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    COMPENDIOS — LA ESCRITURA

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    La formación del canon del Nuevo Testamento: de las «memorias de los apóstoles» a las listas del siglo IV

    Siglos I–V · De Pablo a Agustín31 minPosición: 0% de esta parteParte 2 de 2 · El siglo IV: listas de pastores, no un decretoPublicado el Actualizado el Ref. COM-CANON-01

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minTres cosas con un mismo nombre
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minAntes de las listas: lo que se leía y cómo se llamaba
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minMarción y la respuesta
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minIreneo: un solo Evangelio en cuatro formas
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEl fragmento de Muratori: la lista más discutida
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 9 minOrígenes y Eusebio: un canon por votos
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 1 minOrígenes y Eusebio: un canon por votos
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minEl siglo IV: listas de pastores, no un decreto
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 minEl siglo IV: listas de pastores, no un decreto
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minUn cuadro de lo discutido
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minQué quedó estándar y qué sigue disputado
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 2 minDónde seguir

    El siglo IV: listas de pastores, no un decreto

    Lo que hay después de Eusebio no es un concilio que cierre el asunto, sino una serie de listas que cada obispo o sínodo produce para su gente. Metzger sitúa ahí un cambio de tono: ya no son menciones ocasionales, sino juicios dados a propósito para fijar los límites. Vistas juntas, muestran un acuerdo grande y un resto que nunca acaba de coincidir.
    Cirilo de Jerusalén, hacia 350, en sus catequesis para quienes se preparan al bautismo, da la siguiente instrucción:
    Texto de la fuenteCirilo de Jerusalén · Catequesis · IV, 35–36Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 7 (trad. inglesa)Traducción: Eusebeia, del inglés
    35. […] Estudia con empeño solo estos, que leemos abiertamente en la Iglesia. Mucho más sabios y piadosos que tú eran los apóstoles y los obispos de antaño, los presidentes de la Iglesia que nos transmitieron estos libros. Siendo, pues, hijo de la Iglesia, no traspases sus estatutos.
    36. Luego, del Nuevo Testamento hay solo cuatro Evangelios, porque los demás tienen títulos falsos y son dañinos. También los maniqueos escribieron un Evangelio según Tomás, que, teñido con la fragancia del título evangélico, corrompe las almas de los sencillos. Recibe también los Hechos de los doce apóstoles; y, además de estos, las siete epístolas católicas de Santiago, Pedro, Juan y Judas; y como sello de todas ellas, y última obra de los discípulos, las catorce epístolas de Pablo. Pero todo lo demás póngase aparte, en segundo rango. Y los libros que no se leen en las iglesias, ni siquiera los leas tú a solas, como me has oído decir. Baste esto sobre estos asuntos.
    La regla es de uso litúrgico, como en Muratori, y la lista no incluye el Apocalipsis. Gamble recuerda que Cirilo aplica el principio a la lectura privada: lo que no se lee en la iglesia tampoco debe leerse a solas, y que eso excluye a la vez los libros no cristianos y los cristianos no canónicos.
    El sínodo de Laodicea, en Frigia, hacia 363 (Percival lo sitúa entre 343 y 381), tiene dos cánones que importan aquí. El 59 es seguro y es el que Metzger destaca:
    Texto de la fuenteConcilio de Laodicea · Cánones · 59–60Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 14 (trad. inglesa de H. R. Percival)Traducción: Eusebeia, del inglés
    59. No se lean en la iglesia salmos compuestos por particulares ni libros no canónicos, sino solo los libros canónicos del Antiguo y del Nuevo Testamento.
    60. [N. B. —La autenticidad de este canon es muy dudosa.] Estos son todos los libros del Antiguo Testamento que han de leerse: […] Y estos son los libros del Nuevo Testamento: cuatro Evangelios, según Mateo, Marcos, Lucas y Juan; los Hechos de los Apóstoles; siete epístolas católicas, a saber, una de Santiago, dos de Pedro, tres de Juan, una de Judas; catorce epístolas de Pablo: una a los Romanos, dos a los Corintios, una a los Gálatas, una a los Efesios, una a los Filipenses, una a los Colosenses, dos a los Tesalonicenses, una a los Hebreos, dos a Timoteo, una a Tito y una a Filemón.
    El 60 falta en la versión latina de Dionisio el Exiguo, en la colección de Juan de Antioquía y en la de Martín de Braga; Spittler, en 1777, sostuvo que esa lista no era del sínodo, y Percival, aunque cita a Ffoulkes en sentido contrario, dice que su valor para la controversia es nulo porque omite el Apocalipsis. Metzger concuerda: el sínodo no legisló nada nuevo; reconoce que ya existen libros leídos en el culto, llamados «canónicos», y las listas, si son genuinas, se limitan a nombrarlos.
    Atanasio, obispo de Alexandria, tenía la costumbre de escribir cada año, tras la Epifanía, una carta festal a las iglesias de Egipto para anunciar la Pascua. La trigésimo novena, de 367, marca, según Metzger, la primera vez que el alcance del Nuevo Testamento se declara como exactamente los veintisiete libros actuales. La carta empieza por el motivo, y es el mismo que Lucas daba en su prólogo:
    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Carta festal 39 · § 3Consultar la referencia
    3. Al pasar a tratar de estas cosas, tomaré, para dar razón de mi propósito, el ejemplo de Lucas el Evangelista, y diré por mi parte: "Puesto que algunos han emprendido []" la tarea de ordenar por su cuenta los libros llamados apócrifos y mezclarlos con la Escritura divinamente inspirada, acerca de la cual tenemos plena certeza, tal como la transmitieron a los padres quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros del Logos, también a mí me ha parecido bien, instado a ello por verdaderos hermanos y habiéndome informado desde el principio, exponeros cuáles son los libros incluidos en el canon, transmitidos y reconocidos como divinos; a fin de que quien haya caído en el error condene a quienes lo extraviaron, y quien haya perseverado firme en la pureza vuelva a regocijarse al traer estas cosas a su memoria.
    Luego, la lista y la cláusula final:
    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Carta festal 39 · § 5–6Consultar la referencia
    5. Tampoco resulta tedioso hablar de los [libros] del Nuevo Testamento. Son estos los cuatro Evangelios, según Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Después, los Hechos de los Apóstoles y siete epístolas (llamadas católicas), a saber: una de Santiago, dos de Pedro y tres de Juan; tras estas, una de Judas. Hay, además, catorce epístolas de Pablo, escritas en este orden: la primera, a los Romanos; luego, dos a los Corintios; después de estas, a los Gálatas; a continuación, a los Efesios; luego, a los Filipenses; después, a los Colosenses; tras estas, dos a los Tesalonicenses y la dirigida a los Hebreos; y, asimismo, dos a Timoteo, una a Tito y, por último, la dirigida a Filemón. Y, además, el Apocalipsis de Juan.
    6. Estas son fuentes de salvación, para que quienes tienen sed se sacien de las palabras vivas que contienen. Solo en ellas se proclama la doctrina de la piedad. Que nadie les añada nada ni les quite cosa alguna. Pues por lo que toca a ellas, el Señor dejó avergonzados a los saduceos, diciendo: "Erráis por no conocer las Escrituras". Y reprendió a los judíos con estas palabras: "Escudriñad las Escrituras, porque ellas son las que dan testimonio de mí [; ]".
    Y todavía queda el párrafo que más interesa a quien lee el siglo IV con atención:
    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Carta festal 39 · § 7Consultar la referencia
    7. Pero, para mayor precisión, añado también esto, pues es necesario escribirlo: hay otros libros, además de estos, que no están incluidos en el canon, pero que los Padres han dispuesto que lean quienes acaban de unirse a nosotros y desean ser instruidos en la palabra de la piedad: la Sabiduría de Salomón, la Sabiduría de Sirácida, Ester, Judit, Tobías, el libro llamado Enseñanza de los Apóstoles y El Pastor. Mas los primeros, hermanos míos, están incluidos en el canon, mientras que los últimos son [meramente] objeto de lectura; y en ninguna parte se hace mención de escritos apócrifos. Estos, por el contrario, son invención de los herejes, que los escriben cuando quieren, les otorgan su aprobación y les atribuyen una fecha, para que, valiéndose de ellos como de escritos antiguos, hallen ocasión de extraviar a los sencillos.
    Tres rasgos de la carta merecen señalarse. Es una carta pastoral, escrita para una diócesis; Gamble hace notar que el propósito de Atanasio no era solo decir qué podía leerse en el culto, sino también regular la lectura privada. Introduce una categoría intermedia: libros que «no están en el canon» pero que los Padres han mandado leer a los catecúmenos, y entre ellos están dos que Eusebio había puesto fuera de los reconocidos, la Didaché y el Pastor, y cinco del Antiguo Testamento (Sabiduría, Sirácida, Ester, Judit y Tobías; los Macabeos no se nombran). Y su criterio no es un voto sino una tradición recibida «desde el principio por testigos oculares». Metzger añade que no todos lo siguieron: su contemporáneo Gregorio de Nacianzo, ya al final de su vida, dejó una lista en verso que pone las católicas después de Pablo y omite el Apocalipsis, con la frase de que «si hay algo fuera de estos, no está entre los genuinos». Anfíloco de Iconio, un colega suyo en Capadocia, repite el debate sobre Hebreos, las católicas y el Apocalipsis, parece rechazar 2 Pedro, 2 y 3 Juan y Judas, casi seguro el Apocalipsis, y termina diciendo que éste es «quizá el canon más fidedigno» de las Escrituras inspiradas. Didimo el Ciego, en Alejandría, no cita 2 y 3 Juan y sigue citando como autoridad el Pastor, Bernabé, Ignacio y la Didaché. Epifanio incluye el Apocalipsis, y añade, tras él, la Sabiduría y el Sirácida. Crisóstomo, en Antioquía, y su discípulo Teodoreto, según Metzger, no usan nunca 2 Pedro, 2 y 3 Juan, Judas ni el Apocalipsis, lo que coincide con el canon de la Peshitta siria.
    En el Occidente la historia es distinta. Hilario cita Santiago, y Lucifer de Cagliari cita Judas casi entero, omitiendo los pasajes sacados de libros apócrifos. Rufino, que había estudiado con Didimo, da en su Exposición del Credo la lista de Atanasio, aunque con otro orden, y añade lo que él llama los libros «eclesiásticos»:
    Texto de la fuenteRufino de Aquileya · Exposición del Credo · 37–38Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 3 (trad. inglesa)Traducción: Eusebeia, del inglés
    37. […] Del Nuevo, hay cuatro Evangelios: Mateo, Marcos, Lucas, Juan; los Hechos de los Apóstoles, escritos por Lucas; catorce epístolas del apóstol Pablo; dos del apóstol Pedro; una de Santiago, hermano del Señor y apóstol; una de Judas; tres de Juan; el Apocalipsis de Juan. Estos son los libros que los Padres han comprendido en el Canon, y de los cuales quieren que se deduzcan las pruebas de nuestra fe.
    38. Pero debe saberse que hay también otros libros que nuestros padres llaman no canónicos sino eclesiásticos: es decir, la Sabiduría, llamada Sabiduría de Salomón, y otra Sabiduría, llamada Sabiduría del hijo de Sirac, que los latinos llamaron con el título general de Eclesiástico, designando no al autor del libro sino el carácter del escrito. De la misma clase son el libro de Tobías, el de Judit y los libros de los Macabeos. En el Nuevo Testamento, el librito que se llama El Pastor de Hermas, [y el] que se llama Los Dos Caminos, o el Juicio de Pedro; todos los cuales quieren que se lean en las iglesias, pero que no se aduzcan para confirmar la doctrina. Los demás escritos los han llamado apócrifos. Estos no quieren que se lean en las iglesias.
    La distinción de Rufino entre «canónico» y «eclesiástico» se parece a la de Atanasio entre «canon» y «lectura»; la diferencia es que Rufino pone entre los «eclesiásticos» a los Macabeos, que Atanasio no nombraba, y no menciona Ester.
    Jerónimo es el que más se ocupa de los casos dudosos. Metzger recoge que en el De viris illustribus dice de Santiago que «una sola carta escribió, que se cuenta entre las siete católicas, y que algunos sostienen que la publicó otro con su nombre»; de Judas, que muchos la rechazan por citar el libro apócrifo de Enoc, «pero por su antigüedad y su uso ha ganado autoridad y se cuenta entre las Escrituras santas»; de 2 y 3 Juan, que se dice son del presbítero Juan; y, en la carta 120, que la diferencia de estilo entre las dos de Pedro se explica por el uso de amanuenses distintos. En su carta a Paulino de Nola (53, 9), escrita hacia 394, repasa los libros del Nuevo Testamento y dice que Pablo escribe a siete iglesias, «porque la octava, la de los Hebreos, no suele contarse con las demás», que las siete epístolas de los apóstoles Santiago, Pedro, Juan y Judas son a la vez espirituales y precisas, «breves en palabras y largas en contenido», y que el Apocalipsis «tiene tantos misterios como palabras». Y hacia 414, en la carta 129 a Dárdano, prefecto de las Galias, que he consultado en una versión inglesa que ofrece SermonIndex y cuyo traductor no consta, escribe que Hebreos ha sido recibida por las iglesias de Oriente y por los escritores griegos anteriores como de Pablo, aunque muchos la atribuyan a Bernabé o a Clemente, «y poco importa de quién es, pues es de un varón de iglesia y se lee a diario en las iglesias». Y añade que, si la costumbre de los latinos no la cuenta entre las Escrituras canónicas, tampoco las iglesias de los griegos reciben con la misma libertad el Apocalipsis, «y sin embargo recibimos ambos, siguiendo no la costumbre de este tiempo, sino la autoridad de los escritores antiguos». Esa es la regla que aplica Jerónimo: la antigüedad y el uso, y no una decisión de un concilio.
    Agustín da en la Doctrina cristiana una regla de método para los casos en que las iglesias no coinciden:
    Texto de la fuenteAgustín de Hipona · Sobre la doctrina cristiana · II, 8, 12Consultar la referencia
    12. Pero volvamos ahora a considerar el tercer paso aquí mencionado, pues acerca de él me he propuesto hablar y razonar según el Señor me conceda sabiduría. El intérprete más hábil de los escritos sagrados, pues, será aquel que en primer lugar los haya leído todos y los tenga retenidos en su conocimiento, si no todavía con plena comprensión, al menos con aquel conocimiento que da la lectura — al menos de aquellos que se llaman canónicos. Porque leerá los otros con mayor seguridad cuando esté edificado en la creencia de la verdad, de modo que no se apoderen primero de una mente débil, ni, engañándola con peligrosas falsedades y engaños, la llenen de prejuicios contrarios a un sano entendimiento. Ahora bien, en cuanto a las Escrituras canónicas, debe seguir el juicio del mayor número de iglesias católicas; y entre estas, por supuesto, ha de darse un lugar preeminente a aquellas que han sido tenidas por dignas de ser sede de un apóstol y de recibir epístolas. Por consiguiente, entre las Escrituras canónicas juzgará según la siguiente norma: preferir aquellas que son recibidas por todas las iglesias católicas a aquellas que algunas no reciben. Entre aquellas, a su vez, que no son recibidas por todas, preferirá las que tienen la sanción del mayor número y las de mayor autoridad, a las que son tenidas por el menor número y las de menor autoridad. Si, no obstante, hallare que algunos libros son tenidos por el mayor número de iglesias, y otros por las iglesias de mayor autoridad (aunque no es cosa muy probable que suceda), pienso que en tal caso la autoridad de ambas partes ha de ser considerada como igual.
    A continuación (II, 8, 13) da la lista completa. Para el Antiguo Testamento, cuarenta y cuatro libros que incluyen Tobías, Judit, los dos de los Macabeos, la Sabiduría y el Sirácida; para el Nuevo, los cuatro Evangelios, las catorce cartas de Pablo, dos de Pedro, tres de Juan, Judas, Santiago, Hechos y el Apocalipsis. La obra se escribió en 396-397 en su mayor parte y se terminó en 426, según Metzger.
    Los sínodos africanos repitieron la lista. De Hipona (393) se han perdido las actas; se conserva por el resumen (Breviarium) que los obispos de Bizacena enviaron al tercer sínodo de Cartago, en 397, que lo hizo leer. Hefele cuenta que presidía Aurelio, arzobispo de Cartago desde 391, y que Agustín, todavía presbítero, pronunció allí su discurso Sobre la fe y el símbolo. El canon 36 de Hipona dice que nada se lea en la iglesia bajo el título de «escrituras divinas» fuera de las canónicas. La lista se conserva en el sínodo de Cartago de 419, que reedita los cánones africanos; Percival lo traduce del Código de los cánones de la Iglesia africana:
    Texto de la fuenteSínodo de Cartago · Cánones africanos · can. 24 (en griego, 27)Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 14 (trad. inglesa de H. R. Percival)Traducción: Eusebeia, del inglés
    Asimismo, que fuera de las Escrituras canónicas no se lea nada en la iglesia bajo el nombre de Escrituras divinas. Las Escrituras canónicas son estas: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué hijo de Nun, Jueces, Rut, Reyes (cuatro libros), Crónicas (dos), Job, el Salterio, los cinco libros de Salomón, los doce libros de los Profetas, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, Tobías, Judit, Ester, Esdras (dos libros), Macabeos (dos libros). El Nuevo Testamento: los Evangelios (cuatro libros), los Hechos de los Apóstoles (un libro), las Epístolas de Pablo (catorce), las Epístolas de Pedro, apóstol (dos), las Epístolas de Juan, apóstol (tres), la Epístola de Santiago, apóstol (una), la Epístola de Judas, apóstol (una), el Apocalipsis de Juan (un libro).
    Que esto se envíe a nuestro hermano y compañero en el episcopado Bonifacio y a los demás obispos de aquellas regiones, para que confirmen este canon, pues estas son las cosas que hemos recibido de nuestros padres para ser leídas en la iglesia.
    Metzger añade que en los sínodos de 393 y 397 la frase decía «trece epístolas de Pablo y la epístola a los Hebreos, del mismo», y que en 419 pasa a «catorce». Percival nota que la cláusula sobre las pasiones de los mártires, que Hipona permitía leer en su aniversario, no está en el Código africano. Esos sínodos son locales: el texto envía la lista a Roma para que Bonifacio y otros obispos la confirmen.
    El siglo IV no termina el asunto. Metzger recuerda que el Concilio Trullano, en Constantinopla en 691-692, aprobó juntos los cánones apostólicos, los de Laodicea y Cartago y los escritos de Atanasio y de Anfíloco, con listas que no coinciden. El canon apostólico 85, en el texto de Percival, manda tener por «venerables y sagrados» los libros del Antiguo Testamento, entre ellos tres Macabeos, y recomienda enseñar a los jóvenes la Sabiduría de Sirac; enumera luego los cuatro Evangelios, catorce cartas de Pablo, dos de Pedro, tres de Juan, una de Santiago y una de Judas, «dos epístolas de Clemente y las Constituciones de mí, Clemente… en ocho libros» y «los Hechos de nosotros, los apóstoles», sin el Apocalipsis. Metzger concluye que el Concilio sancionó opiniones contradictorias, y que es lícito suponer que sus miembros no leyeron los textos. En los manuscritos griegos que se conservan, los Evangelios existen en 2.328 copias y el Apocalipsis en 287; este último no ha entrado nunca en el leccionario oficial de la Iglesia griega. Metzger lo toma como prueba de que la importancia de cada parte no fue la misma para todos.

    Un cuadro de lo discutido

    La tabla recoge lo que cada testigo hace con los libros discutidos. Se limita a los que se leyeron en esta preparación y no pretende ser exhaustiva.
    TestigoFecha y lugarQué hace con los libros discutidos
    Muratori¿c. 180–200 en Roma, o siglo IV en Oriente?Recibe Judas y dos cartas de Juan; no menciona Hebreos, Santiago ni 1 y 2 Pedro; recibe Apocalipsis de Juan y de Pedro (con reservas); el Pastor, solo en privado
    Orígenes (Eusebio, HE VI, 25)c. 230–244, Alejandría y Cesarea1 Pedro «reconocida», 2 Pedro dudosa; 2 y 3 Juan «no todos las consideran genuinas»; de Hebreos dice que «Dios sabe» quién la escribió
    Eusebio, HE III, 25c. 325, CesareaSantiago, Judas, 2 Pedro, 2 y 3 Juan: discutidas; Apocalipsis de Juan «si parece conveniente», en dos clases; Pastor, Bernabé y Didaché: espurios
    Cirilo de Jerusalénc. 350, JerusalénSiete católicas y catorce cartas de Pablo; sin Apocalipsis
    Laodicea, can. 60 (dudoso)c. 363, FrigiaIgual que Cirilo; sin Apocalipsis
    Atanasio, Carta 39367, AlejandríaLos veintisiete; Didaché y Pastor, «de lectura»
    Gregorio Nacianceno y Anfílococ. 380–390, CapadociaOmiten el Apocalipsis; Anfíloco duda además de 2 Pedro, 2 y 3 Juan y Judas
    Crisóstomo y Teodoreto (Metzger)siglos IV–V, AntioquíaNo usan 2 Pedro, 2 y 3 Juan, Judas ni el Apocalipsis
    Hipona, Cartago393, 397 y 419, ÁfricaLos veintisiete, con Hebreos entre las cartas de Pablo
    Jerónimo394 (carta 53) y 414 (carta 129)Recibe Hebreos y el Apocalipsis «por la autoridad de los antiguos»; sus dudas sobre la autoría de 2 Pedro, 2 y 3 Juan y Santiago no le llevan a excluirlas
    Agustínc. 396Los veintisiete, con la regla de las iglesias más numerosas y más autorizadas

    Los libros de en medio del Antiguo Testamento

    El canon del Antiguo Testamento no se cerró en el mismo punto ni de la misma manera. Los manuscritos griegos más antiguos de la Biblia completa, de los siglos IV y V, ponen los libros que los protestantes llaman apócrifos entre los del Antiguo Testamento, según Heine, aunque la Iglesia primitiva no parece haberlos puesto al mismo nivel que los de la Biblia hebrea. La lista de Melitón, hacia 170, la de Orígenes en Eusebio (HE VI, 25) y la de Atanasio los dejan fuera, con alguna excepción: Melitón incluye la Sabiduría; Orígenes cita los Macabeos «fuera de esos veintidós»; Atanasio los llama libros para catecúmenos. Ningún Padre de los cuatro primeros siglos, según Heine, escribió un comentario sobre uno de esos libros ni predicó sobre ellos, aunque los citan sin discutir su estatuto.
    Jerónimo es el que más claro lo dice, desde su propio trabajo con el hebreo. Al final de su prólogo a Samuel y Reyes, hacia 391, el «prólogo galeato»:
    Texto de la fuenteJerónimo · Prólogo a Samuel y Reyes («Prólogo con yelmo») · finalNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 6 (trad. inglesa)Traducción: Eusebeia, del inglés
    Este prefacio a las Escrituras puede servir como introducción «con yelmo» a todos los libros que traducimos del hebreo al latín, para que tengamos la seguridad de que lo que no se halla en nuestra lista debe ser colocado entre los escritos apócrifos. La Sabiduría, pues, que generalmente lleva el nombre de Salomón, y el libro de Jesús, hijo de Sirac, y Judit, y Tobías, y el Pastor no están en el canon. El primer libro de los Macabeos lo he hallado en hebreo; el segundo es griego, como puede probarse por su estilo mismo.
    Y dos años después, en el prefacio a los libros de Salomón, dirigido a Cromacio y Heliodoro, escribe:
    Texto de la fuenteJerónimo · Prefacio a Proverbios, Eclesiastés y Cantar de los Cantares · (393)Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 6 (trad. inglesa)Traducción: Eusebeia, del inglés
    Así, pues, como la Iglesia lee Judit, Tobías y los libros de los Macabeos, pero no los admite entre las Escrituras canónicas, así lea estos dos volúmenes para edificación del pueblo, no para dar autoridad a las doctrinas de la Iglesia.
    Los «dos volúmenes» son la Sabiduría y el Eclesiástico, que Jerónimo había enviado juntos. En el prefacio a Tobías y a Judit dice, en cambio, según el resumen del editor de NPNF, que el Concilio de Nicea contó Judit entre las Escrituras canónicas, lo que, junto con el pedido de sus amigos, le movió a traducirla. Agustín, por su parte, los incluye entre los cuarenta y cuatro libros del Antiguo Testamento (Doctr. crist. II, 8, 13), y los sínodos africanos los traen en la lista, de Hipona a Cartago.
    De ahí vienen las posiciones que después se fijaron. Metzger resume la decisión de Roma: el Concilio de Florencia (1439-1443) dio por primera vez una opinión categórica sobre el canon, en la bula de Eugenio IV, y Trento, el 8 de abril de 1546 y por 24 votos contra 15, con 16 abstenciones, definió por primera vez el contenido de la Biblia como artículo de fe, con anatema:
    Texto de la fuenteConcilio de Trento · Sesión IV, Decreto sobre las Escrituras canónicas · 8 de abril de 1546Schaff, Creeds of Christendom, vol. 2 (texto latino con versión inglesa)Traducción: Eusebeia, del inglés
    El sacrosanto sínodo […] recibe y venera con igual afecto de piedad y reverencia todos los libros tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento —pues un solo Dios es autor de ambos—, así como las tradiciones mismas, tanto las que atañen a la fe como las que atañen a las costumbres […]. Del Antiguo Testamento: los cinco libros de Moisés […]; Josué, Jueces, Rut, cuatro libros de los Reyes, dos de los Paralipómenos, el primer libro de Esdras y el segundo, que se titula Nehemías; Tobías, Judit, Ester, Job, el Salterio davídico de ciento cincuenta salmos; los Proverbios, el Eclesiastés, el Cantar de los Cantares, la Sabiduría, el Eclesiástico, Isaías, Jeremías con Baruc, Ezequiel, Daniel, los doce profetas menores […]; dos libros de los Macabeos, el primero y el segundo. Del Nuevo: los cuatro Evangelios […]; los Hechos de los Apóstoles escritos por Lucas el evangelista; catorce epístolas de Pablo apóstol […]; dos de Pedro apóstol, tres de Juan apóstol, una de Santiago apóstol, una de Judas apóstol y el Apocalipsis de Juan apóstol.
    Y si alguno no recibe como sagrados y canónicos esos libros enteros, con todas sus partes, tal como se acostumbra leerlos en la Iglesia católica y se contienen en la antigua edición Vulgata latina, y desprecia a sabiendas y con deliberación las tradiciones mencionadas, sea anatema.
    Las tradiciones reformadas y anglicanas hicieron lo contrario con los libros de en medio. Los Treinta y Nueve Artículos de la Iglesia de Inglaterra (art. VI, 1563) entienden por Escritura «los libros canónicos del Antiguo y Nuevo Testamento, de cuya autoridad nunca se dudó en la Iglesia», y dicen de los otros, citando a Jerónimo, que la Iglesia los lee «como ejemplo de vida e instrucción de costumbres, pero no los aplica para establecer ninguna doctrina». La Confesión de Westminster (cap. I, 3) va más lejos: los libros «comúnmente llamados apócrifos», por no ser de inspiración divina, «no son parte del canon de la Escritura» y no han de aprobarse ni usarse de otro modo que otros escritos humanos. Las tradiciones orientales, como se vio, tuvieron listas que variaron durante siglos; Metzger cuenta que, según una tabulación de Westcott, en el siglo X la Iglesia griega recibía no menos de seis listas diferentes. El Nuevo Testamento de Lutero de 1522 puso aparte Hebreos, Santiago, Judas y el Apocalipsis, que de todos modos conservó, y dio un criterio de contenido, «lo que promueve a Cristo» (Metzger). Calvino, en cambio, fundó la autoridad en el testimonio interior del Espíritu y dudó de la autoría de Hebreos y de 2 Pedro sin quitarles el lugar.
    Las confesiones citadas aquí coinciden, pues, en el Nuevo Testamento de veintisiete libros y difieren en el Antiguo, de modo que las dos preguntas, cuáles libros del Nuevo y cuáles del Antiguo, tienen historias distintas. Lo que quedó abierto en el Nuevo Testamento fue la discusión sobre la autoría de algunos libros y sobre si hay un «canon dentro del canon» (Metzger, cap. XII).

    Qué quedó estándar y qué sigue disputado

    Lo que casi todos aceptan. Los cuatro Evangelios son el grupo que Ireneo defiende hacia 180 y que Orígenes llama, hacia 244, «los únicos indiscutibles»; Clemente de Alejandría y otros siguieron conociendo otros evangelios, y Taciano había reunido los cuatro en uno. Las cartas de Pablo se leían en Roma, en Corinto y en Filipos desde antes del año 100 (1 Clemente, Policarpo) y formaron al menos dos ediciones en el siglo II (Gamble). Los libros que hoy llamamos deuterocanónicos siguieron tratándose de maneras distintas en las diversas iglesias durante siglos. Y las listas del siglo IV, entre ellas la de Atanasio, las de los sínodos africanos y las de Jerónimo y Agustín, son de pastores y de sínodos locales, no decretos universales: el primer concilio que define el contenido de la Biblia con anatema es Trento (Metzger), y el Trullano, en Oriente, sancionó listas que no coinciden.
    Lo que sigue disputado, con sus nombres.
    La definición de canon es lo primero. Si se pide una lista cerrada, hay que esperar a Atanasio, o a los sínodos africanos, o a Trento, según qué se cuente como cierre; así lo ve la definición exclusiva de Sundberg, que McDonald sigue con matices con su «canon 2». Si se pide uso con autoridad (la definición funcional de Childs, el canon 1 de McDonald), el canon existe desde el siglo II; Westcott describía ese camino como un reconocimiento gradual de una regla apostólica que se iguala a la Ley y a los Profetas, en tres períodos (70-170, 170-303, 303-397). Kruger agrega que el canon, entendido como lo que Dios ha dado, existe desde que los libros se escribieron.
    La fecha del Muratori: 180-200 en Roma (Metzger, von Campenhausen, Ferguson, según McDonald) o siglo IV en Oriente (Sundberg, Hahneman, y McDonald con reservas).
    El origen del cierre. Harnack lo vio como respuesta a Marción y a Montano, con una Iglesia que se defiende al definir su colección. Metzger prefiere hablar de un proceso que ya existía y que ellos aceleraron. Gamble pone el acento en el libro: el códice, la lectura pública y las ediciones de Pablo. Kruger, cuyo libro dedica capítulos a «la recepción corporativa del canon» y a «la aparición de un núcleo canónico», piensa que las iglesias reconocieron lo que ya tenían. Trobisch propone algo distinto: que el Nuevo Testamento, tal como lo tenemos, no es el resultado de siglos de evolución sino una edición publicada en un lugar y un momento por un grupo de editores, en el siglo II, de la que son indicios el uso uniforme del códice y de los nomina sacra (los nombres sagrados abreviados), el orden de los libros y los títulos. Para Trobisch esa edición fue, en el siglo II, «una obra literaria cristiana entre muchas», con competidores poderosos, y no necesitó una decisión de la Iglesia para producirse. Responde así a Hengel, para quien unos títulos uniformes en los Evangelios exigirían una «palabra de autoridad» de la Iglesia que entonces no podía darse: otras obras del siglo II, dice, se produjeron y circularon sin él. Aquí se presenta su tesis como lo que es, una propuesta seria que se apoya sobre todo en los manuscritos y que hay que contrastar con Gamble, McDonald y Kruger.
    La apertura o cierre hoy. Metzger concluye que el canon, en teoría, está abierto a añadir o quitar libros, pero que en la práctica «el canon no puede rehacerse, por la sencilla razón de que la historia no puede rehacerse»: la Iglesia lo ha recibido como la Sinagoga recibió el suyo. No es una conclusión de método sino una valoración, y se puede discutir desde las tres definiciones de arriba.
    Queda además la historia posterior. En Oriente, el Apocalipsis, 2 Pedro y las dos cartas menores de Juan siguieron sin usarse en la liturgia de algunas Iglesias, y Metzger cuenta seis listas distintas en la Iglesia griega del siglo X. En Occidente, la carta apócrifa a los laodicenses figura en más de cien manuscritos de la Vulgata, entre ellos el Fuldensis de 546, y en las dieciocho Biblias alemanas anteriores a Lutero; el Concilio de Florencia (1439-1443), en su lista de veintisiete libros, ni la menciona.

    Dónde seguir

    En este sitio, los textos citados completos: Contra las herejías de Ireneo, la Prescripción de Tertuliano, la Historia eclesiástica de Eusebio, las Cartas de Atanasio con la festal 39, Sobre los principios de Orígenes y la Doctrina cristiana de Agustín; de los más antiguos, la primera carta de Clemente, la carta de Policarpo, las cartas de Ignacio, la carta de Bernabé, el Pastor de Hermas, Papías y las dos obras de Justino, las apologías y el Diálogo con Trifón. Para el marco histórico, el siglo II y el siglo III; para el tema vecino de cómo se leyó la Biblia, Leer la Biblia con la Iglesia antigua, y para los concilios posteriores, Los concilios del IV al VII.
    Fuera del sitio, para quien quiera comprobar: Metzger sigue siendo la referencia de conjunto y trae las listas con su texto; Westcott y Harnack muestran cómo se planteaba la discusión hace un siglo; McDonald, Kruger y Trobisch representan las tres posiciones que hoy se enfrentan (canon como proceso, canon como reconocimiento de lo ya dado, Nuevo Testamento como edición). Los textos de Laodicea, Hipona y Cartago están en Percival (NPNF 2.ª serie, vol. 14) y en Hefele; el decreto de Trento, en Schaff.
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