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    COMPENDIOS — HISTORIA Y DOCTRINA

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    Los concilios ecuménicos de 325 a 787: proceso y recepción

    Siglos IV–VIII · De Nicea a Nicea II51 minPosición: 0% de esta parteParte 1 de 2 · Qué queda de un concilioPublicado el Actualizado el Ref. COM-CONC-01

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minQué queda de un concilio
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minQué es un acta
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minÉfeso, 431: dos concilios en una ciudad
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minEl canon 7: la decisión que nadie notó
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minOctubre de 451: obispos que no querían definir
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCalcedonia después de Calcedonia (453–519)
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 9 minRoma: la doctrina sí, el canon no
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 min484–519: un cisma por un nombre
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 minConstantinopla II (553): un concilio para ordenar el pasado
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 minQué se decidió
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minEl concilio
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minTrulo (692) y la recepción desigual
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 8 minCómo se recibió
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minLo que quedó estándar y lo que sigue disputado
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 1 minDónde seguir

    Premisa central

    Un concilio se recuerda por su definición, pero lo que la volvió vinculante fue lo que pasó antes de redactarla y lo que pasó después de leerla. Entre 325 y 787 las actas muestran emperadores que convocan y dirigen, obispos que se resisten a definir, comisiones que redactan aparte, papas que aceptan la doctrina y rechazan los cánones, y un adjetivo, «ecuménico», que se concede casi siempre más tarde, y a veces mucho más tarde.
    El 10 de octubre de 451, en la iglesia de santa Eufemia, a las afueras de Calcedonia, el magister militum Anatolio, que presidía el concilio en nombre del emperador Marciano, pidió a los obispos que redactaran una exposición de la fe. Los obispos exclamaron que nadie hace una exposición nueva, que los Padres ya enseñaron y que lo que enseñaron está escrito. El presidente no les hizo caso. Los obispos tenían de su parte un canon de Éfeso que prohibía componer «otra fe» frente a la de Nicea, y el 22 de octubre aprobaron, sin embargo, una definición nueva. Cuando uno de ellos escribió después a León de Roma, describió el resultado como un escrito «unánime y sin contradicción», aunque admitió que algunos se habían opuesto con porfía al principio. Las actas de ese día cuentan más: los legados romanos amenazaron con volverse a casa, el emperador amenazó con trasladar el concilio a Occidente y una comisión retocó el borrador en una capilla lateral.
    Las dos versiones del mismo día, la de la carta y la de las actas, resumen el problema de este compendio. Las definiciones de los siete concilios llamados ecuménicos están en los credos y en los catecismos; el modo en que se llegó a ellas, y el modo en que cada una fue aceptada o discutida, está en documentos que casi nadie lee. La pregunta que sigue estas páginas es qué hacía vinculante a un concilio entre 325 y 787: quién lo convocaba y lo dirigía, cómo se decidía, qué recogen y qué callan sus actas, y por qué mecanismo las demás Iglesias acabaron llamándolo, o no llamándolo, ecuménico.
    Lo que sigue no repite lo que otros artículos del sitio ya cuentan. La crisis arriana, Nicea y Constantinopla I están en Arrianismo y en el credo niceno-constantinopolitano; Éfeso visto desde María, en María en los Padres; el sínodo iconoclasta de 754 y la definición de Nicea II, en Culto a los santos, reliquias e imágenes. Aquí esos concilios entran por una sola puerta, la del proceso y la recepción, y el peso cae en Éfeso II, Calcedonia, Constantinopla II y III y la acogida de Nicea II. Nicea II, de 787, entra aunque pertenezca ya al siglo VIII, porque su recepción es la mejor ilustración de lo que se quiere mostrar.

    Qué queda de un concilio

    Los siete concilios tienen en común lo que Henry Percival, editor del volumen de la serie Nicene and Post-Nicene Fathers que reúne sus textos (1899), enumera casi como un inventario: los convocó un príncipe. Al de Nicea lo convocó Constantino; al de Constantinopla I, Teodosio I; a Éfeso, Teodosio II; a Calcedonia, Marciano; a Constantinopla II, Justiniano; a Constantinopla III, Constantino IV; a Nicea II, la emperatriz Irene con su hijo; el decreto de 787 dice que se reunió por decreto de los emperadores, y Price lee en ello la idea bizantina de que un concilio universal solo pueden convocarlo los emperadores, como lugartenientes de Dios en la tierra (Price, Acts of the Second Council of Nicaea, Liverpool, 2018, p. 49). Percival añade que, que se sepa, Roma no fue consultada en Nicea, no supo de Constantinopla I y consintió de mala gana el de Calcedonia, convocado ya por el emperador contra su deseo. Nada de eso es una anomalía que haya que explicar: es el marco. Price lo dice con dureza a propósito de 553: quien hoy da por sentada la separación de Iglesia y Estado lee como intrusión lo que los contemporáneos vivían como orden normal (Acts of the Council of Constantinople of 553, Liverpool, 2009, pp. 36–37).
    La convocatoria era imperial; la presidencia, a menudo, también. En Calcedonia presidieron las sesiones los comisarios del emperador, con el magister militum Anatolio al frente, y los obispos votaban por aclamación después de que el presidente enunciara la propuesta; en Constantinopla III presidió Constantino IV en persona hasta la undécima sesión y volvió para la última (Hefele, History of the Councils, vol. 5, § 315). El objetivo declarado era la unanimidad. Graumann, en la introducción a la traducción de Price (The Council of Ephesus of 431, Liverpool, 2020), recuerda que la idea misma de una minoría disidente era ajena a lo que se entendía por concilio, y que por eso la abstención de un obispo era una decisión grave: de los 68 obispos que firmaron en Éfeso una nota pidiendo que se esperase a Juan de Antioquía, treinta se pasaron a Cirilo en pocos días (pp. 48–49).
    Los números y los papeles que quedan son muy desiguales. Esta tabla resume lo que se conserva de cada uno.
    ConcilioLo convocóObisposActasLo que tenemos
    Nicea, 325Constantinode 250 a 300 según los contemporáneos; «318» es cifra simbólica posteriorninguna conservada, si se redactaroncredo, cánones y cartas sobre la Pascua y el cisma meleciano
    Constantinopla I, 381Teodosio Iunos 150, todos orientalesningunacuatro cánones auténticos, la carta sinodal de 382; el credo se cita por primera vez en 451
    Éfeso, 431Teodosio IImás de 200 en la sesión de Cirilo; con Juan de Antioquía, unos 30 según los cirilianos y más del doble según los orientalesno hubo juego oficial; hay colecciones de documentosactas de sesiones parciales y cientos de cartas
    Calcedonia, 451Marcianounos 370las más completas de la antigüedaddieciséis sesiones, con actas anteriores leídas dentro
    Constantinopla II, 553Justiniano170 reunidos en la ciudad, 152 en las sesionessolo en latín; lecturas de dosieres preparadosocho sesiones y catorce cánones
    Constantinopla III, 680–681Constantino IVmenos de 300 presentes; 174 firmas en la última actaen griego y en dos traducciones latinasdieciocho sesiones; en ellas se denunciaron interpolaciones en las actas de 553
    Nicea II, 787Irene y Constantino VI308 firmas según Hefelesí; la «sesión VIII» es un añadido posteriorsiete sesiones y una colección de cartas
    Las fuentes de la tabla son Price y Gaddis (The Acts of the Council of Chalcedon, Liverpool, 2005, vol. 1, pp. 4–8 y vol. 2, p. 1) para Nicea, Constantinopla I y Calcedonia; Hanson (The Search for the Christian Doctrine of God, 1988, pp. 157 y 805–806) para la falta de actas en los dos primeros; Graumann (pp. 48–50) para Éfeso; Price (2009), pp. 27–28 y prefacio, para 553; Percival y Hefele (§ 315) para 680–681; y Price (2018), pp. 27–28 y 655–656, para Nicea II. Que en Calcedonia hubiera unos 370 obispos es un cálculo de Price y Gaddis; el cronista siríaco Zacarías, que escribe desde el bando contrario, habla de 567, y la introducción de Feltoe a las cartas de León dice que ya eran 520 los reunidos en Nicea antes de pasar a Calcedonia. Las cifras difieren según quién cuenta y para qué.

    Qué es un acta

    Un acta de concilio parece una transcripción taquigráfica y a veces lo es, pero casi nunca es lo que un lector moderno supone. Las de Éfeso, por ejemplo, no existen como obra única. Graumann explica que nunca se hizo ni se publicó un juego oficial de actas: lo que llamamos Actas de Éfeso son colecciones, compuestas en épocas distintas, que reúnen actas de sesiones junto con cartas, informes y sermones. La más antigua, en latín, procede de los años de Justiniano y se armó mirando el conflicto de los Tres Capítulos; la griega más completa, la Colección Vaticana, creció por capas hasta el siglo IX. Eduard Schwartz, que las editó entre 1922 y 1929, las llamó Publizistik, publicística: cada colección es un alegato. Graumann acepta el diagnóstico en lo que toca a la transmisión pero rechaza que se reduzca a política: los compiladores tenían también intereses históricos y teológicos genuinos (pp. 1–14).
    Las de Calcedonia, que Price y Gaddis consideran un tipo de fuente rarísimo en el mundo antiguo, el de las transcripciones literales de una asamblea deliberante, tienen otra limitación: son una transcripción editada. Al comentar la sesión V, Price admite que el registro es sorprendentemente franco y que, aun así, tiene omisiones sustanciales: falta el texto del borrador de la definición, no se detallan las objeciones de los legados romanos ni las de Juan de Germanicia, y la brevedad misma del acta indica que gran parte de la discusión se dejó fuera (vol. 2, pp. 183–184). Price advierte además, en su edición de Nicea II, de que el orden de las sesiones tampoco es de fiar sin más: en las actas de Constantinopla III el número y las fechas de las primeras sesiones no resisten el cotejo, y el Liber pontificalis, que se apoya en el relato de los legados romanos, resulta más verosímil; las de Nicea II incluyen una «sesión VIII» que se compuso un siglo más tarde (pp. 27 y 655–656). Y las actas, una vez compuestas, hay que traducirlas. León Magno escribía a Julián de Cos en marzo de 453, más de un año después de Calcedonia, que no tenía noticias claras de las actas «por la diferencia de lengua», y le pedía que las hiciera reunir en un volumen y traducir con exactitud al latín:
    Texto de la fuenteLeón Magno · Carta a Julián de Cos · Carta 113, IV (11 de marzo de 453)Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 12 (trad. inglesa de Charles Lett Feltoe)Traducción: Eusebeia, del inglés
    No tenemos noticias muy claras de las actas del sínodo que se redactaron cuando se celebró el concilio de Calcedonia, por la diferencia de lengua. Por eso te encargo especialmente, hermano, que hagas reunir todo en un solo volumen, traducido con exactitud, claro está, al latín, para que no tengamos duda sobre ninguna parte de lo actuado y para que no quede incertidumbre alguna cuando te hayas esforzado por ponerlo plenamente a mi alcance.
    Feltoe, el traductor, añade en nota lo que ya sabían los lectores del siglo XIX: «es bien sabido que León no sabía nada de griego». Roma recibía así un concilio cuyas actas todavía no podía leer.

    El título «ecuménico» llega después

    La palabra que ordena esta historia se aplica retroactivamente. Atanasio la usa ya para Nicea hacia 369, en su carta a los obispos de África, y la argumentación que la acompaña contiene en pequeño casi todos los criterios que veremos aparecer luego:
    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Carta a los obispos de África · § 2Consultar la referencia
    Pues precisamente por esto se celebró en Nicea un concilio ecuménico, en el que se reunieron 318 obispos para tratar de la fe a causa de la herejía arriana: para que no se celebrasen ya sínodos locales sobre la Fe y, aun si se celebraban, careciesen de autoridad. Porque ¿qué le falta a aquel concilio para que alguien pretenda introducir novedades? Está colmado de piedad, amados, y de ella ha llenado el mundo entero. Lo han reconocido los indios y todos los cristianos de las demás naciones bárbaras. Vano es, pues, el afán de quienes tantas veces han atentado contra él. Pues los hombres a quienes nos referimos ya han celebrado diez sínodos o más, mudando de parecer en cada uno, y, mientras suprimen algunas cosas de las decisiones anteriores, introducen cambios y adiciones en las posteriores. Y hasta ahora nada han conseguido escribiendo, borrando y empleando la fuerza, sin saber que "toda planta que no plantó el Padre celestial será arrancada []". Pero la palabra del Señor, que llegó por medio del concilio ecuménico de Nicea, permanece para siempre. [] Pues, si se compara el número con el número, los reunidos en Nicea son más que los de los sínodos locales, por cuanto el todo es mayor que la parte. Pero, si alguien quiere discernir el motivo del Sínodo de Nicea y el de los numerosos sínodos que estos hombres celebraron después, hallará que, mientras el primero tuvo una causa razonable, los otros fueron convocados por la fuerza, a causa del odio y de la contienda. Pues el primer concilio fue convocado por la herejía arriana y por la Pascua, ya que los de Siria, Cilicia y Mesopotamia diferían de nosotros y celebraban la fiesta en la misma época que los judíos. Mas, gracias al Señor, se alcanzó la concordia no solo acerca de la Fe, sino también acerca de la Fiesta Sagrada. Tal fue la razón del sínodo de Nicea. Los posteriores, en cambio, fueron innumerables, y todos ellos tramados en oposición al ecuménico.
    Atanasio da en este párrafo cuatro razones: el número, la causa razonable, la fe que ha llegado hasta los indios y el hecho de que los sínodos rivales cambian de parecer. Ninguna es la convocatoria imperial, ni la presencia del papa, ni un procedimiento. Casi treinta años antes, hacia 341, Julio de Roma había escrito a los eusebianos algo más técnico, que la Apología contra los arrianos conserva (§§ 22 y 25): que los obispos de Nicea acordaron que las decisiones de un concilio pudieran examinarse en otro, y que, en cambio, la sentencia de los «Trescientos» contra los arrianos no debía revocarse, porque unos pocos individuos no deben despreciar un concilio general. Dvornik (The Ecumenical Councils, 1961, pp. 19–20) resume ese intercambio como la aparición de un principio decisivo: no es la convocatoria del emperador sino el reconocimiento de las decisiones por toda la Iglesia lo que da a un concilio su carácter general y obligatorio. Es una formulación de Dvornik; en los textos de Julio que el sitio publica el argumento va por el procedimiento (qué se examina, quién está presente, qué canon se invoca) y por el respeto a la sentencia de Nicea, y la fórmula del «reconocimiento» no aparece en ellos con esas palabras. Pero el problema que Dvornik subraya, a quién obliga un concilio y por qué, es el que recorre todo lo que sigue.
    Constantinopla I es el caso más claro de título tardío. Hefele (History of the Councils, vol. 2, § 100) reúne los pasos. El sínodo de 382, convocado en la misma ciudad, ya lo llamó «ecuménico» al escribir a los latinos, pero Éfeso, cincuenta años después, menciona con respeto a Nicea y calla sobre él; el concilio de 449 habla de dos concilios generales, Nicea y Éfeso; y su credo aparece por primera vez honrado en la segunda sesión de Calcedonia, donde Price y Gaddis recuerdan que ningún documento anterior lo menciona y que el presidente imperial pudo recuperarlo para tener un precedente con que sortear la prohibición de nuevos credos (vol. 2, pp. 2–3). Roma aceptó el credo, pero no los cánones: a mediados del siglo V, León I trató con desdén el canon 3 sobre el rango de Constantinopla, y hacia el año 600 Gregorio Magno escribía que la Iglesia romana no tenía ni había recibido esos cánones ni las actas, y que solo aceptaba lo definido contra Macedonio. Aun así Gregorio contaba el concilio entre los cuatro ecuménicos, que veneraba como los cuatro Evangelios. Un concilio ecuménico podía serlo, para Roma, por su doctrina y no por su disciplina.

    Éfeso, 431: dos concilios en una ciudad

    La carta de convocatoria salió el 19 de noviembre de 430 y fijaba la apertura para Pentecostés, el 7 de junio de 431. Teodosio II pedía a los metropolitanos que llevaran «unos pocos» sufragáneos y no decía quién tenía la culpa de la agitación; Graumann subraya que la carta no presenta la causa de Nestorio como asunto central, y que el emperador escribió a Cirilo en el mismo despacho para reprocharle su conducta. La elección de Éfeso no necesita las explicaciones conjeturales que se le han dado, la influencia secreta de Pulqueria o la supuesta continuidad entre el culto de Ártemis y el de María: una gran metrópoli de Asia Menor, con buen puerto y alojamiento, era una sede natural, y Constantinopla, o su orilla asiática, era demasiado explosiva (pp. 44–45). Lo que pasó en la ciudad, la polémica sobre el título Theotokos que lo originó, está contado en María en los Padres; aquí interesa cómo se tomó la decisión.
    Cirilo llegó con cuarenta y siete obispos egipcios, incluido él, y con un grupo de parabolani. Los legados romanos, que habían salido de Roma a partir del 8 de mayo, no estuvieron en Éfeso hasta el 10 de julio. Juan de Antioquía y los obispos de Siria, retrasados por una hambruna en su ciudad y por el camino, anunciaron el 21 de junio, mediante dos obispos adelantados, que llegarían en tres a cinco días. Ese mismo día, un domingo, Cirilo, Memnón de Éfeso y Juvenal de Jerusalén convocaron la primera sesión para el día siguiente. El representante imperial, el conde Candidiano, protestó; sesenta y ocho obispos, muchos de ellos metropolitanos, firmaron una nota para que se esperase a Juan. Cirilo siguió adelante. En la iglesia llamada «de María», en la mañana del 22 de junio, los obispos de Cirilo consiguieron que Candidiano leyera las órdenes imperiales y, alegando que estas limitaban su papel a mantener el orden y lo excluían de la discusión doctrinal, lo hicieron salir del edificio; los obispos que habían protestado salieron con él. Las actas oficiales del día no dicen nada de esta discusión. Lo que sí hay es la lectura de la segunda carta de Cirilo a Nestorio, aprobada como conforme al credo de Nicea; la lectura de textos de los Padres y de extractos de Nestorio; y la deposición, que se comunicó a Nestorio al día siguiente. Al terminar la jornada, los obispos volvieron en procesión con antorchas, entre las aclamaciones del pueblo de Éfeso (Graumann, pp. 47–48).
    Nestorio vio las cosas de otro modo. Años después, ya en el exilio, compuso el Bazar de Heraclides, una apología en forma de diálogo con un interlocutor ficticio, Sofronio, que Driver y Hodgson (1925) identifican como una figura retórica que sirve a Nestorio para dar voz a sus adversarios. En una de sus páginas Sofronio presenta la excusa de quienes abrieron la sesión sin esperar, y Nestorio contesta:
    Texto de la fuenteNestorio · El Bazar de Heraclides · I, iii (Driver y Hodgson, pp. 106–107)The Bazaar of Heracleides (trad. inglesa de G. R. Driver y L. Hodgson, Oxford, Clarendon Press, 1925)Traducción: Eusebeia, del inglés
    Sofronio. Pero nos cansamos de esperar, pues muchos habían muerto o estaban enfermos y faltos de muchas cosas, y así nos vimos obligados a reunirnos y a establecer conclusiones.
    Nestorio. ¿Cuánto tiempo?, digo yo. ¿Hasta que hubierais hecho aquello en que estabais ocupados y trabajando, por temor de que se reuniera todo el concilio y se viera vuestro juicio? Hasta entonces estabais enfermos y moribundos y no podíais tomar alimento; pero después, ¿cómo pudisteis permanecer mucho tiempo sin soportar nada de eso, sino porque estabais libres del cuidado de esas cosas? Por eso habéis menospreciado y desdeñado a Candidiano, que habría impedido que se celebrase un concilio incompleto. [...] Y habéis tenido en nada el testimonio y los juramentos ante Dios y ante el emperador, por los cuales habíais jurado no hacer sino esperar al concilio de Oriente, que estaba cerca. [...] Y luego, ante la orden de Candidiano, oísteis el testimonio que os dirigieron los obispos que no estaban reunidos en vuestro concilio incompleto; eran sesenta y ocho, ninguno de ellos despreciable ni desconocido, sino metropolitanos; y Candidiano vino también con ellos.
    Nestorio escribe con una intención, y el texto está en una traducción siríaca de un original perdido; pero los hechos que enumera, la nota de los sesenta y ocho, la presencia de Candidiano y la proximidad de Juan, son los mismos que Graumann reconstruye con el resto de los documentos. Lo que discute no es lo que ocurrió sino lo que valía. Para él, un concilio incompleto no era un concilio.
    El sínodo de Cirilo, en cambio, tenía su sentencia, que las actas conservan:
    Texto de la fuenteConcilio de Éfeso · Decreto contra Nestorio · Sesión I (22 de junio de 431)Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 14 (trad. inglesa de Henry R. Percival)Traducción: Eusebeia, del inglés
    Puesto que, entre otras cosas, el impío Nestorio no ha obedecido nuestra citación ni ha recibido a los santos obispos que le enviamos, nos hemos visto obligados a examinar sus doctrinas impías. Hemos descubierto que mantenía y publicaba doctrinas impías en sus cartas y tratados, así como en los discursos que pronunció en esta ciudad y de los que hay testimonio. Obligados a ello por los cánones y por la carta de nuestro santísimo padre y consiervo Celestino, obispo de los romanos, hemos llegado, con muchas lágrimas, a esta dolorosa sentencia contra él: que nuestro Señor Jesucristo, a quien ha blasfemado, decreta por medio del santo sínodo que Nestorio quede excluido de la dignidad episcopal y de toda comunión sacerdotal.
    Percival, que edita el texto, se detiene en una frase. En el griego, los obispos dicen haber sido «obligados» (anankaíōs katepeichthéntes) tanto por los cánones como por la carta de Celestino. Percival se queja de que varios historiadores de lengua inglesa omiten la mención de la carta del papa en este lugar (Milman cita la sentencia en inglés y en griego y la salta en las dos), y de que la traducción inglesa de Hefele, «urgidos por los cánones y de acuerdo con la carta», ablanda el verbo. El pasaje importa por dos razones. La sentencia presenta al concilio en continuidad con la deposición condicional que Celestino había decretado en un sínodo romano en agosto de 430; y, a la vez, Percival anota en la sesión siguiente que las actas describen a Cirilo como quien ocupa el lugar de Celestino. Graumann subraya que los protocolos son deliberadamente ambiguos sobre la relación entre el veredicto del concilio, la decisión previa del papa y el papel de los legados (p. 50).
    Lo que ocurrió después muestra por qué un solo concilio no cerraba nada. Juan de Antioquía y los suyos llegaron el 26 de junio y, reunidos aparte, declararon «depuestos» a Cirilo y a Memnón y calificaron de herética la teología de los Doce Capítulos que Cirilo había anexado a su tercera carta. Los orientales no habían ido a Éfeso a defender a Nestorio: para ellos, escribe Graumann, la cuestión del título Theotokos era secundaria, y lo que querían era que se condenaran los Capítulos de Cirilo, que a sus ojos resucitaban a Apolinar (p. 46). El 16 y 17 de julio, con los legados de Roma ya presentes, el sínodo de Cirilo declaró nula la deposición de Cirilo y Memnón y depuso a Juan con unos treinta partidarios; los documentos de los orientales enumeran más del doble de nombres, y según Graumann, los cirilianos parecen haber reducido la cifra a propósito. El emperador aceptó primero la deposición de los tres: Cirilo, Memnón y Nestorio. Aun así, el sínodo de Cirilo había creado, resume Graumann, «hechos consumados» que ninguna protesta posterior logró deshacer (p. 48). Hefele (vol. 3, §§ 143–149) cuenta lo que siguió: las dos partes apelan al emperador, éste manda detener a Cirilo, a Memnón y a Nestorio, recibe a diputados de ambos lados en Calcedón y acaba por disolver el concilio. En 433, Cirilo aceptó una confesión de los antioquenos y los dos lados se unieron; la unión tuvo opositores en ambos (vol. 3, §§ 155–159).
    Dos cosas conviene separar en lo que el concilio aprobó. La primera es la segunda carta de Cirilo a Nestorio, que los obispos de la primera sesión juzgaron conforme al credo de Nicea y que sigue siendo, para Calcedonia, la carta «conciliar» de Cirilo. La segunda es la tercera carta, con los Doce Capítulos. Percival anota que en las actas parece haberse perdido lo que debió de ser la discusión sobre ellos; Price y Gaddis añaden que el texto de la tercera carta quedó dentro de la colección de actas de Éfeso, pero que Calcedonia no la cuenta entre las cartas «conciliares», que los cirilianos moderados la ignoraban y que no vuelve a mencionarse en las sesiones públicas (vol. 2, p. 4). El Cirilo que el concilio de 451 canoniza es el de las dos cartas moderadas. Esto no es un detalle de erudición: muestra que la recepción de un concilio selecciona entre los textos que éste produjo.

    El canon 7: la decisión que nadie notó

    El 22 de julio, en una sesión que las actas presentan aparte de las anteriores, los obispos de Cirilo votaron el canon que más iba a pesar en la historia posterior:
    Texto de la fuenteConcilio de Éfeso · Canon 7 · Sesión VI (22 de julio de 431)Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 14 (trad. inglesa de Henry R. Percival)Traducción: Eusebeia, del inglés
    Leído esto, el santo sínodo decretó que a nadie le es lícito presentar, escribir o componer una fe diferente (heteran), como rival de la establecida por los santos Padres reunidos en Nicea con el Espíritu Santo. Pero los que se atrevan a componer otra fe, o a introducirla u ofrecerla a quienes quieran convertirse al conocimiento de la verdad, ya sea del paganismo, del judaísmo o de cualquier herejía, serán depuestos si son obispos o clérigos, los obispos del episcopado y los clérigos del clero; y si son laicos, serán anatematizados. Del mismo modo, si alguno, obispo, clérigo o laico, fuera descubierto sosteniendo o enseñando las doctrinas contenidas en la Exposición que presentó el presbítero Carisio sobre la Encarnación del Hijo Unigénito de Dios, o las abominables y profanas doctrinas de Nestorio, que se anexan, quedará sometido a la sentencia de este santo y ecuménico sínodo: si es obispo, será removido de su obispado y depuesto; si es clérigo, será igualmente borrado del clero; y si es laico, será anatematizado, como se ha dicho.
    Graumann lo llama una de las decisiones más influyentes jamás tomadas por un concilio, la canonización del credo de Nicea como norma doctrinal exclusiva, y nota que en los documentos de aquel verano no tuvo ningún eco (p. 51). Su fortuna es posterior. Éfeso II lo invocó en 449 para condenar a Flavián por enseñar una fe «distinta» de la de Nicea; leído de nuevo en Calcedonia, estaba detrás de la protesta de los obispos contra toda definición nueva, y la definición de 451 acabó incorporándolo a su párrafo final (Price y Gaddis, vol. 1, p. 8; vol. 2, pp. 2–3 y 190). Y la polémica sobre qué prohibía exactamente se prolongó hasta la discusión del Filioque. Percival dedica un excurso a la palabra griega (heteran) y recuerda que en Florencia los griegos, y antes León III al contestar a los enviados de Carlomagno, entendieron el canon como una prohibición de añadir nada al credo. Citando a Pusey, él argumenta que heteran significa «diferente», «contradictorio», no «adicional», porque el canon se votó justo después de que el sínodo aprobara la exposición de fe del presbítero Carisio y condenara un credo nestoriano. Es una lectura entre otras, de un editor que escribe desde fuera de la comunión de Roma; lo que enseña es que una frase de un concilio, para ser norma, necesita que otros la lean como tal.

    Éfeso II y Calcedonia: el concilio que se negó a definir

    449: el concilio que Calcedonia tuvo que leer en voz alta

    Después de la unión de 433 el conflicto cambió de signo. Eutiques, archimandrita de Constantinopla y antiguo adversario de Nestorio, enseñaba, según su acusador Eusebio de Dorilea, que Cristo tenía dos naturalezas antes de la unión y una sola después. Flaviano de Constantinopla lo condenó en un sínodo local en noviembre de 448. Eutiques apeló a Roma, a Alejandría y a Jerusalén. León de Roma, que se había enterado por la apelación antes que por la carta de Flaviano, le contestó en junio de 449 con el documento que se llamaría el Tomo, y mandó delegados a un concilio general que Teodosio II había convocado en Éfeso para agosto (Feltoe, introducción a las cartas de León, NPNF2 12).
    Aquel concilio presidido por Dioscoro de Alejandría, por orden del emperador, no leyó el Tomo. Rehabilitó a Eutiques y depuso a Flaviano y a Eusebio. Flaviano murió pocos días después, según el relato que Feltoe considera más fiable, de los golpes y del destierro. León lo llamó latrocinium, «latrocinio», y con ese nombre, el concilio de los ladrones, pasó a la historia. Pero lo importante para este compendio es lo que ocurrió con sus actas: dos años después Calcedonia las leyó en voz alta, y buena parte de lo que se conserva del concilio de 449 está dentro del registro del de 451, que incorpora extractos largos de Éfeso II y de los sínodos que lo precedieron (Price y Gaddis, vol. 1, pp. 1–2). Ciento diecinueve de los obispos que habían estado en Éfeso II, calcula Honigmann, estaban también en Calcedonia (vol. 2, p. 118). Según la cronología que dan Driver y Hodgson, desde 450 muchos de los que habían apoyado a Dioscoro explicaban que lo hicieron coaccionados.
    Nestorio, en su destierro egipcio, se enteró de la caída de Flaviano y la usó en su propio favor. El Bazar de Heraclides, que según Bethune-Baker (citado por Driver y Hodgson) debió de escribirse en 451 o 452, termina con una reflexión sobre cuándo obliga un concilio:
    Texto de la fuenteNestorio · El Bazar de Heraclides · II, ii (Driver y Hodgson, pp. 377–378)The Bazaar of Heracleides (trad. inglesa de G. R. Driver y L. Hodgson, Oxford, Clarendon Press, 1925)Traducción: Eusebeia, del inglés
    Nuestros padres no habrían sido tenidos por ortodoxos y doctores si hubieran buscado escapar de la condena del concilio de los herejes diciendo lo que aquellos decían, y hubieran sido hipócritas. No habríamos sido dignos de la enseñanza que resulta de los trabajos de esos hombres si hubiéramos aceptado sin examen el acuerdo que se alcanzó contra ellos como si procediera de un concilio. Y, para decirlo brevemente, Melecio y Eustacio no habrían sido obispos de Antioquía si hubieran aceptado la elección y el juicio del concilio de los herejes contra ellos, ni Atanasio sería obispo de Alejandría si aceptara el juicio de quienes lo privaron sin vacilar como si procediera de ortodoxos. Juan [Crisóstomo] no sería obispo de Constantinopla si aceptara el juicio y la deposición que se promulgó contra él sin examen como si procediera de un concilio; ni habría sido obispo de Constantinopla Flaviano si consintiera en el pronunciamiento del Concilio Ecuménico que lo privó, tomándolo como pronunciamiento procedente de un concilio [ecuménico].
    El argumento es de la misma familia que el de Atanasio en la Carta a los obispos de África: un concilio vale lo que valen su causa, su procedimiento y su fe. La diferencia está en el uso. Atanasio lo aplicaba a los sínodos que lo habían depuesto a él; Nestorio, a los que condenaban a Flaviano y, por implicación, al que lo había condenado a él en 431. Driver y Hodgson dicen en una nota que la doctrina de la comunicación de idiomas que Nestorio expone en el Bazar concuerda, a su juicio, con la del Tomo de León y con lo aceptado en Calcedonia, y en su introducción notan que Nestorio habla del triunfo de la fe ortodoxa de Flaviano y de León. Es una opinión de 1925, discutible; pero ayuda a entender que alguien condenado en 431 pudiera mirar con simpatía el Tomo mientras los partidarios de Dioscoro lo rechazaban por nestoriano.

    Octubre de 451: obispos que no querían definir

    León, tras pedir en 449 un nuevo concilio en Italia, había cambiado de parecer: según Feltoe, en 451 sostenía que la fe ya estaba decidida y que no hacía falta un concilio general, y Percival añade que solo dio un consentimiento de mala gana cuando Marciano ya lo había convocado. Marciano y Pulqueria, que habían sucedido a Teodosio II, citaron a los obispos en Nicea para septiembre de 451; los movimientos de los hunos y la necesidad de tener al concilio cerca llevaron al emperador a trasladarlo a Calcedonia, y el 8 de octubre se abrió en la iglesia de santa Eufemia. Dirigieron las sesiones los comisarios imperiales, no los obispos; los legados de León, Pascasino, Lucencio y el presbítero Bonifacio, abren la lista de asistentes, seguidos del arzobispo Anatolio de Constantinopla, a quien algunos habían visto asociado a Dioscoro hasta poco antes (Price y Gaddis, vol. 2, pp. 5–6; Feltoe).
    La primera sesión trató a Dioscoro como acusado. La segunda, el 10 de octubre, abordó la fe. Price y Gaddis la describen con tres rasgos. El presidente propuso una comisión de obispos para redactar una exposición de la fe y los obispos, en lo que parece una oposición unánime, se negaron; el presidente dijo que su propuesta quedaba adoptada. Se leyó el credo de Nicea, a petición de un obispo, y, por orden del presidente, otro credo atribuido al concilio de 381, del que no consta mención anterior y que, dicen Price y Gaddis, se rescató sin duda para tener un precedente con que sortear la prohibición de Éfeso. Y cuando se leyó el Tomo, los obispos del Ilírico y de Palestina lo interrumpieron con objeciones a varios pasajes, una descortesía notable con un documento que casi todos habían firmado ya. Los defensores del Tomo contestaron citando a Cirilo, cuya autoridad en cristología, subrayan Price y Gaddis, nadie discutió en todo el concilio (vol. 2, pp. 1–4).
    Lo que molestaba a los ilirios y palestinos es, probablemente, una frase del capítulo IV del Tomo, que Feltoe señala en nota como la que objetaron:
    Texto de la fuenteLeón Magno · Carta a Flaviano («Tomo») · Carta 28, III y IVNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 12 (trad. inglesa de Charles Lett Feltoe)Traducción: Eusebeia, del inglés
    Sin menoscabo, pues, de las propiedades de una y otra naturaleza y sustancia, que concurrieron en una sola persona, la majestad tomó la humildad, la fuerza la debilidad, la eternidad la mortalidad; y, para saldar la deuda de nuestra condición, la naturaleza inviolable se unió a la naturaleza pasible, de modo que, como convenía a nuestro remedio, un mismo y único Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, pudiera morir con la una y no morir con la otra. Así nació el verdadero Dios en la naturaleza entera y perfecta de verdadero hombre, completo en lo que era suyo, completo en lo que era nuestro. [...] Pues cada forma hace lo que le es propio con la cooperación de la otra; es decir, el Verbo realiza lo que corresponde al Verbo, y la carne ejecuta lo que corresponde a la carne. Una de ellas resplandece con milagros, la otra sucumbe a las injurias. Y así como el Verbo no deja de estar en igualdad con la gloria del Padre, así la carne no renuncia a la naturaleza de nuestra raza.
    Price traduce «en comunión con la otra» donde Feltoe pone «con la cooperación de la otra», y es esa frase la que Martín I citará en 649 como apoyo de las dos operaciones, como se verá. Los obispos objetantes dijeron que sonaba a la herejía de Nestorio, que «dividía la sustancia». Feltoe observa, con una sensatez que sirve también para la historia del dogma, que unas mismas palabras pueden tener un sentido ortodoxo en boca de un ortodoxo y un sentido heterodoxo en la de quien no lo es.
    La sesión IV, del 17 de octubre, tenía que cerrar el asunto del Tomo, y parece que lo hizo: ciento cincuenta y ocho obispos, casi la mitad de los asistentes, afirmaron uno por uno que el Tomo concordaba con Nicea y con las cartas de Cirilo, y la mayoría añadió que ya lo había firmado. Los ilirios y los palestinos dijeron que los legados romanos los habían tranquilizado de palabra: el papa no separaba las dos naturalezas, a pesar de ciertas expresiones del Tomo. Price y Gaddis juzgan que, como propaganda en favor del Tomo, las actas son ineficaces: la prueba de su ortodoxia consiste en afirmaciones muy generales, comprometidas porque muchos de los mismos obispos habían condenado a Flaviano dos años antes por sostener lo que decía León, y la discusión detallada se redujo a unas pocas citas de Cirilo. Después de que los obispos «sacrificaran a Dioscoro como chivo expiatorio», en palabras de Schwartz que Price recoge, hubo todavía un episodio incómodo. Trece obispos egipcios, que anatematizaron a Eutiques pero se negaron a firmar el Tomo antes de tener un nuevo arzobispo de Alejandría, y dos grupos rivales de archimandritas de Constantinopla, entre ellos partidarios de Eutiques que exigían la rehabilitación de Dioscoro, entraron en la sala por decisión del gobierno. Price lo interpreta como una maniobra: el gobierno manipula el concilio en vez de dictarle, y la llegada de opositores irreconciliables movería a los obispos a admitir la necesidad de una definición más firme (vol. 2, pp. 117–121).

    La sesión del 22 de octubre

    En la sesión V, el 22 de octubre, la comisión nombrada contra la voluntad de los obispos presentó un borrador de definición. Lo recibieron con alivio: según Price, la gran mayoría lo consideraba poco polémico, y el arzobispo Anatolio dijo que se había mostrado a los obispos el día anterior. No tenemos el texto del borrador, que las actas no incluyen. Price lo reconstruye con cautela: probablemente seguía de cerca la confesión de Flaviano leída en el sínodo de 448, es decir, confesaba a Cristo «de dos naturalezas» (ek duo physeon) después de la encarnación, fórmula que Dioscoro había dicho aceptar en la primera sesión, cuando rechazaba decir «dos», y que a Eutiques le había costado admitir.
    Hubo reparos de dos tipos. Los obispos pidieron a gritos que se incluyera el título Theotokos; Price discute si pedían conservarlo o añadirlo y concluye que lo más natural es que el borrador no lo trajera. Y los legados romanos, a los que se sumaban algunos orientales, exigieron que el texto afirmase sin ambigüedad dos naturalezas, como hacía el Tomo, y amenazaron con volverse a Roma si no se hacía; Juan de Germanicia, aliado de Teodoreto, pidió también enmiendas cuyo contenido el acta no recoge. El presidente, Anatolio, tomó la objeción por suya: la fórmula «de dos naturalezas» no era solo ambigua, sino que la había aprobado Dioscoro, ya depuesto, y era fatal para el borrador. Se consultó al emperador; la respuesta llegó tras el tiempo que tardaba un mensajero en cruzar el Bósforo: que los obispos cedieran a los funcionarios y a los legados romanos, o el concilio se trasladaría a Occidente, donde lo dominaría el papa León. Los obispos, que habían resistido, cedieron. Se formó una comisión nueva, con los funcionarios, los legados, el arzobispo Anatolio y un grupo de obispos orientales de los que, anota Price, trece habían apoyado a Dioscoro en 449, y se retiró a una capilla lateral. Volvió con el texto retocado, en el que «de dos naturalezas» había pasado a «en dos naturalezas». «Se ha dicho con ingenio», escriben Price y Gaddis, que la controversia entera se encendió por una sola letra, la de ek a en. La fórmula «conocido en dos naturalezas» había sido acuñada, según Price, por Basilio de Seleucia a partir de la carta de Cirilo a Juan de Antioquía, y el resto de la cláusula, «sin que la diferencia de naturalezas se suprima por la unión», está tomada de la segunda carta de Cirilo a Nestorio. Los obispos aprobaron el texto por aclamación (vol. 2, pp. 183–192).
    Texto de la fuenteConcilio de Calcedonia · Definición de fe · Sesión V (22 de octubre de 451)Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 14 (trad. inglesa de Henry R. Percival)Traducción: Eusebeia, del inglés
    Siguiendo, pues, a los santos Padres, enseñamos a una sola voz que el Hijo [de Dios] y Señor nuestro Jesucristo ha de ser confesado como uno y el mismo [Persona], perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad, verdadero Dios y verdadero hombre, compuesto de alma racional y [cuerpo] humano, consustancial con el Padre en cuanto a su divinidad y consustancial con nosotros en cuanto a su humanidad, semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado; engendrado del Padre antes de los siglos según la divinidad, y en estos últimos días, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, nacido [en el mundo] de la Virgen María, Madre de Dios según la humanidad. Este mismo y único Jesucristo, Hijo unigénito [de Dios], ha de ser confesado en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación [unidas], sin que la distinción de naturalezas quede suprimida por la unión, sino conservándose más bien la propiedad de cada naturaleza y concurriendo en una sola Persona y subsistencia (hypóstasis), no separado ni dividido en dos personas, sino uno y el mismo Hijo y Unigénito, Dios Verbo, Señor Jesucristo, como los profetas lo dijeron desde antiguo acerca de él, como nos lo enseñó el mismo Señor Jesucristo y como nos lo ha transmitido el Credo de los Padres.
    Expuestas estas cosas por nosotros con la mayor exactitud y atención, el santo sínodo ecuménico define que a nadie le sea lícito presentar una fe diferente (heteran pistin), ni escribirla, ni componerla, ni excogitarla, ni enseñarla a otros. Pero los que se atrevan a componer otra fe, o a presentar, enseñar o entregar un credo diferente (heteron symbolon) a los que quieran convertirse al conocimiento de la verdad desde los gentiles, los judíos o cualquier herejía, si son obispos o clérigos serán depuestos, los obispos del episcopado y los clérigos del clero; y si son monjes o laicos, serán anatematizados.
    Después de la lectura de la definición, todos los obispos religiosísimos exclamaron: «Esta es la fe de los Padres; que los metropolitanos la suscriban de inmediato; que la suscriban de inmediato en presencia de los jueces; que lo bien definido no tenga demora; esta es la fe de los apóstoles; en ella estamos todos; así creemos todos».
    La definición misma está construida de una manera que la lectura escolar suele pasar por alto. Price insiste en que el párrafo cristológico, el que se cita, no es toda la definición ni «el verdadero horos», con lo anterior como preámbulo: el texto empieza reafirmando los credos de Nicea y de Constantinopla, las dos cartas de Cirilo que se habían leído como «conciliares» y el Tomo, con una lista de los errores que cada documento excluye. Y termina, como se ve, con la prohibición de Éfeso: los autores de la definición no esquivaron el canon que los obispos habían invocado, sino que lo incorporaron, de modo que la definición se lee como exposición de lo que exige la lealtad a Nicea y no como un credo nuevo (vol. 2, pp. 184–185 y 190).
    La letra misma tuvo su discusión textual. Hefele observaba en 1883 que el texto griego impreso en su tiempo traía ek («de dos naturalezas») y la versión latina antigua, in duabus («en dos»), y defendía que lo original era en con una serie de testimonios que Percival reproduce: Severo de Antioquía reprochaba a Calcedonia haber declarado a Cristo conocido «en dos naturalezas»; Evagrio copia la definición con en; los severianos echaron en cara a los calcedonenses el in en una conferencia en Constantinopla; y lo leen así el concilio de Letrán de 649 y la carta del papa Agatón leída en 680. Baur y Dorner, que Hefele cita, sostenían lo contrario: que ek era el original y que los occidentales lo habían cambiado a propósito. Price y Gaddis, que trabajan sobre la edición crítica de Schwartz, dan en como texto final y ek como el del borrador. Frend resume lo que estaba en juego en la letra: podía decirse que Cristo era «de dos naturalezas», pero no «en dos» (The Rise of the Monophysite Movement, Cambridge, 1972, Introducción).
    Un último contraste. El arzobispo Anatolio escribió a León después del concilio, y Percival reproduce en una nota el pasaje que describe el momento:
    Texto de la fuenteAnatolio de Constantinopla · Carta a León Magno · PL 54, col. 978 (citada por Percival)Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 14 (trad. inglesa de Henry R. Percival)Traducción: Eusebeia, del inglés
    Y cuando la crisis exigió que todos los santísimos obispos reunidos formularan una definición unánime (symphonon horon) para la explicación y la mejor inteligencia de nuestra confesión de nuestro Señor Jesucristo, nuestro Señor Dios se mostró a los que no lo buscaban, y aun a los que no preguntaban por él. Y aunque algunos desde el principio se opusieron con porfía, mostró sin embargo su verdad y dispuso las cosas de tal modo que se publicó por todos nosotros un escrito unánime y sin contradicción, que confirmó a las almas de los firmes e invitaba al camino de la verdad a cuantos se habían apartado de él.
    El texto de la carta y el de las actas no se contradicen en todo: Anatolio admite que algunos se opusieron «con porfía al principio». Pero uno cuenta un final y el otro, el camino. Lo que quedó de aquel proceso fue sobre todo el final. La recepción empieza con la elección de qué se cuenta.

    Calcedonia después de Calcedonia (453–519)

    Que Calcedonia definiera no quiere decir que Calcedonia valiera. Cuatro hechos de los años siguientes muestran cómo se recibió, y por qué la recepción dividió al cristianismo oriental más que el propio concilio.

    Egipto y Palestina

    El primer frente fue el de los monjes. Hefele cuenta que un monje alejandrino, Teodosio, que había estado en Calcedonia, volvió a Palestina diciendo que el concilio había traicionado la fe y consagrado el nestorianismo; los más de diez mil monjes de Palestina condenaban a Eutiques, pero no aceptaban el «dos naturalezas», porque creían que conducía lógicamente a dos personas. Expulsaron al patriarca Juvenal de Jerusalén, pusieron en su lugar a Teodosio, y los desórdenes alcanzaron otras ciudades de la provincia. En Egipto trece obispos habían rehusado firmar ya en Calcedonia, con el argumento de que sin patriarca no podían hacerlo; el candidato imperial, Proterio, tuvo en contra un partido numeroso; en 457, al morir Marciano, los partidarios de Dioscoro hicieron obispo a Timoteo el Gato, y Proterio fue asesinado en el baptisterio. El nuevo emperador, León I, pidió a todos los obispos del imperio su parecer sobre Calcedonia y sobre Timoteo; casi todos, «hasta mil seiscientos», cuenta Hefele, respondieron que debían mantenerse los decretos y deponerse a Timoteo (vol. 3, § 208).
    Desde el otro lado lo cuenta Zacarías Retórico, cuya historia en griego, escrita entre 491 y 518, solo se conserva dentro de una crónica siríaca posterior que Hamilton y Brooks tradujeron al inglés (1899). Para él, Calcedonia «introdujo y acrecentó la herejía de Nestorio» y rasgó «en diez mil jirones la túnica perfecta de Cristo»; Dioscoro es un confesor; Proterio, un nuevo Judas que armó a los «romanos» contra los fieles. En su relato de las sesiones hay datos que reconocemos en las actas y otros que no:
    Texto de la fuenteZacarías Retórico · Historia eclesiástica (en la versión siríaca) · III, 1The Syriac Chronicle Known as That of Zachariah of Mitylene (trad. inglesa de F. J. Hamilton y E. W. Brooks, Londres, Methuen, 1899)Traducción: Eusebeia, del inglés
    Y entonces Anatolio, el obispo de la ciudad real, exclamó con palabras de este tenor: «No es por la fe por lo que se depone a Dioscoro; se le desprecia por negarse a mantener comunión con el sumo sacerdote, mi señor León». Y tras el clamor de muchos, y tras haberse dicho lo que está escrito en las actas de aquel concilio, al fin aquellos obispos, forzados a ello, definieron que nuestro Señor Jesucristo está en dos naturalezas. Y alabaron el Tomo de León, y llamaron definición ortodoxa a la que decía: «Hay dos personas y dos naturalezas, con sus propiedades y sus operaciones». Y siendo así, se les exigió suscribir bajo coacción: esos mismos sacerdotes que poco antes, en los días del bienaventurado Teodosio, reunidos en el segundo concilio de Éfeso, gritaban muchas veces: «Si alguien dice "dos naturalezas a dos", que suba el silenciario». [...] Pero Eustacio de Berito, cuando firmó el documento, escribió en taquigrafía: «Esto lo he escrito bajo coacción, sin estar de acuerdo». Y lloró mucho, como otros que proclamaron la coacción y descubrieron la profesión de fe hipócrita que se hizo, porque los principales senadores estuvieron presentes una y otra vez en las discusiones y vigilaban de cerca el desarrollo del sínodo.
    Hay en ese pasaje una frase que ni el Tomo ni la definición dicen: la que habla de «dos personas». Lo que Zacarías transmite es cómo sonaba Calcedonia a quienes la rechazaban, y no una cita. La objeción de Anatolio, en cambio, tiene respaldo en las actas, aunque colocada en otro momento: en la sesión V el arzobispo objetó, según Price, que Dioscoro no había sido condenado como hereje, y no hay respuesta registrada (vol. 2, p. 183). La presión sobre los obispos que Zacarías convierte en lágrimas y taquigrafía es, sin retórica, la que Price y Gaddis documentan en esa misma sesión; el episodio de Eustacio, en cambio, no lo confirma ninguna de las otras fuentes de este compendio. Zacarías habla de 567 obispos; Price y Gaddis calculan unos 370. Cada cual cuenta lo que necesita para su historia.

    Roma: la doctrina sí, el canon no

    Roma aceptó lo que Calcedonia había definido sobre la fe y rechazó el canon 28. La sesión XVI, la última de las actas, es una apelación de los legados romanos contra un canon aprobado en una reunión informal en la que ellos habían decidido no estar presentes. El canon daba a Constantinopla el segundo lugar tras Roma y el derecho de consagrar a los metropolitanos de Tracia, Asia y el Ponto. Se firmó con 182 obispos; los del Ilírico, que dependían de Roma, brillaron por su ausencia. Preguntados por el presidente, diez metropolitanos presentes contestaron uno por uno que lo habían firmado libremente; de los que no lo habían firmado, solo dos respondieron, con evasivas (Price y Gaddis, vol. 3, pp. 67–70).
    Texto de la fuenteConcilio de Calcedonia · Canon 28 · Sesión XVI (1 de noviembre de 451)Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 14 (trad. inglesa de Henry R. Percival)Traducción: Eusebeia, del inglés
    Siguiendo en todo las decisiones de los santos Padres, y reconociendo el canon, que acaba de leerse, de los Ciento Cincuenta Obispos amados de Dios (que se reunieron en la ciudad imperial de Constantinopla, que es la Nueva Roma, en tiempo del emperador Teodosio, de feliz memoria), también nosotros decretamos y establecemos lo mismo acerca de los privilegios de la santísima Iglesia de Constantinopla, que es la Nueva Roma. Pues los Padres concedieron con razón privilegios al trono de la antigua Roma, porque era la ciudad real. Y los Ciento Cincuenta obispos religiosísimos, movidos por la misma consideración, dieron privilegios iguales (isa presbeia) al santísimo trono de la Nueva Roma, juzgando con razón que la ciudad honrada con la soberanía y el Senado, y que goza de privilegios iguales a los de la antigua Roma imperial, debe ser engrandecida también en los asuntos eclesiásticos como ella, y ocupar el segundo lugar tras ella. [...]
    León respondió en una carta a Anatolio, fechada el 22 de mayo de 452. Lo que dice de Calcedonia es un criterio de recepción:
    Texto de la fuenteLeón Magno · Carta a Anatolio de Constantinopla · Carta 106, II y VNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 12 (trad. inglesa de Charles Lett Feltoe)Traducción: Eusebeia, del inglés
    Me duele, amado, que hayas caído también en esto, que intentes derribar las constituciones sacratísimas de los cánones de Nicea: como si se hubiera presentado la ocasión expresamente para que la sede de Alejandría perdiera el privilegio del segundo lugar y la Iglesia de Antioquía renunciara a su derecho de ser tercera en dignidad, a fin de que, sometidos esos lugares a tu jurisdicción, se privase a todos los obispos metropolitanos de su honor propio. [...] Que ningún concilio sinodal se envanezca por el tamaño de sus asambleas, y que ningún número de sacerdotes, por mayor que sea, se atreva a compararse ni a preferirse a aquellos 318 obispos, pues el Sínodo de Nicea está santificado por Dios con tal privilegio que, ya se sostengan los juicios eclesiásticos por pocos o por más, cuanto se oponga a su autoridad carece por completo de autoridad. [...] Tu propósito no está sostenido en modo alguno por el asentimiento escrito de ciertos obispos dado, según alegas, hace sesenta años y que tus predecesores nunca pusieron en conocimiento de la Sede Apostólica; y esa gestión, que desde su origen estaba condenada al fracaso y hace tiempo que fracasó, quieres ahora apuntalarla con medios tardíos e inútiles, a saber, arrancando a los hermanos una apariencia de consentimiento que su modestia, por puro cansancio, cedió en perjuicio propio.
    León hace de Nicea la vara de medir de todos los concilios posteriores: ninguno, por numeroso que sea, vale contra sus cánones. Es la lógica que el canon 7 de Éfeso había aplicado al credo, aplicada ahora a la disciplina. Los «sesenta años» a que alude son el canon 3 de Constantinopla I, que, según Hefele, los predecesores de Anatolio nunca habían notificado a Roma (vol. 2, § 100). La distinción de León entre fe y disciplina la dejó escrita, en marzo de 453, en una circular a los obispos de Calcedonia que Hefele resume: el papa confirmaba el decreto de fe del sínodo, pero, repite, solo en lo que se refería a la fe, que era el motivo por el que se había reunido el concilio general. Marciano le había pedido en febrero que publicara una confirmación solemne, porque se había difundido el rumor de que León repudiaba el concilio, y la circular responde a esa petición (vol. 3, § 206). Hay, pues, un Calcedonia doctrinal, confirmado por Roma, y un Calcedonia disciplinar, que Roma no confirmó y que Constantinopla siguió afirmando: una nota de Percival al canon 28 recuerda que lo renovó el canon 36 del concilio de Trulo.

    El Henotikon: un edicto que prohibía hablar de Calcedonia

    El tercer frente fue el de los emperadores. Basilisco, que usurpó el trono en 475, publicó una encíclica que exigía anatematizar el Tomo y las «innovaciones» de Calcedonia; según Hefele, unos quinientos obispos de los patriarcados de Alejandría, Antioquía y Jerusalén la firmaron, a veces con adiciones serviles, mientras Acacio de Constantinopla se negó y el pueblo de la capital se alzó; al volver Zenón, Basilisco la retiró (vol. 3, § 208). En 482, Zenón y Acacio, de acuerdo con Pedro Mongo de Alejandría, publicaron el Henotikon. Es un texto escrito para no decidir nada, y la versión que conservó Zacarías lo muestra:
    Texto de la fuenteZenón · Henotikon · en Zacarías Retórico, V, 8The Syriac Chronicle Known as That of Zachariah of Mitylene (trad. inglesa de F. J. Hamilton y E. W. Brooks, Londres, Methuen, 1899)Traducción: Eusebeia, del inglés
    Por eso quisimos que supierais que ni nosotros ni las santas Iglesias de los ortodoxos en todas partes, ni los sacerdotes amantes de Dios que las rigen, sostenemos, ni hemos sostenido, ni conocemos a nadie que sostenga, otro símbolo, ni doctrina, ni sello de la fe, ni credo, que el que hemos mencionado arriba, el santo símbolo de los trescientos dieciocho santos Padres, atestiguado también por los ciento cincuenta santos Padres que se reunieron aquí en concilio. [...] A ese Nestorio, junto con Eutiques, por sostener doctrinas contrarias a las aquí declaradas, los anatematizamos. Y recibimos también los doce Capítulos entregados por el siempre memorable y amante de Dios Cirilo, antes arzobispo de la Iglesia católica de Alejandría. [...] Y aquí anatematizamos a todos los que han sostenido o sostienen, ahora o en cualquier tiempo, ya sea en Calcedonia o en cualquier otro sínodo, una creencia diferente, pero principalmente a los ya mencionados, Nestorio y Eutiques y todos sus seguidores en la doctrina.
    Nótese que el Henotikon se apoya en el mismo principio que el canon 7 de Éfeso y que la propia definición de Calcedonia: no hay más credo que el de Nicea. Condena a Nestorio y a Eutiques, acepta los Doce Capítulos de Cirilo, evita las expresiones «una naturaleza» y «dos naturalezas», y deja a Calcedonia en un anatema genérico contra cualquier creencia diferente, «en Calcedonia o en cualquier otro sínodo». Hefele observa que no satisfizo a nadie: los monofisitas estrictos exigían un repudio sin más de Calcedonia, los antioquenos rechazaban que se aprobaran los anatemas de Cirilo, y los ortodoxos se ofendían de que el emperador pretendiera prescribir la fe (vol. 3, § 208). Zacarías cuenta cómo lo leyó Pedro Mongo al aceptarlo en Alejandría:
    Texto de la fuenteZacarías Retórico · Historia eclesiástica (en la versión siríaca) · V, 7The Syriac Chronicle Known as That of Zachariah of Mitylene (trad. inglesa de F. J. Hamilton y E. W. Brooks, Londres, Methuen, 1899)Traducción: Eusebeia, del inglés
    Y Pedro, considerando el contenido de este documento, halló que sus disposiciones estaban redactadas con fidelidad y toda rectitud. Vaciló un poco, sin embargo, porque en él no había anatema claro y expreso del Sínodo y del Tomo, y por eso temió que fuera piedra de tropiezo para el pueblo. Pero decidió aceptarlo, pues proclamaba la definición de fe de los trescientos dieciocho, confesaba la verdad de los ciento cincuenta obispos, aceptaba también los doce Capítulos de Cirilo, anatematizaba a Nestorio y a Eutiques y confesaba que el cuerpo de Cristo, tomado de la Virgen, era de la misma naturaleza que nuestro cuerpo. Y lo suscribió. [...] Primero declaró al pueblo la interpretación del sentido del Henotikon y la explicó diciendo: «Está bien y fielmente escrito, pues acepta los doce Capítulos de Cirilo, y anatematiza a Nestorio y a Eutiques, y confiesa que el cuerpo de Cristo, tomado de la Virgen, es de la misma naturaleza que nuestro cuerpo, y que los padecimientos que soportó en la carne y los milagros que obró pertenecen al mismo Dios Cristo. Y este documento anula además y condena toda la doctrina de Calcedonia y del Tomo, porque Dioscoro y Timoteo el Grande pensaron y expusieron de modo semejante».
    Ese «anula» no está en el Henotikon; es la interpretación de Pedro, que Zacarías da por buena. A los más rigurosos no les bastó: unos monjes se separaron de Pedro, cuenta Zacarías, «porque había recibido el Henotikon, en el que no había anatema expreso del Sínodo». Zacarías los llama separatistas; Hefele los conoce como acéfalos, «sin cabeza». La carta de Severo de Antioquía que el siríaco conserva es la expresión más clara de lo que exigían:
    Texto de la fuenteSevero de Antioquía · Cartas escogidas · Libro IV, carta 2, a Amonio, presbítero de Alejandría (Brooks, vol. II, trad., pp. 254–255)The Sixth Book of the Select Letters of Severus, Patriarch of Antioch, in the Syriac Version of Athanasius of Nisibis (trad. inglesa de E. W. Brooks, vol. II, Londres, Williams & Norgate, 1904)Traducción: Eusebeia, del inglés
    Dices de Pedro, que fue obispo de tu ciudad, que escribió a los que fueron sucesivamente obispos de la ciudad de Antíoco, y anatematizó abiertamente lo hecho en Calcedonia contra la recta fe y el impío Tomo de León; sepas que tampoco nosotros lo ignoramos, pero le reprochamos que abrazara la comunión de quienes no escribían lo mismo que él. En efecto, no puede mostrarse que ni uno solo de los de fuera, en las cartas que él les dirigió, haya anatematizado a los que decían o dicen dos naturalezas después de la unión, y menos aún al sínodo calcedonense o al blasfemo Tomo de León. Dime: si ahora, al escribir nosotros al prelado de la ciudad real y anatematizar lo que en efecto anatematizamos, él redactara una carta contemporizadora, que contuviera solo una confesión de la recta fe pero no además un anatema de las cosas ofensivas, ¿bastaría eso para una conjunción pura, sincera y firme? De ningún modo.
    El criterio de Severo es, al revés, el que Roma aplicaría en el libellus de Hormisdas: la comunión se mide por lo que se condena. Una confesión correcta no basta si no va acompañada de un anatema explícito de lo que se rechaza, y por eso el Henotikon, que callaba a propósito, pudo ser leído como victoria por un lado y como traición por otro.

    484–519: un cisma por un nombre

    Roma no aceptó el edicto. Félix III mandó dos legados, que el emperador, según Hefele, ganó con prisión y soborno; en un sínodo romano de 484 anatematizó a Acacio, y Acacio borró a Félix de los dípticos de Constantinopla. Así empezó el llamado cisma acaciano, que duró hasta 519 (vol. 3, § 208). Lo que Menze y Price subrayan es que un cisma como este no se medía en fórmulas sino en nombres. Los dípticos eran las listas de obispos vivos y difuntos que se leían en la liturgia, con las que cada Iglesia declaraba de quién era heredera. En 519, para restablecer la comunión, el papa Hormisdas exigió que se borraran de los dípticos de Oriente los nombres de Acacio, de los emperadores Zenón y Anastasio y de los obispos que habían aceptado el Henotikon, además de los de los grandes obispos no calcedonianos; era su libellus, que Justino impuso a partir de 518 (Hefele, § 208; Price, 2009, p. 36; Menze, p. 8). Para los no calcedonianos aceptarlo habría supuesto, dijeron sus representantes en la conferencia de 532, anatematizarse a sí mismos y a quienes habían sido sus padres (Price, p. 36, que cita a Brock). Los que se negaron salieron al exilio, y de ese exilio, argumenta Menze, nació en treinta y cinco años una Iglesia aparte, la que más tarde se llamaría Iglesia siria ortodoxa, con jerarquía, cánones y liturgia propios.
    Menze hace una precisión que cambia el relato: los sirios no calcedonianos aceptaron el concilio de Calcedonia en lo disciplinar y pusieron sus cánones entre los suyos; lo que rechazaron fue la definición de fe (p. 3, n. 7). Por eso prefiere el término «no calcedonianos» a «monofisitas», que considera sesgado, y sostiene que en la formación de la Iglesia separada pesaron más la adhesión a personas y tradiciones y la comprensión del pasado, anterior y posterior a 451, que el concilio tal como ocurrió.
    Conviene consignar las lecturas rivales de este fenómeno. Frend (1972) estudia los dos siglos posteriores a Calcedonia como la historia de un movimiento que no formó Iglesia separada hasta bien entrado el reinado de Justiniano, y desconfía de la tesis de que el monofisismo fue bandera de un separatismo sirio, egipcio o armenio: cita en contra un artículo de A. H. M. Jones, observa que Cirilo y sus sucesores no eran coptos ni Severo de Antioquía sirio, y que incluso en Egipto el particularismo tardó en desarrollarse; los líderes no calcedonianos, dice, querían convencer al emperador de que renunciara a Calcedonia, no romper con el imperio (Introducción). Jenkins, en un libro de divulgación (Jesus Wars, 2010, cuadro 8.1), resume la secuencia como una oscilación de regímenes: predominio de gobiernos imperiales monofisitas o casi monofisitas entre 470 y 518, Iglesias no calcedonianas separadas entre 510 y 600, fuerte imposición del orden calcedoniano entre 518 y 630 y derrumbe del dominio romano en Egipto y el Cercano Oriente entre 630 y 650. Menze afirma que los intentos de explicar la lucha en términos puramente sociales o nacionalistas han fracasado, y Price, siguiendo a Menze, piensa que lo que impidió la unión fue sobre todo la lista de nombres de los dípticos (2009, p. 36). Las lecturas no se excluyen del todo, pero ponen el peso en sitios distintos: Frend, en el pueblo y la política; Jenkins, en la sucesión de regímenes; Menze y Price, en la memoria litúrgica.
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