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    TEXTOS — ATANASIO DE ALEJANDRÍA

    Índice de la obra

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    Atanasio de Alejandría

    Sobre Lucas 10:22 y Mateo 11:27

    Texto base: Philip Schaff y Henry Wace (eds.), NPNF, 2.ª serie, vol. 4 (1892) · The Complete Works of St. Athanasius, libro 5

    Traducción: Traducción castellana directa del inglés de Schaff, no del griego · 6 secciones

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    Lectura continua · ≈ 23 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Qué significa que el Padre «entregó» todas las cosas al Hijo? Según este tratado, los arrianos leían
    y
    como una prueba: si al Hijo le fueron entregadas, hubo un tiempo en que no las tenía y, por tanto, no procede del Padre. Atanasio no niega que el pasaje hable de una entrega; discute en qué sentido y con qué fin. Su respuesta, en seis secciones breves, es que no habla del Logos eterno, sino del Logos hecho hombre.

    Ficha de la obra

    AutorAtanasio de Alejandría, según la edición de base; esta edición no examina la atribución
    TítuloSobre Lucas 10:22 y Mateo 11:27 (en inglés, On Luke 10:22 and Matthew 11:27)
    FechaNo determinada ni por la edición de base ni por esta
    GéneroComentario doctrinal a un pasaje evangélico, en polémica con los arrianos
    ExtensiónSeis secciones breves (§§ 1–6)
    TraducciónCastellana y directa, hecha del inglés de la edición de Philip Schaff; no del griego
    FuenteSerie NPNF de Philip Schaff, 2.ª serie, vol. 4 (1892), tal como la recoge The Complete Works of St. Athanasius, libro 5
    El recorrido es corto. Las secciones 1 y 2 sostienen que «todas las cosas» no designa el señorío sobre la creación, sino el designio de la encarnación: el Hijo no recibe un poder que antes le faltara. Las secciones 3 a 5 apoyan esa lectura en
    —«todo cuanto tiene el Padre es mío»— y en la imagen de la luz inseparable del sol. La sección 6 trata, aparte, la lectura arriana del Trisagio. Para el marco de la disputa véanse Atanasio de Alejandría y el arrianismo; sobre el término con que Nicea expresó la relación entre el Hijo y el Padre, homoousios.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que publicó la serie A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church (NPNF), dirigida por Philip Schaff. Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y sus matices dependen de ambas. Antes de citarla en un trabajo académico conviene cotejarla con el inglés (enlaces al final de esta sección) y con el griego, y verificar la atribución y la fecha de la obra, que aquí no se discuten.
    Philip Schaff (Chur, 1819 – Nueva York, 1893) fue un teólogo e historiador de la Iglesia nacido en Suiza y formado en Alemania, que pasó la mayor parte de su vida adulta en Estados Unidos. Enseñó en el seminario de Mercersburg y, desde 1870, en el Union Theological Seminary de Nueva York; escribió una History of the Christian Church y The Creeds of Christendom. Supervisó la NPNF y, para su segunda serie —catorce volúmenes publicados entre 1890 y 1900—, contó con Henry Wace como coeditor. El volumen 4, Athanasius: Select Works and Letters (1892), recoge una selección de obras y cartas de Atanasio y es el que contiene este tratado; New Advent atribuye a Archibald Robertson la versión inglesa de esta obra. El texto que aquí se traduce llegó en la edición The Complete Works of St. Athanasius (Kindle), cuyo libro 5 es este tratado.
    Lo que viene de la edición. La numeración y los epígrafes de las seis secciones y los corchetes —palabras sobreentendidas y términos griegos— proceden de la edición de base; no deben atribuirse a Atanasio. Los bloques de texto contienen solo esa traducción; el comentario va aparte, en notas marcadas como del editor y plegadas por defecto.
    Referencias bíblicas. Se conservan en su lugar y con la numeración con que llegan. Al posarse sobre una aparece el versículo en la Reina-Valera de 1909 (dominio público, con la ortografía actualizada), solo para comparar. Atanasio lee la Biblia griega, de modo que lo que cita puede diferir de una versión hecha desde el hebreo; el caso más claro es
    , que el propio texto remite a la Septuaginta en el § 5.

    § 1. Este pasaje no se refiere al Logos eterno, sino al encarnado

    § 1

    Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre. Y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo.
    Y por no comprender esto, los de la secta de Arrio, Eusebio y sus compañeros, se entregan a la impiedad contra el Señor. Pues dicen que, si todas las cosas le fueron entregadas —entendiendo por "todas" el señorío sobre la creación—, hubo un tiempo en que él no las poseía. Pero, si no las poseía, no procede del Padre; porque, si procediese de él, por eso mismo las habría poseído siempre y no habría necesitado recibirlas. Mas este punto pondrá aún más claramente al descubierto su necedad. Pues la expresión de que se trata no se refiere al señorío sobre la creación ni al gobierno de las obras de Dios, sino que pretende revelar en parte el designio de la Encarnación ([τῆς οἰκονομίας]). Porque, si cuando él hablaba le "fueron entregadas", es claro que, antes de recibirlas, la creación estaba privada del Logos. ¿Qué queda entonces del pasaje «en él subsisten todas las cosas» [
    ]? Pero si, juntamente con el origen de la creación, todo le fue "entregado", tal entrega era superflua, pues "todas las cosas fueron hechas por medio de él" [
    ], y no habría necesidad de entregarle aquello de lo cual el Señor mismo era artífice. Pues, al hacerlo, era Señor de las cosas que venían a la existencia. Pero aun suponiendo que le "fueron entregadas" después de haber sido creadas, ved qué monstruosidad se sigue. Porque, si "le fueron entregadas" y, al recibirlas él, el Padre se retiró, corremos el peligro de caer en las fábulas que algunos cuentan: que entregó sus obras al Hijo y él mismo se marchó. O, si mientras el Hijo las posee también las posee el Padre, no deberíamos decir que "le fueron entregadas", sino que lo tomó por compañero, como Pablo tomó a Silvano. Pero esto es todavía más monstruoso; porque Dios no es imperfecto ni llamó al Hijo para que lo socorriese en su necesidad; antes bien, siendo Padre del Logos, hace todas las cosas por medio de él y, sin entregarle la creación, por medio de él y en él ejerce su providencia sobre ella, de suerte que ni un gorrión cae a tierra sin el Padre [
    ], ni la hierba se viste sin Dios [
    ]; antes bien, el Padre obra y el Hijo obra hasta ahora [cf.
    ]. Vana es, por tanto, la opinión de los impíos. Pues la expresión no significa lo que ellos piensan, sino que designa la Encarnación.
    Comentario editorial · Un término griego que ordena el § 1
    La versión deja entre corchetes el término griego que resume la tesis de la sección: οἰκονομία. Significa, literalmente, la administración de una casa; en el lenguaje cristiano antiguo pasó a nombrar el modo en que Dios dispone y realiza la salvación, y de manera especial la encarnación. De ahí que sea la clave de lectura del § 1: lo que el pasaje dice del Hijo «entregado» se refiere al Hijo hecho hombre, no a su relación eterna con el Padre.

    § 2. En qué sentido y con qué fin le fueron entregadas todas las cosas al Hijo encarnado

    § 2

    Pues, habiendo pecado y caído el hombre, y habiendo quedado por su caída todas las cosas en confusión —la muerte reinó desde Adán hasta Moisés [cf.
    ], la tierra fue maldita, se abrió el Hades, se cerró el Paraíso, el Cielo fue ofendido y el hombre, por último, quedó corrompido y embrutecido [cf.
    ], mientras el diablo se regocijaba contra nosotros—, entonces Dios, en su amorosa bondad, no queriendo que pereciese el hombre hecho a su propia imagen, dijo: "¿A quién enviaré y quién irá?" [
    ]. Mas, mientras todos guardaban silencio, el Hijo dijo: "Heme aquí, envíame". Y fue entonces cuando, al decir "Ve", le "entregó" al hombre, para que el Logos mismo se hiciese carne y, tomando la carne, la restaurase por entero. Pues, como a un médico, le "fue entregado" el hombre para sanar la mordedura de la serpiente; como a la vida, para resucitar lo que estaba muerto; como a la luz, para iluminar las tinieblas; y, por ser el Logos, para renovar la naturaleza racional ([τὸ λογικόν]). Así pues, desde que todas las cosas "le fueron entregadas" y él se hizo hombre, al punto todas las cosas fueron restauradas y llevadas a su perfección. La tierra recibe bendición en vez de maldición, el Paraíso se abrió al ladrón, el Hades se estremeció, se abrieron los sepulcros y resucitaron los muertos, se alzaron las puertas del Cielo para aguardar al que "viene de Edom" [
    ,
    ]. Es más, el Salvador mismo declara expresamente en qué sentido "le fueron entregadas todas las cosas", cuando prosigue, según nos refiere Mateo: "Venid a mí todos los que trabajáis y estáis cargados, y yo os daré descanso" [
    ]. Sí, vosotros "me fuisteis entregados" para que diese descanso a los fatigados y vida a los muertos. Y lo escrito en el Evangelio de Juan concuerda con esto: "El Padre ama al Hijo y ha puesto todas las cosas en su mano" [
    ]. Se las dio para que, así como todas las cosas fueron hechas por medio de él, también en él fuesen renovadas todas las cosas. Pues no "le fueron entregadas" para que, siendo pobre, se hiciese rico, ni recibió todas las cosas para adquirir un poder del que antes carecía: lejos de nosotros tal pensamiento; sino para que, como Salvador, restaurase todas las cosas. Porque convenía que, así como "por medio de él" vinieron a la existencia todas las cosas en el principio, "en él" —advertid el cambio de expresión— fuesen restauradas todas las cosas [cf.
    ,
    ]. Pues al principio vinieron a la existencia "por medio de él"; pero después, habiendo caído todas, el Logos se hizo carne y se revistió de ella, para que "en él" fuesen restauradas todas. Padeciendo él mismo, nos dio descanso; teniendo hambre él mismo, nos alimentó; y descendiendo al Hades, nos hizo volver de allí. Por ejemplo, en el tiempo de la creación de todas las cosas, bastó para crearlas un mandato, como "produzca [la tierra]" o "sea" [
    ,
    ]; pero, para su restauración, convenía que todas las cosas "le fuesen entregadas", a fin de que se hiciese hombre y todas fuesen renovadas en él. Pues el hombre, al estar en él, recibió vida: por eso precisamente se unió el Logos al hombre, para que la maldición no prevaleciese ya contra el hombre. Esta es la razón por la que se consigna la súplica hecha en favor de la humanidad en el salmo septuagésimo primero: "Oh Dios, da al rey tu juicio" [
    ]; con ella se pide que sea entregado al Hijo el juicio de muerte que pesaba sobre nosotros, y que él, muriendo por nosotros, lo abola en sí mismo para nosotros. Esto significaba cuando él mismo decía en el salmo octogésimo séptimo: "Sobre mí pesa tu indignación" [
    ]. Pues cargó con la indignación que pesaba sobre nosotros, como también dice en el centésimo trigésimo séptimo: "Señor, tú harás justicia por mí" [
    ].
    Comentario editorial · Un salmo, dos numeraciones
    En el § 2 se citan tres salmos por su número ordinal —el «septuagésimo primero», el «octogésimo séptimo» y el «centésimo trigésimo séptimo»—, que es la numeración de la Septuaginta. Las referencias entre corchetes dan los dos primeros en la numeración de las biblias modernas (72:1 y 88:7) y el tercero en la griega (137:8). En la numeración moderna ese último texto es el Salmo 138:8, y es el versículo que muestra la referencia al posarse sobre ella. Su redacción, además, no coincide con la que cita Atanasio, que lee la Septuaginta. Conviene tenerlo presente al buscar estos pasajes en otra Biblia.

    § 3. Por "todas las cosas" se entienden los atributos redentores y el poder de Cristo

    § 3

    Así, pues, podemos entender que todas las cosas le fueron entregadas al Salvador y, si es necesario añadir una explicación a lo entendido, que le fue entregado aquello que antes no poseía. Pues antes no era hombre, sino que se hizo hombre para salvar al hombre. Y el Logos no era carne en el principio, sino que después se hizo carne [cf.
    y ss.]; en esa carne, como dice el Apóstol, reconcilió la enemistad que había contra nosotros [
    ,
    ,
    ] y abolió la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para hacer de los dos un solo hombre nuevo, estableciendo la paz, y reconciliar a ambos en un solo cuerpo con el Padre. Mas lo que tiene el Padre pertenece también al Hijo, como él mismo dice en Juan: "Todo cuanto tiene el Padre es mío" [
    ]; expresiones que no podrían ser más precisas. Pues, cuando se hizo lo que no era, "todas las cosas le fueron entregadas". Pero, cuando quiere declarar su unidad con el Padre, la enseña sin reserva alguna, diciendo: "Todo cuanto tiene el Padre es mío". Y no puede menos de admirarse la exactitud de estas palabras. Pues no dijo: "Todo cuanto tiene el Padre me lo ha dado", para que no pareciese que en algún tiempo no lo había poseído; sino: "Es mío". Porque estas cosas, que están en poder del Padre, están igualmente en poder del Hijo. Pero debemos examinar a su vez qué cosas "tiene el Padre". Pues, si se trata de la creación, el Padre nada tenía antes de ella y resultaría haber recibido de ella algo adicional; mas lejos de nosotros tal pensamiento. Porque, así como existe antes de la creación, también antes de la creación tiene lo que tiene, y creemos que eso pertenece asimismo al Hijo [
    ]. Pues, si el Hijo está en el Padre, todas las cosas que tiene el Padre pertenecen al Hijo. Así, esta expresión echa por tierra la perversidad de los heterodoxos, que dicen: "Si todas las cosas le han sido entregadas al Hijo, el Padre ha dejado de tener poder sobre lo entregado, pues ha puesto al Hijo en su lugar. Porque, en efecto, el Padre a nadie juzga, sino que ha dado todo juicio al Hijo" [
    ]. Pero "sea cerrada la boca de los que hablan maldad" [
    ] —pues, aunque haya dado todo juicio al Hijo, no por ello queda despojado del señorío; ni porque se diga que el Padre entrega todas las cosas al Hijo deja de estar sobre todas—, ya que separan manifiestamente de Dios al Unigénito, que por naturaleza es inseparable de él, aunque en su locura lo separen con sus palabras, sin advertir, impíos como son, que la luz jamás puede separarse del sol, en el cual reside por naturaleza. Pues es preciso valerse de una pobre comparación tomada de objetos tangibles y familiares para expresar nuestro pensamiento, ya que sería excesiva osadía penetrar en la naturaleza incomprensible [de Dios].

    § 4. El pasaje Juan 16:15 muestra claramente la relación esencial del Hijo con el Padre

    § 4

    Así, pues, ningún hombre de sano juicio podría suponer que la luz del sol, que ilumina el mundo, lo hace sin el sol, puesto que la luz del sol está unida al sol por naturaleza; y si la Luz dijese: "He recibido del sol el poder de iluminar todas las cosas y de darles crecimiento y vigor con el calor que hay en mí", nadie sería tan insensato que pensase que la mención del sol pretende separar de él lo que le pertenece por naturaleza, a saber, la luz. Del mismo modo, la piedad nos mueve a comprender que la Esencia divina del Logos está unida por naturaleza a su propio Padre. Pues el pasaje que tenemos delante arrojará la mayor claridad posible sobre nuestra cuestión, ya que el Salvador dijo: "Todo cuanto tiene el Padre es mío"; lo cual muestra que está siempre con el Padre. Pues "cuanto tiene" muestra que el Padre ejerce el señorío, mientras que "es mío" muestra la unión inseparable. Es necesario, por tanto, que comprendamos que en el Padre residen la perpetuidad, la eternidad y la inmortalidad. Ahora bien, estas no residen en él como atributos sobrevenidos, sino que residen en él —y en el Hijo— como en una fuente. Cuando quieras, pues, comprender lo que atañe al Hijo, conoce lo que hay en el Padre, porque eso mismo debes creer que hay en el Hijo. Si el Padre es una cosa creada o hecha, también al Hijo le corresponden estas condiciones. Y si es lícito decir del Padre "hubo un tiempo en que él no existía" o "fue hecho de la nada", aplíquense también estas palabras al Hijo. Pero, si es impío atribuir tales cosas al Padre, conceded que también es impío atribuírselas al Hijo. Pues lo que pertenece al Padre pertenece al Hijo. Porque quien honra al Hijo honra al Padre que lo envió, y quien recibe al Hijo recibe con él al Padre, ya que quien ha visto al Hijo ha visto al Padre [
    ;
    ]. Así, pues, como el Padre no es criatura, tampoco lo es el Hijo; y como no es posible decir del Padre "hubo un tiempo en que él no existía" ni "fue hecho de la nada", tampoco conviene decir cosa semejante del Hijo. Antes bien, puesto que los atributos del Padre son la perpetuidad, la inmortalidad, la eternidad y el no ser criatura, se sigue que así también hemos de pensar del Hijo. Pues, como está escrito [
    ]: "Como el Padre tiene vida en sí mismo, así dio también al Hijo el tener vida en sí mismo". Pero emplea la palabra "dio" para señalar al Padre que da. A su vez, como la vida está en el Padre, así también está en el Hijo, lo cual muestra que este es inseparable y eterno. Por eso habla con exactitud al decir "todo cuanto tiene el Padre": para que, mencionando así al Padre, no se piense que él mismo es el Padre. Pues no dice "Yo soy el Padre", sino "Todo cuanto tiene el Padre".
    Comentario editorial · Una imagen que también está en el Credo
    La luz que no puede separarse del sol sirve aquí para negar que «entregar» introduzca una distancia entre el Hijo y el Padre. El Credo de Nicea emplea una imagen próxima cuando llama al Hijo «Luz de Luz». El propio texto advierte, al final del § 3, que es una «pobre comparación» tomada de objetos tangibles, y que sería excesiva osadía penetrar en la naturaleza de Dios: la analogía ilustra una inseparabilidad; no pretende explicar cómo el Hijo es engendrado. Sobre ese límite, véanse Generación eterna y El Credo Niceno-Constantinopolitano.

    § 5. Explicación adicional del mismo pasaje

    § 5

    Pues su Hijo Unigénito podría, arrianos, ser llamado "Padre" por su Padre, aunque no en el sentido en que quizá vosotros, en vuestro error, lo entendáis, sino —siendo Hijo del Padre que lo engendró— "Padre del siglo venidero" [
    , Septuaginta]. Porque es necesario no dejar lugar a ninguna de vuestras conjeturas. Pues bien, dice por el profeta: "Un Hijo nos ha nacido y nos ha sido dado; el gobierno está sobre su hombro y su nombre será llamado Ángel del Gran Consejo, Dios poderoso, Gobernante, Padre del siglo venidero" [
    ]. El Hijo unigénito de Dios es, por tanto, a la vez Padre del siglo venidero, Dios poderoso y Gobernante. Y se muestra claramente que todo cuanto tiene el Padre es suyo, y que, así como el Padre da vida, también el Hijo puede dar vida a quienes él quiera. Pues "los muertos", dice, "oirán la voz del Hijo y vivirán" [cf.
    ]; y la voluntad y el deseo del Padre y del Hijo son uno, puesto que también su naturaleza es una e indivisible. Y los arrianos se atormentan en vano por no entender las palabras de nuestro Salvador: "Todo cuanto tiene el Padre es mío". Pues este pasaje basta para desbaratar el extravío de Sabelio y pondrá al descubierto la necedad de nuestros judíos modernos. Por eso el Unigénito, que tiene vida en sí mismo como el Padre, es también el único que conoce quién es el Padre: porque él está en el Padre y el Padre en él. Pues él es su Imagen y, por consiguiente, porque es su Imagen, todo lo que pertenece al Padre está en él. Es su sello exacto, que muestra en sí mismo al Padre; Logos vivo y verdadero, Poder, Sabiduría, nuestra Santificación y Redención [
    ]. Porque "en él vivimos, nos movemos y existimos" [
    ], y "nadie conoce quién es el Padre sino el Hijo, ni quién es el Hijo sino el Padre" [
    ].
    Comentario editorial · Sabelio, el extremo opuesto
    El § 5 dice que este pasaje basta para «desbaratar el extravío de Sabelio». Sabelio (hacia 215) enseñó en Roma; no se conserva ningún escrito suyo y lo que sabemos viene de sus adversarios. Según Wikipedia, el sabelianismo (o modalismo) sostiene que Dios es una sola persona (hipóstasis) que se manifiesta como Padre, Hijo y Espíritu; un concilio de Alejandría lo excomulgó y otro en Roma condenó esa doctrina. Dionisio de Roma describió el arrianismo y el sabelianismo como errores en extremos opuestos: uno acentúa la distinción del Hijo respecto del Padre; el otro, su identidad.

    § 6. La falsa interpretación que los arrianos dan al Trisagio. Su verdadero significado

    § 6

    ¿Y cómo se atreven los impíos a decir, como no deberían, tales necedades, siendo hombres e incapaces de hallar siquiera cómo describir lo que hay en la tierra? Pero ¿por qué digo "lo que hay en la tierra"? Que nos expliquen su propia naturaleza, si son capaces de descubrir cómo investigarla. Temerarios son, en verdad, y obstinados, pues no tiemblan al formarse opiniones sobre cosas en las que los ángeles anhelan penetrar [
    ], siendo estos tan superiores a ellos tanto por naturaleza como por dignidad. Pues ¿quién está más cerca [de Dios] que los querubines o los serafines? Y, sin embargo, ellos, sin verlo siquiera, ni estar de pie, ni aun con el rostro descubierto, sino como velado, ofrecen sus alabanzas y, con labios infatigables, no hacen otra cosa que glorificar con el Trisagio la naturaleza divina e inefable. Y en ninguna parte nos ha referido ninguno de los profetas que hablaron por inspiración divina, hombres especialmente escogidos para tal visión, que al pronunciar "Santo" por primera vez se eleve la voz, mientras que la segunda vez sea más baja y la tercera muy baja; ni que, por consiguiente, la primera pronunciación denote señorío, la segunda subordinación y la tercera señale un grado todavía inferior. Mas lejos de nosotros la necedad de estos hombres insensatos que odian a Dios. Porque la Tríada, alabada, venerada y adorada, es una e indivisible y no admite grados ([ἀ] [σχηματιστός]). Está unida sin confusión, así como también la Mónada se distingue sin separación. Pues el hecho de que aquellos venerables seres vivientes [
    ;
    ] ofrezcan tres veces sus alabanzas, diciendo "Santo, Santo, Santo", demuestra que las tres hipóstasis son perfectas, así como, al decir "Señor", proclaman la única Esencia. Por tanto, los que rebajan al Hijo unigénito de Dios blasfeman contra Dios, denigrando su perfección y acusándolo de imperfección, y se hacen merecedores del más severo castigo. Pues quien blasfeme contra cualquiera de las hipóstasis no tendrá perdón ni en este siglo ni en el venidero. Pero Dios puede abrir los ojos de sus corazones para que contemplen el Sol de Justicia, a fin de que, llegando a conocer a aquel a quien antes menospreciaban, lo glorifiquen junto con nosotros con una piedad de espíritu inquebrantable; porque a él pertenece el reino, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y por siempre. Amén.
    Comentario editorial · Dos «Trisagios»
    En este texto «Trisagio» designa el triple «Santo, santo, santo» de Isaías 6:3 y Apocalipsis 4:8, que hoy suele llamarse Sanctus. Con el mismo nombre se conoce otro himno, «Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal», que según Wikipedia aparece en la liturgia cristiana hacia 438–439 y se cantó en el Concilio de Calcedonia (451). La discusión del § 6 trata del primero: si sus tres pronunciaciones indican grados de dignidad.
    Comentario editorial · Hipóstasis y esencia en el § 6
    El § 6 llama «hipóstasis» a cada una de las tres a quienes alaba el Trisagio y «Esencia» a lo único que proclama el título «Señor». Para un lector de hoy ese reparto de términos resulta familiar; en el siglo IV no era todavía general: los anatemas con que termina el Credo de Nicea (325) aún usaban «hipóstasis» y «esencia» como equivalentes. Lo que el texto deja claro es el uso que hace de ellos aquí: tres perfectas, una sola Esencia.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que queda del argumento

    Visto de conjunto, el tratado opera con una distinción y la aplica de tres maneras. Primera: lo que se dice del Hijo «entregado» se refiere al Hijo hecho hombre, que recibe a los hombres para sanarlos y restaurar la creación (§§ 1–2). Segunda: lo que pertenece al Hijo como Hijo no admite una carencia anterior —«es mío», no «me lo ha dado»—, porque lo que tiene el Padre pertenece al Hijo y no como un añadido (§§ 3–4). Tercera: lo que sería impío decir del Padre —que hubo un tiempo en que no existía, que fue hecho de la nada— tampoco puede decirse del Hijo (§ 4).
    Para el argumento sobre por qué el Logos se hizo hombre, en una obra de otro género, puede leerse Sobre la encarnación del Verbo; para la relación entre el Hijo y el Padre que este tratado defiende, homoousios y generación eterna.
    Límites. La edición de base no fija la fecha ni las circunstancias de composición y esta edición tampoco las determina; no se ha examinado la atribución a Atanasio. Una lectura que dependa de esos datos debe buscarlos en la bibliografía especializada.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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