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    TEXTOS — ATANASIO DE ALEJANDRÍA

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    Cartas de Atanasio

    329–373 · Traducción castellana directa de la edición de Philip Schaff (NPNF)41 minPosición: 0% de esta parteParte 5 de 7 · De la carta 45Publicado el Actualizado el Ref. ESC-ATA-07

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    De la carta 45

    Carta 45, encabezado

    (Para el año 373.)

    Carta 45

    Tomemos todos nuestros sacrificios, cuidando de repartir entre los pobres, y entremos en el lugar santo, como está escrito: "adonde también Jesús, nuestro precursor, entró por nosotros, habiendo obtenido eterna redención"....( De la misma: )... Y esta es una gran prueba de que, siendo antes extranjeros, se nos llama amigos; de que, habiendo sido forasteros, hemos llegado a ser conciudadanos de los santos y somos llamados hijos de la Jerusalén de arriba, de la cual era figura aquella que edificó Salomón. Pues, si Moisés hizo todas las cosas conforme al modelo que se le mostró en el monte, está claro que el culto celebrado en el tabernáculo era figura de los misterios celestiales, en los que el Señor, deseoso de que entrásemos, nos preparó un camino nuevo y perdurable. Y así como todas las cosas antiguas eran figura de las nuevas, también la fiesta presente es figura del gozo de lo alto; y, encaminándonos hacia ese gozo con salmos y cánticos espirituales, comencemos los ayunos.
    Comentario editorial · El último escrito conservado
    Según una nota del NPNF, este fragmento es el último escrito de Atanasio que poseemos. Atanasio murió en Alejandría en 373: el 2 de mayo según Wikipedia; el 2 o el 3 según la tabla cronológica del NPNF, y el 3 según la Historia Acéfala, la crónica latina que el NPNF edita con las cartas.

    Carta 46

    Carta 46, encabezado

    Carta a la Mareótide desde Sárdica, año 343-344 d. C.

    Carta 46

    Atanasio a los presbíteros, diáconos y fieles de la Iglesia católica de la Mareótide, hermanos amados y anhelados: salud en el Señor.
    El santo concilio ha alabado vuestra piedad en Cristo. Todos han reconocido vuestro ánimo y fortaleza en todas las cosas, pues no temisteis las amenazas y, aunque hubisteis de soportar injurias y persecuciones dirigidas contra vuestra piedad, perseverasteis. Vuestras cartas, leídas ante todos, arrancaron lágrimas y suscitaron la compasión de todos. Os amaron aun en vuestra ausencia y tuvieron por propias vuestras persecuciones. Su carta dirigida a vosotros es prueba de su afecto; y aunque habría bastado con incluiros junto con la santa Iglesia de Alejandría, el santo sínodo os ha escrito por separado para alentaros a no ceder a causa de vuestros padecimientos, sino a dar gracias a Dios, porque vuestra paciencia dará buen fruto.
    Antes no era manifiesto el carácter de los herejes. Pero ahora ha quedado revelado y puesto al descubierto ante todos. Pues el santo sínodo ha tenido conocimiento de las calumnias que esos hombres han urdido contra vosotros y las ha aborrecido; y, con el consentimiento de todos, ha depuesto a Teodoro, Valente y Ursacio en Alejandría y la Mareótide. La misma notificación se ha enviado también a las demás Iglesias. Y puesto que ya no es posible soportar la crueldad y la tiranía que han ejercido contra las Iglesias, han sido apartados del episcopado y excluidos de la comunión de todos. En cuanto a Gregorio, ni siquiera quisieron hacer mención de él, pues, dado que ese hombre no ha poseído ni aun el nombre de obispo, juzgaron superfluo nombrarlo. Pero, por consideración a quienes se dejan engañar por él, han mencionado su nombre; no porque les pareciese digno de mención, sino para que los engañados por él reconociesen así su infamia y se avergonzaran del hombre con quien han estado en comunión. Sabréis lo que se ha escrito acerca de ellos por el documento anterior; y aunque no todos los obispos se reunieron para firmarlo, fue redactado por todos, y quienes lo firmaron lo hicieron en nombre de todos. Saludaos unos a otros con ósculo santo. Todos los hermanos os saludan.
    Yo, Protógenes, obispo, deseo que seáis preservados en el Señor, amados y anhelados.
    Yo, Atenodoro, obispo, deseo que seáis preservados en el Señor, hermanos muy amados. [Otras firmas] Juliano, Amonio, Apriano, Marcelo, Geroncio, Porfirio, Zósimo, Asclepio, Apiano, Eulogio, Eugenio, Liodoro (26), Martirio, Eucarpo, Lucio, Caloes. Máximo: por cartas de los galos, deseo que seáis preservados en el Señor, amados míos. Nosotros, Arcidamo y Filóxeno, presbíteros, y León, diácono, de Roma, deseamos que seáis preservados. Yo, Gaudencio, obispo de Naissus, deseo que seáis preservados en el Señor. [También] Florencio de Meria, en Panonia; Amiano (9), de Castellum, en Panonia; Januario de Benevento; Pretextato de Narcidonum, en Panonia; Hiperneris (48) de Hípata, en Tesalia; Casto de Cesaraugusta; Severo de Calcisus, en Tesalia; Juliano de Therae Heptapolis; Lucio de Verona; Eugenio (35) de Hecleal Cycbinae; Zósimo (92) de Lychni Sunosion, en Apulia; Hermógenes de Syceon; Trifo de Magara; Paregorio* de Caspi; Caloes (21) de Castromartis; Ireneo de Syconis; Macedonio de Lypianum; Martirio de Naupacti; Paladio de Dius; Broseo (87) de Lu[g]dunum, en Galia; Ursacio de Brixia; Amancio de Viminacium, por medio del presbítero Máximo; Alejandro de Gypara, en Acaya; Eutiquio de Mothona; Apriano de Petavio, en Panonia; Antígono de Pallene, en Macedonia; Dometio* de Acaria Constantias; Olimpio de Enorodope; Zósimo de Oreomarga; Protasio de Milán; Marcos de Siscia, junto al Sava; Eucarpo de Opûs, en Acaya; Vital* de Vertara, en África; Heliano de Tyrtana; Símforo de Herapythae, en Creta; Mosinio (64) de Heracla; Euciso de Chisamus; Cidonio de Cydonia.
    Comentario editorial · Una carta que solo existe en latín
    La Carta 46 es el escrito con que el concilio de Sárdica (343 o 344, según el encabezado) escribe a los fieles de la Mareótide, la comarca junto a Alejandría, para animarlos y comunicarles la deposición de sus adversarios; cierra con las firmas de los obispos. Según el NPNF, las Cartas 46 y 47 se imprimieron por primera vez desde un manuscrito latino de Verona, junto con la Historia Acéfala; el latín es muy malo y parece traducido del griego por una mano poco hábil. Hefele dudaba de que fueran auténticas; el editor del NPNF dice que sin razón, y que la lista de firmas basta para probar lo contrario.

    Carta 47

    Carta 47, encabezado

    A la Iglesia de Alejandría, con ocasión de los mismos acontecimientos.

    Carta 47

    Atanasio a todos los presbíteros y diáconos de la santa Iglesia católica de Alejandría y la Parembola, hermanos muy amados: salud.
    Al escribiros, debo comenzar mi carta, hermanos muy amados, dando gracias a Cristo. Pero ahora conviene hacerlo de manera especial, pues son muchas y grandes las obras del Señor que merecen nuestra gratitud, y quienes creen en Él no deben mostrarse ingratos ante sus muchos beneficios. Damos gracias, por tanto, al Señor, que siempre nos manifiesta a todos en la fe y que también en esta ocasión ha obrado muchas maravillas en favor de la Iglesia. Pues todos los obispos reunidos han declarado falso y ficticio cuanto han sostenido y difundido los partidarios de la herejía de Eusebio y los herederos de Arrio. Y aquellos mismos hombres que muchos tenían por temibles, como los llamados gigantes, fueron tenidos en nada; y con razón, porque así como las tinieblas quedan iluminadas cuando llega la luz, así también la iniquidad queda al descubierto con la venida de los justos y, cuando están presentes los buenos, se pone de manifiesto lo que nada vale.
    Pues vosotros mismos, amados míos, no ignoráis lo que hicieron los sucesores de la herejía de Eusebio, de nombre tan infausto: Teodoro, Narciso, Valente, Ursacio y, los peores de todos, Jorge, Esteban, Acacio, Menofanto y sus compañeros; porque su insensatez es manifiesta para todos. Tampoco se os ha escapado lo que perpetraron contra las Iglesias. Fuisteis los primeros a quienes agraviaron, y vuestra Iglesia, la primera que intentaron corromper. Pero quienes hicieron tantas y tan graves cosas y eran, como he dicho, temibles a los ojos de todos, han quedado presos de un temor que excede cuanto se pueda imaginar. Pues no solo temieron al sínodo romano y, cuando fueron convocados, se excusaron de acudir, sino que, aun después de llegar a Sárdica, quedaron tan sobrecogidos por su conciencia que, al ver a los jueces, se llenaron de espanto. Así desfalleció su ánimo. En verdad, bien se les podría decir: "Muerte, ¿dónde está tu aguijón? Muerte, ¿dónde está tu victoria?". Porque las cosas no salieron como deseaban: no pudieron dictar sentencia a su antojo ni, esta vez, prevalecer con engaños sobre quienes quisieran. Antes bien, vieron a hombres fieles, celosos de la justicia; más aún, vieron entre ellos a nuestro Señor mismo, como antaño lo vieron los demonios que salían de los sepulcros. Pues, siendo hijos de la mentira, no podían soportar la vista de la verdad. Así, Teodoro, Narciso y Ursacio, con sus amigos, dijeron: "Deteneos. ¿Qué tenemos nosotros que ver con vosotros, hombres de Cristo? Sabemos que sois veraces y tememos quedar convictos; nos resistimos a confesar nuestras calumnias ante vuestro rostro. Nada tenemos que ver con vosotros: vosotros sois cristianos, mientras que nosotros somos enemigos de Cristo; entre vosotros tiene fuerza la verdad, mientras que nosotros hemos aprendido a prevalecer con engaños. Creíamos que nuestras obras estaban ocultas; no pensábamos que habríamos de comparecer ahora a juicio. ¿Por qué descubrís nuestras obras antes de tiempo y, al ponernos al descubierto, nos atormentáis antes del día señalado?". Y aunque son hombres de la peor condición y andan en tinieblas, han aprendido por fin que no hay acuerdo entre la luz y las tinieblas, ni concordia entre Cristo y Belial. Por tanto, hermanos muy amados, como sabían lo que habían hecho y veían a sus víctimas dispuestas a acusarlos y a los testigos ante sus ojos, siguieron el ejemplo de Caín y huyeron como él. Mucho erraron en ello, pues imitaron su huida y así han recibido su condenación. Porque el santo concilio conoce sus obras: ha oído clamar nuestra sangre y ha escuchado de labios de los propios heridos su testimonio. Todos los obispos saben cómo han pecado y cuántas cosas han hecho contra nuestras Iglesias y contra otras; por eso los han expulsado de las Iglesias como a Caín. Pues ¿quién no lloró cuando se leyó vuestra carta? ¿Quién no gimió al ver a quiénes habían desterrado aquellos hombres? ¿Quién no hizo suyas vuestras tribulaciones? Hermanos muy amados, sufristeis en otro tiempo mientras ellos obraban el mal contra vosotros, y quizá no haga mucho que cesó aquella guerra. Ahora, sin embargo, todos los obispos que se reunieron y escucharon cuanto habéis padecido se afligieron y lamentaron tanto como vosotros cuando recibisteis aquellos agravios, y compartieron vuestro dolor de entonces....
    Por estas obras, pues, y por todas las demás que han cometido contra las Iglesias, el santo concilio general los ha depuesto a todos; y no solo los ha juzgado ajenos a la Iglesia, sino que los ha tenido por indignos de llamarse cristianos. Pues ¿cómo pueden llamarse cristianos quienes niegan a Cristo? ¿Y cómo pueden ser admitidos en la Iglesia quienes obran el mal contra las Iglesias? Por ello, el santo concilio ha escrito a las Iglesias de todas partes para que sean señalados ante todos, a fin de que quienes fueron engañados por ellos puedan volver ahora a la plena certidumbre y a la verdad. No desfallezcáis, por tanto, hermanos muy amados; como siervos de Dios y confesores de la fe de Cristo, manteneos firmes en el Señor, y no dejéis que la tribulación os abata ni que os entristezcan las adversidades causadas por los herejes que conspiran contra vosotros. Pues el mundo entero os acompaña en vuestro dolor y, más aún, os tiene presentes a todos. Pienso que quienes fueron engañados por ellos, cuando vean la severa sentencia del concilio, se apartarán de ellos y rechazarán su impiedad. Pero si, aun después de esto, vuelven a alzar la mano, no os asombréis ni temáis aunque se enfurezcan; antes bien, orad y alzad vuestras manos a Dios, seguros de que el Señor no tardará, sino que hará todas las cosas conforme a vuestro deseo. Quisiera escribiros una carta más larga y daros cuenta detallada de lo sucedido; pero, como los presbíteros y diáconos pueden referiros en persona todo cuanto han visto, me he abstenido de escribir mucho. Solo una cosa os encargo, por considerarla necesaria: que, teniendo ante vuestros ojos el temor del Señor, lo pongáis a Él en primer lugar y llevéis a cabo todas las cosas con vuestra acostumbrada concordia, como hombres dotados de sabiduría y entendimiento. Orad por nosotros y tened presentes las necesidades de las viudas, especialmente porque los enemigos de la verdad les han arrebatado lo que les pertenece. Pero que vuestro amor venza la malicia de los herejes. Pues creemos que, en atención a vuestras oraciones, el Señor nos será propicio y me permitirá veros pronto. Entretanto, conoceréis lo tratado en el sínodo por lo que todos los obispos os han escrito, y por la carta adjunta sabréis de la deposición de Teodoro, Narciso, Esteban, Acacio, Jorge, Menofanto, Ursacio y Valente. A Gregorio no quisieron mencionarlo, pues juzgaron superfluo nombrar a un hombre que ni siquiera merecía el nombre de obispo. Con todo, por causa de quienes fueron engañados por él, han mencionado su nombre; no porque fuese digno de mención, sino para que los engañados por él conozcan su infamia y se avergüencen de la clase de hombre con quien han estado en comunión....Ruego que seáis guardados en el Señor, hermanos muy amados y añorados.
    Comentario editorial · Un discurso puesto en boca de los adversarios
    La carta pone en boca de Teodoro, Narciso y Ursacio, ante los jueces de Sárdica, un discurso: «Deteneos. ¿Qué tenemos nosotros que ver con vosotros, hombres de Cristo?». El NPNF recoge la advertencia de Fialon contra quienes tomaron estos coloquios satíricos como un relato fiel de lo que realmente se dijo: conviene leerlos como pieza polémica, no como acta.

    Carta 48

    Carta 48, encabezado

    Carta a Amón. Escrita antes del año 354 d. C.

    Carta 48

    Todas las cosas hechas por Dios son bellas y puras, pues el Logos de Dios nada ha hecho inútil ni impuro. Porque "somos grato olor de Cristo entre los que se salvan [
    ]", como dice el Apóstol. Pero, puesto que los dardos del diablo son variados y sutiles, y él se ingenia para turbar a los de ánimo más sencillo e intenta estorbar los ejercicios habituales de los hermanos, sembrando secretamente entre ellos pensamientos de impureza y contaminación, ven: disipemos brevemente el error del Maligno por la gracia del Salvador y afirmemos el ánimo de los sencillos. Pues "para los puros, todas las cosas son puras", pero en los impuros están manchados tanto la conciencia como cuanto les pertenece [
    ]. Me maravilla también la astucia del diablo, pues, siendo él mismo corrupción y perversidad, sugiere pensamientos bajo apariencia de pureza; mas el resultado es un lazo antes que una prueba. Porque, con el propósito, como antes dije, de apartar a los ascetas de su acostumbrada y saludable meditación, y de dar la impresión de haberlos vencido, suscita pensamientos importunos de esta índole, que de nada aprovechan en la vida: cuestiones vanas y frivolidades que conviene desechar. Pues dime, amigo amado y piadosísimo: ¿qué pecado o impureza hay en una secreción natural, como si a alguien se le ocurriese hacer materia de culpa de lo que sale al limpiarse la nariz o de los esputos de la boca? Y podemos añadir también las evacuaciones del vientre, que son una necesidad física de la vida animal. Además, si creemos que el hombre es, como dicen las divinas Escrituras, obra de las manos de Dios, ¿cómo podría proceder una obra impura de un Poder puro? Y si, según los divinos Hechos de los Apóstoles [
    ], "somos linaje de Dios", nada impuro tenemos en nosotros mismos. Pues solo incurrimos en impureza cuando cometemos pecado, la más inmunda de todas las cosas. Pero cuando alguna excreción del cuerpo se produce sin intervención de la voluntad, la experimentamos, como otras cosas, por necesidad de la naturaleza. Sin embargo, como aquellos cuyo único placer es contradecir lo que se dice rectamente —o, más bien, lo que Dios ha hecho— pervierten incluso una sentencia de los Evangelios, alegando que "no contamina al hombre lo que entra, sino lo que sale [
    ]", nos vemos obligados a poner de manifiesto lo irrazonable de su postura, pues no puedo llamarla una cuestión. En primer lugar, como personas inconstantes, tuercen las Escrituras [
    ] para su propia ignorancia. Ahora bien, el sentido del divino oráculo es el siguiente. Ciertas personas, semejantes a estas de hoy, tenían dudas acerca de los alimentos. El Señor mismo, para disipar su ignorancia, o acaso para poner al descubierto su engaño, establece que no contamina al hombre lo que entra, sino lo que sale. Luego añade con precisión de dónde sale: del corazón. Porque allí, como Él sabe, se hallan los malos tesoros de los pensamientos profanos y de los demás pecados. Pero el Apóstol enseña lo mismo con mayor concisión al decir: "El alimento no nos hará comparecer ante Dios [
    ]". Y bien podría decirse asimismo que ninguna secreción natural nos hará comparecer ante Él para ser castigados. Pero quizá los médicos —para vergüenza de estos hombres, aun por boca de quienes nos son ajenos— nos den la razón en este punto, diciendo que al cuerpo animal se le han dispuesto ciertos conductos necesarios para expulsar lo superfluo que se segrega en sus diversas partes: por ejemplo, para lo superfluo de la cabeza, el cabello y los humores acuosos que de ella fluyen; también las evacuaciones del vientre y, a su vez, lo superfluo de los conductos seminales. ¿Qué pecado hay, pues, en nombre de Dios, anciano muy amado de Dios, en que el Señor que hizo el cuerpo haya querido y dispuesto que estas partes tengan tales conductos? Pero, puesto que debemos hacer frente a las objeciones de los malvados, que acaso digan: "Si cada uno de los órganos ha sido formado por el Creador, no hay pecado en darles el uso que les es propio", atajémoslos con esta pregunta: ¿Qué entendéis por uso? ¿Aquel uso legítimo que Dios permitió cuando dijo: "Creced y multiplicaos, y llenad la tierra [
    ]", y que el Apóstol aprueba con estas palabras: "Honroso es el matrimonio y el lecho sin mancilla [
    ]"? ¿O aquel uso que, aunque público, se practica a escondidas y de manera adúltera? Pues también en las demás cosas que integran la vida hallaremos diferencias según las circunstancias. Por ejemplo, no es lícito matar; sin embargo, en la guerra es lícito y digno de alabanza destruir al enemigo. Por ello, no solo se juzga merecedores de grandes honores a quienes se han distinguido en el campo de batalla, sino que se levantan monumentos que proclaman sus hazañas. Así, un mismo acto es ilícito en un momento y bajo ciertas circunstancias, mientras que en otras, y en el momento oportuno, es lícito y permitido. El mismo razonamiento se aplica a la unión de los sexos. Bienaventurado quien, unido libremente en su juventud, engendra hijos conforme a la naturaleza. Pero si usa de la naturaleza con desenfreno, a los fornicarios y adúlteros les aguarda el castigo del que escribe el Apóstol [
    ].
    Pues hay dos caminos en la vida por lo que atañe a estas cosas. Uno es el más moderado y ordinario, quiero decir, el matrimonio; el otro, angélico e insuperable, a saber, la virginidad. Ahora bien, si un hombre escoge el camino común, esto es, el matrimonio, ciertamente no merece reproche; pero no recibirá dones tan grandes como el otro. Recibirá, con todo, su recompensa, pues también él da fruto: el treinta por uno. Pero si un hombre abraza el camino santo y ajeno a este mundo, aunque sea áspero y difícil de recorrer en comparación con el primero, obtiene dones más admirables, pues produce el fruto perfecto: el ciento por uno. Así pues, esas objeciones impuras y perversas recibieron hace mucho en las divinas Escrituras la respuesta que les corresponde. Fortalece, pues, padre, a los rebaños que tienes a tu cargo: exhórtalos con los escritos apostólicos, guíalos con los evangélicos, aconséjalos con los Salmos y di: "Vivifícame conforme a tu Palabra"; mas por "tu Palabra" se entiende que debemos servirle con corazón puro. Pues el Profeta, sabiéndolo, dice, como si se explicase a sí mismo: "Hazme un corazón limpio, oh Dios", para que no me turben pensamientos inmundos. Y David dice también: "Y afiánzame con tu espíritu libre", para que, si alguna vez me perturban los pensamientos, una fuerza poderosa que procede de ti me afiance y me sirva de sostén. Dando, pues, estos y otros consejos semejantes, di acerca de los que son tardos en obedecer a la verdad: "Enseñaré tus caminos a los impíos"; y, confiando en el Señor en que los persuadirás a abandonar tal maldad, canta: "Y los pecadores se convertirán a ti". Sea concedido que quienes suscitan cuestiones maliciosas cesen en tan vano empeño y que quienes dudan por su sencillez sean fortalecidos con un "espíritu libre"; y cuantos de vosotros conocéis con certeza la verdad, conservadla íntegra e inconmovible en Cristo Jesús, nuestro Señor, con quien sean al Padre la gloria y el poder, juntamente con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
    Comentario editorial · Una pregunta de monjes y la respuesta de Atanasio
    El NPNF supone que Amún es el monje de Nitria y destaca esta carta como una de las fuentes más importantes sobre el monacato egipcio. Responde a un escrúpulo: si una secreción involuntaria del cuerpo vuelve impuro a quien se ha consagrado a la ascesis. Atanasio sostiene que lo natural no es impureza: «solo incurrimos en impureza cuando cometemos pecado». Al comienzo distingue «dos caminos en la vida», el matrimonio, «más moderado y ordinario», y la virginidad, «angélico e insuperable»; según el NPNF, la carta expone con claridad su opinión sobre el valor relativo del estado célibe y del casado. El encabezado la sitúa antes de 354.

    Carta 49

    Carta 49, encabezado

    Carta a Draconcio. Escrita en el año 354 o 355 d. C.
    Comentario editorial · Draconcio y la sede que no quería
    Draconcio había sido elegido obispo y se había retirado para no aceptar la sede; Atanasio le escribe para que vuelva antes de la Pascua. Según el NPNF, Draconcio era obispo de Hermúpolis Parva, en el nomo de Alejandría; la carta se escribió a comienzos de 354 o de 355, después de la misión de Serapión ante Constancio (353), y es una de las más notables de Atanasio. Draconcio fue uno de los obispos expulsados de sus sedes en 356–357, con destierro en el desierto cerca de Clisma, y aparece en 362 en el concilio de Alejandría: el Tomo a los antioquenos cita a un «Draconcio, de Hermúpolis Menor» entre los firmantes.

    Carta 49, § 1

    No sé cómo escribirte. ¿He de reprocharte tu negativa? ¿O que, atendiendo a las pruebas que nos afligen, te hayas escondido por temor a los judíos? En cualquier caso, y sea como fuere, lo que has hecho merece reproche, amado Draconcio. Pues no convenía que, después de recibir la gracia, te escondieses, ni que, siendo hombre prudente, dieras a otros un pretexto para huir. Porque muchos se escandalizan al oírlo; y no solo porque lo hayas hecho, sino porque lo hayas hecho en consideración a los tiempos y a las aflicciones que pesan sobre la Iglesia. Y temo que, al huir por tu propio bien, te halles en peligro a los ojos del Señor por causa de otros. Pues si "quien escandalice a uno de estos pequeños debería preferir que le colgasen al cuello una piedra de molino y lo hundiesen en lo profundo del mar [
    ]", ¿qué podrá aguardarte si resultas ser ocasión de escándalo para tantos? Porque la sorprendente unanimidad con que fuiste elegido en la región de Alejandría se romperá necesariamente con tu retirada; y muchos aspirarán al episcopado de esa región, entre ellos muchas personas indignas, como bien sabes. Y muchos paganos que, con motivo de tu elección, prometían hacerse cristianos seguirán siendo paganos si tu piedad tiene en nada la gracia que te ha sido dada.

    Carta 49, § 2

    2. ¿Qué defensa ofrecerás de semejante conducta? ¿Con qué argumentos podrás lavar y borrar tal acusación? ¿Cómo sanarás a quienes por tu causa han caído y se han escandalizado? ¿O cómo podrás restablecer la paz quebrantada? Amado Draconcio, nos has causado tristeza en lugar de gozo, gemidos en lugar de consuelo. Pues esperábamos tenerte entre nosotros como consuelo; y ahora te vemos huir, y vemos que serás hallado culpable en el juicio y que, cuando seas juzgado, te arrepentirás. Y "¿quién tendrá compasión de ti [
    ]?", como dice el profeta; ¿quién volverá hacia ti su ánimo para hacer las paces, cuando vea perjudicados por tu huida a los hermanos por quienes murió Cristo? Porque has de saber, y no ponerlo en duda, que antes de tu elección vivías para ti mismo, pero después de ella vives para tu rebaño. Y antes de recibir la gracia del episcopado nadie te conocía; pero, una vez hecho obispo, los fieles esperan que les procures alimento, esto es, enseñanza de las Escrituras. Cuando ellos aguarden, pues, y padezcan hambre, mientras tú te apacientas [
    ] solo a ti mismo, y venga nuestro Señor Jesucristo y comparezcamos ante Él, ¿qué defensa ofrecerás cuando vea hambrientas a sus propias ovejas? Porque, si no hubieras recibido el dinero, no te habría censurado. Pero con razón lo haría si, después de recibirlo, cavaras un hoyo y lo enterraras, con estas palabras que Dios no permita que tu piedad oiga jamás: "Debías haber entregado mi dinero a los banqueros, para que, al venir yo, pudiera reclamárselo".

    Carta 49, § 3

    3. Te ruego que tengas consideración de ti mismo y de nosotros: de ti mismo, para que no corras peligro; de nosotros, para que no nos aflijas. Piensa en la Iglesia, no sea que muchos de los pequeños sufran daño por tu causa y se dé a los demás ocasión de apartarse. Pero si temías los tiempos que corren y obraste como lo hiciste por timidez, no muestras ánimo viril; pues, en tal caso, deberías manifestar celo por Cristo, afrontar más bien las circunstancias con valentía y decir con el bienaventurado Pablo: "En todas estas cosas somos más que vencedores [
    ]"; tanto más cuanto que debemos servir, no al tiempo, sino al Señor. Mas si te desagrada ordenar las iglesias y no crees que el ministerio del episcopado tenga su recompensa, entonces has llegado a menospreciar al Salvador que dispuso estas cosas. Te ruego que deseches tales pensamientos y no toleres a quienes así te aconsejan, pues eso no es digno de Draconcio. Porque el orden que el Señor estableció por medio de los apóstoles permanece hermoso y firme; pero la cobardía de los hermanos cesará.

    Carta 49, § 4

    4. Pues si todos pensaran como quienes ahora te aconsejan, ¿cómo habrías llegado tú a ser cristiano, no habiendo obispos? O si nuestros sucesores han de heredar tal modo de pensar, ¿cómo podrán mantenerse unidas las iglesias? ¿Acaso tus consejeros creen que no has recibido nada, y por eso lo desprecian? Si así es, ciertamente se equivocan. Pues entonces habrían de pensar que la gracia de la pila bautismal no es nada, si hay quienes la desprecian. Pero tú la has recibido, amado Draconcio; no toleres a tus consejeros ni te engañes a ti mismo. Porque el Dios que te la dio te pedirá cuenta de ella. ¿No has oído decir al apóstol: "No descuides el don que hay en ti [
    ]"? ¿O no has leído cómo acogió al hombre que había duplicado su dinero, mientras condenó al que lo había escondido? Ojalá regreses pronto, para que tú también seas contado entre los que reciben alabanza. O dime: ¿a quién quieren tus consejeros que imites? Pues debemos andar conforme al ejemplo de los santos y de los padres e imitarlos, y tener por cierto que, si nos apartamos de ellos, nos excluimos también de su comunión. ¿A quién, pues, quieren que imites? ¿Al que vaciló y, aunque deseaba seguirlo, demoró su decisión para consultar con su familia [Lucas 2:61], o al bienaventurado Pablo, quien, apenas le fue confiada la administración, "no consultó en seguida con carne y sangre [
    ]"? Pues aunque dijo: "No soy digno de ser llamado apóstol [
    ]", conociendo lo que había recibido y no ignorando quién se lo había dado, escribió: "¡Ay de mí si no predico el Evangelio!". Pero, así como sería "ay de mí" si no predicase, al enseñar y predicar el Evangelio tenía a sus conversos por gozo y corona. [
    ] Esto explica por qué el santo se afanó en predicar hasta Iliria, y no rehuyó proseguir hasta Roma [
    ], ni aun llegar hasta las Hispanias, para que, cuanto más trabajase, tanto mayor recompensa recibiera por su labor. Por eso se gloriaba de haber peleado la buena batalla y confiaba en recibir la gran corona. [
    ] Así pues, amado Draconcio, ¿a quién imitas con tu conducta presente? ¿A Pablo, o a hombres que no se parecen a él? Por mi parte, ruego que tú y yo seamos imitadores de todos los santos.
    Comentario editorial · Una referencia que no existe: «Lucas 2:61»
    Este pasaje cita «Lucas 2:61» para quien «demoró su decisión para consultar con su familia». Lucas 2 tiene 52 versículos, así que esa referencia no existe: es probablemente un error de la fuente (la nota del NPNF repite «Luke ii. 61»). Por el contexto, quizá se piensa en Lucas 9:61, donde alguien dice que seguirá al Señor pero pide primero despedirse de los de su casa; la identificación es del editor. El texto se conserva como llega y la referencia queda sin tooltip.

    Carta 49, § 5

    5. O quizá haya quienes te aconsejan esconderte porque has dado tu palabra bajo juramento de no aceptar el cargo si eras elegido. Pues oigo que te susurran esto al oído y creen obrar así en conciencia. Pero, si de veras obraran en conciencia, habrían temido ante todo a Dios, que te impuso este ministerio. O, si hubieran leído las divinas Escrituras, no te habrían aconsejado algo contrario a ellas. Porque entonces también tendrían que censurar a Jeremías y acusar al gran Moisés por no haber seguido su consejo, sino que, temiendo a Dios, cumplieron su ministerio y alcanzaron la perfección profetizando. Pues también ellos, al recibir su misión y la gracia de la profecía, se negaron. Pero después sintieron temor y no tuvieron en nada a quien los enviaba. Así pues, aunque seas tartamudo y torpe de lengua, teme al Dios que te hizo; o, si te dices demasiado joven para predicar, reverencia a quien te conoció antes de que fueras formado. Y si has dado tu palabra —pues la palabra de aquellos santos era como un juramento—, lee, con todo, cómo Jeremías había dicho también: "No nombraré el nombre del Señor [
    ]"; pero después temió el fuego encendido en su interior y no hizo lo que había dicho ni se escondió como si estuviera obligado por un juramento, sino que reverenció a quien le había confiado su oficio y cumplió la vocación profética. ¿O ignoras, amado, que también Jonás huyó, pero sufrió lo que le aconteció, tras lo cual regresó y profetizó?

    Carta 49, § 6

    6. No acojas, pues, consejos contrarios a esto. Porque el Señor conoce nuestra situación mejor que nosotros mismos, y sabe a quién confía sus iglesias. Pues, aun cuando un hombre no sea digno, no mire a su vida pasada, sino que cumpla su ministerio, no sea que, además de sus faltas, incurra en la culpa de negligencia. Te pregunto, amado Draconcio: sabiendo esto y siendo hombre prudente, ¿no sientes punzadas en el alma? ¿No te angustia que pueda perecer alguno de los que te han sido confiados? ¿No ardes como con un fuego en tu conciencia? ¿No temes el día del juicio, en el cual ninguno de los que ahora te aconsejan estará allí para ayudarte? Porque cada cual dará cuenta de los que han sido puestos en sus manos. Pues ¿de qué le valió su excusa al hombre que escondió el dinero? ¿O de qué le valió a Adán decir: "La mujer me engañó [
    ]"? Amado Draconcio, aunque en verdad seas débil, debes asumir el cargo, no sea que, al quedar la Iglesia desatendida, sus enemigos aprovechen tu huida para dañarla. Debes ceñirte para la lucha, a fin de no dejarnos solos en ella; debes trabajar con nosotros, para recibir también con todos la recompensa.

    Carta 49, § 7

    7. Date prisa, pues, amado, y no tardes más ni hagas caso de quienes quisieran impedírtelo; antes bien, acuérdate de quien te ha dado la gracia y ven acá, a nosotros que te amamos y te aconsejamos conforme a las Escrituras, para que seamos nosotros mismos quienes te establezcamos en tu cargo y para que, mientras ejerzas tu ministerio en las iglesias, te acuerdes de nosotros. Pues no eres el único elegido de entre los monjes, ni el único que ha presidido un monasterio o que ha sido amado por los monjes. Sabes, por el contrario, que Serapión no solo fue monje, sino que presidió aquella comunidad de monjes; no ignoras de cuántos monjes fue padre Apolo; conoces a Agatón y no desconoces a Aristón. Recuerdas a Amonio, que salió de su tierra con Serapión. Tal vez hayas oído también hablar de Muitus, en la Tebaida superior, y puedas informarte acerca de Pablo, en Latópolis, y de muchos otros. Y, sin embargo, estos, cuando fueron elegidos, no se opusieron; sino que, tomando por ejemplo a Eliseo, conociendo la historia de Elías y habiendo aprendido cuanto se refiere a los discípulos y los apóstoles, acometieron el cargo, no menospreciaron el ministerio ni desmerecieron de lo que antes eran, sino que, antes bien, esperaron la recompensa de su labor, progresando ellos mismos y guiando a otros hacia adelante. Pues ¿a cuántos apartaron de los ídolos? ¿A cuántos hicieron cesar, con sus advertencias, en su trato familiar con los demonios? ¿A cuántos siervos condujeron al Señor, de suerte que quienes veían tales maravillas quedaban admirados? ¿O no es gran maravilla lograr que una doncella viva como virgen, que un joven viva en continencia y que un idólatra llegue a conocer a Cristo?

    Carta 49, § 8

    8. No permitas, pues, que los monjes te detengan, como si tú solo hubieras sido elegido de entre ellos; ni te excuses diciendo que empeorarás. Porque hasta puedes hacerte mejor si imitas a Pablo y sigues los hechos de los santos. Pues sabes que hombres como ellos, al ser constituidos administradores de los misterios, avanzaron con tanto mayor empeño hacia la meta del supremo llamamiento. [
    ] ¿Cuándo sufrió Pablo el martirio y esperó recibir su corona, sino después de haber sido enviado a enseñar? ¿Cuándo hizo Pedro su confesión, sino cuando predicaba el Evangelio y se había convertido en pescador de hombres [
    ]? ¿Cuándo fue arrebatado Elías, sino después de concluir su carrera profética? ¿Cuándo recibió Eliseo una doble porción del Espíritu, sino después de dejarlo todo para seguir a Elías? ¿O por qué escogió discípulos el Salvador, sino para enviarlos como apóstoles?

    Carta 49, § 9

    9. Tómalos, pues, por ejemplo, amado Draconcio, y no digas, ni creas a quienes dicen, que el oficio de obispo es ocasión de pecado o que da lugar a tentaciones de pecar. Porque también como obispo puedes padecer hambre y sed [
    ], como las padeció Pablo. Puedes abstenerte de vino, como Timoteo [
    ], y ayunar también sin cesar, como Pablo [
    ], para que, ayunando así a ejemplo suyo, alimentes a otros con tus palabras y, mientras padeces sed por falta de bebida, des de beber a otros mediante la enseñanza. No aduzcan, pues, tales cosas tus consejeros. Porque conocemos obispos que ayunan y monjes que comen. Conocemos obispos que no beben vino, así como monjes que sí lo beben. Conocemos obispos que obran prodigios, así como monjes que no los obran. Muchos de los obispos ni siquiera se han casado, mientras que ha habido monjes que han sido padres de hijos; del mismo modo que, a la inversa, conocemos obispos que son padres de hijos y monjes "de la más cumplida observancia". Y, asimismo, conocemos clérigos que padecen hambre y monjes que ayunan. Porque esto último es posible, y aquello primero no está prohibido. Pero que cada cual, esté donde esté, se esfuerce con ahínco; pues la corona se concede no según el puesto que se ocupa, sino según las obras.

    Carta 49, § 10

    10. No escuches, pues, a quienes te dan consejos contrarios. Antes bien, apresúrate y no tardes, tanto más cuanto que se acerca la santa festividad; no sea que los fieles celebren la fiesta sin ti y atraigas sobre ti un gran peligro. Pues ¿quién les predicará en tu ausencia el sermón de Pascua? ¿Quién les anunciará el gran día de la Resurrección, si tú estás escondido? ¿Quién les aconsejará celebrar dignamente la fiesta, si tú huyes? ¡Ah, cuántos se harán mejores si apareces, cuántos sufrirán daño si huyes! ¿Y quién pensará bien de ti por ello? ¿Y por qué te aconsejan que no asumas el oficio de obispo, cuando ellos mismos desean tener presbíteros? Pues, si eres malo, que no se relacionen contigo. Pero, si saben que eres bueno, que no envidien a los demás. Porque si, como dicen, enseñar y gobernar es ocasión de pecado, que no reciban ellos mismos enseñanza ni tengan presbíteros, no sea que empeoren tanto ellos como quienes los enseñan. Pero no prestes atención a esos dichos humanos ni hagas caso de quienes dan tales consejos, como ya he dicho muchas veces. Antes bien, date prisa y vuélvete al Señor, para que, cuidando de sus ovejas, te acuerdes también de nosotros. Con este fin he mandado ir a nuestros amados Hierax, el presbítero, y Máximo, el lector, para que te exhorten también de viva voz, y así puedas conocer tanto los sentimientos con que te he escrito como el peligro que resulta de oponerse a lo dispuesto por la Iglesia.

    Carta 50

    Carta 50, encabezado

    Primera carta a Lucifer.

    Carta 50

    A nuestro señor y muy amado hermano Lucifer, obispo y confesor. Atanasio, salud en el Señor.
    Hallándonos bien de salud por la gracia de Dios, hemos enviado ahora a nuestro muy amado diácono Eutiques, para que vuestra piadosísima santidad tenga a bien darnos noticias, como tanto deseamos, de vuestro bienestar y del de quienes están con vos. Pues creemos que por la vida de vosotros, confesores y siervos de Dios, se renueva la Iglesia católica; y que aquello que los herejes han intentado despedazar, nuestro Señor Jesucristo lo restituye íntegro por medio de vosotros.
    Pues aunque los precursores del Anticristo, valiéndose del poder de este mundo, han hecho cuanto han podido por apagar la lámpara de la verdad, la Divinidad, mediante vuestra confesión de fe, hace brillar su luz con tanta mayor claridad, de suerte que nadie puede dejar de advertir el engaño de aquellos. Antes quizá podían disimular; ahora se los llama anticristos. Pues ¿quién no los aborrece y huye de su comunión como de una infección o del veneno de una serpiente? La Iglesia entera llora por doquier, gime cada ciudad, ancianos obispos padecen el destierro, y los herejes disimulan: mientras niegan a Cristo, se han hecho publicanos, se sientan en las iglesias y cobran tributos. ¡Oh, nuevo género de hombres y de persecución que ha maquinado el diablo: ejercer semejante crueldad y servirse incluso de ministros como instrumentos del mal! Mas, aunque obran así y han llegado a los mayores extremos de soberbia y blasfemia, vuestra confesión de fe, vuestra piedad y vuestra sabiduría serán el mayor consuelo y alivio para los hermanos. Pues se nos ha dicho que vuestra santidad ha escrito a Constancio Augusto; y cada vez nos maravilla más que, viviendo como entre escorpiones, conservéis, sin embargo, la libertad de espíritu para conducir a la luz de la verdad, mediante el consejo, la enseñanza o la corrección, a quienes están en el error. Os pido, pues, y todos los confesores se unen a mi petición, que tengáis a bien enviarnos una copia, para que todos puedan conocer, no solo de oídas, sino por vuestra propia carta, el valor de vuestro espíritu y la confianza y firmeza de vuestra fe. Los que están conmigo saludan a vuestra santidad. Saludo yo a todos los que están con vos. Que la Divinidad os conserve siempre sano y salvo y no permita que nos olvidéis, señor muy amado y verdadero hombre de Dios.
    Al recibir esta carta, el bienaventurado Lucifer envió los libros que había dirigido a Constancio; y, después de leerlos, Atanasio envió la Carta 51.
    Comentario editorial · Lucífero y las cartas que solo se conservan en latín
    Las Cartas 50 y 51 van a Lucífero de Cagliari, desterrado por Constancio tras el concilio de Milán: según el NPNF, primero a Germanicia, luego a Eleuterópolis, en Palestina, y por último a la Tebaida. Solo existen en latín, probablemente traducido del griego; Bright dudaba de su autenticidad y el NPNF la defiende, y las fecha hacia 359. La 51 dice que Atanasio hubo de retirarse lejos y que sus enemigos buscaron a los ermitaños. Lo que ocurrió con Lucífero en 362 se cuenta en la nota sobre los destinatarios del Tomo a los antioquenos.

    Carta 51

    Carta 51, encabezado

    Segunda carta a Lucifer.

    Carta 51

    Al gloriosísimo señor y compañero en el episcopado Lucifer, justamente tan querido y anhelado, Atanasio le desea salud en el Señor.
    Aunque creo que también han llegado a vuestra santidad noticias de la persecución que los enemigos de Cristo acaban de intentar levantar, buscando nuestra sangre, nuestros amadísimos mensajeros podrán dar cuenta de ella a vuestra piedad. Pues hasta tal extremo se atrevieron a llevar su locura con ayuda de los soldados, que no solo desterraron al clero de la ciudad, sino que salieron también en busca de los ermitaños y pusieron sus manos mortíferas sobre los solitarios. Por eso me retiré lejos, para que quienes me daban acogida no padeciesen molestias a manos de ellos. Pues ¿a quién perdonan los arrianos, que ni siquiera han perdonado sus propias almas? ¿O cómo habrían de abandonar sus infames acciones mientras persistan en negar que Cristo nuestro Señor es el Hijo único de Dios? Esta es la raíz de su maldad; sobre este cimiento de arena edifican la perversidad de sus caminos, según hallamos escrito en el salmo decimotercero: "Dice el necio en su corazón: No hay Dios"; y enseguida sigue: "Se han corrompido y se han hecho abominables en sus obras". Por eso los judíos, que negaron al Hijo de Dios, merecieron ser llamados "nación pecadora, pueblo cargado de iniquidad, linaje de malhechores, hijos sin ley [
    ]". ¿Por qué "sin ley"? Porque habéis abandonado al Señor. Y así el bienaventurado Pablo, cuando había comenzado no solo a creer en el Hijo de Dios, sino también a predicar su divinidad, escribió: "Nada me reprocha mi conciencia [
    ]". Por tanto, también nosotros, conforme a vuestra confesión de fe, deseamos guardar la tradición apostólica y vivir según los mandamientos de la ley divina, para ser hallados junto con vos en aquella asamblea donde ahora se regocijan los patriarcas, los profetas, los apóstoles y los mártires. Así pues, aunque la locura arriana, auxiliada por el poder terrenal, obró con tal furia que nuestros hermanos ni siquiera podían salir libremente al aire libre, por la gracia de Dios y conforme a vuestras oraciones he podido, no sin dificultades y peligros, ver al hermano que acostumbra traerme lo necesario y las cartas de vuestra santidad, junto con las de otros. Hemos recibido, pues, los libros de vuestra alma sapientísima y religiosa, en los cuales hemos visto el semblante de un apóstol, la confianza de un profeta, la enseñanza de la verdad, la doctrina de la recta fe, el camino del cielo, la gloria del martirio, los triunfos sobre la herejía arriana, la tradición íntegra de nuestros Padres y la recta norma del orden de la Iglesia. ¡Oh, verdadero Lucifer, que, conforme a vuestro nombre, traéis la luz de la verdad y la habéis puesto sobre un candelero para alumbrar a todos! Pues ¿quién, fuera de los arrianos, no ve claramente en vuestra enseñanza la fe verdadera y la mácula de los arrianos? Con fuerza y admirable acierto, como quien separa la luz de las tinieblas, habéis separado la verdad de la sutileza y falsedad de los herejes, defendido a la Iglesia católica, demostrado que los argumentos de los arrianos no son sino una suerte de delirio y enseñado que deben despreciarse los rechinamientos diabólicos de dientes. ¡Cuán buenas y bienvenidas son vuestras exhortaciones al martirio; cuán deseable habéis mostrado que es morir por Cristo, el Hijo del Dios vivo! ¡Qué amor habéis mostrado por el mundo venidero y por la vida celestial! Parecéis ser verdadero templo del Salvador, que mora en vos y pronuncia por vuestra boca estas mismas palabras, y que ha concedido tal gracia a vuestros discursos. Amado como ya erais entre todos, se ha asentado ahora en el ánimo de todos un afecto tan ardiente hacia vos que os llaman el Elías de nuestros tiempos; y no es de extrañar. Pues si quienes parecen agradar a Dios son llamados hijos de Dios, mucho más justo es dar ese nombre a los compañeros de los profetas, es decir, a los confesores, y especialmente a vos. Creedme, Lucifer: no sois vos solo quien ha dicho estas cosas, sino el Espíritu Santo con vos. ¿De dónde procede tan grande memoria de las Escrituras? ¿De dónde, una inteligencia y comprensión tan íntegras de ellas? ¿De dónde se ha formado tal orden en el discurso? ¿De dónde recibisteis tales exhortaciones al camino del cielo, de dónde tal confianza frente al diablo y tales pruebas contra los herejes, si no fuese porque el Espíritu Santo mora en vos? Regocijaos, pues, al ver que ya os encontráis allí donde están también vuestros predecesores, los mártires, esto es, entre la multitud de los ángeles. También nosotros nos regocijamos de teneros por ejemplo de valentía, paciencia y libertad. Pues me da rubor decir nada de lo que habéis escrito acerca de mi nombre, no sea que parezca un adulador. Pero sé y creo que el Señor mismo, que ha revelado todo conocimiento a vuestro espíritu santo y religioso, os recompensará también por este trabajo con una recompensa en el reino de los cielos. Siendo, pues, tal hombre, pedimos al Señor en oración que roguéis por nosotros, para que Él, en su misericordia, se digne ahora volver los ojos hacia la Iglesia católica y librar a todos sus siervos de las manos de los perseguidores; a fin de que también cuantos han caído por temor a lo pasajero puedan al fin levantarse y volver al camino de la justicia, del cual se han desviado y por el que andan errantes, pobres gentes, sin saber en qué abismo se hallan. En particular os pido que, si he dicho algo desacertado, tengáis a bien pasarlo por alto, pues mi impericia no ha sabido extraer de tan grande fuente cuanto habría podido. En cuanto a nuestros hermanos, os pido asimismo que disculpéis que no haya podido verlos. Pues la verdad misma me es testigo de que deseaba y anhelaba conseguirlo, y de que me afligió mucho no poder hacerlo. Mis ojos no cesaban de derramar lágrimas, ni mi espíritu de gemir, porque no se nos permite siquiera ver a los hermanos. Pero Dios me es testigo de que, a causa de la persecución que ejercen, no he podido ver ni aun a mis propios padres. Pues ¿qué hay que los arrianos dejen de hacer? Vigilan los caminos, observan a quienes entran en la ciudad y salen de ella, registran las embarcaciones, recorren los desiertos, revuelven las casas, hostigan a los hermanos y perturban a todos. Pero gracias sean dadas a Dios: al obrar así, se atraen cada vez más la execración de todos y llegan a ser conocidos verdaderamente por lo que vuestra santidad los ha llamado: esclavos del Anticristo. Y esos desdichados, odiados como son, persisten en su malicia hasta que sean condenados a la muerte de su antepasado Faraón. Los que están conmigo saludan a vuestra piedad. Os ruego que saludéis a quienes están con vos. Que la gracia divina de Dios os guarde, siempre bendito y sin olvidaros de nosotros, dignamente llamado hombre de Dios, siervo de Cristo, compañero de los apóstoles, consuelo de los hermanos, maestro de la verdad y, en todas las cosas, sumamente anhelado.
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