Introducción y criterios de esta edición
Acompañamiento editorial
«Hay ciertas reglas para la interpretación de la Escritura que, según pienso, podrían enseñarse con gran provecho a los estudiantes fervorosos de la palabra.» Así abre Agustín un libro que no comenta ningún texto bíblico, sino que enseña a leerlos todos y a explicar a otros lo leído. Lo empezó en 397, poco después de ser consagrado obispo de Hipona; lo dejó a mitad del libro III y lo terminó casi treinta años más tarde, en 426, cuando, al repasar sus escritos para las Retractaciones, lo encontró inacabado y le añadió un cuarto libro sobre la predicación. Esta edición es la traducción castellana directa de la versión inglesa de J. F. Shaw, publicada en el volumen 2 de la primera serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (Buffalo, 1887), la colección dirigida por Philip Schaff; no se tradujo del latín.
El plan cabe en la primera frase del libro I: toda interpretación de la Escritura depende del modo de hallar el sentido y del modo de darlo a conocer una vez hallado (I, 1, 1). Los tres primeros libros tratan de hallarlo. El primero se ocupa de las «cosas» que la Escritura enseña: Dios, el único de quien se ha de gozar, y el amor a Dios y al prójimo, que es el fin de toda ella. El segundo y el tercero, de los «signos» que la oscurecen: palabras desconocidas, que piden lenguas, buenas traducciones y saberes profanos, y palabras ambiguas, que piden distinguir lo literal de lo figurado. El cuarto trata de darlo a conocer, con la retórica de Cicerón puesta al servicio del predicador. Schaff, al presentar la obra en 1886, la llamó «la primera y mejor obra patrística sobre hermenéutica bíblica» y escribió que durante mil años fue, junto con los prefacios de Jerónimo, la principal guía de la exégesis.
| Autor | Agustín de Hipona (354–430, según Wikipedia), obispo de Hipona Regia, en el norte de África |
| Título | Sobre la doctrina cristiana (en latín, De doctrina christiana; en inglés, On Christian Doctrine u On Christian Teaching, «Sobre la enseñanza cristiana») |
| Fecha | Empezada en 397 e interrumpida en el libro III; terminada en 426, con el libro IV (Retractaciones II, 4; los años, en la nota introductoria del NPNF y en la Catholic Encyclopedia) |
| Género | Tratado sobre la interpretación de la Escritura (libros I–III) y sobre la predicación (libro IV) |
| Destinatarios | No lleva dedicatoria: se dirige a «los estudiantes fervorosos de la palabra», para que aprendan a leer la Escritura por sí mismos y a abrirla a otros (prefacio, 1 y 9) |
| Estructura | Prefacio y cuatro libros, de 40, 42, 37 y 31 capítulos; unas 62 000 palabras en esta edición |
| Traducción | Castellana y directa, de la versión inglesa de J. F. Shaw; no del latín |
| Fuente | Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 2, ed. Philip Schaff (Buffalo, 1887) |
Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de J. F. Shaw que se imprimió en el volumen 2 de la primera serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (St. Augustin's City of God and Christian Doctrine), la colección dirigida por Philip Schaff. New Advent da el volumen como publicado en Buffalo por la Christian Literature Publishing Co. en 1887 y llama al traductor «James Shaw»; el propio volumen lo presenta como «Rev. Professor J. F. Shaw, of Londonderry». En el prefacio, firmado en Nueva York el 10 de diciembre de 1886, Schaff escribe que esa traducción es «todo lo que se puede desear» y que él amplió la nota introductoria y añadió el índice de capítulos. La versión inglesa se tomó de la colección Delphi Collected Works of Saint Augustine (Delphi Classics, 2016), que reproduce el texto del NPNF.
Se tradujo del inglés, no del latín: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico. El volumen no dice qué texto latino siguió Shaw; Schaff menciona la edición benedictina (tomo III, 1680) y la de Bruder (Leipzig, 1838). Wikipedia cita, como edición moderna con traducción inglesa, la de R. P. H. Green (Oxford Early Christian Texts, 1995). Las citas del latín que aparecen en los comentarios editoriales proceden del texto de Wikisource.
Lo que viene de la edición. La división en prefacio, libros y capítulos con título, y la numeración de las secciones, corrida dentro de cada libro, son las del NPNF; el epub conserva casi siempre el número de sección al comienzo del párrafo. Los localizadores dan libro, capítulo y sección («I, 14, 13»; «Prefacio, 3»): una sección que empieza en un capítulo y sigue en el siguiente aparece en los dos. En el libro IV la edición inglesa numera dos secciones como 63 y ninguna como 62, y New Advent hace lo mismo: se conserva. El «Argumento» que abre cada libro es un sumario de la edición inglesa, que habla de Agustín en tercera persona («El autor divide su obra…»); va en cursiva, fuera del texto de Agustín. Los títulos de capítulo, que el epub da en mayúsculas, se pasan a minúsculas sin cambiar ninguna letra; uno quedó en inglés («Chap. 15.», en el libro IV) y cuatro dicen «Capítulo» en vez de «Cap.» (II, 24 y 25; IV, 7 y 30): se conservan. El epub no trae las notas de Shaw y de Schaff, casi todas referencias bíblicas, lecturas latinas y fuentes de las citas; las que hacen falta se resumen en los comentarios editoriales. Las citas bíblicas van sin referencia, tal como las da la traducción: siguen la Biblia latina que leía Agustín, a menudo hecha sobre la Septuaginta, y pueden no coincidir con la del lector. Se conservan dos descuidos: en II, 17, 27 las Musas son «hijas de Júpiter y Mercurio», como en la versión inglesa, donde el latín dice «de Júpiter y de la Memoria» (ver el comentario a ese pasaje), y en IV, 17, 34 se lee «en estilo templado estilo». La nota introductoria del epub, que es la de Schaff, remite a las Retractaciones «lib. ii, cap.» sin número, porque el número se había perdido ya en la versión inglesa de Delphi («Bk. ii., cha»); el NPNF dice II, 4.
Agustín cuenta en las Retractaciones cómo terminó la obra. Schaff reproduce el pasaje en la nota introductoria:
Habiendo visto que los libros sobre la doctrina cristiana no estaban terminados, juzgué mejor darles cima antes de pasar a la revisión de los otros. Di, pues, fin al tercer libro, que había quedado escrito hasta el lugar donde se cita del Evangelio aquella mujer que tomó levadura y la escondió en tres medidas de harina, hasta que todo quedó fermentado; añadí también el último libro, y di cima a toda la obra en cuatro libros [en el año 426]: los tres primeros ofrecen ayudas para la interpretación de la Escritura, y el último da instrucciones sobre el modo de dar a conocer nuestra interpretación.
El año entre corchetes lo añade el editor del NPNF. La nota de Schaff dice que los tres primeros libros se escribieron en 397 y que el cuarto se añadió en 426, y Wikipedia, que los tres primeros se publicaron en 397; pero el pasaje de las Retractaciones muestra que el tercero quedó a medias, en la cita de la levadura, que en esta edición está en III, 25, 35. Lo escrito en 397 es, pues, el prefacio, los libros I y II y el III hasta ese punto, algo menos de tres quintas partes del texto (cuenta del editor). La Catholic Encyclopedia da la obra por «comenzada en 397 y terminada en 426» y fecha las Retractaciones entre 426 y 428. Un dato interno concuerda: en IV, 24, 53 Agustín recuerda un sermón que predicó en Cesárea de Mauritania, tras el cual, dice, «hace ya ocho años o más» que allí no se repite la costumbre que combatió; Wikipedia sitúa una estancia suya en esa ciudad en el otoño de 418, y si el sermón es de entonces (lectura del editor), el libro IV es de 426 o posterior. Ni las Retractaciones ni las fuentes consultadas dicen por qué dejó el libro a medias.
La tabla siguiente es una lectura del editor, hecha sobre los títulos de los capítulos y el texto; no es de Agustín ni del NPNF.
| Libro | Capítulos | De qué trata | Escrito |
|---|---|---|---|
| Prefacio | 9 secciones | Contra quienes creen inútiles las reglas: los casos de Antonio y del esclavo Cristiano, y los de Pablo, Cornelio y el eunuco, que recibieron la enseñanza por medio de hombres | 397 |
| I | 1–40 | Las cosas: gozar y usar; el Dios trino, único objeto de goce; la Sabiduría hecha carne; la Iglesia y la resurrección; el orden del amor; la caridad, fin de la Escritura | 397 |
| II | 1–42 | Los signos desconocidos: signos naturales y convencionales; los siete grados hasta la sabiduría; el canon; lenguas y traducciones; qué saber pagano sirve y cuál es superstición; el oro de los egipcios | 397 |
| III | 1–25 | Los signos ambiguos: puntuación y pronunciación; cuándo una expresión es figurada; la caridad como regla; las costumbres de los patriarcas | 397 |
| III | 25–37 | Una misma cosa con varios sentidos; los pasajes oscuros por los claros; los tropos; las siete reglas de Ticonio | 426 |
| IV | 1–31 | Cómo dar a conocer lo hallado: sabiduría y elocuencia; Pablo y Amós como modelos; los tres fines y los tres estilos de Cicerón; ejemplos de Cipriano y Ambrosio; la vida y la oración del predicador | 426 |
Prefacio, en el que se muestra que enseñar reglas para la interpretación de la Escritura no es tarea superflua
Prefacio, 1
1. Hay ciertas reglas para la interpretación de la Escritura que, según pienso, podrían enseñarse con gran provecho a los estudiantes fervorosos de la palabra, para que se aprovechen no sólo leyendo las obras de otros que han puesto al descubierto los secretos de las sagradas Escrituras, sino también abriendo ellos mismos tales secretos a otros. Estas reglas me propongo enseñarlas a quienes pueden y quieren aprender, si Dios nuestro Señor no me niega, mientras escribo, los pensamientos que suele concederme en mis meditaciones sobre este asunto. Pero antes de entrar en esta empresa, juzgo conveniente salir al paso de las objeciones de quienes probablemente han de poner reparos a la obra, o los pondrían si yo no los aplacara de antemano. Y si, aun después de todo, se hallaran todavía hombres que pongan objeciones, al menos no prevalecerán sobre otros (sobre quienes podrían influir si no los hallaran prevenidos contra sus asaltos) para apartarlos de un estudio útil y llevarlos a la torpe pereza de la ignorancia.
Prefacio, 2
2. Hay, pues, algunos que probablemente objetarán esta obra mía, porque no han logrado comprender las reglas aquí expuestas. Otros, a su vez, pensarán que he trabajado en vano, porque, aunque entienden las reglas, al intentar aplicarlas e interpretar por ellas la Escritura no han conseguido aclarar el punto que deseaban aclarar; y éstos, como no han recibido ayuda alguna de esta obra, opinarán que de nada puede servir a nadie. Hay una tercera clase de objetores que o entienden realmente bien la Escritura, o piensan que la entienden, y que, porque saben (o se imaginan) que han alcanzado cierta capacidad de interpretar los libros sagrados sin leer ninguna instrucción de la índole de las que me propongo exponer aquí, clamarán que tales reglas no son necesarias para nadie, y que todo lo que rectamente se hace para aclarar las oscuridades de la Escritura podría hacerlo mejor la gracia de Dios sin ayuda.
Prefacio, 3
3. Para responder brevemente a todos éstos. A quienes no entienden lo que aquí se expone, respondo que no se me debe culpar por su falta de comprensión. Es como si desearan ver la luna nueva o la vieja, o alguna estrella muy oscura, y yo la señalara con el dedo: si no tuvieran vista suficiente para ver siquiera mi dedo, ciertamente no tendrían derecho a encolerizarse conmigo por ello. En cuanto a los que, aun conociendo y entendiendo mis indicaciones, no logran penetrar el sentido de los pasajes oscuros de la Escritura, son semejantes a quienes, en el caso que he imaginado, apenas pueden ver mi dedo, pero no pueden ver las estrellas a las que aquél apunta. Y así, estas dos clases harían mejor en dejar de culparme y orar, más bien, para que Dios les conceda la vista de sus ojos. Porque aunque yo puedo mover mi dedo para señalar un objeto, no está en mi poder abrir los ojos de los hombres para que vean, ora el hecho de que yo estoy señalando, ora el objeto que señalo.
Prefacio, 4
4. Pero en cuanto a los que hablan con jactancia de la gracia divina y se glorían de que entienden y pueden explicar la Escritura sin la ayuda de instrucciones como las que ahora me propongo exponer, y que piensan, por tanto, que lo que he emprendido escribir es enteramente superfluo, querría que pudieran calmarse hasta recordar que, por muy justamente que se gocen en el gran don de Dios, con todo, ellos mismos aprendieron a leer de maestros humanos. Ahora bien, difícilmente tendrían por justo que, por esa razón, fueran tenidos en poco por el monje egipcio Antonio, varón justo y santo, que, no pudiendo leer por sí mismo, se dice que retuvo las Escrituras en la memoria oyéndolas leer a otros, y que a fuerza de sabia meditación llegó a una comprensión cabal de ellas; ni por aquel esclavo bárbaro Cristiano, de quien he oído hace poco a testigos muy respetables y dignos de crédito, que, sin enseñanza alguna de hombre, alcanzó pleno conocimiento del arte de la lectura solamente por la oración, pidiendo que se le revelara; habiendo obtenido tras tres días de súplica lo que pedía, de modo que pudo leer de corrido un libro que al momento le presentaron los asombrados circunstantes.
Comentario editorial · Antonio, que no sabía leer
El monje egipcio es Antonio (c. 251–356, según Wikipedia), cuya vida escribió Atanasio hacia 360. Allí se cuenta que de niño no quiso aprender las letras y que atendía tanto a lo que se leía en la iglesia que «su memoria le sirvió de libros» (Vida de Antonio, § 1 y § 3; en los § 72–73 discute con filósofos sin haber estudiado las letras). Agustín conocía bien la historia: según las Confesiones (VIII, 6, 14–15), oír a Ponticiano hablar de Antonio y de dos funcionarios que dejaron la corte al leer su vida lo llevó a la crisis que acabó en su conversión, en agosto de 386. «Cristiano», el esclavo bárbaro que aprende a leer orando, es un nombre propio: la versión inglesa escribe Christianus.
Prefacio, 5
5. Pero si alguien piensa que estas historias son falsas, no insisto mucho en ellas. Pues, como trato con cristianos que profesan entender las Escrituras sin instrucción alguna de hombre (y si así es, se glorían de una ventaja real y nada común), deben conceder sin duda que cada uno de nosotros aprendió su propia lengua oyéndola constantemente desde la niñez, y que cualquier otra lengua que hayamos aprendido —el griego, o el hebreo, o cualquiera de las demás— la hemos aprendido o del mismo modo, oyéndola hablar, o de un maestro humano. Ahora, pues, supongamos que aconsejamos a todos nuestros hermanos que no enseñen a sus hijos ninguna de estas cosas, porque al derramarse el Espíritu Santo los apóstoles comenzaron inmediatamente a hablar la lengua de cada raza; y que advertimos a todo el que no haya tenido una experiencia semejante: ¿acaso no necesita considerarse cristiano, o al menos puede dudar si ha recibido ya el Espíritu Santo? No, no; más bien desechemos la falsa soberbia y aprendamos cuanto pueda aprenderse del hombre; y el que enseña a otro comunique lo que él mismo ha recibido sin arrogancia y sin envidia. Y no tentemos a Aquel en quien hemos creído, no sea que, enredados por tales astucias del enemigo y por nuestra propia perversidad, lleguemos incluso a negarnos a ir a las iglesias a oír el evangelio mismo, o a leer un libro, o a escuchar a otro que lee o predica, con la esperanza de ser arrebatados hasta el tercer cielo, "si en el cuerpo o fuera del cuerpo", como dice el apóstol, y oír allí palabras inefables, que al hombre no le es lícito pronunciar, o ver al Señor Jesucristo y oír el evangelio de sus propios labios antes que de labios de hombres.
Prefacio, 6
6. Guardémonos de tan peligrosas tentaciones de soberbia, y consideremos más bien el hecho de que el propio apóstol Pablo, aunque derribado y amonestado por la voz de Dios desde el cielo, fue enviado a un hombre para recibir los sacramentos y ser admitido en la Iglesia; y que Cornelio el centurión, aunque un ángel le anunció que sus oraciones habían sido oídas y sus limosnas recordadas, fue entregado a Pedro para ser instruido, y no sólo recibió los sacramentos de manos del apóstol, sino que también fue instruido por él acerca de los objetos propios de la fe, la esperanza y el amor. Y sin duda era posible haberlo hecho todo por medio de ángeles; pero la condición de nuestra raza habría quedado mucho más degradada si Dios no hubiera elegido valerse de hombres como ministros de su palabra para sus semejantes. Pues ¿cómo podría ser verdad lo que está escrito: "El templo de Dios es santo, el cual templo sois vosotros", si Dios no pronunciara oráculo alguno desde su templo humano, sino que comunicara todo lo que quería enseñar a los hombres por voces del cielo o por ministerio de ángeles? Es más, el amor mismo, que une a los hombres con el vínculo de la unidad, no tendría medio de derramar alma en alma y, por así decirlo, mezclarlas unas con otras, si los hombres nunca aprendieran nada de sus semejantes.
Prefacio, 7
7. Y sabemos que el eunuco que leía al profeta Isaías y no entendía lo que leía no fue enviado por el apóstol a un ángel, ni fue un ángel quien le explicó lo que no entendía, ni fue iluminado interiormente por la gracia de Dios sin la interposición de un hombre; por el contrario, por sugerencia de Dios, Felipe, que sí entendía al profeta, llegó hasta él, se sentó con él y, con palabras humanas y lengua humana, le abrió las Escrituras. ¿Acaso no habló Dios con Moisés y, sin embargo, éste, con gran sabiduría y sin asomo alguno de celoso orgullo, aceptó el plan de su suegro, hombre de raza extraña, para regir y administrar los asuntos de la gran nación que se le había confiado? Pues Moisés sabía que un plan sabio, en cualquier mente donde se originara, debía atribuirse no al hombre que lo ideó, sino a Aquel que es la Verdad, el Dios inmutable.
Prefacio, 8
8. Finalmente, todo el que se gloría de que, por iluminación divina, entiende las oscuridades de la Escritura, aunque no haya sido instruido en regla alguna de interpretación, al mismo tiempo cree, y con razón cree, que este poder no es suyo, en el sentido de que tenga origen en él mismo, sino que es don de Dios. Porque de este modo busca la gloria de Dios, no la suya. Pero si lee y entiende, como hace, sin ayuda de intérprete humano alguno, ¿por qué emprende él mismo interpretar para otros? ¿Por qué no los envía directamente a Dios, para que también ellos aprendan por la enseñanza interior del Espíritu sin ayuda del hombre? La verdad es que teme incurrir en el reproche: "Siervo malo y negligente, debías haber dado mi dinero a los banqueros". Viendo, pues, que estos hombres enseñan a otros, ya de palabra, ya por escrito, lo que entienden, ciertamente no pueden culparme si yo enseño igualmente no sólo lo que ellos entienden, sino también las reglas de interpretación que siguen. Porque nadie debe considerar cosa alguna como propia, excepto acaso lo que es falso. Toda verdad procede de Aquel que dice: "Yo soy la verdad". Pues ¿qué tenemos que no hayamos recibido? Y si lo recibimos, ¿por qué nos gloriamos, como si no lo hubiéramos recibido?
Prefacio, 9
9. El que lee ante un auditorio pronuncia en voz alta las palabras que ve delante de sí; el que enseña a leer lo hace para que otros puedan leer por sí mismos. Cada uno, sin embargo, comunica a otros lo que él mismo aprendió. Del mismo modo, el que explica a un auditorio los pasajes de la Escritura que entiende es semejante al que lee en voz alta las palabras que tiene delante. Por otra parte, el que establece reglas de interpretación es semejante al que enseña a leer, es decir, muestra a otros cómo leer por sí mismos. De suerte que, así como el que sabe leer no depende de otra persona, cuando halla un libro, para que le diga qué hay escrito en él, así el que posee las reglas que aquí intento establecer, si tropieza con un pasaje oscuro en los libros que lee, no necesitará un intérprete que le descubra el secreto, sino que, atenido a ciertas reglas y siguiendo ciertas indicaciones, llegará al sentido oculto sin error alguno, o al menos sin caer en absurdo grave alguno. Y así, aunque en el curso de la obra misma se verá suficientemente que nadie puede con justicia poner objeciones a esta empresa mía, que no tiene otro fin que el de servir, sin embargo, como pareció conveniente responder de antemano a quienes pudieran oponer objeciones preliminares, éste es el comienzo que he juzgado bueno hacer en el camino que me dispongo a recorrer en este libro.