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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEl libro y su plan
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 5 minPrefacio, en el que se muestra que enseñar reglas para la interpretación de la Escritura no es tarea superflua
  4. Sesión 4 · Parte 2 · ≈ 6 minLibro I. Que contiene una visión general de los temas tratados en la santa Escritura
  5. Sesión 5 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 3. Algunas cosas son para uso, otras para goce
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 7. Lo que todos los hombres entienden por el término Dios
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 12. En qué sentido la sabiduría de Dios vino a nosotros
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 17. Cristo, al perdonar nuestros pecados, abrió el camino de regreso a la patria
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 minCap. 23. El hombre no necesita mandamiento para amarse a sí mismo y a su propio cuerpo
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 26. El mandamiento de amar a Dios y al prójimo incluye un mandamiento de amarnos a nosotros mismos
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 30. Si los ángeles han de ser contados entre nuestros prójimos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minCap. 33. De qué manera se debe gozar del hombre
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 5 minCap. 37. Peligros de la interpretación equivocada
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro II
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minCap. 4. Origen de la Escritura
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCap. 8. Los libros canónicos
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCap. 10. Los signos desconocidos o ambiguos impiden que se entienda la Escritura
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCap. 13. Cómo pueden enmendarse las interpretaciones defectuosas
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 10 minCap. 15. Entre las versiones se da preferencia a la Septuaginta y a la Itala
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minCap. 16. El conocimiento tanto de la lengua como de las cosas es útil para la comprensión de las expresiones figuradas
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCap. 17. Origen de la leyenda de las nueve Musas
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 6 minCap. 21. Superstición de los astrólogos
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCap. 23. Por qué repudiamos las artes de adivinación
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 5 minCap. 26. Qué inventos humanos debemos adoptar y cuáles debemos evitar
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCap. 29. Hasta qué punto la ciencia natural es una ayuda exegética
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCap. 32. La validez de la secuencia lógica no es inventada por el hombre, sino solo observada por él
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 5 minCap. 36. Las reglas de la elocuencia son verdaderas, aunque a veces se usen para persuadir a los hombres de lo falso
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCap. 39. A cuál de los estudios arriba mencionados debe prestarse atención, y con qué espíritu
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 6 minCap. 41. Qué clase de espíritu se requiere para el estudio de la santa Escritura
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCap. 2. Regla para eliminar la ambigüedad atendiendo a la puntuación
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minCap. 4. Cómo se resuelven las ambigüedades
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCap. 8. Los judíos liberados de su servidumbre de un modo, los gentiles de otro
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCap. 11. Regla para interpretar las frases que parecen atribuir severidad a Dios y a los santos
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 5 minCap. 13. Mismo tema, continuación
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCap. 17. Algunos mandatos se dan a todos en común, otros a clases particulares
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 8 minCap. 21. David no fue lujurioso, aunque cayó en adulterio
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCap. 26. Los pasajes oscuros se interpretan por los claros
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCap. 30. Las reglas de Ticonio el Donatista examinadas
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 9 minCap. 33. La tercera regla de Ticonio
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 8 minCap. 35. La quinta regla de Ticonio
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 7 minCap. 37. La séptima regla de Ticonio
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCap. 2. Es lícito al doctor cristiano usar el arte de la retórica
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 8 minCap. 4. El deber del doctor cristiano
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 7. Ejemplos de verdadera elocuencia tomados de las epístolas de Pablo y de las profecías de Amós
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 7. Ejemplos de verdadera elocuencia tomados de las epístolas de Pablo y de las profecías de Amós
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 7 minCap. 8. La oscuridad de los escritores sagrados, aunque compatible con la elocuencia, no ha de ser imitada por los doctores cristianos
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 6 minCap. 11. El doctor cristiano debe hablar con claridad, pero no sin elegancia
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCap. 14. La belleza de estilo debe estar en armonía con el asunto
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 10 minCap. 16. Las instrucciones humanas no han de despreciarse, aunque Dios hace al verdadero maestro
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 9 minCap. 19. El doctor cristiano debe usar distintos estilos en distintas ocasiones
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 10 minCap. 21. Ejemplos de los diversos estilos, tomados de los doctores de la Iglesia, especialmente Ambrosio y Cipriano
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCap. 21. Ejemplos de los diversos estilos, tomados de los doctores de la Iglesia, especialmente Ambrosio y Cipriano
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minCap. 22. La necesidad de la variedad en el estilo
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 6 minCap. 25. Cómo ha de usarse el estilo templado
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 8 minCap. 27. El hombre cuya vida está en armonía con su enseñanza enseñará con mayor eficacia
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 4 minCapítulo 30. El predicador debe comenzar su discurso con oración a Dios

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Sobre la doctrina cristiana

    Hipona, 397 y 426 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de J. F. Shaw (NPNF)57 minPosición: 0% de esta parteParte 2 de 9 · Libro I. Que contiene una visión general de los temas tratados en la santa EscrituraPublicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-01

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    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEl libro y su plan
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 5 minPrefacio, en el que se muestra que enseñar reglas para la interpretación de la Escritura no es tarea superflua
    4. Sesión 4 · Parte 2 · ≈ 6 minLibro I. Que contiene una visión general de los temas tratados en la santa Escritura
    5. Sesión 5 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 3. Algunas cosas son para uso, otras para goce
    6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 7. Lo que todos los hombres entienden por el término Dios
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 12. En qué sentido la sabiduría de Dios vino a nosotros
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 17. Cristo, al perdonar nuestros pecados, abrió el camino de regreso a la patria
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 minCap. 23. El hombre no necesita mandamiento para amarse a sí mismo y a su propio cuerpo
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 26. El mandamiento de amar a Dios y al prójimo incluye un mandamiento de amarnos a nosotros mismos
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 30. Si los ángeles han de ser contados entre nuestros prójimos
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minCap. 33. De qué manera se debe gozar del hombre
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 5 minCap. 37. Peligros de la interpretación equivocada
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro II
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minCap. 4. Origen de la Escritura
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCap. 8. Los libros canónicos
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCap. 10. Los signos desconocidos o ambiguos impiden que se entienda la Escritura
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCap. 13. Cómo pueden enmendarse las interpretaciones defectuosas
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    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCap. 17. Origen de la leyenda de las nueve Musas
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 6 minCap. 21. Superstición de los astrólogos
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCap. 23. Por qué repudiamos las artes de adivinación
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 5 minCap. 26. Qué inventos humanos debemos adoptar y cuáles debemos evitar
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCap. 29. Hasta qué punto la ciencia natural es una ayuda exegética
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCap. 32. La validez de la secuencia lógica no es inventada por el hombre, sino solo observada por él
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 5 minCap. 36. Las reglas de la elocuencia son verdaderas, aunque a veces se usen para persuadir a los hombres de lo falso
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    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minCap. 4. Cómo se resuelven las ambigüedades
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    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 5 minCap. 13. Mismo tema, continuación
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCap. 17. Algunos mandatos se dan a todos en común, otros a clases particulares
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 8 minCap. 21. David no fue lujurioso, aunque cayó en adulterio
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCap. 26. Los pasajes oscuros se interpretan por los claros
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCap. 30. Las reglas de Ticonio el Donatista examinadas
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 9 minCap. 33. La tercera regla de Ticonio
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 8 minCap. 35. La quinta regla de Ticonio
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 7 minCap. 37. La séptima regla de Ticonio
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCap. 2. Es lícito al doctor cristiano usar el arte de la retórica
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 8 minCap. 4. El deber del doctor cristiano
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 7. Ejemplos de verdadera elocuencia tomados de las epístolas de Pablo y de las profecías de Amós
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 7. Ejemplos de verdadera elocuencia tomados de las epístolas de Pablo y de las profecías de Amós
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 7 minCap. 8. La oscuridad de los escritores sagrados, aunque compatible con la elocuencia, no ha de ser imitada por los doctores cristianos
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 6 minCap. 11. El doctor cristiano debe hablar con claridad, pero no sin elegancia
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCap. 14. La belleza de estilo debe estar en armonía con el asunto
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 10 minCap. 16. Las instrucciones humanas no han de despreciarse, aunque Dios hace al verdadero maestro
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 9 minCap. 19. El doctor cristiano debe usar distintos estilos en distintas ocasiones
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 10 minCap. 21. Ejemplos de los diversos estilos, tomados de los doctores de la Iglesia, especialmente Ambrosio y Cipriano
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCap. 21. Ejemplos de los diversos estilos, tomados de los doctores de la Iglesia, especialmente Ambrosio y Cipriano
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minCap. 22. La necesidad de la variedad en el estilo
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 6 minCap. 25. Cómo ha de usarse el estilo templado
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 8 minCap. 27. El hombre cuya vida está en armonía con su enseñanza enseñará con mayor eficacia
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 4 minCapítulo 30. El predicador debe comenzar su discurso con oración a Dios

    Libro I. Que contiene una visión general de los temas tratados en la santa Escritura

    Argumento

    El autor divide su obra en dos partes: una relativa al descubrimiento y la otra a la expresión del verdadero sentido de la Escritura. Muestra que para descubrir el significado debemos atender tanto a las cosas como a los signos, pues es necesario saber qué cosas debemos enseñar al pueblo cristiano, y también los signos de esas cosas, es decir, dónde ha de buscarse el conocimiento de esas cosas. En este primer libro trata de las cosas, que divide en tres clases: cosas para gozar, cosas para usar y cosas que usan y gozan. El único objeto que debe gozarse es el Dios trino, que es nuestro sumo bien y nuestra verdadera felicidad. Nuestros pecados nos impiden gozar de Dios; y para que nuestros pecados fueran quitados, "el Verbo se hizo carne", nuestro Señor padeció, murió, resucitó y subió al cielo, tomando para sí como esposa a la Iglesia, en la cual recibimos la remisión de nuestros pecados. Y si nuestros pecados son perdonados y nuestras almas renovadas por la gracia, podemos esperar con esperanza la resurrección del cuerpo para la gloria eterna; si no, seremos resucitados para el castigo eterno. Expuestas estas materias relativas a la fe, el autor pasa a mostrar que todos los objetos, excepto Dios, son para uso; pues, aunque algunos de ellos puedan ser amados, nuestro amor no debe descansar en ellos, sino referirse a Dios. Y nosotros mismos no somos objetos de goce para Dios: Él nos usa, pero para nuestro propio provecho. Luego muestra que el amor —el amor de Dios por sí mismo y el amor del prójimo por Dios— es el cumplimiento y el fin de toda la Escritura. Después de añadir unas pocas palabras sobre la esperanza, muestra, en conclusión, que la fe, la esperanza y la caridad son gracias esencialmente necesarias para quien quiera entender y explicar rectamente la Santa Escritura.

    Cap. 1. La interpretación de la Escritura depende del descubrimiento y de la enunciación del sentido, y ha de emprenderse dependiendo de la ayuda de Dios

    I, 1, 1

    1. Dos cosas hay de las que depende toda interpretación de la Escritura: el modo de averiguar el sentido propio y el modo de dar a conocer el sentido una vez averiguado. Trataremos primero del modo de averiguar, y después de el modo de dar a conocer, el sentido; — empresa grande y ardua, y que, si es difícil de llevar a cabo, temo que sea presuntuoso emprenderla. Y presuntuosa lo sería sin duda si contara con mis propias fuerzas; pero, como mi esperanza de realizar la obra descansa en Aquel que ya me ha suministrado muchos pensamientos sobre esta materia, no dudo que Él continuará suministrando lo que aún falta una vez que yo haya comenzado a usar lo que Él ya me ha dado. Porque una posesión que no disminuye al ser compartida con otros, si se posee y no se comparte, todavía no se posee como debe poseerse. Dice el Señor: "Al que tiene, se le dará". Dará, pues, a los que tienen; es decir, si usan libre y alegremente lo que han recibido, Él añadirá y perfeccionará sus dones. Los panes del milagro eran solo cinco y siete en número antes de que los discípulos comenzaran a repartirlos entre la multitud hambrienta. Pero una vez que comenzaron a distribuirlos, aunque quedaron satisfechas las necesidades de tantos miles, llenaron cestas con los fragmentos que sobraron. Ahora bien, así como aquel pan aumentó en el acto mismo de partirlo, así los pensamientos que el Señor ya se ha dignado concederme con miras a emprender esta obra, tan pronto como comience a comunicarlos a otros, se multiplicarán por su gracia, de modo que, en esta misma obra de distribución en que me he ocupado, lejos de sufrir pérdida y pobreza, se me hará gozar de un aumento maravilloso de riqueza.

    Cap. 2. Qué es una cosa y qué es un signo

    I, 2, 2

    2. Toda instrucción versa o sobre cosas o sobre signos; pero las cosas se aprenden por medio de signos. Uso ahora la palabra "cosa" en sentido estricto, para significar aquello que nunca se emplea como signo de otra cosa: por ejemplo, la madera, la piedra, el ganado y otras cosas de esa clase. No, sin embargo, la madera que leemos que Moisés echó en las aguas amargas para hacerlas dulces, ni la piedra que Jacob usó como almohada, ni el carnero que Abraham ofreció en lugar de su hijo; pues estos, aunque son cosas, son también signos de otras cosas. Hay signos de otra clase, aquellos que nunca se emplean sino como signos: por ejemplo, las palabras. Nadie usa las palabras sino como signos de otra cosa; y de aquí se entiende lo que llamo signos: aquellas cosas, a saber, que se usan para indicar otra cosa. Por consiguiente, todo signo es también una cosa; pues lo que no es cosa no es nada en absoluto. Sin embargo, no toda cosa es también un signo. Y así, en cuanto a esta distinción entre cosas y signos, cuando hable de cosas, hablaré de tal modo que, aunque algunas de ellas puedan usarse también como signos, ello no interferirá con la división del asunto según la cual he de tratar primero de las cosas y después de los signos. Pero hemos de recordar cuidadosamente que lo que ahora hemos de considerar acerca de las cosas es lo que son en sí mismas, no de qué otras cosas son signos.
    Comentario editorial · Cosas y signos
    Todo el tratado descansa en esta distinción: «toda instrucción versa o sobre cosas o sobre signos; pero las cosas se aprenden por medio de signos» (en latín, res y signa). Cosa, en sentido estricto, es lo que no se emplea para significar otra; signo, una cosa que, además de la impresión que causa en los sentidos, hace venir otra a la mente, como la huella hace pensar en el animal que pasó o el humo en el fuego (II, 1, 1). Todo signo es también una cosa, y una misma cosa —la madera que Moisés echó en las aguas amargas— puede servir de signo. Por eso el libro I trata de las cosas, y el II y el III, de los signos que oscurecen la Escritura: los desconocidos y los ambiguos.

    Cap. 3. Algunas cosas son para uso, otras para goce

    I, 3, 3

    3. Hay, pues, algunas cosas que han de ser gozadas, otras que han de ser usadas, y otras que gozan y usan. Aquellas cosas que son objetos de goce nos hacen felices. Aquellas que son objetos de uso nos asisten y (por así decirlo) nos sostienen en nuestros esfuerzos hacia la felicidad, para que podamos alcanzar las cosas que nos hacen felices y descansar en ellas. Nosotros mismos, a su vez, que gozamos y usamos estas cosas, estando colocados entre ambas clases de objetos, si nos empeñamos en gozar de aquellas que debemos usar, somos estorbados en nuestro camino, y a veces incluso desviados de él; de modo que, enredándonos en el amor de gratificaciones inferiores, nos quedamos rezagados, o incluso retrocedemos del todo, en la búsqueda de los verdaderos y propios objetos de goce.

    Cap. 4. Diferencia entre uso y goce

    I, 4, 4

    4. Porque gozar de una cosa es descansar con satisfacción en ella por sí misma. Usar, en cambio, es emplear los medios que uno tiene a su alcance para obtener lo que desea, si es un objeto propio de deseo; pues un uso ilícito más bien debería llamarse abuso. Supongamos, entonces, que éramos peregrinos en un país extraño y no podíamos vivir felices lejos de nuestra patria, y que nos sentíamos desdichados en nuestra peregrinación, y deseando poner fin a nuestra miseria, determinamos regresar a casa. Descubrimos, sin embargo, que debemos hacer uso de algún medio de transporte, ya sea por tierra o por agua, para alcanzar aquella patria donde ha de comenzar nuestro goce. Pero la belleza del país por el que pasamos, y el mismo placer del movimiento, encantan nuestros corazones, y convirtiendo estas cosas que deberíamos usar en objetos de goce, nos volvemos reacios a apresurar el fin de nuestro viaje; y absortos en un deleite ficticio, nuestros pensamientos se desvían de aquella casa cuyas delicias nos harían verdaderamente felices. Tal es una imagen de nuestra condición en esta vida mortal. Hemos andado errantes lejos de Dios; y si deseamos regresar a la casa de nuestro Padre, este mundo debe ser usado, no gozado, para que así las cosas invisibles de Dios se vean claramente, siendo entendidas por las cosas que han sido hechas — es decir, que por medio de lo material y temporal podamos alcanzar lo espiritual y eterno.
    Comentario editorial · Gozar y usar: frui y uti
    «Gozar» y «usar» vierten el inglés enjoy y use de Shaw, y estos el latín frui y uti. La definición latina es más afectiva de lo que suena en castellano: gozar es «adherirse con amor a una cosa por sí misma» (amore inhaerere alicui rei propter seipsam); usar, referir lo que se tiene a la obtención de lo que se ama. Solo el Dios trino ha de ser gozado (I, 5, 5; I, 22, 20); lo demás, el prójimo incluido, se ama por causa de Dios, y Agustín llega a preguntarse en qué sentido Dios nos goza o nos usa (I, 31, 34 – I, 33, 37). Wikipedia lo resume así: usar lo que debe gozarse, o al revés, es no amar como es debido.

    Cap. 5. La Trinidad, el verdadero objeto del goce

    I, 5, 5

    5. Los verdaderos objetos del goce, pues, son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que son a la vez la Trinidad, un solo Ser, supremo sobre todas las cosas y común a todos los que gozan de Él, si Él es un objeto y no más bien la causa de todos los objetos, o, en verdad, aun si es la causa de todas las cosas. Porque no es fácil hallar un nombre que adecuadamente exprese tan gran excelencia, a no ser que sea mejor hablar de esta manera: la Trinidad, un solo Dios, de quien son todas las cosas, por quien son todas las cosas, en quien son todas las cosas. Así, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y cada uno de ellos por sí mismo, es Dios, y al mismo tiempo los tres son un solo Dios; y cada uno de ellos por sí mismo es una sustancia completa, y, sin embargo, todos son una sola sustancia. El Padre no es el Hijo ni el Espíritu Santo; el Hijo no es el Padre ni el Espíritu Santo; el Espíritu Santo no es el Padre ni el Hijo; pero el Padre es solo Padre, el Hijo solo Hijo, y el Espíritu Santo solo Espíritu Santo. A los tres pertenecen la misma eternidad, la misma inmutabilidad, la misma majestad y el mismo poder. En el Padre está la unidad, en el Hijo la igualdad, en el Espíritu Santo la armonía de la unidad y de la igualdad; y estos tres atributos son todos uno por el Padre, todos iguales por el Hijo, y todos armónicos por el Espíritu Santo.

    Cap. 6. En qué sentido Dios es inefable

    I, 6, 6

    6. ¿He hablado yo de Dios, o he proferido su alabanza, de manera digna? No, siento que no he hecho más que desear hablar; y si algo he dicho, no es lo que deseaba decir. ¿Cómo sé esto, sino por el hecho de que Dios es inefable? Pero lo que he dicho, si hubiera sido inefable, no habría podido ser dicho. Y así, Dios no debe ser ni siquiera llamado "inefable", porque decir incluso esto es hablar de Él. Así surge una curiosa contradicción de palabras, porque si lo inefable es aquello de lo que no se puede hablar, no es inefable si puede ser llamado inefable. Y esta oposición de palabras debe ser más bien evitada con el silencio que desvanecida con el habla. Y sin embargo, Dios, aunque nada digno de su grandeza puede decirse de Él, se ha dignado aceptar la adoración de las bocas de los hombres, y ha querido que, por medio de nuestras propias palabras, nos regocijemos en su alabanza. Pues por este principio es por lo que se le llama Deus (Dios). Pues el sonido de esas dos sílabas en sí mismo no transmite ningún conocimiento verdadero de su naturaleza; pero, sin embargo, todos los que conocen la lengua latina son llevados, cuando ese sonido llega a sus oídos, a pensar en una naturaleza suprema en excelencia y eterna en existencia.

    Cap. 7. Lo que todos los hombres entienden por el término Dios

    I, 7, 7

    7. Porque cuando se piensa en el único y supremo Dios de dioses, aun por aquellos que creen que hay otros dioses, y que los llaman con ese nombre, y los adoran como dioses, su pensamiento toma la forma de un esfuerzo por alcanzar la concepción de una naturaleza, que nada hay más excelente ni más sublime. Y pues los hombres son movidos por diferentes clases de placeres, en parte por los que pertenecen a los sentidos corporales, en parte por los que pertenecen al entendimiento y al alma, aquellos de ellos que están en servidumbre a los sentidos piensan que o los cielos, o lo que parece más brillante en los cielos, o el universo mismo, es el Dios de dioses: o si intentan ir más allá del universo, se imaginan algo de un resplandor deslumbrante, y lo conciben vagamente como infinito, o de la forma más hermosa que pueda concebirse; o lo representan en forma de cuerpo humano, si piensan que esta es superior a todas las demás. O si piensan que no hay un Dios supremo sobre todos los demás, sino que hay muchos o incluso innumerables dioses de igual rango, aun así también los conciben como dotados de figura y forma, según lo que cada cual considera el modelo de excelencia. Aquellos, en cambio, que se esfuerzan por medio del entendimiento en llegar a una concepción de Dios, lo sitúan por encima de todas las naturalezas visibles y corpóreas, y aun por encima de todas las naturalezas inteligentes y espirituales que están sujetas a cambio. Todos, sin embargo, rivalizan por ensalzar la excelencia de Dios: ni podría hallarse nadie que crea que es Dios un ser por encima del cual hay otro superior. Y así todos convienen en creer que Dios es aquello que excede en dignidad a todas las demás cosas.

    Cap. 8. Dios ha de ser estimado sobre todas las demás cosas, porque es la sabiduría inmutable

    I, 8, 8

    8. Y pues todos cuantos piensan en Dios lo piensan como viviente, solo pueden formarse de Él una concepción que no sea absurda ni indigna aquellos que lo piensan como la vida misma; y, sea cual fuere la forma corpórea que se les haya sugerido, reconocen que es por la vida por lo que vive o no vive, y prefieren lo que es viviente a lo que está muerto; los cuales entienden que la misma forma corpórea viviente, por mucho que supere a todas en esplendor, las sobrepuje en magnitud y las aventaje en hermosura, es cosa del todo distinta de la vida que la vivifica; y consideran la vida como incomparablemente superior en dignidad y valor a la masa que ella vivifica y anima. Cuando pasan luego a considerar la naturaleza de la vida misma, si hallan que es mera vida nutritiva, sin sensibilidad, como la de las plantas, la juzgan inferior a la vida sensitiva, como la de los animales; y por encima de esta colocan luego la vida inteligente, como la de los hombres. Y, advirtiendo que aun esta está sujeta a cambio, se ven obligados a colocar todavía por encima de ella aquella vida inmutable, que no es necia en un tiempo, y sabia en otro, sino que, por el contrario, es la sabiduría misma. Porque una inteligencia sabia, es decir, una que ha alcanzado la sabiduría, antes de alcanzarla era no sabia; mas la sabiduría misma jamás fue no sabia, ni puede llegar a serlo. Y si los hombres nunca hubieran divisado esta sabiduría, jamás podrían, con entera confianza, preferir una vida que es inmutablemente sabia a otra que está sujeta a cambio. Esto se hará evidente si consideramos que la regla misma de verdad según la cual afirman que la vida inmutable es la más excelente, es a su vez inmutable; y tal regla no pueden encontrarla sino saliendo de su propio ser, pues nada hallan en sí mismos que no esté sujeto a cambio.

    Cap. 9. Todos reconocen la superioridad de la sabiduría inmutable sobre la que es mudable

    I, 9, 9

    9. Ahora bien, nadie es tan soberanamente necio como para preguntar: "¿Cómo sabes que una vida de sabiduría inmutable es preferible a una vida sujeta a cambio?". Pues la verdad misma sobre la que pregunta —¿cómo lo sé?— está fijada inmutablemente en las mentes de todos los hombres y ofrecida a su contemplación común. Y quien no la ve es semejante a un ciego al sol, al cual de nada aprovecha que el esplendor de su luz, tan clara y tan cercana, se derrame sobre sus mismos ojos. En cambio, el hombre que ve, pero se echa atrás ante esta verdad, tiene débil la visión mental por haber morado largo tiempo entre las sombras de la carne. Y así, los hombres son apartados de su patria por los vientos contrarios de los malos hábitos, y van en pos de cosas inferiores y de menos valor, prefiriéndolas a aquello que ellos mismos reconocen ser más excelente y más digno.

    Cap. 10. Para ver a Dios, el alma debe ser purificada

    I, 10, 10

    10. Por tanto, puesto que es deber nuestro gozar plenamente de la verdad que vive inmutablemente, y puesto que el Dios trino toma consejo en esta verdad sobre las cosas que ha hecho, es necesario purificar el alma para que pueda percibir aquella luz, y descansar en ella cuando la perciba. Y miremos esta purificación como una especie de viaje o travesía hacia nuestra patria. Porque no es cambiando de lugar como podemos acercarnos a Aquel que está en todo lugar, sino por el cultivo de deseos puros y de hábitos virtuosos.

    Cap. 11. La sabiduría se hizo carne, modelo para nosotros de purificación

    I, 11, 11

    11. Pero de esto hubiéramos sido del todo incapaces, si la Sabiduría no se hubiera dignado adaptarse a nuestra flaqueza y mostrarnos un modelo de vida santa en la forma de nuestra propia humanidad. Mas, así como nosotros, cuando vamos a Él, obramos con sabiduría, Él, cuando vino a nosotros, fue tenido por los soberbios por quien obró muy neciamente. Y así como nosotros, cuando vamos a Él, nos hacemos fuertes, Él, cuando vino a nosotros, fue mirado como débil. Pero "la necedad de Dios es más sabia que los hombres, y la flaqueza de Dios es más fuerte que los hombres". Y por eso, aunque la Sabiduría era nuestra misma patria, se hizo también camino para que llegáramos a nuestra patria.

    Cap. 12. En qué sentido la sabiduría de Dios vino a nosotros

    I, 12, 11

    Y aunque Él está presente en todas partes al ojo interior cuando éste está sano y limpio, se dignó manifestarse al ojo exterior de aquellos cuya vista interior es débil y oscura. "Porque, en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios por medio de la sabiduría, plugo a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación".

    I, 12, 12

    12. No, pues, en el sentido de recorrer espacio, sino porque se apareció a los hombres mortales en forma de carne mortal, se dice que vino a nosotros. Porque vino a un lugar donde siempre había estado, pues "en el mundo estaba, y el mundo fue hecho por Él". Mas, por cuanto los hombres, que en su afán de gozar de la criatura en lugar del Creador se habían asemejado a este mundo, y por ello son con toda propiedad llamados "el mundo", no le reconocieron, por eso dice el evangelista: "y el mundo no le conoció". Así, en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios por medio de la sabiduría. ¿Por qué, pues, vino, estando ya aquí, sino porque plugo a Dios, por la locura de la predicación, salvar a los creyentes?

    Cap. 13. El Verbo se hizo carne

    I, 13, 12

    ¿De qué modo vino, sino de este: "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros"? Así como, cuando hablamos, para que lo que tenemos en la mente entre por el oído en la mente del oyente, la palabra que tenemos en el corazón se convierte en un sonido exterior y se llama habla; y, sin embargo, nuestro pensamiento no se pierde en el sonido, sino que permanece completo en sí mismo, y toma la forma del habla sin que su propia naturaleza se modifique por el cambio: así el Verbo divino, aunque sin sufrir cambio de naturaleza, se hizo carne, para habitar entre nosotros.

    Cap. 14. Cómo la sabiduría de Dios sanó al hombre

    I, 14, 13

    13. Además, así como el uso de los remedios es el camino hacia la salud, así este remedio tomó a los pecadores para sanarlos y restaurarlos. Y así como los cirujanos, cuando vendan las heridas, no lo hacen de manera descuidada, sino con esmero, para que haya un cierto grado de pulcritud en la venda, además de su mera utilidad, así nuestra medicina, la Sabiduría, mediante su asunción de la humanidad se adaptó a nuestras heridas, curando unas por sus contrarios y otras por sus semejantes. Y así como quien atiende una herida corporal en unos casos aplica contrarios, como frío a lo caliente, húmedo a lo seco, etc., y en otros casos aplica semejantes, como un paño redondo a una herida redonda, o un paño oblongo a una herida oblonga, y no ajusta la misma venda a todos los miembros, sino que pone semejante a semejante; de la misma manera, la Sabiduría de Dios, al sanar al hombre, se aplicó a sí misma a su cura, siendo ella misma médico y medicina a la vez. Viendo, pues, que el hombre cayó por la soberbia, Él lo restauró por la humildad. Fuimos enredados por la sabiduría de la serpiente: somos liberados por la necedad de Dios. Además, así como aquélla era llamada sabiduría, pero en realidad era la necedad de los que desprecian a Dios, así ésta es llamada necedad, pero es verdadera sabiduría en los que vencen al diablo. Usamos tan mal nuestra inmortalidad que incurrimos en la pena de muerte: Cristo usó tan bien su mortalidad que nos restauró a la vida. La enfermedad entró por el alma corrompida de una mujer: el remedio vino por el cuerpo virgen de una mujer. A la misma clase de remedios contrarios pertenece el que nuestros vicios sean curados por el ejemplo de sus virtudes. Por otra parte, las siguientes son, por así decirlo, vendas hechas en la misma forma que los miembros y heridas a los que se aplican: Nació de una mujer para librarnos a nosotros, que caímos por una mujer; vino como hombre para salvarnos a nosotros, que somos hombres; como mortal para salvarnos a nosotros, que somos mortales; por la muerte para salvarnos a nosotros, que estábamos muertos. Y aquellos que puedan seguir el asunto más a fondo, que no se ven apremiados por la necesidad de llevar a cabo una tarea determinada, hallarán muchos otros puntos de instrucción al considerar los remedios, ya sean contrarios o semejantes, empleados en la medicina del cristianismo.

    Cap. 15. La fe es fortalecida por la resurrección y ascensión de Cristo, y es estimulada por su venida para juicio

    I, 15, 14

    14. La creencia en la resurrección de nuestro Señor de entre los muertos, y en su ascensión al cielo, ha fortalecido nuestra fe añadiéndole un gran sostén de esperanza. Pues muestra claramente cuán libremente entregó su vida por nosotros, teniendo en su poder el volverla a tomar. ¡Con qué seguridad, pues, se anima la esperanza de los creyentes cuando reflexionan cuán grande era quien padeció cosas tan grandes por ellos, cuando aún estaban en la incredulidad! Y cuando los hombres esperan que Él venga del cielo como juez de vivos y muertos, esto inspira gran terror a los descuidados, de modo que se entregan a una diligente preparación, y aprenden por una vida santa a anhelar su venida, en vez de temblar a causa de sus malas obras. ¿Y qué lengua podrá contar, o qué imaginación concebir, la recompensa que dará al fin, cuando consideramos que para nuestro consuelo en esta peregrinación terrena nos ha dado tan liberalmente de su Espíritu, para que en las adversidades de esta vida conservemos la confianza y el amor hacia Aquel a quien aún no vemos; y que también ha dado a cada uno dones apropiados para la edificación de su Iglesia, para que hagamos lo que Él señala como recto, no solo sin murmuración, sino aun con deleite?

    Cap. 16. Cristo purga a su Iglesia con aflicciones medicinales

    I, 16, 15

    Porque la Iglesia es su cuerpo, como nos muestra la enseñanza del apóstol; y aun es llamada su esposa. Su cuerpo, pues, que tiene muchos miembros, y todos desempeñan funciones diferentes, Él lo mantiene unido en el vínculo de la unidad y del amor, que es su verdadera salud. Además, en el tiempo presente la ejercita, y la purga con muchas aflicciones medicinales, para que, cuando la trasplante de este mundo al mundo eterno, pueda tomarla para sí como su esposa, sin mancha ni arruga, ni cosa semejante.

    Cap. 17. Cristo, al perdonar nuestros pecados, abrió el camino de regreso a la patria

    I, 17, 16

    16. Además, cuando estamos en el camino, y no un camino que se recorre en el espacio, sino mediante un cambio de afectos, y un camino que la culpa de nuestros pecados pasados, como un seto de espinas, nos tenía cerrado, ¿qué podía hacer Aquel que se dignó ponerse a sí mismo como el camino por el cual habíamos de volver, que fuera aún más bondadoso y más misericordioso, sino perdonarnos todos nuestros pecados, y, siendo crucificado por nosotros, quitar los severos decretos que cerraban la puerta a nuestro regreso?

    Cap. 18. Las llaves dadas a la Iglesia

    I, 18, 17

    17. Ha dado, pues, las llaves a su Iglesia, para que todo lo que ella atare en la tierra sea atado en los cielos, y todo lo que desatare en la tierra sea desatado en los cielos; esto es, que a quien en la Iglesia no creyere que sus pecados le son perdonados, no le serán perdonados; pero que quien creyere, y se arrepintiere, y se apartare de sus pecados, será salvo por la misma fe y arrepentimiento en virtud de los cuales es recibido en el seno de la Iglesia. Porque quien no cree que sus pecados pueden ser perdonados, cae en la desesperación y se hace peor, como si no le quedara mayor bien que ser malo, cuando ha dejado de tener fe en los frutos de su propio arrepentimiento.

    Cap. 19. Muerte y resurrección corporal y espiritual

    I, 19, 18

    18. Además, así como hay una especie de muerte del alma, que consiste en el despojarse de los antiguos hábitos y de las antiguas maneras de vivir, y que viene por el arrepentimiento, así también la muerte del cuerpo consiste en la disolución del principio de vida anterior. Y así como el alma, después de haberse despojado y destruido por el arrepentimiento sus antiguos hábitos, es creada de nuevo según un modelo mejor, así debemos esperar y creer que el cuerpo, después de aquella muerte que todos debemos como deuda contraída por el pecado, será en la resurrección transformado en una forma mejor; — no que la carne y la sangre hereden el reino de Dios (porque eso es imposible), sino que esto corruptible se revista de incorrupción, y esto mortal se revista de inmortalidad. Y así el cuerpo, no siendo fuente de inquietud alguna porque no puede sentir necesidad, será animado por un espíritu perfectamente puro y feliz, y gozará de una paz ininterrumpida.

    Cap. 20. La resurrección de condenación

    I, 20, 19

    19. Ahora, aquel cuya alma no muere a este mundo ni comienza aquí a conformarse a la verdad, cae al morir el cuerpo en una muerte más terrible, y revivirá, no para cambiar su morada terrenal por una celestial, sino para sufrir la pena de su pecado.

    Cap. 21. Ni el cuerpo ni el alma se extinguen con la muerte

    I, 21, 19

    Y así la fe se aferra a esta certeza, y hemos de creer que así es en realidad: que ni el alma humana ni el cuerpo humano sufren extinción completa, sino que los malos resucitarán para sufrir un castigo inconcebible, y los buenos para recibir la vida eterna.

    Cap. 22. Solo Dios ha de ser gozado

    I, 22, 20

    20. Entre todas esas cosas, pues, sólo son verdaderos objetos de goce los que hemos mencionado como eternos e inmutables. Las demás son para uso, a fin de que podamos llegar al goce pleno de aquéllas. Nosotros, empero, que gozamos de las otras cosas y las usamos, somos también cosas nosotros mismos. Porque cosa grande es en verdad el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, no en cuanto al cuerpo mortal de que está revestido, sino en cuanto al alma racional por la cual es honrado por encima de las bestias. Y así se hace importante cuestión si los hombres deben gozar de sí mismos, o usarse a sí mismos, o hacer ambas cosas. Porque se nos manda amarnos unos a otros; pero se pregunta si el hombre ha de ser amado por el hombre por sí mismo, o por causa de otra cosa. Si por sí mismo, le gozamos; si por otra cosa, le usamos. Paréceme, pues, que debe ser amado por causa de otra cosa. Porque si una cosa ha de ser amada por sí misma, en el goce de ella consiste la vida dichosa, cuya esperanza, si no aún la realidad, es nuestro consuelo en el tiempo presente. Mas se pronuncia maldición sobre quien pone su esperanza en el hombre.

    I, 22, 21

    21. Tampoco debe nadie gozarse en sí mismo, si se mira el asunto con claridad, porque nadie debe amarse ni aun a sí mismo por su propio interés, sino por causa de Aquel que es el verdadero objeto de goce. Porque nunca está el hombre en tan buen estado como cuando toda su vida es un viaje hacia la vida inmutable, y sus afectos están por entero fijados en ella. Mas si se ama a sí mismo por sí mismo, no se mira en relación con Dios, sino que vuelve su ánimo hacia sí, y así no se ocupa de cosa alguna inmutable. Y así no se goza de sí mismo en lo mejor, porque está mejor cuando su mente está plenamente fija y sus afectos envueltos en el bien inmutable, que cuando se aparta de él para gozar aun de sí mismo. Por lo cual, si ni a ti mismo debes amarte por tu propio interés, sino por Aquel en quien tu amor halla su objeto más digno, ningún otro hombre tiene derecho a enojarse si le amas también por causa de Dios. Porque ésta es la ley del amor que ha sido estatuida por autoridad divina: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo"; mas, "Amarás a Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente": de modo que has de concentrar todos tus pensamientos, toda tu vida y toda tu inteligencia en Aquel de quien deriva cuanto tienes. Porque cuando dice: "Con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente", quiere decir que ninguna parte de nuestra vida ha de quedar desocupada, ni dar lugar, por así decirlo, al deseo de gozar de algún otro objeto, sino que cualquier otra cosa que se nos presente como objeto digno de amor ha de ser arrastrada al mismo cauce por donde fluye la entera corriente de nuestros afectos. Quien, pues, ama a su prójimo rectamente, debe instarle a que también él ame a Dios con todo su corazón, alma y mente. Porque de esta manera, amando al prójimo como a sí mismo, el hombre convierte toda la corriente de su amor tanto a sí mismo como al prójimo en el cauce del amor de Dios, el cual no consiente que se le aparte ningún arroyo cuyo desvío disminuiría su propio caudal.

    Cap. 23. El hombre no necesita mandamiento para amarse a sí mismo y a su propio cuerpo

    I, 23, 22

    22. No todas las cosas que son objeto de uso han de ser amadas, sin embargo, sino solo aquellas o bien que están unidas a nosotros en una común relación con Dios, como el hombre o el ángel, o que están de tal manera relacionadas con nosotros que necesitan de la bondad de Dios por medio de nuestro instrumento, como el cuerpo. Porque ciertamente los mártires no amaron la maldad de sus perseguidores, aunque se sirvieron de ella para alcanzar el favor de Dios. Así, pues, habiendo cuatro géneros de cosas que deben ser amadas: primero, lo que está sobre nosotros; segundo, nosotros mismos; tercero, lo que está a nuestro nivel; cuarto, lo que está debajo de nosotros, no hay necesidad de dar preceptos acerca del segundo y cuarto de estos. Porque, por más que un hombre se aparte de la verdad, todavía continúa amándose a sí mismo y amando a su propio cuerpo. El alma que huye de la Luz inmutable, Gobernador de todas las cosas, lo hace para regirse a sí misma y a su propio cuerpo; y así no puede menos de amar a ambos, a sí misma y a su propio cuerpo.

    I, 23, 23

    23. Además, piensa haber alcanzado algo muy grande si puede enseñorearse de sus compañeros, es decir, de los demás hombres. Porque es inherente al alma pecadora desear sobre todas las cosas, y reclamar como debido a sí misma, lo que propiamente se debe solo a Dios. Y tal amor de sí mismo se llama con más propiedad odio. Porque no es justo que desee que lo que está debajo de ella le obedezca, mientras ella misma no obedece a su superior; y con toda justicia se ha dicho: "El que ama la iniquidad aborrece su propia alma". Y en consecuencia, el alma se debilita y padece muchos sufrimientos a causa del cuerpo mortal. Pues, ciertamente, debe amar al cuerpo, y afligirse por su corrupción; y la inmortalidad e incorruptibilidad del cuerpo brotan de la salud del alma. Ahora bien, la salud del alma consiste en adherirse firmemente a la parte mejor, esto es, a Dios inmutable. Pero cuando aspira a enseñorearse incluso de aquellos que son por naturaleza sus iguales —esto es, sus semejantes—, esto es un exceso de soberbia absolutamente intolerable.

    Cap. 24. Ningún hombre aborrece su propia carne, ni aun los que abusan de ella

    I, 24, 24

    24. Nadie, pues, se aborrece a sí mismo. Sobre este punto, en verdad, jamás secta alguna ha suscitado cuestión. Pero tampoco nadie aborrece su propio cuerpo. Pues con verdad dice el Apóstol: "Nadie aborreció jamás su propia carne". Y cuando algunos dicen que preferirían estar sin cuerpo del todo, se engañan por completo a sí mismos. Porque no es su cuerpo lo que aborrecen, sino su corrupción y su pesadez. Y así, lo que desean no es no tener cuerpo, sino un cuerpo incorrupto y muy ligero. Pero piensan que un cuerpo de tal índole no sería cuerpo en absoluto, porque consideran que una cosa así ha de ser espíritu. Y en cuanto al hecho de que parezcan de algún modo castigar sus cuerpos con abstinencia y trabajos, quienes lo hacen con recto espíritu no lo hacen para deshacerse de su cuerpo, sino para tenerlo sujeto y dispuesto para toda obra necesaria. Porque se esfuerzan, por medio de una suerte de ejercicio laborioso del cuerpo mismo, en arrancar aquellas concupiscencias que son dañosas al cuerpo, es decir, aquellos hábitos y afecciones del alma que conducen al goce de objetos indignos. No se destruyen a sí mismos; están cuidando de su salud.

    I, 24, 25

    25. Quienes, por el contrario, hacen esto con espíritu perverso, hacen guerra a su propio cuerpo como si fuera un enemigo natural. Y en esta materia son descarriados por una interpretación errónea de lo que leen: "La carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; y estas dos cosas son contrarias la una a la otra". Porque esto se dice del hábito carnal aún no domeñado, contra el cual codicia el espíritu, no para destruir el cuerpo, sino para erradicar la concupiscencia del cuerpo —es decir, su mal hábito— y hacerlo así sujeto al espíritu, que es lo que el orden de la naturaleza exige. Pues así como, después de la resurrección, el cuerpo, enteramente sujeto al espíritu, vivirá en perfecta paz por toda la eternidad; aun en esta vida debemos proponernos que el hábito carnal sea mudado a mejor, para que sus afecciones desordenadas no guerreen contra el alma. Y mientras esto no acontezca, "la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne"; luchando el espíritu, no por odio, sino por el señorío, porque desea que lo que él ama esté sujeto al principio superior; y luchando la carne, no por odio, sino a causa de la servidumbre del hábito que ha recibido de su tronco original, y que ha crecido en ella por ley de naturaleza hasta hacerse inveterado. El espíritu, pues, al domeñar la carne, está obrando como para destruir la paz mal fundada de un mal hábito, y para instaurar la paz verdadera que brota de un buen hábito. Sin embargo, ni siquiera aquellos que, descarriados por falsas nociones, aborrecen sus cuerpos estarían dispuestos a sacrificar un ojo, aun suponiendo que pudieran hacerlo sin padecer dolor alguno, y que les quedara tanta vista en uno como antes tenían en dos, a menos que hubiera de alcanzarse algún objeto que compensara la pérdida. Esta y otras indicaciones del mismo género bastan para mostrar a quienes buscan la verdad con candor cuán bien fundada está la afirmación del Apóstol cuando dice: "Nadie aborreció jamás su propia carne". Y añade además: "sino que la sustenta y la cuida, como también el Señor a la Iglesia".

    Cap. 25. Un hombre puede amar algo más que su cuerpo, pero no por eso odia su cuerpo

    I, 25, 26

    26. El hombre, por tanto, debe ser enseñado en la justa medida del amor, esto es, en qué medida puede amarse a sí mismo de manera que se sirva a sí mismo. Porque que él se ama a sí mismo y desea hacerse bien, nadie sino un necio lo dudaría. Debe también enseñársele en qué medida ha de amar su cuerpo, para cuidarlo con prudencia y dentro de los límites debidos. Porque es igualmente manifiesto que también ama su cuerpo y desea conservarlo sano y salvo. Y sin embargo, un hombre puede tener algo que ame más que la seguridad y la integridad de su cuerpo. Pues se ha visto a muchos sufrir voluntariamente dolores y amputaciones de algunos de sus miembros para conseguir otros bienes que estimaban más. Pero a nadie se le ha de decir que no desee la seguridad y la salud de su cuerpo porque haya algo que desee más. Pues el avaro, aunque ama el dinero, compra pan para sí —esto es, da dinero que mucho quiere y que ansía acumular—, pero es porque valora más la salud corporal que el pan sustenta. Es superfluo argumentar más largamente sobre un punto tan evidente, pero a esto precisamente nos obliga con frecuencia el error de los hombres malvados.

    Cap. 26. El mandamiento de amar a Dios y al prójimo incluye un mandamiento de amarnos a nosotros mismos

    I, 26, 27

    27. Viendo, pues, que no hay necesidad de un mandamiento de que cada hombre se ame a sí mismo y a su propio cuerpo, — viendo, esto es, que nos amamos a nosotros mismos, y lo que está debajo de nosotros pero unido a nosotros, por una ley de naturaleza que nunca ha sido violada, y que nos es común con las bestias (pues aun las bestias se aman a sí mismas y a sus propios cuerpos), — sólo restaba imponernos preceptos en lo tocante a Dios sobre nosotros, y a nuestro prójimo junto a nosotros. "Amarás —dice— al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas." Así, el fin del mandamiento es el amor, y éste doble: el amor de Dios y el amor del prójimo. Ahora bien, si te tomas a ti mismo en tu integridad, — esto es, alma y cuerpo juntamente, — y a tu prójimo en su integridad, alma y cuerpo juntamente (porque el hombre se compone de alma y cuerpo), hallarás que ninguna de las clases de cosas que han de ser amadas queda omitida en estos dos mandamientos. Pues aunque, cuando el amor de Dios viene primero, y la medida de nuestro amor para con Él se prescribe en tales términos que es evidente que todas las demás cosas han de hallar su centro en Él, nada parece decirse acerca de nuestro amor para con nosotros mismos; sin embargo, cuando se dice, "Amarás a tu prójimo como a ti mismo", al punto se hace evidente que nuestro amor para con nosotros mismos no ha sido omitido.

    Cap. 27. El orden de la caridad

    I, 27, 28

    28. Ahora bien, es hombre de vida justa y santa quien forma un juicio imparcial de las cosas y mantiene también sus afectos bajo estricto dominio, de modo que ni ama lo que no debe amar, ni deja de amar lo que debe amar, ni ama más lo que debe ser amado menos, ni ama igualmente lo que debe ser amado ya menos, ya más, ni ama menos o más lo que debe ser amado igualmente. Ningún pecador ha de ser amado en cuanto pecador; y todo hombre ha de ser amado en cuanto hombre por causa de Dios; pero Dios ha de ser amado por sí mismo. Y si Dios ha de ser amado más que cualquier hombre, cada hombre debe amar a Dios más que a sí mismo. Asimismo, debemos amar a otro hombre más que a nuestro propio cuerpo, porque todas las cosas han de ser amadas en orden a Dios, y otro hombre puede tener comunión con nosotros en el goce de Dios, mientras que nuestro cuerpo no puede; pues el cuerpo sólo vive por el alma, y es por el alma por la que gozamos de Dios.

    Cap. 28. Cómo hemos de decidir a quién socorrer

    I, 28, 29

    29. Además, todos los hombres han de ser amados por igual. Pero, como no puedes hacer bien a todos, debes atender especialmente a aquellos que, por los azares del tiempo, del lugar o de las circunstancias, están más estrechamente unidos a ti. Pues supón que tuvieras gran cantidad de algún bien y te sintieras obligado a darlo a alguien que no tuviera ninguno, y que no pudiera darse a más de una persona; si se presentaran dos personas, ninguna de las cuales tuviera sobre ti, ni por necesidad ni por parentesco, mayor derecho que la otra, no podrías hacer nada más justo que elegir por suerte a cuál dar lo que no podía darse a ambas. Así también entre los hombres: como no puedes mirar por el bien de todos, has de considerar la cosa como ya decidida para ti por una especie de suerte, según que cada hombre resulte estar, por el momento, más estrechamente unido a ti.

    Cap. 29. Hemos de desear y procurar que todos los hombres amen a Dios

    I, 29, 30

    30. De entre todos los que pueden gozar con nosotros de Dios, amamos en parte a aquellos a quienes prestamos servicios, en parte a aquellos que nos prestan servicios, en parte a aquellos que, ayudándonos en nuestra necesidad, reciben a su vez nuestra ayuda, en parte a aquellos sobre quienes no conferimos ventaja alguna ni de ellos esperamos ninguna. Debemos desear, sin embargo, que todos ellos se unan a nosotros en amar a Dios, y que toda la ayuda que les prestemos o que de ellos recibamos se encamine a este único fin. Porque en los teatros, aunque sean antros de iniquidad, si un hombre es aficionado a un determinado actor y goza de su arte como un bien grande o incluso como el mayor de los bienes, se aficiona a todos aquellos que se unen a él en la admiración de su favorito, no por ellos mismos, sino por amor de aquel a quien admiran en común; y cuanto más ferviente es en su admiración, tanto más trabaja por todos los medios a su alcance para ganarle nuevos admiradores, y tanto más se afana por mostrarlo a otros; y si encuentra a alguien que se muestra algo indiferente, hace cuanto puede para despertar su interés ponderando los méritos de su favorito; mas si topa con alguien que se le opone, le desagrada sobremanera el desprecio de tal hombre hacia su favorito, y se esfuerza de todos los modos posibles en desarraigarlo. Ahora bien, si esto es así, ¿qué nos corresponde hacer a nosotros, que vivimos en la comunión del amor de Dios, cuyo goce es la verdadera felicidad de la vida, a quien todos los que le aman deben tanto su propia existencia como el amor que le tienen, de quien no tememos que nadie que llegue a conocerle quede defraudado en Él, y que desea nuestro amor no por ningún provecho para Sí mismo, sino para que quienes le aman alcancen una recompensa eterna, a saber, a Él mismo, a quien aman? Y de aquí proviene que amemos aun a nuestros enemigos. Porque no les tememos, pues no pueden quitarnos aquello que amamos; antes bien, les tenemos lástima, porque cuanto más nos odian, tanto más se apartan de Aquel a quien amamos. Porque si se volvieran a Él, necesariamente le amarían como al sumo bien, y nos amarían también a nosotros como partícipes con ellos de tan gran bendición.

    Cap. 30. Si los ángeles han de ser contados entre nuestros prójimos

    I, 30, 31

    31. Surge además, en relación con esto, una cuestión acerca de los ángeles. Porque ellos son felices en el goce de Aquel a quien nosotros anhelamos gozar; y cuanto más gozamos de Él en esta vida como en un espejo, oscuramente, tanto más fácil se nos hace soportar nuestra peregrinación, y tanto más ardientemente anhelamos su término. Pero no es irracional preguntar si en aquellos dos mandamientos está incluido también el amor a los ángeles. Y que aquel que nos mandó amar al prójimo no hizo excepción alguna, por lo que toca a los hombres, lo muestran tanto el Señor mismo en el Evangelio como el apóstol Pablo. Porque cuando el hombre a quien el Señor entregó aquellos dos mandamientos, y a quien dijo que de estos penden toda la ley y los profetas, le preguntó: "¿Y quién es mi prójimo?", Él le habló de cierto hombre que, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de ladrones, los cuales lo hirieron gravemente y lo dejaron desnudo y medio muerto. Y le mostró que nadie fue prójimo de aquel hombre sino el que tuvo compasión de él y se adelantó a socorrerlo y cuidarlo. Y el hombre que había hecho la pregunta admitió la verdad de esto cuando él mismo fue interrogado a su vez. Y a este le dice el Señor: "Ve y haz tú lo mismo"; enseñándonos que es nuestro prójimo aquel a quien tenemos el deber de socorrer en su necesidad, o a quien deberíamos socorrer si estuviera en necesidad. De donde se sigue que es prójimo nuestro aquel cuyo deber sería, a su vez, socorrernos. Pues la palabra "prójimo" es relativa, y nadie puede ser prójimo sino de otro prójimo. Y, además, ¿quién no ve que no se exceptúa a nadie como persona a quien puedan negarse los oficios de misericordia, cuando el Señor extiende el precepto incluso a nuestros enemigos? "Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen."

    I, 30, 32

    32. Y así también lo enseña el apóstol Pablo cuando dice: "Porque: No adulterarás; no matarás; no hurtarás; no dirás falso testimonio; no codiciarás; y si hay algún otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo." Quien, pues, suponga que el apóstol no abrazó a todo hombre en este precepto, se ve obligado a admitir —lo que es a la vez lo más absurdo y lo más pernicioso— que el apóstol consideró que no era pecado, si un hombre no fuese cristiano o fuese enemigo, cometer adulterio con su mujer, o matarlo, o codiciar sus bienes. Y como nadie, salvo un necio, diría tal cosa, es claro que todo hombre ha de ser tenido por prójimo nuestro, porque a ningún hombre hemos de hacer mal.

    I, 30, 33

    33. Mas ahora, si todo aquel a quien debemos mostrar, o que debe mostrarnos a nosotros, los oficios de misericordia es con razón llamado prójimo, es manifiesto que el mandato de amar al prójimo abraza también a los santos ángeles, puesto que tan grandes oficios de misericordia han sido realizados por ellos en favor nuestro, como fácilmente puede mostrarse dirigiendo la atención a muchos pasajes de la Santa Escritura. Y por este motivo, aun Dios mismo, Señor nuestro, quiso ser llamado prójimo nuestro. Pues nuestro Señor Jesucristo se designa a sí mismo bajo la figura del hombre que socorrió al que yacía medio muerto en el camino, herido y abandonado por los ladrones. Y el salmista dice en su oración: "Me portaba como si hubiera sido mi amigo o mi hermano." Mas como la naturaleza divina es de una excelencia superior a la nuestra, y está muy por encima de ella, el mandato de amar a Dios es distinto del de amar al prójimo. Porque Él nos muestra compasión por causa de su propia bondad, mas nosotros mostramos compasión unos a otros por causa de la suya; — es decir, Él se compadece de nosotros para que gocemos plenamente de Él; nosotros nos compadecemos unos de otros para gozar plenamente de Él.

    Cap. 31. Dios se sirve de nosotros en vez de gozar de nosotros

    I, 31, 34

    34. Y así, cuando decimos que solo gozamos de aquello que amamos por sí mismo, y que nada es verdadero objeto de goce sino aquello que nos hace felices, y que todas las demás cosas son para el uso, aún parece quedar algo que requiere explicación. Porque Dios nos ama, y la Santa Escritura nos presenta con frecuencia el amor que nos tiene. ¿De qué manera, pues, nos ama? ¿Como objetos de uso o como objetos de goce? Si Él gozara de nosotros, necesitaría algún bien de parte nuestra, cosa que ningún hombre cuerdo dirá; porque todo el bien de que gozamos es o bien Él mismo, o lo que de Él procede. Y nadie puede ignorar o poner en duda que la luz no necesita del brillo de las cosas que ella misma ha iluminado. El Salmista dice con toda claridad: "Dije al Señor: Tú eres mi Dios, porque no necesitas mis bienes". No goza, pues, de nosotros, sino que se sirve de nosotros. Porque si ni gozara ni se sirviera de nosotros, no alcanzo a descubrir de qué manera pueda amarnos.

    Cap. 32. De qué manera se sirve Dios del hombre

    I, 32, 35

    35. Pero tampoco se sirve Él de nosotros a la manera de nuestro uso. Porque cuando nosotros usamos de las cosas, lo hacemos con miras al goce pleno de la bondad de Dios. Dios, en cambio, al servirse de nosotros, mira a su propia bondad. Pues porque Él es bueno existimos; y en la medida en que verdaderamente existimos, somos buenos. Y, además, porque Él es también justo, no podemos con impunidad ser malos; y en la medida en que somos malos, en esa medida es menos completa nuestra existencia. Ahora bien, Él es el ser primero y supremo, enteramente inmutable, y que pudo decir en el sentido más pleno de las palabras: "Yo Soy el que Soy", y "Dirás a ellos: Yo Soy me ha enviado a vosotros"; de modo que todas las demás cosas que existen, por una parte le deben enteramente su existencia, y por otra son buenas solo en la medida en que Él les ha concedido serlo. Aquel uso, pues, que se dice que Dios hace de nosotros no mira a su propia ventaja, sino solo a la nuestra; y, por lo que a Él toca, mira únicamente a su bondad. Cuando nos compadecemos de un hombre y cuidamos de él, lo hacemos para su provecho; pero de algún modo nuestro propio provecho se sigue por una suerte de consecuencia natural, porque Dios no deja sin recompensa la misericordia que mostramos a quien la necesita. Y esta es nuestra recompensa suprema: que gocemos plenamente de Él, y que todos los que gozan de Él gocen los unos de los otros en Él.

    Cap. 33. De qué manera se debe gozar del hombre

    I, 33, 36

    36. Porque si hallamos nuestra felicidad completa los unos en los otros, nos detenemos en el camino y ponemos nuestra esperanza de felicidad en el hombre o en el ángel. Ahora bien, el hombre soberbio y el ángel soberbio se arrogan esto para sí y se alegran de que la esperanza de los otros esté puesta en ellos. Pero, por el contrario, el hombre santo y el ángel santo, aun cuando estemos cansados y ansiosos de quedarnos con ellos y descansar en ellos, se aplican a restaurar nuestras fuerzas con el sustento que han recibido de Dios para nosotros o para sí mismos; y luego nos urgen, así reanimados, a seguir por el camino hacia Aquel en cuyo goce hallamos nuestra común felicidad. Pues aun el Apóstol exclama: "¿Fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?"; y de nuevo: "Ni es él el que planta algo, ni el que riega; sino Dios, que da el crecimiento." Y el ángel amonesta al hombre que está a punto de adorarlo, para que adore más bien a Aquel que es su Dueño, y bajo el cual él mismo es consiervo.

    I, 33, 37

    37. Mas cuando te gozas en un hombre en Dios, es de Dios, más bien que del hombre, de quien gozas. Pues gozas de Aquel por quien eres hecho feliz, y te regocijas de haber llegado a Aquel en cuya presencia pones tu esperanza de gozo. Y así, Pablo dice a Filemón: "Sí, hermano, reciba yo gozo de ti en el Señor." Pues si no hubiera añadido "en el Señor", sino que solamente hubiese dicho: "Reciba yo gozo de ti", habría dado a entender que ponía en él su esperanza de felicidad, aunque en el contexto inmediato se usa "gozar" en el sentido de "usar con deleite". Porque cuando la cosa que amamos está cerca de nosotros, es natural que traiga consigo deleite. Y si pasas más allá de este deleite y lo conviertes en medio para aquello en que has de descansar permanentemente, lo estás usando, y decir que lo gozas es un abuso del lenguaje. Pero si te aferras a ello y descansas en ello, hallando en ello tu felicidad completa, entonces puede decirse con verdad y propiedad que lo gozas. Y esto no debemos hacerlo jamás sino con la Trinidad bienaventurada, que es el Bien supremo e inmutable.

    Cap. 34. Cristo, primer camino hacia Dios

    I, 34, 38

    38. Y notad que aun cuando Aquel que es Él mismo la Verdad y el Verbo, por quien todas las cosas fueron hechas, se hizo carne para habitar entre nosotros, el apóstol dice, sin embargo: "Pues, aunque hemos conocido a Cristo según la carne, ahora ya no le conocemos". Porque Cristo, deseando no sólo dar la posesión a los que habían completado el camino, sino ser Él mismo el camino para los que apenas emprendían la marcha, determinó tomar un cuerpo carnal. De donde proviene también aquella expresión: "El Señor me creó en el principio de su camino", es decir, para que los que quisieran venir pudieran comenzar su jornada en Él. El apóstol, pues, aunque todavía estaba en camino, y seguía a Dios que lo llamaba al premio de su celestial vocación, olvidando las cosas que quedan atrás, y extendiéndose a las que están delante, ya había pasado el principio del camino, y ya no tenía necesidad de él; no obstante, por este camino han de comenzar su jornada todos los que desean alcanzar la verdad y descansar en la vida eterna. Pues Él dice: "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida"; esto es: por mí vienen, a mí vienen, en mí descansan. Porque cuando venimos a Él, venimos también al Padre, porque por un igual se conoce a un igual; y el Espíritu Santo nos une, y como que nos sella, para que podamos descansar permanentemente en el Bien supremo e inmutable. Y de aquí podemos aprender cuán esencial es que nada nos detenga en el camino, cuando ni siquiera nuestro Señor mismo, en cuanto se ha dignado ser nuestro camino, quiere detenernos, sino que desea más bien que sigamos adelante; y, en vez de aferrarnos débilmente a las cosas temporales, aunque éstas hayan sido asumidas y llevadas por Él para nuestra salvación, pasemos sobre ellas rápidamente, y nos esforcemos por alcanzar a Aquel que libró nuestra naturaleza de la servidumbre de las cosas temporales y la puso a la diestra de su Padre.

    Cap. 35. El cumplimiento y fin de la Escritura es el amor de Dios y del prójimo

    I, 35, 39

    39. De todo, pues, lo que se ha dicho desde que entramos en la discusión acerca de las cosas, éste es el resumen: que entendamos claramente que el cumplimiento y el fin de la Ley, y de toda la Santa Escritura, es el amor de un objeto que ha de ser gozado, y el amor de un objeto que puede gozar de aquel otro en comunión con nosotros. Porque no hay necesidad de un mandamiento para que cada hombre se ame a sí mismo. Toda la dispensación temporal para nuestra salvación, por tanto, fue dispuesta por la providencia de Dios para que conociésemos esta verdad y fuésemos capaces de obrar conforme a ella; y debemos usar de esa dispensación, no con tal amor y deleite como si fuera un bien en el cual descansar, sino más bien con un sentimiento pasajero, como el que tenemos hacia el camino, o los carruajes, u otras cosas que son meros medios. Quizá pueda hallarse alguna otra comparación que exprese más adecuadamente la idea de que hemos de amar las cosas por las cuales somos llevados sólo por causa de aquello hacia lo cual somos llevados.

    Cap. 36. Que la interpretación de la Escritura que nos edifica en el amor no es perniciosamente engañosa ni mendaz, aunque sea defectuosa

    El intérprete, sin embargo, debe ser corregido

    I, 36, 40

    40. Quien, pues, piensa que entiende las Santas Escrituras, o alguna parte de ellas, pero les da una interpretación que no tiende a edificar este doble amor de Dios y del prójimo, todavía no las entiende como debe. Si, por el contrario, un hombre extrae de ellas un sentido que pueda servir para edificar el amor, aunque no acierte con el sentido preciso que el autor a quien lee quiso expresar en ese lugar, su error no es pernicioso, y queda enteramente libre de la acusación de engaño. Porque en el engaño está implicada la intención de decir lo falso; y hallamos muchos que tienen intención de engañar, pero nadie que desee ser engañado. Así, pues, el que sabe practica el engaño, y el ignorante es engañado, es bien claro que en cualquier caso el hombre engañado es mejor que el que engaña, puesto que es mejor padecer que cometer injusticia. Ahora bien, todo hombre que miente comete una injusticia; y si alguno piensa que la mentira es alguna vez útil, ha de pensar que la injusticia es a veces útil. Porque ningún mentiroso guarda la fe en aquello sobre lo que miente. Desea, por supuesto, que aquel a quien miente deposite confianza en él; y sin embargo traiciona esa confianza mintiéndole. Ahora bien, todo hombre que quebranta la fe es injusto. Luego, o la injusticia es a veces útil (lo cual es imposible), o la mentira nunca es útil.

    I, 36, 41

    41. Quien extrae de la Escritura un sentido distinto del que el escritor pretendió, se extravía, pero no por falsedad alguna de la Escritura. No obstante, como iba diciendo, si su interpretación equivocada tiende a edificar el amor, que es el fin del mandamiento, se extravía de modo muy semejante al hombre que por error abandona el camino real, pero alcanza a través de los campos el mismo lugar al que el camino conduce. Ha de ser corregido, sin embargo, y se le ha de mostrar cuánto mejor es no abandonar el camino recto, no sea que, si adquiere el hábito de extraviarse, pueda a veces tomar atajos, o incluso ir en dirección enteramente equivocada.
    Comentario editorial · La caridad, regla de la interpretación
    Aquí está la clave del tratado. Quien cree entender la Escritura sin que su lectura edifique el doble amor a Dios y al prójimo «todavía no las entiende como debe»; quien saca de ella un sentido que edifica ese amor, aunque no sea el que quiso el autor, no se engaña de modo pernicioso, pero ha de ser corregido, como el que deja el camino real y llega por los campos al mismo sitio (I, 36, 40–41). El libro III hará del principio una regla práctica: «todo aquello que en la palabra de Dios, tomado literalmente, no pueda referirse ni a la pureza de vida ni a la solidez de doctrina, tenlo por figurado» (III, 10, 14). Eusebeia trata este criterio en su estudio sobre la exégesis de los Padres.

    Cap. 37. Peligros de la interpretación equivocada

    I, 37, 41

    Pues si toma con ligereza un sentido que el autor a quien lee no pretendió, a menudo tropieza con otras afirmaciones que no puede armonizar con ese sentido. Y si reconoce que esas afirmaciones son verdaderas y ciertas, se sigue entonces que el sentido que había atribuido al pasaje anterior no puede ser el verdadero; y así sucede, de un modo apenas explicable, que, por amor a su propia opinión, empieza a sentir más enojo contra la Escritura que contra sí mismo. Y si en algún momento permite que ese mal se infiltre, acabará por destruirlo del todo. "Porque andamos por fe, no por vista". Ahora bien, la fe vacilará si la autoridad de la Escritura empieza a tambalearse. Y entonces, si la fe vacila, el amor mismo se enfriará. Pues si un hombre ha caído de la fe, necesariamente ha de caer también del amor; porque no puede amar lo que no cree que existe. Pero si cree y ama, entonces, por las buenas obras, y por la diligente atención a los preceptos morales, llega también a esperar que alcanzará el objeto de su amor. Y así, estas son las tres cosas a las que todo conocimiento y toda profecía están subordinados: fe, esperanza, amor.

    Cap. 38. La caridad nunca deja de ser

    I, 38, 42

    42. Pero la vista desplazará a la fe; y la esperanza será absorbida en aquella perfecta bienaventuranza a la que hemos de llegar: la caridad, en cambio, se acrecentará cuando estas otras fallen. Porque si amamos por fe lo que aún no vemos, ¡cuánto más lo amaremos cuando empecemos a ver! Y si amamos por esperanza lo que aún no hemos alcanzado, ¡cuánto más lo amaremos cuando lo alcancemos! Pues hay esta gran diferencia entre las cosas temporales y las eternas: que un objeto temporal se valora más antes de poseerlo, y empieza a mostrarse sin valor en el momento en que lo alcanzamos, porque no satisface al alma, que tiene su único y seguro lugar de descanso en la eternidad: un objeto eterno, en cambio, es amado con mayor ardor cuando se posee que mientras es aún objeto de deseo, pues nadie en su anhelo por él puede ponerle un valor más alto del que realmente tiene, de modo que lo considere comparativamente sin valor cuando lo halla de menor valor del que pensaba; al contrario, por alto que sea el valor que un hombre le atribuya cuando está en camino de poseerlo, lo hallará, cuando llegue a poseerlo, de un valor más alto aún.

    Cap. 39. Quien es maduro en fe, esperanza y caridad, no necesita ya la Escritura

    I, 39, 43

    43. Y así, el hombre que descansa en la fe, la esperanza y la caridad, y que se aferra firmemente a ellas, no necesita las Escrituras sino para instruir a otros. En consecuencia, muchos viven sin ejemplares de las Escrituras, aun en soledad, en virtud de estas tres gracias. De modo que en su caso, yo creo que se ha cumplido ya la sentencia: "Las profecías se acabarán; las lenguas cesarán; la ciencia se desvanecerá." Sin embargo, por medio de estos instrumentos (por así llamarlos), se ha edificado en ellos un edificio tan grande de fe y caridad, que, aferrándose a lo perfecto, no buscan lo que es perfecto solo en parte — por supuesto, quiero decir, en cuanto es posible en esta vida; pues, en comparación con la vida futura, la vida de ningún hombre justo y santo es perfecta aquí. Por eso dice el apóstol: "Y ahora permanecen la fe, la esperanza y la caridad, estas tres; pero la mayor de ellas es la caridad:" porque, cuando el hombre haya llegado al mundo eterno, mientras las otras dos gracias fallarán, la caridad permanecerá mayor y más segura.

    Cap. 40. Qué clase de lector exige la Escritura

    I, 40, 44

    44. Y, por tanto, si un hombre entiende plenamente que "el fin del mandamiento es la caridad, de corazón puro, de buena conciencia y de fe no fingida", y se empeña en hacer que toda su comprensión de la Escritura se ordene a estas tres gracias, puede acercarse a la interpretación de estos libros con ánimo tranquilo. Pues, al decir el apóstol "caridad", añade "de corazón puro", para evitar que se ame algo que no sea digno de amor. Y a esto añade "una buena conciencia", en orden a la esperanza; porque, si el hombre lleva la carga de una mala conciencia, desespera de alcanzar jamás aquello que cree y ama. Y en tercer lugar dice: "y de fe no fingida". Pues si nuestra fe está libre de toda hipocresía, entonces, por una parte, nos abstenemos de amar lo que es indigno de nuestro amor, y, por otra, viviendo rectamente, podemos abrigar la esperanza de que nuestra esperanza no será vana.
    Por estas razones he tenido empeño en hablar acerca de los objetos de la fe, en cuanto he creído necesario para mi presente propósito; pues ya se ha dicho mucho sobre este asunto en otros volúmenes, sea por otros, sea por mí mismo. Y así, sea este el fin del presente libro. En el siguiente trataré, en la medida en que Dios me dé luz, el tema de los signos.
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