IV, 11, 26
26. Porque, en la enseñanza, la verdadera elocuencia no consiste en hacer que la gente ame lo que antes aborrecía, ni en hacer que hagan lo que rehuían, sino en aclarar lo que era oscuro; pero si esto se hace sin gracia del estilo, el beneficio no se extiende más allá de los pocos estudiantes ávidos que están ansiosos por conocer todo lo que haya de aprenderse, por ruda y sin pulir que sea la forma en que se presente; y que, cuando han logrado su objeto, encuentran la verdad sencilla como alimento bastante agradable. Y es una de las características distintivas de los buenos entendimientos no amar las palabras, sino la verdad en las palabras. Porque ¿de qué sirve una llave de oro, si no puede abrir lo que queremos abrir? ¿O qué objeción hay contra una de madera, si puede, puesto que lo único que deseamos es abrir lo que está cerrado? Pero así como hay cierta analogía entre aprender y comer, el mismo alimento sin el cual es imposible vivir debe ser sazonado para satisfacer los gustos de la mayoría.
Cap. 12. El fin del orador, según Cicerón, es enseñar, deleitar y persuadir. De estos, la enseñanza es lo más esencial
IV, 12, 27
27. Por consiguiente, un gran orador ha dicho con verdad que "un hombre elocuente debe hablar de modo que enseñe, deleite y persuada". Luego añade: "Enseñar es una necesidad, deleitar es una belleza, persuadir es un triunfo". Ahora bien, de estos tres, el primero mencionado, la enseñanza, que es cuestión de necesidad, depende de lo que decimos; los otros dos, de la manera como lo decimos. Quien, pues, habla con el propósito de enseñar no debe suponer que ha dicho lo que tenía que decir mientras no sea entendido; pues aunque lo que ha dicho sea inteligible para él mismo, no lo ha dicho en absoluto al hombre que no lo entiende. Si, no obstante, es entendido, ha dicho lo suyo, cualquiera que haya sido su manera de decirlo. Pero si desea deleitar o persuadir también a su oyente, no logrará ese fin presentando su pensamiento de cualquier manera, sino que para ese propósito el estilo del hablar es cosa de importancia. Y así como el oyente debe ser complacido para asegurar su atención, así debe ser persuadido para moverlo a la acción. Y así como se complace si hablas con dulzura y elegancia, así es persuadido si es atraído por tus promesas y atemorizado por tus amenazas; si rechaza lo que condenas y abraza lo que alabas; si se entristece cuando acumulas motivos de tristeza y se alegra cuando señalas un motivo de gozo; si compadece a aquellos que le presentas como objetos de compasión y se aparta de aquellos que pones ante él como hombres a quienes temer y evitar. No necesito repasar todas las demás cosas que puede hacer la elocuencia poderosa para mover las mentes de los oyentes, no diciéndoles lo que deben hacer, sino urgiéndolos a hacer lo que ya saben que debe hacerse.
Comentario editorial · Cicerón: probar, deleitar, mover
El «gran orador» es Cicerón, y las dos frases están en el Orator (21, 69), su último tratado de retórica, escrito en 46 a. C. (Wikipedia). Agustín cambia una palabra. Cicerón quería que el orador del foro y de los pleitos hablara «de modo que pruebe, deleite y doblegue» (ut probet, ut delectet, ut flectat) y añadía que «probar es de necesidad»; Agustín escribe en los dos lugares docere, «enseñar» (texto latino de Wikisource), y la nota del NPNF advierte que no cita con exactitud. Lectura del editor: el cambio encaja con el propósito del libro, porque el predicador no tiene que ganar una causa, sino dar a conocer lo que ha hallado en la Escritura.
IV, 12, 28
28. Si, no obstante, aún no saben esto, por supuesto deben ser instruidos antes de poder ser movidos. Y quizá el mero conocimiento de su deber tendrá tal efecto que no habrá necesidad de moverlos con mayor fuerza de elocuencia. Sin embargo, cuando esto es necesario, debe hacerse. Y es necesario cuando la gente, sabiendo lo que debe hacer, no lo hace. Por tanto, enseñar es una necesidad. Pues lo que los hombres saben, está en sus manos hacerlo o no hacerlo. Pero ¿quién diría que es su deber hacer lo que no saben? Por el mismo principio, persuadir no es una necesidad: porque no siempre se requiere; como, por ejemplo, cuando el oyente asiente a quien simplemente enseña o da placer. Por esta razón también persuadir es un triunfo, porque es posible que un hombre sea enseñado y deleitado, y sin embargo no dé su consentimiento. ¿Y de qué servirá ganar los dos primeros fines si fallamos en el tercero? Tampoco es una necesidad dar placer; porque cuando, en el curso de un discurso, la verdad se señala claramente (y esta es la verdadera función de la enseñanza), no es el hecho, ni es la intención, que el estilo del discurso haga la verdad agradable, o que el estilo por sí mismo dé placer; sino que la verdad misma, cuando se exhibe en su desnuda sencillez, da placer, porque es la verdad. Y de ahí que incluso las falsedades sean con frecuencia fuente de placer cuando se sacan a la luz y se exponen. No es, por supuesto, su falsedad la que da placer; sino que, como es verdad que son falsas, el discurso que muestra que esto es verdad da placer.
IV, 13, 29
29. Pero, por causa de los que son tan delicados que no se cuidan de la verdad a menos que se la presente en forma de discurso agradable, no se ha concedido en la elocuencia un lugar pequeño al arte de agradar. Mas ni siquiera esto basta para aquellos hombres de ánimo obstinado que entienden y se complacen en el discurso del maestro, sin sacar de él provecho alguno. Porque ¿de qué aprovecha a un hombre confesar la verdad y alabar la elocuencia, si no otorga su consentimiento, cuando quien habla, al urgir la verdad, atiende con cuidado a lo que dice únicamente para asegurar ese consentimiento? Si las verdades enseñadas son tales que creerlas o saberlas es suficiente, dar el asentimiento no implica nada más que confesar que son verdaderas. Mas cuando la verdad enseñada es de las que han de llevarse a la práctica, y se enseña precisamente para ser practicada, inútil es estar persuadido de la verdad de lo que se dice, inútil es deleitarse en la manera como se dice, si no se aprende de modo que se ponga en práctica. Por tanto, el doctor elocuente, cuando urge una verdad práctica, no sólo debe enseñar de modo que instruya y agradar de modo que mantenga la atención, sino que también debe mover el ánimo para someter la voluntad. Porque si un hombre no es movido por la fuerza de la verdad, aunque ésta quede demostrada ante su propia confesión y revestida de belleza de estilo, no queda sino someterlo por el poder de la elocuencia.
IV, 14, 30
Y tanto afán han puesto los hombres en la belleza de expresión de que aquí se habla, que no sólo no es deber nuestro cometer, sino que es deber nuestro rehuir y aborrecer, muchas y horribles maldades y vilezas que hombres malvados y viles han recomendado con gran elocuencia, no con miras a obtener asentimiento, sino meramente por el placer de ser leídos. Mas aleje Dios de su Iglesia lo que el profeta Jeremías dice de la sinagoga de los judíos: "Cosa horrible y espantosa se comete en la tierra: los profetas profetizan mentira, y los sacerdotes los aplauden con sus manos; y mi pueblo lo quiere así. ¿Qué haréis, pues, al fin de esto?" ¡Oh elocuencia, tanto más terrible por su pureza, y tanto más demoledora por su solidez! Ciertamente es "un martillo que quebranta la roca en pedazos". Pues con esto mismo comparó el mismo Dios, por el mismo profeta, su propia palabra dicha por medio de sus santos profetas. No lo quiera Dios, pues; no lo quiera Dios que entre nosotros el sacerdote aplauda al falso profeta y el pueblo de Dios lo quiera así. No lo quiera Dios, digo, que entre nosotros haya tan terrible locura. Pues ¿qué haremos al fin de esto? Y ciertamente es preferible, aun cuando lo que se diga sea menos inteligible, menos agradable y menos persuasivo, que se diga la verdad, y que lo justo, no lo inicuo, sea escuchado con agrado. Mas esto, por supuesto, no puede ser, a no ser que lo verdadero y lo justo se exprese con elegancia.
IV, 14, 31
31. En una asamblea seria, además, cual aquella de la que se habla cuando se dice: "Te alabaré entre mucho pueblo", no se obtiene placer de aquella especie de elocuencia que, ciertamente, no dice nada falso, pero que sepulta verdades pequeñas y de poca importancia bajo una masa espumosa de palabras de adorno, tales que no resultarían graciosas ni dignas ni aun empleadas para adornar verdades grandes y fundamentales. Y algo de este género se halla en una carta del bienaventurado Cipriano, que, según pienso, llegó allí por accidente, o fue insertada de propósito con esta intención: que la posteridad viera cómo la saludable disciplina de la doctrina cristiana lo había curado de aquella redundancia de lenguaje y lo había reducido a una forma de elocuencia más digna y modesta, como la que hallamos en sus cartas posteriores, un estilo que se admira sin esfuerzo, se busca con avidez, pero no se alcanza sin gran dificultad. Dice, pues, en un lugar: "Busquemos esta morada: las soledades vecinas ofrecen un retiro donde, mientras los extendidos sarmientos de las vides, colgantes y entrelazados, serpean entre las cañas que los sostienen, la cubierta de hojas ha formado un pórtico de vid." Hay aquí una fluidez y exuberancia de lenguaje admirables; pero es demasiado florido para agradar a los ánimos serios. Pero los que gustan de este estilo suelen pensar que quienes no lo usan, sino que emplean un estilo más sobrio, lo hacen porque no pueden alcanzar aquél, y no porque su juicio les enseñe a evitarlo. Por lo cual este santo varón muestra a la vez que puede hablar en aquel estilo, pues lo ha hecho una vez, y que no lo escoge, pues nunca lo usa de nuevo.
Comentario editorial · La carta de Cipriano a Donato
El pasaje florido es del A Donato de Cipriano (lo identifica la nota del NPNF), una de sus primeras obras: un monólogo dirigido a un amigo, en el que cuenta su conversión, critica la corrupción del gobierno romano y los espectáculos de gladiadores y presenta la oración como el único refugio del cristiano (Wikipedia). Cipriano (c. 210–258), obispo de Cartago y mártir, había sido antes orador, abogado y maestro de retórica, y según Wikipedia su latín lo hizo pasar por el primer escritor cristiano de Occidente hasta Jerónimo y Agustín. Agustín, que lo llama «bienaventurado», ve en la sobriedad de sus cartas posteriores un efecto de la «saludable disciplina de la doctrina cristiana».
Para ampliar: Cyprian (Wikipedia (en))
IV, 15, 32
32. Y así nuestro orador cristiano, mientras dice lo que es justo, santo y bueno (y nunca debe decir otra cosa), hace todo lo que puede para ser oído con inteligencia, con agrado y con obediencia; y no debe dudar que si tiene éxito en este propósito, y en la medida en que lo tenga, lo conseguirá más por la piedad en la oración que por los dones de la elocuencia; y así debe orar por sí mismo y por aquellos a quienes se dispone a hablar, antes de intentar hablar. Y cuando llegue la hora en que deba hablar, debe, antes de abrir la boca, elevar su alma sedienta a Dios, para beber lo que está a punto de derramar, y estar él mismo lleno de lo que va a distribuir. Porque, así como en toda cuestión de fe y de amor hay muchas cosas que pueden decirse, y muchas maneras de decirlas, ¿quién sabe lo que conviene que digamos en un momento dado, o que se nos oiga decir, sino Dios, que conoce los corazones de todos? ¿Y quién puede hacer que digamos lo que debemos, y del modo en que debemos, sino Aquel en cuya mano estamos tanto nosotros como nuestras palabras? Por consiguiente, quien desea tanto saber como enseñar debe aprender todo lo que ha de enseñarse, y adquirir tal facultad de hablar como conviene a un varón divino. Pero cuando llegue la hora de hablar, reflexione sobre aquella sentencia de nuestro Señor, como más adecuada a las necesidades de un alma piadosa: "No os afanéis por cómo o qué habéis de hablar; porque en aquella misma hora os será dado lo que habéis de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros." El Espíritu Santo, pues, habla así en aquellos que por causa de Cristo son entregados a los perseguidores; ¿por qué no también en aquellos que entregan el mensaje de Cristo a los que están dispuestos a aprender?
IV, 16, 33
33. Ahora bien, si alguien dice que no es necesario instruir a los hombres sobre cómo o qué deben enseñar, puesto que el Espíritu Santo los hace maestros, bien podría decir también que no necesitamos orar, pues dice nuestro Señor: "Vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad antes que vosotros le pidáis"; o que el apóstol Pablo no debió dar instrucciones a Timoteo y a Tito acerca de cómo o qué debían enseñar a otros. Y estas tres epístolas apostólicas deben estar constantemente ante los ojos de todo aquel que ha alcanzado la condición de maestro en la Iglesia. ¿No leemos en la Primera Epístola a Timoteo: "Estas cosas manda y enseña"? Ya se ha dicho antes cuáles son esas cosas. ¿No leemos allí: "No reprendas al anciano, sino exhórtale como a padre"? ¿No se dice en la Segunda Epístola a Timoteo: "Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste"? ¿Y no se le dice allí: "Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad"? Y en el mismo lugar: "Predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta, con toda paciencia y doctrina". Y así, en la Epístola a Tito, ¿no dice que el obispo debe "retener la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que pueda exhortar con sana doctrina y convencer a los que contradicen"? Allí también dice: "Pero tú habla lo que conviene a la sana doctrina: que los ancianos sean sobrios", y así sucesivamente. Y allí también: "Estas cosas habla, y exhorta, y reprende con toda autoridad. Que nadie te menosprecie. Recuérdales que se sujeten a los principados y a las potestades", y así sucesivamente. ¿Qué hemos de pensar, pues? ¿Acaso se contradice de algún modo el apóstol, cuando, aun diciendo que los hombres son hechos maestros por la operación del Espíritu Santo, él mismo les da instrucciones sobre cómo y qué han de enseñar? ¿O hemos de entender que, aunque el deber de los hombres de enseñar incluso a los maestros no cesa cuando se da el Espíritu Santo, sin embargo ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento? Por lo cual, aunque los hombres santos sean nuestros ayudadores, o aun los santos ángeles nos asistan, nadie aprende rectamente las cosas que pertenecen a la vida con Dios, hasta que Dios lo dispone a aprender de Él mismo, aquel Dios a quien así se le dice en el salmo: "Enséñame a hacer tu voluntad; porque tú eres mi Dios". Y así el mismo apóstol dice al propio Timoteo, hablando, por cierto, como maestro a discípulo: "Pero persiste tú en lo que has aprendido y te has persuadido, sabiendo de quién lo has aprendido". Pues así como las medicinas que los hombres aplican a los cuerpos de sus semejantes de nada aprovechan si Dios no les da virtud (quien puede sanar sin la ayuda de ellas, aunque ellas no pueden sin la suya), y sin embargo se aplican; y si se hace por sentido del deber, se estima como obra de misericordia o de benevolencia; así también las ayudas de la enseñanza, aplicadas por ministerio del hombre, aprovechan al alma solo cuando Dios obra para hacerlas provechosas, pues Él podría dar el evangelio al hombre aun sin la ayuda ni el ministerio de los hombres.
IV, 17, 34
34. El que, al hablar, aspira a inculcar lo bueno, no debe despreciar ninguno de aquellos tres fines, el enseñar, el deleitar y el mover, y debe orar y esforzarse, como ya hemos dicho, por ser oído con inteligencia, con agrado y con pronta conformidad. Y cuando lo hace con elegancia y propiedad, con justicia se le puede llamar elocuente, aunque no consiga el asentimiento de su oyente. Pues son estos tres fines, a saber, enseñar, deleitar y mover, los que el gran maestro de la elocuencia romana parece haber querido que sirvan a las tres reglas siguientes: "Será, pues, elocuente aquel que pueda decir las cosas pequeñas en estilo humilde, las medianas en estilo templado estilo, y las grandes en estilo majestuoso:" como si hubiera abarcado también los tres fines antes mencionados, y lo hubiera encerrado todo en una sola sentencia: "Será, pues, elocuente aquel que pueda decir las cosas pequeñas en estilo humilde para enseñar, las medianas en estilo templado para deleitar, y las grandes en estilo majestuoso para mover el ánimo."
Comentario editorial · Los tres estilos
Cicerón llamaba elocuente a quien sabe decir «lo pequeño con sencillez, lo mediano con moderación y lo grande con gravedad» (Orator 29, 101). Agustín cita la frase, la une a los tres fines del capítulo 12 —el estilo humilde enseña, el templado deleita, el majestuoso mueve— y en el capítulo siguiente la adapta: Cicerón pensaba en los pleitos, donde hay causas pequeñas, medianas y grandes, pero en la predicación, que mira a la salvación eterna, todo lo que se dice es importante (IV, 18, 35). Aconseja además variar y mezclar los estilos en un mismo discurso (IV, 22, 51 – IV, 23, 52). Wikipedia recoge en este punto la lectura de Celica Milovanovic-Barham, para quien Agustín no está del todo de acuerdo con su predecesor.
IV, 18, 35
35. Ahora bien, el autor que he citado podría haber ejemplificado estas tres reglas, como él mismo las estableció, en lo tocante a cuestiones legales: sin embargo, no podría haberlo hecho en lo tocante a cuestiones eclesiásticas, — las únicas de que se ocupa un discurso como el que yo deseo dar forma. Pues, de las cuestiones legales, se llaman pequeñas las que se refieren a transacciones pecuniarias; grandes aquellas en que está en juego la vida o la libertad de un hombre. Y los casos que no tienen que ver con ninguna de estas dos cosas, y donde la intención no es mover al oyente a hacer, ni a pronunciar juicio sobre algo, sino sólo darle gusto, ocupan como un lugar intermedio entre las dos anteriores, y por eso se llaman medianos, o moderados. Pues las cosas moderadas reciben su nombre de modus (medida); y es un abuso, no un uso propio de la palabra moderado, tomarla por pequeña. Pero en las cuestiones como las nuestras, donde todas las cosas, y especialmente las que se dirigen al pueblo desde el lugar de autoridad, deben referirse a la salvación de los hombres, y no a su salvación temporal sino a la eterna, y donde además se ha de guardar contra la ruina eterna, todo lo que decimos es importante; tanto, que aun lo que el predicador dice acerca de asuntos pecuniarios, ya se refiera a pérdida o ganancia, ya sea grande o pequeña la cantidad, no debe parecer insignificante. Porque la justicia nunca es insignificante, y ciertamente debe observarse la justicia aun en los asuntos pequeños de dinero, como dice nuestro Señor: "El que es fiel en lo muy poco, también en lo mucho es fiel". Lo muy poco, pues, es muy pequeño; pero ser fiel en lo muy poco es grande. Porque así como la naturaleza del círculo, a saber, que todas las líneas trazadas desde el centro a la circunferencia son iguales, es la misma en un gran disco que en la moneda más pequeña; así la grandeza de la justicia en nada disminuye, aunque sean pequeñas las cosas a que se aplica.
IV, 18, 36
36. Y cuando el apóstol hablaba de pleitos en lo tocante a asuntos seculares (¿y qué eran éstos sino asuntos de dinero?), dice: "¿Osa alguno de vosotros, teniendo algo contra otro, ir a juicio delante de los injustos, y no delante de los santos? ¿No sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois indignos de juzgar las cosas más pequeñas? ¿No sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¿Cuánto más las cosas de esta vida? Si, pues, tenéis juicios sobre cosas de esta vida, poned a los que son de menor estima en la iglesia para juzgar. Para vergüenza vuestra lo digo. ¿De modo que no hay entre vosotros sabio, ni uno solo que pueda juzgar entre sus hermanos? Sino que el hermano pleitea con el hermano, y esto delante de los incrédulos. Así que, ya es de todo punto una falta entre vosotros, que tengáis juicios unos con otros. ¿Por qué no sufrís más bien el agravio? ¿Por qué no sufrís más bien ser defraudados? Pero vosotros hacéis el agravio, y defraudáis, y esto a los hermanos. ¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios?" ¿Por qué se indigna tanto el apóstol, y así acusa, y reprende, y reprende, y amenaza? ¿Por qué los cambios de tono, tan frecuentes y tan bruscos, dan testimonio de la profundidad de su emoción? ¿Por qué, en fin, habla en tono tan elevado de asuntos tan insignificantes? ¿Merecían los asuntos seculares tanto de su parte? De ningún modo. No; sino que todo esto se hace por amor a la justicia, la caridad y la piedad, las cuales, en el juicio de toda mente sobria, son grandes, aun cuando se apliquen a las cosas más pequeñas.
IV, 18, 37
37. Por supuesto, si estuviéramos aconsejando a los hombres sobre cómo deben conducir los pleitos seculares, ya para sí mismos, ya para sus allegados, ante los tribunales eclesiásticos, con razón les aconsejaríamos que los llevaran con tranquilidad, como cosas de poca monta. Pero estamos tratando del modo de hablar del que ha de ser maestro de las verdades que nos libran de la miseria eterna y nos llevan a la felicidad eterna; y dondequiera que se habla de estas verdades, ya en público o en privado, ya a uno o a muchos, ya a amigos o enemigos, ya en discurso continuo o en conversación, ya en tratados, en libros o en cartas largas o cortas, son de gran importancia. A menos que estemos dispuestos a decir que, por cuanto un vaso de agua fría es cosa muy insignificante y común, la sentencia de nuestro Señor de que quien da un vaso de agua fría a uno de sus discípulos de ninguna manera perderá su galardón, es muy trivial y sin importancia. O que cuando un predicador toma este dicho como tema, debe pensar que su asunto es muy poco importante, y por lo mismo hablar sin elocuencia ni fuerza, sino en estilo humilde y sencillo. ¿No sucede acaso que cuando nos acontece hablar de este tema al pueblo, y la presencia de Dios está con nosotros, de modo que lo que decimos no es del todo indigno del asunto, brota de aquella agua fría una lengua de fuego que inflama hasta los corazones fríos de los hombres con celo para hacer obras de misericordia en esperanza de un galardón eterno?
IV, 19, 38
38. Y, sin embargo, aunque nuestro doctor debe hablar de cosas grandes, no debe estar hablando siempre de ellas en tono majestuoso, sino en tono humilde cuando enseña, y en tono templado cuando alaba o reprende. Pero cuando hay algo que hacer, y hablamos a quienes deben, pero no quieren, hacerlo, entonces las cosas grandes deben decirse con poder y de una manera calculada para mover el ánimo. Y a veces el mismo asunto importante es tratado de todos estos modos en momentos distintos: con calma cuando se enseña, en tono templado cuando se pondera su importancia, y con fuerza cuando forzamos a un ánimo adverso a la verdad a volverse y abrazarla. Pues ¿hay algo más grande que Dios mismo? ¿Es que no hay, entonces, nada que aprender acerca de Él? ¿O acaso quien enseña la Trinidad en la unidad debe hablar de ella de otro modo que por el método de la discusión sosegada, para que, en una materia que no es fácil de comprender, entendamos cuanto nos es dado entender? ¿Hemos de buscar en este caso ornamentos en lugar de pruebas? ¿O ha de ser movido el oyente a hacer algo, en lugar de ser instruido para que aprenda algo? Pero cuando llegamos a alabar a Dios, ya sea en sí mismo, ya sea en sus obras, ¡qué campo de belleza y esplendor de lenguaje se abre ante el hombre, que puede esforzar al máximo sus facultades en alabar a Aquel a quien nadie puede alabar adecuadamente, aunque no hay nadie que no lo alabe en alguna medida! Pero si no es adorado, o si los ídolos, ya sean demonios o cualquier criatura, son adorados con Él o en preferencia a Él, entonces debemos hablar con poder y vehemencia, mostrar cuán grande es esta maldad y urgir a los hombres a huir de ella.
IV, 20, 39
39. Pero vayamos ahora a algo más concreto. Tenemos un ejemplo del estilo calmado y humilde en el apóstol Pablo, donde dice: "Decidme, vosotros que queréis estar bajo la ley: ¿no habéis oído la ley? Porque escrito está que Abraham tuvo dos hijos: uno de la esclava, y otro de la libre. Pero el de la esclava nació según la carne; mas el de la libre, por la promesa. Lo cual es una alegoría: pues estas son las dos alianzas; la una del monte Sinaí, la cual engendra para servidumbre, y es Agar. Porque Agar es el monte Sinaí en Arabia, y corresponde a la Jerusalén actual, pues ésta, junto con sus hijos, está en servidumbre. Mas la Jerusalén de arriba es libre, la cual es madre de todos nosotros"; y así sucesivamente. Y del mismo modo razona así: "Hermanos, hablo como hombre: Aunque un pacto sea de hombre, una vez ratificado, nadie lo anula ni le añade. Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como de muchos; sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo. Esto, pues, digo: El pacto previamente ratificado por Dios en Cristo, la ley que vino cuatrocientos treinta años después, no lo anula, para invalidar la promesa. Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa; pero Dios la concedió a Abraham mediante la promesa." Y como acaso pudiera venirle al oyente en pensamiento preguntar: si no hay herencia por la ley, ¿por qué fue dada la ley?, él mismo se anticipa a la objeción y dice: "¿Para qué, pues, la ley?". Y se responde: "Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa; y fue ordenada por medio de ángeles en mano de un mediador. Y el mediador no lo es de uno solo; pero Dios es uno." Y aquí le sobreviene una objeción que él mismo formula: "¿Luego la ley es contra las promesas de Dios?". Responde: "De ningún modo". Y también da la razón en estas palabras: "Porque si se hubiera dado una ley que pudiera vivificar, la justicia sería verdaderamente por la ley. Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa por la fe de Jesucristo fuese dada a los creyentes." Es, pues, parte del deber del doctor no solo interpretar lo oscuro y desenredar las dificultades de las cuestiones, sino también, al hacerlo, salir al paso de otras cuestiones que acaso se presenten, para que no arrojen duda o descrédito sobre lo que decimos. Si, no obstante, la solución de estas cuestiones se presenta tan pronto como surgen las cuestiones mismas, es inútil remover lo que no podemos quitar. Y además, cuando de una cuestión surgen otras, y de estas aún otras; si todas se discuten y resuelven, el razonamiento se extiende a tal punto que, a menos que la memoria sea sumamente poderosa y activa, el que razona se ve imposibilitado de volver a la cuestión original de la que partió. Es, sin embargo, muy deseable que cualquier objeción que pueda presentarse al pensamiento sea expuesta y refutada, no sea que aparezca en un momento en que no haya nadie para responderla, o que, si se le ocurre a alguien que está presente pero nada dice, nunca llegue a ser completamente eliminada.
IV, 20, 40
40. En las siguientes palabras del apóstol tenemos el estilo templado: "No reprendas al anciano, sino exhórtale como a padre; a los más jóvenes, como a hermanos; a las ancianas, como a madres; a las jovencitas, como a hermanas." Y también en estas: "Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional." Y casi todo este pasaje exhortatorio está en el estilo templado de elocuencia; y aquellas partes son las más hermosas en las que, como pagando lo debido, se juntan con gracia cosas que se corresponden mutuamente. Por ejemplo: "De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe; o si de servicio, en servir; o el que enseña, en la enseñanza; el que exhorta, en la exhortación; el que reparte, con liberalidad; el que preside, con solicitud; el que hace misericordia, con alegría. El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno. Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros. En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor; gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración; compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis. Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran. Unánimes entre vosotros." Y con cuánta gracia se cierra todo esto en un período de dos miembros: "No altivos, sino condescendiendo con los humildes." Y un poco después: "Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que temor, temor; al que honra, honra." Y estas también, aunque expresadas en cláusulas sueltas, terminan en un período de dos miembros: "No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros." Y un poco más adelante: "La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz. Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne." Ahora bien, si el pasaje se tradujera así: "et carnis providentiam ne in concupiscentiis feceritis", el oído sin duda se deleitaría con un final más armonioso; pero nuestro traductor, con más rigor, prefirió conservar incluso el orden de las palabras. Y cómo suena esto en la lengua griega, en la que habló el apóstol, quienes son más diestros en esa lengua podrán determinarlo. Mi opinión, sin embargo, es que lo que se nos ha traducido en el mismo orden de palabras no corre muy armoniosamente ni siquiera en la lengua original.
IV, 20, 41
41. Y, en verdad, debo confesar que nuestros autores son muy deficientes en esa gracia del lenguaje que consiste en los finales armoniosos. Si esto es culpa de los traductores, o si, como me inclino más a creer, los autores evitaron a propósito tales ornamentos, no me atrevo a afirmarlo; pues confieso que no lo sé. Lo que sé, sin embargo, es que si alguien versado en esta especie de armonía tomara las frases finales de estos escritores y las dispusiera según la ley de la armonía (lo cual podría hacer muy fácilmente cambiando algunas palabras por otras de significado equivalente, o conservando las palabras que encuentra y alterando su orden), aprenderá que estos hombres divinamente inspirados no carecen de ninguno de aquellos puntos que en las escuelas de los gramáticos y retóricos se le ha enseñado a considerar importantes; y hallará en ellos muchas clases de lenguaje de gran belleza —hermosas incluso en nuestra lengua, pero especialmente hermosas en la original—, ninguna de las cuales puede encontrarse en aquellos escritos de que tanto se jactan. Pero ha de tenerse cuidado de que, al añadir armonía, no quitemos nada del peso de estas divinas y autorizadas expresiones. Ahora bien, nuestros profetas estuvieron tan lejos de carecer del arte musical del que se aprende más plenamente esta armonía de que hablamos, que Jerónimo, varón doctísimo, describe incluso los metros empleados por algunos de ellos, al menos en la lengua hebrea; aunque, para dar una versión exacta de las palabras, no los ha conservado en su traducción. Yo, sin embargo (para hablar de mi propio sentir, que me es más conocido a mí que a los demás, y que el de los demás a mí), aunque en mi propio discurso, por modestamente que crea hacerlo, no descuido estos finales armoniosos, me complazco igualmente en hallarlos muy rara vez en los autores sagrados.
IV, 20, 42
42. El estilo majestuoso difiere del estilo templado del que acabamos de hablar, principalmente en que no está tanto adornado con ornamentos verbales como exaltado a la vehemencia por la emoción del ánimo. Usa, ciertamente, casi todos los ornamentos que el otro; pero si no se hallan a mano, no los busca. Pues es llevado por su propia vehemencia; y la fuerza del pensamiento, no el deseo de ornato, le hace apoderarse de cualquier belleza de expresión que se le presente. Le basta para su objeto que el calor del sentimiento sugiera las palabras adecuadas; no necesitan ser seleccionadas por cuidadosa elaboración del discurso. Si un hombre valiente está armado con armas adornadas de oro y joyas, realiza hazañas de valor con esas armas en el ardor de la batalla, no porque sean costosas, sino porque son armas; y sin embargo, el mismo hombre hace gran ejecución, aun cuando la ira le provee de un arma que saca de la tierra. El apóstol, en el siguiente pasaje, urge que, por causa del ministerio del evangelio, y sostenidos por los consuelos de la gracia de Dios, soportemos con paciencia todos los males de esta vida. Es un gran tema, y es tratado con poder, y los ornamentos del lenguaje no faltan: "He aquí", dice, "ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación. No dando a nadie ninguna ocasión de tropiezo, para que nuestro ministerio no sea vituperado; antes bien, nos recomendamos en todo como ministros de Dios, en mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias; en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en ayunos; en pureza, en ciencia, en longanimidad, en bondad, en el Espíritu Santo, en amor sincero, en palabra de verdad, en poder de Dios, mediante armas de justicia a diestra y a siniestra; por honra y por deshonra, por mala fama y por buena fama; como engañadores, pero veraces; como desconocidos, pero bien conocidos; como moribundos, mas he aquí vivimos; como castigados, mas no muertos; como entristecidos, mas siempre gozosos; como pobres, mas enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo." Vedle arder todavía: "¡Oh corintios!, nuestra boca se ha abierto para vosotros, nuestro corazón se ha ensanchado", y así sucesivamente; sería prolijo recorrerlo todo.
IV, 20, 43
43. Y del mismo modo, escribiendo a los Romanos, urge que las persecuciones de este mundo sean vencidas por la caridad, con segura confianza en la ayuda de Dios. Y trata este tema con poder y belleza: "Y sabemos", dice, "que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó. ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro."
IV, 20, 44
44. De nuevo, escribiendo a los Gálatas, aunque toda la epístola está escrita en estilo humilde, excepto al final, donde se eleva a una elocuencia templada, intercala un pasaje de tanto sentimiento que, a pesar de la ausencia de ornamentos como los que aparecen en los pasajes recién citados, no puede llamarse sino poderoso: "Guardáis los días, los meses, los tiempos y los años. Me temo de vosotros, que haya trabajado en vano con vosotros. Hermanos, os ruego que os hagáis como yo, porque yo también me hice como vosotros. Ningún agravio me habéis hecho. Pues vosotros sabéis que a causa de una enfermedad del cuerpo os anuncié el evangelio al principio; y no me despreciasteis ni desechasteis por la prueba que tenía en mi cuerpo, antes bien me recibisteis como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús. ¿Dónde está, pues, vuestra bienaventuranza? Porque os doy testimonio de que si hubieseis podido, os hubierais sacado vuestros propios ojos para dármelos. ¿Me he hecho, pues, vuestro enemigo, por deciros la verdad? Tienen celo por vosotros, pero no para bien, sino que quieren apartaros de nosotros para que vosotros tengáis celo por ellos. Bueno es mostrar celo en lo bueno siempre, y no solamente cuando estoy presente con vosotros. Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros, quisiera estar con vosotros ahora mismo y mudar de tono, pues estoy perplejo en cuanto a vosotros." ¿Hay aquí algo de palabras contrastadas dispuestas antitéticamente, o de palabras que ascienden gradualmente a un clímax, o de cláusulas sonoras, y secciones, y períodos? Y sin embargo, hay un ardor de emoción intensa que nos hace sentir el fervor de la elocuencia.
Cap. 21. Ejemplos de los diversos estilos, tomados de los doctores de la Iglesia, especialmente Ambrosio y Cipriano
IV, 21, 45
45. Mas estos escritos de los apóstoles, aunque claros, son sin embargo profundos, y están escritos de tal modo que quien no se contenta con un conocimiento superficial, sino que desea conocerlos a fondo, no sólo ha de leerlos y oírlos, sino que necesita un expositor. Estudiemos, pues, estos diversos modos de hablar tal como aparecen ejemplificados en los escritos de varones que, leyendo las Escrituras, han alcanzado el conocimiento de la verdad divina y saludable, y la han ministrado a la Iglesia. Cipriano, de feliz memoria, escribe en estilo humilde en su tratado sobre el sacramento del cáliz. En este libro resuelve la cuestión de si el cáliz del Señor debe contener agua sola, o agua mezclada con vino. Pero hemos de citar un pasaje a modo de ilustración. Después de la introducción acostumbrada, procede a la discusión del punto en cuestión. "Observad —dice— que se nos instruye, al presentar el cáliz, a mantener la costumbre que nos ha sido transmitida del Señor, y a no hacer nada que nuestro Señor no haya hecho primero por nosotros: de suerte que el cáliz que se ofrece en memoria suya sea vino mezclado con agua. Porque, como dice Cristo: ‘Yo soy la vid verdadera’, se sigue que la sangre de Cristo es vino, no agua; y el cáliz no puede aparecer que contiene su sangre, por la cual somos redimidos y vivificados, si falta el vino; pues por el vino es tipificada la sangre de Cristo, aquella sangre que está prefigurada y proclamada en todos los tipos y declaraciones de la Escritura. En efecto, hallamos que en el libro del Génesis se prefigura esta misma circunstancia acerca del sacramento, y los sufrimientos de nuestro Señor típicamente presentados, en el caso de Noé, cuando bebió vino, y se embriagó, y se descubrió dentro de su tienda, y su desnudez fue expuesta por su segundo hijo, y fue cuidadosamente cubierta por el mayor y el menor de sus hijos. No es necesario mencionar las demás circunstancias en detalle, ya que sólo es menester notar este punto: que Noé, prefigurando la realidad futura, bebió, no agua, sino vino, y así manifestó la pasión de nuestro Señor. Del mismo modo vemos prefigurado el sacramento de la cena del Señor en el caso de Melquisedec, sacerdote, según el testimonio de las Sagradas Escrituras, donde se dice: ‘Y Melquisedec, rey de Salem, sacó pan y vino; y era sacerdote del Dios Altísimo. Y bendijo a Abraham.’ Ahora bien, que Melquisedec era figura de Cristo, lo declara el Espíritu Santo en los Salmos, donde el Padre, dirigiéndose al Hijo, dice: ‘Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec.’" En este pasaje, y en todo lo que sigue de la carta, se mantiene el estilo humilde, como el lector puede fácilmente comprobar.
IV, 21, 46
46. San Ambrosio también, aunque trata una cuestión de muy grande importancia, la igualdad del Espíritu Santo con el Padre y el Hijo, emplea el estilo humilde, porque el objeto que tiene a la vista exige, no belleza de dicción, ni mover el ánimo con el estremecimiento de la emoción, sino hechos y pruebas. Así, en la introducción a su obra, hallamos el siguiente pasaje, entre otros: "Cuando Gedeón se turbó por el mensaje que había oído de Dios, de que, aunque miles del pueblo desfallecieran, sin embargo, por medio de un solo hombre libraría Dios a su pueblo de sus enemigos, trajo un cabrito de las cabras, y por indicación del ángel lo puso con panes sin levadura sobre una peña, y derramó el caldo sobre él; y tan pronto como el ángel de Dios tocó la piedra con la punta del cayado que tenía en la mano, subió fuego de la peña y consumió la ofrenda. Ahora bien, este signo parece indicar que la peña era tipo del cuerpo de Cristo, pues escrito está: ‘Bebían de aquella roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo’; esto, por supuesto, no refiriéndose a la naturaleza divina de Cristo, sino a su carne, cuya fuente siempre fluyente de sangre ha saciado siempre los corazones de su pueblo sediento. Y así se declaró entonces en misterio que el Señor Jesús, cuando fuese crucificado, quitaría en su carne los pecados del mundo entero, y no sólo los actos culpables, sino las malas concupiscencias de sus corazones. Pues la carne del cabrito se refiere a la culpa del acto exterior, el caldo al incentivo de la concupiscencia interior, como está escrito: ‘Y la multitud mezclada que iba entre ellos se dejó llevar de su apetito; y los hijos de Israel también volvieron a llorar y dijeron: ¿Quién nos dará carne que comer?’ Cuando el ángel, pues, extendió su cayado y tocó la peña, y subió fuego de ella, esto era signo de que la carne de nuestro Señor, llena del Espíritu de Dios, había de quemar todos los pecados del género humano. Por lo cual también dice el Señor: ‘He venido a echar fuego en la tierra’." Y en el mismo estilo prosigue el asunto, dedicándose principalmente a probar y reforzar su punto.
IV, 21, 47
47. Ejemplo del estilo templado es el celebrado encomio de la virginidad de Cipriano: "Ahora nuestro discurso se dirige a las vírgenes, las cuales, así como son objeto de mayor honor, lo son también de mayor cuidado. Estas son las flores en el árbol de la Iglesia, la gloria y ornamento de la gracia espiritual, la alegría del honor y de la alabanza, obra íntegra y sin mancha, la imagen de Dios que responde a la santidad del Señor, la porción más brillante del rebaño de Cristo. En ellas se goza la fecundidad gloriosa de su madre la Iglesia, y en ellas florece más abundantemente; y en la medida en que la brillante virginidad aumenta su número, en esa misma medida crece el gozo de la madre. Y en otro lugar, al final de la epístola, dice: ‘Como hemos llevado la imagen del terrenal, llevaremos también la imagen del celestial’. La virginidad lleva esta imagen, la integridad la lleva, la santidad y la verdad la llevan; la llevan los que se acuerdan del castigo del Señor, los que guardan justicia y piedad, los que son fuertes en la fe, humildes en el temor, firmes en la perseverancia del sufrimiento, mansos en soportar la injuria, prontos a la misericordia, de un solo ánimo y de un solo corazón en la paz fraterna. Y cada una de estas cosas debéis vosotras, santas vírgenes, observar, estimar y cumplir, vosotras que, teniendo el corazón desocupado para Dios y para Cristo, y habiendo escogido la mejor y más excelente parte, guiáis y mostráis el camino al Señor, a quien habéis consagrado vuestros votos. Vosotras, las de más edad, ejerced dominio sobre las más jóvenes. Vosotras, las más jóvenes, asistid a las ancianas, y alentad a vuestras iguales; excitaos unas a otras con mutuas exhortaciones; provocaos unas a otras a la gloria con émulos ejemplos de virtud; soportad con valentía, avanzad en la espiritualidad, acabad vuestra carrera con gozo; sólo acordaos de nosotras cuando vuestra virginidad empiece a recoger su recompensa de honor."
IV, 21, 48
48. También Ambrosio usa el estilo templado y adornado cuando presenta ante las vírgenes que han hecho su profesión un modelo para su imitación, y dice: "Era virgen no sólo en el cuerpo, sino también en el alma; no mezclaba la pureza de su afecto con ninguna escoria de hipocresía; grave en el hablar; prudente en el carácter; parca en palabras; deleitándose en el estudio; no poniendo su confianza en las riquezas inciertas, sino en la oración de los pobres; diligente en el trabajo; reverente en la palabra; acostumbrada a mirar a Dios, no al hombre, como guía de su conciencia; no dañando a nadie, deseando bien a todos; respetuosa con los mayores, no envidiosa de sus iguales; evitando la jactancia, siguiendo la razón, amando la virtud. ¿Cuándo hirió a sus padres siquiera con una mirada? ¿Cuándo riñó con los vecinos? ¿Cuándo desdeñó al humilde, se rió del débil o rehuyó al indigente? Ella suele visitar sólo aquellos lugares de hombres de los que la piedad no se sonrojaría, ni el pudor pasaría de largo. No hay nada altanero en sus ojos, nada audaz en sus palabras, nada lascivo en sus gestos: su porte no es voluptuoso, ni su andar demasiado libre, ni su voz petulante; de manera que su apariencia exterior es imagen de su alma, y un retrato de pureza. Pues una buena casa debe ser conocida por tales cosas en el mismo umbral, y mostrar a la misma entrada que no hay dentro ningún rincón oscuro, como la luz de una lámpara colocada dentro vierte su resplandor al exterior. ¿A qué detallar su parsimonia en la comida, su sobreabundancia en el deber —lo uno cayendo por debajo de las exigencias de la naturaleza, lo otro elevándose por encima de sus fuerzas? Esto último no tiene intervalos de intermisión, lo primero duplica los días con ayunos; y cuando surge el deseo de refrigerio, se satisface con alimentos tales que sustentan la vida, pero no ministran al apetito." He citado estos últimos pasajes como ejemplos del estilo templado, porque su propósito no es inducir a quienes aún no se han consagrado a hacer los votos de virginidad, sino mostrar de qué índole deben ser las que ya los han hecho. Para persuadir a alguien a dar un paso de tal naturaleza y de tan grande importancia, se requiere que el ánimo sea excitado y encendido por el estilo majestuoso. Cipriano mártir, sin embargo, no escribió sobre el deber de tomar la profesión de virginidad, sino sobre el vestido y comportamiento de las vírgenes. Pero aquel gran obispo las urge a su deber aun en estos aspectos con el poder de una elocuencia majestuosa.
IV, 21, 49
49. Pero yo seleccionaré ejemplos del estilo majestuoso de su tratamiento de un tema que ambos han tocado. Ambos han denunciado a las mujeres que se colorean, o más bien se descoloran, el rostro con afeites. Y el primero, al tratar este asunto, dice: "Supongamos que un pintor representara con colores que rivalizan con la naturaleza las facciones y la forma y el color de algún hombre, y que, cuando el retrato hubiera sido acabado con arte consumado, otro pintor pusiera su mano sobre él, como para mejorar con su habilidad superior la pintura ya terminada; seguramente el primer artista se sentiría profundamente insultado, y su indignación se excitaría justamente. ¿Crees tú, entonces, que llevarás impunemente tan audaz acto de maldad, tal insulto a Dios, el gran Artífice? Pues, concediendo que no seas inmodesta en tu conducta para con los hombres, y que no estés contaminada en el ánimo por estos engaños meretricios, sin embargo, al corromper y violar lo que es de Dios, te pruebas a ti misma peor que una adúltera. El hecho de que te consideres adornada y hermoseada por tales artes es una acusación contra la hechura de Dios, y una violación de la verdad. Escucha la voz admonitoria del apóstol: ‘Limpiaos de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, como sois sin levadura; porque Cristo, nuestra pascua, fue sacrificado por nosotros: así que hagamos fiesta, no con vieja levadura, ni con levadura de malicia y de maldad, sino con los ázimos de sinceridad y de verdad.’ Ahora bien, ¿pueden la sinceridad y la verdad continuar existiendo cuando lo sincero está contaminado y lo verdadero es mudado por el colorete meretricio y los engaños de la charlatanería en una mentira? Tu Señor dice: ‘No puedes hacer un solo cabello blanco o negro’; ¿y quieres tú tener poder mayor para anular las palabras de tu Señor? Con mano temeraria y sacrílega quisieras tú cambiar el color de tu cabello: yo querría que, con una mirada profética al futuro, lo tiñeras del color de la llama." Sería demasiado largo citar todo lo que sigue.
IV, 21, 50
50. Ambrosio de nuevo, increpando tales prácticas, dice: "De aquí nacen estos incentivos al vicio: que las mujeres, por temor de no resultar atractivas a los hombres, se pintan el rostro con colores cuidadosamente escogidos, y luego de las manchas de sus facciones pasan a las manchas de su castidad. ¡Qué locura es cambiar las facciones de la naturaleza por las de una pintura, y por temor de incurrir en la desaprobación de su marido, proclamar abiertamente que han incurrido en la suya propia! Porque la mujer que desea alterar su apariencia natural pronuncia condenación contra sí misma; y sus afanosos esfuerzos por agradar a otro prueban que primero ha sido desagradable a sí misma. ¿Y qué testimonio de tu fealdad podemos hallar, oh mujer, que sea más incuestionable que el tuyo propio, cuando temes mostrarte? Si eres hermosa, ¿por qué ocultas tu hermosura? Si eres fea, ¿por qué pretendes mentirosamente ser bella, cuando no puedes gozar del placer de la mentira ni en tu propia conciencia ni en la de otro? Pues él ama a otra mujer, tú deseas agradar a otro hombre; y te enojas si él ama a otra, aunque en ti se le enseña el adulterio. Tú eres la mala instigadora de tu propio daño. Pues aun la mujer que ha sido víctima de un alcahuete rehúsa hacer el papel de alcahuete, y aunque sea vil, peca contra sí misma y no contra otro. El crimen de adulterio es casi más tolerable que el tuyo; porque el adulterio adultera el pudor, pero tú adulteras la naturaleza." Queda suficientemente claro, creo, que esta elocuencia llama apasionadamente a las mujeres a evitar alterar su apariencia con artes engañosas, y a cultivar la modestia y el temor. Así pues, notamos que el estilo no es ni humilde ni templado, sino majestuoso de principio a fin. Ahora bien, en estos dos autores que he escogido como especímenes de los demás, y en otros escritores eclesiásticos que hablan la verdad y la hablan bien —es decir, con juicio, con agudeza, y con belleza y fuerza de expresión—, se pueden hallar muchos ejemplos de los tres estilos de hablar, esparcidos por sus varios escritos y discursos; y el estudiante diligente puede, mediante la lectura asidua, entremezclada con la práctica por su parte, llegar a estar totalmente imbuido de todos ellos.
Comentario editorial · Las obras de Cipriano y Ambrosio que cita Agustín
Las notas del NPNF identifican los pasajes. Del estilo humilde: la carta 63 de Cipriano a Cecilio, sobre si el cáliz debe llevar vino mezclado con agua (IV, 21, 45), y el prólogo del libro I de Sobre el Espíritu Santo de Ambrosio (IV, 21, 46). Del templado: Sobre el vestido de las vírgenes de Cipriano (IV, 21, 47) y Sobre las vírgenes de Ambrosio (IV, 21, 48), donde la virgen propuesta como modelo es María (II, 2, 7 en New Advent). Del majestuoso, los dos contra las mujeres que se pintan el rostro (IV, 21, 49–50). Cipriano murió mártir en 258; Ambrosio, el obispo que bautizó a Agustín en Milán en 387, había muerto en 397, el año en que empezó este libro (Wikipedia).