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    TEXTOS — ATANASIO DE ALEJANDRÍA

    Índice de la obra

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    Atanasio de Alejandría

    Cartas de Atanasio

    Texto base: Philip Schaff y Henry Wace (eds.), NPNF, 2.ª serie, vol. 4 (1892) · The Complete Works of St. Athanasius, libro 20

    Traducción: Traducción castellana directa del inglés de Schaff, no del griego · 43 cartas y fragmentos

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Qué tienen en común una carta que fija la fecha de la Pascua, otra que enumera los libros de la Biblia y otra que cuenta cómo murió Arrio? Las escribió el mismo obispo, Atanasio de Alejandría, desde la sede, desde el destierro y desde el escondite. Este libro reúne cuarenta y tres cartas y fragmentos, de 329 a los últimos años de su vida: primero las cartas festales, con que cada año anunciaba la Pascua a las iglesias de Egipto, y después sus cartas personales, dirigidas a obispos, monjes, un emperador y un filósofo.

    Ficha de la obra

    AutorAtanasio de Alejandría, según la edición de base; esta edición no examina la atribución
    TítuloCartas (en inglés, Letters)
    FechaLas cartas festales, de 329 a 373, por el año de la Pascua que anuncian; las personales, entre 343–344 (Carta 46) y hacia 372, con fechas aproximadas o inciertas
    GéneroColección de cartas: 24 festales, completas o en fragmento, y 19 personales
    Extensión43 unidades: Cartas 1–5, 10, 11, 13, 14, 17–20, 22, 24, 27–29, 39, 40, 42–64
    TraducciónCastellana y directa, hecha del inglés de la edición de Philip Schaff; no del griego
    FuenteSerie NPNF de Philip Schaff, 2.ª serie, vol. 4 (1892), tal como la recoge The Complete Works of St. Athanasius, libro 20
    El recorrido sigue el orden de la edición. Las cartas festales (1–45, con muchas lagunas) anuncian la fecha de la Pascua y la del ayuno y exhortan a vivirla; entre ellas, la Carta 39 enumera los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento. Las cartas personales (46–64) tratan de ocasiones concretas: la conclusión del concilio de Sárdica, una consulta de monjes, el caso de un obispo que no quería su sede, la muerte de Arrio, la fe que Atanasio expone al emperador Joviano, la humanidad de Cristo, el cisma de Antioquía. Para el mismo año de 362 y la misma Antioquía, véase la Carta a los de Antioquía; para las acusaciones y los documentos de la primera época de Atanasio, la Apología contra los arrianos; para el marco de la disputa, el arrianismo.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que publicó la serie A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church (NPNF), dirigida por Philip Schaff. Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y sus matices dependen de ambas. En esta colección la cadena es más larga: según la introducción del NPNF, las cartas festales se conservan en una versión siríaca, hallada en 1842, y de ellas hay en griego solo fragmentos; las Cartas 46, 47, 50 y 51 existen solo en latín, traducido del griego. Antes de citarla en un trabajo académico conviene cotejarla con el inglés (enlaces al final de esta sección) y con los originales, y verificar la atribución y las fechas, que aquí no se discuten.
    Philip Schaff (Chur, 1819 – Nueva York, 1893) fue un teólogo e historiador de la Iglesia nacido en Suiza y formado en Alemania, que pasó la mayor parte de su vida adulta en Estados Unidos. Enseñó en el seminario de Mercersburg y, desde 1870, en el Union Theological Seminary de Nueva York; escribió una History of the Christian Church y The Creeds of Christendom. Supervisó la NPNF y, para su segunda serie —catorce volúmenes publicados entre 1890 y 1900—, contó con Henry Wace como coeditor. El volumen 4, Athanasius: Select Works and Letters (1892), recoge una selección de obras y cartas de Atanasio y es el que contiene estas cartas; New Advent atribuye la versión inglesa a Archibald Robertson, y el NPNF añade que la de las cartas festales es una revisión, de Miss Payne Smith, de la que había publicado la Library of the Fathers de Oxford; salvo seis, las cartas personales se publicaban en inglés por primera vez en ese volumen. El texto que aquí se traduce llegó en la edición The Complete Works of St. Athanasius (Kindle), cuyo libro 20 son estas cartas.
    Lo que viene de la edición. Los encabezados de cada carta —título, destinatario, año y la línea en cursiva con la fecha de la Pascua—, la numeración de las secciones y los corchetes proceden de la edición de base; no deben atribuirse a Atanasio. El «§ 1» de cada carta es su primer tramo, que la edición no numera; «encabezado» designa la línea o líneas iniciales de la propia edición. La edición de base no incluye las Cartas 6, 7 y 12, que sí figuran en el volumen impreso. Los bloques de texto contienen solo esa traducción; el comentario va aparte, en notas marcadas como del editor y plegadas por defecto. En las Cartas 56, 57 y 58 hay textos de otras voces (una carta del emperador Joviano, unas notas anónimas y los marcos de la Vida de Pacomio), que aparecen en recuadros propios con su atribución.
    Referencias bíblicas. Se conservan en su lugar y con la numeración con que llegan. Al posarse sobre una aparece el versículo en la Reina-Valera de 1909 (dominio público, con la ortografía actualizada), solo para comparar. Atanasio lee la Biblia griega, de modo que lo que cita puede diferir de una versión hecha desde el hebreo. Las referencias a Sabiduría, Judit y Eclesiástico no llevan versículo porque la Reina-Valera de 1909 no incluye esos libros. Tres corchetes de las Cartas 2, 3 y 11 —«[Marcos 9]», «[Marcos 1]» y «[Marcos 5]»— no son citas del Evangelio: en el inglés son glosas de fecha, «(Mar. 9)», «(Mar. 1)» y «(Mar. 5)», es decir, 9, 1 y 5 de marzo, que la traducción castellana leyó como «Marcos»; se conservan tal como llegan y no llevan versículo. Las referencias que traen el nombre del libro en inglés («Acts 1:18», «Hebrews 9:27») sí llevan versículo.

    Carta 1

    Carta 1, encabezado

    Para el año 329. Día de Pascua: xi de Pharmuthi; viii de los idus de abril; era de Diocleciano 45; cónsules: Constantino Augusto VIII y Constantino César IV; prefecto: Septimio Zenio; indicción II.
    Del ayuno, las trompetas y las fiestas.
    Comentario editorial · Cómo se fechaba una carta festal
    La línea en cursiva que abre cada carta festal no es una frase de Atanasio: es el encabezado con que se transmite, y fecha la carta de cuatro maneras. «Día de Pascua: xi de Pharmuthi» es el mes egipcio (el octavo del calendario copto, según Wikipedia); «viii de los idus de abril» es la misma fecha en cómputo romano —el 6 de abril, si se parte de la equivalencia que da la Carta 10: 30 de Famenot, 26 de marzo—; «era de Diocleciano 45» cuenta los años desde 284, la era que la Iglesia de Alejandría usó para sus tablas de Pascua (Wikipedia); y «indicción II» es el año dentro de un ciclo romano de quince años (con la fórmula de Wikipedia, (329 + 3) mod 15 da 2). Alejandría anunciaba cada año la fecha de la Pascua; Wikipedia lo atribuye a una decisión del Concilio de Nicea, aunque el NPNF recoge la duda de si el origen está más bien en Sárdica.
    Comentario editorial · Las cartas en la vida de Atanasio
    Atanasio escribió estas cartas desde la sede, desde el destierro y desde el escondite. El gráfico sitúa las festales de esta edición, por el año de la Pascua que anuncian, frente a los cinco destierros que cuenta el NPNF: los años sin barra azul no tienen carta aquí. Algunas se perdieron; el Índice de las cartas festales anota, según el NPNF, que en varios años el obispo no pudo escribir la carta pública y mandó unas líneas a un amigo o al clero. La edición de base tampoco incluye las Cartas 6, 7 y 12, que sí figuran en el volumen impreso del NPNF. Las cartas personales (46–64) no se sitúan en el gráfico: sus fechas son aproximadas o inciertas.
    Línea de tiempo de 326 a 375 con seis hechos de la vida de Atanasio sobre el eje (328, 335, 343, 362, 367 y 373) y, debajo, dos filas: sus cinco destierros en rojo y los tramos de cartas festales de esta edición en azul, repartidos en dos filas (1–5, 10–11, 13–14, 17–20, 22–29 y 39–45)
    Destierros según la tabla cronológica del NPNF: 1.º, de 335 a noviembre de 337 (Tiro, Tréveris); 2.º, de 339 a octubre de 346 (Roma, Sárdica, Aquileya); 3.º, de febrero de 356 a febrero de 362; 4.º, de octubre de 362 a febrero de 364; 5.º, de octubre de 365 a febrero de 366. Wikipedia sitúa el último en octubre de 364. Las barras azules abarcan los años de Pascua de cada tramo. · Elaboración propia para Eusebeia · tabla cronológica y Prolegómenos (NPNF, 2.ª serie, vol. 4)

    Carta 1, § 1

    Venid, amados míos: el tiempo nos llama a celebrar la fiesta. De nuevo, "el Sol de justicia [
    ]", al hacer brillar sobre nosotros sus divinos rayos, anuncia de antemano el tiempo de la fiesta, que debemos celebrar obedeciéndole, no sea que, pasado el tiempo, pase también de largo la alegría. Pues discernir el tiempo es uno de nuestros deberes más apremiantes para la práctica de la virtud; por eso el bienaventurado Pablo, al instruir a su discípulo, le enseña a atender al tiempo, diciendo: "Mantente dispuesto a tiempo y a destiempo"; para que, conociendo uno y otro, haga lo que conviene al momento y evite el reproche de obrar fuera de sazón. Así, el Dios de todos, a la manera del sabio Salomón, distribuye cada cosa en su tiempo y sazón, a fin de que, llegado el tiempo oportuno, la salvación de los hombres se difunda por doquier. Así, la "Sabiduría de Dios [
    ]", nuestro Señor y Salvador Jesucristo, no a destiempo, sino a su debido tiempo, "pasó a las almas santas, formando amigos de Dios y profetas [Sabiduría 7:27]"; de modo que, aunque muchísimos oraban por Él y decían: "¡Oh, si de Sion viniese la salvación de Dios!", también la Esposa, según está escrito en el Cantar de los Cantares, oraba diciendo: "¡Oh, si fueras hijo de mi hermana, si hubieses mamado de los pechos de mi madre [
    ]!"; ¡si fueras semejante a los hijos de los hombres y asumieras por nosotros los padecimientos humanos! Sin embargo, el Dios de todos, Hacedor de los tiempos y las sazones, que conoce nuestras necesidades mejor que nosotros mismos, así como, cual buen médico, nos exhorta a obedecer en el tiempo oportuno —el único en que podemos ser sanados—, así también envía a su Hijo no a destiempo, sino a su debido tiempo, diciendo: "En tiempo favorable te escuché, y en el día de la salvación te ayudé [
    ]".

    Carta 1, § 2

    2. Por esta causa, el bienaventurado Pablo, exhortándonos a reconocer este tiempo, escribió: "He aquí ahora el tiempo favorable; he aquí ahora el día de la salvación [
    ]". También en épocas señaladas llamó por medio de Moisés a los hijos de Israel a las fiestas levíticas, diciendo: "Tres veces al año celebrarás fiesta en mi honor [
    ]" —una de las cuales, amados míos, es la que ahora se acerca—, mientras sonaban las trompetas de los sacerdotes para instarlos a observarla; como mandó el santo salmista, diciendo: "Tocad la trompeta en la luna nueva, en el día solemne de vuestra fiesta". Puesto que esta sentencia nos manda tocarla tanto en las lunas nuevas como en los días solemnes, hizo día solemne aquel en que la luz de la luna alcanza su plenitud; y aquello era entonces una figura, como lo era también el toque de las trompetas. Unas veces convocaban a las fiestas; otras, al ayuno y a la guerra. Y esto no se hacía sin solemnidad ni por azar, sino que se había dispuesto el sonido de las trompetas para que cada cual acudiese a aquello que se proclamaba. Y esto no debéis aprenderlo solamente de mí, sino de las divinas Escrituras, cuando Dios se reveló a Moisés y le dijo, según está escrito en el libro de los Números: "Y habló el Señor a Moisés, diciendo: Hazte dos trompetas; de plata las harás, y te servirán para convocar a la congregación [
    ]"; muy apropiadamente, para quienes aquí le aman. Para que sepamos que estas cosas se referían al tiempo de Moisés —más aún, que debían observarse mientras durase la sombra—, todo ello fue dispuesto para su uso "hasta el tiempo de la reforma [
    ]". "Porque —dijo— si salís a combatir en vuestra tierra contra los enemigos que se levantan contra vosotros [
    ]" —pues tales cosas se refieren a aquella tierra, y no van más allá—, "entonces daréis la señal con las trompetas, y seréis recordados ante el Señor y librados de vuestros enemigos". No solo en las guerras tocaban la trompeta: bajo la ley había también una trompeta festiva. Escuchad de nuevo cómo prosigue: "Y en el día de vuestra alegría, y en vuestras fiestas y lunas nuevas, tocaréis las trompetas". Y nadie piense que es cosa leve y despreciable oír lo que la ley manda acerca de las trompetas: es algo admirable y temible. Pues, más que cualquier otra voz o instrumento, la trompeta despierta e infunde temor; y por estos medios recibió instrucción Israel, porque entonces no era sino un niño. Mas, para que aquella proclamación no pareciese meramente humana, sus sonidos, por ser sobrehumanos, se asemejaban a los que se oyeron cuando temblaron ante el monte [
    ]; y así recordaban la ley que entonces les fue dada y la guardaban.

    Carta 1, § 3

    3. Pues la ley era admirable y la sombra, excelente; de otro modo, no habría infundido temor ni suscitado reverencia en quienes oyeron aquellas cosas, especialmente en quienes entonces no solo las oyeron, sino que también las vieron. Ahora bien, eran cosas figurativas, hechas como en una sombra. Pasemos, pues, a su significado y, dejando ya atrás la figura, lleguemos a la verdad y contemplemos las trompetas sacerdotales de nuestro Salvador, que claman y nos llaman, unas veces a la guerra, como dice el bienaventurado Pablo: "No tenemos lucha contra carne y sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernantes de este mundo tenebroso, contra espíritus malignos en los cielos [
    ]". Otras veces se nos llama a la virginidad, a la abnegación y a la concordia conyugal, anunciando a las vírgenes lo propio de las vírgenes; a quienes aman el camino de la abstinencia, lo propio de la abstinencia; y a los casados, lo propio de un matrimonio honroso; y asignando así a cada cual sus virtudes y una digna recompensa. A veces se nos llama al ayuno y a veces a la fiesta. Escuchad de nuevo al mismo [Apóstol] tocar la trompeta y proclamar: "Cristo, nuestra Pascua, ha sido sacrificado; celebremos, pues, la fiesta, no con levadura vieja ni con levadura de malicia y perversidad". Si queréis escuchar una trompeta mucho mayor que todas estas, oíd a nuestro Salvador cuando dice: "En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y clamó, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba [
    ]". Pues convenía al Salvador llamarnos no simplemente a una fiesta, sino a "la gran fiesta", con tal que estemos dispuestos a escuchar y a conformarnos con la proclamación de cada trompeta.

    Carta 1, § 4

    4. Pues, como antes dije, son diversas las proclamaciones; escuchad, por tanto, al profeta que toca la trompeta en figura y, volviéndoos después hacia la verdad, disponeos a recibir su anuncio, pues dice: "Tocad la trompeta en Sion; santificad un ayuno [
    ]". Es esta una trompeta de advertencia, que manda con gran insistencia que, cuando ayunemos, santifiquemos el ayuno. Pues no todos los que invocan a Dios santifican a Dios, ya que algunos lo mancillan; no a Él —lo cual es imposible—, sino la idea que de Él tienen en su propia mente; porque Él es santo y se complace en los santos. Por eso el bienaventurado Pablo acusa a quienes deshonran a Dios: "Los transgresores de la ley deshonran a Dios [
    ]". Así pues, para distinguirlos de quienes mancillan el ayuno, dice aquí: "Santificad un ayuno". Pues muchos, aunque acuden en tropel a ayunar, se mancillan con los pensamientos de su corazón: unas veces haciendo mal a sus hermanos, otras atreviéndose a defraudarlos. Y, por no mencionar otras cosas, muchos se ensalzan por encima de sus prójimos, causando con ello gran daño. Porque de nada sirvió al fariseo jactarse de su ayuno, aunque ayunaba dos veces por semana [
    ], solo porque se ensalzaba frente al publicano. Del mismo modo, el Logos reprendió a los hijos de Israel a causa de un ayuno semejante, exhortándolos por medio del profeta Isaías y diciendo: "No es este el ayuno ni el día que yo he escogido para que el hombre humille su alma; ni aunque inclines tu cuello como un garfio y extiendas debajo de ti saco y ceniza, llamarás así aceptable al ayuno [
    ]". Para que podamos mostrar qué clase de personas debemos ser cuando ayunamos y cómo ha de ser el ayuno, escuchad de nuevo lo que Dios manda a Moisés, diciendo, según está escrito en el Levítico: "Y habló el Señor a Moisés, diciendo: El día décimo de este séptimo mes será día de expiación; será para vosotros día de convocación y día santo; humillaréis vuestras almas y ofreceréis holocaustos al Señor". Y después, para dejar establecida la ley sobre este punto, prosigue diciendo: "Toda alma que no se humille será separada del pueblo".

    Carta 1, § 5

    5. Ved, hermanos míos, cuánto puede el ayuno y de qué manera nos manda ayunar la ley. Es necesario que ayunemos no solo con el cuerpo, sino también con el alma. Ahora bien, el alma se humilla cuando no sigue opiniones perversas, sino que se alimenta de las virtudes que le convienen. Pues las virtudes y los vicios son alimento del alma, y esta puede comer de una u otra vianda e inclinarse hacia cualquiera de las dos según su propia voluntad. Si se vuelve hacia la virtud, se nutrirá de virtudes: de justicia, de templanza, de mansedumbre, de fortaleza, como dice Pablo: "Nutrido con la palabra de verdad [
    ]". Así sucedía con nuestro Señor, que dijo: "Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre que está en los cielos [
    ]". Pero si no sucede así con el alma y esta se inclina hacia abajo, entonces no se nutre sino del pecado. Por eso el Espíritu Santo, al describir a los pecadores y su alimento, se refirió al diablo cuando dijo: "Lo he dado por alimento al pueblo de Etiopía". Tal es, pues, el alimento de los pecadores. Y así como nuestro Señor y Salvador Jesucristo, que es el pan celestial, es el alimento de los santos, conforme a aquello: "Si no coméis mi carne y bebéis mi sangre [
    ]"; así también el diablo es el alimento de los impuros y de quienes nada hacen que pertenezca a la luz, sino que obran las obras de las tinieblas. Por tanto, para apartarlos y volverlos de los vicios, les manda que se nutran del alimento de la virtud: a saber, la humildad de espíritu, la mansedumbre para soportar las humillaciones y el reconocimiento de Dios. Pues un ayuno semejante no solo obtiene el perdón para las almas, sino que, guardado santamente, prepara a los santos y los eleva por encima de la tierra.

    Carta 1, § 6

    6. Y en verdad es admirable lo que voy a decir, más aún, pertenece a las cosas más prodigiosas; pero no se aparta de la verdad, como podréis aprender de los escritos sagrados. Aquel gran hombre, Moisés, mientras ayunaba conversó con Dios y recibió la ley. El grande y santo Elías, mientras ayunaba, fue juzgado digno de visiones divinas y, finalmente, fue arrebatado a lo alto, como Aquel que ascendió al cielo. Y Daniel, mientras ayunaba, aunque era todavía muy joven, recibió la revelación del misterio; solo él comprendió los secretos del rey y fue juzgado digno de visiones divinas. Mas, puesto que la duración del ayuno de estos hombres fue admirable y los días se prolongaron, que nadie caiga a la ligera en la incredulidad; antes bien, crea y sepa que la contemplación de Dios y la palabra que procede de Él bastan para nutrir a quienes escuchan y les sirven en lugar de todo alimento. Pues los ángeles no se sustentan de otro modo que contemplando en todo tiempo el rostro del Padre y del Salvador que está en los cielos. Así también Moisés, mientras hablaba con Dios, ayunaba ciertamente en cuanto al cuerpo, pero se nutría de las palabras divinas. Cuando descendió entre los hombres y Dios se hubo apartado de él, sintió hambre como los demás hombres. Pues no se dice que ayunara más de cuarenta días: aquellos en que estuvo conversando con Dios. Y, en general, cada uno de los santos ha sido juzgado digno de un sustento trascendente semejante.

    Carta 1, § 7

    7. Por tanto, amados míos, alimentadas nuestras almas con el manjar divino, con el Logos y conforme a la voluntad de Dios, y ayunando corporalmente de las cosas exteriores, celebremos como conviene esta grande y salvadora fiesta. Aun los judíos, sin conocer su significado, recibieron este alimento divino por medio de la figura cuando comieron un cordero en la Pascua. Pero, por no entender la figura, hasta el día de hoy comen el cordero, errando porque están fuera de la ciudad y de la verdad. Mientras existieron Judea y la ciudad, hubo una figura, un cordero y una sombra, pues así mandaba la ley: Estas cosas no se harán en otra ciudad, sino en la tierra de Judea, y en ningún lugar fuera de [la tierra de Judea]. Además, la ley les mandaba ofrecer holocaustos y sacrificios, pues no había otro altar que el de Jerusalén. Por esta causa, solo en aquella ciudad se construyeron altar y templo, y en ninguna otra se les permitió celebrar estos ritos, a fin de que, cuando aquella ciudad llegase a su fin, también quedasen abolidas las cosas figurativas.

    Carta 1, § 8

    8. Observad ahora: aquella ciudad, desde la venida de nuestro Salvador, ha llegado a su fin, y toda la tierra de los judíos ha quedado desolada; de suerte que, por el testimonio de estas cosas —y no necesitamos otra prueba, pues nuestros propios ojos nos aseguran el hecho—, necesariamente ha de haber llegado a su fin la sombra. Y no es de mí de quien debéis aprender esto, sino que la sagrada voz del profeta lo anunció de antemano, clamando: "He aquí sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas y anuncia la paz [
    ]". ¿Y qué mensaje anunció, sino el que a continuación les dice?: "Celebra tus fiestas, oh Judá; cumple al Señor tus votos. Porque no volverán a lo antiguo; se ha consumado, ha sido quitado: ha ascendido Aquel que sopló sobre el rostro y te libró de la aflicción". Ahora bien, ¿quién es el que ascendió? Cabe preguntar a los judíos, para que quede deshecha aun su jactancia de la sombra; y no es ocioso prestar atención a las palabras: "Se ha consumado; ha ascendido el que sopló". Pues nada se consumó antes de que ascendiera el que sopló. Pero tan pronto como ascendió, todo quedó consumado. ¿Quién era entonces, oh judíos, como antes dije? Si era Moisés, la afirmación sería falsa, porque el pueblo aún no había llegado a la tierra en la cual, y solo en ella, se le mandó celebrar estos ritos. Mas si era Samuel o cualquiera de los otros profetas, también en ese caso se falsearía la verdad; pues todavía se practicaban estas cosas en Judea y la ciudad permanecía en pie. Porque, mientras esta permaneciese, era necesario celebrarlas. De modo que ninguno de ellos, amados míos, fue quien ascendió. Pero si queréis oír la verdad del asunto y guardaros de las fábulas judías, ved a nuestro Salvador, que ascendió, "sopló sobre el rostro y dijo a sus discípulos: Recibid el Espíritu Santo [
    ]". Pues tan pronto como esto sucedió, todo quedó consumado: el altar fue derribado y el velo del templo se rasgó; y aunque la ciudad aún no había sido asolada, la abominación estaba ya pronta a asentarse en medio del templo, y la ciudad y aquellas antiguas ordenanzas, a recibir su consumación definitiva.

    Carta 1, § 9

    9. Puesto que hemos dejado atrás aquel tiempo de sombras y ya no celebramos ritos bajo su dominio, sino que nos hemos vuelto, por así decirlo, al Señor —"porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad [
    ]"—, al oír la sagrada trompeta, ya no inmolamos un cordero material, sino al verdadero Cordero que fue inmolado, nuestro Señor Jesucristo, "que fue llevado como oveja al matadero y, como cordero ante quienes lo esquilan, permaneció mudo [
    ]". Purificados por su preciosa sangre, que habla mejor que la de Abel, calzados nuestros pies con el apresto del Evangelio y llevando en las manos la vara y el cayado del Señor, con los que fue consolado aquel santo que dijo: "Tu vara y tu cayado me consuelan"; en suma, preparados en todo y sin afanarnos por nada, porque, como dice el bienaventurado Pablo, "el Señor está cerca [
    ]", y como dice nuestro Salvador, "a la hora en que no lo pensamos, viene el Señor", celebremos la fiesta, no con levadura vieja ni con levadura de malicia y perversidad, sino con los panes ácimos de sinceridad y verdad. Despojándonos del hombre viejo y de sus obras, revistámonos del hombre nuevo, creado en Dios, con humildad de espíritu y conciencia pura, meditando la ley de noche y de día. Y, desechando toda hipocresía y fraude, alejando de nosotros toda soberbia y engaño, revistámonos de amor hacia Dios y hacia el prójimo, para que, hechos nuevos [seres] y recibido el vino nuevo, que es el Espíritu Santo, celebremos dignamente la fiesta, el mes de estos nuevos [frutos].

    Carta 1, § 10

    10. Comenzamos el santo ayuno el día quinto de Pharmuthi (31 de marzo) y, añadiéndole el número de aquellos seis días santos y grandes, que son símbolo de la creación de este mundo, descansemos y cesemos (de ayunar) el día décimo del mismo Pharmuthi (5 de abril), en el santo sábado de la semana. Y cuando amanezca y salga para nosotros el primer día de la semana santa, el día undécimo del mismo mes (6 de abril), a partir del cual contamos de nuevo, una por una, las siete semanas enteras, celebremos la fiesta en el santo día de Pentecostés: el que en otro tiempo fue para los judíos, en figura, la fiesta de las semanas, en la que concedían el perdón y la cancelación de las deudas; y ciertamente aquel día era, en todos los sentidos, un día de liberación. Celebremos la fiesta el primer día de la gran semana, como símbolo del mundo venidero, en el cual recibimos aquí una prenda de que después tendremos vida eterna. Entonces, habiendo partido de aquí, celebraremos con Cristo una fiesta perfecta, mientras clamamos y decimos como los santos: "Pasaré al lugar del tabernáculo admirable, a la casa de Dios, entre voces de alegría y acción de gracias, entre los clamores de los que se regocijan"; ¡de donde habrán huido el dolor, la tristeza y el gemido, y adonde el gozo y la alegría vendrán sobre nuestras cabezas! Que seamos juzgados dignos de participar en estas cosas.

    Carta 1, § 11

    11. Acordémonos de los pobres y no olvidemos la hospitalidad para con los extranjeros; sobre todo, amemos a Dios con toda nuestra alma, con todo nuestro poder y con todas nuestras fuerzas, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Así podremos recibir aquello que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni entró en el corazón del hombre, y que Dios ha preparado para quienes le aman, por medio de su Hijo único, nuestro Señor y Salvador Jesucristo; por quien sean al Padre solo, en el Espíritu Santo, la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén.
    Saludaos unos a otros con un beso. Os saludan todos los hermanos que están conmigo.

    Carta 2

    Carta 2, encabezado

    Para el año 330. Domingo de Pascua: xxiv de Farmuti; xiii calendas de mayo; era de Diocleciano 46; cónsules: Gallicianus y Valerius Symmachus; prefecto: Magninianus; indicción iii.

    Carta 2, § 1

    De nuevo, hermanos míos, han llegado la Pascua y la alegría; de nuevo nos ha traído el Señor a este tiempo, para que, alimentados según costumbre con sus palabras, celebremos dignamente la fiesta. Celebrémosla, pues, como un gozo celestial, junto con aquellos santos que en otro tiempo anunciaron una fiesta semejante y fueron para nosotros ejemplos de conducta en Cristo. Porque no solo les fue confiada la predicación del Evangelio, sino que, si indagamos, veremos, según está escrito, que su poder se manifestó en ellos. "Sed, pues, imitadores míos [
    ]", escribió a los Corintios. Ahora bien, el precepto apostólico nos exhorta a todos, pues los mandamientos que dirigió a determinadas personas los impuso al mismo tiempo a todo hombre en todo lugar, ya que era "maestro de todas las naciones en la fe y en la verdad". Y, en general, los mandamientos de todos los santos nos instan del mismo modo, como Salomón, que se sirve de proverbios y dice: "Oíd, hijos míos, la instrucción de un padre, y prestad atención para alcanzar entendimiento; porque os doy un buen don, no abandonéis mi palabra: pues fui hijo obediente para mi padre y amado a los ojos de mi madre [
    ]". Porque un padre justo cría bien [a sus hijos] cuando se aplica a enseñar a otros conforme a su propia conducta recta, de manera que, si encuentra oposición, no tenga que avergonzarse al oír que le dicen: "Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? [
    ]"; antes bien, como el siervo bueno, pueda salvarse a sí mismo y ganar a otros; y así, cuando haya duplicado la gracia que le fue confiada, pueda oír: "Siervo bueno y fiel, sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré: entra en el gozo de tu Señor [
    ]".

    Carta 2, § 2

    2. Así pues, como conviene en todo tiempo, pero especialmente en los días de la fiesta, no seamos solamente oidores, sino cumplidores de los mandamientos de nuestro Salvador; para que, habiendo imitado la conducta de los santos, entremos juntamente en el gozo de nuestro Señor que está en los cielos, el cual no es pasajero, sino que verdaderamente permanece. Quienes obran el mal, al haberse privado de él, no conservan como fruto de sus caminos sino tristeza y aflicción, y gemidos entre tormentos. Considere el hombre en qué se convierten: no llevan la semejanza de la conducta de los santos, ni poseen aquel recto entendimiento por el cual el hombre fue, desde el principio, racional y hecho a imagen de Dios. Antes bien, para su vergüenza, son comparados con bestias sin entendimiento y, al asemejarse a ellas en placeres ilícitos, se habla de ellos como de caballos desenfrenados [
    ]; asimismo, por su astucia, sus extravíos y su pecado cargado de muerte, son llamados "generación de víboras", como dice Juan. Habiendo caído así y arrastrándose por el polvo como la serpiente, sin poner el pensamiento en nada que esté más allá de las cosas visibles, juzgan buenas estas cosas y, regocijándose en ellas, sirven a sus propias concupiscencias y no a Dios.

    Carta 2, § 3

    3. Pero aun en tal estado, el Logos, amante de los hombres, que vino precisamente para buscar y hallar lo que se había perdido, procuró apartarlos de semejante insensatez, clamando y diciendo: "No seáis como el caballo y el mulo, que carecen de entendimiento, cuyas quijadas sujetáis con freno y brida". Y porque eran negligentes e imitaban a los malvados, el profeta ora en espíritu y dice: "Eres para mí como los mercaderes de Fenicia". Y el Espíritu vengador protesta contra ellos con estas palabras: "Señor, en tu ciudad despreciarás su imagen". Así, transformados a semejanza de los necios, cayeron tan bajo en su entendimiento que, por su excesivo razonar, llegaron incluso a comparar consigo mismos la Sabiduría divina, pensando que era semejante a sus propias artes. Por eso, "profesando ser sabios, se hicieron necios y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por la semejanza de una imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Por lo cual Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer lo que no conviene". Pues no escucharon la voz profética que los reprendía, diciendo: "¿A quién habéis asemejado al Señor y con quién lo habéis comparado [
    ]?"; ni tampoco a David, que oró acerca de los tales y cantó: "Semejantes a ellos son cuantos los hacen, y todos los que en ellos ponen su confianza". Ciegos para la verdad, tuvieron una piedra por Dios y, por ello, como criaturas privadas de sentido, caminaron en tinieblas y, según clamó el profeta: "Oyendo, oyen, pero no entienden; viendo, ven, pero no perciben; porque su corazón se ha embotado, y con sus oídos oyen pesadamente [
    ]".

    Carta 2, § 4

    4. Ahora bien, quienes no observan la fiesta siguen siendo como estos hasta el día de hoy: fingen, ciertamente, e inventan nombres de fiestas, pero introducen días de duelo antes que de alegría; "porque no hay paz para los malvados, dice el Señor [
    ]". Y, como dice la Sabiduría, "el gozo y la alegría son quitados de su boca". Tales son las fiestas de los malvados. Pero los siervos sabios del Señor, que verdaderamente se han revestido del hombre creado según Dios [
    ], han recibido las palabras evangélicas y tienen por mandamiento para todos el que fue dado a Timoteo, que dice: "Sé ejemplo de los creyentes en palabra, en conducta, en amor, en fe y en pureza [
    ]". Tan dignamente celebran la fiesta que incluso los incrédulos, al ver su buen orden, pueden decir: "Verdaderamente Dios está entre ellos [
    ]". Porque, así como quien recibe a un apóstol recibe a Aquel que lo envió [
    ], así también quien imita a los santos hace del Señor, en todo, su fin y su propósito; tal como Pablo, imitador suyo, añade: "Como yo también lo soy de Cristo [
    ]". Porque primero estuvieron las palabras de nuestro Salvador, quien, desde la altura de su Divinidad, dijo al hablar con sus discípulos: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas [
    ]". Y también, cuando echó agua en una jofaina, se ciñó una toalla y lavó los pies a sus discípulos, les dijo: "¿Sabéis lo que he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, vuestro Señor y Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; porque os he dado ejemplo, para que, como yo he hecho con vosotros, así hagáis también vosotros [
    ]".

    Carta 2, § 5

    5. ¡Oh, hermanos míos! ¿Cómo admiraremos la bondad amorosa del Salvador? ¡Con qué fuerza y con qué trompeta habría de clamar el hombre para ensalzar estos beneficios suyos! Pues no solo debemos llevar su imagen, sino recibir de él ejemplo y modelo de conducta celestial: para que prosigamos como él comenzó; para que, al padecer, no amenacemos y, al ser injuriados, no devolvamos injuria, sino que bendigamos a quienes nos maldicen y en todo nos encomendemos a Dios, que juzga con justicia. Porque quienes así están dispuestos y se conforman al Evangelio serán partícipes de Cristo e imitadores de la conducta apostólica; por ello serán tenidos por dignos de aquella alabanza con que él alabó a los Corintios, cuando dijo: "Os alabo porque en todo os acordáis de mí [
    ]". Después, como había hombres que se servían de sus palabras, pero escogían entenderlas según convenía a sus concupiscencias y se atrevían a pervertirlas —como los seguidores de Himeneo y Alejandro y, antes que ellos, los saduceos, quienes, según dijo él, "habiendo naufragado en la fe", se burlaban del misterio de la Resurrección—, añadió inmediatamente: "Y retened las tradiciones tal como os las he transmitido". Esto significa, ciertamente, que no debemos pensar de otro modo que como enseñó el maestro.

    Carta 2, § 6

    6. Porque aquellos hombres malvados no disimulaban solo en su apariencia exterior, revistiéndose, como dice el Señor, de pieles de oveja y pareciendo sepulcros blanqueados; también llevaban en la boca aquellas palabras divinas, mientras abrigaban en su interior malas intenciones. Y el primero en adoptar semejante apariencia fue la serpiente, inventora de la maldad desde el principio —el diablo—, que, disfrazada, habló con Eva y al punto la engañó. Pero tras él y junto con él están todos los inventores de herejías ilícitas: citan, en verdad, las Escrituras, pero no sostienen las doctrinas transmitidas por los santos y, al recibirlas como tradiciones de hombres, yerran porque no las conocen rectamente ni conocen su poder [
    ]. Por eso Pablo alaba con justicia a los Corintios [
    ], porque sus doctrinas concordaban con las tradiciones que él les había transmitido. Y el Señor reprendió con toda justicia a los judíos, diciendo: "¿Por qué también vosotros transgredís los mandamientos de Dios por causa de vuestras tradiciones [
    ]?". Porque alteraron según su propio entendimiento los mandamientos que habían recibido de Dios, prefiriendo observar las tradiciones de los hombres. Y acerca de estas, poco después, el bienaventurado Pablo dio nuevas instrucciones a los Gálatas, que se hallaban en peligro por su causa, escribiéndoles: "Si alguno os predica cosa distinta de la que habéis recibido, sea anatema [
    ]".

    Carta 2, § 7

    7. Porque no hay comunión alguna entre las palabras de los santos y las fantasías de la invención humana: los santos son ministros de la verdad y predican el reino de los cielos; en cambio, quienes marchan en dirección opuesta no conocen nada mejor que comer, y piensan que su fin consiste en dejar de existir, y dicen: "Comamos y bebamos, porque mañana moriremos [
    ]". Por eso el bienaventurado Lucas reprueba las invenciones de los hombres y transmite los relatos de los santos, diciendo al comienzo del Evangelio: "Puesto que muchos han emprendido la tarea de escribir relatos de los acontecimientos de los cuales tenemos certeza, tal como nos los transmitieron quienes desde el principio fueron testigos y ministros del Logos, también a mí, que desde el comienzo he seguido de cerca todas estas cosas, me ha parecido bien escribírtelas ordenadamente y con exactitud, excelentísimo Teófilo, para que conozcas la verdad de las cosas en que has sido instruido [
    ]". Porque lo que cada uno de los santos recibió, eso transmite sin alteración, para confirmación de la doctrina de los misterios. De ellos quiere la palabra (divina) que seamos discípulos, y ellos deben ser, con derecho, nuestros maestros; solo a ellos es necesario prestar oído, pues solo de ellos procede "la palabra fiel y digna de toda aceptación [
    ]". Y no son discípulos por haber oído a otros, sino que, como testigos oculares y ministros del Logos, han transmitido lo que de él oyeron.
    Ahora bien, unos han relatado las señales maravillosas realizadas por nuestro Salvador y han proclamado su Divinidad eterna. Otros han escrito acerca de su nacimiento en la carne de la Virgen y han anunciado la fiesta de la santa Pascua, diciendo: "Cristo, nuestra Pascua, ha sido sacrificado [
    ]"; para que nosotros, cada uno en particular y todos juntos, y todas las iglesias del mundo, recordemos, según está escrito, "que Cristo resucitó de entre los muertos, del linaje de David, conforme al Evangelio [
    ]". Y no olvidemos lo que Pablo transmitió al declararlo a los Corintios: me refiero a su Resurrección, por la cual "destruyó a aquel que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo [
    ]"; y nos levantó juntamente con él, desatando los lazos de la muerte y otorgándonos bendición en lugar de maldición, gozo en lugar de pesar y fiesta en lugar de duelo, en este santo gozo de la Pascua que, al estar continuamente en nuestros corazones, hace que nos regocijemos siempre, como mandó Pablo: "Oramos sin cesar; en todo damos gracias [
    ]". Por eso no descuidamos el anuncio de sus fechas, tal como lo recibimos de los Padres. Una vez más escribimos y, ateniéndonos de nuevo a las tradiciones apostólicas, nos las recordamos unos a otros cuando nos reunimos para orar; y, celebrando la fiesta en común, damos verdaderamente gracias al Señor con una sola voz. Dándole así gracias e imitando a los santos, "en el Señor estará nuestra alabanza todo el día", como dice el salmista. De este modo, cuando celebremos rectamente la fiesta, seremos tenidos por dignos de aquel gozo que está en los cielos.

    Carta 2, § 8

    8. Comenzamos el ayuno de cuarenta días el día 13 del mes de Famenot [Marcos 9]. Después de habernos entregado al ayuno sin interrupción, comencemos la santa semana pascual el día 18 del mes de Farmuti (13 de abril). Luego, descansando el día 23 del mismo mes de Farmuti (18 de abril) y celebrando después la fiesta el primer día de la semana, el día 24 (19 de abril), añadamos a estos días las siete semanas del gran Pentecostés, regocijándonos y exultando enteramente en Cristo Jesús, nuestro Señor, por quien sean al Padre la gloria y el dominio en el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
    Os saludan los hermanos que están conmigo. Saludaos unos a otros con ósculo santo.
    Aquí termina la segunda Carta festal del santo señor Atanasio, obispo de Alejandría.

    Carta 3

    Carta 3, encabezado

    Para el año 331. Día de Pascua: xvi de Pharmuthi; iii de las idus de abril; era de Diocleciano 47; cónsules, Annio Baso y Ablabio; prefecto, Florencio; indicción iv.

    Carta 3, § 1

    De nuevo, amados hermanos míos, se acerca a nosotros el día de la fiesta, que, más que ningún otro, debe consagrarse a la oración, que la ley manda observar y que sería impío dejar pasar en silencio. Pues, aunque quienes nos afligen nos han tenido sujetos para impedirnos anunciaros, por causa de ellos, esta solemnidad, gracias sean dadas a "Dios, que consuela a los afligidos": la maldad de nuestros acusadores no nos ha vencido ni reducido al silencio; antes bien, obedeciendo a la voz de la verdad, alzamos con vosotros nuestra voz en el día de la fiesta. Porque el Dios de todos ha mandado, diciendo: "Habla, y los hijos de Israel celebrarán la Pascua". Y el Espíritu exhorta en el salmo: "Tocad la trompeta en las lunas nuevas, en el día solemne de vuestra fiesta". Y el profeta clama: "Celebra tus fiestas, oh Judá". No os envío noticia de ello como si lo ignoraseis; antes bien, lo anuncio a quienes ya lo saben, para que comprendáis que, aunque los hombres nos hayan separado, Dios nos ha hecho compañeros y nos acercamos a la misma fiesta, adorando sin cesar al mismo Señor. Y no celebramos la fiesta como observadores de días, pues sabemos que el Apóstol reprende a quienes así obran con estas palabras: "Guardáis los días, los meses, los tiempos y los años [
    ]". Antes bien, tenemos el día por solemne a causa de la fiesta, para que todos los que servimos a Dios en todo lugar podamos, unidos en nuestras oraciones, serle agradables. Pues el bienaventurado Pablo, al anunciar la proximidad de semejante alegría, no anunció días, sino al Señor, por cuya causa celebramos la fiesta, diciendo: "Cristo, nuestra Pascua, ha sido sacrificado [
    ]"; para que todos nosotros, contemplando la eternidad del Logos, nos acerquemos a servirlo.

    Carta 3, § 2

    2. Pues ¿qué otra cosa es la fiesta sino el servicio del alma? ¿Y qué es ese servicio sino la oración prolongada a Dios y la acción de gracias incesante? Los ingratos, al apartarse lejos de ellas, son justamente privados del gozo que de ellas nace; porque "el gozo y la alegría son quitados de su boca". Por eso, la palabra [divina] no les permite tener paz: "No hay paz para los malvados, dice el Señor [
    ]"; padecen dolor y aflicción. Así, ni siquiera a aquel que debía diez mil talentos le concedió el Evangelio perdón a los ojos del Señor [
    ]. Pues también él, después de recibir el perdón de una deuda grande, olvidó la misericordia en una pequeña, de suerte que hubo de pagar asimismo la pena por la primera. Y con justicia, ciertamente, pues, habiendo experimentado él mismo la misericordia, debía mostrarse misericordioso con su consiervo. También aquel que recibió un talento, lo envolvió en un pañuelo y lo escondió en la tierra fue, por su ingratitud, arrojado fuera, al oír estas palabras: "Siervo malo y perezoso, sabías que siego donde no sembré y recojo donde no esparcí; debías, pues, haber entregado mi dinero a los cambistas, y a mi regreso habría recobrado lo mío. Quitadle, por tanto, el talento y dádselo al que tiene diez talentos [
    ]". Pues, naturalmente, cuando se le pidió que devolviese a su señor lo que le pertenecía, debió haber reconocido la bondad de quien se lo dio y el valor de lo recibido. Porque quien dio no era un hombre duro: si lo hubiera sido, ni siquiera le habría dado nada al principio; ni era inútil y vano lo que le fue dado, pues entonces no habría hallado en él falta alguna. Antes bien, quien dio era bueno, y lo dado era capaz de dar fruto. Así pues, como "el que retiene el grano en tiempo de siembra es maldito [
    ]", según el proverbio divino, así también quien descuida la gracia y la esconde sin cultivarla es justamente arrojado fuera como hombre malvado e ingrato. Por esta causa alaba a quienes acrecentaron [sus talentos], diciendo: "Bien, siervo bueno y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor [
    ]".

    Carta 3, § 3

    3. Y era justo y razonable, pues, según declara la Escritura, habían ganado tanto como habían recibido. Ahora bien, amados míos, nuestra voluntad debe corresponder a la gracia de Dios y no quedarse atrás; no sea que, mientras nuestra voluntad permanece ociosa, la gracia que se nos ha dado comience a alejarse y el enemigo, al hallarnos vacíos y desnudos, entre [en nosotros], como sucedió con aquel de quien habla el Evangelio, del cual salió el diablo; "pues, después de recorrer lugares áridos, tomó consigo otros siete espíritus peores que él; y, al volver y hallar vacía la casa, habitó allí, y el estado postrero de aquel hombre fue peor que el primero". Porque el abandono de la virtud deja lugar a la entrada del espíritu inmundo. Hay, además, el mandato apostólico de que la gracia que se nos ha dado no quede sin fruto; pues aquello que escribió en particular a su discípulo lo hace valer también para nosotros por medio de él, diciendo: "No descuides el don que hay en ti. Porque quien labra su tierra se saciará de pan; mas las sendas de los perezosos están sembradas de espinos"; de suerte que el Espíritu previene al hombre para que no caiga entre ellos, diciendo: "Roturad vuestro barbecho; no sembréis entre espinos". Pues, cuando un hombre desprecia la gracia que se le ha dado y cae enseguida en los afanes del mundo, se entrega a sus concupiscencias; y así, en tiempo de persecución, tropieza y queda enteramente sin fruto. El profeta señala el fin de semejante negligencia, diciendo: "Maldito el que hace la obra del Señor con descuido [
    ]". Porque un siervo del Señor debe ser diligente y cuidadoso; más aún, debe arder como una llama, para que, habiendo destruido con espíritu fervoroso todo pecado carnal, pueda acercarse a Dios, a quien, según la expresión de los santos, se llama "fuego consumidor".

    Carta 3, § 4

    4. Por tanto, el Dios de todos, "que hace a sus ángeles [espíritus]", es espíritu, "y a sus ministros, llama de fuego". Por eso, durante la salida de Egipto, prohibió a la multitud tocar el monte donde Dios les estaba dando la ley, porque ellos no eran de tal condición. Pero llamó a él al bienaventurado Moisés, por ser fervoroso de espíritu y poseer una gracia inextinguible, diciendo: "Que solo Moisés se acerque [
    ]". Entró también en la nube y, cuando el monte humeaba, no sufrió daño; antes bien, por medio de "las palabras del Señor, que son plata escogida purificada en la tierra", descendió purificado. Por eso el bienaventurado Pablo, deseoso de que no se enfríe la gracia del Espíritu que se nos ha dado, exhorta diciendo: "No apaguéis el Espíritu [
    ]". Pues así permaneceremos partícipes de Cristo, si conservamos firmemente hasta el fin el Espíritu que se nos dio al principio. Y dijo: "No apaguéis"; no porque el Espíritu esté sometido al poder de los hombres y pueda padecer cosa alguna de ellos, sino porque los hombres malos e ingratos manifiestan su deseo de apagarlo, ya que, como los impuros, persiguen al Espíritu con obras impías. "Porque el santo Espíritu de la disciplina huirá del engaño y no habitará en un cuerpo sujeto al pecado, sino que se apartará de los pensamientos faltos de entendimiento [Sabiduría 1:5]". Ellos, pues, faltos de entendimiento, engañosos y amantes del pecado, andan todavía como en tinieblas, sin tener aquella "Luz que alumbra a todo hombre que viene al mundo [
    ]". Un fuego semejante se apoderó del profeta Jeremías cuando la palabra estaba en él como fuego, y dijo: "Me alejo de todo lugar y no puedo soportarlo". Y nuestro Señor Jesucristo, que es bueno y ama a los hombres, vino para arrojar ese fuego sobre la tierra, y dijo: "¿Y qué? ¡Ojalá estuviera ya encendido [
    ]!". Pues deseaba, como atestiguó en Ezequiel, el arrepentimiento del hombre antes que su muerte, para que el mal fuese enteramente consumido en todos los hombres y el alma, una vez purificada, pudiera dar fruto; porque la palabra que Él siembra producirá, en unos, treinta; en otros, sesenta; en otros, ciento [
    ]. Así, por ejemplo, los que estaban con Cleofás [
    ], aunque al principio eran débiles por falta de conocimiento, después fueron inflamados por las palabras del Salvador y dieron los frutos de su conocimiento. También el bienaventurado Pablo, al ser prendido por este fuego, no lo reveló a carne ni sangre, sino que, tras experimentar la gracia, se convirtió en predicador del Logos. Mas no fueron tales aquellos nueve leprosos que quedaron limpios de su lepra y, sin embargo, se mostraron ingratos con el Señor que los había sanado; ni tampoco Judas, que obtuvo la suerte de ser apóstol y fue llamado discípulo del Señor, pero que al final, "mientras comía pan con el Salvador, levantó contra Él su calcañar y se hizo traidor". Tales hombres, empero, reciben la justa recompensa de su necedad, pues su esperanza quedará vana por su ingratitud; porque no hay esperanza para los ingratos: el fuego postrero, preparado para el diablo y sus ángeles, aguarda a quienes han descuidado la luz divina. Tal es, pues, el fin de los ingratos.

    Carta 3, § 5

    5. Pero los siervos fieles y verdaderos del Señor, sabiendo que el Señor ama a quienes le dan gracias, no cesan jamás de alabarlo y le dan gracias siempre. Y sea el tiempo de sosiego o de aflicción, ofrecen alabanzas a Dios con acción de gracias, sin poner su pensamiento en estas cosas temporales, sino adorando al Señor, el Dios de los tiempos. Así, antiguamente, Job, que poseía una fortaleza superior a la de todos los hombres, tenía presentes estas cosas en la prosperidad; y en la adversidad soportó pacientemente, y cuando padecía, daba gracias. También el humilde David, en el tiempo mismo de la aflicción, cantaba alabanzas y decía: "Bendeciré al Señor en todo tiempo". Y el bienaventurado Pablo, en todas sus epístolas, por así decirlo, no cesó de dar gracias a Dios. En tiempos de sosiego no dejó de hacerlo, y en las aflicciones se gloriaba, sabiendo que "la tribulación produce paciencia; la paciencia, experiencia; la experiencia, esperanza; y la esperanza no avergüenza [
    ]". Nosotros, siguiendo a tales hombres, no dejemos pasar tiempo alguno sin acción de gracias; antes bien, especialmente ahora, cuando padecemos la tribulación que los herejes suscitan contra nosotros, alabaremos al Señor, pronunciando las palabras de los santos: "Todo esto ha venido sobre nosotros, y, sin embargo, no te hemos olvidado". Pues así como los judíos de aquel tiempo, aunque sufrían el ataque de las tiendas de los edomitas y la opresión de los enemigos de Jerusalén, no se rindieron, sino que cantaron con mayor fervor alabanzas a Dios, así también nosotros, amados hermanos míos, aunque se nos impida proclamar la palabra del Señor, la anunciaremos con mayor fuerza; y, afligidos, cantaremos salmos, puesto que hemos sido tenidos por dignos de ser despreciados y de afanarnos por la verdad. Más aún, aunque se nos atormente gravemente, daremos gracias. Pues el bienaventurado Apóstol, que daba gracias en todo tiempo, nos insta igualmente a acercarnos a Dios, diciendo: "Sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios con acción de gracias [
    ]". Y, deseoso de que perseveremos siempre en este propósito, dice: "Dad gracias en todo tiempo; orad sin cesar [
    ]". Porque sabía que los creyentes son fuertes mientras se ocupan en dar gracias, y que, llenos de gozo, saltan los muros del enemigo, como aquellos santos que dijeron: "Por ti atravesaremos a nuestros enemigos, y por mi Dios saltaré un muro". Mantengámonos firmes en todo tiempo, pero especialmente ahora, aunque nos sobrevengan muchas aflicciones y muchos herejes se enfurezcan contra nosotros. Celebremos, pues, amados hermanos míos, con acción de gracias la santa fiesta que ahora se acerca, "ciñendo los lomos de nuestro entendimiento [
    ]", a semejanza de nuestro Salvador Jesucristo, de quien está escrito: "Será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad cinto de sus costados [
    ]". Teniendo cada uno en la mano la vara que brotó de la raíz de Jesé y calzados los pies con el apresto del Evangelio, celebremos la fiesta, como dice Pablo, "no con la vieja levadura, sino con los panes sin levadura de la sinceridad y de la verdad [
    ]"; confiando con reverencia en que hemos sido reconciliados por Cristo, sin apartarnos de la fe en Él ni contaminarnos en compañía de herejes y de extraños a la verdad, a quienes su conducta y su voluntad envilecen. Antes bien, gozosos en las aflicciones, atravesamos el horno de hierro y las tinieblas, y pasamos sin daño aquel terrible mar Rojo. Así también, cuando contemplemos la confusión de los herejes, cantaremos con Moisés aquel gran cántico de alabanza y diremos: "Cantaremos al Señor, porque ha sido gloriosamente ensalzado [
    ]". Así, cantando alabanzas y viendo que el pecado que hay en nosotros ha sido arrojado al mar, pasamos al desierto. Y, purificados primero por el ayuno de cuarenta días, por las oraciones, los ayunos, la disciplina y las buenas obras, podremos comer la santa Pascua en Jerusalén.

    Carta 3, § 6

    6. El ayuno de cuarenta días comienza el quinto día de Phamenoth [Marcos 1]; y cuando, como he dicho, hayamos sido primeramente purificados y preparados durante esos días, comenzaremos la semana santa de la gran Pascua el décimo día de Pharmuthi (5 de abril), en la cual, amados hermanos míos, debemos entregarnos a oraciones, ayunos y vigilias más prolongados, para que podamos ungir nuestros dinteles con la sangre preciosa y escapar del exterminador [
    ,
    ]. Descansemos, pues, el día quince del mes de Pharmuthi (10 de abril), porque al anochecer de ese sábado oímos el anuncio de los ángeles: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? Ha resucitado [
    ]". Inmediatamente después nos recibe aquel gran domingo, quiero decir, el día dieciséis del mismo mes de Pharmuthi (11 de abril), en el cual nuestro Señor, habiendo resucitado, nos dio la paz para con nuestros prójimos. Una vez que hayamos celebrado la fiesta conforme a su voluntad, añadamos, desde aquel primer día de la semana santa, las siete semanas de Pentecostés; y, al recibir entonces la gracia del Espíritu, demos gracias en todo tiempo al Señor, por quien sean al Padre la gloria y el señorío, en el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
    Saludaos unos a otros con ósculo santo. Os saludan los hermanos que están conmigo. Ruego, hermanos amados y añorados, que gocéis de salud y que os acordéis de nosotros en el Señor.
    Aquí termina la tercera Carta festal de san Atanasio.
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