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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 11 minApologeticus pro Christianis (Apología por los cristianos)
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo III
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo V
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo VII
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo IX
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo X
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo XII
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo XV
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo XVII
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo XX
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo XXI
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo XXII
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo XXIV
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo XXVI
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo XXX
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo XXXIV
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo XXXVI
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo XXXIX
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo XL
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo XLII
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo XLVI
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo XLVIII
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo XLIX
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 2 minLo que dejó el Apologético

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    TEXTOS — TERTULIANO

    Índice de la obra

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    Tertuliano

    Apologético en favor de los cristianos

    Texto base: latín del Apologeticum en «Complete Works of Tertullian» (Delphi Classics, 2018), que no declara la edición; coincide palabra por palabra con el de Carl Becker publicado por Tertullian.org · cincuenta capítulos, con el «fragmento fuldense» en el Cap. 19

    Traducción: Traducción automática (Libyx), directa del latín de esa edición; no del inglés de Thelwall, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 164 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Si ser cristiano es un delito, ¿por qué los jueces no investigan qué se ha hecho? Es la pregunta con que Tertuliano abre, según la tradición hacia 197, un escrito dirigido a los «rectores del imperio romano»: los cristianos son castigados por un nombre, sin que nadie pruebe los crímenes que se les atribuyen, y a quienes confiesan se les tortura para que lo nieguen, al revés que a cualquier otro acusado (Cap. 1–2). Desde ahí el alegato contesta los cargos uno a uno —los crímenes ocultos de infanticidio e incesto (7–9), el sacrilegio contra los dioses (10–27), la ofensa a la majestad del emperador (28–35)—, describe cómo se reúne y vive la comunidad (39) y termina con una frase que suele citarse con otras palabras (50).

    Ficha de la obra

    AutorTertuliano de Cartago (c. 160–c. 220; véase su perfil). Los códices llevan su nombre en el título; la edición no examina la atribución
    TítuloApologético en favor de los cristianos. El epub lo rotula Apologeticus pro Christianis (Apología por los cristianos); los manuscritos y las ediciones críticas dicen Apologeticum o Apologeticus (Tertullian.org)
    FechaHacia 197, verano u otoño, según Tertullian.org y Wikipedia. El ANF reúne propuestas entre 198 y 217; véase la nota del Cap. 35
    LugarCartago, según Wikipedia
    DestinatariosLos «rectores del imperio romano» (Cap. 1); véase la nota de ese capítulo
    GéneroApología ante el poder: un escrito, no un discurso, que contesta cargos
    ExtensiónCincuenta capítulos, unas 29 000 palabras; la edición añade en el Cap. 19 un fragmento de la recensión de Fulda
    TraducciónCastellana, automática (Libyx) y directa del latín; no del inglés
    FuenteLatín del Apologeticum en el volumen de Delphi Classics; texto idéntico al de Carl Becker en Tertullian.org
    Los cargos que Tertuliano contesta eran corrientes: el mismo rumor de infanticidio e incesto lo responde Atenágoras dirigiéndose a los emperadores, y la apologética del siglo II sitúa a ambos entre los demás defensores de la fe. Para el cuadro político y religioso de esos años, véanse la historia de la Iglesia del siglo II y la del siglo III.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa del latín del Apologeticum, tal como lo trae el volumen Complete Works of Tertullian de Delphi Classics (2018). La hizo un programa (Libyx, que figura como «Libyx EPUB Translator» en los metadatos del epub); no se atribuye a ningún traductor humano.
    Qué edición latina. El epub no declara cuál sigue: da solo el título del volumen y el año. Cotejado palabra por palabra, su latín coincide con el que Tertullian.org publica como «ed. Becker», con la nota «Text edited by Carl Becker. Scanned by Ulrich Harsch. Compared against CETEDOC»; las únicas diferencias son una errata de Delphi («iniquitis» por «inquitis», Cap. 10) y la numeración del fragmento fuldense ([F1]–[F9] en Delphi, [1]–[9] en Tertullian.org). Es el mismo texto que ofrece The Latin Library, que tampoco declara su edición. La cabecera de la página de Tertullian.org para la obra remite a la edición de Carl Becker de 1961 (Múnich, Kösel; hay una primera de 1952). Esta identificación es del editor, no de Delphi.
    Dos recensiones. Según Tertullian.org, que resume a Hoppe, Dekkers, Quasten y Callewaert, el Apologeticum se conserva en la recensión estándar o vulgata, que traen 39 códices, y en otra, la «fuldense», conocida solo por la colación que François Modius hizo en 1584 de un códice del monasterio de Fulda, hoy perdido, e imprimió Junius en 1597. Difiere en muchas lecturas y tiene en el Cap. 19 una adición larga, el Fragmentum Fuldense. Se discute si responde a una segunda edición del propio Tertuliano o si la vulgata es una simplificación del siglo IX; la página resume que lo más aceptado es que la fuldense está mejor conservada y que Tertuliano escribió una sola edición. La edición de Delphi lo señala únicamente con el rótulo «Fragmento fuldense» y los números [F1]–[F9], sin explicación; la versión inglesa de Thelwall sigue el texto estándar y no lo trae, de modo que el Cap. 19 castellano es casi el doble de largo que el inglés. Otro rastro de la discusión: en el Cap. 3 el latín imprime entre ángulos, como suplidas, las palabras «miror Lucium», que según Tertullian.org faltan en todos los códices estándar y están en la lectura fuldense; la traducción no conserva los signos.
    El inglés de cotejo. La versión inglesa de uso común es la de Thelwall: New Advent la da como «S. Thelwall», CCEL como «the Rev. S. Thelwall, Late Scholar of Christ's College, Cantab.» y Delphi como Sydney Thelwall. Procede de la Ante-Nicene Christian Library de Edimburgo (1869, según Tertullian.org) y está en el vol. 3 de las Ante-Nicene Fathers (Buffalo, Christian Literature Publishing Co., 1885; eds. Roberts, Donaldson y Coxe). Se usó solo para cotejar el número de capítulos y para las notas, no como fuente: no divide en secciones y es más larga que el castellano.
    Lo que viene de la edición. La numeración en cincuenta capítulos y en secciones [1], [2]… es de la edición latina y la traducción la conserva, incluido el numeral romano con que el epub abre cada capítulo. Los encabezados «Capítulo I»… los pone el editor para la navegación; el epub no los tiene. Hay una sola cursiva (Cap. 24, § 4). Los signos críticos del latín (<…> para lo suplido, […] para lo suprimido) no pasan a la traducción. Los versos citados en el Cap. 25, § 7–8 se disponen en tres renglones, que el epub separa con espacios duros.
    Defectos de la traducción que se conservan. Se avisan en el capítulo donde afectan la lectura: en el Cap. 18 los números de sección [6] y [7] están desplazados respecto del latín, y en el Cap. 30 «pretores» traduce praesides (igual en el Cap. 50). Otros son menores: una errata («inmoleis», Cap. 6, § 10); el nombre Hieromus del Cap. 19, § 6, vertido como «Hierónimo»; y palabras que parecen calcos del latín («constupra», Cap. 15; «cosagrado», Cap. 16; «diuturnidad», Cap. 32; «racimación», Cap. 35; «esparteolos», Cap. 39). No hay palabras inglesas sueltas y el número de capítulos y de párrafos coincide con el del latín.

    Apologeticus pro Christianis (Apología por los cristianos)

    Capítulo I

    Cap. 1

    I. [1] Si no os es lícito, rectores del imperio romano, escudriñar a la luz del día y examinar cara a cara, sentados casi en la cúspide misma de la ciudad donde presidís para juzgar, qué hay con toda claridad en la causa de los cristianos; si vuestra autoridad, por diligencia de justicia, teme o se avergüenza en público de indagar tan solo esta causa; si, en fin, como acaba de suceder, la persecución, demasiado afanosa contra esta secta en los mismos tribunales, cierra el paso a la defensa: permitid que la verdad llegue hasta vuestros oídos, siquiera por la senda oculta de letras silenciosas.
    [2] Nada suplica respecto a su causa, porque ni de su condición se extraña. Sabe que es peregrina en la tierra, que entre extraños fácilmente halla enemigos, pero tiene su linaje, su morada, su esperanza, su gracia y su dignidad en los cielos. Una sola cosa anhela entre tanto: que no se la condene ignorada. [3] ¿Qué pierden aquí las leyes que imperan en su propio reino, si es oída? ¿Acaso se gloriará más el poder de ellas porque condenarán la verdad aun después de oída? Por lo demás, si condenan lo no oído, además del odio de la iniquidad, merecerán también la sospecha de tener alguna mala conciencia, al no querer oír aquello que, una vez oído, no podrían condenar.
    [4] Así que ésta es la primera causa que presentamos ante vosotros de la iniquidad del odio contra el nombre de cristiano. Iniquidad que el mismo título que parece excusarla, la ignorancia, la agrava y la condena. Pues ¿qué hay más inicuo que odiar los hombres lo que ignoran, aun cuando la cosa merezca odio? Lo merece entonces cuando se sabe si lo merece. [5] Pero, vacante el conocimiento del mérito, ¿con qué se defiende la justicia del odio, que ha de probarse no por el resultado sino por la conciencia? Así, pues, cuando los hombres odian por ignorar qué es lo que odian, ¿por qué no podría ser tal lo que odian, que no debieran odiarlo? Así, por lo uno y por lo otro los refutamos: que lo ignoran mientras lo odian, y que lo odian injustamente mientras lo ignoran.
    [6] Testimonio de ignorancia es la que, mientras excusa la iniquidad, la condena, ya que todos los que antes odiaban porque ignoraban qué era lo que odiaban, en cuanto dejan de ignorar, cesan también de odiar. De éstos se hacen cristianos, ciertamente por experiencia, y empiezan a odiar lo que habían sido, y a profesar lo que odiaban; y son tantos cuantos somos denunciados. [7] Gritan que está asediada la ciudad; que en los campos, en las aldeas, en las islas hay cristianos; que todo sexo, edad, condición y aun dignidad se pasa a este nombre, y lo lloran como si fuera una calamidad. [8] Y, sin embargo, ni con esto mismo encaminan sus ánimos a estimar algún bien latente. No se les permite sospechar con más rectitud, no les place experimentar más de cerca. Aquí la curiosidad humana se entorpece: aman ignorar, mientras otros se gozan en haber conocido. ¡Cuánto más Anacarsis hubiera tachado a éstos de necios, juzgando de sabios, que a los no músicos de juzgar de músicos! [9] Prefieren no saber, porque ya odian. Tan cierto es que prejuzgan que lo que no saben es tal que, si lo supiesen, no podrían odiarlo — cuando, si no se descubre ninguna deuda de odio, lo óptimo sería dejar de odiar injustamente, mas si consta por el mérito, no sólo no se quita nada al odio, sino que se acrecienta más para perseverar, incluso con la autoridad de la misma justicia.
    [10] "Pero", dice, "no es bueno porque convierta a muchos; ¡cuántos se encaminan al mal! ¡Cuántos tránsfugas hacia lo perverso!" ¿Quién lo niega? Sin embargo, lo que verdaderamente es malo, ni aun aquellos a quienes arrastra se atreven a defenderlo como bueno. Todo mal la naturaleza lo ha empapado de temor o de vergüenza. [11] En fin, los malhechores gustan de esconderse, rehúyen mostrarse; tiemblan al ser sorprendidos, lo niegan al ser acusados, ni siquiera en el tormento confiesan con facilidad o siempre, y, ciertamente, al ser condenados se lamentan. Enumeran en sí mismos los impulsos de la mente mala, imputan la maldad al hado o a los astros; no quieren, en efecto, que sea suyo lo que reconocen como malo. [12] El cristiano, en cambio, ¿qué hay semejante? A nadie le da vergüenza, nadie se arrepiente, a no ser de no haberlo sido antes; si es señalado, se gloría; si es acusado, no se defiende; interrogado, incluso de buen grado confiesa; condenado, da gracias. [13] ¿Qué mal es éste, que no tiene los naturales del mal: temor, vergüenza, tergiversación, arrepentimiento, lamentación? ¿Qué mal es éste, cuyo reo se goza, cuya acusación es anhelo y su pena felicidad? No puedes llamarlo demencia, tú que eres refutado por ignorarlo.
    Comentario editorial · «Rectores del imperio romano»: a quién se dirige
    El latín dice Romani imperii antistites y habla de quienes presiden tribunales «en la cúspide misma de la ciudad» (1, 1); más adelante los llama boni praesides (30, 7; 50, 12). Praeses era en los siglos II y III el nombre genérico de los gobernadores de provincia (Wikipedia). Tertullian.org describe el escrito como dirigido a los gobernadores provinciales del Imperio, y Wikipedia, a los magistrados romanos. No es una petición a los emperadores, como la Súplica de Atenágoras. Tertuliano añade que la verdad llegará a sus oídos «por la senda oculta de letras silenciosas»: es un escrito, no un alegato oral, y la edición no dice si sus destinatarios llegaron a leerlo.

    Capítulo II

    Cap. 2

    II. [1] Si en fin es cierto que somos los más nocivos, ¿por qué por vosotros mismos somos tratados de modo diverso que nuestros iguales, esto es, los demás nocivos, debiendo intervenir el mismo trato para la misma culpa? [2] Cualquier cosa que se diga de nosotros, cuando se dice de otros, éstos usan de su propia boca y de abogados mercenarios para recomendar su inocencia; se les da facultad de responder y de altercar, ya que ni siquiera es lícito condenar totalmente a indefensos e inauditos. [3] Pero a los cristianos solos nada se les permite decir que purgue su causa, que defienda la verdad, que no haga inicuo al juez; sino que sólo se espera aquello que es necesario al odio público: la confesión del nombre, no el examen del crimen — [4] cuando, si conocierais acerca de algún nocente, no contentos con que confiese él mismo el nombre de homicida, o de sacrílego, o de incestuoso o de enemigo público (hablo de nuestros elogios), os daríais por satisfechos para pronunciar sentencia, si no exigierais además las circunstancias: la calidad del hecho, el número, el lugar, el tiempo, los cómplices, los socios. [5] De nosotros nada semejante, cuando igualmente debiera arrancarse lo que falsamente se vocifera: cuántos infanticidios habría ya degustado cada uno, cuántos incestos habría entenebrecido, qué cocineros, qué perros habrían asistido. ¡Oh, cuánta gloria la de aquel gobernador si hubiese desenterrado a alguno que hubiese comido ya cien infantes!
    [6] Y aún hallamos que incluso se ha prohibido la investigación contra nosotros. Plinio Segundo, en efecto, al gobernar la provincia, habiendo condenado a algunos cristianos y apartado a otros de su grado, perturbado aun por la misma multitud, consultó al emperador Trajano sobre qué hacer en adelante, alegando que, fuera de la obstinación en no sacrificar, nada más había descubierto de sus misterios sino reuniones antelucanas para cantar a Cristo como a un dios y para estrechar la disciplina, que prohibían el homicidio, el adulterio, el fraude, la perfidia y los demás crímenes. [7] Entonces Trajano respondió por escrito que este género no debía ser investigado, pero que los presentados debían ser castigados. [8] ¡Oh sentencia confusa por necesidad! Niega que se les investigue como a inocentes, y manda que se les castigue como a nocentes. Perdona y se ensaña, disimula y castiga. ¿Por qué te burlas a ti misma, censura? Si condenas, ¿por qué no investigas? Si no investigas, ¿por qué no absuelves? Para rastrear ladrones, se sortea una estación militar por todas las provincias; contra reos de majestad y enemigos públicos todo hombre es soldado: la investigación se extiende hasta los socios, hasta los cómplices. [9] Sólo al cristiano no es lícito investigarlo, pero sí presentarlo, como si la investigación hubiese de hacer otra cosa que la presentación. Condenáis, pues, al presentado, al que nadie quiso buscar; el cual, creo yo, ya no mereció la pena por ser nocente, sino porque fue hallado sin necesidad de buscarlo.
    [10] Así que tampoco en aquello obráis respecto de nosotros según la fórmula de juzgar a los malhechores, porque a los demás que niegan les aplicáis tormentos para que confiesen, sólo a los cristianos para que nieguen, cuando, si fuese un mal, nosotros negaríamos, y vosotros por tormentos los obligaríais a confesar. Y no por eso estimaríais que no debieran investigarse con tormentos los crímenes, por estar ciertos de que se cometen a partir de la confesión del nombre, vosotros que hoy, de un homicida convicto, aun sabiendo qué es el homicidio, con todo le arrancáis el orden del delito. [11] Lo que es más perverso: pues que presumís de nuestros crímenes por la confesión del nombre, nos obligáis con tormentos a apartarnos de la confesión, para que, negando el nombre, neguemos también a la par los crímenes, de los cuales presumíais por la confesión del nombre.
    [12] Pero, a mi juicio, no queréis que perezcamos, a quienes tenéis por los más malvados. Así soléis decir al homicida: "Niega", y mandáis desgarrar al sacrílego, si persevera en confesar. Si no obráis así con los nocentes, luego entonces nos juzgáis del todo inocentes, cuando, como a del todo inocentes, no queréis que perseveremos en aquella confesión, que sabéis que ha de ser condenada por vosotros por necesidad, no por justicia. [13] Vocifera el hombre: "¡Soy cristiano!". Dice lo que es; tú quieres oír lo que no es. Presidentes encargados de arrancar la verdad, de nosotros solos os afanáis por oír una mentira. "Esto soy —dice— lo que tú preguntas si soy. ¿Por qué me atormentas al revés? Confieso y me atormentas; ¿qué harías, si negara?" Ciertamente a otros, cuando niegan, no prestáis fe fácilmente: a nosotros, si negamos, al instante nos creéis.
    [14] Sospechosa os sea esta perversidad, no sea que se oculte alguna fuerza secreta, que os conduce contra la forma, contra la naturaleza del juicio, y aun contra las mismas leyes. Si no me engaño, las leyes mandan que los malos sean descubiertos, no ocultados; prescriben que los que confiesan sean condenados, no absueltos. Esto definen los senadoconsultos, esto los mandatos de los príncipes. Este imperio, del que sois ministros, es dominación civil, no tiránica. [15] Entre los tiranos, en efecto, los tormentos se aplicaban incluso como pena; entre vosotros sólo se destinan a la investigación. Guardad para aquéllos vuestra ley: los tormentos son necesarios hasta la confesión; y, si son precedidos por la confesión, cesan, y se necesita la sentencia; el reo debe ser liquidado con la pena debida, no eximido de ella. En fin, nadie se apresura a absolverlo. [16] No es lícito quererlo; por eso nadie es forzado a negar. Consideras al hombre cristiano reo de todos los crímenes, enemigo de los dioses, de los emperadores, de las leyes, de las costumbres, de toda la naturaleza, ¡y le obligas a negar para absolver a quien no podrías absolver, a no ser que niegue! [17] Prevarias contra las leyes: ¿Quieres, pues, que niegue ser nocente, para hacerlo inocente, y ciertamente contra su voluntad, y ya no reo de lo pasado? ¿De dónde esta perversidad, para que no recapacitéis ni siquiera que debe creerse más al que confiesa espontáneamente que al que niega por la fuerza? ¿O acaso para que, obligado a negar, no niegue de fidelidad, y una vez absuelto, en el mismo lugar, detrás del tribunal, se ría de vuestra emulación, otra vez cristiano?
    [18] Así pues, cuando en todo nos tratáis de modo diverso que a los demás nocentes, pretendiendo una sola cosa: que se nos excluya por ese nombre —pues somos excluidos si hacemos lo que hacen los no cristianos—, podéis entender que no hay algún crimen en la causa, sino el nombre, que persigue cierta razón de emulación enemiga, que esto ante todo procura: que los hombres no quieran saber con certeza lo que con certeza saben que ignoran. [19] Por eso creen de nosotros lo que no se prueba, y no quieren que se investigue, para que no se pruebe que no son tales las cosas que prefieren haber creído, de suerte que el nombre de aquella razón émula y enemiga sea condenado sobre crímenes presuntos, no probados, por su sola confesión. Por eso somos atormentados cuando confesamos, y castigados cuando perseveramos, y absueltos cuando negamos, porque la batalla es del nombre.
    [20] En fin, ¿qué leéis de la tablilla: aquél es "cristiano"? ¿Por qué no también "homicida"? Si el cristiano es homicida, ¿por qué no también "incestuoso" o cualquier otra cosa que creéis que somos? ¿Sólo en nosotros os da vergüenza o pereza pronunciar los nombres mismos de los crímenes? "Cristiano", si no es reo de ningún crimen, es sumamente inepto, si es crimen de un solo nombre.
    Comentario editorial · Plinio y Trajano: lo que dice la carta y lo que resume Tertuliano
    Tertuliano resume la consulta de Plinio el Joven, gobernador de Bitinia y Ponto, y la respuesta de Trajano (Plinio, Cartas 10, 96–97; Wikipedia fecha la carta hacia 110 o 111). Según Plinio (10, 96, 7), los que habían dejado de ser cristianos contaban que se reunían un día fijo antes del amanecer, cantaban a Cristo «como a un dios» y se obligaban con juramento no a algún crimen, sino a no cometer hurtos, robos ni adulterios, a no faltar a la palabra y a no negar un depósito; luego tomaban una comida común, pero inofensiva. Tertuliano nombra además el homicidio, que Plinio no menciona, y omite la comida. De Trajano (10, 97, 2) conserva lo esencial: no hay que buscarlos; si son denunciados y convictos, hay que castigarlos. Wikipedia llama a este resumen una paráfrasis selectiva.

    Capítulo III

    Cap. 3

    III. [1] ¿Y qué hay de que muchísimos, con los ojos cerrados, se precipitan a su odio, de modo que, al dar algún buen testimonio a uno, mezclan el reproche del nombre? "Buen hombre Gayo Seyo, salvo que es cristiano." Otro dice: "Me admiro de Lucio Titio, varón sabio, que de repente se haya hecho cristiano." Nadie reconsidera si Gayo es bueno y Lucio prudente porque son cristianos, o si son cristianos porque son prudentes y buenos. [2] Alaban lo que conocen, vituperan lo que ignoran, y aquello que conocen lo manchan con lo que ignoran, siendo más justo prejuzgar lo oculto por lo manifiesto que predeterminar lo manifiesto por lo oculto. [3] Otros, a quienes antes de este nombre conocían vagos, viles, deshonestos, los señalan por aquello mismo que alaban: por ceguedad de odio, en la alabanza tropiezan: "¡Qué mujer! ¡Qué lasciva, qué festiva! ¡Qué joven! ¡Qué dado al juego, qué enamoradizo! Se han hecho cristianos." Así, el nombre se imputa a enmienda. [4] Algunos, aun de sus propias utilidades, pactan con este odio, contentos con la injuria, con tal de no tener en casa lo que odian. Al marido, ya no celoso, su mujer ya honesta le ha echado fuera; el padre, antes tolerante, ha desheredado al hijo ya sumiso; el amo, antes manso, ha apartado de sus ojos al esclavo ya fiel. En cuanto alguien se enmienda por este nombre, ofende. No es tan estimado el bien como el odio a los cristianos.
    [5] Ahora pues, si el odio es del nombre, ¿cuál es la culpa de los nombres? ¿Qué acusación cabe contra los vocablos, a no ser que suene bárbara alguna voz del nombre, o infausta, o maldiciente, o impúdica? "Cristiano", verdaderamente, en cuanto a su interpretación, se deriva de "unción". Pero también cuando vosotros lo pronunciáis incorrectamente "Créstiano" —pues ni siquiera tenéis certidumbre de este nombre—, está compuesto de suavidad o benignidad. Se odia, pues, en hombres inocuos también un nombre inocuo.
    [6] Pero se odia una secta en el nombre, ciertamente, de su autor. ¿Qué novedad, si alguna disciplina impone a sus secuaces el sobrenombre del maestro? ¿Acaso los filósofos no se llaman, por sus autores, platónicos, epicúreos, pitagóricos? ¿También por los lugares de sus reuniones y estaciones, estoicos, académicos? Igualmente los médicos de Erasístrato, y los gramáticos de Aristarco, ¡aun los cocineros de Apicio! [7] Y sin embargo, a nadie ofende la profesión del nombre transmitido con la enseñanza por el que la instituyó. Ciertamente, si alguien probare que una secta es mala, y también malo su autor, probará también que el nombre es malo, digno de odio por la culpa de la secta y del autor; y por eso, antes del odio al nombre, convenía primero reconocer la secta por el autor, o el autor por la secta. [8] Pero ahora, descuidada la investigación y el conocimiento de uno y otro, se detiene el nombre, se ataca al nombre, y a la secta no conocida, y al autor no conocido, la sola voz condena de antemano, porque son nombrados, no porque sean convictos.
    Comentario editorial · «Cristiano» y «Crestiano»: el juego con el nombre
    Tertuliano juega con la pronunciación del nombre. Christianus, dice, viene de «unción» (de unctione); pero si se pronuncia, como hacen los destinatarios, Chrestianus, resulta de suavitate vel benignitate, «suavidad o bondad» (3, 5): se odia así «un nombre inocuo». Según Wikipedia, Chrestus era un nombre corriente en Roma, con el sentido de «bueno, útil» (Solin registra 126 personas con ese nombre, 59 de ellas esclavos), y el Códice Sinaítico lee Chrestianos en , y . El epub escribe «Créstiano».

    Capítulo IV

    Cap. 4

    IV. [1] Y aun, como habiendo prefacio estas cosas para flagelar la iniquidad del odio público contra nosotros, me detendré ya en la causa de la inocencia, y no sólo refutaré lo que se nos objeta, sino que también lo retorceré contra quienes lo objetan, para que también por esto sepan los hombres que en los cristianos no está lo que en sí mismos ignoran estar, y a la vez se sonrojen los acusadores, no digo ya los pésimos acusando a los óptimos, sino, como ellos quieren, a sus propios semejantes. [2] Responderemos a cada cosa que se dice que cometemos en oculto —las cuales hallamos que ellos las cometen a la luz pública—, por las cuales somos reputados criminales, vanos, condenables, risibles.
    [3] Pero puesto que, cuando nuestra verdad sale al encuentro de todo, al fin se interpone la autoridad de las leyes contra ella, para que o se diga que nada ha de ser reconsiderado después de las leyes, o se anteponga a la verdad la necesidad de obedecerlas aun a disgusto, primero combatiré con vosotros acerca de las leyes, como con defensores de las leyes.
    [4] Ante todo, cuando definís duramente diciendo: "¡No os es lícito ser!", y esto lo prescribís sin ninguna reconsideración más humana, estáis confesando la violencia y la dominación inicua desde la ciudadela, si negáis que sea lícito porque queréis, no porque debió no ser lícito. [5] Y si, porque no debe serlo, por eso no queréis que sea lícito, sin duda aquello no debe ser lícito que bien se hace. Si yo hallare que es bueno lo que tu ley prohibió, ¿no podrá prohibírmelo, por aquel prejuicio, porque, si fuese malo, con derecho lo prohibiría? Si tu ley ha errado, a mi parecer, ha sido concebida por un hombre; pues no cayó del cielo. [6] ¿Os admiráis de que un hombre haya podido errar al dar una ley, o recobrar el juicio al reprobarla? ¿No fueron también las leyes del mismo Licurgo enmendadas por los lacedemonios, y causaron tal dolor a su autor, que en el destierro, por el hambre, hizo justicia de sí mismo? [7] ¿No estáis vosotros también, cada día, iluminando las tinieblas de la antigüedad con experiencias, truncando y tajando con las hachas de nuevos rescriptos y edictos de los príncipes toda aquella vieja y oscura selva de las leyes? [8] ¿No ha excluido anteayer Severo, el más constante de los príncipes, las vanísimas leyes Pápias, que obligan a tener hijos antes que a contraer matrimonio según la ley Julia, después de tan larga ancianidad de tan grande autoridad? [9] Y también había leyes que permitían a los acreedores cortar en partes a los que habían sido juzgados; mas luego, por consenso público, fue borrada la crueldad, convirtiéndose la pena capital en nota de infamia; se prefirió que la proscripción de bienes derramase la sangre del hombre más bien que verterla.
    [10] ¡Cuántas leyes os quedan ocultas por purgar todavía! A las cuales no recomienda ni el número de años ni la dignidad de los fundadores, sino sólo la equidad, y por eso, cuando se reconocen como inicuas, con razón son condenadas, aunque condenen. ¿Cómo las llamamos inicuas? [11] Aún más, si castigan un nombre, también estultas; si en verdad castigan hechos, ¿por qué castigan por el nombre solo hechos que en los demás son defendidos probándolos por el delito, no por el nombre? Soy incestuoso: ¿por qué no lo investigan? Infanticida: ¿por qué no lo arrancan? Cometo algo contra los dioses, contra los Césares: ¿por qué no soy oído, yo que tengo con qué purgarme? [12] Ninguna ley veda que se discuta lo que prohibe admitir, porque ni el juez castiga justamente si no conoce que se ha cometido lo que no es lícito, ni el ciudadano obedece fielmente a la ley ignorando qué es lo que la ley castiga. [13] Ninguna ley se debe a sí sola la conciencia de su justicia, sino a aquellos de quienes espera obediencia. Por lo demás, sospechosa es la ley que no quiere ser probada, e inicua si, no probada, domina.

    Capítulo V

    Cap. 5

    V. [1] Para reconsiderar algo sobre el origen de tales leyes, era un decreto antiguo que ningún dios fuese consagrado por el emperador sin ser aprobado por el senado. Bien lo sabe M. Emilio respecto de su dios Alburno. Esto también hace a nuestra causa, que entre vosotros la divinidad se pesa al arbitrio humano. A no ser que el dios agrade al hombre, no será dios; el hombre deberá ya ser propicio al dios. [2] Tiberio, pues, en cuyo tiempo el nombre cristiano entró en el mundo, habiéndole sido anunciado desde Siria Palestina que allí se había revelado la verdad de su divinidad, lo llevó al senado con la prerrogativa de su sufragio. El senado, porque no lo había aprobado por sí mismo, lo rechazó; el César se mantuvo en su parecer, conminando con peligro a los acusadores de los cristianos. [3] Consultad vuestros comentarios: allí hallaréis que Nerón fue el primero que se ensañó con esta secta, que entonces sobre todo brotaba en Roma, con la espada cesariana. Mas de tal consagrador de nuestra condena nos gloriamos. Quien lo conoce, puede entender que no fue condenado por Nerón sino algo grande y bueno. [4] También lo había intentado Domiciano, porción de Nerón en la crueldad; pero, como era también hombre, fácilmente reprimió lo comenzado, restituyendo incluso a los que había desterrado. Tales siempre nuestros perseguidores: injustos, impíos, torpes, a los cuales vosotros mismos soléis condenar, y a los condenados por ellos soléis restituir.
    [5] Por lo demás, de tantos príncipes desde entonces hasta hoy, sabios en lo divino y humano, ¡presentad algún debelador de los cristianos! [6] Nosotros, al contrario, presentamos un protector, si se buscan las cartas de Marco Aurelio, gravísimo emperador, en las cuales atestigua que aquella sed germánica fue disipada por la lluvia obtenida con las oraciones de soldados cristianos. Y así como no apartó públicamente la pena de hombres de tal clase, así de otro modo la dispersó públicamente, añadiendo también condenación para los acusadores, y ciertamente más horrible. [7] ¿Cuáles son, pues, esas leyes, que contra nosotros solos ejercen los impíos, los injustos, los torpes, los truculentos, los vanos, los dementes, leyes que Trajano en parte burló vedando que se investigara a los cristianos, que ningún Adriano —aunque explorador de todas las curiosidades—, ningún Vespasiano —aunque debelador de los judíos—, ningún Pío, ningún Vero impuso? [8] Más fácil sería juzgar que los pésimos debieran ser extirpados por los óptimos, como por émulos, que no por sus propios aliados.
    Comentario editorial · Tiberio y el senado (5, 2)
    Tertuliano cuenta que Tiberio, informado desde Siria Palestina de lo ocurrido con Cristo, llevó el asunto al senado con su voto favorable; que el senado, que no lo había examinado, lo rechazó, y que Tiberio amenazó a los acusadores de los cristianos. En 21, 24 añade que Pilato, «ya cristiano en su conciencia», informó a Tiberio. Eusebio (Historia eclesiástica II, 2) da la noticia como cosa que «dicen», dice que Tertuliano la registra y cita este pasaje en la versión griega del Apologético. Es lo que afirma Tertuliano; Eusebio la repite apoyándose en él (II, 2, 4).

    Capítulo VI

    Cap. 6

    VI. [1] Ahora, los religiosísimos protectores y vengadores de las leyes y de las instituciones paternas, respóndanme, por favor, sobre su fidelidad, honor y obediencia a los decretos de los mayores: si de ninguno se han apartado, si en nada han descarrilado, si no han borrado todo lo necesario y más apto de la disciplina. [2] Pues aquellas leyes pasaron que reprimían el gasto y la ambición, las cuales mandaban que no se apuntasen más de cien ases para una cena, ni se sirviese más de una gallina, y ésa no cebada; las que apartaban del senado, como gran título de ambición, al patricio que tuviera diez libras de plata; las que destruían de inmediato los teatros que nacían para corromper las costumbres; las que no dejaban usurpar temeraria e impunemente las insignias de las dignidades y de los nacimientos honrosos. [3] Veo, en efecto, cenas de cien ases, que ya han de decirse de cien mil sestercios, y metales de vajillas de plata sacados a relucir —poco es si de senadores y no de libertinos o aún de los que revientan los látigos—. Veo también que no bastan los teatros ni uno por uno, ni desnudos. Pues para que ni en invierno se enfriase el placer impúdico, los lacedemonios primeros excogitaron el sobretodo para los juegos. Veo también entre las matronas y las prostitutas que no queda ninguna diferencia en el atavío.
    [4] Respecto a las mujeres, ciertamente también cayeron aquellas instituciones de los mayores que patrocinaban la modestia, la sobriedad, cuando ninguna conocía el oro si no era en un solo dedo, que el esposo había empeñado con el anillo pronubo; cuando las mujeres se abstenían del vino hasta tal punto, que una matrona, por haber abierto los cajones de la bodega, fue muerta por los suyos con hambre; y bajo Rómulo, la que había tocado vino fue impunemente degollada por su marido Metennio. [5] Y por eso era también necesidad ofrecer sus bocas a los parientes, para que fuesen juzgadas por el aliento. [6] ¿Dónde está aquella felicidad de los matrimonios, prosperada ciertamente por las costumbres, que por casi seiscientos años desde la fundación de la ciudad ninguna casa escribió repudio? Y ahora en las mujeres, por el oro ningún miembro es leve, por el vino ningún beso es libre; el repudio ya es incluso voto, como fruto del matrimonio.
    [7] También acerca de los mismos dioses vuestros, lo que vuestros padres habían decretado con prudencia, vosotros, obedientísimos, lo habéis rescindido. Al padre Líber con sus misterios, los cónsules, por autoridad del senado, lo eliminaron no sólo de la ciudad, sino de toda Italia. [8] A Serapis, Isis y Arpócrates con su Cinocefalo, prohibieron que fuesen llevados al Capitolio, esto es, los expulsaron de la curia de los dioses, los cónsules Pisón y Gabinio, no ciertamente cristianos, derribando también sus aras, cohibiendo los vicios de torpes y ociosas supersticiones. Y vosotros, restituyéndolos, les conferisteis la suma majestad.
    [9] ¿Dónde está la religión? ¿Dónde la veneración debida por vosotros a los mayores? En el hábito, en la alimentación, en el ornato, en el sentimiento, aun en el mismo lenguaje habéis renunciado a los antepasados. Alabáis siempre la antigüedad, y cada día vivís de nuevo. Por donde se muestra que, mientras os apartáis de las buenas instituciones de los mayores, retenéis y custodiáis las que no debíais, cuando las que debíais no las custodiáis. [10] Aún más, lo que parecéis defender con mayor fidelidad de lo transmitido por los padres, aquello en lo que principalmente habéis destinado como reos de transgresión a los cristianos —hablo del afán de dar culto a los dioses—, en lo que sobre todo erró la antigüedad, aunque a Serapis egipcio le hayáis reedificado aras, aunque a Baco ya itálico le inmoleis vuestros furores: en su lugar mostraré que igualmente lo despreciáis, lo descuidáis y lo destruís, contra la autoridad de los mayores. [11] Ahora, pues, responderé a aquella infamia de los crímenes ocultos, para abrirme camino hacia los más manifiestos.

    Capítulo VII

    Cap. 7

    VII. [1] Se dice que somos los más criminales por el juramento del infanticidio, y por el pasto de allí, y después del convite por el incesto, que los perros, revolvedores de las luces, alcahuetes de las tinieblas, procuran para vergüenza de las libidines impías. [2] Sin embargo, siempre se dice, y vosotros que tanto tiempo se dice no os cuidáis de desenterrarlo. Así pues, o desenterradlo, si lo creéis, o no lo creáis, vosotros que no lo habéis desenterrado. Por vuestra disimulación se os prescribe que no existe lo que ni aun vosotros osáis desenterrar. Muy otra tarea ordenáis al verdugo contra los cristianos: no que digan lo que hacen, sino que nieguen lo que son.
    [3] El censo de esta disciplina, como ya hemos dicho, viene de Tiberio. Con odio de sí misma comenzó la verdad; tan pronto como apareció, es enemiga. Tantos enemigos cuantos extraños, y ciertamente por emulación propia los judíos, por concusión los soldados, por naturaleza aun los mismos domésticos nuestros. [4] Cada día somos asediados, cada día traicionados, en los mismos conventículos y congregaciones nuestras las más de las veces somos oprimidos. ¿Quién jamás sobrevino a un infante que vagía de tal suerte? [5] ¿Quién reservó al juez los rostros sangrientos, como los había hallado, de Cíclopes y Sirenas? ¿Quién, ni en las esposas, sorprendió huellas inmundas? ¿Quién, habiendo hallado tales crímenes, los ocultó o los vendió, envolviendo a los mismos hombres?
    Si siempre nos ocultamos, ¿cuándo se reveló lo que cometemos? [6] Más aún, ¿por quiénes pudo ser revelado? No ciertamente por los mismos reos, ya que, según la norma, a todos los misterios se debe la fe del silencio. Los de Samotracia y los de Eleusis se callan: ¡cuánto más tales cosas, que, una vez reveladas, provocan también el castigo humano, mientras se guardan las divinas! [7] Así pues, si no son ellos mismos los delatores de sí, síguese que son extraños. ¿Y de dónde a los extraños tal noticia, cuando siempre aun las iniciaciones impías apartan a los profanos y se guardan de testigos? A no ser que los impíos teman menos.
    [8] La naturaleza de la fama es conocida de todos. Vuestro es: "La fama es un mal, más veloz que ningún otro." ¿Por qué es mal la fama? ¿Porque es veloz? ¿Porque es índice? ¿O porque es las más de las veces mentirosa? La cual ni aun cuando trae algo de verdad carece de vicio de mentira, quitando, añadiendo, mudando de la verdad. [9] ¿Y qué más? Es tal su condición, que no persevera sino cuando miente, y tanto vive cuanto no prueba. Pues cuando ha probado, cesa de ser, y como habiendo cumplido el oficio de anunciar, entrega la cosa; y desde entonces la cosa se retiene, la cosa se nombra. [10] Nadie dice, verbigracia: "Esto dicen que se hizo en Roma", o "Fama es que aquél obtuvo la provincia", sino "Aquel obtuvo la provincia", y "Esto se hizo en Roma". [11] La fama, nombre de lo incierto, no tiene lugar donde hay certeza. ¿Acaso creería en la fama sino el inconsiderado? Porque el sabio no cree en lo incierto. Toca a todos estimar, por más que ella se haya difundido con ambición y se haya construido con aseveración, que es necesario que haya nacido en algún momento de uno solo. [12] De allí serpea a través de los sarmientos de las lenguas y de las orejas, y así el vicio del pequeño semen oscurece lo demás del rumor, que nadie recapacita si aquella primera boca no sembró la mentira, lo que a menudo sucede por ingenio de emulación, por arbitrio de sospecha, o por un no nuevo, sino ingénito a algunos, placer de mentir. [13] Pero bien está que todo lo revela el tiempo, también según vuestros propios proverbios y sentencias, por disposición de la naturaleza, que ha ordenado que nada permanezca oculto largo tiempo, ni aun lo que la fama no ha divulgado.
    [14] Con razón, pues, la fama sola es por tanto tiempo la única sabedora de los crímenes de los cristianos; a ésta como testigo aducís contra nosotros, la cual lo que alguna vez ha esparcido y con tanto espacio de tiempo ha corroborado en opinión, hasta ahora no ha podido probar.
    Comentario editorial · Los «crímenes ocultos»: infanticidio e incesto
    Tertuliano responde a un rumor concreto: que los cristianos, en sus reuniones, matan a un niño, comen su carne y, apagadas las luces, se unen incestuosamente (7, 1; 8, 2–3). Se hablaba de «banquetes de Tiestes» y «uniones edípicas»: son las palabras que Eusebio recoge de la carta de las iglesias de Vienne y Lyon sobre la persecución de 177, donde siervos paganos acusaron «falsamente» de ambas cosas a los cristianos (Historia eclesiástica V, 1, 14). Wikipedia atribuye el rumor en parte a malentendidos sobre «el cuerpo y la sangre» de Cristo y sobre el trato de «hermanos» y «hermanas». Tertuliano contesta que nadie lo ha probado nunca (7, 2–7), que la fama no es prueba (7, 8–14) y que esos crímenes se practican más bien entre los paganos (9).

    Capítulo VIII

    Cap. 8

    VIII. [1] Para apelar a la fe de la naturaleza misma contra los que presumen que tales cosas deben creerse, he aquí la recompensa de estos crímenes: os prometen la vida eterna. Creed entre tanto. Pregunto, ¿quien lo ha creído, tendrá tal aprecio de ella que consienta en llegar a ella con tal conciencia? [2] Ven, hunde el hierro en un infante enemigo de nadie, de nada reo, hijo de todos; o, si es oficio de otro, asiste tú al hombre que muere antes de haber vivido; espera su alma nueva al huir, recoge la sangre reciente, con ella harta tu pan, cómelo de buen grado. [3] Mientras tanto, recostado a la mesa, enumera los lugares exactos donde está la madre, donde la hermana; anota con diligencia, para que cuando caigan las tinieblas caninas, no yerres: cometerás un sacrilegio si no consumas el incesto. [4] Iniciado y consignado con tales cosas, ¿vives para siempre? Deseo que respondas si es de tanto precio la eternidad; o si no, por eso ni debes creerlo. Aun si lo creyeras, niego que quieras; aun si quisieras, niego que puedas. ¿Por qué, pues, otros podrían, si vosotros no podéis? ¿Por qué no podríais, si otros pueden? [5] Otra es, imagino, nuestra naturaleza: cinopennas o esciápodas; otros órdenes de dientes, otros nervios para la libidine incestuosa. Tú que crees esto del hombre, puedes también hacerlo; hombre eres tú mismo, que también el cristiano. Tú que no puedes hacerlo, no debes creerlo. Hombre es también el cristiano, y lo que también tú.
    [6] "Pero se les sugiere a los ignorantes y se les engaña. Pues no sabían que tales cosas se aseveraran de los cristianos, debiendo sin duda guardar toda vigilancia e investigar." [7] Y sin embargo, a los que quieren iniciarse, es costumbre, creo, acudir primero al padre de aquellos sacros, para que describa lo que debe prepararse. Entonces éste dice: "Necesitas un infante todavía tierno, que no conozca la muerte, que bajo tu cuchillo ría; también pan, para recoger la sanguaza; además candelabros y lámparas, y algunos perros y mendrugos que los atraigan a derribar las luces; ante todo, deberás venir con tu madre y tu hermana." [8] ¿Y si no quisieren o no las hubiere? ¿Qué, en fin, de los cristianos singulares? No será, creo, legítimo cristiano si no es hermano o hijo. [9] Pero ¿y si todas estas cosas se preparan para ignorantes? Ciertamente después lo saben, y lo soportan y lo perdonan. "Temen ser castigados, si lo gritan." ¿Quienes merecerían ser defendidos, quienes aun de buen grado preferirían morir antes que vivir bajo tal conciencia? Ea, pues, teman; ¿por qué también perseveran? Síguese, pues, que no quieras ser eso que, si antes lo hubieras sabido, no habrías sido.

    Capítulo IX

    Cap. 9

    IX. [1] Esto habré refutado más bien, y mostraré que lo hacéis vosotros en parte a la luz pública, en parte en oculto, por lo que quizás también lo habéis creído de nosotros.
    [2] En África se inmolaban a Saturno públicamente infantes hasta el proconsulado de Tiberio, quien expuso a los mismos sacerdotes en los mismos árboles de su templo, sombreadores de los crímenes, en votivas cruces, siendo testigo la milicia de nuestra patria, que desempeñó ese mismo oficio para aquel procónsul. [3] Mas también ahora en oculto persevera este sacro crimen. No sólo a vosotros desprecian los cristianos, ni ningún crimen se erradica para siempre, o algún dios cambia sus costumbres. [4] Pues Saturno no perdonó a sus propios hijos, y perseveraba ciertamente no perdonando a los extraños, a los cuales ofrecían sus mismos padres; y los ofrecían gustosos y halagaban a los infantes para que no fuesen inmolados llorando. Y sin embargo, mucho dista el parricidio del homicidio.
    [5] Una mayor edad es sacrificada entre los galos a Mercurio. Dejo las fábulas táuricas para sus teatros. He aquí que en aquella religiosísima ciudad de los piadosos Enéadas hay un cierto Júpiter, a quien en sus juegos riegan con sangre humana. "Pero son bestiarios", decís. Esto, a mi ver, ¿es menos que si fuese de un hombre? ¿O acaso es más torpe porque es de un hombre malo? Ciertamente, empero, se derrama por homicidio. ¡Oh Júpiter cristiano, y solo hijo del padre en cuestión de crueldad!
    [6] Mas puesto que en el infanticidio nada importa que se perpetre por sacrificio o por albedrío, aunque el parricidio diste del homicidio, volveré al pueblo. ¡Cuántos queréis de entre estos que están alrededor y con las fauces abiertas hacia la sangre de los cristianos, aun de entre vosotros, justísimos y severísimos presidentes contra nosotros, a cuántos, digo, pulsaré en vuestras conciencias, que matan a sus propios hijos! [7] Y si hay diferencia en el género de muerte, ciertamente vosotros arrancáis el espíritu más cruelmente en el agua, o los exponéis al frío, al hambre y a los perros; pues aun una edad mayor desearía morir por el hierro. [8] A nosotros, en cambio, una vez prohibido el homicidio, no nos es lícito disolver ni siquiera el concebido en el útero, mientras aún se está libando la sangre en hombre. Apresurar el homicidio es prohibir nacer, y nada importa si uno arrebata el alma nacida o destruye la naciente. Hombre es también el que ha de ser; aun todo fruto está ya en la semilla.
    [9] Sobre el pasto de sangre y de tales trágicas viandas, leed, por si en alguna parte está referido —está en Heródoto, creo—, que algunas naciones derramaron sangre de los brazos y la degustaron mutuamente para sellar un pacto. No sé qué también se degustó bajo Catilina. También dicen que entre ciertos gentiles de los escitas cada difunto es comido por los suyos. [10] Largo me desvío. Hoy mismo, allí entre vosotros, la sangre consagrada a Belona, del muslo abierto recibida en la palma y usada, sella. [11] También aquéllos que, en el servicio de la arena, beben con ávida sed, para curar la enfermedad comicial, la sangre reciente de los reos degollados, que corre de la yugular, ¿dónde están? Asimismo, aquellos que en la arena cenan con manjares de fieras, ¿quién busca el del jabalí, quién el del ciervo? Aquel jabalí, al que ensangrentó en la lucha, lo limpió; aquel ciervo yació en la sangre del gladiador. Se apetecen los vientres mismos de los osos, cuando aún eructan de vísceras humanas; se eructa, por consiguiente, carne alimentada de hombre. [12] Vosotros que coméis estas cosas, ¿cuánto distáis de los convites de los cristianos? ¿Y hacen menos aquellos que, con libidine fiera, están ávidos de miembros humanos, porque devoran vivos? ¿Son menos consagrados a la suciedad con sangre humana, porque lamen sangre futura? No comen infantes ciertamente, mas sí púberes.
    [13] Sonrójese vuestro error ante los cristianos, que ni siquiera tenemos sangre de animales en los manjares comestibles, y que por eso nos abstenemos también de lo sofocado y de lo mortecino, para no contaminarnos en modo alguno con sangre, aun sepultada en las entrañas. [14] Finalmente, entre las pruebas para los cristianos, ofrecéis también morcillas rellenas de sangre, certísimos de que les es ilícito aquello por lo que queréis que descarríen. Además, ¿qué tal es, que a quienes os consta que aborrecen la sangre del ganado, creáis que estén ávidos de sangre humana, a no ser que la hayan experimentado más suave? [15] Y esta misma sangre humana convendría que se empleara igualmente como examinadora de los cristianos, lo mismo que el pebetero, lo mismo que la cajita de incienso. Así se probaría que apetecen sangre humana, del mismo modo que rehúsan el sacrificio; de lo contrario, deberían ser condenados si no la gustaran, igual que si sacrificaran. Y ciertamente no os faltaría sangre humana en las audiencias de las custodias y en las condenas.
    [16] Por tanto, ¿quiénes más incestuosos que aquellos a quienes el mismo Júpiter enseñó? Ctesias refiere que los persas se mezclan con sus madres. Pero también los macedonios son sospechosos, porque cuando por primera vez oyeron la tragedia de Edipo, riéndose del dolor del incesto, decían: "¡Élaune, eis tèn metéra!". [17] Ahora, recapacitad cuánto se les permite a los errores para mezclar incestos, suministrando materias la pasividad de la lujuria. En primer lugar, exponéis a los hijos para que los recoja alguna misericordia extraña al pasar, o los emancipáis para que sean adoptados por mejores padres. Es necesario que alguna vez se disipe la memoria del linaje ajeno; y cuando el error ha tropezado, desde entonces los sarmientos del incesto proliferan, serpeando el crimen con la estirpe. [18] Luego, en cualquier lugar, en casa, fuera, allende los mares, la libidine es compañera, cuyos saltos en todas partes pueden fácilmente en algún lugar engendrar hijos a ignorantes, o de alguna porción de semen, de modo que el linaje esparcido en las relaciones humanas concurra en sus recuerdos, sin que la ceguedad de la sangre incestuosa los reconozca. [19] A nosotros de tal eventualidad nos ha cercado una diligentísima y fidelísima castidad, y tanto cuanto estamos de los estupros y de todo exceso después del matrimonio, tanto también estamos a salvo del caso de incesto. Algunos, mucho más seguros, apartan toda la fuerza de este error con la continencia virginal, viejos niños.
    [20] Si considerarais que estas cosas están en vosotros, veríais que no están en los cristianos. Los mismos ojos anunciarían una y otra cosa. Pero dos especies de ceguedad fácilmente concurren, de suerte que quienes no ven lo que es, parezcan ver lo que no es. Así en todo lo mostraré. Ahora hablaré de lo más manifiesto.

    Capítulo X

    Cap. 10

    X. [1] "No dais culto a los dioses —decís—, y no ofrecéis sacrificios por los emperadores." Síguese que por la misma razón no sacrificamos por otros, porque ni por nosotros mismos, no dando culto de una vez a los dioses. Así, somos acusados de sacrilegio y de lesa majestad. Esta es la suma causa, más aún, la total, y ciertamente digna de ser conocida, si no juzga la presunción o la iniquidad, la una que desespera, la otra que rehúsa la verdad.
    [2] Dejamos de dar culto a vuestros dioses desde que conocimos que no existen. Esto, pues, debéis exigir: que probemos que ésos no son dioses, y que por eso no deben ser honrados, porque sólo entonces deberían serlo, si fuesen dioses. Entonces también los cristianos deberían ser castigados, si constase que son dioses aquellos a quienes no honran porque piensan que no lo son. [3] "Pero para nosotros —decís— son dioses." Apelamos y os provocamos a vosotros ante vuestra conciencia; que ella nos juzgue, que ella nos condene, si puede negar que todos esos vuestros dioses fueron hombres. [4] Y si ella misma lo negare, será refutada por los instrumentos de sus antigüedades, por los cuales los aprendió, prestando testimonio hasta hoy las ciudades en que nacieron, y las regiones en que, habiendo obrado algo, dejaron vestigios, y en las que también se muestran sepultados. [5] ¿Recorreré ahora uno por uno a tantos y tan grandes, nuevos y viejos, bárbaros y griegos, romanos y peregrinos, cautivos y adoptivos, propios y comunes, varones y hembras, rústicos y urbanos, náuticos y militares? [6] Es ocioso aun perseguir los títulos. Para resumir en compendio, y esto no para que conozcáis sino para que reconocáis —pues ciertamente os hacéis los olvidadizos—, antes de Saturno no tenéis a ningún dios; desde él data el censo de toda la divinidad, o al menos de la más potente y conocida. Así, lo que conste del origen, eso mismo convendrá de la posteridad. [7] A Saturno, pues, si valen las letras, ni Diodoro el Griego, ni Talo, ni Casio Severo o Cornelio Nepote, ni ningún comentarista de tales antigüedades lo han divulgado como otra cosa que un hombre; si valen los argumentos de las cosas, en ninguna parte los hallo más fieles que en la misma Italia, en la cual Saturno, después de muchas expediciones y de haber gozado de la hospitalidad ática, se asentó, acogido por Jano o Jáneo, como quieren los salios. [8] El monte que habitó se llamó Saturnio; la ciudad que había deslindado, Saturnia, hasta ahora es; en fin, toda Italia, después de Enotria, fue apellidada Saturnia. De él mismo, por vez primera, se acuñó moneda señalada con efigie y signo, y desde entonces preside el erario.
    [9] Sin embargo, si Saturno es hombre, ciertamente es de hombre, y puesto que de hombre, no ciertamente de Cielo y Tierra. Pero como sus padres eran ignorados, fue fácil decir que era hijo de aquellos de quienes todos podemos ser vistos como tales. Pues ¿quién no llama al cielo y a la tierra madre y padre por gracia de veneración y honor, o por la costumbre humana según la cual los ignorados o los que aparecen de improviso se dice que han sobrevenido del cielo? [10] Por ende, a Saturno, como apareció por todas partes de repente, le cupo ser llamado celeste; pues la plebe llama hijos de la tierra a aquellos cuyo linaje es incierto. Callo que los hombres, siendo aún tan rudos, se conmovían a la vista de cualquier hombre nuevo como si fuese divino, cuando hoy, ya pulidos, consagran como dioses a aquellos que pocos días antes, con luto público, han confesado muertos. [11] Basta ya de Saturno, aunque en pocas palabras. También a Júpiter mostraremos tan hombre como procedente de hombre, y al punto todo el enjambre de la estirpe tan mortal como semejante a su semilla.

    Capítulo XI

    Cap. 11

    XI. [1] Y puesto que, así como no osáis negar que aquéllos fueron hombres, así también habéis instituido aseverar que se hicieron dioses después de la muerte, reconsideremos las causas que esto exigieron. [2] Ante todo, es necesario que concedáis que hay algún dios más sublime y cierto mancipe de la divinidad, que de hombres hizo dioses. Pues ni ellos hubieran podido tomar para sí la divinidad que no tenían, ni otro otorgarla a quienes no la tenían, si no fuese quien propiamente la poseía. [3] Por demás, si no hubiera nadie que hiciera dioses, en vano presumís que se hicieron dioses, quitando al hacedor. Ciertamente, si ellos hubieran podido hacerse a sí mismos, nunca hubieran sido hombres, poseyendo, claro está, la potestad de una condición mejor.
    [4] Así, pues, si hay quien haga dioses, vuelvo a examinar las causas de hacer dioses de hombres, y no hallo ninguna, a no ser que aquel gran dios deseó ministerios y auxilios para los oficios divinos. Primero, es indigno que necesitara de la obra de alguno, y precisamente de un muerto, cuando más digno hubiera sido que desde el principio hubiera hecho algún dios que hubiera de necesitar la obra de un muerto. [5] Pero ni siquiera veo lugar para tal obra. Pues todo este cuerpo del mundo, ora innato e increado según Pitágoras, ora nacido o hecho según Platón, una vez por todas en esta construcción fue hallado dispuesto, instruido y ordenado con todo el timón de la razón. No pudo ser imperfecto lo que perfeccionó todas las cosas. [6] Nada esperaba a Saturno y a la estirpe saturnia. Vanos serían los hombres, si no estuviera cierto que desde el principio llovieron las lluvias del cielo, radió los astros, florecieron las luces, mugieron los truenos, y que el mismo Júpiter temió los rayos que ponéis en su mano; asimismo todo fruto antes de Líber y Ceres y Minerva, más aún, antes de aquel primer hombre, brotó de la tierra, porque nada destinado a contener y sustentar al hombre pudo ser introducido después del hombre. [7] Finalmente, se dice que descubrieron esas cosas necesarias para la vida, no que las instituyeron. Pero lo que se descubre, ya existía, y lo que existía no se reputará de aquel que lo descubrió, sino de aquel que lo instituyó; pues era antes de ser descubierto. [8] Por lo demás, si por esto Líber es dios, porque mostró la vid, mal le fue a Lúculo, que primero divulgó las cerezas del Ponto a Italia, pues no fue por eso consagrado como autor de un nuevo fruto, siendo sólo su mostrador. [9] Por lo tanto, si desde el principio la totalidad subsistió instruida y dispensada con las razones ciertas de ejercer sus oficios, sobra por esta parte la causa de allegar humanidad a la divinidad, porque las estaciones y potestades que les distribuisteis, tanto fueron desde el principio, como hubieran sido aunque no hubierais creado a esos dioses.
    [10] Mas volveos a otra causa respondiendo que la colación de la divinidad fue en razón de remunerar méritos. Y en esto concedéis, creo, que aquel dios deífico sobresale en justicia, que no temerariamente, ni indignamente, ni pródigamente dispensó tan gran premio. [11] Quiero, pues, revisar los méritos, si son de tal índole que los hayan elevado al cielo, y no más bien los hayan hundido en el más profundo Tártaro, que afirmáis, cuando queréis, que es la cárcel de las penas infernales. [12] Pues allí suelen ser sepultados todos los impíos para con sus padres, los incestuosos con sus hermanas, los adúlteros de las esposas, los raptores de vírgenes, los contaminadores de púberes, y los que se enfurecen, y los que matan, y los que hurtan, y los que engañan, y cualesquiera que son semejantes a alguno de vuestros dioses, a los cuales no podréis probar ninguno limpio de crimen o vicio, a no ser que neguéis que fueron hombres.
    [13] Y aun, así como no podéis negar que ellos fueron hombres, también sobrevienen estas notas que no permiten que se les crea hechos dioses después. Pues si vosotros presidís para castigar a los tales, si todo probo rechaza el comercio, el coloquio, el convivio de los malos y torpes, y aquel dios admitió a pares de éstos en el consorcio de su majestad, ¿cómo, pues, condenáis a aquellos cuyos colegas adoráis? [14] Es un escarnio en el cielo vuestra justicia. ¡Haced dioses a los más criminales, para agradar a vuestros dioses! La consagración de sus coiguales es honor para ellos.
    [15] Mas, para omitir la reconsideración de esta indignidad, ¡fueran probos e íntegros y buenos! ¡Cuántos varones más notables, con todo, habéis dejado en los infiernos! Algún Sócrates en sabiduría, un Arístides en justicia, un Temístocles en milicia, un Alejandro en sublimidad, un Polícrates en felicidad, un Creso en opulencia, un Demóstenes en elocuencia. [16] ¿Quién de aquellos vuestros dioses fue más grave y sabio que Catón, más justo y más militar que Escipión? ¿Quién más sublime que Pompeyo, más feliz que Sila, más opulento que Craso, más elocuente que Tulio? ¡Cuánto más dignamente aquel dios habría esperado a asumir a éstos, como presciente de los mejores! Se apresuró, creo, y una vez cerró el cielo, y ahora ciertamente se sonroja ante los mejores que gruñen en los infiernos.

    Capítulo XII

    Cap. 12

    XII. [1] Ya me detengo acerca de esto, sabiendo que yo he de demostrar por la verdad misma lo que no son, cuando muestre lo que son. En cuanto, pues, a vuestros dioses, sólo veo nombres de ciertos viejos muertos, y oigo fábulas y reconozco los sacros por las fábulas; [2] en cuanto a los simulacros mismos, nada más reprendo sino que las materias son hermanas de las de vuestros vasos y comunes instrumentos, o que por una como fatalidad de la consagración se mudan de los mismos vasos e instrumentos, transfigurándolas la licencia del arte, y por cierto de la manera más contumeliosa y, en la misma obra, sacrílega, de suerte que, en verdad, para nosotros sobre todo, que somos castigados por causa de esos mismos dioses, pueda ser solaz de las penas el que ellos mismos padezcan lo mismo para llegar a ser.
    [3] Ponéis a los cristianos en cruces y palos: ¿qué simulacro no se forma primero en barro sobrepuesto a una cruz y a un palo? En el patíbulo se dedica primero el cuerpo de vuestro dios. [4] Desolláis con garfios los costados de los cristianos: mas contra vuestros dioses por todos los miembros se apoyan más vigorosamente las hachuelas, los cepillos, las escofinas. Ponemos la cerviz: antes del plomo y del gluten y de las clavijas, vuestros dioses están sin cabeza. Somos empujados a las bestias: ciertamente a las que aplicáis a Líber y a Cibeles y a la Celeste. [5] Somos quemados con fuegos: esto también ellos lo sufren desde la primera masa. Somos condenados a las minas: de allí se censan vuestros dioses. Somos relegados a las islas: también en una isla suele algún dios vuestro nacer o morir. Si por estas cosas consta alguna divinidad, luego entonces los que son castigados son consagrados y los suplicios habrán de ser llamados númenes.
    [6] Pero, ciertamente, vuestros dioses no sienten estas injurias y contumelias de su fabricación, como tampoco los obsequios. ¡Oh voces impías, oh sacrílegos insultos! ¡Rechinad, echad espuma! Vosotros sois los mismos que no reprendisteis a algún Séneca que peroraba muchas y más acerbas cosas sobre vuestra superstición. [7] Así pues, si no adoramos estatuas e imágenes frígidas, muy semejantes a sus muertos, que los milanos, los ratones y las arañas entienden, ¿no merecía alabanza más bien que pena el repudio de un error reconocido? ¿Podemos parecer que dañamos a aquellos de quienes tenemos por cierto que en modo alguno existen? Lo que no es, nada padece de nadie, porque no es.

    Capítulo XIII

    Cap. 13

    XIII. [1] "Pero para nosotros son dioses", dices. ¿Y cómo, al contrario, vosotros sois sorprendidos impíos y sacrílegos e irreligiosos para con vuestros dioses, que, a quienes presumís que existen, los descuidáis, a quienes teméis, los destruís, y a quienes también vindicáis, los escarnecéis? [2] Reconoced si miento. Lo primero, cuando unos dais culto a unos dioses y otros a otros, ciertamente ofendéis a aquellos a quienes no dais culto. La preferencia de uno no puede proceder sin contumelia del otro, porque ni la elección sin reprobación. [3] Ya, pues, despreciáis a los que reprobáis, a los que, reprobando, no teméis ofender. Pues, como más arriba hemos rozado, la condición de cualquier dios pendía de la estimación del senado. No era dios aquel a quien un hombre consultado no hubiese querido, y no queriéndolo lo hubiese condenado.
    [4] A los dioses domésticos, que llamáis Lares, los tratáis con potestad doméstica, empeñándolos, vendiéndolos, permutándolos, a veces en una cacerola de Saturno, a veces en una cuchara de Minerva, según cada uno está gastado y machacado, mientras por largo tiempo se le da culto, según cada señor ha experimentado una necesidad doméstica más santa. [5] A los públicos igualmente los envilecéis con derecho público, pues los tenéis en el hastario como tributarios. Así se acude al Capitolio, así al mercado de hortalizas; con la misma voz del pregonero, bajo la misma lanza, con la misma pluma del cuestor, la divinidad se remata y se alquila. [6] Pero los campos cargados de tributo son más viles, las cabezas de hombres censadas para el estipendio son más innobles (pues éstas son las notas de la cautividad); mas los dioses, cuanto más tributarios, más santos; más aún, cuanto más santos, más tributarios. La majestad se vuelve mercenaria: la religión va mendigando de taberna en taberna; exigís paga por el solo suelo del templo, por la entrada al santuario. No está permitido conocer gratis a los dioses: están en venta.
    [7] ¿Qué hacéis, en suma, para honrarlos, que no confiramos también a vuestros muertos? Edificios igualmente, aras igualmente. El mismo atavío e insignias en las estatuas; cual fue la edad, cual el arte, cual el oficio del muerto, así es el dios. ¿En qué se diferencia de un banquete de Júpiter el silicernio, del símpulo la obba, del arúspice el polinctor? Pues también el arúspice comparece para los muertos. [8] Mas dignamente otorgáis el honor de la divinidad a los emperadores difuntos, a los cuales ya en vida se lo dedicáis. De buen grado lo llevarán vuestros dioses, más aún, se congratularán de que sus señores se igualen a ellos. [9] Mas cuando adoráis a Larentina, pública ramera —querría yo al menos que fuese Laide o Friné—, entre las Junos y las Ceres y las Dianas; cuando inauguráis a Simón el Mago con estatua y con la inscripción "al Dios Santo"; cuando de los pedagogios áulicos hacéis dios a no sé quién del sínodo, aunque no sean dioses viejos más nobles, con todo estimarán que les viene de vosotros una contumelia: el que se haya permitido a otros lo que la antigüedad concedió a solos ellos.

    Capítulo XIV

    Cap. 14

    XIV. [1] Quiero también revisar vuestros ritos. No digo cómo sois al sacrificar, cuando inmoláis cuanto hay de mortecino, tabídico y sarnoso, cuando de lo óptimo e íntegro truncáis lo superfluo, cabecitas y pezuñas, que en casa también hubierais destinado a los niños o a los perros; cuando del diezmo de Hércules ni siquiera la tercera parte ponéis en su ara; alabaré más bien la sabiduría de que hurtéis algo de lo perdido. [2] Mas, volviéndome a vuestras letras, con las que sois informados para la prudencia y los oficios liberales, ¡cuántos ludibrios hallo! Que los dioses entre sí, por los troyanos y los aqueos, como parejas de gladiadores, se encontraron y pelearon; que Venus fue herida por humana saeta, porque quería arrebatar a su hijo Eneas, a quien el mismo Diomedes casi había matado; [3] que Marte estuvo casi consumido en cadenas trece meses; que Júpiter, para no experimentar igual violencia de los demás celestes, fue liberado por obra de cierto monstruo, y ora llora la muerte de Sarpedón, ora torpemente se encela con su hermana, trayendo a la memoria a sus no tan amadas amigas de antaño. [4] De ahí que, ¿qué poeta, por autoridad de su príncipe, no se halla ser deshonrador de los dioses? Éste entrega a Apolo al rey Admeto para apacentar ganados; aquél alquila a Neptuno las obras de albañilería para Laomedonte. [5] También está aquel de los líricos, digo Píndaro, que canta a Esculapio fulminado por su merecida avaricia, porque ejercía la medicina nocivamente. ¡Mal Júpiter, si el rayo es suyo; impío con el nieto, envidioso del artífice! [6] Estas cosas no convenía que ni se profiriesen como verdaderas ni se fingiesen como falsas entre gentes tan religiosas. Y ni los trágicos ni los cómicos perdonan, para no anteponer las desgracias o errores de alguna casa de algún dios. [7] Callo a los filósofos, contento con Sócrates, que para contumelia de los dioses juraba por la encina, por el macho cabrío y por el perro. "Pero por eso Sócrates fue condenado, porque destruía a los dioses." Ciertamente que en otro tiempo, esto es, siempre, la verdad es odiosa. [8] Sin embargo, cuando con arrepentimiento de la sentencia los atenienses castigaron después a los acusadores de Sócrates, y colocaron su imagen áurea en el templo, la condenación rescindida dio testimonio a Sócrates. [9] Pero también Diógenes, no sé en qué, se burla de Hércules; y el cínico romano Varrón introduce trescientos Joves, o Jupíteres, sin cabezas.

    Capítulo XV

    Cap. 15

    XV. [1] Los demás ingenios de la lascivia también trabajan para vuestros deleites mediante el deshonor de los dioses. Examinad las venustidades de los Léntulos y de los Hostilios, para ver si en sus chistes y estrofas os reís de los mimos o de vuestros dioses: "el adúltero Anubis", y "la Luna macho", y "Diana azotada", y "el testamento de Júpiter muerto recitado", y "los tres Hércules hambrientos escarnecidos". [2] Mas también las letras de los histriones designan toda su fealdad. El Sol se lamenta de su hijo arrojado del cielo, mientras vosotros os alegráis; y Cibeles, desdeñosa, suspira por el pastor, sin sonrojo vuestro; y soportáis que se canten los elogios de Júpiter, y que Juno, Venus, Minerva sean juzgadas por un pastor. [3] El mismo hecho de que la imagen de vuestro dios revista una cabeza ignominiosa y famosa, de que un cuerpo impuro y, para tal arte, producido por el afeminamiento, represente a alguna Minerva o algún Hércules, ¿no se viola la majestad y se constupra la divinidad, mientras vosotros aplaudís?
    [4] Ciertamente, sois más religiosos en la cávea, donde sobre la sangre humana, sobre las suciedades de las penas, bailan vuestros dioses, suministrando argumentos e historias a los reos, salvo que a menudo también los mismos reos se revisten de vuestros dioses. [5] Hemos visto alguna vez al castrado Atis, aquel dios de Pesinunte, y a quien se revestía de Hércules, que ardía vivo. Reímos también, entre las lúdicras crueldades de los mediodías, a Mercurio examinando con el cauterio a los muertos; vimos también al hermano de Júpiter conduciendo con un mazo los cadáveres de los gladiadores. [6] Cada una de estas cosas, si alguien pudiera todavía investigarlas, si inquietan el honor de la divinidad, si borran los vestigios de la majestad, ciertamente son juzgadas por el desprecio, tanto de aquellos que las ejecutan, como de aquellos para quienes las ejecutan.
    [7] Mas ¡sean estas cosas lúdicras! Por lo demás, si yo añadiere lo que no menos reconocerá la conciencia de todos: que en los templos se cometen adulterios, entre las aras se trafican lenocinios, en los mismos tabernáculos, las más de las veces, de los ediles y de los sacerdotes, bajo las mismas ínfulas, ápices y púrpuras, mientras arde el incienso, se consuma la libidine, no sé si vuestros dioses se quejarán más de vosotros que de los cristianos. Ciertamente, siempre se prende a los sacrílegos de entre los vuestros; los cristianos, en cambio, no conocen los templos ni aun de día; los saquearían quizás también ellos, si también ellos los adorasen.
    [8] ¿Qué culto dan, pues, quienes no dan culto a tales cosas? Ya, por cierto, se deja entender que son cultores de la verdad quienes no lo son de la mentira, y que no yerran más en aquello en lo que, reconociendo que habían errado, cesaron. Tomad de este capítulo ante todo todo el orden de nuestro sacramento, habiendo antes rechazado, empero, las falsas opiniones.

    Capítulo XVI

    Cap. 16

    XVI. [1] Pues, como también algunos, habéis soñado que nuestro dios es una cabeza de asno. Cornelio Tácito insertó esta sospecha. [2] Éste, en efecto, en el libro quinto de sus Historias, habiendo comenzado la guerra judaica desde el origen de la nación, y habiendo argumentado lo que quiso tanto acerca de ese origen como del nombre y de la religión de la nación, refiere que los judíos, expulsados de Egipto o, como él pensó, desterrados a los vastos desiertos de Arabia, agotados de sed en lugares carentísimos de aguas, usaron como indicios de fuentes a los onagros que por casualidad se estimaba que iban a beber del pasto, y que por esa gratitud consagraron la efigie de semejante bestia. [3] Y así de allí, creo yo, se ha presumido que también nosotros, como allegados a la religión judaica, somos iniciados en el mismo simulacro. Mas, por el contrario, el mismo Cornelio Tácito, ciertamente aquel locuacísimo en mentiras, en la misma Historia refiere que Pompeyo Magno, habiendo tomado Jerusalén y habiendo entrado por eso en el templo para observar los arcanos de la religión judaica, no halló allí ningún simulacro. [4] Y ciertamente, si se daba culto a algo que era representado por alguna efigie, en ninguna parte más que en su santuario se exhibiría, tanto más cuanto que, aunque vano culto, no se temía a testigos extraños. Sólo a los sacerdotes era lícito acercarse; aun la vista de los demás era vedada con un velo extendido. [5] Vosotros, sin embargo, no negaréis que todos los jumentos y todos los caballos enteros con su propia Epona son objeto de culto entre vosotros. Esto es quizás lo que se nos reprocha: que entre los cultores de toda clase de ganados y bestias, sólo nosotros somos asinarios.
    [6] Mas también el que nos considera religiosos de la cruz, será nuestro cosagrado. Cuando se propicia algún leño, véase el hábito, con tal que sea la misma la calidad de la materia; véase la forma, con tal que sea el cuerpo mismo del dios. Y, sin embargo, ¡cuánto se distingue del palo de la cruz Palas Ática, y Ceres Faria, que sin efigie se levanta en un rudo palo y un informe leño! [7] Parte de la cruz es todo roble que se fija en estación erecta. Nosotros, si acaso, damos culto al dios entero y total. Hemos dicho que el origen de vuestros dioses se deriva de la cruz, partiendo de los artistas plásticos. Pero también adoráis a las Victorias en los trofeos, siendo las cruces las entrañas de los trofeos. [8] Toda religión romana, la castrense, venera las enseñas, jura por las enseñas, antepone las enseñas a todos los dioses. Todos aquellos aparatos de imágenes en las enseñas son collares de cruces; aquellos colgaduras de los vexilos y de los cantabros son estolas de cruces. Alabo la diligencia: no quisisteis consagrar cruces incultas y desnudas.
    [9] Otros, ciertamente de manera más humana y verosímil, creen que nuestro dios es el sol. A los persas, si acaso, se nos reputará, aunque no adoremos al sol pintado en un lienzo, pues lo tenemos en todas partes en su propio clípeo. [10] Finalmente, de allí la sospecha, porque se ha hecho notorio que nosotros oramos mirando a la región del oriente. Pero también muchísimos de vosotros, por afectación a veces, al adorar los cuerpos celestes, vibran los labios hacia el orto del sol. [11] Igualmente, si consagramos el día del sol al regocijo, por una razón muy distinta de la religión del sol, en segundo lugar estamos tras aquellos que destinan el día de Saturno al ocio y al banquete, descarrilando ellos mismos del modo judaico, que ignoran.
    [12] Pero una nueva publicación de nuestro Dios acaba de exponerse en esta misma ciudad: un mercenario criminal, expuesto a las bestias, presentó una pintura con esta inscripción: "Dios de los cristianos, onocoíta". Aquél tenía orejas asininas, un pie con pezuña, portaba un libro y vestía toga. Reímos del nombre y de la forma. [13] Pero ellos deberían adorar a ese numen biforme, ellos que han recibido dioses mezclados con cabeza de perro y de león, cornudos como macho cabrío y carnero, cabrones de lomos, con piernas de serpiente y alados en planta o espalda.
    [14] Esto lo hemos dicho de más, para no haber pasado por alto rumor alguno sin replicar, como si hubiera cargo de conciencia. Todo lo cual, una vez volvamos ya a la demostración de nuestra religión, lo purgaremos de nuevo.

    Capítulo XVII

    Cap. 17

    XVII. [1] El Dios a quien adoramos es uno solo, que extrajo del no ser toda esta mole con todo el aparejo de elementos, cuerpos y espíritus —con la palabra por la que mandó, la razón por la que dispuso, el poder con que pudo— para ornato de su majestad; de ahí que los griegos dieran al mundo el nombre de cosmos. [2] Es invisible, aunque se le vea; incomprensible, aunque se manifieste por gracia; inestimable, aunque se le estime con sentidos humanos; por eso es verdadero y tan grande. Por lo demás, lo que comúnmente puede verse, comprenderse o estimarse, es menor que los ojos que lo aprehenden, que las manos que lo contaminan y que los sentidos que lo encuentran; en cambio, lo que es inmenso se conoce a sí mismo solo. [3] Esto es lo que hace que Dios sea estimado, precisamente porque no cabe ser estimado; así la fuerza de su grandeza lo muestra a los hombres conocido y desconocido a un tiempo. Y ésta es la suma del delito de quienes no quieren reconocer a quien no pueden ignorar.
    [4] ¿Queréis que lo probemos a partir de sus obras, tantas y tales —por las que somos sostenidos, sustentados, deleitados y también aterrados—, queréis que lo probemos a partir del testimonio del alma misma? [5] Ésta, aunque oprimida por la cárcel del cuerpo, aunque cercada por enseñanzas perversas, aunque debilitada por placeres y concupiscencias, aunque esclavizada a falsos dioses, sin embargo, cuando vuelve en sí, como de una borrachera, como de un sueño, como de una enfermedad, y recobra su salud, pronuncia "Dios", sólo por eso, porque propiamente verdadero es éste y único. "Buen Dios y grande", "lo que Dios quiera" es la voz de todos. [6] Lo invoca también como juez: "Dios lo ve", "a Dios lo encomiendo", "Dios me devolverá". ¡Oh testimonio del alma naturalmente cristiana! En fin, al pronunciar esto no mira al Capitolio, sino al cielo. Conoce, en efecto, la sede del Dios vivo; de él vino, y de allí desciende.

    Capítulo XVIII

    Cap. 18

    XVIII. [1] Pero para que accediéramos más plena e intensamente tanto a él mismo como a sus disposiciones y voluntades, añadió el instrumento de la literatura, por si alguno quiere investigar acerca de Dios, y habiendo investigado encontrar, y habiendo encontrado creer, y habiendo creído servir. [2] En efecto, desde el principio envió al mundo varones dignos, por la inocencia y la justicia, de conocer a Dios y de mostrarlo, inundados de espíritu divino, para que predicaran que Dios es único, que creó todas las cosas, que formó al hombre del barro —pues ése es el verdadero Prometeo—, que ordenó el siglo con cierta disposición y término de tiempos; [3] desde entonces, qué señales de su majestad mostró al juzgar mediante lluvias, mediante fuegos, qué disciplinas determinó para ganárselo, qué premios destinó a quienes, habiendo ignorado o abandonado o guardado sus mandatos, para que, al cabo de este tiempo, juzgue a sus adoradores en la retribución de la vida eterna, y a los profanos en el fuego igualmente perpetuo y eterno, resucitados, reformados y examinados todos los muertos desde el principio, para la liquidación de uno y otro mérito. [4] Estas cosas también nosotros en algún momento nos reímos. De vosotros somos: se hacen, no nacen, cristianos.
    [5] Los predicadores que hemos dicho se llaman profetas, por el oficio de predecir. Sus voces y asimismo los poderes que manifestaban para acreditar la divinidad permanecen en los tesoros de las letras, y éstos no están ocultos. [6] El más erudito de los Ptolomeos, a quien apellidan Filadelfo, y el más sagaz en toda literatura, queriendo emular, según creo, a Pisístrato en el afán de bibliotecas, entre otros monumentos que la antigüedad o alguna curiosidad patrocinaban para la fama, por sugerencia de Demetrio de Falero, gramático entonces de los más reputados, a quien había encargado la prefectura, pidió a los judíos también sus libros, sus letras propias y vernáculas, que ellos solos poseían. [7] De los mismos y para los mismos los profetas siempre habían hablado, es decir, al pueblo de Dios doméstico, por gracia de los patriarcas. Hebreos antiguamente, ahora judíos; por tanto, también letras hebreas y lengua. Pero para que no faltara noticia, también esto fue subscrito por los judíos a Ptolomeo: se concedieron setenta y dos intérpretes, a los que también Menedemo, filósofo defensor de la providencia, admiró por la comunidad de parecer. Os lo confirmó asimismo Aristeas. [8] Así dejó expuestos los monumentos en estilo griego; hoy se exhiben en el Serapeo de la biblioteca de Ptolomeo, junto con los originales hebreos. [9] Pero también los judíos los leen públicamente. Una libertad sujeta a tributo; se va allí todos los sábados. Quien lo oyere, encontrará a Dios; quien además se afanare por entender, se verá forzado a creer.

    Capítulo XIX

    Cap. 19

    XIX. [1] La máxima autoridad para estos instrumentos la reclama su suma antigüedad; también entre vosotros es casi una religión afirmar la fe a partir de los tiempos.

    Cap. 19, fragmento fuldense

    Fragmento Fuldense
    [F1] La suprema antigüedad presta autoridad a las letras. En efecto, el primer profeta, Moisés, que empezó por narrar la creación del mundo y la multiplicación del género humano y luego la vengadora fuerza del cataclismo sobre la iniquidad de aquel tiempo, hasta su propia edad por vaticinio, y después con sus obras ofreció imágenes de lo futuro, él, que también presentó un orden de los tiempos desde el principio, y ofreció un cómputo del siglo, resulta ser anterior en unos trescientos años al más antiguo entre vosotros, Dánao, que llegó a Argos. [F2] Y es, por cierto, anterior al combate troyano en cerca de mil años, y por tanto anterior al mismo Saturno. Pues según la historia de Talo, que refiere que Belo, rey de los asirios, y Saturno, rey de los Titanes, lucharon con Júpiter, se muestra que Belo precedió en trescientos veintidós años a la ruina de Ilión. Por este Moisés les fue enviada también aquella ley, propia de los judíos, por Dios. [F3] En adelante, muchos otros profetas, más antiguos que vuestras letras; pues incluso el que cantó el último, o se adelantó un poco, o ciertamente coincide en edad con los autores de vuestra sabiduría, incluso con los legisladores. [F4] Pues en el reinado de Ciro y Darío vivió Zacarías, en cuyo tiempo Tales, príncipe de los físicos, a Creso que le consultaba nada cierto respondió acerca de la divinidad, turbado sin duda por las voces de los profetas. Solón predijo a ese mismo rey que debía mirar al fin de una larga vida, no de otro modo que los profetas. [F5] Hasta tal punto puede verse que tanto vuestras leyes como vuestros estudios han sido concebidos a partir de la ley y de la doctrina divina. Lo que es anterior, es fuerza que sea la semilla. De ahí tenéis algunas cosas con nosotros o cerca de nosotros: [F6] Por amor a la sabiduría, su afán se llamó filosofía; por afán de profecía, su emulación fue tenida por poética vaticinación. Los hombres, ávidos de gloria, si algo habían inventado, lo adulteraron para hacerlo propio. Incluso los frutos pueden degenerar de la semilla.
    [F7] Todavía podría detenerme de muchos modos en la antigüedad de las divinas letras, si no les asistiera mayor autoridad para ser creídas por la fuerza de su verdad que por los anales cronológicos. Pues ¿qué testimonio las patrocinará con más fuerza que la liquidación cotidiana del mundo entero, cuando las disposiciones de los reinos, las ruinas de ciudades, el fin de las naciones, el estado de los tiempos, todo sucede tal como hace miles de años fue anunciado? [F8] De ahí también se anima nuestra esperanza, de la que os reís, y se corrobora la confianza que llamáis presunción. Idóneo es, en efecto, el conocimiento de lo pasado para afianzar la confianza en lo futuro: las mismas voces predicaron una y otra parte, las mismas letras las consignaron. [F9] El tiempo es uno en ellas, que entre nosotros parece dividirse. Así, todas las cosas que restan están ya probadas para nosotros, porque junto con aquellas que entonces eran futuras y han sido probadas, fueron predicadas. Tenéis también vosotros, que yo sepa, a la Sibila, por cuanto ese apelativo de verdadera profetisa del Dios verdadero se usó por doquiera con preferencia a otros que parecían vaticinar, así como el nombre de vuestra Sibila, mentiroso por su verdad, igual que vuestros dioses.
    [2] Así pues, todas las sustancias, todas las materias, orígenes, órdenes, vetas de cualquier antiguo estilo vuestro, la mayoría de las gentes y ciudades insignes de historias y canas memorias, finalmente las mismas efigies de las letras, índices y guardianes de las cosas, y —creo que aún decimos poco— a vuestros mismos dioses, a los mismos templos, oráculos y ritos sagrados, los vence un solo cofre de un único profeta, cofre en el cual parece depositado el tesoro de todo el sacramento judío y desde él, ya, el nuestro. [3] Si acaso oísteis hablar de Moisés, es contemporáneo de Ínaco de Argos; precede en casi cuatrocientos años —pues son siete menos— a Dánao, el más antiguo entre vosotros; aventaja en unos mil años a la derrota de Príamo; y aún podría decir que en más de quinientos también a Homero, teniendo a quiénes seguir. [4] Y los demás profetas, aunque son posteriores a Moisés, los más tardíos de ellos, sin embargo, no son más recientes que los primeros entre vosotros, sabios, legisladores e historiadores.
    [5] Con qué orden de pruebas puedan demostrarse estas cosas, no es tan difícil exponerlo para nosotros como enorme, ni arduo, sino, por lo pronto, largo. Hay que sentarse con muchos instrumentos y con los gestos de los dedos para contar; hay que abrir los archivos de antiquísimas naciones, egipcios, caldeos, fenicios; [6] hay que llamar a ciudadanos suyos por quienes se nos suministró noticia: Manetón el egipcio, Beroso el caldeo, y también Hierónimo el fenicio, rey de Tiro; asimismo a sus seguidores, Mendesio Ptolomeo, Menandro de Éfeso, Demetrio de Falero, el rey Juba, Apión, Talo, y, si alguien los aprueba o los refuta, el judío Josefo, vindicador vernáculo de las antigüedades judías; [7] también hay que comparar los censos de los griegos, para que se manifiesten las concatenaciones de los tiempos, por las que luzcan los números de los anales; hay que peregrinar por historias y letras del mundo. Y, sin embargo, ya casi hemos presentado parte de la prueba al esparcir los medios por los que puede probarse. [8] Pero es mejor diferirlo, ya para no tratar menos por la prisa, ya para no divagar más de la cuenta.

    Capítulo XX

    Cap. 20

    XX. [1] Ya ofrecemos más a cambio de esta dilación: la majestad de las Escrituras, si no probamos que son divinas por la antigüedad, por si se duda de ésta. Y no hay que aprenderlo más tarde o de otro modo; delante están las cosas que lo enseñarán: el mundo, el siglo y su desenlace. [2] Todo cuanto sucede, estaba prenunciado; cuanto se ve, se había oído. Que las tierras se tragan ciudades, que los mares arrebatan islas, que guerras externas e internas desgarran, que reinos se empujan contra reinos, que el hambre y la peste y cuantas calamidades locales y muchedumbres de muertes asolan, que los humildes se truecan por la sublimidad, los sublimes por la humildad, [3] que la justicia mengua, la iniquidad se acrecienta, el cuidado de todas las buenas disciplinas se entibia, que incluso los oficios de los tiempos y las tareas de los elementos se desorbitan, que con monstruos y portentos la forma de lo natural se turba, todo ello fue escrito providencialmente. Mientras lo padecemos, se lee; mientras lo reconocemos, se prueba. Idóneo testimonio, creo, de divinidad, la verdad de la profecía. [4] De aquí, pues, también está segura entre nosotros la fe en lo futuro, ya que se trata de cosas probadas, porque junto con las que se prueban cada día, fueron predichas: Las mismas voces suenan, las mismas letras anotan, el mismo espíritu impulsa; un único tiempo es para la profecía que anuncia lo futuro; [5] entre los hombres, acaso, se distingue, cuando se cumple, cuando de futuro pasa a presente, y luego de presente a pretérito. ¿Qué delito cometemos, os ruego, al creer también en lo futuro, los que ya hemos aprendido a creer en ello por dos grados?

    Capítulo XXI

    Cap. 21

    XXI. [1] Pero ya que hemos manifestado que esta secta se apoya en antiquísimos documentos de los judíos, siendo ella bastante reciente —como del tiempo de Tiberiano— según saben los más y también nosotros lo confesamos, acaso se ponga en tela de juicio su condición bajo este nombre, como si bajo el dosel de una religión ilustrísima, ciertamente lícita, escondiera algo de presunción propia; [2] o bien, porque aparte de la edad, no procedemos con los judíos ni en la excepción de alimentos, ni en las solemnidades de los días, ni en la misma señal del cuerpo, ni en la compañía del nombre, que ciertamente convendría si estuviéramos consagrados al mismo Dios. [3] Pero también el vulgo ya sabe que Cristo es un hombre tal cual lo juzgaron los judíos, con lo cual más fácilmente alguien nos crea adoradores de un hombre. Pero ni de Cristo nos avergonzamos —pues ser contados y condenados bajo su nombre nos gusta—, ni de Dios presumimos otra cosa. Preciso es, pues, decir algo breve acerca de Cristo como Dios.
    [4] Enteramente tenían los judíos gracia ante Dios, cuando brillaban la justicia insigne y la fe de los autores originales. De ahí les floreció grandeza de linaje, sublimidad de reino y tanta felicidad que con las voces de Dios, que les instruían, eran advertidos de cómo ganarse a Dios y no ofenderlo. [5] Pero cuánto hayan delinquido, inflados por la confianza en los padres al desviarse, apartándose de la disciplina hacia modos profanos —aunque ellos no lo confesaran—, lo probaría su actual salida. Dispersos, errantes, desterrados de su suelo y de su cielo, vagan por el mundo sin hombre, sin Dios rey, sin que se les conceda, ni siquiera con derecho de peregrinos, saludar la tierra patria con la planta del pie. [6] Y estas desgracias les fueron preanunciadas por las santas voces; todas ellas siempre inculcaban que, en los últimos momentos del siglo, de toda nación, pueblo y lugar, Dios se allegaría adoradores mucho más fieles, a los cuales transferiría la gracia, más plena ciertamente por la capacidad de una disciplina mayor.
    [7] Vino, pues, aquel que había de venir a reformarla e iluminarla, prenunciado por Dios, Cristo, el hijo de Dios. Éste, digo, árbitro y maestro de la gracia y de la disciplina, iluminador y guía del género humano, era anunciado como hijo de Dios — no ciertamente engendrado de modo que se avergüence del nombre de hijo o del semen del padre. [8] No pasó Dios por padre de incesto con hermana, ni por estupro de hija o de esposa ajena, escamoso, cornudo o plumado, amante convertido en oro de las Danaides. Éstas son vuestras divinidades de Júpiter. [9] Por lo demás, el Hijo de Dios no tiene madre alguna por impudicia; incluso la que parece tener, no se había casado. Pero antes expondré su sustancia, y así se entenderá la cualidad de su nacimiento.
    [10] Ya hemos dicho que Dios construyó esta totalidad del mundo con su palabra, su razón y su poder. También entre vuestros sabios consta que el λόγον, es decir, la palabra y la razón, es tenido por artífice del universo. Pues Zenón lo define como el hacedor que formó todas las cosas en su disposición; y dice que ese mismo es llamado hado, dios, alma de Júpiter y necesidad de todas las cosas. Cleantes lo reúne en el espíritu, al que afirma penetrador del universo. [11] También nosotros, a la palabra y a la razón y asimismo al poder, por los cuales hemos dicho que Dios lo construyó todo, les asignamos como sustancia propia el espíritu: en él reside la palabra cuando se pronuncia, lo asiste la razón cuando dispone y lo preside el poder cuando ejecuta. Hemos aprendido que este fue proferido por Dios y engendrado por esa proferencia, y que por eso es llamado hijo de Dios y Dios, por la unidad de sustancia; pues Dios es espíritu. [12] Y cuando un rayo se extiende desde el sol, es una porción de la totalidad; pero el sol estará en el rayo, porque el rayo es del sol y no se separa la sustancia, sino que se extiende, [así del espíritu el espíritu y de Dios el Dios] como luz encendida de luz. Permanece íntegra y no menguada la matriz de la materia, aunque de ella saques muchas prolongaciones de su cualidad. [13] Así también lo que ha salido de Dios es Dios e hijo de Dios, y ambos son uno; así también del espíritu el espíritu y de Dios el Dios, hizo una distinción de medida, no de condición, y no se apartó de la matriz, sino que salió de ella. [14] Este rayo de Dios, pues, como desde antiguo se anunciaba, descendió a una virgen y, formado como carne en su seno, nace hombre mezclado con Dios. La carne, animada por el espíritu, se nutre, crece, habla, enseña, obra, y es Cristo. Aceptad por ahora esta fábula —semejante a las vuestras—, mientras mostramos cómo se prueba Cristo y quiénes entre vosotros han suministrado de antemano fábulas rivales de este género para destrucción de esta verdad.
    [15] También los judíos sabían que Cristo había de venir, pues a ellos les hablaban los profetas. Y aun ahora esperan su venida, y no hay entre nosotros y ellos disputa mayor que esta: que no creen que ya haya venido. Pues estaban anunciadas dos venidas suyas: la primera, que ya se ha cumplido en la humildad de la condición humana; la segunda, que amenaza al cerrarse el siglo en la sublimidad de la divinidad desplegada. Al no entender la primera, creyeron que era una sola, esperando la segunda, que había sido anunciada con más claridad. [16] Pues el no haber entendido la primera —habiendo de creer si la hubieran entendido y de alcanzar la salvación si hubieran creído— fue merecido por sus delitos. Ellos mismos leen que así está escrito: fueron castigados con la sabiduría y la inteligencia y con el fruto de los ojos y de los oídos.
    [17] Así pues, al que por su humildad habían supuesto un simple hombre, se seguía que por su poder lo tuvieran por mago, cuando con su palabra expulsaba de los hombres a los demonios, devolvía la vista a los ciegos, purificaba a los leprosos, enderezaba a los paralíticos y, en fin, con su palabra devolvía a la vida a los muertos; cuando se hacía servir por los elementos mismos, calmando las tempestades y caminando sobre el mar, mostrando que él era la palabra de Dios, es decir, aquel LOGOS primordial, primogénito, acompañado de poder y de razón y sostenido por el espíritu, el mismo que con su palabra todo lo hace y lo hizo. [18] Pero contra su doctrina, con la que eran refutados, se exasperaron de tal modo los maestros y jefes de los judíos, sobre todo porque una ingente multitud se pasaba a él, que al fin lo entregaron a Poncio Pilato, que entonces gobernaba Siria por parte de Roma, y por la violencia de sus votos le arrancaron que les entregara a Jesús para la cruz. Él mismo había predicho que así lo harían; poco sería si no lo hubieran predicho también los profetas de antes. [19] Y sin embargo, clavado en la cruz, mostró muchas señales propias de aquella muerte. Pues entregó voluntariamente el espíritu con su palabra, anticipándose al oficio del verdugo. En el mismo momento, el sol, que marcaba el mediodía, se retiró. Pensaron que era un eclipse, ciertamente, quienes no sabían que también esto había sido anunciado sobre Cristo. Y sin embargo, ese acontecimiento cósmico lo tenéis registrado en vuestros archivos. [20] Entonces los judíos, bajado el cuerpo y puesto en el sepulcro, lo rodearon con una gran guardia militar y con diligente custodia, para que, como había predicho que al tercer día resucitaría de la muerte, los discípulos no robaran el cadáver y engañaran a los que sospechaban. [21] Pero he aquí que al tercer día, sacudida de repente la tierra y removida la piedra que cerraba el sepulcro, dispersada la guardia por el pavor, sin aparecer discípulo alguno, nada se halló en el sepulcro sino los despojos del sepultado. [22] No obstante, los jefes, a quienes interesaba divulgar el crimen y apartar de la fe al pueblo, que les era tributario y servil, propalaron que había sido robado por los discípulos. Pues él no se mostró al vulgo, para que los impíos no se vieran libres de su error, y para que la fe, destinada a un premio no mediocre, se mantuviera firme en la dificultad. [23] Con algunos discípulos, en Galilea, región de Judea, pasó cuarenta días enseñándoles lo que habían de enseñar. Después, ordenados ellos para el oficio de predicar por el orbe, envuelto en una nube fue recibido en el cielo, con mucha más verdad que lo que entre vosotros suele afirmar Próculo de Rómulo.
    [24] Todo esto acerca de Cristo lo comunicó Pilato, ya también él cristiano en su conciencia, al César de entonces, Tiberio — y los Césares habrían creído en Cristo si los Césares no fueran necesarios al siglo, o si los cristianos hubieran podido ser Césares. [25] También los discípulos, difundidos por el orbe, obedecieron al mandato de su maestro Dios; y ellos, tras sufrir mucho a manos de los judíos que los perseguían, con la confianza de la verdad, al fin en Roma, por la crueldad de Nerón, sembraron la sangre cristiana.
    [26] Pero os mostraremos testigos idóneos de Cristo precisamente a esos mismos a quienes adoráis. Mucho es que los aduzca para que creáis a los cristianos, cuando por ellos no creéis a los cristianos. [27] Por ahora, este es el orden de nuestra institución; este es el censo que hemos expuesto de la secta y del nombre, con su autor. Nadie nos infunda ya infamia, nadie piense otra cosa, porque a nadie le es lícito mentir acerca de su religión. Pues quien dice que adora algo distinto de lo que adora, niega lo que adora, y transfiere a otro el culto y el honor; y al transferirlo, ya no adora lo que negó. [28] Lo decimos, y lo decimos abiertamente, y desgarrados y ensangrentados mientras nos torturáis, gritamos: "Damos culto a Dios por Cristo". Tenedlo por hombre; por él y en él quiere Dios ser conocido y adorado.
    [29] Para responder a los judíos, también ellos aprendieron a dar culto a Dios por un hombre, Moisés; para salir al paso a los griegos, Orfeo en Pieria, Museo en Atenas, Melampo en Argos, Trofonio en Beocia obligaron a los hombres con sus iniciaciones; para mirar también a vosotros, dominadores de las gentes, un hombre fue Pompilio Numa, que cargó a los romanos con supersticiones trabajosísimas. [30] Haya sido lícito también a Cristo inventar una divinidad, cosa propia suya, no para amansar a hombres rupestres y aún fieros, aturdiéndolos con una multitud de dioses que merecer, como hizo Numa, sino para abrir los ojos al conocimiento de la verdad a hombres ya pulidos y engañados por su misma urbanidad. [31] Investigad, pues, si es verdadera esta divinidad de Cristo; si es tal que, conocida, uno se reforma para el bien, se sigue que se renuncie a las falsas, descubiertas ante todo por aquella razón que, escondida bajo nombres e imágenes de muertos, con ciertos signos, milagros y oráculos produce la fe en la divinidad.

    Capítulo XXII

    Cap. 22

    XXII. [1] Y aun decimos que hay ciertas sustancias espirituales. No es nombre nuevo; los filósofos conocen a los demonios, pues el mismo Sócrates esperaba la decisión de su daimon. ¿Cómo no? Si se dice que a él también se le adhirió desde la niñez un daimon, ciertamente disuasorio del bien. [2] Todos los poetas los conocen; también el vulgo indocto los usa para maldecir. Pues a Satanás, príncipe de este género malo, lo nombra con la misma voz de execración, por la propia conciencia del alma. Tampoco Platón negó a los ángeles. Testigos de uno y otro nombre son incluso los magos. [3] Pero cómo de algunos ángeles corrompidos por su propia voluntad surgió una raza más corrompida de demonios, condenada por Dios con los autores de su estirpe y con aquel príncipe que hemos dicho, se conoce por las santas letras. [4] Ahora bastará exponer su operación.
    Su operación es la ruina del hombre; así la malicia espiritual desde el principio se inició para perdición del hombre. Así pues, a los cuerpos les infligen enfermedades y algunos accidentes amargos; al alma, en cambio, arrebatos repentinos y extraordinarios por la fuerza. [5] Les basta su sutileza y tenuidad para llegar a una y otra sustancia del hombre. Mucho pueden las fuerzas espirituales, de modo que, invisibles e insensibles, se manifiestan más en el efecto que en su acto: si a los frutos, si a las mieses, no sé qué vicio oculto del aire las precipita en la flor, las exánima en el germen, las hiere en la madurez, como si el aire, tentado por una razón ciega, derramara sus pestilentes alientos. [6] Con la misma oscuridad de contagio, la aspiración de los demonios y de los ángeles produce también las corrupciones de la mente: furores y locuras, pasiones vergonzosas o crueles, con errores varios, de los cuales el principal es aquel con que recomienda a esos dioses a las mentes cautivas y engañadas, para procurarse a sí mismos el pasto propio del vapor y de la sangre ofrecidos a simulacros e imágenes. [7] ¿Y qué pasto hay para ellos más cuidado que apartar al hombre del pensamiento de la verdadera divinidad con falsos prestigios? Cómo operan estos mismos, lo explicaré.
    [8] Todo espíritu es alado: esto son los ángeles y los demonios. Por eso están en todas partes en un instante. El orbe entero es para ellos un solo lugar; lo que se hace en cualquier parte tan fácilmente lo saben como lo anuncian. Su velocidad se cree divinidad, porque se ignora su sustancia. Así también quieren a veces parecer autores de lo que anuncian; y son ciertamente autores de males algunas veces, pero de bienes nunca. [9] También las disposiciones de Dios las extraen, entonces de los profetas que hablaban, y ahora las captan de las lecturas que resuenan. Así, tomando de aquí ciertas suertes de los tiempos, imitan la divinidad mientras roban la adivinación. [10] En los oráculos, con qué ingenio templan las ambigüedades según los acontecimientos, lo saben los Cresos, lo saben los Pirros. Por lo demás, que la tortuga se cocía con las carnes de la oveja lo anunció el Pitio del modo que dijimos arriba: en un instante había estado en Lidia. Como habitan el aire y son vecinos de los astros y tienen comercio con las nubes, conocen las disposiciones celestes, de modo que prometen las lluvias que ya sienten. [11] Son también benéficos en cuanto a los cuidados de la salud. Pues primero dañan, después prescriben remedios nuevos o contrarios para asombro; después dejan de dañar, y se cree que han curado.
    [12] ¿A qué seguir hablando de los demás ingenios o incluso de las fuerzas de la falacia espiritual: los fantasmas de los Cástores, el agua llevada en una criba, la nave empujada por un cinturón, la barba enrojecida al tocarla, para que las piedras fueran creídas númenes y no se buscara al Dios verdadero?
    Comentario editorial · «Démones»: de Sócrates a los ángeles corrompidos
    «Démones» y «demonios» traducen daemones y daemonia (la diferencia se explica en 32, 2). Tertuliano parte de un nombre que sus lectores conocen: para los filósofos los daimones son seres intermedios entre dioses y hombres, y Sócrates hablaba de su daimonion, una «voz» que, según Platón, lo advertía de sus errores (Wikipedia, Daimon). De ahí pasa a una tesis propia, que dice tomar de «las santas letras»: algunos ángeles se corrompieron por su voluntad y de ellos salió la raza de los démones (22, 3), que daña a los hombres y los engaña con falsos prodigios (22, 4–12). Los dioses del paganismo serían, para él, estos démones (23, 2; 23, 10). El Cap. 23, 4–6 propone una prueba: llevar al tribunal a un endemoniado y mandarle hablar a un cristiano; el espíritu confesará que es démon.

    Capítulo XXIII

    Cap. 23

    XXIII. [1] Además, si los magos producen fantasmas e infaman las almas de los difuntos, si arrojan a los niños al habla del oráculo, si representan muchos milagros con prestigios de charlatanes, si también envían sueños, teniendo una vez a su disposición el poder de los ángeles y demonios invitados, por los cuales suelen adivinar las cabras y las mesas: ¡cuánto más aquel poder, por su propio arbitrio y para su propio negocio, se esforzará con todas sus fuerzas en obrar lo que presta a un negocio ajeno! [2] Y si los ángeles y los demonios obran lo mismo que vuestros dioses, ¿dónde está entonces la excelencia de la divinidad, que ha de creerse superior a todo poder? ¿No será más digno presumir que son ellos mismos los que se hacen dioses, puesto que producen lo que hace creer en dioses, que no que los dioses sean iguales a los ángeles y demonios? [3] Por la diferencia de lugares se distingue, opino, para que tengáis por dioses en los templos a quienes en otro lugar no llamáis dioses; para que parezca delirar de un modo el que vuela por las torres sagradas y de otro el que salta por los tejados de la vecindad; y para que se proclame una fuerza distinta en el que se corta los genitales o los brazos, y otra en el que se degüella. Compara el desenlace del furor: una sola es la razón de la instigación.
    [4] Pero basta de palabras; de aquí en adelante, la demostración de la cosa misma, con la que mostraremos que una sola es la cualidad de uno y otro nombre. Preséntese aquí, ante vuestros tribunales, alguien de quien conste que es agitado por un demonio; mandado hablar por cualquier cristiano, aquel espíritu confesará que es demonio en verdad, como en otro lugar confiesa que es dios en falso. [5] Preséntese igualmente alguno de los que se cree que padecen por obra de un dios, que aspirando los altares conciben al numen por el vapor, que curan eructando, que profetizan jadeando. [6] Esa misma Virgen Celeste, prometedora de lluvias; ese mismo Esculapio, mostrador de medicinas, que otro día suministra a los que van a morir Socordio, Tanatío y Asclepiodoto, si no confiesan que son demonios, no atreviéndose a mentir ante un cristiano, derramad allí mismo la sangre de ese cristiano procacísimo.
    [7] ¿Qué hay más manifiesto que esta obra? ¿Qué más fiel que esta prueba? La simplicidad de la verdad está en medio; su fuerza la asiste; nada podrá sospecharse. No diréis que se hace por magia o por alguna falacia semejante, si vuestros ojos y vuestros oídos os lo permiten. [8] ¿Qué puede objetarse contra lo que se muestra con desnuda sinceridad? Si por una parte son verdaderamente dioses, ¿por qué se mienten demonios? ¿Acaso para obedecernos? Entonces ya vuestra divinidad está sometida a los cristianos; y no ha de tenerse por divinidad la que está sometida a un hombre y, si algo hace para su deshonra, a sus rivales. [9] Si por otra parte son demonios o ángeles, ¿por qué responden en otro lugar haciéndose pasar por dioses? Pues así como aquellos que son tenidos por dioses no habrían querido decirse demonios si fueran verdaderamente dioses, sin duda para no deponer su majestad, así también estos, a quienes directamente conocéis como demonios, no se atreverían a hacerse pasar por dioses en otro lugar, si existieran en absoluto los dioses cuyos nombres usan; pues temerían abusar de la majestad de seres superiores y sin duda temibles. [10] Tan nula es esa divinidad que tenéis, porque, si existiera, ni sería apetecida por los demonios en su confesión ni sería negada por los dioses. Así pues, cuando una y otra parte concurren en la confesión negando que sean dioses, reconoced que hay un solo género, es decir, demonios, en uno y otro caso.
    [11] Buscad ya a los dioses; pues a los que habíais presumido, conocéis que son demonios. Y por esta misma obra nuestra, al descubrir esos mismos dioses vuestros no solo que ni ellos son dioses ni lo es ningún otro, conocéis también de inmediato aquello: qué es verdaderamente Dios, y si es aquel y único a quien los cristianos confesamos, y si ha de creerse y adorarse tal como está dispuesta la fe, tal como está dispuesta la disciplina de los cristianos. [12] Dirán allí mismo también quién es ese "Cristo con su fábula": si un hombre de condición común, si un mago, si después de muerto fue robado del sepulcro por los discípulos, si está ahora en fin entre los inferos, o si más bien está en los cielos y de allí ha de venir con el movimiento de todo el mundo, con el horror del orbe, con el llanto de todos, pero no de los cristianos, como poder de Dios y espíritu de Dios y palabra y sabiduría y razón, e hijo de Dios. [13] Todo lo que os reís, ríanlo también ellos con vosotros; nieguen que Cristo ha de juzgar a toda alma desde el siglo, restituido el cuerpo; digan esto ante el tribunal, si acaso, que Minos y Radamanto, según el consenso de Platón y de los poetas, han obtenido ese oficio. [14] Refuten al menos la marca de su propia ignominia y condenación: renieguen de ser espíritus inmundos, lo que debió entenderse por sus alimentos, la sangre y el humo y las pútridas piras de los ganados, y por las lenguas impurísimas de sus propios vates; renieguen de que, por su malicia, están condenados de antemano para el mismo día del juicio con todos sus adoradores y sus obras.
    [15] Y toda esta dominación y potestad nuestra sobre ellos vale por la invocación de Cristo y por la conmemoración de lo que esperan que les amenaza de parte de Dios por el árbitro Cristo. Temiendo a Cristo en Dios y a Dios en Cristo, se someten a los siervos de Dios y de Cristo. [16] Así, por nuestro contacto y nuestro aliento, por la contemplación y representación de aquel fuego, arrebatados, salen de los cuerpos a nuestro mandato, contra su voluntad y doliéndose, y avergonzándose en vuestra presencia. [17] Creedles cuando dicen la verdad sobre sí mismos, vosotros que les creéis cuando mienten. Nadie miente para su deshonra, sino más bien para su honra. La fe está más cerca de los que confiesan contra sí mismos que de los que niegan en favor de sí mismos. [18] Estos testimonios de vuestros dioses, en fin, suelen hacer cristianos; creyéndoles a ellos, creemos en Dios en Cristo. Ellos encienden la fe de nuestras letras, ellos edifican la confianza de nuestra esperanza. [19] Los adoráis, que yo sepa, también con la sangre de los cristianos. No querrían, pues, perderos a vosotros, tan fructuosos, tan oficiosos para ellos, o no querrían ser puestos en fuga por vosotros, cuando seáis cristianos, si les fuera lícito mentir bajo un cristiano que quiere probaros la verdad.

    Capítulo XXIV

    Cap. 24

    XXIV. [1] Toda esa confesión de ellos, con la que niegan ser dioses y con la que responden que no hay otro dios fuera del único a quien nosotros estamos entregados, es bastante idónea para rechazar el crimen de lesa religión, sobre todo de la romana. Pues si ciertamente no son dioses, tampoco ciertamente hay religión; si no hay religión, porque tampoco hay dioses, ciertamente tampoco nosotros somos reos de lesa religión. [2] Por el contrario, contra vosotros resultará la reprobación: vosotros, que adorando la mentira, no solo descuidando la verdadera religión del verdadero Dios, sino además combatiéndola, cometéis en verdad el crimen de verdadera irreligiosidad.
    [3] Ahora bien, para que conste que esos son dioses, ¿no concedéis, según la estimación común, que alguno hay más sublime y poderoso, como príncipe del mundo de perfecta majestad? Pues también la mayoría dispone así la divinidad: quieren que el imperio de la suma dominación esté en manos de uno solo, y sus oficios en manos de muchos; como Platón describe al gran Júpiter en el cielo acompañado por un ejército de dioses y a la vez de démones; y que, por tanto, es menester venerar por igual a procuradores, prefectos y presidentes. [4] Y sin embargo, ¿qué delito comete quien, para ganarse al César, transfiere a él su obra y su esperanza, y no confiesa el nombre de dios —como el de emperador— en otro que no sea el príncipe, cuando se juzga capital decir y oír otro además del César? [5] Que uno adore a un dios, otro a Júpiter; que uno tienda manos suplicantes al cielo, otro al ara de la Fe; que uno (si así lo pensáis) cuente nubes al orar, otro artesonados; que uno consagre su alma a su dios, otro la de un macho cabrío. [6] Mirad, pues, que no concurra también esto al cargo de irreligiosidad: arrebatar la libertad de religión y prohibir la opción de divinidad, de modo que no me sea lícito adorar al que quiero, sino que sea forzado a adorar al que no quiero. Nadie querrá ser adorado por quien no quiere, ni siquiera un hombre.
    [7] Y aun a los egipcios se les ha permitido la potestad de una superstición tan vana, la de consagrar aves y bestias y condenar a muerte a quien matara a algún dios de esta clase. [8] También cada provincia y cada ciudad tiene su dios: Siria a Atargatis, Arabia a Dusares, los nóricos a Beleno, África a la Celeste, Mauritania a sus régulos. Provincias romanas he enumerado, según creo, y sin embargo no son romanos sus dioses, porque en Roma no se les da más culto que a los que, aun dentro de la misma Italia, se cuentan por consagración municipal: Delventino en Casinio, Visidiano en Narnia, Ancaria en Ásculo, Nortia en Volsinios, Valentia en Ocriculum, Hostia en Sutrio; en honor del padre Curris, Juno recibió también sobrenombre entre los faliscos. [9] Pero a nosotros solos se nos aparta de la propiedad de una religión. Ofendemos a los romanos y no somos tenidos por romanos, porque no adoramos al dios de los romanos. [10] Bien está que sea dios de todos aquel de quien, queramos o no, todos somos. Pero entre vosotros es lícito adorar cualquier cosa excepto al Dios verdadero, como si no fuera este más bien el Dios de todos, de quien todos somos.
    Comentario editorial · La libertad de religión (24, 6)
    «Arrebatar la libertad de religión y prohibir la opción de divinidad» (libertatem religionis adimere et interdicere optionem divinitatis) es el pasaje que suele leerse como defensa de la libertad religiosa: nadie querrá ser adorado por quien no quiere, «ni siquiera un hombre». A Escápula 2, 2, escrito poco después del 14 de agosto de 212 según Tertullian.org, lo dice con más claridad: es de «derecho humano y facultad natural» que cada uno dé culto a lo que crea, y «tampoco es propio de la religión obligar a la religión» (nec religionis est cogere religionem). Wikipedia presenta así el Apologético en conjunto; conviene leerlo en su contexto: pide libertad para acusados a quienes se obliga a sacrificar a dioses que juzgan inexistentes (24, 5–6; 28, 1).

    Capítulo XXV

    Cap. 25

    XXV. [1] Bastante me parece haber probado acerca de la falsa y la verdadera divinidad, cuando he demostrado en qué consiste la prueba, no solo con disputas ni con argumentaciones, sino también con los testimonios mismos de aquellos a quienes tenéis por dioses, de modo que ya nada haya que reconsiderar en esta causa. [2] Sin embargo, puesto que la mención del nombre romano se presenta expresamente, no omitiré el combate que provoca aquella presunción de quienes dicen que los romanos, por el mérito de su diligentísima religiosidad, fueron elevados a tanta sublimidad que ocuparon el orbe, y que son dioses hasta tal punto que, sobre todos los demás, florecen aquellos que, sobre todos los demás, les rinden culto. [3] ¡Por supuesto! Esta recompensa fue pagada al nombre romano por los dioses romanos en pago de su favor: Estérculo, Mutuno y Larentina engrandecieron el imperio. Pues no creeré yo que dioses peregrinos hayan querido favorecer a una gente extraña más que a la suya, y que hayan entregado a unos transterrados el suelo patrio en el que nacieron, crecieron, fueron ennoblecidos y sepultados.
    [4] Allá lo vea Cibeles, si es que amó la ciudad de Roma como memoria de la estirpe troyana —sin duda, de su propio vernáculo—, protegida contra las armas de los aqueos, si miró por pasarse a los vengadores que sabía que someterían a Grecia, vencedora de Frigia. [5] Y así, un gran documento de su majestad transferida a la ciudad lo expuso aun en nuestra edad, cuando, arrebatado Marco Aurelio a la república en Sirmio el día decimosexto antes de las calendas de abril, aquel santísimo archigalo, el día noveno antes de las mismas calendas —en que, castrándose, libaba sangre impura también de sus brazos—, mandó las acostumbradas órdenes por la salud del emperador Marco, ya difunto. [6] ¡Oh mensajeros tardos, oh despachos soñolientos, por cuyo vicio no supo Cibeles antes la muerte del emperador, para que los cristianos no se rían de tal diosa!
    [7] Pero no al punto permitiría Júpiter que su Creta fuese sacudida por las fasces romanas, olvidado de aquel antro Ideo y de los bronces coribantios y del gratísimo olor de su nodriza allí. ¿No habría antepuesto aquel túmulo suyo a todo el Capitolio, para que más bien descollara sobre el orbe aquella tierra que cubre las cenizas de Júpiter? [8] ¿Y querría Juno que fuese destruida la ciudad púnica, "pospuesta Samos", amada por la gente de los Enéadas precisamente? Que yo sepa:
    aquí estuvieron sus armas,
    aquí su carro; que este reino fuese para las gentes,
    si los hados lo permiten, ya entonces la diosa tiende y fomenta.
    ¡Aquella miserable "esposa y hermana de Júpiter" nada pudo contra los hados! Sin duda "el mismo Júpiter está sujeto al hado". [9] Y no dedicaron, sin embargo, los romanos tanto honor a los hados que les entregaban Cartago contra el designio y el voto de Juno, cuanto a la prostituidísima loba Larentina.
    [10] Es cierto que muchos de vuestros dioses reinaron. Luego, si tienen la potestad de conferir el imperio —cuando ellos mismos reinaban—, ¿de quiénes habían recibido esa gracia? ¿A quién habían adorado Saturno y Júpiter? A alguno, supongo, a Estérculo. Pero después los romanos con sus indigetes. [11] Aun si algunos no reinaron, sin embargo eran gobernados por otros que aún no eran sus adoradores, puesto que aún no eran tenidos por dioses. Luego de otros es el dar el reino, porque se reinaba mucho antes de que estos dioses fueran inventados.
    [12] Pero cuán vano es atribuir la cumbre del nombre romano a los méritos de la religiosidad, cuando la religión progresó después del imperio o, al menos, del reino; y aun así, la religión progresó a costa del estado. Pues, aunque por Numa fue concebida una curiosidad supersticiosa, todavía no consistía entre los romanos el culto divino ni en simulacros ni en templos. [13] Religión frugal y ritos pobres, y ningún Capitolio rivalizando con el cielo, sino altares improvisados de césped, y vasos aún de Samos, y un tenue vapor, y el dios mismo en ninguna parte. Aún no habían inundado entonces la ciudad los ingenios de griegos y etruscos para fabricar simulacros. Luego no fueron religiosos los romanos antes de ser grandes, y por tanto no son grandes por ser religiosos.
    [14] Y aun, ¿cómo van a ser grandes por la religión aquellos a quienes la grandeza les viene de la irreligiosidad? Pues, si no me engaño, todo reino o imperio se busca con guerras y se propaga con victorias. Y además, guerras y victorias consisten sobre todo en la toma y destrucción de ciudades. Tal negocio no se hace sin injuria de los dioses; las mismas destrucciones de murallas y templos, iguales matanzas de ciudadanos y sacerdotes, y no distintos rapiñas de riquezas sagradas y profanas. [15] Tantos son, pues, los sacrilegios de los romanos cuantos los trofeos; tantos los triunfos sobre los dioses cuantos sobre las gentes; tantos los despojos cuantos permanecen aún simulacros de dioses cautivos. [16] Y así, soportan ser adorados por sus enemigos y decretan a estos un "imperio sin fin", a quienes más bien debieran haber recompensado sus injurias que sus adulaciones. Pero los que nada sienten, tan impunemente son ofendidos como en vano son adorados. [17] Ciertamente no puede convenir a la fe que parezcan haber crecido por los méritos de la religión quienes, como hemos sugerido, o bien crecieron ofendiendo la religión, o bien, al crecer, la ofendieron. También aquellos cuyos reinos se fundieron en la suma del imperio romano, cuando los perdían, no carecían de religiones.

    Capítulo XXVI

    Cap. 26

    XXVI. [1] Ved, pues, que no sea aquel quien dispensa los reinos, de quien es el orbe que es gobernado y el hombre mismo que gobierna; que no sea aquel quien ordenó las vicisitudes de las dominaciones en los tiempos mismos del siglo, quien fue antes de todo tiempo e hizo del siglo el cuerpo de los tiempos; que no sea aquel quien exalta o deprime las ciudades, bajo quien estuvo en otro tiempo la grey de los hombres sin ciudades. [2] ¿Por qué erráis? Anterior es Roma a algunos de sus dioses, selvática; reinó antes de que erigiera tan vasto recinto del Capitolio. Reinaron también los babilonios antes que los pontífices, y los medos antes que los quindecenviros, y los egipcios antes que los salios, y los asirios antes que los lupercos, y las amazonas antes que las vírgenes vestales. [3] En fin, si las religiones romanas otorgan los reinos, nunca en otro tiempo hubiera reinado Judea, despreciadora de estas divinidades comunes, cuyo Dios con víctimas, cuyo templo con dones, cuya gente con pactos honrasteis por algún tiempo, romanos, y nunca la hubierais dominado, si no hubiera delinquido al fin contra Cristo.

    Capítulo XXVII

    Cap. 27

    XXVII. [1] Baste esto contra la acusación de divinidad ofendida, para que no parezca que ofendemos a la que hemos mostrado que no existe. Así, pues, provocados a sacrificar, detenemos el paso por la fe de nuestra conciencia, por la cual estamos ciertos de a quiénes van a parar estos oficios bajo la prostitución de imágenes y la consagración de nombres humanos. [2] Pero algunos juzgan demencia que, pudiendo sacrificar en el momento y retirarnos ilesos manteniendo en el ánimo nuestro propósito, prefiramos la obstinación a la salvación. [3] Nos dais, por supuesto, un consejo para que abusemos de vosotros; pero reconocemos de dónde se sugieren tales cosas, quién maquina todo esto, y cómo, ora con astucia de persuasión, ora con dureza de saña, obra para derribar nuestra constancia: [4] aquel, sin duda, espíritu de la caterva demoníaca y angélica, que, rival nuestro por su separación y envidioso por la gracia de Dios, guerrea contra nosotros desde vuestras mentes, moduladas y sobornadas por oculta inspiración para toda la perversidad de juzgar y la iniquidad de ensañarse que desde el principio hemos comenzado a sufrir.
    [5] Pues, aunque toda la fuerza de los démones y de tales espíritus nos está sujeta, sin embargo, como siervos malvados, a veces mezclan contumacia con el miedo y se gozan en dañar a quienes por otra parte temen; pues el odio también lo exhala el temor, [6] además de que su condición desesperada, por la predamnación, reputa como consuelo disfrutar mientras tanto de la malignidad por la demora de la pena. Y, sin embargo, aprehendidos, se someten y sucumben a su condición, y a los que atacan de lejos, de cerca los suplican. [7] Y así, cuando a la manera de ergástulos rebeldes, o de cárceles, o de minas, o de este género de servidumbre penal, irrumpen contra nosotros, en cuya potestad están, ciertos de que son desiguales y por ello más perdidos, les resistimos de mala gana como a iguales, y luchamos perseverando en aquello que atacan, y nunca los derrotamos más que cuando por la fiel obstinación somos condenados.

    Capítulo XXVIII

    Cap. 28

    XXVIII. [1] Mas, puesto que fácilmente parecería inicuo que hombres libres fuesen forzados contra su voluntad a sacrificar —pues también en otras ocasiones se declara que el ánimo ha de ser libre para cumplir el deber divino—, ciertamente se juzgaría inepto que alguien fuese obligado por otro a honrar a los dioses, a los que por su propio interés debería aplacar, no fuera que tuviera a mano decir por derecho de libertad: "No quiero a Júpiter propicio; tú, ¿quién eres? Que me salga al encuentro Jano airado, por la frente que quiera; ¿qué tienes tú que ver conmigo?". [2] Habéis sido formados por esos mismos espíritus para obligarnos a sacrificar por la salud del emperador, y se os ha impuesto tanto a vosotros la necesidad de obligar como a nosotros la obligación de arriesgarnos.
    [3] Hemos llegado, pues, al segundo capítulo: el de la majestad augusta ofendida, ya que con mayor temor y más astuta timidez guardáis respeto al César que al mismo Júpiter desde el Olimpo. Y con razón, si lo supierais. Pues ¿quién de entre los vivientes, cualquiera que sea, no es más poderoso que un muerto? [4] Pero ni aun esto lo hacéis por razón, sino más bien por respeto a la potestad presente; hasta tal punto también en esto seréis sorprendidos como irreligiosos para con vuestros dioses, al atribuir más temor al dominio humano. En fin, más pronto se perjura entre vosotros por todos los dioses que por el solo genio del César.
    Comentario editorial · Cómo se reparte el alegato: la ley y la fe
    Tertuliano anuncia las divisiones: «combatirá» primero sobre las leyes (4, 3), luego contestará «la infamia de los crímenes ocultos» (6, 11; 7–9); declara que los cargos públicos son «sacrilegio y lesa majestad», la «suma causa» (10, 1), y aquí, en 28, 3, que ha llegado «al segundo capítulo», el de la majestad. Tertullian.org lo resume en dos partes, según los dos tipos de acusación. Lectura del editor: el escrito se mueve en dos terrenos. El de la ley: el nombre sin crimen y el rescripto de Trajano (2), las leyes de los mayores que los propios romanos no guardan (4–6), la libertad de religión (24; 28, 1) y la lealtad al emperador (28–37). Y el de la fe: un solo Dios y sus Escrituras (17–20), Cristo (21), los démones (22–23) y la resurrección (48).

    Capítulo XXIX

    Cap. 29

    XXIX. [1] Conste, pues, primero si esos a quienes se sacrifica pueden impartir la salud a los emperadores o a cualquier hombre, y entonces condenadnos por el crimen de majestad, si ángeles o démones, sustancia de espíritu pésimo, obran algún beneficio, si los perdidos conservan, si los condenados liberan, si, en fin —lo que está en vuestra conciencia—, los muertos protegen a los vivos. [2] Pues, en todo caso, primero defenderían sus propias estatuas e imágenes y templos, los cuales, según creo, las guardias de los soldados del César mantienen a salvo. Y pienso que esas mismas materias vienen de las minas del César, y templos enteros subsisten por el asentimiento del César. [3] En fin, muchos dioses han tenido airado al César; hace al caso si también lo tienen propicio, cuando les confiere algo de liberalidad o privilegio. Así, los que están en potestad del César, de quien son por entero, ¿cómo tendrán en su potestad la salud del César, de modo que parezcan poder otorgarla, cuando más fácilmente ellos mismos la obtienen del César?
    [4] ¿Cometemos, pues, crimen contra la majestad de los emperadores porque no los subordinamos a sus propias cosas, porque no jugamos con el deber de su salud, porque no pensamos que esta se halle en manos emplomadas? [5] ¡Pero vosotros sois los irreligiosos, que la buscáis donde no está, la pedís a quienes no pueden darla, pasando por alto a aquel en cuya potestad está, y encima combatís a quienes saben pedirla, y que también pueden alcanzarla, mientras saben pedirla!

    Capítulo XXX

    Cap. 30

    XXX. [1] Nosotros, en efecto, por la salud de los emperadores invocamos al Dios eterno, al Dios verdadero, al Dios vivo, a quien también los mismos emperadores prefieren que les sea propicio sobre todos los demás. Saben quién les ha dado el imperio; saben, como hombres, quién les ha dado también el alma; sienten que Él es el único Dios, en cuya sola potestad están, de quien son segundos, después de quien son primeros, antes que todos y sobre todos los dioses. ¿Y cómo no, si están sobre todos los hombres, que ciertamente viven y aventajan a los muertos? [2] Reflexionan hasta dónde alcanzan las fuerzas de su imperio, y así entienden a Dios; contra quien no pueden valer, reconocen que por Él valen. ¡Que el emperador domeñe, en fin, el cielo, que lleve el cielo cautivo en su triunfo, que ponga guardias al cielo, que imponga tributos al cielo! No puede. [3] Por eso es grande, porque es menor que el cielo; pues de Aquel es él, de quien es el cielo y toda criatura. De allí viene el emperador, de donde también el hombre antes que emperador; de allí le viene la potestad, de donde también el espíritu. [4] Hacia allí mirando los cristianos, con las manos extendidas —porque son inocuas—, con la cabeza desnuda —porque no nos avergonzamos—, en fin, sin monitor —porque oramos del pecho—, estamos siempre rogando por todos los emperadores: vida larga para ellos, imperio seguro, casa protegida, ejércitos fuertes, senado fiel, pueblo probo, orbe tranquilo, cuanto es objeto de los votos del hombre y del César. [5] Esto no puedo pedirlo a otro sino a Aquel de quien sé que lo he de conseguir, puesto que Él mismo es quien solo lo otorga, y yo soy a quien se debe concederlo, siervo suyo, que a Él solo venero, que por su disciplina soy muerto, que le ofrezco la hostia pingüe y mayor que Él mismo mandó: la oración que brota de carne púdica, de alma inocente, de espíritu santo, [6] no granos de incienso de un as, lágrimas de árbol arábigo, ni dos gotas de vino puro, ni sangre de un buey reprobado que desea la muerte, y, después de todas las inmundicias, también una conciencia sucia: de modo que me admiro, cuando entre vosotros las hostias son aprobadas por sacerdotes viciosísimos, de que se examinen más bien las entrañas de las víctimas que las de los mismos sacrificantes.
    [7] Así, pues, extendidos nosotros hacia Dios, que nos desgarren las uñas, que nos suspendan las cruces, que nos laman los fuegos, que las espadas nos sieguen las gargantas, que salten las bestias: preparado está para todo suplicio el porte mismo del cristiano que ora. ¡Haced esto, buenos pretores, arrancad el alma que suplica a Dios por el emperador! ¡Aquí estará el crimen, donde está la verdad y la devoción a Dios!

    Capítulo XXXI

    Cap. 31

    XXXI. [1] ¿Hemos adulado ahora al emperador y fingido los votos que hemos dicho, para evadir, por supuesto, la violencia? Sin duda aprovecha esta falacia; pues nos permitís probar cuanto defendemos. Así que tú, que habrás pensado que nada nos importa la salud de los Césares, examina las palabras de Dios, nuestras letras, que ni nosotros mismos suprimimos y que muchos azares transfieren a los extraños. [2] Sabed que en ellas se nos ha preceptuado, por redundancia de benignidad, orar a Dios también por los enemigos y pedir bienes para nuestros perseguidores. ¿Quiénes son más enemigos y perseguidores de los cristianos que aquellos por cuya majestad somos acusados de crimen? [3] Pero también nominal y manifiestamente: "Orad —dice— por los reyes y por los príncipes y potestades, para que todo os sea tranquilo". Pues cuando el imperio es sacudido, sacudidos también los demás miembros suyos, ciertamente también nosotros, aunque se nos estime extraños a los tumultos, en algún lugar nos hallamos alcanzados por la desgracia.

    Capítulo XXXII

    Cap. 32

    XXXII. [1] Hay también otra necesidad mayor para nosotros de orar por los emperadores, y aun por todo el estado del imperio y las cosas romanas, porque sabemos que la fuerza máxima que amenaza a todo el orbe, y la cláusula misma del siglo que conmina horrendas amarguras, se retarda por la tregua del imperio romano. Y así, no queremos experimentarlo, y, mientras rogamos que se difiera, favorecemos la diuturnidad romana.
    [2] Pero también juramos, no por los genios de los Césares, sino por su salud, que es más augusta que todos los genios. ¿No sabéis que los genios se llaman démones, y de ahí, con voz diminutiva, demonios? Nosotros respetamos en los emperadores el juicio de Dios, que los puso al frente de las gentes. [3] Sabemos que hay en ellos lo que Dios quiso, y por eso queremos que esté a salvo lo que Dios quiso, y lo tenemos por gran juramento. Por lo demás, a los démones, esto es, a los genios, solemos conjurarlos para expulsarlos de los hombres, no jurar por ellos para conferirles honor de divinidad.

    Capítulo XXXIII

    Cap. 33

    XXXIII. [1] Mas ¿para qué extenderme más sobre la religión y piedad cristiana para con el emperador? A quien es necesario que respetemos como a aquel a quien nuestro Señor eligió, de modo que con razón diría: "Más bien es nuestro el César, constituido por nuestro Dios". [2] Y así, como mío, más obro yo por su salud, puesto que no solo se la pido a quien puede otorgarla, o porque pido tal que merezco alcanzarla, sino también porque, templando la majestad del César por debajo de Dios, más lo encomiendo a Dios, a quien solo lo subordino; lo subordino, pues, a quien no lo igualo. [3] No llamaré, en efecto, dios al emperador, ya porque no sé mentir, ya porque no oso burlarme de él, ya porque ni él mismo querrá ser llamado dios. Si es hombre, le interesa al hombre ceder ante Dios; téngase por bastante ser llamado emperador; grande es también este nombre, que es dado por Dios. Niega que sea emperador quien lo llama dios; si no es hombre, no es emperador. [4] Que es hombre se le advierte aun cuando triunfa en aquel carro sublimísimo; pues se le sugiere por detrás: "¡Mira detrás de ti! ¡Recuerda que eres hombre!". Y ciertamente tanto más se goza de brillar con tanta gloria, cuanto que le es necesaria la admonición de su condición. Menor sería si entonces fuese llamado dios, porque no sería llamado con verdad. Mayor es quien es llamado de vuelta, para que no se crea dios.

    Capítulo XXXIV

    Cap. 34

    XXXIV. [1] Augusto, el formador del imperio, ni siquiera quería ser llamado señor. Y también este es un cognomen de Dios. Diré sin reparo señor al emperador, pero en el uso común, pero cuando no se me obliga a llamarlo señor en lugar de Dios. Por lo demás, soy libre para con él; pues mi único señor es Dios omnipotente, eterno, el mismo que también lo es de él. [2] Quien es padre de la patria, ¿cómo es señor? Pero es más grato el nombre de piedad que el de potestad; también los jefes de familia son llamados más bien padres que señores.
    [3] Tan lejos está de que el emperador deba ser llamado dios —lo que no puede creerse—, no solo por la más torpe, sino también por la más perniciosa adulación. Como si, teniendo un emperador, llamaras a otro, ¿no contraerías la máxima e inexorable ofensa de aquel a quien tenías, y también temible para aquel mismo a quien llamaste? ¡Sé religioso para con Dios, tú que quieres que Él sea propicio al emperador! ¡Deja de creer en otro dios, y así también de llamar dios a este que necesita de Dios! [4] Si no se sonroja de la mentira una adulación tal que llama dios a un hombre, tema al menos por lo infausto: Maldito es llamar dios al César antes de la apoteosis.
    Comentario editorial · El emperador, su «genio» y la apoteosis
    Jurar «por el genio del César» era un juramento romano: el genius era el espíritu tutelar de una persona, y Wikipedia sitúa en tiempos de Augusto el culto doméstico al Genius Augusti (el senado votó que todo banquete incluyera una libación a su genio). Tertuliano lo rechaza con un argumento ya visto: los genios son démones (32, 2), y «más pronto se perjura entre vosotros por todos los dioses que por el solo genio del César» (28, 4). Los cristianos juran, en cambio, «por su salud» (32, 2) y rezan por el emperador (30), no a él. Tampoco lo llaman dios (33, 3): «Maldito es llamar dios al César antes de la apoteosis» (34, 4), lo que concuerda con lo que dice Wikipedia: en tiempos de Tertuliano seguía siendo una maldición nombrar dios al emperador antes de su muerte.

    Capítulo XXXV

    Cap. 35

    XXXV. [1] Por tanto, ¿son enemigos públicos los cristianos porque no tributan a los emperadores honores vanos, ni mentirosos, ni temerarios, porque, siendo hombres de religión verdadera, celebran también sus solemnidades con conciencia más bien que con lascivia? [2] ¡Gran oficio, por supuesto, sacar a la calle hogares y lechos, banquetear por barrios, convertir la ciudad en aspecto de taberna, hacer barro con vino, correr en catervas hacia las injurias, hacia las impudicias, hacia los halagos de la libidine! ¿Así se expresa el gozo público mediante el deshonor público? ¿Estas cosas convienen a los días solemnes de los príncipes, las que no convienen a los otros días? [3] Quienes observan la disciplina por respeto al César, esos la abandonan por causa del César, ¡y la licencia de las malas costumbres será piedad, la ocasión de lujuria será reputada religión! [4] ¡Oh nosotros, con razón condenables! Pues ¿por qué cumplimos los votos y gozos de los Césares castos, sobrios y probos? ¿Por qué en día alegre no oscurecemos los postes con laureles ni quebrantamos el día con lucernas? ¡Honesta cosa es, cuando la solemnidad pública lo exige, vestir tu casa con el hábito de algún nuevo lupanar!
    [5] Querría, sin embargo, también en esta religión de la segunda majestad, por la cual somos acusados de un segundo sacrilegio los cristianos al no celebrar con vosotros las solemnidades de los Césares, del modo en que ni la modestia ni la vergüenza ni la pudicia permiten celebrarlas, sino que una ocasión de voluptuosidad, más que una razón digna, lo ha persuadido, demostrar vuestra fe y verdad, no sea que también en esto sean sorprendidos peores que los cristianos quienes no quieren que se nos tenga por romanos, sino por enemigos de los príncipes romanos. [6] A los mismos quirites, a la misma plebe vernácula de las siete colinas emplazo: ¿acaso perdona a algún César suyo aquella lengua romana? Testigo es el Tíber, y las escuelas de las bestias. [7] Ya si la naturaleza hubiera recubierto los pechos con una materia especular para transparentarlos, ¿de quién no aparecerían esculpidas las entrañas con la escena de un nuevo y nuevo César presidiendo el reparto del congiario, aun en aquella hora en que aclaman: "¡De nuestros años te aumente Júpiter los años!"? Esto el cristiano tan poco sabe proferirlo como desearlo de un nuevo César.
    [8] "Pero es el vulgo", dices. Como vulgo, sin embargo, son romanos, y ningunos más demandadores de los cristianos que el vulgo. ¡Sin duda los demás órdenes, por su autoridad, son religiosos de fe; nada hostil se respira del senado mismo, del caballero, de los campamentos, de los palacios mismos! [9] ¿De dónde los Casios, los Nigros y los Albinos? ¿De dónde los que entre dos laureles asedian al César? ¿De dónde los que ejercitan la palestra para exprimirle las fauces? ¿De dónde los que armados irrumpen en el palacio, más audaces que todos los Sigerios y Partenios? De romanos, si no me engaño, esto es, de no cristianos. [10] Y aun todos aquellos, hasta la erupción misma de la impiedad, hacían sacrificios por la salud del emperador y juraban por su genio, unos fuera, otros dentro, y ciertamente daban a los cristianos el nombre de enemigos públicos. [11] Pero también los que ahora, socios o aplaudidores de partidos criminales, son revelados a diario, racimación superviviente después de la vendimia de los parricidas, ¡con cuán recientes y ramosísimos laureles erigían delante de los postes, con cuán altísimas y clarísimas lucernas nublaban los vestíbulos, con cuán adornados y soberbísimos lechos se repartían el foro, no para celebrar los gozos públicos, sino para aprender ya los votos propios en solemnidad ajena, e inaugurar el ejemplar e imagen de su esperanza, mudando en su corazón el nombre del príncipe!
    [12] Los mismos oficios cumplen también quienes consultan a astrólogos y arúspices y augures y magos sobre la cabeza de los Césares, artes que, como dadas a conocer por ángeles desertores y prohibidas por Dios, los cristianos no emplean ni aun para sus propias causas. [13] ¿Y a quién le es menester escudriñar sobre la salud del César, sino a aquel por quien algo se maquina o se desea contra ella, o después de ella se espera y se aguarda? Pues no se consulta con la misma mente sobre los seres queridos que sobre los señores. De una manera es curiosa la solicitud de la sangre, de otra la de la servidumbre.
    Comentario editorial · La fecha: 197, y lo que dicen las fuentes
    Tertullian.org y Wikipedia dan el verano u otoño de 197 y Cartago. El aviso del ANF recuerda que los críticos dispersan la fecha entre 198 (Mosheim) y 217 (Allix), con 204 en Kaye; Thelwall, comparando este capítulo con A los paganos I, 17, deduce que ambos escritos no son anteriores a 197. El texto da una pista: en 35, 9 cita a «los Casios, los Nigros y los Albinos» entre los romanos que atentaron contra el emperador, y en 35, 11 habla de partidarios de «partidos criminales» que «son revelados a diario» después de «la vendimia de los parricidas». Clodio Albino fue vencido por Septimio Severo en Lugduno el 19 de febrero de 197, y Pescenio Níger en 194 (Wikipedia). Lectura del editor: la alusión sitúa el escrito después de esas fechas, no con mayor precisión.

    Capítulo XXXVI

    Cap. 36

    XXXVI. [1] Si esto es así, de modo que son sorprendidos como enemigos quienes eran llamados romanos, ¿por qué nosotros, que somos considerados enemigos, somos negados como romanos? No podemos a la vez no ser romanos y ser enemigos, cuando se descubren enemigos que eran tenidos por romanos.
    [2] Hasta tal punto la piedad y la religión y la fe debidas a los emperadores no consisten en tales oficios —con los cuales también la hostilidad puede más bien servir de velo para sí—, sino en aquellas costumbres con que la divinidad manda que se exhiban tan verdaderamente como es necesario para con todos. [3] Pues estas obras de buena mente no las debemos nosotros solo a los emperadores. Ningún bien administramos con excepción de personas, porque nos lo prestamos a nosotros mismos, que no captamos de hombre el pago de la alabanza o del premio, sino de Dios, exactor y remunerador de la benignidad indiferente. [4] Los mismos somos para con los emperadores que para con nuestros vecinos. Pues querer mal, hacer mal, decir mal, pensar mal de cualquiera, igualmente se nos veda. Cuanto no es lícito contra el emperador, eso mismo no lo es contra nadie; lo que contra nadie, quizá tanto menos contra aquel mismo que por Dios es tan grande.

    Capítulo XXXVII

    Cap. 37

    XXXVII. [1] Si se nos manda amar a los enemigos, como arriba dijimos, ¿a quién hemos de odiar? Asimismo, si se nos prohíbe devolver la injuria, para que no seamos iguales de hecho, ¿a quién podemos dañar? [2] Pues sobre esto, ¡reconocedlo vosotros mismos! ¡Cuántas veces os ensañáis contra los cristianos, en parte por ánimos propios, en parte obedeciendo a las leyes! ¡Cuántas veces también, aun sin vosotros, por su propio derecho, el vulgo enemigo nos invade con piedras e incendios! Con las furias mismas de las Bacanales, ni a los cristianos muertos perdonan, sino que de la quietud de la sepultura, del asilo de la muerte, ya otros, ya no enteros, los arrancan, los despedazan, los destrozan. [3] Sin embargo, ¿qué habéis notado jamás de tan conspirados, de tan animados hasta la muerte por devolver la injuria, cuando una sola noche con unas pocas antorchas podría obrar largamente venganza, si nos fuera lícito pagar mal con mal? Pero ¡lejos esté que la secta divina sea vindicada con fuego humano, o que se duela de padecer aquello en que es probada!
    [4] Si quisiéramos actuar como enemigos declarados, y no solo como vengadores ocultos, ¿acaso nos faltaría fuerza de número y de tropas? Son sin duda más numerosos los mauros, los marcomanos y los propios partos, o cualesquiera gentes, por muchas que sean, pero de un solo lugar y de sus propios territorios, que las del orbe entero. Somos de ayer, y hemos llenado todo lo vuestro: ciudades, islas, fortalezas, municipios, mercados, campamentos, las mismas tribus, decurias, palacio, senado, foro; solo os hemos dejado los templos. [5] ¿Para qué guerra no habríamos sido idóneos, no habríamos estado prontos, aun siendo inferiores en tropas, nosotros que tan de buena gana somos degollados, si en esta disciplina no estuviera más permitido ser muertos que matar?
    [6] Habríamos podido, incluso inermes y no como rebeldes, sino solo como disidentes, luchar contra vosotros con la sola hostilidad de la separación. Si, en efecto, tan gran multitud de hombres nos hubiéramos apartado de vosotros a algún rincón remoto del orbe, la pérdida de tantos ciudadanos, cualesquiera que fuesen, habría ciertamente cubierto de vergüenza vuestra dominación; más aún, la habría castigado con su propia deserción. [7] Sin duda os habríais espantado ante vuestra soledad, ante el silencio de los asuntos y ante un estupor como de mundo muerto; habríais buscado a quiénes mandar; más enemigos que ciudadanos os habrían quedado. [8] Ahora, en cambio, tenéis menos enemigos gracias a la multitud de cristianos, teniendo por cristianos a casi todos los ciudadanos de casi todas las ciudades. Pero habéis preferido llamarlos enemigos del género humano más bien que del error humano.
    [9] ¿Quién, por otra parte, os arrebataría de aquellos enemigos ocultos que por doquier devastan vuestras mentes y vuestra salud —me refiero a las incursiones de los daimones—, a los cuales expulsamos de vosotros sin premio, sin paga? Habría bastado esto solo para nuestra venganza: que de ahí en adelante quedara abierta a los espíritus inmundos una posesión vacía. [10] Pero, sin considerar siquiera la compensación de tan gran protección, habéis preferido juzgar como enemigos a un linaje no solo no molesto para vosotros, sino incluso necesario; porque lo somos ciertamente, pero no del género humano, sino más bien del error.

    Capítulo XXXVIII

    Cap. 38

    XXXVIII. [1] Por tanto, ni siquiera con un poco más de indulgencia debía contarse a esta secta entre las facciones ilícitas, pues de ella no se comete nada de lo que suele temerse de las facciones ilícitas. [2] Si no me engaño, la causa de prohibir las facciones se funda en la previsión de la moderación pública, para que la ciudad no se escinda en partidos, cosa que fácilmente perturbaría los comicios, los concilios, las curias, las asambleas y hasta los espectáculos con choques de aficiones rivales, cuando ya los hombres habían comenzado a tener como ganancia la obra venal y mercenaria de su violencia. [3] Pero nosotros, fríos ante todo ardor de gloria y de dignidad, no tenemos necesidad de reunión, ni hay cosa más ajena para nosotros que la cosa pública. Reconocemos una sola república de todos: el mundo. [4] Igualmente renunciamos a vuestros espectáculos en la medida en que conocemos sus orígenes, que sabemos concebidos por la superstición, y nos apartamos de las mismas cosas con que se realizan. Nada tenemos que decir, ver ni oír con la locura del circo, con la impudicia del teatro, con la atrocidad de la arena, con la vanidad del xisto. [5] A los epicúreos les fue lícito decretar otra verdad del placer, a saber, la serenidad del ánimo: ¿en qué os ofendemos, si presumimos de otros placeres? Si no queremos ser agradados en último término, la injuria, si acaso, es nuestra, no vuestra. Pero reprobamos lo que os place. Y lo nuestro no os deleita.

    Capítulo XXXIX

    Cap. 39

    XXXIX. [1] Expongo ya ahora yo mismo los asuntos de la facción cristiana, para que, habiendo refutado los males, muestre los bienes. Somos un cuerpo por la conciencia de una sola religión, por la unidad de la disciplina y por el pacto de la esperanza. [2] Nos reunimos en asamblea y congregación para rodear a Dios, por decirlo así, con las manos alzadas en plegaria. Tal fuerza es grata a Dios. Oramos también por los emperadores, por sus ministros y potestades, por el estado del siglo, por la quietud de las cosas, por la demora del fin. [3] Nos reunimos para la conmemoración de las divinas letras, si la condición de los tiempos presentes nos obliga a prevenir algo o a reconocerlo. Ciertamente alimentamos la fe con santas voces, levantamos la esperanza, fijamos la confianza, y no menos espesamos la disciplina de los preceptos con inculcaciones. [4] Allí mismo hay también exhortaciones, castigos y censura divina. Pues se juzga con gran peso, como ante quienes están ciertos de la mirada de Dios, y es sumo prejuicio del juicio futuro si alguien delinque de tal modo que sea relegado de la comunicación de la oración, de la asamblea y de todo santo comercio. [5] Presiden ancianos probados, que han alcanzado ese honor no por precio, sino por testimonio; pues ninguna cosa de Dios se obtiene por precio. Aun si hay alguna especie de arca, no se reúne de una suma honoraria como de una religión comprada. Cada uno aporta una módica limosna en día mensual, o cuando quiere, y solo si quiere y solo si puede. Pues nadie es compelido, sino que contribuye espontáneamente. [6] Estas son como depósitos de piedad. De allí no se dispensa para banquetes ni para beberías ni para ingratas glotonerías, sino para alimentar y sepultar a los necesitados, y a los niños y niñas destituidos de bienes y de padres, y también a los ancianos domésticos, asimismo a los náufragos, y a los que están en las minas, en las islas o en las cárceles, siempre que sea por causa de la secta de Dios, y se hacen alumnos de su confesión. [7] Pero esta obra de amor, sobre todo, nos marca con una nota ante algunos. "Mira", dicen, "cómo se aman unos a otros" —pues ellos se odian unos a otros— "y cómo están dispuestos a morir unos por otros"; pues ellos estarán más dispuestos a matarse unos a otros.
    [8] Y en cuanto a que nos llamamos hermanos, no deliran, creo, por otra razón sino porque entre ellos todo nombre de sangre es fingido por el afecto. Pero también somos hermanos vuestros por derecho de naturaleza, de una sola madre, aunque vosotros seáis poco hombres, porque sois malos hermanos. [9] ¡Cuánto más dignamente son llamados y tenidos por hermanos quienes han reconocido a un solo padre, Dios, quienes han bebido un solo espíritu de santidad, quienes del único seno de la misma ignorancia han despertado espantados a la única luz de la verdad! [10] Pero acaso por eso se nos considera menos legítimos, porque ninguna tragedia grita acerca de nuestra fraternidad, o porque somos hermanos por la hacienda familiar, cosa que entre vosotros casi siempre destruye la fraternidad. [11] Así, nosotros, que nos mezclamos de ánimo y alma, no dudamos de la comunicación de los bienes. Todo es común entre nosotros, excepto las esposas. [12] En ese solo punto disolvemos la comunidad, en el cual precisamente los demás hombres la ejercen, pues no solo usurpan los matrimonios de los amigos, sino que también ofrecen los suyos a los amigos con toda paciencia — por aquella, creo, disciplina de los mayores y sapientísimos, del griego Sócrates y del romano Catón, que comunicaron a sus amigos las esposas que habían tomado en matrimonio para tener hijos y para crearlos en otra parte, no sé si contra su voluntad; [13] pues ¿qué cuidado tendrían de la castidad, si los maridos tan fácilmente la habían regalado? ¡Oh ejemplo de sabiduría ática, oh ejemplo de gravedad romana: el filósofo y el censor son alcahuetes!
    [14] ¿Qué hay de extraño, pues, si tan gran caridad celebra banquetes? Pues también a nuestras pequeñas cenas, además de infamarlas de crimen, las tacháis de pródigas. De nosotros, sin duda, se ha dicho lo de Diógenes: "Los megarenses compran viandas como si fueran a morir mañana, pero edifican como si nunca fueran a morir." [15] Pero cualquiera ve más fácilmente la paja en el ojo ajeno que la viga en el suyo. Con tantas tribus, curias y decurias eructando, el aire se agria; para los salios que van a cenar será necesario un acreedor; los contables calcularán los gastos de las décimas herculanas y de los polluctores; para las Apaturias, las Dionisias y los misterios áticos se anuncia leva de cocineros; al humo de la cena de Serapis se despertarán los esparteolos — solo del triclinio de los cristianos se vuelve a tratar.
    [16] Nuestra cena muestra por su nombre su razón: se llama con el nombre que entre los griegos tiene el amor. Por grandes que sean los gastos, es ganancia hacer gasto en nombre de la piedad, puesto que con ese refrigerio ayudamos a los necesitados, no como entre vosotros los parásitos aspiran a la gloria de una libertad servil, bajo el contrato del vientre que ha de cebarse entre afrentas, sino como ante Dios es mayor la consideración de los humildes. [17] Si la causa del convite es honesta, juzgad por la causa el resto del orden de la disciplina. Lo que se hace por deber de religión no admite nada vil, nada inmodesto. No se recuesta nadie antes de que se guste de antemano la oración a Dios; se come cuanto los hambrientos pueden; se bebe cuanto es útil a los púdicos. [18] Se sacian de tal modo que recuerdan que aun de noche han de adorar a Dios; conversan de tal modo que saben que el Señor los oye. Después del agua para las manos y de las luces, cada uno, según puede, de las santas Escrituras o de su propio ingenio, es invitado al centro a cantar a Dios; de ahí se prueba cómo ha bebido. Igualmente la oración disuelve el convite. [19] De allí se sale no a catervas de golpes, ni a escuadrones de carreras, ni a estallidos de lascivias, sino al mismo cuidado de la modestia y de la pudicia, como quienes no han cenado tanto una cena cuanto una disciplina.
    [20] Esta reunión de cristianos, ciertamente, sería con razón ilícita si fuera igual a las ilícitas; con razón condenable, si alguien se queja de ella por el título por el que se querella contra las facciones. [21] ¿Para perdición de quién nos reunimos alguna vez? Reunidos somos lo mismo que dispersos; todos juntos, lo mismo que cada uno: sin dañar a nadie, sin entristecer a nadie. Cuando los probos, cuando los buenos se juntan, cuando los píos, cuando los castos se congregan, no ha de llamarse facción, sino curia.
    Comentario editorial · Así se reunían: oración, Escrituras, arca común y «cena»
    El capítulo describe una asamblea para orar (también por los emperadores), la lectura de «las divinas letras», exhortaciones y censura que puede llegar a excluir de la comunión (39, 2–4); presiden «ancianos probados»; hay un «arca» con aportaciones voluntarias mensuales para alimentar y sepultar a necesitados, huérfanos, ancianos, náufragos y presos (39, 5–6); y una «cena» que «se llama con el nombre que entre los griegos tiene el amor» (dilectio: el ágape), con oración antes de comer y cantos «de las santas Escrituras o de su propio ingenio» (39, 16–19). Compárese con Plinio (10, 96, 7): reunión antes del amanecer, canto a Cristo y comida común e inofensiva. Wikipedia señala que lo que Tertuliano describe del ágape no está del todo claro; el capítulo no menciona la eucaristía, el pan ni el vino. Aquí está también «Mira cómo se aman» (39, 7).

    Capítulo XL

    Cap. 40

    XL. [1] Por el contrario, el nombre de facción ha de aplicarse a aquellos que conspiran en odio de los buenos y de los probos, que claman contra la sangre de los inocentes, pretextando, para defender su odio, también aquella vanidad de creer que los cristianos son la causa de toda calamidad pública, de todo infortunio popular. [2] Si el Tíber sube hasta las murallas, si el Nilo no sube hasta los campos, si el cielo se detiene, si la tierra se mueve, si hay hambre, si hay peste, al instante se grita: "¡Cristianos al león!" ¿A tantos contra uno?
    [3] Os ruego: antes de Tiberio, es decir, antes de la venida de Cristo, ¡cuántas calamidades cayeron sobre el orbe y las ciudades! Leemos que las islas de Hiera, Anafe, Delos, Rodas y Cos se hundieron con muchos miles de hombres. [4] También Platón recuerda que una tierra mayor que Asia o África fue arrebatada por el mar Atlántico. Pero también el mar de Corinto se bebió un terremoto, y la fuerza de las olas relegó a Lucania, cortada, al nombre de Sicilia. Estas cosas no pudieron ciertamente suceder sin injuria de sus habitantes. [5] ¿Dónde estaban entonces, no diré los cristianos despreciadores de vuestros dioses, sino vuestros propios dioses, cuando el cataclismo borró todo el orbe o, como pensó Platón, solo el terreno llano? [6] Pues las mismas ciudades en que nacieron y murieron, y aun las que fundaron, atestiguan que ellos son posteriores a la calamidad del diluvio; de otro modo no permanecerían hoy, si no fueran también ellas posteriores a aquella calamidad. [7] Aún no había recibido Palestina al enjambre judío salido de Egipto, ni se había asentado allí el origen de la secta cristiana, cuando una lluvia de fuego abrasó a las regiones vecinas, Sodoma y Gomorra. Todavía la tierra huele a incendio, y si allí hay frutos de árboles, se esfuerzan por parecerlo a los ojos, pero al tocarlos se vuelven ceniza. [8] Pero tampoco Tuscia y Campania se quejaban entonces de los cristianos, cuando el fuego inundó a Volsinios desde el cielo y a Pompeya desde su propio monte. Nadie adoraba aún en Roma al Dios verdadero, cuando Aníbal junto a Cannas medía sus matanzas por celemines de anillos romanos. Todos vuestros dioses eran adorados por todos, cuando los senones ocuparon el propio Capitolio. [9] Y está bien que, si algo adverso acontece a las ciudades, las mismas calamidades hayan sido de los templos y de las murallas, para que yo rebata ya esto: no suceden por causa de ellos, porque también a ellos les sucedió.
    [10] Siempre el género humano mereció mal de Dios: primero, por ser desatento con aquel a quien, conociéndolo en parte, no buscó, sino que además se inventó otros a quienes adorar; después, porque, al no buscar al maestro de la inocencia y juez de la culpa y exactor, se arraigó en todos los vicios y crímenes. [11] Por lo demás, si lo hubiera buscado, se seguiría que conocería al buscado, y reconocido lo observaría, y observado lo experimentaría más propicio que airado. [12] Por tanto, también ahora debe saber que está airado el mismo que también lo estuvo siempre antes, antes de que los cristianos fueran nombrados. Si usaba de sus bienes, producidos antes de que se forjara dioses, ¿por qué no entiende que de él provienen también los males, de quien no sintió que provenían los bienes? Es rea de aquel de quien también es ingrata.
    [13] Y sin embargo, comparemos las calamidades antiguas: más leves suceden ahora, desde que el orbe recibió de Dios a los cristianos. Desde entonces, en efecto, la inocencia del siglo templó las iniquidades y comenzó a haber intercesores ante Dios. [14] En fin, cuando las lluvias suspenden el verano y el invierno y el año está en cuidado, vosotros, alimentados cada día y a punto de almorzar, con baños, tabernas y lupanares en plena actividad, inmoláis a Júpiter plegarias por agua, anunciáis al pueblo descalceces, buscáis el cielo junto al Capitolio, esperáis las nubes de los artesonados, apartados del mismo Dios y del mismo cielo. [15] Nosotros, en cambio, secos por los ayunos y exprimidos por toda continencia, apartados de todo fruto de la vida, revolcándonos en saco y ceniza, golpeamos el cielo con nuestra importunidad, tocamos a Dios y, cuando le hemos arrancado misericordia — Júpiter es honrado.

    Capítulo XLI

    Cap. 41

    XLI. [1] Vosotros, pues, sois importunos para las cosas humanas; vosotros sois reos, siempre seductores de los infortunios públicos, entre quienes Dios es despreciado y las estatuas adoradas. Pues debe tenerse por más creíble que se aíra el que es despreciado, no los que son adorados; [2] o, si no, ¡cuán inicuos serían ellos si, por causa de los cristianos, dañaran también a sus propios adoradores, a quienes deberían separar de los méritos de los cristianos! "Esto", decís, "repercute también contra vuestro Dios, si él mismo padece que, por causa de los profanos, sean dañados también sus adoradores." Admitid primero sus disposiciones, y no lo retorceréis. [3] Pues quien de una vez destinó el juicio eterno después del fin del siglo, no precipita la separación, que es condición del juicio, antes del fin del siglo. Entretanto es igual para todo el género humano, indulgente y reprensor; quiso que fueran comunes los bienes para los profanos y los males para los suyos, para que todos, con igual suerte, experimentáramos tanto su lenidad como su severidad. [4] Porque así lo hemos aprendido de él, amamos la lenidad y tememos la severidad; vosotros, en cambio, despreciáis una y otra; y se sigue que todas las plagas del siglo nos sobrevienen a nosotros, si acaso, para amonestación, y a vosotros para castigo de parte de Dios. [5] Pero nosotros de ningún modo somos dañados; en primer lugar, porque nada nos importa en este siglo sino salir de él cuanto antes; después, porque si se inflige algo adverso, se atribuye a vuestros méritos. Y si también a nosotros nos alcanzan algunos males por estar unidos a vosotros, nos alegramos más por el reconocimiento de las divinas predicaciones, que confirman la confianza y la fe de nuestra esperanza. Pero si de aquellos a quienes adoráis os vienen todos los males por causa nuestra, ¿por qué perseveráis en adorar a dioses tan ingratos, tan injustos, que más bien debían haberos ayudado y defendido en el dolor de los cristianos [a quienes deberían separar de los méritos de los cristianos]?

    Capítulo XLII

    Cap. 42

    XLII. [1] Pero también se nos acusa con otro título de injurias: se nos llama inútiles para los negocios. ¿De qué modo, si somos hombres que viven con vosotros, con el mismo sustento, vestido, instrucción, con la misma necesidad para la vida? Pues no somos brahmanes ni gimnosofistas de los indios, habitantes de selvas y exiliados de la vida. [2] Recordamos que debemos gratitud a Dios, señor creador; no rechazamos ningún fruto de sus obras; solo lo moderamos, para no usar de ellas más allá de la medida o perversamente. Así, no sin foro, no sin mercado, no sin baños, tabernas, talleres, establos, ferias vuestras y demás comercios, cohabitamos en este siglo. [3] También nosotros navegamos con vosotros, militamos, cultivamos el campo y mezclamos igualmente los mercados; publicamos nuestras artes y obras para vuestro uso. Cómo parecemos inútiles para vuestros negocios, con los cuales y de los cuales vivimos, no lo sé.
    [4] Pero si no frecuento tus ceremonias, también aquel día soy hombre. No me baño de madrugada en las Saturnales, para no perder la noche y el día; sin embargo, me baño a hora honesta y saludable, que me conserve el calor y la sangre; después del baño puedo quedar rígido y pálido como un muerto. [5] No me recuesto en público en las Liberalias, como es costumbre de los bestiarios que cenan por última vez; sin embargo, donde quiera, ceno de tus provisiones. [6] No compro corona para la cabeza; ¿qué te importa, si compro flores, cómo las use? Pienso que son más gratas libres, sueltas y vagando por todas partes; pero aun si se las junta en corona, nosotros conocemos la corona para las narices; ¡allá vean los que huelen por el cabello! [7] No acudimos a los espectáculos; pero si deseo lo que se vende en aquellas reuniones, lo tomaré más libremente de mis propios lugares. Incienso ciertamente no compramos; si Arabia se queja, sepan los sabeos que más y más caras mercancías suyas se gastan en sepultar cristianos que en incensar a los dioses.
    [8] "Ciertamente", decís, "los tributos de los templos se funden cada día; ¿cuántos echan ya una limosna?" Pues no bastamos para socorrer a los hombres y a vuestros dioses mendicantes, ni pensamos que haya que repartir a otros que a los que piden. En fin, que Júpiter extienda la mano y reciba, mientras nuestra misericordia gasta más por barrios que vuestra religión por templos.
    [9] Pero los demás tributos darán gracias a los cristianos, que pagamos lo debido con fidelidad, por la cual nos abstenemos de defraudar lo ajeno, de modo que, si se calcula cuánto pierden los tributos por el fraude y la mentira de vuestras declaraciones, fácilmente puede hacerse la cuenta, compensada la queja de una sola especie con la ventaja de las demás cuentas.

    Capítulo XLIII

    Cap. 43

    XLIII. [1] Confesaré claramente quiénes, si acaso, pueden quejarse con verdad de la esterilidad de los cristianos. Serán los primeros los alcahuetes, los proxenetas, los aguadores; luego los sicarios, envenenadores, magos; asimismo los arúspices, adivinos y astrólogos. [2] Para estos, ser inútiles es una gran ganancia.
    Y sin embargo, cualquier pérdida que vuestra hacienda sufra por esta secta puede compensarse con alguna protección. ¿En cuánto tenéis, no digo ya a quienes expulsan de vosotros a los daimones, no digo ya a quienes extienden plegarias por vosotros también al Dios verdadero, porque acaso no lo creéis, sino a aquellos de quienes nada podéis temer?

    Capítulo XLIV

    Cap. 44

    XLIV. [1] Pero aquel perjuicio de la república, tan grande como verdadero, nadie lo mira; aquella injuria de la ciudad, nadie la pondera, cuando tantos justos somos gastados, cuando tantos inocentes somos consumidos. [2] Pues apelamos ya a vuestros actos, vosotros que presidís cada día las cárceles para juzgar, que en las sentencias anotáis los cargos. Tantos criminales son registrados por vosotros con variados cargos de crímenes: ¿quién de allí es inscrito como sicario, quién como ratero, quién como sacrílego o corruptor o ladrón de bañistas, quién de ellos es inscrito también como cristiano? O cuando los cristianos son presentados por su propio título, ¿quién de ellos es también tal como tantos criminales? [3] De los vuestros siempre hierve la cárcel, de los vuestros siempre suspiran las minas, de los vuestros siempre se ceban las bestias, de los vuestros siempre los organizadores de juegos apacientan rebaños de criminales. Ningún cristiano hay allí, salvo que sea solamente cristiano; o, si es además otra cosa, ya no es cristiano.

    Capítulo XLV

    Cap. 45

    XLV. [1] ¡Nosotros, pues, los únicos inocentes! ¿Qué hay de extraño, si es necesario? En verdad es necesario. Instruidos por Dios en la inocencia, la conocemos perfectamente, como revelada por un maestro perfecto, y la guardamos fielmente, como mandada por un inspector que no puede ser despreciado. [2] A vosotros, en cambio, la estimación humana os transmitió la inocencia, y una dominación igualmente humana os la impuso; de ahí que no tengáis una disciplina ni plena ni tan temible para la verdad de la inocencia. Tanta es la prudencia del hombre para mostrar el bien cuanta su autoridad para exigirlo; tan fácil de engañar aquella como de despreciar esta. [3] Y así, ¿qué hay más pleno: decir "No matarás" o enseñar "Ni siquiera te airarás"? ¿Qué más perfecto: prohibir el adulterio o apartar incluso de la solitaria concupiscencia de los ojos? ¿Qué más erudito: prohibir el maleficio o también la maledicencia? ¿Qué más instructivo: no permitir la injuria o no dejar siquiera la venganza de la injuria? [4] Con tal que sepáis que también vuestras mismas leyes, que parecen tender a la inocencia, han sido tomadas de la ley divina como de forma más antigua. Ya hemos hablado de la edad de Moisés.
    [5] Pero ¿cuánta autoridad tienen las leyes humanas, si al hombre le es posible evadirlas, sobre todo cuando se oculta en sus delitos, y a veces despreciarlas, delinquiendo por voluntad o por necesidad? [6] Considerad también que cualquier suplicio, por su brevedad, no ha de durar más allá de la muerte. Así también Epicuro rebaja todo tormento y dolor, declarando el moderado despreciable y el grande no duradero. [7] Nosotros, en cambio, que somos juzgados bajo Dios, espectador de todas las cosas, y que preveemos de él una pena eterna, con razón somos los únicos que salimos al encuentro de la inocencia, tanto por la plenitud del conocimiento como por la dificultad de los escondrijos y por la magnitud del tormento, no duradero, sino sempiterno, temiendo a aquel a quien deberá temer también el que juzga a los que temen: a Dios, no al procónsul.

    Capítulo XLVI

    Cap. 46

    XLVI. [1] Nos hemos mantenido, según creo, contra la acusación de todos los crímenes que reclama la sangre de los cristianos; hemos mostrado todo nuestro estado, y de qué modos podemos probar que es así como lo hemos mostrado, a saber, por la fe y la antigüedad de las divinas letras, y también por la confesión de las potestades espirituales. ¿Quién se atreverá a refutarnos, no con artificio de palabras, sino con la misma forma con que hemos establecido la prueba, acerca de la verdad? [2] Pero mientras a cada uno se le manifiesta nuestra verdad, entretanto la incredulidad, mientras se le objeta el bien de esta secta, que ya se ha hecho conocido por la práctica y el comercio, no la considera ciertamente un asunto divino, sino más bien un género de filosofía. "Lo mismo", dice, "aconsejan y profesan los filósofos: inocencia, justicia, paciencia, sobriedad, pudicia." [3] ¿Por qué, pues, a quienes se nos compara en la disciplina, no se nos iguala igualmente en la licencia e impunidad de la disciplina? O ¿por qué también ellos, como iguales nuestros, no son forzados a los deberes que nosotros, si no los cumplimos, ponemos en peligro? [4] ¿Quién, en efecto, obliga a un filósofo a sacrificar, a jurar o a sacar lámparas vanas a mediodía? Antes bien, destruyen abiertamente a vuestros dioses y acusan también en sus comentarios vuestras supersticiones, con vuestra aprobación. Muchos incluso ladran contra los príncipes, soportándolo vosotros, y más fácilmente son recompensados con estatuas y salarios que condenados a las bestias.
    [5] Pero con razón; pues se les llama filósofos, no cristianos. Este nombre de filósofos no ahuyenta a los daimones. ¿Cómo no, si los filósofos consideran a los daimones como dioses? Es voz de Sócrates: "Si el daimon lo permite." El mismo, cuando sabía algo de la verdad negando a los dioses, mandaba sin embargo al final que se degollara un gallo a Esculapio, creo que en honor de su padre, porque Apolo había cantado que Sócrates era el más sabio de todos. ¡Oh Apolo inconsiderado! Dio testimonio de sabiduría a aquel varón que negaba que los dioses existieran. [6] Cuanto odio enciende la verdad, tanto ofende quien la presenta con fidelidad; pero quien la adultera y la finge, con este nombre sobre todo pacta gracia entre los perseguidores de la verdad. [7] Los filósofos, ilusores y corruptores, persiguen enemigamente la verdad y, al perseguirla, la corrompen, como quienes captan gloria; los cristianos la buscan por necesidad y la presentan íntegra, como quienes cuidan de su salvación.
    [8] Así, ni en ciencia ni en disciplina, como pensáis, se nos iguala. Pues ¿qué certeza anunció Tales, aquel príncipe de los físicos, a Creso, que le preguntaba acerca de la divinidad, frustrando a menudo las prórrogas para deliberar? [9] Cualquier artesano cristiano encuentra a Dios y lo muestra, y desde ahí asigna también con la realidad todo lo que se busca acerca de Dios, aunque Platón afirme que el hacedor del universo no es fácil de encontrar y que, encontrado, es difícil de explicar a todos. [10] Por lo demás, si se nos desafía acerca de la pudicia, leo parte de una sentencia ática, en la que Sócrates fue declarado corruptor de adolescentes. El cristiano no cambia de sexo ni siquiera al femenino. Conozco también a Friné, meretriz que se abrasaba de pasión por Diógenes, que se recostaba encima; oigo que un tal Espeusipo, de la escuela de Platón, pereció en adulterio. El cristiano nace varón solo para su esposa. [11] Demócrito, cegándose a sí mismo porque no podía mirar a las mujeres sin concupiscencia y le dolía no poseerlas, confiesa su incontinencia con el remedio. Pero el cristiano, con los ojos sanos, no ve a las mujeres; está ciego de ánimo contra la libido. [12] Si me defiendo acerca de la probidad, he aquí que Diógenes, con pies lodosos, pisotea con otra soberbia los soberbios lechos de Platón; el cristiano no se ensoberbece ni contra el pobre. [13] Si compito en modestia, he aquí que Pitágoras en Turios y Zenón en Priene ambicionan la tiranía; el cristiano, en cambio, ni siquiera la edilidad. [14] Si entro en la ecuanimidad, Licurgo optó por la apocarteresis, porque los laconios habían enmendado sus leyes; el cristiano, aun condenado, da gracias. Si comparo la fidelidad, Anaxágoras negó a sus huéspedes el depósito; el cristiano es llamado fiel aun fuera de su comunidad. [15] Si me detengo en la sencillez, Aristóteles hizo salir vergonzosamente de su lugar a su familiar Hermias; el cristiano no daña ni a su enemigo. El mismo Aristóteles adula tan vergonzosamente a Alejandro, para gobernarlo más bien, como Platón se vende a Dionisio por causa del vientre. [16] Aristipo se entrega al lujo en púrpura bajo gran apariencia de gravedad; Ictias, mientras dispone insidias contra la ciudad, es muerto. Esto, por los suyos, dispersados con toda atrocidad, ningún cristiano lo intentó jamás.
    [17] Pero alguien dirá que también de los nuestros se apartan algunos de la regla de la disciplina. Sin embargo, dejan de ser tenidos por cristianos entre nosotros; pero aquellos filósofos, con tales hechos, perseveran en el nombre y el honor de la sabiduría.
    [18] Así, ¿qué hay de semejante entre el filósofo y el cristiano, entre el discípulo de Grecia y el del cielo, entre el negociante de fama y el de la vida, entre el operador de palabras y el de hechos, entre el edificador y el destructor de las cosas, entre el amigo y el enemigo del error, entre el interpolador de la verdad y su integrador y expresor, entre su ladrón y su guardián?

    Capítulo XLVII

    Cap. 47

    XLVII. [1] La verdad es más antigua que todas las cosas, si no me engaño: y me aprovecha esta antigüedad preconstruida de la divina literatura, para que fácilmente se crea que ella fue el tesoro de toda sabiduría posterior. Y si no moderara ya el peso del volumen, me extendería también en esta prueba. [2] ¿Qué poeta, qué sofista hay que no haya bebido por completo de la fuente de los profetas? De allí, pues, los filósofos regaron la sed de su ingenio, de modo que lo que tienen de los nuestros, eso nos comparan con ellos. De allí, creo, también por algunos fue expulsada la filosofía, de los tebanos, digo, de los espartiatas y de los argivos. [3] Mientras se esfuerzan por lo nuestro, hombres de gloria, como dijimos, y lujuriosos de la sola elocuencia, si algo hallaron en las santas [Escrituras] dispuestas [según] el propósito de su curiosidad, lo convirtieron en obras propias, no creyendo bastante que fueran divinas, para no interpolarlas, ni entendiéndolas bastante, por estar entonces aún oscurecidas, veladas incluso para los propios judíos, de quienes parecían propias. [4] Pues si había alguna simplicidad de la verdad, tanto más la escrupulosidad humana, despreciando la fe, vacilaba, por lo cual mezclaron en lo incierto aun lo que habían hallado cierto. [5] Pues, habiendo encontrado solamente a Dios, no disputaron como lo habían encontrado, de modo que disienten sobre su cualidad, su naturaleza y su sede. [6] Unos afirman que es incorpóreo, otros corpóreo, como los platónicos y los estoicos; otros que está hecho de átomos, otros de números, como Epicuro y Pitágoras; otro de fuego, como le pareció a Heráclito; y los platónicos, ciertamente, que cuida de las cosas, mientras los epicúreos, que está ocioso e inactivo y, por así decirlo, que no es nadie para las cosas humanas; [7] los estoicos, que está puesto fuera del mundo, como un alfarero que desde fuera hace girar esta mole; los platónicos, dentro del mundo, como un piloto que permanece dentro de lo que gobierna. [8] Así también acerca del mundo mismo, si es nacido o innato, si ha de perecer o permanecer, varían; así acerca del estado del alma, que unos sostienen divina y eterna, otros disoluble; según cada uno sintió, así lo expuso o lo reformó.
    [9] No es extraño que el antiguo instrumento haya sido trastornado por los ingenios de los filósofos. De la semilla de estos, algunos hombres adulteraron también con sus opiniones esta nuestra novísima preparación, convirtiéndola en sentencias filosóficas, y de una sola vía cortaron muchos senderos oblicuos e inexplicables. Lo he sugerido para que a nadie le parezca que la conocida variedad de esta secta nos iguala también en esto a los filósofos, y para que no juzgue la verdad por la variedad de las defensas. [10] Pero expeditamente prescribimos a nuestros adulteradores que aquella es la regla de la verdad que viene de Cristo, transmitida por sus compañeros, a quienes se probará que esos diversos comentadores son bastante posteriores.
    [11] Todo lo que se ha construido contra la verdad se ha construido de la verdad misma, obrando los espíritus del error esta emulación. Por ellos han sido introducidas las adulteraciones de esta saludable disciplina; por ellos han sido enviadas también ciertas fábulas que, por la semejanza, debilitaran la fe en la verdad o más bien la reclamaran para sí, de modo que alguien piense que no se ha de creer a los cristianos porque no se cree a los poetas ni a los filósofos, o que se ha de creer más a los poetas y filósofos porque no se cree a los cristianos. [12] Así, se ríen de nosotros cuando predicamos que Dios juzgará. Pues también los poetas y filósofos ponen un tribunal entre los inferos. Y si amenazamos con la gehena, que es el tesoro de fuego arcano subterráneo para la pena, igualmente se carcajean. Pues también Piriflegetonte es un río entre los muertos. [13] Y si nombramos el paraíso, lugar de divina amenidad destinado a recibir los espíritus de los santos, separado del conocimiento del orbe común por una muralla de aquella zona ígnea, los Campos Elíseos han ocupado ya la fe.
    [14] ¿De dónde, os ruego, les vienen a los filósofos o poetas cosas tan semejantes? No sino de nuestros sacramentos. Si de nuestros sacramentos, como de los anteriores, entonces los nuestros son más fieles y más dignos de crédito, cuyas imágenes también encuentran fe. Si de sus propias ideas, entonces ya se tendrá a nuestros sacramentos como imágenes de cosas posteriores, lo que no soporta la forma de las cosas; pues nunca el cuerpo precede a la sombra, ni la imagen a la verdad.

    Capítulo XLVIII

    Cap. 48

    XLVIII. [1] Vamos ya: si un filósofo afirmara, como dice Laberio acerca de la sentencia de Pitágoras, que de un mulo se hace un hombre y de una mujer una culebra, y en esa opinión torciera todos los argumentos con la fuerza de la elocuencia, ¿no movería el consenso y clavaría la fe? ¿Y no se persuadiría alguien de abstenerse de los animales, no sea que coma carne de vaca de algún tatarabuelo suyo? Pero si un cristiano promete que de un hombre se restituirá un hombre, y de Gayo el mismo Gayo, será exigido por el pueblo más bien a pedradas, y ni siquiera con asambleas.
    [2] Si cualquier razón preside el retorno de las almas humanas a los cuerpos, ¿por qué no vuelven a la misma sustancia, siendo esto el ser restituido: ser lo que había sido? Ya no son las mismas que fueron, porque no pudieron ser lo que no eran, a no ser que dejen de ser lo que fueron. [3] En muchos lugares hará falta ocio, si queremos explayarnos en esta parte, sobre quién parecería transformarse en qué bestia. Pero en defensa nuestra, proponemos que es mucho más digno de crédito que un hombre ha de volver de un hombre, cualquiera por cualquiera, con tal de que sea hombre, de modo que la misma cualidad del alma sea restaurada a la misma condición, aunque no la figura. [4] Ciertamente, porque la razón de la restitución es la destinación del juicio, necesariamente se presentará el mismo que había sido, para que reciba de Dios el juicio de su mérito bueno o contrario. Y por eso se representarán también los cuerpos, porque el alma sola no puede padecer nada sin materia estable, es decir, sin la carne; y lo que las almas deben padecer del juicio de Dios, lo merecieron no sin la carne, dentro de la cual todo lo hicieron.
    [5] "Pero ¿cómo", dices, "puede presentarse la materia disuelta?" Considérate a ti mismo, oh hombre, y hallarás la fe de la cosa. Recuerda qué fuiste antes de ser. Ciertamente nada; pues te acordarías, si hubieras sido algo. Tú, pues, que nada habías sido antes de ser, hecho nada cuando dejes de ser, ¿por qué no podrías ser de nuevo de la nada por la voluntad del mismo autor que te quiso hacer de la nada? ¿Qué novedad te sucederá? [6] Tú, que no eras, fuiste hecho; cuando de nuevo no seas, serás hecho. Da, si puedes, la razón por la que fuiste hecho, y entonces busca la razón por la que serás hecho. Y sin embargo, más fácilmente serás hecho lo que fuiste alguna vez, porque no fuiste hecho con dificultad lo que nunca fuiste alguna vez.
    [7] Se dudará, creo, de las fuerzas de Dios, que impuso este cuerpo tan grande del mundo desde lo que no había sido, no menos que desde la muerte de la vaciedad y de la inanidad, animado por el espíritu animador de todas las almas, sellado también él mismo como ejemplo de la resurrección humana para testimonio vuestro. [8] La luz, cada día muerta, resplandece; las tinieblas, con igual turno, retirándose, suceden; los astros difuntos reviven; los tiempos, donde terminan, comienzan; los frutos se consuman y vuelven; ciertamente las semillas no surgen más fecundas sino corrompidas y disueltas; todo se conserva pereciendo, todo se reforma de la destrucción. [9] Tú, hombre, nombre tan grande, si te entiendes, aprendiéndolo incluso del título de la Pitia, señor de todo lo que muere y resucita, ¿morirás para esto, para perecer? Dondequiera que seas deshecho, cualquier materia que te destruya, te absorba, te aniquile, te reduzca a la nada, te devolverá. De aquel es la nada misma, de quien es también el todo.
    [10] "Entonces", decís, "¿habrá que morir siempre y resucitar siempre?" Si el señor de las cosas lo hubiera destinado así, experimentarías a tu pesar la ley de tu condición. Pero ahora no lo destinó de otro modo que como lo predicó. [11] La razón que compuso el universo de la diversidad, para que todo constara bajo unidad con sustancias rivales, de vacío y sólido, de animado e inanimado, de comprensible e incomprensible, de luz y tinieblas, de la misma vida y muerte, esa misma razón ensambló también el tiempo con condición así destinada y distinguida: que esta primera parte, que habitamos desde el comienzo de las cosas, fluya con edad temporal hacia el fin, y la siguiente, que esperamos, se propague a una eternidad infinita.
    [12] Cuando, pues, lleguen el fin y el límite que se abre en medio, de modo que también la apariencia de este mundo, igualmente temporal, que está extendida como un telón ante aquella disposición de la eternidad, sea transformada, entonces todo el género humano será restituido para saldar lo que en este siglo mereció de bien o de mal, y desde entonces habrá de extenderse en la inmensa perpetuidad de la eternidad. [13] Y por eso ya no habrá muerte, ni una y otra resurrección, sino que seremos los mismos que ahora, y no otros después: los adoradores de Dios, ciertamente, estarán siempre junto a Dios, sobrevestidos de la sustancia propia de la eternidad; los profanos, en cambio, y los que no están íntegramente con Dios, en la pena igualmente perpetua del fuego, teniendo de la naturaleza misma de este, divina por cierto, el suministro de la incorruptibilidad. [14] También los filósofos conocieron la diversidad del fuego arcano y del público. Así, muy otro es el que sirve al uso humano, y otro el que aparece para el juicio de Dios, ya lanzando rayos desde el cielo, ya eructando desde la tierra por las cumbres de los montes; pues no consume lo que abrasa, sino que, mientras lo gasta, lo repara. [15] Por eso permanecen los montes siempre ardiendo, y el que es tocado por el cielo queda a salvo, de modo que ya no se reduce a ceniza con ningún fuego. Y esto será testimonio del fuego eterno, este ejemplo del juicio perpetuo que alimenta la pena: los montes arden y duran. ¿Qué será de los criminales y enemigos de Dios?

    Capítulo XLIX

    Cap. 49

    XLIX. [1] Estas son las cosas que en nosotros solos se llaman presunciones, y en los filósofos y poetas, sumas ciencias e insignes ingenios. Ellos, prudentes; nosotros, necios; ellos, dignos de honor; nosotros, de risa; más aún, de castigo. [2] Sean ahora falsas las cosas que defienden, y con razón presunción, pero necesarias; necias, pero útiles, puesto que quienes las creen se ven forzados a hacerse mejores por el miedo del suplicio eterno y la esperanza del refrigerio eterno. Así, no conviene que se diga falso ni que se tenga por necio lo que conviene que se presuma verdadero. De ningún modo es lícito condenar con título alguno lo que aprovecha. En vosotros, pues, está la presunción misma que condena lo útil. Por tanto, ni siquiera pueden ser necias. [3] Ciertamente, aunque falsas y necias, a nadie dañan. Pues son semejantes a muchas otras cosas vanas y fabulosas, a las que no imponéis pena alguna, inacusadas e impunes, como inocuas. Pero en cosas de este género, si acaso, ha de juzgarse con risa, no con espadas, fuegos, cruces y bestias.
    [4] De esta iniquidad de saña no solo se alegra y se mofa este vulgo ciego, sino que también algunos de vosotros, que captan el favor del vulgo con la iniquidad, se glorían; como si todo lo que podéis contra nosotros no fuera arbitrio nuestro. [5] Ciertamente, si quiero, soy cristiano. Entonces me condenarás, si quiero ser condenado. Pero cuando lo que puedes contra mí, si no quiero, no puedes, ya es de mi voluntad lo que puedes, no de tu potestad. Por eso también el vulgo se goza vanamente de nuestra vejación. [6] Pues nuestro es el gozo que se arroga, nosotros que preferimos ser condenados antes que apartarnos de Dios. Al contrario, aquellos que nos odian debían dolerse, no gozarse, al conseguir nosotros lo que elegimos.

    Capítulo L

    Cap. 50

    L. [1] "Entonces", decís, "¿por qué os quejáis de que os persigamos, si queréis padecer, cuando deberíais amar a aquellos por quienes padecéis lo que queréis?" Ciertamente queremos padecer, pero del modo como el soldado quiere la guerra. Nadie padece de buena gana, cuando es necesario temblar y peligrar; [2] sin embargo, pelea con todas sus fuerzas y, venciendo en la batalla, se goza el que se quejaba de la batalla, porque consigue gloria y botín. Batalla es para nosotros el ser provocados a los tribunales, para luchar allí bajo riesgo de la cabeza por la verdad. Victoria es obtener aquello por lo que has luchado. Esta victoria tiene la gloria de agradar a Dios y el botín de vivir eternamente. [3] Pero somos vencidos. Ciertamente, cuando hemos obtenido. Luego vencemos cuando somos muertos; en fin, escapamos cuando somos vencidos. Aunque ahora nos llaméis sarmenticios y semiejes, porque, atados a un poste de medio eje, somos quemados en un círculo de sarmientos, este es el hábito de nuestra victoria, esta la vestidura palmada, en tal carro triunfamos.
    [4] Con razón, pues, no agradamos a los vencidos; por eso se nos considera desesperados y perdidos. Pero esta desesperación y perdición entre vosotros, en causa de gloria y fama, levantan el estandarte de la virtud. [5] Mucio dejó de buena gana su diestra en el ara: ¡oh sublimidad de ánimo! Empédocles se entregó entero a los incendios del Etna: ¡oh vigor de mente! Cierta fundadora de Cartago se entregó a la pira por un segundo matrimonio: ¡oh pregón de castidad! [6] Régulo, para no vivir uno solo por muchos enemigos, padece cruces en todo su cuerpo: ¡oh varón fuerte y vencedor en la cautividad! Anaxarco, mientras era machacado con el pilón de la tisana hasta la muerte: "¡Maja, maja", decía, "el odre de Anaxarco; pues a Anaxarco no lo majas!" ¡Oh magnanimidad de filósofo, que de tal salida suya incluso bromeaba! [7] Omito a los que pactaron con su propia espada u otro género de muerte más suave acerca de su alabanza. He aquí que también los combates de tormentos son coronados por vosotros. [8] La meretriz ática, fatigado ya el verdugo, al final se arrancó la lengua a mordiscos y la escupió al rostro del tirano sañudo, para escupir también la voz, a fin de no poder confesar a los conjurados, si aun vencida hubiera querido. [9] Zenón de Elea, consultado por Dionisio sobre qué proporcionaba la filosofía, habiendo respondido: "El desprecio de la muerte", impasible, arrojado a los azotes del tirano, sellaba su sentencia hasta la muerte. Ciertamente los azotes de los laconios, agravados bajo los ojos de los parientes que los exhortaban, confieren a su casa tanto honor de tolerancia cuanta sangre derramaron.
    [10] ¡Oh gloria lícita, porque es humana, a la que no se le imputa presunción perdida ni persuasión desesperada en el desprecio de la muerte y de toda atrocidad, a la que se le permite padecer tanto por la patria, por el imperio, por la amistad, cuanto por Dios no es lícito! [11] Y sin embargo, para todos aquellos fundís estatuas, inscribís imágenes y grabáis títulos para la eternidad. Cuanto podéis con los monumentos, les otorgáis también de algún modo a los muertos una resurrección. ¡Quien espera de Dios la verdadera, si padece por Dios, es un insensato!
    [12] Pero haced esto, buenos pretores, mucho mejores ante el pueblo si le inmoláis cristianos: crucificad, torturad, condenad, trituradnos: prueba es de nuestra inocencia vuestra iniquidad. Por eso Dios permite que padezcamos esto. Pues también recientemente, condenando a una cristiana al lenón antes que al león, confesasteis que entre nosotros la mancha de la pudicia es reputada más atroz que toda pena y toda muerte. [13] Y nada gana, sin embargo, vuestra crueldad, por refinada que sea: es más bien un reclamo para la secta. Más numerosos nos hacemos cuantas veces nos segáis: la sangre de los cristianos es semilla. [14] Muchos entre vosotros exhortan a la tolerancia del dolor y de la muerte, como Cicerón en las Tusculanas, como Séneca en los Fortuitos, como Diógenes, como Pirrón, como Calínico; y sin embargo sus palabras no encuentran tantos discípulos cuantos los cristianos enseñando con hechos. [15] Aquella misma obstinación que nos reprocháis es maestra. Pues ¿quién no se siente sacudido por su contemplación a buscar qué hay dentro del asunto? ¿Quién no, cuando ha buscado, se acerca, y cuando se ha acercado, desea padecer, para comprar toda la gracia de Dios, para obtener de él todo perdón con la compensación de su sangre? [16] Pues todos los delitos se perdonan a esta obra. De ahí viene que en el mismo tribunal damos gracias a vuestras sentencias. Como hay emulación entre lo divino y lo humano, cuando somos condenados por vosotros, somos absueltos por Dios.
    Comentario editorial · La «semilla»: lo que dice el texto y lo que suele citarse
    El latín dice Plures efficimur, quotiens metimur a vobis: semen est sanguis Christianorum (50, 13): «Nos hacemos más cuantas veces nos segáis (metimur, como se siega el grano): la sangre de los cristianos es semilla». No dice «mártires» ni «Iglesia»: la forma «la sangre de los mártires es semilla de la Iglesia» es una paráfrasis, que Wikipedia (Apologeticus) llama traducción libre y apócrifa, y que el propio ANF pone al margen del Cap. 21 («the seed of the Church»). Tertuliano usa la imagen también en 21, 25: los discípulos, en Roma, bajo Nerón, «sembraron la sangre cristiana» (sanguinem Christianum seminaverunt). El capítulo cierra el escrito con otra frase: «cuando somos condenados por vosotros, somos absueltos por Dios» (50, 16).
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el Apologético

    Tertuliano no pide al Imperio que adopte una fe: pide que se juzgue a los cristianos como a cualquier acusado, con pruebas de crímenes y no por un nombre (Cap. 2). Su lectura de la respuesta de Trajano —«sentencia confusa por necesidad»— y su observación de que a los cristianos se les tortura para que nieguen, no para que confiesen, son el núcleo procesal. El resto reparte los cargos (crímenes ocultos, sacrilegio, majestad) y los contesta con una exposición breve de lo que creen (Cap. 17–23) y con la vida de la comunidad (Cap. 39).
    Tertullian.org registra que el Apologeticum es la obra de Tertuliano que se conserva en más manuscritos, que Lactancio la cita por su título (Instituciones V, 4, 3) y que Eusebio cita pasajes en una versión griega que Rufino volvió a traducir al latín. Wikipedia recuerda que comparte párrafos con el Octavio de Minucio Félix y que no se sabe cuál de los dos es anterior. Siguen abiertas la fecha exacta y el estado del texto: la discusión sobre las dos recensiones, a la que el fragmento del Cap. 19 es testigo.
    Límites. La edición de base no fecha el escrito ni examina la atribución; las fechas de las notas proceden de las fuentes que se citan, y cuando difieren se dice cuál afirma qué. La identificación del latín con el texto de Becker es un cotejo del editor, no una declaración de Delphi. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase: los defectos hallados se conservan y se avisan en la ficha y en los capítulos 18 y 30. No se cotejó el castellano con el latín línea por línea; sí en número de capítulos, párrafos y secciones, y en la longitud de cada capítulo.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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    Fin de la obra