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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEl libro y su plan
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 5 minPrefacio, en el que se muestra que enseñar reglas para la interpretación de la Escritura no es tarea superflua
  4. Sesión 4 · Parte 2 · ≈ 6 minLibro I. Que contiene una visión general de los temas tratados en la santa Escritura
  5. Sesión 5 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 3. Algunas cosas son para uso, otras para goce
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 7. Lo que todos los hombres entienden por el término Dios
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 12. En qué sentido la sabiduría de Dios vino a nosotros
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 17. Cristo, al perdonar nuestros pecados, abrió el camino de regreso a la patria
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 minCap. 23. El hombre no necesita mandamiento para amarse a sí mismo y a su propio cuerpo
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 26. El mandamiento de amar a Dios y al prójimo incluye un mandamiento de amarnos a nosotros mismos
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 30. Si los ángeles han de ser contados entre nuestros prójimos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minCap. 33. De qué manera se debe gozar del hombre
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 5 minCap. 37. Peligros de la interpretación equivocada
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro II
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minCap. 4. Origen de la Escritura
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCap. 8. Los libros canónicos
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCap. 10. Los signos desconocidos o ambiguos impiden que se entienda la Escritura
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCap. 13. Cómo pueden enmendarse las interpretaciones defectuosas
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 10 minCap. 15. Entre las versiones se da preferencia a la Septuaginta y a la Itala
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minCap. 16. El conocimiento tanto de la lengua como de las cosas es útil para la comprensión de las expresiones figuradas
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCap. 17. Origen de la leyenda de las nueve Musas
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 6 minCap. 21. Superstición de los astrólogos
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCap. 23. Por qué repudiamos las artes de adivinación
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 5 minCap. 26. Qué inventos humanos debemos adoptar y cuáles debemos evitar
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCap. 29. Hasta qué punto la ciencia natural es una ayuda exegética
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCap. 32. La validez de la secuencia lógica no es inventada por el hombre, sino solo observada por él
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 5 minCap. 36. Las reglas de la elocuencia son verdaderas, aunque a veces se usen para persuadir a los hombres de lo falso
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCap. 39. A cuál de los estudios arriba mencionados debe prestarse atención, y con qué espíritu
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 6 minCap. 41. Qué clase de espíritu se requiere para el estudio de la santa Escritura
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCap. 2. Regla para eliminar la ambigüedad atendiendo a la puntuación
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minCap. 4. Cómo se resuelven las ambigüedades
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCap. 8. Los judíos liberados de su servidumbre de un modo, los gentiles de otro
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCap. 11. Regla para interpretar las frases que parecen atribuir severidad a Dios y a los santos
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 5 minCap. 13. Mismo tema, continuación
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCap. 17. Algunos mandatos se dan a todos en común, otros a clases particulares
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 8 minCap. 21. David no fue lujurioso, aunque cayó en adulterio
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCap. 26. Los pasajes oscuros se interpretan por los claros
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCap. 30. Las reglas de Ticonio el Donatista examinadas
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 9 minCap. 33. La tercera regla de Ticonio
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 8 minCap. 35. La quinta regla de Ticonio
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 7 minCap. 37. La séptima regla de Ticonio
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCap. 2. Es lícito al doctor cristiano usar el arte de la retórica
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 8 minCap. 4. El deber del doctor cristiano
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 7. Ejemplos de verdadera elocuencia tomados de las epístolas de Pablo y de las profecías de Amós
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 7. Ejemplos de verdadera elocuencia tomados de las epístolas de Pablo y de las profecías de Amós
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 7 minCap. 8. La oscuridad de los escritores sagrados, aunque compatible con la elocuencia, no ha de ser imitada por los doctores cristianos
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 6 minCap. 11. El doctor cristiano debe hablar con claridad, pero no sin elegancia
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCap. 14. La belleza de estilo debe estar en armonía con el asunto
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 10 minCap. 16. Las instrucciones humanas no han de despreciarse, aunque Dios hace al verdadero maestro
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 9 minCap. 19. El doctor cristiano debe usar distintos estilos en distintas ocasiones
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 10 minCap. 21. Ejemplos de los diversos estilos, tomados de los doctores de la Iglesia, especialmente Ambrosio y Cipriano
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCap. 21. Ejemplos de los diversos estilos, tomados de los doctores de la Iglesia, especialmente Ambrosio y Cipriano
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minCap. 22. La necesidad de la variedad en el estilo
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 6 minCap. 25. Cómo ha de usarse el estilo templado
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 8 minCap. 27. El hombre cuya vida está en armonía con su enseñanza enseñará con mayor eficacia
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 4 minCapítulo 30. El predicador debe comenzar su discurso con oración a Dios

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Sobre la doctrina cristiana

    Hipona, 397 y 426 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de J. F. Shaw (NPNF)42 minPosición: 0% de esta parteParte 6 de 9 · Cap. 17. Algunos mandatos se dan a todos en común, otros a clases particularesPublicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-01

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    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEl libro y su plan
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    4. Sesión 4 · Parte 2 · ≈ 6 minLibro I. Que contiene una visión general de los temas tratados en la santa Escritura
    5. Sesión 5 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 3. Algunas cosas son para uso, otras para goce
    6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 7. Lo que todos los hombres entienden por el término Dios
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 12. En qué sentido la sabiduría de Dios vino a nosotros
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 17. Cristo, al perdonar nuestros pecados, abrió el camino de regreso a la patria
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 minCap. 23. El hombre no necesita mandamiento para amarse a sí mismo y a su propio cuerpo
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 26. El mandamiento de amar a Dios y al prójimo incluye un mandamiento de amarnos a nosotros mismos
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 30. Si los ángeles han de ser contados entre nuestros prójimos
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minCap. 33. De qué manera se debe gozar del hombre
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 5 minCap. 37. Peligros de la interpretación equivocada
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro II
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minCap. 4. Origen de la Escritura
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCap. 8. Los libros canónicos
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCap. 10. Los signos desconocidos o ambiguos impiden que se entienda la Escritura
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCap. 13. Cómo pueden enmendarse las interpretaciones defectuosas
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 10 minCap. 15. Entre las versiones se da preferencia a la Septuaginta y a la Itala
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    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 6 minCap. 21. Superstición de los astrólogos
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCap. 23. Por qué repudiamos las artes de adivinación
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 5 minCap. 26. Qué inventos humanos debemos adoptar y cuáles debemos evitar
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCap. 29. Hasta qué punto la ciencia natural es una ayuda exegética
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCap. 32. La validez de la secuencia lógica no es inventada por el hombre, sino solo observada por él
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 5 minCap. 36. Las reglas de la elocuencia son verdaderas, aunque a veces se usen para persuadir a los hombres de lo falso
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    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 6 minCap. 41. Qué clase de espíritu se requiere para el estudio de la santa Escritura
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCap. 2. Regla para eliminar la ambigüedad atendiendo a la puntuación
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    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 5 minCap. 13. Mismo tema, continuación
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCap. 17. Algunos mandatos se dan a todos en común, otros a clases particulares
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 8 minCap. 21. David no fue lujurioso, aunque cayó en adulterio
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCap. 26. Los pasajes oscuros se interpretan por los claros
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    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 8 minCap. 4. El deber del doctor cristiano
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    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 7 minCap. 8. La oscuridad de los escritores sagrados, aunque compatible con la elocuencia, no ha de ser imitada por los doctores cristianos
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    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 10 minCap. 16. Las instrucciones humanas no han de despreciarse, aunque Dios hace al verdadero maestro
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 9 minCap. 19. El doctor cristiano debe usar distintos estilos en distintas ocasiones
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 10 minCap. 21. Ejemplos de los diversos estilos, tomados de los doctores de la Iglesia, especialmente Ambrosio y Cipriano
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    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minCap. 22. La necesidad de la variedad en el estilo
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 6 minCap. 25. Cómo ha de usarse el estilo templado
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 8 minCap. 27. El hombre cuya vida está en armonía con su enseñanza enseñará con mayor eficacia
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 4 minCapítulo 30. El predicador debe comenzar su discurso con oración a Dios

    Cap. 17. Algunos mandatos se dan a todos en común, otros a clases particulares

    III, 17, 25

    25. Además, sucede a menudo que un hombre que ha alcanzado, o cree haber alcanzado, un grado más alto de vida espiritual, piensa que los mandatos dados a quienes están todavía en los grados inferiores son figurados; por ejemplo, si ha abrazado la vida de celibato y se ha hecho eunuco por causa del reino de los cielos, sostiene que los mandatos dados en la Escritura acerca de amar y gobernar a la esposa no han de tomarse literalmente, sino en sentido figurado; y si ha resuelto mantener virgen a su hija sin casar, intenta dar una interpretación figurada al pasaje donde se dice: "Casa a tu hija, y habrás hecho una obra de peso." Por consiguiente, otra de nuestras reglas para entender las Escrituras será la siguiente: reconocer que algunos mandatos se dan a todos en común, otros a clases particulares de personas, para que la medicina actúe no solo sobre el estado de salud en su conjunto, sino también sobre la debilidad especial de cada miembro. Porque aquello que no puede ser elevado a un estado más alto debe ser cuidado en su propio estado.

    Cap. 18. Debemos tener en cuenta el tiempo en que algo fue gozado o permitido

    III, 18, 26

    26. Debemos guardarnos también de suponer que lo que en el Antiguo Testamento, atendiendo a la condición de aquellos tiempos, no es crimen ni vicio aun tomándolo en sentido literal y no figurado, pueda trasladarse al tiempo presente como norma de vida. Pues nadie hará esto, excepto cuando la concupiscencia lo domina y se esfuerza por buscar apoyo para sí misma en las mismas Escrituras que estaban destinadas a abatirla. Y el desdichado no advierte que tales cosas se consignan con este designio provechoso: que los hombres de buena esperanza aprendan esta lección saludable: que la costumbre que desprecian puede ser enderezada a un buen uso, y la que abrazan puede servir para condenación, si el uso de la primera va acompañado de caridad, y el de la segunda, de concupiscencia.

    III, 18, 27

    27. Pues, si fue posible que un hombre usara de muchas esposas con castidad, es posible que otro use de una sola esposa con concupiscencia. Y miro con mayor aprobación al hombre que usa de la fecundidad de muchas esposas por causa de un fin ulterior, que al que goza del cuerpo de una sola esposa por sí mismo. Pues en el primer caso el hombre se propone un objeto útil, adecuado a las circunstancias de los tiempos; en el segundo, satisface una concupiscencia que se absorbe en los goces temporales. Y aquellos hombres a quienes el apóstol permitió, como por indulgencia, tener una sola esposa a causa de su incontinencia, estaban menos cerca de Dios que aquellos que, aunque tenían cada uno numerosas esposas, así como el hombre sabio usa del alimento y de la bebida solo por causa de la salud corporal, usaban del matrimonio solo por causa de la descendencia. Y, por consiguiente, si estos últimos hubieran estado aún vivos en la venida de nuestro Señor, cuando había llegado el tiempo no de arrojar piedras, sino de recogerlas, se habrían hecho eunucos al instante por causa del reino de los cielos. Pues no hay dificultad en abstenerse, a no ser cuando hay concupiscencia en el gozar. Y ciertamente aquellos hombres de quienes hablo sabían que la lascivia, aun respecto de las esposas, es abuso e intemperancia, como lo prueba la oración de Tobías cuando se unió a su esposa. Pues dice: "Bendito eres Tú, oh Dios de nuestros padres, y bendito sea tu santo y glorioso nombre por siempre; bendígante los cielos y todas tus criaturas. Tú hiciste a Adán y le diste a Eva, su esposa, como ayuda y apoyo. . . . Y ahora, Señor, tú sabes que no tomo a esta hermana mía por concupiscencia, sino rectamente; ten, pues, piedad de nosotros, oh Señor."

    Cap. 19. Los malvados juzgan a los demás por sí mismos

    III, 19, 28

    28. Pero aquellos que, dando rienda suelta a la concupiscencia, o andan errantes sumergiéndose en una multitud de desenfrenos, o incluso respecto de una sola esposa no solo exceden la medida necesaria para la procreación de los hijos, sino que con la desvergonzada licencia de una especie de libertad servil amontonan la inmundicia de un exceso aún más bestial, tales hombres no creen posible que los varones de los tiempos antiguos usaran de muchas esposas con templanza, sin mirar a otra cosa que al deber, necesario en las circunstancias de aquel tiempo, de propagar la raza; y lo que ellos mismos, enredados en las mallas de la concupiscencia, no logran con una sola esposa, lo juzgan del todo imposible con muchas.

    III, 19, 29

    29. Pero estos mismos hombres podrían decir que ni siquiera es justo honrar y alabar a los hombres buenos y santos, porque ellos mismos, cuando son honrados y alabados, se hinchan de soberbia, volviéndose tanto más ávidos de la más vana distinción cuanto más frecuente y más ampliamente son llevados de acá para allá por la lengua de la adulación, y así se vuelven tan ligeros que un soplo de rumor, ya parezca próspero o adverso, los arrastrará al torbellino del vicio o los estrellará contra las rocas del crimen. Aprendan, pues, cuán penoso y difícil les es a ellos mismos escapar de ser atrapados por el cebo de la alabanza, o de ser traspasados por los aguijones del insulto; pero no midan a los demás por su propia medida.

    Cap. 20. La constancia de los hombres buenos en todas las circunstancias exteriores

    III, 20, 29

    Crean, por el contrario, que los apóstoles de nuestra fe ni se engreían cuando los hombres los honraban, ni se abatían cuando los despreciaban. Y ciertamente ninguna de estas dos clases de tentación faltó a aquellos grandes varones. Pues fueron tanto ensalzados por las ruidosas alabanzas de los creyentes, como denigrados por las calumniosas murmuraciones de sus perseguidores. Pero los apóstoles usaron de todas estas cosas según la ocasión lo requería, y no se corrompieron; y del mismo modo los santos antiguos usaron de sus esposas atendiendo a las necesidades de sus propios tiempos, y no estuvieron en servidumbre de la concupiscencia, como lo están quienes se niegan a creer estas cosas.

    III, 20, 30

    30. Porque si hubieran estado bajo el influjo de alguna pasión semejante, jamás habrían podido contenerse de un odio implacable hacia sus hijos, por quienes sabían que sus esposas y concubinas eran solicitadas y deshonradas.

    Cap. 21. David no fue lujurioso, aunque cayó en adulterio

    III, 21, 30

    Pero cuando el rey David sufrió esta injuria de parte de su hijo impío y desnaturalizado, no sólo lo soportó en su loca pasión, sino que lloró su muerte. No quedó, ciertamente, atrapado en las redes de los celos carnales, puesto que no eran sus propias injurias las que le movían, sino los pecados de su hijo. Pues por esta razón había mandado que, si su hijo era vencido en la batalla, no se le diera muerte, para que, una vez sometido, tuviera lugar de arrepentimiento; y al verse frustrado en este designio, lloró la muerte de su hijo, no por su propia pérdida, sino porque sabía a qué castigo había sido arrebatado un adúltero y parricida tan impío. Pues antes de esto, en el caso de otro hijo que no había cometido crimen alguno, aunque se afligió terriblemente por él mientras estuvo enfermo, se consoló después de su muerte.

    III, 21, 31

    31. Y con cuánta moderación y templanza usaron aquellos varones de sus esposas se muestra principalmente en esto: que, cuando este mismo rey, arrebatado por el ardor de la pasión y por la prosperidad temporal, se apoderó ilícitamente de una mujer, a cuyo marido mandó asimismo quitar la vida, fue acusado de su crimen por un profeta; el cual, habiendo venido a mostrarle su pecado, le puso delante la parábola del hombre pobre que no tenía más que una corderita, y cuyo vecino, aunque tenía muchas, cuando le llegó un huésped no quiso tomar de su propio rebaño, sino que puso ante su huésped la única corderita del vecino pobre para que la comiera. Y encendiéndose la ira de David contra aquel hombre, mandó que se le diera muerte y que se restituyera cuatro veces la corderita al pobre; condenando así, sin saberlo, el pecado que había cometido a sabiendas. Y cuando le fue mostrado esto y se le conminó el castigo de Dios, borró su pecado con profunda penitencia. Pero en esta parábola la corderita del pobre indicaba solamente el adulterio; de la muerte del marido de la mujer —esto es, del asesinato del mismo pobre que tenía la única corderita— nada se dice en la parábola, de modo que la sentencia de condenación se pronuncia únicamente contra el adulterio. Y de aquí podemos entender con cuánta templanza tenía muchas esposas quien se vio obligado a castigarse a sí mismo por haber pecado respecto de una sola mujer. Pero en su caso el deseo inmoderado no fijó en él su morada, sino que fue sólo un huésped pasajero. Por esto el profeta que lo acusaba llama huésped al apetito ilícito. Pues no dijo que tomó la corderita del pobre para preparar un banquete a su rey, sino a su huésped. Pero en el caso de su hijo Salomón, esta concupiscencia no vino y pasó como huésped, sino que reinó como rey. Y acerca de él la Escritura no calla, sino que lo acusa de ser amante de mujeres extranjeras; porque al comienzo de su reinado ardió en deseo de sabiduría, pero después de haberla alcanzado por el amor espiritual, la perdió por la concupiscencia carnal.

    Cap. 22. Regla acerca de los pasajes de la Escritura en los que se expresa aprobación de acciones que ahora son condenadas por los hombres buenos

    III, 22, 32

    32. Por tanto, aunque todos, o casi todos, los hechos registrados en el Antiguo Testamento deben tomarse no solo literalmente, sino también figuradamente, sin embargo, aun en el caso de aquellos que el lector ha tomado literalmente, y que, aunque los autores de ellos son alabados, son repugnantes a las costumbres de los hombres buenos que desde la venida de nuestro Señor son los custodios de los mandamientos divinos, refiera la figura a su interpretación, pero no transfiera el acto a sus costumbres de vida. Porque muchas cosas que se hacían como deberes en aquel tiempo, no pueden hacerse ahora sino por concupiscencia.

    Cap. 23. Regla acerca de la narración de los pecados de los grandes hombres

    III, 23, 33

    33. Y cuando lee los pecados de los grandes hombres, aunque pueda ver y rastrear en ellos una figura de las cosas venideras, aplique, no obstante, el hecho literal también a este uso, para enseñarle a no atreverse a jactarse de sus propias buenas obras ni a despreciar, en comparación con su propia justicia, a otros como pecadores, cuando ve, en el caso de hombres tan eminentes, tanto las tempestades que han de evitarse como los naufragios que han de llorarse. Porque los pecados de estos hombres fueron consignados con este fin: para que los hombres temblaran en todo lugar y en todo tiempo ante aquel dicho del Apóstol: "Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga." Pues apenas hay una página de la Escritura en la que no esté claramente escrito que Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes.

    Cap. 24. El carácter de las expresiones empleadas ha de tener peso sobre todo

    III, 24, 34

    34. Por tanto, lo principal que ha de indagarse respecto de cualquier expresión que intentamos entender es si es literal o figurada. Porque una vez que se averigua que es figurada, es fácil, aplicando las leyes de las cosas que discutimos en el primer libro, darle vueltas de todas las maneras hasta llegar a una interpretación verdadera, sobre todo cuando traemos en nuestra ayuda la experiencia fortalecida por el ejercicio de la piedad. Ahora bien, averiguamos si una expresión es literal o figurada atendiendo a las consideraciones indicadas más arriba.

    Cap. 25. La misma palabra no siempre significa lo mismo

    III, 25, 34

    Y cuando se muestra que es figurada, las palabras en que se expresa se hallarán tomadas o de objetos semejantes o de objetos que tienen alguna afinidad.

    III, 25, 35

    35. Pero como hay muchas maneras en que las cosas muestran semejanza entre sí, no hemos de suponer que haya regla alguna de que lo que una cosa significa por semejanza en un lugar haya de tomarse que significa en todos los demás lugares. Porque nuestro Señor usó la levadura tanto en mal sentido, como cuando dijo: "Guardaos de la levadura de los fariseos", como en buen sentido, como cuando dijo: "El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo quedó fermentado".

    III, 25, 36

    36. Ahora bien, la regla respecto de esta variación tiene dos formas. Pues las cosas que significan ya una cosa ya otra, significan o cosas contrarias, o cosas que solo son diferentes. Significan contrarias, por ejemplo, cuando se usan metafóricamente unas veces en buen sentido, otras en malo, como en el caso de la levadura antes mencionada. Otro ejemplo de lo mismo es que el león representa a Cristo en el lugar donde se dice: "El león de la tribu de Judá ha vencido"; y también representa al diablo donde está escrito: "Vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar". De la misma manera, la serpiente se usa en buen sentido: "Sed prudentes como serpientes"; y también en mal sentido: "La serpiente engañó a Eva con su astucia". El pan se usa en buen sentido: "Yo soy el pan vivo que descendió del cielo"; en malo: "El pan comido a escondidas es sabroso". Y así en muchísimos otros casos. Los ejemplos que he aducido no son en modo alguno dudosos en su significación, porque solo deben usarse como ejemplos los casos claros. Hay pasajes, sin embargo, respecto de los cuales es incierto en qué sentido deben tomarse, como por ejemplo: "En la mano del Señor hay una copa, y el vino es rojo: está lleno de mezcla". Ahora bien, es incierto si esto denota la ira de Dios, pero no hasta el último extremo del castigo, es decir, "hasta las heces"; o si denota la gracia de las Escrituras que pasa de los judíos y viene a los gentiles, porque "derribó a uno y ensalzó a otro", —quedando todavía entre los judíos ciertas observancias, que entienden de manera carnal, pues "aún no se han exprimido las heces de ella". El siguiente es un ejemplo del mismo objeto tomado, no en sentidos opuestos, sino solo en significaciones diferentes: el agua denota pueblo, como leemos en el Apocalipsis, y también al Espíritu Santo, como por ejemplo: "De su interior correrán ríos de agua viva"; y muchas otras cosas además del agua han de interpretarse según el lugar en que se encuentran.

    III, 25, 37

    37. Y de la misma manera, otros objetos no son únicos en su significación, sino que cada uno de ellos denota no solo dos, sino a veces incluso varias cosas diferentes, según la conexión en que se encuentra.

    Cap. 26. Los pasajes oscuros se interpretan por los claros

    III, 26, 37

    Ahora bien, de los lugares donde el sentido en que se usan es más manifiesto hemos de colegir el sentido en que han de entenderse en los pasajes oscuros. Por ejemplo, no hay mejor manera de entender las palabras dirigidas a Dios: "Echa mano al escudo y al pavés, y levántate en mi ayuda", que remitiéndose al pasaje donde leemos: "Tú, Señor, nos has coronado con tu favor como con un escudo". Y sin embargo, no hemos de entenderlo de modo que, dondequiera que encontremos un escudo puesto para indicar una protección de cualquier clase, hayamos de tomarlo como significando únicamente el favor de Dios. Pues oímos también del escudo de la fe, "con que", dice el apóstol, "podréis apagar todos los dardos encendidos del maligno". Ni debemos, por otra parte, en lo tocante a la armadura espiritual de este género, asignar la fe solo al escudo; pues leemos en otro lugar de la coraza de la fe: "vistiéndonos", dice el apóstol, "de la coraza de fe y de amor".

    Cap. 27. Un pasaje susceptible de varias interpretaciones

    III, 27, 38

    38. Cuando, por otra parte, no una sola interpretación, sino dos o más se ponen sobre las mismas palabras de la Escritura, aunque el sentido que el escritor pretendía permanezca sin descubrir, no hay peligro si puede mostrarse por otros pasajes de la Escritura que cualquiera de las interpretaciones que se dan a las palabras está en armonía con la verdad. Y si un hombre, al escudriñar las Escrituras, se esfuerza por alcanzar la intención del autor por medio del cual habló el Espíritu Santo, ya tenga éxito en este empeño, ya extraiga de las palabras un sentido diferente, pero que no se oponga a la sana doctrina, está libre de culpa mientras esté apoyado por el testimonio de algún otro pasaje de la Escritura. Pues el autor tal vez vio que ese mismo sentido yacía en las palabras que nosotros tratamos de interpretar; y ciertamente el Espíritu Santo, que por medio de él habló estas palabras, previó que esta interpretación se le ocurriría al lector, más aún, hizo provisión para que se le ocurriera, puesto que también ella está fundada en la verdad. Porque ¿qué provisión más liberal y más fructífera pudo haber hecho Dios respecto de las Santas Escrituras que el que las mismas palabras pudieran entenderse en varios sentidos, todos los cuales están sancionados por el testimonio concurrente de otros pasajes igualmente divinos?

    Cap. 28. Es más seguro explicar un pasaje dudoso por otros pasajes de la Escritura que por la razón

    III, 28, 39

    39. Pero cuando se extrae un sentido de tal índole que lo dudoso en él no puede aclararse con evidencia indubitable de la Escritura, nos queda hacerlo claro por la evidencia de la razón. Pero esta es una práctica peligrosa. Porque es mucho más seguro caminar a la luz de la Santa Escritura; de modo que cuando: deseemos examinar los pasajes que están oscurecidos por expresiones metafóricas, podamos obtener un sentido sobre el cual no haya controversia, o si surge controversia, resolverla aplicando testimonios buscados en cada parte de la misma Escritura.

    Cap. 29. El conocimiento de los tropos es necesario

    III, 29, 40

    40. Además, quisiera que los hombres instruidos sepan que los autores de nuestras Escrituras usan todas aquellas formas de expresión que los gramáticos llaman con el nombre griego de tropos, y las usan con más libertad y mayor variedad de lo que pueden imaginar o creer quienes no conocen las Escrituras y han aprendido estas figuras de dicción en otros escritos. No obstante, quienes conocen estos tropos los reconocen en la Escritura, y su conocimiento les ayuda mucho para entenderla. Pero no es este el lugar de enseñarlos a los iletrados, no sea que parezca que estoy enseñando gramática. Ciertamente aconsejo, sin embargo, que se aprendan en otra parte, aunque ya di ese consejo arriba, en el libro segundo — a saber, donde traté del conocimiento necesario de las lenguas. Pues los caracteres escritos de los que la gramática misma toma su nombre (siendo γράμματα el nombre griego de las letras) son los signos de los sonidos producidos por la voz articulada con que hablamos. Ahora bien, de algunas de estas figuras de dicción encontramos en la Escritura no solo ejemplos (que los tenemos de todas), sino también los nombres mismos: por ejemplo, alegoría, enigma y parábola. Sin embargo, casi todos estos tropos que se dice se aprenden como parte de la educación liberal se encuentran incluso en el habla ordinaria de hombres que no han aprendido gramática, sino que se contentan con usar el lenguaje vulgar. Pues ¿quién no dice: "Así florezcas"? Y esta es la figura llamada metáfora. ¿Quién no habla de un estanque de peces en el que no hay peces, que no fue hecho para peces, y sin embargo toma su nombre de los peces? Y esta es la figura llamada catacresis.

    III, 29, 41

    41. Sería tedioso repasar todos los demás de este modo; pues el habla vulgar los usa todos, incluso aquellas figuras más curiosas que significan lo contrario de lo que dicen, como, por ejemplo, las llamadas ironía y antífrasis. Ahora bien, en la ironía indicamos por el tono de voz el sentido que queremos transmitir; como cuando decimos a un hombre que se porta mal: "Lo estás haciendo bien". Pero no es por el tono de voz como hacemos una antífrasis para indicar lo contrario de lo que las palabras expresan; sino que o bien las palabras en que se expresa se usan en sentido contrario a su etimología, como cuando un bosque se llama lucus por su falta de luz; o bien se acostumbra a usar cierta forma de expresión, aunque ponga sí por no por una ley de contrarios, como cuando preguntamos en un lugar por algo que no está allí, y obtenemos la respuesta: "Hay de sobra"; o añadimos palabras que dejan claro que queremos decir lo contrario de lo que decimos, como en la expresión: "Guárdate de él, que es un buen hombre". ¿Y qué hombre iletrado hay que no use tales expresiones, aunque no sepa nada en absoluto sobre la naturaleza o los nombres de estas figuras de dicción? Y sin embargo, el conocimiento de estas es necesario para despejar las dificultades de la Escritura; porque cuando las palabras tomadas literalmente dan un sentido absurdo, debemos indagar enseguida si no estarán usadas en este o aquel sentido figurado que desconocemos; y de este modo se ha arrojado luz sobre muchos pasajes oscuros.

    Cap. 30. Las reglas de Ticonio el Donatista examinadas

    III, 30, 42

    42. Un tal Ticonio, que, aunque donatista él mismo, ha escrito triunfalmente contra los donatistas (mostrando en esto una disposición de lo más inconsecuente, al no querer abandonarlos del todo), compuso un libro que llamó el Libro de las Reglas, porque en él estableció siete reglas, que son como llaves para abrir los secretos de la Escritura. Y de estas reglas, la primera se refiere al Señor y su cuerpo, la segunda a la doble división del cuerpo del Señor, la tercera a las promesas y la ley, la cuarta a la especie y el género, la quinta a los tiempos, la sexta a la recapitulación, la séptima al diablo y su cuerpo. Ahora bien, estas reglas, tal como las expone su autor, ciertamente, cuando se las considera con atención, prestan una ayuda considerable para penetrar en los secretos de los escritos sagrados; pero aun así no explican todos los pasajes difíciles, pues se requieren otros varios métodos, los cuales están tan lejos de quedar comprendidos en este número de siete, que el autor mismo explica muchos pasajes oscuros sin usar ninguna de sus reglas; hallando, en efecto, que no había necesidad de ellas, por no haber dificultad en el pasaje de la clase a que sus reglas se aplican. Como, por ejemplo, inquiere qué hemos de entender en el Apocalipsis por los siete ángeles de las iglesias a quienes se manda a Juan que escriba; y después de mucho y variado razonamiento, llega a la conclusión de que los ángeles son las iglesias mismas. Y a lo largo de esta larga y cumplida discusión, aunque la materia investigada es ciertamente muy oscura, no se hace uso alguno de las reglas. Esto basta como ejemplo, pues sería demasiado tedioso y trabajoso recoger todos los pasajes de las Escrituras canónicas que presentan oscuridades de tal índole que no requieren ninguna de estas siete reglas para su elucidación.

    III, 30, 43

    43. El autor mismo, sin embargo, al recomendar estas reglas, les atribuye tanto valor que parecería como si, una vez conocidas a fondo y debidamente aplicadas, hubiéramos de poder interpretar todos los pasajes oscuros de la ley — es decir, de los libros sagrados. Pues así comienza este mismo libro: "De todas las cosas que se me ocurren, ninguna considero tan necesaria como escribir un librito de reglas y, por así decirlo, hacer llaves para, y poner ventanas en, los lugares secretos de la ley. Porque hay ciertas reglas místicas que tienen la llave de los recónditos senos de toda la ley, y hacen visibles los tesoros de la verdad que para muchos son invisibles. Y si este sistema de reglas se recibe como yo lo comunico, sin envidia, lo cerrado se abrirá, y lo oscuro se aclarará, de modo que un hombre que viaje por el vasto bosque de la profecía, si sigue estas reglas como senderos de luz, se preservará de extraviarse". Ahora bien, si hubiera dicho: "Hay ciertas reglas místicas que tienen la llave de algunos de los secretos de la ley", o incluso "que tienen la llave de los grandes secretos de la ley", y no lo que dice: "los recónditos senos de toda la ley"; y si no hubiera dicho: "Lo cerrado se abrirá", sino: "Muchas cosas que están cerradas se abrirán", habría dicho lo que es verdad, y no habría, al atribuir más de lo que los hechos justifican a su muy elaborada y útil obra, llevado al lector a falsas expectativas. Y he creído conveniente decir esto, tanto para que el libro pueda ser leído por los estudiosos (pues es de grandísima ayuda para entender la Escritura), como para que no se espere de él más de lo que realmente contiene. Ciertamente ha de leerse con cautela, no solo por los errores en que el autor incurre como hombre, sino principalmente por las herejías que sostiene como donatista. Y ahora indicaré brevemente lo que estas siete reglas enseñan o aconsejan.
    Comentario editorial · Ticonio, el donatista que Agustín recomienda
    Ticonio (activo hacia 370–390, según Wikipedia) fue un teólogo africano del partido donatista, el cisma que sostenía que solo un clero sin tacha daba sacramentos válidos. Su donatismo era moderado: admitía una Iglesia fuera de su secta y rechazaba rebautizar a los católicos, y Parmeniano, de un donatismo más estricto, escribió contra él. La principal noticia antigua, la de Genadio, le atribuye además un comentario al Apocalipsis que lo leía todo en sentido espiritual; se ha perdido y sobrevive en citas de Agustín, Primasio, Beda y Beato de Liébana. El Libro de las reglas sí se conserva (hay traducción inglesa de William S. Babcock, 1989). Wikipedia atribuye a la autoridad de Agustín la importancia que esas reglas tuvieron en Occidente durante casi mil años.

    Cap. 31. La primera regla de Ticonio

    III, 31, 44

    44. La primera trata del Señor y de su cuerpo, y es ésta: sabiendo como sabemos que la cabeza y el cuerpo —esto es, Cristo y su Iglesia— se nos indican a veces bajo una sola persona (pues no en vano se dice a los creyentes: "Sois, pues, vosotros la simiente de Abraham", no habiendo sino una sola simiente de Abraham, que es Cristo), no debemos caer en perplejidad cuando se pasa de la cabeza al cuerpo o del cuerpo a la cabeza, y sin embargo no se hace cambio alguno en la persona de quien se habla. Pues se presenta a una sola persona diciendo: "Como a novio me atavió con aderezos, y como a novia me adornó con sus joyas"; y, sin embargo, es, desde luego, materia de interpretación cuál de estas dos cosas se refiere a la cabeza y cuál al cuerpo, esto es, cuál a Cristo y cuál a la Iglesia.

    Cap. 32. La segunda regla de Ticonio

    III, 32, 45

    45. La segunda regla trata de la bipartición del cuerpo del Señor; pero este nombre no es en verdad adecuado, porque aquello que no estará con Él en la eternidad no es realmente parte del cuerpo de Cristo. Debemos, por tanto, decir que la regla trata del cuerpo verdadero y del cuerpo mezclado del Señor, o del verdadero y del fingido, o algún nombre semejante; porque, sin hablar de la eternidad, ni siquiera ahora puede decirse que los hipócritas estén en Él, aunque parezcan estar en su Iglesia. Y de aquí que esta regla pudiera designarse así: Sobre la Iglesia mezclada. Ahora bien, esta regla exige que el lector esté alerta cuando la Escritura, aunque haya pasado a dirigirse o hablar de un conjunto diferente de personas, parece estar dirigiéndose o hablando de las mismas personas de antes, como si ambos conjuntos constituyeran un solo cuerpo por estar temporalmente unidos en una participación común de los sacramentos. Un ejemplo de esto es aquel pasaje del Cantar de Salomón: "Morena soy, pero hermosa, como las tiendas de Cedar, como las cortinas de Salomón". Pues no se dice: Era morena como las tiendas de Cedar, pero soy ahora hermosa como las cortinas de Salomón. La Iglesia declara de sí misma que al presente es ambas cosas; y esto porque los peces buenos y los malos están por el momento mezclados en una misma red. Pues las tiendas de Cedar pertenecen a Ismael, quien "no será heredero con el hijo de la libre". Y de la misma manera, cuando Dios dice de la parte buena de la Iglesia: "Yo llevaré a los ciegos por camino que no conocían; los guiaré por sendas que no han conocido: haré que las tinieblas se vuelvan luz delante de ellos, y lo torcido se vuelva recto: estas cosas les haré, y no los desampararé"; inmediatamente añade respecto de la otra parte, la mala que está mezclada con la buena: "Ellos serán vueltos atrás". Ahora bien, estas palabras se refieren a un conjunto de personas enteramente diferente del anterior; pero como ambos conjuntos están por el momento unidos en un solo cuerpo, habla como si no hubiera cambio en el sujeto de la oración. No estarán, sin embargo, siempre en un solo cuerpo; pues uno de ellos es aquel siervo malo de quien se nos dice en el Evangelio, cuyo señor, cuando venga, "le cortará por medio y le pondrá su parte con los hipócritas".

    Cap. 33. La tercera regla de Ticonio

    III, 33, 46

    46. La tercera regla se refiere a las promesas y a la ley, y puede designarse en otros términos como relativa al espíritu y a la letra, que es el nombre de que me serví al escribir un libro sobre este asunto. Puede llamarse también de la gracia y de la ley. Sin embargo, esto me parece ser más bien una gran cuestión en sí misma que una regla que haya de aplicarse a la solución de otras cuestiones. Fue la falta de ideas claras sobre esta cuestión lo que originó, o al menos agravó grandemente, la herejía pelagiana. Y los esfuerzos de Ticonio por aclarar este punto fueron buenos, pero no completos. Pues, al discutir la cuestión de la fe y de las obras, dijo que las obras nos eran dadas por Dios como recompensa de la fe, pero que la fe misma era tan nuestra que no nos venía de Dios; sin tener presente la sentencia del Apóstol: "Paz sea a los hermanos, y amor con fe, de Dios Padre y del Señor Jesucristo." Pero él no había entrado en contacto con esta herejía, que ha surgido en nuestro tiempo y nos ha dado mucho trabajo y fatiga al defender contra ella la gracia de Dios que es por nuestro Señor Jesucristo, y que, según la sentencia del Apóstol, "Es preciso que haya también herejías entre vosotros, para que los que son aprobados se manifiesten entre vosotros", nos ha hecho mucho más vigilantes y diligentes para descubrir en la Escritura lo que a Ticonio se le escapó, quien, no teniendo enemigo del que guardarse, estuvo menos atento y solícito sobre este punto, a saber, que aun la fe misma es don de Aquel que "ha repartido a cada uno la medida de la fe." De donde se dice a ciertos creyentes: "A vosotros os es concedido, por causa de Cristo, no sólo creer en él, sino también padecer por él." ¿Quién, pues, podrá dudar de que cada una de estas cosas es don de Dios, cuando por este pasaje aprende y cree que cada una de ellas es dada? Hay además muchos otros testimonios que prueban esto. Pero no trato ahora de esta doctrina. Sin embargo, la he tratado, en un lugar u otro, con mucha frecuencia.

    Cap. 34. La cuarta regla de Ticonio

    III, 34, 47

    La cuarta regla de Ticonio se refiere a la especie y al género. Pues así la llama, queriendo que por especie se entienda una parte, y por género el todo del cual aquello que él llama especie es parte: como, por ejemplo, cada ciudad es una parte de la gran sociedad de las naciones: a la ciudad la llama especie, y todas las naciones constituyen el género. No hay necesidad de aplicar aquí aquella sutileza de distinción que usan los lógicos, quienes discuten con gran agudeza la diferencia entre una parte y una especie. La regla es, por supuesto, la misma si algo de lo indicado se halla en la Escritura, no respecto de una sola ciudad, sino de una sola provincia, tribu o reino. Y no sólo acerca de Jerusalén, o de algunas de las ciudades de los gentiles, como Tiro o Babilonia, se dicen en la Escritura cosas cuya significación sobrepasa los límites de la ciudad, y que resultan más adecuadas cuando se aplican a todas las naciones; sino también respecto de Judea, Egipto y Asiria, o de cualquier otra nación que se quiera tomar, la cual contiene numerosas ciudades, pero aun así no es el mundo entero, sino sólo una parte de él, se dicen cosas que rebasan los límites de aquella región particular y se aplican con más propiedad al todo del cual ésta es parte; o, como lo llama nuestro autor, al género del cual ésta es una especie. Y de aquí que estas palabras hayan llegado a ser comúnmente conocidas, de modo que aun las personas sin instrucción entienden qué se establece de modo particular y qué de modo general en cualquier mandato imperial. Lo mismo sucede en el caso de los hombres: se dicen de Salomón, por ejemplo, cosas cuyo alcance se extiende mucho más allá de él, y que sólo se entienden rectamente cuando se aplican a Cristo y a su Iglesia, de la cual Salomón es parte.

    III, 34, 48

    Ahora bien, no siempre se sobrepasa la especie, pues a menudo se dicen cosas de tal índole que evidentemente se aplican también a ella, o quizá incluso exclusivamente a ella. Pero cuando la Escritura, habiendo hablado de la especie hasta cierto punto, hace en ese punto una transición de la especie al género, el lector debe entonces guardarse cuidadosamente de buscar en la especie lo que puede hallar mucho mejor y con más seguridad en el género. Tómese, por ejemplo, lo que dice el profeta Ezequiel: "Cuando la casa de Israel habitaba en su tierra, la contaminaron con su camino y con sus obras; su camino fue delante de mí como la inmundicia de la mujer separada. Por lo cual derramé mi furor sobre ellos por la sangre que habían derramado sobre la tierra, y por sus ídolos con que la habían contaminado; y los esparcí entre los gentiles, y fueron dispersados por los países; conforme a su camino y conforme a sus obras los juzgué." Ahora bien, es fácil entender que esto se aplica a aquella casa de Israel de la cual dice el Apóstol: "Mirad a Israel según la carne"; porque el pueblo de Israel según la carne hizo y padeció todo lo que aquí se refiere. También lo que sigue inmediatamente puede entenderse como referido al mismo pueblo. Pero cuando el profeta comienza a decir: "Y santificaré mi gran nombre, profanado entre las naciones, el cual profanasteis vosotros en medio de ellas; y sabrán las naciones que yo soy el Señor", el lector debe ahora observar con cuidado de qué manera se sobrepasa la especie y se toma el género. Pues continúa diciendo: "Y seré santificado en vosotros delante de sus ojos. Porque yo os tomaré de entre las naciones, y os recogeré de todos los países, y os traeré a vuestra propia tierra. Entonces rociaré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpios; de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré también un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré mi Espíritu dentro de vosotros, y haré que andéis en mis estatutos, y guardaréis mis mandamientos, y los pondréis por obra. Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres; y seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios. Os salvaré asimismo de todas vuestras inmundicias." Y nadie que examine el asunto puede dudar de que esto sea una profecía del Nuevo Testamento, al cual pertenecen no sólo el resto de aquella única nación, de la cual en otro lugar se dice: "Porque aunque el número de los hijos de Israel sea como la arena del mar, un resto de ellos será salvo", sino también las demás naciones que fueron prometidas a sus padres y a nuestros padres; y de que aquí haya una promesa de aquel lavacro de la regeneración que, como vemos, se imparte ahora a todas las naciones. Y aquella sentencia del Apóstol, cuando alaba la gracia del Nuevo Testamento y su excelencia en comparación con el Antiguo: "Vosotros sois nuestra carta... escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón", tiene una referencia evidente a este lugar donde el profeta dice: "Os daré también un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne." Ahora bien, el corazón de carne, del cual se toma la expresión del Apóstol, "las tablas de carne del corazón", el profeta quiso señalarlo como distinto del corazón de piedra por la posesión de vida sensible; y por sensible entendió vida inteligente. Y así, el Israel espiritual está formado, no de una sola nación, sino de todas las naciones que fueron prometidas a los padres en su simiente, esto es, en Cristo.

    III, 34, 49

    49. Así, pues, este Israel espiritual se distingue del Israel carnal, que es de una sola nación, por la novedad de la gracia, no por la nobleza del linaje; por el afecto, no por la estirpe; pero el profeta, en su profundidad de sentido, mientras habla del Israel carnal, pasa, sin indicar la transición, a hablar del espiritual; y, aunque ahora habla de éste, parece hablar todavía de aquél; no porque nos envidie la clara comprensión de la Escritura, como si fuéramos enemigos, sino porque trata con nosotros como médico, dándonos un ejercicio saludable para nuestro espíritu. Y por tanto debemos tomar esta sentencia: "Y os traeré a vuestra propia tierra", y lo que dice poco después, como repitiéndose: "Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres", no al pie de la letra, como si se refirieran al Israel según la carne, sino espiritualmente, como referidas al Israel espiritual. Porque la Iglesia, sin mancha ni arruga, reunida de todas las naciones y destinada a reinar para siempre con Cristo, es ella misma la tierra de los bienaventurados, la tierra de los vivos; y hemos de entender que ésta fue dada a los padres cuando les fue prometida en el designio seguro e inmutable de Dios; pues lo que los padres creyeron que había de darse a su tiempo era para ellos, por la inmutabilidad de la promesa y del designio, lo mismo que si ya lo hubieran recibido; así como el Apóstol, escribiendo a Timoteo, habla de la gracia que ha sido dada a los santos: "No según nuestras obras, sino según su propio propósito y gracia, la cual nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos, y ahora se ha manifestado por la aparición de nuestro Salvador." Habla de la gracia como dada en un tiempo en que aquellos a quienes había de darse todavía no existían; porque considera como ya realizado en la disposición y el designio de Dios lo que había de cumplirse a su tiempo, y él mismo dice que ahora se ha manifestado. Es posible, empero, que estas palabras se refieran a la tierra del siglo venidero, cuando habrá un cielo nuevo y una tierra nueva, en los cuales los injustos no podrán habitar. Y así se dice con verdad a los justos que esa tierra es suya, pues ninguna parte de ella pertenecerá a los injustos; porque es lo mismo que si ya estuviera dada, cuando está firmemente establecido que se dará.

    Cap. 35. La quinta regla de Ticonio

    III, 35, 50

    50. La quinta regla que Ticonio establece es la que él designa de los tiempos, — una regla por la cual podemos frecuentemente descubrir o conjeturar cantidades de tiempo que no se mencionan expresamente en la Escritura. Y dice que esta regla se aplica de dos maneras: o a la figura de dicción llamada sinécdoque, o a los números legítimos. La figura sinécdoque pone la parte por el todo, o el todo por la parte. Como, por ejemplo, en referencia al tiempo cuando, en presencia de solo tres de sus discípulos, nuestro Señor fue transfigurado en el monte, de modo que su rostro resplandeció como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve, un evangelista dice que este suceso ocurrió "después de ocho días", mientras otro dice que ocurrió "después de seis días". Ahora bien, ambas afirmaciones acerca del número de días no pueden ser verdaderas, a menos que supongamos que el escritor que dice "después de ocho días" contó la última parte del día en que Cristo pronunció la predicción y la primera parte del día en que mostró su cumplimiento como dos días enteros; mientras que el escritor que dice "después de seis días" contó solo los días enteros e ininterrumpidos entre estos dos. Esta figura de dicción, que pone la parte por el todo, explica también la gran cuestión acerca de la resurrección de Cristo. Porque a menos que a la última parte del día en que padeció unamos la noche anterior, y la contemos como un día entero, y a la última parte de la noche en que resucitó unamos el día del Señor que estaba amaneciendo, y lo contemos también como un día entero, no podemos obtener los tres días y tres noches durante los cuales predijo que estaría en el corazón de la tierra.

    III, 35, 51

    51. En el lugar siguiente, nuestro autor llama números legítimos a aquellos que la Santa Escritura favorece más altamente, tales como el siete, o el diez, o el doce, o cualquiera de los otros números que el lector diligente de la Escritura pronto llega a conocer. Ahora bien, números de esta clase se ponen a menudo por el tiempo universal; como, por ejemplo, "Siete veces al día te alabo", significa lo mismo que "Su alabanza estará de continuo en mi boca". Y su fuerza es exactamente la misma, ya sea cuando se multiplican por diez, como setenta y setecientos (de donde los setenta años mencionados en Jeremías pueden tomarse en sentido espiritual por todo el tiempo durante el cual la Iglesia es peregrina entre extranjeros); o cuando se multiplican por sí mismos, como diez por diez da ciento, y doce por doce da ciento cuarenta y cuatro, cuyo último número se usa en el Apocalipsis para significar el cuerpo entero de los santos. De aquí aparece que no son meramente cuestiones acerca de tiempos las que han de resolverse por estos números, sino que su significado es de aplicación mucho más amplia, y se extiende a muchos asuntos. Aquel número en el Apocalipsis, por ejemplo, mencionado arriba, no tiene referencia a tiempos, sino a hombres.

    Cap. 36. La sexta regla de Ticonio

    III, 36, 52

    52. Ticonio llama a la sexta regla la recapitulación, la cual, con suficiente atención, se descubre en los pasajes difíciles de la Escritura. Pues ciertos sucesos se narran de tal manera que la narración parece seguir el orden del tiempo, o la continuidad de los acontecimientos, cuando en realidad retrocede sin indicarlo a sucesos anteriores que habían sido pasados por alto en su lugar propio. Y nos equivocamos si no entendemos esto, por no aplicar la regla de que aquí se habla. Por ejemplo, en el libro del Génesis leemos: "Y plantó el Señor Dios un huerto al oriente, en Edén; y puso allí al hombre que había formado. E hizo el Señor Dios nacer de la tierra todo árbol agradable a la vista y bueno para comer." Ahora bien, aquí parece indicarse que los sucesos mencionados en último lugar tuvieron lugar después de que Dios formó al hombre y lo puso en el huerto; mientras que el hecho es que, habiéndose mencionado brevemente los dos sucesos, a saber, que Dios plantó un huerto y puso allí al hombre que había formado, la narración retrocede, a modo de recapitulación, para contar lo que antes se había omitido: la manera en que fue plantado el huerto: que de la tierra hizo Dios nacer todo árbol agradable a la vista y bueno para comer. Aquí sigue: "El árbol de la vida estaba también en medio del huerto, y el árbol del conocimiento del bien y del mal." Luego se menciona el río que regaba el huerto y que se dividía en cuatro brazos, fuentes de cuatro corrientes; y todo esto se refiere a la disposición del huerto. Y cuando esto termina, se repite el hecho que ya se había contado, pero que en el orden estricto de los acontecimientos venía después de todo esto: "Y tomó el Señor Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén." Porque fue después de hechas todas estas otras cosas cuando el hombre fue puesto en el huerto, como ahora aparece por el orden mismo de la narración: no fue después de puesto el hombre allí cuando se hicieron las otras cosas, como podría pensarse que implica la afirmación anterior, si no marcáramos y entendiéramos con exactitud la recapitulación por la cual la narración vuelve a lo que antes se había pasado por alto.

    III, 36, 53

    53. En el mismo libro, además, cuando se cuentan las generaciones de los hijos de Noé, se dice: "Éstos son los hijos de Cam, según sus familias, según sus lenguas, en sus tierras y en sus naciones." Y, de nuevo, cuando se enumeran los hijos de Sem: "Éstos son los hijos de Sem, según sus familias, según sus lenguas, en sus tierras, según sus naciones." Y se añade con referencia a todos ellos: "Éstas son las familias de los hijos de Noé, según sus generaciones, en sus naciones; y de éstos se dividieron las naciones en la tierra después del diluvio. Y toda la tierra era de una sola lengua y de un solo hablar." Ahora bien, la adición de esta frase: "Y toda la tierra era de una sola lengua y de un solo hablar", parece indicar que en el tiempo en que las naciones fueron esparcidas sobre la tierra tenían todas una lengua común; pero esto es evidentemente incompatible con las palabras anteriores: "en sus familias, según sus lenguas." Pues no podría decirse que cada familia o nación tenía su propia lengua si todas tenían una lengua común. Y así, es a modo de recapitulación como se añade: "Y toda la tierra era de una sola lengua y de un solo hablar", retrocediendo aquí la narración, sin indicar el cambio, para contar cómo fue que, de tener una lengua común, las naciones fueron divididas en multitud de lenguas. Y, en consecuencia, se nos cuenta enseguida la construcción de la torre, y cómo este castigo les fue impuesto allí como juicio de Dios sobre su arrogancia; y fue después de esto cuando fueron esparcidos sobre la tierra según sus lenguas.

    III, 36, 54

    54. Esta recapitulación se encuentra en una forma aún más oscura; como, por ejemplo, dice nuestro Señor en el evangelio: "El mismo día en que Lot salió de Sodoma llovió fuego del cielo y los destruyó a todos. Así será el día en que el Hijo del hombre se manifieste. En aquel día, el que esté en la azotea, y sus bienes en casa, no baje a tomarlos; y el que esté en el campo, tampoco vuelva atrás. Acordaos de la mujer de Lot." ¿Acaso es cuando nuestro Señor se haya manifestado cuando los hombres han de atender a estas palabras y no mirar atrás, es decir, no añorar la vida pasada a la que han renunciado? ¿No es más bien el presente el tiempo de atenderlas, para que, cuando el Señor se haya manifestado, cada uno reciba su recompensa según las cosas a las que ha atendido o despreciado? Y sin embargo, porque la Escritura dice: "En aquel día", se pensará que el tiempo de la revelación del Señor es el tiempo de atender a estas palabras, a menos que el lector sea vigilante e inteligente para entender la recapitulación, en lo cual le ayudará aquel otro pasaje de la Escritura que ya en tiempo de los apóstoles proclamaba: "Hijitos, ya es el último tiempo." Así pues, el tiempo mismo en que se predica el evangelio, hasta el tiempo en que el Señor se manifieste, es el día en que los hombres deben atender a estas palabras: porque a ese mismo día, que será cerrado por un día de juicio, pertenece esa misma revelación del Señor de la que aquí se habla.
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