Dios no es un ser de bondad simple; le pertenecen otros atributos. Marción muestra la inconsistencia en el retrato de su dios simplemente bueno e impasible.
I, 25
En cuanto a esta cuestión de la bondad, en estos esbozos de nuestro argumento hemos mostrado que de ningún modo es compatible con la Deidad, —pues no es ni natural, ni racional, ni perfecta, sino errónea, e injusta, e indigna del nombre mismo de bondad—, porque, en lo que atañe a la congruencia del carácter divino, no puede en verdad convenir que se considere Dios a aquel Ser de quien se alega que tiene tal bondad, y ello no de manera modificada, sino simple y únicamente. Pues, además, en este punto queda muy abierto a discusión si Dios debe ser considerado un Ser de bondad simple, con exclusión de todos aquellos otros atributos, sensaciones y afectos que los marcionitas transfieren ciertamente de su dios al Creador, y que nosotros reconocemos como características dignas también del Creador, pero solo porque lo consideramos Dios. Pues bien, sobre esta base le negaremos que sea Dios aquel en quien no se hallan todas las cosas que convienen al Ser divino. Si (Marción) escogió tomar a cualquiera de la escuela de Epicuro y darle el título de Dios en nombre de Cristo, sobre la base de que lo feliz e incorruptible no puede causar molestia ni a sí mismo ni a otra cosa (pues Marción, mientras rumiaba esta opinión de la indiferencia divina, le ha quitado toda la severidad y energía del carácter judicial), su deber era haber desarrollado sus concepciones en un dios imperturbable e indolente (y entonces ¿qué podría él haber tenido en común con Cristo, quien causó molestia tanto a los judíos por lo que enseñó como a sí mismo por lo que sintió?), o bien haber admitido que estaba poseído de las mismas emociones que los demás (y en tal caso ¿qué habría tenido que ver con Epicuro, que no era amigo ni de él ni de los cristianos?). Pues que un ser que en edades pasadas estaba en un estado de quietud, sin cuidarse de comunicar conocimiento alguno de sí mismo mediante obra alguna en todo ese tiempo, viniera después de tanto tiempo a interesarse por la salvación del hombre, por supuesto por su propia voluntad, ¿no se volvió por este mismo hecho susceptible del impulso de una nueva volición, de modo palpablemente abierto a todas las demás emociones? Pero ¿qué volición no va acompañada del aguijón del deseo? ¿Quién desea lo que no anhela? Además, el cuidado será otro compañero de la voluntad. Pues ¿quién querrá un objeto y deseará tenerlo sin también cuidarse de obtenerlo? Cuando, por tanto, (el dios de Marción) sintió a la vez voluntad y deseo de la salvación del hombre, ciertamente ocasionó cierta preocupación y molestia tanto a sí mismo como a otros. Esto lo sugiere la teoría de Marción, aunque Epicuro lo objete. Pues él suscitó un adversario contra sí mismo en aquello mismo contra lo cual se dirigían su voluntad, su deseo y su cuidado —fuera el pecado o la muerte—, y más especialmente en su Tirano y Señor, el Creador del hombre. Además, nada correrá jamás su curso sin rivalidad hostil que no esté (ella misma) sin aspecto hostil. De hecho, al querer, desear y cuidarse de librar al hombre, (el dios de Marción) ya en el acto mismo se encuentra con un rival, tanto en Aquel de quien efectúa la liberación (pues, por supuesto, quiere que la liberación sea una oposición a Él), como también en aquellas cosas de las cuales se efectúa la liberación (estando la liberación pretendida en ventaja de algunas otras cosas). Pues es necesario que, sobre la rivalidad, sus propias pasiones auxiliares estén en asistencia, contra cualesquiera objetos a que se dirija su emulación: ira, discordia, odio, desdén, indignación, enojo, aversión, desagrado. Ahora bien, puesto que todas estas emociones están presentes en la rivalidad; puesto que, además, la rivalidad que surge al liberar al hombre las excita; y puesto que, de nuevo, esta liberación del hombre es una operación de bondad, se sigue que esta bondad nada vale sin sus dotaciones, es decir, sin aquellas sensaciones y afectos mediante los cuales lleva a cabo su propósito contra el Creador; de modo que ni siquiera en esto puede ser considerada irracional, como si careciera de sensaciones y afectos propios. Sobre estos puntos habremos de insistir mucho más plenamente cuando vengamos a defender la causa del Creador, donde ellos incurrirán también en nuestra condena.
En el atributo de la justicia, el dios de Marción es irremediablemente débil e indigno de Dios. Le desagrada el mal, pero no castiga su perpetración.
I, 26
Mas aquí basta que la extrema perversidad de su dios quede probada por la mera exposición de su bondad solitaria, en la que se niegan a atribuirle tales emociones del ánimo que censuran en el Creador. Ahora bien, si no es susceptible de sentimiento alguno de rivalidad, ni de ira, ni de daño, ni de injuria, como quien se abstiene de ejercer el poder judicial, no sé cómo puede haber en él sistema alguno de disciplina —y, además, plenario— que sea consistente. Pues ¿cómo es posible que dicte mandatos, si no piensa ejecutarlos; o prohíba pecados, si no pretende castigarlos, sino más bien declinar las funciones del juez, por ser extraño a toda noción de severidad y castigo judicial? Pues ¿por qué prohíbe la comisión de aquello que no castiga cuando se perpetra? Mucho más correcto habría sido que no hubiera prohibido lo que no pensaba castigar, que castigar lo que no había prohibido. Antes bien, su deber era incluso haber permitido aquello que estaba a punto de prohibir de manera tan irrazonable, sin anexar pena alguna a la ofensa. Pues aun ahora se permite tácitamente lo que se prohíbe sin infligir venganza alguna. Además, solo prohíbe la comisión de aquello que no le agrada que se haga. Sumamente indolente es, por tanto, pues no se ofende por la realización de lo que le desagrada que se haga, aunque el disgusto debería ser el compañero de su voluntad violada. Ahora bien, si se ofende, debe airarse; si se aíra, debe infligir castigo. Pues tal castigo es el fruto justo de la ira, y la ira es la deuda del disgusto, y el disgusto (como he dicho) es el compañero de una voluntad violada. Sin embargo, no inflige castigo alguno; por tanto, no se ofende.
No se ofende; por tanto, su voluntad no es agraviada, aunque se haga aquello que no quería que se hiciera; y la transgresión se comete ahora con la aquiescencia de su voluntad, porque todo lo que no ofende a la voluntad no se comete contra la voluntad. Ahora bien, si este ha de ser el principio de la virtud o bondad divina —no querer ciertamente que una cosa se haga y prohibirla, y sin embargo no conmoverse por su comisión—, entonces alegamos que ya se ha conmovido cuando declaró su desagrado; y que es vano que no se conmueva por la realización de una cosa después de haberse conmovido ante su posibilidad, cuando quiso que no se hiciera. Pues la prohibió al no quererla. ¿No realizó, por tanto, un acto judicial, cuando declaró su desagrado y la consiguiente prohibición? Pues juzgó que no debía hacerse, y deliberadamente declaró que debía ser prohibida. Por consiguiente, ya en este punto desempeña incluso la parte de un juez. Si no conviene a Dios desempeñar una función judicial, o al menos solo conviene en la medida en que pueda meramente declarar su desagrado y pronunciar su prohibición, entonces tampoco podrá castigar una ofensa cuando se cometa. Ahora bien, nada es tan indigno del Ser divino como no ejecutar retribución sobre lo que ha desagradado y prohibido. Primero, debe la imposición del castigo a cualquier sentencia o ley que promulgue, para la vindicación de su autoridad y el mantenimiento de la sumisión a ella; segundo, porque la oposición hostil es inevitable ante lo que le ha desagradado que se haga, y que con ese desagrado prohibió. Es más, sería un proceder más indigno en Dios perdonar al malhechor que castigarlo, especialmente en el Dios sumamente bueno y santo, que no es plenamente bueno de otro modo que como enemigo del mal, y ello hasta tal punto que muestra su amor al bien mediante el odio al mal, y cumple la defensa de aquel mediante la extirpación de este.
Efectos peligrosos para la religión y la moralidad de la doctrina de un dios tan débil.
I, 27
Además, juzga claramente el mal al no quererlo, y lo condena al prohibirlo; mientras que, por otro lado, lo absuelve al no vengarlo, y lo deja libre al no castigarlo. ¡Qué prevaricador de la verdad es semejante dios! ¡Qué disimulador de su propia decisión! ¡Temeroso de condenar lo que realmente condena, temeroso de odiar lo que no ama, permitiendo que se haga lo que no permite, eligiendo indicar lo que le desagrada antes que examinarlo a fondo! Esto resultará una bondad imaginaria, un fantasma de disciplina, superficial en el deber, descuidado en el pecado. ¡Escuchad, pecadores; y vosotros que aún no habéis llegado a esto, oíd, para que lleguéis a tal extremo! Se ha descubierto un dios mejor, que nunca se ofende, nunca se aíra, nunca inflige castigo, que no ha preparado fuego alguno en el infierno, ni crujir de dientes en las tinieblas exteriores. Es pura y simplemente bueno. En verdad prohíbe toda delincuencia, pero solo de palabra. Está en vosotros, si estáis dispuestos a rendirle homenaje, por las apariencias, para que parezca que honráis a Dios; pues vuestro temor no lo quiere. Y tan satisfechos están los marcionitas con tales pretextos, que no temen a su dios en absoluto. Dicen que solo el hombre malo será temido, y que el hombre bueno será amado. Insensato, ¿dices que aquel a quien llamas Señor no debe ser temido, cuando el título mismo que le das indica un poder que debe ser él mismo temido? Pero ¿cómo vas a amar, sin algún temor de que no amas? Ciertamente (semejante dios) no es ni tu Padre, hacia quien tu amor por deber debería ser compatible con el temor a causa de su poder; ni tu Señor propio, a quien deberías amar por su humanidad y temer como maestro tuyo. Los secuestradores ciertamente son amados de esta manera, pero no son temidos. Pues el poder no será temido, a no ser que sea justo y regular, aunque posiblemente pueda ser amado aun cuando esté corrompido: porque se sostiene por el atractivo, no por la autoridad; por la adulación, no por la influencia legítima. ¿Y qué puede ser adulación más directa que no castigar los pecados? Vamos, pues, si no temes a Dios por ser bueno, ¿por qué no estallas en toda clase de lujuria, y así realizas lo que es, creo, el principal goce de la vida para todos los que no temen a Dios? ¿Por qué no frecuentas los placeres acostumbrados del circo enloquecedor, de la arena sedienta de sangre y del teatro lascivo? ¿Por qué también en las persecuciones, cuando se te presenta el incensario, no redimes al punto tu vida negando tu fe? ¡Dios no lo permita!, dices con énfasis redoblado. De modo que temes el pecado, y con tu temor pruebas que es objeto de temor Aquel que prohíbe el pecado. Esto es asunto muy distinto de ese homenaje servil que rindes al dios que no temes, que es idéntico en perversidad ciertamente a su propia conducta, al prohibir una cosa sin anexar la sanción del castigo. Aun más vanamente actúan quienes, cuando se les pregunta: ¿Qué será de cada pecador en aquel gran día? responden que será arrojado fuera de la vista. ¿No es acaso esto una cuestión de determinación judicial? Se le juzga merecedor del rechazo, y ello por sentencia de condenación; a menos que el pecador sea arrojado en verdad para su salvación, ¡de modo que incluso una indulgencia como esta pueda caer consistentemente con el carácter de vuestro dios sumamente bueno y excelente! ¿Y qué será ser arrojado, sino perder aquello que un hombre estaba en vías de obtener, de no ser por su rechazo —es decir, su salvación? Por tanto, su arrojamiento implicará la pérdida de la salvación; y esta sentencia no puede ser pasada sobre él, sino por una autoridad airada y ofendida, que es también castigadora del pecado— es decir, por un juez.
Esta doctrina perversa priva al bautismo de toda su gracia. Si Marción tuviera razón, el sacramento no conferiría remisión de pecados, ni regeneración, ni don del Espíritu.
I, 28
¿Y qué le sucederá después de ser arrojado? Será, dicen, lanzado al fuego del Creador. Entonces, ¿no se ha hecho (por parte de su dios) provisión remedial alguna con el propósito de desterrar a los que pecan contra él, sin recurrir a la medida cruel de entregarlos al Creador? Y ¿qué hará entonces el Creador? Supongo que les preparará un infierno doblemente cargado de azufre, como para blasfemos contra Él mismo; salvo que su dios, en su celo, como quizá podría suceder, mostrara clemencia a los súbditos rebeldes de su rival. ¡Oh, qué dios es este! ¡Perverso en todo; en ninguna parte racional; en todos los casos vano; y, por tanto, una nadería! — ¡en cuyo estado, condición, naturaleza y toda disposición no veo coherencia ni consistencia alguna; no, ni siquiera en el sacramento mismo de su fe! Pues ¿para qué fin sirve el bautismo, según él? Si para la remisión de los pecados, ¿cómo hará evidente que remite pecados, cuando no ofrece evidencia alguna de que los retiene? Porque los retendría, si desempeñara las funciones de juez. Si para la liberación de la muerte, ¿cómo podría librar de la muerte quien no ha entregado a la muerte? Pues debe haber entregado al pecador a la muerte, si desde el principio condenó el pecado. Si para la regeneración del hombre, ¿cómo puede regenerar quien nunca ha generado? Pues la repetición de un acto le es imposible a aquel por quien nada, en tiempo alguno, ha sido hecho jamás. Si para la concesión del Espíritu Santo, ¿cómo otorgará el Espíritu quien al principio no impartió la vida? Pues la vida es, en cierto sentido, el suplemento del Espíritu. Por tanto, sella al hombre quien nunca había sido desellado con respecto a él; lava al hombre, quien nunca había sido manchado en lo que a él concierne; ¡y en este sacramento de salvación sumerge por entero aquella carne que está más allá de los límites de la salvación! Ningún labrador regará tierra que no le haya de dar fruto a cambio, a no ser que sea tan estúpido como el dios de Marción. ¿Por qué, entonces, imponer santidad a nuestra carne más enferma y más indigna, ya sea como carga o como gloria? ¿Qué diré también de la inutilidad de una disciplina que santifica lo que ya está santificado? ¿Por qué cargar a lo enfermo, o glorificar a lo indigno? ¿Por qué no remunerar con salvación lo que carga o glorifica? ¿Por qué retener de una obra su recompensa debida, al no recompensar a la carne con la salvación? ¿Por qué incluso permitir que el honor de la santidad muera en ella?
Marción prohíbe el matrimonio. Tertuliano lo defiende elocuentemente como santo, y distingue cuidadosamente entre la doctrina de Marción y su propio montanismo.
I, 29
La carne no es, según Marción, sumergida en el agua del sacramento, a no ser que esté en virginidad, viudez o celibato, o haya comprado por divorcio un título para el bautismo, ¡como si incluso los impotentes generativos no recibieran todos su carne de la unión nupcial! Ahora bien, semejante plan debe sin duda implicar la proscripción del matrimonio. Veamos, pues, si es justo: no como si pretendiéramos destruir la dicha de la santidad, como hacen ciertos nicolaítas en su defensa de la lujuria y el lujo, sino como quienes han llegado al conocimiento de la santidad, la persiguen y la prefieren, sin detrimento, empero, del matrimonio; no como si sustituyéramos una cosa mala por una buena, sino solo una cosa buena por otra mejor. Porque no rechazamos el matrimonio, sino que simplemente nos abstenemos de él. Ni prescribimos la santidad como regla, sino que solo la recomendamos, observándola como un bien, sí, incluso el estado mejor, si cada hombre la usa cuidadosamente según su capacidad; pero al mismo tiempo vindicamos enérgicamente el matrimonio, siempre que se lanzan ataques hostiles contra él como cosa contaminada, en menosprecio del Creador. Pues Él otorgó su bendición también al matrimonio, como a un estado honorable, para el aumento de la raza humana; como lo hizo ciertamente sobre toda su creación, para usos sanos y buenos. Las carnes y las bebidas no han de ser condenadas por esto, porque, cuando se sirven con demasiado exquisito refinamiento, conducen a la glotonería; ni la vestidura ha de ser censurada, porque, cuando se adorna con demasiado costo, se hincha de vanidad y orgullo. Así, sobre el mismo principio, el estado del matrimonio no ha de ser rechazado, porque, cuando se disfruta sin moderación, se aviva en llama voluptuosa. Hay una gran diferencia entre una causa y una falta, entre un estado y su exceso. Por consiguiente, no es una institución de esta naturaleza la que ha de ser censurada, sino su uso extravagante; según el juicio de su fundador mismo, quien no solo dijo, «Sed fecundos y multiplicaos,» [] sino también, «No cometerás adulterio,» y, «No codiciarás la mujer de tu prójimo;» y quien amenazó con muerte a la abominación impúdica, sacrílega y monstruosa tanto del adulterio como del pecado antinatural con hombre y bestia. Ahora bien, si se impone alguna limitación al casamiento —como la regla espiritual, que prescribe un solo matrimonio bajo la obediencia cristiana, mantenida por la autoridad del Paráclito—, será su prerrogativa fijar el límite Aquel que una vez fue difuso en su permisión; suyo recoger, Quien una vez dispersó; suyo cortar el árbol, Quien lo plantó; suyo cosechar la mies, Quien sembró la semilla; suyo declarar, «Resta que los que tienen esposa sean como si no la tuvieran,» [] Quien una vez dijo, «Sed fecundos y multiplicaos;» suyo el fin, a Quien perteneció el principio. Sin embargo, el árbol no se corta como si mereciera censura; ni el grano se siega, como si hubiera de ser condenado— sino simplemente porque ha llegado su tiempo. Así también el estado del matrimonio no requiere la hoz y la guadaña de la santidad, como si fuera malo; sino como estando maduro para su despido, y en disposición para aquella santidad que a la larga le traerá copiosa cosecha por su siega. Pues esto me lleva a observar del dios de Marción que, al reprochar el matrimonio como cosa mala e impúdica, perjudica realmente la causa de esa misma santidad que parece servir. Porque destruye el material sobre el que subsiste; si no ha de haber matrimonio, no hay santidad. Toda prueba de abstinencia se pierde cuando el exceso es imposible; pues varias cosas tienen así su evidencia en sus contrarios. Así como «la fuerza se perfecciona en la debilidad,» [] así también la continencia se hace manifiesta por el permiso de casarse. ¿Quién, en verdad, será llamado continente, si se le quita aquello que le da la oportunidad de seguir una vida de continencia? ¿Qué lugar para la templanza en el apetito da el hambre? ¿Qué repudiación de proyectos ambiciosos ofrece la pobreza? ¿Qué freno de la lujuria puede merecer el eunuco? Sin embargo, poner un alto completo a la siembra de la raza humana puede, por cuanto yo sé, ser bastante consistente para el dios sumamente bueno y excelente de Marción. Pues ¿cómo podría desear la salvación del hombre, a quien prohíbe nacer, cuando quita aquella institución de la que surge su nacimiento? ¿Cómo hallará a alguien sobre quien poner la marca de su bondad, cuando no le permite venir a la existencia? ¿Cómo es posible amar a aquel cuyo origen odia? Quizás teme una población redundante, no sea que se canse de liberar a tantos; no sea que haya de hacer muchos herejes; no sea que los padres marcionitas produzcan demasiados nobles discípulos de Marción. La crueldad de Faraón, que mataba a sus víctimas al nacer, no resultará más inhumana en comparación. Porque mientras aquel destruía vidas, el dios de nuestro hereje se niega a darlas: uno quita de la vida, el otro no admite a nadie en ella. No hay diferencia en ninguno de los dos en cuanto a su homicidio— el hombre es muerto por ambos; por el primero justo después de nacer, por el segundo aún no nacido. ¡Gracias deberíamos darte, dios de nuestro hereje, si tan solo hubieras frenado la dispensación del Creador al unir macho y hembra; pues de tal unión ciertamente ha nacido tu Marción! Basta, sin embargo, del dios de Marción, de quien se muestra que no tiene absolutamente existencia alguna, tanto por nuestras definiciones de la única Divinidad, como por la condición de sus atributos. Todo el curso, empero, de esta pequeña obra apunta directamente a esta conclusión. Si, por tanto, a alguien le parece que hemos logrado poco resultado hasta ahora, que reserve sus expectativas, hasta que examinemos la Escritura misma que Marción cita.
Comentario editorial · Marción, el matrimonio y la nueva profecía
El sumario del capítulo dice que Tertuliano defiende el matrimonio y «discrimina cuidadosamente» entre la doctrina de Marción y su propio montanismo. Según Wikipedia, Marción prohibía a su comunidad el matrimonio y las relaciones sexuales: solo se bautizaba a quienes prometían el celibato o renunciaban a ellas, para frenar la propagación del mundo creado. Evans ve aquí una de las huellas de la nueva profecía en la tercera edición: Tertuliano da por buena la prohibición montanista de segundas nupcias, que no es la de Marción.
Donde Tertuliano muestra que el creador, o demiurgo, a quien Marción calumnió, es el Dios verdadero y bueno.
Los métodos del argumento de Marción son incorrectos y absurdos. El curso propio del argumento.
II, 1
La ocasión de reproducir esta pequeña obra, cuyas vicisitudes señalamos en el prefacio de nuestro primer libro, nos ha brindado la oportunidad de distinguir, en nuestro tratamiento del tema de los dos Dioses en oposición a Marción, a cada uno de ellos con una descripción y una sección propias, según la división de la materia, definiendo que uno de los dioses no tiene existencia alguna, y sosteniendo que el Otro es con razón Dios; con lo cual seguimos el paso al hereje del Ponto, que ha tenido a bien admitir a uno y excluir al otro. Porque no podía construir su esquema mendaz sin derribar el sistema de la verdad. Halló necesario demoler alguna otra cosa para edificar la teoría que deseaba. Este proceso, sin embargo, es como construir una casa sin preparar los materiales adecuados. La discusión debería haberse dirigido únicamente a este punto: que no es dios aquel que suplanta al Creador. Entonces, una vez excluido el falso dios por ciertas reglas que fijan prescriptivamente cuál es el carácter de la única Divinidad perfecta, ya no habría quedado cuestión alguna acerca del Dios verdadero. La prueba de su existencia habría sido clara, y ello, además, en medio del fracaso de toda evidencia en favor de cualquier otro dios; y aún más claro habría parecido el punto relativo al honor con que debe ser tenido sin controversia: que debe ser adorado antes que juzgado; servido con reverencia antes que manejado críticamente, o aun temido por su severidad. Pues ¿qué cosa necesitaba más plenamente el hombre que una estimación cuidadosa del Dios verdadero, con quien, por así decirlo, se había topado, porque no había otro dios?
La verdadera doctrina de Dios el Creador. Los herejes pretendían un conocimiento del Ser Divino contrario y subversivo de la revelación. La naturaleza y los caminos de Dios, inaccesibles al descubrimiento humano. La herejía de Adán.
II, 2
Hemos, pues, despejado ya nuestro camino hacia la contemplación del Dios Todopoderoso, Señor y Hacedor del universo. Su grandeza, según pienso, se muestra en esto: que desde el principio se dio a conocer; nunca se ocultó, sino que brilló siempre con claridad, aun antes del tiempo de Rómulo, por no decir nada del de Tiberio; con la excepción, ciertamente, de que los herejes, y solo ellos, no le conocen, aunque se toman tantas fatigas por Él. Por esta razón suponen que debe suponerse la existencia de otro dios, porque son más capaces de censurar que de negar a Aquel cuya existencia es tan evidente, derivando todos sus pensamientos acerca de Dios de las deducciones de los sentidos; como si algún ciego, o un hombre de vista imperfecta, decidiera suponer otro sol de rayos más suaves y saludables, porque no ve aquello que es objeto de la vista. No hay, oh hombre, sino un solo sol que gobierna este mundo; y aun cuando pienses de otro modo acerca de él, él es óptimo y útil; y aunque a ti pueda parecerte demasiado ardiente y pernicioso, o bien, quizá, demasiado sórdido y corrompido, con todo es fiel a las leyes de su propia existencia. Incapaz como eres de penetrar con la vista esas leyes, igualmente impotente serías para soportar los rayos de cualquier otro sol, si lo hubiera, por grande y bueno que fuera. Ahora bien, tú, cuya vista es defectuosa respecto del dios inferior, ¿cuál es tu visión del Uno más sublime? En verdad eres demasiado indulgente con tu debilidad; y no te aplicas a la prueba de las cosas, teniendo a Dios por conocido con certeza, indubitablemente y por tanto suficientemente, en el mismo momento en que has descubierto que existe, aunque no le conozcas sino por el lado en que Él ha querido que estén sus pruebas. Pero tú ni siquiera niegas a Dios inteligentemente; tratas de Él ignorantemente; más aún, le acusas con una apariencia de inteligencia, a quien, si tan solo le conocieras, nunca acusarías, ni siquiera tratarías. Le das Su nombre, ciertamente, pero niegas la verdad esencial de ese nombre, esto es, la grandeza que se llama Dios; no reconociendo que sea tal que, si fuera posible que el hombre la conociera en todos los aspectos, no sería grandeza. Isaías, ya tan temprano, con la claridad de un apóstol, previendo los pensamientos de los corazones heréticos, preguntó: «¿Quién ha conocido la mente del Señor? ¿Pues quién ha sido su consejero? ¿Con quién tomó consejo?... ¿o quién le enseñó conocimiento, y le mostró el camino del entendimiento?» Con lo cual, coincidiendo el apóstol, exclama: «¡Oh profundidad de las riquezas, tanto de la sabiduría como del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, y sus caminos inescrutables!» [] «Sus juicios insondables,» por ser los de Dios el Juez; y «Sus caminos inescrutables,» por comprender un entendimiento y un conocimiento que ningún hombre jamás le ha mostrado, salvo acaso esos críticos del Ser Divino que dicen: Dios no debería haber sido esto, y más bien debería haber sido aquello; como si alguien supiera lo que hay en Dios, sino el Espíritu de Dios. [] Además, teniendo el espíritu del mundo, y «no conociendo a Dios en la sabiduría de Dios mediante la sabiduría,» [] se consideran a sí mismos más sabios que Dios; porque, así como la sabiduría del mundo es necedad para con Dios, así también la sabiduría de Dios es necedad en la estima del mundo. Nosotros, sin embargo, sabemos que «la necedad de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres.» [] Así, Dios es entonces especialmente grande, cuando es pequeño para el hombre; entonces especialmente bueno, cuando no es bueno en el juicio del hombre; entonces especialmente único, cuando al hombre le parece ser dos o más. Ahora bien, si desde el principio «el hombre natural, no recibiendo las cosas del Espíritu de Dios,» [] ha estimado la ley de Dios como necedad, y por consiguiente ha descuidado observarla; y como consecuencia ulterior, por no tener fe, «aun aquello que parecía tener le ha sido quitado» — como la gracia del paraíso y la amistad de Dios, mediante las cuales habría podido conocer todas las cosas de Dios, si hubiera continuado en su obediencia—, ¿qué maravilla es que él, reducido a su naturaleza material y desterrado a la fatiga de labrar la tierra, haya transmitido en su mismo trabajo, abatido e inclinado hacia la tierra como era, ese espíritu terrenal del mundo a toda su raza, enteramente natural y herética como es, y que no recibe las cosas que pertenecen a Dios? ¿O quién dudará en declarar que el gran pecado de Adán fue herejía, cuando lo cometió por la elección de su propia voluntad más bien que de la de Dios? Sólo que Adán nunca dijo a su higuera: ¿Por qué me has hecho así? Confesó que había sido extraviado; y no ocultó al seductor. Era un hereje muy rudo. Fue desobediente; pero no blasfemó contra su Creador, ni culpó a Aquel Autor de su ser, a quien desde el principio de su vida había hallado tan bueno y excelente, y a quien quizá había hecho su propio juez desde el primer momento.
Dios conocido por sus obras. Su bondad mostrada en su energía creadora; pero eterna en su naturaleza; inherente a Dios, anterior a toda manifestación de ella. La primera etapa de esta bondad, anterior al hombre.
II, 3
Será, pues, justo para nosotros, al entrar en el examen del Dios conocido, cuando se suscite la cuestión de en qué condición se nos da a conocer, comenzar por sus obras, que son anteriores al hombre; de modo que su bondad, al ser descubierta inmediatamente junto con Él mismo, y luego constituida y fijada prescriptivamente, pueda sugerirnos algún sentido por el cual entendamos cómo se produjo el orden subsiguiente de las cosas. Los discípulos de Marción, además, quizá puedan, al reconocer la bondad de nuestro Dios, aprender cuán digna es ella asimismo del Ser Divino, precisamente por los mismos motivos por los cuales hemos probado que es indigna en el caso de su dios. Ahora bien, este punto mismo, que es esencial en su esquema, Marción no lo halló en ningún otro dios, sino que lo eliminó para sí a partir de su propio dios. La primera bondad, pues, fue la del Creador, por la cual Dios no quiso permanecer oculto para siempre; en otras palabras, (no quiso) que no hubiera algo por lo cual Dios llegara a ser conocido. Pues, en verdad, ¿qué hay tan bueno como el conocimiento y la fruición de Dios? Ahora bien, aunque no se manifestó que esto fuera bueno, porque todavía no existía nada a lo cual pudiera manifestarse, Dios previó qué bien se manifestaría eventualmente, y por eso se puso a desarrollar su propia bondad perfecta, para la realización del bien que había de manifestarse; no, ciertamente, una bondad súbita que desembocara en alguna dádiva accidental o en algún impulso excitado, tal como habría de fecharse simplemente desde el momento en que comenzó a obrar. Pues si ella misma produjo su propio comienzo cuando comenzó a obrar, no tenía, de hecho, comienzo propio cuando actuó. Sin embargo, una vez que un acto inicial hubo sido realizado por ella, comenzó el plan de las estaciones temporales, para distinguir y señalar las cuales fueron dispuestas en su orden las estrellas y lumbreras del cielo. «Sean,» dice Dios, «para las estaciones, y para los días, y los años.» [] Anterior, pues, a este curso temporal, (la bondad) que creó el tiempo no tenía tiempo; ni antes de aquel comienzo que la misma bondad originó, tenía ella comienzo. Siendo, por tanto, sin todo orden de comienzo y sin todo modo de tiempo, se considerará que posee una edad, inconmensurable en extensión e infinita en duración; ni será posible considerarla como una emoción súbita, adventicia o impulsiva, porque no tiene nada que ocasione tal estimación de sí misma; en otras palabras, ningún tipo de secuencia temporal. Debe, por tanto, ser tenida por un atributo eterno, innato en Dios y sempiterno, y por esta causa digno del Ser Divino, que avergüenza para siempre la benevolencia del dios de Marción, el cual es posterior (no diré) a todos los comienzos y tiempos, sino a la propia malignidad del Creador, si es que la malignidad hubiera podido hallarse en la bondad.
La etapa siguiente tiene lugar en la creación del hombre por la Palabra eterna. Dones espirituales y también físicos al hombre. Las bendiciones del libre albedrío del hombre.
II, 4
La bondad de Dios, habiendo, pues, provisto al hombre para la búsqueda del conocimiento de Sí mismo, añadió esto a su notificación original: que primero preparó una habitación para él, la vasta fábrica (del mundo) para comenzar, y luego, después, la más vasta (de un mundo superior), para que él pudiera, en un escenario grande y también en uno más pequeño, ejercitarse y avanzar en su probación, y así ser promovido del bien que Dios le había dado, es decir, de su posición elevada, a lo mejor de Dios; esto es, a alguna morada superior. En esta buena obra, Dios emplea a un ministro excelentísimo, a saber, su propia Palabra. «Mi corazón,» dice Él, «ha emitido mi Palabra excelentísima.» Tome de aquí Marción su primera lección sobre el noble fruto de este árbol verdaderamente excelentísimo. Pero, como un payaso torpísimo, ha injertado una rama buena en un tronco malo. El retoño, sin embargo, de su blasfemia nunca será fuerte: se secará con su plantador, y así se manifestará la naturaleza del árbol bueno. Mira el resultado total: ¡cuán fructífera fue la Palabra! Dios emitió su fiat, y fue hecho: Dios vio también que era bueno; [Génesis i] no como si ignorara el bien hasta verlo; sino porque era bueno, por eso lo vio, lo honró y le puso su sello; y consumó la bondad de sus obras al dignarse otorgarles esa contemplación. Así bendijo Dios lo que hizo bueno, a fin de encomendarse a ti como entero y perfecto, bueno tanto de palabra como de obra. Aún no conocía la Palabra maldición alguna, porque era ajena a la maleficencia. Ya veremos qué razones requirieron esto también de Dios. Mientras tanto, el mundo consistía de todas las cosas buenas, prefigurando claramente cuánto bien se preparaba para aquel para quien todo esto era provisto. ¿Quién, en efecto, era tan digno de morar entre las obras de Dios, como aquel que era su propia imagen y semejanza? Esa imagen fue labrada por una bondad aún más operante que de costumbre, sin palabra imperiosa, sino con mano amiga precedida de una expresión casi afable: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza.» [] La bondad habló la palabra; la Bondad formó al hombre del polvo de la tierra en una sustancia tan grande de carne, edificada a partir de un solo material con tantas cualidades; la Bondad sopló en él un alma, no muerta sino viva. La Bondad le dio dominio sobre todas las cosas, que él había de disfrutar y gobernar, y aun nombrar. Además de esto, la Bondad anexó placeres al hombre de modo que, siendo dueño de todo el mundo, pudiera demorarse entre deleites más altos, siendo trasladado al paraíso, fuera del mundo, a la Iglesia. La misma Bondad proveyó también una ayuda idónea para él, para que no hubiera en su suerte nada que no fuera bueno. Pues dijo: no es bueno que el hombre esté solo. Sabía muy bien cuánta bendición sería para él el sexo de María, y también el de la Iglesia. La ley, sin embargo, que tú criticas y retuerces como objeto de contienda, fue impuesta al hombre por la Bondad, apuntando a su felicidad, para que se adhiriera a Dios, y así no se mostrara una criatura abyecta más bien que una libre, ni se redujera al nivel de los demás animales, sus súbditos, que estaban libres de Dios y exentos de toda sujeción tediosa; sino que pudiera, como único ser humano, gloriarse de que solo él era digno de recibir leyes de Dios; y como ser racional, capaz de inteligencia y conocimiento, ser contenido dentro de los límites de la libertad racional, sujeto a Aquel que había sujetado todas las cosas a él. Para asegurar la observancia de esta ley, la Bondad igualmente tomó consejo mediante esta sanción: «En el día que comas de él, ciertamente morirás.» [] Pues fue un acto suyo sumamente benigno señalar así las consecuencias de la transgresión, no fuera que la ignorancia del peligro alentara un descuido de la obediencia. Ahora bien, puesto que se dio como una razón previa a la imposición de la ley, equivalía también a un motivo para observarla después, que una pena estaba anexa a su transgresión; una pena, ciertamente, que quien la proponía no quería en modo alguno que se incurriera. Aprende, pues, la bondad de nuestro Dios en medio de estas cosas y hasta este punto; apréndela de sus excelentes obras, de sus bondadosas bendiciones, de sus indulgentes liberalidades, de sus providencias llenas de gracia, de sus leyes y advertencias, tan buenas y misericordiosas.
Se consideran las objeciones de Marción. Su objeción refutada, esto es, que la caída del hombre mostró una falla en Dios. La perfección del ser del hombre residía en su libertad, que Dios le otorgó a propósito. La caída es imputable a la propia elección del hombre.
II, 5
Ahora pues, perros vosotros, a quienes el apóstol pone fuera, [] y que ladráis contra el Dios de la verdad, vengamos a vuestras diversas cuestiones. ¡Estos son los huesos de la contienda, que estáis perpetuamente royendo! Si Dios es bueno, y conoce de antemano el futuro, y es capaz de apartar el mal, ¿por qué permitió que el hombre, la mismísima imagen y semejanza de Sí mismo y, por el origen de su alma, también sustancia suya, fuera engañado por el diablo, y cayera de la obediencia de la ley a la muerte? Pues si Él hubiera sido bueno, y por tanto no quisiera que tal catástrofe sucediera, y presciente, de modo que no ignorara lo que había de acontecer, y lo bastante poderoso para impedir que ocurriera, aquel resultado nunca se habría producido, el cual debería ser imposible bajo estas tres condiciones de la grandeza divina. Puesto que, sin embargo, ha ocurrido, la proposición contraria es con toda certeza verdadera: que debe considerarse que Dios no es ni bueno, ni presciente, ni poderoso. Pues así como ningún resultado semejante habría podido acontecer si Dios hubiera sido tal como se le reputa —bueno, y presciente, y poderoso—, así este resultado ha acontecido realmente, porque no es un Dios tal. En respuesta, debemos primero vindicar en el Creador aquellos atributos que se ponen en cuestión: a saber, su bondad, su presciencia y su poder. Pero no me detendré mucho en este punto, pues la propia definición de Cristo [] acude en nuestra ayuda de inmediato. De las obras han de obtenerse las pruebas. Las obras del Creador testifican a la vez su bondad, ya que son buenas, como hemos mostrado, y su poder, ya que son poderosas, y brotan ciertamente de la nada. Y aun si fueron hechas de alguna materia (anterior), como algunos quieren, aun así son de la nada, porque no eran lo que son. En resumen, a la vez son grandes porque son buenas; y Dios es asimismo poderoso, porque todas las cosas son suyas, por lo cual es todopoderoso. Pero ¿qué diré de su presciencia, que tiene por testigos tantos profetas como inspiró? Después de todo, ¿qué título de presciencia buscamos en el Autor del universo, puesto que fue por este mismo atributo que conoció de antemano todas las cosas cuando les asignó sus lugares, y les asignó sus lugares cuando las conoció de antemano? Ahí está el pecado mismo. Si no lo hubiera conocido de antemano, no habría proclamado una advertencia contra él bajo pena de muerte. Ahora bien, si en Dios hubiera tales atributos que debieran haber hecho a la vez imposible e impropio que ocurriera mal alguno al hombre, y sin embargo el mal ocurrió, consideremos también la condición del hombre: si ello no fuera, de hecho, más bien la causa de que aconteciera lo que no podría haber sucedido por Dios. Encuentro, pues, que el hombre fue constituido libre por Dios, dueño de su propia voluntad y poder; indicando la presencia de la imagen y semejanza de Dios en él por nada tan bien como por esta constitución de su naturaleza. Pues no fue por su rostro, ni por los lineamientos de su cuerpo, aunque tan variados en su humana naturaleza, como expresó su semejanza con la forma de Dios; sino que mostró su sello en aquella esencia que derivó de Dios mismo (esto es, lo espiritual, que respondía a la forma de Dios), y en la libertad y el poder de su voluntad. Este su estado fue confirmado aun por la mismísima ley que Dios le impuso entonces. Pues no se impondría una ley a quien no tuviera en su poder rendir la obediencia que se debe a la ley; ni tampoco se amenazaría la pena de muerte contra el pecado, si el desacato de la ley fuera imposible al hombre en la libertad de su voluntad. Así también en las leyes posteriores del Creador hallarás, cuando Él pone ante el hombre el bien y el mal, la vida y la muerte, que todo el curso de la disciplina está dispuesto en preceptos por los cuales Dios llama a los hombres del pecado, y los amenaza y exhorta; y esto por ninguna otra razón sino que el hombre es libre, con una voluntad ya para la obediencia, ya para la resistencia.
Se reivindica esta libertad respecto de su creación original; apta también para mostrar la bondad y el designio de Dios. Recompensa y castigo imposibles si el hombre fuera bueno o malo por necesidad y no por elección.
II, 6
Pero aunque se entenderá, por nuestro argumento, que solo afirmamos el poder no encadenado del hombre sobre su voluntad, de modo que lo que le ocurra deba imputarse a él mismo y no a Dios, sin embargo, para que no objetes incluso ahora que no debió haber sido constituido así, ya que su libertad y poder de la voluntad podrían resultar perjudiciales, sostendré ante todo que fue rectamente constituido así, para poder con mayor confianza encomiar tanto su constitución actual como el hecho adicional de ser digna del Ser Divino; mostrándose que la causa que llevó a que el hombre fuera creado con tal constitución es la mejor. Además, el hombre así constituido quedará protegido tanto por la bondad de Dios como por su designio, los cuales se hallan siempre concertados en nuestro Dios. Pues su designio no es designio sin bondad; ni su bondad es bondad sin designio, salvo ciertamente en el caso del dios de Marción, que es bueno sin designio, como hemos mostrado. Bien, entonces, era propio que Dios fuera conocido; era sin duda cosa buena y razonable. Propio era también que hubiera algo digno de conocer a Dios. ¿Qué podía hallarse tan digno como la imagen y semejanza de Dios? También esto era indudablemente bueno y razonable. Por tanto, era propio que (quien es) la imagen y semejanza de Dios fuera formado con libre voluntad y dominio de sí mismo, de suerte que esto mismo —a saber, la libertad de la voluntad y el dominio propio— pudiera ser tenido por imagen y semejanza de Dios en él. Para este fin se adaptó al hombre una esencia adecuada a este carácter, a saber, el afflatus de la Deidad, libre y sin sujeción él mismo. Pero si quieres adoptar otra visión del asunto, ¿cómo se explica que el hombre, estando en posesión del mundo entero, no reinara sobre todo en la posesión de sí mismo: señor sobre los demás, esclavo de sí mismo? La bondad de Dios, pues, puedes aprenderla de su don gratuito al hombre, y su designio de su disposición de todas las cosas. Por ahora, que la bondad de Dios ocupe sola nuestra atención, aquella que dio al hombre un don tan grande, incluso la libertad de su voluntad. El designio de Dios reclama otra ocasión de tratamiento, ofreciendo como ofrece instrucción de semejante alcance. Ahora bien, solo Dios es bueno por naturaleza. Porque Él, que tiene lo que no tiene principio, no lo tiene por creación, sino por naturaleza. El hombre, en cambio, que existe enteramente por creación, teniendo un principio, junto con ese principio obtuvo la forma en que existe; y así no está dispuesto al bien por naturaleza, sino por creación, no teniendo como atributo propio ser bueno, porque, como hemos dicho, no por naturaleza sino por creación está dispuesto al bien, según el designio de su buen Creador, el Autor de todo bien. Por tanto, a fin de que el hombre tuviera una bondad propia, otorgada por Dios, y hubiera en adelante en el hombre una propiedad y, en cierto sentido, un atributo natural de bondad, se le asignó en la constitución de su naturaleza, como testigo formal de la bondad que Dios le otorgaba, la libertad y el poder de la voluntad, tales que hicieran que el bien fuera realizado espontáneamente por el hombre, como propiedad suya, en razón de que no menos que esto se requeriría en materia de una bondad que debía ser ejercida voluntariamente por él, es decir, por la libertad de su voluntad, sin favor ni servilismo hacia la constitución de su naturaleza, de modo que el hombre debía ser bueno justo hasta este punto, si mostraba su bondad conforme a su constitución natural, ciertamente, pero aun así como resultado de su voluntad, como propiedad de su naturaleza; y, por un ejercicio semejante de la volición, debía mostrarse demasiado fuerte en defensa también contra el mal (pues incluso esto, por supuesto, Dios lo preveía), siendo libre y dueño de sí mismo; porque si careciera de esta prerrogativa del dominio de sí, de modo que realizara incluso el bien por necesidad y no por voluntad, en la impotencia de su servidumbre quedaría sujeto a la usurpación del mal, esclavo tanto del mal como del bien. Se le confirió, por tanto, entera libertad de la voluntad en ambas tendencias; de suerte que, como dueño de sí mismo, pudiera constantemente afrontar el bien observándolo espontáneamente, y el mal evitándolo espontáneamente; porque, aun cuando el hombre estuviera en otras circunstancias, era sin embargo su deber inexcusable, en el juicio de Dios, obrar con justicia según los movimientos de su voluntad considerada, ciertamente, como libre. Pero la recompensa ni del bien ni del mal podría pagarse al hombre que se hallara que había sido bueno o malo por necesidad y no por elección. En esto realmente residía la ley que no excluía, sino más bien probaba, la libertad humana mediante una espontánea prestación de obediencia o una espontánea comisión de iniquidad; tan patente era la libertad de la voluntad del hombre para uno u otro desenlace. Puesto que, por tanto, tanto la bondad como el designio de Dios se descubren en el don hecho al hombre de la libertad de su voluntad, no es correcto, tras ignorar la definición original de bondad y designio que era necesario determinar antes de cualquier discusión del asunto, presumir sobre hechos posteriores diciendo que Dios no debió haber formado así al hombre, porque el desenlace fue otro del que se había asumido como propio de Dios. Deberíamos más bien, tras considerar debidamente que era propio que Dios creara así al hombre, dejar intacta esta consideración y examinar los otros aspectos del caso. Es, sin duda, un proceso fácil para personas que se escandalizan por la caída del hombre, antes de haber examinado los hechos de su creación, imputar la culpa de lo sucedido al Creador, sin examen alguno de su designio. Para concluir: la bondad de Dios, considerada plenamente desde el comienzo de sus obras, bastará para convencernos de que nada malo pudo jamás haber salido de Dios; y la libertad del hombre, tras una segunda reflexión, nos mostrará que solo ella es responsable de la falta que ella misma cometió.