II, 17, 27
27. Pues no debemos escuchar las falsedades de la superstición de los gentiles, que representan a las nueve Musas como hijas de Júpiter y Mercurio. Varrón refuta estas, y dudo que se pueda hallar entre ellos alguien más curioso o más docto en tales materias. Dice que cierto estado (no recuerdo el nombre) encargó a cada uno de tres artistas un conjunto de estatuas de las Musas, para ser colocadas como ofrenda en el templo de Apolo, con la intención de que, cualquiera de los artistas que produjese las estatuas más hermosas, las seleccionarían y comprarían de él. Sucedió que estos artistas ejecutaron sus obras con igual belleza, que las nueve gustaron al estado, y que todas fueron compradas para ser dedicadas en el templo de Apolo; y dice que después el poeta Hesíodo les dio nombres a todas. No fue, por tanto, Júpiter quien engendró a las nueve Musas, sino que tres artistas crearon tres cada uno. Y el estado había originalmente dado el encargo de tres, no porque las hubiera visto en visiones, ni porque se hubieran presentado en ese número a los ojos de ningún ciudadano, sino porque era evidente observar que todo sonido, que es la materia del canto, es por naturaleza de tres clases. Pues se produce ya por la voz, como en el caso de los que cantan con la boca sin instrumento; ya por soplo, como en el caso de las trompetas y flautas; ya por percusión, como en el caso de las arpas y tambores, y todos los demás instrumentos que dan su sonido al ser golpeados.
Comentario editorial · Las Musas, Varrón y un error de la versión inglesa
Marco Terencio Varrón (116–27 a. C.) era para Quintiliano «el más docto de los romanos»; de sus más de setenta obras solo una se conserva completa (Wikipedia). Wikipedia resume de otro modo su teoría: tres Musas, nacidas del movimiento del agua, del aire golpeado y de la voz humana. Según la Teogonía de Hesíodo, las nueve Musas eran hijas de Zeus, el Júpiter latino, y de Mnemósine, la Memoria. Eso dice también el latín de Agustín: novem Musas Iovis et Memoriae filias. La versión inglesa del NPNF escribe «hijas de Júpiter y Mercurio», y esta traducción, que parte de ella, la sigue.
II, 18, 28
28. Pero ya sea el hecho como Varrón lo relata, o no lo sea, no por eso debemos abandonar la música a causa de la superstición de los paganos, si de ella podemos sacar algo que sea de utilidad para la comprensión de la Santa Escritura; ni se sigue que hayamos de ocuparnos con sus fruslerías teatrales porque emprendamos una investigación sobre arpas y otros instrumentos, que pueda ayudarnos a asir las cosas espirituales. Pues no hemos de negarnos a aprender las letras porque digan que Mercurio las descubrió; ni porque hayan dedicado templos a la Justicia y a la Virtud, y prefieran adorar en forma de piedras cosas que deberían tener su lugar en el corazón, hemos por ello de abandonar la justicia y la virtud. Antes bien, entienda todo buen y verdadero cristiano que dondequiera que se halle la verdad, ésta pertenece a su Señor; y mientras reconoce y confiesa la verdad, aun en sus escritos religiosos, rechace las ficciones de la superstición, y duélase y evite a los hombres que, "cuando conocieron a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias; antes se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles".
II, 19, 29
29. Pero para explicar más detenidamente todo este asunto (pues no puede omitirse), hay dos clases de conocimiento que están en boga entre los paganos. Una es el conocimiento de las cosas instituidas por los hombres, la otra, de las cosas que han observado, ya sea como realizadas en el pasado o como instituidas por Dios. El primer género, el que trata de las instituciones humanas, es en parte supersticioso, y en parte no.
II, 20, 30
30. Todas las disposiciones hechas por los hombres para la fabricación y adoración de ídolos son supersticiosas, ya pertenezcan al culto de lo creado o de alguna parte de ello como Dios, o a consultas y pactos sobre signos y alianzas con demonios, como, por ejemplo, los que se emplean en las artes mágicas, y que los poetas suelen no tanto enseñar como celebrar. Y a esta clase pertenecen, pero con un alcance más audaz de engaño, los libros de los arúspices y augures. En esta clase debemos colocar también todos los amuletos y remedios que la ciencia médica condena, ya consistan en encantamientos, o en marcas que llaman caracteres, o en colgar, atar o incluso bailar de cierta manera determinados objetos, no con referencia a la condición del cuerpo, sino a ciertos signos ocultos o manifiestos; y a estos remedios los llaman con el nombre menos ofensivo de physica, para que parezca no estar ocupados en observancias supersticiosas, sino aprovechando las fuerzas de la naturaleza. Ejemplos de esto son los pendientes en la parte superior de cada oreja, o los anillos de hueso de avestruz en los dedos, o decirte cuando tienes hipo que sostengas el pulgar izquierdo con la mano derecha.
II, 20, 31
31. A éstas podemos añadir miles de las prácticas más frívolas, que se observan si alguna parte del cuerpo da un salto, o si, cuando amigos caminan del brazo, una piedra, un perro o un muchacho se interpone entre ellos. Y dar una patada a una piedra, como si fuera un separador de amigos, hace menos daño que abofetear a un muchacho inocente si por casualidad corre entre hombres que caminan uno al lado del otro. Pero es divertido que los muchachos sean a veces vengados por los perros; pues con frecuencia los hombres son tan supersticiosos que se atreven a golpear a un perro que se ha interpuesto entre ellos, — aunque no impunemente, porque en lugar de un remedio supersticioso, el perro a veces hace que su agresor corra a toda prisa en busca de un cirujano de verdad. A esta clase pertenecen también las siguientes reglas: Pisar el umbral al salir de casa; volverse a la cama si alguien estornuda cuando te estás poniendo las zapatillas; regresar a casa si tropiezas al ir a algún lugar; cuando la ropa es roída por los ratones, asustarse más por la perspectiva de una desgracia venidera que afligirse por la pérdida presente. De ahí aquel dicho ingenioso de Catón, quien, consultado por un hombre que le dijo que los ratones le habían roído las botas, respondió: "Eso no es extraño, pero habría sido muy extraño ciertamente si las botas se hubieran comido a los ratones".
II, 21, 32
32. Tampoco podemos excluir de esta clase de superstición a los que fueron llamados genetlíacos, por su atención a los días de nacimiento, pero que ahora son comúnmente llamados matemáticos. Pues éstos, aunque se esfuercen con diligencia por hallar la verdadera posición de los astros en el momento de nuestro nacimiento, y a veces incluso la encuentren, sin embargo, en la medida en que intentan a partir de ahí predecir nuestras acciones, o las consecuencias de nuestras acciones, yerran gravemente, y venden a los hombres inexpertos a una miserable servidumbre. Pues cuando un hombre libre acude a un astrólogo de esta clase, da dinero para salir siendo esclavo ya de Marte, ya de Venus, o más bien, quizá, de todos los astros a los que aquellos que primero cayeron en este error, y lo transmitieron a la posteridad, han dado los nombres ya de bestias por su semejanza con las bestias, ya de hombres con el fin de conferir honor a esos hombres. Y esto no es de extrañar, si consideramos que incluso en tiempos más recientes y cercanos a nosotros, los romanos intentaron dedicar el astro que llamamos Lucifer al nombre y honor de César. Y esto se habría hecho, quizá, y el nombre se habría transmitido a edades lejanas, de no ser porque su antepasada Venus había dado ya su nombre a este astro antes que él, y no podía por ley alguna transferir a sus herederos lo que nunca había poseído, ni buscado poseer, en vida. Pues donde había un lugar vacante, o no tenido en honor de ninguno de los muertos de tiempos anteriores, se llevaba a cabo el procedimiento usual en tales casos. Por ejemplo, hemos cambiado los nombres de los meses Quintilis y Sextilis a Julio y Agosto, nombrándolos en honor de los hombres Julio César y Augusto César; y por este ejemplo cualquiera que se interese puede ver fácilmente que los astros antes mencionados vagaban en otro tiempo por los cielos sin los nombres que ahora llevan. Pero como estaban muertos los hombres cuya memoria la gente era o bien obligada por el poder real o bien impulsada por la necedad humana a honrar, parecían pensar que al poner sus nombres sobre los astros estaban elevando a los hombres muertos mismos al cielo. Pero sea cual sea el nombre que los hombres les den, no dejan de ser astros que Dios ha hecho y ordenado según su propio beneplácito, y tienen un movimiento fijo, por el cual las estaciones se distinguen y varían. Y cuando alguien nace, es fácil observar el punto al que ha llegado este movimiento, usando las reglas descubiertas y establecidas por aquellos a quienes la Sagrada Escritura reprende en estos términos: "Porque si pudieron saber tanto que pudieron pesar el mundo, ¿cómo no hallaron más fácilmente a su Señor?"
Comentario editorial · Genetlíacos y «matemáticos»
En el latín de Agustín, los que levantan horóscopos se llamaron genethliaci, por su atención a los días de nacimiento, y en su tiempo se los llamaba comúnmente mathematici. La palabra no designa a los matemáticos, advierte Wikipedia, sino a los astrólogos, a quienes muchos contemporáneos tenían por hombres de ciencia. Agustín habla por experiencia: en las Confesiones (IV, 3, 4) recuerda que de joven consultaba sin escrúpulo a esos impostores «que llaman matemáticos», porque no ofrecían sacrificios ni invocaban espíritus, y Wikipedia añade que la astrología ocupaba un lugar destacado en la doctrina maniquea, a la que él pertenecía entonces. Contra ella usa enseguida el argumento de los gemelos Esaú y Jacob, nacidos casi a la vez y de vidas tan distintas (II, 22, 33).
II, 22, 33
33. Pero desear predecir los caracteres, los actos y el destino de los que nacen a partir de tal observación es un gran engaño y una gran locura. Y entre aquellos al menos que tienen algún conocimiento de estas materias (las cuales, en verdad, solo son dignas de ser desaprendidas de nuevo), esta superstición queda refutada más allá de toda duda. Pues la observación es de la posición de los astros, que ellos llaman constelaciones, en el momento en que nació la persona acerca de la cual estos hombres miserables son consultados por sus aún más miserables incautos. Ahora bien, puede suceder que, en el caso de los gemelos, uno siga al otro al salir del vientre tan de cerca que no haya intervalo de tiempo entre ellos que pueda ser aprehendido y señalado en la posición de las constelaciones. De donde se sigue necesariamente que los gemelos nacen en muchos casos bajo los mismos astros, y sin embargo no encuentran igual fortuna ni en lo que hacen ni en lo que padecen, sino que a menudo encuentran destinos tan diferentes que uno de ellos tiene una vida felicísima, y el otro una desdichadísima. Como, por ejemplo, se nos dice que Esaú y Jacob nacieron gemelos, y en tan estrecha sucesión, que Jacob, que nació el último, se halló que había asido con su mano el talón de su hermano, que le precedió. Ahora bien, ciertamente, el día y la hora del nacimiento de estos dos no podían ser señalados de manera alguna que no diera a ambos la misma constelación. Pero cuán grande fue la diferencia entre los caracteres, las acciones, los trabajos y las fortunas de estos dos, de ello dan testimonio las Escrituras, que están ahora tan difundidas que se hallan en boca de todas las naciones.
II, 22, 34
34. Ni viene al caso decir que el más pequeño y brevísimo momento de tiempo que separa el nacimiento de los gemelos produce grandes efectos en la naturaleza y en el movimiento sumamente rápido de los cuerpos celestes. Pues, aunque conceda que produce los mayores efectos, sin embargo el astrólogo no puede descubrir esto en las constelaciones, y es mirando en ellas como profesa leer los destinos. Si, pues, no descubre la diferencia cuando examina las constelaciones, las cuales, por supuesto, han de ser las mismas ya sea consultado acerca de Jacob o de su hermano, ¿de qué le aprovecha que haya una diferencia en los cielos, la cual él temeraria y descuidadamente trae a descrédito, cuando no hay diferencia en su carta, que él mira con ansia pero en vano? Y así también estas nociones, que tienen su origen en ciertos signos de cosas arbitrariamente fijados por la presunción de los hombres, han de ser referidas a la misma clase que si fueran ligas y pactos con los demonios.
II, 23, 35
35. Porque de esta manera sucede que los hombres que codician cosas malas son, por un secreto juicio de Dios, entregados para ser burlados y engañados, como justa recompensa de sus malos deseos. Porque son engañados e inducidos a error por los falsos ángeles, a quienes la parte más baja del mundo ha sido sometida por la ley de la providencia de Dios, y conforme a su admirable disposición de las cosas. Y el resultado de estos engaños y decepciones es que, mediante estos modos supersticiosos y funestos de adivinación, se dan a conocer muchas cosas pasadas y futuras, y resultan tal como se predicen; y en el caso de los que practican observancias supersticiosas, muchas cosas resultan conformes a sus observancias, y enredados por estos éxitos, se vuelven más ansiosamente inquisitivos, y se envuelven más y más en un laberinto de error perniciosísimo. Y para nuestro provecho, la Palabra de Dios no guarda silencio acerca de esta especie de fornicación del alma; y no advierte al alma contra seguir tales prácticas alegando que los que las profesan dicen mentiras, sino que dice: "Aunque se cumpla lo que te anuncian, no los escuches". Pues aunque el espectro del difunto Samuel predijo la verdad al rey Saúl, eso no hace menos detestables aquellas prácticas sacrílegas por las cuales fue evocado su espectro; y aunque la mujer ventrílocua en los Hechos de los Apóstoles dio verdadero testimonio de los apóstoles del Señor, el apóstol Pablo no por eso perdonó al espíritu malo, sino que lo reprendió y lo expulsó, y así limpió a la mujer.
II, 23, 36
36. Todas las artes de esta clase, por tanto, o son nulas, o forman parte de una superstición culpable, nacida de una funesta alianza entre los hombres y los demonios, y deben ser completamente repudiadas y evitadas por el cristiano como pactos de una amistad falsa y traicionera. "No porque el ídolo sea algo", dice el apóstol; "sino porque lo que sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros tengáis comunión con los demonios". Ahora bien, lo que el apóstol ha dicho acerca de los ídolos y de los sacrificios ofrecidos en su honor, eso mismo debemos sentir respecto de todos los signos imaginarios que conducen ya a la adoración de los ídolos, ya a adorar a la criatura o a sus partes en lugar de Dios, o que están relacionados con la atención a ensalmos medicinales y otras observancias; porque estos no han sido instituidos por Dios como medios públicos para fomentar el amor a Dios y al prójimo, sino que consumen los corazones de los hombres miserables en privadas y egoístas luchas por cosas temporales. Por consiguiente, respecto de todas estas ramas del conocimiento, debemos temer y rehuir la compañía de los demonios, quienes, con el Diablo su príncipe, solo se esfuerzan por cerrar y atrancar la puerta contra nuestro regreso. Así, pues, como de las estrellas que Dios creó y ordenó, los hombres han sacado agüeros mentirosos de su propia fantasía, así también de las cosas que nacen, o de cualquier otro modo vienen a la existencia bajo el gobierno de la providencia de Dios, si acaso ocurre algo insólito en el suceso — como cuando una mula pare, o un objeto es herido por un rayo —, los hombres han sacado con frecuencia agüeros por conjeturas propias, y los han consignado por escrito, como si los hubieran deducido por regla.
Capítulo 24. La comunicación y el pacto con los demonios que mantienen las observancias supersticiosas
II, 24, 37
37. Y todos estos agüeros tienen fuerza solo en la medida en que ha sido concertada con los demonios por aquel previo entendimiento en la mente que es, por así decirlo, la lengua común; pero todos están llenos de curiosidad dañosa, ansiedad torturante y servidumbre mortal. Pues no fue porque tuviesen significado que se les prestó atención, sino que fue por prestarles atención y marcarlos que llegaron a tener significado. Y así se hacen diferentes para diferentes personas, según sus varias nociones y prejuicios. Porque aquellos espíritus que se empeñan en engañar, se cuidan de proveer a cada persona la misma clase de agüeros que, según ven, ya lo tienen enredado en sus propias conjeturas y preconcepciones. Pues, para tomar una ilustración, la misma figura de la letra X, que se hace en forma de cruz, significa una cosa entre los griegos y otra entre los latinos, no por naturaleza, sino por convención y preacuerdo en cuanto a su significación; y así, quien conoce ambas lenguas usa esta letra en un sentido diferente cuando escribe a un griego de aquel en que la usa cuando escribe a un latino. Y el mismo sonido, beta, que es nombre de letra entre los griegos, es nombre de una verdura entre los latinos; y cuando digo lege, estas dos sílabas significan una cosa para un griego y otra para un latino. Ahora bien, así como todos estos signos afectan la mente según los arreglos de la comunidad en que cada hombre vive, y afectan diferentemente las mentes de distintos hombres, porque estos arreglos son diferentes; y así como, además, los hombres no convinieron en ellos como signos porque ya fuesen significativos, sino que, al contrario, son ahora significativos porque los hombres han convenido en ellos; de la misma manera también, aquellos signos por los cuales se mantiene la ruinosa comunicación con los demonios tienen significado justo en proporción a las observaciones de cada hombre. Y esto aparece muy claramente en los ritos de los agoreros; pues ellos, tanto antes de observar los agüeros como después de haber completado sus observaciones, se cuidan de no ver el vuelo ni oír los gritos de las aves, porque estos agüeros no tienen significación alguna aparte del previo arreglo en la mente del observador.
Capítulo 25. En las instituciones humanas que no son supersticiosas, hay cosas superfluas y otras convenientes y necesarias
II, 25, 38
38. Pero cuando todas estas cosas hayan sido cortadas y arrancadas de la mente del cristiano, debemos entonces mirar las instituciones humanas que no son supersticiosas, es decir, aquellas que no están establecidas en asociación con los demonios, sino por los hombres en asociación unos con otros. Pues todos los arreglos que están en vigor entre los hombres, porque ellos han convenido entre sí que estén en vigor, son instituciones humanas; y de estas, unas son cosas de superfluidad y lujo, otras de conveniencia y necesidad. Porque si aquellas señas que los actores hacen en la danza tuvieran fuerza por naturaleza, y no por el arreglo y acuerdo de los hombres, el pregonero no habría anunciado en tiempos antiguos al pueblo de Cartago, mientras el pantomimo danzaba, lo que quería expresar, — cosa que aún recuerdan muchos ancianos de quienes lo hemos oído contar con frecuencia. Y bien podemos creerlo, porque aún ahora, si alguien no acostumbrado a tales necedades entra al teatro, a menos que alguien le diga lo que significan aquellos movimientos, prestará toda su atención a ellos en vano. Sin embargo, todos los hombres buscan un cierto grado de semejanza en la elección de signos, para que los signos sean, en lo posible, semejantes a las cosas que significan. Pero como una cosa puede asemejarse a otra de muchas maneras, tales signos no tienen siempre el mismo significado entre los hombres, salvo cuando mutuamente han convenido en ello.
II, 25, 39
39. Pero en cuanto a las pinturas y estatuas, y otras obras de esta clase, que están destinadas a ser representaciones de cosas, nadie se equivoca, especialmente si están ejecutadas por artistas hábiles, sino que cada cual, tan pronto como ve las semejanzas, reconoce las cosas de que son semejanzas. Y toda esta clase ha de ser contada entre los artificios superfluos de los hombres, a no ser que importe inquirir respecto de alguno de ellos, por qué razón, dónde, cuándo y por autoridad de quién fue hecho. Finalmente, las miles de fábulas y ficciones, en cuyas mentiras se deleitan los hombres, son invenciones humanas, y nada ha de considerarse más propio del hombre y derivado de sí mismo que aquello que es falso y mentiroso. Entre los arreglos convenientes y necesarios de los hombres entre sí han de contarse cuantas diferencias quieran establecer en lo corporal del vestido y ornato con el fin de distinguir el sexo o la condición; y las innumerables variedades de signos sin los cuales el trato humano o bien no podría realizarse en absoluto, o se realizaría con gran incomodidad; y los arreglos en cuanto a pesos y medidas, y el cuño y peso de las monedas, propios de cada estado y pueblo, y otras cosas del mismo género. Ahora bien, estas cosas, si no fueran invenciones de los hombres, no serían diferentes en las distintas naciones, y no podrían ser cambiadas en cada nación a discreción de sus respectivos soberanos.
II, 25, 40
40. Toda esta clase de arreglos humanos, que son de conveniencia para el trato necesario de la vida, no ha de descuidarlos en modo alguno el cristiano, sino por el contrario ha de prestarles suficiente atención y guardarlos en la memoria.
II, 26, 40
Pues ciertas instituciones de los hombres son, en cierto modo, representaciones y semejanzas de objetos naturales. Y de éstas, las que tienen relación con la comunión con los demonios deben, como se ha dicho, ser completamente rechazadas y tenidas en abominación; aquellas, por otra parte, que se refieren al trato mutuo de los hombres, deben ser adoptadas, en tanto que no sean cosas de lujo y superfluidad, especialmente las formas de las letras que son necesarias para la lectura, y las diversas lenguas en la medida en que se requieran — asunto del que he hablado más arriba. A esta clase pertenecen también los caracteres taquigráficos, y los que los conocen son llamados taquígrafos. Todas estas cosas son útiles, y no hay nada ilícito en aprenderlas, ni nos envuelven en superstición, ni nos enervan con el lujo, con tal que ocupen nuestra mente sólo en la medida en que no estorben el camino a objetos más importantes a los que deben estar subordinadas.
Cap. 27. Algunas ramas del conocimiento, que no son mera invención humana, nos ayudan a interpretar la Escritura
II, 27, 41
41. Pero, pasando al punto siguiente, no debemos contar entre las instituciones humanas aquellas cosas que los hombres nos han transmitido, no como disposiciones propias, sino como resultado de la investigación de los sucesos del pasado y de las disposiciones de la providencia de Dios. Y de éstas, unas pertenecen a los sentidos corporales, otras al intelecto. Aquellas a las que se llega por los sentidos corporales, o las creemos por testimonio, o las percibimos cuando se nos señalan, o las inferimos por experiencia.
II, 28, 42
42. Todo lo que aprendemos de la historia acerca de la cronología de los tiempos pasados nos ayuda muchísimo a entender las Escrituras, aunque se aprenda fuera del seno de la Iglesia como materia de instrucción pueril. Porque con frecuencia buscamos información sobre asuntos diversos mediante las Olimpiadas y los nombres de los cónsules; y la ignorancia del consulado en que nació nuestro Señor y de aquel en que padeció ha llevado a algunos al error de suponer que tenía cuarenta y seis años cuando padeció, que es el número de años que los judíos le dijeron que se había tardado en edificar el templo (el cual Él tomó como símbolo de su cuerpo). Ahora bien, sabemos por la autoridad del evangelista que Él tenía como treinta años cuando fue bautizado; pero el número de años que vivió después, aunque reuniendo sus acciones podemos deducirlo, sin embargo, para que no surja sombra de duda por otra fuente, puede averiguarse con más claridad y certeza comparando la historia profana con el Evangelio. No obstante, seguirá siendo evidente que no sin propósito se dijo que el templo fue edificado en cuarenta y seis años; de modo que, como esto no puede referirse a la edad de nuestro Señor, puede referirse a la formación más secreta del cuerpo que, por nosotros, el unigénito Hijo de Dios, por quien todas las cosas fueron hechas, se dignó asumir.
II, 28, 43
43. En cuanto a la utilidad de la historia, además, dejando a un lado a los griegos, ¡qué gran cuestión ha resuelto nuestro Ambrosio! Pues cuando los lectores y admiradores de Platón se atrevieron calumniosamente a afirmar que nuestro Señor Jesucristo aprendió todas aquellas sentencias suyas, que ellos se ven obligados a admirar y alabar, de los libros de Platón — porque (argüían) no se puede negar que Platón vivió mucho antes de la venida de nuestro Señor —, ¿no mostró el ilustre obispo, cuando por sus investigaciones en la historia profana descubrió que Platón hizo un viaje a Egipto en el tiempo en que el profeta Jeremías estaba allí, que es mucho más probable que Platón fuera iniciado por medio de Jeremías en nuestra literatura, hasta el punto de poder enseñar y escribir aquellas opiniones suyas que tan justamente son alabadas? Porque ni siquiera Pitágoras mismo, de cuyos sucesores afirman estos que Platón aprendió la teología, vivió en una fecha anterior a los libros de aquella raza hebrea, entre quienes surgió el culto al único Dios, y de quienes, en cuanto a la carne, vino nuestro Señor. Y así, cuando reflexionamos sobre las fechas, resulta mucho más probable que aquellos filósofos aprendieran cuanto dijeron de bueno y verdadero de nuestra literatura, que el que el Señor Jesucristo aprendiera de los escritos de Platón, cosa que es el colmo de la necedad creer.
Comentario editorial · Platón y Jeremías: un error que Agustín corrigió
Agustín corrigió después lo que aquí afirma. En La ciudad de Dios (VIII, 11) admite que un cálculo cuidadoso de las fechas sitúa el nacimiento de Platón unos cien años después de la predicación de Jeremías, y su muerte unos setenta antes de que Tolomeo hiciera traducir la Escritura al griego: Platón no pudo ver al profeta ni leer la Escritura en una lengua que conociera. En las Retractaciones (II, 4) reconoce que aquí le «traicionó la memoria» sobre lo que Ambrosio había dicho, y remite a un libro de este, Sobre los sacramentos o la filosofía, que según la nota del NPNF se ha perdido. Schaff, en el prefacio del volumen, llama «imposible» la hipótesis.
II, 28, 44
44. Y aun cuando en el curso de una narración histórica se describen antiguas instituciones de los hombres, la historia misma no ha de ser contada entre las instituciones humanas; porque las cosas que ya pasaron y no pueden deshacerse han de ser consideradas como pertenecientes al curso del tiempo, del cual Dios es autor y gobernador. Porque una cosa es contar lo que se ha hecho, y otra mostrar lo que debe hacerse. La historia narra lo que se ha hecho, fielmente y con provecho; pero los libros de los arúspices, y todos los escritos de la misma clase, pretenden enseñar lo que debe hacerse u observarse, usando la osadía de un consejero, no la fidelidad de un narrador.
II, 29, 45
45. Hay también una especie de narración que se asemeja a la descripción, en la cual no se da a conocer un estado de cosas pasado, sino presente, a quienes lo ignoran. A esta especie pertenece todo lo que se ha escrito acerca de la situación de los lugares, y de la naturaleza de los animales, árboles, hierbas, piedras y otros cuerpos. Y de esta especie he tratado más arriba, y he mostrado que este género de conocimiento es útil para resolver las dificultades de la Escritura, no para que esos objetos se usen conforme a ciertos signos como remedios o instrumentos de superstición; porque ese género de conocimiento ya lo he apartado como distinto del lícito y libre de que ahora hablo. Pues una cosa es decir: Si machacas esta hierba y la bebes, te quitará el dolor de estómago; y otra decir: Si te cuelgas esta hierba al cuello, te quitará el dolor de estómago. En el primer caso se aprueba la mezcla saludable, en el segundo se condena el encanto supersticioso; aunque, en verdad, cuando no se usan encantamientos, invocaciones ni marcas, es frecuentemente dudoso si la cosa que se ata o se fija de cualquier modo al cuerpo para curarlo, obra por una virtud natural, en cuyo caso puede usarse libremente; u obra por una especie de encanto, en cuyo caso conviene que el cristiano lo evite con tanto más cuidado cuanto más eficaz parezca ser. Pero cuando no aparece la razón de por qué una cosa tiene virtud, la intención con que se usa es de gran importancia, al menos en sanar o en templar los cuerpos, ya sea en la medicina o en la agricultura.
II, 29, 46
46. El conocimiento de los astros, por otra parte, no es materia de narración, sino de descripción. Muy pocos de estos, sin embargo, se mencionan en la Escritura. Y así como el curso de la luna, que se emplea regularmente para celebrar el aniversario de la pasión del Señor, es conocido por la mayoría, así la salida y la puesta y los demás movimientos de los demás cuerpos celestes son conocidos a fondo por muy pocos. Y este conocimiento, aunque en sí mismo no implica superstición alguna, presta muy poca, casi ninguna ayuda, en la interpretación de la Santa Escritura, y distrayendo la atención sin provecho es más bien un estorbo; y como está estrechamente relacionado con el error perniciosísimo de los adivinos de los hados, es más conveniente y decoroso descuidarlo. Implica, además, junto con una descripción del estado presente de las cosas, algo así como una narración del pasado también; porque se puede retroceder desde la posición y el movimiento presentes de los astros, y rastrear por regla sus movimientos pasados. Implica también anticipaciones regulares del futuro, no a modo de presagios y agüeros, sino por medio de un cálculo seguro; no con el propósito de sacar de ellos información alguna acerca de nuestros propios actos y hados, al absurdo modo de los genetlíacos, sino sólo acerca de los movimientos de los cuerpos celestes mismos. Pues, así como el que calcula la edad de la luna puede decir, una vez que ha averiguado su edad hoy, cuál era su edad hace cualquier número de años, o cuál será su edad dentro de cualquier número de años, de la misma manera los hombres versados en tales cálculos suelen responder a preguntas semejantes acerca de cada uno de los cuerpos celestes. Y ya he declarado cuál es mi parecer acerca de todo este conocimiento, en lo que atañe a su utilidad.
II, 30, 47
47. En cuanto a las artes restantes, ya sean aquellas con las cuales se hace algo que, cuando termina el esfuerzo del artífice, permanece como resultado de su trabajo, como, por ejemplo, una casa, un banco, un plato y otras cosas semejantes; ya sean las que, por decirlo así, ayudan a Dios en sus obras, como la medicina, la agricultura y la navegación: o aquellas cuyo único resultado es una acción, como la danza, la carrera y la lucha; — en todas estas artes la experiencia nos enseña a inferir el futuro del pasado. Pues ningún hombre versado en alguna de estas artes mueve sus miembros en operación alguna sin enlazar el recuerdo del pasado con la expectativa del futuro. Ahora bien, de estas artes ha de adquirirse un conocimiento muy superficial y ligero, no con miras a practicarlas (a menos que algún deber nos obligue, cuestión de la que no trato por ahora), sino con miras a formarnos un juicio sobre ellas, para que no seamos del todo ignorantes de lo que la Escritura quiere dar a entender cuando emplea expresiones figuradas tomadas de estas artes.
II, 31, 48
48. Quedan aquellas ramas del conocimiento que no pertenecen a los sentidos corporales, sino al intelecto, entre las cuales la ciencia del razonamiento y la del número son las principales. La ciencia del razonamiento es de grandísimo servicio para investigar y desentrañar toda clase de cuestiones que surgen en la Escritura, solo que en su uso debemos guardarnos del amor a la disputa y de la vanidad pueril de tender trampas al adversario. Porque hay muchos de los llamados sofismas, inferencias en el razonamiento que son falsas, y sin embargo tan cercanas a la imitación de las verdaderas, que engañan no solo a los torpes, sino también a los hombres agudos, cuando no están prevenidos. Por ejemplo, un hombre propone a otro con quien está hablando la proposición: "Lo que yo soy, tú no lo eres." El otro asiente, pues la proposición es en parte verdadera, siendo el uno astuto y el otro simple. Luego el primero añade: "Yo soy un hombre"; y cuando el otro ha dado también su asentimiento a esto, el primero saca su conclusión: "Luego tú no eres un hombre." Ahora bien, de esta clase de argumentos engañosos, la Escritura, a mi juicio, expresa detestación en aquel lugar donde se dice: "Hay quien muestra sabiduría en las palabras, y es aborrecido"; aunque, en verdad, un estilo de hablar que no se propone tender trampas, sino que solo busca el ornato verbal más de lo que conviene a la seriedad del propósito, se llama también sofístico.
II, 31, 49
49. Hay también procesos válidos de razonamiento que llevan a conclusiones falsas, siguiendo hasta sus consecuencias lógicas el error del hombre con quien uno está discutiendo; y estas conclusiones son a veces sacadas por un hombre bueno y docto, con el objeto de hacer que la persona de cuyo error resultan esas consecuencias se avergüence de ellas, y así inducirle a abandonar su error, cuando descubre que si quiere retener su antigua opinión, necesariamente ha de sostener también otras opiniones que él mismo condena. Por ejemplo, el apóstol no sacó conclusiones verdaderas cuando dijo: "Luego Cristo no resucitó", y de nuevo: "Luego nuestra predicación es vana, y vuestra fe también es vana"; y más adelante sacó otras inferencias que son todas enteramente falsas; porque Cristo resucitó, la predicación de quienes anunciaron este hecho no fue vana, ni fue vana la fe de quienes la creyeron. Pero todas estas inferencias falsas se seguían legítimamente de la opinión de aquellos que decían que no hay resurrección de los muertos. Repudiadas, pues, estas inferencias como falsas, se sigue que, puesto que serían verdaderas si los muertos no resucitan, habrá resurrección de los muertos. Así, pues, como pueden sacarse conclusiones válidas no solo de proposiciones verdaderas, sino también de las falsas, las leyes del razonamiento válido pueden aprenderse fácilmente en las escuelas, fuera del recinto de la Iglesia. Pero la verdad de las proposiciones ha de investigarse en los libros sagrados de la Iglesia.
Cap. 32. La validez de la secuencia lógica no es inventada por el hombre, sino solo observada por él
II, 32, 50
50. Y sin embargo, la validez de las secuencias lógicas no es cosa inventada por los hombres, sino observada y notada por ellos para poder aprenderla y enseñarla; pues existe eternamente en la razón de las cosas, y tiene su origen en Dios. Porque así como el que narra el orden de los acontecimientos no crea él mismo ese orden; y así como el que describe la situación de los lugares, o la naturaleza de los animales, o de las raíces, o de los minerales, no describe ordenaciones humanas; y así como el que señala las estrellas y sus movimientos no señala nada que él mismo u otro hombre haya establecido; — del mismo modo, el que dice: "Cuando el consecuente es falso, el antecedente también debe ser falso", dice algo que es muy verdadero; pero no lo hace él mismo así, solo señala que así es. Y sobre esta regla se funda el razonamiento que he citado del apóstol Pablo. Pues el antecedente es: "No hay resurrección de los muertos", — la posición adoptada por aquellos cuyo error quería derribar el apóstol. Luego, de este antecedente, la afirmación, a saber, que no hay resurrección de los muertos, la consecuencia necesaria es: "Luego Cristo no resucitó". Pero esta consecuencia es falsa, porque Cristo resucitó; por tanto, el antecedente también es falso. Pero el antecedente es que no hay resurrección de los muertos. Concluimos, por tanto, que hay resurrección de los muertos. Ahora bien, todo esto se expresa brevemente así: Si no hay resurrección de los muertos, entonces Cristo no resucitó; pero Cristo resucitó, por tanto hay resurrección de los muertos. Esta regla, pues, de que cuando se suprime el consecuente, el antecedente también debe suprimirse, no es hecha por el hombre, sino solo señalada por él. Y esta regla se refiere a la validez del razonamiento, no a la verdad de las proposiciones.
II, 33, 51
51. En este pasaje, sin embargo, donde se argumenta acerca de la resurrección, tanto la ley de la inferencia es válida como verdadera la conclusión a la que se llega. Pero también en las conclusiones falsas puede darse una validez de inferencia de manera semejante. Supongamos que alguien ha concedido: "Si un caracol es un animal, tiene voz". Admitido esto, una vez que se ha probado que el caracol no tiene voz, se sigue (puesto que cuando el consecuente se prueba falso, el antecedente también es falso) que el caracol no es un animal. Ahora bien, esta conclusión es falsa, pero es una inferencia verdadera y válida a partir de la falsa concesión. Así, la verdad de una proposición se sostiene por sus propios méritos; la validez de una inferencia depende de la proposición o de la concesión de aquel con quien se argumenta. Y así, como ya he dicho, una inferencia falsa puede sacarse por un razonamiento válido, a fin de que aquel cuyo error queremos corregir se arrepienta de haber admitido el antecedente, al ver que sus consecuencias lógicas son del todo insostenibles. Y de aquí es fácil comprender que, así como las inferencias pueden ser válidas cuando las opiniones son falsas, también pueden ser inválidas cuando las opiniones son verdaderas. Por ejemplo, supongamos que alguien propone la proposición: "Si este hombre es justo, es bueno", y admitimos su verdad. Luego añade: "Pero no es justo"; y cuando admitimos esto también, saca la conclusión: "Por tanto, no es bueno". Ahora bien, aunque cada una de estas proposiciones pueda ser verdadera, el principio de la inferencia es inválido. Pues no es verdad que, así como cuando el consecuente se prueba falso el antecedente también es falso, así cuando el antecedente se prueba falso el consecuente sea falso. Porque la proposición "Si es orador, es hombre" es verdadera; pero si añadimos: "No es orador", no se sigue la consecuencia: "Por tanto, no es hombre".
II, 34, 52
52. Por tanto, una cosa es conocer las leyes de la inferencia, y otra conocer la verdad de las opiniones. En el primer caso aprendemos qué es consecuente, qué es inconsecuente y qué es incompatible. Un ejemplo de lo consecuente es: "Si es orador, es hombre"; de lo inconsecuente: "Si es hombre, es orador"; de lo incompatible: "Si es hombre, es cuadrúpedo". En estos casos juzgamos de la conexión. Mas en cuanto a la verdad de las opiniones, hemos de considerar las proposiciones tal como son en sí mismas, y no en su conexión unas con otras; pero cuando proposiciones de las que no estamos seguros se unen mediante una inferencia válida a proposiciones verdaderas y ciertas, ellas mismas también se vuelven necesariamente ciertas. Ahora bien, algunos, cuando han comprobado la validez de la inferencia, se vanaglorian como si esto implicara también la verdad de las proposiciones. Muchos, en cambio, que sostienen las opiniones verdaderas se desprecian a sí mismos sin fundamento, porque ignoran las leyes de la inferencia; mientras que el hombre que sabe que hay resurrección de los muertos es ciertamente mejor que el hombre que solo sabe que se sigue que, si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó.
II, 35, 53
53. Por otra parte, la ciencia de la definición, de la división y de la partición, aunque se aplique con frecuencia a falsedades, no es ella misma falsa, ni ha sido inventada por artificio humano, sino que se deriva de la razón de las cosas. Pues aunque los poetas la hayan aplicado a sus ficciones, y los falsos filósofos, o incluso los herejes — esto es, los falsos cristianos — a sus doctrinas erróneas, no hay razón para que sea falso, por ejemplo, que ni en la definición, ni en la división, ni en la partición, deba incluirse nada que no pertenezca al asunto de que se trata, ni omitirse nada que pertenezca. Esto es verdad, aunque las cosas que se definen o dividen no sean verdaderas. Pues aun la misma falsedad se define cuando decimos que la falsedad es la declaración de un estado de cosas que no es como lo declaramos; y esta definición es verdadera, aunque la falsedad misma no pueda ser verdadera. También podemos dividirla, diciendo que hay dos clases de falsedad: una respecto de cosas que no pueden ser verdaderas en absoluto, y otra respecto de cosas que no son verdaderas, aunque sea posible que lo fueran. Por ejemplo, el hombre que dice que siete y tres son once, dice algo que no puede ser verdadero en ningún caso; pero quien dice que llovió en las calendas de enero, aunque quizá el hecho no sea así, dice algo que bien pudo haber sido. La definición y la división, por tanto, de lo falso pueden ser perfectamente verdaderas, aunque lo falso mismo no pueda, por supuesto, ser verdadero.
Cap. 36. Las reglas de la elocuencia son verdaderas, aunque a veces se usen para persuadir a los hombres de lo falso
II, 36, 54
54. Hay también ciertas reglas para un género más copioso de argumentación, que se llama elocuencia, y estas reglas no son menos verdaderas porque puedan emplearse para persuadir a los hombres de lo falso; pero como también pueden usarse para defender la verdad, no es la facultad misma la que debe ser culpada, sino la perversidad de quienes la emplean mal. Ni se debe a un acuerdo entre los hombres el que la expresión del afecto concilie al oyente, o que una narración, cuando es breve y clara, sea eficaz, y que la variedad mantenga la atención de los hombres sin fatigarlos. Y lo mismo sucede con otras instrucciones del mismo género, las cuales, ya sea verdadera o falsa la causa en que se emplean, son en sí mismas verdaderas en la medida en que son eficaces para producir conocimiento o creencia, o para mover los ánimos de los hombres al deseo o a la aversión. Y los hombres más bien descubrieron que estas cosas son así, que no dispusieron que fueran así.
II, 37, 55
55. Este arte, sin embargo, una vez aprendido, no ha de emplearse tanto para averiguar el sentido como para exponerlo una vez averiguado. Pero el arte del que antes hablamos, que trata de las inferencias, las definiciones y las divisiones, es de grandísima ayuda en el descubrimiento del sentido, con tal que los hombres no caigan en el error de suponer que cuando han aprendido estas cosas han aprendido el verdadero secreto de una vida feliz. Aun así, sucede a veces que los hombres hallan menos dificultad en alcanzar el fin para el cual se aprenden estas ciencias, que en recorrer la intrincadísima y espinosa disciplina de tales reglas. Es como si un hombre, queriendo dar reglas para andar, te advirtiera que no levantes el pie de atrás antes de haber asentado el de delante, y luego te describiera minuciosamente el modo de mover los goznes de las articulaciones y las rodillas. Porque lo que dice es verdad, y no se puede andar de otra manera; pero los hombres hallan más fácil andar ejecutando esos movimientos que atender a ellos mientras los ejecutan, o comprenderlos cuando se los explican. Aquellos, en cambio, que no pueden andar, se cuidan aún menos de tales instrucciones, ya que no pueden probarlas poniéndolas a prueba. Y del mismo modo, un hombre listo ve a menudo que una inferencia es incorrecta más rápidamente de lo que capta las reglas para ella. Un hombre torpe, en cambio, no ve la incorrección, pero mucho menos alcanza las reglas. Y en cuanto a todas estas leyes, sentimos más placer en ellas como manifestaciones de la verdad, que ayuda para argumentar o formar opiniones, salvo quizá en que ponen el entendimiento en mejor ejercicio. Hemos de cuidar, sin embargo, de que no lo hagan a la vez más inclinado a la malicia o a la vanidad —es decir, que no den a quienes las han aprendido propensión a extraviar a los hombres con discursos plausibles y preguntas capciosas, o los hagan pensar que han alcanzado algo grande que les da ventaja sobre los buenos e inocentes.
II, 38, 56
56. Vengamos ahora a la ciencia de los números, y es claro para el entendimiento más torpe que ésta no fue creada por el hombre, sino descubierta por la investigación. Pues, aunque Virgilio pudo a su gusto hacer larga la primera sílaba de Italia, que los antiguos pronunciaban breve, no está en poder de hombre alguno determinar a su gusto que tres por tres no sean nueve, o que no formen un cuadrado, o que no sean el triple de tres, ni una vez y media el número seis; o que no sea verdad que no son el doble de ningún número, porque los números impares no tienen mitad. Así, pues, ora se consideren los números en sí mismos, ora se apliquen a las leyes de las figuras, de los sonidos o de otros movimientos, tienen leyes fijas que no fueron hechas por el hombre, sino sacadas a luz por la agudeza de los ingenios.
II, 38, 57
57. Mas el hombre que tan alto precio pone en estas cosas, hasta el punto de inclinarse a jactarse de ser uno de los doctos, y que no inquiere más bien la fuente de la cual derivan su verdad aquellas cosas que percibe como verdaderas, y de la cual derivan asimismo su verdad e inmutabilidad aquellas otras que percibe como inmutables; y que, subiendo desde las apariencias corporales hasta la mente del hombre, y hallando que ésta también es mudable (pues a veces es instruida, a veces ignorante), aunque ocupa un lugar medio entre la verdad inmutable que está sobre ella y las cosas mudables que están debajo de ella, no se esfuerza en hacer que todas las cosas redunden en alabanza y amor del único Dios, de quien sabe que todas las cosas tienen su ser; — el hombre, digo, que así procede puede parecer docto, pero sabio en modo alguno puede ser tenido.