía!; puesto que esto, en su opinión, es la resurrección. Hay, sin embargo, muchísimos también que, pretendiendo sostener una resurrección después de la partida del alma, sostienen que salir del sepulcro significa escapar del mundo, pues en su opinión el mundo es la morada de los muertos —es decir, de quienes no conocen a Dios—; o llegarán a decir que en realidad significa escapar del cuerpo mismo, ya que imaginan que el cuerpo retiene al alma, cuando está encerrada en la muerte de una vida mundana, como en una tumba.

    Capítulo 20. Los sentidos figurados tienen su fundamento en el hecho literal

    Además, el estilo alegórico no es en modo alguno el único que se halla en las Escrituras proféticas, como alegan los herejes

    Cap. 20

    Ahora bien, para desbaratar todas las fantasías de este género, permitidme disipar de una vez la idea preliminar en que se apoyan: su afirmación de que los profetas hacen todos sus anuncios en figuras de lenguaje. Ahora bien, si así fuera, las figuras mismas no habrían podido distinguirse, en la medida en que no se habrían declarado las verdades de las cuales se extiende el lenguaje figurado. Y, en verdad, si todas son figuras, ¿dónde estará aquello de lo cual son figuras? ¿Cómo podrás sostener un espejo ante tu rostro, si el rostro no existe en parte alguna? Pero, en verdad, no todas son figuras, sino que también hay declaraciones literales; ni todas son sombras, sino que también hay cuerpos: de modo que tenemos profecías acerca del Señor mismo incluso, que son más claras que el día. Pues no fue en sentido figurado que la Virgen concibió en su seno; ni en un tropo dio a luz a Emmanuel, es decir, a Jesús, Dios con nosotros. Aun concediendo que hubiera de tomar en sentido figurado el poder de Damasco y los despojos de Samaria, [] todavía fue literalmente que había de «entrar en juicio con los ancianos y príncipes del pueblo.» [] Pues en la persona de Pilato «se amotinaron las gentes,» y en la persona de Israel «el pueblo imaginó cosas vanas;» «los reyes de la tierra» en Herodes, y los gobernantes en Anás y Caifás, se reunieron «contra el Señor y contra su Ungido.» Él, a su vez, fue «llevado como oveja al matadero, y como oveja ante el trasquilador,» es decir, Herodes, «enmudeció, y no abrió su boca.» [] «Entregó su espalda a los azotes, y sus mejillas a los golpes, sin apartar su rostro ni siquiera de la vergüenza de los salivazos.» «Fue contado con los transgresores;» [] «fue traspasado en sus manos y sus pies;» «echaron suertes sobre su ropa;» «le dieron hiel, y le hicieron beber vinagre;» «meneaban la cabeza, y se burlaban de Él;» «fue tasado por el traidor en treinta piezas de plata.» [] ¿Qué figuras de lenguaje nos da aquí Isaías? ¿Qué tropos David? ¿Qué alegorías Jeremías? Ni siquiera de sus obras poderosas han usado lenguaje parabólico. De lo contrario, ¿no se abrieron los ojos de los ciegos? ¿No recobró el habla la lengua de los mudos? [] ¿no se fortalecieron las manos débiles y las rodillas paralizadas, y el cojo saltó como un ciervo? Sin duda estamos acostumbrados también a dar un significado espiritual a estas declaraciones de la profecía, según la analogía de las enfermedades físicas que fueron sanadas por el Señor; pero aun así todas se cumplieron literalmente: mostrando así que los profetas predijeron ambos sentidos, salvo que muchísimas de sus palabras solo pueden tomarse en una significación pura y simple, libre de toda oscuridad alegórica; como cuando oímos de la caída de naciones y ciudades, de Tiro y Egipto, y Babilonia y Edom, y la flota de Cartago; también cuando anuncian los castigos y perdones del propio Israel, sus cautiverios, restauraciones, y al fin su dispersión final. ¿Quién preferiría atribuir una interpretación metafórica a todos estos acontecimientos, en lugar de aceptar su verdad literal? Las realidades están implicadas en las palabras, así como las palabras se leen en las realidades. Así, pues, (hallamos que) el estilo alegórico no se usa en todas las partes del registro profético, aunque ocasionalmente ocurre en ciertas porciones de él.

    Capítulo 21. No hay mera metáfora en la frase Resurrección de los muertos

    En proporción a la importancia de las verdades eternas es la claridad de su enunciación escriturística

    Cap. 21

    Pues bien, si ocurre ocasionalmente en ciertas porciones de ellas, dirás, entonces ¿por qué no en aquella frase, donde la resurrección podría entenderse espiritualmente? Hay varias razones por las que no. Primero, ¿cuál debe ser el significado de tantos pasajes importantes de la Sagrada Escritura, que tan obviamente atestiguan la resurrección del cuerpo, como para no admitir ni siquiera la apariencia de una significación figurada? Y, en verdad, (puesto que algunos pasajes son más oscuros que otros), no puede sino ser correcto —como hemos mostrado arriba— que las afirmaciones inciertas sean determinadas por las ciertas, y las oscuras por las que son claras y llanas; de lo contrario existe el temor de que, en el conflicto de certezas e incertidumbres, de explicitud y oscuridad, la fe quede hecha trizas, la verdad puesta en peligro, y el Ser Divino mismo quede marcado como inconstante. Surge entonces la improbabilidad de que el misterio mismo en el que descansa enteramente nuestra confianza, del que también depende por completo nuestra instrucción, tenga la apariencia de ser anunciado ambiguamente y propuesto oscuramente, en la medida en que la esperanza de la resurrección, a menos que se exponga claramente en lo que respecta tanto al castigo como a la recompensa, no lograría persuadir a nadie a abrazar una religión como la nuestra, expuesta como está a la detestación pública y a la imputación de hostilidad hacia los demás. No hay obra cierta donde la remuneración es incierta. No hay temor real cuando el peligro es solo dudoso. Pero tanto la recompensa del premio como el peligro de perderlo dependen de los resultados de la resurrección. Ahora bien, si incluso aquellos propósitos de Dios contra ciudades, y naciones, y reyes, que son meramente temporales, locales y personales en su carácter, han sido proclamados tan claramente en la profecía, ¿cómo se ha de suponer que aquellas dispensaciones suyas que son eternas, y de interés universal para el género humano, hayan de estar desprovistas de toda luz real en sí mismas? Cuanto más grandiosas son, más clara debe ser su anunciación, a fin de que se crea su grandeza superior. Y entiendo que no puede en modo alguno atribuírsele a Dios envidia, ni engaño, ni inconsistencia, ni artificio, mediante cuyas malas cualidades se promulgan litigiosamente todos los planes de grandeza inusitada.

    Capítulo 22. Las Escrituras nos prohíben suponer que la resurrección ya ha pasado, o que tiene lugar inmediatamente en la muerte

    Nuestras esperanzas y oraciones apuntan al último gran día como el período de su cumplimiento

    Cap. 22

    Debemos, después de todo esto, volver nuestra atención también a aquellas Escrituras que prohíben nuestra creencia en una resurrección como la que sostienen vuestros Animalistas (pues no los llamaré Espiritualistas), según la cual ha de suponerse que tiene lugar ahora, tan pronto como los hombres llegan al conocimiento de la verdad, o bien que se cumple inmediatamente después de su partida de esta vida. Ahora bien, en la medida en que las estaciones de toda nuestra esperanza han sido fijadas en la Sagrada Escritura, y puesto que no se nos permite colocar el cumplimiento de la misma, según entiendo, antes de la venida de Cristo, nuestras oraciones se dirigen hacia el fin de este mundo, hacia su desaparición en el gran día del Señor —de su ira y venganza—, el último día, que está oculto (de todos) y no es conocido por nadie sino por el Padre, aunque anunciado de antemano por señales y prodigios, y por la disolución de los elementos y los conflictos de las naciones. Citaría las palabras de los profetas, si el Señor mismo no hubiera dicho nada (salvo que las profecías eran la palabra misma del Señor); pero es más a mi propósito que Él por su propia boca confirma la declaración de ellos. Siendo preguntado por sus discípulos cuándo habían de suceder aquellas cosas que acababa de pronunciar acerca de la destrucción del templo, les diserta primero sobre el orden de los acontecimientos judíos hasta el derrocamiento de Jerusalén, y luego sobre los que concernían a todas las naciones hasta el fin mismo del mundo. Pues después de haber declarado que «Jerusalén sería hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumpliesen,» [] —queriendo decir, por supuesto, aquellos que habían de ser elegidos por Dios, y reunidos con el remanente de Israel—, pasa luego a proclamar, contra este mundo y dispensación (como lo habían hecho Joel, y Daniel, y todos los profetas de común acuerdo), que «habría señales en el sol, en la luna y en las estrellas, angustia de las naciones con perplejidad, el mar y las olas bramando, desfalleciendo los corazones de los hombres por el temor y por la expectación de las cosas que vendrán sobre la tierra.» [] «Porque,» dice Él, «las potencias de los cielos serán sacudidas; y entonces verán al Hijo del hombre viniendo en las nubes, con poder y gran gloria. Y cuando estas cosas comiencen a suceder, entonces mirad arriba, y alzad vuestras cabezas, porque vuestra redención se acerca.» Habló de que «se acercaba,» no de que estuviera ya presente; y de «aquellas cosas que comienzan a suceder,» no de que ya hubieran sucedido: porque cuando hayan sucedido, entonces nuestra redención estará cerca, la cual se dice que se va acercando hasta aquel tiempo, elevando y excitando nuestras mentes hacia lo que es entonces la cosecha próxima de nuestra esperanza. Inmediatamente añade una parábola de esto en «los árboles que tiernamente brotan en un tallo de flor, y luego desarrollan la flor, que es el precursor del fruto.» «Así también vosotros,» (añade), «cuando veáis suceder todas estas cosas, sabed que el reino de los cielos está cerca.» «Velad, pues, y orad siempre, para que seáis tenidos por dignos de escapar de todas aquellas cosas, y de estar en pie delante del Hijo del hombre;» [] es decir, sin duda, en la resurrección, después de que todas estas cosas hayan sido previamente realizadas. Por lo tanto, aunque hay un brote en el reconocimiento de todo este misterio, sin embargo solo en la presencia actual del Señor se desarrolla la flor y se da el fruto. ¿Quién es, entonces, el que ha despertado al Señor, ahora a la diestra de Dios, tan intempestivamente y con tanta severidad, «para que sacuda terriblemente» (como Isaías [] lo expresa) «aquella tierra,» que, supongo, está aún sin quebrantar? ¿Quién ha puesto tan pronto «a los enemigos de Cristo debajo de sus pies» (para usar el lenguaje de David), haciéndolo más apresurado que el Padre, mientras cada multitud en nuestras asambleas populares sigue aún consignando a gritos «a los cristianos a los leones?» ¿Quién ha visto ya a Jesús descender del cielo de la misma manera en que los apóstoles lo vieron ascender, según la disposición de los dos ángeles? [] Hasta el momento presente no se han golpeado el pecho, tribu por tribu, mirando a aquel a quien traspasaron. Nadie ha encontrado todavía a Elías; [] nadie ha escapado todavía del Anticristo; [] nadie ha tenido todavía que lamentar la caída de Babilonia. [] ¿Y hay ahora alguien que haya resucitado, excepto el hereje? Él, por supuesto, ya ha abandonado el sepulcro de su propio cadáver— aunque todavía está sujeto a fiebres y úlceras; también él ha pisoteado ya a sus enemigos— aunque todavía tiene que luchar con los poderes del mundo. Y, como es natural, ya es rey— aunque todavía debe a César lo que es del César. []

    Capítulo 23. Diversos pasajes de San Pablo, que hablan de una resurrección espiritual, compatibles con la resurrección futura del cuerpo, que incluso se supone en ellos

    Cap. 23

    El apóstol enseña ciertamente, en su Epístola a los Colosenses, que una vez estuvimos muertos, alienados y enemigos del Señor en nuestras mentes, mientras vivíamos en obras malvadas; [] que fuimos sepultados con Cristo en el bautismo, y también resucitados con Él mediante la fe en la operación de Dios, que lo resucitó de entre los muertos. [] «Y a vosotros,» (añade), «estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con Él, perdonándoos todos los pecados.» Y otra vez: «Si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivierais en el mundo, os sometéis a ordenanzas?» Ahora bien, puesto que nos hace espiritualmente muertos— de tal manera, sin embargo, que permite que un día habremos de sufrir una muerte corporal—, así, considerando que también hemos sido resucitados en un sentido espiritual semejante, permite igualmente que habremos de sufrir además una resurrección corporal. En tantas palabras dice: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.» [] Por consiguiente, es en nuestra mente donde muestra que resucitamos (con Cristo), pues solo por esto somos aún capaces de alcanzar los objetos celestiales. No deberíamos «buscarlas,» ni «poner la mira en ellas,» si ya las tuviéramos en posesión. Añade también: «Porque habéis muerto» —a vuestros pecados, quiere decir, no a vosotros mismos— «y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.» Ahora bien, esa vida que está escondida todavía no es aprehendida. De igual manera dice Juan: «Y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; sabemos, sin embargo, que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él.» [] Estamos, ciertamente, muy lejos de ser ya lo que no conocemos; por supuesto, estaríamos seguros de conocerlo si ya fuéramos (semejantes a Él). Es, por tanto, la contemplación de nuestra bienaventurada esperanza aun en esta vida por la fe (de lo que habla)— no su presencia ni su posesión, sino solo su expectación. Acerca de esta expectación y esperanza escribe Pablo a los Gálatas: «Porque nosotros por el Espíritu aguardamos la esperanza de la justicia por la fe.» [] Dice «aguardamos,» no que estemos en posesión de ella. Por la justicia de Dios, quiere decir aquel juicio que habremos de padecer como retribución de nuestras obras. Es en expectación de esto para sí mismo que el apóstol escribe a los Filipenses: «Si en alguna manera,» dice, «pudiera yo llegar a la resurrección de los muertos. No que lo haya ya alcanzado, ni que sea ya perfecto.» [] Y sin embargo había creído, y había conocido todos los misterios, como vaso escogido y gran maestro de los gentiles; pero a pesar de todo prosigue diciendo: «Yo, sin embargo, sigo adelante, por si logro aprehender aquello para lo cual fui también aprehendido por Cristo.» Es más: «Hermanos,» (añade), «no considero que yo mismo lo haya aprehendido: pero una cosa hago, olvidando lo que queda atrás, y extendiéndome hacia lo que está delante, prosigo hacia la meta, al premio de la irreprensibilidad, para alcanzarlo;» es decir, la resurrección de entre los muertos en su tiempo oportuno. Así como dice a los Gálatas: «No nos cansemos de hacer el bien: porque a su debido tiempo segaremos.» [] De manera semejante, acerca de Onesíforo, escribe también a Timoteo: «El Señor le conceda hallar misericordia en aquel día;» [] para cuyo día y tiempo encarga al propio Timoteo «guardar lo que se le había encomendado, sin mancha, irreprensible, hasta la aparición del Señor Jesucristo: la cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes y Señor de señores,» hablando de (Él como) Dios. Es a estos mismos tiempos a los que Pedro se refiere en los Hechos, cuando dice: «Arrepentíos, pues, y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados, cuando vengan los tiempos del refrigerio de la presencia del Señor; y Él envíe a Jesucristo, que antes os fue predicado: a quien es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de las cuales habló Dios por boca de sus santos profetas.» []

    Capítulo 24. Otros pasajes citados de San Pablo, que afirman categóricamente la resurrección de la carne en el juicio final

    Cap. 24

    Aprended el carácter de estos tiempos junto con los tesalonicenses. Pues leemos: «Cómo os convertisteis de los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar a su Hijo desde el cielo, a quien resucitó de entre los muertos, es decir, a Jesús.» [] Y de nuevo: «Pues ¿cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de gloria? ¿No sois vosotros, en la presencia de nuestro Señor Dios, Jesucristo, en su venida?» Igualmente: «Delante de Dios, nuestro Padre, en la venida del Señor Jesucristo, con toda la compañía de sus santos.» [] Les enseña que no deben «entristecerse por los que duermen,» y al mismo tiempo les explica los tiempos de la resurrección, diciendo: «Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios traerá consigo a los que durmieron en Jesús. Porque os decimos esto por palabra del Señor: que nosotros, los que vivimos y quedamos hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo descenderá del cielo con aclamación, con voz de arcángel y con trompeta de Dios; y los muertos en Cristo resucitarán primero: luego nosotros, los que vivimos y quedamos, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes, para recibir al Señor en el aire; y así estaremos siempre con el Señor.» [] ¿Qué voz de arcángel, (me pregunto), qué trompeta de Dios se oye ahora, sino acaso en los espectáculos de los herejes? Pues, aun concediendo que la palabra del evangelio pueda llamarse «la trompeta de Dios,» puesto que todavía llamaba a los hombres, sin embargo en aquel tiempo ellos deben, o bien estar muertos en cuanto al cuerpo, para poder resucitar; y entonces, ¿cómo están vivos? O bien ser arrebatados a las nubes; y entonces, ¿cómo están aquí? «Los más miserables,» sin duda, como los declaró el apóstol, son aquellos «que sólo en esta vida» se hallará que tienen esperanza: [] ellos tendrán que ser excluidos, mientras con apresuramiento prematuro se apoderan de lo que está prometido después de esta vida; errando acerca de la verdad, no menos que Figelo y Hermógenes. [] De ahí que el Espíritu Santo, en su grandeza, previendo claramente todas estas interpretaciones como éstas, sugiere (al apóstol), en esta misma epístola suya a los Tesalonicenses, como sigue: «Pero acerca de los tiempos y de las sazones, hermanos, no hay necesidad de que os escriba. Porque vosotros mismos sabéis perfectamente que el día del Señor viene como ladrón en la noche. Porque cuando digan: 'Paz', y 'Todas las cosas están seguras', entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina.» [] De nuevo, en la segunda epístola se dirige a ellos con mayor vehemencia aún: «Ahora os ruego, hermanos, por la venida de nuestro Señor Jesucristo, y por nuestra reunión con Él, que no seáis pronto sacudidos en vuestra mente, ni turbados, ni por espíritu, ni por palabra,» es decir, la palabra de falsos profetas, «ni por carta,» es decir, la carta de falsos apóstoles, «como si fuera nuestra, en el sentido de que el día del Señor está cerca. Que nadie os engañe de ninguna manera. Porque aquel día no vendrá, a menos que primero venga la apostasía,» se refiere ciertamente a este imperio presente, «y se manifieste el hombre de pecado,» es decir, el Anticristo, «el hijo de perdición, que se opone y se exalta sobre todo lo que se llama Dios o religión; de modo que se sienta en el templo de Dios, afirmando que es Dios. ¿No os acordáis de que, cuando estaba con vosotros, os decía estas cosas? Y ahora sabéis lo que lo detiene, para que se manifieste a su tiempo. Porque el misterio de la iniquidad ya está obrando; sólo que el que ahora lo detiene, lo detendrá hasta que sea quitado de en medio.» [] ¿Qué obstáculo hay sino el estado romano, cuya caída, al dispersarse en diez reinos, introducirá al Anticristo sobre (sus propias ruinas)? «Y entonces se manifestará el inicuo, a quien el Señor consumirá con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida: es decir, a aquel cuya venida es según la operación de Satanás, con todo poder, y señales, y prodigios mentirosos, y con todo engaño de iniquidad para los que perecen.» []

    Capítulo 25. San Juan, en el Apocalipsis, igualmente explícito al afirmar la misma gran doctrina

    Cap. 25

    En la Revelación de Juan, además, el orden de estos tiempos se expone a la vista; orden que «las almas de los mártires» son enseñadas a esperar debajo del altar, mientras ruegan encarecidamente ser vengadas y juzgadas: [] (enseñadas, digo, a esperar), para que el mundo beba primero hasta las heces las plagas que le esperan de las copas de los ángeles, [Apocalipsis xvi] y para que la ciudad de la fornicación reciba de los diez reyes su condena merecida, [Apocalipsis xviii] y para que la bestia, el Anticristo, con su falso profeta, haga guerra contra la Iglesia de Dios; y para que, después de arrojar al diablo al abismo por un tiempo, [] la bendita prerrogativa de la primera resurrección sea ordenada desde los tronos; y luego, después de entregarlo al fuego, para que el juicio de la resurrección final y universal sea determinado según los libros. Puesto que, entonces, las Escrituras indican las etapas de los últimos tiempos, y concentran la cosecha de la esperanza cristiana en el fin mismo del mundo, es evidente, o bien que todo lo que Dios nos promete recibe entonces su cumplimiento, y así lo que los herejes pretenden acerca de una resurrección aquí se desmorona; o bien, aun concediendo que una confesión del misterio (de la verdad divina) es una resurrección, que hay, sin detrimento de esta opinión, lugar para creer en aquella que se anuncia para el fin. Se sigue además que el mero mantenimiento de esta resurrección espiritual equivale a una presunción en favor de la otra resurrección corporal; pues si no se anunciara ninguna para aquel tiempo, habría motivo justo para afirmar sólo esta resurrección puramente espiritual. Sin embargo, puesto que (una resurrección) es proclamada para el último tiempo, se prueba que es corporal, porque tampoco se anuncia entonces una espiritual. Pues ¿por qué hacer un segundo anuncio de una resurrección de un solo carácter, es decir, la espiritual, si ésta debería estar realizándose ya sea ahora, sin consideración alguna de tiempos diferentes, o bien entonces, en la conclusión misma de todos los períodos? Por tanto, nos es más propio incluso mantener una resurrección espiritual al comienzo de una vida de fe, quienes reconocemos el pleno cumplimiento de la misma al fin del mundo.

    Capítulo 26. Incluso las descripciones metafóricas de este tema en las Escrituras apuntan a la resurrección corporal, el único sentido que asegura su coherencia y dignidad

    Cap. 26

    A la objeción precedente de que las Escrituras son alegóricas, todavía me queda una respuesta que dar: que también nos es lícito defender el carácter corporal de la resurrección mediante el lenguaje de los profetas, que es igualmente figurado. Pues considerad aquella sentencia primigenia que Dios pronunció cuando llamó al hombre tierra; diciendo: «Tierra eres, y a la tierra volverás.» [] En lo que respecta, por supuesto, a su sustancia carnal, que había sido tomada del suelo, y que fue la primera en recibir el nombre de hombre, como ya hemos mostrado, ¿no da este pasaje una instrucción para interpretar en relación con la carne también cualquier cosa de ira o de gracia que Dios ha determinado para la tierra, porque, hablando estrictamente, la tierra no está expuesta a su juicio, puesto que nunca ha hecho bien ni mal? «Maldita,» sin duda, lo fue, porque bebió la sangre del hombre; [] pero aun esto fue como figura de la carne homicida. Pues si la tierra ha de sufrir gozo o daño, es simplemente por causa del hombre, para que él sufra el gozo o el dolor mediante los acontecimientos que suceden a su morada, por lo cual más bien tendrá que pagar la pena que, sólo por su causa, incluso la tierra debe sufrir. Por tanto, cuando Dios incluso amenaza a la tierra, yo preferiría decir que amenaza a la carne; así también, cuando hace una promesa a la tierra, yo más bien entendería que promete a la carne; como en aquel pasaje de David: «El Señor es Rey, regocíjese la tierra,» — significando la carne de los santos, a la que corresponde el goce del reino de Dios. Luego dice después: «La tierra vio y tembló; los montes se derritieron como cera ante la presencia del Señor,» — significando, sin duda, la carne de los impíos; y (en sentido semejante) está escrito: «Porque mirarán a Aquel a quien traspasaron.» [] Si en verdad se pensara que ambos pasajes fueron pronunciados simplemente del elemento tierra, ¿cómo puede ser coherente que se estremezca y derrita ante la presencia del Señor, ante cuya dignidad real antes se regocijaba? Así también en Isaías, «Comeréis el bien de la tierra,» [] la expresión significa las bendiciones que esperan a la carne cuando en el reino de Dios sea renovada, y hecha semejante a los ángeles, y aguardando obtener las cosas «que ojo no vio, ni oído oyó, y que no han subido al corazón del hombre.» [] De lo contrario, ¡cuán vano sería que Dios invitara a los hombres a la obediencia mediante los frutos del campo y los elementos de esta vida, cuando los dispensa incluso a hombres irreligiosos y blasfemos; bajo una condición general hecha una vez por todas al hombre, «enviando lluvia sobre buenos y malos, y haciendo salir su sol sobre justos e injustos!» [] Feliz, sin duda, es la fe, si ha de obtener dones que los enemigos de Dios y de Cristo no sólo usan, sino que incluso abusan, «adorando a la criatura misma en oposición al Creador!» [] Tú contarás, (supongo) cebollas y trufas entre las bondades de la tierra, puesto que el Señor declara que «no sólo de pan vivirá el hombre!» [] De esta manera los judíos pierden las bendiciones celestiales, al confinar sus esperanzas a las terrenales, ignorando la promesa del pan celestial, y del aceite de la unción de Dios, y el vino del Espíritu, y de aquella agua de vida que tiene su vigor de la vid de Cristo. Exactamente sobre el mismo principio, consideran que el suelo especial de Judea es aquella misma tierra santa, que más bien debería interpretarse de la carne del Señor, la cual, en todos los que se revisten de Cristo, es desde entonces la tierra santa; santa en verdad por la inhabitación del Espíritu Santo, verdaderamente fluyendo leche y miel por la dulzura de su seguridad, verdaderamente judía por razón de la amistad de Dios. Porque «no es judío el que lo es exteriormente, sino el que lo es interiormente.» [] De la misma manera es como tanto el templo de Dios como Jerusalén (deben entenderse) cuando Isaías dice: «Despierta, despierta, oh Jerusalén; vístete de la fortaleza de tu brazo; despierta, como en tu tiempo más temprano,» es decir, en aquella inocencia que precedió a la caída en el pecado. Pues ¿cómo pueden palabras de esta clase de exhortación e invitación ser adecuadas para aquella Jerusalén que mató a los profetas, y apedreó a los que le fueron enviados, y al final crucificó a su propio Señor? Ni tampoco se promete salvación a ninguna tierra en absoluto, la cual necesariamente ha de pasar con la apariencia de todo el mundo. Aun si alguien se atreviera a sostener con firmeza que el paraíso es la tierra santa, la cual puede ser posible designar como la tierra de nuestros primeros padres Adán y Eva, se seguirá entonces que la restauración del paraíso parecerá ser prometida a la carne, cuya suerte fue habitarla y guardarla, para que el hombre sea llamado de vuelta a ella tal como fue expulsado de ella.

    Capítulo 27. Se explican ciertos términos metafóricos de la resurrección de la carne

    Cap. 27

    También tenemos en las Escrituras vestiduras mencionadas como alegorizando la esperanza de la carne. Así, en la Revelación de Juan se dice: «Éstos son los que no se han contaminado con mujeres,» — indicando, por supuesto, a las vírgenes, y a los que se han hecho «eunucos por causa del reino de los cielos.» [] Por tanto, serán «vestidos de ropas blancas,» [] es decir, en la belleza resplandeciente de la carne no desposada. Incluso en el evangelio, «el vestido de boda» puede considerarse como la santidad de la carne. [] Y así, cuando Isaías nos dice qué clase de «ayuno ha escogido el Señor,» y añade una declaración sobre la recompensa de las buenas obras, dice: «Entonces brotará tu luz como la mañana, y tus vestiduras se levantarán prontamente;» [] donde no piensa en mantos ni en vestidos de tela, sino que significa el levantamiento de la carne, del cual declaró que era la resurrección, después de su caída en la muerte. Así, se nos proporciona incluso una defensa alegórica de la resurrección del cuerpo. Por tanto, cuando leemos: «Ve, pueblo mío, entra en tus aposentos por un poco de tiempo, hasta que pase mi ira,» [] tenemos en los aposentos sepulcros, en los cuales habrán de descansar por un poco de tiempo aquellos que al fin del mundo habrán dejado esta vida en la última embestida furiosa del poder del Anticristo. ¿Por qué, si no, usó la expresión aposentos, con preferencia a algún otro receptáculo, si no fuera porque la carne se conserva en estos aposentos o bodegas, salada y reservada para uso, para ser sacada de allí en ocasión oportuna? Es sobre un principio semejante que los cadáveres embalsamados se apartan para ser sepultados en mausoleos y sepulcros, a fin de que puedan ser removidos de allí cuando el Maestro lo ordene. Puesto que, por tanto, hay coherencia en entender así el pasaje (pues ¿qué refugio de pequeños aposentos podría posiblemente protegernos de la ira de Dios?), parece que por la misma frase que usa, «Hasta que pase su ira,» [] que extinguirá al Anticristo, de hecho muestra que después de aquella indignación la carne saldrá del sepulcro, en el cual había sido depositada antes del estallido de la ira. Ahora bien, de los aposentos no se saca otra cosa sino aquello que se había puesto en ellos, y después de la extirpación del Anticristo se llevará a cabo afanosamente el gran proceso de la resurrección.

    Capítulo 28. Las cosas y acciones proféticas, así como las palabras, atestiguan esta gran doctrina

    Cap. 28

    Pero sabemos que la profecía se expresó por cosas no menos que por palabras. Por palabras, y también por hechos, se anuncia la resurrección. Cuando Moisés mete su mano en su seno, y luego la saca de nuevo muerta, y de nuevo mete su mano en su seno, y la saca viva, [] ¿no se aplica esto como un presagio a toda la humanidad?— en cuanto que aquellas tres señales [] denotaban el triple poder de Dios: cuando, primero, en el orden establecido, someterá al hombre a la antigua serpiente, el diablo, por formidable que sea; luego, en segundo lugar, sacará la carne del seno de la muerte; y luego, por último, perseguirá toda sangre (derramada) en juicio. Sobre este asunto leemos en los escritos del mismo profeta, (que) Dios dice: «Porque la sangre de vuestras vidas la requeriré de toda bestia salvaje; y la requeriré de la mano del hombre, y de la mano de su hermano.» [] Ahora bien, nada se requiere excepto aquello que se exige de vuelta, y nada se exige así excepto aquello que ha de ser entregado; y por supuesto será entregado aquello que será demandado y requerido por motivo de venganza. Pero en verdad no puede haber castigo de aquello que nunca tuvo existencia alguna. Existencia, sin embargo, la tendrá cuando sea restaurada para ser castigada. A la carne, por tanto, se aplica todo lo que se declara respecto a la sangre, pues sin la carne no puede haber sangre. La carne será resucitada para que la sangre sea castigada. Hay, además, algunas declaraciones (de la Escritura) hechas tan claramente que están libres de toda oscuridad de alegoría, y sin embargo requieren fuertemente que su misma simplicidad sea interpretada. Existe, por ejemplo, aquel pasaje en Isaías: «Yo mato, y yo doy vida.» Ciertamente su dar vida tendrá lugar después de haber matado. Como, por tanto, es por la muerte que Él mata, es por la resurrección que Él dará vida. Ahora bien, es la carne la que es matada por la muerte; la carne, por tanto, será revivida por la resurrección. Seguramente si matar significa quitar la vida a la carne, y su opuesto, revivir, equivale a restaurar la vida a la carne, es necesario que la carne resucite, a la cual la vida, que ha sido quitada por la muerte, ha de ser restaurada por la vivificación.

    Capítulo 29. Se cita la visión de Ezequiel de los huesos secos

    Cap. 29

    Puesto que, entonces, incluso las porciones figurativas de las Escrituras, y los argumentos de los hechos, y algunas declaraciones claras de la Sagrada Escritura, arrojan luz sobre la resurrección de la carne (aunque sin nombrar especialmente la sustancia misma), ¡cuánto más eficaces para determinar la cuestión no serán aquellos pasajes que indican la sustancia real del cuerpo mencionándola expresamente! Tomemos a Ezequiel: «Y la mano del Señor,» dice él, «vino sobre mí; y el Señor me sacó en el Espíritu, y me puso en medio de un valle que estaba lleno de huesos; y me hizo pasar alrededor de ellos en derredor: y he aquí, había muchísimos sobre la faz del valle; y, mirad, estaban muy secos. Y me dijo: Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos? Y dije: Oh Señor Dios, tú lo sabes. Y me dijo: Profetiza sobre estos huesos; y dirás: Huesos secos, oíd la palabra del Señor. Así dice el Señor Dios a estos huesos: He aquí, yo hago entrar en vosotros el aliento de vida, y viviréis: y os daré el espíritu, y pondré músculos sobre vosotros, y extenderé piel sobre vosotros; y viviréis, y sabréis que yo soy el Señor. Y profeticé como el Señor me mandó: y mientras profetizo, he aquí un ruido, he aquí también un movimiento, y los huesos se acercaron unos a otros. Y vi, y he aquí que subieron sobre ellos tendones y carne, y los músculos se colocaron alrededor de ellos; pero no había aliento en ellos. Y me dijo: Profetiza al viento, hijo de hombre, profetiza y di: Así dice el Señor Dios: Ven de los cuatro vientos, oh aliento, y sopla sobre estos muertos, y déjalos vivir. Así que profeticé al viento, como Él me mandó, y el espíritu entró en los huesos, y vivieron, y se pusieron de pie, fuertes y muchísimos. Y el Señor me dijo: Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. Ellos mismos dicen: Nuestros huesos se han secado, y nuestra esperanza ha perecido, y nosotros en ellos hemos sido destruidos violentamente. Por tanto, profetízales, (y di): He aquí, yo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de vuestros sepulcros, oh pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel: y sabréis que yo, el Señor, abrí vuestros sepulcros, y os saqué, oh pueblo mío, de vuestros sepulcros; y os daré mi Espíritu, y viviréis, y descansaréis en vuestra propia tierra: y sabréis que yo, el Señor, he hablado y he hecho estas cosas, dice el Señor.» []

    Capítulo 30. Esta visión interpretada por Tertuliano de la resurrección de los cuerpos de los muertos

    Un error cronológico de nuestro autor, que supone que Ezequiel en su capítulo XXXI profetizó antes del cautiverio

    Cap. 30

    Soy muy consciente de cuánto torturan incluso esta profecía para convertirla en una prueba del sentido alegórico, sobre la base de que al decir, «Estos huesos son toda la casa de Israel,» Él los hizo una figura de Israel, y los apartó de su condición literal propia; y por tanto (sostienen) que aquí hay una predicción figurativa, no verdadera, de la resurrección, pues (dicen) el estado de los judíos es de humillación, en cierto sentido muerto, y muy seco, y disperso por la llanura del mundo. Por tanto, la imagen de una resurrección se aplica alegóricamente a su estado, ya que ha de ser reunido, y recompactado hueso con hueso (en otras palabras, tribu con tribu, y pueblo con pueblo), y ha de ser reincorporado por los tendones del poder y los nervios de la realeza, y ha de ser sacado como de los sepulcros, es decir, de las moradas más miserables y degradadas del cautiverio, y ha de respirar de nuevo a modo de restauración, y vivir de ahí en adelante en su propia tierra de Judea. ¿Y qué ha de suceder después de todo esto? Morirán, sin duda. ¿Y qué habrá después de la muerte? Ninguna resurrección de entre los muertos, por supuesto, ya que nada de ese tipo se revela aquí a Ezequiel. Bien, pero la resurrección está predicha en otra parte: de modo que habrá una incluso en este caso, y son imprudentes al aplicar este pasaje al estado de los asuntos judaicos; o incluso si indicara una recuperación diferente de la resurrección que nosotros mantenemos, ¿qué me importa a mí, con tal de que haya también una resurrección del cuerpo, así como hay una restauración del estado judío? De hecho, por la misma circunstancia de que la recuperación del estado judío está prefigurada por la reincorporación y reunión de los huesos, se ofrece prueba de que este acontecimiento también sucederá a los huesos mismos; pues la metáfora no podría haberse formado a partir de los huesos, si exactamente lo mismo no hubiera de realizarse también en ellos. Ahora bien, aunque hay un esbozo de la cosa verdadera en su imagen, la imagen misma posee sin embargo una verdad propia: es preciso, por tanto, que tenga una existencia previa por sí misma aquello que se usa figurativamente para expresar alguna otra cosa. El vacío no es una base consistente para un símil, ni la nada forma un fundamento adecuado para una parábola. Por tanto, será correcto creer que los huesos están destinados a tener una revestidura de carne y aliento, tal como se dice aquí que tendrán, por razón de la cual precisamente su estado renovado podría expresar por sí solo la condición reformada de los asuntos judaicos, que se pretende que sea el significado de este pasaje. Es, sin embargo, más propio de un espíritu religioso mantener la verdad sobre la autoridad de una interpretación literal, tal como la exige el sentido del pasaje inspirado. Ahora bien, si esta visión se refiriera a la condición de los judíos, tan pronto como Él le hubo revelado la posición de los huesos, habría añadido de inmediato: «Estos huesos son toda la casa de Israel,» y así sucesivamente. Pero inmediatamente después de mostrar los huesos, interrumpe la escena diciendo algo de la perspectiva que es más adecuada a los huesos; sin nombrar aún a Israel, pone a prueba la fe del profeta mismo: «Hijo de hombre, ¿podrán vivir jamás estos huesos?» de modo que él responde: «Oh Señor, tú lo sabes.» Ahora bien, ciertamente Dios no habría puesto a prueba la fe del profeta en un punto que nunca habría de ser real, del que Israel nunca habría de oír, y en el que no era apropiado depositar creencia. Sin embargo, puesto que la resurrección de los muertos estaba en verdad predicha, pero Israel, en la desconfianza de su gran incredulidad, se escandalizó de ella; y, mientras contemplaba la condición de la tumba que se desmorona, desesperó de una resurrección; o más bien, no dirigió su mente principalmente a ella, sino a sus propias circunstancias angustiosas—por tanto, Dios primero instruyó al profeta (puesto que él tampoco estaba libre de duda), revelándole el proceso de la resurrección, con miras a que él la expusiera con empeño. Luego encargó al pueblo que creyera lo que Él había revelado al profeta, diciéndoles que ellos mismos eran, aunque se negaban a creer su resurrección, los mismísimos huesos que estaban destinados a resurgir. Luego, en la frase final, dice: «Y sabréis que yo, el Señor, he hablado y he hecho estas cosas,» con la intención, por supuesto, de hacer aquello de lo que había hablado; pero ciertamente no con el propósito de hacer aquello de lo que había hablado, si su designio hubiera sido hacer algo diferente de lo que había dicho.
    Comentario editorial · Ezequiel 37: ¿Israel o los huesos?
    Tertuliano conoce la objeción: la visión de los huesos secos sería una alegoría de Israel, que, dispersado por el mundo, volvería a su tierra. Responde que una parábola de huesos solo tiene sentido si hay huesos que resuciten: «El vacío no es una base consistente para un símil, ni la nada un fundamento adecuado para una parábola». Evans compara con Ireneo (Contra las herejías V, 15, 1): las citas más largas de ambos son Ez 37:1-14 (Ireneo, V, 15, 1; Tertuliano, cap. 29) y 1 Co 15:12-18. Ireneo cita los LXX con tres variantes; Tertuliano parece haber hecho o conseguido una traducción propia, de un texto hebreo defectuoso. Los dos leen en futuro el último verbo del v. 14.

    Capítulo 31. Otros pasajes de los profetas aplicados a la resurrección de la carne

    Cap. 31

    Indudablemente, si el pueblo se entregaba a murmullos figurativos de que sus huesos se habían secado, y de que su esperanza había perecido—quejumbroso por las consecuencias de su dispersión—entonces Dios bien podría parecer haber consolado su desesperación figurativa con una promesa figurativa. Sin embargo, puesto que aún ningún daño había caído sobre el pueblo por su dispersión, aunque la esperanza de la resurrección había fallado muy frecuentemente entre ellos, es manifiesto que fue debido a la condición perecedera de sus cuerpos que su fe en la resurrección fue sacudida. Dios, por tanto, estaba reconstruyendo la fe que el pueblo estaba derribando. Pero aun si fuera cierto que Israel estaba entonces abatido por algún golpe en sus circunstancias presentes, no debemos por eso suponer que el propósito de la revelación pudo haberse quedado en una parábola: su objetivo debe haber sido dar testimonio de una resurrección, a fin de elevar la esperanza de la nación incluso a una salvación eterna y a una restauración indispensable, y de ese modo apartar sus mentes de cavilar sobre sus asuntos presentes. Este es ciertamente el objetivo de otros profetas asimismo. «Saldréis,» (dice Malaquías), «de vuestros sepulcros, como becerros sueltos de sus ataduras, y pisotearéis a vuestros enemigos.» [] Y de nuevo, (dice Isaías): «Tu corazón se alegrará, y tus huesos brotarán como la hierba,» [] porque también la hierba se renueva por la disolución y corrupción de la semilla. En una palabra, si se sostiene que la figura de los huesos que se levantan se refiere propiamente al estado de Israel, ¿por qué se anuncia la misma esperanza a todas las naciones, en lugar de limitarse a Israel solamente, de revestir de nuevo aquellos restos óseos con sustancia corporal y aliento vital, y de levantar a sus muertos de la tumba? Pues el lenguaje es universal: «Los muertos resucitarán, y saldrán de sus sepulcros; porque el rocío que procede de Ti es medicina para sus huesos.» [] En otro pasaje está escrito: «Toda carne vendrá a adorar delante de mí, dice el Señor.» [] ¿Cuándo? Cuando la apariencia de este mundo comience a pasar. Pues Él dijo antes: «Como los cielos nuevos y la tierra nueva, que yo hago, permanecen delante de mí, dice el Señor, así permanecerá vuestra descendencia.» Entonces también se cumplirá lo que está escrito después: «Y saldrán» (es decir, de sus sepulcros), «y verán los cadáveres de los que han transgredido: porque su gusano nunca morirá, ni su fuego se apagará; y serán un espectáculo para toda carne» [] incluso para aquella que, resucitada de entre los muertos y sacada de la tumba, adorará al Señor por esta gran gracia.

    Capítulo 32. Incluso los cuerpos no sepultados serán levantados de nuevo

    Lo que les ocurra, Dios los restaurará de nuevo. El caso de Jonás citado como ilustración del poder de Dios

    Cap. 32

    Pero, para que no supongas que son meramente aquellos cuerpos que se entregan a los sepulcros cuya resurrección está predicha, lo tienes declarado en la Escritura: «Y mandaré a los peces del mar, y ellos arrojarán los huesos que han devorado; y traeré coyuntura con coyuntura, y hueso con hueso.» Preguntarás: ¿Entonces serán levantados de nuevo los peces y otros animales y aves carnívoras, para que vomiten lo que han consumido, sobre la base de tu lectura en la ley de Moisés de que se requiere la sangre incluso de todas las bestias? Ciertamente no. Pero las bestias y los peces se mencionan en relación con la restauración de la carne y la sangre, para expresar con más énfasis la resurrección de aquellos cuerpos que incluso han sido devorados, cuando se dice que se exige reparación a sus propios devoradores. Ahora bien, entiendo que en el caso de Jonás tenemos una prueba justa de este poder divino, cuando sale del vientre del pez sin daño en sus dos naturalezas—su carne y su alma. Sin duda, las entrañas de la ballena habrían tenido tiempo abundante durante tres días para consumir y digerir la carne de Jonás, tan efectivamente como un ataúd, o una tumba, o la decadencia gradual de alguna sepultura tranquila y oculta; sólo que quiso prefigurar incluso a aquellas bestias ( que simbolizan ) especialmente a los hombres que se oponen fieramente al nombre cristiano, o a los ángeles de iniquidad, de los cuales se exigirá la sangre por la plena exacción de un juicio vengador. ¿Dónde está, entonces, el hombre que, estando más dispuesto a aprender que a presumir, más cuidadoso de creer que de disputar, y más escrupuloso de la sabiduría de Dios que perversamente inclinado a la suya propia, cuando oye de un propósito divino respecto a los tendones y la piel, y los nervios y los huesos, ideará inmediatamente alguna aplicación diferente de estas palabras, como si todo lo que se dice de las sustancias en cuestión no estuviera naturalmente destinado al hombre? Pues o bien no hay aquí referencia al destino del hombre—en la provisión graciosa del reino (de los cielos), en la severidad del día del juicio, en todos los incidentes de la resurrección; o bien, si hay alguna referencia a su destino, el destino debe necesariamente hacerse en referencia a aquellas sustancias de las que el hombre está compuesto, para quien el destino está reservado. Otra pregunta he de hacer también a estos muy hábiles transformadores de huesos y tendones, y nervios y sepulcros: ¿Por qué, cuando se declara algo de el alma, no interpretan ellos el alma como algo distinto, y la transfieren a otro significado?—ya que, siempre que se hace una declaración distinta de una sustancia corporal, preferirán obstinadamente tomar cualquier otro sentido, antes que el que el nombre indica. Si las cosas que pertenecen al cuerpo son figurativas, ¿por qué no lo son también las que pertenecen al alma? Puesto que, sin embargo, las cosas que pertenecen al alma no tienen nada de alegórico en ellas, tampoco por tanto lo tienen las que pertenecen al cuerpo. Porque el hombre es tanto cuerpo como alma; de modo que es imposible que una de estas naturalezas admita un sentido figurativo, y la otra lo excluya.

    Capítulo 33. Hasta aquí lo referente a las Escrituras proféticas

    En los Evangelios, las parábolas de Cristo, tal como Él mismo las explica, tienen una referencia clara a la resurrección de la carne

    Cap. 33

    Esta es evidencia suficiente de las Escrituras proféticas. Ahora apelo a los Evangelios. Pero aquí también debo enfrentar primero el mismo sofisma que presentan aquellos que sostienen que el Señor, como (los profetas), dijo todo en forma de alegoría, porque está escrito: «Todas estas cosas habló Jesús en parábolas, y sin parábola no les hablaba,» [] es decir, a los judíos. Ahora bien, los discípulos también le preguntaron: «¿Por qué hablas en parábolas?» Y el Señor les dio esta respuesta: «Por eso les hablo en parábolas: porque viendo no ven; y oyendo no oyen, según la profecía de Isaías.» Pero puesto que era a los judíos a quienes hablaba en parábolas, no era entonces a todos los hombres; y si no a todos, se sigue que no era siempre y en todas las cosas parábolas con Él, sino sólo en ciertas cosas, y cuando se dirigía a una clase particular. Pero Él se dirigía a una clase particular cuando hablaba a los judíos. Es cierto que a veces hablaba incluso a los discípulos en parábolas. Pero observa cómo la Escritura relata tal hecho: «Y les habló una parábola.» Se sigue, entonces, que no se dirigía usualmente a ellos en parábolas; porque si siempre lo hiciera, no se haría mención especial de que recurriera a este modo de hablar. Además, no hay una parábola que no hallarás que es explicada o bien por el Señor mismo, como la del sembrador, (que Él interpreta) de la administración de la palabra de Dios; o bien aclarada por un prefacio del escritor del Evangelio, como en la parábola del juez arrogante y la viuda importuna, que se aplica expresamente a la perseverancia en la oración; o capaz de ser entendida espontáneamente, como en la parábola de la higuera, que fue perdonada un tiempo con la esperanza de mejoría—un emblema de la esterilidad judía. Ahora bien, si incluso las parábolas no oscurecen la luz del evangelio, ¡cuán improbable es que las sentencias y declaraciones claras, que tienen un significado inequívoco, signifiquen otra cosa que su sentido literal! Pero es por tales declaraciones y sentencias que el Señor presenta o el juicio final, o el reino, o la resurrección: «Será más tolerable,» dice Él, «para Tiro y Sidón en el día del juicio que para vosotros.» [] Y «Decidles que el reino de Dios está cerca.» [] Y de nuevo, «Os será recompensado en la resurrección de los justos.» [] Ahora bien, si la mención de estos acontecimientos (me refiero al día del juicio, y al reino de Dios, y a la resurrección) tiene un sentido claro y absoluto, de modo que nada en ellos puede ser forzado a una alegoría, tampoco deben ser forzadas a parábolas aquellas declaraciones que describen la disposición, y el proceso, y la experiencia del reino de Dios, y del juicio, y de la resurrección. Por el contrario, las cosas que están destinadas al cuerpo deben ser entendidas cuidadosamente en un sentido corporal—no en un sentido espiritual, como si no tuvieran nada figurativo en su naturaleza. Esta es la razón por la que lo hemos establecido como consideración preliminar, que la sustancia corporal tanto del alma como de la carne está sujeta a la recompensa, que habrá de ser otorgada a cambio de la cooperación de las dos naturalezas, de modo que la corporeidad del alma no excluya la naturaleza corporal de la carne sugiriendo un recurso a descripciones figurativas, ya que ambas deben necesariamente ser consideradas como destinadas a participar en el reino, y en el juicio, y en la resurrección. Y ahora procedemos a la prueba especial de esta proposición, que el carácter corporal de la carne es indicado por nuestro Señor cada vez que menciona la resurrección, al mismo tiempo sin menoscabo de la naturaleza corpórea del alma—un punto que en realidad ha sido admitido sólo por unos pocos.

    Capítulo 34. Cristo testifica claramente la resurrección del hombre entero. No sólo en su alma, sin el cuerpo

    Cap. 34

    Para empezar por el pasaje donde dice que ha venido a «buscar y salvar lo que se había perdido.» [] ¿Qué suponéis que es lo que se había perdido? El hombre, sin duda. ¿El hombre entero, o sólo una parte de él? El hombre entero, por supuesto. En efecto, puesto que la transgresión que causó la ruina del hombre fue cometida tanto por instigación del alma a partir de la concupiscencia como por la acción de la carne a partir del goce efectivo, ha marcado al hombre entero con la sentencia de la transgresión y, por tanto, lo ha hecho merecidamente objeto de perdición. De modo que será salvado enteramente, ya que por el pecado se había perdido enteramente. A no ser que sea cierto que la oveja (de la parábola) es una oveja «perdida», sin consideración de su cuerpo; entonces su recuperación podría efectuarse sin el cuerpo. Sin embargo, puesto que es la sustancia corporal, lo mismo que el alma, la que forma todo el animal, la que fue llevada sobre los hombros del Buen Pastor, tenemos aquí sin duda un ejemplo de cómo el hombre es restaurado en sus dos naturalezas. De lo contrario, ¡cuán indigno de Dios sería traer a la salvación sólo una mitad del hombre —y casi menos que eso—, mientras que la munificencia de los príncipes de este mundo reclama siempre para sí el mérito de una gracia plenaria! ¿Habrá, entonces, que entender que el diablo es más fuerte para dañar al hombre, arruinándolo por completo? ¿Y habrá que atribuir a Dios un carácter de debilidad comparativa, puesto que no alivia ni ayuda al hombre en su estado entero? El apóstol, sin embargo, sugiere que «donde abundó el pecado, sobreabundó mucho más la gracia.» [] En efecto, ¿cómo puede considerarse salvado quien al mismo tiempo puede decirse que está perdido—perdido, es decir, en la carne, pero salvado en cuanto al alma? A menos, ciertamente, que su argumento haga ahora necesario que el alma sea puesta en una condición «perdida», para que sea susceptible de salvación, puesto que propiamente se salva lo que se había perdido. Nosotros, sin embargo, entendemos la inmortalidad del alma de tal modo que creemos que está «perdida,» no en el sentido de destrucción, sino de castigo, es decir, en el infierno. Y si esto es así, entonces no es el alma a quien afectará la salvación, puesto que ya está «a salvo» por su propia naturaleza a causa de su inmortalidad, sino más bien la carne, que, como todos admiten de buen grado, está sujeta a destrucción. De lo contrario, si el alma es también perecedera (en este sentido), en otras palabras, no inmortal—la condición de la carne—, entonces esta misma condición debería con toda justicia beneficiar también a la carne, por ser igualmente mortal y perecedera, puesto que el Señor se propone salvar lo que perece. No me interesa ahora seguir el hilo de nuestra discusión hasta el punto de considerar si es en una de sus naturalezas o en la otra donde la perdición reclama al hombre, con tal de que la salvación se distribuya por igual sobre las dos sustancias y lo haga objeto de su propósito en ambas. Porque observad: en cualquier sustancia en que supongáis que el hombre ha perecido, en la otra no perece. Por tanto, será salvado en la sustancia en que no perece y, sin embargo, obtendrá la salvación en aquella en que perece. Tenéis, pues, la restauración del hombre entero, en cuanto que el Señor se propone salvar aquella parte de él que perece, mientras que, por supuesto, no perderá aquella porción que no puede perderse. ¿Quién dudará ya de la seguridad de ambas naturalezas, cuando una de ellas ha de obtener la salvación y la otra no ha de perderla? Y, además, el Señor nos explica el sentido de la cosa cuando dice: «No he venido a hacer mi voluntad, sino la del Padre, que me ha enviado.» [] ¿Cuál es, pregunto, esa voluntad? «Que de todo lo que me ha dado no pierda nada, sino que lo resucite en el día postrero.» Ahora bien, ¿qué había recibido Cristo del Padre sino aquello de lo que Él mismo se había revestido? El hombre, por supuesto, en su textura de carne y alma. Por tanto, de ninguna de aquellas partes que ha recibido permitirá que perezca; es más, ni una porción considerable—es más, ni la fracción más pequeña de ninguna de ellas. Si la carne es, como piensan con desdén nuestros adversarios, una pobre fracción, entonces la carne está a salvo, porque ninguna fracción del hombre ha de perecer; y ninguna porción mayor corre peligro, porque toda porción del hombre está en custodia igualmente segura con Él. Si, sin embargo, no ha de resucitar también la carne en el día postrero, entonces permitirá que no sólo una fracción del hombre perezca, sino (me atreveré a decir, en consideración de una parte tan importante) casi todo él. Pero cuando repite sus palabras con énfasis creciente, «Y esta es la voluntad del Padre: que todo aquel que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna; y yo lo resucitaré en el día postrero,» — afirma la plena extensión de la resurrección. Pues asigna a cada naturaleza la recompensa adecuada a sus servicios: tanto a la carne, porque por ella fue «visto» el Hijo; como al alma, porque por ella se «creyó» en Él. Entonces, diréis, esta promesa fue dada a aquellos por quienes Cristo fue «visto». Bien, que así sea; ¡con tal de que la misma esperanza fluya de ellos a nosotros! Pues si a quienes vieron y por eso creyeron les correspondió entonces tal fruto de las operaciones de la carne y del alma, ¡cuánto más a nosotros! Porque más «bienaventurados», dice Cristo, «son los que no vieron y, sin embargo, creyeron;» [] ya que, aun si la resurrección de la carne ha de negarse a ellos, en todo caso debe ser un bien adecuado para nosotros, que somos los más bienaventurados. Pues, ¿cómo podríamos ser bienaventurados si pereciéramos en alguna parte de nosotros?

    Capítulo 35. Explicación de lo que se entiende por el cuerpo que ha de resucitar. No la corporeidad del alma

    Cap. 35

    Pero Él nos enseña también que «ha de temerse más bien a quien puede destruir el cuerpo y el alma en el infierno», es decir, al Señor solo; «no a los que matan el cuerpo, pero no pueden dañar el alma», [] es decir, todos los poderes humanos. Tenemos aquí, pues, un reconocimiento de la inmortalidad natural del alma, que no puede ser matada por los hombres, y de la mortalidad del cuerpo, que puede ser matado: de donde aprendemos que la resurrección de los muertos es una resurrección de la carne; porque, a menos que fuera resucitada, sería imposible que la carne fuera «matada en el infierno». Pero como aquí puede plantearse con malicia una cuestión sobre el significado de «el cuerpo» (o «la carne»), diré en seguida que entiendo por cuerpo humano nada más que aquella fábrica de carne que, sea cual sea la clase de material de que esté construida y modificada, es vista y tocada, y a veces ciertamente matada, por los hombres. Del mismo modo, no admitiría que otra cosa que cemento, piedras y ladrillos formen el cuerpo de una pared. Si alguien introduce en nuestro argumento algún cuerpo de naturaleza sutil y secreta, debe mostrarme, descubrirme y probarme que ese mismo cuerpo es precisamente el que fue muerto por violencia humana, y entonces concederé que es de tal cuerpo del que habla (nuestra Escritura). Si, de nuevo, se me echa en cara el cuerpo o naturaleza corpórea del alma, no será más que un vano subterfugio. Pues, puesto que ambas sustancias se nos presentan (en este pasaje, que afirma) que «cuerpo y alma» son destruidos en el infierno, se hace obviamente una distinción entre los dos; y se nos deja entender que el cuerpo es aquello que nos es tangible, es decir, la carne, que, así como será destruida en el infierno—puesto que no «temió más bien» ser destruida por Dios—, así también será restaurada a la vida eterna, puesto que prefirió ser matada por manos humanas. Por tanto, si alguno supone violentamente que la destrucción del alma y de la carne en el infierno equivale a una aniquilación final de las dos sustancias, y no a su tratamiento penal (como si hubieran de ser consumidas, no castigadas), recuerde que el fuego del infierno es eterno—expresamente anunciado como pena eterna—; y admita entonces que es por esta circunstancia por lo que esta «matanza» interminable es más formidable que un asesinato meramente humano, que es sólo temporal. Llegará entonces a la conclusión de que las sustancias deben ser eternas, cuando su «matanza» penal es eterna. Puesto que, entonces, el cuerpo después de la resurrección ha de ser matado por Dios en el infierno junto con el alma, tenemos ciertamente información suficiente en este hecho respecto de ambos desenlaces que lo aguardan, a saber, la resurrección de la carne y su «matanza» eterna. De lo contrario, sería de lo más absurdo que la carne fuera resucitada y destinada a «la matanza en el infierno» para ser puesta fin, cuando podría sufrir tal aniquilación (más directamente) si no fuera resucitada en absoluto. ¡Bonita paradoja, ciertamente, que una esencia deba ser reajustada con vida para que pueda recibir esa aniquilación que de hecho ya le ha sobrevenido! Pero Cristo, al confirmarnos en la misma esperanza, añade el ejemplo de «los gorriones»: cómo «ni uno de ellos cae a tierra sin la voluntad de Dios.» [] Dice esto para que creáis que la carne que ha sido entregada a la tierra puede, de manera semejante, resucitar por la voluntad del mismo Dios. Porque, aunque esto no se concede a los gorriones, sin embargo «nosotros valemos más que muchos gorriones», precisamente porque, cuando caemos, resucitamos. Afirma, por último, que «hasta los cabellos de nuestra cabeza están todos contados», [] y en la afirmación incluye, por supuesto, la promesa de su seguridad; porque si hubieran de perderse, ¿de qué serviría haber tenido tan numeroso cuidado de ellos? Ciertamente, el único uso reside (en esta verdad): «Que de todo lo que el Padre me ha dado no pierda nada» [] —ni siquiera un cabello, como tampoco un ojo ni un diente. Y, sin embargo, ¿de dónde vendrá aquel «llanto y crujir de dientes» sino de ojos y dientes?—aun en aquel tiempo en que el cuerpo será matado en el infierno y arrojado a aquella oscuridad exterior que será el tormento adecuado de los ojos. También aquel que no esté vestido en el banquete nupcial con el manto de las buenas obras tendrá que ser «atado de pies y manos», por ser, por supuesto, resucitado en su cuerpo. Así, de nuevo, el reclinarse a la mesa en el reino de Dios, y sentarse en los tronos de Cristo, y estar por fin a su derecha y a su izquierda, y comer del árbol de la vida: ¿qué son todas estas cosas sino pruebas certísimas de una disposición y destinación corporales?

    Capítulo 36. Refutación de Cristo a los saduceos y afirmación de la doctrina católica

    Cap. 36

    Veamos ahora si (el Señor) no ha impartido mayor fuerza a nuestra doctrina al derribar la sutil cavilación de los saduceos. Su gran objetivo, a mi entender, era eliminar por completo la resurrección, pues los saduceos de hecho no admitían salvación alguna ni para el alma ni para la carne; y por eso, tomando el caso más fuerte que podían para debilitar la credibilidad de la resurrección, adaptaron un argumento de él en apoyo de la cuestión que plantearon. Su especiosa indagación concernía a la carne: si estaría o no sujeta al matrimonio después de la resurrección; y supusieron el caso de una mujer que se había casado con siete hermanos, de modo que era dudoso a cuál de ellos debía ser restituida. Ahora bien, manténgase firmemente a la vista el propósito tanto de la pregunta como de la respuesta, y la discusión queda resuelta de inmediato. Pues, puesto que los saduceos negaban ciertamente la resurrección, mientras que el Señor la afirmaba; puesto que, además, (al afirmarla) los reprochaba por ser ignorantes de las Escrituras—aquellas, por supuesto, que habían declarado la resurrección—, así como incrédulos del poder de Dios, poder, por cierto, eficaz para resucitar a los muertos, y, por último, puesto que inmediatamente añadió las palabras: «Ahora bien, que los muertos resucitan,» [] (hablando) sin vacilar y afirmando precisamente lo que se negaba, a saber, la resurrección de los muertos ante Aquel que es «el Dios de los vivos», — (se sigue claramente) que afirmó esta verdad en el sentido preciso en que ellos la negaban; que era, de hecho, la resurrección de las dos naturalezas del hombre. Ni se sigue, (como ellos querrían) que, porque Cristo negó que los hombres se casarían, probara por tanto que no resucitarían. Al contrario, los llamó «hijos de la resurrección», en cierto sentido por tener que experimentar un nacimiento mediante la resurrección; y después de eso ya no se casan, sino que en su vida resucitada son «iguales a los ángeles», en cuanto que no han de casarse porque no han de morir, sino que están destinados a pasar al estado angélico revistiéndose del manto de la incorrupción, aunque con un cambio en la sustancia que es restaurada a la vida. Además, no podría plantearse cuestión alguna sobre si hemos de casarnos o volver a morir o no, sin poner en duda la restauración, muy especialmente, de aquella sustancia que tiene una relación particular tanto con la muerte como con el matrimonio—es decir, la carne. Así, pues, tenéis al Señor afirmando contra los herejes judíos lo que ahora encuentra la negación de los saduceos cristianos: la resurrección del hombre entero.

    Capítulo 37. La afirmación de Cristo sobre la inutilidad de la carne, explicada en conformidad con nuestra doctrina

    Cap. 37

    Es verdad, dice, que «la carne para nada aprovecha» []; pero entonces, como en el caso anterior, el sentido debe regularse por el asunto de que se trata. Ahora bien, como pensaban que su discurso era duro e intolerable, suponiendo que realmente y literalmente les había mandado comer su carne, Él, con miras a ordenar el estado de salvación como cosa espiritual, partió del principio: «El espíritu es el que vivifica»; y luego añadió: «La carne para nada aprovecha», es decir, por supuesto, para dar vida. Pasa también a explicar qué quiere que entendamos por espíritu: «Las palabras que os hablo, espíritu son y vida son.» En un sentido semejante había dicho antes: «El que oye mis palabras y cree en Aquel que me envió, tiene vida eterna y no vendrá a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida.» [] Constituyendo, por tanto, su palabra como principio vivificante, porque esa palabra es espíritu y vida, llamó igualmente a su carne con la misma apelación; porque también el Verbo se había hecho carne, [] y por eso debemos desearlo para tener vida, devorarlo con el oído, rumiarlo con el entendimiento y digerirlo por la fe. Ahora bien, justo antes (del pasaje en cuestión), había declarado que su carne era «el pan que desciende del cielo» [], imprimiendo constantemente en (sus oyentes), bajo la figura del alimento necesario, la memoria de sus antepasados, que habían preferido el pan y la carne de Egipto a su llamada divina. Luego, volviendo su asunto a las reflexiones de ellos, porque percibió que iban a dispersarse lejos de Él, dice: «La carne para nada aprovecha.» Ahora bien, ¿qué hay ahí que destruya la resurrección de la carne? Como si no pudiera razonablemente haber algo que, aunque «para nada aprovecha» por sí mismo, pudiera sin embargo ser aprovechado por otra cosa. El espíritu «aprovecha», porque imparte vida. La carne para nada aprovecha, porque está sujeta a muerte. Por tanto, ha puesto más bien las dos proposiciones de un modo que favorece nuestra creencia: pues, al mostrar qué es lo que «aprovecha» y qué lo que «no aprovecha», ha iluminado asimismo el objeto que recibe y el sujeto que da el «provecho». Así, en el presente caso, tenemos al Espíritu dando vida a la carne que ha sido subyugada por la muerte; porque «la hora», dice, «viene, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que oigan vivirán.» [] Ahora bien, ¿qué son «los muertos» sino la carne? ¿Y qué es «la voz de Dios» sino el Verbo? ¿Y qué es el Verbo sino el Espíritu, que justamente resucitará la carne que Él mismo se había hecho una vez, y eso también de la muerte, que Él mismo sufrió, y del sepulcro, en el que Él mismo entró una vez? Luego, cuando dice: «No os maravilléis de esto; porque viene la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán la voz del Hijo de Dios y saldrán; los que hicieron lo bueno, a resurrección de vida; y los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación,» [] —nadie podrá después de tales palabras interpretar los muertos «que están en los sepulcros» como otra cosa que los cuerpos de la carne, porque los sepulcros mismos no son sino el lugar de reposo de los cadáveres: pues es incontestable que incluso aquellos que participan de «el hombre viejo», es decir, los hombres pecadores—en otras palabras, los que están muertos por su ignorancia de Dios (a quienes nuestros herejes, por cierto, insisten neciamente en entender por la palabra «sepulcros»)—, se habla aquí claramente de que han de salir de sus sepulcros para el juicio. Pero, ¿cómo han de salir sepulcros de sepulcros?

    Capítulo 38. Cristo, al resucitar a los muertos, atestiguó de manera práctica la doctrina de la resurrección de la carne

    Cap. 38

    Después de las palabras del Señor, ¿qué hemos de pensar del alcance de sus acciones, cuando resucita a los muertos de sus féretros y de sus sepulcros? ¿Con qué fin lo hizo? Si fue sólo para la mera exhibición de su poder, o para conceder el favor temporal de la restauración a la vida, realmente no fue gran cosa para Él levantar a hombres para que volvieran a morir. Pero si, como era la verdad, fue más bien para poner a buen recaudo la fe de los hombres en una resurrección futura, entonces de la forma particular de sus propios ejemplos debe seguirse que dicha resurrección será corporal. Nunca podré admitir que se diga que la resurrección futura, destinada únicamente al alma, recibió entonces estas ilustraciones preliminares de una resurrección de la carne, simplemente porque habría sido imposible mostrar la resurrección de un alma invisible sino mediante la resucitación de una sustancia visible. Tienen un conocimiento bien pobre de Dios quienes suponen que Él sólo es capaz de hacer lo que cabe dentro del ámbito de sus propios pensamientos; y, después de todo, no pueden dejar de saber muy bien cuál ha sido siempre su capacidad, si tan sólo se familiarizan con los escritos de Juan. Porque, sin duda, aquel que ha presentado ante nuestra vista las almas de los mártires, hasta entonces incorpóreas, reposando bajo el altar [], era muy capaz de mostrarlas ante nuestros ojos resucitando sin un cuerpo de carne. Yo, sin embargo, por mi parte, prefiero creer que es imposible que Dios practique el engaño (débil como sólo podría serlo en cuanto a artificio), por temor de parecer haber dado pruebas preliminares de una cosa de un modo que es inconsistente con su disposición real de la cosa; más aún, por temor de que, puesto que no fue suficientemente poderoso para mostrarnos una muestra de la resurrección sin la carne, pudiera con mayor debilidad ser incapaz de mostrar (más adelante) el pleno cumplimiento de la muestra en la misma sustancia de la carne. Ningún ejemplo, en verdad, es mayor que la cosa de la cual es muestra. Sin embargo, es mayor si las almas con su cuerpo han de ser resucitadas como evidencia de su resurrección sin el cuerpo, de modo que la salvación entera del hombre en alma y cuerpo se convierta en garantía de sólo la mitad, el alma; mientras que la condición en todos los ejemplos es que aquello que se consideraría lo menor —quiero decir la resurrección del alma solamente— sea como el anticipo de la resurrección de la carne también a su tiempo señalado. Y por tanto, según nuestra estimación de la verdad, aquellos ejemplos de personas muertas que fueron resucitadas por el Señor fueron realmente una prueba de la resurrección tanto de la carne como del alma —una prueba, de hecho, de que este don no había de negarse a ninguna de las dos sustancias. Considerados, sin embargo, sólo como ejemplos, expresaron tanto menos significado— menos, ciertamente, del que Cristo expresará al final—, pues no fueron resucitados para gloria e inmortalidad, sino sólo para otra muerte.

    Capítulo 39. Evidencia adicional que se nos ofrece en los Hechos de los Apóstoles

    Cap. 39

    También los Hechos de los Apóstoles atestiguan la resurrección. Ahora bien, los apóstoles no tenían otra cosa que hacer, al menos entre los judíos, sino explicar el Antiguo Testamento y confirmar el Nuevo, y sobre todo predicar a Dios en Cristo. Por consiguiente, no introdujeron nada nuevo acerca de la resurrección, aparte de anunciarla para gloria de Cristo: en todo lo demás ya había sido recibida con fe simple e inteligente, sin ninguna cuestión sobre qué clase de resurrección habría de ser, y sin encontrar otros oponentes que los saduceos. Tanto más fácil era negar del todo la resurrección que entenderla en un sentido ajeno. Halláis a Pablo confesando su fe ante los principales sacerdotes, bajo la protección del tribuno, entre los saduceos y los fariseos: «Varones hermanos,» dice, «yo soy fariseo, hijo de fariseo; por la esperanza y la resurrección de los muertos soy ahora juzgado por vosotros,» [] —refiriéndose, por supuesto, a la esperanza de la nación—, a fin de evitar, en su condición presente, como aparente transgresor de la ley, que se pensara que se acercaba a los saduceos en opinión sobre el artículo más importante de la fe, aun la resurrección. Por tanto, aquella creencia en la resurrección que no quería que pareciera menoscabar, la confirmó realmente en la opinión de los fariseos, puesto que rechazó las opiniones de los saduceos, que la negaban. De igual modo, también ante Agripa, dice que no anunciaba «ninguna otra cosa que las que los profetas habían anunciado.» [] Por tanto, mantenía precisamente una resurrección tal como los profetas la habían predicho. Menciona también lo que está escrito por «Moisés» acerca de la resurrección de los muertos; (y al hacerlo) debía saber que sería una resurrección en el cuerpo, puesto que en ella se habrá de pedir cuenta de la sangre del hombre. [] Declaró, pues, que era de tal carácter como los fariseos la habían admitido, y tal como el Señor mismo la había mantenido, y tal también como los saduceos se negaron a creerla— negativa que los llevó, en verdad, a un rechazo absoluto de toda la verdad. Ni tampoco habían entendido antes los atenienses que Pablo anunciara otra resurrección. [] De hecho, se habían burlado de su anuncio; pero no habrían mostrado tal burla si no hubieran oído de él nada más que la restauración del alma, pues habrían recibido eso como la anticipación muy común de su propia filosofía nativa. Pero cuando la predicación de la resurrección, de la cual no habían oído antes, por su absoluta novedad excitó a los gentiles, y una incredulidad no antinatural en un asunto tan maravilloso comenzó a acosar a la fe sencilla con muchas discusiones, entonces el apóstol se cuidó en casi todos sus escritos de fortalecer la creencia de los hombres en esta esperanza cristiana, señalando que había tal esperanza, y que aún no se había realizado, y que estaría en el cuerpo—punto que era el objeto especial de indagación, y, lo que además era cuestión dudosa, no en un cuerpo de una clase diferente del nuestro.

    Cuarta parte (cap. 40–56): los textos de Pablo mal entendidos

    Capítulo 40. Diversos pasajes de San Pablo que atestiguan nuestra doctrina, rescatados de las perversiones de la herejía

    Cap. 40

    Ahora bien, no es de extrañar que se tomen argumentos capciosamente de los escritos del (apóstol) mismo, puesto que «es necesario que haya herejías;» [] pero éstas no podrían existir si las Escrituras no fueran capaces de una interpretación falsa. Pues bien, las herejías, hallando que el apóstol había mencionado dos «hombres» —«el hombre interior,» es decir, el alma, y «el hombre exterior,» es decir, la carne—, concedieron la salvación al alma u hombre interior, y la destrucción a la carne u hombre exterior, porque está escrito (en la Epístola) a los Corintios: «Aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día.» [] Ahora bien, ni el alma por sí sola es «hombre» (fue implantada después en el molde de barro al que ya se le había dado el nombre hombre), ni la carne sin el alma es «hombre»: pues tras el destierro del alma de ella, tiene el título de cadáver. Así, la designación hombre es, en cierto sentido, el vínculo entre las dos sustancias estrechamente unidas, bajo cuya designación no pueden dejar de ser naturalezas coherentes. En cuanto al hombre interior, en verdad, el apóstol prefiere que se lo considere como la mente y el corazón más bien que como el alma; en otras palabras, no tanto la sustancia misma como el sabor de la sustancia. Así, cuando, escribiendo a los Efesios, habló de «Cristo que habita en su hombre interior,» quiso decir, sin duda, que el Señor debía ser admitido en sus sentidos. [] Luego añadió: «en vuestros corazones por la fe, arraigados y cimentados en amor,» —haciendo de «fe» y «amor» no partes sustanciales, sino sólo concepciones del alma. Pero cuando usó la frase «en vuestros corazones,» viendo que éstos son partes sustanciales de la carne, asignó en seguida a la carne el «hombre interior» real, que colocó en el corazón. Considerad ahora en qué sentido afirmó que «el hombre exterior se desgasta, mientras el hombre interior se renueva de día en día.» Ciertamente no sostendríais que podía referirse a esa corrupción de la carne que sufre desde el momento de la muerte, en su estado señalado de perpetua decadencia; sino al desgaste que por el nombre de Cristo experimenta durante el curso de su vida antes y hasta la muerte, en cuidados y tribulaciones agobiantes, así como en torturas y persecuciones. Ahora bien, el hombre interior tendrá, por supuesto, que ser renovado por la sugestión del Espíritu, avanzando por la fe y la santidad día tras día, aquí en esta vida, no allí después de la resurrección, donde nuestra renovación no es un proceso gradual de día en día, sino una consumación completa de una vez por todas. Podéis aprender esto también del pasaje siguiente, donde el apóstol dice: «Porque nuestra leve tribulación, que es sólo por un momento, obra en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; mientras no miramos las cosas que se ven,» es decir, nuestros sufrimientos, «sino las que no se ven,» es decir, nuestras recompensas: «porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.» [] Pues las aflicciones e injurias con que el hombre exterior es desgastado, afirma que sólo merecen ser despreciadas por nosotros, por ser ligeras y temporales; prefiriendo aquellas recompensas eternas que son también invisibles, y aquel «peso de gloria» que será un contrapeso por los trabajos en cuya paciencia la carne sufre aquí decadencia. De modo que el asunto en este pasaje no es aquella corrupción que ellos atribuyen al hombre exterior en la destrucción total de la carne, con miras a anular la resurrección. Así también dice en otra parte: «Si es que padecemos con Él, para que también seamos glorificados juntamente; pues tengo por cierto que los sufrimientos del tiempo presente no son dignos de compararse con la gloria que ha de revelarse en nosotros.» [] Aquí de nuevo nos muestra que nuestros sufrimientos son menores que sus recompensas. Ahora bien, puesto que es por medio de la carne que padecemos con Cristo —pues es propio de la carne ser desgastada por los sufrimientos—, a la misma carne pertenece la recompensa que se promete por padecer con Cristo. Por consiguiente, cuando va a asignar aflicciones a la carne como su pasivo especial— según la declaración que ya había hecho— dice: «Cuando llegamos a Macedonia, nuestra carne no tuvo reposo;» [] luego, a fin de hacer al alma copartícipe del sufrimiento con el cuerpo, añade: «Fuimos atribulados por todos lados; de fuera, conflictos,» que desde luego combatían contra la carne, «de dentro, temores,» que afligían al alma. Aunque, por tanto, el hombre exterior se desgasta— no en el sentido de perder la resurrección, sino de soportar tribulación—, se entenderá por esta Escritura que no está expuesto a su sufrimiento sin el hombre interior. Ambos, por tanto, serán glorificados juntamente, así como han padecido juntamente. Paralela a su participación en las tribulaciones, debe correr necesariamente su asociación también en las recompensas.

    Capítulo 41. La disolución de nuestro tabernáculo es consistente con la resurrección de nuestros cuerpos

    Cap. 41

    Es todavía el mismo sentimiento que continúa en el pasaje en el que pone la recompensa por encima de los sufrimientos: «pues sabemos;» dice, «que si nuestra casa terrenal de este tabernáculo se disolviera, tenemos una casa no hecha de manos, eterna en los cielos;» [] en otras palabras, debido a que nuestra carne está sufriendo disolución por sus padecimientos, se nos proveerá un hogar en el cielo. Recordó la recompensa (que el Señor asigna) en el Evangelio: «Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.» [] Sin embargo, cuando contrastó así la recompensa del premio, no negó la restauración de la carne; puesto que la recompensa se debe a la misma sustancia a la que se atribuye la disolución— es decir, por supuesto, a la carne. Mas, como había llamado a la carne una casa, quiso elegantemente usar el mismo término en su comparación de la recompensa última; prometiendo a la casa misma, que sufre disolución por el padecimiento, una casa mejor mediante la resurrección. Así como también el Señor nos promete muchas moradas como de una casa en el hogar de su Padre; [] aunque esto posiblemente pueda entenderse del domicilio de este mundo, a cuya disolución de su fábrica se promete una morada eterna en el cielo, en tanto que el contexto siguiente, teniendo una referencia manifiesta a la carne, parece mostrar que estas palabras precedentes no tienen tal referencia. Pues el apóstol hace una distinción, cuando continúa diciendo: «Porque en esto gemimos, deseando ardientemente ser vestidos de arriba con nuestra casa que es del cielo, si es que, estando vestidos, no seamos hallados desnudos;» [] lo cual significa que, antes de despojarnos del vestido de la carne, deseamos ser vestidos con la gloria celestial de la inmortalidad. Ahora bien, el privilegio de este favor aguarda a aquellos que en la venida del Señor sean hallados en la carne, y que, debido a las opresiones del tiempo del Anticristo, merezcan por una muerte instantánea, que se lleva a cabo por un cambio repentino, llegar a ser aptos para unirse a los santos que resucitan; como escribe a los Tesalonicenses: «Porque esto os decimos por la palabra del Señor: que nosotros los que vivimos, los que quedamos hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo con aclamación, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero: luego nosotros, los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes, a recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.» []

    Capítulo 42. La muerte cambia, sin destruirlos, nuestros cuerpos mortales. Restos de los gigantes

    Cap. 42

    Es la transformación que éstos han de experimentar la que explica a los Corintios, cuando escribe: «Todos ciertamente resucitaremos (aunque no todos experimentaremos la transformación) en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la última trompeta» —pues ninguno experimentará este cambio sino sólo aquellos que sean hallados en la carne. «Y los muertos,» dice, «serán resucitados,» y «nosotros seremos transformados.» Ahora bien, después de una cuidadosa consideración de este orden señalado, podréis ajustar lo que sigue al sentido precedente. Pues cuando añade: «Esto corruptible debe vestirse de incorrupción, y esto mortal debe vestirse de inmortalidad,» [] esto será ciertamente aquella casa del cielo, con la cual tan ardientemente deseamos ser vestidos de arriba, mientras gemimos en este nuestro cuerpo presente—refiriéndose, por supuesto, a esta carne en la que seremos sorprendidos al final; porque dice que estamos cargados mientras estamos en este tabernáculo, del cual no deseamos ciertamente ser despojados, sino más bien ser en él revestidos por encima, de tal manera que la mortalidad sea absorbida por la vida, es decir, poniendo sobre nosotros, mientras somos transformados, aquella vestidura que es del cielo. Pues ¿quién hay que no desee, mientras está en la carne, vestirse de inmortalidad y continuar su vida por una feliz escapada de la muerte, mediante la transformación que ha de experimentarse en lugar de ella, sin encontrarse tampoco con aquel Hades que exigirá hasta el último cuadrante? No obstante, aquel que ya ha atravesado el Hades está destinado también a obtener el cambio después de la resurrección. Pues por esta circunstancia es que declaramos definitivamente que la carne de todos modos resucitará, y que, por el cambio que ha de sobrevenirle, asumirá la condición de los ángeles. Ahora bien, si fuera meramente en el caso de aquellos que sean hallados en la carne que el cambio debe experimentarse, a fin de que la mortalidad sea absorbida por la vida— en otras palabras, para que la carne (sea cubierta) con el vestido celestial y eterno— se seguiría o bien que aquellos que sean hallados en la muerte no obtendrían la vida, privados como estarían entonces del material y, por así decir, del alimento de la vida, es decir, de la carne; o bien, éstos también deben necesariamente experimentar el cambio, para que también en ellos la mortalidad sea absorbida por la vida, puesto que está señalado que ellos también obtengan la vida. Pero, diréis, en el caso de los muertos, la mortalidad ya está absorbida por la vida. No, no en todos los casos, ciertamente. Pues ¿cuántos se hallarán muy probablemente de hombres que acababan de morir— tan recientemente puestos en sus sepulcros que nada en ellos parecería estar descompuesto? Pues no consideráis, por supuesto, que una cosa esté descompuesta a menos que esté cortada, abolida y retirada de nuestra percepción, como habiendo dejado de ser aparente en toda forma posible. Están los cadáveres de los gigantes de antaño; será bastante obvio que no están absolutamente descompuestos, pues sus armazones óseos todavía existen. Ya hemos hablado de esto en otra parte. Por ejemplo, aun recientemente en esta misma ciudad, cuando estaban poniendo sacrílegamente los cimientos del Odeón sobre bastantes tumbas antiguas, la gente se horrorizó al descubrir, después de unos quinientos años, huesos que aún conservaban su humedad, y cabello que no había perdido su perfume. Es cierto no sólo que los huesos permanecen endurecidos, sino también que los dientes continúan sin descomponerse por siglos— ambos gérmenes duraderos de aquel cuerpo que ha de brotar de nuevo a la vida en la resurrección. Finalmente, aun si todo lo que es mortal en todos los muertos se hallare entonces descompuesto— en todo caso consumido por la muerte, por el tiempo y a través de la edad— ¿no hay nada que sea «absorbido por la vida», ni por ser cubierto y revestido con la vestidura de la inmortalidad? Ahora bien, el que dice que la mortalidad va a ser absorbida por la vida ya ha admitido que lo que está muerto no es destruido por aquellos otros devoradores antes mencionados. Y verdaderamente será muy conveniente que todo sea consumado y llevado a cabo por las operaciones de Dios, y no por las leyes de la naturaleza. Por tanto, en tanto que lo que es mortal ha de ser absorbido por la vida, necesariamente ha de ser sacado a la vista para ser así absorbido; (necesario) también ser absorbido, para experimentar la transformación última. Si dijerais que ha de encenderse un fuego, no podríais alegar en modo alguno que lo que ha de encenderlo es a veces necesario y a veces no. De igual modo, cuando inserta las palabras «Si es que, estando desvestidos, no seamos hallados desnudos,» [] —refiriéndose, por supuesto, a aquellos que no serán hallados en el día del Señor vivos y en la carne— no dijo que aquellos a quienes acababa de describir como desvestidos o despojados estuvieran desnudos en otro sentido que el de dar a entender que debían ser revestidos de nuevo con la misma sustancia de la que habían sido despojados. Pues aunque serán hallados desnudos cuando su carne haya sido dejada de lado, o en cierta medida separada o desgastada (y esta condición bien puede llamarse desnudez,) después la recobrarán de nuevo, a fin de que, siendo revestidos de nuevo con la carne, puedan también tener puesta encima la sobrevestidura de la inmortalidad; pues será imposible que el vestido exterior se ajuste sino sobre uno que ya está vestido.

    Capítulo 43. No hay menosprecio de nuestra doctrina en la frase de San Pablo, que llama a nuestra residencia en la carne ausencia del Señor

    Cap. 43

    Del mismo modo, cuando dice: «Por eso estamos siempre confiados, y plenamente convencidos, de que mientras moramos en el cuerpo estamos ausentes del Señor; porque caminamos por fe, no por vista» [], es manifiesto que en esta afirmación no hay intención de menospreciar la carne, como si nos separara del Señor. Pues aquí se nos dirige expresamente una exhortación a no hacer caso de esta vida presente, ya que estamos ausentes del Señor mientras pasamos por ella, caminando por fe, no por vista; es decir, en esperanza, no en realidad. Por consiguiente añade: «Confiamos, y consideramos mejor más bien ausentarnos del cuerpo y estar presentes con el Señor»; es decir, para que caminemos por vista más bien que por fe, en realización más bien que en esperanza. Observad cómo aquí atribuye también a la excelencia del martirio un desprecio por el cuerpo. Porque nadie, al ausentarse del cuerpo, pasa a ser al instante morador de la presencia del Señor, salvo por la prerrogativa del martirio: gana una morada en el Paraíso, no en las regiones inferiores. Ahora bien, ¿acaso le faltaron al apóstol palabras para describir la salida del cuerpo? ¿O usa a propósito una fraseología novedosa? Pues, queriendo expresar nuestra ausencia temporal del cuerpo, dice que somos extranjeros, ausentes de él, porque un hombre que se va al extranjero regresa después de un tiempo a su hogar. Luego dice incluso a todos: «Por eso procuramos también serle agradables, presentes o ausentes; porque es necesario que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo Jesús» []. Si todos nosotros, entonces todos nosotros enteramente; si enteramente, entonces también nuestro hombre interior y el exterior, es decir, nuestros cuerpos no menos que nuestras almas. «Que cada uno,» como continúa diciendo, «reciba según lo que haya hecho por medio del cuerpo, conforme a lo que hizo, sea bueno o sea malo.» [] Ahora pregunto: ¿cómo leéis este pasaje? ¿Lo consideráis construido confusamente, con una transposición de ideas? ¿Se trata de las cosas que el cuerpo habrá de recibir, o de las que ya se han hecho en el cuerpo? Pues bien, si se refiere a las cosas que el cuerpo ha de soportar, sin duda se implica una resurrección del cuerpo; y si se refiere a las cosas ya hechas en el cuerpo, se sigue la misma conclusión: porque, naturalmente, la retribución tendrá que pagarla el cuerpo, ya que fue por medio del cuerpo como se realizaron las acciones. Así, todo el argumento del apóstol desde el comienzo se deshace en esta cláusula final, en la que se expone la resurrección de la carne; y debe entenderse en un sentido estrictamente conforme con esta conclusión.

    Capítulo 44. Diversos otros pasajes de San Pablo explicados en una sentencia que confirma nuestra doctrina

    Cap. 44

    Ahora bien, si examináis las palabras que preceden al pasaje en que se menciona al hombre exterior y al interior, ¿no descubriréis toda la verdad, tanto de la dignidad como de la esperanza de la carne? Pues cuando habla de la «luz que Dios ha mandado que resplandezca en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria del Señor en la persona de Jesucristo» [], y dice que «tenemos este tesoro en vasos de barro», refiriéndose sin duda a la carne, ¿qué se quiere decir: que la carne ha de ser destruida, porque es «vaso de barro», que deriva su origen del barro; o que ha de ser glorificada, por ser receptáculo de un tesoro divino? Ahora bien, si aquella luz verdadera, que está en la persona de Cristo, contiene en sí misma vida, y esa vida con su luz es confiada a la carne, ¿está destinado a perecer aquello que tiene confiada la vida? Entonces, por supuesto, perecerá también el tesoro; porque las cosas perecederas se confían a cosas asimismo perecederas, lo cual es como echar vino nuevo en odres viejos. Cuando añade además: «Llevando siempre en el cuerpo la muerte de el Señor Jesucristo» [], ¿qué clase de sustancia es esa que, después de haber sido llamada templo de Dios, puede ahora ser también designada tumba de Cristo? Pero ¿por qué llevamos en el cuerpo la muerte del Señor? Para, como dice, «que también su vida se manifieste.» ¿Dónde? «En el cuerpo.» ¿En qué cuerpo? «En nuestro cuerpo mortal.» Por tanto, en la carne, que es ciertamente mortal por el pecado, pero viviente por la gracia —¡cuán grande gracia podéis ver cuando el propósito es «que la vida de Cristo se manifieste en él»! ¿Es, pues, en una cosa ajena a la salvación, en una sustancia perpetuamente disuelta, donde se manifestará la vida de Cristo, que es eterna, continua, incorruptible, y ya la vida de Dios? De otro modo, ¿a qué época pertenece esa vida del Señor que ha de manifestarse en nuestro cuerpo? Es ciertamente la vida que Él vivió hasta su pasión, la cual no sólo se mostró abiertamente entre los judíos, sino que ahora se ha desplegado incluso a todas las naciones. Por tanto, se trata de aquella vida que «ha quebrantado las puertas diamantinas de la muerte y los cerrojos de bronce del mundo inferior», una vida que desde entonces ha sido y será nuestra. Finalmente, ha de manifestarse en el cuerpo. ¿Cuándo? Después de la muerte. ¿Cómo? Resucitando en nuestro cuerpo, como también Cristo resucitó en el suyo. Pero para que nadie objete aquí que la vida de Jesús ha de manifestarse ya ahora en nuestro cuerpo por la disciplina de la santidad, la paciencia, la justicia y la sabiduría, en las cuales abundaba la vida del Señor, la sabiduría más providente del apóstol inserta este propósito: «Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a la muerte por causa de Jesús, para que su vida se manifieste en nuestro cuerpo mortal.» [] Por tanto, dice que esto ha de tener lugar en nosotros, incluso cuando estemos muertos. Y si es así, ¿cómo es esto posible sino en nuestro cuerpo después de su resurrección? Por eso añade en la frase final: «Sabiendo que el que resucitó a el Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con él», habiendo resucitado ya de entre los muertos. Pero quizás «con él» significa «como él:» pues bien, si es como él, ciertamente no es sin la carne.

    Capítulo 45. El hombre viejo y el hombre nuevo de San Pablo explicados

    Cap. 45

    Pero en su ceguera vuelven a empalarse en la cuestión del hombre viejo y el hombre nuevo. Cuando el apóstol nos ordena «despojarnos del hombre viejo, que está corrompido conforme a los deseos engañosos; y renovarnos en el espíritu de nuestra mente; y vestirnos del hombre nuevo, creado según Dios en justicia y santidad verdadera» [], (sostienen) que también aquí, al hacer una distinción entre las dos sustancias, y aplicar la vieja a la carne y la nueva al espíritu, atribuye al hombre viejo —es decir, a la carne— una corrupción permanente. Ahora bien, si seguís el orden de las sustancias, el alma no puede ser el hombre nuevo, porque es la última de las dos; ni la carne puede ser el hombre viejo, porque es la primera. Pues ¿qué fracción de tiempo intervino entre la mano creadora de Dios y su soplo? Me atreveré a decir que, aunque el alma fuera bastante anterior a la carne, por el mismo hecho de que el alma tuvo que esperar a ser completada, hizo que la otra fuera realmente la primera. Porque todo lo que da el toque final y la perfección a una obra, aunque es posterior en el mero orden, tiene sin embargo prioridad en su efecto. Tanto más es anterior aquello sin lo cual lo que precede no podría existir. Si la carne es el hombre viejo, ¿cuándo llegó a serlo? ¿Desde el principio? Pero Adán era enteramente un hombre nuevo, y de ese hombre nuevo ninguna parte podía ser hombre viejo. Y desde entonces, desde la bendición pronunciada sobre la generación del hombre [], la carne y el alma han tenido un nacimiento simultáneo, sin diferencia calculable de tiempo; de modo que las dos han sido engendradas juntas en el seno materno, como hemos mostrado en nuestro Tratado sobre el alma. Contemporáneas en el seno, son también temporalmente idénticas en su nacimiento. Las dos, sin duda, son producidas por padres humanos de dos sustancias, pero no en dos períodos diferentes; más bien son tan completamente una, que ni la una es anterior a la otra en el tiempo. Es más correcto decir que somos enteramente el hombre viejo o enteramente el nuevo, pues no podemos decir cómo podríamos ser otra cosa. Pero el apóstol menciona una señal muy clara del hombre viejo. Porque «despojaos», dice, «en cuanto a vuestra anterior manera de vivir, del hombre viejo»; [] no dice en cuanto a la mayor antigüedad de una u otra sustancia. No es ciertamente la carne la que nos manda despojar, sino las obras que en otro pasaje muestra que son «obras de la carne» []. No presenta acusación alguna contra los cuerpos de los hombres, de los cuales incluso escribe lo siguiente: «Desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo, porque somos miembros los unos de los otros. Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo. El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué dar al que padece necesidad. Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para edificación, para que imparta gracia a los oyentes. Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Toda amargura, ira, enojo, gritos y maledicencia sean quitados de vosotros, con toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó en Cristo.» [] ¿Por qué, pues, los que suponen que la carne es el hombre viejo no apresuran su propia muerte, para que, despojándose del hombre viejo, puedan cumplir los preceptos del apóstol? En cuanto a nosotros, creemos que toda la fe ha de administrarse en la carne, más aún, por la carne, la cual tiene boca para pronunciar todas las palabras santas, y lengua para abstenerse de la blasfemia, y corazón para evitar toda irritación, y manos para trabajar y dar; y sostenemos también que tanto el hombre viejo como el nuevo se refieren a la diferencia de conducta moral, y no a discrepancia alguna de naturaleza. Y así como reconocemos que lo que según su anterior manera de vivir era «el hombre viejo» era también corrupto, y recibió su mismo nombre conforme a «sus deseos engañosos», así también sostenemos que es «el hombre viejo en cuanto a su anterior manera de vivir» [], y no respecto de la carne por una disolución permanente. Además, permanece intacto en la carne, e idéntico en esa naturaleza, incluso cuando se ha convertido en «el hombre nuevo», puesto que ha sido despojado de su curso pecaminoso de vida, y no de su sustancia corpórea.

    Capítulo 46. Lo que San Pablo condena siempre son las obras de la carne, no la sustancia de la carne

    Cap. 46

    Podéis notar que el apóstol condena en todas partes las obras de la carne de tal modo que parece condenar la carne; pero nadie puede suponer que tenga semejante opinión, puesto que pasa a sugerir otro sentido, aunque algo parecido. Pues cuando declara efectivamente que «los que están en la carne no pueden agradar a Dios», inmediatamente retira la afirmación de un sentido herético a uno sano, añadiendo: «Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu» []. Ahora bien, al negar que estén en la carne quienes evidentemente estaban en la carne, mostró que no vivían en medio de las obras de la carne, y por tanto que quienes no podían agradar a Dios no eran los que estaban en la carne, sino sólo los que vivían según la carne; mientras que agradaban a Dios quienes, aunque existiendo en la carne, caminaban según el Espíritu. Y, de nuevo, dice que «el cuerpo está muerto»; pero es «a causa del pecado», así como «el Espíritu es vida a causa de la justicia». Sin embargo, cuando opone así la vida a la muerte que está constituida en la carne, promete indudablemente la vida de la justicia al mismo estado para el cual determinó la muerte del pecado. Pero carece de sentido esta oposición que hace entre la «vida» y la «muerte», si la vida no está allí donde se encuentra aquello mismo a lo que la opone, es decir, la muerte que ha de ser extirpada, por supuesto, del cuerpo. Ahora bien, si la vida extirpa así la muerte del cuerpo, sólo puede lograrlo penetrando allí donde está aquello que excluye. Pero ¿por qué recurro a argumentos enredados, cuando el apóstol trata el asunto con perfecta claridad? «Pues si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos mora en vosotros, el que resucitó a Jesús de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales, por su Espíritu que mora en vosotros» []; de modo que, aunque alguien supusiera que el alma es «el cuerpo mortal», se vería obligado (puesto que no puede negar posiblemente que la carne sea también esto) a reconocer una restauración incluso de la carne, como consecuencia de su participación en el mismo estado. De las palabras siguientes, además, podéis aprender que son las obras de la carne las que se condenan, y no la carne misma: «Así que, hermanos, somos deudores, no a la carne, para vivir según la carne; porque si vivís según la carne, moriréis; pero si por el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis». Ahora (para responder a cada punto por separado), puesto que la salvación se promete a quienes viven en la carne, pero caminan según el Espíritu, ya no es la carne la adversaria de la salvación, sino el obrar de la carne. Sin embargo, cuando este obrar de la carne, que es la causa de la muerte, queda eliminado, se muestra que la carne está a salvo, ya que está libre de la causa de la muerte. «Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús», dice, «me ha librado de la ley del pecado y de la muerte»; esa, ciertamente, que antes mencionó como morando en nuestros miembros. Nuestros miembros, por tanto, ya no estarán sujetos a la ley de la muerte, porque dejan de servir a la del pecado, de ambas las cuales han sido libertados. «Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado condenó al pecado en la carne» []; no a la carne en el pecado, pues la casa no ha de ser condenada con su habitante. Dijo, en verdad, que «el pecado mora en nuestro cuerpo» []. Pero la condenación del pecado es la absolución de la carne, así como su no-condenación la sujeta a la ley del pecado y de la muerte. De igual manera, llamó a «la mente carnal» primero «muerte» [], y después «enemistad contra Dios»; pero nunca predicó esto de la carne misma. Pero entonces, diréis, ¿a qué ha de atribuirse la mente carnal, si no es a la sustancia carnal misma? Concederé vuestra objeción, si me probáis que la carne tiene discernimiento propio. Si, sin embargo, no tiene concepción alguna de nada sin el alma, debéis entender que la mente carnal ha de referirse al alma, aunque a veces se atribuya a la carne, por cuanto se sirve de la carne y por medio de la carne. Y por eso dice el apóstol que «el pecado mora en la carne», porque el alma, por la cual es provocado el pecado, tiene su alojamiento temporal en la carne, la cual está ciertamente destinada a la muerte, no sin embargo por su propia cuenta, sino a causa del pecado. Pues dice también en otro pasaje: «¿Cómo es que os conducís como si aún vivierais en el mundo?» [] donde no escribe a personas muertas, sino a quienes debían haber dejado de vivir según las costumbres del mundo.

    Capítulo 47. San Pablo, de principio a fin, promete vida eterna al cuerpo

    Cap. 47

    Pues ha de ser vivir según el mundo aquello que, como el viejo hombre, declara que fue «crucificado con Cristo,» [] no como una estructura corporal, sino como conducta moral. Además, si no lo entendemos en este sentido, no es nuestro cuerpo el que ha sido traspasado (en todo caso), ni nuestra carne ha soportado la cruz de Cristo; sino que el sentido es el que él ha añadido: «que el cuerpo del pecado sea anulado», por una enmienda de vida, no por una destrucción de la sustancia, como continúa diciendo: «que en adelante no sirvamos al pecado»; y que creamos que estamos «muertos con Cristo», de tal manera que «también viviremos con Él». Por el mismo principio dice: «Asimismo consideraos también vosotros muertos ciertamente.» ¿A qué? ¿A la carne? No, sino «al pecado». En consecuencia, en cuanto a la carne serán salvos—«vivos para Dios en Cristo Jesús», por la carne por supuesto, a la cual no estarán muertos; puesto que es «al pecado», y no a la carne, a lo que están muertos. Porque él prosigue aún más el argumento: «No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis y entreguéis vuestros miembros como instrumentos de injusticia al pecado; sino presentaos a Dios como vivos de entre los muertos» —no simplemente vivos, sino como vivos de entre los muertos— «y vuestros miembros como instrumentos de justicia». Y de nuevo: «Así como habéis entregado vuestros miembros como esclavos de la impureza y de la iniquidad para iniquidad, así ahora entregad vuestros miembros como esclavos de la justicia para santidad; pues cuando erais esclavos del pecado, estabais libres respecto de la justicia. ¿Qué fruto teníais entonces en aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte. Pero ahora, liberados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis vuestro fruto para santidad, y el fin, la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, mas el don de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.» Así, a lo largo de toda esta serie de pasajes, al retirar nuestros miembros de la injusticia y del pecado, y aplicarlos a la justicia y a la santidad, y al trasladarlos de la paga de la muerte al don gratuito de la vida eterna, sin duda promete a la carne la recompensa de la salvación. Ahora bien, no habría sido en absoluto coherente que se impusiera especialmente a la carne una regla de santidad y justicia, si la recompensa de tal disciplina no estuviera también a su alcance; ni siquiera el bautismo podría ser ordenado propiamente para la carne, si por su regeneración no se inaugurara un curso tendente a su restitución; y el apóstol mismo sugiere esta idea: «¿No sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Por tanto, mediante el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos, así también nosotros andemos en novedad de vida.» [] Y para que no supongas que esto se dice meramente de aquella vida en cuya novedad hemos de andar, por el bautismo, por la fe, el apóstol con suma previsión añade: «Porque si fuimos plantados juntamente en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección.» En figura morimos en el bautismo, pero en realidad resucitamos en la carne, así como Cristo lo hizo, «para que, así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna, por Jesucristo Señor nuestro.» [] Pero ¿cómo es esto, si no igualmente en la carne? Porque donde está la muerte, allí también debe estar la vida después de la muerte, pues también la vida estuvo primero allí donde después estuvo la muerte. Ahora bien, si el dominio de la muerte opera sólo en la disolución de la carne, de igual manera el contrario de la muerte, la vida, debe producir el efecto contrario, a saber, la restauración de la carne; de modo que, así como la muerte la había devorado en su fuerza, también ella, después de que esto mortal fuera absorbido por la inmortalidad, pueda oír el desafío pronunciado contra ella: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?» [] Pues de esta manera «la gracia abundará mucho más allí donde el pecado abundó una vez.» [] De esta manera también «la fuerza se perfeccionará en la debilidad» [] — salvando lo que está perdido, reviviendo lo que está muerto, sanando lo que está herido, curando lo que está desfallecido, redimiendo lo que está perdido, liberando lo que está esclavizado, llamando de nuevo a lo que se ha extraviado, levantando lo que ha caído; y esto desde la tierra hasta el cielo, donde, como enseña el apóstol a los filipenses, «tenemos nuestra ciudadanía, de donde también esperamos al Salvador, Jesucristo, quien transformará nuestro cuerpo de humillación, para que sea hecho semejante a su cuerpo glorioso» [] — por supuesto después de la resurrección, porque Cristo mismo no fue glorificado antes de padecer. Estos deben ser «los cuerpos» que él «ruega» a los romanos «presentar» como «sacrificio vivo, santo, agradable a Dios.» [] Pero ¿cómo un sacrificio vivo, si estos cuerpos han de perecer? ¿Cómo uno santo, si están profanamente manchados? ¿Cómo agradable a Dios, si son condenados? Vamos, dime ahora cómo entienden ese pasaje (de la Epístola) a los Tesalonicenses —que, por su claridad, supondría que fue escrito con un rayo de sol— nuestros herejes, que rehúyen la luz de la Escritura: «Y el mismo Dios de paz os santifique por completo.» Y como si esto no fuera bastante claro, continúa diciendo: «Y que todo vuestro cuerpo, alma y espíritu sea guardado irreprensible para la venida del Señor.» [] Aquí tienes la sustancia entera del hombre destinada a la salvación, y esto en ningún otro tiempo sino en la venida del Señor, que es la clave de la resurrección.

    Capítulo 48. Diversos pasajes del gran capítulo de la resurrección de los muertos explicados en defensa de nuestra doctrina

    Cap. 48

    Pero «la carne y la sangre,» dices, «no pueden heredar el reino de Dios.» [] Bien sabemos que también esto está escrito; pero aunque nuestros adversarios lo ponen al frente de la batalla, hemos reservado intencionadamente la objeción hasta ahora, a fin de derribarla en nuestro último asalto, después de haber apartado del camino todas las cuestiones auxiliares a ella. Sin embargo, deben ingeniarse para traer a la memoria incluso ahora nuestros argumentos precedentes, a fin de que la ocasión que originalmente sugirió este pasaje ayude a nuestro juicio a llegar a su significado. El apóstol, según entiendo, habiendo expuesto para los corintios los detalles de su disciplina eclesiástica, había resumido la sustancia de su propio evangelio y de la fe de ellos en una exposición de la muerte y resurrección del Señor, con el propósito de deducir de allí la regla de nuestra esperanza y su fundamento. En consecuencia, añade esta declaración: «Ahora bien, si se predica que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de los muertos? Si no hay resurrección de los muertos, entonces Cristo no ha resucitado; y si Cristo no ha resucitado, vana es entonces nuestra predicación, y vana es también vuestra fe. Y aun somos hallados falsos testigos de Dios; porque hemos testificado de Dios que resucitó a Cristo, a quien no resucitó, si en verdad los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es vana, pues aún estáis en vuestros pecados, y también los que durmieron en Cristo perecieron.» [] Ahora bien, ¿cuál es el punto que evidentemente se esfuerza por hacernos creer a lo largo de este pasaje? La resurrección de los muertos, dices, que era negada: ciertamente él quería que se creyera en virtud del ejemplo que aducía—la resurrección del Señor. Ciertamente, dices. Ahora bien, ¿un ejemplo se toma de circunstancias diferentes o de semejantes? De semejantes, sin duda, es tu respuesta. ¿Cómo, pues, resucitó Cristo? ¿En la carne o no? Sin duda, puesto que se te dice que «murió conforme a las Escrituras», y que «fue sepultado conforme a las Escrituras», de ninguna otra manera que en la carne, también admitirás que fue en la carne como resucitó de los muertos. Pues el mismo cuerpo que cayó en la muerte, y que yació en el sepulcro, resucitó también; (y fue) no tanto Cristo en la carne, cuanto la carne en Cristo. Si, por tanto, hemos de resucitar según el ejemplo de Cristo, que resucitó en la carne, ciertamente no resucitaremos conforme a ese ejemplo, a menos que también nosotros mismos resucitemos en la carne. «Pues», dice, «ya que por un hombre vino la muerte, por un hombre vino también la resurrección de los muertos.» (Dice esto) para, por una parte, distinguir a los dos autores—Adán de la muerte, Cristo de la resurrección—; y, por otra, hacer que la resurrección opere sobre la misma sustancia que la muerte, comparando a los autores mismos bajo la designación hombre. Porque si «así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados» [], su vivificación en Cristo debe ser en la carne, puesto que es en la carne donde surge su muerte en Adán. «Pero cada uno en su propio orden», porque por supuesto será también cada uno en su propio cuerpo. Pues el orden se dispondrá individualmente, a causa de los méritos individuales. Ahora bien, como los méritos deben atribuirse al cuerpo, se sigue necesariamente que el orden también debe disponerse respecto de los cuerpos, para que esté en relación con sus méritos. Pero en tanto que «algunos también son bautizados por los muertos», veremos si hay una buena razón para esto. Ahora bien, es cierto que adoptaron esta práctica con tal presunción que les hizo suponer que el bautismo vicario (en cuestión) sería beneficioso para la carne de otro en anticipación de la resurrección; pues a menos que fuera una resurrección corporal, no habría ninguna prenda asegurada por este proceso de un bautismo corpóreo. «¿Por qué, pues, son bautizados por los muertos?», pregunta, a menos que resuciten los cuerpos que así son bautizados. Pues no es el alma la que es santificada por el baño bautismal: su santificación viene de la «respuesta» []. «Y por qué,» pregunta, «nos ponemos en peligro cada hora?» [] — queriendo decir, por supuesto, por causa de la carne. «Muero cada día,» (dice); es decir, sin duda, en los peligros del cuerpo, en los cuales «incluso luchó con fieras en Éfeso», —incluso con aquellas fieras que le causaron tal peligro y aflicción en Asia, a lo que alude en su segunda epístola a la misma iglesia de Corinto: «Porque no queremos, hermanos, que ignoréis nuestra tribulación que nos sobrevino en Asia, que fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, hasta el punto de que desesperamos aun de la vida.» [] Ahora bien, si no me equivoco, enumera todas estas particularidades a fin de que, en su renuencia a que sus combates en la carne se supongan inútiles, induzca una fe inquebrantable en la resurrección de la carne. Pues inútil debe considerarse aquel combate (que se sostiene en un cuerpo) para el cual no hay resurrección en perspectiva. «Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Y con qué cuerpo vendrán?» [] Ahora bien, aquí discute las cualidades de los cuerpos, si es el mismo, o diferentes, los que los hombres han de recobrar. Sin embargo, puesto que tal cuestión debe considerarse posterior, será suficiente de pasada para nosotros que la resurrección queda determinada como corporal incluso por esto: que la investigación surge acerca de la cualidad de los cuerpos.

    Capítulo 49. Continúa el mismo tema. ¿Qué excluye el Apóstol de entre los muertos? Ciertamente no la sustancia de la carne

    Cap. 49

    Llegamos ahora a la médula misma de toda la cuestión: ¿Cuáles son las sustancias, y de qué naturaleza, a las que el apóstol ha desheredado del reino de Dios? Las afirmaciones precedentes nos dan una pista también sobre este punto. Dice: «El primer hombre es de la tierra, terrenal» — es decir, hecho de polvo, esto es, Adán; «el segundo hombre es del cielo» [] — es decir, la Palabra de Dios, que es Cristo, de ninguna otra manera, sin embargo, hombre (aunque «del cielo»), sino siendo Él mismo carne y alma, tal como es un ser humano, tal como fue Adán. En efecto, en un pasaje anterior se le llama «el segundo Adán», derivando la identidad de su nombre de su participación en la sustancia, porque ni siquiera Adán fue carne de semilla humana, en lo cual Cristo también es semejante a él. «Como es el terreno, así son también los terrenos; y como es el celestial, así son también los celestiales.» [] Tales (quiere decir), ¿en sustancia; o primero en el adiestramiento, y después en la dignidad y el valor que ese adiestramiento pretendía adquirir? No en sustancia, sin embargo, de ningún modo serán separados el terreno y el celestial, designados como han sido por el apóstol de una vez por todas, como hombres. Pues aun si Cristo fuera el único verdadero «celestial», más aún, Ser supercelestial, sigue siendo hombre, como compuesto de cuerpo y alma; y en ningún aspecto está separado de la cualidad de «terrenidad», debido a aquella condición suya que lo hace partícipe de ambas sustancias. De igual manera, aquellos que después de Él son celestiales, se entiende que tienen esta cualidad celeste predicada de ellos no de su naturaleza presente, sino de su gloria futura; porque en una frase precedente, que originó esta distinción respecto de la diferencia de dignidad, se mostró que hay «una gloria en los cuerpos celestes, y otra en los terrestres» [] — «una gloria del sol, y otra gloria de la luna, y otra gloria de las estrellas: pues aun una estrella difiere de otra estrella en gloria», aunque no en sustancia. Luego, después de haber establecido así la diferencia en aquel valor o dignidad que incluso ahora ha de buscarse, y al fin ha de gozarse, el apóstol añade una exhortación: que tanto aquí, en nuestro adiestramiento, sigamos el ejemplo de Cristo, como allí alcancemos su eminencia en gloria: «Así como hemos llevado la imagen del terreno, llevemos también la imagen del celestial.» Hemos llevado ciertamente la imagen del terreno, al compartir su transgresión, al participar en su muerte, al ser desterrados del Paraíso. Ahora bien, aunque la imagen de Adán es llevada aquí por nosotros en la carne, no se nos exhorta a despojarnos de la carne; sino que, si no de la carne, se trata de la conducta, a fin de que podamos entonces llevar en nosotros la imagen del celestial —ya no ciertamente la imagen de Dios, y ya no la imagen de un Ser cuyo estado está en el cielo; sino según los lineamentos de Cristo, andando aquí en santidad, justicia y verdad. Y tan enteramente atento a la inculcación de la conducta moral está a lo largo de este pasaje, que nos dice que debemos llevar la imagen de Cristo en esta carne nuestra, y en este período de instrucción y disciplina. Pues cuando dice «llevemos» en modo imperativo, adapta sus palabras a la vida presente, en la cual el hombre no existe en otra sustancia sino como carne y alma; o si es otra, aun la sustancia celestial, a la que mira esta fe (nuestra), sin embargo la promesa se hace a aquella sustancia a la que se da el mandato de trabajar diligentemente para merecer su recompensa. Puesto que, por tanto, hace que la imagen tanto del terreno como del celestial consista en conducta moral —la una que ha de abjurarse, y la otra que ha de buscarse— y luego añade coherentemente, «Porque esto digo» (a causa, es decir, de lo que ya he dicho, porque la conjunción «pues» conecta lo que sigue con las palabras precedentes) «que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios» [] — quiere decir que la carne y la sangre han de entenderse en ningún otro sentido que la antes mencionada «imagen del terreno»; y puesto que ésta se considera consistente en «la vieja conducta», la cual vieja conducta no recibe el reino de Dios, por tanto la carne y la sangre, al no recibir el reino de Dios, quedan reducidas a la vida de la vieja conducta. Por supuesto, como el apóstol nunca ha puesto la sustancia por las obras del hombre, no puede usar aquí tal construcción. Sin embargo, como ha declarado de hombres que aún viven en la carne, que «no están en la carne» [], queriendo decir que no viven en las obras de la carne, no debes subvertir su forma ni su sustancia, sino sólo las obras hechas en la sustancia (de la carne), que nos alejan del reino de Dios. Es después de mostrar a los gálatas estas obras perniciosas cuando declara prevenirlos de antemano, así como les había «dicho en otro tiempo, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios» [], precisamente porque no llevaban la imagen del celestial, como habían llevado la imagen del terreno; y así, a consecuencia de su vieja conducta, debían ser considerados nada más que carne y sangre. Pero aun si el apóstol hubiera lanzado abruptamente la sentencia de que la carne y la sangre han de ser excluidas del reino de Dios, sin ninguna indicación previa de su significado, ¿no habría sido igualmente nuestro deber interpretar estas dos sustancias como el hombre viejo abandonado a la mera carne y sangre —en otras palabras, al comer y beber, uno de cuyos rasgos sería hablar contra la fe de la resurrección: «Comamos y bebamos, porque mañana moriremos.» [] Ahora bien, cuando el apóstol insertó esto entre paréntesis, censuró a la carne y a la sangre a causa de su disfrute en el comer y beber.

    Capítulo 50. En qué sentido la carne y la sangre quedan excluidas del reino de Dios

    Cap. 50

    Dejando de lado, sin embargo, todas las interpretaciones de esta índole, que criminalizan las obras de la carne y de la sangre, que me sea permitido reivindicar para la resurrección estas mismas sustancias, entendidas en ningún otro sentido que el natural. Pues no es la resurrección la que se niega directamente a la carne y a la sangre, sino el reino de Dios, que es incidental a la resurrección (porque hay también una resurrección de juicio); y hay incluso una confirmación de la resurrección general de la carne, siempre que se exceptúa una especial. Ahora bien, cuando se declara claramente cuál es la condición a la que la resurrección no conduce, se entiende cuál es aquella a la que sí conduce; y, por tanto, mientras que en consideración de los méritos de los hombres se hace una diferencia en su resurrección por su conducta en la carne, y no por la sustancia de ésta, es evidente incluso por esto que la carne y la sangre quedan excluidas del reino de Dios en razón de su pecado, no de su sustancia; y aunque en razón de su condición natural resucitarán para el juicio, porque no resucitan para el reino. De nuevo diré: «La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios;» [] y con justicia (declara esto el apóstol de ellas, consideradas) solas y en sí mismas, para mostrar que el Espíritu es aún necesario (para capacitarlas) para el reino. Porque es «el Espíritu el que vivifica» a nosotros para el reino de Dios; «la carne nada aprovecha.» [] Hay, sin embargo, algo más que puede aprovechar para ello, a saber, el Espíritu; y mediante el Espíritu, también las obras del Espíritu. La carne y la sangre, por tanto, deben en todo caso resucitar, igualmente, en su cualidad propia. Pero aquellos a quienes se concede entrar en el reino de Dios tendrán que revestirse del poder de una vida incorruptible e inmortal; pues sin éste, o antes de poder alcanzarlo, no pueden entrar en el reino de Dios. Con buenas razones, pues, la carne y la sangre, como ya hemos dicho, por sí solas no logran alcanzar el reino de Dios. Pero en cuanto que «esto corruptible (es decir, la carne) debe revestirse de incorrupción, y esto mortal (es decir, la sangre) debe revestirse de inmortalidad,» [] por el cambio que ha de seguir a la resurrección, sucederá con las mejores razones que la carne y la sangre, después de ese cambio y revestimiento, llegarán a ser capaces de heredar el reino de Dios— pero no sin la resurrección. Algunos querrán que mediante la expresión «carne y sangre,» a causa de su rito de circuncisión, se signifique el judaísmo, el cual está también demasiado alejado del reino de Dios, por ser considerado «la antigua o anterior manera de vivir,» y por ser designado con este título también en otro pasaje del apóstol, quien, «cuando plugo a Dios revelarle a su Hijo para predicarlo entre los gentiles, no consultó en seguida con carne y sangre,» como escribe a los Gálatas, (queriendo decir con la expresión) la circuncisión, es decir, el judaísmo.
    Comentario editorial · La carne y la sangre y el reino
    El pasaje de 1 Corintios 15:50, «la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios», era el pasaje que suscitaba la duda. Según Evans, Ireneo y Tertuliano lo leen dentro de todo el capítulo 15 y coinciden en que la carne y la sangre, incapaces de heredar por sí mismas, pueden ser heredadas, y que el Espíritu puede hacerlas aptas. Tertuliano ordena así el argumento más suelto de Ireneo, pero deja de lado su énfasis en la gracia sacramental. Ireneo (V, 11, 1) apoya su lectura en Gálatas 5:19 ss., que Tertuliano apenas toca (cap. 45); y para «los que están en la carne no pueden agradar a Dios» (Rom 8:8) ambos dan un sentido moral, no físico (Ireneo, V, 10, 3).

    Capítulo 51. La sesión de Jesús en su naturaleza encarnada a la diestra de Dios es garantía de la resurrección de nuestra carne

    Cap. 51

    Aquello, sin embargo, que hemos reservado para argumento final, se presentará ahora como defensa de todos, y del propio apóstol, a quien en verdad habría que acusar de suma indiscreción, si tan bruscamente, como algunos querrán, y como dicen, a ciegas, y tan indiscriminadamente, y tan incondicionalmente, hubiera excluido del reino de Dios, y ciertamente de la corte misma del cielo, a toda carne y sangre; puesto que Jesús está todavía sentado allí a la diestra del Padre, [] hombre, aunque Dios— el último Adán, [] aunque la Palabra primigenia— carne y sangre, aunque más pura que la nuestra— quien «descenderá de la misma manera como ascendió al cielo» [] el mismo tanto en sustancia como en forma, como afirmaron los ángeles, hasta ser reconocido incluso por quienes le traspasaron. Designado, como está, «el Mediador entre Dios y los hombres,» guarda en sí mismo el depósito de la carne que le ha sido confiado por ambas partes— la prenda y garantía de su entera perfección. Pues así como «nos ha dado las arras del Espíritu,» [] así ha recibido de nosotros las arras de la carne, y las ha llevado consigo al cielo como prenda de aquella totalidad completa que un día ha de serle restituida. No os inquietéis, oh carne y sangre, con cuidado alguno; en Cristo habéis adquirido a la vez el cielo y el reino de Dios. De lo contrario, si dicen que no estáis en Cristo, que digan también que Cristo no está en el cielo, ya que os han negado el cielo. Igualmente «ni la corrupción,» dice él, «heredará la incorrupción.» [] Esto dice, no para que toméis la carne y la sangre por corrupción, pues ellas mismas son más bien los sujetos de la corrupción—quiero decir mediante la muerte, ya que la muerte no corrompe tanto como de hecho consume nuestra carne y nuestra sangre. Pero en cuanto que había dicho claramente que las obras de la carne y de la sangre no podían alcanzar el reino de Dios, con el propósito de afirmarlo con énfasis acumulado, privó a la corrupción misma— es decir, a la muerte, que tanto se aprovecha de las obras de la carne y de la sangre— de toda herencia de incorrupción. Pues poco después ha descrito lo que es, por así decirlo, la muerte de la muerte misma: «La muerte,» dice él, «ha sido absorbida en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? El aguijón de la muerte es el pecado» — he aquí la corrupción; «y el poder del pecado es la ley» [] — aquella otra ley, sin duda, que ha descrito «en sus miembros como guerreando contra la ley de su mente,» [] — queriendo decir, por supuesto, el poder real de pecar contra su voluntad. Ahora bien, dice en un pasaje anterior (de nuestra Epístola a los Corintios) que «el último enemigo que será destruido es la muerte.» [] De este modo, pues, es como la corrupción no heredará la incorrupción; en otras palabras, la muerte no continuará. ¿Cuándo y cómo cesará? En aquel «momento, en aquel abrir y cerrar de ojos, a la última trompeta, cuando los muertos resucitarán incorruptibles.» Pero ¿quiénes son éstos, sino los que antes eran corruptibles— es decir, nuestros cuerpos; en otras palabras, nuestra carne y nuestra sangre? Y nosotros experimentamos el cambio. Pero ¿en qué condición, sino en aquella en que seamos hallados? «Pues es necesario que esto corruptible se revista de incorrupción, y que esto mortal se revista de inmortalidad.» ¿Qué mortal es éste sino la carne? ¿Qué corruptible sino la sangre? Además, para que no supongáis que el apóstol tiene otro sentido, en su cuidado por enseñaros, y para que comprendáis que aplica seriamente su afirmación a la carne, cuando dice «esto corruptible» y «esto mortal,» pronuncia las palabras tocando la superficie de su propio cuerpo. Ciertamente no habría podido pronunciar estas frases sino en referencia a un objeto palpable y aparente. La expresión indica una exhibición corporal. Además, una cosa es el cuerpo corruptible, y otra la corrupción; así, una cosa es el cuerpo mortal, y otra la mortalidad. Pues una cosa es lo que padece, y otra lo que lo hace padecer. En consecuencia, aquellas cosas que están sujetas a la corrupción y a la mortalidad, a saber, la carne y la sangre, necesariamente han de ser también susceptibles de incorrupción e inmortalidad.

    Capítulo 52. De la analogía de la semilla en San Pablo aprendemos que el cuerpo que murió resucitará, adornado con los instrumentos de la vida eterna

    Cap. 52

    Veamos ahora en qué cuerpo afirma que vendrán los muertos. Y con una feliz salida procede en seguida a ilustrar el punto, como si un objetante le hubiera acosado con alguna pregunta semejante. «Necio,» dice él, «lo que siembras no es vivificado, si no muere.» [] De este ejemplo de la semilla se desprende entonces que ninguna otra carne es vivificada sino aquella que habrá sufrido la muerte, y por lo tanto todo el resto de la cuestión resultará suficientemente claro. Pues nada incompatible con la idea sugerida por el ejemplo puede entenderse; ni de la cláusula que sigue, «Lo que siembras, no siembras el cuerpo que ha de ser,» se os permite suponer que en la resurrección haya de surgir un cuerpo distinto del que es sembrado en la muerte. De lo contrario, habríais huido del ejemplo. Pues si se siembra trigo y se disuelve en la tierra, no brota cebada. Con todo, no es el mismo grano en especie; ni es la misma su naturaleza, ni su cualidad y forma. Entonces, ¿de dónde viene, si no es el mismo? Pues incluso la descomposición es una prueba de la cosa misma, ya que es la descomposición del grano real. Bien, pero ¿no sugiere el propio apóstol en qué sentido «el cuerpo que ha de ser» no es el cuerpo que se siembra, cuando dice: «Pero grano desnudo, ya sea de trigo o de otro grano; mas Dios le da un cuerpo como a él le place?» Le da por supuesto al grano que, dice, se siembra desnudo. Sin duda, dirás. Entonces el grano está suficientemente a salvo, al cual Dios ha de asignar un cuerpo. Pero ¿cómo a salvo, si no existe en ninguna parte, si no resucita, si no resucita su propio ser real? Si no resucita, no está a salvo; y si ni siquiera está a salvo, no puede recibir un cuerpo de Dios. Pero hay toda prueba posible de que está a salvo. ¿Con qué propósito, por tanto, le dará Dios «un cuerpo, como a él le place,» aun cuando ya tiene su propio cuerpo «desnudo», sino para que en su resurrección ya no esté desnudo? Aquello, por tanto, será materia adicional puesta sobre el cuerpo desnudo; y no se destruye en absoluto aquello sobre lo cual se pone la materia superpuesta—antes bien, se acrecienta. Está a salvo, sin embargo, lo que recibe aumento. La verdad es que se siembra el grano más desnudo, sin cascarilla que lo cubra, sin espiga ni siquiera en germen, sin la protección de una arista, sin la gloria de un tallo. Surge, sin embargo, del surco enriquecido con cosecha abundante, edificado en fábrica compacta, construido en hermoso orden, fortalecido por el cultivo y vestido alrededor por todas partes. Éstas son las circunstancias que lo hacen otro cuerpo de parte de Dios, al cual es cambiado no por abolición, sino por amplificación. Y a toda semilla Dios le ha asignado su propio cuerpo [] — no, ciertamente, suyo en el sentido de su cuerpo primitivo— a fin de que lo que adquiere de Dios extrínsecamente pueda al fin también ser tenido por propio suyo. Adhiérete, pues, firmemente al ejemplo, y mantenlo bien a la vista, como espejo de lo que sucede a la carne: cree que la misma carne que una vez fue sembrada en la muerte dará fruto en la vida de la resurrección— la misma en esencia, sólo que más plena y perfecta; no otra, aunque reaparezca en otra forma. Pues recibirá en sí misma la gracia y el ornamento que Dios tenga a bien extender sobre ella, según sus méritos. Indudablemente es en este sentido que dice: «No toda carne es la misma carne;» queriendo no negar una comunidad de sustancia, sino una paridad de prerrogativa—reduciendo el cuerpo a una diferencia de honor, no de naturaleza. Con este fin añade, en sentido figurado, ciertos ejemplos de animales y cuerpos celestes: «Una es la carne del hombre» (es decir, de los siervos de Dios, pero realmente humanos), «otra la carne de las bestias» (es decir, de los paganos, de quienes el profeta dice en verdad: «El hombre es semejante a las bestias insensatas»), «otra la carne de las aves» (es decir, de los mártires que intentan elevarse al cielo), «otra la de los peces» (es decir, de aquellos a quienes el agua del bautismo ha sumergido). [] De igual modo toma ejemplos de los cuerpos celestes: «Una es la gloria del sol» (es decir, de Cristo), «y otra la gloria de la luna» (es decir, de la Iglesia), «y otra la gloria de las estrellas» (en otras palabras, de la descendencia de Abraham). «Porque una estrella difiere de otra estrella en gloria: así hay cuerpos terrestres como también celestes» (judíos, es decir, como también cristianos). [] Ahora bien, si este lenguaje no ha de interpretarse en sentido figurado, bastante absurdo fue por su parte establecer un contraste entre la carne de mulos y milanos, así como entre los cuerpos celestes y los cuerpos humanos; pues no admiten comparación en cuanto a su condición, ni respecto de la consecución de una resurrección. Entonces, al fin, habiendo mostrado de manera concluyente con sus ejemplos que la diferencia era de gloria, no de sustancia, añade: «Así también es la resurrección de los muertos.» ¿Cómo así? De ningún otro modo que difiriendo sólo en gloria. Pues de nuevo, predicando la resurrección de la misma sustancia y volviendo una vez más a (su comparación con) el grano, dice: «Se siembra en corrupción, se resucita en incorrupción; se siembra en deshonra, se resucita en gloria; se siembra en debilidad, se resucita en poder; se siembra cuerpo natural, se resucita cuerpo espiritual.» Ahora bien, ciertamente no se resucita otra cosa que lo sembrado; y no se siembra otra cosa que lo que se descompone en la tierra; y no es otra cosa que la carne lo que se descompone en la tierra. Pues ésta fue la sustancia que el decreto de Dios demolió: «Tierra eres, y a la tierra volverás;» [] porque fue tomada de la tierra. Y fue a partir de esta circunstancia que el apóstol tomó prestada su frase de ser la carne «sembrada,» puesto que vuelve a la tierra, y la tierra es el gran depósito de semillas que han de ser depositadas en ella, y de nuevo buscadas en ella. Y por eso confirma de nuevo el pasaje, poniendo en él el sello (de su propia autoridad inspirada), diciendo: «Pues así está escrito;» [] para que no supongáis que el «ser sembrado» significa otra cosa que «volverás a la tierra, de la cual fuiste tomado;» ni que la frase «pues así está escrito» se refiere a otra cosa que a la carne.

    Capítulo 53. No el alma, sino el cuerpo natural que murió, es lo que ha de resucitar

    Se comenta la resurrección de Lázaro. La resurrección de Cristo, como segundo Adán, garantiza la nuestra

    Cap. 53

    Algunos, sin embargo, sostienen que el alma es «el cuerpo natural (o animado),» con el fin de apartar a la carne de toda conexión con el cuerpo resucitado. Ahora bien, puesto que es punto claro y fijo que el cuerpo que ha de resucitar es aquel que fue sembrado en la muerte, se les debe desafiar a un examen del hecho mismo. De lo contrario, que muestren que el alma fue sembrada después de la muerte; en una palabra, que experimentó la muerte—es decir, que fue demolida, desmembrada, disuelta en la tierra, nada de lo cual fue jamás decretado contra ella por Dios: que expongan a nuestra vista su corruptibilidad y deshonra (así como) su debilidad, para que también le corresponda resucitar en incorrupción, y en gloria, y en poder. [] Ahora bien, en el caso de Lázaro, (que podemos tomar como) el ejemplo paladín de una resurrección, la carne yacía postrada en debilidad, la carne estaba casi putrefacta en la deshonra de su descomposición, la carne hedía en corrupción, y sin embargo fue como carne como Lázaro resucitó— con su alma, sin duda. Pero aquella alma era incorrupta; nadie la había envuelto en sus vendas de lino; nadie la había depositado en un sepulcro; nadie la había percibido aún «heder;» nadie la había visto durante cuatro días «sembrada.» Pues bien, ahora, esta condición entera, este fin entero de Lázaro, la carne de todos los hombres lo está experimentando aún, pero el alma de nadie. Aquella sustancia, por tanto, a la que manifiestamente se refiere toda la descripción del apóstol, de la que habla claramente, debe ser tanto el cuerpo natural (o animado) cuando es sembrado, como el cuerpo espiritual cuando es resucitado. Pues para que lo entendáis en este sentido, apunta a esta misma conclusión, cuando de la misma manera, sobre la autoridad del mismo pasaje de la Escritura, nos presenta a «el primer hombre Adán como hecho alma viviente.» Ahora bien, puesto que Adán fue el primer hombre, y puesto que la carne fue hombre antes que el alma, se sigue indudablemente que fue la carne la que se convirtió en alma viviente. Además, puesto que fue una sustancia corporal la que asumió esta condición, fue por supuesto el cuerpo natural (o animado) el que se convirtió en alma viviente. ¿Con qué designación querrían que se le llamara, sino con aquella en que se convirtió mediante el alma, sino con aquella que no era antes del alma, sino con aquella que nunca puede ser después del alma, sino mediante su resurrección? Pues después de haber recuperado el alma, se convierte una vez más en el cuerpo natural (o animado), a fin de que pueda convertirse en cuerpo espiritual. Pues sólo reasume en la resurrección la condición que una vez tuvo. No hay, por tanto, ni mucho menos la misma buena razón por la que el alma deba ser llamada el cuerpo natural (o animado), que la carne tiene para llevar esa designación. La carne, de hecho, era un cuerpo antes de ser un cuerpo animado. Cuando la carne fue unida al alma, entonces se convirtió en el cuerpo natural (o animado). Ahora bien, aunque el alma es una sustancia corpórea, con todo, como no es un cuerpo animado, sino más bien animante, no puede ser llamada el cuerpo animado (o natural), ni puede convertirse en aquello que produce. Es ciertamente cuando el alma se añade a otra cosa que hace animada a esa cosa; pero si no se añade así, ¿cómo producirá jamás animación? Así como, por tanto, la carne fue al principio un cuerpo animado (o natural) al recibir el alma, así al fin se convertirá en cuerpo espiritual cuando sea revestida del espíritu. Ahora bien, el apóstol, aduciendo por separado este orden en Adán y en Cristo, distingue con razón entre los dos estados, en lo esencial de su diferencia. Y cuando llama a Cristo «el último Adán,» [] podéis por esta circunstancia descubrir cuán afanosamente se esfuerza por establecer a lo largo de su enseñanza la resurrección de la carne, no del alma. Así, pues, el primer hombre Adán fue carne, no alma, y sólo después se convirtió en alma viviente; y el último Adán, Cristo, fue Adán sólo porque era hombre, y hombre sólo en cuanto carne, no en cuanto alma. En consecuencia, el apóstol prosigue diciendo: «No es primero lo espiritual, sino lo natural, y después lo espiritual,» [] como en el caso de los dos Adanes. Ahora bien, ¿no suponéis que está distinguiendo entre el cuerpo natural y el cuerpo espiritual en la misma carne, después de haber trazado ya la distinción en los dos Adanes, es decir, en el primer hombre y en el último? Pues ¿de qué sustancia es de la que Cristo y Adán tienen paridad entre sí? Sin duda es de su carne, aunque también pueda ser de su alma. Es, sin embargo, en lo que respecta a la carne que ambos son hombre; pues la carne fue hombre antes que el alma. Fue en realidad de ella de donde pudieron tomar rango, de modo que uno fuera considerado el primer hombre, y el otro el último, o Adán. Además, las cosas que difieren en carácter sólo son incapaces de ser dispuestas en el mismo orden cuando su diversidad es de sustancia; pues cuando es una diversidad ya sea en cuanto al lugar, o al tiempo, o a la condición, probablemente admiten clasificación conjunta. Aquí, sin embargo, se les llama primero y último, por la sustancia de su carne (común), así como después el primer hombre (se dice que es) de la tierra, y el segundo del cielo; mas aunque Él es «del cielo» en lo que respecta al espíritu, es sin embargo hombre según la carne. Ahora bien, puesto que es la carne, y no el alma, la que hace compatible un orden (o clasificación conjunta) en los dos Adanes, de modo que se traza entre ellos la distinción de «el primer hombre convertido en alma viviente, y el último en espíritu vivificante,» así, de la misma manera, esta distinción entre ellos ya ha sugerido la conclusión de que la distinción se debe a la carne; de modo que es de la carne de la que hablan estas palabras: «No es primero lo espiritual, sino lo natural, y después lo espiritual.» Y así también la misma carne debe entenderse en un pasaje precedente: «Lo que se siembra es cuerpo natural, y lo que resucita es cuerpo espiritual; porque no es primero lo espiritual, sino lo natural: puesto que el primer Adán fue hecho alma viviente, el último Adán espíritu vivificante.» [] Todo esto trata del hombre, y todo de la carne, porque trata del hombre.
    ¿Qué diremos, pues? ¿No tiene ya la carne, aun ahora (en esta vida), el espíritu por la fe? De modo que queda aún por preguntar cómo es que el cuerpo animado (o natural) puede decirse que es sembrado. Ciertamente la carne ha recibido incluso aquí el espíritu— pero sólo sus «arras;» mientras que del alma (ha recibido) no las arras, sino la posesión plena. Por tanto tiene el nombre de cuerpo animado (o natural), expresamente a causa de la sustancia superior del alma (o anima), en la cual es sembrado, destinado en adelante a convertirse, mediante la posesión plena del espíritu que obtendrá, en el cuerpo espiritual, en el cual es resucitado. ¿Qué extraño, pues, si es más comúnmente llamado por la sustancia con la que está plenamente equipado, que por aquella de la que aún no tiene sino un rociado?

    Capítulo 54. La muerte absorbida por la vida. Significado de esta frase en relación con la resurrección del cuerpo

    Cap. 54

    Entonces, además, a menudo surgen cuestiones a partir de términos ocasionales y aislados, tanto como de frases completas. Así, a causa de la expresión del apóstol, «que la mortalidad sea absorbida por la vida» [] —en referencia a la carne—, ellos tuercen la palabra absorbida dándole el sentido de destrucción real de la carne; como si no pudiéramos hablar de tragarnos bilis, o tragar pena, queriendo decir que la ocultamos y la escondemos, y la guardamos dentro de nosotros. La verdad es que, cuando está escrito: «Esto mortal debe vestirse de inmortalidad,» [], se explica en qué sentido «la mortalidad es absorbida por la vida»: a saber, mientras, revestida de inmortalidad, queda oculta, escondida y contenida dentro de ella, no como consumida, destruida y perdida. Pero la muerte, me responderás, a este paso, debe estar a salvo, incluso cuando ha sido absorbida. Pues bien, te pido que distingas palabras que son semejantes en forma según sus significados propios. Una cosa es la muerte, y otra la mortalidad. Una cosa es que la muerte sea absorbida, y otra que la mortalidad sea absorbida. La muerte es incapaz de inmortalidad, pero no así la mortalidad. Además, como está escrito que «esto mortal debe vestirse de inmortalidad,» [], ¿cómo es esto posible cuando es absorbido por la vida? Pero ¿cómo es absorbido por la vida (en el sentido de destruido por ella) cuando en realidad es recibido, restaurado e incluido en ella? Por lo demás, es justo y recto que la muerte sea absorbida en completa destrucción, ya que ella misma devora con esta misma intención. La muerte, dice el apóstol, ha devorado ejerciendo su fuerza, y por lo tanto ha sido ella misma devorada en la lucha «absorbida en victoria.» «Oh muerte, ¿dónde está tu aguijón? Oh muerte, ¿dónde está tu victoria?» Por tanto, la vida también, como la gran antagonista de la muerte, en la lucha tragará para salvación lo que la muerte, en su lucha, había tragado para destrucción.

    Capítulo 55. El cambio de la condición de una cosa no es la destrucción de su sustancia. La aplicación de este principio a nuestro tema

    Cap. 55

    Ahora bien, aunque al probar que la carne resucitará, probamos ipso facto que ninguna otra carne participará de esa resurrección sino aquella de la que se trata, sin embargo las cuestiones aisladas y sus ocasiones requieren discusiones propias, incluso si ya han sido suficientemente abordadas. Por tanto, daremos una explicación más completa de la fuerza y la razón de un cambio (tan grande que) casi sugiere la presunción de que es una carne diferente la que ha de resucitar; como si, en verdad, un cambio tan grande equivaliera a la cesación total y a una destrucción completa del yo anterior. Sin embargo, debe hacerse una distinción entre un cambio, por grande que sea, y todo lo que tiene carácter de destrucción. Porque experimentar un cambio es una cosa, pero ser destruido es otra. Ahora bien, esta distinción ya no existiría, si la carne sufriera un cambio tal que equivaliera a destrucción. Pero destruida debe ser por el cambio, a menos que permanezca persistentemente ella misma a través de la condición alterada que se exhibirá en la resurrección. Pues precisamente como perece, si no resucita, así también perece igualmente incluso si resucita, suponiendo que se pierda en el cambio. Faltará tanto a una existencia futura, como si no resucitara en absoluto. ¡Y cuán absurdo es resucitar con el propósito de no tener ser, cuando tenía en su poder no resucitar, y así perder su ser— porque ya había comenzado su no-existencia! Ahora bien, cosas absolutamente diferentes, como lo son la mutación y la destrucción, no admitirán mezcla ni confusión; en sus operaciones, también, difieren. Una destruye, la otra cambia. Por tanto, así como lo que es destruido no es cambiado, así lo que es cambiado no es destruido. Perecer es dejar por completo de ser lo que una cosa fue alguna vez, mientras que ser cambiado es existir en otra condición. Ahora, si una cosa existe en otra condición, puede seguir siendo la misma cosa misma; porque, puesto que no perece, todavía tiene su existencia. Ha experimentado, ciertamente, un cambio, pero no una destrucción. Una cosa puede experimentar un cambio completo, y aún seguir siendo la misma cosa. De igual manera, un hombre también puede ser completamente él mismo en sustancia incluso en la vida presente, y a pesar de eso experimentar diversos cambios— en hábito, en volumen corporal, en salud, en condición, en dignidad y en edad— en gusto, negocios, medios, casas, leyes y costumbres— y aun así no perder nada de su naturaleza humana, ni convertirse en otro hombre hasta cesar de ser el mismo; de hecho, apenas debería decir otro hombre, sino otra cosa. Esta forma de cambio incluso las Sagradas Escrituras nos dan ejemplos. La mano de Moisés es cambiada, y se vuelve como una muerta, sin sangre, sin color, y rígida de frío; pero al recuperar el calor, y al restaurarse su color natural, es de nuevo la misma carne y sangre. [] Después el rostro del mismo Moisés es cambiado, con un resplandor que el ojo no podía soportar. Pero seguía siendo Moisés, incluso cuando no era visible. Así también Esteban ya había asumido la apariencia de un ángel, [] aunque no eran otras que sus rodillas humanas [] las que se doblaron bajo la lapidación. El Señor, además, en el retiro del monte, había cambiado su vestidura por un manto de luz; pero aún conservaba rasgos que Pedro podía reconocer. [] En esa misma escena, Moisés y Elías dieron prueba de que la misma condición de existencia corporal puede continuar incluso en gloria— el uno en la semejanza de una carne que aún no había recuperado, el otro en la realidad de una que aún no había desechado. Fue lleno de este espléndido ejemplo que Pablo dijo: «Quien cambiará nuestro vil cuerpo, para que sea semejante a su cuerpo glorioso.» [] Pero si afirmas que una transfiguración y una conversión equivalen a la aniquilación de cualquier sustancia, entonces se sigue que «Saúl, cuando fue cambiado en otro hombre,» [] pasó de su propia sustancia corporal; y que Satanás mismo, cuando «se transformó en ángel de luz,» [] pierde su carácter propio. Tal no es mi opinión. Así también, cambios, conversiones y reformas tendrán lugar necesariamente para efectuar la resurrección, pero la sustancia de la carne se conservará a salvo.

    Capítulo 56. El procedimiento del juicio final, y sus recompensas, solo es posible con la identidad del cuerpo resucitado y nuestra carne presente

    Cap. 56

    Pues, ¡cuán absurdo, y en verdad cuán injusto, y en ambos aspectos cuán indigno de Dios, que una sustancia haga el trabajo, y otra coseche la recompensa: que esta carne nuestra sea desgarrada por el martirio, y otra lleve la corona; o, por otro lado, que esta carne nuestra se revuelque en la impureza, y otra reciba la condenación! ¿No es mejor renunciar de una vez a toda fe en la esperanza de la resurrección, que jugar con la sabiduría y la justicia de Dios? Mejor que Marción resucite antes que Valentín. Pues no se puede creer que la mente, o la memoria, o la conciencia del hombre existente sean abolidas al ponerse aquel cambio de vestidura que proporcionan la inmortalidad y la incorrupción; porque en ese caso toda la ganancia y el fruto de la resurrección, y el efecto permanente del juicio de Dios tanto sobre el alma como sobre el cuerpo, ciertamente caerían por tierra. Si no recuerdo que soy yo quien le ha servido, ¿cómo atribuiré gloria a Dios? ¿Cómo cantarle «el cántico nuevo,» si ignoro que soy yo quien le debe gracias? Pero ¿por qué se hace excepción solo contra el cambio de la carne, y no también del alma, que en todas las cosas es superior a la carne? ¿Cómo sucede que la misma alma que en nuestra carne presente ha recorrido todo el curso de la vida, que ha aprendido el conocimiento de Dios, y se ha revestido de Cristo, y ha sembrado la esperanza de salvación en esta carne, deba cosechar en otra carne de la que nada sabemos? En verdad, esa debe ser una carne sumamente favorecida, ¡que gozará de la vida a un precio tan gratuito! Pero si el alma tampoco ha de ser cambiada, entonces no hay resurrección del alma; ni se creerá que ella misma ha resucitado, a menos que haya resucitado como algo diferente.

    Quinta parte (cap. 57–63): las últimas objeciones y la conclusión

    Capítulo 57. Nuestros cuerpos, por más mutilados antes o después de la muerte, recuperarán su perfecta integridad en la resurrección

    Ilustración del esclavo manumitido

    Cap. 57

    Llegamos ahora a la objeción más habitual de la incredulidad. Si, dicen, es realmente la misma sustancia la que es llamada a la vida con toda su forma, lineamentos y cualidad, ¿por qué no con todas sus demás características? Entonces los ciegos, los cojos, los paralíticos, y cualquier otro que haya fallecido con alguna marca conspicua, volverán con la misma. Ahora bien, ¿cuál es el hecho, aunque tú en la grandeza de tu presunción desdeñes aceptar de Dios una gracia tan vasta? ¿No sucede que, cuando admites la salvación de solo el alma, la atribuyes a los hombres a costa de la mitad de su naturaleza? ¿De qué sirve creer en la resurrección, a menos que tu fe abrace la totalidad de ella? Si la carne ha de ser reparada después de su disolución, mucho más será restaurada después de alguna lesión violenta. Los casos mayores prescriben reglas a los menores. ¿No es la amputación o el aplastamiento de un miembro la muerte de ese miembro? Ahora bien, si la muerte de toda la persona es rescindida por su resurrección, ¿qué diremos de la muerte de una parte de él? Si somos cambiados para gloria, ¡cuánto más para integridad! Cualquier pérdida sufrida por nuestros cuerpos es un accidente de ellos, pero su totalidad es su propiedad natural. En esta condición nacemos. Incluso si resultamos lesionados en el útero, esto es pérdida sufrida por lo que ya es un ser humano. La condición natural es anterior a la lesión. Como la vida es otorgada por Dios, así es restaurada por Él. Como somos cuando la recibimos, así somos cuando la recuperamos. A la naturaleza, no a la lesión, somos restaurados; a nuestro estado por nacimiento, no a nuestra condición por accidente, resucitamos. Si Dios no levanta a los hombres enteros, no levanta a los muertos. Pues, ¿qué muerto está entero, aunque muera entero? ¿Quién está sin herida, es decir sin vida? ¿Qué cuerpo está ileso, cuando está muerto, cuando está frío, cuando está lívido, cuando está rígido, cuando es un cadáver? ¿Cuándo está un hombre más enfermo, que cuando está enteramente enfermo? ¿Cuándo más paralítico, que cuando está completamente inmóvil? Así, para que un muerto sea resucitado, no equivale a nada menos que a ser restaurado a su entera condición— no sea que, en verdad, siga muerto en aquella parte en la que no ha resucitado. Dios es muy capaz de rehacer lo que una vez hizo. Este poder y esta gracia sin límites de Él ya los ha garantizado suficientemente en Cristo; y se nos ha mostrado a sí mismo (en Él) no solo como el restaurador de la carne, sino como el reparador de sus brechas. Y así dice el apóstol: «Los muertos serán resucitados incorruptibles» (o íntegros). [] Pero ¿cómo así, a menos que se vuelvan enteros, los que se han consumido ya sea en la pérdida de su salud, o en la larga decrepitud de la tumba? Pues cuando propone las dos cláusulas, que «esto corruptible debe vestirse de incorrupción, y esto mortal debe vestirse de inmortalidad,» [] no repite la misma afirmación, sino que establece una distinción. Porque, al asignar inmortalidad a la repetición de la muerte, e incorrupción a la reparación del cuerpo consumido, ha ajustado uno a la resurrección y el otro a la recuperación del cuerpo. Supongo, además, que promete a los tesalonicenses la integridad de toda la sustancia del hombre. De modo que para el gran futuro no hay necesidad de temer cuerpos defectuosos o con imperfecciones. La integridad, ya sea resultado de preservación o de restauración, no podrá perder nada más, después del tiempo en que le haya devuelto lo que había perdido. Ahora bien, cuando sostienes que la carne todavía tendrá que sufrir los mismos padecimientos, si se dice que la misma carne ha de resucitar, pones precipitadamente a la naturaleza contra su Señor, e impíamente contrastas la ley de ella contra la gracia de Él; como si no le estuviera permitido al Señor Dios tanto cambiar la naturaleza como preservarla, sin sujeción a una ley. ¿Cómo es, entonces, que leemos: «Para los hombres estas cosas son imposibles, pero para Dios todas las cosas son posibles;» [] y de nuevo: «Dios ha elegido lo necio del mundo para confundir a los sabios?» [] Permíteme preguntarte: si manumitieras a tu esclavo (viendo que la misma carne y alma le permanecerán, que una vez estuvieron expuestas al látigo, al grillete y a los azotes), ¿será entonces apto para sufrir los mismos viejos padecimientos? Creo que no. En lugar de eso, es honrado con la gracia del vestido blanco, y el favor del anillo de oro, y el nombre y la tribu, así como la mesa de su patrono. Da, pues, la misma prerrogativa a Dios, en virtud de tal cambio, de reformar nuestra condición, no nuestra naturaleza, quitando de ella todos los padecimientos, y rodeándola con salvaguardas de protección. Así nuestra carne permanecerá incluso después de la resurrección— ciertamente susceptible de padecimiento, en cuanto es la carne, y la misma carne también; pero al mismo tiempo impasible, en cuanto ha sido liberada por el Señor para el fin y propósito mismo de no ser ya capaz de soportar padecimiento.

    Capítulo 58. De esta perfección de nuestros cuerpos restaurados fluirá la conciencia de un gozo y una paz imperturbables

    Cap. 58

    «Gozo eterno,» dice Isaías, «estará sobre sus cabezas.» [] Bien, no hay nada eterno hasta después de la resurrección. «Y la tristeza y el gemido,» continúa, «huirán.» El ángel hace eco de lo mismo a Juan: «Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos;» [] de los mismos ojos, ciertamente, que antes habían llorado, y que podrían llorar de nuevo, si la bondad amorosa de Dios no secara toda fuente de lágrimas. Y de nuevo: «Dios enjugará toda lágrima de sus ojos; y ya no habrá muerte,» [] y por tanto ya no habrá corrupción, siendo ahuyentada por la incorrupción, así como la muerte lo es por la inmortalidad. Si la tristeza, el luto, el gemido y la muerte misma nos asaltan por las aflicciones tanto del alma como del cuerpo, ¿cómo serán removidos, sino por la cesación de sus causas, es decir, las aflicciones de la carne y del alma? ¿Dónde hallarás adversidades en la presencia de Dios? ¿Dónde, incursiones de un enemigo en el seno de Cristo? ¿Dónde, ataques del diablo en la faz del Espíritu Santo?— ahora que el diablo mismo y sus ángeles son «arrojados al lago de fuego.» ¿Dónde está ahora la necesidad, y lo que llaman fortuna o destino? ¿Qué plaga aguarda a los redimidos de la muerte, después de su perdón eterno? ¿Qué ira hay para los reconciliados, después de la gracia? ¿Qué debilidad, después de su fuerza renovada? ¿Qué riesgo y peligro, después de su salvación? Que las vestiduras y los zapatos de los hijos de Israel permanecieron sin desgaste y frescos durante el espacio de cuarenta años; [] que en sus mismas personas el punto exacto de conveniencia y decoro frenó el crecimiento excesivo de sus uñas y cabello, de modo que cualquier exceso aquí no pudiera atribuirse a indecencia; que los fuegos de Babilonia no dañaron ni las mitras ni los calzones de los tres jóvenes, por muy extranjera que fuera tal vestimenta para los judíos; [] que Jonás fue tragado por el monstruo de las profundidades, en cuyo vientre naves enteras fueron devoradas, y después de tres días fue vomitado de nuevo sano y salvo; que Enoc y Elías, quienes incluso ahora, sin experimentar una resurrección (porque ni siquiera han encontrado la muerte), están aprendiendo plenamente lo que es para la carne estar exenta de toda humillación, y toda pérdida, y toda injuria, y toda desgracia— trasladados como han sido de este mundo, y por esta misma causa ya candidatos a la vida eterna; — ¿a qué fe dan testimonio estos hechos notables, sino a la que debe inspirar en nosotros la creencia de que son pruebas y documentos de nuestra propia integridad futura y resurrección perfecta? Pues, para tomar prestada la frase del apóstol, estos fueron «figuras de nosotros mismos;» [] y están escritos para que creamos tanto que el Señor es más poderoso que todas las leyes naturales acerca del cuerpo, como que se muestra a sí mismo preservador de la carne con mayor énfasis, en cuanto que ha preservado para ella sus mismas vestiduras y zapatos.

    Capítulo 59. Nuestra carne en la resurrección es capaz, sin perder su identidad esencial, de soportar las condiciones cambiadas de la vida eterna, o de la muerte eterna

    Cap. 59

    Pero, objetas, el mundo venidero tiene el carácter de una dispensación diferente, incluso eterna; y por eso sostienes que la sustancia no eterna de esta vida es incapaz de poseer un estado de rasgos tan distintos. Esto sería muy cierto si el hombre hubiera sido hecho para la dispensación futura, y no la dispensación para el hombre. El Apóstol, sin embargo, dice en su epístola: «Sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir; todo es vuestro:» [] y aquí nos constituye herederos incluso del mundo futuro. Isaías no te ayuda cuando dice: «Toda carne es hierba;» [] y en otro pasaje: «Toda carne verá la salvación de Dios.» Lo que él distingue son los desenlaces de los hombres, no sus sustancias. Pero ¿quién no sostiene que el juicio de Dios consiste en la doble sentencia, de salvación y de castigo? Por eso es que «toda carne es hierba,» la que está destinada al fuego; y «toda carne verá la salvación de Dios,» la que está ordenada a la vida eterna. Por mi parte, estoy muy seguro de que no es en otra carne que la mía en la que he cometido adulterio, ni en otra carne estoy esforzándome por la continencia. Si hay alguien que lleva en su persona dos instrumentos de lascivia, tiene en su poder, ciertamente, segar «la hierba» de la carne impura, y reservar para sí solamente aquello que ha de ver la salvación de Dios. Pero cuando el mismo profeta nos presenta incluso a las naciones a veces estimadas como «el polvo menudo de la balanza,» [] y como «menos que nada, y vanidad,» y a veces como a punto de esperar y «confiar en el nombre» y en el brazo del Señor, ¿acaso nos engañamos respecto de las naciones gentiles por la diversidad de afirmaciones? ¿Han de volverse creyentes algunas, y han de ser tenidas otras por polvo, por alguna diferencia de naturaleza? No; más bien Cristo ha brillado como la luz verdadera sobre las naciones dentro de los límites del océano, y desde el cielo que está sobre todos nosotros. Pues es incluso en esta tierra donde los valentinianos han ido a la escuela para sus errores; y no habrá diferencia de condición, en cuanto a su cuerpo y su alma, entre las naciones que creen y las que no creen. Precisamente, pues, como Él ha puesto una distinción de estado, no de naturaleza, entre las mismas naciones, así también ha distinguido su carne, que es una y la misma sustancia en aquellas naciones, no según su estructura material, sino según la recompensa de su mérito.

    Capítulo 60. Todas las características de nuestros cuerpos —el sexo, los diversos miembros, etc.— serán conservadas, cualquiera que sea el cambio de funciones que éstos puedan tener; punto del cual, sin embargo, no somos jueces

    Analogía de la nave reparada

    Cap. 60

    Pero he aquí cuán persistentemente acumulan todavía sus sofismas contra la carne, especialmente contra su identidad, derivando sus argumentos incluso de las funciones de nuestros miembros; por un lado diciendo que éstos deberían continuar persiguiendo permanentemente sus trabajos y goces, como apéndices de la misma armazón corpórea; y por otro lado sosteniendo que, puesto que las funciones de los miembros han de terminar algún día, la armazón corpórea misma debe ser destruida, considerándose tan inconcebible su permanencia sin sus miembros, como la de los miembros mismos sin sus funciones. ¿Cuál será, preguntan, el uso de la cavidad de nuestra boca, y de sus hileras de dientes, y del pasaje de la garganta, y del ramal del estómago, y del golfo del vientre, y del tejido enmarañado de los intestinos, cuando ya no haya lugar para comer y beber? ¿Qué más habrá para que estos miembros tomen, mastiquen, traguen, secreten, digieran, expulsen? ¿De qué servirán nuestras mismas manos, y pies, y todos nuestros miembros laboriosos, cuando incluso todo cuidado por el alimento haya cesado? ¿Qué propósito podrán tener los lomos, conscientes de las secreciones seminales, y todos los demás órganos de la generación, en los dos sexos, y los laboratorios de los embriones, y las fuentes del pecho, cuando cesen el concubinato, el embarazo y la crianza de los niños? En resumen, ¿cuál será el uso de todo el cuerpo, cuando todo el cuerpo se vuelva inútil? En respuesta a todo esto, ya hemos establecido el principio de que la dispensación del estado futuro no debe compararse con la del mundo presente, y de que en el intervalo entre ambas tendrá lugar un cambio; y ahora añadimos la observación de que estas funciones de nuestros miembros corpóreos continuarán proveyendo a las necesidades de esta vida hasta el momento en que la vida misma pase del tiempo a la eternidad, cuando el cuerpo natural dé lugar al espiritual, hasta que «esto mortal se vista de inmortalidad, y esto corruptible se vista de incorrupción:» [] de modo que, cuando la vida misma quede libre de todas las necesidades, nuestros miembros quedarán entonces también libres de sus servicios, y por tanto ya no serán necesarios. Aun así, aunque liberados de sus oficios, serán preservados para el juicio, «para que cada uno reciba lo que haya hecho en su cuerpo.» [] Porque el tribunal de Dios exige que el hombre se conserve entero. Entero, sin embargo, no puede estar sin sus miembros, de cuya sustancia, no de cuyas funciones, se compone; a menos, por cierto, que te atrevas a sostener que una nave es perfecta sin su quilla, o su proa, o su popa, y sin la solidez de toda su armazón. Y sin embargo, ¡cuántas veces hemos visto a la misma nave, después de ser destrozada por la tormenta y quebrantada por la decadencia, con todas sus maderas reparadas y restauradas, cabalgar gallarda sobre la ola con toda la hermosura de una fábrica renovada! ¿Nos turbamos, pues, con dudas sobre la destreza, la voluntad y los derechos de Dios? Además, si un armador rico, que no escatima dinero meramente para su diversión u ostentación, repara a fondo su nave, y luego decide que no haga más viajes, ¿sostendrás que la antigua forma y acabado no son necesarios para la embarcación, aunque ya no esté destinada al servicio efectivo, cuando la mera seguridad de una nave exige tal integridad con independencia del servicio? La única cuestión, por tanto, que nos basta considerar aquí, es si el Señor, cuando ordena la salvación para el hombre, la destina a su carne; si es su voluntad que la mismísima carne sea renovada. Si es así, será impropio que tú dictamines, a partir de la inutilidad de sus miembros en el estado futuro, que la carne será incapaz de renovación. Porque una cosa puede ser renovada, y sin embargo ser inútil por no tener nada que hacer; pero no puede decirse que sea inútil si no tiene existencia. Si, en efecto, tiene existencia, será muy posible que tampoco sea inútil; es posible que tenga algo que hacer; pues en la presencia de Dios no habrá ociosidad.

    Capítulo 61. Los detalles de nuestro sexo corporal y de las funciones de nuestros diversos miembros

    Apología de la necesidad que la herejía impone de sacar a la luz todos sus sofismas desvergonzados

    Cap. 61

    Ahora bien, has recibido tu boca, oh hombre, con el propósito de devorar tu alimento e ingerir tu bebida: ¿por qué no, sin embargo, con el propósito más elevado de articular el habla, para distinguirte de todos los demás animales? ¿Por qué no más bien para predicar el evangelio de Dios, para que así puedas llegar a ser incluso su sacerdote y abogado ante los hombres? Adán, en efecto, dio sus respectivos nombres a los animales, antes de arrancar el fruto del árbol; antes de comer, profetizó. Luego, además, recibiste los dientes para el consumo de tu comida: ¿por qué no más bien para ceñir tu boca con una defensa adecuada en cada abertura de la misma, pequeña o grande? ¿Por qué no también para moderar los impulsos de tu lengua y guardar tu habla articulada del fracaso y la violencia? Déjame decirte (si no lo sabes) que hay personas desdentadas en el mundo. Míralas, y pregunta si incluso una jaula de dientes no es un honor para la boca. Hay aberturas en las regiones inferiores del hombre y de la mujer, por medio de las cuales satisfacen sin duda sus pasiones animales; pero ¿por qué no se las considera más bien salidas para la descarga limpia de los fluidos naturales? Las mujeres, además, tienen dentro de sí receptáculos donde la semilla humana puede recogerse; pero ¿no están diseñados para la secreción de aquellos flujos sanguíneos que su sexo más tardo y débil no puede dispersar? Porque incluso detalles como éstos requieren ser mencionados, ya que los herejes eligen las partes de nuestro cuerpo que les convienen, las manejan sin delicadeza y, según les sugiere su capricho, vierten torrentes de escarnio y desprecio sobre las funciones naturales de nuestros miembros, con el propósito de trastornar la resurrección y hacernos sonrojarnos ante sus sofismas; sin reflexionar que, antes de que cesen las funciones, las causas mismas de ellas habrán desaparecido. Ya no habrá carne, porque no habrá hambre; no habrá bebida, porque no habrá sed; no habrá concubinato, porque no habrá procreación; no habrá comida ni bebida, porque no habrá trabajo ni fatiga. También la muerte cesará; de modo que ya no habrá necesidad del nutrimento del alimento para la defensa de la vida, ni tendrán los miembros de las madres que cargarse más para la renovación de nuestra raza. Pero incluso en la vida presente puede haber ceses de su oficio para nuestros estómagos y nuestros órganos generativos. Durante cuarenta días ayunaron Moisés [] y Elías [], y vivieron de Dios solamente. Pues desde tan temprano quedó consagrado el principio: «No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.» ¡He aquí débiles esbozos de nuestra fuerza futura! Nosotros mismos, en la medida en que podemos, excusamos a nuestra boca del alimento y retiramos a nuestros sexos de la unión. ¡Cuántos eunucos voluntarios hay! ¡Cuántas vírgenes desposadas con Cristo! ¡Cuántos, tanto hombres como mujeres, a quienes la naturaleza ha hecho estériles, con una estructura que no puede procrear! Ahora bien, si incluso aquí en la tierra tanto las funciones como los placeres de nuestros miembros pueden suspenderse, con una intermisión que, como la dispensación misma, sólo puede ser temporal, y sin embargo la integridad del hombre no queda menoscabada, ¿cuánto más, cuando su salvación está asegurada, y especialmente en una dispensación eterna, no dejaremos de desear aquellas cosas, para las cuales, incluso aquí abajo, no estamos desacostumbrados a refrenar nuestros anhelos!

    Capítulo 62. Nuestra semejanza destinada con los ángeles en la vida gloriosa de la resurrección

    Cap. 62

    Sin embargo, a esta discusión pone fin eficaz la declaración de nuestro Señor: «Serán,» dice Él, «iguales a los ángeles.» Así como por no casarse, por no morir, así, naturalmente, por no tener que ceder a ninguna necesidad semejante de nuestro estado corporal; así como también los ángeles a veces fueron «iguales a» los hombres, comiendo y bebiendo, y sometiendo sus pies al lavado del baño —habiéndose revestido de forma humana, sin pérdida de su propia naturaleza intrínseca. Por tanto, si los ángeles, cuando se hicieron como hombres, se sometieron en su propia sustancia inalterada de espíritu a ser tratados como si fueran carne, ¿por qué no habrán de sufrir los hombres, de manera semejante, cuando se vuelvan «iguales a los ángeles,» en su sustancia inalterada de carne el trato de seres espirituales, sin estar ya expuestos en su atavío angélico a las solicitaciones usuales de la carne, como tampoco lo estuvieron una vez los ángeles a las del espíritu cuando estaban envueltos en forma humana? No dejaremos, pues, de continuar en la carne, porque dejemos de ser importunados por las necesidades usuales de la carne; así como los ángeles no dejaron, por eso, de permanecer en su sustancia espiritual, a causa de la suspensión de sus incidentes espirituales. Finalmente, Cristo no dijo: «Serán ángeles,» para no anular su existencia como hombres; sino que dijo: «Serán iguales a los ángeles,» para preservar incólume su humanidad. Cuando atribuyó a la carne una semejanza angélica, no le quitó su propia sustancia.

    Capítulo 63. Conclusión

    La resurrección de la carne en su identidad y perfección absolutas. La fe en esto se había debilitado. Esperanzas de su restauración refrescante bajo las influencias del Paráclito

    Cap. 63

    Y así la carne resucitará, enteramente en todo hombre, en su propia identidad, en su absoluta integridad. Dondequiera que esté, está en segura custodia en la presencia de Dios, mediante aquel fidelísimo «Mediador entre Dios y los hombres, (el hombre) Jesucristo,» [] que reconciliará a Dios con el hombre y al hombre con Dios; al espíritu con la carne y a la carne con el espíritu. Ambas naturalezas las ha unido ya en su propia persona; las ha ajustado como esposa y esposo en el vínculo recíproco de la vida conyugal. Ahora bien, si alguno se empeña en hacer del alma la esposa, entonces la carne seguirá al alma como su dote. El alma nunca será una desterrada, para ser llevada a casa por el esposo desnuda y sin nada. Tiene su dote, su ajuar, su fortuna en la carne, que la acompañará con el amor y la fidelidad de una hermana de leche. Pero supongamos que la carne sea la esposa; entonces en Cristo Jesús ella ha recibido, en el contrato de su sangre, su Espíritu como esposo. Ahora bien, lo que tú tomas por su extinción, ten por seguro que es sólo su retiro temporal. No es sólo el alma la que se retira de la vista. La carne también tiene sus partidas por un tiempo —en las aguas, en los fuegos, en las aves, en las bestias; puede parecer que se disuelve en éstos, pero sólo es derramada en ellos, como en vasos. Y si los vasos mismos no lograran después retenerla, escapando incluso de éstos, y volviendo a su madre tierra, es absorbida una vez más, por así decirlo, por sus abrazos secretos, para al fin presentarse a la vista, como Adán cuando fue llamado a oír de su Señor y Creador las palabras: «¡He aquí que el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros!» [] — «conociendo» cabalmente para entonces «el mal» del que había escapado, «y el bien» que ha adquirido. ¿Por qué, pues, oh alma, habrías de envidiar a la carne? No hay nadie, después del Señor, a quien debas amar tan entrañablemente; nadie más semejante a un hermano para ti, que incluso nace contigo misma en Dios. Más bien deberías haber estado obteniendo por tus oraciones la resurrección para ella: sus pecados, cualesquiera que fueran, te fueron debidos a ti. Sin embargo, no es de extrañar si la odias; porque has repudiado a su Creador. Te has acostumbrado, o bien a negar, o bien a cambiar, su existencia incluso en Cristo — corrompiendo la mismísima Palabra de Dios mismo, que se hizo carne, ya sea mutilando o interpretando mal la Escritura, e introduciendo, sobre todo, misterios apócrifos y fábulas blasfemas. Pero aun así, Dios Todopoderoso, en su providencia graciosísima, «derramando su Espíritu en estos últimos días, sobre toda carne, sobre sus siervos y sobre sus siervas,» ha refrenado estas imposturas de la incredulidad y la perversidad, ha reanimado la fe vacilante de los hombres en la resurrección de la carne, y ha limpiado de toda oscuridad y equivocación las antiguas Escrituras (de ambos Testamentos de Dios) con la luz clara de sus (sagradas) palabras y sentidos. Ahora bien, puesto que era «necesario que hubiera herejías, para que se hicieran manifiestos los que son aprobados;» [] puesto que, sin embargo, estas herejías no podrían presentar un frente audaz sin algún apoyo de las Escrituras, es, por lo tanto, bastante claro que la antigua Sagrada Escritura les ha suministrado diversos materiales para su doctrina perversa, materiales que, en verdad (así distorsionados), son refutables por las mismas Escrituras. Fue, pues, conveniente y propio que el Espíritu Santo no retuviera por más tiempo las efusiones de su luz misericordiosa sobre estos escritos inspirados, a fin de que pudieran diseminar las semillas de la verdad sin mezcla alguna de sutilezas heréticas, y arrancar de ella la cizaña. En consecuencia, ahora ha dispersado todas las perplejidades del pasado, y sus alegorías y parábolas arbitrariamente elegidas, mediante la explicación abierta y perspicua de todo el misterio, por la nueva profecía, que desciende en corrientes copiosas del Paráclito. Si tan sólo sacas agua de sus fuentes, nunca tendrás sed de otra doctrina: ningún anhelo febril de cuestiones sutiles volverá a consumirte; sino que bebiendo siempre más y más la resurrección de la carne, quedarás satisfecho con los refrescantes sorbos.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el tratado

    Según Evans, Tertuliano no inventó la doctrina ni las líneas de su defensa: las heredó de los apologistas (Justino, Atenágoras, Teófilo) y, sobre todo, de Ireneo, cuyo libro V, capítulos 1–15, conocía bien y quizá llevaba de memoria. Lo que añade es el orden: reduce a una argumentación lógica el discurso más suelto de Ireneo, aunque pierde en el camino su énfasis en la gracia sacramental. Evans destaca también lo que el tratado no hace: no apoya su prueba en citas de la Escritura, sino que las introduce para ilustrar lo ya argumentado, y no se detiene en el reino milenario de Cristo.
    Para seguir leyendo en Eusebeia: Contra las herejías, de Ireneo, cuyo libro V es la fuente más cercana; Contra Marción, donde Tertuliano combate al mismo adversario por el lado de Dios y de la ley; Sobre el alma y la resurrección, la respuesta griega del siglo IV a la misma pregunta; y Sobre el cuidado de los muertos, de Agustín.
    Límites. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase. La división en cinco partes y sus títulos son de esta edición, a partir del esquema de Evans. No se ha cotejado con el latín.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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