4. También hará bien el hombre en no escandalizarse por el testimonio de El Pastor, que dice al comienzo de su libro: "Ante todas las cosas, cree que hay un solo Dios, que creó y estableció todas estas cosas, y que de la inexistencia las llamó al ser". Y, además, los bienaventurados evangelistas, que consignaron las palabras del Señor, escribieron al comienzo de los Evangelios lo concerniente a nuestro Salvador; para que, habiendo dado a conocer primero al Señor, el Creador, fuesen creídos cuando narrasen los hechos que tuvieron lugar. Pues ¿cómo se les habría creído al escribir acerca de aquel que era ciego desde el vientre de su madre, y de los otros ciegos que recobraron la vista, y de los que resucitaron de entre los muertos, y de la conversión del agua en vino, y de los leprosos que quedaron limpios, si no hubiesen enseñado que Él era el Creador, escribiendo: "En el principio era el Logos [
]"? ¿O, según Mateo, que aquel que nació de la estirpe de David era Emanuel y el Hijo del Dios vivo? De Él apartan el rostro los judíos, junto con los arrianos; nosotros, en cambio, lo reconocemos y adoramos. Por ello, el apóstol, como convenía, escribió a distintas personas, pero a su propio hijo le recordó especialmente "que no desdeñase aquello en lo que él lo había instruido", y le ordenó: "Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, de la estirpe de David, según mi Evangelio". Y, al hablar de estas cosas que le habían sido transmitidas para que las tuviese siempre presentes, le escribe enseguida: "Medita en estas cosas; ocúpate en ellas [
]". Pues la meditación constante y el recuerdo de las palabras divinas fortalecen la piedad para con Dios y engendran un amor hacia Él inseparable y no meramente exterior; así, con este sentir, habla de sí mismo y de quienes comparten su disposición, diciendo con audacia: "¿Quién nos separará del amor de Dios [
]?". Porque tales hombres, afianzados en el Señor, firmes en su disposición hacia Él y hechos un solo espíritu —pues [
] "el que se une al Espíritu, un espíritu es"—, están seguros "como el monte Sion". Y aunque diez mil pruebas se alcen furiosas contra ellos, están cimentados sobre una roca, que es Cristo. En Él no hallan deleite los negligentes; y, al carecer de un propósito perseverante en el bien, se dejan mancillar por los embates pasajeros y nada estiman más que las cosas presentes, siendo inconstantes y dignos de reprensión en lo tocante a la fe. Pues "o los afanes de este mundo o el engaño de las riquezas los ahogan [
]"; o bien, como dijo Jesús en la parábola que a ellos se refería, puesto que no han arraigado la fe que se les predicó, sino que perseveran solo por un tiempo, enseguida, cuando sobreviene la persecución o la aflicción por causa de la palabra, tropiezan. Ahora bien, de quienes meditan el mal decimos que no piensan en la verdad, sino en la falsedad; ni en la justicia, sino en la iniquidad, pues su lengua aprende a decir mentiras. Han obrado el mal y no han cesado para arrepentirse. Pues, perseverando con deleite en las malas obras, se precipitan hacia ellas sin volverse atrás, pisoteando incluso el mandamiento relativo al prójimo y, en vez de amarlo, maquinando contra él el mal, según atestigua el santo cuando dice: "Los que buscan mi mal han hablado vanidad y han imaginado engaños todo el día". Pero que la causa de semejante meditación no es otra que la falta de instrucción, ya lo declaró el proverbio divino: "El hijo que abandona el mandamiento de su padre medita palabras malas". Y porque tal meditación es mala, el Espíritu Santo la censura con estas palabras, y también la reprueba en otros términos, diciendo: "Vuestras manos están manchadas de sangre, vuestros dedos de pecados; vuestros labios han hablado iniquidad y vuestra lengua imagina maldad; nadie habla con rectitud ni hay juicio verdadero [
]". Pero cuál sea el fin de tan perversas imaginaciones lo declara inmediatamente: "Confían en vanidades y hablan falsedad; conciben maldad y dan a luz iniquidad. Han incubado huevos de áspid y tejido telas de araña; quien se dispone a comer de sus huevos, al romperlos encuentra hiel y dentro una víbora". Y ya había anunciado también cuál es la esperanza de tales hombres: "Porque la justicia no los alcanza, cuando esperaban luz tuvieron tinieblas; cuando esperaban claridad caminaron en densa nube. Palparán la pared como ciegos y, como quienes no tienen ojos, andarán a tientas; caerán al mediodía como a medianoche; estando muertos, gemirán. Rugirán todos juntos como un oso, o gemirán como una paloma".
Este es el fruto de la maldad, estas son las recompensas que reciben sus allegados, pues la perversidad no libra a los suyos. Antes bien, se vuelve contra ellos, los desgarra primero a ellos y sobre ellos, más que sobre nadie, atrae la ruina. ¡Ay de aquellos contra quienes se vuelven estas cosas!, pues "es más cortante que una espada de dos filos [
]", y mata por anticipado y con suma rapidez a quienes se apoderan de ella. Porque su lengua, según el testimonio del salmista, es "espada afilada, y sus dientes, lanzas y saetas". Pero lo admirable es que, mientras muchas veces aquel contra quien los hombres maquinan el mal nada padece, ellos quedan atravesados por sus propias lanzas: pues llevan ya dentro de sí, antes de alcanzar a otros, la ira, la cólera, la malicia, el engaño, el odio y la amargura. Aunque no consigan descargar estas cosas sobre otros, enseguida se vuelven contra ellos mismos, como pide aquel que dice: "Entre su espada en su propio corazón". Hay también un proverbio que dice así: "El malvado queda preso en las cadenas de sus pecados".