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    TEXTOS — ATANASIO DE ALEJANDRÍA

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    Cartas de Atanasio

    329–373 · Traducción castellana directa de la edición de Philip Schaff (NPNF)47 minPosición: 0% de esta parteParte 3 de 7 · Carta 11Publicado el Actualizado el Ref. ESC-ATA-07

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    Carta 11

    Carta 11, encabezado

    Para el año 339. Cónsules: Constancio augusto por segunda vez y Constante por primera; prefecto: Filagrio el Capadocio, por segunda vez; indicción XII; día de Pascua: XVII de las calendas de mayo, 20 de Farmuti; era de Diocleciano: 55.

    Carta 11, § 1

    El bienaventurado Pablo, ceñido de toda virtud y llamado fiel del Señor —pues no tenía conciencia de cosa alguna en sí mismo que no fuese virtud y alabanza, o conforme con el amor y la piedad—, se aferraba cada vez más a estas cosas, y fue arrebatado hasta los lugares celestiales y llevado al Paraíso [
    ]; a fin de que, así como sobrepasaba la conducta de los hombres, fuese exaltado por encima de ellos. Y cuando descendió, predicó a todos: "En parte conocemos y en parte profetizamos; aquí conozco en parte, pero entonces conoceré como también soy conocido [
    ,
    ]". Pues, en verdad, aquellos santos que están en el cielo lo conocían como conciudadano suyo. Y, con relación a todo lo futuro y perfecto, las cosas que aquí conocía eran parciales; pero, respecto de lo que el Señor le había confiado y encomendado, era perfecto, como dijo: "Los que somos perfectos, tengamos este sentir [
    ]". Pues así como el Evangelio de Cristo es la plenitud y el cumplimiento del ministerio dispuesto por la ley de Israel, así también las cosas futuras serán el cumplimiento de las que ahora existen, cuando el Evangelio alcance su plenitud y los fieles reciban aquello que, aunque ahora no ven, esperan todavía, según dice Pablo: "Porque lo que uno ve, ¿por qué ha de esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, lo aguardamos con paciencia [
    ]". Siendo, pues, de tal condición aquel bienaventurado varón, y habiéndosele confiado la gracia apostólica, escribió, deseando "que todos los hombres fuesen como él [
    ]". Porque la virtud ama a los hombres, y grande es la multitud del reino de los cielos: millares de millares y miríadas de miríadas sirven allí al Señor. Y aunque se entra en él por un camino estrecho y angosto, una vez dentro se contempla un espacio inconmensurable y una morada mayor que cualquier otra, según declaran quienes fueron testigos oculares y herederos de estas cosas. "Pusiste aflicciones delante de nosotros". Pero después, tras relatar sus aflicciones, dicen: "Nos sacaste a un lugar espacioso"; y también: "En la aflicción nos diste anchura". Porque, en verdad, hermanos míos, el camino de los santos aquí es estrecho: o bien padecen trabajos por el anhelo de las cosas venideras, como aquel que dijo: "¡Ay de mí, que se prolonga mi peregrinación!"; o bien se angustian y se consumen por la salvación de otros hombres, como escribió Pablo a los Corintios: "No sea que, cuando llegue a vosotros, Dios me humille, y tenga yo que llorar por muchos de los que antes pecaron y no se arrepintieron de la impureza, fornicación y lascivia que cometieron [
    ]". Así lloró Samuel la perdición de Saúl, y Jeremías, el cautiverio del pueblo. Pero después de esta aflicción, este dolor y estos gemidos, cuando parten de este mundo, los recibe cierto gozo divino, deleite y júbilo, de los cuales huyen la miseria, el dolor y los gemidos.

    Carta 11, § 2

    2. Puesto que así nos hallamos, hermanos míos, no nos demoremos jamás en la senda de la virtud; pues a ello nos exhorta cuando dice: "Sed imitadores de mí, así como yo lo soy de Cristo [
    ]". No dio, en efecto, este consejo solo a los Corintios, pues no era apóstol únicamente de ellos, sino que, siendo "maestro de los gentiles en fe y verdad [
    ]", nos amonestó a todos por medio de ellos; y, en suma, cuanto escribió a cada persona en particular constituye mandamiento común para todos los hombres. Por esta causa, al escribir a distintos destinatarios, a unos los exhortó, como, por ejemplo, en las epístolas a los Romanos, a los Efesios y a Filemón. A otros los reprendió y se indignó contra ellos, como a los Corintios y a los Gálatas. A otros dio consejos, como a los Colosenses y a los Tesalonicenses. A los Filipenses los aprobó y se alegró por ellos. A los Hebreos les enseñó que la ley era para ellos una sombra. Pero a sus hijos escogidos, Timoteo y Tito, los instruía cuando estaban cerca y, cuando se hallaban lejos, les recordaba sus enseñanzas. Pues se hizo todo para todos; y, siendo él mismo un hombre perfecto, acomodó su enseñanza a la necesidad de cada cual, para salvar por todos los medios a algunos. Por tanto, su palabra no quedó sin fruto, sino que en todo lugar está plantada y produce fruto hasta el día de hoy.

    Carta 11, § 3

    3. ¿Y por qué razón, amados míos? Porque conviene que indaguemos el pensamiento del apóstol. No solo al comienzo de las epístolas, sino también hacia el final y en medio de ellas, se valía de exhortaciones y amonestaciones. Espero, pues, que, gracias a vuestras oraciones, no desfigure en nada el propósito de aquel santo varón. Como conocía bien estas materias divinas y sabía la fuerza de la enseñanza divina, juzgó necesario, en primer lugar, dar a conocer la palabra acerca de Cristo y el misterio que le concierne; y señalar después la corrección de las costumbres, para que, una vez aprendido a conocer al Señor, deseasen fervientemente hacer lo que Él mandó. Porque, si se desconoce a quien guía hacia las leyes, no se pasa fácilmente a observarlas. El fiel Moisés, ministro de Dios, siguió este método: cuando promulgó las palabras de la divina dispensación de las leyes, proclamó primero lo concerniente al conocimiento de Dios: "Escucha, Israel: el Señor tu Dios es un solo Señor [
    ]". Después de haberlo mostrado al pueblo bajo figura, de haberles enseñado en quién debían creer y de haber instruido sus mentes acerca de aquel que es verdaderamente Dios, pasó a establecer la ley sobre aquello por lo cual el hombre puede agradarle, diciendo: "No cometerás adulterio; no robarás", junto con los demás mandamientos. Pues también, según la enseñanza apostólica, "quien se acerca a Dios debe creer que Él existe y que recompensa a los que lo buscan [
    ]". Ahora bien, se lo busca por medio de obras virtuosas, como dice el profeta: "Buscad al Señor y, cuando lo hayáis hallado, invocadlo; estando Él cerca de vosotros, abandone el impío sus caminos, y el hombre inicuo sus pensamientos [
    ]".

    Carta 11, § 4

    4. También hará bien el hombre en no escandalizarse por el testimonio de El Pastor, que dice al comienzo de su libro: "Ante todas las cosas, cree que hay un solo Dios, que creó y estableció todas estas cosas, y que de la inexistencia las llamó al ser". Y, además, los bienaventurados evangelistas, que consignaron las palabras del Señor, escribieron al comienzo de los Evangelios lo concerniente a nuestro Salvador; para que, habiendo dado a conocer primero al Señor, el Creador, fuesen creídos cuando narrasen los hechos que tuvieron lugar. Pues ¿cómo se les habría creído al escribir acerca de aquel que era ciego desde el vientre de su madre, y de los otros ciegos que recobraron la vista, y de los que resucitaron de entre los muertos, y de la conversión del agua en vino, y de los leprosos que quedaron limpios, si no hubiesen enseñado que Él era el Creador, escribiendo: "En el principio era el Logos [
    ]"? ¿O, según Mateo, que aquel que nació de la estirpe de David era Emanuel y el Hijo del Dios vivo? De Él apartan el rostro los judíos, junto con los arrianos; nosotros, en cambio, lo reconocemos y adoramos. Por ello, el apóstol, como convenía, escribió a distintas personas, pero a su propio hijo le recordó especialmente "que no desdeñase aquello en lo que él lo había instruido", y le ordenó: "Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, de la estirpe de David, según mi Evangelio". Y, al hablar de estas cosas que le habían sido transmitidas para que las tuviese siempre presentes, le escribe enseguida: "Medita en estas cosas; ocúpate en ellas [
    ]". Pues la meditación constante y el recuerdo de las palabras divinas fortalecen la piedad para con Dios y engendran un amor hacia Él inseparable y no meramente exterior; así, con este sentir, habla de sí mismo y de quienes comparten su disposición, diciendo con audacia: "¿Quién nos separará del amor de Dios [
    ]?". Porque tales hombres, afianzados en el Señor, firmes en su disposición hacia Él y hechos un solo espíritu —pues [
    ] "el que se une al Espíritu, un espíritu es"—, están seguros "como el monte Sion". Y aunque diez mil pruebas se alcen furiosas contra ellos, están cimentados sobre una roca, que es Cristo. En Él no hallan deleite los negligentes; y, al carecer de un propósito perseverante en el bien, se dejan mancillar por los embates pasajeros y nada estiman más que las cosas presentes, siendo inconstantes y dignos de reprensión en lo tocante a la fe. Pues "o los afanes de este mundo o el engaño de las riquezas los ahogan [
    ]"; o bien, como dijo Jesús en la parábola que a ellos se refería, puesto que no han arraigado la fe que se les predicó, sino que perseveran solo por un tiempo, enseguida, cuando sobreviene la persecución o la aflicción por causa de la palabra, tropiezan. Ahora bien, de quienes meditan el mal decimos que no piensan en la verdad, sino en la falsedad; ni en la justicia, sino en la iniquidad, pues su lengua aprende a decir mentiras. Han obrado el mal y no han cesado para arrepentirse. Pues, perseverando con deleite en las malas obras, se precipitan hacia ellas sin volverse atrás, pisoteando incluso el mandamiento relativo al prójimo y, en vez de amarlo, maquinando contra él el mal, según atestigua el santo cuando dice: "Los que buscan mi mal han hablado vanidad y han imaginado engaños todo el día". Pero que la causa de semejante meditación no es otra que la falta de instrucción, ya lo declaró el proverbio divino: "El hijo que abandona el mandamiento de su padre medita palabras malas". Y porque tal meditación es mala, el Espíritu Santo la censura con estas palabras, y también la reprueba en otros términos, diciendo: "Vuestras manos están manchadas de sangre, vuestros dedos de pecados; vuestros labios han hablado iniquidad y vuestra lengua imagina maldad; nadie habla con rectitud ni hay juicio verdadero [
    ]". Pero cuál sea el fin de tan perversas imaginaciones lo declara inmediatamente: "Confían en vanidades y hablan falsedad; conciben maldad y dan a luz iniquidad. Han incubado huevos de áspid y tejido telas de araña; quien se dispone a comer de sus huevos, al romperlos encuentra hiel y dentro una víbora". Y ya había anunciado también cuál es la esperanza de tales hombres: "Porque la justicia no los alcanza, cuando esperaban luz tuvieron tinieblas; cuando esperaban claridad caminaron en densa nube. Palparán la pared como ciegos y, como quienes no tienen ojos, andarán a tientas; caerán al mediodía como a medianoche; estando muertos, gemirán. Rugirán todos juntos como un oso, o gemirán como una paloma".
    Este es el fruto de la maldad, estas son las recompensas que reciben sus allegados, pues la perversidad no libra a los suyos. Antes bien, se vuelve contra ellos, los desgarra primero a ellos y sobre ellos, más que sobre nadie, atrae la ruina. ¡Ay de aquellos contra quienes se vuelven estas cosas!, pues "es más cortante que una espada de dos filos [
    ]", y mata por anticipado y con suma rapidez a quienes se apoderan de ella. Porque su lengua, según el testimonio del salmista, es "espada afilada, y sus dientes, lanzas y saetas". Pero lo admirable es que, mientras muchas veces aquel contra quien los hombres maquinan el mal nada padece, ellos quedan atravesados por sus propias lanzas: pues llevan ya dentro de sí, antes de alcanzar a otros, la ira, la cólera, la malicia, el engaño, el odio y la amargura. Aunque no consigan descargar estas cosas sobre otros, enseguida se vuelven contra ellos mismos, como pide aquel que dice: "Entre su espada en su propio corazón". Hay también un proverbio que dice así: "El malvado queda preso en las cadenas de sus pecados".

    Carta 11, § 5

    5. Los judíos, con sus imaginaciones y al ponerse de acuerdo para obrar injustamente contra el Señor, olvidaron que atraían la ira sobre sí mismos. Por ello, el Logos se lamenta por ellos diciendo: "¿Por qué se ensoberbecen los pueblos y las naciones imaginan vanidades?". Pues vana fue, en verdad, la imaginación de los judíos, que meditaban dar muerte a la Vida y maquinaban cosas insensatas contra el "Logos del Padre". ¿Quién, al contemplar su dispersión y la desolación de su ciudad, no podría decir con razón: "¡Ay de ellos!, porque han imaginado un mal designio, diciendo contra su propia alma: Atemos al justo, porque no nos agrada"? Y con toda razón es así, hermanos míos; pues, al errar acerca de las Escrituras, no sabían que "quien cava una fosa para su prójimo cae en ella, y a quien derriba un cercado lo morderá una serpiente [
    ]". Y si no hubiesen apartado el rostro del Señor, habrían temido lo que antes estaba escrito en los divinos Salmos: "Los gentiles quedaron presos en la fosa que hicieron; en la red que escondieron quedó prendido su propio pie. Se conoce al Señor cuando ejecuta sus juicios: en la obra de sus manos queda preso el pecador". Que consideren esto, y cómo "les sobrevendrá el lazo que desconocen, y los apresará la red que escondieron". Pero no entendieron estas cosas, pues, de haberlas entendido, "no habrían crucificado al Señor de la gloria [
    ]".

    Carta 11, § 6

    6. Por tanto, los siervos justos y fieles del Señor, que "se hacen discípulos para el reino de los cielos y sacan de él cosas nuevas y viejas", y que "meditan las palabras del Señor al estar sentados en casa, al acostarse o levantarse y al andar por el camino"; puesto que tienen buena esperanza por la promesa del Espíritu, que dijo: "Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de impíos, ni se detuvo en camino de pecadores, ni se sentó en asiento de corruptores; antes bien, en la ley del Señor está su deleite, y en su ley medita de día y de noche"; cimentados en la fe, gozosos en la esperanza y fervientes en el espíritu, tienen confianza para decir: "Mi boca hablará sabiduría, y la meditación de mi corazón será inteligencia". Y también: "He meditado en todas tus obras, y en la obra de tus manos he puesto mi meditación". Y: "Cuando me acuerdo de ti en mi lecho, en la mañana medito en ti". Después, creciendo en confianza, dicen: "La meditación de mi corazón está delante de ti en todo tiempo". ¿Y cuál es el fin de quien así obra? Lo declara inmediatamente: "El Señor es mi Auxiliador y mi Redentor". Porque a quienes así se examinan a sí mismos y conforman sus corazones al Señor nada adverso les acontecerá; pues, en verdad, la confianza en el Señor fortalece su corazón, como está escrito: "Los que confían en el Señor son como el monte Sion: quien habita en Jerusalén no será conmovido jamás". Y si alguna vez el astuto se atreve presuntuosamente contra ellos, sobre todo para romper las filas de los santos y causar división entre los hermanos, aun entonces el Señor está con ellos, no solo para vengarlos, sino también, cuando ya han sido vencidos, para librarlos. Porque esta es la promesa divina: "El Señor peleará por vosotros [
    ]". Así pues, aunque les sobrevengan aflicciones y pruebas de fuera, formados por las palabras apostólicas y "perseverantes en las tribulaciones y constantes en las oraciones [
    ]" y en la meditación de la ley, resisten cuanto les acontece, agradan a Dios y pronuncian las palabras escritas: "Aflicciones y angustias han venido sobre mí; pero tus mandamientos son mi meditación".

    Carta 11, § 7

    7. Y puesto que no solo por las acciones, sino también por los pensamientos de la mente, son movidos los hombres a las obras virtuosas, añade después: "Mis ojos se anticipan a la aurora para meditar en tus palabras". Pues conviene que las meditaciones espirituales de quienes están sanos precedan a sus acciones corporales. ¿Y no comienza nuestro Salvador por los pensamientos de la mente cuando se propone enseñar precisamente esto? Dice: "Todo el que mira a una mujer para codiciarla, ya ha cometido adulterio"; y: "Todo el que se enoje contra su hermano es reo de homicidio". Porque donde no hay ira, se impide el homicidio; y donde primero se aparta la concupiscencia, no puede haber acusación de adulterio. De ahí que sean necesarias, amados míos, la meditación de la ley y la continua familiaridad con la virtud, "para que al santo nada le falte, sino que esté preparado para toda buena obra [
    ]". Pues por estas cosas se alcanza la promesa de la vida eterna, como escribió Pablo a Timoteo, llamando ejercicio a la meditación constante y diciendo: "Ejercítate para la piedad; porque el ejercicio corporal aprovecha poco, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene la promesa de la vida presente y de la eterna [
    ]".

    Carta 11, § 8

    8. ¡Digna de admiración es la virtud de aquel hombre, hermanos míos! Pues por medio de Timoteo manda a todos que nada estimen más que la piedad, y que, por encima de todo, otorguen el primer lugar a la fe en Dios. Porque ¿qué gracia posee el hombre injusto, aunque finja guardar los mandamientos? Más aún, el injusto ni siquiera es capaz de guardar una parte de la ley; pues, tal como es su mente, así han de ser necesariamente sus obras, según dice el Espíritu al reprender a los tales: "Dijo el necio en su corazón: No hay Dios". Después de esto, el Logos, mostrando que las obras corresponden a los pensamientos, dice: "Se han corrompido; son abominables en sus maquinaciones". El hombre injusto corrompe, pues, su cuerpo en todo: roba, comete adulterio, maldice, se embriaga y hace cosas semejantes. Así también Jeremías, el profeta, convence a Israel de estas cosas cuando clama: "¡Oh, si tuviese una morada lejana en el desierto! Entonces dejaría a mi pueblo y me apartaría de ellos; porque todos son adúlteros, congregación de opresores, que tienden su lengua como un arco; la mentira y no la verdad ha prevalecido en la tierra, y pasan de iniquidad en iniquidad; pero a mí no me han conocido [
    ]". Así, por su maldad, su falsedad y sus obras, en las cuales pasan de iniquidad en iniquidad, reprende sus costumbres; pero, porque no conocían al Señor y carecían de fe, les imputa injusticia.

    Carta 11, § 9

    9. Porque la fe y la piedad están unidas y son hermanas; quien cree en Él es piadoso, y quien es piadoso cree cada vez más. Así pues, quien permanece en la maldad se extravía también, sin duda, de la fe; y quien se aparta de la piedad se aparta de la fe verdadera. Pablo, por ejemplo, al dar testimonio de esto mismo, aconseja a su discípulo: "Evita las conversaciones profanas, pues avanzan hacia una impiedad cada vez mayor, y su palabra se extiende como gangrena; entre ellos están Himeneo y Fileto [
    ]". En qué consistía su maldad lo declara al decir: "Se han desviado de la fe, afirmando que la resurrección ya ha tenido lugar". Y de nuevo, deseoso de mostrar que la fe está unida a la piedad, dice el apóstol: "Todos los que quieran vivir piadosamente en Jesucristo padecerán persecución". Después, para que nadie renuncie a la piedad por causa de la persecución, les aconseja conservar la fe, y añade: "Tú, por tanto, persevera en lo que has aprendido y de lo que estás seguro". Y así como, cuando un hermano ayuda a otro, cada uno viene a ser para el otro como un muro, así también la fe y la piedad, que crecen a la par, permanecen unidas, y quien se ejercita en una se fortalece necesariamente por la otra. Por tanto, deseando que el discípulo se ejercitase en la piedad hasta el fin y combatiese por la fe, le aconseja: "Pelea la buena batalla de la fe y echa mano de la vida eterna [
    ]". Porque, si un hombre desecha primero la maldad de los ídolos y confiesa rectamente a aquel que es verdaderamente Dios, combate luego mediante la fe contra quienes guerrean contra Él.

    Carta 11, § 10

    10. Porque estas dos cosas de que hablamos —la fe y la piedad— tienen una misma esperanza, a saber, la vida eterna; pues dice: "Pelea la buena batalla de la fe; echa mano de la vida eterna". Y también: "Ejercítate para la piedad, pues tiene la promesa de la vida presente y de la venidera [
    ]". Por esta causa, los ariomaníacos, que ahora han salido de la Iglesia y son adversarios de Cristo, han cavado una fosa de incredulidad en la cual ellos mismos han sido arrojados; y, puesto que han avanzado en la impiedad, "trastornan la fe de los sencillos [
    ]", blasfemando contra el Hijo de Dios y diciendo que es una criatura y que recibió el ser de lo que no existe. Pero, así como entonces advertía contra los partidarios de Fileto e Himeneo, ahora el apóstol previene a todos contra una impiedad como la suya, diciendo: "El fundamento de Dios permanece firme y tiene este sello: El Señor conoce a los suyos; y: Apártese de la iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor [
    ]". Porque bueno es que el hombre se aparte de la maldad y de las obras de iniquidad, para poder celebrar dignamente la fiesta; pues quien está manchado con las impurezas de los malvados no puede ofrecer el sacrificio de la Pascua al Señor nuestro Dios. Por ello, el pueblo que se hallaba entonces en Egipto dijo: "No podemos ofrecer en Egipto el sacrificio de la Pascua al Señor nuestro Dios [
    ]". Pues Dios, que está por encima de todos, quiso que se alejasen de los siervos de Faraón y del horno de hierro; para que, libres de la maldad y habiendo apartado cuidadosamente de sí toda idea extraña, recibiesen el conocimiento de Dios y de las obras virtuosas. Porque Él dice: "Alejaos de ellos; salid de en medio de ellos y no toquéis las cosas impuras [
    ]". Pues de ningún otro modo se apartará el hombre del pecado y se aferrará a las obras virtuosas sino meditando en sus propios actos; y, cuando se haya adiestrado mediante el ejercicio de la piedad, alcanzará la confesión de fe que también poseyó Pablo después de haber peleado la batalla: la corona de justicia que le estaba reservada y que el justo Juez dará no solo a él, sino a todos los que son como él.

    Carta 11, § 11

    11. Puesto que tal meditación y ejercicio de la piedad ha sido en todo tiempo costumbre de los santos, nos apremia especialmente ahora, cuando la palabra divina desea que celebremos con ellos la fiesta, si tenemos esta disposición. Pues ¿qué otra cosa es la fiesta sino el culto constante de Dios, el reconocimiento de la piedad y las oraciones incesantes, elevadas de todo corazón y en concordia? Por eso Pablo, queriendo que permanezcamos siempre en tal disposición, manda: "Estad siempre gozosos; orad sin cesar; dad gracias en todo". No celebremos, pues, la fiesta por separado, sino todos juntos, unidos en una sola comunidad, como exhorta el profeta: "Venid, alegrémonos en el Señor; aclamemos con júbilo a Dios, nuestro Salvador". ¿Quién será, pues, tan negligente o tan desobediente a la voz divina que no lo deje todo y corra a la asamblea general y común de la fiesta? Y esta no se celebra en un solo lugar, pues no es un solo lugar el que guarda la fiesta, sino que "por toda la tierra se ha difundido su canto, y hasta los confines del mundo sus palabras". Tampoco se ofrece el sacrificio en un solo lugar, sino que "en toda nación se ofrece a Dios incienso y un sacrificio puro". Así pues, cuando de todos y en todo lugar asciendan igualmente la alabanza y la oración al Padre bondadoso y bueno; cuando toda la Iglesia católica, presente en cada lugar, celebre unida, con gozo y alegría, el mismo culto a Dios; cuando todos los hombres eleven a una un canto de alabanza y digan "Amén", ¡cuán bienaventurado será aquel momento, hermanos míos! ¿Quién no estará entonces entregado a orar como es debido? Porque, derrumbados los muros de toda potestad adversa, y aun especialmente los de Jericó, y derramado entonces con abundancia sobre todos los hombres el don del Espíritu Santo, cada cual, al percibir la venida del Espíritu, dirá: "Todos quedamos colmados por la mañana de tu favor, y nos regocijamos y alegramos en nuestros días".

    Carta 11, § 12

    12. Siendo esto así, aclamemos con júbilo junto con los santos, y que ninguno de nosotros falte a su deber en estas cosas, teniendo por nada la aflicción o las pruebas que, particularmente en este tiempo, los partidarios de Eusebio han dirigido contra nosotros por envidia. Aun ahora desean hacernos daño y, con sus acusaciones, procuran nuestra muerte por causa de aquella piedad de la cual el Señor es auxilio. Pero nosotros, como fieles siervos de Dios, sabemos que Él es nuestra salvación en el tiempo de la tribulación; pues nuestro Señor prometió de antemano: "Bienaventurados sois cuando los hombres os vituperen y persigan, y digan falsamente toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Gozaos y alegraos sobremanera, porque grande es vuestra recompensa en los cielos [
    ]". Y también es palabra del propio Redentor que la aflicción no alcanzará en este mundo a todos los hombres, sino solo a quienes le profesan un santo temor. Por ello, cuanto más nos cerquen los enemigos, tanto más libres permanezcamos; aunque nos injurien, reunámonos; y cuanto más intenten apartarnos de la piedad, tanto más osadamente prediquémosla, diciendo: "Todas estas cosas han venido sobre nosotros, pero no te hemos olvidado", ni hemos obrado el mal con los ariomaníacos, que dicen que recibiste el ser de lo que no existe. El Logos que está eternamente con el Padre procede también de Él.

    Carta 11, § 13

    13. Celebremos, pues, la fiesta, hermanos míos, sin hacer de ella en modo alguno ocasión de aflicción y duelo, ni mezclarnos con los herejes a causa de las pruebas temporales que la piedad nos acarrea. Antes bien, si se presenta algo que acreciente el gozo y la alegría, acojámoslo; para que nuestro corazón no esté triste como el de Caín, sino que, como siervos fieles y buenos del Señor, podamos oír estas palabras: "Entra en el gozo de tu Señor [
    ]". Porque no establecemos días de duelo y dolor, como algunos quizá consideren los de Pascua, sino que celebramos la fiesta llenos de gozo y alegría. La celebramos, pues, sin entenderla según el engañoso error de los judíos ni según la enseñanza de los arrianos, que aparta al Hijo de la Divinidad y lo cuenta entre las criaturas; antes bien, atendemos a la recta doctrina que recibimos del Señor. Pues el engaño de los judíos y la impiedad sin límites de los arrianos no suscitan sino tristes pensamientos: los primeros dieron muerte al Señor en otro tiempo; estos últimos le niegan su condición de vencedor de aquella muerte a la que los judíos lo entregaron, al decir que no es el Creador, sino una criatura. Porque, si fuese una criatura, la muerte lo habría retenido; pero, si la muerte no lo retuvo, según las Escrituras, no es una criatura, sino el Señor de las criaturas y aquel a quien se consagra esta fiesta inmortal.

    Carta 11, § 14

    14. Porque el Señor de la muerte había de abolir la muerte y, siendo Señor, se cumplió lo que quiso; pues todos hemos pasado de la muerte a la vida. Pero la imaginación de los judíos y de quienes se les asemejan fue vana, ya que el resultado no fue el que habían previsto, sino que se volvió contra ellos; y "de unos y otros se reirá el que habita en los cielos: el Señor se burlará de ellos". Por eso, cuando llevaban a nuestro Salvador a la muerte, hizo callar a las mujeres que lo seguían llorando, diciéndoles: "No lloréis por mí [
    ]"; con lo cual mostraba que la muerte del Señor no es motivo de dolor, sino de gozo, y que aquel que muere por nosotros está vivo. Porque no recibe su ser de lo que no existe, sino del Padre. Es, en verdad, motivo de gozo que podamos ver, por medio del cuerpo del Señor, las señales de la victoria contra la muerte, esto es, nuestra propia incorrupción. Pues, dado que Él resucitó gloriosamente, está claro que también tendrá lugar la resurrección de todos nosotros; y, dado que su cuerpo permaneció libre de corrupción, no cabe dudar de nuestra incorrupción. Porque así como "por un hombre [
    ]", según dice Pablo —y dice la verdad—, el pecado pasó a todos los hombres, así también por la resurrección de nuestro Señor Jesucristo resucitaremos todos. "Porque —dice— es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad [
    ]". Y esto aconteció en el tiempo de la Pasión, en el cual nuestro Señor murió por nosotros, pues "Cristo, nuestra Pascua, ha sido sacrificado". Por tanto, ya que Él fue sacrificado, aliméntese de Él cada uno de nosotros y participe de su sustento con prontitud y diligencia; pues se entrega a todos sin reserva y es en cada cual "una fuente de agua que mana para vida eterna [
    ]".

    Carta 11, § 15

    15. Comenzamos el ayuno de cuarenta días el día nueve del mes de Famenot [Marcos 5]; y, después de haber servido al Señor durante estos días con abstinencia y de habernos purificado primero, comenzamos también la santa Pascua el día catorce del mes de Farmuti (9 de abril). Prolonguemos después el ayuno hasta el séptimo día, el diecisiete del mes, y descansemos al caer la tarde. Y, una vez que haya amanecido sobre nosotros la luz del Señor y nos ilumine el santo domingo en que resucitó nuestro Señor, regocijémonos y alegrémonos con el gozo que nace de las buenas obras durante las siete semanas restantes, hasta Pentecostés, dando gloria al Padre y diciendo: "Este es el día que hizo el Señor: nos gozaremos y alegraremos en él", por nuestro Señor y Salvador Jesucristo, por quien al mismo Señor y a su Padre sean la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. Saludaos unos a otros con ósculo santo. Os saludan todos los hermanos que están conmigo. Ruego, amados hermanos, que gocéis de salud en el Señor.
    Aquí termina la undécima Carta del santo Atanasio.

    Carta 13

    Carta 13, encabezado

    (Para el año 341.) Cónsules Marcelino y Probino; prefecto Longino; indicción xiv; día de Pascua, xiii calendas de mayo, xxiv de Farmuti; era de Diocleciano 57.

    Carta 13, § 1

    Una vez más, amados hermanos míos, me dispongo a anunciaros la fiesta de la salvación, que tendrá lugar según la costumbre anual. Pues, aunque los adversarios de Cristo os han oprimido, como a nosotros, con aflicciones y dolores, Dios nos ha consolado por nuestra fe común; y he aquí que os escribo incluso desde Roma. Al celebrar aquí la fiesta con los hermanos, también la celebro con vosotros en la voluntad y en el espíritu, pues elevamos juntos nuestras oraciones a Dios, "que nos ha concedido no solo creer en Él, sino también padecer ahora por su causa [
    ]". Porque, afligidos como estamos por hallarnos tan lejos de vosotros, Él nos mueve a escribiros, para que mediante una carta nos consolemos y nos estimulemos unos a otros al bien. Pues, en verdad, numerosas aflicciones y amargas persecuciones dirigidas contra la Iglesia se han alzado contra nosotros. Porque los herejes, corrompidos en su entendimiento y no probados en la fe, se levantan contra la verdad y persiguen violentamente a la Iglesia; y, entre los hermanos, unos son azotados y otros lacerados a latigazos y, lo que es más grave, sus ultrajes alcanzan aun a los obispos. No conviene, sin embargo, que por esta causa descuidemos la fiesta. Antes bien, debemos recordarla de manera especial y no dejar en modo alguno de conmemorarla cuando llegue su tiempo. Ahora bien, los incrédulos no reconocen que haya un tiempo señalado para las fiestas, porque pasan toda su vida en francachelas y desatinos; y las fiestas que celebran son ocasión de tristeza más que de gozo. Para nosotros, en cambio, en esta vida presente son, por encima de todo, un tránsito ininterrumpido [hacia el cielo]: este es, en verdad, nuestro tiempo. Pues tales cosas sirven para ejercitarnos y probarnos, a fin de que, una vez acreditados como siervos celosos y escogidos de Cristo, seamos coherederos con los santos. Porque así dice Job: "El mundo entero es lugar de prueba para los hombres sobre la tierra". Con todo, son probados en este mundo mediante aflicciones, trabajos y dolores, para que cada uno reciba de Dios la recompensa que le corresponde, según dice Él por el profeta: "Yo soy el Señor, que pruebo los corazones y escudriño las entrañas, para dar a cada uno conforme a sus caminos [
    ]".

    Carta 13, § 2

    2. No es que Él conozca por vez primera lo que hay en un hombre cuando este es probado —pues todo lo sabe antes de que acontezca—, sino que, por ser bueno y amante de los hombres, distribuye a cada uno la debida recompensa según sus obras, para que todo hombre pueda exclamar: ¡Justo es el juicio de Dios! Como dice también el profeta: "El Señor prueba al justo y discierne las entrañas". Asimismo, por esta causa nos prueba a cada uno de nosotros: ya para que, por medio de los que son probados, se manifieste la virtud a quienes no la conocen, como se dijo acerca de Job: "¿Piensas que por otra causa me manifesté a ti, sino para que fueses hallado justo?"; ya para que los hombres, al cobrar conciencia de sus obras, puedan conocer cómo son y, así, arrepentirse de su maldad o permanecer firmes en la fe. Ahora bien, el bienaventurado Pablo, atribulado por aflicciones y persecuciones, por hambre y sed, "en todo fue vencedor por medio de Jesucristo, que nos amó [
    ]". Por el padecimiento era ciertamente débil en el cuerpo; mas, creyendo y esperando, se hizo fuerte en el espíritu, y su fuerza se perfeccionó en la debilidad [
    ].

    Carta 13, § 3

    3. También los demás santos, que tenían igual confianza en Dios, acogieron con alegría una prueba semejante, como dijo Job: "Bendito sea el nombre del Señor [
    ]". Y el salmista: "Escudríñame, oh Señor, y pruébame; examina mis entrañas y mi corazón". Pues, ya que la fortaleza, cuando es probada, confunde a los necios, ellos, al percibir la purificación y el provecho que proceden del fuego divino, no se desalentaron ante pruebas como estas, sino que más bien se complacieron en ellas: nada de lo sucedido les causó daño alguno, antes bien se los vio resplandecer con mayor brillo, como el oro salido del fuego, según dijo aquel que fue probado en semejante escuela de disciplina: "Has probado mi corazón, me has visitado en la noche; me has examinado y no has hallado iniquidad en mí, para que mi boca no hable de las obras de los hombres". Pero aquellos cuyas acciones no están sujetas a ley alguna y que nada conocen fuera de comer, beber y morir tienen las pruebas por un peligro. Pronto tropiezan con ellas, de modo que, no probados en la fe, son entregados a una mente reprobada y hacen lo que no conviene [
    ]. Por eso el bienaventurado Pablo, al exhortarnos a tales ejercicios, y habiéndose medido antes él mismo con ellos, dice: "Por eso me complazco en las aflicciones, en las debilidades". Y también: "Ejercítate para la piedad". Pues, como conocía las persecuciones que sobrevenían a quienes escogían vivir piadosamente, quería que sus discípulos meditasen de antemano en las dificultades que acompañan a la piedad, para que, cuando llegasen las pruebas y surgiese la aflicción, pudieran soportarlas fácilmente, por haberse ejercitado en estas cosas. Porque en aquello con lo que el hombre se ha familiarizado en su pensamiento suele hallar un gozo oculto. Así, los bienaventurados mártires, familiarizados primero con las dificultades, fueron pronto perfeccionados en Cristo: tenían por nada el daño sufrido por el cuerpo mientras contemplaban el descanso que esperaban.

    Carta 13, § 4

    4. Pero todos aquellos que "dan sus propios nombres a sus tierras" y tienen en sus pensamientos madera, heno y rastrojo [
    ], estos, por ser ajenos a las dificultades, se vuelven extraños al reino de los cielos. Si, por el contrario, hubiesen sabido que "la tribulación perfecciona la paciencia; la paciencia, la experiencia; la experiencia, la esperanza; y la esperanza no avergüenza", se habrían ejercitado siguiendo el ejemplo de Pablo, que dijo: "Castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que, después de haber predicado a otros, yo mismo resulte reprobado". Habrían soportado fácilmente las aflicciones que de tiempo en tiempo les sobrevenían para probarlos, si hubiesen escuchado la amonestación profética [
    ]: "Bueno es para el hombre llevar tu yugo desde su juventud; se sentará solo y guardará silencio, porque ha tomado tu yugo sobre sí. Ofrecerá la mejilla al que lo hiere; quedará colmado de oprobios. Porque el Señor no desecha para siempre; pues, cuando humilla, se compadece conforme a la multitud de sus tiernas misericordias". Porque, aunque todo esto proceda de los enemigos —azotes, insultos y oprobios—, nada podrá contra la multitud de las tiernas misericordias de Dios; pues pronto nos recobraremos de ello, ya que es meramente temporal, mientras que Dios es siempre compasivo y derrama sus tiernas misericordias sobre quienes le agradan. Por tanto, amados hermanos míos, no debemos fijar la mirada en estas cosas temporales, sino poner nuestra atención en las eternas. Aunque sobrevenga la aflicción, tendrá fin; aunque vengan el insulto y la persecución, nada son frente a la esperanza que tenemos [ante nosotros]. Porque todas las cosas presentes son de poca monta comparadas con las futuras, y los padecimientos de este tiempo presente no son dignos de compararse con la esperanza venidera. Pues ¿qué puede compararse con el reino? ¿O qué hay comparable a la vida eterna? ¿O qué es cuanto aquí podríamos dar frente a lo que allí heredaremos? Porque somos "herederos de Dios y coherederos con Cristo [
    ]". Por tanto, no es justo, amados míos, detenernos a considerar las aflicciones y persecuciones, sino las esperanzas que nos están reservadas a causa de las persecuciones.

    Carta 13, § 5

    5. A esto puede persuadirnos el ejemplo del patriarca Isacar, como dice la Escritura [
    ]: "Isacar desea lo que es bueno, descansando entre las herencias; y, cuando vio que el descanso era bueno y la tierra fértil, inclinó el hombro al trabajo y se hizo labrador". Consumido por el amor divino, como la esposa en el Cantar de los Cantares, recogió abundancia de las santas Escrituras, pues su entendimiento fue cautivado no solo por la antigua herencia, sino por ambas. Y así, como desplegando las alas, contempló desde lejos "el descanso" que está en el cielo; y, puesto que esta "tierra" consta de obras tan hermosas, ¡cuánto más verdaderamente habrá de constar también de ellas la [patria] celestial! Pues esta permanece siempre nueva y no envejece. Porque esta "tierra" pasa, como dijo el Señor; mas la que está preparada para recibir a los santos es inmortal. Cuando el patriarca Isacar vio estas cosas, se gloriaba con gozo en las aflicciones y los trabajos, inclinando los hombros para trabajar. Y no contendía con quienes lo herían ni se turbaba por los insultos; antes bien, como hombre fuerte que triunfaba tanto más por estas cosas, y que labraba su tierra con mayor empeño, recibía de ella su fruto. El Logos esparció la semilla, pero él la cultivó vigilante, de suerte que dio fruto, hasta el ciento por uno.

    Carta 13, § 6

    6. Ahora bien, ¿qué significa esto, amados míos, sino que también nosotros, cuando los enemigos se formen contra nosotros, debemos gloriarnos en las aflicciones [
    ] y que, cuando seamos perseguidos, no debemos desalentarnos, sino correr con mayor empeño tras la corona del supremo llamamiento en Cristo Jesús, nuestro Señor? ¿Y que, si somos insultados, no debemos turbarnos, sino ofrecer la mejilla al que nos hiere e inclinar el hombro? Pues los amantes del placer y los que alimentan enemistad son probados, como dice el bienaventurado apóstol Santiago, "cuando son arrastrados y seducidos por sus propias concupiscencias [
    ]". Nosotros, en cambio, sabiendo que padecemos por la verdad y que quienes niegan al Señor nos hieren y persiguen, "tengamos por sumo gozo, hermanos míos", según las palabras de Santiago, "el caer en diversas pruebas y tentaciones, sabiendo que la prueba de nuestra fe produce paciencia". Alegrémonos al celebrar la fiesta, hermanos míos, sabiendo que nuestra salvación se dispone en el tiempo de la aflicción. Pues nuestro Salvador no nos redimió permaneciendo inactivo, sino que, padeciendo por nosotros, abolió la muerte. Y acerca de esto nos advirtió de antemano, diciendo: "En el mundo tendréis tribulación [
    ]". Pero no lo dijo a todos los hombres, sino a quienes le sirven con diligencia y fidelidad, sabiendo de antemano que serían perseguidos los que quisieran vivir piadosamente para con Él.

    Carta 13, § 7

    7. "Pero los malhechores y hechiceros irán de mal en peor, engañando y siendo engañados [
    ]". Por tanto, si estos hombres ignorantes, como aquellos intérpretes de sueños y falsos profetas que pretendían dar señales, embriagados no de vino, sino de su propia maldad, se atribuyen el sacerdocio y se glorían de sus amenazas, no los creáis; antes bien, puesto que somos probados, humillémonos sin dejarnos arrastrar por ellos. Porque así amonestó Dios a su pueblo por medio de Moisés, diciendo: "Si se levanta en medio de ti un profeta o un soñador de sueños, y te da señales y prodigios, y se cumple la señal o el prodigio de que te habló, diciendo: Vayamos y sirvamos a dioses extraños, que no has conocido, no escucharás las palabras de ese profeta ni de ese soñador de sueños. Porque el Señor tu Dios te prueba, para saber si amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón [
    ]". Así también nosotros, cuando seamos probados por estas cosas, no nos separaremos del amor de Dios. Pero celebremos ahora la fiesta, amados míos, no como quien introduce un día de padecimiento, sino de gozo en Cristo, por quien somos alimentados cada día. Acordémonos de aquel que fue sacrificado en los días de la Pascua; pues la celebramos porque Cristo, nuestra Pascua, fue sacrificado [
    ]. Aquel que en otro tiempo sacó a su pueblo de Egipto y que ahora ha abolido la muerte y a quien tenía el poder de la muerte, esto es, al diablo [
    ], también ahora lo cubrirá de vergüenza y de nuevo prestará auxilio a quienes están atribulados y claman a Dios día y noche [
    ].

    Carta 13, § 8

    8. Comenzamos el ayuno de cuarenta días el trece de Famenot (9 de marzo), y la semana santa de Pascua el dieciocho de Farmuti (13 de abril); y, descansando el séptimo día, que es el veintitrés (18 de abril), una vez que despunte el primer día de la gran semana, el veinticuatro del mismo mes de Farmuti (19 de abril), contemos desde él hasta Pentecostés. Y en todo tiempo cantemos alabanzas, invocando a Cristo, pues somos librados de nuestros enemigos por Cristo Jesús, nuestro Señor, por quien sean al Padre la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén. Saludaos unos a otros con ósculo santo. Todos los que están aquí conmigo os saludan. Ruego, amados hermanos míos, que estéis bien en el Señor.
    Escribió también esta carta desde Roma. Aquí termina la decimotercera Carta.

    Carta 14

    Carta 14, encabezado

    (Para el año 342.) Cónsules: el augusto Constancio III y Constante II; prefecto: el mismo Longino; indicción XV; día de Pascua: III idus de abril, XVI de Farmuti; era de Diocleciano 58.

    Carta 14, § 1

    El gozo de nuestra fiesta, hermanos míos, está siempre cercano y nunca falta a quienes desean celebrarla. Pues cercano está el Logos, que es para nosotros todas las cosas, nuestro Señor Jesucristo mismo, quien, habiendo prometido morar perpetuamente con nosotros, en virtud de ello clamó diciendo: "He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" [
    ]. Pues así como Él es el Pastor, el Sumo Sacerdote, el Camino y la Puerta, y todo a un tiempo para nosotros, así también se nos manifiesta como la Fiesta y el Día Santo, según dice el bienaventurado Apóstol: "Cristo, nuestra Pascua, ha sido sacrificado" [
    ]. Él era aquel a quien se esperaba; Él hizo resplandecer una luz en respuesta a la oración del salmista, que decía: "Alegría mía, líbrame de los que me rodean"; pues en esto consiste el verdadero regocijo, en esto la verdadera fiesta: en ser librado de la maldad, a lo cual llega el hombre cuando adopta plenamente una conducta recta y se muestra dispuesto en su espíritu a someterse piadosamente a Dios. Pues así vivieron los santos durante toda su vida, como hombres que se regocijan en una fiesta. Uno hallaba reposo en la oración a Dios, como el bienaventurado David, que se levantaba de noche no una vez, sino siete. Otro daba gloria con cánticos de alabanza, como el gran Moisés, que entonó un cántico por la victoria sobre Faraón y sobre los capataces. [
    ] Otros perseveraban sin cesar en el culto, como el gran Samuel y el bienaventurado Elías; estos, concluida ya su carrera, celebran ahora la fiesta en el cielo y se regocijan en aquello que antes conocieron por sombras, reconociendo la verdad a partir de las figuras.

    Carta 14, § 2

    2. Pero ¿qué aspersiones emplearemos ahora al celebrar la fiesta? ¿Quién será nuestro guía mientras nos apresuramos hacia esta solemnidad? Nadie puede serlo, amados míos, sino Aquel a quien nombraréis conmigo: nuestro Señor Jesucristo, que dijo: "Yo soy el Camino". Pues Él es quien, según el bienaventurado Juan, "quita el pecado del mundo". Él purifica nuestras almas, como dice en cierto lugar el profeta Jeremías: "Deteneos en los caminos y mirad; preguntad y ved cuál es la buena senda, y hallaréis en ella purificación para vuestras almas" [
    ]. Antiguamente, la sangre de los machos cabríos y las cenizas de una becerra, rociadas sobre los impuros, solo eran capaces de purificar la carne [
    ]; pero ahora, por la gracia del Logos de Dios, todo hombre queda enteramente purificado. Si lo seguimos, podemos, aun aquí, como en el umbral de la Jerusalén de arriba, meditar de antemano en la fiesta eterna; así también los bienaventurados Apóstoles, que siguieron juntos al Salvador, su Guía, se han convertido ahora en maestros de una gracia semejante, diciendo: "He aquí que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido" [
    ]. Pues seguir al Señor y celebrar la fiesta del Señor no se cumple solo con palabras, sino con obras, ya que toda disposición de las leyes y todo mandamiento exigen una acción determinada. Porque así como el gran Moisés, al promulgar las santas leyes, exigió al pueblo una promesa [
    ] de ponerlas en práctica, para que, una vez prometido esto, no las descuidaran y fuesen acusados de mentirosos, así también la celebración de la fiesta de la Pascua no admite preguntas ni exige respuestas; antes bien, una vez dada la palabra, sigue su cumplimiento, pues dice: "Y los hijos de Israel celebrarán la Pascua"; con ello se quiere que el mandamiento sea cumplido prontamente y que el propio mandato ayude a su ejecución. Pero, en cuanto a estas cosas, confío en vuestra sabiduría y en vuestro cuidado por la instrucción. Ya hemos tratado a menudo de tales puntos en diversas Cartas.

    Carta 14, § 3

    3. Pero ahora deseo recordaros, y recordármelo a mí mismo juntamente con vosotros, lo que es más necesario que todas las cosas: que el mandamiento nos ordena acudir a la fiesta pascual no de manera profana ni sin preparación, sino con los ritos sacramentales y doctrinales y las observancias prescritas, como aprendemos, en efecto, del relato histórico: "El hombre de otra nación, o comprado por dinero, o incircunciso, no comerá la Pascua". Tampoco ha de comerse en "cualquier" casa, sino que manda hacerlo de prisa, por cuanto antes gemíamos y éramos afligidos bajo la servidumbre de Faraón y las órdenes de los capataces. Pues cuando antiguamente los hijos de Israel obraron de este modo, fueron tenidos por dignos de recibir la figura, que existía en razón de esta fiesta; no es, en cambio, la fiesta la que ahora se instituye por causa de la figura. Así también el Logos de Dios, al expresar su deseo de celebrarla, dijo a sus discípulos: "Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros" [
    ]. Y es ciertamente admirable el relato, pues se los habría podido ver entonces ceñidos como para una procesión o una danza, saliendo con bastones, sandalias y panes ácimos. Estas cosas, que antes acontecieron entre sombras, eran figuras. Pero ahora la Verdad está cerca de nosotros: "la imagen del Dios invisible" [
    ], nuestro Señor Jesucristo, la Luz verdadera, que en lugar de bastón es nuestro cetro; en lugar de pan ácimo, es el pan que descendió del cielo; que en lugar de sandalias nos ha provisto de la preparación del Evangelio [
    ] y que, en suma, por medio de todas estas cosas nos ha guiado hasta su Padre. Y si los enemigos nos afligen y persiguen, Él, en lugar de Moisés, volverá a alentarnos con palabras mejores, diciendo: "Tened buen ánimo; yo he vencido al maligno". Y si, después de haber atravesado el mar Rojo, el calor vuelve a atormentarnos o nos sobreviene alguna amargura de las aguas, también allí se nos aparecerá de nuevo el Señor, comunicándonos su dulzura y su fuente vivificante, y diciendo: "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba".

    Carta 14, § 4

    4. ¿Por qué, pues, nos detenemos y por qué demoramos, en vez de acudir a la fiesta con todo fervor y diligencia, confiados en que es Jesús quien nos llama? Él es todas las cosas para nosotros y llevó sobre sí innumerables cargas por nuestra salvación; padeció hambre y sed por nosotros, aunque nos da alimento y bebida con sus dones salvadores. Pues esta es su gloria, este el milagro de su Divinidad: que trocó nuestros padecimientos por su bienaventuranza. Porque, siendo la vida, murió para darnos vida; siendo el Logos, se hizo carne para instruir a la carne en el Logos; y, siendo la fuente de la vida, padeció nuestra sed para invitarnos así a la fiesta, diciendo: "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba" [
    ]. En aquel tiempo, Moisés proclamó el comienzo de la fiesta, diciendo: "Este mes será para vosotros el principio de los meses" [
    ]. Pero el Señor, que descendió al fin de los siglos [
    ], proclamó un día distinto, no porque quisiera abolir la ley —lejos de ello—, sino para confirmarla y ser su fin. "Pues Cristo es el fin de la ley, para justicia de todo aquel que cree"; como dice el bienaventurado Pablo: "¿Anulamos, pues, la ley por la fe? Lejos de ello: antes bien, confirmamos la ley". Estas cosas asombraron incluso a los guardias enviados por los judíos, de modo que, maravillados, dijeron a los fariseos: "Jamás hombre alguno habló así" [
    ]. ¿Qué fue, pues, lo que asombró a aquellos guardias, o qué conmovió tanto a aquellos hombres que los hizo maravillarse? No fue otra cosa que la osadía y la autoridad de nuestro Salvador. Porque antiguamente, cuando los profetas y los escribas estudiaban las Escrituras, comprendían que lo que leían no se refería a ellos mismos, sino a otros. Moisés, por ejemplo, dijo: "Un profeta os levantará el Señor de entre vuestros hermanos, semejante a mí; a él escucharéis en todo cuanto os mande". Isaías, asimismo: "He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamaréis su nombre Emanuel". Y otros profetizaron de distintos y variados modos acerca del Señor. Pero el Señor profetizó estas cosas acerca de sí mismo, y no de otro; a sí mismo las refirió todas, diciendo: "Si alguno tiene sed, venga a mí" [
    ]; no a ninguna otra persona, sino "a mí". Puede ciertamente un hombre oír de aquellos acerca de mi venida, pero en adelante no debe beber de otros, sino de mí.

    Carta 14, § 5

    5. Por tanto, cuando acudamos a la fiesta, no acudamos ya como a las antiguas sombras, pues estas se han cumplido, ni tampoco como a fiestas comunes, sino apresurémonos a ir al Señor, que es Él mismo la fiesta, sin considerarla una ocasión para dar gusto y deleite al vientre, sino una manifestación de la virtud. Pues las fiestas de los gentiles están llenas de voracidad y de suma indolencia, ya que piensan que celebran una fiesta cuando permanecen ociosos; y, al festejar, hacen obras de perdición. Nuestras fiestas, en cambio, consisten en el ejercicio de la virtud y en la práctica de la templanza, como atestigua en cierto lugar la palabra profética, diciendo: "El ayuno del cuarto, y el ayuno del quinto, y el ayuno del séptimo, y el ayuno del décimo [mes] serán para la casa de Judá gozo y alegría, y fiestas agradables" [
    ]. Así pues, ya que se nos ofrece esta ocasión de ejercitarnos y ha llegado un día como este, y puesto que la voz profética ha anunciado que se celebrará la fiesta, pongamos toda diligencia en responder a esta buena nueva y, como quienes compiten en la carrera, rivalicemos unos con otros en guardar la pureza del ayuno [
    ], velando en las oraciones, estudiando las Escrituras y repartiendo a los pobres; y estemos en paz con nuestros enemigos. Reunamos a los que andan dispersos, desterremos la soberbia y volvamos a la humildad de espíritu, viviendo en paz con todos los hombres y exhortando a los hermanos al amor. Así también el bienaventurado Pablo se entregaba a menudo a ayunos y vigilias, y estaba dispuesto a ser anatema por sus hermanos. A su vez, el bienaventurado David, habiéndose humillado con ayunos, habló con confianza, diciendo: "Señor, Dios mío, si he hecho esto, si hay iniquidad en mis manos, si he devuelto mal a quienes me hicieron mal, caiga yo a manos de mis enemigos como hombre vano". Si hacemos estas cosas, venceremos a la muerte y recibiremos las arras del reino de los cielos.

    Carta 14, § 6

    6. Comenzamos la santa fiesta de Pascua el diez de Farmuti (5 de abril), y cesamos los santos ayunos el quince del mismo mes de Farmuti (10 de abril), al anochecer del séptimo día. Celebremos la santa fiesta el dieciséis del mismo mes de Farmuti (11 de abril); y, añadiendo los días uno a uno hasta el santo Pentecostés, al que llegamos como a través de una sucesión de fiestas, celebremos la fiesta del Espíritu, que aun ahora está cerca de nosotros, en Jesucristo, por quien y con quien sean al Padre la gloria y el señorío por los siglos de los siglos. Amén.
    Faltan las cartas decimoquinta y decimosexta.
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    Fin de la parte 3 de 7