Premisa central
Entre mediados del siglo II y comienzos del V los cristianos pasaron de escuchar «las memorias de los apóstoles» junto a los profetas a discutir listas de veintisiete libros. Los textos permiten seguir ese camino. Un núcleo, los cuatro Evangelios y las cartas de Pablo, está en uso antes de que nadie lo defina; los bordes, Hebreos, Santiago, 2 Pedro, 2 y 3 Juan, Judas y el Apocalipsis, siguen discutidos hasta el siglo IV y, en algunas Iglesias, después. Lo que los especialistas discuten es qué llamar «canon» y en qué siglo ponerlo, y la respuesta cambia según la definición.
Quien pregunte cuándo se cerró el canon del Nuevo Testamento recibe, según a quién consulte, respuestas de siglos distintos. Ireneo, hacia 180, dice que los Evangelios no pueden ser ni más ni menos que cuatro. Atanasio, en 367, da la primera lista que reúne exactamente los veintisiete libros. Los sínodos de Hipona y Cartago repiten esa lista entre 393 y 419. Y según Metzger, hasta el Concilio de Trento, en 1546, la Iglesia de Roma no definió el contenido de la Biblia como artículo de fe, con un anatema. A eso se suma la tesis de Kruger: que en un sentido el canon existe desde que se escribieron los libros. Este compendio no decide entre esas fechas. Sigue la evidencia en orden, deja hablar a los textos y pone a su lado las lecturas rivales con su autor.
Empieza por separar tres cosas que se mezclan: la palabra «canon», la autoridad que unos libros tuvieron antes de que se hablara de canon, y las listas. Después recorre cinco bloques de evidencia: lo que se leía en el culto hasta mediados del siglo II; Marción y la respuesta de Ireneo y Tertuliano; el fragmento de Muratori, cuya fecha es el punto más discutido; Orígenes y Eusebio; y el siglo IV, con las listas de Cirilo, Laodicea, Atanasio, Jerónimo, Agustín y los sínodos africanos. Una sección aparte recoge los «libros de en medio» del Antiguo Testamento, los llamados deuterocanónicos, porque la lista de Atanasio, la de Cartago y la de Trento los tratan de manera distinta. Lo confesional se describe, no se decide: se dice qué definió cada tradición y cuándo.
La palabra griega kanon significa primero «vara de medir» y de ahí «regla» o «norma». Metzger recoge en su apéndice sobre la historia del término que en los tres primeros siglos los autores cristianos la usan para la «regla de fe» o «de la verdad», no para una lista de libros. Aplicada a las Escrituras, la evidencia que él conoce empieza en la segunda mitad del siglo IV. Atanasio, en el escrito Sobre los decretos del sínodo de Nicea, hacia 350, dice del Pastor de Hermas que no está «en el canon»; el canon 59 de Laodicea, hacia 363, ordena leer solo los libros «canónicos» y no los «no canónicos»; la Carta festal 39 de Atanasio, en 367, nombra los libros «canonizados»; y Anfíloco de Iconio, hacia 380, es el primero en llamar «canon» a toda la colección. La expresión «canon del Nuevo Testamento» aparece, según Metzger, hacia el año 400, en Macario Magnes. Los especialistas discuten si, al aplicar la palabra a la Escritura, pesaba más el sentido de norma, como piensan Westcott y Beyer, o el de lista, como piensan Zahn y Souter.
Que la palabra sea tardía no responde a la pregunta sobre la cosa. Lee Martin McDonald toma de Sheppard y de Sanders una distinción que ayuda: llama canon 1 a la autoridad que unos textos tienen ya, porque una comunidad los lee, los recibe y los obedece, y canon 2 a la colección ya estabilizada, a la que no se puede añadir ni quitar nada. Con ella, la historia que sigue se puede contar sin declarar «cerrado» lo que aún no lo estaba. Sundberg, en cambio, reservaba el término para el canon 2: solo hay canon cuando existe una lista cerrada, y por eso no antes del siglo IV. Kruger replica en Canon Revisited que esa definición «exclusiva» no corresponde a ningún momento histórico, pues ni el siglo IV cerró de manera formal y sin excepciones las fronteras, y propone sumar a las dos definiciones una tercera, la ontológica: son canónicos los libros que Dios ha dado a la Iglesia, se los use o no y se los reconozca o no. Esas tres definiciones, la exclusiva, la funcional y la ontológica, no se refutan entre sí con datos: son maneras de organizar los mismos datos.
Hay además tres clases de evidencia. Trobisch las enumera así: las citas y alusiones al Nuevo Testamento en los autores de los siglos II y III; los manuscritos más antiguos que se conservan; y el propio aparato editorial del Nuevo Testamento, es decir, el orden de los libros, sus títulos y sus remisiones internas. Trobisch sostiene que la tradición de Westcott, Zahn y Harnack se concentró en la primera clase y descuidó las otras dos; Gamble, por su parte, parte de la historia del libro (cómo se producían, circulaban y se leían los textos), que según él los historiadores del canon casi nunca se preguntan.
El Nuevo Testamento mismo muestra que las cartas de Pablo circulaban entre iglesias. Pablo pide que la primera a los tesalonicenses se lea «a todos los hermanos» () y que la dirigida a Colosas se intercambie con la que viene de Laodicea (). La segunda de Pedro habla de «todas sus cartas» y las junta con «las demás Escrituras» (). Ehrman da como ejemplo de que las palabras de Jesús se tenían ya por tan autorizadas como la Escritura judía, y ese pasaje de 2 Pedro como ejemplo de que los escritos de los apóstoles recibían a veces un estatuto de Escritura antes de que acabara el período del Nuevo Testamento. Metzger lo lee con más cautela: indica que al menos tres cartas de Pablo estaban en circulación y quizá reunidas.
Los autores del siglo II, sin embargo, no usan la palabra «Escritura» como lo haría un lector posterior. Heine resume la situación: en los Padres apostólicos y en Justino la «Escritura» es casi siempre el Antiguo Testamento, y, con dos excepciones, ningún escrito del Nuevo Testamento se cita como Escritura ni se pone a su nivel. Esos autores conocen la mayor parte de lo que será el Nuevo Testamento, pero sin nombrarlo ni citarlo con las fórmulas que reservan al Antiguo.
La primera carta de Clemente a Corinto, hacia 95, es la mejor muestra de ese uso. Clemente manda a los corintios que vuelvan a una carta que ya tienen:
1 Tomad la carta del bendito Pablo el apóstol. 2 ¿Qué escribió primero al comienzo del evangelio? 3 En verdad escribió espiritualmente acerca de sí mismo, de Cefas y de Apolos, porque ya entonces habíais hecho bandos.4 Pero aquella parcialidad les trajo menor pecado, pues erais partidarios de apóstoles de reconocido testimonio y de varón aprobado por ellos. 5 Mas ahora considerad quiénes han pervertido y han menoscabado la dignidad de vuestro celebrado amor fraternal.6 Es vergonzoso, amados, sumamente vergonzoso e indigno de vuestra conducta en Cristo, que se oiga que la firmísima y antigua iglesia de los corintios, por una o dos personas, se rebela contra los ancianos. 7 Y esta noticia no solo ha llegado a nosotros, sino también a quienes difieren de nosotros, de modo que atraéis blasfemias sobre el nombre del Señor por vuestra insensatez, y se crean un peligro a ustedes mismos.
Metzger observa que Clemente remite a la carta de Pablo como a algo que se tiene a mano en Roma y en Corinto, pero no la presenta con autoridad divina: en 35, 5-6 parafrasea y a continuación introduce con «porque la Escritura dice» una cita del Salterio, de lo cual Metzger concluye que, para Clemente, las cartas de Pablo no eran Escritura, aunque les reconocía cierta autoridad. Heine añade que las palabras de Jesús aparecen en Clemente como «las palabras del Señor Jesús» (13, 1-2; 46, 7-8), no como texto escrito. Policarpo, unos cuarenta años después, da a los filipenses un consejo parecido sobre las cartas de Pablo:
3.1 Estas cosas les escribo, hermanos, acerca de la justicia, no por iniciativa propia, sino porque ustedes me invitaron a hacerlo. 3.2 Pues ni yo ni otro semejante a mí puede seguir el paso de la sabiduría del bienaventurado y glorioso Pablo, quien, cuando estuvo personalmente entre ustedes, enseñó con precisión y firmeza la palabra concerniente a la verdad, y quien también, estando ausente, les escribió cartas; si las estudian cuidadosamente, podrán edificarse en la fe que les ha sido dada. 3.3 Esta fe es madre de todos nosotros, siguiéndola la esperanza y guiándola el amor hacia Dios y Cristo y hacia el prójimo. Pues si alguien se ocupa de estas cosas, ha cumplido el mandamiento de justicia, porque quien tiene amor está lejos de todo pecado.
En esa misma carta, que Heine fecha hacia 135, aparece una de las dos excepciones. Policarpo escribe (12, 1): «Porque confío en que están bien ejercitados en las Sagradas Escrituras», y cita «Aírense, pero no pequen» () junto con «no se ponga el sol sobre su ira» () como cosas «dichas en estas Escrituras». La otra es la llamada Segunda de Clemente, de mediados del siglo II o poco después, que introduce un dicho de Jesús, «no vine a llamar a justos, sino a pecadores» (), con las palabras «otra Escritura dice» (2, 4), a continuación de una cita de Isaías. Heine sugiere que el hecho de que sea un dicho de Jesús explica el caso. La carta de Bernabé, también del siglo II, añade una frase que Metzger discute: «estemos alerta, no sea que —como está escrito— muchos son llamados y pocos escogidos» (4, 14), que se parece a , aunque, según él, podría venir de una fuente común y proverbial, pues varios manuscritos añaden esa frase a . Metzger señala además que la misma carta cita 1 Enoc con la fórmula «la Escritura dice» (16, 5-6): llamar «Escritura» a un libro no basta, entonces, para decir que sea canónico.
Ignacio de Antioquía, hacia 110, deja en las cartas a los filadelfienses una discusión que muestra qué estaba en juego. Algunos le decían que no creerían en el evangelio si no lo hallaban en los «archivos», es decir, en las Escrituras de Israel, y respondían a su «está escrito» con un «eso es precisamente lo que está en cuestión»:
8.2 Pero les exhorto a no hacer nada por espíritu de contienda, sino según la enseñanza de Cristo. Pues oí a algunos decir: "Si no lo encuentro en los archivos, no lo creo en el evangelio". Y cuando les dije: "Está escrito", me respondieron: "Eso es precisamente lo que está en cuestión". Para mí los archivos son Jesucristo, los archivos inviolables son su cruz, su muerte, su resurrección y la fe que viene por él; en los cuales quiero, mediante su oración, ser justificado.9.1 Buenos eran también los sacerdotes, pero mejor es el sumo sacerdote a quien se confían los santos de los santos, quien solo tiene confiados los secretos de Dios, siendo él mismo puerta del Padre, por la cual entran Abraham, Isaac, Jacob, los profetas, los apóstoles y la iglesia. Todas estas cosas convergen en la unidad de Dios. 9.2 Pero el evangelio tiene algo distintivo: la venida del Salvador, nuestro Señor Jesucristo, su pasión y la resurrección. Pues los amados profetas anunciaron hacia él, pero el evangelio es la obra consumada de incorrupción. Todas estas cosas en conjunto son buenas, si las creen con amor.
Los «archivos» son aquí, según la nota de la edición del sitio, las Escrituras de Israel, y lo que Ignacio opone al «está escrito» de sus interlocutores es la persona y la obra de Cristo: la cruz, la muerte y la resurrección. Hacia esa misma época el testimonio hablado seguía teniendo peso. Papías de Hierápolis, a quien Metzger sitúa entre 70 y 140, escribió cinco libros de explicaciones de «los dichos del Señor» y declaró que no pensaba que lo de los libros le aprovechara tanto como la voz viva y permanente. Aun así, dejó dos noticias tempranas sobre el origen de dos Evangelios:
3.15 "Y esto decía el anciano: Marcos, habiendo sido intérprete de Pedro, escribió con exactitud todo lo que recordaba, aunque no en orden, de las cosas dichas o hechas por Cristo. Pues él no oyó al Señor ni lo siguió, sino que después, como dije, siguió a Pedro, quien adaptaba sus enseñanzas según las necesidades, pero no como haciendo una ordenación sistemática de las sentencias del Señor. De modo que Marcos no erró en nada al escribir algunas cosas como las recordaba, pues tuvo una sola preocupación: no omitir nada de lo que oyó ni falsear nada en ello." Esto es lo que cuenta Papías acerca de Marcos. 3.16 Pero sobre Mateo dijo esto: "Mateo, pues, compuso las sentencias en lengua hebrea, y cada uno las interpretó como pudo."
Lo que importa para el canon es el vínculo que cada noticia establece entre un Evangelio y un testigo: Marcos a través de Pedro, y Mateo en hebreo. Si «hebreo» nombra una lengua o una manera de componer, y si «las sentencias» son nuestro Mateo, son discusiones abiertas que no se tratan aquí.
Con Justino, en Roma hacia 150, la lectura pública de los Evangelios queda descrita por primera vez. En su primera Apología, dirigida al emperador, cuenta cómo se reúnen los cristianos el domingo:
Y después nos recordamos continuamente unos a otros estas cosas. Y los ricos entre nosotros ayudan a los necesitados; y siempre permanecemos juntos; y por todas las cosas con las que somos provistos, bendecimos al Hacedor de todo por su Hijo Jesucristo y por el Espíritu Santo. Y en el día llamado domingo, todos los que viven en ciudades o en el campo se reúnen en un solo lugar, y se leen las memorias de los apóstoles o los escritos de los profetas, cuanto tiempo lo permite; luego, cuando el lector ha cesado, el presidente instruye de palabra y exhorta a la imitación de estas buenas cosas. Entonces todos nos levantamos juntos y oramos, y, como dijimos antes, cuando nuestra oración ha terminado, se traen pan y vino y agua, y el presidente de igual manera ofrece oraciones y acciones de gracias, según su capacidad, y el pueblo asiente, diciendo Amén; y hay una distribución para cada uno, y una participación de aquello sobre lo cual se han dado gracias, y a los que están ausentes se les envía una porción por medio de los diáconos. Y los que están en buena posición económica, y dispuestos, dan lo que cada uno cree conveniente; y lo que se recoge se deposita en manos del presidente, que socorre a los huérfanos y a las viudas y a los que, por enfermedad o por cualquier otra causa, están en necesidad, y a los que están en prisiones y a los extranjeros que moran entre nosotros, y en una palabra cuida de todos los que están en necesidad. Pero el domingo es el día en que todos celebramos nuestra común asamblea, porque es el primer día en que Dios, habiendo obrado un cambio en las tinieblas y en la materia, hizo el mundo; y Jesucristo nuestro Salvador en el mismo día resucitó de entre los muertos. Pues fue crucificado el día antes del de Saturno (sábado); y el día después del de Saturno, que es el día del Sol, habiéndose aparecido a sus apóstoles y discípulos, les enseñó estas cosas, las cuales os hemos presentado también a vosotros para vuestra consideración.
Justino da a esas «memorias» el nombre de «Evangelios» (1 Apol. 66) y, en el Diálogo con Trifón, precisa que fueron «redactadas por sus apóstoles y por los que les siguieron» (103), cuando cita un detalle del sudor de Jesús en Getsemaní que solo está en . Metzger recuerda dos cosas de ese uso. La primera, que Justino nombra las memorias antes que a los profetas: no las pone solo a su altura, las pone al frente. La segunda, que la única otra obra del Nuevo Testamento que menciona por título es el Apocalipsis, atribuido a «Juan, uno de los apóstoles de Cristo» (Diál. 81). Heine concluye que, por esa lectura conjunta, el material de nuestros Evangelios parece tener hacia mediados del siglo II un estatuto igual al de la Escritura del Antiguo Testamento, aunque cuando Justino habla de «la Escritura» se refiere casi siempre a este último.
Gamble añade lo material. Los libros cristianos más antiguos que se conservan son casi todos códices de papiro, y no rollos. Antes del siglo III, más del 98 % de los libros griegos que sobreviven son rollos; los cristianos, en cambio, usaron desde muy pronto el códice, que en el mundo antiguo se tenía por un cuaderno de notas. Gamble toma de ahí el medio físico en que circularon los escritos cristianos, y observa que los historiadores del canon casi nunca se preguntan cómo se producían, se copiaban y se leían esos libros. Sobre las cartas de Pablo sostiene que hubo dos ediciones en el siglo II: la de Marción, con diez cartas en un orden propio, y la que conserva el papiro P46, de hacia 200, que abre con Romanos y sigue por Corintios, Efesios, Gálatas, Filipenses, Colosenses y Tesalonicenses.
Hacia mediados del siglo II, un armador de Sinope, en el Ponto, llamado Marción, expuso en Roma una teología que rechazaba el Antiguo Testamento y distinguía entre un Dios supremo de bondad y un dios inferior, creador y justo. Según Metzger, que lo reconstruye a partir de Tertuliano, de Ireneo y de otros opositores, porque el único libro que escribió, las Antítesis, no se conserva, Marción formó con ese criterio una colección con dos partes: el «Evangelio», un Lucas sin buena parte de los cuatro primeros capítulos y sin lo que remitía al Antiguo Testamento, y el «Apóstol», diez cartas de Pablo (sin las Pastorales ni Hebreos), con Gálatas en primer lugar. Los apóstoles, pensaba Marción, habían malentendido a Cristo; solo Pablo lo había entendido.
Qué relación guarda esa colección con el canon que se formó después es la primera de las discusiones. Harnack sostuvo que Marción había sido el primero en construir un canon cristiano formal, y que la Iglesia, por la fuerza del ejemplo, hizo después lo mismo con cuatro Evangelios y trece cartas de Pablo; argumentó que, si la Iglesia hubiera tenido ya un Nuevo Testamento, Marción habría tenido que atacarlo y Tertuliano lo habría contado. Metzger lo matiza: el canon de Marción pudo ser el primero que se propuso públicamente, pero no se sigue que la Iglesia no hubiera definido el suyo; más bien, lo aceleró. El proceso de reunir los Evangelios y poner junto a ellos los escritos apostólicos había empezado ya, y fue frente a Marción cuando la Iglesia tomó plena conciencia de lo que heredaba. Trobisch recuerda que el punto sigue discutido, con tres posiciones: que Marción fue el motivo de la reacción de la Iglesia, que redujo una edición ya existente de los Evangelios y las cartas, o que se trató de dos colecciones independientes; entre quienes sostienen la tercera menciona a Schmid.
Tertuliano, en Cartago a comienzos del siglo III, responde a Marción con un argumento de procedencia. Para él el «Testamento evangélico» tiene por autores a apóstoles y a varones apostólicos, y el Evangelio de Marción, en cambio, no lleva nombre de autor:
Establecemos como primera posición que el Testamento evangélico tiene por autores a apóstoles, a quienes el propio Señor encomendó este oficio de publicar el evangelio. Pero como hay también varones apostólicos, estos no están solos, sino que aparecen con los apóstoles y después de los apóstoles; porque la predicación de los discípulos podría ser sospechosa de afectar gloria, si no la acompañara la autoridad de los maestros, es decir, de Cristo, que fue lo que hizo maestros a los apóstoles. De los apóstoles, pues, Juan y Mateo infunden primero la fe en nosotros; de los varones apostólicos, Lucas y Marcos la renuevan después. Todos arrancan de los mismos principios de la fe, en lo que toca al único Dios Creador y a su Cristo, nacido de la Virgen y venido a cumplir la ley y los profetas. No importa que haya alguna variación en el orden de sus relatos, con tal que haya acuerdo en lo esencial de la fe, en lo cual hay desacuerdo con Marción. Marción, en cambio, debéis saberlo, no atribuye autor alguno a su Evangelio, como si no se le pudiera permitir poner título a aquello cuyo cuerpo no era delito (a sus ojos) destruir.
El criterio es doble: apostolicidad, real o por la relación con un apóstol (Marcos con Pedro, Lucas con Pablo), y acuerdo con la regla de fe. En los capítulos siguientes (IV, 4-5) añade el de la antigüedad: lo más antiguo es lo verdadero, y lo que remonta a los apóstoles es lo que las iglesias fundadas por ellos han guardado, entre ellas las de Corinto, Filipos, Tesalónica, Éfeso y Roma; el Lucas que Tertuliano defiende se ha mantenido en ellas desde su primera publicación, mientras que el de Marción, dice, es desconocido para la mayoría. En la Prescripción contra los herejes el mismo argumento se convierte en programa:
XXXVI. [1] Venga ya, tú que quieres ejercitar mejor tu curiosidad en el negocio de tu salvación: recorre las iglesias apostólicas, en las que aún presiden en sus lugares las mismas cátedras de los apóstoles, en las que se recitan sus mismas cartas auténticas, haciendo sonar la voz y representando el rostro de cada uno. [2] Cerca de ti está Acaya: tienes Corinto. Si no estás lejos de Macedonia, tienes Filipos; si puedes dirigirte a Asia, tienes Éfeso; si lindas con Italia, tienes Roma, de donde también a nosotros nos está a la mano la autoridad. [3] ¡Cuán feliz es esta iglesia, en la que los apóstoles derramaron toda la doctrina con su propia sangre, donde Pedro se iguala a la pasión del Señor, donde Pablo es coronado con la muerte de Juan, donde el apóstol Juan, después de ser sumergido en aceite hirviendo sin padecer nada, es relegado a una isla! [4] Veamos qué aprendió, qué enseñó: con las iglesias africanas también confraternizadas, [5] conoce a un solo Dios Señor, creador del universo, y a Cristo Jesús, hijo del Dios creador, nacido de la virgen María, y la resurrección de la carne; mezcla la ley y los profetas con las cartas evangélicas y apostólicas, y de ahí bebe la fe; la sella con el agua, la viste con el Espíritu Santo, la alimenta con la eucaristía, exhorta al martirio, y contra esta institución no admite a nadie. [6] Esta es la institución —ya no digo la que anunciaba las herejías futuras— de la que salieron las herejías. Pero no son de ella, desde el momento en que se hicieron contra ella. [7] También del hueso de la aceituna, suave, óptima y necesaria, nace el acebuche áspero; también de la semilla de la higuera gratísima y suavísima brota la higuera silvestre, ventosa e inútil. [8] Así también las herejías, de nuestro frutal, no de nuestro linaje; de grano de verdad, pero silvestres por la mentira.
La frase que importa aquí es la de 36, 5: la iglesia de Roma «mezcla la ley y los profetas con las cartas evangélicas y apostólicas». Para Tertuliano, a fines del siglo II o comienzos del III, los Evangelios y las cartas se leen ya junto al Antiguo Testamento, y no son para él un apéndice.
Marción dejó, además, huellas en el texto. Metzger recoge que los manuscritos latinos de la Vulgata, entre ellos el Fuldensis de 546, traen siete prólogos a las cartas de Pablo que De Bruyne, Harnack y otros identificaron como marcionitas por el orden de las cartas y por su tema (las iglesias «inducidas a la ley y los profetas» por falsos apóstoles). Dahl, citado por Metzger, propone otra lectura: los prólogos presuponen una edición muy parecida a la de Marción, pero no idéntica. Harnack veía en ello una prueba de que la colección marcionita influyó en la eclesiástica desde muy pronto. Lo que importa aquí es el límite de esa inferencia: lo que se sabe es que el texto latino de Pablo recibió prólogos con ese origen o con ese parecido; no se sabe cuándo ni quién los adoptó.
Ireneo, obispo de Lyon hacia 180, es según Metzger el primer autor patrístico que hace pleno uso del Nuevo Testamento: pone junto a los Evangelios un conjunto de escritos apostólicos que cita como Escritura, y una regla de fe que dice cómo leerlos. Metzger cuenta en Contra las herejías 1.075 citas del Nuevo Testamento, 626 de los Evangelios, 54 de Hechos, 280 de las cartas de Pablo (ninguna de Filemón), 15 de las católicas (ninguna de 2 Pedro, 3 Juan ni Judas) y 29 del Apocalipsis. Lo primero que Ireneo cuenta es cómo nacieron los Evangelios:
Nosotros hemos aprendido de ningún otro el plan de nuestra salvación, sino de aquellos por quienes el Evangelio ha llegado hasta nosotros, el cual proclamaron una vez en público y, en un período posterior, por voluntad de Dios, nos lo entregaron en las Escrituras, para que fuera el fundamento y columna de nuestra fe. Porque es ilícito afirmar que predicaron antes de poseer "el conocimiento perfecto", como algunos incluso se atreven a decir, jactándose de ser mejoradores de los apóstoles. Pues, después de que nuestro Señor resucitó de entre los muertos, [los apóstoles] fueron revestidos de poder desde lo alto cuando el Espíritu Santo descendió [sobre ellos], fueron llenos de todos [sus dones] y tuvieron conocimiento perfecto: partieron hasta los confines de la tierra, predicando las buenas nuevas de los bienes [enviados] de Dios a nosotros, y proclamando la paz del cielo a los hombres, quienes ciertamente todos, igual e individualmente, poseen el Evangelio de Dios. Mateo también publicó un Evangelio escrito entre los hebreos en su propio dialecto, mientras Pedro y Pablo predicaban en Roma y ponían los fundamentos de la Iglesia. Después de su partida, Marcos, discípulo e intérprete de Pedro, nos entregó también por escrito lo que Pedro había predicado. También Lucas, compañero de Pablo, puso por escrito en un libro el Evangelio predicado por él. Después, Juan, el discípulo del Señor, que también se había recostado sobre su pecho, publicó él mismo un Evangelio durante su estancia en Éfeso, en Asia.
El orden es Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y cada uno remite a un apóstol (Mateo, Juan) o a un compañero de apóstol (Marcos de Pedro, Lucas de Pablo). Esa es la forma que toma en Ireneo el criterio de apostolicidad. Su argumento sobre el número es otro:
No es posible que los Evangelios puedan ser ni más ni menos en número de lo que son. Pues, puesto que hay cuatro zonas del mundo en que vivimos, y cuatro vientos principales, mientras la Iglesia está dispersa por todo el mundo, y la "columna y fundamento" de la Iglesia es el Evangelio y el espíritu de vida; es propio que ella tenga cuatro columnas, exhalando inmortalidad por todos lados, y vivificando a los hombres de nuevo. De cuyo hecho, es evidente que el Verbo, el Artífice de todo, Aquel que está sentado sobre los querubines, y contiene todas las cosas, Aquel que fue manifestado a los hombres, nos ha dado el Evangelio bajo cuatro aspectos, pero unidos entre sí por un solo Espíritu.
La razón es simbólica: cuatro vientos, cuatro seres vivientes, cuatro alianzas (con Adán, Noé, Moisés y Cristo). Metzger observa que Ireneo no dice nada de las circunstancias humanas que hubo antes de que los Evangelios formaran un grupo: algunas iglesias usaron un solo Evangelio durante mucho tiempo, y Cullmann ha hecho ver, según Metzger, que cuatro relatos de una misma vida no pueden armonizarse sin perder alguno, como intentó Taciano con su Diatessaron, o reducirse a uno, como hizo Marción con Lucas; la Iglesia optó por ponerlos uno junto a otro. Para Metzger el canon de los Evangelios está para Ireneo cerrado; el canon apostólico, no. Ireneo reúne las cartas de Pablo y Hechos con los Evangelios como «Escrituras» (III, 12) y no discute el número de las cartas como discute el de los Evangelios. Y en IV, 20, 2 llama «Escritura» a un texto que Eusebio identifica con el Pastor de Hermas:
Verdaderamente, pues, declaró la Escritura, que dice: "Ante todo, cree que hay un solo Dios, que ha establecido todas las cosas y las ha completado, y que ha hecho que de lo que no tenía ser, todas las cosas vinieran a la existencia"
Eusebio, que lo conocía así, dice que Ireneo «no sólo conoce, sino que también recibe, El Pastor», y que usa casi las palabras de la Sabiduría de Salomón (HE V, 8, 7-8). Para Metzger, por lo tanto, en Ireneo ya hay un Nuevo Testamento en tres partes, Evangelios, Hechos y cartas apostólicas, de unos veintidós libros, sin que se sepa con seguridad si Filemón y Hermas cuentan. Eso es lo que las fuentes dicen; la lectura de que en ese momento el canon está «cerrado» corresponde a la definición exclusiva o a la funcional que se adopte, como se vio al principio.
La crisis montanista, a finales del siglo II, entra en la historia por el lado del cierre. Harnack sostuvo que la idea de un Nuevo Testamento cerrado nació de la reacción contra Montano, que proclamaba que lo más alto de la revelación se daba ahora en el Paráclito: para negarlo, los dirigentes de la Iglesia tuvieron que pensar una alianza establecida y sellada en la manifestación de Cristo y en la obra de sus apóstoles. Resume el resultado con una frase propia, que remite a Contra Práxeas 1: el Espíritu quedó «ahuyentado hacia dentro de un libro». Ve además en la expresión «los libros de la antigua alianza» de Melitón de Sardes, hacia 170-180, la señal de que ya se tenía una colección de libros de la nueva. McDonald es más cauto sobre Marción: juzga excesivo decir, con Harnack y von Campenhausen, que fue el «creador de la Escritura santa cristiana», porque ya había tendencias en esa dirección antes que él. Eusebio conserva la lista de Melitón, la más antigua de libros del Antiguo Testamento entre los cristianos, según Heine:
13 Melitón a su hermano Onésimo, saludos: Puesto que a menudo, en tu celo por la palabra, has expresado el deseo de que se hicieran extractos de la Ley y de los Profetas acerca del Salvador y de toda nuestra fe, y has deseado también tener una declaración exacta de los libros antiguos, en cuanto a su número y su orden, me he esforzado por realizar la tarea, conociendo tu celo por la fe y tu deseo de adquirir información acerca de la palabra, y sabiendo que tú, en tu anhelo por Dios, estimas estas cosas por encima de todo, esforzándote por alcanzar la salvación eterna.14 Por consiguiente, cuando fui a Oriente y llegué al lugar donde estas cosas fueron predicadas y hechas, aprendí con exactitud los libros del Antiguo Testamento, y te los envío como están escritos abajo. Sus nombres son como sigue: De Moisés, cinco libros: Génesis, Éxodo, Números, Levítico, Deuteronomio; Josué, Jueces, Rut; de los Reyes, cuatro libros; de Crónicas, dos; los Salmos de David, los Proverbios de Salomón, también la Sabiduría, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Job; de los Profetas, Isaías, Jeremías; de los doce profetas, un libro; Daniel, Ezequiel, Esdras. De los cuales también he hecho los extractos, dividiéndolos en seis libros. Tales son las palabras de Melitón.
Falta Ester, y está la Sabiduría de Salomón; Heine la toma como señal de que la mayor parte de los libros que están en la Septuaginta y no en la Biblia hebrea no se tenían entonces por Antiguo Testamento reconocido.
La imagen que da Clemente de Alejandría, en cambio, es de un canon abierto, según Metzger. Cita casi todos los libros del Nuevo Testamento, pero también las cartas de Clemente de Roma y de Bernabé, el Pastor y el Apocalipsis de Pedro, y conoce el Evangelio de los Egipcios y el de los Hebreos. Eusebio resume su obra perdida, las Hipotiposis, diciendo que contenía comentarios breves de «toda la Escritura canónica, sin omitir los libros discutidos» (HE VI, 14, 1), con el nombre de Judas y de las demás católicas, de Bernabé y del Apocalipsis de Pedro. Y de la misma fuente viene la noticia sobre el orden de los Evangelios:
5 De nuevo, en los mismos libros, Clemente da la tradición de los presbíteros más antiguos, en cuanto al orden de los Evangelios, de la siguiente manera:6 Los Evangelios que contienen las genealogías, dice, fueron escritos primero. El Evangelio según Marcos tuvo esta ocasión. Como Pedro había predicado públicamente la Palabra en Roma, y declarado el Evangelio por el Espíritu, muchos de los presentes pidieron que Marcos, que lo había seguido durante mucho tiempo y recordaba sus palabras, las pusiera por escrito. Y habiendo compuesto el Evangelio, lo entregó a quienes lo habían pedido.7 Cuando Pedro se enteró de esto, ni lo prohibió directamente ni lo alentó. Pero, el último de todos, Juan, percibiendo que los hechos externos habían quedado claros en el Evangelio, instado por sus amigos e inspirado por el Espíritu, compuso un Evangelio espiritual. Esta es la relación de Clemente.
En 1740 Ludovico Antonio Muratori publicó, a partir de un códice de Bobbio, hoy en la Biblioteca Ambrosiana de Milán, un texto latino de ochenta y cinco líneas que empieza en medio de una frase y que se interrumpe de manera abrupta. Metzger describe el códice como un volumen del siglo VIII, copiado por un monje que reunió tratados de Eucherio, de Ambrosio y de Crisóstomo; el scriptor transcribió dos veces un trozo de Ambrosio, lo que muestra su descuido. Existen además fragmentos del mismo texto en cuatro manuscritos paulinos de Monte Cassino, de los siglos XI y XII, que no dependen del de Milán. La lengua es un latín tosco, con ortografía inestable; muchos estudiosos, aunque no todos, creen que traduce un original griego. Westcott lo reprodujo en el apéndice C de su obra, con las lecturas del manuscrito, que había copiado en Milán en 1865.
El texto no es una lista seca, sino una especie de introducción al Nuevo Testamento: cada libro lleva un comentario sobre su origen y sobre por qué debe o no debe leerse. Con la traducción inglesa de los Ante-Nicene Fathers (vol. 5, apéndice), que remite a la edición de Muratori (Antiquitates Italicae, III, col. 854), el contenido es el siguiente. Primero, los dos últimos Evangelios:
…aquellas cosas en las que estuvo presente, así las puso. El tercer libro del Evangelio es el de Lucas. Lucas, el conocido médico, lo escribió en su propio nombre y en orden, después de la ascensión de Cristo, cuando Pablo lo había asociado consigo como a hombre estudioso del derecho. Tampoco él vio al Señor en la carne; y, según pudo averiguarlo, comenzó su relato con el nacimiento de Juan. El cuarto Evangelio es el de Juan, uno de los discípulos. Cuando sus condiscípulos y obispos le instaron, dijo: «Ayunad conmigo ahora durante tres días, y contémonos unos a otros lo que a cada uno le sea revelado». Esa misma noche le fue revelado a Andrés, uno de los apóstoles, que Juan debía narrar todas las cosas en su propio nombre, según ellos las iban recordando. Y por eso, aunque en cada uno de los libros de los Evangelios se enseñan puntos distintos, no hay diferencia en cuanto a la fe de los creyentes, puesto que en todos ellos se relatan todas las cosas bajo un solo Espíritu principal: lo que atañe a la natividad del Señor, a su pasión, a su resurrección, a su trato con los discípulos y a su doble advenimiento —el primero, en la humillación del desprecio, que ya pasó; el segundo, en la gloria del poder regio, que está por venir—. ¿Qué tiene de extraño, pues, que Juan presente también en sus cartas estas cosas con tanta constancia, diciendo de sí mismo: «Lo que hemos visto con nuestros ojos, y oído con nuestros oídos, y nuestras manos han palpado, eso hemos escrito»? Porque así se declara no solo testigo ocular y oyente, sino además historiador, por su orden, de todas las maravillas del Señor.
Luego, Hechos y las cartas de Pablo, con el argumento de las siete iglesias:
Además, los Hechos de todos los apóstoles están reunidos por Lucas en un solo libro, dirigido al excelentísimo Teófilo, porque los distintos sucesos tuvieron lugar estando él presente; y lo muestra claramente —es decir, que el principio con que escribió era dar solo lo que cayó bajo su propia observación— con la omisión de la pasión de Pedro y también del viaje de Pablo cuando fue de la ciudad —Roma— a España.En cuanto a las cartas de Pablo, a quienes quieran entenderlo ellas mismas indican lo que son, y desde qué lugar o con qué propósito fueron dirigidas. Escribió primero y extensamente a los corintios, para frenar el cisma de la herejía; luego a los gálatas, para prohibir la circuncisión; luego a los romanos sobre la regla de las Escrituras del Antiguo Testamento, y para mostrarles que Cristo es el primer objeto de ellas —cosas que nos es necesario tratar una por una, ya que el bienaventurado apóstol Pablo, siguiendo la regla de su predecesor Juan, no escribe sino a siete iglesias nombradas, en este orden: la primera a los corintios, la segunda a los efesios, la tercera a los filipenses, la cuarta a los colosenses, la quinta a los gálatas, la sexta a los tesalonicenses, la séptima a los romanos. Y aunque escribe dos veces a los corintios y a los tesalonicenses para corrección, se muestra —por esa escritura séptuple— que hay una sola Iglesia extendida por todo el mundo. Y Juan también, en el Apocalipsis, aunque escribe solo a siete iglesias, se dirige a todas. Escribió además una a Filemón, una a Tito y dos a Timoteo, por afecto y amor personales sin duda, pero que son tenidas por sagradas en la estima de la Iglesia católica y para la regulación de la disciplina eclesiástica. Circulan también una a los laodicenses y otra a los alejandrinos, falsificadas bajo el nombre de Pablo y dirigidas contra la herejía de Marción; y hay además otras varias que no pueden ser recibidas en la Iglesia católica, porque no conviene que la hiel se mezcle con la miel.
Y por último, las demás cartas, los apocalipsis y los libros rechazados:
La carta de Judas, ciertamente, y dos que llevan el nombre de Juan arriba mencionado —o que pertenecen a ese Juan— se cuentan entre las católicas. Y el libro de la Sabiduría, escrito por los amigos de Salomón en su honor. Recibimos también el Apocalipsis de Juan y el de Pedro, aunque algunos de entre nosotros no quieren que este último se lea en la Iglesia. El Pastor, por su parte, lo escribió Hermas muy recientemente, en nuestros tiempos, en la ciudad de Roma, cuando su hermano, el obispo Pío, ocupaba la cátedra de la Iglesia de Roma. Y por eso también conviene que se lea; pero no puede hacerse público en la Iglesia ante el pueblo, ni ponerse entre los profetas, cuyo número está completo, ni entre los apóstoles hasta el fin de los tiempos. De los escritos de Arsínoo, llamado también Valentino, o de Milcíades, no recibimos nada en absoluto. Se rechaza igualmente a quienes escribieron el nuevo libro de Salmos para Marción, junto con Basílides y el fundador de los catafrigios de Asia.
Nota de lectura · Cómo se lee esta traducción
La traducción inglesa que se usa aquí es la de los Ante-Nicene Fathers y es libre; el original latino está estropeado y los editores lo corrigen de maneras distintas. Dos ejemplos: lo que arriba se traduce «un solo Espíritu principal» (uno ac principali spiritu) es «imperial» en esa edición y «guiding» en la de Gwatkin, que da el latín enfrente; y «hermano, el obispo Pío» sale en la edición que se usó con una errata («Plus»). Metzger sigue en general la edición de Lietzmann y ofrece una traducción propia, que no se reproduce aquí por estar sujeta a derechos.
Lo que el fragmento dice, y en qué se apoyan los estudiosos, se puede ordenar así. Admite los cuatro Evangelios, nombrando solo dos (Lucas y Juan, por estar truncado el comienzo), Hechos, trece cartas de Pablo, Judas, dos de Juan, la Sabiduría y los apocalipsis de Juan y de Pedro, pero este último con reservas. Rechaza dos cartas paulinas apócrifas y los escritos de Valentín, Basílides, Milcíades y los montanistas. El Pastor queda aparte: se puede leer en privado, pero no en el culto, porque es demasiado reciente. Metzger distingue en el texto cuatro categorías (los aceptados por todos, uno discutido, uno que se puede leer pero no en la iglesia, y los rechazados) y dos criterios: la lectura pública en la iglesia y la autoría de apóstoles o de testigos que vieron y oyeron; el Pastor queda fuera porque su autor no es ni profeta, ya que su número está cerrado, ni apóstol. También señala qué no aparece: Hebreos, Santiago y 1 y 2 Pedro. Zahn y otros han supuesto que 1 Pedro pudo caerse del texto por descuido del copista.
La fecha y el lugar son el punto en que se dividen los autores. La lectura tradicional, defendida por Metzger y, según McDonald, por von Campenhausen y por Ferguson, la sitúa en Roma hacia 180-200. Tiene tres apoyos: la expresión urbs Roma en la línea 76; el texto sobre Hermas, escrito «muy recientemente, en nuestros tiempos» bajo el obispo Pío (hacia 140-154); y la ausencia de Hebreos y de Santiago, que serían de esperar en una lista oriental. La lectura contraria es la de Sundberg, que en 1973 publicó el artículo «Canon Muratori: A Fourth-Century List» y llevó la lista a Oriente hacia 350-400, y la de Hahneman, que la apoyó con un libro en 1992. McDonald resume sus razones así: permitir leer el Pastor aunque esté fuera del canon es más propio del siglo IV y de Oriente; la situación dudosa de los dos apocalipsis también; la lista que más se le parece es la de Eusebio, de hacia 325; no hay ninguna otra semejante en el siglo II; el latín, según Hahneman, es de aspecto del siglo IV; y «nuestros tiempos» puede significar solo «época posterior a la de los apóstoles», como lo usa Ireneo en un caso para un hecho de cien años antes. McDonald concluye que los argumentos de Sundberg y de Hahneman «llevan la ventaja», aunque sin poder insistir. Metzger, por su parte, dice que Ferguson contestó a Sundberg tan a fondo que su tesis quedó «demolida». Trobisch, que recoge la discusión de pasada, anota que Hahneman «examinó y confirmó» la datación tardía.
No hace falta resolverlo para ver lo que el texto muestra. Si es de hacia 180, es la lista más antigua que se conserva, y su autor distingue ya a los profetas, «cuyo número está completo», de los apóstoles. Si es del siglo IV, se parece más a Eusebio que a Ireneo, y deja de ser el testigo de un canon del siglo II para serlo de las preocupaciones del IV. McDonald añade un argumento de método: si el fragmento es del siglo II, no tuvo, hasta donde se sabe, ninguna influencia en los casi ciento cincuenta años siguientes, pues nadie lo menciona.
Orígenes, nacido hacia 185 y muerto hacia 253, es el primer autor del que se conserva una discusión explícita sobre qué libros del Nuevo Testamento se aceptan sin disputa. Eusebio cita dos pasajes suyos. En el primero, de su comentario a Mateo, hacia 244, Orígenes dice qué sabe sobre los cuatro Evangelios:
3 En su primer libro sobre el Evangelio de Mateo, manteniendo el Canon de la Iglesia, testifica que conoce sólo cuatro Evangelios, escribiendo como sigue:4 Entre los cuatro Evangelios, que son los únicos indiscutibles en la Iglesia de Dios bajo el cielo, he aprendido por tradición que el primero fue escrito por Mateo, que una vez fue publicano, pero después apóstol de Jesucristo, y fue preparado para los convertidos del judaísmo, y publicado en la lengua hebrea.5 El segundo es de Marcos, quien lo compuso según las instrucciones de Pedro, que en su epístola católica lo reconoce como hijo, diciendo: "La iglesia que está en Babilonia, elegida juntamente con vosotros, os saluda, y también Marcos, mi hijo". []6 Y el tercero de Lucas, el Evangelio recomendado por Pablo, y compuesto para los convertidos gentiles. Por último, el de Juan.
Y en el segundo, de su comentario a Juan (hacia 230-231), habla de las cartas:
8 Y Pedro, sobre quien está edificada la Iglesia de Cristo, "contra la cual las puertas del infierno no prevalecerán", [] ha dejado una epístola reconocida; quizá también una segunda, pero ésta es dudosa.9 ¿Qué necesidad hay de hablar de aquel que se recostó sobre el pecho de Jesús, Juan, que nos ha dejado un Evangelio, aunque confesó que podría escribir tantos que el mundo no podría contenerlos? Y escribió también el Apocalipsis, pero se le mandó guardar silencio y no escribir las palabras de los siete truenos.10 Ha dejado también una epístola de muy pocas líneas; quizá también una segunda y una tercera; pero no todos las consideran genuinas, y juntas no contienen cien líneas.11 Además hace las siguientes afirmaciones respecto a la Epístola a los Hebreos en sus Homilías sobre ella: Que el estilo verbal de la epístola titulada "A los Hebreos" no es rudo como el lenguaje del apóstol, quien se reconocía "rudo en el habla" [] es decir, en la expresión; sino que su dicción es griego más puro, como reconocerá cualquiera que tenga poder para discernir diferencias de fraseología.12 Además, que los pensamientos de la epístola son admirables, y no inferiores a los escritos apostólicos reconocidos, lo admitirá cualquiera que examine cuidadosamente el texto apostólico.13 Más adelante añade: Si yo diera mi opinión, diría que los pensamientos son los del apóstol, pero la dicción y la fraseología son de alguien que recordaba las enseñanzas apostólicas, y escribió a su ocio lo que había sido dicho por su maestro. Por tanto, si alguna iglesia sostiene que esta epístola es de Pablo, sea encomiada por ello. Pues no sin razón los antiguos la han transmitido como de Pablo.14 Pero quién escribió la epístola, en verdad, Dios lo sabe. La afirmación de algunos que nos han precedido es que Clemente, obispo de los romanos, escribió la epístola, y de otros que Lucas, el autor del Evangelio y de los Hechos, la escribió. Pero baste esto sobre estos asuntos.
Son dos documentos que dicen mucho sobre cómo se pensaba. Orígenes no reconoce un catálogo oficial; distingue los libros por lo que han dicho las iglesias («los únicos indiscutibles en la Iglesia de Dios bajo el cielo») y deja en suspenso lo que no sabe. En otro lugar quedan las excepciones que Metzger recoge: da a la Carta a los Hebreos un tratamiento largo en sus Homilías, aunque cita de ella más de doscientas veces y suele atribuirla a Pablo; llama a Santiago «la carta de Santiago que circula»; y rechaza expresamente el Kerygma de Pedro por no estar entre los libros eclesiásticos. En su ancianidad, además, Orígenes llama al Pastor, según Metzger, una obra «muy útil y, según creo, divinamente inspirada» (Com. Rom. X, 31), y Metzger ve en la diferencia entre su época de Alejandría y la de Cesarea un paso de la amplitud a la prudencia.
Hay un tercer testimonio, que se cita siempre con una advertencia. En la homilía 7 sobre Josué, que Metzger fecha hacia 240 y que solo se conserva en el latín de Rufino, Orígenes compara a los apóstoles con los sacerdotes que derribaron Jericó con trompetas: Mateo, Marcos, Lucas y Juan tocan «trompetas de sacerdote», Pedro lo hace con dos cartas, y también Santiago y Judas; sigue Juan con sus cartas, Lucas con Hechos y, el último, Pablo, con «catorce de sus cartas». Es una lista casi completa del Nuevo Testamento en un sermón, y la traducción de Cynthia White (Fathers of the Church 105, 2002) explica en nota el problema: las ediciones de Lommatzsch y de Delarue añaden a «sus cartas» las palabras et Apocalypsim, lo que daría una lista de veintisiete libros; Harnack tenía el texto por auténtico de Orígenes; White considera posible que Rufino, que tradujo la homilía al latín, la haya llevado «al nivel de su época». Según Eusebio, Orígenes tenía dudas sobre varios libros, entre ellos 2 Pedro y Hebreos; y en otros lugares cita 2 Pedro y atribuye Hebreos a Pablo (White, nota a la homilía 7). La explicación de Metzger es que el género cuenta: en un sermón Orígenes enumera libros que no han alcanzado aprobación universal pero que sirven para edificar, mientras que en sus discusiones técnicas los distingue.
Eusebio, obispo de Cesarea, amigo y discípulo de Pánfilo y con la biblioteca que Orígenes formó a su disposición, es quien hace el balance. No puede apelar a un decreto, porque no lo hay; según Metzger, lo más que puede registrar es la incertidumbre. Y no inventa una sola lista, sino que cuenta votos:
1. Puesto que tratamos de este asunto, conviene resumir los escritos del Nuevo Testamento que ya se han mencionado. En primer lugar, pues, ha de ponerse el santo cuaternión de los Evangelios; a continuación, los Hechos de los Apóstoles.2. Después de esto han de contarse las epístolas de Pablo; a continuación, la primera epístola de Juan que se conserva, y asimismo la epístola de Pedro, han de mantenerse. Tras ellas ha de colocarse, si realmente parece conveniente, el Apocalipsis de Juan, sobre el cual daremos las distintas opiniones a su debido tiempo. Estos, pues, pertenecen a los escritos aceptados.3. Entre los escritos discutidos, aunque no obstante reconocidos por muchos, se conservan la llamada Epístola de Santiago y la de Judas, también la segunda Epístola de Pedro, y las llamadas segunda y tercera, ya pertenezcan al evangelista o a otra persona del mismo nombre.4. Entre los escritos rechazados han de contarse también los Hechos de Pablo, y el llamado Pastor, y el Apocalipsis de Pedro, y además de estos la Epístola conservada de Bernabé, y la llamada Doctrina de los Apóstoles; y además, como he dicho, el Apocalipsis de Juan, si parece conveniente, que algunos, como he dicho, rechazan, pero que otros cuentan entre los libros aceptados.5. Y entre estos algunos han colocado también el Evangelio según los hebreos, con el cual se deleitan especialmente aquellos de los hebreos que han aceptado a Cristo. Y todos estos pueden contarse entre los libros discutidos.6. Pero, no obstante, nos hemos visto obligados a dar un catálogo de estos también, distinguiendo aquellas obras que según la tradición eclesiástica son verdaderas y genuinas y comúnmente aceptadas, de aquellas otras que, aunque no canónicas sino discutidas, son sin embargo al mismo tiempo conocidas por la mayoría de los escritores eclesiásticos — nos hemos visto obligados a dar este catálogo para que podamos conocer tanto estas obras como las que son citadas por los herejes bajo el nombre de los apóstoles, incluyendo, por ejemplo, libros como los Evangelios de Pedro, de Tomás, de Matías, o de cualesquiera otros además de ellos, y los Hechos de Andrés y Juan y los demás apóstoles, que nadie perteneciente a la sucesión de escritores eclesiásticos ha juzgado digno de mención en sus escritos.7. Y además, el carácter del estilo está en desacuerdo con el uso apostólico, y tanto los pensamientos como el propósito de las cosas que en ellos se relatan están tan completamente fuera de acuerdo con la verdadera ortodoxia que claramente se muestran como ficciones de herejes. Por lo cual no han de colocarse ni siquiera entre los escritos rechazados, sino que todos han de ser desechados como absurdos e impíos.Prosigamos ahora con nuestra historia.
Metzger lee las cuatro clases con el esquema de von Dobschütz: el historiador, que cuenta lo que se acepta, y el eclesiástico, que opina. Hay libros canónicos (los reconocidos y los discutidos), otros ortodoxos pero no canónicos (los «espurios»: Hechos de Pablo, Pastor, Apocalipsis de Pedro, Bernabé, Doctrina de los Apóstoles) y heréticos. Eusebio pone el Apocalipsis de Juan en dos clases a la vez, «si parece conveniente», y Metzger lo atribuye a que ha visto el abuso milenarista del libro (véase El milenio). Hebreos no está en la lista porque, para él, va con las catorce cartas de Pablo, como dice en III, 3, 5, donde añade que algunos lo han rechazado «diciendo que es discutida por la iglesia de Roma, con el fundamento de que no fue escrita por Pablo». Tampoco dice a qué libros dio forma de volumen cuando, hacia 332, Constantino le encargó cincuenta ejemplares de «las Sagradas Escrituras» para Constantinopla: Metzger señala que, siendo Eusebio tan cuidadoso con las fluctuaciones, no dice una palabra sobre qué incluyó, y recuerda que los códices Sinaítico y Vaticano pudieron ser del mismo medio, aunque su texto alejandrino hace improbable que fueran de esos cincuenta. El Sinaítico trae Bernabé y parte del Pastor tras el Apocalipsis.
McDonald propone una lectura más radical de Eusebio: las primeras colecciones cerradas indiscutibles de Escrituras cristianas empiezan con él, que fue «probablemente el creador» de esas listas, y Hahneman y Kalin sostienen que Eusebio compuso la suya a partir de su propio criterio. Metzger ve en ella, en cambio, un resumen honesto de lo que testimoniaban las iglesias, y piensa que su falta de simetría la hace más digna de confianza.