Resumen doctrinal acerca del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y de los demás temas tratados en las páginas precedentes
IV, 28
28. Es hora ya, tras el rápido examen que en la medida de nuestras posibilidades hemos dedicado a los temas tratados, de recapitular, a modo de síntesis de lo dicho en diversos lugares, cada uno de los puntos y, ante todo, de exponer de nuevo nuestras conclusiones acerca del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Puesto que Dios Padre es invisible e inseparable del Hijo, el Hijo no es engendrado por Él mediante prolación, como algunos suponen. Pues si el Hijo fuera una prolación del Padre —entendiendo por "prolación" una generación como la que suele darse entre los animales o entre los hombres—, necesariamente serían corporales tanto quien lo prolató como quien fue prolatado. Nosotros no decimos, como suponen los herejes, que una parte de la sustancia de Dios se convirtiera en el Hijo, ni que el Padre engendrara al Hijo a partir de cosas inexistentes, es decir, de algo ajeno a su propia sustancia, de modo que hubiera habido un tiempo en que no existiera; antes bien, apartando toda concepción corporal, decimos que la Palabra y la Sabiduría fueron engendradas por el invisible e incorpóreo sin intervención corporal alguna, como si se tratara de un acto de voluntad procedente del entendimiento. Y, dado que se le llama el Hijo de su amor, tampoco parecerá absurdo llamarlo de este modo el Hijo de su voluntad. Más aún, Juan indica también que Dios es Luz, y Pablo declara asimismo que el Hijo es el resplandor de la luz eterna. Así pues, como la luz jamás podría existir sin resplandor, tampoco puede concebirse que el Hijo exista sin el Padre, pues se le llama impronta de su ser, y Palabra y Sabiduría. ¿Cómo puede afirmarse, entonces, que hubo un tiempo en que no era el Hijo? Eso no es sino decir que hubo un tiempo en que no era la Verdad, ni la Sabiduría, ni la Vida, aunque en todas ellas se reconoce la esencia perfecta de Dios Padre; pues estas no pueden arrancarse de Él, ni siquiera separarse de su esencia. Y aunque en el entendimiento se hable de estas cualidades como si fueran muchas, en su naturaleza y esencia son una sola cosa, y en ellas reside la plenitud de la divinidad. Ahora bien, la expresión que empleamos —"nunca hubo un tiempo en que no existiera"— debe entenderse con cierta salvedad. Pues las propias palabras "hubo" y "nunca" tienen un sentido relativo al tiempo, mientras que las afirmaciones acerca del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo han de entenderse como trascendentes a todo tiempo, a todas las eras y a toda eternidad. Solo la Trinidad excede la comprensión no ya de la inteligencia temporal, sino aun de la eterna; las demás cosas, que no están comprendidas en ella, han de medirse por tiempos y eras. Por tanto, nadie supondrá lógicamente que este Hijo de Dios, en cuanto Palabra que era Dios y que estaba en el principio con Dios, esté contenido en lugar alguno; ni tampoco en cuanto Sabiduría, Verdad, Vida, Justicia, Santificación o Redención. Ninguna de estas propiedades requiere espacio para actuar u obrar, sino que cada una ha de entenderse con referencia a quienes participan de su virtud y de su acción.
IV, 29
29. Ahora bien, si alguien dijera que, por estar en quienes participan de la Palabra de Dios, o de su Sabiduría, de su Verdad o de su Vida, la Palabra y la Sabiduría mismas parecen estar contenidas en un lugar, habríamos de responderle que no cabe duda de que Cristo, en cuanto Palabra o Sabiduría o cualquiera de las demás cosas, estaba en Pablo, y que por eso este dijo: "¿Buscáis una prueba de que Cristo habla en mí?"; y también: "Vivo, pero no yo, sino que Cristo vive en mí". Puesto que estaba en Pablo, ¿quién dudará de que estaba del mismo modo en Pedro, en Juan y en cada uno de los santos, y no solo en los que están en la tierra, sino también en los que están en el cielo? Pues sería absurdo decir que Cristo estaba en Pedro y en Pablo, pero no en el arcángel Miguel ni en Gabriel. De ello se muestra claramente que la divinidad del Hijo de Dios no estaba encerrada en algún lugar; de otro modo, habría estado solo allí y no en otro sitio. Pero, puesto que, conforme a la majestad de su naturaleza incorpórea, no está circunscrita por lugar alguno, tampoco puede entenderse que falte en ninguno. Ha de entenderse, sin embargo, una sola diferencia: aunque está en distintas personas, como hemos dicho —en Pedro, Pablo, Miguel o Gabriel—, no está de igual manera en todos los seres sin excepción. Pues está de modo más pleno y claro y, por así decirlo, más manifiesto en los arcángeles que en los demás hombres santos. Así se desprende de la afirmación de que, cuando todos los santos hayan alcanzado la cumbre de la perfección, serán semejantes o iguales a los ángeles, conforme a lo declarado en los Evangelios. De donde resulta claro que Cristo está en cada uno en el grado que permiten sus méritos.
IV, 30
30. Expuestos de nuevo, brevemente, estos puntos acerca de la naturaleza de la Trinidad, de ello se sigue que atendamos asimismo, en pocas palabras, a esta afirmación: que por el Hijo fueron creadas todas las cosas que hay en los cielos y en la tierra, visibles e invisibles, ya sean tronos, dominaciones, principados o potestades; todo fue creado por Él y para Él; y Él es anterior a todo, y todas las cosas subsisten por Él, que es la Cabeza. En consonancia con ello, Juan dice también en su Evangelio: "Todas las cosas fueron creadas por Él, y sin Él nada fue hecho". Y David, dando a entender que el misterio de toda la Trinidad intervino en la creación de todas las cosas, dice: "Por la Palabra del Señor fueron hechos los cielos, y todo su ejército por el Espíritu de su boca".
Tras estos puntos conviene recordar al lector la venida corporal y la encarnación del Hijo unigénito de Dios. Con respecto a Él, no hemos de suponer que toda la majestad de su divinidad estuviera confinada dentro de los límites de su pequeño cuerpo, como si toda la Palabra de Dios, su Sabiduría, la Verdad esencial y la Vida se hubieran separado del Padre, o hubieran quedado restringidas y encerradas en la estrechez de su persona corporal, sin obrar en ninguna otra parte. Antes bien, el prudente reconocimiento del hombre religioso debe situarse entre ambos extremos: no ha de creerse que faltara en Cristo nada de la divinidad, ni que se produjera separación alguna de la esencia del Padre, que está en todas partes. Algo semejante parece indicar Juan el Bautista cuando dijo a la multitud, estando Jesús corporalmente ausente: "En medio de vosotros está uno a quien no conocéis: es el que viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias". Pues ciertamente no podría decirse de quien estaba ausente en cuanto a su presencia corporal que se hallaba en medio de aquellos entre quienes el Hijo de Dios no estaba corporalmente presente.
IV, 31
31. No suponga nadie, sin embargo, que con esto afirmamos que una parte de la divinidad del Hijo de Dios estaba en Cristo y que el resto se encontraba en otra parte o en todas partes, opinión que podrían sostener quienes desconocen la naturaleza de una esencia incorpórea e invisible. Pues es imposible hablar de partes de un ser incorpóreo o establecer división alguna entre ellas; antes bien, Él está en todas las cosas, por medio de todas las cosas y por encima de todas las cosas, del modo que antes hemos expuesto, es decir, en cuanto se le entiende como Sabiduría, Palabra, Vida o Verdad; esta manera de entenderlo excluye, sin duda, todo confinamiento espacial. Por tanto, el Hijo de Dios, deseando aparecer a los hombres y habitar entre ellos para la salvación del género humano, asumió no solo un cuerpo humano, como algunos suponen, sino también un alma semejante a las nuestras por naturaleza, pero semejante a Él mismo en voluntad y potestad, capaz de cumplir indefectiblemente todos los deseos y designios de la Palabra y de la Sabiduría. Que tenía un alma lo muestra clarísimamente el Salvador en los Evangelios cuando dice: "Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego por mí mismo. Tengo potestad para entregarla y tengo potestad para recobrarla". Y también: "Mi alma está triste hasta la muerte". Y asimismo: "Ahora está turbada mi alma". Pues no ha de entenderse que la Palabra de Dios sea un alma triste y turbada, ya que dice con la autoridad de la divinidad: "Tengo potestad para entregar mi vida". Tampoco afirmamos que el Hijo de Dios estuviera en esa alma como estaba en el alma de Pablo, de Pedro y de los demás santos, en quienes se cree que Cristo habla, como lo hace en Pablo. Con respecto a todos estos, en cambio, hemos de atenernos a lo que declara la Escritura: "Nadie está limpio de impureza, ni siquiera si su vida durara un solo día". Pero el alma que estaba en Jesús eligió el bien antes de conocer el mal; y porque amó la justicia y odió la iniquidad, Dios lo ungió con el óleo de alegría por encima de sus compañeros. Es ungido, pues, con el óleo de alegría al unirse a la Palabra de Dios en una unión sin mancha; y por este medio, ella sola entre todas las almas fue incapaz de pecar, porque era capaz de acoger plena y adecuadamente al Hijo de Dios. Por eso también es una con Él, recibe sus títulos y es llamada Jesucristo, por quien se dice que fueron hechas todas las cosas. Acerca de esta alma, puesto que había recibido en sí toda la sabiduría de Dios, la Verdad y la Vida, pienso que el apóstol dijo también lo siguiente: "Nuestra vida está escondida con Cristo en Dios; pero cuando aparezca Cristo, que es nuestra vida, entonces también nosotros apareceremos con él en la gloria". Pues ¿qué otro Cristo puede entenderse aquí, de quien se dice que está escondido en Dios y que después aparecerá, sino aquel de quien se cuenta que fue ungido con el óleo de alegría, es decir, que fue llenado esencialmente de Dios, en quien ahora se dice que está escondido? Por eso se propone a Cristo como ejemplo a todos los creyentes: así como Él, siempre, incluso antes de conocer en absoluto el mal, eligió el bien, amó la justicia y odió la iniquidad, y por ello Dios lo ungió con el óleo de alegría, así también cada uno, tras una caída o un pecado, debe limpiarse de sus manchas, tomándolo como ejemplo y guía de su camino, y emprender la ardua senda de la virtud, para que así, quizá, en la medida de lo posible, al imitarlo lleguemos a ser partícipes de la naturaleza divina, conforme a las palabras de la Escritura: "Quien dice que cree en Cristo debe andar como anduvo Él".
Esta Palabra, pues, y esta Sabiduría, por cuya imitación se dice que llegamos a ser sabios o seres racionales, se hace todo para todos a fin de ganarlos a todos; y porque se hizo débil, se dice de Él: "Aunque fue crucificado en la debilidad, vive por la potestad de Dios". Por último, Pablo declara a los corintios, que eran débiles, que no quiso saber nada sino a Jesucristo, y a este crucificado.
IV, 32
32. Algunos, ciertamente, querrían aplicar al alma misma, en cuanto asumió la carne de María, las siguientes palabras del apóstol: "Quien, siendo en forma de Dios, no consideró un robo ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo de su gloria y tomó la condición de siervo"; pues Él, sin duda, la restituyó a la forma de Dios mediante mejores ejemplos y enseñanzas, y la hizo volver a aquella plenitud de la que se había despojado.
Así como por la participación en el Hijo de Dios uno es adoptado como hijo, y por la participación en la Sabiduría que está en Dios se hace sabio, también por la participación en el Espíritu Santo el hombre se hace santo y espiritual. Pues participar en el Espíritu Santo, que es el Espíritu del Padre y del Hijo, es una sola y misma cosa, ya que la naturaleza de la Trinidad es una e incorpórea. Y lo que hemos dicho acerca de la participación del alma ha de entenderse tanto de los ángeles y las potestades celestiales como de las almas, porque toda criatura racional necesita participar en la Trinidad.
También acerca de la disposición de este mundo visible —puesto que una de las cuestiones más importantes que suelen plantearse concierne al modo de su existencia— hemos hablado en las páginas precedentes en la medida de nuestras posibilidades, tanto por aquellos que acostumbran buscar los fundamentos de su fe en nuestra religión como por quienes suscitan contra nosotros cuestiones heréticas y suelen hacer circular la palabra "materia", que aún no han logrado comprender. Sobre este asunto juzgo necesario recordar ahora brevemente al lector lo dicho.
IV, 33
33. En primer lugar, ha de señalarse que hasta el presente no hemos encontrado en ninguna parte de las Escrituras canónicas la palabra "materia" empleada para designar la sustancia que se dice subyacente a los cuerpos. Pues en la expresión de Isaías: "Y devorará la ὕλη, es decir, la materia, como heno", al hablar de quienes estaban destinados a sufrir sus castigos, la palabra "materia" se empleó en lugar de "pecados". Y si esta palabra apareciera en algún otro pasaje, en mi opinión nunca se hallará con el significado que ahora buscamos, salvo quizá en el libro llamado Sabiduría de Salomón, obra a la que ciertamente no todos reconocen autoridad. En ese libro, sin embargo, encontramos escrito: "Pues a tu mano omnipotente, que hizo el mundo a partir de materia informe, no le faltaban medios para enviar contra ellos multitud de osos y leones feroces". Muchos, ciertamente, opinan que la materia de la cual están hechas las cosas es lo que se designa con las palabras empleadas por Moisés al comienzo del Génesis: "En el principio hizo Dios el cielo y la tierra; y la tierra era invisible y carecía de orden"; pues con las palabras "invisible" y "carente de orden", Moisés no parecería referirse a otra cosa que a la materia informe. Pero si esta es verdaderamente materia, resulta claro que los elementos originarios de los cuerpos no son incapaces de cambio. Pues quienes postularon los átomos —ya fueran partículas indivisibles o partículas divisibles en partes iguales—, o un solo elemento como principio de las cosas corporales, no podían incluir propiamente la materia entre los primeros principios de las cosas. Porque, si sostienen que bajo todo cuerpo subyace una materia —una sustancia convertible o mudable, o divisible en todas sus partes—, no afirmarán, como correspondería, que existe sin cualidades. Y en esto estamos de acuerdo con ellos, pues negamos por completo que deba hablarse de la materia como ingénita o increada, conforme a nuestras afirmaciones anteriores, cuando señalamos que del agua, de la tierra y del aire o del calor producen distintas clases de árboles distintas clases de frutos; o cuando mostramos que el fuego, el aire, el agua y la tierra se transforman alternativamente unos en otros, y que un elemento se resuelve en otro por una especie de parentesco mutuo; y también cuando probamos que del alimento de los hombres o de los animales procede la sustancia de la carne, o que la humedad de la semilla natural se transforma en carne sólida y huesos. Todo ello demuestra que la sustancia del cuerpo es mudable y puede pasar de una cualidad a todas las demás.
IV, 34
34. No obstante, no debemos olvidar que una sustancia jamás existe sin una cualidad, y que solo mediante un acto del entendimiento se descubre como materia aquello que subyace a los cuerpos y es capaz de recibir cualidades. Algunos, en su deseo de investigar estas cuestiones más profundamente, se han atrevido incluso a afirmar que la naturaleza corporal no es otra cosa que cualidades. Pues si la dureza y la blandura, el calor y el frío, la humedad y la sequedad son cualidades, y si al suprimir estas u otras semejantes no se concibe que permanezca nada más, entonces todas las cosas parecerán ser cualidades. Por ello, quienes hacen tales afirmaciones han procurado sostener que, puesto que todos los que dicen que la materia es increada admitirán que las cualidades fueron creadas por Dios, de este modo podría mostrarse que, incluso según ellos, la materia no era increada; pues las cualidades constituyen todas las cosas, y todos declaran sin contradicción que estas fueron hechas por Dios. Quienes, por el contrario, pretenden demostrar que las cualidades se superponen desde fuera a cierta materia subyacente se valen de ejemplos como este: Pablo, sin duda, o calla o habla, o está despierto o duerme, o mantiene determinada postura corporal, pues está sentado, de pie o acostado. Estos son accidentes propios de los hombres, sin los cuales casi nunca se los encuentra. Y, sin embargo, nuestro concepto del hombre no incluye ninguna de estas cosas en su definición; antes bien, lo entendemos y consideramos a través de ellas sin tomar en cuenta, al definirlo, la razón de su estado particular, ya esté despierto, dormido, hablando, callado o realizando cualquier otra acción que necesariamente les acontece a los hombres. Si alguien, pues, puede concebir a Pablo sin todas esas cosas que pueden acontecerle, podrá del mismo modo concebir sin cualidades esta sustancia subyacente. Cuando, por tanto, nuestra mente aparta todas las cualidades de su concepción y contempla, por así decirlo, únicamente el elemento subyacente, concentrando en él toda su atención sin referencia alguna a la blandura o la dureza, al calor o el frío, a la humedad o la sequedad de la sustancia, entonces, mediante este procedimiento de pensamiento en cierto modo figurado, le parecerá contemplar la materia libre de toda clase de cualidades.
IV, 35
35. Pero quizá alguien pregunte si podemos hallar en la Escritura algún fundamento para entender así la cuestión. Creo que una idea semejante se indica en los Salmos cuando el profeta dice: "Mis ojos han visto tu imperfección". Con ello, la mente del profeta, al examinar con mirada más penetrante los primeros principios de las cosas y separar la materia de sus cualidades solo en el pensamiento y la imaginación, percibió la imperfección de Dios, que ciertamente se entiende como algo que alcanza su perfección al añadírsele cualidades. También Enoc, en su libro, dice así: "He avanzado hasta la imperfección". Considero que esta expresión puede entenderse de manera semejante, a saber: que la mente del profeta prosiguió su examen e investigación de todas las cosas visibles hasta llegar a aquel primer comienzo en el que contempló la materia imperfecta, existente sin cualidades. Pues en el mismo Libro de Enoc está escrito: "Contemplé la totalidad de la materia"; lo cual se entiende como si hubiera dicho: "He visto claramente todas las divisiones de la materia que, a partir de una sola, se distribuye entre cada una de las especies de hombres o animales, o en el cielo, el sol y todas las demás cosas de este mundo". Después de estos puntos, en las páginas precedentes demostramos, en la medida de nuestras fuerzas, que todas las cosas existentes fueron hechas por Dios y que no hay nada que no haya sido hecho, salvo la naturaleza del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; y que Dios, bueno por naturaleza, deseoso de tener seres a quienes conferir sus beneficios y que pudieran alegrarse al recibirlos, creó criaturas dignas de ello, es decir, capaces de recibirlo dignamente, de las que Él dice también que son engendradas por Él como hijos suyos. Hizo, además, todas las cosas con número y medida. Pues ante Dios nada carece de límite ni de medida. Con su potestad abarca todas las cosas, mientras que ninguna criatura puede abarcarlo a Él con sus fuerzas, porque solo esa naturaleza se conoce a sí misma. Pues solo el Padre conoce al Hijo, solo el Hijo conoce al Padre y solo el Espíritu Santo escudriña incluso las profundidades de Dios. Así pues, todas las cosas creadas —ya sea el número de los seres racionales o la medida de la materia corporal— están delimitadas por Él dentro de determinado número o medida. Y, puesto que era necesario que la naturaleza intelectual se sirviera de cuerpos, y esa naturaleza resulta mudable y susceptible de transformación por su misma condición de creada —pues aquello que no existía y comenzó a existir se considera, por ese mismo hecho, de naturaleza mudable—, no puede tener ni la bondad ni la maldad como atributo esencial de su ser, sino solo como atributo accidental. Puesto que, como hemos dicho, la naturaleza racional era mutable y mudable, de modo que se servía de uno u otro revestimiento corporal de distintas cualidades según sus méritos, era necesario, dado que Dios preveía que habría diferencias entre las almas o potestades espirituales, que creara también una naturaleza corporal cuyas cualidades pudieran transformarse, a voluntad del Creador, en cuanto se necesitara. Y esta naturaleza corporal ha de durar tanto como las cosas que la necesitan como revestimiento: pues siempre habrá naturalezas racionales que requieran un revestimiento corporal y, por tanto, siempre habrá una naturaleza corporal de cuyos revestimientos habrán de servirse necesariamente las criaturas racionales, a menos que alguien pueda demostrar mediante argumentos que una naturaleza racional puede vivir sin cuerpo. Pero cuán difícil —más aún, cuán casi imposible— resulta esto para nuestro entendimiento, lo hemos mostrado en las páginas precedentes al tratar cada una de estas cuestiones.
IV, 36
36. No creo que sea ajeno a la índole de nuestra empresa exponer de nuevo, con toda la brevedad posible, nuestras opiniones acerca de la inmortalidad de las naturalezas racionales. Todo aquel que participa de algo es, sin duda, de una misma esencia y naturaleza que quien participa de esa misma cosa. Por ejemplo, así como todos los ojos participan de la luz, todos los ojos que participan de ella son de una misma naturaleza; pero, aunque todos participen de la luz, como unos ven con mayor claridad y otros con menor, no todos participan de ella en igual grado. Del mismo modo, todo oído percibe una voz o un sonido, y por eso todos los oídos son de una misma naturaleza; pero cada uno oye con mayor o menor rapidez según la agudeza y buen estado de su oído. Pasemos ahora de estos ejemplos sensibles a la consideración de las cosas intelectuales. Toda mente que participa de la luz intelectual debe, sin duda, ser de una misma naturaleza que cualquier otra mente que participe igualmente de esa luz. Si, pues, las virtudes celestiales participan de la luz intelectual, es decir, de la naturaleza divina, porque participan de la sabiduría y la santidad, y si las almas humanas han participado de esa misma luz y sabiduría, de suerte que unas y otras son de una misma naturaleza y de una misma esencia, entonces, puesto que las virtudes celestiales son incorruptibles e inmortales, también la esencia del alma humana será inmortal e incorruptible. Y no solo eso: dado que es incorruptible y eterna la naturaleza del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, de cuya luz intelectual participan todas las cosas creadas, resulta del todo coherente y necesario que toda sustancia que participe de esa naturaleza eterna perdure para siempre y sea incorruptible y eterna. Así, la eternidad de la bondad divina podrá entenderse también en este sentido: que quienes reciben sus beneficios son asimismo eternos. Pero, así como en los ejemplos citados se observaba una diferencia en la participación de la luz cuando se describía la mirada de uno como más débil y la de otro como más aguda, también debe reconocerse una diferencia en la participación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, según el grado de celo o la capacidad de cada mente. Si no fuera así, hemos de considerar si no parecería impío decir que una mente capaz de recibir a Dios puede sufrir la destrucción de su esencia, como si el mero hecho de poder sentir y entender a Dios no bastara para asegurar su existencia perpetua; sobre todo porque, aun si por negligencia la mente se aparta de la recepción pura y plena de Dios, conserva en su interior ciertas semillas de restauración y renovación hacia un entendimiento mejor, pues el hombre interior, llamado también racional, se renueva conforme a la imagen y semejanza de Dios, que lo creó. Por eso dice el profeta: "Se acordarán de ello y se volverán al Señor todos los confines de la tierra; y todas las familias de las naciones se postrarán ante ti".
IV, 37
37. Si alguien se atreviera, en efecto, a atribuir una corrupción esencial a quien fue hecho a imagen y semejanza de Dios, en mi opinión esta acusación impía alcanzaría incluso al propio Hijo de Dios, pues en la Escritura se le llama imagen de Dios. O bien quien sostuviera esa opinión impugnaría sin duda la autoridad de la Escritura, que dice que el hombre fue hecho a imagen de Dios. Y en el hombre pueden descubrirse manifiestamente huellas de la imagen divina, no en la apariencia de su constitución corporal, que es corruptible, sino en la sabiduría de la mente, la justicia, la moderación, la virtud, la sabiduría y la disciplina; en suma, en todo el conjunto de virtudes que son inherentes a la esencia de Dios y que pueden hacerse presentes en el hombre por la diligencia y la imitación de Dios. Así lo indica también el Señor en el Evangelio cuando dice: "Sed, pues, misericordiosos como también vuestro Padre es misericordioso"; y: "Sed perfectos como también vuestro Padre es perfecto". De ello se muestra claramente que todas estas virtudes están perpetuamente en Dios y que nunca pueden acercarse a Él ni apartarse de Él, mientras que los hombres solo las adquieren lentamente y una por una. Y por estos medios parecen tener también cierto parentesco con Dios. Puesto que Dios conoce todas las cosas y nada de lo que es intelectual en sí mismo puede escapar a su conocimiento —pues Dios Padre, su Hijo unigénito y el Espíritu Santo conocen no solo las cosas que han creado, sino también a sí mismos—, el entendimiento racional puede asimismo avanzar desde las cosas pequeñas a las grandes y desde las visibles a las invisibles, y alcanzar un conocimiento más perfecto. Pues está situado en un cuerpo y progresa desde las cosas sensibles, que son corporales, hacia las intelectuales. Pero, para que nuestra afirmación de que las cosas intelectuales no pueden conocerse mediante los sentidos no parezca impropia, acudiremos al ejemplo de Salomón, que dice: "Hallarás también un sentido divino". Con ello muestra que las cosas intelectuales no han de buscarse mediante un sentido corporal, sino mediante otro al que llama divino. Con ese sentido debemos contemplar a cada uno de los seres racionales que antes hemos enumerado; con ese sentido han de entenderse las palabras que pronunciamos y sopesarse las afirmaciones que ponemos por escrito. Pues la naturaleza divina conoce incluso los pensamientos que meditamos en silencio en nuestro interior. Y acerca de las cuestiones de que hemos hablado, o de las demás que de ellas se siguen, hemos de formar nuestras opiniones conforme a la regla antes establecida.
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
Wikipedia lo describe como la primera exposición sistemática de la teología cristiana y la base de escritos teológicos posteriores. Fue también la obra de Orígenes que más se discutió. A fines del siglo IV, la primera crisis origenista enfrentó a Epifanio de Salamina y a Jerónimo, que pedían condenar a Orígenes, con Juan de Jerusalén y con Rufino, que se negaron. En ese ambiente apareció la traducción de Rufino, y Jerónimo respondió con su versión literal, hecha para Pammaquio en 399 o 400 y hoy perdida; diez años después envió a Avito un resumen de los errores que veía en el tratado, con extractos de esa versión (Carta 124). Sobre ese resumen se apoyan varios de los comentarios editoriales de esta edición. Jerónimo escribía como adversario, y Wikipedia recoge que en años recientes se ha discutido si algunas doctrinas que le atribuyeron Justiniano, Epifanio y otros eran de Orígenes o de sus discípulos.
En el siglo VI, la segunda crisis tuvo más que ver con grupos de monjes influidos por Orígenes que con sus escritos. En 543 se presentaron a Justiniano extractos de Sobre los principios y un edicto condenó a Orígenes. Las notas de los Ante-Nicene Fathers y el artículo de Wikipedia sobre la obra hablan de una carta de Justiniano al patriarca Menas que cita frases del tratado en griego; el artículo sobre las crisis origenistas menciona, en cambio, una carta del propio Menas contra Orígenes entre los documentos presentados al emperador. En 553, al comienzo del segundo concilio de Constantinopla, los obispos ratificaron una carta abierta que condenaba a Orígenes; según Wikipedia, esa carta no forma parte de las actas oficiales, y el alcance de la condena se sigue discutiendo.
Pese a todo, la obra no dejó de leerse. En el Renacimiento, Erasmo contó a Orígenes entre los mayores autores cristianos. Sobre el texto y la enseñanza del tratado se sigue discutiendo hoy, como apunta Wikipedia, y la razón está a la vista en esta edición: casi todo lo que sabemos de él pasa por un traductor que confesó haberlo corregido. Donde el griego se conserva, se puede comprobar cuánto.
Para seguir leyendo en Eusebeia: la vida y el pensamiento de Orígenes, el subordinacionismo, la generación eterna y la lectura de la Escritura en los Padres.
I.
(Enseñanza de la Iglesia)
Es notable la frecuencia con que nuestro autor emplea esta expresión en el contexto inmediato. Con respecto al castigo de los malvados, afirma que existe una "enseñanza claramente definida". Muestra lo que la enseñanza de la Iglesia "ha establecido" acerca de los demonios y los ángeles. Al tratar del origen del mundo, invoca de nuevo la enseñanza de la Iglesia y admite después que, más allá de lo que él sostiene, "no hay ninguna afirmación clara al respecto"; es decir, acerca de la creación y sus antecedentes. En otro lugar habla de "la fe de la Iglesia", y presenta todo ello como algo aceptado por todos los cristianos reconocidos como ortodoxos o católicos.
Sin volver sobre el tema de los credos conocidos en este período en Oriente y Occidente, este frecuente reconocimiento de un sistema teológico, o de algo semejante, suscita algunas preguntas interesantes. Solo tenemos espacio para plantear algunas de ellas:
1. ¿Hablaba aquí Orígenes de la escuela catequética de Alejandría, dando por supuesto que su enseñanza era la de toda la Iglesia?
2. Si así fuera, ¿no habría sido este reconocimiento del liderazgo alejandrino el precursor de la terrible conmoción que causó a la cristiandad el surgimiento del arrianismo en semejante baluarte de la ortodoxia?
3. ¿No nos asegura la capacidad de Atanasio para mantenerse "contra el mundo" que se apoyaba firmemente en el hecho de que "la enseñanza de la Iglesia", tanto en Alejandría como en otros lugares, se oponía a Arrio, a quien pudo refutar mediante la prescripción tanto como mediante la Escritura?
4. ¿No está claro que todo esto se afirmó, sostuvo y definió sin ayuda de Occidente, y que Occidente se limitó a responder Amén a lo que Alejandría había enseñado desde el principio?
5. ¿No es abrumadora la evidencia de que, hasta entonces, la sede episcopal de Roma no había aportado sino un testimonio pasivo?
6. Si "la enseñanza de la Iglesia" era, pues, tan independiente de aquella sede que la cristiandad ni aguardaba su pronunciamiento ni le reconocía una importancia excepcional para definir la fe y eliminar la herejía, ¿no es evidente que todo el edificio de la organización eclesiástica medieval de Occidente tuvo su origen en tiempos y costumbres muy distintos de los de la era apostólica y de la de los Padres antenicenos?
II.
(Sujeción)
Bull defiende con gran amplitud y profunda erudición la subordinación del Hijo, tal como la sostienen todos los cristianos nicenos. Me propongo citar en otro lugar su espléndido reconocimiento de la ortodoxia sustancial de Orígenes. El profesor Shedd, en su obra sobre doctrina cristiana*, califica el* Credo niceno de "la formulación del credo aceptada por todas las Iglesias trinitarias". Supongo que esta nota interesará a todos los estudiosos de la teología. Para una exposición insatisfactoria y escasa de los credos primitivos, véase Bunsen, Hippol., iii. pp. 1-132.
III.
(Procede del Padre)
La doble procesión no forma parte del Credo de la cristiandad; tampoco quedó fijada en Occidente hasta que, por influencia de Carlomagno, el importante, aunque no intachable, Concilio de Fráncfort (794 d. C.) completó la labor de Toledo y comprometió a todo Occidente a sostenerla. La Iglesia anglicana recita litúrgicamente el Filioque, pero explica su adhesión a esta fórmula de un modo satisfactorio para los orientales. Con todo, no tiene un lugar legítimo en el Credo; y su conservación en el Símbolo niceno constituye una justa causa de agravio, no solo para los griegos, sino también por contravenir el gran canon Quod semper, etc.
Compárese con Pearson, en su obra sobre el Credo, y con estas francas palabras: "Aunque la adición de palabras al Credo formal no sea justificable*", etc. Consúltese la valiosa obra de* Teófanes Procopowicz, obispo de Nóvgorod, que contiene una historia de la bibliografía sobre el asunto hasta su época. Es una cuestión que vuelve a debatirse en nuestros días, a la luz de los acercamientos a los griegos emprendidos por el doctor Döllinger y los viejos católicos. Permítaseme remitir a un volumen casi tan erudito como mal organizado, escrito por un autor ingenioso que se convirtió al catolicismo romano y regresó, muchos años después, a la Iglesia de Inglaterra. Lleva las huellas de muchas impresiones engañosas recibidas durante su "cautiverio babilónico". Me refiero a una obra de E. S. Foulkes.
IV.
(La fe de la Iglesia, .)
Antes del Concilio de Nicea se empleaban credos locales, todos sustancialmente concordantes y fundados en la Escritura, aunque unos más extensos que otros. Entre ellos sobresalía el antiguo Símbolo de Jerusalén, que constituye la base del Credo niceno. Cabe señalar aquí que Orígenes habla de "la fe" como de algo establecido y conocido: claramente, no tuvo intención de apartarse de ella. Bull dice: "Græci Scriptores Ante-Nicæni τὸν κανόνα τῆς πίστεως passim in scriptis suis commemorant". Véase el Credo de Jerusalén en la misma página; y obsérvese que el Segundo Concilio Ecuménico (381 d. C.) llama a la Iglesia de Jerusalén "la madre de todas las Iglesias". Tan ajenos eran los Padres de aquella época a la existencia de otra "Iglesia madre", que dirigieron esa misma afirmación al clero de Roma. Compárese con Eusebio, libro iv, cap. viii.
V.
(Dotado de libertad de la voluntad)
En otro lugar de este tratado, nuestro autor define la voluntad como "capaz de resistir las causas externas". La profunda obra de Edwards no necesita elogios míos. Como ejemplo de lógica de la mayor agudeza, es una gloria de la literatura estadounidense temprana. La leí con avidez durante mis estudios universitarios, bajo la guía de mi profesor de filosofía, el afable y profundo doctor Tappan —más tarde presidente de la Universidad de Míchigan—, quien nos enseñó a admirarla, pero no a considerarla infalible. Véase su enérgica crítica de Edwards, en la que argumenta como discípulo de Coleridge y de Platón.
Sobre asuntos afines, permítaseme remitir al Augustinismus, etc., de Wiggers, traducido por el profesor Emerson, de Andover; y también a la Theodicy de Bledsoe, ya citada. Me atrevo a decir que, entre los pensadores de Estados Unidos y como filósofos cristianos, tanto Bledsoe como Tappan son menos conocidos y apreciados de lo que merecen.
VI.
(No considerado autorizado por todos, .)
No por Jerónimo, ni por Rufino, ni por Crisóstomo. Lardner muestra asimismo (Credib., v. 127) que Gregorio Magno, obispo de Roma, citaba "la Sabiduría de Salomón" solo como dichos de un hombre sabio, y en absoluto como Escritura. Juan Damasceno (730 d. C.) representa igualmente a los orientales cuando afirma que este libro es uno de esos libros "excelentes y útiles" que no se cuentan entre los escritos sagrados. Metodio, sin embargo, constituye una excepción, pues cita este libro dos veces —según Lardner— como si fuera Escritura y, ciertamente, lo cita con cierta frecuencia. Con todo, quizá su testimonio no indique más que su aceptación como libro deuterocanónico; es decir, como uno de los libros que se leen en la Iglesia para instrucción, pero a los que no se recurre para establecer doctrina alguna que la Iglesia no conozca ya por otros medios. Podremos examinar esta cuestión cuando lleguemos a Metodio, en el volumen vi de esta serie.
Nota.
Este es un lugar apropiado para las siguientes tablas, recopiladas a partir de Eusebio hasta donde alcanza su historia; es decir, hasta el año 305 d. C. Véanse también las Investigaciones del doctor Robinson.
I. La sede episcopal de Jerusalén.
- Santiago, hermano del Señor.
- Simeón.
- Justo.
- Zaqueo.
- Tobías.
- Benjamín.
- Juan.
- Mateo.
- Felipe.
- Séneca.
- Justo.
- Leví.
- Efres.
- José.
- Judá.
- Marcos.
- Casiano.
- Publio.
- Máximo.
- Juliano.
- Cayo.
- Símaco.
- Cayo II.
- Juliano II.
- Capitón.
- Máximo II.
- Antonino.
- Valente.
- Doliciano.
- Narciso.
- Dio.
- Germanio.
- Gordio.
- Narciso II.
- Alejandro.
- Mazábanes.
- Himeneo.
- Zabdas.
- Hermón, 300 d. C.
II. La sede episcopal de Alejandría.
- Aniano.
- Avilio.
- Cerdón.
- Primo.
- Justo.
- Eumenes.
- Marcos.
- Celadión.
- Agripino.
- Juliano.
- Demetrio.
- Heraclas.
- Dionisio.
- Máximo.
- Teonas.
- Pedro.
- Aquilas.
- Alejandro, 326 d. C.