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    TEXTOS — TERTULIANO

    Índice de la obra

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    Tertuliano

    Contra Práxeas

    Texto base: latín del epub «Adversus Praxean (Against Praxeas)» de Complete Works of Tertullian (Delphi Classics, 2018), que no declara su edición; su texto coincide con el de Ernest Evans (1948) tal como lo transcribe The Tertullian Project · treinta y un capítulos

    Traducción: Traducción automática (Libyx), directa del latín; no del inglés, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 119 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Cómo se afirma que Dios es uno sin concluir que el Padre mismo nació de la Virgen y murió en la cruz? Según este tratado, un hombre llamado Práxeas, venido de Asia a Roma, enseñaba justamente eso: que «el mismo Padre descendió a la Virgen, que él mismo nació de ella, que él mismo padeció, en fin, que él mismo es Jesucristo» (Cap. 1). Tertuliano, que escribía desde Cartago, es el único testigo de ese adversario. Su respuesta ocupa treinta y un capítulos: la unidad de Dios «no es destruida» por la Trinidad, sino «administrada» (Cap. 3); el Hijo sale del Padre como la palabra de la razón, el vástago de la raíz o el rayo del sol, sin separarse (Cap. 5–8); es «otro» por distinción, no por división (Cap. 9); lo vieron los patriarcas, y al Padre invisible no lo vio nadie (Cap. 14–16); y los textos de Juan en que Práxeas se apoyaba dicen, leídos enteros, lo contrario (Cap. 20–25).

    Ficha de la obra

    AutorTertuliano de Cartago. Las fuentes consultadas (The Tertullian Project, Wikipedia y la Catholic Encyclopedia) no discuten su atribución; su vida y su cronología están en su perfil
    TítuloContra Práxeas (latín Adversus Praxean; inglés Against Praxeas, así en el ANF y en New Advent)
    FechaNo consta en la obra. Entre c. 208 y c. 215 según las fuentes (véase abajo)
    GéneroTratado polémico y doctrinal contra un solo adversario, a quien a veces se dirige por su nombre (Cap. 23, 4)
    ExtensiónTreinta y un capítulos, unas 19 000 palabras en castellano
    TraducciónCastellana, automática y directa del latín; no del inglés
    FuenteLatín: epub de Delphi (2018), cuyo texto coincide con el de la edición de Evans (1948). Cotejo: versión inglesa de Peter Holmes (ANF, vol. 3)
    El recorrido es el de la obra. El Cap. 1 presenta a Práxeas y su doctrina; los 2 a 4 exponen la «economía» y sostienen que no destruye la «monarquía»; los 5 a 8 explican, con la razón y la palabra del hombre y con la raíz, la fuente y el sol, cómo el Hijo sale del Padre sin separarse; los 9 a 13 distinguen «otro» de «diverso» y reúnen textos en que el Padre, el Hijo y el Espíritu hablan entre sí, con en el 12; los 14 a 16 oponen lo visible, el Hijo, a lo invisible, el Padre; los 17 a 19 muestran que los nombres divinos y los «solo» de la Escritura valen también para el Hijo; el 20 enumera los textos de Práxeas; los 21 a 25 recorren el Evangelio de Juan, con en el 22, en el 24 y el Paracleto en el 25; los 26 y 27 pasan a Mateo y Lucas () y a las dos sustancias de Cristo; los 28 a 30 tratan del nombre «Cristo», de su muerte y del abandono en la cruz; el 31 compara esa fe con la «judaica». El mismo debate, con los mismos textos, lo contesta Hipólito en su Contra Noeto y lo recoge el artículo sobre los unicitarios. Para lo que vino después, véanse el homoousios, el subordinacionismo y el credo niceno-constantinopolitano.
    Sobre la fecha. El tratado no se fecha a sí mismo, y las fuentes divergen. El aviso del ANF dice «probable date not earlier than a.d. 208», sin más razones. The Tertullian Project da como cronología «estándar» la del Corpus Christianorum (que sigue a Harnack, 1904, y a Monceaux, 1901): hacia 213, tras la ruptura de Tertuliano con los «psíquicos» (1, 7); y advierte que Barnes propuso una cronología muy distinta que no todos aceptan. Wikipedia, en su artículo sobre el Comma Johanneum, fecha la obra c. 210 y cita a Strecker, que la pone hacia 215. El perfil de Tertuliano de este sitio, que sigue a Barnes, fecha los tratados entre 196 y 212 y sitúa este entre los de rasgos montanistas (c. 206–211): la diferencia con «hacia 213» es real y no se resuelve aquí.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa del latín, hecha por el programa Libyx (traducción automática, sin traductor humano) a partir del epub latino «Adversus Praxean (Against Praxeas)», el n.º 62 de la serie latina de Complete Works of Tertullian (Delphi Classics, 2018). La traducción no se hizo del inglés: el castellano arrastra los defectos del latín del epub —el griego en transcripción de teclado y la pérdida del comienzo del Cap. 17—, no los del inglés.
    El latín. El epub no dice qué edición del latín reproduce. Su texto es el mismo que ofrece The Latin Library (thelatinlibrary.com), que declara haber tomado Adversus Praxean de The Tertullian Project de Roger Pearse; y esa página, tertullian.org, dice que lo transcribió el 3 de noviembre de 2000 «de la edición de Ernest Evans, 1948», con los números de capítulo y de párrafo del Corpus Christianorum (1954). El cotejo muestra que el latín del epub coincide con esa transcripción palabra por palabra, salvo el griego (el epub lo deja en transcripción de teclado), el comienzo del Cap. 17 (perdido ya en The Latin Library) y alguna errata menor. Según la bibliografía del Tertullian Project, la edición de Evans (Treatise against Praxeas, con introducción, traducción y comentario) la publicó la SPCK en Londres en 1948, y el texto del Corpus Christianorum, serie latina 2 (1954, pp. 1157–1206), es de Dekkers y Evans.
    La versión inglesa de cotejo. Es la de Peter Holmes, publicada primero en la Ante-Nicene Christian Library (vol. 15, Edimburgo, 1870) y reimpresa en las Ante-Nicene Fathers, vol. 3, Latin Christianity: Its Founder, Tertullian, editado por Alexander Roberts, James Donaldson y A. Cleveland Coxe (Buffalo, 1885). New Advent y CCEL coinciden en el traductor. Sirvió solo para cotejar el número y el orden de los capítulos —los mismos treinta y uno— y los pasajes dudosos; esta traducción no sale de ella. Los títulos de capítulo del ANF no están en el latín y no se incluyen.
    Lo que viene de la edición. La división en treinta y un capítulos y los números entre corchetes ([1], [2]…), que numeran los párrafos de cada capítulo, vienen del epub y reproducen los de la edición latina; cuando una nota remite a un pasaje cita capítulo y párrafo («2, 4»). Las citas bíblicas llegan sin referencias y traducidas del latín de Tertuliano, de modo que pueden no coincidir con la Biblia del lector: dice «me creó» en el Cap. 6 y «me fundó» en el 7. El ANF discute si Tertuliano citaba una Biblia latina ya existente o traducía él mismo de la Septuaginta y del griego; se inclina por lo segundo. Las dos cursivas del epub (3, 6 y 13, 1) se conservan.
    Defectos del epub, conservados. No se retocó la traducción. Se avisan junto al texto el griego sin letras griegas (Cap. 5 y 8), el comienzo suplido del Cap. 17, con la nota entre corchetes que ya traía el epub, y «incomparable» por «incompasible» en el Cap. 29; y dos frases oscuras en 1, 6. Además: el número [5] corta una frase en 23, 4 (en el latín la edición lo coloca tras un suplemento conjetural entre ángulos); los puntos suspensivos de 13, 2 ocupan el lugar de un pasaje que en el latín va entre signos «+», con los que la edición señala texto dudoso, y lo mismo ocurre con «Y en imagen, en espejo y en enigma» en 16, 6, que el castellano da sin signos.

    Capítulo 1

    Cap. 1

    [1] Con varias artes el diablo ha imitado la verdad. A veces intentó conmoverla defendiéndola. Reivindica a un solo Señor omnipotente, creador del mundo, para hacer herejía incluso de lo único. Dice que el mismo Padre descendió a la Virgen, que él mismo nació de ella, que él mismo padeció, en fin, que él mismo es Jesucristo. Se le escapó a la serpiente, porque al tentar a Jesucristo después del bautismo de Juan, lo abordó como Hijo de Dios, seguro de que el Hijo era Dios, por las mismas Escrituras de las que entonces construía su tentación: [2] Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan; asimismo, Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo; pues escrito está que a sus ángeles mandó acerca de ti — el Padre, por supuesto — que te tomaran en sus manos para que no tropieces jamás con tu pie contra una piedra. [3] ¿O acaso reprochará a los Evangelios que mienten, diciendo: Vea Mateo y Lucas; pero yo me acerqué al mismo Dios, al mismo Omnipotente tenté de cerca; por eso me acerqué, por eso tenté. Pero si fuera Hijo de Dios, ¿acaso no me habría dignado? Sin embargo, él más bien es mentiroso desde el principio, y a algún hombre de los suyos sobornó, como a Práxeas. [4] Pues éste, el primero que trajo de Asia a Roma este género de perversidad, hombre por otra parte inquieto, y además hinchado por la jactancia del martirio a causa del solo, simple y breve hastío de la cárcel — cuando si hubiera entregado su cuerpo para ser quemado, de nada le habría aprovechado, pues no tenía el amor de Dios, cuyos carismas también combatió. [5] Pues él mismo, entonces, al obispo romano, que ya reconocía las profecías de Montano, Prisca y Maximila, y por ese reconocimiento otorgaba la paz a las iglesias de Asia y Frigia, afirmando falsedades sobre esos mismos profetas y sus iglesias y defendiendo las autoridades de sus predecesores, lo obligó a revocar las cartas de paz ya enviadas y a desistir del propósito de acoger los carismas. Así Práxeas ejecutó en Roma los dos trabajos del diablo: expulsó la profecía e introdujo la herejía; puso en fuga al Paracleto y crucificó al Padre. [6] Habían brotado aquí también las cizañas de Práxeas, sembradas encima mientras muchos dormían en la simplicidad de la doctrina: trasplantadas luego por medio de quien Dios quiso, parecía incluso que habían sido arrancadas. Finalmente, el doctor de antaño se había precavido de su enmienda, y queda un quirógrafo entre los psíquicos, entre quienes entonces se gestionó el asunto. [7] Desde entonces, silencio. Y a nosotros, ciertamente, después el reconocimiento y la defensa del Paracleto nos separó de los psíquicos. Pero aquellas cizañas habían esparcido entonces la semilla por todas partes: así, durante algún tiempo, bajo hipocresía, con astuta vivacidad se ocultó y ahora de nuevo ha brotado. Pero también de nuevo será erradicada, si el Señor lo quiere, en esta ocasión; y si no, en su día se recogerán todas las cosechas adulteras y, con los demás escándalos, se quemarán en fuego inextinguible.
    Comentario editorial · Práxeas, conocido solo por Tertuliano
    Todo lo que se sabe de Práxeas viene de este tratado: la Catholic Encyclopedia dice que se lo conoce solo por el libro de Tertuliano, y el Tertullian Project, que su identidad es desconocida. Tertuliano lo hace asiático, el primero que llevó esa doctrina a Roma, y engreído por haber estado preso un tiempo breve (Cap. 1, 4). Tampoco nombra al obispo de Roma que ya reconocía las profecías de Montano y que, por culpa de Práxeas, retiró sus cartas de paz (1, 5). El ANF dice «probablemente Víctor»; la Catholic Encyclopedia propone a Víctor, o quizá a Ceferino, en un artículo, y a Eleuterio, «más probablemente que Víctor», en otro, y concede que la cuestión no puede decidirse. «Aquí también» (1, 6) indicaría, según Neander citado por el ANF, que Tertuliano escribe en Cartago: es una inferencia.
    Comentario editorial · «Expulsó la profecía e introdujo la herejía»
    Tertuliano reúne dos cargos en una frase: Práxeas habría frenado en Roma el reconocimiento de la «nueva profecía» de Montano, Prisca y Maximila, a la que Tertuliano se había acercado, y habría introducido la herejía que «crucificó al Padre». De ahí que el Espíritu sea aquí «el Paracleto» (2, 1; 13, 5) y que los demás cristianos sean «psíquicos» (1, 6–7); la «nueva profecía» vuelve en 30, 5. La palabra patripasianismo no está en el tratado: según el ANF la dieron los adversarios de Práxeas, y según Wikipedia es un nombre despectivo (de patri-passio, «padecimiento del Padre»). Cuándo y cuánto se apartó Tertuliano de la Iglesia se discute: la Catholic Encyclopedia da hacia 211 (Harnack) o 213 (Monceaux); Wikipedia añade que hoy la mayoría rechaza que la dejara o fuera excomulgado.

    Capítulo 2

    Cap. 2

    [1] Así, pues, después de un tiempo, se predica que el Padre nació y el Padre padeció, que el mismo Dios Señor omnipotente es Jesucristo. Nosotros, en cambio, siempre, y ahora más instruidos por el Paracleto, guía ciertamente de toda verdad, creemos en un solo Dios, pero bajo esta dispensación que llamamos economía, de modo que del único Dios exista también el Hijo, su Verbo que de él ha procedido, por quien todo fue hecho y sin quien nada fue hecho; que éste fue enviado por el Padre a la Virgen y nacido de ella, hombre y Dios, Hijo del hombre e Hijo de Dios, y apellidado Jesucristo; que éste padeció, éste murió y fue sepultado según las Escrituras, y resucitado por el Padre y subido al cielo está sentado a la diestra del Padre, y ha de venir a juzgar a vivos y muertos; que desde allí envió, según su promesa, de parte del Padre al Espíritu Santo, el Paracleto, santificador de la fe de los que creen en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. [2] Que esta regla ha recorrido desde el principio del Evangelio, incluso antes de todos los herejes anteriores, y mucho más antes de Práxeas, el de ayer, lo probará tanto la misma posterioridad de todos los herejes como la misma novedad de Práxeas, el de ayer. Por lo cual, de la misma manera contra todas las herejías, ya desde ahora quede prejuzgado que es verdadero lo que es primero, y adulterado lo que es posterior. [3] Pero salvada esta prescripción, sin embargo, en todas partes, para instrucción y fortificación de algunos, debe darse lugar también a las reconsideraciones, no sea que parezca que cada perversidad es condenada no examinada sino prejuzgada, especialmente ésta que se considera a sí misma poseedora de la verdad pura mientras piensa que debe creerse en un solo Dios no de otro modo que diciendo que el mismo es a la vez Padre e Hijo y Espíritu Santo: [4] como si no fuera así también uno todo, siendo todo de uno, por la unidad de sustancia ciertamente, y no obstante se guarda el sacramento de la economía que dispone la unidad en Trinidad, dirigiendo tres: Padre e Hijo y Espíritu, tres, no por estado sino por grado, no por sustancia sino por forma, no por potestad sino por especie; de una sola sustancia, en cambio, y de un solo estado y de una sola potestad, porque un solo Dios de quien estos grados y estas formas y estas especies en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo son asignados. Cómo admiten número sin división lo demostrarán los tratados siguientes.
    Comentario editorial · «Una sustancia, tres personas»: lo que dice el latín
    Se atribuye a Tertuliano la fórmula «una sustancia, tres personas» (la Catholic Encyclopedia dice que tiene tres Personae, una Substantia). En este tratado no aparece con esas palabras. Lo que dice el latín es que los tres lo son «no por estado sino por grado, no por sustancia sino por forma, no por potestad sino por especie», «de una sola sustancia, en cambio, y de un solo estado y de una sola potestad» (2, 4); que «otro» se dice «en nombre de persona, no de sustancia» (12, 6); que mantiene «una sola sustancia en los tres coherentes» (12, 7); y que los tres «son uno, no uno solo» (25, 1). Las palabras trinitas, persona y substantia sí son suyas. El artículo sobre el homoousios recoge la propuesta de ver en unius substantiae un antecedente del término de Nicea, y el perfil de Tertuliano comenta el pasaje.

    Capítulo 3

    Cap. 3

    [1] Pues los simples, por no decir imprudentes e idiotas — que es la parte mayor de los creyentes —, puesto que la misma regla de la fe los traslada de los muchos dioses del siglo al único y verdadero Dios, no entendiendo que se ha de creer en un solo Dios ciertamente, pero con su economía, se espantan ante la economía. Sobre el número y la disposición de la Trinidad presumen división de la unidad, cuando la unidad, derivando de sí misma la Trinidad, no es destruida por ella sino administrada. Así que ya proclaman a gritos que nosotros predicamos dos y tres, mientras ellos se presumen adoradores de un solo Dios, como si la unidad irracionalmente concentrada no hiciera herejía, y la Trinidad racionalmente expuesta no constituyera la verdad. [2] La monarquía, dicen, mantenemos; y hasta los latinos expresan este sonido vocalmente, y con tanto artificio que pensarías que entienden tan bien la monarquía como la pronuncian. Pero los latinos se afanan en hacer sonar "monarquía", y ni los griegos quieren entender "economía". Mas yo, si algo he espigado de ambas lenguas, sé que monarquía no significa otra cosa que imperio singular y único; pero no por eso la monarquía prescribe — por ser de uno solo aquel de quien es — que no tenga Hijo, o que él mismo se haya hecho a sí mismo Hijo, o que no administre su monarquía por medio de quienes quiera. Y sin embargo, digo que ningún dominio es de tal modo de uno solo, tan singular, tan monarquía, que no sea administrado también a través de otras personas próximas que él mismo haya provisto como oficiales suyos. [3] Pero si también hay un Hijo de aquel de quien es la monarquía, no por eso al instante se divide ni deja de ser monarquía si se asume como partícipe también el Hijo, sino que sigue siendo principalmente de aquel de quien se comunica al Hijo, y mientras es de aquél sigue siendo monarquía la que es contenida por dos tan unidos. [4] Así pues, si también la monarquía divina es administrada por tantas legiones y ejércitos de ángeles, como está escrito: Mil veces cien mil le asistían y mil veces cien mil le servían, y no por eso dejó de ser de uno, como para que deje de ser monarquía porque es gestionada por tantos millares de potestades, [5] ¿cómo es posible que Dios parezca sufrir división y dispersión en el Hijo y en el Espíritu Santo, que han obtenido segundo y tercer lugar, siendo tan consortes de la sustancia del Padre, lo que no sufre en un número tan grande de ángeles, y además tan ajenos a la sustancia del Padre? ¿Consideras miembros y prendas e instrumentos, y la misma fuerza y todo el censo de la monarquía, como destrucción de ella? No es recto. [6] Prefiero que ejercites tu mente en el sentido de la realidad antes que en el sonido de la palabra. Pues la destrucción de la monarquía has de entenderla así: cuando se superpone otra dominación de condición propia y estado propio, y por tanto rival; cuando se introduce otro dios contra el Creador con Marción, cuando varios según Valentín y Pródico: entonces se produce destrucción de la monarquía, al mismo tiempo que destrucción del creador.
    Comentario editorial · Dos palabras griegas: «economía» y «monarquía»
    Tertuliano llama oeconomia a la ordenación de la unidad de Dios en Trinidad (2, 1; 3, 1) y avisa de que es el griego οἰκονομία (el epub latino la trae en transcripción de teclado, y la traducción castellana pone «economía»). Los «simples» se asustan ante ella (3, 1). Su adversario opone la «monarquía», que Tertuliano define como «imperio singular y único» y compatible con administrarlo por medio de otros, como Dios lo hace con legiones de ángeles; solo la destruiría un dominio rival, como el que introducen Marción o Valentín (3, 2–6). A sus adversarios los llama luego «monarquianos» (10, 1). Hipólito usa economía en el mismo sentido contra Noeto.

    Capítulo 4

    Cap. 4

    [1] Por lo demás, yo que deduzco al Hijo no de otra parte, sino de la sustancia del Padre, y que nada hace sin la voluntad del Padre, que ha recibido del Padre todo poder, ¿cómo puedo, desde la fe, destruir la monarquía que, entregada por el Padre al Hijo, conservo en el Hijo? Dígase esto también para el tercer grado, porque pienso que el Espíritu no procede de otra parte que del Padre a través del Hijo. [2] Mira, pues, no seas tú el que más bien destruya la monarquía, al derribar su disposición y dispensación establecida en tantos nombres cuantos Dios quiso. Y sin embargo, permanece en su estado, aunque se introduzca la Trinidad, hasta el punto de que también ha de ser restituida al Padre por el Hijo, puesto que el Apóstol escribe sobre el último fin: Cuando entregue el reino a Dios y Padre. Pues es necesario que él reine hasta que Dios ponga a sus enemigos bajo sus pies, a saber, según el salmo: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies. Pero cuando le estén sometidas todas las cosas, excepto aquel que le sometió todas, entonces también él mismo se someterá a aquel que le sometió todas, para que Dios sea todo en todos. [3] Vemos, pues, que el Hijo no perjudica a la monarquía, aunque hoy está en el Hijo, porque está en su estado en el Hijo y con su estado será restituida al Padre por el Hijo. Así, nadie la destruirá con este nombre, si admite al Hijo a quien consta que le fue entregada por el Padre y por quien ha de ser restituida algún día al Padre. [4] Con este solo capítulo de la epístola apostólica hemos podido ya mostrar que el Padre y el Hijo son dos, no sólo por los nombres de Padre e Hijo, sino también por el hecho de que quien entregó el reino y a quien lo entregó, asimismo quien sometió y a quien sometió, es necesario que sean dos.

    Capítulo 5

    Cap. 5

    [1] Mas porque quieren que dos sean uno, para que se tenga al mismo por Padre e Hijo, es preciso examinar también todo acerca del Hijo: si existe, quién es y cómo es; y así la realidad misma reivindicará su propia forma, patrocinada por las Escrituras y sus interpretaciones. Algunos dicen que también el Génesis en hebreo comienza así: En el principio Dios se hizo un Hijo. No siendo esto firme, otros argumentos me llevan a partir de la misma disposición de Dios que tuvo antes de la constitución del mundo hasta la generación del Hijo. [2] Pues antes de todas las cosas, Dios estaba solo, siendo él mismo para sí mismo mundo y lugar y todo. Solo, porque nada extrínseco había fuera de él. Pero ni aun entonces estaba solo: tenía consigo lo que tenía dentro de sí mismo, su razón, la suya propia. Racional es Dios, y la razón estaba en él primeramente, y así de él proceden todas las cosas: esa razón es su propio sentir. [3] Los griegos la llaman lo/goj, con cuyo vocablo designamos también la palabra; y por eso ya es costumbre entre los nuestros, por simplicidad de interpretación, decir que en el principio la Palabra estaba junto a Dios, cuando más conviene tener a la Razón por anterior, porque Dios no fue verbal desde el principio, sino racional, aun antes del principio, y porque también la palabra misma, consistiendo en la razón, muestra que ésta le es anterior como su sustancia. [4] Sin embargo, aun así no importa. Pues aunque Dios aún no había emitido su Palabra, la tenía consigo con la misma razón y en la misma razón, dentro de sí mismo, pensando tácitamente y disponiendo consigo lo que en breve había de decir por la Palabra; en efecto, al pensar y disponer con su razón, hacía Palabra a aquella que trataba mediante la Palabra. [5] Y para que lo entiendas más fácilmente, reconócelo antes a partir de ti mismo, como imagen y semejanza de Dios, pues también tú tienes en ti mismo la razón, tú que eres animal racional, no sólo hecho por un artífice racional, sino también animado de su misma sustancia. Fíjate: cuando dialogas contigo mismo en silencio, mediante la razón, esto mismo sucede dentro de ti: la razón acude a tu encuentro junto con la palabra en todo movimiento de tu pensamiento, en todo impulso de tu sentir. [6] Todo lo que piensas es palabra; todo lo que sientes es razón. Es necesario que hables aquello en el ánimo, y al hablar experimentas como interlocutor a la palabra, en la que está esa misma razón con la que piensas al hablar, y por la que al hablar piensas. Así, en cierto modo, hay en ti un segundo, la palabra, por la cual hablas pensando y por la cual piensas hablando: la palabra misma es otro. [7] ¿Cuánto más plenamente sucede esto en Dios, de quien también tú eres considerado imagen y semejanza, puesto que tiene en sí, aun callando, la razón, y en la razón la Palabra? Puedo, pues, no temerariamente haber establecido que también entonces, antes de la constitución del universo, Dios no estuvo solo, teniendo en sí mismo la razón, y en la razón la Palabra, a la que hacía segunda respecto de sí, agitándola dentro de sí.
    Comentario editorial · Razón, palabra y logos
    Para hablar del Hijo, Tertuliano parte de una distinción que el castellano pierde. Dios tenía en sí la ratio, la «razón», antes de decir nada; la sermo, la «palabra» pronunciada, nace cuando la razón se emite. Aunque entre los suyos «ya es costumbre» decir que la Palabra estaba junto a Dios, considera más conveniente tener a la Razón por anterior, porque Dios «no fue verbal desde el principio, sino racional» (5, 3). Una nota del ANF observa que en este tratado llama siempre al Logos Sermo, y no Verbum. Al comienzo del capítulo recoge que «algunos dicen» que el Génesis hebreo empieza «En el principio Dios se hizo un Hijo», y lo descarta («No siendo esto firme», 5, 1); el ANF remite a las Cuestiones hebreas sobre el Génesis de Jerónimo.

    Capítulo 6

    Cap. 6

    [1] Esta fuerza y esta disposición del sentir divino se muestra en las Escrituras también bajo el nombre de Sabiduría. ¿Qué hay más sabio que la Razón de Dios o que su Palabra? Así pues, escucha también a la Sabiduría como segunda persona creada: primeramente, El Señor me creó, inicio de sus caminos, para sus obras, antes que hiciera la tierra, antes que los montes fueran asentados; antes de todos los collados me engendró — condensándola y engendrándola, sin duda, en su propio sentir. [2] Luego, reconócela asistiéndole en su misma separación: Cuando preparaba el cielo, dice, estaba yo allí con él; y cuando hacía fuertes sobre los vientos las nubes de arriba, y cuando ponía seguras las fuentes de debajo del cielo, yo estaba con él ensamblando, yo era aquella con quien él gozaba; cada día me deleitaba en su persona. [3] Pues tan pronto como Dios quiso sacar a sus sustancias y especies lo que con la Sabiduría, la Razón y la Palabra había dispuesto dentro de sí, profirió primeramente la Palabra misma, que contenía en sí sus inseparables Razón y Sabiduría, para que por ella fuera hecho el universo por quien había sido pensado y dispuesto; más aún, ya hecho en cuanto en el sentir de Dios: pues esto les faltaba, ser conocidas y poseídas también de cara en sus especies y sustancias.

    Capítulo 7

    Cap. 7

    [1] Entonces, pues, también la Palabra misma toma su especie y ornato, sonido y voz, cuando dice Dios: Hágase la luz. Éste es el nacimiento perfecto de la Palabra, cuando procede de Dios. Primero, creada por él para el pensamiento bajo el nombre de Sabiduría — El Señor me fundó, inicio de sus caminos —; luego, engendrada para la efectuación — Cuando preparaba el cielo estaba yo con él —; a partir de entonces, haciéndose Padre para sí, aquel del que procediendo fue hecho Hijo, primogénito, como engendrado antes de todas las cosas, y unigénito, como únicamente engendrado por Dios, propiamente de la vulva de su corazón, según lo que también el Padre mismo atestigua: Eructó mi corazón una Palabra óptima; [2] a la que luego, gozando él, a su vez gozosa en su persona: Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy; y, Ante el lucero te engendré. [3] Así también el Hijo, por su persona, profesa al Padre bajo el nombre de Sabiduría: El Señor me fundó, inicio de sus caminos para sus obras, y antes de todos los collados me engendró. Pues si aquí ciertamente la Sabiduría parece decir que fue fundada por el Señor para sus obras y caminos, y en otro lugar se muestra que por la Palabra fueron hechas todas las cosas y sin ella nada fue hecho, como también a su vez: Por su Palabra los cielos fueron afirmados y por su espíritu todas sus potestades — sin duda por el espíritu que estaba en la Palabra —, aparece que es una y la misma fuerza, ora bajo el nombre de Sabiduría, ora bajo la apelación de Palabra, la que recibió inicio de los caminos en las obras de Dios, y la que afirmó los cielos, por la cual todo fue hecho y sin la cual nada fue hecho. [4] Y no más sobre esto, como si no fuera la Palabra misma, en nombre de Sabiduría, de Razón y de todo ánimo y espíritu divino, la que fue hecha Hijo de Dios, de quien, al proceder, fue engendrado. [5] Luego, dices, ¿concedes alguna sustancia a la Palabra, constituida de espíritu, sabiduría y razón? Ciertamente. Pues no quieres que tenga existencia sustantiva en la realidad por la propiedad de sustancia, de modo que pueda parecer una cosa y una persona, y así, constituido segundo a partir de Dios, produzca dos: Padre e Hijo, Dios y Palabra. [6] ¿Qué es, dirás, la Palabra sino voz y sonido de la boca y, como enseñan los gramáticos, aire golpeado, inteligible para el oído, y por lo demás algo no sé qué vacío, vano e incorpóreo? Pero yo digo que de Dios nada vacío ni vano pudo salir; que no fue proferido de lo vacío y vano, ni carece de sustancia lo que de tan gran sustancia procedió y tan grandes sustancias hizo. [7] Pues también él hizo las cosas que por él fueron hechas. ¿Cómo es posible que sea nada aquel sin quien nada fue hecho, que lo vano obrara sólidos, lo vacío plenos, lo incorpóreo corporales? Pues aunque alguna vez puede hacerse algo diverso de aquello por lo que se hace, nada sin embargo puede hacerse por lo que es vacío y vano. [8] ¿Es cosa vacía y vana la Palabra de Dios, que fue llamado Hijo, que fue apellidado Dios mismo: Y la Palabra estaba junto a Dios y Dios era la Palabra? Escrito está: No tomarás el nombre de Dios en vano. Éste es ciertamente quien, constituido en la efigie de Dios, no estimó rapiña ser igual a Dios. ¿En cuál efigie de Dios? En alguna, ciertamente, no en ninguna. ¿Pues quién negará que Dios es cuerpo, aunque Dios es espíritu? Espíritu es, en efecto, cuerpo de género propio, en su propia efigie. [9] Pero si también aquellas cosas invisibles, cualesquiera que sean, tienen ante Dios su propio cuerpo y su propia forma, por las cuales son visibles sólo a Dios, ¡cuánto más lo que fue emitido de su propia sustancia no carecerá de sustancia! Así pues, cualquier sustancia que haya sido la de la Palabra, yo la llamo persona y reivindico para ella el nombre de Hijo, y al reconocer al Hijo, lo defiendo como segundo a partir del Padre.

    Capítulo 8

    Cap. 8

    [1] Si alguien pensare que con esto introduzco alguna probolh/, esto es, una proferición de una cosa a partir de otra, lo que hace Valentín produciendo una y otra eón de eón, primeramente te diré: no por eso la verdad deja de usar ese vocablo, y la cosa y su sentido, porque también la herejía lo use; antes bien, la herejía más bien tomó de la verdad aquello con que construir su mentira. [2] ¿Fue proferida la Palabra de Dios, o no? Detén aquí el paso conmigo. Si fue proferida, reconoce la probolh/ de la verdad; y que vea la herejía si algo ha imitado de la verdad. Ahora ya se pregunta quién y cómo usa alguna cosa y su vocablo. Valentín discierne y separa sus probolai/ de su autor, y las sitúa tan lejos de él, que un eón desconoce al Padre; en fin, desea conocerlo y no puede, y hasta casi es devorado y disuelto en la restante sustancia. [3] Mas entre nosotros, sólo el Hijo conoce al Padre, y él mismo explicó el seno del Padre, y oyó y vio todo junto al Padre, y lo que le fue mandado por el Padre eso habla, y no hizo su voluntad sino la del Padre, que desde cerca, más aún, desde el inicio conocía. [4] ¿Quién, en efecto, sabe lo que hay en Dios sino el espíritu que está en él? Y la Palabra está estructurada por el espíritu, y, por decirlo así, el espíritu es el cuerpo de la Palabra. Así, pues, la Palabra está siempre en el Padre, como dice: Yo en el Padre; y siempre junto a Dios, como está escrito: Y la Palabra estaba junto a Dios; y nunca separado del Padre o diverso del Padre, porque Yo y el Padre uno somos. [5] Ésta será la probolh/ de la verdad, custodia de la unidad, por la cual decimos que el Hijo fue proferido por el Padre, pero no separado. Pues Dios profirió la Palabra como también el Paracleto enseña, como la raíz al vástago, la fuente al río y el sol al rayo; pues también estas especies son probolai/ de aquellas sustancias de las que proceden. Y no dudaría en llamar al Hijo vástago de la raíz, río de la fuente y rayo del sol, porque todo origen es padre y todo lo que del origen se profiere es prole; mucho más la Palabra de Dios, que también propiamente recibió el nombre de Hijo. Mas no por eso el vástago se discierne de la raíz, ni el río de la fuente, ni el rayo del sol, como tampoco la Palabra de Dios. [6] Así pues, siguiendo la forma de estos ejemplos, confieso que es lícito sostener dos: Dios y su Palabra, el Padre y su Hijo. Pues también la raíz y el vástago son dos cosas, pero unidas; la fuente y el río son dos especies, pero indivisas; el sol y el rayo son dos formas, pero coherentes. [7] Todo lo que sale de algo es necesario que sea segundo respecto de aquello de lo que sale, y no por eso está separado. Donde hay un segundo, hay dos; y donde hay un tercero, hay tres. Pues el Espíritu es tercero, de Dios y del Hijo, como el fruto es tercero de la raíz por el vástago, y el riachuelo tercero de la fuente por el río, y el ápice tercero del sol por el rayo; mas nada se enajena de la matriz de la que toma sus propiedades. Así, la Trinidad, descendiendo del Padre por grados enlazados y conexos, no estorba a la monarquía y protege la condición de la economía.
    Comentario editorial · Probolé: emitir sin separar
    Probolé (προβολή) era la palabra con que los valentinianos hablaban de la «emisión» de unos eones a partir de otros. Tertuliano no se la deja al adversario: también la verdad tiene su emisión, dice, pero Valentín aleja las suyas de su autor, hasta que un eón «desconoce al Padre» (8, 2), mientras que el Hijo es «proferido» sin separarse, como el vástago de la raíz, el río de la fuente o el rayo del sol (8, 5–6). El ANF recoge una nota de Newman (The Arians): en latín se dice prolatio, emissio o editio, y Tertuliano debe excusarse por usar una palabra a la que Valentín había dado un sentido material.

    Capítulo 9

    Cap. 9

    [1] Mantén en todas partes esta regla que profeso, por la cual testifico que el Padre, el Hijo y el Espíritu son inseparables entre sí, y así reconocerás qué y cómo se dice cada cosa. Pues mira, digo que uno es el Padre, otro el Hijo y otro el Espíritu (mal lo toma cualquier idiota o perverso, como si esto sonara a diversidad y de la diversidad se tendiera a la separación del Padre, del Hijo y del Espíritu; en cambio, lo digo por necesidad cuando pretenden que el mismo es el Padre, el Hijo y el Espíritu, adulando a la monarquía contra la economía), y sin embargo no digo que el Hijo sea otro respecto al Padre por diversidad, sino por distribución; no por división, sino por distinción, porque no es el mismo el Padre y el Hijo, siendo uno por modo y otro por otro. [2] El Padre, en efecto, es toda la sustancia; el Hijo, en cambio, derivación de lo total y porción, como él mismo profesa: Porque el Padre es mayor que yo; por quien también se canta en el salmo que fue minorado: Un poco menor que los ángeles. Así también el Padre es diverso del Hijo, en cuanto es mayor que el Hijo; en cuanto uno es quien engendra, otro quien es engendrado; uno quien envía, otro quien es enviado; uno quien hace, otro por quien se hace. [3] Bien que también el Señor, usando esta palabra en la persona del Paracleto, no significó división, sino disposición: Rogaré, dice, al Padre, y os enviará otro Abogado, el Espíritu de la verdad. Así, otro respecto de sí es el Paracleto, como también nosotros decimos que el Hijo es otro respecto del Padre, para mostrar el tercer grado en el Paracleto, como el segundo en el Hijo, en observancia de la economía. [4] El mismo hecho de que se digan Padre e Hijo, ¿no es uno diverso del otro? Pues todo lo que son llamados, eso serán, y lo que serán, eso serán llamados; y la diversidad de los vocablos no puede mezclarse en absoluto, como tampoco la de las cosas de las que serán los vocablos. Sí es sí, no, no; pues lo que excede de esto, del mal procede.
    Comentario editorial · «Derivación y porción» del todo
    «El Padre, en efecto, es toda la sustancia; el Hijo, en cambio, derivación de lo total y porción» (9, 2), y Tertuliano cita : «el Padre es mayor que yo». Eso, junto con la idea de que el «nacimiento perfecto» de la Palabra ocurre cuando Dios dice «Hágase la luz» (7, 1), hizo que la teología posterior leyera a Tertuliano con cautela. El ANF cita a Kaye, para quien hay en él expresiones que los ortodoxos de épocas posteriores evitaron, y a Bull, que sostiene que la hipóstasis del Hijo es eterna aunque los títulos de Palabra e Hijo solo valgan desde la creación. Los historiadores lo llaman, con cautela, subordinacionismo en sentido amplio; véase también la generación eterna. El texto, por su parte, insiste en que el Hijo es otro «no por división, sino por distinción» (9, 1).

    Capítulo 10

    Cap. 10

    [1] Así, pues, o es Padre o es Hijo; y no es el mismo día y la noche, ni el mismo Padre e Hijo, como para que ambos sean uno y cada uno el otro, cosa que pretenden esos vanísimos monarquianos. Él mismo, dicen, se hizo a sí mismo Hijo. [2] Pero al contrario: el Padre hace al Hijo, y el Hijo al Padre; y los que proceden el uno del otro de ningún modo pueden hacerse a sí mismos por sí mismos, como para que el Padre se haga a sí mismo Hijo y el Hijo se preste a sí mismo como Padre. [3] Lo que Dios instituyó, también él mismo lo guarda. Es necesario que el Padre tenga Hijo para ser Padre, y el Hijo tenga Padre para ser Hijo. Una cosa es tener, otra ser. Por ejemplo: para ser marido, necesito tener esposa; no yo mismo seré para mí esposa. Así también, para ser Padre, tengo un Hijo; no yo mismo seré para mí Hijo. Y para ser Hijo, tengo Padre; no yo mismo seré para mí Padre. [4] En efecto, los seré si los tengo: seré Padre si tengo un Hijo; seré Hijo si tengo un Padre. Mas si yo mismo soy cada uno de ellos, ya no tengo lo que yo mismo seré: ni Padre, porque yo mismo seré Padre, ni Hijo, porque yo mismo seré Hijo. En cuanto necesito tener uno de ellos y ser el otro, en tanto, si yo mismo fuera ambos, no sería el uno mientras no tengo el otro. Pues si yo mismo soy el Hijo que también es Padre, ya no tengo Hijo, sino que yo mismo soy el Hijo. Y no teniendo Hijo, siendo yo mismo Hijo, ¿cómo seré Padre? Debo, en efecto, tener un Hijo para ser Padre. Luego no soy Hijo, porque no tengo Padre que haga al Hijo. [5] Igualmente, si yo mismo soy el Padre que también es Hijo, ya no tengo Padre, sino que yo mismo soy Padre. Y no teniendo Padre, siendo yo mismo Padre, ¿cómo seré Hijo? Debo, en efecto, tener Padre para ser Hijo. Luego no seré Padre, porque no tengo Hijo que haga al Padre. [6] Ésta será toda la habilidad del diablo: excluir al uno por el otro, mientras a ambos, bajo el favor de la monarquía, los encierra en uno solo, haciendo que no se tenga a ninguno; de modo que ni sea Padre quien, evidentemente, no tiene Hijo, ni sea Hijo quien igualmente no tiene Padre. Pues mientras el Padre es Hijo, no será Hijo. Así mantienen la monarquía quienes no contienen ni al Padre ni al Hijo. [7] Pero nada es difícil para Dios. ¿Quién no lo sabe? ¿Quién ignora que lo imposible para el mundo es posible para Dios? Y que Dios escogió lo necio del mundo para confundir lo sabio. Todo lo leemos. Luego, dicen, no fue difícil para Dios hacerse a sí mismo Padre e Hijo en contra de la forma establecida para las cosas humanas; pues tampoco fue difícil para Dios que una estéril pariera contra la naturaleza, como tampoco una virgen. [8] Ciertamente, nada es difícil para Dios. Pero si tan abruptamente usáramos esta sentencia en nuestras presunciones, podríamos fingir cualquier cosa acerca de Dios, como si lo hubiera hecho porque pudo hacerlo. Mas no porque todo lo puede hacer, se ha de creer que él hizo también lo que no hizo, sino que debe indagarse si lo hizo. Pudo Dios, si hubiera querido, dotar al hombre de alas para volar, como lo hizo con los milanos; y sin embargo, no porque pudo lo hizo de inmediato. Pudo también extinguir de un golpe a Práxeas y a todos los herejes; y sin embargo, no porque pudo los extinguió. Pues era necesario que hubiera milanos y herejes; era necesario que también el Padre fuera crucificado. Por esta razón, algo será también difícil para Dios, a saber, aquello que no hizo, no porque no pudiera, sino porque no quiso. [9] Pues el poder de Dios es querer, y el no poder es no querer. Y lo que quiso, lo pudo y lo manifestó. Luego, si quiso hacerse a sí mismo Hijo, lo pudo; y porque si lo pudo, lo hizo, no probarás que él quiso y pudo si no pruebas que él lo hizo.

    Capítulo 11

    Cap. 11

    [1] Deberás probar tan abiertamente por las Escrituras como nosotros probamos que él se hizo a sí mismo Hijo, su propia Palabra. Pues si lo llama Hijo, y el Hijo no será otro que el que de él ha salido — y la Palabra ha salido de él —, éste será el Hijo, no aquel mismo de quien ha salido; pues no ha salido él de sí mismo. Así que tú, que dices que el mismo es el Padre y el Hijo, haces que el mismo haya proferido de sí mismo y que haya salido lo que es Dios. Aunque pudiera hacerlo, no lo hizo. [2] O bien presenta una prueba semejante a la mía, que yo exijo: esto es, que así las Escrituras muestren que el mismo es el Hijo y el Padre, del modo en que entre nosotros se demuestra distintamente Padre e Hijo; distintamente, digo, no divisamente. Así como yo presento lo dicho por Dios: Eructó mi corazón una palabra óptima, opón tú al contrario que en algún lugar Dios dijo: Me eructó mi corazón una palabra óptima, para que él mismo sea quien eructó y lo que fue eructado, y él mismo quien profirió y quien fue proferido, si él mismo es la palabra y Dios. [3] Mira, yo propongo que el Padre dijo al Hijo: Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy. Si quieres que crea que el mismo es Padre e Hijo, muestra que en otro lugar está dicho así: Dijo el Señor a sí mismo: Yo soy mi Hijo, yo me engendré hoy; y asimismo: Ante el lucero me engendré; y: El Señor me fundó a mí mismo, inicio de sus caminos, para mis obras, y antes de todos los collados me engendré; y si hay otras cosas de este modo. ¿A quién temía Dios, Señor del universo, para decirlo así, si así era la cosa? ¿Acaso temía que no se le creyera si simple y llanamente se hubiera proclamado a sí mismo Padre e Hijo? [4] Una cosa, sin embargo, temió: mentir, siendo autor de la verdad, a sí mismo y a su verdad. Y por eso, creyendo a Dios veraz, sé que él no proclamó nada de otro modo que como lo dispuso, ni dispuso de otro modo que como proclamó. Mas tú lo haces mentiroso y falaz, y engañador de esta fe, si, siendo él mismo para sí Hijo, daba la persona del Hijo a otro, cuando todas las Escrituras muestran la demostración y distinción de la Trinidad, de donde también se deriva nuestra prescripción: que no puede verse como uno y el mismo aquel que habla y aquel de quien habla y a quien habla, porque ni la perversidad ni la falacia convienen a Dios, como para que, siendo él mismo aquel a quien hablaba, hable a otro y no a sí mismo. [5] Escucha, pues, otras voces del Padre acerca del Hijo por Isaías: He aquí mi Hijo a quien elegí, mi amado en quien me complací; pondré mi espíritu sobre él y anunciará juicio a las naciones. Escucha también lo dirigido a él: Gran cosa es para ti que seas llamado hijo mío, para restablecer las tribus de Jacob y convertir la dispersión de Israel; te he puesto como luz de las naciones, para que seas salvación hasta el extremo de la tierra. [6] Escucha ahora las voces del Hijo acerca del Padre: El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ungió para evangelizar a los hombres. También en el salmo, al Padre sobre lo mismo: No me desampares, hasta que anuncie tu brazo a toda la generación venidera. Y en otro: Señor, ¿por qué se han multiplicado los que me oprimen? [7] Pero casi todos los salmos que sostienen la persona de Cristo representan al Hijo dirigiéndose al Padre, esto es, a Cristo dirigiéndose a Dios. Advierte también al Espíritu hablando desde tercera persona acerca del Padre y del Hijo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies. [8] Asimismo por Isaías: Esto dice el Señor a mi Señor Cristo. Y por el mismo profeta, al Padre sobre el Hijo: Señor, ¿quién creyó a nuestro anuncio, y el brazo del Señor, a quién fue revelado? Anunciamos acerca de él como un pequeñuelo, como raíz en tierra sedienta, y no había forma en él ni gloria. [9] Esto poco entre muchos; pues no pretendemos desarrollar todas las Escrituras, teniendo, en cada uno de los capítulos, plena majestad y autoridad, y aduciendo mayor concurso en los tratamientos. Sin embargo, con estas pocas cosas se expone manifiestamente la distinción de la Trinidad: [10] pues está el mismo que pronuncia — el Espíritu —, y el Padre a quien pronuncia, y el Hijo de quien pronuncia. Así también las demás, que ora por el Padre acerca del Hijo o al Hijo, ora por el Hijo acerca del Padre o al Padre, ora por el Espíritu son pronunciadas, constituyen cada persona en su propiedad.

    Capítulo 12

    Cap. 12

    [1] Si todavía te escandaliza el número de la Trinidad, como si no estuviera conexa en una unidad simple, te pregunto cómo el único y singular habla en plural: Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra, cuando debería haber dicho: Haré al hombre a imagen y semejanza mía, como único y singular que es. [2] Pero también en lo que sigue: He aquí Adán ha llegado a ser como uno de nosotros, o engaña o se burla, al hablar numéricamente siendo único, solo y singular. ¿O acaso hablaba a los ángeles, como interpretan los judíos, porque tampoco reconocen al Hijo? ¿O porque él mismo era Padre, Hijo y Espíritu, por eso, mostrándose plural, se hablaba en plural? [3] Antes bien, porque ya se le adhería el Hijo, segunda persona, su Palabra propia, y la tercera, el Espíritu en la Palabra, por eso pronunció en plural: Hagamos y Nuestra y Nosotros. Pues, ¿con quiénes hacía al hombre, y a quiénes lo hacía semejante? Al Hijo, ciertamente, que había de revestirse del hombre; al Espíritu, en verdad, que había de santificar al hombre: como con ministros y árbitros desde la unidad de la Trinidad les hablaba. [4] Finalmente, la Escritura siguiente distingue entre las personas: Y Dios hizo al hombre, a imagen de Dios lo hizo. ¿Por qué no suya, si era uno quien hacía, y no había aquel a cuya imagen hacía? Había, sin embargo, aquel a cuya imagen hacía: a la del Hijo, sin duda, quien, habiendo de ser hombre más cierto y más verdadero, había hecho que se dijera imagen suya el hombre que entonces había de ser formado del limo, imagen del verdadero y semejanza. [5] Pero en las obras anteriores del mundo, ¿cómo está escrito? Primeramente, no apareciendo aún el Hijo: Y dijo Dios: Hágase la luz, y fue hecha. Inmediatamente, la Palabra misma, luz verdadera que ilumina al hombre que viene a este mundo, y por ella también la luz mundana. De ahí en adelante, asistiendo Cristo y administrando en la Palabra, Dios quiso que se hiciera y Dios hizo: Y dijo Dios: Hágase el firmamento, y Dios hizo el firmamento; Y dijo Dios: Haya lumbreras, y Dios hizo la lumbrera mayor y la menor. Y así lo demás; ciertamente, el mismo hizo las posteriores que las primeras, esto es, la Palabra de Dios, por quien todo fue hecho y sin quien nada fue hecho. [6] Si ésta es Dios mismo, según Juan — Dios era la Palabra —, tienes dos: uno que dice que se haga, otro que hace. Y cómo debas entender "otro", ya lo he declarado: en nombre de persona, no de sustancia; para distinción, no para división. [7] Por lo demás, aunque siempre sostengo una sola sustancia en los tres coherentes, sin embargo, por necesidad del sentido, es preciso que llame "otro" al que manda y al que hace. Pues no mandaría, si él mismo hiciera mientras mandaba que se hiciera. Pero mandaba por medio de él; de ningún modo se mandaría a sí mismo si fuera uno solo, o lo haría sin mandato; porque no esperaría a mandarse a sí mismo.
    Comentario editorial · «Hagamos al hombre»
    Ante la objeción de que un Dios «único y singular» no puede hablar en plural (), Tertuliano descarta tres explicaciones: que engañe o se burle, que hable a los ángeles «como interpretan los judíos, porque tampoco reconocen al Hijo», y la de Práxeas, que siendo él mismo Padre, Hijo y Espíritu se hablaba en plural (12, 1–2). Su lectura es cristiana: ya le acompañaban el Hijo, «segunda persona», y «la tercera, el Espíritu en la Palabra», con quienes hablaba «como con ministros y árbitros desde la unidad de la Trinidad» (12, 3). El ANF recoge una observación de Kaye: la expresión «el Espíritu en la Palabra» cuadra mal con la personalidad distinta del Espíritu, que Tertuliano afirma en otros lugares.

    Capítulo 13

    Cap. 13

    [1] Luego, dices: si Dios dijo y Dios hizo, si uno Dios dijo y otro Dios hizo, se predican dos dioses. Si eres tan duro, piensa por el momento. Y para que lo pienses aún más, escucha también en el salmo que se dicen dos dioses: Tu trono, Dios, por el siglo, cetro de rectitud cetro de tu reino; amaste la justicia y odiaste la iniquidad; por eso te ungió Dios, tu Dios. [2] Si habla a Dios, y a un Dios ungido por Dios, afirma también aquí dos dioses... De ahí Isaías a la persona de Cristo: Y Seboín, dice, varones altivos, pasarán hacia ti y tras de ti seguirán atados de manos, y te adorarán, porque en ti está Dios; tú eres nuestro Dios, y no lo sabíamos, el Dios de Israel. También aquí, al decir "Dios en ti" y "Tú Dios", propone dos: aquel que estaba en Cristo y al mismo Cristo. [3] Más aún: en el Evangelio hallarás otros tantos: En el principio era la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios y Dios era la Palabra: uno que era, y otro junto al cual estaba. También leo el nombre de Señor en dos: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra. E Isaías dice: Señor, ¿quién creyó a nuestro anuncio y el brazo del Señor, a quién fue revelado? Pues tu brazo no habría dicho "Señor" si no quisiera que se entendiera al Señor Padre y al Señor Hijo. [4] Aún más antiguo, el Génesis: Y el Señor llovió sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego del cielo, del Señor. O niega que esté escrito, o ¿quién eres tú para no pensar que debe tomarse tal como está escrito, especialmente aquellas cosas que tienen sentido no en alegorías y parábolas, sino en definiciones ciertas y simples? Y si eres de aquellos que entonces no soportaban que el Señor se mostrara Hijo de Dios, para no creerlo Señor, recuerda tú con ellos que está escrito: Yo dije: Dioses sois e hijos del Altísimo; y: Dios se alzó en la asamblea de los dioses; de modo que, si a los hombres hechos dioses por la fe la Escritura no temió llamarlos dioses, has de saber que con mucha más razón confirió al verdadero y único Hijo de Dios el nombre de Dios y de Señor. [5] Así que, dices, te provocaré a que también hoy, con la autoridad de estas Escrituras, prediques constantemente dos dioses y dos señores. ¡Lejos de mí! Pues nosotros, que escudriñamos los tiempos y las causas de las Escrituras por gracia de Dios, discípulos sobre todo del Paracleto, no de los hombres, definimos ciertamente dos, Padre e Hijo, y ya tres con el Espíritu Santo, según la razón de la economía que produce número, para que — como introduce vuestra perversidad — no se crea que el Padre mismo nació y padeció, lo cual no es lícito creer porque no ha sido transmitido así. [6] Sin embargo, nunca de nuestra boca salen dos dioses y dos señores; no como si el Padre no fuera Dios, y el Hijo Dios, y el Espíritu Santo Dios, y Dios cada uno; sino porque antiguamente se predicaban dos dioses y dos señores, para que, al venir Cristo, fuera reconocido como Dios y llamado Señor, porque es Hijo de Dios y del Señor. Pues si en las Escrituras se encontrara una sola persona tanto del Dios como del Señor, con razón Cristo no habría sido admitido al nombre de Dios y de Señor — pues nadie, excepto un solo Dios y un solo Señor, era predicado —, y sucedería que el Padre mismo pareciera haber descendido, porque se leía un solo Dios y un solo Señor, y toda la economía suya quedaría oscurecida, la cual fue prevista y dispensada para materia de fe. [7] Pero cuando vino Cristo y fue conocido por nosotros que él mismo es quien antiguamente había hecho número, hecho segundo a partir del Padre y tercero con el Espíritu, y que por él el Padre fue más plenamente manifestado, ya quedó reducido el nombre de Dios y de Señor a unidad; para que, al pasar las naciones de la multitud de ídolos a un solo Dios, se estableciera diferencia entre los cultores de uno y de múltiple divinidad. [8] Pues también convenía que los cristianos, como hijos de la luz, luz del mundo, lucieran en el mundo adorando y nombrando a un solo y único Dios y Señor. Por lo demás, si, por la conciencia con que sabemos que el nombre de Dios y de Señor conviene al Padre, al Hijo y al Espíritu, los nombráramos dioses y señores, habríamos extinguido nuestras antorchas, volviéndonos más tímidos incluso para los martirios, ya que a quienes para escapar se les abría cualquier ocasión, jurando al punto por dioses y señores, como ciertos herejes cuyos dioses son muchos. [9] Así, pues, de ningún modo los llamaré dioses ni señores, sino que seguiré al Apóstol, de modo que, si han de ser nombrados juntamente el Padre y el Hijo, llame a Dios Padre y nombre a Jesucristo Señor. Pero podré llamar Dios únicamente a Cristo, como el mismo Apóstol: De los cuales Cristo, quien — dice — es Dios sobre todas las cosas, bendito por todos los siglos. [10] Pues también al rayo del sol por separado lo llamaré sol; pero al nombrar el sol, de quien es el rayo, no por eso llamaré inmediatamente sol al rayo. Pues aunque haga dos soles, numeraré al sol y a su rayo como dos cosas y dos especies de una sola e indivisa sustancia, lo mismo que a Dios y a su Palabra, que al Padre y al Hijo.

    Capítulo 14

    Cap. 14

    [1] También nos asiste aquella regla, a nosotros que sostenemos dos, Padre e Hijo, la cual determinó que Dios es invisible. Pues cuando Moisés en Egipto deseaba la vista del Señor diciendo: Si, pues, he hallado gracia ante ti, muéstrate a mí para que yo te vea manifiestamente: No puedes ver, dice, mi rostro; porque no verá el hombre mi rostro y vivirá; esto es: morirá quien lo viere. [2] Hallamos, en efecto, que Dios fue visto por muchos, y sin embargo ninguno de los que lo vieron murió; fue visto, sí, Dios según la capacidad de los hombres, no según la plenitud de la divinidad. Pues se refiere que los patriarcas vieron a Dios, como Abraham y Jacob, y los profetas, como Isaías y Ezequiel, y sin embargo no murieron. Por tanto, o deberían haber muerto si lo vieron — pues nadie verá a Dios y vivirá —, o, si vieron a Dios y no murieron, la Escritura miente al decir Dios: Si el hombre viere mi rostro, no vivirá; o la Escritura miente al presentar a Dios como visto y como no visto. [3] Luego ya será otro quien era visto, porque no puede ser definido como invisible el mismo que era visto; y la consecuencia será que al Padre lo entendamos invisible por la plenitud de la majestad, y al Hijo, en cambio, lo reconozcamos visible por el módulo de la derivación; así como tampoco nos es lícito contemplar el sol en cuanto a la suma misma de su sustancia que está en los cielos, pero toleramos su rayo con los ojos por la temperancia de la porción que de allí se extiende hacia la tierra. [4] Aquí, por el contrario, alguno querrá sostener que también el Hijo es invisible, como Palabra, como Espíritu, y, mientras reivindica una sola condición del Padre y del Hijo, más bien confirma que Padre e Hijo son uno y el mismo. [5] Pero hemos dicho que la Escritura patrocina la diferencia mediante la distinción de visible e invisible. En efecto, añaden también a su argumentación que, si entonces el Hijo hablaba a Moisés, él mismo declararía su rostro invisible para nadie, porque, evidentemente, el mismo Padre invisible habría estado en el nombre del Hijo. Y por esto quieren que el mismo sea tomado como visible e invisible, del mismo modo que el mismo es Padre e Hijo; porque también poco antes, antes de negar su rostro a Moisés, está escrito que el Señor habló a Moisés cara a cara, como si alguien hablara a su amigo, no menos que Jacob: Vi, dice, al Señor cara a cara. [6] Luego el mismo es visible e invisible; y porque el mismo es ambas cosas, por eso también el Padre es invisible, en cuanto también el Hijo lo es; y visible, en cuanto también el Hijo lo es. ¡Como si no conviniera al Hijo la exposición de la Escritura que hacemos nosotros, dejando aparte al Padre en su invisibilidad! Pues decimos que también el Hijo, bajo su propio nombre, es invisible en cuanto Palabra y Espíritu de Dios, por la condición de su sustancia, incluso ahora, y que fue visible antes de la carne de aquel modo que dice a Aarón y María: Aunque hubiere profeta entre vosotros, en visión me daré a conocer a él y en sueños hablaré con él, no como a Moisés: boca a boca le hablaré, en especie (esto es, en verdad), y no en enigma (esto es, no en imagen). Como también el Apóstol: Ahora vemos como por espejo, en enigma; mas entonces, cara a cara. [7] Así pues, cuando reserva para Moisés su vista y coloquio cara a cara en el futuro (pues esto se cumplió después en el retiro del monte, como leemos en el Evangelio que Moisés en visión hablaba con él), aparece que antiguamente siempre en espejo, en enigma, en visión y en sueño fue visto Dios, es decir, el Hijo de Dios, tanto por profetas y patriarcas como por el mismo Moisés hasta entonces; [8] y aunque el mismo Señor acaso hablara cara a cara, no por eso el hombre veía su rostro tal como es, sino acaso en espejo y en enigma. En fin, si así habló el Señor a Moisés que también Moisés conociera su rostro de cerca, ¿cómo es que al instante y allí mismo desea ver su rostro, el cual, por haberlo visto, no desearía ver? ¿Cómo, igualmente, también el Señor niega que pueda verse su rostro, el cual había mostrado, si es que lo había mostrado? O ¿cuál es el rostro de Dios cuya vista se niega? Si era el que fue visto — Vi, dice Jacob, a Dios cara a cara, y mi alma se salvó —, otro debe ser el rostro que, si se ve, mata. [9] O acaso, ¿era visto ciertamente el Hijo — aunque cara a cara, pero esto mismo en visión, en sueño, en espejo y en enigma, porque la Palabra y el Espíritu no pueden ser vistos sino en forma imaginaria —, y dice que su rostro es el Padre invisible? Pues, ¿quién es el Padre? ¿Será acaso el rostro del Hijo, por el nombre de la autoridad que en cuanto engendrado por el Padre consigue? ¿No es propio decir también de alguna persona mayor: "Aquel hombre es mi rostro" y "Me presta su rostro"? [10] El Padre, dice, es mayor que yo. Luego el Padre será el rostro del Hijo. Pues también la Escritura, ¿qué dice? El Espíritu de su persona es Cristo el Señor. Luego, si Cristo es el Espíritu de la persona del Padre, con razón el Espíritu de quien era persona — es decir, de su Padre — declaró su rostro desde la unidad, sin duda. Sería, en verdad, admirable que el rostro del Hijo pudiera ser tomado como el Padre, que es su cabeza; porque la cabeza de Cristo es Dios.

    Capítulo 15

    Cap. 15

    [1] Si este punto no lo resuelvo con las cuestiones de la Escritura Antigua, del Nuevo Testamento tomaré la confirmación de nuestra interpretación, para que no defiendas en favor del Padre cuanto yo atribuyo al Hijo. Pues mira: también en los Evangelios y en los Apóstoles encuentro a Dios visible e invisible bajo una manifiesta y personal distinción de condición de uno y otro. [2] Exclama en cierto modo Juan: A Dios nadie lo vio jamás; sin duda, tampoco antiguamente; pues quitó la cuestión del tiempo al decir que Dios nunca fue visto. Confirma también el Apóstol acerca de Dios: A quien ningún hombre ha visto ni puede ver; sin duda, porque morirá quien lo viere. Los mismos Apóstoles atestiguan que vieron a Cristo y lo palparon. [3] Así pues, si el mismo es Cristo, Padre e Hijo, ¿cómo fue visto y no visto? Para reducir a uno esta diversidad de visto e invisible, replicará quien desde lo diverso nos argumenta que ambas cosas se dicen rectamente: visible ciertamente en la carne, invisible en cambio antes de la carne, de modo que el mismo sea el Padre invisible antes de la carne que también es el Hijo visible en la carne. [4] Pero si el mismo era invisible antes de la carne, ¿cómo se halla que fue visto también antiguamente, antes de la carne? Igualmente, si el mismo después de la carne es visible, ¿cómo es declarado ahora invisible por los Apóstoles, sino porque uno, que antiguamente fue visto en enigma, la carne lo hizo más plenamente visible — la Palabra, sin duda, que también se hizo carne —, y otro, a quien nunca nadie vio: el Padre, ciertamente, de quien es la Palabra? [5] En fin, examinemos a quién vieron los Apóstoles. Lo que vimos, dice Juan, lo que oímos, con nuestros ojos lo vimos, y nuestras manos palparon de la Palabra de vida. La Palabra de vida, hecha carne, fue oída, vista y palpada porque era carne; él, que antes de la carne era solamente Palabra en el principio junto a Dios Padre, no el Padre junto a sí mismo. Pues aunque la Palabra era Dios, estaba junto a Dios, porque Dios de Dios, porque con el Padre, junto al Padre. [6] Y vimos su gloria como de unigénito del Padre; sin duda, del Hijo, es decir, visible, glorificado por el Padre invisible. Y por eso, puesto que había dicho que la Palabra de Dios era Dios, para no ayudar a la presunción de los adversarios como si hubiera visto al Padre mismo, para distinguir entre el Padre invisible y el Hijo visible añade de sobra: A Dios nadie lo vio jamás. ¿A qué Dios? ¿A la Palabra? Pero antes se dijo: Vimos y oímos y palpamos de la Palabra de vida. ¿A qué Dios, pues? Ciertamente al Padre, junto al cual Dios era la Palabra, el Hijo unigénito, el que explicó él mismo el seno del Padre. [7] Él mismo fue oído y visto, y, para que no se creyera un fantasma, también palpado. A éste también Pablo lo contempló, pero no vio al Padre: ¿Acaso, dice, no vi a Jesús? Y también él mismo llamó Dios a Cristo: Cuyos son los padres, y de los cuales procede Cristo según la carne, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. También él muestra al Hijo de Dios visible, esto es, a la Palabra de Dios, porque el que se hizo carne fue llamado Cristo. [8] Pero acerca del Padre, a Timoteo: A quien ningún hombre ha visto, ni puede ver; exagerando más: El único que tiene inmortalidad y habita en luz inaccesible; de quien también arriba había dicho: Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, solo Dios; para que también atribuyamos al Hijo lo contrario: mortalidad, accesibilidad… a quien atestigua muerto según las Escrituras y visto por él mismo al final, a través de una luz ciertamente accesible; aunque ni aquella la experimentó él sin peligro para su vista, ni Pedro y Juan y Santiago sin quedar como fuera de razón y de sí; los cuales, si hubieran visto la gloria, no del Hijo que había de padecer, sino del Padre, creo que habrían muerto allí mismo; porque a Dios nadie verá y vivirá. [9] Si esto es así, consta que siempre fue visto desde el principio aquel que fue visto al final, y que tampoco al final fue visto aquel que desde el principio no fue visto; y así son dos: el visible y el invisible. Luego el Hijo fue visto siempre, el Hijo conversó siempre y el Hijo obró siempre, por la autoridad y voluntad del Padre, porque el Hijo nada puede hacer por sí mismo si no viere al Padre hacerlo — en su mente, por supuesto, hacerlo. El Padre, en efecto, obra con el sentir; el Hijo, en cambio, viendo lo que está en el sentir del Padre, lo realiza. Así todo fue hecho por el Hijo y sin él nada fue hecho.

    Capítulo 16

    Cap. 16

    [1] Y no pienses que sólo las obras del mundo fueron hechas por el Hijo, sino también las que a partir de entonces fueron realizadas por Dios. Pues el Padre, que ama al Hijo y todo entregó en su mano, ciertamente desde el principio lo ama y desde el principio lo entregó. Desde el principio, la Palabra estaba junto a Dios y Dios era la Palabra; a ella le fue dado todo poder por el Padre en los cielos y en la tierra; el Padre no juzga a nadie, sino que todo juicio entregó al Hijo, y desde el principio ciertamente. [2] Pues al decir todo poder, y todo juicio, y que todo fue hecho por él, y todo entregado en su mano, no concede excepción alguna de tiempo, porque todo no sería si no fuera de todo tiempo. Así pues, es el Hijo quien desde el principio juzgó, derribando la torre altanerísima y dispersando las lenguas, castigando el orbe entero con la violencia de las aguas, lloviendo sobre Sodoma y Gomorra fuego y azufre el Señor del Señor. [3] Él mismo, en efecto, descendió siempre a los coloquios humanos, desde Adán hasta los patriarcas y profetas, en visión, en sueño, en espejo, en enigma, preconstruyendo su orden desde siempre, el que había de continuarlo hasta el fin. Así aprendía siempre Dios a conversar en la tierra con los hombres; no otro que la Palabra, que había de ser carne. Aprendía, pues, para tendernos la fe, para que más fácilmente creyéramos que el Hijo de Dios descendió al mundo, si sabíamos que ya antiguamente se había realizado algo semejante. [4] Por nosotros, pues, como han sido escritas así también fueron realizadas estas cosas, hacia quienes han llegado los fines de los siglos. Así conocía ya entonces los afectos humanos, habiendo de asumir incluso las sustancias mismas del hombre, carne y alma; interrogaba a Adán como quien no sabe: ¿Dónde estás, Adán?; se arrepentía de haber hecho al hombre, como quien no lo prevé; tentaba a Abraham, como ignorando qué hay en el hombre; ofendido, se reconciliaba con los mismos; y todo cuanto los herejes toman como indigno de Dios, para destrucción del Creador, ignorando que estas cosas convinieron al Hijo, que también había de sufrir pasiones humanas: sed, hambre, lágrimas, y el nacimiento mismo y la misma muerte; por esto minorado por el Padre un poco menor que los ángeles. [5] Pero los herejes ciertamente no atribuirán al Hijo de Dios que le convenga lo que tú introduces en el mismo Padre, como si él mismo se hubiera minorado por nosotros, cuando la Escritura dice que uno fue minorado por otro, no el mismo por sí mismo. ¿Y qué, si también uno era coronado de gloria y honor, y otro quien coronaba, sin duda el Padre al Hijo? [6] Por lo demás, ¿cómo es posible que Dios omnipotente, aquel invisible a quien ningún hombre ha visto ni puede ver, aquel que habita en luz inaccesible, aquel que no habita en cosas hechas por mano, ante cuya faz la tierra se estremece, los montes se derriten como cera, que aprehende todo el orbe con la mano como un nido, para quien el cielo es trono y la tierra escabel, en quien está todo lugar, no él en un lugar, que es el extremo límite del universo, aquel Altísimo, se paseaba en el paraíso al atardecer buscando a Adán, y después de la entrada de Noé cerraba el arca, y junto a Abraham se refrescaba bajo una encina, y a Moisés llamaba desde la zarza ardiente, y en el horno del rey babilónico aparecía como cuarto — aunque fue llamado Hijo del hombre —? Y en imagen, en espejo y en enigma; sin duda, ni aun del Hijo de Dios habrían de creerse estas cosas si no estuvieran escritas; quizá no han de creerse del Padre aunque estén escritas; ¡al que éstos meten en el vientre de María, y sientan en el tribunal de Pilato, y vuelven a encerrar en el sepulcro de José! [7] De aquí, pues, aparece el error de aquéllos. Pues ignorando que desde el principio todo el orden de la divina disposición discurrió por el Hijo, creen que el Padre mismo fue visto, conversó y obró, y padeció sed y hambre — contra el profeta que dice: Dios eterno no tendrá sed ni hambre en absoluto; ¡cuánto más, que no morirá ni será sepultado! —, y así que un solo Dios, esto es, el Padre, hizo lo que por el Hijo fue hecho.
    Comentario editorial · El Hijo en el Antiguo Testamento
    Los capítulos 14 a 16 parten de una regla: el Padre es invisible (), y quien se dejó ver y habló con los patriarcas fue el Hijo, que así «aprendía» a tratar con los hombres antes de hacerse carne (16, 3). La misma regla explica el «Señor del Señor» que hizo llover fuego y azufre sobre Sodoma (16, 2; ). El argumento no es nuevo: Justino (Diálogo con Trifón 127) escribe que ni Abraham ni Isaac ni Jacob vieron al Padre, sino a quien, según su voluntad, era su Hijo, Dios y ángel, y cita el mismo versículo de Sodoma. Lo que Tertuliano añade es el uso contra Práxeas: si el Dios visto y el no visto fueran uno, la Escritura mentiría (14, 2). Sobre Justino, véase su perfil.

    Capítulo 17

    Cap. 17

    [1] Más fácilmente pensaron que el Padre obró en el nombre del Hijo que el Hijo en el del Padre, [N. del E.: el rótulo del capítulo 17 y esta frase inicial faltaban en el epub original; se suplen del latín («Facilius existimaverunt patrem in filii nomine egisse quam filium in patris»), cotejado con la edición inglesa.] según dice el mismo Señor: Yo he venido en nombre de mi Padre; y también al Padre mismo: Tu nombre he manifestado a los hombres; concordando también la Escritura: Bendito el que viene en el nombre del Señor — sin duda, el Hijo en el nombre del Padre. [2] Y el nombre del Padre es: Dios omnipotente, Altísimo, Señor de los ejércitos, Rey de Israel, El que es. Hasta aquí enseñan las Escrituras: decimos que estas cosas también convienen al Hijo, y que en estas cosas vino el Hijo, y en ellas obró siempre, y así se manifestó él a los hombres. [3] Todo lo del Padre, dice, es mío: ¿por qué no también los nombres? Así pues, cuando lees "Dios omnipotente", "Altísimo", "Dios de los ejércitos", "Rey de Israel", "El que es", ve que por éstos también el Hijo es designado, por su propio derecho, Dios omnipotente, en cuanto Palabra de Dios omnipotente y en cuanto de él recibió toda potestad; Altísimo, en cuanto exaltado a la diestra de Dios, como Pedro en los Hechos proclama; Señor de los ejércitos, porque todo le está sometido por el Padre; Rey de Israel, porque a él propiamente le tocó la suerte de esta gente; asimismo "El que es", porque muchos son llamados hijos y no lo son. [4] Si quieren también que el nombre de Cristo pertenezca al Padre, lo escucharán a su tiempo. Entretanto, aquí me baste esta pronta respuesta contra lo que aducen también del Apocalipsis de Juan: Yo, el Señor, el que es y el que era y el que viene, el Omnipotente; y dondequiera que no piensen que la apelación de Dios omnipotente conviene también al Hijo; como si el que ha de venir no fuera omnipotente, siendo así que el Hijo del Omnipotente es tan omnipotente como Dios Hijo de Dios.

    Capítulo 18

    Cap. 18

    [1] Pero esta asociación de los nombres paternos en el Hijo, para que no la perciban fácilmente, los perturba la Escritura cuando alguna vez establece un solo Dios, como si la misma Escritura no hubiera propuesto también dos dioses y dos señores, según mostramos arriba. Luego, porque encontramos dos y uno, dicen, por eso ambos son uno, y el mismo es el Hijo y el Padre. [2] Pero la Escritura no corre peligro de que tú, con tu argumentación, vayas a socorrerla para que no parezca contraria a sí misma; tiene su razón, tanto cuando establece un solo Dios como cuando muestra dos, Padre e Hijo, y se basta a sí misma. Consta que por ella es nombrado el Hijo; pues, salvo el Hijo, rectamente pudo determinar un solo Dios de quien es el Hijo. No deja, en efecto, de ser único quien tiene Hijo; por su nombre ciertamente, siempre que es nombrado sin el Hijo. Y es nombrado sin el Hijo cuando es determinado principalmente como la primera persona, la cual había de proponerse antes del nombre del Hijo, porque primero es conocido el Padre y después del Padre es nombrado el Hijo. [3] Por tanto, uno es Dios Padre, y fuera de él no hay otro; lo cual, al afirmarlo él mismo, no niega al Hijo, sino a otro dios; y el Hijo no es otro que el Padre. En fin, mira las secuencias de tales pronunciamientos, y hallarás que casi siempre su definición se refiere a los fabricantes y cultores de ídolos, de modo que la unidad de la divinidad expulse la multitud de los falsos dioses, teniendo no obstante al Hijo, el cual, en cuanto es individuo e inseparable del Padre, tanto más debe ser reputado en el Padre aunque no sea nombrado. [4] Pero si lo hubiera nombrado, lo habría separado al decir así: "Ningún otro fuera de mí, a excepción de mi Hijo"; pues habría hecho al Hijo otro también, al exceptuarlo de los otros. Supón que el sol dijera: "Yo, el sol, y ningún otro fuera de mí, excepto mi rayo"; ¿no habrías notado la vanidad, puesto que también el rayo es reputado en el sol? Así, pues, que fuera de él no hay otro dios, esto por la idolatría tanto de las naciones como de Israel; también por causa de los herejes, quienes, como las naciones con las manos, así también ellos con las palabras fabrican ídolos, esto es, otro dios y otro Cristo. [5] Así, cuando el Padre se proclamaba único, miraba por el Hijo, para que no se crea que Cristo vino de otro dios, sino de aquel que había predicho: Yo soy Dios, y fuera de mí no hay otro; el que se mostró único, pero con el Hijo, con quien él solo extendió el cielo.

    Capítulo 19

    Cap. 19

    [1] Más aún, tomarán incluso esta palabra suya como argumento de singularidad: Yo extendí, dice, el cielo solo; solo en cuanto a las demás potestades, preparando la defensa contra las conjeturas de los herejes, que sostienen que el mundo fue construido por ángeles y potestades diversas; los cuales hacen al Creador mismo o ángel o subordinado a otras cosas extrínsecas, como las obras del mundo, incluso ignorante. [2] O si así, solo, extendió el cielo, ¿cómo presumen hacia lo perverso esos herejes, como si no se admitiera, siendo él singular, a aquella Sabiduría que dice: Cuando preparaba el cielo, yo estaba allí con él? Y si dijo: ¿Quién conoció el sentir del Señor, y quién fue su consejero? — sin duda lo dice exceptuando a la Sabiduría, que estaba con él. En él, sin embargo, y con él, lo ensamblaba todo, no ignorando lo que hacía. Pero "fuera de la Sabiduría" dice "fuera del Hijo", quien es Cristo, Sabiduría y Poder de Dios según el Apóstol, que solo conoce el sentir del Padre; porque ¿quién conoce lo que hay en Dios, sino el Espíritu que está en él? — no el que está fuera de él. Había, pues, quien no sólo haría a Dios solo, a no ser solo respecto de los demás. [3] Pero también recúsese el Evangelio que dice que todo fue hecho por Dios mediante la Palabra y que sin ella nada fue hecho. Pues si no me engaño, también en otro lugar está escrito: Por su Palabra los cielos fueron afirmados, y por su espíritu todas sus potestades. Y la Palabra, poder y sabiduría, ése mismo será el Hijo de Dios. [4] Así, si todo por el Hijo, extendiendo también el cielo por el Hijo, no lo extendió solo, sino bajo aquella razón por la que lo hizo solo respecto de los demás. Y tan así que inmediatamente habla del Hijo: ¿Quién otro desbarató las señales de los ventrílocuos y las adivinaciones del corazón, apartando hacia atrás a los sabios y entonteciendo su consejo, confirmando las palabras de su Hijo? — al decir, sin duda: Éste es mi Hijo amado, oídle. [5] Así, al unir al Hijo, él mismo interpreta cómo extendió solo el cielo: a saber, solo con el Hijo, como uno con el Hijo. Por tanto, también será voz del Hijo: Yo extendí el cielo solo, porque por la Palabra los cielos fueron afirmados; porque asistiendo la Sabiduría en la Palabra fue preparado el cielo, y todo fue hecho por la Palabra. Conviene también que el Hijo solo extendiera el cielo, porque solo él ministró a la operación del Padre. [6] El mismo es quien dice: Yo, el primero, y en lo por venir yo soy; el primero de todo, sin duda, la Palabra. En el principio era la Palabra, en cuyo principio fue proferida por el Padre. Por lo demás, el Padre, no teniendo principio (como no proferido por nadie, como innato), no puede parecer "primero"; quien siempre estuvo solo, no pudo tener orden. [7] Así pues, si por esto pensaron que había que creer que el mismo es el Padre y el Hijo, para reivindicar un solo Dios, salva está la unidad de aquel que, siendo uno, tiene también al Hijo, captado igualmente por las mismas Escrituras. Si no quieren que el Hijo sea reputado segundo a partir del Padre, para que el segundo no haga que se diga "dos dioses", mostramos que también dos dioses y dos señores son mencionados en la Escritura; [8] y sin embargo, para que no se escandalicen de esto, damos razón de que no se digan dos dioses ni dos señores, sino de que el Padre y el Hijo son dos; y esto, no por separación de sustancia, sino por disposición, cuando proclamamos al Hijo individuo e inseparable del Padre, no diverso en estado sino en grado; el cual, aunque sea llamado Dios cuando es nombrado singularmente, no por eso hace dos dioses, sino uno, por esto mismo: que también es llamado Dios desde la unidad del Padre.

    Capítulo 20

    Cap. 20

    [1] Pero, para seguir refutando sus argumentaciones, es preciso poner empeño en lo que espigan de las Escrituras a favor de su sentir, no queriendo mirar lo demás que también guarda la regla, y ciertamente a salvo la unión de la divinidad y el sonido de la monarquía. Pues, así como en las antiguas no mantienen sino: Yo soy Dios, y fuera de mí no hay otro, así en el Evangelio defienden la respuesta del Señor a Felipe: Yo y el Padre uno somos, y: El que me ve a mí, ve al Padre, y: Yo en el Padre y el Padre en mí. [2] Con estos tres capítulos quieren que ceda todo el instrumento de ambos Testamentos, cuando conviene que lo más escaso se entienda según lo más abundante. [3] Pero esto es propio de todos los herejes. Pues, porque pocas son las cosas que pueden hallarse en el bosque, defienden lo poco contra lo mucho, y toman lo posterior contra lo anterior. Mas la regla, constituida siempre para toda cosa desde el principio, prescribe en lo anterior también sobre lo posterior, sin duda también sobre lo más escaso.

    Capítulo 21

    Cap. 21

    [1] Mira, pues, cuántas cosas te prescriben también en el Evangelio, antes de la consulta de Felipe y antes de toda argumentación tuya. Y en primer lugar, la misma primera prefación de Juan el evangelizador demuestra quién era antes el que había de hacerse carne: En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y Dios era la Palabra; ésta estaba en el principio junto a Dios. Todo fue hecho por ella misma, y sin ella nada fue hecho. [2] Pues si esto no puede tomarse de otro modo que como está escrito, indubitablemente se muestra uno que era desde el principio, y otro junto al cual estaba: uno, la Palabra de Dios; otro, Dios — aunque la Palabra sea Dios, pero en cuanto Hijo de Dios, no en cuanto Padre —; uno por quien todo, otro de quien todo. [3] Y cómo digamos "otro", a menudo ya lo hemos declarado. Al decir "otro", es necesario que no sea el mismo; pero "no el mismo", no como separado, sino otro por disposición, no por división. Éste, pues, fue hecho carne; no aquel mismo de quien era la Palabra. Su gloria fue vista como de unigénito del Padre, no como del Padre. Éste, el unigénito, explicó el seno del Padre; no el Padre su propio seno. Precede, en efecto: A Dios nadie lo vio jamás. [4] De ahí que también, si es señalado por Juan como el Cordero de Dios, no es aquel mismo cuyo amado es. Ciertamente, siempre es Hijo de Dios, pero no aquel mismo cuyo Hijo es. Esto lo percibió al punto Natanael, como también en otro lugar Pedro: Tú eres el Hijo de Dios. Esto también él mismo confirma que ellos lo percibieron rectamente, respondiendo a Natanael: Porque dije: Te vi debajo de la higuera, por eso crees; y afirmando bienaventurado a Pedro, a quien no carne ni sangre le había revelado lo que había percibido del Padre, sino el Padre que está en los cielos. [5] Con esta palabra constituye la distinción de ambas personas: y del Hijo en la tierra, a quien Pedro había reconocido como Hijo de Dios, y del Padre en los cielos, que había revelado a Pedro lo que Pedro había reconocido: a Cristo, Hijo de Dios. [6] Cuando entró en el templo, lo llama casa del Padre, como Hijo. Cuando dice a Nicodemo: Así, dice, amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna; y de nuevo: Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para que juzgue al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él; el que cree en él no es juzgado; el que no cree en él ya está juzgado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios. [7] Y Juan, cuando era interrogado acerca de Jesús al bautizar: El Padre, dice, ama al Hijo y todo lo entregó en su mano; el que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que no cree en el Hijo de Dios no verá a Dios, sino que la ira de Dios permanece sobre él. [8] ¿Y a quién mostró a la samaritana? Si al Mesías que es llamado Cristo, se mostró ciertamente como Hijo, no como Padre, porque también en otro lugar Cristo es llamado Hijo de Dios, no Padre. [9] De ahí a los discípulos: Mío es, dice, hacer la voluntad de aquel que me envió, para consumar su obra. Y a los judíos, sobre la curación del paralítico: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo. "Padre" y "Yo", dice el Hijo. Finalmente, por esto más querían los judíos matarlo: no sólo porque quebrantaba el sábado, sino porque decía que Dios era su Padre, haciéndose igual a Dios. [10] Entonces, pues, les decía: Nada puede el Hijo hacer por sí mismo si no ve hacer al Padre; porque lo que aquél hace, esto también hace el Hijo. El Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace; y mayores obras que éstas le mostrará, para que vosotros os admiréis. Porque como el Padre resucita a los muertos y vivifica, así también el Hijo a los que quiere vivifica. Porque el Padre no juzga, sino que todo el juicio entregó al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. Quien no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió. [11] Amén, amén os digo: que quien oye mis palabras y cree al que me envió tiene vida eterna, y no vendrá a juicio, sino que pasa de la muerte a la vida. [12] Amén os digo: que vendrá hora cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oyeren vivirán. Porque como el Padre tiene vida eterna en sí mismo, así también dio al Hijo tener vida eterna en sí mismo; y le dio potestad de hacer juicio, porque es Hijo del hombre — por la carne, sin duda, como también es Hijo de Dios por su Espíritu. [13] Aún añade: Pero yo tengo testimonio mayor que el de Juan; las obras que el Padre me dio para consumar, ésas mismas dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado; y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí. [14] Y al añadir: Ni su voz habéis oído jamás, ni su forma habéis visto, confirma que antiguamente no fue el Padre, sino el Hijo, quien era visto y oído. [15] Finalmente, dice: Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibisteis — hasta tal punto siempre estaba el Hijo en el nombre de Dios, de Rey, de Señor omnipotente y Altísimo. [16] Y a los que preguntaban qué debían hacer, respondió: Que creáis en aquel a quien Dios envió. [17] También se afirma pan, el que el Padre les daría del cielo. Luego todo lo que el Padre le da, viene a él, y él no lo rechazará, porque descendió del cielo, no para hacer su voluntad, sino la del Padre; y la voluntad del Padre es que quien vea al Hijo y crea en él, consiga vida y resurrección; y que nadie puede venir a él sino aquel a quien el Padre traiga; y que todo el que oyó del Padre y aprendió, viene a él. No como si alguno hubiera visto al Padre — añadiendo también aquí —, para mostrar que la Palabra es del Padre, por la cual son instruidos. [18] Y cuando muchos se apartan de él, y ofrece a sus apóstoles si también ellos quieren apartarse, ¿qué respondió Simón Pedro? ¿A dónde nos apartaremos? Tú tienes palabras de vida, y nosotros creemos que tú eres Cristo. ¿Acaso que él era el Padre, o el Cristo del Padre?

    Capítulo 22

    Cap. 22

    [1] ¿Y la doctrina a la que se maravillaban, de quién dice que es? ¿Suya, o del Padre? Cuando igualmente dudaban entre sí si él mismo era el Cristo — sin duda, no el Padre, sino el Hijo —: Ya sabéis, dice, quién soy y de dónde soy; y no he venido por mí mismo, sino que es veraz el que me envió, a quien vosotros no conocéis; yo lo conozco, porque estoy junto a él. [2] No dijo: "Porque yo mismo soy" y "Yo mismo me envié", sino: "Aquel me envió". Asimismo, cuando los fariseos enviaron para prenderlo: Todavía un poco de tiempo, dice, estoy con vosotros, y me voy al que me envió. Y cuando niega que esté solo: Pero yo, dice, y el que me envió, el Padre — ¿no muestra dos, tan dos como inseparables? Antes bien, todo esto era lo que enseñaba: que dos son inseparables. [3] Puesto que, proponiendo la ley que confirma el testimonio de dos hombres, añade: Yo doy testimonio de mí, y da testimonio de mí el que me envió, el Padre. Y si fuera uno, siendo el mismo el Padre y el Hijo, no se acogería al patrocinio de la ley, que concede fe no al testimonio de uno, sino de dos. [4] Asimismo, preguntado dónde estaba el Padre, respondiendo que ni a él ni al Padre los conocían, dijo dos ignorados; porque si lo conocieran a él, conocerían al Padre; no, ciertamente, como si él mismo fuera el Padre y el Hijo, sino porque por la indivisión ni puede ser conocido ni ignorado el uno sin el otro. [5] El que me envió, dice, es veraz, y yo lo que oí de él, eso hablo al mundo. Interpretando desde fuera la Escritura que ellos no habían conocido que hablaba del Padre, cuando ciertamente debían haber sabido que las palabras del Padre están en el Hijo, leyendo en Jeremías: Y me dijo el Señor: He aquí he puesto mis palabras en tu boca; y en Isaías: El Señor me da lengua de discípulo, para saber cuándo conviene decir la palabra; como él mismo, a su vez: Entonces, dice, conoceréis que yo soy, y que nada hablo por mí mismo, sino que como me enseñó, así hablo; porque el que me envió está conmigo. También esto para testimonio de dos individuos. [6] Asimismo, en altercado con los judíos, echándoles en cara que querían matarlo: Yo, dice, lo que vi junto a mi Padre, eso hablo; y vosotros lo que visteis junto a vuestro padre, eso hacéis; y ahora queréis matar a un hombre que os ha dicho la verdad que oyó de Dios. Y: Si Dios fuera vuestro padre, me amaríais; porque yo salí de Dios y vine — y sin embargo no se separan, aunque dijo "salí" (como algunos toman ocasión de esta palabra). Salió, en efecto, del Padre como el rayo del sol, como el riachuelo de la fuente, como el vástago de la semilla. Y: Yo no tengo demonio, sino que honro a mi Padre. Y: Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria nada es; es quien me glorifica el Padre, a quien vosotros decís que es vuestro Dios, y no lo conocéis; yo lo conozco, y si dijera "no lo conozco", sería mentiroso como vosotros; pero lo conozco y guardo su palabra. [7] Y cuando añade: Abraham vio mi día y se alegró, muestra sin duda que el Hijo fue visto antiguamente por Abraham, no el Padre. También, acerca de aquel ciego, dice que conviene que haga las obras del Padre; a él, después de devolverle la vista: Tú, dice, ¿crees en el Hijo de Dios? Y, preguntando quién era éste, mostrándose a sí mismo, mostró ciertamente al Hijo en quien había dicho que debía creerse. [8] Después profesa que él es conocido por el Padre y el Padre por él, y que es amado por el Padre porque pone su alma, porque había recibido este mandato del Padre. [9] Y preguntado por los judíos si él era el Cristo — sin duda, de Dios, pues hasta el día de hoy los judíos esperan al Cristo de Dios, no al Padre mismo, porque nunca está escrito que el Cristo Padre ha de venir —: Os hablo, dice, y no creéis; las obras que yo hago en nombre del Padre, ésas dan testimonio de mí. ¿Qué testimonio? Que él era aquel a quien preguntaban, esto es, el Cristo de Dios. [10] También, acerca de sus ovejas, que nadie las arrebataría de su mano: El Padre, dice, lo que me dio es mayor que todos; y: Yo y el Padre uno somos. Aquí ya quieren clavar el pie, los necios, mejor dicho, los ciegos, que no ven, primero, que "Yo y el Padre" es significación de dos; después, últimamente, "Somos", no es de una sola persona, porque está dicho en plural; y además, que dice "Uno somos", no "Uno soy". [11] Pues si hubiera dicho "Uno soy", habría podido ayudar a su sentencia; "uno" parece significación de número singular. Aun así, cuando dos de género masculino dice "uno" con palabra neutra — lo que no pertenece a la singularidad, sino a la unidad, a la semejanza, a la conjunción, al amor del Padre que ama al Hijo, y a la obediencia del Hijo que obedece a la voluntad del Padre —, diciendo "Uno somos" (Yo y el Padre), muestra que son dos a los que iguala y une. [12] Y tanto es así que añade también que había mostrado muchas obras del Padre, por ninguna de las cuales merecía ser apedreado. Y para que no pensaran que por eso debían apedrearlo, como si hubiera querido que se le entendiera como el mismo Dios, es decir, el Padre, porque había dicho "Yo y el Padre uno somos" — mostrándose como Hijo de Dios, Dios, no como el mismo Dios —: Si en la ley, dice, está escrito: Yo dije: Sois dioses, y no puede solverse la Escritura… ¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís que blasfema, porque dijo: "Soy Hijo de Dios"? Si no hago las obras de mi Padre, no creáis; pero si las hago, y no queréis creerme a mí, creed a las obras, y conoced que yo estoy en el Padre y el Padre en mí. [13] Pues por las obras estará el Padre en el Hijo y el Hijo en el Padre; y así por las obras entendemos que uno es el Padre y el Hijo, hasta tal punto perseveraba en inducir esto: que sin embargo se creyera que son dos en una sola virtud, porque de otro modo el Hijo no podría ser creído si no se creyera que son dos.
    Comentario editorial · Los textos de Práxeas y el «uno somos»
    Tertuliano resume el apoyo bíblico de Práxeas en tres textos: «Yo soy Dios, y fuera de mí no hay otro» (como ), «Yo y el Padre uno somos» () y «El que me ve a mí, ve al Padre» (), con (20, 1). Responde al primero en 18–19, al segundo aquí y al tercero en 24. Aquí razona sobre las palabras: «somos» está en plural, y «uno» es neutro aunque se dice de dos personas masculinas, de modo que no expresa «singularidad» sino «unidad», semejanza, amor del Padre y obediencia del Hijo (22, 10–11). Es el argumento que Hipólito apoya en el griego («somos uno», no «soy uno»: Cap. 7), y los tres textos son los de la disputa con los unicitarios.

    Capítulo 23

    Cap. 23

    [1] Después de esto, Marta, confesándolo Hijo de Dios, no erró más que Pedro y Natanael; aunque, si hubiera errado, al punto lo habría aprendido. Pues mira: para resucitar a su hermano de los muertos, el Señor, alzando los ojos al cielo y al Padre: Padre, dice — sin duda el Hijo —, te doy gracias porque siempre me escuchas; por esta turba que está alrededor dije: para que crean que tú me has enviado. [2] Y también en la conturbación de su alma: Y ¿qué diré? ¡Padre, sálvame de esta hora! Pero para esto he venido a esta hora. Ahora bien, Padre, glorifica tu nombre — en lo cual estaba el Hijo —: Yo, dice, he venido en nombre de mi Padre. [3] De allí — sin duda había bastado la voz del Hijo al Padre —, he aquí que con abundancia responde desde el cielo el Padre al Hijo, testificando: Éste es mi Hijo amado en quien me complací; oídle. Así también en esto: Lo he glorificado y lo glorificaré otra vez. [4] ¿Cuántas personas te parecen, perversísimo Práxeas, sino cuantas voces? Tienes al Hijo en la tierra, tienes al Padre en los cielos. No es separación esto, sino disposición divina. Por lo demás, sabemos que Dios está también dentro de los abismos y en todo lugar se halla, pero por fuerza y potestad el Hijo también, como individuo, en todo lugar está con él. Sin embargo, en la economía misma, el Padre quiso que el Hijo fuera tenido en la tierra, y él, en cambio, en los cielos; a donde el Hijo mismo alzando la mirada, oraba y pedía al Padre, donde también a nosotros, puestos en pie, nos enseñaba a orar: Padre nuestro que estás en los cielos, aunque está en todas partes. Esta sede quiso el Padre para sí: El cielo, dice, es mi trono. De aquí también [5] minoró al Hijo un poco menos que los ángeles, enviándolo a la tierra; mas había de coronarlo de gloria y honor, llevándolo de nuevo a los cielos. Esto ya se lo otorgaba al decir: Lo he glorificado y lo glorificaré. [6] El Hijo pide desde la tierra, el Padre promete desde los cielos. ¿Por qué haces mentirosos al Padre y al Hijo? Si o el Padre desde los cielos hablaba al Hijo, siendo él mismo el Hijo en la tierra, o el Hijo oraba al Padre, siendo él mismo el Padre en los cielos, ¿cómo es que el Hijo, a su vez, pedía a sí mismo al pedir al Padre, si el Hijo era el Padre? Y a su vez, ¿cómo el Padre se prometía a sí mismo al prometer al Hijo, si el Padre era el Hijo? [7] Aunque dijéramos así que son dos divididos, como les gusta gritar, más tolerable sería predicar dos divididos que predicar un solo Dios versátil y mudable. Por eso, pues, el Señor declaró entonces a ésos: No por mí vino esta voz, sino por vosotros, para que tanto éstos como aquéllos crean al Padre y al Hijo, cada uno en sus propios nombres, personas y lugares. [8] Pero todavía exclama Jesús y dice: Quien cree en mí, no cree en mí, sino que cree en aquel que me envió; porque por el Hijo se cree en el Padre, y la autoridad para creer en el Hijo es el Padre. Y: Quien me contempla a mí, contempla a aquel que me envió. [9] ¿Cómo? Porque ciertamente: No he hablado por mí mismo, sino que el Padre que me envió, él mismo me dio mandato de qué decir y cómo hablar — porque el Señor me da lengua de discípulo para saber cuándo conviene decir —: la palabra que yo hablo, como el Padre me dijo, así hablo. [10] Cómo fueron dichas estas cosas, lo sabía mejor que Práxeas el evangelizador y discípulo ciertamente tan amado, Juan; y por eso, según su propio sentir: Antes de la solemnidad de la Pascua, dice, sabiendo Jesús que todo le había sido entregado por el Padre, y que de Dios había salido y a Dios iba. [11] Pero Práxeas quiere que el Padre mismo haya salido de sí mismo y se haya ido a sí mismo, de modo que el diablo, en el corazón de Judas, no haya infundido la traición del Hijo, sino la del Padre mismo. Y ni al diablo ni al hereje les va bien, porque ni en el Hijo, bien suyo, el diablo obró la traición. Pues fue entregado el Hijo de Dios, que estaba en el Hijo del hombre, como añade la Escritura: Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre, y Dios ha sido glorificado en él. [12] ¿Qué Dios? Ciertamente no el Padre, sino la Palabra del Padre, que estaba en el Hijo del hombre, esto es, en la carne; en la cual ya glorificado, en verdad por la virtud y la Palabra también antes, Jesús: Y Dios, dice, lo glorificará en sí mismo — esto es, el Padre al Hijo, a quien teniendo en sí mismo, aunque extendido hacia la tierra, en breve por la resurrección lo glorificó, vencida la muerte.

    Capítulo 24

    Cap. 24

    [1] Había ciertamente quienes también entonces no entendían; puesto que Tomás, descreído algún tiempo, dice: Señor, no sabemos a dónde vas, y ¿cómo conocemos el camino? Y Jesús: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí; si me hubierais conocido, habríais conocido también al Padre; mas desde ahora lo conocéis y lo habéis visto. [2] Y llegamos ya a Felipe, quien, excitado por la esperanza de ver al Padre y no entendiendo cómo había oído que el Padre fue visto: Muéstranos, dice, al Padre, y nos basta. Y el Señor: Felipe, ¿tanto tiempo estoy con vosotros y no me habéis conocido? ¿Quién dice que debió ser conocido por ellos? ¿Él, acaso como Padre, o como Hijo? Esto es lo único que debe discutirse. Si como Padre, enseñe Práxeas que Cristo, habiendo conversado tanto tiempo con ellos, pudo alguna vez — no digo entenderse, sino siquiera estimarse como Padre. [3] Para nosotros, todas las Escrituras, tanto las antiguas definen a Cristo de Dios, como las nuevas al Hijo de Dios. Esto era predicado antes, esto era proclamado por el mismo Cristo; más aún, ya por el mismo Padre, que desde los cielos abiertamente confesaba al Hijo y al Hijo glorificaba: Éste es mi Hijo; y Lo he glorificado y lo glorificaré. Esto era creído por los discípulos, esto no creído por los judíos. Queriendo él que esto se creyera por ellos, a cada hora nombraba al Padre y presentaba al Padre y honraba al Padre. [4] Si es así, entonces no habían ignorado al Padre, que tanto tiempo había conversado con ellos, sino al Hijo; y el Señor, al reprocharles que ignoraban a aquel a quien habían ignorado, quería sin duda que se reconociera a aquel cuyo desconocimiento por tanto tiempo les reprochaba, esto es, al Hijo. Y ya puede aparecer cómo se dijo: Quien me ve a mí, ve también al Padre; a saber, por lo que también arriba: Yo y el Padre uno somos. [5] ¿Por qué? Porque: Yo de Dios salí y vine; y: Yo soy el camino, nadie viene al Padre sino por mí; y: Nadie viene a mí si el Padre no lo trajere; y: Todo me lo entregó el Padre; y: Como el Padre vivifica, así también el Hijo; y: Si me habéis conocido, también al Padre habéis conocido. [6] Porque conforme a esto se había mostrado vicario del Padre; por él, el Padre era visto en los hechos, oído en las palabras y conocido en el Hijo que administraba los hechos y palabras del Padre; porque invisible es el Padre, cosa que Felipe había aprendido en la ley y debía recordar: A Dios nadie verá y vivirá. Y por eso se le reprende por desear ver al Padre como si fuera visible, y se le instruye que él se hace visible en el Hijo por los poderes, no por la representación de la persona. [7] En fin, si hubiera querido que se entendiera que el Padre es el mismo que el Hijo al decir: Quien me ve a mí, ve al Padre, ¿cómo añade: No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Pues debería haber añadido: "No crees que yo soy el Padre". O ¿con qué ha exagerado, si no ha manifestado aquello que había querido que se entendiera, a saber, que él mismo es el Hijo? Pues al decir: No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí, más bien exageró para que, por haber dicho "quien me ve a mí, ve al Padre", no se lo estimara Padre; lo cual jamás quiso que se lo estimara, él que siempre profesaba ser el Hijo y haber venido del Padre. [8] Así, pues, hizo manifiesta la conjunción de las dos personas, para que el Padre no fuera deseado aparte como visible en su vista, y para que el Hijo fuera tenido como representante del Padre. Y no menos interpretó también esto: cómo el Padre estaba en el Hijo y el Hijo en el Padre: Las palabras, dice, que yo os hablo no son mías — sin duda, porque son del Padre —; mas el Padre, permaneciendo en mí, hace las obras. [9] Por las obras de poderes, pues, y las palabras de doctrina, el Padre, permaneciendo en el Hijo, es visto a través de aquello en lo que permanece y por aquel en quien permanece; apareciendo de esto mismo la propiedad de cada persona, al decir: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Y por eso: Creed, dice. ¿Qué? ¿Que yo soy el Padre? No creo que esté escrito, sino: Porque yo estoy en el Padre y el Padre en mí; y si no, creed al menos por las obras, aquellas obras ciertamente por las cuales el Padre se veía en el Hijo, no con la vista, sino con el sentido.

    Capítulo 25

    Cap. 25

    [1] Después de Felipe y toda la sustancia de esta cuestión, las que están hacia el fin del Evangelio perseveran en el mismo género de discurso, con el que el Padre y el Hijo son distinguidos en su propiedad. También promete que, cuando haya subido al Padre, le pedirá al Padre el Paracleto y lo enviará, y ciertamente otro. Mas ya hemos expuesto cómo "otro". Por lo demás: Tomará de lo mío, dice, como él mismo de lo del Padre. Así, la conexión del Padre en el Hijo y del Hijo en el Paracleto hace tres coherentes, uno a partir del otro; los cuales tres son uno, no uno solo, como está dicho: Yo y el Padre uno somos, para la unidad de sustancia, no para la singularidad de número. [2] Recorre aún más, y hallarás que aquel a quien crees Padre es llamado vid del Padre, y al Padre agricultor; aquel mismo que tú piensas que estuvo en la tierra, éste es reconocido, a su vez, en los cielos por el Hijo, cuando alzando allí la mirada encomendó a sus discípulos al Padre. Y aunque en este Evangelio no se ha revelado: Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ni: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu; sin embargo, después de la resurrección y la gloria de la muerte vencida, expuesta ya la necesidad de toda humildad, cuando ya podía mostrarse como Padre a una mujer tan fiel — que se había acercado por amor, no por curiosidad, ni por incredulidad como Tomás, para tocarlo —: No me toques, dice, todavía no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos — también en esto se mostró Hijo; pues los habría llamado hijos si hubiera sido Padre —, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. [3] ¿Padre al Padre y Dios a Dios? ¿O Hijo al Padre y Palabra a Dios? [4] El mismo cierre del Evangelio, ¿por qué sella que estas cosas han sido escritas, sino: Para que creáis, dice, que Jesucristo es el Hijo de Dios? Por tanto, cualquier cosa de éstas que hayas pensado que puede aprovecharte para la demostración de que el mismo es el Padre y el Hijo, luchas contra la sentencia definitiva del Evangelio. Pues no fueron escritas para que creas que Jesús, Cristo, es el Padre, sino para que creas que es el Hijo.
    Comentario editorial · «Tres unum sunt, non unus»
    «Los cuales tres son uno, no uno solo, como está dicho: Yo y el Padre uno somos» (25, 1). Por el latín qui tres unum sunt se ha pensado en , el llamado Comma Johanneum, texto que casi ningún manuscrito griego trae. El ANF recoge las dos posturas: Kaye sostiene que el pasaje prueba que Tertuliano no conocía ese versículo, y Coxe, en una «Elucidation» del mismo volumen, que lo cita. El Tertullian Project observa que Souter traduce el pasaje como alusión a 1 Juan 5:8, y Wikipedia recoge de Strecker que hay aquí un «eco inicial», pero no un testimonio seguro. Tertuliano mismo da su cita: Juan 10:30.

    Capítulo 26

    Cap. 26

    [1] A causa de una sola palabra de Felipe y de la respuesta del Señor a él, parece que hemos recorrido el Evangelio de Juan; no sea que una sola palabra subvierta tantas cosas tan manifiestamente dichas antes y después; ella ha de interpretarse más bien según todas, no contra todas, incluso contra sus propios sentidos. [2] Por lo demás, para no interponer otros Evangelios que confirman la fe con el nacimiento del Señor, basta que aquel que había de nacer de una virgen sea anunciado por el mismo ángel como definido Hijo de Dios: El Espíritu de Dios vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual lo que nacerá de ti será santo, será llamado Hijo de Dios. [3] Querrán también aquí argumentar, pero la verdad prevalecerá. Ciertamente, dicen, el Hijo de Dios es Dios, y la virtud del Altísimo es el Altísimo; y no les avergüenza insinuar que, si fuera así, estaría escrito. Pues, ¿a quién temía para no proclamar abiertamente: "Dios vendrá sobre ti" y "el Altísimo te cubrirá con su sombra"? Pero al decir "Espíritu de Dios", aunque el Espíritu es Dios, sin embargo, no nombrando directamente a Dios, quiso que se entendiera la porción del todo que había de pasar al nombre del Hijo. [4] Este Espíritu de Dios será el mismo que la Palabra. Pues así como, al decir Juan "la Palabra se hizo carne", entendemos también al Espíritu en la mención de la Palabra, así también aquí reconocemos a la Palabra en el nombre del Espíritu. Porque el Espíritu es la sustancia de la Palabra, y la Palabra es la operación del Espíritu; y los dos son uno. [5] De otro modo, Juan confesará uno hecho carne, el ángel otro que será carne, si no es que el Espíritu es Palabra y la Palabra Espíritu. Así, pues, como la Palabra de Dios no es aquel mismo de quien es, así tampoco el Espíritu; aunque fue llamado Dios, no es aquel mismo de quien es llamado. Ninguna cosa de algo es ella misma aquello de lo que es. A la verdad, cuando algo procede de él mismo, y de tal modo es suyo porque procede de él mismo, puede ser tal cual también aquel mismo de quien es y cuyo es. [6] Y por eso el Espíritu es Dios y la Palabra es Dios, porque proceden de Dios; mas no, sin embargo, aquel mismo de quien proceden. Y si el Espíritu de Dios, como realidad sustantiva, no será él mismo Dios, sino Dios en cuanto procedente de la sustancia del mismo Dios, en cuanto es realidad sustantiva y como porción de un todo; ¡mucho más la virtud del Altísimo no será el Altísimo mismo! Porque ni siquiera es realidad sustantiva lo mismo que es el Espíritu, como tampoco la sabiduría ni la providencia; pues éstas no son sustancias, sino accidentes de cada sustancia. [7] La virtud acaece al espíritu; pero ella misma no será el espíritu. Por tanto, confluyendo en la Virgen estas realidades — cualesquiera que sean: el Espíritu de Dios, la Palabra y la Virtud —, lo que de ella nace es el Hijo de Dios. [8] Que esto es él, también en estos Evangelios él mismo lo testifica, ya desde niño: ¿No sabéis, dice, que me conviene estar en las cosas de mi Padre? Esto también lo sabe Satanás en las tentaciones: Si eres Hijo de Dios. Esto incluso los demonios confiesan desde entonces: Sabemos quién eres: el Hijo de Dios. Adora al Padre él mismo. Reconocido como Cristo de Dios por Pedro, no lo niega. Triunfando en espíritu ante el Padre: Te confieso, dice, Padre, que has escondido estas cosas a los sabios. [9] También aquí afirma que el Padre no es conocido por nadie sino por el Hijo; y que el Hijo confesará a sus confesores y negará a sus negadores ante el Padre, introduciendo la parábola del hijo — no del padre — enviado a la viña tras algunos siervos, muerto por los malos labradores y defendido por el padre; ignorando también él mismo el día y la hora última, conocidos sólo por el Padre; disponiendo el reino para los discípulos, como dice que le fue dispuesto a él por el Padre; teniendo poder de pedir legiones de ángeles como ayuda al Padre, si quisiera; clamando que Dios lo había desamparado; poniendo en manos del Padre el espíritu; y, tras la resurrección, prometiendo que enviaría a los discípulos la promesa del Padre; y, finalmente, mandando que bautizaran en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo, no en uno solo. Pues no una sola vez, sino tres, en cada nombre, en cada persona, somos bautizados.

    Capítulo 27

    Cap. 27

    [1] ¿Y a qué detenerme en cosas tan manifiestas, cuando debo abordar aquellas con que pretenden oscurecer lo manifiesto? Pues, acosados por todas partes por la distinción del Padre y del Hijo — la cual, permaneciendo la conjunción, disponemos como la del sol y el rayo, y de la fuente y el río —, por medio del número individuo de dos y tres, intentan sin embargo interpretarla de otro modo según su sentencia, de modo que igualmente distingan en una sola persona al uno y al otro, Padre e Hijo, diciendo que el Hijo es la carne, esto es, el hombre, esto es, Jesús; y el Padre, en cambio, el espíritu, esto es, Dios, esto es, Cristo. [2] Y los que sostienen que uno y el mismo son el Padre y el Hijo, ya empiezan más bien a dividirlos que a unirlos. Pues si uno es Jesús, otro Cristo; uno será el Hijo, otro el Padre, porque el Hijo es Jesús y el Padre es Cristo. Tal monarquía quizá la aprendieron en casa de Valentín, que hace dos: Jesús y Cristo. [3] Pero también esta insinuación suya ya ha sido refutada por lo tratado antes: que fue llamado el que ellos hacen Padre "Palabra de Dios" o "Espíritu de Dios" y "Virtud del Altísimo". Pues no son ellos mismos aquello de lo que se dicen, sino que proceden de él y son suyos. [4] Y sin embargo, de otro modo serán refutados en este capítulo. He aquí, dicen; por el ángel fue predicado: Por lo cual lo que nacerá será santo, será llamado Hijo de Dios. Luego la carne nació; luego la carne será el Hijo de Dios. ¡Al contrario! Del Espíritu de Dios está dicho. [5] Ciertamente, pues, del Espíritu Santo concibió la Virgen; y lo que concibió, lo parió. Luego lo que había de nacer era lo que había sido concebido y parido: esto es, el Espíritu, cuyo nombre será llamado también Emmanuel, que es interpretado: Dios con nosotros. Mas la carne no es Dios, como para que de ella se haya dicho: "Será llamado santo, Hijo de Dios"; sino aquel que nació en ella es Dios, de quien también el salmo: Porque Dios hombre ha nacido en ella y la ha edificado por voluntad del Padre. [6] ¿Qué Dios nació en ella? La Palabra y el Espíritu que con la Palabra nació de la voluntad del Padre. Luego la Palabra en la carne; pero también sobre esto debe investigarse cómo la Palabra se hizo carne: si como transfigurada en carne, o como revestida de carne. Mejor, revestida. Pues es necesario creer que Dios es inmutable e intransformable, como eterno. [7] La transfiguración, en cambio, es aniquilación de lo primero; pues todo lo que es transfigurado en otra cosa, deja de ser lo que era y empieza a ser lo que no era. Pero Dios ni deja de ser ni puede ser otra cosa. Y la Palabra es Dios, y la Palabra del Señor permanece por el siglo, perseverando, sin duda, en su propia forma. Si no admite ser transfigurado, es consiguiente que se entienda que se hizo carne del siguiente modo: mientras se hace en la carne, y se manifiesta, y es visto, y es palpado por medio de la carne; porque también lo demás exige ser entendido así. [8] Pues si la Palabra, por transfiguración y cambio de sustancia, se hizo carne, ya será una sola sustancia Jesús, de dos: de carne y de espíritu, una especie de mezcla, como el electro de oro y plata, y empieza a no ser ni oro — esto es, espíritu —, ni plata — esto es, carne —, mientras el uno es cambiado en el otro y se produce algo intermedio. [9] Entonces Jesús no será Dios; pues la Palabra, que se hizo carne, dejó de ser; ni será hombre, carne; pues la carne no es propiamente carne, porque fue Palabra. Así, de ambos no es ninguno: algo muy distinto, intermedio, es, que ninguno de los dos. [10] Pero hallamos que él fue presentado directa y expresamente como Dios y hombre, según lo sugiere este mismo salmo: Porque Dios hombre ha nacido en ella y la ha edificado por voluntad del Padre. Ciertamente, en todas partes es llamado Hijo de Dios e Hijo del hombre, como Dios y hombre sin duda, distante en su propiedad según una y otra sustancia; porque ni la Palabra es otra cosa que Dios, ni la carne otra cosa que hombre. [11] Así también el Apóstol enseña acerca de una y otra sustancia suya: El que fue hecho, dice, del linaje de David — éste será hombre e Hijo del hombre; el que fue definido Hijo de Dios según el Espíritu — éste será Dios, y la Palabra de Dios, Hijo. Vemos un doble estado, no confuso sino conjunto, en una sola persona, Dios y hombre Jesús; y acerca de Cristo difiero. Y tan a salvo está la propiedad de cada sustancia, que el Espíritu obró sus propias cosas en él: poderes, obras y señales; y la carne desempeñó sus pasiones propias: teniendo hambre bajo el diablo, sed bajo la Samaritana, llorando a Lázaro, angustiado hasta la muerte, finalmente también murió. [12] Si fuese algo intermedio producto de la confusión de ambos, como el electro, no se producirían documentos tan distintos de una y otra sustancia; sino que tanto el espíritu habría ejecutado cosas carnales como la carne cosas espirituales, a consecuencia de la traducción; o ni carnales ni espirituales, sino de una tercera forma, por la confusión. [13] Más aún: o la Palabra habría muerto, o la carne no habría muerto, si la Palabra se hubiera convertido en carne; pues la carne habría sido inmortal, o la Palabra mortal. Mas como ambas sustancias obraban cada una distintamente en su estado, por eso les sobrevinieron sus obras y sus respectivos desenlaces. [14] Aprende, pues, con Nicodemo que lo que ha nacido de la carne, carne es; y lo que del espíritu, espíritu es. Ni la carne se hace espíritu, ni el espíritu carne; en uno pueden ciertamente estar. De éstos consta Jesús: de carne, hombre; de espíritu, Dios. A éste entonces el ángel, por aquella parte por la que era espíritu, lo proclamó Hijo de Dios, reservando a la carne ser llamada Hijo del hombre. [15] Así también el Apóstol, llamándolo mediador de Dios y de los hombres, confirmó la dualidad de sustancias. Finalmente: tú que interpretas al Hijo de Dios como carne, presenta quién es el Hijo del hombre; ¿o acaso será espíritu? Pero quieres que el espíritu sea tenido por el Padre mismo, porque Dios es espíritu; como si también el Espíritu de Dios no fuera también Dios, y la Palabra Dios, y la Palabra de Dios.
    Comentario editorial · Dos sustancias en una persona
    Tertuliano rechaza que «la Palabra se hizo carne» signifique que se transformó en carne: sería una mezcla, «como el electro de oro y plata», y Jesús no sería ni Dios ni hombre (27, 8–9). Prefiere decir que estaba «revestida» de carne y concluye: «Vemos un doble estado, no confuso sino conjunto, en una sola persona, Dios y hombre Jesús» (27, 11), con las obras de cada sustancia a salvo: poderes y señales del Espíritu; hambre, sed, lágrimas y muerte de la carne. La Catholic Encyclopedia resume que Tertuliano habla, como la mayoría de los latinos, de «dos sustancias en una persona» y que así condena por anticipado el nestorianismo, el monofisismo y el monotelismo; es un juicio de Chapman, no del texto. Según Tertuliano, quienes defendían a Práxeas repartían Hijo y Padre entre la carne y el espíritu de un mismo Jesús (27, 1).

    Capítulo 28

    Cap. 28

    [1] Así, pues, haces Cristo al Padre, ¡oh el más necio!, tú que ni siquiera examinas la fuerza de este nombre, si es que Cristo es un nombre y no más bien una apelación; pues significa "Ungido". "Ungido" no es más nombre que "vestido" o "calzado": una cosa que le acaece al nombre. ¿Acaso tú, si por algún argumento fuera llamado Jesús también "Vestido" — como Cristo por el sacramento de la unción —, dirías igualmente que Jesús es el Hijo de Dios, y tendrías por Padre al "Vestido"? [2] Ahora, sobre Cristo. Si el Padre es Cristo, el Padre es ungido, y sin duda por otro. O si por sí mismo, pruébalo. Pero no lo enseñan así los Hechos de los Apóstoles en aquella exclamación de la Iglesia a Dios: Se reunieron, en efecto, todos en esta ciudad contra tu santo Hijo, a quien ungiste; Herodes y Pilato con las naciones. [3] Así, testificaron que Jesús es el Hijo de Dios, y que el Hijo fue ungido por el Padre; luego Jesús mismo será el Cristo, que fue ungido por el Padre, no el Padre, que ungió al Hijo. [4] Así también Pedro: Sepa, pues, con toda firmeza toda la casa de Israel, que a este Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo hizo Señor y Cristo, esto es, Ungido. [5] Juan, por su parte, hasta nota de mentiroso al que hubiere negado que Jesús es el Cristo; en cambio, todo el que hubiere creído que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios. Por lo cual también exhorta a que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, para que tengamos comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. [6] Así también Pablo en todas partes pone a Dios Padre y a nuestro Señor Jesucristo: cuando escribe a los Romanos, da gracias a Dios por nuestro Señor Jesucristo; cuando a los Gálatas, se presenta como apóstol no de los hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y Dios Padre. [7] Y tienes en todo su instrumento declaraciones que de este modo pronuncian y proponen dos: Dios Padre y nuestro Señor Jesucristo, Hijo del Padre; y que Jesús mismo es el Cristo, en uno y otro nombre, el Hijo de Dios. [8] Pues de ahí, por ese derecho por el cual ambos nombres son de uno, esto es, del Hijo de Dios, también uno sin el otro pertenece al mismo; y ya sea puesto sólo "Jesús", se entiende también "Cristo", porque Jesús es el Ungido; ya sea solamente "Cristo", es el mismo Jesús, porque Jesús es el Ungido. De estos nombres, uno es propio, el que le fue impuesto por el ángel; el otro, accidente, el que le conviene por la unción; siempre, con todo, que Cristo sea el Hijo, no el Padre. [9] Finalmente, ¡cuán ciego está quien ni en el nombre de Cristo entiende que se anuncia otro Dios, si asigna el nombre de Cristo al Padre! Pues si Cristo es el Padre, y Dios dice: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios, sin duda muestra a otro Padre sobre sí y a otro Dios. Si también el Padre es Cristo, Otro es el que consolida el trueno y crea el espíritu y anuncia a los hombres su Cristo. [10] Y si Se alzaron los reyes de la tierra y los arcontes se congregaron en uno contra el Señor y contra su Cristo, Otro será el Señor contra cuyo Cristo se congregaron los reyes y los arcontes. [11] Y si Esto dice el Señor a mi Señor Cristo, Otro será el Señor que habla al Padre Cristo. [12] Y cuando el Apóstol escribe: Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo os dé espíritu de sabiduría y de conocimiento, Otro será el Dios de Cristo Jesús, dador de los carismas espirituales. [13] Ciertamente, para no divagar por todo, El que resucitó a Cristo, resucitará también nuestros cuerpos mortales; como si Otro será el resucitador que el Padre muerto y el Padre resucitado, si Cristo, que es el muerto, es el Padre.

    Capítulo 29

    Cap. 29

    [1] Enmudezca, enmudezca esa blasfemia. Bástenos que se diga que Cristo, el Hijo de Dios, murió, y esto porque así está escrito. Pues el Apóstol, no sin peso al pronunciar que Cristo murió, añade: según las Escrituras, para suavizar la dureza del anuncio con la autoridad de las Escrituras y apartar el escándalo del oyente. [2] Aunque se reconozcan dos sustancias en Cristo Jesús, la divina y la humana, y conste que la divina es inmortal, y mortal la que es humana, aparece hasta qué punto dice que él murió, esto es, en cuanto carne y hombre e Hijo del hombre, no en cuanto espíritu y Palabra e Hijo de Dios. Finalmente, al decir: Cristo murió — esto es, el Ungido —, muestra que murió aquello que fue ungido, esto es, la carne. [3] Luego, dices, también nosotros, diciendo con la misma razón que vosotros "Hijo", no blasfemamos contra el Señor Dios; pues decimos que murió no de la sustancia divina, sino de la humana. Mas blasfemáis, no sólo porque decís que el Padre murió, sino también porque fue crucificado. Pues por la maldición del crucificado, que según la ley conviene al Hijo — porque Cristo fue hecho maldición por nosotros, no el Padre —, al convertir a Cristo en Padre, blasfemáis contra el Padre. [4] Nosotros, en cambio, al decir que Cristo fue crucificado, no lo maldecimos, sino que referimos la maldición de la ley; porque ni el Apóstol blasfemó al decir esto. Y así como lo que uno puede admitir ser dicho se dice sin blasfemia, así lo que no admite es blasfemia si se dice. [5] Luego, tampoco el Padre compadeció con el Hijo. Ciertamente, temiendo la blasfemia directa contra el Padre, esperan disminuirla de este modo, concediendo que ya el Padre y el Hijo son dos, si ciertamente el Hijo padece así y el Padre compadece. ¡Necios también en esto! Pues ¿qué es compadecer sino padecer con otro? Ahora bien; si el Padre es impasible, es también incomparable; o si es comparable, es pasible. Nada le otorgas con ese temor tuyo. [6] Temes llamar pasible a aquel a quien llamas compatible. Mas tan incomparable es el Padre como también impasible es el Hijo por aquella condición por la que es Dios. Pero ¿cómo padeció el Hijo si no compadeció el Padre? Se separa del Hijo, no de Dios. Pues también si un río se contamina con alguna turbiedad, aunque una sola sustancia fluya de la fuente y no se separe de la fuente, sin embargo la injuria del río no pertenecerá a la fuente; y aunque sea agua de la fuente la que padece en el río, mientras no padece en la fuente sino en el río, no padece la fuente, sino el río que es de la fuente. [7] Así, ¿y el Espíritu de Dios? ¿Quién puede padecer en el Hijo? Porque no padecía en el Padre, sino en el Hijo, ¿no parecería que el Padre padeció? Pero basta que el Espíritu de Dios no padeció nada en su propio nombre; porque si algo padeció en el Hijo, ciertamente era posible que el Padre padeciera con el Hijo en la carne. Mas esto es lo que se discute, y nadie lo negará; ya que ni nosotros podemos padecer por Dios si no está en nosotros el Espíritu de Dios, que también habla de nosotros las cosas de la confesión, no padeciendo él mismo, sin embargo, sino otorgando el poder padecer.
    Comentario editorial · «Compadecer» no es salida
    Los partidarios de Práxeas intentaban suavizar el cargo: el Padre no habría padecido, sino «compadecido» con el Hijo. Tertuliano responde que compadecer es padecer con otro y que, si el Padre es impasible, también es «incompasible» (29, 5–6). Según Wikipedia, los monarquianos no enseñaban que el Padre muriera en la cruz, aunque se les acusaba de ello; la Catholic Encyclopedia añade que, según Hipólito, Calisto decía que el Padre sufrió con el Hijo, y que Tertuliano lo dice de los monarquianos a quienes ataca. Su respuesta es otra: el Hijo murió «en cuanto carne y hombre», no «en cuanto espíritu y Palabra» (29, 2), y si el río se enturbia, la fuente no se enturbia (29, 6). El artículo sobre los unicitarios sigue el debate.

    Capítulo 30

    Cap. 30

    [1] Por lo demás, si prosigues más allá, podré responderte con más dureza y enfrentarte con declaración del mismo Señor, para decirte: ¿Qué preguntas sobre esto? Lo tienes clamando en la pasión: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Luego, o el Hijo padecía desamparado por el Padre, y el Padre, que desamparó al Hijo, no padeció; o, si era el Padre el que padecía, ¿a qué Dios clamaba? [2] Pero esta voz es de la carne y del alma, esto es, del hombre, no de la Palabra ni del Espíritu, esto es, no de Dios; fue emitida para mostrar impasible a Dios, que así desamparó al Hijo mientras entregaba su hombre a la muerte. [3] Esto sintió el Apóstol escribiendo: Si el Padre no perdonó al Hijo. Esto anunció antes Isaías: Y el Señor lo entregó por nuestros delitos. Así lo desamparó, no perdonándolo; así lo desamparó, entregándolo. [4] Por lo demás, no lo desamparó el Padre en cuyas manos el Hijo puso su espíritu. Finalmente, lo puso, y al instante expiró; pues, permaneciendo el espíritu en la carne, la carne de ningún modo puede morir. Así, ser desamparado por el Padre fue para el Hijo morir. Luego el Hijo muere y es resucitado por el Padre según las Escrituras. El Hijo subió a las regiones superiores de los cielos, el que también descendió a las partes inferiores de la tierra. [5] Éste está sentado a la diestra del Padre, no el Padre a la suya. A éste ve Esteban, cuando es lapidado, aún en pie a la diestra de Dios, para sentarse después hasta que el Padre ponga todos los enemigos bajo sus pies. Éste ha de venir de nuevo sobre las nubes del cielo, tal cual también ascendió. Éste, entretanto, derramó el don recibido del Padre: el Espíritu Santo, tercer nombre de la divinidad y tercer grado de majestad, predicador de la única monarquía, pero también intérprete de la economía — si alguno admite las palabras de su nueva profecía —, y guía de toda verdad que está en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo, según el sacramento cristiano.

    Capítulo 31

    Cap. 31

    [1] Por lo demás, cosa de fe judaica es ésta: creer en un solo Dios de modo que no quieras incluir en su número al Hijo ni, después del Hijo, al Espíritu. ¿Qué habrá, en efecto, entre nosotros y ellos, sino esta diferencia? ¿Qué obra del Evangelio, qué sustancia del Nuevo Testamento — que establece la ley y los profetas hasta Juan —, si desde entonces el Padre, el Hijo y el Espíritu, creídos como tres, no constituyen un solo Dios? [2] Así quiso Dios renovar el sacramento: que de un modo nuevo se creyera en uno solo por el Hijo y el Espíritu, para que abiertamente ya se conociera a Dios en sus propios nombres y personas — a quien antes, predicado por el Hijo y el Espíritu, no se entendía. [3] Así pues, miren los anticristos, que niegan al Padre y al Hijo; pues niegan al Padre cuando dicen que el mismo es el Hijo, y niegan al Hijo cuando creen que el mismo es el Padre, dándoles lo que no son, quitándoles lo que son. Mas quien confiese que Cristo es el Hijo de Dios, y no el Padre, Dios permanece en él y él en Dios. Nosotros creemos en el testimonio de Dios, con que dio testimonio acerca de su Hijo: Quien no tiene al Hijo, no tiene la vida. Mas no tiene al Hijo aquel que lo cree otra cosa que Hijo.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el tratado

    Tertuliano no discute la unidad de Dios, que Práxeas defendía: discute lo que Práxeas saca de ella. Su respuesta tiene tres piezas que reaparecen en la tradición posterior: una unidad de sustancia, estado y potestad que se «administra» en tres «grados» (Cap. 2–4); una distinción de personas que se hace «para distinción, no para división» (Cap. 12); y una cristología de dos sustancias en una sola persona (Cap. 27). La Catholic Encyclopedia dice que Tertuliano «tiene la fórmula verdadera» de la Trinidad, tres personas y una sustancia, y que la desarrolla en este tratado; Wikipedia recuerda que las ideas trinitarias de Novaciano están muy influidas por él, y The Tertullian Project lista una tesis de 1918 sobre la relación entre De Trinitate y este tratado. El artículo sobre el homoousios recoge la propuesta (de Zahn y de Harnack) de que el unius substantiae de Tertuliano esté detrás de la palabra griega de Nicea.
    Lo que Tertuliano dice del Hijo no es todavía lo de Nicea: escribe que el Padre «es toda la sustancia» y el Hijo, «porción» del todo (Cap. 9), y data el «nacimiento perfecto» de la Palabra en la creación (Cap. 7). Los historiadores discrepan sobre cómo leerlo: el ANF recoge que Bull lo defendía como ortodoxo y que Kaye admitía expresiones que los ortodoxos posteriores evitaron. El subordinacionismo y la generación eterna cuentan el resto, y el caso de Noeto, tratado por Hipólito, es una respuesta contemporánea al mismo problema.
    De Práxeas hay un límite que no hay de Tertuliano: se lo conoce solo por su adversario. Chapman, en la Catholic Encyclopedia, juzga que hay poco motivo para ver en él a un heresiarca y que quizá solo usó en Cartago expresiones cuasimonarquianas y luego las revisó; es una conjetura. Hagemann lo identificaba con Calisto, razones que la misma enciclopedia llama «ingeniosas, aunque apenas convincentes».
    Límites. El epub no declara la edición latina; se identificó por cotejo con The Tertullian Project. La fecha del tratado es discutida (véase la ficha). Lo que se dice de Práxeas, del obispo de Roma y de la ruptura de Tertuliano con los «psíquicos» procede de las fuentes que se citan en cada nota y, cuando difieren, se dice cuál afirma qué. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase; se cotejó con el latín y con la versión inglesa por capítulos y en los pasajes que citan las notas. Los defectos señalados (el griego en transcripción de teclado, el comienzo del Cap. 17, «incomparable» por «incompasible» en el Cap. 29 y dos frases de 1, 6) se conservan.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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