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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEl libro y su plan
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 5 minPrefacio, en el que se muestra que enseñar reglas para la interpretación de la Escritura no es tarea superflua
  4. Sesión 4 · Parte 2 · ≈ 6 minLibro I. Que contiene una visión general de los temas tratados en la santa Escritura
  5. Sesión 5 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 3. Algunas cosas son para uso, otras para goce
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 7. Lo que todos los hombres entienden por el término Dios
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 12. En qué sentido la sabiduría de Dios vino a nosotros
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 17. Cristo, al perdonar nuestros pecados, abrió el camino de regreso a la patria
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 minCap. 23. El hombre no necesita mandamiento para amarse a sí mismo y a su propio cuerpo
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 26. El mandamiento de amar a Dios y al prójimo incluye un mandamiento de amarnos a nosotros mismos
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 30. Si los ángeles han de ser contados entre nuestros prójimos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minCap. 33. De qué manera se debe gozar del hombre
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 5 minCap. 37. Peligros de la interpretación equivocada
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro II
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minCap. 4. Origen de la Escritura
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCap. 8. Los libros canónicos
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCap. 10. Los signos desconocidos o ambiguos impiden que se entienda la Escritura
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCap. 13. Cómo pueden enmendarse las interpretaciones defectuosas
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 10 minCap. 15. Entre las versiones se da preferencia a la Septuaginta y a la Itala
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minCap. 16. El conocimiento tanto de la lengua como de las cosas es útil para la comprensión de las expresiones figuradas
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCap. 17. Origen de la leyenda de las nueve Musas
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 6 minCap. 21. Superstición de los astrólogos
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCap. 23. Por qué repudiamos las artes de adivinación
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 5 minCap. 26. Qué inventos humanos debemos adoptar y cuáles debemos evitar
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCap. 29. Hasta qué punto la ciencia natural es una ayuda exegética
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCap. 32. La validez de la secuencia lógica no es inventada por el hombre, sino solo observada por él
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 5 minCap. 36. Las reglas de la elocuencia son verdaderas, aunque a veces se usen para persuadir a los hombres de lo falso
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCap. 39. A cuál de los estudios arriba mencionados debe prestarse atención, y con qué espíritu
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 6 minCap. 41. Qué clase de espíritu se requiere para el estudio de la santa Escritura
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCap. 2. Regla para eliminar la ambigüedad atendiendo a la puntuación
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minCap. 4. Cómo se resuelven las ambigüedades
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCap. 8. Los judíos liberados de su servidumbre de un modo, los gentiles de otro
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCap. 11. Regla para interpretar las frases que parecen atribuir severidad a Dios y a los santos
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 5 minCap. 13. Mismo tema, continuación
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCap. 17. Algunos mandatos se dan a todos en común, otros a clases particulares
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 8 minCap. 21. David no fue lujurioso, aunque cayó en adulterio
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCap. 26. Los pasajes oscuros se interpretan por los claros
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCap. 30. Las reglas de Ticonio el Donatista examinadas
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 9 minCap. 33. La tercera regla de Ticonio
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 8 minCap. 35. La quinta regla de Ticonio
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 7 minCap. 37. La séptima regla de Ticonio
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCap. 2. Es lícito al doctor cristiano usar el arte de la retórica
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 8 minCap. 4. El deber del doctor cristiano
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 7. Ejemplos de verdadera elocuencia tomados de las epístolas de Pablo y de las profecías de Amós
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 7. Ejemplos de verdadera elocuencia tomados de las epístolas de Pablo y de las profecías de Amós
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 7 minCap. 8. La oscuridad de los escritores sagrados, aunque compatible con la elocuencia, no ha de ser imitada por los doctores cristianos
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 6 minCap. 11. El doctor cristiano debe hablar con claridad, pero no sin elegancia
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCap. 14. La belleza de estilo debe estar en armonía con el asunto
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 10 minCap. 16. Las instrucciones humanas no han de despreciarse, aunque Dios hace al verdadero maestro
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 9 minCap. 19. El doctor cristiano debe usar distintos estilos en distintas ocasiones
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 10 minCap. 21. Ejemplos de los diversos estilos, tomados de los doctores de la Iglesia, especialmente Ambrosio y Cipriano
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCap. 21. Ejemplos de los diversos estilos, tomados de los doctores de la Iglesia, especialmente Ambrosio y Cipriano
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minCap. 22. La necesidad de la variedad en el estilo
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 6 minCap. 25. Cómo ha de usarse el estilo templado
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 8 minCap. 27. El hombre cuya vida está en armonía con su enseñanza enseñará con mayor eficacia
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 4 minCapítulo 30. El predicador debe comenzar su discurso con oración a Dios

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Sobre la doctrina cristiana

    Hipona, 397 y 426 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de J. F. Shaw (NPNF)42 minPosición: 0% de esta parteParte 5 de 9 · Cap. 39. A cuál de los estudios arriba mencionados debe prestarse atención, y con qué espírituPublicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-01

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    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEl libro y su plan
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 5 minPrefacio, en el que se muestra que enseñar reglas para la interpretación de la Escritura no es tarea superflua
    4. Sesión 4 · Parte 2 · ≈ 6 minLibro I. Que contiene una visión general de los temas tratados en la santa Escritura
    5. Sesión 5 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 3. Algunas cosas son para uso, otras para goce
    6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 7. Lo que todos los hombres entienden por el término Dios
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 12. En qué sentido la sabiduría de Dios vino a nosotros
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 17. Cristo, al perdonar nuestros pecados, abrió el camino de regreso a la patria
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 minCap. 23. El hombre no necesita mandamiento para amarse a sí mismo y a su propio cuerpo
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 26. El mandamiento de amar a Dios y al prójimo incluye un mandamiento de amarnos a nosotros mismos
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 30. Si los ángeles han de ser contados entre nuestros prójimos
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minCap. 33. De qué manera se debe gozar del hombre
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 5 minCap. 37. Peligros de la interpretación equivocada
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro II
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minCap. 4. Origen de la Escritura
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCap. 8. Los libros canónicos
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCap. 10. Los signos desconocidos o ambiguos impiden que se entienda la Escritura
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCap. 13. Cómo pueden enmendarse las interpretaciones defectuosas
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 10 minCap. 15. Entre las versiones se da preferencia a la Septuaginta y a la Itala
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minCap. 16. El conocimiento tanto de la lengua como de las cosas es útil para la comprensión de las expresiones figuradas
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCap. 17. Origen de la leyenda de las nueve Musas
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 6 minCap. 21. Superstición de los astrólogos
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCap. 23. Por qué repudiamos las artes de adivinación
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 5 minCap. 26. Qué inventos humanos debemos adoptar y cuáles debemos evitar
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCap. 29. Hasta qué punto la ciencia natural es una ayuda exegética
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCap. 32. La validez de la secuencia lógica no es inventada por el hombre, sino solo observada por él
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 5 minCap. 36. Las reglas de la elocuencia son verdaderas, aunque a veces se usen para persuadir a los hombres de lo falso
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCap. 39. A cuál de los estudios arriba mencionados debe prestarse atención, y con qué espíritu
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    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minCap. 4. Cómo se resuelven las ambigüedades
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    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 8 minCap. 21. David no fue lujurioso, aunque cayó en adulterio
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCap. 26. Los pasajes oscuros se interpretan por los claros
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    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 8 minCap. 4. El deber del doctor cristiano
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 7. Ejemplos de verdadera elocuencia tomados de las epístolas de Pablo y de las profecías de Amós
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 7. Ejemplos de verdadera elocuencia tomados de las epístolas de Pablo y de las profecías de Amós
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 7 minCap. 8. La oscuridad de los escritores sagrados, aunque compatible con la elocuencia, no ha de ser imitada por los doctores cristianos
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    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCap. 14. La belleza de estilo debe estar en armonía con el asunto
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 10 minCap. 16. Las instrucciones humanas no han de despreciarse, aunque Dios hace al verdadero maestro
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 9 minCap. 19. El doctor cristiano debe usar distintos estilos en distintas ocasiones
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 10 minCap. 21. Ejemplos de los diversos estilos, tomados de los doctores de la Iglesia, especialmente Ambrosio y Cipriano
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCap. 21. Ejemplos de los diversos estilos, tomados de los doctores de la Iglesia, especialmente Ambrosio y Cipriano
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    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 6 minCap. 25. Cómo ha de usarse el estilo templado
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 8 minCap. 27. El hombre cuya vida está en armonía con su enseñanza enseñará con mayor eficacia
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 4 minCapítulo 30. El predicador debe comenzar su discurso con oración a Dios

    Cap. 39. A cuál de los estudios arriba mencionados debe prestarse atención, y con qué espíritu

    II, 39, 58

    58. Por tanto, creo que es bueno advertir a los jóvenes estudiosos y capaces, que temen a Dios y buscan la felicidad de la vida, que no se aventuren con descuido a perseguir las ramas del saber que están en boga fuera del redil de la Iglesia de Cristo, como si éstas pudieran asegurarles la felicidad que buscan; sino que con sobriedad y cuidado discriminen entre ellas. Y si hallan algunas de las que han sido instituidas por hombres, y que varían a causa del variable capricho de sus fundadores, y son desconocidas por conjeturas erróneas, especialmente si entrañan entrar en comunión con los demonios mediante pactos y alianzas sobre signos, éstas sean del todo rechazadas y tenidas en abominación. Aparten también los jóvenes su atención de aquellas instituciones humanas que son innecesarias y lujosas. Pero por causa de las necesidades de esta vida, no debemos descuidar las disposiciones humanas que nos permiten relacionarnos con quienes nos rodean. Yo creo, sin embargo, que nada hay útil en las demás ramas del saber que se hallan entre los paganos, salvo la información acerca de objetos, ya pasados o presentes, que atañen a los sentidos corporales, en la cual se incluyen también los experimentos y conclusiones de las artes mecánicas útiles, y salvo también las ciencias del razonamiento y del número. Y respecto de todas éstas, hemos de atenernos a la máxima: "Nada en demasía;" especialmente en el caso de aquellas que, perteneciendo a los sentidos, están sujetas a las relaciones de espacio y tiempo.

    II, 39, 59

    59. Pues bien, lo que algunos hombres han hecho respecto de todas las palabras y nombres que se hallan en la Escritura, en hebreo, siríaco, egipcio y otras lenguas, tomando e interpretando por separado los que quedaron sin interpretación en la Escritura, y lo que Eusebio ha hecho respecto de la historia del pasado con miras a las cuestiones que surgen en la Escritura y que requieren un conocimiento de la historia para su solución; — lo que, digo, han hecho estos hombres en cuestiones de esta índole, haciendo innecesario que el cristiano gaste sus fuerzas en muchas materias por causa de unos pocos conocimientos, lo mismo, creo yo, podría hacerse respecto de otras materias, si algún hombre competente estuviera dispuesto, con espíritu de benevolencia, a emprender el trabajo en beneficio de sus hermanos. De este modo podría ordenar en sus clases respectivas, y dar razón de los lugares, animales, plantas, árboles, piedras, metales y otras especies de cosas que se mencionan en la Escritura, tomando únicamente éstas y consignando su relación por escrito. Esto podría también hacerse respecto de los números, de suerte que se explicara y consignara por escrito la teoría de aquellos números, y sólo de aquellos, que se mencionan en la Sagrada Escritura. Y puede suceder que algunas o todas estas cosas ya se hayan hecho (como he descubierto que muchas que yo no conocía han sido elaboradas y consignadas por escrito por buenos y doctos cristianos), pero que se hayan perdido entre el tropel de los descuidados, o que los envidiosos las mantengan ocultas. Y no estoy seguro de si lo mismo puede hacerse respecto de la teoría del razonamiento; pero me parece que no, porque ésta discurre como un sistema de nervios por toda la estructura de la Escritura, y por eso es de más utilidad para el lector al desentrañar y explicar pasajes ambiguos, de los cuales hablaré más adelante, que para averiguar el significado de los signos desconocidos, que es el tema que ahora trato.

    Cap. 40. Todo lo que los paganos han dicho rectamente, debemos apropiarlo para nuestro uso

    II, 40, 60

    60. Además, si aquellos que son llamados filósofos, y especialmente los platónicos, han dicho algo que sea verdadero y esté en armonía con nuestra fe, no sólo no hemos de rehuirlo, sino que hemos de reclamarlo para nuestro propio uso a aquellos que lo poseen ilícitamente. Porque, así como los egipcios tenían no sólo los ídolos y las pesadas cargas que el pueblo de Israel aborrecía y de las que huía, sino también vasos y ornamentos de oro y plata, y vestidos, de los cuales el mismo pueblo, al salir de Egipto, se apropió, destinándolos a un uso mejor, no haciéndolo por su propia autoridad, sino por mandato de Dios, proveyéndoles los mismos egipcios, en su ignorancia, cosas de las que ellos mismos no hacían buen uso; de la misma manera, todas las ramas de la sabiduría pagana contienen no sólo fantasías falsas y supersticiosas y pesadas cargas de trabajo innecesario, que cada uno de nosotros, al salir bajo la guía de Cristo de la comunión de los paganos, debe aborrecer y evitar; sino que contienen también instrucción liberal que está mejor adaptada al uso de la verdad, y algunos excelentísimos preceptos de moralidad; y se hallan entre ellos algunas verdades incluso acerca del culto del único Dios. Ahora bien, éstos son, por así decirlo, su oro y su plata, que ellos no crearon por sí mismos, sino que extrajeron de las minas de la providencia de Dios, que están esparcidas por todas partes, y que perversa e ilícitamente prostituyen al culto de los demonios. Éstos, por tanto, el cristiano, cuando se separa en espíritu de la miserable compañía de estos hombres, debe tomarlos de ellos y consagrarlos a su uso propio en la predicación del Evangelio. Sus vestidos, también — es decir, las instituciones humanas adaptadas a ese trato con los hombres que es indispensable en esta vida —, debemos tomarlos y convertirlos en uso cristiano.

    II, 40, 61

    61. ¿Y qué otra cosa han hecho muchos varones buenos y fieles de entre nuestros hermanos? ¿No vemos con qué cantidad de oro y plata y vestidos fue cargado Cipriano, aquel doctor tan persuasivo y mártir tan bienaventurado, cuando salió de Egipto? ¡Cuánto trajo consigo Lactancio! ¡Y Victorino, y Optato, e Hilario, por no hablar de los vivos! ¡Cuánto han tomado prestado innumerables griegos! Y antes de todos éstos, aquel fidelísimo siervo de Dios, Moisés, había hecho lo mismo; pues de él está escrito que fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios. Y a ninguno de todos ellos la superstición pagana (especialmente en aquellos tiempos en que, dando coces contra el yugo de Cristo, perseguía a los cristianos) les habría proporcionado jamás ramas del saber que consideraba útiles, si hubiera sospechado que iban a convertirlas al uso de adorar al único Dios, y con ello a derribar el vano culto de los ídolos. Pero dieron su oro y su plata y sus vestidos al pueblo de Dios cuando salían de Egipto, sin saber cómo las cosas que daban se convertirían al servicio de Cristo. Pues lo que sucedió en el tiempo del éxodo fue sin duda un tipo que prefiguraba lo que sucede ahora. Y esto lo digo sin perjuicio de cualquier otra interpretación que pueda ser igualmente buena, o mejor.
    Comentario editorial · El oro de los egipcios
    La imagen sale del Éxodo: al partir, los israelitas pidieron a los egipcios objetos de plata y de oro y vestidos (; ). Agustín no la inventó. Orígenes la había usado en su Carta a Gregorio (§ 1–2) para lo mismo: pedía a su discípulo que tomara de la filosofía griega lo que sirviera de preparación para el cristianismo y para explicar la Escritura, y añadía que los objetos del santo de los santos se hicieron probablemente con el mejor oro egipcio. Los que salieron de Egipto cargados de ese oro son, en la lista de Agustín, escritores cristianos formados en las letras paganas: Cipriano, que antes de convertirse fue orador y maestro de retórica (Wikipedia); Lactancio; Victorino, probablemente el retórico romano Mario Victorino, cuya conversión cuenta en Confesiones VIII, 2 (lectura del editor); Optato e Hilario.

    Cap. 41. Qué clase de espíritu se requiere para el estudio de la santa Escritura

    II, 41, 62

    62. Pero cuando el estudiante de las Santas Escrituras, preparado en la forma que he indicado, entre en sus investigaciones, medite constantemente en aquella sentencia del Apóstol: "El conocimiento envanece, pero la caridad edifica". Porque así sentirá que, cualesquiera que sean las riquezas que traiga consigo de Egipto, si no ha celebrado la pascua, no puede estar seguro. Ahora bien, Cristo es nuestra pascua sacrificada por nosotros, y nada nos enseña más claramente el sacrificio de Cristo que la llamada que Él mismo dirige a aquellos a quienes ve trabajando en Egipto bajo Faraón: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga". ¿A quiénes es ligera sino a los mansos y humildes de corazón, a quienes el conocimiento no envanece, sino que la caridad edifica? Recuerden, pues, que aquellos que celebraban la pascua en aquel tiempo en tipo y sombra, cuando se les ordenó marcar los postes de sus puertas con la sangre del cordero, usaban hisopo para marcarlos. Ahora bien, ésta es una hierba mansa y humilde, y sin embargo nada hay más fuerte y penetrante que sus raíces; para que, arraigados y cimentados en amor, podamos comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, — es decir, comprender la cruz de nuestro Señor, cuya anchura está indicada por el madero transversal sobre el cual se extienden las manos, su longitud por la parte desde el suelo hasta el travesaño en que se fija todo el cuerpo desde la cabeza hacia abajo, su altura por la parte desde el travesaño hasta la cima donde reposa la cabeza, y su profundidad por la parte que está oculta, clavada en la tierra. Y por esta señal de la cruz se simboliza toda acción cristiana, a saber: hacer buenas obras en Cristo, adherirse con constancia a Él, esperar el cielo, y no profanar los sacramentos. Y purificados por esta acción cristiana, podremos conocer incluso "el amor de Cristo que excede a todo conocimiento", el cual es igual al Padre, por quien todas las cosas fueron hechas, "para que seamos llenos de toda la plenitud de Dios". Hay además en el hisopo una virtud purgativa, para que el pecho no se hinche con aquel conocimiento que envanece, ni se jacte vanamente de las riquezas sacadas de Egipto. "Purifícame con hisopo", dice el salmista, "y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve. Hazme oír gozo y alegría". Luego añade inmediatamente, para mostrar que lo que se indica con el hisopo es la purificación del orgullo: "para que se regocijen los huesos que has quebrantado".

    Cap. 42. La santa Escritura comparada con los autores profanos

    II, 42, 63

    63. Pero así como era pobre el caudal de oro, plata y vestidos que el pueblo de Israel sacó de Egipto, en comparación con las riquezas que después alcanzó en Jerusalén, y que llegaron a su colmo en el reinado del rey Salomón, así es pobre todo el conocimiento útil que se recoge de los libros de los paganos, comparado con el conocimiento de la Santa Escritura. Porque todo lo que el hombre haya podido aprender de otras fuentes, si es perjudicial, allí es condenado; si es útil, allí se contiene. Y mientras todo hombre puede hallar allí todo lo que de útil ha aprendido en otra parte, hallará allí en mucha mayor abundancia cosas que en ninguna otra parte se encuentran, sino que sólo pueden aprenderse en la maravillosa sublimidad y la maravillosa sencillez de las Escrituras.
    Cuando, pues, el lector esté en posesión de la instrucción aquí señalada, de modo que los signos desconocidos hayan dejado de serle un estorbo; cuando sea manso y humilde de corazón, sujeto al yugo fácil de Cristo y cargado con su carga ligera, arraigado y cimentado y edificado en la fe, de modo que el conocimiento no le envanezca, acérquese entonces a la consideración y discusión de los signos ambiguos en la Escritura. Y acerca de éstos procuraré ahora, en un tercer libro, decir lo que el Señor se digne concederme.

    Libro III

    Argumento

    El autor, habiendo tratado en el libro anterior el método para abordar los signos desconocidos, pasa en este tercer libro a tratar de los signos ambiguos. Estos signos pueden ser propios o figurados. En el caso de los signos propios, la ambigüedad puede surgir de la puntuación, la pronunciación o la significación dudosa de las palabras, y se resuelve prestando atención al contexto, a la comparación de traducciones o a la referencia a la lengua original. En el caso de los signos figurados debemos guardarnos de dos errores: — 1. interpretar las expresiones literales en sentido figurado; 2. interpretar las expresiones figuradas en sentido literal. El autor da reglas para decidir si una expresión es literal o figurada; la regla general es que todo lo que, en su sentido literal, resulte incompatible con la pureza de vida o con la rectitud de doctrina debe tomarse en sentido figurado. Luego pasa a dar reglas para la interpretación de las expresiones que han resultado ser figuradas; el principio general es que ninguna interpretación puede ser verdadera si no promueve el amor de Dios y del prójimo. Luego el autor procede a exponer e ilustrar las siete reglas de Ticonio el donatista, que recomienda a la atención del estudiante de la Santa Escritura.

    Cap. 1. Resumen de los libros anteriores, y propósito del que sigue

    III, 1, 1

    1. El hombre que teme a Dios busca diligentemente en la Santa Escritura el conocimiento de su voluntad. Y cuando se ha vuelto manso por la piedad, de modo que no tenga amor a la contienda; cuando está también provisto del conocimiento de lenguas, para no ser detenido por palabras y formas de hablar desconocidas, y del conocimiento de ciertos objetos necesarios, para no ignorar la fuerza y naturaleza de aquellos que se usan figuradamente; y ayudado, además, por la exactitud en los textos, asegurada por la habilidad y el cuidado en materia de corrección; — cuando así preparado, proceda al examen y solución de las ambigüedades de la Escritura. Y para que no sea extraviado por signos ambiguos, en cuanto yo pueda darle instrucción (aunque puede suceder que, ya por la grandeza de su entendimiento, ya por la mayor claridad de la luz de que goza, se ría de los métodos que voy a señalar como pueriles), — pero, como iba diciendo, en cuanto yo pueda dar instrucción, sepa aquel que se halla en tal disposición de ánimo que puede ser instruido por mí, que la ambigüedad de la Escritura reside ya en las palabras propias, ya en las metafóricas, clases que ya he descrito en el libro segundo.

    Cap. 2. Regla para eliminar la ambigüedad atendiendo a la puntuación

    III, 2, 2

    2. Pero cuando las palabras propias hacen ambigua la Escritura, debemos mirar en primer lugar que no haya nada incorrecto en nuestra puntuación o pronunciación. Por consiguiente, si, al prestar atención al pasaje, resultare incierto de qué modo debe puntuarse o pronunciarse, consulte el lector la regla de fe que ha recogido de los pasajes más claros de la Escritura y de la autoridad de la Iglesia, y de la cual traté con suficiente extensión cuando hablaba en el primer libro acerca de las cosas. Pero si ambas lecturas, o todas ellas (si hay más de dos), dan un sentido en armonía con la fe, queda por consultar el contexto, tanto lo que precede como lo que sigue, para ver cuál interpretación, entre las muchas que se ofrecen, aprueba y permite que se ensamble consigo misma.

    III, 2, 3

    3. Veamos ahora algunos ejemplos. La puntuación herética: "In principio erat verbum, et verbum erat apud Deum, et Deus erat", de modo que la frase siguiente resulte: "Verbum hoc erat in principio apud Deum", nace de la resistencia a confesar que el Verbo era Dios. Pero esto debe ser rechazado por la regla de fe, la cual, en lo que toca a la igualdad de la Trinidad, nos manda decir: "et Deus erat verbum", y luego añadir: "hoc erat in principio apud Deum".

    III, 2, 4

    4. Pero la ambigüedad de puntuación que sigue no va contra la fe en ninguno de los dos modos de tomarla, y por tanto ha de decidirse por el contexto. Es aquella en que el apóstol dice: "Lo que he de escoger, no lo sé; porque me hallo en un estrecho entre dos, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor; pero quedarse en la carne es más necesario para vosotros". Ahora bien, es incierto si debemos leer: "ex duobus concupiscentiam habens" [teniendo deseo de dos cosas], o bien: "compellor autem ex duobus" [me hallo en un estrecho entre dos]; y luego añadir: "concupiscentiam habens dissolvi, et esse cum Christo" [teniendo deseo de partir, y estar con Cristo]. Pero como sigue "multo enim magis optimum" [porque es mucho mejor], es evidente que dice tener deseo de aquello que es mejor; de suerte que, aunque está en un estrecho entre dos, sin embargo tiene deseo de una cosa y ve necesidad de la otra; deseo, a saber, de estar con Cristo, y necesidad de permanecer en la carne. Ahora bien, esta ambigüedad se resuelve por una palabra que sigue, traducida como enim [porque]; y los traductores que han omitido esta partícula han preferido la interpretación que hace parecer al apóstol no sólo en un estrecho entre dos, sino también con deseo de ambas cosas. Debemos, pues, puntuar la frase así: "et quid eligam ignoro: compellor autem ex duobus" [lo que he de escoger no lo sé: porque me hallo en un estrecho entre dos]; y después de este punto sigue: "concupiscentiam habens dissolvi, et esse cum Christo" [teniendo deseo de partir, y estar con Cristo]. Y, como si se le preguntara por qué tiene deseo de esto con preferencia a lo otro, añade: "multo enim magis optimum" [porque es mucho mejor]. ¿Por qué, pues, está en un estrecho entre los dos? Porque hay necesidad de que él permanezca, lo cual añade en estos términos: "manere in carne necessarium propter vos" [pero quedarse en la carne es necesario por vosotros].

    III, 2, 5

    5. Pero cuando la ambigüedad no puede resolverse ni por la regla de fe ni por el contexto, nada impide que puntuemos la frase según cualquiera de los métodos que se nos ofrezcan. Como sucede en aquel pasaje a los Corintios: "Así que, amados míos, teniendo estas promesas, limpiémonos de toda inmundicia de carne y de espíritu, perfeccionando la santificación en el temor de Dios. Recibidnos; a nadie hemos agraviado". Es dudoso si debemos leer: "mundemus nos ab omni coinquinatione carnis et spiritus" [limpiémonos de toda inmundicia de carne y de espíritu], conforme al pasaje: "para que sea santa tanto en cuerpo como en espíritu", o bien: "mundemus nos ab omni coinquinatione carnis" [limpiémonos de toda inmundicia de la carne], de modo que la frase siguiente sea: "et spiritus perficientes sanctificationem in timore Dei capite nos" [y perfeccionando la santificación del espíritu en el temor de Dios, recibidnos]. Tales ambigüedades de puntuación, por tanto, quedan a discreción del lector.

    Cap. 3. Cómo la pronunciación sirve para eliminar la ambigüedad. Diferentes clases de interrogación

    III, 3, 6

    6. Y todas las instrucciones que he dado acerca de las puntuaciones ambiguas deben observarse igualmente en el caso de las pronunciaciones dudosas. Pues también éstas, a menos que la falta resida en el descuido del lector, se corrigen o por la regla de fe, o por referencia al contexto precedente o siguiente; y si ninguno de estos métodos se aplica con éxito, permanecerán dudosas, pero de modo que el lector no estará en falta de cualquier modo que las pronuncie. Por ejemplo, si nuestra fe en que Dios no presentará cargos contra sus escogidos, y en que Cristo no condenará a sus escogidos, no se interpusiera, este pasaje: "¿Quién acusará a los escogidos de Dios?" podría pronunciarse de tal manera que lo que sigue fuera respuesta a esta pregunta: "Dios, que justifica", y se hiciera una segunda pregunta: "¿Quién es el que condenará?", con la respuesta: "Cristo Jesús, el que murió". Pero como sería el colmo de la locura creer esto, el pasaje se pronunciará de modo que la primera parte sea una pregunta de indagación, y la segunda una interrogación retórica. Ahora bien, los antiguos decían que la diferencia entre una pregunta y una interrogación era que la pregunta admite muchas respuestas, mientras que a la interrogación se ha de responder "No" o "Sí". El pasaje, pues, se pronunciará de tal manera que después de la pregunta: "¿Quién acusará a los escogidos de Dios?", lo que sigue se ponga como interrogación: "¿Dios, que justifica?" — sobrentendiéndose la respuesta "No". Y del mismo modo tendremos la pregunta: "¿Quién es el que condenará?", y la respuesta, aquí de nuevo en forma de interrogación: "¿Cristo Jesús, el que murió? Más aún, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros?" — sobrentendiéndose la respuesta "No" a cada una de estas preguntas. Por otra parte, en aquel pasaje donde el apóstol dice: "¿Qué, pues, diremos? Que los gentiles, que no iban tras la justicia, han alcanzado la justicia", a menos que después de la pregunta: "¿Qué, pues, diremos?", lo que sigue se diera como respuesta a esta pregunta: "Que los gentiles, que no iban tras la justicia, han alcanzado la justicia", no estaría en armonía con el contexto siguiente. Pero con cualquier tono de voz que se quiera pronunciar aquella frase de Natanael: "¿De Nazaret puede salir algo bueno?" — ya sea con el de quien da una respuesta afirmativa, de modo que "de Nazaret" sea la única parte que pertenece a la interrogación, ya con el de quien pregunta toda la frase con duda y vacilación — , no veo cómo pueda hacerse diferencia. Pero ninguno de los dos sentidos se opone a la fe.

    III, 3, 7

    7. Hay, además, una ambigüedad que surge del sonido dudoso de las sílabas; y ésta, por supuesto, tiene relación con la pronunciación. Por ejemplo, en el pasaje: "Mi hueso [os meum] no te fue encubierto, que hiciste en secreto", no está claro para el lector si debe tomar la palabra os como breve o como larga. Si la hace breve, es el singular de ossa [huesos]; si la hace larga, es el singular de ora [bocas]. Ahora bien, dificultades como ésta se resuelven consultando la lengua original, pues en griego no encontramos στόμα [boca], sino ὁστέον [hueso]. Y por esta razón, el habla vulgar es con frecuencia más útil para transmitir el sentido que el habla culta de los educados. Pues preferiría el barbarismo non est absconditum a te ossum meum, antes que tener el pasaje en mejor latín, pero con el sentido menos claro. Pero a veces, cuando el sonido de una sílaba es dudoso, lo decide una palabra cercana que pertenece a la misma oración. Como, por ejemplo, aquella frase del apóstol: "De las cuales os digo de antemano [prædico], como ya os he dicho antes [prædixi], que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios". Ahora bien, si sólo hubiera dicho: "De las cuales os digo de antemano [quæ prædico vobis]", y no hubiera añadido: "como ya os he dicho antes [sicut prædixi]", no podríamos saber, sin recurrir al original, si en la palabra prædico la sílaba media debe pronunciarse larga o breve. Pero tal como está, es claro que debe pronunciarse larga; pues no dice sicut prædicavi, sino sicut prædixi.

    Cap. 4. Cómo se resuelven las ambigüedades

    III, 4, 8

    8. Y no sólo éstas, sino también aquellas ambigüedades que no se refieren ni a la puntuación ni a la pronunciación, han de examinarse de la misma manera. Por ejemplo, aquella que se encuentra en la Epístola a los Tesalonicenses: Propterea consolati sumus fratres in vobis. Ahora bien, es dudoso si fratres [hermanos] está en caso vocativo o acusativo, y no es contrario a la fe tomarlo de cualquiera de las dos maneras. Pero en la lengua griega los dos casos no tienen la misma forma; y, por consiguiente, cuando consultamos el original, se muestra que el caso es vocativo. Ahora bien, si el intérprete hubiera optado por decir: propterea consolationem habuimus fratres in vobis, habría seguido las palabras menos literalmente, pero habría habido menos duda acerca del sentido; o, en verdad, si él hubiera añadido nostri, apenas nadie habría dudado de que se trataba del caso vocativo al oír propterea consolati sumus fratres nostri in vobis. Pero ésta es una libertad más bien peligrosa. Sin embargo, se ha tomado en aquel pasaje a los Corintios, donde el apóstol dice: "Os aseguro por vuestra gloria [per vestram gloriam] que tengo en Cristo Jesús nuestro Señor, que cada día muero." Pues un intérprete lo vierte: per vestram juro gloriam, apareciendo la forma de adjuración en griego sin ambigüedad alguna. Es, por tanto, muy raro y muy difícil hallar ambigüedad alguna en el caso de las palabras propias, al menos por lo que toca a la Santa Escritura, que no baste a explicar ni el contexto, que muestra la intención del escritor, ni la comparación de las traducciones, ni la consulta de la lengua original.

    Cap. 5. Es una miserable servidumbre tomar las expresiones figuradas de la Escritura en sentido literal

    III, 5, 9

    9. Pero las ambigüedades de las palabras metafóricas, de las que voy a hablar a continuación, exigen un cuidado y una diligencia nada comunes. En primer lugar, debemos guardarnos de tomar una expresión figurada en sentido literal. Pues la sentencia del apóstol se aplica también en este caso: "La letra mata, pero el espíritu vivifica." Porque cuando lo que se dice figuradamente se toma como si se dijera literalmente, se entiende de manera carnal. Y nada se llama con más propiedad muerte del alma que cuando aquello que en ella la eleva por encima de los brutos, es decir, la inteligencia, es sometido a la carne por una ciega adhesión a la letra. Pues quien sigue la letra toma las palabras figuradas como si fueran propias, y no traslada lo indicado por una palabra propia a su significación secundaria; sino que, si oye hablar del sábado, por ejemplo, no piensa sino en el único día de cada siete que se repite en constante sucesión; y cuando oye hablar de un sacrificio, no lleva su pensamiento más allá de las ofrendas acostumbradas de víctimas del rebaño y de los frutos de la tierra. Ahora bien, es ciertamente una miserable servidumbre del alma tomar los signos por las cosas, y no poder levantar el ojo de la mente por encima de lo corpóreo y creado, para beber la luz eterna.

    Cap. 6. Utilidad de la servidumbre de los judíos

    III, 6, 10

    10. Esta servidumbre, sin embargo, en el caso del pueblo judío, difería mucho de lo que era en el caso de las demás naciones; porque, aunque aquel estaba en servidumbre de cosas temporales, era de tal manera que en todas ellas se ponía ante sus mentes al único Dios. Y aunque atendían a los signos de las realidades espirituales en lugar de las realidades mismas, sin saber a qué se referían los signos, tenían arraigada en su mente esta convicción: que al someterse a tal servidumbre hacían la voluntad del único Dios invisible de todas las cosas. Y el apóstol describe esta servidumbre como semejante a la de los niños bajo la guía de un ayo. Y los que se aferraban obstinadamente a tales signos no pudieron soportar que nuestro Señor los descuidara cuando llegó el tiempo de su revelación; y de ahí que sus jefes le presentaron como acusación que sanaba en sábado, y el pueblo, aferrado a estos signos como si fueran las realidades mismas, no podía creer que quien se negaba a observarlos al modo de los judíos fuera Dios o viniera de Dios. Pero los que creyeron, de entre los cuales se formó la primera Iglesia en Jerusalén, mostraron claramente cuán grande ventaja había sido ser guiados de tal modo por el ayo que los signos, que por un tiempo habían sido impuestos a los obedientes, fijaban el pensamiento de quienes los observaban en la adoración del único Dios que hizo el cielo y la tierra. Estos hombres, por haber estado muy cerca de las cosas espirituales (pues aun en las ofrendas y figuras temporales y carnales, aunque no aprehendían claramente su significado espiritual, habían aprendido a adorar al único Dios eterno), fueron llenados con tal medida del Espíritu Santo que vendieron todos sus bienes y pusieron el precio a los pies de los apóstoles para que se distribuyera entre los necesitados, y se consagraron enteramente a Dios como templo nuevo, del cual el templo antiguo al que servían era solo la figura terrena.

    III, 6, 11

    11. Ahora bien, no está registrado que ninguna de las iglesias de los gentiles hiciera esto, porque los hombres que tenían por dioses ídolos hechos con las manos no habían estado tan cerca de las cosas espirituales.

    Cap. 7. La inútil servidumbre de los gentiles

    III, 7, 11

    Y si alguna vez alguno de ellos se esforzó por demostrar que sus ídolos eran meros signos, con todo los empleaban para el culto y la adoración de la criatura. ¿Qué me importa, por ejemplo, que la imagen de Neptuno no haya de ser tenida ella misma por dios, sino solo como representación del vasto océano y de todas las demás aguas que brotan de las fuentes? Como lo describe un poeta de los suyos, que dice, si mal no recuerdo: "Tú, padre Neptuno, cuyas sienes canosas ciñe el mar resonante, cuya barba es el océano inmenso que fluye sin cesar, y cuyos cabellos son los ríos que serpean". Esta algarroba agita sus piedras sonoras dentro de una dulce envoltura, y, sin embargo, no es alimento de hombres, sino de cerdos. El que conoce el Evangelio sabe lo que quiero decir. ¿Qué me aprovecha, pues, que la imagen de Neptuno se use con referencia a esta explicación, a no ser que de ahí resulte que no adore ni a lo uno ni a lo otro? Porque cualquier estatua que quieras tomar es tan dios para mí como el vasto océano. Concedo, sin embargo, que quienes hacen dioses de las obras del hombre han caído más bajo que quienes hacen dioses de las obras de Dios. Pero el mandamiento es que amemos y sirvamos al único Dios, Hacedor de todas aquellas cosas, cuyas imágenes son adoradas por los gentiles, ya como dioses, ya como signos y representaciones de dioses. Si, pues, tomar un signo establecido para un fin útil en lugar de la cosa misma que él estaba destinado a significar es servidumbre de la carne, ¡cuánto más lo es tomar por las cosas mismas los signos destinados a representar cosas inútiles! Pues aun cuando remontes a las cosas mismas significadas por tales signos y entregues tu espíritu al culto de ellas, no por eso serás en modo alguno más libre de la carga y de la librea de la servidumbre de la carne.

    Cap. 8. Los judíos liberados de su servidumbre de un modo, los gentiles de otro

    III, 8, 12

    12. Así pues, la libertad que viene por Cristo tomó a aquellos a quienes halló bajo servidumbre de signos útiles, y que estaban (por así decirlo) cercanos a ella, y, interpretando los signos a los que estaban sujetos, los libertó elevándolos a las cosas de las cuales estos eran signos. Y de entre estos se formaron las iglesias de los santos de Israel. Por el contrario, a aquellos a quienes halló bajo servidumbre de signos inútiles, no solo los libertó de su esclavitud a tales signos, sino que redujo a nada y quitó de en medio todos estos signos mismos, de modo que los gentiles fueron apartados de la corrupción de una multitud de dioses falsos, que la Escritura frecuente y justamente llama fornicación, al culto del único Dios: no para que ahora cayeran en servidumbre de signos de una clase útil, sino más bien para que ejercitaran sus mentes en el entendimiento espiritual de estos.

    Cap. 9. Quién está en servidumbre de los signos, y quién no

    III, 9, 13

    13. Ahora bien, está en servidumbre de un signo quien usa o rinde homenaje a cualquier objeto significativo sin saber qué significa: en cambio, quien usa u honra un signo útil, divinamente instituido, cuya fuerza y significado entiende, no honra el signo que se ve y es temporal, sino aquello a lo que todos esos signos remiten. Ahora bien, tal hombre es espiritual y libre aun en el tiempo de su servidumbre, cuando todavía no conviene revelar a las mentes carnales aquellos signos mediante cuya sujeción ha de ser vencida su carnalidad. A esta clase de personas espirituales pertenecieron los patriarcas y los profetas, y todos aquellos del pueblo de Israel por cuyo ministerio el Espíritu Santo nos administró las ayudas y consuelos de las Escrituras. Pero en el tiempo presente, después que la prueba de nuestra libertad ha resplandecido tan claramente en la resurrección de nuestro Señor, no estamos oprimidos con la pesada carga de atender aun a aquellos signos que ahora entendemos, sino que el Señor mismo, y la práctica apostólica, nos han transmitido unos pocos ritos en lugar de muchos, y estos a la vez muy fáciles de realizar, majestuosísimos en su significado y santísimos en su observancia; como, por ejemplo, el sacramento del bautismo y la celebración del cuerpo y de la sangre del Señor. Y tan pronto como alguien considera estas observancias, sabe a qué se refieren, y así las reverencia no en servidumbre carnal, sino en libertad espiritual. Ahora bien, así como seguir la letra y tomar los signos por las cosas significadas por ellos es señal de debilidad y servidumbre, así interpretar mal los signos es resultado de ser engañado por el error. Mas quien no entiende lo que un signo significa, pero sabe que es un signo, no está en servidumbre. Y es mejor aun estar en servidumbre de signos desconocidos pero útiles que, por interpretarlos mal, sacar el cuello de debajo del yugo de la servidumbre solo para meterlo en los lazos del error.

    Cap. 10. Cómo discernir si una frase es figurada

    III, 10, 14

    14. Pero además de la regla anterior, que nos guarda de tomar una forma metafórica de hablar como si fuera literal, debemos también atender a aquella que nos dice que no tomemos una forma literal de hablar como si fuera figurada. En primer lugar, pues, hemos de mostrar el camino para descubrir si una frase es literal o figurada. Y el camino es ciertamente el siguiente: Todo aquello que en la palabra de Dios, tomado literalmente, no pueda referirse ni a la pureza de vida ni a la solidez de doctrina, tenlo por figurado. La pureza de vida se refiere al amor de Dios y del prójimo; la solidez de doctrina, al conocimiento de Dios y del prójimo. Todo hombre, además, tiene esperanza en su propia conciencia, en la medida en que percibe que ha alcanzado el amor y el conocimiento de Dios y de su prójimo. Ahora bien, todas estas cosas han sido tratadas en el primer libro.

    III, 10, 15

    15. Pero como los hombres son propensos a estimar los pecados, no por referencia a su malicia inherente, sino más bien por referencia a sus propias costumbres, sucede con frecuencia que un hombre no piensa que nada sea censurable sino lo que los hombres de su propio país y tiempo acostumbran condenar, y nada digno de alabanza o aprobación sino lo que está sancionado por la costumbre de sus compañeros; y así ocurre que, si la Escritura manda algo que se opone a las costumbres de los oyentes, o condena algo que no se les opone, y si al mismo tiempo la autoridad de la palabra tiene dominio sobre sus mentes, piensan que la expresión es figurada. Ahora bien, la Escritura no manda nada sino la caridad, y no condena nada sino la concupiscencia, y de ese modo modela las vidas de los hombres. De la misma manera, si una opinión errónea se ha apoderado de la mente, los hombres piensan que todo lo que la Escritura afirma contrario a esto debe ser figurado. Ahora bien, la Escritura no afirma nada sino la fe católica, en lo que respecta a las cosas pasadas, futuras y presentes. Es narración del pasado, profecía del futuro y descripción del presente. Pero todas estas cosas tienden a alimentar y fortalecer la caridad, y a vencer y desarraigar la concupiscencia.

    III, 10, 16

    16. Entiendo por caridad aquel afecto del ánimo que tiende al goce de Dios por sí mismo, y al goce de uno mismo y del prójimo en subordinación a Dios; por concupiscencia entiendo aquel afecto del ánimo que tiende a gozar de uno mismo y del prójimo, y de otras cosas corporales, sin referencia a Dios. Además, lo que la concupiscencia, cuando no está domeñada, hace para corromper la propia alma y el propio cuerpo, se llama vicio; pero lo que hace para dañar a otro se llama crimen. Y estas son las dos clases en que todos los pecados pueden dividirse. Pero los vicios son lo primero; porque cuando estos han agotado el alma y la han reducido a una especie de pobreza, fácilmente se desliza hacia los crímenes, para quitar los obstáculos a sus vicios o para hallar auxilio en ellos. De la misma manera, lo que la caridad hace con miras a la propia ventaja es prudencia; pero lo que hace con miras a la ventaja del prójimo se llama benevolencia. Y aquí la prudencia es lo primero; porque nadie puede conferir a otro un beneficio que él mismo no posee. Ahora bien, en la medida en que el dominio de la concupiscencia es derribado, en esa misma medida es edificado el de la caridad.

    Cap. 11. Regla para interpretar las frases que parecen atribuir severidad a Dios y a los santos

    III, 11, 17

    17. Toda severidad, por tanto, y aparente crueldad, ya sea de palabra o de obra, que se atribuye en la Santa Escritura a Dios o a sus santos, sirve para derribar el dominio de la concupiscencia. Y si su significado es claro, no hemos de darle una referencia secundaria, como si estuviera dicho figuradamente. Tomemos, por ejemplo, aquella sentencia del apóstol: "Mas por tu dureza y tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios; el cual pagará a cada uno conforme a sus obras: a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, vida eterna; pero a los que son contenciosos, y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia, enojo e ira, tribulación y angustia, sobre toda alma humana que obra lo malo, del judío primeramente, y también del gentil." Pero esto se dirige a aquellos que, no queriendo domeñar su concupiscencia, se ven envueltos ellos mismos en la destrucción de su concupiscencia. Mas cuando el dominio de la concupiscencia es derribado en un hombre sobre el cual había ejercido señorío, se usa esta expresión llana: "Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus afectos y concupiscencias." Solo que, aun en estos casos, algunas palabras se usan figuradamente, como por ejemplo, "la ira de Dios" y "crucificado". Pero estas no son tan numerosas, ni están colocadas de manera que oscurezcan el sentido y lo hagan alegórico o enigmático, que es la clase de expresión propiamente llamada figurada. Pero en la sentencia dirigida a Jeremías: "Mira que te he puesto en este día sobre las naciones y sobre los reinos, para arrancar y para destruir, y para arruinar y para derribar", no hay duda de que todo el lenguaje es figurado, y ha de referirse al fin del que he hablado.

    Cap. 12. Regla para interpretar los dichos y acciones que se atribuyen a Dios y a los santos, y que, sin embargo, parecen a los inexpertos ser malvados

    III, 12, 18

    18. Aquellas cosas, por otra parte, ya sean meros dichos o ya hechos, que a los inexpertos les parecen pecaminosas y que se atribuyen a Dios o a hombres cuya santidad se nos pone como ejemplo, son enteramente figuradas, y el núcleo oculto de significado que contienen ha de sacarse como alimento para nutrir la caridad. Ahora bien, quien usa los objetos transitorios con menos libertad que la acostumbrada entre aquellos con quienes vive, es o temperante o supersticioso; quien, en cambio, los usa traspasando los límites de la costumbre de los hombres buenos que le rodean, o encierra un significado más profundo en lo que hace, o es pecador. En todos estos asuntos no es el uso de los objetos, sino la concupiscencia del que los usa, lo que debe censurarse. Nadie en su sano juicio creería, por ejemplo, que cuando los pies de nuestro Señor fueron ungidos por la mujer con un perfume precioso, fue con el mismo propósito con que los hombres lujuriosos y disolutos suelen ungir los suyos en aquellos banquetes que aborrecemos. Porque el suave olor significa la buena fama que se gana con una vida de buenas obras; y quien la alcanza, siguiendo las huellas de Cristo, unge sus pies (por decirlo así) con el más precioso perfume. Y así, lo que en otras personas es a menudo pecado, se convierte, cuando se atribuye a Dios o a un profeta, en signo de alguna gran verdad. Por ejemplo, el trato con una ramera es una cosa cuando es fruto de costumbres disolutas, y otra muy distinta cuando lo hace el profeta Oseas en el curso de su profecía. Porque si es cosa vergonzosamente mala desnudar el cuerpo en un banquete entre borrachos y licenciosos, no se sigue que sea pecado estar desnudo en los baños.

    III, 12, 19

    19. Hemos de considerar, por tanto, atentamente lo que conviene a tiempos, lugares y personas, y no acusar precipitadamente a los hombres de pecados. Pues es posible que un sabio use los más delicados manjares sin pecado alguno de epicureísmo o gula, mientras que un necio apetecerá el alimento más vil con repugnantísima ansia de apetito. Y cualquier hombre cuerdo preferiría comer pescado a la manera de nuestro Señor, a comer lentejas a la manera de Esaú, o cebada a la manera de los bueyes. Pues hay muchas bestias que se alimentan de alimentos más comunes, y no por ello son más temperantes que nosotros. Porque en todas las cosas de esta clase no es la naturaleza de lo que usamos, sino la razón por la que lo usamos y el modo de buscarlo, lo que hace que nuestros actos sean dignos de alabanza o de censura.

    III, 12, 20

    20. Ahora bien, los santos de los tiempos antiguos, bajo la forma de un reino terrenal, prefiguraban y anunciaban el reino de los cielos. Y por razón de la necesidad de una descendencia numerosa, la costumbre de que un hombre tuviera varias mujeres era en aquel tiempo irreprochable; y por la misma razón no era lícito que una mujer tuviera varios maridos, porque la mujer no se hace más fecunda de ese modo, sino que, al contrario, es vil prostitución buscar ganancia o prole mediante comercio promiscuo. En lo tocante a asuntos de esta índole, todo lo que los varones santos de aquellos tiempos hicieron sin concupiscencia, la Escritura lo pasa por alto sin censura, aunque hicieran cosas que en el tiempo presente no podrían hacerse sino por concupiscencia. Y todo lo de esta naturaleza que allí se narra hemos de tomarlo no solo en su sentido histórico y literal, sino también en el figurado y profético, e interpretarlo como orientado en último término al fin del amor a Dios o al prójimo, o a ambos. Pues así como entre los antiguos romanos era vergonzoso llevar túnicas que llegaran hasta los talones y estuvieran provistas de mangas, mientras que ahora es vergonzoso para los hombres bien nacidos no llevar túnicas de esa hechura, así también en las demás cosas hemos de cuidar de que la concupiscencia no se mezcle con nuestro uso de ellas; porque la concupiscencia no solo abusa para fines perversos de las costumbres de aquellos entre quienes vivimos, sino que con frecuencia, traspasando los límites de la costumbre, descubre en un vergonzoso estallido su propia fealdad, que estaba oculta bajo el manto de las modas imperantes.

    Cap. 13. Mismo tema, continuación

    III, 13, 21

    21. Todo aquello, pues, que esté en conformidad con las costumbres de aquellos con quienes, ya por necesidad nos vemos obligados, ya por deber emprendemos, pasar esta vida, ha de ser encaminado por los hombres buenos y grandes a algún fin prudente o benévolo, ya directamente, como es nuestro deber, o en sentido figurado, como es lícito a los profetas.

    Cap. 14. Error de aquellos que piensan que no existe el bien y el mal absolutos

    III, 14, 22

    22. Pero cuando hombres que no conocen otros modos de vida que el suyo se encuentran con el relato de tales acciones, a menos que sean refrenados por la autoridad, las consideran como pecados, y no consideran que sus propias costumbres, ya sea en cuanto al matrimonio, o a los banquetes, o al vestido, o a las demás necesidades y adornos de la vida humana, parecen pecaminosas a los pueblos de otras naciones y de otros tiempos. Y, distraídos por esta infinita variedad de costumbres, algunos que estaban medio dormidos (por así decirlo) — es decir, que ni estaban sumidos en el sueño profundo de la necedad, ni eran capaces de despertar a la luz de la sabiduría — han pensado que no existía tal cosa como un bien absoluto, sino que cada nación tomaba su propia costumbre por bien; y que, puesto que cada nación tiene una costumbre diferente, y el bien debe permanecer inmutable, se hace manifiesto que no existe en absoluto tal cosa como el bien. Tales hombres no percibieron, por tomar solo un ejemplo, que el precepto, "Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos", no puede ser alterado por ninguna diversidad de costumbres nacionales. Y este precepto, cuando se refiere al amor de Dios, destruye todos los vicios; cuando al amor del prójimo, pone fin a todos los crímenes. Porque nadie está dispuesto a manchar su propia morada; no debe, por tanto, manchar la morada de Dios, esto es, a sí mismo. Y nadie desea que otro le haga una injuria; él mismo, por tanto, no debe hacer injuria a otro.

    Cap. 15. Regla para interpretar las expresiones figuradas

    III, 15, 23

    23. Derrocada así la tiranía de la concupiscencia, reina la caridad por sus leyes sumamente justas de amor a Dios por sí mismo, y amor a uno mismo y al prójimo por amor de Dios. Por consiguiente, en cuanto a las expresiones figuradas, se observará una regla como la siguiente: dar vueltas cuidadosamente en nuestra mente y meditar sobre lo que leemos hasta hallar una interpretación que tienda a establecer el reino del amor. Ahora bien, si tomada literalmente da en seguida un sentido de este tipo, la expresión no debe considerarse figurada.

    Cap. 16. Regla para interpretar mandatos y prohibiciones

    III, 16, 24

    24. Si la frase es un mandato, ya sea que prohíba un crimen o un vicio, o que prescriba un acto de prudencia o de benevolencia, no es figurada. Si, por el contrario, parece prescribir un crimen o un vicio, o prohibir un acto de prudencia o de benevolencia, es figurada. "Si no coméis la carne del Hijo del hombre", dice Cristo, "y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros". Esto parece prescribir un crimen o un vicio; es, por tanto, una figura, que prescribe que tengamos parte en los padecimientos de nuestro Señor, y que guardemos un dulce y provechoso recuerdo de que su carne fue herida y crucificada por nosotros. Dice la Escritura: "Si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber"; y esto es sin duda un mandato de hacer una obra de benevolencia. Pero en lo que sigue: "porque haciendo esto, amontonarás ascuas de fuego sobre su cabeza", se pensaría que se prescribe una obra de malevolencia. No dudes, pues, que la expresión es figurada; y, si bien es posible interpretarla de dos maneras, una que apunta a hacer un daño, otra a una muestra de superioridad, deja que la caridad, por el contrario, te llame de vuelta a la benevolencia, e interpreta las ascuas de fuego como los ardientes gemidos de penitencia con que se cura la soberbia del hombre que se lamenta de haber sido enemigo de quien vino en su ayuda en la aflicción. De la misma manera, cuando nuestro Señor dice: "El que ama su vida, la perderá", no hemos de pensar que prohíbe la prudencia con que es deber del hombre cuidar de su vida, sino que dice en sentido figurado: "Pierda su vida" — esto es, destruya y pierda ese uso pervertido y antinatural que ahora hace de su vida, y por el cual sus deseos están fijos en las cosas temporales, de modo que no atiende a las eternas. Está escrito: "Da al hombre piadoso, y no ayudes al pecador". La última cláusula de esta frase parece prohibir la benevolencia; pues dice: "no ayudes al pecador". Entiende, por tanto, que "pecador" está puesto figuradamente por el pecado, de modo que es a su pecado a lo que no has de ayudar.
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