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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minCómo leer las dos versiones
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minPrefacio
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 12 minLibro I
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 1. Sobre Dios
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 2. Sobre Cristo
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 2. Sobre Cristo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 4. Sobre la deserción o el apartamiento
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 5. Sobre las naturalezas racionales
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el fin o la consumación
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 7. Sobre los seres incorpóreos y corpóreos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 8. Sobre los ángeles
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 8. Sobre los ángeles
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 10 minLibro II
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 2. Sobre la perpetuidad de la naturaleza corporal
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 13 minCapítulo 3. Sobre el principio del mundo y sus causas
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 4. El Dios de la ley y los profetas, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es el mismo Dios
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 4. El Dios de la ley y los profetas, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es el mismo Dios
  22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 5. Sobre la justicia y la bondad
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre la encarnación de Cristo
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 6. Sobre la encarnación de Cristo
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre el Espíritu Santo
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 8. Sobre el alma (anima)
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 8. Sobre el alma (anima)
  28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 9. Sobre el mundo y los movimientos de las criaturas racionales, sean buenos o malos, y sobre sus causas
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 9. Sobre el mundo y los movimientos de las criaturas racionales, sean buenos o malos, y sobre sus causas
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 10. Sobre la resurrección y el juicio, el fuego del infierno y los castigos
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 10. Sobre la resurrección y el juicio, el fuego del infierno y los castigos
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 11. Sobre las contrapromesas
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 11. Sobre las contrapromesas
  34. Sesión 34 · Parte 7 · ≈ 9 minLibro III
  35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 1. Sobre el libre albedrío: solución e interpretación de los pasajes de la Escritura que parecen negarlo
  36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 1. Sobre el libre albedrío: solución e interpretación de los pasajes de la Escritura que parecen negarlo
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  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 2. Sobre las potestades adversas
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 2. Sobre las potestades adversas
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las potestades adversas
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 3. Sobre la sabiduría triple
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 4. Sobre las tentaciones humanas
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4. Sobre las tentaciones humanas
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 5. Que el mundo tuvo su comienzo en el tiempo
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 5. Que el mundo tuvo su comienzo en el tiempo
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 6. Sobre el fin del mundo
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 6. Sobre el fin del mundo
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 12 minLibro IV
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 13 minCapítulo 1. Sobre la inspiración divina de la Sagrada Escritura
  57. Sesión 57 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
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  59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
  60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
  61. Sesión 61 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
  62. Sesión 62 · Parte 12 · ≈ 12 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
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  66. Sesión 66 · Parte 13 · ≈ 10 minResumen doctrinal acerca del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y de los demás temas tratados en las páginas precedentes
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    TEXTOS — ORÍGENES DE ALEJANDRÍA

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    Sobre los principios

    c. 220–230 · El latín de Rufino y, donde se conserva, el griego en paralelo50 minPosición: 0% de esta parteParte 3 de 13 · Capítulo 4. Sobre la deserción o el apartamientoPublicado el Actualizado el Ref. ESC-ORI-01

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    Capítulo 4. Sobre la deserción o el apartamiento

    I, 4, 1

    1. Para mostrar la naturaleza de la deserción o el apartamiento de quienes se conducen con negligencia, no estará fuera de lugar recurrir a un símil a modo de ilustración. Supongamos, pues, el caso de alguien que se ha familiarizado gradualmente con un arte o una ciencia, como la geometría o la medicina, hasta alcanzar la perfección tras haberse ejercitado durante largo tiempo en sus principios y en su práctica, de modo que ha llegado a dominar por completo ese arte: a una persona así nunca podría sucederle que, acostándose en posesión de sus conocimientos, despertase en estado de ignorancia. No pretendemos aducir ni examinar aquí los accidentes causados por alguna lesión o debilidad, pues no son aplicables a nuestra ilustración. Desde nuestro punto de vista, por tanto, mientras aquel geómetra o médico siga ejercitándose en el estudio de su arte y en la práctica de sus principios, conservará el conocimiento de su profesión; pero, si abandona su ejercicio y deja a un lado sus hábitos de diligencia, por su descuido se le escaparán poco a poco unas pocas cosas al principio, luego cada vez más, hasta que, con el tiempo, todo quede olvidado y se borre por completo de su memoria. Es posible, ciertamente, que, apenas haya comenzado a apartarse y a ceder al influjo corruptor de una negligencia todavía leve, si despierta y recobra pronto el juicio, pueda reparar esas pérdidas, aún recientes, y recuperar el conocimiento que hasta entonces solo se había borrado ligeramente de su mente. Apliquemos ahora esto a quienes se han consagrado al conocimiento y a la sabiduría de Dios, cuyo saber y diligencia superan incomparablemente cualquier otra formación; y consideremos, conforme al símil empleado, en qué consisten la adquisición del conocimiento y su desaparición, sobre todo cuando oímos decir al apóstol, acerca de los perfectos, que contemplarán cara a cara la gloria del Señor en la revelación de sus misterios.

    I, 4, 2

    2. Pero, en nuestro deseo de mostrar los beneficios divinos que nos han otorgado el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo —Trinidad que es fuente de toda santidad—, hemos incurrido, en cuanto llevamos dicho, en una digresión, al considerar que debíamos tratar, aunque fuese de pasada, el tema del alma, que se nos presentó incidentalmente, ya que examinábamos una cuestión afín relativa a nuestra naturaleza racional. Sin embargo, con el permiso de Dios, por medio de Jesucristo y del Espíritu Santo, examinaremos más adecuadamente en el lugar oportuno el tema de todos los seres racionales, que se distinguen en tres géneros y especies.

    Capítulo 5. Sobre las naturalezas racionales

    I, 5, 1

    1. Tras la exposición que hemos desarrollado brevemente, en la medida de nuestras posibilidades, acerca del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, de ello se sigue que debemos ofrecer algunas consideraciones sobre las naturalezas racionales, sus especies y órdenes, o sobre los oficios tanto de las potestades santas como de las malignas, así como de aquellas que ocupan una posición intermedia entre unas y otras y se hallan todavía en estado de lucha y prueba. Pues encontramos en la Sagrada Escritura numerosos nombres de ciertos órdenes y oficios, no solo de los seres santos, sino también de los que les son contrarios. Los presentaremos, en primer lugar, y después procuraremos averiguar su significado en la medida de nuestras posibilidades. Hay ciertos ángeles santos de Dios a quienes Pablo llama espíritus servidores, enviados para servir a quienes han de heredar la salvación. En los escritos del propio san Pablo hallamos también que los designa, sin que sepamos de dónde toma esos nombres, como tronos, dominaciones, principados y potestades; y, tras enumerarlos, como si supiera que existen aún otros oficios y órdenes racionales además de los que ha nombrado, dice del Salvador: "Él está por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y de todo nombre que se nombra, no solo en este mundo, sino también en el venidero". Con ello muestra que, además de los seres que ha mencionado, hay otros cuyos nombres pueden pronunciarse en este mundo, pero que él no ha enumerado ahora y que quizá nadie más conoce; y que hay otros que no pueden ser nombrados en este mundo, pero lo serán en el venidero.

    I, 5, 2

    2. A continuación, debemos saber que todo ser dotado de razón que transgrede sus preceptos y límites incurre sin duda en pecado al desviarse de la rectitud y la justicia. Toda criatura racional, por tanto, puede hacerse merecedora de alabanza o de censura: de alabanza, si, conforme a la razón que posee, avanza hacia lo mejor; de censura, si se aparta del designio y del camino de la rectitud, por lo cual queda justamente expuesta a penas y castigos. Y esto debe entenderse también del propio Diablo y de quienes están con él y son llamados sus ángeles. Ahora bien, es preciso explicar los nombres de estos seres para saber de quiénes hemos de hablar. Los nombres de Diablo, Satanás y Maligno, a quien también se describe como enemigo de Dios, aparecen en muchos pasajes de la Escritura. Se mencionan, además, ciertos ángeles del Diablo, así como un príncipe de este mundo; pero aún no resulta claro si este es el propio Diablo u otro ser. Se habla también de ciertos príncipes de este mundo que poseen una especie de sabiduría destinada a perecer; pero me parece difícil que nadie pueda determinar si se trata de los mismos príncipes que son los principados contra los cuales debemos luchar, o de otros seres. Después de los principados se nombran también ciertas potestades contra las que debemos luchar, y se nos dice que hemos de sostener combate incluso contra los príncipes de este mundo y los dominadores de estas tinieblas. El propio Pablo habla asimismo de ciertas fuerzas espirituales del mal en las regiones celestes. ¿Qué diremos, además, de los espíritus malignos e impuros mencionados en el Evangelio? Tenemos luego ciertos seres celestiales designados con un nombre semejante, de los cuales se dice que doblan la rodilla, o que habrán de doblarla, ante el nombre de Jesús; y aun las cosas de la tierra y las que están debajo de la tierra, que Pablo enumera por orden. Y ciertamente, cuando tratamos de las naturalezas racionales, no conviene guardar silencio acerca de nosotros mismos, los seres humanos, a quienes se llama animales racionales. Tampoco debemos pasar por alto que, incluso entre nosotros, se mencionan diversos órdenes en estas palabras: "La porción del Señor es su pueblo Jacob; Israel es el cordel de su heredad". A las demás naciones, por otra parte, se las llama porción de los ángeles, pues cuando el Altísimo dividió las naciones y dispersó a los hijos de Adán, fijó las fronteras de los pueblos según el número de los ángeles de Dios. Por ello, junto con las demás naturalezas racionales, debemos examinar detenidamente también la razón del alma humana.

    I, 5, 3

    3. Después de enumerar, pues, tantos y tan importantes nombres de órdenes y oficios, tras los cuales es indudable que hay seres personales, indaguemos si Dios, creador y fundador de todas las cosas, creó a algunos santos y felices, de modo que no pudieran admitir elemento alguno de naturaleza contraria, y a otros capaces tanto de virtud como de vicio; o si hemos de suponer que creó a unos enteramente incapaces de virtud, a otros enteramente incapaces de maldad, pero capaces de permanecer únicamente en un estado de felicidad, y a otros, en fin, capaces de ambas condiciones. Para comenzar nuestra investigación por los nombres mismos, consideremos si los ángeles santos han sido siempre santos desde el principio de su existencia, si aún lo son y lo serán, y si nunca han admitido ni han tenido la posibilidad de admitir ocasión alguna de pecado. Consideremos después si los llamados principados santos comenzaron, desde el momento en que Dios los creó, a ejercer potestad sobre algunos seres que fueron sometidos a ellos, y si estos últimos fueron creados con tal naturaleza y formados precisamente para estarles sujetos y subordinados. De igual modo, preguntémonos si los llamados potestades fueron creados con esa naturaleza y con el propósito expreso de ejercer potestad, o si el haber alcanzado tal potestad y dignidad constituye una recompensa debida a su virtud. Preguntémonos, además, si los llamados tronos o sedes alcanzaron esa estabilidad en la felicidad al mismo tiempo que empezaron a existir, de manera que la poseen por la sola voluntad del Creador; o si a los llamados dominaciones se les confirió su dominio, no como recompensa por sus progresos, sino como privilegio peculiar de su creación, de suerte que les resulte, hasta cierto punto, inseparable y natural. Ahora bien, si adoptamos la opinión de que los ángeles santos, las potestades santas, los tronos bienaventurados, las gloriosas virtudes y las magníficas dominaciones poseen esas potestades, dignidades y glorias en virtud de su naturaleza, parecerá seguirse sin duda que debemos considerar del mismo modo a los seres a quienes hemos atribuido oficios contrarios. Así, habríamos de entender que los principados contra los cuales luchamos no adquirieron más tarde ese espíritu de oposición y resistencia a todo bien, ni se apartaron del bien por la libertad de la voluntad, sino que lo llevaron en sí mismos como esencia de su ser desde el comienzo de su existencia. Lo mismo ocurriría con las potestades y las virtudes, en ninguna de las cuales sería la maldad posterior a su primera existencia. También habría que decir que aquellos a quienes el apóstol llamó dominadores y príncipes de las tinieblas de este mundo ejercen su dominio sobre las tinieblas, no por perversidad de intención, sino por necesidad de su creación. El razonamiento lógico nos obligará a sostener lo mismo con respecto a los espíritus perversos y malignos y a los demonios impuros. Pero si parece absurdo sostener esto acerca de las potestades malignas y adversas —pues ciertamente es absurdo sustraer la causa de su maldad a la intención de su propia voluntad y atribuírsela necesariamente a su Creador—, ¿por qué no habríamos de reconocer asimismo, respecto de las potestades buenas y santas, que el bien que hay en ellas no les pertenece por su ser esencial? Hemos mostrado claramente que esto último solo sucede en Cristo y en el Espíritu Santo, y sin duda también en el Padre. Pues quedó demostrado que no hay nada compuesto en la naturaleza de la Trinidad, de modo que esas cualidades no pueden considerarse en ella consecuencias accidentales. De ello se sigue que, en toda criatura, es resultado de sus propias obras y movimientos el que las potestades que parecen regir a otros o ejercer potestad o dominio hayan sido preferidas a aquellos a quienes se dice que gobiernan y colocadas por encima de ellos, no por un privilegio peculiar inherente a su constitución, sino por razón de sus méritos.

    I, 5, 4

    4. Pero, para que no parezca que fundamos nuestras afirmaciones sobre asuntos de tanta importancia y dificultad solo en inferencias, ni que pedimos a quienes nos escuchan su asentimiento a meras conjeturas, veamos si podemos hallar testimonios de la Sagrada Escritura cuya autoridad nos permita sostener estas tesis con mayor fundamento. En primer lugar, aduciremos lo que la Sagrada Escritura dice acerca de las potestades malignas; después proseguiremos nuestra investigación sobre las demás, según quiera el Señor iluminarnos, para que, en materias tan difíciles, podamos discernir qué es lo más cercano a la verdad o qué debemos pensar conforme a la regla de la piedad. Encontramos en el profeta Ezequiel dos profecías dirigidas al príncipe de Tiro. La primera, antes de oír también la segunda, podría parecerle a cualquiera referida a un hombre que gobernaba a los tirios. Por tanto, por ahora no tomaremos nada de esa primera profecía; pero, puesto que la segunda es manifiestamente de tal índole que no puede entenderse en absoluto de un hombre, sino de alguna potestad superior que se apartó de una posición más elevada y fue reducida a una condición inferior y peor, tomaremos de ella un ejemplo. Este permitirá mostrar con toda claridad que las potestades adversas y malignas no fueron formadas ni creadas así por naturaleza, sino que cayeron de una condición mejor a otra peor y se volvieron malvadas; y que tampoco las potestades bienaventuradas son por naturaleza incapaces de admitir lo que se les opone si se inclinan a ello, se vuelven negligentes y no custodian con el mayor cuidado la bienaventuranza de su condición. Pues si se cuenta que aquel a quien se llama príncipe de Tiro estaba entre los santos, carecía de mancha, había sido colocado en el paraíso de Dios y estaba adornado con una corona de gracia y hermosura, ¿hemos de suponer que podía ser en algún grado inferior a cualquiera de los santos? Se lo describe, en efecto, adornado con una corona de gracia y hermosura y caminando sin mancha por el paraíso de Dios. ¿Cómo podría nadie suponer que no pertenecía a aquellas potestades santas y bienaventuradas que, por hallarse en estado de felicidad, debemos creer dotadas de un honor no menor que ese? Pero veamos qué nos enseñan las palabras mismas de la profecía. "La palabra del Señor —dice el profeta— vino a mí y dijo: Hijo de hombre, entona una lamentación sobre el príncipe de Tiro y dile: Así dice el Señor Dios: Eras sello de semejanza y corona de gracia entre las delicias del paraíso; estabas adornado con toda clase de piedras preciosas y revestido de sardónice, topacio, esmeralda, carbunclo, zafiro y jaspe, engastados en oro y plata, y de ágata, amatista, crisólito, berilo y ónice. De oro llenaste también tus tesoros y los depósitos que había en tu interior. Desde el día en que fuiste creado junto con los querubines, te puse en el monte santo de Dios. Estabas en medio de las piedras de fuego; fuiste irreprochable desde el día de tu creación, hasta que se halló en ti la iniquidad. Con la abundancia de tu comercio llenaste de iniquidad tus depósitos, pecaste y fuiste expulsado del monte de Dios. Y un querubín te arrojó de en medio de las piedras ardientes; tu corazón se ensoberbeció a causa de tu hermosura, y tu disciplina se corrompió junto con tu belleza. Por la multitud de tus pecados te arrojé a la tierra ante los reyes; te convertí en espectáculo y escarnio por la multitud de tus pecados y de tus iniquidades, pues con tu comercio profanaste tus lugares santos. Haré salir fuego de en medio de ti, y te devorará; te reduciré a ceniza y rescoldo sobre la tierra, a la vista de cuantos te contemplen. Todos los que te conocen entre las naciones harán duelo por ti. Te has convertido en destrucción y nunca más existirás". Siendo estas, pues, las palabras del profeta, ¿quién, al oír "Eras sello de semejanza y corona de gracia entre las delicias del paraíso", o "Desde el día en que fuiste creado junto con los querubines, te puse en el monte santo de Dios", podría debilitar tanto su sentido como para suponer que se habla de un hombre o de un santo, por no decir del príncipe de Tiro? ¿O qué piedras de fuego podría imaginar, en medio de las cuales viviera hombre alguno? ¿De quién podría suponerse que fue irreprochable desde el día mismo de su creación y que, una vez descubierta después la maldad en él, se dijera que fue arrojado a la tierra? Pues esto significa que se dice que fue arrojado a la tierra aquel que aún no estaba en ella; y se afirma también que sus lugares santos fueron profanados. Hemos mostrado, por tanto, que lo que hemos citado del profeta Ezequiel acerca del príncipe de Tiro se refiere a una potestad adversa, y ello prueba con toda claridad que esa potestad fue en otro tiempo santa y feliz. De ese estado de felicidad cayó cuando se halló iniquidad en ella y fue arrojada a la tierra: no era, pues, tal por naturaleza ni por creación. Somos de la opinión, por tanto, de que estas palabras se refieren a cierto ángel que había recibido el oficio de gobernar a la nación de los tirios y a quien también se habían confiado sus almas para que cuidara de ellas. Pero qué Tiro y qué almas de tirios debemos entender —si aquella Tiro situada dentro de los límites de la provincia de Fenicia u otra de la cual la que conocemos en la tierra es modelo; y si las almas de los tirios son las de la primera o las que pertenecen a esa Tiro entendida espiritualmente— no parece ser cuestión que debamos examinar en este lugar, no sea que demos la impresión de investigar de manera apresurada asuntos de tanto misterio e importancia que exigen un trabajo y un estudio propios.

    I, 5, 5

    5. Asimismo, el profeta Isaías nos enseña lo siguiente acerca de otra potestad adversa. Dice el profeta: "¡Cómo ha caído del cielo el Lucero, que solía levantarse por la mañana! El que asaltaba a todas las naciones ha sido quebrantado y derribado a tierra. Tú, ciertamente, dijiste en tu corazón: Subiré al cielo; por encima de las estrellas del cielo pondré mi trono; me sentaré en una montaña elevada, por encima de las altas montañas que miran al norte; subiré sobre las nubes; seré semejante al Altísimo. Ahora serás precipitado al mundo inferior y a los cimientos de la tierra. Los que te vean quedarán atónitos ante ti y dirán: ¿Es este el hombre que hostigó a toda la tierra, que hizo temblar a los reyes, que convirtió el mundo entero en un desierto, que destruyó ciudades y no soltó a quienes estaban encadenados? Todos los reyes de las naciones descansan con honor, cada uno en su propia morada; pero tú serás arrojado a los montes, maldito entre los muchos muertos atravesados por espadas y descendidos al mundo inferior. Como una vestidura empapada de sangre y manchada no quedará limpia, tampoco tú quedarás limpio, porque has destruido mi tierra y matado a mi pueblo. No perdurarás para siempre, estirpe malvadísima. Preparad a tus hijos para la muerte por los pecados de su padre, no sea que se levanten de nuevo, hereden la tierra y la llenen de guerras. Yo me alzaré contra ellos —dice el Señor de los ejércitos— y haré perecer su nombre, sus restos y su descendencia". Estas palabras muestran con toda evidencia que cayó del cielo aquel que antes era el Lucero y solía levantarse por la mañana. Pues si, como algunos piensan, era una naturaleza tenebrosa, ¿cómo se dice que antes era el Lucero? ¿O cómo podía levantarse por la mañana quien no tenía en sí nada de luz? Más aún, el propio Salvador nos enseña, al decir del Diablo: "He aquí que veo a Satanás caer del cielo como un rayo". Pues en otro tiempo era luz. Nuestro Señor, que es la verdad, comparó además la fuerza de su propia venida gloriosa con un rayo, cuando dijo: "Porque así como el rayo brilla desde lo alto del cielo hasta el otro extremo, así será la venida del Hijo del hombre". Y, sin embargo, lo compara con un rayo y dice que cayó del cielo para mostrar con ello que en otro tiempo había estado en el cielo, que había tenido un lugar entre los santos y que había participado de aquella luz de la que participan todos los santos, por la cual son hechos ángeles de luz y por la cual el Señor llama a los apóstoles luz del mundo. Así pues, ese ser existió una vez como luz antes de extraviarse y caer a este lugar, y antes de que su gloria se convirtiera en polvo, señal característica de los malvados, como también dice el profeta. Por eso fue llamado príncipe de este mundo, es decir, de una morada terrenal: pues ejercía potestad sobre quienes obedecían a su maldad, ya que todo este mundo —y llamo mundo a este lugar de la tierra— yace en el Maligno y en este apóstata. Que es un apóstata, es decir, un fugitivo, lo dice incluso el Señor en el libro de Job: "Prenderás con un anzuelo al dragón apóstata", es decir, fugitivo. Ahora bien, es cierto que por el dragón se entiende al propio Diablo. Si, pues, se los llama potestades adversas y se dice que en otro tiempo carecían de mancha, mientras que la pureza sin mancha no existe en el ser esencial de nadie salvo del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, sino que es una cualidad accidental en toda criatura; y puesto que lo accidental también puede perderse, y esas potestades adversas fueron en otro tiempo irreprochables y estuvieron entre los seres que aún permanecen sin mancha, resulta evidente, por todo ello, que nadie es puro por esencia ni por naturaleza, y que nadie fue mancillado por naturaleza. La consecuencia es que depende de nosotros y de nuestras propias acciones poseer la felicidad o la santidad, o bien, por indolencia y negligencia, caer de la felicidad en la maldad y la perdición, hasta tal punto que, por un progreso excesivo, por así decirlo, en la maldad —si se incurre en tan grave negligencia—, se puede descender incluso a la condición de aquello que se llama una potestad adversa.

    Capítulo 6. Sobre el fin o la consumación

    I, 6, 1

    1. Un fin o consumación parece indicar la perfección y culminación de las cosas. Esto nos recuerda que, si alguien desea leer y comprender cuestiones de tanta dificultad e importancia, debe acometer la tarea con un entendimiento bien formado e instruido; no sea que, por carecer de experiencia en cuestiones de esta índole, le parezcan vanas y superfluas, o que, si tiene la mente llena de ideas preconcebidas y prejuicios sobre otros puntos, las juzgue heréticas y contrarias a la fe de la Iglesia, cediendo así no tanto a las convicciones de la razón cuanto al dogmatismo del prejuicio. Tratamos, en efecto, estas cuestiones con gran solicitud y cautela, más a modo de indagación y discusión que de decisión firme y cierta. Pues en las páginas precedentes hemos señalado las cuestiones que deben exponerse mediante proposiciones doctrinales claras, como creo haber hecho en la medida de nuestras posibilidades al hablar de la Trinidad. En esta ocasión, en cambio, procederemos, como mejor podamos, mediante la discusión antes que mediante definiciones estrictas.
    El fin del mundo, pues, y la consumación final tendrán lugar cuando cada cual sea sometido al castigo por sus pecados; el momento en que Dios dará a cada uno lo que merece solo Él lo conoce. Creemos, ciertamente, que la bondad de Dios, por medio de su Cristo, puede conducir de nuevo a todas sus criaturas a un mismo fin, una vez vencidos y sometidos incluso sus enemigos. Pues así dice la Sagrada Escritura: "Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies". Y si aquí no está del todo claro el sentido de las palabras del profeta, podemos esclarecerlo por el apóstol Pablo, que habla más abiertamente: "Porque es preciso que Cristo reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos bajo sus pies". Pero si ni siquiera esta declaración inequívoca del apóstol nos aclara suficientemente qué significa que los enemigos sean puestos bajo sus pies, escuchad lo que dice a continuación: "Porque es preciso que todas las cosas le sean sometidas". ¿En qué consiste, entonces, esta sujeción por la cual todas las cosas han de quedar sujetas a Cristo? Soy de la opinión de que es esa misma sujeción con la que nosotros también deseamos estar sujetos a Él, con la que estuvieron sujetos los apóstoles y todos los santos que han seguido a Cristo. Pues el nombre de sujeción, por la cual estamos sujetos a Cristo, indica que la salvación que procede de Él corresponde a quienes le están sujetos, conforme a la declaración de David: "¿No estará mi alma sujeta a Dios? De Él viene mi salvación".

    I, 6, 2

    2. Puesto que tal es el fin, cuando todos los enemigos sean sometidos a Cristo, cuando la muerte —el último enemigo— sea destruida y cuando Cristo, a quien están sujetas todas las cosas, entregue el reino a Dios Padre, contemplemos, digo, a partir de este fin los comienzos de las cosas. Pues el fin es siempre semejante al comienzo; y, por tanto, así como todas las cosas tienen un solo fin, también debemos entender que tuvieron un solo comienzo; y así como muchas cosas tienen un solo fin, de un solo comienzo surgen múltiples diferencias y variedades, que, por la bondad de Dios, mediante la sujeción a Cristo y por la unidad del Espíritu Santo, son conducidas de nuevo a un fin semejante al comienzo. Me refiero a todos aquellos que, al doblar la rodilla ante el nombre de Jesús, manifiestan así su sujeción a Él: los que están en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra. Con estas tres clases se designa la totalidad de las cosas: aquellos que, a partir de aquel único comienzo, fueron dispuestos en distintos órdenes, cada uno según la diversidad de su conducta y conforme a sus méritos; pues la bondad no les pertenecía por su ser esencial, como pertenece a Dios, a su Cristo y al Espíritu Santo. Solo en la Trinidad, autora de todas las cosas, existe la bondad en virtud del ser esencial; los demás la poseen como cualidad accidental y perecedera, y solo gozan de la bienaventuranza cuando participan de la santidad, de la sabiduría y de la divinidad misma. Pero, si descuidan y desprecian tal participación, cada uno, por culpa de su propia indolencia —uno más rápidamente, otro más lentamente; uno en mayor grado, otro en menor—, se convierte en causa de su propia caída. Y puesto que, como hemos observado, el apartamiento por el cual cada cual cae de su posición presenta una gran diversidad según los movimientos de la mente y de la voluntad —pues uno cae a una condición inferior con mayor facilidad y otro con mayor dificultad—, en ello se advierte el justo juicio de la providencia de Dios, que hace que a cada uno le suceda lo que corresponde a la diversidad de su conducta, en proporción a lo que merece por su declive y deserción. Algunos de los que permanecieron en aquel comienzo, que hemos descrito como semejante al fin venidero, obtuvieron, en la ordenación y disposición del mundo, el rango de ángeles; otros, el de influencias; otros, el de principados; otros, el de potestades, para ejercer autoridad sobre quienes necesitan tener una autoridad sobre su cabeza. Otros, a su vez, recibieron el rango de tronos, con el oficio de juzgar o gobernar a quienes lo requieren; otros, el de dominación, sin duda sobre los siervos. Todos estos rangos son conferidos por la Providencia divina mediante un juicio justo e imparcial, según sus méritos y según el progreso que habían alcanzado en la participación e imitación de Dios. Pero quienes fueron apartados de su estado primordial de bienaventuranza no lo fueron de manera irremediable, sino que quedaron bajo el gobierno de aquellos órdenes santos y bienaventurados que hemos descrito; y, valiéndose de su ayuda y siendo reformados mediante principios y una disciplina saludables, pueden recobrarse y ser restituidos a su condición de felicidad. De todo ello soy de la opinión, hasta donde alcanzo a ver, de que este orden de la raza humana ha sido establecido para que, en el mundo futuro o en las eras venideras, cuando existan los cielos nuevos y la tierra nueva de que habló Isaías, pueda ser restituido a aquella unidad prometida por el Señor Jesús en su oración a Dios Padre por sus discípulos: "No ruego solo por estos, sino por todos los que creerán en mí por su palabra: que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean uno en nosotros"; y de nuevo, cuando dice: "Que sean uno, así como nosotros somos uno; yo en ellos y tú en mí, para que sean perfeccionados en la unidad". Lo confirman además las palabras del apóstol Pablo: "Hasta que todos lleguemos, en la unidad de la fe, a ser un hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo". Y concuerda con ello la declaración del mismo apóstol cuando nos exhorta, a nosotros que ya en la vida presente estamos en la Iglesia, donde se halla la figura de aquel reino venidero, a esta misma semejanza de unidad: "Que todos habléis una misma cosa y que no haya divisiones entre vosotros, sino que estéis perfectamente unidos en un mismo entendimiento y un mismo parecer".

    I, 6, 3

    3. Debe tenerse presente, sin embargo, que ciertos seres que se apartaron de aquel único comienzo del que hemos hablado se han hundido en tal profundidad de indignidad y maldad que se los considera enteramente indignos de la formación e instrucción que recibe la raza humana mientras está en la carne, con la ayuda de las potestades celestiales; por el contrario, persisten en un estado de enemistad y oposición frente a quienes reciben esa instrucción y enseñanza. De ahí que toda esta vida mortal esté llena de luchas y pruebas, causadas por la oposición y enemistad de quienes cayeron de una condición mejor sin volver en absoluto la vista atrás, y que son llamados el Diablo y sus ángeles, así como los demás órdenes del mal que el apóstol contó entre las potestades adversas. Ahora bien, si alguno de estos órdenes que actúan bajo el gobierno del Diablo y obedecen sus mandatos perversos se convertirá a la justicia en un mundo futuro, por poseer la facultad de la libertad de la voluntad, o si la maldad persistente e inveterada puede transformarse, por fuerza de la costumbre, en naturaleza, es cuestión sobre cuyo resultado tú mismo, lector, puedes formarte un juicio, siempre que, ni en estos mundos presentes, visibles y temporales, ni en los invisibles y eternos, esa parte haya de quedar enteramente ajena a la unidad y armonía finales de las cosas. Entretanto, tanto en esos mundos temporales y visibles como en los eternos e invisibles, todos aquellos seres son dispuestos según un plan regular, en el orden y grado que corresponde a sus méritos; de modo que unos en los primeros tiempos, otros en los segundos y algunos incluso en los últimos, tras sufrir castigos más graves y severos, soportados durante largo tiempo y, por así decirlo, a lo largo de muchas eras, mejorados mediante esta rigurosa disciplina y restaurados primero por la instrucción de los ángeles y después por la de potestades de rango superior, avanzan así, etapa tras etapa, hacia una condición mejor, hasta alcanzar incluso lo invisible y eterno, después de haber pasado, como parte de su formación, por cada uno de los oficios de las potestades celestiales. De ello, creo, parece seguirse que toda naturaleza racional puede, al pasar de un orden a otro, recorrerlos todos desde cada uno de ellos y avanzar desde todos hasta cada uno, experimentando diversos grados de progreso y retroceso según sus propias acciones y esfuerzos, realizados en el ejercicio de su libertad de la voluntad.

    I, 6, 4

    4. Pero, puesto que Pablo dice que unas cosas son visibles y temporales, y otras, además de estas, invisibles y eternas, pasamos a indagar en qué sentido son temporales las cosas que se ven: si porque nada de ellas quedará en absoluto a lo largo de los períodos del mundo venidero, durante los cuales aquella dispersión y separación respecto del único comienzo va siendo restituida a uno y el mismo fin y semejanza; o porque, aunque pase la forma de las cosas visibles, su naturaleza esencial no está sujeta a corrupción. Y Pablo parece confirmar esta última opinión cuando dice: "Porque pasa la figura de este mundo". También David parece afirmar lo mismo con estas palabras: "Los cielos perecerán, pero tú permanecerás; todos ellos envejecerán como un vestido, y tú los mudarás como una vestidura, y como un manto serán mudados". Pues, si los cielos han de ser mudados, ciertamente lo que se muda no perece; y si pasa la figura del mundo, de ningún modo se indica con ello la aniquilación o destrucción de su sustancia material, sino cierta mudanza de cualidad y transformación de apariencia. También Isaías, al anunciar proféticamente que habrá un cielo nuevo y una tierra nueva, sugiere sin duda una opinión semejante. Pues esta renovación del cielo y de la tierra, esta transmutación de la forma del mundo presente y esta mudanza de los cielos estarán sin duda preparadas para quienes recorren el camino que hemos señalado más arriba y se encaminan hacia aquella meta de felicidad a la que, se dice, incluso los propios enemigos han de quedar sujetos, y en la que Dios, se dice, será todo en todos. Y si alguien supone que al final la naturaleza material, es decir, corporal, será destruida por completo, no veo cómo podría explicar de ningún modo que seres tan numerosos y poderosos sean capaces de vivir y existir sin cuerpos, puesto que existir sin sustancia material alguna y sin participar en grado alguno de un elemento corporal es atributo exclusivo de la naturaleza divina, es decir, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Quizá otro diga que, al final, toda sustancia corporal llegará a ser tan pura y refinada que se asemejará al éter, con una pureza y claridad celestiales. Sin embargo, cómo serán las cosas solo lo saben con certeza Dios y quienes son sus amigos por medio de Cristo y del Espíritu Santo.

    Capítulo 7. Sobre los seres incorpóreos y corpóreos

    I, 7, 1

    1. Los asuntos examinados en el capítulo anterior se han tratado en términos generales, y la naturaleza de los seres racionales se ha considerado más por vía de inferencia razonada que mediante una definición dogmática rigurosa, salvo allí donde tratamos, en la medida de nuestras posibilidades, de las personas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Ahora hemos de determinar qué cuestiones conviene abordar en las páginas siguientes conforme a nuestra creencia dogmática, es decir, de acuerdo con el credo de la Iglesia. Todas las almas y todas las naturalezas racionales, sean santas o malvadas, fueron formadas o creadas, y todas ellas son incorpóreas según su propia naturaleza; pero, aunque incorpóreas, fueron creadas, pues Dios hizo todas las cosas por medio de Cristo, como enseña Juan en términos generales en su Evangelio: "En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de ella, y sin ella nada fue hecho". El apóstol Pablo, además, al describir las cosas creadas según sus especies, números y órdenes, se expresa así para mostrar que todas fueron hechas por medio de Cristo: "Y en él fueron creadas todas las cosas, las que están en los cielos y las que están en la tierra, las visibles y las invisibles, sean tronos, dominaciones, principados o potestades; todas las cosas fueron creadas por él y en él; y él es anterior a todas, y él es la cabeza". Declara, por tanto, manifiestamente que todas las cosas fueron hechas y creadas en Cristo y por medio de Cristo, ya sean las visibles, que son corporales, o las invisibles, que considero no son otras que las potestades incorpóreas y espirituales. Pero, entre las cosas que había llamado en general corporales o incorpóreas, me parece que enumera a continuación sus diversas clases, a saber: tronos, dominaciones, principados, potestades e influencias.
    Hemos mencionado ya estas cuestiones porque deseamos llegar ordenadamente, por vía de inferencia lógica, al examen del sol, la luna y las estrellas, y determinar si también deben contarse propiamente entre los principados, puesto que se dice que fueron creados en ᾿Αρχάς, es decir, para gobernar el día y la noche; o si ha de entenderse que solo ejercen ese gobierno del día y de la noche al desempeñar la función de iluminarlos, sin ocupar en realidad el primer puesto en ese orden de principados.

    I, 7, 2

    2. Ahora bien, cuando se dice que todas las cosas fueron hechas por medio de él y que en él fueron creadas todas, tanto las del cielo como las de la tierra, no cabe duda de que también se incluyen entre las celestiales las que están en el firmamento, llamado cielo, donde se dice que fueron colocadas aquellas lumbreras. Y, en segundo lugar, puesto que el curso de nuestro razonamiento ha puesto de manifiesto que todas las cosas fueron hechas o creadas, y que entre las cosas creadas no hay ninguna que no pueda admitir el bien y el mal y ser capaz de uno u otro, ¿qué hemos de pensar de la opinión que algunos de los nuestros sostienen acerca del sol, la luna y las estrellas, a saber, que son inmutables e incapaces de convertirse en lo contrario de lo que son? No pocos han sostenido esa opinión incluso acerca de los santos ángeles, y algunos herejes también acerca de las almas, a las que llaman naturalezas espirituales.
    En primer lugar, pues, veamos qué puede descubrir la razón misma con respecto al sol, la luna y las estrellas —si es acertada la opinión que algunos sostienen acerca de su inmutabilidad—, y aduzcamos antes, en cuanto sea posible, las declaraciones de la Sagrada Escritura. Pues Job parece afirmar no solo que las estrellas pueden estar sujetas al pecado, sino incluso que, de hecho, no están limpias de su contagio. Estas son sus palabras: "Tampoco las estrellas son puras a tus ojos". No debe entenderse esto referido al esplendor de su sustancia física, como si se dijera, por ejemplo, que una vestidura no está limpia; pues, si tal fuera el sentido, acusar de falta de pureza al esplendor de su sustancia corporal equivaldría a formular un reproche contra su Creador. En efecto, si no pueden, por diligencia propia, procurarse un cuerpo más resplandeciente ni, por negligencia, hacer menos puro el que tienen, ¿cómo habrían de merecer censura por ser estrellas impuras, si por serlo tampoco reciben alabanza?

    I, 7, 3

    3. Pero, para alcanzar una comprensión más clara de estas cuestiones, primero debemos indagar si es lícito suponer que son seres vivos y racionales; después, si sus almas comenzaron a existir al mismo tiempo que sus cuerpos o parecen ser anteriores a ellos; y también si hemos de entender que, después del fin del mundo, serán liberadas de sus cuerpos y si, así como nosotros dejamos de vivir, también ellas dejarán de iluminar el mundo. Aunque esta investigación pueda parecer un tanto audaz, puesto que nos mueve el deseo de averiguar la verdad en cuanto sea posible, no parece absurdo intentar examinar el asunto conforme a la gracia del Espíritu Santo.
    Pensamos, pues, que pueden ser llamados seres vivos, porque se dice que reciben mandatos de Dios, cosa que ordinariamente solo ocurre con los seres racionales. "He dado una orden a todas las estrellas", dice el Señor. ¿Cuáles son, entonces, esos mandatos? Que cada estrella, según su orden y su curso, otorgue al mundo la cantidad de esplendor que le ha sido confiada. Pues los llamados planetas se mueven en órbitas de una clase, mientras que los denominados ἀπλανεῖς son distintos. De ello se sigue manifiestamente que el movimiento de ese cuerpo no puede producirse sin un alma, ni pueden los seres vivos hallarse jamás sin movimiento. Y, puesto que las estrellas se mueven con tal orden y regularidad que sus movimientos nunca parecen sufrir alteración alguna, ¿no sería el colmo de la insensatez afirmar que una observancia tan ordenada de un método y un plan puede ser realizada por seres irracionales? En los escritos de Jeremías, ciertamente, la luna recibe el nombre de reina del cielo. Pero, si las estrellas son seres vivos y racionales, sin duda habrá entre ellas avances y retrocesos. Pues las palabras de Job, "las estrellas no son puras a sus ojos", me parece que expresan algo semejante.

    I, 7, 4

    4. Ahora hemos de averiguar si aquellos seres que, en el curso de nuestro razonamiento, hemos hallado dotados de vida y razón recibieron un alma junto con sus cuerpos en el momento mencionado por la Escritura, cuando Dios hizo "las dos grandes lumbreras, la lumbrera mayor para gobernar el día y la lumbrera menor para gobernar la noche, y también las estrellas", o si su espíritu les fue infundido desde fuera, no al ser creados sus cuerpos, sino después de que estos ya hubieran sido hechos. Por mi parte, sospecho que el espíritu les fue infundido desde fuera; pero valdrá la pena demostrarlo mediante la Escritura, pues parece fácil afirmarlo basándose en conjeturas, mientras que es más difícil establecerlo con el testimonio de la Escritura. Por vía de conjetura puede establecerse como sigue. Si el alma del hombre, que ciertamente es inferior mientras siga siendo alma humana, no fue formada junto con su cuerpo, sino que se demuestra que le fue infundida propiamente desde fuera, con mayor razón habrá de ocurrir esto con los seres vivos llamados celestiales. En efecto, por lo que respecta al hombre, ¿cómo podría parecer que el alma de quien suplantó a su hermano en el seno materno, es decir, Jacob, se formó junto con su cuerpo? ¿O cómo podrían haberse formado junto con el cuerpo el alma o las imágenes de esta de quien, mientras yacía en el seno de su madre, fue lleno del Espíritu Santo? Me refiero a Juan, que saltó y se regocijó en el seno de su madre porque la voz del saludo de María había llegado a oídos de su madre Isabel. ¿Cómo podrían haberse formado junto con el cuerpo el alma y sus imágenes de aquel de quien se dice que, antes de ser formado en el seno materno, era conocido por Dios y fue santificado por él antes de nacer? Quizá algunos piensen que Dios llena a las personas de su Espíritu Santo y les concede la santificación, no por razones de justicia ni según sus méritos, sino sin que la merezcan. ¿Y cómo eludiremos entonces esta declaración: "¿Hay injusticia en Dios? ¡De ningún modo!", o esta otra: "¿Hace Dios acepción de personas?"? Pues tal es la defensa de quienes sostienen que las almas comienzan a existir junto con los cuerpos. Así pues, en la medida en que podemos formarnos una opinión por comparación con la condición humana, pienso que debemos sostener lo mismo respecto de los seres celestiales, como la razón misma y la autoridad de la Escritura nos muestran que ocurre con los hombres.

    I, 7, 5

    5. Pero veamos si podemos hallar en la Sagrada Escritura alguna indicación aplicable propiamente a estos seres celestiales. El apóstol Pablo declara lo siguiente: "La criatura fue sujeta a la vanidad, no voluntariamente, sino por causa de aquel que la sujetó en esperanza, porque también la criatura misma será liberada de la esclavitud de la corrupción para alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios". ¿A qué vanidad, preguntamos, fue sujeta la criatura? ¿De qué criatura se habla, cómo se dice que fue sujeta no voluntariamente y en esperanza de qué? ¿Y de qué manera será liberada la criatura misma de la esclavitud de la corrupción? En otro lugar, el mismo apóstol dice también: "Pues la expectación de la criatura aguarda la manifestación de los hijos de Dios". Y, de nuevo, en otro pasaje: "Y no solo nosotros, sino que la creación misma gime conjuntamente y padece dolores hasta ahora". De ahí que debamos indagar qué son esos gemidos y esos dolores. Veamos, pues, en primer lugar, cuál es la vanidad a la que está sujeta la criatura. Entiendo que no es otra cosa que el cuerpo; pues, aunque el cuerpo de las estrellas es etéreo, no deja de ser material. Por eso también Salomón parece caracterizar toda la naturaleza corporal como una suerte de carga que debilita el vigor del alma, en estos términos: "Vanidad de vanidades —dice el Predicador—; todo es vanidad. He mirado y visto todas las obras que se hacen bajo el sol, y he aquí que todo es vanidad". A esta vanidad está sujeta, pues, la criatura, especialmente aquella que, siendo sin duda la mayor de este mundo, desempeña asimismo un eminente principado de servicio: es decir, se afirma que el sol, la luna y las estrellas están sujetos a la vanidad porque están revestidos de cuerpos y destinados a la función de dar luz al género humano. Y esta criatura, observa el apóstol, fue sujeta a la vanidad no voluntariamente. Pues no se puso de buen grado al servicio de la vanidad, sino que lo hizo por voluntad de aquel que la sujetó y por la promesa que este hizo a quienes quedaron sometidos a esa obediencia involuntaria: que, una vez cumplido el ministerio de su gran obra, serían liberados de la esclavitud de la corrupción y de la vanidad cuando llegara el tiempo de la gloriosa redención de los hijos de Dios. Y toda la creación, que ha recibido esta esperanza y aguarda ahora el cumplimiento de esa promesa, entre tanto, por el afecto que profesa a quienes sirve, gime con ellos y padece pacientemente con ellos, esperando que se cumplan las promesas. Considerad también si pueden aplicarse a quienes, aunque no voluntariamente, fueron sujetos a la vanidad conforme a la voluntad de aquel que los sujetó y en esperanza de las promesas, estas palabras de Pablo: "Pues desearía ser disuelto, o volver y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor". Creo, en efecto, que el sol podría decir del mismo modo: "Desearía ser disuelto, o volver y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor". Pablo añade, ciertamente: "Sin embargo, permanecer en la carne es más necesario por vosotros"; mientras que el sol podría decir: "Permanecer en este cuerpo luminoso y celestial es más necesario por causa de la manifestación de los hijos de Dios". Lo mismo debe creerse y decirse acerca de la luna y las estrellas.
    Veamos ahora en qué consiste la libertad de la criatura, o el término de su esclavitud. Cuando Cristo haya entregado el reino a Dios, es decir, al Padre, también aquellos seres vivos, una vez que hayan pasado a formar parte del reino de Cristo, serán entregados, junto con todo ese reino, al gobierno del Padre, para que, cuando Dios sea todo en todos, también ellos, puesto que son parte de todas las cosas, tengan a Dios en sí mismos, como él está en todas las cosas.

    Capítulo 8. Sobre los ángeles

    I, 8, 1

    1. De modo semejante debemos proceder al tratar de los ángeles; tampoco hemos de suponer que sea fruto del azar el que a un ángel determinado se le asigne un oficio determinado: a Rafael, por ejemplo, la tarea de curar y sanar; a Gabriel, la conducción de las guerras; a Miguel, el deber de atender las oraciones y súplicas de los mortales. Pues no debemos imaginar que obtuvieron estos oficios sino por sus propios méritos, y por el celo y las excelentes cualidades que cada uno manifestó antes de que se formara este mundo; de modo que, después, en el orden de los arcángeles, se asignó a cada cual uno u otro oficio, mientras que otros merecieron ser inscritos en el orden de los ángeles y actuar a las órdenes de tal o cual arcángel, o de tal jefe o cabeza de un orden. Todas estas cosas fueron dispuestas, como he dicho, no de manera indiscriminada ni fortuita, sino por una decisión sumamente apropiada y justa de Dios, que las ordenó según sus méritos, conforme a su propio parecer y juicio: así, a un ángel había de confiarse la Iglesia de los efesios; a otro, la de los esmirniotas; un ángel había de corresponder a Pedro, otro a Pablo; y así también, a cada uno de los pequeños que están en la Iglesia se le han de asignar determinados ángeles de los que contemplan a diario el rostro de Dios; y debe haber asimismo algún ángel que acampe en torno a los que temen a Dios. Ciertamente, debemos creer que nada de esto sucede por accidente o azar, ni porque ellos —los ángeles— fueran creados así, no sea que, según esa opinión, se acuse de parcialidad al Creador; antes bien, debemos creer que tales oficios les fueron conferidos por Dios, justo e imparcial Gobernante de todas las cosas, conforme a los méritos, las buenas cualidades y el vigor intelectual de cada espíritu.

    I, 8, 2

    2. Digamos ahora algo acerca de quienes sostienen que existe una diversidad de naturalezas espirituales, para no caer en las necias e impías fábulas de los que pretenden que hay naturalezas espirituales diversas tanto entre los seres celestiales como entre las almas humanas y, por ello, afirman que unos y otras fueron llamados a la existencia por distintos creadores; pues, aunque les parece absurdo —y en efecto lo es— atribuir a uno y el mismo Creador la creación de diferentes naturalezas entre los seres racionales, ignoran, no obstante, la causa de esa diversidad. Dicen, en efecto, que parece incongruente que uno y el mismo Creador, sin que haya mérito alguno que lo justifique, confiera a unos seres la potestad de dominar y someta a otros a una autoridad; que otorgue a unos un principado y ponga a otros bajo el mando de gobernantes. Tales opiniones, a mi juicio, quedan enteramente refutadas si seguimos el razonamiento expuesto más arriba, por el cual se mostró que la diversidad y variedad de estos seres se debe a su conducta, marcada por mayor empeño o indiferencia según la bondad o maldad de su disposición, y no a parcialidad alguna por parte de quien los ordena. Mas, para mostrar con mayor facilidad que esto también sucede entre los seres celestiales, tomemos un ejemplo de lo que ha ocurrido u ocurre entre los hombres, a fin de que, partiendo de las cosas visibles, podamos contemplar, por consiguiente, también las invisibles.
    Pablo y Pedro son, sin duda, hombres de naturaleza espiritual. Por tanto, cuando vemos que Pablo obró contra la religión al perseguir a la Iglesia de Dios, y que Pedro cometió un pecado tan grave como afirmar bajo juramento, al ser interrogado por la criada, que no sabía quién era Cristo, ¿cómo es posible que estos, que según aquellos de quienes hablamos eran seres espirituales, cayeran en pecados de tal índole, sobre todo cuando ellos suelen repetir que un árbol bueno no puede dar frutos malos? Y si un árbol bueno no puede dar frutos malos y, según ellos, Pedro y Pablo brotaron de la raíz de un árbol bueno, ¿cómo se puede considerar que dieron frutos tan perversos? Y si responden con la explicación que suelen inventar, a saber, que no fue Pablo quien persiguió, sino otra persona, no sé quién, que estaba en Pablo, y que no fue Pedro quien pronunció la negación, sino otro individuo que estaba en él, ¿cómo habría de decir Pablo, si no hubiera pecado: "No soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la Iglesia de Dios"? ¿O por qué lloró Pedro tan amargamente, si quien pecó fue otro y no él? Con ello quedará demostrado que todas sus necias afirmaciones carecen de fundamento.

    I, 8, 3

    3. Según nuestra opinión, no hay criatura racional que no sea capaz tanto del bien como del mal. Pero del hecho de que digamos que no existe naturaleza alguna que no pueda admitir el mal no se sigue que sostengamos que toda naturaleza lo haya admitido, es decir, que se haya vuelto malvada. Así, podemos decir que la naturaleza de todo hombre le permite ser marinero, pero de ello no se sigue que todo hombre llegue a serlo; o también que a cualquiera le es posible aprender gramática o medicina, pero no por eso queda demostrado que todo hombre sea médico o gramático. Del mismo modo, si decimos que no hay naturaleza que no pueda admitir el mal, no afirmamos necesariamente que lo haya hecho. Pues, a nuestro juicio, ni siquiera el propio Diablo era incapaz del bien; pero, aunque era capaz de admitirlo, no por ello lo deseó ni hizo esfuerzo alguno por alcanzar la virtud. En efecto, como nos enseñan los pasajes que hemos citado de los profetas, hubo un tiempo en que era bueno, cuando caminaba en el paraíso de Dios entre los querubines. Así pues, del mismo modo que él tenía la capacidad de acoger el bien o el mal, pero se apartó del camino de la virtud y se volvió hacia el mal con todas las fuerzas de su mente, también las demás criaturas, capaces de una u otra condición, huyen del mal y se adhieren al bien en ejercicio de la libertad de su voluntad. No hay, por tanto, naturaleza que no pueda admitir el bien o el mal, salvo la naturaleza de Dios —fuente de todos los bienes— y la de Cristo; pues él es Sabiduría, y la Sabiduría ciertamente no puede admitir la necedad; es justicia, y la justicia jamás admitirá la injusticia; es la Palabra, o Razón, que ciertamente no puede volverse irracional; más aún, es también la luz, y es indudable que las tinieblas no reciben la luz. De igual modo, la naturaleza del Espíritu Santo, por ser santa, no admite contaminación; pues es santa por naturaleza, por su ser esencial. Si alguna otra naturaleza es santa, posee esta condición por haber sido santificada al recibir al Espíritu Santo o su inspiración: no la tiene por naturaleza, sino como cualidad accidental, razón por la cual puede perderla, precisamente por ser accidental. Así también, un hombre puede poseer una justicia accidental, de la que le es posible apartarse. Incluso la sabiduría que tiene un hombre sigue siendo accidental, aunque esté en nuestra potestad llegar a ser sabios si nos dedicamos a la sabiduría con el celo y el esfuerzo de nuestra vida; y, si perseveramos siempre en su estudio, podremos participar siempre de la sabiduría. Esto sucederá en mayor o menor grado, según los méritos de nuestra vida o la intensidad de nuestro celo. Pues la bondad de Dios, como corresponde a su dignidad, incita y atrae a todos hacia aquel fin bienaventurado, en el que todo dolor, toda tristeza y toda aflicción se apartan y desaparecen.

    I, 8, 4

    4. Opino, pues, hasta donde alcanzo a ver, que la discusión precedente ha demostrado suficientemente que ni es por falta de discernimiento ni por causa fortuita por lo que los principados ejercen su dominación o los demás órdenes de espíritus han obtenido sus respectivos oficios; antes bien, han recibido los grados de su rango en virtud de sus méritos, aunque no nos corresponde conocer ni indagar cuáles fueron los actos por los que merecieron un lugar en determinado orden. Basta saber esto, para demostrar la imparcialidad y la justicia de Dios: que, conforme a lo declarado por el apóstol Pablo, en él no hay acepción de personas, sino que dispone todas las cosas según los méritos y el progreso moral de cada individuo. Así pues, el oficio angélico no existe sino como consecuencia de los méritos de quienes lo ejercen; ni las potestades ejercen su potestad sino en virtud de su progreso moral; ni los llamados tronos, es decir, las potestades de juzgar y gobernar, ejercen sus atribuciones si no es por mérito; ni las dominaciones gobiernan sin haberlo merecido, pues ese grande y distinguido orden de criaturas racionales que habitan entre los seres celestiales está dispuesto en una gloriosa variedad de oficios. Y hemos de mantener la misma opinión acerca de aquellas potestades adversas que se han entregado a tales posiciones y oficios: su condición de principados, o potestades, o dominadores de las tinieblas de este mundo, o fuerzas espirituales del mal, o espíritus malignos, o demonios impuros no procede de su naturaleza esencial ni de que fueran creados así, sino que alcanzaron esos grados en el mal en proporción a su conducta y al progreso que hicieron en la maldad. Y este es un segundo orden de criaturas racionales, que se han entregado a la maldad con ímpetu tan desenfrenado que no quieren, más que no pueden, volver sobre sus pasos; pues la sed de mal ya se ha convertido en una pasión que les procura placer. El tercer orden de criaturas racionales es el de aquellas que Dios juzga aptas para poblar el género humano, es decir, las almas de los hombres, que, en virtud de su progreso moral, son admitidas en el orden de los ángeles; entre ellas vemos que algunas son incorporadas a ese número: a saber, las que han sido hechas hijos de Dios o hijos de la resurrección; las que han abandonado las tinieblas, han amado la luz y han sido hechas hijos de la luz; o las que, saliendo victoriosas de toda lucha y convirtiéndose en hombres de paz, han sido hijos de la paz e hijos de Dios; o aquellas que, dando muerte a sus miembros terrenales y elevándose no solo por encima de su naturaleza corporal, sino incluso de los movimientos inciertos y frágiles del alma misma, se han unido al Señor, haciéndose enteramente espirituales, para ser por siempre un solo espíritu con él y discernir junto con él cada cosa en particular, hasta alcanzar un estado de espiritualidad perfecta y discernirlo todo mediante su perfecta iluminación, en plena santidad, por la Palabra y la sabiduría de Dios, sin que ellas mismas puedan ser distinguidas en absoluto por nadie.
    Consideramos que de ningún modo deben admitirse las opiniones que algunos suelen proponer y defender sin necesidad, a saber, que las almas descienden a tal extremo de degradación que olvidan su naturaleza y dignidad racionales y se hunden en la condición de animales irracionales, grandes o pequeños. En apoyo de tales afirmaciones suelen citar ciertos pasajes de la Escritura que, según pretenden, dicen que una bestia con la que una mujer se haya prostituido contra natura será considerada tan culpable como la mujer y deberá ser lapidada; o que un toro que hiera con sus cuernos deberá recibir la muerte del mismo modo; o incluso que el asna de Balaam habló cuando Dios le abrió la boca, y que aquella muda bestia de carga, respondiendo con voz humana, reprendió la locura del profeta. No solo no aceptamos ninguna de estas afirmaciones, sino que las refutamos y rechazamos por ser contrarias a nuestra fe. Una vez refutadas y rechazadas tales opiniones perversas, mostraremos, en el momento y lugar oportunos, cómo deben entenderse los pasajes que citan de las Sagradas Escrituras.
    Comentario editorial · ¿Almas que caen hasta los animales? Dos versiones opuestas
    Aquí Rufino hace rechazar a Orígenes, «por ser contrarias a nuestra fe», las opiniones de quienes creen que las almas pueden hundirse en la condición de animales. Jerónimo cuenta lo contrario: que el original llegaba a admitir, por negligencia o necedad, el paso de un alma a un cuerpo de bestia, e incluso de pez, y que Orígenes cerraba el razonamiento advirtiendo que no lo daba por doctrina, sino como conjetura (Carta 124, § 4). Es uno de los casos más claros en que las dos versiones dicen cosas opuestas; cuál refleja el original no puede comprobarse sin el griego.
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