IV, 22, 51
51. Pero no hemos de suponer que sea contra la regla mezclar estos diversos estilos: al contrario, toda variedad de estilo debe introducirse en cuanto sea compatible con el buen gusto. Porque cuando nos mantenemos monótonamente en un solo estilo, no logramos retener la atención del oyente; mas cuando pasamos de un estilo a otro, el discurso se desarrolla con más gracia, aunque se extienda a mayor longitud. Cada estilo, por su parte, tiene sus propias variedades que impiden que la atención del oyente se enfríe o se vuelva lánguida. Podemos soportar el estilo humilde, sin embargo, durante más tiempo sin variedad que el estilo majestuoso. Pues la emoción mental que es necesario suscitar para arrastrar los sentimientos del oyente con nosotros, una vez que ha sido suficientemente excitada, cuanto más alto es el tono al que se eleva, tanto menos tiempo puede mantenerse. Y por tanto, debemos estar en guardia, no sea que, al esforzarnos por llevar a un punto más alto la emoción que hemos excitado, perdamos más bien lo que ya habíamos ganado. Pero después de interponer materia que hayamos de tratar en un estilo más tranquilo, podemos volver con buen efecto a aquello que debe tratarse con fuerza, haciendo así que la marea de la elocuencia fluya y refluya como el mar. De esto se sigue que el estilo majestuoso, si ha de prolongarse, no debe ser uniforme, sino alternar a intervalos con los otros estilos; refiriéndose, sin embargo, el discurso o escrito en su conjunto a aquel estilo que sea el predominante.
IV, 23, 52
52. Ahora bien, es de suma importancia determinar qué estilo ha de alternarse con cuál otro, y los lugares en que es necesario emplear un estilo particular. En el estilo majestuoso, por ejemplo, es siempre, o casi siempre, deseable que la introducción sea templada. Y el orador tiene a su discreción usar el estilo humilde incluso donde sería permitido el majestuoso, a fin de que el majestuoso cuando se utilice resulte tanto más majestuoso por comparación, y brille, por así decirlo, con mayor resplandor desde el fondo oscuro. Además, sea cual sea el estilo del discurso o del escrito, cuando surjan cuestiones enredadas que resolver, se requiere exactitud en la distinción, y esto exige naturalmente el estilo humilde. Y por consiguiente, este estilo debe emplearse en alternancia con los otros dos siempre que surjan cuestiones de esa índole; así como debemos usar el estilo templado, no importa cuál sea el tono general del discurso, cuando se haya de dar alabanza o censura sin referencia ulterior a la condenación o absolución de nadie, ni a obtener el asentimiento de nadie en una línea de acción. En el estilo majestuoso, pues, y también en el humilde, ambos otros dos estilos hallan cabida ocasionalmente. El estilo templado, por otra parte, no siempre, pero sí ocasionalmente, necesita del estilo humilde; por ejemplo, cuando, como he dicho, se presenta una cuestión enredada que resolver, o cuando algunos puntos que son susceptibles de ornato se dejan sin adornar y se expresan en el estilo humilde, para dar mayor efecto a ciertas exuberancias (por así llamarlas) de ornato. Pero el estilo templado nunca necesita el auxilio del majestuoso; pues su objeto es deleitar, nunca excitar, la mente.
IV, 24, 53
53. Si un orador es seguido de aplausos frecuentes y vehementes, no por eso hemos de suponer que habla en el estilo majestuoso; pues este efecto lo producen a menudo tanto las distinciones exactas del estilo humilde como las bellezas del templado. El estilo majestuoso, en cambio, con frecuencia hace callar al auditorio por su imponente gravedad, pero provoca sus lágrimas. Por ejemplo, cuando en Cesárea de Mauritania disuadía yo al pueblo de aquella guerra civil, o peor que civil, que ellos llamaban Caterva (pues no solo conciudadanos, sino vecinos, hermanos, padres e hijos, divididos en dos facciones y armados con piedras, peleaban anualmente en cierta época del año durante varios días seguidos, matando cada cual a quien podía), me esforcé con toda la vehemencia de palabra que pude para arrancar y desterrar de sus corazones y de sus vidas un mal tan cruel e inveterado; sin embargo, no fue al oír sus aplausos, sino al ver sus lágrimas, cuando pensé que había producido un efecto. Porque los aplausos mostraban que estaban instruidos y deleitados, pero las lágrimas que estaban conmovidos. Y cuando vi sus lágrimas tuve confianza, aun antes de que el hecho lo probara, en que esta costumbre horrible y bárbara (que les había sido transmitida por sus padres y antepasados de generaciones muy remotas, y que como un enemigo sitiaba sus corazones, o más bien los poseía por completo) había sido derribada; y tan pronto como terminé mi sermón los llamé con el corazón y la voz a alabar y dar gracias a Dios. Y he aquí que, con la bendición de Cristo, hace ya ocho años o más que no se ha intentado allí nada semejante. En muchos otros casos he observado que los hombres manifiestan el efecto que en ellos produce la elocuencia poderosa de un sabio, no tanto por aplausos estruendosos como por gemidos, a veces incluso por lágrimas, y finalmente por un cambio de vida.
Comentario editorial · Cesárea de Mauritania y la «caterva»
Cesárea de Mauritania es la actual Cherchell, en la costa de Argelia, unos 89 kilómetros al oeste de Argel; fue capital del reino de Mauritania y luego de una provincia romana (Wikipedia). Agustín estuvo allí en el otoño de 418, cuando se enfrentó al obispo donatista de la ciudad, Emérito (Wikipedia). Si el sermón contra la caterva es de esa visita —lectura del editor; el texto no lo precisa—, los «ocho años o más» que han pasado desde entonces llevan la redacción de este libro a 426 o después, la fecha que dan la nota del NPNF y la Catholic Encyclopedia.
Para ampliar: Cherchell (Wikipedia (en))
IV, 24, 54
54. El estilo humilde también ha producido un cambio en muchos; pero fue para enseñarles lo que ignoraban, o para persuadirles de lo que creían increíble, no para hacerles hacer lo que sabían que debían hacer pero no querían. Para vencer esta clase de dureza, el discurso necesita ser vehemente. La alabanza y la censura, asimismo, cuando se expresan con elocuencia, incluso en el estilo templado, producen tal efecto en algunos, que no solo se complacen en la elocuencia de los encomios y las censuras, sino que se sienten llevados a vivir de manera que ellos mismos merezcan alabanza, y a evitar vivir de modo que incurran en censura. Pero nadie diría que todos los que así son deleitados cambian en consecuencia sus costumbres; mientras que todos los que son conmovidos por el estilo majestuoso obran en consecuencia, y todos los que son instruidos por el estilo humilde conocen o creen una verdad de la que antes eran ignorantes.
IV, 25, 55
55. De todo esto podemos concluir que el fin que alcanzan los dos estilos últimamente mencionados es aquel que más esencialmente han de asegurar quienes aspiran a hablar con sabiduría y elocuencia. Por otra parte, aquello a lo que propiamente aspira el estilo templado, a saber, agradar por la belleza de estilo, no es en sí mismo un fin suficiente; pero cuando lo que tenemos que decir es bueno y útil, y cuando los oyentes están tanto familiarizados con ello como favorablemente dispuestos hacia ello, de modo que no es necesario ni instruirlos ni persuadirlos, la belleza de estilo puede influir en asegurar su más pronta conformidad, o en hacer que se adhieran a ello con más tenacidad. Pues como la función de toda elocuencia, cualquiera de estas tres formas que adopte, es hablar persuasivamente, y su objeto es persuadir, el hombre elocuente hablará persuasivamente, cualquiera que sea el estilo que adopte; pero si no logra persuadir, su elocuencia no ha alcanzado su objeto. Ahora bien, en el estilo humilde, persuade a sus oyentes de que lo que dice es verdadero; en el estilo majestuoso, los persuade a hacer lo que saben que deben hacer, pero no hacen; en el estilo templado, los persuade de que su discurso es elegante y adornado. Pero ¿de qué sirve alcanzar un objeto como este último? Pueden desearlo aquellos que se envanecen de su elocuencia y hacen alarde de panegíricos y semejantes ejercicios, donde el objeto no es instruir al oyente, ni persuadirlo a ningún curso de acción, sino meramente darle placer. Nosotros, sin embargo, debemos subordinar ese fin a otro, a saber, el de efectuar por este estilo de elocuencia lo que nos proponemos efectuar cuando usamos el estilo majestuoso. Pues podemos, mediante el uso de este estilo, persuadir a los hombres a cultivar buenos hábitos y abandonar los malos, si no están tan endurecidos que necesiten el estilo majestuoso; o si ya han comenzado un buen camino, podemos inducirlos a seguirlo con más celo y a perseverar en él con constancia. Por consiguiente, aun en el estilo templado debemos usar la belleza de estilo no por ostentación, sino para fines sabios; no contentándonos meramente con agradar al oyente, sino más bien buscando ayudarlo en la consecución del buen fin que le presentamos.
IV, 26, 56
56. Ahora bien, con respecto a las tres condiciones que poco antes establecí como necesarias para todo el que desee hablar con sabiduría y elocuencia, a saber, la claridad, la belleza de estilo y la fuerza persuasiva, no hemos de entender que estas tres cualidades se adhieran respectivamente a los tres estilos de discurso, una a cada uno, de modo que la claridad sea mérito propio del estilo humilde, la belleza del templado y la fuerza persuasiva del majestuoso. Por el contrario, todo discurso, sea cual fuere su estilo, debe aspirar constantemente a los tres méritos y, en lo posible, mostrarlos todos. Pues aun lo que decimos en estilo humilde no queremos que llegue a hastiar al oyente; y por tanto querríamos ser escuchados no sólo con inteligencia, sino también con agrado. Además, ¿por qué confirmamos lo que enseñamos con el testimonio divino, sino porque queremos llevar con nosotros al oyente, es decir, obligar su asentimiento invocando el auxilio de Aquel de quien se ha dicho: "Tus testimonios son muy firmes"? Y cuando alguien narra una historia, aun en estilo humilde, ¿qué desea sino ser creído? Pero ¿quién lo escuchará si no atrae la atención con alguna belleza de estilo? Y si no es inteligible, ¿no es evidente que no puede ni agradar ni producir convicción? El estilo humilde, a su vez, en su propia desnuda sencillez, cuando desata cuestiones de grandísima dificultad y arroja sobre ellas una luz inesperada; cuando extrae y saca a la luz algunas observaciones muy agudas de donde nada se esperaba; cuando se apodera de la falsedad de una opinión contraria, que en su primera exposición parecía inexpugnable, y la pone al descubierto; especialmente cuando todo esto va acompañado de una gracia de expresión natural, no buscada, y de un ritmo y equilibrio de estilo que no se ostenta con artificio, sino que parece más bien brotar de la naturaleza del asunto: este estilo, así empleado, provoca con frecuencia aplausos tan grandes que apenas puede creerse que sea el estilo humilde. Pues el hecho de presentarse sin ornamento ni defensa, y de ofrecer batalla en su propia desnuda sencillez, no le impide aplastar a su adversario por el peso del nervio y del músculo, y abrumar y destruir la falsedad que se le opone con la mera fuerza de su propio brazo derecho. ¿Cómo explicar los aplausos frecuentes y vehementes que acompañan a quienes así hablan, sino por el placer que naturalmente produce la verdad tan irresistiblemente establecida y tan victoriosamente defendida? Por tanto, el doctor y orador cristiano, cuando usa el estilo humilde, debe esforzarse no sólo por ser claro e inteligible, sino también por agradar y hacer llegar la convicción al oyente.
IV, 26, 57
57. La elocuencia del estilo templado, en el caso del orador cristiano, no debe tampoco carecer por completo de ornamento, ni estar adornada de manera inconveniente, ni ha de proponerse como único fin el causar placer, que es todo lo que ella se precia de conseguir en manos ajenas; antes bien, en sus alabanzas y censuras debe aspirar a inducir al oyente a buscar con empeño o a abrazar con más firmeza aquello que alaba, y a evitar o renunciar aquello que condena. Por otra parte, sin claridad este estilo no puede agradar. Y así, las tres cualidades, claridad, belleza y fuerza persuasiva, han de buscarse también en este estilo; la belleza, por supuesto, es su objeto principal.
IV, 26, 58
58. A su vez, cuando se hace necesario conmover y mover el ánimo del oyente mediante el estilo majestuoso (y esto es siempre necesario cuando admite que lo que se dice es a la vez verdadero y agradable, y sin embargo no quiere obrar en consecuencia), es preciso, desde luego, hablar en el estilo majestuoso. Pero ¿quién puede conmoverse si no entiende lo que se dice? ¿Y quién permanecerá escuchando si no recibe ningún placer? Por tanto, también en este estilo, cuando hay que persuadir a un corazón obstinado a la obediencia, has de hablar de modo que seas a la vez inteligible y agradable, si quieres ser escuchado con ánimo sumiso.
IV, 27, 59
59. Pero por grande que sea la majestad del estilo, la vida del orador pesará más para asegurar el asentimiento del oyente. El que habla con sabiduría y elocuencia, pero vive malvadamente, puede, es cierto, instruir a muchos que están ansiosos de aprender; aunque, como está escrito, "es inútil para sí mismo". Por lo cual dice también el apóstol: "Sea por pretexto o por verdad, Cristo es predicado". Ahora bien, Cristo es la verdad; y, sin embargo, vemos que la verdad puede ser predicada aunque no en verdad, es decir, que lo que en sí mismo es recto y verdadero puede ser predicado por un hombre de mente perversa y engañosa. Y así es como Jesucristo es predicado por quienes buscan lo suyo propio, y no lo que es de Jesucristo. Pero, como los verdaderos creyentes obedecen la voz, no de un hombre cualquiera, sino del Señor mismo, que dice: "Así que, todo lo que os manden guardar, guardadlo y hacedlo; pero no hagáis conforme a sus obras, porque dicen y no hacen", resulta que los que llevan una vida inútil son oídos con provecho por otros. Pues, aunque buscan sus propios intereses, no se atreven a enseñar sus propias doctrinas, sentados como están en las altas cátedras de la autoridad eclesiástica, que está establecida en la sana doctrina. Por lo cual el Señor mismo, antes de decir lo que acabo de citar acerca de los hombres de esta clase, hizo esta observación: "En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos". La cátedra, pues, que ocupaban, la cual no era suya sino de Moisés, los obligaba a decir lo bueno, aunque hacían lo malo. Y así seguían su propio camino en su vida, pero la cátedra que ocupaban, que pertenecía a otro, les impedía predicar sus propias doctrinas.
IV, 27, 60
60. Ahora bien, estos hacen bien a muchos predicando lo que ellos mismos no cumplen; pero harían bien a muchísimos más si vivieran como predican. Pues hay muchos que buscan una excusa para sus propias malas vidas comparando la enseñanza con la conducta de sus instructores, y que dicen en su corazón, o aun van un poco más lejos y dicen con sus labios: "¿Por qué no haces tú mismo lo que me mandas hacer?" Y así dejan de escuchar con sumisión a quien no se escucha a sí mismo, y al despreciar al predicador aprenden a despreciar la palabra que se predica. Por lo cual el apóstol, escribiendo a Timoteo, después de decirle: "Ninguno tenga en poco tu juventud", añade enseguida el camino por el cual evitaría el desprecio: "sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, en conducta, en caridad, en espíritu, en fe, en pureza".
IV, 28, 61
61. Tal doctor como el aquí descrito puede, para asegurar el asentimiento, hablar no solo con calma y templanza, sino incluso con vehemencia, sin faltar a la modestia, porque su vida lo protege del desprecio. Pues mientras lleva una vida recta, cuida también de mantener una buena reputación, proveyendo cosas honestas a la vista de Dios y de los hombres, temiendo a Dios y preocupándose por los hombres. En su mismo hablar, prefiere agradar por la materia más que por las palabras; piensa que una cosa está bien dicha en la medida en que es verdadera de hecho, y que el doctor debe gobernar sus palabras, no dejar que las palabras lo gobiernen a él. Esto es lo que dice el apóstol: "No con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo". A este mismo efecto es lo que dice a Timoteo: "Encargándoles delante del Señor que no contiendan sobre palabras, lo cual para nada aprovecha, sino que es para perdición de los oyentes". Ahora bien, esto no significa que, cuando los adversarios se oponen a la verdad, no hayamos de decir nada en defensa de la verdad. Pues, ¿dónde quedaría entonces lo que dice cuando describe qué clase de hombre debe ser el obispo: "que sea capaz de exhortar con sana doctrina y convencer a los que contradicen"? Contender sobre palabras no es preocuparse por el modo de vencer el error con la verdad, sino afanarse por que tu modo de expresión sea preferido al de otro. El hombre que no contiende sobre palabras, ya hable con calma, templanza o vehemencia, usa las palabras con ningún otro propósito que hacer la verdad clara, agradable y eficaz; pues ni aun el amor mismo, que es el fin del mandamiento y el cumplimiento de la ley, puede ejercitarse rectamente si los objetos del amor no son verdaderos y no falsos. Porque así como un hombre de cuerpo hermoso pero de mente mal acondicionada es un objeto más penoso que si su cuerpo también fuera deforme, así los hombres que enseñan mentiras son tanto más dignos de lástima si por casualidad son elocuentes en el hablar. Hablar, pues, con elocuencia y también con sabiduría es precisamente expresar verdades que conviene enseñar con palabras adecuadas y propias, — palabras que en el estilo humilde son suficientes, en el templado, elegantes, y en el majestuoso, enérgicas. Pero el hombre que no puede hablar a la vez con elocuencia y sabiduría, debe hablar con sabiduría sin elocuencia, antes que con elocuencia sin sabiduría.
Cap. 29. Es lícito que un predicador entregue al pueblo lo que ha sido escrito por un hombre más elocuente que él
IV, 29, 61
Si, no obstante, no puede hacer ni aun esto, sea su vida tal que no solo le asegure una recompensa a él mismo, sino que ofrezca un ejemplo a los demás; y sea su modo de vivir un sermón elocuente en sí mismo.
IV, 29, 63
63. Hay, ciertamente, algunos hombres que tienen buena dicción, pero no pueden componer nada para pronunciar. Ahora bien, si tales hombres toman lo que otros han escrito con sabiduría y elocuencia, lo confían a la memoria y lo pronuncian ante el pueblo, no se les puede culpar, supuesto que lo hagan sin engaño. Pues de este modo muchos llegan a ser predicadores de la verdad (lo cual es ciertamente deseable), y sin embargo no muchos maestros; porque todos pronuncian el discurso que un solo maestro verdadero ha compuesto, y no hay divisiones entre ellos. Ni han de amedrentarse por las palabras del profeta Jeremías, por medio del cual Dios denuncia a los que roban sus palabras, cada uno de su prójimo. Pues los que roban toman lo que no les pertenece; pero la palabra de Dios pertenece a todos los que la obedecen; y es el hombre que habla bien, pero vive mal, quien realmente toma las palabras que pertenecen a otro. Porque las cosas buenas que dice parecen ser fruto de su propio pensamiento, y sin embargo nada tienen en común con su manera de vivir. Y por eso Dios ha dicho que roban sus palabras quienes querrían parecer buenos hablando las palabras de Dios, pero en realidad son malos, pues siguen sus propios caminos. Y si se examina de cerca el asunto, no son realmente ellos mismos quienes dicen las cosas buenas que dicen. Pues ¿cómo pueden decir con palabras lo que niegan con las obras? No sin razón dice el apóstol de tales hombres: "Profesan conocer a Dios, pero con las obras lo niegan." En un sentido, pues, las dicen, y en otro sentido no las dicen; porque ambas afirmaciones han de ser verdaderas, pues ambas han sido hechas por Aquel que es la Verdad. Hablando de tales hombres, en un lugar dice: "Todo lo que os manden guardar, guardadlo y hacedlo; pero no obréis conforme a sus obras;" —esto es, lo que oís de sus labios, hacedlo; lo que veis en sus vidas, no lo hagáis—, "porque dicen y no hacen". Y así, aunque no lo hacen, lo dicen. Pero en otro lugar, reprendiendo a tales hombres, dice: "¡Oh generación de víboras! ¿Cómo podéis, siendo malos, hablar cosas buenas?" Y de aquí parecería que aun lo que dicen, cuando dicen lo que es bueno, no lo dicen ellos mismos, pues de voluntad y de hecho niegan lo que dicen. De ahí resulta que un hombre malvado y elocuente puede componer un discurso en el que la verdad se expone para que la pronuncie un hombre bueno que no es elocuente; y cuando esto ocurre, el primero saca de sí lo que no le pertenece, y el segundo recibe de otro lo que en verdad le pertenece a él mismo. Pero cuando los verdaderos creyentes prestan este servicio a verdaderos creyentes, ambas partes dicen lo que es suyo, porque Dios es suyo, a quien pertenece todo lo que dicen; y aun los que no podían componer lo que dicen lo hacen suyo componiendo sus vidas en armonía con ello.
IV, 30, 63
63. Pero ya sea que un hombre se disponga a hablar al pueblo, o a dictar lo que otros pronunciarán o leerán al pueblo, debe orar a Dios para que ponga en su boca un discurso adecuado. Porque si la reina Ester oró, cuando iba a hablar al rey acerca del bien temporal de su pueblo, para que Dios pusiera palabras apropiadas en su boca, ¿cuánto más debe orar por la misma bendición quien trabaja en palabra y doctrina por el bien eterno de los hombres? Asimismo, aquellos que han de pronunciar lo que otros componen para ellos, antes de recibir el discurso deben orar por quienes lo preparan; y cuando lo han recibido, deben orar tanto para que ellos mismos lo pronuncien bien, como para que aquellos a quienes lo dirigen presten oído; y cuando el discurso tenga un resultado feliz, deben dar gracias a Aquel de quien saben que provienen tales bendiciones, para que toda la alabanza sea suya, "en cuya mano estamos tanto nosotros como nuestras palabras".
IV, 31, 64
Este libro ha venido a ser más largo de lo que yo esperaba o deseaba. Pero al lector u oyente que en él encuentre gusto no le parecerá largo. Quien lo tenga por largo, si ansía conocer su contenido, podrá leerlo por partes. Quien no tenga interés en conocerlo no debe quejarse de su extensión. Yo, sin embargo, doy gracias a Dios de que con la poca capacidad que poseo me he esforzado en estos cuatro libros por describir, no la clase de hombre que soy yo (pues mis defectos son muchísimos), sino la clase de hombre que debe ser quien desea trabajar en la sana doctrina, esto es, en la doctrina cristiana, no solo para su propia instrucción, sino también para la de los demás.
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
Agustín termina diciendo que en estos cuatro libros no ha descrito al hombre que él es, sino al que debe ser quien trabaja en la sana doctrina (IV, 31, 64). La obra sirvió para eso durante siglos. Según Wikipedia, dio al mundo medieval la herramienta que necesitaba para enseñar la Escritura con una sofisticación a la altura de la herencia clásica, y la autoridad de Agustín dio a las reglas de Ticonio, que él resume en el libro III, gran peso en Occidente durante casi mil años. Schaff, en 1886, la tenía por superada como obra científica por la hermenéutica moderna y las introducciones críticas a la Biblia, pero no en originalidad, hondura y penetración espiritual.
El libro IV ha suscitado un debate propio: cuánto debe Agustín a Cicerón y a la retórica clásica. Wikipedia recoge las posiciones. Para D. W. Robertson, la interpretación alegórica de la literatura era ya una práctica clásica; otros sostienen que Agustín escribe contra esa tradición, y Stanley Fish llega a decir que, al pedir a los predicadores que oren para que Dios ponga en su boca buenos discursos, vuelve irrelevante al orador. Celica Milovanovic-Barham busca un término medio en el uso de los tres estilos, y John D. Schaeffer lee el libro como el intento de unir el mundo oral de la oratoria pública con una religión fundada en un texto escrito y dirigida a la persona interior.
Al revisar sus obras al final de la vida, Agustín corrigió de esta solo tres cosas: el autor del libro de la Sabiduría, el uso del nombre «Antiguo Testamento» y lo que había atribuido a Ambrosio sobre Platón y Jeremías (Retractaciones II, 4; ver los comentarios a II, 8 y II, 28).
Para seguir leyendo en Eusebeia: la vida y el pensamiento de Agustín; los estudios sobre la exégesis de los Padres «La Escritura como morada de Dios» y «La Escritura como presencia real», que sitúan este tratado al final de tres siglos de lectura cristiana; la Vida de Antonio que Agustín recuerda en el prefacio, y el libro IV de Sobre los principios, donde Orígenes había expuesto, más de siglo y medio antes, cómo leer la Escritura.