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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minCómo leer las dos versiones
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minPrefacio
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 12 minLibro I
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 1. Sobre Dios
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 2. Sobre Cristo
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 2. Sobre Cristo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 4. Sobre la deserción o el apartamiento
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 5. Sobre las naturalezas racionales
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el fin o la consumación
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 7. Sobre los seres incorpóreos y corpóreos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 8. Sobre los ángeles
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 8. Sobre los ángeles
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 10 minLibro II
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 2. Sobre la perpetuidad de la naturaleza corporal
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 13 minCapítulo 3. Sobre el principio del mundo y sus causas
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 4. El Dios de la ley y los profetas, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es el mismo Dios
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 4. El Dios de la ley y los profetas, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es el mismo Dios
  22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 5. Sobre la justicia y la bondad
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre la encarnación de Cristo
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 6. Sobre la encarnación de Cristo
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre el Espíritu Santo
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 8. Sobre el alma (anima)
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 8. Sobre el alma (anima)
  28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 9. Sobre el mundo y los movimientos de las criaturas racionales, sean buenos o malos, y sobre sus causas
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 9. Sobre el mundo y los movimientos de las criaturas racionales, sean buenos o malos, y sobre sus causas
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 10. Sobre la resurrección y el juicio, el fuego del infierno y los castigos
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 10. Sobre la resurrección y el juicio, el fuego del infierno y los castigos
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 11. Sobre las contrapromesas
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 11. Sobre las contrapromesas
  34. Sesión 34 · Parte 7 · ≈ 9 minLibro III
  35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 1. Sobre el libre albedrío: solución e interpretación de los pasajes de la Escritura que parecen negarlo
  36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 1. Sobre el libre albedrío: solución e interpretación de los pasajes de la Escritura que parecen negarlo
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  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 3. Sobre la sabiduría triple
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 4. Sobre las tentaciones humanas
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4. Sobre las tentaciones humanas
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  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 6. Sobre el fin del mundo
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 6. Sobre el fin del mundo
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 12 minLibro IV
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  57. Sesión 57 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
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  59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
  60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
  61. Sesión 61 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
  62. Sesión 62 · Parte 12 · ≈ 12 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
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  66. Sesión 66 · Parte 13 · ≈ 10 minResumen doctrinal acerca del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y de los demás temas tratados en las páginas precedentes
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    TEXTOS — ORÍGENES DE ALEJANDRÍA

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    Sobre los principios

    c. 220–230 · El latín de Rufino y, donde se conserva, el griego en paralelo51 minPosición: 0% de esta parteParte 5 de 13 · Capítulo 5. Sobre la justicia y la bondadPublicado el Actualizado el Ref. ESC-ORI-01

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    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 12 minLibro I
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 1. Sobre Dios
    6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 2. Sobre Cristo
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    Capítulo 5. Sobre la justicia y la bondad

    II, 5, 1

    1. Ahora, puesto que para algunos tiene peso la siguiente consideración: que los jefes de aquella herejía de la que venimos hablando creen haber establecido una distinción según la cual la justicia es una cosa y la bondad otra, y han aplicado esa distinción incluso a las cosas divinas, sosteniendo que el Padre de nuestro Señor Jesucristo es, ciertamente, un Dios bueno, pero no justo, mientras que el Dios de la ley y los profetas es justo, pero no bueno; considero necesario responder a estas afirmaciones con la mayor brevedad posible. Estas personas entienden por bondad una disposición tal que concedería beneficios a todos, aunque quien los recibe sea indigno y no merezca favor alguno; pero, a mi juicio, no han aplicado bien su propia definición, pues piensan que no se hace ningún bien a quien padece algún sufrimiento o desgracia. La justicia, por su parte, la conciben como la cualidad que recompensa a cada uno según sus méritos. Pero tampoco aquí interpretan correctamente el sentido de su definición. Pues creen que lo justo es enviar males a los malvados y bienes a los buenos; de modo que, según ellos, el Dios justo no parece querer el bien de los malos, sino estar movido por una especie de odio contra ellos. Y reúnen ejemplos de ello dondequiera que encuentran en las Escrituras del Antiguo Testamento un relato como el del castigo del diluvio y la suerte de quienes, según se cuenta, perecieron en él; o la destrucción de Sodoma y Gomorra por una lluvia de fuego y azufre; o la muerte en el desierto de todo el pueblo a causa de sus pecados, de tal manera que ninguno de los que habían salido de Egipto llegó a entrar en la tierra prometida, con excepción de Josué y Caleb. En cambio, del Nuevo Testamento reúnen palabras de compasión y piedad con las que el Salvador instruye a sus discípulos y por las que parece declararse que nadie es bueno sino Dios Padre; y así se han atrevido a llamar Dios bueno al Padre del Salvador Jesucristo, pero a decir que el Dios del mundo es otro distinto, al que les place llamar justo, aunque no bueno.

    II, 5, 2

    2. Ahora bien, creo que, en primer lugar, se les debe exigir que muestren, si pueden, conforme a su propia definición, que el Creador fue justo al castigar según sus méritos a los que perecieron en tiempos del diluvio, a los habitantes de Sodoma o a quienes habían salido de Egipto, puesto que a veces vemos cometer crímenes más perversos y detestables que aquellos por los cuales fueron destruidas las personas mencionadas, y, sin embargo, no vemos que todos los pecadores paguen la pena de sus delitos. ¿Dirán que Aquel que en otro tiempo era justo se ha vuelto bueno? ¿O pensarán más bien que todavía ahora es justo, pero soporta con paciencia las faltas humanas, mientras que entonces ni siquiera era justo, por cuanto exterminó a niños inocentes y de pecho junto con gigantes crueles e impíos? Tales son sus opiniones porque no saben entender nada más allá de la letra; de otro modo, explicarían en qué sentido constituye justicia literal que se castiguen los pecados sobre la cabeza de los hijos hasta la tercera y la cuarta generación, y sobre los hijos de sus hijos después de ellos. Nosotros, en cambio, no entendemos tales cosas literalmente; antes bien, como enseñó Ezequiel al referir la parábola, indagamos cuál es el sentido interior contenido en la parábola misma. Además, deberían explicar también cómo es justo y recompensa a cada uno según sus méritos Aquel que castiga a las personas de inclinaciones terrenales y al Diablo, siendo así que estos no han hecho nada digno de castigo. Pues no podrían hacer ningún bien si, como ellos afirman, fueran de naturaleza malvada y destinada a la perdición. Porque, al llamarlo juez, resulta que no juzga tanto las acciones como las naturalezas; y, si una naturaleza mala no puede hacer el bien, tampoco una naturaleza buena puede hacer el mal. Por otra parte, si Aquel a quien llaman bueno es bueno con todos, sin duda lo es también con quienes están destinados a perecer. ¿Y por qué no los salva? Si no quiere hacerlo, ya no será bueno; si quiere y no puede lograrlo, no será omnipotente. ¿Por qué no escuchan, más bien, al Padre de nuestro Señor Jesucristo cuando, en los Evangelios, prepara fuego para el Diablo y sus ángeles? Y ¿cómo podrá parecerles semejante proceder, tan punitivo como doloroso, obra del Dios bueno? Incluso el propio Salvador, el Hijo del Dios bueno, declara en los Evangelios que, si se hubieran realizado señales y prodigios en Tiro y Sidón, hace ya tiempo que sus habitantes se habrían arrepentido, sentados con sayal y ceniza. Y cuando se acercó a esas mismas ciudades y entró en su territorio, ¿por qué, decidme, evita entrar en ellas y mostrarles abundantes señales y prodigios, si era seguro que, después de presenciarlos, se habrían arrepentido con sayal y ceniza? Pero, al no hacerlo, sin duda abandona a la perdición a quienes, según muestra el lenguaje del Evangelio, no eran de naturaleza malvada ni destinada a la perdición, puesto que declara que eran capaces de arrepentirse. Asimismo, en cierta parábola del Evangelio, cuando el rey entra a ver a los invitados recostados al banquete, descubre a uno que no lleva traje de boda y le dice: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?"; y luego ordena a sus servidores: "Atadlo de pies y manos y arrojadlo a las tinieblas exteriores; allí habrá llanto y rechinar de dientes". Que nos digan quién es ese rey que entró a ver a los invitados y, al encontrar entre ellos a uno con vestiduras impuras, mandó a sus servidores que lo ataran y lo echaran a las tinieblas exteriores. ¿Es el mismo al que llaman justo? ¿Cómo, entonces, había mandado invitar por igual a buenos y malos, sin ordenar a sus servidores que averiguasen los méritos de cada uno? Tal proceder indicaría, no el carácter de un Dios justo que recompensa a los hombres según sus méritos, como ellos afirman, sino el de uno que muestra una bondad sin distinciones hacia todos. Ahora bien, si esto debe entenderse necesariamente del Dios bueno, es decir, de Cristo o del Padre de Cristo, ¿qué otra objeción pueden oponer a la justicia del juicio de Dios? Es más, ¿qué otra cosa tan injusta imputan al Dios de la ley como el hecho de ordenar que sea atado de pies y manos y arrojado a las tinieblas exteriores, por llevar vestiduras impuras, aquel a quien habían invitado sus servidores, enviados por Él para llamar por igual a buenos y malos?

    II, 5, 3

    3. Lo que hemos aducido de la autoridad de la Escritura debería bastar para refutar los argumentos de los herejes. No obstante, no estará de más que examinemos brevemente la cuestión con ellos a la luz de la razón misma. Les preguntamos, pues, si saben qué se considera entre los hombres fundamento de la virtud y de la maldad, y si de ello parece seguirse que podemos hablar de virtudes en Dios o, como ellos piensan, en esos dos Dioses. Que respondan también si consideran que la bondad es una virtud; y, puesto que sin duda admitirán que lo es, ¿qué dirán de la justicia? Ciertamente, a mi juicio, nunca serán tan insensatos como para negar que la justicia sea una virtud. Por consiguiente, si la virtud es un bien y la justicia es una virtud, entonces, sin duda, la justicia es bondad. Pero, si dicen que la justicia no es un bien, habrá de ser un mal o una cosa indiferente. Ahora bien, considero una necedad dar respuesta alguna a quienes dicen que la justicia es un mal, pues parecería que respondo a palabras sin sentido o a hombres que han perdido el juicio. ¿Cómo puede parecer un mal aquello que es capaz de recompensar a los buenos con bienes, como ellos mismos admiten? Pero, si dicen que es una cosa indiferente, de ello se sigue que, puesto que la justicia lo es, también la sobriedad, la prudencia y todas las demás virtudes son cosas indiferentes. ¿Y qué responderemos a Pablo cuando dice: "Si hay alguna virtud y si hay algo digno de alabanza, pensad en estas cosas, que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí"? Que aprendan, por tanto, mediante el examen de la Sagrada Escritura, cuáles son las diversas virtudes, y no se engañen diciendo que el Dios que recompensa a cada uno según sus méritos retribuye a los malvados con males por odio al mal, y no porque quienes han pecado necesiten remedios más severos y porque Él les aplique medidas que, aun cuando se ordenan a su mejora, parecen causarles dolor por el momento. No leen lo que está escrito acerca de la esperanza de quienes perecieron en el diluvio; esperanza de la que el propio Pedro habla así en su primera epístola: "Cristo, en efecto, murió en la carne, pero recibió vida por el Espíritu, por el cual fue a predicar a los espíritus retenidos en prisión, que en otro tiempo fueron incrédulos, cuando aguardaban la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la que unos pocos, es decir, ocho almas, se salvaron por el agua. A semejanza de ello, el bautismo os salva ahora también a vosotros". Y, con respecto a Sodoma y Gomorra, que nos digan si creen que las palabras proféticas proceden del Dios Creador, es decir, de Aquel de quien se cuenta que hizo llover sobre ellas fuego y azufre. ¿Qué dice de ellas el profeta Ezequiel? Dice: "Sodoma será restituida a su estado anterior". Pero ¿por qué, al afligir a quienes merecen castigo, no habría de afligirlos por su bien? Él es quien dice también a Caldea: "Tienes brasas encendidas; siéntate sobre ellas, te servirán de ayuda". Y, acerca de los que cayeron en el desierto, escuchen asimismo lo que se refiere en el salmo setenta y ocho, que lleva por título "De Asaf"; pues dice: "Cuando Él los mataba, entonces lo buscaban". No dice que unos lo buscasen después de que otros hubieran muerto, sino que la muerte de los que fueron matados fue de tal índole que, al morir, buscaban a Dios. Por todo ello queda establecido que el Dios de la ley y de los Evangelios es uno y el mismo, un Dios justo y bueno, y que concede beneficios con justicia y castiga con bondad; pues ni la bondad sin justicia ni la justicia sin bondad pueden manifestar la verdadera dignidad de la naturaleza divina.
    Añadiremos las siguientes observaciones, a las que nos obligan sus sutilezas. Si la justicia es una cosa distinta de la bondad, entonces, puesto que el mal es lo opuesto al bien y la injusticia lo opuesto a la justicia, la injusticia será sin duda algo distinto del mal; y así como, en vuestra opinión, el hombre justo no es bueno, tampoco el hombre injusto será malvado; y, asimismo, así como el hombre bueno no es justo, tampoco el malvado será injusto. Pero ¿quién no advierte lo absurdo de que al Dios bueno se le oponga uno que es malo, mientras que al Dios justo, a quien consideran inferior al bueno, no se le oponga nadie? Pues no hay nadie a quien pueda llamarse injusto, como hay un Satanás al que se llama malvado. ¿Qué hemos de hacer, entonces? Renunciemos a la posición que defendemos, pues ellos no podrán sostener que un hombre malo no es también injusto, ni que un hombre injusto no es malvado. Y si estas cualidades están indisolublemente unidas en sus respectivos contrarios, es decir, la injusticia en la maldad y la maldad en la injusticia, entonces, sin duda, el hombre bueno será inseparable del justo, y el justo del bueno; de modo que, así como hablamos de una sola y misma maldad en la perversidad y en la injusticia, también podemos considerar que la virtud de la bondad y la de la justicia son una y la misma.

    II, 5, 4

    4. Sin embargo, vuelven a remitirnos a las palabras de la Escritura al plantear aquella célebre cuestión suya y afirmar que está escrito: "Un árbol malo no puede producir frutos buenos", pues "por su fruto se conoce el árbol". ¿Cuál es, entonces, su argumento? Qué clase de árbol es la ley lo muestran sus frutos, es decir, las palabras de sus preceptos. Pues, si se comprueba que la ley es buena, sin duda se creerá que quien la dio es un Dios bueno. Pero, si es justa más que buena, también Dios será considerado un legislador justo. El apóstol Pablo no se anda con rodeos cuando dice: "La ley es buena; y el mandamiento es santo, justo y bueno". De ello se desprende claramente que Pablo no había aprendido el lenguaje de quienes separan la justicia de la bondad, sino que había sido instruido por aquel Dios e iluminado por su Espíritu, que es a un tiempo santo, bueno y justo; y, hablando por ese Espíritu, declaró que el mandamiento de la ley era santo, justo y bueno. Y para mostrar con mayor claridad que la bondad estaba presente en el mandamiento en mayor medida que la justicia y la santidad, al repetir sus palabras empleó, en lugar de esos tres calificativos, solo el de bueno, diciendo: "¿Acaso lo que es bueno se convirtió para mí en muerte? De ningún modo". Como sabía que la bondad era el género de las virtudes, y que la justicia y la santidad eran especies pertenecientes a ese género, tras haber nombrado conjuntamente el género y las especies en los versículos anteriores, al repetir sus palabras volvió a referirse solo al género. Y en los versículos siguientes dice: "El pecado produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno", donde resume en términos genéricos lo que antes había expuesto de manera específica. Así debe entenderse también la declaración: "El hombre bueno saca cosas buenas del buen tesoro de su corazón; y el hombre malo saca cosas malas del tesoro malo". Pues también aquí presupone un género en el bien y en el mal, y señala sin duda que en el hombre bueno hay justicia, templanza, prudencia, piedad y todo cuanto pueda llamarse o considerarse bueno. Del mismo modo, dijo que un hombre era malvado cuando, sin duda alguna, era injusto, impuro, impío y todo aquello que, por sí solo, hace malo a un hombre. Pues, así como nadie considera malvado a un hombre sin estos rasgos de maldad —ni, en verdad, puede serlo—, también es cierto que nadie será tenido por bueno sin aquellas virtudes. Todavía les queda, sin embargo, aquella sentencia del Señor en el Evangelio que creen les ha sido dada especialmente como escudo, a saber: "Nadie es bueno sino uno solo, Dios Padre". Declaran que estas palabras se refieren exclusivamente al Padre de Cristo, que, no obstante, es distinto del Dios Creador de todas las cosas, al cual no se le atribuye el nombre de bueno. Veamos ahora si en el Antiguo Testamento no se llama bueno al Dios de los profetas, Creador y Legislador de la palabra. ¿Qué expresiones encontramos en los Salmos? "¡Qué bueno es Dios con Israel, con los rectos de corazón!"; y "Diga ahora Israel que Él es bueno, que su misericordia perdura para siempre"; y estas palabras de las Lamentaciones de Jeremías: "El Señor es bueno con quienes esperan en Él, con el alma que lo busca". Así pues, del mismo modo que en el Antiguo Testamento se llama bueno a Dios con frecuencia, también en los Evangelios se llama justo al Padre de nuestro Señor Jesucristo. Finalmente, en el Evangelio según Juan, nuestro propio Señor dice, al orar al Padre: "Padre justo, el mundo no te ha conocido". Y para que no digan acaso que, por haber asumido carne humana, llamó Padre al Creador del mundo y lo denominó justo, las palabras que siguen inmediatamente les cierran esa salida: "El mundo no te ha conocido". Pues, según ellos, el mundo solo desconoce al Dios bueno. Sin duda, el mundo reconoce a su Creador, ya que el propio Señor dice que el mundo ama lo que es suyo. Está claro, por tanto, que Aquel a quien consideran el Dios bueno es llamado justo en los Evangelios. Quien lo desee puede reunir, cuando tenga ocasión, un mayor número de pruebas tomadas de los pasajes en los que, en el Nuevo Testamento, se llama justo al Padre de nuestro Señor Jesucristo y de aquellos en los que, en el Antiguo Testamento, se llama bueno al Creador del cielo y de la tierra; de modo que los herejes, refutados por numerosos testimonios, quizá algún día se avergüencen.

    Capítulo 6. Sobre la encarnación de Cristo

    II, 6, 1

    1. Es hora de retomar, tras esta somera referencia a tales cuestiones, nuestra investigación sobre la encarnación de nuestro Señor y Salvador, esto es, sobre cómo y por qué se hizo hombre. Habiendo considerado, pues, en la medida de nuestras escasas posibilidades, su naturaleza divina a partir de la contemplación de sus obras antes que de nuestras propias impresiones, y habiendo contemplado, no obstante, con los ojos su creación visible, mientras que la invisible se percibe por la fe —pues la fragilidad humana no puede verlo todo con los ojos del cuerpo ni comprenderlo mediante la razón, ya que nosotros, los hombres, somos más débiles y frágiles que los demás seres racionales (porque los que están en el cielo, o se supone que existen por encima de él, nos son superiores)—, nos queda buscar un ser intermedio entre todas las cosas creadas y Dios, es decir, un Mediador, a quien el apóstol Pablo llama el primogénito de toda criatura. Considerando, además, las declaraciones acerca de su majestad contenidas en la Sagrada Escritura: que se le llama imagen del Dios invisible y primogénito de toda criatura; que en él fueron creadas todas las cosas, visibles e invisibles, ya sean tronos, dominaciones, principados o potestades; que todas las cosas fueron creadas por él y en él; y que él es anterior a todas las cosas y en él todas subsisten, siendo cabeza de todas ellas y teniendo únicamente por cabeza a Dios Padre —pues está escrito: "La cabeza de Cristo es Dios"—; considerando asimismo que está escrito: "Nadie conoce al Padre sino el Hijo, ni nadie conoce al Hijo sino el Padre" (pues ¿quién puede saber qué es la Sabiduría sino quien le dio el ser? ¿O quién puede comprender claramente qué es la verdad sino el Padre de la verdad? ¿Quién puede investigar con certeza la naturaleza universal de su Palabra, y la de Dios mismo, naturaleza que procede de Dios, sino únicamente Dios, con quien estaba la Palabra?), debemos tener por cierto que esta Palabra, o Razón —si cabe llamarla así—, esta Sabiduría, esta Verdad, no es conocida por nadie más que por el Padre. Y acerca de él está escrito que, a mi juicio, el mundo mismo no podría contener los libros que podrían escribirse sobre la gloria y majestad del Hijo de Dios. Pues es imposible consignar por escrito todos los pormenores que atañen a la gloria del Salvador. Después de examinar cuestiones de tal importancia acerca del ser del Hijo de Dios, nos sobrecoge el más profundo asombro ante el hecho de que una naturaleza tan eminente, superior a todas las demás, se despojara de su condición majestuosa, se hiciera hombre y habitara entre los hombres, como atestigua la gracia derramada sobre sus labios, como dio testimonio de él su Padre celestial y como lo confirman los diversos signos, prodigios y milagros que realizó. Antes de aquella manifestación suya en el cuerpo, había enviado a los profetas como precursores y mensajeros de su venida; y, después de su ascensión al cielo, hizo que sus santos apóstoles, hombres ignorantes y sin instrucción, procedentes de entre los recaudadores de impuestos o los pescadores, pero llenos de la potestad de su divinidad, recorrieran el mundo para congregar, de toda raza y nación, a una multitud de creyentes devotos suyos.

    II, 6, 2

    2. Pero, entre todos los hechos maravillosos y poderosos que se refieren de él, hay uno que supera por completo el asombro humano y excede la capacidad de la frágil condición mortal para comprenderlo o siquiera concebirlo: cómo puede creerse que aquella inmensa potestad de la majestad divina, la Palabra misma del Padre y la sabiduría misma de Dios, en la que fueron creadas todas las cosas, visibles e invisibles, existiera dentro de los límites de aquel hombre que apareció en Judea; más aún, que la sabiduría de Dios entrara en el seno de una mujer, naciera como un niño y profiriera gemidos semejantes al llanto de los pequeños. Y que después se refiera que se turbó profundamente ante la muerte y dijo, según sus propias palabras: "Mi alma está triste hasta la muerte"; y que, por último, se le diera la muerte tenida por la más ignominiosa entre los hombres, aunque resucitó al tercer día. Así pues, puesto que vemos en él algunas cosas tan humanas que no parecen diferir en nada de la fragilidad común a los mortales, y otras tan divinas que solo pueden corresponder propiamente a la naturaleza primera e inefable de la Divinidad, el limitado entendimiento humano no halla salida; vencido por el asombro de tan gran prodigio, no sabe adónde retirarse, a qué asirse ni hacia dónde volverse. Si piensa en un Dios, ve a un mortal; si piensa en un hombre, lo contempla regresar del sepulcro, tras haber derrocado el imperio de la muerte, cargado con sus despojos. Por ello, este misterio ha de contemplarse con todo temor y reverencia, para que se manifieste claramente la verdad de ambas naturalezas en uno y el mismo ser; de modo que no se atribuya nada indigno o impropio a aquella sustancia divina e inefable, ni se suponga tampoco que los hechos realizados fueron ilusiones de apariencias imaginarias. Exponer estas cosas a oídos humanos y explicarlas con palabras sobrepasa con mucho las facultades propias de nuestra condición, de nuestro intelecto y de nuestro lenguaje. Pienso que sobrepasa incluso la capacidad de los santos apóstoles; más aún, quizá la explicación de este misterio escape a la comprensión de toda la creación de potestades celestiales. Acerca de él, pues, expondremos con la mayor brevedad posible el contenido de nuestra profesión de fe, antes que las afirmaciones que suele aventurar la razón humana; y lo haremos no por temeridad, sino porque así lo exige el orden de nuestra exposición, presentándoos más bien lo que podríamos llamar nuestras conjeturas que afirmaciones terminantes.

    II, 6, 3

    3. El unigénito de Dios, por quien, como ha mostrado el curso anterior de nuestra argumentación, fueron hechas todas las cosas, visibles e invisibles, no solo hizo todas las cosas, según enseña la Escritura, sino que ama cuanto hizo. Pues, siendo él mismo la imagen invisible del Dios invisible, hizo partícipes de sí, de manera invisible, a todas sus criaturas racionales, de modo que cada una recibió una participación en él exactamente proporcionada al afecto con que lo miraba. Pero, como en virtud de la facultad del libre albedrío había variedad y diversidad entre las almas individuales, de suerte que una se unía con amor más ardiente al Autor de su ser y otra con afecto más débil y tenue, aquella alma (anima) de la que Jesús dijo: "Nadie me quitará la vida (animam)" permaneció unida a él desde el principio de la creación y, después, inseparable e indisolublemente, en cuanto él es la Sabiduría y la Palabra de Dios, la Verdad y la Luz verdadera. Y al recibirlo enteramente y pasar a su luz y esplendor, llegó a ser con él, de modo eminente, un solo espíritu, conforme a la promesa del apóstol a quienes deben imitarla: "El que se une al Señor es un solo espíritu". Así pues, al ser esta sustancia del alma intermedia entre Dios y la carne —pues es imposible que la naturaleza de Dios se una a un cuerpo sin un medio—, nace el Dios-hombre, como hemos dicho, mediando aquella sustancia a cuya naturaleza no repugnaba asumir un cuerpo. Pero tampoco era contrario a la naturaleza de aquella alma, en cuanto ser racional, recibir a Dios, en quien, como se ha dicho, ya había entrado por entero, en cuanto Palabra, Sabiduría y Verdad. Y por ello, junto con la carne que había asumido, recibe justamente los nombres de Hijo de Dios, Potestad de Dios, Cristo y Sabiduría de Dios, ya sea porque estaba enteramente en el Hijo de Dios, ya porque recibió enteramente en sí al Hijo de Dios. Y, a su vez, el Hijo de Dios, por quien fueron creadas todas las cosas, recibe los nombres de Jesucristo e Hijo del hombre. Pues también se dice que el Hijo de Dios murió, en referencia, claro está, a aquella naturaleza capaz de morir; y se llama Hijo del hombre a aquel de quien se anuncia que vendrá en la gloria de Dios Padre con los santos ángeles. Por esta razón, a lo largo de toda la Escritura no solo se habla de la naturaleza divina con palabras humanas, sino que la naturaleza humana es adornada con títulos propios de la dignidad divina. De esta unión, más verdaderamente que de ninguna otra, puede afirmarse: "Los dos serán una sola carne", y "ya no son dos, sino una sola carne". Pues debe considerarse que la Palabra de Dios forma una sola carne con el alma en mayor medida que un hombre con su mujer. Y ¿a quién conviene más ser también un solo espíritu con Dios que a esta alma, unida a él por el amor de tal manera que con justicia puede decirse que es un solo espíritu con él?

    II, 6, 4

    4. Que la perfección de su amor y la sinceridad de su merecido afecto le procuraron esta unión inseparable con Dios, de modo que la asunción de aquella alma no fue accidental ni fruto de una preferencia personal, sino que se le concedió como recompensa de sus virtudes, lo muestra el profeta cuando se dirige a ella así: "Amaste la justicia y aborreciste la maldad; por eso Dios, tu Dios, te ungió con el óleo de alegría por encima de tus compañeros". Como recompensa de su amor, pues, es ungida con el óleo de alegría; es decir, el alma de Cristo, junto con la Palabra de Dios, es hecha Cristo. Porque ser ungido con el óleo de alegría no significa otra cosa que estar lleno del Espíritu Santo. Y cuando se dice "por encima de tus compañeros", se quiere decir que la gracia del Espíritu no le fue dada como a los profetas, sino que en ella residía la plenitud esencial de la Palabra misma de Dios, conforme a lo dicho por el apóstol: "En él habitó corporalmente toda la plenitud de la Divinidad". Por último, por eso el profeta no dijo solamente: "Amaste la justicia", sino que añadió: "Y aborreciste la maldad". Pues haber aborrecido la maldad es lo que expresa la Escritura cuando dice de él que "no cometió pecado ni se halló engaño en su boca" y que "fue tentado en todo como nosotros, pero sin pecado". Más aún, el Señor mismo dijo: "¿Quién de vosotros me convencerá de pecado?". Y también dice de sí mismo: "He aquí que viene el príncipe de este mundo y no halla nada en mí". Todos estos pasajes muestran que no había en él inclinación alguna al pecado; y, para mostrar con mayor claridad que tal inclinación nunca había penetrado en él, el profeta dice: "Antes de que el niño supiera llamar a su padre o a su madre, se apartó de la maldad".

    II, 6, 5

    5. Ahora bien, si a alguien le plantea una dificultad el que hayamos mostrado antes que Cristo poseía un alma racional, puesto que a lo largo de toda nuestra argumentación hemos probado repetidas veces que la naturaleza de las almas es capaz tanto del bien como del mal, la dificultad se resolverá del modo siguiente. No puede dudarse, ciertamente, de que la naturaleza de su alma era la misma que la de todas las demás; de otro modo, no podría llamarse alma si no lo fuera verdaderamente. Pero, como todos tienen la potestad de elegir entre el bien y el mal, el alma que pertenecía a Cristo eligió amar la justicia, de modo que, en proporción a la inmensidad de su amor, se adhirió a ella inmutable e inseparablemente. Así, la firmeza de su propósito, la inmensidad de su afecto y el ardor inextinguible de su amor destruyeron toda disposición (sensum) al cambio y a la mudanza; y lo que antes dependía de la voluntad se transformó, por la fuerza de una larga costumbre, en naturaleza. Por ello, debemos creer que en Cristo existió un alma humana y racional sin suponer que hubiera en ella sentimiento ni posibilidad alguna de pecado.

    II, 6, 6

    6. Para explicar la cuestión más plenamente, no parecerá absurdo recurrir a una comparación, aunque en un asunto de tanta dificultad no sea fácil encontrar comparaciones apropiadas. Con todo, si se nos permite decirlo sin causar ofensa, el hierro, en cuanto metal, es capaz de recibir frío y calor. Si, pues, una masa de hierro permanece constantemente en el fuego, recibiendo el calor por todos sus poros y conductos, y el fuego no cesa ni se retira nunca de él el hierro, de modo que este queda enteramente convertido en fuego, ¿podríamos decir acaso que esa masa, que por naturaleza es hierro, mientras está en el fuego y arde sin cesar, puede en algún momento recibir el frío? Por el contrario, ¿no diremos más bien, conforme a la verdad y a lo que vemos suceder a menudo en los hornos, que se ha vuelto enteramente fuego, puesto que en ella no se ve otra cosa que fuego? Y si alguien intentara tocarla o cogerla, sentiría la acción no del hierro, sino del fuego. Del mismo modo, aquella alma que, como el hierro en el fuego, ha permanecido siempre en la Palabra, siempre en la Sabiduría y siempre en Dios, es Dios en todo cuanto hace, siente y entiende; y, por tanto, no puede llamarse susceptible de conversión ni de mudanza, pues, encendida sin cesar, adquirió la inmutabilidad por su unión con la Palabra de Dios. Cabe suponer, por último, que a todos los santos les ha llegado algún calor de la Palabra de Dios; pero debe creerse que en esta alma reposó el fuego divino mismo, del cual pudo transmitirse algún calor a los demás. Finalmente, las palabras "Dios, tu Dios, te ungió con el óleo de alegría por encima de tus compañeros" muestran que aquella alma es ungida de un modo con el óleo de alegría, es decir, con la Palabra de Dios y la Sabiduría, y sus compañeros, esto es, los santos profetas y apóstoles, de otro modo. Pues se dice que estos corrieron tras la fragancia de sus ungüentos; aquella alma, en cambio, era el vaso que contenía el ungüento mismo, de cuya fragancia participaron todos los profetas y apóstoles dignos de ello. Así pues, como una cosa es la sustancia de un ungüento y otra su fragancia, una cosa es Cristo y otra sus compañeros. Y así como el vaso mismo que contiene la sustancia del ungüento de ningún modo puede admitir un mal olor, mientras que quienes disfrutan de su fragancia pueden, si se alejan un poco de ella, recibir cualquier mal olor que les llegue, del mismo modo era imposible que Cristo, siendo, por así decirlo, el vaso mismo que contenía la sustancia del ungüento, recibiera un olor contrario; en cambio, quienes son sus compañeros participarán de su fragancia y la recibirán en proporción a su cercanía al vaso.

    II, 6, 7

    7. Pienso, en efecto, que también el profeta Jeremías, al comprender cuál era la naturaleza de la sabiduría de Dios presente en él, la misma que había asumido para la salvación del mundo, dijo: "El aliento de nuestro rostro es Cristo el Señor, de quien dijimos: Bajo su sombra viviremos entre las naciones". Y puesto que la sombra de nuestro cuerpo es inseparable de él y reproduce inevitablemente sus movimientos y gestos, pienso que el profeta, queriendo señalar la acción del alma de Cristo y los movimientos que le pertenecen inseparablemente, por los cuales realizaba todo conforme a los movimientos y la voluntad de él, la llamó "sombra de Cristo el Señor"; bajo esa sombra habíamos de vivir entre las naciones. Pues gracias al misterio de esta asunción viven las naciones, que, al imitarla por la fe, alcanzan la salvación. También David, cuando dice: "Acuérdate, Señor, de mi afrenta, con la que me afrentaron a cambio de tu Cristo", me parece indicar lo mismo. Y ¿qué otra cosa quiere decir Pablo cuando afirma: "Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios" y, de nuevo, en otro pasaje: "¿Buscáis una prueba de que Cristo habla en mí?". Ahora bien, dice que Cristo estaba escondido en Dios. El significado de esta expresión quizá exceda la comprensión de la mente humana, a menos que se muestre que se trata de algo semejante a lo que, según hemos señalado, quiso decir el profeta con las palabras "sombra de Cristo". Pero encontramos también muchos otros pasajes de la Sagrada Escritura relativos al significado de la palabra "sombra", como aquel conocido del Evangelio según Lucas en el que Gabriel dice a María: "El Espíritu del Señor vendrá sobre ti y la potestad del Altísimo te cubrirá con su sombra". Y el apóstol dice, con respecto a la ley, que quienes tienen la circuncisión en la carne sirven a una figura y sombra de las cosas celestiales. Y en otro lugar se pregunta: "¿No es nuestra vida sobre la tierra una sombra?". Si, pues, no solo la ley que está sobre la tierra es una sombra, sino también toda nuestra vida terrena, y vivimos entre las naciones bajo la sombra de Cristo, debemos examinar si la verdad de todas estas sombras no llegará a conocerse en aquella revelación en la que todos los santos merecerán contemplar la gloria de Dios y las causas y la verdad de las cosas, ya no como en un espejo y oscuramente, sino cara a cara. Y, habiendo recibido ya por el Espíritu Santo la prenda de esta verdad, el apóstol dijo: "Y aunque conocimos a Cristo según la carne, de ahora en adelante ya no lo conocemos así".
    Estas son, por ahora, las reflexiones que se nos han ocurrido al tratar cuestiones tan difíciles como la encarnación y la divinidad de Cristo. Si alguien puede descubrir algo mejor y fundamentar sus afirmaciones con pruebas más claras tomadas de las Sagradas Escrituras, prefiérase su opinión a la mía.

    Capítulo 7. Sobre el Espíritu Santo

    II, 7, 1

    1. Así, pues, después de aquellas primeras consideraciones que, según lo exigía la cuestión, expusimos al comienzo acerca del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, nos pareció conveniente volver sobre nuestros pasos y mostrar que uno y el mismo Dios era el creador y fundador del mundo y el Padre de nuestro Señor Jesucristo; es decir, que el Dios de la ley, de los profetas y del Evangelio era uno y el mismo. Y puesto que, en segundo lugar, convenía mostrar, con respecto a Cristo, de qué manera aquel de quien antes se había demostrado que era la Palabra y la Sabiduría de Dios se hizo hombre, nos queda ahora volver, con toda la brevedad posible, al tema del Espíritu Santo.
    Es hora, pues, de que digamos unas palabras, en la medida de nuestras posibilidades, acerca del Espíritu Santo, a quien nuestro Señor y Salvador ha llamado Paráclito en el Evangelio según Juan. Porque así como Dios es uno y el mismo, y Cristo es uno y el mismo, también es uno y el mismo el Espíritu Santo que estuvo en los profetas y en los apóstoles; es decir, tanto en quienes creyeron en Dios antes de la venida de Cristo como en quienes, por medio de Cristo, han buscado refugio en Dios. Hemos oído, ciertamente, que algunos herejes se han atrevido a decir que hay dos Dioses y dos Cristos; pero nunca hemos sabido que nadie predique la doctrina de dos Espíritus Santos. Pues ¿cómo podrían sostenerla basándose en la Escritura, o qué distinción podrían establecer entre un Espíritu Santo y otro, si es que puede hallarse alguna definición o descripción del Espíritu Santo? Porque, aunque concediéramos a Marción o a Valentín que es posible establecer distinciones en la cuestión de la divinidad y describir de un modo la naturaleza del Dios bueno y de otro la del Dios justo, ¿qué podrían idear o descubrir para introducir una distinción en el Espíritu Santo? Considero, pues, que no pueden hallar nada que indique distinción alguna.

    II, 7, 2

    2. Ahora bien, somos de la opinión de que toda criatura racional, sin distinción alguna, participa de él del mismo modo que de la Sabiduría y de la Palabra de Dios. Observo, sin embargo, que la venida principal del Espíritu Santo se anuncia a los hombres para después de la ascensión de Cristo al cielo, más que para antes de su venida al mundo. Pues, anteriormente, el don del Espíritu Santo solo se concedía a los profetas y a unos pocos individuos —si es que había entre el pueblo quienes fueran dignos de recibirlo—; pero, después de la venida del Salvador, está escrito que se cumplió la predicción del profeta Joel: "En los últimos días sucederá que derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán", lo cual se asemeja a la conocida declaración: "Todas las naciones le servirán". Así pues, entre otros muchos efectos de la gracia del Espíritu Santo, queda claramente de manifiesto este, el más glorioso: que, con respecto a lo escrito en los profetas o en la ley de Moisés, en aquel tiempo solo unas pocas personas, a saber, los propios profetas y apenas algún otro individuo de toda la nación, eran capaces de ir más allá del mero sentido corporal y descubrir algo más elevado, es decir, algo espiritual, en la ley o en los profetas. Ahora, en cambio, hay innumerables multitudes de creyentes que, aunque no pueden exponer de manera metódica y clara lo que han alcanzado mediante su comprensión espiritual, están firmemente convencidos de que ni la circuncisión debe entenderse literalmente, ni el descanso del sábado, ni el derramamiento de la sangre de un animal, ni que Dios diera a Moisés respuestas sobre estas cuestiones. Y es indudablemente la potestad del Espíritu Santo la que sugiere a todos este modo de entenderlas.

    II, 7, 3

    3. Y así como hay muchos modos de comprender a Cristo, quien, aunque es Sabiduría, no obra como tal ni ejerce la potestad de la sabiduría en todos los hombres, sino solo en quienes se entregan al estudio de la sabiduría en él; y quien, aunque es llamado médico, no actúa como tal para con todos, sino solo para con quienes reconocen su debilidad y su estado enfermizo y acuden a su compasión para recobrar la salud, así también creo que ocurre con el Espíritu Santo, en quien se hallan toda clase de dones. Pues a unos el Espíritu les concede la palabra de sabiduría; a otros, la palabra de conocimiento; a otros, la fe. Y así, para cada uno de los que son capaces de recibirlo, el propio Espíritu llega a ser aquella cualidad, o es entendido como aquello que necesita quien ha merecido participar de él. Pero quienes oyen que en el Evangelio se le llama Paráclito no advierten estas divisiones y diferencias ni consideran debidamente por razón de qué obra o acción recibe ese nombre; por ello, lo han comparado con ciertos espíritus comunes y, de este modo, han tratado de perturbar las Iglesias de Cristo y de suscitar entre los hermanos disensiones nada pequeñas. El Evangelio, en cambio, muestra que posee tal potestad y majestad que, según dice, los apóstoles aún no podían recibir lo que el Salvador deseaba enseñarles hasta la venida del Espíritu Santo, quien, al infundirse en sus almas, podría iluminarlos acerca de la naturaleza de la Trinidad y de la fe en ella. Pero estas personas, por la ignorancia de su entendimiento, no solo son incapaces de exponer por sí mismas la verdad de manera razonada, sino que ni siquiera pueden prestar atención a lo que nosotros proponemos; y, al albergar ideas indignas de su divinidad, se han entregado a errores y engaños, corrompidas por un espíritu de error antes que instruidas por la enseñanza del Espíritu Santo, conforme a la declaración del apóstol: "Siguiendo doctrinas de demonios, prohibiendo casarse, para destrucción y ruina de muchos, y mandando abstenerse de alimentos, a fin de seducir las almas de los inocentes mediante una ostentación de observancia más rigurosa".

    II, 7, 4

    4. Debemos saber, por tanto, que el Paráclito es el Espíritu Santo, que enseña verdades que no pueden expresarse con palabras y que son, por así decirlo, inefables, y que al hombre no le es lícito pronunciar; es decir, que no pueden manifestarse mediante el lenguaje humano. Pensamos que el apóstol emplea la expresión "no es lícito" en lugar de "no es posible", como sucede también en el pasaje en que dice: "Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica". Pues dice que nos son lícitas aquellas cosas que están a nuestro alcance porque podemos disponer de ellas. Pero el Paráclito, a quien se llama Espíritu Santo, recibe ese nombre por su obra de consuelo, pues para clesis se dice en latín consolatio. Porque, si alguien ha merecido participar del Espíritu Santo mediante el conocimiento de sus misterios inefables, obtiene sin duda consuelo y alegría de corazón. Pues, como por la enseñanza del Espíritu llega a conocer las razones de todo cuanto sucede —cómo o por qué sucede—, su alma no puede turbarse en modo alguno ni admitir sentimiento alguno de tristeza; tampoco se alarma por nada, ya que, aferrado a la Palabra de Dios y a su sabiduría, llama Señor a Jesús por el Espíritu Santo. Y puesto que hemos mencionado al Paráclito y explicado, en la medida de nuestras posibilidades, qué debe pensarse de él; y puesto que también a nuestro Salvador se le llama Paráclito en la Epístola de Juan, cuando dice: "Si alguno de nosotros peca, tenemos un Paráclito ante el Padre, a Jesucristo el justo, y él es la propiciación por nuestros pecados", examinemos si acaso el término Paráclito tiene un sentido cuando se aplica al Salvador y otro cuando se aplica al Espíritu Santo. Ahora bien, referido al Salvador, Paráclito parece significar "intercesor". Pues, en griego, Paráclito tiene ambos significados: "intercesor" y "consolador". Así pues, por la frase que sigue, cuando dice: "Y él es la propiciación por nuestros pecados", parece que el nombre de Paráclito, en el caso de nuestro Salvador, debe entenderse en el sentido de "intercesor"; pues se dice que intercede ante el Padre por nuestros pecados. En el caso del Espíritu Santo, Paráclito debe entenderse en el sentido de "consolador", puesto que concede consuelo a las almas a las que revela abiertamente la comprensión del conocimiento espiritual.

    Capítulo 8. Sobre el alma (anima)

    II, 8, 1

    1. El orden de nuestra exposición exige ahora que, tras examinar las cuestiones precedentes, emprendamos una investigación general sobre el alma y ascendamos desde los asuntos de menor importancia hasta los de mayor. Ahora bien, supongo que nadie duda de que todos los seres vivos tienen alma, incluso los que viven en las aguas. Tal es, en efecto, la opinión común de todos los hombres; y a ella se añade la confirmación de la autoridad de la Sagrada Escritura, cuando dice que Dios hizo los grandes cetáceos y todo ser viviente que se mueve y que las aguas produjeron según su especie. La confirma también el entendimiento común de la razón, según quienes formulan en determinados términos una definición del alma. Pues el alma se define así: una sustancia φανταστική y ὁρμητική, términos que pueden traducirse al latín, aunque no con la misma propiedad, por sensibilis et mobilis. Esto puede afirmarse, ciertamente, de todos los seres vivos, incluso de los que habitan en las aguas; y puede mostrarse que esa misma definición de anima también es válida para las criaturas aladas. La Escritura ha prestado asimismo su autoridad a una segunda opinión, cuando dice: "No comeréis la sangre, porque la vida de toda carne es su sangre; y no comeréis la vida con la carne"; con ello da a entender con toda claridad que la sangre de cada animal es su vida. Y si alguien preguntara ahora cómo puede decirse de las abejas, las avispas y las hormigas, así como de los seres que viven en las aguas —ostras, berberechos y todos los demás que carecen de sangre y son, sin duda, seres vivos— que la vida de toda carne es la sangre, habremos de responder que, en los seres vivos de esa clase, la función que en otros animales cumple la sangre roja la cumple el líquido que llevan dentro, aunque sea de otro color; pues el color carece de importancia, con tal de que la sustancia esté dotada de vida. En cuanto a que las bestias de carga o los animales de menor tamaño están dotados de alma, no existe, por acuerdo general, duda alguna. La opinión de la Sagrada Escritura es, sin embargo, manifiesta cuando Dios dice: "Produzca la tierra seres vivientes según su especie: cuadrúpedos, reptiles y fieras de la tierra según su especie". Y con respecto al hombre, aunque nadie alberga duda ni necesita indagar, la Sagrada Escritura declara que Dios sopló en su rostro el aliento de vida, y el hombre se convirtió en alma viviente. Nos queda por indagar, en cuanto al orden angélico, si los ángeles tienen también alma o son almas; y lo mismo con respecto a las demás potestades divinas y celestes, así como a las de índole opuesta. En ninguna parte encontramos, ciertamente, autoridad alguna en la Sagrada Escritura para afirmar que los ángeles u otros espíritus divinos que sirven a Dios tengan alma o reciban el nombre de almas; y, sin embargo, muchísimas personas consideran que están dotados de vida. Pero, con respecto a Dios, encontramos escrito lo siguiente: "Pondré mi alma contra aquella alma que haya comido sangre, y la arrancaré de en medio de su pueblo"; y también, en otro pasaje: "No aceptaré vuestras lunas nuevas, vuestros sábados ni vuestros días solemnes; mi alma aborrece vuestros ayunos, vuestras festividades y vuestros días de fiesta". Y en el salmo vigésimo segundo, referido a Cristo —pues es cierto, como atestigua el Evangelio, que este salmo habla de él—, se hallan estas palabras: "Señor, no estés lejos de socorrerme; acude en mi defensa. Dios mío, libra mi alma de la espada, y mi amada del poder del perro"; aunque hay también muchos otros testimonios acerca del alma de Cristo cuando habitó en la carne.

    II, 8, 2

    2. Pero la naturaleza de la encarnación hace innecesaria toda indagación sobre el alma de Cristo. Pues, así como poseyó verdaderamente carne, también poseyó verdaderamente alma. Es difícil, ciertamente, concebir y expresar cómo ha de entenderse lo que en la Escritura se llama el alma de Dios, pues reconocemos que su naturaleza es simple y no admite mezcla ni adición alguna. Sea cual sea, no obstante, el modo en que deba entenderse, por ahora parece recibir el nombre de alma de Dios; en cuanto a Cristo, en cambio, no hay duda alguna. Por ello, no me parece absurdo entender o afirmar algo semejante acerca de los santos ángeles y las demás potestades celestes, puesto que esa definición del alma parece aplicable también a ellos. Pues ¿quién puede negar razonablemente que poseen sensibilidad y movimiento? Y si parece correcta la definición según la cual el alma es una sustancia dotada de sensibilidad y movimiento racionales, la misma definición parecería aplicarse también a los ángeles. Pues ¿qué hay en ellos sino sensibilidad y movimiento racionales? Ahora bien, los seres comprendidos bajo una misma definición tienen, sin duda, la misma sustancia. Pablo, ciertamente, da a entender que hay una clase de hombre animal que, según dice, no puede recibir las cosas del Espíritu de Dios, sino que considera necedad la enseñanza del Espíritu Santo y no puede entender lo que ha de discernirse espiritualmente. En otro pasaje dice que se siembra un cuerpo animal y resucita un cuerpo espiritual, indicando que en la resurrección de los justos no habrá nada de naturaleza animal. Por ello indagamos si acaso existe alguna sustancia que sea imperfecta en cuanto anima. Pero si es imperfecta porque se apartó de la perfección o porque Dios la creó así será materia de investigación cuando comencemos a tratar por orden cada cuestión particular. Pues, si el hombre animal no recibe las cosas del Espíritu de Dios y, por ser animal, es incapaz de acoger el entendimiento de una naturaleza mejor, es decir, divina, quizá por esta razón Pablo, queriendo enseñarnos con mayor claridad aquello mediante lo cual podemos comprender las cosas del Espíritu, esto es, las cosas espirituales, une y asocia al Espíritu Santo el entendimiento antes que el alma. Pues creo que eso indica cuando dice: "Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento". Y no dice que orará con el alma, sino con el espíritu y el entendimiento. Tampoco dice que cantará con el alma, sino con el espíritu y el entendimiento.

    II, 8, 3

    3. Pero quizá se plantee esta pregunta: si es el entendimiento el que ora y canta con el espíritu, y si es también él quien recibe la perfección y la salvación, ¿por qué dice Pedro: "Alcanzando el fin de vuestra fe, esto es, la salvación de vuestras almas"? Si el alma no ora ni canta con el espíritu, ¿cómo podrá esperar la salvación? O, cuando alcance la bienaventuranza, ¿dejará de llamarse alma? Veamos si acaso puede responderse de este modo: así como el Salvador vino a salvar lo que se había perdido, y aquello que antes se decía perdido deja de estarlo cuando es salvado, quizá también lo que es salvado recibe el nombre de alma y, una vez situado en estado de salvación, recibirá de la Palabra un nombre que denote su condición más perfecta. Pero a algunos les parece que cabe añadir también esto: así como aquello que se perdió existía sin duda antes de perderse y entonces era algo distinto de una cosa destruida, así ocurrirá también cuando ya no se halle en una condición de ruina. De igual manera, el alma de la que se dice que ha perecido resultará haber sido algo en otro tiempo, cuando todavía no había perecido y por eso recibiría el nombre de alma; y, una vez liberada de nuevo de la destrucción, podrá volver a ser lo que era antes de perecer y recibir el nombre de alma. Sin embargo, por el significado mismo que transmite la palabra griega para alma, a algunos investigadores curiosos les ha parecido que puede sugerirse un sentido de no poca importancia. Pues, en el lenguaje sagrado, se llama fuego a Dios, como cuando la Escritura dice: "Nuestro Dios es fuego consumidor". Acerca de la sustancia de los ángeles dice asimismo: "El que hace de sus ángeles espíritus y de sus ministros llama de fuego"; y, en otro lugar: "El ángel del Señor se apareció en una llama de fuego en medio de la zarza". Hemos recibido, además, el mandato de ser fervorosos en espíritu; expresión que muestra, sin duda, que la Palabra de Dios es ardiente e ígnea. El profeta Jeremías oye también de aquel que le respondía: "He puesto mis palabras como fuego en tu boca". Así pues, si Dios es fuego, los ángeles son llama de fuego y todos los santos son fervorosos en espíritu, por el contrario, de quienes se han apartado del amor de Dios se dice, sin duda, que se ha enfriado su afecto por él y que se han vuelto fríos. Pues el Señor dice también que, por haberse multiplicado la iniquidad, el amor de muchos se enfriará. Más aún, entre todas las cosas que la Sagrada Escritura compara con la potestad hostil, se dice que el diablo encuentra siempre lo frío; ¿y qué puede hallarse más frío que él? Se dice también que el dragón reina en el mar. Pues el profeta da a entender que la serpiente y el dragón, que ciertamente remiten a uno de los espíritus malignos, están también en el mar. Y en otro lugar dice el profeta: "Desenvainaré mi santa espada contra el dragón, la serpiente huidiza, contra el dragón, la serpiente tortuosa, y lo mataré". Y dice de nuevo: "Aunque se oculten de mis ojos y desciendan a las profundidades del mar, allí mandaré a la serpiente que los muerda". También en el libro de Job se dice que es rey de todo cuanto hay en las aguas. El profeta amenaza con que el viento del norte avivará los males contra todos los habitantes de la tierra. Ahora bien, en la Sagrada Escritura se describe el viento del norte como frío, según se afirma en el libro de la Sabiduría: "Aquel frío viento del norte"; Sirácida 43:20 y, sin duda, lo mismo debe entenderse también del diablo. Si, pues, lo santo recibe los nombres de fuego y luz, y se dice que es fervoroso, mientras que lo de naturaleza opuesta es llamado frío; y si se dice que el amor de muchos se enfriará, hemos de indagar si acaso el nombre de alma, que en griego se dice ψυχή, procede de haberse enfriado al abandonar una condición mejor y más divina, y si de ahí deriva, porque parece haberse enfriado respecto de aquel calor natural y divino, por lo cual fue situada en su condición presente y recibió su nombre actual. Finalmente, mira si puedes encontrar con facilidad algún lugar de la Sagrada Escritura donde se mencione propiamente el alma en términos de alabanza: por el contrario, aparece con frecuencia acompañada de expresiones de censura, como en el pasaje: "Un alma mala arruina a quien la posee"; Sirácida 6:4 y: "El alma que peque, esa morirá". Pues, después de haberse dicho: "Todas las almas son mías; tanto el alma del padre como el alma del hijo son mías", parecía que habría de seguir: "El alma que obre con justicia se salvará", así como: "El alma que peque, esa morirá". Pero vemos que ha asociado al alma lo censurable y ha guardado silencio sobre lo digno de alabanza. Hemos, pues, de considerar si acaso, como hemos dicho que declara el propio nombre, fue llamada ψυχή, es decir, anima, porque se enfrió y perdió el fervor por las cosas justas y la participación en el fuego divino, sin perder por ello la capacidad de recobrar el estado de fervor en que se hallaba al principio. De ahí que también el profeta parezca aludir a una condición semejante con estas palabras: "Vuelve, alma mía, a tu reposo". De todo ello parece desprenderse que el entendimiento, al apartarse de su condición y dignidad, se convirtió en alma o recibió ese nombre; y que, si es restaurado y corregido, vuelve a la condición de entendimiento.
    Comentario editorial · Del intelecto al alma: lo que Rufino deja en duda
    Rufino presenta como hipótesis que lo salvado deje de llamarse «alma». Las notas de la edición inglesa citan aquí dos testigos del original más tajantes. Uno es la carta de Justiniano: el alma llegó a ser lo que es por enfriarse en la vida espiritual y puede volver a lo que era al principio. El otro, Jerónimo: el intelecto (noûs), al caer, se hizo alma, y el alma, con la virtud, volverá a ser intelecto (Carta 124, § 6). La propia nota concluye que por estos pasajes se ve cuánto se apartó Rufino del original.

    II, 8, 4

    4. Ahora bien, si esto es así, me parece que ese mismo deterioro y apartamiento del entendimiento no es igual en todos, sino que la conversión en alma se produce en mayor o menor grado según los casos, y que ciertos entendimientos conservan algo de su vigor anterior, mientras que otros no conservan nada o apenas una mínima parte. De ahí que algunos muestren desde el comienzo mismo de su vida un intelecto más despierto; otros, en cambio, una mente más lenta; y algunos nazcan enteramente obtusos y del todo incapaces de recibir enseñanza. Sin embargo, nuestra afirmación de que el entendimiento se convierte en alma, o cualquier otra que parezca tener un sentido semejante, debe ser examinada atentamente por el lector, que habrá de formarse su propio juicio, pues estas ideas no han de considerarse propuestas por nosotros de manera dogmática, sino simplemente como opiniones expuestas a modo de investigación y discusión. Tenga también en cuenta el lector que, con respecto al alma del Salvador, se observa que algunas de las cosas escritas en el Evangelio se le atribuyen bajo el nombre de alma y otras bajo el de espíritu. Pues, cuando el Evangelio quiere indicar algún sufrimiento o turbación que lo afecta, emplea el nombre de alma, como cuando dice: "Ahora mi alma está turbada"; y: "Mi alma está triste hasta la muerte"; y: "Nadie me quita mi alma, sino que yo la entrego por mí mismo". En las manos de su Padre no encomienda su alma, sino su espíritu; y cuando dice que la carne es débil, no dice que el alma esté dispuesta, sino el espíritu: de donde parece que el alma es algo intermedio entre la carne débil y el espíritu dispuesto.

    II, 8, 5

    5. Pero quizá alguien nos salga al paso con una de las objeciones sobre las que nosotros mismos hemos llamado vuestra atención en lo dicho, y pregunte: "¿Cómo es, entonces, que se habla también de un alma de Dios?". A ello respondemos del siguiente modo: así como, con respecto a todo lo corporal que se dice de Dios —dedos, manos, brazos, ojos, pies o boca—, afirmamos que no ha de entenderse como miembros humanos, sino que con los nombres de esos miembros del cuerpo se indican ciertas potestades suyas, así también debemos suponer que con este título, "alma de Dios", se señala algo distinto. Y, si nos es lícito aventurarnos a decir algo más sobre tal asunto, quizá pueda entenderse que el alma de Dios es el Hijo unigénito de Dios. Pues, así como el alma, al estar implantada en el cuerpo, mueve todo cuanto hay en él y ejerce su fuerza sobre todo aquello en lo que actúa, así también el Hijo unigénito de Dios, que es su Palabra y su Sabiduría, se extiende y alcanza a toda potestad de Dios, estando implantado en ella; y quizá sea para indicar este misterio por lo que en la Escritura se llama cuerpo a Dios o se lo describe como tal. Hemos de considerar, ciertamente, si acaso no es por esta razón por la que el alma de Dios puede entenderse como su Hijo unigénito: porque él mismo vino a este mundo de aflicción y descendió a este valle de lágrimas y a este lugar de nuestra humillación; como dice en el salmo: "Porque nos has humillado en el lugar de la aflicción". Por último, sé que ciertos comentaristas, al explicar las palabras pronunciadas por el Salvador en el Evangelio, "Mi alma está triste hasta la muerte", las han referido a los apóstoles, a quienes habría llamado su alma por ser mejores que el resto de su cuerpo. Pues, dado que a la multitud de los creyentes se la llama su cuerpo, sostienen que los apóstoles, por ser mejores que el resto de ese cuerpo, deben entenderse como su alma.
    Hemos expuesto, en la medida de nuestras posibilidades, estas consideraciones sobre el alma racional como temas de discusión para nuestros lectores, más que como proposiciones dogmáticas y bien definidas. Y, con respecto a las almas de los animales y de las demás criaturas carentes de habla, baste lo que hemos dicho antes en términos generales.
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