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  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minPrefacio
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 12 minLibro I
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 1. Sobre Dios
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 2. Sobre Cristo
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 2. Sobre Cristo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 3. Sobre el Espíritu Santo
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 4. Sobre la deserción o el apartamiento
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 5. Sobre las naturalezas racionales
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el fin o la consumación
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 7. Sobre los seres incorpóreos y corpóreos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 8. Sobre los ángeles
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 8. Sobre los ángeles
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 10 minLibro II
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 2. Sobre la perpetuidad de la naturaleza corporal
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 13 minCapítulo 3. Sobre el principio del mundo y sus causas
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 4. El Dios de la ley y los profetas, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es el mismo Dios
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 4. El Dios de la ley y los profetas, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es el mismo Dios
  22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 5. Sobre la justicia y la bondad
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre la encarnación de Cristo
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 6. Sobre la encarnación de Cristo
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre el Espíritu Santo
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 8. Sobre el alma (anima)
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  28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 9. Sobre el mundo y los movimientos de las criaturas racionales, sean buenos o malos, y sobre sus causas
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 9. Sobre el mundo y los movimientos de las criaturas racionales, sean buenos o malos, y sobre sus causas
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 10. Sobre la resurrección y el juicio, el fuego del infierno y los castigos
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 10. Sobre la resurrección y el juicio, el fuego del infierno y los castigos
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 11. Sobre las contrapromesas
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 11. Sobre las contrapromesas
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  35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 1. Sobre el libre albedrío: solución e interpretación de los pasajes de la Escritura que parecen negarlo
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  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4. Sobre las tentaciones humanas
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 5. Que el mundo tuvo su comienzo en el tiempo
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  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 6. Sobre el fin del mundo
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 6. Sobre el fin del mundo
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 12 minLibro IV
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 13 minCapítulo 1. Sobre la inspiración divina de la Sagrada Escritura
  57. Sesión 57 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 2. Cómo leer y comprender la Sagrada Escritura
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  61. Sesión 61 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
  62. Sesión 62 · Parte 12 · ≈ 12 minCapítulo 3. Por qué hay oscuridad en la Sagrada Escritura y por qué algunos pasajes son imposibles o absurdos según el sentido literal
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    TEXTOS — ORÍGENES DE ALEJANDRÍA

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    Sobre los principios

    c. 220–230 · El latín de Rufino y, donde se conserva, el griego en paralelo31 minPosición: 0% de esta parteParte 9 de 13 · Capítulo 5. Que el mundo tuvo su comienzo en el tiempoPublicado el Actualizado el Ref. ESC-ORI-01

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    Capítulo 5. Que el mundo tuvo su comienzo en el tiempo

    III, 5, 1

    1. Ahora bien, puesto que uno de los artículos de la fe de la Iglesia se sostiene principalmente en virtud de nuestra creencia en la verdad de la historia sagrada, a saber, que este mundo fue creado y tuvo su comienzo en un momento determinado y que, conforme al ciclo temporal decretado para todas las cosas, ha de ser destruido a causa de su corrupción, no parece fuera de lugar volver a examinar algunos puntos relacionados con esta cuestión. Y, por lo que toca a la credibilidad de la Escritura, las afirmaciones sobre este asunto parecen fáciles de demostrar. Incluso los herejes, aunque discrepan profundamente en muchas otras cosas, parecen estar de acuerdo en esta, pues se someten a la autoridad de la Escritura.
    En cuanto a la creación del mundo, ¿qué pasaje de la Escritura puede informarnos mejor sobre ella que el relato transmitido por Moisés acerca de su origen? Y aunque ese relato comprende asuntos de significado más profundo de lo que parece indicar la mera narración histórica, contiene muchas cosas que han de entenderse espiritualmente y se sirve de la letra como de un velo al tratar materias profundas y misteriosas, el lenguaje del narrador muestra, no obstante, que todas las cosas visibles fueron creadas en un momento determinado. Por lo que respecta a la consumación del mundo, Jacob es el primero que ofrece alguna indicación, al dirigirse a sus hijos con estas palabras: "Reuníos en torno a mí, hijos de Jacob, para que os anuncie lo que sucederá en los últimos días, o después de los últimos días". Si hay, pues, últimos días, o un período posterior a ellos, necesariamente han de llegar a su fin los días que tuvieron un comienzo. También David declara: "Los cielos perecerán, pero tú permanecerás; todos ellos envejecerán como un vestido; como un manto los mudarás y serán mudados; pero tú eres el mismo, y tus años no tendrán fin". Nuestro Señor y Salvador, por su parte, da testimonio de que el mundo fue creado cuando dice: "El que los hizo al principio los hizo varón y mujer"; y, de nuevo, al decir: "El cielo y la tierra pasarán, pero mi palabra no pasará", señala que son perecederos y que han de llegar a su fin. Además, el apóstol, al declarar que "la creación fue sujetada a la vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa de aquel que la sujetó en esperanza, porque también la creación misma será liberada de la esclavitud de la corrupción para alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios", anuncia manifiestamente el fin del mundo; como también lo hace cuando dice: "La apariencia de este mundo pasa". Ahora bien, al afirmar que la creación fue sujetada a la vanidad, muestra que este mundo tuvo un comienzo: pues, si la creación fue sujetada a la vanidad en razón de alguna esperanza, sin duda lo fue por una causa; y, puesto que hubo una causa, necesariamente tuvo que haber un comienzo. Porque, sin un comienzo, la creación no podría estar sujeta a la vanidad, ni podría esperar ser liberada de la esclavitud de la corrupción aquella creación que no hubiera comenzado a servir. Pero quien quiera buscar con detenimiento encontrará muchos otros pasajes de la Sagrada Escritura en los que se dice que el mundo tuvo un comienzo y que espera un fin.

    III, 5, 2

    2. Ahora bien, si alguien quisiera oponer reparos a la autoridad o a la credibilidad de nuestras Escrituras, le preguntaríamos si sostiene que Dios puede comprender todas las cosas o que no puede. Afirmar que no puede sería manifiestamente impío. Si responde, pues, como debe, que Dios comprende todas las cosas, de la posibilidad misma de comprenderlas se sigue que se entiende que tienen un comienzo y un fin, puesto que aquello que carece por completo de comienzo no puede ser comprendido en absoluto. Pues, por lejos que se extienda el entendimiento, la facultad de comprender queda apartada y alejada sin límite cuando se sostiene que no hay comienzo.

    III, 5, 3

    3. Pero esta es la objeción que suelen plantear: dicen que, si el mundo tuvo su comienzo en el tiempo, ¿qué hacía Dios antes de que el mundo comenzara? Pues es a la vez impío y absurdo decir que la naturaleza de Dios permanece inactiva e inmóvil, o suponer que hubo un tiempo en que la bondad no hacía el bien y la omnipotencia no ejercía su poder. Tal es la objeción que acostumbran oponer a nuestra afirmación de que este mundo tuvo su comienzo en un momento determinado y de que, conforme a nuestra creencia en la Escritura, podemos calcular los años que ha durado hasta ahora. Considero que ninguno de los herejes puede responder fácilmente a estas cuestiones de un modo conforme con la naturaleza de sus propias opiniones. Nosotros, en cambio, podemos dar una respuesta razonada y acorde con la regla de la piedad cuando decimos que Dios no comenzó a obrar por primera vez al hacer este mundo visible, sino que, así como después de su destrucción habrá otro mundo, creemos también que existieron otros antes de que surgiera el presente. Ambas afirmaciones quedarán confirmadas por la autoridad de la Sagrada Escritura. Que después de este habrá otro mundo lo enseña Isaías, cuando dice: "Habrá cielos nuevos y una tierra nueva, que haré permanecer ante mí, dice el Señor"; y que antes de este mundo existieron también otros lo muestra el Eclesiastés con estas palabras: "¿Qué es lo que ha sido? Lo mismo que será. ¿Y qué es lo que ha sido creado? Lo mismo que será creado; y no hay nada enteramente nuevo bajo el sol. ¿Quién podrá decir y declarar: "Mira, esto es nuevo"? Ya existió en las eras anteriores a nosotros". Estos testimonios establecen tanto que hubo eras antes de la nuestra como que habrá otras después. No ha de suponerse, sin embargo, que existieron varios mundos a la vez, sino que, tras el fin del mundo presente, otros tendrán su comienzo; acerca de lo cual no es necesario repetir cada una de las afirmaciones particulares, puesto que ya lo hemos hecho en las páginas anteriores.

    III, 5, 4

    4. Hay, ciertamente, un punto que no debe pasarse por alto: las Sagradas Escrituras han dado a la creación del mundo un nombre nuevo y peculiar, al llamarla καταβολή, término que se ha traducido al latín, muy impropiamente, por constitutio; pues en griego καταβολή significa más bien dejicere, es decir, "arrojar hacia abajo": palabra que, como ya hemos señalado, se ha traducido impropiamente al latín mediante la expresión constitutio mundi, como sucede en el Evangelio según Juan, donde el Salvador dice: "Y habrá en aquellos días una tribulación como no la ha habido desde el comienzo del mundo". En este pasaje, καταβολή se vierte por "comienzo" (constitutio), que debe entenderse del modo antes explicado. También el apóstol emplea el mismo lenguaje en la Epístola a los Efesios, cuando dice: "Que nos escogió antes de la fundación del mundo"; y a esta fundación la llama καταβολή, que ha de entenderse en el mismo sentido que antes. Parece, pues, que merece la pena indagar qué significa este nuevo término; y yo soy de la opinión de que, puesto que el fin y la consumación de los santos tendrán lugar en aquellas eras que no se ven y son eternas, debemos concluir, al contemplar ese mismo fin, como se ha señalado repetidas veces en las páginas anteriores, que las criaturas racionales tuvieron también un comienzo semejante. Y si tuvieron un comienzo semejante al fin que esperan, sin duda existieron desde el principio mismo en aquellas eras que no se ven y son eternas. Y, si esto es así, se ha producido un descenso de una condición superior a otra inferior, no solo por parte de las almas que merecieron ese cambio debido a la diversidad de sus movimientos, sino también por parte de aquellas que, para servir al mundo entero, fueron traídas de esas esferas superiores e invisibles a estas inferiores y visibles, aun contra su voluntad: "Porque la creación fue sujetada a la vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa de aquel que la sujetó en esperanza". Así, el sol, la luna, las estrellas y los ángeles podían cumplir su cometido para con el mundo y para con aquellas almas que, por sus graves deficiencias del entendimiento, necesitaban cuerpos de naturaleza más densa y sólida; y por causa de quienes precisaban tal disposición fue llamado también a la existencia este mundo visible. De ello se sigue que el empleo de esta palabra parece señalar un descenso de una condición superior a otra inferior, compartido por todos. La creación entera alberga, en efecto, la esperanza de ser liberada de la corrupción de la esclavitud, cuando los hijos de Dios, que se apartaron o fueron dispersados, sean reunidos en uno, o cuando hayan cumplido sus demás cometidos en este mundo, conocidos solo por Dios, que dispone todas las cosas. Debemos suponer, en efecto, que el mundo fue creado con la cualidad y la capacidad necesarias para contener no solo a todas las almas que, según se había determinado, habían de ser instruidas en él, sino también a todas las potestades dispuestas para acompañarlas, servirlas y auxiliarlas. Pues numerosos testimonios establecen que todas las criaturas racionales son de una misma naturaleza; solo sobre esta base puede defenderse la justicia de Dios en todo lo que hace con ellas, ya que cada una lleva en sí misma la razón por la que ha sido situada en este o aquel rango de la vida.

    III, 5, 5

    5. Así pues, esta disposición de las cosas, que Dios estableció después —pues desde el origen mismo del mundo había percibido claramente las razones y causas relativas tanto a quienes, por deficiencias del entendimiento, merecían entrar en cuerpos, como a quienes se dejaron llevar por su deseo de las cosas visibles, y también a quienes, de buen grado o contra su voluntad, fueron obligados por aquel que sujetó la creación en esperanza a prestar ciertos servicios a los que habían caído en tal condición—, no fue comprendida por algunos. Al no advertir que Dios había instituido esa diversidad de disposiciones por causas anteriores, originadas en la libertad de la voluntad, llegaron a la conclusión de que todo en este mundo está regido por movimientos fortuitos o por un destino necesario, y de que nada depende de nuestra propia voluntad. Por ello tampoco pudieron demostrar que la providencia de Dios estuviera al abrigo de toda censura.

    III, 5, 6

    6. Pero, así como hemos dicho que todas las almas que vivían en este mundo necesitaban muchos servidores, gobernantes o auxiliares, así también, en los últimos tiempos, cuando el fin del mundo es ya inminente y cercano, todo el género humano se aproxima a la destrucción final y no solo se han debilitado quienes eran gobernados por otros, sino también aquellos a quienes se habían confiado las tareas de gobierno, ya no se precisaba de semejante ayuda ni de tales defensores: era necesario el auxilio del propio Autor y Creador para restablecer en unos la disciplina de la obediencia, que se había corrompido y profanado, y en otros la disciplina del gobierno. Por eso el Hijo unigénito de Dios, que era la Palabra y la Sabiduría del Padre, se despojó de aquella gloria que poseía junto al Padre antes de que existiera el mundo y, tomando la forma de siervo, se hizo obediente hasta la muerte, para enseñar la obediencia a quienes no podían alcanzar la salvación sino por medio de ella. Restableció asimismo las leyes corrompidas del mando y del gobierno al someter a todos los enemigos bajo sus pies, para enseñar así a los propios gobernantes la moderación en el ejercicio de su autoridad; pues era necesario que reinara hasta haber puesto a todos los enemigos bajo sus pies y destruido al último enemigo, la muerte. Habiendo venido, pues, a restablecer, como hemos dicho, la disciplina no solo del gobierno, sino también de la obediencia, y cumpliendo primero en sí mismo lo que deseaba que cumplieran los demás, se hizo obediente al Padre no solo hasta la muerte de cruz: también al fin del mundo, cuando acoge en sí mismo a todos aquellos a quienes somete al Padre y que por medio de él alcanzan la salvación, se dice que él mismo, junto con ellos y en ellos, está sujeto al Padre. Todas las cosas subsisten en él, él mismo es cabeza de todas las cosas, y en él se hallan la salvación y la plenitud de quienes alcanzan la salvación. Y esto es, por consiguiente, lo que dice de él el apóstol: "Y cuando todas las cosas le hayan sido sujetadas, entonces también el Hijo mismo se sujetará a aquel que le sujetó todas las cosas, para que Dios sea todo en todos".

    III, 5, 7

    7. No sé, en verdad, cómo los herejes, por no comprender el sentido de las palabras del apóstol, consideran denigrante el término "sujeción" cuando se aplica al Hijo; pues, si se pone en duda la propiedad del término, es fácil averiguarla suponiendo lo contrario. Porque, si no es bueno estar sujeto, de ello se sigue que será bueno lo opuesto, a saber, no estar sujeto. Ahora bien, según la interpretación de ellos, las palabras del apóstol —"Y cuando todas las cosas le hayan sido sujetadas, entonces también el Hijo mismo se sujetará a aquel que le sujetó todas las cosas"— parecen indicar que quien ahora no está sujeto al Padre quedará sujeto a él cuando el Padre le haya sujetado primero todas las cosas. Pero me sorprende que pueda entenderse que aquel que, mientras todavía no le han sido sujetadas todas las cosas, no está él mismo sujeto, haya de quedar sujeto precisamente cuando todas las cosas le hayan sido sujetadas, cuando se haya convertido en rey de todos los hombres y ejerza su dominio sobre todo, siendo así que antes no estaba sujeto. Quienes tal cosa sostienen no comprenden que la sujeción de Cristo al Padre indica que nuestra dicha ha llegado a su perfección y que la obra emprendida por él ha alcanzado un término victorioso, pues no solo ha purificado la potestad del gobierno supremo sobre toda la creación, sino que presenta al Padre los principios de obediencia y sujeción del género humano en una condición corregida y mejorada. Si, pues, se considera buena y saludable aquella sujeción por la cual se dice que el Hijo está sujeto al Padre, es sumamente razonable y lógico deducir que también la sujeción de los enemigos al Hijo de Dios ha de entenderse como saludable y provechosa. Pues, así como al decirse que el Hijo está sujeto al Padre se significa la restauración perfecta de toda la creación, al decirse que los enemigos son sujetados al Hijo de Dios debe entenderse que en ello consisten la salvación de los vencidos y la restauración de los perdidos.

    III, 5, 8

    8. Esta sujeción, sin embargo, se llevará a cabo de ciertas maneras, después de cierta formación y en determinados momentos; pues no debe imaginarse que se producirá por la presión de la necesidad —no sea que parezca que el mundo entero queda entonces sometido a Dios por la fuerza—, sino mediante la palabra, la razón y la enseñanza; mediante una invitación a seguir un camino mejor, mediante los mejores métodos de formación y también mediante el empleo de amenazas convenientes y apropiadas, que con justicia pesarán sobre quienes desdeñan toda atención y todo cuidado de su salvación y de su propio bien. En suma, también nosotros, los hombres, al educar a nuestros siervos o a nuestros hijos, los contenemos con amenazas y temor mientras, por su corta edad, son incapaces de usar la razón; pero, cuando comienzan a comprender lo que es bueno, provechoso y honroso, cesa el temor al azote y aceptan, persuadidos por las palabras y la razón, cuanto es bueno. Ahora bien, cómo debe guiarse a cada uno sin menoscabo de la libertad de la voluntad de todas las criaturas racionales; es decir, quiénes son aquellos a quienes la Palabra de Dios encuentra e instruye como si ya estuvieran preparados y fueran capaces de recibirla; quiénes aquellos a quienes reserva para más adelante; quiénes aquellos a quienes se oculta por completo y que se hallan tan lejos que no pueden oírla; quiénes, a su vez, los que desprecian la Palabra de Dios cuando se les da a conocer y se les predica, y son conducidos a la salvación mediante cierta corrección y castigo, de modo que, en alguna medida, se les requiere y arranca su conversión; quiénes aquellos a quienes se ofrecen determinadas oportunidades de salvación, hasta el punto de que a veces, probada su fe con una sola respuesta, han obtenido sin duda la salvación; por qué causas o en qué ocasiones se producen estos resultados, qué ve en su interior la sabiduría divina o qué movimientos de su voluntad llevan a Dios a disponer así todas estas cosas, solo lo saben él, su Hijo unigénito, por quien todas las cosas fueron creadas y restauradas, y el Espíritu Santo, por quien todas las cosas son santificadas y que procede del Padre. A él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

    Capítulo 6. Sobre el fin del mundo

    III, 6, 1

    1. Ahora, en cuanto al fin del mundo y la consumación de todas las cosas, hemos expuesto en las páginas anteriores, en la medida de nuestras posibilidades y hasta donde nos lo permitió la autoridad de la Sagrada Escritura, lo que juzgamos suficiente para la instrucción; aquí solo añadiremos algunas observaciones a modo de advertencia, puesto que el curso de nuestra investigación nos ha traído de nuevo a este asunto. El sumo bien, pues, cuya consecución busca toda naturaleza racional y al que también se llama el fin de todos los bienes, es definido por muchos filósofos del siguiente modo: el sumo bien, dicen, consiste en llegar a ser lo más semejante posible a Dios. Pero considero esta definición no tanto un descubrimiento suyo cuanto una idea tomada de la Sagrada Escritura. Pues Moisés la señala antes que todos los demás filósofos cuando describe la primera creación del hombre con estas palabras: "Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y conforme a nuestra semejanza"; y luego añade: "Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó, y los bendijo". Ahora bien, la expresión "A imagen de Dios lo creó", sin mención alguna de la palabra "semejanza", no significa sino que el hombre recibió en su primera creación la dignidad de la imagen de Dios, pero que la perfección de su semejanza quedó reservada para la consumación; es decir, que habría de adquirirla por sí mismo mediante su propia diligencia en la imitación de Dios, pues al principio se le concedió, con la dignidad de la imagen divina, la posibilidad de alcanzar la perfección, mientras que la plena realización de la semejanza divina se alcanzaría al final mediante el cumplimiento de las obras necesarias. Que así es, lo señala el apóstol Juan con mayor claridad y sin lugar a dudas cuando declara: "Hijitos, aún no sabemos lo que seremos; pero, si el Salvador se nos revela, diréis sin ninguna duda que seremos semejantes a Él". Con esta expresión indica con toda certeza no solo que cabía esperar el fin de todas las cosas, que, según dice, todavía desconocía, sino también la semejanza con Dios, que se concederá en proporción a la plenitud de nuestros méritos. El Señor mismo, en el Evangelio, no solo declara que estos resultados son futuros, sino que habrán de realizarse por su propia intercesión, pues Él mismo se digna obtenerlos del Padre para sus discípulos cuando dice: "Padre, quiero que estos estén conmigo donde yo estoy; y que, así como tú y yo somos uno, también ellos sean uno en nosotros". En estas palabras la propia semejanza divina parece ya avanzar, si se nos permite expresarlo así, y pasar de la mera semejanza a la identidad, pues sin duda, en la consumación o fin, Dios es todo en todos. Y con respecto a esto, algunos plantean si la naturaleza de la materia corporal, aun después de haber sido limpiada y purificada y hecha enteramente espiritual, no parece oponer un obstáculo, bien a la consecución de la dignidad de la semejanza divina, bien a la propiedad de la unidad; pues ni una naturaleza corporal puede parecer capaz de semejanza alguna con una naturaleza divina, que es ciertamente incorpórea, ni puede llamarse verdadera y propiamente una con ella, sobre todo porque las verdades de nuestra religión nos enseñan que aquello que, por sí solo, es uno —a saber, el Hijo con el Padre— debe atribuirse a una peculiaridad de la naturaleza divina.

    III, 6, 2

    2. Puesto que se promete, pues, que al final Dios será todo en todos, no debemos suponer, como es razonable, que los animales, sean ovejas u otros ganados, alcancen ese fin, no vaya a implicarse que Dios habita incluso en los animales; y lo mismo cabe decir de los trozos de madera o las piedras, para que no se afirme que Dios está también en ellos. Tampoco debe suponerse que nada malvado alcance ese fin, no sea que, al decirse que Dios está en todas las cosas, se diga también que está en un vaso de maldad. Pues, aunque ahora afirmamos que Dios está en todas partes y en todas las cosas, porque nada puede estar vacío de Dios, no decimos por ello que Él sea ahora todas las cosas en aquellos en quienes está. De ahí que debamos examinar con más cuidado qué significa esa perfección de la bienaventuranza y ese fin de las cosas, del que se dice no solo que Dios estará en todas las cosas, sino que será todo en todos. Indaguemos, pues, cuáles son todas esas cosas que Dios ha de llegar a ser en todos.

    III, 6, 3

    3. Soy de la opinión de que la expresión según la cual Dios será todo en todos significa que será todo en cada uno. Y será todo en cada uno de este modo: cuando todo cuanto un entendimiento racional, limpio de los posos de toda clase de vicios y libre por completo de toda nube de maldad, pueda sentir, comprender o pensar sea enteramente Dios; cuando ya no contemple ni retenga nada que no sea Dios, sino que Dios sea la medida y la norma de todos sus movimientos. Así Dios será todo, pues ya no habrá distinción entre el bien y el mal, dado que el mal no existirá en parte alguna; porque Dios lo es todo y ningún mal se acerca a Él. Tampoco deseará ya comer del árbol del conocimiento del bien y del mal quien posee siempre el bien y para quien Dios es todo. Por tanto, cuando el fin haya sido restituido al principio y se compare el término de las cosas con su comienzo, se restablecerá aquella condición en que se hallaba la naturaleza racional cuando no necesitaba comer del árbol del conocimiento del bien y del mal; de modo que, eliminado todo sentimiento de maldad y purificado y limpio cada individuo, Aquel que es el único Dios bueno llega a ser todo para él. Y esto no sucederá solo en unos pocos individuos, ni siquiera en un gran número de ellos, sino que Él mismo será todo en todos. Y cuando ya no exista en parte alguna la muerte, ni el aguijón de la muerte, ni mal alguno, entonces Dios será verdaderamente todo en todos. Pero algunos opinan que esa perfección y bienaventuranza de las criaturas racionales, o naturalezas racionales, solo puede permanecer en la condición de la que hemos hablado —esto es, que todas posean a Dios y que Dios sea todo para ellas— si su unión con una naturaleza corporal no se lo impide en modo alguno. De lo contrario, piensan que la mezcla con cualquier sustancia material estorba la gloria de la más alta bienaventuranza. Pero ya hemos tratado este asunto más extensamente, como puede verse en las páginas anteriores.

    III, 6, 4

    4. Y ahora, puesto que encontramos que el apóstol menciona un cuerpo espiritual, indaguemos, en la medida de nuestras posibilidades, qué idea debemos formarnos de él. Hasta donde nuestro entendimiento alcanza, consideramos que un cuerpo espiritual es de tal naturaleza que puede servir de morada no solo a todas las almas santas y perfectas, sino también a todas aquellas criaturas que serán liberadas de la esclavitud de la corrupción. Acerca del cuerpo ha dicho también el apóstol: "Tenemos una morada no hecha por manos humanas, eterna en los cielos", es decir, en las moradas de los bienaventurados. Y a partir de esta afirmación podemos conjeturar cuán puras, cuán sutiles y cuán gloriosas son las cualidades de ese cuerpo, si lo comparamos con aquellos otros que, aunque son cuerpos celestes y poseen un esplendor brillantísimo, fueron, sin embargo, hechos por manos y son visibles a nuestros ojos. De aquel cuerpo, en cambio, se dice que es una morada no hecha por manos humanas, sino eterna en los cielos. Puesto que las cosas que se ven son temporales, mientras que las que no se ven son eternas, aquel cuerpo que no es visible ni está hecho por manos, sino que es eterno, supera con mucho en gloria a todos los cuerpos que vemos en la tierra o en el cielo, que pueden verse y han sido hechos por manos, pero no son eternos. De esta comparación cabe concebir cuán grandes son la hermosura, el esplendor y el brillo de un cuerpo espiritual, y cuán cierto es que "ni ojo vio, ni oído oyó, ni entró en corazón de hombre lo que Dios ha preparado para quienes lo aman". No debemos dudar, sin embargo, de que la naturaleza de este cuerpo nuestro actual pueda, por voluntad de Dios, que lo hizo tal como es, ser elevada a aquellas cualidades de sutileza, pureza y esplendor propias del cuerpo aludido, según lo exijan la condición de las cosas y los méritos de nuestra naturaleza racional. En efecto, cuando el mundo requirió variedad y diversidad, la materia se prestó con plena docilidad al Creador, su Señor y Hacedor, para adoptar las diversas apariencias y especies de las cosas, a fin de que Él sacara de ella las distintas formas de los seres celestes y terrestres. Pero cuando las cosas hayan comenzado a encaminarse hacia aquella consumación en que todos sean uno, como el Padre es uno con el Hijo, puede inferirse razonablemente que, allí donde todos sean uno, ya no habrá diversidad.

    III, 6, 5

    5. Además, se dice que el último enemigo, llamado muerte, será destruido para que, cuando la muerte ya no exista, no quede nada que cause duelo ni, cuando ya no haya enemigo, nada adverso. La destrucción del último enemigo no ha de entenderse como si debiera perecer su sustancia, formada por Dios, sino en el sentido de que serán destruidos su pensamiento y su voluntad hostil, que no proceden de Dios, sino de él mismo. Su destrucción, por tanto, no consistirá en dejar de existir, sino en dejar de ser enemigo y muerte. Pues nada es imposible para el Omnipotente, ni hay nada que su Creador no pueda restaurar: Él hizo todas las cosas para que existieran, y las que fueron hechas para existir no pueden dejar de ser. Por eso también admitirán cambios y variaciones, de modo que sean situadas, según sus méritos, en una condición mejor o peor; pero ninguna destrucción de su sustancia puede sobrevenir a las cosas que Dios creó para que existieran permanentemente. Pues ni la naturaleza de nuestra fe ni la verdad nos permiten suponer que sean destruidas las cosas que, según la opinión común, se cree que perecen. Así, los ignorantes y los incrédulos suponen que nuestra carne queda destruida tras la muerte hasta el punto de no conservar vestigio alguno de su antigua sustancia. Nosotros, en cambio, que creemos en su resurrección, entendemos que la muerte solo produce un cambio, pero que su sustancia permanece ciertamente; y que, por voluntad de su Creador y en el tiempo señalado, será restituida a la vida. Entonces experimentará un segundo cambio, de modo que lo que al principio fue carne formada del suelo terrestre, después se disolvió por la muerte y volvió a quedar reducido a polvo y ceniza —pues se dice: "Polvo eres y al polvo volverás"—, resucitará de nuevo de la tierra y, después de esto, según los méritos del alma que habite en ello, avanzará hacia la gloria de un cuerpo espiritual.

    III, 6, 6

    6. Hemos de suponer, pues, que toda esta sustancia corporal nuestra será llevada a tal condición cuando todas las cosas sean restablecidas en la unidad y Dios sea todo en todos. Y debemos entender que esto no sucederá de repente, sino lenta y gradualmente, ya que la enmienda y la corrección se producirán imperceptiblemente en cada caso a lo largo de eras incontables e inconmensurables: unos se adelantarán a otros y tenderán hacia la perfección con paso más rápido; otros los seguirán de cerca, y otros quedarán mucho más atrás. Así, a través de las numerosas e incontables categorías de seres que progresan y pasan de la enemistad a la reconciliación con Dios, se llega finalmente al último enemigo, llamado muerte, para que también él sea destruido y deje de ser enemigo. Por tanto, cuando todas las almas racionales hayan sido restituidas a una condición semejante, la naturaleza de este cuerpo nuestro se transformará en la gloria de un cuerpo espiritual. Pues, así como no observamos que, entre las naturalezas racionales, unas hayan vivido en una condición degradada a causa de sus pecados y otras, distintas de ellas, hayan sido llamadas a la felicidad por sus méritos, sino que vemos a esas mismas almas que antes habían sido pecadoras alcanzar, tras su conversión y reconciliación con Dios, un estado de felicidad con la ayuda recibida; así también debemos considerar, con respecto a la naturaleza del cuerpo, que este del que ahora nos servimos en un estado de bajeza, corrupción y debilidad no es distinto del que poseeremos en incorrupción, potestad y gloria. Es el mismo cuerpo el que, una vez despojado de las debilidades en que ahora se halla envuelto, será transformado en una condición gloriosa y hecho espiritual, de modo que lo que era un vaso para deshonra pueda, una vez purificado, llegar a ser un vaso para honra y una morada de bienaventuranza. Hemos de creer también que, en esa condición, permanecerá para siempre sin cambio alguno por voluntad del Creador, como confirma la declaración del apóstol cuando dice: "Tenemos una morada no hecha por manos humanas, eterna en los cielos". Pues la fe de la Iglesia no admite la opinión de ciertos filósofos griegos según la cual, además del cuerpo compuesto de cuatro elementos, existe otro, un quinto cuerpo, distinto en todas sus partes y diferente de este cuerpo nuestro actual: nadie puede aportar de la Sagrada Escritura el menor indicio en favor de tal opinión, ni inferencia racional alguna permite aceptarla, sobre todo cuando el santo apóstol declara manifiestamente que a quienes resucitan de entre los muertos no se les dan cuerpos nuevos, sino que reciben aquellos mismos que poseían en vida, transformados de una condición inferior en otra mejor. Estas son sus palabras: "Se siembra un cuerpo animal, resucitará un cuerpo espiritual; se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción; se siembra en debilidad, resucitará en potestad; se siembra en deshonra, resucitará en gloria". Así como hay, por tanto, una forma de progreso en el hombre, de suerte que, siendo al principio un ser animal que no comprende lo que pertenece al Espíritu de Dios, llega mediante la instrucción a hacerse espiritual y a juzgar todas las cosas sin ser él juzgado por nadie; así también, con respecto a la condición del cuerpo, debemos sostener que este mismo cuerpo, al que ahora se llama animal por el servicio que presta al alma, alcanzará mediante cierto progreso una condición y una cualidad espirituales cuando el alma, unida a Dios, se haya hecho un solo espíritu con Él, mientras el cuerpo siga sirviendo, por así decirlo, al espíritu. Tanto más cuanto que, como hemos señalado a menudo, el Creador formó la naturaleza corporal de modo que pudiera pasar fácilmente a cualquier condición que Él quisiera o que la índole del caso exigiera.

    III, 6, 7

    7. Todo este razonamiento, pues, se resume así: Dios creó dos naturalezas generales, una visible, esto es, corporal, y otra invisible, que es incorpórea. Estas dos naturalezas admiten dos clases distintas de cambio. La naturaleza invisible y racional cambia en su pensamiento y en sus propósitos porque está dotada de libertad de la voluntad; por ello, unas veces se entrega a la práctica del bien y otras, a la de su contrario. La naturaleza corporal, en cambio, admite cambios en su sustancia; por eso Dios, que dispone todas las cosas, tiene a su disposición el servicio de esta materia para modelar, fabricar o rehacer cuanto quiera, de manera que la naturaleza corporal puede transmutarse y transformarse en cualesquiera formas o especies según lo exijan los méritos de las cosas. A esto se refiere evidentemente el profeta cuando dice: "Dios es quien hace y transforma todas las cosas".

    III, 6, 8

    8. Y ahora debemos investigar si, cuando Dios sea todo en todos, la naturaleza corporal entera consistirá, en la consumación de todas las cosas, en una sola especie, y si la única cualidad del cuerpo será la que resplandezca en la gloria indescriptible que ha de corresponder al cuerpo espiritual. Pues, si entendemos bien el asunto, eso es lo que afirma Moisés al comienzo de su libro cuando dice: "En el principio creó Dios los cielos y la tierra". Ese es el comienzo de toda la creación: a ese comienzo han de volver el fin y la consumación de todas las cosas, es decir, para que aquellos cielos y aquella tierra sean la morada y el lugar de descanso de los piadosos, de modo que todos los santos y los mansos reciban primero una herencia en esa tierra, pues tal es la enseñanza de la ley, de los profetas y del Evangelio. Creo que en esa tierra existen las formas verdaderas y vivas del culto que Moisés transmitió bajo la sombra de la ley; de quienes estaban sujetos a la ley se dice que "sirven a la figura y sombra de las cosas celestiales". También al propio Moisés se le dio esta orden: "Mira que los hagas según la forma y el modelo que se te mostraron en el monte". De ello me parece desprenderse que, así como en esta tierra la ley fue una especie de maestro para quienes habían de ser conducidos por ella a Cristo, a fin de que, instruidos y formados por la ley, pudieran recibir con mayor facilidad, tras esa formación, los principios más perfectos de Cristo, así también otra tierra, que acoge a todos los santos, puede primero impregnarlos y formarlos mediante las instituciones de la ley verdadera y eterna, para que alcancen más fácilmente aquellas instituciones perfectas del cielo a las que nada puede añadirse. Allí existirá, en verdad, aquel Evangelio llamado eterno y aquel Testamento siempre nuevo, que nunca envejecerá.

    III, 6, 9

    9. Así pues, hemos de suponer que, en la consumación y restauración de todas las cosas, quienes avancen gradualmente y asciendan en su perfeccionamiento llegarán, en la medida y el orden debidos, a esa tierra y a la formación que en ella se imparte, donde podrán prepararse para aquellas instituciones mejores a las que nada puede añadirse. Pues, después de sus agentes y servidores, el Señor Cristo, Rey de todos, asumirá Él mismo el reino; es decir, después de la instrucción en las santas virtudes, Él mismo instruirá, en cuanto Sabiduría, a quienes sean capaces de recibirlo, y reinará en ellos hasta que los haya sometido al Padre, que ha sometido a sí todas las cosas; esto es, hasta que, hechos capaces de recibir a Dios, Dios sea para ellos todo en todos. Entonces, como consecuencia necesaria, la naturaleza corporal alcanzará aquella condición suprema a la que nada más puede añadirse. Habiendo tratado hasta aquí de la cualidad de la naturaleza corporal, o del cuerpo espiritual, dejamos al lector la elección de lo que considere más acertado. Y con esto podemos dar por concluido el libro tercero.
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