Tras haber completado su exposición de las cosas, el autor pasa ahora a tratar el tema de los signos. Primero define qué es un signo y muestra que hay dos clases de signos, los naturales y los dados. De los signos dados (que son los únicos que aquí se tratan), las palabras son los más numerosos e importantes, y aquellos con los que se ocupa principalmente el intérprete de la Escritura. Las dificultades y oscuridades de la Escritura provienen sobre todo de dos fuentes: los signos desconocidos y los ambiguos. Este libro se ocupa únicamente de los signos desconocidos, dejando las ambigüedades del lenguaje para el libro siguiente. La dificultad que nace de la ignorancia de los signos se supera mediante el aprendizaje de las lenguas griega y hebrea, en que la Escritura está escrita, comparando las diversas versiones y atendiendo al contexto. En la interpretación de las expresiones figuradas, el conocimiento de las cosas es tan necesario como el de las palabras; y las diversas ciencias y artes de los paganos, en la medida en que son verdaderas y útiles, pueden aprovecharse para remediar nuestra ignorancia de los signos, ya sean estos propios o figurados. Al mismo tiempo que expone la necedad y vanidad de muchas supersticiones y prácticas paganas, el autor muestra cómo todo lo sano y útil de su ciencia y filosofía puede convertirse en uso cristiano. Y por último, indica el espíritu con que nos conviene acercarnos al estudio y la interpretación de los libros sagrados.
II, 1, 1
1. Así como cuando escribía acerca de las cosas, introduje el tema advirtiendo que no se atendiera a otra cosa que a lo que son en sí mismas, aunque sean signos de otra cosa, así ahora, cuando me toca tratar de los signos, doy esta instrucción: no atender a lo que son en sí mismos, sino al hecho de que ellos son signos, es decir, a lo que significan. Porque un signo es una cosa que, además de la impresión que produce en los sentidos, hace que otra cosa venga a la mente como consecuencia de sí misma: como cuando vemos una huella, concluimos que un animal cuya huella es esta ha pasado por allí; y cuando vemos humo, sabemos que hay fuego debajo; y cuando oímos la voz de un hombre vivo, pensamos en el sentimiento de su mente; y cuando suena la trompeta, los soldados saben que han de avanzar o retirarse, o hacer cualquier otra cosa que el estado de la batalla requiera.
II, 1, 2
2. Ahora bien, unos signos son naturales y otros dados. Los signos naturales son aquellos que, sin intención ni deseo alguno de usarlos como signos, conducen sin embargo al conocimiento de otra cosa, como, por ejemplo, el humo cuando indica fuego. Pues no es por intención de hacerlo signo que lo es, sino que por la atención a la experiencia llegamos a saber que hay fuego debajo, aun cuando no se vea más que humo. Y la huella de un animal que pasa pertenece a esta clase de signos. Y el semblante de un hombre airado o triste indica el sentimiento de su mente, independientemente de su voluntad; y de la misma manera cualquier otra emoción del ánimo es delatada por el semblante revelador, aunque nada hagamos con intención de darla a conocer. Esta clase de signos, sin embargo, no entra en mi propósito discutirla por ahora. Pero como cae dentro de esta división del tema, no he podido pasarla por alto del todo. Bastará con haberla notado hasta aquí.
II, 2, 3
3. Los signos dados, por otra parte, son aquellos que los seres vivos intercambian entre sí con el fin de mostrar, en la medida que pueden, los sentimientos de su mente, o sus percepciones, o sus pensamientos. Y no hay ninguna razón para dar un signo, fuera del deseo de extraer y llevar a la mente de otro lo que el que da el signo tiene en la suya. Queremos, pues, considerar y discutir esta clase de signos en lo que toca a los hombres, porque aun los signos que nos han sido dados por Dios, y que se hallan contenidos en las Santas Escrituras, nos fueron dados a conocer por medio de hombres — a saber, por aquellos que escribieron las Escrituras. También las bestias tienen entre sí ciertos signos mediante los cuales dan a conocer los deseos de su ánimo. Pues cuando el gallo ha descubierto el alimento, avisa con su voz a la gallina para que corra hacia él; y la paloma, arrullando, llama a su pareja, o es llamada por ella a su vez; y muchos signos de esta misma clase son cosa de observación común. Ahora bien, si estos signos, como la expresión o el grito de un hombre en su dolor, siguen el movimiento del ánimo instintivamente y sin propósito alguno, o si son usados realmente con el propósito de significar, es otra cuestión, y no pertenece al asunto de que tratamos. Y esta parte del asunto la excluyo del alcance de esta obra por no ser necesaria para mi objeto presente.
II, 3, 4
4. De los signos, pues, mediante los cuales los hombres se comunican sus pensamientos unos a otros, algunos se refieren al sentido de la vista, otros al del oído, muy pocos a los demás sentidos. Porque cuando asentimos con la cabeza, no damos signo alguno sino a los ojos de aquel a quien por este signo queremos dar a conocer nuestro deseo. Y algunos por el movimiento de las manos transmiten mucho: y los actores, por los movimientos de todos sus miembros, dan ciertos signos a los iniciados, y, por así decirlo, dirigen su conversación a los ojos; y los estandartes y banderas militares transmiten por los ojos la voluntad de los jefes. Y todos estos signos son, como quien dice, cierta especie de palabras visibles. Los signos que se dirigen al oído son, como he dicho, más numerosos, y en su mayor parte consisten en palabras. Pues aunque la trompeta, la flauta y la lira muchas veces producen no sólo un sonido dulce, sino también significativo, sin embargo todos estos signos son muy pocos en número comparados con las palabras. Porque entre los hombres las palabras han obtenido con mucho el principal lugar como medio de indicar los pensamientos del ánimo. Nuestro Señor, es verdad, dio un signo por el olor del ungüento que fue derramado sobre sus pies; y en el sacramento de su cuerpo y sangre significó su voluntad por el sentido del gusto; y cuando al tocar el borde de su vestidura la mujer quedó sana, el acto no careció de significación. Pero la innumerable multitud de los signos por los cuales los hombres expresan sus pensamientos consiste en palabras. Porque yo he podido reducir a palabras todos aquellos signos, cuyas varias clases he mencionado brevemente, pero de ninguna manera podría yo expresar las palabras mediante aquellos signos.
II, 4, 5
5. Pero como las palabras pasan tan pronto como hieren el aire, y no duran más que su sonido, los hombres han formado, por medio de las letras, signos de las palabras. Así los sonidos de la voz se hacen visibles al ojo, no ciertamente como sonidos, sino por medio de ciertos signos. Mas no ha sido posible hacer comunes a todas las naciones esos signos, a causa del pecado de discordia entre los hombres, que nace de que cada uno intenta arrebatar para sí el primer lugar. Y aquella célebre torre que fue edificada para llegar hasta el cielo fue un indicio de esta arrogancia de espíritu; y los hombres impíos que en ella tomaron parte merecieron justamente el castigo de que no solo sus mentes, sino también sus lenguas, fueran sumidas en confusión y discordancia.
II, 5, 6
6. Y de aquí sucedió que aun la Santa Escritura, que trae un remedio para las terribles enfermedades de la voluntad humana, habiendo sido primeramente expuesta en una sola lengua, por medio de la cual pudiera en el momento oportuno difundirse por todo el mundo, fue interpretada a diversas lenguas, y se extendió por todas partes, y así llegó a ser conocida de las naciones para su salvación. Y al leerla, los hombres no buscan otra cosa que descubrir el pensamiento y la voluntad de aquellos por quienes fue escrita, y por medio de estos descubrir la voluntad de Dios, conforme a la cual creen que aquellos hombres hablaron.
II, 6, 7
7. Pero los lectores apresurados y descuidados son extraviados por muchas y diversas obscuridades y ambigüedades, sustituyendo un sentido por otro; y en algunos lugares no pueden dar con una interpretación siquiera aceptable. Algunas expresiones son tan oscuras que envuelven el sentido en la más densa oscuridad. Y no dudo que todo esto fue divinamente dispuesto para domar la soberbia con el trabajo, y para prevenir la saciedad del entendimiento, el cual suele tener en poco lo que se descubre sin dificultad. Porque, pregunto, ¿cómo es que si alguien dice que hay varones santos y justos, cuya vida y conversación usa la Iglesia de Cristo como medio para redimir a los que a ella vienen de toda suerte de supersticiones, y para hacerlos, mediante la imitación de los buenos, miembros de su propio cuerpo; varones que, como buenos y fieles siervos de Dios, han llegado a la fuente bautismal deponiendo las cargas del mundo, y que saliendo de allí, por la infusión del Espíritu Santo, dan el fruto de un doble amor, esto es, amor de Dios y del prójimo; — ¿cómo es, digo, que si uno dice esto, no agrada tanto a su oyente como cuando extrae el mismo sentido de aquel pasaje del Cantar de los Cantares, donde se dice de la Iglesia, al ser alabada bajo la figura de una mujer hermosa: "Tus dientes son como un rebaño de ovejas trasquiladas que suben del lavadero, todas paren mellizos, y ninguna hay estéril entre ellas"? ¿Aprende el oyente algo más que cuando escucha el mismo pensamiento expresado en el lenguaje más llano, sin el auxilio de esta figura? Y sin embargo, no sé por qué, siento mayor placer en contemplar a los santos varones cuando los veo como los dientes de la Iglesia, arrancando a los hombres de sus errores y trayéndolos al cuerpo de la Iglesia, suavizada toda su aspereza, como si hubieran sido desgarrados y masticados por los dientes. También con sumo placer los reconozco bajo la figura de ovejas trasquiladas, que deponen las cargas del mundo como vellones, y suben del lavadero, esto es, del bautismo, y todas paren mellizos, es decir, los dos mandamientos del amor, y ninguna hay estéril en aquel santo fruto.
II, 6, 8
8. Pero por qué los contemplo con mayor deleite bajo ese aspecto que si ninguna figura semejante se hubiera sacado de los libros sagrados, aunque el hecho seguiría siendo el mismo y el conocimiento el mismo, es otra cuestión, y muy difícil de responder. Nadie, sin embargo, duda de los hechos: que en algunos casos es más agradable recibir el conocimiento por medio de figuras, y que lo que se busca con dificultad produce mayor placer al encontrarlo. — Porque los que buscan y no hallan padecen hambre. Y los que ni siquiera buscan, porque tienen a mano lo que necesitan, a menudo languidecen por la saciedad. Ahora bien, la debilidad proveniente de una u otra causa debe evitarse. Por eso el Espíritu Santo, con admirable sabiduría y cuidado de nuestro bien, ha dispuesto las Santas Escrituras de tal modo que con los pasajes más claros satisface nuestra hambre, y con los más oscuros estimula nuestro apetito. Porque casi nada se extrae de aquellos pasajes oscuros que no pueda hallarse expuesto en el lenguaje más llano en otra parte.
Cap. 7. Pasos hacia la sabiduría: primero, temor; segundo, piedad; tercero, conocimiento; cuarto, fortaleza; quinto, consejo; sexto, purificación del corazón; séptimo, detención o término, sabiduría
II, 7, 9
9. Ante todo, pues, es necesario que seamos guiados por el temor de Dios a buscar el conocimiento de su voluntad, lo que Él nos manda desear y lo que evitar. Ahora bien, este temor excitará necesariamente en nosotros el pensamiento de nuestra mortalidad y de la muerte que tenemos delante, y crucificará todos los movimientos de soberbia como si nuestra carne estuviera clavada en el madero. Luego es necesario tener nuestros corazones subyugados por la piedad, y no oponernos a la Santa Escritura, ya sea cuando, entendida, reprende algunos de nuestros pecados, o cuando, no entendida, sintamos como si pudiéramos ser más sabios y dar nosotros mejores mandatos. Debemos más bien pensar y creer que cuanto allí está escrito, aunque esté oculto, es mejor y más verdadero que cualquier cosa que pudiéramos idear por nuestra propia sabiduría.
II, 7, 10
10. Después de estos dos pasos de temor y piedad, llegamos al tercer paso, el conocimiento, del cual me he propuesto ahora tratar. Pues en este se ejercita todo estudiante diligente de las Santas Escrituras, para no hallar en ellas otra cosa sino que Dios ha de ser amado por sí mismo, y el prójimo por Dios; y que Dios ha de ser amado con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, y al prójimo como a uno mismo — es decir, de tal manera que todo nuestro amor al prójimo, como todo nuestro amor a nosotros mismos, tenga referencia a Dios. Y sobre estos dos mandamientos toqué en el libro anterior cuando trataba acerca de las cosas. Es necesario, pues, que cada hombre halle ante todo en las Escrituras que él, por estar enredado en el amor de este mundo — es decir, de las cosas temporales —, ha sido arrastrado muy lejos de aquel amor a Dios y de aquel amor al prójimo que la Escritura prescribe. Entonces aquel temor que le lleva a pensar en el juicio de Dios, y aquella piedad que no le deja otra opción sino creer en la autoridad de la Escritura y someterse a ella, le obligan a llorar su condición. Porque el conocimiento de una buena esperanza no hace al hombre jactancioso, sino apesadumbrado. Y en este estado de ánimo implora con incesantes oraciones el consuelo del auxilio divino para no ser abrumado por la desesperación, y así llega gradualmente al cuarto paso — es decir, la fortaleza y la resolución —, en el cual tiene hambre y sed de justicia. Pues en este estado de ánimo se libra de toda forma de gozo mortal en las cosas transitorias, y apartándose de estas, fija su afecto en las cosas eternas, a saber, la Trinidad inmutable en la unidad.
II, 7, 11
11. Y cuando, en la medida de sus fuerzas, ha contemplado este objeto que resplandece de lejos, y ha sentido que, por la debilidad de su vista, no puede soportar aquella luz incomparable, entonces en el quinto paso — es decir, en el consejo de compasión — limpia su alma, que está violentamente agitada y le perturba con bajos deseos, de la inmundicia que ha contraído. Y en esta etapa se ejercita diligentemente en el amor del prójimo; y cuando ha llegado al punto de amar a su enemigo, lleno de esperanzas y con fortaleza inquebrantable, asciende al sexto paso, en el cual purifica el ojo mismo que puede ver a Dios, en la medida en que Dios puede ser visto por aquellos que, en lo posible, mueren a este mundo. Pues los hombres le ven justamente en la medida en que mueren a este mundo; y en la medida en que viven para él, no le ven. Pero, aunque aquella luz comience a aparecer más clara, y no solo más tolerable, sino aun más deleitable, todavía se dice que vemos como en un espejo, oscuramente, porque andamos por fe, no por vista, mientras seguimos peregrinando como extranjeros en este mundo, aunque nuestra conversación esté en el cielo. Y en esta etapa también, el hombre purga de tal modo el ojo de sus afectos que no antepone a su prójimo a la verdad, ni siquiera lo compara con ella, y por tanto no se antepone a sí mismo, porque no antepone a aquel a quien ama como a sí mismo. En consecuencia, aquel varón santo será tan sencillo y tan puro de corazón, que no se apartará de la verdad, ni por agradar a los hombres ni con miras a evitar ninguna de las molestias que acosan esta vida. Tal hijo asciende a la sabiduría, que es el séptimo y último paso, y que goza en paz y tranquilidad. Porque el temor de Dios es el principio de la sabiduría. Desde aquel principio, pues, hasta que alcancemos la sabiduría misma, nuestro camino es por los pasos ahora descritos.
II, 8, 12
12. Pero volvamos ahora a considerar el tercer paso aquí mencionado, pues acerca de él me he propuesto hablar y razonar según el Señor me conceda sabiduría. El intérprete más hábil de los escritos sagrados, pues, será aquel que en primer lugar los haya leído todos y los tenga retenidos en su conocimiento, si no todavía con plena comprensión, al menos con aquel conocimiento que da la lectura — al menos de aquellos que se llaman canónicos. Porque leerá los otros con mayor seguridad cuando esté edificado en la creencia de la verdad, de modo que no se apoderen primero de una mente débil, ni, engañándola con peligrosas falsedades y engaños, la llenen de prejuicios contrarios a un sano entendimiento. Ahora bien, en cuanto a las Escrituras canónicas, debe seguir el juicio del mayor número de iglesias católicas; y entre estas, por supuesto, ha de darse un lugar preeminente a aquellas que han sido tenidas por dignas de ser sede de un apóstol y de recibir epístolas. Por consiguiente, entre las Escrituras canónicas juzgará según la siguiente norma: preferir aquellas que son recibidas por todas las iglesias católicas a aquellas que algunas no reciben. Entre aquellas, a su vez, que no son recibidas por todas, preferirá las que tienen la sanción del mayor número y las de mayor autoridad, a las que son tenidas por el menor número y las de menor autoridad. Si, no obstante, hallare que algunos libros son tenidos por el mayor número de iglesias, y otros por las iglesias de mayor autoridad (aunque no es cosa muy probable que suceda), pienso que en tal caso la autoridad de ambas partes ha de ser considerada como igual.
II, 8, 13
13. Ahora bien, todo el canon de la Escritura sobre el cual decimos que ha de ejercerse este juicio, está contenido en los siguientes libros: — Cinco libros de Moisés, a saber, Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio; un libro de Josué hijo de Nun; uno de los Jueces; un breve libro llamado Rut, que parece más bien pertenecer al comienzo de los Reyes; luego, cuatro libros de los Reyes, y dos de las Crónicas — estos últimos no se suceden uno a otro, sino que corren paralelos, por así decirlo, y recorren el mismo terreno. Los libros hasta aquí mencionados son históricos, y contienen una narración continua de los tiempos, siguiendo el orden de los sucesos. Hay otros libros que no parecen seguir orden regular alguno, y no están enlazados ni con el orden de los libros precedentes ni entre sí, como Job, Tobías, Ester, Judit, los dos libros de los Macabeos y los dos de Esdras, los cuales más bien parecen una continuación de la historia continua y regular que termina con los libros de los Reyes y las Crónicas. Siguen los Profetas, entre los cuales hay un libro de los Salmos de David, y tres libros de Salomón, a saber: Proverbios, Cantar de los Cantares y Eclesiastés. Pues dos libros, uno llamado Sabiduría y el otro Eclesiástico, se atribuyen a Salomón por cierta semejanza de estilo, pero la opinión más probable es que fueron escritos por Jesús hijo de Sirac. Con todo, han de ser contados entre los libros proféticos, ya que han alcanzado reconocimiento como autoritativos. Los restantes son los libros que propiamente se llaman Profetas: doce libros separados de los profetas que están enlazados entre sí, y que nunca han sido separados, se cuentan como un solo libro; los nombres de estos profetas son los siguientes: — Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías; luego están los cuatro profetas mayores: Isaías, Jeremías, Daniel, Ezequiel. La autoridad del Antiguo Testamento está contenida dentro de los límites de estos cuarenta y cuatro libros. La del Nuevo Testamento, a su vez, está contenida en los siguientes: — Cuatro libros del Evangelio, según Mateo, según Marcos, según Lucas, según Juan; catorce epístolas del Apóstol Pablo: una a los Romanos, dos a los Corintios, una a los Gálatas, a los Efesios, a los Filipenses, dos a los Tesalonicenses, una a los Colosenses, dos a Timoteo, una a Tito, a Filemón, a los Hebreos; dos de Pedro; tres de Juan; una de Judas; y una de Santiago; un libro de los Hechos de los Apóstoles; y uno del Apocalipsis de Juan.
Comentario editorial · El canon de Agustín y los concilios africanos
La lista coincide con el canon que aprobó el sínodo de Hipona de 393 y que reafirmó el concilio de Cartago del 28 de agosto de 397, al que asistió Agustín; Wikipedia la da por idéntica a la de Cartago y no descarta que él influyera en esa decisión. Incluye Tobías, Judit, los dos libros de los Macabeos, la Sabiduría y el Eclesiástico, que el catolicismo llama deuterocanónicos y el protestantismo apócrifos. Las fuentes no coinciden en todo: Wikipedia recoge la opinión de Lee Martin McDonald de que el Apocalipsis no entró en la lista africana hasta 419. Los cuarenta y cuatro libros salen si se cuentan por separado los doce profetas menores (cuenta del editor). Los «dos de Esdras» son Esdras y Nehemías según la nota del NPNF; Wikipedia advierte que en la Septuaginta y la Vetus Latina podían ser Esdras-Nehemías y el llamado 1 Esdras.
Comentario editorial · Dos correcciones de las Retractaciones
Unos treinta años después, Agustín corrigió dos frases de este pasaje (Retractaciones II, 4, citadas en la nota introductoria del NPNF). La Sabiduría no es, como aquí se dice, obra probable de Jesús hijo de Sirac, autor del Eclesiástico: «he averiguado que es en todo más probable que no fuera él el autor de este libro». Y al decir que la autoridad del «Antiguo Testamento» se contiene en cuarenta y cuatro libros usó el nombre según el uso eclesiástico, mientras que el apóstol parece reservarlo a la ley dada en el monte Sinaí (la nota del NPNF remite a ). Ninguna de las dos correcciones cambia la lista.
II, 9, 14
14. En todos estos libros buscan la voluntad de Dios los que temen a Dios y son de disposición mansa y piadosa. Y en esta búsqueda la primera regla que se ha de observar es, como dije, conocer estos libros, si no todavía con el entendimiento, al menos leerlos hasta aprenderlos de memoria, o por lo menos hasta no quedarse del todo ignorante de ellos. Luego, las materias que en ellos se exponen con claridad, ya sean reglas de vida o reglas de fe, han de investigarse con mayor cuidado y diligencia; y cuantas más descubre uno, tanta mayor capacidad adquiere su entendimiento. Porque entre las cosas que se exponen claramente en la Escritura se hallan todas las que atañen a la fe y al modo de vida — a saber, la esperanza y amor, de los cuales he hablado en el libro anterior. Después de esto, cuando nos hayamos familiarizado hasta cierto punto con el lenguaje de la Escritura, podremos pasar a desentrañar e investigar los pasajes oscuros, y al hacerlo tomar ejemplos de las expresiones más claras para arrojar luz sobre las más oscuras, y usar el testimonio de pasajes acerca de los cuales no hay duda para eliminar toda vacilación respecto a los pasajes dudosos. Y en esto la memoria cuenta mucho; pero si la memoria falla, ninguna regla puede suplir esa falta.
II, 10, 15
15. Ahora bien, dos causas impiden que lo escrito sea entendido: el estar velado bajo signos desconocidos o bajo signos ambiguos. Los signos son o propios o figurados. Se llaman propios cuando se usan para señalar los objetos para los cuales fueron instituidos, como cuando decimos bos para significar un buey, porque todos los que con nosotros usan la lengua latina lo llaman por este nombre. Los signos son figurados cuando las cosas mismas que indicamos con los nombres propios se usan para significar otra cosa, como cuando decimos bos, y entendemos por esa sílaba el buey, que ordinariamente es llamado por ese nombre; pero luego, además, por ese buey entendemos un predicador del evangelio, según lo que significa la Escritura, conforme a la explicación del apóstol, cuando dice: "No pondrás bozal al buey que trilla."
Cap. 11. Conocimiento de las lenguas, especialmente del griego y del hebreo, necesario para remover la ignorancia de los signos
II, 11, 16
16. El gran remedio para la ignorancia de los signos propios es el conocimiento de las lenguas. Y los hombres que hablan la lengua latina, entre los cuales están aquellos a quienes me he propuesto instruir, necesitan otras dos lenguas para el conocimiento de la Escritura: el hebreo y el griego, para que puedan recurrir a los textos originales si la infinita diversidad de los traductores latinos los arroja a la duda. Aunque, ciertamente, a menudo encontramos palabras hebreas sin traducir en los libros, como por ejemplo, Amén, Aleluya, Raca, Hosanna, y otras de la misma clase. Algunas de éstas, aunque podrían haberse traducido, se han conservado en su forma original a causa de la autoridad más sagrada que se les atribuye, como por ejemplo, Amén y Aleluya. Otras, a su vez, se dice que son intraducibles a otra lengua, de las cuales las otras dos que he mencionado son ejemplos. Pues en algunas lenguas hay palabras que no pueden traducirse al idioma de otra lengua. Y esto sucede principalmente en el caso de las interjecciones, que son palabras que expresan más bien una emoción del ánimo que una parte de algún pensamiento que tengamos en la mente. Y las dos mencionadas arriba se dice que son de esta clase: Raca expresa el grito de un hombre airado, Hosanna el de un hombre gozoso. Pero el conocimiento de estas lenguas es necesario, no por causa de unas pocas palabras como éstas, que es muy fácil señalar y preguntar, sino, como se ha dicho, a causa de las diversidades entre los traductores. Pues las traducciones de las Escrituras del hebreo al griego pueden contarse, pero los traductores latinos son innumerables. Porque en los primeros días de la fe, todo hombre que lograba poner sus manos sobre un manuscrito griego, y que pensaba que tenía algún conocimiento, por pequeño que fuera, de las dos lenguas, se aventuraba a la obra de la traducción.
II, 12, 17
17. Y esta circunstancia ayudaría más bien que estorbaría la comprensión de la Escritura, si tan sólo los lectores no fueran descuidados. Porque el examen de muchos textos ha arrojado a menudo luz sobre algunos de los pasajes más oscuros; por ejemplo, en aquel pasaje del profeta Isaías, un traductor lee: "Y no desprecies a los domésticos de tu simiente"; otro lee: "Y no desprecies tu propia carne". Cada uno de éstos confirma al otro a su vez. Pues el uno se explica por el otro; porque "carne" puede tomarse en su sentido literal, de modo que un hombre entienda que se le amonesta a no despreciar su propio cuerpo; y "los domésticos de tu simiente" puede entenderse figuradamente de los cristianos, porque ellos han nacido espiritualmente de la misma simiente que nosotros, a saber, el Verbo. Ahora bien, cuando se compara el sentido de los dos traductores, se sugiere un sentido más probable de las palabras, a saber, que el mandato es no despreciar a nuestros parientes, porque cuando uno pone la expresión "domésticos de tu simiente" en relación con "carne", los parientes acuden de la manera más natural a la mente. De donde, pienso yo, aquella expresión del apóstol, cuando dice: "Si en alguna manera provocase a celos a los que son mi carne, y salvase a algunos de ellos"; esto es, que por la emulación de los que habían creído, algunos de ellos creyeran también. Y él llama a los judíos su "carne", a causa del parentesco de sangre. De nuevo, aquel pasaje del mismo profeta Isaías: "Si no creyereis, no entenderéis", otro ha traducido: "Si no creyereis, no permaneceréis". Ahora bien, cuál de éstas es la traducción literal no puede averiguarse sin consultar el texto en la lengua original. Y sin embargo, para los que leen con conocimiento, una gran verdad se halla en cada una. Pues es difícil que los intérpretes difieran tanto que no coincidan en algún punto. Por consiguiente, aquí, como el entendimiento consiste en la vista, y es permanente, pero la fe nos alimenta como a niños, con leche, en las cunas de las cosas temporales (porque ahora andamos por fe, no por vista); como, además, a menos que andemos por fe, no alcanzaremos la vista, que no pasa, sino que permanece, purificándose nuestro entendimiento al aferrarnos a la verdad; — por estas razones uno dice: "Si no creyereis, no entenderéis"; pero el otro: "Si no creyereis, no permaneceréis".
II, 12, 18
18. Y muy a menudo un traductor, a quien el sentido no le es bien conocido, es engañado por una ambigüedad en la lengua original, y da al pasaje una construcción que es totalmente ajena al sentido del escritor. Como por ejemplo, algunos textos leen: "Sus pies son agudos para derramar sangre"; porque la palabra ὁζύς entre los griegos significa tanto agudo como veloz. Y así vio el verdadero sentido quien tradujo: "Sus pies son veloces para derramar sangre". El otro, tomando el sentido equivocado de una palabra ambigua, cayó en error. Ahora bien, traducciones como ésta no son oscuras, sino falsas; y hay una gran diferencia entre las dos cosas. Pues debemos aprender no a interpretar, sino a corregir textos de esta clase. Por la misma razón sucede que, como la palabra griega ηόσχος significa becerro, algunos no han entendido que μοσχεύματα son renuevos de árboles, y han traducido la palabra "becerros"; y este error se ha deslizado en tantos textos, que apenas se puede hallar escrito de otra manera. Y sin embargo, el sentido es muy claro; pues se hace evidente por las palabras que siguen. Porque "las plantaciones de un adúltero no echarán raíces profundas", es una forma de expresión más adecuada que la de "becerros"; porque éstos andan sobre la tierra con sus pies, y no están fijos en la tierra por raíces. En este pasaje, ciertamente, el resto del contexto justifica también esta traducción.
II, 13, 19
19. Mas como no vemos con claridad cuál sea el pensamiento real que los diversos traductores se esfuerzan por expresar, cada uno según su propia capacidad y juicio, a menos que lo examinemos en la lengua de la cual traducen; y como el traductor, si no es hombre muy docto, se aparta a menudo del sentido de su autor, debemos o bien esforzarnos por adquirir conocimiento de aquellas lenguas de las que las Escrituras han sido traducidas al latín, o bien procurarnos las traducciones de quienes se mantienen bastante cerca de la letra del original; no porque éstas sean suficientes, sino porque podemos usarlas para corregir la libertad o el error de otros que, en sus traducciones, han optado por seguir el sentido tanto como las palabras. Pues no sólo palabras sueltas, sino a menudo frases enteras se traducen, las cuales no podrían traducirse en modo alguno al idioma latino por nadie que quisiera atenerse al uso de los antiguos que hablaron latín. Y aunque éstas a veces no impiden la comprensión del pasaje, sin embargo resultan ofensivas a quienes sienten mayor deleite en las cosas cuando aun los signos de esas cosas se conservan en su propia pureza. Pues lo que se llama solecismo no es otra cosa que la unión de palabras según una regla distinta de la que siguieron aquellos de nuestros predecesores que hablaron con alguna autoridad. Pues decir inter homines (entre hombres) o inter hominibus, no tiene consecuencia alguna para quien sólo desea conocer los hechos. Y del mismo modo, ¿qué es un barbarismo sino la pronunciación de una palabra de manera distinta de aquella en que la pronunciaron los que antes de nosotros hablaron latín? Pues si la palabra ignoscere (perdonar) debe pronunciarse con la tercera sílaba larga o breve, no es asunto de mucha importancia para el hombre que está suplicando a Dios, de cualquier manera que logre articular las palabras, que le perdone sus pecados. ¿Qué es, pues, la pureza del hablar, sino la conservación de la costumbre de la lengua, establecida por la autoridad de los hablantes anteriores?
II, 13, 20
20. Y los hombres se ofenden fácilmente en una materia de esta índole, precisamente en la medida en que son débiles; y son débiles precisamente en la medida en que desean parecer doctos, no en el conocimiento de las cosas que tienden a la edificación, sino en el de los signos, por los cuales es difícil no envanecerse, visto que aun el conocimiento de las cosas haría erguir a menudo nuestra cerviz, si no la tuviera sujeta el yugo de nuestro Maestro. Pues ¿cómo impide a nuestro entendimiento que el pasaje siguiente esté expresado de este modo: "Quæ est terra in qua isti insidunt super eam, si bona est an nequam; et quæ sunt civitates, in quibus ipsi inhabitant in ipsis?" Y estoy más inclinado a pensar que esto es simplemente el modismo de otra lengua, que a creer que se pretende en él un sentido más profundo. De nuevo, aquella frase que ya no podemos quitar de los labios del pueblo que la canta: "Super ipsum autem floriet sanctificatio mea", ciertamente no quita nada al sentido. Sin embargo, un hombre más docto preferiría que se corrigiera y que dijéramos no floriet, sino florebit. Ni nada se opone a que se haga la corrección, salvo el uso de los cantores. Errores de esta clase, pues, si un hombre no elige evitarlos del todo, pueden tratarse con indiferencia, por no impedir una recta comprensión. Pero tómese, por otra parte, el dicho del apóstol: "Quod stultum est Dei, sapientius est hominibus, et quod infirmum est Dei, fortius est hominibus." Si alguno retuviera en este pasaje el modismo griego y dijera: "Quod stultum est Dei, sapientius est hominum et quod infirmum est Dei fortius est hominum", un lector rápido y atento alcanzaría ciertamente con esfuerzo el verdadero sentido, pero aun así un hombre de inteligencia más lenta, o no lo entendería en absoluto, o le daría una interpretación totalmente falsa. Porque no sólo es defectuosa tal forma de hablar en la lengua latina, sino que es también ambigua, como si el sentido pudiera ser que la necedad de los hombres o la debilidad de los hombres es más sabia o más fuerte que la de Dios. Mas en verdad aun la expresión sapientius est hominibus (más fuerte que los hombres) no está libre de ambigüedad, aunque esté libre de solecismo. Pues si hominibus está puesto como plural dativo o como plural ablativo, no aparece, a menos que se atienda al sentido. Sería mejor, pues, decir sapientius est quam homines y fortius est quam homines.
II, 14, 21
21. Acerca de los signos ambiguos, sin embargo, hablaré después. Por ahora trato de los signos desconocidos, de los cuales, en lo que a las palabras se refiere, hay dos clases. Porque o una palabra o un modismo, que el lector desconoce, le hace detenerse. Ahora bien, si éstos pertenecen a lenguas extrañas, debemos o hacer averiguaciones sobre ellos a hombres que hablan esas lenguas, o, si tenemos tiempo, aprender nosotros mismos las lenguas, o consultar y comparar varios intérpretes. Empero, si hay palabras o modismos en nuestra propia lengua que desconocemos, gradualmente llegamos a conocerlos mediante la costumbre de leerlos u oírlos. Nada hay que sea mejor encomendar a la memoria que aquellas clases de palabras y locuciones cuyo significado ignoramos, de modo que cuando por casualidad encontremos o a un hombre más docto a quien podamos preguntar, o un pasaje que muestre, ya por el contexto que precede o por el que sigue, o por ambos, la fuerza y el significado de la locución que ignoramos, podamos fácilmente, con la ayuda de nuestra memoria, volver nuestra atención al asunto y aprender todo acerca de él. Tan grande, empero, es la fuerza de la costumbre, aun en lo tocante al aprendizaje, que aquellos que han sido en cierta manera criados y educados en el estudio de la Santa Escritura, se sorprenden de otras formas de hablar, y las tienen por latín menos puro que aquellas que han aprendido de la Escritura, pero que no se hallan en los autores latinos. En esta materia también, el gran número de los intérpretes presta una grandísima ayuda, si se examinan y discuten con una cuidadosa comparación de sus textos. Sólo que ha de removerse todo error positivo. Porque aquellos que están ansiosos por conocer las Escrituras deben, en primer lugar, utilizar su destreza en la corrección de los textos, de suerte que los no corregidos cedan el lugar a los corregidos, al menos cuando son copias de la misma traducción.
II, 15, 22
22. Ahora bien, entre las traducciones mismas, la Itálica (Itala) ha de preferirse a las demás, porque se ciñe más a las palabras sin menoscabo de la claridad de la expresión. Y para corregir el latín debemos usar las versiones griegas, entre las cuales la autoridad de la Septuaginta es preeminente en lo que al Antiguo Testamento se refiere; pues se cuenta por todas las iglesias más doctas que los setenta traductores gozaron de tal presencia y poder del Espíritu Santo en su labor de traducción, que entre aquel número de hombres no hubo sino una sola voz. Y si, como se cuenta, y como afirman muchos no indignos de crédito, estuvieron separados durante la labor de traducción, cada uno en una celda por sí mismo, y sin embargo nada se halló en el manuscrito de ninguno de ellos que no se hallase en las mismas palabras y en el mismo orden de palabras en todos los demás, ¿quién osa poner algo en comparación con una autoridad como ésta, por no decir preferirle algo? Y aun si conferenciaron entre sí, de modo que de la labor y el juicio común de todos ellos brotó un acuerdo unánime; aun así, no sería recto ni conveniente que hombre alguno, por mucha que sea su experiencia, aspire a corregir la opinión unánime de muchos varones venerables y doctos. Por lo cual, aun si algo se halla en el original hebreo en forma distinta de aquella en que estos varones lo expresaron, pienso que debemos ceder a la dispensación de la Providencia que se sirvió de estos hombres para lograr que los libros que la raza judía no quería, ya por escrúpulo religioso ya por celos, dar a conocer a otras naciones, fueran, con la ayuda del poder del rey Tolomeo, dados a conocer con tanta antelación a las naciones que en el futuro habían de creer en el Señor. Y así es posible que tradujeran de la manera que el Espíritu Santo, que obraba en ellos y les había dado a todos una sola voz, juzgó más conveniente para los gentiles. Pero no obstante, como dije antes, la comparación de aquellos traductores también que se han ceñido más estrechamente a las palabras, a menudo no carece de valor como ayuda para esclarecer el sentido. Los textos latinos, pues, del Antiguo Testamento, como iba a decir, han de corregirse, si es necesario, por la autoridad de los griegos, y especialmente por la de aquellos que, aunque fueron setenta en número, se dice que tradujeron como con una sola voz. En cuanto a los libros del Nuevo Testamento, por otra parte, si alguna perplejidad surge de las diversidades de los textos latinos, debemos, por supuesto, ceder al griego, especialmente a aquellos que se hallan en las iglesias de mayor doctrina e investigación.
Comentario editorial · La Ítala y la leyenda de los Setenta
Antes de la traducción de Jerónimo circulaban muchas versiones latinas de la Biblia, hoy llamadas en conjunto Vetus Latina; Agustín se queja de su «infinita diversidad» (II, 11, 16). Según Wikipedia, fue él quien dio el nombre de Itala a una familia de esos textos, que los especialistas distinguen de la africana; la nota del NPNF la identifica con la Vetus Latina revisada en el norte de Italia en el siglo IV. El relato de los traductores enviados al rey Tolomeo II procede de la Carta de Aristeas, que habla de setenta y dos, y lo repiten Filón, Josefo y el propio Agustín; el de las celdas separadas y los textos idénticos está, entre las fuentes que cita Wikipedia, en el tratado Megillah del Talmud. Que la versión griega se llame en latín Septuaginta data, según Wikipedia, de la época de Agustín.
Para ampliar: Vetus Latina (Wikipedia (en)) · Septuagint (Wikipedia (en))
Cap. 16. El conocimiento tanto de la lengua como de las cosas es útil para la comprensión de las expresiones figuradas
II, 16, 23
23. En cuanto a los signos figurados, si la ignorancia de alguno de ellos llegare a detener al lector, su significado se rastrea en parte por el conocimiento de las lenguas, en parte por el de las cosas. El estanque de Siloé, por ejemplo, donde el hombre cuyos ojos nuestro Señor había untado con barro hecho de saliva recibió la orden de lavarse, tiene un significado figurado, y sin duda encierra un sentido secreto; pero si el evangelista no hubiera interpretado aquel nombre, un significado tan importante pasaría inadvertido. Y no podemos dudar que, de la misma manera, muchos nombres hebreos que no han sido interpretados por los escritores de aquellos libros, si alguien pudiera interpretarlos, serían de gran valor y utilidad para resolver los enigmas de la Escritura. Y no pocos hombres versados en aquella lengua han prestado no pequeño beneficio a la posteridad explicando todas estas palabras sin referirse a su lugar en la Escritura, y diciéndonos qué significa Adán, qué Eva, qué Abraham, qué Moisés, y también los nombres de los lugares, qué significa Jerusalén, o Sión, o Sinaí, o Líbano, o Jordán, y cualesquiera otros nombres de aquella lengua que desconocemos. Y cuando estos nombres han sido investigados y explicados, muchas expresiones figuradas de la Escritura se vuelven claras.
II, 16, 24
24. La ignorancia de las cosas, también, hace oscuras las expresiones figuradas, como cuando desconocemos la naturaleza de los animales, o de los minerales, o de las plantas, que a menudo son mencionados en la Escritura a modo de comparación. El hecho tan sabido acerca de la serpiente, por ejemplo, de que para proteger su cabeza ofrece todo el cuerpo a sus atacantes — ¡cuánta luz arroja sobre el significado de la orden de nuestro Señor de que seamos prudentes como serpientes; es decir, que por amor de nuestra cabeza, que es Cristo, ofrezcamos de buen grado nuestro cuerpo a los perseguidores, para que la fe cristiana no sea, como si dijéramos, destruida en nosotros, si por salvar el cuerpo negamos a nuestro Dios! O, asimismo, la afirmación de que la serpiente se despoja de su vieja piel comprimiéndose por una abertura estrecha, y adquiere así nuevas fuerzas — ¡qué apropiadamente encaja con la exhortación a imitar la prudencia de la serpiente, y a despojarnos del hombre viejo, como dice el apóstol, para vestirnos del nuevo; y a despojarnos de él, además, pasando por un lugar estrecho, conforme a lo dicho por nuestro Señor: "Entrad por la puerta estrecha". Así, pues, como el conocimiento de la naturaleza de la serpiente ilumina muchas metáforas que la Escritura acostumbra a tomar de aquel animal, así la ignorancia de otros animales, que no son menos frecuentemente mencionados a modo de comparación, es un grandísimo obstáculo para el lector. Y lo mismo en lo tocante a los minerales y a las plantas: el conocimiento del carbunclo, por ejemplo, que brilla en la oscuridad, arroja luz sobre muchos lugares oscuros también en los libros, donde se emplea metafóricamente; y la ignorancia del berilo o del adamante a menudo cierra las puertas del conocimiento. Y la única razón por la que hallamos fácil entender que la paz perpetua está indicada por la rama de olivo que la paloma trajo consigo cuando volvió al arca, es que sabemos tanto que el tacto suave del aceite de oliva no se corrompe fácilmente con un fluido de otra especie, como que el árbol mismo es de hoja perenne. Muchos, a su vez, por causa de su ignorancia del hisopo, no conociendo la virtud que tiene para limpiar los pulmones, ni la fuerza que se dice posee de penetrar las rocas con sus raíces, aunque es una planta pequeña e insignificante, no pueden comprender por qué se dice: "Purifícame con hisopo, y seré limpio".
II, 16, 25
25. La ignorancia de los números, también, nos impide entender cosas que están consignadas en la Escritura de manera figurada y mística. Una mente sincera, si puedo decirlo así, no puede por menos de sentir curiosidad, por ejemplo, por averiguar qué se significa con el hecho de que Moisés y Elías, y nuestro Señor mismo, ayunaron todos durante cuarenta días. Y a no ser por el conocimiento del número y la reflexión sobre él, no puede superarse la dificultad de explicar la figura implicada en esta acción. Porque el número contiene diez cuatro veces, indicando el conocimiento de todas las cosas, y ese conocimiento entretejido con el tiempo. Pues tanto la revolución diurna como la anual se cumplen en períodos de a cuatro cada una; la diurna en las horas de la mañana, el mediodía, la tarde y la noche; la anual en los meses de primavera, verano, otoño e invierno. Ahora bien, mientras vivimos en el tiempo, debemos abstenernos y ayunar de todo gozo en el tiempo, por amor de aquella eternidad en la cual deseamos vivir; aunque por el transcurso mismo del tiempo se nos enseña esta misma lección de despreciar el tiempo y buscar la eternidad. Además, el número diez significa el conocimiento del Creador y de la criatura, porque hay trinidad en el Creador; y el número siete indica la criatura, a causa de la vida y del cuerpo. Pues la vida consta de tres partes, por lo cual también Dios ha de ser amado con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente; y es muy claro que en el cuerpo hay cuatro elementos de los que está compuesto. En este número diez, por tanto, cuando se nos presenta en conexión con el tiempo, es decir, cuando se toma cuatro veces, somos advertidos de vivir sin mancha y sin participar de deleite alguno en el tiempo, esto es, de ayunar por cuarenta días. De esto somos advertidos por la ley personificada en Moisés, por la profecía personificada en Elías, y por nuestro Señor mismo, quien, como recibiendo el testimonio tanto de la ley como de los profetas, apareció en el monte entre los otros dos, mientras sus tres discípulos contemplaban asombrados. A continuación, hemos de inquirir de la misma manera, cómo del número cuarenta brota el número cincuenta, que en nuestra religión no está revestido de una sacralidad común a causa de Pentecostés, y cómo este número tomado tres veces por causa de las tres divisiones del tiempo, antes de la ley, bajo la ley, y bajo la gracia, o quizá por causa del nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y añadiéndose por encima la Trinidad misma, hace referencia al misterio de la santísima Iglesia, y alcanza el número de los ciento cincuenta y tres peces que fueron cogidos después de la resurrección de nuestro Señor, cuando se echaron las redes a la derecha de la barca. Y de la misma manera, muchos otros números y combinaciones de números se usan en las sagradas Escrituras para transmitir instrucción bajo un velo figurado, y la ignorancia de los números a menudo priva al lector de esta instrucción.
II, 16, 26
26. No pocas cosas, también, nos están cerradas y oscurecidas por la ignorancia de la música. Uno, por ejemplo, ha explicado no sin habilidad algunas metáforas por la diferencia entre el salterio y el arpa. Y es una cuestión que no está fuera de lugar que los doctos discutan, si hay alguna ley musical que obligue al salterio de diez cuerdas a tener tantas cuerdas precisamente; o si, no habiendo tal ley, el número mismo no debe por eso considerarse de mayor significación sagrada, ya sea en referencia a los diez mandamientos de la ley (y si de nuevo se suscita alguna cuestión sobre ese número, solo podemos referirlo al Creador y a la criatura), ya sea en referencia al número diez mismo según se interpretó más arriba. Y el número de años que estuvo en construcción el templo, que se menciona en el evangelio — a saber, cuarenta y seis — tiene un cierto sonido musical indefinible, y cuando se refiere a la estructura del cuerpo de nuestro Señor, en relación con el cual se mencionó el templo, obliga a muchos herejes a confesar que nuestro Señor tomó, no un cuerpo falso, sino verdadero y humano. Y en varios lugares de las Santas Escrituras hallamos tanto los números como la música mencionados con honor.