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    TEXTOS — ATANASIO DE ALEJANDRÍA

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    Cartas de Atanasio

    329–373 · Traducción castellana directa de la edición de Philip Schaff (NPNF)54 minPosición: 0% de esta parteParte 6 de 7 · Carta 52Publicado el Actualizado el Ref. ESC-ATA-07

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    Carta 52

    Carta 52, encabezado

    Primera carta a los monjes. (Escrita entre 358 y 360).

    Carta 52, saludo

    1. A cuantos, en cualquier lugar, llevan vida monástica, están firmes en la fe de Dios y santificados en Cristo, y dicen: "He aquí que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido [
    ]"; hermanos muy amados y añorados, salud muy cordial en el Señor.

    Carta 52, § 1

    1. Atendiendo a vuestra afectuosa petición, que tantas veces me habéis reiterado, he escrito una breve relación de los padecimientos que nosotros y la Iglesia hemos sufrido, refutando, en la medida de mis fuerzas, la maldita herejía de los insensatos arrianos y mostrando cuán enteramente ajena es a la Verdad. Y he creído necesario hacer saber a vuestra piedad cuánto trabajo me ha costado escribir estas cosas, para que comprendáis por ello cuán verdaderamente dijo el bienaventurado Apóstol: "¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! [
    ]"; y tengáis a bien ser indulgentes con un hombre débil como soy yo por naturaleza. Pues cuanto más deseaba escribir y más me esforzaba por comprender la Divinidad del Logos, tanto más se me sustraía su conocimiento; y en la medida en que creía haberlo alcanzado, advertía que no lo había conseguido. Más aún, ni siquiera era capaz de expresar por escrito lo que me parecía comprender; y cuanto escribía no llegaba a ser ni la sombra imperfecta de la verdad que había concebido.
    Comentario editorial · La carta que acompañaba un escrito
    Según el NPNF, esta carta era la introducción de una obra que Atanasio, dice, juzgaba indigna de conservarse: él mismo habla de «una breve relación de los padecimientos que nosotros y la Iglesia hemos sufrido» y de una refutación de los arrianos. El editor descarta que sea las Orationes contra los arrianos y remite a su relación con la Historia de los arrianos; no hay certeza. El NPNF la fecha en 358 o después, y antes de la carta a Serapión (Carta 54), que se refiere a «lo que escribí a los monjes»; el encabezado dice 358–360.

    Carta 52, § 2

    2. Considerando, pues, lo que está escrito en el libro del Eclesiastés: "Dije: Seré sabio; pero la sabiduría estaba lejos de mí. Lo que está lejos y es sobremanera profundo, ¿quién lo hallará? [
    ]"; y lo que se dice en los Salmos: "Maravilloso es para mí tu conocimiento; tan alto es, que no puedo alcanzarlo"; y que Salomón dice: "Gloria de Dios es encubrir un asunto [
    ]", muchas veces me propuse detenerme y dejar de escribir; creedme, así fue. Pero, para no defraudaros ni inducir con mi silencio a la impiedad a quienes os han consultado y son dados a disputar, me obligué a escribir brevemente lo que ahora he enviado a vuestra piedad. Pues, aunque una perfecta comprensión de la verdad nos queda por ahora muy lejos a causa de la flaqueza de la carne, es posible, como ha dicho el propio Predicador, reconocer la locura de los impíos y, una vez descubierta, decir que es "más amarga que la muerte [
    ]". Por esta razón, pues, puesto que puedo reconocerla y descubrirla, he escrito, sabiendo que a los fieles les basta descubrir la impiedad para conocer en qué consiste la piedad. Porque, aunque sea imposible comprender lo que Dios es, sí es posible decir lo que no es. Y sabemos que no es como el hombre, y que no es lícito concebir en Él naturaleza creada alguna. Así también, respecto del Hijo de Dios, aunque por naturaleza estemos muy lejos de poder comprenderlo, es posible y fácil condenar lo que afirman de Él los herejes y decir que el Hijo de Dios no es como ellos sostienen; ni siquiera es lícito concebir en nuestra mente las cosas que ellos dicen acerca de su Divinidad, y mucho menos pronunciarlas con los labios.

    Carta 52, § 3

    3. Así pues, he escrito lo mejor que he podido; y vosotros, hermanos muy amados, recibid estas palabras no como una exposición perfecta de la Divinidad del Logos, sino como una mera refutación de la impiedad de los enemigos de Cristo, que ofrece a quienes lo desean indicaciones para llegar a una fe piadosa y sana en Cristo. Y si en algo son deficientes —y pienso que lo son en todo—, perdonadlo con limpia conciencia y acoged favorablemente tan solo el atrevimiento de mis buenas intenciones en defensa de la piedad. Para condenar por entero la herejía de los arrianos, os basta conocer el juicio que el Señor pronunció en la muerte de Arrio, del cual otros ya os han informado. "Porque lo que el Dios santo ha determinado, ¿quién lo deshará? [
    ]"; y a quien el Señor condenó, ¿quién lo justificará? Después de semejante señal, ¿quién no reconoce ahora que Dios aborrece esta herejía, por más que tenga hombres que la amparen? Cuando hayáis leído esta relación, orad por mí y exhortaos unos a otros a hacer lo mismo. Y enviádmela de vuelta sin demora; no permitáis que nadie, sea quien fuere, haga una copia de ella, ni la transcribáis para vosotros mismos. Antes bien, como buenos cambistas, contentaos con leerla; pero leedla repetidas veces si así lo deseáis. Pues no conviene que los escritos de charlatanes y particulares como nosotros caigan en manos de quienes vengan después. Saludaos unos a otros en el amor, y también a todos los que acudan a vosotros con piedad y fe. Porque, como ha dicho el Apóstol: "Si alguno no ama al Señor, sea anatema. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros. [
    ] Amén".

    Carta 53

    Carta 53, encabezado

    Segunda carta a los monjes.

    Carta 53

    Atanasio, arzobispo de Alejandría, a los solitarios.
    Atanasio a quienes llevan vida solitaria y están firmes en la fe en Dios, hermanos muy amados: salud en el Señor.
    Doy gracias al Señor, que os ha concedido creer en Él, para que también vosotros tengáis con los santos la vida eterna. Pero hay ciertas personas que siguen a Arrio y recorren los monasterios sin otro propósito que engañar a los sencillos, valiéndose del pretexto de visitaros y de regresar de entre nosotros; y hay otras que, aun afirmando que no siguen a Arrio, se hacen cómplices de los suyos y rinden culto junto con ellos. Por eso me he visto obligado, a instancias de algunos hermanos de la mayor sinceridad, a escribiros sin demora, para que, conservando fielmente y sin engaño la piadosa fe que la gracia de Dios obra en vosotros, no deis ocasión de escándalo a los hermanos. Pues cuando alguien os vea a vosotros, fieles en Cristo, tratar y estar en comunión con tales personas, [o participar en el culto junto con ellas], ciertamente pensará que es cosa indiferente y caerá en el cieno de la impiedad. Para que esto no suceda, tened a bien, amados míos, apartaros de quienes sostienen la impiedad [de Arrio] y evitar, además, a quienes, aunque fingen no seguir a Arrio, rinden culto junto con los impíos. Y estamos especialmente obligados a huir de la comunión con hombres cuyas opiniones abominamos. [Si, pues, alguno viene a vosotros y, como dice el bienaventurado Juan [2 Juan 10], trae consigo la recta doctrina, decidle: "¡Bienvenido!", y recibidlo como a un hermano.] Pero si alguno pretende confesar la recta fe y resulta que está en comunión con aquellos otros, exhortadlo a abstenerse de tal comunión; y, si promete hacerlo, tratadlo como a un hermano, pero, si persiste en su espíritu contencioso, evitadlo. [Podría extender mucho mi carta y añadir, tomándolo de las divinas Escrituras, un esbozo de esta enseñanza. Pero, puesto que sois hombres prudentes y podéis anticiparos a quienes os escriben y, además, entregados como estáis a la abnegación, sois aptos para instruir también a otros, he dictado una breve carta, como de un amigo afectuoso a otros, con la confianza] de que, viviendo como vivís, conservaréis una fe pura y sincera, y de que esas personas, al ver que no os unís a ellas en el culto, sacarán provecho de ello, temiendo ser tenidas por impías y por partidarias de los impíos.
    Comentario editorial · Una carta escrita en la pared de una tumba
    Según el NPNF, la primera parte de esta carta se conserva en una inscripción contemporánea en los muros de una tumba antigua de Abd el-Kurna, convertida entonces en celda de monje; el título «arzobispo» del encabezado procede de ella y es un uso muy temprano del término. El NPNF la fecha antes de 359–360: la Vida de Pacomio cuenta que el duque Artemio, que buscaba a Atanasio, pidió oraciones a los monjes de un monasterio y el abad respondió que el «Padre» había prohibido orar con extraños que trataban con los arrianos, una alusión clara a esta carta.

    Carta 54

    Carta 54, encabezado

    A Serapión, acerca de la muerte de Arrio.

    Carta 54, § 1

    Atanasio a Serapión, hermano y compañero en el ministerio: salud en el Señor.
    He leído las cartas de vuestra piedad, en las que me habéis pedido que os dé a conocer los acontecimientos de mi tiempo que me conciernen, que exponga aquella impiísima herejía de los arrianos por cuya causa he padecido estos sufrimientos, y que relate también de qué manera murió Arrio. A dos de vuestras tres peticiones he accedido de buen grado, y he enviado a vuestra piedad lo que escribí a los monjes; por ello podréis conocer tanto mi propia historia como la de la herejía. Pero en cuanto a la otra cuestión, quiero decir, la muerte de Arrio, deliberé largo tiempo conmigo mismo, temiendo que alguien supusiera que me regocijaba por la muerte de aquel hombre. Sin embargo, puesto que una disputa surgida entre vosotros acerca de la herejía ha desembocado en esta pregunta —si Arrio murió después de haber comulgado con la Iglesia—, me he visto necesariamente movido a dar cuenta de su muerte, pensando que así quedaría zanjada la cuestión y considerando, además, que al darla a conocer haría callar a los aficionados a la contienda. Pues creo que, cuando se conozcan las maravillosas circunstancias de su muerte, ni siquiera quienes antes lo ponían en duda se atreverán ya a dudar de que la herejía arriana es aborrecible a los ojos del Señor.

    Carta 54, § 2

    2. Yo no estaba en Constantinopla cuando murió, pero sí estaba allí el presbítero Macario, y de él oí el relato. Arrio había sido llamado por el emperador Constantino gracias a la intervención de Eusebio y sus partidarios; y, cuando se presentó ante él, el emperador le preguntó si profesaba la fe de la Iglesia católica. Arrio declaró bajo juramento que profesaba la recta fe y entregó por escrito una exposición de su fe, en la que callaba los puntos por los cuales el obispo Alejandro lo había expulsado de la Iglesia y aducía, con aparente plausibilidad, expresiones tomadas de las Escrituras. Así pues, cuando juró que no profesaba las opiniones por las que Alejandro lo había excomulgado, [el emperador] lo despidió, diciendo: "Si tu fe es recta, bien has hecho en jurarlo; pero si tu fe es impía y has prestado juramento, que Dios te juzgue conforme a tu juramento". Cuando salió de la presencia del emperador, Eusebio y sus partidarios, con su acostumbrada violencia, quisieron introducirlo en la Iglesia. Pero Alejandro, obispo de Constantinopla de feliz memoria, se les opuso, diciendo que el inventor de la herejía no debía ser admitido a la comunión. Ante esto, Eusebio y sus partidarios lo amenazaron, declarando: "Así como hemos logrado que el emperador lo llamase contra vuestra voluntad, mañana, aunque sea contra vuestro deseo, Arrio comulgará con nosotros en esta iglesia". Era sábado cuando dijeron esto.

    Carta 54, § 3

    3. Al oírlo, el obispo Alejandro se afligió profundamente y, entrando en la iglesia, extendió las manos hacia Dios y se lamentó; luego se postró rostro en tierra en el presbiterio y oró tendido sobre el pavimento. También Macario estaba presente, oró con él y oyó sus palabras. Y le pidió estas dos cosas, diciendo: "Si mañana Arrio es admitido a la comunión, permite que yo, siervo tuyo, parta, y no destruyas al piadoso con el impío; pero si has de preservar a tu Iglesia (y sé que la preservarás), mira las palabras de Eusebio y sus partidarios, y no entregues tu heredad a la destrucción y al oprobio [
    ]; quita de en medio a Arrio, no sea que, si entra en la Iglesia, parezca entrar con él también la herejía y, de ahí en adelante, la impiedad sea tenida por piedad". Después de orar así, el obispo se retiró con gran inquietud; y sucedió algo maravilloso y extraordinario. Mientras Eusebio y sus partidarios proferían amenazas, el obispo oraba; pero Arrio, que tenía gran confianza en Eusebio y sus partidarios y hablaba con suma desmesura, se apartó apremiado por una necesidad natural y, de pronto, según las palabras de la Escritura, "cayendo de cabeza, se reventó por medio [
    ]"; y al punto expiró allí donde yacía, privado a la vez de la comunión y de la vida.

    Carta 54, § 4

    4. Tal fue el fin de Arrio; y Eusebio y sus partidarios, abrumados de vergüenza, sepultaron a su cómplice, mientras el bienaventurado Alejandro, en medio del júbilo de la Iglesia, celebró la Comunión con piedad y ortodoxia, orando con todos los hermanos y glorificando grandemente a Dios. No porque se regocijase de su muerte (¡Dios no lo quiera!), pues "está establecido que los hombres mueran una sola vez [
    ]", sino porque aquello se había manifestado de un modo que sobrepasaba los juicios humanos. Pues el Señor mismo, al juzgar entre las amenazas de Eusebio y sus partidarios y la oración de Alejandro, condenó la herejía arriana, mostrando que era indigna de la comunión con la Iglesia y poniendo de manifiesto ante todos que, aunque recibiese el apoyo del emperador y de toda la humanidad, la Iglesia misma la había condenado. Así ha quedado demostrado que la facción anticristiana de los insensatos arrianos desagrada a Dios y es impía; y muchos de los que antes se habían dejado engañar por ella cambiaron de parecer. Pues fue el Señor mismo, a quien ellos blasfemaban, y no otro, quien condenó la herejía levantada contra Él, mostrando una vez más que, por más que el emperador Constancio ejerza ahora violencia contra los obispos en favor de ella, está excluida de la comunión de la Iglesia y es ajena al reino de los cielos. Por tanto, quede desde ahora zanjada la cuestión que ha surgido entre vosotros —pues eso fue lo convenido entre vosotros—, y que nadie se adhiera a la herejía, sino que incluso quienes se han dejado engañar se arrepientan. Pues ¿quién acogerá lo que el Señor ha condenado? Y quien tome partido por aquello que Él ha excluido de la comunión, ¿no será culpable de gran impiedad y manifiestamente enemigo de Cristo?
    Comentario editorial · La muerte de Arrio: lo que cuenta Atanasio y lo que cuentan otros
    Serapión, a quien escribe Atanasio, era obispo de Tmuis y su colaborador (NPNF). La carta se escribió, según el NPNF, durante el tercer destierro. Atanasio no estaba en Constantinopla: lo cuenta por el presbítero Macario (§ 2), y lo interpreta como un juicio de Dios. El mismo NPNF recoge que, según Sozomeno, los amigos de Arrio atribuyeron su muerte a magia, los de Alejandro al castigo divino y el público a la emoción sobre un corazón enfermo. Según Wikipedia, Arrio murió en 336 en Constantinopla; Sócrates Escolástico, hostil a él, cuenta que sintió una urgencia en pleno paseo por la ciudad y murió tras el foro de Constantino, y algunos historiadores modernos consideran posible un envenenamiento (citan a Kirsch y a Freeman). Las fuentes, pues, difieren en las causas, no en el hecho.

    Carta 54, § 5

    5. Esto basta para confundir a los contenciosos; leedlo, pues, a quienes antes plantearon esta cuestión, así como lo que dirigí brevemente a los monjes contra la herejía, a fin de que ello los mueva con mayor firmeza a condenar la impiedad y la maldad de los insensatos arrianos. No consintáis, sin embargo, en dar copia de estos escritos a nadie, ni los transcribáis para vos mismo (lo mismo he indicado también a los monjes); antes bien, como amigo sincero, si falta algo en lo que he escrito, añadidlo y devolvédmelos sin demora. Pues por la carta que he escrito a los hermanos podréis saber cuánto esfuerzo me ha costado escribirla y comprender también que no es prudente publicar los escritos de una persona particular (sobre todo si tratan de las doctrinas más elevadas y principales), no sea que lo expresado imperfectamente por debilidad o por oscuridad de lenguaje perjudique al lector. Porque la mayoría de los hombres no consideran la fe ni el propósito de quien escribe, sino que, por envidia o espíritu de contienda, reciben lo escrito como les place, conforme a una opinión formada de antemano, y lo interpretan torcidamente a su gusto. Pero conceda el Señor que prevalezcan entre todos la Verdad y una fe sana en nuestro Señor Jesucristo, y especialmente entre aquellos a quienes leáis esto. Amén.

    Carta 55

    Carta 55, encabezado

    Carta a Rufiniano.

    Carta 55

    A nuestro señor, hijo y muy deseado compañero en el ministerio Rufiniano. Atanasio, salud en el Señor.
    Escribes lo que corresponde escribir a un hijo amado a su padre; por eso te abracé cuando te acercaste a mí por escrito, muy deseado Rufiniano. Y yo, aunque podía escribirte como a un hijo tanto al principio como en medio y al final, me abstuve de hacerlo, para que mi elogio y mi testimonio no quedasen divulgados por escrito. Pues tú eres mi carta, como está escrito [
    ], conocida y leída en el corazón. Que tú eres tal carta, créelo, sí, créelo. Me dirijo a ti y te invito a escribirme, pues con ello me proporcionas la mayor satisfacción. Pero, puesto que, con espíritu honrado y digno de la Iglesia, como corresponde a tu piedad, me preguntas por aquellos que fueron arrastrados por la necesidad, pero no corrompidos por el error, y deseas que te escriba qué resolución se ha tomado acerca de ellos, ya sea en sínodos o en otros lugares, sabe, muy deseado señor, que, ante todo, una vez cesó la violencia, se celebró un sínodo al que asistieron obispos de tierras extranjeras; otros sínodos fueron celebrados por nuestros compañeros en el ministerio residentes en Grecia, así como por los de España y Galia. Y aquí y en todas partes se llegó a una misma resolución: en cuanto a quienes habían caído y habían sido caudillos de la impiedad, perdonarlos si se arrepentían, pero no darles lugar entre el clero; en cuanto a quienes no abrazaron deliberadamente la impiedad, sino que fueron arrastrados por la necesidad y la violencia, no solo concederles el perdón, sino también permitirles ocupar su lugar entre el clero; tanto más cuanto que ofrecieron una defensa verosímil, y lo sucedido parecía responder a un propósito particular. Pues nos aseguraron que no se habían pasado a la impiedad, sino que, para evitar que ciertas personas muy impías fueran elegidas y arruinasen las Iglesias, prefirieron ceder ante la violencia y soportar aquella carga antes que perder al pueblo. Al decir esto, nos pareció que alegaban algo verosímil, pues invocaron en su defensa a Aarón, hermano de Moisés, quien en el desierto consintió en la transgresión del pueblo; y adujeron que lo había hecho por temor a que el pueblo regresara a Egipto y permaneciera en la idolatría. Pues había razón para pensar que, si permanecían en el desierto, podían apartarse de su impiedad; pero que, si iban a Egipto, se perderían y acrecentarían la impiedad entre ellos. Por esta razón, pues, se les ha permitido conservar su lugar entre el clero, concediendo el perdón a quienes habían sido engañados y habían padecido violencia. Comunico esto a tu piedad con la confianza de que aceptarás lo acordado y no acusarás de negligencia a quienes, como he dicho, se reunieron. Pero ten a bien leerlo al clero y a los fieles que están a tu cargo, para que queden informados y no te reprochen el parecer que tienes acerca de tales personas. Pues no convendría que yo les escribiese, cuando tu piedad puede hacerlo, darles a conocer nuestro parecer acerca de ellos y llevar a cabo todo lo que resta por hacer. Gracias al Señor, que te colmó [
    ] de toda palabra y de todo conocimiento. Que quienes se arrepientan anatematicen públicamente y por su nombre el error de Eudoxio y Euzoio. Pues estos persistían en blasfemar y escribieron que Él era una criatura, siendo cabecillas de la herejía arriana. Que confiesen, en cambio, la fe confesada por los padres en Nicea, y que no anteponen ningún otro sínodo a aquel. Saluda a los hermanos que están contigo. Los que están con nosotros te saludan en el Señor.
    Comentario editorial · Qué hacer con quienes cedieron bajo los arrianos
    El NPNF no puede identificar con certeza a Rufiniano ni su sede: los documentos coptos lo llaman «Rufino el arzobispo», lo que lo situaría fuera de Egipto. La carta recoge lo resuelto en los sínodos posteriores a 362: perdonar a quienes cayeron como caudillos de la impiedad si se arrepienten, pero sin darles lugar entre el clero; y perdonar y conservar en el clero a quienes cedieron por violencia, con el ejemplo de Aarón. Quienes se arrepienten deben anatematizar a Eudoxio y Euzoio. Es el mismo problema que preocupó al concilio de Alejandría.

    Carta 56

    Carta 56, encabezado

    Al emperador Joviano, acerca de la fe
    Copia de una carta del emperador Joviano, enviada a Atanasio, santísimo arzobispo de Alejandría:
    Comentario editorial · Atanasio y el emperador Joviano
    Joviano reinó del 27 de junio de 363 al 17 de febrero de 364 (Wikipedia). Según el NPNF, Atanasio, al saber la muerte de Juliano, se apresuró a encontrarlo antes de que llegase la diputación arriana de Alejandría; la tabla del NPNF lo sitúa con Joviano en Edesa en septiembre de 363 y luego en Antioquía, y Wikipedia también habla de Edesa. La carta se redactó en Antioquía, al parecer a petición del emperador de una declaración doctrinal; la breve carta de Joviano que la encabeza es una autorización formal para que Atanasio volviera a su sede. El § 3 abrevia el credo de Nicea: «Creemos, etc., etc.».
    Texto de la fuenteJoviano, emperador · Carta a Atanasio (copia anexa a la Carta 56) · Carta 56, copia
    Al muy piadoso y amigo de Dios Atanasio, Joviano: Admirando sobremanera los frutos de vuestra vida venerabilísima, vuestra semejanza con el Dios de todos y vuestro amor a Cristo, nuestro Salvador, os acogemos, veneradísimo obispo. Y puesto que no habéis retrocedido ante trabajo alguno ni ante el temor de vuestros perseguidores, sino que, teniendo por estiércol los peligros y las amenazas de la espada, sostenéis el timón de la fe ortodoxa, tan querida para vos, y combatís todavía por la verdad, sin dejar de mostraros como modelo para todo el pueblo de los fieles y ejemplo de virtud, nuestra Majestad imperial os llama de nuevo y desea que volváis a ejercer el oficio de enseñar la salvación. Volved, pues, a las santas Iglesias, apacentad al pueblo de Dios y elevad a Dios con celo vuestras oraciones por nuestra clemencia. Pues sabemos que, por vuestra súplica, nosotros y todos los que profesan con nosotros [la fe cristiana] recibiremos gran auxilio del Dios supremo.

    Carta 56, § 1

    1. El deseo de aprender y el anhelo de las cosas celestiales son propios de un emperador piadoso; pues así tendréis verdaderamente también "vuestro corazón" "en la mano de Dios". Puesto que Vuestra Piedad ha deseado aprender de nosotros la fe de la Iglesia católica, dando gracias por ello al Señor, juzgamos conveniente, ante todo, recordar a Vuestra Piedad la fe confesada por los Padres en Nicea. Algunos la despreciaron y urdieron muchas asechanzas contra nosotros porque no quisimos plegarnos a la herejía arriana, y se han convertido en autores de herejías y cismas en la Iglesia católica. Pues la fe verdadera y piadosa en el Señor se ha manifestado a todos, siendo "conocida y leída" en las divinas Escrituras. En ella los santos alcanzaron la perfección y sufrieron martirio, y ahora han descansado en el Señor; y la fe habría permanecido siempre intacta si la maldad de ciertos herejes no se hubiese atrevido a alterarla. Porque un tal Arrio y los suyos intentaron corromperla e introducir en su lugar la impiedad, afirmando que el Hijo de Dios procedía de la nada y era criatura, cosa hecha y mudable. Con estas palabras engañaron a muchos, de suerte que aun "los que parecían ser algo fueron arrastrados" por su blasfemia. Pero nuestros santos Padres, como antes dijimos, se reunieron sin demora en el sínodo de Nicea, los anatematizaron y confesaron por escrito la fe de la Iglesia católica, para que, predicada esta por doquier, se extinguiera la herejía encendida por los herejes. Así, esta fe fue sinceramente conocida y predicada por doquier, en todas las Iglesias. Mas, puesto que ahora algunos que desean renovar la herejía arriana se han atrevido a despreciar esta fe confesada por los Padres en Nicea y, mientras aparentan confesarla, en realidad la niegan, vaciando de sentido el término "consustancial" y blasfemando por su propia cuenta contra el Espíritu Santo al afirmar que es una criatura y que comenzó a existir como algo hecho por el Hijo, nos apresuramos, como es nuestro deber, en vista del daño que tal blasfemia causa al pueblo, a poner en manos de Vuestra Piedad la fe confesada en Nicea, para que vuestra religiosidad conozca con toda exactitud lo que allí se escribió y cuán lejos de la verdad están quienes enseñan lo contrario.

    Carta 56, § 2

    2. Sabed, piadosísimo augusto, que estas cosas se han predicado desde tiempo inmemorial y que esta es la fe que confesaron los Padres reunidos en Nicea; y a ella han dado su asentimiento las Iglesias de todas las regiones: las de España, Britania y las Galias; las de toda Italia y Dalmacia, Dacia y Mesia, Macedonia y toda Grecia; las de toda África, Cerdeña, Chipre y Creta, así como las de Panfilia, Licia e Isauria; las de Egipto y las Libias, el Ponto y Capadocia; las cercanas a nosotros y las Iglesias de Oriente, salvo unas pocas que siguen a Arrio. Pues conocemos por experiencia el parecer de todas las antes mencionadas y tenemos cartas suyas. Y sabéis, oh piadosísimo augusto, que, aunque unos pocos hablen contra esta fe, no pueden impugnarla, puesto que el mundo entero profesa la fe apostólica. Pues, infectados desde hace mucho por la herejía arriana, ahora se oponen a la verdad con tanto mayor obstinación. Y para que Vuestra Piedad lo sepa, aunque ya lo sabéis, nos apresuramos a añadir la fe confesada por los obispos en Nicea. La fe confesada allí por los Padres es la siguiente:

    Carta 56, § 3

    3. Creemos, etc., etc.

    Carta 56, § 4

    4. En esta fe, augusto, han de permanecer todos, por ser divina y apostólica, y nadie debe perturbarla con razonamientos especiosos ni con disputas de palabras, como han hecho los fanáticos arrianos al decir que el Hijo de Dios procede de la nada, que hubo un tiempo en que no era y que es creado, hecho y mudable. Por esta causa, como antes dijimos, el sínodo de Nicea anatematizó semejante herejía y confesó, en cambio, la fe de la verdad. Pues los Padres no dijeron simplemente que el Hijo es semejante al Padre, no fuese a creerse que es tan solo semejante a Dios, en vez de Dios verdadero procedente de Dios; sino que escribieron "consustancial", término propio de un Hijo genuino y verdadero, procedente verdadera y naturalmente del Padre. Tampoco hicieron del Espíritu Santo alguien ajeno al Padre y al Hijo, sino que lo glorificaron juntamente con el Padre y el Hijo en la única fe de la Santísima Trinidad, porque también en la Santísima Trinidad hay una sola Divinidad.

    Apéndice

    Texto de la fuenteNotas anónimas de la audiencia en Antioquía · Apéndice a la Carta 56 · Carta 56, apéndice
    Petición presentada en Antioquía al emperador Joviano por Lucio y Berniciano, y por algunos otros arrianos, contra Atanasio, obispo de Alejandría.
    Primera petición, presentada cuando el emperador partía hacia el campamento, junto a la Puerta Romana.
    Plazca a vuestro Poder, a vuestra Majestad y a vuestra Piedad escucharnos. El emperador: "¿Quiénes sois y de dónde venís?" Los arrianos: "Cristianos, señor mío". El emperador: "¿De dónde venís y de qué ciudad?" Los arrianos: "De Alejandría".— El emperador: "¿Qué queréis?" Los arrianos: "Plazca a vuestro Poder y a vuestra Majestad darnos un obispo". El emperador: "Ordené que Atanasio, el que antes teníais, ocupase la sede episcopal". Los arrianos: "Plazca a vuestro Poder: lleva muchos años desterrado y bajo acusación". De pronto, un soldado respondió indignado: "Plazca a vuestra Majestad preguntarles quiénes son y de dónde vienen, pues estos son los desechos y la escoria de Capadocia, los restos de aquel impío Jorge que asoló la ciudad y el mundo". Al oírlo, el emperador espoleó su caballo y partió hacia el campamento.
    Segunda petición de los arrianos.
    "Tenemos acusaciones y pruebas manifiestas contra Atanasio, pues hace diez y veinte años fue depuesto por Constantino y Constancio, de perpetua memoria, y sufrió destierro bajo el muy religioso, filósofo y bienaventurado Juliano". El emperador: "Las acusaciones de hace diez, veinte o treinta años han quedado ya obsoletas. No me habléis de Atanasio, pues sé por qué fue acusado y cómo fue desterrado".
    Tercera petición de los arrianos.
    "Y ahora tenemos, además, otras acusaciones contra Atanasio". El emperador: "La razón de la causa no se pondrá de manifiesto por medio de muchedumbres y clamores; escoged, pues, a dos de entre vosotros y a otros dos del partido mayoritario, porque no puedo responder a cada uno por separado". Los de la mayoría: "Estos son los restos del impío Jorge, que asoló nuestra provincia y no permitía que consejero alguno habitase en las ciudades". Los arrianos: "Plázcaos nombrar a quien queráis, con tal que no sea Atanasio". El emperador: "Ya os he dicho que la causa de Atanasio está resuelta" (y luego, airado): "¡Golpea, golpea!" Los arrianos: "Plázcaos considerar que, si enviáis a Atanasio, nuestra ciudad quedará arruinada y nadie se congregará con él". El emperador: "Sin embargo, me he tomado el trabajo de averiguar que profesa opiniones rectas, es ortodoxo y enseña rectamente". Los arrianos: "Con la boca dice lo que es recto, pero en el alma alberga engaño". El emperador: "Basta. Vosotros mismos habéis dado testimonio de que dice lo que es recto y enseña rectamente; mas, si enseña y habla rectamente con la lengua, pero alberga malos pensamientos en el alma, de ello habrá de responder ante Dios. Pues nosotros somos hombres y oímos lo que se dice; pero lo que hay en el corazón, Dios lo sabe". Los arrianos: "Autorizadnos a tener comunión unos con otros". El emperador: "Pues ¿quién os lo impide?" Los arrianos: "Plázcaos saber que él nos proclama sectarios y sostenedores de doctrinas propias". El emperador: "Ese es su deber, como lo es el de quienes enseñan rectamente". Los arrianos: "Plazca a vuestro Poder: no podemos soportar a ese hombre, y ha arrebatado las tierras de las Iglesias". El emperador: "Ah, entonces habéis venido aquí por causa de los bienes, y no por causa de la fe"; y añadió: "Marchaos y guardad la paz". Una vez más dijo a los arrianos: "Id a la Iglesia; mañana celebraréis la comunión y, después de la despedida, aquí habrá obispos, y aquí está Nemesino. Que cada uno de vosotros suscriba lo que cree. También está aquí Atanasio; quien no conozca la palabra de la fe, que aprenda de Atanasio. Tenéis mañana y pasado mañana, pues yo salgo para el campamento". Y cierto abogado perteneciente a los cínicos presentó una petición al emperador: "Plazca a vuestra Majestad: por causa del obispo Atanasio, el recaudador general se apoderó de mis casas". El emperador: "Si el recaudador general se apoderó de tus casas, ¿qué tiene que ver Atanasio con ello?" Otro abogado, Pátalas, dijo: "Tengo una queja contra Atanasio". El emperador: "Y tú, siendo pagano, ¿qué tienes que ver con los cristianos?" Pero algunos de los del partido mayoritario de Antioquía tomaron a Lucio y lo llevaron ante el emperador, diciendo: "Plazca a vuestro Poder y a vuestra Majestad mirar a quién querían hacer obispo".
    Otra petición presentada en el pórtico del palacio por Lucio: —"Plazca a vuestro Poder escucharme". El emperador se detuvo y dijo: "Dime, Lucio, ¿cómo has venido aquí, por mar o por tierra?" Lucio: "Plázcaos saber que por mar". El emperador: "Pues bien, Lucio, que el Dios del mundo, el sol radiante y la luna se indignen contra los hombres que hicieron contigo la travesía por no haberte arrojado al mar; y que aquella nave no vuelva jamás a tener vientos favorables ni halle puerto para sus pasajeros cuando la sorprenda una tormenta". Y, por mediación de Euzoio, los arrianos incrédulos pidieron a Probatio y a sus compañeros, sucesores de Eusebio y Bardio en el cargo de eunucos, que les consiguiesen una audiencia. El emperador se enteró de ello, mandó torturar a los eunucos y dijo: "Si alguien quiere presentar una petición contra los cristianos, que esta sea su suerte". Y así los despidió el emperador.

    Carta 57

    Carta 57, encabezado

    Primera carta a Orsisio
    Texto de la fuenteVida de Pacomio · Marco narrativo de la Carta 57 · Carta 57, marco
    "[Y] habiendo pasado allí unos días, dijo al abad Teodoro: Como la Pascua está cerca, visita a los hermanos según tu costumbre; y yo haré conforme el Señor disponga de mí. Y lo abrazó y lo despidió, confiándole una carta para el abad Orsisio y los hermanos, en estos términos:"—

    Carta 57

    He visto a vuestro compañero de labor y padre de los hermanos, Teodoro, y en él, al maestro de nuestro padre Pacomio. Me regocijé al ver a los hijos de la Iglesia, y su presencia me llenó de alegría. Mas el Señor es quien los recompensará. Y cuando Teodoro estaba a punto de partir de mi lado para reunirse con vosotros, me dijo: Acuérdate de mí. Y yo le respondí: Si me olvidare de ti, oh Jerusalén, sea olvidada mi diestra; sí, péguese mi lengua a mi garganta si no me acordare de ti.
    Comentario editorial · Orsisio, Teodoro y la Vida de Pacomio
    Las Cartas 57 y 58 las conserva la Vida de Pacomio (§§ 92 y 96, según el NPNF), y las frases que las enmarcan son del biógrafo, no de Atanasio. Según el NPNF, Orsisio fue elegido abad de Tabenna en 347 y cedió el cargo a Teodoro, discípulo predilecto de Pacomio; la primera carta es de 363 y la segunda del verano de 364, con la muerte de Teodoro el 27 de abril de 364. Esas fechas dependen de que Pacomio muriera en 346; Wikipedia da el 9 de mayo de 348. Una Vida copta de Teodoro dice que este recibió la Carta 39 la primavera anterior a su muerte, lo que el NPNF no puede aceptar y atribuye a un discurso compuesto por el biógrafo.

    Carta 58

    Carta 58, encabezado

    Segunda carta a Orsisius.
    Texto de la fuenteVida de Pacomio · Marco narrativo de la Carta 58 · Carta 58, marco
    "Pero el santísimo arzobispo Atanasio, cuando supo de la muerte de nuestro padre Teodoro, se afligió y envió esta carta al abad Orsisius y a los hermanos para consolarlos por su fallecimiento, como sigue:"—

    Carta 58

    Atanasio a Orsisius, abad y padre de los monjes, y a todos los que con él practican la vida solitaria y permanecen firmes en la fe en Dios, hermanos amados y muy añorados en el Señor: salud.
    He sabido del fallecimiento del bienaventurado Teodoro, y la noticia me causó gran inquietud, pues sabía cuán valioso era para vosotros. Si no se tratase de Teodoro, os habría dirigido muchas palabras, entre lágrimas, considerando lo que sigue a la muerte. Pero, puesto que es Teodoro, a quien vosotros y yo hemos conocido, ¿qué necesidad tengo de decir en mi carta sino: "Bienaventurado es" Teodoro, "que no anduvo en consejo de impíos"? Y si "bienaventurado es el que teme al Señor", podemos ahora llamarlo bienaventurado con plena confianza, pues tenemos la firme certeza de que ha llegado, por así decirlo, a puerto y goza de una vida libre de cuidados. ¡Ojalá nos aconteciese lo mismo a cada uno de nosotros! ¡Ojalá cada uno, en su carrera, llegase así a la meta! ¡Ojalá cada uno, en su travesía, pudiese amarrar su propia barca allí, en aquel puerto sin tempestades, para que, reposando con los padres, dijese: "Aquí habitaré, porque en ello tengo mi deleite"! Por tanto, hermanos amados y muy añorados, no lloréis por Teodoro, pues "no ha muerto, sino que duerme [
    ]". Que nadie llore al recordarlo, sino que imite su vida. Pues no se debe llorar por quien ha ido al lugar donde no hay llanto. Esto os escribo a todos en común; pero especialmente a ti, amado y muy añorado Orsisius, para que, ahora que él ha quedado dormido, asumas toda la responsabilidad y ocupes su lugar entre los hermanos. Pues mientras vivió, vosotros dos erais como uno solo; cuando uno estaba ausente, la obra de ambos seguía adelante; y cuando ambos estabais presentes, erais como uno solo al enseñar a los amados lo que convenía a su bien. Obra, pues, de ese modo y, haciéndolo así, escríbeme para darme noticias de tu bienestar y del de los hermanos. Y os exhorto a todos a orar juntos para que el Señor conceda más paz a las Iglesias. Pues ahora hemos celebrado con gozo tanto la Pascua como Pentecostés, y nos regocijamos en los beneficios del Señor. Os escribo a todos. Saludad a todos los que temen al Señor. Los que están conmigo os saludan. Ruego que estéis bien en el Señor, hermanos amados y muy añorados.

    Carta 59

    Carta 59, encabezado

    A Epicteto.
    Comentario editorial · La carta a Epicteto y la humanidad de Cristo
    Del obispo Epicteto de Corinto no se sabe más que lo que dice esta carta, según el NPNF. Responde a unas «memorias» sobre una discusión en Corinto acerca de cómo se relaciona la humanidad de Cristo con el Hijo eterno; el NPNF distingue dos tipos de soluciones que Atanasio rechaza: las que identifican al Logos con el hombre (por transformación o porque la carne sería de esencia divina) y las que dejan fuera de la Trinidad al hombre Jesús. Se escribió antes de los dos libros contra el apolinarismo (hacia 372) y no alude a su tesis característica; se la citó mucho en las controversias cristológicas, entre otros por los concilios de Éfeso y Calcedonia. El tema vuelve en el § 7 del Tomo a los antioquenos.

    Carta 59, § 1

    A mi señor, amado hermano y muy anhelado compañero en el ministerio, Epicteto: Atanasio, salud en el Señor. Pensaba yo que el sínodo celebrado en Nicea había puesto fin a toda vana palabrería de todos los herejes, por numerosos que sean. Pues la fe allí confesada por los Padres conforme a las divinas Escrituras basta por sí sola tanto para derribar toda impiedad como para establecer la recta creencia en Cristo. Por esta razón, en nuestros días, al reunirse diversos sínodos tanto en Galia y España como en la gran Roma, todos los congregados, como movidos por un solo espíritu, anatematizaron unánimemente a quienes todavía seguían en secreto a Arrio, a saber: Auxencio de Milán, Ursacio, Valente y Gayo de Panonia. Y escribieron por doquier que, puesto que los susodichos andaban ideando nombres de sínodos para invocarlos en su favor, no debía citarse en la Iglesia católica ningún sínodo salvo el celebrado en Nicea, monumento de victoria sobre toda herejía, y especialmente sobre la arriana, que fue la causa principal de que aquel sínodo se reuniera cuando lo hizo. ¿Cómo, después de todo esto, intentan algunos suscitar dudas o cuestiones? Si pertenecen a los arrianos, no es de extrañar que censuren lo que se formuló contra ellos mismos, así como los gentiles, cuando oyen que "los ídolos de las naciones son plata y oro, obra de manos de hombres", juzgan locura la doctrina de la divina Cruz. Pero si quienes desean volver a ponerlo todo en cuestión pertenecen a los que creen profesar la recta fe y aman lo declarado por los Padres, no hacen sino lo que describe el profeta: dan a beber a su prójimo una turbia confusión y contienden sobre palabras sin provecho alguno, salvo el de trastornar a los sencillos.

    Carta 59, § 2

    2. Escribo esto después de leer las memorias presentadas por vuestra piedad, que ojalá no se hubiesen escrito jamás, para que ni siquiera llegase a la posteridad recuerdo alguno de tales cosas. Pues ¿quién ha oído nunca nada semejante? ¿Quién lo enseñó o lo aprendió jamás? Porque "de Sion saldrá la ley de Dios, y la palabra del Señor, de Jerusalén [
    ;
    ]"; mas ¿de dónde ha salido esto? ¿Qué región inferior ha vomitado la afirmación de que el cuerpo nacido de María es consustancial con la Divinidad del Logos? ¿O que el Logos se ha transformado en carne, huesos, cabellos y el cuerpo entero, mudando su propia naturaleza? ¿O quién ha oído jamás en una iglesia, o siquiera de boca de cristianos, que el Señor llevó un cuerpo solo en apariencia y no en realidad? ¿O quién llegó tan lejos en la impiedad como para decir y sostener que esta Divinidad, consustancial con el Padre, fue circuncidada y se hizo imperfecta en vez de perfecta; y que lo que pendió del madero no fue el cuerpo, sino la misma esencia creadora y Sabiduría? ¿O quién, al oír que el Logos se formó para sí un cuerpo pasible, no de María, sino de su propia esencia, podría llamar cristiano a quien tal dijese? ¿O quién concibió esta abominable impiedad, para que entrara siquiera en su imaginación, y llegó a decir que afirmar que el cuerpo del Señor procede de María equivale a sostener una cuaternidad en vez de una Trinidad en la Divinidad? Así piensan quienes dicen que el cuerpo del Salvador, que Él asumió de María, pertenece a la esencia de la Trinidad. ¿O de dónde han vomitado de nuevo algunos una impiedad tan grande como las ya mencionadas, afirmando, en efecto, que el cuerpo no es posterior a la Divinidad del Logos, sino que fue siempre coeterno con ella, por estar compuesto de la esencia de la Sabiduría? ¿O cómo se atrevieron hombres llamados cristianos a poner siquiera en duda que el Señor, nacido de María, siendo Hijo de Dios por esencia y naturaleza, es del linaje de David según la carne [
    ], y de la carne de la santa María? ¿O quiénes han osado decir que Cristo, que padeció en la carne y fue crucificado, no es Señor, Salvador, Dios e Hijo del Padre? ¿O cómo pueden querer llamarse cristianos quienes dicen que el Logos descendió sobre un hombre santo, como sobre uno de los profetas, y no se hizo Él mismo hombre tomando el cuerpo de María, sino que Cristo es una persona y otra distinta el Logos de Dios, que antes de María y antes de los siglos era Hijo del Padre? ¿O cómo pueden ser cristianos quienes dicen que el Hijo es uno y el Logos de Dios otro?

    Carta 59, § 3

    3. Tal era el contenido de las memorias: afirmaciones diversas, pero unas en su sentido y significado, encaminadas a la impiedad. Por estas cosas disputaban y reñían entre sí hombres que se jactan de la confesión de los Padres formulada en Nicea. Pero me maravilla que vuestra piedad lo consintiera y no hiciera callar a quienes decían tales cosas, exponiéndoles la recta fe, para que, al oírla, guardasen silencio o, si se oponían a ella, fuesen tenidos por herejes. Pues tales afirmaciones no son dignas de ser pronunciadas ni oídas por cristianos; antes bien, son en todo ajenas a la enseñanza apostólica. Por esta razón, como dije antes, he hecho insertar escuetamente en mi carta lo que ellos dicen, para que quien se limite a oírlo pueda advertir la vergüenza y la impiedad que encierra. Y aunque sería justo denunciar y poner plenamente al descubierto la insensatez de quienes han concebido semejantes ideas, sería bueno dar aquí por terminada mi carta y no escribir más. Pues no es necesario perder tiempo en seguir poniendo al descubierto lo que tan manifiestamente se muestra malo, no sea que las personas contenciosas crean dudoso el asunto. Basta responder a tales cosas sencillamente así: nos atenemos al hecho de que esta no es la enseñanza de la Iglesia católica, ni sostuvieron esto los Padres. Pero, para que los "inventores de males [
    ]" no hagan de nuestro absoluto silencio un pretexto para su desvergüenza, convendrá mencionar algunos pasajes de la Sagrada Escritura, por si aun así se avergüenzan y abandonan estas torpes invenciones.

    Carta 59, § 4

    4. ¿De dónde se os ocurrió, señores, decir que el cuerpo es de una misma esencia que la Divinidad del Logos? Conviene comenzar por aquí, a fin de que, mostrando que esta opinión carece de fundamento, quede probado que lo mismo sucede con todas las demás. Ahora bien, en las divinas Escrituras no hallamos nada semejante. Pues dicen que Dios vino en un cuerpo humano. Pero los Padres reunidos también en Nicea afirman que no el cuerpo, sino el Hijo mismo, es consustancial con el Padre; y que, mientras Él procede de la esencia del Padre, el cuerpo, según admitieron conforme a las Escrituras, procede de María. Negad, pues, el sínodo de Nicea e introducid desde fuera vuestra doctrina como herejes; o, si queréis ser hijos de los Padres, no sostengáis lo contrario de lo que ellos escribieron. Porque también aquí podéis ver cuán monstruoso es lo que afirmáis: si el Logos es consustancial con el cuerpo, que es de naturaleza terrena, y el Logos, según vuestra propia confesión, es consustancial con el Padre, se seguirá que aun el Padre mismo es consustancial con el cuerpo producido de la tierra. ¿Y por qué censurar ya a los arrianos por llamar criatura al Hijo, cuando vosotros os desviáis hacia otra forma de impiedad al decir que el Logos se transformó en carne, huesos, cabellos, músculos y el cuerpo entero, mudando su propia naturaleza? Pues ya es hora de que digáis abiertamente que nació de la tierra, porque de la tierra procede la naturaleza de los huesos y de todo el cuerpo. ¿Qué gran insensatez es, entonces, esta vuestra, que os lleva a combatir incluso unos contra otros? Porque, al decir que el Logos es consustancial con el cuerpo, distinguís al uno del otro; mientras que, al decir que se transformó en carne, imagináis una mutación del Logos mismo. ¿Y quién os tolerará por más tiempo si llegáis siquiera a proferir tales opiniones? Pues habéis ido en la impiedad más lejos que herejía alguna. Porque, si el Logos es consustancial con el cuerpo, la conmemoración y la obra de María son superfluas, puesto que el cuerpo podría haber existido antes de María, así como el Logos es también eterno: si, en efecto, es, como vosotros decís, consustancial con el cuerpo. ¿O qué necesidad había siquiera de que el Logos viniese entre nosotros para revestirse de lo que era consustancial consigo mismo, o para mudar su propia naturaleza y hacerse cuerpo? Pues la Divinidad no toma sobre sí [
    ] lo que ella misma es, para revestirse de lo que pertenece a su propia esencia; como tampoco pecó el Logos, que rescata los pecados ajenos, de modo que tuviera que transformarse en cuerpo para ofrecerse en sacrificio por sí mismo y rescatarse a sí mismo.

    Carta 59, § 5

    5. Pero no es así: lejos de nosotros tal pensamiento. Pues Él "toma sobre sí la descendencia de Abraham [
    ]", como dijo el apóstol; por lo cual convenía que se hiciese semejante en todas las cosas a sus hermanos y tomase un cuerpo como el nuestro. Por eso es verdaderamente necesaria María: para que Él tome de ella ese cuerpo y lo ofrezca por nosotros como suyo propio. Y esto señaló Isaías en su profecía con las palabras: "He aquí que la Virgen [
    ]"; mientras que Gabriel es enviado a ella, no simplemente a una virgen, sino "a una virgen desposada con un varón [
    ]", a fin de mostrar, por medio del varón con quien estaba desposada, que María era verdaderamente un ser humano. Por esta razón menciona también la Escritura que ella dio a luz y cuenta que lo envolvió en pañales; y por ello se llamaron asimismo bienaventurados los pechos de los que mamó. Y fue presentado como sacrificio, por cuanto Él, al nacer, había abierto la matriz. Ahora bien, todas estas cosas prueban que la Virgen dio a luz. Y Gabriel le anunció el Evangelio sin dejar lugar a dudas, pues no dijo meramente "lo que nace en ti", para que no se pensase que el cuerpo le había sido introducido desde fuera, sino "de ti", para que se creyese que lo nacido procedía naturalmente de ella; puesto que la naturaleza muestra claramente que es imposible que una virgen produzca leche si no ha dado a luz, e imposible que un cuerpo sea alimentado con leche y envuelto en pañales si antes no ha nacido naturalmente. Este es el significado de que fuese circuncidado al octavo día, de que Simeón lo tomase en brazos, de que se hiciese niño y creciese cuando tenía doce años, y de que llegase a los treinta. Pues no fue, como algunos suponen, la esencia misma del Logos la que mudó y fue circuncidada, porque es incapaz de alteración o cambio. El Salvador mismo dice: "He aquí, he aquí que yo soy, y no cambio [
    ]"; y Pablo escribe: "Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos [
    ]". Pero en el cuerpo que fue circuncidado y llevado en brazos, que comió y bebió, se fatigó, fue clavado en el madero y padeció, estaba el Logos de Dios, impasible e incorpóreo. Este cuerpo fue el que quedó depositado en un sepulcro cuando el Logos lo había dejado, aunque sin separarse de él, para predicar, como dice Pedro, también a los espíritus encarcelados [
    ].

    Carta 59, § 6

    6. Y esto, más que nada, muestra la insensatez de quienes dicen que el Logos se transformó en huesos y carne. Pues, si así hubiera sido, no habría hecho falta sepulcro: el cuerpo habría ido por sí mismo a predicar a los espíritus del Hades. Pero lo que sucedió fue que Él mismo fue a predicar, mientras que José envolvió el cuerpo en un lienzo y lo depositó en el Gólgota [
    ]. Así se muestra a todos que el cuerpo no era el Logos, sino el cuerpo del Logos. Y fue este el que Tomás palpó cuando había resucitado de entre los muertos, y en él vio las señales de los clavos, que el Logos mismo había padecido al verlos fijarse en su propio cuerpo y, aunque podía impedirlo, no lo hizo. Antes bien, el Logos incorpóreo hizo suyas las propiedades del cuerpo, por ser este su propio cuerpo. Por eso, cuando el servidor golpeó el cuerpo, Él preguntó como quien padecía en persona: "¿Por qué me golpeas [
    ]?". Y, aunque el Logos es intangible por naturaleza, dijo: "Entregué mi espalda a los azotes y mis mejillas a los golpes, y no oculté mi rostro a la afrenta ni a los escupitajos [
    ]". Pues cuanto padeció el cuerpo humano del Logos, el Logos, que moraba en el cuerpo, se lo atribuyó a sí mismo, para que nosotros pudiéramos ser partícipes de la Divinidad del Logos. Y, ciertamente, es cosa admirable que Él padeciera y, sin embargo, no padeciera. Padeció, porque padeció su propio cuerpo y Él estaba en ese cuerpo que así padecía; no padeció, porque el Logos, siendo Dios por naturaleza, es impasible. Y mientras Él, el incorpóreo, estaba en el cuerpo pasible, el cuerpo tenía en sí al Logos impasible, que destruía las flaquezas inherentes al cuerpo. Mas obró esto, y así sucedió, para que, tomando Él mismo lo que era nuestro y ofreciéndolo en sacrificio, lo hiciese desaparecer y, a su vez, nos revistiese de lo que era suyo, dando ocasión al Apóstol para decir: "Es necesario que esto corruptible se revista de incorrupción y esto mortal se revista de inmortalidad [
    ]".

    Carta 59, § 7

    7. Ahora bien, esto no sucedió en apariencia, como algunos han supuesto —lejos de nosotros tal pensamiento—, sino que, habiéndose hecho el Salvador verdaderamente hombre, se llevó a cabo la salvación del hombre entero. Pues si el Logos estuviese en el cuerpo solo en apariencia, como ellos dicen, y por apariencia se entiende algo imaginario, se seguiría que tanto la salvación como la resurrección del hombre serían solo aparentes, según sostuvo el impiísimo Maniqueo. Pero nuestra salvación no es meramente aparente, ni alcanza solo al cuerpo, sino que el hombre entero, cuerpo y alma, ha obtenido verdaderamente la salvación en el Logos mismo. Por tanto, lo nacido de María era, según las divinas Escrituras, humano por naturaleza, y el cuerpo del Señor era verdadero; y lo era porque era igual que nuestro cuerpo, pues María era hermana nuestra, ya que todos procedemos de Adán. Y nadie puede dudar de ello cuando recuerda lo que escribió Lucas. Pues, después que Él resucitó de entre los muertos, cuando algunos pensaron que no veían al Señor en el cuerpo procedente de María, sino que contemplaban un espíritu, dijo: "Mirad mis manos y mis pies, y las señales de los clavos: soy yo mismo; palpadme y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo. Y, dicho esto, les mostró las manos y los pies [
    ]". Por esto quedan refutados quienes se han atrevido a decir que el Señor se transformó en carne y huesos. Pues no dijo: "Como veis que soy carne y huesos", sino "como veis que tengo", para que no se pensara que el Logos mismo se había transformado en estas cosas, sino que se creyera que las poseía después de su resurrección, así como antes de su muerte.

    Carta 59, § 8

    8. Demostradas así estas cosas, es superfluo tocar los demás puntos o entrar en discusión alguna sobre ellos, puesto que el cuerpo en el cual estaba el Logos no es consustancial con la Divinidad, sino que nació verdaderamente de María, mientras que el Logos mismo no se transformó en huesos y carne, sino que vino en la carne. Pues lo que dijo Juan: "El Logos se hizo carne [
    ]", tiene este sentido, como podemos ver por un pasaje semejante; porque está escrito en Pablo: "Cristo se hizo maldición por nosotros [
    ]". Y así como Él no se hizo en sí mismo maldición, sino que se dice que se hizo tal porque tomó sobre sí la maldición por nosotros, así también se hizo carne no por transformarse en carne, sino porque asumió por nosotros carne viva y se hizo hombre. Pues decir "el Logos se hizo carne" equivale a decir "el Logos se hizo hombre", conforme a lo dicho en Joel: "Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne [
    ]"; porque la promesa no se extendía a los animales irracionales, sino que era para los hombres, por cuya causa el Señor se hizo hombre. Siendo, pues, este el sentido del pasaje citado, con razón se condenarán a sí mismos todos los que han pensado que la carne procedente de María existía antes que ella, y que el Logos, antes de María, tenía alma humana y existía siempre en ella, aun antes de su venida. Y también cesarán quienes han dicho que la carne no estaba sujeta a la muerte, sino que pertenecía a la naturaleza inmortal. Pues, si no murió, ¿cómo pudo Pablo transmitir a los Corintios "que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras [
    ]"? ¿O cómo resucitó, si tampoco murió? Asimismo, se ruborizarán profundamente quienes han llegado siquiera a concebir la posibilidad de que resultase una cuaternidad en vez de una Trinidad si se dijese que el cuerpo procedía de María. Porque, según razonan ellos, si decimos que el cuerpo es de una misma esencia que el Logos, la Trinidad sigue siendo Trinidad, pues entonces el Logos no introduce en ella ningún elemento extraño; pero, si admitimos que el cuerpo procedente de María es humano, se sigue que, siendo el cuerpo ajeno en esencia y estando el Logos en él, la adición del cuerpo produce una cuaternidad en vez de una Trinidad.

    Carta 59, § 9

    9. Al razonar así, no advierten la contradicción en que se enredan. Porque, aun cuando digan que el cuerpo no procede de María, sino que es consustancial con el Logos, no por ello deja de poder demostrarse, partiendo de sus propias premisas, que esto implica una cuaternidad: precisamente aquello que disimulan para que no se les atribuya su verdadera opinión. Pues, así como el Hijo, según los Padres, es consustancial con el Padre, pero no es el Padre mismo, sino que se le llama consustancial en cuanto Hijo respecto del Padre, así también el cuerpo que ellos llaman consustancial con el Logos no es el Logos mismo, sino una entidad distinta. Y, si es así, según lo que ellos mismos muestran, su Trinidad será una cuaternidad. Pues la Trinidad verdadera, realmente perfecta e indivisible, no admite adición, como sí la admite la Trinidad imaginada por estas personas. ¿Y cómo siguen siendo cristianos quienes imaginan otro Dios además del verdadero? Porque, una vez más, en su otro sofisma puede verse cuán grande es su insensatez. Pues si piensan que, porque las Escrituras contienen y afirman que el cuerpo del Salvador es humano y procede de María, se sustituye una Trinidad por una cuaternidad, como si el cuerpo constituyera una adición, yerran gravemente, hasta el punto de igualar la criatura al Creador y suponer que la Divinidad puede recibir una adición. Y no han advertido que el Logos se hizo carne, no para añadir nada a la Divinidad, sino para que la carne resucitase. Ni procedió el Logos de María para hacerse mejor, sino para rescatar al linaje humano. ¿Cómo pueden pensar, entonces, que el cuerpo, rescatado y vivificado por el Logos, añadió algo en cuanto a Divinidad al Logos que lo vivificó? Porque, al contrario, es al propio cuerpo humano al que le ha sobrevenido una gran adición por la comunión y unión del Logos con él. Pues de mortal se ha hecho inmortal; y, siendo un cuerpo animal, se ha hecho espiritual; y, aunque formado de la tierra, entró por las puertas celestiales. La Trinidad, por tanto, aunque el Logos tomó un cuerpo de María, sigue siendo Trinidad, pues no admite adición ni disminución; antes bien, es siempre perfecta, y en la Trinidad se reconoce una sola Divinidad, y así se predica en la Iglesia un solo Dios, el Padre del Logos.

    Carta 59, § 10

    10. Por esta razón guardarán también silencio de ahora en adelante quienes dijeron en otro tiempo que el nacido de María no es verdaderamente Cristo, ni Señor, ni Dios. Pues, si no era Dios en el cuerpo, ¿cómo es que, al nacer de María, fue llamado al punto "Emanuel, que traducido significa Dios con nosotros [
    ]"? Y, si el Logos no estaba en la carne, ¿por qué escribió Pablo a los Romanos: "De quienes procede Cristo según la carne, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén [
    ]"? Confiesen, pues, incluso quienes antes negaban que el Crucificado fuese Dios, que han errado; porque así se lo mandan las divinas Escrituras, y especialmente Tomás, quien, después de ver en Él la señal de los clavos, exclamó: "¡Señor mío y Dios mío [
    ]!". Pues el Hijo, siendo Dios y Señor de la gloria [
    ], estaba en el cuerpo que fue ignominiosamente clavado y ultrajado; mas el cuerpo, aunque padeció, fue traspasado en el madero y de su costado manaron agua y sangre, estaba lleno de la Divinidad porque era templo del Logos. Por esta razón el sol, al ver padecer a su creador en su cuerpo ultrajado, retiró sus rayos y oscureció la tierra. Pero el cuerpo mismo, siendo de naturaleza mortal, resucitó más allá de lo que correspondía a su naturaleza por causa del Logos que estaba en él; y dejó atrás la corrupción natural y, habiéndose revestido del Logos, que está por encima del hombre, se hizo incorruptible.

    Carta 59, § 11

    11. En cuanto a la fantasía de algunos que dicen que el Logos descendió sobre un hombre determinado, el hijo de María, tal como descendió sobre cada uno de los profetas, es superfluo discutirla, pues su locura lleva manifiestamente consigo su propia condenación. Porque, si vino de ese modo, ¿por qué nació aquel hombre de una virgen, y no, como los demás, de un varón y una mujer? Pues así fue engendrado también cada uno de los santos. ¿O por qué, si el Logos vino de ese modo, no se dice que la muerte de cada uno tuvo lugar por nosotros, sino solo la muerte de este hombre? ¿O por qué, si el Logos habitó entre nosotros en cada uno de los profetas, se dice únicamente del nacido de María que habitó aquí "una vez, en la consumación de los siglos [
    ]"? ¿O por qué, si vino como había venido a los santos de otros tiempos, solo el hijo de María resucitó al tercer día, mientras todos los demás habían muerto sin haber resucitado aún? ¿O por qué, si el Logos vino de igual manera que en los otros casos, solo el hijo de María es llamado Emanuel, como si de ella hubiera nacido un cuerpo lleno de la Divinidad? Pues Emanuel se traduce "Dios con nosotros". ¿O por qué, si vino de ese modo, no se dice, cuando cada uno de los santos comió, bebió, trabajó y murió, que Él —el Logos— comió, bebió, trabajó y murió, sino solo en el caso del hijo de María? Porque se dice que cuanto padeció aquel cuerpo lo padeció el Logos. Y mientras de los demás se nos dice únicamente que nacieron y fueron engendrados, solo del hijo de María se dice que "el Logos se hizo carne".

    Carta 59, § 12

    12. Esto prueba que, mientras el Logos vino a todos los demás para que profetizasen, de María tomó carne el Logos mismo y salió de ella como hombre: por naturaleza y esencia, el Logos de Dios; pero según la carne, hombre del linaje de David, formado de la carne de María, como dijo Pablo. A Él señaló el Padre tanto en el Jordán como en el monte, diciendo: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco". A Él negaron los arrianos; pero nosotros, reconociéndolo, lo adoramos, sin dividir al Hijo y al Logos, sino sabiendo que el Hijo es el Logos mismo, por quien fueron hechas todas las cosas y por quien fuimos redimidos. Y por esta razón nos maravilla que haya surgido entre vosotros contienda alguna acerca de cosas tan claras. Pero gracias al Señor: tanto como nos afligió la lectura de vuestras memorias, así nos alegró su conclusión. Pues se separaron en concordia y acordaron pacíficamente confesar la fe piadosa y ortodoxa. Este hecho me ha movido, tras mucha reflexión, a escribir estas pocas palabras, pues temo que, por mi silencio, este asunto cause pesar en vez de gozo a aquellos cuya concordia es para nosotros motivo de alegría. Ruego, pues, en primer lugar a vuestra piedad y, en segundo, a quienes escuchen, que recibáis de buen grado mi carta; y si algo le falta en materia de piedad, lo corrijáis y me lo hagáis saber. Pero si está escrita, como por alguien poco ejercitado en el discurso, de manera inferior al asunto e imperfecta, que todos disculpen mi flaqueza al expresarme. Saludad a todos los hermanos que están con vosotros. Todos los que están con nosotros os saludan. Que viváis con buena salud en el Señor, amados y verdaderamente anhelados.
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