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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minCómo leer las dos versiones
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minPrefacio
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 12 minLibro I
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 1. Sobre Dios
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 2. Sobre Cristo
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 2. Sobre Cristo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 4. Sobre la deserción o el apartamiento
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 5. Sobre las naturalezas racionales
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el fin o la consumación
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 7. Sobre los seres incorpóreos y corpóreos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 8. Sobre los ángeles
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 8. Sobre los ángeles
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 10 minLibro II
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 2. Sobre la perpetuidad de la naturaleza corporal
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 13 minCapítulo 3. Sobre el principio del mundo y sus causas
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 4. El Dios de la ley y los profetas, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es el mismo Dios
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 4. El Dios de la ley y los profetas, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es el mismo Dios
  22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 5. Sobre la justicia y la bondad
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre la encarnación de Cristo
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 6. Sobre la encarnación de Cristo
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre el Espíritu Santo
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 8. Sobre el alma (anima)
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 8. Sobre el alma (anima)
  28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 9. Sobre el mundo y los movimientos de las criaturas racionales, sean buenos o malos, y sobre sus causas
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 9. Sobre el mundo y los movimientos de las criaturas racionales, sean buenos o malos, y sobre sus causas
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 10. Sobre la resurrección y el juicio, el fuego del infierno y los castigos
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 10. Sobre la resurrección y el juicio, el fuego del infierno y los castigos
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 11. Sobre las contrapromesas
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 11. Sobre las contrapromesas
  34. Sesión 34 · Parte 7 · ≈ 9 minLibro III
  35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 1. Sobre el libre albedrío: solución e interpretación de los pasajes de la Escritura que parecen negarlo
  36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 1. Sobre el libre albedrío: solución e interpretación de los pasajes de la Escritura que parecen negarlo
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  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las potestades adversas
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 3. Sobre la sabiduría triple
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 4. Sobre las tentaciones humanas
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4. Sobre las tentaciones humanas
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 5. Que el mundo tuvo su comienzo en el tiempo
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  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 6. Sobre el fin del mundo
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 6. Sobre el fin del mundo
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 12 minLibro IV
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 13 minCapítulo 1. Sobre la inspiración divina de la Sagrada Escritura
  57. Sesión 57 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
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  59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
  60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
  61. Sesión 61 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
  62. Sesión 62 · Parte 12 · ≈ 12 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
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  66. Sesión 66 · Parte 13 · ≈ 10 minResumen doctrinal acerca del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y de los demás temas tratados en las páginas precedentes
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    TEXTOS — ORÍGENES DE ALEJANDRÍA

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    c. 220–230 · El latín de Rufino y, donde se conserva, el griego en paralelo43 minPosición: 0% de esta parteParte 12 de 13 · Capítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literalPublicado el Actualizado el Ref. ESC-ORI-01

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    66. Sesión 66 · Parte 13 · ≈ 10 minResumen doctrinal acerca del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y de los demás temas tratados en las páginas precedentes
    67. Sesión 67 · Parte 13 · ≈ 9 minResumen doctrinal acerca del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y de los demás temas tratados en las páginas precedentes
    68. Sesión 68 · Parte 13 · ≈ 7 minLo que dejó el tratado
    69. Sesión 69 · Parte 13 · ≈ 7 minAclaraciones de la edición estadounidense

    Capítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal

    IV, 3, 1 · griego

    1. ¿Quién, si tiene entendimiento, supondrá que hubo "un primer día, un segundo y un tercero, con tarde y mañana" sin que existieran el sol, la luna ni las estrellas? ¿Y que el que se llama primer día transcurrió incluso sin cielo? ¿Quién sería tan necio como para pensar que Dios, a la manera de un hombre que trabaja la tierra, "plantó un jardín en Edén, hacia oriente", y que hizo crecer allí un "árbol de la vida" visible y perceptible, de modo que quien probase su fruto con los dientes del cuerpo recibiera la vida? ¿O que alguien participaría "del bien y del mal" por masticar lo que tomase de otro árbol? Y, si se dice que "Dios paseaba al atardecer por el jardín" y que "Adán se escondía debajo del árbol", no creo que nadie dude de que tales expresiones, mediante una historia aparente y no sucedida corporalmente, dan a conocer ciertos misterios de manera figurada. También que "Caín saliera de la presencia de Dios" mueve claramente a quien presta atención a preguntarse <qué> es la "presencia de Dios" y qué significa que alguien "salga" de ella. ¿Y para qué decir más, cuando quienes no son del todo torpes pueden reunir innumerables ejemplos semejantes, escritos como si hubieran sucedido, aunque no sucedieron según la letra? También los evangelios están llenos de pasajes de esta clase, como aquel en que el diablo lleva a Jesús "a un monte alto" para "mostrarle desde allí todos los reinos del mundo y su gloria". Pues ¿quién, si no lee estos pasajes superficialmente, dejaría de censurar a quienes creen que el ojo de la carne, por necesitar una altura para observar lo que queda debajo, podía ver los reinos de los persas, escitas, indios y partos, y contemplar la gloria que los hombres conceden a sus reyes? Del mismo modo, quien examine atentamente los evangelios puede advertir otros innumerables ejemplos y convenir en que a los relatos de sucesos acontecidos según el sentido literal se entretejen otros que no ocurrieron.

    IV, 3, 2 · griego

    2. Si pasamos a la legislación de Moisés, muchas leyes, consideradas en cuanto a su observancia por sí mismas, parecen absurdas, y otras, imposibles. Es absurdo que se prohíba comer buitres, cuando nadie, ni siquiera en las peores hambrunas, se ha visto llevado por la necesidad a comer ese animal; y que se ordene "eliminar de su pueblo a los niños de ocho días que no hayan sido circuncidados", cuando, si verdaderamente hubiera sido preciso legislar algo sobre esto según el sentido literal, debería haberse ordenado ejecutar a sus padres o a quienes los crían. Sin embargo, la Escritura dice: "Todo varón incircunciso que no sea circuncidado al octavo día será eliminado de su pueblo". Y si queréis ver también preceptos imposibles, fijémonos en que el trageláfago es un animal que no puede existir y que Moisés, no obstante, nos permite comer como puro; y en que nunca se ha sabido de un grifo capturado por un hombre, animal que el legislador prohíbe comer. El célebre precepto del sábado, si se atiende con rigor a estas palabras: "Permaneceréis cada uno en vuestra casa; que nadie salga de su lugar el séptimo día", es imposible de observar según la letra, pues ningún ser vivo puede permanecer sentado e inmóvil durante un día entero. Por eso los circuncisos, y cuantos no quieren que se signifique nada más allá de la letra, ni siquiera se plantean cuestiones como las referentes al trageláfago, el grifo o el buitre; sobre otras, en cambio, dicen disparates y recurren a ingeniosas invenciones y a tradiciones insustanciales. Así sucede con el sábado: afirman que el lugar de cada persona abarca dos mil codos. Otros, entre ellos Dositeo el samaritano, rechazan esa explicación y creen que cada cual debe permanecer hasta el atardecer en la postura en que se halle al comenzar el sábado. También es imposible "no llevar carga en día de sábado". Por eso los maestros judíos han caído en discusiones interminables: dicen que cierto tipo de calzado es una "carga", pero otro no; que lo es la sandalia con clavos, pero no la que carece de ellos; y que lo es lo que se lleva de determinada manera sobre un hombro, pero no sobre ambos.

    IV, 3, 3 · griego

    3. Y si, pasando al evangelio, buscamos casos semejantes, ¿qué puede haber menos razonable que "No saludéis a nadie por el camino", mandato que, según creen los más simples, dio el Salvador a los apóstoles? También resulta muy improbable que se hable de recibir un golpe "en la mejilla derecha", pues cualquiera que golpea, salvo que padezca alguna anomalía, hiere con la mano derecha la mejilla izquierda. Y es imposible encontrar en el evangelio un "ojo derecho que sea causa de tropiezo". Pues, aun concediendo que alguien pueda "tropezar" a causa de lo que ve, si ve con ambos ojos, ¿cómo atribuir la causa solo al derecho? Y quien se recrimine por haber mirado "a una mujer para desearla" y atribuya la culpa únicamente a su "ojo derecho", ¿con qué razón habría de "arrancárselo"? También el apóstol establece una norma cuando dice: "¿Fue llamado alguien estando circuncidado? Que no procure disimularlo". En primer lugar, quien quiera examinarlo advertirá que esto es ajeno al asunto que trata: ¿no parecería una inserción gratuita en un discurso donde da normas sobre el matrimonio y la castidad? En segundo lugar, ¿quién diría que obra mal quien, si pudiera, tratase de disimular su circuncisión para evitar lo que la mayoría considera una deformidad?

    IV, 3, 4–7 · griego

    4. Todo esto lo hemos dicho para mostrar que la fuerza divina que nos concede las Sagradas Escrituras pretende que no captemos solo lo que presenta la letra, pues a veces, atendiendo al sentido literal, tales cosas no son verdaderas, y hasta son absurdas e imposibles; y que algunos elementos de esa clase se entretejen con la historia realmente acontecida y con la legislación útil según el sentido literal. Pero, para que nadie crea que afirmamos esto de todos los pasajes —como si ninguna historia hubiera sucedido porque alguna no sucedió; como si no hubiera que observar literalmente ninguna ley porque alguna resulte absurda o imposible según la letra; como si no fueran verdaderas en el plano perceptible las cosas escritas acerca del Salvador, o como si no hubiera que guardar ninguna de sus leyes y mandamientos—, hemos de decir que algunos relatos son, a todas luces, históricamente verdaderos. Así sucede con que Abraham fue enterrado en la cueva doble de Hebrón, al igual que Isaac y Jacob y la esposa de cada uno de ellos; con que Siquén fue dada en heredad a José; con que Jerusalén es la capital de Judea, donde Salomón construyó un templo a Dios; y con innumerables hechos más. Pues los pasajes históricamente verdaderos son muchos más que aquellos otros entretejidos que poseen solo un sentido espiritual. Y, asimismo, ¿quién no diría que el mandamiento "Honra a tu padre y a tu madre para que te vaya bien" es útil y debe observarse incluso sin ninguna interpretación espiritual, cuando el apóstol Pablo lo cita literalmente? ¿Y qué necesidad hay de hablar de "No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio"? También en el evangelio hay mandamientos escritos sobre los que no se plantea si deben observarse literalmente o no, como el que dice: "Pero yo os digo: quien se enoje contra su hermano", y lo que sigue; o "Pero yo os digo que no juréis en absoluto". Y en el apóstol debe observarse el sentido literal de: "Amonestad a los indisciplinados, consolad a los pusilánimes, sostened a los débiles, sed pacientes con todos", aunque quienes se esfuerzan más puedan hallar en cada uno de esos preceptos "profundidades de la sabiduría de Dios" sin dejar por ello de observar el mandamiento según su sentido literal.
    5. Con todo, quien procede con rigor se encontrará perplejo ante algunos pasajes, incapaz de decidir sin un examen detenido si una historia aparentemente tal sucedió según la letra o no, o si debe observarse el sentido literal de determinada ley. Por eso quien lee debe seguir cuidadosamente la orden del Salvador: "Investigad las Escrituras", y examinar con atención dónde el sentido literal es verdadero y dónde es imposible; y debe rastrear, en la medida de sus fuerzas y a partir de expresiones semejantes, el sentido que se encuentra disperso por toda la Escritura en los pasajes imposibles según la letra. Así pues, dado que —como resultará claro a quienes la lean— la secuencia literal es imposible, mientras que la principal no solo es posible, sino también verdadera, debemos esforzarnos por captar el sentido completo, uniendo en el plano inteligible la explicación de lo imposible según la letra con los hechos que no solo son posibles, sino también históricamente verdaderos, interpretados alegóricamente junto con aquellos que, atendiendo a la letra, no sucedieron. Pues esta es nuestra posición acerca de toda la divina Escritura: toda ella tiene un sentido espiritual, pero no toda tiene un sentido corporal, ya que en muchos lugares se demuestra que este es imposible.
    Por ello, quien se acerca con reverencia a los libros divinos, como escritos divinos, debe prestarles mucha atención. El modo en que nos parece que han de comprenderse es el siguiente:
    6. Los textos cuentan que Dios eligió un pueblo de la tierra al que dan varios nombres. Todo ese pueblo se llama Israel, pero también recibe el nombre de Jacob. Cuando, en tiempos de Jeroboam, hijo de Nabat, quedó dividido, las diez tribus que estaban bajo su mando recibieron el nombre de Israel, y las otras dos, junto con la de Leví, gobernadas por los descendientes de David, el de Judá. Toda la región donde habitaban los miembros de aquel pueblo, que Dios les había dado, se llama Judea; su capital es Jerusalén, capital, desde luego, de muchas ciudades, cuyos nombres aparecen dispersos en diversos lugares y reunidos en el libro de Jesús, hijo de Nun. Sentado esto, el apóstol eleva nuestro pensamiento cuando dice en cierto lugar: "Considerad a Israel según la carne", dando a entender que existe también un Israel según el espíritu. Y en otro lugar afirma: "No son los hijos de la carne los que son hijos de Dios" y "No todos los que proceden de Israel son Israel". Tampoco "es judío quien lo es exteriormente, ni es circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; judío es quien lo es en lo oculto, y la circuncisión es la del corazón, según el espíritu y no según la letra". Pues, si se reconoce al judío por lo oculto, hay que entender que, así como existe un pueblo de judíos corporales, existe también un pueblo de "judíos en lo oculto", cuyas almas poseen esa nobleza por ciertas razones inefables. Muchas profecías, además, anuncian lo que sucederá a Israel y a Judá. Y las numerosas promesas escritas para ellos, que atendiendo a la letra son humildes y no muestran elevación alguna ni la dignidad propia de una promesa de Dios, sin duda requieren una interpretación mística. Y si las promesas son inteligibles aunque se expresen mediante realidades perceptibles, tampoco son corporales aquellos a quienes se hacen.
    7. Para no prolongar el discurso acerca del "judío en lo oculto" y del israelita que es "hombre interior", aunque lo dicho bastaría para quienes no carecen de perspicacia, volvamos al asunto que nos ocupa y digamos que Jacob es padre de los doce patriarcas; estos, de los jefes de los clanes, y estos últimos, de los israelitas que vinieron después. Ahora bien, los israelitas corporales remontan su ascendencia a los jefes de los clanes; estos, a los patriarcas; y los patriarcas, a Jacob y a quienes lo precedieron. ¿No procederán también los israelitas inteligibles, de quienes eran figura los corporales, de clanes derivados de tribus, y estas de alguien cuyo nacimiento no fue corporal como el de aquellos, sino superior, que nació a su vez de Isaac, descendiente este de Abraham, hasta remontarse todos a Adán, de quien dice el apóstol que es Cristo? Pues toda estirpe inferior a Dios, el Señor de todas las cosas, tuvo su origen en Cristo, que, después de Dios, Señor y Padre de todas las cosas, es padre de toda alma del mismo modo que Adán lo es de todos los hombres. Y si Pablo logró interpretar también a Eva como figura de la Iglesia, nada tiene de extraño que Caín, nacido de Eva, y todos aquellos que después remontan a ella su origen sean caídas de la Iglesia, pues todos procedieron de la Iglesia conforme al designio primero.

    IV, 3, 8–9 · griego

    8. Si resulta desconcertante lo que hemos dicho acerca de Israel, de sus tribus y de sus pueblos, cuando el Salvador afirma: "No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel", no entendemos estas palabras como los ebionitas, pobres de entendimiento y llamados así por esa pobreza de entendimiento —pues entre los hebreos "ebión" significa "pobre"—, suponiendo que Cristo vino principalmente a los israelitas según la carne. Pues "no son los hijos de la carne los que son hijos de Dios". También el apóstol enseña acerca de Jerusalén que "la Jerusalén de arriba es libre, y ella es nuestra madre"; y en otra epístola dice: "Os habéis acercado al monte Sión y a la ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celestial, a miríadas de ángeles, a la asamblea festiva y a la congregación de los primogénitos inscritos en los cielos". Si, por tanto, Israel pertenece al género de las almas y hay en el cielo una ciudad llamada Jerusalén, se sigue que las ciudades de Israel tienen por metrópoli la Jerusalén celestial y que lo mismo vale, en consecuencia, para toda Judea. Así pues, cuanto se profetiza y se dice acerca de Jerusalén, si escuchamos a †Dios como Dios† y como a quien habla con sabiduría, debemos entender que las Escrituras lo refieren a la ciudad celestial y a toda la región que comprende las ciudades de la tierra santa. Quizá, al elevarnos hacia aquellas ciudades, el Salvador confiere el gobierno de "diez" o de "cinco ciudades" a quienes han merecido aprobación por haber administrado bien las minas.
    9. Si, por tanto, las profecías acerca de Judea, Jerusalén, Israel, Judá y Jacob sugieren misterios como estos cuando no las entendemos según la carne, sería consecuente que las profecías acerca de Egipto y los egipcios, de Babilonia y los babilonios, de Tiro y los tirios, de Sidón y los sidonios o de las demás naciones no se refiriesen solo a estos egipcios, babilonios, tirios y sidonios de carne y hueso. Pues, si hay israelitas inteligibles, es consecuente que también haya egipcios y babilonios inteligibles. En efecto, lo que se dice en Ezequiel acerca del Faraón, rey de Egipto, difícilmente puede decirse <acerca de> un hombre que haya gobernado o vaya a gobernar Egipto, como resultará claro a quienes lo examinen. Del mismo modo, lo relativo al príncipe de Tiro no puede entenderse de un hombre que vaya a gobernar Tiro. Y lo que se dice en muchos lugares acerca de Nabucodonosor, sobre todo en Isaías, no puede entenderse de aquel hombre: Nabucodonosor, como hombre, ni "cayó del cielo", ni era "el lucero del alba", ni "despuntaba de madrugada" sobre la tierra. Tampoco quien tenga entendimiento interpretará como referido al Egipto vecino de los etíopes, cuyos cuerpos ha ennegrecido el sol, lo que se dice en Ezequiel acerca de Egipto: que "quedará desolado durante cuarenta años", hasta el punto de que no se hallará allí "pie humano", y que un día será combatido de tal modo que la sangre llegará hasta las rodillas por todo su territorio. <...>

    IV, 3, 10–11 · griego

    10. Quizá, así como a quienes mueren aquí según la muerte común se les asignan, conforme a lo que hicieron en esta vida y si son juzgados dignos del lugar llamado "Hades", distintas regiones en proporción a sus pecados, así también quienes mueren allí, por así decirlo, descienden a este Hades, juzgados dignos de distintas moradas, mejores o peores, en todo el ámbito terrestre, y de nacer de unos u otros padres. De este modo, un israelita podría llegar a caer entre los escitas y un egipcio descender a Judea. Sin embargo, el Salvador vino a reunir "a las ovejas perdidas de la casa de Israel"; y, como muchos de Israel no se plegaron a su enseñanza, también son llamados los de las naciones. <......>
    11. <...> Estas cosas están ocultas, según creemos, en los relatos. Pues "el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo; quien lo encontró lo escondió y, lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo". Examinemos si lo visible de la Escritura, su aspecto superficial e inmediato, no es el "campo" entero, lleno de plantas de toda clase, mientras que lo guardado en su interior, que no todos ven y que está como enterrado bajo las plantas visibles, son "los tesoros ocultos de la sabiduría y del conocimiento". El Espíritu, por medio de Isaías, los llama "oscuros, invisibles y escondidos"; y para encontrarlos se necesita a Dios, el único capaz de "hacer pedazos las puertas de bronce" que los ocultan y de "quebrar los cerrojos de hierro" que cierran "las puertas". Así podrá descubrirse todo cuanto hay en el Génesis acerca de los distintos linajes verdaderos del alma y, por así decirlo, de sus semillas, que se hallan más cerca o más lejos de Israel, así como "el descenso a Egipto de las setenta almas" y cómo allí llegan a ser "tan numerosas como las estrellas del cielo". Pero, como no todas ellas son "luz" "del mundo" —"pues no todos los que proceden de Israel son Israel"—, de las setenta llegan a ser también "como la arena innumerable que hay a la orilla del mar".

    IV, 24

    24. Este descenso de los santos padres a Egipto parecerá haber sido concedido a este mundo por la providencia de Dios para iluminar a otros e instruir al género humano, a fin de que, por este medio, otras almas recibieran ayuda en la obra de su iluminación. Pues a ellos se les concedió primero el privilegio de conversar con Dios, porque el suyo es el único pueblo del que se dice que ve a Dios: tal es, según su interpretación, el significado del nombre Israel. De ello se sigue que, conforme a esta perspectiva, han de aceptarse y explicarse también el relato de las diez plagas con que fue castigado Egipto para que dejara partir al pueblo de Dios, lo sucedido al pueblo en el desierto, la construcción del tabernáculo mediante las aportaciones de todos, las vestiduras sacerdotales y los utensilios del culto público; pues, como está escrito, contienen verdaderamente la sombra y la figura de las cosas celestiales. Pablo dice abiertamente de ellos que sirven de figura y sombra de las cosas celestiales. En esa misma ley se contienen, además, los preceptos y disposiciones conforme a los cuales han de vivir los hombres en la tierra santa. Se anuncian asimismo amenazas contra quienes transgredan la ley; y se prescriben diversas clases de purificación para quienes la necesitan, por estar expuestos a frecuentes impurezas, a fin de que, por medio de ellas, lleguen finalmente a aquella única purificación tras la cual no se permite ninguna otra impureza. Se cuenta incluso al pueblo, aunque no a todos sus miembros: las almas de los niños aún no tienen edad suficiente para ser contadas según el mandato divino; tampoco se incluyen las almas que no pueden llegar a ser cabeza de otro, sino que ellas mismas están subordinadas a otros como a una cabeza, y a las que se llama mujeres. Estas, ciertamente, no están comprendidas en el censo ordenado por Dios: solo se cuenta a quienes se llama varones, con lo cual podría mostrarse que las mujeres no podían contarse por separado, sino que estaban incluidas entre los llamados varones. Pertenecen especialmente al número sagrado, sin embargo, quienes están preparados para salir a las batallas de los israelitas y son capaces de luchar contra aquellos enemigos públicos y privados que el Padre somete al Hijo, sentado a su derecha para destruir todo principado y potestad y para que, mediante estos escuadrones de sus soldados, que combaten por Dios sin enredarse en asuntos mundanos, pueda derribar el reino de su adversario. Ellos llevan los escudos de la fe y esgrimen las armas de la sabiduría; entre ellos resplandece también el yelmo de la esperanza y de la salvación, y la coraza de la luz fortalece el pecho lleno de Dios. Me parece que tales soldados son los representados, y los preparados para guerras de esta índole, por aquellas personas que, en los libros sagrados, reciben de Dios la orden de ser contadas. Pero, entre ellas, las más perfectas y distinguidas, con mucho, son aquellas de quienes se dice que hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por su parte, los castigados por sus pecados, cuyos cuerpos cayeron en el desierto, parecen asemejarse a quienes habían avanzado no poco, ciertamente, pero por diversas razones no pudieron en modo alguno alcanzar la perfección: de ellos se cuenta que murmuraron, adoraron ídolos, cometieron fornicación o realizaron alguna mala acción que la mente ni siquiera debería concebir. Tampoco considero desprovisto de cierto sentido místico el hecho de que algunos de los israelitas, poseedores de numerosos rebaños y animales, tomaran posesión anticipada de una región apta para los pastos y la cría del ganado, la primera que el brazo de los hebreos había conquistado en la guerra. Pues, al pedir a Moisés que les concediera esa región, quedaron separados por las aguas del Jordán y excluidos de toda posesión en la tierra santa. Y este Jordán, conforme a la figura de las cosas celestiales, puede parecer que riega y fecunda a las almas sedientas y a los sentidos que se hallan junto a él. A propósito de esto, tampoco parece superflua la observación de que Moisés oye de Dios lo descrito en el libro del Levítico, mientras que en el Deuteronomio es el pueblo quien escucha a Moisés y aprende de él lo que no podía oír de Dios. Pues, dado que Deuteronomio significa, por así decirlo, "segunda ley", algunos entenderán que, al llegar a su término la primera ley, dada por medio de Moisés, parece haberse promulgado una segunda legislación, transmitida especialmente por Moisés a su sucesor Josué, en quien ciertamente se cree ver una figura de nuestro Salvador; y por esta segunda ley suya —es decir, los preceptos del Evangelio— todas las cosas son llevadas a la perfección.

    IV, 25

    25. Hemos de examinar, sin embargo, si no se indica quizá un sentido más profundo: así como en el Deuteronomio la legislación se da a conocer con mayor claridad y precisión que en los libros escritos primero, también aquella venida del Salvador que realizó en su estado de humillación, cuando asumió la condición de siervo, podría señalar otra segunda venida, más célebre y gloriosa, en la gloria de su Padre. En ella podrían cumplirse las figuras del Deuteronomio, cuando todos los santos vivan en el reino de los cielos conforme a las leyes del Evangelio eterno; y así como en su venida presente cumplió la ley que contiene una sombra de los bienes venideros, también mediante aquella futura venida gloriosa se cumplirán y llevarán a la perfección las sombras de la venida presente. Pues así habló de ella el profeta: "El aliento de nuestro rostro, Cristo el Señor, de quien dijimos: Bajo tu sombra viviremos entre las naciones"; esto es, cuando traslade más dignamente a todos los santos de un Evangelio temporal al Evangelio eterno, según la denominación que emplea Juan en el Apocalipsis: "Evangelio eterno".

    IV, 26

    26. Pero baste, en todas estas cuestiones, con acomodar nuestro entendimiento a la regla de la religión, y pensar acerca de las palabras del Espíritu Santo de tal modo que no tengamos su lenguaje por una composición adornada de la débil elocuencia humana, sino que sostengamos, conforme a lo que dice la Escritura, que "toda la gloria del Rey está en el interior" y que el tesoro del sentido divino se encierra en el frágil vaso de la letra común. Y si algún lector curioso pidiera todavía una explicación de los puntos particulares, que venga y escuche con nosotros cómo el apóstol Pablo, procurando penetrar, con la ayuda del Espíritu Santo, que escudriña incluso las profundidades de Dios, en los abismos de la sabiduría y del conocimiento divinos, y sin poder, no obstante, llegar hasta el fondo, por así decirlo, ni alcanzar un conocimiento cabal, exclama, entre el desaliento y el asombro: "¡Oh profundidad de las riquezas del conocimiento y de la sabiduría de Dios!". Y para comprobar que pronunció esta exclamación al desesperar de alcanzar un entendimiento perfecto, escuchemos sus propias palabras: "¡Cuán inescrutables son los juicios de Dios, y cuán insondables sus caminos!". Pues no dijo que los juicios de Dios fueran difíciles de descubrir, sino que eran enteramente inescrutables; ni que fuera simplemente difícil seguir el rastro de sus caminos, sino que eran del todo insondables. Por lejos que llegue un hombre en sus investigaciones y por grandes que sean sus progresos gracias a un estudio incesante, aun asistido por la gracia de Dios y con la mente iluminada, no podrá llegar al fondo de aquello que investiga. Tampoco puede ninguna mente creada juzgar posible alcanzar de algún modo una comprensión completa de las cosas: después de descubrir algunos de los objetos de su búsqueda, ve surgir otros que aún debe investigar. Y aunque logre conocerlos, verá que tras ellos aparecen muchos más que habrán de ser objeto de investigación. Por eso Salomón, el más sabio de los hombres, al contemplar mediante su sabiduría la naturaleza de las cosas, dice: "Dije: Me haré sabio; pero la sabiduría misma se alejó de mí, mucho más lejos de lo que ya estaba; y esa profundidad insondable, ¿quién la hallará?". También Isaías, sabedor de que los comienzos de las cosas no podían ser descubiertos por una naturaleza mortal, ni siquiera por aquellas naturalezas que, aunque más divinas que la humana, habían sido creadas o formadas; sabiendo, pues, que ninguna de ellas podía descubrir ni el comienzo ni el fin, dice: "Decid las cosas anteriores que han sucedido, y sabremos que sois dioses; o anunciad las últimas cosas, y entonces veremos que sois dioses". También mi maestro hebreo solía enseñar que, así como nadie puede comprender el comienzo ni el fin de todas las cosas, salvo nuestro Señor Jesucristo y el Espíritu Santo, Isaías, en forma de visión, habló únicamente de dos serafines que cubren con dos alas el rostro de Dios, con otras dos sus pies y con otras dos vuelan, llamándose alternativamente y diciendo: "Santo, santo, santo es el Señor Dios de los ejércitos; toda la tierra está llena de tu gloria". Que solo los serafines tengan las alas tanto sobre el rostro como sobre los pies de Dios, nos atrevemos a interpretarlo en el sentido de que ni las huestes de los santos ángeles, ni los santos tronos, ni las dominaciones, ni los principados, ni las potestades pueden comprender plenamente el comienzo de todas las cosas y los confines del universo. Hemos de entender, no obstante, que aquellos santos a quienes el Espíritu ha inscrito, así como las virtudes, se acercan mucho a esos mismos comienzos y alcanzan una altura a la que los demás no pueden llegar; y, con todo, sea cuanto fuere lo que estas virtudes hayan aprendido por revelación del Hijo de Dios y del Espíritu Santo —y ciertamente podrán aprender mucho, y las de rango superior mucho más que las inferiores—, les es imposible comprenderlo todo, según lo dicho: "La mayor parte de las obras de Dios está oculta". Sirácida 16:21. Por ello es también deseable que cada uno, según sus fuerzas, se extienda siempre hacia lo que tiene por delante, olvidando lo que queda atrás, tanto para realizar mejores obras como para alcanzar una percepción y un entendimiento más claros, por medio de Jesucristo nuestro Salvador, ¡a quien sea la gloria por siempre!

    IV, 27

    27. Así pues, que todo aquel a quien importe la verdad se preocupe poco por las palabras y el lenguaje, ya que en cada nación prevalece un uso distinto del habla; que atienda más bien al sentido que las palabras transmiten que a la índole de las palabras que lo expresan, especialmente en cuestiones de tanta importancia y dificultad. Así ocurre, por ejemplo, cuando se investiga si existe alguna sustancia en la que no se conciban ni color, ni forma, ni tacto, ni magnitud, visible solo para la mente y a la que cada cual da el nombre que le place: los griegos la llaman ἀσώματον, es decir, "incorpórea", mientras que la Sagrada Escritura la declara invisible; pues Pablo llama a Cristo "imagen del Dios invisible" y dice también que por Cristo fueron creadas todas las cosas visibles e invisibles. Con ello se declara que, entre las cosas creadas, hay ciertas sustancias invisibles por su propia naturaleza. Pero aunque estas no sean en sí mismas corporales, se sirven, sin embargo, de cuerpos, siendo ellas superiores a toda sustancia corporal. En cambio, no puede creerse que la sustancia de la Trinidad, principio y causa de todas las cosas, de la cual, por la cual y en la cual son todas las cosas, sea un cuerpo ni esté en un cuerpo: es enteramente incorpórea. Baste por ahora lo dicho brevemente sobre estos puntos —aunque sea en una digresión exigida por la naturaleza del asunto— para mostrar que hay cosas cuyo sentido no puede expresarse en absoluto mediante palabras del lenguaje humano, sino que se conocen más por una aprehensión inmediata que por propiedad alguna de las palabras. A esta misma regla ha de someterse también el entendimiento de la Sagrada Escritura, para que sus afirmaciones no se juzguen según la pobreza de la letra, sino según la divinidad del Espíritu Santo, por cuya inspiración fueron escritas.
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