III, 37, 55
La séptima regla de Ticonio, y última, trata del diablo y de su cuerpo. Pues él es la cabeza de los impíos, que en cierto sentido son su cuerpo y están destinados a ir con él al castigo del fuego eterno, así como Cristo es la cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo, destinada a estar con Él en su reino y gloria eternos. Por consiguiente, así como la primera regla, llamada del Señor y de su cuerpo, nos enseña, cuando la Escritura habla de una misma persona, a esforzarnos por entender qué parte de lo dicho se refiere a la cabeza y qué parte al cuerpo, así esta última regla nos muestra que a veces se dice del diablo algo cuya verdad no se ve tan claramente en cuanto a él mismo como en cuanto a su cuerpo; y su cuerpo está formado no solo por los que abiertamente andan extraviados, sino también por aquellos que, aunque en realidad le pertenecen, por algún tiempo están mezclados con la Iglesia, hasta que salen de esta vida o hasta que en el último y gran aventamiento se separe la paja del trigo. Por ejemplo, lo que dice Isaías: "¡Cómo cayó del cielo Lucifer, hijo de la mañana!", y las demás expresiones del contexto que, bajo la figura del rey de Babilonia, se dicen de la misma persona, han de entenderse desde luego del diablo; y, sin embargo, lo que en el mismo lugar se dice: "El que envía a todas las naciones es molido sobre la tierra", no conviene del todo propiamente a la cabeza misma. Pues, aunque el diablo envía sus ángeles a todas las naciones, es su cuerpo, no él mismo, lo que es molido sobre la tierra, salvo que él mismo está en su cuerpo, el cual es desmenuzado como el polvo que el viento arroja de la faz de la tierra.
III, 37, 56
Ahora bien, todas estas reglas, excepto la que trata de las promesas y de la ley, hacen que se entienda un sentido donde se expresa otro, que es lo propio de la dicción figurada; y esta clase de dicción está, a mi parecer, demasiado extendida para que alguien pueda abarcarla en toda su extensión. Pues siempre que se dice una cosa con intención de que se entienda otra, tenemos una expresión figurada, aunque el nombre del tropo no se halle en el arte de la retórica. Y cuando una expresión de este género aparece donde es costumbre encontrarla, no hay dificultad en entenderla; mas cuando aparece donde no es costumbre, cuesta trabajo entenderla, a unos más y a otros menos, según que los hombres hayan recibido de Dios más o menos dones intelectuales, o según dispongan de más o menos ayudas externas. Y así como en el caso de las palabras propias, que he tratado más arriba y en las cuales las cosas se han de entender tal como se expresan, así también en el caso de las palabras figuradas, en las que se expresa una cosa y otra se ha de entender —y de las que acabo de hablar cuanto me ha parecido suficiente—, a los estudiosos de estos venerables documentos hay que aconsejarles no solo que se familiaricen con las formas de expresión que la Escritura suele emplear, que las observen con cuidado y las recuerden con exactitud, sino también, lo que es especialmente y ante todo necesario, que oren para que puedan entenderlas. Pues en estos mismos libros cuyo estudio les ocupa leen: "El Señor da la sabiduría: de su boca proceden el conocimiento y la inteligencia"; y de Él han recibido el deseo mismo de conocimiento, si va unido a la piedad. Pero acerca de los signos, en cuanto se refiere a las palabras, ya he dicho bastante. Resta tratar, en el libro siguiente, en la medida en que Dios me haya iluminado, del modo de comunicar a otros nuestros pensamientos.
Al pasar a la segunda parte de su obra, la que trata de la expresión, el autor advierte que no entra en su intención escribir un tratado sobre las leyes de la retórica. Estas pueden aprenderse en otra parte y no deben descuidarse, siendo en verdad especialmente necesarias para el doctor cristiano, a quien conviene sobresalir en elocuencia y en el poder de la palabra. Después de detallar con mucho cuidado y minuciosidad las diversas cualidades de un orador, recomienda a los autores de las Santas Escrituras como los mejores modelos de elocuencia, que aventajan con mucho a todos los demás en la combinación de la elocuencia con la sabiduría. Señala que la claridad es la cualidad más esencial del estilo y debe ser cultivada con especial cuidado por el maestro, pues es el requisito principal para la instrucción, aunque se requieren otras cualidades para deleitar y persuadir al oyente. Todos estos dones han de buscarse en ferviente oración a Dios, aunque no hemos de olvidar ser celosos y diligentes en el estudio. Muestra que hay tres especies de estilo: el humilde, el elegante y el majestuoso; el primero sirve para la instrucción, el segundo para la alabanza y el tercero para la exhortación; y de cada uno de ellos da ejemplos, escogidos tanto de la Escritura como de los primeros maestros de la Iglesia, Cipriano y Ambrosio. Muestra que estos diversos estilos pueden mezclarse, y cuándo y con qué fines se mezclan; y que todos tienen el mismo fin a la vista: hacer llegar la verdad al oyente, de modo que pueda entenderla, oírla con gozo y practicarla en su vida. Finalmente, exhorta al propio doctor cristiano, señalando la dignidad y la responsabilidad del oficio que desempeña, a llevar una vida en armonía con su propia enseñanza y a dar buen ejemplo a todos.
IV, 1, 1
1. Esta obra mía, que lleva por título Sobre la doctrina cristiana, quedó dividida desde el comienzo en dos partes. Pues, después de un prefacio en el que respondí de antemano a quienes probablemente habrían de ponerle reparos, dije: "Hay dos cosas de las que depende toda interpretación de la Escritura: el modo de averiguar el sentido propio y el modo de dar a conocer el sentido una vez averiguado. Trataré primero del modo de averiguar y después del modo de dar a conocer el sentido." Así, pues, como ya he dicho mucho sobre el modo de averiguar el sentido y he dedicado tres libros a esta sola parte de la materia, diré sólo unas pocas cosas sobre el modo de dar a conocer el sentido, a fin de poder, si es posible, encerrarlas todas en el ámbito de un solo libro y dar fin a toda la obra en cuatro libros.
IV, 1, 2
2. En primer lugar, pues, quiero con este preámbulo atajar las expectativas de los lectores que puedan pensar que voy a exponer reglas de retórica como las que yo he aprendido, y aun enseñado, en las escuelas seculares, y advertirles que no han de esperar de mí nada semejante. No es que yo considere inútiles tales reglas, sino que, cualquiera que sea su utilidad, ha de aprenderse en otra parte; y si algún hombre de bien tuviese ocio para aprenderlas, no ha de pedirme que se las enseñe ni en esta obra ni en otra alguna.
IV, 2, 3
3. Ahora bien, pudiendo emplearse el arte de la retórica lo mismo en defensa de la verdad que de la falsedad, ¿quién se atreverá a decir que la verdad, en la persona de sus defensores, ha de permanecer desarmada frente a la falsedad? Por ejemplo: ¿que quienes intentan persuadir a los hombres de lo falso sepan exponer su asunto, de modo que hagan al oyente benévolo, atento y dócil, mientras que los defensores de la verdad hayan de ignorar ese arte? ¿Que aquellos digan sus falsedades con brevedad, claridad y verosimilitud, mientras que estos hayan de decir la verdad de tal manera que resulte tediosa de oír, difícil de entender y, en fin, poco creíble? ¿Que aquellos ataquen la verdad y defiendan la falsedad con argumentos sofísticos, mientras que estos no sean capaces ni de defender lo verdadero ni de refutar lo falso? ¿Que aquellos, inculcando en los ánimos de sus oyentes opiniones erróneas, con el poder de su palabra los atemoricen, los enternezcan, los animen y los enardezcan, mientras que estos, defendiendo la verdad, sean torpes, fríos y soñolientos? ¿Quién es tan necio como para tener esto por sabiduría? Siendo, pues, la elocuencia apta para uno y otro partido y de grandísimo servicio lo mismo para defender lo injusto que lo justo, ¿por qué los buenos no se esfuerzan en ponerla al servicio de la verdad, cuando los malos la emplean para hacer triunfar causas perversas e indignas y para fomentar la injusticia y el error?
Comentario editorial · Un antiguo profesor de retórica
Quien defiende aquí el uso de la retórica la enseñó durante años. Según Wikipedia, Agustín estudió en Cartago, donde la lectura del Hortensio de Cicerón, hoy perdido, despertó en él el amor a la sabiduría; dirigió allí una escuela de retórica durante nueve años, pasó a Roma en 383 y a fines de 384 obtuvo la cátedra de retórica de Milán. En Milán fue a oír a Ambrosio, atraído por su fama de orador. Tras su conversión dejó la profesión para dedicarse a la predicación, y en Hipona fue un predicador célebre: se conservan unos quinientos sermones, de los que más de trescientos cincuenta se tienen por auténticos, recogidos por taquígrafos.
Para ampliar: Augustine of Hippo (Wikipedia (en)) · Agustín de Hipona (Eusebeia)
IV, 3, 4
4. Pero las teorías y reglas sobre esta materia (a las cuales, cuando se añade una lengua diestramente ejercitada por la práctica y el hábito en el uso de muchas palabras y muchos ornamentos del discurso, se tiene lo que se llama elocuencia u oratoria) pueden aprenderse fuera de estos escritos míos, si se reserva un espacio de tiempo adecuado para ello en una edad conveniente y apropiada. Pero solo por aquellos que pueden aprenderlas con rapidez; pues los mismos maestros de la elocuencia romana no tuvieron reparo en decir que quien no puede aprender este arte con rapidez nunca podrá aprenderlo del todo. Sea esto verdad o no, ¿qué necesidad tenemos de indagarlo? Porque aun cuando este arte pueda a veces ser dominado al fin por hombres de ingenio más tardo, no lo considero de tanta importancia como para desear que hombres llegados a edad madura gasten tiempo en aprenderlo. Basta que los jóvenes le presten atención; y aun de estos, no todos los que han de ser aptos para la utilidad en la Iglesia, sino solo aquellos que no están aún ocupados en alguna tarea de necesidad más urgente, o que evidentemente deba anteponérsele. Porque los hombres de ingenio vivo y temperamento ardiente hallan más fácil hacerse elocuentes leyendo y escuchando a oradores elocuentes que siguiendo reglas de elocuencia. Y aun fuera del canon, que para gran provecho nuestro está fijado en lugar de autoridad segura, no faltan escritos eclesiásticos, con cuya lectura un hombre de talento adquirirá un tinte de la elocuencia con que están escritos, aunque no se proponga esto, sino que atienda solamente a las materias tratadas; especialmente, por supuesto, si además se ejercita en escribir, o dictar, y por último también en hablar, las opiniones que ha formado sobre fundamentos de piedad y fe. Si, empero, falta tal habilidad, las reglas de la retórica o no se entienden, o si, después de haber gastado gran trabajo en inculcarlas, llegan a entenderse en alguna pequeña medida, resultan de ningún provecho. Porque aun aquellos que las han aprendido, y que hablan con fluidez y elegancia, no pueden siempre pensar en ellas mientras hablan de modo que hablen conforme a ellas, a no ser que estén discutiendo las reglas mismas. En verdad, pienso que apenas hay quien pueda hacer ambas cosas — es decir, hablar bien, y, para hacerlo, pensar en las reglas del hablar mientras habla. Pues hemos de cuidar que lo que tenemos que decir no se nos escape mientras estamos pensando en decirlo según las reglas del arte. No obstante, en los discursos de los hombres elocuentes hallamos cumplidas reglas de elocuencia en las que los oradores no pensaron como auxilios para la elocuencia en el momento en que hablaban, ya las hubieran aprendido alguna vez, ya ni siquiera las hubieran encontrado. Porque es por ser elocuentes por lo que ejemplifican esas reglas; no es que las usen para ser elocuentes.
IV, 3, 5
5. Y, por tanto, así como los niños no pueden aprender a hablar sino aprendiendo palabras y frases de quienes hablan, ¿por qué no habrían de hacerse elocuentes los hombres sin que se les enseñe arte alguno de la palabra, simplemente leyendo y aprendiendo los discursos de los hombres elocuentes, e imitándolos en cuanto puedan? ¿Y qué hallamos que sucede a este respecto por los ejemplos mismos? Conocemos a muchos que, sin conocimiento de las reglas retóricas, son más elocuentes que otros muchos que las han aprendido; pero no conocemos a nadie que sea elocuente sin haber leído y escuchado los discursos y debates de hombres elocuentes. Pues incluso el arte de la gramática, que enseña la corrección del hablar, no necesitan aprenderlo los jóvenes, si tienen la ventaja de crecer y vivir entre hombres que hablan correctamente. Porque sin conocer los nombres de falta alguna, ellos, por estar acostumbrados al hablar correcto, se percatarán de cuanto haya de defectuoso en el hablar de cualquiera a quien escuchen, y lo evitarán; así como los hombres criados en la ciudad, aun siendo iletrados, advierten las faltas de los rústicos.
IV, 4, 6
6. Es, pues, el deber del intérprete y maestro de la Santa Escritura, defensor de la verdadera fe y adversario del error, tanto enseñar lo que es recto como refutar lo que es erróneo, y en el desempeño de esta tarea conciliar a los hostiles, despertar a los descuidados, y decir a los ignorantes tanto lo que está ocurriendo en el presente como lo que es probable en el futuro. Pero una vez que sus oyentes son amistosos, atentos y dispuestos a aprender, ya los haya encontrado así o los haya hecho él mismo así, los demás objetivos han de llevarse a cabo del modo que el caso requiera. Si los oyentes necesitan enseñanza, la materia tratada debe darse a conocer plenamente por medio de la narración. Por otra parte, aclarar puntos dudosos requiere razonamiento y la presentación de pruebas. Si, empero, los oyentes necesitan ser despertados más que instruidos, a fin de que sean diligentes en hacer lo que ya saben, y de poner sus sentimientos en armonía con las verdades que admiten, se necesita mayor vigor en el discurso. Aquí son necesarias las súplicas y reproches, las exhortaciones y reprensiones, y todos los demás medios de mover las emociones.
IV, 4, 7
7. Y todos los métodos que he mencionado son usados constantemente por casi todos en los casos en que el discurso es el medio empleado.
IV, 5, 7
Pero así como unos emplean estos métodos tosca, inelegante y fríamente, mientras otros los usan con agudeza, elegancia y brío, la obra de que hablo debe ser emprendida por quien sepa argumentar y hablar con sabiduría, si no con elocuencia, y con provecho para sus oyentes, aun cuando les aproveche menos de lo que les aprovecharía si pudiera hablar también con elocuencia. Pero hay que guardarse del hombre que abunda en disparates elocuentes, y tanto más si el oyente se complace en lo que no merece ser oído, y piensa que, porque el orador es elocuente, lo que dice ha de ser verdadero. Y esta opinión la sostienen aun quienes piensan que debe enseñarse el arte de la retórica; pues confiesan que "aunque la sabiduría sin elocuencia sea de poco servicio para los estados, la elocuencia sin sabiduría con frecuencia es un daño positivo y nunca es de provecho". Si, pues, los hombres que enseñan los principios de la elocuencia han sido forzados por la verdad a confesar esto en los mismos libros que tratan de la elocuencia, aun ignorando la verdadera, es decir, la sabiduría celestial que desciende del Padre de las luces, ¡cuánto más debemos sentirlo nosotros, que somos hijos y ministros de esta sabiduría más alta! Ahora bien, un hombre habla con más o menos sabiduría según haya progresado más o menos en el conocimiento de la Escritura; y no me refiero a leerla mucho y aprenderla de memoria, sino a entenderla rectamente y escudriñar con cuidado su sentido. Pues hay quienes la leen y, sin embargo, la descuidan; la leen para retener las palabras, pero son negligentes en cuanto a conocer el sentido. Es evidente que debemos poner muy por encima de éstos a los hombres que no retienen tanto las palabras, pero ven con los ojos del corazón en el corazón de la Escritura. Mejor que unos y otros, sin embargo, es el hombre que, cuando quiere, puede repetir las palabras y, al mismo tiempo, comprende rectamente su sentido.
IV, 5, 8
8. Ahora bien, es especialmente necesario que el hombre que está obligado a hablar sabiamente, aunque no pueda hablar con elocuencia, retenga en la memoria las palabras de la Escritura. Pues cuanto más reconoce la pobreza de su propio modo de hablar, tanto más debe acudir a las riquezas de la Escritura, de modo que lo que dice con sus propias palabras lo pruebe con las palabras de la Escritura; y él mismo, aunque pequeño y débil en sus propias palabras, cobre fuerza y poder con el testimonio confirmador de grandes varones. Pues su prueba agrada cuando él no puede agradar por su modo de hablar. Pero si un hombre desea hablar no sólo con sabiduría, sino también con elocuencia (y ciertamente será de mayor provecho si puede hacer ambas cosas), yo preferiría enviarlo a leer, escuchar y ejercitarse en imitar a varones elocuentes, antes que aconsejarle que gaste tiempo con los maestros de retórica; especialmente si los hombres que lee y escucha son justamente alabados por haber hablado, o por acostumbrar a hablar, no sólo con elocuencia, sino también con sabiduría. Pues los oradores elocuentes se oyen con gusto; los sabios, con provecho. Y, por eso, la Escritura no dice que la multitud de los elocuentes, sino que "la multitud de los sabios es la salvación del mundo". Y así como a menudo debemos tragar amargos saludables, así debemos evitar siempre dulzuras insalubres. Pero ¿qué hay mejor que una dulzura saludable o una salubridad dulce? Pues cuanto más dulces intentamos hacer tales cosas, más fácil es hacer útil su salubridad. Y así hay escritores de la Iglesia que han expuesto las Santas Escrituras, no sólo con sabiduría, sino también con elocuencia; y no hay más tiempo para leerlos que el que basta para que los estudiosos y desocupados puedan agotarlos.
IV, 6, 9
9. Quizá pregunte aquí alguno si los autores cuyos escritos divinamente inspirados constituyen el canon, que lleva consigo una autoridad sumamente saludable, han de ser tenidos por sabios solamente o también por elocuentes. Cuestión que para mí, y para quienes piensan conmigo, se resuelve con mucha facilidad. Pues donde yo entiendo a estos escritores, me parece no sólo que nada puede ser más sabio, sino también que nada puede ser más elocuente. Y me atrevo a afirmar que todos los que de verdad entienden lo que estos escritores dicen, perciben al mismo tiempo que no habría podido decirse propiamente de ningún otro modo. Porque así como hay una elocuencia que sienta mejor a la juventud, y otra que sienta mejor a la vejez, y nada puede llamarse elocuencia si no conviene a la persona del que habla, así hay una elocuencia que sienta bien a los hombres que con justicia reclaman la más alta autoridad y que están evidentemente inspirados por Dios. Con esta elocuencia hablaron; ninguna otra les habría convenido; y esta misma sería inconveniente en cualquier otro, pues está de acuerdo con su carácter, mientras se eleva tan por encima de la de los otros (no por vana hinchazón, sino por sólido mérito) como parece quedar por debajo de ellos. Mas donde no entiendo a estos escritores, aunque su elocuencia sea entonces menos manifiesta, no dudo de que es de la misma clase que la que entiendo. Y aun la oscuridad misma de estas palabras divinas y saludables era un elemento necesario en una elocuencia de tal índole, destinada a aprovechar a nuestro entendimiento, no sólo por el descubrimiento de la verdad, sino también por el ejercicio de sus fuerzas.
IV, 6, 10
10. Sin embargo, si tuviera tiempo, podría mostrar a esos hombres que ensalzan su propia manera de hablar como superior a la de nuestros autores (no por su majestad, sino por su hinchazón) que todas esas fuerzas y bellezas de elocuencia de que se jactan se hallan en los escritos sagrados que Dios, en su bondad, ha provisto para modelar nuestro carácter y guiarnos desde este mundo de maldad al bendito mundo de arriba. Pero no son las cualidades que estos escritores tienen en común con los oradores y poetas paganos las que me producen un deleite tan indecible en su elocuencia; me admira más el modo en que, con una elocuencia peculiarmente suya, se sirven de esta elocuencia nuestra de tal manera que no se hace notar ni por su presencia ni por su ausencia; porque no les convenía ni condenarla ni hacer ostentación de ella; y si la hubiesen evitado, habrían hecho lo primero; si la hubiesen hecho resaltar, podría parecer que hacían lo segundo. Y en aquellos pasajes donde los doctos notan su presencia, las cosas de que se habla son tales que las palabras en que se expresan no parecen tanto buscadas por el que habla como sugerirse espontáneamente; como si la sabiduría saliera de su casa — es decir, del pecho del varón sabio —, y la elocuencia, como una acompañante inseparable, la siguiera sin ser llamada.
Capítulo 7. Ejemplos de verdadera elocuencia tomados de las epístolas de Pablo y de las profecías de Amós
IV, 7, 11
11. Pues, ¿quién no ve lo que quiso decir el apóstol, y con cuánta sabiduría lo ha dicho, en el pasaje siguiente: "Nos gloriamos también en las tribulaciones: sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, experiencia; y la experiencia, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado"? Ahora bien, si algún hombre docto a lo ignorante (si se me permite la expresión) pretendiera que el apóstol siguió aquí las reglas de la retórica, ¿no se reiría de él todo cristiano, docto o indocto? Y, sin embargo, encontramos aquí la figura que en griego se llama ϰλίμαζ (clímax), y algunos en latín gradatio, pues no se cuidan de darle el nombre de scala (escalera), cuando las palabras y las ideas tienen una conexión de dependencia unas con otras, como vemos aquí que la paciencia nace de la tribulación, la experiencia de la paciencia y la esperanza de la experiencia. Aquí se halla también otro ornamento; pues después de ciertas expresiones terminadas en un solo tono de voz, que nosotros llamamos cláusulas y secciones (membra et cæsa), y los griegos ϰῶλα y ϰόμματα, sigue una frase redondeada (ambitus sive circuitus) que los griegos llaman περίοδος, cuyas cláusulas quedan suspensas en la voz del que habla hasta que el conjunto se completa con la última cláusula. Pues de las expresiones que preceden al período, esta es la primera cláusula: "sabiendo que la tribulación produce paciencia"; la segunda: "y la paciencia, experiencia"; la tercera: "y la experiencia, esperanza". Luego el período que se añade se completa en tres cláusulas, de las cuales la primera es: "y la esperanza no avergüenza"; la segunda: "porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones"; la tercera: "por el Espíritu Santo que nos ha sido dado". Pero estas cosas y otras semejantes se enseñan en el arte de la elocución. Así, pues, como no afirmo que el apóstol se guiara por las reglas de la elocuencia, tampoco niego que su sabiduría produjera naturalmente la elocuencia y fuera acompañada por ella.
IV, 7, 12
12. En la Segunda Epístola a los Corintios, refuta de nuevo a ciertos falsos apóstoles que habían salido de entre los judíos y habían intentado manchar su carácter; y, viéndose obligado a hablar de sí mismo, aunque él mismo lo atribuye a insensatez, ¡con cuánta sabiduría y con cuánta elocuencia habla! Pero la sabiduría es su guía, la elocuencia su acompañante; él sigue a la primera, la segunda lo sigue a él, y, sin embargo, no la desprecia cuando viene detrás de él. "Otra vez digo", dice, "Que nadie me tenga por insensato; y si no, recibidme como a insensato, para que yo también me gloríe un poco. Lo que hablo, no lo hablo según el Señor, sino como con insensatez, en esta confianza de gloriarme. Puesto que muchos se glorían según la carne, también yo me gloriaré. Porque de buena gana toleráis a los insensatos, siendo vosotros sabios. Pues toleráis si alguno os esclaviza, si alguno os devora, si alguno os toma lo vuestro, si alguno se engríe, si alguno os hiere en la cara. Lo digo como para afrenta, como si nosotros hubiéramos sido débiles. Pero en lo que otro tenga osadía (hablo con insensatez), yo también tengo osadía. ¿Son hebreos? Yo también. ¿Son israelitas? Yo también. ¿Son simiente de Abraham? Yo también. ¿Son ministros de Cristo? (Hablo como insensato.) Yo más: en trabajos más abundante, en azotes sin medida, en cárceles más frecuente, en muertes muchas veces. De los judíos cinco veces recibí cuarenta azotes menos uno; tres veces fui azotado con varas; una vez fui apedreado; tres veces padecí naufragio; una noche y un día he estado en lo profundo; en jornadas muchas veces, en peligros de ríos, en peligros de salteadores, en peligros de los de mi nación, en peligros de los gentiles, en peligros en la ciudad, en peligros en el desierto, en peligros en el mar, en peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en desvelos muchas veces, en hambre y sed, en ayunos muchas veces, en frío y en desnudez. Además de estas cosas externas, lo que viene sobre mí cada día: la solicitud por todas las iglesias. ¿Quién enferma, y yo no enfermo? ¿Quién se escandaliza, y yo no me abraso? Si es necesario gloriarme, me gloriaré de lo que toca a mi flaqueza." Los atentos y reflexivos perciben cuánta sabiduría hay en estas palabras. Y aun un hombre dormido tendrá que advertir qué torrente de elocuencia fluye por ellas.
IV, 7, 13
13. Además, el hombre instruido observa que aquellas secciones que los griegos llaman ϰόμματα, y las cláusulas y períodos de que hablé hace poco, entretejidas con hermosísima variedad, forman toda la configuración y, por así decirlo, las facciones de aquella elocución con la que aun los indoctos quedan deleitados y movidos. Pues, desde el lugar donde comencé a citar, el pasaje consta de períodos: el primero, el más pequeño posible, compuesto de dos miembros; porque un período no puede tener menos de dos miembros, aunque puede tener más: "Otra vez digo, que nadie me tenga por insensato". El siguiente tiene tres miembros: "y si no, recibidme como a insensato, para que yo también me gloríe un poco". El tercero tiene cuatro miembros: "Lo que hablo, no lo hablo según el Señor, sino como con insensatez, en esta confianza de gloriarme". El cuarto tiene dos: "Puesto que muchos se glorían según la carne, también yo me gloriaré". Y el quinto tiene dos: "Porque de buena gana toleráis a los insensatos, siendo vosotros sabios". El sexto tiene también dos miembros: "pues toleráis, si alguno os esclaviza". Siguen luego tres secciones (cæsa): "si alguno os devora, si alguno os toma lo vuestro, si alguno se engríe". Luego tres cláusulas (membra): "si alguno os hiere en la cara. Lo digo como para afrenta, como si nosotros hubiéramos sido débiles". Luego se subordina un período de tres miembros: "Pero en lo que otro tenga osadía (hablo con insensatez), yo también tengo osadía". Después de esto, poniéndose ciertas secciones separadas en forma interrogativa, se dan también secciones separadas como respuestas, tres a tres: "¿Son hebreos? Yo también. ¿Son israelitas? Yo también. ¿Son simiente de Abraham? Yo también". Pero, poniéndose del mismo modo una cuarta sección en forma interrogativa, la respuesta se da no en otra sección (cæsum), sino en una cláusula (membrum): "¿Son ministros de Cristo? (Hablo como insensato.) Yo más". Luego se ponen las siguientes cuatro secciones de manera continua, suprimiéndose elegantísimamente la forma interrogativa: "en trabajos más abundante, en azotes sin medida, en cárceles más frecuente, en muertes muchas veces". A continuación se interpone un período breve; pues, con una suspensión de la voz, "de los judíos cinco veces" ha de señalarse como constitutivo de un miembro, al que se une el segundo: "recibí cuarenta azotes menos uno". Luego vuelve a las secciones, y se ponen tres: "Tres veces fui azotado con varas, una vez fui apedreado, tres veces padecí naufragio". Viene después una cláusula: "una noche y un día he estado en lo profundo". Luego estallan catorce secciones con una vehemencia muy a propósito: "En jornadas muchas veces, en peligros de ríos, en peligros de salteadores, en peligros de los de mi nación, en peligros de los gentiles, en peligros en la ciudad, en peligros en el desierto, en peligros en el mar, en peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en desvelos muchas veces, en hambre y sed, en ayunos muchas veces, en frío y en desnudez". Después viene un período de tres miembros: "Además de estas cosas externas, lo que viene sobre mí cada día: la solicitud por todas las iglesias". Y a esto añade dos cláusulas en tono de pregunta: "¿Quién enferma, y yo no enfermo? ¿Quién se escandaliza, y yo no me abraso?" En fin, todo este pasaje, como jadeando por el aliento, se cierra con un período de dos miembros: "Si es necesario gloriarme, me gloriaré de lo que toca a mi flaqueza". Y no puedo expresar suficientemente cuán hermoso y deleitable es que, después de este arrebato, descanse él mismo y dé descanso al oyente interponiendo una breve narración. Pues prosigue: "El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que es bendito por los siglos, sabe que no miento". Y luego narra muy brevemente el peligro en que estuvo y el modo en que escapó de él.
IV, 7, 14
14. Sería tedioso proseguir más, o señalar lo mismo respecto de otros pasajes de la Santa Escritura. Si me hubiese tomado el trabajo, al menos en los pasajes citados de los escritos del apóstol, de señalar las figuras de dicción que se enseñan en el arte de la retórica, ¿no es más probable que los hombres serios pensaran que he ido demasiado lejos, antes que ningún estudioso pensara que he hecho bastante? Todas estas cosas, cuando las enseñan los maestros, se tienen por de gran valor; por ellas se pagan grandes precios, y los vendedores las ponderan con ampulosidad. Y temo también yo despedir ese tufo de ampulosidad mientras discurro de este modo sobre asuntos de esta índole. Sin embargo, era necesario responder a los hombres mal enseñados que tienen por despreciables a nuestros autores; no porque no posean, sino porque no ostentan, la elocuencia que estos hombres aprecian tanto.
IV, 7, 15
15. Pero acaso piensa alguno que he escogido al apóstol Pablo porque es nuestro gran orador. Pues cuando dice: "Aunque sea rudo en la palabra, no lo soy en el conocimiento", parece hablar como si concediera algo a sus detractores, no como confesando que reconociera que era verdad. Si hubiera dicho: "Soy en verdad rudo en la palabra, pero no en el conocimiento", de ningún modo podríamos haberle dado otro sentido. No dudó en afirmar abiertamente su conocimiento, porque sin él no habría podido ser el maestro de los gentiles. Y ciertamente, si aducimos algo suyo como modelo de elocuencia, lo tomamos de aquellas epístolas que hasta sus propios detractores, los cuales pensaban que su presencia corporal era débil y su palabra despreciable, confesaron ser graves y poderosas.
Veo, pues, que debo decir también algo de la elocuencia de los profetas, donde muchas cosas están ocultas bajo un estilo metafórico, las cuales cuanto más completamente parecen sepultadas bajo figuras de dicción, tanto mayor placer causan cuando se sacan a la luz. En este lugar, sin embargo, me corresponde escoger un pasaje de tal índole que no me vea obligado a explicar el asunto, sino sólo a elogiar el estilo. Y lo haré citando principalmente del libro de aquel profeta que dice que era pastor o boyero, y que fue llamado por Dios desde aquella ocupación y enviado a profetizar al pueblo de Dios. No seguiré, no obstante, a los traductores de la Septuaginta, los cuales, estando ellos mismos bajo la guía del Espíritu Santo en su traducción, parecen haber alterado algunos pasajes con el fin de dirigir la atención del lector más particularmente a la investigación del sentido espiritual (y por eso algunos pasajes resultan más oscuros, por ser más figurados, en su traducción); sino que seguiré la traducción hecha del hebreo al latín por el presbítero Jerónimo, varón profundamente conocedor de ambas lenguas.
Comentario editorial · Por qué aquí sigue a Jerónimo
En el libro II Agustín ponía la Septuaginta por encima de toda otra autoridad para corregir el Antiguo Testamento latino (II, 15, 22). Para citar a Amós sigue ahora la traducción que Jerónimo hizo del hebreo, y explica por qué: los Setenta, guiados por el Espíritu, habrían cambiado algunos pasajes para orientar al sentido espiritual. Entre una fecha y otra, Jerónimo había terminado su versión del Antiguo Testamento desde el hebreo (hacia 405, según Wikipedia), una decisión que Agustín criticó. En La ciudad de Dios (XVIII, 43) lo llama «varón doctísimo y perito en las tres lenguas», aunque mantiene la autoridad de los Setenta. La cita de que sigue es, según la nota del NPNF, la latina de Jerónimo.
IV, 7, 16
16. Cuando, pues, este profeta rústico, o en otro tiempo rústico, denunciaba a los impíos, a los soberbios, a los lujuriosos y, por ello, a los más descuidados del amor fraterno, clamó en voz alta, diciendo: "¡Ay de los que estáis tranquilos en Sión, y confiáis en el monte de Samaria, que sois cabezas y jefes del pueblo, que entráis con pompa en la casa de Israel! Pasad a Calne y mirad; y de allí id a Hamat la grande; bajad luego a Gat de los filisteos, y a todos los mejores reinos de estos: ¿es su término mayor que vuestro término? Vosotros que os reserváis para el día malo, y os acercáis a la silla de la opresión; que dormís sobre lechos de marfil, y os extendéis sobre vuestras camas; que coméis el cordero del rebaño, y los becerros de en medio del hato; que cantáis al son de la viola. Pensaron que tenían instrumentos de música como David; bebiendo vino en tazones, y ungiéndose con el ungüento más costoso: y no se dolieron por la aflicción de José". Suponed que aquellos hombres que se tienen por doctos y elocuentes, desprecian a nuestros profetas como indoctos e inhábiles en el hablar, se hubieran visto obligados a dirigir un mensaje como este y a hombres como estos, ¿habrían elegido expresarse de modo distinto en algún aspecto — al menos aquellos que habrían retrocedido ante la idea de desvariar como locos?
IV, 7, 17
17. Pues ¿qué hay en este discurso que unos oídos sobrios pudieran desear cambiar? En primer lugar, la invectiva misma; con cuánta vehemencia se lanza sobre los sentidos adormecidos para despertarlos sacudiéndolos: "¡Ay de los que estáis tranquilos en Sión, y confiáis en el monte de Samaria, que sois cabezas y jefes del pueblo, que entráis con pompa en la casa de Israel!" Después, para servirse de los favores de Dios, que les ha concedido un territorio amplio, a fin de mostrar su ingratitud al confiar en el monte de Samaria, donde se adoraba a los ídolos: "Pasad a Calne", dice, "y mirad; y de allí id a Hamat la grande; bajad luego a Gat de los filisteos, y a todos los mejores reinos de estos: ¿es su término mayor que vuestro término?" Al mismo tiempo, mientras se dicen estas cosas, el estilo se adorna con nombres de lugares como con lámparas, tales como "Sión", "Samaria", "Calne", "Hamat la grande" y "Gat de los filisteos". Luego las palabras unidas a estos lugares se varían de manera muy apropiada: "estáis tranquilos", "confiáis", "pasad", "id", "bajad".
IV, 7, 18
18. Y luego se anuncia como cercana la futura cautividad bajo un rey opresor, cuando se añade: "Vosotros que os reserváis para el día malo, y os acercáis a la silla de la opresión". A continuación se agregan los males del lujo: "que dormís sobre lechos de marfil, y os extendéis sobre vuestras camas; que coméis el cordero del rebaño, y los becerros de en medio del hato". Estas seis cláusulas forman tres períodos de dos miembros cada uno. Pues no dice: Vosotros que os reserváis para el día malo, quienes os acercáis a la silla de la opresión, quienes dormís sobre lechos de marfil, quienes os extendéis sobre vuestras camas, quienes coméis el cordero del rebaño, y becerros del hato. Si lo hubiera expresado así, tendría su belleza: seis cláusulas separadas corriendo, repitiéndose el mismo pronombre cada vez, y terminándose cada cláusula con un solo esfuerzo de la voz del que habla. Pero así es más hermoso, uniéndose las cláusulas por pares bajo el mismo pronombre y formando tres frases: una referente a la profecía de la cautividad: "Vosotros que os reserváis para el día malo, y os acercáis a la silla de la opresión"; la segunda a la lascivia: "que dormís sobre lechos de marfil, y os extendéis sobre vuestras camas"; la tercera a la glotonería: "que coméis el cordero del rebaño, y los becerros de en medio del hato". De modo que queda a discreción del que habla terminar cada cláusula por separado y hacer seis en total, o suspender la voz en la primera, la tercera y la quinta, y, uniendo la segunda a la primera, la cuarta a la tercera y la sexta a la quinta, hacer tres elegantísimos períodos de dos miembros cada uno: uno que describe la catástrofe inminente; otro, el lecho lascivo; y el tercero, la mesa lujosa.
IV, 7, 19
19. Después los reprocha por su lujo en buscar placer para el oído. Y aquí, cuando ha dicho: "Vosotros que cantáis al son de la viola", viendo que los sabios pueden practicar sabiamente la música, con maravillosa destreza de lenguaje frena el torrente de su invectiva, y no hablando ya a estos hombres, sino de ellos, para mostrarnos que debemos distinguir la música del sabio de la música del voluptuoso, no dice: "Vosotros que cantáis al son de la viola, y pensáis que tenéis instrumentos de música como David"; sino que primero les dirige a ellos mismos lo que conviene que oigan los voluptuosos: "Vosotros que cantáis al son de la viola"; y luego, volviéndose a otros, da a entender que estos hombres ni siquiera tienen destreza en su arte: "pensaron que tenían instrumentos de música como David; bebiendo vino en tazones, y ungiéndose con el ungüento más costoso". Estas tres cláusulas se pronuncian mejor cuando la voz queda suspensa en los dos primeros miembros del período y se detiene en el tercero.
IV, 7, 20
20. Pero en cuanto a la frase que sigue a todas estas: "y no se dolieron por la aflicción de José". Ya se pronuncie continuadamente como una sola cláusula, ya con más elegancia se mantengan suspensas las palabras "y no se dolieron", y se añada luego "por la aflicción de José", de modo que se haga un período de dos miembros; en todo caso, es un rasgo de maravillosa belleza no decir: "y no se dolieron por la aflicción de su hermano", sino poner a José en lugar de hermano, para indicar a los hermanos en general por el nombre propio de aquel que sobresale ilustre entre sus hermanos, tanto por las injurias que sufrió como por el bien que devolvió. Y, ciertamente, no sé si esta figura de dicción, por la que se pone a José en lugar de los hermanos en general, es una de las establecidas en aquel arte que aprendí y solía enseñar. Pero cuán hermosa es, y cuán llega al lector inteligente, es inútil decirlo a quien no lo siente por sí mismo.
IV, 7, 21
21. Y muchos otros puntos tocantes a las leyes de la elocuencia podrían hallarse en este pasaje que he escogido como ejemplo. Pero un lector inteligente no recibirá tanta instrucción al analizarlo con cuidado como al recitarlo con espíritu, que lo enciende. Y no fue compuesto por arte y cuidado humanos, sino que brotó en sabiduría y elocuencia de la mente divina; sabiduría que no busca la elocuencia, y la elocuencia no se aparta de la sabiduría. Pues si, como han visto y dicho ciertos varones agudísimos y muy elocuentes, las reglas que se establecen en el arte oratorio no habrían podido observarse, notarse y reducirse a sistema, si no hubieran nacido primero del genio de los oradores, ¿es de admirar que se hallen en los mensajeros de Aquel que es autor de todo genio? Por tanto, reconozcamos que los escritores canónicos no sólo son sabios, sino también elocuentes, con una elocuencia adecuada a un carácter y una posición como los suyos.
Cap. 8. La oscuridad de los escritores sagrados, aunque compatible con la elocuencia, no ha de ser imitada por los doctores cristianos
IV, 8, 22
22. Mas aunque tomo algunos ejemplos de elocuencia de aquellos escritos suyos que no ofrecen dificultad para ser entendidos, no hemos de suponer en modo alguno que sea nuestro deber imitarlos en aquellos pasajes en que, con el fin de ejercitar y adiestrar las mentes de sus lectores, de quebrantar la saciedad y estimular el celo de los que desean aprender, y con el fin también de echar un velo sobre las mentes de los impíos, ya para que se conviertan a la piedad, ya para que queden excluidos del conocimiento de los misterios, por una u otra de estas razones se han expresado con una oscuridad útil y saludable. Y ciertamente se han expresado de tal manera que quienes en tiempos posteriores los entendieron y explicaron rectamente han alcanzado en la Iglesia de Dios una estima no ciertamente igual a aquella con que ellos mismos son considerados, sino la que más se acerca a ella. Así pues, los expositores de estos escritores no deben expresarse del mismo modo, como si presentaran sus exposiciones como de la misma autoridad; antes bien, en todas sus enseñanzas deben proponerse como primer y principal objetivo ser entendidos, empleando, en lo posible, una claridad de lenguaje tal que o sea muy torpe quien no los entienda, o que, si lo que dicen no se entiende muy fácilmente o prontamente, la razón no esté en su manera de expresarse, sino en la dificultad y sutileza de la materia que intentan explicar.
IV, 9, 23
23. Pues hay algunos pasajes que no se entienden en su fuerza propia, o se entienden con gran dificultad, por mucha que sea la extensión, la claridad o la elocuencia con que el orador los exponga; y estos no deben presentarse jamás al pueblo, o sólo en raras ocasiones, cuando hay alguna razón urgente. Pero tanto en los libros que están escritos en un estilo tal que, si se los entiende, atraen, por así decirlo, a sus propios lectores, y si no se los entiende, no causan molestia a quienes no se cuidan de leerlos, como en las conversaciones privadas, no debemos rehuir el deber de poner al alcance de la comprensión de los demás la verdad que nosotros mismos hemos alcanzado, por difícil que sea entenderla y por mucho trabajo de argumentación que nos cueste. Sólo dos condiciones han de exigirse: que nuestro oyente o compañero tenga un deseo sincero de aprender la verdad, y que tenga capacidad mental para recibirla en cualquier forma en que se la comunique, sin que el maestro se afane tanto por la elocuencia como por la claridad de su enseñanza.
IV, 10, 24
24. Ahora bien, un vivo deseo de claridad lleva a veces a descuidar las formas más pulidas del lenguaje, y a ser indiferente a lo que suena bien, en comparación con lo que expresa y transmite con claridad el sentido pretendido. De ahí que cierto autor, al tratar de este tipo de lenguaje, diga que hay en él "una especie de diligente negligencia". Sin embargo, al quitar el ornamento, no introduce la vulgaridad en el habla; aunque los buenos maestros tienen, o deben tener, tan gran afán por enseñar que emplearán una palabra que no puede hacerse latín puro sin volverse oscura o ambigua, pero que, usada según el lenguaje vulgar, no es ambigua ni oscura) no a la manera de los doctos, sino más bien a la manera de los indoctos. Pues si nuestros traductores no tuvieron reparo en decir: "Non congregabo conventicula eorum de sanguinibus", porque sintieron que era importante para el sentido poner aquí una palabra en plural que en latín sólo se usa en singular, ¿por qué un maestro de piedad que se dirige a un auditorio indocto habría de tener reparo en usar ossum en lugar de os, si teme que este último pudiera tomarse no como el singular de ossa, sino como el singular de ora, viendo que los oídos africanos no perciben con rapidez la brevedad o longitud de las vocales? ¿Y qué ventaja hay en la pureza del hablar que no conduce a la comprensión en el oyente, puesto que de nada sirve hablar si no nos entienden aquellos por quienes hablamos? Por tanto, quien enseña evitará todas las palabras que no enseñan; y si en lugar de ellas puede encontrar palabras que sean a la vez puras e inteligibles, las preferirá; pero si no puede, ya sea porque no existen tales palabras, o porque no se le ocurren en el momento, usará palabras que no sean del todo puras, con tal de que la sustancia de su pensamiento sea transmitida y aprehendida en su integridad.
IV, 10, 25
25. Y esto ha de insistirse como necesario para que se nos entienda, no sólo en las conversaciones, ya sea con una persona o con varias, sino mucho más en el caso de un discurso pronunciado en público: pues en la conversación cualquiera tiene la facultad de preguntar; pero cuando todos callan para que uno sea oído, y todos los rostros se vuelven atentos hacia él, no es costumbre ni es decoroso que una persona pregunte acerca de lo que no entiende; y por esta razón el orador debe ser especialmente cuidadoso en prestar ayuda a quienes no pueden pedirla. Ahora bien, una muchedumbre ansiosa de instrucción muestra generalmente con sus movimientos si entiende lo que se dice; y hasta que se dé alguna indicación de este género, el asunto tratado debe ser vuelto y revuelto, y presentado en todas las formas y variedades de expresión, cosa que no pueden hacer los hombres que repiten palabras preparadas de antemano y confiadas a la memoria. Tan pronto, sin embargo, como el orador se ha asegurado de que se entiende lo que dice, debe o bien dar fin a su discurso, o pasar a otro punto. Pues si un hombre agrada cuando arroja luz sobre puntos acerca de los cuales la gente desea instrucción, se vuelve fastidioso cuando se detiene largamente en cosas que ya son bien conocidas, sobre todo cuando la expectación de los hombres estaba fija en que se removieran las dificultades del pasaje. Porque incluso las cosas muy conocidas se cuentan por el placer que producen, si la atención se dirige no a las cosas mismas, sino al modo en que se cuentan. Más aún, cuando el estilo mismo es ya bien conocido, si agrada a los oyentes, casi es indiferente que quien habla sea un orador o un lector. Pues las cosas escritas con gracia a menudo no sólo son leídas con deleite por quienes las conocen por primera vez, sino releídas con deleite por quienes ya las conocían y aún no las han olvidado; más aún, ambas clases obtendrán placer incluso oyendo a otro repetirlas. Y si alguien ha olvidado algo, cuando se le recuerda, es enseñado. Pero no estoy tratando ahora del modo de dar placer. Hablo del modo en que deben ser enseñados los hombres que desean aprender. Y el mejor modo es aquel que asegura que quien oye oiga la verdad, y que lo que oye lo entienda. Y cuando se ha alcanzado este punto, no es necesario gastar más trabajo en la verdad misma, como si requiriera más explicación; pero quizá pueda tomarse alguna molestia para inculcarla de modo que llegue al corazón. Si parece correcto hacer esto, debe hacerse con tal moderación que no lleve al fastidio y a la impaciencia.