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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minCómo leer las dos versiones
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minPrefacio
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 12 minLibro I
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 1. Sobre Dios
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 2. Sobre Cristo
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 2. Sobre Cristo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 4. Sobre la deserción o el apartamiento
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 5. Sobre las naturalezas racionales
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el fin o la consumación
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 7. Sobre los seres incorpóreos y corpóreos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 8. Sobre los ángeles
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 8. Sobre los ángeles
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 10 minLibro II
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 2. Sobre la perpetuidad de la naturaleza corporal
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 13 minCapítulo 3. Sobre el principio del mundo y sus causas
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 4. El Dios de la ley y los profetas, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es el mismo Dios
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 4. El Dios de la ley y los profetas, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es el mismo Dios
  22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 5. Sobre la justicia y la bondad
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre la encarnación de Cristo
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 6. Sobre la encarnación de Cristo
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre el Espíritu Santo
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 8. Sobre el alma (anima)
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 8. Sobre el alma (anima)
  28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 9. Sobre el mundo y los movimientos de las criaturas racionales, sean buenos o malos, y sobre sus causas
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 9. Sobre el mundo y los movimientos de las criaturas racionales, sean buenos o malos, y sobre sus causas
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 10. Sobre la resurrección y el juicio, el fuego del infierno y los castigos
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 10. Sobre la resurrección y el juicio, el fuego del infierno y los castigos
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 11. Sobre las contrapromesas
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 11. Sobre las contrapromesas
  34. Sesión 34 · Parte 7 · ≈ 9 minLibro III
  35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 1. Sobre el libre albedrío: solución e interpretación de los pasajes de la Escritura que parecen negarlo
  36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 1. Sobre el libre albedrío: solución e interpretación de los pasajes de la Escritura que parecen negarlo
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  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 2. Sobre las potestades adversas
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  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las potestades adversas
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 3. Sobre la sabiduría triple
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 4. Sobre las tentaciones humanas
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4. Sobre las tentaciones humanas
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 5. Que el mundo tuvo su comienzo en el tiempo
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  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 6. Sobre el fin del mundo
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 6. Sobre el fin del mundo
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 12 minLibro IV
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 13 minCapítulo 1. Sobre la inspiración divina de la Sagrada Escritura
  57. Sesión 57 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
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  59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
  60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
  61. Sesión 61 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
  62. Sesión 62 · Parte 12 · ≈ 12 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
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  66. Sesión 66 · Parte 13 · ≈ 10 minResumen doctrinal acerca del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y de los demás temas tratados en las páginas precedentes
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    TEXTOS — ORÍGENES DE ALEJANDRÍA

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    Sobre los principios

    c. 220–230 · El latín de Rufino y, donde se conserva, el griego en paralelo52 minPosición: 0% de esta parteParte 8 de 13 · Capítulo 2. Sobre las potestades adversasPublicado el Actualizado el Ref. ESC-ORI-01

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    Capítulo 2. Sobre las potestades adversas

    III, 2, 1

    1. Debemos ahora considerar, conforme a lo que afirma la Escritura, cómo las potestades adversas, o el propio Diablo, combaten contra el género humano, incitando e instigando a los hombres al pecado. Y, en primer lugar, en el libro del Génesis se describe cómo la serpiente sedujo a Eva. Con respecto a ella, en la obra titulada La ascensión de Moisés —un breve tratado que el apóstol Judas menciona en su Epístola—, el arcángel Miguel, al disputar con el Diablo acerca del cuerpo de Moisés, dice que la serpiente, inspirada por el Diablo, fue la causa de la transgresión de Adán y Eva. Algunos se preguntan también quién era el ángel que, hablando desde el cielo a Abrahán, dijo: "Ahora sé que temes a Dios y que por mí no has perdonado a tu hijo amado, a quien amabas". Pues se lo describe expresamente como un ángel que dijo saber entonces que Abrahán temía a Dios y no había perdonado a su hijo amado, según declara la Escritura; aunque no dijo que Abrahán lo hubiera hecho por Dios, sino por él, es decir, por quien hablaba. Debemos averiguar asimismo quién es aquel de quien se afirma en el libro del Éxodo que quiso matar a Moisés cuando este partía hacia Egipto; y también quién es el llamado ángel exterminador, así como aquel a quien en el libro del Levítico se llama Apopompeo, es decir, Apartador, acerca del cual dice la Escritura: "Una suerte para el Señor y otra suerte para el Apopompeo", esto es, para el Apartador. En el primer libro de los Reyes se dice, además, que un espíritu maligno atormentó a Saúl; y en el tercer libro, el profeta Miqueas dice: "Vi al Señor de Israel sentado en su trono, y a todo el ejército del cielo de pie junto a él, a su derecha y a su izquierda. Y el Señor dijo: "¿Quién engañará a Acab, rey de Israel, para que suba y caiga en Ramot de Galaad?". Uno propuso una cosa, y otro, otra. Entonces salió un espíritu, se presentó ante el Señor y dijo: "Yo lo engañaré". Y el Señor le preguntó: "¿De qué manera?". Él respondió: "Saldré y seré un espíritu de mentira en boca de todos sus profetas". Y el Señor le dijo: "Lo engañarás y prevalecerás; sal y hazlo pronto". Ahora, pues, el Señor ha puesto un espíritu de mentira en boca de todos tus profetas: el Señor ha anunciado el mal contra ti". Esta última cita muestra claramente que cierto espíritu, por su propia voluntad y elección, decidió engañar a Acab y urdir una mentira, a fin de que el Señor condujera al rey a la muerte, pues merecía sufrirla. En el primer libro de las Crónicas se dice también: "El Diablo, Satanás, se alzó contra Israel e incitó a David a hacer el censo del pueblo". En los Salmos, además, se dice que un ángel maligno acosa a ciertas personas. También Salomón dice en el libro del Eclesiastés: "Si el espíritu del gobernante se alza contra ti, no abandones tu puesto, pues la serenidad refrena muchas transgresiones". En Zacarías leemos que el Diablo estaba a la derecha de Josué y se le oponía. Isaías dice que la espada del Señor se levanta contra el dragón, la serpiente tortuosa. ¿Y qué diré de Ezequiel, quien en su segunda visión profetiza con toda claridad al príncipe de Tiro acerca de una potestad adversa y dice también que el dragón habita en los ríos de Egipto? Más aún, ¿de qué trata toda la obra escrita acerca de Job, sino de las acciones del Diablo, que pide que se le dé poder sobre todo cuanto Job posee, sobre sus hijos e incluso sobre su persona? Y, sin embargo, el Diablo es vencido por la paciencia de Job. En aquel libro, el Señor, mediante sus respuestas, nos ha comunicado muchas cosas acerca de la potestad de ese dragón que se nos opone. Tales son, por ahora, las afirmaciones del Antiguo Testamento que podemos recordar acerca de las potestades hostiles que la Escritura nombra o presenta como adversarias del género humano y que después son sometidas a castigo.
    Examinemos ahora también el Nuevo Testamento, donde Satanás se acerca al Salvador y lo tienta; allí se afirma asimismo que el Salvador expulsó de los cuerpos de muchísimas personas a las que habían poseído espíritus malignos y demonios impuros, y se dice que así las liberó. También Judas, después de que el Diablo ya le hubiera puesto en el corazón traicionar a Cristo, recibió más tarde a Satanás por entero en su interior; pues está escrito que, después del bocado, Satanás entró en él. Y el apóstol Pablo nos enseña que no debemos dar lugar al Diablo: "Revestíos —dice— de la armadura de Dios, para que podáis resistir las asechanzas del Diablo"; con ello señala que los santos han de luchar no contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de las tinieblas de este mundo y contra las fuerzas espirituales del mal en las regiones celestes. Más aún, dice que incluso el Salvador fue crucificado por los príncipes de este mundo, destinados a desaparecer, y que él no predica la sabiduría de estos. Por todo ello, la Sagrada Escritura nos enseña que existen ciertos enemigos invisibles que combaten contra nosotros y frente a los cuales nos manda armarnos. De ahí que los más sencillos entre los creyentes en el Señor Cristo opinen que todos los pecados cometidos por los hombres son causados por los esfuerzos persistentes que estas potestades adversas ejercen sobre la mente de los pecadores, pues en esa lucha invisible dichas potestades resultan superiores al hombre. Según ellos, si no existiera el Diablo, ni un solo ser humano se extraviaría.
    Comentario editorial · La Ascensión de Moisés
    El libro que cita Orígenes es un apócrifo judío sobre el fin de Moisés. La Epístola de Judas (v. 9) alude a la disputa entre el arcángel Miguel y el diablo por el cuerpo de Moisés, y Orígenes la atribuye a ese libro. Una nota de la edición inglesa recuerda que lo mencionan varios autores antiguos con el nombre griego de Análēpsis o Anábasis Mōüséōs.

    III, 2, 2

    2. Nosotros, sin embargo, que discernimos más claramente la razón de estas cosas, no compartimos tal opinión, teniendo en cuenta los pecados que manifiestamente nacen como consecuencia necesaria de nuestra constitución corporal. ¿Hemos de suponer, en efecto, que el Diablo es la causa de que sintamos hambre o sed? Nadie, creo yo, se atreverá a sostenerlo. Si no es, pues, la causa de que sintamos hambre y sed, ¿qué diferencia hay cuando cada persona alcanza la pubertad y esta etapa despierta los impulsos del calor natural? De ello se seguirá, sin duda, que, así como el Diablo no es la causa de que sintamos hambre y sed, tampoco lo es del apetito que surge naturalmente al llegar a la madurez, es decir, del deseo de unión sexual. Ahora bien, es cierto que este impulso no siempre es puesto en movimiento por el Diablo, de modo que estemos obligados a suponer que los cuerpos carecerían del deseo de unirse de esa manera si él no existiera. Consideremos, a continuación, si, dado que, como ya hemos mostrado, los seres humanos desean alimento no por sugestión del Diablo, sino por una especie de instinto natural, sería posible que, de no existir el Diablo, se observara al comer una contención tal que jamás se traspasaran los límites debidos; es decir, que nadie comiera de otro modo que el requerido por las circunstancias ni más de lo permitido por la razón, de suerte que los hombres, guardando la debida medida y moderación en la comida, nunca se extraviaran. No creo, en verdad, que los hombres pudieran observar una moderación tan grande —aun sin la instigación del Diablo— que nadie, al comer, sobrepasara los límites de la debida contención antes de haber aprendido a respetarlos mediante una larga práctica y experiencia. ¿Cuál es, entonces, la situación? En lo tocante a comer y beber, podríamos obrar mal aun sin incitación alguna del Diablo, si fuéramos menos moderados o menos cuidadosos de lo debido; ¿hemos de suponer, por tanto, que no sucede algo semejante con el apetito de unión sexual o con el dominio de nuestros deseos naturales? Opino, en efecto, que el mismo razonamiento debe aplicarse a otros movimientos naturales, como la codicia, la ira o la tristeza y, en general, a todos los que, por el vicio de la intemperancia, exceden los límites naturales de la moderación. Hay, por consiguiente, razones manifiestas para sostener que, así como en las cosas buenas la voluntad humana es por sí sola demasiado débil para realizar bien alguno —pues es la ayuda divina la que la lleva en todo a la perfección—, también en las cosas de naturaleza contraria recibimos ciertos elementos iniciales y, por así decirlo, semillas de pecado de aquello que usamos conforme a la naturaleza. Pero, cuando nos entregamos a ello más allá de lo debido y no resistimos los primeros movimientos hacia la intemperancia, la potestad hostil aprovecha la ocasión de esa primera transgresión, nos incita y nos apremia de todas las maneras, procurando extender nuestros pecados a un campo más amplio y ofreciéndonos a los seres humanos ocasiones y comienzos de pecado que tales potestades hostiles propagan por doquier y, si pueden, sin límite alguno. Así, cuando los hombres comienzan deseando un poco de dinero, la codicia crece a medida que aumenta la pasión, hasta que finalmente caen en la avaricia. Y después, cuando la pasión da paso a la ceguera del entendimiento y las potestades hostiles apresuran la mente con sus sugestiones, el dinero ya no solo se desea, sino que se roba y se obtiene por la fuerza, incluso derramando sangre humana. Finalmente, una prueba de que vicios de tal enormidad proceden de los demonios puede verse fácilmente en que quienes se hallan oprimidos por un amor desmedido, una ira incontrolable o una tristeza excesiva no sufren menos que aquellos a quienes los diablos atormentan corporalmente. Pues ciertas historias refieren que algunos han caído en la locura por amor; otros, por ira; no pocos, por tristeza, e incluso por una alegría excesiva. Esto sucede, creo yo, porque esas potestades adversas, es decir, esos demonios, han encontrado alojamiento en unas mentes que la intemperancia ya les había abierto y se han adueñado por completo de su naturaleza sensible, especialmente cuando ningún aprecio por la gloria de la virtud los ha movido a resistir.

    III, 2, 3

    3. Que existen, sin embargo, ciertos pecados que no proceden de las potestades adversas, sino que tienen su origen en los movimientos naturales del cuerpo, lo declara manifiestamente el apóstol Pablo en este pasaje: "La carne desea contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne; y ambos se oponen entre sí, de modo que no podéis hacer lo que queréis". Si, pues, la carne desea contra el Espíritu y el Espíritu contra la carne, en ocasiones hemos de luchar contra la carne y la sangre, es decir, en cuanto hombres que caminamos según la carne y que no podemos ser sometidos a tentaciones superiores a las humanas; pues se nos dice: "No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas". Porque, así como los jueces de los juegos públicos no permiten que los competidores entren en liza indiscriminadamente o al azar, sino que, tras examinarlos cuidadosamente, emparejan con toda imparcialidad a unos con otros según su talla o su edad —a los muchachos con muchachos y a los hombres con hombres de edad o fuerza semejantes—, así también debemos entender el proceder de la providencia divina, que dispone con la mayor imparcialidad a cuantos entran en las luchas de esta vida humana, atendiendo a la naturaleza de la fuerza de cada cual, conocida solo por aquel que ve los corazones de los hombres. De este modo, uno combate contra cierta tentación de la carne y otro contra una distinta; uno queda expuesto a su influjo durante cierto tiempo y otro durante otro; la carne tienta a uno a tal o cual complacencia y a otro a una de diferente índole; uno ha de resistir a esta o aquella potestad hostil, mientras que otro debe combatir contra dos o tres a la vez; o bien contra una influencia hostil en un momento y contra otra en un momento distinto; ha de resistir a un enemigo en determinada ocasión y a otro en una ocasión diferente, o, después de realizar ciertos actos, se ve expuesto a unos enemigos y, después de otros actos, a otros distintos. Observa si no apunta a algo semejante lo que dice el apóstol: "Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas"; es decir, cada cual es tentado en proporción a su fuerza o capacidad de resistencia. Ahora bien, aunque hemos dicho que, por el justo juicio de Dios, cada uno es tentado conforme a sus fuerzas, no debemos suponer por ello que quien es tentado haya necesariamente de resultar victorioso en la lucha; del mismo modo, quien entra en liza, aun cuando haya sido emparejado con su adversario según un criterio justo, no resulta necesariamente vencedor. Pero, si las fuerzas de los combatientes no son equivalentes, el vencedor no obtendrá justamente el premio ni se podrá culpar con justicia al vencido. Pues Dios permite, ciertamente, que seamos tentados, pero no por encima de nuestras fuerzas: somos tentados en proporción a ellas. Y no está escrito que, en la tentación, nos dará también una salida de modo que la soportemos, sino una salida de modo que podamos soportarla. De nosotros depende, sin embargo, emplear con vigor o con flaqueza la capacidad que él nos ha dado. No cabe duda de que, ante toda tentación, tenemos capacidad para resistir si empleamos debidamente la fuerza que se nos concede. Pero poseer la capacidad de vencer no es lo mismo que resultar victorioso, como el propio apóstol mostró con palabras muy cuidadosas al decir: "Dios dará una salida para que podáis soportarla", no para que vayáis a soportarla. Pues muchos no resisten la tentación, sino que sucumben a ella. Dios no hace que resistamos la tentación —de otro modo, no parecería haber lucha alguna—, sino que nos da la capacidad de resistirla. Pero esta capacidad que se nos concede para que podamos vencer puede ejercerse, conforme a nuestra libertad de la voluntad, con diligencia, y entonces resultamos victoriosos, o con indolencia, y entonces somos derrotados. Pues, si se nos otorgara una capacidad tal que necesariamente hubiéramos de vencer y nunca pudiéramos ser derrotados, ¿qué motivo para luchar le quedaría a quien no puede ser vencido? ¿O qué mérito tendría una victoria si desapareciera la posibilidad de que nuestra resistencia fracasase? En cambio, si a todos se nos concede por igual la posibilidad de vencer y está en nuestras manos emplearla con diligencia o con indolencia, será justo censurar al vencido y alabar al vencedor. De lo que hemos examinado en la medida de nuestras posibilidades resulta, creo yo, claramente manifiesto que hay transgresiones que de ningún modo cometemos bajo la presión de las potestades malignas, mientras que hay otras en las que estas nos instigan a entregarnos a excesos desmedidos. De ello se sigue que debemos indagar cómo producen en nosotros tales incitaciones las potestades adversas.

    III, 2, 4

    4. Con respecto a los pensamientos que proceden de nuestro corazón, al recuerdo de lo que hemos hecho o a la consideración de cualesquiera cosas o causas, hallamos que a veces surgen de nosotros mismos y otras veces son suscitados por las potestades adversas; no pocas veces, también, son sugeridos por Dios o por los santos ángeles. Quizá semejante afirmación parezca increíble si no la confirma el testimonio de la Sagrada Escritura. Que los pensamientos surgen de nuestro interior lo atestigua David en los Salmos, cuando dice: "El pensamiento del hombre te confesará, y el resto del pensamiento celebrará para ti un día de fiesta". Que también pueden ser suscitados por las potestades adversas lo muestra Salomón en el libro del Eclesiastés de este modo: "Si el espíritu del gobernante se alza contra ti, no abandones tu puesto, pues la serenidad refrena grandes faltas". También el apóstol Pablo dará testimonio de ello con estas palabras: "Derribando los razonamientos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Cristo". David declara, sin embargo, que pueden deberse a Dios cuando dice en los Salmos: "Bienaventurado el hombre cuya ayuda está en ti, Señor; tus ascensiones están en su corazón". Y el apóstol dice que Dios puso un pensamiento en el corazón de Tito. Que ciertos pensamientos son sugeridos al corazón de los hombres por ángeles buenos o malos lo muestran tanto el ángel que acompañó a Tobías como las palabras del profeta cuando dice: "Y respondió el ángel que hablaba en mí". El libro de El Pastor declara lo mismo: dice que a cada persona la acompañan dos ángeles; que, cuando surgen pensamientos buenos en nuestro corazón, son sugeridos por el ángel bueno, pero que, cuando son de índole contraria, proceden de la instigación del ángel malo. Lo mismo declara Bernabé en su Epístola, donde dice que hay dos caminos, uno de luz y otro de tinieblas, sobre los cuales afirma que hay ciertos ángeles apostados: los ángeles de Dios sobre el camino de la luz y los ángeles de Satanás sobre el camino de las tinieblas. No debemos imaginar, sin embargo, que de lo sugerido a nuestro corazón, sea bueno o malo, se siga otra cosa que una mera conmoción interior y una incitación al bien o al mal. Pues, cuando una potestad maligna comienza a incitarnos al mal, está enteramente a nuestro alcance desechar sus perversas sugestiones, resistir sus viles invitaciones y no hacer nada censurable. Y, por otra parte, cuando una potestad divina nos llama a cosas mejores, podemos no obedecer su llamada: en ambos casos se conserva nuestra libertad de la voluntad. Dijimos, en efecto, en las páginas anteriores que ciertos recuerdos de acciones buenas o malas nos eran sugeridos por obra de la providencia divina o por las potestades adversas. Así se muestra en el libro de Ester: Artajerjes no había recordado los servicios de aquel hombre justo, Mardoqueo, pero, agotado por una noche de vigilia, recibió de Dios el pensamiento de pedir que le leyeran los anales de sus grandes hechos; al recordar entonces los beneficios recibidos de Mardoqueo, ordenó ahorcar a su enemigo Amán, conceder a Mardoqueo espléndidos honores y librar a toda la nación santa del peligro que la amenazaba. Por otra parte, debemos suponer que fue por la influencia hostil del Diablo por lo que se introdujo en la mente de los sumos sacerdotes y los escribas la sugerencia que presentaron a Pilato cuando acudieron a decirle: "Señor, recordamos que aquel engañador dijo cuando aún vivía: "Después de tres días resucitaré"". Tampoco el propósito de Judas de traicionar a nuestro Señor y Salvador nació únicamente de la maldad de su mente. Pues la Escritura atestigua que el Diablo ya le había puesto en el corazón traicionarlo. Por eso Salomón mandó con razón: "Guarda tu corazón con toda diligencia". Y el apóstol Pablo nos advierte: "Por tanto, debemos prestar mayor atención a lo que hemos oído, no sea que acaso lo dejemos escapar". Cuando dice: "Ni deis lugar al Diablo", muestra con ese mandato que ciertos actos, o una especie de indolencia de la mente, le abren paso; y que, si entra una vez en nuestro corazón, se adueñará de nosotros o, al menos, si no llega a dominarnos por completo, contaminará el alma lanzándonos sus dardos encendidos, que unas veces nos hieren profundamente y otras solo nos prenden fuego. Rara vez, en efecto, y solo en unos pocos casos, se apagan esos dardos encendidos sin encontrar dónde herir, a saber, cuando alguien está cubierto por el fuerte y poderoso escudo de la fe. La declaración de la Epístola a los Efesios: "No luchamos contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de las tinieblas de este mundo y contra las fuerzas espirituales del mal en las regiones celestes", debe entenderse como si dijera: "Yo, Pablo, vosotros, efesios, y todos cuantos no hemos de luchar contra la carne y la sangre". Estos, en efecto, han de combatir contra los principados y las potestades, contra los dominadores de las tinieblas de este mundo, a diferencia de los corintios, cuya lucha era todavía contra la carne y la sangre y a quienes no había sobrevenido ninguna tentación que no fuera humana.

    III, 2, 5

    5. No debemos suponer, sin embargo, que cada persona haya de contender contra todos esos adversarios. Pues a ningún hombre, aunque fuera santo, le sería posible combatir contra todos ellos a la vez. Si tal cosa llegara a suceder —lo cual es ciertamente imposible—, la naturaleza humana no podría soportarlo sin quedar enteramente destruida. Pero, por ejemplo, si cincuenta soldados dijeran que van a enfrentarse a otros cincuenta, no se entendería que cada uno ha de contender contra los cincuenta, sino que cada cual diría con razón que nuestra batalla es contra cincuenta, todos contra todos. Así también debemos entender lo que quiere decir el apóstol: todos los atletas y soldados de Cristo han de luchar y combatir contra todos los adversarios enumerados; la lucha, ciertamente, debe librarse contra todos, pero cada persona combate contra una potestad determinada, o al menos del modo que establezca Dios, justo juez de la contienda. Pues opino que las fuerzas de la naturaleza humana tienen un límite. Puede haber un Pablo, de quien se dice: "Es para mí un vaso escogido"; o un Pedro, contra quien no prevalecen las puertas del infierno; o un Moisés, amigo de Dios. Sin embargo, ninguno de ellos podría soportar sin perecer el ataque simultáneo de todas estas potestades adversas, a menos que obrara en él la fuerza de aquel que dijo: "Tened ánimo; yo he vencido al mundo". Por eso Pablo exclama con confianza: "Todo lo puedo en Cristo, que me fortalece"; y también: "He trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo". En virtud, pues, de esta fuerza, que ciertamente no era de origen humano y que obraba y hablaba en él, Pablo pudo decir: "Estoy persuadido de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni principados ni potestades, ni lo presente ni lo futuro, ni altura ni profundidad ni potencia alguna, ni ninguna otra criatura, podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, nuestro Señor". Pues no creo que la naturaleza humana pueda por sí sola mantener una contienda con los ángeles, con las potestades de las alturas y del abismo y con cualquier otra criatura. Pero, cuando siente la presencia del Señor que mora en ella, la confianza en la ayuda divina la lleva a decir: "El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré? El Señor es el protector de mi vida; ¿de quién tendré miedo? Cuando se acercan a mí los enemigos para devorar mi carne, los enemigos que me afligen, tropiezan y caen. Aunque acampe contra mí un ejército, mi corazón no temerá; aunque se levante contra mí una guerra, en él confiaré". De ello infiero que quizá ningún hombre podría vencer por sí mismo a una potestad adversa sin el auxilio divino. Por eso también se dice que el ángel luchó con Jacob. Aquí, sin embargo, entiendo que el autor quiere decir que no es lo mismo que el ángel luchara con Jacob que que luchara contra él. El ángel que lucha con él es quien estaba a su lado para procurar su seguridad y quien, tras reconocer además su progreso moral, le dio el nombre de Israel; es decir, está con él en la lucha y lo ayuda en el combate. Pues había, sin duda, otro ángel contra el cual Jacob se enfrentaba y con el cual debía combatir. En fin, Pablo no dijo que luchamos con los principados o con las potestades, sino contra los principados y las potestades. Por tanto, aunque Jacob luchó, lo hizo sin duda contra alguna de esas potestades que, según declara Pablo, resisten al género humano y contienden con él, especialmente con los santos. Y por eso dice finalmente la Escritura de Jacob que luchó con el ángel y prevaleció ante Dios: el auxilio del ángel sostiene la lucha, pero el premio de la victoria conduce al vencedor hasta Dios.

    III, 2, 6

    6. Tampoco debemos suponer que las luchas de esta índole se libran mediante la fuerza corporal y las artes de la escuela de lucha; es el espíritu el que contiende con el espíritu, conforme a la declaración de Pablo de que nuestra lucha es contra los principados, las potestades y los dominadores de las tinieblas de este mundo. Antes bien, debemos entender que tales luchas se desarrollan del siguiente modo: cuando, por ejemplo, padecemos pérdidas o peligros, o somos objeto de calumnias y falsas acusaciones, las potestades hostiles no buscan únicamente que suframos esas pruebas, sino que, por medio de ellas, seamos arrastrados a un exceso de ira o de tristeza, o al extremo de la desesperación; o, cuando menos —lo que constituye un pecado mayor—, que, fatigados y vencidos por las adversidades, nos veamos llevados a quejarnos contra Dios, como si no gobernara la vida humana con justicia y equidad. Como consecuencia, nuestra fe podría debilitarse, nuestras esperanzas verse frustradas, podríamos vernos forzados a abandonar la verdad de nuestras convicciones o ser inducidos a albergar sentimientos impíos acerca de Dios. Algo semejante está escrito acerca de Job, después de que el Diablo pidiera a Dios que se le concediera poder sobre sus bienes. Con ello se nos enseña también que, cuando sufrimos una pérdida de nuestros bienes, no somos asaltados por un ataque fortuito; que tampoco se debe al azar que uno de nosotros caiga prisionero, ni que se derrumben las viviendas y aplasten hasta matar a las personas que nos son queridas. Ante todos estos sucesos, cada creyente debe decir: "No tendrías potestad alguna contra mí si no se te hubiera dado de lo alto". Observa que la casa de Job no cayó sobre sus hijos hasta que el Diablo recibió primero poder contra ellos; ni los jinetes habrían irrumpido en tres grupos para llevarse sus camellos, sus bueyes y el resto de su ganado, si no los hubiera instigado aquel espíritu al que se habían entregado como servidores de su voluntad. Tampoco aquel fuego, según parecía ser, o rayo, como se ha considerado, habría caído sobre las ovejas del patriarca antes de que el Diablo dijera a Dios: "¿No has levantado una cerca alrededor de todo cuanto hay fuera y dentro de su casa, y en torno al resto de sus bienes? Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que posee, y verás si no reniega de ti en tu propia presencia".

    III, 2, 7

    7. De cuanto antecede resulta que todos los sucesos del mundo considerados de naturaleza intermedia, sean dolorosos o no, no son causados propiamente por Dios, pero tampoco suceden sin él. Pues no solo no impide que esas potestades perversas y adversas, deseosas de producir tales sucesos, realicen su propósito, sino que incluso se lo permite, aunque solo en determinadas ocasiones y con determinadas personas. Así se dice del propio Job que durante cierto tiempo cayó bajo el poder de otros y que su casa fue saqueada por hombres injustos. Por ello, la Sagrada Escritura nos enseña a recibir como enviado por Dios todo lo que acontece, sabiendo que sin él nada sucede. Pues ¿cómo podríamos dudar de que así es, es decir, de que nada le sucede al hombre sin la voluntad de Dios, cuando nuestro Señor y Salvador declara: "¿No se venden dos gorriones por una moneda? Y ni uno de ellos caerá al suelo sin vuestro Padre que está en los cielos"? Pero la necesidad del asunto nos ha llevado a una larga digresión sobre la lucha que las potestades hostiles libran contra los hombres y sobre los sucesos más dolorosos que sobrevienen en la vida humana, es decir, sus tentaciones —según la declaración de Job: "¿No es toda la vida del hombre sobre la tierra una tentación?"—, a fin de mostrar claramente cómo se producen y con qué disposición debemos considerarlos. Examinemos a continuación cómo caen los hombres en el pecado del falso conocimiento y con qué propósito acostumbran las potestades adversas a suscitar conflictos con nosotros acerca de estas cuestiones.

    Capítulo 3. Sobre la sabiduría triple

    III, 3, 1

    1. El santo apóstol, deseoso de enseñarnos una verdad grande y oculta acerca de la ciencia y la sabiduría, dice en la primera Epístola a los Corintios: "Hablamos sabiduría entre los perfectos; pero no la sabiduría de este mundo, ni la de los príncipes de este mundo, que quedan reducidos a nada; sino que hablamos la sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta que Dios destinó antes del mundo para nuestra gloria. Ninguno de los príncipes de este mundo la conoció; pues, si la hubieran conocido, no habrían crucificado al Señor de la gloria". En este pasaje, al querer describir las distintas clases de sabiduría, señala que hay una sabiduría de este mundo, una sabiduría de los príncipes de este mundo y otra sabiduría de Dios. Pero cuando emplea la expresión "sabiduría de los príncipes de este mundo", no creo que se refiera a una sabiduría común a todos ellos, sino más bien a una peculiar de algunos en particular. Y, cuando dice: "Hablamos la sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta que Dios destinó antes del mundo para nuestra gloria", debemos indagar si quiere decir que esta es la misma sabiduría de Dios que permaneció oculta en otros tiempos y generaciones, y que no se dio a conocer a los hijos de los hombres como ahora ha sido revelada a sus santos apóstoles y profetas; y si es también aquella sabiduría de Dios mediante la cual Salomón adquirió la suya antes del advenimiento del Salvador, y con respecto a la cual el propio Salvador declaró que lo que Él enseñaba era superior a Salomón, con estas palabras: "He aquí que hay aquí uno mayor que Salomón". Estas palabras muestran que quienes recibían la enseñanza del Salvador eran instruidos en algo más elevado que el conocimiento de Salomón. Pues, si alguien afirmara que el Salvador poseía, en efecto, un conocimiento mayor, pero no comunicaba a los demás más de lo que comunicó Salomón, ¿cómo concordaría esto con la declaración que sigue?: "La reina del sur se levantará en el juicio y condenará a los hombres de esta generación, porque vino desde los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón; y he aquí que hay aquí uno mayor que Salomón". Hay, por tanto, una sabiduría de este mundo y, probablemente, también una sabiduría propia de cada príncipe de este mundo. Pero, con respecto a la sabiduría de Dios solamente, advertimos que se indica lo siguiente: que obró en menor grado en los tiempos antiguos y pasados, y que después fue revelada y manifestada más plenamente por medio de Cristo. Indagaremos, no obstante, acerca de la sabiduría de Dios en el lugar oportuno.

    III, 3, 2

    2. Pero ahora, puesto que tratamos del modo en que las potestades adversas suscitan las contiendas por medio de las cuales se introduce el falso conocimiento en la mente de los hombres y se extravía a las almas humanas mientras imaginan haber descubierto la sabiduría, creo necesario nombrar y distinguir la sabiduría de este mundo y la de los príncipes de este mundo, para que así podamos descubrir quiénes son los padres de esta sabiduría, o, mejor dicho, de estas clases de sabiduría. Soy, pues, de la opinión, como he afirmado antes, de que existe una sabiduría de este mundo distinta de las diversas clases de sabiduría que pertenecen a los príncipes de este mundo; por medio de ella parecen entenderse y comprenderse las cosas que pertenecen a este mundo. Esta sabiduría, sin embargo, no posee en sí aptitud alguna para formarse un juicio acerca de las cosas divinas, del plan de gobierno del mundo, de cualquier otra cuestión de importancia ni de la formación para una vida buena o feliz; antes bien, se ocupa enteramente, por ejemplo, del arte de la poesía, o de la gramática, la retórica, la geometría o la música, entre las cuales quizá deba contarse también la medicina. Hemos de suponer que la sabiduría de este mundo abarca todas estas materias. Por sabiduría de los príncipes de este mundo, en cambio, entendemos cosas tales como la filosofía secreta y oculta —según la llaman— de los egipcios, y la astrología de los caldeos y los indios, que profesan conocer las cosas elevadas, así como la múltiple variedad de opiniones que prevalece entre los griegos acerca de las cosas divinas. Así, en las Sagradas Escrituras encontramos que hay príncipes sobre las distintas naciones: en Daniel leemos que había un príncipe del reino de Persia y otro príncipe del reino de Grecia, de quienes, por la índole del pasaje, se muestra claramente que no son seres humanos, sino ciertas potestades. También en las profecías de Ezequiel se muestra inequívocamente que el príncipe de Tiro es una especie de potestad espiritual. Cuando estos y otros semejantes, cada uno con su propia sabiduría y edificando sus propias opiniones y pareceres, vieron a nuestro Señor y Salvador proclamar y declarar que había venido al mundo con el propósito de destruir todas las opiniones de la ciencia falsamente llamada así, le tendieron de inmediato una trampa, pues ignoraban lo que se ocultaba en Él: "Los reyes de la tierra se alzaron y los gobernantes se reunieron contra el Señor y contra su Cristo". Pero, al quedar al descubierto sus trampas y ponerse de manifiesto los planes que habían intentado llevar a cabo cuando crucificaron al Señor de la gloria, el apóstol dice: "Hablamos sabiduría entre los perfectos, pero no la sabiduría de este mundo, ni la de los príncipes de este mundo, que quedan reducidos a nada. Ninguno de los príncipes de este mundo la conoció; pues, si la hubieran conocido, no habrían crucificado al Señor de la gloria".

    III, 3, 3

    3. Debemos, ciertamente, procurar averiguar si aquella sabiduría de los príncipes de este mundo, de la que intentan imbuir a los hombres, es introducida en sus mentes por las potestades adversas con el propósito de atraparlos y dañarlos, o solo con el propósito de engañarlos, es decir, sin intención de causar daño alguno al hombre; antes bien, puesto que estos príncipes de este mundo tienen por verdaderas tales opiniones, desean comunicar a otros lo que ellos mismos creen que es la verdad. Esta es la interpretación por la que me inclino. Pues así como, a modo de ilustración, ciertos autores griegos o los dirigentes de alguna secta herética, tras haber asimilado un error doctrinal en lugar de la verdad y haber llegado a la conclusión de que tal error es la verdad, pasan luego a intentar persuadir a otros de que sus opiniones son correctas, así también debemos suponer que proceden los príncipes de este mundo, entre los cuales a ciertas potestades espirituales se les ha asignado el gobierno de determinadas naciones y que por ello reciben el nombre de príncipes de este mundo. Existen además, aparte de estos príncipes, ciertas energías particulares de este mundo, es decir, potestades espirituales que producen determinados efectos, los cuales ellas mismas han elegido producir en virtud de su libertad de la voluntad; a ellas pertenecen los príncipes que practican la sabiduría de este mundo. Hay, por ejemplo, una energía y potestad particular que inspira la poesía; otra, la geometría; y, de igual modo, una potestad distinta que nos hace pensar en cada una de las artes y profesiones de esta clase. Por último, muchos escritores griegos han opinado que el arte de la poesía no puede existir sin locura; de ahí que en sus relatos se cuente en varias ocasiones que quienes ellos llaman poetas se vieron súbitamente poseídos por una especie de espíritu de locura. ¿Y qué hemos de decir de aquellos a quienes llaman adivinos, de quienes se obtienen, por obra de los demonios que los dominan, respuestas en versos cuidadosamente compuestos? También las personas a quienes llaman magos o malévolos han hecho con frecuencia que niños de tierna edad, invocando demonios sobre ellos, reciten composiciones poéticas que causaron la admiración y el asombro de todos. Ahora bien, hemos de suponer que estos efectos se producen del siguiente modo: así como las almas santas e inmaculadas, después de consagrarse a Dios con todo afecto y pureza, de mantenerse libres de todo contagio de los espíritus malignos y de purificarse mediante una prolongada abstinencia, imbuidas además de una formación santa y religiosa, adquieren de este modo una participación en la divinidad y reciben la gracia de la profecía y otros dones divinos, así también debemos suponer que quienes se ponen al alcance de las potestades adversas, es decir, quienes admiran y adoptan deliberadamente su modo de vida y sus costumbres, reciben su inspiración y se hacen partícipes de su sabiduría y doctrina. El resultado es que quedan llenos de la actividad de aquellos espíritus a cuyo servicio se han sometido.

    III, 3, 4

    4. Con respecto a quienes enseñan acerca de Cristo algo distinto de lo que permite la regla de la Escritura, no es tarea ociosa averiguar si estas potestades adversas, en su empeño por impedir la fe en Cristo, han ideado ciertas doctrinas fabulosas e impías con un propósito traicionero; o si, después de oír la palabra de Cristo y no poder expulsarla de lo recóndito de su conciencia, pero tampoco conservarla pura y santa, han introducido, sirviéndose de instrumentos adecuados para ellas y, por así decirlo, por medio de sus profetas, diversos errores contrarios a la regla de la verdad cristiana. Debemos suponer, más bien, que unas potestades apóstatas y fugitivas, que se apartaron de Dios por la maldad misma de su mente y su voluntad, o por envidia de aquellos para quienes está preparado, una vez que conozcan la verdad, el ascenso al mismo rango del que ellas cayeron, inventaron estos errores y engaños de la falsa doctrina para impedir tal progreso. Queda, pues, claramente establecido por muchas pruebas que, mientras el alma del hombre existe en este cuerpo, puede recibir distintas energías, es decir, operaciones, procedentes de diversos espíritus buenos y malos. Ahora bien, los espíritus malignos obran de dos maneras: o bien se apoderan por completo de la mente, hasta privar a sus cautivos de la capacidad tanto de entender como de sentir —como ocurre, por ejemplo, con aquellos a quienes comúnmente se llama posesos, a quienes vemos privados de razón y enloquecidos, como los que, según se relata en el Evangelio, fueron curados por el Salvador—; o bien, mediante sus perversas sugestiones, corrompen con pensamientos de diversa índole a un alma sensible e inteligente y la persuaden de obrar mal. De esto es ejemplo Judas, quien, por sugestión del Diablo, fue inducido a cometer el crimen de la traición, según declara la Escritura al decir que el Diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote la intención de traicionarlo.
    Pero el hombre recibe la energía, es decir, la acción, de un espíritu bueno cuando es movido e impulsado al bien e inspirado hacia las cosas celestiales o divinas; así obraron los santos ángeles y Dios mismo en los profetas, moviéndolos y exhortándolos mediante sus santas sugestiones a seguir una vida mejor, aunque de tal manera, ciertamente, que quedaba a la voluntad y al juicio de cada uno querer o no querer seguir la llamada a las cosas divinas y celestiales. Y esta manifiesta distinción permite ver cómo es movida el alma por la presencia de un espíritu mejor: cuando, ante la inspiración que se aproxima, no experimenta perturbación ni enajenación alguna de la mente, ni pierde el libre dominio de su voluntad, como ocurre, por ejemplo, con todos los que, profetas o apóstoles, transmitieron las respuestas divinas sin perturbación alguna de la mente. Ya hemos mostrado con ejemplos anteriores que las sugestiones de un espíritu bueno despiertan en la memoria del hombre el recuerdo de cosas mejores, cuando mencionamos los casos de Mardoqueo y Artajerjes.

    III, 3, 5

    5. Creo que también debemos indagar a continuación cuáles son las razones por las que un alma humana recibe unas veces la acción de espíritus buenos y otras la de espíritus malos. Sospecho que sus causas son anteriores al nacimiento corporal del individuo, como mostró Juan (el Bautista) al saltar y regocijarse en el seno de su madre cuando la voz del saludo de María llegó a oídos de Isabel; y como declara el profeta Jeremías, a quien Dios conocía antes de que fuese formado en el seno de su madre, a quien santificó antes de que naciera y que, siendo aún niño, recibió la gracia de la profecía. Y, por otra parte, se muestra sin lugar a dudas que algunos han estado poseídos por espíritus hostiles desde el comienzo mismo de sus vidas: es decir, unos nacieron con un espíritu maligno; otros, según relatos dignos de crédito, han practicado la adivinación desde la infancia. Otros han estado bajo la influencia del demonio llamado Pitón, es decir, el espíritu ventrílocuo, desde el principio de su existencia. Quienes sostienen que todo cuanto hay en el mundo está bajo la administración de la Providencia divina —como también creemos nosotros— no pueden, me parece, dar a todos estos casos otra respuesta que permita mostrar que ni sombra de injusticia recae sobre el gobierno divino, sino admitir que existían ciertas causas en una existencia anterior, a consecuencia de las cuales las almas, antes de nacer en el cuerpo, contrajeron cierto grado de culpa en su naturaleza sensitiva o en sus movimientos, por lo que la Providencia divina las juzgó merecedoras de ser colocadas en esa condición. Pues el alma posee siempre libertad de la voluntad, tanto cuando está en el cuerpo como cuando está fuera de él; y la libertad de la voluntad se dirige siempre hacia el bien o hacia el mal. Ningún ser racional y sensible, es decir, ninguna mente o alma, puede existir sin algún movimiento bueno o malo. Es probable que estos movimientos proporcionen fundamentos para el mérito aun antes de que las almas hagan nada en este mundo, de modo que, en razón de tales méritos o fundamentos, sean destinadas por la Providencia divina, inmediatamente después de nacer e incluso, por así decirlo, antes de ello, a experimentar el bien o el mal.
    Sean estas, pues, nuestras opiniones acerca de los acontecimientos que parecen sobrevenir a los hombres inmediatamente después del nacimiento o incluso antes de ver la luz. Pero, en cuanto a las sugestiones que diversos espíritus dirigen al alma, es decir, a la facultad del pensamiento humano, y que mueven a los hombres a obrar bien o lo contrario, aun en este caso debemos suponer que a veces existieron ciertas causas anteriores al nacimiento corporal. Pues, en ocasiones, la mente, cuando está vigilante y aparta de sí lo que es malo, atrae hacia sí la ayuda de los buenos; o, si por el contrario es negligente y perezosa, deja entrar por falta de cautela a esos espíritus que, acechando en secreto como ladrones, procuran irrumpir en las mentes de los hombres cuando ven que la pereza les ha preparado un lugar donde alojarse. Así dice el apóstol Pedro que nuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente buscando a quien devorar. Por ello debemos guardar nuestro corazón con todo cuidado, tanto de día como de noche, y no dar lugar al Diablo; antes bien, debemos esforzarnos por que los servidores de Dios —aquellos espíritus enviados a servir a quienes están llamados a heredar la salvación— encuentren un lugar en nosotros y se complazcan en entrar en el aposento de nuestra alma, y, morando en nosotros, nos guíen con sus consejos, si encuentran, en efecto, la morada de nuestro corazón adornada por la práctica de la virtud y la santidad. Pero baste lo que hemos dicho, en la medida de nuestras posibilidades, acerca de aquellas potestades que son hostiles al género humano.

    Capítulo 4. Sobre las tentaciones humanas

    III, 4, 1

    1. Y ahora bien no debemos, a mi juicio, pasar por alto las tentaciones humanas, que a veces tienen su origen en la carne y la sangre, o en la sabiduría de la carne y la sangre, de la que se dice que es hostil a Dios. Y si es cierta la afirmación de algunos, según la cual cada individuo tiene, por así decirlo, dos almas, lo determinaremos después de explicar la naturaleza de aquellas tentaciones que se consideran más poderosas que las de origen humano: las que padecemos a causa de los principados y las potestades, de los dominadores de las tinieblas de este mundo y de las fuerzas espirituales del mal en las regiones celestes, o aquellas a las que nos someten los espíritus perversos y los demonios impuros. Ahora bien, al investigar esta cuestión, creo que debemos indagar metódicamente si en nosotros, los seres humanos, compuestos de alma, cuerpo y espíritu vital, hay algún otro elemento que posea un impulso propio y provoque un movimiento hacia el mal. Pues algunos suelen plantear una cuestión de este género en estos términos: si, como se dice que coexisten en nosotros dos almas, una es más divina y celestial y la otra inferior; o si, por el hecho mismo de habitar en estructuras corporales que, según su propia naturaleza, están muertas y carecen por completo de vida —puesto que el cuerpo material recibe la vida de nosotros, es decir, de nuestras almas, y es contrario y hostil al espíritu—, nos vemos arrastrados e incitados a cometer los males que agradan al cuerpo; o si, en tercer lugar —como opinaban algunos filósofos griegos—, aunque nuestra alma sea una sola en cuanto a su sustancia, consta, sin embargo, de varios elementos, de los cuales una parte se llama racional y otra irracional, y esta última se divide a su vez en dos afecciones: la concupiscencia y la pasión. Hemos encontrado, pues, que algunos sostienen estas tres opiniones sobre el alma que acabamos de exponer; pero no advierto que la autoridad de la Sagrada Escritura confirme en gran medida aquella que hemos atribuido a ciertos filósofos griegos, a saber, que el alma tiene tres partes. En cuanto a las otras dos, se encuentra en las Sagradas Escrituras un número considerable de pasajes que parecen poder aplicarse a ellas.

    III, 4, 2

    2. De estas opiniones, examinemos primero la que sostienen algunos: que hay en nosotros un alma buena y celestial, y otra terrenal e inferior; y que el alma mejor nos es infundida desde el cielo, como aquella que, cuando Jacob todavía estaba en el seno materno, le dio la victoria al suplantar a su hermano Esaú, o la que, en el caso de Jeremías, fue santificada desde su nacimiento y, en el de Juan, quedó llena del Espíritu Santo desde el seno materno. Ahora bien, el alma que ellos llaman inferior se produce, según afirman, junto con el cuerpo mismo a partir de la semilla corporal; de ahí que, según dicen, no pueda vivir ni subsistir más allá del cuerpo, por lo cual también recibe con frecuencia el nombre de carne. Así, entienden que la expresión "La carne desea contra el Espíritu" no se refiere a la carne, sino a esa alma que es, propiamente, el alma de la carne. Además, con estas palabras procuran dar fundamento a la declaración del Levítico: "La vida de toda carne está en su sangre". Pues, dado que es la difusión de la sangre por toda la carne lo que le da vida, afirman que esta alma, de la que se dice que es la vida de toda carne, se halla contenida en la sangre. Según estos autores, la afirmación de que la carne lucha contra el espíritu y el espíritu contra la carne, así como la de que la vida de toda carne está en su sangre, no hace sino dar otro nombre a la sabiduría de la carne: se trataría de una especie de espíritu material que no está sujeto a la ley de Dios ni puede estarlo, porque tiene deseos terrenales y apetitos corporales. Y creen que a este se refiere el apóstol cuando dice: "Veo otra ley en mis miembros, que combate contra la ley de mi mente y me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros". Si alguien les objetara que estas palabras se refieren a la naturaleza del cuerpo, que, conforme a lo propio de su naturaleza, está muerto, pero del que se dice que posee sensibilidad, o una sabiduría hostil a Dios que lucha contra el espíritu; o si alguien dijera que la propia carne tiene, en cierto modo, una voz con la que protesta al soportar el hambre, la sed, el frío o cualquier malestar debido tanto a la abundancia como a la privación, ellos tratarían de debilitar y restar fuerza a tales argumentos mostrando que hay muchas otras perturbaciones del ánimo que no tienen en modo alguno su origen en la carne y contra las cuales, sin embargo, lucha el espíritu, como la ambición, la avaricia, la rivalidad, la envidia, la soberbia y otras semejantes. Y puesto que la mente o el espíritu humano libra una suerte de combate contra ellas, atribuyen todos esos males únicamente a esa alma corporal, por así decirlo, de la que hemos hablado antes y que se genera a partir de la semilla mediante un proceso de traducianismo. Suelen aducir también, en apoyo de su afirmación, las palabras del apóstol: "Ahora bien, las obras de la carne son manifiestas, y son estas: fornicación, impureza, lascivia, idolatría, envenenamientos, odios, contiendas, rivalidades, ira, disputas, disensiones, herejías, sectas, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes". Afirman que no todas estas cosas tienen su origen en los hábitos o placeres de la carne y que, por tanto, no cabe considerar que todos esos movimientos sean inherentes a la sustancia carente de alma, es decir, a la carne. Además, la declaración "Pues mirad, hermanos, vuestra vocación: no son llamados muchos sabios según la carne entre vosotros" parecería exigir que se distinguiera una sabiduría carnal y material de otra según el espíritu; y la primera no podría llamarse propiamente sabiduría si no existiera un alma de la carne, sabia en lo que se denomina sabiduría carnal. A estos pasajes añaden el siguiente: "Puesto que la carne desea contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne, no podemos hacer lo que quisiéramos". ¿Cuáles son esas cosas de las que dice que no podemos hacer lo que quisiéramos? Es evidente, responden, que no puede referirse al espíritu, pues la voluntad del espíritu no encuentra impedimento alguno. Pero tampoco puede referirse a la carne, porque, si esta no tiene alma propia, ciertamente tampoco puede tener voluntad. Queda, pues, que se refiera a la voluntad de esa alma capaz de tener voluntad propia y que, sin duda, se opone a la voluntad del espíritu. Y, si así es, queda establecido que la voluntad del alma ocupa un lugar intermedio entre la carne y el espíritu, y obedece y sirve, sin duda, a aquel de los dos al que haya elegido obedecer. Si se entrega a los placeres de la carne, hace carnales a los hombres; pero, cuando se une al espíritu, produce hombres del Espíritu, que por esa razón reciben el nombre de espirituales. Y este parece ser el sentido de las palabras del apóstol: "Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu".
    Debemos, por consiguiente, averiguar qué es esa voluntad misma, intermedia entre la carne y el espíritu, distinta de la voluntad que se atribuye a la carne o al espíritu. Pues se tiene por cierto que todo lo que se llama obra del espíritu es producto de la voluntad del espíritu, y que todo lo que se llama obra de la carne procede de la voluntad de la carne. ¿Qué otra voluntad, aparte de estas, es entonces aquella voluntad del alma a la que se da un nombre distinto y cuya ejecución, según dice el apóstol al contraponerse a ella, nos está vedada: "No podéis hacer lo que quisierais"? Con ello parecería indicarse que no debe adherirse a ninguno de los dos, es decir, ni a la carne ni al espíritu. Pero alguien dirá que, así como es mejor para el alma cumplir su propia voluntad que la de la carne, también es mejor, por otra parte, cumplir la voluntad del espíritu que la suya propia. ¿Cómo dice, entonces, el apóstol que no podéis hacer lo que quisierais? Porque en el combate que se libra entre la carne y el espíritu, la victoria del espíritu no está de ningún modo asegurada, como demuestra el hecho de que en muchísimas personas prevalece la carne.

    III, 4, 3

    3. Pero, puesto que el asunto en cuya discusión hemos entrado es de gran profundidad y es necesario examinarlo en todos sus aspectos, veamos si no cabe establecer algo semejante a esto: que, así como es mejor para el alma seguir al espíritu cuando este ha vencido a la carne, también, aunque parezca peor que siga a la carne cuando esta lucha contra el espíritu y este procura atraer de nuevo al alma hacia sí, podría, no obstante, resultar más provechoso para ella quedar bajo el dominio de la carne que permanecer bajo el poder de su propia voluntad. Pues, si no es ni caliente ni fría, sino que permanece en una especie de tibieza, encontrará en la conversión una empresa lenta y algo difícil. En cambio, si se adhiere a la carne, puede suceder que, finalmente saciada y colmada de los males mismos que padece por los vicios de la carne, y cansada, por así decirlo, del pesado fardo del lujo y la lujuria, se vuelva a veces con mayor facilidad y rapidez de la inmundicia de la materia al deseo de las cosas celestiales y al gusto por las gracias espirituales. Y hemos de entender que, cuando el apóstol dijo que el Espíritu lucha contra la carne y la carne contra el Espíritu, de modo que no podemos hacer lo que quisiéramos —esto es, sin duda, aquello que queda fuera de la voluntad del espíritu y de la voluntad de la carne—, quiso decir, por expresarlo de otro modo, que es mejor para el hombre encontrarse en un estado de virtud o en uno de maldad que no hallarse en ninguno de los dos. El alma, antes de convertirse al espíritu y unirse a él, mientras permanece adherida al cuerpo y medita en las cosas carnales, no parece encontrarse ni en buen estado ni en uno manifiestamente malo, sino que se asemeja, por así decirlo, a un animal. Sería mejor, ciertamente, que pudiera llegar a ser espiritual por su adhesión al espíritu; pero, si eso no es posible, le conviene más seguir incluso la maldad de la carne que, sometida a la influencia de su propia voluntad, mantenerse en la condición de un animal irracional.
    Hemos examinado estos puntos, movidos por el deseo de considerar cada una de las opiniones, con más extensión de la que nos habíamos propuesto, para que no se suponga que hemos pasado por alto las tesis que suelen presentar quienes indagan si hay en nosotros, además de esta alma celestial y racional, otra que se le opone por naturaleza y que recibe el nombre de carne, sabiduría de la carne o alma de la carne.

    III, 4, 4

    4. Veamos ahora qué respuesta suelen dar a estas afirmaciones quienes sostienen que hay en nosotros un solo movimiento y una sola vida, procedentes de una sola y misma alma, a la cual se atribuyen tanto su salvación como su perdición, en virtud de sus propios actos. Y, en primer lugar, observemos de qué índole son aquellas conmociones del alma que padecemos cuando nos sentimos atraídos interiormente en distintas direcciones; cuando surge en nuestro corazón una especie de contienda entre pensamientos y se nos presentan ciertas posibilidades que nos inclinan unas veces hacia un lado y otras hacia otro, y por las cuales unas veces reconocemos nuestro error y otras aprobamos nuestros actos. Por lo demás, nada tiene de extraordinario decir de los espíritus perversos que sus juicios son mudables, contradictorios y faltos de concordancia consigo mismos, puesto que lo mismo se observa en todos los hombres cuando, al deliberar sobre un acontecimiento incierto, piden consejo y consideran qué opción han de escoger como mejor y más provechosa. No es, por tanto, sorprendente que, si concurren dos posibilidades que sugieren pareceres opuestos, arrastren la mente en direcciones contrarias. Por ejemplo, si la reflexión lleva a un hombre a creer en Dios y a temerlo, no puede decirse por ello que la carne luche contra el Espíritu; antes bien, en medio de la incertidumbre acerca de lo que puede ser verdadero y provechoso, la mente se ve atraída en sentidos opuestos. Así también, cuando se supone que la carne incita a entregarse a la lujuria, pero mejores consejos se oponen a tales atractivos, no hemos de pensar que una vida resista a otra, sino que se trata de una tendencia propia de la naturaleza del cuerpo, que busca vaciar y limpiar los lugares llenos de humedad seminal. Del mismo modo, tampoco hemos de suponer que sea una potestad adversa o la vida de otra alma la que suscita en nosotros la sed y nos impulsa a beber, o la que nos hace sentir hambre y nos mueve a saciarla. Así como los movimientos naturales del cuerpo nos llevan a desear o rechazar la comida y la bebida, también la semilla natural, acumulada con el tiempo en los diversos receptáculos, tiende con fuerza a ser expulsada y desechada; y tan lejos está de no salir nunca sino por el impulso de alguna causa excitante, que a veces incluso se emite espontáneamente. Por tanto, cuando se dice que la carne lucha contra el Espíritu, estas personas entienden que el hábito, la necesidad o los placeres de la carne estimulan al hombre y lo apartan de las cosas divinas y espirituales. Pues, al vernos arrastrados por las necesidades del cuerpo, no nos queda tiempo para las cosas divinas, que habrán de sernos provechosas eternamente. Del mismo modo, se dice que el alma, cuando se consagra a las ocupaciones divinas y espirituales y se une al espíritu, lucha contra la carne porque no le permite entregarse a la indulgencia ni dejarse llevar por la inconstancia bajo la influencia de aquellos placeres en los que se deleita por naturaleza. Así también pretenden entender las palabras "La sabiduría de la carne es hostil a Dios", no en el sentido de que la carne posea realmente un alma o una sabiduría propias. Antes bien, así como solemos decir, en un uso impropio del lenguaje, que la tierra tiene sed y desea beber agua —donde el verbo "desear" no se emplea en sentido propio, sino figurado—, o que esta casa quiere ser reconstruida, y usamos muchas otras expresiones semejantes, así también deben entenderse la sabiduría de la carne y la expresión "La carne desea contra el Espíritu". Suelen relacionar con ellas estas palabras: "La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra". Pues no es, propiamente, la sangre derramada la que clama al Señor, sino que se dice impropiamente que clama porque reclama venganza contra quien la derramó. También entienden las palabras del apóstol "Veo otra ley en mis miembros, que combate contra la ley de mi mente" como si hubiese dicho que quien desea consagrarse a la Palabra de Dios, a causa de las necesidades y los hábitos corporales que están arraigados en el cuerpo como una especie de ley, se ve distraído, dividido e impedido de aplicarse con ahínco al estudio de la sabiduría y poder contemplar así los misterios divinos.

    III, 4, 5

    5. En cuanto al hecho de que las herejías, las envidias, las contiendas y otros vicios figuren entre las obras de la carne, entienden el pasaje en el sentido de que la mente, al entregarse a las pasiones del cuerpo, se vuelve más burda en sus sentimientos y queda oprimida por el peso de sus vicios; y, como carece de sentimientos elevados o espirituales, se dice que se ha hecho carne y recibe su nombre de aquello en lo que muestra mayor vigor y fuerza de voluntad. Se plantean asimismo esta otra pregunta: ¿quién resultará ser, o de quién se dirá que es, el creador de esa disposición maligna llamada disposición de la carne? Pues defienden que no hay otro creador del alma y de la carne que Dios. Y, si afirmáramos que el Dios bueno creó dentro de su propia creación algo hostil a él mismo, incurriríamos, al parecer, en un absurdo manifiesto. Si, pues, está escrito que la sabiduría carnal es enemistad contra Dios, y si se afirma que es producto de la creación, resultará que Dios mismo formó una naturaleza hostil a sí mismo, incapaz de someterse a él ni a su ley, como si se tratara de un ser vivo al que se atribuyeran tales cualidades. Y, si se admite esta opinión, ¿en qué se distinguirá de la de quienes sostienen que se crean almas de distintas naturalezas, destinadas por su propia naturaleza a perderse o a salvarse? Pero esta es una opinión propia únicamente de los herejes, quienes, incapaces de defender la justicia de Dios conforme a la piedad, inventan semejantes impiedades. Hemos expuesto ahora, en la medida de nuestras posibilidades y hablando en nombre de cada una de las partes, los argumentos que podrían aducirse acerca de las distintas opiniones; que el lector elija por sí mismo la que considere preferible.
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