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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minContra Noeto
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minContra Noeto
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minContra Noeto
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 5 minLo que dejó el tratado

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    TEXTOS — HIPÓLITO DE ROMA

    Índice de la obra

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    Hipólito de Roma

    Contra la herejía de Noeto

    Texto base: versión inglesa de S. D. F. Salmond, Ante-Nicene Fathers, vol. 5 (Buffalo, 1886), «Against the Heresy of One Noetus» · dieciocho capítulos

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del ANF; no del griego, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 39 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Cómo se afirma que Dios es uno sin hacer del Hijo un simple nombre del Padre? Según este tratado, un presbítero de Esmirna llamado Noeto lo resolvió diciendo que Cristo era el Padre mismo, que el Padre había nacido, padecido y muerto. Los presbíteros que lo examinaron —cuenta el autor— le respondieron que ellos también creían en un solo Dios, pero sabían que el Hijo había padecido «así como Él padeció», y lo expulsaron de la Iglesia (Cap. 1). El resto del escrito, dieciocho capítulos, refuta a quienes lo siguen: primero con los textos que usan (Cap. 2–9), luego con una exposición del Verbo, «luz de luz», que no es otro dios sino «otro» junto al Padre (Cap. 10–18).

    Ficha de la obra

    AutorHipólito de Roma, según la edición de base. Quién fue Hipólito y qué obras son suyas es materia discutida (Wikipedia: su procedencia, identidad y corpus «siguen siendo esquivos»); esta edición no examina la atribución
    TítuloContra la herejía de Noeto (el epub lo titula «Contra Noeto»; en inglés, Against the Heresy of One Noetus en el ANF y Against Noetus en New Advent)
    FechaLa edición no la da. Hipólito vivió, según Wikipedia, hacia 165–235; el aviso introductorio del ANF dice 170–236
    GéneroEscrito polémico dirigido a «hermanos» (Cap. 3, 9, 14), que refuta una doctrina con la Escritura y la expone después
    ExtensiónDieciocho capítulos, unas 6 000 palabras
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del griego
    FuenteAnte-Nicene Fathers, vol. 5, tal como la recoge New Advent
    El recorrido es el de la obra. El Cap. 1 cuenta quién fue Noeto y cómo fue expulsado; los Cap. 2 a 7 exponen los textos con que sus seguidores defienden su doctrina —, , , un pasaje de Baruc, y — y Hipólito los contesta uno a uno, añadiendo (Cap. 6); el 8 resume y el 9 declara que de Dios solo se aprende en las Escrituras; los Cap. 10 a 13 cuentan cómo el Verbo sale del Padre y se manifiesta; los 14 y 15 muestran en Juan y en el Apocalipsis que «Verbo» no es una figura retórica, y los 16 a 18 que el Verbo bajó y padeció sin que el Padre padeciera. El mismo debate, con los mismos textos, es el de los unicitarios; Tertuliano trató la misma disputa en Contra Práxeas, y Novaciano escribió Sobre la Trinidad. Para la fórmula que a la larga lo cerró, véanse el credo niceno-constantinopolitano y el subordinacionismo.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que se imprimió en el volumen 5 de las Ante-Nicene Fathers (ANF), la edición estadounidense de la Ante-Nicene Christian Library de Edimburgo: Fathers of the Third Century: Hippolytus, Cyprian, Caius, Novatian, Appendix, editado por Alexander Roberts, James Donaldson y A. Cleveland Coxe y publicado en Buffalo en 1886 por la Christian Literature Publishing Co. (New Advent; CCEL). Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico.
    La autoría de la versión inglesa no es unánime. En CCEL, la sección «The Extant Works and Fragments of Hippolytus», que contiene este tratado, lleva el encabezado «Translated by the Rev. S. D. F. Salmond»; New Advent, en cambio, pone en su pie de página a J. H. MacMahon, que es quien tradujo la Refutación de todas las herejías del mismo volumen. Esta edición sigue a CCEL y avisa de la discrepancia. El ANF remite a la edición de Gallandi en la cabecera de la obra («Gallandi, p. 454») sin precisar más. La traducción castellana la hizo un programa (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro) a partir de ese inglés; no se atribuye a ningún traductor humano.
    Lo que viene de la edición. La numeración en dieciocho capítulos procede del ANF; no es de Hipólito. El epub omite las referencias bíblicas entre corchetes y las notas con que el ANF acompaña el texto (comparaciones con Teodoreto, Epifanio y Filastrio, el griego de algunas frases, observaciones de los editores); algunas pasan, resumidas y con su fuente, a las notas de este libro. Las citas bíblicas se conservan tal como llegan, sin referencias en el texto: son las que el traductor inglés dio a lo que Hipólito leía, normalmente en la Biblia griega, y pueden no coincidir con la Biblia del lector. Una cita de Baruc, libro que no está en la Biblia protestante, se explica en una nota.

    Contra Noeto

    Cap. 1

    1. Otros hay que secretamente introducen otra doctrina, los cuales se han hecho discípulos de un tal Noeto, natural de Esmirna, que vivió no hace mucho tiempo. Este hombre estaba muy henchido e inflado de soberbia, inspirado por el engreimiento de un espíritu extraño. Alegaba que Cristo era el Padre mismo, y que el Padre mismo nació, padeció y murió. Ved qué soberbia de corazón y qué extraño espíritu de hinchazón se habían insinuado en él. De sus demás acciones, pues, ya se nos ha dado prueba de que no hablaba con espíritu puro; porque el que blasfema contra el Espíritu Santo es arrojado de la santa herencia. Alegaba que él mismo era Moisés, y que Aarón era su hermano. Cuando los bienaventurados presbíteros oyeron esto, lo convocaron ante la Iglesia y lo examinaron. Pero él negó al principio que sostenía tales opiniones. Sin embargo, después, refugiándose entre algunos y habiendo reunido en torno suyo a otros que habían abrazado el mismo error, quiso desde entonces defender abiertamente su dogma como correcto. Y los bienaventurados presbíteros lo llamaron de nuevo ante ellos y lo examinaron. Pero él se les opuso, diciendo: «¿Qué mal, pues, hago yo al glorificar a Cristo?» Y los presbíteros le respondieron: «También nosotros conocemos en verdad a un solo Dios; conocemos a Cristo; sabemos que el Hijo padeció así como Él padeció, y murió así como Él murió, y resucitó al tercer día, y está a la diestra del Padre, y viene a juzgar a los vivos y a los muertos; y estas cosas que hemos aprendido, las sostenemos.» Luego, después de examinarlo, lo expulsaron de la Iglesia. Y llegó a tal grado de soberbia, que fundó una escuela.
    Comentario editorial · Noeto: Esmirna o Éfeso, y cuándo
    El tratado dice que Noeto era natural de Esmirna y que «vivió no hace mucho tiempo», sin dar fechas. Las notas de la edición inglesa, tomadas de Fabricius, aportan otros testigos: Teodoreto y Damasceno también lo hacen de Esmirna, pero Epifanio lo llama asiático «de la ciudad de Éfeso»; Epifanio dice que su herejía apareció unos 130 años antes de escribir, y como lo hizo en 375, la nota calcula hacia 245. Filastrio añade que Noeto se tenía por Moisés y su hermano por Elías, no por Aarón. Wikipedia, que sigue la Encyclopædia Britannica de 1911, lo sitúa hacia 230 y recuerda que sus opiniones se conocen sobre todo por Hipólito: la Catholic Encyclopedia admite que es fácil suponer que Tertuliano e Hipólito tergiversaron las de sus adversarios.

    Cap. 2

    2. Ahora buscan presentar el fundamento de su dogma citando la palabra de la ley: «Yo soy el Dios de vuestros padres; no tendréis otros dioses junto a mí»; y de nuevo en otro pasaje: «Yo soy el primero», dice, «y el último; y fuera de mí no hay otro.» Así dicen que prueban que Dios es uno. Y luego responden de esta manera: «Si, pues, reconozco que Cristo es Dios, Él es el Padre mismo, si en verdad es Dios; y Cristo padeció, siendo Él mismo Dios; y en consecuencia el Padre padeció, pues Él era el Padre mismo.» Pero el caso no es así; porque las Escrituras no presentan la cuestión de esta manera. Pero se sirven también de otros testimonios, y dicen: Así está escrito: «Este es nuestro Dios, y no será contado otro alguno delante de Él. Él ha hallado todo el camino del conocimiento, y lo ha dado a Jacob su siervo (hijo), y a Israel su amado. Después se mostró sobre la tierra, y conversó con los hombres.» Ya ves, pues —dice—, que este es Dios, el único, que después se mostró y conversó con los hombres. Y en otro lugar dice: «Egipto ha trabajado, y el comercio de Etiopía y de los sabeos, hombres de gran estatura, pasarán a ti (y serán esclavos tuyos); y vendrán en pos de ti atados con grillos, y se postrarán ante ti, porque Dios está en ti; y te suplicarán; y no hay Dios fuera de ti. Porque tú eres Dios, y no lo conocíamos; Dios de Israel, Salvador.» ¿Ves —dice— cómo las Escrituras proclaman un solo Dios? Y como esto se muestra claramente, y estos pasajes son testimonios de ello, me veo en la necesidad —dice—, ya que se reconoce a uno solo, de hacer a ese Uno sujeto de padecimiento. Porque Cristo era Dios, y padeció por nosotros, siendo Él mismo el Padre, para que pudiera también salvarnos. Y no podemos expresarnos de otra manera —dice—; porque también el apóstol reconoce un solo Dios, cuando dice: «De los cuales son los padres, (y) de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es sobre todos, Dios bendito para siempre.»
    Comentario editorial · Una cita de Baruc, presentada como Escritura
    El tratado introduce con «Así está escrito» el pasaje «Este es nuestro Dios, y no será contado otro alguno delante de Él…», y en el Cap. 5 Hipólito lo comenta sin poner en duda su autoridad. La edición inglesa lo identifica como . Baruc es un libro deuterocanónico: según Wikipedia, la Iglesia católica y las ortodoxas lo cuentan en el Antiguo Testamento, mientras que el judaísmo y las Biblias protestantes no lo incluyen en su canon, y estas últimas lo colocan entre los apócrifos. Lo que sí muestra el texto es que ambos bandos discuten con él como con una Escritura; qué peso canónico tuviera para cada uno no lo dice.

    Cap. 3

    3. De esta manera, pues, eligen exponer estas cosas, y se sirven únicamente de una sola clase de pasajes; de la misma manera parcial que empleó Teodoto cuando procuraba probar que Cristo era un mero hombre. Pero ni uno ni otro partido han entendido rectamente la cuestión, como las mismas Escrituras refutan su insensatez y atestiguan la verdad. Mirad, hermanos, qué dogma temerario y audaz han introducido, cuando dicen sin sonrojo: el Padre es Cristo Él mismo, es el Hijo Él mismo; Él mismo nació, Él mismo padeció, Él mismo se resucitó. Pero no es así. Las Escrituras dicen lo que es recto; pero Noeto es de otro parecer. Sin embargo, aunque Noeto no entiende la verdad, no por eso hay que repudiar en seguida las Escrituras. Pues ¿quién no dirá que hay un solo Dios? Mas no por eso negará la economía (es decir, el número y la disposición de las personas en la Trinidad). La manera propia, pues, de tratar la cuestión es ante todo refutar la interpretación que estos hombres dan a esos pasajes, y luego explicar su verdadero sentido. Porque es recto, en primer lugar, exponer la verdad de que el Padre es un solo Dios, «de quien es toda familia», «por quien son todas las cosas, de quien son todas las cosas, y nosotros en Él».

    Cap. 4

    4. Veamos, como dije, cómo queda refutado, y luego expongamos la verdad. Ahora cita las palabras: «Egipto ha trabajado, y el comercio de Etiopía y de los sabeos», y así hasta las palabras: «Porque tú eres el Dios de Israel, el Salvador». Y cita estas palabras sin entender lo que las precede. Porque siempre que quieren intentar algo solapado, mutilan las Escrituras. Pero que cite el pasaje entero, y descubrirá la razón que se tuvo en cuenta al escribirlo. Pues tenemos el comienzo de la sección un poco más arriba; y debemos, por supuesto, comenzar allí para mostrar a quién y acerca de quién habla el pasaje. Porque más arriba, el comienzo de la sección dice así: «Preguntadme acerca de mis hijos y de mis hijas, y acerca de la obra de mis manos, mandadme. Yo he hecho la tierra, y al hombre sobre ella; yo con mi mano he establecido el cielo; yo he mandado a todas las estrellas. Lo he levantado a él, y todos sus caminos son rectos. Él edificará mi ciudad, y hará volver la cautividad; no por precio ni recompensa, dice el Señor de los ejércitos. Así dice el Señor de los ejércitos: Egipto ha trabajado, y el comercio de Etiopía y de los sabeos, hombres de gran estatura, pasarán a ti, y serán esclavos tuyos; y vendrán en pos de ti atados con grillos, y se postrarán ante ti; y te suplicarán, porque Dios está en ti; y no hay Dios fuera de ti. Porque tú eres Dios, y no lo conocíamos; el Dios de Israel, el Salvador», «En ti, por tanto», dice, «está Dios». Pero ¿en quién está Dios sino en Cristo Jesús, el Verbo del Padre y el misterio de la economía? Y de nuevo, mostrando la verdad acerca de Él, señala el hecho de que Él estaba en la carne cuando dice: «Lo he levantado en justicia, y todos sus caminos son rectos». Porque ¿qué es esto? ¿De quién testifica así el Padre? Es del Hijo de quien dice el Padre: «Lo he levantado en justicia». Y que el Padre en verdad levantó a su Hijo en justicia, lo atestigua el apóstol Pablo, diciendo: «Pero si el Espíritu de Aquel que levantó de los muertos a Cristo Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros». He aquí que la palabra dicha por el profeta se cumple así: «Lo he levantado en justicia». Y al decir: «Dios está en ti», se refería al misterio de la economía, porque cuando el Verbo se hizo carne y se hizo hombre, el Padre estaba en el Hijo, y el Hijo en el Padre, mientras el Hijo vivía entre los hombres. Esto, pues, era lo significado, hermanos: que en realidad el misterio de la economía por el Espíritu Santo y la Virgen era este Verbo, que constituye un solo Hijo para Dios. Y no lo digo yo sencillamente, sino que Él mismo lo atestigua, el que descendió del cielo; pues habla así: «Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo». ¿Qué puede buscar, pues, fuera de lo que así está escrito? ¿Dirá, por ventura, que la carne estaba en el cielo? Pero la carne que hubo en el cielo es la que el Verbo del Padre ofreció como oblación —la que vino del Espíritu y de la Virgen, y fue demostrada ser el Hijo perfecto de Dios—. Es evidente, por tanto, que Él se ofreció a sí mismo al Padre. Y antes de esto no había carne en el cielo. ¿Quién, entonces, estaba en el cielo sino el Verbo no encarnado, que fue enviado para mostrar que Él estaba sobre la tierra y estaba también en el cielo? Porque Él era Verbo, era Espíritu, era Poder. El mismo tomó para sí el nombre común y corriente entre los hombres, y fue llamado desde el principio Hijo del hombre por causa de lo que había de ser, aunque todavía no era hombre, como Daniel testifica cuando dice: «Vi, y he aquí uno semejante al Hijo del hombre que venía sobre las nubes del cielo». Con razón, pues, dijo que el que estaba en el cielo fue llamado desde el principio con este nombre, el Verbo de Dios, como siendo aquel desde el principio.

    Cap. 5

    5. Pero ¿qué significa —dice— el otro pasaje: «Este es Dios, y no será contado otro alguno delante de Él»? Eso lo dijo rectamente. Porque en comparación del Padre, ¿quién será contado? Pero dice: «Este es nuestro Dios; no será contado otro alguno delante de Él. Él ha hallado todo el camino del conocimiento, y lo ha dado a Jacob su siervo, y a Israel su amado.» Dice bien. Porque ¿quién es Jacob su siervo, Israel su amado, sino Aquel de quien Él clama, diciendo: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a Él oíd»? Habiendo recibido, pues, todo conocimiento del Padre, el Israel perfecto, el verdadero Jacob, después se mostró sobre la tierra y conversó con los hombres. Y ¿quién, de nuevo, es designado por Israel sino un hombre que ve a Dios? Y no hay nadie que vea a Dios sino solo el Hijo, el hombre perfecto que solo declara la voluntad del Padre. Porque también Juan dice: «Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, Él lo ha dado a conocer». Y de nuevo: «El que descendió del cielo testifica lo que ha oído y visto». Este, pues, es Aquel a quien el Padre ha dado todo conocimiento, el cual se mostró sobre la tierra y conversó con los hombres.

    Cap. 6

    6. Veamos ahora la palabra del apóstol: «De los cuales son los padres, de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es sobre todos, Dios bendito para siempre». Esta palabra declara el misterio de la verdad recta y claramente. El que es sobre todos es Dios; pues así habla con valentía: «Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre». El que es sobre todos, Dios bendito, ha nacido; y habiéndose hecho hombre, es (todavía) Dios para siempre. Pues a este efecto también Juan ha dicho: «El que es y el que era y el que ha de venir, el Todopoderoso». Y bien ha llamado a Cristo el Todopoderoso. Porque en esto no ha dicho sino lo que Cristo testifica de sí mismo. Pues Cristo dio este testimonio, y dijo: «Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre»; y Cristo gobierna todas las cosas, y ha sido constituido Todopoderoso por el Padre. Y de manera semejante Pablo también, al exponer la verdad de que todas las cosas le fueron entregadas, dijo: «Cristo, las primicias; después los que son de Cristo, en su venida. Luego viene el fin, cuando haya entregado el reino a Dios, es decir, al Padre; cuando haya suprimido todo principado, y toda autoridad, y poder. Porque es necesario que Él reine, hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. El último enemigo que será destruido es la muerte. Porque todas las cosas están sujetas a Él. Pero cuando dice: Todas las cosas están sujetas a Él, es manifiesto que se exceptúa a Aquel que le sujetó todas las cosas. Entonces también el Hijo mismo se sujetará a Aquel que le sujetó todas las cosas, para que Dios sea todo en todos.» Si, por tanto, todas las cosas están sujetas a Él, con excepción de Aquel que se las sujetó, Él es Señor de todo, y el Padre es Señor de Él, para que en todo se manifieste un solo Dios, a quien todas las cosas son hechas sujetas juntamente con Cristo, a quien el Padre ha hecho sujetas todas las cosas, con excepción de sí mismo. Y esto, en verdad, lo dice Cristo mismo, como cuando en el Evangelio confesó que Él era su Padre y su Dios. Pues habla así: «Voy a mi Padre y a vuestro Padre, y a mi Dios y a vuestro Dios». Si, pues, Noeto se atreve a decir que Él es el Padre mismo, ¿a qué padre dirá que Cristo se va según la palabra del Evangelio? Pero si quiere que abandonemos el Evangelio y demos crédito a su insensatez, en vano se afana; porque «es menester obedecer a Dios antes que a los hombres».

    Cap. 7

    7. Si, de nuevo, alega su propia palabra cuando dijo: «Yo y el Padre somos uno», que atienda al hecho y entienda que no dijo: «Yo y el Padre soy uno, sino somos uno.» Porque la palabra somos no se dice de una sola persona, sino que se refiere a dos personas y a un solo poder. Él mismo lo ha aclarado, cuando habló a su Padre acerca de los discípulos: «La gloria que me diste, yo les he dado; para que sean uno, así como nosotros somos uno: yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfeccionados en uno; para que el mundo conozca que tú me has enviado.» ¿Qué tienen que decir los noetianos a estas cosas? ¿Son todos un solo cuerpo en cuanto a la sustancia, o es que llegamos a ser uno en el poder y la disposición de una unidad de mente? Del mismo modo, el Hijo, que fue enviado y no fue conocido por los que están en el mundo, confesó que Él estaba en el Padre en poder y disposición. Porque el Hijo es la única mente del Padre. Nosotros, que tenemos la mente del Padre, así creemos (en Él); pero los que no la tienen han negado al Hijo. Y si, de nuevo, quieren alegar el hecho de que Felipe preguntó acerca del Padre, diciendo: «Muéstranos al Padre, y nos basta», a quien el Señor respondió en estos términos: «¿Tanto tiempo he estado con vosotros, y aún no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?» y si quieren sostener que su dogma queda ratificado por este pasaje, como si Él se hubiera reconocido ser el Padre, sepan que es decididamente contra ellos, y que quedan refutados por esta misma palabra. Pues aunque Cristo había hablado de sí mismo, y se había mostrado entre todos como el Hijo, todavía no lo habían reconocido como tal, ni habían podido aprehender o contemplar su verdadero poder. Y Felipe, no habiendo podido recibir esto, en cuanto era posible verlo, pidió contemplar al Padre. A quien entonces el Señor dijo: «Felipe, ¿tanto tiempo he estado con vosotros, y aún no me has conocido? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.» Con lo cual quiere decir: Si me has visto, puedes conocer al Padre por mí. Porque mediante la imagen, que es semejante (al original), el Padre se da a conocer prontamente. Pero si no has conocido la imagen, que es el Hijo, ¿cómo buscas ver al Padre? Y que esto es así lo aclara el resto del capítulo, que significa que el Hijo que «ha sido manifestado fue enviado del Padre, y va al Padre».
    Comentario editorial · «Somos uno», no «soy uno»
    Contra el uso modalista de , Hipólito razona sobre el verbo: Cristo no dijo «Yo y el Padre soy uno», sino «somos uno», porque «somos» no se dice de una sola persona, sino que remite «a dos personas y a un solo poder». La edición inglesa pone aquí el griego: ἕν ἐσμεν, no ἕν εἰμι, el plural frente al singular de «ser». Apoya el argumento en , donde los discípulos han de ser «uno» como lo son el Padre y el Hijo, lo cual no puede querer decir que todos sean un solo cuerpo en sustancia, sino que son uno «en poder y disposición» de una misma mente. Los mismos versículos siguen en pie en la discusión con los unicitarios.

    Cap. 8

    8. Muchos otros pasajes, o más bien todos ellos, atestiguan la verdad. Por tanto, un hombre, aunque no quiera, se ve compelido a reconocer a Dios Padre Todopoderoso, y a Cristo Jesús el Hijo de Dios, quien, siendo Dios, se hizo hombre, a quien también el Padre sometió todas las cosas, exceptuado Él mismo, y al Espíritu Santo; y que estos, por tanto, son tres. Pero si desea aprender cómo se muestra aún que hay un solo Dios, sepa que su poder es uno. En cuanto al poder, pues, Dios es uno. Pero en cuanto a la economía hay una manifestación triple, como se probará después, cuando demos cuenta de la verdadera doctrina. En estas cosas, sin embargo, que así exponemos nosotros, estamos de acuerdo. Porque hay un solo Dios en quien debemos creer, pero ingénito, impasible, inmortal, que hace todas las cosas según su voluntad, del modo que quiere y cuando quiere. ¿Qué, pues, se atreverá a decir a estas cosas este Noeto, que nada sabe de la verdad? Y ahora, como Noeto ha sido refutado, volvámonos a la exposición de la verdad misma, a fin de establecer la verdad, contra la cual se han levantado todas estas grandes herejías sin poder decir nada a propósito.

    Cap. 9

    9. Hay, hermanos, un solo Dios, cuyo conocimiento adquirimos de las Sagradas Escrituras, y de ninguna otra fuente. Porque así como un hombre, si desea ser docto en la sabiduría de este mundo, hallará que no puede alcanzarla de otro modo que dominando los dogmas de los filósofos, así todos nosotros, que deseamos practicar la piedad, no podremos aprender su práctica de otro lugar que de los oráculos de Dios. Cualesquiera cosas, pues, que declaren las Sagradas Escrituras, a esas atendamos; y cualesquiera cosas que enseñen, esas aprendamos; y según quiere el Padre que creamos, creamos; y según quiere que el Hijo sea glorificado, glorifiquémosle; y según quiere que el Espíritu Santo sea dado, recibiámosle. No según nuestra propia voluntad, ni según nuestra propia mente, ni tampoco violentando las cosas dadas por Dios, sino así como Él ha elegido enseñarlas por las Sagradas Escrituras, así discernámoslas.

    Cap. 10

    10. Dios, subsistiendo solo, y no teniendo nada contemporáneo consigo mismo, determinó crear el mundo. Y concibiendo el mundo en la mente, y queriendo y profiriendo el Verbo, lo hizo; y al instante apareció, formado como le había placido. Para nosotros, pues, basta simplemente saber que nada hubo contemporáneo con Dios. Fuera de Él no había nada; pero Él, existiendo solo, existía, sin embargo, en pluralidad. Porque no estaba sin razón, ni sin sabiduría, ni sin poder, ni sin consejo. Y todas las cosas estaban en Él, y Él era el Todo. Cuando quiso, y como quiso, manifestó su Verbo en los tiempos determinados por Él, y por Él hizo todas las cosas. Cuando quiere, hace; y cuando piensa, ejecuta; y cuando habla, manifiesta; cuando forma, dispone en sabiduría. Pues todas las cosas que son hechas, las forma por razón y sabiduría —creándolas en razón, y ordenándolas en sabiduría—. Las hizo, pues, como quiso, porque era Dios. Y como Autor, co-Consejero y Artífice de las cosas que están en formación, engendró el Verbo; y como lleva consigo este Verbo, y eso, además, como (todavía) invisible para el mundo creado, lo hace visible; (y) profiriendo primero la voz, y engendrándolo como Luz de Luz, lo puso ante el mundo como su Señor, (y) su propia mente; y mientras antes era visible para sí mismo solo, e invisible para el mundo hecho, lo hace visible a fin de que el mundo lo vea en su manifestación, y sea capaz de ser salvo.

    Cap. 11

    11. Y así apareció otro junto a Él mismo. Pero cuando digo otro, no quiero decir que haya dos Dioses, sino que es solo como luz de luz, o como agua de una fuente, o como rayo del sol. Porque no hay sino un solo poder, que procede del Todo; y el Padre es el Todo, de quien procede este Poder, el Verbo. Y esta es la mente que salió al mundo y fue manifestada como el Hijo de Dios. Todas las cosas, pues, son por Él, y Él solo es del Padre. ¿Quién, entonces, aduce una multitud de dioses introducidos una y otra vez? Pues todos se ven obligados, aunque no quieran, a admitir este hecho: que el Todo se reduce a uno. Si, pues, todas las cosas se reducen a uno, aun según Valentín, y Marción, y Cerinto, y todas sus necedades, se ven también reducidos, aunque no quieran, a esta posición: que deben reconocer que el Uno es la causa de todas las cosas. Así, pues, estos también, aunque no lo desean, caen en la verdad, y admiten que un solo Dios hizo todas las cosas según su beneplácito. Y dio la ley y los profetas; y al dárselos, los hizo hablar por el Espíritu Santo, a fin de que, dotados de la inspiración del poder del Padre, declarasen el consejo y la voluntad del Padre.
    Comentario editorial · «Otro», pero no dos dioses
    Hipólito distingue sin dividir: el Verbo es «otro» junto al Padre, pero no hay dos dioses, sino «luz de luz», agua de la fuente, rayo del sol (Cap. 11). Una nota de la edición inglesa recuerda que Justino había llamado ya al Hijo ἕτερόν τι, «algo distinto» del Padre, y que Tertuliano dice en latín aliud ab alio con el mismo fin, el de expresar la distinción de personas. «Luz de luz» vuelve siglos después en el credo niceno-constantinopolitano, y el editor del ANF ve aquí una prueba de que el credo recoge la teología anterior a Nicea; esa es su lectura, no la de Hipólito. En el Cap. 10, por otra parte, el Padre engendra al Verbo cuando decide crear: un esquema que el artículo sobre los unicitarios, siguiendo a Schaff, tiene por inclinado al subordinacionismo (véase también el subordinacionismo).

    Cap. 12

    12. Obrando, pues, en estos (profetas), el Verbo habló de sí mismo. Porque ya se hizo su propio heraldo, y mostró que el Verbo sería manifestado entre los hombres. Y por esta razón clamó así: «Fui manifestado a los que no me buscaban; fui hallado por los que no preguntaban por mí.» Y ¿quién es el que es manifestado sino el Verbo del Padre? — a quien el Padre envió, y en quien mostró a los hombres el poder que de Él procede. Así, pues, fue manifestado el Verbo, como dice el bienaventurado Juan. Porque él resume las cosas dichas por los profetas, y muestra que este es el Verbo, por quien todas las cosas fueron hechas. Pues habla en este sentido: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho.» Y más abajo dice: «El mundo fue hecho por Él, y el mundo no le conoció; vino a lo suyo, y los suyos no le recibieron.» Si, pues —dijo—, el mundo fue hecho por Él, según la palabra del profeta: «Por la Palabra del Señor fueron hechos los cielos», entonces este es el Verbo que también fue manifestado. En consecuencia vemos al Verbo encarnado, y conocemos al Padre por Él, y creemos en el Hijo, (y) adoramos al Espíritu Santo. Miremos, pues, el testimonio de la Escritura respecto al anuncio de la futura manifestación del Verbo.

    Cap. 13

    13. Dice ahora Jeremías: «¿Quién ha estado en el consejo del Señor, y ha percibido su Verbo?» Pero el Verbo de Dios solo es visible, mientras que la palabra del hombre es audible. Cuando habla de ver el Verbo, debo creer que este (Verbo) visible ha sido enviado. Y no hubo ninguna otra (enviada) sino el Verbo. Y que Él fue enviado lo testifica Pedro, cuando dice al centurión Cornelio: «Dios envió su Verbo a los hijos de Israel por el anuncio de Jesucristo. Este es el Dios que es Señor de todos.» Si, pues, el Verbo es enviado por Jesucristo, la voluntad del Padre es Jesucristo.

    Cap. 14

    14. Estas cosas, pues, hermanos, están declaradas por las Escrituras. Y el bienaventurado Juan, en el testimonio de su Evangelio, nos da cuenta de esta economía (disposición) y reconoce a este Verbo como Dios, cuando dice: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.» Si, pues, el Verbo era con Dios, y también era Dios, ¿qué se sigue? ¿Diría alguno que habla de dos Dioses? Yo, en verdad, no hablaré de dos Dioses, sino de uno; de dos Personas, sin embargo, y de una tercera economía (disposición), a saber, la gracia del Espíritu Santo. Porque el Padre ciertamente es Uno, pero hay dos Personas, porque está también el Hijo; y luego está la tercera, el Espíritu Santo. El Padre decreta, el Verbo ejecuta, y el Hijo es manifestado, por quien se cree en el Padre. La economía de la armonía se reconduce a un solo Dios; porque Dios es Uno. Es el Padre quien manda, y el Hijo quien obedece, y el Espíritu Santo quien da entendimiento: el Padre que está sobre todos, y el Hijo que está por todos, y el Espíritu Santo que está en todos. Y no podemos pensar de otro modo en un solo Dios, sino creyendo en verdad en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo. Porque los judíos glorificaron (o se gloriaron en) el Padre, pero no le dieron gracias, porque no reconocieron al Hijo. Los discípulos reconocieron al Hijo, pero no en el Espíritu Santo; por lo cual también lo negaron. La Palabra del Padre, pues, conociendo la economía (disposición) y la voluntad del Padre, a saber, que el Padre busca ser adorado de ninguna otra manera sino así, dio este mandato a los discípulos después de resucitar de entre los muertos: «Id y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.» Y con esto mostró que quien omitiera a cualquiera de estos, dejaba de glorificar a Dios perfectamente. Porque por medio de esta Trinidad es glorificado el Padre. Pues el Padre quiso, el Hijo hizo, el Espíritu manifestó. Toda la Escritura, pues, proclama esta verdad.
    Comentario editorial · «Economía» y «personas»
    «No hablaré de dos Dioses, sino de uno; de dos Personas, sin embargo, y de una tercera economía (disposición), a saber, la gracia del Espíritu Santo.» Una nota de la edición inglesa, que cita a Maranus, entiende «economía» como Tertuliano en Contra Práxeas 3: «el número y la disposición de la Trinidad» (numerum et dispositionem Trinitatis), y dice que en Tertuliano gradus, forma, species, dispositio y oeconomia significan lo mismo. Algo más abajo, una nota da para «La economía de la armonía se reconduce a un solo Dios» el griego οἰκονομία συμφωνίας συνάγεται εἰς ἕνα Θεόν. Es vocabulario de antes de Nicea: el artículo sobre los unicitarios recoge cómo Tertuliano e Hipólito lo usan.

    Cap. 15

    15. Pero alguno me dirá: Me presentas una cosa extraña, cuando llamas al Hijo Verbo. Porque Juan habla ciertamente del Verbo, pero es por una figura retórica. No, no es en modo alguno por una figura retórica. Porque al presentar así a este Verbo que era desde el principio, y que ahora ha sido enviado, dijo más abajo en el Apocalipsis: «Y vi el cielo abierto, y he aquí un caballo blanco; y el que lo montaba (era) Fiel y Verdadero; y con justicia juzga y pelea. Y sus ojos (eran) como llama de fuego, y en su cabeza había muchas coronas; y tenía escrito un nombre que nadie conocía sino Él mismo. Y estaba vestido de una ropa teñida en sangre: y su nombre es llamado el Verbo de Dios.» Mirad, pues, hermanos, cómo la ropa rociada con sangre denotaba en símbolo la carne, por la cual el Verbo impasible de Dios vino a padecer, como también me testifican los profetas. Pues así habla el bienaventurado Miqueas: «La casa de Jacob provocó a ira al Espíritu del Señor. Estas son sus obras. ¿No son buenas sus palabras con ellos, y andan rectamente? Y se han levantado en enemistad contra su rostro de paz, y le han despojado de su gloria.» Eso significa su padecimiento en la carne. Y de modo semejante dice también el bienaventurado Pablo: «Porque lo que la ley no podía hacer, por cuanto era débil, Dios, enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado, condenó el pecado en la carne, para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.» ¿Qué Hijo propio, pues, envió Dios por medio de la carne, sino el Verbo, a quien trató como Hijo porque había de llegar a serlo (o ser engendrado) en el futuro? Y toma el nombre común de tierno afecto entre los hombres al ser llamado Hijo. Porque ni aun el Verbo, antes de la encarnación y cuando estaba solo por sí mismo, era todavía Hijo perfecto, aunque era Verbo perfecto, unigénito. Ni podía la carne subsistir por sí misma aparte del Verbo, porque tiene su subsistencia en el Verbo. Así, pues, fue manifestado un solo Hijo perfecto de Dios.

    Cap. 16

    16. Y estos, en verdad, son testimonios que atañen a la encarnación del Verbo; y hay también muchísimos otros. Pero miremos también el asunto entre manos — a saber, la cuestión, hermanos, de que en realidad el poder del Padre, que es el Verbo, descendió del cielo, y no el Padre mismo. Porque así habla: «Salí del Padre, y he venido.» Ahora bien, ¿qué sujeto se significa en esta frase, «Salí del Padre», sino precisamente el Verbo? ¿Y qué es lo que es engendrado de Él, sino precisamente el Espíritu, es decir, el Verbo? Pero me dirás: ¿Cómo es engendrado? En tu propio caso no puedes dar ninguna explicación del modo como fuiste engendrado, aunque ves cada día la causa según el hombre; tampoco puedes decir con precisión la economía en su caso. Porque no está en tu poder familiarizarte con el arte (método) practicado e indescriptible del Hacedor, sino solo ver, y entender, y creer que el hombre es obra de Dios. Además, pides cuenta de la generación del Verbo, al que Dios Padre en su beneplácito engendró como quiso. ¿No te basta aprender que Dios hizo el mundo, sino que también te atreves a preguntar de dónde lo hizo? ¿No te basta aprender que el Hijo de Dios se te ha manifestado para salvación si crees, sino que también inquieres con curiosidad cómo fue engendrado según el Espíritu? No más de dos, en verdad, han sido encargados de dar cuenta de su generación según la carne; ¿y eres tú tan atrevido como para buscar la cuenta (de su generación) según el Espíritu, que el Padre guarda consigo mismo, con intención de revelarla entonces a los santos y a los dignos de ver su rostro? Conténtate con la palabra dicha por Cristo, a saber: «Lo que es nacido del Espíritu, espíritu es», así como, hablando por el profeta de la generación del Verbo, muestra el hecho de que es engendrado, pero reserva la cuestión del modo y de los medios, para revelarla solo en el tiempo determinado por Él mismo. Pues habla así: «Desde el vientre, antes del lucero de la mañana, te he engendrado.»

    Cap. 17

    17. Estos testimonios son suficientes para los creyentes que estudian la verdad, y los incrédulos no dan crédito a testimonio alguno. Porque el Espíritu Santo, en verdad, en la persona de los apóstoles, ha testificado esto, diciendo: «¿Y quién ha creído a nuestro anuncio?» Por tanto, no nos mostremos incrédulos, no sea que la palabra dicha se cumpla en nosotros. Creamos, pues, amados hermanos, según la tradición de los apóstoles, que Dios Verbo descendió del cielo, (y entró) en la santa Virgen María, a fin de que, tomando la carne de ella, y asumiendo también una naturaleza humana, con lo cual quiero decir un alma racional, y llegando a ser así todo lo que es el hombre con excepción del pecado, pudiera salvar al hombre caído, y conferir inmortalidad a los hombres que creen en su nombre. En todo, por tanto, se nos demuestra la palabra de verdad, a saber, que el Padre es Uno, cuyo Verbo está presente (con Él), por quien hizo todas las cosas; a quien también, como hemos dicho arriba, el Padre envió en los últimos tiempos para la salvación de los hombres. Este (Verbo) fue predicado por la ley y los profetas como destinado a venir al mundo. Y así como fue predicado entonces, del mismo modo vino y se manifestó, siendo hecho por la Virgen y el Espíritu Santo un hombre nuevo; pues en cuanto tenía la (naturaleza) celestial del Padre, como Verbo, y la (naturaleza) terrena, por tomar para sí la carne del viejo Adán por medio de la Virgen, ahora, viniendo al mundo, fue manifestado como Dios en un cuerpo, viniendo también como hombre perfecto. Porque no fue en mera apariencia ni por conversión, sino en verdad, que se hizo hombre.

    Cap. 18

    18. Así, pues, aunque es demostrado como Dios, no rehúsa las condiciones propias de Él como hombre, ya que tiene hambre, y se fatiga, y tiene sed en el cansancio, y huye con temor, y ora en la angustia. Y Aquel que como Dios tiene una naturaleza insomne, duerme sobre una almohada. Y Aquel que para este fin vino al mundo, pide que se le aparte la copa del sufrimiento. Y en agonía suda sangre, y es fortalecido por un ángel, Él mismo que fortalece a los que creen en Él, y enseñó a los hombres a despreciar la muerte con su obra. Y Aquel que conocía qué clase de hombre era Judas, es entregado por Judas. Y Aquel, que antes era honrado por éste como Dios, es despreciado por Caifás. Y es tenido en nada por Herodes, Él que ha de juzgar a toda la tierra. Y es azotado por Pilato, Él que tomó sobre sí nuestras enfermedades. Y por los soldados es escarnecido, a cuya orden están miles de miles y miríadas de miríadas de ángeles y arcángeles. Y Aquel que fijó los cielos como una bóveda es clavado en la cruz por los judíos. Y Aquel que es inseparable del Padre clama al Padre, y le encomienda su espíritu; e inclinando la cabeza, expira, Él que dijo: «Tengo poder para poner mi vida, y tengo poder para volverla a tomar»; y porque no fue vencido por la muerte, siendo Él mismo la Vida, dijo esto: «La pongo de mí mismo.» Y Aquel que da vida generosamente a todos, tiene su costado traspasado con una lanza. Y Aquel que resucita a los muertos es envuelto en lienzos y puesto en un sepulcro, y al tercer día es resucitado por el Padre, aunque Él mismo es la Resurrección y la Vida. Porque todas estas cosas las ha realizado por nosotros, Aquel que por causa nuestra fue hecho como nosotros. Pues «Él mismo llevó nuestras enfermedades, y cargó con nuestras dolencias; y por causa nuestra fue afligido», como ha dicho el profeta Isaías. Este es Aquel a quien los ángeles cantaron himnos, y a quien vieron los pastores, y a quien esperaba Simeón, y de quien dio testimonio Ana. Este es Aquel a quien buscaron los magos, y a quien indicó la estrella; Aquel que se ocupaba en la casa de su Padre, y a quien señaló Juan, y de quien el Padre desde lo alto dio testimonio con la voz: «Este es mi Hijo amado; a Él oíd.» Es coronado vencedor contra el diablo. Este es Jesús de Nazaret, que fue invitado a las bodas de Caná, y convirtió el agua en vino, y reprendió al mar agitado por la violencia de los vientos, y anduvo sobre las aguas como sobre tierra seca, e hizo ver al ciego de nacimiento, y resucitó a Lázaro después de haber estado muerto cuatro días, e hizo muchas obras poderosas, y perdonó pecados, y confirió poder a los discípulos, y de su sagrado costado, traspasado por la lanza, manó sangre y agua. Por causa suya el sol se oscurece, el día queda sin luz, las rocas se parten, el velo se rasga, los cimientos de la tierra se estremecen, los sepulcros se abren, y los muertos resucitan, y los gobernantes se avergüenzan al ver al Ordenador del universo sobre la cruz cerrando los ojos y expirando. La creación lo vio, y se turbó; y, no pudiendo soportar la vista de su gloria excelsa, se envolvió en tinieblas. Este (es Aquel que) sopla sobre los discípulos, y les da el Espíritu, y entra entre ellos estando las puertas cerradas, y es llevado por una nube a los cielos mientras los discípulos lo contemplan, y se sienta a la diestra del Padre, y viene de nuevo como Juez de los vivos y de los muertos. Este es el Dios que por causa nuestra se hizo hombre, a quien también el Padre ha sometido todas las cosas. A Él sea la gloria y el poder, con el Padre y el Espíritu Santo, en la santa Iglesia ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el tratado

    Hipólito no discute la unidad de Dios, que acepta («¿quién no dirá que hay un solo Dios?», Cap. 3), sino lo que Noeto saca de ella. Su respuesta tiene dos partes: leer los textos de Noeto enteros y en su contexto (Cap. 4), y distinguir en Dios el «poder», que es uno, de la «economía», que es triple (Cap. 8 y 14). De ahí que el Verbo sea «otro» sin ser un segundo dios (Cap. 11). Los mismos textos —, , — reaparecen en Tertuliano contra Práxeas y en el debate actual con los unicitarios.
    El caso de Noeto tiene también en la Refutación de todas las herejías (libro IX), cuya autoría es discutida, una versión distinta, que lo hace discípulo de Heráclito y lo sitúa en Roma bajo los obispos Ceferino y Calisto (ANF). Esta edición no las concilia.
    Límites. La edición de base no fecha el tratado ni examina que sea de Hipólito; ambas cosas se toman de ella. Las identificaciones y fechas de las notas proceden de las fuentes que se citan y no del texto; cuando difieren, se dice cuál afirma qué. La traducción es automática: no hay en ella defectos señalados, pero ninguna persona la ha revisado frase a frase.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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    Fin de la obra