Ahora bien, no siempre se sobrepasa la especie, pues a menudo se dicen cosas de tal índole que evidentemente se aplican también a ella, o quizá incluso exclusivamente a ella. Pero cuando la Escritura, habiendo hablado de la especie hasta cierto punto, hace en ese punto una transición de la especie al género, el lector debe entonces guardarse cuidadosamente de buscar en la especie lo que puede hallar mucho mejor y con más seguridad en el género. Tómese, por ejemplo, lo que dice el profeta Ezequiel: "Cuando la casa de Israel habitaba en su tierra, la contaminaron con su camino y con sus obras; su camino fue delante de mí como la inmundicia de la mujer separada. Por lo cual derramé mi furor sobre ellos por la sangre que habían derramado sobre la tierra, y por sus ídolos con que la habían contaminado; y los esparcí entre los gentiles, y fueron dispersados por los países; conforme a su camino y conforme a sus obras los juzgué." Ahora bien, es fácil entender que esto se aplica a aquella casa de Israel de la cual dice el Apóstol: "Mirad a Israel según la carne"; porque el pueblo de Israel según la carne hizo y padeció todo lo que aquí se refiere. También lo que sigue inmediatamente puede entenderse como referido al mismo pueblo. Pero cuando el profeta comienza a decir: "Y santificaré mi gran nombre, profanado entre las naciones, el cual profanasteis vosotros en medio de ellas; y sabrán las naciones que yo soy el Señor", el lector debe ahora observar con cuidado de qué manera se sobrepasa la especie y se toma el género. Pues continúa diciendo: "Y seré santificado en vosotros delante de sus ojos. Porque yo os tomaré de entre las naciones, y os recogeré de todos los países, y os traeré a vuestra propia tierra. Entonces rociaré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpios; de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré también un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré mi Espíritu dentro de vosotros, y haré que andéis en mis estatutos, y guardaréis mis mandamientos, y los pondréis por obra. Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres; y seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios. Os salvaré asimismo de todas vuestras inmundicias." Y nadie que examine el asunto puede dudar de que esto sea una profecía del Nuevo Testamento, al cual pertenecen no sólo el resto de aquella única nación, de la cual en otro lugar se dice: "Porque aunque el número de los hijos de Israel sea como la arena del mar, un resto de ellos será salvo", sino también las demás naciones que fueron prometidas a sus padres y a nuestros padres; y de que aquí haya una promesa de aquel lavacro de la regeneración que, como vemos, se imparte ahora a todas las naciones. Y aquella sentencia del Apóstol, cuando alaba la gracia del Nuevo Testamento y su excelencia en comparación con el Antiguo: "Vosotros sois nuestra carta... escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón", tiene una referencia evidente a este lugar donde el profeta dice: "Os daré también un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne." Ahora bien, el corazón de carne, del cual se toma la expresión del Apóstol, "las tablas de carne del corazón", el profeta quiso señalarlo como distinto del corazón de piedra por la posesión de vida sensible; y por sensible entendió vida inteligente. Y así, el Israel espiritual está formado, no de una sola nación, sino de todas las naciones que fueron prometidas a los padres en su simiente, esto es, en Cristo.