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    TEXTOS — ATANASIO DE ALEJANDRÍA

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    Cartas de Atanasio

    329–373 · Traducción castellana directa de la edición de Philip Schaff (NPNF)29 minPosición: 0% de esta parteParte 7 de 7 · Carta 60Publicado el Actualizado el Ref. ESC-ATA-07

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    Carta 60

    Carta 60, encabezado

    A Adelfio, obispo y confesor: contra los arrianos.
    Comentario editorial · Adelfio, confesor y obispo
    Según el NPNF, el Tomo a los antioquenos nombra a Adelfio como obispo de Onufis, y los arrianos lo habían desterrado antes a la Tebaida; de ahí el título de «confesor». La carta responde a lo que Adelfio le contó de lo que decían los arrianos, entre ello que los cristianos adoran a una criatura al adorar a Cristo en la carne; Atanasio responde que se adora al Verbo encarnado, que es Dios. El NPNF no puede fijar la fecha y la compara, por el estilo, con los escritos del tercer destierro.

    Carta 60, § 1

    Hemos leído lo que vuestra piedad nos ha escrito y aprobamos sinceramente vuestra piedad para con Cristo. Y, ante todo, glorificamos a Dios, que os ha concedido la gracia no solo de sostener opiniones rectas, sino también, en cuanto ello es posible, de no ignorar las maquinaciones [
    ] del diablo. Pero nos maravilla la perversidad de los herejes, pues vemos que han caído en tal abismo de impiedad que ya ni siquiera conservan el juicio, sino que tienen el entendimiento corrompido por todas partes. Mas esta tentativa es una intriga del diablo y una imitación de los judíos desobedientes. Pues así como estos, al verse refutados por todas partes, no cesaban de inventar excusas para su propio daño, con tal de poder negar al Señor y atraer sobre sí lo que contra ellos se había profetizado, de igual modo estos hombres, viéndose proscritos por doquier y advirtiendo que su herejía se ha vuelto abominable para todos, se muestran "inventores de males [
    ]", a fin de que, sin cesar en su lucha contra la verdad, sigan siendo adversarios consecuentes y verdaderos de Cristo. Pues ¿de dónde ha brotado esta nueva maldad suya? ¿Cómo se han atrevido siquiera a proferir esta nueva blasfemia contra el Salvador? Pero el hombre impío es, al parecer, un ser despreciable y, en verdad, "réprobo en cuanto a la fe [
    ]". Pues antes, mientras negaban la Divinidad del Hijo unigénito de Dios, fingían al menos reconocer su venida en la carne. Ahora, en cambio, yendo poco a poco de mal en peor, han abandonado incluso aquella opinión y se han hecho impíos por todas partes, hasta el punto de no reconocerlo como Dios ni creer que se haya hecho hombre. Pues, si creyeran esto, no habrían dicho las cosas que vuestra piedad nos ha referido de ellos.

    Carta 60, § 2

    2. Vos, sin embargo, amado y verdaderamente muy añorado, habéis hecho lo que convenía a la tradición de la Iglesia y a vuestra piedad para con el Señor, al refutar, amonestar y reprender a tales hombres. Pero, puesto que, instigados por su padre, el diablo, "no saben ni entienden", como está escrito, "sino que siguen andando en tinieblas", aprendan de vuestra piedad que este error suyo pertenece a Valentín, a Marción y a Maniqueo: unos sustituyeron la realidad por la apariencia, mientras que los otros, dividiendo lo indivisible, negaron la verdad de que "el Logos se hizo carne y habitó entre nosotros [
    ]". ¿Por qué, entonces, ya que comparten las opiniones de aquellos, no reciben también sus nombres por herencia? Pues es razonable que, si profesan su error, lleven asimismo sus nombres y en adelante sean llamados valentinianos, marcionitas y maniqueos. Quizá aun así, avergonzados por el descrédito de tales nombres, lleguen a comprender en qué abismo de impiedad han caído. Y estaríamos en nuestro derecho de no responderles en absoluto, conforme al consejo apostólico [
    ]: "Al hombre hereje, después de una primera y una segunda amonestación, recházalo, sabiendo que el tal se ha pervertido y peca, condenado por sí mismo"; tanto más cuanto que el Profeta dice de tales hombres: "El necio proferirá necedades, y su corazón imaginará vanidades". Pero, puesto que, a semejanza de su caudillo, también ellos rondan como leones buscando a quién devorar entre los sencillos [
    ], nos vemos obligados a escribir en respuesta a vuestra piedad, para que los hermanos, instruidos una vez más por vuestra amonestación, reprueben aún más la vana enseñanza de aquellos hombres.

    Carta 60, § 3

    3. No adoramos a una criatura. Lejos de nosotros tal pensamiento. Pues semejante error es propio de los paganos y de los arrianos. Antes bien, adoramos al Señor de la creación, encarnado, al Logos de Dios. Pues aunque la carne sea también, en sí misma, parte del mundo creado, se ha convertido en el cuerpo de Dios. Y ni separamos del Logos el cuerpo, siendo este tal como es, para adorarlo por sí solo, ni, cuando queremos adorar al Logos, lo apartamos lejos de la carne; antes bien, sabiendo, como dijimos arriba, que "el Logos se hizo carne", lo reconocemos como Dios también después de haber venido en la carne. ¿Quién, pues, es tan insensato que diga al Señor: "Deja el cuerpo para que pueda adorarte"; o tan impío que se una a los insensatos judíos para decirle, a causa del cuerpo: "¿Por qué tú, siendo hombre, te haces Dios [
    ]?"? Pero el leproso no era de esta clase, pues adoró a Dios en el cuerpo y reconoció que era Dios, diciendo: "Señor, si quieres, puedes limpiarme [
    ]". Ni por razón de la carne tuvo al Logos de Dios por criatura, ni, porque el Logos fuese el hacedor de toda la creación, despreció la carne de que se había revestido. Antes bien, adoró al Creador del universo que moraba en un templo creado, y quedó limpio. Así también la mujer que padecía flujo de sangre, que creyó y apenas tocó el borde de su vestido, fue sanada [
    ]; y el mar, con sus olas espumosas, oyó al Logos encarnado y calmó su tempestad, mientras que el ciego de nacimiento fue sanado con la saliva corporal del Logos [
    ]. Y, lo que es mayor y más asombroso —pues quizá hasta esto escandalizó a aquellos hombres sumamente impíos—, aun cuando el Señor pendía de la cruz misma —pues era su cuerpo, y el Logos estaba en él—, el sol se oscureció y la tierra tembló, las rocas se hendieron, se rasgó el velo del templo y se levantaron muchos cuerpos de los santos que dormían.

    Carta 60, § 4

    4. Ocurrieron, pues, estas cosas, y nadie dudó, como ahora se atreven a dudar los arrianos, de si había de creerse en el Logos encarnado; antes bien, aun al contemplar al hombre, reconocieron que era su hacedor y, al oír una voz humana, no dijeron, por ser humana, que el Logos fuese una criatura. Por el contrario, temblaron y reconocieron que aquella voz procedía nada menos que de un templo santo. ¿Cómo, pues, pueden los impíos dejar de temer que, "por no haber querido conservar el conocimiento de Dios, sean entregados a una mente réproba para hacer lo que no conviene [
    ]"? Pues la creación no adora a una criatura. Tampoco rehusó, a causa de su carne, adorar a su Señor. Antes bien, contempló a su hacedor en el cuerpo y "en el nombre de Jesús se dobló toda rodilla"; sí, y "se doblará, de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confesará", lo aprueben o no los arrianos, "que Jesús es Señor, para gloria de Dios Padre [
    ]". Pues la carne no disminuyó la gloria del Logos; lejos de nosotros tal pensamiento: al contrario, fue glorificada por él. Ni porque el Hijo, que estaba en forma de Dios, tomase forma de siervo, quedó privado de su Divinidad. Antes bien, de este modo se ha convertido en el Libertador de toda carne y de toda la creación. Y si Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, ello no nos causa vergüenza, sino, por el contrario, gloria y gran gracia. Pues se ha hecho hombre para divinizarnos en sí mismo, y ha nacido de una mujer y sido engendrado de una Virgen para tomar sobre sí nuestro linaje extraviado, de modo que en adelante lleguemos a ser una estirpe santa y "partícipes de la naturaleza divina", como escribió el bienaventurado Pedro [
    ]. Y "lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil a causa de la carne, Dios, enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y por causa del pecado, condenó al pecado en la carne [
    ]".

    Carta 60, § 5

    5. Viendo, pues, que el Logos tomó carne para librar a todos los hombres, resucitar a todos de entre los muertos y obtener la redención de los pecados, ¿no han de mostrarse ingratos y dignos de todo aborrecimiento quienes menosprecian la carne, así como quienes, por causa de ella, acusan al Hijo de Dios de ser una cosa creada o hecha? Pues es como si clamaran a Dios diciendo: "No envíes a tu Hijo Unigénito en la carne; no permitas que tome carne de una virgen, no sea que nos redima de la muerte y del pecado. No queremos que venga en el cuerpo, no sea que padezca la muerte por nosotros; no deseamos que el Logos se haga carne, no sea que en ella se convierta en nuestro Mediador para darnos acceso a ti y que así habitemos en las moradas celestiales. Permanezcan cerradas las puertas de los cielos, no sea que tu Logos nos consagre el camino hasta allí a través del velo, esto es, de su carne [
    ]". Tales son las palabras que, con atrevimiento diabólico, les hace proferir el error que han inventado. Pues quienes no quieren adorar al Logos hecho carne son ingratos por haberse hecho hombre. Y quienes separan al Logos de la carne no sostienen que haya habido una sola redención del pecado ni una sola destrucción de la muerte. Pero ¿dónde encontrarán esos impíos, separada de él, la carne que tomó el Salvador, para atreverse siquiera a decir: "No adoramos al Señor con la carne, sino que separamos el cuerpo y lo adoramos solo a él"? Pues el bienaventurado Esteban vio en los cielos al Señor de pie a la diestra de Dios [
    ], mientras que los ángeles dijeron a los discípulos: "Así vendrá, de la misma manera que lo visteis ir al cielo"; y el Señor mismo dice, dirigiéndose al Padre: "Quiero que donde yo estoy, estén también ellos conmigo [
    ]". Y ciertamente, si la carne es inseparable del Logos, ¿no se sigue de ello que estos hombres deben o bien abandonar su error y adorar en adelante al Padre en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, o bien, si no adoran ni sirven al Logos que vino en la carne, ser rechazados por todas partes y no contarse ya entre los cristianos, sino entre los paganos o entre los judíos?

    Carta 60, § 6

    6. Tal es, pues, como hemos descrito arriba, la locura y el atrevimiento de esos hombres. Pero nuestra fe es recta y parte de la enseñanza de los apóstoles y de la tradición de los padres, confirmada tanto por el Nuevo Testamento como por el Antiguo. Pues los Profetas dicen: "Envía tu Logos y tu Verdad", y "He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarán su nombre Emanuel, que significa Dios con nosotros". ¿Y qué significa esto sino que Dios ha venido en la carne? Por su parte, la tradición apostólica enseña con las palabras del bienaventurado Pedro: "Puesto que Cristo padeció por nosotros en la carne"; y con lo que escribe Pablo: "Aguardando la bienaventurada esperanza y la manifestación de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo de su propiedad, celoso de buenas obras [
    ]". ¿Cómo, pues, se entregó a sí mismo si no se había revestido de carne? Pues ofreció carne y se entregó a sí mismo por nosotros para que, padeciendo en ella la muerte, "redujese a la nada al que tenía el poder de la muerte, esto es, al diablo [
    ]". Por eso también damos siempre gracias en el nombre de Jesucristo y no menospreciamos la gracia que por él nos ha venido. Pues la venida del Salvador en la carne ha sido el rescate y la salvación de toda la creación. Así pues, amado y muy añorado, sirva lo que he dicho para recordar estas cosas a quienes aman al Señor; en cuanto a los que han imitado la conducta de Judas y han abandonado al Señor para unirse a Caifás, aprendan de esto a obrar mejor, si acaso están dispuestos a ello, si acaso sienten vergüenza. Y sepan que, al adorar al Señor en la carne, no adoramos a una criatura, sino, como dijimos arriba, al Creador que se ha revestido de un cuerpo creado.

    Carta 60, § 7

    7. Pero quisiéramos que vuestra piedad les preguntase esto: cuando se ordenó a Israel subir a Jerusalén para adorar en el templo del Señor, donde estaba el arca "y sobre ella los querubines de gloria que cubrían con su sombra el propiciatorio [
    ]", ¿obraban bien o lo contrario? Si obraban mal, ¿cómo es que quienes despreciaban esta ley se hacían merecedores de castigo? Pues está escrito que, si un hombre la menosprecia y no sube, perecerá de entre el pueblo. Pero si obraban bien y con ello se hacían agradables a Dios, ¿no son los arrianos, abominables y más vergonzosos que cualquier herejía, muchas veces dignos de perdición, puesto que aprueban al antiguo Pueblo por el honor que tributaba al templo y, sin embargo, no quieren adorar al Señor que está en la carne como en un templo? Y eso que el antiguo templo estaba construido de piedras y oro, como una sombra. Pero, cuando llegó la realidad, cesó desde entonces la figura y no quedó, según la palabra del Señor, piedra sobre piedra que no fuese derribada [
    ]. Y ellos, al ver el templo de piedra, no supusieron que el Señor que hablaba en el templo fuese una criatura; ni menospreciaron el templo para retirarse lejos a adorar. Antes bien, acudían a él conforme a la Ley y adoraban al Dios que pronunciaba sus oráculos desde el templo. Siendo esto así, ¿cómo puede no ser justo adorar el cuerpo del Señor, todo santo y digno de toda reverencia, anunciado por el arcángel Gabriel, formado por el Espíritu Santo y hecho vestidura del Logos? Pues fue una mano corporal la que el Logos extendió para levantar a la mujer enferma de fiebre [
    ]; una voz humana la que profirió para resucitar a Lázaro de entre los muertos [
    ]; y, una vez más, al extender sus manos sobre la Cruz, derribó al príncipe de la potestad del aire, que ahora obra en los hijos de desobediencia, y nos abrió el camino hacia los cielos.

    Carta 60, § 8

    8. Por tanto, quien deshonra el templo deshonra al Señor que está en el templo; y quien separa al Logos del cuerpo menosprecia la gracia que en él nos ha sido dada. Y no piensen los impíos fanáticos arrianos que, porque el cuerpo es creado, también el Logos es una criatura; ni denigren su cuerpo porque el Logos no sea una criatura. Pues su error es cosa de admiración: a un tiempo confunden y trastornan todas las cosas, e inventan pretextos con el solo fin de contar al Creador entre las criaturas.
    Pero escuchen. Si el Logos fuese una criatura, no habría asumido el cuerpo creado para vivificarlo. Pues ¿qué auxilio pueden recibir las criaturas de una criatura que necesita ella misma salvación? Pero, puesto que el Logos es Creador y ha hecho él mismo las criaturas, también en la consumación de los siglos [
    ] se revistió de la criatura, para que, como creador, pudiera consagrarla de nuevo y recuperarla. Mas una criatura jamás podría ser salvada por una criatura, como tampoco habrían sido creadas las criaturas por una criatura, si el Logos no fuese creador. No levanten, pues, falsedades contra las divinas Escrituras ni escandalicen a los hermanos sencillos; antes bien, si están dispuestos, muden ellos también de parecer y no adoren ya a la criatura en lugar de Dios, que hizo todas las cosas. Pero, si quieren persistir en sus impiedades, que se sacien de ellas ellos solos y rechinen los dientes como su padre, el diablo, porque la fe de la Iglesia católica sabe que el Logos de Dios es creador y hacedor de todas las cosas; y nosotros sabemos que, aunque "en el principio era el Logos, y el Logos estaba con Dios [
    ]", ahora que se ha hecho también hombre para nuestra salvación lo adoramos, no como si, por haber venido en el cuerpo, se hubiese igualado a él, sino como Señor que asume la forma de siervo, y como Hacedor y Creador que viene en una criatura para que, al librar en ella a todas las cosas, acerque el mundo al Padre y ponga en paz todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra. Pues así reconocemos también su Divinidad, la misma del Padre, y adoramos su presencia encarnada, aunque los fanáticos arrianos revienten de rabia.
    Saludad a todos los que aman al Señor Jesucristo. Rogamos que estéis bien y que nos recordéis ante el Señor, amado y verdaderamente muy añorado. Si fuere necesario, léase esto al presbítero Hieracas.

    Carta 61

    Carta 61, encabezado

    Carta a Máximo. (Escrita hacia el año 371 d. C.)
    Comentario editorial · Un filósofo llamado Máximo
    El NPNF cree que este Máximo es probablemente el filósofo cínico que figura en la historia de Gregorio de Nacianzo, hijo de padres alejandrinos y desterrado bajo Valente; recoge que Bright cuestiona la identificación. La carta lo felicita por refutar a herejes, unos que defendían la cristología arriana y otros la de Pablo de Samosata y Fotino, y se parece a las cartas a Epicteto y a Adelfio. El encabezado la sitúa hacia 371.

    Carta 61, § 1

    A nuestro amado y verdaderamente añorado hijo, el filósofo Máximo, Atanasio, salud en el Señor.
    Leída la carta que ahora me ha llegado de ti, apruebo tu piedad; pero, maravillado de la temeridad de quienes "no entienden ni lo que dicen ni aquello acerca de lo cual afirman con tanta seguridad [
    ]", había decidido, en verdad, no decir nada. Pues responder sobre cuestiones tan manifiestas y más claras que la luz no es sino dar a tales hombres sin ley un pretexto para su desvergüenza. Y esto lo hemos aprendido del Salvador. Porque, cuando Pilato se hubo lavado las manos y consintió en la falsa acusación de los judíos de aquel tiempo, el Señor no le respondió más, sino que antes bien advirtió en sueños a su esposa, para que se creyera que Aquel a quien juzgaban era Dios, no por la palabra, sino por el poder. Y, después de no dignarse responder a Caifás en su necedad, Él mismo, mediante su promesa, condujo a todos al conocimiento. Por eso me demoré algún tiempo y, en vista del afán de disputa de los hombres sin vergüenza, solo a disgusto he cedido a tu celo por la verdad. Y no he dictado nada que exceda lo contenido en tu carta, para que, de aquí en adelante, el adversario quede convencido en los puntos que ha objetado y "guarde su lengua del mal y sus labios de hablar engaño". ¡Ojalá tampoco se unan ya a los judíos que antaño pasaban por allí para ultrajar al que pendía del madero: "Si eres Hijo de Dios, sálvate a ti mismo [Mateo 27:40; exhortación apostólica, y "al hombre hereje, después de una primera y segunda amonestación, rehúyelo, sabiendo que el tal está pervertido y peca, condenado por sí mismo" Tito 3:10-11]"! Pues, si quienes así se atreven son gentiles o pertenecen a los judaizantes, tengan, como judíos, la Cruz de Cristo por escándalo o, como gentiles, por necedad [
    ]. Pero, si pretenden ser cristianos, aprendan que el Cristo crucificado es a un tiempo Señor de la gloria, Poder de Dios y Sabiduría de Dios.

    Carta 61, § 2

    2. Pero, si dudan de que Él sea Dios, reverencien a Tomás, que tocó al Crucificado y lo proclamó Señor y Dios [
    ]. O teman al Señor mismo, que dijo, después de lavar los pies a los discípulos: "Vosotros me llamáis Señor y Maestro, y decís bien, porque lo soy". Mas en el mismo cuerpo en que se hallaba cuando les lavó los pies llevó también nuestros pecados al madero [
    ]. Y se dio testimonio de que era Señor de la creación cuando el sol retiró sus rayos, la tierra tembló y las rocas se hendieron, y los verdugos reconocieron que el Crucificado era verdaderamente Hijo de Dios. Pues el cuerpo que contemplaban no era el de un hombre cualquiera, sino el de Dios, en el cual, aun mientras era crucificado, resucitó a los muertos. No es, por tanto, empresa acertada la suya decir que el Logos de Dios vino a cierto hombre santo; pues esto fue verdad de cada uno de los profetas y de los demás santos y, de admitirse tal supuesto, es claro que Él nacería y moriría en cada uno de ellos. Pero no es así: lejos de nosotros tal pensamiento. Antes bien, de una vez para siempre, "en la consumación de los siglos [
    ], para quitar el pecado", "el Logos se hizo carne [
    ]" y salió de María la Virgen hecho hombre a semejanza nuestra, como también dijo a los judíos: "¿Por qué procuráis matarme a mí, un hombre que os ha dicho la verdad?". Y nosotros somos divinizados, no por participar del cuerpo de un hombre cualquiera, sino por recibir el cuerpo del Logos mismo.

    Carta 61, § 3

    3. Y también me causa gran asombro que se hayan atrevido a concebir la idea de que el Logos se hizo hombre por consecuencia de su naturaleza. Pues, si así fuera, la conmemoración de María sería superflua. Porque tampoco conoce la naturaleza que una virgen dé a luz sin concurso de varón. De ahí que, por el beneplácito del Padre, siendo verdadero Dios, y Logos y Sabiduría del Padre por naturaleza, se hiciera hombre en el cuerpo para nuestra salvación, a fin de que, teniendo algo que ofrecer por nosotros, pudiera salvarnos a todos, "a cuantos, por temor de la muerte, estaban sujetos a servidumbre durante toda su vida". Pues no fue un hombre cualquiera quien se entregó por nosotros, ya que todo hombre está bajo sentencia de muerte, conforme a lo que se dijo a todos en Adán: "Tierra eres y a la tierra volverás". Ni fue tampoco ninguna otra de las criaturas, puesto que toda criatura está sujeta al cambio. Fue el Logos mismo quien ofreció su propio cuerpo en favor nuestro, para que nuestra fe y nuestra esperanza no estuviesen puestas en un hombre, sino para que tuviéramos nuestra fe en Dios el Logos mismo. Y aun ahora que se ha hecho hombre contemplamos su gloria, "gloria como del Unigénito de su Padre, lleno de gracia y de verdad". Pues lo que padeció por medio del cuerpo, Él lo engrandeció como Dios. Y, mientras padecía hambre en la carne, como Dios alimentaba a los hambrientos. Y, si alguno tropieza a causa de las condiciones del cuerpo, crea por razón de lo que Dios obra. Pues, como hombre, pregunta dónde yace Lázaro, pero, como Dios, lo resucita. Que nadie, por tanto, se burle llamándolo niño y alegando su edad, su crecimiento, su comer, beber y padecer, no sea que, al negar lo que es propio del cuerpo, niegue también por completo su estancia entre nosotros. Y así como no se hizo hombre por consecuencia de su naturaleza, del mismo modo convenía que, una vez tomado un cuerpo, mostrase lo que le era propio, para que no prevaleciese la doctrina ilusoria de Maniqueo. Convenía asimismo que, mientras andaba en el cuerpo, no ocultase lo que pertenece a la Divinidad, para que el de Samosata no hallase pretexto para llamarlo hombre distinto en persona de Dios el Logos.

    Carta 61, § 4

    4. Adviertan, pues, esto los incrédulos, y aprendan que, mientras yacía como infante en un pesebre, sometió a los magos y fue adorado por ellos; y que, mientras descendía a Egipto como niño, redujo a la nada los objetos hechos por mano humana a los que allí se rendía culto; y que, crucificado en la carne, resucitó a los muertos que desde hacía largo tiempo habían caído en la corrupción. Y a todos ha quedado manifiesto que no por sí mismo, sino por nosotros, pasó por todas estas cosas, para que nosotros, mediante sus padecimientos, nos revistamos de la libertad de padecimiento y de la incorrupción [
    ], y permanezcamos para la vida eterna.

    Carta 61, § 5

    5. Esto, pues, he dictado brevemente, siguiendo, como dije antes, las líneas de tu propia carta, sin desarrollar más ningún punto, sino tan solo mencionando lo que atañe a la Santa Cruz, para que quienes la desprecian reciban mejor enseñanza en los puntos que les causaron escándalo y adoren al Crucificado. Tú, por tu parte, persuade cabalmente a los incrédulos; quizá de algún modo pasen de la ignorancia al conocimiento y crean rectamente. Y aunque lo contenido en tu propia carta es suficiente, ha parecido bien añadir lo que he dicho como recordatorio frente a las personas contenciosas; no tanto para que, refutadas sus temerarias afirmaciones, queden avergonzadas, cuanto para que, advertidas, no olviden la verdad. Pues prevalezca lo que confesaron los Padres en Nicea. Porque es recto y basta para derribar toda herejía, por impía que sea, y especialmente la de los arrianos, que habla contra el Logos de Dios y, como consecuencia lógica, profana su Espíritu Santo. Saluda a todos los que profesan la recta fe. Todos los que están con nosotros te saludan.

    Carta 62

    Carta 62, encabezado

    A Juan y Antíoco.

    Carta 62

    Atanasio a Juan y Antíoco, nuestros amados hijos y compañeros presbíteros en el Señor, salud.
    Me alegró recibir vuestra carta hace un momento, tanto más cuanto que me escribíais desde Jerusalén. Os agradezco que me hayáis informado acerca de los hermanos allí congregados y de quienes, por cuestiones controvertidas, desean perturbar a los sencillos. Pero, en cuanto a estas cosas, que el Apóstol les exhorte a no prestar oído a quienes disputan sobre palabras y no buscan otra cosa que contar y oír alguna novedad. Vosotros, en cambio, teniendo firme vuestro fundamento, que es Jesucristo nuestro Señor, y la confesión de los padres acerca de la fe, evitad a quienes desean decir algo más o algo menos que eso; buscad más bien el provecho de los hermanos, para que teman a Dios y guarden sus mandamientos, de modo que, tanto por la enseñanza de los padres como por la observancia de los mandamientos, puedan presentarse agradables al Señor en el día del juicio. Pero me ha asombrado sobremanera la osadía de quienes se atreven a hablar contra nuestro amado Basilio, el obispo, verdadero siervo de Dios. Pues por tales palabras vanas queda de manifiesto que ni siquiera aman la confesión de los padres.
    Saludad a los hermanos. Los que están conmigo os saludan. Ruego que estéis bien en el Señor, hijos amados y muy queridos.
    Comentario editorial · Basilio de Cesarea visto desde Alejandría
    Las Cartas 62 y 63 tratan de Basilio, obispo reciente de Cesarea de Capadocia, y el NPNF las fecha en el invierno de 371–372; su interés es que muestran la estima de Atanasio por Basilio y su indiferencia por las palabras cuando no está en juego un principio esencial. La 63 alude a monjes de Cesarea que se oponían a Basilio, según una nota del NPNF, por la reserva con que hablaba de la personalidad divina del Espíritu Santo. De Juan y Antíoco, destinatarios de la 62, no se sabe nada; del presbítero Paladio, de la 63, solo que residía en Cesarea.

    Carta 63

    Carta 63, encabezado

    Carta al presbítero Paladio.

    Carta 63

    A nuestro amado hijo Paladio, presbítero, Atanasio, obispo: salud en el Señor.
    También me alegró recibir la carta que tú mismo escribiste, tanto más cuanto que en ella respiras ortodoxia, como es tu costumbre. Y habiendo conocido, no ahora por vez primera, sino desde hace mucho tiempo, la razón por la que te encuentras actualmente con nuestro amado Inocencio, me complace tu piedad. Puesto que así obras, escríbeme y hazme saber cómo se encuentran los hermanos de allí y qué piensan de nosotros los enemigos de la verdad. Y puesto que también me has hablado de los monjes de Cesarea, y he sabido por nuestro amado Dianio que están contrariados y se oponen a nuestro amado obispo Basilio, me alegra que me hayas informado, y les he señalado lo que conviene: que, como hijos, obedezcan a su padre y no se opongan a lo que él aprueba. Pues, si fuese sospechoso en lo tocante a la verdad, harían bien en combatirlo. Pero si están persuadidos, como lo estamos todos nosotros, de que él es una gloria para la Iglesia, pues lucha por la verdad e instruye a quienes lo necesitan, no es justo combatir a tal hombre, sino más bien acoger con gratitud su recta conciencia. Porque, según ha referido el amado Dianio, parecen estar contrariados sin motivo. Pues él, según confío, se hace débil con los débiles para ganar a los débiles. [
    ] Pero que nuestros amados amigos consideren el alcance de su fidelidad a la verdad y su propósito particular, y glorifiquen al Señor, que ha dado a Capadocia un obispo tal que cualquier región habría de rogar que se le concediese uno semejante. Y tú, amado, ten a bien señalarles, como te escribo, el deber de obedecer. Pues esto los dispondrá favorablemente hacia su padre y preservará la paz de las iglesias. Ruego que estés bien en el Señor, amado hijo.

    Carta 64

    Carta 64, encabezado

    A Diodoro (fragmento).

    Carta 64

    A mi señor, hijo y muy amado compañero en el ministerio Diodoro [obispo de Tiro], Atanasio, salud en el Señor.
    Doy gracias a mi Señor, que por doquier afianza su doctrina, y principalmente por medio de sus propios hijos, como los hechos muestran que tú eres. Pues, antes de que tu Reverencia escribiera, ya sabíamos cuánta gracia se había obrado en Tiro por tu perseverancia. Y nos regocijamos contigo de que, gracias a ti, también Tiro haya aprendido la recta palabra de la piedad. Yo, ciertamente, aproveché la ocasión para escribirte, anhelado y amado mío; pero me maravilla que no hayas respondido a mi carta. No tardes, pues, en escribirme, sabiendo que, como hijo a su padre, me das consuelo y, como heraldo de la verdad, me colmas de alegría. Y no entres en controversia con los herejes, sino vence con el silencio su afán de disputar, y con la cortesía su malquerencia. Pues así tu palabra será "con gracia, sazonada con sal [
    ]", mientras que ellos [serán juzgados] por la conciencia de todos.
    Comentario editorial · Diodoro de Tiro y el cisma de Antioquía
    El teólogo Facundo la atribuyó a Diodoro de Tarso, pero el NPNF muestra que es imposible: Diodoro fue obispo de Tarso no antes de 378, después de la muerte de Atanasio. El texto habla de Tiro, y el destinatario es Diodoro de Tiro, a quien Paulino de Antioquía había ordenado de forma inapropiada. El NPNF la considera, con la Carta 56 y la correspondencia de Basilio, un testimonio de cómo vio Atanasio el cisma de Antioquía, el mismo que trata el Tomo a los antioquenos.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejan las cartas

    Leídas en conjunto, las cartas muestran tres cosas. La primera, una pastoral regular: año tras año, aun desde el destierro, Atanasio anuncia la Pascua y la acompaña de una exhortación, y con ello mantiene la comunicación con su Iglesia (Cartas 1–45). La segunda, una red de relaciones: con presbíteros y diáconos de Alejandría, con obispos como Draconcio, Adelfio, Epicteto o Rufiniano, con monjes —Amún, los solitarios, Orsisio— y con un emperador, Joviano. La tercera, una doctrina aplicada a casos: la cristología de las Cartas 59 a 61, que contesta a quienes discutían cómo se relaciona la humanidad de Cristo con el Hijo eterno, y la actitud ante quienes cedieron bajo los arrianos (Carta 55) y ante las divisiones entre nicenos (Cartas 62 a 64). La Carta 39, con su lista de libros, es la más estudiada de la colección (Wikipedia), pero no la resume.
    Para un escrito de este autor con la misma Antioquía y el mismo año de 362, véase la Carta a los de Antioquía; para la defensa de su persona y los documentos de los primeros años, la Apología contra los arrianos.
    Límites. Las fechas de las cartas festales vienen de los encabezados y de las tablas del NPNF; las de las personales son aproximadas o inciertas y la edición de base no las discute. Las identificaciones de personas y lugares de las notas proceden de las fuentes que se citan y no de los textos. La traducción pasa por varias lenguas (siríaco o latín, inglés, castellano) y puede alterar matices; dos casos visibles son el «[Marcos 9]» que es una fecha y el «Lucas 2:61» que no existe, y ambos se señalan en el texto. La atribución a Atanasio de cada pieza, y en especial de las conservadas solo en latín, se toma de la edición de base y no se examina aquí.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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