II, 1, 1
1. Aunque todas las cuestiones tratadas en el libro anterior se han referido al mundo y a su ordenación, parece que ahora corresponde volver a examinar expresamente algunos puntos relativos al mundo mismo: su principio y su fin, las economías de la Providencia divina que han tenido lugar entre ambos, o bien los acontecimientos que se supone ocurrieron antes de la creación del mundo o que han de tener lugar después de su fin.
En esta investigación, lo primero que se manifiesta con claridad es que el mundo, en todas sus condiciones diversas y cambiantes, está compuesto no solo de naturalezas racionales y más divinas, y de una diversidad de cuerpos, sino también de animales irracionales, fieras y animales domésticos, aves y todos los seres que viven en las aguas; y, en segundo lugar, de lugares, esto es, del cielo o los cielos, de la tierra y del agua, así como del aire que ocupa una posición intermedia y que llaman éter, y de todo cuanto brota de la tierra o nace en ella. Ahora bien, puesto que en el mundo existe una variedad tan grande, y una diversidad tan grande entre los propios seres racionales —diversidad por cuya causa se supone que han llegado también a existir todas las demás—, ¿qué otra causa debemos atribuir a la existencia del mundo, sobre todo si tenemos presente aquel fin por el cual se mostró en el libro anterior que todas las cosas han de ser restituidas a su condición originaria? Y si esto parece razonable, ¿qué otra causa, como ya hemos dicho, hemos de imaginar para una diversidad tan grande en el mundo, sino la diversidad y variedad de los movimientos y desviaciones de quienes se apartaron de aquella unidad y armonía primordiales en que fueron creados al principio por Dios y que, expulsados de aquel estado de bondad y arrastrados en distintas direcciones por el acoso de diversos motivos y deseos, transformaron, según sus diferentes inclinaciones, la bondad única e indivisa de su naturaleza en mentes de diversas clases?
Comentario editorial · Una frase que se conserva en griego
La pregunta de este pasaje —¿qué otra causa tiene la variedad del mundo sino la diversidad de los que se apartaron de la unidad primera?— es una de las pocas frases del tratado que se conservan en griego fuera de la Filocalia. Según una nota de la edición inglesa, está al final de la carta del emperador Justiniano a Menas, y su sentido coincide con el de Rufino, aunque más breve. El griego habla de la «unidad» con la palabra henás. Cuando Rufino y el griego coinciden, como aquí, la versión latina gana crédito.
Para ampliar: El texto de Crombie con sus notas (ANF, vol. 4, II, 1)
II, 1, 2
2. Pero Dios, con la inefable destreza de su sabiduría, transforma y restituye todas las cosas, cualquiera que sea el estado en que se encuentren, a algún fin útil y al bien común de todos, y reúne en una misma labor y un mismo propósito a aquellas criaturas que tanto diferían entre sí por la disposición de sus mentes; de modo que, aunque obren movidas por distintos motivos, contribuyen, no obstante, a la plenitud y perfección de un solo mundo, y la propia variedad de las mentes tiende a un único fin de perfección. Pues una sola potestad abarca y mantiene unida toda la diversidad del mundo, y encamina sus distintos movimientos hacia una sola obra, para que una empresa tan inmensa como el mundo no se disuelva por las discordias de las almas. Por esta razón pensamos que Dios, Padre de todas las cosas, a fin de procurar la salvación de todas sus criaturas mediante el inefable designio de su Palabra y su Sabiduría, dispuso a cada una de tal modo que ningún espíritu, ya se lo llame alma o ser racional, fuese obligado por la fuerza, contra la libertad de su propia voluntad, a seguir un rumbo distinto de aquel al que lo conducían los motivos de su propia mente —pues, de otro modo, parecería arrebatársele la facultad de ejercer el libre albedrío, lo que sin duda alteraría la naturaleza misma de ese ser—; y dispuso asimismo que sus diversos propósitos se ajustaran de manera conveniente y provechosa a la armonía de un solo mundo: unos necesitarían ayuda, otros serían capaces de prestarla y otros, a su vez, serían causa de lucha y contienda para quienes progresan, cuya diligencia se juzgaría así más digna de aprobación y que, tras la victoria, ocuparían con mayor firmeza el puesto alcanzado gracias a las dificultades de la contienda.
II, 1, 3
3. Aunque el mundo entero está organizado en funciones de distintas clases, no por ello debemos suponer que su condición sea de discrepancia y discordia internas; antes bien, así como nuestro cuerpo, aun dotado de muchos miembros, se mantiene unido por una sola alma, me parece que también el mundo entero debe considerarse como un animal enorme e inmenso, al que la potestad y la razón de Dios mantienen unido como si fueran una sola alma. Creo que esto mismo se indica en la Sagrada Escritura cuando el profeta declara: "¿No lleno yo el cielo y la tierra?", dice el Señor; y también: "El cielo es mi trono y la tierra, el estrado de mis pies"; así como en las palabras del Salvador, cuando dice que no debemos jurar ni por el cielo, porque es el trono de Dios, ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies. En el mismo sentido van las palabras de Pablo cuando, dirigiéndose a los atenienses, dice: "En él vivimos, nos movemos y existimos". Pues ¿cómo vivimos, nos movemos y existimos en Dios, si no es porque él abarca y mantiene unido el mundo entero mediante su potestad? Y ¿cómo puede el cielo ser el trono de Dios y la tierra el estrado de sus pies, según declara el propio Salvador, sino porque su potestad lo llena todo, tanto en el cielo como en la tierra, conforme a las palabras del Señor? Que Dios, Padre de todas las cosas, llena y mantiene unido el mundo con la plenitud de su potestad, según los pasajes que hemos citado, es algo que, a mi juicio, nadie tendrá dificultad en admitir. Y ahora, puesto que el curso de la discusión precedente ha mostrado que los distintos movimientos de los seres racionales y sus diversas opiniones han dado origen a la diversidad que existe en el mundo, debemos examinar si no conviene que este mundo tenga un término, como tuvo un principio. Pues no cabe duda de que su fin habrá de buscarse en medio de una gran diversidad y variedad; y esa variedad, al encontrarse presente en el término del mundo, proporcionará a su vez el fundamento y la ocasión de las diversidades del otro mundo que sucederá al presente.
II, 1, 4
4. Si en el curso de nuestra discusión hemos establecido que las cosas son así, parece que corresponde considerar a continuación la naturaleza del ser corpóreo, puesto que la diversidad del mundo no puede existir sin cuerpos. Por la naturaleza misma de las cosas resulta evidente que la naturaleza corporal admite diversidad y variedad de cambios, de modo que puede experimentar todas las transformaciones posibles: por ejemplo, la conversión de la madera en fuego, del fuego en humo, del humo en aire o del aceite en fuego. ¿No ofrece el propio alimento, tanto el del hombre como el de los animales, otro ejemplo de esa posibilidad de transformación? Pues todo cuanto tomamos como alimento se convierte en la sustancia de nuestro cuerpo. En cuanto al modo en que el agua se transforma en tierra o en aire, y el aire, a su vez, en fuego, o el fuego en aire, o el aire en agua, aunque no sea difícil explicarlo, basta por ahora con mencionarlo, ya que nuestro propósito es tratar de la naturaleza de la materia corporal. Por materia, pues, entendemos aquello que sirve de sustrato a los cuerpos, es decir, aquello por lo cual existen los cuerpos cuando se le confieren e imprimen cualidades; y distinguimos cuatro cualidades: calor, frío, sequedad y humedad. Estas cuatro cualidades, al imprimirse en la ὕλη, o materia —pues se entiende que la materia, por su propia naturaleza, existe sin las cualidades antes mencionadas—, producen las diversas clases de cuerpos. Aunque esta materia, como hemos dicho, carece de cualidades según su naturaleza propia, nunca se la encuentra existente sin alguna cualidad. Y no alcanzo a comprender cómo tantos hombres ilustres han podido sostener que esta materia, tan vasta y dotada de propiedades tales que puede bastar para todos los cuerpos del mundo cuya existencia quiso Dios, y servir y someterse al Creador para adoptar cuantas formas y especies quiso dar a todas las cosas, recibiendo en sí misma las cualidades que él deseó conferirle, no fue creada, esto es, no fue formada por Dios mismo, creador de todas las cosas, sino que su naturaleza y su potestad son fruto del azar. Me asombra que censuren a quienes niegan la potestad creadora de Dios o su gobierno providencial del mundo, y los acusen de impiedad por pensar que una obra tan grande como el mundo podría existir sin artífice ni rector, mientras que ellos mismos incurren en una acusación semejante de impiedad al decir que la materia no fue creada y que es coeterna con el Dios ingénito. Según esta opinión, si suponemos a efectos del razonamiento que la materia no existiera, dado que ellos sostienen que Dios no podía crear nada cuando nada existía, sin duda habría permanecido ocioso, al no tener materia sobre la cual obrar; y esa materia, según dicen, no le fue proporcionada por disposición suya, sino por accidente. Piensan, además, que aquello que apareció por azar pudo bastarle para una empresa de tan vasto alcance y para manifestar la potestad de su poder, y que, acogiendo el designio de toda su sabiduría, pudo ser diferenciado y formado hasta constituir un mundo. Esto me parece sumamente absurdo y propio de hombres que desconocen por completo la potestad y la inteligencia de la naturaleza ingénita. Pero, para ver con algo más de claridad la naturaleza de las cosas, concedamos por un momento que la materia no existía y que Dios, cuando antes nada existía, hizo llegar a la existencia aquello que quiso: ¿por qué habríamos de suponer que Dios crearía una materia mejor, mayor o de otra clase que la que produjo por su propia potestad y sabiduría, para que existiese lo que antes no existía? ¿Crearía una materia peor e inferior, o una igual a la que ellos llaman increada? Ahora bien, creo que cualquiera advertirá fácilmente que ni una materia mejor ni una inferior habrían podido asumir las formas y especies del mundo si no hubieran sido como aquella que efectivamente las asumió. ¿No parece, entonces, impío llamar increado a aquello que, si se creyera formado por Dios, sin duda resultaría ser tal como lo que ellos llaman increado?
II, 1, 5
5. Pero, para que creamos, por la autoridad de la Sagrada Escritura, que esto es así, escuchad cómo se confirma esta verdad en el libro de los Macabeos, donde la madre de siete mártires exhorta a su hijo a soportar el tormento; pues dice: "Te ruego, hijo mío, que mires el cielo y la tierra y todo cuanto hay en ellos, y que, al contemplarlos, reconozcas que Dios hizo todas estas cosas cuando no existían". También en el libro de El Pastor, en el primer mandamiento, se expresa así: "Cree ante todo que hay un solo Dios, que creó y ordenó todas las cosas e hizo que todas llegaran a existir desde la nada". Quizá se refiera también a esto la expresión de los Salmos: "Él habló y fueron hechos; ordenó y fueron creados". Pues las palabras "Él habló y fueron hechos" parecen referirse a la sustancia de las cosas que existen, mientras que las otras, "ordenó y fueron creados", parecen dichas de las cualidades mediante las cuales se ha modelado la sustancia misma.
II, 2, 1
1. Sobre este asunto, algunos suelen preguntarse si, así como el Padre engendra a un Hijo increado y hace proceder al Espíritu Santo, no como si este no hubiera existido antes, sino porque el Padre es el origen y la fuente del Hijo o del Espíritu Santo, sin que pueda concebirse en ellos anterioridad ni posterioridad, también puede entenderse que existe una unión o relación semejante entre las naturalezas racionales y la materia corporal. Para examinar esta cuestión más plena y detenidamente, la discusión suele comenzar por preguntar si esta misma naturaleza corporal, que sustenta la vida y contiene los movimientos de las mentes espirituales y racionales, será tan eterna como ellas, o si perecerá y será destruida por completo. Y para determinar la cuestión con mayor precisión, hemos de indagar, en primer lugar, si es posible que las naturalezas racionales permanezcan enteramente incorpóreas después de alcanzar la cumbre de la santidad y la felicidad —lo cual me parece sumamente difícil y casi imposible de lograr—, o si, por el contrario, han de estar siempre necesariamente unidas a cuerpos. Si alguien pudiera, pues, aducir una razón por la que les fuera posible prescindir por completo de los cuerpos, parecería seguirse que, así como la naturaleza corporal fue creada de la nada al cabo de ciertos intervalos de tiempo y llegó a existir cuando antes no existía, también habrá de dejar de existir cuando ya no existan los fines a los que servía.
II, 2, 2
2. Si, en cambio, es imposible sostener en modo alguno que pueda vivir sin cuerpo ninguna otra naturaleza fuera del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, la necesidad del razonamiento lógico nos obliga a entender que las naturalezas racionales fueron, ciertamente, creadas en el principio, pero que la sustancia material solo se separó de ellas en el pensamiento y en el entendimiento, y que parece haber sido formada para ellas, o después de ellas, sin que jamás hayan vivido ni vivan sin ella; pues la vida incorpórea se considerará, con razón, prerrogativa exclusiva de la Trinidad. Por tanto, como hemos señalado antes, la sustancia material de este mundo, cuya naturaleza admite todas las transformaciones posibles, cuando es arrastrada hacia seres de orden inferior, se moldea en la condición más tosca y sólida de un cuerpo, dando lugar a las formas visibles y cambiantes del mundo; pero cuando se pone al servicio de seres más perfectos y bienaventurados, resplandece con el fulgor de los cuerpos celestes y reviste a los ángeles de Dios o a los hijos de la resurrección con la vestidura de un cuerpo espiritual. Con todo ello se completará el estado diverso y cambiante del único mundo. Pero si alguien desea examinar estas cuestiones más a fondo, será necesario estudiar las Sagradas Escrituras con mayor atención y diligencia, con toda reverencia y temor de Dios, para averiguar si su sentido secreto y oculto revela acaso algo al respecto; y quizá, tras reunir muchos testimonios sobre este mismo punto, quienes sean dignos descubran algo en su lenguaje abstruso y misterioso gracias a la iluminación del Espíritu Santo.
II, 3, 1
La siguiente cuestión que hemos de indagar es si existió algún otro mundo antes del que ahora existe y, en tal caso, si era como el presente, algo distinto o inferior; o si no había mundo alguno, sino algo semejante a lo que entendemos que habrá después del fin de todas las cosas, cuando el reino sea entregado a Dios, es decir, al Padre. Esto último, sin embargo, podría haber sido el fin de otro mundo, a saber, de aquel tras el cual tuvo su principio este; y cabe preguntarse si los diversos apartamientos de las naturalezas intelectuales movieron a Dios a producir esta condición diversa y cambiante del mundo. También este punto, creo, debe investigarse de manera semejante: si después de este mundo habrá algún proceso de preservación y enmienda, ciertamente severo y acompañado de mucho dolor para quienes no quisieron obedecer la Palabra de Dios, pero mediante el cual, por la instrucción y la formación racional, podrán alcanzar un entendimiento más pleno de la verdad quienes en la vida presente se han dedicado a estas indagaciones y, una vez purificada su mente, han avanzado hasta hacerse capaces de alcanzar la sabiduría divina; si, tras ello, seguirá inmediatamente el fin de todas las cosas y habrá de nuevo, para corrección y mejora de quienes la necesiten, otro mundo, semejante al que ahora existe, mejor que él o muy inferior; cuánto durará ese mundo, cualquiera que sea el que haya de venir después de este; si habrá un tiempo en que no exista mundo alguno en ninguna parte, o si hubo un tiempo en que no existía mundo en absoluto; si ha habido o habrá varios mundos; y si alguna vez acontecerá que uno sea semejante a otro, igual a él en todos los aspectos e indistinguible de él.
II, 3, 2
2. Para que resulte más claro si la materia corporal puede existir durante intervalos de tiempo y si, así como no existía antes de ser hecha, puede volver a quedar reducida a la nada, veamos, en primer lugar, si es posible que alguien viva sin cuerpo. Pues, si una persona puede vivir sin cuerpo, todas las demás también podrán prescindir de él, dado que nuestro tratado anterior ha mostrado que todas las cosas tienden hacia un mismo fin. Ahora bien, si todas pueden existir sin cuerpos, indudablemente no habrá sustancia corporal, puesto que no tendrá utilidad alguna. Pero ¿cómo entenderemos las palabras del apóstol en los pasajes en que, al tratar de la resurrección de los muertos, dice: "Es preciso que esto corruptible se revista de incorrupción y que esto mortal se revista de inmortalidad. Cuando esto corruptible se haya revestido de incorrupción y esto mortal se haya revestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: ¡La muerte ha sido absorbida en la victoria! ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? Oh muerte, tu aguijón ha sido absorbido: el aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la ley"? Tal parece ser, pues, el sentido que sugiere el apóstol. Porque ¿puede la expresión que emplea, "esto corruptible" y "esto mortal", con el gesto, por así decirlo, de quien toca o señala algo, aplicarse a otra cosa que a la materia corporal? Esta materia del cuerpo, ahora corruptible, se revestirá de incorrupción cuando comience a habitarla un alma perfecta, dotada de las señales de la incorrupción. Y no os sorprenda que hablemos de un alma perfecta como vestidura del cuerpo —al que ahora, por razón de la Palabra de Dios y de su sabiduría, se da el nombre de incorrupción—, cuando se dice que el propio Jesucristo, Señor y Creador del alma, es la vestidura de los santos, según las palabras del apóstol: "Revestíos del Señor Jesucristo". Así pues, como Cristo es la vestidura del alma, también se dice, por una razón bastante comprensible, que el alma es la vestidura del cuerpo, pues lo adorna y cubre y oculta su naturaleza mortal. La expresión "Es preciso que esto corruptible se revista de incorrupción" equivale, por tanto, a decir: "Es preciso que esta naturaleza corruptible del cuerpo reciba la vestidura de la incorrupción", es decir, un alma que posea en sí misma la incorruptibilidad, porque se ha revestido de Cristo, que es la Sabiduría y la Palabra de Dios. Pero cuando este cuerpo, que en algún tiempo futuro poseeremos en un estado más glorioso, llegue a participar de la vida, entonces, además de inmortal, será también incorruptible. Pues todo lo mortal es necesariamente corruptible; pero no puede decirse que todo lo corruptible sea también mortal. De una piedra o de un trozo de madera decimos que son corruptibles, pero no que de ello se siga que sean también mortales. En cambio, como el cuerpo participa de la vida y esta puede separarse de él, y de hecho se separa, lo llamamos, en consecuencia, mortal; y en otro sentido hablamos también de él como corruptible. El santo apóstol, por tanto, con notable perspicacia, refiriéndose a la causa primera y general de la materia corporal, de la cual se sirve constantemente el alma, sean cuales fueren las cualidades de que esté dotada —ahora, ciertamente, carnales, pero más adelante más sutiles y puras, a las que se llama espirituales—, dice: "Es preciso que esto corruptible se revista de incorrupción". Y, en segundo lugar, atendiendo a la causa particular del cuerpo, dice: "Es preciso que esto mortal se revista de inmortalidad". Ahora bien, ¿qué serán la incorrupción y la inmortalidad sino la sabiduría, la palabra y la justicia de Dios, que modelan, visten y adornan el alma? De ahí que se diga: "Lo corruptible se revestirá de incorrupción, y lo mortal, de inmortalidad". Pues, aunque ahora podamos progresar mucho, como solo conocemos en parte y profetizamos en parte, y vemos como en un espejo, oscuramente, incluso aquello que nos parece entender, esto corruptible aún no se reviste de incorrupción, ni esto mortal se ha revestido todavía de inmortalidad. Y como nuestra formación en el cuerpo se prolonga sin duda por un período más largo, hasta que nuestros mismos cuerpos, de los que estamos revestidos, puedan merecer la incorruptibilidad y la inmortalidad por razón de la Palabra de Dios, de su sabiduría y de su justicia perfecta, por eso se dice: "Es preciso que esto corruptible se revista de incorrupción y que esto mortal se revista de inmortalidad".
II, 3, 3
3. No obstante, quienes piensan que las criaturas racionales pueden existir en algún momento fuera del cuerpo quizá planteen aquí las siguientes cuestiones. Si es verdad que esto corruptible se revestirá de incorrupción y esto mortal de inmortalidad, y que la muerte será absorbida al final, ello muestra que lo único destinado a ser destruido es la naturaleza material, sobre la que podía obrar la muerte, mientras que la agudeza intelectual de quienes están en el cuerpo parece embotada por la naturaleza de la materia corporal. Si, en cambio, están fuera del cuerpo, escaparán por completo a la molestia que ocasiona semejante perturbación. Pero, como no podrán desprenderse inmediatamente de toda vestidura corporal, hay que considerar que habitan cuerpos más sutiles y puros, dotados de la propiedad de no ser ya vencidos por la muerte ni heridos por su aguijón. Así, finalmente, a medida que desaparece la naturaleza material, la muerte es absorbida y, al término, incluso exterminada, y su aguijón queda completamente embotado por la gracia divina que el alma se ha hecho capaz de recibir; de ese modo, ha merecido obtener la incorruptibilidad y la inmortalidad. Entonces todos dirán con razón: "Oh muerte, ¿dónde está tu victoria? Oh muerte, ¿dónde está tu aguijón?". "El aguijón de la muerte es el pecado". Si estas conclusiones parecen válidas, de ello se sigue que debemos creer que, en algún tiempo futuro, nuestra condición será incorpórea; y, si se admite esto y se dice que todos estarán sujetos a Cristo, también esa condición incorpórea deberá necesariamente ser concedida a todos aquellos a quienes alcance la sujeción a Cristo, puesto que todos los sujetos a Cristo estarán al final sujetos a Dios Padre, a quien se dice que Cristo entregará el reino. Así pues, parece que entonces cesará también la necesidad de los cuerpos. Y, si cesa, la materia corporal vuelve a la nada, como tampoco existía anteriormente.
Veamos ahora qué puede responderse a quienes sostienen tales afirmaciones. Pues parece seguirse necesariamente que, si la naturaleza corporal es aniquilada, habrá de ser restaurada y creada de nuevo, ya que parece posible que las naturalezas racionales, a las que nunca se priva de la libertad de la voluntad, vuelvan a experimentar movimientos de algún género por un acto especial del Señor mismo, no sea que, si permanecieran siempre en una condición inmutable, ignorasen que han sido situadas en ese estado final de felicidad por la gracia de Dios y no por mérito propio. Y esos movimientos irán sin duda acompañados nuevamente de la variedad y diversidad de los cuerpos que siempre adornan el mundo; ni este estará jamás compuesto sino de variedad y diversidad, efecto que no puede producirse sin materia corporal.
II, 3, 4
4. Y ahora no comprendo con qué pruebas pueden sostener su postura quienes afirman que a veces llegan a existir mundos no solo semejantes entre sí, sino iguales en todos los aspectos. Pues, si se dice que habrá un mundo semejante en todo al presente, acontecerá que Adán y Eva harán las mismas cosas que hicieron antes: se producirá por segunda vez el mismo diluvio y el mismo Moisés volverá a sacar de Egipto a una nación de casi seiscientas mil personas; Judas traicionará al Señor por segunda vez; Pablo volverá a custodiar los mantos de quienes apedrearon a Esteban; y se dirá que todo cuanto ha sucedido en esta vida se repite. Pienso que tal estado de cosas no puede establecerse mediante razonamiento alguno si las almas actúan con libertad de la voluntad y progresan o retroceden según la potestad de su voluntad. Pues las almas no son arrastradas en un ciclo que, tras muchas eras, retorna al mismo punto y las obliga a hacer o desear esto o aquello; antes bien, orientan el curso de sus acciones hacia dondequiera que apunte la libertad de su propia voluntad. Porque lo que dicen esas personas viene a ser como afirmar que, si se derramase en el suelo un medimno de grano, al hacerlo por segunda vez cada grano caería exactamente igual que la primera: cada uno quedaría de nuevo junto al mismo grano al lado del cual había caído antes, y todo el medimno se esparciría en idéntico orden y con las mismas señales que en la ocasión anterior. Esto, sin duda, es imposible tratándose de los innumerables granos de un medimno, aunque se los vertiera sin cesar durante muchas eras. Por tanto, me parece imposible que un mundo se reproduzca por segunda vez con el mismo orden y el mismo número de nacimientos, muertes y acciones; pero pueden existir diversos mundos con cambios nada insignificantes, de modo que la condición de otro mundo sea, por razones manifiestas, mejor que la de este para unos, peor para otros e intermedia para otros más. En cuanto al número o medida de tales mundos, confieso ignorarlo, aunque, si alguien puede decírmelo, con gusto lo aprendería.
II, 3, 5
5. Pero se dice que este mundo, al que también se llama era, constituye la conclusión de muchas eras. Ahora bien, el santo apóstol enseña que Cristo no padeció en la era que precedió a esta, ni tampoco en la que precedió a aquella; y no sé si soy capaz de enumerar cuántas eras anteriores hubo en las que no padeció. Mostraré, sin embargo, por qué afirmaciones de Pablo he llegado a este entendimiento. Dice: "Pero ahora, una sola vez, en la consumación de las eras, se manifestó para quitar el pecado mediante el sacrificio de sí mismo". Afirma, pues, que fue hecho víctima una sola vez y que se manifestó en la consumación de las eras para quitar el pecado. Ahora bien, que después de esta era, que se dice formada para la consumación de otras eras, vendrán de nuevo otras, lo hemos aprendido claramente del propio Pablo, quien dice: "Para mostrar en las eras venideras la sobreabundante riqueza de su gracia en su bondad para con nosotros". No ha dicho "en la era venidera", ni "en las dos eras venideras", de donde infiero que sus palabras indican muchas eras. Y si hay algo mayor que las eras, de suerte que entre los seres creados puedan concebirse ciertas eras, pero entre otros seres que exceden y superan a las criaturas visibles puedan concebirse eras aún mayores —como quizá suceda en la restauración de todas las cosas, cuando el universo entero alcance su término perfecto—, acaso deba entenderse que el período en que tendrá lugar la consumación de todas las cosas es algo más que una era. Pero aquí me mueve la autoridad de la Sagrada Escritura, que dice: "Por una era y más". La palabra "más" significa indudablemente algo mayor que una era; y considerad si aquellas palabras del Salvador: "Quiero que donde yo esté estén también estos", y "como tú y yo somos uno, que también estos sean uno en nosotros", no parecen expresar algo más que una era y que muchas eras, acaso incluso más que eras de eras: a saber, aquel período en que todas las cosas ya no están en una era, sino que Dios está en todo.
II, 3, 6
6. Habiendo tratado estas cuestiones acerca de la naturaleza del mundo en la medida de nuestras posibilidades, no parece fuera de lugar indagar qué significa el término "mundo", que, según se ve, tiene con frecuencia distintos sentidos en la Sagrada Escritura. Pues lo que en latín llamamos mundus se denomina en griego κόσμος, y κόσμος significa no solo "mundo", sino también "ornamento". Así, en Isaías, cuando se dirige un reproche a las principales hijas de Sion y se dice: "En lugar de un ornamento de oro en la cabeza, tendrás calvicie a causa de tus obras", se emplea para designar el ornamento el mismo término con que se designa el mundo, a saber, κόσμος. También se dice que la disposición del mundo está representada en la vestidura del sumo sacerdote, como encontramos en la Sabiduría de Salomón, donde se afirma: "Pues en la larga vestidura estaba el mundo entero". Se llama igualmente "mundo" a nuestra tierra con sus habitantes, como cuando la Escritura dice: "El mundo entero yace en la maldad". Clemente, discípulo de los apóstoles, menciona a aquellos a quienes los griegos llamaban ᾿Αντίχθονες y otras regiones de la tierra a las que ninguno de los nuestros puede llegar, ni nadie de quienes allí viven puede pasar hasta nosotros. También a esas regiones las llamó mundos, diciendo: "El océano es infranqueable para los hombres; y al otro lado de él hay mundos gobernados por las mismas disposiciones de Dios soberano". Asimismo se llama mundo al universo delimitado por el cielo y la tierra, como declara Pablo: "Pues la apariencia de este mundo pasará". Nuestro Señor y Salvador señala también otro mundo distinto de este visible, aunque sería difícil describirlo y darlo a conocer. Dice: "Yo no soy de este mundo". Pues habla como si fuera de algún otro mundo al decir: "Yo no soy de este mundo". Ya hemos dicho que resulta difícil explicar de qué mundo se trata; y lo hemos advertido para no dar pie a que nadie suponga que sostenemos la existencia de ciertas imágenes a las que los griegos llaman ideas. Porque sin duda es ajeno a nuestros autores hablar de un mundo incorpóreo que exista solo en la imaginación o en el mundo fugaz de los pensamientos; y no veo cómo podrían afirmar que el Salvador viene de allí o que los santos irán a ese lugar. No hay duda, sin embargo, de que el Salvador señala algo más ilustre y excelente que este mundo presente y exhorta y anima a los creyentes a aspirar a ello. Pero sigue siendo incierto si ese mundo al que quiere aludir está muy separado y apartado de este por su situación, su naturaleza o su gloria, o si, siendo superior en gloria y cualidad, permanece dentro de los límites de este mundo —lo que me parece más probable—; y, a mi juicio, es una cuestión poco apropiada para el pensamiento humano. Sin embargo, por lo que Clemente parece indicar cuando dice: "El océano es infranqueable para los hombres, así como los mundos que hay más allá de él", hablando en plural de los mundos que están al otro lado, de los que da a entender que son administrados y gobernados por la misma providencia del Dios Altísimo, parece ofrecernos algunos gérmenes de aquella opinión según la cual el universo entero de las cosas existentes —celestiales y supracelestes, terrenales e infernales— recibe generalmente el nombre de un solo mundo perfecto, dentro del cual, o por medio del cual, debe suponerse que están contenidos otros mundos, si los hay. Por esta razón se quiso llamar mundo a cada una de las esferas del sol y de la luna, así como a las de los demás cuerpos denominados planetas. Más aún: se pretende que también aquella esfera preeminente a la que llaman "no errante" (ἀπλανῆ) reciba propiamente el nombre de mundo. Por último, se invoca el libro del profeta Baruc en testimonio de esta afirmación, porque en él se señalan con mayor claridad los siete mundos o cielos. No obstante, por encima de aquella esfera a la que llaman "no errante" (ἀπλανῆ), sostienen que existe otra esfera que, según dicen, así como nuestro cielo contiene todo lo que está debajo de él, abarca en su inmensa magnitud y extensión indescriptible los espacios de todas las esferas reunidas dentro de su circunferencia más grandiosa; de manera que todas las cosas están en su interior, como nuestra tierra está bajo el cielo. Se cree también que esta recibe en las Sagradas Escrituras el nombre de tierra buena y tierra de los vivos, y que tiene su propio cielo, más elevado, en el que se dice que el Salvador escribe o ha escrito los nombres de los santos. Ese cielo circunda y encierra la tierra que el Salvador promete en el Evangelio a los mansos y misericordiosos. Pues sostienen que esta tierra nuestra, antiguamente llamada Seca, tomó su nombre del de aquella tierra, como también este cielo recibió el nombre de firmamento a partir de la denominación de aquel cielo. Pero hemos tratado más extensamente estas opiniones en el lugar donde debíamos indagar el significado de la declaración de que, en el principio, Dios hizo los cielos y la tierra. Pues se muestra que existen otro cielo y otra tierra además de aquel firmamento que se dice hecho después del segundo día, o de aquella tierra seca que más tarde recibió el nombre de tierra. Ciertamente, lo que algunos dicen de este mundo —que es corruptible porque fue hecho y, sin embargo, no se corrompe porque la voluntad de Dios, que lo hizo y lo mantiene unido para que la corrupción no prevalezca sobre él, es más fuerte y poderosa que esta— puede suponerse con mayor propiedad de aquel mundo que antes hemos llamado esfera no errante, puesto que, por voluntad de Dios, no está en absoluto sujeto a la corrupción, ya que no ha admitido ninguna causa de ella, dado que es el mundo de los santos y de los completamente purificados, y no de los malvados, como este mundo nuestro. Debemos considerar, además, si acaso no se refiere a él el apóstol cuando dice: "Mientras no fijamos la mirada en las cosas que se ven, sino en las que no se ven; pues las que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas. Porque sabemos que, si se deshiciera nuestra morada terrenal, este tabernáculo, tenemos un edificio de Dios, una morada no hecha por manos humanas, eterna en los cielos". Y cuando dice en otro lugar: "Porque contemplaré los cielos, obra de tus dedos", mientras que Dios dijo por boca de su profeta, acerca de todas las cosas visibles: "Mi mano formó todas estas cosas", declara que aquella morada eterna en los cielos que promete a sus santos no fue hecha por manos humanas, señalando sin duda la diferencia de creación entre las cosas que se ven y las que no se ven. Pues no debe entenderse lo mismo por "las cosas que no se ven" que por "las cosas invisibles". Las invisibles no solo no se ven, sino que ni siquiera poseen la propiedad de poder verse, pues son lo que los griegos llaman ἀσώματα, es decir, incorpóreas; mientras que aquellas de las que Pablo dice que "no se ven" poseen ciertamente la propiedad de poder verse, pero, como él explica, aún no son contempladas por quienes las tienen prometidas.
II, 3, 7
7. Habiendo expuesto, pues, en la medida en que hemos podido comprenderlas, estas tres opiniones acerca del fin de todas las cosas y de la suprema bienaventuranza, determine cada uno de nuestros lectores por sí mismo, con cuidado y diligencia, si alguna de ellas puede aprobarse y adoptarse. Pues se ha dicho que debemos suponer una de estas posibilidades: o bien que es posible una existencia incorpórea después de que todas las cosas hayan quedado sujetas a Cristo y, por Cristo, a Dios Padre, cuando Dios sea todo en todos; o bien que, una vez sujetas todas las cosas a Cristo y, por Cristo, a Dios —con quien también formarán un solo espíritu, por ser los espíritus naturalezas racionales—, la propia sustancia corporal, unida asimismo a los espíritus más puros y excelentes y transformada en una condición etérea conforme a la cualidad o los méritos de quienes la asuman —según las palabras del apóstol: "También nosotros seremos transformados"—, resplandecerá; o bien, al menos, que cuando pase la apariencia de las cosas visibles y toda corrupción haya sido sacudida y eliminada, y cuando se haya dejado atrás y debajo todo el espacio ocupado por este mundo, donde se dice que están las esferas de los planetas, se alcanzará entonces la morada estable de los piadosos y los buenos, situada por encima de aquella esfera llamada "no errante" (ἀπλανής), como en una tierra buena, en una tierra de los vivos, que heredarán los mansos y afables. A esa tierra pertenece aquel cielo que, con su extensión más grandiosa, la rodea y contiene, y al que se llama cielo en el sentido más verdadero y principal; en ese cielo y esa tierra puede situarse, con seguridad y plena confianza, el fin y la perfección de todas las cosas. Allí, quienes hayan sido apresados y castigados por las faltas de las que hubieron de purificarse podrán, después de cumplir y saldar toda obligación, merecer una morada en aquella tierra; mientras que de quienes han obedecido la Palabra de Dios y, en adelante, han mostrado por su obediencia que son capaces de recibir la sabiduría, se dice que merecen el reino de aquel cielo o de aquellos cielos. Así se cumplen más dignamente las predicciones: "Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra" y "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque heredarán el reino de los cielos", así como la declaración del salmo: "Él te exaltará y heredarás la tierra". Pues llegar a esta tierra se llama descenso, pero llegar a aquella que está en lo alto se llama exaltación. De este modo, por tanto, parece abrirse una especie de camino por el que los santos parten de aquella tierra hacia esos cielos, de suerte que no parecen tanto permanecer en esa tierra como habitarla con el propósito de pasar a la herencia del reino de los cielos cuando hayan alcanzado también ese grado de perfección.
Capítulo 4. El Dios de la ley y los profetas, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es el mismo Dios
II, 4, 1
1. Habiendo ya ordenado brevemente estas cuestiones en la medida de nuestras posibilidades, de ello se sigue que, conforme a nuestro propósito inicial, debemos refutar a quienes piensan que el Padre de nuestro Señor Jesucristo es un Dios distinto de aquel que dio a Moisés los oráculos de la ley y envió a los profetas, el Dios de nuestros padres Abrahán, Isaac y Jacob. Pues, ante todo, debemos estar firmemente asentados en este artículo de fe. Hemos de considerar, por tanto, una expresión que aparece con frecuencia en los Evangelios y que se añade al relato de todos los actos de nuestro Señor y Salvador: "para que se cumpliera lo dicho por tal o cual profeta"; y es manifiesto que esos profetas son los profetas del Dios que hizo el mundo. De ello concluimos, pues, que quien envió a los profetas predijo él mismo lo que había de anunciarse acerca de Cristo. Y no cabe duda de que fue el propio Padre, y no otro distinto de él, quien pronunció tales predicciones. Además, el hecho de que el Salvador o sus apóstoles recurran con frecuencia a ejemplos del Antiguo Testamento muestra que atribuyen autoridad a los antiguos. Asimismo, cuando el Salvador exhorta a sus discípulos a practicar la bondad y les manda: "Sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre que está en los cielos; pues él hace salir su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos e injustos", da a entender con toda evidencia, incluso a una persona de escaso entendimiento, que no les propone imitar a otro Dios que al hacedor del cielo y dispensador de la lluvia. Por otra parte, la expresión que deben emplear quienes oran, "Padre nuestro que estás en los cielos", ¿qué parece indicar sino que a Dios se lo ha de buscar en las partes más elevadas del mundo, es decir, de su creación? Además, aquellos admirables preceptos que establece acerca de los juramentos, al decir que no debemos jurar ni por el cielo, porque es el trono de Dios, ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies, ¿no concuerdan con toda claridad con las palabras del profeta: "El cielo es mi trono y la tierra, el estrado de mis pies"? Y cuando expulsó del templo a quienes vendían ovejas, bueyes y palomas, volcó las mesas de los cambistas y dijo: "Quitad esto de aquí y no hagáis de la casa de mi Padre una casa de comercio", llamó sin duda Padre suyo a aquel en cuyo nombre Salomón había levantado un templo magnífico. Asimismo, las palabras "¿No habéis leído lo que Dios dijo a Moisés: "Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob"? No es Dios de muertos, sino de vivos" nos enseñan con toda claridad que llamó al Dios de los patriarcas —porque estos eran santos y estaban vivos— Dios de los vivos; el mismo, a saber, que había dicho por los profetas: "Yo soy Dios, y fuera de mí no hay Dios". Pues si el Salvador, sabiendo que aquel de quien está escrito en la ley es el Dios de Abrahán y que es el mismo que dice "Yo soy Dios, y fuera de mí no hay Dios", reconoce como Padre suyo precisamente a ese Dios que, según suponen los herejes, ignora la existencia de cualquier otro Dios superior a él, absurdamente declara Padre suyo a quien no conoce a un Dios mayor. Pero si no es por ignorancia, sino por engaño, por lo que este dice que no hay otro Dios fuera de él, resulta mucho más absurdo confesar que su Padre es culpable de falsedad. De todo ello se llega a la conclusión de que el Salvador no conoce otro Padre que Dios, fundador y creador de todas las cosas.
II, 4, 2
2. Sería tedioso reunir de todos los pasajes de los Evangelios las pruebas de que el Dios de la ley y el de los Evangelios son uno y el mismo. Examinemos brevemente los Hechos de los Apóstoles, donde Esteban y los demás apóstoles dirigen sus oraciones al Dios que hizo el cielo y la tierra y habló por boca de sus santos profetas, y lo llaman Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios que sacó a su pueblo de la tierra de Egipto. Estas expresiones, sin duda, orientan claramente nuestro entendimiento hacia la fe en el Creador e infunden amor por él en quienes han aprendido a pensar de él de ese modo, con piedad y fidelidad; conforme a las palabras del propio Salvador, quien, al preguntársele cuál era el mayor mandamiento de la ley, respondió: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Y añadió: "De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas". ¿Cómo es, entonces, que a aquel a quien instruía y encaminaba a hacerse discípulo le recomienda por encima de todos los demás este mandamiento, que sin duda había de encender en él el amor hacia el Dios de aquella ley, puesto que así lo había declarado la ley con esas mismas palabras? Pero admitamos, a pesar de todas estas pruebas tan evidentes, que el Salvador dice de algún otro Dios desconocido: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón", etcétera. Si la ley y los profetas proceden, como ellos afirman, del Creador, es decir, de un Dios distinto de aquel a quien él llama bueno, ¿cómo podrá parecer lógico lo que añade, a saber, que de esos dos mandamientos dependen la ley y los profetas? Pues ¿cómo ha de depender de él lo que es ajeno y extraño a Dios? Y cuando Pablo dice: "Doy gracias a mi Dios, a quien sirvo en mi espíritu, como mis antepasados, con limpia conciencia", muestra claramente que no se volvió a ningún Dios nuevo, sino a Cristo. Pues ¿a qué otros antepasados de Pablo podría referirse, sino a aquellos de quienes dice: "¿Son hebreos? Yo también. ¿Son israelitas? Yo también"? Es más, ¿no mostrará claramente lo mismo, a quienes saben entender las cartas de Pablo, el propio comienzo de su Epístola a los Romanos, a saber, qué Dios predica? Pues estas son sus palabras: "Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el Evangelio de Dios, que él había prometido de antemano por medio de sus profetas en las Sagradas Escrituras acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne y declarado Hijo de Dios con potestad, según el espíritu de santidad, por la resurrección de Jesucristo, nuestro Señor, de entre los muertos", etcétera. Asimismo, respecto de estas otras palabras: "No pondrás bozal al buey que trilla", pregunta: "¿Acaso se ocupa Dios de los bueyes? ¿O lo dice enteramente por nosotros? Sin duda, por nosotros está escrito esto: para que quien ara, are con esperanza, y quien trilla lo haga con la esperanza de participar de los frutos". Con ello muestra manifiestamente que Dios, que dio la ley por nosotros, es decir, por los apóstoles, dice: "No pondrás bozal al buey que trilla"; pues su solicitud no se dirigía a los bueyes, sino a los apóstoles que predicaban el Evangelio de Cristo. También en otros pasajes Pablo, acogiendo las promesas de la ley, dice: "Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa: para que te vaya bien y sean largos tus días sobre la tierra, la tierra buena que el Señor tu Dios te dará". Con ello da a conocer, sin duda, que le son gratos la ley, el Dios de la ley y sus promesas.
II, 4, 3
3. Pero, como quienes sostienen esta herejía acostumbran a veces extraviar el corazón de las personas sencillas mediante ciertos sofismas engañosos, no considero impropio exponer las afirmaciones que suelen hacer y refutar su engaño y falsedad. Estas son, pues, sus declaraciones. Está escrito que nadie ha visto jamás a Dios. Sin embargo, al Dios que predica Moisés lo vieron tanto el propio Moisés como sus padres antes que él; en cambio, a aquel que anuncia el Salvador no lo ha visto nunca nadie. Preguntémosles, pues, y preguntémonos también nosotros, si sostienen que aquel a quien reconocen como Dios y afirman que es un Dios distinto del Creador es visible o invisible. Si dicen que es visible, además de quedar demostrado que contradicen la declaración de la Escritura, que dice del Salvador: "Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura", caerán también en el absurdo de afirmar que Dios es corpóreo. Pues nada puede verse si no tiene forma, tamaño y color, propiedades propias de los cuerpos. Y si se declara que Dios es un cuerpo, se hallará también que es material, puesto que todo cuerpo está compuesto de materia. Pero si está compuesto de materia, y la materia es indudablemente corruptible, ¡entonces, según ellos, Dios está sujeto a la corrupción! Les plantearemos una segunda pregunta: ¿ha sido creada la materia o es increada, es decir, no ha sido hecha? Si responden que no ha sido hecha, es decir, que es increada, les preguntaremos si una parte de la materia es Dios y la otra, el mundo. Pero si dicen que la materia ha sido hecha, de ello se seguirá sin duda que confiesan que aquel a quien declaran Dios ha sido hecho; conclusión que ciertamente ni su razón ni la nuestra pueden admitir. Pero dirán: "Dios es invisible". ¿Y qué haréis entonces? Si decís que es invisible por naturaleza, tampoco debería ser visible para el Salvador. Por el contrario, se dice que Dios, el Padre de Cristo, es visto, porque "quien ve al Hijo —dice él— ve también al Padre". Esto ciertamente nos pondría en un grave aprieto si no entendiéramos la expresión, más correctamente, como referida al entendimiento y no a la vista. Pues quien ha entendido al Hijo entenderá también al Padre. Así pues, debemos suponer que también Moisés vio a Dios, no contemplándolo con los ojos del cuerpo, sino entendiéndolo con la visión del corazón y la percepción de la mente, y eso solo en cierta medida. Pues es manifiesto que aquel que respondió a Moisés le dijo: "No verás mi rostro, sino mis espaldas". Estas palabras han de entenderse, por supuesto, en el sentido místico que corresponde a las palabras divinas, y deben rechazarse y despreciarse las fábulas de viejas que inventan personas ignorantes acerca de las partes anteriores y posteriores de Dios. Que nadie suponga, en verdad, que hemos incurrido en impiedad al decir que ni siquiera para el Salvador es visible el Padre. Considere la distinción que empleamos al tratar con los herejes. Pues hemos explicado que una cosa es ver y ser visto, y otra conocer y ser conocido, o entender y ser entendido. Ver y ser visto es, por tanto, una propiedad de los cuerpos, que ciertamente no cabe aplicar ni al Padre, ni al Hijo, ni al Espíritu Santo en sus relaciones mutuas. Pues la naturaleza de la Trinidad excede los límites de la visión, aunque concede a quienes están en un cuerpo, es decir, a todas las demás criaturas, la facultad de verse unos a otros. A una naturaleza incorpórea y eminentemente intelectual, en cambio, no le corresponde otro atributo que el de conocer o ser conocida, como declara el propio Salvador cuando dice: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre; ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo". Está claro, pues, que no dijo: "Nadie ha visto al Padre sino el Hijo", sino: "Nadie conoce al Padre sino el Hijo".
II, 4, 4
4. Y ahora bien, si a causa de las expresiones que aparecen en el Antiguo Testamento, como cuando se dice que Dios se enoja o se arrepiente, o se le atribuye cualquier otro afecto o pasión humanos, nuestros adversarios creen encontrar argumentos para refutarnos a nosotros, que sostenemos que Dios es enteramente impasible y ha de considerarse por completo libre de todos los afectos de esa índole, hemos de mostrarles que también en las parábolas del Evangelio se encuentran afirmaciones semejantes. Así, se dice que quien plantó una viña y la arrendó a unos labradores, los cuales mataron a los siervos que les envió y, por último, dieron muerte incluso al hijo, les quitó la viña lleno de ira, entregó a los labradores malvados a la destrucción y confió la viña a otros que le darían el fruto a su tiempo. Lo mismo sucede con aquellos ciudadanos que, cuando el señor de la casa partió para recibir un reino, enviaron tras él mensajeros que decían: "No queremos que este reine sobre nosotros"; pues el señor de la casa, una vez obtenido el reino, regresó y, lleno de ira, mandó que los mataran en su presencia e incendió su ciudad. Pero cuando leemos, ya sea en el Antiguo Testamento o en el Nuevo, acerca de la ira de Dios, no tomamos tales expresiones literalmente, sino que buscamos en ellas un sentido espiritual, para pensar de Dios como merece que se piense de él. Y sobre estas cuestiones, al explicar el versículo del segundo salmo, "Entonces les hablará en su ira y los turbará en su furor", mostramos, en la medida de nuestras escasas posibilidades, cómo debe entenderse una expresión semejante.