6. Pero no parecerá absurdo que empleemos otra comparación para aclarar la cuestión. Nuestros ojos a menudo no pueden mirar la naturaleza de la luz misma, es decir, la sustancia del sol; pero, cuando contemplamos su esplendor o sus rayos que acaso penetran por las ventanas o por pequeñas aberturas practicadas para dejar pasar la luz, podemos considerar cuán grande es la fuente de la que procede la luz de ese cuerpo. De igual modo, las obras de la Providencia divina y el orden de todo este mundo son, por así decirlo, una suerte de rayos de la naturaleza de Dios, si se los compara con su verdadera sustancia y su ser. Puesto que nuestro entendimiento es incapaz de contemplar por sí mismo a Dios tal como es, conoce al Padre del mundo por la belleza de sus obras y la hermosura de sus criaturas. No debemos, por tanto, pensar que Dios sea un cuerpo ni que exista en un cuerpo, sino que es una naturaleza intelectual simple, que no admite en sí adición de ninguna clase; de modo que no puede creerse que haya en él un más y un menos, sino que es por entero Μονάς y, por así decirlo, ῾Ενάς, y es la mente y la fuente de la que procede toda naturaleza intelectual o mente. Ahora bien, la mente no necesita para sus movimientos u operaciones espacio físico, ni magnitud sensible, ni figura corporal, ni color, ni ninguno de los demás accidentes propios del cuerpo o de la materia. Por ello, esa naturaleza simple y enteramente intelectual no puede admitir demora ni vacilación en sus movimientos u operaciones, no sea que la simplicidad de la naturaleza divina parezca circunscrita o en alguna medida entorpecida por tales accidentes; ni que aquello que es el principio de todas las cosas resulte ser compuesto y diverso, y que aquello que, por ser, por así decirlo, la única especie de divinidad, debería estar libre de toda mezcla corporal, resulte constar de muchas cosas en vez de ser uno. Que la mente, además, no necesita espacio para realizar sus movimientos conforme a su naturaleza es algo que se comprueba al observar nuestra propia mente. Pues, si esta permanece dentro de sus propios límites y no sufre daño por causa alguna, la diversidad de lugares nunca la retrasará en el ejercicio de sus funciones; ni, por otra parte, recibirá mayor movilidad por la naturaleza de ciertos lugares. Y si alguien objetara aquí, por ejemplo, que la mente de quienes se hallan en el mar, zarandeados por las olas, tiene bastante menos vigor del que suele tener en tierra, debemos creer que ello se debe no a la diversidad del lugar, sino a la agitación o perturbación del cuerpo al que la mente está unida o ligada. Pues vivir en el mar parece ser, por así decirlo, contrario a la naturaleza del cuerpo humano; y por esa razón este, a causa de cierto desequilibrio propio, parece emprender sus operaciones mentales de manera descuidada e irregular y realizar los actos del intelecto con menor agudeza, tal como les ocurre en tierra a quienes están postrados por la fiebre. Con respecto a estos, es indudable que, si la mente no desempeña sus funciones tan bien como antes a consecuencia de la enfermedad, la culpa no debe atribuirse al lugar, sino al mal corporal: el cuerpo, perturbado y desordenado por este, no presta a la mente sus servicios habituales en las condiciones normales y naturales. Pues nosotros, los seres humanos, somos animales compuestos por la unión de cuerpo y alma, y solo así nos fue posible vivir sobre la tierra. Pero Dios, que es el principio de todas las cosas, no debe considerarse un ser compuesto, no sea que acaso resulten existir elementos anteriores al principio mismo, a partir de los cuales esté constituido todo aquello que se llama compuesto. Tampoco necesita la mente magnitud corporal para realizar acto o movimiento alguno, como ocurre con el ojo, que se dilata al mirar cuerpos de mayor tamaño y se estrecha y contrae para ver objetos más pequeños. La mente necesita, ciertamente, una magnitud de índole intelectual, pues crece no a la manera de un cuerpo, sino según la inteligencia. En efecto, la mente no se agranda junto con el cuerpo mediante adiciones corporales hasta los veinte o treinta años de vida; antes bien, el intelecto se agudiza con los ejercicios del aprendizaje, se ponen en acción las facultades implantadas en él para los fines de la inteligencia y se vuelve capaz de mayores esfuerzos intelectuales, no porque aumente mediante adiciones corporales, sino porque el estudio lo pule cuidadosamente. Pero no puede recibir estos ejercicios desde la primera infancia, ni desde el nacimiento, porque la estructura de los miembros que la mente emplea como órganos para ejercitarse es débil y frágil: no puede soportar el peso de sus propias operaciones ni mostrar capacidad para recibir instrucción.