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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Agustín de Hipona

    Sobre el bien de la viudez

    Texto base: C. L. Cornish (trad.), Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 3, ed. Philip Schaff (1887) · Delphi Collected Works of Saint Augustine, libro 15

    Traducción: Castellana y directa, del inglés de Cornish; no del latín · saludo y 29 secciones (siete, suplidas por Eusebeia)

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    «Agustín, obispo, siervo de Cristo y de los siervos de Cristo, a la religiosa sierva de Dios, Juliana…»: así empieza la carta con que Agustín cumplió, hacia 414, una promesa hecha a una viuda de una de las familias más ricas de Roma. Juliana, su suegra Proba y su hija Demetrias habían huido a Cartago tras el saqueo de Roma de 410, y en 413 Demetrias, a punto de casarse, había tomado en cambio el velo de virgen consagrada. Juliana, que había hecho voto de no volver a casarse, pidió a Agustín algo sobre la «profesión de la santa viudez». La respuesta, que él mismo llama «pequeña obra» y que Posidio contó entre sus cartas, completa el díptico de Sobre el bien del matrimonio y Sobre la santa virginidad. Esta edición es la traducción castellana directa de la versión inglesa de C. L. Cornish, impresa en el volumen 3 de la primera serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (1887).
    La carta tiene las dos partes que Agustín anuncia en § 2: una de doctrina y otra de exhortación. En la primera comenta lo que Pablo dice de las viudas y de los no casados y resuelve las dudas de su tiempo: si las segundas nupcias son pecado, si es matrimonio el de una viuda que rompe su voto, si se puede hablar de terceras y cuartas bodas, qué viuda merece más. En la segunda anima a Juliana y a su hija a perseverar y les advierte, con palabras graves, contra unas ideas que «han comenzado a deslizarse» en muchos oídos: que la virtud depende solo del libre albedrío. Pelagio acababa de escribir a Demetrias su propia carta de consejos.

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona (354–430), obispo de Hipona desde 395
    TítuloSobre el bien de la viudez (en latín, De bono viduitatis; en inglés, On the Good of Widowhood)
    FechaHacia 414. La edición benedictina la fecha por la «reciente consagración» de Demetrias, en 413
    DestinatariaJuliana, viuda de Anicio Hermogeniano Olibrio, madre de Demetrias y nuera de Proba
    GéneroCarta-tratado: por eso, según la noticia benedictina, no figura en las Retractaciones y Posidio la cuenta entre las cartas
    ExtensiónSaludo y 29 secciones, unas 12 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana y directa, de la versión inglesa del reverendo C. L. Cornish; no del latín. Siete secciones faltaban en el epub de partida y las ha traducido Eusebeia del mismo inglés (ver más abajo)
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 3 (1887), ed. Philip Schaff; libro 15 de la Delphi Collected Works of Saint Augustine

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que el reverendo C. L. Cornish hizo de De bono viduitatis para el volumen 3 de la primera serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church, editado por Philip Schaff (Buffalo, 1887, según New Advent; la copia de CCEL sigue una reimpresión de Nueva York de 1890). Según el prefacio de Schaff, los tratados morales del volumen se tradujeron primero para la Library of the Fathers de Oxford (1847). El texto inglés llegó al castellano a través de la Delphi Collected Works of Saint Augustine (Delphi Classics, 2016). Es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla con el latín.
    La edición inglesa pone al frente un resumen de la noticia de la edición benedictina:
    Texto de la fuenteLos editores benedictinos · Noticia sobre «Sobre el bien de la viudez» · Al frente de la carta
    Esta obra no se menciona en las Retractaciones, probablemente porque es una carta, y como tal la cuenta Posidio, ca. También se la considera de San Agustín por sus referencias a sus otras obras, De Bono Conjugali, etc. ca. Ep. a Proba, ca. La fecha está marcada por la reciente consagración de Demetrias, que fue en 413. La amonestación por la cual le da las gracias Juliana, E, podría ser la dirigida contra el pelagianismo.
    Se ha presentado una objeción a causa de su discrepancia con el IV Concilio de Cartago, año 398, canon 104, el cual excomulga a las viudas que contraen nuevo matrimonio después de la consagración, y las declara culpables de adulterio, mientras que en el canon 11 se refuta la opinión de que tales matrimonios no son matrimonios y de que deberían volver a la continencia. Sin embargo, los dos no son del todo inconciliables, pues puede haberse incurrido en una culpa semejante a la del adulterio, y puede castigarse con una censura bajo la forma de excomunión, y no obstante el matrimonio permanecer válido. El canon 16 de Calcedonia impone tal pena, con facultad al obispo para relajarla. — Resumido de la Edición Benedictina.
    La noticia llegó al epub con los números de capítulo cortados («Posidio, ca.», «E,»), ya en la versión inglesa de Delphi. En el NPNF dice: Posidio, cap. 7; De bono coniugali, cap. 15; carta a Proba, cap. 23; y la carta de agradecimiento de Juliana es la Epístola 188. Donde la traducción dice «en el canon 11», el NPNF dice «en los capítulos 10 y 11», es decir, los de esta obra (aquí, § 13–14) en que Agustín rechaza que esos matrimonios sean adulterios.
    Siete secciones suplidas. El epub castellano de partida está incompleto: le faltan siete de las treinta unidades del texto (§ 1, 3, 10, 12, 14, 22 y 26) y, en su lugar, trae traducido dos veces el párrafo vecino (§ 2, 9, 11, 13, 21, 25 y 28). Para que la obra pueda leerse entera, Eusebeia ha traducido las siete que faltaban directamente del inglés de Cornish, con el mismo criterio que el resto; cada una lleva un aviso visible. De los párrafos duplicados se conserva la versión que ocupa su lugar en el epub y se omite la otra. Todo lo demás es el texto del epub sin cambios, erratas incluidas (en § 15, «segun» y «resurreción»).
    Lo que viene de la edición. La carta no tiene capítulos ni títulos. Los números de sección son los del NPNF, que reproduce New Advent y que el propio epub conserva al comienzo de las quince primeras; el saludo va aparte. Las citas bíblicas llegan sin referencia, tal como las vertió el traductor inglés desde la Biblia latina de Agustín.

    La carta y su plan

    La tabla siguiente es una lectura del editor, no de Agustín ni del NPNF, hecha sobre el comienzo de cada sección.
    SeccionesDe qué trata
    Saludo, § 1–2Por qué escribe y para quién; la carta será de doctrina y de exhortación
    § 3–9Lo que Pablo dice a los no casados y a las viudas: el bien de la viudez, mayor que el del matrimonio y menor que el de la virginidad; las segundas nupcias no se condenan
    § 10–14Rut y Ana; la viuda que hace voto y se casa: no comete adulterio, pero cae de un bien más alto
    § 15–19Terceras y cuartas bodas; qué viuda merece más: las «tres viudas» y Ana la profetisa
    § 20–22Paso a la exhortación; advertencia contra quienes ponen la virtud en el solo libre albedrío
    § 23–29Exhortación a Juliana y a Demetrias: perseverar, deleites espirituales en vez de carnales, cuidado de la fama; despedida

    Sobre el bien de la viudez (De bono viduitatis)

    Saludo

    Agustín, obispo, siervo de Cristo y de los siervos de Cristo, a la religiosa sierva de Dios, Juliana, salud en el Señor de los señores.
    Comentario editorial · Juliana, Demetrias y Proba
    Las tres mujeres de esta carta pertenecían a la familia de los Anicios, una de las más poderosas de Roma. Según Wikipedia, Proba, viuda desde antes de 395, era la abuela; Juliana, la nuera, viuda de Olibrio, cónsul en 395; Demetrias, la nieta, nacida hacia 398. Tras el saqueo de Roma de 410 huyeron a Cartago, donde el conde Heracliano las encarceló hasta cobrarles una gran suma. En Cartago conocieron a Agustín, y en 413 Demetrias renunció al matrimonio previsto y tomó el velo de manos del obispo Aurelio. Agustín escribió también a Proba una carta sobre la oración, la que cita la noticia benedictina.

    § 1

    Para no seguir siendo deudor de mi promesa a tu petición y a tu caridad en Cristo, he aprovechado como he podido la ocasión, entre otras ocupaciones mías muy apremiantes, para escribirte algo acerca de la profesión de la santa viudez, ya que, cuando estuve presente, me cargaste de ruegos y, no habiendo podido negártelo, muchas veces me reclamaste por cartas lo prometido. Y en esta obra nuestra, cuando al leerla encuentres que algunas cosas no atañen en absoluto a tu persona, ni a la de vosotras, que vivís juntas en Cristo, ni son estrictamente necesarias para aconsejar vuestra vida, será deber tuyo no juzgarlas superfluas por esa causa. Pues esta carta, aunque se dirija a ti, no había de escribirse solo para ti; ciertamente era cosa que no debíamos descuidar que aprovechara también a otros por medio de ti. Todo lo que, por tanto, encuentres aquí que no te haya sido necesario en ningún tiempo, o no lo sea ahora, y que sin embargo percibas que es necesario para otros, no te pese tenerlo ni prestarlo para que se lea; para que tu caridad sea también provecho de otros.
    Referencia de este pasaje

    Traducción: Eusebeia, del inglés de Cornish (falta en el epub)

    § 2

    2. Por tanto, así como en toda cuestión que se refiere a la vida y a las costumbres no solo es necesaria la enseñanza, sino también la exhortación —para que por la enseñanza sepamos qué debe hacerse, y por la exhortación seamos movidos a no tener por molesto hacer lo que ya sabemos que debe hacerse—, ¿qué más puedo yo enseñaros sino lo que leemos en el Apóstol? Porque la santa Escritura establece una regla a nuestra enseñanza: que no nos atrevamos a "ser sabios más de lo que conviene ser sabios"; sino a ser sabios, como él mismo dice, "para sobriedad, según como a cada uno Dios repartió la medida de la fe". No sea, pues, cosa mía el enseñaros otra cosa alguna, sino exponeros las palabras del Maestro y tratarlas según el Señor me las hubiere dado.

    § 3

    3. Por tanto, dice así el Apóstol, el maestro de los gentiles, el vaso de elección: "Digo, pues, a los no casados y a las viudas, que bueno les es si permanecieren así, como también yo". Estas palabras han de entenderse de modo que no pensemos que las viudas no deben llamarse no casadas por haber hecho, al parecer, prueba del matrimonio; porque con el nombre de no casadas designa a las que ya no están ligadas por el matrimonio, lo hayan estado o no. Y esto lo declara en otro lugar, donde dice: "Hay diferencia entre la mujer no casada y la virgen". Ciertamente, al añadir también "la virgen", ¿qué querría que se entendiera por mujer no casada sino la viuda? De donde también, en lo que sigue, bajo el solo nombre de "no casada" abarca ambas profesiones, diciendo: "La no casada tiene cuidado de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor; pero la casada tiene cuidado de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido". Ciertamente por no casada quería que se entendiera no solo la que nunca se casó, sino también la que, libre por la viudez del vínculo del matrimonio, ha dejado de estar casada; pues por esto tampoco llama casada sino a la que tiene marido, no también a la que lo tuvo y no lo tiene. Por lo cual toda viuda es no casada; pero, porque no toda no casada es viuda, pues hay también vírgenes, por eso puso aquí a ambas, donde dice: "Digo, pues, a los no casados y a las viudas"; como si dijera: Lo que digo a las no casadas no lo digo solo a las que son vírgenes, sino también a las que son viudas; "que bueno les es si permanecieren así, como también yo".
    Referencia de este pasaje

    Traducción: Eusebeia, del inglés de Cornish (falta en el epub)

    § 4

    4. He aquí vuestro bien comparado con aquel bien, que el Apóstol llama suyo propio, si la fe está presente; antes bien, porque la fe está presente. Breve es esta enseñanza, mas no por esto se ha de despreciar, por ser breve; sino que se ha de retener tanto más fácilmente y con tanto mayor cariño, cuanto que en la brevedad no es de poco precio. Porque no es cualquier clase de bien la que el Apóstol querría señalar aquí, la que ha colocado sin ambigüedad por encima de la fe de las mujeres casadas. Mas cuán grande bien tenga la fe de las mujeres casadas, es decir, de las mujeres cristianas y religiosas unidas en matrimonio, puede entenderse de esto, que, cuando daba mandato para evitar la fornicación, en lo cual ciertamente se dirigía también a los casados, dice: "¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?" Tan grande es, pues, el bien del fiel matrimonio, que hasta los mismos miembros son miembros de Cristo. Pero, por cuanto el bien de la continencia de la viuda es mejor que este bien, la finalidad de esta profesión no es que la viuda católica sea algo más que miembro de Cristo, sino que tenga un lugar mejor, que la mujer casada, entre los miembros de Cristo. En verdad, el mismo Apóstol dice: "Porque, como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función; así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, y cada uno miembros unos de otros: teniendo dones diversos según la gracia que nos ha sido dada".

    § 5

    5. Por lo cual, también cuando aconsejaba a los casados que no se defraudasen el uno al otro el débito conyugal; no sea que, por este medio, uno de ellos (negado el débito del matrimonio) siendo tentado por Satanás a causa de su incontinencia, cayese en fornicación, dice: "Esto empero digo por permiso, no por mandato; mas quisiera que todos los hombres fuesen como yo; pero cada cual tiene su propio don de Dios; uno de una manera, y otro de otra". Veis que también la castidad conyugal, y la fe del lecho cristiano, es un "don", y esto de Dios; de suerte que, cuando la concupiscencia carnal excede algún tanto la medida del comercio sensual, más allá de lo necesario para la procreación de los hijos, este mal no es del matrimonio, sino venial por razón del bien del matrimonio. Porque no acerca del matrimonio, que se contrata para la procreación de los hijos, y de la fidelidad de la castidad conyugal, y del sacramento (indisoluble, mientras ambos viven) del matrimonio, cosas todas buenas; sino acerca de aquel uso inmoderado de la carne, que se reconoce en la flaqueza de los casados, y es perdonado por la intercesión del bien del matrimonio, dice el Apóstol: "Hablo por permiso, no por mandato". Asimismo, cuando dice: "La mujer está ligada, mientras viva su marido; pero, si muriere su marido, está libre: cásese con quien quisiere, solo en el Señor: pero será más bienaventurada, si así permaneciere, según mi consejo"; muestra suficientemente que una mujer fiel es bienaventurada en el Señor, aun cuando se case por segunda vez después de la muerte de su marido, pero que la viuda es más bienaventurada en el mismo Señor; esto es, hablando no solo con palabras, sino con ejemplos también de las Escrituras, que Rut es bienaventurada, pero que Ana lo es más.

    § 6

    6. Por lo cual en primer lugar debes saber que por el bien que has elegido no se condenan las segundas nupcias, sino que se las pone en un grado inferior de honor. Pues, así como el bien de la santa virginidad, que tu hija ha escogido, no condena tu único matrimonio, así tampoco tu viudez condena las segundas nupcias de nadie. Porque de aquí principalmente se hincharon las herejías de los catafrigios y de los novacianos, las cuales también Tertuliano, inflado con mejillas llenas de sonido no de sabiduría, mientras con diente injurioso ataca las segundas matrimonios, como ilícitos, los cuales el Apóstol con mente sobria declara ser enteramente lícitos. De esta solidez de doctrina no te mueva raciocinio alguno, sea indocto, sea docto; ni ensalces tu propio bien de manera que acuses como malo el ajeno que no es malo; sino regocíjate tanto más de tu propio bien cuanto más ves que, por él, no solo se evitan males, sino que también se superan algunos bienes. Porque adulterio y fornicación son males. Mas de estas cosas ilícitas está muy lejos aquella que se ha atado con la libertad del voto, y, no por mandato de la ley, sino por consejo de la caridad, ha conseguido que aun las cosas lícitas no le sean lícitas. Y la castidad matrimonial es un bien, pero la continencia de la viuda es un bien mejor. Por tanto, este bien mejor es honrado por la subordinación de aquel otro, no aquel condenado por la alabanza de este que es mejor.

    § 7

    7. Mas cuando el Apóstol, al encomiar el fruto de los no casados y de las no casadas, por cuanto piensan en las cosas del Señor, cómo agradar a Dios, añade y dice: "Esto digo para vuestro provecho, no para echar un lazo sobre vosotros" esto es, no para forzaros; "sino para lo honesto"; no debemos, porque diga que el bien de los no casados es honesto, pensar que el vínculo matrimonial sea torpe; de lo contrario condenaríamos también los primeros matrimonios, que ni los catafrigios, ni los novacianos, ni su más docto defensor Tertuliano osaron llamar torpes. Sino que, así como cuando dice: "Pero digo a los no casados y a las viudas, que es bueno para ellos si así permanecieren"; ciertamente puso "bueno" por "mejor", ya que todo lo que, comparado con un bien, es llamado mejor, esto también sin duda es un bien; pues ¿qué otra cosa es que sea llamado mejor, sino que es más bueno? Y sin embargo, no por eso hemos de suponer que él por consecuencia haya pensado que era un mal, en caso de que se casasen, por haber dicho: "bueno es para ellos si así permanecieren"; así también, cuando dice: "sino para lo honesto"; no ha mostrado que el matrimonio sea torpe, sino que aquello que era más honesto (que otra cosa también honesta) lo ha encomiado con el nombre de honesto en general. Porque ¿qué es más honesto, sino lo que es más honesto? Mas lo más honesto ciertamente es honesto. En verdad, claramente mostró que esto es mejor que aquello otro que es bueno, cuando dice: "Quien da en matrimonio, hace bien; pero quien no da en matrimonio, hace mejor". Y esto más bienaventurado que aquello otro que es bienaventurado, cuando dice: "Pero será más bienaventurada, si así permaneciere". Así, pues, como hay que bueno un mejor, y que bienaventurado un más bienaventurado, así hay que honesto un más honesto, lo cual quiso llamar honesto. Porque lejos esté que sea torpe aquello de que el Apóstol Pedro hablando dice: "Maridos, a vuestras mujeres, como a vaso más frágil y sujeto, dad honor, como a coherederas de la gracia"; y dirigéndose a las mujeres, las exhorta, según el ejemplo de Sara, a estar sujetas a sus maridos; "Porque así", dice, "ciertas santas mujeres, que esperaban en Dios, se adornaban, obedeciendo a sus propios maridos; como Sara obedecía a Abrahán, llamándole señor, de la cual vosotras sois hechas hijas, obrando bien, y no temiendo perturbación alguna".

    § 8

    8. De donde también lo que el Apóstol Pablo dijo de la mujer no casada, "que sea santa tanto en el cuerpo como en el espíritu"; no lo hemos de entender de manera que una mujer fiel casada y casta, y según las Escrituras sujeta a su marido, no sea santa en el cuerpo, sino solo en el espíritu. Porque no puede suceder que, cuando el espíritu está santificado, no sea también santo el cuerpo, del cual usa el espíritu santificado: mas, para que no parezca a alguno que argumentamos más bien que probamos esto por dicho divino; ya que el Apóstol Pedro, haciendo mención de Sara, solo dice "santas mujeres", sin decir "y en el cuerpo"; consideremos aquel dicho del mismo Pablo, donde prohibiendo la fornicación dice: "¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? Tomando, pues, miembros de Cristo, ¿los haré miembros de ramera? Lejos esté". Por tanto, atrévase alguno a decir que los miembros de Cristo no son santos; o no se atreva a separar de los miembros de Cristo los cuerpos de los fieles que son casados. De donde, poco después dice: "Vuestro cuerpo es templo dentro de vosotros del Espíritu Santo, que tenéis de Dios; y no sois vuestros; porque habéis sido comprados por gran precio". Dice que el cuerpo de los fieles es miembros de Cristo y templo del Espíritu Santo, en lo cual ciertamente se entienden los fieles de ambos sexos. Allí, pues, hay mujeres casadas, allí también hay mujeres no casadas; pero distintas en sus merecimientos, y como miembros preferidos a miembros, sin que por eso estén separadas del cuerpo. Así, pues, cuando dice, hablando de la mujer no casada, "que sea santa tanto en el cuerpo como en el espíritu", habrá querido dar a entender una santificación más plena tanto en el cuerpo como en el espíritu, y no ha privado el cuerpo de las mujeres casadas de toda santificación.

    § 9

    9. Aprende, pues, tu bien; mejor aún, recuerda lo que has aprendido: que tu bien es tanto más alabado cuanto existe otro bien mejor que este, que si este no pudiera ser bien de no ser aquel un mal o, sencillamente, no existir. Los ojos tienen gran honor en el cuerpo, pero lo tendrían menor si estuvieran solos y no hubiera otros miembros de menor honor. En el cielo mismo, el sol con su luz sobrepasa, no reprende, a la luna; y una estrella difiere de otra en gloria, no se enfrenta por soberbia. Por tanto, "Dios hizo todas las cosas, y he aquí que eran muy buenas"; no solo "buenas", sino también "muy"; por ninguna otra razón sino porque "todas". Pues de cada obra particular se dijo también: "Vio Dios que era bueno". Mas cuando se nombraron "todas", se añadió "muy" y se dijo: "Vio Dios todas las cosas que había hecho, y he aquí que eran muy buenas". Porque ciertas cosas particulares eran mejores que otras particulares, pero todas juntas eran mejores que cualquier cosa particular. Por tanto, que la sana doctrina de Cristo te haga sano en su Cuerpo por su gracia, para que aquello que tienes mejor que otros en cuerpo y espíritu, tu mismo espíritu, que gobierna el cuerpo, ni lo exalte con insolencia, ni lo distinga con falta de conocimiento.

    § 10

    10. Ni, porque llamé bienaventurada a Rut y más bienaventurada a Ana —por cuanto aquella se casó dos veces y esta, enviudada pronto de su único marido, vivió así largo tiempo—, pienses enseguida que también tú eres mejor que Rut. Pues diferente era en los tiempos de los profetas la dispensación de las mujeres santas, a quienes la obediencia, no la concupiscencia, obligaba a casarse para la propagación del pueblo de Dios, a fin de que en él fueran enviados de antemano los profetas de Cristo; mientras que el pueblo mismo, por las cosas que en figura le sucedían, ya en los que las conocían, ya en los que no las conocían, no era otra cosa que un profeta de Cristo, de quien había de nacer también la carne de Cristo. Así, pues, para la propagación de aquel pueblo, era tenido por maldito por sentencia de la Ley quien no suscitaba descendencia en Israel. De donde también las mujeres santas se encendían no por el deseo del comercio carnal, sino por la piedad de dar a luz; de modo que con toda razón creemos de ellas que no habrían buscado el comercio carnal si la descendencia hubiera podido venir por algún otro medio. Y a los maridos se les permitía tener varias esposas vivas a la vez; y que la causa de esto no era la concupiscencia de la carne, sino la previsión de engendrar, lo muestra el hecho de que, siendo lícito a los varones santos tener varias esposas vivas, no era igualmente lícito a las mujeres santas unirse con varios maridos vivos; porque serían tanto más torpes cuanto más buscaran lo que no añadiría nada a su fecundidad. Por eso la santa Rut, no teniendo la descendencia que en aquel tiempo era necesaria en Israel, a la muerte de su marido buscó otro de quien tenerla. Así, pues, más bienaventurada que esta, dos veces casada, fue Ana, viuda de un solo marido, por cuanto llegó también a ser profetisa de Cristo; de la cual hemos de creer que, aunque no tuviese hijos (cosa que la Escritura, callando, ha dejado incierta), había previsto por aquel Espíritu, por el cual pudo reconocerlo aun niño, que Cristo iba a nacer enseguida de una virgen; de donde con razón, aun sin hijos (es decir, suponiendo que no los tuvo), rehusó un segundo matrimonio, porque sabía que ya era el tiempo en que a Cristo se le servía mejor, no con el deber de dar a luz, sino con el empeño de la continencia; no con la fecundidad del vientre casado, sino con la castidad de la conducta viudal. Pero si también Rut sabía que por su carne se propagaba una descendencia de la cual Cristo había de tomar después su carne, y casándose puso su ministerio al servicio de este conocimiento, ya no me atrevo a decir que la viudez de Ana fue más bienaventurada que su fecundidad.
    Referencia de este pasaje

    Traducción: Eusebeia, del inglés de Cornish (falta en el epub)

    § 11

    11. Mas tú, que tienes hijos y vives en aquel fin del mundo en que ya no es tiempo de arrojar piedras, sino de recogerlas; no de abrazar, sino de abstenerse de abrazar; cuando clama el Apóstol: "Esto empero digo, hermanos: el tiempo es corto; resta que los que tienen esposas sean como si no las tuviesen"; ciertamente, si hubieras buscado segundas nupcias, no habría sido obediencia de profecía o de ley, ni deseo carnal siquiera de familia, sino únicamente señal de incontinencia. Pues habrías hecho lo que dice el Apóstol después de haber dicho: "Bueno les es, si así permanecieren, así como también yo"; porque en verdad añadió enseguida: "Mas si no se contienen, cásense; que mejor es casarse que abrasarse". Esto lo dijo para que el mal del deseo desenfrenado no se precipitase en torpezas criminales, siendo recogido por el honesto estado del matrimonio. Pero gracias al Señor, porque diste a luz lo que tú no serías, y la virginidad de tu hija ha compensado la pérdida de tu virginidad. Porque la doctrina cristiana, si con diligencia se la interroga, responde que también el primer matrimonio ha de ser ahora en este tiempo desdeñado, a no ser que la incontinencia se interponga. Pues quien dijo: "Si no se contienen, cásense", bien pudo decir: "Si no tienen hijos, cásense", si, cuando ahora, después de la Resurrección y Predicación de Cristo, hay para todas las naciones tan grande y abundante provisión de hijos que engendrar espiritualmente, fuera algún deber el engendrar hijos según la carne, como lo fue en los primeros tiempos. Y, cuando en otro lugar dice: "Quiero, pues, que las más jóvenes se casen, críen hijos, sean madres de familias", recomienda con sobriedad y autoridad apostólica el bien del matrimonio, pero no impone el deber de engendrar, como en obediencia a la ley, ni siquiera a aquellos que "reciben" el bien de la continencia. En fin, por qué había dicho esto, lo despliega cuando añade y dice: "Para no dar ocasión de hablar mal al adversario; porque ya algunas han vuelto atrás en pos de Satanás": para que por estas palabras suyas entendamos que aquellos a quienes quiere que se casen, mejor podrían contenerse que casarse; pero mejor es casarse que volver atrás en pos de Satanás, esto es, apartarse de aquel excelente propósito de castidad virginal o de la viudez, mirando hacia atrás a las cosas que quedan atrás, y perecer. Por lo cual, los que no se contienen, cásense antes de hacer profesión de continencia, antes de hacer voto a Dios de lo que, si no cumplen, son justamente condenados. Ciertamente en otro lugar dice de tales: "Porque cuando han vivido en deleites en Cristo, quieren casarse: teniendo condenación, por haber invalidado su primera fe"; esto es, han apartado su voluntad del propósito de continencia hacia el matrimonio. En verdad han invalidado la fe con que antes prometieron lo que no quisieron con perseverancia cumplir. Así pues, el bien del matrimonio es ciertamente siempre un bien: pero en el Pueblo de Dios fue en un tiempo acto de obediencia a la ley; ahora es remedio para la debilidad, y en algunos, consuelo de la naturaleza humana. Porque ciertamente ocuparse en la generación de hijos, no a la manera de los perros por uso promiscuo de las hembras, sino por honesto orden del matrimonio, no es un afecto tal que hayamos de vituperar en el hombre; mas este mismo afecto la mente cristiana, puesta en pensamientos celestiales, de manera más loable lo supera y vence.

    § 12

    12. Pero, puesto que, como dice el Señor, "no todos reciben esta palabra", reciba la que pueda recibirla; y la que no se contiene, cásese; la que no ha comenzado, delibere; la que lo ha emprendido, persevere; no se dé ocasión al adversario, no se sustraiga a Cristo ninguna ofrenda. Pues en el vínculo conyugal, si se guarda la castidad, no se teme la condenación; pero en la continencia viudal y virginal se busca la excelencia de un don mayor; y cuando este ha sido buscado, y elegido, y ofrecido por deuda de voto, desde entonces no solo contraer matrimonio, sino, aunque una no se case, querer casarse es motivo de condenación. Pues, para mostrar esto, el Apóstol no dice: "Cuando hayan vivido en delicias en Cristo", se casan; sino: "quieren casarse, teniendo —dice— condenación, por haber invalidado su primera fe", aunque no casándose, sino queriéndolo; no porque se juzgue motivo de condenación el matrimonio aun de tales mujeres, sino que se condena la injuria hecha al propósito, se condena la fe quebrantada del voto, se condena no el alivio en un bien inferior, sino la caída de un bien superior; en fin, tales mujeres son condenadas, no porque hayan contraído después fe conyugal, sino porque invalidaron la primera fe de la continencia. Y para insinuar esto en pocas palabras, el Apóstol no quiso decir que tienen condenación las que se casan tras haberse propuesto una santidad mayor (no porque no sean condenadas, sino para que no se pensara que en ellas se condena el matrimonio mismo); sino que, después de decir "quieren casarse", añadió enseguida: "teniendo condenación". Y declaró la razón: "por haber invalidado su primera fe", para que aparezca que lo que se condena es la voluntad que se apartó de su propósito, siga o no siga el matrimonio.
    Referencia de este pasaje

    Traducción: Eusebeia, del inglés de Cornish (falta en el epub)

    § 13

    13. Por lo cual, los que dicen que los matrimonios de tales mujeres no son matrimonios, sino más bien adulterios, no me parecen considerar con suficiente agudeza ni cuidado lo que dicen; se dejan engañar, en verdad, por una apariencia de verdad. Porque, puesto que quienes por la santidad cristiana no se casan son tenidos por escoger el matrimonio de Cristo, de ahí que algunos argumenten diciendo: si la que, mientras vive su marido, se casa con otro, es adúltera, como el Señor mismo ha establecido en el Evangelio; por tanto, durante la vida de Cristo, sobre quien la muerte ya no tiene dominio, si la que había escogido su matrimonio se casa con un hombre, es adúltera. Los que dicen esto son movidos ciertamente por agudeza, pero no advierten cuán grande absurdo en la práctica se sigue de este razonamiento. Porque si es loable que, aun durante la vida de su marido, con su consentimiento, una mujer haga voto de continencia a Cristo, según el razonamiento de estas personas nadie debería hacerlo, para no hacer a Cristo mismo — lo cual es impío imaginar — adúltero, al casarse ella con Él durante la vida de su marido. Además, puesto que las primeras nupcias son de mejor mérito que las segundas, lejos esté que este sea el pensamiento de las santas viudas: que Cristo les parezca como un segundo marido. Porque a Él ya lo habían tenido también antes (cuando estaban sujetas y rendían fiel servicio a sus propios maridos), no según la carne, sino según el espíritu, como Esposo; a Quien la Iglesia misma, de la cual ellas son miembros, es la esposa; la cual, por la solidez de la fe, de la esperanza, de la caridad, no solo en las vírgenes, sino también en las viudas y en las fieles mujeres casadas, es enteramente virgen. Porque a la Iglesia universal, de la cual todos ellos son miembros, dice el Apóstol: "Os he desposado con un solo esposo, como virgen casta, para presentaros a Cristo". Mas Él sabe hacer fecundo, sin quebranto de la castidad, a una esposa virgen, Aquel a quien, incluso en la carne misma, su Madre pudo concebir sin violación de la castidad. Pero se produce por medio de esta noción mal considerada (por la cual piensan que los matrimonios de las mujeres que han caído de este santo propósito, en caso de haberse casado, no son matrimonios) un mal no pequeño: que las esposas sean separadas de sus maridos, como si fuesen adúlteras y no esposas; y queriendo restituir a la continencia a las mujeres así separadas, hacen adúlteros verdaderos a sus maridos, en cuanto que, durante la vida de sus esposas, ellos se han casado con otras.

    § 14

    14. Por lo cual no puedo decir, de las mujeres que han decaído de un propósito mejor, si se casaren, que sus uniones son adulterios y no matrimonios; pero sin duda no vacilaría en decir que los apartamientos y caídas de una castidad más santa, que se ha prometido al Señor, son peores que los adulterios. Porque si, cosa de la que de ningún modo puede dudarse, toca a una ofensa contra Cristo que un miembro suyo no guarde fidelidad a su marido, ¡cuánto más grave ofensa es contra Él cuando no se le guarda fidelidad a Él mismo en algo que exige una vez ofrecido, Él que no había exigido que se le ofreciera! Pues cuando cada uno deja de cumplir lo que prometió, no por fuerza de un mandamiento, sino por consejo, tanto más aumenta la iniquidad de la injuria hecha a su voto cuanto menor necesidad tenía de hacerlo. Trato de estas cosas para que no pienses que las segundas nupcias son criminales, ni que cualesquiera matrimonios, siendo matrimonios, son un mal. Sea, pues, esta tu disposición: no que los condenes, sino que los desprecies. Así, el bien de la castidad viudal resplandece con más brillo, porque, para hacer voto y profesión de ella, las mujeres pueden despreciar lo que es a la vez agradable y lícito. Pero, hecha la profesión del voto, deben seguir refrenando y venciendo lo que es agradable, porque ya no es lícito.
    Referencia de este pasaje

    Traducción: Eusebeia, del inglés de Cornish (falta en el epub)

    Comentario editorial · La viuda que rompe su voto: Agustín y los cánones
    Agustín sostiene que la viuda consagrada que se casa contrae matrimonio verdadero, aunque peca más gravemente que una adúltera contra Cristo. La noticia benedictina recoge la objeción de que esto choca con el canon 104 de un «IV Concilio de Cartago» de 398, que las declara adúlteras. Hoy se sabe que esos 104 cánones no son de un concilio de 398: Wikipedia explica que el compilador de la Hispana los atribuyó a un pseudo-cuarto concilio de Cartago y que son la colección conocida como Statuta Ecclesiae Antiqua. El concilio de Calcedonia (451), en su canon 16, mandó excomulgar a la virgen consagrada o al monje que se casen, pero dio al obispo poder para usar de indulgencia.

    § 15

    15. Suelen los hombres mover cuestión acerca de tercer o cuarto matrimonio, y aun más numerosos matrimonios que este. Sobre lo cual para responder estrictamente, no me atrevo ni a condenar ningún matrimonio, ni a quitarles la vergüenza de su gran número. Mas, no sea que la brevedad de esta mi respuesta pueda desagradar a alguno, estoy dispuesto a escuchar a mi reprensor tratándolo más por extenso. Pues quizá él alegue alguna razón, por la cual los segundos matrimonios no sean condenados, pero los terceros sí. Pues yo, como al comienzo de este discurso advertí, no me atrevo a ser más sabio de lo que conviene ser sabio. Porque ¿quién soy yo, para pensar que debe definirse lo que veo que el Apóstol no ha definido? Pues dice: "La mujer está ligada, mientras viva su marido". No dijo: su primero; o segun; o tercer; o cuarto; sino, "La mujer", dice, "está ligada, mientras viva su marido; pero si su marido muriere, está libre; cásese con quien quisiere, solo en el Señor: mas será más bienaventurada, si así permaneciere". No sé qué pueda añadirse a, o quitarse de, esta sentencia, en lo que atañe a esta materia. Luego oigo también a Él mismo, el Maestro y Señor de los Apóstoles y nuestro, respondiendo a los saduceos, cuando le habían propuesto una mujer no una vez casada, o dos veces, sino, si puede decirse, siete veces casada, ¿de quién sería esposa en la resurreción? Pues increpándoles, dice: "Erráis, no conociendo las Escrituras, ni el poder de Dios. Porque en la resurreción ni se casarán, ni se darán en matrimonio; pues no comienzan a morir, sino que serán iguales a los Ángeles de Dios". Así, hizo mención de su resurreción, los que resurgirán para vida, no los que resurgirán para castigo. Así, podría haber dicho: Erráis, no conociendo las Escrituras, ni el poder de Dios: porque en aquella resurreción no será posible que haya las que fueron esposas de muchos; y luego añadió, que tampoco nadie se casa allí. Pero ni aun, como vemos, mostró en esta sentencia señal alguna de condenar a la que había sido esposa de tantos maridos. Por lo cual ni yo me atrevo, contra el sentimiento del pudor natural, a decir, que, muertos sus maridos, una mujer case cuantas veces quiera; ni me atrevo, de mi propio coraón, fuera de la autoridad de la santa Escritura, a condenar número alguno de matrimonios. Mas, lo que digo a una viuda, que ha tenido un marido, esto lo digo a toda viuda; serás más bienaventurada, si así permanecieres.
    Comentario editorial · Terceras y cuartas nupcias
    Agustín se niega a condenar ningún nuevo matrimonio de una viuda, sea el segundo o el cuarto, porque el Apóstol no pone límite: la mujer queda libre si muere su marido (; ). Otros autores latinos habían sido más severos. Según Wikipedia, Tertuliano, ya inclinado al montanismo, llamó a las segundas nupcias «una especie de adulterio» (Exhortación a la castidad, 9) y escribió contra ellas su tratado Sobre la monogamia.

    § 16

    Pues tampoco es necia la cuestión que suele proponerse, para que quien pueda diga, cuál viuda ha de ser preferida en mérito; si aquella que ha tenido un marido, que, después de haber vivido consideráble tiempo con él, quedando viuda con hijos nacidos de él y vivos, ha hecho profeción de continencia; o la que como joven habiendo perdido dos maridos en dos años, sin tener hijos vivos que la consuelen, ha hecho voto a Dios de continencia, y en ella ha envejecido con santidad muy sufrida. En esto ejercítense, si pueden, discutiendo, y mostrándonos alguna prueba, los que pesan los méritos de las viudas por número de maridos, no por la fuerza misma de la continencia. Porque, si hubiesen dicho que la que ha tenido un marido ha de ser preferida a la que ha tenido dos; a menos que aleguen alguna razón o autoridad especial, ciertamente se hallará que anteponen a la excelencia del alma, no mayor excelencia del alma, sino buena fortuna de la carne. En verdad pertenecía a la buena fortuna de la carne, tanto vivir largo tiempo con su marido, como concebir hijos. Mas, si no la prefiren por esto, por haber tenido hijos; al menos el hecho mismo de haber vivido mucho tiempo con su marido, ¿qué otra cosa era sino buena fortuna de la carne? Además, el mérito de la misma Ana es aquí principalmente encomiado, en que, después de haber sepultado tan pronto a su marido, por su prolongada vida contendió largamente con la carne, y venció. Porque así está escrito: "Y había Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser; era de grande edad; y había vivido con su marido siete años desde su virginidad; y era viuda hasta ochenta y cuatro años, la cual no se apartaba del Templo, sirviendo día y noche con ayunos y oraciones". Veis cómo la santa viuda no es encomiada solo en esto, en que había tenido un marido, sino también en que había vivido pocos años con un marido desde su virginidad, y con tan grande servicio de piedad había continuado su oficio de castidad viudal hasta tan grande edad.

    § 17

    Pongamos, pues, ante nuestros ojos tres viudas, cada una teniendo uno de los bienes, todos los cuales se hallaban en ella: supongamos una que tuvo un marido, en quien faltan tanto la gran duración de viudez, por haber vivido largo tiempo con su marido, como el gran celo de piedad, en que no sirve así con ayunos y oraciones: una segunda, que después de la muy corta vida de su primer marido, perdió pronto también un segundo, y está ahora largo tiempo viuda, pero también ella misma no se da al religiosísimo servicio de ayunos y oraciones: una tercera, que no sólo ha tenido dos maridos, sino que también ha vivido largamente con cada uno de ellos por separado, o con uno de ellos, y habiendo quedado viuda en un período más tardío de la vida, en el cual, si hubiera querido casarse, podría también concebir hijos, ha tomado sobre sí la continencia viudal; pero está más inenta en Dios, más cuidadosa de hacer siempre lo que le agrada, día y noche, como Ana, sirviendo con oraciones y ayunos. Si se levanta cuestión sobre cuál de estas ha de ser preferida en méritos, ¿quién no ve que en este certamen la palma ha de darse a la mayor y más ferviente piedad? Así también si se ponen otras tres, en cada una de las cuales hay dos de aquellos tres bienes, pero falta uno de los tres en cada cual, ¿quién puede dudar que serán mejores las que tuvieren de manera más excelente en sus dos bienes humilde piedad, a fin de que haya alta piedad?

    § 18

    Ninguna ciertamente de estas seis viudas podría llegar a tu nivel. Pues tú, en caso de que mantengas este voto hasta la vejez, puedes tener todos los tres bienes en que sobresalió el mérito de Ana. Porque has tenido un marido, y él no vivió largo tiempo contigo en la carne; y, por este medio, en caso de que muestres obediencia a las palabras del Apóstol, diciendo: "Mas la que es viuda de verdad y desolada, ha esperado en el Señor, y persevera en oraciones noche y día", y con sobria vigilancia evites lo que sigue: "Pero la que vive en deleites, viviendo está muerta", todos esos tres bienes, que fueron de Ana, serán también tuyos. Pero tienes también hijos, cosa que quizá ella no tuvo. Mas no por esto has de ser alabada, porque los tengas, sino porque eres celosa de criarlos y educarlos piadosamente. Pues el que hayan nacido de ti, fue de fecundidad; el que vivan, es de buena fortuna; el que sean tan bien criados, es de tu voluntad y providencia. En lo primero felicítense los hombres contigo, en esto imítense. Ana, por conocimiento profético, reconoció a Cristo con su Madre virgen; a ti la gracia del Evangelio te ha hecho madre de una virgen de Cristo. Por tanto, aquella santa virgen, a la cual, queriéndolo ella y buscándolo, habéis ofrecido a Cristo, ha añadido algo de merecimiento virginal también a los merecimientos viudales de su abuela y de su madre. Pues vosotras, que la tenéis, no dejéis de tener algo de allí; y en ella sois, lo que en vosotras mismas no sois. Porque el que la santa virginidad os fuera quitada en vuestro matrimonio, se ordenó a esto, a que naciese de vosotras.

    § 19

    Estas discusiones, por tanto, acerca de los diferentes merecimientos de las mujeres casadas, y de las diferentes viudas, no quisiera yo tratarlas en esta obra, si lo que te escribo, lo escribiese solo para ti. Mas, como hay en este género de discurso ciertas cuestiones muy difíciles, quise decir algo más de lo que propiamente te atañe, por causa de ciertos que no se parecen a sí mismos doctos, si no intentan, no discutiendo para juzgar, sino rasgando para cortar en pedazos los trabajos de otros: y además, para que tú misma también no solo guardes lo que has votado, y progreses en ese bien; sino que conozcas más cuidadosa y más seguramente, que ese mismo bien tuyo no se distingue del mal del matrimonio, sino que es preferido al bien del matrimonio. Pues no te engañen los que condenan el matrimonio de mujeres viudas, aunque ejerciten su continencia absteniéndose de muchas cosas que tú usas, llevándote a pensar lo que ellos piensan, aunque tú no puedas hacer lo que ellos hacen. Porque nadie sería un loco, aunque vea que la fuerza de un loco es mayor que la de los hombres en su sano juicio. Principalmente, por tanto, la sana doctrina adorne y guarde la bondad del propósito. Pues por esta causa las mujeres católicas, aun después de haberse casado más de una vez, son por justo juicio preferidas, no solo a las viudas que han tenido un marido, sino también a las vírgenes de los herejes. Hay ciertamente sobre estas tres materias, de matrimonio, viudez y virginidad, muchos recovecos de cuestiones, muchas perplejidades; y para por discusión entrar profundamente en ellas y resolverlas, se requiere tanto mayor cuidado, como un discurso más completo; a fin de que o tengamos recto parecer en todas esas cosas, o, si en algo pensamos de otro modo, también esto Dios nos lo revele. Sin embargo, lo que también allí dice el Apóstol a continuación: "A lo que hemos llegado, en eso andemos". Pero hemos llegado, en lo que toca a esta materia de que hablamos, hasta anteponer la continencia al matrimonio, y la santa virginidad aun a la continencia viudal; y a no condenar matrimonio alguno, que sin embargo no son adulterios sino matrimonios, por la alabanza de cualquier propósito nuestro o de nuestros amigos. Muchas otras cosas sobre estas materias hemos dicho en un libro Acerca del bien del Matrimonio, y en otro libro Acerca de la Santa Virginidad, y en un libro que compusimos con la mayor diligencia que pudimos contra Fausto el maniqueo; porque, con muy mordaces reproches en sus escritos de los castos matrimonios de los Patriarcas y Profetas, había apartado las mentes de ciertos indoctos de la sanidad de la fe.

    § 20

    Por lo cual, puesto que al comienzo de esta pequeña obra había propuesto dos materias necesarias, y había emprendido seguirlas; una que se refería a la doctrina, la otra a la exhortación; y no he faltado en la primera parte, según mis fuerzas, conforme al cometido que había tomado; vengamos a la exhortación, a fin de que el bien que se conoce con sabiduría, se persiga con ardor. Y en esta materia te doy este consejo primero, que, por grande que sientas que es en ti el amor de la piadosa continencia, lo atribuyas al favor de Dios, y le des gracias, que de su Espíritu Santo te ha concedido generosamente tanto, que, siendo su amor derramado en tu coraón, el amor de un bien mejor te quite el permiso de una cosa lícita. Pues fue don suyo para ti que no quisieras casarte, cuando era lícito, para que ahora no lo sea, aun si quisieras; y por este medio el deseo de no hacerlo estuviera más firme, no sea que se haga lo que ahora es ilícito, lo que no se hizo aun cuando era lícito; y que, viuda de Cristo, llegaras a tanto como ver también a tu hija virgen de Cristo; porque mientras tú oras como Ana, ella ha venido a ser lo que María. Estos por cuanto más los conozcas como dones de Dios, tanto más eres por los mismos dones bienaventurada; antes bien, no eres de otra manera sino según conozcas de quién tienes lo que tienes. Pues escucha lo que el Apóstol dijo sobre esta materia: "Pero nosotros no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que es de Dios, para que conozcamos las cosas que nos han sido dadas por Dios". En verdad muchos tienen muchos dones de Dios, y por no conocer de quién los tienen, vienen a jactarse con impía vanidad. Mas no hay nadie bienaventurado con los dones de Dios, que sea ingrato al Dador. Pues también, mientras en el curso de los sagrados Misterios se nos manda "levantar los coraones", es por su ayuda que podemos, por cuyo mandado somos amonestados; y por tanto se sigue, que, de este tan grande bien del coraón levantado, no demos la gloria a nosotros como de nuestras propias fuerzas, sino rindamos gracias a nuestro Señor Dios. Pues de esto somos luego amonestados, que "esto es conveniente", "esto es justo". Recuerdas de dónde están tomadas estas palabras, reconoces por cuál sanción, y con cuánta santidad son encomendadas dentro. Por tanto, ten y posee lo que has recibido, y devuelve gracias al Dador. Porque, aunque sea tuyo el recibir y tener, sin embargo tienes aquello que has recibido: por cuanto a uno que se ensoberbece, e impíamente se gloría de lo que tiene como si lo tuviera de sí mismo, la Verdad dice por el Apóstol: "¿Pero qué tienes, que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías, como si no lo hubieras recibido?"

    § 21

    Me veo obligado a amonestar estas cosas a causa de ciertos discursillos de algunos hombres —dignos de ser esquivados y evitados— que han comenzado a deslizarse por los oídos hasta las mentes de muchos, siendo (como ha de decirse con lágrimas) hostiles a la gracia de Cristo, y que van persuadiendo a que no tengamos por necesaria para nosotros la oración al Señor, para no entrar en tentación. Porque ellos intentan defender el libre albedrío del hombre de tal modo, que por él solo, aun sin el auxilio de la gracia de Dios, seamos capaces de cumplir lo que Dios nos manda. Y así se sigue que en vano dijo el Señor: "Velad y orad, para que no entréis en tentación"; y en vano decimos cada día en la misma Oración del Señor: "No nos dejes caer en tentación". Pues si está en nuestra sola potestad el no ser vencidos por la tentación, ¿por qué rogamos que no entremos ni seamos llevados a ella? Hagamos, más bien, lo que es de nuestro libre albedrío y de nuestro poder absoluto; y burlémonos del Apóstol que dice: "Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados más de lo que podéis"; y opongámonosle diciendo: ¿Por qué pido yo al Señor lo que Él ha puesto en mi propia potestad? Pero lejos esté de pensar así quien tiene sano el entendimiento. Por tanto, busquemos que Él nos dé lo que nos manda tener. Pues para esto nos manda tener esto que aún no tenemos: para amonestarnos qué hemos de buscar; y para que, cuando hubiéremos hallado el poder de hacer lo que Él ha mandado, entendamos de esto también de dónde lo hemos recibido; no sea que, hinchados y envanecidos por el espíritu de este mundo, no conozcamos las cosas que nos han sido dadas por Dios. Por lo cual, la libre elección de la voluntad humana no la destruimos en modo alguno cuando no negamos con ingrata soberbia la gracia de Dios, por la cual la misma libre elección es ayudada, sino que más bien la proclamamos con agradecida piedad. Porque nuestro es el querer: mas la voluntad misma es amonestada para que se levante, y sanada para que tenga poder; y dilatada para que reciba, y llena para que posea. Pues si no quisiéramos nosotros, ciertamente ni recibiríamos las cosas que se nos dan, ni las tendríamos. Porque ¿quién tendría continencia (por hablar de ésta, entre los demás dones de Dios, más bien que de lo que os estoy hablando), quién, digo, tendría continencia si no queriendo?; puesto que también nadie la recibiría si no queriendo. Mas si preguntas: ¿De quién es don el que pueda por nuestra voluntad ser recibida y tenida?, escucha a la Escritura; sí, más bien, porque lo sabes, recuerda lo que has leído: "Sabiendo yo —dice— que nadie puede ser continente, si Dios no se lo da, y esto mismo era de sabiduría, saber de quién era este don". Grandes son estos dos dones: la sabiduría y la continencia; la sabiduría, ciertamente, por la cual somos formados en el conocimiento de Dios; mas la continencia, por la cual no nos conformamos a este mundo. Ahora bien, Dios nos manda que seamos sabios y continentes, bienes sin los cuales no podemos ser justos ni perfectos. Pero roguemos que Él nos dé lo que manda, ayudando e inspirando, Él que nos ha amonestado qué querer mandando y llamando. Todo cuanto de esto nos ha dado, roguemos que Él lo conserve; mas lo que aún no nos ha dado, roguemos que Él lo supla; y oremos y demos gracias por lo que hemos recibido; y por lo que aún no hemos recibido, por el hecho mismo de que no somos ingratos por lo recibido, confiemos en que lo recibiremos. Porque Aquel que dio poder a los fieles casados para abstenerse de adulterios y fornicaciones, Él mismo ha dado a las santas vírgenes y a las viudas el abstenerse de toda relación sexual; en cuyo caso la virtud se llama propiamente ahora castidad inviolada o continencia. ¿O será acaso que de Él hemos recibido ciertamente la continencia, mas de nosotros mismos tenemos la sabiduría? ¿Qué es, pues, lo que dice el apóstol Santiago: "Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada"? Pero sobre esta cuestión, ya en otras pequeñas obras nuestras, en cuanto el Señor nos ha ayudado, hemos dicho muchas cosas; y en otros momentos, en cuanto por Él podamos, cuando se presente la ocasión, hablaremos.

    § 22

    Ahora bien, he querido decir algo sobre este tema por causa de ciertos hermanos nuestros muy amigos y queridos, enredados en este error ciertamente sin culpa deliberada, pero enredados; los cuales piensan que, cuando exhortan a alguien a la justicia y a la piedad, su exhortación no tendrá fuerza si no ponen todo aquello en que quieren obrar sobre el hombre, para que el hombre obre, en el poder del hombre, no ayudado por la gracia de Dios, sino ejercido por la sola elección del libre albedrío; ¡como si pudiera haber libre albedrío para realizar una obra buena sin haber sido liberado por el don de Dios! Y no advierten que esto mismo lo tienen ellos también por don de Dios: exhortar con tal fuerza que despierten las voluntades perezosas de los hombres a emprender una vida buena, enciendan las frías, corrijan a las que yerran, conviertan a las que se han desviado, apacigüen a las que se oponen. Pues así pueden lograr persuadir aquello a que quieren persuadir; o, si no obran estas cosas en las voluntades de los hombres, ¿cuál es su obra?, ¿para qué hablan? Déjenlos más bien a su propia elección. Pero si obran en ellos estas cosas, ¿qué? Pregunto: ¿obra el hombre tan grandes cosas en la voluntad del hombre hablando, y Dios no obra allí nada ayudando? Antes bien, por mucha que sea la fuerza de discurso con que el hombre prevalezca, de modo que con la habilidad de la argumentación y la dulzura de la palabra implante la verdad en la voluntad del hombre, alimente la caridad, quite el error enseñando y la pereza exhortando, "ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento". Pues en vano usaría el obrero todos los medios por fuera si el Creador no obrara secretamente por dentro. Espero, pues, que esta carta mía, por obra digna de tu Excelencia, llegue pronto también a manos de tales personas; por esto pensé que debía decir algo sobre este asunto. Además, para que tanto tú misma como cualesquiera otras viudas que lean esto, o lo oigan leer, sepáis que avanzáis más hacia el amor y la profesión del bien de la continencia por vuestras propias oraciones que por nuestras exhortaciones; puesto que, si os es de alguna ayuda que se os ofrezcan también nuestras palabras, todo ha de atribuirse a su gracia, "en cuya mano", como está escrito, "estamos nosotros y nuestras palabras".
    Referencia de este pasaje

    Traducción: Eusebeia, del inglés de Cornish (falta en el epub)

    Comentario editorial · La advertencia contra Pelagio
    Agustín no nombra a nadie, pero el blanco de § 21–22 es la enseñanza de Pelagio y sus seguidores: que la exhortación a la virtud solo tiene fuerza si todo se pone en el poder de la libre voluntad. El momento no era casual. Según Wikipedia, cuando Demetrias tomó el velo en 413, su madre y su abuela pidieron consejo a varios eclesiásticos: Agustín le recomendó leer Sobre la santa virginidad, Jerónimo le envió una larga carta y Pelagio le dirigió un tratado en forma de carta, la Epístola a Demetrias, en la que expone su idea de la capacidad moral del hombre para no pecar. La noticia benedictina cree que esta es la advertencia que Juliana agradece en la Epístola 188 de Agustín.

    § 23

    Si, por tanto, no hubieras aun votado a Dios la continencia viudal, ciertamente te exhortaríamos a votarla; mas, pues ya la has votado, te exhortamos a perseverar. Y con todo veo que he de hablar de modo que lleve también a aquellos que aun pensaban en el matrimonio a amarla y abrazarla. Por tanto escuchemos al Apóstol: "La que no es casada", dice, "se cuida de las cosas del Señor, para ser santa tanto en cuerpo como en espíritu; mas la que es casada se cuida de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido". No dice, se cuida de las cosas del mundo, de modo que no sea santa; sino que ciertamente aquella santidad matrimonial es menor, en razón de aquella porción de cuidados, que tiene pensado el placer del mundo. Por tanto, todo aquel proósito esforzado de la mente que se gastaría también en estas cosas con las que habría de agradar a un marido, debe la mujer cristiana no casada en cierta manera recogerlo y traerlo a aquel proósito esforzado con que ha de agradar al Señor. Y considera, a Quién agrada, quien agrada al Señor; y ciertamente ella es tanto más bienaventurada cuanto más le agrada; mas cuanto más sus pensamientos son de las cosas del mundo, tanto menos le agrada. Por tanto, vosotras con todo proósito esforzado agradadle a Él, que es "hermoso de forma sobre los hijos de los hombres". Pues que vosotras le agradéis, es por su gracia que es "derramada en sus labios". Agradadle en aquella porción de pensamiento también, que estaría ocupada por el mundo, para agradar a un marido. Agradad a Él, que desagradó al mundo, para que los que le agradan sean puestos en libertad del mundo. Porque Este, hermoso de forma sobre los hijos de los hombres, los hombres le vieron en la Cruz de la Pasión; "y no tenía forma ni hermosura, sino su rostro abatido, y su ademán indecoroso". Sin embargo, de esta indecorosidad de vuestro Redentor manó el precio de vuestra hermosura, mas de una hermosura interior, porque "toda la hermosura de la hija del Rey es interior". Con esta hermosura agradadle a Él, esta hermosura ordenad con estudioso cuidado y ansiosa solicitud. Él no ama tintes de engaños; la Verdad se deleita en cosas verdaderas, y Él, si reconocéis lo que habéis leído, es llamado la Verdad. "Yo soy", dice, "el Camino, y la Verdad, y la Vida". Corred a Él por Él, agradadle a Él de Él; vivid con Él, en Él, de Él. Con verdaderos afectos y santísima castidad amad ser amadas por tal Esposo.

    § 24

    Oiga también estas cosas el oído interior de la virgen, tu santa hija. Yo veré cuánto te precede ella en el Reino de Aquel Rey: esa es otra cuestión. Sin embargo, habéis hallado, madre e hija, a Aquel a Quien por hermosura de castidad debéis agradar juntas, habiendo despreciado, ella toda, tú el segun, matrimonio. Ciertamente si hubiera maridos a quienes hubierais de agradar, a esta hora quizá os avergonzaríais de adornaros juntamente con vuestra hija; ahora no os dé vergüenza el poneros a hacer lo que pueda adornaros a ambas juntas; porque no es materia de vituperio, sino de gloria, que seáis amadas ambas por Aquel Uno. Pero blanco y rojo, fingidos y puestos con afeites, no los usaríais, aun si tuvierais maridos; no pensando que ellos fuesen personas aptas para engañar, ni vosotras tales que debierais engañar; ahora, pues, a Aquel Rey, que anheló la hermosura de su Única Esposa, de la cual sois miembros, agradad con toda verdad juntas, juntaos; ella con castidad virginal, tú con continencia viudal, ambas con hermosura espiritual. En la cual hermosura también vuestra abuela, y suegra tuya, que ya ciertamente ha envejecido, es hermosa juntamente con vosotras. Pues mientras la caridad lleva el vigor de esta hermosura hacia las cosas que están adelante, la longura de años no causa en ella arruga. Tenéis con vosotras una santa mujer anciana, tanto en vuestra casa como en Cristo, a quien consultar acerca de la perseverancia; cómo habéis de luchar con esta o aquella tentación, qué habéis de hacer, para que sea más fácilmente vencida; qué salvaguardia habéis de tomar, para que no ponga asechanzas otra vez; y si hay algo de este tenor, ella os enseña, que está ya por el tiempo firme, por el amor bienqueriente, por el natural afecto llena de cuidados, por la edad segura. Vosotras especialmente, vosotras en tales cosas consultad a la que ha hecho experiencia de lo que vosotras habéis hecho experiencia. Pues vuestra hija canta aquella canción, que en el Apocalipsis nadie sino las vírgenes pueden cantar. Mas por ambas vosotras ella ruega más cuidadosamente que por sí misma, pero está más llena de cuidado por su nieta, para quien queda un más largo espacio de años para vencer tentaciones; pero a ti te ve más cercana a su propia edad, y madre de una hija de tal edad, que, si la hubieras visto casada (lo cual ahora no es lícito, y lejos esté de ella), pienso que te habrías avergonzado de llevar hijos juntamente con ella. Cuánto, pues, es lo que ahora te queda de edad peligrosa, tú que por esto no eres llamada abuela, para que juntamente con tu hija puedas ser fecunda en prole de santos pensamentos y obras? Por tanto no sin razón está la abuela más llena de cuidado por ella, por quien también tú la madre; porque lo que ella ha votado es mayor, y todo lo que acaba de empezar le queda por delante. Oiga el Señor sus oraciones, para que santamente sigáis sus buenos méritos, ella que en juventud dio a luz la carne de vuestro marido, en la vejez está de parto del corazón de vuestra hija. Por tanto, todas vosotras, a una y con un mismo sentir, con la conducta agradad, con las oraciones apremiad, a Aquel Único Esposo de una Única Esposa, en Cuyo Cuerpo por un Espíritu estáis viviendo.

    § 25

    El día pasado no vuelve ya, y después de ayer sigue hoy, y después de hoy seguirá mañana; y he aquí que todos los tiempos y las cosas temporales pasan, para que venga la promesa que permanecerá; y "el que perseverare hasta el fin, éste será salvo". Si el mundo perece ya, ¿para quién engendra la mujer casada? O la que en el corazón está por engendrar y en la carne no ha de engendrar, ¿por qué se casa? Mas, si el mundo ha de durar todavía, ¿por qué no es más amado Aquel por quien el mundo fue hecho? Si las seducciones de esta vida ya desfallecen, nada hay que un alma cristiana deba buscar con deseo; pero, si aún han de quedar, hay algo que con santidad puede despreciar. Pues en el primer caso no hay esperanza alguna para la concupiscencia, y en el segundo hay mayor gloria para la caridad. ¿Cuántos o cuán largos son los años mismos en que la flor de la edad carnal parece florecer? Algunas mujeres, pensando en casarse y deseándolo con ardor, mientras eran despreciadas o diferidas, de repente envejecieron de tal modo que ahora tendrían vergüenza de casarse, antes que deseo. Pero muchas, ya casadas, habiendo marchado sus maridos a tierras lejanas muy poco después de la unión, envejecieron aguardando su regreso y, como si de pronto hubieran quedado viudas, a veces ni siquiera llegaron a recibir, ya ancianas, a sus ancianos esposos al volver. Si, pues, cuando los prometidos despreciaban o se demoraban, o cuando los maridos estaban lejos, el deseo carnal pudo refrenarse de la comisión de fornicación o adulterio, ¿por qué no puede refrenarse de la comisión de un sacrilegio? Si fue reprimido cuando, al ser diferido, abrasaba, ¿por qué no es sofocado cuando, habiendo sido cercenado, se había enfriado? Porque con mayor intensidad soportan el ardor del deseo quienes no pierden la esperanza de la satisfacción del mismo deseo. Mas cuantos entre los célibes hacen voto de castidad a Dios, retiran esa esperanza misma, que es el alimento del amor. Por eso con más facilidad se enfrena el deseo, al no encenderlo ninguna esperanza; y, sin embargo, si no se ora contra él para vencerlo, se desea con más ardor lo que de suyo es ilícito.

    § 26

    Sucedan, pues, en la santa castidad los deleites espirituales en lugar de los deleites carnales: la lectura, la oración, el salmo, el buen pensamiento, la frecuencia en las buenas obras, la esperanza del siglo venidero y el corazón en alto; y por todas estas cosas la acción de gracias al Padre de las luces, de quien sin duda alguna, como atestigua la Escritura, desciende toda buena dádiva y todo don perfecto. Porque cuando, en lugar de los deleites de las casadas, que tienen en la carne de sus maridos, se toma el uso de otros deleites carnales, como para consolarse, ¿para qué hablar de los males que siguen, cuando el Apóstol ha dicho en breve que la viuda que vive en delicias, viviendo está muerta? Pero lejos de vosotras que seáis presas de la codicia de riquezas en lugar del deseo del matrimonio, o que en vuestros corazones el dinero suceda en lugar del amor al marido. Porque, observando el trato de los hombres, hemos comprobado con frecuencia que en ciertas personas, refrenada la lascivia, ha crecido la avaricia. Pues así como, en los sentidos mismos del cuerpo, los que no ven oyen con más agudeza y disciernen muchas cosas por el tacto, y los que tienen el uso de los ojos no tienen tanta vida en el tacto —y en este caso se entiende que, refrenado el esfuerzo de la atención en una vía, la de los ojos, se extiende a los otros sentidos, más pronta y aguda para distinguir, como si intentara suplir con el uno lo que se le negó en el otro—, así también a menudo la concupiscencia carnal, refrenada del placer del comercio carnal, se extiende con mayor fuerza a desear el dinero, y apartada de lo uno se vuelve con más ardor de pasión a lo otro. Mas en vosotras enfríese el amor de las riquezas junto con el amor del matrimonio, y diríjase el uso piadoso de los bienes que poseéis a los deleites espirituales, para que vuestra liberalidad se encienda más en socorrer a los necesitados que en enriquecer a los codiciosos. Pues al tesoro celestial no se envían dones a los codiciosos, sino limosnas a los necesitados, que ayudan sobremanera a las oraciones de las viudas. También los ayunos y las vigilias, en cuanto no perturben la salud, si se emplean en orar, salmodiar, leer y meditar en la ley de Dios, aun las cosas que parecen trabajosas se convierten en deleites espirituales. Porque de ningún modo son pesados los trabajos de los que aman, sino que por sí mismos deleitan, como los de quienes cazan, atrapan aves, pescan, vendimian, comercian o se entretienen con algún juego. Importa, pues, qué es lo que se ama. Porque en lo que se ama, o no hay trabajo, o también el trabajo se ama. ¡Y considera qué vergüenza y qué dolor sería que hubiera placer en el trabajo de cazar una fiera, llenar la tinaja y la bolsa, lanzar una pelota, y no hubiera placer en los trabajos por ganar a Dios!
    Referencia de este pasaje

    Traducción: Eusebeia, del inglés de Cornish (falta en el epub)

    § 27

    Ciertamente en todos los deleites espirituales, que gozan las no casadas, su santa conversación debe también ser con cuidado; no sea acaso que, aunque su vida no sea mala por maldad, su fama sea mala por negligencia. Y no se ha de escuchar a aquellos, ya sean varones o mujeres santos, cuando (con ocasión de que se les reprenda su negligencia en algo, por lo cual sucede que caen en mala sospecha, de la cual ellos saben que su vida está muy alejada) dicen que básteles la conciencia ante Dios, despreciando lo que los hombres piensen de ellos, no solo imprudentemente sino también cruelmente; cuando matan las almas de otros; ya de los que blasfeman el camino de Dios, quienes siguiendo su sospecha se desagradan de lo que es la casta vida de los Santos, como si fuese vergonzosa, ya de los que también toman excusa, e imitan, no lo que ven, sino lo que piensan. Por lo cual, quienquiera que guarda su vida de acusaciones de hechos torpes y malos, hace bien a sí mismo; mas quienquiera que guarda también su reputación, es misericordioso también para con los otros. Porque para nosotros es necesaria nuestra propia vida, para los otros nuestra reputación; y ciertamente aun lo que misericordiosamente administramos a los otros, para su salud, redunda también en provecho nuestro. De donde no en vano el Apóstol: "Proveemos cosas buenas", dice, "no solo ante Dios, sino también ante los hombres"; también dice: "Agradad a todos en todas las cosas; así como también yo agrado a todos en todas las cosas, no buscando lo que es de provecho para mí, sino lo que para muchos, a fin de que sean salvos". También en cierta exhortación dice: "Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo que es santo, todo lo que es justo, todo lo que es puro, todo lo que es amabilísimo, todo lo que es de buena fama; si hay virtud alguna, si alguna alabanza, en esto pensad, lo que habéis aprendido, y recibido, y oído, y visto en mí". Veis cómo entre muchas cosas, a las cuales por exhortación los amonestaba, no descuidó poner, "todo lo que es de buena fama"; y en dos palabras incluyó todas las cosas, cuando dice, "si hay virtud alguna, si alguna alabanza". Porque a la virtud pertenecen las cosas buenas de que hizo mención arriba; mas la buena fama a la alabanza. Pienso que el Apóstol no tenía la alabanza de los hombres por cosa grande, diciendo en otro lugar: "Pero para mí es lo de menos, ser juzgado de vosotros, o de día de hombre"; y en otro lugar: "Si agradase a los hombres, no sería siervo de Cristo"; y otra vez: "Porque nuestra gloria es esta, el testimonio de nuestra conciencia". Mas de estas dos cosas, es decir, de buena vida y de buena fama, o como se dice más brevemente, de virtud y alabanza, la una por su propio bien la guardó él con suma sabiduría, la otra por el bien de los otros la proveyó con suma misericordia. Pero, por cuanto la humana cautela, por grande que sea, no puede por todos lados evitar sospechas muy malévolas, cuando por nuestra buena fama hubiéremos hecho cuanto rectamente podemos, si alguno, o fingiendo falsamente cosas malas de nosotros, o creyendo mal de nosotros, intenta manchar nuestro buen nombre, esté presente el consuelo de la conciencia, y claramente también el gozo, en que nuestro galardón es grande en el Cielo, aun cuando los hombres digan muchas cosas malas de nosotros, y nosotros no obstante vivamos piadosa y rectamente. Pues ese galardón es como la paga de los que militan, por las armas de la justicia, no solo a la diestra, sino también a la siniestra; es decir, por gloria y abatimiento, por mala fama y buena fama.

    § 28

    Seguid, pues, vuestra carrera y corred con perseverancia, para que alcancéis; y con el ejemplo de vida y la palabra de exhortación, arrastrad con vosotras a esta misma vuestra carrera a cuantos hayáis podido. No os doblegue de este ferviente propósito, con el que incitáis a muchos a seguiros, la queja de los vanos, que dicen: "¿Cómo subsistirá el género humano, si todos hubieren sido continentes?". Como si por otra razón se dilatase este mundo, sino para que se cumpla el número predestinado de los Santos; y si este se cumpliese más pronto, ciertamente no se diferiría el fin del mundo. Ni os detenga en vuestro empeño de persuadir a otros al mismo bien que vosotras poseéis, si se os dijere: "Puesto que también el matrimonio es bueno, ¿cómo habrá todos los bienes en el Cuerpo de Cristo, así los mayores como los menores, si todos, por alabanza y amor de la continencia, la imitan?". En primer lugar, porque, aun esforzándose en que todos sean continentes, todavía serán pocos, pues "no todos reciben esta palabra". Mas, puesto que está escrito: "El que puede recibir, reciba", entonces reciben los que pueden, cuando no se guarda silencio ni aun hacia aquellos que no pueden. En segundo lugar, tampoco debemos temer que acaso todos la reciban, y falte en el cuerpo de Cristo algún bien menor, es decir, la vida conyugal. Pues si todos hubieren oído, y todos hubieren recibido, debemos entender que esto mismo estaba predestinado: que los bienes matrimoniales bastan ya en el número de aquellos miembros que tantos han salido ya de esta vida. Porque ni ahora, si todos fueren continentes, darán la honra de los continentes a aquellos que ya han llevado a los graneros del Señor el fruto del treinta por uno, si esto se entiende del bien conyugal. Así pues, todos estos bienes tendrán allí su lugar, aunque desde ahora ninguna mujer quiera casarse, ni ningún hombre quiera tomar esposa. Por tanto, sin ansiedad, impulsad a los que podáis a que lleguen a ser lo que vosotras sois; y orad con vigilancia y fervor, para que, por el auxilio de la Diestra del Altísimo, y por la abundancia de la misericordiosísima gracia del Señor, perseveréis en lo que sois y progreséis hacia aquello que habéis de ser.

    § 29

    Por último, os ruego, por Aquel de quien ambas habéis recibido este don y de quien esperáis las recompensas de este don, que os acordéis de encomendarme también en vuestras oraciones, junto con toda vuestra iglesia doméstica. En verdad ha sucedido en el orden más adecuado que yo escriba a vuestra madre, ya anciana, una carta acerca de la oración; a ella, ciertamente, le corresponde principalmente contender a favor vuestro mediante la oración, quien está menos llena de cuidados por sí misma que por vosotras; y que para vosotras más bien que para ella compusiese yo esta pequeña obra acerca de la continencia de la viudez, porque a vosotras os queda por vencer lo que su edad ya ha vencido. Pero la santa virgen, vuestra hija, si desea algo acerca de su profesión por parte de nuestros trabajos, tiene un extenso libro sobre la Santa Virginidad para leer. Acerca de la lectura de este os había también amonestado, puesto que contiene muchas cosas necesarias para una y otra castidad, es decir, la virginal y la de la viudez, las cuales aquí, por esta razón, en parte he tratado ligeramente, en parte he omitido por completo, porque allí las he discutido más ampliamente.
    Que perseveres en la gracia de Cristo.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó la carta

    Sobre el bien de la viudez cierra, más de diez años después, el ciclo que Agustín había abierto hacia 401 con Sobre el bien del matrimonio y Sobre la santa virginidad: remite a los dos y aplica a un caso concreto la misma escala de bienes. Su interés histórico está en lo que deja ver de su momento. La carta muestra a Agustín como consejero de una de las grandes familias de la aristocracia romana refugiada en África tras 410, y lo sorprende en el umbral de la controversia pelagiana, cuando todavía habla de «hermanos nuestros muy amigos y queridos» enredados «sin culpa deliberada» en el error (§ 22). Pocos años después el pelagianismo sería condenado en Cartago (418), y la propia Demetrias recibiría hacia 435–440 una carta contra Pelagio escrita sobre la base de la doctrina de Agustín (Wikipedia).
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    Fin de la obra