Cap. 2
II. [1] Si en fin es cierto que somos los más nocivos, ¿por qué por vosotros mismos somos tratados de modo diverso que nuestros iguales, esto es, los demás nocivos, debiendo intervenir el mismo trato para la misma culpa? [2] Cualquier cosa que se diga de nosotros, cuando se dice de otros, éstos usan de su propia boca y de abogados mercenarios para recomendar su inocencia; se les da facultad de responder y de altercar, ya que ni siquiera es lícito condenar totalmente a indefensos e inauditos. [3] Pero a los cristianos solos nada se les permite decir que purgue su causa, que defienda la verdad, que no haga inicuo al juez; sino que sólo se espera aquello que es necesario al odio público: la confesión del nombre, no el examen del crimen — [4] cuando, si conocierais acerca de algún nocente, no contentos con que confiese él mismo el nombre de homicida, o de sacrílego, o de incestuoso o de enemigo público (hablo de nuestros elogios), os daríais por satisfechos para pronunciar sentencia, si no exigierais además las circunstancias: la calidad del hecho, el número, el lugar, el tiempo, los cómplices, los socios. [5] De nosotros nada semejante, cuando igualmente debiera arrancarse lo que falsamente se vocifera: cuántos infanticidios habría ya degustado cada uno, cuántos incestos habría entenebrecido, qué cocineros, qué perros habrían asistido. ¡Oh, cuánta gloria la de aquel gobernador si hubiese desenterrado a alguno que hubiese comido ya cien infantes!
[6] Y aún hallamos que incluso se ha prohibido la investigación contra nosotros. Plinio Segundo, en efecto, al gobernar la provincia, habiendo condenado a algunos cristianos y apartado a otros de su grado, perturbado aun por la misma multitud, consultó al emperador Trajano sobre qué hacer en adelante, alegando que, fuera de la obstinación en no sacrificar, nada más había descubierto de sus misterios sino reuniones antelucanas para cantar a Cristo como a un dios y para estrechar la disciplina, que prohibían el homicidio, el adulterio, el fraude, la perfidia y los demás crímenes. [7] Entonces Trajano respondió por escrito que este género no debía ser investigado, pero que los presentados debían ser castigados. [8] ¡Oh sentencia confusa por necesidad! Niega que se les investigue como a inocentes, y manda que se les castigue como a nocentes. Perdona y se ensaña, disimula y castiga. ¿Por qué te burlas a ti misma, censura? Si condenas, ¿por qué no investigas? Si no investigas, ¿por qué no absuelves? Para rastrear ladrones, se sortea una estación militar por todas las provincias; contra reos de majestad y enemigos públicos todo hombre es soldado: la investigación se extiende hasta los socios, hasta los cómplices. [9] Sólo al cristiano no es lícito investigarlo, pero sí presentarlo, como si la investigación hubiese de hacer otra cosa que la presentación. Condenáis, pues, al presentado, al que nadie quiso buscar; el cual, creo yo, ya no mereció la pena por ser nocente, sino porque fue hallado sin necesidad de buscarlo.
[10] Así que tampoco en aquello obráis respecto de nosotros según la fórmula de juzgar a los malhechores, porque a los demás que niegan les aplicáis tormentos para que confiesen, sólo a los cristianos para que nieguen, cuando, si fuese un mal, nosotros negaríamos, y vosotros por tormentos los obligaríais a confesar. Y no por eso estimaríais que no debieran investigarse con tormentos los crímenes, por estar ciertos de que se cometen a partir de la confesión del nombre, vosotros que hoy, de un homicida convicto, aun sabiendo qué es el homicidio, con todo le arrancáis el orden del delito. [11] Lo que es más perverso: pues que presumís de nuestros crímenes por la confesión del nombre, nos obligáis con tormentos a apartarnos de la confesión, para que, negando el nombre, neguemos también a la par los crímenes, de los cuales presumíais por la confesión del nombre.
[12] Pero, a mi juicio, no queréis que perezcamos, a quienes tenéis por los más malvados. Así soléis decir al homicida: "Niega", y mandáis desgarrar al sacrílego, si persevera en confesar. Si no obráis así con los nocentes, luego entonces nos juzgáis del todo inocentes, cuando, como a del todo inocentes, no queréis que perseveremos en aquella confesión, que sabéis que ha de ser condenada por vosotros por necesidad, no por justicia. [13] Vocifera el hombre: "¡Soy cristiano!". Dice lo que es; tú quieres oír lo que no es. Presidentes encargados de arrancar la verdad, de nosotros solos os afanáis por oír una mentira. "Esto soy —dice— lo que tú preguntas si soy. ¿Por qué me atormentas al revés? Confieso y me atormentas; ¿qué harías, si negara?" Ciertamente a otros, cuando niegan, no prestáis fe fácilmente: a nosotros, si negamos, al instante nos creéis.
[14] Sospechosa os sea esta perversidad, no sea que se oculte alguna fuerza secreta, que os conduce contra la forma, contra la naturaleza del juicio, y aun contra las mismas leyes. Si no me engaño, las leyes mandan que los malos sean descubiertos, no ocultados; prescriben que los que confiesan sean condenados, no absueltos. Esto definen los senadoconsultos, esto los mandatos de los príncipes. Este imperio, del que sois ministros, es dominación civil, no tiránica. [15] Entre los tiranos, en efecto, los tormentos se aplicaban incluso como pena; entre vosotros sólo se destinan a la investigación. Guardad para aquéllos vuestra ley: los tormentos son necesarios hasta la confesión; y, si son precedidos por la confesión, cesan, y se necesita la sentencia; el reo debe ser liquidado con la pena debida, no eximido de ella. En fin, nadie se apresura a absolverlo. [16] No es lícito quererlo; por eso nadie es forzado a negar. Consideras al hombre cristiano reo de todos los crímenes, enemigo de los dioses, de los emperadores, de las leyes, de las costumbres, de toda la naturaleza, ¡y le obligas a negar para absolver a quien no podrías absolver, a no ser que niegue! [17] Prevarias contra las leyes: ¿Quieres, pues, que niegue ser nocente, para hacerlo inocente, y ciertamente contra su voluntad, y ya no reo de lo pasado? ¿De dónde esta perversidad, para que no recapacitéis ni siquiera que debe creerse más al que confiesa espontáneamente que al que niega por la fuerza? ¿O acaso para que, obligado a negar, no niegue de fidelidad, y una vez absuelto, en el mismo lugar, detrás del tribunal, se ría de vuestra emulación, otra vez cristiano?