La Epístola a los Colosenses. El tiempo como criterio de verdad y herejía. Aplicación del canon. La imagen del Dios invisible explicada. Pre-Existencia de nuestro Cristo en las antiguas dispensaciones del Creador. Qué se incluye en la plenitud de Cristo. El carácter epicúreo del dios de Marción. La verdad católica en oposición a ello. La ley es a Cristo lo que la sombra es a la sustancia.
V, 19
Tengo por costumbre en mi prescripción contra todas las herejías fijar mi criterio compendioso (de verdad) en el testimonio del tiempo; reclamando la prioridad en ello como nuestra regla, y alegando la tardanza como característica de toda herejía.
Esto será ahora probado incluso por el apóstol, cuando dice:
«Por la esperanza que os está guardada en los cielos, de la cual oísteis antes en la palabra de la verdad del evangelio; que ha llegado a vosotros, como lo está a todo el mundo» [].
Pues si, aun en aquel tiempo, la tradición del evangelio se había extendido por todas partes, ¡cuánto más ahora!
Ahora bien, si es nuestro evangelio el que se ha extendido por todas partes, más bien que cualquier evangelio herético, mucho menos el de Marción, que solo data del reinado de Antonino, entonces el nuestro será el evangelio de los apóstoles.
Pero si el evangelio de Marción lograra llenar el mundo entero, ni siquiera en ese caso tendría derecho al carácter de apostólico.
Pues esta cualidad, será evidente, solo puede pertenecer a aquel evangelio que fue el primero en llenar el mundo; en otras palabras, al evangelio de aquel Dios que de antiguo declaró esto de su promulgación:
«Por toda la tierra salió su sonido, y sus palabras hasta el fin del mundo».
Llama a Cristo «la imagen del Dios invisible» [].
Nosotros de igual modo decimos que el Padre de Cristo es invisible, pues sabemos que fue el Hijo quien fue visto en los tiempos antiguos (cuandoquiera que se concedía alguna aparición a los hombres en el nombre de Dios) como la imagen de (el Padre) mismo.
No debe, sin embargo, considerarse que hace diferencia alguna entre un Dios visible y uno invisible; porque mucho antes de que escribiera esto hallamos una descripción de nuestro Dios en este sentido:
«Ningún hombre puede ver al Señor, y vivir» [].
Si Cristo no es «el primogénito antes de toda criatura», como aquel «Verbo de Dios por quien todas las cosas fueron hechas, y sin el cual nada fue hecho» []; si «todas las cosas no fueron en Él creadas, ya sea en el cielo o en la tierra, visibles e invisibles, ya sean tronos o dominios, o principados, o potestades»; si «todas las cosas no fueron creadas por Él y para Él»
(pues estas verdades Marción no debería permitir respecto a Él), entonces el apóstol no habría podido afirmar tan positivamente que «Él es antes de todo».
Pues ¿cómo es antes de todo, si no es antes de todas las cosas?
¿Cómo, de nuevo, es antes de todas las cosas, si no es «el primogénito de toda criatura»
— si no es el Verbo del Creador?
Ahora bien, ¿cómo se probará que ha sido antes de todas las cosas, quien apareció después de todas las cosas?
¿Quién puede decir si tuvo una existencia previa, cuando no ha hallado prueba de que tuviera existencia alguna?
¿De qué manera, también, pudo haber «agradado (al Padre) que en Él habitara toda plenitud»? [].
Pues, para empezar, ¿qué plenitud es aquella que no está compuesta de los constituyentes que Marción ha quitado de ella—aun aquellos que fueron «creados en Cristo, ya sea en el cielo o en la tierra», ya sean ángeles u hombres?
¿Cuál no está hecha de las cosas que son visibles e invisibles?
¿Cuál no consiste de tronos y dominios y principados y potestades?
Si, por otro lado, nuestros falsos apóstoles y evangelistas judaizantes han introducido todas estas cosas de sus propios almacenes, y Marción las ha aplicado para constituir la plenitud de su propio dios, (esta hipótesis, absurda aunque sea, sola lo justificaría;) pues ¿cómo, bajo cualquier otra suposición, habría podido el rival y destructor del Creador estar dispuesto a que Su plenitud habitara en su Cristo?
¿A quién, de nuevo, «reconcilia todas las cosas consigo mismo, haciendo la paz por la sangre de su cruz» [], sino a Aquel a quien aquellas mismísimas cosas habían ofendido del todo, contra quien se habían rebelado por transgresión, (pero) a quien al fin habían regresado? Conciliadas podrían haber sido a un dios extraño; pero reconciliadas no podrían posiblemente haber sido a otro que a su propio Dios.
En consecuencia, a nosotros «que en otro tiempo estábamos alejados y éramos enemigos en nuestra mente por obras malvadas» [] nos reconcilia con el Creador, contra quien habíamos cometido ofensa— adorando a la criatura en perjuicio del Creador.
Como, sin embargo, dice en otra parte [] que la Iglesia es el cuerpo de Cristo, así aquí también (el apóstol) declara que él «completa lo que falta de las aflicciones de Cristo en su carne por causa de su cuerpo, que es la Iglesia» [].
Pero no debes por esto suponer que en toda mención de su cuerpo el término es solo una metáfora, en lugar de significar carne real.
Pues dice arriba que somos «reconciliados en su cuerpo mediante la muerte» []; queriendo decir, por supuesto, que Él murió en aquel cuerpo en el que la muerte era posible mediante la carne:
(por tanto añade,) no mediante la Iglesia (per ecclesiam), sino expresamente por causa de la Iglesia (proper ecclesiam), intercambiando cuerpo por cuerpo— uno de carne por uno espiritual.
Cuando, de nuevo, les advierte que «se guarden de las palabras sutiles y de la filosofía», por ser «un vano engaño», tal como es «según los rudimentos del mundo»
(no entendiendo con ello la fábrica mundana de cielo y tierra, sino el saber mundano, y «la tradición de los hombres», sutiles en su habla y su filosofía) [], sería tedioso, y materia propia de una obra separada, mostrar cómo en esta sentencia (del apóstol) todas las herejías son condenadas, sobre la base de que consisten en los recursos del habla sutil y las reglas de la filosofía.
Pero (de una vez por todas) sepa Marción que el término principal de su credo viene de la escuela de Epicuro, implicando que el Señor es estúpido e indiferente; por lo cual rehúsa decir que sea objeto de temor.
Además, del pórtico de los estoicos saca la materia, y la coloca a la par con el divino Creador.
También niega la resurrección de la carne—una verdad que ninguna de las escuelas de filosofía convino en sostener.
¡Pero cuán lejos está nuestra veridad (católica) de los artificios de este hereje, cuando teme despertar la ira de Dios, y cree firmemente que Él produjo todas las cosas de la nada, y nos promete una restauración desde la tumba de la misma carne (que murió) y sostiene sin rubor que Cristo nació del vientre de la virgen!
Ante esto, filósofos, herejes y los propios paganos ríen y se burlan.
Pues «Dios ha escogido lo necio del mundo para confundir a los sabios» [] — aquel Dios, sin duda, que en referencia a esta mismísima dispensación suya amenazó mucho antes que «destruiría la sabiduría de los sabios».
Gracias a esta simplicidad de verdad, tan opuesta a la sutileza y al vano engaño de la filosofía, no podemos posiblemente tener ningún gusto por opiniones tan perversas.
Entonces, si Dios «nos vivifica juntamente con Cristo, perdonándonos nuestras ofensas» [], no podemos suponer que los pecados sean perdonados por Aquel contra quien, como habiendo sido desconocido todo el tiempo, no pudieron haber sido cometidos.
Ahora dime, Marción, ¿cuál es tu opinión del lenguaje del apóstol, cuando dice, «Nadie os juzgue en comida, o en bebida, o en cuanto a día de fiesta, o de luna nueva, o de sábado, lo cual es sombra de lo por venir, pero el cuerpo es de Cristo»? [].
No tratamos ahora de la ley, más allá de (observar) que el apóstol enseña aquí claramente cómo ha sido abolida, precisamente al pasar de la sombra a la sustancia— es decir, de los tipos figurativos a la realidad, que es Cristo.
La sombra, por tanto, es de Aquel a quien pertenece también el cuerpo; en otras palabras, la ley es suya, y también Cristo.
Si separas la ley y a Cristo, asignando uno a un dios y el otro a otro, es lo mismo que si intentaras separar la sombra del cuerpo del cual es la sombra.
Manifiestamente Cristo tiene relación con la ley, si el cuerpo la tiene con su sombra.
Pero cuando reprende a aquellos que alegaban visiones de ángeles como su autoridad para decir que los hombres deben abstenerse de carnes—«no debes tocar, no debes probar»—en una humildad voluntaria, (al mismo tiempo) «vanamente hinchados en la mente carnal, y no asiéndose de la Cabeza», (el apóstol) no ataca en estos términos la ley o a Moisés, como si hubiera sido por sugerencia de ángeles supersticiosos que él había promulgado su prohibición de varios alimentos.
Pues Moisés evidentemente había recibido la ley de Dios.
Cuando, por tanto, habla de que «siguen mandamientos y doctrinas de hombres» [], se refiere a la conducta de aquellas personas que «no se asían de la Cabeza», aun Aquel en quien todas las cosas son reunidas; pues todas son llamadas de vuelta a Cristo, y concentradas en Él como su principio iniciador— aun las carnes y bebidas que eran indiferentes en su naturaleza.
Todo el resto de sus preceptos, como hemos mostrado suficientemente al tratarlos tal como ocurrían en otra epístola, emanaban del Creador, quien, mientras predecía que «las cosas viejas habían de pasar», y que Él «haría nuevas todas las cosas», mandó a los hombres «romper terreno nuevo para sí mismos», y con ello les enseñó aun entonces a despojarse del hombre viejo y vestirse del nuevo.
La Epístola a los Filipenses. Las divergencias entre los predicadores de Cristo no prueban que hubiera más de un solo Cristo. Las expresiones de San Pablo — forma de siervo, semejanza y apariencia de hombre — no sancionan el docetismo. De ciertos contrastes mencionados en esta epístola no se deduce antítesis alguna (como la que alegaba Marción) entre el Dios del judaísmo y el Dios del Evangelio. Un paralelo con un pasaje del Génesis. La resurrección del cuerpo y su transformación.
V, 20
Cuando (el apóstol) menciona los varios motivos de quienes predicaban el evangelio —cómo algunos, «cobrando confianza por sus cadenas, hablaban la palabra con mayor osadía,» mientras otros «predicaban a Cristo aun por envidia y contienda, y otros de buena voluntad,» muchos también «por amor,» algunos «por rivalidad,» y ciertos «en competencia con él mismo,» [] tuvo, sin duda, ocasión favorable para acusar lo que predicaban de diversidad de doctrina, como si nada menos que esto causara tan grande disparidad de temperamentos. Pero mientras expone estos temperamentos como la única causa de la diversidad, evita inculpar los misterios regulares de la fe, y afirma que, no obstante, no hay sino un solo Cristo y su único Dios, cualesquiera que fuesen los motivos de los hombres al predicarlo. Por tanto, dice él, nada me importa «que sea por pretexto o por verdad que Cristo es predicado,» [] porque un solo Cristo era anunciado, ya en su fe «pretenciosa» ya en la «sincera». Pues fue a la fidelidad de su predicación a la que aplicó la palabra verdad, no a la rectitud de la regla misma, porque no había en efecto sino una sola regla; mientras que la conducta de los predicadores variaba: en algunos era verdadera, es decir, sincera, en otros estaba sofisticada con demasiada erudición. Siendo esto así, es manifiesto que aquel Cristo era el tema de su predicación que siempre fue el asunto de los profetas. Ahora bien, si el apóstol hubiera introducido a un Cristo completamente distinto, la novedad habría producido diversidad (de creencia). Pues no habrían faltado, a pesar de la doctrina nueva, hombres que interpretaran el evangelio predicado como el del Cristo del Creador, ya que la mayoría de las personas hoy en día está más de nuestra manera de pensar que del lado herético. De suerte que el apóstol, en un pasaje como el presente, no se habría abstenido de señalar y censurar la diversidad. Pero como no hay censura de diversidad, no hay prueba de novedad. Por supuesto, los marcionitas suponen que tienen al apóstol de su lado en el pasaje siguiente en lo tocante a la sustancia de Cristo —que en él no hubo nada sino un fantasma de carne. Pues dice de Cristo que, «estando en forma de Dios, no tuvo por usurpación el ser igual a Dios; sino que se despojó a sí mismo, y tomó sobre sí la forma de siervo,» no la realidad, «y fue hecho en semejanza de hombre,» no un hombre, «y fue hallado en apariencia como hombre,» [] no en su sustancia, es decir, su carne; como si a una sustancia no le correspondieran a la vez la forma, la semejanza y la apariencia. Nos favorece que en otro pasaje (el apóstol) llama a Cristo «la imagen del Dios invisible.» [] Porque ¿no se seguirá con igual fuerza de ese pasaje que Cristo no es verdaderamente Dios, porque el apóstol lo coloca en la imagen de Dios, si (como sostiene Marción) no es verdaderamente hombre por haber tomado sobre sí la forma o imagen de un hombre? Pues en ambos casos la verdadera sustancia habrá de ser excluida, si la imagen (o «apariencia») y la semejanza y la forma se reclaman para un fantasma. Pero como él es verdaderamente Dios, como Hijo del Padre, en su apariencia e imagen, ya queda determinado por la fuerza de esta conclusión como verdaderamente hombre, como Hijo del hombre, «hallado en la apariencia» e imagen «de un hombre.» Porque cuando lo presentó así «hallado» en la manera de un hombre, de hecho afirmó que era ciertísimamente humano. Porque lo que es hallado, manifiestamente posee existencia. Por tanto, así como fue hallado Dios por su gran poder, así fue hallado hombre a causa de su carne, porque el apóstol no habría podido decir que se hizo «obediente hasta la muerte,» [] si no hubiera estado constituido de una sustancia mortal. Aún más claramente aparece esto por las palabras adicionales del apóstol, «incluso la muerte de cruz.» [] Pues difícilmente podría querer dar a esto un clímax del sufrimiento humano, para ensalzar la virtud de su obediencia, si hubiera sabido que todo era el proceso imaginario de un fantasma, que más bien eludía la cruz que la experimentaba, y que no mostraba virtud alguna en el sufrimiento, sino solo ilusión. Pero «las cosas que él había tenido una vez por ganancia,» y que enumera en el versículo precedente— «la confianza en la carne,» el signo de la «circuncisión,» su origen como «hebreo de hebreos,» su descendencia de la «tribu de Benjamín,» su dignidad en los honores de fariseo — las considera ahora solo «pérdida» para sí; [] (en otras palabras,) no era al Dios de los judíos, sino a su estúpida obcecación, lo que repudiaba. Estas son también las cosas «que cuenta como estiércol por la excelencia del conocimiento de Cristo» [] (pero de ningún modo por rechazo a Dios el Creador); «mientras no tiene su propia justicia, que es de la ley, sino la que es por medio de Él,» es decir, Cristo, «la justicia que es de Dios.» [] Entonces, dices tú, según esta distinción la ley no procedía del Dios de Cristo. ¡Sutil en verdad! Pero aquí hay algo aún más sutil para ti. Porque cuando (el apóstol) dice, «no (la justicia) que es de la ley, sino la que es por medio de Él,» no habría usado la frase por medio de Él de otro que de aquel a quien pertenecía la ley. «Nuestra conversación,» dice él, «está en el cielo.» [] Aquí reconozco la antigua promesa del Creador a Abraham: «Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo.» [] Por tanto, «una estrella difiere de otra estrella en gloria.» [] Si, además, Cristo en su advenimiento del cielo «ha de cambiar el cuerpo de nuestra humillación, para que sea configurado como su cuerpo glorioso,» se sigue que este cuerpo nuestro resucitará, el cual ahora está en estado de humillación en sus sufrimientos y según la ley de la mortalidad cae en tierra. Pero ¿cómo será cambiado, si no tendrá existencia real? Sin embargo, si esto solo se dice de los que serán hallados en la carne [] en el advenimiento de Dios, y que habrán de ser cambiados, ¿qué harán los que resuciten primero? No tendrán sustancia alguna de la cual sufrir un cambio. Pero él dice (en otro lugar), «Seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes, para recibir al Señor (en el aire).» [] Entonces, si hemos de ser arrebatados nosotros solos con ellos, ciertamente seremos también cambiados juntamente con ellos.
La Epístola a Filemón. Esta epístola no fue mutilada. La incoherencia de Marción al aceptar esta y rechazar otras tres epístolas dirigidas a individuos. Conclusiones. Tertuliano vindica la simetría y el propósito deliberado de su obra contra Marción.
V, 21
A esta sola epístola le valió su brevedad para protegerla contra las manos falsificadoras de Marción. Me asombra, sin embargo, que cuando recibió (en su Apostolicon) esta carta que fue escrita a un solo hombre, rechazara las dos epístolas a Timoteo y la una a Tito, que tratan todas de disciplina eclesiástica. Su objetivo era, supongo, llevar a cabo su proceso de interpolación incluso hasta el número de (las epístolas de San Pablo). Y ahora, lector, te ruego que recuerdes que aquí hemos aducido pruebas sacadas del apóstol, en apoyo de los asuntos que previamente tuvimos que tratar, y que ahora hemos cerrado los temas que diferimos a esta (parte de nuestra) obra. (Este favor te pido,) para que no pienses que alguna repetición aquí ha sido superflua, pues solo hemos cumplido nuestro anterior compromiso contigo; ni mires con sospecha algún aplazamiento allí, donde solo expusimos los puntos esenciales (del argumento). Si examinas con cuidado la obra entera, en tu honesto juicio nos absolverás de haber sido aquí redundantes o allí remisos.
Comentario editorial · Las diez cartas de Marción, en el orden en que Tertuliano las recorre
Tertuliano examina las cartas que Marción admitía en este orden (títulos de los capítulos del ANF). Según Evans, no incluía las Pastorales ni Hebreos; aquí, V, 21, Tertuliano dice que rechazó las dos a Timoteo y la de Tito aunque aceptó la breve a Filemón. Wikipedia da para el Apostolikon un orden que coincide salvo al final, con Filemón antes que Filipenses.
| Capítulos | Carta |
|---|---|
| V, 2–4 | Gálatas |
| V, 5–10 | 1 Corintios |
| V, 11–12 | 2 Corintios |
| V, 13–14 | Romanos |
| V, 15 | 1 Tesalonicenses |
| V, 16 | 2 Tesalonicenses |
| V, 17–18 | «Laodicenses» (Efesios) |
| V, 19 | Colosenses |
| V, 20 | Filipenses |
| V, 21 | Filemón |
Para ampliar: Marcionism (Wikipedia (en)) · Evans: el Apostolikon (Evans, introducción I).
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
El tratado no puso fin al marcionismo. Según Evans, quizá contribuyó a que la generación siguiente lo viera ya a la defensiva, pero la Iglesia de Marción conservó su fuerza expansiva más de un siglo y sobrevivió, de un modo u otro, varios más; Wikipedia habla de unos trescientos años. Lo que ha quedado es sobre todo un testimonio: los escritos de Marción no se conservan, y las reconstrucciones de su Evangelio y de sus Antítesis dependen de lo que citan sus adversarios, entre ellos Tertuliano, que es el que más aporta.
Tertuliano siguió con el asunto poco después: según Evans, Sobre la carne de Cristo y Sobre la resurrección de la carne completan este tratado en lo que toca al cuerpo de Cristo y al del hombre. Sobre el canon, Evans es prudente: Marción fue el primero que se sabe que compuso un canon cerrado, solo de Pablo, pero no se sigue de ahí que sin él la Iglesia no hubiera definido el suyo, ni que sus escritos petrinos y joánicos fueran un contrapeso a Pablo. Wikipedia, en cambio, lo presenta como un catalizador. Sobre esa discusión, véase la formación del canon.
Queda abierta una pregunta de texto: si el Evangelio de Marción es un Lucas recortado, como sostenían los Padres y piensa la mayoría de los estudiosos, o un texto anterior, como han propuesto algunos (véase la nota a IV, 2). Este tratado no la decide: Tertuliano es a la vez testigo y parte.