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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minCómo leer las dos versiones
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minPrefacio
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 12 minLibro I
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 1. Sobre Dios
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 2. Sobre Cristo
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 2. Sobre Cristo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 4. Sobre la deserción o el apartamiento
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 5. Sobre las naturalezas racionales
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el fin o la consumación
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 7. Sobre los seres incorpóreos y corpóreos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 8. Sobre los ángeles
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 8. Sobre los ángeles
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 10 minLibro II
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 2. Sobre la perpetuidad de la naturaleza corporal
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 13 minCapítulo 3. Sobre el principio del mundo y sus causas
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 4. El Dios de la ley y los profetas, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es el mismo Dios
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 4. El Dios de la ley y los profetas, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es el mismo Dios
  22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 5. Sobre la justicia y la bondad
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre la encarnación de Cristo
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 6. Sobre la encarnación de Cristo
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre el Espíritu Santo
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 8. Sobre el alma (anima)
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 8. Sobre el alma (anima)
  28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 9. Sobre el mundo y los movimientos de las criaturas racionales, sean buenos o malos, y sobre sus causas
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 9. Sobre el mundo y los movimientos de las criaturas racionales, sean buenos o malos, y sobre sus causas
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 10. Sobre la resurrección y el juicio, el fuego del infierno y los castigos
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 10. Sobre la resurrección y el juicio, el fuego del infierno y los castigos
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 11. Sobre las contrapromesas
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 11. Sobre las contrapromesas
  34. Sesión 34 · Parte 7 · ≈ 9 minLibro III
  35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 1. Sobre el libre albedrío: solución e interpretación de los pasajes de la Escritura que parecen negarlo
  36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 1. Sobre el libre albedrío: solución e interpretación de los pasajes de la Escritura que parecen negarlo
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  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 2. Sobre las potestades adversas
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 2. Sobre las potestades adversas
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las potestades adversas
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 3. Sobre la sabiduría triple
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 4. Sobre las tentaciones humanas
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4. Sobre las tentaciones humanas
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 5. Que el mundo tuvo su comienzo en el tiempo
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 5. Que el mundo tuvo su comienzo en el tiempo
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 6. Sobre el fin del mundo
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 6. Sobre el fin del mundo
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 12 minLibro IV
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 13 minCapítulo 1. Sobre la inspiración divina de la Sagrada Escritura
  57. Sesión 57 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
  58. Sesión 58 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
  59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
  60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
  61. Sesión 61 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
  62. Sesión 62 · Parte 12 · ≈ 12 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
  63. Sesión 63 · Parte 12 · ≈ 12 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
  64. Sesión 64 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
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  66. Sesión 66 · Parte 13 · ≈ 10 minResumen doctrinal acerca del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y de los demás temas tratados en las páginas precedentes
  67. Sesión 67 · Parte 13 · ≈ 9 minResumen doctrinal acerca del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y de los demás temas tratados en las páginas precedentes
  68. Sesión 68 · Parte 13 · ≈ 7 minLo que dejó el tratado
  69. Sesión 69 · Parte 13 · ≈ 7 minAclaraciones de la edición estadounidense

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    TEXTOS — ORÍGENES DE ALEJANDRÍA

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    Sobre los principios

    c. 220–230 · El latín de Rufino y, donde se conserva, el griego en paralelo106 minPosición: 0% de esta parteParte 7 de 13 · Libro IIIPublicado el Actualizado el Ref. ESC-ORI-01

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    66. Sesión 66 · Parte 13 · ≈ 10 minResumen doctrinal acerca del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y de los demás temas tratados en las páginas precedentes
    67. Sesión 67 · Parte 13 · ≈ 9 minResumen doctrinal acerca del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y de los demás temas tratados en las páginas precedentes
    68. Sesión 68 · Parte 13 · ≈ 7 minLo que dejó el tratado
    69. Sesión 69 · Parte 13 · ≈ 7 minAclaraciones de la edición estadounidense

    Libro III

    Prefacio de Rufino

    Texto de la fuenteRufino de Aquilea · Prefacio a su traducción de los libros III y IV · Prefacio a los libros III y IV
    Lector, acuérdate de mí en tus oraciones, para que también nosotros merezcamos llegar a ser émulos del espíritu. Los dos primeros libros de Sobre los principios los traduje no solo a petición tuya, sino incluso bajo tu insistencia durante los días de Cuaresma; pero, como entonces, devoto hermano mío Macario, no solo vivías cerca de mí, sino que disponías de más tiempo libre que ahora, también yo trabajé con mayor ahínco. En cambio, he tardado más en explicar estos dos últimos libros, pues venías con menos frecuencia desde un extremo alejado de la ciudad para apremiarme en mi labor. Si recuerdas mi advertencia en el prefacio anterior —que algunas personas se indignarían si no nos oían decir algo malo de Orígenes—, supongo que ya habrás comprobado que se ha cumplido. Pero si aquellos demonios que incitan las lenguas de los hombres a la calumnia se enfurecieron tanto por aquella obra, en la que él todavía no había desvelado por completo sus maniobras secretas, ¿qué crees que sucederá con esta, en la que pondrá al descubierto todos esos caminos oscuros y ocultos por los que se introducen en el corazón de los hombres y engañan a las almas débiles e inconstantes? Enseguida verás que todo se verá sumido en la confusión, que se suscitarán sediciones, que se alzarán clamores por toda la ciudad y que se llamará a comparecer para recibir una sentencia condenatoria a aquel que procuró disipar las tinieblas diabólicas de la ignorancia con la luz de la lámpara del Evangelio. Sin embargo, no dé mucha importancia a tales cosas quien desee instruirse en el saber divino, siempre que conserve íntegra la regla de la fe católica. Creo necesario, no obstante, recordarte que en estos libros he seguido el mismo criterio que en los anteriores: no traducir lo que parecía contradecir las demás opiniones de Orígenes y nuestra propia fe, sino omitir esos pasajes por considerarlos interpolaciones y falsificaciones ajenas. Pero, si en algún momento ha parecido formular ideas novedosas acerca de las criaturas racionales (cuestión de la que no depende la esencia de nuestra fe), con ánimo de debatirlas y ampliar nuestro conocimiento, cuando quizá era preciso responder en ese orden a ciertas opiniones heréticas, no he dejado de mencionarlas ni en estos libros ni en los anteriores; solo cuando se disponía a repetir en los libros siguientes lo que ya había expuesto en los precedentes he juzgado conveniente, por brevedad, abreviar algunas de esas reiteraciones. Si alguien, no obstante, lee estos pasajes con el deseo de ampliar sus conocimientos, y no de plantear objeciones capciosas, hará mejor en pedir que se los expliquen personas entendidas. Pues es absurdo recurrir a los gramáticos para que interpreten las ficciones de la poesía y las ridículas piezas de comedia y, en cambio, suponer que, sin maestro ni intérprete, cualquiera puede comprender cuanto se dice de Dios, de las virtudes celestiales y del universo entero, en cuestiones en las que se refuta algún deplorable error de los filósofos paganos o de los herejes; de ahí que los hombres prefieran condenar temerariamente y sin conocimiento las cuestiones difíciles y oscuras antes que averiguar su sentido mediante la diligencia y el estudio.
    Comentario editorial · La disputa detrás de este prefacio
    Rufino escribe a su amigo Macario, el mismo que le había pedido la traducción, según el prólogo a los libros I y II que reproducen los Ante-Nicene Fathers. La «advertencia en el prefacio anterior» alude a ese prólogo, en el que Rufino invocaba como precedente a un traductor de Orígenes a quien no nombra y que era Jerónimo. Según Wikipedia, ambos habían quedado en bandos opuestos desde 394, cuando Epifanio atacó las doctrinas de Orígenes en Jerusalén. Jerónimo respondió con su propia versión del tratado y con varios escritos contra Rufino y sus traducciones. Este prefacio es también el lugar donde Rufino declara su criterio: omitir lo que tenía por interpolado.

    Capítulo 1. Sobre el libre albedrío: solución e interpretación de los pasajes de la Escritura que parecen negarlo

    III, 1, 1 · griego

    1. Puesto que la predicación eclesial comprende la enseñanza acerca del justo juicio de Dios, enseñanza que, cuando se la cree verdadera, mueve también a quienes la escuchan a vivir bien y a huir del pecado por todos los medios, dando evidentemente por supuesto que las acciones dignas de alabanza o de censura dependen de nosotros, examinemos por separado algunas cuestiones relativas al libre albedrío, asunto de la mayor importancia. Y, para comprender qué es el libre albedrío, es preciso desarrollar su concepto, a fin de que, una vez aclarado, se haga patente con exactitud lo que buscamos.
    Comentario editorial · Lo que Rufino añade al empezar
    Basta comparar el comienzo de las dos versiones. El griego entra directamente en materia: la predicación de la Iglesia enseña el justo juicio de Dios y eso supone que lo digno de alabanza o de censura depende de nosotros. Rufino antepone una frase que enlaza con el final del libro II («Creemos que deben sostenerse opiniones como estas acerca de las promesas divinas») y añade que muchísimos autores han tratado el asunto. Parecen retoques de un traductor que quiere dar continuidad al libro, no cambios de doctrina, pero muestran que su latín no sigue el griego frase por frase.

    III, 1, 2 · griego

    2. Entre las cosas que se mueven, unas tienen en sí mismas la causa de su movimiento, mientras que otras solo son movidas desde fuera. Solo son movidos desde fuera los objetos que pueden transportarse, como la madera y las piedras, y toda materia cuya cohesión se debe únicamente a su constitución. Dejemos ahora fuera de nuestro razonamiento el llamar movimiento al flujo de los cuerpos, pues no es necesario para el asunto que nos ocupa. Tienen en sí mismos la causa de su movimiento los animales y las plantas y, en general, cuanto se mantiene unido por naturaleza y por alma; entre estas cosas, dicen, se cuentan también los metales. Además, el fuego se mueve por sí mismo y acaso también los manantiales. De las cosas que tienen en sí mismas la causa de su movimiento, se dice que unas se mueven desde su interior y otras por sí mismas: desde su interior, las carentes de alma; por sí mismas, las animadas. Y las cosas animadas se mueven por sí mismas cuando surge en ellas una representación que suscita un impulso. A su vez, en algunos animales surgen representaciones que suscitan un impulso porque su naturaleza, capaz de representaciones, lo mueve de manera ordenada: así, en la araña surge la representación de tejer y le sigue el impulso de hacerlo, pues su naturaleza la mueve ordenadamente a ello, sin que al animal se le haya confiado ninguna otra facultad además de esa naturaleza; lo mismo sucede con la abeja al construir sus celdillas de cera.
    Comentario editorial · Las abejas: cera en el griego, miel del aire en Rufino
    En el griego, la abeja tiene la representación de hacer sus celdillas de cera (kēroplasteîn). En Rufino, las abejas muestran el deseo de «formar panales y de recoger, como suele decirse, la miel del aire». Una nota de la edición inglesa, que cita al editor alemán Redepenning, lo explica por una mala lectura del manuscrito: Rufino habría leído aeroplasteîn, «modelar aire», donde el griego dice «modelar cera». Es un detalle menor, pero muestra que la diferencia entre las versiones no siempre es teológica: a veces depende del manuscrito que tenía delante el traductor.

    III, 1, 3 · griego

    3. El animal racional, en cambio, posee además de la capacidad de representarse las cosas una razón que juzga las representaciones, rechaza unas y acepta otras, para que el animal se guíe por ellas. Por ello, como en la naturaleza de la razón hay principios para discernir lo noble y lo vergonzoso, y, siguiéndolos, una vez discernidas ambas cosas elegimos lo noble y evitamos lo vergonzoso, somos dignos de alabanza si nos entregamos a la práctica de lo noble, y de censura en el caso contrario. No debe ignorarse, sin embargo, que la naturaleza que actúa de manera ordenada está presente en cierta medida en todos los animales, aunque en mayor o menor grado; hasta el punto de que la actividad de los perros rastreadores y de los caballos de guerra se aproxima, por así decirlo, a la racional. Que se nos presente algo exterior y suscite en nosotros una representación de una u otra clase, ciertamente no depende de nosotros; juzgar, en cambio, si hemos de responder a lo ocurrido de esta manera o de otra es obra de la razón que hay en nosotros, la cual, partiendo de esos principios, o bien nos orienta hacia los impulsos que conducen a lo noble y a lo debido, o bien nos desvía hacia lo contrario.

    III, 1, 4 · griego

    4. Si alguien dijera que lo exterior es de tal índole que resulta imposible resistirse a ello cuando se presenta de cierto modo, que preste atención a sus propias pasiones y movimientos, y vea si no se producen una aceptación, un asentimiento y una inclinación de la facultad rectora hacia algo determinado a causa de tales o cuales motivos persuasivos. Pues, por ejemplo, una mujer que se presenta ante quien ha decidido guardar continencia y abstenerse de las relaciones sexuales, y lo incita a hacer algo contrario a su propósito, no se convierte por ello en causa suficiente de que abandone su decisión: es él quien, complacido en la excitación y en el atractivo del placer, sin querer resistirse ni mantenerse firme en lo decidido, comete el acto licencioso. Otro, en cambio, aun cuando le suceda lo mismo, si ha adquirido más conocimientos y se ha ejercitado, siente también las excitaciones y los estímulos; pero su razón, fortalecida en mayor medida, alimentada por la práctica y afianzada por sus convicciones en la búsqueda de lo noble —o, al menos, cercana a tal firmeza—, rechaza los estímulos y debilita el deseo.

    III, 1, 5 · griego

    5. Pero culpar a lo exterior de lo que así sucede en nosotros y eximirnos de responsabilidad, declarándonos semejantes a maderas y piedras arrastradas por aquello que las mueve desde fuera, no es verdadero ni razonable: tal es el argumento de quien quiere desvirtuar el concepto de libre albedrío. Pues, si le preguntáramos qué es el libre albedrío, respondería acaso que consiste en que nada exterior se interponga para incitarme a lo contrario cuando me propongo hacer algo. Y atribuirlo todo, por otra parte, únicamente a nuestra constitución contradice los hechos manifiestos: la enseñanza formativa toma a los más incontinentes y a los más feroces y, si atienden a la exhortación, los transforma. De tal modo pueden obrar la exhortación y el cambio hacia lo mejor que muchas veces los más licenciosos llegan a ser mejores que quienes antes no parecían tener por naturaleza tal defecto; y los más feroces cambian hasta tal grado de mansedumbre que quienes nunca fueron tan feroces parecen salvajes comparados con aquel que se ha vuelto manso. Vemos también a personas sumamente equilibradas y respetables que, por una desviación, abandonan esa respetabilidad y ese equilibrio para entregarse a ocupaciones peores, hasta volverse licenciosas; muchas veces comienzan a serlo en la madurez y caen en el desorden una vez pasada la inestabilidad que, por naturaleza, corresponde a la juventud. La razón muestra, por consiguiente, que lo exterior no depende de nosotros, pero que sí es obra nuestra servirnos de ello de una manera o de la contraria, tomando a la razón como juez para examinar cómo debemos responder a cada cosa exterior.

    III, 1, 6 · griego

    6. Que vivir bien es obra nuestra, y que Dios nos lo pide porque no es obra suya ni proviene de ningún otro, ni tampoco, como algunos creen, del destino, sino que es obra nuestra, lo atestiguará el profeta Miqueas cuando dice: "¿No se te ha anunciado, hombre, qué es lo bueno? ¿Y qué busca el Señor de ti sino que practiques la justicia, ames la misericordia y estés dispuesto a caminar con el Señor tu Dios?". Y Moisés: "He puesto ante ti el camino de la vida y el camino de la muerte; elige el bien y camina por él". E Isaías: "Si queréis y me escucháis, comeréis los bienes de la tierra; pero, si no queréis ni me escucháis, una espada os devorará, pues la boca del Señor ha dicho estas cosas". Y en los salmos: "Si mi pueblo me hubiera escuchado, si Israel hubiera caminado por mis caminos, en un instante habría humillado a sus enemigos y habría vuelto mi mano contra quienes los oprimían", puesto que escuchar y caminar por los caminos de Dios dependía del pueblo. También el Salvador, cuando dice: "Pero yo os digo que no resistáis al malvado", y: "Todo el que se enoje con su hermano será reo de juicio", y: "Quien mire a una mujer para desearla ya ha cometido adulterio con ella en su corazón", así como cuando da cualquier otro mandamiento, habla dando por supuesto que guardar lo ordenado depende de nosotros, y que con razón seremos "reos de juicio" si lo transgredimos. Por ello dice también: "Todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica será semejante a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca", y lo que sigue; "pero el que las oye y no las pone en práctica es semejante a un hombre necio que edificó su casa sobre la arena", y lo que sigue. Y cuando dice "a los de la derecha: Venid a mí, benditos de mi Padre", y lo que sigue, "porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber", les promete la recompensa con toda claridad como a responsables de merecer alabanza; y, en cambio, a los otros, como merecedores de censura por su propia conducta, les dice: "Apartaos, malditos, al fuego eterno".
    Examinemos ahora cómo Pablo nos habla también como a seres dotados de libre albedrío y responsables nosotros mismos de nuestra perdición o salvación. Dice, en efecto: "¿O desprecias la riqueza de su bondad, de su tolerancia y de su paciencia, ignorando que la bondad de Dios te lleva al arrepentimiento? Pero, conforme a tu dureza y a tu corazón impenitente, atesoras para ti ira en el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, que pagará a cada cual según sus obras: a quienes, perseverando en la buena obra, buscan gloria, honor e incorruptibilidad, vida eterna; pero a quienes obran por rivalidad y desobedecen a la verdad, mientras obedecen a la injusticia, ira e indignación, tribulación y angustia sobre toda alma humana que obra el mal, primero la del judío y también la del griego; y gloria, honor y paz a todo el que obra el bien, primero al judío y también al griego".
    Son, por consiguiente, innumerables los pasajes de las Escrituras que muestran con toda claridad el libre albedrío.

    III, 1, 7 · griego

    7. Pero, puesto que ciertos pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento inclinan a la opinión contraria, es decir, a pensar que no depende de nosotros <el> guardar los mandamientos y salvarnos, ni transgredirlos y perdernos, citemos algunos de ellos y examinemos sus posibles soluciones, para que quien escoja por sí mismo, siguiendo estos ejemplos, todos los pasajes que parecen negar el libre albedrío pueda considerar cómo resolverlos. A muchos, en efecto, los han inquietado los pasajes relativos al Faraón, de quien Dios dice repetidas veces en sus declaraciones: "Yo endureceré el corazón del Faraón". Pues, si Dios lo endurece y él peca por estar endurecido, no es él mismo responsable de su pecado; y, si es así, tampoco el Faraón tiene libre albedrío. Alguien dirá, asimismo, que tampoco quienes se pierden tienen libre albedrío ni se pierden por culpa propia. También las palabras de Ezequiel: "Les quitaré los corazones de piedra y les pondré corazones de carne, para que caminen según mis preceptos y guarden mis mandamientos", podrían inquietar a alguien, como si fuera Dios quien concediera "caminar según los mandamientos y guardar los preceptos" al retirar lo que lo impedía, el "corazón de piedra", e introducir en su lugar algo mejor, el "corazón de carne".
    Examinemos ahora también lo que responde el Salvador en el Evangelio a quienes le preguntan "por qué habla en parábolas a la multitud": "Para que —dice— viendo no vean, y oyendo oigan y no entiendan; no sea que se conviertan y les sea perdonado". Y, además, las palabras de Pablo: "No depende, pues, del que quiere ni del que corre, sino de Dios, que tiene misericordia"; y, en otro lugar: "Tanto el querer como el obrar proceden de Dios"; y, en otro: "Así pues, tiene misericordia de quien quiere y endurece a quien quiere. Me dirás entonces: ¿Por qué sigue reprochando? Pues ¿quién se ha resistido a su voluntad?". [Y: "La persuasión procede del que llama", y no de nosotros.] "Antes bien, hombre, ¿quién eres tú para replicar a Dios? [Y de nuevo:] ¿Acaso dirá lo modelado a quien lo modeló: "Por qué me hiciste así"? ¿O no tiene el alfarero autoridad sobre el barro para hacer de la misma masa un vaso destinado a un uso noble y otro destinado a un uso vil?". Pues estas palabras, consideradas por sí solas, bastan para turbar profundamente a muchos, como si el hombre no tuviera libre albedrío, sino que Dios salvara y perdiera a quienes él quisiera.

    III, 1, 8 · griego

    8. Comencemos, pues, por lo dicho acerca del Faraón, a quien Dios endurece para que no deje salir al pueblo; junto con ello examinaremos también las palabras del apóstol: "Así pues, tiene misericordia de quien quiere y endurece a quien quiere". Y, como algunos de los que sostienen doctrinas diferentes se sirven de estos pasajes y casi niegan también ellos el libre albedrío al introducir naturalezas destinadas a perderse, incapaces de recibir la salvación, y otras destinadas a salvarse, incapaces de perderse, y afirman que el Faraón, por pertenecer a una naturaleza destinada a perderse, es endurecido por Dios, quien tiene misericordia de los espirituales y endurece a los terrenos, examinemos qué es exactamente lo que dicen. Les preguntaremos, pues, si el Faraón era de naturaleza terrena. Y, cuando respondan, les diremos que quien tiene tal naturaleza desobedece necesariamente a Dios; pero, si ya desobedece, ¿qué necesidad hay de endurecerle el corazón, y no una vez, sino repetidas veces? A menos que fuera posible que obedeciera y que, no siendo de naturaleza terrena, hubiera obedecido sin duda, sobrecogido por los prodigios y señales; pero Dios necesitara que persistiese en su desobediencia para mostrar más ampliamente sus grandezas con vistas a la salvación de muchos, y por eso le endureciera el corazón.
    Esto se les dirá, en primer lugar, para refutar su suposición de que el Faraón pertenecía a una naturaleza destinada a perderse. Y lo mismo habrá que decirles acerca de las palabras del apóstol. Pues ¿a quiénes endurece Dios? ¿A los que están destinados a perderse? ¿Como si fueran a obedecer si no los endureciera? ¿O, evidentemente, a quienes iban a salvarse por no pertenecer a una naturaleza destinada a perderse? ¿Y de quiénes tiene misericordia? ¿Acaso de quienes iban a salvarse? Entonces, ¿qué necesidad tienen de una segunda misericordia, si fueron constituidos desde el principio para salvarse y necesariamente serían bienaventurados por su naturaleza? A menos que reciban misericordia porque podrían perderse si no se les concediera, de modo que no les sobrevenga aquello a lo que están expuestos, la perdición, sino que lleguen a ocupar un lugar entre los que se salvan. Esto, por lo que toca a ellos.

    III, 1, 9 · griego

    9. Hay que preguntar además a quienes creen haber comprendido "endureció" qué quieren decir cuando afirman que Dios actúa para endurecer un corazón y con qué propósito lo hace. Que tengan presente, en efecto, su propia noción de Dios: según el juicio correcto, justo y bueno; o, si no lo aceptan, concedámosles por ahora que es justo. Y que expliquen cómo puede parecer justo que quien es bueno y justo, o simplemente justo, endurezca el corazón de quien se pierde por estar endurecido, y cómo el justo llega a ser causa de la perdición y de la desobediencia de aquellos a quienes castiga porque fueron endurecidos por él y lo desobedecieron. Y ¿por qué le reprocha, además, diciendo: "Tú no quieres dejar salir a mi pueblo. He aquí que heriré a todos los primogénitos de Egipto, incluido tu primogénito", y todas las demás palabras que se han escrito como dichas por Dios al Faraón por medio de Moisés? Quien crea que las Escrituras son verdaderas y que Dios es justo está obligado, si quiere razonar con rectitud, a esforzarse por mostrar cómo, en tales expresiones, puede reconocerse claramente su justicia. Si alguien se presentara sin rodeos a sostener que el creador es malvado, habría que emplear otros argumentos con él.

    III, 1, 10 · griego

    10. Pero, puesto que ellos afirman considerarlo justo y nosotros, además de justo, bueno, examinemos cómo podría el bueno y justo endurecer el corazón del Faraón. Considera, pues, si mediante un ejemplo que empleó el apóstol en la Epístola a los Hebreos podemos mostrar cómo, con una sola acción, Dios "tiene misericordia de uno y endurece a otro", sin proponerse endurecer, sino que, al actuar con un propósito benévolo, del que se sigue el endurecimiento a causa de la maldad presente en aquellos a quienes alcanza su acción, se dice que endurece al que se endurece. Dice: "La tierra que bebe la lluvia que cae <a menudo> sobre ella y produce plantas útiles para aquellos por quienes es cultivada recibe la bendición de Dios; pero, si produce espinas y abrojos, es reprobada y está próxima a la maldición, y su fin es ser quemada". La acción de la lluvia, por consiguiente, es una sola; y, siendo una sola esa acción, la tierra cultivada da fruto, mientras que la descuidada y yerma produce espinas. Podría parecer ofensivo decir que quien envía la lluvia afirma: "Yo he producido los frutos y las espinas de la tierra"; pero, aunque parezca ofensivo, es verdad: sin la lluvia no habrían aparecido ni frutos ni espinas, y, al caer esta a su debido tiempo y en justa medida, aparecen ambos. Así, "la tierra que bebe la lluvia que cae a menudo sobre ella" y "produce espinas y abrojos es reprobada y está próxima a la maldición". La bondad de la lluvia, por consiguiente, alcanzó también la tierra peor; pero esta, por encontrarse descuidada y sin cultivar, hizo brotar espinas y abrojos. Del mismo modo, los prodigios realizados por Dios son como la lluvia, y las distintas disposiciones de la voluntad son como la tierra cultivada y la descuidada, que por naturaleza no dejan de ser una misma tierra <...>

    III, 1, 11 · griego

    11. Y, si el sol hablara y dijera "Yo derrito y seco", aunque derretir y secar sean acciones contrarias, no mentiría, pues los efectos dependen de la materia sobre la que actúa: un mismo calor derrite la cera y seca el barro. Así, la única acción realizada por medio de Moisés puso de manifiesto el endurecimiento del Faraón a causa de su maldad y, en cambio, la docilidad de los egipcios "mezclados" con el pueblo que partieron junto con los hebreos. Y el hecho de que se haya escrito que el corazón del Faraón se ablandaba poco a poco, cuando decía: "Pero no os alejéis mucho; iréis por tres días y dejaréis aquí a vuestras mujeres", así como las demás cosas que decía mientras iba cediendo gradualmente ante los prodigios, muestra que las señales obraban también sobre él en cierta medida, aunque no lograban transformarlo por completo. Ni siquiera habría ocurrido esto si Dios hubiera realizado lo que muchos entienden por "endureceré el corazón del Faraón".
    Tampoco es improcedente aclarar estas expresiones a partir del uso corriente. A menudo, unos amos bondadosos dicen a sus criados que abusan de su bondad y paciencia: "Yo te he vuelto malvado" y "Yo soy el responsable de que hayas cometido faltas tan graves". Es preciso, en efecto, atender al sentido y a la intención de lo dicho y no tergiversarlo por no comprender el propósito de las palabras. Pablo, que examina claramente esta cuestión, dice al pecador: "¿O desprecias la riqueza de su bondad, de su tolerancia y de su paciencia, ignorando que la bondad de Dios te lleva al arrepentimiento? Pero, conforme a tu dureza y a tu corazón impenitente, atesoras para ti ira en el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios". Apliquemos, pues, al Faraón lo que el apóstol dice al pecador, y comprenderemos que también a él se le podrían haber dirigido muy apropiadamente esas palabras, pues "conforme a su dureza y a su corazón impenitente atesoraba ira para sí". Su dureza no habría quedado así de manifiesto ni habría sido puesta al descubierto si no se hubieran producido las señales, o si se hubieran producido, pero no tantas ni de tal magnitud.

    III, 1, 12 · griego

    12. Pero, como estas explicaciones son difíciles de aceptar y se consideran forzadas, examinemos también, a partir de la palabra profética, qué dicen quienes experimentaron la gran bondad de Dios y †no† vivieron bien, sino que después pecaron: "¿Por qué nos extraviaste, Señor, de tu camino? ¿Por qué endureciste nuestro corazón para que no temiera tu nombre? Vuélvete, por amor a tus siervos, por amor a las tribus de tu heredad, para que heredemos una pequeña parte de tu monte santo". Y en Jeremías: "Me engañaste, Señor, y me dejé engañar; me dominaste y fuiste más fuerte". Las palabras "¿Por qué endureciste nuestro corazón para que no temiera tu nombre?", pronunciadas por quienes suplican misericordia, expresan, según el modo habitual de hablar, lo siguiente: "¿Por qué nos perdonaste durante tanto tiempo, sin pedirnos cuentas de nuestros pecados, sino dejándonos hasta que nuestras faltas alcanzaron tal magnitud?". Dios deja a la mayoría sin castigo para que, a partir de lo que depende de nosotros, se ponga a prueba el carácter de cada cual: así, los mejores se manifiestan gracias a la prueba, mientras que los demás, sin quedar ocultos —no para Dios, pues "lo sabe todo antes de que suceda", sino para los seres racionales y para sí mismos—, pueden recibir después un tratamiento curativo que no habrían reconocido como un beneficio si no hubieran advertido antes su propia falta. A cada cual le conviene esto para cobrar conciencia de su condición y de la gracia de Dios. Quien no percibe su propia debilidad ni la gracia divina, aunque reciba un beneficio, si no se ha puesto a prueba ni ha reconocido sus faltas, creerá que aquello que le fue concedido por la gracia celestial es una hazaña suya. Esta presunción, que engendra arrogancia, será causa de su caída. Pensamos que eso mismo le ocurrió al diablo, que se atribuyó las excelencias que poseía cuando era irreprochable. Pues "todo el que se enaltece será humillado, así como todo el que se humilla será enaltecido". Advierte, además, que por eso las cosas divinas "han sido ocultadas a los sabios y entendidos", "para que —como dice el apóstol— ninguna carne se gloríe ante Dios", y "han sido reveladas a los pequeños", a quienes, una vez pasada la infancia, han avanzado hacia lo mejor y recuerdan que no han alcanzado tan gran bienaventuranza tanto por mérito propio cuanto por un beneficio inefable.

    III, 1, 13 · griego

    13. Por consiguiente, quien es dejado a sí mismo lo es por juicio divino, y Dios tiene paciencia con algunos pecadores no sin razón, sino porque, ante la inmortalidad del alma y la eternidad sin fin, les conviene no recibir pronto la ayuda que los lleve a la salvación, sino ser conducidos a ella más tarde, después de haber experimentado muchos males. Así como también los médicos, aun pudiendo curar más rápidamente a alguien, cuando sospechan que en su cuerpo hay un veneno oculto obran de manera contraria a la curación, precisamente porque desean curarlo con mayor seguridad: consideran preferible mantenerlo largo tiempo con inflamación y enfermedad, para que recupere la salud más firmemente, que verlo restablecido en apariencia con rapidez y que luego la enfermedad reaparezca y haga pasajera aquella curación apresurada. Del mismo modo, Dios, que conoce lo oculto del corazón y prevé el futuro, permite con paciencia que, acaso incluso mediante lo que sucede desde fuera, aflore el mal escondido, para purificar a quien por negligencia ha dado cabida a las semillas del pecado: una vez salidas estas a la superficie, podrá expulsarlas como por un vómito y, aunque haya permanecido largo tiempo entre males, recibirá después una purificación que le permitirá ser restaurado tras su maldad. Pues Dios gobierna las almas no con la mirada puesta en los, por ejemplo, cincuenta años de esta vida, sino en la eternidad sin término: ha creado incorruptible la naturaleza intelectual, que es afín a él, y el alma racional no queda excluida del tratamiento curativo como ocurre en la vida presente.
    Comentario editorial · Cincuenta años o sesenta
    Para contrastar la vida presente con la eternidad, el griego habla, «por ejemplo», de los cincuenta años de esta vida (pentēkontaetía); Rufino escribe «sesenta años o más». Lo señala una nota de la edición inglesa. Es una cifra de ejemplo, y el argumento no cambia: Dios gobierna las almas mirando a un tiempo sin término, y por eso tiene paciencia con algunos pecadores.

    III, 1, 14 · griego

    14. Sirvámonos ahora también de una imagen tomada del Evangelio. Hay una roca con una capa de tierra escasa y superficial: las semillas que caen en ella brotan pronto, pero, una vez brotadas, como "no tienen raíz", "cuando sale el sol se abrasan y se secan". Esa roca es un alma humana endurecida por la negligencia y convertida en piedra por la maldad; pues Dios no ha creado en nadie un "corazón de piedra", sino que este llega a ser así por la perversidad. Supongamos que alguien reprochara a un labrador no haber sembrado antes en un terreno pedregoso, al ver que otro terreno semejante había recibido las semillas y estas habían brotado. El labrador podría responder: "Sembraré más tarde en esta tierra, después de aplicar lo necesario para que retenga lo que se siembre; pues a esta tierra le convendrá más recibir la semilla más tarde y con mayor seguridad que haberla recibido pronto y de modo más superficial". En tal caso, admitiríamos que habla razonablemente y que ha obrado con conocimiento. Así también el gran labrador de toda naturaleza aplaza el beneficio que podría parecer más rápido, para que no sea superficial. Pero es probable que alguien nos objete: "¿Por qué cae entonces parte de la semilla en un alma cuya tierra es superficial, como si fuera una "roca"?". A esto hay que responder que, para esa alma que ha querido alcanzar lo mejor con excesiva precipitación y sin seguir el camino que lleva a ello, es preferible obtener lo que desea, a fin de que, al reconocer su falta en ese punto, acepte esperar mucho tiempo antes de recibir el cultivo que corresponde a su naturaleza.
    Pues las almas son, por así decirlo, incontables para nosotros, e incontables sus caracteres, y numerosísimos sus movimientos, propósitos, intentos e impulsos. De todo ello hay un solo administrador excelente, que conoce los momentos oportunos, los auxilios adecuados, los modos de conducirlas y los caminos: el Dios y Padre de todas las cosas, que sabe cómo conducir también al Faraón a través de tantas pruebas y hasta el hundimiento en el mar. Pero el gobierno del Faraón no concluye con ese hundimiento, pues no dejó de existir al sumergirse: "En la mano de Dios estamos nosotros y nuestras palabras, toda inteligencia y el conocimiento de los oficios". Sea esto suficiente, por ahora, en defensa de lo dicho acerca del "endurecimiento del corazón del Faraón" y de "tiene misericordia de quien quiere y endurece a quien quiere".

    III, 1, 15 · griego

    15. Examinemos ahora también el pasaje de Ezequiel que dice: "Les quitaré los corazones de piedra y les pondré corazones de carne, para que caminen según mis mandamientos y guarden mis preceptos". Pues, si Dios, cuando quiere, "quita los corazones de piedra" y pone "corazones de carne", de suerte que "se guarden sus preceptos" y se observen sus mandamientos, no depende de nosotros abandonar la maldad. En efecto, "quitar los corazones de piedra" no es otra cosa que retirar de quien Dios quiere la maldad por la que una persona se endurece; y hacer que surja un "corazón de carne" para que alguien "camine según los preceptos" de Dios y "guarde" sus mandamientos, ¿qué otra cosa es sino volverlo dócil, no resistente a la verdad y dispuesto a practicar las virtudes? Pero, si Dios promete hacer estas cosas y nosotros no dejamos los "corazones de piedra" antes de que él los quite, es evidente que abandonar la maldad no depende de nosotros; y, si nada hacemos para que surja en nosotros el "corazón de carne", sino que es obra de Dios, vivir según la virtud tampoco será obra nuestra, sino enteramente gracia divina.
    Esto dirá quien, ateniéndose únicamente al sentido literal de los pasajes, niega lo que depende de nosotros. Nosotros, en cambio, responderemos que hay que entenderlos de este modo: una persona sumida en la ignorancia y la falta de educación, al advertir sus propios males, sea por exhortación de un maestro o por sí misma, se confía a quien cree capaz de guiarla hacia la educación y la virtud. Y, cuando se confía a él, el educador promete quitarle su falta de formación e infundirle conocimientos, no porque quien se ha presentado para recibir tratamiento no tenga ninguna participación en su educación ni en la superación de la ignorancia, sino porque promete mejorar a quien lo desea. Del mismo modo, la Palabra divina promete quitar a quienes acuden a ella la maldad que ha llamado "corazón de piedra", no contra su voluntad, sino porque se han puesto en manos del médico de los enfermos; así, en los Evangelios encontramos enfermos que se acercan al Salvador, le piden la curación y son curados. Por ejemplo, que "los ciegos recobren la vista" es obra de los afectados en cuanto han pedido la curación por creer que podían ser curados, y obra de nuestro Salvador en cuanto a la recuperación de la vista. Así, pues, la Palabra de Dios promete infundir conocimiento en quienes acuden a ella, "quitando el corazón de piedra" y endurecido —es decir, la maldad— para que puedan "caminar" según los mandamientos divinos y "guardar" los preceptos de Dios.

    III, 1, 16 · griego

    16. Sigue el pasaje del Evangelio en el que el Salvador decía que "por eso habla en parábolas a los de fuera: para que viendo no vean y oyendo no entiendan; no sea que se conviertan y les sea perdonado". Nuestro contradictor dirá: "Si esas personas, de escuchar palabras más claras, se convertirían sin falta, y de tal modo que se harían dignas del perdón de sus pecados, pero escuchar palabras más claras no depende de ellas, sino de quien enseña, y por eso él no se las expone con más claridad, "no sea que vean y entiendan", entonces no depende de ellas salvarse. Y, si es así, no tenemos libre albedrío en cuanto a nuestra salvación o perdición". Frente a esto, sería convincente la respuesta de que el Salvador no quería que quienes no llegarían a ser buenos y virtuosos comprendieran los misterios más profundos y que por eso "les hablaba en parábolas", si no se añadiera "no sea que se conviertan y les sea perdonado". Pero, puesto que el texto dice "no sea que se conviertan y les sea perdonado", la defensa resulta más difícil.
    En primer lugar, pues, hay que señalar este pasaje a quienes sostienen doctrinas diferentes: buscan afanosamente en el Antiguo Testamento expresiones como esta, en las que se manifiestan, según se atreven a decir, la crueldad del creador o su voluntad de vengarse y devolver mal por mal, o comoquiera que prefieran llamarlo, con tal de afirmar que no hay bondad en el creador. En cambio, no leen el Nuevo Testamento con el mismo criterio ni con la misma rectitud, sino que pasan por alto pasajes semejantes a los que consideran censurables en el Antiguo. Pues, también según el Evangelio, se muestra claramente que el Salvador, conforme a lo que ellos dicen de los pasajes anteriores, no habla con claridad precisamente para que los hombres no se conviertan ni, tras convertirse, se hagan dignos del perdón de sus pecados. Esto, considerado en sí mismo, no es menos difícil que cualquiera de las expresiones semejantes por las que acusan al Antiguo Testamento. Si buscan una explicación para el pasaje evangélico, habrá que preguntarles si no obran de manera censurable al adoptar posturas distintas ante problemas semejantes: en el caso del Nuevo Testamento no tropiezan con dificultades, sino que buscan una explicación, mientras que, en el del Antiguo, acusan a los pasajes análogos en lugar de explicarlos como hacen con los del Nuevo. La semejanza entre unos y otros nos permitirá llevarlos a reconocer que todos los escritos pertenecen a un solo Dios.
    Procuremos ahora, en la medida de lo posible, encontrar una explicación para el pasaje que nos ocupa.

    III, 1, 17 · griego

    17. Al examinar el caso del Faraón, decíamos que a veces una curación más rápida no beneficia a quienes la reciben: si, después de caer por culpa propia en males graves, se libraran de ellos fácilmente, despreciarían el mal como si fuera fácil de curar y, sin guardarse de caer en él por segunda vez, permanecerían en él. Por eso, tratándose de tales personas, Dios, el eterno, conocedor de lo oculto, que "lo sabe todo antes de que suceda", aplaza por bondad el auxilio más rápido y, por así decirlo, las ayuda al no ayudarlas, porque eso les conviene. Es probable, pues, que el Salvador, al ver que "los de fuera" de quienes hablamos no permanecerían firmes en su conversión si oyeran con mayor claridad lo que decía, dispusiera que no escucharan de forma más clara las enseñanzas profundas; no fuera que, al convertirse pronto y ser curados al recibir el perdón, despreciaran las heridas de su maldad como leves y fáciles de sanar, y recayeran pronto en ellas. Acaso, además, aún no habían cumplido el tiempo debido de expiación por los pecados anteriores con que habían faltado a la virtud al abandonarla; quedaban, por ello, privados de la atención divina para que, después de recoger más ampliamente los males que ellos mismos habían sembrado, fueran llamados más tarde a un arrepentimiento más firme y no recayeran enseguida en aquello en que antes habían caído, cuando ultrajaron la dignidad de los bienes y se entregaron a cosas peores. Los llamados "de fuera", evidentemente por comparación con "los de dentro", no están del todo alejados de estos: mientras los de dentro escuchan con claridad, aquellos escuchan sin claridad, porque se les habla "en parábolas"; pero, al fin y al cabo, escuchan. Hay otros aún más alejados que los de fuera, los llamados tirios: aunque se sabía de antemano que "hacía tiempo que se habrían arrepentido sentados con sayal y ceniza", cuando el Salvador llegó cerca de su territorio ni siquiera oyeron lo que oían los de fuera; probablemente porque estaban más lejos todavía de ser dignos de ello. Así, en otro momento, después de que su suerte llegue a ser "más tolerable" que la de quienes no acogieron la Palabra —aquellos a quienes se refirió también al mencionar a los tirios—, podrán escuchar en una ocasión más propicia y arrepentirse con mayor firmeza.
    Considera si nosotros no nos esforzamos más bien en conservar, además del espíritu de examen, la piedad en todo lo relativo a "Dios y a su Cristo", al intentar por todos los medios dar razón de cuestiones tan grandes y de tal índole acerca de la providencia diversa de Dios, que cuida de un alma inmortal. Si alguien preguntara por qué a aquellos a quienes se reprocha su conducta no les aprovecha ver prodigios y escuchar palabras divinas, mientras que los tirios se habrían arrepentido si entre ellos hubieran ocurrido y se hubieran dicho cosas semejantes, y preguntara además: "¿Por qué predicó el Salvador a los primeros, para su propio mal, haciendo así que su pecado les fuera imputado con mayor gravedad?", habría que responderle lo siguiente: quien conoce las disposiciones de todos desea refutar la excusa, carente de fundamento, de quienes culpan a su providencia de no haber creído, porque no les concedió ver lo que permitió contemplar a otros ni dispuso que escucharan aquello de lo que otros se beneficiaron al oírlo. Por eso les da lo que pedían quienes censuraban su gobierno, para que, una vez recibido, queden igualmente desenmascarados como impíos por no haberse dispuesto ni aun así a sacar provecho. De este modo abandonarán semejante presunción y, liberados precisamente de ella, aprenderán que a veces Dios hace esperar y demora el beneficio para algunas personas, al no concederles ver y oír cosas que, una vez vistas y oídas, harían manifiesto como más grave y más difícil el pecado de quienes, incluso después de tantas y tales pruebas, no han creído.

    III, 1, 18–19 · griego

    18. Examinemos ahora también las palabras: "Así pues, no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios, que tiene misericordia". Quienes se apoyan en ellas dicen: "Si no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios, que tiene misericordia, salvarse no procede de lo que depende de nosotros, sino de la constitución que nos dio quien nos hizo de cierta manera, o de la decisión de quien tiene misericordia cuando quiere". Hay que preguntarles: ¿querer lo bueno es bueno o malo? Y correr con el deseo de alcanzar la meta, esforzándose por lo bueno, ¿merece alabanza o censura? Si dicen que merece censura, responderán en contra de lo evidente, pues también los santos quieren y corren y, evidentemente, no hacen por ello nada censurable. Si dicen que querer lo bueno y correr hacia ello es bueno, les preguntaremos cómo una naturaleza destinada a perderse puede querer lo mejor: sería como si un árbol malo diera frutos buenos, puesto que querer lo mejor es bueno. Una tercera respuesta sería que querer lo bueno y correr hacia ello pertenece a las cosas intermedias y no es noble ni malo. A esto hay que responder que, si querer lo bueno y correr hacia ello es algo intermedio, también lo será su contrario, es decir, querer lo malo y correr hacia ello. Pero querer lo malo y correr hacia ello no es algo intermedio; por tanto, tampoco lo es querer lo bueno y correr hacia ello.
    19. Creo, pues, que podemos ofrecer la siguiente explicación de "Así pues, no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios, que tiene misericordia". Salomón dice en el libro de los Salmos —pues suyo es el cántico de las subidas del que citaremos estas palabras—: "Si el Señor no edifica la casa, en vano se esfuerzan los que la edifican; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vela el guardián". No nos disuade de edificar ni nos enseña a dejar de velar para proteger la ciudad que hay en nuestra alma, sino que muestra que lo edificado sin Dios se edifica en vano y que lo que no recibe su protección se guarda inútilmente. Con razón se atribuirá la edificación a Dios como su señor y la defensa de la ciudad al soberano de todas las cosas como jefe de su guardia. Supongamos, pues, que dijéramos: "Este edificio no es obra de quien construye, sino de Dios", o bien: "Que esta ciudad no haya sufrido daño de sus enemigos no es mérito de quien la guardaba, sino del Dios que está por encima de todos". No nos equivocaríamos, siempre que se sobreentendiera que también el hombre había hecho algo y que, con gratitud, atribuyéramos el mérito al Dios que lleva la obra a término. De igual manera, como no basta el querer humano para alcanzar la meta, ni basta correr como los atletas para conseguir "el premio del llamamiento de Dios desde lo alto en Cristo Jesús" —pues esto se logra con el auxilio de Dios—, se dice acertadamente: "No depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios, que tiene misericordia". Es como si, al hablar del cultivo, se dijera lo que también está escrito: "Yo planté, Apolo regó, pero Dios hizo crecer; de modo que ni el que planta es algo ni el que riega, sino Dios, que hace crecer". No sería conforme a la piedad decir que obtener frutos "abundantes" es obra del labrador o de quien riega, sino obra de Dios. Así también nuestra perfección no se realiza sin que nosotros hagamos nada; pero tampoco la llevamos a término por nosotros mismos: Dios obra la mayor parte. Para que resulte más claro que esto es lo que se quiere decir, tomaremos un ejemplo del arte de navegar. En comparación con el soplo de los vientos, las condiciones favorables del aire y la claridad de las estrellas, que contribuyen a la salvación de los navegantes, ¿qué proporción podría atribuirse al arte del piloto en la llegada a puerto? Muchas veces los propios pilotos, por cautela, no se atreven a afirmar que han salvado la nave, sino que lo atribuyen todo a Dios, no porque ellos no hayan hecho nada, sino porque la contribución de la providencia supera con mucho a la de su arte. También en nuestra salvación, la contribución de Dios supera incomparablemente a lo que depende de nosotros. Por eso creo que se dice: "No depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios, que tiene misericordia". Pues, si hubiera que entender estas palabras como ellos suponen, los mandamientos serían superfluos: en vano Pablo reprocharía a unos sus faltas, elogiaría a otros por sus aciertos y establecería normas para las iglesias; y en vano nos dedicaríamos nosotros a "querer" lo mejor, †y no ciertamente también a† "correr". Pero Pablo no aconseja, reprende y elogia a unos y otros en vano, ni nosotros nos aplicamos en vano a querer lo mejor y a esforzarnos por lo provechoso. Por tanto, ellos no han entendido bien los pasajes en cuestión.

    III, 1, 20 · griego

    20. A esto se añadían las palabras: "El querer y el obrar proceden de Dios". Algunos dicen: "Si el querer procede de Dios y el obrar procede de Dios, aunque queramos y obremos mal, también esto nos vendrá de Dios. Y, si es así, no tenemos libre albedrío. Por otra parte, cuando queremos lo mejor y hacemos lo provechoso, puesto que el querer y el obrar proceden de Dios, no somos nosotros quienes hemos hecho lo provechoso: solo nos lo parece, mientras que Dios nos lo ha concedido. De modo que tampoco en este caso tenemos libre albedrío". A esto hay que responder que las palabras del apóstol no dicen que el querer lo malo proceda de Dios ni que proceda de Dios el querer lo bueno, ni tampoco, de igual modo, el realizar las mejores o las peores acciones, sino el querer en general y el obrar en general. Pues así como de Dios recibimos el ser animales y el ser hombres, así recibimos el querer en general, como podríamos decir también que recibimos el movernos en general. Y, aunque por ser animales tenemos la capacidad de movernos y, por ejemplo, de mover determinados miembros, las manos o los pies, no sería razonable decir que recibimos de Dios cada movimiento particular, como movernos para golpear, matar o apoderarnos de los bienes ajenos. De Dios hemos recibido la capacidad general de movernos; somos nosotros quienes la empleamos para fines peores o mejores. Así, pues, de Dios hemos recibido la capacidad de obrar por ser animales, y del creador hemos recibido la de querer; pero somos nosotros quienes empleamos el querer para las cosas más nobles o para las contrarias, y lo mismo sucede con el obrar.

    III, 1, 21–22 · griego

    21. Todavía parecerá que nos aparta de la afirmación de nuestro libre albedrío el pasaje del apóstol en que, formulando una objeción a sus propias palabras, dice: "Así pues, tiene misericordia de quien quiere y endurece a quien quiere. Me dirás entonces: "¿Por qué sigue reprochando? Pues ¿quién se ha resistido a su voluntad?". Antes bien, hombre, ¿quién eres tú para replicar a Dios? ¿Acaso dirá lo modelado a quien lo modeló: "Por qué me hiciste así"? ¿O no tiene el alfarero autoridad sobre el barro para hacer de la misma masa un vaso destinado a un uso noble y otro destinado a un uso vil?". Alguien dirá, en efecto: "Si, así como el alfarero hace de la misma masa unos vasos destinados a un uso noble y otros a un uso vil, Dios hace a unos para la salvación y a otros para la perdición, entonces salvarnos o perdernos no sucede por causa nuestra y no tenemos libre albedrío". A quien así se sirva de estas palabras hay que preguntarle si puede pensar que el apóstol se contradice. No creo que nadie se atreva a afirmarlo. Pues bien, si el apóstol no se contradice, ¿cómo puede, según esa interpretación, censurar con razón al que cometió un acto de inmoralidad sexual en Corinto o a quienes faltaron "y no se arrepintieron de la conducta desvergonzada y de la incontinencia que practicaron"? ¿Y cómo puede bendecir por sus buenas obras a aquellos a quienes elogia, como a la familia de Onesíforo, cuando dice: "Conceda el Señor misericordia a la familia de Onesíforo, porque muchas veces me reconfortó y no se avergonzó de mis cadenas; antes bien, al llegar a Roma me buscó con diligencia y me encontró. Concédale el Señor hallar misericordia ante el Señor en aquel día"? No sería propio del mismo apóstol censurar al pecador como merecedor de reproche y elogiar al que ha obrado bien como merecedor de alabanza y, a la vez, afirmar que, sin depender nada de nosotros, únicamente por causa del creador hay "un vaso destinado a un uso noble y otro destinado a un uso vil". ¿Y cómo serían ciertas las palabras "Todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba lo que le corresponda por lo que hizo mediante el cuerpo, sea bueno o malo", si quienes hicieron el mal llegaron a hacerlo por haber sido creados "vasos destinados a un uso vil" y quienes vivieron virtuosamente hicieron el bien porque desde el principio fueron constituidos para ello como "vasos destinados a un uso noble"? Además, ¿cómo no contradice la idea de que el vaso sea noble o vil por causa del creador —que ellos creen encontrar en los pasajes citados— lo que se dice en otro lugar?: "En una casa grande no solo hay vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro, y unos están destinados a un uso noble y otros a un uso vil. Por tanto, si alguien se purifica, será un vaso destinado a un uso noble, santificado y útil a su dueño, preparado para toda obra buena". Si quien se purifica llega a ser "un vaso destinado a un uso noble", mientras que quien se desentiende de su purificación es "un vaso destinado a un uso vil", atendiendo a estas palabras el creador no es en modo alguno el responsable. El creador hace, en efecto, "vasos destinados a un uso noble y vasos destinados a un uso vil", pero no desde el principio por su presciencia, pues no condena de antemano ni justifica de antemano en virtud de ella. Hace "vasos destinados a un uso noble" a quienes se han purificado y "vasos destinados a un uso vil" a quienes se han desentendido de su purificación. Así, que uno llegue a ser noble y otro vil al constituirse los respectivos vasos responde a causas anteriores.
    22. Si admitimos que hay causas anteriores a la existencia de la "vasija para uso honorable" y de la "vasija para uso deshonroso", ¿qué hay de absurdo en remontarnos a la cuestión del alma y <pensar> que hubo causas anteriores para que Jacob fuera amado y Esaú odiado, causas que se dieron en Jacob antes de su incorporación al cuerpo y en Esaú antes de que entrara en el seno de Rebeca? A la vez, queda claro que, en lo que respecta a la naturaleza subyacente, así como al alfarero le sirve de base un único "barro", de cuya "masa" se hacen "vasos para uso noble y para uso vil", así también, siendo de una sola naturaleza todas las almas de las que Dios dispone y constituyendo las sustancias racionales, por así decirlo, una sola "masa", ciertas causas anteriores han hecho que "unos sean destinados a un uso noble y otros a un uso vil". Y si nos reprenden las palabras del apóstol: "Antes bien, hombre, ¿quién eres tú para replicar a Dios?", quizá nos enseñen que quien tiene libertad para hablar ante Dios, es fiel y ha vivido rectamente no oiría decir: "¿Quién eres tú para replicar a Dios?". Tal era Moisés, pues "Moisés hablaba, y Dios le respondía con su voz"; y así como Dios responde a Moisés, también el santo responde a Dios. En cambio, quien no ha adquirido esa libertad —es decir, quien está perdido o indaga sobre estas cuestiones no por afán de aprender, sino por afán de disputa, y por eso dice: "¿Por qué sigue reprochando? Pues ¿quién se ha opuesto a su voluntad?"— sería digno de la reprensión que dice: "Antes bien, hombre, ¿quién eres tú para replicar a Dios?".

    III, 1, 23 · griego

    23. A quienes introducen distintas naturalezas y se sirven de este pasaje hay que decirles lo siguiente. Si admiten que tanto los que se pierden como los que se salvan proceden "de una misma masa", que el creador de los que se salvan es también el creador de los que se pierden, y que es bueno quien hace no solo a los espirituales, sino también a los terrenos —pues esto se sigue de su postura—, es posible, sin embargo, que quien ahora ha llegado a ser una vasija para uso honorable gracias a ciertas buenas acciones anteriores, si no obra de manera semejante ni conforme a esa condición, llegue a ser en otra era una vasija para uso deshonroso. Y, a la inversa, es posible que quien aquí ha llegado a ser una vasija para uso deshonroso por <causas> anteriores a esta vida, una vez enmendado, llegue a ser en la "nueva creación" una "vasija para uso honorable, santificada y útil a su señor, preparada para toda obra buena". Quizá también los israelitas de ahora, si no viven de un modo digno de su noble linaje, queden excluidos de su estirpe, pasando, por así decirlo, de vasijas para uso honorable a una vasija para uso deshonroso; y muchos de los egipcios e idumeos de ahora, al unirse a Israel, cuando den fruto en mayor abundancia, "entrarán en la asamblea del Señor", pues ya no serán considerados egipcios ni idumeos, sino que serán israelitas. Así pues, según esto, por sus elecciones unos avanzan de una condición peor a otra mejor, otros caen de una mejor en otra peor, otros permanecen en el bien o ascienden del bien a lo mejor, y otros, a su vez, persisten en el mal o, al extenderse su maldad, pasan del mal a una condición peor. <...>

    III, 1, 24 · griego

    24. Puesto que en un pasaje el apóstol no atribuye a Dios el que alguien llegue a ser un "vaso destinado a un uso noble o a un uso vil", sino que hace recaer todo sobre nosotros al decir: "Por tanto, si alguien se purifica, será un vaso destinado a un uso noble, santificado y útil a su señor, preparado para toda obra buena", mientras que en otro no da a entender que se trate de lo que depende de nosotros, sino que parece atribuírselo todo a Dios cuando afirma: "El alfarero tiene potestad sobre el barro para hacer de una misma masa un vaso destinado a un uso noble y otro a un uso vil"; y puesto que sus afirmaciones no son contradictorias, hay que reunir ambas y ofrecer a partir de ellas una explicación completa. Ni lo que depende de nosotros basta sin el conocimiento de Dios, ni el conocimiento de Dios nos obliga a progresar si nosotros no aportamos también algo en favor del bien; ni lo que depende de nosotros, sin el conocimiento de Dios y la actuación de quien, según el mérito de nuestras elecciones, hace que alguien llegue a ser destinado a un uso noble o a un uso vil, puede producir tal resultado; ni lo que depende solo de Dios hace que alguien sea destinado a un uso noble o a un uso vil, si no cuenta, como materia que establezca la diferencia, con nuestra elección, inclinada hacia lo mejor o hacia lo peor. Con esto, quede suficientemente fundamentado lo que hemos dicho acerca del libre albedrío.
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