El precepto de amar a los enemigos. Se enseña tanto en las Escrituras del Creador del Antiguo Testamento como en el Sermón de Cristo. La ley del talión de Moisés admirablemente explicada en coherencia con la bondad y el amor que Jesucristo vino a proclamar y a imponer en favor del Creador. Diversos preceptos de caridad explicados.
IV, 16
«Pero yo os digo a vosotros que oís»
(mostrando aquí aquel antiguo mandato del Creador:
«Hablad a los oídos de quienes os prestan oído»), «Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os odian y orad por los que os calumnian.»
Estos mandatos los incluyó el Creador en un solo precepto por su profeta Isaías:
«Decid a los que os odian:
Vosotros sois nuestros hermanos.» [] Porque si quienes son nuestros enemigos, nos odian, hablan mal de nosotros y nos calumnian, han de ser llamados hermanos nuestros, ciertamente Él nos mandó de hecho bendecir a los que nos odian y orar por los que nos calumnian, cuando nos instruyó a contarlos como hermanos.
Pero Cristo enseña claramente una nueva clase de paciencia, cuando prohíbe de hecho las represalias que el Creador permitía al exigir «ojo por ojo, y diente por diente» [], y nos manda, por el contrario, «al que nos golpea en una mejilla, ofrecerle también la otra, y entregar nuestro manto al que nos quita la túnica.» [] Sin duda son adiciones suplementarias de Cristo, pero están muy en armonía con la enseñanza del Creador.
Y por tanto debe decidirse de una vez esta cuestión: si la disciplina de la paciencia es impuesta por el Creador.
Cuando por Zacarías mandó:
«Que ninguno de vosotros imagine mal contra su hermano,» [], no incluyó expresamente a su prójimo; pero en otro pasaje dice:
«Que ninguno de vosotros imagine mal en su corazón contra su prójimo.» [] Quien aconsejó que se olvidara una injuria, con mayor razón aconsejaría soportarla con paciencia.
Pero cuando dijo:
«Mía es la venganza, y yo pagaré», enseña con ello que la paciencia aguarda serenamente la ejecución de la venganza.
Por tanto, en tanto que es increíble que el mismo (Dios) parezca exigir «diente por diente y ojo por ojo» a cambio de una injuria, quien prohíbe no sólo toda represalia, sino aun el pensamiento vengativo o el recuerdo de la injuria, en esa medida se nos hace claro en qué sentido exigió «ojo por ojo y diente por diente»: no, ciertamente, para permitir la repetición de la injuria devolviéndola, lo que virtualmente prohibía al vedar la venganza; sino para frenar la injuria en su primer paso, la cual había prohibido bajo pena de represalia o reciprocidad; de suerte que todo hombre, ante el permiso de infligir una segunda (o recíproca) injuria, se abstuviera de cometer la primera (o provocadora) ofensa.
Pues Él sabe cuánto más fácil es reprimir la violencia con la perspectiva de la represalia que con la promesa de una venganza (indefinida).
Ambos resultados, sin embargo, era necesario proveerlos, en consideración de la naturaleza y de la fe de los hombres: que el hombre que creía en Dios pudiera esperar la venganza de Dios, mientras que quien no tenía fe (que lo refrenara) temiera las leyes que prescribían la represalia.
Este propósito de la ley, que era difícil de entender, Cristo, como Señor del sábado y de la ley y de todas las dispensaciones del Padre, lo reveló y lo hizo inteligible, cuando mandó que «la otra mejilla se ofreciera (al que golpea)», a fin de extinguir con mayor eficacia toda represalia de una injuria, la cual la ley había querido impedir por el método de la represalia, y la cual ciertamente la revelación había restringido de modo manifiesto, tanto al prohibir la memoria de la ofensa como al remitir su venganza a Dios.
Así, cualquier (nueva disposición) que Cristo introdujo, no la hizo en oposición a la ley, sino más bien en su promoción, sin menoscabar en absoluto la prescripción del Creador.
Si, pues, se examinan cuidadosamente las razones mismas por las que se impone la paciencia (y esto en tal grado pleno y completo), se encuentra que no puede sostenerse si no es precepto del Creador, que promete venganza, que se presenta a sí mismo como juez (en el caso).
Si no fuera así — si tan vasto peso de paciencia — que consiste en abstenerse de devolver golpe por golpe; en ofrecer la otra mejilla; en no devolver ultraje por ultraje, sino al contrario bendición; y en, lejos de conservar la túnica, entregar también el manto — me es impuesto por uno que no pretende ayudarme — (entonces todo lo que puedo decir es) me ha enseñado la paciencia en vano, porque no me muestra recompensa alguna de su precepto — quiero decir, ningún fruto de tal paciencia.
Hay una venganza que debería haberme permitido tomar, si no pretendía infligirla él mismo; si no me daba ese permiso, entonces debió infligirla él mismo; puesto que es en interés de la disciplina misma que una injuria sea vengada.
Pues por el temor de la venganza se reprime toda iniquidad.
Pero si se le permite licencia sin discernimiento, se enseñoreará: sacará ambos ojos (de un hombre); arrancará todos los dientes en la seguridad de su impunidad.
Éste es, sin embargo, (el principio) de vuestro dios bueno y simplemente benéfico: agraviar a la paciencia, abrir la puerta a la violencia, dejar indefenso al justo y desenfrenado al malvado.
«Dad a todo el que os pida» [] — al indigente, por supuesto, o más bien especialmente al indigente, aunque también al pudiente.
Pero para que ningún hombre sea indigente, tienes en Deuteronomio una disposición mandada por el Creador al acreedor.
«No habrá en tu mano hombre indigente; para que el Señor tu Dios te bendiga con bendiciones»
— tú significando el acreedor a quien se debía que el hombre no fuese indigente.
Pero hay más.
A quien no pide, Él manda que se le dé un don.
«Que no haya», dice, «pobre en tu mano;» en otras palabras, procura que no lo haya, en cuanto tu voluntad pueda impedirlo; mandato con el cual, además, Él exige por inferencia con más fuerza que se dé a quien pide, como también en las palabras siguientes:
«Si hubiere entre vosotros un pobre de vuestros hermanos, no apartarás tu corazón ni cerrarás tu mano a tu hermano pobre.
Antes le abrirás tu mano de par en par y ciertamente le prestarás cuanto necesite.» [] Los préstamos no suelen darse, sino a quienes los piden.
Sobre este asunto del préstamo, sin embargo, más adelante.
Ahora, si alguien quisiera argüir que los preceptos del Creador se extendían sólo a los hermanos de un hombre, pero los de Cristo a todos los que piden, de modo que convierte el último en un precepto nuevo y diferente, (he de responder) que sólo una regla puede sacarse de esos principios, los cuales muestran que la ley del Creador se repite en Cristo.
Pues no es cosa distinta lo que Cristo mandó hacer hacia todos los hombres, de lo que el Creador prescribió a favor de los hermanos de un hombre.
Porque aunque es mayor caridad la que se muestra a los extraños, no es, sin embargo, preferible a la que antes se debía a los prójimos.
Pues ¿qué hombre podrá otorgar a los extraños el amor (que procede del conocimiento del carácter)?
Sin embargo, puesto que el segundo paso en la caridad es hacia los extraños, mientras el primero es hacia los prójimos, el segundo paso pertenecerá a aquel a quien también pertenece el primero, más propiamente que el segundo pertenezca a quien no poseyó el primero.
En consecuencia, el Creador, al seguir el curso de la naturaleza, enseñó en primer lugar la bondad hacia los prójimos, con intención de imponerla después hacia los extraños; y al seguir el método de su dispensación, limitó la caridad primero a los judíos, pero después la extendió a toda la raza humana.
Así, pues, mientras el misterio de su gobierno estuvo confinado a Israel, con razón mandó que se mostrara piedad sólo a los hermanos de un hombre; pero cuando Cristo le dio «a los gentiles por heredad, y los confines de la tierra por posesión», comenzó a cumplirse lo dicho por Oseas:
«No sois mi pueblo, los que erais mi pueblo; no habéis alcanzado misericordia, los que en otro tiempo la alcanzasteis»
— esto es, la nación (judía).
Desde entonces Cristo extendió a todos los hombres la ley de la compasión de su Padre, sin exceptuar a nadie de su misericordia, como no omite a nadie en su invitación.
De suerte que, cuanto más amplio fue el alcance de su enseñanza, todo lo recibió en su heredad de las naciones.
«Y como queréis que los hombres os hagan, hacedles también vosotros de la misma manera.» [] En este mandato está sin duda implicada su contrapartida:
«Y como no queréis que los hombres os hagan, así tampoco les hagáis vosotros de la misma manera.»
Ahora bien, si ésta fuera la enseñanza de la deidad nueva, antes desconocida y aún no plenamente proclamada, que no me había favorecido de antemano con instrucción alguna por la que pudiera aprender primero qué debía elegir o rehusar para mí mismo, y hacer a otros lo que quisiera que me hicieran a mí, no haciéndoles lo que no quisiera que me hicieran a mí, ciertamente no sería otra cosa que la mezcla fortuita de mis propios sentimientos que él me habría dejado, sin atarme a regla alguna propia de deseo o de acción, a fin de que yo pudiera hacer a otros lo que quisiera para mí, o abstenerme de hacer a otros lo que me desagradaría que me hicieran a mí.
Pues él no ha definido, de hecho, qué debo desear o no desear para mí mismo así como para los demás, de modo que yo modele mi conducta según la ley de mi propia voluntad, y tenga en mi poder no dar a otro lo que quisiera que me dieran a mí — amor, obediencia, consuelo, protección y bendiciones semejantes; y de igual modo hacer a otro lo que no quisiera que me hicieran a mí — violencia, agravio, insulto, engaño y males de esa clase.
Ciertamente, los gentiles que no han sido instruidos por Dios actúan según esta libertad incongruente de la voluntad y de la conducta.
Pues aunque el bien y el mal son conocidos cada uno por naturaleza, no por ello se pasa la vida bajo la disciplina de Dios, la única que al fin enseña a los hombres la libertad propia de su voluntad y de su acción en la fe, así como en el temor de Dios.
El dios de Marción, por tanto, aunque especialmente revelado, fue, a pesar de su revelación, incapaz de publicar resumen alguno del precepto en cuestión, el cual hasta entonces había estado tan limitado, oscuro y tenebroso, y sin admitir interpretación pronta, salvo según mi propio arbitrio, porque no había provisto discriminación previa alguna en materia de tal precepto.
Pero no fue éste el caso de mi Dios, pues Él siempre y en todas partes mandó que se protegiera, asistiera y refrescara al pobre, al huérfano y a la viuda; así dice por Isaías:
«Parte tu pan con el hambriento, y a los que no tienen casa llévalos a tu casa; cuando veas al desnudo, cúbrelo.» [] Por Ezequiel también describe así al justo:
«Da su pan al hambriento y cubre con vestido al desnudo.» [] Aquella enseñanza era ya entonces un aliciente suficiente para que yo hiciera a otros lo que quisiera que ellos me hicieran a mí.
En consecuencia, cuando profirió denuncias como:
«No matarás; no cometerás adulterio; no hurtarás; no dirás falso testimonio» [] — me enseñó a abstenerme de hacer a otros lo que no quisiera que me hicieran a mí; y por tanto el precepto desarrollado en el Evangelio pertenecerá únicamente a Aquel que antiguamente lo redactó, le dio su punto distintivo y lo ordenó según la decisión de su propia enseñanza, y que ahora lo ha reducido, conforme a su importancia, a una fórmula compendiosa, porque (como estaba predicho en otro pasaje) el Señor — es decir, Cristo — «había de hacer (o pronunciar) una palabra concisa sobre la tierra».
Acerca de los préstamos. Prohibición de la usura y del espíritu usurario. La ley preparatoria del Evangelio en sus disposiciones; así en el presente caso. Sobre las represalias. La enseñanza de Cristo prueba en todo que fue enviado por el Creador.
IV, 17
Y ahora, a propósito del préstamo, cuando Él pregunta:
«Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis?», comparad con esto las palabras siguientes de Ezequiel, en las que dice del justo antes mencionado:
«No ha dado su dinero a usura, ni tomará aumento alguno»
— significando la redundancia del interés, que es la usura.
El primer paso fue erradicar el fruto del dinero prestado, para acostumbrar más fácilmente al hombre a la pérdida, si llegara, del dinero mismo, cuyo interés había aprendido a perder.
Ahora bien, afirmamos que ésta era la función de la ley como preparatoria del Evangelio.
Se ocupaba en formar la fe de quienes querían aprender, por etapas graduales, para la luz perfecta de la disciplina cristiana, mediante los mejores preceptos de que era capaz, inculcando una benevolencia que aún se expresaba sólo con timidez.
Pues en el pasaje de Ezequiel citado arriba dice:
«Y restituirás la prenda del préstamo»
— a aquel, ciertamente, que es incapaz de pagar, porque, como es natural, de ningún modo prescribiría la restitución de una prenda a quien era solvente.
Mucho más claramente se ordena en Deuteronomio:
«No dormirás sobre su prenda; ciertamente le devolverás su vestido a la puesta del sol, y él dormirá en su propio vestido.» [] Más claro aún es un pasaje anterior:
«Perdonarás toda deuda que tu prójimo te deba; y no la exigirás de tu hermano, porque se llama la remisión del Señor tu Dios.» [] Ahora, cuando Él manda que se perdone una deuda a un hombre que no pueda pagarla (pues es argumento aún más fuerte cuando prohíbe exigirla de un hombre que incluso puede pagarla), ¿qué otra cosa enseña sino que debemos prestar a aquellos de quienes no podemos recibir de nuevo, en tanto que ha impuesto una pérdida tan grande al prestar?
«Y seréis hijos de Dios.»
¿Qué puede haber más desvergonzado, que él nos haga hijos suyos, cuando no nos ha permitido hacernos hijos a nosotros mismos al prohibir el matrimonio?
¿Cómo se propone investir a sus seguidores con un nombre que ya ha borrado?
¡No puedo ser hijo de un eunuco, especialmente cuando tengo por Padre al mismo gran Ser a quien el universo reclama por suyo!
Pues ¿no es el Fundador del universo tanto Padre, incluso de todos los hombres, como la deidad castrada (de Marción), que no es hacedora de cosa alguna existente?
Aunque el Creador no hubiera unido al varón y a la mujer, y aunque no hubiera permitido a criatura viviente alguna tener hijos, yo tenía ya esta relación con Él antes del Paraíso, antes de la caída, antes de la expulsión, antes de que los dos se hicieran uno.
Me hice su hijo una segunda vez, tan pronto como me formó con sus manos y me dio movimiento con su aliento.
Ahora de nuevo me llama hijo suyo, no engendrándome para la vida natural, sino para la vida espiritual.
«Porque», dice, «Él es bondadoso con los ingratos y los malos.» [] ¡Bien hecho, Marción!
¡Con cuánta habilidad le has retirado la lluvia y el sol, para que no parezca ser Creador!
Pero ¿quién es este ser bondadoso que hasta ahora ni siquiera se ha conocido?
¿Cómo puede ser bondadoso quien antes no había mostrado evidencia alguna de una bondad como ésta, que consiste en prestarnos el sol y la lluvia?
— quien no está destinado a recibir del género humano (el homenaje debido a aquel) Creador —, quien, hasta este mismo momento, a cambio de su vasta liberalidad en el don de los elementos, soporta que los hombres ofrezcan a los ídolos, más prontamente que a Él, los debidos retornos de su gracia. Pero Dios es verdaderamente bondadoso aun en las bendiciones espirituales.
«Las palabras del Señor son más dulces que la miel y el panal.»
Él, pues, ha tachado de ingratos a hombres que merecían tener gratitud — ¡incluso Él, cuyo sol y cuya lluvia incluso tú, oh Marción, has disfrutado, pero sin gratitud!
Tu dios, sin embargo, no tenía derecho a quejarse de la ingratitud del hombre, porque no había usado medio alguno para hacerlos agradecidos.
También enseña la compasión:
«Sed misericordiosos», dice, «como también vuestro Padre tuvo misericordia de vosotros.»
Este mandato estará en consonancia con:
«Parte tu pan con el hambriento; y si no tiene casa, llévalo a tu casa; y si ves al desnudo, cúbrelo;» [] y también con:
«Juzgad al huérfano, defended a la viuda.» [] Reconozco aquí aquella antigua doctrina de Aquel que «prefiere la misericordia al sacrificio.» [] Si, empero, es ahora otro ser el que enseña la misericordia, sobre la base de su propia misericordia, ¿cómo es que me ha faltado misericordia durante tan vasta edad?
«No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: medida buena, apretada y rebosante se os echará en el regazo.
Porque con la misma medida con que midáis, se os medirá a vosotros.» [] Según me parece, este pasaje anuncia una retribución proporcionada a los méritos.
Pero ¿de quién vendrá la retribución?
Si sólo de los hombres, en ese caso enseña una disciplina y una recompensa meramente humanas; y en todo habremos de obedecer al hombre: si del Creador, como Juez y Remunerador de los méritos, entonces nos fuerza a someternos a Él, en cuyas manos ha puesto una retribución que será aceptable o terrible según cada cual haya juzgado o condenado, absuelto o tratado, a su prójimo; si de (el dios de Marción) mismo, entonces ejercerá una función judicial que Marción niega.
Que los marcionitas, pues, hagan su elección:
¿no será exactamente la misma incoherencia desertar de la prescripción de su maestro, como hacer que Cristo enseñe en interés de los hombres o del Creador?
Pero «un ciego guiará a otro ciego al hoyo.» [] Algunas personas creen a Marción.
Pero «el discípulo no está por encima de su maestro.» [] Apeles debería haber recordado esto — corrector de Marción, aunque discípulo suyo.
El hereje debería sacarse la viga de su propio ojo, y entonces podrá acusar al cristiano, si sospecha que hay una mota en el suyo.
Así como un árbol bueno no puede producir fruto malo, tampoco la verdad puede engendrar herejía; y como un árbol corrompido no puede dar fruto bueno, la herejía no producirá verdad.
Así, Marción no sacó nada bueno del tesoro malo de Cerdón; ni Apeles del de Marción.
Pues aplicando a estos herejes las palabras figuradas que Cristo usó de los hombres en general, haremos de ellas una interpretación mucho más adecuada que si deduciéramos de ellas dos dioses, según la penosa exposición de Marción.
Creo que tengo la mejor razón posible para insistir aún en la posición que he ocupado todo el tiempo: que en ningún pasaje, en parte alguna, ha sido revelado por Cristo otro Dios.
Me asombra que sólo en este lugar las manos de Marción hayan sentido entumecidas en su labor adulteradora.
Pero aun los ladrones tienen sus escrúpulos de vez en cuando.
No hay mal hacer sin temor, porque no lo hay sin conciencia culpable.
Durante tanto tiempo, pues, los judíos no conocieron otro dios sino a Él, aparte del cual no conocían a ningún otro; ni invocaron a otro que a Aquel a quien sólo conocían.
Siendo esto así, ¿quién será claramente Aquel que dijo:
«¿Por qué me llamáis Señor, Señor?» [] ¿Será aquel que hasta entonces nunca había sido invocado, porque aún no había sido revelado; o Aquel que siempre fue tenido por el Señor, porque era conocido desde el principio — incluso el Dios de los judíos?
¿Quién, además, pudo haber añadido:
«y no hacéis lo que yo digo?»
¿Pudo ser aquel que apenas entonces hacía cuanto podía para enseñarles?
¿O Aquel que desde el principio les había dirigido sus mensajes tanto por la ley como por los profetas?
Podía entonces reprocharles la desobediencia, aun si no hubiera tenido ocasión en ningún otro momento para su reproche.
El hecho es que Aquel que entonces les imputaba su antigua obstinación no era otro que Aquel que, antes de la venida de Cristo, les había dirigido estas palabras:
«Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.» [] De otro modo, ¡qué absurdo sería que un dios nuevo, un Cristo nuevo, el revelador de una religión nueva y tan grande denunciara como obstinados y desobedientes a aquellos a quienes nunca había estado en su poder poner a prueba!
Sobre la fe del centurión. La resurrección del hijo de la viuda. Juan Bautista, y su mensaje a Cristo; y la mujer que era pecadora. Pruebas extraídas de toda la relación de Cristo con el Creador.
IV, 18
Asimismo, al ensalzar la fe del centurión, ¡cuán increíble es que Él confesara que había «hallado tan grande fe ni siquiera en Israel» [], a quien la fe de Israel en modo alguno interesaba!
Pero no por el hecho (aquí declarado por Cristo) pudo haberle interesado aprobar y comparar lo que hasta entonces era tosco, más aún, diría, hasta entonces nada.
¿Por qué, sin embargo, no habría podido usar el ejemplo de fe en otro dios?
Porque, si lo hubiera hecho, habría dicho que tal fe jamás había existido en Israel; pero tal como están las cosas, da a entender que debería haber hallado tan grande fe en Israel, en cuanto que ciertamente había venido con el propósito de hallarla, siendo en verdad el Dios y Cristo de Israel, y que ahora la había estigmatizado, solo como quien quiere exigirla y sostenerla.
Si, en verdad, hubiera sido su antagonista, habría preferido hallarla como tal fe, habiendo venido más bien a debilitarla y destruirla que a aprobarla.
Resucitó también de la muerte al hijo de la viuda. [] Este no fue un milagro extraño.
Los profetas del Creador habían obrado tales;
¿por qué, pues, no mucho más su Hijo?
Ahora bien, tan evidentemente no había introducido el Señor Cristo a otro dios para la realización de tan trascendental milagro como este, que todos los presentes dieron gloria al Creador, diciendo:
«Un gran profeta se ha levantado entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo.» [] ¿Qué Dios?
Él, por supuesto, de quien era el pueblo, y de quien habían venido sus profetas.
Pero si glorificaban al Creador, y Cristo (al oírlos, y conociendo su intención) se abstuvo de corregirlos aun en el acto mismo de invocar al Creador en aquella vasta manifestación de su gloria en esta resurrección de los muertos, indudablemente o no anunciaba otro Dios sino a Aquel a quien así permitía ser honrado en sus propios actos benéficos y milagros, o ¿cómo sucede que permitió silenciosamente que estas personas permanecieran tanto tiempo en su error, especialmente habiendo venido precisamente para curarlas de su error?
Pero Juan se escandaliza cuando oye de los milagros de Cristo, como de un dios ajeno.
Pues bien, yo por mi parte explicaré primero la razón de su escándalo, para poder más fácilmente desmontar el escándalo de nuestro hereje.
Ahora bien, que el Señor mismo de todo poder, el Verbo y Espíritu del Padre, estuviera obrando y predicando en la tierra, era necesario que la porción del Espíritu Santo que, en la forma del don profético, había estado preparando por medio de Juan los caminos del Señor, se apartara ahora de Juan, y volviera de nuevo, por supuesto, al Señor, como a su origen que todo lo abarca.
Por tanto, Juan, siendo ahora una persona ordinaria, y solo uno de tantos, se escandalizó ciertamente como hombre, pero no porque esperara o pensara en otro Cristo como si enseñara o hiciera algo nuevo, pues ni siquiera esperaba a tal.
Nadie albergará dudas acerca de alguien a quien (puesto que sabe que no existe) no tiene expectativa ni pensamiento de encontrar.
Ahora bien, Juan estaba completamente seguro de que no había otro Dios sino el Creador, aun como judío, especialmente como profeta.
Cualquiera que fuera la duda que sentía, evidentemente se refería más bien a Aquel a quien sabía ciertamente que existía pero no sabía si era el mismo Cristo.
Con este temor, por tanto, incluso Juan plantea la pregunta, «¿Eres tú el que ha de venir, o esperaremos a otro?» [] — indagando simplemente si Él había venido como Aquel a quien él buscaba.
«¿Eres tú el que ha de venir?» es decir, ¿Eres tú el que viene?
«¿o esperaremos a otro?» es decir, ¿Es Aquel a quien esperamos otro distinto de Ti, si Tú no eres Aquel a quien esperamos que venga?
Pues él suponía, como todos los hombres pensaban entonces, por la semejanza de las evidencias milagrosas, que un profeta podría posiblemente haber sido enviado entretanto, del cual el Señor mismo, cuya venida se esperaba entonces, era diferente, y al cual era superior.
Y allí residía la dificultad de Juan.
Dudaba si había venido realmente Aquel a quien todos los hombres buscaban; a quien, además, deberían haber reconocido por sus obras predichas, tal como el Señor envió palabra a Juan, que era por medio de estas mismas obras que debía ser reconocido. [] Ahora bien, en cuanto que estas predicciones se referían evidentemente al Cristo del Creador— como hemos probado en el examen de cada una de ellas— era bastante perverso, si se daba a sí mismo por no ser el Cristo del Creador, y hacía descansar la prueba de su declaración en esas mismas evidencias con las cuales urgía sus pretensiones de ser recibido como el Cristo del Creador.
Mucho mayor aún es su perversidad cuando, no siendo el Cristo de Juan, concede sin embargo a Juan su testimonio, afirmando que es profeta, más aún, su mensajero, aplicándole la Escritura, «He aquí, envío a mi mensajero delante de tu faz, el cual preparará tu camino delante de ti.»
Con gracia adujo la profecía en el sentido superior de la alternativa mencionada por el perplejo Juan, a fin de que, al afirmar que su propio precursor ya había venido en la persona de Juan, pudiera extinguir la duda que acechaba en su pregunta:
«¿Eres tú el que ha de venir, o esperaremos a otro?»
Ahora que el precursor había cumplido su misión, y el camino del Señor estaba preparado, debería ser reconocido como aquel (Cristo) para quien el precursor había preparado el camino. Aquel precursor era ciertamente «mayor que todos los nacidos de mujer;» [] pero a pesar de todo, Aquel que era el más pequeño en el reino de Dios no estaba sujeto a él; como si el reino en el cual la persona más pequeña era mayor que Juan perteneciera a un Dios, mientras que Juan, que era mayor que todos los nacidos de mujer, perteneciera él mismo a otro Dios.
Pues ya sea que hable de cualquier «persona más pequeña» en razón de su humilde posición, o de Sí mismo, por ser considerado menor que Juan— puesto que todos corrían al desierto tras Juan y no tras Cristo («¿Qué salisteis a ver al desierto?» [])— el Creador tiene igual derecho a reclamar como suyos tanto a Juan, mayor que cualquier nacido de mujer, como a Cristo, o a toda «persona más pequeña en el reino de los cielos,» que estaba destinada a ser mayor que Juan en aquel reino, aunque perteneciendo igualmente al Creador, y que sería tanto mayor que el profeta, porque no se habría escandalizado de Cristo, una flaqueza que entonces disminuía la grandeza de Juan.
Ya hemos hablado del perdón de los pecados.
La conducta de «la mujer que era pecadora,» cuando cubrió los pies del Señor con sus besos, los bañó con sus lágrimas, los enjugó con los cabellos de su cabeza, los ungió con ungüento, [] produjo evidencia de que lo que ella tocaba no era un fantasma vacío, sino un cuerpo realmente sólido, y que su arrepentimiento como pecadora merecía el perdón según la mente del Creador, que acostumbra preferir la misericordia al sacrificio. [] Pero aun si el estímulo de su arrepentimiento procedía de su fe, ella oyó su justificación por la fe a través de su arrepentimiento pronunciada en las palabras, «Tu fe te ha salvado,» por Aquel que había declarado por Habacuc, «El justo vivirá por su fe.» []
Las mujeres ricas de piedad que siguieron la enseñanza de Jesucristo mediante parábolas. La objeción marcionita derivada de la observación de Cristo, cuando le hablaron de su madre y de sus hermanos. Explicación de la aparente negación de Cristo hacia ellos.
IV, 19
El hecho de que ciertas mujeres ricas se adhirieran a Cristo, «que le servían de sus bienes,» entre las cuales estaba la mujer del mayordomo del rey, es tema de profecía.
Por Isaías el Señor llamó a estas damas adineradas— «Levantaos, mujeres que estáis tranquilas, y oíd mi voz»
— para probarlas primero como discípulas, y luego como asistentes y ayudadoras:
«Hijas, oíd mis palabras con esperanza; este día del año guardadlo en memoria, con trabajo y esperanza.»
Pues fue «con trabajo» que le siguieron, y «con esperanza» que le servían.
Sobre el tema de las parábolas, baste decir que ya se ha mostrado de una vez por todas que este tipo de lenguaje fue prometido con igual claridad por el Creador.
Pero existe aquel modo directo de hablarle al pueblo— «Oiréis con el oído, pero no entenderéis» [] — que ahora reclama atención por haber proporcionado a Cristo aquella forma frecuente de su instrucción ferviente:
«El que tiene oídos para oír, que oiga.» [] No como si Cristo, movido por un espíritu diverso, permitiera un oír que el Creador había rehusado; sino porque la exhortación seguía a la amenaza.
Primero vino, «Oiréis con el oído, pero no entenderéis;» luego siguió, «El que tiene oídos para oír, que oiga.»
Pues ellos rehusaron voluntariamente oír, aunque tenían oídos.
Él, sin embargo, les enseñaba que eran los oídos del corazón los necesarios; y con estos había dicho el Creador que no oirían.
Por eso es que añade por su Cristo, «Mirad cómo oís,» [] y no oigáis— queriendo decir, por supuesto, con el oír del corazón, no del oído.
Si tan solo atribuyes un sentido apropiado a la amonestación del Creador, adecuado al significado de Aquel que estaba incitando al pueblo a oír con las palabras, «Mirad cómo oís,» equivalía a una amenaza para los que no quisieran oír.
De hecho, ese vuestro dios misericordiosísimo, que no juzga ni se aíra, es amenazador.
Esto queda probado incluso por la frase que sigue de inmediato:
«Al que tiene, se le dará; y al que no tiene, aun lo que parece tener se le quitará.» [] ¿Qué se le dará?
El aumento de fe, o de entendimiento, o incluso de salvación.
¿Qué se le quitará?
Aquello, por supuesto, que se dará.
¿Por quién se harán el don y la privación?
Si por el Creador se quita, por Él también se dará.
Si por el dios de Marción se da, por el dios de Marción también se quitará.
Ahora bien, por cualquier razón que Él amenace con la «privación,» no será obra de un dios que no sabe amenazar, porque es incapaz de ira.
Me asombro, además, cuando dice que «una vela no suele esconderse,» [] quien se había escondido a sí mismo— una luz mayor y más necesaria— durante tanto tiempo; y cuando promete que «todo será sacado de su secreto y hecho manifiesto,» [] quien hasta ahora ha mantenido a su dios en la oscuridad, esperando (supongo) hasta que nazca Marción.
Llegamos ahora al argumento más vigorosamente esgrimido de todos los que ponen en duda el nacimiento del Señor.
Dicen que Él mismo testifica no haber nacido, cuando pregunta, «¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?» [] De esta manera los herejes o tuercen palabras simples y llanas a cualquier sentido que eligen mediante sus conjeturas, o bien resuelven violentamente mediante una interpretación literal palabras que implican un sentido condicional y son incapaces de una solución simple, como en este pasaje.
Nosotros, por nuestra parte, respondemos, en primer lugar, que no podría habérsele dicho que su madre y sus hermanos estaban fuera, deseando verle, si no hubiera tenido madre ni hermanos.
Deben haber sido conocidos por quien los anunció, ya sea algún tiempo antes, o entonces en aquel mismo momento, cuando deseaban verle, o le enviaron su mensaje.
A esta nuestra primera posición suele darse esta respuesta por la otra parte.
Pero supongamos que le enviaron el mensaje con el propósito de tentarle.
Pues bien, la Escritura no lo dice; y en la medida en que es usual que indique lo que se hace a modo de tentación («He aquí, cierto doctor de la ley se levantó, y le tentó;» [] de nuevo, al preguntar sobre el tributo, los fariseos vinieron a Él, tentándole []), así, cuando no hace mención de tentación, no admite la interpretación de tentación.
Sin embargo, aunque no admito este sentido, bien puedo preguntar, a modo de refutación superflua, por las razones de la supuesta tentación:
¿Con qué propósito podrían haberle tentado nombrando a su madre y a sus hermanos?
Si era para averiguar si había nacido o no— ¿cuándo se planteó una cuestión sobre este punto, que debían resolver tentándole de esta manera?
¿Quién podría dudar de que había nacido, cuando le veían delante de ellos como un hombre verdadero?— a quien habían oído llamarse a sí mismo «Hijo del hombre?»
— de quien dudaban si era Dios o Hijo de Dios, viéndole, como le veían, en el perfecto atavío de la cualidad humana?— ¿suponiendo más bien que era un profeta, ciertamente uno grande, pero aun así uno que había nacido como hombre?
Incluso si hubiera sido necesario que se le probara así en la investigación de su nacimiento, seguramente cualquier otra prueba habría respondido mejor a la prueba que la que se obtendría al mencionar a aquellos parientes que era muy posible que Él, a pesar de su verdadero nacimiento, no tuviera en ese momento.
Pues dime ahora, ¿vive una madre contemporáneamente con sus hijos en todos los casos?
¿Tienen todos los hijos hermanos nacidos para ellos?
¿No puede un hombre más bien tener padres y hermanas (vivos), o incluso ningún pariente en absoluto?
Pero hay prueba histórica de que en este mismo tiempo se había realizado un censo en Judea por Sentio Saturnino, que podría haber satisfecho su indagación respecto a la familia y descendencia de Cristo.
Tal método de probar el punto no tenía, por tanto, consistencia alguna, y ellos «que estaban fuera» eran realmente «su madre y sus hermanos.»
Resta que examinemos su significado cuando recurre a palabras no literales, diciendo «¿Quién es mi madre o mis hermanos?»
Parece como si su lenguaje equivaliera a una negación de su familia y de su nacimiento; pero surgía realmente de la naturaleza absoluta del caso, y del sentido condicional en que sus palabras debían explicarse.
Se indignó justamente, que personas tan cercanas a Él «estuvieran fuera,» mientras los extraños estaban dentro pendientes de sus palabras, especialmente porque querían apartarle de la obra solemne que tenía entre manos.
No las negó tanto como las rechazó.
Y por tanto, cuando a la pregunta anterior, ¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? añadió la respuesta «Nadie sino los que oyen mis palabras y las hacen,» transfirió los nombres de parentesco de sangre a otros, a quienes juzgaba más estrechamente emparentados con Él en razón de su fe.
Ahora bien, nadie transfiere una cosa sino de aquel que posee lo que se transfiere.
Si, por tanto, hizo «su madre y sus hermanos» a quienes no lo eran, ¿cómo pudo negarles estos vínculos a quienes realmente los tenían?
Seguramente solo a condición de sus méritos, y no por ningún rechazo de sus parientes cercanos; enseñándoles con su propio ejemplo real, que «quienquiera que prefiriera padre o madre o hermanos a la Palabra de Dios, no era un discípulo digno de Él.» [] Además, su admisión de su madre y de sus hermanos era tanto más expresa, por el hecho de su renuencia a reconocerlos.
Que adoptara a otros solo confirmaba en su parentesco con Él a aquellos a quienes rechazaba por su ofensa, y por quienes sustituía a los otros, no como parientes más verdaderos, sino más dignos.
Finalmente, no era gran cosa si prefería al parentesco aquella fe que ellos no poseían.
Comentario editorial · Un censo para la familia de Cristo
Los marcionitas leían el aviso de que su madre y sus hermanos lo buscaban como una treta para averiguar si Cristo había nacido. Tertuliano pregunta por qué tal prueba, cuando «hay prueba histórica» de un censo en Judea por Sentio Saturnino que «podría haber satisfecho su indagación» sobre la familia de Cristo. Lucas 2, 2 liga el censo a Quirinio; Wikipedia dice que Tertuliano propuso que la familia de Jesús figuraba en el de Saturnino, gobernador de Siria entre el 9 y el 7 a. C. La mayoría de los críticos opina que Lucas se equivoca; algunos estudiosos religiosos lo defienden.
Comparación del poder de Cristo sobre los vientos y las olas con el mandato de Moisés sobre las aguas del mar Rojo y del Jordán. El poder de Cristo sobre los espíritus inmundos. El caso de la Legión. La curación del flujo de sangre. Explicación de la impureza mosaica sobre este punto.
IV, 20
Pero «¿qué hombre es éste?
Porque aun a los vientos y al agua manda.» [] ¡Por supuesto que es el nuevo amo y propietario de los elementos, ahora que el Creador ha sido depuesto y excluido de su posesión!
Nada de eso.
Los elementos reconocen a su propio Hacedor, del mismo modo que estaban acostumbrados a obedecer también a sus siervos.
Examina bien el Éxodo, Marción; mira la vara de Moisés, cuando agita su mandato sobre el mar Rojo, más vasto que todos los lagos de Judea.
Cómo el mar se abre desde sus mismas profundidades, luego se fija en dos masas solidificadas, y así, en el intervalo entre ellas, abre camino para que el pueblo pase a pie enjuto; de nuevo vibra la misma vara, el mar vuelve con su fuerza, y en el concurso de sus aguas queda sumergida la caballería de Egipto.
¡A aquella consumación sirvieron los mismos vientos!
Lee también que el Jordán fue como una espada para impedir el paso de la nación emigrante a través de su corriente; que sus aguas de arriba se detuvieron, y su corriente de abajo dejó enteramente de correr a la orden de Josué, [] cuando sus sacerdotes comenzaron a pasar.
¿Qué dirás a esto?
Si es tu Cristo el que se quiere significar arriba, no será más poderoso que los siervos del Creador.
Pero yo me habría contentado con los ejemplos que he aducido sin añadir nada, si una predicción de su paso presente sobre el mar no hubiera precedido a la venida de Cristo.
El salmo, en efecto, se cumple con esta travesía del lago.
«El Señor,» dice el salmista, «está sobre muchas aguas.»
Cuando él dispersa sus olas, se cumplen las palabras de Habacuc, donde dice:
«Que dispersa las aguas a su paso.»
Cuando a su reprensión el mar se calma, también se verifica Nahúm:
Reprende al mar y lo deja seco, [] incluidos los vientos que lo habían inquietado.
¿Con qué prueba querrías que se vindicara a mi Cristo?
¿Habrá de venir de los ejemplos o de las profecías del Creador?
Supones que él está predicho como un guerrero militar y armado, en lugar de uno que, en sentido figurado y alegórico, había de librar una guerra espiritual contra enemigos espirituales, en campañas espirituales y con armas espirituales.
Vamos, pues: cuando en un solo hombre descubres una multitud de demonios que se llama Legión, [] compuesta, por supuesto, de espíritus, debes aprender que también Cristo ha de ser entendido como exterminador de enemigos espirituales, que empuña armas espirituales y pelea en combate espiritual; y que no fue otro que él quien ahora tenía que contender incluso con una legión de demonios.
Por tanto, es de una guerra tal de la que el salmo pudo evidentemente haber hablado:
«El Señor es fuerte, el Señor es poderoso en la batalla.»
Porque con el último enemigo, la muerte, peleó él, y por el trofeo de la cruz triunfó.
Ahora bien, ¿de qué Dios atestiguó la Legión que Jesús era el Hijo? [] Sin duda, de aquel Dios cuyos tormentos y abismo conocían y temían.
Parece imposible que ellos hubieran permanecido hasta ese momento ignorando lo que el poder del dios reciente y desconocido estaba obrando en el mundo, porque es muy improbable que el Creador lo ignorara.
Pues si en algún momento hubiera ignorado que había otro dios por encima de sí, en todo caso a estas alturas habría descubierto que había uno obrando debajo de su cielo.
Ahora bien, lo que su Señor había descubierto se había vuelto notorio para toda su familia dentro del mismo mundo y del mismo circuito del cielo en que la deidad extraña moraba y actuaba.
Así como, por tanto, el Creador y sus criaturas habrían tenido conocimiento de él si hubiera existido, del mismo modo, puesto que no existía, los demonios en realidad no conocían a otro que al Cristo de su propio Dios.
No piden al dios extraño lo que recordaban que debían suplicar al Creador: no ser precipitados en el abismo del Creador.
Al fin se les concedió lo que pedían.
¿Por qué motivo?
¿Porque habían mentido?
¿Porque lo habían proclamado Hijo de un Dios despiadado?
¿Y qué clase de dios será aquel que ayudó a los mentirosos y sostuvo a sus detractores?
Sin embargo, no hace falta este pensamiento, pues, puesto que no habían mentido y habían reconocido que el Dios del abismo era también su Dios, él mismo afirmó realmente que era el mismo a quien estos demonios reconocían:
Jesús, el Juez e Hijo del Dios vengador.
He aquí un atisbo de las flaquezas y debilidades del Creador en Cristo; porque yo, por mi parte, me propongo imputarle ignorancia.
Concédeme alguna indulgencia en mi esfuerzo contra el hereje.
Jesús es tocado por la mujer que padecía flujo de sangre, [] sin saber por quién.
«¿Quién me ha tocado?» pregunta, cuando sus discípulos alegan una excusa.
Insiste aún en su afirmación de ignorancia:
«Alguien me ha tocado», dice, y aduce una prueba:
«Porque he percibido que ha salido virtud de mí.»
¿Qué dice nuestro hereje?
¿Podía Cristo haber conocido a la persona?
¿Y por qué habló como si lo ignorara?
¿Por qué?
Sin duda para provocar la fe de ella y probar su temor.
Exactamente como una vez había preguntado a Adán, como si no supiera:
Adán, ¿dónde estás?
Así tienes al Creador excusado del mismo modo que a Cristo, y a Cristo obrando de modo semejante al Creador.
Pero en este caso obró como adversario de la ley; y por eso, como la ley prohíbe el contacto con una mujer que padece flujo de sangre, [] quiso no solo que aquella mujer lo tocara, sino también curarla.
¡He aquí, pues, a un Dios que no es misericordioso por naturaleza, sino hostil!
Sin embargo, si hallamos que el mérito de la fe de aquella mujer fue tal que le dijo:
Tu fe te ha salvado, [] ¿quién eres tú para descubrir hostilidad a la ley en aquel acto que el Señor mismo nos muestra que fue realizado como recompensa de la fe?
¿Acaso sostendrás que la fe de aquella mujer consistió en el desprecio que había adquirido por la ley?
¿Quién puede suponer que una mujer que hasta entonces no conocía a Dios alguno, aún no iniciada en ley nueva alguna, infringiera violentamente aquella ley que hasta ese momento la obligaba?
¿Con qué fe, en efecto, se arriesgó tamaña infracción?
¿Creyendo en qué Dios?
¿Despreciando a quién?
¿Al Creador?
Su toque, al menos, fue un acto de fe.
Y si de fe en el Creador, ¿cómo pudo haber violado su ley, si no conocía a otro Dios?
Cualquiera que fuera la medida de su infracción de la ley, procedía de su fe en el Creador y era proporcionada a ella.
Pero ¿cómo pueden ser compatibles estas dos cosas: que violara la ley y la violara en la fe, la cual debía haberla contenido de tal violación?
Te diré en qué consistió su fe por encima de todo: le hizo creer que su Dios prefería la misericordia incluso al sacrificio; estaba segura de que su Dios obraba en Cristo; lo tocó, pues, no como a un hombre santo simplemente, ni como a un profeta, al que sabía capaz de contraer impureza por razón de su naturaleza humana, sino como al mismo Dios, a quien suponía más allá de toda posibilidad de mancha por impureza alguna.
Así, no sin razón, interpretó para sí la ley en el sentido de que las cosas susceptibles de contaminación se contaminan, pero no así Dios, a quien sabía con certeza que estaba en Cristo.
Pero recordaba también que lo que caía bajo la prohibición de la ley era aquel flujo de sangre ordinario y usual que procede de las funciones naturales cada mes y en el parto, no el que era resultado de una salud desordenada.
Su caso, sin embargo, era de larga y abundante enfermedad, para el cual sabía que se necesitaba el socorro de la misericordia de Dios, y no el alivio natural del tiempo.
Y así puede considerarse evidentemente que discernió la ley, en lugar de quebrantarla.
Esta será la fe que había de conferir también inteligencia.
«Si no creéis,» dice (el profeta), «no entenderéis.» [] Cuando Cristo aprobó la fe de esta mujer, que simplemente descansaba en el Creador, declaró con su respuesta [] que él mismo era el objeto divino de la fe que aprobaba.
Ni puedo pasar por alto el hecho de que su vestidura, al ser tocada, demostraba también la verdad de su cuerpo; pues, por supuesto, era un cuerpo, y no un fantasma, lo que la vestidura cubría.
Esto en verdad no es ahora nuestro punto; pero la observación guarda una relación natural con la cuestión que estamos discutiendo.
Porque si no fuera un cuerpo verdadero, sino solo fantástico, ciertamente no podría haber recibido contaminación, por ser cosa insustancial.
Por tanto, quien, por razón de esa vacuidad de su sustancia, era incapaz de contaminación, ¿cómo pudo posiblemente haber deseado aquel toque?
Como adversario de la ley, su conducta era engañosa, pues no era susceptible de una verdadera impureza.
La conexión de Cristo con el Creador, mostrada por varios incidentes del Antiguo Testamento, comparados con la narración de San Lucas sobre la misión de los discípulos. La alimentación de la multitud. La confesión de San Pedro. El avergonzarse de Cristo. Esta vergüenza solo es posible con el Cristo verdadero. Absurdas pretensiones marcionitas.
IV, 21
Envía a sus discípulos a predicar el reino de Dios. [] ¿Dice aquí de qué Dios?
Les prohíbe llevar cosa alguna para el camino, ni comida ni vestido.
¿Quién habría dado semejante mandamiento, sino el que alimenta a los cuervos y viste las flores del campo?
¿Quién antiguamente ordenó para el buey que trilla una boca sin bozal, para que pudiera recoger libremente su forraje de su trabajo, según el principio de que el obrero es digno de su salario? [] Puede Marción expurgar tales preceptos, pero no importa, con tal de que sobreviva su sentido.
Pero cuando les encarga sacudir el polvo de sus pies contra quienes se nieguen a recibirlos, también manda que esto se haga como testimonio.
Ahora bien, nadie da testimonio sino en una causa que se decide por proceso judicial; y quien ordena que una conducta inhumana sea sometida al juicio por testimonio, amenaza realmente como juez.
Además, que no fue ningún dios nuevo el recomendado por Cristo quedó claramente atestiguado por la opinión de todos, porque unos sostenían ante Herodes que Jesús era el Cristo; otros, que era Juan; algunos, que era Elías; y otros, que era uno de los antiguos profetas. [] Ahora bien, cualquiera de todos estos que hubiera sido, ciertamente no fue levantado con el propósito de anunciar a otro dios después de su resurrección.
Alimenta a la multitud en el lugar desierto; [] esto, has de saberlo, fue a la manera del Antiguo Testamento.
De lo contrario, si no hubo la misma grandeza, se sigue que ahora es inferior al Creador.
Porque Él, no por un día, sino durante cuarenta años, no con el alimento inferior del pan y del pez, sino con el maná del cielo, sostuvo las vidas no de cinco mil, sino de seiscientas mil personas.
Sin embargo, fue tan grande su milagro, que quiso que la escasa provisión de alimento no solo bastara, sino que incluso resultara sobreabundante; y en esto siguió el precedente antiguo.
Pues del mismo modo, durante el hambre en tiempos de Elías, la escasa y última comida de la viuda de Sarepta fue multiplicada por la bendición del profeta a lo largo del período de la hambruna.
Tienes el libro tercero de los Reyes. [] Si pasas también al libro cuarto, descubrirás que toda esta conducta de Cristo fue seguida por aquel hombre de Dios que ordenó que diez panes de cebada que le habían dado se repartieran entre el pueblo; y cuando su criado, tras comparar el gran número de personas con la escasa provisión de comida, respondió:
«¿Qué?
¿Pondré esto delante de cien hombres?», dijo de nuevo:
«Dales, y comerán; porque así dice el Señor:
Comerán, y dejarán de ello, conforme a la palabra del Señor.» [] ¡Oh Cristo, aun en tus novedades eres antiguo!
Por consiguiente, cuando Pedro, que había sido testigo ocular del milagro, lo había comparado con los precedentes antiguos y había descubierto en ellos indicios proféticos de lo que un día había de suceder, respondió (como portavoz de todos) a la pregunta del Señor:
«¿Quién decís que soy yo?» [] con las palabras:
«Tú eres el Cristo», no pudo menos de percibir que Él era aquel Cristo, junto al cual no conocía a ningún otro en las Escrituras, y a quien ahora contemplaba en sus obras maravillosas.
Esta conclusión la confirma Él mismo al tolerarla hasta ese punto, e incluso al ordenar silencio respecto de ella. [] Porque si Pedro no podía reconocerlo como otro que el Cristo del Creador, mientras Él les mandaba «no decir a nadie aquel dicho», sin duda no quería que se divulgase la conclusión que Pedro había sacado.
Sin duda, dices; pero como la conclusión de Pedro era errónea, por eso no quería que se difundiera una mentira.
Sin embargo, fue otra la razón que dio para el silencio, a saber, porque «el Hijo del hombre debe padecer mucho, y ser rechazado por los ancianos, los escribas y los sacerdotes, y ser muerto, y resucitar al tercer día.» [] Ahora bien, puesto que estos padecimientos estaban realmente predichos para el Cristo del Creador (como mostraremos plenamente en el lugar oportuno), al aplicarlos a su propio caso demuestra que es Él mismo de quien fueron predichos.
En todo caso, aun cuando no hubieran sido predichos, la razón que alegó para imponer silencio (a los discípulos) era tal que dejaba bastante claro que Pedro no se había equivocado, siendo esa razón la necesidad de que Él pasara por estos padecimientos.
«Cualquiera,» dice, «que quiera salvar su vida, la perderá; y cualquiera que pierda su vida por causa de mí, ése la salvará.» [] Sin duda es el Hijo del hombre quien pronunció esta sentencia.
Mira, pues, con atención, junto con el rey de Babilonia, en su horno de fuego ardiente, y allí descubrirás a uno «semejante al Hijo del hombre»
(porque todavía no era realmente Hijo del hombre, por no haber nacido aún de hombre), y que ya desde entonces fijaba desenlaces como éstos.
Salvó las vidas de los tres hermanos, [] que habían consentido en perderlas por causa de Dios; pero destruyó las de los caldeos, cuando prefirieron salvarlas por medio de su idolatría.
¿Dónde está esa novedad que pretendes en una doctrina que posee estas pruebas antiguas?
Pero todas las predicciones se han cumplido acerca de los martirios que habían de ocurrir, y que habían de recibir de Dios las recompensas de su galardón.
«Mirad,» dice Isaías, «cómo perece el justo, y nadie lo toma a pecho; y los hombres justos son arrebatados, y nadie lo considera.» [] ¿Cuándo sucede esto con más frecuencia que en la persecución de sus santos?
Esto, en verdad, no es asunto ordinario, no es una casualidad común de la ley de la naturaleza; sino aquella ilustre devoción, aquel pelear por la fe, en el cual cualquiera que pierde su vida por Dios la salva, de modo que aquí puedes reconocer de nuevo al Juez que recompensa la mala ganancia de la vida con su destrucción, y la buena pérdida de ella con su salvación.
Es, sin embargo, un Dios celoso el que aquí me presenta; uno que devuelve mal por mal.
«Porque cualquiera,» dice, «que se avergüence de mí, de él me avergonzaré yo también.» [] Ahora bien, a ninguno más que a mi Cristo puede asignarse la ocasión de una vergüenza como ésta.
Toda su carrera estuvo tan expuesta a la vergüenza que abrió camino incluso a las burlas de los herejes, que declamaban con toda la amargura de que eran capaces contra la ignominia total de su nacimiento y crianza, y contra la indignidad de su misma carne.
Pero ¿cómo puede estar sujeto a una vergüenza, que le es imposible experimentar, ese Cristo tuyo?
Pues él nunca fue condensado en carne humana en el vientre de una mujer, aunque virgen; nunca creció de simiente humana, aunque solo según la ley de la sustancia corpórea, de los fluidos de una mujer; nunca fue tenido por carne antes de ser formado en el vientre; nunca fue llamado feto después de tal formación; nunca fue sacado de diez meses de retorcimientos en el vientre; nunca fue arrojado al suelo, en medio de los dolores súbitos del parto, con el flujo impuro que corre en tal momento por las vías excretoras del cuerpo, para inaugurar inmediatamente la luz de la vida con lágrimas, y con aquella herida primordial que separa al niño de quien lo lleva; nunca recibió la ablución copiosa, ni la medicación de sal y miel; ni estrenó un sudario con pañales; ni después se revolcó jamás en su propia inmundicia, en el regazo de su madre; mordisqueando su pecho; mucho tiempo niño de pecho; gradualmente muchacho; paso a paso hombre.
Pero fue revelado desde el cielo, ya crecido de una vez, de una vez completo; inmediatamente Cristo; simplemente espíritu, poder y dios.
Pero, con todo, no era verdadero, porque no era visible; por tanto, no podía ser objeto de vergüenza por la maldición de la cruz, cuyo verdadero padecimiento evitó, porque carecía de sustancia corporal.
Nunca, por tanto, habría podido decir:
«Cualquiera que se avergüence de mí.»
Pero en cuanto a nuestro Cristo, no pudo hacer otra cosa que pronunciar semejante declaración;
«hecho» por el Padre «un poco menor que los ángeles,»
«gusano y no hombre, oprobio de los hombres y despreciado del pueblo;» viendo que era su voluntad que «por sus llagas fuéramos sanados,» [] para que por su humillación fuera establecida nuestra salvación.
Y justamente se humilló por el hombre, su propia criatura, por la imagen y semejanza de sí mismo, y no de otro, a fin de que el hombre, ya que no se había avergonzado al inclinarse ante una piedra o un tronco, pudiera con semejante valor dar satisfacción a Dios por la desvergüenza de su idolatría, mostrando un grado igual de desvergüenza en su fe, al no avergonzarse de Cristo.
Ahora bien, Marción, ¿cuál de estas conductas se adecua mejor a tu Cristo, en lo que respecta a una vergüenza meritoria?
Llanamente, tú mismo deberías sonrojarte de vergüenza por haberle dado una existencia ficticia.