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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minCómo leer las dos versiones
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minPrefacio
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 12 minLibro I
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 1. Sobre Dios
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 2. Sobre Cristo
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 2. Sobre Cristo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 4. Sobre la deserción o el apartamiento
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 5. Sobre las naturalezas racionales
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el fin o la consumación
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 7. Sobre los seres incorpóreos y corpóreos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 8. Sobre los ángeles
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 8. Sobre los ángeles
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 10 minLibro II
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 2. Sobre la perpetuidad de la naturaleza corporal
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 13 minCapítulo 3. Sobre el principio del mundo y sus causas
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 4. El Dios de la ley y los profetas, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es el mismo Dios
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 4. El Dios de la ley y los profetas, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es el mismo Dios
  22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 5. Sobre la justicia y la bondad
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre la encarnación de Cristo
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 6. Sobre la encarnación de Cristo
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre el Espíritu Santo
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 8. Sobre el alma (anima)
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 8. Sobre el alma (anima)
  28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 9. Sobre el mundo y los movimientos de las criaturas racionales, sean buenos o malos, y sobre sus causas
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 9. Sobre el mundo y los movimientos de las criaturas racionales, sean buenos o malos, y sobre sus causas
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 10. Sobre la resurrección y el juicio, el fuego del infierno y los castigos
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 10. Sobre la resurrección y el juicio, el fuego del infierno y los castigos
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 11. Sobre las contrapromesas
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 11. Sobre las contrapromesas
  34. Sesión 34 · Parte 7 · ≈ 9 minLibro III
  35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 1. Sobre el libre albedrío: solución e interpretación de los pasajes de la Escritura que parecen negarlo
  36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 1. Sobre el libre albedrío: solución e interpretación de los pasajes de la Escritura que parecen negarlo
  37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 12 minCapítulo 1. Sobre el libre albedrío: solución e interpretación de los pasajes de la Escritura que parecen negarlo
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  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 1. Sobre el libre albedrío: solución e interpretación de los pasajes de la Escritura que parecen negarlo
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 13 minCapítulo 1. Sobre el libre albedrío: solución e interpretación de los pasajes de la Escritura que parecen negarlo
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  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 2. Sobre las potestades adversas
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 2. Sobre las potestades adversas
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las potestades adversas
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 3. Sobre la sabiduría triple
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 4. Sobre las tentaciones humanas
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4. Sobre las tentaciones humanas
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 5. Que el mundo tuvo su comienzo en el tiempo
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 5. Que el mundo tuvo su comienzo en el tiempo
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 6. Sobre el fin del mundo
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 6. Sobre el fin del mundo
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 12 minLibro IV
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 13 minCapítulo 1. Sobre la inspiración divina de la Sagrada Escritura
  57. Sesión 57 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
  58. Sesión 58 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
  59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
  60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
  61. Sesión 61 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
  62. Sesión 62 · Parte 12 · ≈ 12 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
  63. Sesión 63 · Parte 12 · ≈ 12 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
  64. Sesión 64 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
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  66. Sesión 66 · Parte 13 · ≈ 10 minResumen doctrinal acerca del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y de los demás temas tratados en las páginas precedentes
  67. Sesión 67 · Parte 13 · ≈ 9 minResumen doctrinal acerca del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y de los demás temas tratados en las páginas precedentes
  68. Sesión 68 · Parte 13 · ≈ 7 minLo que dejó el tratado
  69. Sesión 69 · Parte 13 · ≈ 7 minAclaraciones de la edición estadounidense

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    TEXTOS — ORÍGENES DE ALEJANDRÍA

    Índice de la obra

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    Orígenes

    Sobre los principios

    Texto base: Frederick Crombie (trad.), Ante-Nicene Fathers, vol. 4 (1885), versión inglesa del latín de Rufino · III, 1 y IV, 1–3 también en el griego de la Filocalia (Delphi Collected Works of Origen)

    Traducción: Traducción castellana directa: del inglés de Crombie (Rufino) y del griego (los capítulos que conserva la Filocalia)

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    Lectura por partes · ≈ 38 min · Comentarios editoriales opcionales

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    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minCómo leer las dos versiones
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minPrefacio
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 12 minLibro I
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 1. Sobre Dios
    6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 2. Sobre Cristo
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 2. Sobre Cristo
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
    11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 4. Sobre la deserción o el apartamiento
    12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 5. Sobre las naturalezas racionales
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el fin o la consumación
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 7. Sobre los seres incorpóreos y corpóreos
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 8. Sobre los ángeles
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 8. Sobre los ángeles
    17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 10 minLibro II
    18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 2. Sobre la perpetuidad de la naturaleza corporal
    19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 13 minCapítulo 3. Sobre el principio del mundo y sus causas
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 4. El Dios de la ley y los profetas, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es el mismo Dios
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 4. El Dios de la ley y los profetas, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es el mismo Dios
    22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 5. Sobre la justicia y la bondad
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    24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 6. Sobre la encarnación de Cristo
    25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre el Espíritu Santo
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    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 8. Sobre el alma (anima)
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    31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 10. Sobre la resurrección y el juicio, el fuego del infierno y los castigos
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    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 1. Sobre el libre albedrío: solución e interpretación de los pasajes de la Escritura que parecen negarlo
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 2. Sobre las potestades adversas
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 2. Sobre las potestades adversas
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las potestades adversas
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 3. Sobre la sabiduría triple
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 4. Sobre las tentaciones humanas
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4. Sobre las tentaciones humanas
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    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 5. Que el mundo tuvo su comienzo en el tiempo
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 6. Sobre el fin del mundo
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 6. Sobre el fin del mundo
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    64. Sesión 64 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
    65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 2 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
    66. Sesión 66 · Parte 13 · ≈ 10 minResumen doctrinal acerca del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y de los demás temas tratados en las páginas precedentes
    67. Sesión 67 · Parte 13 · ≈ 9 minResumen doctrinal acerca del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y de los demás temas tratados en las páginas precedentes
    68. Sesión 68 · Parte 13 · ≈ 7 minLo que dejó el tratado
    69. Sesión 69 · Parte 13 · ≈ 7 minAclaraciones de la edición estadounidense
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Qué puede saberse con certeza de Dios, de los seres racionales, del mundo y de la Escritura, y qué queda abierto a la investigación de quien ama la sabiduría? Con esa pregunta abre Orígenes el primer intento cristiano de ordenar la fe en un sistema. El original griego se perdió casi entero: la obra completa solo se lee en la traducción latina de Rufino de Aquilea, que él mismo reconoció haber corregido. Dos tramos sobrevivieron en griego porque alguien los copió en una antología, la Filocalia: el capítulo sobre el libre albedrío (III, 1) y los tres sobre cómo leer la Escritura (IV, 1–3). Esta edición pone las dos voces juntas. Donde hay griego se lee el griego, y un control permite pasar al latín de Rufino o comparar los dos lado a lado.

    Ficha de la obra

    AutorOrígenes de Alejandría (c. 185 – c. 253, según Wikipedia)
    TítuloSobre los principios (en griego, Perì archôn; en latín, De principiis)
    FechaEntre 220 y 230, en Alejandría, según Wikipedia. El epub lo data «hacia 225» y el perfil de Orígenes en Eusebeia, hacia 229. Ninguna de esas fechas sale del propio texto
    GéneroTratado sistemático: un prefacio y cuatro libros (8, 11 y 6 capítulos en los tres primeros; el cuarto, en la versión de Rufino, sin dividir en capítulos)
    TransmisiónCompleto solo en latín, en la traducción de Rufino. En griego se conservan III, 1 y IV, 1–3 (en la Filocalia) y algunas frases que cita Justiniano en su carta a Menas. La traducción literal de Jerónimo se perdió; él mismo copia extractos en su Carta 124
    ExtensiónUnas 97 000 palabras en la versión de Rufino. Los dos tramos griegos suman unas 16 800
    TraducciónCastellana y directa: del inglés de Frederick Crombie para el texto de Rufino, y del griego para los tramos de la Filocalia
    FuenteAnte-Nicene Fathers, vol. 4 (1885), y el texto griego de la colección Delphi Collected Works of Origen
    Arriba, una barra dividida en el prefacio y los cuatro libros, proporcional a la extensión de cada uno en la versión de Rufino. En dorado, los dos tramos que también se conservan en griego: el comienzo del libro III (III, 1) y la primera parte del libro IV (IV, 1–3). El resto, en azul, solo existe en latín. Debajo, seis fechas en vertical: hacia 220–230 Orígenes escribe en griego en Alejandría; hacia 360 Basilio y Gregorio copian III, 1 y IV, 1–3 en la Filocalia; 397–399 Rufino traduce al latín y retoca lo que cree interpolado; 399/400 Jerónimo hace una versión literal, hoy perdida; 543 Justiniano cita frases griegas en su carta a Menas; 1885 la versión inglesa de Crombie en los ANF
    Lo que se conserva en griego y cómo llegó el tratado: la mayor parte solo se lee a través de Rufino · Elaboración propia para Eusebeia con VectorCraft · proporciones: palabras de cada libro en esta versión; fechas: Wikipedia (On the First Principles, Origen, Tyrannius Rufinus, Philocalia) y New Advent (Jerónimo, Carta 124)

    La fuente y su traducción

    Lo que aquí se lee pasó por varias manos antes de llegar al castellano. La mayor parte del tratado viene del latín de Rufino de Aquilea (344/345–411), que lo tradujo en Roma a fines del siglo IV: en 397 según los artículos de Wikipedia sobre la obra y sobre Orígenes, y en 398/399 según el dedicado a Rufino. Rufino no ocultó su criterio. En el prefacio a los libros III y IV, que se lee en su lugar, explica que siguió el mismo método que en los dos primeros: no traducir lo que le parecía contrario a las demás opiniones de Orígenes y a la fe, por tenerlo por interpolaciones y falsificaciones ajenas, y abreviar algunas repeticiones. Por eso su versión no es un testigo fiable de las palabras de Orígenes allí donde falta el griego.
    Esa versión latina llega aquí a través de la inglesa de Frederick Crombie, profesor de crítica bíblica en el St Mary's College de St Andrews según la nota introductoria de los Ante-Nicene Fathers. Su traducción se publicó primero en la Ante-Nicene Christian Library de Edimburgo (1867–1873) y después en la edición estadounidense de los Ante-Nicene Fathers, dirigida por A. Cleveland Coxe. El vol. 4 (Buffalo, 1885) es el que reproducen New Advent y el epub. El texto castellano es una traducción directa del inglés de Crombie: traducción de una traducción de una traducción, del griego al latín, del latín al inglés y del inglés al castellano. Conviene cotejarlo antes de citarlo en un trabajo académico.
    Los dos tramos que conserva la Filocalia se leen aquí en una traducción castellana directa del griego, hecha sobre el texto que publica la colección Delphi Collected Works of Origen con el título De Principiis (Greek). La Filocalia es una antología de textos de Orígenes que se atribuye a Basilio el Grande y a Gregorio Nacianceno; Wikipedia la sitúa probablemente entre fines de los años 350 y comienzos de los 360 y recoge que algunos estudiosos discuten la atribución. Según el índice de la traducción inglesa de George Lewis (1911), su capítulo 1, «De la inspiración de la divina Escritura», viene «de la obra Sobre los principios y de otras obras de Orígenes», y su capítulo 21 es el del libre albedrío. La colección Delphi no dice de qué edición crítica toma el griego. Sí conserva sus signos, que la traducción mantiene: entre < >, palabras que el editor añade al texto transmitido; entre [ ], palabras que propone suprimir; <...>, una laguna.
    Crombie tradujo también ese griego: los Ante-Nicene Fathers imprimen las dos versiones en páginas enfrentadas, y el epub de Crombie las trae una tras otra. Aquí se ha preferido la traducción directa del griego, que se ahorra un paso.
    Lo que viene de la edición. La división en libros, capítulos y secciones numeradas del texto de Rufino y los títulos de los capítulos son los de la versión de Crombie. Los del griego, numerados por capítulo (IV, 2, 4), son los del texto que reproduce Delphi; esa colección los presenta como «Libro I» y «Libro II», pero son III, 1 y IV, 1–3 del tratado, como muestran su contenido y la Filocalia. Los títulos de esos capítulos son los del griego. Las notas al prefacio son de la edición inglesa, y las «Aclaraciones» finales, del editor estadounidense. No se reproducen la presentación de la colección Delphi que abre el epub (sus datos se recogen, contrastados, en esta introducción), los rótulos «Traducido del latín de Rufino» y «Del latín» que separan las versiones en el epub, ni la versión de Crombie del griego. Tampoco está el prólogo de Rufino a los libros I y II: no viene en el epub, aunque los Ante-Nicene Fathers lo imprimen.

    Cómo leer las dos versiones

    En III, 1 y en IV, 1–3 cada bloque trae los dos textos. Se abre en el griego. Sobre el bloque hay tres botones: Griego, Rufino y Comparar, que pone los dos lado a lado (uno sobre otro en el móvil). La elección vale para todo el libro y se recuerda en este dispositivo. El resto del tratado solo existe en el latín de Rufino y se lee sin botones.
    Las dos versiones no se numeran igual: el griego divide en secciones más cortas y numera cada capítulo por separado, y Rufino numera el libro IV de corrido. Por eso los bloques reúnen a veces dos o más secciones de un lado, y cada pasaje lleva su propio localizador («III, 1, 18–19 · griego», «III, 1, 18 · latín de Rufino»). Lo que cubre cada bloque es lo mismo en las dos versiones; la frontera entre secciones, no siempre.
    Griego (Filocalia)Rufino (numeración de Crombie)Contenido
    III, 1, 1–24III, 1, 1–22El libre albedrío y los pasajes que parecen negarlo
    IV, 1, 1–7IV, 1–7La inspiración de la Escritura
    IV, 2, 1–9IV, 8–15Cómo leerla: la letra, el alma y el espíritu
    IV, 3, 1–11IV, 16–23Por qué hay en ella pasajes imposibles según la letra
    —IV, 24–37Final del libro y recapitulación, solo en latín
    Comparar ayuda a ver qué añade o suaviza Rufino, y también qué conserva: en muchos tramos dice lo mismo con más palabras. Los comentarios editoriales señalan algunos casos. Fuera de esos dos tramos, lo que el original decía solo se entrevé por las citas de Jerónimo y de Justiniano, y las notas lo indican donde la diferencia importa.

    Prefacio

    Prefacio, 1

    1. Todos los que creen y están persuadidos de que la gracia y la verdad llegaron por Jesucristo, y saben que Cristo es la verdad, conforme a su propia declaración: "Yo soy la verdad",1 no obtienen de ninguna otra fuente sino de las palabras mismas y de la enseñanza de Cristo el conocimiento que mueve a los hombres a una vida buena y feliz. Y por palabras de Cristo no entendemos únicamente las que pronunció cuando se hizo hombre y habitó en la carne; pues, antes de ese tiempo, Cristo, la Palabra de Dios, estaba en Moisés y en los profetas. Porque, sin la Palabra de Dios, ¿cómo habrían podido profetizar acerca de Cristo? Y, si no nos propusiéramos mantener el presente tratado dentro de los límites de la mayor brevedad posible, no sería difícil mostrar, en prueba de esta afirmación y a partir de las Sagradas Escrituras, cómo Moisés y los profetas dijeron e hicieron cuanto dijeron e hicieron por estar llenos del Espíritu de Cristo. Por ello, considero suficiente citar este único testimonio de Pablo, tomado de la Epístola a los Hebreos,2 donde dice: "Por la fe, Moisés, cuando llegó a la edad adulta, rehusó ser llamado hijo de la hija del Faraón; prefirió padecer aflicción con el pueblo de Dios a gozar por un tiempo de los placeres del pecado, estimando el oprobio de Cristo riqueza mayor que los tesoros de los egipcios".3 Además, que después de su ascensión al cielo habló por medio de sus apóstoles lo muestra Pablo con estas palabras: "¿O buscáis una prueba de que Cristo habla en mí?".4

    Prefacio, 2

    2. Sin embargo, puesto que muchos de los que profesan creer en Cristo discrepan entre sí no solo en asuntos pequeños y triviales, sino también en cuestiones de la mayor importancia, como las relativas a Dios, al Señor Jesucristo o al Espíritu Santo; y no solo en estas, sino también en otras referentes a seres creados, a saber, las potestades5 y las santas virtudes,6 parece necesario, ante todo, fijar un límite preciso y establecer una regla inequívoca acerca de cada una de estas cuestiones, para pasar después a la investigación de las demás. Pues, así como dejamos de buscar la verdad entre todos los que pretendían darla a conocer mediante opiniones erróneas —pese a las declaraciones de muchos griegos y bárbaros— una vez que llegamos a creer que Cristo era el Hijo de Dios y nos persuadimos de que debíamos aprenderla de él mismo, así también, aunque son muchos los que creen sostener las opiniones de Cristo y algunos de ellos piensan de manera distinta de sus predecesores, puesto que aún se conserva la enseñanza de la Iglesia, transmitida en sucesión ordenada desde los apóstoles y mantenida en las Iglesias hasta el día de hoy, solo debe aceptarse como verdad aquello que no difiera en nada de la tradición eclesiástica y apostólica.

    Prefacio, 3

    3. Ahora bien, conviene saber que los santos apóstoles, al predicar la fe de Cristo, se expresaron con la mayor claridad sobre ciertos puntos que juzgaban necesarios para todos, incluso para quienes parecían algo torpes en la investigación del conocimiento divino; dejaron, sin embargo, que los fundamentos de sus afirmaciones fueran examinados por quienes merecieran los excelentes dones del Espíritu y, especialmente por medio del Espíritu Santo mismo, recibieran el don de la palabra, de la sabiduría y del conocimiento. En cuanto a otros asuntos, se limitaron a declarar que las cosas eran así, guardando silencio sobre el modo o el origen de su existencia; evidentemente, para que los más celosos de sus sucesores, amantes de la sabiduría, tuvieran una materia en la que ejercitarse y mostrar el fruto de sus talentos: me refiero a quienes se prepararan para recibir la sabiduría de manera digna y adecuada.

    Prefacio, 4

    4. Los puntos concretos7 expuestos claramente en la enseñanza de los apóstoles son los siguientes:
    Primero, que hay un solo Dios, que creó y ordenó todas las cosas y que, cuando nada existía, llamó a todas las cosas a la existencia: Dios desde la primera creación y la fundación del mundo; el Dios de todos los justos, de Adán, Abel, Set, Enós, Enoc, Noé, Sere, Abrahán, Isaac, Jacob, los doce patriarcas, Moisés y los profetas; y que este Dios, en los últimos días, conforme lo había anunciado de antemano por sus profetas, envió a nuestro Señor Jesucristo para llamar a sí, en primer lugar, a Israel y, en segundo lugar, a los gentiles, tras la infidelidad del pueblo de Israel. Este Dios justo y bueno, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, dio él mismo la ley, los profetas y los Evangelios, y es también el Dios de los apóstoles y del Antiguo y el Nuevo Testamento.
    Segundo, que Jesucristo mismo, que vino (al mundo), nació del Padre antes que todas las criaturas; que, después de haber servido al Padre en la creación de todas las cosas —"pues por él fueron hechas todas las cosas"8—, en los últimos tiempos se despojó (de su gloria), se hizo hombre y se encarnó, siendo Dios, y, al hacerse hombre, siguió siendo el Dios que era; que asumió un cuerpo semejante al nuestro, distinto únicamente en que nació de una virgen y del Espíritu Santo; que este Jesucristo nació verdaderamente y padeció verdaderamente, y no sufrió esta muerte común (a los hombres) solo en apariencia, sino que murió verdaderamente; que resucitó verdaderamente de entre los muertos; y que, después de su resurrección, conversó con sus discípulos y fue llevado (al cielo).
    Luego, tercero, los apóstoles enseñaron que el Espíritu Santo está asociado en honor y dignidad al Padre y al Hijo. Pero, en su caso, no se distingue claramente si ha de considerarse nacido o ingénito,9 ni tampoco si es o no Hijo de Dios: son cuestiones que debemos indagar en la Sagrada Escritura en la medida de nuestras posibilidades y que exigen un examen cuidadoso. Que este Espíritu inspiró a cada uno de los santos, ya fueran profetas o apóstoles, y que no había un Espíritu en los hombres de la antigua economía divina y otro en quienes fueron inspirados con la venida de Cristo, se enseña con toda claridad en todas las Iglesias.

    Prefacio, 5

    5. Además de estos puntos, la enseñanza apostólica sostiene que el alma, dotada de sustancia10 y vida propias, recibirá, después de abandonar el mundo, su recompensa según sus méritos: obtendrá en herencia la vida y la bienaventuranza eternas si sus obras se la han procurado, o será entregada al fuego eterno y a los castigos si la culpa de sus crímenes la ha conducido a ello. Sostiene también que llegará un tiempo de resurrección de los muertos, cuando este cuerpo, que ahora "se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción", y el que "se siembra en deshonra resucitará en gloria".11 También está claramente establecido en la enseñanza de la Iglesia que toda alma racional posee libertad de la voluntad y capacidad de querer; que debe sostener una lucha contra el Diablo y sus ángeles y contra las influencias adversas,12 pues estos se esfuerzan por cargarla de pecados; pero que, si vivimos recta y sabiamente, debemos procurar librarnos de semejante carga. De ello se sigue asimismo que entendemos que no estamos sujetos a la necesidad, como si nos viéramos obligados en todo caso, incluso contra nuestra voluntad, a hacer el bien o el mal. Pues, si somos dueños de nosotros mismos, tal vez unas influencias puedan impulsarnos a pecar y otras ayudarnos a alcanzar la salvación; pero ninguna necesidad nos fuerza a obrar recta o erradamente, como creen quienes afirman que los cursos y movimientos de los astros son la causa de las acciones humanas, no solo de aquellas que escapan a la influencia de la libertad de la voluntad, sino también de las que están en nuestro poder. En cambio, con respecto al alma, la enseñanza de la Iglesia no distingue con suficiente claridad si procede de la semilla mediante un proceso de traducianismo, de modo que su razón o sustancia se considere contenida en las propias partículas seminales del cuerpo, o si tiene algún otro comienzo; ni, en cuanto a ese comienzo, si se produce por nacimiento o no, o si le es otorgada al cuerpo desde fuera.

    Prefacio, 6

    6. En cuanto al Diablo, sus ángeles y las influencias adversas, la enseñanza de la Iglesia ha establecido que tales seres existen, ciertamente; pero no ha explicado con suficiente claridad qué son ni cómo existen. La mayoría, sin embargo, sostiene que el Diablo era un ángel y que, tras apostatar, indujo a cuantos ángeles pudo a apartarse junto con él; a estos se los llama hasta el día de hoy sus ángeles.

    Prefacio, 7

    7. También forma parte de la enseñanza de la Iglesia que el mundo fue hecho y tuvo su comienzo en un tiempo determinado, y que será destruido a causa de su maldad. Pero qué existía antes de este mundo o qué existirá después de él no ha llegado a ser conocido con certeza por la mayoría, pues la enseñanza de la Iglesia no contiene ninguna declaración clara al respecto.

    Prefacio, 8

    8. Finalmente, que las Escrituras fueron redactadas por el Espíritu de Dios y tienen no solo el sentido que se manifiesta a primera vista, sino también otro que escapa a la atención de la mayoría. Pues las palabras escritas son figuras de ciertos misterios13 e imágenes de las cosas divinas. A este respecto, toda la Iglesia comparte una misma opinión: que la ley entera es, ciertamente, espiritual, pero que el sentido espiritual que transmite no es conocido por todos, sino solo por aquellos a quienes se concede la gracia del Espíritu Santo mediante la palabra de sabiduría y de conocimiento.
    El término ἀσώματον, es decir, "incorpóreo", ha caído en desuso y es desconocido no solo en muchos otros escritos, sino también en nuestras propias Escrituras. Y si alguien nos lo citara a partir del breve tratado titulado La doctrina de Pedro*,14* en el que el Salvador parece decir a sus discípulos: "No soy un demonio incorpóreo",15 debo responder, en primer lugar, que esa obra no figura entre los libros eclesiásticos, pues podemos demostrar que no fue compuesta ni por Pedro ni por ninguna otra persona inspirada por el Espíritu de Dios. Pero, aun si se concediera este punto, la palabra ἀσώματον no tiene allí el mismo significado que le dan los autores griegos y gentiles cuando los filósofos discuten la naturaleza incorpórea. Pues, en el breve tratado mencionado, se emplea la expresión "demonio incorpóreo" para indicar que la forma o figura de un cuerpo demoníaco, cualquiera que sea, no se asemeja a este cuerpo nuestro, denso y visible; pero, conforme a la intención del autor del tratado, debe entenderse que él no tenía un cuerpo como el de los demonios, naturalmente sutil16 y tenue, como si estuviera formado de aire —razón por la cual muchos lo consideran o lo llaman incorpóreo—, sino un cuerpo sólido y palpable. Ahora bien, según el uso común de los hombres, los sencillos o ignorantes llaman incorpóreo a todo lo que no es de esa naturaleza; como si alguien dijera que el aire que respiramos es incorpóreo porque no es un cuerpo de tal naturaleza que pueda asirse y sostenerse, o que ofrezca resistencia a la presión.

    Prefacio, 9

    9. Indagaremos, sin embargo, si aquello que los filósofos griegos llaman ἀσώματον, o "incorpóreo", se encuentra en la Sagrada Escritura bajo otro nombre. También habrá que investigar cómo debe entenderse a Dios mismo: si como corpóreo y dotado de alguna figura, o como poseedor de una naturaleza distinta de la de los cuerpos; punto que nuestra enseñanza no indica claramente. Las mismas indagaciones deben hacerse con respecto a Cristo y al Espíritu Santo, así como a toda alma y a cuanto posee naturaleza racional.

    Prefacio, 10

    10. También forma parte de la enseñanza de la Iglesia que hay ciertos ángeles de Dios y ciertas influencias benéficas que lo sirven en la realización de la salvación de los hombres. Sin embargo, no se declara claramente cuándo fueron creados, de qué naturaleza son ni cómo existen. En cuanto al sol, la luna y las estrellas, no hay una declaración precisa sobre si son seres vivos o carecen de vida.17
    Por tanto, todo aquel que desee formar una serie coherente y un cuerpo de verdades conforme a la razón de todas estas cosas debe valerse de elementos y fundamentos de esta índole, según el precepto: "Iluminaos con la luz del conocimiento",18 para que, mediante afirmaciones claras y necesarias, pueda averiguar la verdad acerca de cada cuestión particular y formar, como hemos dicho, un solo cuerpo de doctrina por medio de ejemplos y argumentos, ya sean los que haya descubierto en la Sagrada Escritura o los que haya deducido siguiendo atentamente sus consecuencias y un método correcto.
    Comentario editorial · Notas de la edición inglesa al prefacio
    Nota 1.
    Juan xiv. 6.
    Nota 2.
    Aquí, y con frecuencia en otros lugares —unas doscientas veces en total—, Orígenes atribuye a san Pablo, en sus obras conservadas, la autoría de la Epístola a los Hebreos. Eusebio (Historia eclesiástica, vi. 25) cita estas palabras de Orígenes: "Mi opinión es esta: los pensamientos son del apóstol; pero la dicción y la fraseología pertenecen a alguien que puso por escrito lo dicho por el apóstol, como quien anotó lo que le dictaba su maestro. Si, por tanto, alguna Iglesia considera que esta Epístola procede de Pablo, sea alabada por ello; pues tampoco aquellos hombres de la antigüedad la transmitieron como tal sin motivo. Pero solo Dios sabe quién puso la Epístola por escrito". S.
    Nota 3.
    Heb. xi. 24–26.
    Nota 4.
    2 Cor. xiii. 3.
    Nota 5.
    Dominationes.
    Nota 6.
    Virtutes.
    Nota 7.
    Species.
    Nota 8.
    Juan i. 3.
    Nota 9.
    Innatus. Las palabras que Rufino tradujo como "natus an innatus" aparecen en la Epístola a Avito de Jerónimo (94, también numerada 59) como "factus an infectus". Al criticar los errores del primer libro de Sobre los principios, dice: "Orígenes declara que el Espíritu Santo ocupa el tercer lugar en dignidad y honor después del Padre y del Hijo; y, aunque confiesa ignorar si fue creado o no (factus an infectus), más adelante da a entender cuál es su opinión acerca de él, al sostener que nada es increado salvo Dios Padre". Jerónimo leyó, sin duda, γενητὸς ἢ ἀγένητος, y Rufino, γεννητὸς ἢ ἀγέννητος. — R.
    Nota 10.
    Substantia.
    Nota 11.
    1 Cor. xv. 42, 43.
    Nota 12.
    Virtutes.
    Nota 13.
    Sacramentorum.
    Nota 14.
    Eusebio (Historia eclesiástica, iii. cap. 36), al tratar de Ignacio, cita así su Epístola a la Iglesia de Esmirna: "Al escribir a los esmirniotas, él [Ignacio] empleó, acerca de Jesús, unas palabras que no sé de dónde proceden, en estos términos: "Pero sé y creo que fue visto después de la resurrección; y, cuando se presentó a Pedro y a sus compañeros, les dijo: Tomadme y palpadme, y ved que no soy un espíritu incorpóreo"". Jerónimo, en su catálogo de escritores eclesiásticos, afirma que las palabras son una cita del Evangelio de los Nazarenos, obra que había traducido recientemente. Orígenes, sin embargo, las cita aquí de La doctrina de Pedro, a propósito de lo cual Ruæus observa que las palabras podrían figurar en ambas obras apócrifas.
    Nota 15.
    Dæmonium.
    Nota 16.
    Subtile.
    Nota 17.
    Véase la nota, más abajo, al final del cap. vi. S.
    Nota 18.
    Os. x. 12. Las palabras del texto no corresponden a la traducción de la Versión Autorizada, sino a la de la Septuaginta, que dice φωτίσατε ἑαυτοῖς φῶς γνώσεως. Donde el texto masorético presenta תע"וְ (et tempus), Orígenes leyó, evidentemente, תעַדַּ (scientia); la semejanza entre vav y dálet explica el error del copista.

    Libro I

    Capítulo 1. Sobre Dios

    I, 1, 1

    1. Yo sé que algunos intentarán decir que, incluso según las declaraciones de nuestras propias Escrituras, Dios es un cuerpo, porque en los escritos de Moisés encuentran dicho que nuestro Dios es un fuego consumidor; y en el Evangelio según Juan, que Dios es espíritu y que quienes lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad. A su juicio, el fuego y el espíritu no deben considerarse sino cuerpos. Ahora bien, quisiera preguntar a esas personas qué tienen que decir acerca del pasaje en que se declara que Dios es luz; pues Juan escribe en su Epístola: "Dios es luz, y en él no hay tiniebla alguna". Él es, en verdad, aquella luz que ilumina todo el entendimiento de quienes son capaces de recibir la verdad, como se dice en el salmo treinta y seis: "En tu luz veremos la luz". Pues ¿qué otra luz de Dios puede nombrarse, en la cual alguien vea la luz, sino una influencia de Dios por la que el hombre, una vez iluminado, o bien ve plenamente la verdad de todas las cosas, o bien llega a conocer a Dios mismo, a quien se llama la verdad? Tal es el sentido de la expresión "En tu luz veremos la luz"; es decir, en tu Palabra y Sabiduría, que es tu Hijo, veremos en él a ti, el Padre. Porque se lo llama luz, ¿habremos de suponer que guarda semejanza alguna con la luz del sol? ¿O qué motivo, por leve que fuese, habría para imaginar que de aquella luz corporal pudiera alguien obtener la causa del conocimiento y llegar al entendimiento de la verdad?

    I, 1, 2

    2. Si, pues, aceptan nuestra afirmación acerca de la naturaleza de la luz, que la razón misma ha demostrado, y reconocen que no puede entenderse que Dios sea un cuerpo en el sentido en que lo es la luz, un razonamiento semejante valdrá para la expresión "fuego consumidor". Pues ¿qué consumirá Dios por ser fuego? ¿Habremos de pensar que consume sustancias materiales, como madera, heno o rastrojo? Y, desde este punto de vista, ¿qué habría de digno de la gloria de Dios en que fuese un fuego que consume materiales de esa clase? Consideremos, más bien, que Dios ciertamente consume y destruye por completo: consume los malos pensamientos, las acciones perversas y los deseos pecaminosos cuando penetran en la mente de los creyentes; y, al habitar junto con su Hijo en aquellas almas que se han hecho capaces de recibir su Palabra y Sabiduría, según su propia declaración, "Yo y el Padre vendremos y haremos morada en él", las convierte, una vez consumidos todos sus vicios y pasiones, en un templo santo, digno de sí mismo. Por otra parte, a quienes, a causa de la expresión "Dios es espíritu", piensan que es un cuerpo, se les debe responder, a mi juicio, del siguiente modo. La Sagrada Escritura acostumbra llamar espíritu a todo aquello que quiere distinguir de este cuerpo grosero y sólido, como en la expresión "La letra mata, pero el espíritu da vida", donde no cabe duda de que por letra se entienden las cosas corporales, y por espíritu, las intelectuales, que también llamamos espirituales. Dice además el apóstol: "Hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, un velo cubre su corazón; pero cuando se vuelva al Señor, el velo será quitado; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad". Pues mientras alguien no se convierta a una comprensión espiritual, un velo cubrirá su corazón; y se dice o se piensa que con ese velo, es decir, con un entendimiento grosero, está cubierta la Escritura misma. Tal es el sentido de la afirmación de que se ponía un velo sobre el rostro de Moisés cuando hablaba al pueblo, es decir, cuando se leía públicamente la ley. Pero si nos volvemos al Señor, donde está también la Palabra de Dios y donde el Espíritu Santo revela el conocimiento espiritual, entonces se quita el velo y contemplamos a rostro descubierto la gloria del Señor en las Sagradas Escrituras.

    I, 1, 3

    3. Y puesto que muchos santos participan del Espíritu Santo, no puede entenderse, por tanto, que sea un cuerpo del cual cada uno de ellos participe al dividirse este en partes corporales; antes bien, es manifiestamente una potestad santificadora de la que se dice que participan todos cuantos han merecido ser santificados por su gracia. Y para que se comprenda más fácilmente lo que decimos, tomemos un ejemplo de cosas muy distintas. Son muchas las personas que participan de la ciencia o el arte de la medicina: ¿habremos de suponer, por ello, que toman para sí partículas de algún cuerpo llamado medicina, puesto ante ellas, y que de este modo participan de lo mismo? ¿No debemos entender, más bien, que puede decirse que participan del arte de curar todos aquellos que, con una mente ágil y ejercitada, llegan a comprender el arte y la disciplina mismos? Pero no debe estimarse que estos ejemplos constituyan un paralelo completo entre la medicina y el Espíritu Santo: los hemos aducido únicamente para establecer que aquello de lo que participan muchos individuos no ha de considerarse necesariamente un cuerpo. Pues el Espíritu Santo difiere en gran medida del método o la ciencia de la medicina, en cuanto que es una existencia intelectual que subsiste y existe de un modo propio, mientras que la medicina no es en absoluto de esa naturaleza.

    I, 1, 4

    4. Pero debemos pasar a las palabras mismas del Evangelio, donde se declara que Dios es espíritu, y mostrar cómo han de entenderse de acuerdo con lo que hemos expuesto. Indaguemos, pues, en qué ocasión pronunció esas palabras el Salvador, ante quién las dijo y cuál era el asunto que se examinaba. Hallamos, sin lugar a dudas, que dirigió esas palabras a la mujer samaritana, quien, conforme a la opinión de los samaritanos, creía que Dios debía ser adorado en el monte Garizim. Le dijo que Dios es espíritu. Pues la mujer samaritana, creyendo que él era judío, le preguntaba si Dios debía ser adorado en Jerusalén o en aquel monte; y estas fueron sus palabras: "Todos nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que Jerusalén es el lugar donde debemos adorar". A esta opinión de la mujer samaritana, que imaginaba que Dios recibía una adoración más o menos recta o debida según los privilegios de cada lugar, ya fuese de los judíos en Jerusalén o de los samaritanos en el monte Garizim, el Salvador respondió que quien quisiera seguir al Señor debía dejar de lado toda preferencia por lugares determinados. Y se expresó así: "Llega la hora en que los verdaderos adoradores no adorarán al Padre ni en Jerusalén ni en este monte. Dios es espíritu, y quienes lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad". Observad con qué lógica ha unido el espíritu y la verdad: llamó a Dios espíritu para distinguirlo de los cuerpos, y lo llamó verdad para distinguirlo de una sombra o una imagen. Pues quienes adoraban en Jerusalén no adoraban a Dios ni en verdad ni en espíritu, sujetos como estaban a la sombra o imagen de las cosas celestiales; y lo mismo ocurría con quienes adoraban en el monte Garizim.

    I, 1, 5

    5. Habiendo refutado, pues, en la medida de nuestras posibilidades, toda noción que pudiera inducirnos a pensar que Dios es corporal en algún grado, pasamos a decir que, en rigor de verdad, Dios es incomprensible e inconmensurable. Pues sea cual fuere el conocimiento que podamos alcanzar de Dios, ya por percepción, ya por reflexión, debemos creer necesariamente que él es en muchos grados superior a cuanto percibimos de él. Si viésemos, por ejemplo, a alguien incapaz de soportar el resplandor de una chispa o la llama de una lámpara muy pequeña, y quisiéramos dar a conocer el brillo y esplendor del sol a quien no puede admitir en su vista más luz que la indicada, ¿no sería necesario decirle que el esplendor del sol supera de manera indecible e incalculable en brillo y gloria toda la luz que él ha visto? Así también nuestro entendimiento, encerrado en las ataduras de la carne y de la sangre y vuelto, por su participación en tales sustancias materiales, más torpe y obtuso, aunque se lo estime muy superior a nuestra naturaleza corporal, apenas ocupa el lugar de una chispa o una lámpara cuando se esfuerza por examinar y contemplar las cosas incorpóreas. Mas, entre todos los seres inteligentes, es decir, incorpóreos, ¿quién supera a todos los demás de manera tan indecible e incalculable como Dios, cuya naturaleza no puede ser aprehendida ni vista por la capacidad de ningún entendimiento humano, ni siquiera el más puro y luminoso?

    I, 1, 6

    6. Pero no parecerá absurdo que empleemos otra comparación para aclarar la cuestión. Nuestros ojos a menudo no pueden mirar la naturaleza de la luz misma, es decir, la sustancia del sol; pero, cuando contemplamos su esplendor o sus rayos que acaso penetran por las ventanas o por pequeñas aberturas practicadas para dejar pasar la luz, podemos considerar cuán grande es la fuente de la que procede la luz de ese cuerpo. De igual modo, las obras de la Providencia divina y el orden de todo este mundo son, por así decirlo, una suerte de rayos de la naturaleza de Dios, si se los compara con su verdadera sustancia y su ser. Puesto que nuestro entendimiento es incapaz de contemplar por sí mismo a Dios tal como es, conoce al Padre del mundo por la belleza de sus obras y la hermosura de sus criaturas. No debemos, por tanto, pensar que Dios sea un cuerpo ni que exista en un cuerpo, sino que es una naturaleza intelectual simple, que no admite en sí adición de ninguna clase; de modo que no puede creerse que haya en él un más y un menos, sino que es por entero Μονάς y, por así decirlo, ῾Ενάς, y es la mente y la fuente de la que procede toda naturaleza intelectual o mente. Ahora bien, la mente no necesita para sus movimientos u operaciones espacio físico, ni magnitud sensible, ni figura corporal, ni color, ni ninguno de los demás accidentes propios del cuerpo o de la materia. Por ello, esa naturaleza simple y enteramente intelectual no puede admitir demora ni vacilación en sus movimientos u operaciones, no sea que la simplicidad de la naturaleza divina parezca circunscrita o en alguna medida entorpecida por tales accidentes; ni que aquello que es el principio de todas las cosas resulte ser compuesto y diverso, y que aquello que, por ser, por así decirlo, la única especie de divinidad, debería estar libre de toda mezcla corporal, resulte constar de muchas cosas en vez de ser uno. Que la mente, además, no necesita espacio para realizar sus movimientos conforme a su naturaleza es algo que se comprueba al observar nuestra propia mente. Pues, si esta permanece dentro de sus propios límites y no sufre daño por causa alguna, la diversidad de lugares nunca la retrasará en el ejercicio de sus funciones; ni, por otra parte, recibirá mayor movilidad por la naturaleza de ciertos lugares. Y si alguien objetara aquí, por ejemplo, que la mente de quienes se hallan en el mar, zarandeados por las olas, tiene bastante menos vigor del que suele tener en tierra, debemos creer que ello se debe no a la diversidad del lugar, sino a la agitación o perturbación del cuerpo al que la mente está unida o ligada. Pues vivir en el mar parece ser, por así decirlo, contrario a la naturaleza del cuerpo humano; y por esa razón este, a causa de cierto desequilibrio propio, parece emprender sus operaciones mentales de manera descuidada e irregular y realizar los actos del intelecto con menor agudeza, tal como les ocurre en tierra a quienes están postrados por la fiebre. Con respecto a estos, es indudable que, si la mente no desempeña sus funciones tan bien como antes a consecuencia de la enfermedad, la culpa no debe atribuirse al lugar, sino al mal corporal: el cuerpo, perturbado y desordenado por este, no presta a la mente sus servicios habituales en las condiciones normales y naturales. Pues nosotros, los seres humanos, somos animales compuestos por la unión de cuerpo y alma, y solo así nos fue posible vivir sobre la tierra. Pero Dios, que es el principio de todas las cosas, no debe considerarse un ser compuesto, no sea que acaso resulten existir elementos anteriores al principio mismo, a partir de los cuales esté constituido todo aquello que se llama compuesto. Tampoco necesita la mente magnitud corporal para realizar acto o movimiento alguno, como ocurre con el ojo, que se dilata al mirar cuerpos de mayor tamaño y se estrecha y contrae para ver objetos más pequeños. La mente necesita, ciertamente, una magnitud de índole intelectual, pues crece no a la manera de un cuerpo, sino según la inteligencia. En efecto, la mente no se agranda junto con el cuerpo mediante adiciones corporales hasta los veinte o treinta años de vida; antes bien, el intelecto se agudiza con los ejercicios del aprendizaje, se ponen en acción las facultades implantadas en él para los fines de la inteligencia y se vuelve capaz de mayores esfuerzos intelectuales, no porque aumente mediante adiciones corporales, sino porque el estudio lo pule cuidadosamente. Pero no puede recibir estos ejercicios desde la primera infancia, ni desde el nacimiento, porque la estructura de los miembros que la mente emplea como órganos para ejercitarse es débil y frágil: no puede soportar el peso de sus propias operaciones ni mostrar capacidad para recibir instrucción.

    I, 1, 7

    7. Si hay ahora quienes piensan que la mente misma y el alma son un cuerpo, quisiera que me dijeran, a modo de respuesta, cómo reciben razonamientos y afirmaciones sobre asuntos de tanta importancia, dificultad y sutileza. ¿De dónde procede su capacidad de recordar? ¿Y de dónde, la contemplación de las cosas invisibles? ¿Cómo posee un cuerpo la facultad de entender las existencias incorpóreas? ¿Cómo investiga una naturaleza corporal los procedimientos de las diversas artes y contempla las razones de las cosas? ¿Cómo puede, además, percibir y entender las verdades divinas, que son manifiestamente incorpóreas? A menos, ciertamente, que a alguien se le ocurra opinar que, así como la figura y forma corporales de los oídos o de los ojos contribuyen en algo al oído y a la vista, y los distintos miembros formados por Dios presentan, incluso por la propia cualidad de su forma, cierta adecuación al fin para el que fueron destinados por naturaleza, así también debe entenderse que el alma o la mente tienen una forma creada deliberadamente para percibir y entender las cosas particulares y para ponerse en movimiento con movimientos vitales. No alcanzo a ver, sin embargo, quién será capaz de describir o decir cuál es el color de la mente en cuanto mente que actúa como existencia inteligente. Además, para confirmar y explicar lo que ya hemos expuesto acerca de la mente o el alma —a saber, que es superior a toda la naturaleza corporal—, pueden añadirse las siguientes observaciones. A cada sentido corporal le corresponde como objeto cierta sustancia sensible propia sobre la que se ejerce: por ejemplo, los colores, la forma y el tamaño corresponden a la vista; las voces y los sonidos, al oído; los olores, agradables o desagradables, al olfato; los sabores, al gusto; el calor y el frío, la dureza y la blandura, la aspereza y la suavidad, al tacto. Ahora bien, es manifiesto para todos que, entre los sentidos enumerados, el sentido de la mente es con mucho el mejor. ¿Cómo, pues, no habría de parecer absurdo que a esos sentidos inferiores se les hayan dado sustancias sobre las cuales ejercer sus facultades, mientras que a esta facultad, muy superior a cualquier otra, es decir, al sentido de la mente, no le corresponda sustancia alguna, sino que una facultad de naturaleza intelectual sea un accidente o una consecuencia de los cuerpos? Quienes esto afirman, sin duda lo hacen en menoscabo de la sustancia superior que llevan dentro; más aún, al hacerlo, agravian incluso a Dios mismo cuando imaginan que se lo puede entender por medio de una naturaleza corporal, de modo que, a su juicio, él es un cuerpo y algo que puede entenderse o percibirse mediante un cuerpo. Y no quieren reconocer que la mente guarda cierta relación con Dios, de quien ella misma es una imagen intelectual, y que por su medio puede llegar a algún conocimiento de la naturaleza de la divinidad, sobre todo si es purificada y separada de la materia corporal.

    I, 1, 8

    8. Pero quizá estas afirmaciones parezcan de menor peso a quienes desean instruirse en las cosas divinas a partir de las Sagradas Escrituras y buscan que se les demuestre por esa fuente cómo la naturaleza de Dios supera la de los cuerpos. Ved, pues, si el apóstol no dice lo mismo cuando declara, hablando de Cristo, que él es "la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura". No significa esto, como algunos suponen, que la naturaleza de Dios sea visible para unos e invisible para otros: el apóstol no dice "imagen de Dios, invisible para los hombres" o "invisible para los pecadores", sino que, con invariable firmeza, se pronuncia acerca de la naturaleza de Dios con estas palabras: "la imagen del Dios invisible". Además, Juan, cuando afirma en su Evangelio que nadie ha visto jamás a Dios, declara manifiestamente a todos los que son capaces de comprender que no existe naturaleza alguna para la cual Dios sea visible: no porque él sea un ser visible por naturaleza que sencillamente eluda o frustre la mirada de una criatura más débil, sino porque, por la naturaleza de su ser, es imposible verlo. Y si me preguntarais qué opino acerca del Unigénito mismo, si la naturaleza de Dios, invisible por naturaleza, es invisible incluso para él, no os parezca de inmediato que semejante pregunta es absurda o impía, pues os daremos una razón fundada en la lógica. Una cosa es ver y otra conocer: ver y ser visto es propio de los cuerpos; conocer y ser conocido, de los seres intelectuales. Por tanto, nada de cuanto es propio de los cuerpos puede predicarse del Padre ni del Hijo; pero lo que pertenece a la naturaleza de la divinidad es común al Padre y al Hijo. En fin, ni siquiera él mismo dijo en el Evangelio que nadie ha visto al Padre sino el Hijo, ni al Hijo sino el Padre; sus palabras son: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre sino el Hijo". Con ello se muestra claramente que aquello que entre las naturalezas corporales se llama ver y ser visto, entre el Padre y el Hijo se denomina conocer y ser conocido, por la facultad del conocimiento y no por la debilidad del sentido de la vista. Puesto que ni ver ni ser visto pueden aplicarse propiamente a una naturaleza incorpórea e invisible, tampoco se dice en el Evangelio que el Padre sea visto por el Hijo ni el Hijo por el Padre, sino que cada uno es conocido por el otro.
    Comentario editorial · ¿Invisible también para el Hijo? Lo que leyó Jerónimo
    En la versión de Rufino, Orígenes responde que el Padre y el Hijo no se «ven» sino que se «conocen», porque ver es cosa de cuerpos. Jerónimo, que tradujo el original palabra por palabra, resume así el comienzo del tratado en su carta a Avito: que Dios Padre, invisible por naturaleza, es invisible incluso para el Hijo (Carta 124, § 2). Wikipedia recoge el dato entre los rasgos subordinacionistas de Orígenes. Jerónimo escribe como adversario y no cita aquí la frase entera, pero el contraste muestra el tipo de lugar que Rufino suavizó. En II, 4, 3 la versión latina conserva una frase muy parecida («Si decís que es invisible por naturaleza, tampoco debería ser visible para el Salvador»), dentro de un argumento contra los herejes.

    I, 1, 9

    9. Si alguien nos presenta aquí el pasaje donde se dice: "Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios", de ese mismo pasaje, a mi juicio, obtendrá nuestra posición una fuerza adicional. Pues ¿qué otra cosa es ver a Dios con el corazón sino, conforme a nuestra exposición anterior, entenderlo y conocerlo con la mente? Los nombres de los órganos de los sentidos se aplican con frecuencia al alma, de modo que puede decirse que ve con los ojos del corazón, es decir, que realiza un acto intelectual mediante la facultad de la inteligencia. Del mismo modo se dice que oye con los oídos cuando percibe el sentido más profundo de una afirmación. Decimos asimismo que se sirve de dientes cuando mastica y come el pan de vida que desciende del cielo. De igual manera se dice que emplea otros miembros, cuyos nombres corporales se trasladan y aplican a las facultades del alma, según las palabras de Salomón: "Hallarás un sentido divino". Pues él sabía que hay en nosotros dos clases de sentidos: uno mortal, corruptible y humano; el otro inmortal e intelectual, al que aquí llamó divino. Por este sentido divino, pues, que no es el de los ojos, sino el de un corazón puro, es decir, de la mente, pueden ver a Dios quienes son dignos de ello. Ciertamente hallaréis que en todas las Escrituras, tanto antiguas como nuevas, el término corazón se emplea repetidamente en lugar de mente, es decir, de facultad intelectual. De este modo, aunque muy por debajo de la dignidad del asunto, hemos hablado de la naturaleza de Dios como quienes la entienden dentro de los límites del entendimiento humano. Veamos ahora qué significa el nombre de Cristo.
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