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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
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  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minPrefacio
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 12 minLibro I
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 1. Sobre Dios
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 2. Sobre Cristo
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 2. Sobre Cristo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 4. Sobre la deserción o el apartamiento
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 5. Sobre las naturalezas racionales
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el fin o la consumación
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 7. Sobre los seres incorpóreos y corpóreos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 8. Sobre los ángeles
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 8. Sobre los ángeles
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 10 minLibro II
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 2. Sobre la perpetuidad de la naturaleza corporal
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 13 minCapítulo 3. Sobre el principio del mundo y sus causas
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 4. El Dios de la ley y los profetas, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es el mismo Dios
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 4. El Dios de la ley y los profetas, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es el mismo Dios
  22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 5. Sobre la justicia y la bondad
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre la encarnación de Cristo
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 6. Sobre la encarnación de Cristo
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre el Espíritu Santo
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 8. Sobre el alma (anima)
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 8. Sobre el alma (anima)
  28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 9. Sobre el mundo y los movimientos de las criaturas racionales, sean buenos o malos, y sobre sus causas
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 9. Sobre el mundo y los movimientos de las criaturas racionales, sean buenos o malos, y sobre sus causas
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 10. Sobre la resurrección y el juicio, el fuego del infierno y los castigos
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 10. Sobre la resurrección y el juicio, el fuego del infierno y los castigos
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 11. Sobre las contrapromesas
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 11. Sobre las contrapromesas
  34. Sesión 34 · Parte 7 · ≈ 9 minLibro III
  35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 1. Sobre el libre albedrío: solución e interpretación de los pasajes de la Escritura que parecen negarlo
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  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las potestades adversas
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  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4. Sobre las tentaciones humanas
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  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 6. Sobre el fin del mundo
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 6. Sobre el fin del mundo
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 12 minLibro IV
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 13 minCapítulo 1. Sobre la inspiración divina de la Sagrada Escritura
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  60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
  61. Sesión 61 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
  62. Sesión 62 · Parte 12 · ≈ 12 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
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    TEXTOS — ORÍGENES DE ALEJANDRÍA

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    Sobre los principios

    c. 220–230 · El latín de Rufino y, donde se conserva, el griego en paralelo49 minPosición: 0% de esta parteParte 6 de 13 · Capítulo 9. Sobre el mundo y los movimientos de las criaturas racionales, sean buenos o malos, y sobre sus causasPublicado el Actualizado el Ref. ESC-ORI-01

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    Capítulo 9. Sobre el mundo y los movimientos de las criaturas racionales, sean buenos o malos, y sobre sus causas

    II, 9, 1

    1. Pero volvamos ahora al orden de la exposición que nos hemos propuesto y contemplemos el comienzo de la creación, en la medida en que el entendimiento puede contemplar el comienzo de la creación de Dios. Hemos de suponer, pues, que en aquel comienzo Dios creó un número tan grande de criaturas racionales o intelectuales —o cualquiera que sea el nombre que deba dárseles—, a las que antes hemos llamado entendimientos, como previó que sería suficiente. Es cierto que las hizo en un número determinado, fijado de antemano por Él mismo: pues no cabe imaginar, como algunos pretenden, que las criaturas carezcan de límite, ya que donde no hay límite tampoco puede haber comprensión ni delimitación. Si así fuera, ciertamente las cosas creadas no podrían ser contenidas ni gobernadas por Dios. Pues, por su propia naturaleza, cuanto es infinito es también incomprensible. Además, como dice la Escritura, Dios ha dispuesto todas las cosas con número y medida; por tanto, el número se aplicará con propiedad a las criaturas racionales o entendimientos, de modo que sean tantos como para poder ser ordenados, gobernados y regidos por Dios. La medida, en cambio, se aplicará propiamente al cuerpo material; y hemos de creer que Dios creó esta medida tal como sabía que sería suficiente para el ornato del mundo. Estas son, pues, las cosas que hemos de creer creadas por Dios en el principio, es decir, antes de todas las demás. Y pensamos que esto se indica incluso en aquel comienzo que Moisés presenta en términos un tanto ambiguos, cuando dice: "En el principio hizo Dios el cielo y la tierra". Pues es cierto que no se refiere al firmamento ni a la tierra seca, sino a aquel cielo y aquella tierra de los que después tomaron sus nombres el cielo y la tierra presentes que ahora vemos.

    II, 9, 2

    2. Pero, puesto que aquellas naturalezas racionales que, según hemos dicho, fueron hechas en el principio recibieron la existencia sin haber existido antes, ¿son necesariamente susceptibles de cambio y mudanza por el hecho mismo de no haber existido y de haber comenzado a existir? Pues cualquier potestad que hubiera en su sustancia no le pertenecía por naturaleza, sino que procedía de la bondad de su Creador. Por consiguiente, lo que son no les pertenece por sí mismas ni perdura para siempre, sino que les ha sido otorgado por Dios. Pues no existió desde siempre; y todo don puede también ser retirado y desaparecer. Y la causa de que sea retirado residirá en que los movimientos de las almas no se ajusten a lo recto y conveniente. En efecto, el Creador concedió a los entendimientos que había creado, como don, la facultad de actuar libre y voluntariamente, para que el bien que había en ellos llegara a ser suyo al conservarlo mediante el esfuerzo de su propia voluntad; pero la indolencia, la resistencia a esforzarse por conservar el bien, y el rechazo y descuido de las cosas mejores dieron principio al apartamiento del bien. Ahora bien, apartarse del bien no es otra cosa que volverse malo. Pues es cierto que carecer de bondad es ser malvado. De ahí que, en la misma medida en que uno se aparta del bien, se ve envuelto en la maldad. Así, según sus acciones, cada entendimiento, al descuidar la bondad en mayor o menor grado, fue arrastrado hacia lo opuesto al bien, que sin duda es el mal. De ello se desprende que el Creador de todas las cosas admitió ciertas semillas y causas de variedad y diversidad, para crear variedad y diversidad en proporción a la diversidad de los entendimientos, es decir, de las criaturas racionales; y ha de suponerse que estas adquirieron tal diversidad por la causa que antes hemos mencionado. Queremos explicar ahora qué entendemos por variedad y diversidad.

    II, 9, 3

    3. Llamamos mundo a cuanto se halla por encima de los cielos, en los cielos, sobre la tierra o en los lugares llamados regiones inferiores; en suma, a todos los lugares que existen, dondequiera que estén, junto con sus habitantes. A todo este conjunto, pues, se le llama mundo. En él se dice que ciertos seres son supracelestes, es decir, que habitan moradas más dichosas y están revestidos de cuerpos celestiales y resplandecientes; y se muestra que entre ellos existen muchas distinciones, como cuando el apóstol dice: "Uno es el resplandor del sol, otro el de la luna y otro el de las estrellas; pues una estrella difiere de otra en resplandor". A ciertos seres se los llama terrenales, y entre ellos, es decir, entre los hombres, la diferencia no es pequeña: unos son bárbaros y otros griegos; y, entre los bárbaros, unos son salvajes y feroces, mientras que otros tienen un carácter más apacible. Algunos viven bajo leyes plenamente aprobadas; otros, bajo leyes más comunes o severas; y otros tienen costumbres inhumanas y salvajes, más que leyes. Algunos, desde la hora de su nacimiento, son reducidos a la humillación y la sujeción y criados como esclavos, sometidos a la dominación de amos, príncipes o tiranos. Otros, en cambio, reciben una crianza más acorde con la libertad y la razón: unos tienen cuerpos sanos; otros, cuerpos enfermos desde sus primeros años; unos padecen defectos de la vista, otros del oído o del habla; algunos nacen en tal condición, mientras que otros pierden el uso de sus sentidos inmediatamente después de nacer o, al menos, sufren semejante desgracia al llegar a la edad adulta. ¿Y por qué habría yo de repetir y enumerar todos los horrores de la miseria humana, de los que unos se han librado y en los que otros se han visto sumidos, cuando cada cual puede sopesarlos y considerarlos por sí mismo? Existen asimismo ciertas potestades invisibles a las que se ha confiado el gobierno de las cosas terrenales; y hemos de creer que entre ellas hay diferencias no pequeñas, como sucede también entre los hombres. El apóstol Pablo da a entender, en efecto, que existen ciertas potestades inferiores, entre las cuales, de igual modo, debe sin duda buscarse una razón de su diversidad. En cuanto a los animales irracionales, las aves y las criaturas que viven en las aguas, parece superfluo indagar sobre ellos, puesto que es cierto que no deben considerarse de rango principal, sino subordinado.

    II, 9, 4

    4. Puesto que se dice que todas las cosas creadas fueron hechas por medio de Cristo y en Cristo, como indica con toda claridad el apóstol Pablo cuando dice: "Pues en Él y por medio de Él fueron creadas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, las visibles y las invisibles, sean tronos, potestades, principados o dominaciones; todo fue creado por Él y en Él"; y puesto que Juan indica lo mismo en su Evangelio, cuando dice: "En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Ella, y sin Ella no se hizo nada"; y que también en el salmo está escrito: "Con sabiduría las hiciste todas"; puesto, pues, que Cristo es, por así decirlo, la Palabra y la Sabiduría, y también la Justicia, de ello se seguirá sin duda que las cosas creadas en la Palabra y la Sabiduría fueron creadas asimismo en esa Justicia que es Cristo, de modo que en las cosas creadas no parezca haber nada injusto ni accidental, sino que todo se muestre conforme a la ley de la equidad y la justicia. Ahora bien, cómo puede entenderse que una variedad tan grande de cosas y una diversidad tan grande sean enteramente justas y rectas es algo que, estoy seguro, ninguna facultad ni palabra humana puede explicar, a menos que, postrados como suplicantes, roguemos a la Palabra, la Sabiduría y la Justicia misma, que es el Hijo unigénito de Dios, para que, al derramar sus gracias en nuestros sentidos, se digne iluminar lo oscuro, poner al descubierto lo oculto y revelar lo secreto; siempre que seamos hallados dignos de buscar, pedir o llamar de tal modo que merezcamos recibir cuando pidamos, hallar cuando busquemos y que se nos abra cuando llamemos. Sin confiar, pues, en nuestras propias fuerzas, sino en la ayuda de aquella Sabiduría que hizo todas las cosas y de aquella Justicia que creemos presente en todas sus criaturas, aunque por ahora no podamos dar cuenta de ella, procuraremos, confiados en su misericordia, examinar e indagar cómo esa gran variedad y diversidad del mundo puede mostrarse conforme a toda justicia y razón. Me refiero, naturalmente, tan solo a una razón general; pues buscar una razón particular para cada caso sería señal de ignorancia, y ofrecerla, de insensatez.

    II, 9, 5

    5. Ahora bien, cuando decimos que este mundo fue establecido con la variedad con que, según hemos explicado, lo creó Dios, y afirmamos que este Dios es bueno, recto y sumamente justo, son muchos, especialmente quienes, procedentes de las escuelas de Marción, Valentín y Basílides, han oído decir que hay almas de distintas naturalezas, los que nos objetan que no es compatible con la justicia de Dios, al crear el mundo, asignar a algunas de sus criaturas una morada en los cielos, y no solo darles una habitación mejor, sino concederles también una posición más elevada y honorable; favorecer a otras con principados; otorgar potestades a unas y dominaciones a otras; conferir a algunas los puestos más honorables en los tribunales celestiales; hacer que unas brillen con una gloria más resplandeciente y fulguren con esplendor estelar; dar a unas el resplandor del sol, a otras el de la luna y a otras el de las estrellas; hacer que una estrella difiera de otra en resplandor. Y, para decirlo de una vez y brevemente, si a Dios Creador no le faltan ni la voluntad de emprender una obra buena y perfecta ni la potestad de concluirla, ¿qué razón puede haber para que, al crear las naturalezas racionales, es decir, los seres cuya existencia tiene en Él mismo su causa, haga a unos de rango superior y a otros de segundo o tercer rango, o de muchos grados más bajos e inferiores? A continuación nos objetan, con respecto a los seres terrenales, que unos gozan desde su nacimiento de una suerte más dichosa que otros: uno, por ejemplo, es engendrado por Abrahán y nace en virtud de la promesa; otro nace de Isaac y Rebeca y, estando aún en el vientre materno, suplanta a su hermano, y se dice que Dios lo ama antes de que nazca. Más aún, les ofrece un poderoso motivo de objeción esta misma circunstancia: que uno nazca entre los hebreos, donde recibe instrucción en la ley divina; otro, entre los griegos, que también son sabios y hombres de considerable saber; y otro, entre los etíopes, acostumbrados a alimentarse de carne humana; o entre los escitas, para quienes el parricidio es un acto sancionado por la ley; o entre los pueblos del Tauro, donde se ofrece a los extranjeros en sacrificio. Su argumento es, por tanto, el siguiente: si existe tan gran diversidad de circunstancias y una condición tan diversa y cambiante desde el nacimiento, en la que no tiene cabida la facultad del libre albedrío —pues nadie elige por sí mismo dónde nace, de quién nace ni en qué condición—; si, pues, esto no se debe a la diferencia de naturaleza entre las almas, es decir, a que un alma de naturaleza mala esté destinada a una nación malvada y un alma buena a una nación justa, ¿qué otra conclusión queda sino suponer que tales cosas se rigen por el accidente y el azar? Y si esto se admite, ya no se creerá que el mundo fue hecho por Dios ni gobernado por su providencia; y, en consecuencia, parecerá que no cabe esperar un juicio de Dios sobre las obras de cada individuo. En esta cuestión, ciertamente, conocer con claridad la verdad de las cosas es privilegio exclusivo de Aquel que todo lo escudriña, incluso las profundidades de Dios.

    II, 9, 6

    6. Nosotros, sin embargo, aunque no somos más que hombres, para no alimentar con nuestro silencio la insolencia de los herejes, responderemos a sus objeciones como mejor se nos alcance, en la medida de nuestras posibilidades. Hemos mostrado repetidas veces, mediante los testimonios que pudimos aducir de la Sagrada Escritura, que Dios, Creador de todas las cosas, es bueno, justo y omnipotente. Cuando en el principio creó los seres que quiso crear, es decir, las naturalezas racionales, no tuvo otro motivo para crearlas que Él mismo, esto es, su propia bondad. Puesto que Él mismo era la causa de la existencia de los seres que iban a ser creados, y no había en Él variación ni cambio alguno ni falta de potestad, creó iguales y semejantes a todos los que hizo, porque en Él no había razón alguna para producir variedad y diversidad. Pero, como hemos mostrado repetidas veces y mostraremos aún en el lugar oportuno, aquellas criaturas racionales fueron dotadas de la facultad del libre albedrío; y esta libertad de la voluntad impulsó a cada una a progresar mediante la imitación de Dios o la condujo, por negligencia, a la caída. Y esta, como ya hemos dicho, es la causa de la diversidad entre las criaturas racionales, que no tiene su origen en la voluntad ni en el juicio del Creador, sino en la libertad de la voluntad de cada una. Ahora bien, Dios, que consideró justo ordenar a sus criaturas según sus méritos, reunió estos diversos entendimientos en la armonía de un solo mundo, para adornar, por así decirlo, una sola morada —en la que debía haber no solo vasos de oro y plata, sino también de madera y barro, unos para honra y otros para deshonra— con esos diversos vasos, almas o entendimientos. Estas son, a mi juicio, las causas por las que el mundo presenta un aspecto diverso, mientras la Providencia divina continúa rigiendo a cada uno según la variedad de sus movimientos, sentimientos y propósitos. Por ello, el Creador no parecerá injusto al distribuir a cada cual según sus méritos, por las causas ya mencionadas; ni se considerarán accidentales la dicha o desdicha del nacimiento de cada uno, o cualquier otra condición que le haya tocado en suerte; ni se creerá que existen distintos creadores o almas de distinta naturaleza.

    II, 9, 7

    7. Pero me parece que tampoco la Sagrada Escritura guarda completo silencio sobre la naturaleza de este misterio, como cuando el apóstol Pablo, al tratar el caso de Jacob y Esaú, dice: "Pues cuando los hijos aún no habían nacido ni habían hecho bien ni mal, para que permaneciera el designio de Dios conforme a la elección, no por las obras, sino por Aquel que llama, se dijo: "El mayor servirá al menor", como está escrito: "Amé a Jacob, pero aborrecí a Esaú"". Después se plantea a sí mismo la objeción y dice: "¿Qué diremos, pues? ¿Hay injusticia en Dios?". Y, para darnos ocasión de indagar sobre estas cuestiones y averiguar por qué no suceden sin razón, responde: "De ningún modo". Pues la misma pregunta que se plantea acerca de Jacob y Esaú puede plantearse, me parece, acerca de todas las criaturas celestiales y terrenales, e incluso de las del mundo inferior. Y, de igual modo, me parece que, así como allí dice: "Cuando los hijos aún no habían nacido ni habían hecho bien ni mal", podría decirse también de todas las demás cosas: "Cuando aún no habían sido creadas ni habían hecho bien ni mal, para que permaneciera el decreto de Dios conforme a la elección", unas, según piensan algunos, fueron creadas celestiales, otras terrenales y otras, a su vez, bajo la tierra, "no por las obras" —como ellos piensan—, "sino por Aquel que llama". ¿Qué diremos, pues, si así son las cosas? ¿Hay injusticia en Dios? De ningún modo. Por tanto, así como, al examinar cuidadosamente las Escrituras con respecto a Jacob y Esaú, no se halla injusticia en Dios en que se dijera, antes de que nacieran o hicieran nada en esta vida, "el mayor servirá al menor"; y así como tampoco se halla injusticia en que Jacob suplantara a su hermano incluso en el vientre materno, si entendemos que Dios lo amaba dignamente, según los méritos de su vida anterior, de modo que merecía ser preferido a su hermano, así ocurre también con las criaturas celestiales, si advertimos que la diversidad no fue la condición original de la criatura, sino que, por causas preexistentes, el Creador prepara para cada una un oficio distinto en proporción a sus méritos. En efecto, cada una, por haber sido creada por Dios como entendimiento o espíritu racional, ha adquirido mayores o menores méritos según los movimientos de su mente y los sentimientos de su alma, y se ha hecho objeto del amor o del rechazo de Dios; aunque, no obstante, algunos de los que poseen mayores méritos son destinados a sufrir junto con otros para el ornato del orden del mundo y para cumplir un deber con criaturas de rango inferior, a fin de que, por este medio, participen ellos mismos en la paciencia del Creador, conforme a las palabras del apóstol: "Pues la criatura fue sujeta a la vanidad, no por propia voluntad, sino por causa de quien la sujetó, con esperanza". Teniendo presente, pues, lo que expresa el apóstol cuando, al hablar del nacimiento de Esaú y Jacob, dice: "¿Hay injusticia en Dios? De ningún modo", creo conveniente aplicar cuidadosamente este mismo pensamiento al caso de todas las demás criaturas, porque, como antes observamos, la justicia del Creador debe manifestarse en todas las cosas. Y esto, me parece, se verá al fin con mayor claridad si se afirma que cada cual, sea un ser celestial, terrenal o infernal, lleva en sí mismo las causas de su diversidad, anteriores a su nacimiento corporal. Pues todas las cosas fueron creadas por la Palabra de Dios y por su Sabiduría, y ordenadas por su Justicia. Y, por la gracia de su compasión, Él cuida de todos los hombres, alienta a todos a servirse de cuantos remedios puedan conducirlos a su curación y los impulsa a la salvación.

    II, 9, 8

    8. Así pues, como no cabe duda de que en el día del juicio los buenos serán separados de los malos y los justos de los injustos, y de que todos serán distribuidos por sentencia de Dios, según sus méritos, entre los lugares de los que sean dignos, soy de la opinión de que en otro tiempo se dio una situación semejante, como mostraremos en lo que sigue, si Dios quiere. Pues hemos de creer que Dios hace y dispone todas las cosas, en todo tiempo, conforme a su juicio. En efecto, las palabras que emplea el apóstol cuando dice: "En una casa grande no solo hay vasos de oro y plata, sino también de madera y barro, unos para honra y otros para deshonra"; y las que añade: "Si alguien se purifica, será un vaso para honra, santificado y útil al Señor, dispuesto para toda obra buena", indican sin duda que quien se purifique durante esta vida quedará preparado para toda obra buena en la venidera; mientras que quien no se purifique será, según el grado de su impureza, un vaso para deshonra, es decir, indigno. Es posible, por tanto, entender que también existieron anteriormente vasos racionales, purificados o no, es decir, que se purificaron a sí mismos o no lo hicieron, y que, en consecuencia, cada vaso recibió, según la medida de su pureza o impureza, un lugar, una región, una condición al nacer o un oficio que desempeñar en este mundo. Dios, que provee a todos ellos y los distingue, hasta los más humildes, por la potestad de su sabiduría, dispone todas las cosas mediante su juicio rector, conforme a una retribución enteramente imparcial, según la ayuda o el cuidado que cada uno deba recibir de acuerdo con sus méritos. En ello se manifiesta ciertamente todo principio de equidad, pues la desigualdad de las circunstancias preserva la justicia de una retribución según los méritos. Pero los fundamentos de los méritos en cada caso particular solo los conocen verdadera y claramente Dios mismo, junto con su Palabra unigénita, su Sabiduría y el Espíritu Santo.

    Capítulo 10. Sobre la resurrección y el juicio, el fuego del infierno y los castigos

    II, 10, 1

    1. Pero puesto que el discurso nos ha recordado las cuestiones del juicio futuro, la retribución y los castigos de los pecadores, conforme a las amenazas de la Sagrada Escritura y a la enseñanza de la Iglesia —a saber, que, cuando llegue el tiempo del juicio, estarán preparados para los pecadores el fuego eterno, las tinieblas exteriores, una prisión, un horno y otros castigos semejantes—, veamos qué debemos pensar al respecto. Mas, para abordar estas cuestiones en el debido orden, me parece que debemos considerar primero la naturaleza de la resurrección, a fin de saber qué cuerpo será el que reciba el castigo, el descanso o la bienaventuranza. De esta cuestión hemos tratado más extensamente en otras obras que compusimos sobre la resurrección, y allí expusimos nuestra opinión; pero tampoco ahora, para conservar el orden lógico de este tratado, estará de más repetir algunos puntos de aquellas obras, sobre todo porque hay quienes se escandalizan del credo de la Iglesia, como si nuestra fe en la resurrección fuese insensata y careciese por completo de sentido. Estos son principalmente los herejes, a quienes, creo yo, debemos responder del siguiente modo. Si también ellos admiten que hay una resurrección de los muertos, que nos respondan: ¿qué fue lo que murió? ¿No fue un cuerpo? Del cuerpo, por tanto, habrá resurrección. Que nos digan después si piensan que habremos de tener cuerpos o no. Creo que, cuando el apóstol Pablo dice que se siembra un cuerpo animal y resucita un cuerpo espiritual, no pueden negar ni que es un cuerpo lo que resucita ni que en la resurrección habremos de tener cuerpos. ¿Qué se sigue de ello? Si es cierto que habremos de tener cuerpos, y se afirma que los cuerpos que cayeron volverán a levantarse —pues solo de aquello que antes cayó puede decirse propiamente que vuelve a levantarse—, nadie puede dudar de que resucitan para que nos revistamos de ellos por segunda vez en la resurrección. Una cosa está estrechamente ligada a la otra. Pues, si los cuerpos resucitan, resucitan sin duda para servirnos de revestimiento; y, si es necesario que estemos revestidos de cuerpos, como ciertamente lo es, no debemos estar revestidos de otros que no sean los nuestros. Pero, si es verdad que estos resucitan y que lo hacen como cuerpos espirituales, no cabe duda de que se dice que resucitan de entre los muertos después de desechar la corrupción y dejar atrás la mortalidad; de otro modo, parecería vano y superfluo que alguien resucitase de entre los muertos para morir por segunda vez. Esto, en fin, podrá comprenderse con mayor claridad si se consideran atentamente las cualidades de un cuerpo animal que, sembrado en la tierra, adquiere las cualidades de un cuerpo espiritual. Pues es del cuerpo animal de donde la potestad y la gracia mismas de la resurrección hacen surgir el cuerpo espiritual, al transformarlo de una condición de ignominia en otra de gloria.

    II, 10, 2

    2. Puesto que los herejes, sin embargo, se tienen por personas de gran saber y sabiduría, les preguntaremos si todo cuerpo tiene alguna forma, es decir, si está configurado según una figura determinada. Y, si dicen que un cuerpo es aquello que no está configurado según figura alguna, se mostrarán como los más ignorantes e insensatos de los hombres; pues nadie lo negará, salvo quien carezca por completo de instrucción. Pero si, como es natural, dicen que todo cuerpo está ciertamente configurado según una figura definida, les preguntaremos si pueden señalarnos y describirnos la figura de un cuerpo espiritual, cosa que de ningún modo podrán hacer. Les preguntaremos, además, por las diferencias entre quienes resucitan. ¿Cómo mostrarán que es verdadera la afirmación de que una es la carne de las aves y otra la de los peces; que hay cuerpos celestes y cuerpos terrestres; que una es la gloria de los celestes y otra la de los terrestres; que una es la gloria del sol, otra la de la luna y otra la de las estrellas; que una estrella difiere de otra en gloria, y que así sucede con la resurrección de los muertos? Conforme a esa gradación que existe entre los cuerpos celestes, que nos muestren, pues, las diferencias de gloria entre quienes resucitan; y, si por algún medio han procurado idear un principio acorde con las diferencias entre los cuerpos celestes, les pediremos que determinen las diferencias en la resurrección por comparación con los cuerpos terrestres. Nosotros entendemos, en efecto, que el apóstol, deseando describir la gran diferencia de gloria entre los que resucitan, es decir, entre los santos, tomó una comparación de los cuerpos celestes al decir: Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna y otra la gloria de las estrellas. Y, queriendo enseñarnos también las diferencias entre quienes llegarán a la resurrección sin haberse purificado en esta vida, es decir, los pecadores, tomó un ejemplo de las cosas terrestres al decir: Una es la carne de las aves y otra la de los peces. Pues las cosas celestes se comparan dignamente con los santos, y las terrestres, con los pecadores. Estas observaciones van dirigidas a quienes niegan la resurrección de los muertos, es decir, la resurrección de los cuerpos.

    II, 10, 3

    3. Volvamos ahora nuestra atención hacia algunos de los nuestros, quienes, por debilidad de entendimiento o por falta de la debida instrucción, tienen una concepción muy baja y mezquina de la resurrección del cuerpo. Les preguntamos cómo entienden que un cuerpo animal haya de ser transformado por la gracia de la resurrección y convertirse en espiritual; cómo lo que se siembra en debilidad resucitará en potestad; cómo lo que se planta en deshonra resucitará en gloria; y cómo lo que fue sembrado en corrupción será transformado en un estado de incorrupción. Porque, si creen al apóstol cuando dice que el cuerpo que resucita en gloria, potestad e incorrupción ya se ha vuelto espiritual, parece absurdo y contrario a su pensamiento afirmar que pueda quedar de nuevo enredado en las pasiones de la carne y de la sangre, puesto que el apóstol declara manifiestamente que la carne y la sangre no heredarán el reino de Dios, ni la corrupción heredará la incorrupción. Pero ¿cómo entienden la afirmación del apóstol: Todos seremos transformados? Esa transformación debe esperarse ciertamente según el orden que hemos expuesto antes; y en ella, sin duda, nos corresponde esperar algo digno de la gracia divina. Creemos que tendrá lugar conforme al orden en que el apóstol describe la siembra en tierra de un simple grano de trigo o de cualquier otro fruto, al cual Dios da un cuerpo como le place, una vez que el grano ha muerto. Pues, del mismo modo, debemos suponer que nuestros cuerpos caen en la tierra como un grano; y, aunque mueran, se corrompan y se dispersen, la Palabra de Dios, mediante el germen implantado en ellos, que contiene la sustancia corporal y permanece siempre a salvo en la sustancia del cuerpo, los hace surgir de la tierra, los restaura y los recompone, así como la potestad que reside en el grano de trigo, tras su corrupción y muerte, lo recompone y restaura en un cuerpo provisto de tallo y espiga. Así también, a quienes merezcan obtener una herencia en el reino de los cielos, ese germen de la restauración del cuerpo que antes hemos mencionado les restituye, por mandato de Dios, un cuerpo espiritual a partir del cuerpo terrenal y animal, capaz de habitar en los cielos. A cada uno de los que tengan menores méritos, o se hallen en una condición más humilde, o incluso en el grado más bajo y enteramente excluidos, se les concede, no obstante, una gloria y dignidad corporal proporcionadas a la dignidad de su vida y de su alma; pero de tal modo que aun el cuerpo resucitado de quienes estén destinados al fuego eterno o a severos castigos sea, por la transformación misma de la resurrección, tan incorruptible que ni siquiera esos severos castigos puedan corromperlo ni disolverlo. Si tales son, pues, las cualidades del cuerpo que resucitará de entre los muertos, veamos ahora qué significa la amenaza del fuego eterno.

    II, 10, 4

    4. Hallamos en el profeta Isaías que el fuego con que cada cual es castigado se describe como suyo propio, pues dice: Caminad a la luz de vuestro propio fuego y en la llama que habéis encendido. Estas palabras parecen indicar que cada pecador enciende para sí la llama de su propio fuego y no es arrojado a algún fuego que otro haya encendido ya o que existiese antes que él. El combustible y alimento de ese fuego son nuestros pecados, a los que el apóstol Pablo llama madera, heno y paja. Y pienso que, así como la abundancia de comida y la ingestión de alimentos de índole y cantidad inadecuadas producen fiebres en el cuerpo, fiebres además de diversa clase y duración, según la proporción en que el veneno acumulado suministre materia y combustible a la enfermedad —pues la cualidad de esa materia, reunida a partir de distintos venenos, determina que la enfermedad sea más aguda o más prolongada—, así también, cuando el alma ha acumulado contra sí multitud de malas obras y abundancia de pecados, a su debido tiempo todo ese cúmulo de males se enciende para castigarla y arde en forma de suplicios. Entonces la propia mente, o conciencia, al recibir por potestad divina en la memoria todas aquellas cosas cuyas señales y formas había impreso en sí en el momento de pecar, verá desplegada ante sus ojos, por así decirlo, una historia de todas las acciones repugnantes, vergonzosas e impías que ha cometido; la conciencia misma será entonces atormentada y, aguijoneada por sus propios remordimientos, se convertirá en acusadora y testigo contra sí misma. Y esta, creo yo, era también la opinión del apóstol Pablo cuando dijo: Sus pensamientos se acusarán o se excusarán mutuamente el día en que Dios juzgue los secretos de los hombres por Jesucristo, según mi Evangelio. De ello se entiende que, en torno a la sustancia del alma, las pasiones nocivas de los propios pecados producen ciertos tormentos.
    Comentario editorial · El fuego de cada uno: aquí coinciden los testigos
    No todo lo que molestó a Jerónimo desapareció en Rufino. Jerónimo reprocha a Orígenes que explique el fuego del infierno no como un castigo exterior, sino como el tormento de la conciencia culpable, cuando Dios pone ante sus ojos el recuerdo de sus pecados (Carta 124, § 7). Es lo que se lee aquí, con la imagen de Isaías del fuego que cada pecador enciende para sí. En II, 3, 7 sucede algo parecido: las tres hipótesis sobre el fin que Jerónimo cita (§ 5) son, en lo esencial, las tres que expone Rufino.

    II, 10, 5

    5. Y, para que la comprensión de este asunto no parezca demasiado difícil, podemos tomar en consideración los efectos perniciosos de esas pasiones que suelen sobrevenir a algunas almas: cuando un alma es consumida por el fuego del amor, o se consume de celo o de envidia, o cuando se enciende la pasión de la ira, o alguien se ve consumido por la intensidad de su locura o de su dolor. En tales ocasiones, algunos, al hallar insoportable el exceso de esos males, han juzgado más tolerable someterse a la muerte que soportar perpetuamente semejante tormento. Se preguntará, ciertamente, si para quienes han quedado enredados en los males que nacen de los vicios antes enumerados y que, sin haber podido hallar alivio alguno mientras vivían, han salido del mundo en ese estado, basta como castigo que los atormente la persistencia en ellos de esas pasiones nocivas —la ira, el furor, la locura o el dolor—, cuyo veneno mortal no fue atenuado en esta vida por medicina curativa alguna; o si, transformadas esas pasiones, serán sometidos a las penas de un castigo común. Ahora bien, soy de la opinión de que puede entenderse que existe otra especie de castigo: así como sentimos un dolor extremadamente intenso cuando los miembros del cuerpo son desprendidos y arrancados de las uniones que los sostienen entre sí, también, cuando el alma se encuentre fuera del orden, la conexión y la armonía en que Dios la creó para obrar y contemplar de manera buena y provechosa, y no guarde armonía consigo misma en la conexión de sus movimientos racionales, habrá que pensar que soporta el castigo y el tormento de su propia discordia y siente las penas de su condición desordenada. Y cuando esta disolución y desgarramiento del alma sean sometidos a la prueba del fuego, sin duda se consolidará en una estructura más firme y se efectuará su restauración.

    II, 10, 6

    6. Hay, además, muchas otras cosas que escapan a nuestro conocimiento y que solo conoce Aquel que es médico de nuestras almas. Pues, si a causa de los males que nos ocasionamos al comer y beber juzgamos necesario, para la salud del cuerpo, recurrir a algún medicamento desagradable y doloroso, y a veces incluso, si la naturaleza de la enfermedad lo exige, a la severa intervención del cuchillo que amputa; y si, cuando la virulencia de la enfermedad supera aun estos remedios, es preciso acabar por cauterizar el mal con fuego, ¡cuánto más debemos entender que Dios, nuestro Médico, deseando eliminar los defectos que nuestras almas han contraído por sus diversos pecados y crímenes, emplee medidas penales de esta índole y aplique incluso el castigo del fuego a quienes han perdido la salud de la mente! También en las Sagradas Escrituras se encuentran imágenes de este modo de proceder. En el libro del Deuteronomio, la palabra divina amenaza a los pecadores con los castigos de las fiebres, los escalofríos y la ictericia, así como con los dolores de la vista debilitada, la enajenación mental, la parálisis, la ceguera y la debilidad de los riñones. Si alguien, pues, reúne con detenimiento, de toda la Escritura, las enumeraciones de enfermedades que en las amenazas dirigidas a los pecadores reciben nombres de dolencias corporales, hallará que con ellas se indican figuradamente los vicios de las almas o sus castigos. Ahora bien, que Dios trata a quienes han errado y caído en pecado del mismo modo que los médicos aplican remedios a los enfermos para que, mediante un tratamiento cuidadoso, recuperen la salud, lo prueba el hecho de que, por medio del profeta Jeremías, se ordena ofrecer a todas las naciones la copa de la furia de Dios, para que la beban, enloquezcan y la vomiten. Y al hacerlo, Él las amenaza diciendo que, si alguna se niega a beber, no será purificada. Con ello se da a entender, ciertamente, que la furia de la venganza de Dios aprovecha para la purificación de las almas. Que también el castigo que se dice aplicado mediante el fuego se aplica con el fin de sanar lo enseña Isaías, cuando habla así de Israel: El Señor lavará la inmundicia de los hijos o hijas de Sion y purificará la sangre de en medio de ellos con espíritu de juicio y espíritu de fuego. De los caldeos dice así: Tenéis brasas ardientes; sentaos sobre ellas: os servirán de ayuda. Y en otros pasajes dice: El Señor santificará en un fuego ardiente; y en las profecías de Malaquías dice: El Señor, sentado, soplará y purificará, y hará salir purificados a los hijos de Judá.

    II, 10, 7

    7. Pero también la suerte que, según se menciona en los Evangelios, correrán los administradores infieles, de quienes se dice que serán divididos y que una parte de ellos será puesta con los incrédulos, como si aquella parte que no les es propia hubiera de ser enviada a otro lugar, indica sin duda alguna clase de castigo para aquellos cuyo espíritu, según me parece, se muestra separado del alma. Pues, si este Espíritu es de naturaleza divina, es decir, si se entiende que es un Espíritu Santo, entenderemos que esto se dice del don del Espíritu Santo: cuando a un hombre se le ha concedido, ya sea por el bautismo, ya por la gracia del Espíritu, la palabra de sabiduría, la palabra de conocimiento o algún otro don, y este no ha sido administrado debidamente, sino enterrado en la tierra o atado en un pañuelo, el don del Espíritu le será ciertamente retirado del alma; y la otra parte que permanece, esto es, la sustancia del alma, recibirá su lugar entre los incrédulos, dividida y separada de aquel Espíritu con el cual, al unirse al Señor, debería haber sido un solo espíritu. Ahora bien, si esto no ha de entenderse del Espíritu de Dios, sino de la naturaleza de la propia alma, se llamará su parte mejor a la que fue hecha a imagen y semejanza de Dios; mientras que la otra parte, aquella que después, mediante su caída por el ejercicio del libre albedrío, asumió en contra de la naturaleza de su condición original de pureza, será castigada, por ser amiga y amante de la materia, con la suerte de los incrédulos. Hay asimismo un tercer sentido en que puede entenderse esta separación, a saber: así como se dice que cada creyente, incluso el más humilde de la Iglesia, está acompañado por un ángel, del cual el Salvador declara que contempla siempre el rostro de Dios Padre, y como este ángel era ciertamente uno con aquel a quien tenía bajo su custodia, así también, si este último se hace indigno por su desobediencia, se dice que el ángel de Dios le es retirado; y entonces la parte de él que pertenece a su naturaleza humana, arrancada de la parte divina, recibe un lugar entre los incrédulos, porque no ha observado fielmente las advertencias del ángel que Dios le asignó.

    II, 10, 8

    8. Pero las tinieblas exteriores, a mi juicio, no deben entenderse tanto como una atmósfera oscura y carente de luz cuanto como la condición de aquellos que, sumidos en las tinieblas de una profunda ignorancia, han quedado fuera del alcance de toda luz del entendimiento. Debemos considerar también si acaso la expresión no significa que, así como los santos recibirán después de la resurrección, luminosos y gloriosos, aquellos cuerpos en los que vivieron con santidad y pureza durante su estancia en esta vida, también los malvados, que en esta vida amaron las tinieblas del error y la noche de la ignorancia, podrían ser revestidos después de la resurrección de cuerpos oscuros y negros, para que la niebla misma de la ignorancia, que en esta vida se había apoderado de sus mentes en su interior, aparezca en el futuro como revestimiento exterior del cuerpo. Algo semejante debe pensarse de la prisión. Basten por ahora estas observaciones, formuladas con la mayor brevedad posible para conservar, entretanto, el orden de nuestro discurso.

    Capítulo 11. Sobre las contrapromesas

    II, 11, 1

    Veamos ahora brevemente qué hemos de pensar acerca de las promesas. Es cierto que ningún ser vivo puede permanecer del todo inactivo e inmóvil, sino que se complace en toda clase de movimientos y en una actividad y una voluntad incesantes; y me parece evidente que esta naturaleza se encuentra en todos los seres vivos. Con mayor razón, pues, ha de estar en perpetuo movimiento y actividad un animal racional, es decir, el hombre. Si, en efecto, se olvida de sí mismo e ignora lo que le conviene, dirige todos sus esfuerzos a satisfacer las necesidades del cuerpo, y en todos sus movimientos se ocupa de sus propios placeres y apetitos corporales; pero si procura atender al bien común, se esfuerza por aquello que juzga favorable al interés público, ya sea velando por el bien del Estado, ya obedeciendo a los magistrados. Y si alguien es de tal condición que comprende que existe algo mejor que las cosas que parecen corporales, y por ello dedica sus esfuerzos a la sabiduría y al conocimiento, dirigirá sin duda toda su atención a tales estudios, para averiguar, mediante la investigación de la verdad, las causas y razones de las cosas. Así pues, del mismo modo que en esta vida uno considera que el sumo bien consiste en gozar de los placeres corporales, otro en velar por el bien de la comunidad y un tercero en entregarse al estudio y al aprendizaje, indaguemos si en aquella vida que es la verdadera —de la cual se dice que está escondida con Cristo en Dios, es decir, en la vida eterna— habrá para nosotros algún orden y condición de existencia semejantes.

    II, 11, 2

    2. Algunos, pues, rehusando el esfuerzo de pensar, adoptando una visión superficial de la letra de la ley y cediendo en cierta medida a sus propios deseos y apetitos, como discípulos de la sola letra, opinan que el cumplimiento de las promesas futuras ha de buscarse en el placer y el lujo corporales. Por ello desean especialmente volver a tener, después de la resurrección, cuerpos que conserven siempre la capacidad de comer, beber y desempeñar todas las funciones de la carne y la sangre, sin seguir lo que sostiene el apóstol Pablo acerca de la resurrección de un cuerpo espiritual. En consecuencia, afirman que después de la resurrección habrá matrimonios y procreación de hijos, e imaginan que la ciudad terrenal de Jerusalén será reconstruida, con cimientos de piedras preciosas, muros de jaspe y almenas de cristal; y que tendrá una muralla compuesta de muchas piedras preciosas: jaspe, zafiro, calcedonia, esmeralda, sardónice, ónice, crisólito, crisoprasa, jacinto y amatista. Piensan, además, que les serán entregados habitantes de otros países para servir a sus placeres, a quienes emplearán como labradores o constructores de murallas, y que por ellos volverá a levantarse su ciudad arruinada y caída. Creen también que recibirán las riquezas de las naciones para vivir de ellas y que dispondrán de sus tesoros; que incluso vendrán los camellos de Madián y Quedar para traerles oro, incienso y piedras preciosas. Y creen fundar estas opiniones en la autoridad de los profetas, mediante las promesas escritas acerca de Jerusalén y también mediante los pasajes donde se dice que quienes sirven al Señor comerán y beberán, mientras que los pecadores tendrán hambre y sed; que los justos se alegrarán, mientras que la tristeza se apoderará de los malvados. Del Nuevo Testamento citan asimismo las palabras del Salvador en las que promete a sus discípulos el gozo del vino: "Desde ahora no beberé de esta copa hasta que la beba nueva con vosotros en el reino de mi Padre". Añaden, además, aquella declaración en la que el Salvador llama bienaventurados a los que ahora tienen hambre y sed y les promete que serán saciados; y aducen muchos otros pasajes de la Escritura sin advertir que su significado debe entenderse en sentido figurado. Asimismo, conforme al orden de las cosas en esta vida y a los grados de dignidad o rango de este mundo, o a la magnitud de sus potestades, creen que serán reyes y príncipes semejantes a los monarcas terrenales que hoy existen, principalmente, al parecer, por aquella expresión del Evangelio: "Ten potestad sobre cinco ciudades". En suma, desean que cuanto esperan de las promesas se cumpla según el modo de ser de las cosas de esta vida; esto es, que vuelva a existir lo que ahora existe. Tales son las opiniones de quienes, aunque creen en Cristo, entienden las divinas Escrituras en una suerte de sentido judío, sin extraer de ellas nada digno de las promesas divinas.

    II, 11, 3

    3. En cambio, quienes reciben las representaciones de la Escritura conforme al entendimiento de los apóstoles abrigan la esperanza de que los santos comerán, ciertamente, pero del pan de vida, que puede nutrir el alma con el alimento de la verdad y la sabiduría, iluminar la mente y darle a beber de la copa de la sabiduría divina, según declara la Sagrada Escritura: "La Sabiduría ha preparado su mesa, ha sacrificado sus animales, ha mezclado su vino en la copa y clama en alta voz: Venid a mí, comed el pan que os he preparado y bebed el vino que he mezclado". Nutrido con este alimento de la sabiduría hasta alcanzar una condición íntegra y perfecta, como aquella en que fue creado el hombre al principio, el entendimiento es restaurado a la imagen y semejanza de Dios. Así, aunque alguien deje esta vida sin haber recibido una instrucción perfecta, si ha realizado obras dignas de aprobación, podrá ser instruido en aquella Jerusalén, la ciudad de los santos; es decir, será educado y formado, y convertido en piedra viva, escogida y preciosa, porque habrá soportado con firmeza y constancia los combates de la vida y las pruebas de la piedad. Allí llegará a conocer de manera más verdadera y clara lo que ya se ha anunciado aquí: que el hombre no vivirá solo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Y por príncipes y gobernantes deben entenderse también aquellos que gobiernan a los de rango inferior, los instruyen, les enseñan y los forman en las cosas divinas.

    II, 11, 4

    4. Pero si estas opiniones no parecen despertar un deseo digno de tales esperanzas en quienes aguardan su cumplimiento, retrocedamos un poco y, dejando de lado el anhelo natural e innato de la mente por la cosa misma, indaguemos hasta poder describir, por así decirlo, las formas mismas del pan de vida, la cualidad de aquel vino y la naturaleza propia de los principados, todo ello de acuerdo con una comprensión espiritual de las cosas. Pues así como en las artes que suelen ejercerse mediante el trabajo manual la mente investiga por qué se hace una cosa, por qué posee determinada cualidad o con qué fin se hace, mientras que la obra misma queda a la vista por acción de las manos, así también, en las obras que Dios ha creado, hemos de observar que permanece oculta la razón y el sentido de cuanto le vemos hacer. Y así como, cuando nuestros ojos contemplan la obra de un artífice, la mente, apenas percibe en ella alguna excelencia artística fuera de lo común, arde en deseos de saber cuál es su naturaleza, cómo fue hecha o para qué fin recibió su forma, así también, en un grado incomparablemente mayor, arde la mente en un deseo inefable de conocer la razón de las cosas que vemos hacer a Dios. Creemos que este deseo, este anhelo, ha sido sin duda implantado en nosotros por Dios; y, así como el ojo busca por naturaleza la luz y la visión, y nuestro cuerpo desea naturalmente alimento y bebida, también nuestra mente posee un deseo digno y natural de conocer la verdad de Dios y las causas de las cosas. Ahora bien, no hemos recibido este deseo de Dios para que nunca sea satisfecho ni sea susceptible de satisfacción; de lo contrario, parecería que Dios ha implantado en nuestras mentes el amor a la verdad en vano, si nunca hubiera de tener ocasión de satisfacerse. De ahí que, incluso en esta vida, quienes se entregan con gran esfuerzo al cultivo de la piedad y la religión, aunque no obtengan sino unos pequeños fragmentos de los numerosos e inmensos tesoros del conocimiento divino, sacan gran provecho del hecho mismo de que su mente y su alma se ocupen en tales estudios y de que, llevados por el ardor de su deseo, se esfuercen por ir más allá de sí mismos. Y, como sus mentes se orientan al estudio y al amor por la investigación de la verdad, se hacen más aptos para recibir la instrucción venidera. Así como quien se dispone a pintar una imagen traza primero con un lápiz ligero los contornos del futuro cuadro y prepara las señales que recibirán los rasgos que después se añadirán, y ese bosquejo preliminar dispone la superficie para aplicar los verdaderos colores de la pintura, así también puede trazarse, en cierta medida, un contorno y un bosquejo en las tablas de nuestro corazón con el lápiz de nuestro Señor Jesucristo. Y por eso quizá se ha dicho: "A todo el que tiene se le dará, y se le añadirá". Con ello queda establecido que a quienes poseen en esta vida una especie de bosquejo de la verdad y del conocimiento se les añadirá en la futura la belleza de una imagen perfecta.

    II, 11, 5

    5. Un deseo semejante, entiendo yo, expresó quien dijo: "Me encuentro apremiado por dos lados: deseo partir y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor", sabiendo que, cuando hubiera vuelto a Cristo, conocería entonces con mayor claridad las razones de todo cuanto sucede en la tierra, ya se refiera al hombre, al alma humana o a la mente; o bien a cualquier otro asunto, como, por ejemplo, qué es el espíritu que obra, qué es asimismo el espíritu vital o qué es la gracia del Espíritu Santo que se da a los creyentes. Comprenderá entonces también qué parece ser Israel o qué significa la diversidad de las naciones; qué significan las doce tribus de Israel y qué representa cada uno de los pueblos de cada tribu. Comprenderá, además, la razón de los sacerdotes y los levitas, y de los diversos órdenes sacerdotales, cuyo modelo se hallaba en Moisés, así como el verdadero significado de los jubileos y de las semanas de años ante Dios. Verá también las razones de los días de fiesta y de los días santos, y las de todos los sacrificios y purificaciones. Percibirá asimismo la razón de la purificación de la lepra, cuáles son sus distintas clases y la razón de la purificación de quienes pierden su semen. Llegará a conocer, además, cuáles son las influencias benéficas, su magnitud y sus cualidades; y también cuáles son las de índole contraria, y en qué consisten el afecto de las primeras hacia los hombres y la emulación de las segundas, que engendra discordia. Contemplará asimismo la naturaleza del alma y la diversidad de los animales —ya sean los que viven en el agua, las aves o las fieras—, y por qué cada género se subdivide en tantas especies; y qué intención del Creador o qué propósito de su sabiduría se oculta en cada cosa particular. Conocerá también por qué ciertas propiedades están asociadas a determinadas raíces o hierbas y por qué, en cambio, otras hierbas y raíces apartan los efectos nocivos. Conocerá, además, la naturaleza de los ángeles apóstatas y la razón por la que tienen potestad para halagar en ciertas cosas a quienes no los desprecian con toda la fuerza de la fe, y por qué existen para engañar y extraviar a los hombres. Conocerá también el juicio de la Providencia divina sobre cada cosa particular; y sabrá que, de cuanto les sucede a los hombres, nada ocurre por accidente o azar, sino conforme a un designio tan cuidadosamente concebido y tan grandioso que no descuida siquiera el número de los cabellos de la cabeza, no solo de los santos, sino quizá de todos los seres humanos; y que el designio de este gobierno providencial alcanza incluso a ocuparse de la venta de dos gorriones por un denario, ya se entiendan allí los gorriones en sentido figurado o literal. Ahora, ciertamente, este gobierno providencial sigue siendo objeto de investigación, pero entonces se manifestará plenamente. Por todo ello hemos de suponer que, entretanto, puede transcurrir no poco tiempo hasta que, después de su partida de esta vida, se expliquen a quienes sean dignos de ello tan solo las razones de las cosas que hay en la tierra, a fin de que, mediante el conocimiento de todas ellas y la gracia de un conocimiento pleno, gocen de una alegría inefable. Y si la región del aire que se extiende entre el cielo y la tierra no está desprovista de habitantes, y de habitantes racionales, como dice el apóstol: "En otro tiempo anduvisteis conforme al curso de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora obra en los hijos de la desobediencia". Y dice también: "Seremos arrebatados entre las nubes para encontrarnos con Cristo en el aire, y así estaremos siempre con el Señor".

    II, 11, 6

    6. Debemos suponer, por tanto, que los santos permanecerán allí hasta que reconozcan el doble modo de gobierno de las cosas que tienen lugar en el aire. Y cuando digo "doble modo", quiero decir esto: mientras estábamos en la tierra, veíamos animales y árboles, contemplábamos las diferencias que había entre ellos y también la grandísima diversidad entre los hombres; pero, aunque veíamos esas cosas, no comprendíamos su razón. La diversidad visible solo nos movía a examinar e indagar según qué principio habían sido creadas o dispuestas de maneras distintas. Si en la tierra hemos concebido tal afán o deseo de conocimiento, después de la muerte se nos concederá comprenderlo plenamente, si en verdad las cosas suceden conforme a nuestras esperanzas. Cuando, pues, hayamos comprendido plenamente su naturaleza, entenderemos de dos maneras lo que vimos en la tierra. Algo semejante hemos de pensar, por tanto, de esta morada en el aire. Pienso, pues, que todos los santos que parten de esta vida permanecerán en algún lugar situado en la tierra, al que la Sagrada Escritura llama paraíso, como en un lugar de instrucción y, por así decirlo, un aula o escuela de almas, donde recibirán enseñanza sobre todas las cosas que habían visto en la tierra, así como alguna noticia de lo que habrá de suceder en el futuro. Ya en esta vida habían recibido, en cierta medida, indicios de los acontecimientos venideros, aunque como a través de un espejo, oscuramente; todo ello se revela a los santos con mayor claridad y distinción en el tiempo y lugar que les corresponden. Si alguien es puro de corazón, santo de mente y más ejercitado en la percepción, avanzará con mayor rapidez, ascenderá pronto a un lugar en el aire y llegará al reino de los cielos a través de aquellas moradas, por así decirlo, situadas en los diversos lugares que los griegos han llamado esferas, es decir, globos, pero que la Sagrada Escritura ha llamado cielos. En cada uno de ellos verá, en primer lugar, con claridad lo que allí se hace y, en segundo lugar, descubrirá la razón por la que se hace; y así atravesará sucesivamente todos los grados, siguiendo a aquel que ha penetrado en los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, que dijo: "Quiero que estos estén también donde yo estoy". De esta diversidad de lugares habla cuando dice: "En la casa de mi Padre hay muchas moradas". Él mismo está en todas partes y atraviesa velozmente todas las cosas; ya no hemos de entender que existe dentro de aquellos estrechos límites en los que una vez estuvo circunscrito por causa nuestra, es decir, en aquel cuerpo delimitado que ocupó en la tierra mientras habitaba entre los hombres, según el cual podía considerarse encerrado en un solo lugar.

    II, 11, 7

    7. Cuando los santos hayan llegado a las moradas celestiales, verán claramente la naturaleza de cada una de las estrellas y comprenderán si están dotadas de vida o cuál es, en cualquier caso, su condición. Comprenderán también las demás razones de las obras de Dios, que él mismo les revelará. Pues les mostrará, como a niños, las causas de las cosas y la potestad de su creación, y les explicará por qué aquella estrella fue situada en esa región determinada del cielo y por qué la separa de otra un espacio tan grande; cuál habría sido, por ejemplo, la consecuencia de que estuviera más cerca o más lejos; o cómo, si aquella estrella fuera mayor que esta, el conjunto de las cosas no habría permanecido igual, sino que todo se habría transformado en una condición de existencia distinta. Y así, cuando hayan terminado de conocer cuanto se relaciona con las estrellas y las revoluciones celestes, pasarán a las cosas que no se ven, o a aquellas de las que solo hemos oído los nombres, y a las cosas invisibles, que, según nos ha enseñado el apóstol Pablo, son numerosas, aunque nuestro débil entendimiento no puede siquiera conjeturar qué son ni qué diferencias puede haber entre ellas. De este modo, la naturaleza racional, creciendo a cada paso, no como creció en esta vida en carne, cuerpo y alma, sino ampliada en entendimiento y en capacidad de percepción, se eleva, como mente ya perfecta, hasta el conocimiento perfecto, sin que la estorben ya en absoluto los sentidos carnales, antes bien, acrecentada en su desarrollo intelectual. Y, al contemplar siempre con pureza y, por así decirlo, cara a cara las causas de las cosas, alcanza la perfección: en primer lugar, aquella por la que asciende a la verdad y, en segundo lugar, aquella por la que permanece en ella, teniendo las cuestiones, el entendimiento de las cosas y las causas de los acontecimientos como alimento del que puede deleitarse. Pues así como en esta vida nuestros cuerpos crecen físicamente hasta alcanzar su tamaño gracias al alimento suficiente que, en la primera edad, les proporciona los medios para crecer, pero, una vez alcanzada la estatura debida, ya no nos alimentamos para crecer, sino para vivir y conservar la vida, así también pienso que la mente, cuando ha alcanzado la perfección, come y se sirve del alimento conveniente y apropiado en tal medida que nada le falte ni le sobre. Y en todos los casos ha de entenderse que este alimento es la contemplación y el entendimiento de Dios, en una medida apropiada y adecuada a esta naturaleza creada; medida que conviene observar a cada uno de los que comienzan a ver a Dios, es decir, a comprenderlo por la pureza de corazón.
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