IV, 1, 1 · griego
Puesto <que> al examinar cuestiones de tanta importancia no nos contentamos con las nociones comunes ni con la evidencia de lo que vemos, sino que, para demostrar lo que afirmamos, añadimos testimonios tomados de las Escrituras que creemos divinas, tanto de la llamada Antigua Alianza como de la llamada Nueva, y procuramos afianzar nuestra fe mediante la razón, pero aún no hemos tratado de las Escrituras en cuanto divinas, examinemos también brevemente este asunto y expongamos las razones que nos llevan a tenerlas por escritos divinos. Y, antes de recurrir a pasajes de esos mismos escritos y a lo que en ellos se manifiesta, hemos de considerar lo siguiente acerca de Moisés y de Jesucristo, el legislador de los hebreos y el introductor de las doctrinas salvadoras del cristianismo.
Pues, aunque entre griegos y bárbaros ha habido numerosísimos legisladores y maestros que proclamaban doctrinas con pretensión de verdad, no tenemos noticia de ningún legislador que haya logrado suscitar en las demás naciones el deseo de aceptar sus enseñanzas. Y, por mucho que quienes se profesaban filósofos de la verdad aportasen toda una preparación acompañada de lo que parecía una demostración racional, ninguno ha podido inculcar la verdad que creía poseer a naciones diversas, ni siquiera a grupos numerosos de una sola nación. Ciertamente, tanto los legisladores habrían querido dar vigencia, si hubiera sido posible entre todo el género humano, a las leyes que les parecían buenas, como los maestros habrían querido difundir por toda la tierra habitada lo que imaginaban que era la verdad. Pero, incapaces de atraer a quienes hablaban otras lenguas y pertenecían a las muchas naciones para que observaran sus leyes y aceptaran sus enseñanzas, ni siquiera intentaron hacerlo desde un principio, pues comprendieron, no sin razón, que aquello les era imposible. En cambio, en toda la tierra habitada, entre griegos y bárbaros, incontables personas, abandonando las leyes de sus padres y los dioses que reconocían, se han hecho fervientes observantes de las leyes de Moisés y discípulos de las enseñanzas de Jesucristo; y ello a pesar de que quienes se adhieren a la ley de Moisés son odiados por los adoradores de imágenes, y de que quienes acogen la enseñanza de Jesucristo, además de ser odiados, corren peligro de muerte.
IV, 1 · latín de Rufino
1. Pero como no basta, al tratar asuntos de tanta importancia, con confiar la decisión a los sentidos y al entendimiento humanos, ni con pronunciarse sobre las cosas invisibles como si las hubiésemos visto, debemos aducir el testimonio de la Sagrada Escritura para fundamentar las tesis que hemos expuesto. Y, para que este testimonio suscite una convicción firme y exenta de dudas, tanto acerca de lo que aún hemos de decir como de lo ya dicho, parece necesario mostrar, en primer lugar, que las Escrituras mismas son divinas, es decir, que fueron inspiradas por el Espíritu de Dios. Extraeremos, pues, con la mayor brevedad posible, de las propias Sagradas Escrituras testimonios capaces de producir en nosotros una impresión adecuada sobre este punto, tomándolos de Moisés, primer legislador de la nación hebrea, y de las palabras de Jesucristo, autor y cabeza de la religión cristiana. Pues, aunque entre griegos y bárbaros ha habido numerosos legisladores, así como incontables maestros y filósofos que profesaban declarar la verdad, no recordamos a ningún legislador que haya podido suscitar en los pueblos extranjeros un afecto y un celo tales que los llevaran a adoptar voluntariamente sus leyes o a defenderlas con todas las fuerzas de su espíritu. Nadie, por tanto, ha logrado dar a conocer lo que a él le parecía verdadero, no digo ya entre muchos pueblos extranjeros, sino ni siquiera entre los individuos de una sola nación, de modo que el conocimiento y la aceptación de ello se extendieran a todos. Y, sin embargo, no cabe duda de que los legisladores deseaban que, a ser posible, todos los hombres observaran sus leyes, y los maestros, que todos conocieran lo que a ellos les parecía verdadero. Pero, sabiendo que de ningún modo podrían suscitar en sí mismos una potestad tan grande que moviera a los pueblos extranjeros a obedecer sus leyes o a prestar atención a sus afirmaciones, no se atrevieron siquiera a intentarlo, no fuera a ser que el fracaso de la empresa imprimiese a su conducta el sello de la imprudencia. Y, sin embargo, por todo el mundo —en toda Grecia y en todos los países extranjeros— hay incontables personas que han abandonado las leyes de su patria y a aquellos a quienes habían tenido por dioses, y se han sometido a la obediencia de la ley de Moisés y al discipulado y culto de Cristo. Y lo han hecho pese a suscitar contra sí el odio encarnizado de los adoradores de imágenes, hasta el punto de verse con frecuencia expuestas a crueles tormentos a manos de estos y, en ocasiones, incluso a la muerte. Y, con todo, abrazan las palabras y la enseñanza de Cristo y las conservan con pleno afecto.
IV, 1, 2 · griego
2. Y si consideramos cómo, en poquísimos años, pese a que se conspiraba contra quienes profesaban el cristianismo, algunos eran ejecutados por ello y otros perdían sus bienes, la enseñanza ha logrado, aun sin haber muchos maestros, "ser predicada por toda la tierra habitada", de modo que "griegos y bárbaros, sabios e ignorantes" se han adherido al culto de Dios transmitido por Jesús, no vacilaremos en decir que se trata de algo sobrehumano, pues Jesús enseñó con plena autoridad y con la convicción de que su palabra prevalecería. Por eso sería razonable considerar oráculos sus palabras, como estas: "Por mi causa seréis llevados ante reyes y gobernadores, para dar testimonio ante ellos y ante las naciones"; y: "Muchos me dirán aquel día: "Señor, Señor, ¿no comimos en tu nombre, bebimos en tu nombre y expulsamos demonios en tu nombre?". Y yo les diré: "Apartaos de mí, los que obráis la iniquidad; nunca os conocí"". Podría haber sucedido que pronunciara en vano esas palabras, sin que llegasen a cumplirse; pero, puesto que se ha cumplido lo dicho con tanta autoridad, queda de manifiesto que verdaderamente fue Dios hecho hombre quien transmitió a los hombres doctrinas de salvación.
IV, 2 · latín de Rufino
2. Podemos ver, además, cómo esa religión creció en poco tiempo y progresó entre los castigos y la muerte de quienes la profesaban, el saqueo de sus bienes y los tormentos de toda clase que padecían. Este resultado es tanto más sorprendente cuanto que sus propios maestros no eran hombres instruidos ni muy numerosos; y, sin embargo, sus palabras se predican por todo el mundo, de suerte que griegos y bárbaros, sabios e ignorantes, acogen las doctrinas de la religión cristiana. De ello se infiere, sin lugar a dudas, que no es por fuerza ni potestad humanas por lo que las palabras de Jesucristo llegan a imponerse con tanta eficacia y autoridad al entendimiento y al alma de los hombres. Pues sus propias palabras muestran claramente que Él predijo estos hechos y los confirmó mediante declaraciones divinas: "Seréis llevados ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y ante los gentiles". Y también: "Este Evangelio del reino será predicado entre todas las naciones". Y asimismo: "Muchos me dirán aquel día: "Señor, Señor, ¿no hemos comido y bebido en tu nombre, y en tu nombre expulsado demonios?". Y yo les diré: "Apartaos de mí, obradores de iniquidad; nunca os conocí"". Si Él hubiera pronunciado tales palabras y, no obstante, sus predicciones no se hubiesen cumplido, quizá podrían parecer falsas y carentes de autoridad. Pero ahora que sus declaraciones se cumplen, habiendo sido pronunciadas con tal potestad y autoridad, queda mostrado con toda claridad que, al hacerse hombre, transmitió a los hombres los preceptos de la salvación.
IV, 1, 3–4 · griego
3. ¿Y qué necesidad hay de recordar que se profetizó [acerca de Cristo] que "desaparecerían los gobernantes de Judá" y "los jefes salidos de sus muslos cuando llegase aquel a quien está reservado", es decir, el reino, "y se presentase aquel a quien esperan las naciones"? Pues tanto la historia como lo que hoy vemos muestran claramente que, desde los tiempos de Jesús, ya no ha habido reyes de los judíos y han quedado abolidas todas las instituciones judías de las que se enorgullecían: me refiero al templo, el altar, el culto que allí se celebraba y las vestiduras del sumo sacerdote. Se ha cumplido, en efecto, la profecía que dice: "Durante muchos días permanecerán los hijos de Israel sin rey ni gobernante, sin sacrificio ni altar, sin sacerdocio ni oráculos".
4. De estos pasajes nos valemos frente a quienes, apremiados por las palabras que Jacob dirige a Judá en el Génesis, sostienen que el jefe de la nación, descendiente del linaje de Judá, gobierna al pueblo y que no cesarán los gobernantes de su descendencia hasta la venida del Cristo que ellos imaginan. Pues, si "durante muchos días permanecerán los hijos de Israel sin rey ni gobernante, sin sacrificio ni altar, sin sacerdocio ni oráculos", y desde la destrucción del templo no hay sacrificio, altar ni sacerdocio, es evidente que "ha desaparecido el gobernante de Judá y el jefe salido de sus muslos". Y puesto que la profecía dice: "No desaparecerá el gobernante de Judá ni el jefe salido de sus muslos hasta que llegue aquello que le está reservado", es evidente que ha llegado "aquel a quien está reservado, aquel a quien esperan las naciones". Esto resulta claro por la multitud de gentes de las naciones que, por medio de Cristo, han creído en Dios.
También en el cántico del Deuteronomio se anuncia proféticamente que, a causa de los pecados del pueblo anterior, serían elegidas las naciones sin entendimiento, elección que se produjo por obra de Jesús y de nadie más. Dice, en efecto: "Ellos me provocaron a celos con lo que no es dios, me irritaron con sus ídolos; yo los provocaré a celos con lo que no es nación, los irritaré con una nación sin entendimiento". Y podemos comprender con toda claridad de qué modo los hebreos, de quienes se dice que "provocaron a Dios a celos" "con lo que no es dios" y "lo irritaron con sus ídolos", fueron a su vez "irritados" hasta los celos "con lo que no es nación", con la "nación sin entendimiento" que Dios "eligió" mediante la venida de Jesucristo y de sus discípulos. "Consideremos, pues, nuestro llamamiento: no hay muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; antes bien, Dios eligió lo necio del mundo para avergonzar a los sabios, y eligió Dios lo de origen humilde, lo despreciado y lo que no es, para dejar sin efecto aquellas cosas que antes eran, y para que no se gloríe" "Israel según la carne" —al que el apóstol llama "carne"— "ante Dios".
IV, 3–4 · latín de Rufino
3. ¿Qué hemos de decir, entonces, de lo que los profetas habían anunciado acerca de Él: que no cesarían los príncipes de Judá ni los caudillos de entre sus muslos hasta que viniese aquel a quien estaba reservado el reino y llegase la esperanza de los gentiles? Pues resulta del todo evidente, tanto por la historia misma como por lo que hoy se ve claramente, que desde los tiempos de Cristo no ha habido reyes entre los judíos. Es más: fueron destruidos a la vez todos aquellos motivos de orgullo de los judíos de los que tanto se jactaban y en los que se gloriaban, ya se tratase de la belleza del templo, de los adornos del altar o de las cintas y vestiduras sacerdotales de los sumos sacerdotes. Pues se cumplió la profecía que decía: "Los hijos de Israel permanecerán muchos días sin rey ni príncipe; no habrá sacrificio, ni altar, ni sacerdocio, ni respuestas". Estos testimonios los aducimos, por consiguiente, contra quienes parecen sostener que lo dicho por Jacob en el Génesis se refiere a Judá, y afirman que todavía queda un príncipe de la estirpe de Judá —a saber, el príncipe de su nación, al que llaman Patriarca— y que no faltará un gobernante de su descendencia hasta la venida de aquel Cristo que ellos se imaginan. Pero si son verdaderas las palabras del profeta cuando dice: "Los hijos de Israel permanecerán muchos días sin rey ni príncipe; y no habrá sacrificio, ni altar, ni sacerdocio", y si, ciertamente, desde la destrucción del templo no se ofrecen sacrificios, ni se encuentra altar alguno, ni existe sacerdocio, es del todo seguro que, como está escrito, los príncipes se han apartado de Judá y el caudillo de entre sus muslos, hasta la venida de aquel a quien estaba reservado el reino. Queda establecido, por tanto, que ha venido aquel a quien estaba reservado y en quien reside la esperanza de los gentiles. Y esto parece cumplirse manifiestamente en la multitud de quienes, procedentes de diversas naciones, han creído en Dios por medio de Cristo.
4. También en el cántico del Deuteronomio se declara proféticamente que, a causa de los pecados del pueblo anterior, habría de ser elegida una nación insensata; ninguna otra, ciertamente, que la congregada por Cristo. Así dicen sus palabras: "Me han provocado a ira con sus imágenes, y yo despertaré sus celos; suscitaré su ira por medio de una nación insensata". Podemos, pues, ver claramente cómo los hebreos, de quienes se dice que provocaron la ira de Dios por medio de esas cosas que no son dioses y despertaron su indignación con sus imágenes, fueron a su vez movidos a celos por una nación insensata, elegida por Dios mediante la venida de Jesucristo y de sus discípulos. Pues estas son las palabras del apóstol: "Mirad, hermanos, vuestra vocación: no hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; antes bien, Dios ha elegido lo insensato del mundo y lo que no es para destruir lo que antes existía". No debe, por tanto, gloriarse el Israel carnal, pues este es el término que emplea el apóstol: "Ninguna carne, digo, debe gloriarse en presencia de Dios".
IV, 1, 5 · griego
5. ¿Y qué necesidad hay de hablar de las profecías sobre Cristo contenidas en los salmos, como aquel cántico titulado "Por el amado", cuya "lengua" se dice que es "pluma de escriba veloz"? "Eres el más hermoso de los hijos de los hombres", porque "la gracia se derramó en tus labios". Prueba de la "gracia derramada en sus labios" es que, al poco tiempo de su enseñanza —pues enseñó alrededor de un año y unos pocos meses—, la tierra habitada se había llenado de su doctrina y del culto de Dios transmitido por él. "En sus días ha brotado la justicia y una paz abundante", que permanece hasta la consumación, llamada "desaparición de la luna"; "y él seguirá dominando de mar a mar y desde los ríos hasta los confines de la tierra habitada". También "se dio una señal a la casa de David": "la virgen" [dio a luz y] "concibió en su vientre y dio a luz un hijo, y su nombre es Emmanuel", que significa "Dios con nosotros". Se ha cumplido, como dice el mismo profeta: "Dios está con nosotros; sabedlo, naciones, y sed vencidas; los fuertes, sed vencidos". En efecto, nosotros, los procedentes de las naciones, hemos sido vencidos y conquistados, cautivados por la gracia de su palabra. También en Miqueas se anunció de antemano el lugar de su nacimiento: "Y tú, Belén, tierra de Judá, de ningún modo eres la menor entre los gobernantes de Judá; porque de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo Israel". Y, según Daniel, se cumplieron las setenta semanas hasta la llegada de Cristo como jefe. Vino asimismo, conforme al libro de Job, "aquel que sometió al gran monstruo" y "dio autoridad" a sus verdaderos discípulos "para pisar serpientes y escorpiones y todo el poder del enemigo, sin que estos les causen daño alguno".
Considérese también cómo los apóstoles, enviados por Jesús a anunciar el evangelio, recorrieron todas partes, y se verá que tanto la audacia de la empresa sobrepasa lo humano como su éxito es divino. Y si examinamos cómo personas que oían enseñanzas nuevas y palabras extrañas acogieron a aquellos hombres y, aun queriendo conspirar contra ellos, fueron vencidas por cierta fuerza divina que velaba por los apóstoles, no nos resultará increíble que estos hicieran también prodigios, mientras "Dios daba testimonio de sus palabras mediante señales, portentos y diversos actos de poder".
IV, 5 · latín de Rufino
5. ¿Qué hemos de decir, además, de las profecías acerca de Cristo contenidas en los Salmos, especialmente de aquella que lleva por título "Cántico para el Amado"? En ella se dice que su lengua es pluma de un escriba diligente, que es más hermoso que los hijos de los hombres y que la gracia se ha derramado en sus labios. Pues bien, la prueba de que la gracia se derramó en sus labios es que, transcurrido poco tiempo —pues solo enseñó durante un año y algunos meses—, el mundo entero quedó, sin embargo, lleno de su doctrina y de fe en su religión. Surgieron, pues, en sus días hombres justos y abundancia de paz, que perdurará hasta el fin, fin al que se llama desaparición de la luna; y su dominación se extenderá de mar a mar y desde el río hasta los confines de la tierra. También se dio una señal a la casa de David. Pues una virgen concibió y dio a luz a Emmanuel, que traducido significa "Dios con nosotros": "Sabedlo, naciones, y sed vencidas". Porque nosotros, los gentiles, hemos sido conquistados y vencidos, y permanecemos como una suerte de botín de su victoria, pues hemos sometido nuestro cuello a su gracia. Hasta el lugar de su nacimiento fue anunciado en las profecías de Miqueas, que dijo: "Y tú, Belén, tierra de Judá, de ningún modo eres pequeña entre los caudillos de Judá, pues de ti saldrá un Caudillo que regirá a mi pueblo Israel". Se han cumplido también las semanas de años que había predicho el profeta Daniel y que se extienden hasta el caudillaje de Cristo. Además, está presente aquel de quien se dice en el libro de Job que destruirá a la enorme bestia, y que dio a sus propios discípulos potestad para pisar serpientes y escorpiones y toda la potestad del enemigo, sin sufrir daño de él. Si alguien considera los viajes de los apóstoles de Cristo por los diversos lugares donde predicaron el Evangelio como mensajeros suyos, comprobará que tanto lo que se atrevieron a emprender excede las fuerzas humanas como lo que lograron realizar procede solo de Dios. Si pensamos en cómo pudieron ser acogidos aquellos hombres por quienes oían que introducían una doctrina nueva, o, mejor dicho, en cómo, cuando muchas veces querían acabar con ellos, se lo impedía una potestad divina que obraba en su interior, veremos que nada de esto se realizó por fuerza humana, sino que todo fue obra de la potestad y la providencia divinas: señales y prodigios que, sin dejar lugar a dudas, daban testimonio de su palabra y su doctrina.
IV, 1, 6 · griego
6. Al demostrar brevemente la divinidad de Jesús y valernos de las palabras proféticas que hablan de él, demostramos a la vez que son inspiradas por Dios las Escrituras que lo profetizan y que los escritos que anunciaron su venida y su enseñanza fueron pronunciados con todo poder y autoridad, y por eso han ganado a los elegidos de entre las naciones. Hay que decir también que el carácter inspirado de las palabras proféticas y el sentido espiritual de la ley de Moisés resplandecieron con la venida de Jesús. Antes de la venida de Cristo no era muy posible ofrecer pruebas manifiestas de que las antiguas Escrituras estaban inspiradas por Dios; pero la venida de Jesús mostró a quienes podían sospechar que la ley y los profetas no eran divinos que, por el contrario, habían sido escritos por gracia celestial. Quien lee con cuidado y atención las palabras proféticas, experimentando en la lectura misma un indicio de inspiración, se convencerá por lo que experimenta de que las palabras que creemos venidas de Dios no son escritos humanos. Y la luz presente en la ley de Moisés, oculta "bajo un velo", resplandeció también con la venida de Jesús, "al retirarse el velo" y llegar poco a poco al conocimiento de "los bienes" cuya "sombra tenía" la letra.
IV, 6 · latín de Rufino
6. Una vez establecidos brevemente estos puntos, a saber, la divinidad de Cristo y el cumplimiento de cuanto se había profetizado acerca de Él, pienso que también ha quedado demostrada esta tesis: que las Escrituras mismas, que contenían tales predicciones, fueron inspiradas por Dios; me refiero a las que habían anunciado su venida, la potestad de su doctrina o la incorporación de todas las naciones a su obediencia. A ello debemos añadir que la divinidad y la inspiración tanto de las predicciones de los profetas como de la ley de Moisés se han revelado y confirmado claramente, sobre todo desde la venida de Cristo al mundo. Pues antes de que se cumplieran los sucesos anunciados en ellas, no podía demostrarse que eran verdaderas e inspiradas por Dios, aunque lo fuesen, porque aún no se habían cumplido. Pero la venida de Cristo manifestó que sus declaraciones eran verdaderas y estaban divinamente inspiradas, aunque antes fuese, ciertamente, incierto si se realizaría lo que se había anunciado.
Si alguien, además, considera las palabras de los profetas con todo el celo y la reverencia que merecen, es seguro que, al leerlas y examinarlas atentamente, sentirá su mente y sus sentidos tocados por un soplo divino y reconocerá que las palabras que lee no son expresiones humanas, sino lenguaje de Dios. Por lo que él mismo experimenta, comprenderá que estos libros no son obra de destreza humana ni de elocuencia mortal, sino, por así decirlo, de un estilo divino. Así pues, el resplandor de la venida de Cristo, al iluminar la ley de Moisés con la luz de la verdad, ha retirado el velo que cubría la letra de la ley y ha abierto, para todo aquel que cree en Él, todos los bienes que permanecían ocultos bajo el revestimiento de la palabra.
IV, 1, 7 · griego
7. Sería demasiado extenso repasar ahora las antiquísimas profecías acerca de cada uno de los acontecimientos futuros, para que quien duda, conmovido por su carácter inspirado, deje atrás toda vacilación y distracción y se entregue con toda el alma a las palabras de Dios. Y si a quienes carecen de preparación no les parece que en cada pasaje haya pensamientos sobrehumanos, nada tiene esto de extraño. También entre las obras de la providencia que alcanza al universo entero, unas se muestran con suma claridad como obras de la providencia, mientras otras permanecen tan ocultas que parecen dar motivo para desconfiar de que Dios gobierne todas las cosas con arte y poder inefables. Pues la disposición ordenada de quien ejerce la providencia no es tan manifiesta en las cosas de la tierra como en el sol, la luna y los astros, ni tan evidente en los sucesos de la vida humana como en las almas y los cuerpos de los animales: quienes los estudian pueden descubrir con gran claridad la finalidad y el propósito de sus impulsos, sus representaciones y su naturaleza, así como de la constitución de sus cuerpos. Pero, así como quienes han aceptado con fundamento la providencia no la dan por perdida a causa de lo que ignoran, tampoco queda invalidada la divinidad que se extiende por toda la Escritura porque nuestra debilidad no sea capaz de advertir en cada expresión el resplandor oculto de las doctrinas depositadas bajo palabras humildes y aparentemente despreciables. "Tenemos, en efecto, un tesoro en vasos de barro para que resplandezca la extraordinaria grandeza del poder de Dios y no" se crea que procede "de nosotros", los hombres. Pues, si los caminos trillados de la demostración humana, consignados en los libros, hubieran conquistado a los hombres, con razón se pensaría que "nuestra fe" descansa "en sabiduría humana" y no "en poder de Dios". Ahora, en cambio, a quien alce los ojos le resulta evidente que "la palabra y la predicación" han prevalecido entre las multitudes "no con persuasivas palabras de sabiduría, sino con demostración de espíritu y de poder". Por eso, movidos por una fuerza celestial, o incluso superior al cielo, a venerar únicamente a quien nos creó, procuremos "dejar atrás la enseñanza elemental acerca de Cristo", es decir, la "instrucción inicial", y "avanzar hacia la perfección", para que también a nosotros se nos comunique la sabiduría que se anuncia a los perfectos. Pues quien la posee declara que "habla sabiduría entre los perfectos", distinta de "la sabiduría de este mundo y de la sabiduría de los gobernantes de este mundo, destinada a desaparecer". Esta sabiduría quedará claramente impresa en nosotros "por la revelación del misterio mantenido en silencio durante tiempos eternos, pero manifestado ahora mediante las Escrituras proféticas y la aparición de nuestro Señor y Salvador Jesucristo; a él sea la gloria por todos los siglos. Amén".
IV, 7 · latín de Rufino
7. Mostrar en cada caso cómo y cuándo se cumplieron las predicciones de los profetas, de modo que esto sirva para confirmar a quienes dudan, es, sin embargo, una tarea muy ardua, sobre todo cuando cualquiera que desee conocer mejor estas cuestiones puede reunir abundantes pruebas en los propios testimonios de la verdad. Pero si el sentido de la letra, que sobrepasa al hombre, no se presenta de inmediato, a primera vista, ante quienes están menos versados en la enseñanza divina, no hay en ello nada sorprendente: las cosas divinas descienden con cierta lentitud hasta la comprensión humana y escapan a la mirada en la medida en que uno sea escéptico o indigno. Pues, aunque es cierto que cuanto existe o sucede en este mundo está ordenado por la providencia de Dios, y algunos acontecimientos parecen estar con suficiente claridad bajo la dirección de su gobierno providencial, otros se desarrollan de manera tan misteriosa e incomprensible que el designio de la Providencia divina con respecto a ellos queda por completo oculto. Por eso, algunos creen a veces que ciertos sucesos particulares no pertenecen al designio de la providencia, porque se les escapa el principio conforme al cual se administran con indescriptible destreza las obras de la Providencia divina; aunque ese principio rector no permanece igualmente oculto a todos. Incluso entre los hombres, uno le dedica menos atención y otro más; pero todo hombre reconoce en mayor medida a Aquel que está en la tierra, sea quien fuere el habitante del cielo. La naturaleza de los cuerpos nos resulta clara de una manera; la de los árboles, de otra; y la de los animales, de una tercera. La naturaleza de las almas, a su vez, está oculta de un modo distinto; y la manera en que la providencia ordena los diversos movimientos de los entendimientos racionales escapa aún más a la mirada de los hombres e incluso, en mi opinión, en grado no pequeño a la de los ángeles. Pero así como la existencia de la providencia divina no queda refutada por el hecho de que quienes están seguros de ella no puedan comprender sus operaciones o disposiciones con las facultades de la mente humana, tampoco debe negarse la inspiración divina de la Sagrada Escritura, que se extiende por todo su cuerpo, porque la debilidad de nuestro entendimiento sea incapaz de descubrir el sentido escondido y secreto de cada una de sus palabras. El tesoro de la sabiduría divina está oculto en los vasos vulgares y sin pulir de las palabras, como también señala el apóstol cuando dice: "Tenemos este tesoro en vasos de barro", para que la virtud de la potestad divina resplandezca con mayor claridad, sin que ningún ornato de la elocuencia humana se mezcle con la verdad de las doctrinas. Pues, si nuestros libros indujeran a los hombres a creer por estar compuestos según las artes de la retórica o la sabiduría de la filosofía, se consideraría sin duda que nuestra fe se funda en el arte de las palabras y en la sabiduría humana, y no en la potestad de Dios. Ahora, en cambio, todos saben que la palabra de esta predicación ha sido acogida por multitudes en casi todo el mundo porque comprendieron que su fe descansaba, no en las palabras persuasivas de la sabiduría humana, sino en la manifestación del Espíritu y de la potestad. Por ello, conducidos a la fe y a su aceptación por una potestad celestial, más aún, superior a los cielos, para que adoremos como Dios nuestro al único Creador de todas las cosas, esforcémonos también cuanto podamos por dejar atrás la enseñanza de los elementos de Cristo, que no son sino los primeros rudimentos de la sabiduría, y avanzar hacia la perfección, a fin de que se nos conceda también a nosotros la sabiduría que se da a los perfectos. Pues tal es la promesa de aquel a quien se confió la predicación de esta sabiduría, cuando dice: "Sin embargo, hablamos sabiduría entre los perfectos; pero no la sabiduría de este mundo ni la de los príncipes de este mundo, que serán reducidos a la nada". Con ello muestra que nuestra sabiduría, en cuanto a la belleza del lenguaje, no tiene nada en común con la sabiduría de este mundo. Esta sabiduría, pues, quedará inscrita con mayor claridad y perfección en nuestros corazones si nos es dada a conocer conforme a la revelación del misterio oculto desde la eternidad, pero ahora manifestado por las Escrituras proféticas y por la venida de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, a quien sea la gloria por siempre. Amén.