De cómo los pasos de la pasión del Salvador fueron predeterminados en la profecía. La Pascua. La traición de Judas. La institución de la Cena del Señor. El error docético de Marción, refutado por el cuerpo y la sangre del Señor Jesucristo.
IV, 40
De igual manera conoce también el tiempo mismo en que le convenía padecer, puesto que la ley prefigura su pasión. Por eso, de todos los días festivos de los judíos escogió la Pascua. [] En esta había declarado Moisés que había un misterio sagrado: «Es la Pascua del Señor.» [] ¡Con cuánto anhelo manifiesta, pues, la inclinación de su alma: «Con deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer.» [] ¡Qué destructor de la ley era este, que en verdad ansiaba guardar su Pascua! ¿Acaso era tan aficionado al cordero judío? Pero ¿no era porque había de ser «llevado como cordero al matadero; y porque, como oveja muda ante sus trasquiladores, así no había de abrir su boca,» [] por lo que tan profundamente deseaba cumplir el símbolo de su propia sangre redentora? También podría haber sido entregado por cualquier extraño, si no hallara que aun aquí cumplió un Salmo: «El que comía pan conmigo ha levantado contra mí su calcañar.» Y sin precio podría haber sido entregado. Pues ¿qué necesidad de traidor había tratándose de uno que se ofrecía abiertamente al pueblo, y que con igual facilidad podía ser capturado por la fuerza que tomado por traición? Esto, sin duda, habría estado bien para otro Cristo, pero no habría sido apropiado en Uno que estaba cumpliendo profecías. Porque estaba escrito, «Al justo lo vendieron por plata.» [] El monto mismo y el destino del dinero, que por el remordimiento de Judas fue retirado de su primer propósito de paga, y destinado a la compra del campo del alfarero, como se narra en el Evangelio de Mateo, fueron claramente predichos por Jeremías: «Y tomaron las treinta piezas de plata, precio de Aquel que fue valorado, y las dieron por el campo del alfarero.» Cuando con tanto anhelo expresó su deseo de comer la Pascua, la consideraba su propia fiesta; pues habría sido indigno de Dios desear participar de lo que no era suyo. Luego, habiendo tomado el pan y dádolo a sus discípulos, lo hizo su propio cuerpo, diciendo, «Esto es mi cuerpo,» es decir, la figura de mi cuerpo. Mas una figura no podría haber existido, si no hubiera primero un cuerpo verdadero. Una cosa vacía, o fantasma, es incapaz de figura. Si, empero (como podría decir Marción), fingió que el pan era su cuerpo, porque carecía de la verdad de la sustancia corporal, se sigue que ha de haber dado pan por nosotros. ¡Contribuiría muy bien a sostener la teoría de Marción de un cuerpo fantasma, que el pan hubiera sido crucificado! Pero ¿por qué llamar a su cuerpo pan, y no más bien (alguna otra cosa comestible, digamos) un melón, que Marción debió de tener en lugar de corazón? No entendió cuán antigua era esta figura del cuerpo de Cristo, quien dijo por sí mismo por Jeremías: «Fui como un cordero o un buey que es llevado al matadero, y no sabía que tramaban contra mí un designio, diciendo, Echemos el leño sobre su pan,» que significa, por supuesto, la cruz sobre su cuerpo. Y así, arrojando luz, como siempre hacía, sobre las antiguas profecías, declaró con bastante claridad lo que quería decir con el pan, cuando llamó al pan su propio cuerpo. Igualmente, al mencionar la copa y hacer que el nuevo testamento fuera sellado «en su sangre,» [] afirma la realidad de su cuerpo. Porque ninguna sangre puede pertenecer a un cuerpo que no sea cuerpo de carne. Si se presentara a nuestra vista un cuerpo de cualquier clase, que no sea de carne, no siendo carnal, no poseería sangre. Así, por la evidencia de la carne, obtenemos una prueba del cuerpo, y una prueba de la carne por la evidencia de la sangre. Mas para que descubráis cuán antiguamente se usa el vino como figura de la sangre, acudid a Isaías, quien pregunta, «¿Quién es este que viene de Edom, de Bosor con vestiduras teñidas de rojo, tan glorioso en su atavío, en la grandeza de su poder? ¿Por qué están rojas tus vestiduras, y tu ropaje como el de quien viene del pisado del lagar lleno?» El Espíritu profético contempla al Señor como si ya estuviera en camino hacia su pasión, revestido de su naturaleza carnal; y como había de padecer en ella, representa la condición sangrante de su carne bajo la metáfora de vestiduras teñidas de rojo, como enrojecidas en el pisado y la trituración del lagar, del cual descienden los trabajadores enrojecidos por el zumo de la uva, como hombres manchados de sangre. Con mucha mayor claridad aún predice esto el libro del Génesis, cuando (en la bendición de Judá, de cuya tribu había de venir Cristo según la carne) delineó ya entonces a Cristo en la persona de aquel patriarca, diciendo, «Lavó sus vestiduras en vino, y su ropa en la sangre de uvas» [] — en sus vestiduras y en su ropa señalaba la profecía su carne, y su sangre en el vino. Así, pues, consagró ahora su sangre en el vino, quien entonces (por el patriarca) usó la figura del vino para describir su sangre.
Comentario editorial · «La figura de mi cuerpo»
Tertuliano lee «Esto es mi cuerpo» como «la figura de mi cuerpo», y lo usa contra el docetismo de Marción: «una figura no podría haber existido, si no hubiera primero un cuerpo verdadero». Es el argumento, no una doctrina sobre la eucaristía. Wikipedia cita la frase como indicio de que Tertuliano veía en el pan un símbolo, y añade que otros estudiosos creen que sostenía una presencia espiritual: cuestión distinta, que este pasaje no resuelve.
Para ampliar: Tertullian (Wikipedia (en)) · Marcionism (Wikipedia (en)).
El "¡Ay!" pronunciado sobre el traidor, un acto judicial que desmiente que Cristo sea tal como Marción querría que fuese. Explicación de la conducta de Cristo ante el concilio. Cristo, aun entonces, dirige las mentes de sus jueces hacia las pruebas proféticas de su propia misión. Se afirma la responsabilidad moral de esos hombres.
IV, 41
«¡Ay,» dice Él, «de aquel hombre por quien el Hijo del hombre es entregado!» [] Ahora bien, es cierto que en este ay debe entenderse la imprecación y la amenaza de un Maestro airado e indignado, a menos que Judas hubiera de escapar impune después de un pecado tan enorme. Si se pretendía que escapara impune, el «ay» era palabra vana; si no, debía ser castigado por Aquel contra quien había cometido el pecado de traición. Ahora bien, si Él permitió a sabiendas que el hombre a quien deliberadamente eligió para ser uno de sus compañeros se precipitara en un crimen tan grande, ya no debes usar contra el Creador el argumento del caso de Adán, que ahora puede recaer sobre tu propio dios: o que era ignorante y no tuvo previsión para impedir al futuro pecador; o que era incapaz de impedírselo, aunque fuera ignorante; o bien que no quería, aun teniendo la presciencia y la capacidad, y así merecía la infamia de la malicia, por haber permitido que el hombre de su propia elección pereciera en su pecado. Te aconsejo, pues, (de buen grado) que reconozcas al Creador en ese dios tuyo, antes que asimilar contra tu voluntad a tu dios excelentísimo a Él. Pues en el caso de Pedro también te da prueba de que es un Dios celoso, cuando destinó al apóstol, tras sus presuntuosas protestas de celo, a una negación rotunda de Él, en lugar de impedir su caída. El Cristo de los profetas estaba destinado, además, a ser entregado con un beso, [] pues era en verdad el Hijo de Aquel a quien el pueblo «honraba con los labios». [] Cuando es conducido ante el concilio, se le pregunta si Él es el Cristo. [] ¿Sobre qué Cristo podían haber preguntado los judíos sino sobre el suyo? ¿Por qué, entonces, no les declaró en aquel mismo momento al (Cristo) rival? Respondes: Para poder padecer. En otras palabras, para que ese dios excelentísimo precipitara al crimen a hombres a quienes todavía mantenía en la ignorancia. Pero aun si se lo hubiera dicho, habría tenido que padecer. Pues dijo: «Si os lo digo, no creeréis.» [] Y negándose a creer, habrían seguido insistiendo en su muerte. ¿Y no habría tenido aún más probablemente que padecer, si se hubiera anunciado como enviado por el dios rival y, por tanto, como enemigo del Creador? No fue, pues, para poder padecer por lo que en aquel momento crítico se abstuvo de proclamarse el otro Cristo, sino porque querían arrancarle de su boca una confesión que no pensaban creer aun si Él se la hubiera dado, mientras que era su deber riguroso haberlo reconocido a consecuencia de sus obras, que estaban cumpliendo sus Escrituras. Así pues, era claramente su conducta mantenerse en aquel momento sin revelarse, porque se le debía un reconocimiento espontáneo. Pero aun con todo, dice con un gesto solemne: «De aquí en adelante el Hijo del hombre se sentará a la diestra del poder de Dios.» [] Pues fue sobre la autoridad de la profecía de Daniel que les dio a entender que Él era «el Hijo del hombre,» [] y del Salmo de David, que «se sentaría a la diestra de Dios.» En consecuencia, después de haber dicho esto, y de sugerir así una comparación de la Escritura, un rayo de luz pareció mostrarles a quién quería Él que entendieran que era; pues dicen: «¿Eres tú, entonces, el Hijo de Dios?» [] ¿De qué Dios, sino de Aquel a quien únicamente conocían? ¿De qué Dios sino de Aquel a quien recordaban en el Salmo que había dicho a su Hijo, «¿Siéntate a mi diestra?» Entonces respondió, «Vosotros decís que yo soy;» [] como si quisiera decir: Sois vosotros quienes decís esto — no yo. Pero al mismo tiempo se dejó ser todo lo que ellos habían dicho, en esta su segunda pregunta. ¿Con qué medios, sin embargo, vas a probarnos que pronunciaron la frase «Ergo tu filius Dei es» interrogativamente, y no afirmativamente? Así como, (por una parte,) porque Él les había mostrado de manera indirecta, por pasajes de la Escritura, que debían considerarlo el Hijo de Dios, por eso quisieron que sus propias palabras, «Tú eres, entonces, el Hijo de Dios,» se tomaran en un sentido parecido (indirecto), tanto como decir, «No quieres decir esto de ti mismo claramente,» así, (por otra parte,) Él les respondió igualmente, «Vosotros decís que yo soy,» en un sentido igualmente libre de duda, incluso afirmativamente; y tan completamente fue su declaración al respecto, que insistieron en aceptar el sentido que su declaración indicaba.
Otros incidentes de la Pasión comparados minuciosamente con la profecía. Pilato y Herodes. Barrabás preferido a Jesús. Detalles de la crucifixión. El terremoto y las tinieblas del mediodía. Todo esto maravillosamente predicho en las Escrituras del Creador. La entrega del espíritu por Cristo no es prueba de las opiniones docéticas de Marción. En su sepultura hay una refutación de ellas.
IV, 42
Porque cuando fue llevado ante Pilato, se apresuraron a acusarlo con el grave cargo de declararse Cristo Rey; es decir, indudablemente, como el Hijo de Dios, que había de sentarse a la diestra de Dios. Sin embargo, le habrían cargado con algún otro título si hubieran dudado de si Él se había llamado el Hijo de Dios — si no hubiera pronunciado las palabras, «Vosotros decís que yo soy,» de modo que (admitía) que era lo que ellos decían que era. Igualmente, cuando Pilato le preguntó, «¿Eres tú el Cristo (el Rey)?» respondió, como antes (al concilio judío), «Vosotros decís que yo soy» [], para que no pareciera que, movido por el temor de su poder, le daba una respuesta más amplia. «Y así el Señor se ha sometido a juicio.» Y puso a su pueblo en juicio. El Señor mismo entra en juicio con «los ancianos y príncipes del pueblo,» como predijo Isaías. Y entonces cumplió todo lo que estaba escrito acerca de su pasión. En aquel tiempo «se amotinaron las gentes, y los pueblos pensaron cosas vanas; se levantaron los reyes de la tierra, y príncipes se congregaron contra el Señor y contra su Cristo.» Los gentiles eran Pilato y los romanos; el pueblo eran las tribus de Israel; los reyes estaban representados en Herodes, y los príncipes en los sumos sacerdotes. En efecto, cuando fue enviado a Herodes gratuitamente por Pilato, [] se cumplieron las palabras de Oseas, pues había profetizado de Cristo: «Y lo llevarán atado como presente al rey.» Herodes se «alegró sobremanera» al ver a Jesús, pero no oyó palabra alguna de Él. [] Porque, «como cordero ante el trasquilador enmudeció, y no abrió su boca,» [] porque «el Señor le había dado lengua de sabios, para que supiera cómo y cuándo convenía hablar» — aun aquella «lengua que se pegó a su paladar,» como dijo el Salmo, por no hablar. Entonces Barrabás, el criminal más abandonado, es puesto en libertad, como si fuera el hombre inocente; mientras que Cristo, el más justo, es entregado a la muerte, como si fuera el homicida. [] Además, dos malhechores son crucificados en torno a Él, para que fuera contado entre los transgresores. Aunque sus vestidos fueron, sin duda, repartidos entre los soldados, y en parte echados a suertes, Marción lo ha borrado todo (de su Evangelio), pues tenía el ojo puesto en el Salmo: «Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes.» ¡Bien podrías quitar también la cruz misma! Pero aun así el Salmo no calla al respecto: «Horadaron mis manos y mis pies.» En efecto, allí se leen los detalles de todo el acontecimiento: «Perros me han rodeado; me ha cercado cuadrilla de malignos. Todos los que me miraban se burlaban de mí; estiraban los labios y movían la cabeza, (diciendo:) Confió en Dios, líbrele Él.» ¿De qué sirve ahora (tu manipulación de) el testimonio de sus vestiduras? Si lo tomas como botín para tu falso Cristo, todo el Salmo (compensa) la vestidura de Cristo. Mas he aquí que los mismos elementos se estremecen. Porque su Señor padecía. Si, en cambio, fuera su enemigo a quien se hacía toda esta injuria, el cielo habría resplandecido de luz, el sol habría sido aún más radiante, y el día habría prolongado su curso [] — ¡contemplando gozoso al Cristo de Marción suspendido en su patíbulo! Estas pruebas habrían sido adecuadas para mí, aun si no hubieran sido objeto de profecía. Isaías dice: «Vestiré los cielos de negrura.» [] Este será el día del que también escribe Amós: Y sucederá en aquel día, dice el Señor, que el sol se pondrá al mediodía y la tierra se oscurecerá en el día claro. [] (Al mediodía) el velo del templo se rasgó [] por la salida de los querubines, [] que «dejaron a la hija de Sión como cabaña en una viña, como choza en un pepinar.» [] ¡Con qué constancia también, en el Salmo 30, se ha esforzado por presentarnos al mismo Cristo! Clama con gran voz al Padre: «En tus manos encomiendo mi espíritu,» para que aun al morir gastara su último aliento en cumplir a los profetas. Dicho esto, entregó el espíritu. [] ¿Quién? ¿Entregó el espíritu a sí mismo; o la carne entregó el espíritu? Pero el espíritu no pudo haberse exhalado a sí mismo. Una cosa es lo que exhala, otra lo exhalado. Si el espíritu es exhalado, necesariamente ha de ser exhalado por otro. Si, empero, no hubiera habido allí nada más que espíritu, se diría que partió más bien que expiró. Mas ¿qué exhala espíritu sino la carne, que lo aspira mientras lo tiene, y lo exhala cuando lo pierde? En efecto, si no era carne (en la cruz), sino un fantasma de carne (y el fantasma no es más que espíritu, y así el espíritu se exhaló a sí mismo, y partió al hacerlo), sin duda el fantasma partió, cuando partió el espíritu que era el fantasma: y así el fantasma y el espíritu desaparecieron juntos, y no se los vio en parte alguna. Por tanto, nada quedó en la cruz, nada colgó allí, después de «la entrega del espíritu;» no hubo nada que pedir a Pilato, nada que bajar de la cruz, nada que envolver en el lienzo, nada que poner en el sepulcro nuevo. Sin embargo, no era nada lo que allí había. ¿Qué había, entonces? Si un Cristo fantasma estaba aún allí. Si Cristo había partido, se había llevado también el fantasma. El único recurso que le queda a la desvergüenza de los herejes es admitir que lo que allí quedaba era ¡el fantasma de un fantasma! Pero ¿y si José sabía que era un cuerpo lo que trataba con tanta piedad? ¿Aquel mismo José «que no había consentido» con los judíos en su crimen? [] El «varón bienaventurado que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni se sentó en silla de escarnecedores.»
Conclusiones. Jesús como el Cristo del Creador, probado por los acontecimientos del último capítulo de San Lucas. Las mujeres piadosas en el sepulcro. Los ángeles en la resurrección. Las múltiples apariciones de Cristo después de la resurrección. Su envío de los apóstoles entre todas las naciones. Todo mostrado como conforme con la sabiduría del Padre omnipotente, según se indica en la profecía. El cuerpo de Cristo después de la muerte no fue un mero fantasma. La manipulación del Evangelio por Marción sobre este punto.
IV, 43
Fue muy oportuno que el hombre que sepultó al Señor fuera así señalado en la profecía, y de allí en adelante «bendito;» pues la profecía no omite el (piadoso) oficio de las mujeres que acudieron antes del amanecer al sepulcro con las especias que habían preparado. [] Pues de este incidente dice Oseas: «Para buscar mi rostro velarán hasta que haya luz, diciéndome: Venid, y volvámonos al Señor: pues Él arrebató, y nos sanará; Él hirió, y nos vendará; después de dos días nos dará vida; al tercer día nos resucitará.» Porque ¿quién puede negarse a creer que estas palabras giraban a menudo en el pensamiento de aquellas mujeres entre el dolor de aquel desamparo con que de momento les parecía que el Señor las había herido, y la esperanza de la resurrección misma, por la cual con razón suponían que todo les sería restaurado? Pero cuando «no hallaron el cuerpo (del Señor Jesús),» [] «su sepultura fue quitada de en medio de ellas,» según la profecía de Isaías. «Dos ángeles, empero, aparecieron allí.» [] Pues tantos compañeros honorarios eran exigidos por la palabra de Dios, que suele prescribir «dos testigos.» Además, las mujeres, que volvían del sepulcro y de esta visión de los ángeles, fueron previstas por Isaías, cuando dice: «Venid, mujeres, que volvéis de la visión;» es decir, «venid,» a anunciar la resurrección del Señor. Fue bueno, sin embargo, que la incredulidad de los discípulos fuera tan persistente, para que hasta el final pudiéramos sostener coherentemente que Jesús se reveló a los discípulos como ninguno otro que el Cristo de los profetas. Pues mientras dos de ellos iban de camino, y cuando el Señor se unió a su compañía, sin que pareciera que era Él, y mientras disimulaba su conocimiento de lo que acababa de suceder, [] dicen: «Mas nosotros esperábamos que Él era el que había de redimir a Israel,» [] — es decir, a su propio Cristo, esto es, el Cristo del Creador. ¡Tan lejos había estado de declararse a ellos como otro Cristo! No podían, empero, considerarlo el Cristo del Creador; ni, si ellos lo consideraban así, habría podido Él tolerar esta opinión acerca de sí mismo, a menos que fuera realmente aquel que se suponía que era. De lo contrario, sería en verdad el autor del error y el prevaricador de la verdad, contra el carácter del dios bueno. Pero en ningún momento, ni siquiera después de su resurrección, se reveló a ellos como otro que aquel que, según sus propias palabras, siempre habían pensado que era. Los reprochó con agudeza: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer lo que Él os ha dicho!» [] Al decir esto, prueba que no pertenece al dios rival, sino al mismo Dios. Pues lo mismo dijeron los ángeles a las mujeres: «Acordaos de lo que os habló cuando aún estaba en Galilea, diciendo: El Hijo del hombre debe ser entregado, y ser crucificado, y resucitar al tercer día.» [] «Debe ser entregado;» ¿y por qué, sino porque así estaba escrito por Dios el Creador? Por eso los reprendió, porque se escandalizaban únicamente de su pasión, y porque dudaban de la verdad de la resurrección que les había sido anunciada por las mujeres, con lo cual (mostraban que) no habían creído que Él fuera exactamente el mismo que habían pensado que era. Queriendo, pues, ser creído por ellos de esta manera, se declaró justamente lo que ellos habían pensado que era — el Cristo del Creador, el Redentor de Israel. Pero en cuanto a la realidad de su cuerpo, ¿qué puede ser más claro? Cuando dudaban de si no era un fantasma — más aún, suponían que lo era — les dice: «¿Por qué estáis turbados, y por qué suben pensamientos a vuestros corazones? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; porque un espíritu no tiene huesos, como veis que yo tengo.» [] Ahora bien, Marción no quiso expurgar de su Evangelio algunas afirmaciones que incluso hablaban contra él — sospecho que a propósito, para tener poder, a partir de los pasajes que no suprimió, cuando pudo haberlo hecho, o para negar que había expurgado algo, o para justificar sus supresiones, si hacía alguna. Pero solo respeta aquellos pasajes que puede subvertir igualmente bien explicándolos de otro modo que expurgándolos del texto. Así, en el pasaje que nos ocupa, querría que las palabras, «Un espíritu no tiene huesos, como veis que yo tengo,» se transpusieran de tal manera que significaran, «Un espíritu, tal como veis que yo soy, no tiene huesos;» es decir, no es propio de la naturaleza de un espíritu tener huesos. Pero ¿qué necesidad hay de una construcción tan tortuosa, cuando podría haber dicho simplemente: «¿Un espíritu no tiene huesos, como veis que yo no tengo?» ¿Por qué, además, ofrece sus manos y sus pies para que los examinen — miembros que consisten en huesos — si no tenía huesos? ¿Por qué, también, añade, «Sabed que yo mismo soy,» [] cuando antes lo habían conocido como corporal? De otro modo, si era del todo un fantasma, ¿por qué los reprendió por suponer que era un fantasma? Pero mientras aún no creían, les pidió algo de comer, [] con el expreso propósito de mostrarles que tenía dientes.
Y ahora, como me atrevería a creer, hemos cumplido nuestra empresa. Hemos presentado a Jesucristo como nadie más que el Cristo del Creador. Nuestras pruebas las hemos extraído de sus doctrinas, máximas, afectos, sentimientos, milagros, sufrimientos, e incluso su resurrección — según lo predicho por los profetas. Hasta el final nos enseñó (la misma verdad de su misión), cuando envió a sus apóstoles a predicar su evangelio «entre todas las naciones;» pues así cumplió el salmo: «Por toda la tierra ha salido su sonido, y hasta el extremo del mundo sus palabras.» Marción, te compadezco; tu trabajo ha sido en vano. Porque el Jesucristo que aparece en tu Evangelio es mío.
Donde Tertuliano demuestra, respecto de las epístolas de san Pablo, lo que había demostrado en el libro precedente respecto del Evangelio de san Lucas. Lejos de estar en desacuerdo, estaban en perfecta armonía con los escritos del Antiguo Testamento, y por tanto testificaban que el Creador era el único Dios, y que el Señor Jesús era su Cristo. Como en los libros precedentes, Tertuliano apoya su argumento con razonamiento profundo y muchas felices ilustraciones de la Sagrada Escritura.
Introducción. El apóstol Pablo mismo no fue el predicador de un dios nuevo. Llamado por Jesucristo, aunque después de los demás apóstoles, su misión procedía del Creador. Explica cómo. El argumento, como en el caso del Evangelio, limita las pruebas a las porciones de los escritos de san Pablo que Marción admitía.
V, 1
No hay nada sin principio salvo Dios solo.
Ahora bien, puesto que el principio ocupa el primer lugar en la condición de todas las cosas, así también debe necesariamente ocupar el primer lugar en su tratamiento, si se ha de llegar a un conocimiento claro de su condición; porque no podrías hallar el modo de examinar siquiera la cualidad de algo, a menos que estuvieras seguro de su existencia, y eso después de descubrir su origen.
Por tanto, ya que se me trae, en el curso de mi pequeña obra, a este punto, quiero saber de Marción el origen de su apóstol; yo, que soy en cierto modo un discípulo nuevo, seguidor de ningún otro maestro; y que al mismo tiempo nada puedo creer, salvo que nada debe creerse precipitadamente (y, añado, aquello se cree precipitadamente, lo que se cree sin examen alguno de su comienzo); en fin, yo, que tengo la mejor razón posible para llevar esta indagación a una solución muy cuidadosa, puesto que se me afirma que es apóstol un hombre a quien no hallo mencionado en el Evangelio en el catálogo de los apóstoles.
En efecto, cuando oigo que este hombre fue elegido por el Señor después de haber alcanzado su reposo en el cielo, siento que se puede imputar a Cristo una especie de imprevisión, por no haber sabido antes que este hombre le era necesario; y porque pensó que debía ser añadido al cuerpo apostólico por vía de un encuentro fortuito más bien que de una elección deliberada; por necesidad (por así decirlo), y no por elección voluntaria, aun cuando los miembros del apostolado habían sido debidamente ordenados, y ya habían sido despedidos a sus varias misiones.
Por lo cual, oh patrón de barco del Ponto, si nunca has admitido a bordo de tu pequeña embarcación mercancías de contrabando ni cargamento de contrabandista; si nunca has arrojado por la borda ni alterado un flete, eres aún más cuidadoso y concienzudo, no lo dudo, en las cosas divinas; y así me alegraría de que nos informases bajo qué conocimiento de embarque admitiste a bordo al apóstol Pablo, quién le despachó el billete, qué armador lo remitió, quién te lo entregó, de modo que puedas desembarcarlo sin recelo alguno, no sea que resulte pertenecer a aquel que puede justificar su derecho sobre él presentando todos sus escritos apostólicos.
Se declara a sí mismo ser «apóstol»
—por usar sus propias palabras— «no de hombres ni por hombre, sino por Jesucristo» [].
Claro está que cualquiera puede hacer una declaración acerca de sí mismo; pero su declaración solo queda convalidada por la autoridad de una segunda persona.
Uno firma, otro refrenda; uno pone su sello, otro lo inscribe en los registros públicos.
Nadie es a la vez proponente y apoyador de sí mismo.
Además, sin duda has leído que «muchos vendrán, diciendo:
Yo soy Cristo» [].
Ahora bien, si cualquiera puede pretender que es Cristo, ¡cuánto más podría un hombre declararse apóstol de Cristo!
Con todo, por mi parte, me presento en el carácter de discípulo e indagador; para que así pueda aun refutar vuestra creencia, que nada tiene que la apoye, y confundir vuestra desvergüenza, que hacéis reclamaciones sin poseer los medios de establecerlas.
Haya un Cristo, haya un apóstol, aunque sea de otro dios; ¿pero qué importa?, puesto que solo han de sacar sus pruebas del Testamento del Creador.
Porque incluso el libro del Génesis me prometió hace tanto tiempo al Apóstol Pablo.
Pues entre los tipos y bendiciones proféticas que pronunció sobre sus hijos, Jacob, cuando dirigió su atención a Benjamín, exclamó:
«Benjamín, lobo rapaz: de mañana devora la presa, y al atardecer reparte el alimento».
Previó que Pablo surgiría de la tribu de Benjamín, lobo voraz, devorando su presa por la mañana; es decir, en el período temprano de su vida devastaría las ovejas del Señor, como perseguidor de las iglesias; pero al atardecer les daría alimento, lo que significa que en sus años de declive educaría al rebaño de Cristo, como maestro de los gentiles.
Luego, además, en la conducta de Saúl hacia David, manifestada primero en violenta persecución contra él, y luego en remordimiento y reparación, al recibir de él bien por mal, no tenemos otra cosa que una anticipación de Pablo en Saúl —perteneciendo, además, como lo hacían, a la misma tribu— y de Jesús en David, de quien descendió según la genealogía de la Virgen.
Y si desaprobáis estos tipos, los Hechos de los Apóstoles, en todo caso, me han transmitido esta carrera de Pablo, que no debéis rehusar aceptar.
De ahí demuestro que de perseguidor se hizo «apóstol, no de los hombres ni por hombre» []; de ahí soy llevado a creer al Apóstol mismo; de ahí hallo razón para rechazar vuestra defensa de él, y para soportar sin temor vuestra burla.
«Entonces negáis al apóstol Pablo».
No calumnio a aquel a quien defiendo.
Lo niego, para obligaros a probarlo.
Lo niego, para convenceros de que es mío.
Si tenéis consideración a nuestra creencia, debéis admitir los particulares que la componen.
Si nos desafiáis a vuestra creencia, (os ruego) decidnos qué cosas constituyen su base.
O probad la verdad de lo que creéis, o, si fracasa vuestra prueba, (decidnos) cómo creéis.
De lo contrario, ¿qué conducta es la vuestra, que creéis en oposición a Aquel de quien únicamente procede la prueba de lo que creéis?
Tomad ahora desde mi punto de vista al apóstol, de la misma manera como habéis recibido al Cristo: el apóstol se muestra tan mío como lo es Cristo.
Y aquí también lucharemos dentro de las mismas líneas, y desafiaremos a nuestro adversario sobre el mero terreno de una regla simple: que incluso un apóstol de quien se dice que no pertenece al Creador —es más, que es presentado como en hostilidad real contra el Creador— puede ser razonablemente considerado como que nada enseña, nada sabe, nada desea en favor del Creador, mientras que sería un primer principio para él presentar a otro dios con tanto empeño como el que pondría en apartarnos de la ley del Creador.
No es en absoluto probable que llamase a los hombres a apartarse del judaísmo sin mostrarles al mismo tiempo cuál era el dios en quien los invitaba a creer; porque nadie podría pasar de la lealtad al Creador sin saber hacia quién tenía que cruzarse.
Pues o Cristo ya había revelado a otro dios —en cuyo caso el testimonio del apóstol seguiría también al mismo efecto, por temor de que de otro modo no fuese considerado apóstol del dios que Cristo había revelado, y por lo impropio de que fuese ocultado por el apóstol después de haber sido ya revelado por Cristo—, o Cristo no había hecho tal revelación acerca de Dios; entonces había tanta mayor necesidad de que el apóstol revelase a un Dios que ya no podía ser dado a conocer por ningún otro, y que quedaría sin duda sin creencia alguna, si ni siquiera por un apóstol fuese revelado.
Hemos establecido esto como nuestro primer principio, porque deseamos declarar desde ahora que seguiremos el mismo método en el caso del apóstol que adoptamos antes en el caso de Cristo, para probar que no proclamó ningún dios nuevo; es decir, sacaremos nuestra evidencia de las epístolas del propio san Pablo.
Ahora bien, la forma mutilada en que hemos hallado el Evangelio del hereje nos habrá preparado ya para esperar que también las epístolas hayan sido mutiladas por él con semejante perversidad, y eso incluso respecto de su número.
Sobre la Epístola a los Gálatas. La abolición de las ordenanzas de la ley mosaica no prueba la existencia de otro dios. El Legislador divino, el Creador mismo, fue el abrogador. Se muestra que la doctrina del apóstol en el primer capítulo concuerda con la enseñanza del Antiguo Testamento. Se muestra que los Hechos de los Apóstoles son auténticos contra Marción. Este libro concuerda con las epístolas paulinas.
V, 2
La epístola que también nosotros admitimos como la más decisiva contra el judaísmo es aquella en la que el apóstol instruye a los gálatas.
Pues la abolición de la ley antigua la admitimos plenamente, y sostenemos que procede realmente de la dispensación del Creador —punto que ya hemos tratado a menudo en el curso de nuestra discusión, cuando mostramos que la innovación había sido predicha por los profetas de nuestro Dios—.
Ahora bien, si el Creador prometió en verdad que «las cosas antiguas pasarán», para ser reemplazadas por un nuevo orden de cosas que había de surgir, mientras Cristo marca el período de la separación cuando dice:
«La ley y los profetas fueron hasta Juan» [] —haciendo así del Bautista el límite entre las dos dispensaciones, la de las cosas antiguas que entonces terminan y la de las nuevas que entonces comienzan—, el apóstol no puede, por supuesto, obrar de otro modo, viniendo como viene en Cristo, que fue revelado después de Juan, que invalidar «lo antiguo» y confirmar «lo nuevo», y con ello, sin embargo, promover la fe de ningún otro dios que el Creador, a cuya instancia fue predicho que las cosas antiguas pasarían.
Por tanto, tanto la abrogación de la ley como el establecimiento del evangelio ayudan a mi argumento incluso en esta epístola, en la que ambas se refieren a la necia suposición de los gálatas, que los llevó a imaginar que la fe en Cristo (el Cristo del Creador, claro está) era obligatoria, pero sin anular la ley, porque aún les parecía increíble que la ley fuese puesta a un lado por su propio autor.
Además, si hubiesen oído algo de otro dios por boca del apóstol, ¿no habrían concluido en seguida, por sí mismos, que debían abandonar la ley de aquel Dios a quien habían dejado, para seguir a otro?
Porque ¿qué hombre tardaría en aprender que debía seguir una nueva disciplina, después de haberse adherido a un dios nuevo?
Sin embargo, puesto que en el evangelio se declaraba al mismo Dios que siempre había sido tan conocido en la ley, siendo el único cambio en la dispensación, el único punto de la cuestión que debía discutirse era si la ley del Creador debía ser excluida por el evangelio en el Cristo del Creador.
Suprimid este punto, y la controversia cae por tierra.
Ahora bien, puesto que todos sabrían por sí mismos, al retirar este punto, que debían, por supuesto, renunciar a toda sumisión al Creador a causa de su fe en otro dios, no habría habido necesidad de que el apóstol les enseñara tan encarecidamente lo que su propia creencia les habría sugerido espontáneamente.
Por tanto, todo el propósito de esta epístola es simplemente mostrarnos que la sustitución de la ley proviene de la disposición del Creador; punto que aún habremos de tener presente.
Y puesto que no hace mención de ningún otro dios (y no habría podido hallar otra ocasión más adecuada para ello que cuando su propósito era exponer la razón de la abolición de la ley —especialmente porque la prescripción de un dios nuevo habría ofrecido una razón singularmente buena y más que suficiente—), queda bastante claro en qué sentido escribe:
«Me maravillo de que tan pronto os hayáis apartado del que os llamó a su gracia, a otro evangelio» [].
—quiere decir) «otro» en cuanto a la conducta que prescribe, no en cuanto a su culto;
«otro» en cuanto a la disciplina que enseña, no en cuanto a su divinidad; porque es oficio del evangelio de Cristo llamar a los hombres de la ley a la gracia, no del Creador a otro dios.
Pues nadie los había inducido a apostatar del Creador, para que pareciera que «se apartaban a otro evangelio» precisamente cuando volvían de nuevo al Creador.
Y cuando añade además las palabras:
«que no es otro» [], confirma el hecho de que el evangelio que sostiene es el del Creador.
Pues el Creador mismo promete el evangelio, cuando dice por medio de Isaías:
«Súbete a un alto monte, tú que das buenas nuevas a Sión; alza con fuerza tu voz, tú que anuncias el evangelio a Jerusalén».
También cuando, respecto de los apóstoles personalmente, dice:
«¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio de la paz, de los que traen buenas nuevas de bien!» [] —anunciando incluso el evangelio a los gentiles, porque también dice:
«En su nombre esperarán los gentiles»; es decir, en el nombre de Cristo, a quien dice:
«Te he puesto por luz de los gentiles» [].
Sin embargo, vosotros sostenéis que es el evangelio de un dios nuevo lo que entonces fue expuesto por el apóstol.
De modo que hay dos evangelios para dos dioses; y el apóstol cometió un gran error cuando dijo que «no hay otro» evangelio [], puesto que (según la hipótesis) hay otro; y así habría podido hacer una mejor defensa de su evangelio demostrando más bien esto, que insistiendo en que es uno solo.
Pero quizá, para evitar esta dificultad, diréis que por eso añadió justo después:
«Mas si un ángel del cielo os anunciare otro evangelio, sea anatema» [], porque era consciente de que el Creador iba a introducir un evangelio.
Pero así os enredáis aún más.
Pues esta es ahora la malla en la que estáis atrapados.
Afirmar que hay dos evangelios no es propio de un hombre que ya ha negado que haya otro.
Su sentido, sin embargo, es claro, pues se ha mencionado a sí mismo primero (en el anatema):
«Mas si aun nosotros o un ángel del cielo os anunciare otro evangelio» [].
Es a modo de ejemplo como se ha expresado.
Si ni siquiera él mismo podía anunciar otro evangelio, tampoco podía un ángel.
Dijo «ángel» de este modo, para mostrar cuánto menos se debe creer a los hombres, cuando ni a un ángel ni a un apóstol se les debe creer; no porque quisiera aplicar un ángel al evangelio del Creador.
Luego toca de pasada su propia conversión de perseguidor a apóstol —confirmando con ello los Hechos de los Apóstoles, libro en el que se puede hallar el tema mismo de esta epístola: cómo ciertas personas intervinieron y dijeron que los hombres debían ser circuncidados y que la ley de Moisés debía ser observada; y cómo los apóstoles, consultados, determinaron, por la autoridad del Espíritu Santo, que «no se impusiera sobre el cuello de los hombres un yugo que ni sus padres habían podido llevar».
Ahora, puesto que los Hechos de los Apóstoles concuerdan así con Pablo, se hace evidente por qué los rechazáis.
Es porque no declaran otro Dios que el Creador, y prueban que Cristo no pertenece a otro Dios que al Creador; mientras se muestra que la promesa del Espíritu Santo se ha cumplido en ningún otro documento que los Hechos de los Apóstoles.
Ahora bien, no es muy probable que estos se hallen de acuerdo con el apóstol, por un lado, cuando describieron su carrera conforme a su propia declaración; pero estén, por otro lado, en desacuerdo con él cuando anuncian el (atributo de) divinidad en el Cristo del Creador —como si Pablo no siguiera la predicación de los apóstoles cuando recibió de ellos la prescripción de no enseñar la Ley.
San Pablo en plena conformidad con San Pedro y los demás apóstoles de la circuncisión. Su censura de San Pedro explicada y rescatada de la mala aplicación de Marción. Las fuertes protestas de esta epístola contra los judaizantes. Sin embargo, se muestra que su enseñanza está en consonancia con la ley y los profetas. Se censura la manipulación de los escritos de San Pablo por parte de Marción.
V, 3
Pero respecto al semblante de Pedro y de los demás apóstoles, nos dice que «catorce años después subió a Jerusalén,» para conferenciar con ellos [] acerca de la regla que seguía en su evangelio, no fuera que durante todos esos años hubiese corrido, y siguiera corriendo, en vano (como habría sido el caso), por supuesto, si su predicación del evangelio no estuviera a la altura del método de ellos. ¡Tan grande había sido su deseo de ser aprobado y respaldado por aquellos a quienes vosotros queréis en toda ocasión que se entienda como aliados del judaísmo! Cuando dice, en efecto, que «ni siquiera Tito fue circuncidado,» [] nos muestra por primera vez que la circuncisión era la única cuestión relacionada con la observancia de la ley que había sido agitada hasta entonces por aquellos a quienes, por eso, llama «falsos hermanos introducidos encubiertamente.» [] Estas personas no llegaron más que a insistir en la continuación de la ley, conservando sin duda una creencia sincera en el Creador. Pervirtieron el evangelio en su enseñanza, no por una manipulación de la Escritura que les permitiera borrar al Cristo del Creador, sino por conservar el antiguo régimen de tal modo que no excluyera la ley del Creador. Por eso dice: «Por causa de los falsos hermanos introducidos encubiertamente, que entraron secretamente para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo, a fin de reducirnos a servidumbre; a los cuales ni por un momento cedimos con sujeción.» [] Atendamos solo al sentido claro y a la razón del asunto, y la perversión de la Escritura se hará evidente. Cuando dice primero: «Ni Tito, que estaba conmigo, siendo griego, fue obligado a circuncidarse,» y luego añade: «Y esto a causa de los falsos hermanos introducidos encubiertamente,» [] etc., nos da una idea de la razón por la cual actuó de un modo totalmente contrario, mostrándonos por qué hizo aquello que no habría hecho ni mostrado, si no hubiera ocurrido lo que lo indujo a actuar así. Pero entonces quiero que nos digáis si habrían cedido a la sujeción exigida, si estos falsos hermanos no se hubieran infiltrado para espiar su libertad. Me parece que no. Cedieron, pues (en una concesión parcial), porque había personas cuya fe débil requería consideración. Porque su creencia rudimentaria, que aún estaba en suspenso respecto de la observancia de la ley, merecía este trato de concesión, cuando incluso el apóstol mismo tenía alguna sospecha de que podría haber corrido, y seguir corriendo, en vano. [] Por consiguiente, los falsos hermanos que eran espías de su libertad cristiana debían ser frustrados en sus esfuerzos por ponerla bajo el yugo de su propio judaísmo antes de que Pablo descubriera si su trabajo había sido en vano, antes de que quienes lo precedieron en el apostolado le dieran la diestra de comunión, antes de que entrara en el oficio de predicar a los gentiles, según el acuerdo de ellos con él. Hizo, pues, alguna concesión, como era necesario, por un tiempo; y esta fue la razón por la que hizo circuncidar a Timoteo, [] y por la que introdujo a los nazareos en el templo, [] incidentes que se describen en los Hechos. Su verdad puede inferirse de su concordancia con la propia declaración del apóstol, de que «para los judíos se hizo como judío, para ganar a los judíos, y para los que estaban bajo la ley, como bajo la ley,» — y así aquí respecto de los que entran secretamente— «y, en fin, de que se hizo todo para todos, para ganar a todos.» Ahora bien, en la medida en que las circunstancias exigen una interpretación como esta, nadie se negará a admitir que Pablo predicó a aquel Dios y a aquel Cristo cuya ley estaba excluyendo todo el tiempo, por más que la tolerara, debido a los tiempos, pero la cual habría tenido que abolir sumariamente si hubiera publicado un dios nuevo. Con razón, pues, Pedro, Santiago y Juan dieron a Pablo la diestra de comunión, y acordaron una división del trabajo tal que Pablo iría a los gentiles, y ellos mismos a la circuncisión. [] Su acuerdo, también, de «acordarse de los pobres» [] estaba en completa conformidad con la ley del Creador, que amparaba al pobre y al necesitado, como se ha mostrado en nuestras observaciones sobre vuestro Evangelio. Así, es cierto que la cuestión era una que simplemente miraba a la ley, mientras que al mismo tiempo es evidente qué parte de la ley convenía que se observara. Pablo, sin embargo, censura a Pedro por no andar rectamente conforme a la verdad del evangelio. Sin duda lo reprende; pero fue únicamente por su inconsecuencia en el asunto del «comer,» que variaba según la clase de personas (con las que se asociaba), «temeroso de los de la circuncisión,» [] pero no por ninguna opinión perversa acerca de otro dios. Porque si tal cuestión hubiera surgido, también otros habrían sido «resistidos cara a cara» por el hombre que ni siquiera había perdonado a Pedro en el asunto comparativamente pequeño de su conducta dudosa. Pero ¿qué quieren los marcionitas que se crea (sobre este punto)? Por lo demás, el apóstol debe (tener permiso para) continuar con su propia declaración, en la que dice que «el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe:» [] fe, empero, en el mismo Dios a quien también pertenece la ley. Pues, ciertamente, no habría dedicado esfuerzo alguno a separar la fe de la ley, cuando la diferencia de dios, si hubiera existido, habría producido por sí misma tal separación. Con justicia, pues, se negó a «edificar de nuevo (la estructura de la ley) que había derribado.» La ley, en efecto, tenía que ser derribada, desde el momento en que Juan «clamó en el desierto: Preparad los caminos del Señor,» para que los valles y las colinas y las montañas sean rellenados y nivelados, y los caminos torcidos y ásperos se hagan rectos y suaves [] — en otras palabras, para que las dificultades de la ley se conviertan en las facilidades del evangelio.
Pues recordaba que había llegado el tiempo del que hablaba el Salmo, «Rompamos sus ataduras, y echemos de nosotros su yugo;» desde el tiempo en que «las naciones se alborotaron, y los pueblos imaginaron vanos consejos;» cuando «los reyes de la tierra se levantaron, y los príncipes se juntaron contra el Señor, y contra su Cristo,» para que desde entonces el hombre fuera justificado por la libertad de la fe, no por la servidumbre a la ley, «porque el justo vivirá por su fe.» [] Ahora bien, aunque el profeta Habacuc fue el primero en decir esto, tenéis aquí al apóstol confirmando a los profetas, como también lo hizo Cristo. El objeto, pues, de la fe por la cual vivirá el justo será aquel mismo Dios a quien también pertenece la ley, por cuyas obras ningún hombre es justificado. Puesto que, entonces, se hallan igualmente la maldición en la ley y la bendición en la fe, tenéis ambas condiciones presentadas por el Creador: «He aquí,» dice Él, «he puesto delante de ti una bendición y una maldición.» [] No podéis establecer diversidad de autores por el hecho de que haya una diversidad de cosas; pues la diversidad es propuesta por uno y el mismo autor. Sin embargo, ¿por qué «Cristo fue hecho maldición por nosotros,» [] lo declara el apóstol mismo de un modo que ayuda enteramente a nuestra causa, como resultado de la disposición del Creador. Pero de ningún modo se sigue, porque el Creador dijo antiguamente, «Maldito todo el que cuelga de un madero,» que Cristo perteneciera a otro dios, y por eso fuera maldito ya entonces en la ley. Y ¿cómo, en verdad, habría podido el Creador maldecir por anticipado a alguien a quien no conocía? ¿Por qué, empero, no ha de ser más propio del Creador entregar a su propio Hijo a su propia maldición, que someterlo a la maldición de ese dios vuestro — y además en favor del hombre, que le es ajeno? Ahora bien, si esta disposición del Creador respecto de su Hijo os parece cruel, es igualmente cruel en el caso de vuestro propio dios; si, por el contrario, es conforme a razón en vuestro dios, lo es igualmente — es más, mucho más — en el mío. Pues sería más creíble que aquel Dios hubiera provisto bendición para el hombre mediante la maldición de Cristo, quien antiguamente puso delante del hombre una bendición y una maldición, a que lo hubiera hecho aquel que, según vosotros, jamás pronunció ni una ni otra. «Hemos recibido, pues, la promesa del Espíritu,» como dice el apóstol, «por medio de la fe,» esa misma fe por la cual el justo vive, conforme al propósito del Creador. Lo que digo, pues, es esto: que aquel Dios es el objeto de la fe que prefiguró la gracia de la fe. Pero cuando añade también: «Porque todos vosotros sois hijos de la fe,» [] se hace claro que lo que la industria del hereje borró fue la mención del nombre de Abrahán; porque por la fe el apóstol nos declara ser «hijos de Abrahán,» y después de mencionarlo, nos llamó expresamente «hijos de la fe» también. Pero ¿cómo somos hijos de la fe? ¿Y de la fe de quién, sino de Abrahán? Pues ya que «Abrahán creyó a Dios, y le fue contado por justicia;» [] ya que, además, mereció por esa razón ser llamado «padre de muchas naciones,» mientras nosotros, que somos aún más semejantes a él al creer en Dios, somos justificados así como lo fue Abrahán, y así alcanzamos vida — puesto que el justo vive por su fe —, ocurre por tanto que, como en el pasaje anterior nos llamó «hijos de Abrahán,» ya que él es en la fe nuestro (común) padre, así también aquí nos nombró «hijos de la fe,» porque fue debido a su fe que se prometió que Abrahán sería el padre de (muchas) naciones. En cuanto al hecho mismo de apartar la fe de la circuncisión, ¿no buscaba con ello constituirnos hijos de Abrahán, que había creído antes de su circuncisión en la carne? En suma, la fe en uno de dos dioses no puede de ningún modo admitirnos a la dispensación del otro, de modo que impute justicia a los que creen en él, y haga vivir al justo por medio de él, y declare a los gentiles hijos suyos por la fe. Una dispensación como esta pertenece enteramente a Aquel por cuya disposición ya había sido dada a conocer por la vocación de este mismo Abrahán, como se muestra de modo concluyente por el sentido natural.