Introducción y criterios de esta edición
Acompañamiento editorial
¿Puede un concilio posterior dejar sin efecto a uno anterior? Hacia 369, unos noventa obispos de Egipto y Libia escribieron a los obispos de África porque, según la introducción del NPNF, en Occidente se presentaba el sínodo de Rímini (359) como la solución definitiva de la fe y se dejaba así sin autoridad la definición de Nicea. La carta responde con tres argumentos: que en Rímini los obispos se atuvieron a Nicea y lo contrario se arrancó después, por la fuerza, en Tracia; que las palabras de Nicea —«esencia», «consustancial»— dicen en otros términos lo que dice la Escritura; y que quien anatematiza de veras a Arrio acepta, por ese mismo gesto, lo que esas palabras significan.
| Autor | Unos noventa obispos de Egipto y Libia, entre ellos Atanasio, según el subtítulo de la edición; la edición de base la incluye entre las obras de Atanasio y esta edición no examina la atribución |
| Título | Carta a los obispos de África (en inglés, To the Bishops of Africa; en latín, Epistola synodica ad Afros; el epub la titula «Epístola sinódica a los africanos») |
| Fecha | Hacia 369, según la cabecera de la introducción del NPNF, que razona un margen entre 368 y 372; New Advent no consigna fecha |
| Género | Carta sinodal a obispos, que la introducción del NPNF llama «encíclica» |
| Extensión | Once secciones (§§ 1–11), de unas 4 500 palabras en total |
| Traducción | Castellana y directa, hecha del inglés de la edición de Philip Schaff; no del griego |
| Fuente | Serie NPNF de Philip Schaff, 2.ª serie, vol. 4 (1892), tal como la recoge The Complete Works of St. Athanasius, libro 18 |
El recorrido es breve. Los §§ 1 a 3 contraponen Nicea y Rímini y cuentan, según la carta, lo que pasó en este último; los §§ 4 a 9 defienden la fórmula nicena —«esencia», «subsistencia», «consustancial»— desde la Escritura y desde el modo en que se adoptó; el § 10 declara el propósito de la carta y pide que se deponga a Auxencio de Milán; el § 11 recuerda que Nicea creyó también «en el Espíritu Santo». Para el marco de la disputa véanse el arrianismo y el credo niceno-constantinopolitano; la historia de la fórmula se cuenta con más detalle en la Defensa de la definición nicena, el mismo vocabulario aparece en Sobre Lucas 10:22 y Mateo 11:27 y en la Carta a los de Antioquía, y otras cartas del propio Atanasio están reunidas en Cartas de Atanasio.
Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que publicó la serie A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church (NPNF), dirigida por Philip Schaff. Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y sus matices dependen de ambas. Antes de citarla en un trabajo académico conviene cotejarla con el inglés (enlaces al final de esta sección) y con el griego, y verificar la atribución y la fecha de la obra, que aquí no se discuten.
Philip Schaff (Chur, 1819 – Nueva York, 1893) fue un teólogo e historiador de la Iglesia nacido en Suiza y formado en Alemania, que pasó la mayor parte de su vida adulta en Estados Unidos. Enseñó en el seminario de Mercersburg y, desde 1870, en el Union Theological Seminary de Nueva York; escribió una History of the Christian Church y The Creeds of Christendom. Supervisó la NPNF y, para su segunda serie —catorce volúmenes publicados entre 1890 y 1900—, contó con Henry Wace como coeditor. El volumen 4, Athanasius: Select Works and Letters (1892), recoge una selección de obras y cartas de Atanasio y es el que contiene esta carta. New Advent atribuye la versión inglesa a Archibald Robertson, con el título Ad Afros Epistola Synodica, y la introducción del volumen, que precede al texto, añade que se cotejó con la de «Dr. Bright». El texto que aquí se traduce llegó en la edición The Complete Works of St. Athanasius (Kindle), cuyo libro 18 es esta carta.
Lo que viene de la edición. La numeración de las once secciones, sus epígrafes y el subtítulo «Carta de noventa obispos de Egipto y Libia, entre ellos Atanasio» proceden de la edición de base; no deben atribuirse a Atanasio. Los bloques de texto contienen solo esa traducción; el comentario va aparte, en notas marcadas como del editor y plegadas por defecto.
Referencias bíblicas. Se conservan en su lugar y con la numeración con que llegan. Al posarse sobre una aparece el versículo en la Reina-Valera de 1909 (dominio público, con la ortografía actualizada), solo para comparar. Atanasio lee la Biblia griega, de modo que lo que cita puede diferir de una versión hecha desde el hebreo; así ocurre con las citas de Jeremías del § 4, que siguen la versión griega de los Setenta, según las notas del NPNF.
Encabezado
A los obispos de África.
Carta de noventa obispos de Egipto y Libia, entre ellos Atanasio.
§ 1
Bastan las cartas escritas por nuestro amado compañero en el ministerio Dámaso, obispo de la Gran Roma, y por el gran número de obispos que se reunieron con él; y bastan asimismo las de los demás sínodos celebrados, tanto en la Galia como en Italia, acerca de la sana fe que Cristo nos dio, los apóstoles predicaron y los Padres reunidos en Nicea desde todas las partes de este mundo nuestro nos transmitieron. Pues tan grande fue entonces la conmoción causada por la herejía arriana, que se procuró rescatar a quienes habían caído en ella y poner de manifiesto a sus inventores. Por ello, el mundo entero dio hace ya mucho su asentimiento a aquel concilio; y ahora, tras la celebración de numerosos sínodos, se ha recordado a todos su doctrina, tanto en Dalmacia y Dardania como en Macedonia, Epiro y Grecia, Creta y las demás islas, Sicilia, Chipre, Panfilia, Licia e Isauria. Todo Egipto y las Libias, y la mayor parte de los árabes, han llegado a conocerlo y han admirado a quienes lo suscribieron, pues, si aún quedaba entre ellos alguna amargura que brotase de la raíz de los arrianos —nos referimos a Auxencio, Ursacio, Valente y sus partidarios—, por estas cartas han sido apartados y aislados. La confesión formulada en Nicea era, repetimos, suficiente por sí sola para derribar toda herejía impía y para asegurar y promover la doctrina de la Iglesia. Pero, puesto que hemos oído que algunos, deseosos de oponérsele, intentan invocar un sínodo que se supone celebrado en Rímini y se afanan por hacer que prevalezca sobre el otro, juzgamos justo escribiros y exhortaros a no tolerar semejante cosa: pues no es sino un nuevo brote de la herejía arriana. Porque quienes rechazan el concilio celebrado contra ella, a saber, el de Nicea, ¿qué otra cosa desean sino que prevalezca la causa de Arrio? ¿Qué merecen, pues, tales hombres, sino ser llamados arrianos y compartir el castigo de los arrianos? No temieron a Dios, que dice: "No traspases los linderos antiguos que pusieron tus padres []", y: "El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente []"; ni tuvieron respeto a sus padres, quienes decretaron que fueran anatema los que sostuviesen lo contrario de su confesión.
Comentario editorial · ¿De cuándo es esta carta?
El texto no lleva fecha. La introducción del NPNF la fecha hacia 369 y razona un margen entre 368 y 372. El § 1 se apoya en cartas de Dámaso —obispo de Roma desde octubre de 366, según Wikipedia— y de otros sínodos de la Galia y de Italia. Esa introducción recuerda que Dámaso reunió en algún momento un sínodo de unos noventa obispos de Italia y de las Galias, cuya carta se conserva y parece de 372, y deduce que el sínodo del que habla esta carta fue otro, anterior, cuyas actas se han perdido y que no pudo celebrarse antes de finales de 367 o comienzos de 368. Atanasio murió en 373. New Advent, que ofrece el mismo texto inglés, no fecha la carta; por eso aquí se dice «hacia 369» y no se fija un año.
Para ampliar: Introducción al Ad Afros (NPNF, vol. 4) · Pope Damasus I (Wikipedia (en)).
§ 2
Pues precisamente por esto se celebró en Nicea un concilio ecuménico, en el que se reunieron 318 obispos para tratar de la fe a causa de la herejía arriana: para que no se celebrasen ya sínodos locales sobre la Fe y, aun si se celebraban, careciesen de autoridad. Porque ¿qué le falta a aquel concilio para que alguien pretenda introducir novedades? Está colmado de piedad, amados, y de ella ha llenado el mundo entero. Lo han reconocido los indios y todos los cristianos de las demás naciones bárbaras. Vano es, pues, el afán de quienes tantas veces han atentado contra él. Pues los hombres a quienes nos referimos ya han celebrado diez sínodos o más, mudando de parecer en cada uno, y, mientras suprimen algunas cosas de las decisiones anteriores, introducen cambios y adiciones en las posteriores. Y hasta ahora nada han conseguido escribiendo, borrando y empleando la fuerza, sin saber que "toda planta que no plantó el Padre celestial será arrancada []". Pero la palabra del Señor, que llegó por medio del concilio ecuménico de Nicea, permanece para siempre. [] Pues, si se compara el número con el número, los reunidos en Nicea son más que los de los sínodos locales, por cuanto el todo es mayor que la parte. Pero, si alguien quiere discernir el motivo del Sínodo de Nicea y el de los numerosos sínodos que estos hombres celebraron después, hallará que, mientras el primero tuvo una causa razonable, los otros fueron convocados por la fuerza, a causa del odio y de la contienda. Pues el primer concilio fue convocado por la herejía arriana y por la Pascua, ya que los de Siria, Cilicia y Mesopotamia diferían de nosotros y celebraban la fiesta en la misma época que los judíos. Mas, gracias al Señor, se alcanzó la concordia no solo acerca de la Fe, sino también acerca de la Fiesta Sagrada. Tal fue la razón del sínodo de Nicea. Los posteriores, en cambio, fueron innumerables, y todos ellos tramados en oposición al ecuménico.
§ 3
Puesto esto de manifiesto, ¿quién aceptará a quienes invocan el Sínodo de Rímini, o cualquier otro, contra el de Nicea? ¿O quién podrá dejar de aborrecer a unos hombres que tienen en nada las decisiones de sus padres y ponen por encima de ellas las más recientes, redactadas en Rímini entre contiendas y violencias? ¿O quién querrá estar de acuerdo con estos hombres, que ni siquiera aceptan sus propias decisiones? Pues en sus diez sínodos o más, como dije antes, escribieron ahora una cosa y luego otra, y así se mostraron claramente acusadores de cada una de ellas. Su caso no difiere mucho del de los judíos infieles de antaño. Porque, así como estos abandonaron la única fuente de agua viva y se labraron cisternas rotas que no pueden retener el agua, según dice el profeta Jeremías, así también estos hombres, combatiendo contra el único concilio ecuménico, "se labraron" numerosos sínodos, y todos resultaron vacíos, como "gavilla sin vigor". No toleremos, pues, a quienes invocan el Sínodo de Rímini o cualquier otro contra el de Nicea. Pues ni siquiera quienes invocan el de Rímini parecen saber lo que allí sucedió; de otro modo, nada dirían de él. Porque sabéis, amados, por aquellos de entre vosotros que fueron a Rímini, cómo fueron depuestos Ursacio y Valente, Eudoxio y Auxencio (con quienes estaba también allí Demófilo), después de que pretendieran escribir algo que reemplazase las decisiones de Nicea. Pues, cuando se les pidió que anatematizasen la herejía arriana, se negaron y prefirieron ser sus cabecillas. Por ello los obispos, como auténticos siervos del Señor y creyentes ortodoxos —y eran cerca de doscientos—, escribieron que les bastaba únicamente lo establecido en Nicea y que no deseaban ni sostenían nada más ni nada menos. Así se lo comunicaron también a Constancio, que había ordenado reunir el sínodo. Pero los hombres que habían sido depuestos en Rímini acudieron a Constancio e hicieron que se ultrajase a quienes habían informado contra ellos, que se los amenazase con impedirles regresar a sus diócesis y que se los sometiese a violencias en Tracia aquel mismo invierno, para obligarlos a tolerar sus innovaciones.
Comentario editorial · Rímini, 359: lo que cuenta Atanasio y lo que cuentan otros
Atanasio resume Rímini así: los obispos rechazaron lo que querían imponer Ursacio, Valente y los suyos, lo comunicaron al emperador y fueron después presionados en Tracia. En lo esencial coincide con la Wikipedia en inglés: el concilio, convocado por Constancio II, se abrió el 27 de mayo de 359 con unos 400 obispos, aprobó el credo de Nicea el 21 de julio y condenó, entre otros, a Ursacio, Valente y Auxencio; pero el 10 de octubre, en Nike (Tracia), los enviados de la mayoría aceptaron una revisión del credo fechado en Sirmio, y quienes seguían en Rímini tuvieron que firmarla antes de poder irse. Hay diferencias de detalle. El § 3 habla de «cerca de doscientos» obispos ortodoxos y cuenta a Eudoxio entre los depuestos; el NPNF anota que en total eran unos 400, de modo que la mayoría debió de ser bastante más de doscientos, y que Eudoxio estuvo en Seleucia, no en Rímini. La Wikipedia en español da otro comienzo (principios de julio) y cuenta unos ochenta semiarrianos entre más de cuatrocientos obispos; atribuye a Jerónimo la frase «el mundo entero gimió de asombro al encontrarse arriano».
§ 4
Si, pues, alguien invoca el Sínodo de Rímini, que señale en primer lugar la deposición de los hombres antes mencionados y lo que escribieron los obispos, a saber: que nadie buscase nada más allá de lo acordado por los Padres en Nicea ni invocase sínodo alguno fuera de aquel. Pero esto lo callan y, en cambio, dan gran importancia a lo que se hizo por la fuerza en Tracia; con lo cual muestran que encubren la herejía arriana y son ajenos a la sana fe. Y, asimismo, si alguien examinase y comparase el gran concilio mismo con los celebrados por estos hombres, descubriría la piedad del uno y la necedad de los otros. Los que se reunieron en Nicea no lo hicieron después de haber sido depuestos; y, además, confesaron que el Hijo era de la esencia del Padre. Los otros, en cambio, después de haber sido depuestos una y otra vez, y de nuevo en el propio Rímini, se atrevieron a escribir que no debía decirse que el Hijo tuviese esencia ni subsistencia. Por esto podemos ver, hermanos, que los de Nicea respiran el espíritu de la Escritura, pues Dios dice en el Éxodo []: "Yo soy el que soy"; y por Jeremías: "¿Quién ha estado en su sustancia y ha visto su palabra?"; y poco después: "Si hubiesen permanecido en mi subsistencia y oído mis palabras". Ahora bien, subsistencia es esencia, y no significa otra cosa que el ser mismo, al que Jeremías llama existencia cuando dice: "Y no oyeron la voz de la existencia". Pues subsistencia y esencia son existencia: porque es, o, dicho de otro modo, existe. También Pablo, advirtiendo esto, escribió a los Hebreos: "El cual, siendo el resplandor de su gloria y la imagen expresa de su subsistencia []". Pero los otros, que creen conocer las Escrituras y se llaman a sí mismos sabios, y no quieren hablar de subsistencia en Dios —pues así escribieron en Rímini y en otros sínodos suyos—, fueron ciertamente depuestos con justicia, ya que dijeron, como el necio en su corazón: "No hay Dios". Y, asimismo, los Padres enseñaron en Nicea que el Hijo y Logos no es criatura ni fue hecho, habiendo leído: "Todas las cosas por medio de él fueron hechas []", y: "En él fueron creadas todas las cosas, y en él subsisten []"; mientras que estos hombres, arrianos más que cristianos, se han atrevido en sus otros sínodos a llamarlo criatura y uno de los seres hechos, de los cuales él mismo es Artífice y Hacedor. Pues, si "todas las cosas por medio de él fueron hechas" y él también es criatura, sería creador de sí mismo. ¿Y cómo puede crear lo que está siendo creado? ¿O ser creado el que está creando?
Comentario editorial · «Subsistencia» y «esencia»: una prueba desde la Escritura
Según la introducción del NPNF, el § 4 contiene el argumento más novedoso de la carta: contesta al rechazo de ousía e hypóstasis en el credo de Nike (359) partiendo de «Yo soy el que soy» (Éxodo 3:14) y de textos de Jeremías para concluir que «subsistencia es esencia». Las notas del NPNF dan las palabras griegas que Atanasio lee en Jeremías según los Setenta: hypóstema (Jr 23:18), hypóstasis (Jr 23:22) y hýparxis (Jr 9:10), que esta traducción vierte «sustancia», «subsistencia» y «existencia». La introducción añade que el argumento expresa la opinión habitual de Atanasio y convencería a los occidentales, pero pesaría poco entre quienes usaban la terminología oriental. En la Carta a los de Antioquía esas dos palabras ocupan el centro de una disputa entre quienes hablan de «tres hipóstasis» y quienes hablan de una; el reparto de términos se comenta también en una nota de Sobre Lucas 10:22 y Mateo 11:27.
Para ampliar: Introducción al Ad Afros (NPNF, vol. 4).
§ 5
Pero ni aun así se avergüenzan, aunque dicen cosas por las que todos los aborrecen; e invocan el Sínodo de Rímini solo para mostrar que también allí fueron depuestos. Y en cuanto a la propia definición de Nicea, según la cual el Hijo es consustancial con el Padre, por cuya causa se oponen ostensiblemente al concilio y zumban por doquier en torno al término como mosquitos, o bien tropiezan con él por ignorancia, como los que tropiezan con la piedra de tropiezo puesta en Sion [], o bien lo conocen, pero por eso mismo no cesan de combatirlo y murmurar, porque es una declaración precisa que se opone de frente a su herejía. Pues no son las expresiones las que los atormentan, sino la condenación de ellos mismos contenida en la definición. Y de esto, una vez más, son ellos mismos la causa, aunque quieran ocultar un hecho del que son perfectamente conscientes. Pero ahora debemos mencionarlo, para que por aquí también quede manifiesta la precisión del gran concilio. Los obispos reunidos, en efecto, quisieron desechar las expresiones impías ideadas por los arrianos, a saber: "hecho de la nada", que el Hijo era "una cosa hecha" y "una criatura", que "hubo un tiempo en que él no existía" y que "es de naturaleza mudable". Y quisieron dejar por escrito el lenguaje reconocido de la Escritura, a saber: que el Logos es por naturaleza de Dios, Unigénito, Poder, Sabiduría del Padre y Dios verdadero, como dice Juan; y, como escribió Pablo, resplandor de la gloria del Padre e imagen expresa de su persona. Pero Eusebio y sus partidarios, arrastrados por su propio error, seguían deliberando entre sí de esta manera: "Asintamos. Porque también nosotros somos de Dios, pues «hay un solo Dios, de quien proceden todas las cosas [],» y «las cosas viejas pasaron; he aquí que todas son hechas nuevas, pero todas las cosas proceden de Dios [].» " Y tenían presente lo escrito en el Pastor: "Ante todas las cosas, cree que Dios es uno, el cual creó y ordenó todas las cosas, y las hizo existir de la nada". Pero los obispos, advirtiendo su astucia y el artificio de su impiedad, expresaron con mayor claridad el sentido de las palabras "de Dios" al escribir que el Hijo es de la esencia de Dios; de suerte que, mientras las criaturas, por no existir por sí mismas sin una causa, sino tener un principio de existencia, son llamadas "de Dios", se reconociese que solo el Hijo es propio de la esencia del Padre. Pues esto es peculiar de quien es Unigénito y verdadero Logos con relación a un Padre, y por esta razón se adoptaron las palabras "de la esencia". Asimismo, cuando los obispos preguntaron a la minoría que disimulaba sus opiniones si convenía en que el Hijo no era una criatura, sino el Poder y la única Sabiduría del Padre, su Imagen eterna, exacta en todo respecto, y Dios verdadero, se observó que Eusebio y sus partidarios intercambiaban señas de asentimiento, como diciendo: "Esto también se aplica a nosotros los hombres, pues también nosotros somos llamados «imagen y gloria de Dios [],» y de nosotros se dice: «Pues nosotros, los que vivimos, siempre,» y hay muchos poderes, y «todo el poder del Señor salió de la tierra de Egipto,» mientras que la oruga y la langosta son llamadas su «gran poder [].» Y «el Señor de los poderes está con nosotros; el Dios de Jacob es nuestro amparo.» Pues sostenemos que somos propios de Dios, y no solo eso, sino que incluso nos ha llamado hermanos. Tampoco nos inquieta que llamen al Hijo Dios verdadero. Pues, una vez hecho, existe verdaderamente".
Comentario editorial · La cita del Pastor y el sentido de «de Dios»
Los obispos de Nicea, cuenta el § 5, querían escribir que el Hijo es «de Dios»; Eusebio y los suyos pensaban asentir, porque, según ellos, también las criaturas son «de Dios» (1 Corintios 8:6; 2 Corintios 5:17-18), y tenían presente lo escrito en el Pastor: «Ante todas las cosas, cree que Dios es uno, el cual creó y ordenó todas las cosas, y las hizo existir de la nada». Las notas del NPNF identifican esa cita con el Mandato 1 del Pastor de Hermas y señalan que el § 5 repite en lo esencial el relato del capítulo 19 del De decretis, es decir, de la Defensa de la definición nicena; allí otra nota trata de la firma de Nicea por Eusebio de Nicomedia y los suyos. Por eso, dice la carta, los obispos precisaron «de la esencia»: para que solo el Hijo fuera «propio de la esencia del Padre».
§ 6
Tal era la mente corrompida de los arrianos. Pero también aquí los obispos, advirtiendo su astucia, reunieron de las Escrituras las imágenes del resplandor, del río y la fuente, y de la relación de la Imagen expresa con la Subsistencia, así como los pasajes: "En tu luz veremos la luz", y: "Yo y el Padre somos uno []". Y, por último, escribieron con mayor claridad y concisión que el Hijo es consustancial con el Padre, pues todos los pasajes anteriores significan esto. Y sus murmuraciones, según las cuales tales expresiones no están en la Escritura, ellos mismos las muestran vanas, pues han proferido sus impiedades en términos ajenos a la Escritura —tales son "de la nada" y "hubo un tiempo en que él no existía"— y, sin embargo, censuran que se los haya condenado mediante términos no escriturarios, pero de sentido piadoso. Mientras ellos, como hombres salidos de un estercolero, ciertamente "hablaron de la tierra []", los obispos escribieron como lo hicieron sin inventar por sí mismos sus expresiones, sino fundándose en el testimonio de sus Padres. Pues obispos antiguos, de la Gran Roma y de nuestra ciudad, hace unos 130 años, escribieron y censuraron a quienes decían que el Hijo era una criatura y no consustancial con el Padre. Y esto lo sabía Eusebio, obispo de Cesarea, que al principio fue cómplice de la herejía arriana; pero después, tras suscribir lo acordado en el Concilio de Nicea, escribió a los suyos afirmando lo siguiente: "Sabemos que ciertos obispos y escritores elocuentes e ilustres, incluso de tiempos antiguos, emplearon la palabra «consustancial» con referencia a la Divinidad del Padre y del Hijo".
Comentario editorial · «Obispos antiguos»: la carta de Eusebio de Cesarea
A quienes decían que «consustancial» era una novedad, Atanasio responde con obispos de Roma y de Alejandría que, «hace unos 130 años», ya habían escrito contra quienes llamaban criatura al Hijo, y con Eusebio de Cesarea, que tras suscribir Nicea escribió a los suyos que «obispos y escritores» ilustres de tiempos antiguos habían usado la palabra. Esa carta de Eusebio a su Iglesia se conserva y el NPNF la incluye en este mismo volumen. Una nota que la acompaña relaciona la alusión del § 6 con los dos Dionisios, de Roma y de Alejandría, de quienes trata la Defensa de la definición nicena. La cifra de «130 años» es aproximada: contada desde 369 daría hacia 239, y la controversia de los Dionisios es de la década de 260 (cálculo del editor).
§ 7
¿Por qué, entonces, siguen invocando el Sínodo de Rímini, en el que fueron depuestos? ¿Por qué rechazan el de Nicea, en el que sus padres suscribieron la confesión de que el Hijo es de la esencia del Padre y consustancial con él? ¿Por qué van de un lado a otro? Pues ahora están en guerra no solo con los obispos reunidos en Nicea, sino también con sus propios grandes obispos y sus propios amigos. ¿De quiénes son, entonces, herederos o sucesores? ¿Cómo pueden llamar padres a unos hombres cuya confesión, formulada rectamente y conforme a los apóstoles, no quieren aceptar? Porque, si creen que pueden objetar algo contra ella, que hablen, o más bien que respondan, para que quede patente que se contradicen a sí mismos: ¿creen al Hijo cuando dice "Yo y el Padre somos uno" y "quien me ha visto a mí ha visto al Padre"? "Sí —han de responder—, puesto que está escrito, lo creemos". Pero, si se les pregunta cómo son uno y cómo quien ha visto al Hijo ha visto al Padre, suponemos que dirán, naturalmente, que "por razón de la semejanza", a menos que hayan llegado a coincidir por completo con quienes sostienen una opinión hermana de la suya y son llamados anomeos. Mas, si se les pregunta de nuevo "¿en qué es semejante?", se desvergüenzan y dicen: "Por la perfección de su virtud y de su concordia, por tener la misma voluntad que el Padre y por no querer lo que el Padre no quiere". Pero entiendan que quien se asemeja a Dios por la virtud y la voluntad también puede concebir el propósito de mudar; y el Logos no es semejante de este modo, a menos que lo sea solo en parte y como nosotros, porque tampoco sería semejante a Dios en la esencia. Pero tales características nos pertenecen a nosotros, que tenemos origen y somos de naturaleza creada. Pues también nosotros, aunque no podemos llegar a ser semejantes a Dios en la esencia, imitamos a Dios mediante el progreso en la virtud, al concedernos el Señor esta gracia con las palabras: "Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso"; "sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto [; ]". Pero nadie puede negar que los seres creados son mudables, puesto que los ángeles transgredieron, Adán desobedeció y todos tienen necesidad de la gracia del Logos. Mas una cosa mudable no puede ser semejante a Dios, que es verdaderamente inmutable, como tampoco lo creado puede ser semejante a su creador. Por eso, refiriéndose a nosotros, dijo el santo varón: "Señor, ¿quién será semejante a ti?", y: "¿Quién entre los dioses es semejante a ti, Señor?"; entendiendo por dioses a quienes, aun siendo creados, habían llegado a participar del Logos, como él mismo dijo: "Si llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios []". Pero las cosas que participan no pueden ser idénticas ni semejantes a aquello de lo que participan. Por ejemplo, dijo de sí mismo: "Yo y el Padre somos uno", dando a entender que no sucede así con los seres creados. Pues preguntaríamos a quienes aducen el Sínodo de Rímini si una esencia creada puede decir: "Las cosas que veo hacer a mi Padre, esas también las hago yo". Porque los seres creados son hechos y no hacen; o, de lo contrario, se habrían hecho incluso a sí mismos. Pues si, como dicen ellos, el Hijo es una criatura y el Padre es su Hacedor, ciertamente el Hijo sería su propio hacedor, ya que puede hacer lo que hace el Padre, según él mismo dijo. Pero tal suposición es absurda y del todo insostenible, pues nadie puede hacerse a sí mismo.
§ 8
Que digan, una vez más, si los seres creados podrían afirmar []: "Todas las cosas que tiene el Padre son mías". Ahora bien, él tiene la prerrogativa de crear y hacer, la eternidad, la omnipotencia y la inmutabilidad. Pero los seres creados no pueden tener el poder de hacer, porque son criaturas; ni la eternidad, porque su existencia tuvo principio; ni la omnipotencia ni la inmutabilidad, porque están sujetos a dominio y son de naturaleza mudable, según dicen las Escrituras. Pues bien, si estas prerrogativas pertenecen al Hijo, es evidente que no le pertenecen por su virtud, como antes se dijo, sino esencialmente, tal como declaró el concilio: "No es de otra esencia", sino de la del Padre, a quien estas prerrogativas son propias. Pero ¿qué puede ser aquello que es propio de la esencia del Padre y procede de ella como descendencia, o qué nombre podemos darle, sino "consustancial"? Pues lo que el hombre ve en el Padre lo ve también en el Hijo, y ello no por participación, sino esencialmente. Y este es el sentido de "Yo y el Padre somos uno" y de "quien me ha visto a mí ha visto al Padre". Aquí, sobre todo, resulta una vez más fácil mostrar su necedad. Si sostenéis que el Hijo es semejante al Padre por la virtud, de la que proceden el querer y el no querer, y por el progreso moral, siendo así que estas cosas pertenecen a la categoría de la cualidad, es evidente que llamáis a Dios un compuesto de cualidad y esencia. Pero ¿quién os tolerará cuando digáis esto? Pues Dios, que compuso todas las cosas para darles el ser, no es compuesto ni de naturaleza semejante a la de las cosas hechas por él mediante el Logos. Lejos de nosotros tal pensamiento. Porque él es esencia simple, en la que no hay cualidad ni, como dice Santiago, "mudanza ni sombra de variación []". Por consiguiente, si se muestra que no es por la virtud —pues en Dios no hay cualidad, ni tampoco la hay en el Hijo—, entonces el Hijo ha de ser propio de la esencia de Dios. Y esto, ciertamente, lo admitiréis si no se ha extinguido por completo en vosotros el entendimiento. Pero aquello que es propio de la esencia de Dios e idéntico a ella, y que por naturaleza procede de ella como Descendencia, ¿no es por ese mismo hecho consustancial con quien lo engendró? Pues esta es la relación distintiva de un Hijo con un Padre; y quien la niega no sostiene que el Logos sea Hijo por naturaleza y en verdad.
§ 9
Esto comprendieron los Padres cuando escribieron que el Hijo era consustancial con el Padre y anatematizaron a quienes dicen que el Hijo es de una subsistencia diferente: no inventaron expresiones por sí mismos, sino que, a su vez, aprendieron, como dijimos, de los Padres que los precedieron. Pero, después de la demostración anterior, sobra su Sínodo de Rímini, así como cualquier otro sínodo que invoquen en materia de Fe. Porque basta el de Nicea, conforme también con los obispos antiguos, y que sus propios padres suscribieron: a ellos deberían respetar, so pena de ser tenidos por cualquier cosa menos por cristianos. Pero si, aun después de tales pruebas, del testimonio de los obispos antiguos y de la firma de sus propios padres, fingen, como por ignorancia, alarmarse ante la palabra "consustancial", que digan y sostengan, en términos más sencillos y con verdad, que el Hijo es Hijo por naturaleza, y que anatematicen, según ordenó el concilio, a quienes dicen que el Hijo de Dios es una criatura o un ser hecho, o que procede de la nada, o que hubo un tiempo en que él no existía, o que es mudable y está sujeto a cambio, y que es de otra subsistencia. Y así escaparán de la herejía arriana. Y estamos seguros de que, al anatematizar sinceramente estas opiniones, confiesan por ese mismo hecho que el Hijo es de la esencia del Padre y consustancial con él. Pues por esto los Padres, después de decir que el Hijo era consustancial, añadieron enseguida: "Pero a quienes dicen que es una criatura, o que fue hecho, o que procede de la nada, o que hubo un tiempo en que él no existía", la Iglesia católica los anatematiza; a saber, para dar a conocer por este medio que estas son las cosas comprendidas en la palabra "consustancial". Y el sentido de "consustancial" se conoce por el hecho de que el Hijo no es una criatura ni un ser hecho; porque quien dice "consustancial" no sostiene que el Logos sea una criatura; y quien anatematiza las opiniones antedichas sostiene a la vez que el Hijo es consustancial con el Padre; y quien lo llama "consustancial" llama al Hijo de Dios Hijo genuina y verdaderamente; y quien lo llama genuinamente Hijo comprende los pasajes: "Yo y el Padre somos uno" y "quien me ha visto a mí ha visto al Padre".
§ 10
Ahora bien, convendría escribir sobre esto con mayor amplitud. Pero, puesto que os escribimos a vosotros, que conocéis estas cosas, lo hemos dictado brevemente, rogando que entre todos se conserve el vínculo de la paz y que todos en la Iglesia católica digan y sostengan lo mismo. Y no pretendemos enseñaros, sino recordaros lo que sabéis. Ni somos solo nosotros quienes escribimos, sino todos los obispos de Egipto y de las Libias, unos noventa en número. Porque todos compartimos un mismo parecer en esto y siempre firmamos unos por otros cuando alguno no puede hallarse presente. Siendo esta nuestra disposición de ánimo, puesto que nos hallábamos reunidos, escribimos también a nuestro amado Dámaso, obispo de la Gran Roma, dándole cuenta de Auxencio, que se ha entrometido en la iglesia de Milán: no solo comparte la herejía arriana, sino que además se lo acusa de muchas faltas que cometió junto con Gregorio, partícipe de su impiedad. Y, a la vez que expresábamos nuestra sorpresa de que hasta ahora no haya sido depuesto y expulsado de la Iglesia, dimos gracias a Dámaso por su piedad y por la de quienes se reunieron en la Gran Roma, pues, al expulsar a Ursacio y Valente y a los que los siguen, preservaron la concordia de la Iglesia católica. Rogamos que esta se conserve también entre vosotros y, por ello, os suplicamos que no toleréis, como dijimos antes, a quienes aducen multitud de sínodos celebrados acerca de la Fe: los de Rímini, Sirmio, Isauria y Tracia, los de Constantinopla y los muchos irregulares de Antioquía. Antes bien, que entre vosotros tenga validez únicamente la Fe confesada por los Padres en Nicea, donde estuvieron presentes y firmaron todos los padres, incluidos los de los hombres que ahora la combaten, como dijimos antes; para que también de nosotros pueda decir el Apóstol: "Os alabo porque en todas las cosas os acordáis de mí y retenéis las tradiciones tal como os las entregué []".
Comentario editorial · Auxencio de Milán
Según Wikipedia, Auxencio (activo entre 343 y 374) fue nombrado obispo de Milán por obispos arrianos poco después del destierro, en 355, de su predecesor Dionisio. Hilario de Poitiers escribió contra él un Liber contra Auxentium, y los intentos de deponerlo —entre ellos los de Hilario, Eusebio de Vercelli y el propio Atanasio— fracasaron. En 372 un sínodo reunido por Dámaso lo condenó expresamente; aun así siguió en Milán hasta su muerte en 374, y le sucedió Ambrosio. La carta lo presenta como alguien que «se ha entrometido en la iglesia de Milán» y se extraña de que aún no haya sido depuesto; la introducción del NPNF dice que era una sorpresa dolorosa para Atanasio, que lo veía actuar por todas partes en daño de la causa católica.
Para ampliar: Auxentius of Milan (Wikipedia (en)).
§ 11
Porque este Sínodo de Nicea es, en verdad, una proscripción de toda herejía. Refuta también a quienes blasfeman contra el Espíritu Santo y lo llaman criatura. Pues los Padres, después de hablar de la fe en el Hijo, añadieron enseguida: "Y creemos en el Espíritu Santo", para que, al confesar perfecta y plenamente la fe en la Santísima Trinidad, diesen a conocer la forma precisa de la Fe de Cristo y la enseñanza de la Iglesia católica. Porque tanto entre vosotros como entre todos ha quedado claro, y ningún cristiano puede albergar duda al respecto, que nuestra fe no está puesta en la criatura, sino en un solo Dios, Padre todopoderoso, hacedor de todas las cosas visibles e invisibles; y en un solo Señor Jesucristo, su Hijo Unigénito; y en un solo Espíritu Santo: un solo Dios, conocido en la Trinidad santa y perfecta. Bautizados en ella y unidos en ella a la Divinidad, creemos haber heredado también el reino de los cielos, en Cristo Jesús, nuestro Señor, por quien sean al Padre la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Comentario editorial · «Y en el Espíritu Santo»: lo que dice Nicea
El § 11 sostiene que Nicea, al añadir tras su fe en el Hijo «Y creemos en el Espíritu Santo», confesó ya la Trinidad y refutó a quienes llaman criatura al Espíritu. La Wikipedia matiza el texto de 325: menciona al Espíritu Santo, pero no lo llama «Dios» ni «consustancial»; su cláusula termina ahí, y los anatemas contra proposiciones arrianas vienen después. El artículo más desarrollado sobre el Espíritu —«Señor y dador de vida»— figura en el credo que la tradición asocia al concilio de Constantinopla de 381. Que Atanasio vea aquí contenida la divinidad del Espíritu es su lectura de esa cláusula, no lo que el texto de 325 dice por sí mismo; en la Carta a los de Antioquía (§ 3) pide además anatematizar expresamente a quienes lo dicen criatura. Véase también el credo niceno-constantinopolitano.
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
La carta no discute los concilios por su número, sino por su autoridad: según ella, basta Nicea y no hay que admitir otro sínodo en materia de fe (§§ 1, 9 y 10). Para sostenerlo hace tres cosas: contar Rímini de otro modo (§ 3), mostrar que «esencia» y «consustancial» no son palabras ajenas al sentido de la Escritura (§§ 4–9) y pedir a quien se dice cristiano que anatematice las proposiciones arrianas, lo cual, afirma, equivale a confesar lo que esas palabras significan (§ 9). Atanasio murió en 373 y Auxencio, cuya deposición pide el § 10, en 374; según Wikipedia, le sucedió Ambrosio. La fórmula que la carta defiende quedó en el credo que la tradición asocia al concilio de Constantinopla de 381, con las enmiendas y el artículo sobre el Espíritu a que se refiere la nota del § 11.
Límites. La edición de base no fecha la carta: «hacia 369» es la fecha que razona la introducción del NPNF, con un margen de 368 a 372. La atribución a Atanasio y a los noventa obispos se toma de la edición de base y no se examina aquí. Las identificaciones de personas, concilios y fechas de las notas proceden de las fuentes que se citan y no del texto; cuando difieren, se dice cuál afirma qué.