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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Agustín de Hipona

    Sobre el cuidado de los muertos

    Texto base: H. Browne (trad.), Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 3, ed. Philip Schaff (1887) · Delphi Collected Works of Saint Augustine, libro 20

    Traducción: Castellana y directa, del inglés de H. Browne; no del latín · 23 secciones

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    Lectura continua · ≈ 70 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    «Mucho tiempo, mi venerable coepíscopo Paulino, he sido deudor de vuestra Santidad de una respuesta»: así empieza Agustín la carta con que contestó, hacia 422, a una consulta de Paulino, obispo de Nola, en Campania. Una viuda, Flora, había pedido que el cuerpo de su hijo Cinegio, muerto en aquellas tierras, fuese depositado en la basílica de san Félix, el confesor venerado en Nola; Paulino se lo concedió y escribió a Hipona para preguntar si de verdad le sirve de algo a un difunto que su cuerpo descanse junto a un santo (§ 1). La respuesta creció hasta hacerse libro, y Agustín la registró entre sus obras como Sobre el cuidado que se ha de tener con los muertos. Esta edición es la traducción castellana directa de la versión inglesa de H. Browne, impresa en el volumen 3 de la primera serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (1887).
    Paulino ya tenía una opinión: no pueden ser vanos los cuidados que nacen de la fe, ni ineficaz la oración que toda la Iglesia hace por los difuntos. Agustín le da la razón a medias. La sepultura, la pompa de las exequias y el lugar del sepulcro son «más para consuelo de los vivos que para ayuda de los muertos» (§ 4); a los muertos les alcanza lo que se pide por ellos en el sacrificio del altar, en las oraciones y en las limosnas, y aun eso solo a quienes vivieron de modo que pudiera aprovecharles (§ 2, § 22). Enterrar a alguien junto a un mártir sirve en la medida en que mueve a los suyos a encomendarlo a ese mártir (§ 6–7). Por el camino, Agustín se detiene en una cuestión que Paulino no había planteado y que ocupa el centro del libro: los muertos que se aparecen en sueños para pedir sepultura, ¿son ellos mismos? Para responder recurre a casos que conoció en Milán, en Cartago y en un municipio vecino de Hipona, y a uno propio: su madre, que lo siguió por tierra y por mar, no lo visita nunca en sueños (§ 16).

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona (354–430), obispo de Hipona desde 395
    TítuloSobre el cuidado de los muertos (en latín, De cura pro mortuis gerenda, «sobre el cuidado que se ha de tener con los muertos»; en inglés, On Care to Be Had for the Dead)
    FechaHacia 421–422. El NPNF la deduce del orden de las Retractaciones, donde la obra sigue al Enchiridion, terminado no antes de 421; la lista de obras de Wikipedia da 422
    DestinatarioPaulino, obispo de Nola, en Campania (c. 354–431, Wikipedia)
    OcasiónLa sepultura del joven Cinegio, hijo de la viuda Flora, en la basílica de san Félix de Nola (§ 1)
    GéneroCarta-tratado: respuesta a una consulta, que Agustín llama «libro» al despedirse (§ 23)
    Agustín lo registra enRetractaciones II, 64 (número de capítulo del NPNF; el epub no lo da)
    Extensión23 secciones, unas 10 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana y directa, de la versión inglesa del reverendo H. Browne; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 3 (1887), ed. Philip Schaff; libro 20 de la Delphi Collected Works of Saint Augustine

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que el reverendo H. Browne —«del Corpus Christi College de Cambridge, antiguo director del Diocesan College de Chichester», según el encabezado del NPNF— hizo de De cura pro mortuis gerenda, tal como la imprimió Philip Schaff en el volumen 3 de la primera serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church. New Advent da la edición de Buffalo (Christian Literature Publishing Co., 1887); la copia de CCEL se basa en una reimpresión de Nueva York de 1890. En su prefacio, Schaff dice que los tratados morales del volumen «se tradujeron por primera vez para la Oxford Library of the Fathers (1847)», la serie que Pusey, Keble y Newman dirigieron y que se publicó entre 1838 y 1881 (Wikipedia). El texto inglés llegó al castellano a través de la Delphi Collected Works of Saint Augustine (Delphi Classics, 2016), que reproduce las versiones del NPNF.
    Es, por tanto, la traducción de una traducción: para un trabajo académico conviene cotejarla con el latín, que Schaff sitúa en el sexto volumen de la edición benedictina de las obras de Agustín.
    La edición inglesa pone al frente del tratado la noticia que el propio Agustín dio de él en las Retractaciones, la revisión de sus obras que emprendió hacia 426–427 (Wikipedia). El epub la encabeza «De las Retractaciones, Libro II, Cap.», sin número, igual que la versión inglesa de Delphi («Book ii. Cha.»); el NPNF y New Advent dan el capítulo 64 del libro II:
    Texto de la fuenteAgustín de Hipona · Retractaciones · II, 64
    El libro Sobre el cuidado que se ha de tener con los muertos lo escribí habiendo sido preguntado por carta si aprovecha a alguna persona después de la muerte que su cuerpo sea sepultado en la memoria de algún santo. El libro comienza así: Mucho tiempo ha, vuestra Santidad, mi venerable coepíscopo Paulino.
    Lo que viene de la edición. El tratado es un texto continuo, sin capítulos ni títulos. Los números de sección (§ 1 a § 23) son los del NPNF, que reproduce New Advent; el epub de Delphi no los imprime, y aquí se dan solo en el localizador de cada pasaje. El título del encabezado, con el latín entre paréntesis, es el del epub; el título corto de esta edición abrevia el largo, que calca el inglés On Care to Be Had for the Dead. Los versos de Virgilio (§ 3) y de Lucano (§ 4) se conservan en verso, como en el NPNF, y llegan traducidos del inglés de Browne, no del latín. Las citas bíblicas llegan sin referencia, en la forma que les dio el traductor inglés; las notas dan la referencia cuando hace falta. El joven difunto aparece como «Cynegio», calco del inglés Cynegius; en castellano se diría Cinegio, como se le llama en los comentarios. Las palabras latinas que el NPNF anota al pie (memoria, imagines, curialis…) no pasaron al epub, ni la nota con que el NPNF fecha la obra, recogida en la ficha.

    El tratado y su plan

    Agustín contesta dos veces. Primero, en pocas líneas (§ 2): lo que se hace por un difunto le aprovecha o no según la vida que llevó «por medio del cuerpo», y así no queda contradicha la frase del Apóstol que inquietaba a Paulino, que cada uno recibirá según lo que haya hecho en el cuerpo (). Después le pide que atienda «por un momento» a otras consideraciones (§ 3), y la carta se alarga: copia dos capítulos de su Ciudad de Dios (§ 4–5), recurre a la Historia eclesiástica de Eusebio en latín (§ 8), a la Escritura y a lo que le contaron testigos de confianza. Al final pide excusas por la extensión, que atribuye al gusto de conversar más con su amigo (§ 23). La tabla siguiente es una lectura del editor, no de Agustín ni del NPNF, hecha sobre el comienzo de cada sección.
    SeccionesDe qué trata
    § 1–2La consulta de Paulino y la respuesta breve: lo que se hace por los difuntos aprovecha según cómo vivieron
    § 3–5El alma no necesita sepultura: Virgilio frente al Evangelio; dos capítulos de La ciudad de Dios sobre los cuerpos insepultos tras el saqueo de Roma
    § 6–7Por qué los sepulcros se llaman «memorias»; sepultar junto a un mártir sirve en cuanto mueve a orar
    § 8–11Los mártires de la Galia arrojados al Ródano; el profeta muerto por el león; la sepultura de Saúl y Jonatán: el afecto natural a la propia carne
    § 12–15Los muertos que se aparecen en sueños: semejanzas, no almas; el pagaré de Milán, el retórico Eulogio, Curma de la curia y Curma el herrero
    § 16–18Los muertos no saben lo que pasa aquí: Mónica, Josías, el rico y Lázaro; Samuel, Moisés y Elías
    § 19–21Los mártires sí ayudan, por poder divino: Félix en Nola; ¿presencia o ángeles?; Juan el monje y los mártires de Milán
    § 22–23Conclusión: el sacrificio, las oraciones y las limosnas; la sepultura, deber de humanidad; despedida y el portador, Candidiano
    Mapa del Mediterráneo occidental. Una línea discontinua une Hipona, en la costa de África, con Nola, en Campania: la consulta de Paulino y la respuesta de Agustín (§ 1 y 23). Están marcados también Cartago, donde soñó el retórico Eulogio (§ 13); Roma, saqueada en 410 (§ 3–5); Milán (§ 13 y 21), y Lyon y Vienne, a orillas del Ródano, donde murieron los mártires del § 8
    Dónde ocurre lo que cuenta el tratado: una carta entre Hipona y Nola, y los lugares de sus ejemplos · Elaboración propia para Eusebeia · costas y ríos: Natural Earth (dominio público); coordenadas: Wikidata

    Sobre el cuidado que se ha de tener con los muertos (De cura pro mortuis gerenda)

    § 1

    Mucho tiempo, mi venerable coepíscopo Paulino, he sido deudor de vuestra Santidad de una respuesta; desde que me escribisteis por medio de los de la casa de nuestra religiosísima hija Flora, preguntándome si aprovecha a algún hombre después de la muerte que su cuerpo sea sepultado en la memoria de algún santo. Esto, a saber, os había suplicado la dicha viuda para su hijo difunto en aquellas partes, y vos le habíais escrito una respuesta, consolándola, y anunciándole acerca del cuerpo del fiel joven Cynegio, que se había hecho lo que ella con materno y piadoso afecto deseaba, a saber, depositarlo en la basílica del bienaventurado Félix el Confesor. Con esta ocasión sucedió que por los mismos portadores de vuestra carta me escribisteis también a mí, suscitando la misma cuestión, y deseando que yo respondiera lo que pensaba de este asunto, sin dejar al mismo tiempo de decir cuáles son vuestros propios sentimientos. Pues decís que, a vuestro parecer, no son vanos movimientos de ánimos religiosos y fieles los que tienen este cuidado por sus amigos difuntos. Añadís, además, que no puede carecer de efecto el que toda la Iglesia suela suplicar por los difuntos; de modo que de aquí se puede conjeturar además que aprovecha a una persona después de la muerte, si por la fe de sus amigos se provee para la sepultura de su cuerpo un lugar tal donde sea manifiesto el auxilio, también por este medio buscado, de los santos.
    Comentario editorial · Paulino de Nola, el que pregunta
    Paulino nació hacia 354 en Burdeos, en una familia senatorial (Wikipedia; la versión española da 355), y llegó a cónsul sufecto y gobernador de Campania. Tras la muerte de su único hijo, a los ocho días de nacer, él y su esposa, Terasia, dejaron el mundo; en 395 se instalaron en Nola, junto a la tumba de san Félix, a quien Paulino atribuía su conversión, y hacia 410 fue elegido obispo de la ciudad. Escribió cada año un poema para la fiesta de Félix y se carteó con medio Occidente: se conservan cuatro cartas suyas a Agustín y ocho de Agustín a él, que le enviaba copias de sus obras para que circularan en Italia (Wikipedia). De Flora y de Cinegio, las fuentes consultadas no dicen más que este tratado.

    § 2

    Pero siendo esto así, cómo a esta opinión no ha de ser contrario lo que dice el Apóstol: "Porque todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho por medio del cuerpo, sea bueno o malo"; esto, dais a entender, no lo veis bien. Porque esta sentencia apostólica amonesta que se haga antes de la muerte lo que pueda aprovechar después de la muerte; no entonces, primeramente, cuando ya se ha de recibir aquello que una persona haya hecho antes de la muerte. Verdad es, pero esta cuestión se resuelve así: que hay un cierto género de vida por el cual se adquiere, mientras uno vive en este cuerpo, el que sea posible que estas cosas sean de alguna ayuda para los difuntos; y, por consiguiente, es "según las cosas hechas por medio del cuerpo" que son ayudados por las cosas que, después de haber dejado el cuerpo, se hagan religiosamente en su favor. Pues hay a quienes estas cosas no ayudan en nada, a saber, cuando se hacen o por personas cuyos méritos son tan malos, que ni por tales cosas son dignos de ser ayudados; o por personas cuyos méritos son tan buenos, que de tales cosas no tienen necesidad como ayudas. Del género de vida, por tanto, que cada cual ha llevado por el cuerpo, proviene que estas cosas aprovechen o no aprovechen, cualesquiera que sean las que piadosamente se hagan en su favor cuando ha dejado el cuerpo. Porque en cuanto al mérito por el cual estas cosas aprovechan, si ninguno se ha adquirido en esta vida, en vano se busca después de esta vida. Así sucede, tanto que no sin significado la Iglesia, o el cuidado de los amigos, otorga a los difuntos cuanto de religión pueda; como también que, no obstante, cada uno recibe "según lo que haya hecho por medio del cuerpo, sea bueno o malo", dando el Señor a cada uno según sus obras. Porque el que esto que se otorga sea capaz de aprovecharle después del cuerpo, esto se adquirió en aquella vida que ha llevado en el cuerpo.

    § 3

    Quizá tu pregunta queda satisfecha con esta mi breve respuesta. Pero atiende por un momento a otras consideraciones que me mueven, a las cuales juzgo conveniente responder. En los libros de los Macabeos leemos que se ofrecía sacrificio por los difuntos. Sin embargo, aunque en ningún lugar de las Antiguas Escrituras se leyera, no es pequeña la autoridad que en esta costumbre resplandece de toda la Iglesia, a saber, que en las oraciones del sacerdote que se ofrecen al Señor Dios en su altar, la recomendación de los difuntos tiene también su lugar. Pero si de la ubicación del cuerpo se sigue algún provecho para el alma del difunto, requiere una investigación más cuidadosa. Y en primer lugar, si el no ser sepultados los cuerpos causa o aumenta la miseria de los espíritus después de esta vida, ha de examinarse no a la luz de la opinión, por comúnmente recibida que sea, sino más bien de la Sagrada Escritura de nuestra religión. Porque no hemos de creer que, como se lee en Marón, a los insepultos se les prohíbe navegar y cruzar la corriente infernal; porque en verdad
    "A nadie es dado cruzar las horribles riberas
    y las roncas aguas, antes que en su debida morada
    los huesos hayan reposado."
    ¿Quién puede inclinar un corazón cristiano a estas ficciones poéticas y fabulosas, cuando el Señor Jesús, para que los cristianos, bajo las manos de sus enemigos que tendrían poder sobre sus cuerpos, pudieran yacer sin temor, afirma que ni un cabello de su cabeza perecerá, exhortando a que no teman a los que, después de matar el cuerpo, nada más pueden hacer? De lo cual en el primer libro de La Ciudad de Dios creo haber hablado bastante, para quebrar los dientes en la boca de quienes, imputando a los tiempos cristianos la devastación bárbara, especialmente la que Roma ha sufrido últimamente, nos echan en cara también esto: que Cristo no acudió allí en socorro de los suyos. A quienes, cuando se les responde que las almas de los fieles fueron, según los méritos de su fe, acogidas por Él bajo su protección, nos insultan hablando de sus cadáveres dejados insepultos. Todo este asunto, pues, acerca de la sepultura, lo he expuesto con estas palabras.
    Comentario editorial · Marón y el río de los insepultos
    «Marón» es Virgilio, Publio Virgilio Marón (70–19 a. C., Wikipedia). Los versos son de la Eneida VI, 327–328, según la nota del NPNF, y pertenecen al descenso de Eneas al mundo de los muertos, guiado por la Sibila de Cumas: las sombras de los insepultos no pueden cruzar el río mientras sus huesos no reposen en un sepulcro. Allí encuentra Eneas a su timonel, Palinuro, que le cuenta cómo lo mataron en la costa de Italia, cerca de Velia, y lo dejaron sin sepultura (Wikipedia); Agustín vuelve a él en el § 12. A esa creencia opone la palabra de Jesús sobre los que matan el cuerpo y después no pueden hacer nada más (; ) y la promesa de que no perecerá un cabello de la cabeza ().

    § 4

    "Pero —digo yo— en tal montón de cadáveres, ¿no pudieron ser siquiera sepultados? Ni esto teme demasiado la fe piadosa, teniendo por cierto lo que está predicho: que ni las bestias consumidoras serán impedimento para la resurrección de los cuerpos, de los cuales ni un cabello de la cabeza perecerá. Ni de ninguna manera diría la Verdad: "No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma", si pudiera en algo estorbar la vida futura lo que los enemigos quisieran hacer con los cuerpos de los muertos. A no ser que alguno sea tan absurdo que sostenga que no se les debe temer antes de la muerte, no sea que maten el cuerpo, sino que se les debe temer después de la muerte, no sea que, habiendo matado el cuerpo, no permitan que sea sepultado. ¿Es, pues, falso lo que dice Cristo: "Los que matan el cuerpo, y después nada más pueden hacer", si tienen tanto poder que pueden hacer algo sobre los cuerpos muertos? Lejos de nosotros pensar que sea falso lo que ha dicho la Verdad. Porque lo que se dice es que algo hacen cuando matan, porque en el cuerpo hay sensación mientras es matado, pero después nada más pueden hacer, porque no hay sensación en el cuerpo ya muerto. Muchos cuerpos, pues, de cristianos no ha cubierto la tierra; pero a ninguno de ellos ha separado del cielo y de la tierra, la cual toda Él llena con su presencia, Aquel que sabe de dónde resucitar lo que Él creó. Se dice ciertamente en el Salmo: "Los cadáveres de tus siervos dieron por comida a las aves del cielo, la carne de tus santos a las bestias de la tierra; derramaron su sangre como agua en torno a Jerusalén, y no hubo quien los sepultara"; pero esto más para realzar la crueldad de los que hicieron estas cosas, que para la infelicidad de los que las padecieron. Porque, aunque a los ojos de los hombres estas cosas parezcan duras y terribles, sin embargo, "preciosa es a los ojos del Señor la muerte de sus santos". Así, pues, todas estas cosas: el cuidado del funeral, la concesión de sepultura, la pompa de las exequias, son más para consuelo de los vivos que para ayuda de los muertos. Si en algo aprovecha al impío tener costosa sepultura, dañará al piadoso tener vil sepultura o ninguna. Muy hermosas exequias a los ojos de los hombres recibió aquel rico vestido de púrpura de la multitud de sus criados; pero mucho más hermosas las obtuvo aquel pobre lleno de llagas del ministerio de los ángeles, quienes no lo llevaron a un sepulcro de mármol, sino al seno de Abraham lo llevaron a lo alto. De todo esto se ríen aquellos contra quienes hemos emprendido defender la Ciudad de Dios; pero, con todo, sus mismos filósofos tuvieron en poco el cuidado de la sepultura; y a menudo ejércitos enteros, al morir por su patria terrenal, no se preocuparon de dónde yacerían después, ni de qué bestias serían pasto; y los poetas tuvieron licencia para decir de esto con aplauso
    "aunque yazga sin urna,
    su cubierta es el cielo que lo cobija."
    ¡Cuánto menos deberían ellos jactarse de los cuerpos insepultos de los cristianos, a quienes la carne misma con todos sus miembros, rehecha no solo de la tierra, sino aun de los demás elementos, y hasta de sus más recónditos escondrijos adonde estos cadáveres desvanecidos se han retirado, se les asegura que en un instante les será devuelta y restituida entera como al principio, según su promesa!
    Comentario editorial · Dos capítulos de «La ciudad de Dios» y un verso de Lucano
    Desde «Pero —digo yo—» hasta el final del § 5, Agustín se copia a sí mismo: son los capítulos 12 y 13 del libro I de La ciudad de Dios, como anota el NPNF y confirma el texto inglés de New Advent. Ese libro responde a los paganos que culpaban al cristianismo del saqueo de Roma por los godos de Alarico, en 410; «la gran Ciudad» del § 5 es Roma. Los versos «aunque yazga sin urna, / su cubierta es el cielo» son de Lucano (39–65), Farsalia VII, 819, y hablan, según la nota del NPNF, de los caídos en la batalla de Farsalia, a quienes César prohibió quemar o enterrar; así resume Wikipedia el libro VII: César prohíbe la cremación de los pompeyanos muertos.

    § 5

    Sin embargo, no se sigue que los cuerpos de los difuntos hayan de ser despreciados y arrojados, y sobre todo los de los justos y fieles, cuyos cuerpos como órganos y vasos para todas las buenas obras usó santamente su espíritu. Porque si el vestido y el anillo de un padre, y cualquier cosa semejante, es tanto más querido para los que deja atrás cuanto mayor es su afecto hacia sus padres, de ningún modo han de ser despreciados los cuerpos mismos, que en verdad llevamos en unión más familiar y estrecha que cualquier cosa que nos pongamos. Pues estos no pertenecen al ornato o ayuda que se aplica desde fuera, sino a la misma naturaleza del hombre. De donde también los funerales de los justos antiguos fueron cuidados con piadoso deber, y sus exequias celebradas, y provista la sepultura; y ellos mismos, mientras vivían, dieron encargo a sus hijos acerca de la sepultura o incluso de la traslación de sus cuerpos. También Tobías, por haber obtenido favor de Dios mediante la sepultura de los muertos, es recomendado por el testimonio de un ángel. El Señor mismo también, a punto de resucitar al tercer día, predica y recomienda que se predique la buena obra de una mujer religiosa, que derramó un ungüento precioso sobre sus miembros, y lo hizo para su sepultura; y son con alabanza conmemorados en el Evangelio aquellos que, habiendo recibido su Cuerpo de la cruz, con cuidado y con reverente honor lo vieron envuelto y puesto en el sepulcro. Estas autoridades, sin embargo, no nos inducen a pensar que haya en los cuerpos muertos sensación alguna; sino más bien que la Providencia de Dios (a quien además agradan tales oficios de piedad) se encarga también de los cuerpos de los muertos, esto significan, a fin de que nuestra fe en la resurrección sea sostenida por ello. Donde también se aprende saludablemente cuán grande puede ser la recompensa por las limosnas que hacemos a los vivos y que sienten, si ni siquiera se pierde ante Dios lo que de deber y de diligencia se tributa a los miembros sin vida de los hombres. Hay ciertamente también otras cosas que, al hablar de la concesión o traslación de sus cuerpos, los santos Patriarcas quisieron que se entendieran como dichas por el Espíritu profético; pero no es este el lugar de tratar a fondo de estas cosas, visto que basta lo que hemos dicho. Pero si la falta de aquellas cosas que son necesarias para el sustento de los vivos, como el alimento y el vestido, por más que una pesada aflicción acompañe a la carencia, no quiebran en los hombres buenos el varonil ánimo de soportar y resistir, ni erradican la piedad del alma, sino que ejercitándola la hacen más fructuosa; ¡cuánto más la falta de aquellas cosas que se suelen aplicar para el cuidado de los funerales y la concesión de los cuerpos de los difuntos, no los hace desdichados, ahora que en las ocultas moradas de los piadosos están en descanso! Y por tanto, cuando estas cosas han faltado a los cuerpos muertos de los cristianos en aquella devastación de la gran Ciudad o de otras ciudades también, no hay culpa de los vivos, que no pudieron proporcionar estas cosas, ni dolor de los muertos, que no pudieron sentirlas. Esta es mi opinión acerca del fundamento y razón de la sepultura. La cual he trasladado aquí de otro libro mío, porque era más fácil repetir esto que expresar la misma materia de otra manera.

    § 6

    Si esto es verdad, sin duda también el proveer para la sepultura de los cuerpos un lugar en las memorias de los santos es señal de un buen afecto humano hacia los restos de los amigos; pues si hay religión en el sepultar, no puede menos de haber religión en pensar dónde se ha de sepultar. Pero aunque sea deseable que haya tales consuelos para los sobrevivientes, para mostrar su piadoso ánimo hacia sus seres queridos, no veo qué ayudas sean para los muertos sino de esta manera: que al recordar el lugar donde están depositados los cuerpos de aquellos a quienes aman, los encomienden por la oración a esos mismos santos, quienes como patronos los han tomado a su cargo para ayudarlos ante el Señor. Lo cual ciertamente podrían hacer aun cuando no pudieran sepultarlos en tales lugares. Pero la única razón por la que se da el nombre de memorias o monumentos a aquellos sepulcros de los muertos que se hacen especialmente distinguidos, es que recuerdan a la memoria, y trayendo a la mente nos hacen pensar en aquellos que por la muerte son retirados de los ojos de los vivos, para que no sean también retirados del corazón de los hombres por el olvido. Pues el término memoria lo muestra clarísimamente, y monumento se llama así de monición, es decir, de advertir. Por cuya razón los griegos llaman también μνημεῖον a lo que nosotros llamamos memoria o monumento; porque en su lengua la memoria misma, con la que recordamos, se llama μνήμη. Así, cuando la mente recuerda dónde yace sepultado el cuerpo de un amigo muy querido, y entonces acude al pensamiento un lugar hecho venerable por el nombre de un mártir, a ese mismo mártir encomienda el alma con afecto de recuerdo entrañable y oración. Y cuando este afecto es mostrado a los difuntos por hombres fieles que les fueron muy queridos, no hay duda de que les aprovecha a quienes, mientras vivían en el cuerpo, merecieron que tales cosas les aprovecharan después de esta vida. Pero aun si alguna necesidad, por falta de toda facilidad, no permitiera sepultar los cuerpos, o sepultarlos en tales lugares, no por eso se han de omitir las súplicas por los espíritus de los muertos; súplicas que, para que se hagan por todos los que han partido en la comunión cristiana y católica, aun sin mencionar sus nombres, bajo una conmemoración general, la Iglesia se ha encargado a sí misma; a fin de que aquellos que carecen, para estos oficios, de padres o hijos o de cualesquiera parientes o amigos, los reciban de la única madre piadosa que es común a todos. Pero si faltaran estas súplicas, que se hacen con recta fe y piedad por los muertos, juzgo que en nada aprovecharían a sus espíritus, por más que en lugares santos fueran depositados los cuerpos sin vida.
    Comentario editorial · «Memoria»: el sepulcro del mártir
    Agustín explica la palabra: la memoria, como el monumento y el griego mnēmeîon, es lo que trae a la memoria al difunto (§ 6). En este tratado designa además el sepulcro o santuario de un mártir: «las memorias de los santos». Su madre, cuenta en las Confesiones (VI, 2), llevaba pan, vino y tortas a los oratorios levantados en memoria de los santos, como era costumbre en África, hasta que en Milán Ambrosio lo prohibió, para no dar ocasión a los bebedores y porque esas fiestas por los difuntos se parecían mucho a la superstición de los paganos. Enterrarse junto a los santos —ad sanctos, para gozar de su protección y de su intercesión— se impuso entre los cristianos desde el siglo III, con las tumbas apiñadas en torno a la del mártir (Wikipedia en francés). Lo que Paulino hizo por Cinegio era una práctica ya extendida.

    § 7

    Así, pues, cuando la fiel madre de un fiel hijo difunto deseó que su cuerpo fuera depositado en la basílica de un mártir, por cuanto creía que su alma sería ayudada por los méritos del mártir, el mismo creer esto era una suerte de súplica, y esto aprovechó, si algo aprovechó. Y en cuanto ella vuelve en su pensamiento a este mismo sepulcro, y en sus oraciones encomienda más y más a su hijo, el espíritu del difunto es ayudado, no por el lugar de su cuerpo muerto, sino por aquello que brota del recuerdo del lugar, el vivo afecto de la madre. Porque al punto el pensamiento de quién es encomendado y a quién, toca, y con no inútil emoción, el ánimo religioso de la que ora. Pues también en la oración a Dios, los hombres hacen con los miembros de su cuerpo lo que conviene a los suplicantes, cuando doblan las rodillas, cuando extienden las manos, o aun se postran en tierra, y cuanto más hacen visiblemente, aunque su voluntad invisible y la intención de su corazón sean conocidas por Dios, y Él no necesita de estas señales para que se le manifieste la mente de ningún hombre: solo que con esto uno se excita más a orar y a gemir más humilde y más fervorosamente. Y no sé cómo es que, mientras estos movimientos del cuerpo no pueden hacerse sino precediendo un movimiento del alma, sin embargo, al hacerse exteriormente de modo visible, aquel movimiento interior invisible que los produjo se acrecienta; y así el afecto del corazón que precedió para que se hicieran, crece porque se hacen. Pero aun si alguno está de tal manera impedido, o aun atado, que no puede hacer estas cosas con sus miembros, no por eso deja el hombre interior de orar, y ante los ojos de Dios, en su más secreto aposento, donde tiene compunción, se postra en tierra. Así también, aunque importa mucho dónde deposita uno el cuerpo de su difunto, mientras suplica por su espíritu a Dios, porque tanto el afecto precedente eligió un lugar santo, como después de depositado allí el cuerpo, el recuerdo de aquel lugar santo renueva y acrecienta el afecto que había precedido; sin embargo, aunque no pueda en aquel lugar que su ánimo religioso eligió poner en tierra a aquel a quien ama, de ningún modo debe cesar de las necesarias súplicas para encomendarlo. Porque dondequiera que la carne del difunto yazga o no yazga, el espíritu requiere descanso y ha de obtenerlo: pues el espíritu, al partir de allí, llevó consigo la conciencia sin la cual nada importaría cómo uno existe, si en buen estado o en malo; y no espera ayuda para su vida de aquella carne a la que él mismo dio la vida que retiró al partir, y que ha de devolver al volver; puesto que no la carne al espíritu, sino el espíritu a la carne procura el mérito aun de la misma resurrección, ya sea para castigo o para gloria que haya de volver a la vida.

    § 8

    Leemos en la Historia Eclesiástica que Eusebio escribió en griego, y Rufino tradujo a la lengua latina, que los cuerpos de los mártires en la Galia fueron expuestos a los perros, y cómo los restos de aquellos perros y los huesos de los muertos fueron, hasta su total consumción, quemados por el fuego; y las cenizas de los mismos esparcidas en el río Ródano, para que nada quedara para ningún género de memoria. Lo cual se ha de creer que no fue divinamente permitido con otro fin, sino para que los cristianos aprendieran, al confesar a Cristo, mientras desprecian esta vida, a despreciar mucho más la sepultura. Porque esto que con saña salvaje se hizo a los cuerpos de los mártires, si en algo pudiera dañarlos, para menoscabar el descanso bienaventurado de sus espíritus victoriosísimos, ciertamente no se hubiera permitido que se hiciera. En verdad, pues, se declaró que el Señor, al decir: "No temáis a los que matan el cuerpo, y después nada más pueden hacer", no quiso decir que no permitiría que hicieran cosa alguna a los cuerpos de sus seguidores una vez muertos; sino que, cualquier cosa que se les permitiera hacer, nada se haría que pudiera disminuir la felicidad cristiana de los difuntos, nada de ello alcanzaría a su conciencia mientras aún viven después de la muerte; nada aprovecharía en detrimento, ni aun de los cuerpos mismos, para disminuir en algo su integridad cuando hubieran de resucitar.
    Comentario editorial · Los mártires de Lyon y Vienne
    El episodio está en la Historia eclesiástica de Eusebio (V, 1), que copia la carta de las iglesias de Vienne y Lyon a las de Asia y Frigia sobre la persecución de 177 (Wikipedia; Eusebio la sitúa en el año diecisiete del emperador «Antonino Vero»). La carta cuenta que los muertos en la cárcel eran echados a los perros, que soldados vigilaban los restos noche y día para que nadie los enterrara —el dolor de los hermanos que recuerda el § 10— y que, tras seis días expuestos, los cuerpos se quemaron y se barrieron al Ródano «para que no quedara rastro de ellos sobre la tierra», y para quitarles, decían los paganos, la esperanza de resucitar (V, 1, 59–63). Agustín la leía en la traducción latina de Rufino: de 401 según Wikipedia, que en otro lugar del mismo artículo la da por publicada en 402 o 403.

    § 9

    Y sin embargo, por razón de aquel afecto del corazón humano, por el cual "nadie aborrece jamás su propia carne", si los hombres tienen motivo para saber que después de su muerte sus cuerpos carecerán de algo que en la nación o patria de cada uno exige el acostumbrado orden de la sepultura, los entristece como hombres; y aquello que después de la muerte no les alcanza, lo temen antes de la muerte por sus cuerpos: de modo que hallamos en los Libros de los Reyes que Dios, por medio de un profeta, amenaza a otro profeta que había transgredido su palabra, que su cadáver no sería llevado al sepulcro de sus padres. Lo cual la Escritura dice de esta manera: "Así dice el Señor: Por cuanto has sido desobediente a la boca del Señor, y no has guardado el mandato que el Señor tu Dios te mandó, y has vuelto y comido pan y bebido agua en el lugar en que Él te mandó no comer pan ni beber agua, tu cadáver no será llevado al sepulcro de tus padres". Ahora bien, si al considerar qué cuenta ha de hacerse de este castigo, nos guiamos por el Evangelio, donde hemos aprendido que después de la muerte del cuerpo no hay motivo para temer que los miembros sin vida sufran algo, ni siquiera ha de llamarse castigo. Pero si consideramos el afecto humano de un hombre hacia su propia carne, le era posible asustarse o entristecerse, mientras vivía, por aquello de lo cual no tendría sensación cuando muerto; y esto era un castigo, porque el alma era afligida por aquello que estaba por suceder a su cuerpo, por más que cuando sucediera no sentiría dolor. Con este fin, a saber, plugo al Señor castigar a su siervo, que no por contumacia propia había despreciado cumplir su mandato, sino que por engaño de la falsedad de otro se creía que obedecía cuando no obedecía. Porque no se ha de pensar que fue muerto por los dientes de la bestia como uno cuya alma sería arrebatada de allí a los tormentos del infierno; puesto que sobre su mismo cuerpo el mismo león que lo había matado hacía guardia, mientras además la bestia en que cabalgaba quedó ilesa, y junto con aquella fiera bestia estaba allí con intrépida presencia junto al cadáver de su amo. Por cuya maravillosa señal aparece que el hombre de Dios fue, más bien, detenido temporalmente hasta la muerte, que castigado después de la muerte. De cuya materia, el Apóstol, cuando a causa de ciertas ofensas había mencionado las enfermedades y muertes de muchos, dice: "Porque si nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados por el Señor. Mas cuando somos juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo". Aquel Profeta, en verdad, el mismo hombre que lo había engañado, lo sepultó con mucho respeto en su propio sepulcro, y dispuso su propia sepultura junto a sus huesos; con la esperanza de que así sus propios huesos fueran perdonados, cuando, según la profecía de aquel hombre de Dios, Josías rey de Judá desenterró en aquella tierra los huesos de muchos muertos, y con los mismos huesos profanó los sacrílegos altares que habían sido erigidos para las imágenes de talla. Porque perdonó aquel sepulcro en que yacía el profeta que más de trescientos años antes predijo aquellas cosas, y por su causa ni siquiera fue violada la sepultura del que lo había seducido. Por aquel afecto, a saber, que hace que nadie aborrezca jamás su propia carne, este hombre había tomado providencia para su cadáver, el que había muerto con una mentira su propia alma. Por razón, pues, de este amor natural que todo hombre tiene a su propia carne, fue tanto para el uno un castigo saber que no estaría en el sepulcro de sus padres, como para el otro un cuidado disponer de antemano que sus propios huesos fueran perdonados, si yacía junto a aquel cuyo sepulcro nadie violaría.

    § 10

    Este afecto vencieron los mártires de Cristo contendiendo por la verdad; y no es maravilla que despreciaran aquello de lo cual, pasada la muerte, no habían de tener sentimiento, cuando no pudieron ser vencidos por aquellos tormentos que, mientras vivían, sí sentían. Dios podía, sin duda (así como no permitió que el león, después de matar al profeta, tocara más su cuerpo, y de matador lo hizo guardián): podía, digo, haber guardado los cuerpos muertos de los suyos de los perros a los que habían sido arrojados; podía de innumerables maneras haber disuadido la rabia de los hombres mismos, para que no osaran quemar los cadáveres, esparcir las cenizas; pero convenía que tampoco esta experiencia faltara a la múltiple variedad de las tentaciones, para que la fortaleza de la confesión, que no cedía a la fiereza de la persecución por salvar la vida del cuerpo, no se angustiara temblando por el honor de un sepulcro; en una palabra, para que la fe de la resurrección no temiera la consumción del cuerpo. Convenía, pues, que aun estas cosas se permitieran, para que, aun después de estos ejemplos de tan gran horror, los mártires, fervientes en la confesión de Cristo, se hicieran testigos también de esta verdad, en la cual habían aprendido que aquellos por quienes sus cuerpos serían muertos, después nada más podían hacer. Porque, cualquier cosa que hicieran a los cuerpos muertos, al fin nada harían, puesto que en la carne desprovista de toda vida, ni era posible que sintiera algo el que de allí había partido, ni que perdiera algo de ella Aquel que la creó. Pero mientras estas cosas se hacían a los cuerpos de los muertos, aunque los mártires, no atemorizados por ellas, sufrían con gran fortaleza, sin embargo, entre los hermanos había grandísimo dolor, porque no se les daba medio de rendir los últimos honores a los restos de los santos, ni siquiera retirar secretamente alguna parte de ellos, como la misma historia testifica, lo permitían las vigilancias de crueles centinelas. Así, mientras aquellos que habían sido muertos, en el desgarramiento de sus miembros, en la quema de sus huesos, en la dispersión de sus cenizas, no podían sentir miseria alguna; sin embargo, estos que nada tenían de ellos que pudieran sepultar, sufrían tortura de excesivo dolor compadeciéndolos; porque lo que aquellos en modo alguno sentían, estos en cierto modo lo sentían por ellos, y donde ya para aquellos no había más sufrimiento, estos sufrían por ellos con lamentable compasión.

    § 11

    En cuanto a aquella lamentable compasión que he mencionado, son alabados, y por el rey David bendecidos, los que a los secos huesos de Saúl y Jonatás otorgaron la misericordia de la sepultura. Pero ¿qué misericordia es esa que se otorga a quienes nada sienten? ¿O acaso ha de retrotraerse esto a aquella ficción del río infernal que los hombres insepultos no podían cruzar? Lejos esté esto de la fe de los cristianos: de otro modo, muy mal les habría ido a tan gran multitud de mártires, para quienes no pudo haber sepultura de sus cuerpos, y la Verdad los habría engañado cuando dijo: "No temáis a los que matan el cuerpo, y después nada más pueden hacer", si estos hubieran podido hacerles tan grandes males, por los cuales se les impedía pasar a los lugares que anhelaban. Pero, porque esto sin duda alguna es falsísimo, y ni en nada daña a los fieles que se niegue sepultura a sus cuerpos, ni en nada aprovecha a los infieles el que se les dé sepultura; ¿por qué, pues, se dice que aquellos que sepultaron a Saúl y a su hijo hicieron misericordia, y por ello son bendecidos por aquel piadoso rey, sino porque es un buen afecto aquel con que se conmueven los corazones de los compasivos, cuando se duelen por aquello en los cuerpos muertos de otros hombres, que, por aquel afecto por el cual nadie aborrece jamás su propia carne, no querrían que se hiciera después de su muerte a sus propios cuerpos; y lo que querrían que se hiciera por ellos cuando ya no tuvieran sentimiento, eso cuidan de hacer por otros que ya no tienen sentimiento, mientras ellos todavía lo tienen?

    § 12

    Se cuentan historias de ciertas apariciones o visiones, que parecen traer a esta discusión una cuestión que no debe ser menospreciada. Se dice, a saber, que hombres muertos han aparecido a veces, ya en sueños, ya de algún otro modo, a los vivos que no sabían dónde yacían insepultos sus cuerpos, y les han señalado el lugar, y amonestado que se les diera la sepultura que les faltaba. Si respondiéramos que estas cosas son falsas, se pensaría que contradecimos impúdicamente los escritos de ciertos hombres fieles, y los sentidos de quienes nos aseguran que tales cosas les han sucedido a ellos mismos. Pero ha de responderse que no se sigue que hayamos de considerar que los muertos tengan sentido de estas cosas, porque aparezcan en sueños diciendo o indicando o pidiendo esto. Pues también los vivos aparecen muchas veces a los vivos mientras duermen, sin que ellos mismos sepan que aparecen; y se les cuenta lo que soñaron, a saber, que en su sueño los vieron hacer o decir algo. Luego si puede ser que una persona en sueños me vea a mí indicándole algo que ha sucedido o aun prediciendo algo que ha de suceder, mientras yo estoy perfectamente ignorante de la cosa y del todo despreocupado no solo de lo que él sueña, sino de si él está despierto mientras yo duermo, o él dormido mientras yo estoy despierto, o si a un mismo tiempo ambos estamos despiertos o dormidos, en el momento en que él tiene el sueño en que me ve: ¿qué maravilla que los muertos estén inconscientes e insensibles de estas cosas, y, con todo, sean vistos por los vivos en sus sueños, y digan algo que aquellos al despertar hallan ser verdad? Por operaciones angélicas, pues, pienso yo que se efectúa, ya sea permitido de lo alto, o mandado, que parezcan en sueños decir algo acerca de la sepultura de sus cuerpos, cuando aquellos cuyos cuerpos son están del todo inconscientes de ello. Ahora bien, esto se hace a veces provechosamente; ya para algún género de consuelo a los sobrevivientes, a quienes pertenecen aquellos muertos cuyas semejanzas se les aparecen mientras sueñan; ya para que por estas amonestaciones el género humano sea llevado a tener consideración a la humanidad de la sepultura, la cual, aunque no sea ayuda para los difuntos, hay sin embargo culpable irreligiosidad en menospreciarla. A veces, empero, por visiones falaces, los hombres son arrojados a grandes errores, quienes merecen padecer esto. Como si uno viera en sueños lo que Eneas, por ficción poética, se dice que vio en el mundo inferior: y allí se le apareciera la semejanza de algún hombre insepulto, que le hablara tales palabras como se dice que Palinuro le habló a él; y cuando despierta, hallara el cuerpo en aquel lugar donde oyó decir, mientras soñaba, que yacía insepulto, y fue amonestado y rogado que lo sepultara al hallarlo; y porque halla que esto es verdad, creyera que los muertos son sepultados a propósito para que sus almas pasen a lugares de los cuales soñó que las almas de los hombres insepultos están prohibidas por una ley infernal: ¿no se aparta, creyendo todo esto, en gran manera del camino de la verdad?
    Comentario editorial · Semejanzas, no almas
    El argumento de Agustín es de experiencia: también los vivos se aparecen en sueños sin saberlo, como él mismo al retórico Eulogio (§ 13) o a Curma (§ 15); luego lo que se ve de un muerto puede ser una semejanza suya y no su alma, formada por obra de los ángeles, con permiso o por mandato de Dios (§ 12, § 16). Agustín ordenó esta clase de experiencias en el libro XII de Sobre el Génesis a la letra, a propósito del «tercer cielo» de Pablo (una obra terminada probablemente en 415, según Wikipedia). Desde allí, dice la Catholic Encyclopedia, los autores místicos dividen las visiones en corporales, imaginativas e intelectuales, y las imaginativas son las más frecuentes durante el sueño. Lectura del editor: Agustín no niega las apariciones; las atribuye a Dios y a sus ángeles, no al poder de los muertos.

    § 13

    Tal es, sin embargo, la flaqueza humana, que cuando en sueños una persona ve a un hombre muerto, piensa que es el alma lo que ve; pero cuando de igual modo sueña con un hombre vivo, no duda de que no es un alma ni un cuerpo, sino la semejanza de un hombre lo que se le ha aparecido: como si no fuera posible respecto de los muertos, del mismo modo inconscientes de ello, que no sean sus almas, sino sus semejanzas las que aparecen a los que duermen. Ciertamente, cuando estábamos en Milán, oímos contar de cierta persona a quien se le reclamaba el pago de una deuda, con presentación de un reconocimiento de su difunto padre, deuda que, ignorándolo el hijo, el padre había pagado, por lo cual el hombre comenzó a entristecerse mucho, y a maravillarse de que su padre al morir no le dijera lo que debía cuando también hizo su testamento. Entonces, en esta su grandísima ansiedad, su dicho padre se le apareció en sueños, y le dio a conocer dónde estaba el contra-reconocimiento por el cual aquel reconocimiento quedaba cancelado. Lo cual cuando el joven hubo hallado y mostrado, no solo rebatió la injusta reclamación de una falsa deuda, sino que también recobró el pagaré de su padre, el cual el padre no había recobrado cuando se pagó el dinero. Aquí, pues, se supone que el alma de un hombre tuvo cuidado de su hijo, y vino a él en sueños, para que, enseñándole lo que no sabía, lo librara de un gran apuro. Pero casi por el mismo tiempo en que oímos esto, sucedió en Cartago que el retórico Eulogio, que había sido discípulo mío en aquel arte, estando (como él mismo, después de nuestro regreso a África, nos contó la historia) en curso de explicar a sus discípulos los libros retóricos de Cicerón, al repasar la porción de lectura que había de exponer al día siguiente, dio con cierto pasaje, y no pudiendo entenderlo, apenas podía dormir por la preocupación de su mente: en cuya noche, según soñó, yo le expuse aquello que no entendía; no yo, sino mi semejanza, mientras yo estaba inconsciente de la cosa, y lejos, allende el mar, quizá haciendo, o quizá soñando, alguna otra cosa, y sin cuidarme en lo más mínimo de sus cuidados. De qué manera suceden estas cosas, no lo sé; pero de cualquier manera que sucedan, ¿por qué no creemos que sucede del mismo modo que una persona vea en sueños a un hombre muerto, como sucede que vea a un hombre vivo? ambos, sin duda, sin saber ni cuidarse de quién, o dónde, o cuándo, sueña con sus imágenes.
    Comentario editorial · Eulogio, el discípulo de Cartago
    Agustín enseñó retórica en Cartago desde hacia 375; en 383 pasó a Roma y a fines de 384 a Milán, donde obtuvo una cátedra de retórica (Wikipedia): de esos años es la historia del pagaré. Favonio Eulogio fue alumno suyo en Cartago entre 375 y 383, y después retórico en esa ciudad. La Wikipedia en italiano lo identifica, precisamente por este episodio, con el autor de una Disputatio de somnio Scipionis, un comentario al Sueño de Escipión, el pasaje final de La república de Cicerón. Si la identificación es correcta, el discípulo que soñó que su maestro le explicaba un pasaje de Cicerón dejó escrito un libro sobre un sueño ciceroniano.

    § 14

    Semejantes a los sueños son también algunas visiones de personas despiertas, que tienen turbados los sentidos, como los frenéticos, o los que están locos de cualquier modo: pues también ellos hablan consigo mismos como si hablaran con personas verdaderamente presentes, y tanto con ausentes como con presentes, cuyas imágenes perciben, ya sean personas vivas o muertas. Pero así como los que viven están inconscientes de que son vistos por ellos y hablan con ellos; pues en realidad no están ellos mismos presentes, ni ellos mismos pronuncian discursos, sino que, a través de sentidos turbados, estas personas son afectadas por tales visiones imaginarias; de igual modo, aquellos que han partido de esta vida, a las personas así afectadas se les aparecen como presentes, estando ausentes, y ya sea que alguien los vea en cuanto a su imagen, ellos mismos están del todo inconscientes.

    § 15

    Semejante a esto es también aquella condición cuando las personas, con sus sentidos más profundamente en suspenso que en el caso del sueño, están ocupadas con semejantes visiones. Pues también a ellos se les aparecen imágenes de vivos y muertos; pero luego, cuando vuelven en sí, cualesquiera muertos que dicen haber visto son tenidos por haber estado verdaderamente con ellos; y los que oyen estas cosas no reparan en la circunstancia de que de igual manera fueron vistas las imágenes de ciertas personas vivas, ausentes e inconscientes. Un cierto hombre, por nombre Curma, de la ciudad municipal de Tullium, que está junto a Hipona, pobre miembro de la Curia, apenas competente para desempeñar el oficio de duunviro de aquel lugar, y un mero rústico, estando enfermo, y todos sus sentidos enajenados, yació casi muerto por varios días: un levísimo aliento en sus narices, que al aplicar la mano apenas se sentía, y apenas indicaba que vivía, era todo lo que impedía que fuera sepultado por muerto. Ni un miembro movía, nada tomaba en forma de sustento, ni en los ojos ni en ningún otro sentido corporal era sensible a molestia alguna que los afectara. Sin embargo, veía muchas cosas como en sueños, las cuales, cuando al fin después de muchísimos días despertó, contó que había visto. Y primero, apenas abrió los ojos, dijo: "Vaya alguno a casa de Curma el herrero, y vea qué se hace allí". Y cuando alguien hubo ido allá, se halló que el herrero había muerto en el momento en que el otro había vuelto en sí, y, casi se podría decir, revivido de la muerte. Entonces, mientras los que estaban presentes escuchaban ansiosamente, les contó cómo el otro había sido ordenado que fuera llevado, cuando él mismo fue despedido; y que había oído decir en aquel lugar de donde había vuelto, que no era Curma de la Curia, sino Curma el herrero quien había sido ordenado que fuera traído a aquel lugar de los muertos. Pues bien, en estas visiones como de sueños suyas, entre aquellas personas difuntas que vio tratadas según la diversidad de sus méritos, reconoció también a algunas que había conocido cuando vivas. Que eran las mismísimas personas quizá lo habría creído, si no hubiera visto en el curso de este su aparente sueño también a algunos que viven hasta este mismo tiempo, a saber, algunos clérigos de su distrito, por cuyo presbítero allí se le dijo que fuera bautizado en Hipona por mí, lo cual dijo que también había tenido lugar. Así, pues, había visto a un presbítero, clérigos, a mí mismo, personas, a saber, aún no muertas, en esta visión en la que después vio también a personas muertas. ¿Por qué no se ha de pensar que vio a estas últimas del mismo modo que nos vio a nosotros? es decir, tanto a los unos como a los otros, ausentes e inconscientes, y por consiguiente no las personas mismas, sino semejanzas de ellas, así como de los lugares. Vio, a saber, tanto un terreno donde estaba aquel presbítero con los clérigos, como Hipona donde fue por mí aparentemente bautizado; en cuyos lugares ciertamente no estaba, cuando le parecía estar allí. Pues lo que en aquel tiempo estaba sucediendo allí, no lo sabía; lo cual, sin duda, habría sabido si verdaderamente hubiera estado allí. Las visiones contempladas, por tanto, eran aquellas que no se presentan en las cosas mismas como son, sino que se bosquejan en una suerte de imágenes de las cosas. En fin, después de mucho que vio, narró cómo, además, había sido llevado al Paraíso, y cómo allí se le dijo, cuando fue despedido de allí para volver a su propia familia: "Ve, bautízate, si quieres estar en este lugar de los bienaventurados". Entonces, amonestado a ser bautizado por mí, dijo que ya estaba hecho. El que hablaba con él respondió: "Ve, sé verdaderamente bautizado; porque eso solo lo viste en la visión". Después de esto se recobró, se fue camino de Hipona. Se acercaba ya la Pascua, dio su nombre entre los demás Competentes, juntamente con muchísimos desconocidos para nosotros; ni se cuidó de dar a conocer la visión a mí ni a ninguno de los nuestros. Fue bautizado, al terminar los días santos volvió a su propio lugar. Después de espacio de dos años o más, supe todo el asunto; primero, por medio de cierto amigo mío y suyo en mi propia mesa, mientras hablábamos de algunas tales materias; luego lo tomé a mi cargo, e hice que el hombre en persona me contara la historia, en presencia de algunos honrados conciudadanos suyos que atestiguaban lo mismo, tanto acerca de su maravillosa enfermedad, cómo yació casi muerto por muchos días, como acerca de aquel otro Curma el herrero, lo que he mencionado arriba, y acerca de todas estas materias; las cuales, mientras él me las contaba, ellos recordaban, y me aseguraban que también en aquel tiempo las habían oído de sus labios. Por lo cual, así como vio su propio bautismo, y a mí mismo, e Hipona, y la basílica, y el baptisterio, no en las realidades mismas, sino en una suerte de semejanzas de las cosas; y así igualmente a ciertas otras personas vivas, sin conciencia por parte de las mismas personas vivas: entonces, ¿por qué no justamente así también a aquellas personas muertas, sin conciencia por parte de las mismas personas muertas?

    § 16

    ¿Por qué no hemos de creer que estas son operaciones angélicas por dispensación de la providencia de Dios, que hace buen uso tanto de las cosas buenas como de las malas, según la inescrutable profundidad de sus juicios? ya sea que con ello las mentes de los mortales sean instruidas, o engañadas; ya consoladas, ya aterrorizadas: según que para cada uno haya de haber o una muestra de misericordia, o una ejecución de venganza, por Aquel a quien, no sin significado, la Iglesia canta "de misericordia y de juicio". Tome cada cual, como le plazca, lo que digo. Si las almas de los muertos tomaran parte en los asuntos de los vivos, y si fueran ellos mismos los que, cuando los vemos, nos hablan en sueños; por no decir de otros, ahí está mi propio yo, a quien mi piadosa madre ninguna noche dejaría de visitar, aquella madre que por tierra y por mar me siguió para poder vivir conmigo. Lejos el pensamiento de que ella, por una vida más feliz, se hubiera vuelto cruel, hasta tal punto que cuando algo aflige mi corazón no consolara siquiera en su tristeza al hijo a quien amó con un amor único, a quien nunca quiso ver apesadumbrado. Pero ciertamente aquello que el sagrado Salmo canta en nuestros oídos, es verdad: "Porque mi padre y mi madre me han desamparado, mas el Señor me ha recogido". Luego si nuestros padres nos han desamparado, ¿cómo toman parte en nuestros cuidados y asuntos? Pero si los padres no, ¿quiénes otros hay de los muertos que sepan lo que estamos haciendo, o lo que sufrimos? Isaías el Profeta dice: "Porque Tú eres nuestro Padre; pues Abraham no nos ha conocido, e Israel no nos reconoce". Si tan grandes Patriarcas ignoraban lo que se hacía con el Pueblo de ellos engendrado, ellos a quienes, creyendo a Dios, se prometió que el Pueblo mismo brotaría de su estirpe; ¿cómo se mezclan los muertos en los asuntos y quehaceres de los vivos, ya para conocimiento, ya para ayuda? ¿Cómo decimos que fueron favorecidos aquellos que murieron antes de que vinieran los males que siguieron de cerca a la muerte, si también después de la muerte sienten cualesquiera cosas que acaecen en la calamidad de la vida humana? ¿O acaso erramos al decir esto, y al considerar que están tranquilamente en descanso aquellos a quienes la inquieta vida de los vivos hace solícitos? ¿Qué es, pues, aquello que al piadosísimo rey Josías prometió Dios como un gran beneficio, que muriera primero, para que no viera los males que Él amenazaba que vendrían sobre aquel lugar y Pueblo? Las cuales palabras de Dios son estas: "Así dice el Señor Dios de Israel: acerca de mis palabras que has oído, y temiste ante mi rostro cuando oíste lo que he hablado acerca de este lugar y de los que moran en él, que sería abandonado y bajo maldición; y rasgaste tus vestiduras, y lloraste ante Mí, y yo te he oído, dice el Señor de Sabaoth: no será así; he aquí, yo te añadiré a tus padres, y serás añadido a ellos en paz; y tus ojos no verán todos los males que yo traigo sobre este lugar y sobre los que moran en él". Él, atemorizado por las conminaciones de Dios, había llorado, y rasgado sus vestiduras, y es hecho, por el apresuramiento de su muerte, estar sin cuidado de todos los males futuros, porque así descansaría en paz, que todas aquellas cosas no vería. Allí, pues, están los espíritus de los difuntos, donde no ven cualesquiera cosas que se hacen, o sucesos que acontecen, en esta vida a los hombres. Entonces, ¿cómo ven sus propias tumbas, o sus propios cuerpos, ya sea que yazcan arrojados, o sepultados? ¿Cómo toman parte en la miseria de los vivos, cuando o están sufriendo sus propios males, si han contraído tales méritos; o descansan en paz, como fue prometido a este Josías, donde no padecen males algunos, ni sufriendo ellos mismos, ni compadeciéndose con otros, libres de todos los males que sufriendo ellos mismos o con otros mientras vivían aquí padecían?
    Comentario editorial · Mónica, la madre que no vuelve en sueños
    La madre de Agustín es Mónica (c. 332–387, Wikipedia). «Por tierra y por mar me siguió» repite las Confesiones, donde llega a Milán siguiéndolo «por mar y tierra» (VI, 1). Murió en Ostia, en su año cincuenta y seis, cuando madre e hijo esperaban embarcar de vuelta a África (IX, 8–11). Se había preparado un sepulcro junto al de su marido, pero en su última enfermedad pidió: «Poned este cuerpo en cualquier parte; no os inquiete su cuidado. Solo os pido que os acordéis de mí ante el altar del Señor, dondequiera que estéis»; y a quien le preguntó si no temía dejar su cuerpo tan lejos de su ciudad, respondió: «Nada está lejos para Dios» (IX, 11; traducido aquí del inglés de New Advent). El libro IX termina pidiendo a los lectores que la recuerden en el altar (IX, 13). Lectura del editor: es, en pequeño, la doctrina de este tratado.

    § 17

    Alguno podrá decir: "Si en los muertos no hay cuidado alguno por los vivos, ¿cómo es que el rico, que era atormentado en el infierno, pidió al padre Abraham que enviara a Lázaro a sus cinco hermanos, aún no muertos, y que les advirtiera, para que no vinieran ellos también al mismo lugar de tormentos?" Pero ¿se sigue que, porque el rico dijo esto, sabía lo que sus hermanos estaban haciendo, o lo que estaban padeciendo en aquel tiempo? De esa misma manera tenía él cuidado por los vivos, aunque lo que ellos hacían no lo sabía en absoluto, como nosotros tenemos cuidado por los muertos, aunque lo que ellos hacen confesadamente no lo sabemos. Pues si no nos cuidáramos de los muertos, no suplicaríamos a Dios por ellos, como hacemos. En fin, Abraham no envió a Lázaro, y también respondió que tienen aquí a Moisés y a los Profetas, a quienes deben oír para no venir a aquellos tormentos. Donde de nuevo ocurre preguntar, cómo era que lo que se hacía aquí, el mismo padre Abraham no lo sabía, mientras que sabía que Moisés y los Profetas están aquí, es decir, sus libros, obedeciendo los cuales los hombres escaparían de los tormentos del infierno; y sabía, en suma, que aquel rico había vivido en delicias, pero el pobre Lázaro había vivido en trabajos y dolores. Pues también esto le dice: "Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, males". Sabía, pues, estas cosas que habían sucedido, por supuesto, entre los vivos, no entre los muertos. Verdad es, pero puede ser que, no mientras las cosas se hacían en vida de ellos, sino después de su muerte, las aprendiera por información de Lázaro; para que no sea falso lo que dice el Profeta: "Abraham no nos ha conocido".

    § 18

    Así, pues, hemos de confesar que los muertos ciertamente no saben lo que se hace aquí, mientras se está haciendo aquí; pero después lo oyen de aquellos que de aquí van a ellos al morir; no ciertamente todo, sino aquello que se permite dar a conocer a quienes se les concede también recordar estas cosas; y lo que es conveniente que oigan aquellos a quienes informan de ello. Puede ser también que de los ángeles, que están presentes en las cosas que se hacen aquí, oigan los muertos algo, lo cual juzga justo que oiga cada uno de ellos Aquel a quien todas las cosas están sujetas. Pues si no hubiera ángeles, que pudieran estar presentes en los lugares tanto de vivos como de muertos, el Señor Jesús no habría dicho: "Aconteció también que murió el pobre, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham". Por tanto, ya aquí, ya allí, podían estar los que de aquí llevaban allá a quien Dios quería. Puede ser también que los espíritus de los muertos aprendan algunas cosas que se hacen aquí, las que es necesario que sepan, y las personas que es necesario que las sepan, no solo cosas pasadas o presentes, sino aun futuras, revelándoselas el Espíritu de Dios; así como no todos los hombres, sino los Profetas mientras vivían aquí las sabían, y ni aun ellos todas las cosas, sino solo aquellas que la providencia de Dios juzgó conveniente que les fueran reveladas. Además, que algunos de entre los muertos son enviados a los vivos, como, por otra parte, Pablo desde los vivos fue arrebatado al Paraíso, la divina Escritura lo testifica. Pues Samuel el Profeta, apareciéndose a Saúl cuando vivía, predijo aun lo que había de suceder al rey; aunque algunos piensan que no fue el mismo Samuel, que pudiera haber sido evocado por artes mágicas, sino que algún espíritu, apto para tan malas obras, figuró su semejanza; aunque el libro del Eclesiástico, que se dice que escribió Jesús, hijo de Sirac, y que por cierta semejanza de estilo se atribuye a Salomón, contiene en la alabanza de los Padres que Samuel, aun muerto, profetizó. Pero si este libro es impugnado por el canon de los hebreos (porque no está contenido en él), ¿qué diremos de Moisés, de quien ciertamente leemos tanto en el Deuteronomio que murió, como en el Evangelio que, juntamente con Elías que no murió, se apareció a los vivos?
    Comentario editorial · Samuel en Endor y el libro del Eclesiástico
    El episodio es el de la mujer de Endor que, a ruego de Saúl, hace subir a Samuel de entre los muertos (). Agustín recoge la opinión de quienes pensaban que no fue el profeta, sino un espíritu que tomó su figura —el NPNF remite a sus Cuestiones a Simpliciano, libro II—, y le opone el Eclesiástico, que dice de Samuel que profetizó después de muerto (). Para él ese libro tenía autoridad: en Sobre la doctrina cristiana (II, 8) lo cuenta con la Sabiduría entre los libros proféticos, atribuidos a Salomón por semejanza de estilo aunque probablemente escritos por «Jesús, hijo de Sirac»; en la misma lista están los dos libros de los Macabeos que alega el § 3. Sabe, con todo, que no figura en el canon hebreo, y por eso añade a Moisés, que murió y apareció con Elías en la Transfiguración ().

    § 19

    De aquí también se resuelve aquella cuestión: ¿cómo es que los mártires, por los mismos beneficios que se conceden a los que oran, indican que se interesan por los asuntos de los hombres, si los muertos no saben lo que los vivos hacen? Pues no solo por los efectos de los beneficios, sino en la visión misma de los hombres, es cierto, que el Confesor Félix (cuya ciudadanía entre vosotros amáis piadosamente) se apareció cuando los bárbaros atacaban Nola, según hemos oído no por rumores inciertos, sino por testigos seguros. Pero tales cosas son exhibidas por Dios, muy de otra manera que como el orden usual se tiene, asignado a cada género de criaturas. Porque no se sigue que, porque el agua, cuando plugo al Señor, en un momento fue cambiada en vino, no hayamos de considerar el valor y eficacia del agua en el orden propio de los elementos, como distinto de la rareza, o más bien singularidad, de aquella obra divina; ni porque Lázaro resucitó, por eso todo muerto resucita cuando quiere; o que un hombre sin vida es levantado por un vivo, del mismo modo que un hombre dormido por uno que está despierto. Unos son los límites de las cosas humanas, otros los signos de las virtudes divinas: unas son las que se hacen naturalmente, otras las que se hacen milagrosamente; aunque tanto en la naturaleza Dios está presente para que sea, como en los milagros no falta la naturaleza. No hemos de pensar, pues, que el interesarse por los asuntos de los vivos esté en poder de cualquier difunto que quiera, solo porque para la curación o ayuda de algunos hombres los mártires estén presentes; sino más bien hemos de entender que necesariamente es por un poder divino que los mártires se interesan por los asuntos de los vivos, por el hecho mismo de que para los difuntos es imposible, por su propia naturaleza, interesarse por los asuntos de los vivos.
    Comentario editorial · Félix de Nola y su santuario
    Félix fue un presbítero de Nola del siglo III, encarcelado y torturado en la persecución de Decio (249–251); el calendario romano lo venera como confesor de la fe que sobrevivió a sus tormentos. Murió hacia 260 según la Wikipedia inglesa, hacia 313 según la española, y casi todo lo que se sabe de él viene de los poemas de Paulino. Fue enterrado en la necrópolis de Nola, donde nació el actual Cimitile; Paulino levantó allí una basílica nueva junto a la antigua, entre 401 y 403 según la Wikipedia italiana (402–403 según la inglesa). Agustín no dice cuándo se apareció Félix a los nolanos atacados por los bárbaros. Según la Wikipedia en español, los visigodos tomaron y devastaron Nola en 410, el año en que Paulino fue elegido obispo; que Agustín aluda a ese ataque es solo una suposición del editor.

    § 20

    Sin embargo, es una cuestión que sobrepasa las fuerzas de mi entendimiento, de qué manera los mártires ayudan a aquellos que, es cierto, son ayudados por ellos; si ellos mismos por sí mismos están presentes al mismo tiempo en lugares tan diferentes, y a tan gran distancia apartados unos de otros, ya sea donde están sus memorias, o junto a sus memorias, dondequiera que se sienta que están presentes; o si, mientras ellos mismos, en un lugar congruente con sus méritos, están apartados de toda conversación con los mortales, y sin embargo oran de un modo general por las necesidades de sus suplicantes, (así como nosotros oramos por los muertos, a quienes sin embargo no estamos presentes, ni sabemos dónde están o qué están haciendo,) Dios Todopoderoso, que está presente en todas partes, ni encerrado con nosotros ni alejado de nosotros, oyendo y concediendo las oraciones de los mártires, por ministerios angélicos difundidos por todas partes otorga a los hombres aquellos consuelos, a quienes en la miseria de esta vida ve conveniente otorgarlos, y, en cuanto a sus mártires, donde quiere, cuando quiere, como quiere, y principalmente a través de sus memorias, porque sabe que esto nos es conveniente para edificación de la fe de Cristo, por cuya confesión ellos sufrieron, por maravilloso e inefable poder y bondad hace que sus méritos sean tenidos en honor. Es este un asunto demasiado alto para que yo tenga poder de alcanzarlo, demasiado abstruso para que yo pueda escudriñarlo; y por tanto, cuál de estas dos cosas sea el caso, o si acaso ambas sean el caso, que a veces estas cosas se hagan por la presencia misma de los mártires, a veces por ángeles que toman sobre sí la persona de los mártires, no me atrevo a definirlo; más bien lo preguntaría a aquellos que lo saben. Porque no se ha de pensar que nadie sabe estas cosas: (no ciertamente el que piensa que sabe, y no sabe,) pues hay dones de Dios, que otorga a estos uno, a aquellos otro, según el Apóstol que dice: "A cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. A uno, ciertamente —dice—, le es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe en el mismo Espíritu; a otro, don de sanidades en un mismo Espíritu; a uno, operaciones de milagros; a uno, profecía; a uno, discernimiento de espíritus; a uno, géneros de lenguas; a uno, interpretación de discursos. Pero todas estas cosas las obra uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como Él quiere". De todos estos dones espirituales que el Apóstol ha enumerado, a quienquiera que le es dado el discernimiento de espíritus, ese mismo sabe estas cosas como conviene que sean sabidas.

    § 21

    Tal, podemos creer, fue aquel Juan el Monje, a quien el emperador Teodosio el Mayor consultó acerca del resultado de la guerra civil; pues tenía también el don de profecía. Porque no cada persona tiene uno solo de aquellos dones, sino que un hombre puede tener más de un don, no lo pongo en duda. Este Juan, pues, cuando cierta mujer religiosísima deseó verlo, y para obtenerlo hizo por medio de su marido vehementes súplicas, rehusó ciertamente esta petición porque nunca había permitido esto a las mujeres, pero "Ve —dijo—, di a tu mujer que me verá esta noche, pero en sueños". Y así sucedió; y le dio el consejo que convenía dar a una mujer casada y creyente. Y ella, al despertar, dio a conocer a su marido que había visto a un hombre de Dios, tal como él sabía que era, y lo que le había sido dicho por él. La persona que supo esto de ellos me lo refirió a mí, hombre grave y noble, y muy digno de ser creído. Pero si yo mismo hubiera visto a aquel santo monje, porque (se dice) era pacientísimo en oír preguntas y sapientísimo en responder, le habría preguntado, en cuanto a nuestra cuestión, si él mismo fue a aquella mujer en sueños, es decir, su espíritu en la forma de su cuerpo, así como soñamos que nos vemos a nosotros mismos en la forma de nuestro propio cuerpo; o si, mientras él mismo estaba haciendo otra cosa, o, si dormía, soñaba con otra cosa, fue o por un ángel o de algún otro modo que tal visión tuvo lugar en el sueño de la mujer; y que así sería, como él prometió, él mismo lo supo de antemano por el Espíritu de profecía que se lo revelaba. Porque si él mismo estuvo presente a ella en su sueño, por supuesto fue por gracia milagrosa que pudo hacerlo, no por naturaleza; y por don de Dios, no por facultad propia. Pero si, mientras él hacía alguna otra cosa o dormía y estaba ocupado con otras visiones, la mujer lo vio en su sueño, entonces sin duda sucedió algo semejante a lo que leemos en los Hechos de los Apóstoles, donde el Señor Jesús habla a Ananías acerca de Saulo, y le informa que Saulo ha visto a Ananías venir a él, mientras el mismo Ananías no lo sabía. El hombre de Dios me respondería a estas cosas según fuera el caso, y luego acerca de los mártires pasaría a preguntarle si ellos mismos están presentes en sueños, o de cualquier otro modo a los que los ven, en la forma que quieran; y sobre todo cuando los demonios en los hombres confiesan que son atormentados por los mártires, y les piden que los perdonen; o si estas cosas se obran por medio de potestades angélicas, para honra y recomendación de los santos en provecho de los hombres, mientras aquellos están en sumo descanso, y del todo libres para otras mucho mejores visiones, apartados de nosotros, y orando por nosotros. Pues sucedió en Milán, en (el sepulcro de) los santos mártires Protasio y Gervasio, que, nombrado expresamente Ambrosio el obispo, que entonces vivía, de la misma manera que los muertos cuyos nombres iban recitando, los demonios lo confesaron y le suplicaron que los perdonara, estando él entre tanto ocupado en otra cosa, y, cuando esto sucedía, del todo ignorante de ello. O si en verdad estas cosas se obran, a veces por la presencia misma de los mártires, a veces por la de los ángeles; y si es posible, o por qué señales posible, que nosotros discriminemos estos dos casos; o si para percibir y juzgar de estas cosas nadie es capaz, sino aquel que tiene aquel don por el Espíritu de Dios, "repartiendo a cada uno en particular como Él quiere": el mismo Juan, pienso, me hablaría de todas estas materias, como yo desearía; para que, o por su enseñanza aprendiera, y lo que se me dijera supiera que es verdadero y cierto; o creyera lo que no sabía, por decirme él las cosas que sabía. Pero si acaso me respondiera con la Sagrada Escritura, y dijera: "Cosas más altas que tú, no las busques; y cosas más fuertes que tú, no las escudriñes; mas lo que el Señor te ha mandado, de aquellas cosas piensa siempre": también esto lo aceptaría con agradecimiento. Porque no es pequeña ganancia si, cuando algunas cosas nos son oscuras e inciertas, y no podemos comprenderlas, al menos sea claro y cierto que no hemos de buscarlas; y lo que cada uno desea aprender, juzgando que le es provechoso saberlo, aprenda que no es ningún mal que no lo sepa.
    Comentario editorial · Juan de Licópolis y «Teodosio el Mayor»
    «Juan el monje» es Juan de Licópolis, o de Egipto (c. 305–394): un ermitaño que evitó todo trato durante los últimos cincuenta años de su vida, encerrado en unas celdas que excavó en un risco cerca de Licópolis, la actual Asiut, y al que se atribuía el don de profecía (Wikipedia). Agustín lo cuenta también en La ciudad de Dios (V, 26): Teodosio lo consultó antes de marchar contra el usurpador Máximo, vencido en 388, y otra vez antes de enfrentarse a Eugenio, derrotado junto al río Frigidus el 6 de septiembre de 394 (fechas de Wikipedia). «Teodosio el Mayor» es Teodosio I el Grande (347–395). Lectura del editor: el apodo lo distingue de su nieto Teodosio II, emperador de Oriente cuando Agustín escribía. No hay que confundirlo con su padre, el general al que la historiografía inglesa llama Theodosius the Elder.

    § 22

    Siendo esto así, no pensemos que a los muertos por quienes tenemos cuidado les alcanza cosa alguna, sino lo que por los sacrificios ya del altar, ya de las oraciones, ya de las limosnas, suplicamos solemnemente; aunque no a todos por quienes se hacen les sean provechosas, sino solo a aquellos por quienes, mientras viven, se obtiene que les sean provechosas. Mas como no discernimos quiénes son estos, conviene hacerlas por todos los regenerados, para que ninguno de ellos sea pasado por alto a quien estos beneficios puedan y deban alcanzar. Porque mejor es que estas cosas se hagan superfluamente a aquellos a quienes ni estorban ni ayudan, que no que falten a aquellos a quienes ayudan. Con más diligencia, empero, hace cada uno estas cosas por sus propios allegados y amigos queridos, para que igualmente las hagan por él los suyos. Pero en cuanto a la sepultura del cuerpo, cualquier cosa que en ella se emplee, no es ayuda de salvación, sino un oficio de humanidad, según aquel afecto por el cual "nadie aborrece jamás su propia carne". De donde es conveniente que tenga el cuidado que pueda de la carne de su prójimo, cuando se ha ido el que la llevaba. Y si hacen estas cosas los que no creen en la resurrección de la carne, ¿cuánto más están obligados a hacer lo mismo los que creen; para que así, un oficio de este género otorgado a un cuerpo, muerto pero que ha de resucitar y permanecer para la eternidad, sea también en cierto modo un testimonio de la misma fe? Mas que una persona sea sepultada en las memorias de los mártires, esto, pienso, en tanto aprovecha al difunto, que, al encomendarlo también al patrocinio de los mártires, se acrecienta el afecto de la súplica en su favor.
    Comentario editorial · La oración por los difuntos en la Iglesia antigua
    Agustín no inventa la práctica que defiende. Ya en el § 3 alega el sacrificio ofrecido por los muertos en los libros de los Macabeos () y la recomendación de los difuntos en las oraciones del sacerdote ante el altar. Según Wikipedia, el primer escritor eclesiástico que menciona la oración por los difuntos es Tertuliano, a comienzos del siglo III: la viuda que no reza por su marido muerto, escribe, casi se ha divorciado de él. Antes aún, a fines del siglo II, el epitafio de Abercio de Hierópolis, en Frigia, pide a quien lo lea que rece por él, y las inscripciones de las catacumbas piden una y otra vez paz y refrigerio para los difuntos. Lo que añade Agustín es un límite: sacrificios, oraciones y limosnas aprovechan solo a quien vivió de modo que pudieran aprovecharle (§ 2), y por eso se ofrecen por todos los bautizados.

    § 23

    He aquí, a las cosas que has tenido a bien preguntarme, la respuesta que he podido dar; la cual, si es más prolija de lo necesario, has de excusarlo, pues se hizo por el gusto de tener más larga conversación contigo. De este libro, pues, cómo lo reciba tu caridad, te ruego que me lo hagas saber por una segunda carta; aunque sin duda será más bienvenido por causa de su portador, a saber, nuestro hermano y copresbítero Candidiano, a quien, habiéndolo conocido por tu carta, he acogido con todo mi corazón, y siento que se vaya. Porque grandemente en la caridad de Cristo nos ha consolado con su presencia, y, a decir verdad, a instancias suyas he cumplido tu encargo. Pues con tan grandes negocios está mi corazón distraído, que si él, recordándomelo una y otra vez, no me hubiera impedido olvidarlo, ciertamente no habría acudido a tu pregunta la respuesta de mi mente.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el tratado

    Agustín volvió sobre estas páginas. Según la nota del NPNF, copió las dos primeras secciones en otra respuesta suya, la que dio a las Ocho cuestiones de Dulcicio (cuestión II), y hacia 426–427 registró el libro en las Retractaciones (II, 64) sin una sola enmienda: la noticia se limita a contar la ocasión y a copiar las primeras palabras.
    Paulino murió en Nola el 22 de junio de 431, menos de un año después que Agustín (Wikipedia). Según la Wikipedia en español, fue sepultado como había pedido, junto a la tumba de san Félix; la Wikipedia en italiano añade que entre 484 y 523 se levantó en torno a la tumba de los dos santos un edículo con mosaicos de fondo de oro y azul, el que todavía encierra la tumba de Félix en la basílica de Cimitile. El hombre que había preguntado si sirve de algo descansar junto a un mártir eligió hacerlo.
    La costumbre siguió su curso. La Wikipedia en francés resume cómo la sepultura ad sanctos pasó de las necrópolis de las afueras, agrupadas en torno al mártir, a los santuarios de los confesores desde el siglo VI y, en la Edad Media, al interior de las iglesias de las ciudades y los pueblos. A juicio del editor, el tratado de Agustín no la frenó, pero le puso un límite teológico que es su aportación más clara: el lugar no salva, y lo que ayuda al difunto es la oración que el lugar despierta en quienes lo aman (§ 7, § 22).
    Para seguir leyendo en Eusebeia: la vida de Agustín, con la muerte de Mónica en Ostia; el Martirio de Policarpo, donde los cristianos de Esmirna recogen los huesos del mártir para celebrar el aniversario de su muerte; el cristianismo del siglo II, con el martirio de Lyon; y otros tratados de Agustín de esta serie: Sobre la doctrina cristiana, con su lista de los libros de la Escritura, Sobre el bien del matrimonio, Sobre la santa virginidad y Sobre el bien de la viudez.
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