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    TEXTOS — TERTULIANO

    Índice de la obra

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    Tertuliano

    Sobre la prescripción de los herejes

    Texto base: latín de Complete Works of Tertullian (Delphi Classics, 2018), de edición no declarada; el cotejo lo sitúa junto al texto de R. Refoulé que transcribe tertullian.org · cuarenta y cuatro capítulos con secciones numeradas

    Traducción: Traducción automática (Libyx), directa del latín de Delphi; no del inglés, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 77 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Quién tiene derecho a discutir con las Escrituras? Tertuliano responde que no los herejes, y que puede probarse sin abrir un solo versículo: basta preguntar a quién pertenecen la fe y los libros que la contienen (Cap. 19). A ese recurso, tomado del derecho romano, lo llama praescriptio, y de él toma título el tratado. Para llegar ahí recorre cuarenta y cuatro capítulos: por qué no hay que asombrarse de que existan herejías (Cap. 1–6), qué hacer con la filosofía y con el «buscad y hallaréis» (Cap. 7–12), cómo la regla de fe pone término a la búsqueda (Cap. 13–14), y de dónde viene la fe: de Cristo, por los apóstoles y las iglesias que fundaron (Cap. 20–29 y 36).

    Ficha de la obra

    AutorTertuliano de Cartago (hacia 160 – hacia 220, según el perfil de este sitio). Las ediciones consultadas dan el tratado por suyo; esta edición no examina la atribución
    TítuloDe praescriptione haereticorum. Los manuscritos lo dan también como De praescriptionibus haereticorum (tertullian.org); en inglés, The Prescription against Heretics (ANF) y On the Prescription of Heretics (Delphi); el epub castellano lo titula «La prescripción de los herejes»
    FechaLa obra no la da. «Hacia 200» (Catholic Encyclopedia), «después de 198 y antes de la etapa montanista» (cronología de tertullian.org) o después de 207 (ANF, siguiendo a Noesselt); véase la nota del Cap. 1
    GéneroTratado polémico contra «todas las herejías» en general; Tertuliano promete responder después a algunas en particular (Cap. 44, 14)
    ExtensiónCuarenta y cuatro capítulos, unas 11 600 palabras
    Texto baseLatín de Complete Works of Tertullian (Delphi Classics, 2018), con las secciones numeradas «[1]», «[2]»… El epub no declara la edición ni el editor; el cotejo está explicado más abajo
    TraducciónCastellana, automática (Libyx), directa del latín; no del inglés. No se atribuye a ningún traductor humano
    CotejoVersión inglesa de Peter Holmes, Ante-Nicene Fathers, vol. 3 (Buffalo, 1885), con las notas de Holmes y las Elucidations del editor americano
    El tratado avanza así. Primero, que las herejías estaban anunciadas, como probación de la fe, y que Pablo las condena (Cap. 1–6; , , ). Luego, que la filosofía las instiga (Cap. 7; ) y que el «buscad y hallaréis» de no autoriza una búsqueda sin término (Cap. 8–12). Con la regla de fe (Cap. 13–14) llega a la tesis: no se admite a los herejes a discutir desde las Escrituras (Cap. 15–19). Después prueba que la fe viene de Cristo por los apóstoles y las iglesias fundadas por ellos, y responde a tres objeciones (Cap. 20–29); muestra que las herejías son posteriores, y que los apóstoles ya las nombraron (Cap. 30–35); recorre las iglesias apostólicas y niega a los herejes la propiedad de las Escrituras (Cap. 36–40); y cierra con su conducta y con el juicio (Cap. 41–44). El perfil de Tertuliano sitúa este tratado entre sus obras contra los herejes; Ireneo había argumentado antes con la tradición apostólica (Pearse dice que Tertuliano lo elabora), y los compendios Hermenéutica 2a y 2b tratan la praescriptio.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa del latín. El epub de partida pertenece a Complete Works of Tertullian (Delphi Classics, 2018) y es la versión castellana del epub latino que acompaña a esa edición, párrafo por párrafo y con los mismos cuarenta y cuatro capítulos y las mismas secciones numeradas. Ni el epub latino ni el castellano dicen qué edición crítica reproduce el latín ni quién la preparó. Cotejado con el texto latino que Roger Pearse transcribe en tertullian.org («Edited by R. F. Refoulé, Sources Chrétiennes 46, 1957»; Refoulé la había editado ya en el Corpus Christianorum, 1954), coincide palabra por palabra salvo ocho diferencias menores: erratas o grafías del epub («caussam», «invenientis», «integrassed», «promiseran»), una lectura distinta en el Cap. 40, 1 (interuertatur en Delphi, interpretetur en Pearse), una partícula, la palabra griega del Cap. 30, que Pearse ha corregido y Delphi conserva en una transcripción ilegible, y el § 15 final que Pearse añade desde las notas. Es un cotejo y no una atribución: no consta cómo llegó ese texto a Delphi. La versión castellana la hizo un programa (Libyx; el epub solo nombra a «Libyx EPUB Translator» como colaborador y no declara el modelo) y no se atribuye a ningún traductor humano.
    Para cotejar se ha usado la versión inglesa de Peter Holmes, que New Advent publica como «Translated by Peter Holmes» (Ante-Nicene Fathers, vol. 3, ed. Alexander Roberts, James Donaldson y A. Cleveland Coxe, Buffalo, Christian Literature Publishing Co., 1885) y CCEL como «Translated by the Rev. Peter Holmes, D.D., F.R.A.S.»: no hay discrepancia entre ambas. Según tertullian.org, Holmes la publicó antes en la Ante-Nicene Christian Library, vol. 15 (1870). Las notas del ANF muestran que sigue en varios pasajes el texto latino de Oehler, que difiere en algunos puntos del de Delphi; las diferencias que importan se señalan en las notas de los Cap. 36 y 44. El inglés es solo cotejo: no es la fuente de esta traducción.
    Lo que viene de la edición. La división en cuarenta y cuatro capítulos, los números romanos y los números de sección entre corchetes («[1]», «[2]»…) llegan con el texto, y se conservan. El epub no trae títulos de capítulo: los de Holmes, que sí los tiene, no están en este texto. Los siete encabezados que agrupan los capítulos («Capítulos 1 a 6…») y los localizadores («Cap. 7») son del editor, para orientarse. Las citas bíblicas llegan sin referencia y no se han completado. El texto latino marca entre corchetes dos pasajes («[et inanem seductionem]», Cap. 7, 7, y «[scripturarum et]», Cap. 44, 7): la traducción conserva el primero entre corchetes y no recoge el segundo. El texto termina en el Cap. 44, 14; sobre lo que en otras ediciones lo continúa, véase la nota de ese capítulo. Defectos de la traducción: «Fanerw&seis» (Cap. 30, 6) y una cifra discutible (Cap. 30, 2), señalados antes del Cap. 30.

    Capítulos 1 a 6: Las herejías estaban anunciadas

    Cap. 1

    I. [1] La condición de los tiempos presentes provoca también esta advertencia nuestra: que no debemos asombrarnos de estas herejías, sea porque existen —pues se anunció de antemano que habrían de existir—, sea porque subvierten la fe de algunos; pues para esto existen: para que la fe, teniendo tentación, tuviera también prueba. [2] En vano, pues, y sin consideración, muchos se escandalizan precisamente de que las herejías tengan tanto poder. ¡Cuánto! Si no lo tuvieran, no habrían existido. [3] Pues aquello que ha sido destinado a existir de todos modos, así como recibe la causa por la cual existe, así alcanza también la fuerza por la cual existe, y no puede no existir.
    Comentario editorial · ¿Cuándo se escribió el tratado?
    El texto no se fecha a sí mismo ni nombra destinatario, y las fuentes consultadas no coinciden. La Catholic Encyclopedia (H. P. Chapman, 1913) lo sitúa «hacia 200», dos o tres años después del Apologético. La cronología «estándar» que reproduce tertullian.org (la del Corpus Christianorum, con Harnack y Monceaux) lo pone después de 198 y antes de la etapa montanista, junto a la primera redacción de Contra Marción; la misma página dice que Barnes propone otra «radicalmente distinta». El ANF recoge el argumento de Noesselt: Tertuliano fecha el libro I de Contra Marción en el año decimoquinto de Severo (207) y publicó este tratado después, antes de los libros II–IV. Esta edición no elige entre ellas; el perfil de Tertuliano tampoco lo fecha.

    Cap. 2

    II. [1] En cuanto a la fiebre, en fin, asignada al hombre, entre los demás desenlaces mortales y atormentadores, para consumirlo, ni nos admiramos de que exista —pues existe—, ni de que consuma al hombre, pues para eso existe. [2] Por lo mismo, si nos espantamos de que las herejías, producidas para la languidez y la muerte de la fe, puedan tal cosa, primero es que nos espantemos de que ellas sean lo que son: mientras existen, tienen poder; y mientras pueden, existen. [3] Pero a la fiebre, como mal por su causa y por su potencia, como es sabido, la aborrecemos más que admirarla; y, en cuanto de nosotros depende, nos precavemos, no teniendo en nuestro poder su abolición. [4] En cambio, las herejías, que infligen la muerte eterna y el ardor de un fuego mayor, algunos prefieren admirar que puedan tal cosa antes que evitar que lo puedan, aun teniendo poder de evitarlas. [5] Por lo demás, nada podrán, si no se admira que tanto puedan. Pues o, al admirarlas, se les da ocasión de tropiezo, o, porque se escandalizan, por eso las admiran, como si el que tanto puedan proviniera de alguna verdad. [6] Sin duda es asombroso que el mal tenga sus fuerzas; salvo que las herejías valen mucho entre quienes no valen en la fe. [7] En el combate de púgiles y gladiadores, la mayoría de las veces no vence alguien porque sea fuerte o porque no pueda ser vencido, sino porque aquel que fue vencido no tuvo fuerzas; hasta tal punto que ese mismo vencedor, comparado después con uno que está bien fuerte, se retira incluso vencido. [8] No de otro modo las herejías sacan de las debilidades de algunos su capacidad de valer; y nada valen, si se topan con una fe bien vigorosa.

    Cap. 3

    III. [1] Suelen, ciertamente, esos curiosos, edificarse para ruina aun con algunas personas cautivadas por la herejía, [2] ¿por qué aquella o aquel, fidelísimos, prudentísimos y muy avezados en la Iglesia, se pasaron a aquel bando? [3] ¿Quién, al decir esto, no se responde a sí mismo que no han de ser tenidos por prudentes, ni fieles, ni avezados aquellos a quienes las herejías pudieron cambiar? ¿Y es acaso admirable, pienso yo, que alguno antes probado caiga después? [4] Saúl, bueno más que los demás, después se ve trastornado por la envidia. David, varón bueno según el corazón del Señor, después es reo de homicidio y de estupro. Salomón, dotado por el Señor de toda gracia y sabiduría, es inducido a la idolatría por unas mujeres. [5] Pues solo al Hijo de Dios le estaba reservado permanecer sin delito. ¿Y qué, si un obispo, si un diácono, si una viuda, si una virgen, si un maestro, si incluso un mártir se deslizara fuera de la regla? ¿Habrá por ello de parecer que las herejías poseen la verdad? [6] ¿Juzgamos la fe por las personas, o las personas por la fe? Nadie es sabio sino el fiel; nadie es grande sino el cristiano; y nadie es cristiano sino el que perseverare hasta el fin. [7] Tú, como hombre, conoces a cada uno por fuera; piensas lo que ves; pero ves hasta donde alcanzan tus ojos. Mas los ojos, dice, del Señor están en lo alto. El hombre contempla el rostro; Dios, lo íntimo del pecho. [8] Y por eso conoce el Señor quiénes son suyos; y arranca la planta que no plantó; y de los primeros muestra a los últimos; y lleva en la mano el bieldo para limpiar su era. [9] Vuelen cuanto quieran las pajas de fe ligera, a cualquier soplo de tentaciones: tanto más pura la masa de trigo se guardará en los graneros del Señor. [10] ¿No se apartaron del Señor mismo, escandalizados, algunos de sus discípulos? Y, sin embargo, no por eso los demás pensaron que también ellos debían apartarse de sus huellas; antes bien, quienes supieron que Él era palabra de vida y que había venido de Dios, perseveraron en su compañía hasta el fin; y eso que a aquellos, si querían también ellos marcharse, se lo había ofrecido con serenidad. [11] Menos es que a un apóstol suyo abandonaran algunos —Figelo, Hermógenes y Fileto, e Himeneo—; el propio traidor de Cristo salió de entre los apóstoles. [12] ¿Nos admiramos de que sus iglesias sean abandonadas por algunos, cuando precisamente lo que padecemos a ejemplo del propio Cristo nos manifiesta cristianos? [13] De entre nosotros, dice, salieron, pero no eran de los nuestros; porque si hubieran sido de los nuestros, habrían permanecido ciertamente con nosotros.

    Cap. 4

    IV. [1] Antes bien, seamos conscientes tanto de las declaraciones del Señor como de las cartas apostólicas, que por anticipado nos anunciaron las herejías futuras y nos definieron que debían ser evitadas; y, así como no nos espantamos de que existan, tampoco nos admiremos de que puedan eso por lo que deben ser evitadas. [2] El Señor enseña que han de venir muchos, bajo pieles de ovejas, lobos rapaces. [3] ¿Qué son esas pieles de oveja sino la superficie exterior del nombre cristiano? ¿Qué lobos rapaces, sino maneras de pensar y espíritus astutos que se esconden dentro para atacar al rebaño de Cristo? [4] ¿Quiénes son los falsos profetas sino falsos predicadores? ¿Quiénes los falsos apóstoles, sino evangelizadores adúlteros? ¿Quiénes los anticristos, entretanto y siempre, sino rebeldes a Cristo? [5] Esto serán las herejías: no menos hostigan a la Iglesia con la perversidad de doctrinas nuevas que lo que entonces el anticristo la perseguirá con la atrocidad de las persecuciones; salvo que la persecución también hace mártires; la herejía, solo apóstatas. [6] Y por eso convenía que hubiera herejías, a fin de que se manifestaran los que son aprobados, tanto los que se mantuvieren firmes en las persecuciones como los que no se desviaren hacia las herejías. [7] Pues no manda que sean tenidos por aprobados quienes cambian la fe hacia la herejía, como al contrario se lo interpretan, porque dijo en otro lugar: "Examinadlo todo; retened lo bueno". Como si no le fuera posible a cualquiera que examina mal, por error, dar en la elección de algún mal.

    Cap. 5

    V. [1] Además, si reprende las disensiones y los cismas, que sin duda son malos, y a continuación añade las herejías, [2] al juntarlas con los males, ciertamente las declara mal, y aun mayor, puesto que dice que creyó lo de los cismas y disensiones porque sabía que también las herejías debían existir. [3] Muestra, en efecto, que a la vista de un mal más grave, creyó fácilmente lo de los más leves; ciertamente no para que por ello creyera lo de los males porque las herejías fueran buenas, sino para advertir de antemano que no había que admirarse de las tentaciones de marca aún peor, las cuales decía que tendían a manifestar a los aprobados, es decir, a quienes no pudo corromper. [4] En fin, si todo el capítulo tiende a mantener la unidad y a reprimir las separaciones, y las herejías, en verdad, no menos que los cismas y las disensiones, desgarran la unidad, sin duda sitúa también a las herejías en la misma condición de reprensión en que sitúa a los cismas y a las disensiones. [5] Y por eso no hace aprobados a quienes se desviaren a las herejías; tanto más cuanto que increpa el apartarse de tales cosas, enseñando que todos hablen una sola cosa y que sientan lo mismo, cosa que las herejías precisamente no permiten.

    Cap. 6

    VI. [1] Y no nos detengamos más en esto si es el mismo Pablo quien, también en otro lugar, enumera las herejías entre los delitos carnales al escribir a los gálatas, y quien sugiere a Tito que al hombre hereje se le evite después de una primera corrección, porque tal persona es perversa y delinque, de modo que está condenada por sí misma. [2] Y casi en toda epístola, insistiendo en que se han de evitar las doctrinas adulteradas, censura las herejías, de las que son obras las doctrinas adúlteras. "Herejías" se dice en vocablo griego, según la interpretación, de la elección por la que uno se vale, sobre todo, o para instituirlas o para recibirlas. [3] Por eso también dijo que el hereje está condenado por sí mismo: porque también aquello en lo que es condenado se lo eligió para sí. Pero a nosotros no nos es lícito introducir nada por propio arbitrio, ni tampoco elegir lo que alguien por su arbitrio haya introducido. [4] Tenemos por autores a los apóstoles del Señor, los cuales tampoco ellos eligieron por su arbitrio cosa alguna que introducir, sino que la doctrina recibida de Cristo la transmitieron fielmente a las naciones. [5] Así, aun si un ángel del cielo evangelizara de otro modo, sería declarado anatema por nosotros. [6] Ya entonces había previsto el Espíritu Santo que en cierta virgen Filomena vendría un ángel de seducción, transfigurándose en ángel de luz; desviado Apeles por sus señales y prestigios, introdujo una herejía nueva.

    Capítulos 7 a 14: La filosofía, la búsqueda y la regla de fe

    Cap. 7

    VII. [1] Estas son las doctrinas de hombres y de demonios, nacidas para oídos que sienten comezón, del ingenio de la sabiduría del siglo, a la cual el Señor, llamándola necedad, eligió las cosas necias del mundo para confusión incluso de la filosofía misma. [2] Pues ella, la sabiduría del siglo, es la materia, intérprete temeraria de la naturaleza y de la disposición divinas. [3] En fin, las herejías mismas son instigadas por la filosofía. De ahí los eones y no sé qué formas infinitas y la trinidad del hombre en Valentín: había sido platónico. De ahí el dios de Marción, mejor por su tranquilidad: había venido de los estoicos. [4] Y, para que se diga que el alma perece, se observa a Epicuro; y para negar la restitución de la carne, se toma de la escuela de todos los filósofos a una; y donde la materia se iguala con Dios, es doctrina de Zenón; y donde se alega algo sobre un dios ígneo, interviene Heráclito. [5] La misma materia se revuelve entre herejes y filósofos; se enredan los mismos tratamientos: ¿de dónde el mal, y por qué? ¿Y de dónde el hombre, y cómo? Y lo que hace poco propuso Valentín: ¿de dónde Dios? A saber: de la Entimesis y del aborto. [6] ¡Miserable Aristóteles! Él les instituyó la dialéctica, artífice de construir y destruir, veleta en sus sentencias, forzada en sus conjeturas, dura en sus argumentos, obrera de contiendas, molesta aun para sí misma, retractándolo todo para no haber tratado nada del todo. [7] De ahí aquellas fábulas y genealogías interminables, y cuestiones infructuosas, y discursos que serpean como gangrena; y, refrenándonos de ellas el apóstol, declara solemnemente que hay que guardarse, y nombra expresamente la filosofía [y la seducción vana], al escribir a los colosenses: "Mirad que nadie haya que os engañe por la filosofía y la seducción vana, según la tradición de los hombres, fuera de la providencia del Espíritu Santo". [8] Había estado en Atenas y, por sus debates, había conocido esta sabiduría humana, pretendiente e interpoladora de la verdad, y a la filosofía misma repartida en sus herejías, con variedad de sectas que mutuamente se combatían. [9] ¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén? ¿Qué la Academia con la Iglesia? ¿Qué los herejes con los cristianos? [10] Nuestra institución viene del pórtico de Salomón, quien a su vez había enseñado que el Señor debía buscarse con sencillez de corazón. [11] Que respondan ellos, los que propusieron un cristianismo estoico y platónico y dialéctico. [12] Después de Cristo Jesús no necesitamos curiosidad, ni después del evangelio, indagación. [13] Cuando creemos, nada deseamos creer más allá. Pues esto creemos en primer lugar: que no hay nada que debamos creer más allá.
    Comentario editorial · «¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén?»
    La frase es el § 9: Quid ergo Athenis et Hierosolymis? quid academiae et ecclesiae? quid haereticis et christianis? Viene tras decir que las herejías las instiga la filosofía (§ 3–6) y citar , que Tertuliano lee «fuera de la providencia del Espíritu Santo»: el ANF anota que esa cláusula es su lectura o su glosa del griego οὐ κατὰ Χριστόν («no según Cristo»). El «pórtico de Salomón» (§ 10) es el de y , y la sentencia de buscar al Señor «con sencillez de corazón» remite, según el ANF, a . Pearse (tertullian.org) advierte que la frase suele citarse mal: en su lectura, Tertuliano contrapone la indagación filosófica a la enseñanza por autoridad de la Escritura. Lo que el § 11 rechaza es un «cristianismo estoico y platónico y dialéctico». Cuánto usó él mismo la filosofía lo trata el perfil de Tertuliano.

    Cap. 8

    VIII. [1] Vengo, pues, a aquel pasaje que también los nuestros alegan para dar entrada a la curiosidad y los herejes machacan para introducir la escrupulosidad. [2] Escrito está —dicen—: "buscad y hallaréis". [3] Recordemos cuándo profirió el Señor esta palabra. Pienso que en los comienzos mismos de su doctrina, cuando todavía se dudaba entre todos si era el Cristo, cuando todavía ni Pedro lo había proclamado Hijo de Dios, cuando incluso Juan había dejado de estar cierto acerca de él. [4] Con razón, pues, se dijo entonces: "buscad y hallaréis", cuando todavía había que buscar al que todavía no había sido conocido; y esto, en cuanto a los judíos. [5] A ellos, en efecto, pertenece todo el discurso de aquel reproche: ellos tenían dónde buscar a Cristo. [6] Tienen, dice, a Moisés y a Elías, es decir, la ley y los profetas, que anuncian a Cristo; conforme a lo que también en otro lugar abiertamente dice: "Escudriñad las Escrituras, en las que esperáis la salvación; ellas, en efecto, hablan de mí". Esto querrá decir: "buscad y hallaréis". [7] Pues es manifiesto que también lo que sigue conviene a los judíos: "Llamad y se os abrirá". [8] Los judíos anteriormente estuvieron junto a Dios; después, arrojados por sus delitos, comenzaron a estar fuera de Dios; [9] las naciones, en cambio, nunca estuvieron junto a Dios, sino como gota que cae del cubo y polvo de la era, y siempre fuera. [10] Así, el que siempre estuvo fuera, ¿cómo llamará allí donde nunca estuvo? ¿Qué puerta conoce aquel que nunca fue recibido ni arrojado por ella? ¿Acaso no más bien el que sabe que estuvo dentro y fue echado fuera, ese llamará y conoce la puerta? [11] Igualmente, "Pedid y recibiréis" conviene a quien sabía a quién se debía pedir, de quien también se le había prometido algo, a saber, del Dios de Abraham, Isaac y Jacob, a quien las naciones no conocían, como tampoco ninguna promesa suya. [12] Y hasta tal punto hablaba a Israel: "No he sido enviado —dice— sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel". [13] Todavía no arrojaba a los perros el pan de los hijos; todavía no había mandado ir por el camino de las naciones. [14] Puesto que al final mandó que fueran a enseñar y a bautizar a las naciones, habiendo de recibir en seguida al Espíritu Santo, el Paráclito, que los llevaría a toda la verdad. Y esto, pues, los hace. [15] Y si los apóstoles, destinados como maestros a las naciones, también ellos mismos habían de recibir al Paráclito como maestro, mucho más en vano será para nosotros el "buscad y hallaréis", a quienes la doctrina había de venir espontáneamente por los apóstoles, y a los apóstoles mismos por el Espíritu Santo. [16] Ciertamente, todas las palabras del Señor están puestas para todos; por los oídos de los judíos pasaron a nosotros, pero muchas, dirigidas a personas, no nos constituyeron la obligación propia de la amonestación, sino un ejemplo.

    Cap. 9

    IX. [1] Venga, ahora, despejemos de grado este punto. Dicho sea para todos: "buscad y hallaréis"; sin embargo, también aquí conviene que el sentido se apoye en cosa cierta, con el timón de la interpretación. [2] Ninguna palabra divina está tan suelta y difusa que se defiendan solo las palabras y no se establezca la razón de las palabras. [3] Pero ante todo propongo esto: que Cristo instituyó algo uno y ciertamente determinado, que las naciones deben creer de todos modos, y por ello buscarlo, para que, cuando lo hayan encontrado, puedan creer. [4] Además, de una institución una y cierta no puede haber una búsqueda infinita: se ha de buscar hasta que encuentres, y creer cuando hayas encontrado; y nada más, salvo guardar lo que creíste; mientras crees, además, esto: que no hay que creer otra cosa, y por ello tampoco hay que andar buscando, una vez que has encontrado y creído lo que fue instituido por aquel que no te manda indagar otra cosa que lo que instituyó. [5] Por lo demás, si alguien duda de esto, constará que está entre nosotros lo que Cristo instituyó. [6] Entretanto, por la confianza de la prueba, me anticipo advirtiendo a algunos: que no hay que buscar nada más allá de lo que creyeron; que aquello que debieron buscar es eso; no sea que interpreten el "buscad y hallaréis" sin la disciplina de la razón.

    Cap. 10

    X. [1] La razón de este dicho se apoya en tres puntos: en la cosa, en el tiempo, en el modo. En la cosa, para que consideres qué se ha de buscar; en el tiempo, cuándo; en el modo, hasta cuándo. [2] Así, pues, se ha de buscar lo que Cristo instituyó, ciertamente mientras no lo encuentras, ciertamente hasta que lo encuentres. Y lo encontraste cuando creíste. [3] Pues no habrías creído si no hubieras encontrado, así como tampoco habrías buscado sino para encontrar. [4] Buscando, pues, para encontrar y encontrando para creer, en el creer has fijado el término de todo buscar y encontrar. [5] El fruto mismo de la búsqueda te fijó este límite. El mismo que no quiere que creas otra cosa que lo que instituyó, y por eso tampoco que busques, te marcó esta raya. [6] Por lo demás, si por el hecho de que otros han instituido otras tantas cosas, por eso debemos buscar en la medida en que podamos encontrar, siempre buscaremos y nunca creeremos del todo. [7] Pues ¿dónde estará el fin de la búsqueda? ¿Dónde la estación de creer? ¿Dónde la consumación del encontrar? ¿Junto a Marción? Pero también Valentín propone: "buscad y hallaréis". [8] ¿Junto a Valentín? Pero también Apeles me golpeará con esta sentencia; y Ebión y Simón y todos en orden no tienen otra cosa con la que, insinuándose a mí, atraerme hacia ellos. [9] Así, pues, no habrá fin en ninguna parte, mientras me encuentro por todas partes con el "buscad y hallaréis"; y será como si en ninguna parte y como si nunca hubiera alcanzado aquello que Cristo instituyó, lo que conviene buscar, lo que es necesario creer.

    Cap. 11

    XI. [1] Se yerra impunemente, a no ser que se delinca; aunque también errar es delinquir; impunemente, quiero decir, anda vagando quien nada abandona. [2] Pero, en efecto, si creí lo que debí creer y pienso que de nuevo hay que buscar otra cosa, espero ciertamente que se ha de encontrar otra cosa; y de ningún modo esperaría esto, sino porque o no había creído, yo que parecía haber creído, o he dejado de creer. [3] Así, abandonando mi fe, soy hallado renegador. Lo diré una vez por todas: nadie busca sino quien no ha tenido o ha perdido. [4] Aquella anciana había perdido una de las diez dracmas, y por eso buscaba; pero, en cuanto la encontró, dejó de buscar. [5] El vecino no tenía pan, y por eso llamaba; pero, en cuanto se le abrió y recibió, cesó de llamar. [6] La viuda pedía ser oída por el juez, porque no era admitida; pero, en cuanto fue oída, hasta ahí insistió. [7] Tanto es así que hay un fin para el buscar, el llamar y el pedir. Pues al que pide, dice, se le dará; y al que llama, se le abrirá; y al que busca, se le hallará. [8] Allá se las vea quien busca siempre, porque no encuentra; pues busca allí donde no se ha de encontrar. [9] Allá se las vea quien llama siempre, porque nunca se le abrirá; pues llama allí donde no hay nadie. [10] Allá se las vea quien pide siempre, porque nunca será oído; pues pide a quien no oye.

    Cap. 12

    XII. [1] A nosotros, aun si todavía y siempre hubiéramos de buscar, ¿dónde conviene buscar? ¿Acaso entre los herejes? ¿Donde todo es extraño y adverso a nuestra verdad, y a los que se nos prohíbe acercarnos? [2] ¿Qué siervo espera el sustento de un extraño, por no decir de un enemigo de su señor? ¿Qué soldado caza donativos y estipendio de reyes sin alianza, por no decir de reyes enemigos, a no ser claramente un desertor, un tránsfuga y un rebelde? [3] También aquella anciana buscaba la dracma dentro de su casa; también aquel que llamaba golpeaba la puerta del vecino; también aquella viuda interpelaba a un juez no enemigo, aunque duro. [4] Nadie puede ser instruido por aquello que lo destruye; nadie es iluminado por aquel por quien es entenebrecido. [5] Busquemos, pues, en lo nuestro, entre los nuestros y sobre lo nuestro; y solo aquello que, a salvo la regla de la fe, puede venir a discusión.

    Cap. 13

    XIII. [1] La regla de la fe es, para que desde ya confesemos qué defendemos, aquella por la que se cree. [2] Que Dios es uno absolutamente, y no otro, fuera del creador del mundo, el cual produjo todas las cosas de la nada por su Verbo, emitido primero de todos. [3] Que ese Verbo, llamado Hijo suyo, en el nombre de Dios fue visto de diversas maneras por los patriarcas, siempre oído en los profetas, y finalmente llevado por el espíritu de Dios Padre y su poder a la virgen María, hecho carne en su seno y nacido de ella, actuó como Jesucristo. [4] Que después predicó la nueva ley y la nueva promesa del reino de los cielos, hizo milagros, fue crucificado, resucitó al tercer día, arrebatado a los cielos se sentó a la diestra del Padre, [5] que envió la fuerza vicaria del Espíritu Santo para que impulse a los creyentes; que ha de venir con gloria para acoger a los santos en el fruto de la vida eterna y de las promesas celestes, y para condenar a los profanos al fuego perpetuo, hecha la resurrección de una y otra parte, con la restitución de la carne. [6] Esta regla, instituida por Cristo, como se probará, no tiene entre nosotros cuestión alguna sino las que las herejías introducen y las que hacen herejes.
    Comentario editorial · Una regla de fe, tres versiones
    Tertuliano resume la regla de fe en tres obras: aquí, en Sobre el velo de las vírgenes 1 y en Contra Práxeas 2 (Wikipedia, «Rule of Faith»). No coinciden palabra por palabra. Según el inglés del ANF, la de Velo de las vírgenes añade «crucificado bajo Poncio Pilato» y «recibido en los cielos» y la llama «inamovible e irreformable»; la de Contra Práxeas se detiene en la «economía» y en el Hijo como Verbo salido del Padre. La de este capítulo habla de una «nueva ley» y de la «fuerza vicaria» del Espíritu (§ 4–5) y dice que fue «instituida por Cristo, como se probará» (§ 6). Tampoco la llama «credo» sino «regla», y en el Cap. 14, 4 afirma que «la fe está puesta en la regla». Ireneo ya hablaba de una fe recibida «de los apóstoles y sus discípulos» (Contra las herejías I, 10, 1; véase Ireneo). El compendio Hermenéutica 2a muestra cómo se usó para leer la Escritura.

    Cap. 14

    XIV. [1] Por lo demás, permaneciendo su forma en su orden, por más que busques y discutas y derrames todo el capricho de la curiosidad, si algo te parece o que pende de ambigüedad o que se vela de oscuridad: [2] hay ciertamente algún hermano doctor, dotado de la gracia de la ciencia; hay alguno que ha conversado entre los ejercitados; alguno que busca contigo, aunque sea con más curiosidad. Finalmente, mejor es ignorar, para que no conozcas lo que no debes, porque lo que debes lo conoces. [3] Tu fe, dice, te ha salvado, no la ejercitación de las Escrituras. [4] La fe está puesta en la regla; tiene ley y salvación por la observancia de la ley. La ejercitación, en cambio, consiste en la curiosidad, y tiene su gloria sola en el afán de pericia. [5] Ceda la curiosidad a la fe, ceda la gloria a la salvación. Ciertamente, o que no metan ruido o que callen. Contra la regla, nada saber es saberlo todo. [6] Aun si los herejes no fueran enemigos de la verdad, aun si no estuviéramos advertidos de que hay que evitarlos, ¿qué clase de cosa es entrar en discusión con hombres que incluso ellos profesan que todavía buscan? [7] Pues si verdaderamente buscan todavía, todavía no han hallado nada cierto; y por eso, cuanto parecen sostener entretanto, muestra su duda, mientras buscan. [8] Así, pues, tú, que buscas de igual modo, mirando a los que también ellos buscan, dudoso tras los dudosos, incierto tras los inciertos, ciego, eres llevado por ciegos necesariamente a la fosa. [9] Pero, cuando con el fin de engañar fingen que buscan todavía, para insinuarnos sus tratados inyectándonos inquietud, y en fin, cuando han llegado a nosotros, defienden al punto lo que decían que había que buscar, ya debemos refutarlos de modo que sepan que no negamos a Cristo, sino a ellos. [10] Pues cuando buscan todavía, aún no poseen; y cuando aún no poseen, aún no han creído; y cuando aún no han creído, no son cristianos. [11] Mas cuando poseen y creen, dicen, sin embargo, que hay que buscar para defender. [12] Antes de defenderlo, niegan lo que creen, confesando que todavía no han creído, mientras buscan. [13] Así, pues, los que ni para sí mismos son cristianos, ¿cuánto más para nosotros? Los que vienen con engaño, ¿qué fe defienden? ¿A qué verdad patrocinan quienes la introducen por la mentira? [14] "Pero ellos tratan de las Escrituras, y con las Escrituras persuaden". ¿Acaso de otra parte podrían hablar de las cosas de la fe sino de las letras de la fe?

    Capítulos 15 a 19: Con las Escrituras no se discute

    Cap. 15

    XV. [1] Hemos llegado, pues, a nuestro propósito. A esto, en efecto, nos encaminábamos, y esto preparábamos con el prefacio de la alocución: para que desde ya entremos en aquello a lo que los adversarios provocan. [2] Alegan las Escrituras y con su audacia conmueven al punto a algunos. Y en el combate mismo, a los firmes los fatigan, a los débiles los capturan, a los medianos los despiden con escrúpulo. [3] Pues bien, este paso ante todo lo bloqueamos: no se los ha de admitir a discusión alguna sobre las Escrituras. [4] Si estas son sus fuerzas, para que puedan tenerlas, hay que discernir a quién compete la posesión de las Escrituras, no sea que se admita a ellas a quien de ningún modo le compete.

    Cap. 16

    XVI. [1] No habría introducido esto por consejo de desconfianza ni por afán de entrar en una constitución distinta, si no constara una razón: en primer lugar, aquella de que nuestra fe debe obediencia al apóstol que prohíbe entrar en cuestiones, prestar oídos a voces nuevas, y abordar al hereje después de una sola corrección, no después de una disputa. [2] Hasta tal punto prohibió la disputa, que designó la corrección como la causa de abordar al hereje; y esta una sola vez, a saber, porque no es cristiano, no fuera a parecer que había de ser castigado a la manera de los cristianos una y otra vez, y ante dos o tres testigos, cuando por eso mismo ha de ser castigado, porque no se ha de disputar con él. Después, porque de nada sirve el encuentro de Escrituras, salvo claramente para que uno acabe con el estómago o con el cerebro trastornados.

    Cap. 17

    XVII. [1] Esta herejía no recibe algunas Escrituras; y si recibe algunas, no las recibe íntegras, sino que, con añadiduras y sustracciones, las invierte conforme a la disposición de su propio sistema; y si en cierta medida las presenta íntegras, no menos las altera forjando exposiciones diversas. [2] Tanto estorba a la verdad el sentido adúltero cuanto el corruptor estilo; las vanas presunciones necesariamente no quieren reconocer aquello por lo que son vencidas; [3] se apoyan en lo que compusieron a partir de lo falso y en lo que captaron de la ambigüedad. [4] ¿Qué ganarás, ejercitadísimo en las Escrituras, cuando, si algo defiendes, sea negado por la parte contraria, y si algo niegas, sea defendido? [5] Y tú ciertamente nada perderás sino la voz en la contienda; nada sacarás sino bilis por la blasfemia.

    Cap. 18

    XVIII. [1] Aquel, en cambio, si hay alguien por cuya causa bajas al combate de Escrituras para confirmarlo en su duda, ¿se inclinará hacia la verdad o más bien hacia las herejías? [2] Movido por esto mismo: al ver que nada has ganado, en el plano igual de negar y defender de una parte y otra, ciertamente en situación pareja, se marchará más incierto por la altercación, sin saber qué herejía juzgar. [3] Estas cosas, ciertamente, también ellos pueden retorcérnoslas. Pues es necesario que también ellos digan que más bien por nosotros se introducen adulterios de las Escrituras y mentiras de exposiciones, quienes de igual modo defienden la verdad para sí.

    Cap. 19

    XIX. [1] Por tanto, no hay que provocar a las Escrituras ni entablar combate en aquello donde la victoria es nula o incierta o poco cierta. [2] Pues, aun si la comparación de las Escrituras no resultara de modo que pusiera a ambas partes en igualdad, el orden de las cosas exigía que se propusiera antes aquello que ahora es lo único que se ha de discutir: a quiénes compete la fe misma, de quiénes son las Escrituras, por quién, por cuáles, cuándo y a quiénes fue transmitida la enseñanza por la que se hacen cristianos. [3] Pues donde parezca que está la verdad de la enseñanza y de la fe cristiana, allí estará la verdad de las Escrituras, de las exposiciones y de todas las tradiciones cristianas.
    Comentario editorial · Qué es una «prescripción»
    La palabra del título aparece en este texto solo en 21, 1; 22, 1; 35, 1 y 44, 13. Praescriptio tenía en Roma más de un sentido, y las fuentes consultadas dan distintos. Según Wikipedia, en el procedimiento formulario era una cláusula de la fórmula que acotaba el asunto del pleito. Según la Catholic Encyclopedia, era cortar una cuestión negándose a oír al adversario por una razón anterior que le quita el suelo. Roger Pearse la describe como un procedimiento basado en la antigüedad de la posesión, y Tertuliano habla así en el Cap. 37, 4: «Mía es la posesión». El ANF anota que es un término legal, «demurrer» o «formal objection» (objeción previa), y su editor entiende «la regla de fe opuesta a las herejías». En Sobre la carne de Cristo 2 Tertuliano alude al tratado como «estas reglas de prescripción contra todas las herejías» (ANF). Lo común: antes de discutir la doctrina se pregunta quién puede hablar (Cap. 19, 2). Véanse Hermenéutica 2a y 2b.

    Capítulos 20 a 29: La fe viene de los apóstoles

    Cap. 20

    XX. [1] Cristo Jesús, Señor nuestro, permita que se diga por ahora, quienquiera que sea, hijo de cualquier Dios, hombre y Dios de cualquier materia, maestro de cualquier fe, prometedor de cualquier recompensa, [2] lo que era, lo que había sido, qué voluntad del Padre administraba, qué determinaba que el hombre debía hacer: mientras estaba en la tierra, él mismo lo proclamaba, o al pueblo abiertamente, o a los discípulos aparte, de entre los cuales había escogido a doce principales, adheridos a su costado, destinados como maestros a las naciones. [3] Así, pues, quitado de en medio uno de ellos, al partir hacia el Padre después de la resurrección, mandó a los once restantes ir y enseñar a las naciones, bautizándolas en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo. [4] Inmediatamente, pues, los apóstoles —nombre que significa "enviados"—, tomado por suerte al duodécimo, Matías, en lugar de Judas, conforme a la autoridad de la profecía que está en el salmo de David, recibida la fuerza prometida del Espíritu Santo para milagros y para la palabra, primero en Judea, una vez atestiguada la fe en Jesucristo e instituidas las iglesias, después partieron al mundo entero y promulgaron a las naciones la misma doctrina de la misma fe. [5] Y de igual modo fundaron iglesias en cada ciudad; de ellas, las demás iglesias tomaron en préstamo el retoño de la fe y las semillas de la doctrina, y cada día lo toman, para hacerse iglesias. [6] Y por esto también ellas mismas son tenidas por apostólicas, como prole de las iglesias apostólicas. [7] Todo linaje ha de ser, por necesidad, referido a su origen. Así, tantas y tan grandes iglesias: aquella primera fundada por los apóstoles, de la que todas proceden, es una sola. [8] Así, todas son primeras y todas apostólicas, mientras todas son una. Prueban la unidad la comunicación de la paz, el nombre de fraternidad y el hospedaje mutuo. [9] Y estos derechos no los rige otra razón que la única tradición del mismo sacramento.

    Cap. 21

    XXI. [1] Desde aquí, pues, dirigimos la prescripción: si el Señor Cristo Jesús envió a los apóstoles a predicar, no se ha de recibir a otros predicadores que los que Cristo instituyó, [2] porque ni otro conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo reveló; ni parece que el Hijo lo haya revelado a otros que a los apóstoles, a quienes envió a predicar, ciertamente, lo que les reveló. [3] Y qué predicaron, esto es, qué les reveló Cristo, también aquí prescribiré que no debe probarse de otro modo sino por las mismas iglesias que los propios apóstoles fundaron, predicándoles tanto de viva voz, como dicen, como después por cartas. [4] Si esto es así, consta que toda doctrina que concuerde con aquellas iglesias apostólicas, matrices y originales de la fe, ha de ser asignada a la verdad, teniendo sin duda aquello que las iglesias recibieron de los apóstoles, los apóstoles de Cristo, Cristo de Dios; [5] y que toda doctrina que sepa contra la verdad de las iglesias y de los apóstoles de Cristo y de Dios ha de ser prejuzgada como proveniente de la mentira. [6] Resta, pues, que demostremos si esta doctrina nuestra, cuya regla arriba expusimos, se cuenta entre la tradición de los apóstoles, y, por esto mismo, si las demás vienen de la mentira. [7] Estamos en comunión con las iglesias apostólicas, porque ninguna doctrina diversa: este es el testimonio de la verdad.

    Cap. 22

    XXII. [1] Pero como la prueba es tan expedita que, si se presenta al punto, ya no hay nada que reconsiderar, como si no hubiera sido presentada por nosotros, demos entretanto lugar a la parte contraria, por si piensan que pueden mover algo para debilitar esta prescripción. [2] Suelen decir que los apóstoles no lo supieron todo; agitados de la misma demencia, se vuelven luego arriba: que los apóstoles ciertamente lo supieron todo, pero que no todo lo entregaron a todos; en uno y otro caso echan la culpa a Cristo, que envió apóstoles o poco instruidos o demasiado simples. [3] ¿Quién, pues, de mente sana puede creer que ignoraran algo aquellos a quienes el Señor dio como maestros, teniéndolos inseparables en la compañía, en el discipulado, en la convivencia, y a quienes explicaba aparte todas las cosas oscuras, diciéndoles que a ellos les era dado conocer los arcanos que al pueblo no le era lícito entender? [4] ¿Se le ocultó algo a Pedro, llamado piedra de la iglesia que se había de edificar, que recibió las llaves del reino de los cielos y la potestad de desatar y atar en los cielos y en la tierra? [5] ¿Se le ocultó también algo a Juan, el más amado del Señor, reclinado sobre su pecho, a quien solo el Señor le mostró de antemano a Judas el traidor, y a quien encomendó, en lugar suyo, que fuera hijo de María? [6] ¿Qué quiso que ignoraran aquellos a quienes mostró su gloria, y a Moisés y a Elías, y además la voz del Padre desde el cielo? No reprobando a los demás, sino porque en tres testigos se sostendrá toda palabra. [7] Ignoraron, pues, también aquellos a quienes, aun después de la resurrección, en el camino, se dignó explicar todas las Escrituras. [8] Ciertamente, había dicho en alguna ocasión: "Mucho tengo todavía que deciros, pero no podéis soportarlo ahora", [9] sin embargo, añadiendo: "Cuando venga aquel espíritu de la verdad, él os conducirá a toda la verdad", mostró que nada habían ignorado aquellos a quienes había prometido que alcanzarían toda la verdad por el espíritu de la verdad. [10] Y ciertamente cumplió lo prometido, probando los Hechos de los apóstoles la venida del Espíritu Santo. [11] Los que no reciben esta Escritura, tampoco pueden ser del Espíritu Santo, puesto que todavía no pueden reconocer al Espíritu Santo enviado a los discípulos. Pero tampoco pueden defender que son la iglesia, pues no tienen con qué probar cuándo y con qué cunas fue instituido este cuerpo. [12] Pues tanto les importa no tener pruebas de lo que defienden, para que no se admitan del mismo modo las transmisiones de lo que mienten.

    Cap. 23

    XXIII. [1] Presentan, pues, para denigrar cierta ignorancia de los apóstoles, el hecho de que Pedro y quienes con él estaban fueron reprendidos por Pablo. [2] Dicen: "Tanto les faltó algo", que de aquí construyen incluso esto: que después pudo sobrevenir una ciencia más plena, como la que le tocó a Pablo para reprender a sus predecesores. [3] Aquí puedo también decir a quienes rechazan los Hechos de los Apóstoles: "Primero hay que mostrar quién es ese Pablo, qué fue antes del apostolado y cómo es apóstol", en la medida en que también en otras cuestiones se sirven mucho de él. [4] Pues no basta, si él mismo se proclama apóstol salido de perseguidor, para que cualquiera que cree examinando lo crea, cuando ni el propio Señor dio testimonio de sí mismo. [5] Pero crean sin Escrituras quienes creen contra las Escrituras. Sin embargo, demuestren por aquello que alegan —que Pedro fue reprendido por Pablo— que Pablo introdujo otra forma de evangelio distinta de la que antes habían predicado Pedro y los demás. [6] Pero, al contrario, cambiado de perseguidor en predicador, es llevado ante los hermanos por los hermanos como uno de los hermanos, ante aquellos por aquellos que habían recibido la fe de los apóstoles. [7] Después, como él mismo narra, subió a Jerusalén para conocer a Pedro, por el deber y derecho, claro, de la misma fe y predicación. [8] Pues tampoco ellos se habrían admirado de que un perseguidor se hiciera predicador si predicara algo contrario, y además no habrían glorificado al Señor porque Pablo, su adversario, se les había presentado. [9] Así le dieron la mano derecha, signo de concordia y acuerdo, y ordenaron entre sí la distribución del oficio, no la separación del evangelio, ni para que uno predicara una cosa y otro otra, sino para que predicaran a personas distintas: Pedro a la circuncisión, Pablo a las naciones. [10] Por lo demás, si Pedro fue reprendido porque, habiendo convivido con gentiles, después se apartaba de su trato por miramiento a las personas, ciertamente fue vicio de conducta, no de predicación. [11] Pues no por esto se anunciaba otro Dios que el Creador, ni otro Cristo que el nacido de María, ni otra esperanza que la resurrección.

    Cap. 24

    XXIV. [1] No me va tan bien, es decir, no me va tan mal como para enfrentar a los apóstoles. [2] Pero, puesto que esos perversísimos alegan aquella reprensión para hacer sospechosa la doctrina anterior, responderé como en favor de Pedro: el propio Pablo dijo que se había hecho todo para todos, judío con judíos, no judío con los no judíos, para ganarlos a todos. [3] Por tanto, según tiempos, personas y causas censuraban algunas cosas en las que también ellos mismos, según tiempos, personas y causas, incurrían, como si Pedro hubiera reprendido a Pablo porque, prohibiendo la circuncisión, circuncidó él mismo a Timoteo. [4] Allá verán quienes juzgan de los apóstoles. Bueno es que Pedro se iguala a Pablo también en el martirio. [5] Pero aun si Pablo fue arrebatado hasta el tercer cielo y llevado al paraíso y oyó allí algunas cosas, no puede parecer que fueran tales que lo hicieran más instruido en otra doctrina, ya que su condición era tal que no serían divulgadas a hombre alguno. [6] Y si a la conciencia de alguien llegó yo no sé qué de aquello, y alguna herejía afirma seguir eso, o Pablo es reo de haber divulgado un secreto, o hay que mostrar que otro, después, fue arrebatado al paraíso a quien le fue permitido hablar lo que a Pablo no le fue lícito ni murmurar.

    Cap. 25

    XXV. [1] Pero, como dijimos, la misma demencia es que confiesan, sí, que los apóstoles no ignoraron nada ni predicaron cosas diversas entre sí, pero no quieren que lo revelaran todo a todos. [2] Dicen, en efecto, que algunas cosas las entregaron en público y a todos, otras en secreto y a pocos; porque de esta palabra usó Pablo con Timoteo: Oh Timoteo, guarda el depósito; y otra vez: Conserva el buen depósito. [3] ¿Qué es este depósito? ¿Un secreto para atribuirlo a otra doctrina? [4] ¿O de aquella denuncia de la que dice: Esta denuncia te encomiendo ante ti, hijito Timoteo? [5] Igualmente, ¿de aquel precepto del que dice: Te denuncio delante de Dios, que vivifica todas las cosas, y de Jesucristo, que dio testimonio ante Poncio Pilato con buena confesión, que guardes el precepto? [6] Pero qué precepto y qué denuncia: por lo escrito antes y después se podía entender; no es que con esta palabra se sugiriera no sé qué doctrina más recóndita, sino que se inculcaba no admitir otra distinta de la que había oído de él, y creo que ante muchos testigos, dice. [7] Si por esos muchos testigos no quieren que se entienda la Iglesia, no importa, ya que nada fue secreto de lo que se profería ante muchos testigos. [8] Y tampoco porque quiso encomendar estas cosas a hombres fieles que fueran idóneos para enseñar también a otros, debe interpretarse eso como argumento de un evangelio oculto. [9] Pues cuando dice estas cosas, habla de aquellas de las que escribía en ese momento; de cosas ocultas, como de cosas ausentes ante la conciencia, no habría dicho esto, sino aquello.

    Cap. 26

    XXVI. [1] Además era consecuente que, a aquel a quien encomendaba la administración del evangelio, le añadiera que no debía administrarla sin distinción ni inconsideradamente, según la palabra del Señor: no echar la perla a los puercos ni lo santo a los perros. [2] El Señor habló abiertamente, sin indicación alguna de sacramento callado; él mismo había mandado que, si algo oían en tinieblas y en lo escondido, lo predicaran en la luz y en los terrados. [3] Él mismo, por una parábola, había prefigurado que no reservaran en lo escondido, sin fruto, una sola mina, esto es, una sola palabra suya. [4] Él enseñaba que la lámpara no suele ocultarse bajo el celemín, sino ponerse en el candelero para que alumbre a todos los que están en la casa. [5] Estas cosas los apóstoles o las descuidaron o las entendieron muy poco, si no las cumplieron ocultando algo de la luz, esto es, de la palabra de Dios y del sacramento de Cristo. [6] No temían a nadie, que yo sepa: ni a la fuerza de los judíos, ni a la de los gentiles. Cuanto más libremente predicarían en la Iglesia quienes no callaban en las sinagogas y en los lugares públicos. [7] Es más, ni habrían podido convertir a los judíos ni atraer a los gentiles si no hubieran expuesto ordenadamente aquello que querían que creyesen. [8] Con mucha más razón a las iglesias que ya creían nada habrían sustraído para confiarlo aparte a unos pocos. [9] Aunque, incluso si discutían algunas cosas entre los de casa, por así decirlo, no hay que creer que fueran tales que introdujeran otra regla de fe, diversa y contraria a aquella que proponían en público a las iglesias católicas, [10] como para decir un Dios en la iglesia y otro en la hospedería, para designar una sustancia de Cristo en público y otra en secreto, para anunciar una esperanza de resurrección ante todos y otra ante pocos, [11] cuando ellos mismos rogaban en sus cartas que todos dijeran una misma cosa y no hubiera cismas ni disensiones en la Iglesia, porque tanto Pablo como los demás predicaban lo mismo. [12] De lo contrario, recordaban: Sea vuestro hablar: sí es sí, no es no; lo que pasa de ahí, de malo es, para no tratar el evangelio con diversidad.

    Cap. 27

    XXVII. [1] Si, pues, es increíble o que los apóstoles ignoraran la plenitud de la predicación o que no comunicaran a todos todo el orden de la regla, veamos no sea que los apóstoles ciertamente enseñaron con sencillez y plenitud, pero las iglesias, por culpa suya, recibieron de modo distinto lo que los apóstoles proponían. [2] Todos estos aguijones de escrupulosidad hallarás que son pretextados por los herejes. [3] Alegan iglesias reprendidas por el apóstol: Oh insensatos gálatas, ¿quién os ha hechizado? Y: Corríais tan bien, ¿quién os estorbó? Y aquel comienzo: Me admiro de que tan pronto os paséis del que os llamó por gracia a otro evangelio; [4] asimismo, lo escrito a los corintios: que eran todavía carnales, alimentados con leche, aún no idóneos para manjar sólido, que pensaban que sabían algo cuando todavía no sabían cómo era preciso saber. [5] Cuando ponen delante iglesias reprendidas, crean también que fueron enmendadas. [6] Pero reconozcan también aquellas de cuya fe, ciencia y conducta el apóstol se goza y da gracias a Dios; las cuales, sin embargo, hoy comparten con aquellas reprendidas los derechos de una sola institución.

    Cap. 28

    XXVIII. [1] Venga ahora: supongamos que todas erraron; que el apóstol fue engañado al rendir testimonio de algunas; que el Espíritu Santo no miró por ninguna para conducirla a la verdad, siendo enviado por Cristo y pedido al Padre para ser doctor de verdad; que descuidó su oficio el mayordomo de Dios, el vicario de Cristo, dejando que las iglesias entretanto entendieran una cosa y creyeran otra distinta de lo que él predicaba por medio de los apóstoles: ¿acaso es verosímil que tantas y tan grandes iglesias erraran en una misma fe? [2] Ningún suceso entre muchos tiene un solo desenlace: el error de doctrina de las iglesias habría tenido que variar. [3] Por lo demás, lo que se encuentra como uno en muchos no fue error, sino tradición. [4] ¡Atrévase, pues, alguien a decir que erraron quienes lo transmitieron!

    Cap. 29

    XXIX. [1] De cualquier modo que se haya errado, el error reinó, ciertamente, todo el tiempo que no hubo herejías. [2] A algunos marcionitas y valentinianos los esperaba la verdad para liberarlos. [3] Entretanto, mal se evangelizaba, mal se creía, tantos miles de miles mal bautizados, tantas obras de fe mal administradas, tantos milagros, tantos carismas mal realizados, tantos sacerdocios, tantos ministerios mal ejercidos, tantos martirios, en fin, mal coronados. [4] Y si no fue mal ni en vano, ¿cómo es que las cosas de Dios corrían antes de que se supiera de qué Dios eran? ¿Antes de que Cristo fuera encontrado, eran cristianos? ¿Antes de la doctrina verdadera, herejías? [5] Pero en todas las cosas la verdad precede a su imagen; la semejanza viene después de la realidad. [6] Por lo demás, bastante necio sería tener a la herejía por anterior en la doctrina, sobre todo porque es la doctrina misma quien anunciaba que había de haber herejías y que debían evitarse. [7] A la iglesia de esta doctrina está escrito, antes bien, la doctrina misma escribe a su iglesia: Aunque un ángel del cielo os evangelizara de otro modo distinto del nuestro, sea anatema.

    Capítulos 30 a 35: Primero la verdad, después la herejía

    Cap. 30

    XXX. [1] ¿Dónde estaba entonces Marción, aquel nauclero del Ponto, estudioso de la doctrina estoica? ¿Dónde Valentín, sectario de la platónica? [2] Pues consta que no existieron desde antiguo, aproximadamente en el principado de Antonino, y que primero creyeron en la doctrina católica en la iglesia romana bajo el episcopado del bienaventurado Eleuterio, hasta que, por su siempre inquieta curiosidad, por la que también evitaban a los hermanos, expulsados una y otra vez —Marción ciertamente con los doscientos mil sestercios que había entregado a la iglesia—, al fin relegados a perpetua separación, diseminaron los venenos de sus doctrinas. [3] Después Marción, confesando arrepentimiento, aceptó la condición que se le impuso: recibiría la paz si restituía a la Iglesia también a los demás, a quienes había instruido para perdición; pero fue sorprendido por la muerte. [4] Era preciso, en efecto, que hubiera herejías. No por eso son buenas las herejías, porque era preciso que las hubiera. Como si no hubiera sido preciso también que existiera el mal. Pues también era preciso que el Señor fuera entregado, pero ¡ay del traidor!, para que nadie defienda las herejías ni siquiera por esto. [5] Si también hay que examinar el linaje de Apeles: no es antiguo, como su maestro y preformador Marción; pero, caído en una mujer, desertor de la continencia de Marción, se retiró de los ojos de su santísimo maestro a Alejandría. [6] De allí, regresado después de años, no mejor salvo en que ya no era marcionita, cayó en otra mujer, aquella virgen Filomena, que ya arriba mencionamos, después ciertamente enorme prostituta también ella; engañado por su energía, escribió las Fanerw&seis que aprendió de ella. [7] Aún viven en el siglo quienes se acuerdan de ellos; incluso discípulos propios y sucesores suyos, para que no puedan negarse posteriores. [8] Aunque también por sus obras, como dijo el Señor, son redargüidos. [9] Pues si Marción separó el Nuevo Testamento del Antiguo, es posterior a aquello que separó, porque no podría separar sino lo que estaba unido. [10] Unido, pues, antes que separado; separado después, muestra posterior al separador. [11] Igualmente Valentín, interpretando de otro modo y sin duda corrigiendo, con este nombre, todo lo que corrige, demuestra que aquello era anterior, como defectuoso. [12] A éstos nombramos como los más ilustres y frecuentes adúlteros de la verdad. [13] Por lo demás, también un tal Nigidio y Hermógenes y otros muchos caminan pervirtiendo los caminos del Señor. Deseo que me muestren de qué autoridad salieron. [14] Si predican a otro dios, ¿cómo es que se sirven de las cosas, letras y nombres de aquel Dios contra quien predican? Si es el mismo, ¿cómo, de otro modo? [15] Prueben que son nuevos apóstoles: digan que Cristo descendió de nuevo, que de nuevo enseñó, que fue de nuevo crucificado, de nuevo muerto, de nuevo resucitado. [16] Pues así suele hacer a los apóstoles: darles además poder para hacer los mismos signos que él mismo. [17] Quiero, pues, que se presenten también sus milagros, si no fuera porque reconozco su milagro mayor: aquel con que imitan a los apóstoles, pero al revés. Aquellos, en efecto, hacían vivos de entre los muertos; éstos hacen muertos de entre los vivos.
    Comentario editorial · Marción, Roma y el obispo Eleuterio
    Tertuliano dice que Marción, naviero del Ponto (§ 1), y Valentín creyeron primero en la Iglesia de Roma «bajo el episcopado del bienaventurado Eleuterio» y fueron expulsados «una y otra vez» (§ 2); Marción se arrepintió y la muerte le impidió reconciliarse (§ 3). Las fechas no encajan: Wikipedia sitúa la llegada de Marción a Roma entre 135 y 140 y su excomunión en 144, y a Eleuterio como obispo hacia 174–189 (otras dataciones, 171–185 y 177–193; según Hegesipo, fue diácono bajo Aniceto). Ireneo, que escribía bajo Eleuterio, cuenta que Policarpo, al llegar a Roma en tiempos de Aniceto, apartó a muchos de aquellos herejes (Contra las herejías III, 3, 3–4). Tertuliano mismo los sitúa «aproximadamente en el principado de Antonino» (§ 2). Las fuentes consultadas no explican la diferencia.
    Comentario editorial · Valentín, Apeles, Filomena, Nigidio y Hermógenes
    NombreQué se sabe
    ValentínPara Tertuliano, «sectario de la platónica». Según Wikipedia, enseñó en Alejandría, fue a Roma en tiempos del papa Higino (c. 138–142) y murió hacia 165
    ApelesDiscípulo de Marción, «desertor de la continencia» (§ 5). Según Wikipedia, enseñó una forma modificada del marcionismo y escribió unos Silogismos
    Filomena«Aquella virgen» que luego fue «enorme prostituta» (§ 6; Cap. 6, 6). Según Tertuliano, de ella aprendió Apeles las «Manifestaciones»
    HermógenesTertuliano combate su «materia no nacida» (Cap. 33, 9) en Contra Hermógenes, donde lo presenta como pintor casado varias veces (ANF, cap. 1)
    Nigidio«Un tal Nigidio» (§ 13); el texto dice nescio qui. Las fuentes consultadas no añaden nada

    Cap. 31

    XXXI. [1] Pero volveré del excurso a debatir la anterioridad de la verdad y la posterioridad de la mentira, también con el apoyo de aquella parábola que puso en primer lugar la buena semilla de trigo sembrada por el Señor, mientras que la cizaña, adulterio de hierba estéril, fue introducida después por el diablo enemigo. [2] En efecto, figura propiamente la distinción de doctrinas, porque también en otro lugar la palabra de Dios es semejanza de semilla. [3] Así, por el orden mismo se manifiesta que es del Señor y verdadero lo que fue entregado primero, y extraño y falso lo que fue introducido después. [4] Esta sentencia permanecerá contra todas las herejías posteriores, a las que ninguna constancia de conciencia compete para defender para sí la verdad.

    Cap. 32

    XXXII. [1] Por lo demás, si algunas se atreven a injertarse en la edad apostólica, para parecer transmitidas por los apóstoles porque existieron bajo los apóstoles, podemos decir: muestren entonces los orígenes de sus iglesias, desplieguen la lista de sus obispos, que corra por sucesión desde el principio de tal modo que aquel primer obispo tuviera por autor y antecesor a alguno de los apóstoles o de varones apostólicos, que sin embargo haya perseverado con los apóstoles. [2] De este modo las iglesias apostólicas presentan sus registros: así la iglesia de los esmirneos refiere que Policarpo fue puesto por Juan, así la de los romanos que Clemente fue ordenado por Pedro. [3] Igualmente las demás exhiben a quienes, constituidos por los apóstoles en el episcopado, tienen los retoños de la semilla apostólica. [4] Inventen los herejes algo semejante. ¿Qué les está prohibido después de la blasfemia? [5] Pero aunque lo inventen, nada adelantarán. Pues su misma doctrina, comparada con la apostólica, por su diversidad y contrariedad declarará que no es de ningún autor apóstol ni de ningún varón apostólico; porque, así como los apóstoles no habrían enseñado cosas diversas entre sí, así los varones apostólicos no habrían publicado cosas contrarias a los apóstoles, a no ser que quienes aprendieron de los apóstoles hubieran predicado de otro modo. [6] A esta forma, pues, serán desafiadas por aquellas iglesias que, aunque no presentan apóstol ni varón apostólico alguno como autor suyo, por ser mucho más recientes, y que incluso se instituyen cada día, sin embargo, coincidiendo en la misma fe, no son tenidas por menos apostólicas por la consanguinidad de la doctrina. [7] Así todas las herejías, desafiadas por nuestras iglesias según una y otra forma, prueben si se consideran apostólicas en algún sentido. [8] Pero ni lo son ni pueden probar lo que no son, ni son recibidas en la paz y en la comunión por las iglesias de algún modo apostólicas, a saber, por la diversidad del sacramento, no siendo en absoluto apostólicas.
    Comentario editorial · La sucesión apostólica y las listas de obispos
    Tertuliano pide a cada iglesia que muestre sus orígenes y «la lista de sus obispos» hasta un apóstol o varón apostólico, y da dos ejemplos: Policarpo, colocado en Esmirna por Juan, y Clemente, ordenado en Roma por Pedro (§ 1–2). Ireneo da otra lista de Roma: Lino, Anacleto y, «en el tercer lugar desde los apóstoles», Clemente; y dice que Policarpo fue puesto en Esmirna por apóstoles de Asia (Contra las herejías III, 3, 3–4). Wikipedia anota que Tertuliano hace a Clemente sucesor inmediato de Pedro. El ANF (Coxe) comenta que Lino y Cleto habrían muerto casi al ser nombrados: es su lectura. Según Wikipedia, Tertuliano añade (§ 6) que las iglesias recientes cuentan como apostólicas si comparten la fe, tengan o no lista de obispos. Véanse Ireneo y la historia del siglo II.

    Cap. 33

    XXXIII. [1] Añado sobre esto el examen de las propias doctrinas que existieron en tiempo de los apóstoles y que fueron señaladas y declaradas por los mismos apóstoles. [2] Pues así se desenmascararán más fácilmente, al descubrirse o que ya existieron entonces o que tomaron semilla de las que ya existieron. [3] Pablo, en la primera a los Corintios, nota a los que negaban y dudaban de la resurrección: esta opinión es propia de los saduceos. [4] De ella toma parte Marción, y Apeles y Valentín y otros que quebrantan la resurrección de la carne. [5] Y escribiendo a los Gálatas, arremete contra los observantes y defensores de la circuncisión y de la ley: esta es la herejía de Ebión. [6] Instruyendo a Timoteo, censura también a los que prohíben las bodas: así instituyen Marción y Apeles, su seguidor. [7] Igualmente toca a quienes decían que la resurrección ya se había realizado: los valentinianos lo afirman de sí. [8] Pero también cuando nombra genealogías interminables, se reconoce a Valentín, en el cual aquel Eón, yo no sé quién, de nombre nuevo y no único, engendra de su Gracia a Sentido y Verdad; y éstos procrean a su vez de sí a Sermón y Vida; y luego éstos engendran a Hombre e Iglesia, de la cual, como primera ogdóada de Eones, nacen después diez más y los doce Eones restantes con nombres extraños, en pura fábula de treinta Eones. [9] El mismo apóstol, cuando reprueba a los que sirven a los elementos, muestra algo de Hermógenes, quien, introduciendo una materia no nacida, la compara al Dios no nacido y, haciendo así diosa a la madre de los elementos, puede servirla del mismo modo que compara con Dios. [10] Juan, en el Apocalipsis, tiene orden de castigar a los que comen lo sacrificado a los ídolos y cometen fornicaciones: hay también ahora otros nicolaítas; se llama herejía de Caín. [11] Y en su epístola llama sobre todo anticristos a quienes negaban que Cristo hubiera venido en carne y a quienes no pensaban que Jesús era el Hijo de Dios: aquello lo reclamó Marción, esto Ebión. [12] La disciplina de la magia simoniana, que sirve a ángeles, ciertamente también ella era contada entre las idolatrías, y fue condenada por el apóstol Pedro en el mismo Simón.
    Comentario editorial · Las herejías, ya nombradas en la Escritura
    Tertuliano busca en las cartas de los apóstoles las herejías que luego se dieron:
    Texto bíblico, según el Cap. 33Herejía que Tertuliano ve en él
    : negar la resurrecciónLos saduceos, y de ellos Marción, Apeles y Valentín (§ 3–4)
    : circuncisión y leyEbión (§ 5)
    : prohibir las bodasMarción y Apeles (§ 6)
    : la resurrección «ya realizada»Los valentinianos (§ 7)
    : genealogías interminablesValentín y sus eones (§ 8)
    : servir a los «elementos»Hermógenes y su materia (§ 9)
    : lo sacrificado a los ídolosLos nicolaítas, «herejía de Caín» (§ 10)
    : negar que Cristo vino en carneMarción y Ebión (§ 11)
    : SimónLa magia simoniana, condenada por Pedro «en el mismo Simón» (§ 12)
    Las referencias siguen las notas del ANF, salvo la de 2 Timoteo (el ANF remite a 2, 3, que no corresponde). Tertuliano no hace de Simón el primer hereje, como sí hace el apéndice Contra todas las herejías, que el ANF llama «spurious treatise»; Ireneo lo tiene por fundador de los simonianos (Wikipedia).

    Cap. 34

    XXXIV. [1] Estas son, a mi juicio, las especies de doctrinas adúlteras que, habiendo existido bajo los apóstoles, aprendemos de los propios apóstoles. [2] Y sin embargo no encontramos entre tantas diversidades de perversidades institución alguna que haya movido controversia sobre el Dios creador del universo. [3] Nadie se atrevió a sospechar de otro dios; más fácilmente se dudaba del Hijo que del Padre, hasta que Marción introdujo, fuera del Creador, otro Dios de sola bondad. [4] Apeles hizo del Creador un no sé qué ángel glorioso del Dios superior, dios de la ley y de Israel, afirmando que era ígneo; Valentín esparció sus Eones y redujo al origen del vicio de un solo Eón al Dios creador. [5] A éstos solos y a éstos primeros se les reveló la verdad de la divinidad: alcanzaron, a saber, mayor dignación y más plena gracia del diablo, que quiso así emular a Dios, para hacer discípulos sobre el maestro, por las doctrinas de los venenos, cosa que el Señor negó. [6] Elijan, pues, todas las herejías los tiempos en que existieron —mientras no importe cuándo, ya que no son de la verdad—; y, desde luego, las que no estuvieron bajo los apóstoles no pueden haber existido. [7] Pues si hubieran existido, habrían sido nombradas, para ser reprimidas; pero las que estuvieron bajo los apóstoles son condenadas en su misma mención. [8] Así, o son las mismas hoy, algo más pulidas, que fueron rudes bajo los apóstoles, y tienen desde entonces su condenación; o unas existieron entonces y otras nacieron después, y éstas usurparon algo de la opinión de aquéllas, teniendo con ellas consorcio de predicación, y han de tener necesariamente también consorcio de condenación, precediendo aquella regla ya dicha de la posterioridad, por la cual, aunque nada participaran de las condenadas, serían prejuzgadas por su sola edad; tanto más adúlteras cuanto que ni siquiera fueron nombradas por los apóstoles. [9] De donde firmemente consta que éstas son las que ya desde entonces se anunciaban que habían de venir.

    Cap. 35

    XXXV. [1] Desafiadas por estas definiciones y refutadas todas las herejías, sean posteriores, sean coetáneas de los apóstoles, con tal que sean diversas, sean señaladas en general o en especial por ellos, con tal que estén condenadas de antemano, atrévanse también ellas a responder con algunas prescripciones de este género contra nuestra disciplina. [2] Pues si niegan su verdad, deben probar que también ella es herejía, refutada por la misma forma con que ellas son refutadas, y mostrar al mismo tiempo dónde ha de buscarse la verdad, que ya consta que no está entre ellas. [3] Nuestra causa no es posterior; antes bien, es anterior a todas. Éste será el testimonio de la verdad que en todas partes ocupa el principado. [4] Por los apóstoles no es condenada; al contrario, es defendida: éste será el indicio de su propiedad; [5] pues a la que no condenan, habiendo condenado toda doctrina extraña, la muestran como suya, y por eso la defienden.

    Capítulos 36 a 40: A quién pertenecen las Escrituras

    Cap. 36

    XXXVI. [1] Venga ya, tú que quieres ejercitar mejor tu curiosidad en el negocio de tu salvación: recorre las iglesias apostólicas, en las que aún presiden en sus lugares las mismas cátedras de los apóstoles, en las que se recitan sus mismas cartas auténticas, haciendo sonar la voz y representando el rostro de cada uno. [2] Cerca de ti está Acaya: tienes Corinto. Si no estás lejos de Macedonia, tienes Filipos; si puedes dirigirte a Asia, tienes Éfeso; si lindas con Italia, tienes Roma, de donde también a nosotros nos está a la mano la autoridad. [3] ¡Cuán feliz es esta iglesia, en la que los apóstoles derramaron toda la doctrina con su propia sangre, donde Pedro se iguala a la pasión del Señor, donde Pablo es coronado con la muerte de Juan, donde el apóstol Juan, después de ser sumergido en aceite hirviendo sin padecer nada, es relegado a una isla! [4] Veamos qué aprendió, qué enseñó: con las iglesias africanas también confraternizadas, [5] conoce a un solo Dios Señor, creador del universo, y a Cristo Jesús, hijo del Dios creador, nacido de la virgen María, y la resurrección de la carne; mezcla la ley y los profetas con las cartas evangélicas y apostólicas, y de ahí bebe la fe; la sella con el agua, la viste con el Espíritu Santo, la alimenta con la eucaristía, exhorta al martirio, y contra esta institución no admite a nadie. [6] Esta es la institución —ya no digo la que anunciaba las herejías futuras— de la que salieron las herejías. Pero no son de ella, desde el momento en que se hicieron contra ella. [7] También del hueso de la aceituna, suave, óptima y necesaria, nace el acebuche áspero; también de la semilla de la higuera gratísima y suavísima brota la higuera silvestre, ventosa e inútil. [8] Así también las herejías, de nuestro frutal, no de nuestro linaje; de grano de verdad, pero silvestres por la mentira.
    Comentario editorial · Las iglesias apostólicas, de Corinto a Roma
    Recorrer «las iglesias apostólicas» es, para Tertuliano, ir a Corinto, Filipos, Éfeso y Roma, donde «aún presiden en sus lugares las mismas cátedras de los apóstoles» (§ 1–2). Tres detalles. Las «cartas auténticas» (authenticae litterae): el ANF anota que pueden ser los autógrafos, los originales griegos o copias íntegras frente a las mutiladas de los herejes, y juzga probable lo último. En el § 2 el inglés del ANF añade «(y allí también) tenéis a los tesalonicenses», que el latín de Delphi no trae (véase la nota del Cap. 44). Y en Roma Pedro «se iguala a la pasión del Señor», Pablo «es coronado con la muerte de Juan» (el Bautista, según el ANF) y Juan, sumergido en aceite hirviendo, es desterrado a una isla; Wikipedia cita a Jerónimo como quien cuenta lo del aceite, y Tertuliano lo da antes.

    Cap. 37

    XXXVII. [1] Si esto es así, de modo que la verdad se nos adjudique a nosotros, cuantos caminamos en aquella regla que las iglesias recibieron de los apóstoles, los apóstoles de Cristo, Cristo de Dios, consta la razón de nuestro propósito, que define que no hay que admitir a los herejes a entablar provocación sobre las Escrituras, a quienes sin Escrituras probamos que no atañen a las Escrituras. [2] Pues si son herejes, no pueden ser cristianos, no teniendo de Cristo lo que, seguido por su elección, admiten bajo el nombre de herejes. [3] Y no siendo cristianos, ningún derecho adquieren sobre las letras cristianas, a quienes con razón se les ha de decir: "¿Quiénes sois? ¿Cuándo y de dónde habéis venido? ¿Qué hacéis en lo mío, vosotros que no sois míos? Y, en fin, ¿con qué derecho, Marción, talas mi bosque? ¿Con qué licencia, Valentín, desvías mis fuentes? ¿Con qué potestad, Apeles, remueves mis linderos? [4] ¿Por qué, los demás, sembráis y apacentáis aquí a vuestro antojo? Mía es la posesión: hace tiempo que la poseo, el primero la poseo; tengo orígenes firmes de los mismos autores a quienes perteneció la cosa. [5] Yo soy el heredero de los apóstoles. Como dispusieron en su testamento, como me encomendaron su fe, como me la hicieron jurar, así la conservo. [6] A vosotros, ciertamente, os desheredaron siempre y os repudiaron como extraños, como enemigos." [7] ¿De dónde son extraños y enemigos de los apóstoles los herejes, sino de la diversidad de doctrina, que cada uno por su propio arbitrio o introdujo contra los apóstoles o recibió?

    Cap. 38

    XXXVIII. [1] Allí, pues, ha de colocarse la adulteración de las Escrituras y de las exposiciones, donde se encuentra diversidad de doctrina. [2] Quienes se propusieron enseñar de otro modo, se vieron forzados por necesidad a disponer de otro modo los instrumentos de la doctrina. [3] De otro modo no habrían podido enseñar otra cosa, si no tuvieran de otro modo los medios con que enseñar. Así como a ellos no habría podido resultar la corrupción de la doctrina sin la corrupción de sus instrumentos, así a nosotros no nos correspondería la integridad de la doctrina sin la integridad de los medios por los que se trata la doctrina. [4] ¿Qué hay, en efecto, de contrario a nosotros en nuestros escritos? ¿Qué hemos introducido de propio, para remediar con supresión, adición o cambio lo que en las Escrituras se hallara contrario a ello? [5] Lo que somos, eso son las Escrituras desde su comienzo. De ellas somos; nada fue antes de modo distinto de lo que somos. ¿Qué hubo, en fin, antes de que vosotros las interpolarais? [6] Y como toda interpolación ha de creerse posterior, viniendo ciertamente de causa de emulación, que nunca es ni anterior ni doméstica de aquello que emula, tan increíble es para cualquier sabio que nosotros hayamos introducido un estilete adúltero en las Escrituras, siendo los primeros y procedentes de ellas, como que no lo hayan introducido quienes son posteriores y adversarios. [7] Uno cambia las Escrituras con la mano, otro el sentido con la exposición. [8] Pues aunque Valentín parece usar el instrumento íntegro, no con menos astucia que Marción puso sus manos en la verdad. [9] Marción, en efecto, abierta y paladinamente usó la espada, no el estilete, puesto que para su materia hizo carnicería de las Escrituras. [10] Valentín, en cambio, las perdonó, porque no las acomodó a su materia, sino que imaginó la materia según las Escrituras. Y sin embargo, más quitó y más añadió, quitando las propiedades de cada una de las palabras y añadiendo disposiciones de realidades que no existen.

    Cap. 39

    XXXIX. [1] Estos son los ingenios de la maldad espiritual contra los que tenemos lucha, hermanos, dignos de ser contemplados con razón, necesarios para la fe, para que los elegidos se manifiesten y los réprobos se descubran. [2] Y por eso tienen fuerza y facilidad para excogitar e instruir errores, no tan admirable como difícil e inexplicable, cuando de las escrituras seculares está a mano un ejemplo de semejante facilidad. [3] Ves hoy cómo de Virgilio se compone una fábula totalmente distinta, concertado el asunto según los versos y los versos según el asunto. [4] En fin, Hosidio Geta extrajo plenísimamente de Virgilio su tragedia Medea. Un pariente mío, entre otros ocios de su pluma, explicó del mismo poeta el Pinax de Cebes. [5] Se suele llamar también homerocentones a quienes de los poemas de Homero, con obras propias, a la manera centonaria, componen en un solo cuerpo muchos trozos tomados de acá y de allá. [6] Y ciertamente es más fecunda la literatura divina para dar materia a cualquier asunto. [7] Y no temo decir que las propias Escrituras fueron dispuestas por voluntad de Dios de tal modo que suministraran materias a los herejes, ya que leo que es preciso que haya herejías, las cuales no pueden existir sin las Escrituras.

    Cap. 40

    XL. [1] Pero se pregunta: ¿por quién es cambiado el entendimiento de las cosas que sirven a las herejías? [2] Por el diablo, sin duda, cuyas son las partes de cambiar la verdad, que también imita las mismas realidades de los sacramentos divinos en los misterios de los ídolos. [3] También él bautiza a algunos, por cierto a los suyos, creyentes y fieles; por el lavacro promete la remisión de las faltas, [4] y, si todavía recuerdo bien a Mitra, allí marca en las frentes a sus soldados. Celebra también la oblación del pan, introduce la imagen de la resurrección y rescata la corona bajo la espada. [5] ¿Qué, y que establece también un sumo pontífice en unas solas nupcias? Tiene también vírgenes, tiene también continentes. [6] Por lo demás, si repasamos las supersticiones de Numa Pompilio, si consideramos los oficios sacerdotales, las insignias y los privilegios, los ministerios de los sacrificantes, los instrumentos y vasos, y las curiosidades de los sacrificios mismos, de las expiaciones y de los votos, ¿no es manifiesto que el diablo imitó aquella escrupulosidad de la ley judaica? [7] Quien, pues, tan emuladoramente se afanó por expresar en negocios de idolatría las mismas realidades con que se administran los sacramentos de Cristo, ciertamente él mismo y con el mismo ingenio deseó y pudo adaptar también los instrumentos de las realidades divinas y de los santos cristianos a una fe profana y émula: sentido de sentidos, palabras de palabras, parábolas de parábolas. [8] Y por eso nadie debe dudar ni de que las maldades espirituales, de las que vienen las herejías, son enviadas por el diablo, ni de que las herejías no se distinguen de la idolatría, siendo del mismo autor y de la misma obra que la idolatría. [9] O fingen otro Dios contra el Creador, o, si confiesan al único Creador, lo exponen de modo distinto de como es en verdad. [10] Y así, toda mentira que dicen acerca de Dios es en cierto modo género de idolatría.
    Comentario editorial · Mitra y el bautismo del diablo
    Tertuliano sostiene que el diablo imita los sacramentos cristianos en los misterios de los ídolos (§ 2–4): bautiza, promete la remisión de las faltas y, «si todavía recuerdo bien a Mitra», marca en la frente a sus soldados, celebra una oblación de pan, introduce la imagen de una resurrección y «rescata la corona bajo la espada». Wikipedia (Mithraism) recoge que los apologistas cristianos vieron en esos ritos una copia diabólica de los suyos y que Tertuliano habla de un baño previo y de una marca en la frente; en Sobre la corona, según el mismo artículo, los soldados mitraístas rehusaban la corona porque «su única corona era Mitra». El ANF remite a Sobre el bautismo 5 y al último capítulo de Sobre la corona y cree que la corona bajo la espada alude a un martirio fingido. Pearse sugiere que la palabra «Mitra» pudo ser una glosa. Es un testigo hostil: no describe el culto desde dentro.

    Capítulos 41 a 44: La conducta de los herejes y el juicio

    Cap. 41

    XLI. [1] No omitiré la descripción de la misma conducta herética: cuán fútil, cuán terrena, cuán humana es, sin gravedad, sin autoridad, sin disciplina, como corresponde a su fe. [2] En primer lugar, es incierto quién es catecúmeno, quién fiel; entran por igual, oyen por igual, oran por igual; incluso si se presentan gentiles, arrojarán lo santo a los perros y las perlas, aunque no verdaderas, a los puercos. [3] Quieren que la sencillez sea la prosternación de la disciplina, cuyo cuidado entre nosotros llaman lenocinio. También mezclan indiscriminadamente la paz con todos. [4] Nada les importa, aunque traten cosas diversas, con tal de conspirar para expugnar la única verdad. Todos se hinchan, todos prometen ciencia. Los catecúmenos son perfectos antes de ser enseñados. [5] ¡Cuán procaces las propias mujeres heréticas! Se atreven a enseñar, a disputar, a hacer exorcismos, a prometer curaciones, quizá también a bautizar. [6] Sus ordenaciones son temerarias, ligeras, inconstantes. Unas veces colocan a neófitos, otras a atados al siglo, otras a apóstatas nuestros, para obligarlos con la gloria, ya que no pueden con la verdad. [7] En ninguna parte se progresa más fácilmente que en el campamento de los rebeldes, donde el estar allí ya es merecer. [8] Así, hoy uno es obispo, mañana otro; hoy diácono quien mañana lector; hoy presbítero quien mañana laico. Pues también a los laicos imponen funciones sacerdotales.

    Cap. 42

    XLII. [1] De la administración de la palabra, ¿qué diré, cuando su negocio no es convertir a los gentiles, sino echar a perder a los nuestros? [2] Más bien captan esta gloria: obrar la ruina de los que están en pie, no la elevación de los caídos. Porque su obra no viene de edificio propio, sino de la destrucción de la verdad; socavan lo nuestro para edificar lo suyo: [3] quítales la ley de Moisés y los profetas y al Dios creador, y no tienen acusación ni palabra. [4] Así ocurre que obran más fácilmente ruinas de edificios que están en pie que construcciones de ruinas caídas. [5] Solamente en estas obras se muestran humildes, blandos y sumisos. Por lo demás, ni a sus propios presidentes guardan reverencia. [6] Y esto es lo que hace que entre los herejes casi no haya cismas: porque, aun existiendo, no aparecen; la herejía es enemiga de la unidad. [7] Miento si no varían entre sí incluso de sus propias reglas, mientras cada uno modula a su arbitrio lo que recibió, del mismo modo que quien lo transmitió lo compuso por su arbitrio. [8] Reconoce su naturaleza y la costumbre de su origen el progreso de la cosa. Lo mismo les fue lícito a los valentinianos que a Valentín, lo mismo a los marcionitas que a Marción: innovar a su arbitrio la fe. [9] En fin, examinadas a fondo, todas las herejías se descubren discrepando en muchas cosas de sus propios autores. [10] La mayoría ni siquiera tienen iglesias: sin madre, sin sede, privados de fe, desterrados, vagan como silbados.

    Cap. 43

    XLIII. [1] También se han notado los comercios de los herejes con muchísimos magos, con charlatanes, con astrólogos, con filósofos, entregados, sin duda, a la curiosidad. [2] Buscaréis y hallaréis: en todas partes lo recuerdan. Y de tal género de conducta puede estimarse la cualidad de la fe: la disciplina es índice de la doctrina. [3] Niegan que haya que temer a Dios: así todo les es libre y suelto. [4] ¿Y dónde no se teme a Dios, sino donde no está? Donde no está Dios, no hay verdad alguna; donde no hay verdad alguna, con razón hay tal disciplina. [5] En cambio, donde está Dios, allí está el temor de Dios, que es principio de la sabiduría. Donde está el temor de Dios, allí hay gravedad honesta y diligencia atenta y cuidado solícito y elección examinada y comunión deliberada y promoción merecida y sujeción religiosa y asistencia devota y procesión modesta, y la Iglesia unida, y todas las cosas de Dios.

    Cap. 44

    XLIV. [1] Por tanto, estos testimonios de una disciplina más estricta entre nosotros se suman a la prueba de la verdad, de la cual a nadie conviene apartarse, si recuerda el juicio futuro, en el que todos nosotros es necesario que comparezcamos ante el tribunal de Cristo, dando razón ante todo de la fe misma. [2] ¿Qué dirán, pues, quienes violaron con adulterio herético a la virgen entregada por Cristo? [3] Creo que alegarán que nada se les anunció jamás por él ni por sus apóstoles acerca de doctrinas crueles y perversas que habían de venir, y que nada se les mandó para evitarlas y abominarlas. [4] Reconozcan más bien su culpa antes que la de quienes no les previnieron. [5] Añadirán además muchas cosas sobre la autoridad de cada doctor herético: que confirmaron con signos sobre todo la fe de su doctrina, que resucitaron muertos, que rehicieron débiles, que anunciaron el futuro, de modo que con razón se les creyera apóstoles. [6] Como si no estuviera escrito que habrían de venir muchos que harían incluso grandísimos milagros para apoyar el fraude de una predicación corrompida. Así, merecerán perdón. [7] Pero si, acordándose de las denuncias del Señor y de los apóstoles, hubieran permanecido firmes en la fe íntegra, creo que correrán peligro en cuanto al perdón, respondiendo el Señor: [8] "Ciertamente había anunciado que vendrían maestros de falacia en mi nombre y en el de los profetas y apóstoles, y había mandado a mis discípulos que os predicaran lo mismo. [9] Una sola vez entregué el evangelio y la doctrina de esa misma regla a mis apóstoles. Pero como no creíais, me plugo cambiar después algunas cosas. [10] Había prometido la resurrección incluso de la carne, pero lo reconsideré, no fuera que no pudiera cumplirla. Había mostrado que yo nacía de una virgen, pero después me pareció vergonzoso. [11] Había dicho que era mi Padre el que hizo el sol y las lluvias, pero otro Padre mejor me adoptó. Os había prohibido prestar oído a los herejes, pero erré." [12] Tales cosas cabe imaginar de quienes se desvían y no evitan el peligro de la verdad de la fe. [13] Pero por ahora se ha tratado en general contra todas las herejías, para que sean rechazadas de la confrontación de las Escrituras con prescripciones ciertas, justas y necesarias. [14] Por lo demás, si la gracia de Dios lo consiente, responderemos también especialmente a algunas.
    Comentario editorial · El final del texto y lo que otras ediciones añaden
    Este texto termina en el Cap. 44, 14; ni el latín de Delphi ni el inglés del ANF traen capítulos 45 o 46. Según Pearse (tertullian.org), la edición de Migne añade ocho capítulos con una lista de herejías, que los manuscritos de Cluny transmiten aparte como el espurio Adversus omnes haereses; solo la edición de Gagny y Mesnart lo imprime como apéndice. El ANF lo incluye aparte, como apéndice del volumen («Against All Heresies», trad. de Thelwall), y lo llama «spurious treatise». Hay además diferencias entre el latín de Delphi y el que traduce Holmes, que sigue a Oehler: el ANF cierra con una fórmula («la paz y la gracia de nuestro Dios Jesucristo para siempre») que Pearse recoge en nota como § 15 y que aquí falta; en 44, 9 el ANF restaura scilicet cum vos non crederetis («claro está que no había que suponer que me creeríais»), donde Delphi lee sed cum uos non crederetis; y en 36, 2 el ANF trae a los tesalonicenses.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el tratado

    Tertuliano no pide que los herejes callen sin más: pide que antes se resuelva quién puede hablar. Su respuesta tiene tres piezas que reaparecen en la historia posterior: la regla de fe como medida de lo que se puede discutir (Cap. 13–14), la tradición que baja de Cristo a los apóstoles y de estos a las iglesias que fundaron (Cap. 20–21) y la lista de obispos como prueba de origen (Cap. 32). El método es pariente del de Ireneo, y el perfil de Tertuliano y los compendios Hermenéutica 2a y 2b lo sitúan en esa línea. El propio tratado promete respuestas «especialmente a algunas» herejías (Cap. 44, 14); el ANF recoge que Kaye lo tuvo por prólogo de los tratados contra herejías particulares.
    Una lectura del editor, que no es de Tertuliano: el argumento descansa en que la regla de fe coincida de hecho con la de las iglesias apostólicas, cosa que el texto anuncia («como se probará», Cap. 13, 6) y sostiene en los Cap. 20–21 y 32–36. Quien no admita esa coincidencia no tiene todavía motivo para aceptar que los herejes no son parte en el pleito.
    Límites. El latín de partida no declara su edición ni su editor; el cotejo con el texto de Refoulé que transcribe Pearse es un cotejo, no una prueba de dónde lo tomó Delphi. La traducción es automática y nadie la ha revisado frase a frase: se conserva con sus defectos, el más visible «Fanerw&seis» (Cap. 30, 6), y con una cifra que otras fuentes leen de otro modo (Cap. 30, 2). Lo que Tertuliano dice de Marción, Valentín o Apeles son sus acusaciones, no un retrato neutral. La fecha no consta y las fuentes difieren; las notas históricas se apoyan en las fuentes que citan y, cuando discrepan, se dice cuál afirma qué. Los siete encabezados del texto son del editor.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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