IV, 2, 1 · griego
1. Después de haber expuesto a grandes rasgos que las Sagradas Escrituras están inspiradas por Dios, es necesario examinar el modo de leerlas y comprenderlas, pues se han cometido muchos errores porque la mayoría no ha encontrado el camino que debe seguir para abordar los textos sagrados.
En efecto, los duros de corazón e ignorantes de entre los circuncisos no han creído en nuestro Salvador porque piensan que deben atenerse a la letra de las profecías sobre él. Como no lo ven, en el sentido perceptible, "anunciar a los cautivos la liberación", ni edificar la que ellos consideran verdaderamente "ciudad de Dios", ni "destruir los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén", ni "comer mantequilla y miel y, antes de saber rechazar el mal, elegir el bien"; y como además creen que se profetizó que "el lobo", el animal cuadrúpedo, "pacerá con el cordero, que la pantera descansará junto al cabrito, que el ternero, el toro y el león pacerán juntos guiados por un niño pequeño, que el buey y el oso se alimentarán juntos y sus crías crecerán unas junto a otras, y que el león comerá paja como el buey", al no haber visto que nada de esto sucediera de manera perceptible con la venida de aquel a quien nosotros creemos Cristo, no acogieron a nuestro Señor Jesús, sino que lo crucificaron por considerar que se había proclamado Cristo sin serlo.
Por su parte, quienes pertenecen a las distintas sectas leen: "Un fuego se ha encendido por mi cólera"; "Yo soy un Dios celoso, que castiga los pecados de los padres en los hijos hasta la tercera y la cuarta generación"; "Me arrepiento de haber ungido a Saúl como rey"; "Yo soy Dios, que hago la paz y creo males"; y, en otro lugar: "No hay mal en la ciudad que el Señor no haya hecho"; además de: "Descendieron males del Señor hasta las puertas de Jerusalén" y "Un espíritu maligno procedente de Dios oprimía a Saúl", así como incontables pasajes semejantes. No se han atrevido a negar que las Escrituras procedan de Dios, pero, creyendo que pertenecen al creador a quien sirven los judíos, han pensado que, por ser el creador imperfecto y no bueno, el Salvador vino a anunciar a un Dios más perfecto, que, según dicen, no es el creador; aunque discrepan entre sí acerca de esta cuestión. Y, una vez apartados del creador, que es el único Dios no engendrado, se han entregado a las invenciones: se fabrican relatos acerca de cómo creen que llegaron a existir las cosas visibles y otras invisibles que su imaginación ha forjado.
Pero también los más simples de quienes se jactan de pertenecer a la Iglesia consideran, con acierto, que nadie es superior al creador, y, sin embargo, se forman de él una idea que no admitirían ni del hombre más cruel e injusto.
IV, 8 · latín de Rufino
Muchos, al entender las Escrituras incorrectamente, y no en un sentido espiritual, han caído en herejías.
8. Expuestos brevemente estos particulares acerca de la inspiración de las Sagradas Escrituras por el Espíritu Santo, parece necesario explicar también cómo ciertas personas, al no leerlas correctamente, se han entregado a opiniones erróneas, pues muchos desconocen el procedimiento que debe seguirse para llegar a entender los escritos sagrados. Los judíos, en efecto, por la dureza de su corazón y por el deseo de parecer sabios a sus propios ojos, no han creído en nuestro Señor y Salvador, al juzgar que cuanto se dijo acerca de Él debía entenderse literalmente: esto es, que debía predicar la liberación de los cautivos de manera sensible y visible, construir primero una ciudad que ellos tienen por la ciudad de Dios y hacer desaparecer a la vez los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén; que también debía comer mantequilla y miel para escoger el bien antes de aprender a producir el mal. Piensan asimismo que se predijo que, con la venida de Cristo, el lobo —ese animal de cuatro patas— pacería con los corderos, el leopardo se echaría con los cabritos y el ternero y el toro pacerían con los leones, conducidos todos al pasto por un niño pequeño; que el buey y el oso se echarían juntos en los campos verdes, y sus crías se alimentarían juntas; y que también los leones frecuentarían los establos con los bueyes y comerían paja. Y, al ver que, según la historia, no se había cumplido ninguna de las cosas anunciadas acerca de Él en las que creían reconocer especialmente las señales de la venida de Cristo, se negaron a reconocer la presencia de nuestro Señor Jesucristo. Es más, en contra de todos los principios de la ley humana y divina, es decir, en contra de la fe de la profecía, lo crucificaron por atribuirse el nombre de Cristo. Por su parte, los herejes, al leer que está escrito en la ley: "Se ha encendido un fuego en mi ira"; y también: "Yo, el Señor, soy un Dios celoso que castiga los pecados de los padres en los hijos hasta la tercera y la cuarta generación"; y: "Me arrepiento de haber ungido a Saúl como rey"; y: "Yo soy el Señor, que hago la paz y creo el mal"; y asimismo: "No hay mal en una ciudad que el Señor no haya causado"; y: "Del Señor descendieron males sobre las puertas de Jerusalén"; y: "Un espíritu maligno procedente del Señor atormentó a Saúl"; al leer estos y muchos otros pasajes semejantes de la Escritura, no se atrevieron a afirmar que no fueran Escrituras de Dios, pero los tuvieron por palabras de aquel Dios creador a quien adoraban los judíos y a quien, según su juicio, debía considerarse solo justo, y no también bueno. Sostuvieron, en cambio, que el Salvador había venido a anunciarnos un Dios más perfecto que, según alegan, no es el creador del mundo. Incluso sobre este mismo punto mantienen opiniones diversas y discordantes, pues, una vez que se apartan de la fe en Dios Creador, que es Señor de todo, se entregan a invenciones y fábulas de toda clase, ideando ciertas ficciones y afirmando que unas cosas son visibles y fueron hechas por un Dios, mientras que otras son invisibles y fueron creadas por otro, conforme a las vanas y fantasiosas ocurrencias de sus propias mentes. Pero no pocos de los más sencillos entre quienes parecen mantenerse dentro de la fe de la Iglesia opinan asimismo que no hay Dios mayor que el Creador, y en esto sostienen una opinión recta y sana; y, sin embargo, conciben acerca de Él ideas que no concebirían ni siquiera acerca del más injusto y cruel de los hombres.
IV, 2, 2 · griego
2. La causa de las falsas opiniones, impiedades y concepciones vulgares acerca de Dios que hemos mencionado no parece ser otra que no haber comprendido la Escritura conforme a su sentido espiritual, sino haberla entendido atendiendo a la mera letra. Por ello, a quienes están convencidos de que los libros sagrados no son escritos humanos, sino que fueron compuestos bajo la inspiración del Espíritu Santo, por voluntad del Padre de todas las cosas y por medio de Jesucristo, y así han llegado hasta nosotros, hemos de mostrarles los caminos que creemos discernir, ateniéndonos a la regla de la Iglesia celestial de Jesucristo, transmitida por sucesión desde los apóstoles.
Todos, incluso los más simples entre quienes se acercan a la enseñanza, creen que las divinas Escrituras manifiestan ciertas disposiciones misteriosas; pero los sensatos y libres de presunción reconocen que no saben cuáles son. Así, si alguien plantea preguntas sobre la unión de Lot con sus hijas, sobre las dos mujeres de Abraham, sobre las dos hermanas casadas con Jacob o sobre las dos siervas que tuvieron hijos de él, no responderán sino que se trata de misterios que nosotros no comprendemos. Asimismo, cuando leen la descripción de la construcción del tabernáculo, convencidos de que lo escrito contiene figuras, buscan aquello a lo que puedan aplicar cada uno de sus detalles. No se equivocan al creer que el tabernáculo es figura de algo; pero a veces yerran al aplicar, de manera digna de la Escritura, la explicación de aquello de lo que el tabernáculo es figura. Y afirman que son figuras todos los relatos que parecen narrar matrimonios, nacimientos, guerras o cualesquiera otros sucesos que la mayoría aceptaría como históricos. Pero no suele quedar muy clara la explicación de qué son figuras: unas veces por no tener una preparación suficientemente sólida, otras por precipitación, y otras, incluso cuando alguien está bien preparado y procede con cautela, porque descubrir su significado resulta extraordinariamente difícil para los hombres.
IV, 9 · latín de Rufino
9. Ahora bien, la causa de que todos aquellos a quienes acabamos de mencionar entiendan erróneamente estas cuestiones no es otra que esta: no comprenden la Sagrada Escritura según su sentido espiritual, sino según su sentido literal. Por ello procuraremos, hasta donde nos permita nuestra modesta capacidad, mostrar a quienes creen que las Sagradas Escrituras no son composiciones humanas, sino que fueron escritas por inspiración del Espíritu Santo y transmitidas y confiadas a nosotros por voluntad de Dios Padre, mediante su Hijo unigénito Jesucristo, cuál nos parece, a quienes las observamos según un recto modo de entender, la norma y enseñanza que Jesucristo entregó a los apóstoles y que estos transmitieron sucesivamente a sus sucesores, los maestros de la santa Iglesia. Que en la Sagrada Escritura se indican ciertas economías místicas lo admiten todos, pienso yo, incluso los creyentes más sencillos. Pero quien piense rectamente y no se deje vencer por el vicio de la jactancia reconocerá escrupulosamente que ignora cuáles son y de qué naturaleza. Pues si alguien adujese, por ejemplo, el caso de las hijas de Lot, que parecen haber tenido relaciones con su padre contra la ley de Dios, o el de las dos esposas de Abrahán, o el de las dos hermanas casadas con Jacob, o el de las dos siervas que aumentaron el número de sus hijos, ¿qué otra respuesta podría darse sino que se trata de ciertos misterios y figuras de realidades espirituales, pero que ignoramos su naturaleza? Es más, incluso cuando leemos la descripción de la construcción del tabernáculo, tenemos por seguro que lo escrito figura ciertas realidades ocultas; pero ajustar cada una de esas descripciones a su sentido correspondiente y exponer y examinar todos sus pormenores me parece sumamente difícil, por no decir imposible. Que esa descripción, sin embargo, está llena de misterios, como he dicho, no escapa ni siquiera al entendimiento común. Y toda la parte narrativa, ya trate de matrimonios, del nacimiento de los hijos, de batallas de diversas clases o de cualquier otro acontecimiento, ¿qué otra cosa puede suponerse que es sino imagen y figura de realidades ocultas y sagradas? Pero, como los hombres se esfuerzan poco por ejercitar su intelecto o imaginan que poseen conocimiento antes de aprender de verdad, resulta que nunca llegan a empezar a conocer. Si, por el contrario, no faltan el deseo ni quien enseñe, y se busca el conocimiento divino como corresponde, con espíritu religioso y santo y con la esperanza de que muchas cuestiones sean esclarecidas por revelación de Dios —pues para el entendimiento humano son sumamente difíciles y oscuras—, quizá quien busque de ese modo encuentre lo que le es lícito descubrir.
IV, 2, 3 · griego
3. ¿Y qué necesidad hay de hablar de las profecías, que todos sabemos llenas de "enigmas" y "palabras oscuras"? Y, si pasamos a los evangelios, su sentido preciso, por ser el pensamiento de Cristo, requiere también la gracia concedida a quien dijo: "Nosotros tenemos el pensamiento de Cristo para conocer lo que Dios nos ha concedido; y de ello hablamos, no con palabras enseñadas por la sabiduría humana, sino con las enseñadas por el Espíritu". ¿Quién podría leer las revelaciones recibidas por Juan sin asombrarse de que los misterios inefables permanezcan ocultos y, sin embargo, se muestren incluso a quien no comprende lo escrito? Y, a juicio de quien sabe examinar las palabras, ¿qué cartas de los apóstoles podrían parecer claras y fáciles de entender, cuando también allí innumerables pasajes ofrecen apenas una pequeña abertura por la que vislumbrar pensamientos muy numerosos y elevados?
Por ello, dadas estas circunstancias y los incontables errores que se cometen, no deja de ser arriesgado afirmar a la ligera, al leer, que se comprende aquello para lo que hace falta "la llave del conocimiento", la cual, según dice el Salvador, estaba en manos de "los expertos en la Ley". Y que expliquen quienes niegan que la verdad estuviera entre los que vivieron antes de la venida de Cristo cómo puede decir nuestro Señor Jesucristo que "la llave del conocimiento" estaba en manos de aquellos que, según ellos mismos afirman, no poseían libros que contuvieran los secretos del conocimiento y los misterios perfectos. Pues así reza el pasaje: "¡Ay de vosotros, expertos en la Ley, porque os habéis llevado la llave del conocimiento! Vosotros no entrasteis e impedisteis entrar a quienes querían hacerlo".
IV, 10 · latín de Rufino
10. Pero, para que no se suponga que esta dificultad solo se encuentra en el lenguaje de los profetas, cuyo estilo todos reconocen abundante en figuras y enigmas, ¿qué hallamos cuando acudimos a los Evangelios? ¿No se oculta también en ellos un sentido interior, es decir, divino, que solo revela aquella gracia recibida por quien dijo: "Pero nosotros tenemos la mente de Cristo, para conocer lo que Dios nos ha concedido gratuitamente. Y de ello hablamos, no con palabras enseñadas por la sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu"? Y si alguien leyera las revelaciones hechas a Juan, ¡cuánto no se asombraría de que contuviesen tal abundancia de misterios ocultos e inefables, en los cuales incluso quienes no pueden comprender qué se oculta entienden claramente que algo, ciertamente, está oculto! Y, sin embargo, ¿no están llenas las epístolas de los apóstoles, que a algunos les parecen más claras, de sentidos tan profundos que, por medio de ellas, como por una pequeña abertura, parece derramarse la claridad de una luz inconmensurable sobre quienes son capaces de entender el sentido de la sabiduría divina? Por consiguiente, puesto que así son las cosas y muchos yerran en esta vida, no considero fácil afirmar sin peligro que alguien conoce o entiende aquello para cuya explicación se necesita la llave del conocimiento, llave que, según declaró el Salvador, estaba en poder de los versados en la ley. Y aquí, aunque sea una digresión, pienso que debemos preguntar a quienes afirman que antes de la venida del Salvador no había verdad entre los dedicados al estudio de la ley cómo pudo decir nuestro Señor Jesucristo que la llave del conocimiento estaba en poder de aquellos que tenían en sus manos los libros de los profetas y de la ley. Pues así les habló: "¡Ay de vosotros, maestros de la ley, que habéis quitado la llave del conocimiento! Vosotros mismos no entrasteis e impedisteis entrar a quienes querían hacerlo".
IV, 2, 4 · griego
4. El camino que, a nuestro juicio, debemos seguir para leer las Escrituras y captar su sentido es el siguiente, que puede rastrearse en las propias palabras sagradas. En los Proverbios encontramos esta instrucción de Salomón acerca de las doctrinas divinas escritas: "Escríbelas también tú de tres maneras, con consejo y conocimiento, para que puedas responder con palabras verdaderas a quienes te interroguen". Por consiguiente, hay que inscribir de tres maneras en la propia alma los sentidos de los escritos sagrados: el más sencillo se edificará a partir de lo que podríamos llamar la carne de la Escritura —nombre que damos a su interpretación inmediata—; quien haya progresado algo más, a partir de lo que sería su alma; y el perfecto, semejante a aquellos de quienes habla el apóstol cuando dice: "Hablamos sabiduría entre los perfectos, pero no sabiduría de este mundo ni de los gobernantes de este mundo, destinados a desaparecer; hablamos la sabiduría de Dios, oculta en el misterio, que Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria", a partir de "la ley espiritual", que "contiene una sombra de los bienes futuros". Pues, así como el hombre está compuesto de cuerpo, alma y espíritu, también lo está la Escritura, dispuesta por Dios para ser dada a los hombres en orden a su salvación.
Por eso interpretamos también de la siguiente manera lo que se dice en el libro despreciado por algunos, el Pastor, acerca de la orden dada a Hermas de "escribir dos libros" y, después, "comunicar a los presbíteros de la Iglesia" lo que había aprendido del Espíritu. El pasaje dice: "Escribirás dos libros y darás uno a Clemente y otro a Grapta. Grapta amonestará a las viudas y a los huérfanos, Clemente lo enviará a las ciudades de fuera, y tú comunicarás lo aprendido a los presbíteros de la Iglesia". Pues Grapta, que "amonesta a las viudas y a los huérfanos", es la mera letra, que amonesta a las almas todavía niñas, incapaces aún de llamar padre a Dios y por ello llamadas "huérfanas"; amonesta también a las que ya no se unen al esposo contrario a la ley, pero "permanecen viudas" porque todavía no se han hecho dignas del <celestial> "esposo". Clemente, en cambio, que ya va más allá de la letra, envía lo dicho "a las ciudades de fuera", con lo que queremos decir a las almas que están más allá de los pensamientos corporales e inferiores. Pero al propio discípulo del Espíritu se le ordena comunicar lo aprendido, ya no mediante escritos, sino mediante palabras vivas, "a los presbíteros de toda la Iglesia de Dios", encanecidos por la prudencia.
IV, 11 · latín de Rufino
11. Pero, como habíamos empezado a señalar, consideramos que el camino que nos parece correcto para entender las Escrituras e investigar su sentido es el siguiente, pues la Escritura misma nos enseña qué ideas debemos formarnos acerca de ella. En los Proverbios de Salomón encontramos formulada una regla como esta para considerar la Sagrada Escritura: "Y tú —dice— represéntate estas cosas de modo triple, con consejo y conocimiento, para que puedas responder con palabras de verdad a quienes te las propongan". Así pues, cada cual debe representarse en su mente de modo triple el entendimiento de las letras divinas: los más sencillos podrán ser edificados, por así decirlo, por el cuerpo mismo de la Escritura, pues así llamamos a su sentido común e histórico; quienes hayan comenzado a progresar considerablemente y sean capaces de ver algo más podrán ser edificados por el alma misma de la Escritura. A su vez, los perfectos, semejantes a aquellos de quienes dice el apóstol: "Hablamos sabiduría entre los perfectos, pero no la sabiduría de este mundo ni la de los príncipes de este mundo, que serán reducidos a la nada; antes bien, hablamos la sabiduría de Dios, oculta en un misterio, que Dios dispuso antes de las eras para nuestra gloria", todos ellos podrán ser edificados por la propia ley espiritual, que contiene una sombra de los bienes venideros, como si lo fueran por el Espíritu. Pues así como se dice que el hombre consta de cuerpo, alma y espíritu, así también la Sagrada Escritura, concedida por la bondad divina para la salvación del hombre. Esto lo vemos indicado, además, en el librito de El Pastor, que algunos parecen despreciar, donde se ordena a Hermas escribir dos libritos y después anunciar a los presbíteros de la Iglesia lo que aprendió del Espíritu. Estas son, en efecto, las palabras escritas: "Escribirás —dice— dos libros; darás uno a Clemente y otro a Grapta. Que Grapta amoneste a las viudas y a los huérfanos; que Clemente lo envíe a todas las ciudades del extranjero, mientras tú lo anunciarás a los presbíteros de la Iglesia". Grapta, por tanto, a quien se ordena amonestar a los huérfanos y a las viudas, representa el entendimiento puro de la letra misma, por el que son amonestadas aquellas mentes jóvenes que aún no han merecido tener a Dios por Padre y por eso reciben el nombre de huérfanas. Las viudas, por su parte, son quienes se han apartado del hombre injusto al que habían estado unidas contra la ley, pero siguen siendo viudas porque todavía no han llegado a unirse a un Esposo celestial. A Clemente, en cambio, se le ordena enviar a las ciudades del extranjero lo escrito para quienes ya se están apartando de la letra, como si se dirigiese a aquellas almas que, edificadas de este modo, han empezado a elevarse por encima de las preocupaciones del cuerpo y de los deseos de la carne. A él mismo, que había aprendido del Espíritu Santo, se le ordena anunciarlo, no mediante letra ni libro, sino de viva voz, a los presbíteros de la Iglesia de Cristo, es decir, a quienes poseen una facultad madura de sabiduría, capaz de recibir la enseñanza espiritual.
Comentario editorial · Carne, alma y espíritu de la Escritura
Aquí se formula la lectura de la Escritura en tres niveles: la Escritura, como el hombre, tiene cuerpo, alma y espíritu, y cada lector la recibe según lo que ha avanzado. Las dos versiones coinciden en lo esencial. El griego apoya la triple lectura en Proverbios, que en la Biblia griega manda escribirlas «de tres maneras» (trichôs), y en un pasaje de El Pastor de Hermas, el libro «despreciado por algunos»: la anciana que se le aparece en la segunda visión le manda escribir dos libritos, uno para Clemente y otro para Grapta, y leer el mensaje a los presbíteros. Orígenes lee en esas tres figuras los tres sentidos.
IV, 2, 5–6 · griego
5. Pero, puesto que hay pasajes de la Escritura que carecen por completo de sentido corporal, como mostraremos más adelante, a veces solo hay que buscar, por así decirlo, el alma y el espíritu de la Escritura. Y quizá por eso las tinajas que, según leemos en el Evangelio de Juan, estaban allí "para las purificaciones de los judíos" tenían capacidad "para dos o tres medidas" cada una. Con ello la palabra aludiría a los "judíos en lo oculto" de los que habla el apóstol: se purifican mediante la palabra de las Escrituras, que en unos lugares contiene "dos medidas", es decir, el sentido, por así decirlo, psíquico y el espiritual, y en otros "tres", porque algunos pasajes tienen además un sentido corporal capaz de edificar. Y es razonable que haya "seis tinajas" para quienes se purifican en el mundo, creado en seis días, número perfecto.
6. Que la primera interpretación también es provechosa, en la medida en que puede serlo, lo atestigua la multitud de quienes han creído de manera sincera y sencilla. Un ejemplo de la explicación elevada, por así decirlo, hasta el alma se encuentra en la Primera Carta de Pablo a los Corintios. Dice: "Está escrito: "No pondrás bozal al buey que trilla"". Y, al explicar esta ley, añade: "¿Acaso se preocupa Dios por los bueyes? ¿O lo dice enteramente por nosotros? Pues por nosotros fue escrito que quien ara debe arar con esperanza y quien trilla debe hacerlo con la esperanza de participar en la cosecha". Muchas interpretaciones que circulan entre la multitud, apropiadas para ella y capaces de edificar a quienes no pueden escuchar enseñanzas más elevadas, tienen un carácter semejante.
La explicación espiritual corresponde a quien es capaz de mostrar de qué realidades celestiales eran "copia y sombra" las cosas a las que daban culto los judíos "según la carne", y de qué "bienes futuros tiene la ley una sombra". En una palabra, siguiendo la declaración del apóstol, hay que buscar en todos los casos "la sabiduría oculta en el misterio, que Dios predestinó antes de los siglos para gloria de los justos y que ninguno de los gobernantes de este mundo conoció". El mismo apóstol, después de citar algunos pasajes del Éxodo y de los Números, dice en otro lugar: "Estas cosas les sucedían como figuras y fueron escritas para nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos". Y ofrece indicios de aquello de lo que eran figuras cuando dice: "Bebían de una roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo". También, al describir el tabernáculo en otra carta, se sirve de estas palabras: "Lo harás todo según el modelo que se te mostró en el monte". Y en la Carta a los Gálatas, como reprochando a quienes creen leer la ley sin comprenderla, considera que no la comprenden cuantos no creen que haya alegorías en lo escrito: "Decidme —afirma—, los que queréis estar bajo la ley, ¿no escucháis la ley? Pues está escrito que Abraham tuvo dos hijos, uno de la sierva y otro de la mujer libre. Pero el de la sierva nació según la carne, y el de la mujer libre, por la promesa. Esto tiene un sentido alegórico, pues estas mujeres son dos alianzas", y así sucesivamente. Hemos de prestar atención a cada una de sus expresiones: dice "los que queréis estar bajo la ley", no "los que estáis bajo la ley", y pregunta "¿no escucháis la ley?", porque "escuchar" se entiende aquí como comprender y conocer. También en la Carta a los Colosenses, al resumir en pocas palabras el propósito de toda la legislación, dice: "Que nadie, pues, os juzgue por la comida o la bebida, ni por fiestas, novilunios o sábados: todo ello es sombra de lo futuro". Y en la Carta a los Hebreos, al hablar de los circuncisos, escribe: "Sirven a una copia y sombra de las realidades celestiales". Así pues, es probable que, por estos pasajes, quienes admiten de una vez por todas que el apóstol es un hombre de Dios no duden de los cinco libros atribuidos a Moisés, aunque quieran saber si también el resto de la historia "sucedía como figura". Conviene atender a lo que dice en la Carta a los Romanos: "Me reservé siete mil hombres que no doblaron la rodilla ante Baal", pasaje que se encuentra en el Tercer Libro de los Reinos y que Pablo entiende referido a los israelitas "elegidos". Así muestra que la venida de Cristo no solo benefició a las naciones, sino también a algunos miembros del linaje divino.
IV, 12–13 · latín de Rufino
12. No debemos, ciertamente, pasar por alto que hay pasajes de la Escritura donde no siempre se encuentra ese cuerpo, como lo hemos llamado, es decir, ese sentido histórico que puede inferirse, según demostraremos en las páginas siguientes, y donde solo puede entenderse lo que hemos llamado alma o espíritu. Pienso que esto se indica en los Evangelios cuando se dice que había, conforme a la costumbre de purificación de los judíos, seis tinajas de agua, cada una con capacidad para dos o tres medidas. Con ello, como he dicho, las palabras del Evangelio parecen indicar, con respecto a aquellos a quienes el apóstol llama secretamente judíos, que son purificados por la palabra de la Escritura: reciben a veces dos medidas, es decir, el entendimiento del alma o del espíritu, según hemos expuesto antes; y a veces incluso tres, cuando, al leer la Escritura, puede conservarse para edificación del pueblo el sentido corporal, que es el histórico. Se habla apropiadamente de seis tinajas con respecto a quienes son purificados al hallarse en el mundo, pues leemos que en seis días —número perfecto— quedaron terminados este mundo y cuanto hay en él. La multitud de todos los creyentes, que creen con fe y sencillez suficientes, atestigua cuán grande es la utilidad de este primer sentido histórico que hemos mencionado; y ello no requiere grandes argumentos, porque resulta manifiesto para todos. En cambio, del sentido que antes llamamos, por así decirlo, alma de la Escritura, el apóstol Pablo nos ha dado numerosos ejemplos en la primera Epístola a los Corintios. Pues encontramos la expresión: "No pondrás bozal al buey que trilla". Y después, al explicar qué precepto debe entenderse por ella, añade: "¿Se preocupa Dios por los bueyes? ¿O lo dice enteramente por nosotros? Sin duda está escrito por nosotros, para que quien ara, are con esperanza, y quien trilla lo haga con la esperanza de participar en la cosecha". Muchos otros pasajes de esta índole, explicados de esta manera a partir de la ley, proporcionan asimismo amplia instrucción a quienes los escuchan.
13. Una interpretación espiritual consiste en poder mostrar cuáles son las realidades celestiales de las que sirven de imagen y sombra los que son judíos según la carne; de qué realidades futuras contiene la ley una sombra, y el sentido de otras expresiones semejantes que puedan encontrarse en la Sagrada Escritura. También consiste en indagar qué es aquella sabiduría oculta en un misterio que Dios dispuso antes del mundo para nuestra gloria, desconocida para todos los príncipes de este mundo; o qué significan las palabras del apóstol cuando, sirviéndose de ciertos ejemplos del Éxodo o de los Números, dice: "Estas cosas les sucedieron en figura, y fueron escritas para nosotros, a quienes han llegado los fines de las eras". Se nos ofrece la ocasión de entender de qué eran figura aquellos sucesos cuando añade: "Y bebían de la Roca espiritual que los seguía, y aquella Roca era Cristo". También en otra epístola, al referirse al tabernáculo, recuerda la instrucción dada a Moisés: "Harás todas las cosas conforme al modelo que se te mostró en el monte". Y, al escribir a los gálatas y reprender a ciertas personas que creen leer la ley pero no la entienden, porque ignoran que bajo lo escrito subyace un sentido alegórico, les dice con tono de reproche: "Decidme, los que deseáis estar bajo la ley, ¿no oís la ley? Pues está escrito que Abrahán tuvo dos hijos: uno de una esclava y otro de una mujer libre. El hijo de la esclava nació según la carne; el de la libre, en virtud de la promesa. Estas cosas son una alegoría, pues representan las dos alianzas". Y aquí debemos prestar atención a la cautela con que el apóstol emplea la expresión: "Los que estáis bajo la ley, ¿no oís la ley?". ¿No oís?, es decir, ¿no entendéis y conocéis? De nuevo, en la Epístola a los Colosenses, al resumir y condensar brevemente el sentido de toda la ley, dice: "Que nadie, pues, os juzgue por la comida o la bebida, ni por las fiestas, la luna nueva o el sábado, que son sombra de las cosas venideras". Y al escribir a los hebreos acerca de quienes pertenecen a la circuncisión, dice: "Los que sirven a la imagen y sombra de las realidades celestiales". Así pues, quizá, a la vista de estos ejemplos, quienes aceptan como divinamente inspirados los escritos del apóstol no albergarán duda alguna acerca de los cinco libros de Moisés. Y si, con respecto al resto de la historia, exigen que los sucesos allí narrados se consideren ocurridos para servir de ejemplo a aquellos sobre quienes fueron escritos, hemos observado que también esto se afirma en la Epístola a los Romanos, donde el apóstol aduce un pasaje del tercer libro de los Reyes y dice: "Me he reservado siete mil hombres que no han doblado la rodilla ante Baal". Pablo entendió que estas palabras se decían en sentido figurado de quienes son llamados israelitas según la elección, para mostrar que la venida de Cristo no había beneficiado únicamente a los gentiles, sino que también habían sido llamados a la salvación muchísimos de la estirpe de Israel.
IV, 2, 7–8 · griego
7. Sentado esto, hemos de esbozar las formas en que creemos que deben comprenderse las Escrituras. Y, ante todo, hemos de señalar que el propósito del Espíritu que, por providencia de Dios y mediante la "Palabra que estaba en el principio junto a Dios", iluminaba a los servidores de la verdad —profetas y apóstoles— era principalmente revelar los misterios inefables relativos a los asuntos de los hombres —y por hombres entiendo ahora las almas que se sirven de cuerpos—, para que quien pudiera recibir enseñanza, tras "investigar" y entregarse "a las profundidades" del sentido de las palabras, llegase a participar de todas las doctrinas de su designio. Y, puesto que las almas no pueden alcanzar de otro modo la perfección sin la rica y sabia verdad acerca de Dios, entre las enseñanzas relativas a ellas figuran necesariamente en primer lugar las relativas a Dios y a su Unigénito: cuál es su naturaleza, de qué modo es Hijo de Dios, cuáles son las causas de que descendiera hasta asumir carne humana y llegara a ser hombre por completo, en qué consiste su acción, a quiénes alcanza y cuándo tiene lugar. También era necesario que la enseñanza divina incluyera, como asuntos afines, lo referente a los demás seres racionales, tanto los más divinos como los que han caído de la bienaventuranza, y las causas de su caída; asimismo, lo relativo a las diferencias entre las almas y al origen de estas diferencias, a qué es el mundo y por qué llegó a existir y, además, de dónde procede una maldad tan grande y extendida en la tierra, y si se encuentra solo en ella o también en otros lugares. Todo esto es necesario que lo aprendamos.
8. Propuestas estas cuestiones y otras semejantes al Espíritu que iluminaba las almas de los santos servidores de la verdad, su segundo propósito, pensando en quienes no podían soportar el esfuerzo de descubrir materias tan elevadas, era ocultar la enseñanza acerca de ellas bajo palabras que parecen contener un relato: la narración de la creación de los seres perceptibles, de la formación del hombre y de los descendientes de los primeros hombres a lo largo de muchas generaciones, así como otras historias que cuentan las acciones de los justos y los pecados que en ocasiones cometieron, por ser hombres, o la maldad, el desenfreno y la codicia de los impíos y de quienes viven sin ley. Y, lo que es más sorprendente, mediante las historias de guerras, vencedores y vencidos se esclarecen algunos misterios inefables para quienes pueden examinarlas. Más admirable todavía es que las leyes de la verdad se profeticen mediante una legislación escrita: todo ello quedó consignado en una secuencia con un poder verdaderamente digno de la sabiduría de Dios. Pues también se pretendía que el ropaje de las realidades espirituales —me refiero al sentido corporal de las Escrituras— no fuera en muchos casos inútil, sino que pudiera mejorar a la mayoría según su capacidad.
IV, 14 · latín de Rufino
14. Siendo así las cosas, esbozaremos, a modo de ilustración y modelo, lo que se nos ocurra acerca de la manera en que debe entenderse la Sagrada Escritura en estos diversos puntos. Repetiremos primero, y señalaremos, que el Espíritu Santo, por la providencia y la voluntad de Dios, mediante la potestad de su Palabra unigénita, que en el principio era Dios con Dios, iluminó a los ministros de la verdad, profetas y apóstoles, para que entendieran los misterios de las cosas o causas que acontecen entre los hombres o con respecto a ellos. Y por hombres entiendo ahora las almas alojadas en cuerpos. Estos ministros, al relatar los misterios que conocían y que les habían sido revelados por Cristo, los describieron en figura, como si fueran una suerte de acontecimientos humanos, o los transmitieron bajo la forma de ciertas observancias y mandatos legales. No lo hicieron para que cualquiera que quisiera pudiera tener estas exposiciones por dignas de ser pisoteadas, sino para que quien se dedicara a tales estudios con toda castidad, sobriedad y vigilancia pudiera, por este medio, descubrir el sentido del Espíritu de Dios, acaso profundamente sepultado, y reconocer que el contexto quizá apunta en una dirección distinta de la indicada por el uso ordinario del lenguaje. De este modo podría participar del conocimiento del Espíritu y del designio divino, pues el alma no puede alcanzar la perfección del conocimiento sino por inspiración de la verdad de la sabiduría divina. En consecuencia, estos hombres, llenos del Espíritu divino, tratan principalmente de Dios, es decir, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Después, como he dicho, explican los misterios relativos al Hijo de Dios: cómo la Palabra se hizo carne y por qué descendió hasta asumir la condición de siervo. Se seguía necesariamente que instruyesen a los mortales mediante la enseñanza divina acerca de las criaturas racionales, tanto las celestiales como las más dichosas de la tierra; y que explicasen asimismo las diferencias entre las almas y el origen de tales diferencias. Luego debían decir qué es este mundo y por qué fue creado, así como de dónde surgió la grande y terrible maldad que se extiende por la tierra. Y era necesario que aprendiésemos por la enseñanza divina si esa maldad se encuentra solo en esta tierra o también en otros lugares. Puesto que el Espíritu Santo se proponía iluminar sobre estas y otras cuestiones semejantes a las almas santas que se habían consagrado al servicio de la verdad, tuvo también presente un segundo propósito: en atención a quienes no podían o no querían entregarse al esfuerzo y al trabajo por los que llegarían a merecer la instrucción y el reconocimiento de realidades de tanto valor e importancia, envolvió y ocultó, como dijimos antes, los misterios escondidos en un lenguaje ordinario, bajo el revestimiento de historias y relatos de cosas visibles. Por ello se introduce la narración de la creación visible y de la creación y formación del primer hombre; después se relata la descendencia que sucesivamente procedió de él, así como algunas acciones de los buenos entre sus descendientes y, en ocasiones, ciertos delitos que se dice cometieron en cuanto hombres; más adelante se narran también actos impúdicos o perversos atribuidos a los malvados. Asimismo, de manera admirable se describen las batallas y los cambios de suerte de vencedores y vencidos, por medio de los cuales se dan a conocer misterios inefables a quienes saben investigar relatos de esta índole. También mediante una admirable enseñanza de sabiduría se inserta en las Escrituras de la ley la ley de la verdad, incluso la de los profetas, y cada parte se teje con el arte divino de la sabiduría como una especie de revestimiento y velo de las verdades espirituales. Esto es lo que hemos llamado el cuerpo de la Escritura, de modo que también así aquello que denominamos el revestimiento de la letra, tejido con el arte de la sabiduría, pueda edificar y beneficiar a muchos, aun cuando otros no obtengan de él provecho alguno.
IV, 2, 9 · griego
9. Pero, si la utilidad de la legislación hubiese resultado por doquier evidente a primera vista y el relato histórico hubiese sido siempre coherente y elegante, no habríamos sospechado que las Escrituras pudieran tener otro sentido además del inmediato. Por eso la Palabra de Dios dispuso que en medio de la ley y de la historia se introdujeran ciertos "escándalos", "tropiezos" e "imposibilidades", para que no nos dejásemos arrastrar por completo por la letra, cuya fuerza de atracción no encuentra resistencia, y acabásemos por abandonar enteramente las doctrinas, al no aprender nada digno de Dios, o bien, sin apartarnos de la letra, dejásemos de conocer algo más divino. Hay que saber además que el propósito principal era exponer la secuencia de las realidades espirituales, tanto de los hechos como de lo que debe hacerse. Por eso, cuando la Palabra encontró acontecimientos históricos que podían corresponder a esos misterios, se sirvió de ellos ocultando a la mayoría su sentido más profundo; pero cuando, para narrar la sucesión de las realidades inteligibles, no encontraba entre los hechos una acción que se ajustara a lo que debía expresarse por razones más misteriosas, la Escritura entretejió con la historia cosas que no sucedieron, unas veces imposibles de suceder y otras posibles, pero no sucedidas. A veces se insertan unas pocas palabras que no son verdaderas en el sentido corporal, y otras veces son más numerosas. Algo análogo hemos de admitir en la legislación, donde a menudo se encuentra una utilidad evidente, adecuada a las circunstancias en que se promulgó la ley, pero en ocasiones no se advierte ninguna utilidad. Otras veces se dictan incluso preceptos imposibles, para que los más perspicaces e inquisitivos, al entregarse al examen riguroso de lo escrito, adquieran una convicción fundada de que en esos pasajes hay que buscar un sentido digno de Dios. Y el Espíritu no dispuso esto solo en los escritos anteriores a la venida de Cristo; puesto que es el mismo y procede del único Dios, hizo otro tanto en los evangelios y en los escritos de los apóstoles. Tampoco en estos la historia está exenta por completo de elementos entretejidos que no sucedieron en el sentido corporal, ni la legislación y los mandamientos presentan siempre, en su sentido inmediato, una justificación razonable.
IV, 15 · latín de Rufino
15. Pero si en todos los casos en que aparece este revestimiento —es decir, este relato histórico— se hubiera conservado la conexión lógica y el orden de la ley, sin duda creeríamos, al encontrar el sentido de la Escritura expuesto en una serie continua, que nada más contiene fuera de lo que indica su superficie. Por eso la sabiduría divina dispuso que se produjeran ciertas piedras de tropiezo, o interrupciones del sentido histórico, mediante la introducción, en medio del relato, de cosas imposibles e incongruentes; de ese modo, la propia interrupción de la narración podría interponer, como un cerrojo, un obstáculo ante el lector, que lo llevara a rechazar el camino conducente al sentido ordinario. Y así, una vez excluidos de él y cerrado nuestro acceso, podríamos volver al comienzo de otro camino para que, al entrar por una senda estrecha y avanzar hacia una vía más elevada y sublime, se nos revelara la inmensa amplitud de la sabiduría divina. No debemos, sin embargo, pasar por alto que el propósito principal del Espíritu Santo es preservar la coherencia del sentido espiritual, tanto en lo que debe hacerse como en lo que ya ha sucedido. Por ello, cuando encuentra acontecimientos que, según el relato histórico, tuvieron lugar y pueden acomodarse a un sentido espiritual, entreteje ambos sentidos en una sola forma de narración, ocultando siempre más profundamente el sentido escondido; pero allí donde el relato histórico no podía ajustarse a la coherencia espiritual de los acontecimientos, insertó a veces cosas que no sucedieron o que no podían suceder, y a veces también cosas que podían suceder, pero no sucedieron. Unas veces lo hace mediante unas pocas palabras que, tomadas en su sentido corporal, parecen incapaces de contener verdad; otras, mediante la inserción de muchas. Hallamos esto con frecuencia en las partes legislativas: entre los preceptos relativos al cuerpo hay muchas disposiciones manifiestamente útiles, pero también un número muy grande en las que no se advierte principio alguno de utilidad, e incluso algunas que se juzgan imposibles. Todo ello, como hemos señalado, fue dispuesto por el Espíritu Santo para que, al ver que lo que se halla en la superficie no puede ser verdadero ni útil, nos sintamos llevados a investigar la verdad más profundamente oculta y a descubrir un sentido digno de Dios en las Escrituras que creemos inspiradas por Él.