Ahora bien, sé muy bien por qué facultad perceptiva se jactan de su dios nuevo: precisamente por su conocimiento. Es, sin embargo, ese mismo descubrimiento de una cosa novedosa —tan llamativo para las mentes comunes—, así como la gratificación natural inherente a la novedad, lo que quería refutar, y desde ahí retar además a una prueba de este dios desconocido. Pues a aquel a quien por su conocimiento nos presentan como nuevo, lo prueban como desconocido antes de ese conocimiento. Mantengámonos dentro de los estrictos límites y medida de nuestro argumento. Convénceme de que pudo haber un dios desconocido. Hallo, sin duda, que se han prodigado altares a dioses desconocidos; eso, sin embargo, es la idolatría de Atenas. Y a dioses inciertos; pero eso también es solo superstición romana. Además, los dioses inciertos no son bien conocidos, porque no existe certeza alguna acerca de ellos; y por esta incertidumbre son, por tanto, desconocidos. Ahora bien, ¿cuál de estos dos títulos grabaremos para el dios de Marción? Ambos, supongo, como para un ser que es todavía incierto y que antes fue desconocido. Pues en la medida en que el Creador, siendo un Dios conocido, lo hizo ser desconocido; así, siendo un Dios cierto, lo hizo ser incierto. Pero no me desviaré tanto como para decir: Si Dios era desconocido y estaba oculto, estaba cubierto por una región de tinieblas tal que debía ser ella misma nueva y desconocida, y aun hoy igualmente incierta— una región ciertamente inmensa, sin duda mayor que el Dios al que ocultaba. Pero expondré brevemente mi asunto, y después lo perseguiré con toda amplitud, afirmando que Dios ni pudo ni debió ser desconocido. No pudo serlo, a causa de su grandeza; no debió serlo, a causa de su bondad, especialmente porque Él es (según supone Marción) más excelente que nuestro Creador en ambos atributos. Puesto que, sin embargo, observo que en algunos puntos la prueba de todo dios nuevo y hasta ahora desconocido debe, para su contraste, compararse con la forma del Creador, será mi deber mostrar ante todo que este mismo procedimiento es adoptado por mí según un plan fijo, tal como podría usar con mayor confianza en apoyo de mi argumento. Antes de toda otra consideración, (pregunto) ¿cómo sucede que tú, que reconoces al Creador como Dios, y por tu conocimiento confiesas que Él es anterior en la existencia, no sabes que el otro dios debe ser examinado por ti exactamente por el mismo curso de investigación que te ha enseñado a descubrir a un dios en el primer caso? Todo lo anterior ha suministrado la regla para lo posterior. En la presente cuestión se proponen dos dioses: el desconocido y el conocido. Acerca del conocido no hay cuestión. Es evidente que existe, de lo contrario no sería conocido. La disputa es acerca del dios desconocido. Posiblemente no tenga existencia; porque, si la tuviera, habría sido conocido. Ahora bien, aquello que, mientras es desconocido, es objeto de cuestión, es una incertidumbre mientras permanece así cuestionable; y durante todo el tiempo que está en este estado de incertidumbre, posiblemente no tiene existencia en absoluto. Tienes un dios que es cierto en la medida en que es conocido, e incierto en cuanto desconocido. Siendo así las cosas, ¿te parece justificable que las incertidumbres sean sometidas para su prueba a la regla, la forma y la norma de las certezas? Ahora bien, si al asunto que tenemos delante, que está en sí mismo lleno de incertidumbre hasta aquí, se le aplican además argumentos derivados de incertidumbres, nos veremos envueltos en una serie de cuestiones, surgidas de nuestro tratamiento de esos mismos argumentos inciertos, que por su incertidumbre serán peligrosas para la fe, e iremos a la deriva hacia aquellas cuestiones insolubles por las que el apóstol no siente afecto. Si, por otra parte, en las cosas en que se halla diversidad de condición, ellos prejuzgan, como sin duda harán, los puntos inciertos, dudosos e intrincados por los lados ciertos, indudados y claros de su regla, probablemente sucederá que (esos puntos) no sean sometidos a la norma de las certezas para su determinación, por verse librados, por la diversidad de su condición esencial, de la aplicación de tal norma en todos los demás respectos. Por tanto, como son dos dioses los que constituyen el asunto de nuestra proposición, su condición esencial debe ser la misma en ambos. Pues, en lo que toca a su divinidad, ambos son no engendrados, no hechos, eternos. Esta será su condición esencial. Todos los demás puntos parece que el propio Marción los ha desdeñado, pues los ha colocado en una categoría diferente. Son posteriores en el orden del tratamiento; en efecto, no habrá que traerlos a la discusión, puesto que sobre la condición esencial no hay disputa. Y esta ausencia de disputa existe porque ambos son dioses. Aquellas cosas, pues, cuya comunidad de condición es evidente, cuando se las someta a prueba sobre el fundamento de esa condición común, deberán ser sometidas, aunque sean inciertas, a la norma de aquellas certezas con las que están clasificadas en la comunidad de su condición esencial, de modo que por esto compartan también su manera de prueba. Por tanto, sostendré con la mayor confianza que no es Dios aquel que hoy es incierto, porque hasta ahora ha sido desconocido; pues de quienquiera que sea evidente que es Dios, por este mismo hecho es igualmente evidente que nunca ha sido desconocido y, por tanto, nunca incierto.