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  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minCómo leer las dos versiones
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minPrefacio
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 12 minLibro I
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 1. Sobre Dios
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 2. Sobre Cristo
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 2. Sobre Cristo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
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  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 5. Sobre las naturalezas racionales
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el fin o la consumación
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 7. Sobre los seres incorpóreos y corpóreos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 8. Sobre los ángeles
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 8. Sobre los ángeles
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 10 minLibro II
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 2. Sobre la perpetuidad de la naturaleza corporal
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 13 minCapítulo 3. Sobre el principio del mundo y sus causas
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 4. El Dios de la ley y los profetas, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es el mismo Dios
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 4. El Dios de la ley y los profetas, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es el mismo Dios
  22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 5. Sobre la justicia y la bondad
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre la encarnación de Cristo
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 6. Sobre la encarnación de Cristo
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre el Espíritu Santo
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 8. Sobre el alma (anima)
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 8. Sobre el alma (anima)
  28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 9. Sobre el mundo y los movimientos de las criaturas racionales, sean buenos o malos, y sobre sus causas
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 9. Sobre el mundo y los movimientos de las criaturas racionales, sean buenos o malos, y sobre sus causas
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 10. Sobre la resurrección y el juicio, el fuego del infierno y los castigos
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 10. Sobre la resurrección y el juicio, el fuego del infierno y los castigos
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 11. Sobre las contrapromesas
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 11. Sobre las contrapromesas
  34. Sesión 34 · Parte 7 · ≈ 9 minLibro III
  35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 1. Sobre el libre albedrío: solución e interpretación de los pasajes de la Escritura que parecen negarlo
  36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 1. Sobre el libre albedrío: solución e interpretación de los pasajes de la Escritura que parecen negarlo
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  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las potestades adversas
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 3. Sobre la sabiduría triple
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 4. Sobre las tentaciones humanas
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4. Sobre las tentaciones humanas
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  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 6. Sobre el fin del mundo
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 6. Sobre el fin del mundo
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  57. Sesión 57 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
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  60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
  61. Sesión 61 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
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  66. Sesión 66 · Parte 13 · ≈ 10 minResumen doctrinal acerca del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y de los demás temas tratados en las páginas precedentes
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    TEXTOS — ORÍGENES DE ALEJANDRÍA

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    Sobre los principios

    c. 220–230 · El latín de Rufino y, donde se conserva, el griego en paralelo45 minPosición: 0% de esta parteParte 2 de 13 · Capítulo 2. Sobre CristoPublicado el Actualizado el Ref. ESC-ORI-01

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    Capítulo 2. Sobre Cristo

    I, 2, 1

    En primer lugar, debemos señalar que una cosa es la naturaleza de la divinidad que hay en Cristo en cuanto Hijo unigénito de Dios, y otra la naturaleza humana que asumió en estos últimos tiempos para los fines de la economía divina de la gracia. Por tanto, hemos de averiguar primero qué es el Hijo unigénito de Dios, puesto que recibe muchos nombres distintos según las circunstancias y las perspectivas de cada cual. Se le llama Sabiduría, conforme a las palabras de Salomón: "El Señor me creó, principio de sus caminos y entre sus obras, antes de hacer ninguna otra cosa; me estableció antes de las eras. Al principio, antes de formar la tierra, antes de hacer brotar las fuentes de las aguas, antes de que se afirmaran las montañas, antes que todas las colinas, me engendró". También recibe el nombre de Primogénito, como declaró el apóstol: "El primogénito de toda criatura". Sin embargo, el Primogénito no es por naturaleza alguien distinto de la Sabiduría, sino uno y el mismo. Por último, el apóstol Pablo dice que Cristo es la potestad de Dios y la sabiduría de Dios.

    I, 2, 2

    2. Que nadie imagine, sin embargo, que nos referimos a algo impersonal cuando lo llamamos sabiduría de Dios; ni suponga, por ejemplo, que entendemos por Él, no un ser vivo dotado de sabiduría, sino algo que hace sabios a los hombres al comunicarse e infundirse en las mentes de quienes son capaces de recibir sus virtudes y su inteligencia. Si, pues, se entiende rectamente que el Hijo unigénito de Dios es su Sabiduría subsistente por sí misma, no sé si nuestra curiosidad debe ir más allá, ni albergar sospecha alguna de que esa ὑπόστασις o substantia contenga algo de naturaleza corporal, puesto que todo lo corpóreo se distingue por su forma, su color o su magnitud. ¿Y quién, estando en su sano juicio, ha buscado jamás forma, color o tamaño en la sabiduría, en cuanto sabiduría? ¿Y quién, si es capaz de pensar o sentir con reverencia acerca de Dios, puede suponer o creer que Dios Padre existió siquiera por un instante sin haber engendrado esta Sabiduría? Pues, en tal caso, tendría que afirmar o bien que Dios no podía engendrar la Sabiduría antes de producirla, de modo que después llamó a la existencia a quien antes no existía, o bien que poseía tal potestad, pero —lo que no puede decirse de Dios sin impiedad— no quería ejercerla. Es manifiesto para todos que ambas suposiciones son igualmente absurdas e impías: equivalen a decir que Dios pasó de no poder a poder, o que, aun poseyendo la potestad, la mantuvo oculta y demoró la generación de la Sabiduría. Por ello, siempre hemos sostenido que Dios es el Padre de su Hijo unigénito, que ciertamente nació de Él y de Él recibe cuanto es, pero sin principio alguno: no solo sin un principio que pueda medirse por divisiones del tiempo, sino aun sin uno que la mente pueda contemplar en sí misma o percibir, por así decirlo, con las solas facultades del entendimiento. Debemos creer, por tanto, que la Sabiduría fue engendrada antes de todo principio que pueda comprenderse o expresarse. Y puesto que toda la potestad creadora de la creación futura estaba comprendida en la existencia misma de la Sabiduría —tanto la de las cosas que tienen existencia originaria como la de aquellas cuya existencia es derivada—, preformada y ordenada por la potestad de la presciencia, es por estas mismas criaturas, como descritas y prefiguradas en la propia Sabiduría, por lo que esta dice, con palabras de Salomón, que fue creada principio de los caminos de Dios, en cuanto contenía en sí los principios, las formas o las especies de toda la creación.

    I, 2, 3

    3. Ahora bien, del mismo modo que hemos entendido que la Sabiduría era el principio de los caminos de Dios y que se dice que fue creada porque preformaba y contenía en sí las especies y los principios de todas las criaturas, debemos entender que es la Palabra de Dios porque revela a todos los demás seres, es decir, a la creación entera, la naturaleza de los misterios y secretos contenidos en la sabiduría divina. Por eso se la llama Palabra: porque es, por así decirlo, intérprete de los secretos de la mente. De ahí que me parezca acertada la expresión que se encuentra en los Hechos de Pablo, donde se dice que la Palabra es un ser vivo. Juan, sin embargo, con mayor elevación y propiedad, dice al comienzo de su Evangelio, al definir a Dios como la Palabra mediante una definición particular: "Y Dios era la Palabra, y esta estaba en el principio con Dios". Así pues, quien atribuya un comienzo a la Palabra o Sabiduría de Dios, cuide de no incurrir en impiedad contra el propio Padre ingénito, pues niega que haya sido siempre Padre, que haya engendrado la Palabra y que haya poseído sabiduría en todos los períodos precedentes, ya se los llame tiempos, eras o de cualquier otro modo.

    I, 2, 4

    4. Este Hijo es, asimismo, la verdad y la vida de todas las cosas que existen. Y con razón. Pues ¿cómo podrían vivir las cosas creadas si no recibieran su ser de la vida? ¿O cómo podrían existir verdaderamente las cosas que son si no procedieran de la verdad? ¿O cómo podrían existir seres racionales si no hubiesen existido antes la Palabra o la razón? ¿O cómo podrían ser sabios si no existiese la sabiduría? Pero, puesto que había de suceder que algunos se apartaran también de la vida y, con su caída, atrajeran sobre sí la muerte —pues la muerte no es otra cosa que un alejamiento de la vida—, y puesto que no se seguía de ello que los seres creados por Dios para gozar de la vida debieran perecer por completo, era necesario que, antes de la muerte, existiera una potestad capaz de destruir la muerte venidera, y que hubiera una resurrección, cuyo modelo se hallaba en nuestro Señor y Salvador; y que esta resurrección tuviera su fundamento en la sabiduría, la palabra y la vida de Dios. Y, además, puesto que algunos de los seres creados no habrían de querer permanecer siempre inmutables e inalterables en el goce sereno y moderado de los bienes que poseían, sino que —como el bien presente en ellos no les pertenecía por naturaleza o esencia, sino por accidente— habrían de pervertirse, cambiar y apartarse de su condición, por ello la Palabra y Sabiduría de Dios se hizo Camino. Y recibió ese nombre porque conduce al Padre a quienes andan por él.
    Por tanto, cuanto hemos afirmado de la sabiduría de Dios podrá aplicarse y entenderse propiamente del Hijo de Dios en cuanto es la Vida, la Palabra, la Verdad y la Resurrección. Todos estos nombres proceden de su potestad y de sus obras, y ninguno ofrece el menor fundamento para entender algo de naturaleza corporal que pudiera indicar tamaño, forma o color. Pues los hijos de los hombres que vemos entre nosotros, o las crías de otros seres vivos, guardan correspondencia con la semilla de quienes los engendraron, o reciben de las madres en cuyos vientres son formados y alimentados cuanto traen a esta vida y llevan consigo al nacer. Pero es monstruoso e ilícito comparar a Dios Padre, en la generación de su Hijo unigénito y en la sustancia de este, con un hombre o cualquier otro ser vivo que realiza un acto semejante. Es preciso, por el contrario, sostener que hay aquí algo singular y digno de Dios que no admite comparación alguna, no solo con las cosas existentes, sino ni siquiera con cuanto puede concebirse mediante el pensamiento o descubrirse mediante la percepción; de modo que ninguna mente humana puede comprender cómo el Dios ingénito llega a ser Padre del Hijo unigénito. Porque su generación es tan eterna y perpetua como el resplandor que procede del sol. No es por recibir el aliento de vida mediante algún acto externo como llega a ser Hijo, sino por su propia naturaleza.

    I, 2, 5

    5. Averigüemos ahora cómo respaldan la autoridad de la Sagrada Escritura las afirmaciones que hemos expuesto. El apóstol Pablo dice que el Hijo unigénito es la imagen del Dios invisible y el primogénito de toda criatura. Y, al escribir a los hebreos, dice de Él que es "el resplandor de su gloria y la impronta de su persona". Ahora bien, en el tratado llamado Sabiduría de Salomón hallamos la siguiente descripción de la sabiduría de Dios: "Ella es el aliento de la potestad de Dios y la emanación purísima de la gloria del Todopoderoso. Por eso nada impuro puede alcanzarla. Es el resplandor de la luz eterna, el espejo sin mancha de la actividad de Dios y la imagen de su bondad". Ahora bien, decimos, como antes, que la Sabiduría no tiene existencia sino en Aquel que es el principio de todas las cosas; de Él procede también todo cuanto es sabio, porque solo Él es Hijo por naturaleza, y por eso se le llama Unigénito.

    I, 2, 6

    6. Veamos ahora cómo hemos de entender la expresión "imagen invisible", para comprender así por qué se llama con razón a Dios Padre de su Hijo; y saquemos, en primer lugar, nuestras conclusiones de aquello que entre los hombres suele llamarse imagen. A veces se llama imagen a lo pintado o esculpido en una sustancia material, como la madera o la piedra; y otras veces se llama imagen de su progenitor a un hijo cuyos rasgos no desmienten en nada su semejanza con el padre. Pienso, pues, que el hombre formado a imagen y semejanza de Dios puede compararse apropiadamente con el primer ejemplo. De él, no obstante, trataremos con mayor precisión, si Dios quiere, cuando lleguemos a explicar el pasaje del Génesis. Pero la imagen del Hijo de Dios, de quien hablamos ahora, puede compararse con el segundo ejemplo, incluso en cuanto Él es la imagen invisible del Dios invisible, del mismo modo que decimos, según la historia sagrada, que la imagen de Adán es su hijo Set. Las palabras son: "Y Adán engendró a Set a su semejanza y según su imagen". Esta imagen expresa la unidad de naturaleza y sustancia propia del Padre y del Hijo. Pues si el Hijo hace igualmente todo lo que hace el Padre, por el hecho de hacerlo todo como el Padre queda formada en el Hijo, que nace de Él, la imagen del Padre, como un acto de su voluntad que procede de la mente. Opino, por tanto, que la sola voluntad del Padre debe bastar para que exista aquello que Él quiere que exista. Porque, al ejercer su voluntad, no emplea otro medio que el manifestado por el designio de esa misma voluntad. Y así también engendra la existencia del Hijo. Este punto, por encima de todos los demás, deben sostenerlo quienes no admiten que haya nada ingénito, es decir, no engendrado, salvo Dios Padre. Y debemos guardarnos de caer en los absurdos de quienes imaginan ciertas emanaciones, dividiendo así en partes la naturaleza divina y, en la medida de sus posibilidades, a Dios Padre. Pues abrigar siquiera la más remota sospecha de algo semejante acerca de un ser incorpóreo no solo es el colmo de la impiedad, sino señal de la mayor insensatez: la división física de cualquier naturaleza incorpórea está muy lejos de toda concepción inteligente. Más bien, así como un acto de la voluntad procede del entendimiento sin cercenar parte alguna de él ni separarse o dividirse de él, de un modo semejante hemos de pensar que el Padre engendró al Hijo, su propia imagen: siendo Él mismo invisible por naturaleza, engendró también una imagen invisible. Pues el Hijo es la Palabra y, por tanto, no debemos entender que haya en Él nada perceptible por los sentidos. Es Sabiduría, y en la sabiduría no cabe sospechar nada corpóreo. Es la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo; pero no tiene nada en común con la luz de este sol. Nuestro Salvador es, por tanto, imagen del Dios invisible en cuanto, comparado con el Padre mismo, es la verdad; y, con respecto a nosotros, a quienes revela al Padre, es la imagen por la que llegamos al conocimiento del Padre, a quien nadie conoce sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se complace en revelárselo. Y lo revela mediante el entendimiento. Pues quien comprende al Hijo, comprende por ello también al Padre, conforme a sus propias palabras: "Quien me ha visto a mí ha visto también al Padre".

    I, 2, 7

    7. Pero, puesto que hemos citado las palabras de Pablo acerca de Cristo, cuando dice que Él es "el resplandor de la gloria de Dios y la impronta de su persona", veamos qué idea debemos formarnos de ello. Según Juan, Dios es luz. El Hijo unigénito es, por tanto, la gloria de esta luz, que procede inseparablemente de Dios mismo, como el resplandor procede de la luz, e ilumina toda la creación. Pues, conforme a lo ya explicado acerca del modo en que Él es el Camino y conduce al Padre, y en que es la Palabra que interpreta los secretos de la sabiduría y los misterios del conocimiento, dándolos a conocer a la creación racional, y es también la Verdad, la Vida y la Resurrección, así debemos entender también qué significa que sea el resplandor: porque por el resplandor comprendemos y percibimos qué es la luz misma. Y este resplandor se presenta suave y delicadamente ante los ojos frágiles y débiles de los mortales; poco a poco, por así decirlo, los ejercita y acostumbra a soportar el brillo de la luz y, una vez que ha apartado de ellos cuanto estorba e impide la visión, conforme al precepto del propio Señor, "Saca la viga de tu ojo", los hace capaces de soportar el esplendor de la luz, convirtiéndose también en este sentido en una especie de mediador entre los hombres y la luz.

    I, 2, 8

    8. Pero, puesto que el apóstol lo llama no solo "resplandor de su gloria", sino también "impronta de su persona" o subsistencia, no parece ocioso indagar cómo puede decirse que exista otra impronta de esa persona, además de la propia persona de Dios, sea cual fuere el significado de persona y subsistencia. Considera, pues, si al Hijo de Dios, dado que es su Palabra y Sabiduría, que solo Él conoce al Padre y lo revela a quien quiere —es decir, a quienes son capaces de recibir su palabra y sabiduría—, no se le puede llamar impronta de su persona y subsistencia precisamente por hacer que Dios sea comprendido y reconocido. Esto es: cuando aquella Sabiduría que desea dar a conocer a otros el modo en que pueden reconocer y comprender a Dios se describe primero a sí misma, por ello puede llamarse impronta de la persona de Dios. Sin embargo, para alcanzar una comprensión más plena del modo en que el Salvador es la impronta de la persona o subsistencia de Dios, tomemos un ejemplo que, aunque no represente de manera completa ni adecuada el asunto que tratamos, servirá únicamente para mostrar que el Hijo de Dios, que estaba en forma de Dios, al despojarse de su gloria se propone, por ese mismo despojamiento, manifestarnos la plenitud de su divinidad. Supongamos, por ejemplo, que hubiera una estatua de tamaño tan enorme que llenase el mundo entero y que, por esa razón, nadie pudiera verla; y que se hiciera otra estatua enteramente semejante a ella en la disposición de sus miembros, los rasgos del rostro, la forma y el material, pero sin su inmensidad, de suerte que quienes no podían contemplar la primera, de enormes proporciones, al ver la segunda reconocieran haber visto la primera, pues reproduciría con tanta exactitud todos los rasgos de sus miembros y su rostro, e incluso su forma y material, que sería del todo indistinguible de ella. Mediante una comparación semejante, el Hijo de Dios, al despojarse de su igualdad con el Padre y mostrarnos el camino para conocerlo, se convierte en la impronta de su persona: así nosotros, que no podíamos contemplar la gloria de aquella luz admirable en la grandeza de su divinidad, podemos, gracias a que Él se ha hecho resplandor para nosotros, contemplar la luz divina al mirar el resplandor. Esta comparación con las estatuas, que pertenecen al mundo material, no se emplea, desde luego, sino para mostrar que el Hijo de Dios, aun presentado en la humilde forma de un cuerpo humano, manifestó, por la semejanza de sus obras y su potestad con las del Padre, que había en Él una grandeza inmensa e invisible, pues dijo a sus discípulos: "Quien me ve a mí ve también al Padre", y: "Yo y el Padre somos uno". A estas palabras se añade otra expresión semejante: "El Padre está en mí, y yo en el Padre".

    I, 2, 9

    9. Veamos ahora qué significa la expresión que se encuentra en la Sabiduría de Salomón, donde se dice de la Sabiduría que es "una especie de aliento de la potestad de Dios, la emanación purísima de la gloria del Todopoderoso, el resplandor de la luz eterna, el espejo sin mancha de la actividad o potestad de Dios y la imagen de su bondad". Estas son, pues, las definiciones que da de Dios, señalando en cada una ciertos atributos que pertenecen a la Sabiduría de Dios, a la que llama potestad, gloria, luz eterna, actividad y bondad de Dios. No dice, sin embargo, que la Sabiduría sea el aliento de la gloria del Todopoderoso, ni de la luz eterna, ni de la actividad del Padre, ni de su bondad, pues no sería apropiado atribuir el aliento a ninguna de estas cosas; dice, en cambio, con toda propiedad, que la Sabiduría es el aliento de la potestad de Dios. Ahora bien, por potestad de Dios ha de entenderse aquello por lo cual Él es poderoso, por lo cual dispone, contiene y gobierna todas las cosas visibles e invisibles; aquello que basta para todas las cosas sobre las que ejerce su providencia, entre las cuales está presente como si se tratara de una sola. Y aunque el aliento de toda esta potestad inmensa e inconmensurable, y el vigor mismo producido, por así decirlo, por su propia existencia, proceden de la potestad misma, como la voluntad procede de la mente, esta voluntad de Dios llega, no obstante, a ser también la potestad de Dios.
    Se produce, por consiguiente, otra potestad, que existe con propiedades propias: una especie de aliento, como dice la Escritura, de la potestad primera e ingénita de Dios; de Él recibe su ser y nunca ha dejado de existir. Pues si alguien afirmara que antes no existía, sino que llegó a existir después, que explique por qué el Padre, que le dio el ser, no lo hizo antes. Y si admite que hubo un comienzo en que aquel aliento procedió de la potestad de Dios, volveremos a preguntarle: ¿por qué no antes incluso de ese comienzo que ha admitido? Y así, reclamando siempre una fecha anterior y remontándonos con nuestras preguntas, llegaremos a esta conclusión: dado que Dios siempre poseyó potestad y voluntad, nunca hubo razón, de conveniencia o de otra índole, por la que no pudiera poseer desde siempre aquel bien que deseaba. De ello se demuestra que el aliento de la potestad de Dios existió siempre y no tuvo otro principio que Dios mismo. Tampoco convenía que tuviera otro principio sino Dios mismo, de quien recibe su nacimiento. Y, conforme a las palabras del apóstol, según las cuales Cristo es la potestad de Dios, no solo debe llamársele aliento de la potestad de Dios, sino potestad procedente de la potestad.

    I, 2, 10

    10. Examinemos ahora la expresión "La Sabiduría es la emanación purísima de la gloria del Todopoderoso"; consideremos primero qué es la gloria de Dios omnipotente, y entonces entenderemos también qué es su emanación. Así como nadie puede ser padre sin tener un hijo, ni señor sin tener un siervo, tampoco puede llamarse omnipotente a Dios si no existen seres sobre los cuales pueda ejercer su potestad; por tanto, para que se muestre que Dios es todopoderoso, es necesario que existan todas las cosas. Pues si alguien pretendiera que transcurrieron algunas eras o períodos de tiempo, o como quiera llamarlos, cuando aún no existían las cosas creadas después, mostraría sin duda que durante aquellas eras o períodos Dios no era omnipotente, sino que llegó a serlo más tarde, a saber, desde que comenzó a tener seres sobre los cuales ejercer su potestad. Así parecería haber recibido un cierto aumento y ascendido de una condición inferior a otra superior, pues no cabe duda de que ser omnipotente es mejor para Él que no serlo. Ahora bien, ¿cómo no habría de resultar absurdo que Dios, cuando no poseía ninguna de las cosas que le convenía poseer, llegara a adquirirlas después mediante una especie de progreso? Pero si nunca hubo un tiempo en que no fuese omnipotente, necesariamente debían existir también las cosas en virtud de las cuales recibe ese nombre; y siempre debió tener seres sobre los que ejerciera su potestad y a los que gobernara como rey o príncipe. De esto hablaremos más ampliamente en el lugar oportuno, cuando tratemos de las criaturas. Pero ya ahora considero necesario hacer, aunque sea de pasada, una advertencia, puesto que la cuestión que tenemos ante nosotros es cómo la Sabiduría es la emanación purísima de la gloria del Todopoderoso: no vaya alguien a pensar que el título de Omnipotente precedió en Dios al nacimiento de la Sabiduría, por quien recibe el nombre de Padre, siendo así que la Sabiduría, que es el Hijo de Dios, es la emanación purísima de la gloria del Todopoderoso. Quien se incline a tal sospecha escuche la declaración indudable de la Escritura: "Con sabiduría las hiciste todas", y la enseñanza del Evangelio: "Por Él fueron hechas todas las cosas, y sin Él nada fue hecho". Comprenda por ello que el título de Omnipotente en Dios no puede ser más antiguo que el de Padre, pues por el Hijo es todopoderoso el Padre. Pero, de la expresión "gloria del Todopoderoso", gloria de la que la Sabiduría es emanación, ha de entenderse que la Sabiduría, por quien Dios recibe el nombre de omnipotente, participa de la gloria del Todopoderoso. Pues, por la Sabiduría, que es Cristo, Dios tiene potestad sobre todas las cosas, no solo por la autoridad de quien gobierna, sino también por la obediencia voluntaria de quienes le están sujetos. Y para que entiendas que la omnipotencia del Padre y del Hijo es una y la misma, así como Dios y el Señor son uno y el mismo con el Padre, escucha cómo habla Juan en el Apocalipsis: "Así dice el Señor Dios, el que es, el que era y el que ha de venir, el Todopoderoso". Pues ¿quién sino Cristo es el que ha de venir? Y así como nadie debe escandalizarse de que el Salvador sea también Dios, siendo Dios el Padre, tampoco debe escandalizarse de que se llame omnipotente al Hijo de Dios, si también se llama omnipotente al Padre. De este modo será verdadero lo que Él dice al Padre: "Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo es mío, y en ellos he sido glorificado". Ahora bien, si todo cuanto pertenece al Padre pertenece también a Cristo, entre esas cosas se encuentra ciertamente la omnipotencia del Padre; y, sin duda, el Hijo unigénito debe ser omnipotente, para poseer también Él todo cuanto posee el Padre. "Y en ellos he sido glorificado", declara. Pues "al nombre de Jesús se doblará toda rodilla, en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confesará que el Señor Jesús está en la gloria de Dios Padre". Por tanto, Él es emanación de la gloria de Dios en cuanto es omnipotente: la propia Sabiduría pura y diáfana, glorificada como emanación de la omnipotencia o de la gloria. Y para que se comprenda más claramente qué es la gloria de la omnipotencia, añadiremos lo siguiente. Dios Padre es omnipotente porque tiene potestad sobre todas las cosas, es decir, sobre el cielo y la tierra, el sol, la luna y las estrellas, y sobre todo lo que hay en ellos. Y ejerce su potestad sobre ellas por medio de su Palabra, porque al nombre de Jesús se doblará toda rodilla, tanto en el cielo como en la tierra y debajo de la tierra. Y si toda rodilla se dobla ante Jesús, entonces, sin duda, es a Jesús a quien están sujetas todas las cosas; Él es quien ejerce potestad sobre todas ellas y por quien todas se someten al Padre, pues es por la sabiduría, es decir, por la palabra y la razón, y no por la fuerza y la necesidad, como todas las cosas le están sujetas. Por eso su gloria consiste precisamente en poseerlo todo; y esta es la gloria purísima y más diáfana de la omnipotencia: que todas las cosas se sometan por la razón y la sabiduría, no por la fuerza y la necesidad. Ahora bien, la expresión "gloria purísima y más diáfana de la sabiduría" es apropiada para distinguirla de aquella gloria que no puede llamarse pura y genuina. Pues toda naturaleza susceptible de conversión y cambio, aunque sea glorificada por las obras de justicia o de sabiduría, no puede tener una gloria que se llame genuina y pura, ya que la justicia o la sabiduría son en ella cualidades accidentales, y lo accidental puede también desaparecer. Pero la Sabiduría de Dios, que es su Hijo unigénito, es en todos los aspectos incapaz de cambio o alteración; y, puesto que toda cualidad buena en Él es esencial y no puede cambiar ni convertirse en otra cosa, su gloria es declarada pura y genuina.

    I, 2, 11

    11. En tercer lugar, se llama a la Sabiduría "resplandor de la luz eterna". Ya explicamos el alcance de esta expresión en las páginas anteriores, cuando introdujimos la comparación del sol y el resplandor de sus rayos, y mostramos, en la medida de nuestras posibilidades, cómo debía entenderse. A lo dicho entonces añadiremos solo esta observación: se llama propiamente perpetuo o eterno a aquello que ni comenzó a existir ni puede dejar jamás de ser lo que es. Esta es la idea que expresa Juan al decir que Dios es luz. Ahora bien, su Sabiduría es el resplandor de esa luz, no solo en cuanto es luz, sino también en cuanto es luz perpetua, de modo que su Sabiduría es un resplandor eterno y perpetuo. Si esto se entiende plenamente, muestra con claridad que la existencia del Hijo procede del Padre, pero no en el tiempo ni de ningún otro principio, salvo, como hemos dicho, de Dios mismo.

    I, 2, 12

    12. Pero a la Sabiduría se la llama también "espejo sin mancha" de la ἐνέργεια o actividad de Dios. Debemos entender primero, pues, qué es la actividad de la potestad de Dios. Es una especie de vigor, por así decirlo, mediante el cual Dios obra en la creación, en la providencia, en el juicio o en la disposición y ordenación de cada cosa a su debido tiempo. Pues así como la imagen formada en un espejo refleja sin error todos los actos y movimientos de quien se mira en él, así quiere la Sabiduría que se la entienda cuando se la llama espejo sin mancha de la potestad y actividad del Padre; como declara también de sí mismo el Señor Jesucristo, que es la Sabiduría de Dios, cuando dice: "Las obras que hace el Padre, esas mismas hace igualmente el Hijo". Y dice también que "el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre". Por tanto, puesto que el Hijo no difiere en nada del Padre en la potestad de sus obras, y la obra del Hijo no es distinta de la del Padre, sino que hay, por así decirlo, uno y el mismo movimiento en todo, se le llamó espejo sin mancha para que mediante esa expresión se entendiera que no existe disimilitud alguna entre el Hijo y el Padre. En efecto, ¿cómo pueden concordar con las declaraciones de la Escritura las afirmaciones de quienes dicen que estas obras se realizan a la manera en que un discípulo se asemeja a su maestro o lo imita, o sostienen que el Hijo hace en materia corporal las cosas que el Padre formó primero en su esencia espiritual, cuando el Evangelio dice que el Hijo no hace cosas semejantes, sino las mismas cosas de igual manera?

    I, 2, 13

    13. Queda por indagar qué significa "imagen de su bondad". A este respecto, creo que debemos entender lo mismo que expresamos poco antes al hablar de la imagen formada en el espejo. Pues Él es, sin duda, la bondad primera, de la que nace el Hijo; y este, siendo en todos los aspectos imagen del Padre, puede ciertamente llamarse con propiedad imagen de su bondad. Pues no existe en el Hijo otra bondad distinta de la que está en el Padre. Por ello también dice acertadamente el propio Salvador en el Evangelio: "Nadie es bueno sino uno solo, Dios Padre", para que por esta expresión se entienda que la bondad del Hijo no es diferente, sino la misma y única que existe en el Padre, de quien se le llama con razón imagen, porque no procede de ninguna otra fuente que de aquella bondad primera; así se evita que parezca haber en el Hijo una bondad distinta de la que está en el Padre. Tampoco hay en el Hijo disimilitud ni diferencia alguna de bondad. Por tanto, no debe imaginarse que haya una especie de blasfemia en las palabras "Nadie es bueno sino uno solo, Dios Padre", como si con ellas se negara que Cristo o el Espíritu Santo sean buenos. Antes bien, como ya hemos dicho, debe entenderse que la bondad primera reside en Dios Padre, de quien nace el Hijo y procede el Espíritu Santo, y ambos conservan en sí, sin duda alguna, la naturaleza de aquella bondad que se encuentra en la fuente de la que proceden. Y si hay otras cosas a las que la Escritura llama buenas, ya se trate de un ángel, un hombre, un siervo, un tesoro, un corazón bueno o un árbol bueno, todas reciben ese nombre por extensión, pues su bondad es accidental y no esencial. Pero reunir todos los nombres del Hijo de Dios —como luz verdadera, puerta, justicia, santificación, redención e innumerables otros— y mostrar por qué se le da cada uno de ellos exigiría mucho tiempo y trabajo. Satisfechos, pues, con lo ya expuesto, prosigamos nuestra indagación de las cuestiones que siguen.
    Comentario editorial · «Imagen de su bondad»: Rufino frente a Jerónimo
    Rufino hace decir a Orígenes que en el Hijo no hay otra bondad que la del Padre. Jerónimo atribuye al original casi lo contrario: que el Padre es bueno con bondad perfecta, mientras que del Hijo dice que no es bueno, sino una emanación e imagen de la bondad; bueno no en sentido absoluto, sino con un añadido, como «el buen pastor» (Carta 124, § 2). Sin el griego no puede saberse cuánto exagera Jerónimo ni cuánto corrige Rufino.

    Capítulo 3. Sobre el Espíritu Santo

    I, 3, 1

    1. La siguiente cuestión es investigar, con la mayor brevedad posible, lo relativo al Espíritu Santo. Todos los que reconocen, de cualquier manera, la existencia de la providencia confiesan que Dios, que creó y dispuso todas las cosas, es ingénito, y lo reconocen como padre del universo. Ahora bien, que Él tiene un Hijo no es una afirmación que hagamos solo nosotros; aunque pueda parecer bastante asombrosa e increíble a quienes gozan de reputación de filósofos entre griegos y bárbaros, algunos de los cuales, sin embargo, parecen haber concebido alguna idea de su existencia al reconocer que todas las cosas fueron creadas por la palabra o razón de Dios. Nosotros, en cambio, conforme a nuestra fe en esa doctrina, que ciertamente tenemos por divinamente inspirada, creemos que no hay otro modo de explicar y poner al alcance del conocimiento humano esta razón más elevada y divina, en cuanto Hijo de Dios, sino por medio de aquellas Escrituras inspiradas por el Espíritu Santo, es decir, los Evangelios y las Epístolas, la ley y los profetas, según la declaración del propio Cristo. En cuanto a la existencia del Espíritu Santo, nadie podría siquiera sospecharla si no conociera la ley y los profetas o no profesara la fe en Cristo. Pues, aunque nadie puede hablar con certeza de Dios Padre, es posible, no obstante, alcanzar algún conocimiento de Él mediante la creación visible y los sentimientos naturales de la mente humana; y tal conocimiento puede, además, confirmarse por las Sagradas Escrituras. Con respecto al Hijo de Dios, aunque nadie conoce al Hijo sino el Padre, también es la Sagrada Escritura la que enseña a la mente humana cómo pensar acerca de Él; y no solo el Nuevo Testamento, sino también el Antiguo, mediante aquellos hechos que, aun habiendo sido realizados por los santos, se refieren figuradamente a Cristo y permiten discernir tanto su naturaleza divina como la naturaleza humana que asumió.

    I, 3, 2

    2. Ahora bien, muchos pasajes de la Escritura nos enseñan qué es el Espíritu Santo: David, por ejemplo, dice en el salmo cincuenta y uno: "No apartes de mí tu Espíritu Santo"; y en Daniel se dice: "El Espíritu Santo que está en ti". En el Nuevo Testamento abundan los testimonios: se describe al Espíritu Santo descendiendo sobre Cristo; el Señor, después de su resurrección, sopla sobre sus apóstoles y les dice: "Recibid el Espíritu Santo"; el ángel dice a María: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti"; y Pablo declara que nadie puede llamar Señor a Jesús sino por el Espíritu Santo. En los Hechos de los Apóstoles, el Espíritu Santo era conferido en el bautismo mediante la imposición de las manos de los apóstoles. De todo ello aprendemos que la persona del Espíritu Santo posee tal autoridad y dignidad que el bautismo salvador no queda completo sino por la autoridad de la excelentísima Trinidad entera, es decir, mediante la invocación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, uniendo también el nombre del Espíritu Santo al de Dios Padre, ingénito, y al de su Hijo unigénito. ¿Quién, pues, no se maravilla ante la extraordinaria majestad del Espíritu Santo cuando oye que quien diga una palabra contra el Hijo del hombre puede esperar perdón, pero quien sea culpable de blasfemia contra el Espíritu Santo no obtendrá perdón ni en el mundo presente ni en el venidero?

    I, 3, 3

    3. Que todas las cosas fueron creadas por Dios y que no existe criatura alguna que no haya recibido de Él su ser queda establecido por numerosas declaraciones de la Escritura; quedan así refutadas y rechazadas las afirmaciones que algunos hacen falsamente acerca de la existencia de una materia coeterna con Dios o de almas ingénitas, a las que, según pretenden, Dios no habría otorgado tanto la potestad de existir cuanto igualdad y orden. Pues incluso en aquel breve tratado llamado El Pastor o Ángel del Arrepentimiento, compuesto por Hermas, encontramos lo siguiente: "Ante todo, cree que hay un solo Dios, que creó y ordenó todas las cosas; que hizo existir todas las cosas cuando antes nada existía; que Él mismo contiene todas las cosas, pero no está contenido por ninguna". También en el Libro de Enoc encontramos descripciones semejantes. Pero hasta el presente no hemos podido hallar en la Sagrada Escritura ninguna afirmación según la cual pueda decirse que el Espíritu Santo fue hecho o creado, ni siquiera del modo en que, según hemos mostrado antes, Salomón habla de la sabiduría divina, o en que deben entenderse, referidas a la vida, a la palabra o a las demás denominaciones del Hijo de Dios, las expresiones que hemos examinado. Por tanto, el Espíritu de Dios que se cernía sobre las aguas, según está escrito al comienzo de la creación del mundo, no es, a mi juicio y hasta donde alcanzo a comprender, otro que el Espíritu Santo; como, en efecto, hemos mostrado al exponer esos mismos pasajes, no según el método de interpretación histórico, sino según el espiritual.

    I, 3, 4

    4. Algunos de nuestros predecesores han observado que, en el Nuevo Testamento, siempre que se nombra al Espíritu sin ningún calificativo que indique una cualidad, debe entenderse que se trata del Espíritu Santo; como, por ejemplo, en la expresión: "El fruto del Espíritu es amor, alegría y paz"; y en esta otra: "Habiendo comenzado por el Espíritu, ¿os perfeccionáis ahora por la carne?". Somos de la opinión de que esta distinción puede observarse también en el Antiguo Testamento, como cuando se dice: "Él da su Espíritu al pueblo que está sobre la tierra, y espíritu a quienes caminan por ella". Pues, sin duda, todo el que camina sobre la tierra —es decir, los seres terrenales y corporales— participa también del Espíritu Santo, al recibirlo de Dios. Mi maestro hebreo solía decir asimismo que los dos serafines de Isaías, descritos cada uno con seis alas y que se llaman el uno al otro diciendo: "Santo, santo, santo es el Señor Dios de los ejércitos", debían entenderse como el Hijo unigénito de Dios y el Espíritu Santo. Y pensamos que también la expresión del himno de Habacuc: "En medio de los dos seres vivientes, o de las dos vidas, serás conocido", debe entenderse de Cristo y del Espíritu Santo. Pues todo conocimiento del Padre se obtiene por revelación del Hijo a través del Espíritu Santo; de modo que ambos seres, a los que el profeta llama seres vivientes o vidas, constituyen el fundamento del conocimiento de Dios Padre. Así como se dice del Hijo que nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo, así también dice el apóstol del Espíritu Santo cuando declara: "Dios nos las ha revelado por su Espíritu Santo; pues el Espíritu escudriña todas las cosas, incluso las profundidades de Dios". Y asimismo en el Evangelio, cuando el Salvador, hablando de los aspectos divinos y más profundos de su enseñanza, que sus discípulos aún no podían recibir, les dice: "Todavía tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no podéis soportarlas; cuando venga el Espíritu Santo, el Consolador, os enseñará todas las cosas y os recordará cuanto os he dicho". Debemos entender, por tanto, que, así como el Hijo, que es el único que conoce al Padre, lo revela a quien quiere, también el Espíritu Santo, que es el único que escudriña las profundidades de Dios, revela a Dios a quien quiere: "Pues el Espíritu sopla donde quiere". No debemos suponer, sin embargo, que el Espíritu obtiene su conocimiento por revelación del Hijo. Pues, si el Espíritu Santo conoce al Padre por revelación del Hijo, pasa de un estado de ignorancia a uno de conocimiento; pero es tan impío como insensato confesar al Espíritu Santo y atribuirle, no obstante, ignorancia. En efecto, aun si hubiera existido alguna otra cosa antes que el Espíritu Santo, no llegó Él a ser el Espíritu Santo mediante un progreso gradual; como si alguien se aventurase a decir que, cuando todavía no era el Espíritu Santo, ignoraba al Padre, pero que, una vez recibido el conocimiento, se convirtió en el Espíritu Santo. Si así fuera, nunca se contaría al Espíritu Santo en la unidad de la Trinidad, es decir, junto al Padre inmutable y a su Hijo, a menos que hubiese sido siempre el Espíritu Santo. Ciertamente, cuando empleamos términos como "siempre" o "era", o cualquier otra designación temporal, no deben tomarse en sentido absoluto, sino con la debida salvedad; pues, aunque el significado de esas palabras se refiere al tiempo y hablamos de aquello de lo que tratamos como si existiera en el tiempo, forzando así el lenguaje, en su verdadera naturaleza trasciende toda concepción del entendimiento finito.

    I, 3, 5

    5. No obstante, parece oportuno indagar por qué quien es regenerado por Dios para la salvación ha de tener relación tanto con el Padre como con el Hijo y el Espíritu Santo, y no alcanza la salvación sin la cooperación de la Trinidad entera; y por qué es imposible participar del Padre o del Hijo sin el Espíritu Santo. Al tratar estas cuestiones será, sin duda, necesario describir la acción propia del Espíritu Santo, así como la del Padre y la del Hijo. Soy de la opinión, pues, de que la acción del Padre y del Hijo tiene lugar tanto en los santos como en los pecadores, en los seres racionales y en los animales privados de habla; más aún, incluso en las cosas carentes de vida y, universalmente, en todo cuanto existe. En cambio, la acción del Espíritu Santo no tiene lugar en absoluto en las cosas carentes de vida ni en las que, aun estando vivas, carecen de habla; más aún, ni siquiera se encuentra en quienes están dotados de razón, pero siguen el camino del mal y no se convierten en modo alguno a una vida mejor. Pienso que la acción del Espíritu Santo tiene lugar únicamente en quienes ya se vuelven hacia una vida mejor y caminan por la senda que conduce a Jesucristo, es decir, en quienes realizan buenas obras y permanecen en Dios.
    Comentario editorial · La acción del Padre, la del Hijo y la del Espíritu
    En la versión de Rufino, la acción del Padre y la del Hijo llegan a todo lo que existe y la del Espíritu Santo solo a quienes se vuelven hacia una vida mejor. Jerónimo resume el original con una gradación más marcada: el Hijo es inferior al Padre, el Espíritu que habita en los santos es inferior al Hijo, y el poder del Padre es mayor que el del Hijo y el del Espíritu (Carta 124, § 2). Rufino, en cambio, agrupa al Padre y al Hijo y solo distingue el alcance de la acción del Espíritu.

    I, 3, 6

    6. Que la acción del Padre y del Hijo se ejerce tanto en los santos como en los pecadores resulta manifiesto porque todos los seres racionales participan de la palabra, es decir, de la razón, y llevan así en su interior ciertas semillas de sabiduría y justicia, que es Cristo. Ahora bien, de Aquel que verdaderamente existe y que dijo por medio de Moisés: "Yo soy el que soy", participan todas las cosas, cualesquiera que sean; y esa participación en Dios Padre corresponde tanto a los justos como a los pecadores, tanto a los seres racionales como a los irracionales y, universalmente, a todo cuanto existe. También el apóstol Pablo muestra que todos participan de Cristo cuando dice: "No digas en tu corazón: "¿Quién subirá al cielo?" —esto es, para hacer bajar a Cristo—, ni: "¿Quién descenderá al abismo?" —esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos—. Mas ¿qué dice la Escritura? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón". Con ello quiere decir que Cristo está en el corazón de todos en cuanto palabra o razón, por cuya participación son seres racionales. También aquella declaración del Evangelio: "Si no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa para su pecado", pone de manifiesto a todos los que conocen racionalmente hasta qué momento el hombre está libre de pecado y desde cuándo queda sujeto a él, de qué modo se dice que los hombres han pecado por participar de la palabra o razón: a saber, desde que adquieren la capacidad de entender y conocer, cuando la razón implantada en su interior les ha mostrado la diferencia entre el bien y el mal; y, una vez que han empezado a conocer qué es el mal, quedan sujetos al pecado si lo cometen. Este es el sentido de la expresión según la cual los hombres no tienen excusa para su pecado: desde que la palabra o razón divina comienza a mostrarles interiormente la diferencia entre el bien y el mal, deben evitar y guardarse de lo perverso. "Pues quien sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado". Además, que ningún hombre está enteramente privado de comunión con Dios lo enseña el Evangelio con estas palabras del Salvador: "El reino de Dios no viene de manera que pueda observarse; ni dirán: "¡Helo aquí!" o "¡Helo allí!". Pues el reino de Dios está dentro de vosotros". Pero aquí debemos ver si esto no tiene el mismo sentido que la expresión del Génesis: "Y sopló en su rostro aliento de vida, y el hombre se convirtió en alma viviente". Pues, si se entiende que esto se aplica en general a todos los hombres, entonces todos participan de Dios.

    I, 3, 7

    7. Pero si ha de entenderse que esas palabras se refieren al Espíritu de Dios, puesto que también Adán profetizó acerca de ciertas cosas, cabe tomarlas no como una afirmación de alcance general, sino limitada a los santos. Por último, también en tiempos del diluvio, cuando toda carne había corrompido su camino ante Dios, se consigna que Dios habló así de los hombres indignos y pecadores: "Mi Espíritu no permanecerá para siempre con esos hombres, porque son carne". Con ello se muestra claramente que el Espíritu de Dios es retirado de todos los que son indignos. En los Salmos también está escrito: "Les retirarás su espíritu y morirán, y volverán a su tierra. Enviarás tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra". Evidentemente, esto se refiere al Espíritu Santo, que, después de que los pecadores y los indignos hayan sido apartados y destruidos, crea para sí un pueblo nuevo y renueva la faz de la tierra cuando estos, despojándose por la gracia del Espíritu del hombre viejo y sus obras, comienzan a caminar en una vida nueva. Por tanto, la expresión se aplica acertadamente al Espíritu Santo, porque Él establecerá su morada no en todos los hombres ni en quienes son carne, sino en aquellos cuya tierra ha sido renovada. Por esta razón, en fin, la gracia y la revelación del Espíritu Santo se conferían, después del bautismo, mediante la imposición de las manos de los apóstoles. También nuestro Salvador, después de la resurrección, cuando las cosas viejas ya habían pasado y todas se habían hecho nuevas, siendo Él mismo un hombre nuevo y el primogénito de entre los muertos, y estando renovados también sus apóstoles por la fe en su resurrección, dice: "Recibid el Espíritu Santo". Sin duda esto era lo que el Señor Salvador quería expresar en el Evangelio cuando dijo que no se puede poner vino nuevo en odres viejos, sino que ordenó que los odres se hicieran nuevos; es decir, que los hombres caminasen en una vida nueva para poder recibir el vino nuevo, a saber, la novedad de la gracia del Espíritu Santo. De este modo, pues, la acción de la potestad de Dios Padre y del Hijo se extiende sin distinción a toda criatura; pero encontramos que solo los santos participan del Espíritu Santo. Por eso se dice: "Nadie puede decir que Jesús es Señor sino por el Espíritu Santo". Y en cierta ocasión apenas se considera dignos de oír, ni siquiera a los propios apóstoles, estas palabras: "Recibiréis la potestad del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros". Por esta razón, también pienso que de ello se sigue que quien ha cometido un pecado contra el Hijo del hombre es merecedor de perdón; pues, si quien participa de la palabra o razón de Dios deja de vivir conforme a la razón, parece haber caído en un estado de ignorancia o insensatez y, por tanto, merece perdón. En cambio, de quien ha sido considerado digno de participar del Espíritu Santo y ha recaído se dice que, por ese mismo hecho y acto, es culpable de blasfemia contra el Espíritu Santo. Que nadie suponga, ciertamente, que al decir que el Espíritu Santo se confiere solo a los santos, mientras que los beneficios o las acciones del Padre y del Hijo se extienden a buenos y malos, a justos e injustos, damos preferencia al Espíritu Santo sobre el Padre y el Hijo, o afirmamos que su dignidad es mayor: esta sería, sin duda, una conclusión muy ilógica. Pues lo que hemos descrito es la peculiaridad de su gracia y de sus acciones. Además, nada en la Trinidad puede llamarse mayor o menor, ya que la fuente de la divinidad contiene por sí sola todas las cosas mediante su palabra y razón, y santifica mediante el Espíritu de su boca todo cuanto es digno de santificación, como está escrito en el salmo: "Por la palabra del Señor fueron afirmados los cielos, y toda su potestad por el Espíritu de su boca". Existe asimismo una acción propia de Dios Padre, además de aquella por la cual otorgó a todas las cosas el don de la vida natural. Existe también un ministerio propio del Señor Jesucristo para con aquellos a quienes confiere por naturaleza el don de la razón, mediante el cual pueden ser rectamente lo que son. Existe asimismo otra gracia del Espíritu Santo, que se concede a los dignos por el ministerio de Cristo y la acción del Padre, en proporción a los méritos de quienes llegan a ser capaces de recibirla. Esto lo señala con la mayor claridad el apóstol Pablo cuando demuestra que la potestad de la Trinidad es una y la misma con estas palabras: "Hay diversidad de dones, pero el mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero el mismo Señor; y hay diversidad de acciones, pero es el mismo Dios quien obra todo en todos. A cada uno se le da la manifestación del Espíritu para provecho común". De ello se sigue con toda claridad que no hay diferencia en la Trinidad, sino que aquello que se llama don del Espíritu se da a conocer por medio del Hijo y es obrado por Dios Padre. "Pero todas estas cosas las obra uno y el mismo Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular como quiere".

    I, 3, 8

    8. Hechas estas afirmaciones acerca de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, volvamos al orden con que comenzamos nuestra exposición. Dios Padre otorga a todos la existencia; y la participación en Cristo, en cuanto palabra de razón, los convierte en seres racionales. De ello se sigue que son merecedores de alabanza o de censura, porque son capaces de virtud y de vicio. Por esta razón, pues, está presente la gracia del Espíritu Santo: para que aquellos seres que no son santos por esencia lleguen a serlo al participar de ella. Así pues, dado que reciben, en primer lugar, su existencia de Dios Padre; en segundo lugar, su naturaleza racional de la Palabra; y, en tercer lugar, su santidad del Espíritu Santo, quienes han sido previamente santificados por el Espíritu Santo adquieren de nuevo la capacidad de recibir a Cristo en cuanto justicia de Dios; y quienes, mediante la santificación del Espíritu Santo, han merecido avanzar hasta este grado obtendrán, no obstante, el don de la sabiduría conforme a la potestad y la acción del Espíritu de Dios. Y considero que este es el sentido de las palabras de Pablo cuando dice que a unos se les da la palabra de sabiduría y a otros la palabra de conocimiento, según el mismo Espíritu. Y, al señalar la distinción entre los dones particulares, los remite todos a la fuente de todas las cosas con estas palabras: "Hay diversidad de acciones, pero un solo Dios que obra todo en todos". De ahí que también la acción del Padre, que confiere la existencia a todas las cosas, se muestre más gloriosa y magnífica, mientras cada uno, por su participación en Cristo como sabiduría, conocimiento y santificación, progresa y asciende a grados superiores de perfección; y, puesto que es por la participación en el Espíritu Santo como uno se vuelve más puro y más santo, recibe, cuando se hace digno de ella, la gracia de la sabiduría y del conocimiento, a fin de que, una vez limpiadas y eliminadas todas las manchas de impureza e ignorancia, avance tanto en santidad y pureza que la naturaleza recibida de Dios llegue a ser digna de Aquel que se la dio para que fuese pura y perfecta, de suerte que el ser que existe sea tan digno como Aquel que lo llamó a la existencia. Pues, de este modo, quien sea tal como su Creador quiso que fuese recibirá de Dios la potestad de existir siempre y permanecer para siempre. Para que esto suceda y para que aquellos a quienes Él creó puedan permanecer incesante e inseparablemente junto a Aquel QUE ES, corresponde a la sabiduría instruirlos y formarlos, y llevarlos a la perfección mediante la confirmación de su Espíritu Santo y la santificación incesante, por la cual únicamente son capaces de recibir a Dios. Así pues, mediante la renovación de la acción incesante del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en nosotros, a través de sus diversas etapas de progreso, podremos quizá algún día, aunque con dificultad, contemplar la vida santa y bienaventurada; y, puesto que solo después de muchas luchas podemos alcanzarla, debemos perseverar en ella de tal modo que jamás se apodere de nosotros la saciedad de esa bienaventuranza. Antes bien, cuanto más percibamos su bienaventuranza, tanto más debe crecer e intensificarse en nosotros el anhelo de ella, mientras recibimos y abrazamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo con una disposición cada vez más ávida y libre. Pero si la saciedad llegara alguna vez a apoderarse de alguien situado en la cumbre más alta y perfecta, no creo que fuese depuesto de pronto de su posición y cayera, sino que tendría que decaer gradualmente, poco a poco; de modo que, si en algún momento se produjera una breve caída y esa persona se arrepintiera pronto y volviera en sí, podría no apartarse por completo, sino desandar sus pasos, regresar a su lugar anterior y recuperar lo que hubiera perdido por su negligencia.
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